Salir del gueto.A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

DestacadoSalir del gueto.A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

Salir del gueto.

Adriana Goñi Godoy

22 de julio de 2018

 Ayer, en el homenaje a los 119 compañeros desaparecidos, Lucía Sepúlveda planteó lo siguiente: instalar en el presente de las luchas feministas a las 19 mujeres caídas en esta operación. Ellas fueron militantes sociales que son raíz de las muchas luchas históricas de las mujeres, continuando una lucha ininterrumpida de distintos sectores de mujeres que hoy confluyen en el movimiento feminista que ha remecido el país. No podemos suscribir esta lucha a los sectores universitarios sin ligarlo a la permanente lucha de otros sectores de mujeres- trabajadoras domésticas, temporeras, funcionarias, campesinas, originarias, diversidad sexual, pobladoras, defensoras de los derechos humanos, sindicalistas, artistas, mujeres exiliadas, militantes… .

La memoria nuestra está en un gueto formado por los familiares, sobrevivientes, compañeros. Nuestro deber es des encapsularla y traspasarla al conjunto de la sociedad, que fue afectada transversalmente por las violaciones a los derechos humanos. Las secuelas de la dictadura y la post dictadura afectan hasta el presente a los diversos sectores que componen el tejido social. El sistema implantado a partir del Golpe de Estado y mantenido en la transición es estructuralmente violador de los derechos sociales, culturales y económicos del conjunto de la sociedad. No es posible invisibilizar este hecho si defendemos los derechos humanos. Nuestros compañeros fueron luchadores sociales y dieron su vida por construir una sociedad más justa. En la Operación Colombo, asesinaron a 19 mujeres jóvenes que militaban en distintos sectores apoyando, construyendo, creando espacios de participación y lucha y 100 compañeros que abrazaron igualmente la causa de los pobres del campo y la ciudad. La sociedad del presente debe conocer sus luchas e integrarlas a las luchas del presente. —

Esta lucha es transversal y tenemos la capacidad de darla en todos los espacios, utilizando todas las armas que hoy tenemos. .

A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

“Exterminados como ratones”, tituló el 24 de julio de 1975 el diario La Segunda. Aquí la historia de las 19 mujeres detrás de ese montaje, las 19 desaparecidas de la Operación Colombo.

Por Lucía Sepúlveda Ruiz / 24.07.2018

Agentes del Estado ejercieron violencia sexual política extrema sobre diecinueve prisioneras políticas detenidas en la Operación Colombo. Resistieron hasta su ignoto final estas mujeres de los años 70, libres, solidarias, que vivían el amor y la militancia política a fondo. 

Colombo fue -lo sabemos ahora- un mensaje colonizador en clave de género, un espejo del terror, dirigido también a las mujeres de esos tiempos. Porque estas mujeres eran autónomas, comprometidas con su tiempo, insurrectas, valerosas, alegres y se sentían dueñas de su destino.

La más joven de ellas, María Isabel, tenía 19 años y las dos mayores, 34 a la fecha de su detención. Trece de ellas tenían menos de 25 años y el resto, no llegaba a los 30. Sus nombres, junto a los de otros 100 varones detenidos, figuraron en listas publicadas por La Segunda y por medios de Brasil y Argentina, afirmando que 119 chilenos y chilenas habían sido exterminados “como ratones” por sus propios compañeros de lucha (titular del vespertino La Segunda del 24 de julio de 1975).

La mayoría de las detenidas en este episodio represivo era de Santiago, pero algunas venían de Isla de Maipo, Chillán o Temuco, y eran estudiantes universitarias, obreras, o funcionarias públicas. Militaban en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) dieciocho de ellas, y una pertenecía a las Juventudes Comunistas. Había una compañera embarazada, y cuatro eran madres de niños muy pequeños.

Desaparecieron entre 1974 y 1975, en la Operación Colombo, un montaje mediático con que la DINA buscó paralizar a quienes luchaban contra la dictadura, teniendo como blanco preferente al MIR. Antes de arrojarlas al mar, a un volcán o a una fosa sin nombre, los agentes represivos ejercieron en todas ellas violencia sexual y tortura en las más atroces formas imaginables, incluyendo el uso de inyecciones de pentotal para quebrantarlas, de animales amaestrados para vejarlas, y violándolas frente a sus parejas y seres queridos. Las sobrevivientes, sus hermanas, han testimoniado en tribunales en detalle, la violencia sexual que presenciaron y vivieron. Ni a las desaparecidas ni a sus compañeras –organizadas como “Mujeres Sobrevivientes Siempre Resistentes” –  lograron someter los criminales. Las prisioneras, privadas de todo contacto con el exterior,  se apoyaban, cuidaban  sus heridas, lloraban, cantaban, tejían pulseras con astillas, se contaban historias,  recetas y poemas; intercambiaban ropas, ideaban códigos secretos para protegerse cuando las separaban, y seguían resistiendo.

Once fallos

En el caso de Jacqueline Binfa, el fallo a firme exculpó en 2009 a todos los agentes de la DINA, estableciendo la prescripción total del delito de secuestro. Este año 2018, la Corte Suprema sólo dictó dos fallos definitivos en el caso de las compañeras, con lo que se elevó a once la cifra de fallos emitidos por esa corte por las 19 desapariciones ya citadas de la lista de los 119, ocurridas hace 43 años.

Las tardías penas de los últimos años varían entre los 6 y los diez años para los perpetradores, casi siempre los miembros que quedan vivos de la plana mayor de la DINA encabezada por el ex generalManuel Contreras, en línea directa con Pinochet, y secundada por la brigada Halcón, cuya presa de caza eran los miembros del MIR. Al mando de Halcón estaba el ex brigadier de Ejército Miguel Krassnoff  Marchenko, uno de los que ahora espera cumplir sus múltiples condenas en la comodidad de su hogar. También han sido condenados el ex brigadier Pedro Espinoza (segundo al mando de la DINA y jefe en Villa Grimaldi); el ex general Raúl Iturriaga (subjefe de la DINA y responsable del departamento exterior que armó la Operación Colombo en Argentina, Brasil y otros países), el ex oficial de carabineros Ciro Torré (jefe del recinto Ollagüe de José Domingo Cañas); Francisco Ferrer (Comandante de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y miembro de la Brigada Caupolicán); Orlando Manzo, ex oficial de gendarmería (jefe de Cuatro Alamos). También hubo condenas para el ex general de Ejército César Manríquez (jefe de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y luego de Villa Grimaldi), para Nelson Paz (suboficial de ejército  y agente DINA), Manuel Carevic, ex coronel de Ejército (miembro de la DINA), Risieri del Prado Altez, ex detective, (DINA) y Hugo Hernández, ex detective de la Venda Sexy, entre otros.

En algunos casos como el de María Angélica Andreoli, sólo fue condenada la cúpula de la DINA y los agentes ejecutores de las torturas y violaciones resultaron absueltos.

Siete de los 19 casos de las mujeres detenidas en la Operación Colom​b​o aún están en la Corte de Apelaciones o son de primera instancia. Y hay un caso, el de Violeta López en que ni siquiera hay procesados. En los once casos que la sentencia ha castigado en distinto grado a los criminales, lo ha hecho por secuestro. Sin embargo, la violencia sexual como forma específica de tortura, ha sido ignorada en los fallos. El Colectivo 119 de Familiares y Compañeros de los desaparecidos y desaparecidas en ese episodio represivo, junto a los abogados y otros colectivos de derechos humanos, ha luchado incesantemente por la justicia y la memoria. Por otra parte, una querella interpuesta en 2014 por mujeres sobrevivientes, se enfoca en el delito específico de violencia sexual política cometida en su contra, así como los efectos en las víctimas.

Ninguno de los condenados ha entregado  información que permitiera encontrar los restos de las detenidas. Todos los perpetradores conservan su grado militar, su pensión y granjerías como miembro de las Fuerzas Armadas, muy superior a las ínfimas jubilaciones que perciben los ciudadanos chilenos. El ejército pagó los gastos de su defensa legal, que por décadas logró prolongar los juicios y en varios casos ha significado la impunidad biológica, por muerte de los inculpados.

En total,  respecto de la lista de los 119 desaparecidos, la Corte Suprema ha dictado 56 sentencias a firme, de las cuales 45 fallos (cinco dictados en 2017/2018) corresponden a los varones desaparecidos en la Operación Colombo. Es decir, en menos de la mitad de los varones desaparecidos ha habido justicia. Uno de esos fallos (en 2016), en el proceso por el secuestro de Rodolfo Marchant, absolvió por muerte a Augusto Pinochet –que solo llegó a estar procesado por ese y otros casos- y también al ex mayor Marcelo Moren Brito (jefe de Grimaldi en un período) y a Manuel Contreras, el criminal director de la CNI, los tres únicos reos en la causa.

Para la ola feminista

Aquí presentamos finalmente, en orden alfabético, un breve fragmento de esas 19 vidas de mujeres chilenas –una de ellas de origen mapuche- que los torturadores segaron y quisieron borrar. Sus biografías están algo más desarrolladas en “119 de nosotros” (Lucía Sepúlveda, LOM, 2005), sin embargo es relevante traerlas ahora de vuelta al corazón y a la memoria, para entregarlas con amor a las nuevas generaciones de jóvenes luchadoras sociales y feministas.

1. María Inés Alvarado Borgel
Tenía 21 años cuando la detuvieron, el 17 de julio de 1974. Era secretaria y había estudiado en el Liceo Manuel de Salas. Militaba en el MIR. Antes del golpe, formaba parte de equipos que trabajaban con las pobladoras de la Nueva La Habana, una toma de terrenos, para tocar temas como violencia familiar, y hacer educación política. En dictadura, cumplió una de las tareas de mayor riesgo, invisibilidad y responsabilidad: ser enlace de su pareja, Martín Elgueta. Él era dirigente medio del MIR y se contactaba con Hernán Aguiló, otro dirigente. Martín fue detenido 2 días antes. María Inés fue torturada para que revelara el paradero de Aguiló. Los agentes la llevaron a casa de sus padres y montaron allí una ratonera esperando que llegaran otros resistentes. Su madre vio las huellas de la tortura y las marcas de las quemaduras y torturas sexuales en su hija. Sin la fortaleza y coraje de compañeras como María Inés, la resistencia no habría sido posible.

2. María Angélica Andreoli Bravo
Fue detenida en su casa de calle Bilbao, el 6 de agosto de 1974. Tenía 27 años y era del MIR. Antes del golpe estudiaba en la Universidad de Talca. Iba a ser nutricionista. Pero tras el golpe militar interrumpió sus estudios y entró a trabajar de secretaria en Sigdo Coppers. Trabajaba en el equipo de apoyo a la Comisión Política del MIR, y a Miguel Enríquez, su secretario general. Fue entregada por una delatora, Marcia Merino. Los agentes la llevaron al centro clandestino de detención ubicado en Londres 38, donde otras prisioneras escucharon su voz por varios días, resistiendo.

3. Jacqueline Binfa Contreras
Militante del MIR fue detenida el 27 de agosto de 1974, cuando tenía 28 años. En la calle la entregó Marcia Merino, la Flaca Alejandra. Había cursado la secundaria en el Colegio San Gabriel, donde era una adolescente rebelde, muy crítica de su medio social. Como era de ideas de avanzada, discutía con su mamá, que era viuda y trabajaba en el Hospital Militar. Estudió Trabajo Social en la Universidad de Chile. Sus compañeros de la U la recuerdan como una estudiante comprometida y totalmente entregada a sus actividades en el frente poblacional, en San Bernardo.  Fue torturada en los centros clandestinos de detención de Villa Grimaldi, José Domingo Cañas y Cuatro Álamos. Pero no hay un solo detenido por su secuestro, violencia sexual y desaparición. La Corte Suprema determinó en 2009 que todos los delitos estaban prescritos.

4. Carmen Bueno Cifuentes
Actriz de cine, tenía 24 años cuando la detuvieron el 29 de noviembre de 1974. Había estudiado en el Liceo 1 de Santiago, y vivió en el barrio República. Era la tercera de cinco hermanos. Su hermana la describe como una mujer que fue libre en el amor, y en sus relaciones, sin convencionalismos, tabúes sexuales ni dobleces. Una amiga cuenta que era “cabezona, medio existencialista y leía libros sobre la mujer”. Carmen había actuado en “La Tierra Prometida”, del director Miguel Littin. Ella y su pareja, el camarógrafo Jorge Müller fueron obligados a subir a una camioneta y llevados a Villa Grimaldi. Ambos militaban en el MIR y participaban del Frente de Trabajadores Revolucionarios de Cine. Se enamoraron locamente mientras se filmaba la película “A la Sombra del Sol”, de Silvio Caiozzi, donde Carmen fue la productora. La pareja fue torturada en Villa Grimaldi y en Cuatro Álamos. Se apoyaban gritándose su amor mientras permanecían detenidos.

5. María Teresa Bustillos Cereceda
Militante del MIR, tenía 24 años cuando la detuvieron el 9 de diciembre de 1974. Faltaban sólo unos días para la fecha en que debía rendir su último examen para recibirse en Trabajo Social en la Universidad de Chile. Durante el gobierno de Salvador Allende, participó del Tren de la Salud, organizando la atención de los pacientes de lugares apartados del país que requerían atención médica. Hasta hoy la recuerdan otros participantes de esa experiencia, porque “ su cabellera cobriza le confería un aura de luz” y por la impecable organización allí desplegada por ella. Era dirigenta, pero también enlace de Hernán González, quien detenido previamente, entregó el local donde ella revelaba fotos, copiaba microfilmes y estudiaba mapas de la ciudad para fijar los puntos de contacto que les permitirían comunicarse con miembros de la organización. Fue llevada a Villa Grimaldi, torturada y vejada para luego desaparecer definitivamente.

6. Sonia Bustos Reyes
Militante del MIR y cajera en el Servicio de Investigaciones (la actual PDI), tenía 30 años cuando fue detenida en su casa del barrio Brasil, el 5 de septiembre de 1974. Su padre, que falleció tempranamente, estuvo preso en Pisagua en tiempos de González Videla. Estudió en el Instituto Superior de Comercio. La familia recuerda que en sus trabajos anteriores en un hotel y una inmobiliaria, no aceptaba ningún abuso de los patrones, y siempre luchó por dignificar la vida del pueblo. Su hermana Rosa, detenida junto a ella al igual que su novio Carlos, sobrevivió, y cuenta que Sonia era coqueta desde chica, y le gustaba arreglarse y diseñar su propia ropa. También escribía poemas y pintaba. Por su trabajo, ella recibía información sobre gente que la DINA buscaba, y lo hacía  llegar a la Resistencia para que se protegieran. Sonia trabajaba políticamente junto a un detective, Teobaldo Tello y a una funcionaria, Mónica Llanca. Todos están desaparecidos.

7. Cecilia Castro Salvadores
Tenía 24 años, una hijita de dos, Valentina, y un marido, Juan Carlos Rodríguez, cuando a ambos los detuvieron en su departamento el 17 de noviembre de 1974. Ella estaba en cuarto año de Derecho de la U, había sido seleccionada chilena en voleibol  y campeona nacional  en el liceo 1, donde estudió. En su familia había un historial de mujeres luchadoras. Su abuela paterna fue una de la primeras  sufragistas  y la primera mujer que firmó las filas del partido Radical. Cecilia militaba en el MIR donde hizo activismo participando en las tomas de fundo en Linares con el Movimiento Campesino Revolucionario, y haciendo alfabetización a las mujeres campesinas del lugar. Su grupo, tras ser desalojada la toma, fue a parar  a la cárcel de Parral  y liberado gracias a gestiones del Presidente Allende. Cecilia se casó  muy poco después de ese episodio con Juan Carlos, también mirista, en febrero de1972. La pareja fue torturada en José Domingo Cañas y luego Cecilia fue llevada a VillaGrimaldi. Una sobreviviente relata acerca  de  su dignidad en ese lugar.

8. Muriel Dockendorff Navarrete
Tenía 23 años cuando la detuvieron, el 6 de agosto del 74. Era mirista, y al igual que su marido, había sido dirigente estudiantil en la escuela de Economía de la U de Concepción, aunque venía de Temuco. En los años previos había participado en trabajos voluntarios en comunidades mapuche, alfabetizando y conversando sobre el derecho a organizarse y recuperar la tierra usurpada. Sus amigas de la época de universidad la recuerdan como una militante rigurosa, pero también saben de sus poemas y su cercanía al arte. A Muriel le gustaba bordar y daba toques muy personales a la casa en que vivía en Laguna Redonda, en Concepción. En prisión, cantaba canciones de amor y quería saber de Juan su marido, preso como ella. La entregó Marcia Merino. Como María Angélica Andreoli, pertenecía al  equipo de apoyo a la Comisión Política del MIR y a su secretario general, Miguel Enríquez. Gloria Laso, sobreviviente, cuenta que Muriel soñaba con reencontrarse con Juan cuando la pesadilla acabara, e irse a vivir al sur, donde “viviría en una casita de madera en medio de un bosque de mañíos y araucarias, y le pondría a sus niños nombres de héroes y de quienes habían caído luchando en pos de sus sueños”.

9. Jacqueline Drouilly Yurich
Tenía 24 años y un embarazo de 4 meses, cuando fue detenida en Santiago el 30 de octubre de 1974. Pocas horas después, en otro  lugar cayó detenido su marido, Marcelo Salinas. Miguel Enríquez ya había caído en combate el 5 de octubre, y ahora la DINA seguía buscando a su sucesor en la dirección del MIR, Andrés Pascal Allende. La pareja de militantes del MIR se había casado en agosto y luego de la fiesta con la familia y amigos, Jacqueline bromeaba mostrando las sábanas color púrpura, “de obispo”, conguardas blancas que había cosido cuando comenzó a vivir con Marcelo.

Ellos formaban parte de los equipos que realizaban tareas al interior de la estructura de Informaciones, directamente ligada a la dirección del MIR. Jacqueline era la mayor de cuatro hermanas y vivió su niñez y adolescencia en Temuco.  Estudió Trabajo Social, en la U de Chile. Pero como también tenía inclinaciones artísticas estudió dos años de Teatro en Santiago, cuando se trasladaron allí. Después del golpe, sus padres le ofrecieron apoyarla para irse a Europa. Pero ella y Marcelo rehusaron, argumentando que los  pobladores y los trabajadores no podían irse, y “vamos a aguantar” como ellos. Sabían los riesgos, pero también sabían que su partido y el pueblo los necesitaban. En prisión, en Cuatro Alamos, Jacqueline  se las arreglaba para comunicarse con Marcelo usando un espejo, y alegraba a sus compañeras contando historias y chistes.

