Los hijos del Cóndor.Carla Rutila Artes.

Los hijos del Cóndor.Carla Rutila Artes.
Argentina|Descansa Carlita Rutila Artes, a quien de bebé la dictadura de Banzer quiso desaparecer.
 Hija de Graciela Rutila y Enrique López, de nacionalidad uruguaya, Carla Graciela López Rutila nació el 28 de junio de 1975 en Miraflores, Perú. Vivieron durante un tiempo en Bolivia donde Graciela fue detenida junto a su pequeña hija el 2 de abril de 1976 en la localidad de Oruro. Según consta en un radiograma oficial, el 29 de agosto de ese mismo año las autoridades bolivianas entregaron a Graciela y a Carla a las fuerzas de seguridad argentinas, en el marco del “Plan Cóndor”.
Por testimonios de sobrevivientes pudo saberse que ambas permanecieron detenidas en el CCD  “Automotores Orletti”. Enrique fue asesinado el 17 de septiembre de 1976 en la ciudad de Cochabamba, Bolivia.
En diciembre de 1983 Abuelas de Plaza de Mayo localizó a Carla en poder de Eduardo Alfredo Ruffo, integrante de la Triple A, y su esposa Armanda Cordero. El matrimonio se encontraba prófugo de la justicia hasta que en 1985, tras una intensa búsqueda, fueron localizados. La niña se realizó los análisis inmunogenéticos en el BNDG y en septiembre de 1985 los resultados confirmaron que se trataba de Carla, hija de Graciela y Enrique. Su madre permanece desaparecida.

La TV Pública presenta “Nietos, historias con Identidad”, una serie de micros con relato de Víctor Hugo Morales en los que a través de testimonios de los protagonistas, se cuenta la historia de búsqueda de familiares de desaparecidos y de hijos de desaparecidos que recuperaron su identidad y fueron restituidos a sus familias. Además, se invita a todos aquellos jóvenes que tienen dudas sobre su identidad a acercarse a Abuelas de Plaza de Mayo.

Emitido el 15-08-12 por la TV Pública.

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Carla Rutila Artes falleció este 22 de febrero de 2017, con 41 años en Buenos Aires-Argentina a causa de un cáncer que ni en los peores momentos le impidió reclamar memoria, verdad y justicia.
Su historia, es una prueba del terrorismo de Estado y la existencia del Plan Cóndor, una estrategia de coordinación entre las dictaduras latinoamericanas con el apoyo de la CÍA, en la década de los años 70.
Carlita nace el 28 de junio de 1975 en Miraflores-Perú, hija de la joven pareja de militantes internacionalistas Graciela Rutilo (argentina) y Enrique Lucas López (uruguayo). Por entusiasmo de Graciela, quien creció y estudió en La Paz, la pareja se traslada a Bolivia y milita en el Ejército de Liberación Nacional (ELN) con el fin de detener la dictadura banzerista que sume a Bolivia en un ambiente autoritario y represivo.
Enrique es asesinado en septiembre de 1976 por grupos paramilitares y sus restos permanecen desaparecidos hasta el año 1999. El 2 de abril del año 1976, Graciela apoya una huelga minera en Oruro y es secuestrada junto a Carlita, quien tiene 9 meses. Madre e hija son llevadas al Departamento de Orden Político (DOP) de Oruro y posteriormente a la ciudad de La Paz. En el nuevo destino Graciela es sometida a interrogatorios en un centro de tortura y la bebé queda en custodia de 4 miembros del Ministerio de Gobierno boliviano, que envían a la menor al hogar “Carlos Villegas” y posteriormente al orfanato “Virgen de Fátima” bajo el nombre falso de Nora Nemtala (N.N.). Por distintos testimonios y problemas de salud en Carla, se comprueba que los represores la sacaron del orfanato para llevarla a las sesiones de tortura de Graciela, donde golpeaban a la bebé para atormentar a su madre. Debido a esta acción, Carlita pierde parte de su audición y años más tarde debe utilizar audífonos.
El 29 de agosto de 1976, la dictadura de Banzer en Bolivia entrega de forma ilegal a Graciela y Carla a la dictadura de Videla en Argentina. El traslado y con ello, la responsabilidad y complicidad del estado boliviano en la desaparición de madre e hija, queda certificado en un radiograma emitido por el Ministerio de Gobierno boliviano en el que comunica que Graciela y Carla son expulsadas de Bolivia por el puente internacional con Argentina (Villazón-La Quiaca). En la frontera, los represores bolivianos obligan a Graciela a firmar un certificado donde reconoce que le entregan a su hija en buen estado de salud.
En Buenos Aires, ambas son trasladadas al centro clandestino de tortura Automotores Orletti, donde Graciela desaparece. En dicho lugar, Carla es robada por el torturador argentino Eduardo Alfredo Ruffo, miembro de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) quien inscribe a Carla como hija propia bajo el nombre de Ginna Amanda Ruffo. A su vez, el torturador se apropia de otro niño y le pone el nombre de Alejandro. Ambos niños crecen pensando que son hijos biológicos de la familia Ruffo.
Mientras los organismos de inteligencia latinoamericanos operan con el terror de forma sistemática. Matilde Artes (madre de Graciela) emprende una larga búsqueda de 9 años para encontrar a su hija y nieta con el apoyo de madres, abuelas de plaza de mayo y otros organismos internacionales. Carla recordaba que la primera vez que vio a su abuela materna fue por televisión en los inicios del proceso democrático argentino y que su primera reacción fue pensar y preguntar a su apropiador: “¿Qué hace esta señora con mi foto?”. A lo que Ruffo la golpea y le indica que es una vieja bruja que le quiere sacar la sangre.
En el año 1983, Abuelas de Plaza de mayo localiza a Carla, pero los apropiadores huyen. Dos años más tarde las abuelas relocalizan a la niña y mediante una prueba de ADN confirman su verdadera identidad. En una entrevista, Carla recuerda el reencuentro con su abuela de la siguiente manera: “El juez nos presenta y me dice Carla esta es tu abuela y mi abuela dice “sí carlita soy tu abuela y hace 9 años que te busco mi amor”. Entonces abre el poncho y no sé si fue instintivo el hecho de apoyar la cabeza y abrazarnos, estuvimos como 10 o 15 minutos. Y sentí que ese abrazo y momento, me restituyó todo el amor que me habían robado”. Por motivos de seguridad, Matilde decide irse a España con su nieta.
En España, Carla rehace su vida junto a su abuela y se convierte en madre de 3 hijos: Graciela, Anahí y Enrique a los que cría sola. Sin embargo, las circunstancias económicas y políticas la hacen regresar a Latinoamérica. En el año 1999, durante el segundo gobierno de Banzer, se encuentran los restos de su padre Enrique Lucas López en Bolivia. En ese contexto, Carla Rutila Artes, quien fuera una bebé ilegalmente sacada del país por la dictadura de Banzer, regresa de forma legal con 25 años para denunciar su caso y la impunidad de la represión dictatorial. Sin embargo, pocos fueron los medios que pudieron darle un espacio, e incluso la revista Informe R que le realiza un reportaje, sufre la incautación de sus ejemplares por parte del Ministerio de Gobierno, en una acción dictatorial ejecutada en tiempos democráticos. La corta estancia de Carla en Bolivia puso nervioso al gobierno banzerista. “Carlita, vives y vuelves a contar que es un asesino el General, pero él no quiere recordar, aunque te quiso matar” escribió Antonio Peredo, en un poema dedicado a Carla durante su valiente estancia en Bolivia.
En el año 2011 Carla se traslada a Argentina donde su memoria fotográfica ayuda a dar sentencia a distintos represores que tenían contacto con su apropiador Eduardo Ruffo. A su vez, pudo declarar y enfrentar desde cercana distancia al mismo, quien no pudo sostenerle la mirada mientras lo denunciaba por maltrato infantil, psicológico y sexual. En medio de distintas investigaciones, Carla conoce a Nicolás Biedma,* hijo de un desaparecido chileno en Automotores Orletti, ambos se enamoran, se convierten en compañeros de vida y el año 2012 se casan. Carla vivió dicha acción con emoción y la describía como “un acto en defensa de la vida”, de la misma forma, contaba con alegría y entusiasmo el nacimiento de su nieta Nina.
Quienes conocimos a Carla podemos hablar de una mujer fuerte, la más fuerte, como su nombre significa. Una persona con capacidad de luchar por la misma causa en todo lado, desde todo espacio. Una niña que le ganó al terror y la muerte, una mujer que se hizo cargo de su historia, de su verdadera identidad y de la lucha de sus padres. Creo que por ese motivo su última voluntad fue ser cremada y colocada en el centro de detenciones Orletti, que Carla consideraba un lugar que la acerca a su madre, porque es el lugar hasta donde llegó la investigación sobre el paradero de Graciela. Independientemente de esta acción simbólica, Carla ahora se convierte en parte de nuestra historia y se une a los muchos y muchas que debemos recordar.
La historia de Carlita demuestra la coordinación de las dictaduras de Bolivia, Argentina, Uruguay, e incluso Chile. Su testimonio incomodó a muchos, porque es la demostración de que las dictaduras impusieron su sistema desde una barbarie que ni siquiera tuvo piedad con los bebés. Me niego a decir que está muerta la bebé que le ganó al miedo, a la dictadura, al olvido y a la muerte. Me atrevo a soñar que por fin se reencontró con sus padres, me animo a decir que descansa, mas no en la paz que se merece, porque la cultura de la impunidad lamentablemente sigue vigente. La existencia de Carla me hace entender que el pasado no terminó y tiene consecuencias en el presente, nos invita como continente a hacernos cargo de nuestra historia para construir nuestra verdadera identidad. Carlita vive y vivirá siempre porque no pudieron vencerla, guardaremos su historia y valentía en nuestro recuerdo y estará con nosotros cada vez que enfrentemos a quienes pretenden hacernos olvidar lo que no tiene perdón. Carla quedará en nuestra utopía, en nuestros sueños de justicia y cada vez que gritemos con fuerza: NUNCA MÁS.

Para mayor información

EL PAIS › EL TESTIMONIO DE CARLA ARTES, APROPIADA POR EDUARDO RUFFO, EN EL JUICIO POR ROBO DE BEBES

“Me restituyeron el nombre y el amor”

Después de vivir veinticinco años en España junto a su abuela Sacha, Carla Artes volvió a la Argentina y reiteró ayer ante el tribunal que Ruffo abusaba de ella y se fugó cuando su abuela la encontró. El represor pidió no estar en la audiencia.

 Por Alejandra Dandan

Cuando Carla Rutila Artes vio por primera vez su foto en televisión y a una señora que decía que la estaba buscando, le preguntó a Eduardo Ruffo quién era esa mujer. El parapolicía, que integraba la banda de Aníbal Gordon, le respondió que era “una vieja bruja” que la buscaba para sacarle la sangre. Tiempo después, cuando finalmente Carla conoció su historia, un juez le presentó a su abuela biológica. “Entra mi abuela y creo que conocer a la vieja bruja fue lo mejor que me pasó en mi vida; el proceso con ella indudablemente fue complicado, pero hay dos cosas que se me restituyen en ese momento: el nombre y el amor, porque con Ruffo tenía todo lo material, pero carecí de todo eso”.

Carla Rutila Artes declaró en la audiencia del plan sistemático de robo de bebés como el año pasado lo hizo en el juicio por los crímenes de Automotores Orletti, base del Plan Cóndor en el país. Esa vez, Carla se sentó frente a su apropiador, que permaneció en la sala para escuchar, entre otras cosas, la primera denuncia que ella se animaba a hacer públicamente sobre la condición de abuso a la que él la sometió desde los tres a los nueve años. Esta vez Ruffo no estuvo presente en la sala. Antes de que empiece la audiencia pidió al Tribunal Oral Federal 6 una autorización para retirarse a la alcaidía. Ruffo se fue. Carla entró. Habló de su historia sin la obligación de esquivar la mirada que el año pasado la hundió durante varias semanas en sus más pesados fantasmas.

Ella volvió al país hace unos meses después de 25 años de vida en España. En el cuerpo lleva la marca de una disminución de la escucha, producto de los golpes de quien la situó durante años como su hija. Se sentó con la cabeza de costado, para escuchar las preguntas. Les pidió a los jueces la compañía cercana de la coordinadora del centro Ulloa de asistencia a las víctimas, para poder sostenerse.

Cuando lo bueno desaparece

A Carla la secuestraron en Bolivia el 2 de abril de 1976 con su madre, Graciela Rutila Artes, dirigente estudiantil en Oruro. “A mí me llevaron a un orfanato, me condenaron a desaparecer desde ese momento, sé que a mi madre la llevaron al Ministerio del Interior de La Paz. El 24 de agosto nos reúnen nuevamente, me sacan del orfanato en medio de un operativo bastante impresionante, a ella la llevan a la cárcel de mujeres y sé que gracias a la denuncia que empezaba a hacer mi abuela hicieron que la Cruz Roja boliviana presenciara la situación. La obligaron a firmar un papel como que estábamos en perfecto estado de salud y el 29 de agosto de 1976 nos trasladaron de Villazón a la Argentina.”

Participaron la Policía Federal argentina y el Servicio de Inteligencia, pese a que hacía tiempo que ninguna de las dos estaban en el país. En Orletti, Carla tenía un año y tres meses. “Yo sé que debo haber estado tres semanas, como mucho un mes. Me acuerdo del suelo, la altura de una canilla, los pitidos del tren: eso no se me olvidó nunca, porque al día de hoy sigo teniendo los pitidos frecuentes adentro del oído.”

Un sobreviviente situó a su madre en ese espacio, pero después nadie supo más nada de ella porque, como su militancia estuvo en Bolivia, en el país nadie la reconoció. “A mí me sacan en esos días y me llevan a Magister, que era una empresa regenteada por Otto Paladino, un lugar encubierto donde trabajaba la Triple A con Eduardo Alfredo Ruffo, Aníbal Gordon. A días de estar ahí, fui apropiada por Ruffo. Me inscribieron como Gina Amanda Ruffo, nacida el 26 de junio de 1976, figuro haber nacido en el seno de esa familia, como hija de él y de Amanda Cordero de Ruffo.”

Los Ruffo tuvieron un hijo un año más tarde. “Nunca me dijeron nada: es decir que yo viví desde el ’76 hasta el ’83 con relativamente alguna normalidad de ir al colegio, de vida normal entre comillas, dentro de lo que se puede considerar una vida normal hasta que este señor Ruffo empieza a ser investigado por la Justicia y en enero de 1984, cuando era inminente el arribo de mi abuela al país porque había nueve denuncias por mi caso, él tuvo cierta urgencia de ponerse prófugo.”

En la sala, el fiscal Martín Niklison hizo la primera parte de las preguntas. “Cuando uno lo ha pasado tan mal y ha tenido una infancia tan infeliz lo poco de bueno desaparece: los únicos recuerdos de la infancia son junto a mi hermano, mi infancia fue una infancia llena de violencia psicológica y física y de abusos sexuales de los 3 años a los 10 años.”

La búsqueda

Con Ruffo prófugo, ellos cambiaron de casa cada tres meses. Carla quedó desescolarizada dos años. “No podíamos salir a la calle, con lo cual yo era el origen de todos sus males: me teñían el pelo todo el tiempo, buscaban la forma de esconder esta carita que era tan parecida a cuando era chica.”

En los vaivenes hubo comilonas y asados con los agentes de la Triple A y de seguridad, rondas de veinte personas con hijos y mujeres. Estaba Gordon, su hijo, el yerno de Otto Paladino. En la sala le preguntaron por las armas. Carla habló de Cariló, una casa con una puerta hacia abajo donde había armas y un arsenal “bastante grande”. “Nunca me olvidaré de una de ellas porque todavía me da pánico –dijo–: era un arma tipo alemana, me di cuenta de que la usaban los nazis.”

El 11 julio de 1984 Carla se vio en televisión. Matilde Artes estaba en la pantalla con fotos de su hija Graciela y de la nieta Carla de año y medio: “Cuando la veo a ella en televisión me reconozco”, dijo. “Las fotos eran de un bebé de un año y medio con el mismo pelito rosado que tenía yo en las fotos que ellos me habían sacado. Y la respuesta de él, aparte de la tremebunda paliza para que no volviera a preguntar nada, es que ella era una vieja bruja que te está buscando para sacarte la sangre.” Después vino un afiche en la calle, Carla mirando en el afiche la imagen de Ruffo y la palabra buscado. La idea de que algo no estaba bien. El operativo en la casa. La detención y un juez que le explica su historia.

“Me dice que no me llamaba como me llamaba sino que me llamaba Carla y que mis padres estaban desaparecidos; y que mi abuela hacía 9 años que me estaba buscando: creo que uno de los actos más importante de mi vida fue cuando me restituyeron mi nombre y no me he dejado de llamar Carla.”

Rugbistas argentinos desaparecidos en dictadura.la Voces de sus hijxs y amigos

Rugbistas argentinos desaparecidos en dictadura.la Voces de sus hijxs y amigos
Soy madre de tres rugbistas chilenos y abuela de otros dos. He conocido desde décadas un montón de jugadores y he compartido con ellos en las graderías, en los tercer tiempo y en vacaciones. Sé que los rugbistas forman unos de esos extraños grupos en que se producen y entablan profundos lazos de afecto, compañerismo,fraternidad sin que por lo general los unan lazos de familia. Son un grupo de pertenencia que mantiene unidos a hombres desde la infancia hasta los últimos años, incluyendo en sus afectos a sus esposas e hijos. Es por ello que esta historia caló muy hondo en mí, porque puedo imaginar perfectamente cuan profundos eran los vínculos que este deporte y la militancia unió a estos deportistas.
Agradezco a Carola Ochoa, que una vez publicada la primera nota acerca de los rugbistas argentinos desaparecidos me hizo llegar a través de facebook esta que ahora  comparto y que lleva el horror a un grado difícil de aceptar.

Una lista que no para de crecer

La sanjuanina Carola Ochoa, con la colaboración de familiares, amigos y compañeros de esos rugbiers y su tarea de investigación exhaustiva, logró confeccionar una nómina que hoy alcanza el centenar de casos.

Hernán Rocca, uno de lo tantos rugbiers desaparecidos, va en busca de la pelota.

Una mujer, casi de la nada y solo con su compromiso militante armó un registro de jugadores de rugby desaparecidos que no tiene precedentes. Carola Ochoa vive en San Juan, habla pausado y menciona con orgullo su trabajo social en Villa Hipódromo. Quizá no tenga idea del valor de su tarea: su pesquisa constante, la búsqueda de un nombre, de un club, del dato que esclarece. Hizo crecer la lista con la colaboración de familiares, amigos y compañeros de esos rugbiers que hoy pueblan sus archivos. Una cifra todavía imprecisa que ya superó con holgura a los 52 que son homenajeados en un torneo nacional que ella misma creó. Hoy casi duplicó la cifra. Pero además de su paciencia tibetana para juntar historias –todas reunidas en su página de Facebook– Carola consiguió que nos hiciéramos de nuevo una pregunta: ¿cómo pudo ser que tantos jóvenes que abrazaron ideales revolucionarios en los años 70 eligieran al rugby como deporte?

La respuesta no la tiene ella ni tampoco nosotros. Podríamos hacer elucubraciones sobre la matriz solidaria del juego. La época convulsionada que los encontró en la lucha. Las coincidencias en el estudio, la pasión por el rugby y sobre todo, su identificación con diferentes proyectos políticos. Eran montoneros, comunistas, guevaristas, maoístas, trotskistas. Ochoa hilvanó sus perfiles con el hilo conductor del deporte. Hizo tanto en tan poco tiempo que hasta ella misma está sorprendida. Y confiesa que se sacó de encima los prejuicios con el ambiente del rugby cuando se entusiasmó al unir las historias de sus desaparecidos.

Ahora cuenta desde su provincia: “Esta iniciativa empezó cuando Fernando Sandoval, un profesor y militante de los Derechos Humanos en Chubut, me invitó a formar parte del grupo organizador en el país de La Carrera de Miguel para traerla a San Juan. Fue durante una capacitación de tres días en Puerto Madryn, con Elvira Sanchez, hermana de Miguel, y los referentes nacionales”.

Después –confiesa en su largo correo– leyó el libro Deporte, desaparecidos y dictadura publicado en 2006 y reeditado en 2010. Una pieza encaja en la otra hasta formar un mecano que Ochoa contribuyó a extender por todo el país. Dice que en San Juan no hay jugadores de rugby desaparecidos, pero buscó y chequeó las identidades de casi noventa casos confirmados. La nómina según ella ya supera los cien. En ese número hay quienes representaban a clubes que también desaparecieron como sus deportistas. Atahualpa Rugby Club o Central Buenos Aires, el club donde jugaban los alumnos y ex alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires.

Uno de los más entusiastas colaboradores de la sanjuanina es el ex puma Eliseo Branca. Gran jugador del CASI de San Isidro y su entrenador campeón en 2005 después de veinte años sin títulos. También se sumó Martín Sharples, tercera línea del club Porteño y atleta. Dos condiciones que no lo definen totalmente porque además es un militante comprometido que perdió una pierna en un accidente de moto. Y juega al rugby con una prótesis. Martín –confiesa Carola– la convenció de que en determinado momento debía ponerle una cifra al torneo de rugby que imaginaba. De ahí surgió el 52. Pero se quedó demasiado corta porque seguiría topándose con más casos.

“En 2015, cuando vi por internet el video de Ensenada RC. Rugby Social, conocí a integrantes de la comisión directiva: Gabriel Merayo, Germán Fisser y Ana Garcia Munitis. Me invitaron a La Plata para explicarles mi proyecto” cuenta la sanjuanina. La capital bonaerense será escenario el domingo 13 de noviembre de una jornada que seguramente Carola jamás olvidará. En el Colegio Nacional Rafael Hernández que homenajeó a sus alumnos desaparecidos colocándoles sus nombres a las aulas –varios de ellos jugaban al rugby– se realizará una jornada con doce talleres sobre derechos humanos, memoria, literatura e inclusión en el deporte de la ovalada, entre otros temas.

