Amanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

DestacadoAmanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

Amanda no es la letra de una canciónHija Amanda Jara

Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan “Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.

Domingo 25 de mayo de 2008 | por Alejandra Carmona López

La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.

En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

Con suerte acepta dar esta entrevista.

Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

SIMPLEMENTE MARÍA

 
  Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

“Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.

UNA PROTESTA EN MATTA

Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

“Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

TE RECUERDO, AMANDA

Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”. LND

    No-natos

    No-natos

    No-natos

     
    Somos los hijos y los nietos
    De los hoy recordados
    Somos las hijas y las nietas
    Que nunca existieron
    Pero que tanto quisieron
    Nacer, vivir, jugar y luchar
    Somos la descendencia
    De quienes hoy resuenan
    Eternos en nuestras voces
    En un ahora y siempre
    En un siempre ahora
     
    Somos esa sangre que no sangró
    De quienes tanta sangre dejaron
    Somos los sueños arrancados
    De quienes tanta justicia soñaron
    Somos los hijas e hijos que no nacieron
    Para poder decir
    Madre o Padre
     
    Pero hoy renacemos
    Pero hoy gritamos, luchamos y recordamos
    Porque las heridas se han vuelto a abrir

    Quieren liberar sombras

    Quieren volver a matar a los padres que no tuvimos
    Matarlos en dignidad
    Matarlos en memoria
    Y hoy los que no nacimos
    Perpetua justicia a gritos pedimos

    (Miguel Echeverria M)

     

    Recordando…A fuego vivo: En memoria de Sebastián Acevedo

    Recordando…A fuego vivo: En memoria de Sebastián Acevedo

    El 9 de noviembre de 1983 se registra la detención de Galo y María Candelaria Acevedo Saez, hijos de Sebastián ACEVEDO BECERRA, por civiles armados que no se identificaron. Su padre desesperado los busca en diferentes recintos y solicita ayuda en numerosas partes, sospechando que se encuentran en poder de la CNI.

    El 11 de noviembre de 1983, al no tener noticias de ellos, en señal de protesta y para presionar a las autoridades, rocía parafina y bencina en sus ropas en la Plaza de la ciudad, y debido a que un Carabinero intenta detenerlo, se prende fuego, muriendo a las pocas horas a consecuencia de la quemaduras que sufre.  

    La Comisión estima que si bien Sebastián Acevedo murió a consecuencias de hechos provocados por su propia mano, y no cabe en rigor calificar su muerte de una violación de derechos humanos, es víctima de la violencia política, porque tomó la determinación que le costó la vida en un gesto extremo por salvar a sus hijos de consecuencias inciertas, pero que bien se podía temer fueran muy graves, o como modo desesperado de protestar por la situación que lo afligía como padre.

    (Informe Rettig)


    El Ciudadano

    16 de Noviembre 2010

    A fuego vivo: En memoria de Sebastián Acevedo

    En tiempos de Dictadura Militar, el 9 de noviembre de 1983 se registra la detención de Galo y María Candelaria Acevedo Saez, hijos de Sebastián Acevedo Becerra, minero del carbón, por civiles armados que no se identificaron. Su padre desesperado los busca en diferentes recintos y solicita ayuda en numerosas partes, sospechando que se encuentran en poder de la CNI.
    El 11 de noviembre de 1983, al no tener noticias de ellos y en señal de protesta y para presionar a las autoridades, rocía parafina y bencina en sus ropas en la Plaza de la ciudad. Cuando un carabierno intentó detenerlo, él prendió fuego a sus ropas y con él se extinguió también su vida. Murió a las pocas horas a consencuencia de las quemaduras.
    La muerte de Sebastián refleja el dolor y angustia de quienes vivieron la desaparición de padres, madres, hijos y nietos. Es por esto, afirma Erika Acevedo, “que la inmolación de Sebastian sacudió la conciencia de todo Chile, desnudó el drama de las detenciones secretas y las torturas. El impacto de esta acción fue tal que la dictadura se vio obligada a reconocer la detención de Galo y Maria Candelaria Acevedo, para días más tarde dejarlos en libertad”.
    “Como muestra de la repercusión social que tuvo este caso -cuenta la que es hija de Sebastián Acevedo- al interior de la Iglesia Católica surgió un movimiento contra la tortura que tomó el nombre de Sebastian Acevedo”.

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    PiensaChile.cl

    15 de Noviembre 2011

    Nada esta olvidado, Nadie esta olvidado: Sebastián Acevedo:

    Estaba desesperado. Pedía que la CNI le devolviera a sus dos hijos detenidos ilegalmente. Fue a la Vicaría de la Solidaridad, recorrió
    comisarías, salas de prensa y conversó con autoridades civiles y militares. Pero a Sebastián Acevedo nadie lo ayudó. El 12 de noviembre de 1983 se instaló afuera de la Catedral de Concepción, se roció con bencina y se prendió. Ocho horas después murió. Los jóvenes habían sido acusados de organizar un plan terrorista. Antes de ser liberados, ambos fueron torturados en un recinto militar. La muerte de Acevedo conmovió al país e inspiró el capítulo 10 de la serie “Los archivos del cardenal”. Hoy sus hijos recuerdan a su padre con orgullo. Dicen que dio la vida por ellos.

    No pudo seguir durmiendo. El miércoles 9 de noviembre de 1983, María Candelaria Acevedo se despertó con los gritos de su madre. Eran pasadas las siete de la mañana cuando más de treinta hombres entraron a su casa en la Villa Mora de Coronel, en la Octava Región. Todos estaban armados. La estudiante de 26 años no opuso resistencia. Era militante de las Juventudes Comunistas
    y desde 1973 cumplía labores clandestinas.

    A esa hora, Sebastián Acevedo, su padre, esperaba un bus para dirigirse a su trabajo en la constructora Lago Ranco de Concepción. Hacía unos días le habían advertido que dos de sus cuatro hijos eran seguidos por la CNI. Cuando vio pasar los furgones a toda velocidad, volvió corriendo a su domicilio. Después de un forcejeo, los hombres le dijeron: “Nos llevamos a su hija porque es terrorista”. Dos agentes de la CNI subieron a
    María Candelaria a una camioneta blanca, vendaron sus ojos y comenzaron a dar vueltas por Coronel.

    Una hora y media después detuvieron a Galo Acevedo, otro hijo de Sebastián. Dos autos se estacionaron afuera de la constructora donde trabajaba, la misma de su padre. Lo subieron a un furgón y le pegaron con la culata de la pistola en los testículos. Después de esposarlo, lo tiraron al suelo. Al detenerse en una comisaría para buscar a otro detenido, Galo escuchó que lo mencionaban: “Tenemos el regalo”.

    Los hermanos Acevedo Sáez fueron llevados a un recinto militar ubicado frente al balneario de Playa Blanca, a tres kilómetros de Coronel.
    Al día siguiente, el jueves 10 de noviembre, el diario El Sur de
    Concepción –propiedad de la cadena El Mercurio- informó en una
    escueta nota que varios miembros de una “red de militantes
    comunistas” habían sido detenidos en la zona, por efectivos
    policiales y de seguridad. Entre los nombres figuraban los hermanos
    Acevedo. No se informaba sobre cargos, tribunal responsable ni del
    lugar de detención al que habían sido trasladados (ver galería de
    archivos de prensa de la época, abajo).
    Sebastián Acevedo Becerra, fue un obrero chileno, que ante el dolor
    de la ausencia de sus hijos, detenidos por agentes de la CNI, se
    inmola en la Plaza de Armas de la ciudad de Concepción.
    Un padre busca a sus hijos
    El 9 de noviembre de 1983 se registra la detención de Galo y María
    Candelaria Acevedo Saez, por civiles armados que no se
    identificaron. Ambos eran hijos de Sebastián Acevedo Becerra,
    minero del carbón. Este padre desesperado por el paradero de sus
    hijos los busca en diferentes recintos, solicita ayuda en numerosas
    partes, sospechando que se encuentran en poder de la CNI.
    Al no tener noticias de ellos, dos días luego de la detención de sus
    hijos, el 11 de noviembre de 1983, en señal de protesta para
    presionar a las autoridades, se rocía parafina y bencina en sus ropas
    en la Plaza de Armas de Concepción. Cuando un carabinero intentó
    detenerlo, él prendió fuego a sus ropas y con él se extinguió también
    su vida. Murió a las pocas horas a consecuencia de las quemaduras.
    La muerte de Sebastián refleja el dolor y angustia de quienes
    vivieron la desaparición de padres, madres, hijos y nietos. Es por
    esto, señala su hija Erika Acevedo:
    “Que la inmolación de Sebastián sacudió la conciencia de todo
    Chile, desnudó el drama de las detenciones secretas y las torturas. El
    impacto de esta acción fue tal que la dictadura se vio obligada a
    reconocer la detención.
    Luego de los hechos su hija Candelaria fue liberada, pudo ir al
    Hospital Regional de Concepción y despedirse de su padre
    moribundo, este pudo ver que su hija había sido liberada. Sus
    últimas palabras para su hija fueron:
    “Me dijo que cuidara a mi hijo, a mi hermano, que no dejara
    abandonada a mi madre”. Luego de la muerte de su padre, sus hijos
    nuevamente fueron detenidos: María Candelaria cayó nuevamente
    detenida el 30 de noviembre de 1983, estuvo presa un año y dos
    meses. Su hermano Galo Fernando estaría detenido durante dos
    años. En el lugar mismo donde se inmolo se pintó una cruz roja,
    para recordar su heroìsmo.

    Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo

    Ante los hechos sucedidos en Concepción, un grupo de personas
    que protestaba contra la tortura que practicaba la CNI decidió poner
    como nombre a su movimiento Sebastián Acevedo. Este grupo
    estaba coordinado por el jesuita José Aldunate nació así el
    Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, que realizaba
    una protesta pacífica en las calles.
    Tuvieron 180 salidas a la calle en siete años. Sin ofender, sin armas,
    simplemente proclamando o denunciando la tortura.
    Recuerda el padre Aldunate una de estas acciones: “Escogimos un
    lugar de torturas que estaba en avenida Borgoño, donde había un
    portón de fierro. Llevamos un lienzo que decía

     

    “aquí se tortura”.
    Armamos un escándalo en la calle, páramos el tráfico, echamos un
    canto, juntamos 70 personas. Hasta que llegaron los carabineros,
    con sus carros. Se llevaron a algunos, otros nos metimos en los
    carros, por fuerza. Llegamos a las comisarías, allá no encontraban
    qué hacer con nosotros. Nos tomaron los nombres, las fotos,
    etcétera. Y nos echaron a la calle a las 11 de la noche”.

    SEPTIEMBRE .

    SEPTIEMBRE

    https://www.facebook.com/notes/alma-negra/septiembre-alma-negra/159705370781082

     

    (ALMA NEGRA)
    13 de septiembre de 2011
    En la calle Romero de mis recuerdos, Septiembre huele a fachadas recién pintadas, olorosos asados y empanadas, vino y chicha de los boliches de la esquina del pecado, donde las niñas que tratan de tú lucían sus encantos para atraer clientela. Y claro, el brote de los volantines, de las ñeclas para los más chicos, del pavo que mi tío Ernesto con hilo curado y su cañuela, elevaba desde el techo de la casa de la abuela Teresa inaugurando las comisiones, los volantines cortados, las carreras de decenas de niños con cañas y ramas intentando atrapar a los esquivos pájaros de papel liberados. Y que decir de las cuecas tocadas en el piano por los viejos que concurrían al Colmao a tomarse sus pencazos. Me pasaba la tarde entera escuchando la alegría chispeante, las tallas doble sentido y esa felicidad de pobres que inundaba calle Chacabuco.

    Cuando nos fuimos a la Población El Pinar, Septiembre adquirió otro sabor: era el desfile de la Escuela en la calle principal, el “estreno” de la pinta diciochera, la banda de guerra amaranto de la Jota, los camisas grises de la juventud socialista, las fondas del trago barato y las cuecas interminables, las peleas de borrachos, los simulacros de peleas de los muy borrachos, el circo que llegaba al peladero justo al lado de los “juegos” cuyo parlante no cesaba de enviar mensajes de amor, de perdón, de reconciliación entre las parejas de nuestro mundo construido alrededor de la fabrica Sumar.

    Sólo una vez me aventure a mirar la parada y fue desde lejos. En mi cabeza siempre estaban presentes los asesinados en la vía férrea de la José Maria Caro, los baleados por un helicóptero en La Legua y el Pinar para el paro de la CUT contra los chiribonos, y por supuesto un poco después, en plena adolescencia, los asesinados en El Salvador y Puerto Montt. Claro que cuando niño había disfrutado las aventuras radiales de Adiós El Séptimo de Línea, o las canciones de los Cuatro Cuartos dedicadas a las FFAA, pero no era suficiente para resolver esa desconfianza que me producían los uniformados. ¿Para que existían si Perú, Argentina y Bolivia eran países tan pobres como nosotros? ¿Había otra razón para tantas armas si como nos enseñaba la canción escolar Argentina, Brasil y Bolivia, Colombia, Chile y Ecuador…“ son hermanos soberanos de la libertad”

    Cuando se levantó el General Viaux en el Tacna, yo andaba ya mirando chiquillas y militancia. No tuve miedo y fui uno de los tantos que concurrí esa tarde a las cercanías del regimiento a gritar y enfrentar a mano pelada el conato golpista. Fue determinante para enterrar para siempre algún tipo de recuerdo grato de “gestas heroicas” de uniformados, algo que me persiguió durante mis primeros años de militancia revolucionaria y en las tareas que luego asumiría, junto a una cincuentena de militantes, de resguardar al presidente Allende. Porque Septiembre fue entonces el día 4, el día del triunfo de Allende, esperanza de los pobres, esperanza de cambio, anhelos de un pueblo entero de poner fin a la esclavitud moderna y la dependencia y del inicio de un periodo distinto de lucha por la libertad, por un mundo nuevo…aunque de reojos no perdíamos los movimientos de los patrones, de los conspiradores, de los golpistas. Septiembre durante esos años se convirtió entonces en una fecha complicada: muchos uniformados juntos, peligro de golpe militar.

