No-natos

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No-natos

 
Somos los hijos y los nietos
De los hoy recordados
Somos las hijas y las nietas
Que nunca existieron
Pero que tanto quisieron
Nacer, vivir, jugar y luchar
Somos la descendencia
De quienes hoy resuenan
Eternos en nuestras voces
En un ahora y siempre
En un siempre ahora
 
Somos esa sangre que no sangró
De quienes tanta sangre dejaron
Somos los sueños arrancados
De quienes tanta justicia soñaron
Somos los hijas e hijos que no nacieron
Para poder decir
Madre o Padre
 
Pero hoy renacemos
Pero hoy gritamos, luchamos y recordamos
Porque las heridas se han vuelto a abrir

Quieren liberar sombras

Quieren volver a matar a los padres que no tuvimos
Matarlos en dignidad
Matarlos en memoria
Y hoy los que no nacimos
Perpetua justicia a gritos pedimos

(Miguel Echeverria M)

 
Destacado

Los Hijos de Pinochet (1987)

Los Hijos de Pinochet

 


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El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños

  • Antonia García C.
  • La muestra “Infancia en dictadura”, que estuvo hace unos meses en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, se repone en estos días, y se podrá ver hasta el 29 de octubre en la Biblioteca Nicanor Parra, Vergara 324 (Santiago / metro Los héroes). En paralelo, acompañando la muestra, una serie de actividades se están realizando desde el 8 de septiembre y continuarán hasta el 14, en la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales (Jornadas “Memoria, elaboración y resistencia. Imágenes y narrativas para reescribir el dolor social”).

Vivian Lavín enfatizó en este espacio, en más de una oportunidad, la importancia del trabajo realizado por la Dra. Patricia Castillo y su equipo. Todo indica que no hay forma de no verse tocado por lo que ahí se cuenta y el cómo se cuenta. “La importancia de lo ínfimo”, como suele recalcar Patricia Castillo, es lo que está en juego. Pero también una reflexión sobre el lugar de los niños en la historia.

Los niños de ayer. Y los niños de hoy. Porque eso es también lo que esta muestra permite: interrogarnos sobre el rol de los niños y lo que hacemos con ellos y lo que no hacemos. El rol que le damos y el rol que ellos asumen sin preguntar nada a nadie, porque los niños suelen ser “subversivos”: no solamente porque se toman los espacios y se toman la palabra, sino también porque, en distintas circunstancias de opresión, crean sus propios espacios de libertad*. El niño como sujeto creativo por excelencia, el niño sujeto de la historia y no mero acompañante, el niño-observador-narrador con su propia manera de oír y de restituir el mundo. Eso es también lo que esta muestra pone en escena a través de dibujos y escritos realizados por niños chilenos durante la dictadura.

foto-infancia-en-dictadura

Este trabajo llega en un momento particular. Existe hoy otra sensibilidad frente al pasado reciente y una pluralidad de voces que revelan temas que hasta hace poco estaban “ahí”, como entre tinieblas, no atendidos todavía.

Pienso en la existencia de la Agrupación de Ex Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura en Chile. Pero, también, en la escritora María José Ferrada: en su gesto, su búsqueda y el hilo que tiende en sus poemas dedicados a niños y niñas ejecutados durante la dictadura (“Niños”).* Pienso en una obra como “El edificio de los chilenos” de Macarena Aguiló. Partiendo de una experiencia llevada a cabo por militantes del MIR –que decidieron poner a salvo a sus hijos dejándolos a cargo de padres sociales en Cuba, antes de retornar a Chile de manera clandestina para combatir–, este trabajo permite ampliar el espectro de las preguntas. ¿Qué hicieron los militantes de izquierda con sus hijos durante la dictadura? ¿Cómo se conjuga militancia y familia? ¿Combate y paternidad? ¿Combate y maternidad? ¿Cuándo ausentarse es proteger y cuándo es abandonar? Preguntas difíciles, preguntas dolorosas que Macarena Aguiló logra abordar con una generosidad asombrosa.

“Infancia en dictadura” llega en este momento en que cierta brecha en el muro de la propia casa está abierta y puede ser recorrida de frente. La muestra es lo suficientemente rica como para ser abordada desde muchos aspectos. Quisiera enfatizar dos.

El primero es el papel. En varios sentidos. Uno tiene que ver con la figura del niño y la posibilidad de jugar con los roles. Porque acá el que calla es el adulto. Es él quien debe abrir sus sentidos para atender lo que los niños dejaron registrado en distintos soportes (cartas, diarios íntimos, tarjetas postales, dibujos). El adulto aprende del niño y el niño es la voz autorizada para contar. No es la única inversión a la que procede la muestra. Hay otra que consiste en volcar al espacio público un tipo de relato y/o de producción originalmente concebido en un espacio íntimo (caso paradigmático del diario).

De alguna manera, esto equivale a contar la historia desde los huecos, desde las rendijas, desde las huellas que la historia (en mayúscula) fue dejando en los hogares y que los niños –de diversas condiciones sociales y con historias familiares diferentes– fueron inscribiendo con letra apretadita (en minúscula) en sus cuadernos, diarios, hojas sueltas. Así, también, la muestra opera como amplificador de voces que, en su momento, fueron cuchicheos.

Pero también está el papel como materia. La superficie. La textura. ¿Qué haríamos sin papel? ¿Habrá una vida después del papel? Y uno se sorprende porque, de pronto, frente a una foto tomada en la inauguración, se advierte que hay ciertas cosas que sólo es posible atender porque quedaron registradas ahí. Sin papel, un trabajo como “Infancia en dictadura” no sería posible, ya que no recurre prioritariamente a la evocación, a la reconstrucción desde un momento presente, sino a la huella, al rastro que dejó la infancia. Al trazo.

Los niños que vivieron su infancia en dictadura –dice Patricia Castillo y lo dice con fuerza– no pueden ser considerados “segunda generación”. Es un punto de vista muy interesante. Hay que atenderlo. Como también hay que atender la diversidad que queda en evidencia. Y es que hay infancias en dictadura. Y lo que pudo resultar relevante para uno, no necesariamente lo fue para otro. Hay una pluralidad de vivencias. Más allá, lo que la muestra pone en relieve es el papel de los niños en su condición de testigos y actores. Ambas cosas a la vez.

La muestra invita a ampliar la mirada. A reflexionar no solamente sobre los casos más fácilmente identificables como violencia política. A considerar, por ejemplo, la situación de los niños en los barrios más humildes y la manera en que se vieron confrontados a una violencia –absolutamente política– que aqueja, sin tregua, a los pobres por ser pobres. Pero también, y ya por libre asociación, una cosa llevando a la otra, el caso de los niños que intervinieron para ayudar, para colaborar con los adultos en situación de peligro.

Otro aspecto tiene que ver con la posibilidad que otorga la muestra de articular tiempos y situaciones. No pocas veces, hoy, nos comportamos como si los niños tuvieran la extraña cualidad de no escuchar y de no verse afectados por lo que hacemos y decimos los adultos. La muestra tiene un segmento que da mucho qué pensar. Se trata de las “Palabras que nunca debimos aprender”.

Entonces, ya en un contexto actual, cabe también preguntarse sobre el mundo que hacemos y el mundo que nombramos en presencia de nuestros niños. Porque es un hecho. Ellos están. Viven. Y así viviendo también (nos) ven, (nos) miran, (nos) escuchan.

* Recomiendo la lectura de “Los ojos de los pájaros”, de Maren Ulriksen.* *En ese texto (que es parte del libro que firma con Marcelo Viñar: “Fracturas de la memoria”) se cuenta de qué manera algunos niños sortearon las normas de control de quienes habían aprisionado a sus padres. Para que nada, ni siquiera la cárcel, impidiera el gesto de amor y protección del hijo/a hacia el padre.

*Los niños mártires de María José Ferrada

  • Vivian Lavín
  • Viernes 22 de enero del 2016

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

María José Ferrada ha sido reconocida con importantes premios en nuestro país, como el que entrega el Consejo del Libro y la Lectura y la Academia Chilena de la Lengua, pero eso no la envanece. Mantiene la sencillez de la niña que nació en Temuco y cuya infancia revive con la sola palabra luciérnagas, esas luces-insectos que evocan esos momentos de la niñez cuando la realidad era difusa, a veces fantástica y otras, terriblemente real.

El oficio de su padre de vendedor viajero le permitió conocer a las personas más divertidas de su vida. La libertad y el desenfado de esos hombres y mujeres que maleta en mano seducían a sus clientes con la palabra. Vendedores de sueños y soluciones prácticas a partir de un producto que se materializaba fuera de ese misterioso equipaje que cargaban junto a sus propias esperanzas.

María José Ferrada es periodista, mejor poeta y más conocida como escritora de libros para niños, que ella escribe pensando que son para todos, para grandes y para chicos, pero que el estricto rótulo de la categorización educativa por edades la circunscribe a un público que le encanta. Por eso no se queja. Prefiere que todos crean que está en ese género que todavía pasa por menor, pero desde donde ha hecho uno de los gestos más silenciosos y revolucionarios de los últimos años en Chile.

Fue cuando se percató que uno de los informes de las violaciones a los Derechos Humanos de la dictadura no distinguía la edad de sus víctimas y que entre ellos, se contaban niños y niñas. Debió entonces, sumergirse en las miles de páginas del Informe Rettig y fue sacando, no sin dolor, lentamente los nombres de esos menores que quedaron en el fondo de una lista cruel. Eligió a 34 de ellos, los que cuando los mataron eran menores de 14 años y se encerró con sus nombres y sus edades para convocarlos en secreto.

Así surgió Niños, el título de un libro de Grafito Ediciones que exhibe en su portada la palabra quebrada: Ni – ños, un concepto breve que aquí está cortado en dos y flotando sobre un gran fondo azul, como un océano desde donde emergen estas personitas.

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

 

 

Y así, en cada página, ir abriéndose a momentos diminutos pero fundamentales junto a estos niños inmortales para terminar, de la misma manera como le sucede a la infancia, de forma brusca e incomprensible, con la lista donde aparecen sus nombres y apellidos, y junto a ellos la categoría de detenida o detenido desaparecido, de ejecutada o ejecutado a la edad de 5 meses de vida, de 3, 9 u 11 años…

Niños de María José Ferrada aparece entonces, como una manera de liberarlos de las amarras de la muerte en que quedaron sus nombres como parte del Informe Rettig, para dejarlos para siempre en esa república maravillosa llamada infancia de la que nadie jamás debió sacarlos.

**LOS OJOS DE LOS PÁJAROS
a. D.V.
Siempre está allí, ante mi, ese montón de papeles. Nunca encuentro
un momento para echar un vistazo a esas hojas amarillentas, gastadas por
el tiempo. Tendría que tomar la decisión de tirarlas a la papelera, al olvido.
Sin embargo, un libro que se encuentra entre esos viejos manuscritos
retiene mi atención. Es el informe de un congreso. Era en Punta del Este,
en 1970, justo antes de Navidad; el verano uruguayo comenzaba,
esplendoroso, y las playas se llenaban de veraneantes. Nos encontrábamos
en el Hotel Casino San Rafael imitación caricatural de un castillo
renacentista.
Recorro varios artículos; veo el nombre de nuestro equipo en
hermosos caracteres. Trabajábamos bien… Leo: “Angustia de alienación…
en un grupo de niños se ha creado progresivamente un clima de terror…
uno de los niños se ha convertido en el jefe asesino… Rafael, con las manos
llenas de pintura roja, juega a ser el torturador. Ataca sádicamente al más
pequeño del grupo”. Me pregunto de dónde provenía la violencia de esas
palabras para nombrar el comportamiento de Rafael. Sin duda, comenzábamos
a presentir, sin saberlo, lo que íbamos a vivir en los años venideros.
Vuelvo como en un ensueño a las primeras páginas del libro: “Nuestro
destino, el del continente latinoamericano… depende de la ciencia. La
cultura en ciencias humanas constituye el fundamento de la valorización
de los recursos humanos… Y en ese sentido, la psiquiatría… cumple un
papel de capital importancia en la posibilidad del hombre de participar
plenamente en el proceso de desarrollo de la civilización humana”. Esas
palabras de inauguración del Congreso fueron pronunciadas por el rector
de la Universidad de la República, ingeniero Oscar Maggiolo. Hace pocos
meses, nos enteramos de su muerte en exilio, en Caracas.
Intento cerrar el libro con un gesto brusco, pero este permanece
abierto en la última página. Automáticamente, mi mirada se detiene en la
inscripción: “Impreso en los talleres de la Comunidad del Sur, Montevideo,
agosto de 1971”. Había atendido a algunos niños de esa comunidad:
Alejandro… y otros. Alguien me dijo que Alejandro vivía en Barcelona; los
otros en Suecia o en Australia todos expulsados por el régimen.

