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Nos hace falta Allende… las cosas sucedieron así. Y así las relato.

Nos hace falta Allende

20080701052327-mireya.jpgNuestro deber es concluir la tarea inconclusa

Por Mireya Baltra

Especial La Nación

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Mucha gente me pregunta ¿cuándo conociste a Salvador Allende? No es fácil una rápida contestación. Por primera vez lo vi de cerca cuando como senador se dirigió al local de la Central Única de Trabajadores (CUT), en calle Compañía, para entregarnos las condolencias por el asesinato de siete hombres y una mujer en la población José María Caro. Lo vi apesadumbrado, pero a la vez sus ojos expresaban indignación. Se sentó en la mesa grande de las reuniones diarias de la CUT para decirnos que había ido a entregar una firme protesta a la Guarnición del Ejército de Santiago y que desde el hemiciclo realizaría una intervención contra la represión brutal descargada el 19 de noviembre de 1962.

Al parecer antes lo había visto desde lejos en las concentraciones y mitines, en la campaña presidencial de 1958, donde junto a mi compañero Reinaldo montando una motoneta Lambretta, yo sosteniendo en el asiento de atrás una gran bandera chilena, íbamos a escucharlo así como los cristianos van a escuchar el sermón de la iglesia. Éste era un sermón revolucionario, que encendía la sangre y te enseñaba a leer en las palabras de un discurso lo que los libros a veces te negaban.

Salvador Allende nos inspiraba cariño, afecto, yo lo sentía igual en los enigmáticos parentescos políticos.

La segunda vez que recuerdo haber estado tan cerca de él en un momento que podríamos llamar crucial para la vida de un hombre fue en 1964, cuando fue derrotado por la Revolución en Libertad que encabezó Eduardo Frei Montalva.

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Otra de las respuestas que te solicitan es que definas el perfil del Presidente Allende, pensando quizás que tú tienes la capacidad en tres frases de definir el perfil político y humano de uno de los estadistas más destacados del siglo XX, que alumbra hoy el pensamiento de la izquierda pensante, no nostálgica ni abjuradora de lo que ayer fue.

Como la historia nos fue negada y arrebatada de los libros, para que los niños jamás aprendieran a deletrear el nombre de Allende, así la noche oscura de la dictadura quiso sepultar a Allende bajo cien lápidas. Allende se le escapó y ha vuelto a situarse en el más alto escaño de la nobleza revolucionaria que sin títulos nobiliarios tiene el cetro de la memoria viva, del nítido ejemplo de la transformación social, del ímpetu y la perseverancia por conducir al pueblo a su emancipación, separando las aguas y dejando sumergidos en el olvido, en la mediocridad y la ignorancia a los reaccionarios de ayer y hoy.

Cuando Allende me designó su ministra del Trabajo y Previsión Social me convocó a conversar privadamente varias veces. Su gran preocupación era darle continuidad a la formación de las comisiones tripartitas por ramas de producción y servicio, cuestión que había empezado al asumir este cargo el compañero José Oyarce, creando la comisión tripartita de los gráficos, marina mercante y textiles. Éstas consistían en una suerte de negociación colectiva moderna, donde participaban gobierno, empresarios y trabajadores.

Para el Presidente, el cumplimiento del programa era la piedra angular de su gobierno y debía ser respetado y jamás transgredido: “Mireya, debes devolver todas las pequeñas empresas que no pertenecen ni al área social, ni al área mixta de la economía. Son empresas insignificantes con maquinarias viejas y en la mayoría de ellas se adeudan años de imposiciones previsionales. Deben ser devueltas a sus propietarios”.

Cumplí sus instrucciones y le daba cuenta periódicamente del cumplimiento de esta tarea ministerial. Devolví como cien empresas que fueron tomadas.

Los que se creían más revolucionarios que los revolucionarios daban bote, se tomaban pequeñas confiterías, desde una fábrica de cola de hueso en Chillán hasta el Cementerio Metropolitano. Para ellos eso era avanzar sin transar y crear de esta manera el poder popular paralelo y equidistante al gobierno del Presidente Allende. Los imperialistas estaban de fiesta y la derecha chilena aplaudía en la cofradía reaccionaria de los planes elaborados en Washington y que ellos cumplían como fieles funcionarios del país “más democrático del mundo”. Directa e indirectamente la ultraizquierda chilena les echaba una manito.

En carta dirigida y hecha publica el 31 de julio de 1972 a los jefes de los partidos de la coalición de gobierno, Allende expone con claridad y firmeza su pensamiento: “El poder popular no surgirá de la maniobra divisionista de los que quieren levantar un espejismo lírico surgido del romanticismo político al que llaman al margen de toda realidad ‘Asamblea Popular ’”.

En esa carta, que constituye hoy un documento histórico, hace una pregunta dirigida a la médula del hueso de los empecinados en subirse al carro de la victoria transgrediendo el programa e increpa: “¿Qué dialéctica aplican los que han propuesto la formación de tal asamblea? ¿Qué elementos teóricos respaldan su existencia?”. Y responde a los jefes de los partidos y principalmente a los trabajadores y al pueblo:

“Una asamblea popular auténtica, revolucionaria, concentra en ella la plenitud de la representación del pueblo. Por consiguiente, asume todos los poderes. No sólo el deliberante, sino también el de gobernar. En otras experiencias ha surgido como ‘un doble poder’, contra el gobierno institucional reaccionario sin base social y sumido en la impotencia. Pensar en algo semejante en nuestro país es absurdo, si no crasa ignorancia o irresponsabilidad. Porque aquí hay un solo gobierno, el que presido, y que no es sólo el legítimamente constituido, sino que, por su definición y contenido de clase, es un gobierno al servicio de los intereses generales de los trabajadores. Y, con la más profunda conciencia revolucionaria, no toleraré que nadie ni nada atente contra la plenitud del legítimo gobierno del país”.

Entonces, cuando me preguntan que defina a Allende, digo: Allende se define a sí mismo, cada discurso es una línea orientadora, una acumulación de más conciencia, una dinámica social nunca vista antes en Chile, plena de valores morales y éticos. La verdad fue un principio de Estado, nada nunca se le ocultó al pueblo. Lamentablemente, muchos gobernantes discuten y acuerdan a puertas cerradas lo concerniente a la vida, al trabajo, a la salud, a la educación de las mayorías hoy desplazadas por un sistema que profundiza las relaciones de producción capitalista.

A lo mejor muchos no estarán de acuerdo con estas páginas, pero qué diablos, las cosas sucedieron así. Y así las relato. Los que aún no estamos idiotizados por los mensajes y las imágenes televisivas de los crímenes, las violaciones, los asaltos que inmovilizan a los ciudadanos con el miedo, que ocultan con premeditación y alevosía lo bueno, lo positivo, lo cultural, los valores aún no perdidos de la ciudadanía víctima de la aldea global, nos rebelamos, porque los canales de televisión dan espacio superlativamente a estos impactos diarios como dosis de veneno que impiden al estado llano pensar, analizar, cuestionar, transformarnos en masa crítica, activa, cuestionadora del sistema que nos condena a cargar la cruz del mercado todos los días.

No nos detengamos. Aquí hablemos de quien debemos hablar, del Presidente Allende, un hombre concreto, un revolucionario cabal, un luchador incansable por la justicia de nuestro pueblo, un ministro de Salubridad en el gobierno del Presidente Pedro Aguirre Cerda, quien señalaba que gobernar es educar. Allende dio continuidad a esa antigua y sabia consigna. Nos enseñó a luchar uniendo la teoría y la práctica.

Si quieren saber lo que pienso, podría apretarlo en cuatro palabras: nos hace falta Allende. Busco en la juventud chilena el rostro, la voz sonora, el pensamiento claro, el método acertado, los valores que no debemos dejar escapar en este tumultuoso mundo de la dispersión, la exclusión y la confusión política. Nuestro deber es concluir la tarea inconclusa. No hay otra alternativa.

Mireya Baltra, dirigenta del Partido Comunista, fue ministra del Trabajo del Presidente Salvador Allende.

01/07/2008 01:23. Publicado por: Arístides Chamorro Rivas #. Salvador Allende

Las mentiras de la “historia oficial”. Arturo Alejandro Muñoz recuerda la historia, la verdadera

Tal día como hoy se recuerda la traición y la infamia de unos, y la lealtad y el heroísmo de otros. Lejos de nosotros la idea de sepultar a los héroes bajo túmulos de flores para que no se vean y sean definitivamente olvidados.
Arturo Alejandro Muñoz recuerda la historia, la verdadera. Esa que han ocultado sistemáticamente durante décadas, para hacernos tragar la píldora del “jaguar” sudamericano.
En la imagen, tres figuras históricas leales.
Julio Cortazar, Hortensia Bussi de Allende y Gabriel García MárquezTenchaGGMJC
Las mentiras de la ‘historia oficial’En estas líneas no está la totalidad, sólo se expone un número mínimo, necesario para sembrar la duda cartesiana y comenzar la discusión reflexiva que nos lleve hacia la luz de la verdadescribeArturoAlejandroMuñoz¿Por qué en Chile son escasas las personas que se atreven a decir lo que piensan y sienten respecto de situaciones históricas y/o políticas que de manera distorsionada e interesada han sido parte de una educación formal llena de yerros?

Convengamos que son demasiados los compatriotas cuyo interés principal reside en cuidar puntillosamente su lenguaje, al grado de desvirtuar incluso sus propios sentimientos.

No pertenezco a ese enorme grupo que privilegia la calma y tranquilidad por sobre la honradez en el actuar y en el opinar. Asumo las consecuencias de tal actitud, sabedor de que algunas de mis opiniones provocan estertores estomacales en los amigos de lo ‘políticamente correcto’.

Comentaré asuntos en los que, estoy seguro, usted coincide de algún modo con mis opiniones, pero (reconózcalo) nunca se ha atrevió a explicitarlo. No se preocupe, son MIS comentarios, usted solamente asienta o disienta con un leve movimiento de cabeza. Así quedará libre de responsabilidad penal ante cualquier estropicio cometido por el suscrito al respecto.

Diego Portales, ícono de militares
Aquí se confirma la exactitud y veracidad de la opinión popular que señala cuán ignorantes son “los milicos patas hediondas” (gracejo muy usado en las décadas de los años 1940 y 1950 al referirse a los uniformados).

Pinochet, ladronzuelo y traidor, fue quien más recurrió a la figura de Portales para engañar a la gente haciéndole creer que el durísimo tri-ministro era particularmente admirador de la soldadesca. ¡Falso!

Diego Portales, aún siendo un decidido ‘pelucón’ (derechista), tenía pésima opinión de los militares; baste saber que se opuso tenazmente al regreso de O’Higgins a Chile desde su destierro peruano. Además, quiso fusilar al general Ramón Freire (al que acusó de ‘traidor y mentecato’)… y por último, sabedor de cuán inútiles y sediciosos eran los uniformados, creó, organizó y dirigió las “Guardias Cívicas”, a las que vistió y armó con prolijo cuidado para oponerlas al poder bélico y político del ejército regular (de ese mismo ejército que en Quillota lo apresó y, al día siguiente, en las alturas del Barón, en Valparaíso, lo asesinó).

Ejército de Chile, ‘vencedor, jamás vencido’
Otra falacia del tamaño de una catedral. El año 1891, en plena guerra civil desatada por los capitalistas que manejaron a su amaño al Congreso y a la Armada, en las batallas de Placilla y de Concón la marinería derrotó al ejército que apoyaba al presidente José Manuel Balmaceda.

Es cierto, muy cierto, que ese ejército fue leal a la Constitución y a las leyes apoyando al presidente Balmaceda, pero también es cierto que fue derrotado, que rindió sus armas y estandartes al enemigo… aún más, muchos oficiales, traicionando sus juramentos, aceptaron cambiar de bando e integrar las filas de la triunfadora Armada. ¿Ejército ‘jamás vencido’?

Los héroes del 11 de septiembre
Esos héroes no fueron militares. Augusto Pinochet, Gustavo Leigh, César Mendoza y José Toribio Merino apostaban por el exterminio total de toda huella de izquierdismo, y con mayor razón si este había mostrado rasgos de heroicidad en los enfrentamientos con las tropas regulares del ejército, la fuerza aérea, la armada o carabineros.

La heroica defensa de La Moneda el martes 11 de septiembre de 1973, fue uno de los hechos que los cuatro generales golpistas deseaban evitar que fuesen conocidos por la opinión pública.

Veintiún civiles, mal armados, mal entrenados la mayoría de ellos (o sin entrenamiento militar ninguno, en el caso de los asesores del Presidente), aislados y carentes de apoyo logístico, no sólo mantuvieron a raya a tres regimientos completos (Tacna, Buin y Blindado) durante cuatro horas, sino, además, provocaron bajas severas en las filas uniformadas disparando desde los balcones de La Moneda, ayudados exclusivamente por algunos francotiradores leales al gobierno, apostados en los edificios aledaños a la Casa de Toesca.

La Guardia no abandona al Presidente (al menos, una parte de ella –detectives– ya que la otra parte –carabineros– se retiró del lugar a media mañana), y el GAP tampoco… esos fueron los héroes de La Moneda que defendieron con sus vidas la institucionalidad democrática, la Constitución Política y la Presidencia de la República (olvidados y menospreciados por la Concertación y la Nueva Mayoría…).

Quizá, debido a la vergüenza, el coronel Joaquín Ramírez quería ‘fusilarlos en el acto’, allí, en calle Morandé, cuando los defensores de La Moneda –por irrestricta órdenes del Presidente de la República– habían depuesto las armas.

Los 21 prisioneros fueron fusilados en Peldehue (Fuerte Arteaga) el 13 de septiembre de 1973. Sus restos en sacos –según el testimonio del suboficial Eliseo Cornejo, testigo de los luctuosos sucesos– habrían sido lanzados al mar desde un helicóptero Puma.

Militares, y ultraderechistas muertos a manos de combatientes, no fueron ‘asesinados’
Hasta el día de hoy, algunos sectores políticos continúan llorando y exigiendo a viva voz ‘justicia’ para sancionar legalmente a aquellos combatientes de izquierda que segaron las vidas de algunos altos oficiales de las fuerzas armadas, de varios miembros de la DINA/CNI y de un relevante responsable directo del golpe de estado y la posterior masacre de civiles (Jaime Guzmán).

Esos sectores políticos (principalmente UDI y otros nacionalistas) parecen olvidar que la junta militar golpista informó urbe et orbi, el martes once de septiembre de 1973 –reiterándolo hasta la saciedad los días y meses posteriores– que el país estaba “en guerra”, vale decir, esa junta militar declaró la guerra a las fuerzas políticas que no manifestaban apoyo al golpe y a la sedición.

Un sector de esas fuerzas (MIR y FPMR) respondió a tal declaración abatiendo a tiros a individuos como Carol Urzúa y como a todos los uniformados caídos en un combate declarado unilateralmente por ellos mismos.

¿Por qué chillan hoy día entonces los megaterios de la UDI y otros similares? Si declararon la guerra, ¿qué esperaban? ¿Qué el ‘enemigo’ se quedase quieto, no hiciera nada y se dejase degollar?

Chile le debe su desarrollo a la empresa privada
¡Falacia absoluta!
Período 1939 – 1973: el violento terremoto que en el mes de enero de 1939 destruyó las ciudades de Chillán y Concepción cobrando más de treinta mil víctimas, apenas iniciado el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, otorgó al mandatario radical la posibilidad de crear la CORFO (Corporación de Fomento de la Producción), institución fiscal que durante más de cuatro décadas investigó, propuso, invirtió (dinero del estado chileno) e inició exitosamente actividades fabriles y productivas en áreas donde la empresa privada había asegurado que ‘no existía posibilidad alguna de gerenciar ni administrar nada’.