    Y fue precisamente Septiembre, que como dice Silvio, nos hizo “bajar a la tierra, perdón quise decir a la guerra”. Ya no emboques, ni trompos, ni cazuelas, ni curantos, ni chicha en cacho. La histórica sed de acumulación de riquezas de los dueños del poder lanzaban bombas, ametrallaban, salían pintarrajeados (¿encapuchados?) a cazar dirigentes sociales, militantes de la unidad popular, a la señora de la JAP, al dirigente estudiantil, a la oradora de la ultima manifestación, al chico que había pintado al Ché en su bolso escolar, al obrero que había osado subirse a un cajón y arengar a sus iguales a tomar el control de la fabrica, al hombre de ojotas que recuperó tierras corriendo cercos. Era la cacería mirada por un país de señoritos gozosos, de patrones y crumiros que izaban bandera celebrando la heroica gesta de los nunca derrotados armados hasta los dientes contra un pueblo desarmado que no había querido aprender las lecciones de la historia.
    Fueron los Septiembres Negros, de mujeres como Marta Ugarte lanzadas al mar sin que existieran miles de personas mirando por la televisión su búsqueda, de mujeres estranguladas como Lumi Videla, de tantos y tantos fusilados, degollados, lapidados vivos como los de Lonquen, colgados, asfixiados por los buenos alumnos de maestros brasileños, israelíes, alemanes y norteamericanos.

    Fueron duros esos Septiembres para quienes estábamos encarcelados. Días de encierro temprano, de suspensión de visitas, de recordar a los caídos y a los que estaban cayendo, de aferrarse a la certeza que algún día derribaríamos a la dictadura. Días en que sentíamos la solidaridad de la población penal común que golpeaba latas, que se amotinaba, en solidaridad con “los políticos”, los “prisioneros de guerra” los “humanoides”. ¡Como vamos a olvidar al gendarme que se mofaba de nuestro estado!!Como nos vamos a olvidar de ese otro gendarme que en silencio traía un recado, una palabra de aliento, un mensaje clandestino!

    Y septiembre en el exilio era traumático. Debe existir por algún lado el registro de las depresiones, de las lagrimas derramadas, de los nudos en la garganta, de los gritos desgarrados en los actos de denuncia de los primeros años, de la ira sorda de los testimoneantes: “Yo soy fulana de tal, trabajadores, detenida por la DINA, a mi me torturo salvajemente el Guatón Romo y me violaron los guardias, Estuve en Villa Grimaldi con Jose, Hernan, Alberto y Maria todos ellos ahora Detenidos Desaparecidos…”

    Maldito Septiembre de aquellos años de derrota más profunda y de festín de la jauría. Del odio feroz que se acumulaba. Si, odio, odio que persiste aun cuando hoy nos hablen de reconciliación, de justicia dentro de lo posible. Odio acumulado, rencor puro contra los que destruyeron los sueños y la vida de toda una generación de luchadores sociales intachables, mismo odio que se elevó más y más cuando el pueblo comenzó a salir de su letargo y a golpear con la Resistencia Popular primero, luego con los Paros y protestas nacionales, con el Frente Patriótico y las fuerzas del Lautaro. ¿Has olvidado Fuente Ovejuna? ¿Has olvidado Corpus Cristo? ¿Has olvidado a Sebastián Acevedo? ¿Has olvidado a los degollados, a los quemados, a los explosionados, a los quemados en vehículos, a los de Neltume, a los de Concepción, a Arcadia Flores, a Luís Díaz, a Palito, Aracelli Romo, a los hermanos Vergara?

    Porque ya no fuimos más los ingenuos poniendo la otra mejilla y aceptando las reglas del verdugo es que nos levantamos ayer, anteayer y nos levantamos hoy. Porque aprendimos, como decía el Ché, que un pueblo sin odio no puede vencer. Y fuimos capaces de construir fuerzas que llevo el dolor a las casas del enemigo. Y vimos sus centros de diversión y consumo arder, y vimos a sus perros guardianes lamerse las heridas, y vimos miles y miles de luciérnagas encendidas en protestas y paros iluminando caminos, y vimos a la escolta del tirano huir despavorida, y a los “aguerridos” violadores de mujeres prisioneras indefensa con sus rostros desfigurados al ver al pueblo armado encarándolos y castigándolos. Claro que ahora ya no fuimos “humanoides”, ni “prisioneros de guerra”, al devolver golpe por golpe fuimos “terroristas” “subversivos” “criminales”.

    Septiembre sigo siendo ajeno para nosotros, desde que se instaló la Concertación y la pseudo democracia , esa “especial” democracia inventada por la Trilateral Comisión gringa para nuestro Tercer Mundo, la democracia “restringida” sinónimo de Contrainsurgencia.
    Años tras año, a contrapelo del olvido decretado, las barricadas se encienden, las poblaciones corcovean. Con nuevas razones.
    Razones con rostro de bailarina, de mapuches, de obreros forestales, de joven evangélico.

    ¿Has Olvidado como fue muerto Ariel? ¿Enrique Torres, Ignacio Escobar,Sergio Valdes? ¿Acaso no recuerdas a Alexis y Fabián? ¿Ubicas a Andrés Soto, a Mauricio Gómez, a José Miguel Martínez? ¿Te olvidaste de Pedro Ortiz,, de Rene Largos Farias, José Araya Ortiz? ¿Existe algún lugar en tu memoria para recordar al viejo Sergio Calderón? ¿Y los de la masacre de la micro en Apoquindo: Yuri, Raúl, Alejandro? La lista se extiende a lo largo de Chile y del tiempo: Claudia López, Daniel Menco, Alex Lemun, Zenen Díaz, José Huenente, Juan Collihuin, Rodrigo Cisterna, Matías Catrileo, Johnny Cariqueo, Jaime Mendoza, Daniel Riquelme y este año Manuel Gutiérrez.

    Por estos muertos, nuestros muertos la televisión no realizó programas especiales, no hubo duelo nacional, no se movilizaron recursos para auxiliar a los heridos o buscar los desaparecidos.

    Ellos solo viven en nuestra memoria y seguirán vivos ahí mientras exista lucha y quienes retomen su ejemplo.

    Septiembre no nos devuelve aún la alegría del desfile en la población, del trompo, los volantines y pavos, las cuecas en piano, el compartir la empanada y el curanto con el milico patas hedionda o el chancho de maquina marino.

    Septiembre de este año nos trae las brisas de una nueva generación de luchadores sociales, principalmente estudiantiles, que desafían al poder en sus cimientos. Ojala que la brisa se convierta en vientos, y los vientos en Raco, en Puelche, en Pampero, Terral, Puihua, vientos huracanados de un pueblo que derribe de una vez y para siempre el dominio de los poderosos, construyendo un Chile Popular y devolviéndonos la alegría de un Septiembre de los Pobres.EX Presos Políticos BN perfil HiginioRelacionados

    Guillermo Rodríguez Morales, “El Ronco”- Alma Negra en facebook, y editor de almanaquenegro2.blogspot.com/ es un prolífico escritor de libros, crónicas, recopilaciones y permanente presencia en actividades donde la memoria colectiva de nuestro país se construye desde abajo. Artesano, sobreviviente y protagonista.

    Lanigrafías, artesanía carcelaria.

    http://issuu.com/felipesebastianmoralesleon/docs/catalogo2#

     

     

     

    Algunas Notas

     

    https://www.facebook.com/notes/alma-negra/defensa-politica-frente-a-consejo-de-guerra-1981/382242635194020

    https://www.facebook.com/notes/alma-negra/versos-para-caneros-alma-negra/446627502088866

    https://www.facebook.com/notes/alma-negra/envenenados-capitulo-12-de-destacamento-miliciano-jose-bordaz-guillermo-rodrigue/569894383095510

    https://www.facebook.com/notes/387652474653036/

    https://www.facebook.com/notes/alma-negra/solo-el-pueblo-defiende-al-pueblo/685701941514753

     

    Compañeros de la secundaria de la RDA. Es el período de la “caída del Muro”. Es pasada medianoche; estamos transitando entre West-Berlin y Berlin de la RDA, vendiendo el “Tageszeitung” o TAZ (del cual son las pegatinas en la ventana), que es un diario de la izquierda radical y ecologista alemana (en esa época nos llamaban “alternativos”). La propiedad del diario es de los abonados. Andanzas de la época!

    Ilich Galdámez, hijo de detenido-desaparecido. UNA FLOR PARA NUESTROS HÉROES A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

    UNA FLOR PARA NUESTROS HÉROES A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

     

     

    “Una flor para nuestros héroes”

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    A 40 años del golpe de estado en Chile
    Este sábado 14 de septiembre, a 40 años del golpe de estado pinocheti-yanqui contra el pueblo chileno y su presidente Salvador Allende, les rendimos el merecido y sentido homenaje a nuestr@s heroínas y héroes en la ciudad de Estocolmo. El lugar escogido no pudo ser más simbólico, el Monumento La Mano, erigido a los 500 suecos internacionalistas que lucharon en los años 30 defendiendo en tierras ibéricas la libertad y los sueños del pueblo español, vasco, catalán y gallego contra la bota fascista de Franco y sus aliados. Un tercio de estos internacionalistas, intelectuales, obreros y campesinos, dejaron su sangre en los campos donde se enfrentó el socialismo contra la brutalidad.
    Sin mayor estridencia que los fuertes latidos de nuestros corazones y el clamor profundo de nuestras consignas a dos lenguas, retomamos el compromiso histórico y sempiterno, que nos auto convoca cada hora, día y año, con aquellos que la cultura de la muerte y el odio nos arrebató tempranamente en Chile. La síntesis de nuestro respeto, admiración y recuerdo estuvo en las fotos, palabras, canto, poesía, carteles, banderas y flores que porfiadamente volvieron a reflejar, al igual que en jornadas pasadas justo en los estertores veraniegos nórdicos, la fuerza telúrica y humana de los sobrevivientes y sus hijos, nietos y amigos.
    Pudimos comprobar, en varios pasajes de la jornada, que el realismo mágico, tan literario y meridianamente latinoamericano, es más que una figura creada por literatos locos y enormes como sus obras, ya que nosotros simples ciudadanos del mundo, animales sociales y políticos, alejados a golpe de exilio de nuestras raíces y de nuestros primeros tiempos y amores, fuimos, por un breve y fugaz momento las manos quebradas y martirizadas de Víctor Jara, fuimos la voz metálica de Allende desde La Moneda en llamas, fuimos el grito de dolor del torturado, nos fundimos en la sangre que brotaba de la humanidad, más humana que nunca, del ejecutado y del desaparecido…pero, también fuimos puño en alto, fuimos la bronca con los dos dedos en V, fuimos el grito y la organización, la protesta y la exigencia de Verdad y Justicia, Fuimos lo que nunca hemos dejado de ser… fuimos allendistas.
    Y por serlo comprobamos que somos buenos para recordar, así como también concluimos que no tenemos alma ni condición de blanqueadores de la historia, de nuestra historia…osadamente, para algunos, y políticamente incorrecto para otros, recordamos también a los otros mártires, aquellos de “la alegría ya viene”, aquellos que incomodan acuerdos y pactos entre gallos y medianoche. No sólo estuvo en el discurso, en la foto o en el lienzo el rostro de los que cayeron en tiempos de brutalidad verde y parda, de bestialidad con uniforme militar, de represor con rostro e identidad oculta…también estuvo el activista mapuche, el obrero forestal o el niño poblador recientemente atravesado por la bala mandatada por los nuevos y a la vez antiguos represores de cuello y corbata, con olor a continuismo y agenda neoliberal….
    Al fin de cuentas la realidad, la que no tiene remedio por muy dura que sea, nos demuestró una y otra vez que nuestros mártires, tan violentamente ausentados, nuestras víctimas de antaño y las de ahora lo son de la misma clase político-social que a fuerza de hipocresía y de golpe farandulero pretende arrebatarnos, en un ejercicio trasnochado y desesperado, lo único que la dictadura no pudo quitarnos, la memoria…nuestra memoria, la que cada vez se parece más y más a la utopía, a esa que nos mueve, que nos obliga al movimiento para alcanzarla y que nos tiene prohibido olvidar.
    Seguiremos recordando y exigiendo Verdad y Justicia a voz en cuello, ya que el no hacerlo sería en la práctica volver a martirizar y desaparecer a los nuestros.
    Ni olvido ni perdón, ni para los de ayer ni para los de hoy!
    Ilich Galdámez, hijo de detenido-desaparecido
    15 de septiembre 2013

     

     

    Dos notas para la memoria de los niños en Dictadura. Oscar Contardo.

    Texto para seminario Infancia y Dictadura en Psicología UDP

    Este fue el texto que escribí para el seminario Infancia y Dictadura organizado por la escuela de Psicología de Universidad Diego Portales. 

    “Se murió Pinochet”, me dijo y las palabras ya no alcanzaron para seguir hablando. El día estaba despejado y yo estaba en una mesa del Torremolinos, mirando calle Lastarria desde ese trozo de pasado en forma de fuente de soda: Formalita colorada, Paloma San Basilio de fondo, tapiz de tevinil lavable y Oscar, el maestro churrasquero, que ha ido envejeciendo como el aceite recalentado de una freidora de aluminio. “Se murió Pinochet”, dijo mi amiga del otro lado del teléfono y mi mirada avanzó hasta la puerta de entrada, la atravesó y se quedó en la calle iluminada por la resolana de diciembre pegando sobre los adoquines. La voz de mi amiga surtió el efecto de las invocaciones de las películas de brujos o de genios embotellados. Un saludo a los espíritus encerrados en la propia memoria.

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    Presentación de Javiera Parada para Volver a los 17

    Conocí a Oscar Contardo el veranodel año 2005, en uno mis viajes a Chile, desde Barcelona, donde viví desde elaño 1992. Oscar estaba preparando su libro “La era ochentera” y trabajaba con la responsable de que mi  residencia fuera la ciudad condal y no París, Andrea Palet. Me entrevistó entonces sobre mi participación en teleseries, durante los 80, y de cómo había influido elasesinato de mi padre en mi joven vida laboral.