Súbitamente, la curiosidad me empuja hacia el paquete abandonado.
Encuentro mi viejo cuaderno azul de notas. Allí donde estuvo guardado,
las polillas tuvieron todo el tiempo necesario para hacer su lento trabajo
de borramiento, sin ser molestadas. Logro reconocer, en esa escritura
deslavada, el nombre de los niños que conocí hace algunos años.
La primavera desplazaba rápidamente al invierno. Aquella mañana, los
primeros rayos del sol penetraban por la ventana entibiando el ambiente.
Afuera, en el jardín, las gotas de rocío me dirigían brillantes guiñadas.
Hacía poco que nos habíamos instalado en esa vieja y confortable casa;
aún olía a pintura fresca. Al fin tenía mi rincón donde podía trabajar
tranquila, aislada de los ruidos del exterior.
Ese día, esperaba a la señora A. Venía “por un simple papel”. Su marido
estaba detenido por motivos políticos. Las autoridades de la cárcel exigían
que un médico especialista explicara las razones psicológicas que
justificaban una autorización de visita para su hijita. En la cola de la visita
de la cárcel, la señora A. conoció a otra madre a quien yo había hecho un
certificado de ese tipo, y fue ella quien le dio mi dirección. Sentí cierta
inquietud al preguntarme cuántos certificados habría hecho ya. Sería
necesario –me dije– encontrar otros colegas con quienes compartir esa
tarea. Estaba segura que debían controlar los nombres de los médicos que
hacían tales certificados. “Me dijeron que era sólo una cuestión de
rutina…”, me explicó la madre al darse cuenta de mis dudas. Verdaderamente
estoy exagerando, pensé. ¡Sentirme perseguida por tan poco luego
de tantos años de análisis!
Vuelvo a encontrar mi cuaderno azul sobre el escritorio. Matilde… Veo
todavía sus cabellos y sus ojos de azabache. Tenía siete años cuando su
padre fue detenido, pero era “demasiado grande” para compartir la visita
con los más pequeños en el patio de la prisión. Desde hacía varios meses
no podía besar a su padre, ¡ella, la única niña, la mayor de sus hermanos!
Estaba obligada a la interminable espera junto a su madre y solo podía
hablar con su padre a través de un vidrio, utilizando un teléfono que
alcanzaba a duras penas. Se dice a sí misma, en forma decidida: “Voy a
obligarme a llorar”. Algunas semanas después, me cuenta en secreto que
logró entrar con sus hermanos pequeños. “No me costó nada, lloraba de
verdad y bien fuerte… Me tire al piso… Ios soldados tuvieron miedo al
verme así y me dejaron entrar con los chiquitos… Le preguntaron a mamá
si me había hecho ver por un psiquiatra.”
Durante tres días seguidos, el barrio es allanado. Había por lo menos
seis soldados, metralleta en mano, en el fondo del jardín. Mi hijo y sus
amigos jugaban en la arena. Estaba preocupada por ellos y no pude
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contenerme: “¡Pero no ven que solo hay niños!”. No lograba disimular mi
rabia, pese a las precauciones que uno cree que debe tomar en esas
circunstancias.
Por cierto las cosas habían cambiado. Ya no se podía pasear
tranquilamente por la ciudad; era peligroso salir sin documentos.
Mirábamos con recelo a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, incluso
a quienes nos consultaban La sospecha, el miedo, el temor a la denuncia
nos invadían poco a poco. Pero nada de eso se traslucía en las reuniones
de trabajo ni en la producción escrita.
María José era una paciente que me daba mucho trabajo en las
sesiones. Me hostigaba sin tregua. Cuando se ausentó durante dos
semanas, sentí cierto alivio. Su madre me dejó un lacónico mensaje:
“Problemas familiares” . Cuando volvió, María José me contó que una
tarde los militares ocuparon la casa buscando a su padre. Al otro día, no
había nada para el desayuno. La madre quiso ir de compras, pero ni ella
ni los dos hermanos mayores fueron autorizados a salir. Fue María José,
de apenas seis años, quien pudo salir a hacer los mandados. Escondió
en su zapato un pedazo de papel en el que la madre le anotó un número
de teléfono. Desde el almacén del barrio, previno a su padre de que no
viniese a la casa. Luego, volvió con el pan y la leche. Los militares
esperaron en vano varios días y por fin decidieron irse.
Estábamos en invierno. Irrumpieron en plena noche. Registraron por
todos lados, tiraron todos los papeles al piso en desorden, dieron vuelta
los cajones, desperdigaron los objetos. Todo ello no tenía importancia, si
no fuera que estaba sola, sin siquiera poder encontrar la vieja estilográfica
que no nos abandonaba nunca. Pablo dormía y no se despertó. Mañana,
deberé explicarle lo que sucedió. No sé si encontraré las palabras para
decirle que su padre ya no está.
Pablo sabe que, por primera vez, podrá visitar a su padre en la cárcel.
Prepara con dedicación un regalo: un cenicero en cerámica, fabricado por
él mismo. Lo pinta de rayas multicolores. Preocupado, me pregunta:
¿Crees que papá se dará cuenta que entre las rayas pinte nuestra bandera?
En efecto disimulado entre las rayas, había pintado el símbolo del frente
político al cuál pertenecía su padre.
Estaba agotada, cuando en ese momento me hacía falta una sobredosis
de lucidez para evitar cualquier paso en falso. No podía dejar de trabajar;
la vida debía seguir normalmente. Esa misma mañana una madre me había
llamado por teléfono, pidiéndome una consulta urgente. Su nombre me
decía algo; debía ser la esposa de ese antiguo diputado cuyo nombre y
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foto habían aparecido en el comunicado de las Fuerzas Conjuntas de la
noche anterior.
En la tarde, recibí a Rodrigo, un hermoso niño de seis años, vestido
como todos los escolares con túnica blanca y una gran moña azul. Su
madre estaba deprimida y sin trabajo. Su padre había dejado la casa para
pasar a la clandestinidad. Desde entonces, Rodrigo retrocedía en su trabajo
escolar, presentaba una incontinencia urinaria y le había robado dinero a
su abuela. Durante la sesión, Rodrigo no logra hablar. Esta allí, tenso,
inmóvil, sentado en la silla, las manos en los bolsillos. Lentamente, saca una
mano y me muestra un paquete de caramelos. Se pone uno en la boca y
lo chupa. De pronto, su rostro se transforma, algo se le atraganta, queda
bloqueado. Permanece así, su mirada fija en la mía, paralizado de terror,
mientras las lágrimas caen de sus ojos.
Doy vuelta la página de mi cuaderno azul. Veo el nombre de Sofía.
Insistente, el recuerdo de aquella lejana mañana ocupa cada vez más mi
pensamiento. Había decidido llevar a los niños al parque. Aquel domingo
de mañana la ciudad, aún vacía, despertaba tranquilamente. Tome el
camino habitual. Más allá del Palacio Legislativo, distinguí el viejo edificio
de la Facultad de Medicina, puertas y ventanas cerradas, vacío desde hacía
meses. Un poco más adelante, aceleré al pasar frente a la clínica en la que
había trabajado tantos años, y donde ya no había lugar para mí. Un poco
más lejos, se levantaba un largo muro blanco, la puerta barroca de hierro
forjado custodiada por dos ametralladoras y, en el fondo del parque,
rodeada de palmeras y magnolias, la silueta de la gran residencia, sede del
Comando del aparato represivo. Tres veces por semana, centenares de
hombres, mujeres, niños y viejos esperaban, haciendo fila en la vereda,
alguna noticia, una carta o un paquete de ropa sucia de sus familiares
desaparecidos o detenidos. Todo parecía tranquilo esa mañana. Más allá de
las residencias, después del puente, se extendían los barrios populares. A
mi derecha, dos topadoras limpiaban el terreno. Sólo quedaban escombros
del monumento construido colectivamente en memoria de los ocho
obreros asesinados en aquel local.
Sofía permanece asociada a esos recuerdos. Tenía cinco años. Aún la
veo. Su padre está preso. En cada visita, Sofía le lleva los dibujos que
contienen lo esencial de lo que quería decirle. Sus dibujos son censurados
sistemáticamente en la entrada. Un día, la mujer de la guardia tacha con tinta
negra las golondrinas que anuncian la llegada de la primavera. “Está
prohibido dibujar palomas”, le dice en tono severo. Desde entonces, Sofía
no dibuja más pájaros, pero dibuja numerosos pares de pequeños círculos
entre las ramas de los árboles.
Son los ojos de los pájaros que están escondidos.
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Afuera, la bruma que asciende atenúa la luz de este atardecer parisino.
Guardo mi cuaderno en la biblioteca y hago pasar a Laura. Tiene cuatro
años. Hablamos de la posibilidad de un viaje para visitar a su padre que está
preso desde antes de su nacimiento. Me dice: “Quiero ir a ver a papá… voy
a llevar un regalo sorpresa para los malos” y dibuja un paquete atado con
una cinta. “Sabés. este regalo, tiene una trampa. Lo van a abrir y ¡boommmm!
las estrellas”. Con orgullo, levanta su puño cerrado.
Casi sin pensarlo permanezco adherida a ese sueño que, sin ser mío,
no es diferente del mío. Somos llevados por miles de globos de colores,
a través del océano en un largo viaje. Ayer, volví a ver a Ana. Nos
conocimos hace tiempo Cuando solo tenía tres años, la pequeña fue
testigo desde la puerta de su cuarto de la destrucción de libros y muebles,
de los insultos a su madre embarazada, de los gritos, patadas y culatazos
propinados a su padre para hacerlo salir de la casa y llevarlo por la fuerza
a un lugar desconocido. Ana tiene ahora seis años. Dibuja una niña con
globos en la mano. Me dice con aire audaz: “Voy a ir con mi maestra, a
soltar estos globos sobre el mar… creo que van a llegar a otros países
porque son globos que no revientan. Sobre el globo está el nombre del
niño y de la escuela. Estoy segura que el que lo encuentre responderá…
Quisiera que llegaran a lo de Alicia, mi amiga; vive justo enfrente a mi casa,
allá. Recibí tres cartas de Uruguay… Agarro tres globos y los mando a la
casa de mis abuelos… Creo que los globos todavía no pueden llegar hasta
donde está mi papá… todavía no, pero algún día”.
M.U. de V., París, 1980
Traducido del francés por María Urruzola del
libro Exil et torture (Denoël 1989, París).
Esta versión ha sido corregida
y ampliada por la autora.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada

por 8 septiembre 2016

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada
Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela. Esta es una narración de lo que para muchos de esos chicos fue ese día, del que se cumplen 43 años este domingo.

Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura muy enfermo, desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80.

“El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la JS de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que, también, es un detenido desaparecido. Fue lo sucedido a su mascota, más que lo que atravesó su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política para enfrentar  a la dictadura. El ahora magallánico, sinceramente cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, que algunos vecinos destaparon botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron, que mis padres estaban muy angustiados y que mi cumpleaños fue muy triste: solo con galletas de agua. Septiembre fue un mes donde no sabíamos nada de mi hermano, llegaban rumores, historias de que gente aparecía en el río del Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

La psicóloga  reitera que era una época  de  mucha angustia y que se “volvió pa’ dentro”: “De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defender posiciones, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”, al punto que en 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la PAA.

Rosa Acevedo tenía, en 1973, 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La  Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’, nada más y eso me quedó grabado. Y de ahí se saltan mis recuerdos hasta que, cuando anochece, estábamos durmiendo y como 8 o 10 milicos nos empujan la puerta y nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron solo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a su primo Matías y que cuando los suben al camión mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana. Y ahí llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos empezaron a revisar y encontraron unas revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá le dice ‘está frente a Ud., es esta niñita’. Luego no volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento”.

Vicente Peña Palominos, que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua y ya por entonces se consideraba un allendista, rememora así ese día: “Estaba en clases y, como de costumbre, estas se suspenderían prontamente pues era 11 de septiembre, día del maestro, y nos aguardaba un acto conmemorativo en el cual debía participar con una de mis poesías, que precisamente había  escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes  de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y  cantaban alegres. Tal acto  contrastaba con la pena de nuestros rostros cabizbajos. Ese día, pasamos pegados a la  única radio a pilas”. Para Vicente, durante años, recordar ese día fue un verdadero trauma.

Claudio Contreras Labra, quien era el presidente del Centro de Alumnos del Industrial de San Fernando, no resiste la presión del Golpe y solitario frente a las estrellas se suicida el 11 por la noche en el fundo Huichunguala. Gloria Durán, por entonces alumna del Liceo de Niñas de San Fernando y novia de Claudio, 43 años después aún no supera aquel hecho dramático.

Esteban Valenzuela, con 9 años y cursando el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, relata que ese día “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaron gritando que los militares estaban derrocando a Allende… En la casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban la radio, las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, y vieron en la televisión las imágenes del combate… la abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó con rostro serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia… fue un martes nublado, frío, triste–. La hoguera creció cuando papá, con los ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo de la casa con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”. El 11, también, marcó a fuego su vida futura.

Néstor Ramírez, santacruzano, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relata así aquel día fatídico: “Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron a todos de clases y nos reunieron en el gimnasio y ahí nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país, que los estudiantes debían dedicarse a estudiar, que gobernaba una Junta de Gobierno y la Canción Nacional había que cantarla con ganas’. Y luego señaló que ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, después a otro Cucumides (Tatico) y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando había aparecido un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

Titín, que tenía 14 años y se encontraba en aquella época internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11: “En la escuela, teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar y rumbo a la sala un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía lo que estaban atacando los milicos y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho de que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno y con casco y metralleta lo sacaron esposado, le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

José Luis Almonacid tenía para el 11 apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre de 1973, cuando una patrulla militar encañonó a su madre, quien estaba embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día subsiguiente: el día 16 a las once de la mañana, el maestro volvió a casa a verla, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las once y media de la mañana llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevó Carabineros. Lo empujaban y él iba nervioso, con las manos en alto. Almonacid usaba lentes y al llegar a la esquina el dirigente gremial trastabilló e intentaba sujetar sus lentes que se le caían cuando sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

 

En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis debido a la compleja relación que tenía por ese tiempo con mi padre o por el recuerdo de su hermana –la tía Gladys– fallecida en enero de 1973, en el balneario de Quinteros. Ese fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. No recuerdo si fue por eso o por el estallido del Golpe que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que iban a bombardear La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo pero adelante, a la habitación en que estaba la tele y donde habitualmente veíamos los dibujos animados o Música Libre. Allí colgaba un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi mamá decía que conversaba con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del Presidente.

Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo en el barrio y a los niños nos encerraron en la misma pieza donde estuvimos el 11, mientras el militar que comandaba la acción decía a los grandes, en la cocina, “no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas”. No tengo ningún recuerdo de si tuve o no fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

Rosa Riquelme vivía en Curicó y sus remembranzas son las de una niña que, para la fatídica fecha, cuenta con apenas seis años y cuyo abuelo era de izquierda y que el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de aquel día.

Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. y estaba viendo Plaza Sésamo en Canal 13 cuando de repente cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. Cree que no tuvo clases y que luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino que vivía a metros de su casa. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

José Miguel Arriagada residía por entonces en una comuna metropolitana y tenía seis años. Ese día su padre debió trabajar y de regreso debía tomar micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que estaba haciendo el servicio militar, que se lo llevaron a La Moneda y le ordenaron disparar a quien se moviera y eso le daba un tremendo susto, pues sabía que su tío debía estar por esos lados. Más tarde les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era dispararle a su padre. El Chino vivió la angustia de su madre por la tensa espera de su padre.

Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

Max Coloma, contaba también con seis años y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día intentando hacer algo. Max, le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que quiere contarle algo: “Supongo que tú ya sabes que murió Allende y sé que ese es el motivo por el cual tú no estás. Quiero decirte que yo vi cuando murió Allende, pues me subí al techo y pude mirar cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

En general, los niños del 11 lo pasamos bastante mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos de ellos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como la René Schneider de Rancagua–, y con las puertas crujiendo producto de las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° o 2° básicos, porque decía “población Unidad Popular”, y el llamado de atención a nuestros padres; con el hambre de fines de los 70 o la militarización de la sociedad en los 80.

Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia.

Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, sea en la Universidad Católica, como les sucedió a Teo y Alejandra; en Concepción, como les ocurrió a Rosita y Alejandro Navarro; o en Talca, como nos pasó a varios,  colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88, pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Entendimos  que la juventud es una condición que se pasa con el tiempo.

Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

“Operación Cóndor”: juicio histórico sobre el plan de represión coordinada de las dictaduras latinoamericanas en los años 70

“Operación Cóndor”: juicio histórico sobre el plan de represión coordinada de las dictaduras latinoamericanas en los años 70

07 DE MARZO DE 2013
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Dirty war 1

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JUAN GONZÁLEZ:

El martes pasado comenzó un histórico juicio en Argentina, que podría revelar nuevos detalles sobre la estrategia coordinada de seis países latinoamericanos, en las décadas de 1970 y 1980, para eliminar disidentes políticos. Este plan, conocido como Operación Cóndor, involucró a las dictaduras militares de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. Estos gobiernos colaboraron entre sí para rastrear, secuestrar y asesinar personas que ellos calificaban de terroristas: activistas de izquierda, sindicalistas, estudiantes, sacerdotes, periodistas, guerrilleros, y también sus familias.

El plan fue impulsado por el dictador chileno Augusto Pinochet y existe evidencia de que la CIA y el ex secretario de Estado Henry Kissinger fueron cómplices del mismo desde sus inicios. Al menos 25 generales del ejército están imputados en la causa, y se espera contar con el testimonio de más de 500 personas. En agosto, un juez federal argentino solicitó formalmente al Departamento de Justicia del Gobierno de Obama que permita que propio Kissinger sea interrogado. El Gobierno de Obama no respondió.

AMY GOODMAN: Este juicio se está llevando a cabo en Buenos Aires, donde un antiguo taller mecánico fue convertido en un centro de tortura. Argentina es el país donde más personas extranjeras fueron asesinadas en el marco de la Operación Cóndor. Esto está sucediendo apenas semanas después de que la Corte Suprema de Uruguay derogara una ley que hubiera permitido juicios similares en ese país.

Para ampliar esta información, nos acompaña John Dinges, autor del libro “Operación Cóndor: una década de terrorismo internacional en el Cono Sur”, que recopila entrevistas e informes de inteligencia desclasificados para reconstruir acontecimientos mantenidos en secreto. Antes de eso, Dinges trabajó para la National Public Rario, y como periodista independiente en Latinoamérica. Actualmente es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

John Dinges, bienvenido a Democracy Now!

JOHN DINGES: Encantado de estar aquí. Gracias.