Sin embargo, la CORFO lo hizo exitosamente. Ahí estuvieron, en su momento, empresas de total éxito como CAP (Huachipato), ENAMI, SERCOTEC. INACAP, IFOP, SENCE, IANSA, ENDESA, la UTE, Centrales Hidroeléctricas, Chile Films, ENAP, MADECO, ENTEL, TVN, y una multitud de empresas (más de 300) de rubros varios, como textiles, metalmecánica, agrícola, maderera, pesquera, automotriz (Fiat, Citroën y Peugeot), vestuario, etcétera. Decenas (quizá centenares) han sido las pioneras empresas creadas por CORFO, las cuales, una vez demostradas sus capacidades ‘económicas’, fueron EXIGIDAS por los capitales privados como elementos aptos para la privatización.

Período 1964-1973: durante dos siglos los terratenientes criollos mantuvieron sus propiedades en el más absoluto nivel de “no producción”, puesto que el 60 % o el 70% de esos extensos kilómetros cuadrados o hectáreas de fundos y haciendas estaban improductivos, dejados a la mano de Dios, constituyendo simples e inútiles paisajes.

El presidente Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964) inició, aunque tibiamente, el proceso de reforma agraria que sería incrementado y terminado por los mandatarios Frei Montalva (1964-1970) y Allende Gossens (1970-1973) a través de instituciones como CORA, INDAP e INIA.

Una vez que esos gobernantes triunfaran demostrando que Chile sí podía ser una potencia en producciones frutícolas y madereras (todas ellas, hasta ese momento, administradas por el Estado), los inversionistas privados, histéricamente, exigieron al gobierno de turno (era entonces el momento de la espantosa dictadura militar) la “venta” (privatización o regalo, en realidad) de todas las empresas fiscales, incluyendo las agrícolas, lo que se efectuó vergonzosamente durante el último año del gobierno dictatorial pinochetista (principalmente en el segundo semestre de 1989), a precios risibles, en condiciones insignificantes en su cuantía monetaria. Fue, sin duda, el mayor robo conocido en la Historia de Chile.

Período actual: y para qué hablar de los ‘regalos’ efectuados por el duopolio Alianza-Contratación a mega empresarios particulares, como ocurrió con los glaciares del Norte (Barrick Gold), las salmoneras y bosques en el sur, las reservas de agua en la zona austral, el borde costero, el mar chileno, los nuevos minerales cupríferos, y un etcétera tan largo como día lunes, pero siempre con la prospección, apoyo e inversión y primera administración del Estado.

Por cierto, este caso podría extenderse mil líneas más relatando ejemplos indesmentibles respecto de cómo los ‘privados’ han aprovechado el esfuerzo de gobiernos y sociedad civil chilena para agenciarse exitosas empresas descubiertas, iniciadas y estructuradas por el Estado, a bajo precio merced a las dádivas de los yanaconas que pululan en el Legislativo y en el Ejecutivo, a quienes la prensa servil y las tiendas partidistas apoyan.

En resumen, los inversionistas privados no han arriesgado un mísero centavo en proyectos, fábricas y empresas que el Estado no hubiese ya iniciado comprobando su rentabilidad.

La izquierda es innecesaria e inútil, sólo la derecha es fecunda
Aquí, en este caso, la cuestión es prácticamente al contrario. Si jamás hubiese existido una izquierda política y social, hoy el mundo estaría asfixiado por la miseria, hambruna y el racismo profundo. ¿Leyes laborales? ¿Sistemas de previsión social? ¿Justicia medianamente imparcial? ¿Sufragio universal? ¿Preocupación por los derechos humanos, por el medio ambiente, por la niñez? ¿Liberación femenina?

Nada de eso interesó a los dueños del capital durante la época victoriana cuando comenzó la revolución industrial… y tampoco preocuparía hoy a los ultra capitalistas si no existiese una izquierda que cautele los mínimos derechos de la mayoría de los seres humanos.

En Chile la mayoría de los mega empresarios, así como casi la totalidad de los poderosos latifundistas terratenientes, han logrado sus fortunas robando, expoliando, evadiendo impuestos, corrompiendo a las autoridades locales y nacionales, e incluso asesinando (por mano propia o por medio de sicarios como jueces venales, militares y policías). La mayoría de esos enriquecidos empresarios y latifundistas provienen de familias clasistas, sediciosas, ladronas. Y es fácil comprobarlo recurriendo a la Historia.

Por ello, la izquierda ha sido, es y seguirá siendo, más que necesaria, vital. Ojalá, además, pueda también ser gobierno… pero me refiero a la verdadera, a la izquierda-izquierda, no a esa mescolanza avinagrada de retazos politicastros reconvertidos al capitalismo que volvieron del exilio –luego de largas estadías en países industrializados– dispuestos a transformarse en ‘hijos pródigos o mayordomos’ de sus antiguos adversarios, traicionando a sus electores y a su propia historia.

Podría continuar con muchos otros tópicos y ejemplos, pero creo que los mencionados en las líneas anteriores son suficientes para comenzar la discusión, la reflexión crítica y el cambio (al menos, de actitud). Ahí se los dejo…. pero si a usted le parece insuficiente, avíseme, ya que no tengo empacho ni problema para entregarle más y más información respecto de una montonera de casos, personajes y hechos que conforman el falaz estado de cosas que el establishment actual, interesadamente, le vende a la ciudadanía.

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Ilich Galdámez, hijo de detenido-desaparecido. UNA FLOR PARA NUESTROS HÉROES A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

UNA FLOR PARA NUESTROS HÉROES A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

 

 

“Una flor para nuestros héroes”

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A 40 años del golpe de estado en Chile
Este sábado 14 de septiembre, a 40 años del golpe de estado pinocheti-yanqui contra el pueblo chileno y su presidente Salvador Allende, les rendimos el merecido y sentido homenaje a nuestr@s heroínas y héroes en la ciudad de Estocolmo. El lugar escogido no pudo ser más simbólico, el Monumento La Mano, erigido a los 500 suecos internacionalistas que lucharon en los años 30 defendiendo en tierras ibéricas la libertad y los sueños del pueblo español, vasco, catalán y gallego contra la bota fascista de Franco y sus aliados. Un tercio de estos internacionalistas, intelectuales, obreros y campesinos, dejaron su sangre en los campos donde se enfrentó el socialismo contra la brutalidad.
Sin mayor estridencia que los fuertes latidos de nuestros corazones y el clamor profundo de nuestras consignas a dos lenguas, retomamos el compromiso histórico y sempiterno, que nos auto convoca cada hora, día y año, con aquellos que la cultura de la muerte y el odio nos arrebató tempranamente en Chile. La síntesis de nuestro respeto, admiración y recuerdo estuvo en las fotos, palabras, canto, poesía, carteles, banderas y flores que porfiadamente volvieron a reflejar, al igual que en jornadas pasadas justo en los estertores veraniegos nórdicos, la fuerza telúrica y humana de los sobrevivientes y sus hijos, nietos y amigos.
Pudimos comprobar, en varios pasajes de la jornada, que el realismo mágico, tan literario y meridianamente latinoamericano, es más que una figura creada por literatos locos y enormes como sus obras, ya que nosotros simples ciudadanos del mundo, animales sociales y políticos, alejados a golpe de exilio de nuestras raíces y de nuestros primeros tiempos y amores, fuimos, por un breve y fugaz momento las manos quebradas y martirizadas de Víctor Jara, fuimos la voz metálica de Allende desde La Moneda en llamas, fuimos el grito de dolor del torturado, nos fundimos en la sangre que brotaba de la humanidad, más humana que nunca, del ejecutado y del desaparecido…pero, también fuimos puño en alto, fuimos la bronca con los dos dedos en V, fuimos el grito y la organización, la protesta y la exigencia de Verdad y Justicia, Fuimos lo que nunca hemos dejado de ser… fuimos allendistas.
Y por serlo comprobamos que somos buenos para recordar, así como también concluimos que no tenemos alma ni condición de blanqueadores de la historia, de nuestra historia…osadamente, para algunos, y políticamente incorrecto para otros, recordamos también a los otros mártires, aquellos de “la alegría ya viene”, aquellos que incomodan acuerdos y pactos entre gallos y medianoche. No sólo estuvo en el discurso, en la foto o en el lienzo el rostro de los que cayeron en tiempos de brutalidad verde y parda, de bestialidad con uniforme militar, de represor con rostro e identidad oculta…también estuvo el activista mapuche, el obrero forestal o el niño poblador recientemente atravesado por la bala mandatada por los nuevos y a la vez antiguos represores de cuello y corbata, con olor a continuismo y agenda neoliberal….
Al fin de cuentas la realidad, la que no tiene remedio por muy dura que sea, nos demuestró una y otra vez que nuestros mártires, tan violentamente ausentados, nuestras víctimas de antaño y las de ahora lo son de la misma clase político-social que a fuerza de hipocresía y de golpe farandulero pretende arrebatarnos, en un ejercicio trasnochado y desesperado, lo único que la dictadura no pudo quitarnos, la memoria…nuestra memoria, la que cada vez se parece más y más a la utopía, a esa que nos mueve, que nos obliga al movimiento para alcanzarla y que nos tiene prohibido olvidar.
Seguiremos recordando y exigiendo Verdad y Justicia a voz en cuello, ya que el no hacerlo sería en la práctica volver a martirizar y desaparecer a los nuestros.
Ni olvido ni perdón, ni para los de ayer ni para los de hoy!
Ilich Galdámez, hijo de detenido-desaparecido
15 de septiembre 2013

 

 

NELTUME,CHILE. Retorno a la montaña.

Publicado el 5/02/2014

Antiguos guerrilleros chilenos del “Movimiento de Izquierda Revolucionaria” han subido nuevamente la escarpada montaña de Neltume, sur de Chile, donde se originó la primera insurrección armada contra la dictadura cívico-militar en 1981. Allí rindieron homenaje a los caídos y unieron su recuerdo a los desafíos de este siglo.

http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=RyZ95ZTk_9k#t=3

En las montañas del sur de Chile se produjo el primer embrión de lucha armada contra la dictadura de Augusto Pinochet. Pero los eventos tomaron un curso trágico. Tras una delación, una patrulla militar encontró este campamento en junio de 1981 y los rebeldes, que estaban desarmados, se dispersaron en fuga.

Durante el Gobierno socialista de Salvador Allende, en Neltume se constituyó un complejo maderero estatal dirigido por los trabajadores. Los rebeldes subieron a la montaña contando con su apoyo, que nunca llegó.

Lo que sobrevino fue una masacre en etapas. Tres combatientes fueron denunciados por sus propios parientes y acribillados mientras dormían, por un comando que dirigía el hombre, hoy parlamentario.

En idioma mapuche, Neltume significa “hacia la libertad”. Hoy la montaña rebelde tiene propietario y los antiguos combatientes deben pedir permiso para entrar.

Alejandro Kirk, Neltume, Chile.

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Abrir las grandes alamedas, 40 años después…volver la vista a la ‘Via chilena’

 

 

Abrir las grandes alamedas, 40 años después, de Joan del Alcàzar en El País

el 9 septiembre, 2013 en DerechosHistoriaInternacionalLibertadesPolítica,Sociedad

TRIBUNA

En esta época deprimida y deprimente, sería bueno volver la vista a la ‘Via chilena’ y recordar lo que nos enseñó

La experiencia chilena, la llamada Vía chilena al Socialismo, tuvo unas consecuencias políticas de gran calado en toda la izquierda occidental.

Se produjeron —podemos sintetizar— tres tipos de respuesta: primera, la que podríamos llamar de izquierda revolucionaria, partidaria de la lucha armada, convencida de que la dicotomía era revolución o fascismo, y de que nunca se podría alcanzar el socialismo por el mismo camino que se intentó durante los años de la Unidad Popular en Chile; segunda, la ortodoxa, de matriz soviética, que aun valorando la posibilidad de que —al menos teóricamente— se pudiera transitar pacíficamente hacia el socialismo, entendía que había de contemplarse la utilización de la fuerza para defender las conquistas revolucionarias; y tercera, la que se nos antoja más innovadora, la que Achille Occhetto, en sintonía con su predecesor Enrico Berlinguer, denominaría años después, ya en los años 80, un reformismo fuerte:“un reformismo que no se conforma con retoques de fachada, sino que interviene sobre las contradicciones de fondo de la sociedad con propuestas realistas (…), una alternativa democrática y reformadora que tenga como protagonistas a las fuerzas del progreso”.

Cuarenta años después del fatídico final de la Vía chilena y 25 de estas palabras del comunista italiano, sabemos que el mundo no solo no ha avanzado hacia el socialismo, sino que la gran superpotencia soviética ya no existe, y que la gran potencia china, oficialmente un país socialista con el Partido Comunista como Partido único, es un híbrido del que no se sabe cuál es realmente ni su modo ni sus relaciones de producción. Dejando de lado la excepcionalidad norcoreana y el atípico Vietnam, solo Cuba sigue auto considerándose un país socialista. Han surgido, eso sí, a su estela, algunos regímenes, singularmente el venezolano o bolivariano y otros que se encuentran en su cercanía, que se adscriben a un llamado —e indefinido— socialismo del siglo XXI.

Hace 20 años, Eric Hobsbawm escribió unas palabras que aluden a una patología que ha afectado y afecta a la izquierda política realmente existente en Occidente: “A quienes consideran que no sólo es más sencillo sino también mejor mantener ondeante la bandera roja, mientras los cobardes retroceden y los traidores adoptan una actitud despectiva, les acecha el grave riesgo de confundir la convicción con la prosecución de un proyecto político; el activismo militante con la transformación social y la victoria con la ‘victoria moral’ (que tradicionalmente ha sido el eufemismo con el que se ha denominado la derrota); el amenazar con el puño en alto al statu quo con la desestabilización del mismo o (como sucedió muchas veces en 1968) el gesto con la acción”.

Es por ello que hoy, cuatro décadas después de la muerte de Salvador Allende y del inicio de la dictadura que ensangrentó a Chile y que conmovió al mundo, tanto más al que se identificaba con los valores de la izquierda política, debiéramos volver a leer aquel proceso chileno.

A quienes hace décadas denostaban la despectivamente llamadademocracia burguesa, les sorprendió la crueldad insoportablemente desgarradora de la dictadura (por supuesto burguesa). A quienes hasta hace poco infravaloraban los avances del Estado llamado del Bienestar, implementado en los países en los que la izquierda reformista (más o menos) fuerte había conseguido afianzarse, les sorprende ahora la facilidad con la que los gobiernos que gestionan la crisis económica y financiera que estamos viviendo en los países del sur de Europa están desmontando los logros alcanzados. Y ahora los valoran como nunca antes lo hicieron, incluso hasta convertirlos en bandera propia.

Estamos en una fase deprimida y deprimente en cuanto a las luchas políticas por los derechos sociales, por la democratización radical de nuestras sociedades. Ha ocurrido antes. María José Orbegozo, periodista

especializada en la política italiana, escribía en 1981: “Cuando en octubre de 1973, frente a la caída de Salvador Allende en Chile, Berlinguer propuso el compromiso histórico entre las fuerzas mayoritarias (democristianos, socialistas y comunistas), el secretario general albergaba en su mente un proyecto muy ambicioso: modificar gradualmente las orientaciones de fondo de dichas fuerzas políticas y, muy en particular, de la Democracia Cristiana, para acelerarlas a un encuentro con los comunistas, evitando así el riesgo de una reacción derechista que, incluso, podría tener el apoyo de las masas”.

