Amanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

DestacadoAmanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

Amanda no es la letra de una canciónHija Amanda Jara

Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan “Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.

Domingo 25 de mayo de 2008 | por Alejandra Carmona López

La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.

En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

Con suerte acepta dar esta entrevista.

Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

SIMPLEMENTE MARÍA

 
  Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

“Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.

UNA PROTESTA EN MATTA

Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

“Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

TE RECUERDO, AMANDA

Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”. LND

    Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

    Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

    Memoria EN_REDADA

    Recibí en mi correo eléctrónico un mail de mi amiga Marta, con quien mantengo una amistad que ha enlazado nuestras memorias militantes y femeninas uniéndonos en una red de sororidad más allá del tiempo y el espacio.

    Marta me envía una historia de otras mujeres, de mujeres militantes, y me escribe:

    “Queridxs colegas, amigxs

    avanzan el semestre y otras ocupacionesc  y con ello vuestra carga de trabajo, pero espero que pueden encontrar unos minutos para leelr estos conmovedores momentos de mujeres choras http://martazabaleta.blogspot.co.uk/2017/02/argentinalas-fotos-de-josefina-por.html
    de Argentina.

    Se puede aprender tanto de ellas.
    Abrazos.

    Abro el enlace que Marta,economista, académica y poeta exiliada argentina en el Reino Unido me ha compartido y me encuentro con esta imagen que abre mi memoria de mujer una vez joven y madre de una hija una vez viva…

    Leo la nota en la fuente y me lanzo a buscar en la web a estas dos mujeres con la sensación de escarbar en una historia cuyas raíces se hunden en mi propia historia, en la de Marta y en la de tantas otras mujeres que militan y militaron en Latinoamérica trascendiendo su tiempo y su espacio.
    y repito, como dice Marta, se puede aprender tanto de ellas.
    RESISTENCIAS
    Las fotos de Josefina

    Voy a empezar por el final: de la mesa frente a la que estaba sentada tomó el collar de cuentas redondas, grandes, estriadas en rojo, y se lo sujetó al cuello. Después recogió las fotos que había mostrado, se paró y salió entre los aplausos de quienes la escuchamos del otro lado del vidrio. Cuando la abracé, sin saber quién contenía a quién, sentí las cuentas incrustándose en el pecho de las dos.

    Ella se llama Josefina, el collar era de su mamá, lo rescató la mañana siguiente a su secuestro, cuando volvió a ese departamento con la puerta arrancada para cubrir la vergüenza de estar en bombacha con una remera roja, un jean y unas zapatillas. Tenía siete años, le faltaba un mes para cumplir los ocho, su hermano uno y medio y los dos habían dormido en la casa de una vecina a la que la patota le golpeó la puerta para dejarlos como un paquete.

    “¡Qué voy a hacer con estos chicos!”, se había desesperado la mujer y ella guardó esa frase y ese tono por décadas, hasta que encontró a la vecina que ahora tiene nombre y es Susana, hasta que pudieron poner en común aquella noche larga del 6 de diciembre de 1977. “La encontré y la traje para acá”, dijo Josefina y una risa sosegada, tal vez de alivio, tal vez de complicidad, como un aflojarse del lazo que nos unía a quienes la escuchábamos, anduvo de boca en boca.

    Josefina declaró el miércoles, en el juicio de lesa humanidad que tiene entre las víctimas a su madre, Vibel -Virginia- Casalaz. Josefina es una de esas amigas entre las que nos salvamos la vida, aunque el devenir de las cosas nos mantengan a distancia más tiempo del que desearíamos. A lo largo de los más de 20 años que llevamos de amistad, junto con Raquel y con Alba, ese núcleo duro de complicidad femenina, nos sacamos muchas fotos juntas, antes de que se llamaran “selfies”, las cuatro con las sonrisas incandescentes. Esta vez también hubo foto, en el subsuelo de los tribunales federales, en ese sitio sin ningún ángel en la calle Comodoro Py; habíamos llorado todas, Jose en el lugar de los testigos, el resto sosteniendo a la distancia esa entereza, todas esas palabras que supo enhebrar, buscadas y encontradas en noches de insomnio, en los días de la militancia en H.I.J.O.S., extraídas de diálogos con sobrevivientes, con sus amores; escritas también, ella que sabe hacerlo como pocas. Las sonrisas, a pesar del llanto, volvieron a capturar la luz en la imagen.

