La Esquizofrenia de mi Generación

La Esquizofrenia de mi Generación

La Esquizofrenia de mi Generación

 de Fesal Chaín

 

La Esquizofrenia de mi Generación

 

Vera Schiller, psicóloga judía, tan importante en Ecuador como lo fue Lola Hoffmann en Chile, define la esquizofrenia, entre una de sus tantas explicaciones, como un esquisma, donde la totalidad del ser está dividida, el todo no está conectado con el fluir. Por otra parte afirma que, lo que supera el esquisma es lo tercero, el hijo, el retoño precisamente lo inefable que nace de la fe.

Cuando tenía doce años, comencé a leer Hojas de Hierba de Walt Whitman: “Yo me celebro y yo me canto, y todo cuanto es mío también es tuyo, porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

Lo paradójico de esta lectura que hacía en el ante jardín de mi casa, que no tenía rejas sino una pequeña y larga muralla de ladrillos de unos 50 cms. de alto, es que la realizaba frente la casa de Miguel Krassnoff Marchenko, sí, el mismo, el torturador, el que mató a Miguel Enríquez, aquel que se ensañó con fría racionalidad en Villa Grimaldi con nuestros hermanos y hermanas.

También me acuerdo cuando yo tenía apenas unos 9 años que salí a correr en bicicleta y me caí fuerte, me hice una típica peladura en las rodillas y de repente sentí unas manos extrañas y grandes alzándome del suelo, era el vecino, era Krassnoff, quien trataba de ayudarme. Yo sentí temor, de verdad, un escalofrío, una distancia, que nacía de lo más íntimo de mi ser. Tomé mi bicicleta y salí rápido de sus manos. Mi madre que estaba en el pasaje me recibió con una sonrisa forzada.

No es fácil para mí hablar de esto. No soy culpable de nada, evidentemente. A veces cuando era adolescente culpé a mis padres de haber vivido en ese lugar, a los mismos a los que les hago un homenaje en “La izquierda que queremos hacer”, por sus valores y enseñanzas. Por una cuestión inexplicable, al menos en el campo de lo racional, terminamos después de nuestra huida del sur, viviendo en una Villa Militar, en donde, Krassnoff fue nuestro primer vecino tristemente ilustre.

“Indolente y ocioso convido a mi alma, me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano”. Así escribía mi padre, en Hojas de Hierba, mi padre en la poesía amada. Yo miraba el pasto cuando leía. A veces miraba hacia el frente, la casa de Krassnoff era oscura, tenía humedad en sus paredes exteriores.

Al lado de él vivía una pareja, más vieja, con un hijo universitario, de pelo largo. Eran para el resto de los vecinos, me refiero a los niños con los que yo jugaba a la pelota, extraños. Claro, su casa no estaba arreglada ni hermoseada con piedras laja. Era una especie de selva, de enredaderas y flores enmarañadas. Ellos si bien no habían sido víctimas directas de la tortura, eran disidentes, exonerados. Se habían quedado allí por orgullo, no iban a dejar su casa, aunque al padre lo hubieran echado del Ejército y los vecinos lo apartaran como si fuera un leproso. El hijo salía temprano por las mañanas como escondidas, y no se juntaba con nadie, jamás lo hizo.

La casa donde yo vivía, era arrendada a un oficial que se había ido al exilio, un auto exilio claro está, un día por intermedio de una amiga de mis padres, ellos supieron que este hombre arrendaba su casa muy barata, y que se iba a Venezuela junto a su mujer e hijas. Así llegamos allí.

En ese barrio, que lo había construido Salvador Allende para la oficialidad joven, pasé parte de mi infancia y mi adolescencia. En el pueblito de Los Dominicos, que era en ese entonces el espacio de artesanos pobres y de personajes marginales, conocí a Pedro Mardones, hoy Pedro Lemebel. Con él conversábamos tardes enteras, sobre literatura, poesía y en la plaza, leí sus primeros textos impresos. También hablábamos de lo que sucedía en Chile, sobre nuestros pesares y amores. Nos hicimos amigos y más de alguna vez, o al menos una vez, fue a almorzar a mi casa, en la Villa Militar, imagínense un joven un tanto jipi, entrando al pasaje marcial con un hombre como él, que por ese entonces era menos llamativo en su vestir y gestos, pero seguía siendo Lemebel, sólo que con 30 años menos.

En esa Villa militar, conocí a muchos hijos de torturadores o de jefes operativos de la DINA, de la CNI y SIM. A los Schmied, a los Derpich, a los Morales, a las hijas de Krassnoff. También conocí, al otro lado de la plaza, a los militares que pertenecían a la Escuela Politécnica, hombres más preparados y que por ningún motivo se juntaban con los Ceneí. Los llamaban locos, enfermos, nunca asesinos, pero si los adjetivaban muy mal. Me acuerdo mucho del hijo de Manuel Concha quien fuera Ministro de Economía de la dictadura, era un joven extremadamente inteligente y sagaz y que tenía un primo Sociólogo con el que discutíamos ambos, ya más sueltos de cuerpo, en las postrimerías de la dictadura.

Abajo de la plaza vivían las familias de la FACH. En 1978 cuando Leigh fue defenestrado, todos los niños que yo conocí se fueron. Ellos y ellas eran lo más parecido a la normalidad, a la cultura democrática del barrio, si así se puede decir. Las mayores, unos 5 años o quizás diez más que yo, se acordaban de Angela Jeria, de su hija Michelle y del General Bachelet y los nombraban en silencio. Raramente, Michelle Bachelet era una especie de fantasma que, sin ánimo de idealizarla, ciertamente inundaba las conversaciones secretas, por las calles y veredas.

Les parecerá extraño que yo sienta cierto orgullo de haber vivido en aquel lugar. No crean que no lo pasé muy mal, me fue tremendamente difícil y se que a mis padres también. El mandato en la casa era nunca decir lo que pensábamos, así aprendí desde los 8 años, el rigor de la clandestinidad. Nunca en los 8 años que estuve allí dije nada, nada que delatara mi manera de pensar o la de mi familia.Probablemente una vez algo dije y de cierta manera pasó como el viento.

Pero a la vez conocí la tremenda variedad humana, conocí a los militares de mi país, a sus familias, a los torturadores y a los que no lo eran y que sólo eran militares profesionales,y también conocí a los disidentes de la familia militar en sus distintos grados, día a día, en sus emociones y alegrías, en sus miserias y cotidianidades. Conocí a la izquierda más valiente en ese barrio, la misma que después atentara heroicamente contra Pinochet, conocí a los escoltas antes que murieran, porque eran los mismos que “cuidaban” al General Valenzuela, Subsecretario general de Presidencia bajo la dictadura y que era el vecino a la mano derecha de Krassnoff, el mismo que lloraba como Magdalena cuando triunfó el NO.

Y a mi casa entraron y salieron algunas personas que justamente gracias a que vivíamos allí, salvaron sus vidas, se escondieron en la boca del lobo y gracias al dios de los perseguidos y humillados, hoy son mujeres y hombres que siguen luchando y defendiendo las injusticias y creando obras de bien. Ellas ni siquiera saben quiénes éramos los de esa extraña casa de luz, flotando en medio del infierno y la muerte de los suyos, de los nuestros.

Quizás por todo esto y lo digo con sinceridad y sin ningún ápice de soberbia, es que al igual que mi padre poético, Whitman, al que leí junto a Pablo Neruda, en los 8 años de la Villa militar, es que a veces me considero que “…soy el poeta del cuerpo y soy el poeta del alma, (que) los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo (que) los primeros los injerto y los multiplico en mi ser (y que ) los últimos los traduzco a un nuevo idioma”.

Bastante antes del triunfo del NO, nos fuimos de aquel barrio, del que tengo malos y buenos recuerdos, como los tengo de mi país. Nunca dejamos ninguno de la familia, de ser de izquierda (y no es una defensa) sino todo lo contrario, creo que potenciamos dicha postura, dicha fe y modo de vida al conocer la pobreza y la tristeza de aquellos que fustigaron a la patria, durante décadas.

También aprendí en ese periplo por el cielo y el infierno, que la vida esta llena de paradojas y grados entre el blanco y el negro y que los que nos dominaron a sangre y fuego y con crueldad, no eran más que seres humanos, algunos imperdonables por los siglos de los siglos, otros solo tristes esbirros, otros como cualquier chileno, indiferentes al dolor y cómplices en su profesionalismo, apegados al “trabajo”. Y entre ellos, algunos, los minoritarios como yo y mi familia, disidentes y opositores a la barbarie, presos de conciencia, como ese vecino triste, con sus dos padres encerrados en la casa de las enredaderas y las flores, militares de honor en la tristeza del exilio interior.

El esquisma que yo viví en los años más importantes de la formación de un ser humano, donde la totalidad del mi ser estuvo dividida, donde el todo humanista, no estuvo conectado con el fluir de la vida, lo superé con el nacimiento del retoño de mi poesía, que me permitió unificar el cielo y el infierno como parte de la vida misma como un todo y gracias a mi fe en que ganaríamos, en que la oscuridad y la maldad retrocederían y sucumbirían, en que los hombres y mujeres de buena voluntad, los mayoritarios, amantes de la justicia, de la igualdad y del amor, triunfaríamos sobre el horror. En gran medida así fue.

