Amanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

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Amanda no es la letra de una canciónHija Amanda Jara

Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan “Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.

Domingo 25 de mayo de 2008 | por Alejandra Carmona López

La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.

En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

Con suerte acepta dar esta entrevista.

Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

SIMPLEMENTE MARÍA

 
  Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

“Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.

UNA PROTESTA EN MATTA

Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

“Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

TE RECUERDO, AMANDA

Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”. LND

    Rugbistas argentinos desaparecidos en dictadura.la Voces de sus hijxs y amigos

    Rugbistas argentinos desaparecidos en dictadura.la Voces de sus hijxs y amigos
    Soy madre de tres rugbistas chilenos y abuela de otros dos. He conocido desde décadas un montón de jugadores y he compartido con ellos en las graderías, en los tercer tiempo y en vacaciones. Sé que los rugbistas forman unos de esos extraños grupos en que se producen y entablan profundos lazos de afecto, compañerismo,fraternidad sin que por lo general los unan lazos de familia. Son un grupo de pertenencia que mantiene unidos a hombres desde la infancia hasta los últimos años, incluyendo en sus afectos a sus esposas e hijos. Es por ello que esta historia caló muy hondo en mí, porque puedo imaginar perfectamente cuan profundos eran los vínculos que este deporte y la militancia unió a estos deportistas.
    Agradezco a Carola Ochoa, que una vez publicada la primera nota acerca de los rugbistas argentinos desaparecidos me hizo llegar a través de facebook esta que ahora  comparto y que lleva el horror a un grado difícil de aceptar.

    Una lista que no para de crecer

    La sanjuanina Carola Ochoa, con la colaboración de familiares, amigos y compañeros de esos rugbiers y su tarea de investigación exhaustiva, logró confeccionar una nómina que hoy alcanza el centenar de casos.

    Hernán Rocca, uno de lo tantos rugbiers desaparecidos, va en busca de la pelota.

    Una mujer, casi de la nada y solo con su compromiso militante armó un registro de jugadores de rugby desaparecidos que no tiene precedentes. Carola Ochoa vive en San Juan, habla pausado y menciona con orgullo su trabajo social en Villa Hipódromo. Quizá no tenga idea del valor de su tarea: su pesquisa constante, la búsqueda de un nombre, de un club, del dato que esclarece. Hizo crecer la lista con la colaboración de familiares, amigos y compañeros de esos rugbiers que hoy pueblan sus archivos. Una cifra todavía imprecisa que ya superó con holgura a los 52 que son homenajeados en un torneo nacional que ella misma creó. Hoy casi duplicó la cifra. Pero además de su paciencia tibetana para juntar historias –todas reunidas en su página de Facebook– Carola consiguió que nos hiciéramos de nuevo una pregunta: ¿cómo pudo ser que tantos jóvenes que abrazaron ideales revolucionarios en los años 70 eligieran al rugby como deporte?

    La respuesta no la tiene ella ni tampoco nosotros. Podríamos hacer elucubraciones sobre la matriz solidaria del juego. La época convulsionada que los encontró en la lucha. Las coincidencias en el estudio, la pasión por el rugby y sobre todo, su identificación con diferentes proyectos políticos. Eran montoneros, comunistas, guevaristas, maoístas, trotskistas. Ochoa hilvanó sus perfiles con el hilo conductor del deporte. Hizo tanto en tan poco tiempo que hasta ella misma está sorprendida. Y confiesa que se sacó de encima los prejuicios con el ambiente del rugby cuando se entusiasmó al unir las historias de sus desaparecidos.

    Ahora cuenta desde su provincia: “Esta iniciativa empezó cuando Fernando Sandoval, un profesor y militante de los Derechos Humanos en Chubut, me invitó a formar parte del grupo organizador en el país de La Carrera de Miguel para traerla a San Juan. Fue durante una capacitación de tres días en Puerto Madryn, con Elvira Sanchez, hermana de Miguel, y los referentes nacionales”.

    Después –confiesa en su largo correo– leyó el libro Deporte, desaparecidos y dictadura publicado en 2006 y reeditado en 2010. Una pieza encaja en la otra hasta formar un mecano que Ochoa contribuyó a extender por todo el país. Dice que en San Juan no hay jugadores de rugby desaparecidos, pero buscó y chequeó las identidades de casi noventa casos confirmados. La nómina según ella ya supera los cien. En ese número hay quienes representaban a clubes que también desaparecieron como sus deportistas. Atahualpa Rugby Club o Central Buenos Aires, el club donde jugaban los alumnos y ex alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires.

    Uno de los más entusiastas colaboradores de la sanjuanina es el ex puma Eliseo Branca. Gran jugador del CASI de San Isidro y su entrenador campeón en 2005 después de veinte años sin títulos. También se sumó Martín Sharples, tercera línea del club Porteño y atleta. Dos condiciones que no lo definen totalmente porque además es un militante comprometido que perdió una pierna en un accidente de moto. Y juega al rugby con una prótesis. Martín –confiesa Carola– la convenció de que en determinado momento debía ponerle una cifra al torneo de rugby que imaginaba. De ahí surgió el 52. Pero se quedó demasiado corta porque seguiría topándose con más casos.

    “En 2015, cuando vi por internet el video de Ensenada RC. Rugby Social, conocí a integrantes de la comisión directiva: Gabriel Merayo, Germán Fisser y Ana Garcia Munitis. Me invitaron a La Plata para explicarles mi proyecto” cuenta la sanjuanina. La capital bonaerense será escenario el domingo 13 de noviembre de una jornada que seguramente Carola jamás olvidará. En el Colegio Nacional Rafael Hernández que homenajeó a sus alumnos desaparecidos colocándoles sus nombres a las aulas –varios de ellos jugaban al rugby– se realizará una jornada con doce talleres sobre derechos humanos, memoria, literatura e inclusión en el deporte de la ovalada, entre otros temas.

    El sábado 12 se disputará un partido de seven y otro de veteranos en homenaje a los jugadores desaparecidos. Veinte de ellos integraron distintos planteles de La Plata Rugby Club entre las décadas del 60 y 70. La institución los recuerda en una placa colocada en su sede de Gonnet hace unos años. Sobre la historia de esta tragedia, el periodista Claudio Gómez escribió un magnífico libro: Maten al rugbier. También se filmaron un par de documentales en Brasil e Italia. Y una miniserie sobre deportistas desaparecidos les dedicó un capítulo a los del club canario –se los conoce así por su camiseta amarilla– que se estrenó en Canal Encuentro en 2015.

    Otra mujer, la periodista del diario La Capital de Rosario Laura Vilche también aportó en sus investigaciones las historias de los jugadores desaparecidos de aquella ciudad. Si Ochoa encontró solo en la capital bonaerense 41 casos repartidos entre La Plata Rugby, Universitario, Los Tilos y San Luis, desde la segunda ciudad del país le aportaron dieciocho historias más de sus clubes Old Resian, Jockey, Duendes, Universitario y Logaritmo.

    La organizadora de esta movida que recorrió nuestra amplia geografía sueña con repetir la jornada del próximo fin de semana en San Juan, una provincia sin tradición rugbística. Ella no quiere olvidarse de todos sus colaboradores, de quienes la acompañan en la búsqueda de más datos, más fotos, más nombres que coincidan con esas fotos que, de no ser por ella, estarían guardadas en el cajón de alguna cómoda, dispersas, quién sabe dónde. El resultado es una contribución a la memoria de un deporte que sufrió como ninguno el terrorismo de Estado. Un registro que estimulará nuevas investigaciones porque en cada caso hay una historia que merece completarse.

    El primer acercamiento que tuve con los casos de los rugbiers desaparecidos de La Plata fue por una nota que publiqué en el diario Perfil el 24 de marzo de 2006. Había leído sobre el tema (algún escrito de Gustavo Veiga en Página/ 12), pero esa tarde, cuando viajé por primera vez hasta el club en Gonnet, la historia me conmovió. Los anfitriones fueron Raúl Barandiarán, ex compañero de cinco jugadores-militantes, y dos hijas, Ana Balut y Verónica Sánchez Viamonte.
    De aquella nota conservo un puñado de recuerdos; quiero rescatar dos. El primero es que después de desgrabar las entrevistas y reunir el material estuve un par de días dando vueltas sin poder arrancar. Escribía y borraba, una y otra vez; no aparecía un comienzo que me conformara. Tenía la mejor historia para contar —lo sabía—, pero el teclado se resistía. El compromiso y la exigencia que sentía eran desmedidos, algo que con otros temas no me ocurría. Al final la entregué, claro, forzado por los tiempos del cierre. El otro recuerdo que me quedó es que, cuando salió publicada, seguí insatisfecho: tenía la certeza de que el tema abarcaba una dimensión que excedía las dos páginas de un diario.
    Tuvo que pasar un tiempo para que me decidiera a llevar esas historias a un libro. Una vez que arranqué fueron dos años intensos de búsquedas, viajes y escritura. Los rugbiers desaparecidos de La Plata se convirtieron en una obsesión. Y durante ese lapso pasaron cosas. Cuando empecé a fines de 2012, los casos eran diecisiete. Seis meses después, una investigación de Julián Axat —hijo de Rodolfo, uno de los rugbiers desaparecidos— reveló dos casos más. Al año, en una charla con un ex jugador del club, descubrí el vigésimo. La investigación influyó hasta en mis hábitos más cotidianos. Repetí hasta el hartazgo la canción que menos había escuchado de Virus. Conseguí un disco de Agapornis solo porque la banda está integrada por jugadores de LPRC.
    No recuerdo en estos dos años haber leído un libro que no tuviera que ver con la militancia en los setenta. Y con las películas me ocurrió algo parecido.
    Mientras yo buscaba a hijos, hermanos, amigos y compañeros, La Plata sufrió la peor inundación de su historia que —entre otros desastres— provocó ochenta y nueve muertos. Y seguí atento dos juicios por delitos de lesa humanidad. En la causa por el Circuito Camps condenaron a prisión perpetua a dieciséis militares y a un civil, el represor y ex ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Jaime Smart. Y por el centro clandestino de detención La Cacha recibieron perpetua quince genocidas, entre ellos, el ex policía Miguel Osvaldo Etchecolatz.
    Una tarde estaba escribiendo mientras en la tele hablaba la presidenta Cristina Fernández. Yo trataba de resolver alguna historia mientras ella lanzaba el canal gratuito DeporTV en un acto en Tecnópolis. Su voz, apenas un rumor de fondo, entraba en segundo plano. Hasta que empezó a enumerar: “Santiago Sánchez Viamonte, Mariano Montequín, Moura, Rocca, Marcelo Bettini…”.Mis dedos se frenaron sobre el teclado. Sorprendido, giré la cabeza: era ella, la presidenta, recordando a esos muchachos que ya formaban parte de mi rutina. Horas después, YouTube completó la parte del discurso que me había perdido. Todavía vestida de negro, Cristina detalló: “Los deportistas desaparecidos después del golpe del 24 de marzo de 1976 me impactaron como ciudadana, como militante y como vecina de la ciudad de La Plata, porque de La Plata Rugby Club, que era uno de los mejores cuadros de rugby, no era el mío, pero era uno de los mejores cuadros de rugby de La Plata, si no el mejor, dicen algunos, desaparecieron dieciocho jugadores, muchos de los cuales eran muy amigos míos, conocidos”.
    Una hija me confesó que se inventó recuerdos. Otra, que cuando piensa en sus padres los representa en una foto, que no puede imaginarlos en movimiento. Y otra, que está convencida de que suele tener conflictos con sus parejas porque es hija de desaparecidos. Una hermana me mostró un cinturón con manchas de sangre y marcas de balas. Un hermano me confió que su memoria borró todo lo que ocurrió aquellos años. Otro, que a su casa iba el delator que se había infiltrado en la agrupación. Una madre me detalló el encuentro que los represores le permitieron tener con su hijo para que se despidieran. Un padre, en el rol de juez, le tomó declaración a un genocida.
    Un compañero del club me dijo que durante años fantaseaba con que sus amigos llegaban caminando por la playa de San Bernardo. Hay una habitación que sigue intacta. A un ex militante de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), Independiente le salvó la vida. Y un ex dirigente del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) me reconoció que tuvo que aceptar, resignado, que la mayoría de las caídas se produjeron por delaciones. En LPRC hubo veinte casos, pero las historias los exceden.
    La reconstrucción de fragmentos de las vidas de las víctimas me llevó a enfrentarme con episodios del presente tan complejos e intensos como aquellos que se vivieron en los años de militancia. El 29 de junio de 1978 murió el último rugbier. Pero el genocidio no se cerró.