    El collar que tanto le gustaba a su madre no fue lo único que rescató Josefina del departamento violentado. También se llevó una bolsita con fotos que les sirvió a los policías que la fueron a buscar al día siguiente para preguntarle por todas y cada una de las personas amadas que ahí aparecían. Ella estaba prevenida, iba a segundo grado en la misma escuela a pesar de los cambios de casa a que obligaba la persecución con un nombre falso, María José Roldán. No identificó a nadie. Las fotos siguieron su camino con ella, el primer viaje lo hicieron en la valijita con la que iba al colegio y que la acompañó en los dos días que pasó en la casa de una mujer policía, separada de su hermano al que se llevó un hombre de la misma fuerza. ¿A qué se debió esa separación por género? ¿Por qué no los dejaron juntos? Josefina no se acuerda casi nada de esos dos días, estaba enferma de hepatitis y sin duda la memoria da respiro, espacios de olvido necesarios para seguir adelante con la sucesión de los días. La noche del secuestro, por ejemplo, termina para ella con la imagen de su madre yéndose en el ascensor con esos tipos jóvenes y con armas largas que recuerda. “Mi mamá me tendría que haber dicho algo en ese momento, eso es lo que yo sentía, me tendría que haber dado una última instrucción”, dijo frente al tribunal y cerró: “Pero según me contó la vecina, cuando yo salí de ahí estaba en el piso, boca abajo, encañonada”.

    No tenía instrucciones pero rescató los bienes preciados de su madre, el collar, las fotos que eran un resguardo de la vida cotidiana: playas, sonrisas, besos que no podían perderse en la huida aun a riesgo de convertirse en delación involuntaria. ¿Cuánto sabía la niña de todo lo que iba a perder como para que antes que sus juguetes guardara la bolsita de las fotos?

    –Polo no es un nombre -le dijo el comisario de la 35 a la niña de 7 que había dado apodo, apellido y ocupación de su abuelo, “un fabricante de soda de Tres Arroyos”.

    –Usted búsquelo que lo va a encontrar -contestó ella y así fue, constatando una vez más la enorme maquinaria del plan sistemático para la desaparición de personas no sólo represiva, también burocrática. Una burocracia dócil que ahora pretende aplicarse al conteo de los cuerpos que nos faltan. Nombrar es una cuestión de poder, decir 30 mil  y que haya acuerdo es el poder que hemos ido acumulando a lo largo de cuatro décadas y es lo que está en disputa.

    Mientras escucho a mi amiga, pegada al vidrio que nos separa con la ilusión de encontrar sus ojos como si hiciera falta para sostenerla cada vez que amenaza con quebrarse, pienso con deseo en el lugar que ocupa. Yo también quiero acusar, quiero que llegue la hora del juicio por lo que le hicieron a mi madre y a sus compañeros y compañeras de cautiverio. Cuando promediaba el año pasado y se supo que no sucedería en octubre como habían prometido, y después, cuando tampoco habría fecha designada para marzo, empezó a circular entre los querellantes la lista de testigos que tendrían que adelantarse en testimoniar porque la dentellada de la muerte ya les está mordiendo los talones. 85, 87, 90, 95 años se leía junto a algunos nombres. Alguien anotó en ese intercambio de correos que su madre ya no podría declarar porque el ejercicio de memoria había destrozado sus neuronas. Hace 13 años que presentamos la querella. En ese tiempo todos y todas nos convertimos en otros, en otras, guardando a la vez quienes fuimos para no perder detalle cuando nos den la palabra. La impotencia se come el fin de la impunidad que ya no podemos declamar.

    Antes de escuchar a Josefina, en un cuarto intermedio que tensa nuestra paciencia, Raquel me dice con ojos húmedos: “Siento que nos están tomando el pelo, ya no le encuentro sentido”. Es una descarga de derrota que no va a acatar, aunque las dos sabemos de qué habla. La Justicia, con esos pies de plomo, ya no puede llamarse así. Y sin embargo.

    “¿Pudiste reconstruir…?”, es la primera parte de la pregunta que se repite para que Josefina de cuenta de lo que sabe de su madre, de su destino después del secuestro. Ella contesta una y otra vez, sobre los testimonios leídos, los diálogos ansiosos que persiguen un dato más, por nimio que fuera. Todo el trabajo lo hicimos las víctimas y quienes se comprometieron con nuestro duelo, el inmenso duelo acuoso de un país entero que todavía sigue evaluando el tamaño de las heridas que dejó el terrorismo de Estado. ¿Dónde están los papeles, los organigramas, los números de ellos, los ejecutores? ¿Dónde ocultaron los cuerpos? ¿Por qué a ellos se les permite todavía ahora ocultarse?