 

La Primavera de Chile. Documental completo

La Primavera de Chile. Documental completo
Publicado el 13 jul. 2013

Título Original: La primavera de Chile
Título en Inglés: Chilean spring
Duración: 102 minutos
Soporte: Digital

Producción: Cristián del Campo — Gastón Muñoz

Dirección y Guión: Cristián del Campo Cárcamo

Producción Ejecutiva y Distribución: Elena Varela

Producción en terreno: Marcelo Dauros, Mauricio Castro, Mario Venegas, Cristián del Campo
Investigación periodística: Julio Candia
Colaboración Guión: Marcia Pozzo, Julio Candia, Hugo Fuentes
Cámara: Mauricio Castro, Juan Pablo Araneda, Alex Ramírez, Cristián del Campo
Edición y Montaje: Hugo Fuentes, Cristián del Campo
Arte y Diseño: Marcelo Dauros Pantoja
Postproducción: Marcelo Arriagada

Agradecimientos:

Radio Universidad de Chile
Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, ACES
Confederación Nacional de Estudiantes Secundarios, CONES
Confederación de Estudiantes de Chile, CONFECH
Federación Nacional de Pobladores, FENAPO
Confederación de Trabajadores del Cobre, CTC
Colegio de Profesores de Chile A.G.
Fundación Progresa

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  • CRÍTICAS Y ESTUDIOS
    La Primavera de Chile o el bloqueo cognitivo
    Por Colectivo Miope

    La Primavera de Praga fue un momento crucial en la liberación política y social donde Checoslovaquia le hizo frente al avasallador totalitarismo comunista que le pretendía imponer la ex-URSS.  Ahora, ésta alusión floral, respecto a Chile, estaría básicamente en consonancia con la misma idea de resistencia social pero en función a otro sistema económico –basado en el libre mercado– impuesto, mantenido y defendido por todo el espectro político -con intereses en juego- a lo largo de los últimos 30 años.

    La Primavera de Chile despliega a lo largo de casi dos horas un desfile de rostros queribles, como lo son los voceros estudiantiles. También otros más rabiosos, aquellos portadores de cierta misión con causas puntuales, más que con la trinidad de conceptos que defiende el estudiantado.

    Y, aunque el movimiento aludido como tal efectivamente posea todas las características de la analogía desenfundada en torno al replanteamiento duro del paradigma económico en ejecución, el largometraje logra escasamente aportar algo más a la reflexión profunda del asunto, confiando escuetamente en el abanico de argumentos cercados y por lo tanto, mucho menos aún, plantear -o al menos insinuar- rutas para los desafíos futuros del estancado embrollo. Es más bien una constatación sintética y cadenciosa, y pulcra eso sí. Una tibia cronología de sucesos con la expositiva intervención del dirigente, vocero, intelectual o experto afín.

    Evidentemente las autoridades oficiales son retratadas mediante un menesteroso material de prensa como -lo que supuestamente son- figuras rígidas, ultraconservadoras, opacas, poco dispuestas a escuchar, con discursos y planteamientos mecánicamente enarbolados. Sujetos poco empáticos, sin alma. Ontológicamente despreciables. Todo legítimo, pero claro, sin permitirse acceder a su voz en ninguna distendida conversación frontal que si gozan el resto de los participantes. Es decir, se hace imposible siquiera osar cuestionar lo fríamente dispuestos o al menos a darle una vuelta, darle un respiro y acceder a ideas que los discursos oficiales por su misma lógica eficiente y sobria no lo permiten. En definitiva, en La Primavera de Chile se asume que la repetición -a modo de mantra- fortalece esa hipótesis de trabajo que jamás se pone a prueba, ni menos aún, obvio, con el latente riesgo que involucra un debate.

    Aquí los razonamientos son unilaterales, su fuerza –como en la acción popular– al final del día se basa en la presión física, la ocupación y la soberbia convicción de que “lo que hacemos es lo correcto” y por tanto requiere radicalizaciones múltiples, eventuales atropellos, aceptación per se. Todo la disposición de elementos en este simulacro narrativo hace suponer –paradójicamente- que La Primavera de Chile no cree en su pueblo, no cree que éste pueda ejercer el pensamiento crítico, no cree que sea conveniente entregarle las elementos que -a través de un medio popular como lo es el cine- el individuo pueda sacar sus propias conclusiones, oxigenar su juicio, ser ciudadanos y no un par de piernas y gargantas útiles en determinado momento.

    Sin duda que el metraje apunta certeramente los aspectos fundamentales del movimiento acaecidos durante el 2011 a modo de reporte “objetivo” y además toca tangencialmente aspectos incluso más interesantes y particularmente idiosincrásicos que le dan personalidad al problema, como lo fueron las performances creativamente pop en público, las marchas carnavaleras, los eventos pachangueros masivos, el majadero uso retórico del rock pesado en la represión policial, y bueno, no mucho más.

    No adherir cabalmente a estas alturas a esta amalgama de fuerzas sociales que abogan por una educación de calidad, gratuita y sin lucro es prácticamente considerado una herejía, es decir, atreverse a ponderar la información, las circunstancias, los argumentos… básicamente pensar por sí mismo. Al parecer lo que se necesita hoy es el vitoreo instintivo, el apoyo irrestricto y acrítico a cualquier slogan que apele a la olvidada familia linchada por los pagarés de una institución que no le garantiza nada al educando, que lo ve como un número y mano de obra barata estratégicamente funcional a la nación en supuesto desarrollo.

    Más allá de que sea el “primer” documental sobre el movimiento –un término que en sí induce a desconfiar de la fuerza interna del despliegue de los contenidos–, sería saludable que esto sirviera para profundizar en base a lo que se supone que el cine puede lograr y que lo diferencia de otras manifestaciones audiovisuales, es decir, lograr acompañar un proceso determinado en base a una cierta intimidad, a un acceso único, nunca antes visto, en la profundización de los anhelos y desafíos más particulares. En las revelaciones que puede otorgar enfrentar una oposición específica, en encontrar aquella pulsión y valor en personajes en los que nadie confía ni conoce. La Primavera de Chile no roza en más de un par de escenas algo de esto. No construye personajes (pues los personajes están construidos ya), no revela nada que no sepamos ni se propone poner a prueba la tesis con la que parte y nunca se atreve a problematizar.

    De esta manera la propuesta aquí planteada tal vez sirva para expandir el “espíritu” reformista que reacciona efectivamente ante el abuso ejercido contra los más desprotegidos y, con ello, decirle al mundo que Chile se moviliza, que se une en torno a una serie de prácticas y que no tolera la prepotencia del capital. Pero, internamente, cinemáticamente, narrativamente, es apenas un primer y tibio paso respecto este gran tema. Luego, entonces, y por eso mismo, solo puede ser una formidable oportunidad para no anquilosarse en el irrelevante acopio de los hechos e imágenes que hoy por hoy abundan, redundan, cansan y sobran.

    Algunas interrogantes que quedan:

    ¿Qué pasa con los carabineros encapuchados? ¿De donde surge esa infame estrategia de boicot, si es que existe? ¿Cómo enfrenta un carabinero su función para con los estudiantes sabiendo que su profesión nace -por lo general- de la carencia de medios para un futuro que realmente desarrolle sus aptitudes? ¿Cómo se entrena un carabinero para abordar la represión? ¿Cree en su rol, puede optar? ¿Cómo aborda el dilema un estudiante con la necesidad de manifestarse si carga una tradición uniformada? ¿A qué le teme tanto la elite dominante? ¿Sólo a perder su poder, su influencia y sus negocios? ¿Por qué ésta cree con –supuesta– reflexiva convicción que su modelo ofrece más oportunidades de desarrollo integral a los ciudadanos? ¿Se niegan al cambio por que creen que una población educada, reflexiva, crítica abusará de su nuevo estatus a modo de venganza clasista?