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    Las voces de los Hijxs.Pablo Sepúlveda Allende : arresten a Henry Kissinger.

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    “Querida Noruega, arresta a Henry Kissinger, el hombre que planeó el golpe de Estado en el que mi abuelo fue asesinado”

    Nieto de Allende pide arresto de Kissinger en Oslo por golpe militar en Chile.

    Una familia que marcó la Historia reciente de Chile. Los Allende – Bussi y sus descendientes.

    Pablo es hijo de Carmen Paz Allende, hija mayor del presidente Salvador Allende y de Héctor Sepúlveda; sobrino de Isabel Allende Bussi, presidenta del PSCH y ex presidenta del Senado. Pablo es primo hermano de Maya Fernández Allende, hija de Beatriz, la Tati, todos ellos figuras políticas.Su prima  Marcia Tambutti, hija de Isabel filmó la historia de la familia en su documental Mi abuelo Allende .

    Es médico y vive en Venezuela .

    (Noticia publicada en medios nacionales e internacionales)

     

    por 11 diciembre 2016

    Nieto de Allende pide arresto de Kissinger en Oslo por golpe militar en Chile
    “A un gobierno que afirma defender la paz y los derechos humanos, como hace el noruego, ¿es mucho pedirle que un criminal de guerra con responsabilidad directa en genocidio, tortura y golpes de Estado sea declarado persona non grata o sea detenido y llevado ante la justicia según la ley internacional?”, consta en la carta.

    Un nieto del expresidente Salvador Allende reclamó hoy a las autoridades noruegas que arresten al exsecretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger, presente en Oslo estos días, por su apoyo al golpe militar de 1973 en Chile.

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    Kissinger viajó a Noruega por invitación del Instituto Nobel y la Universidad de Oslo, asistió ayer a la entrega del premio de la Paz al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos -con quien mantuvo una reunión privada-, y hoy pronunciará una conferencia con Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero del expresidente Jimmy Carter.

    El acto, que tiene el apoyo del Instituto Nobel, se celebrará en un aula de la universidad, y el hecho de que “ninguna de las víctimas de sus crímenes de guerra y políticas criminales” puedan intervenir, ni vayan a ser nombradas, es lo que ha convencido a Pablo Sepúlveda Allende de mandar una carta a esas instituciones.

    En , carta que hoy reproduce el conservador  Aftenposten.no-el principal diario de ese país nórdico-, Sepúlveda Allende se muestra “conmocionado” por el “homenaje” a Kissinger, que considera una “ofensa”. (leer carta completa)

    “A un gobierno que afirma defender la paz y los derechos humanos, como hace el noruego, ¿es mucho pedirle que un criminal de guerra con responsabilidad directa en genocidio, tortura y golpes de Estado sea declarado persona non grata o sea detenido y llevado ante la justicia según la ley internacional?”, consta en la carta.

    Sepúlveda Allende pregunta también al Instituto Nobel si nadie en esta institución tiene “el valor y la moral suficientes” para retirarle a Kissinger el Nobel que se le otorgó en 1973 por el acuerdo de paz en Vietnam y reparar una “injusticia histórica” en vez de homenajearlo con un acto que es “una vergüenza histórica”.

    El nieto del expresidente chileno resalta que está “bien documentada” la participación de Kissinger en el golpe de Pinochet y otros golpes y “campañas de terror político” en Sudamérica y en otras partes del mundo.

    “Noruega les abrió las puertas a miles de chilenos que huían de un régimen de terror, por eso es incomprensible que Kissinger sea recibido y homenajeado en Noruega con motivo de la entrega del Nobel de la Paz”, escribe Sepúlveda Allende.

    Para mayor información

     Amy Goodman

    Kerry, Kissinger y el otro 11 de septiembre

    El único motivo por el que se debería buscar a Henry Kissinger es para llevarlo ante la justicia, al igual que Pinochet.

    Henry Kissinger and Augusto Pinochet

    Mientras la intervención militar del Presidente Barack Obama en Siria parece haberse postergado por el momento, llama la atención que el Secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, se haya reunido el 11 de septiembre con uno de sus predecesores, Henry Kissinger, supuestamente para hablar de la estrategia de las próximas negociaciones sobre Siria con funcionarios rusos. La reunión entre Kerry y Kissinger y la oposición pública al ataque a Siria, que ambos apoyan, deberían mirarse a través del espejo de lo sucedido el 11 de septiembre, pero de 1973.

    Aquel día, hace 40 años, el presidente democráticamente electo de Chile, Salvador Allende, fue derrocado violentamente mediante un golpe de Estado que contó con el apoyo de Estados Unidos. El General Augusto Pinochet asumió el control del país y dio inicio a diecisiete años de un régimen militar de terror, en el que más de 3.000 chilenos fueron asesinados y desaparecidos, alrededor del mismo número de personas que murieron el 11 de septiembre de 2001. Allende, que era socialista, contaba con mucho apoyo popular en su país, pero sus políticas eran el anatema de las élites de Chile y Estados Unidos, por lo que el entonces Presidente estadounidense, Richard Nixon, y su Secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, apoyaron el intento de derrocarlo.

    El papel que desempeñó Kissinger en la planificación del golpe de Estado en Chile en 1973 queda más claro a medida que pasan los años y surgen nuevos documentos, que el propio Kissinger intentó mantener en secreto. Peter Kornbluh, de la organización sin fines de lucro National Security Archive (Archivo de Seguridad Nacional), ha revelado las pruebas durante años, y recientemente actualizó su libro “Pinochet: los archivos secretos”.

    El archivo Pinochet

    Kornbluh* me dijo que Kissinger “fue el principal responsable de idear la política para derrocar a Allende e incluso de apoyar a Pinochet y las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron durante su régimen”. Afirmó que Kissinger “presionó a Nixon para que asumiera una política agresiva, pero encubierta, para lograr derrocar a Allende, desestabilizar su capacidad de gobernar y generar lo que Kissinger denominó ‘un clima golpista’”.

    El régimen de Pinochet fue violento, represivo y un aliado cercano de Estados Unidos. Pinochet formó alianzas con otros regímenes militares de América del Sur, que crearon el “Plan Cóndor”, una campaña de terrorismo de Estado y asesinatos coordinados en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. El Plan Cóndor incluso llegó a las calles de Washington D.C. cuando, el 21 de septiembre de 1976, el ex embajador chileno en Estados Unidos durante el gobierno de Allende, Orlando Letelier, fue asesinado junto a su asistente, un ciudadano estadounidense llamado Ronni Moffitt, en un atentado con coche bomba perpetrado por la policía secreta de Pinochet en la zona de las embajadas, a apenas unas cuadras de la Casa Blanca.

    Finalmente, tras la creciente condena mundial y la resistencia no violenta dentro del país, el régimen de Pinochet se vio obligado a realizar un plebiscito en el que se decidiría si Pinochet debía continuar como dictador en Chile. La población rechazó al gobierno de Pinochet con un “NO” rotundo, y dio paso a la actual era democrática en Chile.

    Al menos dos ciudadanos estadounidenses fueron asesinados durante el golpe de 1973. Charles Horman y Frank Teruggi viajaron a Chile para ser testigos de la experiencia democrática que se estaba desarrollando en el país. Trabajaban como escritores y periodistas. Su secuestro y asesinato por parte de las fuerzas de Pinochet, con la posible colaboración del Gobierno estadounidense, fueron representados en la película “Desaparecido” del director Costa Gavras, con Jack Lemmon y Sissy Spacek como protagonistas. En Chile, la película “Desaparecido” fue prohibida por el régimen de Pinochet. Con motivo del 40 aniversario del golpe de Estado, la viuda de Charles Horman, Joyce Horman, realizó una ceremonia conmemorativa en la ciudad de Nueva York. El evento fue organizado por la fundación Charles Horman Truth Foundation y atrajo a cientos de personas, muchas de las cuales formaron parte del Gobierno de Allende, perdieron familiares durante la dictadura, o se vieron obligadas a exiliarse de Chile durante aquellos terribles años.

    Entre los asistentes estaba Juan Garcés, un ciudadano español que fue asesor personal del Presidente Allende. Garcés estaba con Allende en el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973. Poco antes de que el palacio fuera bombardeado por la fuerza aérea, Allende acompañó a Garcés a la puerta y le dijo que saliera y le contara al mundo lo que había sucedido aquel día.

    Allende murió durante el golpe, y Garcés apenas logró escapar de Chile con vida. Años después presentó una denuncia penal contra Pinochet, y finalmente logró que se lo arrestara en Gran Bretaña en 1998, donde Pinochet permaneció detenido durante 504 días. Si bien finalmente Pinochet pudo regresar a Chile, más tarde fue procesado allí y tuvo que afrontar un juicio y la prisión. Murió en 2006 bajo arresto domiciliario a los 91 años de edad.