El sábado 12 se disputará un partido de seven y otro de veteranos en homenaje a los jugadores desaparecidos. Veinte de ellos integraron distintos planteles de La Plata Rugby Club entre las décadas del 60 y 70. La institución los recuerda en una placa colocada en su sede de Gonnet hace unos años. Sobre la historia de esta tragedia, el periodista Claudio Gómez escribió un magnífico libro: Maten al rugbier. También se filmaron un par de documentales en Brasil e Italia. Y una miniserie sobre deportistas desaparecidos les dedicó un capítulo a los del club canario –se los conoce así por su camiseta amarilla– que se estrenó en Canal Encuentro en 2015.

Otra mujer, la periodista del diario La Capital de Rosario Laura Vilche también aportó en sus investigaciones las historias de los jugadores desaparecidos de aquella ciudad. Si Ochoa encontró solo en la capital bonaerense 41 casos repartidos entre La Plata Rugby, Universitario, Los Tilos y San Luis, desde la segunda ciudad del país le aportaron dieciocho historias más de sus clubes Old Resian, Jockey, Duendes, Universitario y Logaritmo.

La organizadora de esta movida que recorrió nuestra amplia geografía sueña con repetir la jornada del próximo fin de semana en San Juan, una provincia sin tradición rugbística. Ella no quiere olvidarse de todos sus colaboradores, de quienes la acompañan en la búsqueda de más datos, más fotos, más nombres que coincidan con esas fotos que, de no ser por ella, estarían guardadas en el cajón de alguna cómoda, dispersas, quién sabe dónde. El resultado es una contribución a la memoria de un deporte que sufrió como ninguno el terrorismo de Estado. Un registro que estimulará nuevas investigaciones porque en cada caso hay una historia que merece completarse.

El primer acercamiento que tuve con los casos de los rugbiers desaparecidos de La Plata fue por una nota que publiqué en el diario Perfil el 24 de marzo de 2006. Había leído sobre el tema (algún escrito de Gustavo Veiga en Página/ 12), pero esa tarde, cuando viajé por primera vez hasta el club en Gonnet, la historia me conmovió. Los anfitriones fueron Raúl Barandiarán, ex compañero de cinco jugadores-militantes, y dos hijas, Ana Balut y Verónica Sánchez Viamonte.
De aquella nota conservo un puñado de recuerdos; quiero rescatar dos. El primero es que después de desgrabar las entrevistas y reunir el material estuve un par de días dando vueltas sin poder arrancar. Escribía y borraba, una y otra vez; no aparecía un comienzo que me conformara. Tenía la mejor historia para contar —lo sabía—, pero el teclado se resistía. El compromiso y la exigencia que sentía eran desmedidos, algo que con otros temas no me ocurría. Al final la entregué, claro, forzado por los tiempos del cierre. El otro recuerdo que me quedó es que, cuando salió publicada, seguí insatisfecho: tenía la certeza de que el tema abarcaba una dimensión que excedía las dos páginas de un diario.
Tuvo que pasar un tiempo para que me decidiera a llevar esas historias a un libro. Una vez que arranqué fueron dos años intensos de búsquedas, viajes y escritura. Los rugbiers desaparecidos de La Plata se convirtieron en una obsesión. Y durante ese lapso pasaron cosas. Cuando empecé a fines de 2012, los casos eran diecisiete. Seis meses después, una investigación de Julián Axat —hijo de Rodolfo, uno de los rugbiers desaparecidos— reveló dos casos más. Al año, en una charla con un ex jugador del club, descubrí el vigésimo. La investigación influyó hasta en mis hábitos más cotidianos. Repetí hasta el hartazgo la canción que menos había escuchado de Virus. Conseguí un disco de Agapornis solo porque la banda está integrada por jugadores de LPRC.
No recuerdo en estos dos años haber leído un libro que no tuviera que ver con la militancia en los setenta. Y con las películas me ocurrió algo parecido.
Mientras yo buscaba a hijos, hermanos, amigos y compañeros, La Plata sufrió la peor inundación de su historia que —entre otros desastres— provocó ochenta y nueve muertos. Y seguí atento dos juicios por delitos de lesa humanidad. En la causa por el Circuito Camps condenaron a prisión perpetua a dieciséis militares y a un civil, el represor y ex ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Jaime Smart. Y por el centro clandestino de detención La Cacha recibieron perpetua quince genocidas, entre ellos, el ex policía Miguel Osvaldo Etchecolatz.
Una tarde estaba escribiendo mientras en la tele hablaba la presidenta Cristina Fernández. Yo trataba de resolver alguna historia mientras ella lanzaba el canal gratuito DeporTV en un acto en Tecnópolis. Su voz, apenas un rumor de fondo, entraba en segundo plano. Hasta que empezó a enumerar: “Santiago Sánchez Viamonte, Mariano Montequín, Moura, Rocca, Marcelo Bettini…”.Mis dedos se frenaron sobre el teclado. Sorprendido, giré la cabeza: era ella, la presidenta, recordando a esos muchachos que ya formaban parte de mi rutina. Horas después, YouTube completó la parte del discurso que me había perdido. Todavía vestida de negro, Cristina detalló: “Los deportistas desaparecidos después del golpe del 24 de marzo de 1976 me impactaron como ciudadana, como militante y como vecina de la ciudad de La Plata, porque de La Plata Rugby Club, que era uno de los mejores cuadros de rugby, no era el mío, pero era uno de los mejores cuadros de rugby de La Plata, si no el mejor, dicen algunos, desaparecieron dieciocho jugadores, muchos de los cuales eran muy amigos míos, conocidos”.
Una hija me confesó que se inventó recuerdos. Otra, que cuando piensa en sus padres los representa en una foto, que no puede imaginarlos en movimiento. Y otra, que está convencida de que suele tener conflictos con sus parejas porque es hija de desaparecidos. Una hermana me mostró un cinturón con manchas de sangre y marcas de balas. Un hermano me confió que su memoria borró todo lo que ocurrió aquellos años. Otro, que a su casa iba el delator que se había infiltrado en la agrupación. Una madre me detalló el encuentro que los represores le permitieron tener con su hijo para que se despidieran. Un padre, en el rol de juez, le tomó declaración a un genocida.
Un compañero del club me dijo que durante años fantaseaba con que sus amigos llegaban caminando por la playa de San Bernardo. Hay una habitación que sigue intacta. A un ex militante de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), Independiente le salvó la vida. Y un ex dirigente del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) me reconoció que tuvo que aceptar, resignado, que la mayoría de las caídas se produjeron por delaciones. En LPRC hubo veinte casos, pero las historias los exceden.
La reconstrucción de fragmentos de las vidas de las víctimas me llevó a enfrentarme con episodios del presente tan complejos e intensos como aquellos que se vivieron en los años de militancia. El 29 de junio de 1978 murió el último rugbier. Pero el genocidio no se cerró.

Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Memoria EN_REDADA

Recibí en mi correo eléctrónico un mail de mi amiga Marta, con quien mantengo una amistad que ha enlazado nuestras memorias militantes y femeninas uniéndonos en una red de sororidad más allá del tiempo y el espacio.

Marta me envía una historia de otras mujeres, de mujeres militantes, y me escribe:

“Queridxs colegas, amigxs

avanzan el semestre y otras ocupacionesc  y con ello vuestra carga de trabajo, pero espero que pueden encontrar unos minutos para leelr estos conmovedores momentos de mujeres choras http://martazabaleta.blogspot.co.uk/2017/02/argentinalas-fotos-de-josefina-por.html
de Argentina.

Se puede aprender tanto de ellas.
Abrazos.

Abro el enlace que Marta,economista, académica y poeta exiliada argentina en el Reino Unido me ha compartido y me encuentro con esta imagen que abre mi memoria de mujer una vez joven y madre de una hija una vez viva…

Leo la nota en la fuente y me lanzo a buscar en la web a estas dos mujeres con la sensación de escarbar en una historia cuyas raíces se hunden en mi propia historia, en la de Marta y en la de tantas otras mujeres que militan y militaron en Latinoamérica trascendiendo su tiempo y su espacio.
y repito, como dice Marta, se puede aprender tanto de ellas.
RESISTENCIAS
Las fotos de Josefina

Voy a empezar por el final: de la mesa frente a la que estaba sentada tomó el collar de cuentas redondas, grandes, estriadas en rojo, y se lo sujetó al cuello. Después recogió las fotos que había mostrado, se paró y salió entre los aplausos de quienes la escuchamos del otro lado del vidrio. Cuando la abracé, sin saber quién contenía a quién, sentí las cuentas incrustándose en el pecho de las dos.

Ella se llama Josefina, el collar era de su mamá, lo rescató la mañana siguiente a su secuestro, cuando volvió a ese departamento con la puerta arrancada para cubrir la vergüenza de estar en bombacha con una remera roja, un jean y unas zapatillas. Tenía siete años, le faltaba un mes para cumplir los ocho, su hermano uno y medio y los dos habían dormido en la casa de una vecina a la que la patota le golpeó la puerta para dejarlos como un paquete.

“¡Qué voy a hacer con estos chicos!”, se había desesperado la mujer y ella guardó esa frase y ese tono por décadas, hasta que encontró a la vecina que ahora tiene nombre y es Susana, hasta que pudieron poner en común aquella noche larga del 6 de diciembre de 1977. “La encontré y la traje para acá”, dijo Josefina y una risa sosegada, tal vez de alivio, tal vez de complicidad, como un aflojarse del lazo que nos unía a quienes la escuchábamos, anduvo de boca en boca.

Josefina declaró el miércoles, en el juicio de lesa humanidad que tiene entre las víctimas a su madre, Vibel -Virginia- Casalaz. Josefina es una de esas amigas entre las que nos salvamos la vida, aunque el devenir de las cosas nos mantengan a distancia más tiempo del que desearíamos. A lo largo de los más de 20 años que llevamos de amistad, junto con Raquel y con Alba, ese núcleo duro de complicidad femenina, nos sacamos muchas fotos juntas, antes de que se llamaran “selfies”, las cuatro con las sonrisas incandescentes. Esta vez también hubo foto, en el subsuelo de los tribunales federales, en ese sitio sin ningún ángel en la calle Comodoro Py; habíamos llorado todas, Jose en el lugar de los testigos, el resto sosteniendo a la distancia esa entereza, todas esas palabras que supo enhebrar, buscadas y encontradas en noches de insomnio, en los días de la militancia en H.I.J.O.S., extraídas de diálogos con sobrevivientes, con sus amores; escritas también, ella que sabe hacerlo como pocas. Las sonrisas, a pesar del llanto, volvieron a capturar la luz en la imagen.

El collar que tanto le gustaba a su madre no fue lo único que rescató Josefina del departamento violentado. También se llevó una bolsita con fotos que les sirvió a los policías que la fueron a buscar al día siguiente para preguntarle por todas y cada una de las personas amadas que ahí aparecían. Ella estaba prevenida, iba a segundo grado en la misma escuela a pesar de los cambios de casa a que obligaba la persecución con un nombre falso, María José Roldán. No identificó a nadie. Las fotos siguieron su camino con ella, el primer viaje lo hicieron en la valijita con la que iba al colegio y que la acompañó en los dos días que pasó en la casa de una mujer policía, separada de su hermano al que se llevó un hombre de la misma fuerza. ¿A qué se debió esa separación por género? ¿Por qué no los dejaron juntos? Josefina no se acuerda casi nada de esos dos días, estaba enferma de hepatitis y sin duda la memoria da respiro, espacios de olvido necesarios para seguir adelante con la sucesión de los días. La noche del secuestro, por ejemplo, termina para ella con la imagen de su madre yéndose en el ascensor con esos tipos jóvenes y con armas largas que recuerda. “Mi mamá me tendría que haber dicho algo en ese momento, eso es lo que yo sentía, me tendría que haber dado una última instrucción”, dijo frente al tribunal y cerró: “Pero según me contó la vecina, cuando yo salí de ahí estaba en el piso, boca abajo, encañonada”.

No tenía instrucciones pero rescató los bienes preciados de su madre, el collar, las fotos que eran un resguardo de la vida cotidiana: playas, sonrisas, besos que no podían perderse en la huida aun a riesgo de convertirse en delación involuntaria. ¿Cuánto sabía la niña de todo lo que iba a perder como para que antes que sus juguetes guardara la bolsita de las fotos?

–Polo no es un nombre -le dijo el comisario de la 35 a la niña de 7 que había dado apodo, apellido y ocupación de su abuelo, “un fabricante de soda de Tres Arroyos”.

–Usted búsquelo que lo va a encontrar -contestó ella y así fue, constatando una vez más la enorme maquinaria del plan sistemático para la desaparición de personas no sólo represiva, también burocrática. Una burocracia dócil que ahora pretende aplicarse al conteo de los cuerpos que nos faltan. Nombrar es una cuestión de poder, decir 30 mil  y que haya acuerdo es el poder que hemos ido acumulando a lo largo de cuatro décadas y es lo que está en disputa.

Mientras escucho a mi amiga, pegada al vidrio que nos separa con la ilusión de encontrar sus ojos como si hiciera falta para sostenerla cada vez que amenaza con quebrarse, pienso con deseo en el lugar que ocupa. Yo también quiero acusar, quiero que llegue la hora del juicio por lo que le hicieron a mi madre y a sus compañeros y compañeras de cautiverio. Cuando promediaba el año pasado y se supo que no sucedería en octubre como habían prometido, y después, cuando tampoco habría fecha designada para marzo, empezó a circular entre los querellantes la lista de testigos que tendrían que adelantarse en testimoniar porque la dentellada de la muerte ya les está mordiendo los talones. 85, 87, 90, 95 años se leía junto a algunos nombres. Alguien anotó en ese intercambio de correos que su madre ya no podría declarar porque el ejercicio de memoria había destrozado sus neuronas. Hace 13 años que presentamos la querella. En ese tiempo todos y todas nos convertimos en otros, en otras, guardando a la vez quienes fuimos para no perder detalle cuando nos den la palabra. La impotencia se come el fin de la impunidad que ya no podemos declamar.

Antes de escuchar a Josefina, en un cuarto intermedio que tensa nuestra paciencia, Raquel me dice con ojos húmedos: “Siento que nos están tomando el pelo, ya no le encuentro sentido”. Es una descarga de derrota que no va a acatar, aunque las dos sabemos de qué habla. La Justicia, con esos pies de plomo, ya no puede llamarse así. Y sin embargo.

“¿Pudiste reconstruir…?”, es la primera parte de la pregunta que se repite para que Josefina de cuenta de lo que sabe de su madre, de su destino después del secuestro. Ella contesta una y otra vez, sobre los testimonios leídos, los diálogos ansiosos que persiguen un dato más, por nimio que fuera. Todo el trabajo lo hicimos las víctimas y quienes se comprometieron con nuestro duelo, el inmenso duelo acuoso de un país entero que todavía sigue evaluando el tamaño de las heridas que dejó el terrorismo de Estado. ¿Dónde están los papeles, los organigramas, los números de ellos, los ejecutores? ¿Dónde ocultaron los cuerpos? ¿Por qué a ellos se les permite todavía ahora ocultarse?

Hubiera querido que estén aquí los acusados, para interpelarlos. Quiero decir que yo pienso todas las noches en el cuerpo torturado y violado de mi madre. Y los represores piensan que así le hicieron bien a la patria. -dijo Josefina y tomó el collar de su madre de la mesa frente a la que estaba sentada y se lo puso, recogió sus fotos y enjugó sus lágrimas. Para que se vea y que se sepa: aun cuando le arrebataron tanto no pudieron quitarle todo.

En otro espacio virtual leo acerca de esta hija militante de la memoria:

UN COLLAR DE CERÁMICA

La estridencia de los camiones que pasan por encima apenas le permiten hablar a Josefina Giglio. Pero no grita, no lo quiere hacer en este lugar.

Josefina Giglio señala el retrato de su madre dentro de un cartel en el lugar donde estaba ubicado el centro de tortura El Atlético.

Madre de dos niños e hija de desaparecidos, intenta hallar el retrato de su madre en el afiche que está colgado sobre las ruinas del Centro Clandestino de Detención y Tortura Club Atlético, que está -estaba- ubicado debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina.

Aquí está Coca, mirá- señala la foto de Virginia Isabel Cazalas, su madre, entre las centenares de imágenes de personas impresas sobre una sábana como recuerdo de quienes estuvieron presos aquí.

Josefina está acá porque este fue el último lugar donde, según testimonios de otros detenidos sobrevivientes, su madre fue vista por última vez.

A principios de 1978, cuando tenía 8 años, se la arrebataron de la casa en donde vivían clandestinos en Buenos Aires. Desapareció, lo mismo que había ocurrido con su padre un año antes.

Y desde entonces los anda buscando, a ella y a él, sin éxito.

Virginia Isabel Cazalas, más conocida como “Coca”, era la madre de Josefina.

Josefina es una de los muchos hijos que todavía no pudieron reunirse con los huesos.

Por eso tal vez sus peregrinaciones a las ruinas de Club Atlético, como un mecanismo para no olvidar ante la tierra abierta de las excavación arqueológica que se realiza ahora en este lugar antes utilizado para la tortura y que quedó sepultado cuando se construyó la autopista.

“En esto hay como dos partes: primero estás como esperando, como detenido en el tiempo esperando a que vuelvan, y después hay un momento en que comenzás a buscar”, dice Josefina.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, Josefina Giglio, hija de desaparecidos.

“Siempre estás buscando”.

“Había una época en que había una publicidad en la tele y el actor era igual a mi papá. Igual. Y mi papá había estudiado teatro, entonces yo decía ‘por ahí le dieron un golpe en la cabeza, se olvidó quién es y es ese actor’. Escribí al canal y todo. Nunca nadie me contestó, obviamente… Después, mi búsqueda en serio comenzó cuando de grande empecé la universidad”.

Su despertar universitario fue también el inicio de una misión colectiva: la agrupación Hijos e Hijas por la Identidad, la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S), algo así como una versión filial de lo que hacían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que fue fundada en 1994, cuando muchos de los hijos de los desaparecidos cumplieron la mayoría de edad.

El centro clandestino de detención Club Atlético funcionaba a pocas cuadras de la cancha del popular equipo de fútbol Boca Juniors.

Con ellos logró, dice, “democratizar el dolor”. Con ellos lloró, protestó en las calles.

Estudió a fondo la historia de sus padres para intentar encontrar pistas: las impresiones del sulfuro de plata en las fotografías, la tinta aplastada en las hojas de las cartas. Algo que le permitiera entender quiénes eran, por qué habían luchado, qué sentido había tenido su muerte casi segura.

Y ha visto, como un tren que pasa de largo en una estación, cómo a otros compañeros de militancia el EAAF les han restituido los restos de sus padres, mientras ella los sigue esperando.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, cuenta y se ríe. La carcajada le suelta la mirada que aguarda tras unos anteojos gruesos de carey. La idea le enciende una chispa.

“Tendría algo así como un amuleto, un deseo de hacerme un colgante con ellos”, continúa sonriente.

“La tierra contiene como un útero los huesos que esperan”, se lee en uno de los cuadros de las oficinas del EAAF.

Josefina ya tiene un collar.

Al día siguiente del secuestro en el verano del 78, cuando le dieron permiso para entrar al departamento de donde se habían llevado a Virginia para buscar algunas cosas, la única pertenencia de su madre que se llevó fue un collar de cerámica que habían comprado juntas en la feria de Plaza Francia.

“Pensaba dárselo cuando volviera”.

Durante estos años ha elaborado mil conjeturas, pero a pesar de su empeño hay cuentas que no puede obviar: el EAAF sólo tiene restos óseos de unas 600 personas y siguen hallándose algunos centenares más, pero el número queda muy lejos de los 30.000 desaparecidos que calculan las organizaciones de derechos humanos e incluso de los 10.000 que reconocen las fuentes más conservadoras.

Y a muchos de ellos, se sabe, los tiraron al Río de la Plata y al mar desde los llamados “vuelos de la muerte”.

“Durante mucho tiempo tenía la sensación de ser hija de un agujero negro y los huesos siento que me permiten esa continuidad: yo soy esos huesos, voy a ser esos huesos. Recuperar esa continuidad que se cortó. Uno cree que una tibia y un peroné son innecesarios, hasta que te das cuenta de que son una fuente de alivio y te darían un cierre”, reclama.

Una fila india de camiones interrumpe la charla hasta el punto de suspenderla. Pero antes de irse ella mira el abismo de las excavaciones: dice que siempre busca algún objeto, alguna presilla, un pedazo de herencia que le debe el destino.

Para tenerlo mientras llegan los huesos.

Y es así que en mi transito virtual encuentro una noticia de hace cuatro días, una fotografía de dos hijos – Josefina y Francisco – hijos de Virginia y Carlos, huérfanos por el terrorismo de Estado en la Argentina que una vez nos acogio a mis hijos y a mi, donde vivimos la segunda dictadura a las que hemos sobrevivido.

Carlos y Vibel –el padre y la madre de Josefina, Coco y Coca para sus compañeros de partido- militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Carlos era arquitecto, había caído el 19 de mayo de 1976 en una reunión del partido en Combate de los Pozos y Pavón, por un vecino que lo denunció. Cuando intentaba huir por la terraza, fue herido en una pierna y cayó al pozo de luz. Nunca más se supo de él. Desde entonces, Vibel –psicoanalista- peregrinaba entre una sombra y la otra mirándose las espaldas. Los militares la alcanzaron un año y medio después, en un departamento de Belgrano R. No estaba sola: Josefina tenía 7 años, Francisco uno y medio. Estaban además otros militantes del PCML. Los militares lo llamaron Operativo Escoba.