    Hubiera querido que estén aquí los acusados, para interpelarlos. Quiero decir que yo pienso todas las noches en el cuerpo torturado y violado de mi madre. Y los represores piensan que así le hicieron bien a la patria. -dijo Josefina y tomó el collar de su madre de la mesa frente a la que estaba sentada y se lo puso, recogió sus fotos y enjugó sus lágrimas. Para que se vea y que se sepa: aun cuando le arrebataron tanto no pudieron quitarle todo.

    En otro espacio virtual leo acerca de esta hija militante de la memoria:

    UN COLLAR DE CERÁMICA

    La estridencia de los camiones que pasan por encima apenas le permiten hablar a Josefina Giglio. Pero no grita, no lo quiere hacer en este lugar.

    Josefina Giglio señala el retrato de su madre dentro de un cartel en el lugar donde estaba ubicado el centro de tortura El Atlético.

    Madre de dos niños e hija de desaparecidos, intenta hallar el retrato de su madre en el afiche que está colgado sobre las ruinas del Centro Clandestino de Detención y Tortura Club Atlético, que está -estaba- ubicado debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina.

    Aquí está Coca, mirá- señala la foto de Virginia Isabel Cazalas, su madre, entre las centenares de imágenes de personas impresas sobre una sábana como recuerdo de quienes estuvieron presos aquí.

    Josefina está acá porque este fue el último lugar donde, según testimonios de otros detenidos sobrevivientes, su madre fue vista por última vez.

    A principios de 1978, cuando tenía 8 años, se la arrebataron de la casa en donde vivían clandestinos en Buenos Aires. Desapareció, lo mismo que había ocurrido con su padre un año antes.

    Y desde entonces los anda buscando, a ella y a él, sin éxito.

    Virginia Isabel Cazalas, más conocida como “Coca”, era la madre de Josefina.

    Josefina es una de los muchos hijos que todavía no pudieron reunirse con los huesos.

    Por eso tal vez sus peregrinaciones a las ruinas de Club Atlético, como un mecanismo para no olvidar ante la tierra abierta de las excavación arqueológica que se realiza ahora en este lugar antes utilizado para la tortura y que quedó sepultado cuando se construyó la autopista.

    “En esto hay como dos partes: primero estás como esperando, como detenido en el tiempo esperando a que vuelvan, y después hay un momento en que comenzás a buscar”, dice Josefina.

    “Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, Josefina Giglio, hija de desaparecidos.

    “Siempre estás buscando”.

    “Había una época en que había una publicidad en la tele y el actor era igual a mi papá. Igual. Y mi papá había estudiado teatro, entonces yo decía ‘por ahí le dieron un golpe en la cabeza, se olvidó quién es y es ese actor’. Escribí al canal y todo. Nunca nadie me contestó, obviamente… Después, mi búsqueda en serio comenzó cuando de grande empecé la universidad”.

    Su despertar universitario fue también el inicio de una misión colectiva: la agrupación Hijos e Hijas por la Identidad, la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S), algo así como una versión filial de lo que hacían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que fue fundada en 1994, cuando muchos de los hijos de los desaparecidos cumplieron la mayoría de edad.

    El centro clandestino de detención Club Atlético funcionaba a pocas cuadras de la cancha del popular equipo de fútbol Boca Juniors.

    Con ellos logró, dice, “democratizar el dolor”. Con ellos lloró, protestó en las calles.

    Estudió a fondo la historia de sus padres para intentar encontrar pistas: las impresiones del sulfuro de plata en las fotografías, la tinta aplastada en las hojas de las cartas. Algo que le permitiera entender quiénes eran, por qué habían luchado, qué sentido había tenido su muerte casi segura.

    Y ha visto, como un tren que pasa de largo en una estación, cómo a otros compañeros de militancia el EAAF les han restituido los restos de sus padres, mientras ella los sigue esperando.

    “Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, cuenta y se ríe. La carcajada le suelta la mirada que aguarda tras unos anteojos gruesos de carey. La idea le enciende una chispa.

    “Tendría algo así como un amuleto, un deseo de hacerme un colgante con ellos”, continúa sonriente.

    “La tierra contiene como un útero los huesos que esperan”, se lee en uno de los cuadros de las oficinas del EAAF.

    Josefina ya tiene un collar.

    Al día siguiente del secuestro en el verano del 78, cuando le dieron permiso para entrar al departamento de donde se habían llevado a Virginia para buscar algunas cosas, la única pertenencia de su madre que se llevó fue un collar de cerámica que habían comprado juntas en la feria de Plaza Francia.

    “Pensaba dárselo cuando volviera”.