10. María Teresa Eltit Contreras
Tenía 22 años y estudiaba secretariado. Militaba en el MIR. Fue detenida el 12 de diciembre de 1974, pocos días después de la detención y muerte en tortura de José Bordaz, jefe militar del MIR, con quien trabajaba como su enlace. Su militancia venía desde los tiempos en que era estudiante secundaria  y pertenecía a la FESES, Federación de Estudiantes Secundarios. En prisión se reencontró con una compañera de esa época, sobreviviente, que la  describe como  “impulsiva, enamorada y muy comprometida”  con los objetivos de su partido. Otra amiga la recuerda haciendo trabajo político en los campamentos “Patria o Muerte “y “Venceremos” de la comuna de  La Granja, surgidos de tomas de terreno. María Teresa fue torturada en la parrilla muchas veces, sin embargo otras presas recuerdan que era quien recibía y consolaba a quienes pasaban luego por ese mismo trance. Ante las otras compañeras manifestaba también su dolor por el desamparo en que había quedado su madre que era viuda y trabajadora del área de la salud.

11. María Elena González Inostroza
Tenía 22 años cuando fue detenida en Santiago, el 15 d agosto de 1974. Era mirista y hasta el golpe había sido Directora de la escuela N° 18 del fundo El Calabozo, de Chillán. Hija de campesinos, había sido la mejor  alumna de su carrera, titulada con distinción como profesora de educación básica en la U de Chile de Chillán. La persecución en esa región fue intensa. La casa de sus padres fue allanada 17 veces. Ella y su hermano Galo se trasladaron a Santiago y fueron detenidos en su departamento junto a otros tres compañeros y el hijo de 5 meses de una de ellas. Del extraordinario temple de María Elena en los campos de concentración testimonia una sobreviviente: “Sabía de cocina chilena y de empanadas. Todo lo medía en platos hondos. Me dijo impertérrita que la estuvieron torturando 36 horas en la parrilla”. Era capaz de reírse de todo, con un humor  negro a prueba de las circunstancias.

12. María Isabel Joui Petersen
Marisa, de 19 años, estudiaba economía en la Universidad de Chile. Fue detenida el 20 de diciembre de 1974. Era la única mujer de un hogar tradicional, en que sus dos hermanos y su padre eran uniformados. Ella llegó al compromiso político desde la vertiente cristiana, ya que fue miembro de la Juventud de Estudiantes Católicos JEC, donde entendió el cristianismo como lo explicaba  la teología de la liberación: compromiso con  la lucha por liberar a los oprimidos y construir un mundo mejor. Fue presidenta del Centro de Alumnos del Liceo 3, cuya directiva participaba en las reuniones de la FESES.Así fue como Marisa llegó al FER y más tarde comenzó a formar parte  de la Brigada Secundaria del MIR. Lecturas políticas del Ché y Bakunin, lucha callejera, tomas, huelgas, protestas frente a la embajada de Estados Unidos en el Parque Forestal así como la venta del periódico mirista El Rebelde a la entrada de las fábricas y antes de entrar a clase, eran parte de su vida. En esos tiempos surgió la inquebrantable amistad con María Teresa Eltit y con María Alicia (sobreviviente) quien recuerda que a Marisa le gustaba escuchar a Cat Stevens, a Creedence ClearWaterRevival y a Quilapayun. Con sus amigas celebró Marisa en la Alameda la noche del triunfo del Presidente Allende. Y en los trabajos voluntarios se enamoró de Renato Sepúlveda, estudiante de medicina, también del MIR.  Se casaron en diciembre del 73, cuando poco quedaba del mundo en que habían vivido. La dictadura había cerrado su escuela, pero ambos siguieron en la resistencia. El trío de amigas después compartió prisión y tortura. Con hilos de una frazada y astillas tejieron  pulseras que prometieron llevar siempre consigo.

13. Mónica Llanca Iturra
Tenía 23 años, un hijo de 2 años, Rodrigo, y un marido cuando la detuvieron el 6 de septiembre de 1974. Era funcionaria del Gabinete Central de investigaciones, y pertenecía a una red clandestina que proporcionó células de identidad a la resistencia. Trabajó junto a Antonio Tello y Sonia Bustos. A lo largo de 6 meses, logró traspasar cartolas de cédulas en blanco para la elaboración de nuevas células de identidad destinadas a los perseguidos dirigentes miristas que no podían pasar los controles callejeros. Mónica estudió en el Liceo 15 de calle Santo Domingo y vivía en el barrio Carrascal, donde conoció a Manuel. Se casaron en 1971 y compartieron el entusiasmo de los años de la Unidad Popular y los cambios que el país vivía. Mónica iba las concentraciones y las marchas, leía con Manuel la revista Punto Final y  El Rebelde, y en una carta a una amiga,  le preguntaba si encontraba que Allende era en verdad el Salvador de Chile. Manuel trabajaba en Cemento Polpaico, que había sido intervenida, y estudiaba de noche en la USACH, entonces Universidad Técnica del Estado. Eran una familia feliz y llena de esperanza, habían montado una casilla de madera en el patio de la casa de la hermana de Mónica. Manuel quedó cesante tras el golpe y vivieron días difíciles, sustentando ella sola el hogar. Una compañera de trabajo la describe como “alegre, vivaz, confiada y confiable. En el casino siempre nos hablaba con mucho amor de Manuel y de su hijito Rodrigo.”

14. Violeta López Díaz
Militante del MIR, viuda, desapareció, tenía 40 años, un hijo de 16, Ricardo, y una hija de 14, Rebeca. Militante y artista, madre y mujer bella, obrera y secretaria, rompía los cánones tradicionales. Antes del golpe, había fundado el grupo de teatro Acquarius. Participó en la Asociación de Teatro de los Ferrocarriles, y también fue secretaria de la Sociedad de Autores Teatrales de Chile. El 11 de septiembre trabajaba como obrera  en Cecinas Loewer y fue detenida junto a otros once trabajadores y hostigada por varios días. En una oportunidad los uniformados le hicieron tragar bencina, amenazándola con  prenderle fuego y hacer daño a sus hijos. Valiente, decidida, ella siguió adelante con su familia, su militancia y su vida pero tras su detención en su domicilio de San Miguel, el 29 de agosto de 1974, sus hijos la perdieron para siempre. La denuncia para el recurso de amparo la puso el niño en la Vicaría. Cuando la buscó en recintos policiales, los uniformados le respondían que se volviera a casa porque su madre lo había dejado botado. Siguió haciéndolo, desesperado y dejó los estudios.  Se fue preso una y otra vez porque durante las noches de toque de queda salía a las calles a exigir el paradero de Violeta y luego insultaba a los uniformados. Una demanda fue presentada en 2005 por CODEPU, y la última en 2015 como parte de una demanda colectiva de Londres 38. Finalmente la ministra Marianela Cifuentes tomó la causa, que aun no tiene procesados.

15.- María Cristina  López Stewart
21 años, militante del MIR, estudiante de historia en el Pedagógico de la U de Chile fue detenida el 22 de septiembre de 1974, en el marco de los operativos que la DINA realizaba para ubicar a Miguel Enríquez. La joven estudiante, de cabellos color miel y pequeña de estatura,  dirigía una parte de la estructura de informaciones, trabajando con Alejandro de la Barra, quien fue ejecutado por la DINA en diciembre de ese mismo año. Desde los ocho años, María Cristina, la menor de tres hermanas, llevó un diario de vida. A los 16 escribió allí : “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a dejar de vivir.” Estudió en el Liceo 7, donde pudo conocer niñas de sectores sociales diferentes a su familia, que vivía en La Reina e hizo allí amistades entrañables. Leía, estudiaba, escuchaba a Los Beatles, su grupo musical favorito, y jugaba con su perrita Jenny. Su rebeldía y su búsqueda de igualdad de derechos la llevaron a negarse a asistir a la graduación al fin de sus estudios secundarios,  porque había otras estudiantes que no lo harían por no poder costear el traje para la  ocasión. Comenzó su militancia universitaria en el frente estudiantil, participando incluso  domingos y festivos en el trabajo político y poblacional, lo que hacía decir a su mamá: “Parece ser que mi hija Mari siente que cada minuto de su existencia es más importante entregado a los demás que a sí misma y así va dejando su desbordante alegría y esperanza en hogares más humildes “. Luego Mari pasó a trabajar políticamente en la búsqueda, recolección y sistematización de información relacionada con los movimientos golpistas de determinados sectores.

16. Eugenia Martínez Hernández
Obrera, del MIR, colocolina, 25 años, fue detenida el 24 de octubre de 1974 en la industria Laban, donde trabajaba. Su madre explica que ella entró al MIR porque deseaba vivir en una sociedad libre y justa. Su compromiso social se despertó cuando trabajaba en una fábrica de papeles. Eugenia terminó su enseñanza  media asistiendo al Liceo Nocturno N=3  llegando muy tarde a su casa de La Legua Emergencia. La fábrica de Laban fue  tomada por sus trabajadores el 29 de junio del 73, día del “Tancazo” , una suerte de ensayo del golpe. Quena logró la intervención de la industria denunciando el boicot patronal a la producción y desde entonces se unieron al Cordón industrial Macul. Pero la experiencia sólo alcanzó a durar 2 meses. Tras el golpe, la industria volvió a manos de los patrones.

17. Marta Neira Muñoz
Comunista, 29 años, un hijo – Francisco- fue detenida el 9 de diciembre de 1974, a horas de que su pareja, César Arturo Negrete (MIR) de quien era enlace, también cayera preso. Tita, alegre y generosa, de grandes ojos azules, la tercera de cinco hermanos, creció en la localidad de Isla de Maipo. En la plaza todos le hacían rueda cuando bailaba rock and roll con su hermano Miguel Angel. Ella era el orgullo de las Juventudes Comunistas de la localidad, donde solía repartir El Siglo. Era bajita y le gustaba usar tacones muy altos. Su padre había conocido la persecución en tiempos que González Videla ilegalizó al Partido Comunista. Cuando la familia se trasladó a Santiago, estuvo un tiempo en el Liceo 5 de Portugal pero terminó sus estudios en un liceo nocturno. Su rostro hermoso, de tez tostada y sonrisa perfecta fue una vez portada de la revista juvenil Ramona que editaba Quimantu, donde trabajó hasta el 11 de septiembre.

18. Patricia Peña Solari
Estudiante de licenciatura en Biología, tenía 23 años cuando fue detenida el 10 de diciembre de 1974. Su hermano Fernando había caído el día anterior. Su madre, concertista en piano, hermana de la actriz Malucha Solari, había fallecido poco antes. Militaba en el MIR y se encargaba de reproducir el periódico del MIR, El Rebelde, en un complejo proceso que comenzaba con descifrar los textos que venían en microfilm. Había estudiado en el Liceo 1. Bella, de pelo largo liso y negro, ojos almendrados y piel morena, Patricia tocaba el piano y la guitarra y amaba la música. Pertenecía al coro del Liceo y luego al  coro de Cámara de Guido Minoletti. En las largas noches de tiempos de dictadura y resistencia, Patricia y su pareja trabajaban en los textos de El  Rebelde para hacer unos 200 ejemplares, tras lo cual, con las manos aun entintadas, se acariciaban…después Patricia tocaba el piano interpretando a Mozart y Chopin, en una sucesión que Claudio, su pareja, sobreviviente rememora: “Allí estabas nuevamente  dulce como siempre: el amor, la reunión, El Rebelde y  el regreso al pentagrama.”

19. Bárbara Uribe Tamblay
Detenida el 10 de julio de 1974, tenía 20 años. Egresó del liceo un año antes de  casarse con Edwin en diciembre del 73. Fue amor a primera vista, se conocieron en el local de la Federación de Estudiantes Nocturnos, como activos miembros del FER y ella tomó la iniciativa. Iván trabajaba en la estructura de Informaciones, y es probable que Bárbara tambiénlo hiciera. Estudió en los liceos 7 de Niñas y 9 de Macul y allí luchó por todas las causas justas. Eran cuatro hermanas,Su hermana Viviana cuenta que tenía fama de rebelde  y la echaban de todos lados. También se preocupaba de sus amigas y una de ellas recuerda que le enseñó a pintarse las pestañas. Emotiva, sensible, le gustaba  la música y el canto y le aburrían las lecturas pesadas. Muy bella, le aconsejaron ser  modelo pero ella optó por hacer un curso de secretariado. Ingresó al MIR tras participar en los trabajos voluntarios en apoyo al movimiento campesino y obrero en Talca: “Cuando conoció la pobreza  directamente,no dejó de verla más”, explica su hermana. Trabajó políticamente en los campamentos de Lo Hermida y Nueva Habana y conocía de cerca al agente Romo que en esa época era dirigente poblacional, y luego fue quien  la detuvo y vejó. Ella había continuado ligada a los pobladores y se esforzó por ayudar a los perseguidos. Bárbara y Edwin permanecen desaparecidos y unidos para siempre.

Hijos y Madres del Silencio

Esto no es sólo un tema de derechos, es darle valor a otro ser humano que reclama saber la verdad. Nadie puede arrogarse la facultad de quedarse con una verdad que le pertenece a otro. Incluso los padres adoptivos tienen el deber de decir la verdad, no pueden darse la vuelta y seguir así no más, porque tienen responsabilidades con sus hijoshttps://ciperchile.cl/2014/05/08/adopciones-irregulares-iii-nuevos-testimonios-revelan-nombres-de-medicos-y-clinicas-que-violaron-la-ley/

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Niños robados

La Justicia chilena comenzó a abrir una de las páginas más oscuras de la dictadura de Augusto Pinochet (foto): la adopción irregular de miles de niños que fueron enviados al extranjero. Hoy, sus madres los buscan ayudadas por las redes sociales. El 9 de julio de 1977, durante los años más cruentos de la dictadura (1973-1990), Margarita Escobar llegó a tener a su hija al hospital Paula Jaraquemada de Santiago. Alcanzó a ver a su bebé unos instantes antes de que se la llevaran.

Cuatro décadas después relata que durante horas nadie le dio información sobre su hija y que cada tanto la inyectaban para mantenerla dormida. “Cada vez que despertaba volvía a preguntar por ella, hasta que una matrona me dijo: tu guagua (bebé) nació muerta”. Pidió verla para darle un beso pero no la dejaron. Después de eso “nadie me dio ningún papel, me mandaron para la casa. No sé cómo llegué; estaba totalmente dopada”, recuerda.

En el mismo hospital, en febrero de 1985, María Orellana dio a luz a un niño que llamó Cristián. “Alcancé a escuchar que era un varón; después me aplicaron una inyección y no supe más”, cuenta. Durante días pidió ver a su hijo pero nadie le dio respuesta hasta que le informaron que había muerto. Tampoco la dejaron verlo. “Quédate con el recuerdo de tu guagüita, va a ser muy cruel que la veas”, recuerda que le dijeron en el hospital.

reportaje T13.cl Adopciones Irregulares

Al igual que Margarita, a María tampoco le dieron ningún papel ni le entregaron el cuerpo. “No hay nada, es como si yo no hubiera pasado por ese hospital”, recuerda hoy, empeñada como otras miles de madres en encontrar a su hijo.

El juez especial de causas de derechos humanos Mario Carroza realiza desde enero una extensa investigación sobre sustracción de menores centrada en los años de la dictadura, aunque, ante nuevas denuncias, la amplió hasta 2000. Si bien se ha descartado el secuestro de niños como método represivo, como sucedió en Argentina, se cree que las condiciones de esa época facilitaron el actuar de grupos dedicados a “captar” niños para enviarlos al extranjero con fines económicos, explica el abogado del Instituto Nacional de Derechos Humanos Pablo Rivera, que ha presentado denuncias a nombre de las madres.

Un rol protagónico lo jugaron asistentes sociales, religiosos, médicos o funcionarios de municipios u hospitales, que detectaban a madres vulnerables y luego sustraían a los niños o lograban bajo engaños que fueran dados en adopción. “En general los casos tienen relación con madres de escasos recursos que dieron a luz a sus hijos o hijas y luego fueron engañadas por funcionarios de los hospitales respecto a que estaban muertos o enfermos o murieron con posterioridad y nunca más supieron de sus hijos”, explica el abogado del Instituto Nacional de Derechos Humanos Pablo Rivera, que ha presentado denuncias a nombre de las madres.

La vigencia hasta 1988 de una ley que permitía borrar los orígenes de las familias biológicas contribuyó a fomentar la práctica en un país sumido en esos años en el silencio y el temor, explica la historiadora de la Universidad Austral Karen Alfaro. Para Alfaro, la práctica se “inscribe también dentro de una lucha ideológica de la dictadura de Pinochet, un tipo de violencia social sobre los sectores más pobres”.

No hay registros de la cantidad de niños enviados al extranjero. Según datos oficiales, entre 1973 y 1987 se registraron 26.611 adopciones en Chile pero no se sabe cuántos fueron llevados al exterior.

El juez Carroza ha logrado determinar que al menos 2.021 fueron adoptados en Suecia entre 1971 y 1992. Otros miles llegaron a Alemania, Francia, Italia, España, Holanda, Suiza, Estados Unidos, Uruguay y Perú. El valor pagado por cada niño equivalía a entre 3000 y 5000 dólares de hoy.

Sin papeles que respalden su historia, muchas madres guardaron su dolor por años. Pero a medida que los primeros casos fueron haciéndose públicos y se formaron grupos de búsqueda en redes sociales muchas se dieron cuenta de que miles compartían su experiencia. Uno de estos grupos es “Hijos y madres del silencio”, que reúne en Facebook a unas 3.000 personas: hijos que buscan su origen biológico y madres que quieren reencontrase con hijos arrebatados. “Lo que nosotros necesitamos es que se abran los archivos, las fichas de los hospitales, que se haga esto público para que la gente que está fuera de Chile se dé cuenta de que pudo ser una adopción ilegal”, clama Marisol Rodríguez, vocera de la agrupación. En tres años, el grupo ha logrado casi 90 reencuentros.

Las pruebas de ADN son hoy su mayor ayuda. Con dificultad, por los costos, muchas madres se están realizando los test rápidos para poder ingresar a bancos genéticos internacionales. “Lo que quiero es saber qué paso con mi hija y si mi hija me anda buscando”, dice Josefina Sandoval, tras someterse a una prueba. “La andamos buscando y con esto la vamos a encontrar”, agrega sobre la hija que dio a luz pero fue dada por muerta el 24 de junio de 1980.