“Entre que se llevan a mi padre, el 19 de mayo de 1976, y caemos con mi madre el 5 de diciembre de 1977, hubo un dispositivo de pinzas para buscarla. La noche del 8 de junio se llevaron en La Plata a mi abuela paterna, Tecla, a mi tío que estaba con ella, en Tres Arroyos a Polo, y en Mones Casón, cerca de Carlos Casares, a mi tío Oscar Bossier, el cuñado de mi padre”.

http://memoria.telam.com.ar/noticia/-un-brigadier-dijo-que-mama-era-la-mujer-mas-buscada-_n3809

Necesitamos recuperar los restos. Josefina y Francisco Giglio

Josefina y Francisco Giglio declararon en el juicio por los crímenes cometidos en el llamado circuito ABO.

Los testimonios de Josefina y Francisco Giglio, hijos de los desaparecidos Virginia Isabel Cazalás y Carlos Giglio, inauguraron la audiencia que reactivó tras la feria el tercer tramo del juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención y exterminio Atlético, Banco y Olimpo. Fue la primera vez que ambos contaron en tribunales la historia de sus vidas desde la arista que representa el secuestro y la desaparición de su mamá, que fue vista en el Banco por sobrevivientes. “Vebel”, como la llamaban en su familia. “Coca”, como la habían bautizado sus compañeros de militancia del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), fue llevada del departamento en el que estaba escondida la noche del 5 de diciembre de 1977 por una patota del Ejército. Estaba en camisón. Josefina, de siete años, y Francisco, de año y medio, fueron dejados con una vecina. Crecieron con sus abuelos maternos en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Nunca más supieron de su mamá ni de su papá, que había desaparecido en mayo del ‘76. Con cuarenta, Francisco reconoció ante el Tribunal Oral Federal número 2 que todavía los espera. No obstante, reclamó por sus restos, al igual que su hermana, que se quejó de que los acusados no presencien el juicio. “No alcanza con los juicios. Sería bueno que los imputados estén sentados acá también. Todas las noches pienso en el cuerpo de mi madre violado y torturado. Y los señores que dieron las órdenes y las cumplieron piensan que hicieron un bien a la patria”, remató, sobreponiéndose al llanto, que logró contener durante todo su testimonio. El público que presenció la jornada la aplaudió un rato largo. Cuando el TOF le dio permiso para retirarse, ella tomó el collar de perlas grandotas que era de su mamá, y que había colocado en la mesa del estrado al comenzar a hablar, y se lo puso.

“Primero quisiera contar un poco sobre mi mamá, que era la más linda del mundo”, propuso Josefina como respuesta a la consulta que le realizó la fiscal Gabriela Sosti para introducirla en su testimonio. La hija de “Coca” completó la selección de fotografías entregadas al TOF que había iniciado su hermano, quien la precedió en el estrado. Josefina explicó que cuando un policía y una presunta asistente social la llevaron al departamento de Belgrano R donde la noche anterior habían secuestrado a su mamá para que agarrase ropa para ella y para su hermano, bebé entonces, ella también se llevó una bolsa con fotos que su mamá siempre llevaba de casa a casa y ese collar de perlas grandotas, que “a ella le gustaba mucho” y que encontró sobre su mesita de luz. Ayer, mientras declaraba, lo sacó de su cartera y lo puso sobre la mesa del estrado.

Pasaron más de 40 años, pero Josefina fue clara y precisa para contar lo ocurrido la noche del 5 de diciembre de 1977 y las que le siguieron. Ella, su mamá y su hermano vivían en un departamento de la calle Ramón Freyre con dos compañeros de militancia: Mariano Montequón y Patricia Villar. Esa noche acababan de cenar y hacía calor. “Mi mamá estaba en camisón, y así se la llevan, y yo estaba en bombacha”, contó.

Sientieron que rompían la puerta de entrada. “Yo me escondí porque no quería que me vieran, mi mamá pidió cambiarse pero no la dejaron. A nosotros nos dejaron con la vecina”, siguió. Aún hoy, le extraña que ella no le haya dado “alguna instrucción” antes de que se la llevaran.

Años después se reencontró con Susana Martínez, la vecina a la que “tres jóvenes de civil” le pidieron que cuidara a ella y a Francisco “hasta que llegara la Policía”. Susana también declaró ayer en el juicio. El otro testigo fue Daniel Merialdo, un sobreviviente del circuito ABO.

Cuando la encontró, Susana le dijo que la última vez que la vio su mamá estaba tirada en el suelo, apretada por una pistola larga. Con el tiempo, ella y su hermano supieron que su madre fue atrapada en un operativo al que el Ejército llamó “Escoba” y que barrió con casi todos los militantes del PCML.

Al otro día, la policía los llevó a buscar ropa al departamento reventado por el Ejército. “Cuando esta mujer que dijo ser asistente social pero que no aparece en ningún registro me vio con la bolsa de fotos, me sentó en la mesa y me hizo verlas una por una mientras me preguntaba ‘¿este quién es? ¿y éste quién es? Yo estaba entrenada y sabía que no tenía que decir nada”.

Tenía siete años Josefina, pero ya sabía que en la escuela y en todos lados era María José Roldán. La familia estaba clandestina desde 1975, cuando les allanaron la casa. Francisco nació en julio de 1976, pero su padre no llegó a conocerlo. Fue secuestrado en Constitución, un mes antes. “Nos quedamos solos. Pienso mucho en esa mujer sola, con dos hijos y escapando”, relató Josefina.

Tres días después del secuestro de su mamá, su abuelo de Polo, de Tres Arroyos, los fue a buscar. Cuando fueron creciendo, Polo les contó que para dar con Vibel los terroristas dieron un par de pasos antes de reventar el departamento de Freyre: lo secuestraron a él –permaneció un mes en Vesubio–; a su abuela paterna y a un tío paterno y a un cuñado de Carlos Giglio.

El relato de Francisco fue menos detallista. El tenía un año y medio cuando ocurrió todo. Coincidió con su hermana en el sentimiento de espera. “Llegó la democracia y todos pensábamos que los iban a liberar, porque creíamos que estaban detenidos en algún lugar. Yo creí que iban a aparecer para mi cumpleaños de quince. Y luego, para mi fiesta de egresados”, intentó explicar ella, que comparó al gobierno de Raúl Alfonsín con “la esperanza”; al indulto de Carlos Menem con “el abismo” y a las gestiones kirchneristas con el abandono de la clandestinidad. “Yo sentí que salía de la clandestinidad, que podía decir que mis viejos estaban desaparecidos y que no era mi culpa, y que había un Estado que en vez de discutir la cantidad de desaparecidos debería estar buscando los restos de mi padre y de otros”.

Francisco lo analizó desde la figura del “desaparecido”, esa que “produce algo tremendo en la mente de un hijo, porque siempre lo estás esperando. Yo tengo 40 y sigo esperándolos en algún rincón de mí. La perversidad es tremenda”.

Ambos saben que no volverán, por eso ven una posibilidad de “cierre” en la recuperación de los restos. “Necesito recuperar los restos de mis padres – dijo Francisco– sería de alguna manera reencontrarme con ellos”.

Josefina también reclamó los restos: “Me gustaría que el Poder Judicial le exija al Ejecutivo que disponga de todos los medios para encontrar los huesos de mis padres y de todos los desaparecidos. Y que le dé prioridad a la búsqueda de todos los chicos que fueron robados. Yo no quiero que mis hijos crezcan buscando los huesos de su abuela. Ya pasaron 40 años, ya es tiempo”.

Arpilleras Por La Memoria…Un testamento gráfico

Arpilleras Por La Memoria…Un testamento gráfico

Arpilleras Por La Memoria – Bélgica Castro Fuentes.

En 1974, un pequeño grupo de mujeres cuyos hijos habían desaparecido desde su detención, comenzaron a reunirse para confeccionar tapices. Sus trabajos tienen un fuerte contenido de denuncia de los crímenes contra derechos humanos en su país. Pronto el movimiento se extendió a otras ciudades y comenzó a llamar la atención del público internacional.

Paradójicamente, la dictadura dio la oportunidad a las mujeres de encontrar una forma de poder político. La desprotección en que el gobierno de Pinochet dejó a mujeres de todas las clases y grupos sociales las empujó a encontrar una voz para articular sus demandas. Con motivo de su arte, las arpilleristas se organizaron, primero como madres de los desaparecidos, después como ciudadanas políticas.

El primer taller de arpilleras fue abierto en 1974, patronizado por la Vicaria de la Solidaridad. Unas catorce de ellas, desesperadas por la desaparición de sus familiares, por el hambre de sus hijos y por el terror, llegaron al patio de la Vicaria, donde se les ofreció retazos de tela, con los que podrían ocuparse y ganar un poco de dinero. Espontáneamente comenzaron a trabajar en este nuevo arte politizado.

Las arpilleras se crearon en un ambiente de silencio y miedo, y narran historias a través de colores y formas. En ellas se describen eventos de la vida de la nación: historias de pérdidas, de la negación del futuro, de la ausencia de felicidad, del deseo de paz. A las mujeres las une el dolor, la ausencia y la búsqueda inútil de sus parientes perdidos.

La relación entre arte y denuncia, imagen y verdad política no es fácil de entender para quienes viven en países donde la libertad de expresión y las garantías individuales no están amenazadas sistemáticamente. Las arpilleras chilenas son un ejemplo de tantos movimientos artísticos que tuvieron que encontrar un medio de expresión intenso pero seguro, donde pudieran gritar sin decir palabras. Las imágenes de gran inocencia y fuerza de esos tapices son un reflejo directo de las necesidades de tantos ciudadanos chilenos.

En 1991 y con la vuelta de un sistema democrático, la mayoría de los talleres habían cerrado. Pero el trabajo de estas mujeres sigue siendo un testamento gráfico de la lucha por los derechos humanos y como advertencia de que no debemos olvidar la dictadura.

Arpilleras de Bélgica Castro :www.arpillerasporlamemoria.comhttp://on.fb.me/lsFnqB

En youtube: http://www.youtube.com/watch?v=38u4LGmfKAw

Film acerca dictadura,exilio, desaparición forzada.“Te extraño, hermano”.

Film acerca dictadura,exilio, desaparición forzada.“Te extraño, hermano”.

 

TE Extraño.

 

La película Te extraño (2010), del director argentino Fabián Hoffman, puede interpretarse como un relato de formación. El filme narra la historia de Javier, un adolescente de 15 años que vive con su familia en Argentina. Luego de la desaparición Adrián (hermano de Javier y militante del grupo Montoneros) Javier es enviado a vivir a México. Es en el exilio y en el subsecuente regreso a su país donde el protagonista vivirá la transición de la adolescencia a la madurez.

 

Una de las características principales de las narrativas de formación es que son contadas desde una perspectiva personal. Así, el filme de Hoffman no pretende explicar las razones del golpe de estado o de la dictadura. Tampoco explora los motivos políticos e históricos del conflicto, pues como bien ha señalado el director en diversas entrevistas, el objetivo de la cinta era indagar cómo un adolescente vive dichos momentos de crisis política. Lo que interesa es mirar el impacto de la desaparición forzada y el exilio en el protagonista; es decir, observar a través de sus ojos. Por este motivo la película se centra en cómo estos hechos llevan a Javier configurar su identidad y a elegir un lugar dentro del mundo.

 

Debido a esta perspectiva íntima la película se desarrolla casi enteramente en un ambiente familiar. Abundan escenas en espacios cotidianos que nos recuerdan a nuestra vida durante la adolescencia: cenas y días de campo con nuestros padres, conversaciones en el comedor o en nuestra habitación; el viaje de la casa a la escuela y viceversa. Además, durante toda la película (a excepción del final) no se utiliza música para ambientar las escenas. Por el contrario, hay un énfasis en los sonidos que provienen de objetos ordinarios, como la televisión, la radio, los carros, un abanico, un reloj, personas cocinando y demás. Este uso de los sonidos crea una narración aún más íntima y subjetiva, como corresponde a este tipo de historias.

 

Es importante recalcar que la desaparición de Adrián es el motor de la narración fílmica, es decir, aquello que detona el movimiento exterior e interior del protagonista. Por un lado, la desaparición traslada a Javier de Argentina a México y lo transforma de un adolescente común a un exiliado. Por otro, lo reta a tomar una posición ante la tragedia familiar y el contexto político de su país. ¿Qué significa quedarse en México o regresar a Argentina? ¿Cuál es la mejor forma de recordar a su hermano? ¿Debería dejar atrás la muerte de Adrián y continuar con su vida? ¿O debería regresar a casa y vivir bajo la dictadura? México y Argentina se convierten así en algo más que lugares en el espacio. Son la representación de las decisiones que Javier debe tomar respecto a la dictadura, a la familia y a la memoria de su hermano desaparecido.

 

Estas preguntas que surgen ante Javier, y que suponen tomar una decisión, no podrían originarse antes de la desaparición de Adrián. Como otros protagonistas de los relatos de formación, Javier se encontraba resguardado en un ambiente conocido, en donde no era necesario adoptar una postura ante la sociedad. Por lo tanto, no tenía un participación importante dentro de la política o la vida familiar. Su vida, la de un estudiante y un adolescente cualquiera, se limitaba a asistir al colegio y ayudar en la casa.

 

Podemos ver esto en dos escenas que se repiten en el filme. En una, Javier le pide a su padre de las llaves de la quinta de la familia (a petición de Adrián), a lo que el padre responde negativamente. Después de esto vemos a Javier lavando los trastes, solo y dando la espalda a la cámara. En otra escena, ya en la quinta familiar, Adrián y otros miembros de Montoneros tienen una junta para discutir acciones políticas. Javier quiere escuchar y se mantiene cerca del grupo. Sin embargo, un miembro le cierra la puerta en la cara, por lo que queda fuera de la conversación. Javier de nuevo es relegado a la cocina y podemos verlo de espaldas, preparando la comida para los guerrilleros. Así pues, el lugar de Javier como estudiante y adolescente (un lugar secundario y menos activo) se resalta. No obstante, Javier ya muestran ciertos rasgos de individualidad antes de partir a México . Además de ser bastante inteligente (como es usual en los protagonistas del bildungsroman) realiza acciones rebeldes como pintar las paredes de su colegio o explotar una caja con volantes.

 

De acuerdo al género de los relatos de formación, la búsqueda de una voz propia y de la identidad siempre suponen un alejamiento de los modelos establecidos, representados ya sea por los padres o por la sociedad. Así, Javier se encuentra solo en México y debe enfrentar ese nuevo mundo por su propia cuenta, pues ya no están sus padres ni su hermano para guiarlo. Esta búsqueda de identidad genera soledad y ensimismamiento (que a la vez son intrínsecos en el paso de la adolescencia a la madurez). Por este motivo es usual ver a Javier caminando solo por la calles de la Ciudad de México, tocando las paredes con la mano y mirando hacia abajo. En otras escenas lo observamos acostado en la cama, con una mirada pensativa y absorta. Y aunque haya otros personajes que acompañan a Javier durante su estancia en el Distrito Federal, las decisiones que debe tomar le corresponden a él. Así, aunque acompañado, Javier se encuentra siempre solo.

 

En una charla con Fabián Hoffman en la Cineteca Nacional, el director comenta el porqué detrás del título de su película. A muchos les llamaba la atención un nombre tan íntimo (Te extraño) para una película contextualizada en la dictadura. La razón es que es un sentimiento tan humano (en palabras de Hoffman, tan llano), que surge a partir de la desaparición forzada. De acuerdo el director el título nos dice: “Te extraño, hermano”. Como lo han señalado diversos estudios, la desaparición de un ser querido es un evento traumático que no permite realizar un proceso de duelo. Al no saber qué sucedió con la persona amada, los familiares y amigos viven una desesperación constante. Javier también vive esta situación, que se representa en la película mediante un entrelazamiento de espacios y recuerdos. A pesar de estar en su habitación en México, Javier puede oír los ruidos de cuando compartía el cuarto con su hermano. Asimismo, confunde a desconocidos que caminan por la ciudad con Adrián. Los recuerdos regresan a pesar de la distancia, pues la desaparición no se puede borrar ni olvidar. Cambiar de espacio puede significar cambiar de vida, pero hay ciertos eventos imposibles de dejar atrás.

 

Por este motivo, luego de pasar casi un año en México, y de tener una fuerte discusión con dos guerrilleros y amigos de Adrián, Javier decide regresar a Argentina. Es este regreso el que nos permite ver los cambios internos que ha vivido y la identidad que ha formado a partir de su exilio y la desaparición de su hermano. Ya abordo del avión que lo llevará a casa, Javier decide brindar con una mujer que está sentada al lado suyo. Al mencionar que tiene un hermano desaparecido,la mujer le voltea la cara inmediatamente y deja de conversar con él. Este gesto de reconocimiento ante la desaparición forzada nos indica que Javier no ha olvidado la memoria de su hermano. Asimismo, es una acción personal que resiste el estigma de la militancia que caería sobre los guerrilleros desaparecidos a lo largo de la dictadura. Otro gesto importante es que Javier es el único miembro de la familia capaz de decirle a la abuela que Adrián está desaparecido. Ante el secretismo de sus padres, que solo podría traer más dolor a la familia, Javier mira a su abuela a los ojos, y a pesar de que va a romperle el corazón, le dice la verdad que tiene derecho a saber: Adrián ya no está.

 

Pasar de la adolescencia a la madurez no es un proceso sencillo, especialmente si se vive en contextos tan convulsos como una dictadura. No obstante, tanto en los relatos de formación como en la vida misma, es necesario forjar una identidad con la cual encarar al mundo. El viaje interior y geográfico de Javier en Te extraño ilustran perfectamente las palabras de su director: “lo más importante en la vida es tener una voz propia”. Hoffman, como familiar de un desaparecido y como exiliado, explora a profundidad aquellos momentos que nos convierten en lo que somos: las heridas de las cuales surgimos y las personas a las que nunca podremos olvidar.

En la página de la Cineteca NACIONAL DE México se exhibió este film cuya reseña explica que

Te extraño (México-Argentina, 2010), segundo filme del realizador Fabián Hofman, es el título que inaugura la Colección Cineteca y el primer DVD de producción nacional editado por esta institución a lo largo de su historia. Así mismo es la primera producción mexicana de la cual la Cineteca Nacional adquiere los derechos de exhibición, reafirmando su compromiso con la difusión del cine nacional.

Presentada mundialmente en la Berlinale 2010 y exhibida con éxito en el 30 Foro Internacional de la Cineteca Nacional, la cinta narra, a partir de la estrecha relación de un par de hermanos adolescentes, el vacío que deja la desaparición del mayor en la vida del menor, todo ello enmarcado en el contexto político turbulento que atravesaba la Argentina en la década de los setenta.

Fabián Hofman, quien fue durante una década Director Académico del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), explora en Te extraño la ausencia, el exilio, el desarraigo y la impotencia para construir una historia que privilegia la dimensión íntima, privada, sobre el entorno político, que aún sin perder su poder, se convierte en el telón de fondo de una trama donde el amor fraternal es protagonista. Se trata de un filme sobre la madurez, la pérdida y el modo en que un adolescente lidia con ella.

El filme ha participado en numerosos festivales internacionales, entre ellos en el Festival Internacional de Seattle (EUA, junio/2010), en el San Francisco Jewish (EUA, julio/2010) y recientemente en el Festival Internacional de Montreal (Canadá, septiembre/2010). Asimismo está confirmada su exhibición en el Festival de Río de Janeiro (Brasil, octubre/2010) y en el Festival Internacional de Chicago (EUA, octubre/2010), entre otros.

Te extraño (México-Argentina, 2010), segundo filme del realizador Fabián Hofman, es el título que inaugura la Colección Cineteca y el primer DVD de producción nacional editado por esta institución a lo largo de su historia. Así mismo es la primera producción mexicana de la cual la Cineteca Nacional adquiere los derechos de exhibición, reafirmando su compromiso con la difusión del cine nacional.

Presentada mundialmente en la Berlinale 2010 y exhibida con éxito en el 30 Foro Internacional de la Cineteca Nacional, la cinta narra, a partir de la estrecha relación de un par de hermanos adolescentes, el vacío que deja la desaparición del mayor en la vida del menor, todo ello enmarcado en el contexto político turbulento que atravesaba la Argentina en la década de los setenta.

Fabián Hofman, quien fue durante una década Director Académico del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC), explora en Te extraño la ausencia, el exilio, el desarraigo y la impotencia para construir una historia que privilegia la dimensión íntima, privada, sobre el entorno político, que aún sin perder su poder, se convierte en el telón de fondo de una trama donde el amor fraternal es protagonista. Se trata de un filme sobre la madurez, la pérdida y el modo en que un adolescente lidia con ella.

El filme ha participado en numerosos festivales internacionales, entre ellos en el Festival Internacional de Seattle (EUA, junio/2010), en el San Francisco Jewish (EUA, julio/2010) y recientemente en el Festival Internacional de Montreal (Canadá, septiembre/2010). Asimismo está confirmada su exhibición en el Festival de Río de Janeiro (Brasil, octubre/2010) y en el Festival Internacional de Chicago (EUA, octubre/2010), entre otros.

Las voces de los Hijxs.Pablo Sepúlveda Allende : arresten a Henry Kissinger.

DestacadoLas voces de los Hijxs.Pablo Sepúlveda Allende : arresten a Henry Kissinger.

“Querida Noruega, arresta a Henry Kissinger, el hombre que planeó el golpe de Estado en el que mi abuelo fue asesinado”

Nieto de Allende pide arresto de Kissinger en Oslo por golpe militar en Chile.

Una familia que marcó la Historia reciente de Chile. Los Allende – Bussi y sus descendientes.

Pablo es hijo de Carmen Paz Allende, hija mayor del presidente Salvador Allende y de Héctor Sepúlveda; sobrino de Isabel Allende Bussi, presidenta del PSCH y ex presidenta del Senado. Pablo es primo hermano de Maya Fernández Allende, hija de Beatriz, la Tati, todos ellos figuras políticas.Su prima  Marcia Tambutti, hija de Isabel filmó la historia de la familia en su documental Mi abuelo Allende .

