“Rezábamos, para que mi papá se muriera”

“Rezábamos, para que mi papá se muriera”

“Rezábamos, para que mi papá se muriera” testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida Etchecolatz.


10 de enero de 2018

La Garganta Poderosa

El repudio a la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz en Mar del Plata suma más voces. Compartimos el testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida, publicado en La Garganta Poderosa.

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Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: “Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”. De hecho, mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje.

Sí, eso sentíamos, todos los días de nuestras vidas.

Crecí entre situaciones traumáticas, en plena soledad, porque vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible. Aun así, desde chiquita fui bastante rebelde, tanto que mi familia me apodó “estrellita roja”. Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: “Mirá lo que me hacés hacerte”, decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera.

Siempre fue narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar. Nunca nos explicó nada. Hay asesinos que le han contado algo a su círculo íntimo, pero Etchecolatz no. Y es un contrapunto interesante: no habló con su familia ni frente a la Justicia, sosteniendo un doble silencio. O sea, corporizó lo más terrible en todo momento, sin importarle jamás el otro y convirtiéndose en el símbolo más cruento del aparato represivo.

Cuando el Juzgado de Familia autorizó a deshacerme del apellido teñido de sangre, en 2016, para suplantarlo por el de mi abuelo materno, creí que había terminado una etapa. Sin embargo, la intención de beneficiar a los genocidas con el 2×1 me angustió y me impulsó a marchar por primera vez. Sentí que la Justicia había dejado de ser justa en materia de crímenes de lesa humanidad y empezaba a desampararnos. Pero incluso podía ser peor… Días atrás, mientras visitaba a mi familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. “Es imposible que le den la domiciliaria”, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta que nos llamaron para avisarnos. Todo se convirtió en silencio. No pude pensar, ni hablar más. Así estuve la noche entera, tratando de salir de la oscuridad.

Ante semejante noticia, no puedo imaginarme lo que sentirán quienes lo sufrieron y menos todavía quienes deberán convivir con él, en el mismo barrio marplatense. Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus víctimas y sus hijos. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones, fiel e incondicional a las mentes que planificaron ideológicamente la masacre.

Justo y reparador sería que Miguel Osvaldo Etchecolatz estuviera para siempre en una cárcel común, hasta el final de sus días. Pues las marcas en el cuerpo, las marcas en la memoria, las marcas del espanto, las marcas del no saber, no se borran nunca, pero nunca más… Como sociedad, debemos luchar para que vuelvan atrás con esta decisión inadmisible y, aún en el sufrimiento, celebro que sigamos saliendo a la calle, aunque nos lo quieran prohibir. A mis 47 años, jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias tras las rejas.

No se tranza con el dolor, ni se silencia el horror.
No pudieron vernos retroceder. Y tampoco van a poder.

Ver Vecinos protestan frente a casa del genocida

 

Yo fui torturada…verbalizar lo sucedido

Yo fui torturada…verbalizar lo sucedido
Susana Atxaerandio Ex presa política vasca
 
Yo fui torturada
Por fortuna, también hay un sector creciente de la sociedad que sabe que se tortura y actúa en consecuencia, hay medios de comunicación que publican nuestros testimonios, organizaciones que con gran valentía trabajan para la erradicación de la tortura, instituciones internacionales que han emitido importantes dictámenes sobre esa práctica.
 
Y estamos nosotros y nosotras
Al igual que Amaia, Juan, Onintze… Hemos sido miles de personas en Euskal Herria hemos descendido al infierno. Tenemos constancia además de que trece no regresaron.
Para quienes sobrevivimos a la tortura nos resulta muy difícil describir lo que sucede durante el periodo de incomunicación, porque roza la locura, acaricia la irracionalidad más absoluta, te desliza hacia el sufrimiento en todas sus dimensiones. La experiencia más brutal jamás vivida. Rememorarlo, algo inevitable, te obliga a situarte fuera, a verlo desde cierta distancia, porque volver mentalmente al agujero provoca un dolor insoportable. Revivirlo evoca de nuevo la situación de indefensión a manos de tus captores.
Hace ya muchos años Eva Forest apuntaba la importancia vital de hacer público el testimonio, no sólo para constatar la existencia de la tortura, sino porque pone palabras a hechos que permiten estudiarla y analizarla en el contexto en que se produce. Me aconsejaron que tratase de escribir y verbalizar lo que había sucedido durante el periodo de incomunicación. Por un lado para interponer, si yo estaba dispuesta, una denuncia judicial. Sí que recibí apoyo técnico jurídico. Sí que recibí ayuda amiga que me hizo minimizar las secuelas psíquicas. Fue un buen consejo, desde el aspecto terapéutico.
Así, mientras tomaba diariamente antiinflamatorios que me calmaran las secuelas de los continuos golpes, relajantes musculares para aliviar el dolor de las posturas forzadas durante esos días, mientras me aplicaba una pomada para curar las marcas de electrodos, mientras padecía insomnio o cuando me despertaba sobresaltada por las pesadillas, escribí mi relato.
El mío, diferente al de Nekane, al de Iñaki, al de Rosana…
Intento expresar con nombres, adverbios, adjetivos hechos únicos, experiencias tan presentes pero irrepetibles como un relato cronológico: llegaron de madrugada, me sacaron de la cama, practicaron el registro, me condujeron al cuartel, las amenazas, los golpes… Describo las técnicas que se han empleado contra mí: me pusieron la bolsa, me aplicaron electrodos, me obligaron a desnudarme… y en la mayoría de los casos sientes que trasladas un relato que, aunque es fiel evidencia de lo sucedido, no acaba de explicar todo lo sentido, no agota lo vivido durante esos interminables días. Sientes la impotencia de no poder exponer esas vivencias en su total dimensión.
Te enfrentas ahora a otro calvario: el impacto que tendrá este testimonio que ahora exteriorizas. Cuando Aitor, Ainara, César… le dijeron al Juez, todavía en régimen de incomunicación, que habían sido torturados, miró hacia otro lado, intentó cambiar la dirección del interrogatorio, pidió al secretario que no apuntara los extremos que le estaban siendo revelados, no requirió un examen médico que pudiera plasmar las marcas o que pudiera evidenciar otras marcas invisibles: nunca abrió una investigación. Y es que la tortura en los últimos -al menos- treinta años de práctica, ha contado con todo un sistema de impunidad, impidiendo su demostración pública. Salvo cuando los torturadores y torturadoras, funcionarios y -no hay que olvidarlo- funcionarias públicas han hecho mal su trabajo y la persona que «custodian» tiene que ingresar de urgencia en un hospital porque está a punto de morir, o se pueden documentar marcas visibles que hacen que el caso trascienda a la opinión pública. Desgraciadamente, en la gran mayoría de los casos queda en el olvido. Pero cada torturado, cada torturada, Jokin, Laura, Eneko… son la viva evidencia de lo que ha sucedido. ¿Se atreverían, mirándonos a los ojos, a acusarnos de seguir consignas? ¿Sostendrían, cara a cara, que nuestra vivencia personal e irrepetible es mentira?
Llegué a la conclusión de que mi testimonio, nuestro testimonio, no interesa porque somos la viva confirmación de que esta práctica se utiliza hoy en día y que no ha dejado de ser utilizada por el Estado. Y esto sucede porque hay jueces que firman detenciones incomunicadas, agentes especializados para aplicar la tortura de forma científica, sistemática y efectiva; porque hay gobiernos que conceden indultos a los agentes condenados por torturas; porque hay médicos y médicas forenses que, a pesar de tener evidencias de que se están produciendo torturas, no actúan con responsabilidad; porque hay medios de comunicación que tras hacerse eco de nuestras detenciones, grabar la salida de nuestros domicilios y filtrar informaciones policiales durante la incomunicación, no publican nuestros testimonios o no contrastan la información; porque la clase política, que se llena la boca al hablar de derechos humanos, no nos recibe o nos dice que no hay pruebas, que seguimos consignas, manuales… Pero también porque hay una parte de la sociedad a la que le resulta incómodo pensar que hoy en día se tortura y se muestra adormecida ante las evidencias.
Pero, por fortuna, también hay un sector creciente de la sociedad que sabe que se tortura y actúa en consecuencia, hay medios de comunicación que publican nuestros testimonios, organizaciones que con gran valentía trabajan para la erradicación de la tortura, instituciones internacionales como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos o la ONU, nada sospechosos de parcialismos, que han emitido importantes dictámenes sobre esa práctica.
Y estamos nosotros y nosotras: Manu, Lorea, Unai… para romper ese muro de silencio que rodea a esta gran lacra social. Sin olvidaros a todas y todos los que nos habéis acompañado en este difícil camino de denuncia.
La tortura forma parte ya de nuestra experiencia vital. Y se convierte en la energía que impulsa a acabar con ella. Así nos hacemos conscientes del gran trabajo que queda por hacer, de cuantificación, de reparación, justicia y verdad. Para nosotros y nosotras es demasiado tarde. Sólo nos anima el objetivo último de que vosotros, Eneritz, Iratxe, Joxean… jamás paséis por una experiencia semejante de violencia inhumana, degradante y brutal.
VER
Conversaciones el 15 de marzo de 2013, el Museo de San Telmo ‘Ankulegi XVI. Conferencia de la antropología: Violencia Escenario ‘parte del ciclo. Los participantes Laura Tejero Tabernero, María Carballo López, Susana Atxaerandio Alesanco y Caterina eran Gamundi Canyelles. / Los trabajos se llevaron a cabo en el 15 de marzo de 2013 El Museo San Telmo dentro del ciclo ‘Jornada de Antropología Ankulegi XVI: Escenarios de la violencia’. Los participantes Laura Tejero Tabernero, María Carballo López, Susana Atxaerandio Gamundi Alesanco y Caterina Canyelles.

“Hora de la Verdad” de una periodista “secuestrada, golpeada, humillada y abusada” por agentes del Estado en plena dictadura.

“Hora de la Verdad” de una periodista “secuestrada, golpeada, humillada y abusada” por agentes del Estado en plena dictadura.

Chile: Dura denuncia de una periodista sobre atrocidades de la dictadura

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Resumen Latinoamericano / La Nación – Una confesión jamás realizada a los medios de comunicación es la que hizo la noche del jueves la periodista y opinóloga, Pamela Jiles, quien declaró haber sido “secuestrada, golpeada, humillada y abusada” por agentes del Estado en plena dictadura.

La profesional reconocida por su fuerte carácter, dijo esto en la denominada “Hora de la Verdad” a la que llegan los finalistas de “Vértigo” de Canal 13 antes de que la gente decidiera entre ella y la actriz Javiera Contador como ganadora del último capítulo de Diana Bolocco antes de salir de prenatal.

El animador Martín Cárcamo fue el encargado de conversar con Jiles, a quien derechamente le preguntó cómo era fuera del personaje duro que durante años han conocido los televidentes.

Con un poco de duda y admitiendo que hubiese preferido tener esta conversación en privado, “la Abuela”, como se le conoce en los programas de farándula, finalmente abrió su corazón y contó los vejámenes que vivió a los 16 años cuando a la salida de su colegio “fui secuestrada por unos hombres que llevaron a un lugar donde fui golpeada, humillada y abusada sexualmente”.