    Seis meses después, regresé a Chile, esta vez no ya de paso, si no con el deseo de ver si podía vivir en mi país, cuestión que me fue imposible durante todos los años anteriores. Cada vez que vine durante los años 90, me fui enojada, dolorida, sintiendo que en Chile realmente no había cambiado nada, que toda la pelea que habíamos dado contra la dictadura, había sido en vano. Sentía que el país seguía gris y homogéneo.

    Pero algo, o mucho, había cambiado en el país el año 2005 y entonces, decidí volver y residir aquí.

    Comenzó así, una amistad y admiración mutua, fraguada a fuego lento, con Oscar. Cronista excepcional, mordaz, capaz de diseccionar nuestra idiosincrasia como pocos, ha escrito sobre nuestro arribismo endémico; sobre la feroz discriminación a la que los chilenos nos hemos acostumbrado, a practicar y a recibir; como también de la provincia, invisibilizada tantas veces como sea posible en nuestros medios, políticas y relatos.

    Así que cuando leí que estaba haciendo un libro sobre nuestra generación, pensé: “Qué ganas de haber escrito en ese libro”. De patuda que es una, no más.

    Pero como la vida es generosa, hace un mes, recibí un DM  de Oscar (mensajedirecto de twitter, para los no avezados en la red social), en el que me invitaba a presentar “Volver a los 17, Recuerdos de una generación en dictadura”. Imagínense mi alegría y orgullo. Más aún, cuando vi el listado de participantes en el libro, muchos de ellos, escritores a los que admiro, algunos de ellos conocidos y otros, directamente, amigos.

    “Volver a los 17, Recuerdos de una generación en dictadura” llega a nuestras manos justo en el aniversario de los 40 años del Golpe de Estado, hecho que marcaría de una manera u otra, la vida de todos nosotros.

    Un aniversario con una densidad, que creo, en Chile no habíamos vivido. Innumerables han sido los programas de TV, de radio, los artículos, que han recordado esa fecha fatídica, pero también todo el horror desplegado por los organismos de Estado, en contra de un sector de la población. Pero más allá del recuerdo doloroso de las perdidas personales y del sufrimiento, que por supuesto son enormes, mi sensación es de que en Chile, por primera vez, nos hemos puesto a hablar de las causas que llevaron al Golpe y a la práctica sistemática del terrorismo de Estado: la implantación de un sistema económico ultra liberal y un sistema político que no permite la expresión cabal de las mayorías y que es irreformable, a través de una constitución llena de candados, que resguardan su esencia.

    Y en medio de todas estas reflexiones, testimonios, recuerdos, aparece este libro coral, a modo de un álbum de fotos de una generación que, después de terminar con la dictadura, ha guardado un inquietante silencio.

    Porque nos fuimos a nuestras casas, a recuperar una juventud vivida en dictadura y marcada por el horror en sus múltiples variables, como constatamos en este libro. Mientras yo vivía en España, porque era incapaz de vivir en Chile, por el dolor que me provocaba, tengo la sensación de que muchos compañeros de generación y amigos de esa época, también de algún modo iniciaron un viaje privado, del que, como por arte de magia, parece que estuviéramos todos volviendo.

    Hay en este libro una invitación a volver hablar, pero, por sobre todo, a volver a escucharnos. Es como si hubiera vuelto el tiempo del diálogo, no de un diálogo claudicante, sino de uno que intenta entender qué le pasó al otro, durante todos estos años. Dónde estuvimos, cómo nos transformamos en lo que somos. Porque, como dice Neruda,  “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.

    “Volver a los 17, Recuerdos de una generación en dictadura” es un collage de memorias, de micro historias, que son las que al final conforman la Historia, esa escrita con mayúscula.

    Mientras leía el libro, muchos momentos de mi propia vida, interrumpieron la lectura. Lloré circulando por sus imágenes y recuerdos. Lo leí con el corazón apretado, fue un ejercicio de memoria, de la real, de nuestras vidas, no la de las consignas.

    El primer impacto lo tuve al leer que Oscar tuvo que buscar en el diccionario Sopena, qué significaba la palabra “degollados”, después del crimen de mi padre. No sólo Oscar, son muchos los autores en el libro,  los que cuentan cómo ese día marcó para siempre sus vidas. Fue impactante encontrarme con el relato del hecho que cambió mi vida para siempre, por otras voces, voces amigas, cercanas, conocidas.

    Andrea Insunza, a quien conozco desde la infancia porque nuestras familias son amigas, llenó mi cabeza de paellas de la señora Lilly, de tortas de la señora Raquel y me paralizó con una frase en la que vi reflejados a mis hermanos “de algún modo, nosotros los niños, competíamos con la dictadura por la atención de nuestros padres”.

    El libro me hizo recordar a mi abuela María Maluenda, cuando se escapaba conmigo a jugar flippers, escondida de mi abuelo Roberto. Me hizo recordar días enteros en la Vicaría de la Solidaridad, jugando snake, mientras mi padre, el Jose, archivaba en enormes computadores y en discos floppy, las innumerables violaciones a los derechos humanos, que día a día llegaban a ese organismo.

    Estas imágenes no están en el libro, pero si están los olores, los ruidos, los colores que acompañan esos días.

    En el relato de Alvaro Bisama -que también se llama Salvador, en honor al Presidente Allende, y a quien intenté convencer, con escaso éxito, de participar en una campaña política – me encontré con los silencios de esos años, con la música prohibida; con el Lebu, barco de la Sudamericana de Vapores, propiedad en ese entonces de Ricardo Claro, que fue utilizado como centro de tortura y detención y donde su padre estuvo detenido.

    Pero también con la constatación de que “el terror era algo doméstico: el temor a perder el trabajo, a quedarse en la calle”. El horror de la pereza y el aburrimiento. El horror del no tiempo. El miedo a ser delatado por tus vecinos o compañeros de trabajo.

    Recordé el atentado a Pinochet y cómo todos esperamos durante esas horas, esperanzados, que el tirano hubiera muerto.

    Leyendo este libro, se reafirmó en mí la sensación de que los 17 años de la dictadura, no fueron lo mismo para todos los chilenos, que el dolor y el miedo no fueron compartidos, como pretenden hacernos creer algunos comentaristas e “historiadores” por estos días. Porque, como dice Bisama, “la memoria no es frágil”.

    A Alejandra Costamagna la conozco de nuestros tiempos de pingüinas, donde ser adolescente y luchar contra la dictadura era una sola cosa. Era y es linda la Ale, la recuerdo de jumper.

    La Ale alcanzó a vivir los años dela Unidad Popular y su madre le ha contado varias veces que ella sí conoció a Allende, aunque la Ale no se acuerde.

    Y su relato me recordó el miedo a la palabra, impuesto en esos días: “Había que ser cautelosos con las palabras, que ahí había peligro”. Me acordé cuando yo le pregunté, muy chica, con 6 o 7 años,a mi mamá, si “nosotros éramos de izquierda”. “Si, me dijo la Estela, pero no le puedes contar a nadie”.

    ¿Cómo lograron explicarnos nuestros padres que había partes de nuestra vida, que estaban prohibidas?

    Es sobrecogedor el relato del día del Golpe que hace Alejandra, lo que hicieron sus padres después de oír el último discurso de Allende.

    Recordé el toque de queda, el susto que me daba porque con mis papás siempre llegábamos al filo y, a veces, incluso, después nos íbamos a tirar miguelitos.

    Descubrí que la Ale, igual que yo,fue una fanática de los problemas de matemáticas, hasta que descubrió su pasiónpor las letras.

    Apareció en mi cabeza el Francisco Miranda, que era el colegio hermano del Latinoamericano, donde llegaban los hijos de los exiliados y los hijos de la burguesía de izquierda. Juan Cristobal Peña pasó rápidamente por el Francisco y Rafael Gumucio por el Latino. Aunque toda mi adolescencia quise que me cambiaran a un liceo, reconozco que estos colegios fueron un refugio en esos años terribles.

    Leí emocionada sobre ese tiempo otro, donde los secundarios nos tomábamos liceos, exigiendo el derecho a tener centros de alumnos democráticos, la rebaja del pasaje escolar y la gratuidad dela PAA. Recordé como veía escapar del Latino a mis compañeros para ir a la toma y yo pensaba, “no puedo entrar a la toma, porque si me pasa algo, mi mamá se muere”. Así que yo me quedaba afuera de los liceos, para apuntar los nombres de los detenidos y pasárselos a los abogados y a las familias.

    “Seguridad para estudiar, libertad para vivir” y “No a la municipalización”, eran las consigas de la época.

    La Ale cuenta de las Fiestas de Matucana 19, donde comencé a ir jovencísima, cuando empecé a desilusionarme de la política y comencé a enamorarme de la noche, los new wave y la música fuerte.

    Y de “Primavera con una esquina rota”, la obra que mi abuelo estaba representando cuando le anunciaron el degollamiento de su hijo. La obra que no paro de hacer, en homenaje a su hijo.

    Nona Fernandez también nos cuenta sobre ese movimiento pingüino; de las reuniones de la Feses, en calle Serrano, a las que asistí tantas veces; de las piletas de la Alameda, donde comenzaban nuestras marchas.

    Hace poco, tenía que asistir a mi primera reunión en el Comando de Giorgio Jackson, tomé el metro y descendí en República, subí las escaleras y salí a la pileta de Cumming. E igual que estos relatos recomponen esa historia, la visión de la pileta y de mis compañeros secundarios, se unión en mi cabeza a este momento que vive Chile, donde nuevos movimientos sociales y políticos afloran y se toman la cancha, sin pedir permiso, exigen participación. Igual que nosotros en esos tiempos, exigíamos democracia.

    Nona también cuenta de la impresión que hizo en ella la comprensión de la palabra “degollados”, la que quedó resonando en su cabeza. Nos les contaré aquí el desenlace de esta historia, pero si les cuento que me fue muy difícil terminarla. Esta historia que habla de víctimas y victimarios y de las víctimas invisibles, los niños.

    “Pero las huellas del recuerdo han quedado en nosotros como las marcas de un combate naval, destinado al fracaso, y es tan difícil sacárselas de encima”.

    El relato de Rafael Gumucio es sobrecogedor. La historia del secuestro de su madre, su resistencia a olvidar, la sensación tan niño de lo que significaba la delación, la traición, la tortura y el exilio.

    “La forma fugitiva del sueño del que desperté para siempre a los tres años para no volver a dormir nunca más totalmente en calma, nunca del todo completamente en paz”.

    Y sobre el 73, Rafael nos dice “Los que no lo vivimos, los que lo vivimos como yo, de oídas, no podemos olvidar. Los adultos se portaron como niños y los hombres como perros, y eso no se olvida. Ese recuerdo anterior, ese pasado que no pasó del todo nunca es más fuerte que cualquier voluntad, que cualquier idea, que cualquier deseo”.

    Pablo Illanes nos lleva del todo a los 80 de las teleseries y a ese Chile donde aún existían empresas publicas potentes, antes que la dictadura desbalijara al Estado. Nos lleva al cine Normandie, donde descubrí a Herzog y a Klaus Kinski,a David Lynch y a Win Wenders. Ese espacio de libertad que comenzaba cuando se apagaba la luz y comenzaba la proyección. A los cines del centro, donde lo llevaba su papá después de pasar por el Café Colonia. Al Cinerama Santa Lucia.

    La casi guerra con Argentina, de la que Oscar también nos habla. La guerra como una fantasía, en medio de la dictadura.

    La familia dividida, la abuela paterna comunista, la materna pinochetista. Esa fractura en el seno de tantas familias durante tantos años.

    Pablo nos cuenta del Festival de Viña, de Miguel Bose (mi ídolo de infancia), de la llegada de la tele a color, del Betamax, del VHS, de “La chica de rojo”, película que en ese tiempo, todos veíamos, vaya uno  a saber por qué.

    “Siempre había alguien que conocía a alguien que había sufrido algo similar, una experiencia traumática de abuso, tortura o desaparición donde no existía la policía ni la chilenidad ni la noción de sentirse seguro. Era el terror oculto de todo ciudadano, no sólo el del compromiso político que podía ser peligroso,sino el del hombre equivocado, el “parecido a” o el que tuvo la mala suerte de estar en el lugar incorrecto a la hora indebida”.

    La historia de Andrea Insunza, como les contaba al comienzo, es una historia cercana, conocida y vivida por mi familia. Me costó leerla, interrumpida por la emoción. Don Lucho Corvalán; Jaime y Mario Insunza, personajes de mi infancia con los que yo jugaba; las primeras detenciones después del Golpe; el exilio.

    La Andrea se hace una pregunta que yo me hice muchas veces “A los seis meses, mis viejos ya habían decidido tener hijos. Durante mucho tiempo me pregunté porqué. Por qué en la mitad de ese desastre, mis padres habían decidido tener hijos”.

    “A esas alturas, y sin que nadie me lo enseñara, ya había aprendido que los problemas de los grandes eran más importantes que los de los chicos. Y que la mejor forma de colaborar con mi familia, era resolver los míos sola.”

    La detención de Jaime Insunza, el año 84, siendo secretario general del MDP y su deportación a Brasil. El allanamiento de la casa de Mario. Recuerdo claramente todos esos hechos. Ellos dos eran muy amigos de mi padre y siempre sabíamos cuando a alguien cercano le pasaba algo.

    “La razón: eran comunistas. Y en Chile ser militante del Partido Comunista estaba prohibido. Mi familia estaba prohibida” dice Andrea. La mía, también.

    Hay más relatos y hay muchos momentos de alegría en el libro. Pero a mi, en estos días, este libro me ha hecho reflexionar de cómo nos hicieron aprender a vivir con el miedo, a llevarlo con nosotros. No solo el miedo a la muerte, si no como se cuenta en este libro, el miedo a la cesantía, a la delación,  a estar en el lugar equivocado.

    “Volvera los 17, Recuerdos de una generación en dictadura” es un enorme y necesario aporte a nuestra memoria, en estos 40 años del Golpe de Estado. Son los relatos de lo que ocurrió intramuros, de lo que callamos, de cómo aprendimos a jugar en medio del desconcierto. Son las historias personales, que brotan y nacen, para “dar voz a otras voces”, como dice Bisama.