El proceso italiano no evolucionó por la senda prevista por los comunistas de los años 70, ni mucho menos. Pero no es eso lo que nos interesa ahora. Lo destacable, en nuestra opinión, es la lectura provechosa que se hizo de la experiencia chilena. Aunque en estos años difíciles debamos ser necesariamente críticos al evaluar las aplicaciones prácticas de lo que el proceso chileno enseñó al mundo, particularmente a la izquierda política reformista, parece poco discutible que se impone y se impondrá siempre la necesidad de generar amplios consensos que, —parafraseando a Berlinguer—, permitan construir una democracia de altísima calidad que propicie un Estado que garantice el pleno ejercicio y el desarrollo de todas las libertades. De todas. Solo así se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

Joan del Alcàzar, es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de València.

 

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“Soy un revolucionario y punto”. Luis Fernández Oña, el yerno cubano de Salvador Allende

2 de marzo de 2001

Luis Fernández Oña, el yerno cubano de Salvador Allende
“Soy un revolucionario y punto”

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2 de marzo de 2001

Luis Fernández Oña, el yerno cubano de Salvador Allende
“Soy un revolucionario y punto”

LUIS Fernández Oña junto al monumento al presidente Salvador Allende en la Plaza de la Constitución

Muy pocos se enteraron que el 6 de octubre del año pasado nació en la Clínica Santa María el primer bisnieto de Salvador Allende, Fernando Mauricio Rojas Fernández. El pequeño es hijo de Maya, primogénita de Beatriz (Tati) Allende y de Luis Fernández Oña, un cubano al que la prensa de derecha de los años 70 convirtió en un personaje de mitología. Su nombre figuró en muchas de las historias de terror que se tejían casi a diario durante el gobierno de la Unidad Popular.

Las vivencias de Luis Fernández Oña en Chile terminaron en la noche del 12 de septiembre de 1973, cuando salió rumbo a Cuba con Beatriz, su hija Maya, que entonces tenía poco más de un año, y una guagua que venía en camino, Alejandro, que nació en La Habana. Como se sabe, Tati se suicidó cuatro años después, abrumada por el dolor y la impotencia ante los sufrimientos que padecía el pueblo chileno bajo la bota militar. Los niños crecieron en Cuba y sólo regresaron a Santiago en 1992, convertidos en adultos jóvenes. Maya es licenciada en Biología, estudia medicina veterinaria en la Universidad de Chile y se casó con un chileno. Su hermano Alejandro es periodista.

Desde que sus hijos están aquí, Luis Fernández ha venido tres veces a Chile. La última para celebrar el nacimiento de su nieto junto a la familia Allende. Actualmente tiene 64 años, vive en Miramar, La Habana, y es miembro de la Asociación de ex Combatientes de la Revolución. Está jubilado, pero como militante del Partido Comunista de Cuba participa en su comunidad. “Estoy plenamente identificado con la revolución. He hecho y voy a hacer todo lo que sea beneficioso para ella”, afirma con fervor. Dedica el tiempo libre a trabajar en su jardín, leer buenos libros y a proyectar uno sobre su experiencia chilena. “Me gustaría escribir sobre las relaciones entre Chile y Cuba a comienzos de los años 70 -dice-. Se han dicho muchas mentiras y creo que hay que contar la verdad para que las futuras generaciones no tengan como referencia una sola versión”. Con ese ánimo conversó con PF sobre algunos aspectos de su vida, los febriles días de la Unidad Popular y el golpe militar. El resto habrá que leerlo en sus memorias.

JOVEN REBELDE

 


LA familia Allende, de izq. a der.: Beatriz (que esperaba a su hija Maya), Luis Fernández Oña, Salvador Allende, Carmen Paz, Hortensia Bussi de Allende, Héctor Sepúlveda (ex marido de Carmen Paz), Isabel Allende y su hijo, Gonzalo

De familia pobre, Luis Fernández Oña nació y se crió en el barrio Centro Habana, junto a sus padres de ascendencia catalana y una única hermana. Estudió en una escuela pública y luego obtuvo una beca para una escuela politécnica en la provincia de Matanzas. Tenía 15 ó 16 años cuando comenzó a preocuparse por la política de su país, a raíz del suicidio del dirigente del Partido Ortodoxo, Eduardo Chibás, que conmocionó al país. Se incorporó a la Acción Cívica Ortodoxa y participó en las manifestaciones contra la dictadura de Fulgencio Batista.

Durante la lucha clandestina adoptó la “chapa” de “Luis Fernández Oña” -no nació con ese nombre-, que posteriormente legalizó. Lo escogió cuando pasaba por el cementerio Colón de La Habana en la tumba de un combatiente venezolano. Tomó los apellidos y le antepuso “Luis”. “Fue para evitar la identificación por parte de la policía de Batista, pero después me enamoré de la historia de ese nombre y lo adopté -dice hoy-. Más tarde he pensado que hubiera sido mejor mantener mi nombre original, porque los padres de uno no entienden mucho de estas cosas”.

En el asalto al cuartel Moncada murieron muchos de sus compañeros de la Acción Cívica Ortodoxa. Cuando Fidel Castro salió de la cárcel y se creó el Movimiento 26 de Julio, se incorporó a la nueva organización. Después del triunfo de la revolución, el 1º de enero de 1959, integró durante unos meses la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que sustituyó la fuerza represiva de Batista. En septiembre de ese año formó las Patrullas Juveniles de la PNR. En 1960, cuando se constituyó la Asociación de Jóvenes Rebeldes que aglutinó a todo el movimiento juvenil cubano, integró la comisión nacional de pioneros. La AJR pasó a ser la actual Unión de Jóvenes Comunistas.

Dos años después, Fernández Oña comenzó a trabajar en el Ministerio del Interior bajo las órdenes del viceministro, comandante Manuel Piñeiro Losada (“Barbarroja”). Su misión fue atender los vínculos con Bolivia y Chile, países que no tenían relaciones diplomáticas con Cuba.

¿El área de Piñeiro era la inteligencia?

“Sí, tenía una característica muy sui generis, porque debíamos ocuparnos de las relaciones con los partidos y con quienes solidarizaban con Cuba en los países latinoamericanos con los cuales no teníamos relaciones diplomáticas. El Ministerio de Relaciones Exteriores no tenía equipo para atenderlos. A los pocos meses dejé de ocuparme de Bolivia y me concentré en Chile, del cual no sabía nada. A través de estudios, y de vínculos con dirigentes y organizaciones chilenas que nos ofrecían su solidaridad, me fui interiorizando”.

¿Qué organizaciones eran?

“Partidos y organizaciones con alguna identificación con la revolución cubana, como la CUT, federaciones estudiantiles y personas. Chilenos y cubanos nunca dejamos de tener vínculos, aunque para llegar a Cuba había que hacerlo vía Praga u otro país de Europa. Conocí a muchos dirigentes como Carlos Altamirano, Salvador Allende -en ese momento senador-, Volodia Teitelboim, la senadora María Elena Carrera y otros dirigentes socialistas y comunistas que participaron en eventos realizados en Cuba, como la Tricontinental y el encuentro de OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad). También estuvieron en Cuba Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Manuel Cabieses y otros. En definitiva, mi trabajo era tratar de lograr un mejor entendimiento y relación con las fuerzas políticas afines en Chile”.

LAZOS CON CHILE

 


BEATRIZ (Tati) Allende junto a su esposo cubano, Luis Fernández Oña

¿Cuándo conoció a Salvador Allende?

“Comenzamos una relación de trabajo en 1966. Al año siguiente, coincidiendo con el 50 aniversario de la revolución bolchevique, Salvador llegó a Cuba en tránsito hacia Moscú acompañado de su hija Beatriz. Al regreso, ella se quedó un tiempo, incentivada por las inquietudes que tenía desde el punto de vista revolucionario. Estaba casada con Renato Julio y ambos militaban en el Partido Socialista. También yo estaba casado con una cubana, y tenía dos hijos. Pero ahí comenzó entre nosotros un acercamiento afectivo”.

¿Un flirteo?

“Ajá… En el 68 vine a Chile a una reunión de la Cepal. Y coincidieron algunos hechos. El año 67 había caído el Che en Bolivia. Tres guerrilleros cubanos que estuvieron con el Che entraron a Chile por Iquique. Eran Pombo, Benigno y Urbano. Tratamos que el pueblo chileno solidarizara con ellos y les diera protección. El pueblo se movilizó y apoyó a los guerrilleros con mucha energía”.

¿Cuándo supo de esos sobrevivientes?

“La primera señal, en Chile, la dio un ingeniero boliviano, militante del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quien una noche llegó a golpear la puerta de la casa de Manuel Cabieses, entonces periodista del diario ?Ultima Hora? y director de ?Punto Final?. Aunque no se conocían, le habló de los sobrevivientes que debían salir de Bolivia, para los cuales solicitó ayuda. Cabieses conversó con el periodista socialista Elmo Catalán, quien había trabajado en ?Ultima Hora? y en ese momento era secretario de Carlos Altamirano. Elmo pertenecía a la rama chilena del ELN. Posiblemente él alertó a Cuba. Luego intervinieron miembros del Partido Comunista chileno que fueron a la frontera a esperar a los guerrilleros”.

¿Por eso lo enviaron a usted a Chile?

“No, mi viaje fue una coincidencia. Aquí me reuní con Luis Corvalán -secretario general del PC-, con Carlos Altamirano y Elmo Catalán. Este se movilizó al norte para tratar de que los guerrilleros entraran sin caer en manos de la policía. Finalmente entraron solos y llegaron a un retén de Carabineros. Era un momento de mucha efervescencia de la Izquierda en Chile. Por medio de un llamado telefónico desde La Habana le pedimos a Allende que ayudara a salir a estos compañeros. Salvador los acompañó en el avión de Lan-Chile que los llevó hasta Tahiti, donde los entregó al embajador cubano en Francia. Así, los guerrilleros llegaron a Cuba gracias al apoyo de las organizaciones políticas de Izquierda, al pueblo chileno y a la participación de Salvador Allende”.

¿También estaba en Chile cuando apareció el Diario del Che?

“Estaba aquí cuando se produjo un contacto con ?Punto Final? que permitió recibir las fotografías del diario, camufladas en unos long plays de música folclórica boliviana. Me acuerdo que nos reunimos Manuel Cabieses, Alejandro Pérez (gerente de PF) y yo en casa de Manuel en la calle Santos Dumont. Cuando comprobamos que los negativos parecían ser el Diario del Che, programamos un viaje de Mario Díaz a México y de ahí a Cuba con el diario. Así se hizo, y en Cuba se ratificó que el documento era auténtico.

El ELN de Bolivia creó una especie de retaguardia en Chile. En ella estuvieron Elmo Catalán, a quien le presenté a Beatriz, y luego fueron contactando a otros socialistas, como Arnoldo Camú, Carlos y Fernando Gómez, Rolando Calderón y otros compañeros. Posteriormente Inti Peredo encabezó esta fuerza revolucionaria en Bolivia para continuar con el proyecto del Che. El grupo chileno fue una fuerte base de apoyo. Eran compañeros de gran valor personal y entereza revolucionaria” (ver PF 488).

AMOR Y REVOLUCION

¿Qué pasaba entre usted y Tati en aquel tiempo?

“En el 68 surgió una relación más profunda y personal. Un factor muy importante fue la comunión de ideas, el compromiso revolucionario, independientemente del atractivo que existe en toda relación de pareja”.

¿Cómo la recuerda?

“Tenía una personalidad fuerte. Era una mujer de 25 años que se había graduado de médico. Vivía un proceso de maduración revolucionaria. Estábamos imbuidos de un gran espíritu idealista revolucionario. Ella comenzó a trabajar en un hospital. Estaba muy ligada a su padre y se identificaba con su pensamiento. Pero también se sentía motivada por la revolución cubana y las ideas y amistad que compartía con Miguel Enríquez, Bautista Van Shouwen, Luciano Cruz y su primo Andrés Pascal Allende. Todo esto alentó su participación como militante. Tenía mucho valor, era muy inteligente. Sobre todo estaba convencida que una revolución profunda podría salvar de la miseria a los países de América Latina, incluyendo a Chile. Ella se sentía muy ligada a los compañeros del ELN en Chile, que prácticamente desapareció cuando la Unidad Popular triunfó en las urnas”.

¿Cuándo se casaron ustedes?

“En 1970, en La Habana. Beatriz viajaba a la isla a perfeccionar sus conocimientos políticos pero no iba a Cuba como militante chilena, sino del ELN boliviano. A comienzos del 70 se creó el Departamento Liberación, también a cargo de Piñeiro. Realizamos el mismo trabajo de relaciones, pero más político, con mayor nivel de especialización”.

Esa era una época de auge de las luchas revolucionarias en América Latina, con una extensión de la lucha armada y en la que muchos cubanos participaron directamente, como ocurrió en Venezuela…

“Además, se requería especialización. Dejamos de ser revolucionarios ?de impulso?: estudiamos más la teoría. Comenzamos a ser más revolucionarios de corazón y de pensamiento. También ganamos nivel cultural, porque cuando triunfó la revolución muchos no teníamos la formación cultural ni política necesarias. Cuando el Departamento Liberación estaba en sus inicios, triunfó Allende. Como presidente electo, envió a Tati a Cuba para expresar su solidaridad a la revolución cubana. Por supuesto, él conocía mi relación con su hija. Viajé a Chile el 25 de septiembre del 70 en una delegación que participó en un congreso de veterinaria”.

¿Apoyaron la formación del equipo de seguridad de Allende?

“En Cuba, todos reciben entrenamiento militar. Estamos preparados para un eventual ataque del imperialismo. Los compañeros que vinimos en esa oportunidad ayudamos en alguna medida a que el presidente electo, el amigo y revolucionario Salvador Allende, fuera bien protegido. Había amenazas, estallidos de bombas y se comenzaba a desplegar una agresividad tremenda. La mejor muestra fue el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del ejército. A la toma de posesión del mando, el 4 de noviembre del 70, se invitó a una delegación cubana que encabezó Carlos Rafael Rodríguez. Se inició así el restablecimiento de relaciones diplomáticas. El gobierno cubano me nombró encargado de negocios hasta la llegada del embajador, Mario García Incháustegui. Cuando él asumió, pasé a ser ministro consejero de la embajada”.

HISTORIA Y LEYENDA

¿Fue en esa época que comenzó a recibir ataques de la prensa de derecha?

“Decían cualquier cosa de mí. En una oportunidad aparecí en la revista ?Sepa? como instructor de asesinos políticos. Me achacaban la muerte de Schneider y de Edmundo Pérez Zujovic, más tarde el asesinato del edecán naval Arturo Araya. No me agredían a mí, sino que me utilizaban para atacar al gobierno de Allende y a la revolución cubana. Hace poco leí las memorias de Henry Kissinger, donde dice ?Fernández Oña, yerno de Allende, tenía su oficina en La Moneda?. Es absurdo, habría sido estúpido meter a un diplomático cubano en la casa de gobierno. También dicen que fui organizador o jefe del GAP, lo que habría sido igualmente estúpido. Me han inventado ?altos cargos? en la dirección cubana. Pero yo sólo soy un revolucionario, y punto”.

¿Cómo reaccionaba Allende?

“En una ocasión, un periódico hizo una acusación, mencionando particularmente la relación familiar. En ese caso, el presidente Allende respondió con una carta donde pedía un poco más de ética. En definitiva, se trataba de mi relación personal con Tati, que no le incumbía a nadie más”.

¿Cómo recuerda esos tres años de gobierno de la UP?

“Teníamos enorme actividad. Por la relación familiar, conversábamos con Salvador sobre la situación que se vivía. El también se interesaba mucho por Cuba y por Fidel. Había un intercambio amistoso entre ambos. Tenían una relación muy estrecha, de mutuo respeto”.

¿Cuándo se empezó a percibir la posibilidad de un golpe de Estado?

“La prensa y grupos de derecha y ultraderecha, como Patria y Libertad, empezaron a preparar las condiciones desde el 70, e incluso antes. Pero creo que el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic fue un hito muy importante, polarizó la situación y creó condiciones adversas para la Unidad Popular. Este país no tuvo un momento de tranquilidad desde 1972”.