Training Torturers: The School of the Americas

Training Torturers: The School of the AmericasMarjorie CohnIn the most developed countries (France, the United States), some terrible schools have trained soldiers for years to the subtleties of the cruellest torture techniques. Marjorie Cohn is studying the School of the Americas history from where have come out some terrible war criminals. To limit the spread of Communism in the 60s and the 70s, the United States has supported the biggest Latin American dictatorships by training their leaders to counteract the enemies of the regime. Almost 60 000 soldiers, officers and civilians had become torturers experts when they went out of the School of Americas. Today, the school activities remain unclear. No investigation has been opened to highlight the managers responsibilities.Importing torture techniques it had used in the Phoenix program in Vietnam – including waterboarding, electric shock, assassination, kidnapping, and summary execution – the United States trained Latin American strongmen how to maintain control. Manuals that explained how to use torture to neutralize enemies were brought to the School from the U.S. Army intelligence training center at Fort Huachuca, Arizona. “The U.S. Army School of the Americas … is a school that has run more dictators than any other school in the history of the world.” – Representative Joseph Kennedy [1]A few years ago, during a visit to Buenos Aires, I visited the Plaza de Mayo. Old women carrying large photographs of their dead children marched around the square as they have done every Thursday since April 1977. One woman told me how her 18-year-old daughter, clad in a nightgown, was abducted in the middle of the night. She had criticized government policies at the university. Her body was found near a creek. Other women related stories of how their children were “disappeared” and tortured. These mothers continue to demand that the military tell them what happened to their loved ones. During the time they were kidnapped, the United States supported the Argentine dictatorship in its “dirty war.” In the late 1970s and early 1980s, Leopoldo Galtieri led the military junta in Argentina, when some 30,000 people were disappeared and killed. Galtieri was a graduate of the School of the Americas.A School for CounterinsurgencyThe School was established in 1946 in the Panama Canal Zone; it was called the Latin American Training Center-Ground Division. In 1963, it became the U.S. Army School of the Americas. It suspended operations in September 1984 pursuant to the 1977 Panama Canal Treaty. The School of the Americas (SOA) reopened three months later at Fort Benning, Georgia, where a U.S. military base is located. Due to negative publicity about the School, SOA was cosmetically renamed Western Hemisphere Institute for Security Cooperation (WHINSEC) in 2001.Since it opened, more than 59,000 military, police, and civilians from 23 Latin American and Caribbean countries have been trained at the School. Many went on to disappear, torture, and murder their people. “In fact,” according to a 1995 Los Angeles Times editorial, “it is hard to think of a coup or human rights outrage that has occurred in [Latin America] in the past 40 years in which alumni of the School of the Americas were not involved” [2].During the Cold War, the United States used Latin American dictatorships as proxies to counter revolutions and keep the region “safe” from communism. The 1959 Cuban revolution, the 1970 election of Salvador Allende in Chile, and the 1979 Nicaraguan revolution were pivotal moments for the anti-communist U.S. foreign policy in Latin America.Another significant development that influenced U.S. policy was Vatican II in the early 1960s, which led to reform in the Catholic Church and liberation theology. In a break from past practice, the church began to align itself with the poor, focusing on inequality that led to hunger and misery. This is the role the church played in Guatemala in the mid-1980s, which led to the kidnapping and torture of Sister Dianna Ortíz, described below.The United States armed military governments, provided them with money and loans, and used diplomatic pressure and threats to ensure loyalty to U.S. interests. Training military tyrants to repress their own populations was cheaper and easier than sending in U.S. troops. The primary goal of the United States in Latin America during this period was to maintain stability for U.S. investment.Importing torture techniques it had used in the Phoenix program in Vietnam – including waterboarding*, electric shock, assassination, kidnapping, and summary execution – the United States trained Latin American strongmen how to maintain control. Manuals that explained how to use torture to neutralize enemies were brought to the School from the U.S. Army intelligence training center at Fort Huachuca, Arizona.As the United States supported these dictatorships and trained them to use vicious tactics against their people, both sides enga

Origen: Training Torturers: The School of the Americas

a nuestros hijos no los buscó nadie, porque ellos eran cómplices de los militares.

10-8-2013|12:15|DERECHOS HEBE DE BONAFINI
…a nuestros hijos no los buscó nadie, porque ellos eran cómplices de los militares. Ellos sabían todo, incluso donde estaban. Yo fui a denunciar que mi hijo estaba en la Comisaría 5ta y les pedí que por favor fueran a buscarlo. Y un juez me dijo: “No, señora, yo no voy, porque si entro y los matan a todos, la culpa de la muerte de su hijo va a ser mía”. Eso me contestó el juez [Héctor Carlos] Adamo de La Plata. Increíble. Una iba a contarles a los jueces lo que se iba enterando y estos desgraciados no hacían nada. Entonces yo fui a la Comisaría y entré a los gritos porque me dijeron que mi hijo estaba ahí. Me dieron una paliza terrible y me sacaron a la calle. No es lo mismo que vaya un juez a que hubiera ido yo. No sé si los íbamos a salvar, no lo sé, pero esa es la justicia que tuvimos. Más que Justicia, era Injusticia.

¿Las cosas podrían haber sido diferentes con otro tipo de jueces?

La complicidad cívico-militar las Madres siempre la denunciamos, tiene que ver con eso. Los militares no se mandaron solos. Si no hubieran tenido jueces tan corruptos, que todavía están hoy algunos en actividad, los 30.000 desaparecidos estarían vivos. O al menos, si no hubieran sido tan corruptos, muchos se hubieran salvado.

El 23 de septiembre de 2010 la Asociación Madres de Plaza de Mayo hizo un juicio ético y político a los jueces cómplices de la dictadura.

Sí, lo hemos hecho varias veces. Al no haber juicios, mucho antes del 2010 empezamos a desenmascarar a los cómplices. Hicimos el primero en la época de Alfonsín, le hicimos un Juicio a las Juntas en la Plaza. Después uno en Quilmes a los médicos, donde estaba [Jorge Antonio] Bergés, un médico de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Más adelante hicimos otro en La Plata justamente para hablarle a Adamo. Y ahora les hicimos uno a los cómplices de la Justicia[1], la Iglesia y el periodismo. Siempre hacemos juicios éticos porque sentimos que ya que no conseguíamos que caminara la justicia había que visibilizarlo, para que la gente supiera que cuando decís que era una dictadura “cívico-militar”, quiénes eran los “civiles”.

En diciembre se cumplen 30 años de la creación de la CONADEP. ¿Cuál fue la posición de la Asociación en aquel momento?

Nosotras no estuvimos de acuerdo, porque primero ante los tribunales ya había de todo. ¿Qué necesidad había de investigar todo otra vez por un camino no judicial? Pero claro, Alfonsín pensaba inventar todo un aparato para demostrar que estaba haciendo algo. La CONADEP tuvo cosas muy jodidas. A mí me llamaron para preguntarme en qué agrupación estaban mis hijos, no para buscarlos, y yo les dije que no les iba a decir, porque encima se los llevaron por revolucionarios.

¿Qué significó la llegada de Néstor Kirchner al gobierno de la Nación?

Bueno, como que llegó El Salvador, “el salvador de la Patria”. En realidad, en un primero momento no nos dimos cuenta. Yo creo que todavía no nos dimos cuenta de todo lo que hizo. Todavía no nos dimos cuenta de todos sus discursos. Yo cada vez que los leo digo “¡Ésto no lo escuchamos! ¿Cuándo lo dijo?”. Me cuesta recordarlo. Por eso ahora a Cristina la escucho con tanta atención, porque a Néstor no lo escuchamos con mucha atención y dijo cosas importantísimas. Era como natural todo lo que hacía. Y no, porque las cosas que dijo fueron de muchísima profundidad. Él me quería mucho, siempre me acariciaba y me decía: “Seguí siendo así tan… -¿cómo me decía?- políticamente incorrecta”.

Las Madres se involucraron activamente en la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual…

Los medios siempre estuvieron en contra de las Madres, no sé a favor de quién pero en contra de las Madres siempre. Nos dilapidaron, nos ensuciaron. Para nosotras nunca existieron los grandes medios de comunicación. Por eso tenemos una radio, por eso tenemos una revista, tuvimos un diario, tuvimos que inventar todo eso para que nos visibilizara la gente. Sino, éramos invisibles. Si hubiese sido por los medios éramos invisibles. A las Madres nos dieron cualquier cantidad de honoris causa en Europa, aquí, en todas partes. ¿Alguna vez salió publicado? No. Nunca sale nada, tampoco yo hago lo que hago para salir en el diario.

¿Qué opina sobre el proceso de integración regional que ha vivido en la última década Sudamérica?

Es impresionante. Yo soy muy amiga de todos los presidentes de la región. A Correa Néstor lo conoció porque yo lo traje, Correa siempre me iba a escuchar cuando yo iba a hablar a Ecuador. Fui una gran amiga de Chávez. Lo mató el laburo, el trabajo, toda la corrupción que tenía siempre encima, los problemas que tenía que solucionar. Los quiero mucho a ellos. A Evo ni te cuento, lo conozco de cuando caminaba desde las minas. Así que me parece importantísima la unidad de la región, el surgimiento de la UNASUR. Porque al final se está logrando lo que buscaban nuestros hijos, ¿no?, la unidad latinoamericana.

¿Cuál es su opinión sobre el reciente proceso de democratización de la justicia?

Me parece maravilloso y necesario, es una experiencia que va a ir mucho más allá de nuestros juicios éticos y políticos. Está basado en principios democráticos impresionantes, que nunca imaginábamos que llegarían a la Justicia argentina. Toda esta democratización de la justicia y el avance que se pueda lograr en los diferentes ámbitos es en beneficio de todos. De los pibes, de las víctimas del gatillo fácil, de tantos grupos. La verdad es que yo ni soñaba con ver ésto que estoy viendo. El otro día cuando estuve con Cristina le dije “Mirá, Cristina, aunque a vos te parezca mentira las Madres estamos siendo felices. No soñábamos con ser felices y uno tiene felicidad porque peleamos tantos años por esto y ahora ver que la Justicia se va a reformar, que los juicios por violaciones a los derechos humanos se están haciendo, que los genocidas son condenados”. Más allá de todo lo que pasa, que te ensucian, que te agreden, te dicen de todo. Yo contra eso no peleo, porque yo ni les discuto, no respondo jamás a ninguna agresión.

¿Por qué?

Porque me parece que si nosotros pensamos que ellos instalan la noticia, porque quieren hablar de eso y nosotros lo repetimos, estamos haciendo lo que ellos quieren. Instando lo que ellos quieren instalar. Me parece equivocado cuando algunos programas de televisión que no pertenecen a los grandes medios económicos hacen eso. Si no queremos que una mentira se instale, no la tenemos que repetir nosotros.

¿Cómo explica la sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que declaró inconstitucional la Ley que democratizaba el Consejo de la Magistratura?

La Corte es cómplice. Con excepción de Zaffaroni. Son cómplices de lo que pasó antes y de lo que está pasando ahora. Ellos apoyan a la derecha, no sé si apoyan a Clarín y a Magnetto, pero al Pueblo seguro que no. Ellos nunca estuvieron para el Pueblo. Siempre están con los poderosos. Por eso se llama “Suprema Corte de Justicia”, pero no es ni Suprema ni hace Justicia.