    Como si obligados a salir de un trance, hoy recuperáramos nuestras historias íntimas, donde el horror se despliega en distintas aristas, pero donde también y principalmente, se despliega la vida. Para decirnos que aquí no hubo ni habrá empate. Y que por mucho mall y cifra macro económica exitosa, a los que crecimos en dictadura, cuando recordamos nuestra infancia, siempre nos recorre algún tipo de escalofrío.

    Muchas gracias.

    10 de septiembre 2013

    Javiera Parada en la presentación de Volver a los 17 el 10 de septiembre de 2013.Javiera Parada en la presentación de Volver a los 17 el 10 de septiembre de 2013.

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    Libro “Volver a los 17″: padres e hijos

    El de los 40 años ha sido, por lejos, el más impactante de los aniversarios redondos del golpe de estado chileno. Como nunca antes una nueva efeméride del quiebre de la democracia ha remecido a buena parte de los chilenos. Como nunca se han hecho exhortos de perdón y justicia. Las redes sociales dieron cuenta, como nunca, de su utilidad, puesto que a través de ellas se visibilizaron millares de pequeñas intensas historias del golpe y la dictadura, cosa imposible hace algunos años. Todo lo anterior reafirma que lo más importante en la vida no es sonreírle al mundo con optimismo y fe, sino buscar la justicia. Los medios de comunicación, por su parte, tuvieron un rendimiento dispar. Mientras Chilevisión descolló con producciones comoChile, las imágenes prohibidas y “Ecos del desierto”, Canal 13 se limitó a hacer un aséptico y timorato “corre video”, recalentando un charquicán de imágenes que ya se vieron un millón de veces en muchas otras partes y en muchos otros momentos.

    Y están los libros. Era esperable que el mercado editorial aprovechara este aniversario del putsch, y lo hizo con la no ficción como estandarte principal. Entre los vol, las protestas estudiantiles de fines de los ochenta y contingencia, con el relieve propio de cada pluma que úmenes aparecidos para conmemorar las cuatro décadas del desastre de 1973, está Volver a los 17. Recuerdos de una generación en dictadura(Planeta, 2013), una compilación de textos de escritores y periodistas chilenos que crecieron durante el régimen pinochetista. A cargo del conjunto está el periodista y escritor curicano Óscar Contardo (1974).

    Hace algunas semanas me tocó presentar a Contardo a propósito de una nueva edición de su superventas Siútico. El escenario era el foyer del Teatro Municipal de Viña del Mar, posiblemente una de las ciudades que cuenta con una de las mayores tasas de ancianos pinochetistas en Chile. Algo así como Providencia con acceso al Océano Pacífico. Aprovechando la ocasión, Contardo informó a la concurrencia de qué iba este libro. Su propósito es fijar los recuerdos de los miembros de una generación nacida en dictadura, o que hayan tenido muy poca edad al momento en que Allende fue derrocado. Ante esto un señor viñamarino pidió la palabra y le censuró con amargura al antologador el no contar “la otra mirada”, “la historia completa”, “lo que pasó antes del 11 de septiembre” y “las causas de por qué pasó lo que pasó”. Contardo esquivó con desenvoltura y serenidad el rocket, subrayando que el asunto del libro es el recuerdo y no la historiografía.

    Esto lo confirma uno de los escritores que componen el conjunto, Álvaro Bisama, cuando apunta en su intervención en el libro que escribe del pasado acumulando retazos.

    contardo

    Las ventajas de un libro compuesto casi en su totalidad por sandías caladas no requieren de mucha explicación. Sí vale señalar que al ser éste un libro de memorias, en el que los autores deben bucear en sus recuerdos sobre el período más nefasto de la historia reciente de Chile,están obligados a ser honestos, sin dejar un centímetro a las cuchufletas y a la pirotecnia narrativa. De esta forma, Volver a los 17 se muestra como una combinación balanceada de intimidad y contingencia, con el relieve propio de cada una de las 15 plumas calificadas que conforman el libro, memorias que muestran marcas comunes como el terremoto de 1985, el caso degollados (otro golpe devastador) o las protestas estudiantiles de fines de los ochenta.

    Como conjunto, Volver a los 17 es una sinfonía, posee distintos tonos, distintos colores. La llaneza infantil ante lo terrible deContardo, Alejandra Costamagna o Nona Fernández contrasta con la ópera ligera de Patricio Fernández Chadwick, quien habla de un tío Andrés que era revolucionario hasta el golpe además de aportar una anécdota de su pasado como nieto de patrón de fundo. Luego se pasa a Rafael Gumucio, desmedido y sentencioso, dando paso a un reverso absoluto, al de Pablo Illanes, quien hace un repaso más liviano,cinéfilo y televisivo de la época. Luego, la periodista Andrea Insunza marca otro giro en el libro, pues se pasa del relato de alguien arrojado al período a un testimonio de alguien que sufrió en más de un flanco el pisotón de la bota militar. Nieta del ex secretario general del PC Luis Corvalán, entre otros parientes comunistas, su relato la pone, tal vez, más cerca del horror que las otras plumas del libro. Es el aria más trágica de esta obra, sin dudas.

    Libro eminentemente político, Volver a los 17 es también un libro de padres e hijos. De paternidades incomprendidas, de candores perdidos, de rebeldías y lecciones. De distancias y rebeldías adolescentes que el tiempo supo desvanecer. Lo expone con claridad Andrea Insunza: “De algún modo, nosotros, los niños, competíamos con la dictadura por la atención de nuestros padres. Y en la medida en que crecíamos empezábamos a notar nuestras derrotas”.

    Testimonios de Hijos de Detenidos Desaparecidos del Cono Sur

    Presentación del proyecto “Memoria y Archivo oral: Hijos e hijas de detenidos desaparecidos”

    20 de marzo 2014

    En el auditorio del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y con una gran asistencia de público, se realizó la presentación de “Memoria y Archivo Oral: Hijos e Hijas de Detenidos Desaparecidos” – audiovisual y libro.

    El evento contó con la presencia de Anu Korppi-Koskela, Primera Secretaria de la Embajada de Finlandia, directores de organismos de Derechos Humanos y representantes de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), entre otros.

    Tras la exhibición de la sinopsis del Archivo Oral, fue presentado el libro que entrega un análisis y reflexión de los relatos recogidos en este estudio, el que fue comentado por Nancy Nicholls, Académica de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y Pontificia Universidad Católica de Chile; Estela Ortíz, Secretaria Ejecutiva del Consejo Nacional de la Infancia; y Elizabeth Lira, Decana de la Facultad de Psicología, Universidad Alberto Hurtado.

    Las palabras de las comentaristas estuvieron centradas en la importancia de contar con materiales que apunten a la memoria individual y colectiva. A la valentía y generosidad de los testimoniantes, al rescatar historias que siendo parte del pasado se vuelven siempre presentes. Y, finalmente, la importancia de visibilizar el daño sicológico social que sufrieron los niños y niñas durante la dictadura.

    Ver sinopsis video:  https://www.youtube.com/watch?v=PMJ5bFzV-p8&feature=youtu.be

    Este trabajo se articula con relatos de hijos de Detenidos Desaparecidos entre los años 1973 y 1976. En esa época ellos/ellas tenían entre dos y catorce años de edad, e incluso, una de ellas estaba en el vientre de su madre con siete meses de gestación. La sinopsis da cuenta de los momentos vividos por los niños y niñas tras la situación represiva. Ellos/as se refieren a la detención del padre, la búsqueda, el miedo, los dolores y distintos soportes con que contaron durante su desarrollo. Al mismo tiempo, recogen los valores e ideales heredados de sus familias y la fortaleza con que han enfrentado la verdad, la lucha por la paz y la justicia.
    La memoria de estos hijos e hijas de Detenidos Desaparecidos, hoy adultos, es un gesto que contribuye a descubrir y reconstruir la historia oficial con nuevas fuentes, posibilitando hacer una reinterpretación en temas que no han sido suficientemente analizados y cuyos sujetos históricos y sus vivencias han sido poco consideradas.

    Relacionado

    http://youtu.be/l7_KXhDZqcc

     

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    Semblanza de Marcos Barrantes por Alan Gómez Michea

    Amigo ausente Claudio Venegas Lázzaro por Rodrigo Posada Parra

    Three cool cats Claudio Contreras Hernández, “Coco” por Martín Faunes Amigo

    Último discurso del Compañero Allende

    Aprendí a vivir Claudio Thauby por Yury Thauby

    Papá, dónde estás Carlos Rioseco Espinoza por Esteban Rioseco Espinoza

    Escribir tiene muchas caras, casi tantas como los recuerdos Carlos Rioseco Espinoza por Esteban Rioseco Espinoza

    Tras los pasos de la memoria por Hilda Espinoza Figueroa y Lucrecia Brito Vásquez

    Thauby y Tano Claudio Thauby y Ramón Martínez González por Lucrecia Brito Vásquez

    El gesto perdido del bello recluta Claudio Thauby por Rosana Ojeda

    La primavera del 75 Alonso Lazo Rojas y Federico Álvarez Santibáñez por Ana Marín Molina

    Bernardo llevaba puestos unos bototos Bernardo Cortés Castro por Edgardo Carabantes Olivares

    La última lección del profesor Federico Álvarez Santibáñez por Ana Marín Molina

    Claudia López Benaiges por Kristian M. F.A.D

    Víctor Jara en la mañana Claudia López y Víctor Jara Por Óscar Aguilera

    Guayacán, donde ejecutaron a niños Rodrigo Palma Moraga y Jimmy Christie Bossy por Arnaldo Pérez Guerra

    Coquimbo, donde dinamitaron personas Federico Álvarez, Germán Cuello, Mario Romero y Sonia Valencia por Ana Marín Molina

    La maestra de Puerto Fuy Bernarda Vera Contardo por Juan Carlos Díaz

    Agosto Federico Álvarez Santibáñez por Ana Marín Molina

    Diana Diana Aron por Gilda Waldman M.

    Todo este territorio es tu sepulcro Nilton Rosa Da Silva por Óscar Aguilera

    Un hombre de acción Marcos Barrantes Alcayaga por Martín Faunes Amigo

    Maestranza San Bernardo por Fernando Lizana

    Francisco Aedo, un arquitecto, un maestro

    El último tren para el colega Barría Arturo Barría Araneda por Nieves Fuenzalida

    Maestra por Siempre María del Carmen Arriagada Jerez por Lucrecia Brito Vásquez

    Regreso al hogar Lisandro Sandoval, «Layol» por Arinda Ojeda Aravena

    Antuco por Odette Magnet

    Salvajes y santos inocentes por Martín Faunes Amigo

    ¡Mala Cueva Militar! por Manuel Paiva

    Una golondrina tras la alambrada Carlos Carrasco Matus, «Mauro» por Viviana Sepúlveda Pino

    Cecilia y el Caluga Juan Carlos Rodríguez y Cecilia Castro

    Homenaje al “Flaco D’Orival” Jorge D’Orival Briceño por Erika

    Jaime Ossa en la memoria Jaime Ossa Galdames por Patricia Bravo

    Guaripauchito Víctor Oliva Troncoso por Sonia Oliva Troncoso

    Mi hermana Catalina Catalina Gallardo por Isabel Gallardo

    Interpretación libre de una tragedia Enrique París Roa por Piero Montebruno

    Cayó junto a su pueblo André Jarlán por José Aldunate s.j.

    Jecar, compañero en el viaje de la vida Jecar Nemhe por Fesal Chain

    James y el Camaro Patricio Munita por Flaco Lucho desde Bélgica

    ¿Negligencia Culposa? por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

    Irregulares Viriato, Baucha, Perico, Ángel, Chico Pedro por Ernesto Marcosy

    Mujeres de mi generación por Luis Sepúlveda

    Bailarina – Arquitecta Ida Vera Almarza por Pablo De Carolis Yori

    Futbolistas del Carrera Pinto Isidro Pizarro Meniconi por Oscar Montealegre Iturra

    Unicornio II Muriel Dockendorff Navarrete por Iris Padilla

    Búsqueda de “Daniela” Muriel Dockendorff Navarrete

    Cartas y poemas de Muriel Muriel Dockendorff Navarrete

    Támesis Marcelo Eduardo Salinas Eytel por Nicole Drouilly

    Las risas y las voces de mi padre Marcelo Concha Bascuñán por María Paz Concha Traverso

    Cucho, el “Gato” de Ñuñoa Agustín Reyes González, “Gato” por Lucía Sepúlveda

    Amanece por Máximo Gedda

    Moreno de verde luna, voz de clavel varonil Hugo Daniel Ríos Videla, “Peque” por Teresa Izquierdo Huneeus

    Che Compadre Hugo Ratier Noguera, “Raimundo” por Martín Faunes Amigo

    Pablo y Feliciano Raúl Cornejo Campos, “Feliciano”, y a Miguel Angel Sandoval, “Pablo” por Flaco Lucho desde Bélgica

    El sastre valiente Miguel Angel Sandoval, “Pablo” por Lucía Sepúlveda Ruiz

    Discos de vinilo Genaro Flores Durán __por Jorge Flores Durán

    Las flores de mi balcón llevan tu nombre Muriel Dockendorff Navarrete __por Pablo Varas

    Muriel, dulces, kuchen y tortas Muriel Dockendorff Navarrete __por Patricia Ochoa

    Nunca dejarás de estar conmigo Gregorio Mimica __por María Antonieta Blaisse

    Revivieron la historia de Carlos Rioseco

    Carta abierta a Juan Maino

    Recuerdos de 30 años Alberto Bachelet __por Patricio Carbacho

    Otro 11 de septiembre Gastón Vidaurrázaga Manríquez __por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

    Acto en el Liceo de Hombres de La Serena

    Nuestra gente del Liceo de Hombres de La Serena

    Un estudiante viajero Germán Cuello __por Alexandra

    Estadio Nacional y Chacabuco, memoria del silencio __ por Dr. Luis Cifuentes

    Una contribución al Movimiento Popular de Concepción Rudy Cárcamo Ruiz __por Eduardo Cruz (Bily)