AMY GOODMAN: Háblanos de la importancia de este juicio que está teniendo lugar en Argentina.
JOHN DINGES: Bueno, ya se han hecho varios juicios, y éste se remonta a la detención de Pinochet en Londres, en 1998. Eso desató una avalancha de pruebas, que atravesaron Europa y dieron lugar a juicios en muchos lugares, como Roma, París, Argentina y Chile, pero todos más pequeños que éste. Aquí hay 25 personas acusadas. Por desgracia —o por suerte, quizás— muchas de las personas implicadas en esto ya han muerto, o están muy viejos; muchos de los jefes máximos. Pero aquí hay 25 argentinos y un uruguayo, todos con cargos militares, quienes participaron directamente en las acciones de la Operación Cóndor.

Se trata de algo histórico, ya que vamos a escuchar las declaraciones de 500 testigos. Y no es algo habitual en el sistema jurídico latinoamericano. Esto se está haciendo realmente público ahora que escuchamos los testimonios. Antes sólo declaraban ante los jueces a puertas cerradas, y luego, alguna gente podía llegar a leer esos testimonios, pero no llegaba a ser realmente público. Esta vez es realmente público. Y al parecer, gran parte del juicio está siendo grabado. Así que es la primera vez que toda la población va a poder va a escuchar los detalles de esta serie tan terrible de atrocidades, que tanta gente ha matado.

JUAN GONZÁLEZ: John, para quienes nunca han oído hablar de la Operación Cóndor o saben poco sobre ella, ¿podrías hablarnos sobre sus orígenes? ¿Cómo comenzó, que países o gobiernos la encabezaron?

JOHN DINGES: Bueno, fue una iniciativa chilena. Augusto Pinochet tenía dominada a la oposición. El golpe de Estado fue en 1973, y para 1974 ya no había casi oposición interna. Pero mucha gente que había formado parte del anterior Gobierno, que él había derrocado, se había marchado al extranjero. Un general importante vivía en Argentina. Dirigentes políticos, como por ejemplo Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores y ex embajador en EE. UU. –que era alguien que solía comer con Henry Kissinger- vivía en Washington. Había gente desparramada por diferentes lugares, en Europa y en toda Latinoamérica, y Pinochet quería ir tras ellos. Así que organizó la Operación Cóndor.

Y convenció a los otros países —Brasil, Uruguay, Argentina, Bolivia y Paraguay— para que se sumaran, con el argumento de que existían acciones guerrilleras que los amenazaban a todos conjuntamente. Y de hecho, hubo una organización guerrillera llamada Junta de Coordinación Revolucionaria, formada por diferentes grupos armados que luchaban contra esos gobiernos. Entonces, la idea de Pinochet era colaborar para perseguir a esta gente. Y así lo hicieron.

La mayor parte de los exiliados chilenos estaban en Argentina, que fue el último país en ver derrocado su gobierno civil. Allí la dictadura militar se inició en marzo de 1976, y el Plan Cóndor se creó a finales de 1975. Así que ya estaban preparados. Y cuando se produjo el golpe de Estado en Argentina, comenzaron a matar a cientos de personas, a estas personas extranjeras. Es interesante que hayas mencionado a Automotores Orletti. Este es el taller mecánico que fue utilizado como centro de tortura, y ahí es donde retenían a los presos de otros países.

AMY GOODMAN: Con Democracy Now! hemos visitado ese taller. Quiero leer parte de un documento desclasificado, un informe de la CIA que muestra que funcionarios estadounidenses sabían que los servicios de inteligencia latinoamericanos estaban ampliando sus redes de acción con la Operación Cóndor. Cito: “Están uniendo fuerzas para erradicar la ‘subversión’ … una palabra que, cada vez más, se refiere a la disidencia no violenta, de parte de la izquierda y centro-izquierda”.

Esto se relaciona con otro documento que tú conseguiste, John Dinges, de la agencia de inteligencia chilena, conocida como DINA. En él se detalla el número de muertos y desaparecidos registrado por la inteligencia argentina. Es un cable enviado por el representante de la DINA en Buenos Aires que dice, cito, que “está enviando una lista de todos los muertos,” que incluía el conteo oficial y extraoficial de muertos. Entre 1975 y mediados de 1978, según él, cito: “suman 22.000 entre muertos y desaparecidos”. Háblanos sobre el número de muertos y qué es lo que sabía EE.UU.

JOHN DINGES: Bueno, vamos primero con Estados Unidos. En este período, los años setenta, Estados Unidos fue un patrocinador importante de las dictaduras militares que derrocaron, en algunos casos a gobiernos democráticos y en otros a gobiernos civiles tambaleantes. Como fuera, el resultado fueron gobiernos como el de Videla, el de Pinochet o el de Banzer en Bolivia, que mataban a sus ciudadanos impunemente. El gobierno de EE. UU. sabía de estos asesinatos masivos. Y mantuvo una actitud esquizofrénica y maquiavélica hacia esta situación. Realmente no querían a los comunistas en el gobierno, y la democracia parecía estar dando lugar a gobiernos comunistas. De hecho, el presidente de izquierda Salvador Allende fue elegido democráticamente, e instaló en Chile un gobierno civil y revolucionario. Y por eso, Pinochet lo derrocó. Estados Unidos tenía pánico ante la posibilidad de que esto se extendiera en Latinoamérica, por lo que apoyó la llegada de las dictaduras.

Cuando comenzaron los asesinatos masivos, EE. UU. sabía que eso estaba sucediendo. Se enteraron de la Operación Cóndor poco después de su creación. No hay pruebas de que supieran de su existencia en el momento en que se creó. Sí hay pruebas de que lo sabían un par de meses después de iniciadas sus operaciones. Pero sin duda tenían conocimiento de que estas cosas estaban sucediendo. Y si nos fijamos en las transcripciones de las reuniones entre Henry Kissinger y estos jefes militares de Argentina y de Chile, de las que tenemos registro, ¿qué es lo que dicen en privado? Algo así como: “Apoyamos lo que están haciendo. Entendemos que tienen que hacer valer su autoridad. Hagan lo posible por liberar algunos presos, porque el Congreso me está presionando mucho, los demócratas están queriendo hacer que yo defienda los derechos humanos. Así que les pido un esfuerzo, pero entiendo lo que están haciendo”.

Y en una ocasión, dos semanas después de que Kissinger visitase Santiago, se realizó la segunda reunión más importante entre todos los países del Cóndor para hablar sobre el plan. Y en esa reunión, en junio de 1976, se aprobaron operaciones de asesinatos fuera de Latinoamérica. Y el primero de estos asesinatos tuvo lugar en Washington DC. Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores chileno, fue asesinado en las calles de Washington.

AMY GOODMAN: Es una historia asombrosa. De hecho, tú has escrito un libro sobre el tema.

JOHN DINGES: En realidad he escrito dos libros. Uno es sobre el asesinato, en el que, por primera vez, incluí un capítulo sobre el descubrimiento de la Operación Cóndor. No tenía muchos detalles. Incluso, en cierta medida, fui mal informado por el Departamento de Estado.

Años más tarde, después de que Pinochet fuese detenido en Londres, hubo una avalancha de documentos, que incluían 60.000 páginas de material, que se hicieron públicos por orden del presidente Clinton. Entonces pude investigar realmente y entender lo sucedido desde el punto de vista de EE. UU. Pero también en Latinoamérica se revelaron muchos documentos. Y creo que eso es aún más importante, porque si sólo tuviéramos documentos estadounidenses, siempre alguien podía decir “bueno, ese es el punto de vista de EE.UU. sobre estos asuntos.” Pero lo que pasaba realmente en esos gobiernos latinoamericanos…

AMY GOODMAN: Explícanos cómo fue que Orlando Letelier y su asistente, Ronni Moffitt, fueron asesinados en las calles de Washington DC, en Estados Unidos, en 1976.

JOHN DINGES: Pinochet inició esta operación poco después de aquella reunión con Kissinger. Menos de un mes después, dio la orden para esto. Enviaron a un agente que hacía varios años trabajaba para la DINA, Michael Townley, que era estadounidense. No creo que fuera casualidad que le encargaran esto a un agente estadounidense, ya que, obviamente, cuando se comenzó a sospechar de ellos, dijeron: “Ah, este tipo trabaja para la CIA“. Y mucha gente está dispuesta a creer que siempre es la CIA quien está detrás de estas cosas. De hecho, tanto la extrema derecha como la extrema izquierda decían “fue la CIA.” No hay pruebas de que Townley trabajara para la CIA, pero es seguro que trabajaba para los chilenos.

Se juntó con algunos cubanos en Nueva Jersey, cubanos anticastristas, y fueron a Washington. Townley se metió debajo del auto y puso una bomba que él mismo había construido, que se activaba con uno de esos antiguos beepers. Siguieron el auto por la Avenida Massachusetts y en Sheridan Circle, bien cerca de la embajada de Chile, pulsaron el botón y lo mataron. Ronni Moffitt era la esposa de Michael Moffitt, que era asistente de Orlando. Ella iba en el asiento delantero del auto y por eso murió. Michael sobrevivió y Orlando, por supuesto, murió inmediatamente.

AMY GOODMAN: Townley estuvo algunos años en la cárcel. Y entonces…

JOHN DINGES: A Townley lo entregaron los chilenos. La historia de cómo se resolvió este caso es increíble. En general se asumía que en EE. UU. no se iba a investigar el caso muy a fondo. Pero quienes pensaron eso estaban equivocados. El FBI realizó una extensa investigación, resolvió el caso, obtuvo fotos de los implicados. Esa larga historia yo la cuento en el libro. Cuando identificaron a las personas que habían ido a EE. UU. para llevar esto a cabo, fueron a Chile y pidieron la cooperación del Gobierno de Pinochet. Y Pinochet tenía dos opciones: matar a Townley —y hay pruebas de que ese era uno de los planes— o entregarlo. Y finalmente lo entregaron. Lo llevaron a Estados Unidos, y comenzó a declarar. Y ahí hubo otra avalancha de información, que provino de Michael Townley. Él todavía vive en Estados Unidos. Estuvo sólo cinco años en prisión.

AMY GOODMAN: Y ahí entró en el programa de protección de testigos.

JOHN DINGES: Estuvo en protección de testigos por un tiempo. Por lo que sé, ya no lo está. Actualmente vive en la zona centro-oeste de EE.UU. Y bueno, él ha cooperado. No sé si tiene algún remordimiento sobre su pasado, pero ha colaborado con muchas investigaciones desde su encarcelamiento.

JUAN GONZÁLEZ: John, me gustaría preguntarte sobre un personaje fuera de lo común del que hablas en el libro, y sus esfuerzos para poner fin a la Operación Cóndor: Ed Koch, el recientemente fallecido alcalde de Nueva York, que en esa época era un joven congresista demócrata, y empezó a hacer muchas preguntas sobre lo que estaba pasando, haciendo enojar a nuestro propio gobierno. ¿Podrías hablarnos de eso?

JOHN DINGES: Ed Koch, una figura muy querida en esta ciudad. Realmente, todo el mundo que ha tratado con él ha tenido la misma experiencia. Cuando estaba investigando esta historia, él cooperó gustosamente conmigo. Y vino a la fiesta de lanzamiento de mi libro. Así que también lo quiero. Ed Koch era congresista y fue impulsor de una enmienda a una ley, que permitiera suspender la ayuda militar a Uruguay. Los uruguayos eran parte de la Operación Cóndor. Esto fue en 1976. Y laCIA descubrió eso, creo que lo descubrieron porque los uruguayos lo comentaron frente a ellos, dijeron que iban a convencer a los chilenos para que fueran a Washington a matar a Koch. No sabemos si eso se llegó a poner en marcha. Pero George Bush, que era el jefe de la CIA en aquel momento, llamó a Ed Koch y le dijo —es maravilloso escuchar a Ed Koch contar esta historia— le dijo: “Tengo que contarte algo: Hay un complot para asesinarte”. Ed Koch preguntó si le iban a ofrecer protección. Y ellos dijeron: “No, no. Ese no es nuestro trabajo. Somos la CIA. Sólo te estamos avisando, te toca a ti ocuparte de tu propia seguridad”. Ed Koch no sabía que esto era parte de la Operación Cóndor. Pensaba que era cosa de algún exaltado de la dictadura.

Tiempo después, durante mi investigación pude hablar con una de las personas que participó en esto, uno de los uruguayos. Y sí, fue una típica movida del Plan Cóndor, aunque no llegaron a matar a nadie, por suerte. Pero fue el típico modus operandi. Con el fin de cubrir sus huellas, un país usaba los agentes de otro país para hacer el trabajo sucio, en las operaciones planeadas para fuera de América Latina. Dentro de América Latina, tenían una manera mucho más sistemática y eficaz de funcionamiento. Se perseguía a los disidentes de cada lugar, en cualquier país donde estuvieran, Perú, Brasil, Uruguay y principalmente Argentina. Y ahí la metodología era simple: capturarlos, secuestrarlos, torturarlos, matarlos y hacer desaparecer sus cuerpos. Muy pocas personas han sobrevivido a la Operación Cóndor, casi nadie. Es muy difícil encontrar un sobreviviente.

JUAN GONZÁLEZ: Y aún así, muchos de los líderes de los nuevos gobiernos populistas que hay ahora en América Latina surgieron de algunas de las organizaciones perseguidas por el Cóndor. Especialmente en Uruguay, donde el presidente es un ex Tupamaro. Y en toda la región, esos disidentes son ahora parte del aparato de gobierno de sus países.

JOHN DINGES: Hace dos semanas, estuve en Bolivia y entrevisté a una persona del Ministerio de Comunicaciones, una de las tantísimas personas de pueblos indígenas que forman parte del gobierno de Morales. Y él contó que su padre había estado preso. Había estado exiliado en Chile, y cuando llegó el golpe de Estado fue encarcelado, estuvo siete meses preso, y fue torturado. Y en esa misma oficina hablé con otra persona, que también había participado en la resistencia boliviana en la década de 1980, y antes, su padre había estado involucrado con el grupo que luchaba junto al Che Guevara en 1960.

Estos son revolucionarios, pero son un tipo diferente de revolucionarios. Están igual de comprometidos, creo, pero sin tomar las armas. Creo que se dan cuenta de que esa forma de lucha no se ha llevado a revoluciones triunfantes, entonces me siento muy optimista sobre lo que está pasando con este grupo de gobiernos ahora.

AMY GOODMAN: Por último, hay un cable del Departamento de Estado, de 1978 que, según la cubierta de tu libro, dice: “Kissinger explicó que en su opinión el gobierno argentino había hecho un excelente trabajo en la erradicación de las fuerzas terroristas”. ¿Qué significa que los jueces hayan pedido el testimonio de Kissinger y que el gobierno de Obama no haya respondido?

JOHN DINGES: A Kissinger lo han llamado a declarar muchas veces. En mi libro hablo de una vez en la que sí respondió, creo que era un pedido de Francia. Y básicamente, negó todo. Es algo muy frustrante. Para mí era claro que todo lo que dijo eran mentiras, no hay otra palabra para ello, estaba mintiendo. O sea, los documentos dicen una cosa y Kissinger dijo otra cosa. Y él sabía lo que decían los documentos. En Estados Unidos nunca se ha permitido que un funcionario público sea juzgado en otros países. No somos miembros de la ICC.

AMY GOODMAN: La Corte Penal Internacional (por sus siglas en inglés).

JOHN DINGES: Sí, la Corte Penal Internacional. No ha habido ningún juicio en el exterior que haya puesto a un estadounidense en el banquillo de los acusados. Hubo un intento en Italia, pero por supuesto, ningún imputado apareció. En Estados Unidos, por uno u otro motivo, tanto los demócratas como los republicanos proteger a nuestros violadores de derechos humanos, cuando se trata de violaciones de derechos humanos fuera de Estados Unidos. Simplemente así se manejan.

AMY GOODMAN: ¿Describirías a Henry Kissinger como un violador de los derechos humanos?

JOHN DINGES: Sí, absolutamente.