Aunque se le vio entera, la profesional señaló que su círculo íntimo está enterado de esto y que no se había dado la ocasión de contar lo que vivió en ese momento en que afirmó “perdí mi dulzura” porque “era una niña” a la que se le dijo que había sido raptada “por ser enemiga política de Pinochet”.

Aprovechó la vitrina del espacio para decir que el Estado “no ha reivindicado a esos miles de torturados y presos políticos de los cuales muchos han muerto sin una reparación y que son mis hermanos” y sacó a colación una huelga de hambre que realizan algunos de ellos en Rancagua y que “no tiene cobertura de los medios de comunicación”.

Luego de señalar que “mis nietos me devolvieron la dulzura”, concluyó la entrevista en un apretado abrazo entre el conductor y Jiles, quién no pudo contener las lágrimas.

Finalmente, la dura Pamela se fue ganando al público que la premió con los pasajes a Cancún sorteados por Vértigo.
Pamela Jiles en Vértigo: Fui secuestrada y abusada en dictadura

La periodista hizo esta confesión inédita al público en el programa Vértigo de Canal 13, oportunidad en la señaló que a los 16 años fue raptada de su colegio por agentes del Estado, torturada y abusada sexualmente por ser “enemiga política del régimen Pinochet”.

Carta de Pamela Jiles

Nietitos amados, les escribo todavía exhausta y conmovida por lo que viví anoche en el programa “Vértigo”, no sólo porque fue extremadamente difícil hablar allí de algo que he guardado durante décadas, sino sobre todo porque era mi obligación darle visibilidad a mis hermanos, los ex presos políticos torturados, cuarenta de los cuales se mantienen en huelga de hambre desde el 13 de abril sin que ningún medio de comunicación informe siquiera que existen, menos aún que están muriendo sin que el Estado los reivindique, repare y reconozca en justicia como víctimas de delitos de lesa humanidad.

Mi caso es uno de miles. Soy un número más en la lista llamada “Informe Valech”, basada en datos comprobados que el Arzobispado recopiló, documentó y chequeó minuciosamente. Es necesario decir que quienes declaramos ante esa Comisión somos sólo una pequeña parte de los torturados por los servicios represivos de la dictadura. Hay cientos de compañeros cuyos casos no fueron incluidos, porque ya habían muerto en el año 2004 -fecha en que se hizo el catastro de torturados-, porque vivían fuera del país, porque no existían antecedentes probatorios de su tragedia o por otras razones. Qué injusto es que ellos ni siquiera sean reconocidos por el Estado en su calidad de víctimas de la dictadura.

Los datos del Informe Valech son chocantes pero no muestran la magnitud del daño: vidas quebradas, biografías de enorme dolor, el drama de callar durante décadas una verdad que debería avergonzar a los torturadores y no a sus víctimas. Los medios de comunicación ocultan que esa lista contiene 3.621 casos de mujeres torturadas en dictadura, 3.400 de ellas abusadas sexualmente. Anoche intenté hablar por todas ellas, cuyos testimonios nadie escucha. Cada una de esas mujeres vivió la misma pesadilla que yo, pero no tienen la posibilidad de ir a un programa de alta audiencia, en un canal de la televisión abierta, y contar la terrible verdad.

Tampoco hay espacio en los medios para proclamar que los torturadores de Pinochet no se amilanaron frente a la edad de sus víctimas. En el Informe Valech figuran 1.244 menores de 18 años, 176 de los cuales eran menores de 13 años.
Éramos niños. Estábamos en la edad de jugar despreocupadamente, de reír y descubrir la belleza del mundo, pero nos apresaron y sometieron a suplicios indescriptibles. Algunos de nosotros logramos sobrevivir, marcados para siempre por un dolor sin final. No sé -me lo he preguntado muchas veces- si habría sido mejor que me mataran, no seguir viviendo con esta carga. Pero entonces recuerdo a los que no pudieron enamorarse, luchar con su pueblo en las calles, volver a sonreir, soñar con un país sin miedo, experimentar momentos felices, tener hijos y nietos, verlos crecer, esos otros niños que el Informe Rettig -de 1991- determinó en 54 casos de detenidos desaparecidos menores de edad. Yo pude ser parte de esa lista. De hecho, no sé y nunca sabré por qué no estoy entre ellos.

Es extraño lo que me pasa hoy: a pesar de todo estoy contenta de haber ganado anoche. Es una tontera frente al horror, pero me parece que entre tantas derrotas, tanta pérdida, tanto ninguneo y rechazo, nos viene bien -a La Abuela y sus nietos- ganar en algo. Tiene cierta poesía el hacerse escuchar con más de veinte puntos de rating, en el programa de mayor audiencia del país. Me sentí muy acompañada por cada uno de ustedes. Mis nietos en masa se sumaron tuiteando, escribiendo, haciendo fuerza mental, apoyando de mil formas, desde todas las ciudades de Chile, y también desde Alemania, Estados Unidos, Australia, Uruguay, Argentina, Suiza, España y Dinamarca, donde muchos chilenos vieron el programa y me respaldaron. Anoche fuimos un gran ejército-chuZma. Ese es un verdadero triunfo. Y es hermoso, bueno y justo.

Pero sin duda, el mayor logro de anoche es haber visibilizado, en el marco de un exitoso estelar, a las personas que vivimos prisión política y tortura. Instalar en la pantalla, inesperadamente, el sufrimiento, los vejámenes, las torturas sicológicas y físicas, los electrochoques, las violaciones, los amagos de fusilamiento, las ruletas rusas, los pau de arara, que sufrimos personas concretas, de carne y hueso, sólo por pensar distinto que Augusto Pinochet Ugarte. Tengo la esperanza de que ustedes me ayuden a divulgar las reivindicaciones de los ex presos políticos torturados que hoy llevan una semana en huelga de hambre con el siguiente petitorio:
– que las pensiones para los presos políticos de la dictadura sean niveladas a un ingreso mínimo necesario que garanticen la supervivencia
-que reciban un desembolso único de una cantidad relativa correspondiente a lo padecido y denunciado ante instancias de la Justicia
-que sus derechos a pensión y a estudio sin costo alguno puedan ser traspasados a miembros de la familia y esposas o esposos. Lo segundo tiene sentido debido a que la edad de la mayoría de ex presos supera los cincuenta años.

Ha llegado la hora de sacar la voz. Durante años y años yo no hablé de mi propia experiencia simplemente porque no era capaz. No podía. Cuando intenté hacerlo no me salían las sílabas ni las frases. Mi testimonio frente a la Comisión Valech fue posible porque ellos tenían la documentación detallada de mi caso y porque había profesionales altamente especializados que se tomaron todo el tiempo necesario para permitir que uno pudiera hacer el relato de lo vivido. Pero incluso allí quedé por horas inmovilizada y sin habla, como si el dolor estuviera más allá de las palabras, condenado al silencio.

Muchas veces en estos años, sobre una micro, o caminando por las calles o mirando el mundo a mi alrededor musité para mí misma esa canción de María Elena Walsh: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando. Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal… y seguí cantando”.

Los años y ustedes, nietitos, me han hecho fuerte. Me han permitido cantar al sol como la cigarra. Eso hicimos juntos anoche: “Tantas veces me borraron, tantas desaparecí, a mi propio entierro fui, sola y llorando”. Pero ustedes me devuelven la dulzura. Ustedes me dan el valor necesario. Ustedes me rescatan de la oscuridad. “Igual que sobreviviente que vuelve de la guerra”.

Construyendo memoria Historica. Dos chilenos con el Ché en Bolivia.

Chile: Cuando el Che Guevara, Bolivia y dos chilenos

Por Prensa el 13 febrero 2015

Andrés Figueroa Cornejo

Por Andres Figueroa Cornejo.

Entrevista con los revolucionarios chilenos Alejandro Catalán y Julio Ulloa, ex militantes del MIR y del Ejército de Liberación Nacional de Bolivia creado por Ernesto Guevara de la Serna.

“Lo llenas todo con tu presencia”

Pablo Milanés

Alejandro Catalán fue prisionero político durante 6 años, y Julio Ulloa sufrió 12 años de a cautiverio. Ambos son chilenos y en los años de plomo fueron militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile, MIR, y participaron del proceso guerrillero que inició Ernesto Guevara en Bolivia, cuya primera etapa terminó con el asesinato del legendario cubano-argentino la primera semana de octubre de 1967.

La rebeldía, la solidaridad y también la soledad. Las contradicciones del Presidente Salvador Allende; la majadería brillante para libertar a Bolivia. El internacionalismo, el antiimperialismo, el anticapitalismo, el Cristo de los oprimidos/as, la mujer. La humanidad, el amor, la justicia inoxidable como bandera que no duerme en los armarios ni se desintegra con las amenazas del poder.

Dos hombres que murieron tantas veces, dos hermanos de Guevara. Dos y yo, periodista privilegiado, en torno a un mate a cuatro calles de la Alameda de Santiago de Chile. Dos hombres que esperanzan la voluntad de cambiar la totalidad de las relaciones sociales bajo la noche capitalista tan honda y tan urgente de hacer añicos. Dos hombres sin precio y una grabadora que enciende su pupila roja.

-¿En qué momento histórico te incorporaste al proyecto revolucionario del Che en Bolivia?

Alejandro Catalán: Elmo Catalán (http://es.wikipedia.org/wiki/Elmo_Catal%C3%A1n), militante del Partido Socialista y férreamente comprometido con la Revolución Cubana, quedó encargado de formar un equipo para rescatar a los compañeros sobrevivientes de la guerrilla del Che, especialmente a los bolivianos, hacia fines de octubre de 1967. Los combatientes estaban retirándose en dos grupos en medio de la persecución de los rangers norteamericanos (soldados de elite) y del ejército boliviano. Ya en Cuba, por iniciativa de su gobierno, se había formado un equipo. En él estaban, además de Elmo, Beatriz “Tati” Allende (http://es.wikipedia.org/wiki/Beatriz_Allende) y Arnoldo Camu (http://es.wikipedia.org/wiki/Arnoldo_Camu). Ellos eran leales a los acuerdos y principios sancionados por el Congreso de Chillán del Partido Socialista (PSCh, 1967), en particular de la línea del Frente de Trabajadores, proyecto estratégico del PS chileno y que en el fondo, nunca cuajó.

-¿En qué consistían los aspectos centrales del Congreso de Chillán?

AC: Básicamente fue una respuesta a los congresos 20, 21 y 22 de la Internacional Comunista que establecieron la política de los frentes populares y de conciliación de clases. Los fundamentos del Congreso de Chillán, en cambio, señalaron que el proceso revolucionario en Chile debía descansar sobre la unidad amplia del pueblo trabajador, de los asalariados manuales y no manuales; de la independencia política de la clase trabajadora y del rechazo a cualquier alianza con la burguesía, considerada como la socia esencial del imperialismo norteamericano. Aquí hay una situación importante. La línea del Frente de Trabajadores fue la aplicación práctica y concreta de los acuerdos de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS,http://www.ruinasdigitales.com/blog/primera-conferencia-de-la-organizacion-latinoamericana-de-solidaridad/) , proyecto presentado por Salvador Allende Gossens en la Tricontinental (http://es.wikipedia.org/wiki/Organizaci%C3%B3n_de_Solidaridad_de_los_Pueblos_de_%C3%81frica,_Asia_y_Am%C3%A9rica_Latina) . En la Tricontinental no pudo participar el Che Guevara debido a la oposición tajante de la Internacional Comunista por sus diferencias políticas con el revolucionario.