Rocío Brizuela Chehade, de 27 años, escribió una carta titulada “Los niños del silencio”. Es que ella es uno de los menores que fueron entregados en adopción de manera irregular en los años ’70 y ’80 en complicidad con las familias, ginecólogos y religiosos, como fue el caso de Gerardo Joannon.

Fuente: soychile.cl – http://www.soychile.cl/Santiago/Sociedad/2014/05/03/246784/Victima-de-adopciones-irregulares-Se-puede-llegar-a-tolerar-que-te-cambien-la-familia-pero-que-te-maten-en-vida-supera-un-limite-extremo.aspx

http://www.t13.cl/noticia/nacional/adopciones-irregulares-identifican-29-captadoras-ninos

Hijos y Madres del Silencio

Hay en Chile un grupo de personas con una historia común y desconocida para la mayoría de nuestra sociedad. Somos aquellos niños y niñas protagonistas (algunos dicen víctimas) de lo que la prensa llama “adopciones irregulares” ocurridas en los años 70 y 80 en nuestro país. Hoy tenemos 30 ó 40 años, algunos hemos sido conscientes de nuestra historia, algunos hemos decidido enfrentarla, otros olvidarla, otros simplemente no escucharla, y muchos otros probablemente aún no han tenido la opción siquiera de conocerla. Todos nosotros somos los niños del silencio.
El silencio ha sido la columna vertebral de nuestras vidas. El silencio de nuestros padres biológicos al saber que habíamos sido concebidos, de su entorno cercano para ocultar la desgracia de un embarazo no deseado ante la sociedad, el silencio de las familias adoptivas por miedo a perdernos y también el propio silencio al temer enfrentar nuestra verdad. Todos estos silencios fueron creados y mantenidos por muchos años – en mi caso 27 – por personas que de alguna forma u otra han estado presente en nuestras vidas. Y en la mayoría de los casos sigo pensando que se trató de silencios bien intencionados, basados en el amor.
La gran mayoría de los niños del silencio tuvimos que lidiar –muchas veces inconscientemente – con situaciones infinitamente complicadas en términos emocionales. Lidiamos con el estrés que provoca en los bebés el ser fruto de un embarazo no deseado, con el desapego que significa no haber sido amamantados por nuestras madres, con haber sido niños “inexplicablemente enfermizos” e incluso desnutridos por ser alimentados artificialmente en una época donde los sustitutos de la leche materna no eran los ideales. Lidiamos con los miedos constantes de nuestros padres adoptivos de que la verdad aflorara sin control, con la imposibilidad de sentirnos seguros y protegidos sin saber por qué, con la duda que genera la falta de identidad, con la dificultad de poder formar nuestras propias familias, y mucho más.
Pero también los niños del silencio fuimos y somos tremendamente amados. Acogidos por familias que nos cuidaron con esmero, que nos quisieron incondicionalmente viniésemos desde donde viniésemos. Criados por padres, tíos, padrinos y abuelos que cometieron – como todos – muchos errores, pero que dieron lo mejor de sí para hacer de nosotros mejores personas. Esas, las familias que siempre conocimos, fueron las que enjugaron nuestras lágrimas, nos recogieron cuando caímos, curaron nuestras heridas, se desvelaron con nuestras fiebres, gozaron de nuestros logros y lloraron nuestros pesares. En mi caso no puedo estar más que agradecida y sentirme afortunada por ello. Muchas veces, también fuimos amados por nuestras madres y padres biológicos que, aunque aturdidos por las circunstancias, renunciaron a nosotros para que pudiésemos tener un futuro mejor. En muchas otras historias, las madres y padres biológicos no tuvieron opción.
Los niños del silencio somos extremadamente resilientes, y de alguna forma u otra podemos contener en nuestros cuerpos de adultos dos historias de infancia, las contadas y las silenciadas. Cuando nos enteramos de nuestras verdaderas historias hemos tenido que releer nuestras vidas, volver a mirar los álbumes de fotos, nos hemos preguntado quién eligió nuestros nombres, si debemos seguir celebrando nuestro cumpleaños en la misma fecha e incluso si tenemos que seguir celebrándolos. Nos preguntamos dónde nacimos, a quién nos parecemos, si tenemos hermanos, si estamos menos solos y si hay algo que nos pueda hacer sentir más seguros. Algunos hemos tenido la posibilidad de hablar del tema con al menos uno de nuestros padres biológicos y/o adoptivos. O no alcanzamos a hacerlo. 
Como niña del silencio he podido vivir con todo esto y he podido volver a usar mi nombre con la seguridad construida por vínculos de amor. Con ayuda de muchas personas he aceptado las decisiones tomadas por otros sobre mi vida, abriendo el corazón y la mente para entender el contexto en el que ocurrieron los acontecimientos. He tratado de llevar este proceso desde que conocí mi historia – hace ya casi 10 años – con la mayor franqueza posible conmigo misma, para avanzar y no quedarme empantanada en situaciones que no puedo, y que probablemente tampoco quiero, cambiar. Lo más duro ha sido imaginar los años de sacrificio, silencio y dolor de mis dos mamás y mis dos papás, y el aceptar que la verdad que conozco siempre será incompleta. Nunca el rompecabezas estará terminado.
Hoy he dado un paso más, el de reaccionar públicamente ante una frase escrita en un reportaje respecto de las adopciones irregulares en Chile que rezaba: “para que esa estrategia tuviera éxito, requería de un elemento clave: un compromiso de riguroso silencio de todos los que estaban al tanto de la verdad”.
Los últimos días han sido dolorosos. Enfrentarse a nuevos casos que abultan el conteo de probablemente cientos de niños y niñas del silencio es siempre desolador, pero esta vez el agravante es gigantesco… muchos niños fueron dados por muertos para que la adopción fuera “exitosa”. Y eso ya no es tolerable para mí. Desde mi perspectiva, creo que se puede llegar a tolerar que te cambien el apellido, la familia, los hermanos, incluso el nombre, pero que te maten en vida supera un límite demasiado extremo. Aunque no es mi caso, el dolor cala hondo en los huesos, porque sé lo que he vivido y aún así no puedo siquiera vislumbrar lo que sienten las personas que, en su propia búsqueda por la verdad, tal vez se encontraron con un certificado de defunción de ellos mismos.
Hoy la polémica está instalada en la iglesia católica y sus representantes, quienes lamentablemente fomentaron la creación de una sociedad castigadora, donde muchas personas tienen más miedo a “no pertenecer” que a vivir el resto de sus vidas con mentiras gigantescas sobre sus conciencias. Mañana, lamentablemente, esta problemática será tema en alguna otra de las tantas institucionalidades que seguramente fueron parte de esta red negra de abuso y degradación: hospitales, colegios, el propio Estado, las dictaduras… la lista podría ser interminable.
Escribí estas líneas porque quiero que Chile sepa que hay muchas personas viviendo, superando, renaciendo, reconstruyendo, reparando sus vidas en torno a todos los silencios que nos han tocado vivir. Escribí, para romper el silencio y decir con voz fuerte y clara que los niños y niñas del silencio no somos una historia del pasado, sino que existimos hoy, aunque nuestros documentos legales y la historia conocida de nuestras vidas estén lejos de reflejar lo que realmente somos.
Porque el resto de mi vida estoy dispuesta a muchas cosas, pero no a permanecer indiferente ante la existencia de niños dados por muertos para contribuir a la red de adopción ilegal en Chile. Porque esos niños y todos los niños del silencio deben saber que existen con sus verdaderas historias, que no están solos y que al menos hay una más que está dispuesta a hablar por y con ellos si lo necesitan. Y porque no quiero que nuestro país se engañe, esto no es solo la punta del iceberg de una historia pasada: esto va a seguir pasando hasta que dejemos de callarlo, hasta que el silencio se utilice por primera vez para escuchar a los que hay que escuchar.
Rocío Brizuela Chehade

El viernes 18 de abril, Matías Troncoso recibió una invitación para sumarse a un grupo de facebook que armó una joven conocida suya. Lo que parecía un simple ejercicio cotidiano, terminó provocando un fuerte remezón en su vida. En ese grupo estaba el link al recién publicado reportaje de CIPER que hablaba de niños dados por muertos y entregados en adopción por el padre Gerardo Joannon (ver reportaje). Así relata Matías lo que le sucedió:

-Cuando terminé de leer me temblaban las piernas. Ahí parecía estar la pieza que me faltaba para el puzzle que llevo años tratando de reconstruir, gota a gota. Por primera vez alguien me confirmaba que lo que yo buscaba era posible de encontrar. Antes, yo contaba esta historia a mis amigos y pasaba por loco, pero yo siempre supe que había algo más detrás de mi adopción, que mi historia no estaba completa. Sentí una alegría tremenda, porque me di cuenta que ya no estaba solo en esto, que había otros en mi situación, y que entonces, se abría una posibilidad para descubrir finalmente la identidad de mi mamá biológica. Había esperanzas de que asomara toda la verdad.

Matías llamó inmediatamente a su mamá para preguntarle si conocía al padre Gerardo Joannon, sin mencionar el reportaje. Ella le respondió con toda naturalidad: “Sí, claro, ese cura es muy amigo de tu tía”. El dato encajaba en el rompecabezas que durante años había ido armando:

-Mi madre se refería a su hermana, casada con un abogado quien fue el que supuestamente hizo todos los trámites con el doctor Gustavo Monckeberg para regularizar mis papeles. Esa información tan importante sólo me la entregaron cuando mi tío murió hace exactamente seis años. Todo calzaba: Joannon era el nombre que me faltaba.

Llegaba a sus manos una nueva pista, quizás decisiva, en una búsqueda que ha cruzado física y emocionalmente sus 33 años de vida. Un esfuerzo solitario que no ha hecho más que tropezar con obstáculos, silencios, puertas cerradas e información conseguida a cuentagotas, “como sacando pequeñas capas de una cebolla sin poder llegar al centro”, grafica.

Hoy Matías tiene una gran certeza: “Comprobé que mi adopción fue ilegal y que si las personas que tienen información la entregaran, quizás yo podría saber quiénes son mis padres biológicos”.

Matías Troncoso siempre supo que fue adoptado al nacer. “En ese aspecto me siento bendecido, porque siempre me dijeron la verdad y fue un tema tratado con naturalidad, todo el mundo sabía, nunca fue un tema encubierto. Tengo el recuerdo de imágenes muy bellas, todo rodeado de un inmenso amor”.

Hasta los nueve o diez años fue para él fue una verdad absoluta, sin bordes ni dudas. Pero llegó el momento de hacer preguntas más directas. Y ese día lo recuerda con nitidez.

-¿Qué les preguntaste exactamente a tus papás?
Estábamos los tres y les pregunté directamente de quién soy hijo. Yo quiero saber quiénes son mis padres biológicos, por qué no me dan esa información, les dije. Ellos me respondieron que no sabían, que nunca supieron. Hasta el día de hoy es lo que me responden, con algunas variaciones. Insistí en distintas oportunidades y siempre me respondieron lo mismo. Yo siempre les he dicho que para mí ellos son mis papás y me siento parte de mi familia, pero tengo derecho a saber la verdad sobre mi historia y mis orígenes.

A medida que Matías fue creciendo, sus preguntas se fueron haciendo más inquisitivas: “Bueno, aceptando que ustedes no saben quienes son mis padres, quiero saber en qué condiciones ocurrió que yo llegara a esta familia, cómo fue que me adoptaron, quiero detalles. La respuesta de ellos fue: ‘te elegimos a ti’. Nada más”.

-¿Qué te contaron del momento previo a la llegada a tu casa, del proceso mismo de tu adopción?
Todos los antecedentes desde el día que llegué a mi casa están. Me dijeron que me fueron a buscar una noche y que llegué de madrugada, pero nadie me sabe decir si venía directo de la clínica o de otro lugar. Tengo fotos de ese  día, mi mamá me tiene en brazos, era un recién nacido y mi papá me contó que ellos mismos me cortaron el cordón umbilical, así es que no debieron pasar más de quince días del parto. Los antecedentes que no existen es todo lo que pasó antes.

-¿Por qué comenzaste a sospechar que había información que no calzaba en tu historia de adopción?
Es que a medida que fui creciendo, las versiones iban cambiando, no había una sola respuesta frente a mis preguntas, muchas veces eran opuestas las versiones que me daban por separado mi papá y mi mamá. Entonces estaba claro que algo no me estaban diciendo. Cuando estás solo en esta búsqueda, no le puedes creer a nadie. Esto ha sido difícil, porque cada miga de pan que vas recibiendo te sirve para ir componiendo tu propia historia. Pero estos datos están llenos de contradicciones.

-¿Y qué te imaginabas sobre esa información que presentías te estaban ocultando?
Nada específico, la verdad. Por una razón que no me explico, yo tuve consciencia desde muy chico de que no podía formarme ninguna expectativa ni esperanza sobre el tema de mis padres biológicos. Tenía asumido que esta era mi realidad y que yo vivía feliz con mis padres. Sentía que era inútil tratar de imaginar esa realidad paralela, aunque en el fondo quisiera saberlo.

“TÚ TIENES QUE HABLAR CON EL DOCTOR MONCKEBERG”

Las fechas exactas se vuelven algo difusas para Matías en su reconstrucción cronológica de estos años de búsqueda. Sin embargo, recuerda con nitidez dos conversaciones fundamentales con sus papás durante su adolescencia:

-Recuerdo que a los quince años tuvimos una conversación más en profundidad, donde yo los presioné mucho. Les dije: necesito que me digan exactamente cómo fueron las condiciones, porque yo estoy emocionalmente preparado para saber. Yo estoy totalmente seguro que ustedes son mis padres y no tengan miedo porque nada va a pasar, pero por favor, les pido que me digan la verdad. Allí, por primera vez, me aparece el nombre de Monckeberg. Mi mamá me dijo: “tú tienes que hablar con el doctor Gustavo Monckeberg”, y me dio su número de teléfono.

-¿Te explicó por qué ese médico era importante en tu historia?
Me dijo que él se había hecho cargo de mi adopción. Y que ese doctor además, atendió en el parto a mi madre biológica. Hasta ahí yo pensaba que estaba bien que un doctor ayudara a una mamá que quiere dar en adopción a su hijo. Me parecía entendible. Lo que me hizo ruido es que ese médico había atendido otros partos en mi familia y era una persona conocida en mi núcleo familiar.

-Y decidiste entonces contactar al doctor Monckeberg…
Sí, no recuerdo si fue en ese momento o unos días después. Lo llamé por teléfono, le dije quien era y que necesitaba que me dijera quién era mi madre biológica. Monckeberg no se puso nervioso ni nada parecido. Me dijo: ¿en qué año fue esto? En 1981, le respondí. ¿Y ahora en qué año estamos?, le escuché decir. Fue una sensación extraña, como de alguien que no está totalmente cuerdo. El doctor Monckeberg no me dijo nada. Mis papás estaban al lado mío en ese momento y me dijeron que no tenían más información para ayudarme.

Matías no se dio por vencido. Meses después, logró ubicar la dirección de una oficina privada del doctor Gustavo Monckeberg, en el sector de Apoquindo. El médico se había jubilado de la medicina diez años antes:

-No era una consulta, era un departamento y había una secretaria. Me presenté ante ella y pedí hablar con el doctor. Ella me preguntó mucho de dónde venía y para qué quería verlo. Le expliqué que era adoptado, que atendió a mi mamá biológica y que necesitaba ver el registro de partos del médico. La mujer me dijo que tenía que pedírselo a él, pero que no estaba disponible y además, que él ya no se acordaba de nada. Es tremendo toparse con un portazo así, cuando sabes que esa persona sí tiene la información y podría ayudarte. Me fui con la espina clavada. Él no me iba a ayudar y ya no me quedaba más que hacer con la información que tenía hasta ese momento. Nadie me iba a entregar esos registros. De eso estaba seguro.

Ante esa muralla que se le instaló al frente, Matías decidió volver a la carga con sus papás. Entonces, un nuevo antecedente salió a la luz:

Mi papá me contó que un tiempo antes de mi nacimiento, fue con mi tío abogado a una casa en Vitacura. Ese tío estaba casado con la hermana de mi mamá, la misma tía que hoy sé era muy amiga del padre Gerardo Joannon. Ante mi insistencia por conocer el nombre de mi mamá biológica, mi papá entonces me confesó que le hicieron firmar un documento en el que se comprometió a renunciar a cualquier acción para saber quién era mi madre biológica. Me insistió en que esas fueron las condiciones bajo las cuales pudieron adoptarme. Y me dijo que en función de ese compromiso, los papeles se habían destruido y que no había forma de rastrear esa pista legalmente porque yo soy hijo biológico de mis padres.

En la ardua reconstrucción de su adopción. Matías tiene hoy algunas cosas claras. Y una de ellas es el contradictorio rol del doctor Gustavo Monckeberg en el proceso. En algún momento su papá le contó que se entrevistaron con Monckeberg un par de años antes de la adopción, para ver la factibilidad de acceder a un hijo. En otra ocasión le relató que fue justo antes de que se los entregaran en adopción. Hoy, no tiene cómo verificar esa información porque el doctor Gustavo Monckeberg murió en 2008.

-¿El doctor Monckeberg sería a tu juicio el protagonista central en este sistema de adopciones?
A mí me queda claro que Monckeberg es la figura central de toda esta operación. Mis papás me dijeron que él era la cara visible de todo esto. Aun así yo no me tragaba toda la versión, porque a ratos dudaba de todo.

“MI MAMÁ BIOLÓGICA ME ESTUVO BUSCANDO”

Tras la confesión que le hicieran sus padres sobre el rol del doctor Gustavo Monckeberg en su adopción, Matías recibió un nuevo antecedente, esta vez de boca de su madre. Una información que recién hoy es capaz de aquilatar en toda su dimensión y que explicaría por qué la fecha de nacimiento que figura en su cédula de identidad (5 de marzo de 1981) no coincide con la fecha de inscripción en el Registro Civil: 1986.

-Debo haber tenido como 16 años, cuando un día a mi mamá se le escapó una frase. Fue como un desliz… Me contó que durante los primeros cinco años de mi vida, mi mamá biológica me estuvo buscando. Y que por esa razón, mi carné figura con una inscripción cinco años más tarde de mi nacimiento. Me quedé helado. ¿Qué podía hacer yo con esa nueva información? Cada antecedente  nuevo me  desconcertaba aún más. Ella hoy desmiente que me lo haya dicho, pero yo no tengo de dónde haber inventado una historia así. Mi papá también hoy dice que eso no es cierto.