    Nuestra gente de la UTE

    A la vuelta del calendario: Gente de la UTE Claudio Contreras / Agustín Martínez __por Juan Carlos Díaz

    A 31 años del asesinato del General Bachelet Alberto Bachelet __por Raúl Vergara Meneses

    José Hipólito Jara y Víctor Alfonso Martínez

    Acerca de Jorge Grez Aburto __por Eduardo Agustín Cruz (Bily)

    Miguel Cabrera Fernandez “Paine” __ Miguel Cabrera __por Victor M. Gavilan

    Neltume / Nahuelbuta

    Federico junto al diamelo Federico Álvarez Santibáñez por Ana Marín Molina

    Carlitos y el Coronel __ Oscar Rojas Cuéllar __por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

    Gladys, maestra de ética y consecuencia revolucionaria __ Gladys Marín __por Martín Faunes Amigo

    Algo más que «Dama Blanca» Padre Miguel Woodward __por María Paz García-Huidobro

    Carmencha__ Carmen Bueno __por Loli Bueno

    Nilda Patricia__ Patricia Peña Solari __por Juparo

    La niña junto al piano__ Patricia Peña Solari __por Claudio

    Playground__ Patricia y Fernando Peña Solari __por Paz Concha Traverso

    ¿Quién asesinó a Jacqueline Drouilly? __por Arturo Alejandro Muñoz

    Cátedra de Educación Cívica __por Martín Faunes Amigo

    Víspera de año nuevo _Lucrecia Brito Vásquez

    Bolsas de pan en el estadio _Manuel Paiva

    Las historias que podemos contar _Mario Garcés Durán

    Once de septiembre en Indumet _Martín Faunes Amigo

    Tres raasss por Ricardo Faunes _Martín Faunes Amigo

    La vie en rose en Grimaldi__ María Teresa Eltit / María Teresa Bustillos __por Monique Hermosilla Jordens / Lucrecia Brito Vásquez

    De mayo a octubre de 1975__ Iván Olivares Coronel “Chuqui” y Dagoberto Pérez Vargas “Dago” __por Flyman

    Ayudista de todas las horas__ Sonia Edwards __por Lucía Sepúlveda

    El Miguel, ellos, nosotros y la Carolita__ _Miguel Enríquez __por Adriana Goni

    Le juro que fue por amistad__ _Jacqueline Drouilly / Marcelo Salinas __por Guido Eytel

    Ángel__ _Horacio Carabantes Olivares __por Edgardo Carabantes Olivares

    Hoy confluyen aquí las voces y los sueños __por Daniela Peña Soto

    En recuerdo de Paine__ _Miguel Cabrera Fernández-__ por Andrés

    Blancas abandonan -Danilo González Mardones-__por Pablo Varas

    Amanecerá un día__ _Luis Palominos Rojas-__por Eduardo Palominos Rojas

    Una silueta contra la montaña__ _José Manuel Ramírez Rosales-__por Nelly Berenguer Rodríguez

    Con todo el tiempo del mundo _J.J.Boncompte, J.Carrasco-__por Pablo Varas

    Hombre niño casi alado _Claudio Venegas Lazzaro-__por Margarita Román

    El guitarrista que se atrevía a cantar _Horacio Carabantes-__por Martín Faunes Amigo

    Martes once en la Universidad _Goyo Mimica- __por Manuel Mardones

    El niño invisible _Miguel, Bautista, Ricardo y Ambrosio- __por Manuel Holzapfel Gottschalk

    El beso tembloroso _Mónica Llanca Iturra- __por Lucía Sepúlveda Ruiz

    Aquí…, Radio Liberación _Fernando Vergara Vargas-__por Lucía Sepúlveda Ruiz

    La foto de mi casa -Julio Guerra-__por Luis Alberto Tamayo

    Bachilleres en fútbol -Rafael Madrid-__por Jaime Castro Santoro

    La imaginación herida -Eugenio Ruiz Tagle-__por Josefa Ruiz-Tagle

    Memorias fragmentadas -Padre Llido-__por Claudia Iturrieta

    Pepe Amigo, el malo -José Amigo Latorre-__por Narda Salgado

    Maletín james bond -Juan Maino Canales-__por María Angélica Illanes Oliva

    Revolucionarios profesionales -Matías-__por Juan Schilling Quezada

    Detective ángel de las microtabletas fotográficas -Teobaldo Tello Garrido-__por Martín Faunes Amigo

    Una mano en el bolsillo trasero -Mauricio Jorquera-__por Manuel Arriagada

    Hermosa niña judía -Diana Aron-__por María Paz García-Huidobro

    Paine: algo más que sandías-__por Martín Faunes Amigo

    Pasajeros en el tren Elquino -Federico Alvarez S.-__por Martín Faunes Amigo

    Homenaje a Jorge Peña Hen

    Encuentro el antiguo profesor con el borracho -Jorge Peña Hen-__por Martín Faunes Amigo

    El clarin mayor -Jorge Peña Hen-__por Martín Faunes Amigo

    Sinfonías en carcajadas -Jorge Peña Hen-__por Lucrecia Brito

    Treinta y uno de Julio de 1975 __Poema para los 119__por Juparo

    Nilda Patricia __Nilda Patricia Peña Solari__por Juparo

    Memorias Fragmentadas __Padre Antonio Llidó Mengual__por Claudia Iturrieta

    Si el poeta eres tú __Máximo Gedda, Yactong Juantok Guzmán, Carlos Gajardo Wolf, Mario Calderón Tapia, Ricardo Solar Miranda, Rabito, Cesar, Amador Del Fierro__por Liliana

    Justicia Divina __Gabriela Arredondo Andrade__por “M”

    Alfredo, vas a ser abuelo __Alfredo García Vega__por Silvia Vera

    La niña junto al piano __Patricia Peña Solari__por Claudio

    Fue en septiembre__ José René Barrientos Warner __Germán F. Westphal

    Kellina__ Jacqueline Binfa Contreras __María Paz García-Huidobro

    Al Che y a Miguel en el 2001 __ Miguel Enríquez, Ernesto Che Guevara __Víctor Toro Ramírez

    Carta de Bautista a su madre __ Bautista Van Schouwen Vasey __

    Página de diario de 1963 __ María Cristina López Stewart __

    Otro más del Manuel de Salas __ Luis Guajardo Zamorano __Anónimo

    Miguel vivía en una casa con vista a la esperanza __ Miguel Enríquez Espinoza __por José María Memet

    Amanece __ Máximo Gedda Ortiz __

    Cuando en el sur florecían los cerezos __Marcelo Salinas Eytel__por Guido Eytel

    Hermana niña __ Carmen Bueno Cifuentes __por Olimpia Bueno

    Historia de un asesinato por fusilamiento__ A la memoria de Pedro Purísimo Barría__por Germán Westphal

    El hombre del abrigo amarillento y la mujer que lo amaba__María Cristina López Stewart, Federico Alvarez Santibáñez, Horacio Caravantes Olivares, Jaime Vásquez Sáez, Luis Guajardo Zamorano, Claudio Contreras y Agustín Martínez __por Martín Faunes Amigo

    Arrayán__Paulina Aguirre__por Viviana Sepúlveda

    Cartas mutiladas__Carmen Bueno__por María Elena Blanco

    Bajo el bosque__Héctor Garay Hermosilla__por Diego Muñoz Valenzuela

    Triunfador en innumerables aventuras __Sergio Alejandro Riffo Ramos__por Pablo Leiva

    Confidenciado entre café y café __Sergio Alejandro Riffo Ramos__por Marisa

    Una persona de la raza humana __José Modesto Amigo Latorre__por Hippie

    Encuentro del héroe con la traidora __Padre Antonio Llidó Mengual__por Archivero

    Mac Leod había sido cadete __Juan Rodrigo Mac Leod Treuer y María Julieta Ramírez Gallegos__por Pablo Leiva

    Con Mario somos amigos __Mario Edrulfo Carrasco Díaz __por Lucía Sepúlveda

    Recuerda, tu hermano desapareció __Manuel Jesús Villalobos Díaz__por Lucía Sepúlveda

    Un asesino anda suelto por Ñuñoa __Eduardo y Rafael Vergara Toledo__Desde Comisión FUNA

    Biografía de Miguel Enríquez __Miguel Enríquez Espinoza__por Pedro Naranjo Sandoval

    La opción de Augusto Carmona__Augusto Carmona Acevedo __por Lucía Sepúlveda

    Un gato de siete vidas__Renato Alejandro Sepúlveda Guajardo __por Queni y Queltec

    Confieso que he luchado y alcé los puños iracundo__Ricardo Ruz Zañartu __por P. Ruz

    El preso ochocientos quince__Gilberto Urbina Chamorro __por Sonia Cano

    La casita de La Faena__Jaime Orellana __por Kenya

    Los ojos olvidados del camarógrafo de la “Batalla de Chile”__Carmen Bueno y Jorge Müller Silva __por Gustavo del Campo

    En las garras de la Operación Cóndor__Sergio Reyes Navarrete __por Sonia Cano

    Ayer cuando me enteré__José Francisco Bordás Paz, “el Coño Molina” __por Rucia

    “Sigamos luchando no más…”__Hernán Santos Pérez Alvarez__por Queltec

    Ubica a mi compañera cuando salgas en libertad__Pedro Poblete Córdova__por Lucía Sepúlveda

    Matemáticas y ajedrez__Vicente Palomino Benítez__por Lucía Sepúlveda

    Juez especial después de 27 años__Leopoldo Muñoz Andrade__por Lucía Sepúlveda

    ¿Dónde estará la Violeta del Grupo de Teatro Acuarium?__Violeta López Díaz__por Lucía Sepúlveda

    Morén Brito versus María Teresa Eltit “et ale” __María Teresa Eltit__por Lucía Sepúlveda

    El año nuevo ’75 de Marisa: Infierno en La Torre__María Isabel Joui __por Lucía Sepúlveda

    Aquí no tengo nada que decir__Martín Elgueta Pino__por Lucía Sepúlveda

    La mirista hija de una enfermera del Hospital Militar__Jacqueline Binfa Contreras__por Lucía Sepúlveda

    Alfredo, vas a ser abuelo__Alfredo García Vega__por Silvia Vera

    Cacería de dos hermanos__Jorge D’orival Briceño__por Sonia Cano

    El Pelao Krauss__ Víctor Fernando Krauss Iturra __por P. Ruz

    Padre, compañero Joan Alsina__ Joan Alsina Hurtos __por María Paz García Huidobro

    Volveré, volveré, donde está mi madre esperándome__ César Arturo Negrete Peña __por sus hermanas

    Un minero__ Antonio Lagos Rodríguez __por Susana

    Nuestro Aníbal__ Agustín Reyes González __por Maria Stella Dabancens Gandara

    El estudiante que Alejandra envió “a Puerto Montt”__ Mauricio Jorquera Encina __por Lucía Sepúlveda

    Joven profesor detenido cuando iba a ver partido del Mundial__ Agustín Fioraso Chau __por Lucía Sepúlveda

    Miguel Angel desaparecido versus Miguel Angel, su “doble” del sur__ Miguel Acuña Castillo y Héctor Garay Hermosilla __por Lucía Sepúlveda

    Cacería nocturna__ Ofelio Lazo Lazo __por Lucía Sepúlveda

    Desapareció de la U y de Maipú a los 21 años__ Juan Ernesto Ibarra Toledo __por Lucía Sepúlveda

    Vietnam y Londres en la vida de un poblador__ Carlos Cubillos Gálvez __por Lucía Sepúlveda

    El mirista de Quinta Normal que desapareció un 26 de julio__ Ismael Chávez Lobos __por Lucía Sepúlveda

    La Pity Vergara__ Lucía Vergara Valenzuela __por Paty

    Homenaje a Pepe Carrasco__ José Carrasco Tapia “Pepone” __por Patricia Collyer

    El chico Sebastián, un artesano militante__ Rubén Arroyo Padilla __por Sonia Cano

    Pepito milagroso__ José Carrasco Tapia “Pepone” __por Cheña

    Verano del 72__ Sergio Peña Díaz __por Raúl de Calama

    Váyanse de Santiago__ Lucía Vergara Valenzuela “la Pity” y Arturo Villavela Araujo __por Marisa

    El veterinario del MCR__ Sergio Peña Díaz __por Queltec

    Secretos de familia__ Alan Bruce Catalán __por Lucía Sepúlveda

    Un beso para las tres__ Sergio Peña Díaz __por Ricardo-Eugenio

    El Coño Villavela__ Arturo Villavela Araujo __por “M”

    Del José Joaquín Aguirre al Hospital de Cunco__ Eduardo González Galeno __por Margarita Romero

    El último de los buenos que alcanzó a verlo__ Sergio Pardo Pedemonte __por Aminta Traverso

    La DINA contra dos del cordón Vicuña Mackenna__ Cecilia Castro Salvadores y Juan Carlos Rodríguez Araya __por Sonia Cano

    Francia exige a justicia chilena aclarar desaparición de Alfonso Chanfreau__ Alfonso Chanfreau Oyarce __por Lucía Sepúlveda

    Juan Chacón dijo adiós a su padre en Cuatro Alamos antes de desaparecer__ Juan Rosendo Chacón Olivares __por Lucía Sepúlveda

    El arte de ser mirista y trabajar en Investigaciones__ Sonia Bustos Reyes __por Lucía Sepúlveda

    La voz de María Angélica__ María Angélica Andreoli Bravo __por Lucía Sepúlveda

    Marcados a fuego en la frente, María Inés y Martín__ María Inés Alvarado Borgel y Martín Elgueta Pinto __por Lucía Sepúlveda

    Secuestro del albañil de la Población Kennedy__ Eduardo Alarcón Jara __por Lucía Sepúlveda

    Kellina, la mirista hija de una enfermera del Hospital Militar__ Jacqueline Binfa Contreras __por Lucía Sepúlveda

    Homenaje a la caída en combate de Miguel Enríquez __Miguel Enríquez Espinoza__por Hernán Aguiló

    Sitio en homenaje a Jecar Nehgme __Jecar Antonio Nehgme Cristi__por Lucho

    Profesionales a fines y contrapuestos __María Cristina López Stewart__por Martín Faunes Amigo