-¿Cómo se realizó tu ingreso concreto a la misión asumida por Elmo Catalán y los demás?

AC: Salvador Allende, entonces Presidente del Senado chileno y Presidente de la OLAS, comisionó a Elmo y a Arnoldo Camu a constituir el equipo de rescate de los hermanos bolivianos. Rápidamente se crearon los grupos con sus distintas especialidades: seguridad; gente que conociera los pasos fronterizos entre Chile y Bolivia; logística e infraestructura en el norte grande chileno (entre Arica y Antofagasta). Elmo había sido periodista de la Confederación del Cobre, así es que contaba con ese respaldo y el conocimiento del terreno. En fin. Antes de que terminara octubre de 1967, me visitó en casa un viejo amigo comunista de la línea de Luis Reinoso (a la izquierda de la política oficial del PCCh) y me propuso colaborar en la tarea. Yo manejaba técnicas gráficas y podía ayudar en lo correspondiente a la construcción de documentación. Se lo planteé al hermano de Miguel Enríquez, secretario general del MIR, Edgardo (http://villagrimaldi.cl/registro-interno/enriquez-espinoza-edgardo/) , y él lo consideró justo. En resumen, se cumplió a cabalidad la misión de recibir a los compañeros bolivianos.

-¿Cuáles fueron los detalles del rescate?

AC: Existió una comunicación muy fuerte con “Manila” (Cuba), mientras la operación se desarrollaba de manera vertiginosa. Pasó que el Partido Comunista boliviano, con su secretario general, César Monje, intentó “limpiar” su traición a la guerrilla de Guevara. Así, propagandísticamente, apareció como que el rescate fue obra de un grupo del PC de Bolivia, cuestión absolutamente falsa. Lo real es que los sobrevivientes atravesaron la frontera cerca de Arica,  en medio de un recibimiento fabuloso. Como se pensó originalmente que el procedimiento sería clandestino durante un largo tiempo, otros y yo fabricamos los documentos de identidad necesarios. Paralelamente se edificó una red de desinformación para distraer a la CIA que pretendía exterminarlos a todos. Sin embargo, e inesperadamente, en el momento en que se supo que los sobrevivientes ingresarían a Chile se produjo una verdadera movilización popular. Los mineros del cobre se trasladaron en los camiones y la propia población partió al recibimiento. Fue una especie de carnaval rebelde. Distintos grupos e individuos se sumaron desde distintos lugares. Beatriz “Tati” Allende, pistola en mano, dirigió a un grupo hacia uno de los posibles pasos de ingreso de los compañeros. Llegaron Pombo (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=57616) , Benigno y Urbano, quienes fueron trasladados a una comisaría de carabineros de la zona. El cuartel fue rodeado por los mineros y la gente. En ese episodio llegó Salvador Allende desde Santiago y realizó la recepción formal como Presidente del Senado. Los guerrilleros fueron transportados a la capital donde el pueblo los abrazó como a héroes. Tanto la derecha como la Democracia Cristiano mantuvieron un conveniente silencio debido a la algarabía del pueblo. Entonces Allende logró sacarlos de Chile a Cuba, haciendo una escala en Tahití.

Como en la operación hubo que entrar a Bolivia, mi grupo de todos modos debió fabricar cédulas de identidad falsas, documentos de conducir, entre otros.

En el equipo chileno de apoyo participaron, en su gran mayoría, socialistas, militantes del MIR e independientes.

 

-El comportamiento que tuvo Allende, observado desde el Chile de 2015, podría haberle costado la carrera política por muchísimo menos?

AC: A Allende le importó un comino. Él cumplió su tarea. Por eso yo rescato su carácter internacionalista y revolucionario. Lo que sucedió es que Allende, por su análisis, pensaba que ese no era el camino para Chile.

-¿Qué repercusiones tuvo al interior del PSCh el acontecimiento?

AC: Nacieron los “Elenos” (por el Ejército de Liberación Nacional creado por el Che en Bolivia) a fines de 1967. Al interior del PS se convirtió en una suerte de tendencia clandestina. Todos sabían que existía el ELN, pero nadie los conocía. Posteriormente Inti Peredo (http://www.elortiba.org/inti.html) se vino a Chile. Con él yo pude participar, junto a las personas comprometidas en el rescate del año anterior, en una reunión a comienzos de 1968. Allí él planteó la necesidad de tener nuestro apoyo en un nuevo proyecto cuyo lema fue “Volveremos a las montañas”. Como ya es sabido, la meta del Che no fue hacer la guerrilla en Bolivia, sino que construir una escuela de cuadros revolucionarios que serían destacados después a distintos países del continente. Ese era el objetivo y continuación que nos propuso Inti. De ese modo, y yo leal a Elmo Catalán, emergió la fuerza clandestina desde Chile hacia Bolivia; una fuerza constituida no por partidos políticos, sino que por personas. Comenzamos a realizar labores de retaguardia estratégica, logística, infraestructura; grupos de exploración, establecimiento de postas desde Santiago hacia el norte. Se confeccionaron refugios con combustible, alimentos, botiquines. Y también chilenos fueron a combatir a la guerrilla de Teoponte en 1970, donde, resultado de un nuevo fracaso, muchos “Elenos” del PSCh hicieron una fuerte crítica a la iniciativa. Además que varios de ellos ya estaban ocupando cargos institucionales y gubernamentales en la Unidad Popular. En ese marco, se quebraron los “Elenos” y continuamos muy pocos. Osvaldo Peredo, hermano de Inti, y otros sobrevivientes de Teoponte ingresaron a Chile en 1971.

 

-Pero tú te quedaste en Chile?

AC: Sí, y nos abocamos a las comunicaciones, a Inteligencia. En Chile contábamos con la militancia de cuadros técnicos en la preparación de materiales de guerra. Tanto de ingenieros como de obreros de la tornería y la siderurgia. Aquí se crearon las matrices, los modelos de todos los armamentos no sólo para los bolivianos, sino también para los argentinos, uruguayos y los propios revolucionarios chilenos. Por ejemplo, para los bolivianos construimos los prototipos de los fusiles de asalto M-1, para el MIR chileno se hicieron modelos de la “matraca” P- 25 para combate urbano.

Incluso, el ELN de Bolivia en Chile le ofreció al Partido Socialista chileno dirigido por Carlos Altamirano la fabricación de armas cuando el golpe de Estado se aproximaba a pasos agigantados y estaba en boca de todo el mundo. Pero el PSCh no entregó jamás los materiales ni destacó a los militantes que podían haberse hecho cargo de la confección de material bélico.

Lo cierto es que el día del golpe, Allende se quedó solo con sus más leales. Había compromisos previos donde el PCCh habló de 10 mil militantes para la defensa del gobierno; los socialistas, para no ser menos, aportarían con 15 mil; y el MIR con que los tanques no entrarían a La Moneda. Como ya lo sabemos, no ocurrió nada de eso. Nadie estuvo a la altura de las circunstancias históricas.

Vietnam Heroico, el PRT-ELN de Bolivia, la Operación Cóndor

-Tú, Julio, ¿de qué manera te incorporas al proceso revolucionario de Bolivia inaugurado por el Che?

Julio Ulloa: Yo militaba en el MIR de la zona oriente de Santiago. Soy de origen proletario, trabajé desde niño y en ese tiempo estaba estudiando Trabajo Social en la universidad con el fin de adquirir conocimientos para ponerlos al servicio del pueblo. En esa época Chile era un centro extraordinario de actividad social, política y solidaria. Buena parte del pueblo chileno permanecía atento a los acontecimientos de Vietnam, de África. Al país arribaron muchos revolucionarios brasileños, argentinos, bolivianos. Y en mi caso, el latinoamericanismo era un asunto natural. Yo soy más joven que Alejandro y cuando entré al ELN ya se habían sucedido las derrotas de Ñancahuazú y la de Teoponte en 1970. De este modo, devino la tercera etapa, encabezado por Osvaldo “Chato” Peredo (hermano de Inti y Coco). Y mi decisión fue autónoma respecto de la dirección del MIR.

-Tú te iniciaste en 1971 en ese empeño junto a refugiados políticos de distintos pueblos de Latinoamérica que estaban en Chile?

JU: No sólo refugiados. El proceso chileno resultó muy atractivo para mucha gente que no era del país. Venían a aportar y a aprender. Entre esa gente se encontraban los hermanos bolivianos del ELN y su Estado Mayor (Nilda Heredia, Osvaldo Peredo, Luis Stampone (argentino que provenía de la guerrilla de Masetti,http://www.rebelion.org/noticia.php?id=184126) , Jorge Ruiz. Ellos se hicieron parte de lo que nosotros estábamos haciendo en Chile, y en particular, en la localidad de Barrancas (actual comuna de Pudahuel), en el Santiago todavía ruralizado. Ahí funcionaba un Centro de la Reforma Agraria que ofreció asilo a muchos bolivianos. Se trataba de fundos intervenidos por el gobierno. Por tanto sus pobladores no tuvieron que comprar la tierra inmediatamente, sino hasta que los propios campesinos decidieran cómo iban a trabajarla. El gobierno les hizo préstamos tan baratos que los campesinos alcanzaron a pagarlos.

Allí existió presencia del MIR a través de una dirección local de la mano con Edgardo Enríquez y Lumi Videla (http://villagrimaldi.cl/noticias/quienes-y-por-que-mataron-a-lumi-videla-y-arrojaron-su-cuerpo-en-la-embajada-italiana-de-santiago/) . El MIR la calificó entonces de una experiencia de milicias campesinas para la defensa de la zona contra los dueños de los fundos, del grupo de ultraderecha Patria y Libertad, e incluso de la represión de carabineros. Hubo enfrentamientos, de hecho.

-¿Y en qué consistió el accionar del ELN boliviano allí?

JU: En formación política, trabajos voluntarios (donde también asistían en marcha los estudiantes  de la Universidad Técnica del Estado (hoy Universidad de Santiago de Chile, USACH); del campamento Che Guevara, del Instituto Nacional de Capacitación, INACAP (hoy entidad de educación superior privada); miembros de la embajada de Vietnam (el Centro de Reforma Agraria se llamaba Vietnam Heroico)), e intercambio de perspectivas de construcción política. En el terreno había un consejo campesino que se ocupaba de la producción y de elevar el nivel cultural de los pobladores. Lo que se buscaba era crear en un territorio específico la sociedad nueva, la sociedad socialista. Recuerdo que un grupo de anarquistas españoles estaban muy interesados en lo que allí se desenvolvía. No se repartió la tierra, se colectivizó.

Lo que se hizo en el Centro Vietnam Heroico fue uno de los eslabones más avanzados de la reforma agraria durante la Unidad Popular. El gobierno chino de entonces, donó el primer proyecto ecológico que producto del golpe de Estado, no alcanzó a ver sus frutos. En este caso, el Centro alcanzó una productividad y aplicación de nuevas tecnologías tales, que incluso al comienzo de la tiranía, mientras se regresaban los fundos a los terratenientes, los milicos indemnizaron a los campesinos antes de lanzarlos a su suerte.