-¿Qué significó para ti, en ese momento, saber que tu mamá biológica te había estado buscando durante cinco años?
… (guarda silencio un rato) No te puedo mentir, no me surgió ese llamado fuerte, como venido del interior, como para salir corriendo a buscarla. La verdad, es que mirado con ojos de hoy, creo que lo que me pasó fue que no asimilé realmente el valor de la información que estaba recibiendo.

Matías había reparado antes ya en ese detalle. Que su cédula de identidad registra una diferencia de cinco años entre su nacimiento y la inscripción en el Registro Civil. Pero había otro antecedente que le hacía ruido. Su número de RUT era muy diferente al de sus compañeros de generación. Si su número de registro es 17 millones, sus amigos tenían 13 ó 14 millones. “Hasta cierta edad yo me había convencido de que esa diferencia se debía a que yo era un niño adoptado. La verdad es que nunca me cuestioné que hubiera algo más detrás”.

-¿Le preguntaste a tu papá la razón para esa inscripción tan tardía?
Me dijo que mi tío, el abogado que participó en el proceso de adopción, le había explicado que en estos casos debían pasar cinco años antes de inscribirme, para ver si yo era compatible con mi familia adoptiva. La verdad es que a mí me pareció en ese momento una explicación bastante razonable y creíble. Pero con lo que yo he logrado averiguar en todos estos años de búsqueda con personas que han adoptado, ese periodo no es superior a un año y medio. ¡No se tarda cinco años!

Lo que Matías se demoró en entender es que en esos cinco años que mediaron entre su nacimiento y su inscripción había varios secretos involucrados. Uno de ellos podría ser el que efectivamente sus padres demoraron su inscripción para no dar rastros de su paradero a su madre biológica que lo buscaba. Pero había otro secreto que avalaba el silencio de sus padres. Años después, Matías se encontraría de frente con una verdad aplastante e indesmentible.

“LA INFORMACIÓN ESTABA EN LA PIEZA CONTIGUA”

Matías Troncoso cuenta que, en su solitario peregrinar tras la búsqueda de sus orígenes, el siguiente dato concreto lo encontró en una inscripción de nacimiento donde aparece que nació en la Clínica Santa María. Cuando Matías obtuvo esa nueva información sí siguió el impulso que le surgió: decidió ir a la misma clínica a preguntar. Tenía 18 años, lo sabe bien porque recién estrenaba su licencia de conducir:

-Me presenté en el mesón de informaciones de la clínica y fui  directo al grano. Hola sé que soy adoptado, sé que nací acá y me gustaría saber si existe un registro o algo que me permita saber quiénes son mis padres biológicos. La niña que atendía quedó muy sorprendida. Al punto que llamó al jefe de servicio al cliente para que me atendiera. El funcionario hizo un par de llamadas y me respondió que a este registro sólo se podía acceder con una orden judicial. La respuesta me abrumó: una vez más tenía la sensación de que la información estaba en la pieza contigua y yo no podía acceder a ella.

-¿Se te cruzó por la cabeza ir donde un juez para que ayudara en esta búsqueda?
Yo tenía 18 años y entonces no me imaginaba que un juez pudiera dedicarse a buscar este tipo de información. Además, no estaba dispuesto a abrir un juicio que podía demorar 35 años en resolverse. Decidí que no quería desgastar mi energía para un proceso en el que no tenía ya ninguna esperanza. De todos modos, les comenté a mis padres lo ocurrido. Pero no pasó de ahí…

“ESTOY PREPARADO PARA ACEPTAR QUE ELLA NO QUIERA CONOCERME”

Cuando Matías salió del colegio y sus padres lo mandaron a estudiar a Europa por dos años, su inagotable búsqueda quedó en una especie de congelador. A su regreso, se fue a vivir solo. A los 21 años, tuvo su primer hijo con su pareja de entonces y dos años después sería padre por segunda vez. Fueron años de crianza y dedicación exclusiva a sus hijos.

En esos intensos años, Matías Troncoso no sólo se dedicó a ser padre, también construyó una exitosa carrera profesional. Aún así, confiesa que hubo  momentos en que la figura de su madre biológica irrumpía en su vida sin control. Hasta que se cruzó en su camino con una persona que, por su trabajo, tenía conocimiento de cómo se indaga en los orígenes genealógicos. Y fue esa persona quien lo condujo nuevamente a la Clínica Santa María, esta vez con una recomendación precisa: debía solicitar la información sobre todas las defunciones de recién nacidos registradas en torno a la fecha de nacimiento que figura en su carnet de identidad: 5 de marzo de 1981. Esta vez, a través de un abogado, hizo la solicitud oficial. La respuesta de la clínica fue un contundente no.

-Los antecedentes recogidos por CIPER, dan cuenta de adopciones que se hicieron engañando a la madre y dando por muerto al hijo. Pese a la negativa de la clínica, ¿pudiste averiguar si pudo ser ese tu caso?
No, porque eso es imposible sin poder ver los registros de defunción. Y en eso, la clínica ha sido totalmente hermética. Hace pocos días me entregaron otra información. Supe que mi tío, el abogado que además es mi padrino, fue a buscarme cuando me entregaron. No fueron mis papás. Sé que llegué a la casa de madrugada, pero nadie me sabe decir si venía directo de la clínica o de otro lugar.

-Matías, ¿para ti sería diferente saber que tu adopción fue consentida por tu madre biológica o que ella fue engañada y su hijo dado por muerto?
¡Uf!, ¡qué difícil! (guarda silencio)… No sé cuál sería mi reacción si supiera que ella fue obligada o engañada… Rabia, tristeza…, no me imagino cómo sería ese momento y menos cómo sería ese reencuentro. No tengo la respuesta. Me tocaría enfrentar un proceso muy delicado, no sólo con ella sino con mis propios padres. Si fue un acto voluntario o si me entregó por las razones que sean, creo que estoy preparado para aceptar la verdad, sea cual sea. También respetaría el que ella no quisiera conocerme. Sería capaz de aceptarlo. Está en su derecho y así es la vida. En todo caso, cualquiera sea la verdad, para mí sería igualmente importante encontrarla. Me permitiría cerrar el círculo. Tendría la tranquilidad de que hice todo cuanto estuvo a mi alcance para encontrarla y saber la verdad de lo que pasó. No soporto seguir con verdades a medias.

Durante los últimos seis años, Matías Troncoso ha ido obteniendo nuevos detalles que le han permitido dar un nuevo impulso a su búsqueda. Por ejemplo, su mamá le dio el nombre de dos enfermeras matronas que trabajaban junto al doctor Gustavo Monckeberg en esos años. A una de ellas la buscó intensamente hasta lograr ubicarla. Y fue a su encuentro, pero no tuvo suerte. No logró conversar con ella.

La esposa del abogado que participó en su proceso de adopción, su tía materna, le aseguró que antes de morir su marido le había entregado una carta a su papá con todos los antecedentes que rodearon su adopción. Su papá le asegura que jamás la recibió. Hasta hoy Matías no ha logrado que ninguno de sus familiares se decida a entregarle esa carta.

Hace seis años Matías Troncoso logró al fin abrir una puerta que lo condujo a una verdad dolorosa y que no estaba sujeta a ningún desmentido. Fue el último eslabón en una cadena de secretos de familia que le han provocado mucho daño. A través de una persona que conoció su historia y entendió su angustia, pudo acceder al fin a los archivos del Registro Civil. Precisamente a aquellas carpetas altamente reservadas que contienen el historial de quienes han sido adoptados.

-¿Y cuál fue la información sobre tu adopción que allí obtuviste?
Fue un golpe muy duro, tremendo. Porque yo no existo en esa base de datos. No hay historia anterior ni registro alguno sobre algún proceso de adopción que me afecte. Ante la ley, soy hijo biológico de mis padres y punto. No hay historia previa. En ese momento, supe que mi adopción había sido ilegal.

Ahí estaba el gran secreto que ocultaban sus padres sobre su adopción. Al haberlo inscrito como hijo biológico, de manera ilegal, toda la historia de su nacimiento real quedaba sepultada. Sin rastro.

“LE HE MANDADO MUCHOS RECADOS AL PADRE JOANNON”

Todo cambió nuevamente el viernes 18 de abril. El reportaje de CIPER le proporcionó el eslabón clave que le faltaba. Matías Troncoso sabe hoy que existe una posibilidad de que su historia esté vinculada a los otros casos que dio a conocer CIPER sobre adopciones irregulares. Allí donde el propio sacerdote de los Sagrados Corazones, Gerardo Joannon, reconoce que él fue quien ayudó a algunas familias a entregar en adopción a hijos de madres adolescentes. Y que lo hizo en colaboración con el doctor Gustavo Monckeberg y otros nueve médicos.

-¿Le asignas alguna responsabilidad al padre Joannon en este secreto guardado por años en tu familia?
En mi caso no tengo la certeza que haya sido el cura Joannon el enlace con mi adopción. Lo que me hace mucho sentido es la estrecha relación y amistad que ese sacerdote tenía y tiene con mi familia materna y con el abogado que se hizo cargo de todo el papeleo para validar mi inscripción. A mí nunca me apareció su nombre en mi búsqueda.

-¿Qué esperas ahora del sacerdote Gerardo Joannon?
Que él entregara de una vez  toda la información que tiene. Si está relacionado con mi caso, que me diga la verdad y también lo haga sobre todas las otras personas que como yo han pasado años buscando a sus madres biológicas. A mí no me interesa si sigue siendo cura, si lo sancionan o no. Sólo me tranquilizaría que entregue la información ya y que a todos nosotros nos dejen tranquilos de una vez. Le he mandado mensajes con muchas personas que lo conocen. Hasta ahora no se ha manifestado. Y es urgente que entregue una respuesta.

Quiero ser bien claro. A mí no me interesa juzgar ni condenar a ninguno de los involucrados. A ninguno. Tampoco me interesa levantar polvo, abrir causas judiciales o gastar energías en algo que no conduce a nada. Lo que sí me produce rechazo es la mentira para defender una forma de pensar, para protegerse del qué dirán. Y sostenerla durante tantos años. También quiero ser claro: ¡a mis padres nunca los voy a juzgar! Ellos me han dado todo su amor y yo he sido muy feliz a su lado.

Más de un mes antes de haber leído el reportaje de CIPER, Matías despertó una noche de madrugada con un sueño que todavía recuerda muy nítido: “Estaba con una persona que me decía que había encontrado a mi mamá biológica. Estaba a punto de decirme su nombre cuando desperté. Fue una sensación muy potente. Espero que esta entrevista sirva para que, si alguien sabe algo más sobre mi historia, pueda decirlo. Es lo único que me motiva a exponer públicamente mi historia.

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 3 junio, 2018 Edición Cero 0
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Patricio Cabezas es hijo de un abogado ejecutado en la caleta de Pisagua durante el Golpe de Estado Militar en Chile en Septiembre de 1973. Durante el hallazgo de una fosa común cerca de su cementerio, se revelan las evidencias de terribles atrocidades cometidas en contra de ciudadanos chilenos por el régimen de Augusto Pinochet.

Mas de 10 cuerpos baleados son encontrados envueltos en sacos de papas y sujetados por alambres de las coronas de flores que abundan en las cercanías. Una misteriosa condición natural del desierto mantuvo los cuerpos casi intactos. Años más tarde un grupo de personas descubre, registra y da a conocer los hechos de este descubrimiento al mundo generando mucho impacto. Un joven Cabezas se encuentra entre los paleros que cavan la fosa. Esta experiencia le devuelve algo curativo para su vida pero lo deja marcado para siempre.

Un 02 de Junio de 1990, luego de reiteradas e infructíferas búsquedas, y ya con los albores de los primeros meses de recuperación democrática, fue descubierta la fosa clandestina de Pisagua, que contenía los cuerpos de 20 ejecutados políticos, quienes fueron vilmente asesinados. estaban con los ojos vendados, las manos atadas a su espalda y envueltos en sacos de arpillera. Pero, 17 años después, emergieron de la salina tierra nortina, para contar su verdad al mundo. No andaban escapados ni en libertad; fueron ejecutados.
Este domingo, como todos los años, se conmemora esta fecha, con una ceremonia en el Mausoleo Para Que Nunca Más, donde yacen los cuerpos de quienes fueron encontrados y cuyos familiares decidieron compartir un espacio que los cobijara a todos.  Y este año no fue distinto. En el Cementerio N° 3 se reunieron familiares, ex prisioneros, compañeros, amigos, ciudadanos…  todos bajo la consigna de “Para que Nunca Más” y siguiendo en la lucha de verdad y justicia.
En esta ocasión, concurrió como cada año, el Senador Jorge Soria Quiroga, quien también fuera prisioneros político en Pisagua y compañero de muchos de los desaparecidos. También estuvieron presentes el diputado Hugo Gutiérrez, el alcalde Mauricio Soria, el Presidente del Consejo Regional, Alberto Martínez y el Consejero Pedro Cisternas.En la ocasión se rindió un homenaje y se nombró a quienes fueron encontrados en la fosa:
Manuel  Sanhueza Mellado,
Hugo Martínez Guillén,
Alberto Yáñez Carvajal, 
Luis Alberto Toro Castillo,
Nelson Márquez Agusto,
Germán  Palominos Lamas, 
José  Córdova Croxatto, 
Juan Valencia Hinojosa,
Julio Cabezas Gacitúa,
Mario Morris Barrios,
Humberto Lizardi Flores,
Luis Lizardi Lizardi,
Marcelino Guzmán Fuentes,
Juan Calderón Villalón,
Nicolás Chanez Chanez,
Juan Mamani García,
Orlando Cabello Cabello,
Luis Manríquez Wilde
Juan Orlando Rojas Osega.
Mientras, sigue la búsqueda de Juan Antonio Ruz Díaz,  Rodolfo Fuenzalida Fernández, José Sampson Ocaranza, Michel Nasch y Freddy Taberna Gallegos.
BOLSA N° 20
Hay una situación que no está clara hasta hoy y que tiene que ver con la llamada “bolsa N° 20”, que contenía restos de a los menos 3 personas. Se le practicaron peritajes en el país, pero para acceder a una tecnología más avanzada, fue enviada al extranjeros. Hasta hoy, no se sabe a quiénes pertenecían los restos. Y la bolsa, también desapareció.
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La fosa está emplazada a casi 3 kilómetros al norte de Pisagua, a un costado del cementerio de la localidad costera, distante a 180 kilómetros al norte de Iquique. El hecho se registró el 2 de junio de 1990, luego que una avanzada de familiares, ex presos políticos y el arqueólogo Olaf Olmos buscaran desde hacía una semana restos de las víctimas del Régimen Militar.
El presidente de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos y Detenidos Desaparecidos, Afepi, Héctor Marín Rossel, recordó el hecho, explicando que solamente un grupo reducido de dirigentes conocía el hecho, pero se mantenía en absoluta reserva para no generar falsas expectativas.
“De hecho, muchas de las búsquedas nunca se dieron a conocer”.Explicó que fue “el 2 de junio, a las 18 horas, cuando apareció el primer cuerpo, que correspondía a Manuel Sanhueza Mellado, oriundo de Valparaíso, que fue detenido en Arica, junto con su esposa embarazada y su suegro y trasladado al campo de concentración de Pisagua. Paradójicamente fue el primero encontrado, pero el último en ser identificado, ya que a su familia le indicaron que en su traslado, él se había fugado y se había internado en el mar, ahogándose. Quedaron vivos su suegro y su esposa, quien abortó debido a las torturas”.
INHUMACIÓN ILEGAL Una vez encontrados los primeros restos, se hizo presente en el lugar el juez de Pozo Almonte, Nelson Muñoz Morales, quien llegó junto a Carabineros para denunciar la inhumación ilegal.Con ello comenzó a acordonarse el lugar.En el sitio emplazado a casi 3 kilómetros de Pisagua, a un costado del cementerio de la localidad costera distante a 180 kilómetros al norte de Iquique, continuaron las excavaciones en la madrugada del 3 de junio. Mientras, un grupo de viudas y familiares de las víctimas son informadas de los hallazgos y viajan raudamente a Pisagua, a quienes solamente se les permite el acceso hasta el sector de Alto Hospicio de la caleta costera, debido a que estaba acordonado el pueblo y prohibido el acceso a civiles. Tampoco se les confirma, ni niega el hallazgo.
PALEROS Por la tarde, tras una intensa jornada de trabajos de 25 paleros, fueron encontrados 19 cuerpos de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados, los que fueron trasladados por vehículos de la Funeraria la Humanitaria el mismo día hasta el Servicio Médico Legal.
El 5 de junio ya existía certeza de la identificación de algunas víctimas, ya que las familias pudieron ingresar para reconocer a los DD.DD. y Ejecutados Políticos. El primero en ser reconocido fue el profesor Humberto Lizardi Flores, luego Luis Lizardi Lizardi, después al abogado del Consejo de Defensa del Estado, Julio Cabezas. También se identificó a Martínez.
FUNERALES El primer funeral que todavía se recuerda por lo masivo y simbólico, fue el 7 de junio, donde fueron sepultados 13 de los cuerpos en el Cementerio Nº3, donde se habilitó un pabellón especial. La ceremonia litúrgica se efectuó en la Iglesia Catedral “Inmaculada Concepción”, para luego ser trasladados los restos hasta el campo santo. A los 3 días, se efectuó otro funeral, debido a que muchos de los familiares se encontraban en el sur del país, y del extranjero, como Holanda y Suecia.
EXCAVACIONES Paralelamente seguían las excavaciones en Pisagua, debido a las versiones que señalaban que existían 3 fosas más, no solo en la parte baja de la caleta, sino en Alto Hospicio de Pisagua, debido a que a los detenidos del Régimen Militar se les obligó a construir una pista de aterrizaje en el sector.
El caso fue designado al magistrado Hernán Sánchez Marré, en calidad de ministro en visita, quien tras un tiempo derivó la causa a la justicia militar, al declararse incompetente por estar supuestamente involucrados militares.
De ahí los antecedentes duermen hasta el retorno a la democracia en 1990.

LA MEMORIA, LA MEMORIA, LA MEMORIA, que se venga también LA JUSTICIA, LA JUSTICIA. LA JUSTICIA.