Es médico y vive en Venezuela .

(Noticia publicada en medios nacionales e internacionales)

 

por 11 diciembre 2016

Nieto de Allende pide arresto de Kissinger en Oslo por golpe militar en Chile
“A un gobierno que afirma defender la paz y los derechos humanos, como hace el noruego, ¿es mucho pedirle que un criminal de guerra con responsabilidad directa en genocidio, tortura y golpes de Estado sea declarado persona non grata o sea detenido y llevado ante la justicia según la ley internacional?”, consta en la carta.

Un nieto del expresidente Salvador Allende reclamó hoy a las autoridades noruegas que arresten al exsecretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger, presente en Oslo estos días, por su apoyo al golpe militar de 1973 en Chile.

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Kissinger viajó a Noruega por invitación del Instituto Nobel y la Universidad de Oslo, asistió ayer a la entrega del premio de la Paz al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos -con quien mantuvo una reunión privada-, y hoy pronunciará una conferencia con Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero del expresidente Jimmy Carter.

El acto, que tiene el apoyo del Instituto Nobel, se celebrará en un aula de la universidad, y el hecho de que “ninguna de las víctimas de sus crímenes de guerra y políticas criminales” puedan intervenir, ni vayan a ser nombradas, es lo que ha convencido a Pablo Sepúlveda Allende de mandar una carta a esas instituciones.

En , carta que hoy reproduce el conservador  Aftenposten.no-el principal diario de ese país nórdico-, Sepúlveda Allende se muestra “conmocionado” por el “homenaje” a Kissinger, que considera una “ofensa”. (leer carta completa)

“A un gobierno que afirma defender la paz y los derechos humanos, como hace el noruego, ¿es mucho pedirle que un criminal de guerra con responsabilidad directa en genocidio, tortura y golpes de Estado sea declarado persona non grata o sea detenido y llevado ante la justicia según la ley internacional?”, consta en la carta.

Sepúlveda Allende pregunta también al Instituto Nobel si nadie en esta institución tiene “el valor y la moral suficientes” para retirarle a Kissinger el Nobel que se le otorgó en 1973 por el acuerdo de paz en Vietnam y reparar una “injusticia histórica” en vez de homenajearlo con un acto que es “una vergüenza histórica”.

El nieto del expresidente chileno resalta que está “bien documentada” la participación de Kissinger en el golpe de Pinochet y otros golpes y “campañas de terror político” en Sudamérica y en otras partes del mundo.

“Noruega les abrió las puertas a miles de chilenos que huían de un régimen de terror, por eso es incomprensible que Kissinger sea recibido y homenajeado en Noruega con motivo de la entrega del Nobel de la Paz”, escribe Sepúlveda Allende.

Para mayor información

 Amy Goodman

Kerry, Kissinger y el otro 11 de septiembre

El único motivo por el que se debería buscar a Henry Kissinger es para llevarlo ante la justicia, al igual que Pinochet.

Henry Kissinger and Augusto Pinochet

Mientras la intervención militar del Presidente Barack Obama en Siria parece haberse postergado por el momento, llama la atención que el Secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, se haya reunido el 11 de septiembre con uno de sus predecesores, Henry Kissinger, supuestamente para hablar de la estrategia de las próximas negociaciones sobre Siria con funcionarios rusos. La reunión entre Kerry y Kissinger y la oposición pública al ataque a Siria, que ambos apoyan, deberían mirarse a través del espejo de lo sucedido el 11 de septiembre, pero de 1973.

Aquel día, hace 40 años, el presidente democráticamente electo de Chile, Salvador Allende, fue derrocado violentamente mediante un golpe de Estado que contó con el apoyo de Estados Unidos. El General Augusto Pinochet asumió el control del país y dio inicio a diecisiete años de un régimen militar de terror, en el que más de 3.000 chilenos fueron asesinados y desaparecidos, alrededor del mismo número de personas que murieron el 11 de septiembre de 2001. Allende, que era socialista, contaba con mucho apoyo popular en su país, pero sus políticas eran el anatema de las élites de Chile y Estados Unidos, por lo que el entonces Presidente estadounidense, Richard Nixon, y su Secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, apoyaron el intento de derrocarlo.

El papel que desempeñó Kissinger en la planificación del golpe de Estado en Chile en 1973 queda más claro a medida que pasan los años y surgen nuevos documentos, que el propio Kissinger intentó mantener en secreto. Peter Kornbluh, de la organización sin fines de lucro National Security Archive (Archivo de Seguridad Nacional), ha revelado las pruebas durante años, y recientemente actualizó su libro “Pinochet: los archivos secretos”.

El archivo Pinochet

Kornbluh* me dijo que Kissinger “fue el principal responsable de idear la política para derrocar a Allende e incluso de apoyar a Pinochet y las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron durante su régimen”. Afirmó que Kissinger “presionó a Nixon para que asumiera una política agresiva, pero encubierta, para lograr derrocar a Allende, desestabilizar su capacidad de gobernar y generar lo que Kissinger denominó ‘un clima golpista’”.

El régimen de Pinochet fue violento, represivo y un aliado cercano de Estados Unidos. Pinochet formó alianzas con otros regímenes militares de América del Sur, que crearon el “Plan Cóndor”, una campaña de terrorismo de Estado y asesinatos coordinados en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. El Plan Cóndor incluso llegó a las calles de Washington D.C. cuando, el 21 de septiembre de 1976, el ex embajador chileno en Estados Unidos durante el gobierno de Allende, Orlando Letelier, fue asesinado junto a su asistente, un ciudadano estadounidense llamado Ronni Moffitt, en un atentado con coche bomba perpetrado por la policía secreta de Pinochet en la zona de las embajadas, a apenas unas cuadras de la Casa Blanca.

Finalmente, tras la creciente condena mundial y la resistencia no violenta dentro del país, el régimen de Pinochet se vio obligado a realizar un plebiscito en el que se decidiría si Pinochet debía continuar como dictador en Chile. La población rechazó al gobierno de Pinochet con un “NO” rotundo, y dio paso a la actual era democrática en Chile.

Al menos dos ciudadanos estadounidenses fueron asesinados durante el golpe de 1973. Charles Horman y Frank Teruggi viajaron a Chile para ser testigos de la experiencia democrática que se estaba desarrollando en el país. Trabajaban como escritores y periodistas. Su secuestro y asesinato por parte de las fuerzas de Pinochet, con la posible colaboración del Gobierno estadounidense, fueron representados en la película “Desaparecido” del director Costa Gavras, con Jack Lemmon y Sissy Spacek como protagonistas. En Chile, la película “Desaparecido” fue prohibida por el régimen de Pinochet. Con motivo del 40 aniversario del golpe de Estado, la viuda de Charles Horman, Joyce Horman, realizó una ceremonia conmemorativa en la ciudad de Nueva York. El evento fue organizado por la fundación Charles Horman Truth Foundation y atrajo a cientos de personas, muchas de las cuales formaron parte del Gobierno de Allende, perdieron familiares durante la dictadura, o se vieron obligadas a exiliarse de Chile durante aquellos terribles años.

Entre los asistentes estaba Juan Garcés, un ciudadano español que fue asesor personal del Presidente Allende. Garcés estaba con Allende en el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973. Poco antes de que el palacio fuera bombardeado por la fuerza aérea, Allende acompañó a Garcés a la puerta y le dijo que saliera y le contara al mundo lo que había sucedido aquel día.

Allende murió durante el golpe, y Garcés apenas logró escapar de Chile con vida. Años después presentó una denuncia penal contra Pinochet, y finalmente logró que se lo arrestara en Gran Bretaña en 1998, donde Pinochet permaneció detenido durante 504 días. Si bien finalmente Pinochet pudo regresar a Chile, más tarde fue procesado allí y tuvo que afrontar un juicio y la prisión. Murió en 2006 bajo arresto domiciliario a los 91 años de edad.

Hoy en día, Juan Garcés considera que hay alarmantes similitudes entre la represión en Chile y las actuales políticas estadounidenses: “Realizan entregas extraordinarias, ejecuciones extrajudiciales. Tienen centros de detención secretos. El recurso de habeas corpus es ineficaz. Me preocupa mucho que los mismos métodos que se utilizaron en Chile durante la dictadura, con el conocimiento y el apoyo del Gobierno de Nixon y Kissinger, ahora se estén utilizando en muchos países, con otra excusa, con el apoyo de Estados Unidos. Considero que es algo muy peligroso para todos”.

En lugar de reunirse con Kissinger para buscar asesoramiento, John Kerry debería apoyar la paz y consultar a personas como Garcés, que han dedicado su vida a luchar por esa causa. El único motivo por el que se debería buscar a Henry Kissinger es para llevarlo ante la justicia, al igual que Pinochet.

The Pinochet File

*Peter Kornbluh

Peter Kornbluh dirige el Proyecto de Documentación de Cuba y Chile del Archivo de Seguridad Nacional. Él es el autor de la Bahía de Cochinos desclasificados: El informe secreto de la CIA en la invasión de Cuba y The Pinochet File: Un Dossier desclasificados en Atrocidad y rendición de cuentas y un co-autor (con Laurence Chang) de la Crisis de los Misiles de 1962: Un Nacional Archivo de seguridad Documentos lector y (con Malcolm Byrne) de El escándalo Irán-Contras: La Historia desclasificados , todos publicados por The New Press. Vive en Washington, DC

Una mujer embarazada en los cuarteles de la DINA. Reinalda

Una mujer embarazada  en los cuarteles de la DINA. Reinalda

Jueves 15 de Diciembre 2016
UNA MUJER EMBARAZADA EN LOS CUARTELES DE LA DINA
Por Andrés Scherman

Durante 1976 el puño de la DINA golpeó con fuerza al Partido Comunista. En siete meses dos direcciones completas fueron aniquiladas. No solo cayeron los principales dirigentes. Militantes jóvenes, que habían decidido pasar a la clandestinidad pese a los riesgos, también fueron detenidos y hechos desaparecer. Uno de ellos fue Reinalda del Carmen Pereira, quien tenía 29 años y un embarazo de cinco meses al momento de su detención.

Su marido, su madre y sus amigos la buscaron por décadas. Recién a mediados de 2007, cuando el esposo y la madre ya habían muerto, la justicia desentrañó los detalles del crimen. Su cuerpo hasta hoy sigue sin ser encontrado. Junto a Reinalda, otros once militantes comunistas y dos miembros del MIR cayeron en un operativo que se extendió por tres semanas y que se conoce como “el caso de los Trece”.

En esta historia se inspira parte del sexto capítulo de la serie Los archivos del cardenal.
Por Andrés Scherman

Llévame, voy justo hacia tu casa. Era la tarde del 15 de diciembre de 1976 y Reinalda del Carmen Pereira terminaba su jornada de trabajo en el laboratorio clínico que había fundado hacía unos pocos meses junto a su amiga Cristina Arancibia en el pasaje Matías Cousiño, en el centro de Santiago. Como tenía que ir cerca del Estadio Nacional, en Ñuñoa, le pidió a Cristina que la llevara en auto.

Ambas mujeres se conocían desde 1969 y eran militantes del Partido Comunista (PC), aunque solo Reinalda seguía vinculada a la colectividad. Hasta el Golpe de Estado de 1973, habían hecho una vida política juntas, llegando a encabezar –Cristina como presidenta y Reinalda como secretaria general– el Colegio de Tecnólogos Médicos de Chile. Pero después del 11 de septiembre, y ante la fuerte represión que vivían los partidarios del gobierno de la Unidad Popular, Cristina optó por concentrase en el trabajo y la crianza de sus hijos. Reinalda, en cambio, eligió una ruta distinta y se involucró de lleno en las actividades que por esos días llevaba adelante un golpeado y clandestino Partido Comunista.

Reinalda había arriesgado la vida varias veces en esos años. Ya en diciembre de 1976 estaba decidida a “descolgarse” de la actividad clandestina: tenía cinco meses de embarazo. Le faltaba apenas un poco de tiempo para cumplir sus últimas tareas.

Esa tarde del 15 de diciembre de 1976, tras dejar el laboratorio clínico en el centro de Santiago, las dos mujeres se dirigieron hacia Ñuñoa en la citroneta roja de Cristina. Al llegar a la esquina de calles Maratón y Rodrigo de Araya, Reinalda descendió del vehículo. Cristina recuerda que puso su auto delante del bus que tomaría su amiga para que ésta alcanzara a subir. No miró hacia atrás y supuso que Reinalda ya estaba sobre la micro. Le había dicho que iría a la consulta de un ginecólogo para controlar su embarazo.

Nunca más volvieron a verse.
No hay certeza, pero probablemente Reinalda caminó las ocho cuadras que separan el lugar donde descendió de la esquina de Rodrigo de Araya y Exequiel Fernández. De acuerdo al relato de testigos que declararon en el proceso, en esa esquina dos hombres descendieron de un automóvil marca Peugeot, patente HLN-55, y la tomaron fuertemente por la espalda. La mujer se aferró al poste de un semáforo y gritó pidiendo auxilio, pero fue doblegada e introducida a la fuerza en el auto, que inmediatamente salió por Rodrigo Araya.

Al día siguiente, su marido, su madre y sus amigos comenzaron a buscarla. Reinalda tenía 29 años. Y, vale la pena reiterarlo, cinco meses de embarazo.

La detención de Reinalda fue parte de la fuerte ofensiva que los servicios de seguridad de la dictadura lanzaron contra el PC en 1976. Si durante 1974 y 1975 la Dirección Nacional de Informaciones (DINA) concentró su labor en la aniquilación del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), el Partido Socialista y el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), en 1976 su principal objetivo fueron los comunistas.

En ese momento, el PC era el único partido de izquierda que mantenía sus estructuras funcionando. A cargo de su directiva estaba el dirigente Víctor Díaz, quien asumió esa tarea pocas semanas después del Golpe. Sin embargo, todo cambió en 1976. En solo cosa de meses, dos directivas completas cayeron en manos de la DINA, arrastrando también a jóvenes militantes, como Reinalda del Carmen Pereira Plaza.

Crecer en otra casa
Reinalda del Carmen Pereira nació el 5 de mayo de 1947. Su madre, Luzmira Plaza, trabajaba como empleada doméstica en una casa ubicada en la calle Jorge Matte Gormaz, en la comuna de Providencia.

Luzmira, a quienes todos llamaban Lula, era una mujer campesina, proveniente de Lonquén, y sin ningún interés por la política. Tras quedar embarazada decidió permanecer en la casa en que trabajaba como asesora del hogar y dedicar todas sus energías a criar sola a su hija. Reinalda creció en ese lugar, donde se hizo amiga de los hijos del matrimonio dueño de casa y se fue integrando a algunas actividades familiares. Fue así como aprendió a tocar guitarra con el profesor que iba a enseñarles a los hijos de los “patrones” o partió de vacaciones a El Tabo, donde, a los 16 años, fue elegida reina del balneario.

Luego de terminar la secundaria, Reinalda entró a estudiar Tecnología Médica a la Universidad de Chile. Fue la primera de su familia en acceder a la educación superior, motivo de gran orgullo para su madre.

En la universidad, Reinalda se encontró con la efervescencia política de los 60 y comenzó a militar en las Juventudes Comunistas. Quienes la conocieron recuerdan especialmente dos aspectos de ella: su fuerte determinación y su belleza.

“Era preciosa. Blanca, delgada, tenía unos ojos verdes penetrantes, pelo negro, una nariz un poco aguileña, labios finos, cejas muy bien delineadas. Estoy mirando a la Carmen –que es como la llamaban sus cercanos- en este minuto”, recuerda Cristina Arancibia, quien por primera vez habla con un periodista sobre la desaparición de su amiga.

La belleza de Reinalda iba acompañada de un fuerte carácter, lo que varias veces la enemistó con otras personas. “Tenía sus ideas políticas clarísimas. Te discutía todo y te tiraba granadas con las que tú no hallabas qué hacer, lo que despertaba en ese tiempo muchas odiosidades. Era muy vehemente, pero también estudiosa”, relata su amiga, quien fue la última persona en verla con vida.

Tras titularse de tecnóloga médica en 1969, Reinalda comenzó a trabajar en el Hospital doctor Sotero del Río. Además de su trabajo profesional, las actividades políticas y gremiales empezaron a ocupar cada vez más parte de su tiempo. Se involucró primero en la Federación de Tecnólogos Médicos y, después, participó en la fundación y dirección del Colegio que reunía a estos profesionales. También en esa época conoció a Max Santelices, un kinesiólogo que pertenecía al Partido Comunista, y que también participaba en los gremios de la salud.

Reinalda y Max comenzaron a salir en 1971. Formaron una pareja que, de acuerdo a quienes los conocieron, reunía dos personalidades bastante distintas. Mientras Reinalda se caracterizaba por ser estructurada y tener una gran capacidad de organización, Max era más disperso. “En esa pareja, Carmen ponía el orden y el flaco ponía la risa y la talla”, asegura Cristina Arancibia.

Fueron años intensos. Tras la elección de Salvador Allende el trabajo político y gremial se multiplicó. También las relaciones con los colegas que defendían otras posiciones políticas se hicieron más ásperas. De hecho, en 1973, Reinalda y Cristina perdieron la dirección del Colegio de Tecnólogos en una asamblea que se extendió por horas y donde debieron enfrentar a un juicio de destitución promovido por los opositores al gobierno de la Unidad Popular.
En julio de 1973, Reinalda y Max se casaron y se fueron a vivir juntos. Los acompañó la señora Lula, que apenas unos pocos años antes había dejado la casa de sus patrones. En el país la tensión era máxima: unas pocas semanas antes del casamiento un grupo de militares, encabezados por el coronel Roberto Souper, había intentado derrocar al Gobierno. La sublevación pasó a ser conocida como el “Tanquetazo”.

Viene el Golpe
Las primeras consecuencias del Golpe de Estado se sintieron rápido en la vida del matrimonio. Pocos días después del 11 de septiembre, ambos fueron detenidos en el Sótero del Río. Reinalda fue llevada al Regimiento de Ferrocarriles del Ejército de Chile, donde permaneció por cerca de 10 horas. Después de esta detención fue obligada a firmar semanalmente, durante un año, un registro llamado “control de personas con comprometimiento político”. Max, en tanto, fue trasladado al Estadio Nacional, desde donde logró salir veinte días después.

En las semanas siguientes, los problemas continuaron. Reinalda y Max fueron despedidos del hospital. Quedaron sin trabajo y con muy pocas posibilidades de ejercer su profesión en un sistema de salud que en aquella época era casi íntegramente estatal.
Sin un empleo estable, ambos se sumergieron en tareas políticas y ocasionalmente realizaban algunos trabajos esporádicos para juntar dinero. La señora Lula siguió viviendo con ellos, pero sin nunca sospechar las tareas políticas clandestinas que realizaban su hija y su yerno. La dictadura, la clandestinidad y la persecución eran temas completamente lejanos para esta mujer.

En 1976 el Partido Comunista enfrentó su año más difícil desde el inicio de la dictadura. El primer golpe fue la detención del subsecretario de las Juventudes Comunistas, José Weibel, quien cayó el 29 de marzo a manos del Comando Conjunto, un organismo represivo que competía con la DINA y cuya existencia era desconocida. Weibel se unía a otros dirigentes juveniles apresados y desparecidos el año anterior.

Posteriormente, a principios de mayo 1976, la DINA logró identificar una casa de seguridad en la calle Conferencia donde se reunirían miembros de la cúpula para tratar temas sindicales. Los agentes de seguridad ingresaron a la casa a esperar la llegada de los dirigentes. Uno a uno los asistentes a la reunión fueron apresados mientras ingresaban a un lugar que creían seguro y que se había transformado en una ratonera. En Calle Conferencia cayeron Jorge Muñoz (esposo de Gladys Marín), Mario Zamorano, Uldarico Donaire y Jaime Donato.

La aniquilación de la directiva se completó unos días después con la captura de Víctor Díaz, quien encabezaba el trabajo clandestino del partido desde los días posteriores al Golpe Militar, que prohibió el funcionamiento de los partidos políticos, dejándolos al margen de la legalidad.

Tras ese golpe contra la primera dirección clandestina, el PC trató de reorganizarse formando una segunda directiva, encabezada por el profesor universitario Fernando Ortiz. Tras la conformación de la nueva cúpula, Reinalda dejó de ser solo una militante que trabajaba en la clandestinidad y pasó a cumplir una labor de alta relevancia en la estructura del Partido Comunista: se convirtió en “enlace” de los miembros de la dirección que funcionaba en la clandestinidad. Ser “enlace” era una tarea riesgosa y que solo se le encargaba a militantes probadamente comprometidos con el partido. Entre las tareas de quienes cumplían este rol estaba trasmitir los mensajes de los distintos miembros de la directiva que se encontraban escondidos en casas de seguridad, y generar las condiciones necesarias para reunir cada cierto tiempo a los principales dirigentes, de modo que pudiesen debatir las líneas de acción de la colectividad sin correr riesgos. Reinalda formaba parte del anillo de confianza de los máximos dirigentes.

En este escenario de alto riesgo, Reinalda dividía su tiempo entre el ejercicio profesional y su rol de enlace en el PC.

¿No encuentras que es un poco peligroso que andes en esto?-, le preguntó su amiga Cristina Arancibia unos días antes de su desaparición.

Si se va a acabar. No te preocupes-, le respondió Reinalda, consciente de que su embarazo de cinco meses le impedía seguir asumiendo esa tarea partidarias.

El tema de la maternidad fue recurrente en las conversaciones que tuvieron las dos amigas durante esos días. “Conversamos mucho lo que era el embarazo, lo que era la maternidad, cómo era tener los chiquillos, después criarlos. Hablábamos mucho de eso”, cuenta Cristina.