-¿Cuál fue la reacción de los miembros del ELN ante el trabajo en el Centro Vietnam Heroico?

JU: Ellos venían de una experiencia fundamentalmente político-militar y en el Centro conocieron una forma de labor amplia y efectiva de pueblo organizado y, como se decía antes, de lucha de masas. Creo no equivocarme si te aseguro que lo que vieron y vivieron los compañeros del ELN en el Centro fue una posibilidad a implementar en un nuevo proyecto revolucionario más complejo y completo en el empeño de la Bolivia por liberar. Es más, cuando los militantes del ELN boliviano retornaron al país andino, crearon el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT-ELN), inspirados también en lo que vieron en Chile y en Argentina.

En Chile el ELN logró su reagrupación y los contactos hermanados con los Tupamaros uruguayos, el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) y el MIR chileno, simiente de la Junta Coordinadora Revolucionaria de América del Sur (http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-96185.html) . El objetivo fue acordar aspectos centralizados para la creación de condiciones revolucionarias en cada país y combinadamente.

-¿Y qué fue de ti, Julio?

JU: En 1971 fui parte de un equipo de chilenos y bolivianos que partió a formarse política y militarmente a Cuba, en mi condición de militante del ELN boliviano. Estuvimos en la Isla dos años (el golpe de Estado en Chile lo sufrí en Cuba). El objetivo era abrir un nuevo frente guerrillero en Bolivia. Ahora bien, a causa de las experiencias fallidas en Ñancahuazú y Teoponte, compañeros argentinos, bolivianos y chilenos realizaron una fuerte crítica a esos episodios. Ya no era posible repetir una iniciativa similar a las anteriores, en frío. Por eso se resolvió el trabajo desde el movimiento popular que se materializó en la gestación del PRT-ELN. Ya el ELN tenía cierta influencia previa en las minas, en el campo, en la ciudad. No se arrancó de cero.

De este modo, algunos iniciamos el acercamiento a Bolivia desde Perú, donde fuimos apoyados por revolucionarios de ese país. En ese contexto y ante la necesidad de construir el partido, nos reunimos militantes del ELN, esencialmente bolivianos que permanecían exiliados en distintas partes del mundo. El PRT-ELN se volvió una realidad en un congreso efectuado en Lima, Perú.

Alrededor de 1974, yo partí del Perú a Cochabamba en Bolivia, en plena dictadura de Hugo Banzer. Se trataba de una labor de semi-clandestinidad. Nuestras identidades eran clandestinas. Al poco andar conseguimos abrir trabajo a nivel estudiantil y de trabajadores. A través de diversas modalidades de propaganda comenzó la formación del PRT, con respuesta real. Sin embargo, este capítulo sólo duró hasta 1975, cuando se produjo la reacción de la dictadura de Banzer, en medio de un escenario de dictaduras en todo el Cono Sur.

-¿Qué ocurrió contigo?

JU: Caí en Cochabamba en octubre de 1975. Asimismo nos golpearon represivamente en Santa Cruz, La Paz, Oruro. Capturaron a la columna vertebral de nuestra fuerza. En mi caso, estuve 6 meses prisionero en la cárcel de La Paz, después de los cuales fui entregado a la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) de la dictadura chilena, en el marco de la Operación Cóndor (http://es.wikipedia.org/wiki/Operaci%C3%B3n_C%C3%B3ndor) . En Chile fuimos torturados por agentes brasileños que, a su vez, habían recibido instrucción de la escuela francesa y sus escuadrones de la muerte que fueron quienes fundaron la doctrina de la guerra contra el llamado enemigo interno luego de sistematizar su propia experiencia de “guerra moderna” en Argelia.

La DINA nos trasladó a los centros clandestinos de Tres y Cuatro Álamos en Santiago, y luego a la localidad de Puchuncaví. Así estuve preso otros 6 meses hasta que la dictadura decretó una amnistía en 1977. Salí en libertad, me sumé a la Resistencia chilena y caí de nuevo, esta vez, me dieron 11 años de presidio.

La voluntad insobornable: “El Che está pendiente”

-Esta es cosa mía. Yo considero que Chile no fue ni es sólo el laboratorio del denominado neoliberalismo, sino que en la actualidad, del propio e inestable Nuevo Orden Mundial decretado por el imperialismo norteamericano y sus aliados. ¿Qué piensan?

AC: Es efectivo. Sobre todo cuando al capitalismo ya le quedó chico el planeta y se está repartiendo la luna y hasta Marte. Para mí la contradicción es el humanismo versus el capitalismo. El Che está pendiente. Y en Latinoamérica el papel de los cristianos de base y de las mujeres es estratégico en cualquier campaña emancipatoria.

JU: Más allá de todas las derrotas, la situación presente de los pueblos nos emplaza a formular políticas creativamente, por más poderoso que sea y parezca el enemigo de la humanidad. Tiene sentido y sí vale la pena transformar el mundo. Y la juventud ahora tiene que inventarlo todo. El capitalismo produce rebeldes, pero no por abstracciones o moda, sino por sus mismas contradicciones internas. Algunos viejos quedamos para colocarnos a su servicio, que nunca para “dirigirlos”.

AC: Hoy nosotros seguimos diciendo “Hasta la victoria siempre”.

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Destacado

Nos hace falta Allende… las cosas sucedieron así. Y así las relato.

Nos hace falta Allende

20080701052327-mireya.jpgNuestro deber es concluir la tarea inconclusa

Por Mireya Baltra

Especial La Nación

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Mucha gente me pregunta ¿cuándo conociste a Salvador Allende? No es fácil una rápida contestación. Por primera vez lo vi de cerca cuando como senador se dirigió al local de la Central Única de Trabajadores (CUT), en calle Compañía, para entregarnos las condolencias por el asesinato de siete hombres y una mujer en la población José María Caro. Lo vi apesadumbrado, pero a la vez sus ojos expresaban indignación. Se sentó en la mesa grande de las reuniones diarias de la CUT para decirnos que había ido a entregar una firme protesta a la Guarnición del Ejército de Santiago y que desde el hemiciclo realizaría una intervención contra la represión brutal descargada el 19 de noviembre de 1962.

Al parecer antes lo había visto desde lejos en las concentraciones y mitines, en la campaña presidencial de 1958, donde junto a mi compañero Reinaldo montando una motoneta Lambretta, yo sosteniendo en el asiento de atrás una gran bandera chilena, íbamos a escucharlo así como los cristianos van a escuchar el sermón de la iglesia. Éste era un sermón revolucionario, que encendía la sangre y te enseñaba a leer en las palabras de un discurso lo que los libros a veces te negaban.

Salvador Allende nos inspiraba cariño, afecto, yo lo sentía igual en los enigmáticos parentescos políticos.

La segunda vez que recuerdo haber estado tan cerca de él en un momento que podríamos llamar crucial para la vida de un hombre fue en 1964, cuando fue derrotado por la Revolución en Libertad que encabezó Eduardo Frei Montalva.

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Otra de las respuestas que te solicitan es que definas el perfil del Presidente Allende, pensando quizás que tú tienes la capacidad en tres frases de definir el perfil político y humano de uno de los estadistas más destacados del siglo XX, que alumbra hoy el pensamiento de la izquierda pensante, no nostálgica ni abjuradora de lo que ayer fue.

Como la historia nos fue negada y arrebatada de los libros, para que los niños jamás aprendieran a deletrear el nombre de Allende, así la noche oscura de la dictadura quiso sepultar a Allende bajo cien lápidas. Allende se le escapó y ha vuelto a situarse en el más alto escaño de la nobleza revolucionaria que sin títulos nobiliarios tiene el cetro de la memoria viva, del nítido ejemplo de la transformación social, del ímpetu y la perseverancia por conducir al pueblo a su emancipación, separando las aguas y dejando sumergidos en el olvido, en la mediocridad y la ignorancia a los reaccionarios de ayer y hoy.

Cuando Allende me designó su ministra del Trabajo y Previsión Social me convocó a conversar privadamente varias veces. Su gran preocupación era darle continuidad a la formación de las comisiones tripartitas por ramas de producción y servicio, cuestión que había empezado al asumir este cargo el compañero José Oyarce, creando la comisión tripartita de los gráficos, marina mercante y textiles. Éstas consistían en una suerte de negociación colectiva moderna, donde participaban gobierno, empresarios y trabajadores.

Para el Presidente, el cumplimiento del programa era la piedra angular de su gobierno y debía ser respetado y jamás transgredido: “Mireya, debes devolver todas las pequeñas empresas que no pertenecen ni al área social, ni al área mixta de la economía. Son empresas insignificantes con maquinarias viejas y en la mayoría de ellas se adeudan años de imposiciones previsionales. Deben ser devueltas a sus propietarios”.

Cumplí sus instrucciones y le daba cuenta periódicamente del cumplimiento de esta tarea ministerial. Devolví como cien empresas que fueron tomadas.

Los que se creían más revolucionarios que los revolucionarios daban bote, se tomaban pequeñas confiterías, desde una fábrica de cola de hueso en Chillán hasta el Cementerio Metropolitano. Para ellos eso era avanzar sin transar y crear de esta manera el poder popular paralelo y equidistante al gobierno del Presidente Allende. Los imperialistas estaban de fiesta y la derecha chilena aplaudía en la cofradía reaccionaria de los planes elaborados en Washington y que ellos cumplían como fieles funcionarios del país “más democrático del mundo”. Directa e indirectamente la ultraizquierda chilena les echaba una manito.

En carta dirigida y hecha publica el 31 de julio de 1972 a los jefes de los partidos de la coalición de gobierno, Allende expone con claridad y firmeza su pensamiento: “El poder popular no surgirá de la maniobra divisionista de los que quieren levantar un espejismo lírico surgido del romanticismo político al que llaman al margen de toda realidad ‘Asamblea Popular ’”.

En esa carta, que constituye hoy un documento histórico, hace una pregunta dirigida a la médula del hueso de los empecinados en subirse al carro de la victoria transgrediendo el programa e increpa: “¿Qué dialéctica aplican los que han propuesto la formación de tal asamblea? ¿Qué elementos teóricos respaldan su existencia?”. Y responde a los jefes de los partidos y principalmente a los trabajadores y al pueblo:

“Una asamblea popular auténtica, revolucionaria, concentra en ella la plenitud de la representación del pueblo. Por consiguiente, asume todos los poderes. No sólo el deliberante, sino también el de gobernar. En otras experiencias ha surgido como ‘un doble poder’, contra el gobierno institucional reaccionario sin base social y sumido en la impotencia. Pensar en algo semejante en nuestro país es absurdo, si no crasa ignorancia o irresponsabilidad. Porque aquí hay un solo gobierno, el que presido, y que no es sólo el legítimamente constituido, sino que, por su definición y contenido de clase, es un gobierno al servicio de los intereses generales de los trabajadores. Y, con la más profunda conciencia revolucionaria, no toleraré que nadie ni nada atente contra la plenitud del legítimo gobierno del país”.

