Convirtieron a los desaparecidos en trolls: el día que encontré a mi mamá en Twitter

Convirtieron a los desaparecidos en trolls: el día que encontré a mi mamá en Twitter

ESPECIALES DE P12

DESAPARECIDOS

24 de marzo de 2021

Convirtieron a los desaparecidos en trolls: el día que encontré a mi mamá en Twitter

“Me topé con ella sin buscarla, como uno se puede topar con un ladrillazo en la cara. Ahí estaba, mi mamá en Twitter. Mi mamá, Irene Bruschtein, fue secuestrada en 1977 junto a mi papá. No supe más de ellos. Pero ahí estaba, en Twitter, con su cara de nena. Alguien usó su nombre y su foto para convertirla en troll.”

Por Victoria Ginzberg

Convirtieron a los desaparecidos en trolls: el día que encontré a mi mamá en Twitter. 

No me acuerdo cómo la encontré. Aunque en realidad no la encontré, me topé con ella sin buscarla, como uno se puede topar con un ladrillazo en la cara. Ahí estaba, mi mamá en Twitter.

Mi mamá, Irene Bruschtein, fue secuestrada el 11 de mayo de 1977 junto a mi papá en su departamento de Almagro. No sé dónde los llevaron. No hay un rastro ni una pista. No hay nadie que yo sepa que los haya visto.

Pero ahí estaba, en Twitter, sentada en una mecedora, con sus piernas largas y flacas en primer plano, sus medias blancas por debajo de la rodilla, su cara de nena. Una imagen conocida, una de las pocas que quedaron.

Alguien usó su nombre y su foto para convertirla en troll. Con una indignación palpitante, llamé a algunos especialistas.

Natalia Zuazo respondió algunas de mis inquietudes amorosamente. Difícil o casi imposible rastrear al dueño del perfil de mi madre. Priman la política de anonimato de la red social y la libertad de expresión. Podíamos pedir a Twitter que cierre la cuenta en base a mi derecho a la identidad, a la memoria, etc. Podíamos hablar con abogados. No me interesaba judicializar el asunto y aunque supuse que tal vez un llamado alcanzaría para que se suspendiera la cuenta tampoco me satisfacía esa opción. Se borra, listo, aquí no ha pasado nada. ¿Qué quería? No lo sabía. O sí, quería saber, quería información. Y el cierre de la cuenta no iba a ayudar. Tal vez solo necesitaba decirle al que lo hizo que era siniestro. Tampoco es que cambiara nada. Como un asesino serial que deja pistas y mensajes para ser identificado, seguramente está esperando que se exponga su brillante idea para regodearse con mi bronca. Bueno, hecho, felicitaciones.

Hice el hallazgo a mediados de diciembre del año pasado. El 10, con Luciana Bertoia habíamos revelado en Página 12 una serie de documentos de la SIDE de la dictadura: seguimientos a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y otras agrupaciones de derechos humanos como Familiares de Detenidos Desaparecidos, la APDH y el CELS. Habíamos contado que la actual gestión de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) estaba abriendo los archivos de inteligencia de la SIDE y habíamos publicado unas buenas fotos del fichero histórico del organismo. No suelo ser paranoica, pero no pude evitar relacionar ambas cosas.

Reparé en que en algunos posteos mi madre hablaba de sí misma en masculino, por lo que deduje que su cuenta había tenido a un hombre como usuario. ¿La habían cambiado poco tiempo antes, justo después de que salieran las notas sobre los archivos de la SIDE en la dictadura o eso no tenía nada que ver? Consulté en la AFI. Me confirmaron que ellos no podían rastrear cuentas de redes sociales por este tema.

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Como biografía del perfil solo figuraba “Frente de Todes” y un solcito. Pero su último mensaje era crítico al gobierno y muchos de los supuestamente favorables eran burdos y con faltas de ortografía. Lo berreta y ordinario de la cuenta me subleva más que su existencia. “El comportamiento es el de un troll independiente, no debe trabajar para un solo cliente. Está disponible para distintas cosas, para hacer daño”, resumió Natalia Zuazo.

Concluí que los datos de mi mamá los habían sacado de la página web desaparecidos.org. La foto es la misma que aparece ahí, también el nombre completo con tres apellidos, Irene Bruschtein Bonaparte de Ginzberg, una costumbre de mi abuela para que figuraran en las denuncias todas las ramas de la familia.

Todavía faltaba algo más. Una de las cuentas que interactúan con la de mi mamá tiene como nombre Raimundo Villaflor. Villaflor fue un dirigente de las Fuerzas Armadas Peronistas secuestrado en agosto de 1979 y asesinado en la Escuela de Mecánica de la Armada. Es una cuenta todavía más macabra: su usuario es @Desap1237 y su biografía dice: “militante peronista con una personalidad explosiva. Nos quedan 7800 cupos”. En la foto de encabezamiento de perfil parecería que se está tirando (lo están tirando) de un avión y su localización es Río de la Plata. Otra similar es la de Eduardo Céspedes @Desap2327, en su biografía dice que es médico (era estudiante de medicina) y su ubicación es La Plata (donde lo secuestraron). También están la de Regino Adolfo González Sandaña @Desap1212 y la de Ruben Gerenschtein, que, como mi mamá, no tiene una arroba con un número pero que en su biografía dice “Tengo una fobia a los Falcon verdes”. La cuenta con el nombre de mi mamá sigue a todos estos usuarios. Toda una granjita de trolls armada en base a y con burlas a desaparecidos.

Es de mal gusto, horrible. Pero me pregunto por qué me afectó tanto. Suelo creer que estoy de vuelta. Leí, vi, escuché, escribí muchos testimonios con cosas terribles, mucho más terribles que un avatar de Twitter. Pero la verdad es que sentí una opresión en el pecho al encontrarme con la cuenta. Tal vez se deba a que fue como ver un fantasma. Porque aunque sepamos que hay robots y trolls en las redes, sobre todo en Twitter, seguimos manteniendo, en algún registro primario y aunque sea por un momento, la ilusión de que hay personas del otro lado, por eso siguen funcionando las operaciones con trolls y robots. 

Debe haber sido ese instante. Una fugaz aparición. Un milisegundo de ilusión. Un pantallazo antes de la racionalización en el que mi cerebro quizás creyó que podíamos hablar. Será por eso la angustia. Por la oportunidad perdida. Te hubiese dicho que estoy bien. Que no te preocupes. Que me cuidaron y me quisieron. Que ya estoy grande, muy. Que tengo una familia preciosa y dos pibas divinas en las que a veces creo ver cosas tuyas.

ver fotos

Irene Bruschtein Bonaparte de Ginzberg

Desaparecida el 11 de Mayo de 1977 junto a su esposo Mario Ginzberg

Tenía 21 años
Fue secuestra de su casa frente a sus dos hijos

Historia de la desaparición de 7 miembros de la famila Bruschtein Bonaparte

1977

EstadoDetenido/a desaparecido/aFecha de secuestro11/05/1977Lugar de secuestroCAPITAL FEDERAL (Secuestrada de su domicilio)datos personalesNombreIrene Monica Bruschtein Bonaparte GinzbergEdad21SexoFemeninoFecha de nacimiento21/08/1955Lugar de nacimientoMorón, Bs. As.Nacionalidad

  • Argentina

Apodos Lilia

Estado civil Casado/a

Cantidad de hijos1

Domicilios

  • Sarmiento 4305, 2° F, Almagro

Militancia

  • Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) +

Estudios

  • Secundario: Manuel Belgrano
  • Otro: Escuela de Cerámica Nº 1

Víctimas simultáneas

  • No hay información.

Víctimas relacionadas

Los tres hermanos, Irene NoniVictor
y un amigo, Carlos Spataro.

Todos desaparecidos

Exilio Heredado

Exilio Heredado

Exilio heredado´

En Viena, hijos de exiliados chilenos han construido una red de apoyo a quienes, como ellos, cargan con los dolores transmitidos por sus padres, víctimas de la dictadura. Esta carga real, no es abordada por los países donde residen; ni por Chile, donde pareciera que el exilio es un tema ya superado.

Por Verónica Gutiérrez

Hace un par de años, los hermanos Fernando (52) y Marcela Gómez (53), hijos de exiliados chilenos en Austria, fueron a un asado que organizó la embajada para celebrar el 18 de septiembre en Viena. “Nos pusimos a conversar con más gente. Nos encontramos con algunos de los que militaban en el Partido Socialista conmigo cuando éramos niños y recordamos tantas historias. Quedamos de juntarnos otro día. Arrendamos un lugar, mandamos a los hijos a jugar a otro lado y después de un rato, comenzamos a hablar sobre qué significaba el exilio para nosotros”, relata Marcela, hoy sicóloga. Recuerda que algunos trataban de sacar lo positivo de su experiencia, pero que ella fue rotunda en criticarla: “Me paré y dije ‘me carga el exilio, nunca quise esto para mí’”.

Marcela y Fernando, terapeuta ocupacional, comenzaron a organizar terapias grupales en Viena. “No nos imaginamos que iba a llegar tanta gente. Éramos cerca de 50 personas en el primer encuentro”. Fueron terapias grupales una vez a la semana por espacio de dos meses y el último fue un congreso. A este último llegó gente de Alemania, distintas ciudades de Austria, Francia y Finlandia. En estas terapias, trabajaron con el método de constelaciones familiares.

La sicóloga Astrid Becks (32), radicada en Austria, explica este método: “Es una técnica psicoterapéutica que busca elaborar y/o sanar problemas familiares.  Se da en un contexto de taller, donde asisten varias personas, que no necesariamente se conocen. El terapeuta “constela” a una persona en particular del público, es decir, esta trae un motivo de consulta y debe elegir al azar y del público a quienes representarán a los integrantes de su familia. Estos “curiosamente” suelen decir o actuar de la misma forma que los familiares reales (es un fenómeno que nadie puede explicar). En esa dinámica van saliendo temáticas, problemas, conflictos, traumas que normalmente no se han hablado en la familia. En mi experiencia personal y terapéutica, es una de las técnicas más potentes y sanadoras que existen. Una constelación familiar equivale a muchas sesiones terapéuticas individuales. Es muy intenso, emocional, vivencial y potente”.

Marcela Gómez ha hecho varios trabajos, tanto en Chile como en Austria y en otros países, para ayudar a exiliados. En la mayoría de ellos trabaja con el método de constelaciones familiares. Uno de ellos fue un taller llamado “Ven-seremos”, un juego de palabras que relacionaba a los hijos con la lucha de sus padres y una invitación a descubrir la identidad de las segundas generaciones. Este taller lo hizo en 2003 junto a otra sicóloga a raíz de los 30 años del golpe. En 2010, la invitaron a Alemania a hacer un taller llamado “Los países que hay en mí”, donde trataron, entre otras cosas, la falta del sentimiento de pertenencia a una patria. Otro taller que realizó en Austria se llamó “Rexilientes”, una mezcla entre resiliencia y exilio.