JUAN GONZÁLEZ: ¿Y cuál es importancia de esta historia de externalizar la lucha contra el terrorismo, de modo de no dejar huellas de la propia participación, en relación con la guerra actual contra el terrorismo en los Estados Unidos?

JOHN DINGES: Bueno, yo estaba escribiendo mi primer capítulo cuando pasó lo del 9/11, en mi casa en Washington. Y en el final del libro, que termina con una referencia al 9/11, digo que esto no es algo que estemos condenados a repetir. Y lo digo haciendo la comparación entre la guerra contra el terrorismo de la década de 1970 y la guerra actual contra el terrorismo, lanzada por el presidente Bush. Pensaba que habíamos aprendido la lección de no copiar los métodos de los enemigos, o de aquellos que han demostrado ser violadores de los derechos humanos. Pero desafortunadamente, creo que hemos hecho eso muchas veces.

La discusión actual sobre el uso de aviones no tripulados me parece aterradora; porque me cuesta distinguir entre lo que fue la Operación Cóndor, con menos tecnología, y lo que es el uso de aviones no tripulados, que básicamente lo que hacen es entrar en otro país, incluso con el permiso de ese país —así era en general también en la Operación Cóndor— perseguir a la gente, y matarla. Ahora bien, la justificación es: “Pero eran criminales. Estaban en combate”. Eso puede o no ser cierto, pero al final quien lo determina es la misma persona que aprieta el gatillo.

Creo que es importante poner esto en discusión. Y tal vez en un juicio como éste, que se remonta a los años 70, la gente dice: “Bueno, así fueron las dictaduras en la década de 1970”. Pero la tendencia del Estado a creer que es válido actuar contra sus enemigos de la manera más eficaz posible se mantiene vigente, y claramente no se limita a las dictaduras.

AMY GOODMAN: Queremos darte las gracias, John Dinges, por haber estado con nosotros. John Dinges es autor del libro “Operación Cóndor: una década de terrorismo internacional en el Cono Sur.” Antes de eso, trabajó en la National Public Radio, NPR, y como periodista independiente en América Latina. Actualmente es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

Traducido por Javier Pérez. Edición: Verónica Gelman y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org.


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Mi padre ejecutado. Memoria desde el útero de mi madre.

Actualizado el 4 feb. 2012 En entrevista con Alberto Dufey explica las razones del porqué tardo tantos años en denunciar la ejecución de su padre en Victoria por un comando de boinas negras durante el golpe militar en Chile en 1973, cuando ella se encontraba en el vientre de su madre.

Pedro MUÑOZ APABLAZA

Sobre la muerte de “Pedrito”, como reza en el sitio de sus restos, se supo que ocurrió por una equivocación, toda vez que la persona que debía ser ajusticiada, era del mismo apellido,pero no se hallaba en Victoria.

 

31.12.2012 Sergio Valenzuela González, ex jefe de un comando de boinas negras, que se mantiene detenido en el Regimiento Tucapel de Temuco, investigado por la muerte de Pedro Muñoz Apablaza y Eliseo Jara Ríos, ambos militantes del Partido Socialista y que fueron asesinados en el fundo California de Victoria en el mes de octubre de 1973.

en el mes de febrero de 2012 los restos de Muñoz Apablaza fueron exhumados desde el cementerio de Victoria, quien tenía 21 años al momento de su muerte.En el caso de Jara Ríos tenía 38 años al momento de su asesinato.Era jefe de área del Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap) y militante del Partido Socialista.Fue detenido y llevado a la Cárcel de Victoria en cuatro oportunidades, reingresando por última vez el 16 de octubre de 1973.

El día 27 de octubre de 1973, una patrulla de boinas negras del Ejército, bajo el mando de Sergio Hernán Valenzuela González, llegó a Victoria en helicópteros, en una misión especial.  Esos comandos salieron ese mismo día en un camión en dirección a Curacautín donde procedieron a ejecutar a los detenidos Pedro Muñoz Apablaza y Eliseo Jara Ríos

Eliseo Jara fue sacado el día 27 de octubre de la cárcel de Victoria, esposado y en precarias condiciones físicas, por efectivos militares, despidiéndose de sus compañeros de detención, Pedro Muñoz Apablaza fue detenido el mismo 27 de octubre en su domicilio, por la patrulla de boinas negras

Jorge Castro Lobos, fue procesado por su participación en los hechos

 

 

Sergio Valenzuela González se llama el criminal, quien era comandante de los boinas negras que masacraron por la espalda a dos personas en el Fundo California de Curacautín, en octubre de 1973.

La Corte de Apelaciones de Temuco lo mantiene en prisión en el Regimiento Tucapel de Temuco.

Valenzuela fue el autor material de los disparos que acabaron con la vida de Pedro Muñoz Apablaza y Eliseo Jara Ríos.

Muñoz Apablaza, egresado de enseñanza media, tenía 21 años cuando fue sacado de su hogar en Victoria por la patrulla de boinas negras que le dio muerte.

Su hija, la periodista Cinthia Muñoz, quien estaba en el vientre materno a la fecha del crimen, ha luchado durante todos estos años por esclarecer las circunstancias de la muerte de su padre.

Sólo en febrero pasado, los restos de los dos detenidos fueron exhumados en el cementerio de Victoria.

RIOS

Eliseo Segundo Jara Ríos tenía 38 años al momento de su asesinato.

Era jefe de área del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP) y militante del Partido Socialista.

Fue detenido y llevado a la Cárcel de Victoria en cuatro oportunidades, reingresando por última vez el 16 de octubre de 1973.

El Informe Rettig señala que el Jefe del Centro Readaptación Social de Victoria señaló que el detenido egresó de ese Recinto: “el día 27 de octubre de 1973 para ser llevado a Fiscalía, no habiendo regresado, ni tampoco reingresado a la Unidad con fecha posterior”.

OTROS INVOLUCRADOS

Otros oficiales que formaban parte del Batallón Nº4 de Victoria siguen procesados por estos homicidios calificados.

Se trata de Hernán Salazar Chiferlli, segundo comandante del regimiento; Humberto Torres Torres; el ex gobernador militar Luis René Vega Fonseca y Jorge Castro Lobos.

El ministro que llevó a cabo la investigación, Álvaro Mesa, sometió a proceso como encubridor de las torturas al médico Alejandro Reyes, autoridad sanitaria del Batallón de Victoria el año 1973.

40 años después de cometidos los crímenes, comienza a llegar la justicia para estas familias chilenas.

 

Biobiochile.cl, 26 abril de 2013

 

El dirigente de la agrupación de derechos humanos dijo que restá aún la interposición de 39 querellas relacionadas con personas detenidas, desaparecidas, torturadas y ejecutadas en Cautín y Malleco, acción judicial que realizan para que no queden casos impunes al cumplirse los 40 años del golpe militar.

  Estas paginas han sido preparadas y son mantenidas por: Proyecto Internacional de Derechos Humanos – Londres © 1996 – 2015

            

periodista Cinthya Muñoz Aguero

                        –            Pedro MUÑOZ APABLAZA, 21 años, egresado de enseñanza media.  Fue detenido el mismo 27 de octubre en su domicilio, por una patrulla de boinas negras.

                                      De acuerdo a la información reunida en ésta Comisión, ese día 27 de octubre una patrulla de boinas negras del Ejército llegó a Victoria en helicópteros, en una misión especial.  Esos comandos salieron ese mismo día en un camión en dirección a Curacautín donde procedieron a ejecutar a los detenidos mencionados, en el Fundo California. 

                                      Los restos fueron entregados a los familiares quienes declaran que fueron informadas que los dos detenidos habían sido ejecutados ante un intento de fuga. Esta versión no se hizo oficial, pero contradice testimonios concordantes y verosímiles que habrían visto cómo uno de ellos fue sacado del penal de Victoria y el otro de su domicilio por efectivos militares. 

                                    Esta Comisión tiene la convicción que ambas personas fueron ejecutadas, a manos de los agentes del Estado.  Ello es un acto de violación a los derechos humanos. 

Informe Rettig              

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Published On: Vie, dic 12th, 2014

Emotiva Ceremonia En Colocación De Primera Piedra En Memorial De Detenidos Desparecidos

La ceremonia estuvo encabezada por la gobernadora  provincial Andrea Parra, el edil Obdulio Valdebenito, dirigentes políticos y familiares de detenidos desaparecidos.

En el  jardín de la entrada principal al cementerio municipal, se realizó ayer jueves  la colocación de la primera piedra de lo que será el futuro memorial de los detenidos desaparecidos en la provincia de Malleco  en tiempos del gobierno  militar. A la emotiva ceremonia asistió la señora  Gloria Álvarez, madre del joven  Luis Raúl Cotal Álvarez de 14 años, asesinado en extrañas circunstancias  por militares en la cercanías del regimento Húsares, sin que su cuerpo hasta ahora sea ubicado.

Desde la ciudad de Victoria asistió don Sergio Agüero Vásquez y su hija María Soledad Agüero,quien en su juventud fue la novia  del detenido desaparecido  Pedro  Muñoz Apablaza, con quien tuvo una hija y que hoy es una destacada periodista en la vecina comuna de Victoria.

Don Sergio relata que cuando asesinaron a Pedro Muñoz, el era secretario del gobernador de Victoria,” yo fui militar,  en esa época era sargento  y trabaje con el gobernador  de ese entonces  en Victoria. Pedro era el novio de mi hija y se iban a casar por esos días, mi hija quedó embarazada, hoy mi nieta va a  cumplir 41 años. Imagínese yo trabajaba con el comandante, tenía hijos de izquierda, tuve que soportar  toda la presión que había contra los militares que teníamos hijos  o familiares de izquierda” Puntualizó el ex militar.

Don Sergio agrega que Pedro Muñoz Apablaza estaba saliendo de la escuela de investigaciones cuando le”achacaron” que era de izquierda y que realizaba instrucción pre militar a los jóvenes de la población donde vivía. “En la población la mayoría de los vecinos tenia tendencia de izquierda y todos creían que  yo era soplón, imagínese soplón y con mis hijos y sus amigos que estaban todos en contra del gobierno. Imagínese Pedro a esta fecha habría tenido 62 años”, finalizó.

Por su parte la ex novia  de Pedro Muñoz, María Soledad Agüero, dijo que  estaba todo listo para el matrimonio cuando asesinaron a su futuro esposo,” Fui la novia de Pedro, no nos alcanzamos a casar, tengo una hija póstuma que se llama Cintia Muñoz, ella es periodista y  que trabaja en la universidad Arturo Prat de Victoria”. Manifestó

Al preguntar  sobre el significado del memorial, María Soledad dijo que se le vienen cosas muy profundas y dolorosas. “Tengo mi familia, actualmente estoy casada, pero todos los recuerdos hermosos de Pedro están  dentro del corazón. Yo sé todo lo que sufrió, por tal razón esta  ceremonia es muy emotiva, es un momento de profunda reflexión, el crimen no se va a reparar nunca, pero si hay que recordarlo de buena manera. No siento nada de rencor, soy creyente y este memorial servirá para que nunca más ocurra lo que sucedió en dictadura”, finalizó.

Gobernadora

Por su parte la gobernadora Andrea Parra señaló,” este memorial servirá para rescatar la memoria, dar una señal del firme compromiso de parte del gobierno con el tema de los derechos humanos, no solo debe ser objeto de recuerdos  en aquellas fechas difíciles de nuestro país, como es el 11 de septiembre, sino  también debemos  realizar   una profunda reflexión  de cada uno de los seres humanos, en la medida en que nosotros seamos una sociedad  más solidaria, respetuosa  y que vallamos dejando la violencia de lado ,comprenderemos  la importancia de respetarnos mutuamente y preservaremos esta cultura  profunda  de los derechos humanos”, concluyó la gobernadora.

Por su parte Oscar Tapia Garrido, secretario de la comisión Valech dijo que este memorial  sirve para reparar ven parte el daño ocasionado  a las víctimas de la dictadura militar.” En realidad todavía no se ha cumplido con el objetivo de buscar la justicia plena, ya que las condiciones no están  dadas. Esta es una reparación mínima que se puede hacer en honor a estas  personas “, manifestó.

Reconocimiento

En esta oportunidad fue distinguida la señora, Gloria Álvarez, quien ha dado una dura lucha por encontrar   los restos de su hijo asesinado en octubre del año 1973, Luis Cotal Álvarez. El alcalde Obdulio Valdebenito fue el encargado de hacer entrega del reconocimiento, señalando” una madre nunca deja de luchar. Gloria ha luchado por más de 40 años por saber donde se encuentra el cuerpo de su hijo. Este reconocimiento es para esta madre abnegada y luchadora”, finalizó.

Valentina, hija del exilio…había momentos de racismo, aislamiento y terribles soledades.

Valentina Montoya, exiliada niña, hoy respetada cantante de folklore y tango en Escocia


Sergio Reyes. Entrevista a Valentina Montoya


Mi padre era empleado público, trabajaba para el servicio de seguro social en un edificio que estaba perpendicular, me parece, al palacio La Moneda (creo que ya no existe ese edificio). De hecho, el día del golpe, mi padre había ido a trabajar. Mi mamá lo llamo por teléfono y le dijeron que estaban todos tirados en el suelo porque estaban bombardeando La Moneda. De alguna forma alguien le paso el teléfono y así desde el suelo él hablo con ella. Lo detuvieron el 1 de octubre de 1973.

Mi padre fue llevado al Estadio Nacional y posteriormente a Chacabuco, donde permaneció encarcelado durante el 73 y 74. Al igual que todos sus compañeros, mi padre sufrió mucho encarcelado. Al ser puesto en libertad decidió permanecer en su país. Le contó a mi madre la gravedad de las torturas en esos campos de concentración y dijo que más daño no le podían hacer dentro de Chile pero que iba evitar el destierro, que quería morir en su país. No obstante, insistió que saliera su familia ya que él temía mucho que nos hicieran algo a nosotros.

Entonces mi madre, después de haber estado en la clandestinidad, nos sacó de Chile. Yo era una menor de edad, pero a pesar de mis escasos años, tenía conciencia de lo que estaba ocurriendo en mi país. Para mí fue doloroso dejar a mi padre, mi abuela, mi mejor amiga y mi escuela. Recuerdo esa mañana, de la partida, sentía una especie de vértigo, un vacío, un temblor en la guatita, que me persiguió casi toda la vida. Pero recuerdo que me consolaba con la idea de que iba a ser un corto tiempo. Que luego volveríamos. Los adultos decían tres años.

Salimos con dos pequeñas maletas, casi nada de equipaje. Esto era la prueba que no íbamos a quedarnos. La entrada a Inglaterra no fue nada de fácil, como lo comento en una canción que escribí titulada La Partida. Y claro, como íbamos a ‘volver’, no comprábamos muebles, solo lo más necesario. La idea jamás fue de salir fuera del país para siempre. Nos considerábamos seres pasajeros, pájaros transitorios.

 

Mi madre estaba muy delgada, como lo demuestran la foto de su pasaporte y otros documentos de viaje. Tenía la pena escrita en todo su rostro. Por mucho tiempo se negó a comer porciones adecuadas de comida. Decía que no podía comer mientras en su país la gente no tenía que comer. El exilio dorado es un mito. Vivíamos en lugares muy marginales, en una casa del estado y antes de eso en un departamento que simplemente no era habitable. Cuando llegamos estaba muy sucio y con jeringas usadas en los armarios. Olía muy mal. Ese concepto del exiliado dándose la gran vida no tiene relación alguna a la realidad nuestra.

Duele estar lejos de los que se aman, amigos queridos, lejos de las cosas más simples pero que más significado llegan a tener. Ahora las cosas son distintas, la tecnología permite mantener un vínculo inmediato, en ese entonces esperábamos hasta dos o tres semanas por una carta. El tiempo parecía pasar más lento y noticias de Chile, buenas o malas, nos mantenían con una añorada conexión. El activismo político nos unía.