Previo al dictado de la sentencia, las Madres enviaron una carta al Tribunal pidiendo que fallara a favor del pueblo.

Sí, les pedimos que por primera vez fallaran defendiendo los intereses del Pueblo. Ya en el 2010 cuando hicimos el primer acto en Tribunales por la Ley de Medios, dije que los jueces de la Corte Suprema eran unos turros. Y como hice un discurso muy fuerte muchos se enojaron. Pero la verdad es que me quedé corta, muy corta diciéndoles turros.

¿Le parece que a partir del fallo de la Corte Suprema está clausurada la posibilidad de la participación del Pueblo en la elección de los jueces o quedan caminos para explorar?

Yo pienso que siempre hay que seguir luchando. Porque si nosotras no hubiéramos creído en la lucha y en la calle estaríamos muertas. Nosotras seguimos creyendo que los pueblos solucionan los problemas en la calle, no en los tribunales. De eso estoy convencida. En los tribunales se puede lograr algo pero solo si el pueblo ayuda en la calle. Por lo menos, así lo vemos nosotras.

 

Para leer una versión ampliada de esta entrevista: www.infojus.gov.ar

 


[1]Entre los “imputados” se encontraban los magistrados Eduardo Rafael Riggi, Luis Francisco Miret, Otilio Romano, Wagner Gustavo Mitchell, Juan Martín Romero Victorica, Liliana Elena Catucci, Víctor Hermes Brusa, Pedro Cornelio Federico Hooft, Norberto Giletta, Guillermo Rivarola, Luis María Fernández, Luis María Vera Candiotti, Juan Carlos Marchetti, Julio Demetrio Petra, Carlos Pereyra González, Alicia María Di Donato, Nicasio Dibur, Abel Bonorino Peró, Horacio Enrique Prack, Néstor Luis Montezanti, Justo Rovira, Alfredo Bisordi, Adolfo Gabrielli, Horacio Heredia, Abelardo Rossi, Alejandro Caride, Federico Videla Escalada, Emilio Miguel Daireaux, Elías Guatavino, Jorge Gabriel García Collins, Eduardo Vocos Conesa, Guillermo Federico Madueño, Mario Héctor Pena, Leopoldo José Russo, Héctor Carlos Adamo, Eduardo Marquardt, Miguel Ángel Almeyra Nazar, Martín Anzoátegui, Amelia Lidia Berraz de Vidal, Oscar Hermelo, Norberto Quantín, Luisa Martha Riva Aramayo, Juan Carlos Rodríguez Basavilbaso, Rafael Sarmiento, Ricardo Gregorio Rongo y Luis Rueda.

Esos chilenos siempre forzados al exilio

“Y nosotros, dentro del país, no teníamos el derecho de decidir lo que queríamos hacer. Y éramos muchos los que nos organizamos para resistir. Pero nunca, ni a mí, ni a todos los compañeros que yo conozco, se nos puede acusar de haber atentado contra un gobierno democrático, legítimamente constituido. En ningún momento”.

Esos chilenos siempre forzados al exilio
Le Courrier de Genève
Traducido para Rebelión por Carmen García Flores
 DESTIERRO. Han abandonado su país cuando otros por fin podían entrar. Cuando, al regreso de la democracia, algunos oponentes armados tuvieron que elegir entre la prisión y el alejamiento.Cuarenta años. Esta es la pena de destierro que se impuso Carlos García Herrera en 1992, dos años después del retorno formal de la democracia en Chile. La condena más dura para seis chilenos que aún viven hoy en el exilio forzado en Bélgica y en Finlandia. “Este es un honor que yo no me merezco, dice irónicamente, jamás he sido un dirigente político” Carlos prefiere describirse como “un militante de la resistencia, un guerrillero urbano”.

Encarcelado por la dictadura de Augusto Pinochet en 1981, está todavía condenado a cadena perpetua según una ley denominada “antiterrorista”. Para él, como para los otros militantes en su mismo caso, la vuelta del a democracia tuvo un gusto amargo. “Esperábamos una liberación incondicional de todos los presos políticos, como lo habían prometido los partidos del a oposición”.

Pero la transición no ha hecho tabla rasa con las instituciones del pasado. Con el ex dictador como comandante en jefe de la armada durante toda la duración de su mandato, y con una Constitución

elaborada por este último (aún hoy en día en vigor aunque enmendada por dos veces), el gobierno del demócrata-cristiano Patricio Aylwin se limitó a “investigar la justicia en la medida de lo posible”, como afirmó en su época.

Y el general Pinochet había tenido cuidado en hacer cumplir rigurosamente la Constitución de 1980: Nada de gracia posible para los prisioneros condenados por “terrorismo”. El gobierno de la transición le propondrá entonces elegir entre partir, sin posibilidad de retorno durante varios años, o permanecer en prisión. Entre 1990 y 1994, a veintinueve personas se les conmutaron sus penas de prisión por penas de alejamiento (extrañamiento). “Había pasado ya suficientes años en prisión, preferí partir”.

La trayectoria de Carlos es la de un hombre que ha atravesado por todas las tempestades de esta época agitada. En 1973, año del golpe de Estado contra el gobierno socialista de Salvador Allende, estaba en la Marina. Junto con otros, el sentía que algo se tramaba en el seno de la Institución. “Muchas personas eran conscientes de que se preparaba un golpe de Estado, había una gran efervescencia política en la Marina”.

De marino a guerrillero

Chile aún cuenta con una importante marina de guerra cuyos oficiales están claramente anclados en la derecha conservadora. “El embrión del golpe de Estado se encontraba allí, entre un grupo de oficiales de marina. Pinochet se sumó a la idea al final”, explica Jorge Magasich, doctor en historia de la Universidad de Bruselas y autor de la tesis Los que dijeron no. Historia del movimiento de los marinos chilenos opuestos al golpe de Estado de 1973.

“Por contra, los suboficiales y sobre todo la tropa, son en su mayoría leales y de izquierda. Cuando comprenden que el pronunciamiento es inevitable y que serán obligados a participar en él, los marinos leales intentan alertar a las autoridades políticas. Pero en la noche del 5 al 6 de agosto de 1973, es decir un mes antes del golpe de Estado, una ola de arrestos cae sobre ellos. “Entre 150 y 200 marinos son arrestados, ellos serán los primeros torturados. A continuación, noventa y dos de ellos serán condenados por “sedición” a penas que iban desde tres a ocho años de prisión”, explica Jorge Magasich. Carlos García formaba parte de ese grupo. “Nosotros no éramos militantes, éramos simplemente personas que pensaban que un golpe de Estado es algo ilegal. Nuestro deber como marinos era defender al gobierno, poco importa cuál fuera con tal que fuera elegido democráticamente. Esto es lo que hicimos y fuimos encarcelados por ello”, recuerda.

Es en la prisión cuando se convierte en militante. En efecto, después del golpe de Estado los presos políticos afluyen por cientos. “Cada organización, en las prisiones o en los campos de concentración en la que había militantes encarcelados, mantenía una estructura organizativa. Es, pues, por su contacto como nosotros empezamos a formarnos políticamente y a conocer lo que es la teoría revolucionaria, el marxismo, etc”.

Liberado en 1976, Carlos retoma enseguida contacto con algunos camaradas del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) a los que conoció en prisión. Vuelve a vivir en Santiago donde se incorpora a los movimientos sociales que surgen después de la feroz represión que había seguido al golpe de Estado. “Hacia el 77-78 hubo una reactivación, especialmente del movimiento sindical. Pero la oposición no se detuvo ahí: “Como yo y otros compañeros teníamos una experiencia militar debido a nuestro paso por la Marina, el MIR nos propuso formar parte de un equipo de propaganda armada, un equipo de sabotaje. Y poco a poco comenzamos una guerrilla.

Contra la “Gestapo” chilena

Una guerrilla que aspiraba a desenmascarar los centros de tortura secretos de la dictadura, en la región de Santiago y Valparaíso principalmente. “Organizamos dos ataques relámpago contra estos centros de tortura, unos atentados contra los principales responsables de las torturas de la dictadura. Pero este tipo de acciones no era lo cotidiano, no ocupábamos también de la vida política durante la resistencia y además cada uno debía trabajar para vivir. Esto se parecía mucho a lo que hacían los Belgas, los franceses o los otros europeos contra la ocupación nazi”.

Entre las acciones dirigidas por esta célula figura el atentado de 1980 contra el teniente coronel Roger Vergara, director de la Escuela de enseñanza del Ejército. Para Carlos, esto fue un acto político, decidido colectivamente. “Habíamos asesinado a un responsable de la ‘Gestapo’ chilena” compara.

Enseguida, la vida legal y la resistencia armada se hacen inconciliables. Carlos permanece, pues, en la clandestinidad. Pero esta situación no durará por mucho tiempo, será arrestado unos meses más tarde, en enero de 1981.

“Era un día normal, había ido al cine y acababa de visitar a mi familia y al entrar en mi casa me tendieron una emboscada y me arrestaron junto a mi mujer y mi hija de un año y medio” Fue juzgado por un tribunal y condenado a cadena perpetua..

En 1992 se le conmuta la condena en dos penas de veinte años de alejamiento, es decir cuarenta años. Otros cumplieron penas más cortas de cinco, diez o veinte años de alejamiento y han vuelto o están próximos a volver definitivamente. Algunos, siempre bajo fuertes medidas, pueden entrar en Chile por breves periodos de tiempo “por razones humanitarias” como la defunción de un pariente. “Yo no quiero matar a mi madre para poder regresar a mi casa”, exclama Carlos.