Entonces, cuando me preguntan que defina a Allende, digo: Allende se define a sí mismo, cada discurso es una línea orientadora, una acumulación de más conciencia, una dinámica social nunca vista antes en Chile, plena de valores morales y éticos. La verdad fue un principio de Estado, nada nunca se le ocultó al pueblo. Lamentablemente, muchos gobernantes discuten y acuerdan a puertas cerradas lo concerniente a la vida, al trabajo, a la salud, a la educación de las mayorías hoy desplazadas por un sistema que profundiza las relaciones de producción capitalista.

A lo mejor muchos no estarán de acuerdo con estas páginas, pero qué diablos, las cosas sucedieron así. Y así las relato. Los que aún no estamos idiotizados por los mensajes y las imágenes televisivas de los crímenes, las violaciones, los asaltos que inmovilizan a los ciudadanos con el miedo, que ocultan con premeditación y alevosía lo bueno, lo positivo, lo cultural, los valores aún no perdidos de la ciudadanía víctima de la aldea global, nos rebelamos, porque los canales de televisión dan espacio superlativamente a estos impactos diarios como dosis de veneno que impiden al estado llano pensar, analizar, cuestionar, transformarnos en masa crítica, activa, cuestionadora del sistema que nos condena a cargar la cruz del mercado todos los días.

No nos detengamos. Aquí hablemos de quien debemos hablar, del Presidente Allende, un hombre concreto, un revolucionario cabal, un luchador incansable por la justicia de nuestro pueblo, un ministro de Salubridad en el gobierno del Presidente Pedro Aguirre Cerda, quien señalaba que gobernar es educar. Allende dio continuidad a esa antigua y sabia consigna. Nos enseñó a luchar uniendo la teoría y la práctica.

Si quieren saber lo que pienso, podría apretarlo en cuatro palabras: nos hace falta Allende. Busco en la juventud chilena el rostro, la voz sonora, el pensamiento claro, el método acertado, los valores que no debemos dejar escapar en este tumultuoso mundo de la dispersión, la exclusión y la confusión política. Nuestro deber es concluir la tarea inconclusa. No hay otra alternativa.

Mireya Baltra, dirigenta del Partido Comunista, fue ministra del Trabajo del Presidente Salvador Allende.

01/07/2008 01:23. Publicado por: Arístides Chamorro Rivas #. Salvador Allende

UN MECHÓN LACIO QUE LE CAE SOBRE LOS OJOS

DestacadoUN MECHÓN LACIO QUE LE CAE SOBRE LOS OJOS

UN MECHÓN LACIO QUE LE CAE SOBRE LOS OJOS

El martes, 06 de octubre de 2009
Homenaje a Miguel Enríquez escrito por Carmen Castillo

Esa noche el oficial Max hace comparecer a Amelia en un cuarto. La Flaca Alejandra lo acompaña. Amelia está muy debilitada: hace cuatro días que los prisioneros no reciben alimento.
El oficial Max: Como todavía te sostienes, te pondremos de nuevo en la parrilla.
Amelia: no estoy entera… no hay más que mirarme.
El oficial Max se ríe y añade: El Chico te traicionó. ¿De qué te sirve jugar a la heroína?¿para quién, para qué?
Amelia: No le creo.
El oficial Max llama al capitán Marchensko.
El capitán Miguel Marchensko: Sí, es cierto. El Chico nos dio la dirección de la casa, diciendo: «Te doy los peones pero no la reina».
Torturarán a Jaime hasta descerebrarlo. Pondrán a Juanito en la parrilla.
Amelia sabe que ha llegado el momento: debe aprovechar la ocasión para mostrarse agobiada, y llorar y quebrarse. Se esfuerza, pero las lágrimas no le corren.
La Flaca Alejandra: Amelia, tienes que cambiar. La vida continúa en otra parte y tú lo sabes. He visto tanta mierda en el partido, no vale la pena morir ni sufrir por él.
El oficial Max le quita la venda y le pide que lo mire a los ojos. Amelia se sobresalta: el bello y horrible, tiene la cara deformada, la boca de un sádico…
Amelia trata de dejarse llevar por imágenes tristes… inútil: no puede llorar.
«Te endureces a tal punto en la casa José Domingo Cañas que ya nada logra apenarte. El sufrimiento se vuelve tan banal.»
Pero ¿dónde estabas tú, Amelia, el sábado 5 de octubre?
Era cerca de mediodía, ¿cómo saberlo exactamente? Las horas no existían en la casa José Domingo Cañas. La noche había sido fría, y brusco el despertar. Hacía ya un rato que duraba el desfile a los baños. El tiempo transcurría en espera de la irrupción de algo. Los guardias soñolientos se abrazaban a sus metralletas y el arranque de uno o dos coches quebraba la calma de tarde en tarde. El cuarto número uno de prisioneros recibió a un recién llegado: David Silbermann. Sillas removidas para dejarle un hueco. Gemidos y olores rancios, corrientes, un día como cualquier otro, aquí.
De pronto, puertas azotadas, hombres que corren en el exterior, de un cuarto a otro, rechinidos de ruedas de camionetas, metal de armas que raspa paredes, una voz gritona: «Comando de helicópteros», el teléfono que suena, los dos puestos de radio vociferando órdenes.
Los detenidos callaban. Crecía el estruendo de la casa José Domingo Cañas. En el cuarto número uno, se hubiera podido acuchillar el silencio.
Dos hombres, tres hombres irrumpieron; uno de ellos colocó una ametralladora en la puerta y un cuarto ató los pies a los prisioneros. La agitación rebotaba por ese espacio estrecho y el enervamiento de los guardias se tradujo en culatazos, puñetazos, cachetadas y puntapiés. Amelia dice: «No sabíamos qué estaba sucediendo. No nos atrevíamos a preguntar siquiera. Bajamos la mirada».
Un hombre que se reía incrustó la punta fría de AK en el pecho de una, en la frente de otra. ¿Qué era lo que podía excitarlos a ese grado? Resonaban los mensajes de radio. ¿Se trataba de un enfrentamiento? ¿Con quién? ¿Dónde?
La risa del hombre se difundía, se volvía contagiosa y ganaba al cuerpo de guardia. El hombre midió el efecto de cada palabra al hablar: «Buena noticia muchachos… la casualidad, no… no hay que ser mezquinos, es gracias a ustedes… excelente descripción del refugio: acabamos de dar con la casa de Miguel Enríquez… esta vez no se nos escapa».???????????????????????????????
Los ruidos se amoldaron y cada palabra se hizo irremediablemente clara en la pieza número uno: el enfrentamiento continuaba. La DINA pedía refuerzos: Miguel resiste. En el cuarto de los detenidos no se dijo palabra alguna. El recogimiento se convirtió en impotencia solitaria. La mano de Amelia tomó la mano de Carolina, y Carolina tomó la del compañero a su lado… En segundos, todos se tomaban de la mano, trazando un círculo. Nos tocábamos con una plegaria en el corazón. Hacía frío.
Un hombre, dos hombres, tres hombres entraron en la pieza, armas en mano. Golpes. Una como embriaguez. Una voz de histérico: «Por cada uno de los nuestros que caiga en la calle Santa Fe, fusilaremos a dos de ustedes».
Escuchando esas amenazas, solo veíamos una imagen: Miguel resiste. La DINA tiene heridos y muertos. Las manos se estrechaban, las uñas arañaban las palmas. El silencio se tornó materia, esperanza: Miguel resiste y se les escapará. No lo atraparán. Es necesario.
De pronto alguien grita: «¡Ya está!… ¡lo tenemos! Los hombres avientan las metralletas al suelo y se abrazan. Los hombres de negro se ríen, algo como la risa, y aplauden «¡Lo matamos… lo dejamos hecho un colador… todo acribillado… se acabó el MIR… ya veremos…».
Amelia levanta la mirada y sus labios entonan suavemente una tonada. Los prisioneros se yerguen y la siguen. Poco a poco aumenta la música y se estrecha el círculo de manos. «La Internacional» retumba en la casa José Domingo Cañas. Un suspiro, un redoble de murmullos se propaga de oído en oído: Miguel no ha muerto…
Esta melopeya, este canto vuela hacia los campos de concentración de Ritoque, Tres Álamos, Chacabuco, Tejas Verdes. Se cuela en las casa secretas y Colonia Dignidad. Todavía resuena en las calles de Santiago, Concepción, Valparaíso, Antofagasta. A lo largo de todo Chile, entre la cordillera y el mar.
Un charco de sangre se extiende por el suelo de madera de la sala, entre el escritorio de Miguel, la puerta-ventanal y el mueble bajo de Javier donde se guardan los discos. Allí fue donde lo abatieron, cuando seguía los pasos de Miguel hacia el garage. Debió ser quince minutos después del inicio del enfrentamiento. Solo sintió un golpe, un golpe lancinante y punzante, y luego nada. El brazo derecho se le retorció, doblado en dos, y brotó la sangre. La visión no duró más que un instante, pues ella volvió la cabeza a otro lado. Cerró los ojos. «El Coño Molina» corría de la pieza que daba sobre la acera hacia el patio y se cruzó con ella; debió decir algo como: «Te dieron»… y siguió de largo. Fue lo que ella escuchó antes, antes de que el cuerpo reblandecido se viniera abajo. Lasitud y somnolencia, mansedumbre. Sin moverse, levantó la mirada. A Miguel también, pensó, un raudal de sangre delgado, muy delgado, le corre de la mejilla izquierda.
No vio nada más. Deseaba estirarse, alargarse, arrastrarse hasta él. Entre ellos no había más que la distancia de un cuerpo, y la puerta-ventanal estaba abierta de par en par. Se apoyó en la mano izquierda, incorporó el torso y volvió a desplomarse, hundiéndose en las sombras. Mucho tiempo. Pero no lo sabe.
El ojo en la mira, él descarga su metralleta. Ahora se repliega. Comienza de nuevo, observa, apunta y dispara. Es Miguel, que no cede y no se resigna, que resiste.
Ella se durmió serenamente. No lamentaba nada. Se habían dicho todo y no habían calculado nunca el cómo ni el cuándo; habían vivido, tan hondamente, juntos. La muerte parecía tan lejana, como una persona que se conoce bien pero a la que hace mucho tiempo que no se ve. No sorprende la muerte. Un día tenía que llegar. No sintió más que una pena dulce. Como todos los días, antes de abandonar el ensueño. Después, cuánto tiempo después, él se le acerca. Ella lo ve venir. Se inclina sobre ella, la desplaza detrás del mueble bajo y largo. No debe quedar al descubierto: las astillas vuelan por el cuarto y los tiros la rozan. La toma, sí, me toma, sus manos… ha debido dejar el arma sobre las rodillas, y me besa y me habla. Por un instante la metralleta descansa a sus pies: Catita, despiértate. Catita…
No, ella jamás pronunciará esas palabras; callará. Imágenes indefinibles que solo a ella le pertenecerán. Mientras viva.
Un pesado silencio cae sobre la casa celeste de Santa Fe. Nadie. Supo que estaba sola. Afuera se oían gritos, jirones de órdenes, explosiones metálicas; polvo. Las detonaciones iban espaciándose y las siguió un momento de calma. Puños que azotaban la puerta, luego, madera crujiendo, la puerta desplomándose y pasos, pasos que corren, piernas negras.
Un hombre la tira del cabello, le echa la cabeza hacia atrás, le vuelve la cara y la abofetea. Tres dientes se quiebran. El hombre le espeta: «Tú eres Ximena, hija de puta…». Otra voz, rostro sin ojos: «Está herida y embarazada, hay que evacuarla»: Los hombres la llevan, arrastrándola, hasta la esquina.
Calzado negro y culatas de metralleta la rodean. Divisa a lo lejos, tan lejos, a los vecinos. Alguien exclama: «¡Hay un muerto!» Los helicópteros hostigan y ahogan las voces. Un dolor mezclado con temor la embarga.
La imagen borrosa se diluye, y esto me atormenta. El sábado 5 de octubre de 1974, un día tibio, ¿qué ropa llevaba? La blusa de embarazo de Paula y un pantalón azul marino. Creo. No tiene la menor importancia. En la calle había una mujer que se adormecía. Vestía así pero, como en una foto, no puedo traspasar la imagen, entrar adentro, introducirme en ese cuerpo. ¡Había sangre por todas partes, una mancha desde la casa hasta la vereda! De la sangre y el sufrimiento no sé nada. Nada.
El Hospital Militar se encuentra en el cruce de Los Leones y Avenida Providencia.
No distingue nada aún, nada que no sean piernas negras y blusas blancas. Está sola en una habitación oscura, con el aparo de rayos X encima de ella, y suplica: «Por favor, cuidado con el bebé». Una voz profesional le contesta: «Como si pudiéramos ocuparlos de él».
Cuando las luces se apagan, se palpa el vientre. Alguien enciende un foco sobre sus ojos y ella se pone rígida. Ahí están, esos dos hombres, detrás. Uno le parece un gigante de cabello crespo, muy corto; lleva un chaquetón beige, cuello café oscuro, que realza su porte robusto. Habla con un tono tajante, como oficial prusiano. El otro es regordete y un poco calvo.
–Así que tú eras la… ¿te hacías llamar Ximena, no?
–¡Dónde está Miguel?
Un silencio.
–Se fue.
–Huyó, está bien, se salvó…
Una sonrisa u otra cosa le transforma la expresión. La voz dice:
–Murió.
De pie sobre el muro de adobe, a cien metros de la casa celeste de Santa Fe, Miguel gritó: «¡Detengan el fuego… ¡Hay una mujer embarazada, herida!». Los hombres al acecho se irguieron y avanzaron sobre la humilde casa. Miguel saltó el muro y empuñó el arma: una ráfaga de metralleta desgarró el aire. De todas partes resonaron balazos. La mujer que lava ropa lo vio a través de la rendija de los tablones. Miguel disparó una ráfaga. Miguel se desplomó sobre la artesa, el lavadero.
–¡Dónde estaba herido Miguel?
–El pecho acribillado. Una bala en la cara.
Estaba muy cambiado Miguel.
Los hombres no lo reconocieron. Hubo que tomarle las huellas digitales.
¿A qué se debe que todavía estuvieran allí?
¿Por qué todavía estaban en esa casa? ¿Cuánta gente había?
Por lo menos veinte. El combate duró dos horas y media.
¿Dónde están los escondites de seguridad? ¿Dónde están los refugios de los cuadros militares? ¿Y las armas?…
«La Catita» calla, y callará largo tiempo. Hirieron de muerte a Miguel. Miguel. Ignoran que una esquirla de granada lo alcanzó a los quince minutos de iniciarse el enfrentamiento, y no vieron el hilo rojo que le corría por su mejilla, y nunca sabrán que peleó solo, solo durante más de dos horas, con su metralleta AK ardiendo y los cargadores de cuarenta disparos. Se calla, y se callará. No sabrán nunca, nunca, que ella lo vio. Que él le habló. Cuidará ese secreto frente a ellos. Esto no podrán mancharlo.
–¿Cómo dieron con la casa?
–Un croquis del lugar y algunas pistas: tu embarazo, una Renoleta roja, el sector de la ciudad, los puntos de contacto… un rastreo sistemático y, la mañana misma del sábado 5 de octubre, la casualidad: la panadería, el cuento del bolso olvidado en el taxi, el retrato hablado de tu cara… los dos pisos y el verde esmeralda de la casa de enfrente…
¿Dónde está «El Chico»?
–Murió recién, hace unos días.
–Lo asesinaron.
–Una hemorragia, un momento de descuido, una negligencia… es una lástima.
–Y Luisa ¿cómo está?
–Triste, a causa de Miguel.
Un hombre le muestra una foto de Miguel, la que utilizaba la DINA con sus pesquisas. Miguel tiene el mechón lacio que le cae sobre los ojos, de lado.
–Déjemela…
«Un mechón lacio que le cae sobre los ojos» fue publicado por primera vez en el libro “Diferentes miradas: Las historias que podemos contar, volumen dos” (Editorial Cuarto Propio), y es extracto de Un día de octubre en Santiago, novela testimonial escrita por Carmen Castillo Echeverría.