¿Cuál era el estado de ánimo que prevalecía en Allende durante su breve gobierno?

“Salvador nunca perdió la confianza de lograr sus objetivos. Siempre lo vi optimista, aún en la época cercana al golpe militar. Tenía claro que se vivían momentos muy difíciles y había decidido convocar a un plebiscito. El 4 de septiembre de 1973, siete días antes del golpe, hubo marchas y concentraciones en todo el país. En Santiago asistieron unas 800 mil personas. Era una fuerza muy importante pero todos sentían que la situación se complicaba”.

¿Cuándo vio por última vez a Allende?

“El 8 de septiembre, un día sábado. Era el cumpleaños de Beatriz y nos reunimos con un grupo de amigos en casa de Miria Contreras (?Payita?), en El Cañaveral. Estuvieron Augusto Olivares, Fernando Flores, un grupo musical -creo que los Parra- y Salvador. Había mucha tensión. La situación estaba controlada por las fuerzas militares, que intervenían los cordones industriales, allanaban y acordonaban poblaciones haciendo uso de la ley de control de armas. Hacía varios días que Beatriz y yo, junto con el doctor Danilo Bartulín, el ?Perro? Olivares, Joan Garcés, y varios más pasábamos las noches en la casa de Tomás Moro. Jugábamos ajedrez y nos manteníamos alertas por lo que pudiera suceder”.

¿Es efectivo que Allende confiaba en la lealtad de Pinochet?

“No supe de eso. Siempre fuimos respetuosos como para no preguntar nada sobre las Fuerzas Armadas, y Salvador fue muy cuidadoso para no hacer ningún comentario. Nunca me encontré con Pinochet. Sí conocí, antes, al general Carlos Prats, como también al almirante Raúl Montero y a César Ruiz, los comandantes en jefe del ejército, la Marina y la Fach. El 26 de julio del 73 mataron al edecán naval, el comandante Araya, y la revista ?Sepa? me achacó el crimen. Su versión era que yo había huido de Chile esa misma noche. Además, ?alguien? había escuchado a través de un muro que Beatriz decía a otra persona: ?Tienes que contarle al papá que fuiste tú?. Entonces, Allende me convocó a Tomás Moro, donde se encontraban los comandantes de las Fuerzas Armadas, para que vieran que no me había ido del país. A ese nivel llegaban las cosas”.

EL DIA MAS NEGRO

¿Cómo vivió el Once?

“En el último tiempo manteníamos por seguridad a nuestra hija, Mayita, en casa de unos amigos. El sábado 8 de septiembre la trajimos con nosotros hasta el lunes, porque estaba resfriada y pensábamos llevarla al médico. Por eso, en vez de quedarnos en Tomás Moro alojamos en nuestra casa, en la calle Martín Alonso Pinzón. Como a las siete de la mañana del martes 11 supimos lo que estaba pasando. De inmediato mandamos a Maya a la casa donde la cuidaban. Un compañero cubano salió en mi auto a dejarla y, con el apuro, se llevó la llave del carro de Tati, así que tuvimos que esperar su regreso para movernos. Serían las ocho y media cuando Tati se fue a La Moneda y yo a la embajada. Allí tomamos todas las medidas para defender la sede diplomática. Junto a la embajada había unos terrenos baldíos y de repente aparecieron dos soldados que gritaron: ¡Ríndanse! Fue tan ingenua su actitud que, evidentemente, actuaban por propia iniciativa. Los compañeros dispararon y los soldados se fueron. Ese fue el primer llamado de alerta para ambas partes. Los militares tomaron posiciones en los edificios cercanos. La calle Los Estanques no tenía salida y a media mañana estábamos cercados. Había mucha tensión. Mientras pude, me mantuve en contacto telefónico con Tati”.

¿Cuánta gente había en la embajada?

“Alrededor de cien personas, entre médicos, deportistas, gente de la cultura, personal de la oficina comercial y funcionarios con sus esposas. Nos mantuvimos a la espera, escuchando noticias por radio. Para sorpresa nuestra, siempre tuvimos comunicación telefónica. Beatriz me informaba de la situación en La Moneda. Ella estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Nos decía que su padre estaba bien y pedía que nos mantuviéramos tranquilos en la embajada, porque estábamos en territorio cubano. Mientras, los militares habían evacuado a los vecinos y nosotros estábamos preparados para resistir cualquier agresión. Cuando comenzó el bombardeo a La Moneda nos llamaron supuestos militares que no se identificaban, diciendo que Allende se había rendido y que nos pedía asilo. Por lo que siempre había expresado Allende estábamos convencidos que él no saldría rendido de La Moneda. Después que las mujeres abandonaron el palacio, minutos antes del bombardeo aéreo, pude hablar con Beatriz. Estaba en un lugar con su hermana Isabel, la periodista Frida Modak, Nancy Julien, una cubana casada con Jaime Barrios (N. de PF: gerente del Banco Central, uno de los fundadores de PF, detenido desaparecido). Tati se había sentido muy mal debido a la tensión y a su embarazo, pero estaba mejor. A todas les preocupaba el destino de Salvador. La señora Tencha estaba en casa de Felipe Herrera”.

¿Qué pasó después en la embajada?

“Cerca de las ocho de la noche me llamaron por teléfono para decirme que los restos de Salvador Allende los iban a sepultar en el cementerio de Viña del Mar y que si yo podía localizar y acompañar a la familia. Ellos facilitarían un avión y luego ?las tres mujeres? -así se expresaba mi interlocutor- podrían asilarse en la embajada cubana. Tengo casi la certeza que era el almirante Patricio Carvajal, quien estaba a cargo de la coordinación golpista. Me comuniqué con Tati para que consultara a su madre. Antes de las nueve me llamó un ?capitán Garín?, o Garay. Me dijo: ?estoy en Pedro de Valdivia con Los Estanques. Si usted puede salir…?. ?¿Y usted, por qué no viene??, le pregunté. ?No, porque van a disparar?. ?No, yo le garantizo que no le disparará nadie?. ?Estoy con un jeep, voy hacia allá?, me respondió. Le dije al embajador que venían a buscarme y decidió acompañarme hasta la salida: ?Quiero ver a quién te entrego?, me dijo. Caminamos hacia la garita de entrada, a unos 10 ó 15 metros de la casa, porque pensamos que el jeep estaría allí. Pero cuando abrí la puerta, nos llegó una ráfaga desde el frente, a no más de 25 metros. Ese día no estaba para morirme, sentí los ?abejorros? pasándome por el lado y después vi la pared llena de impactos. Mario (García Incháustegui) y yo, saltamos hacia atrás y nos tiramos al suelo. Ahí empezó el tiroteo de lado y lado, porque la gente de la embajada pensó que nos habían matado. En el suelo, detrás del muro, veíamos cómo cruzaban las balas trazadoras. Pudo haber sido dos minutos, pero parecieron dos años. Cuando paró el tiroteo llegaron los compañeros, pensando que estábamos liquidados. Entramos a la casa ¡y me volvió a llamar el mismo ?patudo?! Dijo que perdonara, que hubo una confusión. ?¿Pero qué clase de confusión? ¡Por poco me matan!?. ?¿Podemos ir…??. ?No, no, se acabó el acuerdo, ni yo voy ni van ellas?. Llamé a Beatriz y le conté. Luego, Carvajal telefoneó al embajador para decirle que les habían disparado desde la embajada y que ellos subirían su nivel de fuego. Mario les respondió que la agresión vino de su parte y que nosotros nos defenderíamos si volvía a ocurrir. La nuestra era una posición heroica, pero insostenible. Sin embargo, estábamos dispuestos a dejar hasta el último hombre para impedir que tomaran la embajada. Esa noche fue muy tensa. Al otro día llamó Uros Domic, un oficial de ejército que había ido a Cuba en una delegación y que actuó como mediador. Poco después llegó Domic a parlamentar personalmente. Cuando hubo acuerdo, salí de la embajada con un mayor uniformado, un chofer y un joven armado de una metralleta, ambos de civil. Al llegar a Pocuro con Pedro de Valdivia dispararon una ráfaga contra el auto, desde un techo. Todos se lanzaron fuera del auto y me dijeron ?¡quédese usted!?. Si me quedaba, me jodía, así que salí y me tiré al piso. En este momento prefiero pensar que fue un francotirador que disparó contra los militares. Pero ya eran dos coincidencias: me hicieron salir de la embajada y dispararon, luego salgo con ellos, y tiran. Fuimos a buscar a Mayita, a la señora que la cuidaba y a Beatriz, con gran pena porque ni Frida, ni Nancy, ni Isabel quisieron salir para asilarse. Ya en la embajada, embalamos papeles y archivos, siempre con Uros Domic en la sede diplomática. Salimos de la embajada en micros y autos custodiados por militares, en compañía de los embajadores de Perú, Suecia, Unión Soviética y México. Nos dirigimos hacia el aeropuerto, donde se encontraba un avión de Aeroflot. Esa noche del 12 de septiembre vimos un Santiago a oscuras y controlado por patrullas militares. Cuando despegamos, el piloto apagó la radio y siguió una ruta distinta a la establecida. Hicimos escala en Perú, y de ahí directo a La Habana”.

¿Cómo iba Beatriz?

“Abatida. Ya sabía de la muerte de su padre y el hecho de estar embarazada no la dejó actuar con la serenidad que hubiera querido. Se volvió a reunir con su familia el 28 de septiembre en La Habana, donde se efectuó un acto de masas en el que habló Fidel, y también Beatriz”.

¿De dónde salió la versión que dio Fidel de la muerte de Allende en esa oportunidad? Porque no habló de suicidio…

“Cuando fui a México a buscar a Tencha, Isabel y Carmen Paz Allende, uno de los ex miembros del GAP que estuvo en La Moneda y que había viajado con ellas, quiso hablar conmigo. Me contó la versión que dio Fidel. Yo la mandé a Cuba. Fidel la escuchó y después relató la misma versión. Eso sí, hizo la salvedad de que si Allende se hubiera disparado él mismo para no quedar en manos del enemigo, sería igualmente heroico. Un hombre que está bajo un bombardeo y, por dignidad, no se deja agarrar vivo, es una persona ante la cual hay que sacarse el sombrero”.

En Cuba, mientras Luis Fernández Oña se dedicó a terminar la carrera de Ciencias Políticas y se integró a trabajar en el Departamento América del PCC, Beatriz Allende comenzó a ejercer su profesión de médico. Vivían en un departamento y pronto nació su segundo hijo, Alejandro. Ella se entregó por entero a apoyar a quienes resistían la dictadura militar en Chile. Estuvieron un tiempo juntos, pero luego se fueron distanciando afectivamente hasta que optaron por separarse. Beatriz viajaba permanentemente para participar en actividades de solidaridad con el pueblo chileno en distintas partes del mundo y presidía en Cuba una entidad en que participaban los exiliados chilenos de diferentes partidos. Pero sentía que no era eso todo lo que podía y debía hacer. Además, iba pasando el tiempo y seguían cayendo compañeros en Chile. Algo se quebró en ella. Tenía 33 años cuando se suicidó, en octubre de 1977.

¿Cuál es su interpretación de por qué se quitó la vida?

“Le afectaba profundamente el hecho que ya hubieran transcurrido cuatro años y no se vislumbraba ni un rayo de luz. También le angustiaban las divisiones de la Izquierda chilena en el exilio. En cada país había por lo menos dos comités de exiliados. Quizás, si hubiera tenido la oportunidad de volver a Chile habría sido distinto. Quizás”.

¿Ella continuaba militando en el Partido Socialista?

“Más que en un partido, estaba militando con Chile. Fue militante socialista, pero también respetaba mucho las opiniones de los comunistas, del MIR, de los radicales, de la Izquierda Cristiana. Fueron años difíciles para todos, de desajuste. La existencia de los niños me ayudó mucho a superar la situación que se creó con la muerte de Tati”.

¿Cómo se han adaptado sus hijos en Chile?

“Bien, viven con su abuela Tencha, que está muy contenta con su primer bisnieto, y su tía Isabel. Hacen mucha vida familiar”.

A menudo se critica en Chile la ingratitud de muchos chilenos que fueron acogidos solidariamente en su país y que se olvidaron de devolver la mano cuando Cuba atraviesa por graves dificutades.

“En la Concertación está la mayor parte de la gente que tuvo relación con la revolución cubana. Algunos fueron muy amigos, pero ahora no quieren ni saber de nosotros. Tampoco les interesa la memoria histórica. Pero también hay gente muy buena, que nos está apoyando. Y otros están muy ocupados en sobrevivir, no tienen tiempo para meterse en otras cosas. Pienso que en Chile hay mucha desinformación sobre Cuba. Todos los sectores sociales engullen la propaganda adversa que pinta a Cuba como un infierno. Pero quienes visitan mi país se dan cuenta que no es así, tampoco somos un paraíso pero estamos lejos de ser un infierno”

PATRICIA BRAVO

 

Mujeres y Memoria. Revertir la vergüenza y revelar el género de la memoria.

Español: Placa en marmol en homenaje al presid...
Español: Placa en marmol en homenaje al presidente de Chile Salvador Allende. (Photo credit: Wikipedia)

Mora (Buenos Aires)

versión On-line ISSN 1853-001X

Mora (B. Aires) v.13 n.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./jul. 2007

TRADUCCIONES

Revertir la vergüenza y revelar el género de la memoria* 1

Temma Kaplan**
Traducción de Alejandra Vassallo

* Este artículo se publicó originalmente en Signs: Journal of Women in Culture and Society, vol. 28, otoño 2002, págs. 179-200.
** Temma Kaplan es Profesora Distinguida en Historia (Rutgers University).