LA MEMORIA, LA MEMORIA, LA MEMORIA, que se venga también LA JUSTICIA, LA JUSTICIA. LA JUSTICIA.
Títulos póstumos en la U. de Chile: 101 cartones que vencieron la dictadura

Títulos póstumos en la U. de Chile: 101 cartones que vencieron la dictadura

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Familiares de 101 estudiantes de la casa de estudios desaparecidos y ejecutados recibieron este 11 de abril en la casa central de la institución las licenciaturas académicas y títulos profesionales simbólicos. Esta ceremonia dio inicio a un proceso de reparación y memoria anhelado por la comunidad universitaria que continuará con próximos reconocimientos a más estudiantes víctimas de la dictadura.

Por  / 11.04.2018

Dan los pasitos lentos. Los ojos vidriosos detrás de grandes anteojos dejan ver, antes que la emoción, el avance del tiempo. Era mi compañero de curso, íbamos en tercero, nos estábamos poniendo de acuerdo para decidir dónde haríamos la práctica, comentan algunos. Desde la universidad, desde Beauchef, nos íbamos juntos a tomar la micro para llegar a nuestro cordón industrial, recuerdan otros. Son cien. Ciento uno son los estudiantes asesinados por la dictadura que no pudieron hacer su práctica, que no alcanzaron a especializarse en sus pasiones. Ciento un títulos que jamás llegaron a decorar los livings sedientos de orgullo, cien pedazos de cartón cambiados por tortura y bala en una ciudad gris, sangrienta. Una centena de fotos de familias junto a un clavel de graduación que debieron esperar 45 años, fotos ahora sin protagonista en carne y hueso, sin verdad y sin justicia -en tantos casos-, sin madres y padres que dieron sus últimos suspiros deseando este momento. Hoy es la titulación póstuma de ciento un estudiantes de la Universidad de Chile avasallados por el poder. Y aquí, en el salón de honor de la Casa Central, están los que están, los que la maquinaria del tiempo y el amor por el prójimo ha permitido estar.

Está Juan. Juan Moya Cuevas. Juan viene a buscar el título de su hermano Carlos, dos años menor. Carlos estudiaba Ingeniería Civil, tenía todos sus ramos aprobados para pasar al cuarto año, en Beauchef, y ya tenía listo su futuro especializándose en Geología. Pero para el pesar de su destino se le ocurrió militar en las Juventudes Comunistas, cuando ser militante de una idea en esta tierra se podía castigar con lo que se le castigó a él. Un día su madre fue testigo de lo que más temía. Lo secuestraron, lo arrancaron de la casa, en San Miguel, en San Francisco con Carlos Valdovinos, y se lo llevaron a Londres 38. Pasaron dos dias de búsqueda frenética, desesperada, en shock constante. Dos días después, un sábado, Carlos junto a otros cuatro militantes de izquierda era presentado al país por el gobierno, por la prensa, como extremistas dinamitando una torre de alta tensión en Cerro Navia. Carlos y su madre pudieron enterrar a ese estudiante de Ingeniería, pero sin velarlo, esa condición les puso el instituto médico legal. Al vestirlo, la verdad fue irrefutable: marcas de tortura en las manos, en los pies. Lo mismo en sus compañeros de tortura: ojos menos, hoyos de pernos en la cabeza. Llegó 1991 y la madre de Carlos se fue. Murió. La misma que nunca dejó de pensar en su hijo que iba a ser geólogo, la misma que no pudo ser testigo de la condena que recibió Manuel Contreras por este montaje conocido como Plan Leopardo. La misma que hoy desde algún rincón donde vive la memoria observa a su otro hijo, a Juan, llevando a casa el cartón que ella merecía. Y lo lleva soberbio, mostrándolo a quien quiera mirarlo, firme como vino.

“Este es un reconocimiento de la universidad a sus estudiantes que fueron fisurados en su desarrollo y ayuda a mitigar en parte hacia la sociedad lo que fue el quiebre institucional del año ’73. Debe ser un camino al nunca más. Estas son señales de que lo que ocurrió en el periodo de la dictadura fue concreto y real, con consecuencias que permanecen hasta hoy. Ahora debemos buscar un lugar en la familia para poner este cartón, entendiendo que es un símbolo de lo que pudo haber sido, de los hijos que no tuvo, de los sueños que no cumplió, del proyecto que tenía mi hermano”, dice Juan, flor en mano, rostro en pecho. Dice Juan y se va con su diploma a seguir haciendo clases a sus alumnos, enterados de este hito en la vida de un profesor de matemáticas de Recoleta. Los hermanos, alguna madre, vecinos del barrio y profesores, se confunden con algunos niños. Jóvenes, adolescentes que visten diferente. Usan aros y no boinas revolucionarias. Llevan zapatillas y no lustrados zapatos de caballero. Chicas juegan con el celular mientras al lado dos sesentones conversan sobre cómo era su compañera de curso en la sala de clases, si era buena para la talla, si era estricta y seria, en los primeros meses del extraño e inolvidable ’73.

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Enrique era un estudiante apasionado, le gustaba de verdad la ingeniería, cuenta Rafael Kries. Enrique es Enrique Massa Carvajal, estudiaba Ingeniería Eléctrica y militaba en la Juventud Socialista. Enrique estaba metido fuerte en cordón Vicuña Mackenna y para allá se fue a defender a su gobierno el 11 de septiembre, el día del golpe de la derecha civil y militar. Enrique tenía rasgos afro, parecía cubano, todos lo conocíamos así, recuerda un amigo que vino desde Venezuela a esta ceremonia, un amigo que estudiaba Química y que militaba junto a él. Como parecía cubano, a él lo eligieron como víctima ese día en la fábrica Tisol, detrás de Luchetti, dice Rafael. “Este no sólo fue un crimen político, fue un crimen racista”.

emaza

Cerca de doscientos trabajadores vieron cómo mataron al estudiante, a Enrique, quien estaba haciendo la práctica en una fábrica, quien no pudo recibir su nota, quien no pudo defender ninguna tesis, quien quedó inmortalizado en el recuerdo de las aulas que hoy le rinden el respeto que su ímpetu socialista aún aquí reclama. Enrique, el que estaba en cuarto año, ahora tiene título, hay felicidad en sus cercanos, pero aún no llega un fallo que le entregue la paz de la justicia. No está solo en eso.

El actor Alejandro Goic es el maestro de ceremonia. Su tono disgustado que despotrica contra los culpables de que esta ceremonia sea póstuma se detiene unos segundos. La emoción se torna amable cuando nombra a su amigo Carlos. “Carlos Lorca, joven valiente, ejemplar estudiante de medicina, detenido desaparecido”. Aplausos y miles de recuerdos invaden a los otros tantos que también lo conocieron. Carlos Lorca era el jefe de los jóvenes socialistas, muchos de los cuales hoy se titulan, y bien lo conoció también la señora Angela Jeria, madre de la ex presidenta Bachelet, aquí también presente. “Mientras me linchaba el alma evocada los hermosos espíritus de quienes homenajeamos hoy”, añade Goic, junto a Luz Croxatto. La emoción se desborda también en Faride Zerán, vicerrectora de Comunicaciones, quien habla de este acto como un acto de justicia. Habla sobre los antecedentes de esta entrega póstuma, sobre el retiro de las sanciones contra los estudiantes exonerados en 1991, sobre los títulos póstumos que también han entregado desde 2011 las universidades de la frontera, de Santiago y Católica. Sobre el trabajo de Alicia Lira y Lorena Pizarro, quienes atentas en el público asienten al escuchar nombres, historias, sus luchas, victorias y derrotas.En su ausencia está plasmado el ethos, el alma, lo mejor de esta universidad”, termina Faride.

“Nuestro agradecimiento a quienes no están va a ser eterno, porque los que no están aquí nos entregaron la posibilidad de estudiar sin el miedo a ser asesinados por nuestras ideas”, comenta el presidente de la Fech, Alfonso Mohor, quien da paso a Lorena Pizarro. “A quienes estuvieron dispuestos a dar la vida no les podemos olvidar, pero no es recordar por recordar, este es un acto de memoria y resistencia, porque no se puede borrar la resistencia. Hoy, 2018, los mismos rostros que justificaron estos crímenes, se han vuelto a ubicar a no más de dos cuadras de aquí, en el palacio de la moneda, son los mismos que anunciaron un proyecto de ley que busca perdonar a los asesinos de quienes aquí homenajeamos. Les quiero conminar a que resistamos la llegada de esta derecha que trae solo autoritarismo e impunidad”.

¡Presente. Presente. Presente! Pasan los familiares a recibir los cartones blancos, con engalanadas letras negras, y los gritos de garra y heroísmo, muchas veces de furia, se confunden con ternura, con la más ingenua ternura. En el escenario, el hermano de Alvaro Barrios, Germán, despliega un lienzo exigiendo verdad y justicia tras dar la mano a las mujeres que se van sumando.

Se conocen casi todos, se han visto en centenas de marchas, en los onces más solitarios afuera del estadio nacional, onces húmedos y acosados por guanacos, en las caminatas de los viernes contra punta peuco y su burlesca persistencia. En los desiertos atrapando esperanzas. Una mujer muy mayor recibe el título de Sergio Reyes Navarrete, ingeniero comercial, y los aplausos no dan abasto para honrar su coraje sujetado en un bastón. ¡Pueblo, conciencia, fusil, Mir, Mir! ¡Jota, Jota, Ce, ce! El salón se ha convertido en una marcha, en un espacio político cruzando humanidad. Profesora de Música, asistente social y magister en dirección teatral. Tres títulos recibe una familiar de Jacqueline. Antes, otro joven idealista se graduó con dos títulos en las manos de los herederos de su pasión. Por momentos, ellos están aquí. Esta Lumi Videla, en la gallardía de su hijo, activista y tantas veces denunciante de lo que hicieron a su msdre, estudiante de sociología lanzada muerta a la embajada de Italia. Lumi, desde hoy oficialmente socióloga. Las barreras del tiempo y espacio se han borrado ya. Los sueños están intactos, el honor no se mancilla en el salón de honor. En casa espera un almuerzo de celebración, seguramente, y a Mario Peña Solari, a Carlos Salcedo Morales, a Lumi Videla, no se les echará de menos; por qué hoy los titulados, 45 años después, en este cartón firmado en 2018, están vivos y aquí. No se han extinguido. Cómo tantas veces han vencido con la fortaleza del legado, con las rebeldes armas de la alegría. Aquí, hoy, perdió la dictadura. O por lo menos ha comenzado a perder.

Fernando Lavoz 

Hoy, a Alejandro Arturo Parada González, le fue conferido el tÍtulo de Médico Veterinario, en ausencia, esto como una forma de reparar la imposibilidad de haber terminado sus estudios, el 30 julio de 1974 fue detenido y hecho desaparecer, cursaba el tercer año. El Cano tenía 22 años, estaba casado y su esposa Alejandra estaba embarazada. Amanda, su madre debe estar contenta, es un signo de memoria.
LA MEMORIA, LA MEMORIA, LA MEMORIA, que se venga también LA JUSTICIA, LA JUSTICIA. LA JUSTICIA.

Ese encuentro entre Alejandro y Ariel, fue su última actividad Partidaria.
Aquella madrugada fría del 30 de julio fue allanado con violencia nuestro hogar, mis últimos momentos con él aún permanecen grabados en mi mente. Mi guagüita se agitaba fuertemente en mi vientre, teníamos miedo, mucho miedo…
Suplicamos para que te dejaran vestir. Entraste al dormitorio, pálido, tembloroso, sangrando. Nuestras miradas se encontraron.
Como podría olvidar tus penetrantes ojos azules que expresaban los que tus labios no podían. Esos momentos se hicieron eternos , las metralletas apuntando, el temor a contradecirnos. Lograste vestirte. Camisa celeste, pantalón negro, zapatos café, dos chalecos y una chaqueta azul marino. Te sacaron a la calle, apenas pude corrí detrás de ti y logré verte, manos engrilladas, vista vendada subiendo a esa camioneta, Esa es mi última imagen que tengo de ti, han pasado 43 años sin saber que pasó contigo amado mío” . 
NECESITO VERDAD Y JUSTICIA PLENA.
Nunca te olvidaré.
(Angélica Muñoz Catejo, esposa de Alejandro).

Su hija Alejandra Parada Muñoz (Jana)

 

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“Rezábamos, para que mi papá se muriera”

“Rezábamos, para que mi papá se muriera”

“Rezábamos, para que mi papá se muriera” testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida Etchecolatz.


10 de enero de 2018

La Garganta Poderosa

El repudio a la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz en Mar del Plata suma más voces. Compartimos el testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida, publicado en La Garganta Poderosa.

Click en la foto para ampliar

Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: “Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”. De hecho, mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje.

Sí, eso sentíamos, todos los días de nuestras vidas.

Crecí entre situaciones traumáticas, en plena soledad, porque vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible. Aun así, desde chiquita fui bastante rebelde, tanto que mi familia me apodó “estrellita roja”. Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: “Mirá lo que me hacés hacerte”, decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera.

Siempre fue narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar. Nunca nos explicó nada. Hay asesinos que le han contado algo a su círculo íntimo, pero Etchecolatz no. Y es un contrapunto interesante: no habló con su familia ni frente a la Justicia, sosteniendo un doble silencio. O sea, corporizó lo más terrible en todo momento, sin importarle jamás el otro y convirtiéndose en el símbolo más cruento del aparato represivo.

Cuando el Juzgado de Familia autorizó a deshacerme del apellido teñido de sangre, en 2016, para suplantarlo por el de mi abuelo materno, creí que había terminado una etapa. Sin embargo, la intención de beneficiar a los genocidas con el 2×1 me angustió y me impulsó a marchar por primera vez. Sentí que la Justicia había dejado de ser justa en materia de crímenes de lesa humanidad y empezaba a desampararnos. Pero incluso podía ser peor… Días atrás, mientras visitaba a mi familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. “Es imposible que le den la domiciliaria”, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta que nos llamaron para avisarnos. Todo se convirtió en silencio. No pude pensar, ni hablar más. Así estuve la noche entera, tratando de salir de la oscuridad.

Ante semejante noticia, no puedo imaginarme lo que sentirán quienes lo sufrieron y menos todavía quienes deberán convivir con él, en el mismo barrio marplatense. Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus víctimas y sus hijos. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones, fiel e incondicional a las mentes que planificaron ideológicamente la masacre.

Justo y reparador sería que Miguel Osvaldo Etchecolatz estuviera para siempre en una cárcel común, hasta el final de sus días. Pues las marcas en el cuerpo, las marcas en la memoria, las marcas del espanto, las marcas del no saber, no se borran nunca, pero nunca más… Como sociedad, debemos luchar para que vuelvan atrás con esta decisión inadmisible y, aún en el sufrimiento, celebro que sigamos saliendo a la calle, aunque nos lo quieran prohibir. A mis 47 años, jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias tras las rejas.

No se tranza con el dolor, ni se silencia el horror.
No pudieron vernos retroceder. Y tampoco van a poder.

Ver Vecinos protestan frente a casa del genocida

 

Transmisión del trauma Político.

Transmisión del trauma Político.

http://m.elmostrador.cl/noticias/opinion/2018/01/04/transmision-del-trauma-politico/

 

Transmisión del trauma político

por FELIPE MATAMALA

4 de enero de 2018

Las investigaciones en torno a la transmisión del trauma, surgen después de la Segunda guerra mundial, analizan el impacto de la población judía a raíz del holocausto y llegan a la conclusión que el trauma se transmite a las generaciones fundamentalmente por el lenguaje. La transmisión, tiene múltiples efectos a nivel individual y familiar, implican, que se desarrollen a nivel psicopatológico neurosis traumáticas, síntomas psicosomáticos, tendencias suicidas, entre otras. El silencio y el secreto en la familia de las víctimas implican que la generación siguiente, lo exprese bajo miedos inexplicables, angustias e inclusive bajo una patología psíquica o somática, incidiendo en la relación entre padres e hijos/jas.

En Latinoamérica, los países del Cono sur y Chile. Han abordado la problemática de la violación a los derechos humanos a través de Programas de Reparación y la instalación de leyes asociadas a garantizar la salud mental de las víctimas. Sin embargo, los efectos psicológicos en los hijos y nietos, aún se mantienen en desarrollo llevando a nuevas formas de manifestación de síntomas psicológicos que requieren de nuevas perspectivas investigativas y de reparación Estatal.

Por ejemplo, el trabajo en las terapias hacia las personas que vivieron directamente los crímenes de lesa humanidad como la tortura y las detenciones, se han centrado en una reducción de la sintomatología del estrés post traumático, en la conocida resiliencia que eventualmente debiesen tener las personas y en leyes de reparación ante comisiones de Prisión Política y tortura como son las comisiones Valech. Sin embargo, un gran número de personas ha quedado fuera por falta de documentos que certifiquen la tortura y/o detención por parte de agentes del Estado en la Dictadura de Pinochet. Siendo el punto más conflictivo ya que al quedar fuera una gran cantidad de las personas que se presentó, dejó en evidencia la falencia para creer en las personas y en su testimonio. Lo anterior, abre cuestionamientos metodológicos para la veracidad del testimonio, pero también, para poder comprender el impacto que tiene el no validar un testimonio al cual las personas confiaron nuevamente a un Estado que de alguna manera los excluyó de la “legalidad”.

Es necesario pensar en el trabajo que se realiza tanto para las víctimas como para sus familias, las cuales llevan en silencio la violencia ejercida por el Estado, quien, si bien reconoce las situaciones ocurridas, no genera a nivel legal instancias aún más claras de reparación y apertura al diálogo de secretos de la dictadura que deben ser abiertos de manera pública.

Podríamos pensar entonces, en el impacto que tuvo esta secuencia en el trauma, pero también a las familias de quienes sufrieron violencia política. Inclusive, los efectos también aparecen en familias cuyo miembro es ejecutado político y detenido desaparecido. Viéndose en muchos casos la situación de sintomatología, por ejemplo: de una depresión grave, angustia y sueños traumáticos entre otros. Esto, lleva a que los hijos y nietos, sientan que no pueden preguntar a sus familiares por la situación ocurrida, dando cuenta del impacto familiar en los modos de maternidad o paternidad ante este tipo de situaciones. Es decir, en que el trauma afecta también los modos de crianza en el cual las familias crían y conciben el desarrollo de sus hijos y nietos, sus miedos, temores, vergüenzas e inclusive la idea de que, si se habla de la vivencia traumática, la familia caerá en un dolor del cual no podrá salir y los llevará a la destrucción familiar.