Recuerdo que no fueron tiempos fáciles, pero que a pesar de todo, nos ocupábamos en hacer muchas cosas por Chile. Organizábamos entrevistas, charlas, reuniones, actos culturales, proyección de películas, talleres de artesanía o de música – una enorme gama de actividad y de creatividad – así se juntaba dinero para mandar a Chile. Todavía tengo listas, escritas a máquina, de los objetos que creábamos en cuero o madera y los precios en que se vendían. Juntábamos así y se mandaba plata para la Vicaría de la Solidaridad, el Partido, etc.

Recuerdo huelgas de hambre en distintos recintos y marchas enormes por las calles de Londres. Venían a cantar artistas como Quilapayún, Ángel e Isabel Parra, Capri, etc. Lo veíamos como nuestra responsabilidad eso de decirle al mundo lo que pasaba en Chile. Se creaban vínculos con distintos partidos de izquierda y sindicatos y se trabajaba en conjunto con ellos también. Las iglesias nos facilitaban sus salas para hacer mercados de pulgas o actividades culturales. A pesar de los conflictos internos entre nuestra comunidad, había un enorme sentimiento de solidaridad, una sensación de hermandad entre nosotros.

La música

Mi madre me compró mi primera guitarra. Para ella era algo completamente natural que yo aprenda la guitarra y ella hacía grandes esfuerzos para conseguirme cuerdas y repuestos etc. Ella tenía una voz muy hermosa y aunque nunca aspiro ser cantante, amaba una enorme variedad de música. Yo recuerdo que en Chile la casa estaba llena de discos de Víctor Jara (quien fue amigo de ella antes de su fama), Inti-Illimani, Quilapayún. Recuerdo que había música rusa y folklore argentino, Mercedes Sosa entre otros.

Las primeras canciones que aprendí en guitarra me las enseñó un compañero de Osorno que vivía con su familia en Birmingham. Yo tenía 11 años. Mi primer grupo musical se llamaba ‘Chacabuco’ y fue formado por compañeros de nuestra base. Aquellos guitarreros y cantores (uno muy parecido a Víctor Jara) me enseñaron muchas canciones. Mi madre y otros compañeros me pasaban cancioneros que producía la Jota. Todavía los tengo! Y yo independientemente sacaba libros de acordes de la biblioteca y entonaba canciones con mi hermana, quien tiene una voz muy linda. Esos años fueron memorables y lográbamos sacar alegría del activismo, a pesar de las dificultades, puesto que había momentos de racismo, aislamiento y terribles soledades. Vivíamos muy modestamente y con la mente en Chile, esperando cada diario de allá, cada carta, cada noticia. Escuchábamos la radio, el programa que era fundamental en nuestras vidas – Escucha Chile! con la cálida voz de Katia. Una vez les mandé una carta y la leyeron, recuerdo la alegría que sentí al oír mi carta en la radio! Creo que tengo una grabación de eso por ahí… se grabaron muchas en mi casa…

La adolescencia fue más dura, porque después muchos chilenos se fueron y la comunidad se fragmentó. Ahí me sentí aislada a pesar de que tenía amigas de acá – en gran parte mis amistades de la escuela fueron de origen Asiático o de Irlanda. Me gustaban porque teníamos cosas en común y me interesaba por sus historias. Una amiga me prestaba sus saris. Ellas me enseñaban palabras en urdu y gujarati y yo les enseñaba español.

Pero fuera de la escuela, músicos ingleses me instaban a cantar rock y claro, ese ambiente era muy machista y las canciones folklóricas que yo escribía siempre terminaban siendo transformadas a baladas de rock! Creo que desarrollé una aversión al rock por eso. Tenía muchas inquietudes, muchas preguntas, cuales ni el rock ni el punk podían responder. Para mi rebelarse era cantar canciones chilenas, cantar folklore porque esa era yo. Era mi forma de dejar de ser invisible. Por ese canto yo tuve que luchar y lo sigo haciendo!

Teatro, universidad, música

Siempre me interesé por el teatro, en particular el trabajo de Augusto Boal y participé en grupos de teatro juveniles. Trabajé en tiendas, pizzerías, restaurantes, estudié teatro comunitario y eventualmente partí a la universidad de Warwick a estudiar historia, pienso que allí logré satisfacer muchas inquietudes y me sentí realmente feliz. De ahí nació la oportunidad de ir a dar clases de teatro en México, lugar que quise mucho – llena de gente maravillosa – fértil de arte, música e historia. Al regresar decidí ir al Festival de Edimburgo, allí me enamoré de un guitarrista escocés David Russell y con él formé mi grupo de folklore Valentina y Voces del Sur. Fue muy lindo, nos fuimos a una casita de campo donde él vivía y allí en un cerro, donde no había nada más que árboles y la casita de piedra, hicimos nuestras primeras grabaciones. Considero que esas fueron las primeras grabaciones donde mi voz era genuinamente mía.

El tango

A mi madre le gustaban muchos géneros musicales, dentro de ellos estaba el tango. Y por eso el tango abundó en mi vida. Aunque eso de querer cantar tango llegó como un relámpago. Mi mamá estaba en su pieza haciendo sus costuras y yo en la mía, estudiando. Ella escuchaba sus cassettes y tres temas me llamaron la atención. Yo fui a su pieza y le dije súper fascinada ‘Mamá, quién canta esos tangos?’ Me miró, con cara de sorpresa por mi repentino interés en el tango y dijo, ‘Mercedes Simone, por qué?’ Yo le dije, ‘Algún día voy a cantar esos tangos!’

Paré la cola y me fui a mis libros otra vez. Claro, ese día llegó 6 años después en Escocia, algo que jamás hubiese imaginado! David, el joven guitarrista escocés me llevó al Bongo Club a un concierto de un grupo de cámara nuevo y súper avant guard, se llamaba Mr McFall’s Chamber. Al entrar lo primero que vi fue ese grupo de cámara tocando tango y ese tango se llamaba ‘Soledad’ de Astor Piazzolla’! Quedé cautivada! Partí a hablar con ellos y así fue como llegaron a estar esos tres tangos que mi madre escuchaba (Noche de ronda, En cuanto silba el viento, Calla corazón) en el álbum ‘Revolucionario’.

Es una cosa muy especial cantar con Mr McFall’s Chamber. Son un grupo de enorme calidad musical y cabe decirlo, son muy respetados acá. He colaborado con McFall’s Chamber desde el primer o segundo año del grupo entonces cantar con ellos hoy en día llega a ser algo muy emotivo aparte de ser un privilegio.

Para mí el tango tiene una historia muy interesante, raíces humildes marcadas por emigración, dolor pena, enajenamiento, renacimiento. El tango canción con toda su pasión y melancolía ha sido mi compañero en momentos de soledad.

Pero no todo el tango trata de amor o de la madre, el tango tiene una temática amplia, si uno la busca! Yo quise escribir unas canciones con alma de tango en nuestro CD La Pasionaria. El tema Sola es un homenaje a Sola Sierra, activista chilena que yo admiro muchísimo. ‘Años de lucha, ojos serenos dibujan nuestra gente’… es una alusión a la forma en que su mirada reflejaba la historia, el sufrimiento y el espíritu de lucha de nuestra gente. Mujeres como Sola han dejado un legado moral imprescindible para las futuras generaciones y es importante que se sepa más de ella, que las jóvenes que buscan un referente tengan a Sola Sierra como modelo a seguir, porque con conciencia, memoria colectiva y activismo se puede verdaderamente levantar un país y crear una cultura realmente nuestra.

Ahora, si el tango ha sido el que acompaña mi alma en las noches oscuras de soledad, el folklore de Nuestra América ha sido mi conciencia. Necesito el tango y el folklore como el día y la noche! Mi trabajo siempre tendrá elementos de ambos.

Proyectos

Ahora tengo planes de grabar un CD de folklore acerca de Chacabuco y la experiencia de mi padre en ese campo de concentración. Para este proyecto tengo una página Facebook donde archivo enlaces relacionados al tema (y que está abierta al público). Estoy también elaborando canciones para un CD que recuente mis memorias más tempranas del exilio.

Aparte de la música, he escrito un guión. Titulado “Doña Soledad”, es un film de tango con una robusta conciencia social, ambientado en Edimburgo. El film explora las secuelas de las dictaduras Latinoamericanas de los ‘70 en dos hijos del exilio. Espero usar música de nuestro álbum La Pasionaria al igual que composiciones nuevas en conjunto con tangos de Piazzolla y Pugliese. En estos momentos ando en búsqueda de un productor para hacer realidad este film.

Justicia y reparación para los torturados, asesinados…

Nuestro pueblo ha sido un pueblo valiente que a pesar de tanta opresión, ha salido a las calles en plena dictadura a protestar con dignidad. Un pueblo que a través de los años ha luchado y contribuido diariamente con enorme corazón y convicción para crear un país donde realmente exista justicia y democracia. Este esfuerzo ha sido tremendo pero los distintos gobiernos post-dictadura han demorado mucho en crear justicia, incluso han sido un obstáculo, yo diría. Muchos activistas, madres, padres han fallecido sin saber el paradero de sus queridos. Alguien sabe y aunque el pacto de silencio entre los militares (y civiles) se ha fragmentado de cierta forma (los casos de Calama y Víctor Jara por ejemplo) y la verdad surge poco a poco, queda mucho más por hacer. El Museo de la Memoria es algo muy grande para Chile y me enorgullece enormemente que exista un sitio que sea un amplio testimonio de las atrocidades que ocurrieron durante la dictadura. Pero claro, no hay olvido ni perdón hasta que haya justicia, hasta que sepamos que pasó con nuestra gente, donde llegaron a parar y hasta que los responsables a los niveles más altos sean juzgados por sus crímenes.

Pagina Facebook de Valentina

Para escuchar su música en YouTube

Entrevista © 2016 Valentina Montoya Martínez

Ver http://www.vocesdelsur.co.uk/uploads/8/1/5/0/8150717/entrevista.pdf

a nuestros hijos no los buscó nadie, porque ellos eran cómplices de los militares.

10-8-2013|12:15|DERECHOS HEBE DE BONAFINI
…a nuestros hijos no los buscó nadie, porque ellos eran cómplices de los militares. Ellos sabían todo, incluso donde estaban. Yo fui a denunciar que mi hijo estaba en la Comisaría 5ta y les pedí que por favor fueran a buscarlo. Y un juez me dijo: “No, señora, yo no voy, porque si entro y los matan a todos, la culpa de la muerte de su hijo va a ser mía”. Eso me contestó el juez [Héctor Carlos] Adamo de La Plata. Increíble. Una iba a contarles a los jueces lo que se iba enterando y estos desgraciados no hacían nada. Entonces yo fui a la Comisaría y entré a los gritos porque me dijeron que mi hijo estaba ahí. Me dieron una paliza terrible y me sacaron a la calle. No es lo mismo que vaya un juez a que hubiera ido yo. No sé si los íbamos a salvar, no lo sé, pero esa es la justicia que tuvimos. Más que Justicia, era Injusticia.

¿Las cosas podrían haber sido diferentes con otro tipo de jueces?

La complicidad cívico-militar las Madres siempre la denunciamos, tiene que ver con eso. Los militares no se mandaron solos. Si no hubieran tenido jueces tan corruptos, que todavía están hoy algunos en actividad, los 30.000 desaparecidos estarían vivos. O al menos, si no hubieran sido tan corruptos, muchos se hubieran salvado.

El 23 de septiembre de 2010 la Asociación Madres de Plaza de Mayo hizo un juicio ético y político a los jueces cómplices de la dictadura.

Sí, lo hemos hecho varias veces. Al no haber juicios, mucho antes del 2010 empezamos a desenmascarar a los cómplices. Hicimos el primero en la época de Alfonsín, le hicimos un Juicio a las Juntas en la Plaza. Después uno en Quilmes a los médicos, donde estaba [Jorge Antonio] Bergés, un médico de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Más adelante hicimos otro en La Plata justamente para hablarle a Adamo. Y ahora les hicimos uno a los cómplices de la Justicia[1], la Iglesia y el periodismo. Siempre hacemos juicios éticos porque sentimos que ya que no conseguíamos que caminara la justicia había que visibilizarlo, para que la gente supiera que cuando decís que era una dictadura “cívico-militar”, quiénes eran los “civiles”.

En diciembre se cumplen 30 años de la creación de la CONADEP. ¿Cuál fue la posición de la Asociación en aquel momento?

Nosotras no estuvimos de acuerdo, porque primero ante los tribunales ya había de todo. ¿Qué necesidad había de investigar todo otra vez por un camino no judicial? Pero claro, Alfonsín pensaba inventar todo un aparato para demostrar que estaba haciendo algo. La CONADEP tuvo cosas muy jodidas. A mí me llamaron para preguntarme en qué agrupación estaban mis hijos, no para buscarlos, y yo les dije que no les iba a decir, porque encima se los llevaron por revolucionarios.

¿Qué significó la llegada de Néstor Kirchner al gobierno de la Nación?

Bueno, como que llegó El Salvador, “el salvador de la Patria”. En realidad, en un primero momento no nos dimos cuenta. Yo creo que todavía no nos dimos cuenta de todo lo que hizo. Todavía no nos dimos cuenta de todos sus discursos. Yo cada vez que los leo digo “¡Ésto no lo escuchamos! ¿Cuándo lo dijo?”. Me cuesta recordarlo. Por eso ahora a Cristina la escucho con tanta atención, porque a Néstor no lo escuchamos con mucha atención y dijo cosas importantísimas. Era como natural todo lo que hacía. Y no, porque las cosas que dijo fueron de muchísima profundidad. Él me quería mucho, siempre me acariciaba y me decía: “Seguí siendo así tan… -¿cómo me decía?- políticamente incorrecta”.

Las Madres se involucraron activamente en la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual…

Los medios siempre estuvieron en contra de las Madres, no sé a favor de quién pero en contra de las Madres siempre. Nos dilapidaron, nos ensuciaron. Para nosotras nunca existieron los grandes medios de comunicación. Por eso tenemos una radio, por eso tenemos una revista, tuvimos un diario, tuvimos que inventar todo eso para que nos visibilizara la gente. Sino, éramos invisibles. Si hubiese sido por los medios éramos invisibles. A las Madres nos dieron cualquier cantidad de honoris causa en Europa, aquí, en todas partes. ¿Alguna vez salió publicado? No. Nunca sale nada, tampoco yo hago lo que hago para salir en el diario.

¿Qué opina sobre el proceso de integración regional que ha vivido en la última década Sudamérica?

Es impresionante. Yo soy muy amiga de todos los presidentes de la región. A Correa Néstor lo conoció porque yo lo traje, Correa siempre me iba a escuchar cuando yo iba a hablar a Ecuador. Fui una gran amiga de Chávez. Lo mató el laburo, el trabajo, toda la corrupción que tenía siempre encima, los problemas que tenía que solucionar. Los quiero mucho a ellos. A Evo ni te cuento, lo conozco de cuando caminaba desde las minas. Así que me parece importantísima la unidad de la región, el surgimiento de la UNASUR. Porque al final se está logrando lo que buscaban nuestros hijos, ¿no?, la unidad latinoamericana.

¿Cuál es su opinión sobre el reciente proceso de democratización de la justicia?

Me parece maravilloso y necesario, es una experiencia que va a ir mucho más allá de nuestros juicios éticos y políticos. Está basado en principios democráticos impresionantes, que nunca imaginábamos que llegarían a la Justicia argentina. Toda esta democratización de la justicia y el avance que se pueda lograr en los diferentes ámbitos es en beneficio de todos. De los pibes, de las víctimas del gatillo fácil, de tantos grupos. La verdad es que yo ni soñaba con ver ésto que estoy viendo. El otro día cuando estuve con Cristina le dije “Mirá, Cristina, aunque a vos te parezca mentira las Madres estamos siendo felices. No soñábamos con ser felices y uno tiene felicidad porque peleamos tantos años por esto y ahora ver que la Justicia se va a reformar, que los juicios por violaciones a los derechos humanos se están haciendo, que los genocidas son condenados”. Más allá de todo lo que pasa, que te ensucian, que te agreden, te dicen de todo. Yo contra eso no peleo, porque yo ni les discuto, no respondo jamás a ninguna agresión.