A fines 1976 se produjo la caída de la dirección de Fernando Ortiz, que había sido detectada rápidamente por los servicios de seguridad. Entre el 29 de noviembre y el 20 de diciembre de 1976 trece personas fueron detenidas y desaparecidas por los servicios de seguridad de la dictadura. Once de ellos eran militantes del partido comunista –incluyendo a varios miembros de su dirección- y otros dos pertenecían al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

Reinalda del Carmen Pereira fue una las víctimas de esta operación, que pasó a ser conocida como el “El caso de los trece”. * Junto a ella, los otros doce detenidos, de los que se perdió todo rastro, fueron Santiago Araya, Armando Portilla, Fernando Navarro, Lincoyán Berríos, Horacio Cepeda, Luis Lazo, Fernando Ortiz, Waldo Pizarro, Héctor Véliz, Lizandro Cruz, Carlos Durán y Edras Pinto.

En un plazo de solo siete meses, dos directivas del PC fueron completamente aniquiladas.

Los militantes comunistas pagaron caro su falta de experiencia en el trabajo político clandestino. En el pasado, habían tenido que enfrentar la Ley Maldita, que en 1948, bajo el gobierno de Gabriel González Videla, declaró ilegal a la colectividad. Pero se trataba de dos situaciones muy diferentes. A fines de la década de los ‘40 hubo persecución, pero no un aparato represivo que buscara el exterminio de sus oponentes. Entonces bastaba con cambiarse de nombre y no realizar actividades políticas públicas. Algo que resultó insuficiente tras el golpe militar de 1973, lo que redundó en la caída de las dos primeras direcciones clandestinas. En el futuro en el PC aprenderían que los dirigentes clandestinos debían cortar todo contacto con sus familias, no realizar reuniones en un mismo lugar, compartimentar la información, y poner en marcha técnicas de chequeo y contra chequeo para descubrir si eran seguidos por los aparatos represivos.
El “caso de los Trece” causó tal revuelo, que en enero de 1977 la Corte Suprema designó como ministro en visita a Aldo Guastavino. Un mes después este cerraba el caso, luego de que el ministerio del Interior le entregara certificados –que resultaron ser falsos- indicando que los desaparecidos habían viajado hacia Argentina. Haciéndose eco de esta versión oficial, el diario La Segunda tituló el 9 de febrero de 1977: “No hay tales desaparecidos”

Seis años después, en 1983, el caso llegó azarosamente a manos del juez Carlos Cerda, quien estableció que los documentos de viaje fueron falsificados y constató que se trataba de un caso de desaparición forzada de personas.

Detención y muerte
Tras darse cuenta de que su mujer no había llegado a la casa, Max Santelices se puso inmediatamente en alerta. A primera hora del 16 de diciembre partió al laboratorio clínico de Matías Cousiño para preguntarle a Cristina Arancibia si tenía alguna noticia o si Reinalda había dormido en su casa.

A partir de ese momento se inició una frenética búsqueda, que topó con un complejo obstáculo: Max también era parte de la estructura clandestina del PC, lo que le impedía asumir las primeras acciones sin generar nuevas situaciones de riesgo. “Max estaba submarineando, como se llamaba en ese tiempo. Estamos hablando de los primeros días después de la detención”, explica Cristina. Unos meses después, tras descolgarse de sus tareas partidarias, Max Santelices se dedicó de lleno, y por el resto de su vida, a encontrar a su mujer. En el intertando, la madre de Reinalda, doña Lula, fue quien realizó las primeras gestiones para encontrar a su hija.

Primero acudió al Colegio de Tecnólogos Médicos y unos días después a la Vicaría de la Solidaridad, que había sido creada ese mismo año por la Iglesia Católica, tras el cierre del Comité Pro Paz.

La madre de Reinalda, que provenía del campo y tenía un bajo nivel de instrucción, debió aprender cuáles eran las instancias judiciales y las puertas que se podían golpear. Con la ayuda de los abogados de la Vicaría presentó un recurso de amparo el 20 de diciembre de 1976 ante la Corte de Apelaciones, el que como era habitual en la época, fue rechazado. Por otra parte, ante la demanda de información, la respuesta permanente de las autoridades fue que Reinalda, como los otros de los doce desaparecidos, había cruzado la Cordillera de los Andes hacia Argentina.

La tesis de un cruce por un paso fronterizo, de la que no había ninguna evidencia, también guió las primeras diligencias judiciales. Cuando Cristina fue llamada a declarar por el juez Guastavino, como la última persona que había estado con la víctima, hizo un relato de los hechos ocurridos el día de la detención, tras lo cual le entregaron un papel para firmar su declaración. La mujer la leyó y vio que el contenido era muy distinto de su relato y apoyaba la idea de que Reinalda Pereira había cruzado la cordillera. Cristina se retiró sin firmar nada.

Investigaciones judiciales posteriores han establecido que luego de ser secuestrada en la esquina de Rodrigo de Araya con Exequiel Fernández, Reinalda fue conducida al cuartel Simón Bolívar, un secreto cuartel de la DINA, ubicado en la comuna de La Reina. A ese mismo lugar llegaron también varios de los otros detenidos en el “caso de los 13”, además de Víctor Díaz, quien encabezó la directiva del PC desbaratada en mayo de 1976.

El abogado Nelson Caucoto, querellante en la causa de Reinalda del Carmen Pereira, explica que el cuartel Simón Bolívar fue “un centro del exterminio, del que nadie salió vivo”. Justamente por eso su existencia permaneció desconocida durante años para los jueces y los organismos de derechos humanos. En ese lugar operaba la Brigada Lautaro, encabezada por el entonces capitán de Ejército Juan Morales Salgado. Posteriormente se sumó el grupo Delfín, encabezado por el entonces capitán de Ejército Jorge Barriga y el teniente de Carabineros Ricardo Lawrence, que también eran parte de la DINA y que provenían de Villa Grimaldi, otro de los más cruentos centros de detención del organismo comandando por Manuel Contreras.

Lo ocurrido con Reinalda se ha podido conocer debido a las declaraciones de agentes de seguridad procesados en la investigación que realizó el juez Víctor Montiglio a partir de 2007. A esto se suma el testimonio de Jorgelino Vergara, quien tenía 16 años al momento de los hechos y que llegó a Simón Bolívar tras trabajar como mozo en la casa de Manuel Contreras. Vergara, quien era conocido como el “mocito”, combinaba labores domésticas, como servir los cafés durante las sesiones de tortura, con tareas de centinela, las que realizaba provisto de armamento.
El testimonio de Vergara, recogido en extenso en la investigación periodística La danza de los Cuervos de Javier Rebolledo, explica en detalle el tránsito de la militante del PC por Simón Bolívar.

De acuerdo a este relato, cuando Reinalda ingresó al cuartel, Vergara vio a una mujer embarazada (desconocía su nombre) que era torturada en la parrilla –una cama, generalmente metálica, en que los detenidos eran maniatados y sometidos a vejámenes. El “mocito” también fue testigo de cómo Barriga y Lawrence golpeaban a Reinalda con distintos objetos.

“A esa mujer la torturaron brutalmente, y ella clamaba para que pararan porque decía que estaba embarazada. La teniente Calderón chequeó que eso era efectivo, pero igual el capitán Barriga siguió con las torturas y la corriente. Estaba en muy mal estado y empezó a pedir que la mataran. Lawrence fue a buscar una sartén y la golpeó. Al mismo tiempo, Barriga efectuaba simulacros de ejecución con una pistola vacía sobre la sien de la mujer. Murió unas tres horas después, en el gimnasio del cuartel. La teniente Calderón le inyectó cianuro en la vena para asegurar su muerte”, declaró el mismo Vergara antes el juez Montiglio.
Tras su deceso, tal como ocurrió con otros prisioneros asesinados en Simón Bolívar, las huellas digitales de Reinalda fueron quemadas con un soplete para dificultar su identificación.

Una posibilidad es que los restos de Reinalda Pereira hayan sido enterrados clandestinamente en la Cuesta Barriga, donde se han encontrado pequeñas osamentas que permitieron la identificación de otros militantes del PC que fueron detenidos en las mismas fechas y que estuvieron en Simón Bolívar, como Fernando Ortiz y Horacio Cepeda. Sin embargo, las múltiples búsquedas que se han realizado en ese lugar no han permitido encontrar sus restos.
Las indagaciones en Cuesta Barriga son extremadamente difíciles: a principios de 1979 los cuerpos de las víctimas fueron removidos en el marco de la operación “retiro de televisores”, un masivo traslado de restos ordenado por Pinochet, luego del hallazgo de 13 desaparecidos en unos hornos de Lonquén. Los cuerpos que estaban en la cuesta Barriga fueron llevados a otros lugares o arrojados al mar. De hecho, el abogado Caucoto explica que en otros procesos judiciales el agente de la DINA y la Central Nacional de Informaciones (CNI) Enrique Sandoval –quien hasta hace algunos años trabajada en la municipalidad de Providencia con el coronel (R) Cristián Labbé- ha relatado que por orden del director de la CNI Odlanier Mena removió cuerpos en el lugar.
Muerto en vida
La desaparición de Reinalda del Carmen Pereira dejó otras dos víctimas en el camino: su marido Max Santelices y su madre, la señora Lula.

Tras dejar sus tareas partidarias, Santelices se dedicó a la búsqueda de su mujer. Se reunió con abogados, participó en la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) y realizó indagaciones por su cuenta. Incluso se encadenó frente al Palacio de Tribunales para exigir la liberación de su esposa.

Más tarde, durante la década de 1980, buscó a niños que pudieran ser su hijo. Pensaba que en Chile podría haber ocurrido lo mismo que en Argentina, donde los bebés de las mujeres embarazadas que pasaron por los centros de exterminio fueron dados en adopción a esposas de militares o familias partidarias del régimen militar.
“Max nunca superó la desaparición de Reinalda”, asegura Ana Gamboa, una de las mejores amigas de Santelices. Lo mismo piensan el abogado Nelson Caucoto y Cristina Arancibia.

“Había épocas en que ni siquiera se le podía hablar cuando uno iba a su oficina por alguna razón. Él no decía que estaba mal, pero uno que lo conocía se daba cuenta”, cuenta Ana, quien desde 1991 trabajó junto a Max en una consulta de kinesiología ubicada cerca del metro Manuel Montt.

Una muestra clara de cómo la desaparición forzada de su mujer marcó el resto de la vida de Max Santelices, es que nunca logró reconstruir su vida afectiva. “Pareja que encontraba Max, tenía metida a la Carmen al medio. Era imposible pensar que iba a encontrar otro amor porque es diferente a que tú pelees con tu pareja a que desaparezca por sus ideas. Y que desaparezca en el mejor momento de una pareja, que es cuando están enamorados y cuando están esperando un hijo. Entonces, mataron a dos personas. Siempre he dicho eso yo: mataron a Max y a la Carmen”, reflexiona Cristina.

Tras la recuperación de la democracia, Santelices siguió buscando pistas y antecedentes, los que compartía con el abogado Caucoto, quien presentó en 2002 una querella contra la cúpula de la DINA por la desaparición de Reinalda. Uno de los mayores dolores de Santelices fue provocado por el informe emanado de la Mesa de Diálogo, instancia creada en 1999, para que los militares entregaran información respecto al paradero de los detenidos desparecidos. El documento, que se hizo público en enero de 2001, indicaba la posible presencia de cuerpos en Cuesta Barriga y daba información sobre otras dos mujeres embarazadas que fueron apresadas en esos años. Sin embargo, no había una sola línea sobre su mujer. Su molestia la hizo pública a través de una carta abierta que envió al entonces Presidente Ricardo Lagos.

En 2005, a Max Santelices –un fumador implacable– le diagnosticaron un cáncer que ni las hospitalizaciones ni las quimioterapias pudieron detener. Murió en 2007.
Durante los últimos meses de su vida se dedicó a recopilar todo el material que tenía sobre Reinalda. Fotografías, documentos y grabaciones caseras de su esposa cantando cueca que fueron confiados a Ana Gamboa, algunas de las cuales se reproducen aquí.

La tercera víctima de esta historia fue la señora Lula. Su hija había sido el mayor proyecto de su vida. Renunció a tener pareja para concentrarse en la educación de Reinalda, y con mucho esfuerzo había logrado que su única hija llegara a ser una profesional. Lo que sucedía le parecía inexplicable.

La ex diputada Fanny Pollarolo prestó apoyo psicológico a Lula durante 1977. Las sesiones se realizaban en una casa ubicada cerca de la esquina de Irarrázabal con Santa Julia, donde funciona el “Programa de Atención Médico-Psiquiátrico para Personas Víctimas de la Represión”. Pollarolo recuerda con claridad el orgullo que la mujer sentía por su hija. También que “se encontraba en una situación emocionalmente insostenible”. Por una parte, quería que su hija estuviera viva, pero al mismo tiempo sabía que si permanecía con vida estaría siendo sometida a torturas insoportables.
Desde un inicio, Lula participó activamente en la búsqueda de su hija y fue una asistente habitual a las actividades y manifestaciones de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Al igual que Max, siguió indagando y preguntando por Reinalda durante años. Murió el año 2003.

Max y Lula fallecieron sin tener noticia alguna sobre lo sucedido con Reinalda. No alcanzaron a ver los avances que el juez Montiglio empezó a conseguir desde que tomó la causa en 2007 y que hoy se han traducido en una acusación que el ministro Miguel Vásquez formuló, el 31 de enero de 2014, contra 53 ex agentes de la DINA por el llamado “Caso de los Trece”.

Junto a los avances judiciales, la historia de Reinalda Pereira sigue viva en otros ámbitos. Una vez al año se le rinde un homenaje en el Hospital Sótero del Río, donde trabajo como tecnóloga médica y fue dirigente gremial. Frente a un monolito que fue instalado en 1991, los funcionarios del centro médico y los amigos de toda la vida recuerdan su memoria.
No es el único esfuerzo que se hace por que esta historia no quede en el olvido. Los amigos de Max organizaron tras su muerte el “Grupo de Amigos y Amigas de Reinalda del Carmen Pereira”, encabezado por Ana Gamboa. También a modo de homenaje, en 2009 instalaron en el mismo Sótero del Río, un banco donde están inscritos los nombres de Max y Reinalda.

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Familia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

DestacadoFamilia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

39 AÑOS DE ESPERA SIN JUSTICIA

La incansable lucha de la familia Gallardo Moreno

Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo-afirma Alberto Rodríguez Gallardo

Entre 1975 y 1976 cinco integrantes de la familia Gallardo Moreno fueron asesinados por agentes de la DINA. Tres fueron torturados hasta la muerte en Villa Grimaldi y dos acribillados a balazos. A pesar de que han pasado casi cuatro décadas de sus asesinatos todavía no tienen justicia. Esta es la historia de una familia que fue víctima de uno de los peores montajes mediáticos durante la dictadura: el emblemático caso de Rinconada de Maipú. Hoy, los sobrevivientes, cuentan la historia de los que ya no están.

Rinconada

Isabel Gallardo Moreno de 16 años salió rápido de su casa a comprar el diario a petición de su hermana Catalina. Pensó que no lo encontraría porque era tarde. Catalina estaba nerviosa, daba vueltas de un lado a otro con su hijo de seis meses en brazos y necesitaba ver las noticias. Cuando regresó su hermana con el diario leyeron juntas sobre un enfrentamiento en una escuela de Santiago que dejó dos muertos: un “extremista” y un soldado del Ejército. Poco rato después, llega Mónica Pacheco (25), la esposa de su hermano Roberto Gallardo Moreno, embarazada de tres meses a conversar con Catalina. Fue la noche del 18 de noviembre de 1975.

Estaban perseguidas y querían pasar la noche. Pero yo vivía en una casa muy pequeña en Almirante Barroso con San Pablo y no tenía espacio así que fui donde un vecino amigo para ver si podía recibirlas, pero su padre era militar. Ahí me quedé sin opciones así que me devolví a la casa- relata Isabel Gallardo.

El pequeño Alberto, en brazos de su madre, no paraba de llorar. Isabel prefirió sacarlo de la casa pero no alcanzó.

A unos cuantos metros suyos vio a cuatro tipos salir de un auto negro que pertenecían a la Brigada de Investigaciones. Su instinto actuó rápido: “Atiné a devolverme con el Beto en los brazos, pensé pasarlo y que me detuvieran a mí. Pero no alcancé a hacer nada cuando entran a mi casa, encuentran a mi hermana Catalina y mi cuñada Mónica. Pensé en pasarle al niño al primero que abriera y que me llevaran a mí. Pero aparece otro auto más y nos meten a todos adentro”, relata Isabel.

Pocas horas antes, Ofelia Aida Moreno, madre de Isabel y Catalina, estaba en una reunión del colegio de su nieta Viviana de 9 años. Su esposo, Alberto Gallardo (63) va a buscarla de emergencia: el director general de la PDI, Ernesto Baeza Michelsen, estaba con hombres en su casa buscando a su hijo Roberto. Sin obtener respuesta se llevan detenidos a Ofelia, Alberto, su hijo Guillermo (32) y su nieta Viviana, de 9 años.

La familia casi completa llega al cuartel de Investigaciones de General Mackenna, donde se reúnen por última vez en el pasillo subterráneo aledaño a las salas de interrogatorio. “Te encargo a mi mamá y cuando salgas de acá tienes que buscar a Rolando (su esposo) y dile que vamos al norte”, le dice Catalina a Isabel. También les encarga a su hijo Beto. Isabel, sin entender el mensaje, le dice que sí, sin cuestionarlo. Luego comenzaron los interrogatorios. Algunos con amenazas verbales, otros con metralleta y golpes.

Me preguntaban por las actividades políticas de mi familia, en qué trabajaban. Yo decía que Catalina era secretaria y mi hermano Roberto, vendedor ambulante. También me preguntaban si mi papá tenía militancia política y, como yo pensaba que la detención era un error, por eso les dije que cuando joven era comunista– recuerda Isabel.

Fue la última vez que la familia permaneció junta. Luego los separan para siempre. A Guillermo, su madre Ofelia, Viviana, Isabel y al bebé los mandaron a una caseta de seguridad. Alberto Gallardo, Mónica y Catalina quedaron en las salas de interrogatorio.

Temprano al día siguiente el director de la PDI, Baeza Michelsen, va a buscar al primer grupo a la caseta de seguridad y les dice: “Pueden irse a su casa, pero sepa usted, señora, que su hijo Roberto murió ayer y a Catalina, Mónica y Alberto los tiene que reclamar en la DINA”. Todos comienzan a llorar por Roberto sin entender qué estaba pasando. La familia Gallardo Moreno no tenía idea qué era la DINA.

Historia de persecución

Alberto Gallardo Pacheco llegó a Santiago a los 25 años, desde el pueblo de Gatico, cerca de Tocopilla. En el norte se había hecho militante del partido comunista y, por falta de trabajo como tornero mecánico, decidió arrendar una pieza en una pensión con unos compañeros. Ahí conoció a Ofelia de 17 años y nunca más se separaron. Familia grande y unida de cuatro hijos: Isabel, Roberto, Catalina y Guillermo. Llevaban una vida tranquila, hasta que en 1958 Alberto se ve obligado a emigrar a Argentina, porque nadie acá le daba trabajo por estar en la lista negra por ser comunista cuando el presidente González Videla decretó la ilegalidad del partido.

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En Argentina todo fue más llevadero. Una parroquia del barrio empezó a llamar la atención de los hijos y de Ofelia. La más entusiasta era Catalina, que entró a Acción Católica Argentina y al poco tiempo Roberto siguió sus pasos, logrando que toda la familia se acercara a la Iglesia. En 1969 Isabel vuelve a Chile junto a sus padres y en 1970 Catalina y Roberto se les unen.

Empezaron a militar en la juventud Obrera Cristiana (JOC), con quienes todos los veranos organizaban un paseo en una casa donada por el cardenal José María Caro en El Quisco, destinada exclusivamente para ser la “casa de vacaciones de obreros”. Esa enorme casa de 50 camarotes por cada lado, la preparaban todos los veranos los hermanos Gallardo Moreno como voluntarios.

En esa época se conversaba mucho no solo de religión si no también de cómo bajar la religión a la realidad. Ahí formamos nuestra conciencia de clase, en el proceso de la Unidad Popular. Porque todos éramos hijos de trabajadores- recuerda Isabel con nostalgia.

En verano de 1970, Juana Ramírez, una religiosa de la Congregación Hijas del Corazón de María y amiga cercana del padre José Aldunate, conoce por primera vez en El Quisco a Roberto Gallardo.

Juana aún no olvida las primeras palabras que cruzaron:
Hermana, ¿por qué murió Jesús en la cruz? – preguntaba Roberto.
Porque esa era la voluntad de Dios – le decía Juana.
No, hermana, Jesús murió en la cruz porque era un rebelde que le hizo frente al imperio romano y quería justicia para el pueblo israelí.

“También me decía que Jesús no estaba en el cielo si no entre nosotros. Y esas palabras llevaron la revolución a mi vida. Yo siempre digo, él me evangelizó a mí”, recuerda con cariño Juana Ramírez. Dos años después Rolando fue a visitarla al El Quisco con su polola Mónica. “Ella era una dulzura, de una ternura increíble. Me invitaron a comer un poco de arrocito con leche, conversamos y regaloneamos. Andaban vendiendo unos avioncitos de plumavit en la playa. Esa fue la última vez que los vi vivos”, cuenta Juana. Solo tres años después Juana, con el padre José Aldunate y la hermana de Ofelia Moreno, serían los encargados de reconocer sus cuerpos torturados.

La revolución latente que Roberto llevaba la compartía con Mónica, Catalina y su novio Rolando Rodríguez, quien era dirigente nacional de la JOC y militante del MIR. “Tomamos conciencia y nos hicimos comprometidos con el proceso de la UP. Yo participaba en la Juventud Socialista y en las marchas, que eran casi todos los días, veía a Rolando. Él iba con la gente del MIR. Muchos amigos cercanos estaban ahí, el estallido social era impresionante”, recuerda Isabel.