    Durante estos años ha elaborado mil conjeturas, pero a pesar de su empeño hay cuentas que no puede obviar: el EAAF sólo tiene restos óseos de unas 600 personas y siguen hallándose algunos centenares más, pero el número queda muy lejos de los 30.000 desaparecidos que calculan las organizaciones de derechos humanos e incluso de los 10.000 que reconocen las fuentes más conservadoras.

    Y a muchos de ellos, se sabe, los tiraron al Río de la Plata y al mar desde los llamados “vuelos de la muerte”.

    “Durante mucho tiempo tenía la sensación de ser hija de un agujero negro y los huesos siento que me permiten esa continuidad: yo soy esos huesos, voy a ser esos huesos. Recuperar esa continuidad que se cortó. Uno cree que una tibia y un peroné son innecesarios, hasta que te das cuenta de que son una fuente de alivio y te darían un cierre”, reclama.

    Una fila india de camiones interrumpe la charla hasta el punto de suspenderla. Pero antes de irse ella mira el abismo de las excavaciones: dice que siempre busca algún objeto, alguna presilla, un pedazo de herencia que le debe el destino.

    Para tenerlo mientras llegan los huesos.

    Y es así que en mi transito virtual encuentro una noticia de hace cuatro días, una fotografía de dos hijos – Josefina y Francisco – hijos de Virginia y Carlos, huérfanos por el terrorismo de Estado en la Argentina que una vez nos acogio a mis hijos y a mi, donde vivimos la segunda dictadura a las que hemos sobrevivido.

    Carlos y Vibel –el padre y la madre de Josefina, Coco y Coca para sus compañeros de partido- militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Carlos era arquitecto, había caído el 19 de mayo de 1976 en una reunión del partido en Combate de los Pozos y Pavón, por un vecino que lo denunció. Cuando intentaba huir por la terraza, fue herido en una pierna y cayó al pozo de luz. Nunca más se supo de él. Desde entonces, Vibel –psicoanalista- peregrinaba entre una sombra y la otra mirándose las espaldas. Los militares la alcanzaron un año y medio después, en un departamento de Belgrano R. No estaba sola: Josefina tenía 7 años, Francisco uno y medio. Estaban además otros militantes del PCML. Los militares lo llamaron Operativo Escoba.

    “Entre que se llevan a mi padre, el 19 de mayo de 1976, y caemos con mi madre el 5 de diciembre de 1977, hubo un dispositivo de pinzas para buscarla. La noche del 8 de junio se llevaron en La Plata a mi abuela paterna, Tecla, a mi tío que estaba con ella, en Tres Arroyos a Polo, y en Mones Casón, cerca de Carlos Casares, a mi tío Oscar Bossier, el cuñado de mi padre”.

    http://memoria.telam.com.ar/noticia/-un-brigadier-dijo-que-mama-era-la-mujer-mas-buscada-_n3809

    Necesitamos recuperar los restos. Josefina y Francisco Giglio

    Josefina y Francisco Giglio declararon en el juicio por los crímenes cometidos en el llamado circuito ABO.

    Los testimonios de Josefina y Francisco Giglio, hijos de los desaparecidos Virginia Isabel Cazalás y Carlos Giglio, inauguraron la audiencia que reactivó tras la feria el tercer tramo del juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención y exterminio Atlético, Banco y Olimpo. Fue la primera vez que ambos contaron en tribunales la historia de sus vidas desde la arista que representa el secuestro y la desaparición de su mamá, que fue vista en el Banco por sobrevivientes. “Vebel”, como la llamaban en su familia. “Coca”, como la habían bautizado sus compañeros de militancia del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), fue llevada del departamento en el que estaba escondida la noche del 5 de diciembre de 1977 por una patota del Ejército. Estaba en camisón. Josefina, de siete años, y Francisco, de año y medio, fueron dejados con una vecina. Crecieron con sus abuelos maternos en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Nunca más supieron de su mamá ni de su papá, que había desaparecido en mayo del ‘76. Con cuarenta, Francisco reconoció ante el Tribunal Oral Federal número 2 que todavía los espera. No obstante, reclamó por sus restos, al igual que su hermana, que se quejó de que los acusados no presencien el juicio. “No alcanza con los juicios. Sería bueno que los imputados estén sentados acá también. Todas las noches pienso en el cuerpo de mi madre violado y torturado. Y los señores que dieron las órdenes y las cumplieron piensan que hicieron un bien a la patria”, remató, sobreponiéndose al llanto, que logró contener durante todo su testimonio. El público que presenció la jornada la aplaudió un rato largo. Cuando el TOF le dio permiso para retirarse, ella tomó el collar de perlas grandotas que era de su mamá, y que había colocado en la mesa del estrado al comenzar a hablar, y se lo puso.