Marcela y Fernando Gómez concuerdan en que fue necesario hacer estas terapias, en primera instancia, para poder ellos mismos avanzar y seguir con sus vidas. “Uno tiene rabia, llora, grita, lo pasa mal, todo para después por fin estar bien”, dice Fernando. Con estas terapias y constelaciones familiares que practican con otros exiliados, han detenido el traspaso de traumas a terceras generaciones. Una vez resuelto esto, recién pudieron empezar a tratar a aquellos de la primera generación de exiliados, que hasta el momento no habían recibido apoyo psicológico por lo ocurrido en Chile.

Marcela García (40), socióloga e hija de exiliados chilenos radicados en Francia, realiza estudios de género relacionados con el exilio chileno. “Afuera se escrito muchísimo sobre el tema”, recalca.

Los hijos de exiliados políticos desarrollaron traumas durante este tiempo, que algunos no han sabido resolver incluso hasta el día de hoy. Hay varios traumas principales que se observan tanto en el caso del exilio chileno como de otros países, comenta Marcela Gómez, quien ha trabajado con inmigrantes chechenos, latinos y actualmente con refugiados sirios llegados a Austria. Los principales y los que más se repiten son el sentimiento de desarraigo, de pertenecen a ningún país o cultura; a sensación de responsabilidad por Chile, un país que varios de los hijos de exiliados no conocieron hasta más grandes; parentificación, el cambio de rol entre padres e hijos; y problemas de integración.

Ni de aquí ni de allá

Los hijos de exiliados tienen en común un fuerte sentimiento de desarraigo. No se sienten chilenos, porque han pasado la mayor parte de su vida en el extranjero, pero tampoco se sienten parte del país que acogió a sus padres, porque en sus casas no los incentivaron a adoptar la cultura del país donde llegaron. “Ya vamos a volver” repetían sus padres. La mayoría de los exiliados creía que la dictadura duraría solo un par de meses o como máximo dos años. Es por esto que en muchas familias, no se desarmaron las maletas, ni se esforzaron por integrarse.

Leticia Bialoskorski (34) ha vivido la mayor parte de su vida en Holanda. Su padre es exiliado chileno y su madre es holandesa. En total, no ha estado más de seis meses en Chile, pero siente que su cultura es chilena. “He vivido por tres años en Alemania ya. Estoy un poco confundida sobre mi cultura. Definitivamente soy holandesa, pero también me siento una ciudadana del mundo. Creo que tengo más de chilena que de alemana. Es algo que llevo en mi ADN”, explica.

El caso de José Vivallo (28) también llama la atención. Su hermano mayor nació en Suecia y llegó a Chile a los 10 años. Con 38 años, ha vivido la mitad de su vida en Chile y la otra mitad en Europa, pero se siente más europeo que chileno. De todas maneras, cuando se le pregunta de dónde se considera, contesta con un “soy ciudadano del mundo”. José nació mientras sus padres seguían en el exilio, pero retornó cuando apenas tenía 8 meses de vida. Él se considera chileno.

Marcela García fue apátrida hasta los 9 años. En Chile existen tres formas de adquirir la nacionalidad: nace en el territorio, ser hijo de chileno o recibir la nacionalidad por gracia. Marcela nació en Francia. Sus padres residían con pasaporte de refugiados. Por este motivo ella no pudo acceder a la nacionalidad francesa. Tampoco se podían acercar a la embajada chilena por el susto que esto le provocaba a su familia. Cuando se le pregunta si se siente chilena, afirma: “Soy lo más antinacionalista que pueda haber. Me importa más la persona que el país. Siento que soy más hija del exilio que francesa o chilena. Creo que tengo de ambas naciones y que no tendría por qué decidir. De todas formas, en Chile voy a ser considerada más francesa que chilena y en Francia, al revés”.

Loreto Caro (46), guionista e hija de exiliados chilenos, nació en Chile, pero a los cinco años se fue a Iowa con su familia. A los dos años se trasladaron a Boston. “Se juntaban todos los 18 de septiembre, todas las fiestas se celebraban en grupo. Esa fue la primera vez que tuve noción de que venía de otro lado, cuando nos juntábamos con esa gente que supuestamente era de Chile. Yo me juraba gringa, me juraba estadounidense”. Además, ella explica que muchos niños, cuando viven grandes traumas, tienen regresiones. Esto es lo que le ocurrió a ella. “Cuando llegamos, mi hermano y yo tuvimos que volver a usar pañales, incluso de día”.

Aunque no sienten que son de un lugar, la mayoría de ellos nunca se sintió exiliado. Ricardo Párvex (65) estuvo en varios centros de detención en Santiago y en la Quinta región. El año 74 salió del país en dirección a Francia junto a su esposa y con su hijo, que en ese entonces tenía solo 2 años. “El otro día hablábamos con mi hijo y me comentó que él nunca se ha sentido exiliado”, aclara. Marcela Gómez también recalca ese punto: “Yo no soy la exiliada, era a mi padre al que buscaban, no a mí. Yo tenía solo 11 años”.

El caso de los hermanos Gómez es distinto. Ellos nacieron en Chile y tuvieron que adaptarse a la nueva cultura. Apenas llegaron a Viena, los ubicaron con su familia en una vivienda social y a los niños les encontraron lugar en colegios. “Te ponían en cualquier curso. Éramos los pobrecitos. No entendíamos nada. Nos dejaban ahí, donde hablaban en un idioma que jamás habíamos escuchado, y no nos ayudaron a integrarnos. A las semanas ya no queríamos ir al colegio. Los papás nos obligaban y nos repetían: ’Ya vamos a volver, no importa’”, recuerda Fernando, quien en esa época tenía solo 10 años. Fue la repetición de ese mantra lo que llevó a que muchas familias no hicieran esfuerzos por adaptarse al nuevo país. Además, como los adultos militaban para poder colaborar con la situación en Chile, se juntaban entre chilenos y hablaban en su idioma. En muchos casos, ellos no necesitaron cambiar su estilo de vida, a diferencia de sus hijos que sí debieron integrarse para sobrevivir.

“Tú ibas a la casa de los otros ‘tíos’ y eran todas muy parecidas. Con plaquitas de cobre, con fotos de Allende, con una forma muy semejante”, recuerda Marcela García, quien hizo un extenso estudio sobre mujeres exiliadas en Francia. Sobre esa investigación, ella concluye que, en general, eran los hombres los que insistían con la idea de volver y se quedaban estancados en una época, con la idea fija de ayudar a Chile y continuar con la militancia, mientras las mujeres intentaban buscar trabajo y comenzar una nueva vida. “Tu ibas a casas y en muchas se veían las maletas hechas. No las querían desarmar por esta idea del ‘ya vamos a volver’. A los hombres esto les afectó de una manera diferente. Era como si se hubieran congelado en el tiempo. Usaban la misma ropa que en los años 70, tenían una imagen idealizada de Chile”, explica Marcela García.

Los hijos y los tíos

Al salir abruptamente del país, los roles familiares se modificaron. Muchos llegaron a lugares junto con otros chilenos. Estos se agruparon e hicieron colonias muy unidas. Al cortar lazos con la familia de forma tan abrupta, dentro de los grupos de exiliados, cada uno tomaba un rol. “Todos eran las tías y los tíos”, recuerda Marcela García. “Me acuerdo que había señoras mayores que hacían de abuelas. Yo no conocía a mis abuelos. En mi casa, además de las típicas placas de cobre de la Violeta Parra y de Pablo Neruda, teníamos una foto con el último discurso de Allende. No sé de dónde saqué la idea de que él era mi abuelo”.

Uno de los traumas principales es la parentificación o parentalización, cuando los niños se hacen responsables por sus padres y cambian de roles. Marcela Gómez, sicóloga radicada en Austria, explica cómo fue para ella: “Hay una inversión de los roles: una parentificación. Eso nosotros lo veíamos como algo negativo”. Esto ocurre en particular en aquellos países que hablan otro idioma. “Los niños aprendemos el idioma extranjero muy rápido. Empiezan a ser los traductores de sus padres. De grande, mi mamá me explicó, porque de chica no me di cuenta, pero a veces mi papá me hacía leer textos o cartas que llegaban. Yo pensaba que era un ejercicio para practicar mi español, pero en verdad le estaba ayudando con cosas que él no entendía”, recuerda Marcela García.

García, a través de sus estudios, también pudo observar cómo era la relación de pareja entre exiliados. Las parejas que ya estaban consolidadas antes de salir del país, tendieron a permanecer unidas. En el caso de las parejas que se unieron apresuradamente por la urgencia de la época, esas tendieron a separarse posteriormente. Es lo que ocurrió con sus propios padres, quienes se conocieron mientras su padre estaba detenido y su madre visitaba a su primo preso.

Quién es el culpable

“Al principio, los exiliados se dividieron. Se echaban la culpa unos a otros de quiénes eran los responsables del golpe”, explica Fernando Gómez. “En aquellos tiempos, desde Moscú, se transmitía ‘Escucha Chile’, que llegaba a las 12 de la noche a Viena. Tanto mis padres como nosotros nos quedábamos escuchando lo que pasaba en Chile. Escuchábamos que estaban deteniendo gente, estaban torturando, estaban matando. Ahí mismo te ponías a planificar actividades para solidarizar con Chile. Toda nuestra vida, toda nuestra juventud la pasamos en Viena, pero pensando en cómo era estar viviendo en Chile, cómo concientizar al pueblo austríaco para que nos ayudara a botar a Pinochet. Yo con 11 años, entré a militar al Partido Comunista. Como primera instancia tienes a tu padre o madre como imagen. En mi caso, había una mina tan rica, que dije, ‘¡metámonos!’”.

Su hermana, Marcela Gómez también recuerda esa época. “Todo era por Chile, aprendí a bailar cueca, me metí en grupos de baile, hacer fundaciones para ayudar a Chile, escuchar la música. Es algo que nadie te quita. Uno era representante de su cultura, del origen de sus padres. Los que no lograron entender que los padres lucharon por una causa, comenzaron a encararlos: ‘Por tu culpa vivimos esto’”. “A esa edad uno no quiere estar militando obligado, uno se quiere ir de fiesta o hacer otras cosas”, explica Fernando.

“Mi caso fue bastante especial”, añade Marcela García. “Nosotros vivíamos en un pueblito cerca de París, pero no había chilenos. Mi papá viajaba mucho a París y a veces nos llevaba con él a sus reuniones y actividades del partido, pero creo que por eso que no entré a militar. De todas formas, eres banderita. La gente te pregunta qué ocurre en Chile y tú tienes que saber. Yo tenía como 9 años y respondía que en Chile había una dictadura, que estaba muriendo gente”.

Después de la lluvia, no siempre sale el sol

Aquellos que retornaron al país, pudieron acceder a múltiples beneficios e indemnizaciones que ofrecía el gobierno para reparar el daño de alguna manera. Algunos de estos beneficios son acceso a salud gratuito, becas de estudios para segundas generaciones, tratamientos sicológicos y terapias físicas para los que fueron torturados, una pensión de reparación, entre otros.

El Instituto de Derechos Humanos tiene por cifra oficial 200 mil exiliados durante la dictadura. Los archivos de la Vicaría de la Solidaridad del Arzobispado de Santiago hablan de 1.675.000 personas. La diferencia se da porque esta cifra considera también a las 530 mil personas que vivían en el extranjero en “situación irregular”, a las familias de los buscados, y aquellos que salieron con visas de turistas, estudiantil o utilizando nacionalidades de otros países.