Es necesario pensar en el trabajo que se realiza tanto para las víctimas como para sus familias, las cuales llevan en silencio la violencia ejercida por el Estado, quien, si bien reconoce las situaciones ocurridas, no genera a nivel legal instancias aún más claras de reparación y apertura al diálogo de secretos de la dictadura que deben ser abiertos de manera pública. Por ende, si se dejan de lado nuevas políticas de salud mental relacionados con la transmisión del trauma y no son acompañadas de líneas de reparación legal como, por ejemplo: el cierre del Penal Punta de Peuco que mantiene la idea de ciertos privilegios a los torturadores y asesinos. Si no abrimos nuevamente la discusión en la sociedad Chilena, seguiremos pensando en silencio una situación que sabemos que no debe ocurrir más en Chile, propiciando el dolor y nuevas sintomatologías psicológicas en las futuras generaciones.

Otrxs Hijxs. Los que no pueden acusar.

Otrxs Hijxs. Los que no pueden acusar.

¿Quienes somos?

QUIENES INTEGRAMOS HISTORIAS DESOBEDIENTES 

Siempre fuimos historias desobedientes y solitarias, pero hoy elegimos encontrarnos. Nos movilizaron muchas cosas, como el 2×1, como la voz de Mariana, la hija de Miguel Etchecolatz. Nos unimos por el dolor, pero cuando nos encontramos nos dimos cuenta de que compartíamos muchas cosas, muchos sentimientos e ideales, que nos podían ayudar a sanar.

Nos juntamos para repensarnos y posicionarnos, porque no nos sentíamos representados por las voces de los familiares de represores que se venían pronunciando hasta el momento. Porque sentimos la necesidad de alzar nuestra voz en este momento del país, con un gobierno que insiste en negar el genocidio y los 30 mil desaparecidos.Alzamos nuestra voz para romper el mandato de silencio y sumarnos a una lucha por la Verdad, de la que muchos de nosotros ya veníamos participando desde hace tiempo. Una voz que se multiplica desde abajo en oposición al discurso sin escrúpulos de los medios de comunicación que fueron cómplices de la dictadura y del terror.

Porque desde siempre, en la intimidad o en colectivo, acompañamos con el corazón la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y nos alegramos con cada nieto y cada nieta restituidos que recuperaban su identidad arrebatada.

Porque la recomposición de la sociedad no puede surgir nunca de la llamada “pacificación” o “conciliación”, sino de la Justicia y la Verdad. Porque aquel mandato de silencio y complicidad que se enquistó al interior de nuestras familias, solo pudo sobrevivir a costa de la impunidad, con leyes de indulto y obediencia debida. Colaborando con la memoria colectiva.

Hoy somos un colectivo de historias y voces desobedientes. Somos hijas e hijos de genocidas, pero no somos solamente eso, también somos artistas, docentes, profesionales, y muchas otras cosas más. Recibimos el apoyo y el mensaje de otras y otros que sienten la misma necesidad de contar su historia y tal vez así aportar un granito de arena para suturar las heridas profundas que generó el terror de Estado en nuestra sociedad. A ellas y ellos les agradecemos profundamente y les pedimos paciencia, porque esto recién empieza, y porque preferimos avanzar de a poco, reflexionando sobre nuestro lugar en la sociedad y en la historia, pero sobre todo, siendo respetuosos de cada una de las historias que vamos conociendo. En este camino, vamos buscando el marco adecuado para canalizar todas las necesidades que surgen.

Porque solo así, con mucho amor y respeto de las voces y las historias, podremos dar el paso del silencio a la acción y del dolor a la esperanza.

2017-11-01

COMUNICADO DE PRENSA

Para que las hijas, hijos y familiares de genocidas podamos denunciarlos penalmente y declarar en los juicios, presentamos este proyecto de ley. 
Desde Historias Desobedientes, Hijas, Hijos y familiares de genocidas, por memoria verdad y justicia, presentaremos el martes 7 de noviembre a las 14 horas, por mesa de entrada del congreso, Rivadavia 1864, el
PROYECTO DE REFORMA AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO I – CAPÍTULO I, Y AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO III – CAPÍTULO IV DEL CÓDIGO PROCESAL PENAL DE LA NACIÓN
La redacción actual de los artículos es la siguiente:
178: Nadie podrá denunciar a su cónyuge, ascendiente, descendiente o hermano, a menos que el delito aparezca ejecutado en perjuicio del denunciante o de un pariente suyo de grado igual o más próximo que el que lo liga con el denunciado.
Art. 242: No podrán testificar en contra del imputado, bajo pena de nulidad, su cónyuge, ascendientes, descendientes o hermanos, a menos que el delito aparezca ejecutado en perjuicio del testigo o de un pariente suyo de grado igual o más próximo que el que lo liga con el imputado.
El proyecto de reforma es para que estas prohibiciones sean removidas cuando se trate de delitos de lesa humanidad, habilitando de esta manera a las hijas, hijos o familiares de genocidas, que en forma voluntaria quieran dar su testimonio, y de esa manera puedan aportar a la causa.
La necesidad de esta reforma se plantea al momento que una hija, hijo o familiar de genocida, tomamos conciencia de la información que tenemos y que puede aportar al esclarecimiento de una causa, teniendo muy en cuenta la obligación ética que sentimos, por tratarse de crímenes de lesa humanidad.
La urgencia de esta presentación se justifica en los límites de tiempo para esclarecer estas causas, que si bien no prescriben, los protagonistas de los hechos están en edades muy avanzadas, y es necesario que sean esclarecidos, para lograr justicia.
Desde el colectivo Historias Desobedientes, nos vemos interpelados por esta realidad, por lo tanto hacemos la presentación de este proyecto de ley de modificación de los artículos citados.
Pedimos a la prensa que nos acompañe en esta instancia para que se difunda el pedido y que la sociedad tome conocimiento de nuestro padecer frente a la imposibilidad de hablar y nos pueda acompañar en este justo y necesario pedido.
Lo que no se puede decir tampoco se puede callar.

PROYECTO DE REFORMA AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO I – CAPÍTULO I, Y AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO III – CAPÍTULO IV DEL CÓDIGO PROCESAL PENAL DE LA NACIÓN

QUEBRÓ EL PACTO DE SILENCIO

Hijo de genocida denunció la participación de su padre en vuelos de la muerte

Julio Verna fue médico de Campo de Mayo durante la dictadura y aplicaba sedantes a detenidos que iban a ser arrojados al mar. “Las personas quedaban despiertas pero paralizadas por la anestesia”, relató Pablo, su hijo y denunciante.

08|11|17

 

Pablo Verna pide testificar junto a otros hijos de padres represores o cómplices de la dictadura militar.
Pablo Verna pide testificar junto a otros hijos de padres represores o cómplices de la dictadura militar.Foto:El País

Pablo Verna, es el hijo mayor de Julio Alejandro Verna, médico con grado de Capitán Retirado del Ejército Argentino. Durante la dictadura militar, Verna trabajó como médico anestesista y traumatólogo en el hospital que funcionaba dentro del centro clandestino de detención y exterminio de Campo de Mayo.

Verna hijo se animó a través de un informe en Telefé Noticias, a describir las aberrantes funciones que realizó su padre, ya que el sistema penal no le permite denunciarlo si no se trata de un delito cometido contra él mismo u otro familiar. “Mi mamá hablaba con otros familiares de lo que hacía mi viejo, no conmigo. Un día, después de tantas contradicciones que fui recopilando, lo interpelé y lo descubrí”, relató.

En el informe Pablo denunció que su padre era el encargado de aplicar sedantes a los detenidos que iban a ser arrojados al mar en los vuelos de la muerte, e incluso subía a los aviones por si despertaban antes de tiempo, para reforzar la dosis: “Las personas quedaban despiertas pero paralizadas por anestesias”, describió visiblemente conmovido. 

Asimismo, aseguró que su padre participaba de allanamientos y secuestros por si resultaba herido alguno de los integrantes del grupo, y también cumplía tareas atendiendo a los prisioneros en el centro de detención, para que pudieran soportar nuevas sesiones de tortura.

Pablo recordó, además, que dentro de su casa su padre se jactaba sobre su accionar en los escuadrones de Campo de Mayo, el Centro Clandestino que secuestró y mató a casi 5 mil personas y no dejó sobrevivientes, lo que complica a la justicia para condenar a los responsables de los delitos de lesa humanidad.  

Denuncia. Cuando comenzaron los juicios de lesa humanidad, Pablo interpeló a su padre y obtuvo un registro de audio con la confesión de los hechos. El 23 de diciembre del 2013 Pablo se presentó en la Secretaría de Derechos Humanos y lo denunció. La Secretaría presentó la denuncia al juzgado que lleva la causa de Campo de Mayo – “vuelos de la muerte”, TOF 1 DE SAN MARTÍN. La Jueza Alicia Vence aún no avanzó con la causa.

“La duda tan tremenda que tenía ya era una certeza y confirmaba lo que mi mamá me había dicho. Fue un alivio. Y ahí empezó el sufrimiento, el duelo, el dolor de que haya participado de estos crímenes”, relató Verna hijo.

Julio Verna transita sus días en un departamento de la calle Simbron al 3000, en Villa del Parque. Entra y sale de su vivienda como si nada hubiera sucedido. Al ser consultado para el informe de Telefe Noticias, se negó a dar declaraciones y dijo que “hablen con el juzgado”. Pablo, desde entonces dejó de ver a su padre. “Hacé una investigación, yo no voy a dar ningún nombre ni datos”, le advirtió.

Este año el joven, abogado de 44 años, se unió al grupo “Historias desobedientes” que integran hijos de represores que repudian los actos de sus padres. La iniciativa surgió por la exposición pública de Mariana Dopaso, la hija de Etchecolátz.

“Es una forma de aportar nuestro grano de arena a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia que los organismos de derechos humanos libran desde hace años. Venimos de distintas historias, y tras asumirlas queremos dar testimonio en los Tribunales”, sostuvo.

Con el apoyo de esa agrupación Pablo escribió un proyecto de ley donde propone modificar el código penal donde los hijos de las personas sospechadas de Delitos de Lesa Humanidad puedan declarar/denunciar a sus padres. “La otra alternativa era quedarme en silencio, es una complicidad mucho más que jurídica, lo hice por mí y por la humanidad”, concluyó.

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Hijos de represores argentinos piden testificar contra sus padres

Familiares de acusados por crímenes de lesa humanidad quieren cambiar la ley que les impide declarar contra sus progenitores

Pablo Verna muestra el proyecto de ley presentado en el Congreso. EFE

Meses atrás, hijos de represores argentinos se rebelaron contra sus padres y se unieron para exigir que no salgan de la cárcel. Ahora piden al Congreso cambiar la legislación que les impide declarar contra ellos en juicios por crímenes de lesa humanidad. Los familiares agrupados en el colectivo “Historias desobedientes” denuncian que una vez decididos a romper el pacto de silencio familiar ahora son las leyes argentinas las que les impiden testificar sobre las atrocidades cometidas durante la última dictadura (1976-1983).

“Historias desobedientes”: La lucha de hijos e hijas de genocidas argentinos para declarar contra sus padres

Un grupo de hijos e hijas de agentes represivos de la dictadura argentina comenzaron a organizarse para romper con los pactos de silencio. La ley no les permite denunciar o declarar contra un familiar directo, a menos que se trate de la víctima directa del delito.

Por  / 08.11.2017 

Primero se rebelaron contra sus padres, miembros activos de la represión y desaparición de cientos de personas en la dictadura argentina. Se organizaron para evitar que salgan en libertad y hoy piden al Congreso que les permita declarar contra ellos en crímenes de lesa humanidad. Los familiares del colectivo “Historias desobedientes” están decididos a romper con los pactos de silencio y las leyes argentinas que impiden hacer justicia.

Uno de ellos es Pablo Verna, quien está dispuesto a declarar contra el ex capitán Julio Alejandro Verna, su padre y médico militar: “Le pregunté muchas veces y él siempre me negó su participación”, contó a El País. Luego, en 2013, él lo admitió por primera vez.

Entrevista Pablo Verna

Entrevista Analía, Vivi ,Pablo hijos de genocidas

“Admitió que participó en los vuelos de la muerte, inyectando a personas que viajaban en los vuelos con anestesia que los dejaba prácticamente inmóviles”, relató. Desde entonces no volvieron a tener contacto.

Hoy, el Código Procesal Penal de Argentina prohíbe que una persona pueda denunciar o declarar contra un familiar directo, a menos que se trate de la víctima directa del delito. Por ello, es necesario modificar los artículos 178 y 242 que lo impiden.

El proyecto publicado en la web de Historias Desobedientes explica que “esta reforma es para que estas prohibiciones sean removidas cuando se trate de delitos de lesa humanidad, habilitando a las hijas, hijos o familiares de genocidas, que en forma voluntaria quieran dar su testimonio, y de esa manera puedan aportar a la causa”.

Hoy, el país trasandino tiene 16 juicios abiertos por crímenes cometidos en dictadura. Desde la anulación de la Ley de Amnistía en 2003, han sido condenadas 818 personas. Los casos de hijos que han apuntado a sus padres y exigido justicia no son pocos: de hecho, el colectivo nació después de la movilización social contra la sentencia que pretendía reducir el tiempo de condena de los represores.

En esa marcha estuvo Mariana, hija de Miguel Etchecolatz, uno de los peores agentes represivos de la dictadura. Ella lo definió como “un monstruo” y recalcó que no debía salir en libertad. También alzó la voz Analía Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, un conocido represor que cumple cadena perpetua y Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, médico obstetra que ayudó a parir a varios hijos de desaparecidas y quien se suicidó en 2012, al saber que sería condenado.

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Es el caso de Pablo Verna, dispuesto a declarar contra su padre, el excapitán Julio Alejandro Verna, médico militar. Frente al Congreso, Verna, impulsor de la ley, recuerda que comenzó a sospechar cuando tenía 11 o 12 años, aún sin un punto de vista crítico. Fue “un camino muy largo” llegar a escuchar la verdad, cuenta a EL PAÌS. “Le pregunté muchas veces y él siempre me negó su participación”, dice. Tuvo que esperar hasta 2013. “Yo tenía conocimiento de los hechos por mi madre y él lo admitió. Admitió que participó en los vuelos de la muerte, inyectando a personas que viajaban en los vuelos con anestesia que los dejaba prácticamente inmóviles”, asegura. Desde ese dìa no ha vuelto a tener contacto con él. Detalla que su padre está acusado por la querella, pero no ha sido imputado por el fiscal.

El Código Procesal Penal argentino prohibe que una persona denuncie o declare contra un familiar directo a menos que éste sea la víctima directa del delito. El colectivo quiere modificar los artículos 178 y 242 que lo impiden. “Esta reforma es para que estas prohibiciones sean removidas cuando se trate de delitos de lesa humanidad, habilitando a las hijas, hijos o familiares de genocidas, que en forma voluntaria quieran dar su testimonio, y de esa manera puedan aportar a la causa”, sostiene el proyecto legislativo publicado en la página web de Historias Desobedientes.

“Nosotros sufrimos un mandato de silencio familiar, para que lo que se hablaba no saliera de la puerta de casa. Pero la ley es también una mordaza que nos impide hablar”, asegura Laura Delgadillo, cuyo padre, comisario de policía, murió sin condena. “Quizás (poder declarar) no sea de gran ayuda en los juicios, pero queremos colaborar en la reconstrucción de la memoria colectiva”, agrega Delgadillo.

Analía Kalinec (izq), Pablo Verna y Lorna Milena, este martes en Buenos Aires.
Analía Kalinec (izq), Pablo Verna y Lorna Milena, este martes en Buenos Aires. EFE

Argentina tiene abiertos en la actualidad 16 juicios por crímenes cometidos durante la última dictadura. Según datos de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad, han sido condenadas 818 personas en 193 sentencias desde la anulación en 2003 de las leyes de amnistía.

El colectivo nació poco después de la gran movilización social contra una sentencia que permitía reducir el tiempo de condena de los represores, el pasado mayo. En esa marcha participó Mariana, la hija de Miguel Etchecolatz, uno de los peores torturadores de la dictadura. En una entrevista posterior, definió como “un monstruo” a su padre y mostró su inquietud por que fuese excarcelado.

Pocos días después, comenzaron a levantarse voces similares, como la de Analía Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, alias doctor K, un conocido represor que cumple cadena perpetua. O la de Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, el obstetra que ayudó a parir a varios hijos de desaparecidas y se suicidó en 2012 al ver que le iban a condenar. Algunos decidieron unirse. De la media docena inicial, con el paso de los meses cerca de 50 se han acercado a preguntar y a hablar.

No en mi nombre: hijos de torturadores argentinos repudian a sus padres

Un grupo de familiares de represores se unen para rechazar sus crímenes y exigir que cumplan sus condenas

Sus reuniones son duras. Una especie de terapia colectiva. La mayoría lleva años sin compartir su secreto, y tienen muchas ganas de hablar. Necesitan sacarlo. “Al principio fue una catarsis. Acabamos llorando casi todos. Arrastramos una cultura muy arraigada que nos dice honrarás a tu padre. Es muy difícil romper con eso”, cuenta María Laura Delgadillo, (AUDIO) una de las fundadoras de “Historias desobedientes”, el grupo que ha conmocionado a una Argentina acostumbrada a los relatos terribles de la dictadura. Pero este es diferente, porque se hace desde dentro. Son los hijos de los represores, que se rebelan contra sus padres y se unen para exigir que no salgan de la cárcel, que cumplan sus condenas de cadena perpetua.

María Laura Delgadillo y Walter Docters durante la entrevista con EL PAÍS.
María Laura Delgadillo y Walter Docters durante la entrevista con EL PAÍS. MARIANA ELIANO

Durante años, el mundo de la represión de una de las peores dictaduras del planeta se dividía en dos, como los espacios dentro de los juicios de lesa humanidad: por un lado, los represores y sus familias, por otro, las víctimas y las suyas. Pero eso se acabó el día que este pequeño grupo en el que hay sobre todo mujeres, que empezaron media docena y ahora ya son más de 50, fue a una manifestación con una pancarta: “Hijos e hijas de genocidas por la memoria, verdad y justicia”.