    “Primero quisiera contar un poco sobre mi mamá, que era la más linda del mundo”, propuso Josefina como respuesta a la consulta que le realizó la fiscal Gabriela Sosti para introducirla en su testimonio. La hija de “Coca” completó la selección de fotografías entregadas al TOF que había iniciado su hermano, quien la precedió en el estrado. Josefina explicó que cuando un policía y una presunta asistente social la llevaron al departamento de Belgrano R donde la noche anterior habían secuestrado a su mamá para que agarrase ropa para ella y para su hermano, bebé entonces, ella también se llevó una bolsa con fotos que su mamá siempre llevaba de casa a casa y ese collar de perlas grandotas, que “a ella le gustaba mucho” y que encontró sobre su mesita de luz. Ayer, mientras declaraba, lo sacó de su cartera y lo puso sobre la mesa del estrado.

    Pasaron más de 40 años, pero Josefina fue clara y precisa para contar lo ocurrido la noche del 5 de diciembre de 1977 y las que le siguieron. Ella, su mamá y su hermano vivían en un departamento de la calle Ramón Freyre con dos compañeros de militancia: Mariano Montequón y Patricia Villar. Esa noche acababan de cenar y hacía calor. “Mi mamá estaba en camisón, y así se la llevan, y yo estaba en bombacha”, contó.

    Sientieron que rompían la puerta de entrada. “Yo me escondí porque no quería que me vieran, mi mamá pidió cambiarse pero no la dejaron. A nosotros nos dejaron con la vecina”, siguió. Aún hoy, le extraña que ella no le haya dado “alguna instrucción” antes de que se la llevaran.

    Años después se reencontró con Susana Martínez, la vecina a la que “tres jóvenes de civil” le pidieron que cuidara a ella y a Francisco “hasta que llegara la Policía”. Susana también declaró ayer en el juicio. El otro testigo fue Daniel Merialdo, un sobreviviente del circuito ABO.

    Cuando la encontró, Susana le dijo que la última vez que la vio su mamá estaba tirada en el suelo, apretada por una pistola larga. Con el tiempo, ella y su hermano supieron que su madre fue atrapada en un operativo al que el Ejército llamó “Escoba” y que barrió con casi todos los militantes del PCML.

    Al otro día, la policía los llevó a buscar ropa al departamento reventado por el Ejército. “Cuando esta mujer que dijo ser asistente social pero que no aparece en ningún registro me vio con la bolsa de fotos, me sentó en la mesa y me hizo verlas una por una mientras me preguntaba ‘¿este quién es? ¿y éste quién es? Yo estaba entrenada y sabía que no tenía que decir nada”.

    Tenía siete años Josefina, pero ya sabía que en la escuela y en todos lados era María José Roldán. La familia estaba clandestina desde 1975, cuando les allanaron la casa. Francisco nació en julio de 1976, pero su padre no llegó a conocerlo. Fue secuestrado en Constitución, un mes antes. “Nos quedamos solos. Pienso mucho en esa mujer sola, con dos hijos y escapando”, relató Josefina.

    Tres días después del secuestro de su mamá, su abuelo de Polo, de Tres Arroyos, los fue a buscar. Cuando fueron creciendo, Polo les contó que para dar con Vibel los terroristas dieron un par de pasos antes de reventar el departamento de Freyre: lo secuestraron a él –permaneció un mes en Vesubio–; a su abuela paterna y a un tío paterno y a un cuñado de Carlos Giglio.

    El relato de Francisco fue menos detallista. El tenía un año y medio cuando ocurrió todo. Coincidió con su hermana en el sentimiento de espera. “Llegó la democracia y todos pensábamos que los iban a liberar, porque creíamos que estaban detenidos en algún lugar. Yo creí que iban a aparecer para mi cumpleaños de quince. Y luego, para mi fiesta de egresados”, intentó explicar ella, que comparó al gobierno de Raúl Alfonsín con “la esperanza”; al indulto de Carlos Menem con “el abismo” y a las gestiones kirchneristas con el abandono de la clandestinidad. “Yo sentí que salía de la clandestinidad, que podía decir que mis viejos estaban desaparecidos y que no era mi culpa, y que había un Estado que en vez de discutir la cantidad de desaparecidos debería estar buscando los restos de mi padre y de otros”.

    Francisco lo analizó desde la figura del “desaparecido”, esa que “produce algo tremendo en la mente de un hijo, porque siempre lo estás esperando. Yo tengo 40 y sigo esperándolos en algún rincón de mí. La perversidad es tremenda”.