    Hoy en día, Juan Garcés considera que hay alarmantes similitudes entre la represión en Chile y las actuales políticas estadounidenses: “Realizan entregas extraordinarias, ejecuciones extrajudiciales. Tienen centros de detención secretos. El recurso de habeas corpus es ineficaz. Me preocupa mucho que los mismos métodos que se utilizaron en Chile durante la dictadura, con el conocimiento y el apoyo del Gobierno de Nixon y Kissinger, ahora se estén utilizando en muchos países, con otra excusa, con el apoyo de Estados Unidos. Considero que es algo muy peligroso para todos”.

    En lugar de reunirse con Kissinger para buscar asesoramiento, John Kerry debería apoyar la paz y consultar a personas como Garcés, que han dedicado su vida a luchar por esa causa. El único motivo por el que se debería buscar a Henry Kissinger es para llevarlo ante la justicia, al igual que Pinochet.

    The Pinochet File

    *Peter Kornbluh

    Peter Kornbluh dirige el Proyecto de Documentación de Cuba y Chile del Archivo de Seguridad Nacional. Él es el autor de la Bahía de Cochinos desclasificados: El informe secreto de la CIA en la invasión de Cuba y The Pinochet File: Un Dossier desclasificados en Atrocidad y rendición de cuentas y un co-autor (con Laurence Chang) de la Crisis de los Misiles de 1962: Un Nacional Archivo de seguridad Documentos lector y (con Malcolm Byrne) de El escándalo Irán-Contras: La Historia desclasificados , todos publicados por The New Press. Vive en Washington, DC

    Familia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

    DestacadoFamilia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

    39 AÑOS DE ESPERA SIN JUSTICIA

    La incansable lucha de la familia Gallardo Moreno

    Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo-afirma Alberto Rodríguez Gallardo

    Entre 1975 y 1976 cinco integrantes de la familia Gallardo Moreno fueron asesinados por agentes de la DINA. Tres fueron torturados hasta la muerte en Villa Grimaldi y dos acribillados a balazos. A pesar de que han pasado casi cuatro décadas de sus asesinatos todavía no tienen justicia. Esta es la historia de una familia que fue víctima de uno de los peores montajes mediáticos durante la dictadura: el emblemático caso de Rinconada de Maipú. Hoy, los sobrevivientes, cuentan la historia de los que ya no están.

    Rinconada

    Isabel Gallardo Moreno de 16 años salió rápido de su casa a comprar el diario a petición de su hermana Catalina. Pensó que no lo encontraría porque era tarde. Catalina estaba nerviosa, daba vueltas de un lado a otro con su hijo de seis meses en brazos y necesitaba ver las noticias. Cuando regresó su hermana con el diario leyeron juntas sobre un enfrentamiento en una escuela de Santiago que dejó dos muertos: un “extremista” y un soldado del Ejército. Poco rato después, llega Mónica Pacheco (25), la esposa de su hermano Roberto Gallardo Moreno, embarazada de tres meses a conversar con Catalina. Fue la noche del 18 de noviembre de 1975.

    Estaban perseguidas y querían pasar la noche. Pero yo vivía en una casa muy pequeña en Almirante Barroso con San Pablo y no tenía espacio así que fui donde un vecino amigo para ver si podía recibirlas, pero su padre era militar. Ahí me quedé sin opciones así que me devolví a la casa- relata Isabel Gallardo.

    El pequeño Alberto, en brazos de su madre, no paraba de llorar. Isabel prefirió sacarlo de la casa pero no alcanzó.

    A unos cuantos metros suyos vio a cuatro tipos salir de un auto negro que pertenecían a la Brigada de Investigaciones. Su instinto actuó rápido: “Atiné a devolverme con el Beto en los brazos, pensé pasarlo y que me detuvieran a mí. Pero no alcancé a hacer nada cuando entran a mi casa, encuentran a mi hermana Catalina y mi cuñada Mónica. Pensé en pasarle al niño al primero que abriera y que me llevaran a mí. Pero aparece otro auto más y nos meten a todos adentro”, relata Isabel.

    Pocas horas antes, Ofelia Aida Moreno, madre de Isabel y Catalina, estaba en una reunión del colegio de su nieta Viviana de 9 años. Su esposo, Alberto Gallardo (63) va a buscarla de emergencia: el director general de la PDI, Ernesto Baeza Michelsen, estaba con hombres en su casa buscando a su hijo Roberto. Sin obtener respuesta se llevan detenidos a Ofelia, Alberto, su hijo Guillermo (32) y su nieta Viviana, de 9 años.

    La familia casi completa llega al cuartel de Investigaciones de General Mackenna, donde se reúnen por última vez en el pasillo subterráneo aledaño a las salas de interrogatorio. “Te encargo a mi mamá y cuando salgas de acá tienes que buscar a Rolando (su esposo) y dile que vamos al norte”, le dice Catalina a Isabel. También les encarga a su hijo Beto. Isabel, sin entender el mensaje, le dice que sí, sin cuestionarlo. Luego comenzaron los interrogatorios. Algunos con amenazas verbales, otros con metralleta y golpes.

    Me preguntaban por las actividades políticas de mi familia, en qué trabajaban. Yo decía que Catalina era secretaria y mi hermano Roberto, vendedor ambulante. También me preguntaban si mi papá tenía militancia política y, como yo pensaba que la detención era un error, por eso les dije que cuando joven era comunista– recuerda Isabel.

    Fue la última vez que la familia permaneció junta. Luego los separan para siempre. A Guillermo, su madre Ofelia, Viviana, Isabel y al bebé los mandaron a una caseta de seguridad. Alberto Gallardo, Mónica y Catalina quedaron en las salas de interrogatorio.

    Temprano al día siguiente el director de la PDI, Baeza Michelsen, va a buscar al primer grupo a la caseta de seguridad y les dice: “Pueden irse a su casa, pero sepa usted, señora, que su hijo Roberto murió ayer y a Catalina, Mónica y Alberto los tiene que reclamar en la DINA”. Todos comienzan a llorar por Roberto sin entender qué estaba pasando. La familia Gallardo Moreno no tenía idea qué era la DINA.

    Historia de persecución

    Alberto Gallardo Pacheco llegó a Santiago a los 25 años, desde el pueblo de Gatico, cerca de Tocopilla. En el norte se había hecho militante del partido comunista y, por falta de trabajo como tornero mecánico, decidió arrendar una pieza en una pensión con unos compañeros. Ahí conoció a Ofelia de 17 años y nunca más se separaron. Familia grande y unida de cuatro hijos: Isabel, Roberto, Catalina y Guillermo. Llevaban una vida tranquila, hasta que en 1958 Alberto se ve obligado a emigrar a Argentina, porque nadie acá le daba trabajo por estar en la lista negra por ser comunista cuando el presidente González Videla decretó la ilegalidad del partido.

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    En Argentina todo fue más llevadero. Una parroquia del barrio empezó a llamar la atención de los hijos y de Ofelia. La más entusiasta era Catalina, que entró a Acción Católica Argentina y al poco tiempo Roberto siguió sus pasos, logrando que toda la familia se acercara a la Iglesia. En 1969 Isabel vuelve a Chile junto a sus padres y en 1970 Catalina y Roberto se les unen.

    Empezaron a militar en la juventud Obrera Cristiana (JOC), con quienes todos los veranos organizaban un paseo en una casa donada por el cardenal José María Caro en El Quisco, destinada exclusivamente para ser la “casa de vacaciones de obreros”. Esa enorme casa de 50 camarotes por cada lado, la preparaban todos los veranos los hermanos Gallardo Moreno como voluntarios.

    En esa época se conversaba mucho no solo de religión si no también de cómo bajar la religión a la realidad. Ahí formamos nuestra conciencia de clase, en el proceso de la Unidad Popular. Porque todos éramos hijos de trabajadores- recuerda Isabel con nostalgia.

    En verano de 1970, Juana Ramírez, una religiosa de la Congregación Hijas del Corazón de María y amiga cercana del padre José Aldunate, conoce por primera vez en El Quisco a Roberto Gallardo.

    Juana aún no olvida las primeras palabras que cruzaron:
    Hermana, ¿por qué murió Jesús en la cruz? – preguntaba Roberto.
    Porque esa era la voluntad de Dios – le decía Juana.
    No, hermana, Jesús murió en la cruz porque era un rebelde que le hizo frente al imperio romano y quería justicia para el pueblo israelí.

    “También me decía que Jesús no estaba en el cielo si no entre nosotros. Y esas palabras llevaron la revolución a mi vida. Yo siempre digo, él me evangelizó a mí”, recuerda con cariño Juana Ramírez. Dos años después Rolando fue a visitarla al El Quisco con su polola Mónica. “Ella era una dulzura, de una ternura increíble. Me invitaron a comer un poco de arrocito con leche, conversamos y regaloneamos. Andaban vendiendo unos avioncitos de plumavit en la playa. Esa fue la última vez que los vi vivos”, cuenta Juana. Solo tres años después Juana, con el padre José Aldunate y la hermana de Ofelia Moreno, serían los encargados de reconocer sus cuerpos torturados.

    La revolución latente que Roberto llevaba la compartía con Mónica, Catalina y su novio Rolando Rodríguez, quien era dirigente nacional de la JOC y militante del MIR. “Tomamos conciencia y nos hicimos comprometidos con el proceso de la UP. Yo participaba en la Juventud Socialista y en las marchas, que eran casi todos los días, veía a Rolando. Él iba con la gente del MIR. Muchos amigos cercanos estaban ahí, el estallido social era impresionante”, recuerda Isabel.

    Tan lejos llegó esa complicidad entre ellos, que Catalina y Rolando, con Roberto y Mónica se decidieron casar exactamente una semana antes del golpe de Estado. Fue una gran fiesta familiar. Pero la alegría no duraría mucho.

    El 11 de septiembre del 73 los hermanos Gallardo Moreno salieron juntos en un taxi, dejando a sus padres, Ofelia y Alberto en la casa. Tenían una reunión en una fábrica cerca de Cumming con la Alameda, ahí un grupo intentó organizarse reuniendo implementos de primeros auxilios y enseñando a usar armas.

    Isabel tenía un kit de emergencia con medicamentos para la ocasión. “Todos pensábamos que iba a ser un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. De momios contra nosotros. Nunca pensé lo que realmente sería, fui muy ilusa”, recuerda Isabel. Pero eso fue solo el comienzo. Su hermano Roberto Gallardo, que siempre había perseguido sus ideales, ingresó obligatoriamente al Servicio Militar, teniendo que vivir como conscripto aquel año.