    El último día de Miguel __Miguel Enríquez Espinoza__por Manuel Cavieses Donoso

    Thamesis __Marcelo Salinas Eytel__por Nicole Drouilly

    Muriel, dulces, kuchen y tortas __Muriel Dockendorff Navarrete__por Patricia Ochoa

    El que tuvo siempre tiempo para escribir poesía __ Máximo Gedda Ortiz__por Ignacio Puelma

    Un par de botas para su hermana __ Luis Guajardo Zamorano __por Martín Faunes Amigo

    Carta para mi amigo el ciclista __ Sergio Tormen Méndez __por Carlos Moukarzel Numair

    Cien años de soledad __ Santos Romeo González __por Nilda Bórquez

    La hija del flaco Raúl __ Carlos Julio Fernández Zapata __por Hilda E. Espinoza Figueroa

    El detective-ángel de las micro tabletas fotográficas __ Teobaldo Antonio Tello Garrido __por Martín Faunes Amigo

    Ramón Núñez, ¡no existe! __Ramón Núñez Espinoza __por Lucía Sepúlveda

    Abundio, el carpintero del G1 __Abundio Contreras González __por Lucía Sepúlveda

    A la esquina sin abrigo en el invierno del 74__Jorge Olivares Graindorge, Zacarías Machuca Muñoz __por Lucía Sepúlveda

    De la Bolsa de Comercio a un recinto de tortura__Guillermo Beausire Alonso __por Lucía Sepúlveda

    Estoy en poder de la DINA!__Germán Moreno Fuenzalida __por Lucía Sepúlveda

    Collar de flor al cuello__Cecilia Labrín __por Lorena Sandoval

    Unos veranos después__Lumi Videla y Sergio Pérez __por Martín Faunes Amigo

    El chaleco rosado de jacqueline__Jacqueline Drouilly __por Nicole Drouilly

    Un ex dirigente de la salud__Marcos Esteban Quiñones Lembach __por Lucía Sepúlveda

    Brazos que parecían abrazar sueños__Elízabeth Cabrera Balarritz __por Carmen Gallero Urízar

    El delito de ser amigos y ex alumnos del Manuel de Salas__Jaime Mauricio Buzio Lorca __por Lucía Sepúlveda

    Una imagen de cartón levantada sobre mi cabeza__Jenny Barra__por Lucrecia Brito Vásquez

    La desaparición del peluquero mirista__Daniel Abraham Reyes Piña__por Lucía Sepúlveda

    Sopa de rocas__Juan José Boncompte Andreu__por María Norambuena/Martín Faunes Amigo

    Tren nocturno a la esperanza__Carlos Rioseco Espinoza__por Hilda E. Espinoza Figueroa

    Entre dos mundos__Jorge D’orival Briceño__por Anita

    María Isabel y María Teresa__María Isabel Joui Petersen y María Teresa Eltit Contreras__por Lucrecia Brito Vásquez

    Una casa al fondo por Joaquín Godoy__Ida Vera Almarza, María Cristina López Stewart, Carlos Carrasco Matus, Miguel Angel Pizarro Meniconi __por Tomás Pizarro Meniconi

    Coca-Cola__Jaime Vásquez Sáez__por Martín Faunes Amigo

    El negro era un valiente__Hernán Pérez Alvarez__por Lucrecia Brito Vásquez

    Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos__Muriel Dockendorff Navarrete__por Gloria Laso Lezaeta

    A María Mardones__Hermanos Velásquez Mardones__por Hilda Espinoza

    María Isabel tenía diecinueve años y una vida por delante__María Isabel Joui Petersen__por María Eugenia Letelier

    _ > ¿QUIÉNES SOMOS? Un grupo interdisciplinario de personas interesadas en preservar la memoria histórica que bajo el nombre “Las historias que podemos contar”, hemos creado este espacio web para dar a conocer nuestros avances en estos ya catorce años en que nos hemos dedicado al trabajo de rescatar la memoria en pro de la dignidad valórica e histórica de los compañeros que cayeron enfrentando a la dictadura. Hacemos notar que son pocos aquellos que cuentan con una historia, un homenaje literario, o una foto o pintura que los rescate no sólo en lo que eran como militantes, sino también en como los seres humanos que eran, con alegrías y sueños. Así, este avance se muestra esperando incentive en la colaboración de todos ustedes para esta labor que no reconoce dimensiones ni partidos y el único plazo que establece es el más corto posible.El material que presentamos está, por lo tanto, en constante actualización, ello, gracias a aportes que se reciben desde todo el mundo, siendo factible que en él existan inexactitudes y errores que rogamos disculpar, sólo no se cometen errores cuando no se avanza. Adviértanos si detecta algún error y, ayúdenos, tenemos por delante una tarea inmensa: dar a conocer lo que pasó con los nuestros, pero por sobre todo, mostrar cómo eran ellos y cuáles eran sus sueños.Nadie que sepa algo se puede restar a esta tarea que para cumplirla somos todos necesarios. La idea es que escribamos sobre quienes conocimos y generemos con este material uno o más libros. Hemos publicado tres volúmenes de la saga “Las historias que podemos contar”, con una cuarta en preparación, el apoyo a cinco libros sobre memoria histórica ya publicados y más 500 historias escritas en homenaje a toda una generación que se la jugó contra la dictadura.Nos llamamos “Las historias que podemos contar”, porque si fuimos testigos y participantes podemos y tenemos todo el derecho a contarla, es más, lo debemos hacer para preservar esta historia reciente que a pesar de los esfuerzos que han hecho por borrarla ésta porfiadamente resurge para que la tengamos siempre presente. ¡Hasta la victoria siempre…!

    Margarita Román Dobson, Hilda Espinoza Figueroa, Shenda Román, Xaviera Ovalle, Violeta Bagnara, Lorena Sandoval, Monique Hermosilla Jordens, María Angélica Illanes, Grecia Gálvez, Draco Maturana, Valeria Barraza, Edgardo Carabantes, Facundo Leylaf Ona, Juan Carlos Díaz, Manolo Arriagada, Pancho Lussich, Fernando Lizana, Manuel Paiva y Lucrecia Brito, nuestra Secretaria General, más Martín Faunes Amigo, nuestro Director.


    LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR: — directorhistorias@gmail.com

    Destacado

    DETENIDOS DESAPARECIDOS: CONSECUENCIAS PARA LA SEGUNDA GENERACION

    DETENIDOS DESAPARECIDOS: CONSECUENCIAS PARA LA SEGUNDA GENERACIÓN
    Niels Biedermann
    Psiquiatra
    ILAS
    Las consecuencias tardías del tipo de daño estudiado por nosotros en familias de detenidos-desaparecidos y de ejecutados políticos y que afectan la segunda generación, fundamentalmente a los hijos, pero también a sobrinos directos de familias muy estrechamente relacionadas, se pueden entender a través de dos conceptos básicos:
    1. La perturbación de un proceso normal de duelo.
    2. La transmisión transgeneracional de patrones conductuales en el seno de las familias.
    Este último punto es muy importante porque apunta a la eventualidad de la aparición de perturbaciones en por lo menos la generación que sigue a la que sufrió el impacto directo.
    Del estudio de genogramas familiares se sabe que las pautas conductuales tienden a trasmitirse, incluso conductas extremas como el suicidio. El riesgo de suicidio en una familia aumenta en proporción a los suicidios preexistentes en ella. Prevenir un suicidio también es prevenir un mayor riesgo para las generaciones que siguen. En la familia del escritor Eugene O’Neill existió una historia de abuso de drogas y alcohol a través de varias generaciones, haciéndose más destructivo en cada generación. Además los hijos
    mayores morían jóvenes. El hermano mayor de Eugene murió a los 45 años a consecuencia de sus excesos alcohólicos y el hijo mayor del escritor se suicidó a los 40.
    La vía de trasmisión de estas pautas transgeneracionales sigue un patrón complejo que no es el caso analizar aquí, pero sí vale mencionar uno de sus elementos principales que es el sistema de lealtades. Cada generación recibe de la que le precede una serie de derechos y obligaciones de la que no se puede sustraer sin pagar un precio. Hasta el derecho a rebelarse en contra del propio sistema de valores está reglamentado en las familias de alguna manera. Hay familias que toleran un amplio margen de divergencias sin entrar en crisis y hay otras que constituyen sistemas muy rígidos, en los que divergencias mínimas ya son fuertemente censuradas. Ya el
    sólo deseo de desarrollar conductas autónomas tiende a generar fuertes sentimientos de culpa en los miembros de estas familias.
    Las familias de los perseguidos políticos tienden a transformarse en sistemas más rígidos que las familias no afectadas. La rigidificación de las estructuras internas frente a la agresión externa es un fenómeno grupal universal. Todo sistema de lealtades se extrema. Esto lo saben bien los gobernantes, sobre todo en regímenes
    dictatoriales, que cuando las contradicciones dentro del país se ponen muy intensas desatan un conflicto con el vecino más próximo. Existe un dicho de que todo país se mantiene unido por una mentira común sobre suorigen y un prejuicio compartido contra sus vecinos. Esto apunta a las dos vertientes de todo sistema de lealtades: la cohesión interna y la lucha contra el agresor. Mientras más difícil sea la situación, más difícil es
    tocar los mitos grupales y más inconcebible es un contacto con el enemigo externo y todo lo que se le parezca.
    Entendemos por mitos grupales el sistema de obligaciones y misiones.
    La rigidificación de un sistema familiar frente a una agresión externa tiene otra consecuencia grave: la interrupción de las fases del ciclo de vida. El crecimiento y maduración de los hijos es un proceso centrífugo con respecto a la familia de origen y la búsqueda de pareja es de carácter exogámico. Si el cerco que separa a la familia de la sociedad es muy rígido, es también muy difícil que este proceso se realice adecuadamente.
    2
    Antes de hablar cómo estos fenómenos influyen en el proceso de duelo, vale la pena ilustrarlo con un ejemplo clínico:
    Se trata de Olga, de 16 años de edad. La madre la trae a consultar porque muestra conductas muy perturbadoras en casa: la enfrenta violentamente a ella, a la madre, tiene problemas de conducta en el colegio,del cual termina siendo expulsada, es adicta a la marihuana y en general se las arregla para que la pillen en cualquier transgresión a las normas, tanto en el colegio como en la casa. Además es muy obesa, con varios
    tratamientos fracasados a cuestas. Dentro de una familia altamente politizada se niega a meterse en política,aduciendo: “La política sólo me ha traído pérdidas”. Olga recibe permanentes críticas de la familia por tomar fumar, ser drogadicta y eventualmente promiscua sexual (lo último no tiene base real). Olga misma quiere que la acepten gorda, no militante, distinta.
    La historia familiar es la siguiente:
    La abuela materna, Ana, que constituyó por mucho tiempo el eje de la familia, fue recluida en Pisagua junto a su marido en tiempos de González Videla en virtud de la ley de defensa a la democracia. Se hallaba embarazada de la madre de Olga. Los dos hijos mayores, que nacen en ese período, quedan a cargo de la hermana María que sigue a Ana.
    El marido de Ana, la abuela, es detenido después del golpe militar del 73 y recluido en una institución de las Fuerzas Armadas. Un mes después de la detención avisan que se habría muerto de peritonitis. El cadáver les es entregado.
    Olga había estado entregada durante mucho tiempo al cuidado de Eugenia, hermana de la madre. Ya aquí se observa un patrón transgeneracional. Eugenia se sacrifica en el cuidado de hijos ajenos, al igual que María en la generación anterior, mientras las madres están absorbidas por tareas políticas. En 1978, Eugenia, quien se
    encontraba en Argentina, al parecer en una misión política, es detenida y desaparece, hasta ahora definitivamente.
    El padre de Olga es primo-hermano de la madre y vivió desde los 15 años con Ana, la abuela materna. Se casa con la madre de Olga cuando ella se embaraza durante el pololeo clandestino de los dos. La madre era muy dependiente de la abuela y raras veces salía sola. Esto demuestra claramente el nivel de aglutinación alcanzado por esta familia y el grado de impermeabilidad de los límites con el exterior.
    Cuando Olga tiene 9 años recibe un llamado telefónico en que le dicen específicamente a ella que la tía desaparecida quiere verla. Resulta difícil de comprender por qué los personajes encargados de amedrentar a la
    familia eligen justamente a Olga como instrumento, pero cuaja perfectamente con el rol de ella dentro de la familia, que incluía la identificación con Eugenia, la desaparecida.
    Esta identificación se muestra a través de varios signos evidentes: Eugenia era la única obesa de la familia,fuera de Olga. Olga se siente tan parecida a ella, que ha llegado a pensar que Eugenia era realmente su madre.
    La abuela Ana compara a Olga con frecuencia con Eugenia, usándola como ejemplo para criticar a Olga.
    Finalmente Olga es enviada a Argentina a visitar los lugares de detención de Eugenia y reconstruir su destino.
    Olga ocupa además el segundo lugar entre las hermanas mujeres, que es el lugar de las mujeres que se sacrificaron en las dos generaciones anteriores. Las lealtades familiares le exigen por lo tanto ser como su tía Eugenia, lo que significa desaparecer. No es extraño, entonces, que Olga busque rebelarse contra la familia para escapar de este destino, pero su rebelión la lleva de un fracaso a otro.
    Estos fracasos se podrían explicar por los sentimientos de culpa que genera la rebeldía contra las lealtades, pero hay otro factor, que observamos repetidamente y que tiene que ver con la alteración del proceso de duelo,
    que influye en la generación de estos fracasos. Para entenderlo tenemos que remitirnos a dos fuentes de observación de lo que ocurre después de la muerte violenta de un familiar.
    1. Una es la observación de procesos individuales de duelo. Bowlby distingue la fase de embotamiento inicial,en que se actúa como si nada hubiera pasado, seguida de la fase de anhelo y búsqueda, en que se despliega una actividad constante como si se buscara a la persona desaparecida, cosa que ocurre en el espacio de las emociones y de las fantasías, incluso cuando se sabe a ciencia cierta que la persona cuya presencia se anhela está muerta. Esta fase es la que se tiende a prolongar indefinidamente en las familias observadas por nosotros y es transmitida como tarea a la segunda generación. En esta fase aparece intensa rabia y agresividad dirigida
    en contra de todo lo que aparezca como causal de la separación o impedimento del reencuentro con la persona perdida.
    2. La segunda fuente de observación consiste en las descripciones de las reacciones que se dan en las sociedades primitivas frente al asesinato de uno de sus miembros, ya que éstas representan etapas tempranas de nuestro desarrollo histórico en que nuestros procesos inconscientes, que reflejan al patrimonio filogenético de nuestra conducta social, se expresan más directamente.
    Vemos que en las sociedades primitivas el duelo se descompone en dos elementos claramente diferenciados:
    a) Realización de la venganza de sangre.
    b) Apaciguamiento de la propia conciencia, en general mediante la autopunición.
    El sentimiento de la venganza parte de la reacción frente a una afrenta que yace sobre el muerto como una mancha y que la lealtad que se le debe obliga a lavar. Cualquier ofensa genera inmediatamente la necesidad de una respuesta y si no se puede llevar a cabo, deja una espina clavada que requiere de un proceso de elaboración para dejar de doler. Pero la venganza es al mismo tiempo una forma arcaica de administración de
    la justicia que tiene por objeto restablecer la normalidad jurídica alterada por el asesinato de un miembro de la familia, utilizando los propios medios del grupo familiar afectado. La venganza de sangre es una exigencia anclada en normas éticas que obligaba al pariente consanguíneo más cercano a dar muerte al asesino o a alguno de sus parientes. Además era una obligación, no una opción. En el Corán aparece reglamentada y en
    los pueblos germánicos se mantuvo durante la Edad Media a pesar de las prohibiciones de la Iglesia.
    Desapareció sólo cuando se perfeccionó la administración territorial y se debilitó la preeminencia de las normas familiares. Un sistema jurídico supraordenado y moralmente significativo para la comunidad eximió a la familia del ejercicio muchas veces difícil de esa forma arcaica de justicia. Sin embargo, ya históricamente el mismo impulso y la misma normatividad que obligaba a la familia al ejercicio directo de la justicia,
    renunciaba a agredir físicamente al agresor y se concentraba en rehabilitar de alguna manera al caído.
    El segundo elemento, el apaciguamiento de la culpa mediante la autopunición, se manifiesta en los pueblos primitivos y no tan primitivos, como los musulmanes shiitas actuales del Irán, mediante auto mutilaciones rituales, como respuesta a la muerte de un líder. Formas amortiguadas de esto son los rituales de duelo como privarse de sueño, la abstención sexual, el ayuno y la simplicidad en la vestimenta. En su representación
    actual conocemos este fenómeno en la culpa de los sobrevivientes de campos de concentración y en general en cualquier situación en que surge la pregunta: “¿Por qué él y no yo?” La autopunición surge de la identificación
    con el muerto y de la necesidad de justificarse frente a él por haber sobrevivido.
    Con estos elementos podemos volver al caso de Olga. En su tarea de ocupar el lugar de Eugenia, Olga tenía dos posibilidades teóricas:
    1. Asumir el rol de la reivindicadora exitosa.