Existe el Programa Continuación (Ley Nº 19.123), creado el año 1997 por Decreto Supremo del Ministerio del Interior y Seguridad Pública, también conocido como “Programa de Derechos Humanos”. Ese plan establece varios tipos de beneficios a los que pueden acceder los torturados, exonerados y familiares de detenidos desaparecidos. En primera instancia, deben estar reconocidos por el Informe Valech. Este es el catastro oficial de víctimas de la dictadura.

El instituto de Derechos Humanos (INDH) otorga 5 beneficios de reparación diferentes: pensión de reparación, beca de educación para hijos, atención gratuita en salud, exención de servicio militar y otras ayudas complementarias, como educación o acceso a salud gratis. Los que retornaron, además tienen terapias sicológicas a su disposición y terapias físicas para aquellos que quedaron con secuelas por las torturas.

Los exiliados que decidieron quedarse fuera solo pueden acceder a uno de estos beneficios. Pueden recibir la pensión de reparación, la que puede ser transferida al extranjero. El INDH designa las siguientes cifras: “Para menores de 70 años de edad, la pensión (a 2004) es de $1.353.798; mayores de 70 años y menores de 75 años de edad: $1.480.284; mayores de 75 años: $1.549.422. Su pago es mensual y en doce cuotas”. Es decir, que la bonificación es de 135 mil pesos mensuales.

“Esa indemnización no alcanza para vivir un día”, dice Fernando, quien vive en Austria desde el año 1974. Allí, el sueldo mínimo es de 1.800 euros (proporcional a la calidad de vida del país) y la indemnización es equivalente a 183 euros mensuales.

Auto-reparación

El tema del exilio ha resurgido en Chile a raíz del cortometraje “Historia de un Oso”, ganador de un premio Oscar, el primero chileno en esa categoría.

El creador de la historia es Gabriel Osorio, cineasta y profesor de la Universidad de las Américas. “Al principio no le conté a nadie cuál era mi motivación para hacer esta historia”, cuenta Osorio. “Me demoré un tiempo en contarle a los otros del equipo que la historia la hacía por mi abuelo y que él había sido exiliado durante la dictadura. Él era Leopoldo Osorio y fue secretario de Allende por varios años. Lo conoció muy de cerca. Por eso lo detuvieron”.

Gabriel Osorio llega de invitado a un diplomado de “Educación, memoria y derechos humanos” de la Universidad de Chile. Luego de ver nuevamente el cortometraje, muchos de los asistentes le agradecen. “Es la primera vez que puedo hablar sobre ese período con mi papá, sin ‘rajarnos’ llorando”, comenta emocionada una de las alumnas. “Yo no tenía abuela” explica Gabriel. “Yo no entendía por qué, pero no tenía”. “Historia de un oso” habla de eso, usando una metáfora de un circo, cuenta qué significa para las familias, que un miembro se encuentre lejos por causas políticas y que no pueda retornar o comunicarse con los demás.

 “En mi familia no se hablaba mucho el tema. Yo preguntaba ‘dónde está mi abuelo’ y me respondían ‘está lejos’ y yo insistía, ‘pero por qué’ y me decían ‘es que lo exiliaron, no puede volver’. Para mí era impresionante. Qué había hecho él que no podía volver. Cuando eres chico, todo es muy confuso. Eso es lo terrible del exilio, que quiebra lazos. Él hizo una familia afuera. Mi abuelo retornó del exilio después, cuando yo tenía como 11 o 12 años. Se formó una relación extraña. No nos conocíamos. Ahora más de grande, tenemos mejor relación, pero lamento mucho lo que ocurrió”.

 “Creo que no es importante hablar del exilio solo hoy, creo que hay que hablarlo siempre, porque es algo que se repite constantemente. Lo dijimos cuando recibimos el premio, ahí en el teatro: ‘Ojalá que no pase nunca más’”, afirma el ganador del Oscar. Su premio parece ser una excepción a la regla del olvido.

El sicólogo húngaro Ivan Boszormenyi-Nagy explica en su libro “Lealtades invisibles” sobre el sistema de lealtades que se crean entre la primera generación de un hecho traumático, la segunda y la tercera. Uno de los puntos que recalcaba es que, si la primera generación hace algo, la segunda tiende a negarlo. Por el contrario, la tercera tiende a vincularse con esa primera generación. Pasó que muchos de la segunda generación no comprendieron lo que ocurría y se revelaron ante esto. Otros no supieron cómo desvincularse y ocurrieron “quiebres”, como lo llama Marcela Gómez.

García por su parte, explica este fenómeno por una causa natural: “Los padres sufrieron mucho y por no dañar a los hijos, no contaron nada. Los hijos no sabían lo que había ocurrido, pero sentían la carga, sentían el dolor. Cuando las personas son mayores, tienden a regresar al pasado, a hablar más de sus vidas, a liberarse de esas cargas emocionales. Es por eso que cuentan muchas historias a sus nietos. Es por esto que los nietos pueden empatizar con sus abuelos. No así sus hijos”.

Marcela y Fernando decidieron enfrentar su realidad estudiando carreras afines a la sicología y así ayudar de forma efectiva a sus pares. Marcela García se concentró en estudiar el fenómeno del exilio chileno y darlo a conocer con sus escritos. Loreto Caro, guionista, ha decidido enfrentar su historia de manera creativa: sus proyectos cinematográficos, siempre tratan sobre personas en un limbo, ya sea emocional, terrenal o a veces, ambos. “En el cine chileno no se habla de la dictadura. Es muy poco. Se menciona mucho, pero no se profundiza en el tema. Somos tímidos en visitar nuestra historia. Les tenemos miedo a las heridas y al sufrimiento. En Argentina, luego de cinco meses, sale la historia oficial de la dictadura argentina. Ellos son como ‘si ya estamos sangrando, ¡sangremos completos!’. En Chile, en cambio, se le pone de inmediato parchecitos y paños a la herida para que no sangre”, dice.

Para Fernando, quien sigue en Austria también es necesario hablar del tema hoy, cuando el exilio vuelve a ocurrir: “Aquí han llegado miles de sirios refugiados por la situación que viven en su país.  No es fácil dejar el país de uno. Mucho menos si es por la fuerza. Hay gente que no lo entiende. Llevo más de 40 años viviendo en este país, tengo la nacionalidad y mis papeles al día, pago mis impuestos y, aun así, te hacen sentir extranjero. Aquí se dice ‘susch’ a los extranjeros. Es una palabra que viene de los yugoslavos, que ellos dicen ‘escucha’ y lo repiten mucho ‘escucha, escucha’. Algo así como el gringo. Te dicen así, pero en tono más despectivo. No entienden que el exilio es como que te echaran de tu casa sin tiempo de recoger tus cosas. Te vas con el timbre de que eres malo”. Fernando recuerda un día, ya pasado el bombardeo a La Moneda, que estaba jugando en el patio de su casa, cuando sintió un helicóptero volar. Al levantar la vista, vio que venía volando muy bajo y que al interior viajaba un militar apuntando con una metralleta. “No pasó nada”, aclara rápidamente, pero hasta el día de hoy, con 52 años y en otro continente, cada vez que oye un helicóptero volar, “debe” volver la vista y verificar que no sea nada.

È Vero!

Reportaje de título

Segunda generación en el extranjero

Exilio heredado

En Viena, hijos de exiliados chilenos han construido una red de apoyo a quienes, como ellos, cargan con los dolores transmitidos por sus padres, víctimas de la dictadura. Esta carga real, no es abordada por los países donde residen; ni por Chile, donde pareciera que el exilio es un tema ya superado.

Por Verónica Gutiérrez

Hace un par de años, los hermanos Fernando (52) y Marcela Gómez (53), hijos de exiliados chilenos en Austria, fueron a un asado que organizó la embajada para celebrar el 18 de septiembre en Viena. “Nos pusimos a conversar con más gente. Nos encontramos con algunos de los que militaban en el Partido Socialista conmigo cuando éramos niños y recordamos tantas historias. Quedamos de juntarnos otro día. Arrendamos un lugar, mandamos a los hijos a jugar a otro lado y después de un rato, comenzamos…

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No-natos

No-natos

No-natos

 
Somos los hijos y los nietos
De los hoy recordados
Somos las hijas y las nietas
Que nunca existieron
Pero que tanto quisieron
Nacer, vivir, jugar y luchar
Somos la descendencia
De quienes hoy resuenan
Eternos en nuestras voces
En un ahora y siempre
En un siempre ahora
 
Somos esa sangre que no sangró
De quienes tanta sangre dejaron
Somos los sueños arrancados
De quienes tanta justicia soñaron
Somos los hijas e hijos que no nacieron
Para poder decir
Madre o Padre
 
Pero hoy renacemos
Pero hoy gritamos, luchamos y recordamos
Porque las heridas se han vuelto a abrir

Quieren liberar sombras

Quieren volver a matar a los padres que no tuvimos
Matarlos en dignidad
Matarlos en memoria
Y hoy los que no nacimos
Perpetua justicia a gritos pedimos

(Miguel Echeverria M)

 
Destacado

Los Hijos de Pinochet (1987)

Los Hijos de Pinochet

 


<p><a href=”https://vimeo.com/103017235″>Los hijos de Pinochet (1987)</a> from <a href=”https://vimeo.com/chiledesdefuera”>Chile desde fuera</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p

 

El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños

  • Antonia García C.
  • La muestra “Infancia en dictadura”, que estuvo hace unos meses en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, se repone en estos días, y se podrá ver hasta el 29 de octubre en la Biblioteca Nicanor Parra, Vergara 324 (Santiago / metro Los héroes). En paralelo, acompañando la muestra, una serie de actividades se están realizando desde el 8 de septiembre y continuarán hasta el 14, en la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales (Jornadas “Memoria, elaboración y resistencia. Imágenes y narrativas para reescribir el dolor social”).

Vivian Lavín enfatizó en este espacio, en más de una oportunidad, la importancia del trabajo realizado por la Dra. Patricia Castillo y su equipo. Todo indica que no hay forma de no verse tocado por lo que ahí se cuenta y el cómo se cuenta. “La importancia de lo ínfimo”, como suele recalcar Patricia Castillo, es lo que está en juego. Pero también una reflexión sobre el lugar de los niños en la historia.

Los niños de ayer. Y los niños de hoy. Porque eso es también lo que esta muestra permite: interrogarnos sobre el rol de los niños y lo que hacemos con ellos y lo que no hacemos. El rol que le damos y el rol que ellos asumen sin preguntar nada a nadie, porque los niños suelen ser “subversivos”: no solamente porque se toman los espacios y se toman la palabra, sino también porque, en distintas circunstancias de opresión, crean sus propios espacios de libertad*. El niño como sujeto creativo por excelencia, el niño sujeto de la historia y no mero acompañante, el niño-observador-narrador con su propia manera de oír y de restituir el mundo. Eso es también lo que esta muestra pone en escena a través de dibujos y escritos realizados por niños chilenos durante la dictadura.

foto-infancia-en-dictadura

Este trabajo llega en un momento particular. Existe hoy otra sensibilidad frente al pasado reciente y una pluralidad de voces que revelan temas que hasta hace poco estaban “ahí”, como entre tinieblas, no atendidos todavía.