    Mi abuela siempre nos cuenta que mi tío Roberto era extrovertido. De risa fácil, un hombre que le gustaba divertirse todo el tiempo. Pero cuando entró al ejército su sonrisa se borró – cuenta Alberto Rodríguez.

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    Luego de largas jornadas diarias, Roberto llegaba a su casa atribulado. Le contaba a su madre que había sido obligado a participar en allanamientos en poblaciones donde tenía que fingir que golpeaba a la gente. A veces pasaban días sin saber de él, a ratos lo acuartelaban y no tenían ninguna noticia suya en varios días. “Finalmente por una complicación del primer embarazo de su esposa Mónica pudo salirse, porque estaba desesperado. Apeló a la salud de Mónica y la pobreza de la familia. Logró salir, pero algo en él había cambiado por lo que le había tocado vivir. Roberto se volvió reservado”, cuenta Isabel.

    Noche de horrores

    Después de ser liberados por la Brigada de Investigaciones la mañana del 19 de noviembre de 1976 y que les anunciaran la muerte de su hermano Roberto Gallardo, Isabel y Guillermo empezaron a hacer los trámites para encontrar su cuerpo. Su madre Ofelia estaba pasmada. Fueron a la morgue pero nadie con su nombre estaba ahí. Isabel recuerda que alguien les dijo que debían ir a poner una denuncia al Comité Pro Paz -organismo de la Iglesia católica que buscaba resguardar los derechos humanos- y que ahí expusieran su caso. Sin saber qué hacía el Comité, llegó allá y le contó su historia a Juana Ramírez que trabajaba ahí desde 1974. Juana sabía exactamente quien era Roberto. Entre llantos y desesperación en el Comité les propusieron interponer un recurso de amparo por Catalina, Roberto, Mónica y Alberto Gallardo.

    Todas las luces de esperanzas, sin embargo, se derrumbaron cuando vecinos le avisan a la señora Ofelia que nombraban a su esposo, su hija y nuera en la televisión mientras sus otros hijos hacían los trámites. En una entrevista con la revista Pastoral Popular en marzo de 1991, ella recordó ese momento:

    Isabel y Guillermo andaban en el Comité Pro Paz cuando recibo un llamado telefónico de una hermana que me dice que vea las noticias. Se trataba de un extra informativo donde se hablaba de un enfrentamiento con organismos de seguridad en la Rinconada de Maipú. Señalaban que habían sido exterminados “los extremistas” y daban los nombres de mi esposo, mi hija Catalina y mi nuera Mónica. Me negué a todo. Pero a las 9 de la noche sale un reportaje de Julio López Blanco sobre el enfrentamiento y seguí negando. Pensé que era una mentira para que mi hijo Roberto se presentara a las autoridades– comenta la señora Ofelia en esa entrevista.

    Fue una noche terrible. En la televisión los periodistas Claudio Sánchez y Julio López Blanco daban detalles de un enfrentamiento que a nadie en la familia le hacía sentido.

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    -Empieza a nombrar nuestros familiares como los caídos y nosotros no entendíamos nada. No sabíamos que decir, fue la noche más horrorosa, fue terrible. Todos nos acostamos en una sola cama pero no pudimos pegar ni una sola pestaña, por las dudas y por la angustia, fue un sentimiento indescriptible- recuerda Isabel acongojada.

    Hasta ese momento parte de la familia Gallardo Moreno todavía no entendía la noche de horror que habían vivido sus seres queridos. Noche que estuvo muy lejos de ser un enfrentamiento armado en los cerros de la Rinconada de Maipú. Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo fueron trasladados desde el cuartel de la Brigada de Investigaciones al cuartel militar Terranova (denominado más tarde Villa Grimaldi). Las justificaciones para su detención estaban claras para la DINA: El día anterior se había producido un operativo armado de miembros del MIR en la Escuela Bío-Bío en Santiago. A consecuencia del cual falleció el soldado Hernán Salinas y el militante del MIR Roberto Gallardo Moreno (25), hermano de Catalina, esposo de Mónica e hijo de Alberto.

    Como constan los testigos presentes en el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, la noche del 18 de noviembre fue la peor noche de Villa Grimaldi. Testigos aseguran que hubo un gran movimiento de vehículos, donde dos detenidas fueron llevadas a las piezas de tortura aledañas a las celdas de mujeres. También recuerdan que un anciano estuvo largo rato en el jardín del cuartel, donde se escuchaban gritos y mucho movimiento. Luego se les sumaron varios detenidos más y las dos mujeres (Mónica y Catalina) fueron llevadas al jardín, donde se escuchaban los gritos de Marcelo Moren Brito pidiendo agua caliente y aceite hirviendo.
    Los gritos quedaron marcados en los recuerdos de los detenidos.

    Leila Pérez, detenida en octubre de 1975, recuerda los gritos en el patio y el vozarrón inconfundible de Marcelo Moren Brito, en ese momento a cargo de Villa Grimaldi. Otro testimonio clave fue el del historiador Gabriel Salazar quien también declaró que fue la peor noche de todas: golpes, gritos de los detenidos, caos e instrucciones de los agentes de la DINA que corrían para todas partes.

    – Me ha tocado conversar con detenidos que estuvieron ese día como Gabriel Salazar, Patricio Bustos del Servicio Médico legal, Leila Pérez y otros. Todos convergen en que fue una noche de horror. Tanto así que gente hizo juramentos de no volver a hablar de lo que habían visto esa noche. Pero la verdad es tan liberadora que también se habla de la intachable integridad, porque a pesar de todo lo que les hicieron ellos no hablaron. Tuvieron convicción y dignidad hasta su muerte- cuenta Alberto, hijo de Catalina y Rolando Rodríguez.

    Al día siguiente, como relata la señora Ofelia en su Familia Gallardo Presente: Necesito La Verdad“>Entrevista aparecida en la revista Pastoral Popular Nº 206 – Marzo de 1991, sus hijos Isabel y Guillermo volvieron a la morgue en búsqueda de respuestas. “Por la tarde, casi al cerrar la morgue, mi hijo Guillermo pudo conversar con el portero y le cuenta su tragedia. Este hombre se ablandó y lo deja entrar escondido. Ahí encuentra a mi hijo Roberto, recién llegado. Estaba desfigurado, para asegurarse de su identidad le abrió la boca y ubicó un diente característico de nuestra familia”, relata Ofelia. Roberto había muerto el 17 de noviembre en un asalto que el MIR hace a la Escuela Bío-Bío, recinto que funcionaba como fachada para esconder armamento militar que ellos pretendían recuperar para poder combatir la dictadura.
    Pero nada se sabía de Catalina, Mónica y Alberto. Casi a mediados de diciembre y gracias a la gestión de la abogada de derechos humanos Fabiola Letelier -hermana de Orlando Letelier, asesinado en Washington- les entregaron los cuerpos. A reconocerlos llegaron el padre José Aldunate, Juana Ramírez y la hermana de la señora Ofelia. Juana recuerda ese momento como si fuera ayer.

    Solo nos dejaron ver rápidamente los cuerpos. Catalina no tenía ojos en sus cuencas. Yo casi perdí el conocimiento, estaba profundamente conmocionada pero tenía que controlarme. Todos estaban visiblemente torturados, caras enrojecidas, quemadas con cigarros, hinchados, desfigurados, con tierra, ensangrentados. Mónica estaba embarazada de tres meses, ni te explico. Esa imagen no se me olvidará nunca– recuerda Juana.

    El padre José Aldunate, a pesar de que conocía muy bien a Roberto y Catalina de la JOC, donde se relacionaban también con Mariano Puga y Roberto Bolton, se quedó en silencio. Los tres llevaron los ataúdes sellados al Cementerio General donde Ofelia esperaba a su familia.

    39-años-de_portada-de-“La-Tercera-de-la-hora”,-del-20-de-noviembre-de-1975

    Fue todo muy emotivo. Los sepultureros empezaron a sacar flores de otras tumbas para ponerles, porque nadie pudo llevar flores. Desde ese momento yo nunca me pude separar de esa familia. Eran una familia pura, preciosa. Hoy soy madrina de Alberto y nunca más me separé de Ofelia – recuerda Juana Ramírez que hoy vive en el mismo terreno familiar que toda la familia en Renca.

    El ensañamiento que Manuel Contreras, Marcelo Moren Brito, Víctor Laurence Mirens, Francisco Ferrer Lima, Miguel Krassnoff, entre otros, infringieron a la familia Gallardo Moreno ese día, no tuvo límites. Y esa pregunta fue la que llevó a Alberto Rodríguez a dedicarse los últimos nueve años de su vida a indagar más sobre la historia política de su familia, que hoy le llena de orgullo. Si bien aún no tiene clara las fechas, Rolando, Catalina, Mónica y Roberto entran al MIR vinculado a un grupo del Colegio Andacollo, en el barrio que vivían.

    Mi familia eran muy creyentes y en esa convicción de fe se dieron cuenta que con el accionar de la Iglesia no bastaba para hacer una transformación social y ahí deciden entrar al MIR, con el fin de actuar, tomar el compromiso de lucha y luego de resistencia a la dictadura. De hecho mis papás Catalina y Rolando tenían un compromiso que si uno caía, el otro seguía. Y así fue. Cuando mataron a mi madre, mi papá pasó a la clandestinidad para seguir luchando, hasta que lo acribillan a plena luz del día- cuenta Alberto Rodríguez.

    Su padre fue acribillado casi un año después el 20 de octubre de 1976 en plena calle. Su familia intentó que se asilara, pero no hubo caso. Le decía que pensara en Alberto, que crecería sin sus padres si no se iba. Pero Rolando estaba decidido a quedarse y seguir la lucha ante la dictadura que le había arrebatado a su esposa: “justamente por el Beto es que hago esto”, respondía su padre.

    Lucha sin descanso

    La familia Gallardo Moreno como otros núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura –como la familia Recabarren González y Vergara Toledo, entre otras- todavía están atrapadas en la impunidad. Han pasado 39 años desde los hechos y todavía los autores intelectuales y materiales de los asesinatos de Roberto Gallardo, Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo no reciben condena por parte de los Tribunales de Justicia, debido a que la causa judicial quedó estancada en la orden de procesamiento del juez Alejandro Solís el año 2006. Las muertes de Roberto Gallardo y Rolando Rodríguez pasan por el mismo escenario.