Cuando conocí a Nieves Ayres me contó su historia, incorporándome así a una larga fila de testigos que se remontaba más de un cuarto de siglo en el pasado. Lúcida militante y feminista dedicada, sus compromisos actuales para con el cambio social y la justicia son una continuación de las batallas que ha librado desde sus épocas de juventud en Chile. Como presa política durante tres años bajo la dictadura de Augusto Pinochet, soportó torturas inenarrables que amenazaron con destruir su identidad política y sexual. Sin embargo, mientras estaba en prisión, logró recrear un sentido de comunidad y encontrar confidentes que aceptaron arriesgar sus propias vidas para difundir lo que le estaba ocurriendo. Armados con su declaración escrita, ellos se convirtieron en testigos de la tortura sexual que tanto ella como otras estaban padeciendo. Así, el relato de Ayress brindó una prueba concreta sobre cómo funcionaba el terrorismo de Estado en Chile y contribuyó a desacreditar a la Dictadura.
La primera vez que conversamos, Ayress me llevó en un recorrido por el centro comunitario que ella y su compañero, Víctor Toro, fundaron en 1984. Como lugar de encuentro especialmente para la población negra, latina y caribeña inmigrante,”Vamos a la peña del Bronx” -conocida simplemente como “La Peña”- es sede de eventos culturales, encuentros políticos y conmemoraciones, como la del Día Internacional de la Mujer, que reúne a mujeres de todas las razas y nacionalidades. La Peña cuenta con grupos de ayuda para gente con SIDA y para mujeres víctimas de la violencia doméstica. Alimenta y viste a cerca de cinco mil personas al año. Los residentes locales, con frecuencia dirigidos por mujeres, marchan desde La Peña para protestar contra los aumentos de alquileres, los incineradores de basura y la represión que sufre la población del barrio en su mayoría inmigrante. Los muros del centro -un enorme garaje reciclado justo detrás del Hospital Lincoln- están cubiertos de afiches, pinturas de la hermana de Ayress y de otros artistas, y copias impresas de las ediciones electrónicas de periódicos chilenos. Gran parte de los artículos tratan sobre miembros específicos de la policía secreta y de las fuerzas armadas responsables de la tortura de casi cien mil chilenos y el asesinato de innumerables otros. Con el propósito de reunir evidencia que pueda utilizarse en los juicios para abochornar y castigar a Pinochet y sus esbirros, Ayress mantiene vivo su extraordinario testimonio, un relato en primera persona de las atrocidades cometidas por los militares.
Desde el momento en que fue arrestada y torturada en las postrimerías del golpe militar chileno del 11 de septiembre de 1973, que derribó al gobierno socialista legalmente electo de Salvador Allende, Nieves Ayress ha testificado sobre su calvario como una forma de acción directa. Lo extraordinario de Ayress es que no sólo está dispuesta a hablar como una mujer sobre el dolor y la humillación sexual que sufrió a manos de los militares, sino que ella contó su historia por primera vez cuando aún estaba en prisión. Pero su propio valor no habría sido suficiente si no hubiera encontrado testigos que también se atrevieron a transmitir su denuncia. Inés Antúnez, una compañera de prisión que partía al exilio, escondió en su vagina el relato garabateado y luego se lo pasó a una organización en pro de los derechos de las mujeres, dando así a conocer el suplicio de Ayress al mismo tiempo que éste continuaba. La propia madre de Ayress también hizo público su testimonio. Así, estas dos mujeres valerosas probablemente salvaron su vida al publicar el testimonio directo de la víctima en los periódicos más importantes. Una vez liberada de prisión después de tres años, Ayress habló con vigor renovado, brindando detalles íntimos de su propio caso y el de otras mujeres de los que ella había sido testigo mientras estaba en la cárcel. Al utilizar su historia para desacreditar y, con suerte, ayudar a derribar la dictadura de Pinochet, Nieves Ayress y sus aliadas revirtieron la vergüenza que el gobierno intentó imponerles al sexualizarlas y al mismo tiempo privarlas de su feminidad, humanidad y capacidad de resistencia. Entrelazado en cada elemento de su historia, se descubre su feminismo, el compromiso revolucionario que le ha servido de armazón en todos los aspectos de su vida y su capacidad para modelar los contextos en los que se insertan sus propias historias.
Más allá de las descripciones horrorosas, lo que hace distinto el testimonio de Ayress es que se centra en lo que le sucedió en tanto mujer. En la mayoría de los lugares donde los torturadores han cometido atrocidades -países como la Argentina, Chile y Sudáfrica-, las mujeres muy pocas veces han relatado sus propias experiencias personales (Goldblatt y Meintjes, 1996: 4). La modestia malentendida, además del dolor, con frecuencia inhibe cualquier referencia a la violación grupal y otras formas de violencia sexual, incluso entre las propias prisioneras. Con la creencia de haber sido mancilladas por la tortura infligida, muchas veces no pueden o no quieren recordar lo que sufrieron. Su vergüenza de hecho las coloca en una conspiración de silencio junto a sus torturadores, como si las víctimas acarrearan alguna responsabilidad por lo sucedido. Por el contrario, Nieves Ayress, la mayor de seis hijos de una familia de larga tradición en su compromiso con la justicia social, tuvo la ventaja de tener una madre que había sido maestra, socialista y feminista. Con el apoyo de su madre, el testimonio de Ayress surgió entonces en el contexto de la lucha política, al que pertenecía por derecho propio. Tanto en la cárcel como ahora, Ayress sigue conservando la misma identidad que construyó cuando era una mujer joven. Aunque ferozmente castigada por sus ideales políticos, sin embargo se mantuvo fiel a ellos durante todo su calvario.
Al difundir su historia, Nieves Ayress eludió la deshumanización. En su testimonio personal llamado La situación de las mujeres, Ayress explicó su determinación de dar a conocer su mensaje: su mayor preocupación era que “todos supieran qué era el fascismo y qué es todavía” (Edelman, 1975). Su capacidad para revertir la vergüenza y luego poder hablar en público sobre cómo sus torturadores intentaron humillarla reveló la brutalidad de estos últimos y la ayudó a mantener su lugar en la comunidad política que la sostenía. Su historia, que sirvió y aún es utilizada como herramienta política para generar conciencia sobre las violaciones generalizadas a los derechos humanos, le permite utilizar su memoria de género como forma de resistencia política.

Género y cambio social

Nacida el 5 de octubre de 1948 en una familia socialista de clase media, Luz de las Nieves Ayress Moreno fue un clásico “bebé rojo”. Sus abuelos militaron en los primeros sindicatos y cooperativas en las salinas del norte de Chile. Sus padres, Virginia Moreno y Carlos Orlando Ayress, fueron activistas igualmente comprometidos con el arte y la política y simpatizantes de la Revolución Cubana y de su visión del cambio revolucionario en América Latina. La familia se mantenía con el producto de una pequeña metalúrgica que fabricaba instrumental médico para laboratorios y hospitales. Como muchos pequeños fabricantes, los Ayress Moreno vivían cerca de su taller, en el barrio de clase obrera de San Miguel, en la zona sur de Santiago.
 Nieves Ayress estudió psicología en la Universidad de Chile, especializándose en desarrollo infantil. Convencida de que lo que América Latina necesitaba a fines de los años sesenta era un cambio radical profundo, luchó con dedicación para conseguir vivienda digna, alimento, obra social y educación para todos, más allá de raza, clase o sexo. Ansiosa por ser parte del movimiento internacional, viajó a dedo por Chile, Perú y Bolivia, contactándose con jóvenes revolucionarios de todo el Continente. Se unió al Ejército de Liberación Nacional de Bolivia del Che Guevara después de la muerte de su líder, trabajando con la guerrilla, aunque criticó su trato para con las mujeres. Al regresar a Chile en 1970 apoyó al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. En 1971 partió de Chile una vez más al ganar una beca para estudiar producción de cine y televisión en Cuba, pero regresó un año después para seguir sus estudios graduados en psicología infantil. Al mismo tiempo, comenzó a militar en La Legua, en la zona sur de Santiago. Este centro fabril prestó un apoyo tan sólido al gobierno de la Unidad Popular de Allende que los militantes hacían bromas acerca de que después de que el Ejército marchara sobre el palacio presidencial de La Moneda, se dirigirían a La Legua.
El 11 de septiembre de 1973, el día del Golpe de Estado, la broma se volvió trágicamente profética. En sus esfuerzos por liderar el derrocamiento de la democracia chilena, las fuerzas armadas y la policía, bajo las órdenes del General Augusto Pinochet, intentaron destruir toda posible oposición. Arrestaron a obreros, estudiantes, indígenas, militantes de base y a la mayoría de los funcionarios electos del Gobierno que habían derrocado. Golpearon a algunos hasta matarlos y se llevaron a otros a las afueras de las ciudades y pueblos, adonde los ejecutaron y los arrojaron a tumbas colectivas. Pero a pesar de la retórica militante en los meses que precedieron al golpe, la resistencia armada fue muy escasa excepto en muy pocos lugares, como La Legua. Cuando los militares atacaron el barrio, los obreros de la zona resistieron y el Ejército tuvo que replegarse después de sufrir pérdidas. Unos días más tarde rodearon el distrito, arrestaron a todos los activistas conocidos y a sus familias e intentaron averiguar si tenían armas almacenadas que pudieran utilizarse en el futuro. El golpe y el período que le siguió resultaron en la muerte de entre 5000 y 15.000 personas, la desaparición de casi 4000 y la detención y tortura de 50.000 a 150.000 habitantes, en una población que apenas superaba los 10 millones.2
Poco después del levantamiento armado, un vecino denunció a Ayress como militante de izquierda y los militares la interrogaron sobre un posible almacenamiento de armas y municiones. Le preguntaban acerca de los submarinos soviéticos en las costas chilenas y dónde planeaba la fuerza aérea rusa tirar las bombas “como si Moscú fuera a contarme sus planes”, comentó sarcástica Ayress más tarde (Res, 1977: 2). Afortunada sobreviviente, logró salir viva del Estadio Nacional, donde 25.000 personas fueron detenidas y en el que muchos -como Charles Horman, hijo, cuyo caso saltó a la fama por la película Missing– fueron asesinados (Costa-Gavras, 1982). Luego Ayress volvió a trabajar en el movimiento clandestino y junto a sus amigos de La Legua intentó descubrir la ubicación de las prisiones clandestinas del Ejército. Así, logró rastrear una en el área cercana a la iglesia de San Francisco, próxima a la Alameda, la avenida principal de Santiago.3
El comandante Alberto Esteban, un hombre que se presentaba como un revolucionario argentino, infiltró el grupo de Ayress y se ofreció entrenarlos para la guerra de guerrillas urbana y proveerlos de armas. A pesar de las objeciones de Ayress de que un levantamiento en ese momento estaba destinado al fracaso, once personas de su grupo lo siguieron. A fines de diciembre de 1973 aparecieron sus cuerpos, marcados por las cicatrices de la tortura. Ayress abandonó inmediatamente la Universidad y se ocultó con el nombre de “Valeria”. El 30 de enero de 1974, un mes después de que se descubrieran los cuerpos de sus compañeros, partió de la casa clandestina en la que se ocultaba y fue a visitar a su padre en la fábrica de la familia, cayendo en una emboscada. Se encontró al argentino Esteban y su tropa que tenían de rehén a su padre, su hermano de quince años y a varios empleados. Llevándose a los tres familiares, el grupo se dirigió al que luego se convertiría en el famoso centro de detención de Londres 38, a una cuadra de donde el grupo de Ayress había adivinado estaba la prisión clandestina. Y así comenzaron los 27 días de tortura intensiva.4
Ayress fue violada en grupo y mutilada mientras su padre y su hermano eran forzados a observar todo sin poder hacer nada. Luego, todos fueron torturados en forma simultánea y sus verdugos la amenazaron con que obligarían a su padre y a su hermano a violarla. Luego de simular que matarían a sus familiares, los soldados de hecho asesinaron a un joven de La Legua frente a ella, con la esperanza de hacerla hablar sobre posibles planes de resistencia. Luego los tres Ayress fueron trasladados junto a otras personas de La Legua a un campo de concentración cercano a una base militar. Allí fue torturada por más de un mes: la golpearon y le aplicaron la picana eléctrica en todo el cuerpo y le introdujeron roedores en su vagina a través de tubos. Fue colgada de sus propios brazos y piernas y obligada a comer excremento. La forzaron a realizar actos de sometimiento sexual con hombres y perros y yacía cubierta en su propia sangre, sin poder limpiarse mientras sus carceleros hacían comentarios groseros sobre su cuerpo (Edelman, 1975; Jacobson ,1976: 6; Ramos, 1992; Soria, 1998; Villalón, 1998; Weyland, 1999: B-2).
Lo que sucedió en los años siguientes se convirtió en parte de una historia de terrorismo de Estado que se diseminó por Chile, la Argentina y muchos otros países de América Latina, África, Europa y Medio Oriente en el último cuarto del siglo XX. Gobiernos autoritarios, con la esperanza de obtener información que les permitiría deshacerse de toda oposición, intentaron en forma sistemática deshumanizar a los prisioneros infligiéndoles tormentos insoportables. Incapaces de controlar sus funciones corporales, ridiculizadas por menstruar, infantilizados y dependientes de otros para sobrevivir, presos y presas apenas si eran capaces de pensar en otra cosa que en su propio sufrimiento, ya que la única facultad de pensamiento que quedaba se concentraba en su propia humillación. Demasiado avergonzados para admitir lo que les había ocurrido muchos hombres y mujeres guardaron silencio. La militante sudafricana Thenjiwe Mthintso recuerda: “tu sexualidad era utilizada para quitarte la dignidad, para socavar tu sentido del yo” (Krog, 1998: 179). Y la antropóloga y psicóloga danesa Inger Agger, que atiende a refugiados de campos de detención en Medio Oriente y América Latina, nos ha hecho tomar conciencia acerca de cómo, al cometer actos violentos que parecen sexuales, los torturadores intentan socavar el propio sentido de agencia y poder de sus prisioneros (Agger, 1994). Si, tal como sostiene Agnes Heller, es la vergüenza lo que hace que los niños se sometan a la dominación, aunque la fuerza no se ejerza directamente (Heller, 1985), es la fuerza en sí la que arranca a las personas de su contexto social, los desorienta y deshumaniza e inhibe su capacidad de aliarse con los demás. Para reorientar a las sobrevivientes traumatizadas, Agger las ayuda a recuperar las identidades políticas que alguna vez detentaron, relatando las historias de las que se enorgullecen, “historias que narran su intento por construir sociedades más equitativas y socialmente justas”. Nieves Ayress pudo hablar a pesar del dolor y los esfuerzos por humillarla, porque su subjetividad estaba enraizada en su sentido de comunidad y porque tuvo testigos que compartieron ese rasgo. Gracias al apoyo de su madre y de Inés Antúnez, Ayress asegura que jamás perdió contacto con el movimiento por la justicia social del que formaba parte.5