¿Por qué?

Porque me parece que si nosotros pensamos que ellos instalan la noticia, porque quieren hablar de eso y nosotros lo repetimos, estamos haciendo lo que ellos quieren. Instando lo que ellos quieren instalar. Me parece equivocado cuando algunos programas de televisión que no pertenecen a los grandes medios económicos hacen eso. Si no queremos que una mentira se instale, no la tenemos que repetir nosotros.

¿Cómo explica la sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que declaró inconstitucional la Ley que democratizaba el Consejo de la Magistratura?

La Corte es cómplice. Con excepción de Zaffaroni. Son cómplices de lo que pasó antes y de lo que está pasando ahora. Ellos apoyan a la derecha, no sé si apoyan a Clarín y a Magnetto, pero al Pueblo seguro que no. Ellos nunca estuvieron para el Pueblo. Siempre están con los poderosos. Por eso se llama “Suprema Corte de Justicia”, pero no es ni Suprema ni hace Justicia.

Previo al dictado de la sentencia, las Madres enviaron una carta al Tribunal pidiendo que fallara a favor del pueblo.

Sí, les pedimos que por primera vez fallaran defendiendo los intereses del Pueblo. Ya en el 2010 cuando hicimos el primer acto en Tribunales por la Ley de Medios, dije que los jueces de la Corte Suprema eran unos turros. Y como hice un discurso muy fuerte muchos se enojaron. Pero la verdad es que me quedé corta, muy corta diciéndoles turros.

¿Le parece que a partir del fallo de la Corte Suprema está clausurada la posibilidad de la participación del Pueblo en la elección de los jueces o quedan caminos para explorar?

Yo pienso que siempre hay que seguir luchando. Porque si nosotras no hubiéramos creído en la lucha y en la calle estaríamos muertas. Nosotras seguimos creyendo que los pueblos solucionan los problemas en la calle, no en los tribunales. De eso estoy convencida. En los tribunales se puede lograr algo pero solo si el pueblo ayuda en la calle. Por lo menos, así lo vemos nosotras.

 

Para leer una versión ampliada de esta entrevista: www.infojus.gov.ar

 


[1]Entre los “imputados” se encontraban los magistrados Eduardo Rafael Riggi, Luis Francisco Miret, Otilio Romano, Wagner Gustavo Mitchell, Juan Martín Romero Victorica, Liliana Elena Catucci, Víctor Hermes Brusa, Pedro Cornelio Federico Hooft, Norberto Giletta, Guillermo Rivarola, Luis María Fernández, Luis María Vera Candiotti, Juan Carlos Marchetti, Julio Demetrio Petra, Carlos Pereyra González, Alicia María Di Donato, Nicasio Dibur, Abel Bonorino Peró, Horacio Enrique Prack, Néstor Luis Montezanti, Justo Rovira, Alfredo Bisordi, Adolfo Gabrielli, Horacio Heredia, Abelardo Rossi, Alejandro Caride, Federico Videla Escalada, Emilio Miguel Daireaux, Elías Guatavino, Jorge Gabriel García Collins, Eduardo Vocos Conesa, Guillermo Federico Madueño, Mario Héctor Pena, Leopoldo José Russo, Héctor Carlos Adamo, Eduardo Marquardt, Miguel Ángel Almeyra Nazar, Martín Anzoátegui, Amelia Lidia Berraz de Vidal, Oscar Hermelo, Norberto Quantín, Luisa Martha Riva Aramayo, Juan Carlos Rodríguez Basavilbaso, Rafael Sarmiento, Ricardo Gregorio Rongo y Luis Rueda.

Carta a mi hermano Ricardo faunes

TRES RASSSS POR RICARDO FAUNES

Para mi hermano de mares. ¿Cómo entender qué circunstancias desgraciadas lo llevaron por donde sus embarcaciones naufragaron?

“Náufragos del mundo que han perdido el corazón”
E. Cadícamo.

http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/rasss.htm

 

 

ESCRIBO ESTAS LÍNEAS sobre hojas amarillentas sin saber si alguien alguna vez se interesará por leerlas. Ya sé que no al menos mi madre. Para qué si hoy divaga entre un presente ambiguo y La Serena de épocas confusas y, en su mundo de destellos, te imagina debajo de la higuera o a punto de volver de la Escuela de Derecho, aunque ésta no esté siquiera en La Serena, sino lejos, al otro lado del Mapocho. No dejaste tampoco descendencia, muchachos que habrían tenido como tú, el cabello rizado y los ojos sonrientes. Nadie quedó para que yo les pudiera pedir que recorrieran estos renglones, o que hicieran un amago por entender todo lo que siento e intento plasmar en ellos. Pese a eso insisto en escribir esta carta sin dirección y lo hago en estas hojas que ya parecen envejecidas, quizá como un adelanto de lo que inevitablemente les espera: cubrirse de polvo y amarillarse aún más por ahí en un cajón como esos papeles que a nadie le preocupan y a nadie le importan. Quién las leería si incluso esas familias adoptivas que eran nuestros amigos y los amigos de nuestros amigos, eran personas que no tenían posibilidades de encontrarse. Mundos separados cuyas distancias ya viste cómo se fueron acrecentando.

 

Ricardo, hablo de convicciones. Hoy me pesa decir cuán distintas parecían las de ustedes con las nuestras. Y por causa de esas diferencias nuestros amigos y nuestros compañeros se habían alejado también entre ellos, tal como yo y como tú nos alejamos, a pesar de haber sido los que fuimos: hermanos amigos, hermanos corsarios, no piratas, un escalafón más arriba y más noble en la hermandad de los océanos.

 

Hablo de juegos a los que ningún niño de hoy jugaría. Juegos amarillentos por los años como estas hojas que he elegido para escribirte quizá para que parezca que ha pasado tiempo desde que las escribí ahorrándome la vergüenza de no haberlo hecho antes. Pese a eso persisto, aunque reconozco que si algo hoy me impulsa es la suerte de haber encontrado por ahí a una muchacha de padres perdidos -como te perdiste tú-, cuyo padre adoptado, o cuyo padre verdadero, pudiste ser tú también o pude ser yo mismo.

 

Nada es sencillo, como ves, y me voy dando vueltas mientras digo en mi favor que hacía mucho que deseaba escribir todo esto que quería que supieras, y si bien es cierto que esa huérfana maravillosa es la que me impulsa, reconozco que mis motivos son confusos, siendo mi única certeza el que escribo como una vieja deuda que hoy por fin tengo claridad para saldar. Tal vez sea por eso Ricardo, que lo primero que digo es que la vida es un puñado de mentiras, de errores garrafales, Es necesario que lo reconozca antes de que continúe diciendo tonterías, aunque ya no importe quién tenía la razón, si tú, con tu postura de la sensatez, del análisis de las condiciones objetivas, si yo con mi voluntarismo, con mi rebeldía, ésa que tú condenaste tantas veces. Es que tú aprendiste a amar los cambios a la manera ordenada de como sugerían tus patriarcas, y yo pasé por Marx y me fui directo de Lenin al Che y a su diario libertario.

 

Desde aquí, esto ya no es cierto, Ricardo, piénsalo bien: es mentira que el señor Délano con su famoso libro “La base”, y lo del Diario de Guevara no es verdad tampoco. El padre de nuestra madre fue quien nos contagió su solidaridad, y lo hizo con los cuentos maravillosos que hincados a la orilla de su cama solía relatarnos, ¿te acuerdas?: la zorra pícara y la historia del buey “tengo”, Pedro Urdemales. Espero que todavía los puedas recordar y que te acuerdes también de cómo nos maravillaban y de cómo nos maravillaban también aquellos rebeldes, héroes y antihéroes que entre las historias de navegantes vengadores que él mismo inventaba, nos iba contagiando espíritu de bien, espíritu solidario.

 

“El tonto de la puerta, no era nada de leso, chiquillos. Fíjense que hubo un terremoto tremendo. ¿Irá haber otros terremotos como ése, tatita?

Chiito… ya no hay terremotos como ésos. Pero entonces sí los había, y éste tocó justo donde vivía el tonto de la puerta. Pucha, tatita.

Sí, pucha. No quedó nada en pie en el pueblo, y la gente tuvo que irse buscando lugares como éste donde ya no terremotea. Ah… ¿y el tonto, tatita?

Bueno, el tonto se tenía que ir también, no había remedio, pero como les dije, no era nada de leso, así que dijo, “bueno, me voy, pero me llevo la puerta de mi casa que quedó sola ahí paradita”. Y partió, fíjense, por los caminos, con la mole de roble al hombro junto con todos los otros. ¿Y para qué quería la puerta el tonto, tatita, si ya no tenía casa que cerrar?

Chiito, ¿no les dije que el tonto no era nada de leso? Es que esa puerta era maravillosa con ensambles cola de milano y si venía un forajido a molestarlos, ¡zape! que el tonto le atracaba un portonazo. Y si se mandaba a llover, ponía la puerta en las ramas de algún árbol bajo y se cubría con ella y cubría también a sus amigos que iban con él. Pero eso no es nada, si venía el rico del pueblo a echarlos, él los defendía con su puerta como escudo de madera, porque los ricos son abusadores por naturaleza y no reconocen justicia ni reglamentos, por eso, ¡zape!, hay que darles con todo, con piedras y con palos.

 

Los cuentos del tata fueron nuestra base, Ricardo, ni Luis Enrique Délano ni Ernesto Che Guevara, eso no es algo que pueda negarse, aunque ya no importe, aunque a nadie le importe. Para mí, tu libro “La base”, no era más que basura, un folletín amanerado, y así mismo, tu planteamiento del ejército respetuoso de las leyes, una patraña imposible de creer. Ése era yo, y no estaba dispuesto a perder las discusiones. Pero para ti tu visión de mis asuntos no era mejor tampoco: “intelectuales de salón, puñado de aventureros”. Puntos de vista diferentes, hermano. Y en todo: para mí la mujer era un animal bello de piernas hermosas, para ti, no sé qué era, pero era más, mucho más. Para ti el amor tenía que ser completo, único, indivisible. La mujer se acercaba al concepto de diosa.

 

Yo te admiraba por eso y hoy reconozco que me habría gustado haber sido como tú, sólo que para mí habían demasiadas diosas, diosas mundanas, y a todas las amaba, cómo las amaba. La admiración que sentía por ti era porque tú sólo amabas a la tuya, aunque no fuera más que un anhelo o un propósito que difícilmente cumplirías. Aún así, tu propósito era admirable, quién no dice por lo demás que quizá eso sea lo que verdaderamente cuente: las buenas intenciones.

 

Distintos, bastante distintos. Tú tras una diosa, yo tras varias, aunque eso quizá fuera porque yo no había encontrado a mi diosa verdadera. Pero tú tampoco. Tú, cada vez que creías haberla encontrado, acababas dándote cuenta de que ésa al menos no era. Pero no te importaba, y en tu obstinación empezabas de nuevo. Amores y desamores, amores perfectos, también leyes y reglamentos perfectos. El amor perfecto no sé si lo encontraste, pero gracias a esa segunda convicción tuya te convertiste en abogado, “licenciado en derecho”, y como tal, empezaste a repetir que el ejército era respetuoso de las leyes y de la constitución. Yo te golpeaba la mesa insistiendo en que no, pero tú contra atacabas y yo insistía diciendo que el ejército era el brazo armado de la burguesía, pero entonces tú insistías otra vez, y eso terminó por alejarnos.

 

“La gente como tú nos perjudica, no podremos defendernos con banderas ni pancartas”, eso argumentabas, y yo: “por eso se necesitan fierros, posiciones como las de ustedes sólo nos llevarán al fracaso”. Qué importa ahora quién estaba equivocado, a quién puede importarle. Pero entonces sí era importante, y para mí que ante la certeza de que ese tiempo de la Unidad Popular no era sino un paraíso transitorio que se derrumbaría, encontré entre los que se preparaban para esa contingencia a la verdadera diosa, y era quizá la que tú soñabas y no alcanzaste a encontrar. Cómo lo lamento por ti querido hermano.

 

Ha pasado tanto tiempo, Ricardo, y la hecatombe en que no creías fue incluso más grande de lo que nosotros que sí la esperábamos la pudimos imaginar. Una ola de fuego que nos pasó por encima y ya nada volvió a ser como antes. Para entonces ya no pudo importar menos quién tuviera la razón. La ola de fuego nos cogió a todos y produjo dramas como el de la muchachita de quien te hablo, cuyo padre adoptivo, ése que tuvo la suerte de casarse con su madre, fue un antiguo amigo tuyo, abogado también, gente de tu familia partidaria. Familia alejada de la mía Ricardo, porque para entonces nosotros, mala cosa, ya nos habíamos alejado.

 

Místicas diferentes, convicciones diferentes. Son los errores a los que intento referirme. Si es para no creerlo, nos habíamos alejado nosotros que nos fuimos a La Serena con nuestra madre hermosa para transformarnos en corsarios, y allá llevamos a echar nuestras embarcaciones por ese torrente que era el Canal de La Pampa, nuestro riachuelo, ¿te acuerdas? Alejados nosotros, Ricardo, que fuimos testigos de cómo nuestra madre se ganaba el amor del cantante principal en el carnaval de Rivadavia, Valle del Elqui. Maravillosa nuestra madre, para eso le bastaba una sonrisa. No puede creerse Ricardo, alejados nosotros que en una tarde de acierto, pudimos ver desde arriba de un palto, cómo la muchacha del lado, cuatro años mayor que nosotros, mocosos de once o doce, desnuda ante un espejo sufría y se contemplaba con la mano entre las piernas.

 

Esos éramos nosotros que nos habíamos distanciado por cuestiones que ahora a nadie le importan. Yo seguí en lo mío junto a mi diosa y junto a mi dios pequeño nacido un poco antes de las llamaradas. Tú partiste a defender a tus camaradas en desgracia para quienes los dictadores levantaban juicios que no tenías cómo defender. En esa tarea te ayudaban otros abogados de tu partido, entre ellos el padre adoptivo de la muchacha que de alguna manera me motiva a escribirte. Te voy a contar que ella conoció no hace mucho la voz de su padre verdadero por una cinta vieja grabada por amigos suyos y olvidada por años en un cajón de su abuela paterna. Buena cosa para ella y también para mí, pues su experiencia me anima a continuar en esta carta, ya que si el destino de esa cinta olvidada fuera el que le pudiera esperar a estas hojas, qué aliciente el pensar que tal vez años más tarde a alguien le sirvieran.

 

Abogados defensores de causas perdidas. Pero cómo pensaban ustedes que iban a defender a sus camaradas con sus leyes, si los propios militares eran los jueces. Tú mismo, en alguna de las pocas oportunidades que se dieron, me contaste desesperado que te atacaban siempre con nuevos reglamentos y decretos que ellos mismos se sacaban de las mangas.

 

Vino entonces la segunda ola de sangre, y la tercera y la cuarta, y después muchas otras que, a diferencia de la primera, eran ahora selectivas. Esas terribles olas selectivas empezaron a alcanzar a mis compañeros de familia. “Compadres” nos llamábamos, algunos habían sido amigos tuyos antes de que nos alejáramos. Hablo de Federico Álvarez Santibáñez, de Claudio Contreras, del propio Horacio Carabantes. ¿Te acuerdas de él?, ¿de las canciones que inventaba? ¿Y de Federico, el que amaba muchachas en el tren a Rivadavia? Esos, mis amigos, que podrían haber seguido siendo amigos tuyos, fueron cayendo en diversas casas de tortura desde donde los convertían en desaparecidos.