    2. Tomar el lugar de la figura destruida y repetir su destino.
    Cuando predominan las culpas, cualquier éxito es vivido como un triunfo ilícito sobre el muerto y genera nuevas culpas, por lo tanto lo único permitido es el fracaso.
    Esta dinámica, aparentemente absurda, la hemos visto repetidamente. Los sobrevivientes se exponen más allá de lo prudente y necesario a correr el mismo destino del desaparecido.
    Olga aparentemente quiere escapar de ese destino, pero ¿puede escapar? La lucha ya no es contra la dictadura sino contra la autoridad en casa y en el colegio. Se trata de un escenario más inocuo. Sin embargo, la presión afectiva con que Olga camina hacia procesos destructivos, no es inocua, sino bastante grave. Olga parece identificada con la figura destruida y por lo tanto se las arregla para que cada una de sus rebeliones termine en un fracaso. Se transforma así en una metáfora de lo que ocurrió con su familia en la sociedad.
    Observamos con frecuencia la adquisición de roles rígidos por parte de los hijos de estas familias. En una de las familias observadas, uno de los hijos se dedicó por entero a la reivindicación del padre desaparecido dentro de los márgenes pacíficos. El otro asumió el rol vengador ingresando bajo la dictadura a un movimiento de resistencia armada y el tercero se hizo cargo por entero del duelo negado por el resto de la familia
    desarrollando un cuadro psicótico con fuertes síntomas depresivos.
    En resumen, podemos decir que las modificaciones que sufren las familias de detenidos desaparecidos y de ejecutados políticos y que repercuten sobre la segunda generación, son los siguientes:
    1. Desarrollo por parte de la familia de límites rígidos hacia afuera y laxos dentro de ella.
    2. Separación rígida de roles dentro de la familia, en que nadie realiza el duelo normal, sino que cada uno asume un fragmento de él.
    3. Culpa por la supervivencia, con delegación hacia los hijos de la tarea de rehabilitación y justicia, pero en que además uno de los hijos debe asumir la identificación con el muerto.
    4. Detención de las fases del ciclo vital de la familia. No hay proceso adecuado de individuación de los hijos.
    Frecuencia de separaciones y vuelta a la casa o ausencia de desarrollo de vínculos de pareja.
    5. Dentro de la familia el miembro sintomático asume la tarea de cuestionar los valores de la familia, pero fracasa por las culpas que esto acarrea dentro de un sistema de lealtades rigidificado.
    6. La familia, al sentirse en contradicción con las normas de la sociedad en que vive, tiende a reasumir funciones que en el desarrollo histórico fueron asumidas por la sociedad. Esto significa que se fortalece el sistema de lealtades intrafamiliares y queda momentáneamente fuera de funciones el compromiso moral con la juridicidad de una sociedad que abandonó sus funciones de proteger a sus integrantes con normas
    supraordenadas al poder individual. Aún está por verse qué consecuencias a largo plazo pueda tener esto para la generación que ahora cursa la adolescencia.
    Las consecuencias que se pueden deducir de esta situación, es que por un lado se necesita una adecuada estructura de atención psicoterapéutica, pero, por otro lado, también una actitud por parte de la sociedad, que vuelva a rehabilitarse en aquellos aspectos en que fracasó.
    Por un lado, el trabajo psicoterapéutico tiene por objeto mostrar los conflictos negados, hablar de lo que se silenció por años, volver a echar a andar el proceso del duelo congelado, restablecer límites internos dentro de la familia y develar las lealtades disfuncionales ocultas para permitir a los hijos un mayor grado de libertad de
    decidir su propio destino.
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    A la sociedad le correspondería devolver a los afectados la jerarquía y el espacio que les fuera quitado y permitirles desmantelar las barreras defensivas que estas familias necesariamente armaron contra ella.
    Esto significa que la sociedad tiene que asumir la función de reconocer el daño causado y sus consecuencias y responsabilizarse de él, para relevar a los familiares del desaparecido o ejecutado de sentirse los únicos depositarios en la búsqueda de verdad y justicia. Importante es despolitizar este proceso, para neutralizar la cómoda reacción social de reducir el problema a un asunto de grupos marginales.
    Presentado en el II Seminario de la Región del Maule, Linares, 16 al 19 de enero de 1991 y publicado en
    el Libro “Derechos Humanos, Salud Mental, Atención Primaria: Desafío Regional”. Pág. 203:210.
    Colección CINTRAS.

     

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    Trauma y duelo. Conflicto y elaboración

    Lucila Edelman
    Diana Kordon

    Trauma

    No es nuestro interés en este artículo realizar una discusión acerca de las diferentes concepciones con las que tanto el psicoanálisis como la psiquiatría han encarado la problemática del trauma psíquico y de sus consecuencias, denominadas entre otras formas como stress postraumático, neurosis traumáticas, etc.

    Nos limitaremos por lo tanto a mencionar los conceptos más básicos, para dedicar nuestra atención a las características particulares de la situación traumática por la que han atravesado y atraviesan las personas afectadas por la represión política y la impunidad.

    Se puede tomar el concepto de trauma como el de una “experiencia que aporta en poco tiempo un aumento de excitación tan grande a la vida psíquica que fracasa su liquidación o elaboración por los medios normales o habituales, lo que inevitablemente dará lugar a trastornos duraderos en el funcionamiento energético”.(1)

    Esto puede darse por un solo acontecimiento muy violento o por la suma de varios acontecimientos, alterando la economía del psiquismo y los principios que rigen la vida psíquica.

    En este caso, al igual que en otras definiciones, se pone el centro en la magnitud del estimulo traumático, en relación con el efecto desorganizador que produce sobre el psiquismo.

    Por su parte Laplanche (2) define a las neurosis traumáticas como aquellas en que los síntomas son consecutivos a un choque emotivo, ligado a la situación de amenaza a la vida o integridad del sujeto, donde el trauma posee parte determinante en el contenido de los síntomas (pesadillas, repetición mental del hecho traumático, reacción de angustia automática con gran compromiso somático y neurovegetativo: palpitaciones, sudoración, ahogos, cólicos, etcétera).

    Desde la psiquiatría, el DSM-III-R define también el trastorno por stress postraumático como aquel que sigue “a un estado existencial extraordinario (guerra, catástrofe) y se caracteriza por ansiedad, pesadillas, agitación, y en ocasiones depresión”.(3) Como criterios diagnósticos para el mismo establece que el sujeto haya experimentado “un suceso que está fuera del rango de las experiencias humanas habituales y que seria en extremo traumático para prácticamente cualquier persona (por ejemplo seria amenaza a la propia vida o integridad física; seria amenaza o daño a los hijos, al cónyuge o a otros familiares o amigos cercanos; destrucción súbita del hogar o de la propia comunidad; o presenciar un accidente o acto de violencia física, como consecuencia del cual una persona está sufriendo o acaba de sufrir daños graves o la muerte)”.(4)

    Es decir, que en estos casos se pone el acento en situaciones que puedan significar un riesgo a la vida o a la integridad física del mismo sujeto o de otros.

    Es importante destacar que en el concepto de trauma, además del acontecimiento traumático per se y de las condiciones psicológicas del sujeto, interviene la situación efectiva, (5) entendiendo por tal las circunstancias sociales y las exigencias del momento.

    Ya en 1919 en Introducción al simposio sobre las neurosis de guerra (6) Freud hablaba de un yo que se defiende de un peligro real, un peligro de muerte presente en la etiología de estas neurosis. Más tarde, en 1926 (7) describirá un tipo de angustia presente ante un peligro exterior real.

    La descripción de la etiología y psicodinamia de las neurosis de guerra (donde el factor sexual no se hallaba presente como en las neurosis transferenciales) y el concepto de angustia real abrieron, desde el psicoanálisis, el reconocimiento a aquellas situacio­nes de la vida social que por sus características constituyen una amenaza para la vida de los sujetos y una fuente de producción de sufrimiento psíquico.

    Desde nuestra experiencia clínica hemos observado un am­plio rango de respuestas ante la situación traumática. Si bien el impacto emocional siempre es de magnitud tal que nadie puede dejar de considerarlo como una situación límite, en ocasiones no encontramos respuesta patológica; por el contrario hemos visto conductas de adaptación activa a la realidad incluso en personas en que estas conductas, por diversas características psíquicas y sociales, hubieran resultado impensables. No consideramos que el pasaje por la experiencia traumática derive necesariamente en patología, y cuando ésta se da presenta un alto grado de variabilidad individual.

    Creemos por lo tanto que la problemática del trauma está vinculada no sólo al monto desestructurante del estímulo, sino también al sentido que este adquiere para cada persona, y a la posibilidad de encontrar o mantener apoyos adecuados para el psiquismo. Pero tanto el sentido individual del trauma como la posibilidad de mantener u obtener los apoyos adecuados están vinculados en estos casos al procesamiento social de la situación traumática. Esto desde ya vinculado a las series complementarias de cada sujeto.

    El efecto traumático está dado porque queda un remanente de angustia sin simbolización, no representable con palabras.

    Ciertos hechos puntuales, en los que se expresa concentradamente la situación de impunidad, funcionan como un segundo estímulo, que puede activar la aparición de angustia automática y dar lugar a la emergencia de síntomas.

    Hemos observado en los familiares de desaparecidos un predominio de la sintomatología correspondiente a la serie depresiva (trastornos timicos. hipobulia, insomnio, pérdida del apetito, pérdida de peso y enfermedades somáticas).

    En muchas personas que estuvieron desaparecidas y/o dete­nidas y fueron liberadas encontramos un predominio de síntomas relacionados con la vivencia de la repetición del hecho traumático.

    En nuestra experiencia hemos observado una gran variedad de síntomas en nuestros asistidos; señalaremos aquellos que por su frecuencia o gravedad nos resultan más significativos;

    —   Repetición mental del hecho traumático: ya sea como sueño angustiante (pesadilla) con despertar brusco e importante repercusión neurovegetativa, ya sea como vivencia de repetición desencadenada por algún estimulo externo asociable al hecho traumático (sirenas, presencia de personal policial o militar, timbres o ruidos violentos durante la noche, etc.).

    —   Conductas evitativas en relación al hecho traumático: abandono de actividades e intereses que se relacionen directa o indirectamente con el hecho traumático (actividades o intereses políticos, gremiales o culturales. En estos casos la evitación se encontraba reforzada por el riesgo real que Implicaba desarrollar estas actividades); abandono de los grupos de pertenencia habituales; retracción o inhibición de la vida social.

    —   Suspensión o abandono de proyectos vitales: estudios, casamiento, hijos. Este fenómeno fue particularmente frecuente y estaba en relación directa con la indefinición que conlleva el status del desaparecido. Los familiares no podían decidir proyectos vitales en tanto la situación del ser querido permanecía indefinida.

    —   Trastornos del humor, mal humor, irritabilidad, ataques de ira.

    —   Trastornos del sueño: insomnio, hipersomnia.

    —   Sentimientos de impotencia.

    —   Sentimientos de hostilidad.

    —   Descompensaciones psicóticas.

    —   Trastornos somáticos severos: trastornos cardiovasculares, cáncer.