Derecho a la resistencia

El pasado noviembre, cumplió su primera pena de veinte años. Escribió una carta al presidente Sebastián Piñera, a quien ha hecho que le llegara la carta en propia mano por la intermediación del Cónsul honorario de Amberes, en Bélgica. “Hace veinte años que estoy aquí, ¿no es suficiente? Me gustaría recuperar mi derecho a volver a mi casa. Aquí en Bélgica dispongo de todos los derechos como cualquier otro ciudadano ¿por qué no puedo disponer de ellos en mi propio país?” se pregunta.

Hoy, Carlos siente sorpresa por el hecho de que “después de todos estos años, el poder político chileno se niega a reconocer que las personas que participaron en esta resistencia han ayudado enormemente a debilitar la dictadura. Esta misma dictadura que cada año era condenada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Pero Pinochet y los suyos no escuchaban a nadie, las palabras no eran suficientes. Las condenas verbales, oficiales, diplomáticas eran útiles pero no suficientes”.

“Y nosotros, dentro del país, no teníamos el derecho de decidir lo que queríamos hacer. Y éramos muchos los que nos organizamos para resistir. Pero nunca, ni a mí, ni a todos los compañeros que yo conozco, se nos puede acusar de haber atentado contra un gobierno democrático, legítimamente constituido. En ningún momento”.

El 11 de septiembre de 2013, Chile conmemorará los cuarenta años del golpe de Estado militar. Veintitrés años después del final de la dictadura, muchas heridas quedan por cerrar. Si nadie lo remedia, Carlos no volverá a su país antes de 2032, él tendrá entonces 79 años.

Fuente: http://www.lecourrier.ch/node/105200

 

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Verdeolivo

Tomado de http://www.rebelion.org
Por Sébastian Brulez

    DESTIERRO. Han abandonado su país cuando otros por fin podían entrar. Cuando, al regreso de la democracia, algunos oponentes armados tuvieron que elegir entre la prisión y el alejamiento.

Cuarenta años. Esta es la pena de destierro que se impuso Carlos García Herrera en 1992, dos años después del retorno formal de la democracia en Chile. La condena más dura para seis chilenos que aún viven hoy en el exilio forzado en Bélgica y en Finlandia. “Este es un honor que yo no me merezco, dice irónicamente, jamás he sido un dirigente político” Carlos prefiere describirse como “un militante de la resistencia, un guerrillero urbano”.

Encarcelado por la dictadura de Augusto Pinochet en 1981, está todavía condenado a cadena perpetua según una ley denominada “antiterrorista”. Para él, como para los otros militantes en su mismo caso, la vuelta del a democracia tuvo un gusto…

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¡Es una guerra! Anunciaron los terroristas de Estado el año 73.

¡Es una guerra! Anunciaron los terroristas de Estado el año 73.

A los héroes de Septiembre

Se cumple un nuevo aniversario del golpe de Estado, cuando el Ejército, la Armada, la Aviación, Carabineros e Investigaciones de Chile, haciendo caso omiso a sus deberes éticos e institucionales, por lo menos los que dictaba la Constitución vigente hasta ese entonces, bombardearon La Moneda, asesinaron al Presidente de la República y derrocaron al gobierno legítimo de Salvador Allende.

El saldo de víctimas de la dictadura, según datos “oficiales”, superan las cuarenta mil personas, entre detenidos ilegalmente, torturados, ejecutados y desaparecidos, y sin contar los miles de expulsados al exilio, o de los chilenos que debieron huir del país para salvar sus vidas amenazadas.

A pesar que han pasado 42 años de ese fatídico 11, el magnicidio se sigue recordando. La batalla en La Moneda, los enfrentamientos desde el Ministerio de Obras Públicas, los primeros combates de la Resistencia, la dignidad de los presos políticos encarcelados en recintos militares y campos de concentración, los atentados, los apagones, las voladuras de torres, las ollas comunes, los comprando juntos, los velatones, la solidaridad internacional y tantas otras formas de lucha populares, siguen siendo fuentes de remembranzas e inspiración de diferentes tipos de homenajes, desde los litúrgicos y hasta los de carácter combativo en cada septiembre.

El golpe de Estado fue “la continuación de la política por otros medios”, aplicada por los partidos de derecha, grandes empresarios y la Democracia Cristiana en contra del gobierno de la Unidad Popular, ante la imposibilidad de contar y lograr el quorum necesario de parlamentarios para destituir constitucionalmente a Salvador Allende como Presidente.

Esa alianza golpista cívico-militar, se consideró con el derecho de usar la violencia en contra de un gobierno legítimo, hasta estos días rasgan vestiduras  hipócritamente contra la decisión de las organizaciones políticas de izquierda de emplear la violencia político-militar en contra de la dictadura que ellos generaron.

¡Es una guerra! Anunciaron los terroristas de Estado el año 73. Sus generales al declararla, tomaron como enemigo a los propios ciudadanos que juraron defender de agresiones externas: el pueblo chileno, en especial a los partidarios de Allende. Los clásicos militares lo enuncian en sus tratados y los mandos saben que una guerra cuando se acomete, debe cumplir tres grandes objetivos:a) Destruir las fuerzas que enfrentan, sus enemigos, b) Controlar el territorio o el teatro de operaciones y c) Romper la voluntad de lucha del pueblo atacado, destruyendo su moral combativa. Esto último es esencial, es lo que garantiza el triunfo total y en el tiempo de los vencedores.

¿Cumplieron estos objetivos estratégicos, los golpistas?

Al margen de que cada objetivo merece un análisis particular, en esta opinión solo generalizaremos. Las fuerzas populares que apoyaban y defendieron a Allende a pesar del honor y la desigualdad de fuerzas y medios, fueron destruidas, y las que posteriormente enfrentaron la dictadura también. Los militares controlaron rápidamente el territorio nacional. Pero ¿destruyeron la voluntad de lucha? ¿La moral combativa fue aplastada? ¿Los combatientes perseguidos, apresados, relegados, expulsados del país, renegaron de sus ideas?, ¿el pueblo chileno olvidó a Salvador Allende, a su sueño socialista? ¿Son historias olvidadas las vidas de Miguel Enríquez, Raúl Pellegrín, y tantos otros héroes del pueblo chileno?

A pesar del terror impuesto en todos esos terribles años de dictadura, o a la posterior denegación de justicia, debido a la decisión de Patricio Aylwin de implementar su doctrina de “juzgar en la medida de lo posible a los criminales violadores de DDHH”, o de Eduardo Frei de salvar de la justicia internacional al dictador preso en Londres, o del deseo de “dejar que las instituciones funcionen” de Ricardo Lagos, circunscribiendo los crímenes a responsabilidades individuales y no a doctrinas institucionales. A pesar de la “Transición Democrática” que explica el estado de injusticia y de corrupción que vivimos en nuestros días,  ¿Perdimos nuestra voluntad de lucha los chilenos?

Los golpistas no destruyeron la voluntad de lucha, ni lo harán jamás. La voluntad de septiembre sigue inquebrantable.

Esa férrea voluntad demostrada por esas generaciones de mujeres y hombres en septiembre de 73, se constituyó luego en paradigma histórico, sobre todo cuando los partidos de la izquierda tradicional abandonaron las ideas socialistas y anti capitalistas, los principios revolucionarios y las posturas clasistas. Si bien es cierto, orgánicamente la izquierda hoy es una gran diáspora en el escenario político nacional, se ven signos de miradas comunes, lo que es un gran avance –no hablo ya de la izquierda tradicional-, probablemente en otra situación o estadio social, quizás cambien su actitud.

Esa férrea voluntad también explica la decisión de los familiares de víctimas de los DDHH de no aceptar la reconciliación sin justicia y castigo a los crímenes de la dictadura. Las leyes secretas de la Transición y la voluntad política de los actuales mandos de las FFAA de proteger y honrar a criminales rematados por la justicia les dan la razón, sin lugar a duda.

El mejor homenaje a los héroes y heroínas, es recuperar la lealtad mostrada en las más duras condiciones por los primeros combatientes de ese 11 de septiembre, y reconstruir la unidad, que siempre es preludio de avances y victorias de los pueblos.

Honor y gloria a los combatientes del 73.

Construyamos un Chile Digno.