Pienso en la existencia de la Agrupación de Ex Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura en Chile. Pero, también, en la escritora María José Ferrada: en su gesto, su búsqueda y el hilo que tiende en sus poemas dedicados a niños y niñas ejecutados durante la dictadura (“Niños”).* Pienso en una obra como “El edificio de los chilenos” de Macarena Aguiló. Partiendo de una experiencia llevada a cabo por militantes del MIR –que decidieron poner a salvo a sus hijos dejándolos a cargo de padres sociales en Cuba, antes de retornar a Chile de manera clandestina para combatir–, este trabajo permite ampliar el espectro de las preguntas. ¿Qué hicieron los militantes de izquierda con sus hijos durante la dictadura? ¿Cómo se conjuga militancia y familia? ¿Combate y paternidad? ¿Combate y maternidad? ¿Cuándo ausentarse es proteger y cuándo es abandonar? Preguntas difíciles, preguntas dolorosas que Macarena Aguiló logra abordar con una generosidad asombrosa.

“Infancia en dictadura” llega en este momento en que cierta brecha en el muro de la propia casa está abierta y puede ser recorrida de frente. La muestra es lo suficientemente rica como para ser abordada desde muchos aspectos. Quisiera enfatizar dos.

El primero es el papel. En varios sentidos. Uno tiene que ver con la figura del niño y la posibilidad de jugar con los roles. Porque acá el que calla es el adulto. Es él quien debe abrir sus sentidos para atender lo que los niños dejaron registrado en distintos soportes (cartas, diarios íntimos, tarjetas postales, dibujos). El adulto aprende del niño y el niño es la voz autorizada para contar. No es la única inversión a la que procede la muestra. Hay otra que consiste en volcar al espacio público un tipo de relato y/o de producción originalmente concebido en un espacio íntimo (caso paradigmático del diario).

De alguna manera, esto equivale a contar la historia desde los huecos, desde las rendijas, desde las huellas que la historia (en mayúscula) fue dejando en los hogares y que los niños –de diversas condiciones sociales y con historias familiares diferentes– fueron inscribiendo con letra apretadita (en minúscula) en sus cuadernos, diarios, hojas sueltas. Así, también, la muestra opera como amplificador de voces que, en su momento, fueron cuchicheos.

Pero también está el papel como materia. La superficie. La textura. ¿Qué haríamos sin papel? ¿Habrá una vida después del papel? Y uno se sorprende porque, de pronto, frente a una foto tomada en la inauguración, se advierte que hay ciertas cosas que sólo es posible atender porque quedaron registradas ahí. Sin papel, un trabajo como “Infancia en dictadura” no sería posible, ya que no recurre prioritariamente a la evocación, a la reconstrucción desde un momento presente, sino a la huella, al rastro que dejó la infancia. Al trazo.

Los niños que vivieron su infancia en dictadura –dice Patricia Castillo y lo dice con fuerza– no pueden ser considerados “segunda generación”. Es un punto de vista muy interesante. Hay que atenderlo. Como también hay que atender la diversidad que queda en evidencia. Y es que hay infancias en dictadura. Y lo que pudo resultar relevante para uno, no necesariamente lo fue para otro. Hay una pluralidad de vivencias. Más allá, lo que la muestra pone en relieve es el papel de los niños en su condición de testigos y actores. Ambas cosas a la vez.

La muestra invita a ampliar la mirada. A reflexionar no solamente sobre los casos más fácilmente identificables como violencia política. A considerar, por ejemplo, la situación de los niños en los barrios más humildes y la manera en que se vieron confrontados a una violencia –absolutamente política– que aqueja, sin tregua, a los pobres por ser pobres. Pero también, y ya por libre asociación, una cosa llevando a la otra, el caso de los niños que intervinieron para ayudar, para colaborar con los adultos en situación de peligro.

Otro aspecto tiene que ver con la posibilidad que otorga la muestra de articular tiempos y situaciones. No pocas veces, hoy, nos comportamos como si los niños tuvieran la extraña cualidad de no escuchar y de no verse afectados por lo que hacemos y decimos los adultos. La muestra tiene un segmento que da mucho qué pensar. Se trata de las “Palabras que nunca debimos aprender”.

Entonces, ya en un contexto actual, cabe también preguntarse sobre el mundo que hacemos y el mundo que nombramos en presencia de nuestros niños. Porque es un hecho. Ellos están. Viven. Y así viviendo también (nos) ven, (nos) miran, (nos) escuchan.

* Recomiendo la lectura de “Los ojos de los pájaros”, de Maren Ulriksen.* *En ese texto (que es parte del libro que firma con Marcelo Viñar: “Fracturas de la memoria”) se cuenta de qué manera algunos niños sortearon las normas de control de quienes habían aprisionado a sus padres. Para que nada, ni siquiera la cárcel, impidiera el gesto de amor y protección del hijo/a hacia el padre.

*Los niños mártires de María José Ferrada

  • Vivian Lavín
  • Viernes 22 de enero del 2016

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

María José Ferrada ha sido reconocida con importantes premios en nuestro país, como el que entrega el Consejo del Libro y la Lectura y la Academia Chilena de la Lengua, pero eso no la envanece. Mantiene la sencillez de la niña que nació en Temuco y cuya infancia revive con la sola palabra luciérnagas, esas luces-insectos que evocan esos momentos de la niñez cuando la realidad era difusa, a veces fantástica y otras, terriblemente real.

El oficio de su padre de vendedor viajero le permitió conocer a las personas más divertidas de su vida. La libertad y el desenfado de esos hombres y mujeres que maleta en mano seducían a sus clientes con la palabra. Vendedores de sueños y soluciones prácticas a partir de un producto que se materializaba fuera de ese misterioso equipaje que cargaban junto a sus propias esperanzas.

María José Ferrada es periodista, mejor poeta y más conocida como escritora de libros para niños, que ella escribe pensando que son para todos, para grandes y para chicos, pero que el estricto rótulo de la categorización educativa por edades la circunscribe a un público que le encanta. Por eso no se queja. Prefiere que todos crean que está en ese género que todavía pasa por menor, pero desde donde ha hecho uno de los gestos más silenciosos y revolucionarios de los últimos años en Chile.

Fue cuando se percató que uno de los informes de las violaciones a los Derechos Humanos de la dictadura no distinguía la edad de sus víctimas y que entre ellos, se contaban niños y niñas. Debió entonces, sumergirse en las miles de páginas del Informe Rettig y fue sacando, no sin dolor, lentamente los nombres de esos menores que quedaron en el fondo de una lista cruel. Eligió a 34 de ellos, los que cuando los mataron eran menores de 14 años y se encerró con sus nombres y sus edades para convocarlos en secreto.

Así surgió Niños, el título de un libro de Grafito Ediciones que exhibe en su portada la palabra quebrada: Ni – ños, un concepto breve que aquí está cortado en dos y flotando sobre un gran fondo azul, como un océano desde donde emergen estas personitas.

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

 

 

Y así, en cada página, ir abriéndose a momentos diminutos pero fundamentales junto a estos niños inmortales para terminar, de la misma manera como le sucede a la infancia, de forma brusca e incomprensible, con la lista donde aparecen sus nombres y apellidos, y junto a ellos la categoría de detenida o detenido desaparecido, de ejecutada o ejecutado a la edad de 5 meses de vida, de 3, 9 u 11 años…

Niños de María José Ferrada aparece entonces, como una manera de liberarlos de las amarras de la muerte en que quedaron sus nombres como parte del Informe Rettig, para dejarlos para siempre en esa república maravillosa llamada infancia de la que nadie jamás debió sacarlos.

**LOS OJOS DE LOS PÁJAROS
a. D.V.
Siempre está allí, ante mi, ese montón de papeles. Nunca encuentro
un momento para echar un vistazo a esas hojas amarillentas, gastadas por
el tiempo. Tendría que tomar la decisión de tirarlas a la papelera, al olvido.
Sin embargo, un libro que se encuentra entre esos viejos manuscritos
retiene mi atención. Es el informe de un congreso. Era en Punta del Este,
en 1970, justo antes de Navidad; el verano uruguayo comenzaba,
esplendoroso, y las playas se llenaban de veraneantes. Nos encontrábamos
en el Hotel Casino San Rafael imitación caricatural de un castillo
renacentista.
Recorro varios artículos; veo el nombre de nuestro equipo en
hermosos caracteres. Trabajábamos bien… Leo: “Angustia de alienación…
en un grupo de niños se ha creado progresivamente un clima de terror…
uno de los niños se ha convertido en el jefe asesino… Rafael, con las manos
llenas de pintura roja, juega a ser el torturador. Ataca sádicamente al más
pequeño del grupo”. Me pregunto de dónde provenía la violencia de esas
palabras para nombrar el comportamiento de Rafael. Sin duda, comenzábamos
a presentir, sin saberlo, lo que íbamos a vivir en los años venideros.
Vuelvo como en un ensueño a las primeras páginas del libro: “Nuestro
destino, el del continente latinoamericano… depende de la ciencia. La
cultura en ciencias humanas constituye el fundamento de la valorización
de los recursos humanos… Y en ese sentido, la psiquiatría… cumple un
papel de capital importancia en la posibilidad del hombre de participar
plenamente en el proceso de desarrollo de la civilización humana”. Esas
palabras de inauguración del Congreso fueron pronunciadas por el rector
de la Universidad de la República, ingeniero Oscar Maggiolo. Hace pocos
meses, nos enteramos de su muerte en exilio, en Caracas.
Intento cerrar el libro con un gesto brusco, pero este permanece
abierto en la última página. Automáticamente, mi mirada se detiene en la
inscripción: “Impreso en los talleres de la Comunidad del Sur, Montevideo,
agosto de 1971”. Había atendido a algunos niños de esa comunidad:
Alejandro… y otros. Alguien me dijo que Alejandro vivía en Barcelona; los
otros en Suecia o en Australia todos expulsados por el régimen.