    Ambos saben que no volverán, por eso ven una posibilidad de “cierre” en la recuperación de los restos. “Necesito recuperar los restos de mis padres – dijo Francisco– sería de alguna manera reencontrarme con ellos”.

    Josefina también reclamó los restos: “Me gustaría que el Poder Judicial le exija al Ejecutivo que disponga de todos los medios para encontrar los huesos de mis padres y de todos los desaparecidos. Y que le dé prioridad a la búsqueda de todos los chicos que fueron robados. Yo no quiero que mis hijos crezcan buscando los huesos de su abuela. Ya pasaron 40 años, ya es tiempo”.

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    El Comando de Vengadores de Mártires: secuestros, tortura y muerte

    DestacadoEl Comando de Vengadores de Mártires: secuestros, tortura y muerte

    Espero que esta vez sí se pueda hacer justicia con Eduardo Jara, con su hijo que creció sin padre, con sus familiares, con Cecilia Alzamora que sobrevivió duramente al secuestro, con aquellos que recién ingresábamos a Periodismo de la PUC y vimos la tragedia de cerca en una universidad que no pudo ni quiso ayudar…

    Este mensaje leído en las redes sociales me condujo a investigar el caso poco conocido de las acciones de este grupo de militares que se tomaron la justicia- venganza en sus manos y han permanecido impunes hasta el año 2015.

    Nuestra memoria alerta está en-redada, y somos muchos más que dos…

    El COVEMA y la monja misteriosa

    Alejandra Matus.

     

    El tercer capítulo de Los archivos del cardenal se inspiró en los secuestros con que debutó, en 1980, el Comando de Vengadores de Mártires, formado por el entonces director de Investigaciones, Ernesto Baeza, para vengar la muerte del teniente coronel Roger Vergara, asesinado por el MIR ese año. Todos los secuestrados fueron liberados, pero uno de ellos, el estudiante Eduardo Jara, murió producto de las torturas. Hoy Cecilia Alzamora –quien fue apresada y liberada junto a Jara– habla sobre lo ocurrido y entrega antecedentes inéditos sobre el papel que habría tenido una monja como delatora de las víctimas.

    El 23 de julio de 1980, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica, llamó a su amiga y ex polola Cecilia Alzamora. Ella ya había egresado, pero seguían en contacto. Ambos habían realizado la práctica profesional en Radio Chilena ese verano. Jara estaba muy acongojado porque no tenía dinero suficiente para pagar la matrícula para el segundo semestre. Por eso le pidió a Alzamora que lo acompañara a la universidad. Se le vencía el plazo ese mismo día y necesitaba conseguir que alguien le prestara el dinero. Ella aceptó a regañadientes, como en tantas otras ocasiones en que él enfrentó apuros similares.

    Entonces habían pasado ocho días desde que un comando del MIR asesinara al director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, teniente coronel Roger Vergara Campos, cuando salía de su casa en Manuel Montt, cerca de Bilbao. Se trataba de una de las primeras acciones ejecutadas por la Fuerza Central del MIR, que en 1978 había dado curso a la «Operación Retorno» y a inicios de los años ochenta contaba ya con un contingente militar para realizar acciones selectivas y de cierta envergadura.

    Roger Vergara pertenecía a la inteligencia institucional del Ejército. Su asesinato representó un golpe duro para los servicios de seguridad de la dictadura, y motivó la baja inmediata de Odlanier Mena, el flamante director de la CNI (el organismo que había reemplazado a la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA) y enemigo declarado de Manuel Contreras. En su lugar asumió Humberto Gordon. Santiago se volvió un hervidero de agentes y policías que tenían como único objetivo capturar a los asesinos de Vergara. En ese contexto, el director de Investigaciones, general Ernesto Baeza, seleccionó a cincuenta de sus hombres para buscar a los culpables. Así nació el Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA. Y partió la cacería.

    Mientras viajaban desde el Paradero 25 de Gran Avenida rumbo al Campus Oriente, en micro, Alzamora y Jara repararon en la fuerte presencia de policías en la calle.

    –No es un buen día para salir –dijo él.

    –Menos para andar contigo –bromeó ella.

    Amistad en el Campus Oriente
    Cecilia Alzamora estudió periodismo en la Universidad Católica a mediados de los setenta. Tenía una hija, era soltera y, a pesar de ser de izquierda, había decidido mantenerse al margen de cualquier actividad política. Eran años en que la detención, la marginación, la pérdida del trabajo y aun la muerte le podían tocar a cualquiera que expresara oposición a la dictadura, y Cecilia quería proteger a su hija. Por eso mantenía la boca cerrada y en la universidad no hacía otra cosa que estudiar.