José M. Carrera      @JosMCarreraC

Santiago, Chile, septiembre 2015

Pactos de silencio y esa larga impunidad

Pactos de silencio y esa larga impunidad

La muerte de los generales Manuel Contreras Sepúlveda, ex jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), y Hernán Ramírez Rurange, ex jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine), además de la condena final para otros trece oficiales de inteligencia y de la justicia militar por el secuestro y asesinato del químico Eugenio Berríos, ocurrido en Uruguay en 1992, reabrieron la vieja llaga de la impunidad.
El “Mamo” Contreras, otrora poderoso director de la primera policía secreta de Augusto Pinochet que operó entre 1973 y 1977, responsable de los más atroces crímenes en la historia del país, falleció a los 86 años en el Hospital Militar. Estaba condenado a más de 500 años de cárcel y esperaba sentencia por otros cientos de procesos que aún se investigan en los tribunales. Fue cremado pocas horas después en el Cementerio Católico, vestido con su uniforme de gala de general. Ramírez Rurange, en tanto, de 76 años, se pegó un tiro en la sien en su domicilio para evitar ir a prisión por más de 20 años, sentencia emitida por la Corte Suprema a comienzos de agosto.
Contreras, autodicta en los secretos de la inteligencia militar, recibió una orden directa de Pinochet para crear la Dina a fines de septiembre de 1973, después que el entonces director de la Escuela Militar, el coronel Nilo Floody, elegido por el dictador para esa tarea, lo convenciera de que él no era el más indicado para la misión.
La Dina inició sus actividades en la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, a 120 kilómetros al oeste de Santiago, cerca del exclusivo balneario de Santo Domingo. Hasta allí llevaron a decenas de prisioneros que fueron sometidos a bárbaras torturas.
Contreras eligió personalmente a los oficiales que integraron los diferentes departamentos y cuarteles de la Dina, que empezaron a operar en paralelo a los servicios de inteligencia de las fuerzas armadas. También reclutó a civiles que habían participado en agrupaciones políticas de ultraderecha durante el gobierno del presidente Salvador Allende.
Muchos oficiales seleccionados para servir en la Dina recurrieron a los más rebuscados argumentos para evitar ese destino. Otros, los menos, marcharon gustosos a la cruzada en contra del comunismo que pregonaba el “Mamo”. Hoy, estos últimos cumplen o ya cumplieron penas por crímenes de lesa humanidad y son los que conformaron el núcleo duro de la represión entre 1973 y 1978. A partir de ese último año, cuando la Dina ya había sido reemplazada por la Central Nacional de Informaciones (CNI), y Contreras trataba de evitar las investigaciones judiciales por los asesinatos del general Carlos Prats, en Buenos Aires, en septiembre de 1974; del ex canciller Orlando Letelier, en Washington, en septiembre de 1976; y por el atentado en contra del dirigente democratacristiano Bernardo Leighton, en Roma, en octubre de 1975, el general Pinochet optó por involucrar en las tareas represivas a la Dine y a las estructuras más secretas del ejército, hasta ese momento sólo preocupadas de la seguridad externa.

EL BRAZO ARMADO
En 1981, Pinochet eligió a la Dine para que asesinara a Tucapel Jiménez, dirigente sindical socialdemócrata que amenazaba agrupar a las organizaciones laborales opositoras. También ordenó a la Dine que eliminara al ex presidente de la República Eduardo Frei Montalva, quien fue inoculado con una sustancia tóxica cuando se recuperaba de una operación gástrica en la Clínica Santa María. El dictador involucró luego a oficiales de la Dine y de los altos mandos del ejército en sus propios negocios turbios: adquisición de propiedades, coimas, depósitos ilegales en el extranjero e incluso narcotráfico, según revelaciones del propio Manuel Contreras en los últimos años.
A mediados de la década de los 80, cuando los tribunales de justicia empezaron tímidamente a investigar algunos crímenes de la dictadura, en instancias hasta ahora no bien precisadas se diseñaron estructuras de protección para los agentes más buscados. Algunos magistrados y detectives de la policía de Investigaciones sostienen que para crear “nidos” en el exterior que cobijaran a los prófugos se recurrió a agentes de espionaje y vínculos establecidos en el denominado Plan Cóndor, una instancia de colaboración entre policías secretas de las dictaduras del Cono Sur en cuya formación tuvo un papel protagónico el “Mamo” Contreras.
Así, por ejemplo, se recurrió a contactos en Brasil para refugiar a Raúl Osvaldo Romo Mena, agente civil de la Dina que trabajó en la represión del MIR. También se apeló a los paraguayos para esconder en ese país a Miguel Estay Reyno, “El Fanta”, desertor del Partido Comunista que colaboró con el Comando Conjunto de la Fuerza Aérea en la captura y asesinato de militantes de las Juventudes Comunistas en los años 1975 y 1976. En el caso de oficiales aún en servicio activo se optó por ubicarlos como agregados militares en embajadas de Chile.
Paralelamente, desde el Ministerio de Justicia se ejerció un férreo control sobre el nombramiento de los jueces y en la Fiscalía Militar, bajo la conducción del coronel (J) Fernando Torres Silva, se diseñaron estrategias de defensa para los uniformados que se vieran obligados a declarar en los tribunales.
Tras el retorno de la democracia, Pinochet -al frente de la comandancia en jefe del ejército- ordenó al director de la Dine, el hoy suicidado general Hernán Ramírez, que sacara del país al químico Eugenio Berríos, fabricante de gas sarín en tiempos de la Dina y más tarde vinculado a la producción de estupefacientes. Ramírez formó un grupo de tarea con oficiales y suboficiales de la Brigada de Inteligencia del Ejército (BIE) y de las unidades de espionaje y contrainteligencia, y sacó a Berríos hacia Argentina con destino final en Uruguay, donde finalmente fue asesinado con cinco balazos en la nuca y sepultado en una playa, boca abajo y con las manos atadas a la espalda con alambre, replicando una amenazante ejecución mafiosa.
Las maniobras para esconder ese crimen se extendieron por casi veinte años. Pero al final tanto los autores como los encubridores terminaron sentenciados a largas condenas, incluido otro de los ex directores de la Dine, el general Eugenio Covarrubias Valenzuela, quien la comandó entre 1991 y 1996, que fue condenado a 15 años de cárcel, y el propio ex auditor militar, Fernando Torres, condenado a diez años.
Entre los autores también figuran tres oficiales uruguayos -Tomás Casella Santos, Eduardo Radaelli Copolla y Wellington Sarli Pose-; el brigadier (r) Manuel Provis Carrasco alias “Francisco Valenzuela”, ex miembro de la Dina, de la CNI y del BIE; y, el mayor (r) Arturo Silva Valdés, autor material del asesinato de Berríos, ex miembro del Servicio Secreto de la Dine. Este último oficial, miembro del arma de Caballería, jugador de polo, de refinados gustos, considerado por algunos de sus ex camaradas como “el James Bond chileno”, fue enviado junto a otros agentes de inteligencia a formar parte del equipo de seguridad de Agustín Edwards, propietario del diario El Mercurio, luego de que su hijo Cristián fuera secuestrado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en 1992. Por esos mismos días la revista Qué Pasa publicó un reportaje donde se entregaron antecedentes que revelaban la participación de Silva Valdés en el secuestro y asesinato de Berríos. El propio oficial acudió a hablar con el director de ese medio, Cristián Bofill, hoy director de Canal 13, para desmentir la información, petición que fue acogida por el medio.
La Dine también participó en la protección de los oficiales involucrados en una financiera ilegal, conocida como “La Cutufa”, que funcionó al interior del ejército desde mediados de los 80 hasta bien avanzados los años 90. Algunos jueces y detectives también creen que la Dine tuvo injerencia en los asesinatos del periodista inglés Jonathan Moyle, cuyo cadáver fue encontrado en su habitación del Hotel Carrera en marzo de 1990, y del coronel Gerardo Huber Olivares, en enero de 1992.

EL CORONEL HUBER
En 1974 Huber se incorporó a la Dina y fue enviado a Argentina para infiltrar grupos que apoyaban al MIR chileno. De regreso en el país, trabajó con el norteamericano Michael Townley en la creación de armas químicas para la “guerra antisubversiva”. Al promediar los 80, Huber fue destinado al complejo químico del ejército en Talagante y en marzo de 1991, fue trasladado a la Dirección de Logística donde se hizo cargo de la compra y venta de armamentos en el exterior.
La causa por la muerte de Huber durmió en los tribunales durante trece años caratulada como “suicidio”, hasta que el juez Claudio Pavez asumió el caso en septiembre de 2005 y decidió caracterizarla como homicidio calificado. Pavez reunió antecedentes de otros procesos donde se describían las formas de operar de los servicios de inteligencia a fines de los 80 y comienzos de los 90.
En marzo de 2006 el juez Pavez sometió a proceso a cinco altos oficiales en retiro como autores de asociación ilícita para ocultar el asesinato del coronel Huber. Ellos son el general (r) Eugenio Covarrubias, jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine) en 1992; el general (r) Víctor Lizárraga Arias, subdirector de la Dine en la misma época; el general (r) Carlos Krumm, ex director de Logística; el brigadier (r) Manuel Provis Carrasco, ex jefe del Batallón de Inteligencia del Ejército (BIE); y el capitán Julio Muñoz, amigo de Huber y ex miembro del BIE.
María Inés Horvitz, abogada del Consejo de Defensa del Estado (CDE), declaró poco después que “todo apunta a la intervención bastante directa de Víctor Lizárraga y Manuel Provis”, como autores materiales de la muerte del coronel Huber.
Según antecedentes reunidos en aquel proceso, medio centenar de oficiales y suboficiales de la Dine y el BIE juraron incondicional lealtad a Pinochet en 1996. Algunos de ellos se confabularon para evitar que el coronel Huber revelara lo que sabía acerca del comercio ilícito de armas y sustancias químicas, emprendido desde diversas instancias castrenses en búsqueda de lucro para un pequeño número de oficiales del Alto Mando.
El juez Pavez tuvo a la vista, por ejemplo, una declaración del 30 de noviembre de 2003 tomada en Holanda por dos detectives al ex suboficial Rodrigo Peña González, integrante en 1989 del Batallón de Mantenimiento de Material Blindado y Artillería. Este afirmó que el coronel Huber le entregó documentos sobre tráfico de armas y una droga mortal elaborada por el ex químico de la Dina Eugenio Berríos. Según Peña, el coronel Huber pensaba entregar esos documentos al periodista británico Jonathan Moyle, iniciativa que se vio frustrada cuando el reportero apareció muerto en su habitación del Hotel Carrera. Peña, quien pidió asilo político en Holanda en 2001, relató que Huber le entregó otros documentos con antecedentes sobre compra de armas a Israel y ventas a países árabes.
Según las presunciones del juez Pavez, el coronel Huber habría sido secuestrado por agentes del BIE y conducido a un recinto secreto de la Escuela de Inteligencia del Ejército (EIE) en Nos, donde también funcionaba el Laboratorio de Guerra Bacteriológica del Ejército, que en 1992 dependía del director de la Dine, general Eugenio Covarrubias.
Manuel Provis, ahora preso en Punta Peuco, trabajó codo a codo con el mayor (r) Alvaro Corbalán en el cuartel Borgoño de la CNI, y fue uno de los principales operadores de la inteligencia militar tras el retorno de la democracia en 1990. Provis estaba al mando del BIE -con base en la calle García Reyes de Santiago-, en estrecho contacto con la Central de Información y Coordinación, unidad que tenía a cargo las escuchas telefónicas y la recolección de datos provenientes de las comunicaciones policiales internas.