Revertir la vergüenza

De hecho, fue gracias a su capacidad para crear comunidades a las que podía pertenecer (incluso cuando estuvo incomunicada por tres meses), que Nieves Ayress logró combatir la vergüenza. Al igual que Alicia Partnoy, que fue torturada bajo las órdenes de la Junta Militar argentina (1976-1983), Ayress utilizó el lenguaje como una forma de conexión con la sociedad. Mientras estuvo en prisión, Partnoy recordaba las rimas infantiles que recitaba junto a su pequeña hija. Según Jean Franco, al repetir esos versos sin sentido también se dio “[a sí misma] el modelo que le permitió tanto sobrevivir como mantener el sentido de su propia humanidad y la de los demás, incluso al experimentar sufrimiento” (Franco, 1992: 112). Entre sesiones de tortura, Ayress cantaba para sí o le hablaba a objetos inanimados. Para ridiculizarla, los guardias se burlaban, preguntándole a quién se dirigía y ella solía responder: “La puerta, los barrotes, la ventana”. Como quien trata de permanecer alerta aunque esté borracha, ella se aferraba a su subjetividad fabricando relaciones sociales, aunque fuera con objetos inanimados. Elaine Scarry asegura que el dolor destruye el lenguaje de la víctima y Jean Améry -sobreviviente de la tortura nazidecía: “el aullido de dolor va en contra de la comunicación a través del lenguaje”; sin embargo, esta visión no representa a todas las víctimas (Scarry, 1985; Améry, 1998). Es evidente que para sobrevivir, Ayress necesitó comunicarse y dar testimonio. Todavía hoy lo hace, ahora en condiciones menos violentas.
A fines de febrero de 1974, después del primer mes de tortura, Ayress fue transferida por un breve período al Correccional de Mujeres de Santiago. Alguien, tal vez un miembro de la institución, hizo una llamada anónima a la madre de Ayress, Virginia Moreno, que había escrito decenas de cartas por día con la esperanza de encontrar a su esposo y a sus hijos. Después del secuestro, Moreno había enviado a sus otros cuatro hijos a vivir a casa de amigos en la Argentina, Cuba e Italia, mientras pasaba los días yendo de un lado a otro de la ciudad buscando información sobre el resto de su familia. Otros padres en Chile también buscaban a sus familiares desaparecidos, como la Agrupación de Familiares de Detenidos/Desaparecidos lo hacía en Chile, como lo harían más tarde las Madres de Plaza de Mayo y las Co-Madres en la Argentina y El Salvador. Esa llamada y el hecho de que Ayress hubiera sido trasladada momentáneamente a una prisión oficial en lugar de un centro clandestino le dio a Moreno la oportunidad que toda familia anhelaba: el poder interceder a favor de su hija, de dar testimonio por ella.
Ayress aprovechó el contacto limitado con otras prisioneras que le permitían en el Correccional de Mujeres y fiel a su consumada experiencia de organizadora política, relató el calvario que había sufrido durante un mes a Inés Antúnez, con quien ya había trabajado en diversos movimientos políticos. Aunque Ayress estaba débil y sufría de infecciones en todo su cuerpo, las dos mujeres decidieron que debía escribir su testimonio y que Antúnez -a punto de salir al exilio- se lo llevaría secretamente con ella. Antúnez viajó a Cuba vía la Argentina, donde contactó a Fanny Edelman, quien como Secretaria General de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (WIDF), fundada originalmente por mujeres francesas sobrevivientes de campos de concentración nazi y de la Resistencia, encontró la forma de difundir el testimonio de Ayress. Inés Antúnez y Fanny Edelman dieron testimonio del sufrimiento de Nieves Ayress y atrajeron la atención internacional sobre su caso.
Cuando Ayress vio a su madre por primera vez el 8 de marzo de 1974, le contó lo que le había sucedido. Su madre se dirigió entonces al tribunal local de justicia criminal y presentó un recurso de hábeas corpus en nombre de su hija, a quien nunca habían arrestado o acusado formalmente. En ese escrito Virginia Moreno describió la tortura y la violación de su hija y aunque esta acción directa convirtió a Moreno en una formidable enemiga del régimen, su mayor logro fue el de difundir la historia del calvario de su hija en los periódicos extranjeros. Revirtiendo el orden generacional por el cual es costumbre que sean los padres quienes dejen sus recuerdos a los hijos, Moreno dejó registrado los relatos de tortura y prisión de su hija, dando testimonio público por ella. Las llamadas telefónicas anónimas de amenaza nunca la detuvieron y fue en gran parte gracias a sus esfuerzos que liberaron a su marido y a su hijo en mayo de 1976 y a su hija en diciembre de 1976.
 Al transformar la tragedia familiar en una épica nacional, Nieves Ayress y su madre revelaron las características de género de la represión política. El recurso de hábeas corpus presentado por Moreno brindó un relato detallado de la dimensión sexual de la tortura de su hija.6 El corresponsal del Washington Post en Chile, Joseph Novitski encontró el recurso -que aunque rechazado aún seguía archivado- y publicó el testimonio de Ayress en un artículo principal publicado en el Washington Post del 27 de mayo de 1974, donde describió algunos de los horrores de los que era responsable el gobierno chileno. Novitski recordó a sus lectores que “los cargos por tortura son difíciles de probar y las negativas de la junta militar son difíciles de evaluar ya que las víctimas han permanecido en su mayoría anónimas” (Novitski, 1974: A- 16). Por lo tanto, el testimonio de Ayress podía tener efectos devastadores para el régimen, pues suministraba una evidencia detallada de la brutalidad de los dictadores militares.
En un intento por controlar el daño a la imagen pública del régimen pinochetista, Rafael Otero, un columnista chileno destacado en Washington, respondió acusando a Ayress de haber ido a Cuba a estudiar ciencia ficción en lugar de cine. Bajo el seudónimo de Paz Alegría, Otero cuestionó las conclusiones y la evidencia presentadas por Novitski y luego simpatizó con las víctimas de violación quienes, según él, mantenían un silencio modesto en lugar de difundir las formas en que hombres perversos las habían humillado (Alegria, 1974; Otero, 1974). Ignorante de los artículos que salían en el periódico e interrogada por sus torturadores acerca de ellos, Ayress debió soportar una represión aún mayor como resultado de la misma difusión que probablemente le salvó la vida. Sin embargo, nunca dudó de la estrategia de su madre. Juntas, tanto Moreno como Ayress y Antúnez se negaron a permanecer calladas sobre lo que las Fuerzas Armadas chilenas habían hecho. Al detallar las atrocidades cometidas contra ella, estas mujeres revirtieron la vergüenza, devolviéndosela a la dictadura chilena a la que realmente pertenecía.
Las militantes como Nieves Ayress representaban un desafío único al orden que Pinochet pretendía establecer. A pesar de la represión generalizada, el gobierno pinochetista se sentía amenazado por cualquiera que representara una alternativa al régimen autoritario, por lo que arrestar a los miles de simpatizantes del antiguo gobierno jamás sería suficiente. Más que nada, Pinochet necesitaba neutralizar el poder de sus adversarios con la esperanza de convertirlos o de aniquilarlos. Ayress era líder de un grupo en La Legua y su negativa a seguir al Comandante Esteban, el agente provocador, la convertía en un adversario pensante y por lo tanto, de mucho cuidado. Dejarla libre significaba que podría convertirse en líder de un movimiento de oposición que era lo que el gobierno más temía. La tortura fue entonces una forma de marcarla como mujer vulnerable y dejarla fuera de la competencia por el liderazgo.
 La tortura sexual fue también una forma de quitarles a los hombres su capacidad de resistencia. Forzarlos a ser testigos pasivos -como sucedió con el padre y el hermano de Ayress mientras un miembro de su familia era torturado, en especial, una mujer o un niño-, debilitaba los sentimientos de autoridad que ayudaban a estructurar la identidad masculina en Chile en aquel período (Agger, 1989: 313; Goldblatt y Meintjes, 1996: 33). Asimismo, muchos de los propios prisioneros varones fueron obligados a asumir una condición sexualmente subordinada, similar a la de las mujeres golpeadas. El coito forzado, la violación anal y las constantes golpizas hacían que los varones sólo pudieran pensar en su propio cuerpo, mientras los comentarios de los torturadores sobre sus cuerpos incrementaban todavía más su vergüenza y el dolor físico bloqueaba su sentido del yo, interfiriendo así con su capacidad mental para resistir. Aislados de los demás, algunos llegaron a someterse a la autoridad dominante de los militares.
Aunque los objetivos de destruir a la persona y eliminar la oposición potencial pueden aplicarse por igual a varones y mujeres, la tortura sexual los afectó de forma diferencial (Franco, 1992: 104). Las mujeres en los campos de detención de América Latina experimentaron una forma de distorsión de género que exageraba la sexualidad que su socialización les había enseñado a ocultar. De acuerdo a Agger, se crea en las mujeres un sentimiento de culpa, porque la tortura que se les inflige “es la activación de su sexualidad para provocar vergüenza y culpa” (Agger, 1989: 313; Goldblatt y Meintjes, 1996: 33). Una mujer delgada recordaba cómo sus torturadores se burlaban de su cuerpo, porque no tenía grandes pechos y curvas generosas. Otra hablaba de cómo sus verdugos le decían que una mujer gorda como ella sólo se metía en política para conseguir un hombre (Agger, 1994: 72; Krog, 1998: 179). Casi todos los sobrevivientes recuerdan cómo los torturadores se mostraban asqueados por sus cuerpos sucios, olorosos y cubiertos de sangre (Agger, 1994: 71). Al reducir a las mujeres a meros cuerpos, considerando el cuerpo femenino como despreciable y sexualizando la violencia contra ellas, la inteligencia militar intentaba transformar la identidad de una mujer de militante política a víctima patética. Luego de sufrir esa vergüenza, las mujeres con frecuencia se sentían cómplices, como si hubieran aceptado la autoridad de sus captores en lugar de sólo sucumbir ante su poder. El restablecimiento de los lazos solidarios con sus aliadas políticas en la prisión y fuera de ella se convirtió así en un elemento esencial para preservar sus recuerdos de antiguas aspiraciones y reconectarse con identidades personales de las que se sentían orgullosas.
Incapaces de preservar su sentido del yo, tal como pudo hacerlo Ayress con el apoyo de su madre y de Antúnez, las refugiadas políticas que Inger Agger atendió en Dinamarca tuvieron que reconstruir sus aniquiladas identidades sexuales y políticas. Pero en lugar de intervenir para imponer sus propias interpretaciones de los recuerdos de quienes recurrieron a su ayuda, Agger intentó dar testimonio activo, tal como lo hicieron Moreno y Antúnez en el caso de Ayress. Como Agger tenía una sensibilidad especial en cuanto a la pérdida que experimentaban las mujeres activistas cuando se rompían los lazos con sus comunidades políticas, lo que hizo fue ayudarlas a despertar nuevamente los recuerdos positivos de solidaridad y sentido social de sus pasados militantes.
Según Agger, la recuperación requería que las sobrevivientes hablaran sobre los hechos que les provocaban vergüenza (Agger, 1994: 115). Sin negar los traumas que habían sufrido, se rehusó a reducirlas meramente a su dolor y ayudó a las mujeres exiladas a reconectarse consigo mismas como militantes políticas, acompañándolas para que recapturaran el orgullo que tenían de esa identidad. Para aquellas que habían sufrido, porque fueron compañeras o familiares de militantes políticos, las ayudó a crear una memoria histórica que las insertaba en una comunidad política. Promovió el relato de sus vidas con la esperanza de asistirlas en la reapropiación de un sentido de conexión con los demás. Combinando técnicas testimoniales con técnicas de concienciación, desarrolló las prácticas que algunas de las mujeres -a las que se les permitía hablar entre sí en los campos de prisioneras- adoptaron cuando pudieron describir lo que les había sucedido. A través de contar historias y dar testimonio, algunas mujeres -aunque no todas- pudieron limpiarse del sentimiento de vergüenza asociado con la mancha sobre su identidad femenina, vulnerada por las humillaciones sexuales de los torturadores (Agger, 1994: 122-23). En forma intuitiva, Nieves Ayress desarrolló algunos de los mismos métodos por sí sola. En su último año en prisión, organizó a las compañeras de prisión para hacer artesanías y establecer redes de apoyo para quienes agonizaban por las heridas y enfermedades contraídas en la prisión. En las conversaciones sobres sus vidas antes y después de ser capturadas, las mujeres que fueron parte de la última comunidad de Ayress en prisión lograron servir de testigos una de la otra. Algunas, como Ayress y la sobreviviente del centro clandestino Pilar Calveiro, pudieron afirmar: “alguien [sobrevivió] para dar testimonio y contar la historia; alguien… preservó la memoria de los campos de detención” (Calveiro, 1995: 114).
Como militantes políticas consumadas, Virginia Moreno y Nieves Ayress se rehusaron a permanecer calladas: difundieron los crímenes del gobierno pinochetista, haciendo hincapié en la naturaleza sexual de la violencia a la que Nieves se vio sometida, aunque ella y su madre se arriesgaran al oprobio público por hablar tan abiertamente sobre la tortura sexual. Al sexualizar a las prisioneras, las fuerzas armadas esperaban reducir a mujeres como Nieves Ayress a sus cuerpos maltratados y arrancarlas del cuerpo político, quitándoles su subjetividad e impidiéndoles resistirse activamente. Según un cálculo perverso, la violencia contra mujeres “inocentes” y modestas con frecuencia parece peor que la violencia contra mujeres “culpables”, como se define a aquellas con una vida sexual activa o comprometidas con la lucha política de izquierdas. Sin embargo, tal como increpó Moreno en una carta que escribió luego de visitar a su hija en marzo de 1974, “incluso si fuera culpable de los peores crímenes, no deberían haberla tratado como lo hicieron”.7 Negándose a que las autoridades privaran a su hija de su dignidad, Moreno en cambio sostuvo que habían sido los propios torturadores quienes se habían manchado al intentar humillar a su hija. Con un marido y dos hijos en manos del Ejército, Virginia Moreno igual se atrevió a revelar la brutalidad de la Junta que encabezaba Augusto Pinochet. Nieves Ayress y su madre se rehusaron a dejar que la Dictadura tuviera el poder de definir los estándares de comportamiento de género. Estaban decididas a demostrar que los militares no eran hombres de principios, sino monstruos que intentaban avergonzar y destruir a todos los que temían.