    Nunca le preguntó a Eduardo Jara si él militaba. Ella sospechaba que sí, por su amistad con los hermanos Romero, quienes eran un poco más abiertos respecto de sus convicciones políticas. Mario Romero era un estudiante brillante que terminó la carrera de periodismo en tiempo récord, y el hermano de este, Gonzalo, estudiaba medicina y atendía gratuitamente a opositores sin recursos. «Esos eran los códigos. Había cosas que no se decían, ni se preguntaban», recuerda.

    Había otra mujer que parecía una amiga cercana de Eduardo. Cecilia pensó que ellos tenían una sintonía más política, porque «había muchas conversaciones privadas y secretos entre ellos; o eso parecía». Lo curioso es que se trataba de una monja, quien había pedido el traslado a Periodismo desde la carrera de Teología. Algo similar había hecho el propio Jara, quien logró el traslado desde Pedagogía.

    Cecilia compartió con ella algunos ramos optativos, como un taller de cine, junto a Jara, Cecilia Serrano, Samuel Silva, María Elena Correa, Pamela Jiles y Tati Penna. «La monja», como le decían todos (y cuyo nombre mantenemos en reserva, en resguardo de la investigación judicial), era una mujer simpática que se ruborizaba intensamente cada vez que se decía un chiste de doble sentido o un profesor le hacía una pregunta. A Jara le regalaba leche holandesa y ropa usada europea, que conseguía en la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía (aunque según otra versión se trataba de una monja paulina).

    «Ellos estudiaban juntos. Se prestaban libros. Todavía tengo un texto de ella sobre el Concilio Vaticano II. Eduardo me pidió que se lo devolviera cuando la viera», dice Alzamora. Pero la ocasión nunca se dio.

    Cecilia recuerda que, pocos días después del asesinato de Roger Vergara, Jara le confidenció que la monja había tenido una conducta extraña con él. «Me dijo que se habían juntado en el convento, porque ella le iba a dar algo, y que la monja se levantó el hábito hasta el nacimiento de las piernas, como acomodándose las medias, mirándolo en forma inquietante. Yo lo eché a la broma. Pero él estaba muy preocupado. No entendía por qué la monja había actuado así».

    «¡Bájate, conchetumadre!»
    Ese 23 de julio, en el Campus Oriente, el profesor Óscar González Clark salvó del apuro a Jara y le extendió un cheque por mil pesos. «Ándate corriendo», le dijo, porque el plazo para matricularse vencía y Jara tendría que ir hasta la Casa Central de la universidad, frente al cerro Santa Lucía.

    «Justo antes de salir nos encontramos con la monja. Eduardo se acercó a decirle algo y yo la saludé cuando terminaron de hablar. Salimos corriendo a tomar un colectivo», relata. Cecilia y Jara se sentaron adelante, junto al chofer, porque los tres asientos traseros estaban ocupados. El vehículo se detuvo en un semáforo en calle Los Leones, antes de llegar a Lota. Desde una camioneta C-10 se bajaron varios sujetos armados: «¡Bájate conchetumadre!», gritaron.

    «A mí me metieron una pistola en las costillas, pero yo gritaba: “¡No, no! ¡No me bajo!”. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensaba que nos querían bajar a todos y no tenía intenciones de obedecer, hasta que Eduardo me dice: “Cecilia, bájate. Nos quieren a nosotros”».

    Los desconocidos los metieron en la parte trasera de la camioneta, les vendaron los ojos y los cubrieron con sus chaquetas. Les dieron numerosas vueltas, hasta llevarlos a un lugar que tiempo después Cecilia reconocería como la Brigada de Homicidios, ubicada en esa época en el subterráneo del Cuartel Central de Investigaciones, en la avenida General Mackenna.

    En operativos separados y en días sucesivos, el hasta entonces desconocido COVEMA secuestró al menos a catorce personas. Entre las víctimas estaban Juan Capra, Nancy Ascueta y Haissam Chaghoury, quienes vivían en una pensión cercana al lugar donde fue asesinado el teniente coronel; los siquiatras Alejandro Navarrete y Eduardo Pérez Arza; una mujer a la que solo se conoció como «la abuela» y el estudiante de medicina Gonzalo Romero, el amigo de Eduardo Jara. Con los días se sumarían los secuestros de Mario Romero, hermano del anterior, y Guillermo Hormazábal, directores de dos emisoras pertenecientes a la Iglesia Católica y cuya prominencia probablemente haría cambiar los planes del COVEMA.