Súbitamente, la curiosidad me empuja hacia el paquete abandonado.
Encuentro mi viejo cuaderno azul de notas. Allí donde estuvo guardado,
las polillas tuvieron todo el tiempo necesario para hacer su lento trabajo
de borramiento, sin ser molestadas. Logro reconocer, en esa escritura
deslavada, el nombre de los niños que conocí hace algunos años.
La primavera desplazaba rápidamente al invierno. Aquella mañana, los
primeros rayos del sol penetraban por la ventana entibiando el ambiente.
Afuera, en el jardín, las gotas de rocío me dirigían brillantes guiñadas.
Hacía poco que nos habíamos instalado en esa vieja y confortable casa;
aún olía a pintura fresca. Al fin tenía mi rincón donde podía trabajar
tranquila, aislada de los ruidos del exterior.
Ese día, esperaba a la señora A. Venía “por un simple papel”. Su marido
estaba detenido por motivos políticos. Las autoridades de la cárcel exigían
que un médico especialista explicara las razones psicológicas que
justificaban una autorización de visita para su hijita. En la cola de la visita
de la cárcel, la señora A. conoció a otra madre a quien yo había hecho un
certificado de ese tipo, y fue ella quien le dio mi dirección. Sentí cierta
inquietud al preguntarme cuántos certificados habría hecho ya. Sería
necesario –me dije– encontrar otros colegas con quienes compartir esa
tarea. Estaba segura que debían controlar los nombres de los médicos que
hacían tales certificados. “Me dijeron que era sólo una cuestión de
rutina…”, me explicó la madre al darse cuenta de mis dudas. Verdaderamente
estoy exagerando, pensé. ¡Sentirme perseguida por tan poco luego
de tantos años de análisis!
Vuelvo a encontrar mi cuaderno azul sobre el escritorio. Matilde… Veo
todavía sus cabellos y sus ojos de azabache. Tenía siete años cuando su
padre fue detenido, pero era “demasiado grande” para compartir la visita
con los más pequeños en el patio de la prisión. Desde hacía varios meses
no podía besar a su padre, ¡ella, la única niña, la mayor de sus hermanos!
Estaba obligada a la interminable espera junto a su madre y solo podía
hablar con su padre a través de un vidrio, utilizando un teléfono que
alcanzaba a duras penas. Se dice a sí misma, en forma decidida: “Voy a
obligarme a llorar”. Algunas semanas después, me cuenta en secreto que
logró entrar con sus hermanos pequeños. “No me costó nada, lloraba de
verdad y bien fuerte… Me tire al piso… Ios soldados tuvieron miedo al
verme así y me dejaron entrar con los chiquitos… Le preguntaron a mamá
si me había hecho ver por un psiquiatra.”
Durante tres días seguidos, el barrio es allanado. Había por lo menos
seis soldados, metralleta en mano, en el fondo del jardín. Mi hijo y sus
amigos jugaban en la arena. Estaba preocupada por ellos y no pude
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contenerme: “¡Pero no ven que solo hay niños!”. No lograba disimular mi
rabia, pese a las precauciones que uno cree que debe tomar en esas
circunstancias.
Por cierto las cosas habían cambiado. Ya no se podía pasear
tranquilamente por la ciudad; era peligroso salir sin documentos.
Mirábamos con recelo a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, incluso
a quienes nos consultaban La sospecha, el miedo, el temor a la denuncia
nos invadían poco a poco. Pero nada de eso se traslucía en las reuniones
de trabajo ni en la producción escrita.
María José era una paciente que me daba mucho trabajo en las
sesiones. Me hostigaba sin tregua. Cuando se ausentó durante dos
semanas, sentí cierto alivio. Su madre me dejó un lacónico mensaje:
“Problemas familiares” . Cuando volvió, María José me contó que una
tarde los militares ocuparon la casa buscando a su padre. Al otro día, no
había nada para el desayuno. La madre quiso ir de compras, pero ni ella
ni los dos hermanos mayores fueron autorizados a salir. Fue María José,
de apenas seis años, quien pudo salir a hacer los mandados. Escondió
en su zapato un pedazo de papel en el que la madre le anotó un número
de teléfono. Desde el almacén del barrio, previno a su padre de que no
viniese a la casa. Luego, volvió con el pan y la leche. Los militares
esperaron en vano varios días y por fin decidieron irse.
Estábamos en invierno. Irrumpieron en plena noche. Registraron por
todos lados, tiraron todos los papeles al piso en desorden, dieron vuelta
los cajones, desperdigaron los objetos. Todo ello no tenía importancia, si
no fuera que estaba sola, sin siquiera poder encontrar la vieja estilográfica
que no nos abandonaba nunca. Pablo dormía y no se despertó. Mañana,
deberé explicarle lo que sucedió. No sé si encontraré las palabras para
decirle que su padre ya no está.
Pablo sabe que, por primera vez, podrá visitar a su padre en la cárcel.
Prepara con dedicación un regalo: un cenicero en cerámica, fabricado por
él mismo. Lo pinta de rayas multicolores. Preocupado, me pregunta:
¿Crees que papá se dará cuenta que entre las rayas pinte nuestra bandera?
En efecto disimulado entre las rayas, había pintado el símbolo del frente
político al cuál pertenecía su padre.
Estaba agotada, cuando en ese momento me hacía falta una sobredosis
de lucidez para evitar cualquier paso en falso. No podía dejar de trabajar;
la vida debía seguir normalmente. Esa misma mañana una madre me había
llamado por teléfono, pidiéndome una consulta urgente. Su nombre me
decía algo; debía ser la esposa de ese antiguo diputado cuyo nombre y
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foto habían aparecido en el comunicado de las Fuerzas Conjuntas de la
noche anterior.
En la tarde, recibí a Rodrigo, un hermoso niño de seis años, vestido
como todos los escolares con túnica blanca y una gran moña azul. Su
madre estaba deprimida y sin trabajo. Su padre había dejado la casa para
pasar a la clandestinidad. Desde entonces, Rodrigo retrocedía en su trabajo
escolar, presentaba una incontinencia urinaria y le había robado dinero a
su abuela. Durante la sesión, Rodrigo no logra hablar. Esta allí, tenso,
inmóvil, sentado en la silla, las manos en los bolsillos. Lentamente, saca una
mano y me muestra un paquete de caramelos. Se pone uno en la boca y
lo chupa. De pronto, su rostro se transforma, algo se le atraganta, queda
bloqueado. Permanece así, su mirada fija en la mía, paralizado de terror,
mientras las lágrimas caen de sus ojos.
Doy vuelta la página de mi cuaderno azul. Veo el nombre de Sofía.
Insistente, el recuerdo de aquella lejana mañana ocupa cada vez más mi
pensamiento. Había decidido llevar a los niños al parque. Aquel domingo
de mañana la ciudad, aún vacía, despertaba tranquilamente. Tome el
camino habitual. Más allá del Palacio Legislativo, distinguí el viejo edificio
de la Facultad de Medicina, puertas y ventanas cerradas, vacío desde hacía
meses. Un poco más adelante, aceleré al pasar frente a la clínica en la que
había trabajado tantos años, y donde ya no había lugar para mí. Un poco
más lejos, se levantaba un largo muro blanco, la puerta barroca de hierro
forjado custodiada por dos ametralladoras y, en el fondo del parque,
rodeada de palmeras y magnolias, la silueta de la gran residencia, sede del
Comando del aparato represivo. Tres veces por semana, centenares de
hombres, mujeres, niños y viejos esperaban, haciendo fila en la vereda,
alguna noticia, una carta o un paquete de ropa sucia de sus familiares
desaparecidos o detenidos. Todo parecía tranquilo esa mañana. Más allá de
las residencias, después del puente, se extendían los barrios populares. A
mi derecha, dos topadoras limpiaban el terreno. Sólo quedaban escombros
del monumento construido colectivamente en memoria de los ocho
obreros asesinados en aquel local.
Sofía permanece asociada a esos recuerdos. Tenía cinco años. Aún la
veo. Su padre está preso. En cada visita, Sofía le lleva los dibujos que
contienen lo esencial de lo que quería decirle. Sus dibujos son censurados
sistemáticamente en la entrada. Un día, la mujer de la guardia tacha con tinta
negra las golondrinas que anuncian la llegada de la primavera. “Está
prohibido dibujar palomas”, le dice en tono severo. Desde entonces, Sofía
no dibuja más pájaros, pero dibuja numerosos pares de pequeños círculos
entre las ramas de los árboles.
Son los ojos de los pájaros que están escondidos.
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Afuera, la bruma que asciende atenúa la luz de este atardecer parisino.
Guardo mi cuaderno en la biblioteca y hago pasar a Laura. Tiene cuatro
años. Hablamos de la posibilidad de un viaje para visitar a su padre que está
preso desde antes de su nacimiento. Me dice: “Quiero ir a ver a papá… voy
a llevar un regalo sorpresa para los malos” y dibuja un paquete atado con
una cinta. “Sabés. este regalo, tiene una trampa. Lo van a abrir y ¡boommmm!
las estrellas”. Con orgullo, levanta su puño cerrado.
Casi sin pensarlo permanezco adherida a ese sueño que, sin ser mío,
no es diferente del mío. Somos llevados por miles de globos de colores,
a través del océano en un largo viaje. Ayer, volví a ver a Ana. Nos
conocimos hace tiempo Cuando solo tenía tres años, la pequeña fue
testigo desde la puerta de su cuarto de la destrucción de libros y muebles,
de los insultos a su madre embarazada, de los gritos, patadas y culatazos
propinados a su padre para hacerlo salir de la casa y llevarlo por la fuerza
a un lugar desconocido. Ana tiene ahora seis años. Dibuja una niña con
globos en la mano. Me dice con aire audaz: “Voy a ir con mi maestra, a
soltar estos globos sobre el mar… creo que van a llegar a otros países
porque son globos que no revientan. Sobre el globo está el nombre del
niño y de la escuela. Estoy segura que el que lo encuentre responderá…
Quisiera que llegaran a lo de Alicia, mi amiga; vive justo enfrente a mi casa,
allá. Recibí tres cartas de Uruguay… Agarro tres globos y los mando a la
casa de mis abuelos… Creo que los globos todavía no pueden llegar hasta
donde está mi papá… todavía no, pero algún día”.
M.U. de V., París, 1980
Traducido del francés por María Urruzola del
libro Exil et torture (Denoël 1989, París).
Esta versión ha sido corregida
y ampliada por la autora.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada

por 8 septiembre 2016

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada
Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela. Esta es una narración de lo que para muchos de esos chicos fue ese día, del que se cumplen 43 años este domingo.

Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura muy enfermo, desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80.

“El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la JS de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que, también, es un detenido desaparecido. Fue lo sucedido a su mascota, más que lo que atravesó su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política para enfrentar  a la dictadura. El ahora magallánico, sinceramente cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, que algunos vecinos destaparon botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron, que mis padres estaban muy angustiados y que mi cumpleaños fue muy triste: solo con galletas de agua. Septiembre fue un mes donde no sabíamos nada de mi hermano, llegaban rumores, historias de que gente aparecía en el río del Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

La psicóloga  reitera que era una época  de  mucha angustia y que se “volvió pa’ dentro”: “De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defender posiciones, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”, al punto que en 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la PAA.

Rosa Acevedo tenía, en 1973, 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La  Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’, nada más y eso me quedó grabado. Y de ahí se saltan mis recuerdos hasta que, cuando anochece, estábamos durmiendo y como 8 o 10 milicos nos empujan la puerta y nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron solo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a su primo Matías y que cuando los suben al camión mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana. Y ahí llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos empezaron a revisar y encontraron unas revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá le dice ‘está frente a Ud., es esta niñita’. Luego no volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento”.

Vicente Peña Palominos, que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua y ya por entonces se consideraba un allendista, rememora así ese día: “Estaba en clases y, como de costumbre, estas se suspenderían prontamente pues era 11 de septiembre, día del maestro, y nos aguardaba un acto conmemorativo en el cual debía participar con una de mis poesías, que precisamente había  escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes  de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y  cantaban alegres. Tal acto  contrastaba con la pena de nuestros rostros cabizbajos. Ese día, pasamos pegados a la  única radio a pilas”. Para Vicente, durante años, recordar ese día fue un verdadero trauma.