Allí estaba Analia Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, alias doctor K, un conocido represor que cumple cadena perpetua. O Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, el obstetra que ayudó a parir a buena parte de los hijos de desaparecidas, que se suicidó en 2012 al ver que le iban a condenar. Erika no solo ha tenido valor para crear este grupo. También lo tuvo para encontrarse con el nieto 106 de Abuelas de Plaza de Mayo, al que su padre había ayudado a entregar a una familia fiel a la dictadura. La firma de Lederer en el falso certificado de nacimiento era su condena. Erika, también víctima de su padre, que la maltrataba, quería saber cómo podía ayudar a Pablo, el nieto al que el Lederer le había arruinado la vida.

Todos arrastran historias así, por eso sus reuniones son difíciles. “Algunos solo hemos recibido caricias de una mano contaminada por la tortura”, contó uno de ellos en la última cita. Muchos sufren consecuencias físicas de tanta tensión, se enferman. Tiene apoyo de psicólogos para que les ayuden a contar. Todos superan los 40 años, algunos llegan a 60, y sus padres se están muriendo. Lo que más les angustia es que lo hacen sin contar nada, sin decir dónde están los desaparecidos.

Porque el gran sueño de muchos de estos hijos es convencer a sus padres de que se arrepientan y ayuden a encontrar los cuerpos de los desaparecidos o los nietos aún sin recuperar. “Queremos romper el pacto de silencio que hay entre ellos. En las familias a veces hay datos que pueden reconstruir la historia. Si conseguimos unirlos podemos ayudar a otras víctimas”, explica María Eugenia Vergera, otra miembro del grupo, que tiene doble condición: es sobrina de un represor y a la vez esposa de un desaparecido.

El grupo de hijos de represores en su primera aparición pública en Buenos Aires, el 3 de junio pasado.
El grupo de hijos de represores en su primera aparición pública en Buenos Aires, el 3 de junio pasado.AFP

El sueño sería que los hijos lograran convencer a los padres. Pero no se engañan, ahora mismo parece imposible. El pacto de silencio de los represores ha resistido. Nadie se ha arrepentido ni ha dado un solo dato de una fosa común. Ni siquiera ante sus hijos. Liliana Furió, hija de un conocido represor de Mendoza, condenado a perpetua en 2013, lo intentó muchas veces. Hasta que él le gritó “No se hablé más, si tuviera que volverme a poner la capucha lo volvería a hacer”. Ahora él está senil, y ella lo visita en su arresto domiciliario. Algunos tienen relación con sus padres, otros no. Muchos han fallecido.

“Mi padre se murió discutiendo conmigo”, cuenta Walter Docters. Su padre era represor y él luchaba contra la dictadura, pasó varios años en la cárcel. Pero no lo mataron precisamente por su apellido, porque Echecolatz, que dirigía la represión en la provincia de Buenos Aires, le prometió a su padre que lo salvaría. “Era de ideología nazi, era arquitecto y trabajó con Echecolatz en el diseño de los lugares donde tenían a los detenidos. Yo militaba en el ERP pero él logró que no me mataran”. También le pidió muchas veces que confesara, sin éxito. “Me decía tú tienes tus compañeros, yo los míos. Ellos te mantuvieron con vida, cumplieron, yo no voy a ir contra los muchachos”.

Precisamente el conmovedor testimonio de la hija de Echecolatz, que apareció en la revista Anfibia, impulsó a muchos de estos hijos a unirse. Algunos ya habían aparecido con sus historias en el libro Hijos de los 70 (Sudamericana) de Carolina Arenes y Astrid Pikielny, un texto sobrecogedor. Pero Mariana, que ya no se apellida Echecolatz porque se lo cambió, removió muchas cosas al contar el horror de ser hija de ese monstruo que también lo era en casa, como muchos de ellos. Aunque no todos, algunos se comportaban como padres muy cariñosos.

Quieren justicia. Exigen que a sus familiares no se les apliquen un beneficio, el llamado dos por uno (dos días por cada uno pasado en prisión preventiva) que sacaría a muchos a la calle. Algunos tienen terror ante la idea de que sus padres salgan libres.

A otros, como Delgadillo, cuyo padre murió sin condena, les mueve una necesidad de hacer algo para reparar un daño que ni siquiera conocen del todo. “Mi papá era comisario de policía. Un día encontré una capucha entre sus cosas. Alguna vez trajo ropa, zapatos, un reloj, un microscopio, de sus operativos. Mi madre siempre nos prohibió tocar esas cosas. Lo quemó todo salvo el microscopio. Era muy violento, nos pegaba con una caña. Mi mamá se intentó suicidar metiéndose en un cuartel de noche, para que mi viejo viera cómo eran sus compañeros, pero no le dispararon”.

Otros sí conocen con detalle los crímenes de sus padres, los han leído en sentencias judiciales, han escuchado los testimonios de las víctimas. Y les cuesta vivir con ese peso. Por eso se unen. Están recibiendo mensajes de todo el mundo, y en Chile algunos hijos de represores quieren organizar algo parecido. Todos quieren gritar lo mismo: no en mi nombre.

Los hijos de los represores argentinos rompen su silencio

CÉSAR G. CALERO Buenos Aires / 2 jul. 2017

Unen sus voces en el grupo Historias Desobedientes para denunciar los crímenes cometidos por sus progenitores durante la última dictadura.

Los hijos de los represores argentinos rompen su silencio
Ciudadanos con el pañuelo blanco que simboliza a las Madres de Plaza de Mayo, durante una protesta contra la reducción de la pena de un represor, en Buenos Aires. MARTÍN ACOSTAREUTERS

Cuando llegaba a casa después del trabajo, el oficial de la policía federal Eduardo Kalinec se transformaba en un padre de familia afectuoso con su mujer y sus hijas. Al día siguiente, volvía a lo suyo: la tortura sistemática de personas detenidas en varios centros clandestinos por su oposición a la dictadura argentina que dejó 30.000 desaparecidos entre 1976 y 1983. Kalinec, conocido como el ‘Doctor K’, fue condenado a cadena perpetua en 2010. Ahora, una de sus hijas, Analía Kalinec, y otros hijos de represores han decidido romper su silencio y compartir sus historias con la sociedad con un propósito común que se resume en las tres palabras que simbolizan la lucha de los derechos humanos en Argentina: memoria, verdad y justicia.

Nacida en 1979, Analía Kalinec fue una de las primeras en contar su historia en 2009. Pero fue hace tan sólo unas semanas cuando varios hijos de represores decidieron que era hora de agrupar sus voces y exponer públicamente su contundente rechazo a la barbarie en la que participaron sus progenitores. Nacía así ‘Historias Desobedientes y con Faltas de Ortografía’, una página de Facebook donde varios hijos de ex militares y ex policías van relatando sus experiencias. Al grupo inicial, formado por Analía Kalinec, Erika Lederer, Laura Delgadillo, Liliana Furio, Rita Vagliati y Martín Azcurra se han sumado en los últimos días más de 30 hijos (la gran mayoría, mujeres) que también quieren alzar su voz.

“Yo me enteré de que mi papá participó en la dictadura cuando me llama mi mamá y me dice que él está preso. Antes nunca lo había conectado con la dictadura. Es ahí (en 2005) cuando hago mi quiebre existencial”, comenta Analía Kalinec a EL MUNDO en una larga charla en la que también participan Laura Delgadillo y Liliana Furio. Tras un periodo de “negación” de esa realidad, Analía fue asimilando poco a poco que el mismo padre con el que había vivido una infancia dorada (“éramos como la familia Ingalls, cuatro hijas obedientes, una madre ama de casa…”), había sido un torturador. En 2008, ya con el juicio en marcha, se produce la ruptura definitiva: “Es un camino de ida sin retorno. Nosotros no suscribimos que aquello fue una guerra. Nosotros decimos que somos hijos de genocidas y que lo que hubo fue terrorismo de Estado“.

El detonante de la formación de Historias Desobedientes fue la participación de la hija de un célebre genocida en la multitudinaria marcha celebrada en Buenos Aires el pasado 10 de mayo contra una sentencia de la Corte Suprema que redujo la pena a un represor. Esa movilización de la ciudadanía impulsó una ley para frenar los beneficios a los condenados por delitos de lesa humanidad. Mariana D., hija del ex policía Miguel Etchecolatz, reveló en la revista digital ‘Anfibia’ por qué se manifestó contra su padre ese día y cómo fue el proceso de repulsa que le animó a cambiarse el apellido hace unos años.

Otra hija de un represor, Erika Lederer, tomó el testigo de Mariana y publicó en el mismo medio un estremecedor relato sobre esa ‘piedra de Sísifo’ con la que, a su juicio, cargan los descendientes de los genocidas. El padre de Erika, Ricardo Lederer, se suicidó en 2012 cuando la justicia lo tenía cercado. Durante la dictadura había trabajado como obstetra de la maternidad clandestina del centro de detención Campo de Mayo. “Tenemos el deber cívico y humano de dar presencia y memoria”, escribió Erika, para quien la razón de juntarse con otros hijos de genocidas debe ser “aportar datos a los familiares que aún hoy buscan justicia, nietos, y poder llorar sus muertos”.

“La gente se acercaba y lloraba al vernos”

Las integrantes de Historias Desobedientes hicieron su primera aparición pública como colectivo el pasado 3 de junio durante la marcha convocada por el movimiento Ni Una Menos contra la violencia de género. “Éramos seis personas con la bandera. La gente se acercaba y lloraba al vernos”, cuenta Laura Delgadillo, hija de un represor de La Plata ya fallecido que nunca fue juzgado. Para Liliana Furio, veterana militante feminista y cuyo padre cumple cadena perpetua domiciliaria, la elección de ese día no fue casual: “Tiene una conexión directa. Los gobiernos genocidas representan el machismo criminal“.

Con la llegada al poder de Néstor Kirchner en 2003 se enterraron las leyes de impunidad aprobadas en el pasado y se dio alas a la justicia para que se retomaran los juicios contra los miembros de la dictadura. Cristina Fernández de Kirchner dio continuidad a esa política durante sus dos mandatos presidenciales (2007-2015). “Si no hubiera sido por esas políticas, nunca me hubiera enterado de lo que hizo mi papá; era un secreto familiar”, apunta Analía.

Durante esos años se reforzó también el papel de organizaciones como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Las integrantes de Historias Desobedientes ya han comenzado a tender puentes con esos grupos de derechos humanos y han recibido mensajes de apoyo de supervivientes de la dictadura y de hijos de desaparecidos.

El desafío de estas hijas e hijos con historias tremebundas a sus espaldas es ahora dotarse de una identidad como colectivo. Cada una de sus experiencias es diferente a las otras. Y los sentimientos que albergan hacia sus progenitores también difieren. Analía y Liliana ven sus casos como una “tragedia familiar” que les ha dejado ante todo una “profunda tristeza”, un sentimiento que -aseguran- está por encima del odio. Analía, maestra psicóloga de profesión, le escribió varias cartas a su padre tras el juicio. “Mi posicionamiento -subraya- también es un acto de amor hacia él. Le estoy ofreciendo que se arrepienta”. Nunca obtuvo respuesta. Ni el ex oficial Kalinec ni ningún otro represor se han arrepentido jamás. Por eso, algunos de sus hijos rompen hoy su silencio en Argentina.

En el nombre del hijo.

En el nombre del hijo.

LOS QUE NO SE VAN JAMÁS…

En el nombre del hijo

Por Raúl Arcomano

rarcomano@miradasalsur.com

 

Después de 25 años volvió a reeditarse José, uno de los primeros libros sobre la militancia de los ’70. Lo escribió Matilde Herrera, a quien la dictadura le desapareció a sus tres hijos.

 

Una madre con sus tres hijos ilustra la foto de esta nota. En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada). ¿Había en ellos un sentimiento premonitorio? Se podría inferir por esos rostros graves, las miradas duras, las sonrisas que no aparecen, las ropas de un único color negro.

 

¿Presagiaban lo que vendría: la muerte, la aniquilación, la oscuridad? Esos tres chicos que inquieren desde esta página ya no están. Militantes del PRT-ERP, fueron desaparecidos en 1977, al igual que sus parejas. Matilde siempre los buscó. Exiliada en París, formó parte de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu). Desde allí denunció al terrorismo de Estado y pidió por la aparición de sus hijos y nietos. Volvió al país en democracia y fue una activa Abuela de Plaza de Mayo. Murió de cáncer en 1990, sin respuestas.

 

Tres años antes de morir dejó un legado histórico: el libro José, publicado por primera vez en 1987, después de dos décadas de ausencia. Agotado durante muchos años, ahora fue editado por Ediciones Punto Crítico, gracias a la decisión de los nietos de Matilde, Antonio y Tania. Matilde explica en las primeras páginas el motivo de José: “Resucitar la voz de un militante popular de los ’70”. También lo expone Osvaldo Soriano, desde el prólogo de la primera edición: “Ésta es la historia de una vida que se cuenta a sí misma. El personaje de este libro es un símbolo de aquella época: Matilde se hace intérprete de las pasiones, los anhelos y los errores de José, de sus hermanos y por extensión de todos los militantes que intentaron cambiar por la fuerza un orden de injusticia y engaño.”

 

El libro reúne en 400 páginas el relato de Matilde sobre la historia familiar, fotos, dibujos y poesías de José, el recuerdo de amigos, las entrevistas que Matilde hizo a las personas que lo conocieron. Y muchas cartas: de un niño a su madre, de un adolescente que viaja, de un joven que intenta tranquilizar a su madre desde la clandestinidad. Nada aquí es ficción. Todo pasó y estremece leerlo. A diez años de la desaparición de José, Matilde escribió: “Han quedado tus cartas, tus escritos. Ha quedado tu voz, y yo me permito darla a conocer. Quiero que permanezca tu palabra, la de tus hermanos, y a través de ustedes, la de todos aquellos que fueron secuestrados durante la dictadura. Los que están desaparecidos, pero que no han de aparecer jamás.”

 

Matilde trabajó en la Argentina en agencias de publicidad y también en las revistas Primera Plana y Crisis, entre otras. Fue amiga de Paco Urondo, Rodolfo Walsh, David Viñas y Julio Cortázar. Con Rafael Beláustegui tuvo a sus tres hijos. Se separaron y tuvo un segundo matrimonio con Roberto Bobby Aizenberg, un reconocido artista plástico. El libro es, primero, un hermoso relato sobre la cotidianidad de una madre y sus tres hijos. Sobre los problemas de la crianza, los pormenores de la convivencia. Y el despertar político y el compromiso de esos chicos en los convulsionados años del Mayo Francés, la muerte del Che, Vietnam, el Chile de Salvador Allende, Ezeiza. Matilde recuerda que en 1962, con ocho años, José le preguntó: “Mamá, ¿por qué los hombres no se quieren?”. “Lo abracé fuerte. Toda su vida siguió haciéndome esa pregunta. Él amó mucho y no podía soportar el odio. Cuando fue creciendo trató de revertir esa situación.”

 

El interés de José por la militancia empezó de muy joven. A los 13 años se acercó al Partido Comunista Revolucionario (PCR). Fue también dirigente del Frente de Lucha de Secundarios (FLS) y de la columna Inti Peredo de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL). Para esa época, Valeria había optado por el Movimiento de Liberación Nacional (MNL) que lideraba Ismael Viñas. Matilde recuerda una noche con José, cuando le informó sobre la muerte de un sobrinito de Aizenberg. Se puso a llorar y le decía: ¿Por qué, mamá? “De golpe tuve una imagen clarísima del hecho de morir. Fue como un latigazo. Lo miré y pensé que la ausencia definitiva era posible. Que nadie podía defenderse si la muerte atacaba. En ese momento presentí por primera vez que algún día no lo tendría a mi lado.”

 

Su intuición de madre se haría realidad. De la militancia estudiantil, los tres hermanos pasaron al PRT-ERP. Matilde recuerda cuando José se lo informó. “¡No quiero saber!”, le dijo y se tapó los oídos. “Mamá –le dijo apartando suavemente sus manos– no puedo vivir de espaldas a la injusticia.” “¡Te van a matar! ¡No quiero que te maten!”, le respondió y lo abrazó llorando. Durante los años ’74 y ’75 la militancia había acrecentado los riesgos de seguridad de los tres hermanos, con el acecho constante de las tres A y la policía. Todo se agravaría, claro, con la llegada al poder de las fuerzas armadas. José fue secuestrado el 30 de mayo del ’77, con su esposa Electra. Tenía 22 años. Una semana antes habían chupado a su hermana Valeria, de 24 años, con su esposo Ricardo Waisberg. Martín, de 19, fue apresado junto a su esposa, María Cristina López Guerra, dos meses después. Sólo se supo que José pasó por el centro clandestino de detención El Atlético. Y que Valeria y su esposo por El Campito. Valeria y María Cristina estaban embarazadas de tres meses al momento de su desaparición. No se sabe el destino de esos bebés. Quedaron dos pequeños hijos: Tania Waisberg, de quince meses, que fue devuelta a su familia. Y Antonio Beláustegui, de dos años, hijo de José.

 

“Señores, en menos de un año ha desaparecido toda una familia. Nadie me ha dicho de qué se los acusa. No sé dónde se encuentran. No sé si están enfermos. No sé si son sometidos a torturas, no sé si están vivos o muertos”, escribía en septiembre de 1977, desde el exilio. Se había ido a París con Aizenberg. Ni bien llegó, se puso en contacto con otras víctimas. Una de sus primeras cartas fue traducida al francés y al inglés y circuló por todo el mundo. Al poco tiempo, testimonió en la ONU. Matilde ya era parte de la Cadhu. Volvió, como muchos otros, en el ’83. La lucha la seguiría desde su trabajo en Abuelas. Su compromiso duró hasta el día de su muerte, en 1990. Una década después, en 2001, llegó el reconocimiento: la Legislatura porteña la eligió como una de las mujeres argentinas del siglo XX.

 

El prólogo actual de José lo escribió el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde. “Matilde fue una entrañable amiga. Recorrió Europa denunciando a la dictadura terrorista, anteponiendo su fuerza espiritual por sobre su precariedad física y continuó su lucha durante la democracia. Con su palabra, su fuerza, su historia dio sentido al ejercicio de una ética irrenunciable reclamando una y otra vez no sólo por la aparición con vida de sus hijos, sino de todos los desaparecidos”, recuerda para Miradas al Sur. Y agrega: “Puso al servicio de esta lucha, sobreponiéndose a la brutal tragedia, su fino intelecto y la cultura que poseía. Nos queda el recuerdo de su extraordinaria personalidad y sus tres libros –del cual José es su obra mayor– cuya relectura nos calienta el alma.”