    Pero consideramos que el listado de síntomas poco dice so­bre lo que ocurre. Lo importante es el sentido que estos síntomas tienen, la multideterminación presente en ellos y el lugar que lo social ocupa en los mismos. Citaremos algunas viñetas clínicas y posteriormente algunos ejemplos.

    La presencia de un patrullero de la policía frente a la casa de los padres de un desaparecido activa la vivencia de repetición del hecho traumático en la madre del mismo, a la vez que constituye una amenaza real a la integridad de la familia, dado que se encontraban haciendo gestiones para averiguar el paradero de su hijo, cosa que implicaba un claro riesgo de muerte. (El sistema de las desapariciones funcionaba como un tabú; quien acusara recibo de esto, hiciera denuncias o solamente hablara del tema, también podía desaparecer.)

    Una persona que había estado secuestrada, y había tenido un hijo en cautiverio, ante la presentación en un programa televisivo, de los adolescentes secuestrados por Miara, tiene una crisis de pánico que la paraliza y que sólo cede muchas horas después a través de la contención de su familia.

    Los sentimientos de impotencia y hostilidad fueron más frecuentemente observables en los padres, así como también las depresiones narcisisticas más severas y los trastornos somáticos más graves. Pensamos que esto se debe en buena medida a la función de protección de los hijos que, en nuestra sociedad, tradicionalmente se le asigna al padre. Esto a su vez se articulaba con la campaña oficial de inducción psicológica que culpabilízaba a las víctimas y a sus familiares. (8)

    En el caso de los familiares de desaparecidos, el trauma presenta la excepcional característica de su prolongada duración. Durante muchos años predominó la incertidumbre sobre el status del desaparecido y luego, lenta y penosamente, se impuso la evidencia de que habían sido asesinados. Este cambio de significación fue en sí mismo un complejo proceso para los familiares y para el conjunto social, dado que durante la dictadura militar parte de los desaparecidos se encontraban vivos en campos de concentración y oficialmente se inducía a negar que existieran desaparecidos, y/o darlos por muertos, aun cuando había eviden­cias de que la realidad era otra. Años después, con el fin de la dictadura y durante los primeros años de gobierno constitucional, las expectativas de hallar a los desaparecidos se desvanecieron ante la prueba de la realidad, pero darlos por muertos implicaba acatar el mandato de la dictadura.(9)

    Un párrafo aparte por su importancia merece el tema de la impunidad. Los autores ideológicos y materiales de las desapariciones y del terrorismo de Estado en general se encuentran impunes en la actualidad. En nuestra práctica asistencial hemos observado cómo con cada nueva medida política o jurídica relacionada con la impunidad recrudecen en muchos de nuestros asistidos la angustia o la sintomatología antes descripta, o se genera una oleada de nueva demanda asistencial, expresándose así una vez más lo social a través de lo individual.

    La impunidad también incide en que muchos afectados se sientan portadores de una historia traumática que no puede ser compartida con los otros. Esto se traduce en vivencias de exclu­sión, aislamiento o resentimiento con respecto al entorno y en una tendencia frecuente al encierro en grupos de pertenencia con la misma problemática.

    Muchos adolescentes, hijos de desaparecidos, no encuentran en el contexto social, debido a la impunidad, el continente necesario para el apuntalamiento de su identidad. Si bien no deben ya ocultar su historia, como ocurría durante la dictadura, las condiciones externas dificultan que la situación traumática pase a ser sólo recuerdo no traumático. Desde ya que para ellos la elaboración de la situación es sumamente compleja, pero la impunidad agrega un nuevo factor: como no desean verse marginados por sus pares, optan por el silencio, aunque sea al costo de pérdidas importantes del sentimiento del si mismo o del debilitamiento de sus vínculos interpersonales.

    Duelo

    Consideramos el duelo como el proceso posterior a una pérdida significativa, ya se trate de “un ser amado o de un ideal o abstracción equivalente”; (10) proceso cuyo objetivo es metabolizar el sufrimiento psíquico producido. El psiquismo realiza un penoso trabajo de elaboración que permite que, finalmente, la persona pueda inscribir como recuerdo al objeto perdido y recuperar el interés por el mundo externo.

    El proceso de duelo se efectúa a partir del reconocimiento del principio de realidad que, aunque rechazado inicialmente. termina por imponerse.

    En el caso de una muerte, después de un primer momento de renegación de la percepción, el aparato psíquico utiliza el juicio de realidad que le permite discriminar las categorías presencia-ausencia y puede ir dando a la condición de ausencia una cualidad definitiva, tratando de acomodarse poco a poco al despegamiento que tendrá que operar respecto del objeto que pierde. Este proceso es lo que denominamos desinvestir un objeto que estaba previamente investido.

    En el caso de pérdidas transitorias, igualmente se produce un proceso relativo de desinvestimiento, ya que quien volverá seguramente no será el mismo ni tampoco quien lo reciba. Pero la certeza del retorno es un indicador de la realidad frente al cual la persona puede elegir diferentes opciones, por duras y difíciles que éstas sean.

    Aunque actualmente trabajamos con personas que tienen que elaborar duelos, por diferentes tipos de pérdidas significativas, queremos insistir en las particularidades que presenta la situación de desaparición, dado el peso que esta problemática tiene, por su calidad y cantidad, en la sociedad argentina, y por la incidencia que a su vez tiene sobre la elaboración de ciertos duelos que, por una u otra razón, tienen puntos de coincidencia. Por ejemplo, personas que han tenido pertenencia a grupos socia­les en los que ha habido desapariciones, al tener que procesar posteriormente una pérdida significativa no ligada a este tipo de circunstancias, presentan un duelo patológico prolongado, derivado de la irrupción de la situación traumática producida por las desapariciones, y que había sido renegada en su momento.

    En el caso de la desaparición se produce una situación de incertidumbre en relación al destino del desaparecido. La situación de presencia-ausencia simultáneas, la falta de referentes en cuanto a lo ocurrido y lo por ocurrir, crea una zona de ambigüedad psicotizante que se ve reforzada por la impunidad de los “desaparecedores”. La ambigüedad impide utilizar el principio de realidad para indicar al psiquismo una dirección precisa en la cual realizar el trabajo elaborativo.

    Si bien en el proceso normal de duelo hay primero una resistencia a aceptar la pérdida, hay rabia, impotencia, no se quiere creer, no se puede creer; en este caso no se sabe qué es lo que se debe aceptar, cuál es el carácter de la pérdida. Esto tiene un efecto desestructurante para el psiquismo, y confusionante para quien tiene que acompañar el proceso de elaboración.(11)

    Vale la pena recordar que cuando se trata de elaborar una muerte, la presencia del cuerpo es un elemento importante que ayuda a salir de los mecanismos renegatorios. Por otra parte, en el caso de que tratamos no existen certificados, ni se pueden realizar los rituales funerarios. El papel de los ritos funerarios es tan importante que no se conoce cultura que prescinda de ellos.

    En la actualidad, el hecho de que se encuentren en libertad todos los genocidas opera al modo de una renegación; en tanto al no haber culpables sancionados se induce a tachar de la historia la existencia de victimas. Los asesinos en libertad funcionan socialmente a manera de desmentida de la existencia de delitos de lesa humanidad.

    Frente a la situación traumática, frente a la ambigüedad psicotizante, los familiares, especialmente las madres, producen una respuesta social organizada.

    La construcción de esta respuesta tuvo incidencia en el pro­ceso elaborativo del duelo. Frente a los modelos y enunciados inducidos desde el poder, se desarrolla una práctica social, práctica de resistencia y discriminación que pone de manifiesto en la escena pública aquello que se intentaba desmentir. La actitud transformadora de la realidad tuvo un efecto directo en quienes protagonizaron el movimiento social, pero también en el conjunto de los familiares, y desde ya en el cuerpo social en su conjunto.

    Este movimiento social tuvo incidencia en la elaboración personal de la pérdida. El duelo, además de su aspecto personal, privado, íntimo, tiene siempre también un carácter público y social. En este caso, la generación de un consenso social contrahegemónico ayudó a construir las representaciones sociales necesarias para definir el principio de realidad que oriente el proceso de duelo. Fue la práctica social la que instaló públicamente la figura de la desaparición. Se construyó así el consenso social necesario para dar status propio a la desaparición: los desaparecidos existían como tales; las pancartas, las fotos en las calles, las siluetas, dan cuenta de un referente construido socialmente que sostiene las representaciones subjetivas; una representación social en la cual se apoya el psiquismo para aceptar ese status específico dado por la desaparición.

    La demanda de justicia, que garantice la existencia del orden simbólico, y más aún, la inscripción de la demanda de justicia en el movimiento social en su conjunto, constituyen un aspecto interno a la subjetividad en la superación del trauma vivido.

    Por otra parte, el grupo que se constituye en función de respuesta social cumple una función que podemos definir como protésica y proteica. Protésica en el sentido que el grupo sirve de apoyo al psiquismo en riesgo de desestructuración. Esta función de apoyo ha sido descrita también por Bettelheim. Cuando se habla en un grupo de espíritu de cuerpo, de cuerpo grupal, de miembros de un grupo, esto está vinculado a un aspecto que en los momentos de crisis, de emergencia, es fundamental para la preservación del psiquismo. El sujeto no está solo, aislado, roto, prisionero de sus fantasías más catastróficas, hay un cuerpo grupal (sustituto de las primeras figuras protectoras) que lo sostiene, lo reconoce como parte de sí, funciona como marco de apoyatura de una identidad, otorga y asegura pertenencia frente a la indefen­sión.

    Además, la participación en estos grupos tuvo una función proteica, en un sentido metafórico, por aquellas transformaciones que podemos definir como de enriquecimiento yoico, operadas en quienes participaron en ellos.

    Notas

    (1) Laplanche, J.; Pontalis, J.-B., Diccionario de psicoanálisis, Empresa Editora Nacional Quimantu Limitada, lera, edición, Santiago de Chile, 1972.

    (2) Laplanche, J.; Pontalis. J.-B., Diccionario de psicoanálisis, páginas 467 a 471.

    (3) Kaplan, H.; Sadock, B., Psiquiatría clínica, página 3, Editorial Médica Hispanoamericana, Madrid, año 1990.

    (4) Kaplan, H.; Sadock, B. op. cit. página 72, tabla 8.

    (5) Laplanche, J.; Pontalis; op. cit, páginas 467 a 471, 1972.

    (6) Freud, S. “Introducción al simposio sobre las neurosis de guerra” en Obras completas, Biblioteca Nueva, 4ta. Edición, Madrid, 1981.

    (7) Freud, S., -Inhibición, síntoma y angustia”, op. cit.

    (8) En una investigación realizada por los doctores Lía Ricón, Julia Braun, Diana Kordon, Lucila Edelman y Darío Lagos, cuantí y cualitativa, sobre cincuenta casos de familiares de desaparecidos hemos comprobado un grado mayor de mortalidad en los padres hombres de desaparecidos en relación al grupo testigo. Por el contrario, no se encontró diferencia en mortalidad entre madres de desaparecidos y grupo testigo. Esta investigación fue de carácter estadístico, no habitual en nuestra metodología. Su realización tuvo enormes obstáculos económicos, sociales y políticos. Una dificultad significativa fue no tener la certidumbre estadística con respecto al número total de desaparecidos, ya que si bien hay aproximadamente unos 9.000 casos denunciados ante la CONADEP, todos conocemos familias que no se animaron a mencionar el hecho. Los organismos de Derechos Humanos consideran que son unas 30.000 las personas desaparecidas. Se calcula que sólo uno de cada tres casos fue denunciado. También fue difícil acceder al listado actualizado de domicilios de los familiares de los desaparecidos.

    En el tema de la mortalidad se tomó como referencia los datos del registro municipal de fallecimientos, teniendo en cuenta el sexo y el grupo etario. No se tomaron vecinos como grupo control, por la desconfianza de la gente a ser interrogada por desconocidos en relación a este tema, y a la falta de hábito para este tipo de investigaciones en nuestro medio.

    Nos preocupó especialmente que las entrevistas tuvieran no sólo un propósito de investigación, sino también de reparación y que fueran por lo tanto adecuadamente continentes.

    La investigación sobre mortalidad confirmó nuestra apreciación clínica, arrojando los siguientes resultados:

    La mortalidad global del grupo de control da casi un 15 %. En el grupo estudiado la mortalidad global es casi del 35 %. El intervalo de confianza va entre el 23 y el 43 %. Si tomamos en cuenta que el límite Inferior del intervalo de confianza es del 23 %, habría una diferencia del 9 % con el grupo control, lo cual de por sí ya es altamente significativo.

    En todo el período entre la desaparición y la realización de la encuesta, la mortalidad de las madres es 1 % menor que la del grupo control (datos catastrales de la Municipalidad de Buenos Aires). Ese 1 % no es significativo porque está dentro del intervalo de confianza.

    Si tenemos en cuenta que prácticamente no hay variaciones entre el grupo de madres muertas y el grupo control, la diferencia está dada por el significativo aumento de mortalidad en los padres: supera el 55 %, siendo en el grupo control del 15 %.

    Causas de muerte de los padres en este periodo: 50 % de cáncer, 30 % de infarto. ACV 15 %, accidente respiratorio 5 %, accidente 0%.

    En las mujeres: cáncer 66,7 %, infarto 16,7 %, accidente 16.7 %.

    Es significativa la muerte por cáncer.

    (9) Kordon, D.: Edelman, L., “Efectos psicológicos de la represión política 1”, en Efectos psicológicos de la represión política, Ed. Sudamericana-Planeta, Buenos Aires: 1986.

    (10) Freud, S.; “Duelo y melancolía”, en Obras completas.

    (11) Estas campañas proponían modelos operacionales y conductuales a \os cuales las personas debían someterse. Su eficacia estaba dada por el monopolio absoluto de los medios masivos de comunicación y por el terror imperante. Para más información remitirse a los artículos: “Observaciones sobre los efectos psicopatológicos del silenciamiento social respecto de la existencia de desaparecidos* y “Efectos psicológicos de la represión política I” en Efectos psicológicos de la represión política de Diana Kordon y Lucila Edelman.