Dar testimonio

Difundir la historia de Ayress no sólo ayudó a salvar su vida al convertirla en una figura pública, sino que creó un lazo inquebrantable entre aquellos unidos por su testimonio. El relato pasó de su madre a Novitski y de Antúnez a Fanny Edelman y la WIDF. Edelman, una argentina con una larga trayectoria en los movimientos por los derechos humanos y la paz, sobre todo referidos a mujeres y los niños, asumió la causa de la resistencia chilena y se convirtió en una de las principales defensoras de Ayress. De hecho, muchas organizaciones de mujeres en Europa, Sudamérica y los Estados Unidos se enteraron por primera vez sobre la familia Ayress en un comunicado fechado entre el 18 y el 21 de febrero de 1975, leído ante la Tercera Sesión de la Comisión Internacional para la Investigación de Crímenes Cometidos por la Junta Militar de Chile. Edelman y la WIDF dieron a conocer su historia en un comunicado de prensa que incluía el testimonio completo de Ayress, titulado “La situación de las mujeres”.8 Para corroborar las pruebas proporcionadas por Ayress sobre las atrocidades del gobierno chileno, el informe de Edelman incluía evidencia adicional de un médico que trabajaba con la Asociación Internacional de Mujeres. Luego de examinar a algunas presas recluidas en el Buen Pastor en Santiago, notó que tenían marcas de quemaduras y heridas abiertas, claro indicio de que también habían sido torturadas (Edelman, 1975: 4). Junto con un grupo especial de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y otras asociaciones de derechos humanos a los que había escrito uno de los hermanos exilados de Ayress, el comunicado de prensa de Edelman brindaba una prueba detallada sobre el terrorismo de estado en Chile. Al dar testimonio, Edelman y la WIDF ayudaron a mantener viva la historia de Ayress como un relato histórico de género de la dictadura de Pinochet y como un llamado a la acción contra esta última.
Tanto en Moreno como en Inés Antúnez, Ayress encontró quien la apoyara tanto en lo personal como en lo político, en una relación totalmente desinteresada. Cualquiera de estas dos mujeres podría haber negado la verdad de lo que ella afirmaba. Cualquier de las dos podría haber compartido su destino si el gobierno hubiera sabido el verdadero alcance de su apoyo. La solidaridad y el amor que ambas le demostraron deben haberla ayudado a mantener la sensación de que aún formaba parte de una comunidad. En aquel tiempo, cuando los únicos hombres que Ayress veía eran los torturadores, los guardias y los médicos que apoyaban al régimen, es posible que ella haya asociado a Antúnez y a su madre con una comunidad de mujeres. Sin embargo, es importante recordar que no todas las mujeres le habrían mostrado su apoyo: mientras Ayress permaneció en el Correccional de Mujeres de Santiago, estuvo bajo la estricta vigilancia de monjas chilenas, mujeres que jamás desafiaron la autoridad del gobierno ni a los torturadores.
La narración del coraje y el heroísmo de Ayress corroboran la fuerza de voluntad que le demandó recordar para dar testimonio como lo hace aún hoy, cuando muchos prisioneros borran por completo su memoria. Pilar Calveiro explica: “cuando un militante es capturado, no sólo pretende no saber, realmente olvida: se olvida de la información que podría poner a otra gente en peligro; olvida nombres, casas e incluso rostros. Pierde su capacidad de recordar información precisa, sobre todo la que tiene que ver con nombres y direcciones. Éste es un patrón recurrente entre los sobrevivientes” (Calveiro, 1995: 106). Sin embargo, es evidente que Ayress necesitó recordar para mantener la conexión y que tuvo la confianza suficiente en su capacidad para soportar la tortura sin traicionar a sus amigos y atreverse a mantener un registro histórico, no sólo de hechos específicos, sino de sus significados.
Ayress logró sobrevivir en la prisión hasta diciembre de 1976, cuando partió de Chile rumbo al exilio y una vez liberada reivindicó para sí su propia historia (Ramos, 1999). Por un tiempo viajó a Alemania, Italia, Cuba y México junto a sus padres, donde se presentaba a hablar en público cuestionando la declaración del gobierno chileno de que con ella y los otros 303 prisioneros que habían sido liberados de los campos de concentración chilenos el 8 de diciembre de 1976, todos los que habían estado detenidos quedaban libres (Jacobson, 1976: 6). Como sobreviviente, sus palabras tenían una autoridad especial, un hecho del que Pinochet debe haber sido consciente cuando ordenó a un vocero describirla como una “pobre criatura demente a la que no podía darse ningún crédito” (Jacobson, 1976: 6). Sin embargo, Ayress habló y demostró que no sólo no estaba loca, sino que tenía una excelente memoria y una voz potente.
 Dori Laub, sobreviviente y testigo de los traumas de otros, es un psicoanalista que ha dedicado su carrera a ayudar a los sobrevivientes del Holocausto a contar las historias detalladas del trauma que con frecuencia han ocultado a sus cónyuges e hijos. Laub cree que el trauma es un proceso continuo sin ninguna forma precisa y que éste sigue repitiéndose hasta que se lo externaliza y cobra forma en relatos o historias (Felman y Laub, 1992: 69).
Nieves Ayress, que se considera una militante víctima de la brutalidad de sus enemigos políticos, ha intentado dar significado a sus experiencias traumáticas insertándolas en historias específicas. Puntualiza sus relatos sobre los campos de la muerte refiriéndose a personas particulares, como el médico de la prisión que experimentaba sobre las embarazadas para ver cuánto dolor podían soportar o el médico de la Universidad Católica que la felicitaba por darle un hijo a la patria antes de que ella abortara espontáneamente el feto concebido como resultado de una violación grupal. Más que revivir el trauma, Ayress intenta documentar lo que ella y otros sufrieron para preservar las pruebas que un día podrían utilizarse contra Pinochet y sus secuaces en un tribunal.
Afirmar que Ayress fue capaz de preservar su voz no es lo mismo que decir que ella habla de la tortura y la degradación en un tono de voz normal. Aquellos que la hemos escuchado hablar sobre sus experiencias en persona o a través de vídeos, somos conscientes de las diferencias entre la forma en que se refiere a su vida como revolucionaria antes y después de estar presa y la forma en que habla sobre la tortura (Universidad del Estado de Nueva York, 1999). Resulta claro que disfruta al discutir las fortalezas y debilidades de los movimientos radicales de fines de los años sesenta y principios de los setenta y es rápida para cuestionar tanto la homofobia como el sexismo de la izquierda, mientras reflexiona sobre cómo algunos ideales culturalmente más radicales podrían haber ayudado a la izquierda internacional.9 Por el contrario, Ayress habla de la tortura como en un estado de trance, o como si estuviese leyéndolo de un libro. Las palabras se suceden sin ninguna inflexión, como es común en los testimonios de las mujeres golpeadas, los sobrevivientes del Holocausto o cualquier otra víctima de la tortura. No le resulta difícil recordar los crímenes por los que Pinochet es responsable. Narrar lo que sucedió en Chile durante los diecisiete años que duró la dictadura de Pinochet es para ella una forma de acción directa, inherente a su trabajo como militante de base y como feminista. Por lo tanto, se la ve ansiosa de contar su historia y hacer que otros cuenten la suya. En ese caso, su voz cobra un timbre más alto y habla rápido, sonríe y utiliza su cuerpo y sus manos para puntualizar lo que le parece más importante.
Resulta evidente que Ayress le ha impuesto una forma, una secuencia y un cierre al trauma que sufrió a manos de las fuerzas armadas chilenas. Pero ¿cómo pudo hacerlo cuando su suerte aún estaba en manos de los torturadores que podrían haberla ejecutado en cualquier momento, y si no tenía ninguna razón especial para creer que saldría con vida de prisión? Esto puede explicarse en parte volviendo sobre otro de los conceptos de Laub. Al hablar del Holocausto, asegura que muchos sobrevivientes se sienten culpables, como si ellos “y no los perpetradores fuesen responsables de las atrocidades de las que [fueron] testigos” (Felman y Laub, 1992: 80). A veces, ellos piensan que sobrevivieron a costa de otros y se odian a sí mismos por no haber sido capaces de salvar a sus amigos y familiares.
Gracias a sus fuertes convicciones políticas -derivadas de su familia y de sus propios compromisos para con el cambio social radical- Ayress parece no haber dudado jamás al considerarse una presa política. Consideraba que sus adversarios eran despreciables y, paradójicamente, no le sorprendía su salvajismo. Aunque el trato que le dieron fue inenarrable, ella fue capaz de narrarlo. La tortura en sí – pensada tanto para exagerar su sexualidad como para hacerla sentir antifemenina podría haberla hecho sentirse avergonzada, pero ella pudo revertir la vergüenza. Aún hoy habla de sus torturadores como monstruos y de sí misma como una militante revolucionaria que lucha por la justicia social. Ayress puede comprender el caso de otros, como una amiga de La Legua no pudo soportar el dolor y el abuso sexual y la identificó en una fotografía que la policía ya tenía de “Valeria”. Sin embargo, busca que los colaboradores, que cooperaron con las autoridades luego de quebrarse en la tortura, sean acusados, arrestados, juzgados y encarcelados por sus crímenes contra aquellos que murieron a manos de la dictadura de Pinochet debido a su complicidad.
Ayress, quien durante la conversación puede sonar desconcertada o furiosa cuando habla de los torturadores, deja entrever en cambio una furia ciega contra aquellos hombres que rechazaron a sus compañeras por haber sido violadas en prisión (Soria, 1998: 5). Lo que impulsa a Ayress es una indignación justiciera, que muchas veces va acompañada de un sentido irónico, no de vergüenza.
El segundo aspecto a resaltar de la historia de Ayress es su capacidad para crear testigos que den testimonio: Inés Antúnez y su madre, que transmitieron su historia desde la prisión; Novitski, Edelman y la Federación Democrática Internacional de Mujeres, que dieron a conocer lo que le había sucedido; los periodistas que la entrevistaron apenas salió en libertad y fue al exilio; los grupos de apoyo en toda Europa, América Latina y los Estados Unidos, con quienes habló después de su liberación; antropólogos como Ximena Bunster, quien en la década de 1980 dio a conocer su caso junto con otros que “sobrevivieron más allá del miedo” (Bunster, 1993); los periodistas del New York TimesEl Diario y Las Noticias ante quienes repitió su testimonio cuando Pinochet fue detenido en Londres para ser extraditado posiblemente a España. También estuvieron los estudiantes graduados y los historiadores como yo, a quienes les ha contado su historia. Y están quienes la escuchan cuando habla en público, o que leen sobre ella en trabajos como éste.
Quienes han trabajado principalmente con los testimonios de los sobrevivientes del Holocausto, hacen hincapié en hasta qué punto los sobrevivientes que pasaron por el trauma guardan silencio, sin voluntad y sin poder contarle a nadie lo que les sucedió con exactitud. Sin embargo, a pesar del costo personal, Ayress ha insistido en relatar su historia. Inés Antúnez podría haberse rehusado a creerle; podría haberla reconfortado y haber esperado antes de hacer algo y estar ella misma a salvo en Cuba. De hecho, tanto ella como Ayress se arriesgaron a sufrir tormentos inimaginables si alguien hubiese encontrado el testimonio escrito que Antúnez sacó secretamente de la prisión. Pero es evidente que ambas mujeres creían que transmitir el testimonio directo de Ayress era una acción política necesaria en la lucha contra Pinochet y los militares.
La madre de Nieves, Virginia Moreno, arriesgó la vida de toda su familia para brindar pruebas concretas contra Pinochet. La descripción de la tortura sexual que soportó su hija era parte del llamado de atención sobre el régimen. Ni ella ni su hija sabían al principio dónde tenían a su padre y a su hermano, ni siquiera si aún estaban con vida cuando Moreno presentó el recurso de hábeas corpus. Laub asegura que a veces los testigos se sientes impotentes y descargan su enojo contra aquellos a los que no pueden ayudar. Sin embargo, al parecer Moreno jamás dudó, tal vez porque a su vez tenía su propio testigo, su hermana menor, Amalia Moreno. Amalia, modista y sindicalista que luego también habría de caer presa, estuvo allí para dar testimonio de los horrores que su hermana relataba todos los días. Aunque Virginia a veces lloraba de rabia al regresar a casa después de visitar a funcionarios que no la ayudaban a liberar a su esposo y a sus dos hijos, ella reprimía su furia cuando estaba frente a las autoridades. Pero la primera vez que Moreno vio a su hija en prisión y supo que estaba embarazada como resultado de la violación grupal a la que la habían sometido, Moreno se lamentó: “¿De qué sirve esta vida de mierda si no puedes ayudar a los que amas?” (Ramos, 1999: 16). Luego se preparó para luchar, se sobrepuso rápidamente a su impotencia y tuvo la audacia de ir a los tribunales con la historia de su hija. A pesar de enfrentarse a la humillación, al ridículo y a la muerte, se convirtió en la principal defensora pública de su hija, aunque jamás mencionó el embarazo que terminó en un aborto espontáneo al mes siguiente.
 La tercera razón por la que el testimonio de Nieves Ayress se ha mantenido vivo es porque ella lo vuelve a insertar una y otra vez en campañas políticas contemporáneas. Una parte esencial de sus opiniones actuales sobre la justicia social está basada en su feminismo, aunque éste no formaba parte de la conciencia política de los movimientos radicales latinoamericanos de los años 60 y 70. Sin embargo, Chile había tenido un movimiento feminista importante que es posible haya continuado resonando en la cultura chilena. Ante todo, el Movimiento de Mujeres de Chile (MEMCh) tuvo tanta influencia sobre la izquierda en los años treinta y principios de los cuarenta que incluso el Partido Comunista chileno trató de convertirlo en una comisión auxiliar. Pero el MEMCh desapareció a principios de la década de 1950, víctima de la misma represión que sufrió la izquierda chilena después de 1948, cuando Chile experimentó su propia versión del macartismo (Rosemblatt, 2000: 111-15). Es posible que Virginia Moreno y su hermana Amalia hayan estado cercanas al MEMCh en algún momento, aunque se habrían proclamado socialistas más que feministas. Sin embargo, Ayress afirma que en Bolivia ella se indignó, porque sólo las esposas y las novias de los guerrilleros alcanzaban puestos importantes dentro de la organización y se suponía que las mujeres debían reconfortar a los varones revolucionarios a través de la comida y el sexo. Ayress recuerda que algunos guerrilleros incluso la acusaron de querer destruir intencionalmente al movimiento con sus constantes demandas de igualdad de género. Al preguntársele por los orígenes de su feminismo, afirma que lo aprendió de su madre, que trataba a todos sus hijos por igual.10
No tengo dudas de que Virginia Moreno era una militante de la igualdad. También creo que Ayress, como la primogénita de seis, ocupaba un lugar especial en el corazón de su madre y lo siguió haciendo mientras estuvo en prisión. Incluso si Ayress no tuvo un contacto directo con la Federación de Mujeres Cubanas cuando asistió a la universidad en La Habana en 1971, es probable que hubiera estado al tanto del creciente compromiso de ese movimiento con el control de la natalidad, el aborto y las leyes de divorcio progresistas que se cristalizaron en el Código de Familia de 1975. También es probable que luego de su liberación en 1976, el contacto con un mundo más amplio de feministas en Europa, América Latina y los Estados Unidos intensificara su conciencia del carácter específico de género de la tortura sexual que había sufrido. Creo que la conciencia feminista le brindó a Ayress un contexto en el cual pudo insertar su sufrimiento y la ayudó a encontrar otro sentido a lo que le había sucedido.
El modo en que Nieves Ayress da testimonio complacería a la poeta sudafricana y comentadora de radio Antjie Krog. Al hablar de sus esperanzas para la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en su propio país, Krog reflexionó sobre lo que ésta podría lograr si se preocupara por “la compilación más amplia posible de las percepciones, historias, mitos y experiencias de la gente, [que podría haber] escogido restaurar la memoria y promover una nueva humanidad”. Ella creía que de esa forma la comisión lograría hacer “justicia en su sentido más profundo” (Krog, 1998: 16). Al dar testimonio -tanto en el sentido de testimoniar como en el de ser un testigo moral-, Ayress ha construido una historia de identidad política y sexual, manteniendo una memoria del pasado que reconoce lo que ella y otros soportaron a través de la solidaridad. En un esfuerzo por preservar un relato histórico en el que no sólo ofrece una crónica de las atrocidades, sino que explica el significado de los hechos, Ayress ha contado en repetidas ocasiones su historia, en especial haciendo hincapié en las continuidades, incluyendo su propio trabajo como una militante feminista de base.
Quisiera agregar una acotación final. Si testificar sobre el propio sufrimiento puede convertirse en una acción de resistencia política, ¿qué podemos decir de la necesidad, del deseo o la voluntad de los historiadores de registrar dichos testimonios y analizarlos? Debo confesar que en este punto me siento algo incómoda. Ayress emplea un tono de voz monótono al hablar de la tortura y yo escribo sobre ella en voz pasiva. El espantoso sufrimiento que debió soportar fue parte de la razón por la cual los periodistas se interesaron en ella y muchas de las entrevistas que concedió después de su liberación pueden haber provocado respuestas voyeuristas y pornográficas. Mientras Ayress estaba en prisión, Virginia Moreno tuvo que correr ese riesgo para atraer la atención pública necesaria para salvar la vida de su hija. Todos los testigos e historiadores de los abusos contra los derechos humanos deben decidir cuántos detalles son necesarios. Los relatos detallados transforman las acusaciones generales contra gobiernos autoritarios en censuras específicas. Así, la lista de crímenes -con frecuencia sexuales- brinda las pruebas que podrían utilizarse en una corte si los quinientos miembros de la policía secreta que administraban los campos de detención y todavía permanecen en servicio activo en Chile fuesen llevados a juicio por sus crímenes. En la medida en que la justicia implica la exposición pública de los criminales, aquellos que han sufrido graves abusos contra sus derechos humanos deben documentar esos abusos, si está a su alcance.
Hablar del sufrimiento, en particular referido a la violencia sexual, es particularmente difícil, tal como lo demuestra muy bien la historia de silencio en torno a la violación. Y no queda claro aún cuánto debe saber el público. Es posible que los profesionales que se dedican a asistir a las víctimas precisen los detalles para poder ayudarlas a externalizar los sentimientos que subyacen a sus traumas, pero ellos ofrecen algo inmediato a cambio. El psicoanalista Dori Laub sostiene que es necesario contar con un testigo que simpatice emocionalmente para avanzar en el proceso de dar testimonio sobre el trauma. Pero el crítico Dominick LaCapra nos previene que como académicos y escritores, sólo somos testigos secundarios (Felman y Laub 1992: 10; LaCapra, 2001: 97). Ver o escuchar las entrevistas a los sobrevivientes, o leer artículos como éste nos da información sobre el pasado, pero la mayoría de nosotros simpatiza desde lejos. ¿Es preciso un detalle pormenorizado de los hechos que subyacen al trauma? LaCapra piensa que los académicos funcionan, en el mejor de los casos, como testigos expertos que ofrecen un contexto para un conjunto de ideas e interpretaciones variadas. La crítica Kalí Tal va aún más allá en su preocupación por comprender el trauma y a sus sobrevivientes en un contexto político. Más importante aún, su interés se centra en explicar cómo la forma de otorgar sentido a los hechos traumáticos forma parte de un proceso político mayor en el que todos nosotros estamos muy implicados (Tal, 1996: 49-59).
Cuando Pinochet fue arrestado en Londres el 16 de octubre de 1998, Ayress de inmediato contactó a la prensa de habla hispana en Nueva York y encontró un nuevo público para su historia de tortura y supervivencia. “Mucha gente, en especial los jóvenes y los políticos chilenos no sabían [acerca de los abusos contra los derechos humanos] o no querían recordar. Pero cuento esto para que no vuelva a suceder nunca más en ningún lado y para que la gente comprenda lo que es una dictadura militar” (Ramos, 1998: 16). A pesar del dolor evidente que vuelve a sentir al hablar de la tortura, Ayress busca esa difusión porque la suya es una historia de solidaridad y resistencia femenina y porque los detalles de su caso constituyen pruebas contra Pinochet. Sin el impacto y el dolor que provocan estos detalles, su testimonio se confunde con tantas otras historias de violencia sexual y actos abominables cometidos a lo largo del siglo, que resultan muy duros incluso para que lo soporten quienes son simpatizantes de estas causas.
Los periodistas probablemente ocupan un lugar en el proceso de documentar lo que los regímenes autoritarios han estado haciendo en los últimos treinta años, pero ¿cuál es el papel de los estudiosos? Sin tener delirios de grandeza, algunos escritores y académicos desean contribuir con las luchas por los derechos humanos y la igualdad de género recolectando historias orales y testimonios de aquellos que han logrado sobreponerse al dolor, la vergüenza y el miedo a la muerte para luchar contra la represión política y sexual. Y es aquí donde la interrelación entre quienes hablan y sus públicos se torna tan importante. Como la mayoría de los historiadores que trabajan con la oralidad, me preocupa tomar los testimonios de las personas sin darles algo a cambio. Sin embargo, para Ayress eso no es un problema. Ella me cuenta sus historias tal como lo ha hecho con otros testigos, para transmitirlas como una forma de crear comunidades de personas comprometidas con la lucha por la justicia social.
Ese proceso nunca fue tan visible como en el período posterior al 11 de septiembre de 2001. Cuando Nieves Ayress y yo finalmente pudimos comunicarnos por teléfono esa noche después de que dos aviones impactaran sobre el World Trade Center en Nueva York, compartimos nuestras experiencias. Ella se había despertado esa mañana sintiéndose deprimida por el aniversario del golpe de estado de 1973 en Chile. Al día siguiente nos encontramos mientras algunas de sus vecinas inmigrantes intentaban encontrar a sus maridos y amigos que seguían desaparecidos, porque trabajaban en el World Trade Center. Al horror de las desapariciones se sumaba la ausencia de registro de que efectivamente trabajaban allí, ya que eran trabajadores indocumentados. En las semanas siguientes, compartimos la preocupación por las leyes antiterroristas y el predicamento de quienes vivían en el barrio y no tenían los documentos de inmigración legales. El creciente poderío de la policía y la reducción de los derechos civiles para los inmigrantes nos retrotraían a otros períodos represivos que Ayress ya había experimentado en carne propia. No acostumbrada a permanecer inactiva, Ayress organiza a su comunidad e intenta dar a conocer lo que sucede a su alrededor. Me convence para que asista con ella a las reuniones y porque somos muy amigas y cree que soy alguien que tiene acceso a personas como ustedes, me cuenta las historias que desea que yo transmita. Nieves Ayress siempre ha considerado el dar testimonio sobre su vida y sus percepciones como una forma de acción directa. Ahora me considera a mí como una más en una larga lista de testigos que dan testimonio de sus luchas.