 

El texto termina con un poema de José, escrito en 1968, cuando tenía 13 años. Dice: “Sé que algún día dejaré de pertenecer al mundo/ y nunca más podré escribir/ ni hacer el amor/ ni disfrazar la naturaleza con un poema/ ni viajar en los libros/ ni exponer mis ideas./ Por eso es que en este poema dejo mar, cielo y luna/ mariposas, besos y sirenas/ y me dejo a mí/ porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos.”

 

15/01/12 Miradas al Sur

 

José

Por Osvaldo Soriano

 

Esta es la historia de una vida que se cuenta a sí misma. José, el hijo de la autora, es un joven que en los tumultuosos años setenta formó parte de una organización guerrillera -el Ejército Revolucionario del Pueblo-, y fue secuestrado, sin duda asesinado, por el aparato represivo de la dictadura. El personaje de este libro es un símbolo de aquella época: Matilde Herrera se hace intérprete en estas páginas de las pasiones, los anhelos y los errores de José, de sus hermanos y por extensión de todos los militantes que en la década pasada intentaron cambiar por la fuerza un orden de injusticia y de engaño. Este libro no es una obra de ficción, pero se lee como una novela terrible, estremecedora. Todos los textos -testimonios, documentos, cartas, poemas-, son ciertos y fueron reunidos por la madre que no se resigna al olvido. Juntos, son el arco de una existencia muy breve pero intensa. Algunos lo leerán como el testimonio de un error político colosal, otros como prueba de un acto de amor militante en favor de un pueblo maltratado. El libro, que jamás intenta el panegírico de la lucha armada, se abre con un nacimiento y se cierra con un poema premonitorio (“porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos”). A través de las cuatrocientas páginas que he leído en el original, asoma una historia inédita en la bibliografía argentina: el revolucionario cachorro aparece entero, dogmático, sin complacencia; al menos tan íntegro -a veces ingenuo y tierno-, como lo ve Matilde Herrera, la madre narradora. Hay un fascinante juego de espejos tomado de Alicia y reflejado en todo el libro, que sirve para iluminar el proceso de formación de un adolescente de clase media acomodada que va a formarse una conciencia revolucionaria a imagen y semejanza del Che Guevara. El proceso de rebelión de José explica los de otros miles de jóvenes que formaron parte de las organizaciones guerrilleras urbanas; creo que este libro no pretende explicar la complejidad de un proceso social en un tiempo histórico determinado, sino la complejidad de una vida inmersa en ese proceso y arrastrada por él. José -y sus hermanos, también desaparecidos-, abandonó una vida confortable para ir a compartir la suerte de los trabajadores. Pero, ¿tenían conciencia los obreros argentinos, casi todos peronistas, de la necesidad de hacer una revolución socialista en este país? Es posible que no, pero si alguna vez estuvieron cerca de pensarse y asumirse como clase explotada, fue en esos años que vivió José, y que Matilde Herrera revive en este libro conmovedor.

 

En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada).En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada).

Portada del libro.Portada del libro.

Koen Wessing. testigo Golpe de Estado Chile 1973.

Koen Wessing. testigo Golpe de Estado Chile 1973.
Koen Wessing (Amsterdam, 1924-2011) es uno de los más destacados foto-periodistas contemporáneos. Desde que empezó a trabajar en los años 60, la fotografía fue para el la forma de llevar una vida libre y comprometida a la vez, intensa e itinerante. Documentó las protestas de mayo de 1968 en París, y viajo a Chile para registrar el golpe de Estado de 1973.
A fines de los 70 fotografió la represión a la revolución sandinista en Nicaragua y la masacre que siguió al asesinato de monseñor Romero en el Salvador, fue amenazado de muerte y se salvo de las balas varias veces, pero no lograron amedrentarlo. Recorrió el mundo sin miedo y con la convicción de que mostrar la opresión y el abuso de poder es una vía para el cambio social. Fuera en China, Guinea o Kosovo, le interesaba captar la mirada de la gente común y corriente, no la grandilocuencia de la historia oficial. La honestidad y despojo de sus fotos, que expresan al mismo tiempo horror y dignidad, ofrecen un impacto de verdad “en pleno rostro”, como escribió a propósito de su trabajo el critico francés Roland Barthes.
Uno de sus colegas holandeses, Johan van der Keuken, celebró la capacidad de su pensamiento visual para cuestionar la violencia:”Incluso en las situaciones mas extremas, en que tomar una fotografía requiere de una valentía física impresionante, Wessing sigue formulando sus preguntas con extrema claridad. Con él la fotografía es el arte de la pregunta que se torna visible”.
Estas fotos se exhiben por primera vez en Chile. Son imágenes indelebles de la memoria colectiva.
The World of Koen Wessing see for more : http://bintphotobooks.blogspot.com/20…

El legado histórico del fotógrafo holandés Koen Wessing a Chile

Koen Wessing FWessing Fotografía. El arte de visibilizar la pregunta

Koen Wessing (Ámsterdam, 26 de enero de 1942 – 2 de febrero de 2011) es reconocido como uno de los más importantes fotoperiodistas de los conflictos sociales y políticos de nuestro tiempo. Tanto sus imágenes de los días posteriores al golpe de Estado en Chile como las que realizó en Nicaragua y en El Salvador lo han convertido en un referente. Hombre de pocas palabras y muchas imágenes, la fotografía le parecía una vía para llevar una existencia libre y comprometida a la vez.

Un día cualquiera iba camino a casa, tomé el metro y al esperar que la masa de gente subiera las escaleras para la realizar la combinación, me quedé observando la variedad de libros que ofrece la vitrina de  Bibliometro, entre ellos llamó la atención  una edición de LOM, sobre el trabajo del fotógrafo holandés Koen Wessing titulado “Fotografía: El arte de visibilizar la pregunta”, libro que contiene el trabajo en terreno en plena dictadura de Chile (1973), y en guerras de Nicaragua (1978)  y El Salvador (1980).

Fotografía-El-arte-de-visibilizar-la-pregunta--0000011620741Fue ahí cuando retrocedí al año 2011, cuando pude visitar la exposición de este fotógrafo en el GAM: “Imágenes indelebles”, donde se podía apreciar las capturas históricas y conmovedoras que realizó a dos semanas de iniciado el Golpe Militaren Chile, en septiembre de 1973.  Un material de calidad, considerando el contexto político social que se comenzaba a vivir en aquella época.

Wessing apenas se habría enterado del derrocamiento del Gobierno de Salvador Allende, viajó a Santiago, donde no tuvo temor de involucrarse en las calles de la ciudad y congelar a personas con miedo, militares empoderados, a detenidos, quema de libros, y episodios en el Estadio Nacional, convertido en un campo de prisioneros políticos.  Fue así que uno de sus último anhelos fue traer este registro a Latinoamérica.

Cabe señalar que el fotógrafo falleció ese mismo año 2011, y no es casualidad que meses después se logró abrir la muestra al público en el ex edificio Diego Portales (actual GAM), centro de operaciones del Gobierno del Augusto Pinochet y posterior Ministerio de Defensa.

Chili, Santiago, september 1973. In het stadion van Santiago worden tegenstanders van dictator Pinochet geinterneerd. At the footbal stadion of Santiago people are being imprisoned. Foto: Koen Wessing/HH

Las imágenes representan parte de la historia y memoria de Chile, visualizadas a través de un extranjero, las cuales tienen el valor de ser un relato por sí solas. Es cosa de verlas y entender emociones y entender el contexto del episodio. Podemos percibir, temor, odio, dolor, resistencia y represión, entre otros conceptos.

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Este legado fotográfico que nos dejó Koen, permite de cierta forma reconocer parte de la historia de Chile, más allá de haber estado presentes o no en aquellos años, nos vincula al simbolismo y nos empatiza con la memoria colectiva.

Quizás este material podemos considerarlo como un tipo de recuerdo, donde la mirada del fotógrafo se posiciona desde una perspectiva no neutral, aún así al ver dichas imágenes nos hacen revivir dichos momentos de carácter potente, como el caso del militar que le recoge un cigarro a uno de los prisioneros. Nos cuentan una historia que nos provoca emociones.

Chili, Santiago september 1973. Vrouw wordt tijdens de coup van september 1973 gefoullieerd door een soldaat. A woman is being searched on the street during the military coup. Foto: Koen Wessing/HH

Estas son algunas de las imágenes, pero te invito a indagar más en el libro anteriormente nombrado, el cual fue elaborado en los últimos días de su vida, junto a la muestra fotográfica y un documental, donde cuenta la realización de su trabajo, esto último hecho posible gracias a la ayuda de su amigo cinematógrafo Jeroen de Vries.

Según mi opinión, la importancia de una buena imagen, más allá de su técnica, es que tenga la capacidad de significar en sí misma, provocarnos reacción, impactarnos, conmovernos y hacernos viajar en el tiempo, como es en este caso, que exista un relato y que a pesar de que trascurran cientos de años no pierda su valor, sino que nos permita reconstruir historia.

 

 

 

 

Estadio Nacional, septiembre, 1973 Fotografía de David Burnett, reportero gráfico de France Press para esa época. Actualmente uno de los dueños de Contact Press Images. El hombre que mira fijamente a la cámara no tiene nombre ni apellido para la gran mayo

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

Yo no fui un gran orador en el gobierno del Presidente Salvador Allende. Traté, eso sí, de marcar el espacio de mis amigos y compañeros de revuelta. Sí, nos tomamos el liceo, muchas veces nos tomamos el liceo, también dijimos que el socialismo era una forma de vida. Fidel Castro y sus extensos discursos nos llenaron la cabeza de frases y discursos que no dejaban dormir. Pinté con ayuda de mi hermano una muralla con el rostro del Ché en nuestra pieza, cuestión que a nuestros padres no le gustó mucho pero finalmente reconocieron nuestro derecho a pensar, en esa casa doña Silvia era demócrata cristiana y don Pablo masón y radical. Así crecimos pintando nuevamente el rostro del Ché, pero esta vez estaba acompañado de Fidel.

Habiendo pasado los años me pregunté, ¿por qué salíamos a marchar, por qué nos tomábamos el liceo? La única respuesta era saber que luchábamos por “un mundo mejor”. Como estudiantes no teníamos reivindicaciones propias, entonces nos tomábamos las reivindicaciones de los obreros, de los pobladores, de los campesinos, de los pueblos originarios. Salíamos de parranda a pocas cuadras de la casa y la mayoría estudiábamos a Carlos Marx y unos pocos a León Trotski o Mao.

Yo pertenezco a ese tropel de estudiantes que buscábamos apurar el proceso que encabezaba el Presidente Salvador Allende. Teníamos extensas reuniones de base. Éramos comunistas, éramos socialistas, éramos miristas, éramos también radicales. Cada uno defendía su bandera y su partido mientras la vida se definía como un futuro inacabable. Éramos felices. Sospecho que Allamand y sus huestes derechistas también eran felices. Él incluso se cambió de liceo para hacernos la collera, un niñito de liceo particular no se estilaba en la política estudiantil secundaria.

Eran tiempos de filas para comprar el pan, de debates en la micro, de risas en la fila, de expropiaciones, de Reforma Agraria. Detrás de aquella señora de chaqueta verde, esa que mira desconcertada, ahí, justo al lado del señor con gorro, ¡esa es mi tía Juana! Salió a comprar pan y no ha vuelto, si alguien reconoce a esa señora le solicito que le indique como salir de ese atolladero. Me llamó hace poco para preguntar si puedo ir a buscarla, pero yo estoy en Chile y no hay locomoción desde aquí, ahora está conversando con un policía para que le indique la salida… Me volvió a llamar para decirme que ya llega con el pan… Hay una cola muy larga, mijo, mejor espérame con pan amasado. Ella estaba exiliada, pero nosotros no supimos el drama que aquello significaba, la doña era antigua en este barrio pero un día se esfumó, se fue mientras nosotros tratábamos de terminar los estudios, mientras nos pasábamos papelitos con las tareas del periodo, mientras aun llorábamos y nos cambiábamos de nombre.
A los pocos meses o años se nos olvidó doña Juana, le preguntamos a la vecina Laura y al viejito del negocio, le preguntamos a los que eran de derecha en la población, le preguntamos a la hermana de un primo medio derechista, él nos habló nuevamente del exilio y nuevamente no entendimos. Mi hermano dijo que eran los que se iban al extranjero. Yo no le creí, me fui a la casa, revisé todos los cajones buscando alguna señal. Aquellos que continuamos en la tarea de hacer una revolución debimos protegernos las espaldas. Todos debimos cuidarnos, unos y otros nos sentamos en la misma mesa, en la misma calle donde acosaba el feroz persecutor. Por lo que sé, fueron muy pocos los que delataron alguna casa, alguna guarida, alguna información, pero me enamoré de una muchacha que tenía siempre la palabra correcta a la hora de bajar las manos.

Era martes, despertamos en una toma en Puente Alto. A lo lejos se escuchaban disparos. Todos estábamos rondando los veinte años. No había teléfono celular, por lo que optamos por cruzar el Río Maipo a pie, mojados hasta la cintura reímos de la salvada y nos tiramos al sol para secarnos. Nos abrazamos y decidimos enfilar cada uno a su casa.

Así comienza la guerra. Estudios interrumpidos, novias que bajaban la cara al vernos, las noticias llegaban de boca en boca. El General Prat nunca pensó en preparar una ofensiva contra nuestra resistencia, tampoco el Presidente Allende se suicidio. Era la clandestinidad, el caminar esperando una cara conocida, caminando con el temor de que desde un automóvil bajaran con metrallas. Fue larga la guerra. Aún recuerdo algunos de los nombres que usaba para sobrevivir. En una cajita de fósforos me llegó la noticia de que Esteban no aparecía, también que Roberto estaba prisionero en Cuatro Álamos, en Tres Álamos, en Ritoque, en Puchuncaví, en el Estadio Nacional, en los regimientos y cuarteles de Carabinero.

Estuvimos atentos a mensajes que se leían con un libro, descifrando línea por línea, palabra por palabras, letra por letra. A los pocos meses o años recordamos a doña Juana, estaba moribunda en Bélgica. No sabemos si la sepultamos en Chillán o en Madrid, ella siempre dijo que le gustaba viajar hasta Cartagena. Éramos fantasmas, éramos invisibles, éramos sujetos sospechosos, éramos de la Resistencia, éramos comunistas, éramos miristas y socialistas, éramos un puñado de cabezas duras. Nos reuníamos en las iglesias mientras las beatas rezaban y nos deseaban una parte del Espíritu Santo.

Donde estaba el muro con la imagen del Ché y Fidel hoy es una estación de Tren Metropolitano. A esta fecha no aparecen nuestros amigos que cayeron en manos del enemigo. Escribo esto porque mis hijos no me creen tanto riesgo. Escribo para sanarme de esa enfermedad que era el miedo, el terror y la esperanza. Me ilusiono con que alguna vez podamos encontrar a miles de amigos detenidos desaparecidos. Me ilusiono con poder traer los restos de doña Juana a Cartagena. Me ilusiono con una marcha multitudinaria de obreros en La Alameda.

Hace mucho tiempo que nadie me conoce como Alejandro. Me llamo Cristian. No soy rubio, estoy canoso, pero aún estoy atento del hombre ese que camina tras mis pasos. Esta vez no caigo en la encerrona. Lo que vino después de esta historia es para largo. Por lo pronto, debo reencontrarme con las palabras que nos robaron. Debo hacer el ejercicio de abrazar a mi vecino comunista, a mi pariente socialista y a un puñado de miristas que caminan observando de reojo al que viene tras sus pasos.

Aún nos queda mucho por hacer.

Tomado de: dilemas.cl

Por *Cristian Cottet

*

Cristian Cottet Villalobos

Cristian Cottet Villalobos (Santiago, 1955), Antropólogo de la Universidad Bolivariana. Posee estudios en Ingeniería Mecánica y Pedagogía Básica.

 Últimas actividades

2012 – 2013.  Investigación: “¡Baila Chinita, baila! Religiosidad y construcción social en

Andacollo

Resumen: Trabajo de campo en la ciudad de Andacollo (IV Región), referida a las ceremonias religiosas.

2012. Profesor de cátedras: “Derechos Humanos” “Metodología de la Investigación” (Universidad Bolivariana) y “Taller de observación” , “Taller de metodología de la investigación” (Universidad ARCIS).

2012. Investigación, revisión de textos y prólogo del libro “El hablar minero en Andacollo”.

2010. Investigación: “Identificación, localización y catastro de complejos religiosos y ceremoniales mapuche. Regiones del Bío-Bío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos”, del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI) y el Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC-UHC).

Resumen: Trabajo de campo en las regiones indicadas, direccionado a catastrar espacios y/o territorios donde se desarrollan actividades religiosas o de actualización cultural, por las comunidades mapuches de la zona. Informe Final con prólogo “Complejos ceremoniales en la cultura mapuche”.

2010-2011. Asesor en el Ámbito Social en el Proyecto FONDART Región Metropolitana “Murales para mi barrio”.

Resumen: Capacitación a los jóvenes integrantes del Taller “Murales para mi barrio”

1988 – 2012. Fundador, Director y Editor de Mosquito Editores.

 

Libros publicados

–Amor y rebeldía; Ediciones Minga; Santiago de Chile, 1981 (poesía)

–Urbanidades; Ediciones Resurgence (Laussane, Suiza) / Taller el Sol (Santiago de Chile); 1983 (poesía)

–Chiloé, noventa días; Publicado por los Talleres Culturales de Castro; 1983 (poesía)

–Épica inconclusa; Ediciones FUNDECHI; Ancud, Chile; 1985 (poesía)

–La comunicación; Centro de Investigación Social; Santiago de Chile; 1985 (manual de medios de reproducción y comunicación)

–Proclama para anunciar un manifiesto de la épica; autoeditado; Santiago de Chile; 1985; poesía; complemento de intervención poética en Centro Cultural Mapocho

–Manifiesto un terrible descontento con ayer; autoeditado; Santiago de Chile; 1986 (poesía)

–Has recuperada nada; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 1990 (poesía)

–Libro de hechos inevitables; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 1996 (poesía)

–Interpretaciones y testimonios; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 2002 (poesía)

–Carlos Sánchez: La razón de estar gay; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 2005 (testimonio).

–¿Se atreve usted don Jano?; Mosquito Editores / Colección Crímenes Criollos; octubre 2009 (novela). Se terminó con la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1999).

Correo electrónico: cristiancottet@gmail.com 

cristina guerra,

15 feb. 2013 9:35

La memoria y el sol

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