    Hoy la abuela Ofelia Moreno tiene 89 años, Isabel Gallardo 57, Guillermo Gallardo falleció justo el 11 de septiembre de 1997 y Alberto, el niño que fue detenido junto a su madre cuando tenía seis meses, tiene 39. A pesar de ser el primer caso de la Comisión Rettig reconocido como una grave violación a los derechos humanos, aún esperan justicia.

    Todo este tiempo llevamos esperando sentencia. Pero las condenas que se manejan son entre 10 y 15 años para los responsables. Ya el tiempo que llevamos esperando es mayor a la condena, es inaudito. Hoy nos damos cuenta que los montajes en Chile no han cesado y que desconfiemos de los medios es un derecho, porque han aportado a desinformar – relata frustrado Alberto.

    Además de la justicia que les debe el Estado chileno, la Familia Gallardo Moreno desea que TVN y Canal 13 reconozcan públicamente su responsabilidad en uno de los montajes más sórdidos de la historia de Chile. “No es posible que hoy a casi 40 años ellos no hayan dicho que el montaje Rinconada de Maipú fue una mentira que le expusieron al país y al mundo, exigimos que den la cara ante el país y el mundo”, dice Alberto.

    Solo el Colegio de Periodistas estableció sanciones por parte del Comité de Ética Metropolitano. “Al único que echaron y está sometido a proceso es Roberto Araya porque se comprobó que era agente de la DINA. Claudio Sánchez y López Blanco solo recibieron sanciones éticas”, comenta Isabel Gallardo.

    En enero del 2012, la investigación del juez Alejandro Solís estableció que Roberto Araya y Julio López Blanco fueron efectivamente convocados por la DINA para emitir en televisión notas que presentaran como enfrentamiento los asesinatos de la familia Gallardo Moreno.

    La “mami Ofelia” como le llaman en Renca se sumó a la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos poco tiempo después de la tragedia, siendo una de las primeras cinco integrantes. A pesar de ser nuevamente secuestrada por la DINA un año después para ser interrogada, nunca ha tenido miedo en gritar su verdad. “Si me van a matar por decir mi verdad, que me maten. Pero nadie me quitará el derecho de decir lo que me pasó”, siempre le dice a su familia. Y su lucha, hoy, está enfocada a limpiar el nombre de su familia y en hacer entender a la gente que lo que salió en televisión fue una gran mentira.

    Entre los periodistas responsables no están solo los que aparecieron en pantalla. Está también Vicente Pérez Zurita, jefe de prensa de TVN en ese tiempo y también el director general del canal, Manfredo Mayol, padre del sociólogo Alfredo Mayol – comenta Isabel.

    Las acusaciones de la familia están respaldadas por la investigación del juez Solís pero tampoco se ha hecho justicia respecto a los medios de comunicación que respaldaron la versión entregada por canal 13 y TVN: El Mercurio, La Segunda, Las últimas Noticias, La Tercera, la revista Qué Pasa, entre otros.

    Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo- afirma Alberto Rodríguez.

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    La Esquizofrenia de mi Generación

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    La Esquizofrenia de mi Generación

     de Fesal Chaín

     

    La Esquizofrenia de mi Generación

     

    Vera Schiller, psicóloga judía, tan importante en Ecuador como lo fue Lola Hoffmann en Chile, define la esquizofrenia, entre una de sus tantas explicaciones, como un esquisma, donde la totalidad del ser está dividida, el todo no está conectado con el fluir. Por otra parte afirma que, lo que supera el esquisma es lo tercero, el hijo, el retoño precisamente lo inefable que nace de la fe.

    Cuando tenía doce años, comencé a leer Hojas de Hierba de Walt Whitman: “Yo me celebro y yo me canto, y todo cuanto es mío también es tuyo, porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

    Lo paradójico de esta lectura que hacía en el ante jardín de mi casa, que no tenía rejas sino una pequeña y larga muralla de ladrillos de unos 50 cms. de alto, es que la realizaba frente la casa de Miguel Krassnoff Marchenko, sí, el mismo, el torturador, el que mató a Miguel Enríquez, aquel que se ensañó con fría racionalidad en Villa Grimaldi con nuestros hermanos y hermanas.

    También me acuerdo cuando yo tenía apenas unos 9 años que salí a correr en bicicleta y me caí fuerte, me hice una típica peladura en las rodillas y de repente sentí unas manos extrañas y grandes alzándome del suelo, era el vecino, era Krassnoff, quien trataba de ayudarme. Yo sentí temor, de verdad, un escalofrío, una distancia, que nacía de lo más íntimo de mi ser. Tomé mi bicicleta y salí rápido de sus manos. Mi madre que estaba en el pasaje me recibió con una sonrisa forzada.

    No es fácil para mí hablar de esto. No soy culpable de nada, evidentemente. A veces cuando era adolescente culpé a mis padres de haber vivido en ese lugar, a los mismos a los que les hago un homenaje en “La izquierda que queremos hacer”, por sus valores y enseñanzas. Por una cuestión inexplicable, al menos en el campo de lo racional, terminamos después de nuestra huida del sur, viviendo en una Villa Militar, en donde, Krassnoff fue nuestro primer vecino tristemente ilustre.

    “Indolente y ocioso convido a mi alma, me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano”. Así escribía mi padre, en Hojas de Hierba, mi padre en la poesía amada. Yo miraba el pasto cuando leía. A veces miraba hacia el frente, la casa de Krassnoff era oscura, tenía humedad en sus paredes exteriores.

    Al lado de él vivía una pareja, más vieja, con un hijo universitario, de pelo largo. Eran para el resto de los vecinos, me refiero a los niños con los que yo jugaba a la pelota, extraños. Claro, su casa no estaba arreglada ni hermoseada con piedras laja. Era una especie de selva, de enredaderas y flores enmarañadas. Ellos si bien no habían sido víctimas directas de la tortura, eran disidentes, exonerados. Se habían quedado allí por orgullo, no iban a dejar su casa, aunque al padre lo hubieran echado del Ejército y los vecinos lo apartaran como si fuera un leproso. El hijo salía temprano por las mañanas como escondidas, y no se juntaba con nadie, jamás lo hizo.

    La casa donde yo vivía, era arrendada a un oficial que se había ido al exilio, un auto exilio claro está, un día por intermedio de una amiga de mis padres, ellos supieron que este hombre arrendaba su casa muy barata, y que se iba a Venezuela junto a su mujer e hijas. Así llegamos allí.

    En ese barrio, que lo había construido Salvador Allende para la oficialidad joven, pasé parte de mi infancia y mi adolescencia. En el pueblito de Los Dominicos, que era en ese entonces el espacio de artesanos pobres y de personajes marginales, conocí a Pedro Mardones, hoy Pedro Lemebel. Con él conversábamos tardes enteras, sobre literatura, poesía y en la plaza, leí sus primeros textos impresos. También hablábamos de lo que sucedía en Chile, sobre nuestros pesares y amores. Nos hicimos amigos y más de alguna vez, o al menos una vez, fue a almorzar a mi casa, en la Villa Militar, imagínense un joven un tanto jipi, entrando al pasaje marcial con un hombre como él, que por ese entonces era menos llamativo en su vestir y gestos, pero seguía siendo Lemebel, sólo que con 30 años menos.

    En esa Villa militar, conocí a muchos hijos de torturadores o de jefes operativos de la DINA, de la CNI y SIM. A los Schmied, a los Derpich, a los Morales, a las hijas de Krassnoff. También conocí, al otro lado de la plaza, a los militares que pertenecían a la Escuela Politécnica, hombres más preparados y que por ningún motivo se juntaban con los Ceneí. Los llamaban locos, enfermos, nunca asesinos, pero si los adjetivaban muy mal. Me acuerdo mucho del hijo de Manuel Concha quien fuera Ministro de Economía de la dictadura, era un joven extremadamente inteligente y sagaz y que tenía un primo Sociólogo con el que discutíamos ambos, ya más sueltos de cuerpo, en las postrimerías de la dictadura.

    Abajo de la plaza vivían las familias de la FACH. En 1978 cuando Leigh fue defenestrado, todos los niños que yo conocí se fueron. Ellos y ellas eran lo más parecido a la normalidad, a la cultura democrática del barrio, si así se puede decir. Las mayores, unos 5 años o quizás diez más que yo, se acordaban de Angela Jeria, de su hija Michelle y del General Bachelet y los nombraban en silencio. Raramente, Michelle Bachelet era una especie de fantasma que, sin ánimo de idealizarla, ciertamente inundaba las conversaciones secretas, por las calles y veredas.

    Les parecerá extraño que yo sienta cierto orgullo de haber vivido en aquel lugar. No crean que no lo pasé muy mal, me fue tremendamente difícil y se que a mis padres también. El mandato en la casa era nunca decir lo que pensábamos, así aprendí desde los 8 años, el rigor de la clandestinidad. Nunca en los 8 años que estuve allí dije nada, nada que delatara mi manera de pensar o la de mi familia.Probablemente una vez algo dije y de cierta manera pasó como el viento.

    Pero a la vez conocí la tremenda variedad humana, conocí a los militares de mi país, a sus familias, a los torturadores y a los que no lo eran y que sólo eran militares profesionales,y también conocí a los disidentes de la familia militar en sus distintos grados, día a día, en sus emociones y alegrías, en sus miserias y cotidianidades. Conocí a la izquierda más valiente en ese barrio, la misma que después atentara heroicamente contra Pinochet, conocí a los escoltas antes que murieran, porque eran los mismos que “cuidaban” al General Valenzuela, Subsecretario general de Presidencia bajo la dictadura y que era el vecino a la mano derecha de Krassnoff, el mismo que lloraba como Magdalena cuando triunfó el NO.

    Y a mi casa entraron y salieron algunas personas que justamente gracias a que vivíamos allí, salvaron sus vidas, se escondieron en la boca del lobo y gracias al dios de los perseguidos y humillados, hoy son mujeres y hombres que siguen luchando y defendiendo las injusticias y creando obras de bien. Ellas ni siquiera saben quiénes éramos los de esa extraña casa de luz, flotando en medio del infierno y la muerte de los suyos, de los nuestros.

    Quizás por todo esto y lo digo con sinceridad y sin ningún ápice de soberbia, es que al igual que mi padre poético, Whitman, al que leí junto a Pablo Neruda, en los 8 años de la Villa militar, es que a veces me considero que “…soy el poeta del cuerpo y soy el poeta del alma, (que) los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo (que) los primeros los injerto y los multiplico en mi ser (y que ) los últimos los traduzco a un nuevo idioma”.