Notas

1 Agradecimientos: Amigos y colegas muy cercanos me han ayudado a pensar sobre las ramificaciones políticas de la memoria histórica. Le debo mucho a Laura Kopp por su ayuda en la investigación y a Mary Marshall Clark, Marianne Hirsch, Brooke Larson, Robert G. Moeller, Amalia Moreno, Margot Olvarria, Grey Osterud, Margaret Power, Margarita Romano, Bennett Sims, Valerie Smith, Heidi Tinsman, Barbara Weinstein y a un lector anónimo. Principalmente le estoy agradecida a Nieves Ayress.

2 Estas cifras están aún en debate, ya que los distintos grupos cuantifican el terrorismo de Estado de diferente forma y porque muchas desapariciones y muertes todavía no han sido informados. La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación nombrada en 1990 fue autorizada a incluir sólo aquellos que habían muerto en forma violenta entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. La Comisión ubicó la cifra de los asesinados en 2279. Pero el conteo oficial es de 3236, que incluye a 957 personas cuya muerte no se atribuyó a causas políticas, o para quienes la Comisión no encontró información suficiente (Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, 2 vols., Santiago, Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, 1991, vol. 2, págs. 883-885. También existe una versión en inglés, Report of the Chilean National Commission on Truth and Reconciliation, 2 vols., traducción de Phillip E. Berryman, introducción de José Zalaquett, Notre Dame, University of Notre Dame Press, 1993; para las estadísticas, véase vol. 2, págs. 899-904). Las cifras sobre cantidad de muertos proporcionadas por los defensores de los derechos humanos y la Agrupación de Familiares de Detenidos/Desaparecidos son más altas y también incluyen al gran número de detenidos y torturados (Conferencia de Pedro Alejandro Matta, sobreviviente de la tortura, al Council for International Exchange Seminar, Santiago, junio 19, 2000).

3 Entrevista personal con Nieves Ayress, Washington, D.C., enero 20, 2001.

4 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, diciembre 16, 2000.

5 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, enero 9, 1999.

6 Archivos de la Fundación Vicaría de Solidaridad, PA 12-03-74. Virginia Moreno, “Copia exacta del original manuscrito entregado el 11 de marzo de 1974”.

7 Archivos de la Fundación Vicaría de Solidaridad, PA 06-03-74. Carta de Virginia Moreno Ayress para Raquel Lois, Visitadora Social Nacional, Secretaría de Detenidos, Ministerio de Defensa Nacional, con fecha del 14 de marzo de 1974.

8 El comunicado de prensa de cuatro páginas, cuya copia fue distribuida por la propia Nieves Ayres a fines de octubre de 1998 luego de la detención de Pinochet en Londres, apareció primero bajo el nombre de Fanny Edelman, Secretaria General de la Federación Democrática Internacional de Mujeres.

9 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, 10 de agosto, 2001.

10 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, 9 de enero, 1999.

Referencias

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Carta abierta de un ex preso político: “Pido disculpas”

domingo, 29 de septiembre de 2013

Carta abierta de un expreso político: “Pido disculpas”00000000//

Pido mis disculpas por no haber ni siquiera intentado comprender, una típica actitud de soberbia personal, la necesidad del golpe militar para poner orden al caos imperante entonces.

Patricio Salinas A, ex preso político, sept 73-sept 75

Pido mil disculpas por el tiempo que estuve encarcelado y haber utilizado recursos del Estado chileno.

Pido mis disculpas por no haber entregado información útil a mis carceleros, que permitieran apresar a otros individuos de mi calaña y así terminar más rápido con la lacra que nos apestaba.

Pido mis disculpas por todos mis textos en que denuncio el atropello de los derechos humanos en contra de ciudadanos anónimos, en contra de las minorías étnicas, minorías sexuales.

Pido mis disculpas por no haber ni siquiera intentado comprender, una típica actitud de soberbia personal, la necesidad del golpe militar para poner orden al caos imperante entonces.

Entrego mis disculpas, por no haber entendido el rol constructivo y democrático de la DC en los años de Allende y en ayudar a crear las condiciones que justificaran el pronunciamiento militar.

Pido mis disculpas y de pecar de ingenuo e ignorante, al abigarrarme en una fábrica textil en septiembre de 73 para defender el gobierno de Allende frente a las fuerzas del orden.

Pido mis disculpas por no entender a los que me golpearon, torturaron, aislaron en celdas diminutas, amenazaron, humillaron, realizaron ejecuciones falsas, escopetearon mi cara y finalmente me expulsaron del país sin juicio, sin papeles válidos. Un timbre decía bienvenido a todos los países menos Chile. Y tres decretos de expulsión.

Pido mis disculpas por haber perdido toda sensibilidad, los primeros días después del pronunciamiento y haber pasado sobre los cuerpos de encarcelados fallecidos o heridos.

Pido mis disculpas por haber vivido los años del exilio dorado en Suecia, donde limpié pisos, trabajé en correos, cambié pañales a ancianos, mientras estudiaba el idioma.

Pido mis disculpas por haber participado en todas esas cientos de demostraciones denunciando, lo que yo creía, los atropellos de la dictadura en Chile

Pido disculpas por haber participado en todas esas demostraciones de repudio a la violencia en países tan lejanos como Afganistán, El Salvador, Nicaragua, Argentina.

Pido disculpas por haber acogido en mi casa gente de mala calaña, perseguidos por sus regímenes de turno.

Entrego mis disculpas por haber dedicado años a la lectura de textos de personajes críticos, en vez de intentar de entender a los forjadores de nuestra nación.

Pido mil disculpas por no entender el modelo neoliberal implantado en Chile en los años 80 y continuado durante los años de la democracia.

Pido disculpas por todos esos artículos escritos poniendo en duda las excelentes cifras de la macroeconomía y poniendo en duda los logros de actual modelo económico en Chile.

Pido disculpas por dudar de la honestidad de la cúspide de la Iglesia en los años de régimen militar.

Pido disculpas en dudar de la honestidad de nuestras fuerzas armadas, en cuestionar sus franquicias y sus negocios.

Pido mil disculpas por dudar de la honorabilidad e independencia del poder judicial en Chile.

Pido disculpas por negarme a realizar el servicio militar a finales de los años 60.

Pido mis disculpas por apoyar a los campesinos en exigir reforma agraria profunda y real en los años 70.

Pido mis disculpas por apoyar los movimientos sociales a constituir una asamblea popular en los años 70.

Pido mis disculpas por haber apoyado siempre a movimientos u organizaciones críticas, muchas veces marginales, sin perspectiva histórica y sin capacidad real de jugar un rol.

Pido mis disculpas por desdeñar el poder y las personas que pretenden asumir un rol de imprescindibles.

Entrego mis disculpas a muchos de mis amigos defraudados conmigo, por mi propia existencia, por mi vida gris, anónima, sin pretensiones de liderazgo durante estos 40 años.

Por último, pido disculpas por el tiempo robado en la lectura de esta carta abierta.

Publicado por Prensa Callejera

via Prensa Gráfica Callejera: Carta abierta de un expreso político: “Pido disculpas”.

Allende’s legacy strong 40 years after Chile coup. LUIS ANDRES HENAO/AP

Allende’s legacy strong 40 years after Chile coup

  • Sept. 11 marks the anniversary for Chile coup by Pinochet

Soldiers and firefighters carry the body of President Salvador Allende out of the destroyed La Moneda presidential palace after Chile coup led by Gen. Augusto Pinochet. it’s been 40 years since Chile coup. (AP Photo/El Mercurio, File)

As bombs fell and rebelling troops closed in on the national palace, socialist President Salvador Allende avoided surrender by shooting himself with an assault rifle, ending Chile’s experiment in nonviolent revolution and beginning 17 years of dictatorship.

But as the nation marks Wednesday’s 40th anniversary of the Chile coup led by Gen. Augusto Pinochet, Allende’s legacy is thriving. A socialist is poised to reclaim the presidency and a new generation, born after the return to democracy in 1990 has taken to the streets in vast numbers to demand the sort of social goals Allende promoted.

“Forty years after, he is mentioned more than ever by the young people who flood the streets asking for free, quality education,” said his daughter, Sen. Isabel Allende.

“Allende’s profile keeps on growing while Pinochet is discredited.”

Chileans have focused their anger on the costly university system installed under Pinochet, and on the vast gap between rich and poor that resulted from his free-market economic policies.

“Most of the problems affecting us today have an origin in this terrible period of our history,” said Camila Vallejo, a former student protest leader now running for Congress for the Communist Party.

Salvador Allende became the first elected Marxist leader in the Americas when he took office in 1970, though he won just 36 percent of the vote and faced a hostile Congress.

He embarked on what he called “the Chilean path to socialism,” nationalizing the copper industry that had been dominated by U.S. companies and using the money to fund land redistribution while improving health care, education and literacy.

Allende was a nightmare for President Nixon

The embrace of socialism, which included a three-week visit by Cuban leader Fidel Castro, was a Cold War nightmare for U.S. President Richard Nixon, who approved a covert campaign to aggravate the country’s economic chaos and helped provoke the military takeover.

The Sept. 11 coup initially was supported by many Chileans fed up with inflation that topped 500 percent, chronic shortages and factory takeovers. But it destroyed what they had proudly described as South America’s strongest democracy.

Pinochet shut down Congress, outlawed political parties and sent security forces to round up and kill suspected dissidents.

The list of people killed, tortured or imprisoned for political reasons during Pinochet’s regime totaled 40,018. The government estimates 3,095 of those were killed, including about 1,200 of whom no trace has ever been found.

Pinochet cut short Allende’s reforms. Chile’s schools largely had been free before Pinochet encouraged privatization and cut funding. He privatized pension and water systems, returned land to old owners, trimmed wages, slashed trade barriers and encouraged exports, building a free-market model credited for Chile’s fast growth and institutional stability.

It is his most widely praised achievement. A string of mostly left-leaning governments that followed Pinochet have left the core of that system, and even his constitution intact.

Chile Coup: Views of the new generation of Chileans

Sept. 11 marks the anniversary for Chile coup by Pinochet

Augusto Pinochet and Salvador Allende during ceremony naming Pinochet as commander in chief, weeks before Chile Coup. (AP Photo/Enrique Aracena)

“His human rights legacy remains a complex and divisive issue for Chileans,” noted Patricio Navia, a Chilean political scientist at New York University. “But the economic model implemented under the dictatorship has been legitimized by five consecutive democratic governments led by presidents who personally opposed the Pinochet dictatorship.”

Now, however, many Chileans are starting to demand more: free education, better health care and pensions.

“This new generation is remembering that there are things that are far more important than the economy,” said Patricio Fernandez, editor of The Clinic, Chile’s most widely read weekly magazine. “It’s a return to the energy lived during Allende’s time.”

Meanwhile, the complex structures Pinochet created to protect human rights violators have corroded. About 700 military officials face trial for the forced disappearance of dissidents and about 70 have been jailed for crimes against humanity.

And even people who remained silent on previous anniversaries, including military officials, Supreme Court magistrates and right-wing lawmakers, are now apologizing for their roles during the dictatorship.

“Nothing justifies the serious, repeated and unacceptable human rights violations” committed by the dictatorship, said President Sebastian Pinera, whose center-right coalition includes many figures who worked for Pinochet.

Polls indicate that when Chileans vote for president on Nov. 17, they are overwhelmingly likely to bring back Michelle Bachelet, a Socialist Party member who left the presidency four years ago because Chilean law bans consecutive re-election. She promises to push for the most wide-ranging reforms in four decades, overhauling the dictatorship-era constitution.

Bachelet’s opponent, Evelyn Matthei, is a childhood friend whose father ran the military school where Bachelet’s own father, a general, was tortured to death for opposing the Chile coup.

Pinochet, who died in 2006, repeatedly insisted he had saved the country from Marxism, but a poll this month found that only 18 percent of Chileans now agree. Sixty-three percent think the Chile coup destroyed democracy, the CERC polling firm said. The survey of 1,200 people had a margin of error of plus or minus 3 percentage points.

“The right has tried to put the focus on economic reforms, the modernization of the state and the economy as Pinochet’s greatest legacy,” said Ricardo Brodsky, director of the Museum of Memory, where TV screens endlessly show the bombing of the presidential palace. “But to Chilean society today, the greatest legacy of Pinochet remains the human rights violations, the disappeared and the dead. I think this is a battle that they lost.”

Chile coup in images

Source: LUIS ANDRES HENAO/AP

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Persistentes reformas políticas de Pinochet.

Persistentes reformas políticas de Pinochet

11 de septiembre 2013 (IPS) – La dictadura encabezada por el general Augusto Pinochet (1973-1990) de principio a fin desmanteló sistemáticamente todo vestigio de “el camino chileno al socialismo” que el gobierno de Salvador Allende (1970-1973) había intentado seguir . Pero también estableció las estructuras políticas que la democracia chilena no ha logrado erradicar. Ver el proceso en la línea de tiempo a continuación en

http://www.ipsnoticias.net/2013/09/la-persistente-reforma-politica-de-pinochet/

 

 

Datos: Marianela Jarroud basado en fuentes documentales. Diseño: Ignacio Castañares