“CONTROL DE BAJAS”: VIAJES SEGUROS
El BIE mantenía en Viña del Mar, en la calle Alvarez, un cuartel de escucha del Congreso Nacional que funcionó en 1990 y 1991. Cerca de allí otro grupo de agentes, encubiertos en un local que aparentaba ser una compraventa de automóviles, desarrollaban tareas de apoyo. La vigilancia electrónica de diputados y senadores era apoyada por camionetas que se estacionaban en sectores cercanos al edificio. Una camioneta Volks-wagen cerrada, de color crema, perteneciente también al Departamento de Inteligencia de Comunicaciones, se estacionaba en la Plaza O’Higgins, vecina al Congreso Nacional. En ella, un equipo de escucha no dejaba de funcionar. Este trabajo era apoyado por agentes encubiertos que frecuentaban la sede del Legislativo. Uno de ellos, un hombre alto y de bigotes, asistía a la sesiones y recogía fotocopias de documentos considerados importantes que le entregaba un anónimo contacto en el corazón del Parlamento.
Toda esa información era procesada y clasificada por un equipo de a lo menos ocho hombres, varios de ellos civiles, que actuaban como analistas de inteligencia. Uno de ellos era sobrino del general (r) Hugo Salas Wenzel, ex director de la CNI.
En un ámbito del BIE conocido por algunos como G-4, dirigido por un capitán, existía una unidad confidencial que realizaba operaciones especiales. Una de ellas, denominada “Sistema de Control de Bajas”, era la estructura destinada a sacar del país a los agentes en peligro de quedar expuestos ante la justicia o que mostraban debilitamiento en su lealtad a Pinochet. Esa unidad se vinculaba con el Departamento de Servicio Secreto de la Dine y con algunas instancias de la justicia militar, dirigidas por el auditor Fernando Torres, ahora preso en Punta Peuco.
Entre los agentes que fueron sacados al exterior para protegerlos de la justicia estuvieron Carlos Herrera Jiménez, “El Mauro”, ejecutor de Tucapel Jiménez, y Arturo Sanhueza Ross, “El Huiro”, quien se inició, siendo teniente, como agente de seguridad persiguiendo a guerrilleros del MIR en Neltume, a comienzos de los 80. Más tarde hizo “méritos” para ser trasladado a la Dine y fue destinado al equipo de ejecutores que efectuó asesinatos como los del 7 de septiembre de 1983 en las calles Fuenteovejuna 1330, de Las Condes, y Janequeo 5707, de Quinta Normal, que costaron la vida a cinco dirigentes y militantes del MIR. El 4 de septiembre de 1989, Sanhueza Ross participó en el asesinato del dirigente mirista Jécar Nehg-me Cristi. Hoy se conoce que ese equipo de ejecución de la Dine tenía un objetivo alternativo a Nehgme: el periodista Manuel Cabieses Donoso, director de Punto Final.

Manuel Salazar Salvo

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 835, 21 de agosto, 2015)

Los padres, lxs hijxs y el tiempo milico.

Los padres, lxs hijxs y el tiempo milico.

Los padres, lxs hijxs y el tiempo milico

Estos particulares días de septiembre -a veces con sol radiante y otras con lluvias y frío- nos recuerdan que este es un mes matizado, excéntrico, casi burlesco. Que nos lleva y nos trae; que nos muestra a niñxs embaladxs elevando volantines, pero que también nos traslada al inicio del irrespeto, el dolor, la muerte, la tortura, el exilio y desaparición. Un mes que nos enfrenta con los claroscuros de una historia tan reciente como presente.

En estas volás me encontraba cuando quise reflexionar sobre la relación entre la dictadura cívico militar en Chile, y la experiencia de las paternidades vividas en esa época; las crianzas y vivencias de hijos e hijas en ese tiempo milico que no olvidamos.

No planteo una reflexión teórica ni daré nombres de autorxs o experiencia comparada. En estas digresiones eso no me interesa -y me aventuro al desacuerdo y a visiones que no compartan la hipótesis que deslizo-. Por sobre ello, me importa sumergirme en la vivencia personal y observada, para sostener que la dictadura cívico militar instaló en las generaciones que le fueron contemporáneas, un modelo monolítico de masculinidad, de ser hombre y padre -y en consecuencia- de ser hijx.

Siendo el menor de cuatro varones, con un padre que vestía uniforme en aquellos años y aun cuando mis recuerdos no van más allá de fines de los 80, es patente el recuerdo de quienes me anteceden como hermanos: el concepto de orden, los zapatos lustrados a fuego, el habla golpeada… la distancia y la obediencia… “porque así te protejo, hijx”, “porque así te protejo del cáncer marxista, Chile”. Dos escenarios, un mismo discurso.

Y cómo no, si el golpe de Estado marca el inicio de un proceso sistemático, institucional y masivo de destrucción de las formas de ser/estar de hombres y mujeres, usando la violencia como herramienta, el miedo como estrategia de quebrantamiento de la voluntad y la anulación del/la otro/a como objetivo político. Todo ello desde la figura del militar –el milico-, ese que ocupó por 17 años el espacio público; la mentira del valiente soldado, el libertador, el segundo padre de la patria, cuyo botón de muestra es hoy reconocido universalmente como uno de los más cruentos dictadores, genocidas y corruptos que registra la historia contemporánea latinoamericana.

A partir de la figura del tirano es posible sostener que cuando el actor social se torna único, homogéneo, omnipresente y todopoderoso, cuando se nos bombardeó y se nos convenció (con la merecida salvedad de muchos y muchas que dieron su vida por demostrar que no era así) de que había “una forma de ser”, de estar y relacionarse; cuando el principio del orden es monolítico -el cabello corto y sin barba, el habla golpeada y sin matices, el rostro seco y las nulas muestras de afecto; la fortaleza expresada en la capacidad de aniquilar y vencer, de gritar más alto… se nos dice sin decirlo que ese es el modelo de masculinidad, de paternidad… el cuidado expresado en la violencia “porque así te protejo, Chile…” “porque así te crío y formo, hijx”.

Además del período de muerte y violación a los derechos humanos, aún sin una satisfactoria respuesta en materia de verdad, justicia y reparación, la dictadura cívico militar fue para las generaciones contemporáneas y para las siguientes, no sólo el reforzamiento indesmentible del patriarcado ya existente, sino que la imposición de formas unidireccionales de vivir la masculinidad, modelos aparentemente inquebrantables de ser hombre y padre: héroe, rudo, defensivo, destructivo.El milico y su lógica como alternativa visible a la que acceder, como actor que surgía cuales callampas en el espacio público, que invadía hogares, televisión, radio, quehacer social… que era ÉL personaje, en desmedro de tanto que los varones podemos entregar para construir relaciones sociales y humanas -del tipo que sea- basadas en el respeto, el afecto, la justicia, la libertad y la solidaridad. El tiempo milico que está más presente de lo que pensamos y sentimos.

Esto es sólo parte de lo que el período milico nos dejó. Resta pensar sobre el modelo de sociedad, las injusticias y la violencia económica, social y cultural de nuestros días. Todo esto sin dejar de lado que así como hubo víctimas, hubo también mujeres y hombres que no cedieron ante el grito pelao y el lumazo, que resistieron la corriente en los testículos y las ratas en la vagina. Sujetos que es necesario recordar para continuar.

Dedicado a todos aquellos varones quebrantados por la dictadura;

en memoria de las mujeres y hombres víctimas, y de sus familias;

con la exigencia de verdad justicia y reparación más viva que nunca;

con la convicción de que es posible construir otros vínculos.      

Miguel Ángel González Campos

integrante del Kolectivo Poroto. 

http://kolectivoporoto.blogspot.cl/

Santiago, 10 de septiembre de 2015

En el Cementerio no están los Desaparecidos

En el Cementerio no están los Desaparecidos

En el Cementerio no están los Desaparecidos

Por Cristian Cottet

y ahora voy a morir, sin nada más, con tierra
sobre mi cuerpo, destinado a ser tierra.
Pablo Neruda
Canto General

La muerte es un asunto que va del desastre a la resignación, del llanto a la ritualidad, del espanto a la paz. La muerte nos gobierna, de a rato queremos no verle, esconder el rostro, pasar por su lado silbando sin que ella nos vea, pero es inevitable. Está ahí con sus pompas fúnebres, con sus velorios, sus cementerios, sus negociados. Creo que no existe cultura donde la muerte pase inadvertida. Todas se las arreglan para definir una forma de desprenderse de la materialidad que es el cuerpo. Unos le incineran, otros le lanzan a un río o al mar, otros los embalsaman, otros le entierran en un espacio que definen para esos menesteres. Para nosotros los chilenos el cementerio es el espacio más recurrido donde dejar “los restos” de nuestros seres queridos.