El 5 de octubre de 1974 la casa donde se ocultaba Miguel Enríquez, en la comuna de San Miguel, fue rodeada por un nutrido contingente de agentes de seguridad, el que incluía una tanqueta y un helicóptero. Entre los ocupantes del inmueble se encontraba una mujer embarazada que resultó herida. Miguel Enríquez cayó en el enfrentamiento recibiendo, según el protocolo de autopsia, diez impactos de bala que le causaron la muerte. Terminaba así la vida del Secretario General del MIR, de profesión médico, que dejaba un hijo y una hija, y un hijo por nacer que no sobreviviría. Pero si bien ese día cayó muerto Miguel, Miguel vive en su espíritu y su figura se agiganta cada día más, y sirve de ejemplo en las luchas de los estudiantes rebeldes, de los pobres del campo y la ciudad, y en las de todos los que en alguna parte del mundo sufren la explotación. Miguel Enríquez, hasta la victoria siempre.

María Cristina López Stewart, llamada también «Carolina», «Patricia Castellanos», o «La Rucia», estudiaba Pedagogía en Historia en la Universidad de Chile y militaba en el MIR, organización revolucionaria donde dirigía una estructura de informaciones. María Cristina fue raptada desde una casa de Las Condes para ser llevada a José Domingo Cañas donde es torturada salvajemente y hecha desaparecer. Tenía entonces 21 años. Gran parte de su historia aparece en la novela de Martín Faunes Amigo “Viajera de los nombres supuestos” (Editorial EDEBE)

Sergio Pérez Molina, «Chico Pérez», fue un destacado cuadro militar del MIR que desaparece desde la casa José Domingo Cañas. Era el compañeros de Lumi Videla.

David Silbermann, militante comunista, gerente general de Chuquicamata. Fue raptado por la DINA desde la cárcel pública donde permanecía preso desde el golpe de estado, de donde lo llevan como prisionero clandestino a la casa José Domingo Cañas, lugar donde lo convierten en detenido desaparecido.

José Francisco Bordás Paz, alias «Coño Molina», era Ingeniero y miembro del Comité Central del MIR, organización revolucionaria del cual era además su jefe militar. José Bordás, fue ejecutado en el AGA el 5 de diciembre de 1975, después de prolongadas sesiones de tortura y tras haber sido atrapado gracias a la delación del traidor que llamaban «El Barba», el «Coño Molina» había salvado con vida del operativo que terminó en la muerte de Miguel Enríquez.

SEPTIEMBRE .

SEPTIEMBRE

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(ALMA NEGRA)
13 de septiembre de 2011
En la calle Romero de mis recuerdos, Septiembre huele a fachadas recién pintadas, olorosos asados y empanadas, vino y chicha de los boliches de la esquina del pecado, donde las niñas que tratan de tú lucían sus encantos para atraer clientela. Y claro, el brote de los volantines, de las ñeclas para los más chicos, del pavo que mi tío Ernesto con hilo curado y su cañuela, elevaba desde el techo de la casa de la abuela Teresa inaugurando las comisiones, los volantines cortados, las carreras de decenas de niños con cañas y ramas intentando atrapar a los esquivos pájaros de papel liberados. Y que decir de las cuecas tocadas en el piano por los viejos que concurrían al Colmao a tomarse sus pencazos. Me pasaba la tarde entera escuchando la alegría chispeante, las tallas doble sentido y esa felicidad de pobres que inundaba calle Chacabuco.

Cuando nos fuimos a la Población El Pinar, Septiembre adquirió otro sabor: era el desfile de la Escuela en la calle principal, el “estreno” de la pinta diciochera, la banda de guerra amaranto de la Jota, los camisas grises de la juventud socialista, las fondas del trago barato y las cuecas interminables, las peleas de borrachos, los simulacros de peleas de los muy borrachos, el circo que llegaba al peladero justo al lado de los “juegos” cuyo parlante no cesaba de enviar mensajes de amor, de perdón, de reconciliación entre las parejas de nuestro mundo construido alrededor de la fabrica Sumar.

Sólo una vez me aventure a mirar la parada y fue desde lejos. En mi cabeza siempre estaban presentes los asesinados en la vía férrea de la José Maria Caro, los baleados por un helicóptero en La Legua y el Pinar para el paro de la CUT contra los chiribonos, y por supuesto un poco después, en plena adolescencia, los asesinados en El Salvador y Puerto Montt. Claro que cuando niño había disfrutado las aventuras radiales de Adiós El Séptimo de Línea, o las canciones de los Cuatro Cuartos dedicadas a las FFAA, pero no era suficiente para resolver esa desconfianza que me producían los uniformados. ¿Para que existían si Perú, Argentina y Bolivia eran países tan pobres como nosotros? ¿Había otra razón para tantas armas si como nos enseñaba la canción escolar Argentina, Brasil y Bolivia, Colombia, Chile y Ecuador…“ son hermanos soberanos de la libertad”

Cuando se levantó el General Viaux en el Tacna, yo andaba ya mirando chiquillas y militancia. No tuve miedo y fui uno de los tantos que concurrí esa tarde a las cercanías del regimiento a gritar y enfrentar a mano pelada el conato golpista. Fue determinante para enterrar para siempre algún tipo de recuerdo grato de “gestas heroicas” de uniformados, algo que me persiguió durante mis primeros años de militancia revolucionaria y en las tareas que luego asumiría, junto a una cincuentena de militantes, de resguardar al presidente Allende. Porque Septiembre fue entonces el día 4, el día del triunfo de Allende, esperanza de los pobres, esperanza de cambio, anhelos de un pueblo entero de poner fin a la esclavitud moderna y la dependencia y del inicio de un periodo distinto de lucha por la libertad, por un mundo nuevo…aunque de reojos no perdíamos los movimientos de los patrones, de los conspiradores, de los golpistas. Septiembre durante esos años se convirtió entonces en una fecha complicada: muchos uniformados juntos, peligro de golpe militar.