Claudio Contreras Labra, quien era el presidente del Centro de Alumnos del Industrial de San Fernando, no resiste la presión del Golpe y solitario frente a las estrellas se suicida el 11 por la noche en el fundo Huichunguala. Gloria Durán, por entonces alumna del Liceo de Niñas de San Fernando y novia de Claudio, 43 años después aún no supera aquel hecho dramático.

Esteban Valenzuela, con 9 años y cursando el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, relata que ese día “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaron gritando que los militares estaban derrocando a Allende… En la casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban la radio, las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, y vieron en la televisión las imágenes del combate… la abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó con rostro serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia… fue un martes nublado, frío, triste–. La hoguera creció cuando papá, con los ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo de la casa con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”. El 11, también, marcó a fuego su vida futura.

Néstor Ramírez, santacruzano, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relata así aquel día fatídico: “Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron a todos de clases y nos reunieron en el gimnasio y ahí nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país, que los estudiantes debían dedicarse a estudiar, que gobernaba una Junta de Gobierno y la Canción Nacional había que cantarla con ganas’. Y luego señaló que ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, después a otro Cucumides (Tatico) y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando había aparecido un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

Titín, que tenía 14 años y se encontraba en aquella época internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11: “En la escuela, teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar y rumbo a la sala un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía lo que estaban atacando los milicos y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho de que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno y con casco y metralleta lo sacaron esposado, le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

José Luis Almonacid tenía para el 11 apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre de 1973, cuando una patrulla militar encañonó a su madre, quien estaba embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día subsiguiente: el día 16 a las once de la mañana, el maestro volvió a casa a verla, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las once y media de la mañana llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevó Carabineros. Lo empujaban y él iba nervioso, con las manos en alto. Almonacid usaba lentes y al llegar a la esquina el dirigente gremial trastabilló e intentaba sujetar sus lentes que se le caían cuando sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

 

En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis debido a la compleja relación que tenía por ese tiempo con mi padre o por el recuerdo de su hermana –la tía Gladys– fallecida en enero de 1973, en el balneario de Quinteros. Ese fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. No recuerdo si fue por eso o por el estallido del Golpe que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que iban a bombardear La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo pero adelante, a la habitación en que estaba la tele y donde habitualmente veíamos los dibujos animados o Música Libre. Allí colgaba un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi mamá decía que conversaba con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del Presidente.

Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo en el barrio y a los niños nos encerraron en la misma pieza donde estuvimos el 11, mientras el militar que comandaba la acción decía a los grandes, en la cocina, “no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas”. No tengo ningún recuerdo de si tuve o no fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

Rosa Riquelme vivía en Curicó y sus remembranzas son las de una niña que, para la fatídica fecha, cuenta con apenas seis años y cuyo abuelo era de izquierda y que el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de aquel día.

Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. y estaba viendo Plaza Sésamo en Canal 13 cuando de repente cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. Cree que no tuvo clases y que luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino que vivía a metros de su casa. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

José Miguel Arriagada residía por entonces en una comuna metropolitana y tenía seis años. Ese día su padre debió trabajar y de regreso debía tomar micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que estaba haciendo el servicio militar, que se lo llevaron a La Moneda y le ordenaron disparar a quien se moviera y eso le daba un tremendo susto, pues sabía que su tío debía estar por esos lados. Más tarde les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era dispararle a su padre. El Chino vivió la angustia de su madre por la tensa espera de su padre.

Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

Max Coloma, contaba también con seis años y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día intentando hacer algo. Max, le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que quiere contarle algo: “Supongo que tú ya sabes que murió Allende y sé que ese es el motivo por el cual tú no estás. Quiero decirte que yo vi cuando murió Allende, pues me subí al techo y pude mirar cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

En general, los niños del 11 lo pasamos bastante mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos de ellos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como la René Schneider de Rancagua–, y con las puertas crujiendo producto de las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° o 2° básicos, porque decía “población Unidad Popular”, y el llamado de atención a nuestros padres; con el hambre de fines de los 70 o la militarización de la sociedad en los 80.

Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia.

Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, sea en la Universidad Católica, como les sucedió a Teo y Alejandra; en Concepción, como les ocurrió a Rosita y Alejandro Navarro; o en Talca, como nos pasó a varios,  colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88, pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Entendimos  que la juventud es una condición que se pasa con el tiempo.

Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

El “Pelao” Carmona, periodista asesinado e impunidad en delitos de lesa humanidad.

El “Pelao” Carmona, periodista asesinado e impunidad en delitos de lesa humanidad.

A juzgar por la injusticia latente, la pinche “reconciliación” no fue sino una forma de garantizar mucha impunidad. El caso del asesinato del periodista Augusto Carmona es la prueba flagrante…

acarmona

Augusto Carmona

Augusto Carmona y la justicia ¿sólo por hoy?


Por Lucía Sepúlveda Ruiz


En los mismos días aciagos de junio en que con la venia de la Corte Suprema volvían a las calles cinco criminales de lesa humanidad, la Corte de Apelaciones confirmó seis de las siete condenas impuestas por el ministro Leopoldo Llanos a los responsables del asesinato por la espalda de Augusto Carmona Acevedo, ocurrido el 7 de diciembre de 1977.

El padre de mi hija Eva María, mi compañero en los inolvidables años de la Unidad Popular y luego en la lucha antidictatorial, era un alto dirigente del MIR, periodista, ex jefe de Prensa de Canal 9 de TV de la U de Chile y redactor de Punto Final. El crimen fue presentado en los medios como un enfrentamiento.

Mi hija Eva María Carmona y yo, recibimos la sentencia con sentimientos contradictorios, valorando sobre todo que la Corte no rebajó las condenas de 10 años y un día a los principales inculpados: Miguel Krassnoff, Manuel Provis, Enrique Sandoval, José Fuentes, Luis Torres y Basclay Zapata, aunque exculpó a la agente Teresa Osorio, también agente de la CNI.

No nos sentimos con ánimo de celebrar nada, pero atesoramos las expresiones de aprecio y cariño recibidas tras el fallo judicial. Habíamos esperado un año y medio desde el fallo de primera instancia en la demanda contra Augusto Pinochet y quienes resultaren responsables. El genocida general no pagó por ningún crimen. Y el más importante procesado, Odlanier Mena, jefe de la CNI, eludió una segura condena por este asesinato, suicidándose.

En la historia sin fin de espera por justicia, la Corte Suprema puede tomarse quizás otro año y medio. Pero, ojo: hay genocidas que ya abandonaron Punta Peuco, premiados por no colaborar jamás con la justicia. Estas decisiones impresentables no se conocen, en medio de una agenda social copada por la incesante represión con que el Estado encara el movimiento social estudiantil y la lucha mapuche; por los escándalos de la corrupción, los desastres ambientales y el clamor de territorios devastados por el extractivismo.

Cuando conozcamos el fallo definitivo, Krassnoff y sus secuaces estarán más viejos y podrían acogerse a los llamados “beneficios carcelarios”. ¿Cómo celebrar ahora, cuando el poder corrompe al extremo de generar alianzas espurias entre la UDI y senadores de la Nueva Mayoría?

Es el nuevo truco con el que la Corte Suprema (con Dolmetsch a la cabeza), coludida con Bachelet, parlamentarios (por la Nueva Mayoría Guillier, Quintana, Zaldívar, Matta, Tuma), un sector de la jerarquía eclesiástica (el jesuita Montes y el obispo Goic), y las fuerzas armadas están imponiendo con sigilo la impunidad en delitos de lesa humanidad, olvidándose del mentado Nunca Más y del respeto a los compromisos derivados del derecho internacional en derechos humanos.

El 15 de junio, el abogado de Krassnoff reivindicó ante la Corte su actuar como CNI contra el “terrorismo”. Los genocidas no se arrepienten ni han sido degradados. No les bastó tener atención médica en el Hospital Militar, ni cárcel especial ni pensión millonaria y costosos abogados. Quienes aplicaron el terrorismo de Estado son hoy reos privilegiados en el sistema carcelario.

Sin embargo el libreto oficial invierte el razonamiento lógico y los victimiza, en un novedoso montaje que incluye enmascarar el “perdón” como si este se extendiera a una inexistente lista de reos comunes de avanzada edad y condiciones similares.

¿Cómo celebrar esta sentencia esperada durante 39 años, durante los cuales fallecieron los padres de Augusto? Sus dos hijas, Eva y Alejandra, han debido reconstruirse emocionalmente frente a la ausencia paterna y la indiferencia del Estado. Hoy la impunidad se cuela mostrando la falsedad del perdón farfullado una vez por algún juez. El movimiento de derechos humanos atajó los más diversos proyectos de ley orientados a exculpar a los criminales, y sigue bregando por justicia.

Según cifras oficiales, sólo 344 criminales han sido condenados con sentencia ejecutoriada. Más de la mitad de ellos, (181) tuvo penas alternativas como ir a firmar a una comisaría. A diciembre de 2015, permanecían en Punta Peuco sólo 110 agentes de un total de 117 que cumplían prisión. Es paradojal que en Estados Unidos un fallo responsabilice a Pedro Barrientos por el homicidio de Víctor Jara, mientras en Chile no hay siquiera gotas de justicia para centenares de casos de ejecutados y desaparecidos.

Exigimos justicia, por “el Pelao Carmona” y por todos los caídos, pero también por las nuevas generaciones que luchan por un Chile diferente, junto a las organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales conscientes. El cierre de Punta Peuco y el traslado de los criminales de lesa humanidad a cárceles comunes es una tarea urgente. La degradación de los criminales de lesa humanidad, y el fin del grotesco chorreo de impunidad que salpica nuestra ya cuestionada democracia, son imperativos éticos que de no ser realizados envilecerán aun más a la clase política y la institucionalidad.


(columna publicada originalmente en Punto Final Nº 855, el 8 de julio, con el título “Augusto Carmona demanda justicia”).

« Ni olvidados ni muertos, viven hoy más que nunca ». El chico Feliciano, de Renca.

CORNEJO CAMPOS, Raúl Guillermo (Dossier 8 Pág. – 4 artículos)

NOMBRE COMPLETO: Raúl Guillermo Cornejo Campos

EDAD al momento de la detención o muerte: 17-10-47, 28 años de edad a la fecha de detención

PROFESION U OCUPACION: Estudiante sociología U. de Chile y artesano

FECHA de la detención o muerte: 16 de junio de 1976

LUGAR de la detención o muerte: Detenido en San Diego con Avenida Matta, Santiago ORGANISMO RESPONSABLE de la detención o muerte: Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)

TIPO CASO de violación de derechos humanos: Detenido Desaparecido

HISTORIA PERSONAL Y POLITICA: Casado, Militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR-Chile)

SITUACION REPRESIVA Raúl Guillermo Cornejo Campos, casado, un hijo, ex estudiante universitario, militante del MIR fue detenido el 16 de junio de 1976 en San Diego con Avenida Matta, Santiago, a las 17:50 horas, por agentes de la DINA, los que pocos minutos antes habían procedido a liberarlo en las inmediaciones del Parque O’Higgins ante una gran cantidad de periodistas, después de un intento frustrado de asilo en la Embajada de Bulgaria.