La antropóloga argentina Laura Panizo, propone cierta matriz de “atención” a la muerte. Para ella el duelo y el luto son dos fenómenos que se complementan y explican mutuamente dentro del ritual de la muerte. Mientras el duelo son prácticas privadas, materiales, simbólicas y mentales de los sobrevivientes, el luto serían los procedimientos colectivos que permiten el reingreso de los deudos a la comunidad de los vivientes. El duelo refiere a la capacidad de cada uno de los vivientes para reubicarse y reintegrarse en la comunidad que contuvo al no viviente, es un ejercicio fundamentalmente privado. El luto, en cambio, es un rito colectivo donde se despliegan diferentas prácticas que permitan volver al precario equilibrio social desde donde se sale y se debe retornar.

Como ritualidad, el luto obliga avanzar desde la separación (lo preliminal), estacionarse en la transición (lo liminal) y terminal en el reingreso (lo posliminal). Realizar a cabalidad esta “pascua” permite un reingreso en paz y así construir el duelo. Para alcanzar esto es necesario que se cumplan, por lo menos, dos condiciones: primero, que la ritualidad se materialice en todas sus formas y etapas, y segundo, que el cuerpo del que ha partido participe desde la separación al reingreso en la forma de una nueva instalación simbólica. Como dije al comienzo, la muerte es un asunto que va del desastre a la resignación.

Cuando el cuerpo no está, queda suspendido el rito en la liminalidad y el duelo se transforma en un permanente e infinito suspenso, donde los deudos deben construir otras estrategias de sobrevida, que estarán cargadas de incertidumbre y desamparo. En ese caso, que es el de los chilenos “detenidos desaparecidos”, no hay velorio, no existe ataúd ni cementerio, que es el territorio destinado al depósito de los cuerpos. La “animita” es una de las muchas formas que toma este ejercicio de muerte sin un cuerpo que resguardar.

En la Región Metropolitana de Chile se han instalado casi tres centenares de memoriales en recuerdo de los chilenos ejecutados y desaparecidos por la dictadura militar. Estos eventos van desde animitas, placas, esculturas, panteones y memoriales. Detrás de cada uno existe una comunidad que se organiza tanto para su construcción como para su mantenimiento. Casi la generalidad está referida a personas muertas y sepultadas, agreguemos a esto que el Estado mantiene un Programa de ayuda financiera para esos efectos.

El año 1993 se concretó la construcción del Memorial de los Detenidos Desaparecidos y Ejecutados instalado en el Cementerio General de Santiago, me refiero al monumento que recuerda y homenajea a todos los detenidos desaparecidos de Chile. En los bordes de este monumento se construyeron dos panteones, donde sepultan aquellos cuerpos recuperados de la desaparición.

En el marco de lo dicho hasta ahora, cabe preguntarse: ¿Qué hace este memorial en un cementerio si los nombrados técnicamente no están muertos sino secuestrados? ¿Acaso, con esta instalación, se pretendió “dar por muerto” simbólicamente a los miles de desaparecidos? ¿Se pretendía poner fin al ¿Dónde están?

Una tarea urgente, en medio de tanta premura y reivindicación no cumplida, es terminar con esa ambigüedad de visitar a nuestras(os) hermanas(os) secuestrados, en el lugar donde dejamos los muertos. Ellos no están muertos mientras no tengamos sus cuerpos y podamos concluir el rito que permita reingresar a esta sociedad a los miles de familiares que esperan. Es responsabilidad nuestra también el obligar al Estado a que se instale en algún espacio público y de libre acceso un verdadero Memorial y no una cripta gigante en un cementerio. No se resolverá con esto la monumental tarea de encontrar los cuerpos, pero no cabe duda que ayudará a poner las cosas en su lugar, cuestión que tanta falta hace en nuestro querido país.

Diciembre de 2011

Memoria del FPMR. Una deuda de la transición.

Memoria del FPMR. Una deuda de la transición.

Aniversario del FPMR: A la dictadura no se la derrotó solo con un lápiz

Su rol en el fin de la dictadura ha sido silenciado por la historia oficial, tal como el de miles que enfrentaron con piedras a los militares en las poblaciones. Sin esos sujetos sociales, se ha construido una versión funcional a la política cupular que ha gobernado el país durante los últimos 25 años.

PATRICIO LÓPEZ·
CHILE, HISTORIA

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“Con un lápiz y un papel derrotamos a Pinochet”. Esta afirmación de Ricardo Lagos resume la forma en que la transición construyó la versión histórica sobre cómo se combatió a la dictadura. Al hacerlo, se ha desvinculado al evento puntual del plebiscito de 1988 del proceso de luchas de los 15 años anteriores y, más funcional aún, ha contribuido a que un grupo de dirigentes –los del plebiscito- gobernaran sin la participación activa de los millones de chilenos que los pusieron ahí.

Si se tiene en cuenta que la reflexión histórica siempre tiene como propósito ayudarnos a comprender el presente y el futuro, es preciso decir, respecto a ese periodo, que la salida de Pinochet de La Moneda fue obra de acciones multitudinarias y diversas, complementarias aun cuando discreparan sobre el país de después, realizadas en su enorme mayoría por personas que no pensaban en cuotas de poder para sí, sino en la conquista de la libertad y en la construcción de una nueva sociedad.

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Entre ellos, los luchadores populares que el 14 de diciembre de 1983 iniciaron acciones contra el régimen bajo el nombre Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Esta organización, formada por jóvenes comunistas y que tenía como objetivo apurar la caída de la dictadura, se había fraguado desde bastante tiempo atrás con la Política de Rebelión Popular de Masas del PC, pero al presentarse públicamente en ese año de enormes movilizaciones sociales pretendía sumar golpes, en lo militar, a los que las protestas ya habían dado a la tiranía.

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Su hipótesis era que Pinochet nunca entregaría el poder por su propia voluntad. A juzgar por la ya acreditada tentativa de autogolpe de la noche del 5 de octubre de 1988, el diagnóstico era correcto.

El año pasado, el presidente de la Democracia Cristiana, senador Ignacio Walker, afirmó respecto a ese periodo que “esa política militar y paramilitar que fue proclamada oficialmente por el PC no hizo más que servir de pretexto a la dictadura de Pinochet para ejecutar mayores acciones represivas”. La evidencia dice lo contrario: los años donde las violaciones a los derechos humanos alcanzaron su punto más alto fueron, precisamente, aquellos donde no hubo ningún atisbo de resistencia. Por lo tanto la aparición del Frente fue una consecuencia, no un antecedente, de la represión desatada. Menos aún cabe aceptar la deleznable justificación que dio la dictadura para el asesinato de chilenos inocentes, como represalia a las acciones del Frente.

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Pero hay otras cosas que tampoco se dicen. Por ejemplo, que el diálogo político abierto por la dictadura al nombrar a Sergio Onofre Jarpa ministro del Interior en 1983, y que tuvo a la Democracia Cristiana como principal contraparte, jamás se hubiera producido sin el multitudinario ánimo de desobediencia civil en el país. En aquellas jornadas había en los hechos una complicidad entre las acciones del Frente y las protestas poblacionales, puesto que los apagones protegían más de la represión a los manifestantes. Tampoco se hace suficiente mención a que el atentado a Pinochet –diferencias políticas aparte- derrumbó en los hechos la idea de la invulnerabilidad del régimen, y por lo tanto despejó las condiciones para una salida política a través del plebiscito, aun cuando esa acción terminó por romper la relación entre el Frente y el Partido Comunista.

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En el análisis de los posibles escenarios posteriores a la dictadura, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez planteaba que si ésta no era derrotada en el ámbito de la política y en el ámbito de la fuerza, la negociación con sus autoridades perpetuaría el modelo de sociedad injusto construido por el régimen. El paso del tiempo permite reconocer que ésa tampoco fue una idea peregrina.

Por cierto, no es posible proponerse una sola mirada histórica que abarque lo que fue el Frente en los ‘80, puesto que, además de sus quiebres políticos y la caída de muchos de sus militantes, hasta el día de hoy persisten entre quienes lo integraron diferentes apreciaciones. Pero sí debe decirse que sin su acción de resistencia, tal como la de millones de jóvenes y pobladores, Pinochet se hubiera perpetuado en el gobierno.

En ese sentido, la transición tiene una deuda con ellos. El periodista Juan Cristóbal Peña nos recordaba, a propósito de su libro “Los Fusileros” sobre el atentado a Pinochet, que todos los militantes pagaron un alto costo por su compromiso. Ninguno de ellos logró una sólida posición personal, económica o social en el Chile de la post-dictadura. Al revés, fueron considerados un lastre por las nuevas autoridades y hasta el día de hoy viven en una suerte de nebulosa social.

Imagen que encabeza el libro "Los Fusileros"

Este nuevo aniversario del Frente Patriótico Manuel Rodríguez nos da una nueva oportunidad de mirar con honestidad nuestro pasado, lo cual pasa, en primer lugar, por reconocer que el lápiz y el papel fueron un paso más de un proceso de lucha diversa, donde los combatientes también hicieron un aporte. Y, en un plano más general, aprender de la historia que solo la movilización social produce transformaciones, mientras que la política cupular tiende a perpetuar el statu quo.

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Patricio LópezVía Radio UChile