    Bastante antes del triunfo del NO, nos fuimos de aquel barrio, del que tengo malos y buenos recuerdos, como los tengo de mi país. Nunca dejamos ninguno de la familia, de ser de izquierda (y no es una defensa) sino todo lo contrario, creo que potenciamos dicha postura, dicha fe y modo de vida al conocer la pobreza y la tristeza de aquellos que fustigaron a la patria, durante décadas.

    También aprendí en ese periplo por el cielo y el infierno, que la vida esta llena de paradojas y grados entre el blanco y el negro y que los que nos dominaron a sangre y fuego y con crueldad, no eran más que seres humanos, algunos imperdonables por los siglos de los siglos, otros solo tristes esbirros, otros como cualquier chileno, indiferentes al dolor y cómplices en su profesionalismo, apegados al “trabajo”. Y entre ellos, algunos, los minoritarios como yo y mi familia, disidentes y opositores a la barbarie, presos de conciencia, como ese vecino triste, con sus dos padres encerrados en la casa de las enredaderas y las flores, militares de honor en la tristeza del exilio interior.

    El esquisma que yo viví en los años más importantes de la formación de un ser humano, donde la totalidad del mi ser estuvo dividida, donde el todo humanista, no estuvo conectado con el fluir de la vida, lo superé con el nacimiento del retoño de mi poesía, que me permitió unificar el cielo y el infierno como parte de la vida misma como un todo y gracias a mi fe en que ganaríamos, en que la oscuridad y la maldad retrocederían y sucumbirían, en que los hombres y mujeres de buena voluntad, los mayoritarios, amantes de la justicia, de la igualdad y del amor, triunfaríamos sobre el horror. En gran medida así fue.

     

    Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

    Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

    Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada

    por 8 septiembre 2016

    Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada
    Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela. Esta es una narración de lo que para muchos de esos chicos fue ese día, del que se cumplen 43 años este domingo.

    Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura muy enfermo, desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80.

    “El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la JS de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que, también, es un detenido desaparecido. Fue lo sucedido a su mascota, más que lo que atravesó su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política para enfrentar  a la dictadura. El ahora magallánico, sinceramente cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

    Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, que algunos vecinos destaparon botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron, que mis padres estaban muy angustiados y que mi cumpleaños fue muy triste: solo con galletas de agua. Septiembre fue un mes donde no sabíamos nada de mi hermano, llegaban rumores, historias de que gente aparecía en el río del Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

    La psicóloga  reitera que era una época  de  mucha angustia y que se “volvió pa’ dentro”: “De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defender posiciones, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”, al punto que en 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la PAA.

    Rosa Acevedo tenía, en 1973, 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La  Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’, nada más y eso me quedó grabado. Y de ahí se saltan mis recuerdos hasta que, cuando anochece, estábamos durmiendo y como 8 o 10 milicos nos empujan la puerta y nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron solo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

    A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a su primo Matías y que cuando los suben al camión mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana. Y ahí llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos empezaron a revisar y encontraron unas revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá le dice ‘está frente a Ud., es esta niñita’. Luego no volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento”.

    Vicente Peña Palominos, que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua y ya por entonces se consideraba un allendista, rememora así ese día: “Estaba en clases y, como de costumbre, estas se suspenderían prontamente pues era 11 de septiembre, día del maestro, y nos aguardaba un acto conmemorativo en el cual debía participar con una de mis poesías, que precisamente había  escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes  de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y  cantaban alegres. Tal acto  contrastaba con la pena de nuestros rostros cabizbajos. Ese día, pasamos pegados a la  única radio a pilas”. Para Vicente, durante años, recordar ese día fue un verdadero trauma.

    Claudio Contreras Labra, quien era el presidente del Centro de Alumnos del Industrial de San Fernando, no resiste la presión del Golpe y solitario frente a las estrellas se suicida el 11 por la noche en el fundo Huichunguala. Gloria Durán, por entonces alumna del Liceo de Niñas de San Fernando y novia de Claudio, 43 años después aún no supera aquel hecho dramático.

    Esteban Valenzuela, con 9 años y cursando el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, relata que ese día “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaron gritando que los militares estaban derrocando a Allende… En la casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban la radio, las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, y vieron en la televisión las imágenes del combate… la abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó con rostro serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia… fue un martes nublado, frío, triste–. La hoguera creció cuando papá, con los ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo de la casa con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”. El 11, también, marcó a fuego su vida futura.

    Néstor Ramírez, santacruzano, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relata así aquel día fatídico: “Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron a todos de clases y nos reunieron en el gimnasio y ahí nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país, que los estudiantes debían dedicarse a estudiar, que gobernaba una Junta de Gobierno y la Canción Nacional había que cantarla con ganas’. Y luego señaló que ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, después a otro Cucumides (Tatico) y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando había aparecido un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

    Titín, que tenía 14 años y se encontraba en aquella época internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11: “En la escuela, teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar y rumbo a la sala un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía lo que estaban atacando los milicos y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho de que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno y con casco y metralleta lo sacaron esposado, le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

    José Luis Almonacid tenía para el 11 apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre de 1973, cuando una patrulla militar encañonó a su madre, quien estaba embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día subsiguiente: el día 16 a las once de la mañana, el maestro volvió a casa a verla, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las once y media de la mañana llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevó Carabineros. Lo empujaban y él iba nervioso, con las manos en alto. Almonacid usaba lentes y al llegar a la esquina el dirigente gremial trastabilló e intentaba sujetar sus lentes que se le caían cuando sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

     

    En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis debido a la compleja relación que tenía por ese tiempo con mi padre o por el recuerdo de su hermana –la tía Gladys– fallecida en enero de 1973, en el balneario de Quinteros. Ese fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. No recuerdo si fue por eso o por el estallido del Golpe que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que iban a bombardear La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo pero adelante, a la habitación en que estaba la tele y donde habitualmente veíamos los dibujos animados o Música Libre. Allí colgaba un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi mamá decía que conversaba con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del Presidente.

    Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo en el barrio y a los niños nos encerraron en la misma pieza donde estuvimos el 11, mientras el militar que comandaba la acción decía a los grandes, en la cocina, “no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas”. No tengo ningún recuerdo de si tuve o no fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

    Rosa Riquelme vivía en Curicó y sus remembranzas son las de una niña que, para la fatídica fecha, cuenta con apenas seis años y cuyo abuelo era de izquierda y que el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de aquel día.

    Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. y estaba viendo Plaza Sésamo en Canal 13 cuando de repente cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. Cree que no tuvo clases y que luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino que vivía a metros de su casa. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

    José Miguel Arriagada residía por entonces en una comuna metropolitana y tenía seis años. Ese día su padre debió trabajar y de regreso debía tomar micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que estaba haciendo el servicio militar, que se lo llevaron a La Moneda y le ordenaron disparar a quien se moviera y eso le daba un tremendo susto, pues sabía que su tío debía estar por esos lados. Más tarde les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era dispararle a su padre. El Chino vivió la angustia de su madre por la tensa espera de su padre.

    Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

    Max Coloma, contaba también con seis años y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día intentando hacer algo. Max, le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que quiere contarle algo: “Supongo que tú ya sabes que murió Allende y sé que ese es el motivo por el cual tú no estás. Quiero decirte que yo vi cuando murió Allende, pues me subí al techo y pude mirar cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

    En general, los niños del 11 lo pasamos bastante mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos de ellos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como la René Schneider de Rancagua–, y con las puertas crujiendo producto de las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° o 2° básicos, porque decía “población Unidad Popular”, y el llamado de atención a nuestros padres; con el hambre de fines de los 70 o la militarización de la sociedad en los 80.

    Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia.

    Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, sea en la Universidad Católica, como les sucedió a Teo y Alejandra; en Concepción, como les ocurrió a Rosita y Alejandro Navarro; o en Talca, como nos pasó a varios,  colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88, pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Entendimos  que la juventud es una condición que se pasa con el tiempo.

    Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

    El “Pelao” Carmona, periodista asesinado e impunidad en delitos de lesa humanidad.

    El “Pelao” Carmona, periodista asesinado e impunidad en delitos de lesa humanidad.

    A juzgar por la injusticia latente, la pinche “reconciliación” no fue sino una forma de garantizar mucha impunidad. El caso del asesinato del periodista Augusto Carmona es la prueba flagrante…

    acarmona

    Augusto Carmona

    Augusto Carmona y la justicia ¿sólo por hoy?


    Por Lucía Sepúlveda Ruiz


    En los mismos días aciagos de junio en que con la venia de la Corte Suprema volvían a las calles cinco criminales de lesa humanidad, la Corte de Apelaciones confirmó seis de las siete condenas impuestas por el ministro Leopoldo Llanos a los responsables del asesinato por la espalda de Augusto Carmona Acevedo, ocurrido el 7 de diciembre de 1977.

    El padre de mi hija Eva María, mi compañero en los inolvidables años de la Unidad Popular y luego en la lucha antidictatorial, era un alto dirigente del MIR, periodista, ex jefe de Prensa de Canal 9 de TV de la U de Chile y redactor de Punto Final. El crimen fue presentado en los medios como un enfrentamiento.

    Mi hija Eva María Carmona y yo, recibimos la sentencia con sentimientos contradictorios, valorando sobre todo que la Corte no rebajó las condenas de 10 años y un día a los principales inculpados: Miguel Krassnoff, Manuel Provis, Enrique Sandoval, José Fuentes, Luis Torres y Basclay Zapata, aunque exculpó a la agente Teresa Osorio, también agente de la CNI.

    No nos sentimos con ánimo de celebrar nada, pero atesoramos las expresiones de aprecio y cariño recibidas tras el fallo judicial. Habíamos esperado un año y medio desde el fallo de primera instancia en la demanda contra Augusto Pinochet y quienes resultaren responsables. El genocida general no pagó por ningún crimen. Y el más importante procesado, Odlanier Mena, jefe de la CNI, eludió una segura condena por este asesinato, suicidándose.

    En la historia sin fin de espera por justicia, la Corte Suprema puede tomarse quizás otro año y medio. Pero, ojo: hay genocidas que ya abandonaron Punta Peuco, premiados por no colaborar jamás con la justicia. Estas decisiones impresentables no se conocen, en medio de una agenda social copada por la incesante represión con que el Estado encara el movimiento social estudiantil y la lucha mapuche; por los escándalos de la corrupción, los desastres ambientales y el clamor de territorios devastados por el extractivismo.

    Cuando conozcamos el fallo definitivo, Krassnoff y sus secuaces estarán más viejos y podrían acogerse a los llamados “beneficios carcelarios”. ¿Cómo celebrar ahora, cuando el poder corrompe al extremo de generar alianzas espurias entre la UDI y senadores de la Nueva Mayoría?