El joven Cornejo Campos era intensamente buscado y varios miembros de su familia habían sido detenidos y torturados para que dieran información sobre su paradero. El 15 de junio, Raúl Cornejo y otras 25 a 30 personas intentaron asilarse en la ex-Embajada de Bulgaria, sede diplomática que a esa fecha estaba a cargo de la Embajada de Austria. En dicho lugar, un funcionario de nacionalidad búlgara les ordenó irse, como estos no lo hicieron llamó a las fuerzas de seguridad para desalojar el recinto. Al lugar concurrieron Carabineros y civiles que procedieron a detener a los asilados. Todos los detenidos fueron primero trasladados a la Comisaría Las Tranqueras y luego al recinto de la DINA de “Cuatro Alamos”.

La información oficial, aparecida en el diario EL CRONISTA del 17 de junio de 1976 señala: “Lo sucedido y lo concreto es: un grupo de personas trató de asilarse para provocar malestar al Gobierno mientras se desarrollan las reuniones de la Sexta Asamblea de la OEA…”. “Este grupo de personas fue interferido en sus pretensiones de asilarse, sin motivo alguno y se encuentran detenidas en Tres Alamos”. Este mismo periódico informa además que “el Encargado de Negocios de Austria, Manfredo Kiepach mantuvo largas conversaciones con personeros del Ministerio de Relaciones Exteriores… se presume que todo fue en torno a la tentativa de asilo en la ex-Embajada de Bulgaria bajo tuición de Austria.                                                                                                                                                                 .” Al día siguiente, fueron advertidos que serían dejados en libertad, aunque algunos de ellos, como Sergio Raúl Pardo Pedemonte, fueron amenazados por un interrogador apodado “Kun Fu” por los prisioneros. El gobierno militar decidió poner en libertad a estos detenidos el 16 de junio a las 17:30 en las inmediaciones del Parque O’Higgins, con gran cobertura de prensa y televisión. En el sector se apreciaba un considerable número de civiles, algunos escondidos tras matorrales, por esto los detenidos intentaron alejarse del lugar lo más rápido posible, varios de ellos se fueron en taxi y otros subieron a un microbus, cuando éste llegó a Avenida Matta con San Diego, varios de los recién liberados se bajaron para librarse de los vehículos de la DINA que los seguían. Dos de estas personas Raúl Guillermo Cornejo Campos y Sergio Raúl Pardo Pedemonte, fueron detenidas cuando transitaban por Avda. Matta con San Diego y desde esa fecha se encuentran desaparecidas.

La detención fue presenciada por Patricio Cornejo Campos, hermano del afectado, quien también viajaba en el microbus mencionado. En declaración jurada del 8 de julio de 1976, manifiesta: “Mi hermano fue detenido casi inmediatamente al bajar del microbus, es decir, más o menos a las 17:50 horas”. “Yo pude ver cuando mi hermano atravesaba corriendo Avenida Matta en sentido norte (en dirección a Alameda). Inmediatamente tras de él apareció un automóvil de tamaño mediano que dobló en la esquina de San Diego hacia la izquierda para cortarle el paso. De este auto bajaron 4 personas armadas, vestidas de civil, quienes detuvieron a mi hermano y lo obligaron a subir al auto.” Otro testigo de la detención es Luis Armando Elgueta Plana quien, en declaración jurada en abril de 1992, relata que él integró el grupo que intentó asilarse en la Embajada de Bulgaria, que le tocó permanecer con Cornejo Campos en la pieza Nro. 13 de Cuatro Alamos y luego subieron al mismo bus para intentar evadir el acoso de los agentes de la DINA. Los servicios de seguridad habían buscado intensamente a Raúl Cornejo. Varios miembros de su familia fueron detenidos, siendo interrogados casi exclusivamente respecto del paradero del afectado. Sus padres, Raúl Cornejo Díaz y Elisa Campos Díaz, permanecieron detenidos desde el 11 de diciembre de 1974 hasta el 20 de septiembre de 1975. Su cónyuge, Viviana Altamirano Fuentes estuvo detenida desde el primero de diciembre de 1975 hasta septiembre de 1976. El 17 de diciembre de 1974 detuvieron a la suegra de Cornejo, doña Aminta Fuentes Quezada y sus tres hijas de 19, 16 y 15 años, las que fueron recluidas en el centro de torturas de “Villa Grimaldi” durante 5 días, mientras que Aminta Fuentes permaneció privada de libertad durante 5 meses. Posteriormente, continuó siendo amedrentada para que no siguiera haciendo trámites en favor de su yerno, según lo denunció en declaración notarial del 30 de mayo de 1977. Recibió permanentes llamadas telefónicas con amenazas y debió retirar a sus hijas del colegio por temor a que se consumaran las amenazas en contra de ellas.                                                                                                                                                                           Ofelia Nistal Nistal, quien estuvo detenida desde el 6 al 24 de diciembre de 1974 en el centro de torturas de Villa Grimaldi y en el campo de prisioneros de Cuatro Alamos, en declaración notarial informa que fue interrogada sobre “el Chico Feliciano”, que era el apodo de Guillermo Cornejo y también la llevaron a la casa de los padres de Cornejo. Otro detenido, Oscar Patricio Orellana Figueroa, en declaración notarial señala que durante las torturas a que fue sometido se le interrogaba sobre “el Chico Feliciano”. Héctor Hernán Rojas Pizarro, declaró el 14 de septiembre de 1976, que estuvo detenido en Villa Grimaldi durante 22 días, en diciembre de 1975 fue torturado con electricidad y colgamientos y sometidos a interrogatorios sobre Guillermo Cornejo Campos. Otro detenido, Edwin Patricio Bustos Streeter en declaración jurada de enero de 1991, expresa que, estando detenido en Tres Alamos en junio de 1976, vio cuando era ingresado al recinto de la DINA de Cuatro Alamos a Guillermo Cornejo Campos, a quien él conocía con el apodo de “Chico Feliciano”, describe que iba vestido con jeans y que le cubrían el rostro con su propia parka que era de color azul. Raúl Guillermo Cornejo Campos continúa como detenido desaparecido hasta la fecha.

GESTIONES JUDICIALES Y/O ADMINISTRATIVAS El 18 de junio de 1976 se presentó recurso de amparo en favor de Raúl Guillermo Cornejo Campos ante la Corte de Apelaciones de Santiago que ingresó con el número rol 541-76. En él se solicitó que se oficie al Ministro del Interior y al Ministro de Justicia y que se comisione a uno de los Ministros para que se traslade al lugar de detención (probablemente Cuatro Alamos). Posteriormente se informó a la Corte de los graves problemas que había sido víctima la familia, en directa relación con la búsqueda de Guillermo Cornejo. El Ministro del Interior informó con fecha 8 de julio de 1976 que Raúl Guillermo Cornejo Campos había sido detenido por Decreto Exento N°2113 del 15 de junio de 1976 y puesto en libertad por D.E. N°2115 del 16 de junio de 1976. Sin embargo el informe respectivo no tiene fecha y, en consecuencia, se solicitó a la Corte que se requiriese un informe fechado, pues podían haber cambios después del 16 de junio. El 30 de junio de 1976 el amparo fue rechazado en virtud de los antecedentes proporcionados por el Ministerio del Interior. El 14 de julio de 1976 se presentó una denuncia por el delito de secuestro en la persona del afectado, ante el Quinto Juzgado del Crimen de Santiago, solicitando que se oficie a las autoridades e instituciones que puedan tener relación con este hecho. El Ministro del Interior, General Raúl Benavides, reiteró la información entregada a la Corte de Apelaciones en el sentido de que el afectado fue detenido el 15 de junio y puesto en libertad el 16 de junio de 1976. El Instituto Médico Legal, informó el 20 de agosto de 1976, que “Revisados los registros de este servicio, no figura ningún cadáver identificado como Raúl Guillermo Cornejo Campos”. Investigaciones remitió el parte 2352 en el cual señala que se hicieron consultas en el Instituto Médico Legal, Posta de Asistencia Pública y en SENDET (Secretaría Ejecutiva                                                                                                                                                                            En todas estas instituciones las respuestas fueron negativas, indicando que no estaba registrado en ellas el afectado. El Subsecretario de Guerra informó que no aparecía ingresado proceso judicial en contra de la persona señalada. El 23 de septiembre la Jueza encargada reiteró los Oficios a la DINA y al Campamento de Detenidos Políticos de Cuatro Alamos. El 24 de septiembre, el Teniente Coronel Antonio Barrueto Mena, de la Prefectura de Carabineros, informa que “La persona anteriormente indicada no se encuentra detenida en este Campamento…”. Esta información es reiterada el 7 de octubre de 1976. El 30 de noviembre de 1976, la Jueza ordenó el cierre del sumario y con la misma fecha lo sobreseyó en consideración “que de los antecedentes acumulados no se encuentra suficientemente acreditado el delito que es denunciado”. Se apeló al dictamen, pero en segunda instancia se estableció el sobreseimiento temporal el 14 de diciembre de 1976. Se realizaron numerosas otras gestiones para conseguir la libertad de Guillermo Cornejo a diversos niveles. El Embajador de Austria solicitó su libertad y ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) hizo consultas sobre el destino del afectado y de las otras personas que habían intentado refugiarse en la Embajada de Bulgaria. Todas estas gestiones fueron inútiles y Raúl Guillermo Cornejo Campos sigue como detenido desaparecido. Fuente: Vicaria de la Solidaridad —————–0—————-

El Chico Feliciano y el acorazado Potemkin (Jecho)

Gracias infinitamente y felicitaciones al Flaco Lucho por esas líneas (salidas de lo más hondo del corazón) para recordar a nuestro querido chico Feliciano. Es un relato que me parece tremendamente humanizante. Quisiera poder emplear la frase con que se recordó en cierta ocasión en Cuba a los héroes del Moncada : « Ni olvidados ni muertos, viven hoy más que nunca ». Personalmente no recuerdo muchas ocasiones en las que haya compartido algunos momentos con el chico, fuera del ámbito puramente partidario. Sin embargo entre los recuerdos que conservo de él, uno está estrechamente ligado a la historia del acorazado Potemkin por habernos encontrado casualmente a la salida del cine España en 1972 en Santiago. Este cine presentaba en ese entonces un festival de cine soviético y esta célebre película (« El acorazado Potemkin ») era una de las principales atracciones de ese festival. Feliciano estaba con su compañera aquella tarde y recuerdo que nos alejamos del cine caminando por calle Huérfanos aunque por respeto al sacrosanto principio de no extremar las relaciones puramente personales entre los  militantes, no prolongamos mucho más la tertulia.                                                                                                                                                                . Esta continuó sin embargo días más tarde durante una pausa en una reunión, en que hicimos el necesario paralelo entre aquellos sucesos heroicos de la Rusia zarista de 1905 y la sublevación de la marinería chilena en 1931. Leyendo esas acertadas palabras del Flaco mis propios recuerdos de este gran compañero (desaparecido en 1976) me hicieron caer en la cuenta de que pronto se cumplirá el primer centenario de aquellos sucesos acaecidos en el puerto de Odessa (27 de junio de 1905) que son uno de los hitos principales de la revolución de 1905, aplastada a sangre y fuego por las tropas zaristas. El pelao Lenin diría, muchos años después, que aquellos sucesos fueron el « ensayo general » de la revolución de 1917. Pero quiero dejar la palabra a quienes hayan estudiado realmente esa y otras revoluciones (entre los que no me incluyo) para terminar pidiéndole al Flaco (y que se lo pidamos todos) que siga escribiendo y deleitándonos -¿por qué no ?- con trozos de nuestra historia. Saludos. Jecho. ———————0—————-