Y fue precisamente Septiembre, que como dice Silvio, nos hizo “bajar a la tierra, perdón quise decir a la guerra”. Ya no emboques, ni trompos, ni cazuelas, ni curantos, ni chicha en cacho. La histórica sed de acumulación de riquezas de los dueños del poder lanzaban bombas, ametrallaban, salían pintarrajeados (¿encapuchados?) a cazar dirigentes sociales, militantes de la unidad popular, a la señora de la JAP, al dirigente estudiantil, a la oradora de la ultima manifestación, al chico que había pintado al Ché en su bolso escolar, al obrero que había osado subirse a un cajón y arengar a sus iguales a tomar el control de la fabrica, al hombre de ojotas que recuperó tierras corriendo cercos. Era la cacería mirada por un país de señoritos gozosos, de patrones y crumiros que izaban bandera celebrando la heroica gesta de los nunca derrotados armados hasta los dientes contra un pueblo desarmado que no había querido aprender las lecciones de la historia.
Fueron los Septiembres Negros, de mujeres como Marta Ugarte lanzadas al mar sin que existieran miles de personas mirando por la televisión su búsqueda, de mujeres estranguladas como Lumi Videla, de tantos y tantos fusilados, degollados, lapidados vivos como los de Lonquen, colgados, asfixiados por los buenos alumnos de maestros brasileños, israelíes, alemanes y norteamericanos.

Fueron duros esos Septiembres para quienes estábamos encarcelados. Días de encierro temprano, de suspensión de visitas, de recordar a los caídos y a los que estaban cayendo, de aferrarse a la certeza que algún día derribaríamos a la dictadura. Días en que sentíamos la solidaridad de la población penal común que golpeaba latas, que se amotinaba, en solidaridad con “los políticos”, los “prisioneros de guerra” los “humanoides”. ¡Como vamos a olvidar al gendarme que se mofaba de nuestro estado!!Como nos vamos a olvidar de ese otro gendarme que en silencio traía un recado, una palabra de aliento, un mensaje clandestino!

Y septiembre en el exilio era traumático. Debe existir por algún lado el registro de las depresiones, de las lagrimas derramadas, de los nudos en la garganta, de los gritos desgarrados en los actos de denuncia de los primeros años, de la ira sorda de los testimoneantes: “Yo soy fulana de tal, trabajadores, detenida por la DINA, a mi me torturo salvajemente el Guatón Romo y me violaron los guardias, Estuve en Villa Grimaldi con Jose, Hernan, Alberto y Maria todos ellos ahora Detenidos Desaparecidos…”

Maldito Septiembre de aquellos años de derrota más profunda y de festín de la jauría. Del odio feroz que se acumulaba. Si, odio, odio que persiste aun cuando hoy nos hablen de reconciliación, de justicia dentro de lo posible. Odio acumulado, rencor puro contra los que destruyeron los sueños y la vida de toda una generación de luchadores sociales intachables, mismo odio que se elevó más y más cuando el pueblo comenzó a salir de su letargo y a golpear con la Resistencia Popular primero, luego con los Paros y protestas nacionales, con el Frente Patriótico y las fuerzas del Lautaro. ¿Has olvidado Fuente Ovejuna? ¿Has olvidado Corpus Cristo? ¿Has olvidado a Sebastián Acevedo? ¿Has olvidado a los degollados, a los quemados, a los explosionados, a los quemados en vehículos, a los de Neltume, a los de Concepción, a Arcadia Flores, a Luís Díaz, a Palito, Aracelli Romo, a los hermanos Vergara?

Porque ya no fuimos más los ingenuos poniendo la otra mejilla y aceptando las reglas del verdugo es que nos levantamos ayer, anteayer y nos levantamos hoy. Porque aprendimos, como decía el Ché, que un pueblo sin odio no puede vencer. Y fuimos capaces de construir fuerzas que llevo el dolor a las casas del enemigo. Y vimos sus centros de diversión y consumo arder, y vimos a sus perros guardianes lamerse las heridas, y vimos miles y miles de luciérnagas encendidas en protestas y paros iluminando caminos, y vimos a la escolta del tirano huir despavorida, y a los “aguerridos” violadores de mujeres prisioneras indefensa con sus rostros desfigurados al ver al pueblo armado encarándolos y castigándolos. Claro que ahora ya no fuimos “humanoides”, ni “prisioneros de guerra”, al devolver golpe por golpe fuimos “terroristas” “subversivos” “criminales”.

Septiembre sigo siendo ajeno para nosotros, desde que se instaló la Concertación y la pseudo democracia , esa “especial” democracia inventada por la Trilateral Comisión gringa para nuestro Tercer Mundo, la democracia “restringida” sinónimo de Contrainsurgencia.
Años tras año, a contrapelo del olvido decretado, las barricadas se encienden, las poblaciones corcovean. Con nuevas razones.
Razones con rostro de bailarina, de mapuches, de obreros forestales, de joven evangélico.

¿Has Olvidado como fue muerto Ariel? ¿Enrique Torres, Ignacio Escobar,Sergio Valdes? ¿Acaso no recuerdas a Alexis y Fabián? ¿Ubicas a Andrés Soto, a Mauricio Gómez, a José Miguel Martínez? ¿Te olvidaste de Pedro Ortiz,, de Rene Largos Farias, José Araya Ortiz? ¿Existe algún lugar en tu memoria para recordar al viejo Sergio Calderón? ¿Y los de la masacre de la micro en Apoquindo: Yuri, Raúl, Alejandro? La lista se extiende a lo largo de Chile y del tiempo: Claudia López, Daniel Menco, Alex Lemun, Zenen Díaz, José Huenente, Juan Collihuin, Rodrigo Cisterna, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, Daniel Riquelme y este año Manuel Gutiérrez.

Por estos muertos, nuestros muertos la televisión no realizó programas especiales, no hubo duelo nacional, no se movilizaron recursos para auxiliar a los heridos o buscar los desaparecidos.

Ellos solo viven en nuestra memoria y seguirán vivos ahí mientras exista lucha y quienes retomen su ejemplo.

Septiembre no nos devuelve aún la alegría del desfile en la población, del trompo, los volantines y pavos, las cuecas en piano, el compartir la empanada y el curanto con el milico patas hedionda o el chancho de maquina marino.

Septiembre de este año nos trae las brisas de una nueva generación de luchadores sociales, principalmente estudiantiles, que desafían al poder en sus cimientos. Ojala que la brisa se convierta en vientos, y los vientos en Raco, en Puelche, en Pampero, Terral, Puihua, vientos huracanados de un pueblo que derribe de una vez y para siempre el dominio de los poderosos, construyendo un Chile Popular y devolviéndonos la alegría de un Septiembre de los Pobres.EX Presos Políticos BN perfil HiginioRelacionados

Guillermo Rodríguez Morales, “El Ronco”- Alma Negra en facebook, y editor de almanaquenegro2.blogspot.com/ es un prolífico escritor de libros, crónicas, recopilaciones y permanente presencia en actividades donde la memoria colectiva de nuestro país se construye desde abajo. Artesano, sobreviviente y protagonista.

Lanigrafías, artesanía carcelaria.

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Algunas Notas

 

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El “problema” que rodea a las asociaciones de derechos humanos: “hallar los huesos de los detenidos desaparecidos”

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14/09/2014 |Por Mario López Moya

La difícil tarea de encontrar los restos de detenidos desaparecidos, se debe a una política expresa de la dictadura destinada causar dolor a las familias y dificultar la identificación. A pesar de ello, las familias de las víctimas han encontrado las formas de obtener del estado democrático un apoyo en la búsqueda de verdad y justicia

Patricio Bustos es, sin dudas, un personaje especial. Mientras estudiaba medicina en Concepción y militaba en el MIR., lo sorprendió el Golpe de Estado. Si bien en una primera etapa logró salvar ileso, luego fue detenido y pasó “por 7 lugares de horror: Villa Grimaldi, Clínica Santa Lucía, Cuatro Álamos, Tres Álamos, Puchuncaví, Silva Palma y el lugar donde me operaron”, recuerda.
Llama la atención entre otras cosas su estilo pausado, íntegro, sereno y con mirada de futuro. “Estoy renovado -señala-, aunque nunca tanto”. Lleva ya 7 años al frente del Servicio Médico Legal (SML), donde ha debido enfrentar gobiernos de distinta visión. Fue designado por la Presidenta Bachelet en su primer mandato y ratificado luego por el expresidente Piñera y nuevamente por Bachelet, en su segundo mandato.
Ha sido un importante aporte (vital, reconoce una fuente de los familiares de víctimas de la dictadura) en la causa de encontrar e identificar restos de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos. Pero no puede dejarse de lado que él, junto a su mujer, también fueron víctimas de la represión. En un diálogo sincero, no exento de emoción, por instantes, habló con Cambio21 y nos dio, en un mes tan simbólico en la causa de los derechos humanos, una visión distinta, una mirada que vale la pena conocer.
Un proceso lento
“No ha sido un problema de medios, no me quejo -señala-, pero sí hay que tener en cuenta varios elementos para entender por qué es lento el proceso, más de lo que uno quisiera. Los hechos ocurrieron hace 41 años. En ese periodo comenzaron los secuestros, los crímenes, las torturas”.
“¿Qué hace la dictadura cuando se encuentran los Hornos de Lonquén? -se pregunta-, la dictadura, de puño y letra, promueve el ‘retiro de televisores’, que no es otra cosa que la exhumación y el ocultamiento de los restos”.
Las trabas
“Recuerdo que cuando en esta oficina, al lado nuestro -indica el doctor Bustos-, un ministro al entregar una identificación (de restos), dijo ‘aquí estamos quebrándole la mano, a la acción de encubrimiento más grande de la historia de Chile, la operación ‘retiro de televisores’“.
“Otro caso -señala-, es la Operación Cóndor, o el tráfico de detenidos implementado por las dictaduras de América Latina. No puedo dejar de recordar el caso de Jorge Fuentes Alarcón, con quien estuve y fue secuestrado en Paraguay y luego llegó a Argentina… y lo encontré más tarde en Villa Grimaldi en septiembre de 1975 y luego desaparece en enero de 1976″.
“Las dificultades para dar con los detenidos desaparecidos, es aquello que nos impide identificarlos. No es un tema de genética ni de antropología ni de tanatología, es un tema de historia de Chile y tiene que ver con la acción de encubrimiento más grande, que no es obra solo de la dictadura cívico-militar, como estructura, es parte de todos aquellos que pudieron hacer algo y no lo hicieron”, manifiesta.
Los familiares
“Nuestro tema no es de dónde sacar ADN, el tema es encontrar los huesos. Los avances que nosotros tenemos se deben a los familiares, tanto de Detenidos Desaparecidos, de Ejecutados Políticos, de las mujeres de Calama, que recorrieron el desierto buscando las osamentas, de quienes dieron la lucha en Chihuío, en Paine, en Lonquén, en el Patio 29, en fin”.
“Ellos han sido la fortaleza ética que ha permitido que en Chile las agrupaciones de familiares de víctimas interpelen al estado democrático, para que responda por lo que hizo el estado terrorista. Las dificultades entonces no están ni en la técnica ni en la ciencia. Los recursos de que disponemos son los adecuados para hacer nuestra labor de avanzar en el proceso de identificación de víctimas”.
Los errores
Fuerte resultó en su momento tener que decirle a un familiar cuyos restos habían sido “identificados”, que hubo un error en eso. Que pertenecían a otra persona. Por eso el rol que han jugado las agrupaciones de familiares de víctimas ha sido vital para el doctor Bustos.
“Los errores en identificación de restos de detenidos desaparecidos se produce porque, por un lado las técnicas disponibles en su momento, no tenían la precisión de que disponemos hoy día, por otro lado, hay que recordar que en octubre de 1973 el SML se encontraba intervenido por un delegado militar. Tampoco puede olvidarse que al salir el dictador se nos entregaron todos los servicios públicos desmantelados y el SML no fue la excepción”, asegura.
“Hemos identificado más de la mitad de los 124 esqueletos chilenos del patio 29, entre ellos dos extranjeros, sin embargo no nos sentimos contentos, si bien estamos tranquilos en lo que estamos haciendo el día de hoy pues lo que estamos haciendo es en base a la genética, que es certera científicamente”.
Los dinamitaron, quemaron, ocultaron
“Cuando teníamos condiciones favorables, como datos de las familias, cuerpos completos, etc., que permitieran identificar personas, pudimos hacerlo mediante otros métodos que no eran los genéticos, y hay casos en que están muy bien hechos. Eso sucedió con ejecutados políticos en general. Pero no hay que olvidar que en el caso de los detenidos desaparecidos en particular, hubo grandes dificultades debido a los ocultamientos de restos, a que los enterraron de más de uno ‘para ahorrar’, como señaló el dictador”.
“Nosotros estamos enfrentando un problema de degradación de ADN, pues los cuerpos fueron trasladados, ocultados una y otra vez, dinamitados, expuestos al sol del desierto, enterrados quemados, etc.”, manifiesta Bustos.
“No busques más, lo encontramos”
“Decirle a un familiar, éste es tu ser querido que estabas buscando, lo describo como un momento de tranquilidad respecto a la certeza, porque humanamente, no solo como valor, sino que más todavía, cuando uno representa una institución de este tipo, se tiene que trabajar con la verdad y decir… estoy en condiciones de hacer este proceso y quizás obtener un resultado, pero nunca asegurar un resultado antes de tener la certeza científica, esa es la tranquilidad que uno le transmite a las personas”.
“Para los familiares el dolor de la pérdida se ratifica y se abre un proceso no solo de duelo, sino que se abren mayores posibilidades de aplicar justicia y uno espera que ello suceda”, reflexiona Bustos.