    Es el nuevo truco con el que la Corte Suprema (con Dolmetsch a la cabeza), coludida con Bachelet, parlamentarios (por la Nueva Mayoría Guillier, Quintana, Zaldívar, Matta, Tuma), un sector de la jerarquía eclesiástica (el jesuita Montes y el obispo Goic), y las fuerzas armadas están imponiendo con sigilo la impunidad en delitos de lesa humanidad, olvidándose del mentado Nunca Más y del respeto a los compromisos derivados del derecho internacional en derechos humanos.

    El 15 de junio, el abogado de Krassnoff reivindicó ante la Corte su actuar como CNI contra el “terrorismo”. Los genocidas no se arrepienten ni han sido degradados. No les bastó tener atención médica en el Hospital Militar, ni cárcel especial ni pensión millonaria y costosos abogados. Quienes aplicaron el terrorismo de Estado son hoy reos privilegiados en el sistema carcelario.

    Sin embargo el libreto oficial invierte el razonamiento lógico y los victimiza, en un novedoso montaje que incluye enmascarar el “perdón” como si este se extendiera a una inexistente lista de reos comunes de avanzada edad y condiciones similares.

    ¿Cómo celebrar esta sentencia esperada durante 39 años, durante los cuales fallecieron los padres de Augusto? Sus dos hijas, Eva y Alejandra, han debido reconstruirse emocionalmente frente a la ausencia paterna y la indiferencia del Estado. Hoy la impunidad se cuela mostrando la falsedad del perdón farfullado una vez por algún juez. El movimiento de derechos humanos atajó los más diversos proyectos de ley orientados a exculpar a los criminales, y sigue bregando por justicia.

    Según cifras oficiales, sólo 344 criminales han sido condenados con sentencia ejecutoriada. Más de la mitad de ellos, (181) tuvo penas alternativas como ir a firmar a una comisaría. A diciembre de 2015, permanecían en Punta Peuco sólo 110 agentes de un total de 117 que cumplían prisión. Es paradojal que en Estados Unidos un fallo responsabilice a Pedro Barrientos por el homicidio de Víctor Jara, mientras en Chile no hay siquiera gotas de justicia para centenares de casos de ejecutados y desaparecidos.

    Exigimos justicia, por “el Pelao Carmona” y por todos los caídos, pero también por las nuevas generaciones que luchan por un Chile diferente, junto a las organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales conscientes. El cierre de Punta Peuco y el traslado de los criminales de lesa humanidad a cárceles comunes es una tarea urgente. La degradación de los criminales de lesa humanidad, y el fin del grotesco chorreo de impunidad que salpica nuestra ya cuestionada democracia, son imperativos éticos que de no ser realizados envilecerán aun más a la clase política y la institucionalidad.


    (columna publicada originalmente en Punto Final Nº 855, el 8 de julio, con el título “Augusto Carmona demanda justicia”).

    Mi padre ejecutado. Memoria desde el útero de mi madre.

    Actualizado el 4 feb. 2012 En entrevista con Alberto Dufey explica las razones del porqué tardo tantos años en denunciar la ejecución de su padre en Victoria por un comando de boinas negras durante el golpe militar en Chile en 1973, cuando ella se encontraba en el vientre de su madre.

    Pedro MUÑOZ APABLAZA

    Sobre la muerte de “Pedrito”, como reza en el sitio de sus restos, se supo que ocurrió por una equivocación, toda vez que la persona que debía ser ajusticiada, era del mismo apellido,pero no se hallaba en Victoria.

     

    31.12.2012 Sergio Valenzuela González, ex jefe de un comando de boinas negras, que se mantiene detenido en el Regimiento Tucapel de Temuco, investigado por la muerte de Pedro Muñoz Apablaza y Eliseo Jara Ríos, ambos militantes del Partido Socialista y que fueron asesinados en el fundo California de Victoria en el mes de octubre de 1973.

    en el mes de febrero de 2012 los restos de Muñoz Apablaza fueron exhumados desde el cementerio de Victoria, quien tenía 21 años al momento de su muerte.En el caso de Jara Ríos tenía 38 años al momento de su asesinato.Era jefe de área del Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap) y militante del Partido Socialista.Fue detenido y llevado a la Cárcel de Victoria en cuatro oportunidades, reingresando por última vez el 16 de octubre de 1973.

    El día 27 de octubre de 1973, una patrulla de boinas negras del Ejército, bajo el mando de Sergio Hernán Valenzuela González, llegó a Victoria en helicópteros, en una misión especial.  Esos comandos salieron ese mismo día en un camión en dirección a Curacautín donde procedieron a ejecutar a los detenidos Pedro Muñoz Apablaza y Eliseo Jara Ríos

    Eliseo Jara fue sacado el día 27 de octubre de la cárcel de Victoria, esposado y en precarias condiciones físicas, por efectivos militares, despidiéndose de sus compañeros de detención, Pedro Muñoz Apablaza fue detenido el mismo 27 de octubre en su domicilio, por la patrulla de boinas negras

    Jorge Castro Lobos, fue procesado por su participación en los hechos

     

     

    Sergio Valenzuela González se llama el criminal, quien era comandante de los boinas negras que masacraron por la espalda a dos personas en el Fundo California de Curacautín, en octubre de 1973.

    La Corte de Apelaciones de Temuco lo mantiene en prisión en el Regimiento Tucapel de Temuco.

    Valenzuela fue el autor material de los disparos que acabaron con la vida de Pedro Muñoz Apablaza y Eliseo Jara Ríos.

    Muñoz Apablaza, egresado de enseñanza media, tenía 21 años cuando fue sacado de su hogar en Victoria por la patrulla de boinas negras que le dio muerte.

    Su hija, la periodista Cinthia Muñoz, quien estaba en el vientre materno a la fecha del crimen, ha luchado durante todos estos años por esclarecer las circunstancias de la muerte de su padre.

    Sólo en febrero pasado, los restos de los dos detenidos fueron exhumados en el cementerio de Victoria.

    RIOS

    Eliseo Segundo Jara Ríos tenía 38 años al momento de su asesinato.

    Era jefe de área del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) y militante del Partido Socialista.

    Fue detenido y llevado a la Cárcel de Victoria en cuatro oportunidades, reingresando por última vez el 16 de octubre de 1973.

    El Informe Rettig señala que el Jefe del Centro Readaptación Social de Victoria señaló que el detenido egresó de ese Recinto: “el día 27 de octubre de 1973 para ser llevado a Fiscalía, no habiendo regresado, ni tampoco reingresado a la Unidad con fecha posterior”.

    OTROS INVOLUCRADOS

    Otros oficiales que formaban parte del Batallón Nº4 de Victoria siguen procesados por estos homicidios calificados.

    Se trata de Hernán Salazar Chiferlli, segundo comandante del regimiento; Humberto Torres Torres; el ex gobernador militar Luis René Vega Fonseca y Jorge Castro Lobos.

    El ministro que llevó a cabo la investigación, Álvaro Mesa, sometió a proceso como encubridor de las torturas al médico Alejandro Reyes, autoridad sanitaria del Batallón de Victoria el año 1973.

    40 años después de cometidos los crímenes, comienza a llegar la justicia para estas familias chilenas.

     

    Biobiochile.cl, 26 abril de 2013

     

    El dirigente de la agrupación de derechos humanos dijo que restá aún la interposición de 39 querellas relacionadas con personas detenidas, desaparecidas, torturadas y ejecutadas en Cautín y Malleco, acción judicial que realizan para que no queden casos impunes al cumplirse los 40 años del golpe militar.

      Estas paginas han sido preparadas y son mantenidas por: Proyecto Internacional de Derechos Humanos – Londres © 1996 – 2015

                

    periodista Cinthya Muñoz Aguero

                            –            Pedro MUÑOZ APABLAZA, 21 años, egresado de enseñanza media.  Fue detenido el mismo 27 de octubre en su domicilio, por una patrulla de boinas negras.

                                          De acuerdo a la información reunida en ésta Comisión, ese día 27 de octubre una patrulla de boinas negras del Ejército llegó a Victoria en helicópteros, en una misión especial.  Esos comandos salieron ese mismo día en un camión en dirección a Curacautín donde procedieron a ejecutar a los detenidos mencionados, en el Fundo California. 

                                          Los restos fueron entregados a los familiares quienes declaran que fueron informadas que los dos detenidos habían sido ejecutados ante un intento de fuga. Esta versión no se hizo oficial, pero contradice testimonios concordantes y verosímiles que habrían visto cómo uno de ellos fue sacado del penal de Victoria y el otro de su domicilio por efectivos militares. 

                                        Esta Comisión tiene la convicción que ambas personas fueron ejecutadas, a manos de los agentes del Estado.  Ello es un acto de violación a los derechos humanos. 

    Informe Rettig              

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    Published On: Vie, dic 12th, 2014

    Emotiva Ceremonia En Colocación De Primera Piedra En Memorial De Detenidos Desparecidos

    La ceremonia estuvo encabezada por la gobernadora  provincial Andrea Parra, el edil Obdulio Valdebenito, dirigentes políticos y familiares de detenidos desaparecidos.

    En el  jardín de la entrada principal al cementerio municipal, se realizó ayer jueves  la colocación de la primera piedra de lo que será el futuro memorial de los detenidos desaparecidos en la provincia de Malleco  en tiempos del gobierno  militar. A la emotiva ceremonia asistió la señora  Gloria Álvarez, madre del joven  Luis Raúl Cotal Álvarez de 14 años, asesinado en extrañas circunstancias  por militares en la cercanías del regimento Húsares, sin que su cuerpo hasta ahora sea ubicado.

    Desde la ciudad de Victoria asistió don Sergio Agüero Vásquez y su hija María Soledad Agüero,quien en su juventud fue la novia  del detenido desaparecido  Pedro  Muñoz Apablaza, con quien tuvo una hija y que hoy es una destacada periodista en la vecina comuna de Victoria.

    Don Sergio relata que cuando asesinaron a Pedro Muñoz, el era secretario del gobernador de Victoria,” yo fui militar,  en esa época era sargento  y trabaje con el gobernador  de ese entonces  en Victoria. Pedro era el novio de mi hija y se iban a casar por esos días, mi hija quedó embarazada, hoy mi nieta va a  cumplir 41 años. Imagínese yo trabajaba con el comandante, tenía hijos de izquierda, tuve que soportar  toda la presión que había contra los militares que teníamos hijos  o familiares de izquierda” Puntualizó el ex militar.