Hablando con el Mateo el otro dia, recordando viejos tiempos y recordando viejos amigos, me dijo {+

Me quedó bailando en la cabeza esa frase. Y quizas por eso, entre muchas otras cosas, decidi escribir estas lineas. No es el unico. También estuvo olvidado por mucho tiempo Pablito o el guaton Pablo como le deciamos en el barrio en aquellos lindos tiempos. La diferencia es que Pablito volvio a la “primera plana” a raiz del fallo de la Corte de Apelaciones que no considero aplicable la Ley de Anmistia en el caso de su desaparicion fisica. Digo fisica porque Pablito (Miguel Angel Sandoval) junto a chico Feliciano (Guillermo Cornejos Campos) y muchos otros amigos y compañeros seguiran siempre presentes en nuestros recuerdos. En particular para todos aquellos que fuimos sus amigos en el barrio San Genaro de Renca. En realidad lo quieran o no, ellos hacen parte de la historia que tiene que ver con la Comuna de Renca y en particular con el MIR. A pesar de haber estado declarado “desaparecido” por mucho tiempo y ha pesar de que los responsables del régimen militar jamas admitieron su existencia en la Villa Grimaldi, Pablito se ha cobrado una buena mano en las ultimas semanas con el fallo de la Corte de Apelaciones que ha dejado sin aplicacion la tristemente famosa Ley de Anmistia de la Dictadura de Pinochet. Y por consecuencia de ello la detencion del responsable de muchas asesinatos , torturas y desapariciones de cientos de cros y amigos. Siempre lo molestabamos con su profesion de sastre. “nosotros, la clase obrera, tenemos por derecho propio estar en la revolucion” decia yo para molestarlo. “nosotros , los estudiantes-decia el Feliciano- siempre hemos estado en la vanguardia de la lucha junto a los trabajadores”. “pero vos como sastre, que chuchas estai haciendo aqui” le deciamos y nos cagabamos de la risa haciendolo rabiar. Pablito tenia un caracter super jovial. Humilde y muy respetuoso. Mucho menos “palomillas” que nosotros. Ademas muy interesado en leer y aprender. Poco nos duro ese tipo de mofas, que por lo demàs no tenian ningun caracter ofensivo ni despreciativo. Por el contrario era una muestra de nuestra confianza como amigos. Eramos del mismo barrio y nos conociamos muy bien.                                                                                                                                                                           CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez – Archivo Chile Sida 7 Feliciano, con su caracter serio y de lider innato, era como nuestro hermano mayor. A él llegabamos cuando teniamos problemas personales o cuando nos asaltaban dudas politicas. Un dia Pablito, muy serio, nos corto en seco nuestras bromas habituales postreuniones. “Saben que mas huevoncitos- nos dijo- … desde los anarquistas de la primera época de las luchas obreras….. ….Como media hora duro la “cháchara” del Pablito. Nos paseo por la historia del movimiento obrero chileno y sus origenes. Desde las Mancomunales hasta la constitucion de la CUT. Citando a Recabarren, Vitale y otros. Al final solemnemente nos dijo ” Y bueno, tengo o no tengo derecho a estar con ustedes huevoncitos ?” -Pero claro compadre -respondimos – No te lo tomis tan serio p’o huevon . – Si solo eran bromas p’alegrar el almanaque – y nos volvimos a cagar de la risa . Con él siempre habia buen humor. Aun en los peores momentos. Hicimos muchas cosas juntos. Desde las mas simples de la vida cotidiana hasta las mas serias como querer cambiar el mundo. Pero nunca dejamos de ser los “cabros del barrio”. De nuestro querido barrio que nos vio crecer. De los bailes, las pichangas, los amores y los desamores, de nuestra pobreza material, de la fidelidad de las amistades y de todo lo que la vida nos enseña en un barrio popular. Junto a ellos pasamos nuestra adolescencia y casi sin darnos cuentas nos metimos ” en cosas de adultos”. ———————0—————- Al Chico Feliciano lo conocia desde la infancia. Nos criamos juntos en el mismo barrio renquino de San Genaro . De barrio en realidad no tenia nada todavia ya que en esos entoces Renca era “puros potreros”. El era el mayor de cuatro hermanos. Su padre, don Raul era un excelente mécanico de la ETC. Su madre , la Sra Alicia cuidaba de los hijos y de la abuela que también vivia con ellos . Vivian en una casa de madera construida por ellos mismos en la entrada de lo que fue la antigua Chacra San Genaro. Un inmenso terreno que posteriormente fue comprado por la ETC y en la cual vivian algunos de sus trabajadores. Con el tiempo se formo una cooperativa de construccion y se levanto la poblacion San Genaro con casas de buena construccion destinadas a los trabajadores de la ETC. La casa que les toco estaba ubicada en la calle 2 , frente a la de mis primos y mas cerca aun de mi casa. De los cuatro hermanos, él que mas se juntaba con nosotros era el Teco, el segundo. Bueno p’a la pelota , los carretes y la guitarra era el mas fiestero de los Cornejos. En plena adolescencia tuvo la mala suerte de agarrarse una terrible infeccion en la rodilla por la cual tuvieron que amputarle una pierna. Cayo en una gran depresion que solo con el amor y el cariño de su familia y amigos pudo superar. Obviamente no pudo jugar nunca mas a la pelota pero sus caracter siguio siempre igual. El tercero, el Pato siempre andaba “en otra onda” , fanatico por la musica, excelente guitarrista, adorador de Jimmi Hendrix. El mas chico Queno, nos observaba desde sus cortos años. El mas serio siempre fué el chico Willy(Feliciano). Le deciamos asi por la costumbre de andar siempre con gafas oscuras. Se acostumbro tanto que se transformo en una casi obligada caracteristica personal que solo abandono después del golpe y producto de la represion.                                                                                                                                                                           CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez – Archivo Chile Sida 8 Un dia cuando tomaba el bus que me conducia a la fabrica Hirmas 2 (Texicron) donde yo trabajaba, subio conmigo el chico Willy, nunca hubieramos podido imaginar que ese fugaz encuentro cambiaria nuestras vidas. -hola Flaco p’a donde vai, – P’a la pega pos chico , y tu ? – Voy a la Fac me respondio el chico. Tengo una prueba y no se como me va salir – Qué estai estudiando chico? – Psicologia – me respondio. Y tu donde estais trabajando ? – Ahi en la Hirmas. En la fabrica nueva. – Oye y cuantos trabajadores hay ? – Somos como 700, y la mayoria somos todos jovenes, aparte de los jefes que vienen de la Planta N°1 – Y el sidicato compadre , como anda ? – Ahi no mas , no nos inflan mucho; Dicen que solo somos cabros y que no tenemos idea de las cosas sociales ! – Sabis Flaco, podriamos hacer algo en conjunto. Quizas si nos juntaramos a discutir un poco podriamos ver la forma de hacer algo. – Bueno si tenis tiempo , uno de estos dias paso p’a tu casa y conversamos Y ahi comenzo nuestra segunda historia con el chico Willy. Mejor dicho con el chico Willy y su familia ya que siempre tuvimos en ellos un apoyo sin limites. Nos juntamos en su casa y empezamos a ver que podiamos hacer a nivel de la Fabrica y después se nos ocurrio que podiamos tomar contacto con alguién del MIR para tener una vision mas amplia de las cosas que pasaban en nuestro Pais; El chico se las ingenio para hacer una cita con A. Pascal. En esa época Andres Pascal era un fugitivo de la justicia que junto con otros compañeros del MIR eran buscados por toda la policia chilena a causa de los asaltos de bancos de los ultimos tiempos. Un dia A. Pascal llego a nuestra poblacion, a la casa del chico mas exactamente. Ahi estabamos el Chico feliciano, Pablito y yo. Nos explico que los asaltos a bancos no eran asuntos delictuales sino ” expropaciones al capitalismo” o “recuperar para el pueblo” lo que los capitalistas nos robaban diariamente. Confieso que al pricipio no “caché” mucho sus ideas. – Pero no hay problemas Flaco, me dijo. Yo los voy a dejar conectado con alguién para que les explique por que y como los capitalistas les roban a uds; diariamente su fuerza de trabajo.Y lo que nosotros hacemos no es nada mas que “recuperar” lo que a Uds les roban diariamente. Ese alguién fué el rucio James (Patricio Munita) con el que compartimos tantos y lindos dias de nuestra juventud. Nos gusto el discurso de Andrés; Y mas aun su imagen de joven bien educado, honesto de “buena cuna” que se preocupaba de los mas pobres.. Era la primera vez que veiamos alguién dedicado a la politica que tenia un discuso de esa naturaleza hacia con nosotros, cabros pobres, de origen humilde que solo habiamos visto “politiqueros de turno” venir a darnos charlas para juntar votos y después “chao pescao”. Una vez pasadas las elecciones ni siquiera se acordaban de nosotros. Como decian nuestros viejos.                                                                                                                                                                           CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez – Archivo Chile Sida 9 Esa sencilla reunion que podria aparecer como algo anecdotico paso a ser el acto fundador del MIR en Renca. Los viejos miristas se acordaran de la importancia que tuvo Renca en el desarrollo del MIR en Santiago. Largo seria de enumerar y nombrar a todos aquellos que compartieron nuestras casas, nuestros humildes hogares en aquellos tiempos de honestos sueños e ideales. De aquellos que nos ayudaron, que nos protegieron, que nos mostraron su entereza, su lealtad y coraje como la Sra Alicia y don Raul. Esa es parte de otra historia que aun no esta escrita. Por ahora estas lineas solo tienen el impulso de la emotividad. Del recuerdo que surge al ver el nombre del Guaton Pablo en todos los titulares de los diarios. De la revancha que se cobra despues de treinta años y que nos hace grandes en el recuerdo de toda esa juventud que un dia nos hizo crecer y créer que un mundo distinto es posible. Flaco Lucho desde Bélgica marzo 2005 ———————————————— Información disponible en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”, CEME: http://www.archivochile.com Si tienes documentación o información relacionada con este tema u otros del sitio, agradecemos la envíes para publicarla. (Documentos, testimonios, discursos, declaraciones, tesis, relatos caídos, información prensa, actividades de organizaciones sociales, fotos, afiches, grabaciones, etc.) Envía a: archivochileceme@yahoo.com NOTA: El portal del CEME es un archivo histórico, social y político básicamente de Chile y secundariamente de América Latina. No persigue ningún fin de lucro. La versión electrónica de documentos se provee únicamente con fines de información y preferentemente educativo culturales. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos que correspondan, porque los documentos incluidos en el portal son de propiedad intelectual de sus autores o editores. Los contenidos de cada fuente, son de responsabilidad de sus respectivos autores, a quiénes agradecemos poder publicar su trabajo. Deseamos que los contenidos y datos de documentos o autores, se presenten de la manera más correcta posible. 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Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

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