Ilich Galdámez, hijo de detenido-desaparecido. UNA FLOR PARA NUESTROS HÉROES A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

UNA FLOR PARA NUESTROS HÉROES A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

 

 

“Una flor para nuestros héroes”

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A 40 años del golpe de estado en Chile
Este sábado 14 de septiembre, a 40 años del golpe de estado pinocheti-yanqui contra el pueblo chileno y su presidente Salvador Allende, les rendimos el merecido y sentido homenaje a nuestr@s heroínas y héroes en la ciudad de Estocolmo. El lugar escogido no pudo ser más simbólico, el Monumento La Mano, erigido a los 500 suecos internacionalistas que lucharon en los años 30 defendiendo en tierras ibéricas la libertad y los sueños del pueblo español, vasco, catalán y gallego contra la bota fascista de Franco y sus aliados. Un tercio de estos internacionalistas, intelectuales, obreros y campesinos, dejaron su sangre en los campos donde se enfrentó el socialismo contra la brutalidad.
Sin mayor estridencia que los fuertes latidos de nuestros corazones y el clamor profundo de nuestras consignas a dos lenguas, retomamos el compromiso histórico y sempiterno, que nos auto convoca cada hora, día y año, con aquellos que la cultura de la muerte y el odio nos arrebató tempranamente en Chile. La síntesis de nuestro respeto, admiración y recuerdo estuvo en las fotos, palabras, canto, poesía, carteles, banderas y flores que porfiadamente volvieron a reflejar, al igual que en jornadas pasadas justo en los estertores veraniegos nórdicos, la fuerza telúrica y humana de los sobrevivientes y sus hijos, nietos y amigos.
Pudimos comprobar, en varios pasajes de la jornada, que el realismo mágico, tan literario y meridianamente latinoamericano, es más que una figura creada por literatos locos y enormes como sus obras, ya que nosotros simples ciudadanos del mundo, animales sociales y políticos, alejados a golpe de exilio de nuestras raíces y de nuestros primeros tiempos y amores, fuimos, por un breve y fugaz momento las manos quebradas y martirizadas de Víctor Jara, fuimos la voz metálica de Allende desde La Moneda en llamas, fuimos el grito de dolor del torturado, nos fundimos en la sangre que brotaba de la humanidad, más humana que nunca, del ejecutado y del desaparecido…pero, también fuimos puño en alto, fuimos la bronca con los dos dedos en V, fuimos el grito y la organización, la protesta y la exigencia de Verdad y Justicia, Fuimos lo que nunca hemos dejado de ser… fuimos allendistas.
Y por serlo comprobamos que somos buenos para recordar, así como también concluimos que no tenemos alma ni condición de blanqueadores de la historia, de nuestra historia…osadamente, para algunos, y políticamente incorrecto para otros, recordamos también a los otros mártires, aquellos de “la alegría ya viene”, aquellos que incomodan acuerdos y pactos entre gallos y medianoche. No sólo estuvo en el discurso, en la foto o en el lienzo el rostro de los que cayeron en tiempos de brutalidad verde y parda, de bestialidad con uniforme militar, de represor con rostro e identidad oculta…también estuvo el activista mapuche, el obrero forestal o el niño poblador recientemente atravesado por la bala mandatada por los nuevos y a la vez antiguos represores de cuello y corbata, con olor a continuismo y agenda neoliberal….
Al fin de cuentas la realidad, la que no tiene remedio por muy dura que sea, nos demuestró una y otra vez que nuestros mártires, tan violentamente ausentados, nuestras víctimas de antaño y las de ahora lo son de la misma clase político-social que a fuerza de hipocresía y de golpe farandulero pretende arrebatarnos, en un ejercicio trasnochado y desesperado, lo único que la dictadura no pudo quitarnos, la memoria…nuestra memoria, la que cada vez se parece más y más a la utopía, a esa que nos mueve, que nos obliga al movimiento para alcanzarla y que nos tiene prohibido olvidar.
Seguiremos recordando y exigiendo Verdad y Justicia a voz en cuello, ya que el no hacerlo sería en la práctica volver a martirizar y desaparecer a los nuestros.
Ni olvido ni perdón, ni para los de ayer ni para los de hoy!
Ilich Galdámez, hijo de detenido-desaparecido
15 de septiembre 2013

 

 

PASAJEROS DEL TREN ELQUINO

Federico no hacía gimnasia. «Me quiebro con mucha facilidad». Así se disculpaba ante nuestros profesores del Liceo de Hombres de La Serena. «Tengo una deficiencia ósea y con cualquier caída me luxo o me quiebro». Y le creían porque parecía que su excusa era verdadera, aunque no por eso a él se le viera enfermo o triste. Al contrario, contento se le podía ver mientras leía al borde de la cancha u observaba cómo el resto nos esforzábamos por encestar en el marcador de los campeones.

Así era Federico, y qué leía: Por quién doblan las campanas, Bestiario, Crítica a la razón pura, El manifiesto, La rebelión de las masas. Vaya las lecturas de Federico que hablaba pausado y con quien, intercambiándolos libros, nos contagiamos del deseo de cambiar el mundo. Y así, elegidos delegados por La Serena, partimos juntos al congreso de la Federación de Estudiantes Laicos de 1966 al Tabo. Maravilloso el congreso. Había sólo gente brillante, cuánta claridad. No puedo asegurar que yo haya estado a la altura, pero Federico sí lo estaba, no cabía duda; por ese tiempo es cuando yo lo empiezo a reconocer como mi maestro.

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Y pasamos muchas otras aventuras juntos. Nos fuimos un jueves con viernes feriado en el tren Elquino a la casa de sus padres, en Vicuña. Ese tren se convertía los fines de semana en una verdadera fiesta en que cientos de muchachas y muchachos del Valle que estudiaban en La Serena, bailaban y cantaban y, la vez de la que hablo, ese tren que avanzaba paciente, fue testigo de cómo dos liceanos de quinto o de sexto, se enamoraron de dos liceanas de tercero o de cuarto y las besaron en el entre carro sin que les importara el frío y la furia del viento, ni tampoco las miradas de los pasajeros mayores, quienes, más que censurarnos, nos observaban con la expresión de los que envidian a los enamorados.

 

En su casa me presentó a su hermano que sí hacía gimnasia, que sí jugaba al básketbol y, para nuestra condenación de intelectuales que considerábamos al músculo de tercera importancia, llevaba en los brazos muñequeras de cuero negro y se jactaba de las flexiones que era capaz de hacer en un barrón que había instalado al fondo del patio. Intelectuales y físico culturistas, vaya hermanos disparejos, me dije. Su madre, mientras tanto, matrona, nos invitó a asistir a una cesárea, una experiencia espantosa tras la cual, Federico y yo desistimos de nuestras expectativas para llegar a convertirnos en médicos, algo que ambos habíamos considerado como una posibilidad para el futuro.

 

Y no sé qué fue de esas muchachas de faldas breves que amamos en el tren Elquino, pero sí sé, que tanto Federico como yo vencimos a la represión del setenta y tres, a la del setenta y cuatro, y a la del setenta y cinco, y nos encontramos mucho después, en paradoja, frente a La Moneda. Fue cuando supe que él ya era padre y que su oficio era el de maestro, y más específico, el de profesor de Química. Además, supe que conservaba sus convicciones y continuaba resistiendo. Yo le hice saber por mi parte, que seguía también igual porque en eso no podría haber cambios: a la dictadura había que derrotarla y no se podía esperar a que muriera por sí sola. Nos abrazamos despidiéndonos, pero no pasaron seis meses o quizá ocho o diez; el caso fue que lo atraparon y lo castigaron duro y lo pasaron a la CNI donde le siguieron pegando hasta que vieron que se les moría. Fue entonces cuando lo llevaron a la posta central, quizá sólo para que muriera en un lugar fuera de sus porquerizas donde a ellos no los comprometiera.

Y así ocurrió: pocas horas después partió Federico Álvarez que no hacía gimnasia, que leía a Marx, a Kant, a Cortázar, que fue iniciado en los clanes, que amaba muchachas en el tren Elquino. Nos encontramos con su hermano en avenida La Paz el día de su entierro, al ataúd de Federico las floristas lo habían tapizado de pétalos. Nos abrazamos y lloramos —el hermano de Federico llevaba todavía sus muñequeras de culturista físico—. «Lo quebraron por completo », me contó sollozando, «mi hermano tenía una deficiencia en los huesos, prácticamente lo molieron por dentro».

 

Sucedió sin embargo un hecho milagroso: unas bestias, en su afán de que acabara pronto ese sepelio que los avergonzaba —aún en las manadas de hienas se manejan códigos de honor—, nos arrebataron la urna y se la llevaron a empujones. A pesar de eso, créanme que nadie vio que un pétalo cayera del ataúd de Federico o siquiera se moviera del lugar donde las floristas lo habían puesto, y eso, considerando el zamarreo y los golpes y toda esa brutalidad desatada. Hablo de un milagro para Federico Álvarez Santibáñez, maestro de piedra pulida que hoy decora el oriente eterno. Quizá en homenaje a Federico Álvarez Santibáñez, el tren Elquino, el que marchaba por su valle, al poco tiempo dejó de pasar.

 

MARTÍN FAUNES AMIGO

La Ultima lección del profesor

 

 

 

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