    Don Sergio agrega que Pedro Muñoz Apablaza estaba saliendo de la escuela de investigaciones cuando le”achacaron” que era de izquierda y que realizaba instrucción pre militar a los jóvenes de la población donde vivía. “En la población la mayoría de los vecinos tenia tendencia de izquierda y todos creían que  yo era soplón, imagínese soplón y con mis hijos y sus amigos que estaban todos en contra del gobierno. Imagínese Pedro a esta fecha habría tenido 62 años”, finalizó.

    Por su parte la ex novia  de Pedro Muñoz, María Soledad Agüero, dijo que  estaba todo listo para el matrimonio cuando asesinaron a su futuro esposo,” Fui la novia de Pedro, no nos alcanzamos a casar, tengo una hija póstuma que se llama Cintia Muñoz, ella es periodista y  que trabaja en la universidad Arturo Prat de Victoria”. Manifestó

    Al preguntar  sobre el significado del memorial, María Soledad dijo que se le vienen cosas muy profundas y dolorosas. “Tengo mi familia, actualmente estoy casada, pero todos los recuerdos hermosos de Pedro están  dentro del corazón. Yo sé todo lo que sufrió, por tal razón esta  ceremonia es muy emotiva, es un momento de profunda reflexión, el crimen no se va a reparar nunca, pero si hay que recordarlo de buena manera. No siento nada de rencor, soy creyente y este memorial servirá para que nunca más ocurra lo que sucedió en dictadura”, finalizó.

    Gobernadora

    Por su parte la gobernadora Andrea Parra señaló,” este memorial servirá para rescatar la memoria, dar una señal del firme compromiso de parte del gobierno con el tema de los derechos humanos, no solo debe ser objeto de recuerdos  en aquellas fechas difíciles de nuestro país, como es el 11 de septiembre, sino  también debemos  realizar   una profunda reflexión  de cada uno de los seres humanos, en la medida en que nosotros seamos una sociedad  más solidaria, respetuosa  y que vallamos dejando la violencia de lado ,comprenderemos  la importancia de respetarnos mutuamente y preservaremos esta cultura  profunda  de los derechos humanos”, concluyó la gobernadora.

    Por su parte Oscar Tapia Garrido, secretario de la comisión Valech dijo que este memorial  sirve para reparar ven parte el daño ocasionado  a las víctimas de la dictadura militar.” En realidad todavía no se ha cumplido con el objetivo de buscar la justicia plena, ya que las condiciones no están  dadas. Esta es una reparación mínima que se puede hacer en honor a estas  personas “, manifestó.

    Reconocimiento

    En esta oportunidad fue distinguida la señora, Gloria Álvarez, quien ha dado una dura lucha por encontrar   los restos de su hijo asesinado en octubre del año 1973, Luis Cotal Álvarez. El alcalde Obdulio Valdebenito fue el encargado de hacer entrega del reconocimiento, señalando” una madre nunca deja de luchar. Gloria ha luchado por más de 40 años por saber donde se encuentra el cuerpo de su hijo. Este reconocimiento es para esta madre abnegada y luchadora”, finalizó.

    Yo fui torturada…verbalizar lo sucedido

    Yo fui torturada…verbalizar lo sucedido
    Susana Atxaerandio Ex presa política vasca
     
    Yo fui torturada
    Por fortuna, también hay un sector creciente de la sociedad que sabe que se tortura y actúa en consecuencia, hay medios de comunicación que publican nuestros testimonios, organizaciones que con gran valentía trabajan para la erradicación de la tortura, instituciones internacionales que han emitido importantes dictámenes sobre esa práctica.
     
    Y estamos nosotros y nosotras
    Al igual que Amaia, Juan, Onintze… Hemos sido miles de personas en Euskal Herria hemos descendido al infierno. Tenemos constancia además de que trece no regresaron.
    Para quienes sobrevivimos a la tortura nos resulta muy difícil describir lo que sucede durante el periodo de incomunicación, porque roza la locura, acaricia la irracionalidad más absoluta, te desliza hacia el sufrimiento en todas sus dimensiones. La experiencia más brutal jamás vivida. Rememorarlo, algo inevitable, te obliga a situarte fuera, a verlo desde cierta distancia, porque volver mentalmente al agujero provoca un dolor insoportable. Revivirlo evoca de nuevo la situación de indefensión a manos de tus captores.
    Hace ya muchos años Eva Forest apuntaba la importancia vital de hacer público el testimonio, no sólo para constatar la existencia de la tortura, sino porque pone palabras a hechos que permiten estudiarla y analizarla en el contexto en que se produce. Me aconsejaron que tratase de escribir y verbalizar lo que había sucedido durante el periodo de incomunicación. Por un lado para interponer, si yo estaba dispuesta, una denuncia judicial. Sí que recibí apoyo técnico jurídico. Sí que recibí ayuda amiga que me hizo minimizar las secuelas psíquicas. Fue un buen consejo, desde el aspecto terapéutico.
    Así, mientras tomaba diariamente antiinflamatorios que me calmaran las secuelas de los continuos golpes, relajantes musculares para aliviar el dolor de las posturas forzadas durante esos días, mientras me aplicaba una pomada para curar las marcas de electrodos, mientras padecía insomnio o cuando me despertaba sobresaltada por las pesadillas, escribí mi relato.
    El mío, diferente al de Nekane, al de Iñaki, al de Rosana…
    Intento expresar con nombres, adverbios, adjetivos hechos únicos, experiencias tan presentes pero irrepetibles como un relato cronológico: llegaron de madrugada, me sacaron de la cama, practicaron el registro, me condujeron al cuartel, las amenazas, los golpes… Describo las técnicas que se han empleado contra mí: me pusieron la bolsa, me aplicaron electrodos, me obligaron a desnudarme… y en la mayoría de los casos sientes que trasladas un relato que, aunque es fiel evidencia de lo sucedido, no acaba de explicar todo lo sentido, no agota lo vivido durante esos interminables días. Sientes la impotencia de no poder exponer esas vivencias en su total dimensión.
    Te enfrentas ahora a otro calvario: el impacto que tendrá este testimonio que ahora exteriorizas. Cuando Aitor, Ainara, César… le dijeron al Juez, todavía en régimen de incomunicación, que habían sido torturados, miró hacia otro lado, intentó cambiar la dirección del interrogatorio, pidió al secretario que no apuntara los extremos que le estaban siendo revelados, no requirió un examen médico que pudiera plasmar las marcas o que pudiera evidenciar otras marcas invisibles: nunca abrió una investigación. Y es que la tortura en los últimos -al menos- treinta años de práctica, ha contado con todo un sistema de impunidad, impidiendo su demostración pública. Salvo cuando los torturadores y torturadoras, funcionarios y -no hay que olvidarlo- funcionarias públicas han hecho mal su trabajo y la persona que «custodian» tiene que ingresar de urgencia en un hospital porque está a punto de morir, o se pueden documentar marcas visibles que hacen que el caso trascienda a la opinión pública. Desgraciadamente, en la gran mayoría de los casos queda en el olvido. Pero cada torturado, cada torturada, Jokin, Laura, Eneko… son la viva evidencia de lo que ha sucedido. ¿Se atreverían, mirándonos a los ojos, a acusarnos de seguir consignas? ¿Sostendrían, cara a cara, que nuestra vivencia personal e irrepetible es mentira?
    Llegué a la conclusión de que mi testimonio, nuestro testimonio, no interesa porque somos la viva confirmación de que esta práctica se utiliza hoy en día y que no ha dejado de ser utilizada por el Estado. Y esto sucede porque hay jueces que firman detenciones incomunicadas, agentes especializados para aplicar la tortura de forma científica, sistemática y efectiva; porque hay gobiernos que conceden indultos a los agentes condenados por torturas; porque hay médicos y médicas forenses que, a pesar de tener evidencias de que se están produciendo torturas, no actúan con responsabilidad; porque hay medios de comunicación que tras hacerse eco de nuestras detenciones, grabar la salida de nuestros domicilios y filtrar informaciones policiales durante la incomunicación, no publican nuestros testimonios o no contrastan la información; porque la clase política, que se llena la boca al hablar de derechos humanos, no nos recibe o nos dice que no hay pruebas, que seguimos consignas, manuales… Pero también porque hay una parte de la sociedad a la que le resulta incómodo pensar que hoy en día se tortura y se muestra adormecida ante las evidencias.
    Pero, por fortuna, también hay un sector creciente de la sociedad que sabe que se tortura y actúa en consecuencia, hay medios de comunicación que publican nuestros testimonios, organizaciones que con gran valentía trabajan para la erradicación de la tortura, instituciones internacionales como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos o la ONU, nada sospechosos de parcialismos, que han emitido importantes dictámenes sobre esa práctica.
    Y estamos nosotros y nosotras: Manu, Lorea, Unai… para romper ese muro de silencio que rodea a esta gran lacra social. Sin olvidaros a todas y todos los que nos habéis acompañado en este difícil camino de denuncia.
    La tortura forma parte ya de nuestra experiencia vital. Y se convierte en la energía que impulsa a acabar con ella. Así nos hacemos conscientes del gran trabajo que queda por hacer, de cuantificación, de reparación, justicia y verdad. Para nosotros y nosotras es demasiado tarde. Sólo nos anima el objetivo último de que vosotros, Eneritz, Iratxe, Joxean… jamás paséis por una experiencia semejante de violencia inhumana, degradante y brutal.
    VER
    Conversaciones el 15 de marzo de 2013, el Museo de San Telmo ‘Ankulegi XVI. Conferencia de la antropología: Violencia Escenario ‘parte del ciclo. Los participantes Laura Tejero Tabernero, María Carballo López, Susana Atxaerandio Alesanco y Caterina eran Gamundi Canyelles. / Los trabajos se llevaron a cabo en el 15 de marzo de 2013 El Museo San Telmo dentro del ciclo ‘Jornada de Antropología Ankulegi XVI: Escenarios de la violencia’. Los participantes Laura Tejero Tabernero, María Carballo López, Susana Atxaerandio Gamundi Alesanco y Caterina Canyelles.
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    CEIBO

    Rescate y recopilación de memoria intergeneracional en la Web.

    Araucaria

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    grupoeducaciondisruptiva.wordpress.com/

    Grupo de Investigación sobre Educación del Centro de Creación Contemporánea MATADERO MADRID

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    La Nación

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    Marta R. Zabaleta

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    mundosocialista.net

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    Una recopilación de afiches, rallados, pancartas, lienzos, stencils, convocatorias y mensajes callejeros en general (culturales, políticos, sociales, ecológicos, educacionales, futbolísticos) del Chile de los últimos años. Las imágenes en las que no se señala fuente son propias. Blog publicado desde el 14 de abril de 2015.

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