Tan lejos llegó esa complicidad entre ellos, que Catalina y Rolando, con Roberto y Mónica se decidieron casar exactamente una semana antes del golpe de Estado. Fue una gran fiesta familiar. Pero la alegría no duraría mucho.

El 11 de septiembre del 73 los hermanos Gallardo Moreno salieron juntos en un taxi, dejando a sus padres, Ofelia y Alberto en la casa. Tenían una reunión en una fábrica cerca de Cumming con la Alameda, ahí un grupo intentó organizarse reuniendo implementos de primeros auxilios y enseñando a usar armas.

Isabel tenía un kit de emergencia con medicamentos para la ocasión. “Todos pensábamos que iba a ser un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. De momios contra nosotros. Nunca pensé lo que realmente sería, fui muy ilusa”, recuerda Isabel. Pero eso fue solo el comienzo. Su hermano Roberto Gallardo, que siempre había perseguido sus ideales, ingresó obligatoriamente al Servicio Militar, teniendo que vivir como conscripto aquel año.

Mi abuela siempre nos cuenta que mi tío Roberto era extrovertido. De risa fácil, un hombre que le gustaba divertirse todo el tiempo. Pero cuando entró al ejército su sonrisa se borró – cuenta Alberto Rodríguez.

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Luego de largas jornadas diarias, Roberto llegaba a su casa atribulado. Le contaba a su madre que había sido obligado a participar en allanamientos en poblaciones donde tenía que fingir que golpeaba a la gente. A veces pasaban días sin saber de él, a ratos lo acuartelaban y no tenían ninguna noticia suya en varios días. “Finalmente por una complicación del primer embarazo de su esposa Mónica pudo salirse, porque estaba desesperado. Apeló a la salud de Mónica y la pobreza de la familia. Logró salir, pero algo en él había cambiado por lo que le había tocado vivir. Roberto se volvió reservado”, cuenta Isabel.

Noche de horrores

Después de ser liberados por la Brigada de Investigaciones la mañana del 19 de noviembre de 1976 y que les anunciaran la muerte de su hermano Roberto Gallardo, Isabel y Guillermo empezaron a hacer los trámites para encontrar su cuerpo. Su madre Ofelia estaba pasmada. Fueron a la morgue pero nadie con su nombre estaba ahí. Isabel recuerda que alguien les dijo que debían ir a poner una denuncia al Comité Pro Paz -organismo de la Iglesia católica que buscaba resguardar los derechos humanos- y que ahí expusieran su caso. Sin saber qué hacía el Comité, llegó allá y le contó su historia a Juana Ramírez que trabajaba ahí desde 1974. Juana sabía exactamente quien era Roberto. Entre llantos y desesperación en el Comité les propusieron interponer un recurso de amparo por Catalina, Roberto, Mónica y Alberto Gallardo.

Todas las luces de esperanzas, sin embargo, se derrumbaron cuando vecinos le avisan a la señora Ofelia que nombraban a su esposo, su hija y nuera en la televisión mientras sus otros hijos hacían los trámites. En una entrevista con la revista Pastoral Popular en marzo de 1991, ella recordó ese momento:

Isabel y Guillermo andaban en el Comité Pro Paz cuando recibo un llamado telefónico de una hermana que me dice que vea las noticias. Se trataba de un extra informativo donde se hablaba de un enfrentamiento con organismos de seguridad en la Rinconada de Maipú. Señalaban que habían sido exterminados “los extremistas” y daban los nombres de mi esposo, mi hija Catalina y mi nuera Mónica. Me negué a todo. Pero a las 9 de la noche sale un reportaje de Julio López Blanco sobre el enfrentamiento y seguí negando. Pensé que era una mentira para que mi hijo Roberto se presentara a las autoridades– comenta la señora Ofelia en esa entrevista.

Fue una noche terrible. En la televisión los periodistas Claudio Sánchez y Julio López Blanco daban detalles de un enfrentamiento que a nadie en la familia le hacía sentido.

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-Empieza a nombrar nuestros familiares como los caídos y nosotros no entendíamos nada. No sabíamos que decir, fue la noche más horrorosa, fue terrible. Todos nos acostamos en una sola cama pero no pudimos pegar ni una sola pestaña, por las dudas y por la angustia, fue un sentimiento indescriptible- recuerda Isabel acongojada.

Hasta ese momento parte de la familia Gallardo Moreno todavía no entendía la noche de horror que habían vivido sus seres queridos. Noche que estuvo muy lejos de ser un enfrentamiento armado en los cerros de la Rinconada de Maipú. Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo fueron trasladados desde el cuartel de la Brigada de Investigaciones al cuartel militar Terranova (denominado más tarde Villa Grimaldi). Las justificaciones para su detención estaban claras para la DINA: El día anterior se había producido un operativo armado de miembros del MIR en la Escuela Bío-Bío en Santiago. A consecuencia del cual falleció el soldado Hernán Salinas y el militante del MIR Roberto Gallardo Moreno (25), hermano de Catalina, esposo de Mónica e hijo de Alberto.

Como constan los testigos presentes en el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, la noche del 18 de noviembre fue la peor noche de Villa Grimaldi. Testigos aseguran que hubo un gran movimiento de vehículos, donde dos detenidas fueron llevadas a las piezas de tortura aledañas a las celdas de mujeres. También recuerdan que un anciano estuvo largo rato en el jardín del cuartel, donde se escuchaban gritos y mucho movimiento. Luego se les sumaron varios detenidos más y las dos mujeres (Mónica y Catalina) fueron llevadas al jardín, donde se escuchaban los gritos de Marcelo Moren Brito pidiendo agua caliente y aceite hirviendo.
Los gritos quedaron marcados en los recuerdos de los detenidos.

Leila Pérez, detenida en octubre de 1975, recuerda los gritos en el patio y el vozarrón inconfundible de Marcelo Moren Brito, en ese momento a cargo de Villa Grimaldi. Otro testimonio clave fue el del historiador Gabriel Salazar quien también declaró que fue la peor noche de todas: golpes, gritos de los detenidos, caos e instrucciones de los agentes de la DINA que corrían para todas partes.

– Me ha tocado conversar con detenidos que estuvieron ese día como Gabriel Salazar, Patricio Bustos del Servicio Médico legal, Leila Pérez y otros. Todos convergen en que fue una noche de horror. Tanto así que gente hizo juramentos de no volver a hablar de lo que habían visto esa noche. Pero la verdad es tan liberadora que también se habla de la intachable integridad, porque a pesar de todo lo que les hicieron ellos no hablaron. Tuvieron convicción y dignidad hasta su muerte- cuenta Alberto, hijo de Catalina y Rolando Rodríguez.

Al día siguiente, como relata la señora Ofelia en su Familia Gallardo Presente: Necesito La Verdad“>Entrevista aparecida en la revista Pastoral Popular Nº 206 – Marzo de 1991, sus hijos Isabel y Guillermo volvieron a la morgue en búsqueda de respuestas. “Por la tarde, casi al cerrar la morgue, mi hijo Guillermo pudo conversar con el portero y le cuenta su tragedia. Este hombre se ablandó y lo deja entrar escondido. Ahí encuentra a mi hijo Roberto, recién llegado. Estaba desfigurado, para asegurarse de su identidad le abrió la boca y ubicó un diente característico de nuestra familia”, relata Ofelia. Roberto había muerto el 17 de noviembre en un asalto que el MIR hace a la Escuela Bío-Bío, recinto que funcionaba como fachada para esconder armamento militar que ellos pretendían recuperar para poder combatir la dictadura.
Pero nada se sabía de Catalina, Mónica y Alberto. Casi a mediados de diciembre y gracias a la gestión de la abogada de derechos humanos Fabiola Letelier -hermana de Orlando Letelier, asesinado en Washington- les entregaron los cuerpos. A reconocerlos llegaron el padre José Aldunate, Juana Ramírez y la hermana de la señora Ofelia. Juana recuerda ese momento como si fuera ayer.

Solo nos dejaron ver rápidamente los cuerpos. Catalina no tenía ojos en sus cuencas. Yo casi perdí el conocimiento, estaba profundamente conmocionada pero tenía que controlarme. Todos estaban visiblemente torturados, caras enrojecidas, quemadas con cigarros, hinchados, desfigurados, con tierra, ensangrentados. Mónica estaba embarazada de tres meses, ni te explico. Esa imagen no se me olvidará nunca– recuerda Juana.

El padre José Aldunate, a pesar de que conocía muy bien a Roberto y Catalina de la JOC, donde se relacionaban también con Mariano Puga y Roberto Bolton, se quedó en silencio. Los tres llevaron los ataúdes sellados al Cementerio General donde Ofelia esperaba a su familia.

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Fue todo muy emotivo. Los sepultureros empezaron a sacar flores de otras tumbas para ponerles, porque nadie pudo llevar flores. Desde ese momento yo nunca me pude separar de esa familia. Eran una familia pura, preciosa. Hoy soy madrina de Alberto y nunca más me separé de Ofelia – recuerda Juana Ramírez que hoy vive en el mismo terreno familiar que toda la familia en Renca.

El ensañamiento que Manuel Contreras, Marcelo Moren Brito, Víctor Laurence Mirens, Francisco Ferrer Lima, Miguel Krassnoff, entre otros, infringieron a la familia Gallardo Moreno ese día, no tuvo límites. Y esa pregunta fue la que llevó a Alberto Rodríguez a dedicarse los últimos nueve años de su vida a indagar más sobre la historia política de su familia, que hoy le llena de orgullo. Si bien aún no tiene clara las fechas, Rolando, Catalina, Mónica y Roberto entran al MIR vinculado a un grupo del Colegio Andacollo, en el barrio que vivían.

Mi familia eran muy creyentes y en esa convicción de fe se dieron cuenta que con el accionar de la Iglesia no bastaba para hacer una transformación social y ahí deciden entrar al MIR, con el fin de actuar, tomar el compromiso de lucha y luego de resistencia a la dictadura. De hecho mis papás Catalina y Rolando tenían un compromiso que si uno caía, el otro seguía. Y así fue. Cuando mataron a mi madre, mi papá pasó a la clandestinidad para seguir luchando, hasta que lo acribillan a plena luz del día- cuenta Alberto Rodríguez.

Su padre fue acribillado casi un año después el 20 de octubre de 1976 en plena calle. Su familia intentó que se asilara, pero no hubo caso. Le decía que pensara en Alberto, que crecería sin sus padres si no se iba. Pero Rolando estaba decidido a quedarse y seguir la lucha ante la dictadura que le había arrebatado a su esposa: “justamente por el Beto es que hago esto”, respondía su padre.

Lucha sin descanso

La familia Gallardo Moreno como otros núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura –como la familia Recabarren González y Vergara Toledo, entre otras- todavía están atrapadas en la impunidad. Han pasado 39 años desde los hechos y todavía los autores intelectuales y materiales de los asesinatos de Roberto Gallardo, Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo no reciben condena por parte de los Tribunales de Justicia, debido a que la causa judicial quedó estancada en la orden de procesamiento del juez Alejandro Solís el año 2006. Las muertes de Roberto Gallardo y Rolando Rodríguez pasan por el mismo escenario.

Hoy la abuela Ofelia Moreno tiene 89 años, Isabel Gallardo 57, Guillermo Gallardo falleció justo el 11 de septiembre de 1997 y Alberto, el niño que fue detenido junto a su madre cuando tenía seis meses, tiene 39. A pesar de ser el primer caso de la Comisión Rettig reconocido como una grave violación a los derechos humanos, aún esperan justicia.

Todo este tiempo llevamos esperando sentencia. Pero las condenas que se manejan son entre 10 y 15 años para los responsables. Ya el tiempo que llevamos esperando es mayor a la condena, es inaudito. Hoy nos damos cuenta que los montajes en Chile no han cesado y que desconfiemos de los medios es un derecho, porque han aportado a desinformar – relata frustrado Alberto.

Además de la justicia que les debe el Estado chileno, la Familia Gallardo Moreno desea que TVN y Canal 13 reconozcan públicamente su responsabilidad en uno de los montajes más sórdidos de la historia de Chile. “No es posible que hoy a casi 40 años ellos no hayan dicho que el montaje Rinconada de Maipú fue una mentira que le expusieron al país y al mundo, exigimos que den la cara ante el país y el mundo”, dice Alberto.

Solo el Colegio de Periodistas estableció sanciones por parte del Comité de Ética Metropolitano. “Al único que echaron y está sometido a proceso es Roberto Araya porque se comprobó que era agente de la DINA. Claudio Sánchez y López Blanco solo recibieron sanciones éticas”, comenta Isabel Gallardo.

En enero del 2012, la investigación del juez Alejandro Solís estableció que Roberto Araya y Julio López Blanco fueron efectivamente convocados por la DINA para emitir en televisión notas que presentaran como enfrentamiento los asesinatos de la familia Gallardo Moreno.

La “mami Ofelia” como le llaman en Renca se sumó a la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos poco tiempo después de la tragedia, siendo una de las primeras cinco integrantes. A pesar de ser nuevamente secuestrada por la DINA un año después para ser interrogada, nunca ha tenido miedo en gritar su verdad. “Si me van a matar por decir mi verdad, que me maten. Pero nadie me quitará el derecho de decir lo que me pasó”, siempre le dice a su familia. Y su lucha, hoy, está enfocada a limpiar el nombre de su familia y en hacer entender a la gente que lo que salió en televisión fue una gran mentira.

Entre los periodistas responsables no están solo los que aparecieron en pantalla. Está también Vicente Pérez Zurita, jefe de prensa de TVN en ese tiempo y también el director general del canal, Manfredo Mayol, padre del sociólogo Alfredo Mayol – comenta Isabel.

Las acusaciones de la familia están respaldadas por la investigación del juez Solís pero tampoco se ha hecho justicia respecto a los medios de comunicación que respaldaron la versión entregada por canal 13 y TVN: El Mercurio, La Segunda, Las últimas Noticias, La Tercera, la revista Qué Pasa, entre otros.

Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo- afirma Alberto Rodríguez.

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Voces de los hijxs contra la impunidad de los violadores de derechos Humanos

Voces de los hijxs contra la impunidad de los violadores de derechos Humanos

Familia Gallardo responde a Matías del Río y al periodismo que pretende desviar la atención de temas de Derechos Humanos

Vicepresidente, Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi.

Hace una semana, el periodista de TVN Matías del Río publicó una pregunta en Twitter sobre si se deberían respetar los derechos humanos de los violadores de derechos humanos. Esta es la respuesta de Beto Rodríguez Gallardo, sobreviviente de la familia Gallardo, brutalmente asesinada en noviembre de 1975.

/ villagrimaldi.cl/ villagrimaldi.cl

Mi nombre es Beto Rodríguez Gallardo, soy miembro sobreviviente de la Familia Gallardo, familia brutalmente torturada y asesinada en noviembre de 1975, la cual es conocida además por el Montaje de Rinconada de Maipú. No entraré en los detalles de que han envuelto nuestro caso porque ya han sido ampliamente difundidos por los medios.

 

Me quiero centrar en lo que esconde la pregunta que levanta el conductor de noticias de TVN Matías del Río al hacer la pregunta en la red social del pajarito.

Sabemos que una pregunta deja al descubierto una realidad, pero inmediatamente deja oculta otras realidades y en este contexto lo que el periodista hace es dejar oculta las preguntas relativas al avance en materia de Verdad, Justicia y Memoria. Es curioso, porque jamás le he escuchado una palabra respecto de estos temas.

Antes de poner el tema de los Derechos Humanos de los Violadores de Derechos Humanos como discusión en la opinión pública, me gustaría saber su opinión como periodista sobre las medidas que orientan los avances en Justicia. Me gustaría que pudiera realizar preguntas tales como los grados de satisfacción de los familiares respecto de la espera de más de 40 años de Justicia para que después de investigar y sancionar las condenas sean mucho menores que los tiempos de espera. Que pudiera preguntar sobre el destino final de los Detenidos Desaparecidos, ya que sólo el 8% de sus restos ha sido identificado y y devuelto a sus familiares para ser enterrados cumpliendo con el rito funerario. Me gustaría que este periodista pudiera preguntarle a los propios perpetradores de estos crímenes que sentían al momento de infringir tormentos en los centros de detención clandestinos, cuando interrogaban a hombres y mujeres amarrados o colgados, cuando los torturaban frente a familiares, cuando les amenazaban con torturar a su hijos/as. Preguntarles que sienten al haber traicionado a la patria cumpliendo órdenes de Estados extranjeros, ya que como sabemos a estas alturas, las órdenes vinieron del país del Norte. Preguntar por los miles de agentes de la DINA y la CNI, que siguen estando al amparo de las fuerzas armadas. Otra pregunta pertinente en el actual contexto es qué políticas públicas ha impulsado el Estado como garantía de No Repetición de los crímenes de Lesa Humanidad.

En resumen, hay una tremenda cantidad de preguntas que se encuentran pendientes incluyendo muchas respecto de las políticas de reparación, etc. Todas estas preguntas me parece son fundamentales para solidificar la Democracia y que son anteriores a la pregunta hecha por el periodista Matías del Río. Curioso por decirlo menos, ya que antaño el periodismo jugó a favor de la violaciones de Derechos Humanos. Vaya que si lo sabemos nosotros como familia afectada, y hoy un periodista pretende desviar la atención de los temas relevantes para la convivencia democrática. Curioso, por decirlo menos.

24.11.2016

Manuel Guerrero por libertad condicional a asesino de su padre: “Si esto no es impunidad, pues qué es lo que es”

El ex Carabinero y agente de la Dirección de Comunicación de Carabineros (Dicomcar), fue condenado a cadena perpetua por secuestrar y asesinar a José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino en 1985, que constituyó el Caso Degollados.

Por @eldesconcierto

Agencia UnoAgencia Uno

Ayer por la mañana, la Corte Suprema decidió entregarle el beneficio de libertad condicional al criminal de lesa humanidad, Guillermo González Betancourt.

El ex Carabinero y agente de la Dirección de Comunicación de Carabineros (Dicomcar), fue condenado a cadena perpetua por secuestrar y asesinar a José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino en 1985, horrendo crimen que constituyó el Caso Degollados. 

Manuel Guerrero, hijo de uno de los asesinados por la dictadura cívico-militar, escribió una carta donde criticó las medidas de la justicia chilena en los casos de Derechos Humanos.

Aquí te dejamos íntegra su misiva:

“Durante mucho tiempo hemos tocado todas las puertas y campanas advirtiendo, llamando la atención, instalando el tema en el espacio público: condenados a crímenes de lesa humanidad no deben recibir beneficios extracarcelarios, las penas ya son bajas, viven en condiciones de privilegio con relación al resto de la población carcelaria del país, se les aplica reglamentos y consideraciones como si se tratara de delitos simples en condiciones que cometieron crímenes de lesa humanidad. Pero la impunidad institucionalizada, que es una de las formas que adoptó la transición chilena a la democracia, ha sido más fuerte y el tema de la justicia no ha sido recogido por la sociedad civil como parte de su agenda de movilización.

Se ha avanzado en cuotas de memoria simbólica -aunque victimizada-, pero no en resolución de miles de causas pendientes de compatriotas que fueron vejados, asesinados y hechos desaparecer por agentes del Estado. Siendo miles los detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, y decenas de miles las personas torturadas, apenas un centenar de personas cumple condena en Punta Peuco por violaciones a los derechos humanos, obteniendo pensión de sus instituciones militares y rebajas de condena y múltiples beneficios. Un centenar ante decenas de miles. Si esto no es impunidad, pues qué lo que es. Tal es el estándar de la justicia chilena, bajo, muy bajo.

En el caso de mi padre, si bien son los jueces y una sala la que marca a firme la libertad condicional de Gonzalez Betancourt -lo que constituye ya el segundo caso-, es importante reconocer que en el fondo es la sociedad chilena la que ha permitido que esto suceda.

Mientras la temática de la defensa y promoción de los derechos humanos, y la denuncia y exigencia de justicia por sus violaciones, quede fundamentalmente relegado al círculo e incansable labor de los afectados directamente -especialmente las familias y sobrevivientes-, la impunidad seguirá corroyendo los cimientos de una sociedad que niega mirar la verdad a la cara y actuar en consecuencia: el Nunca Más no puede ni debe ser una consigna de corrección política, sino que tiene que expresarse en medidas y acciones concretas.

Una de ellas es el cumplimiento de condena de quienes han sido enjuiciados con debido proceso. No hacerlo, otorgar estos beneficios extracarcelarios, no es un acto de misericordia, sino denegación de justicia. Con ello el Estado nuevamente atenta contra quienes les fueron violados sus derechos humanos. Sin justicia, verdad y reparación no hay posibilidad de no repetición de los crímenes cometidos.

Esa es la lección que la sociedad chilena se niega a asumir y practicar. Las consecuencias de tal negacionismo es que recaerá, sobre esta misma sociedad pero sobre otros cuerpos esta vez, la comisión de actuales y futuras violaciones a los derechos humanos por parte agentes del Estado contra población civil. Ya ocurre y con estas medidas seguirán incrementándose.

Quien siembra vientos cosecha tempestades. Sino se practica la justicia lo que reviene es injusticia. Y en ello son las mayorías las que se verán afectadas. No solo los familiares que hoy nos vemos moralmente lesionados e indignados con esta medida.

Y respecto de estos jueces, vale la reflexión de Bertolt Brecht: “Son incorruptibles, nadie puede inducirlos a hacer justicia”.

El caso Pinochet. Recomposiciones y apropiaciones de la memoria . Fanny Jedlicki.

DestacadoEl caso Pinochet. Recomposiciones y apropiaciones de la memoria . Fanny Jedlicki.
Fanny Jedlicki nació en Francia, hija de exiliado. Su padre, Claudio Jedlicki, economista *Investigador en el Centre de Recherche et de Documentation de l’Amérique Latine (CREDAL) perteneciente al Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de Francia. Ambos residen en París.