 

Triste Ricardo, yo en mis cosas, tú en las tuyas. Yo en las mías escapando con mi diosa y mi dios pequeño que se portaba como un valiente, tú en cambio en esos juicios sin destino que te agujereaban el espíritu y no te dejaban encontrar a la diosa que buscabas. Pese a eso viniste a ayudarnos, será algo que jamás te agradeceré lo suficiente. La ola de llamaradas se acercaba a nosotros, ya habían caído Bauchi y Miguel y a María Cristina López, jefa de mi unidad, la habían atrapado, así es que con mi diosa-compañera tuvimos que pasar a la clandestinidad, ya no podíamos ir por ahí juntos. “Asílense”, nos rogabas, y nosotros, que no, que la lucha a toda costa había que continuarla. “De qué lucha me hablas si los están destrozando, de ustedes van a quedar apenas rastros”. Pero nosotros, que no, cegados por el voluntarismo.

 

Siempre he dicho que por esos días me escondía en un altillo de pintores. Y decía eso, porque como tú bien sabes, yo también soy un romántico. Pero no es cierto, nada de eso es cierto. Hoy, aunque ya no importe, cuento que de verdad no había tales pintores, ni talleres de tales. Era en tu humilde oficina de abogado defensor de causas perdidas donde en realidad acudía a esconderme. Todo el día en las tareas del partido y por las noches llegaba a tu oficina antes de que te fueras, fingía para eso ser tu cliente. Tú te ibas entonces y yo me quedaba a dormir en tu sillón. Así había que hacerlo porque en realidad tu oficina no era más que un cuarto en una casona donde la dueña no permitía que sus inquilinos alojaran, por eso no debía entonces darse cuenta de mi presencia. Al día siguiente llegabas con comida para mí, el que había aborrecido tu libro “La base” y al que sólo le interesaba el de Lenin “Qué hacer”.

 

Qué hacer… así la pasaba por mi lado, lejos de mi diosa y de mi dios pequeño, el que tú soñaste que nacía aún antes de que naciera realidad, ése que en tu sueño lo adivinaste hombrecito y que lo bautizábamos como el guerrillero-redentor anti yanki, el valiente Ho-Chi-Min. Ellos vivían en casas de seguridad que yo les conseguía o me conseguían mis queridos compañeros, pero ya casi nadie se arriesgaba a ayudarnos, el cerco se estrechaba y la solidaridad se convierte en estos casos en telas de cebolla, sobre todo después de la caída del Nano De La Barra que nos traía la remesa, unos pocos billetes para sobrevivir y las notas con el qué hacer revolucionario. Lo asesinaron a cinco cuadras antes de encontrarse con mi diosa que hacía de mi enlace. Pasó con su compañera a buscar a su hijo al jardín, pero los sicarios los estaban esperando. Sus fragmentos quedaron esparcidos por ahí, cerca de Bilbao.

 

Descolgados de las estructuras partidarias entonces, mi diosa con mi dios serían presa fácil y, sin nadie a quien recurrir, una pariente suya que decía que más que quererla la amaba, muerta de miedo porque la pudieran acusar de colaboradora, le dio asilo pero tres días después la arrojó a la calle con nuestro Ho-Chi-Min, chiquito que tú adorabas. Y si algún Dios verdadero existe, esa noche, unas pocas horas antes de que el toque de queda comenzara, a pesar de que estaba prohibido por la seguridad, ese Dios que nunca creí que existiera, me empujó a telefonearle y a enterarme así de lo que en ese mismo momento ocurría y la pude entonces rescatar. La encontré con mi dios chiquito para llevarla a tu oficina-covacha. Nos quedamos agazapados esa noche con ella y cuando el chiquillo se durmió, hicimos el amor calladamente para no despertarlo y para que no nos descubrieran. Es que sólo así podríamos continuar escondiéndonos y amándonos ahí en tu oficina, en un amor que hacíamos con la absoluta conciencia de que eran minutos precarios, amor que robábamos a los perros, pero que de igual manera disfrutábamos aunque no nos pudiéramos abstraer de pensar en si no sería acaso ésa la última vez en que pudiéramos.

 

Sin embargo la ola de crueldad no pudo alcanzarnos. Yo me cuidaba muy bien. Me ayudó el haber caído por unos pocos días al comienzo cuando la represión no era selectiva y no tenían oficio ni buenos registros. Sabía entonces a qué atenerme, tú no, quizá por eso podías ser presa más fácil, paradoja de nuestras controversias: yo que parecía condenado a que me asesinaran me salvaba y tú con tu escuela de la constitucionalidad y del derecho, aparecías muerto allá en el norte. Injusto Ricardo, terriblemente injusto. Tú no tenías por qué morir, eso a mí me correspondía, y si pasó como pasó es una prueba más de que ninguna ley es valedera, ningún reglamento. Un injusticia como ésta sólo prueba que Dios no existe.

 

Se ahorcó le dijeron a nuestro padre cuando te fue a buscar. Yo no pude acompañarlo porque los perros andaban tras mi caza. Mi padre volvió contigo en urna sellada contando una historia oficial cuyo consuelo era que al menos teníamos tu cuerpo para enterrarlo y hacer nuestro duelo, un consuelo estúpido que muchos no tenían, tenía razón en eso. Consuelo estúpido y estúpida situación que no se puede creer ni creeré. Digo en su favor que su actitud fue pragmática, ésa quizá sea la palabra: pragmática. Para él tú ya estabas muerto y nada se podía hacer que te recuperara, para la muerte no hay remedio. Aunque no niego que debió sentir también un miedo tremendo. ¿Te has preguntado alguna vez a qué martirios lo habrán sometido cuando se lo llevaron de la universidad a ese estadio que hoy llaman Víctor Jara? De cualquier manera mi madre no lo creyó, no creyó ni una palabra, yo mucho menos. Por qué ibas a ahorcarte tú, presidente de centros de alumnos, dirigente político importante, joven abogado triunfador. Es que no son cosas que puedan entenderse. Me doy por eso vueltas y más vueltas y me digo que si así ocurrió, pudo ser, tal vez, porque no encontrabas a la diosa que anhelabas, o porque asesinaban a la gente que defendías, o qué sé yo. Igual no lo creo, pero indago atrás en el tiempo pensando en que si pudo ocurrir un disparate como ése debió haber sido por un conjunto de razones mezcladas con la decepción de darte cuenta de que la gente rica y sus servidores militares jamás entregarían sus riquezas sólo porque los miserables les ganaran en unas porquerías de elecciones. Qué es una elección para la gente poderosa, Ricardo, qué puede importarles a ellos una elección, qué les puede, de verdad, importar la opinión que tengan los humildes, qué les puede importar que tengan o no tengan razón. El tata era tremendamente visionario después de todo. Me pregunto si no tenía toda la razón: había que darles de a portonazos, con piedras y con palos. Aunque quizá él quizá también se equivocaba y de nada hubiera servido una puerta por muy de roble que hubiera sido. Qué puede un portón así trancado contra balas de cañones.

 

Te comparo tanto con el tata, Ricardo. A veces me pregunto si te acuerdas de él, de su jaula para hacer charqui, de su lija y sus formones, de su cola carpintera calentada al baño maría, de la uva que nos ponía en la boca, de los gajos de naranja, de sus treinta mil historias. El tata murió maravillado, Ricardo, ¿te acuerdas? Ya venía enfermo el pobre viejo y Salvador Allende se venía fuerte, tremendamente fuerte. El tata nos dijo que por fin surgían posibilidades para que el pueblo llegara al gobierno y, como prueba de ello Naranjo ganó unas elecciones complementarias en Curicó. “Hoy Naranjo, mañana Allende”, gritaba la muchedumbre al compás de un bombo. Sin embargo faltaba un año todavía para el triunfo de Allende. Durante ese año se unió la derecha e hizo retirar su candidatura a Julio Durán para asegurar el triunfo de Eduardo Frei, “el mal menor”. Pero de eso el tata nada supo, se murió un par de días después del triunfo de Naranjo, murió por eso maravillado. De muerte y maravillas, cómo le habría gustado al tata la poesía de Teillier,

 

Ricardo: “morir maravillado”, qué diferencia de tus circunstancias, cuánto lo lamento hermano. Por suerte el tata no pudo ver lo que pasó después cuando la derecha no pudo unirse y para aniquilar a Allende debió recurrir al holocausto. Si fue por una mujer Ricardo, me parece imposible, insisto. Imagínense, por una mujer matarte tú que tuviste a Lina, la reina de la FESES. Tú que en la playa de Peñuelas apoyaste la cabeza sobre la cintura de la hermana de Sixto de bikini como si fuera una almohada, tú de catorce, ella de diecisiete. Por una mujer tú, pero si hace muy poco me encontré con una muchacha que supo que éramos hermanos y me preguntó por ti, no sabía de tu muerte. No sé si ella te amaba, pero claramente percibí el deseo en el verdor de sus ojos cuando te nombró. Así también percibí la tremenda pena que tuvo cuando le conté de tu naufragio: “mi hermano corsario navega por mares oscuros que nadie conoce y su muerte nada tuvo que ver con maravillas”. Pero ella era una mujer de verdad maravillosa que te amaba o deseaba, Ricardo. Muchas mujeres te deseaban hermano. Es probable que no te amaran como tú esperabas que te amaran, o no sé, o sí sé, ¿si te amaban o deseaban esas muchachas que eran tus alumnas del colegio donde hacías clases, para qué ibas a matarte por una apenas?, ¿por lo del amor?, ¿por el deseo?, ¿qué diferencia al amor con el deseo?, ¿acaso el deseo no se puede separar del amor?, ¿eso es lo que crees todavía? Capaz tengas razón y yo esté aquí hablando tonterías. Pero no, no tienes razón. O sí, ¿qué habrá mejor que acostarse con una mujer que desee realmente acostarse con uno?, ¿qué importa si no te ama o tú no la amas? Siempre que se hace el amor surge cariño y ternura y aparece además una complicidad que de otro modo no se daría. Es distinto decir “amigo” que “amiga”, de un amigo se espera un apretón de manos, un abrazo cariñoso, bromas simpáticas. De una amiga se espera lo mismo, pero a veces también un momento grato que esa amiga te puede brindar pero no un amigo. Es probable que esa complicidad y esos momentos gratos linden en el amor. O tal vez no, quién se atrevería a adelantar una palabra.

 

Carisma Ricardo. Las amigas se enamoran del carisma, o eso me parece. Uno se enamora de ellas por su sonrisa, por sus movimientos, por su forma de mostrar los ojos, por lo que se insinúa mientras van de allá para acá. Somos más salvajes los hombres, Ricardo, más corporales, animales casi elementales. Ellas sin embargo se enamoran de nuestro carisma. Y tú lo tenías hermano, la mujer que te recuerda, de quien tengo la impresión de que pertenecía a tu familia partidaria, me lo trae a la memoria con sus ojos brillando y por la amargura que percibo en ellos cuando le digo que estás muerto. Tenías carisma Ricardo, no me olvido y hoy te lo confieso: cuando volviste de Rusia y de Cuba y todas nuestras primas se sentaban en tus rodillas para que les contaras de esto y de lo otro y tú empezabas con aquello de Camagüey y la Isla de la juventud, y con lo de la zafra y los pioneros, créeme que a pesar de que yo ya estaba con mi diosa, por los celos que sentía, tenía que contenerme para no pescarte a garrotazos. Así somos los hombres de salvajes Ricardo. Lo que no daría por verte con ellas de nuevo, joven abogado con primas y amigas de las primas en las rodillas, y yo por ahí en algún rincón ignorado.

 

Si fue por tus convicciones rotas Ricardo, si fue por eso que te ahorcaste, sería algo que tampoco aceptaría. Para qué ibas a hacer algo como eso, o por qué tú si mis convicciones también estaban por el suelo. Es más, los sueños de nuestra generación entera se habían ido por desagües y parecían condenados a perderse. Entonces por qué tú, por qué no me cuentas la verdad porque esta basura no me la creo. Además qué hacías allá por el norte, el único norte nuestro era La Serena, Antofagasta es demasiado lejos. Te asesinaron, ¿no es así? Te fuiste al norte a buscar antecedentes para tus defensas, a Cerro Moreno, quizás. A eso fuiste a Antofagasta hermano, ¿o los malditos te llevaron?. ¿Te confundieron conmigo? Esa es otra posibilidad que ni pienses que no me ha estado atormentando. Sin embargo, aunque parezca que la descarto de manera engañosa, afirmo que me parece poco probable. Nosotros usábamos “nombres supuestos” y a mí me buscaban por ese nombre supuesto que parecía real. Fíjate que ni siquiera mi jefa conocía el verdadero. En su homenaje te cuento que ella en todo caso no reveló ni el uno ni el otro y eso quizá le costó la vida, mujer valiente. Es por eso que te digo que la posibilidad de un alcance de nombre es muy poco probable, nula diría, la descarto.

 

Me devano los sesos y me resisto a aceptar que lo que de verdad pasó contigo jamás podremos saberlo. Por eso cuando vuelvo por las noches, a veces me tiendo junto a nuestra madre y después de besarla intento buscar al fondo de sus ojos, entre sus restos de recuerdos, quisiera encontrar ahí tal vez indicios, un rastro. Capaz el papá le haya contado algo más después de todo. Pero nada me dice, no podría decirme, y descubro ahí apenas sus maravillas de hermosa, de buena maestra. Detrás de sus ojos claros aparece sólo la casa de Anima de Diego de La Serena y el cantante del conjunto “Los Mayares”. Nada más, aunque miento, a veces la encuentro en esas rondas de delantales flameantes que hacía con sus alumnas, esos puñados de niñas locas que terminaban inevitablemente enamoradas de nosotros Ricardo, cuestiones que se daban sin que nadie supiera por qué. Surge también a veces en sus ojos el silabario “Lea” y sus pinturas de caballos errantes. Errantes como tú y como yo por esos años. Errante como nuestro padre a quien jamás pudo anclar. La he visto también en sus ojos a ella misma, en esa vez cuando iban a nombrarla reina de la primavera de La Serena y se negó porque ser casada, ¿te acuerdas?, ¿te acuerdas de que nos llevaba de la mano a cada uno disfrazados de conejos? La gente que vive de destellos sólo recuerda los destellos deslumbrantes hermano, no los que les trajeron angustia. Será por eso que veo también al fondo en sus pupilas algunas de esas noches de cuando veraneamos en Rivadavia, ¿te acuerdas? Nos alojamos en un carro-dormitorio que le prestaron estacionado en uno de los desvíos que ya no ocupaban del mítico Tren Elquino, última estación de ese valle generoso. Fue esa noche al final del carnaval cuando los dos nos enamoramos de la hija del jefe de estación y a la mamá le cantó públicamente ése del conjunto Los Mayares. Una buena noche Ricardo, aún tengo en la garganta la fiebre y el nudo del primer amor, el mismo que tú sentías. Aún tengo también en mis ojos el brillo de los ojos de nuestra madre. Todo el amor y el claro de la luna elquina en sus pupilas, así fue esa noche. Destellos demasiado brillantes hermano, y ésos opacan sus amarguras, todas sus tristezas. Opacan todo lo tuyo, lo que pasó contigo. Sólo quedan en sus ojos sus noches maravillosas, esa noche maravillosa, pero nada de lo tuyo. A mí en cambio me quedó tanto de lo que tú diste como ya puedes ver.