En TVN de Chile se ha transmitido Los últimos años de Pinochet, y es relevante conocer este trabajo de Fanny.

El caso Pinochet

ILAS Índice Revista Virtu@l

 

Recomposiciones y apropiaciones de la memoria

Estudio sociológico sobre un grupo de exiliados chilenos en París, entre octubre de 1998 y marzo de 2000

 

Fanny Jedlicki, doctorante en sociología en la facultad Paris VII – URMIS

(Unidad de Investigacion Sobre Las Migraciones y la Sociedad).

Con la indispensable ayuda para la traducción de Natalia Lavalle.

El 16 de octubre de 1998 quedará grabado en la memoria de todos los chilenos, especialmente en la de aquellos que aún viven en los países donde se refugiaron después del golpe militar de 1973. Se trata justamente de la recuperación de esta memoria en el “caso Pinochet” y de la movilización activa realizada por los ex-refugiados y sus hijos. Y son éstos últimos, los que con su presencia y compromiso asumen la lucha contra la impunidad de Pinochet, quedando en evidencia la relación con la memoria familiar del exilio.

El problema de la memoria es el tema central en esta investigación[3]. Esta es tratada como un proceso dinámico en constante reelaboración. A pesar de que la memoria del exilio chileno se haya forjado en un contexto dramático, impregnado de sufrimientos y que se encuentre polarizada entre el peso traumático del pasado y la necesidad del olvido, es una memoria que no está capturada al pasado[4]. Al contrario, la memoria es definitivamente un acto del presente, porque está inscrita en el tiempo y el espacio. Es lo que manifiesta San Agustín y reivindicado por Maurice Halbwachs: “recordar no es revivir, sino reconstruir un pasado a partir de los marcos sociales del presente”[5].

La transmisión de la memoria familiar, en un país que no es el de los padres, se inscribe claramente en un proceso de recomposición. Los hijos de los refugiados, socializados en Francia y pertenecientes a una generación socio-histórica diferente a la de sus padres, no reciben directamente los contenidos de la memoria paterna. Por el contrario, ellos realizan un “bricolage”[6].

De esta manera, concurrimos, durante el “caso Pinochet”, a un verdadero regreso de la memoria para los ex-refugiados chilenos y a una redefinición de ésta en el caso de sus hijos,  quienes al participar en una movilización activa, buscan apropiarse de su herencia familiar.

·         La memoria en tensión

Los graves atropellos a los derechos humanos cometidos por el régimen militar chileno[7], tienden a ser ocultados en Chile, donde las leyes de impunidad y de silencio contribuyen a la “mala memoria” del país, según lo expresa el escritor chileno Marco Antonio de la Parra. La memoria colectiva es negada, especialmente la de las víctimas, lo que hace imposible la simbolización de la muerte y dificulta el trabajo de duelo. El dolor permanece omnipresente, una herida que el tiempo no puede cicatrizar, pues la memoria pareciere estar paralizada en un tiempo suspendido fuera de las leyes naturales, donde los ausentes están eterna y profundamente presentes[8].

Las víctimas del sistema represivo, son  negadas, olvidadas e ilegítimas. Por tanto, los refugiados chilenos, en la mayoría de los casos, llevan sobre sus espaldas el peso de la culpabilidad, e incluso en un comienzo se sienten responsables de la derrota.

Esta culpabilidad se exacerba por su misma condición de sobrevivientes. Los que lograron sobrevivir a las torturas, a los campos de concentración, en relación con los millares de compañeros que murieron en estos lugares, se sienten culpables de estar vivos entre los muertos[9], culpables además de haber hablado bajo la tortura.

También se sienten culpables de permanecer aún en Francia, a pesar de haber jurado, a si mismos, volver lo más pronto posible a Chile para reconstruir la democracia que, hoy en día, se construye sin ellos. Este sentimiento, durante los viajes que realizan los exiliados chilenos al país, se ve sustentado por reacciones de rechazo de parte de sus propios compatriotas, quienes los tratan de traidores, cobardes o privilegiados. De haber disfrutado un “exilio dorado” en los desarrollados países europeos.

Para mitigar estos sentimientos los refugiados chilenos tan pronto llegan a Francia, se arrojan a un militantismo frenético contra la dictadura, prefiriendo, de esta forma, “dejar a un lado” las duras experiencias que acaban de padecer[10]. Así es como el silencio envuelve los sufrimientos de cada cual, rechazando los recuerdos dolorosos, reprimiendo los traumas, sin por eso olvidarlos.

De hecho, ¿cómo olvidar lo inolvidable? La memoria de la violencia se desliza por los resquicios de la vida diaria, lista a reaparecer a raíz de una broma, o de un encuentro con las autoridades policiales francesas, enfrentando esa moda que visten sus propios hijos, de uniformes color kaki y botas negras. Y el recuerdo no es sólo evocación de hechos anteriores, sino, a su vez, es también  un retorno físico a violentas emociones. La memoria se inscribe en el cuerpo mismo, cuerpo que ha sido martirizado, manifestándose por dolores violentos de cabeza, intestinales, trastornos de sueño y otros. Todo ello, expresiones somáticas que traen el recuerdo de los sufrimientos pasados. Sin embargo, si “hablar es imposible”, “callarse está prohibido”[11] y un verdadero “deber de memoria”, como dice Primo Levi,* se impone a los exiliados.

La memoria del exilio chileno se debate entre varias tensiones opuestas…está “adormecida” dicen hoy día, estos hombres y mujeres que se quedaron en Francia, tironeados entre su país de origen y el de asilo, la existencia que allí reconstruyeron, la pertenencia de sus hijos a esta sociedad de la que no quieren separarse. Existe al mismo tiempo, un Chile lejano que ellos aman y odian a la vez, y que sublimado por el exilio sufrido, se les impone como su único y verdadero lugar de pertenencia: Amalia, 50 años, exiliada en Cuba en el año1974 y retornada a Chile en 1986, habla del exilio como “una división interna que ha dejado su corazón y su alma en Chile“.

Cuando el “caso Pinochet” comienza, los refugiados chilenos de Francia[12] se encuentran en una fase particular de su trayectoria: el post-exilio. Después de 20 o 25 años que han  vividos en este país, ellos han experimentado una cierta aculturación, o sea han “bricolado” las diferentes piezas de las dos estructuras socio-culturales, cuyo recorrido ha permitido tender un puente entre las dos sociedades, reinyectando sentido y coherencia a las trayectorias quebradas por el golpe de Estado en 1973.

Por una parte, sus elecciones profesionales y políticas lo reflejan. Por otra, sus viajes a Chile les permiten reanudar los lazos familiares, así como también poder medir la amplitud de los cambios negativos observados en el país, y valorar, entonces,  las garantías cívicas y sociales del Estado francés. Sin embargo, la nostalgia, doloroso corolario del exilio y el desgarro permanente se impone  por una situación disociada (“entre-deux”), caracterizada por un regreso deseado, pero postergado constantemente donde el presente, pasado y futuro se entrelazan al dolor de una memoria en carne viva, polarizada entre el sufrimiento privado de los recuerdos, la culpabilidad y la inhibición colectiva. Esta situación es lo que el “caso Pinochet” viene a conmover.

El caso Pinochet y el regreso de la memoria

  • La victoria de los vencidos : la inversión de los roles

Aquellos que, por mucho tiempo, fueron aplastados por la altanería insultante del ex-dictador, que todos creían intocable, vuelven a la escena internacional y aparecen como los protagonistas de una lucha ejemplar[13]. De vencidos, responsables de la derrota, los ex-refugiados se ven asimismo como los vencedores, los héroes de la historia contemporánea chilena. La justicia internacional, al designar oficialmente al responsable de la muerte de sus compañeros, reconoce su historia, mientras que sus viejos sufrimientos, por largos períodos,  ahogados por la negación del Estado chileno y por represión propia, se convierten en la herramienta de la caída de Pinochet. Es justamente su condición de víctima lo que, en Europa, le atribuye a los exiliados un poder jurídico activo, lo que permite que, hoy, sean ellos quienes hagan temblar al ex-dictador.

“Por primera vez sentimos que servía para algo. Que no sólo habíamos recibido golpes sino que podíamos hacer que lo vivido sirviera para algo! […] Nos dimos cuenta que habíamos vivido cosas de las que, a menudo, no habíamos hablado y, entonces, este pasado seguía siendo algo que no podía ser reivindicado, y en ese momento nos dimos cuenta que nuestros testimonios tenían una suerte de poder muy importante y que con todo esto podíamos hacer algo! Antes esto no servía para nada, bueno, ibas a Amnistía Internacional y contabas, presentabas tu testimonio que terminaba en un informe anual perdido por ahí… y entonces, tuvimos la sensación de tener un arma entre las manos, un arma con la cual podíamos golpear.“Claudia, 50 años, exiliada en Francia desde los años 70, ex-presa política.

De esta manera, la inversión de la correlación de fuerzas, la nueva distribución de responsabilidades, el vigor simbólico que toma la reivindicación del estatus de víctima, conllevan un cambio radical de la relación que los refugiados tenían con la memoria. Esta pasa del estado de memoria reprimida, al de rememoración consciente y reivindicada por la palabra tomada públicamente.     

Además, son los exiliados los que se quedaron en Francia, después del referéndum, quienes retoman la bandera de lo que les parece ser la verdadera batalla contra la dictadura,  en vez de participar en la reconstrucción de la democracia chilena, De hecho, la actitud del actual Gobierno chileno les parece más que ambigua, revelando la distancia teñida de desconfianza que tienen frente a la democracia chilena[14]. El entonces Ministro de Relaciones Exteriores chileno, Juan Miguel Insulza solicita el regreso de Pinochet a Chile, dónde asegura que será juzgado. Pero los exiliados desconfían del aparato legislativo chileno, que ha garantizado una impunidad (casi) perfecta a los represores y además, no depositan grandes expectativas en la Concertación. Para ellos, se trata de una “manipulación vergonzosa“, cuyo objetivo es  proteger al ex-dictador. Los exiliados creen que sólo su acción militante desde el exilio, junto a la acción jurídica de los Estados europeos, puede llegar a  encaminar un verdadero proceso judicial contra Pinochet.

Por tanto, los exiliados van a involucrarse honesta (entera? ) y frenéticamente en una larga movilización para exigir el juzgamiento del ex-dictador en Europa y para “luchar contra su impunidad“. Las formas que toma esta movilización, así como las prácticas que en ella se desarrollan, son realmente “exhumadas” desde el pasado.

·         El regreso estructural de la memoria

Las consignas, las pancartas, los discursos pronunciados durante las numerosas reuniones, incluso las divisiones que fortalecen las redes comunitarias que se han reformado, hasta la evolución de éstas ultimas, recuerdan de hecho las experiencias fundamentales que los refugiados han conocido: la Unidad Popular y los comienzos del exilio. El pasado reaparece, el grupo revive, a través del uso de los antiguos gestos, palabras y  prácticas, sus estructuras intrínsecas, ofreciendo a la memoria colectiva del exilio chileno una nueva etapa de elaboración[15].

Durante la movilización contra Pinochet, el acontecimiento fundador[16] que constituye la Unidad Popular está de regreso. En las manifestaciones surgen algunos cánticos (“Venceremos”, entre otros), como un eco del pasado y la figura de Allende, quién parece representar una verdadera divinidad tutelar, es invocada permanentemente: su rostro invade las pancartas y reina sobre los manifestantes, así como en el living de muchas casas de exiliados.

Los tres años de la experiencia socialista chilena han sido vividos por sus militantes y simpatizantes como un período eufórico, en el que, animados por un fuerte entusiasmo revolucionario y por la certeza de estar participando activamente en la elaboración de una Sociedad Nueva y de un Hombre Nuevo, sentían que estaban construyendo la historia, una historia en la que las trayectorias personales parecían abrazar las de la Nación. Se trata de un período de referencia y también de un período mítico, con el cual algunos siguen soñando[17]. Este mito[18] de un período que hoy no sabríamos comprender sin su fin trágico y sangriento, descarga, retrospectivamente, un gran peso sobre estos tres años. La gran mayoría de los exiliados percibe esta etapa histórica como una época feliz e ideal, intocable, cuya imagen ha sido sublimada por la distancia y la nostalgia propias del exilio.

El grupo va a encontrar, a través de las divisiones que lo alientan, sus viejas estructuras. Inherentes a la acción política o a las tensiones entre grupos ideológicamente divergentes, estos conflictos importantes que agitan la red y que afectan su capacidad movilizadora, recuerdan de manera pertinente las dificultades que la Unidad Popular tenía para federar las corrientes políticas que la componían, y las batallas ideológicas que dividían fuertemente a sus militantes. Estas divisiones continuaron en el exilio, viviendo tensiones exacerbadas por la derrota, por el inmovilismo político, tanto en Chile como en las redes sociales y políticas reconstituidas en el exilio. Estas harían estallar rápidamente la aparente unidad que la comunidad había encontrado al llegar al país de acogida. De la misma manera, las divisiones provocadas por el “caso Pinochet”, despiertan viejos rencores, provocan rabia, después de los felices reencuentros de las primeras semanas de movilización. Luego, las asociaciones de carácter cultural y social toman el relevo, consagrando la primacía de la afirmación del “entre-soi” sobre la acción política, lo que recuerda la evolución de las interacciones colectivas de los refugiados chilenos durante las diferentes etapas de sus exilios.

Estos modos de reagrupamiento y diferenciación estructuran la escena política de los exiliados chilenos, y conforman el nexo entre pasado y presente, permitiendo la reactivación de la memoria colectiva del exilio.

·        El “entre-soi” y la figura del exiliado

A pesar del aspecto ejemplificador de este caso, cuyas acciones han sido valoradas tanto por los medios de comunicación y, pese a la solidaridad que la sociedad francesa ha tenido para con los refugiados chilenos, la movilización, sigue siendo esencialmente un hecho de éstos últimos. Los “franceses” están ausentes de este movimiento: si bien, a veces, se solicita su apoyo (firmas de adhesión, ayuda económica, etc.), su presencia efectiva en las manifestaciones es muy rara. Estas presentan un carácter marcadamente comunitario: las consignas, los volantes y las conversaciones que se establecen entre los miembros conocidos, son mayoritariamente en español, con exclusión de los no chilenos, aun cuando sean amigos de muchos años. En este contexto, el  proyecto, de formar una comisión latinoamericana integrada además por argentinos y haitianos, es abandonado al cabo de algunos meses.

Por tanto,  los desafíos de esta movilización se relacionan con el cuidado y la conservación de una identidad reencontrada, conducida por un colectivo encerrado en si mismo y que se reactiva constantemente, a partir de los reencuentros comunitarios, expresados en  manifestaciones y  fiestas. Son los momentos de vuelta a sus raíces, a su identidad. Los refugiados chilenos encuentran en la militancia, en el “être-ensemble”, (conjunto o colectivo?) una identidad valorizada que se había alterado progresivamente desde el golpe de Estado. El exiliado chileno encarnaba, de hecho, en la Francia de los años 70, heredera de las ideas del ‘68 y en el umbral de su crisis económica, al representante de un movimiento revolucionario con el cual los militantes franceses podían identificarse: el exiliado chileno era una verdadera figura heroica.

Los beneficios que en términos de identidad, ofrecía esta imagen de héroe, no eran menores para los refugiados chilenos; beneficios que reaparecen a partir del “caso Pinochet” Los refugiados recuerdan y, por fin, recuerdan en voz alta.[19]

·         La resolución de los conflictos memoriales

Al ser designado un culpable oficial, el “caso Pinochet” aminora la culpabilidad de la derrota. Al fin, el deber de memoria puede cumplirse e impulsa a tomar la palabra públicamente: efectivamente, la responsabilidad que se le impone a los sobrevivientes de atestiguar por aquellos que ya no están, les permite superar las dificultades que los llevaron a sumergirse en los recuerdos traumáticos. Se trata casi de una reparación, hablando y recordando no sólo por aquellos que ya no están, sino también  por ellos mismos.

La palabra del sufrimiento, finalmente liberada, puede circular entre las redes comunitarias y permitir la reconstrucción colectiva del sentido de estas trayectorias, vividas, esencialmente en sus aspectos más siniestros, de modo individual. El sistema  represivo y sobre todo el de la tortura, tenían como objetivo la destrucción del ser, aislándolo de todas sus redes y marcándolo para siempre cuando “hablaba” bajo el dolor despiadado, transformándolo, literalmente, en una “ bestia que grita” (“bête hurlante”), habiendo asesinado al ser social y moral antes de destrozar al ser físico[20]: el sistema ha abolido el sentido. El silencio y la inhibición, la culpabilidad exacerbada por la condena sin apelación de los partidos políticos clandestinos de aquel que “cantaba“. Todo ello dejaba, a cada uno de los refugiados, aplastado bajo una pesada carga individual. A través de los testimonios y las querellas, estos reencuentran asimismo la huella de algunos detenidos-desaparecidos que creían haber sido los últimos en ver, reconstruyendo la cadena de responsabilidades de su desaparición. Esto les permite deshacerse, parcialmente, de la culpabilidad. 

Cuando Pinochet  fue arrestado… entonces le encontré un sentido a mi historia. Antes se trataba de algo individual, completamente individual, que me tocaba a mi, y que yo guardaba porque era mi historia, mi problema individual y que no estaba ligado a algo que pudiera hacer avanzar las cosas y es justo cuando Pinochet fue detenido […] que yo hice la conexión entre mi historia y ésta… y en esta historia había todo un espacio para volver a lo que significaba pertenecer a un  movimiento (colectivo ?)  y no sólo individualmente como víctima.”  Marcela, 46 años, exiliada en Francia en 1973, ex-presa política.

De esta forma, el “caso Pinochet” permite a los exiliados   retomar en sus manos un destino sufrido desde 1973, cuando fueron empujados a la clandestinidad, a los campos de tortura, de concentración y detención, a las embajadas y consulados en países lejanos, con sus hogares para refugiados. En fin, cuando fueron forzados a una existencia no deseada, pero que han sido capaces de construir. Si durante años, su capacidad de acción a nivel político, laboral, etc., estuvo parcialmente anestesiada, ahora la reafirman y se la reapropian. El “caso Pinochet” tiene un valor reparador para los refugiados: la lucha del exilio en el exilio les devuelve sentido a su presencia en Francia.

Por ultimo, el duelo de las experiencias trágicas es posible. Los muertos y los nombres de los detenidos-desaparecidos son nombrados una y otra vez, sus fotos son publicadas en los diarios, afiches y carteles, que los manifestantes enarbolan, gritando que sus compañeros están “presentes ahora y siempre“. Estos actos son, también, el lugar de expresión de ritos de duelo, simbolizados por centenares de cruces plantadas en maceteros y puestas en la calle, por los minutos de silencio, por las velas protegidas del viento y por ese ataúd que queman de rabia cuando Pinochet regresa a Chile en marzo del 2000. Todos estos símbolos funerarios, representan “armas”,  de impacto sobre la opinión pública, así como formas de “enterrar a los muertos“. Asimismo, el “caso Pinochet” le permite a las víctimas de la dictadura realizar una catarsis.

Tuvimos la suerte de haber podido hacer una terapia colectiva con el “caso Pinochet” […] porque todos teníamos a nuestros muertos en los afiches, los muertos, los detenidos-desaparecidos, habíamos puesto un manto sobre nuestras cabezas, y decíamos, bueno esto hay que olvidarlo. Pero era una manera de poder seguir viviendo. Y entonces pasó algo que permitió abrir eso y todos estaban felices! […] Pudimos enterrar de una vez a todos los muertos […] Si no enterraste a tus muertos no puedes vivir, porque si no dejas a tus muertos en el pasado, el presente es inestable y el futuro también. […] Además, cuando viviste la derrota y sientes que no puedes cambiar nada de esto, con todos estos muertos y desaparecidos sobre el lomo, todo el tiempo…esto te apaga, vives con un peso.” Juan, 60 años, exiliado en Francia en 1974.

Las virtudes liberadoras del “caso Pinochet” sobre la memoria reprimida van a actuar también en el seno de las familias y van a trasformar el marco de la transmisión de la memoria.

El caso Pinochet y los hijos de los exiliados

  • Los fantasmas de la memoria

La memoria familiar, marcada por el sello de las terribles experiencias vividas, ha sido transmitida, durante mucho tiempo, de manera velada, a través de sus silencios aceptados y de sus “fantasmas” atormentando a los hijos. Los exiliados chilenos, enfrentados a sus recuerdos en tensión, no le cuentan a sus hijos, con facilidad, lo que les sucedió. El horror parece aún más difícil de verbalizar con ellos. De esta manera, la memoria se transmite generalmente por fragmentos, con sus omisiones, sus mentiras a veces, y  sus momentos de revelación en otros[21].

Los hijos respetan estos silencios y zonas oscuras de la memoria y, en ocasiones, hasta las apoyan, pues no quieren aumentar el dolor de los padres ni enfrentarse ellos mismos al horror. Los silencios, sin embargo, son pesados, dejando a la imaginación y a los fantasmas llenar los vacíos de una memoria que se vuelve, incluso, más terrible e inaccesible a toda obra de apaciguamiento y de elaboración[22].

No obstante, los hijos de los refugiados cuentan con trazos de memoria extra-familiares: se trata de los miembros de la comunidad chilena. Estos “tíos y tías” de la migración. Son personas referentes en la medida en que han recorrido los mismos periplos que sus padres. En Francia, también, existe toda una literatura y filmografía sobre la historia contemporánea de Chile que los hijos suelen consultar. Algunos de ellos elaboran parcialmente imágenes y representaciones de la biografía paterna. Por ultimo, sea cual fuere el grado de transmisión, todos los hijos expresan esta extraña impresión “de haber sabido siempre” sin que fueran necesarias las palabras.