 

Te cuento que una de esas noches en que nos amamos con mi diosa sin hacer ruido en tu oficinilla de la casona de la calle Catedral, ella me dio su segundo milagro, un muchacho que ahora es músico, catedrático de su universidad. Tiene el cabello crespo como tú y una sonrisa como la tuya. Se diferencia contigo en que es de pocas palabras y se expresa principalmente con música. A veces fantaseo pensando que es así tan silencioso porque lo creamos en tu oficinilla, ya te dije, muy en silencio. Te habrías sentido orgulloso de él tal como te sentiste de Ho-Chi-Min. Este segundo Dios chiquito nuestro nació cuando tú ya te habías perdido, y yo, a pesar de que a veces ocupaba tu oficina de escondrijo y me reía de tus leyes y recibí tantas veces tu apoyo incondicional, no supe entender que ese chiquillo que nos llegaba venía en tu reemplazo. Mucho me pesa por eso no haberle puesto tu nombre. No obstante le hemos contado de ti, le hemos dicho que se parecen, aunque él nada entienda de leyes y se llame Nicolás. Y quisiera contarte también que tenemos con mi diosa una diosa pequeña que te la menciono aunque no quería, porque ella nació mucho después, por los ochenta, y justamente por eso me delata. Qué saco con escribir en estas hojas amarillentas que parecen tan atntiguas y que deseo que parezcan así antiguas y escritas hace tiempo, si te hablo en ellas de cosas que ocurrieron mucho después.

 

Cuántas cosas Ricardo, así alejados como estábamos te la jugaste con nosotros aunque yo bien poco haya hecho por ti y tenga que acabar estas líneas reconociendo que yo que ahora soy un pájaro pardo y vuelo por ahí juntando fragmentos de nuestras utopías e intentando saber también qué pasó con nuestros compañeros para que se les recuerde cómo eran de militantes y cómo más allá de militantes, siento que debí hacer más por ti, mucho más, y si no lo hice fue porque me cercaban pero también por una tremenda ceguera relativa a nuestras diferencias que no me dejó comunicarme con los de tu partido. Ni siquiera pude acercarme a ellos cuando te hicieron esa guardia de honor en que se irgieron donde te velaban. Una guardia de honor con tu bandera partidaria que había sido también la del tata, una bandera roja con la hoz y el martillo puesta por tus camaradas a quienes no pude encontrar después en la vorágine de acontecimientos que se desencadenaron. Digo en mi defensa que aún ahora no sé qué más pude hacer y de haberlo hecho, no sé si hubiera servido para algo.

 

Tranvías equivocados: si esa maldita historia oficial hubiera sido cierta me faltó estar contigo cuando los senderos de la depresión empezaron a acecharte, pero siento también que si no, igual debí estar contigo como cuando éramos corsarios, así habríamos enfrentado juntos a los perros. De haber ocurrido así quizá habría podido caer yo también, como era el curso lógico de nuestro holocausto, que tú te salvaras, porque tú no creías que fuera necesaria la violenciaa pesar de todas las enseñanzas del tata Ricardo, las mismas que tú en vez de aceptar te empeñabas en hacerlas aparecer como metáforas.

 

Metáforas… “El tata no habría levantado un arma jamás” decías, pero capaz no lo supieras. De hecho no ibas con nosotros la vez que pasamos con él por La Moneda sólo para insultar a Ibáñez llamándolo “abusador con los profesores jubilados”. Pero a lo mejor tenias razón, quizá él lo hubiera insultado así como lo hizo pero no le habría dado un balazo. Se me ocurre que no a Ibáñez, pero si a Pinochet, a Pinochet sí, el dictador se merecía cien balazos. O no, a nadie, o ya no sé. Mejor borra todo esto que digo, no lo tomes en cuenta. Lo cierto es que no sé si debí hacer más ni qué más, pero sí estoy seguro de que me faltaron cosas que pude hacer y no hice.

 

Los hombres estamos llenos de debilidades hermano, espero que lo entiendas y puedas entender también y me perdones por no haber escrito antes todo esto que necesitaba que supieras y que en definitiva no importa si nadie se interese por leer. Quedará como un diálogo entre nosotros, hermanos corsarios, que se lea bien: corsarios, un escalafón más noble en la hermandad de las banderas, qué importa si éstas sean rojas, o rojo y negras.

 

Cuántas cosas hermano querido, ha pasado tanto tiempo. Ojalá pudieras entender también que termine estas líneas amarillentas que no tienen dirección ni remitente con un grito de alegría como el que lanzaba la gente de tu base. Ese grito que yo critiqué tantas veces por poco político, por descomprometido. Lo que no daría por escucharlo una vez más de tu propia garganta. ¡Tres raasss por Ricardo Faunes…!

 

Martín Faunes Amigo

 

PARTE DE LA REAL HISTORIA

 

María Cristina López Stewart, llamada también “Carolina”, “Patricia Castellanos”, o “la Rucia”, estudiaba Historia en la Universidad de Chile y militaba en el MIR, organización revolucionaria donde dirigía una estructura de informaciones.

María Cristina fue raptada desde una casa de Las Condes para ser llevada a José Domingo Cañas donde fue torturada salvajemente y hecha desaparecer. Tenía entonces 21 años.

En su homenaje se ha escrito el cuento “Urracas y zorzales”, escrito por Martín Faunes Amigo, que aparece en “Las historias que podemos contar, volumen uno” y en múltiples antologías, y la novela “Viajera de los nombres supuestos”, escrita por el mismo autor, EDEBÉ 2002.

 

Alejandro De La Barra Villarroel, “Nano”, y Ana María Puga Rojas, cientista político y profesora y actriz, respectivamente, ambos militantes del MIR y él dirigente de dicha colectividad, fueron emboscados el 3 de diciembre de 1974 cuando se dirigían a buscar a su hijo a la salida de su jardín infantil en calle Pedro de Valdivia con Andacollo.

A Alejandro y Ana María se les disparó sin que hubiese habido orden de detención ni resistencia de su parte, por lo cual se tiene la convicción de que fueron ejecutados. El jardín en cuestión, había sido visitado con anterioridad por agentes de la DINA que por esa vía habrían podido dar con sus víctimas.

 

Claudio Ricardo Faunes Amigo, abogado, era dirigente del Partido Comunista en la Universidad de Chile y la Provincia de Santiago. Es encontrado muerto en Antofagasta, en circunstancias en que trabajaba en la defensa de los soldados constitucionalistas de la FACH.

 

Primer plano a la izquierda, mi hermano Ricardo, a su lado nuestra madre, segundo plano atrás, este pájaro pardo.Primer plano a la izquierda, mi hermano Ricardo, a su lado nuestra madre, segundo plano atrás, este pájaro pardo.

Con la memoria herida…retraumatizaciones

Con la memoria herida…retraumatizaciones

Por el dolor de Daniela y de los hijos e hijas de Freddy- mi amigo, compañero y colega- Juan Antonio,Rodolfo y  José , ejecutados , y todos los hijos que deben vivir permanentemente el horror reeditado exijo justicia.

El día 29 de octubre se constituyó un Consejo de Guerra que decretó pena de muerte para cuatro personas, las cuales fueron ejecutadas, a las 06:00 horas del día 30 de octubre de 1973 en el Campo de Prisioneros de Pisagua.

En el diario «El Tarapacá» del día 31 de octubre de 1973, se informó la ejecución, haciendo referencia a la supuesta participación de los condenados en un plan destinado a provocar la guerra civil en Chile y la rebelión de las Fuerzas Armadas.

Fueron ejecutadas así, las siguientes personas:

Rodolfo Jacinto FUENZALIDA FERNANDEZ, 43 años, piloto civil, Secretario Regional del Partido Socialista. Detenido el 11 de septiembre de 1973, en su domicilio, trasladado al Regimiento Carampangue, luego al Regimiento de Telecomunicaciones y desde allí al Campamento de Prisioneros de Pisagua.

Juan Antonio RUZ DIAZ, 32 años, militante del Partido Socialista, funcionario de Aduanas en Iquique. Se presentó voluntariamente al Regimiento de Telecomunicaciones.

José Demóstenes Rosier SAMPSON OCARANZA, 33 años, Relacionador Público de la Municipalidad de Iquique, militante socialista. Se presentó voluntariamente a Carabineros de Iquique el 21 de septiembre de 1973.

Freddy Marcelo TABERNA GALLEGOS, 30 años, Director de la Oficina Regional de Planificación (ORPLAN, actualmente MIDEPLAN) en Iquique, militante socialista. Se presentó voluntariamente el día 16 de septiembre de 1973 en el Regimiento de Telecomunicaciones.

Respecto de todos los condenados en este Consejo, a esta Comisión le asiste convicción de la falta de legalidad en la tramitación del proceso. Fundamentan esta convicción los elementos que se indican, sin perjuicio de aquellos que revisten el carácter de generales para todos los procesos:

– No hubo unanimidad de los jueces que concurrieron en el fallo. En la sentencia se deja especial constancia que el Auditor Ad hoc «estuvo por imponer a los citados reos la pena de diez años de presidio mayor en su grado medio, estimando que cabe hacer aplicación al respecto de las normas del artículo 107 de Código Penal, en grado de tentativa, y que los favorece la atenuante de su anterior conducta irreprochable». Así, en este Consejo, no se cumplió un principio básico establecido en la legislación: que la pena de muerte sólo puede aplicarse cuando concuerdan en ella la totalidad de los sentenciadores.
– Se condenó a los prisioneros por delitos que no fueron debidamente probados y que legalmente no procedía imputárseles: los cuatro procesados fueron condenados como autores del delito previsto en el Nº2 del artículo 245, en relación con el artículo 246, del Código de Justicia Militar. La primera de esas normas, a esa fecha disponía: «será castigado con la pena de presidio militar mayor en su grado máximo a muerte:… El militar que sedujere tropa chilena o que se hallare al servicio de la República para que se pase a las filas enemigas o deserte las banderas en tiempos de guerra»; El artículo 246 del mismo Código establecía que: «si en los crímenes indicados en el artículo anterior incurriere un chileno no militar o individuo de la clase de tropa la pena podrá rebajarse en uno o dos grados según las circunstancias, …»;
– Las conductas por las cuales se condenó a los procesados, de haber sido efectivas, se cometieron con anterioridad al ll de septiembre de l973, contrariando la exigencia de la conducta jurídica imputada, cual es que ocurran en tiempos de guerra;
– De haberse cometido estos hechos, ellos no fueron consumados. La propia sentencia se encarga de establecerlo en su considerando 3º: «Que estos hechos, a juicio del Consejo de Guerra, constituyen el delito referido en los artículos 245 Nº2, en relación al artículo 246 del Código de Justicia Militar, en grado de frustración»;
– El único medio de prueba que se cita en la sentencia, para acreditar la participación de los condenados en los delitos señalados, es la supuesta confesión de los procesados. Respecto de las confesiones debe tenerse presente que los antecedentes recibidos por esta Comisión, permiten afirmar que en los interrogatorios practicados en el Campo de Detenidos de Pisagua se utilizó sistemáticamente la tortura, lo cual invalida en la especie este medio de prueba.

Los cadáveres de las víctimas jamás fueron entregados a sus familiares, no obstante que resultaba moral y jurídicamente obligatorio hacerlo así. Algunos familiares de los condenados recibieron el 30 de octubre de l973 una carta de la VI división del Ejército en la cual se les comunicaba que: «… en el día de hoy se ajustició en Pisagua a…, por resolución acordada por los Tribunales Militares en Tiempo de Guerra. Se les dio cristiana sepultura en el Cementerio de Pisagua». Nunca se dijo a los deudos cuál era el lugar preciso dónde se encontraban enterrados. Hasta la fecha, sus cuerpos no han sido encontrados.

Esta Comisión tiene así la convicción que Rodolfo Fuenzalida, Freddy Taberna, Juan Ruz y José Sampson fueron ejecutados por agentes del Estado en un proceso que por no haberse ajustado a derecho, vulneró las reglas de resguardo a los derechos humanos de los procesados.

Informe Rettig

juan antonio ruzEn un sórdido relato que hizo en el programa del Rumpy, un ex conscripto ya identificado como Guillermo  Reyes Rammsy ,quien desempeñó funciones en el regimiento Carampangue de Iquique, reconoció haber participado en el asesinato y posteriormente haber  dinamitado a ex prisioneros políticos. Los hechos ocurrieron en el campo de Prisioneros de Pisagua, mientras que en su relato alude a Juan Antonio Ruz, el único regidor que figura en la lista de detenidos desaparecidos de Iquique.

En su crudo y grotesco relato el ex concripto, cuyo centro es la historia “de amor” con la novia y luego esposa del ex regidor de Iquique, va contando los entretelones, usando un despreciable lenguaje. Todo ello sin reparar que lo realmente importante, era la entrega de importantes antecedentes en la búsqueda de los detenidos desaparecidos, una incansable lucha que han dado sus familiares sobrevivientes.

guillermo rodriguez reyesY sin darse cuenta revela que estuvo en el “operativo”  en el que terminó dinamitado Juan Antonio Ruz, quien era casado a la fecha de su asesinato, con una dama de apellido italiano y que integraba una familia iquiqueña, de buena situación económica. En la entonces joven descendiente de italianos, el ex conscripto, cuando cursaba cuarto año medio, antes del golpe militar, había puesto sus ojos.

Hasta el día de hoy, el joven regidor socialista, mantiene la calidad de detenido desaparecido, al igual que otros compañeros de esa colectividad, todos altos jerarcas del PS. En la búsqueda permanente, siempre corrió un rumor en el sentido que los integrantes de la plana mayor socialista, podrían haber sido dinamitados, como máximo  castigo y para no dejar vestigios.

Hay que recordar que tras el hallazgo de la fosa clandestina de Pisagua, donde se encontraron a 29 ejecutados, no apareció ni Ruz, ni sus compañeros dirigentes del Partido Socialista.

De ser efectivo los hechos que relató Guillermo  Reyes Rammsy, hechos que ya son investigados por la Unidad de DDHH del Ministerio del Interior, la PDI y las organizaciones de Derechos Humanos, junto a Ruz, podrían haber ocurrido similar suerte, José Sampson, Rodolfo Fuenzalida y Freddy Taberna.

CONSEJO DE GUERRA

Recordando la triste historia de los ejecutados y de acuerdo a los antecedentes que obran en poder de las instancias de derechos humanos, el 29 de octubre de produjo en Pisagua un consejo de guerra donde se acusa a altos jerarcas del Partido Socialista Rodolfo Fuenzalida, Juan Antonio Ruz, José Sampson y Freddy Taberna.

Según se establece por la Comisión Rettig, el procedimiento estuvo  revestido de una serie de irregularidades. La principal tesis es que no había estado de guerra en Chile, sino que un golpe de estado.

Tampoco hubo unanimidad de los sentenciadores, como se requiere en el proceso legal. Además, los delitos no fueron debidamente aprobados.  Y lo más contundente, es que se reconoce la tortura sistemática como método para obtener información.

La Comisión establece que los 4 acusados fueron “ejecutados por agentes del Estado en un proceso, que por no haberse ajustado a derecho, vulneró las reglas de resguardo a los DDHH de los procesados”.

*Información competa de este caso, en el Tomo 1 del Informe Verdad y Reconciliación, páginas 240 y 241.

 ¿QUIÉNES ERAN?

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Rodolfo Fuenzalida Fernández,  43 años, piloto civil, detenido el mismo 11. Era militante del Partido socialista. Como casi todos los detenidos, hizo el periplo desde su lugar de detención al Regimiento de Telecomunicaciones y de allí a Pisagua.

Juan Antonio Ruz, 32 años. Se desempeñaba como funcionario de Aduanas y se entregó voluntariamente en el Telecomunicaciones.

José Sampson Ocaranza,  33 años, quien se desempeñaba como Relacionador Público de la municipalidad de Iquique, También se presentó voluntariamente. Lo hizo ante Carabineros.

Freddy Taberna Gallegos era el más joven de este grupo, con sólo 30 años y como los otros, se presentó voluntariamente, sin presagiar que esa decisión sería sin vuelta atrás. Hoy, una calle de su barrio El Morro, le recuerda con su nombre.

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Libro: El desperdicio militar obligatorio, de autoría de Guillermo Reyes:

http://desperdiciomilitarobligatorio.blogspot.cl/search?updated-max=2007-10-26T15:32:00-07:00&max-results=7