Mas allá de los silencios, de las palabras, la transmisión de la memoria traumática se realiza clandestinamente y pareciera ocurrir (haber?), en los hijos de refugiados, un “hacerse cargo de los conflictos, de los traumas psíquicos que pertenecen a la realidad vivida por los padres”[23]. Escenas de violencia, llenas de tanques de combate, de fusiles y de llamas, en las cuales los padres o ellos son los actores, invaden las pesadillas de los hijos que construyen un teatro imaginario traumático[24]. Así, muchos de ellos se debaten entre estas imágenes de dolor y odio contra los represores chilenos, un odio mezclado con miedo que se amplía a todo organismo militar y de seguridad (sea este chileno, francés o de cualquier nacionalidad).

Algunos hijos desean protegerse del sufrimiento activado por la memoria e intentan distanciarse de ella, declarando que “son sus fantasmas y no los míos“. Gabriela, 22 años, llegó a Francia en 1980 con su madre después de haber sido las dos detenidas en Chile. Pero la memoria y el sufrimiento están presentes y, a veces, son asumidos y reivindicados por los hijos. Su relación con la memoria es entonces ambivalente.

  • De los sentimientos ambivalentes

Los hijos de los refugiados tienen una relación ambivalente con Chile, país de ensueño, cuya imagen se ve alterada por la nostalgia y las narraciones magnificadas de los padres, donde “las naranjas son del tamaño de los melones“: los hijos han elaborado la representación de una tierra originaria, “tierra de los colores del Edén”, un hipotético refugio. Pero este paraíso representa, también, un paisaje de sufrimiento graficado por las imágenes en blanco y negro de los bombardeos sobre la Moneda. Un lugar de injusticia en el que reina la impunidad y la negación oficial, situación que resulta más intolerable para estos jóvenes, que para sus mismos padres, ya que fueron   educados en los cursos de “educación cívica” de la escuela republicana francesa.

Durante los viajes que algunos de ellos realizan a Chile,  toman conciencia de los lazos contradictorios que los unen a este país, donde vive una familia desconocida e idealizada por la distancia, y con la cual las relaciones son generalmente una decepción :

Antes yo me hacia ideas, idealizaba, fantaseaba…allá he visto. [la familia] sigue siendo por mucho tiempo, algo lejano, imaginario, y de repente…ya era casi demasiado tarde cuando yo fui…mis tíos y mi familia son casi unos extraños, aunque los conozca.” Isabel, 28 años, llegó con sus padres a Francia en 1976.

El primer viaje que se realiza, a menudo, durante el verano austral y que corresponde al invierno europeo, es el viaje de la alegría, del descubrimiento. Los siguientes suelen ser los  viajes de la desilusión. Las imágenes elaboradas durante la niñez se encuentran con la realidad de las poblaciones, con una sociedad chilena dividida y, la mayor parte del tiempo, silenciosa sobre su historia contemporánea. 

Esta ambivalencia de sentimientos se relaciona también con la militancia de los padres. Algunos de sus hijos se sienten un poco aplastados por estos héroes míticos que sus padres creen ser. Ellos, que han participado en un gran movimiento social y político, en un momento que caracterizan, como de gran libertad y solidaridad social, que han recorrido y sobrevivido a tantas experiencias difíciles, “luchando por sus ideas”, representan para sus hijos, figuras ejemplares. Las narraciones heroicas de sus padres, así como la imagen positiva del refugiado latinoamericano que tienen las sociedades de acogida en Europa, permiten construir una cierta mistificación de la Unidad Popular y de los acontecimientos del golpe y post-golpe. Estos personajes, modelos a seguir, parecen ser aplastantes: los hijos piensan que jamás conocerán situaciones similares y que nunca podrán “pasar su prueba” como si las experiencias extremas de la generación anterior, obstruyeran  su realización personal.

Sin embargo, los hijos reivindican orgullosamente la herencia ideológica de estos ex-militantes, muchos de los cuales siguen estando activos. Esta transmisión se refiere más a los valores fundamentales de una sensibilidad de izquierda, que a los de ideologías más puras. Todo lo anterior, lleva a los hijos a comprometerse en diferentes luchas; por ejemplo, los sin-papeles, la defensa de la escuela pública, la ecología, entre otras. De hecho, hijos y padres pertenecen a dos generaciones socio-históricas socializadas en épocas y espacios muy distintos, y ambas tienen no sólo una visión política diferente, sino contrastada. Los padres son definidos por sus hijos como “idealistas y utópicos”, y no se reivindican como marxistas revolucionarios. Los hijos, a su vez, son llamados “cartesianos y racionalistas” por sus progenitores. En la trasmisión hay una reinterpretación, y una verdadera apropiación de una herencia política que, al mismo tiempo, es profundamente estructurante[25]. Esta reinterpretación de la memoria de la familia se expresará en las formas y en las significaciones del compromiso de los jóvenes durante la movilización contra Pinochet.

De este modo, durante el “caso Pinochet”, los hijos van a descubrir, a veces, a través de la prensa o de la televisión, los testimonios de sus padres. Así, muchas discusiones surgidas en las familias, a raíz del evento, despiertan su interés por esta historia: ya no dudan en interrogar a los padres y en consultar los múltiples documentos escritos y audiovisuales que abundan en los medios, para llenar los espacios vacíos de la memoria. Durante las manifestaciones, los hijos aprenden también a “conocer y reconocer” a sus progenitores en los rostros de los manifestantes, cuyas expresiones les parecían, hasta ese momento, exclusivamente paternas.

De hecho, los hijos de refugiados se unen a las manifestaciones organizadas por las redes comunitarias. Para sus padres, la participación masiva en ellas, representa “un maravilloso regalo”. Esos padres, desde muchos años, temían que uno de los corolarios coercitivos del exilio significara que sus hijos se convirtieran en “francesitos que han olvidado y que no se interesan por Chile”. Al tomar conciencia que, pese a los silencios, se han transmitido sentimientos de pertenencia y un fuerte nexo con su historia. En un principio, la presencia de estos “cabros”[26]era más bien una manera de apoyar solidariamente a sus padres, considerados entonces los verdaderos actores del asunto; pero se produce una transformación, gracias a un núcleo de hijos de refugiados entre 15 y  40 personas que, durante todo el conflicto al no poder siempre entenderse con “sus mayores”, se organizan  convirtiéndose en una fuerza autónoma de potenciación del movimiento. Rechazando así el “entre-soi” protector de sus padres, hartos de las incesantes discordias que, según ellos, debilitaban la movilización y no pudiendo concebir, en Paris, al final del siglo XX, la presencia de esas reliquias de la Unidad Popular (“tienen 25 años y 40.000 kilómetros de atraso” !), los hijos de refugiados intentan ampliar la movilización a la sociedad en la que viven. Estos franco-chilenos desarrollan, de esta manera, una lucha más ejemplar que la de los “viejos”, es decir, extraterritorial, creando una asociación[27] junto a  jóvenes de otras nacionalidades. Dirigen sus acciones de protesta, reflexión e información a la población francesa, en sus universidades, colegios, lugares de trabajo, etc. Su solidaridad concreta con otros movimientos, tales como los sin-papeles, confirma el carácter ejemplar de su lucha. Sin embargo, los jóvenes no dejan de construir,  también, un espacio de “entre-soi” en el que las trayectorias, los cuestionamientos de identidad, los vacíos de la memoria individual  encuentran, por fin, un eco colectivo. Además, desarrollan un proyecto de investigación histórica sobre la represión militar chilena, iniciativas socio-culturales (conciertos, fiestas, presentaciones de documentales, apadrinamiento de un hogar de menores en Chile, y otros.), redefiniendo prácticas y valores portadoras de identidad.

De tal manera, el idioma que usan, el “frañol” (una mezcla de francés y de castellano), es tanto un marcador de identidad, así como la huella de una acción transformadora de la doble herencia cultural. De hecho, el idioma está impregnado de la relación que los hijos de exiliados tejen con la historia paterna y la tierra originaria. “El individuo que habla es “actuado por las palabras” (Jean-Paul Sartre) que enuncia, en el sentido que con las palabras establece relaciones con las cosas, los eventos y las situaciones.”[28] Y el lenguaje reinventado que usan los hijos de refugiados, pasando con facilidad de una lengua a la otra, creando nuevas palabras (afrancesadas o chilenizadas), nuevas expresiones, los distingue de los dos grupos de referencia: ni franceses ni chilenos, proclamándose herederos de una doble cultura.

Sin embargo, todos ellos afirman que el “caso Pinochet” les permitió “reanudar la identidad chilena“, las manifestaciones, fiestas y reuniones en  las cuales participan. Son un espacio de recreación de una atmósfera socio-cultural propia del exilio chileno. El español que se habla, la música latina que se escucha, la salsa que se baila y el vino que se toma, el olor del pan amasado que se disfruta, son, efectivamente, varios de los soportes de la identidad. “Me sentí chilena ante todo, no me sentía francesa pa’nada“, dice Valeria, 21 años, hija de exiliados, llegados a Francia en 1974, quien evoca, al mismo tiempo, su “desgarradora doble identidad“:

En Chile soy francesa, pero en Francia soy chilena. […] Está claro, tengo una cultura francesa, pero no puedo ser francesa. No puedo ser chilena tampoco, pero me siento más chilena que francesa.” 

  • De las estrategias de identidad (identitarias) a la apropiación

La identidad, como la memoria, es un concepto dinámico, y la cuestión revela menos de la noción de herencia que de la noción de uso. Los hijos de refugiados elaboran  verdaderas estrategias de identidad[29], “bricolando” las dos culturas y los sentimientos ambivalentes que tienen hacia la historia paterna.

Así, si algunos jóvenes se identifican con sus padres y con la generación del exilio, se autodenominan “exiliados” aunque hayan nacido en Francia, otros, se vinculan más con el   espacio nacional y deciden, por ejemplo, “volver” a Chile aunque sus padres se queden en Francia. Finalmente, son varios los que afirman y resaltan una identidad que califican como chilena, aunque nunca hayan pisado Chile. Hay que precisar que la figura del exiliado, sobre valorizado, brilla sobre los jóvenes: hijos de héroes, hijos de un mundo exótico realzado por la moda latina en Europa, por los estereotipos de la “picante salsera” y del “latin-lover”. Esta etiqueta de identidad les aporta beneficios secundarios. Alfonso, 21 años, hijo de exiliados chilenos llegados a Francia en 1976, vive en una localidad de la periferia parisina y es constantemente sometido a controles de identidad por la policía, a raíz de su “look de joven de banlieue”, sospechoso de ser “árabe o chino”. Alfonso revierte esta estigmatización[30], auto- proclamándose chileno y apoyando esta identidad con prácticas lingüísticas, festivas y deportivas para que ésta sea significativa tanto para él como para los demás.

Otros jóvenes le confieren a esta situación socio-cultural mixta, un carácter positivo: se dicen dotados de una cultura francesa, pública, que   requiere de la razón, de la ciencia y de los valores democráticos, pero también de una herencia chilena. Este último pertenece a la esfera familiar y se inclinaría mas bien hacia los sentimientos, los sentidos y las relaciones humanas percibidas como ricas y cálidas: estos jóvenes estarían constituidos por “lo mejor del espíritu francés y de la naturaleza chilena“. Estas dos herencias adquiridas, complementarias, se mezclan entonces, y algunos de los hijos de la migración evitan todo conflicto de identidad,  declarando ser, simplemente, “ciudadanos del mundo“.

El “caso Pinochet” revaloriza la figura del exiliado chileno. Durante el caso, los hijos se sienten y se definen chilenos, aunque al interior del grupo comunitario se diferencien de sus mayores: renegociada, la identidad problemática es, entonces, resuelta en el grupo de pares. Juntos, los hijos de refugiados se sienten y se definen como hijos del exilio, como el “fruto de todo eso“, pequeños chileno-franceses o franco-chilenos, nacidos de lo político, a caballo de la migración.

De esta forma,  toman sentido las historias familiares que los han conformado en lo que son hoy día. La memoria, despersonalizada, puede inscribirse en un movimiento colectivo de redefinición de los sentimientos de pertenencia y de los lazos que con ella existen, volviéndose historia, una historia en la que ellos tienen el sentimiento de participar. Su fuerte compromiso en la movilización es una afirmación de esto, una reafirmación, vista por los padres y por el entorno como una afiliación voluntaria a esta historia y de la que se apropian según sus dobles referentes socio-culturales. 

A lo largo del “caso Pinochet”, el teatro imaginario se vuelve real. La transmisión efectiva de la memoria familiar que entra en juego y la acción colectiva permiten que los hijos habiten este teatro. Actores a cien por ciento de la movilización y progresivamente reconocidos y respetados por sus mayores, los hijos “crecen” y retoman la bandera de la militancia familiar, viviendo a su turno, un formidable movimiento social. Es justamente la apropiación de la memoria colectiva y familiar lo que puede constituir al sujeto, un sujeto libre, actuando sobre el presente[31] y no invadido o aplastado por su pasado ni por su herencia.

Así, como las imágenes de un calidoscopio se hacen y deshacen indefinidamente, dibujando nuevas formas y figuras, conservando siempre los mismos materiales, podemos representarnos el objeto memoria. Fluida, en constante cambio pese a su carga traumática, la memoria del exilio chileno evoluciona en el tiempo, marcada por los distintos acontecimientos que tiene lugar tanto en la comunidad como en las familias y en los corazones, unida por los lazos comunitarios, también cambiantes. De esta manera, el “caso Pinochet” ha venido a efectuar un giro de 180 grados sobre la situación del “entre-deux” vivida por los refugiados chilenos en su fase de post-exilio, y a cuestionar profundamente las relaciones atormentadas que estos mantenían con la memoria colectiva y familiar del exilio y de la violencia. El “caso Pinochet” actúa en esto como una crisis reveladora, disparadora y cristalizadora[32], revelando hasta que punto la memoria es un proceso dinámico en constante movimiento de composición, descomposición y recomposición. z

[1] Expresión  que se relaciona con el « affaire Dreyfus » (que pasó en Francia al principio del siglo XX), es decir como un evento tanto jurídico, que mediático, que social, que político y que dividió la sociedad chilena como lo hizo l’affaire Dreyfus con la francesa…

[2] En este período, fueron realizadas dos investigaciones acerca de la construcción social de la memoria y de su transmisión en el seno familiar. Las personas entrevistadas pertenecen a 20 familias de refugiados en París y las ubico socialmente en la clase media, por su capital cultural, económico y social. Estas personas, que eran mayoritariamente estudiantes universitarios y militantes de la izquierda revolucionaria chilena, dejaron su país en la década del 70. Los integrantes de las parejas, de origen chileno, fueron entrevistadas individualmente, así como sus hijos que en ese momento tenían entre 17 y 30 años y que cursaban sus estudios superiores o ejercían un trabajo en puestos de responsabilidad.

[3] Fanny Jedlicki, Mémoires d’exil : quels héritages ? Trajectoires familiales de réfugiés chiliens, de l’Unité Populaire à l’affaire Pinochet, tesis de “maîtrise” de Etnologia, Universidad Paris V-la Sorbonne, 1999 ; Les mosaïques de la mémoire. Mémoires et violences de l’exil chilien. Tesis de DEA (pre-doctorado) de Sociologia, Universidad Paris VII-URMIS, 2000.

[4] Marie-Claire Lavabre, Le fil rouge. Sociologie de la mémoire communiste. Presse de la FNSP, Paris, 1994.

[5] Maurice Halbwachs, Les cadres sociaux de la mémoire, Albin Michel, Paris (primera edición 1925), 1994, p. 329.

[6] Concepto desarrollado por Levi-Strauss y Roger Bastide que aluden a la acción, intelectual y simbólica, de los actores sociales, para articular los distintos elementos (por ejemplo, de dos culturas). El término francés “bricolage” tiene una buena traducción en la metáfora del patchwork.

[7] Al final de la dictadura, se cuentan aproximadamente 4 000 asesinatos políticos, cerca de 2 000 detenidos-desaparecidos y entre 300 000 y 400 000 detenciones y casos de tortura.

[8] Antonia Garcia Castro, La mémoire des survivants et la révolte des ombres. Présences du phénomène de disparition dans la société chilienne (1973-1995), tesis de “maîtrise” IEP-Paris, 1995.

[9] Este sentimiento es uno de los objetivos de la represión : el sistema de la tortura necesita sobrevivientes, que puedan atestiguar el horror frente a los miembros de la sociedad, para que ellos adivinen, sin realmente saberlo, qué le pasa a los opositores. Es uno de los medios con los que se construye un verdadero Estado de terror.

[10] Ana Vásquez ; Ana-Maria Araujo, Exils latino-americains : la malédiction d’Ulysse, CIEMI-L’Harmattan, 1988.

[11] Jorge Semprún ; Elie Wiesel, Se taire est impossible, Ed. Mille et Une Nuits, 1995, p. 17.

[12] Pese a la dificultad de contabilizar el número exacto de exiliados se estima que, entre 1973 y 1989, unos 500.000 a un millón de chilenos, aproximadamente, han abandonado voluntariamente su país. Según la embajada de Chile en Paris, entre 10. 000 y 15. 000 chilenos habrían residido en Francia en este período. Estos refugiados provienen, en su mayoría, de la clase media chilena, con un alto nivel de educación. Sin embargo, pese a la heterogeneidad social existente en esta comunidad, de acuerdo a los datos conocidos por esta embajada, entre el 30 y el 40% de esta población habría vuelto a Chile.

* Citar a primo Levi

[13] La orden de detención internacional librada por el juez Garzón habla en términos de “crímenes de lesa humanidad”; estas palabras, si bien son abandonadas por los jueces, son ampliamente retomadas por los medios de comunicación masiva durante todo el caso.

[14] Evidentemente no es mi intención juzgar la (re)construcción de la democracia chilena, que puede ser comprendida históricamente. Seguramente Francia tiene una historia diferente y ahora es justamente desde este país, en el que los refugiados han cambiado y adquirido, durante el exilio, otros códigos de análisis y otras expectativas (sociales, económicas, culturales y políticas), que éstos evalúan la situación chilena.   

[15] Roger Bastide, “Mémoire collective et sociologie du bricolage”, L’Année sociologique, vol. 21, 1970.

[16] Paul Ricoeur, Evènement et sens, en L’Espace et le temps. Actes du XXIIeme Congrès de l’Association des sociétés de philosophies de langue française (Dijon, 29-31 août 1988), Vrin, 1990, p.19. 

[17] Un grupo de exiliados chilenos participa en las elecciones presidenciales chilenas de 1999, pensando contar con el apoyo de la población (este apoyo se demostraría prácticamente inexistente). Gracias al rol que habían jugado durante el “caso Pinochet”. Hasta continúan soñando con una sociedad chilena inspirada en la Unidad Popular.

[18] De hecho, frente a la ausencia de una Historia científica, oficial y reconocida como tal, es el mito, con acentos siempre legendarios, que toma su lugar. 

[19] Las identidades etnicas, de hecho, se construyen siempre en la interacción : Fredrik Barth, “Les groupes ethniques et leurs frontières” (trad. al francés, 1ª edición en ingles 1969), en Poutignat Ph. Y Streiff-Fenart J., Théories de l’ethnicité, Paris, 1995, pp.203-249.

[20] Véronique Nahoum-Grappe, “L’usage politique de la cruauté : l’épuration ethnique (ex-Yougoslavie, 1991-1995)”, pp. 275-323, en Françoise Héritier (dir.), De la violence, Odile Jacob, Paris, 1996, p.282.

[21] Esto no es una ley general; durante la investigación he encontrado casos extremos, en los que pudo haber un casi total ocultamiento de la historia paterna o, al contrario, una intensa participación de los hijos en la historia de sus padres.

[22] Vincent de Gaulejac, L’histoire en héritage. Roman familial et trajectoire sociale, Desclée de Brouwer, 1999.

[23] Martine Ulriksen-Vignar, “La transmission de l’horreur » en Jeanine Puget (dir.), Violence d’état et psychanalyse, Bordas, Paris, 1989, p. 124.

[24] Las experiencias traumáticas son reales en los hijos de los sobrevivientes, a pesar de que no hayan vivido realmente las causas de dicho traumatismo en Nathalie Zadje, Souffle sur tous ces morts et qu’ils vivent ! La transmission du traumatisme chez les enfants de survivants de l’extermination nazie, Ed. La Pensée Sauvage, 1993, pp. 87-88.

[25] Anne Muxel-Douaire, “Chronique familiale de deux héritages politiques et religieux”, en Cahiers internationaux de sociologie, vol. 82, PUF, 1986.

[26]Cabros y viejos” son las denominaciones con las que las dos principales generaciones que han protagonizado esta lucha, se llamaban una a otra.

[27] L’A MICRO, el nombre de la asociación, hace referencia a lo micro como a algo chico, en contraste con los adultos ; hace referencia también al MICRO-fono como símbolo de la palabra tomada públicamente por este grupo y a las micros de Santiago, lo que le confiere, por un lado, un carácter mas chileno en relación a los dos primeros términos existentes en francés y significando lo mismo, y por otro simbolizando la “subida al camino del compromiso”.

[28] Augustin Barbara, Les couples mixtes, Bayard, 1993, p.207.

[29] Camille Camilleri ; Joseph Kastersztein el all., Stratégies identitaires, PUF, Paris, 1997.

[30] Isabel Taboada-Leonetti, “Stratégies identitaires et minorités : le point de vue du sociologue”, en C ; Camilleri et all., idem, pp.68-69. Hay que decir que los jóvenes franceses de origen magrebi que habitan los barrios populares de Francia son victimas de un fuerte racismo institucional y social, siendo identificados como delincuentes.

[31] Jacques Hassoun, Les contrebandiers de la mémoire, Syros, Paris, 1994.

[32] Edgar Morin, “Principes d’une sociologie du présent”, en La rumeur d’Orléans, Seuil, 1969.

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