    La silla giratoria
    Alzamora y Jara, los primeros detenidos, fueron separados inmediatamente al llegar a su lugar de reclusión. Fueron desnudados y revisados. A ella le dieron un golpe en la cabeza que le dejó el cuello inmovilizado y a Jara se lo llevaron a otra dependencia. Ella ya no podía escucharlo.

    Con los ojos vendados y sentada en una silla giratoria, Alzamora respondió preguntas sobre su supuesta vinculación con el MIR, el asesinato de Vergara y sus actividades políticas. Tras oír sus negativas, los agentes comenzaron a preguntarle por Jara y sus conexiones. Suponían que Alzamora era su polola y que, por lo tanto, sabría. Ella descartó que Jara pudiera estar involucrado en el asesinato de Vergara, porque aunque ya no estaban juntos recordaba que ese día él había estado ubicable y no había mostrdo especial preocupación por ese hecho. Los interrogadores de Jara iban y venían con listados de nombres que él había entregado en la tortura, para chequearlos con ella. Casi todos eran compañeros de universidad, de los cuales Cecilia desconocía que tuvieran vínculos con organizaciones políticas.

    «En un momento, me tomaron y me llevaron a la celda donde tenían a Eduardo. Estaba sentado, desnudo y amarrado, en una silla bajo un foco de luz. Me levantaron la venda para que pudiera verlo y para que él me viera a mí. “Ya, poh, dile, cuéntale…”, y acto seguido Eduardo dijo que vivía hacía varios años con la madre de su hijo, Ana María. “Pero no estoy casado”, aclaró seguidamente. Me di cuenta de que esos tipos pensaban que nosotros éramos pareja y que de ese modo me iban a poner en su contra para delatarlo, pero yo sabía lo de Ana María. Eduardo les siguió el juego y me pidió perdón por las mentiras que supuestamente me había dicho. Después me llevaron de regreso y me decían: “¿Viste que te hicieron güeona?”. “Sí –decía yo, siguiendo el juego–. Tienen razón. Qué le vamos a hacer”».

    Cecilia comenzó a sentir la presencia de otros prisioneros. Cuando podía, les preguntaba los nombres. Trataba de memorizarlos. Una anciana –«la abuela» o «señora Berta»– fue llevada hasta el cuartel para interrogarla por ser vecina de María Isabel Ortega, una militante del MIR. Como la mujer dijo no saber nada, trajeron a un niño, su nieto, para que la conminara a hablar.

    Cecilia se daba cuenta de que comenzaba la noche porque se aquietaban los ruidos a su alrededor. A Eduardo Jara lo dejaron en una habitación cercana a la suya. Ella lo oía quejarse, pedir agua. Un día, Jara no regresó. Los agentes le hicieron creer que él había muerto.

    «Me sentaron en la silla giratoria y me empujaban de lado a lado: “Ahora sí que vai a hablar. El Jara ya cagó. Quedai voh”. Yo les dije: “¿Saben qué más? Hagan lo que quieran conmigo, van a perder el tiempo”. Y era cierto, porque Eduardo jamás me confidenció nada de sus actividades, si las tenía, y yo solo lo conocía en el contexto de la universidad. Salvo la sospecha sobre la real naturaleza de su relación con la monja, que aún me guardaba».

    Una alarma radial la salvó momentáneamente. Habían asaltado varias sedes bancarias y los agentes salieron en bandada a la calle. Los prisioneros quedaron prácticamente solos. Pero volvieron. Y uno de los agentes, que parecía más educado que los demás, pasó por su lado y le dijo: «Eres lista. No hai entregado ná».

    «Yo imaginé que a Eduardo le habían sacado todo lo que podían hasta matarlo, y que ahora me tocaba a mí. “Tengo que entregarles algo que les sirva”, pensé, y me acordé de la monja. Me habían preguntado por todos los amigos de Eduardo, menos por ella. Sentía culpa, pero habían pasado varios días y suponía que ella habría tomado sus precauciones. Les di su nombre pensando que no podrían hacerle nada porque la Iglesia la iba a proteger. Para mi sorpresa, en vez de averiguar más dejaron de interrogarme. No me preguntaron nada nunca más».

    Una semana después del secuestro de Jara y Alzamora, el 30 de julio, fueron arrestados Guillermo Hormazábal, director de opinión pública del Arzobispado y jefe de prensa de Radio Chilena, y Mario Romero, director de la Radio Presidente Ibáñez, de Punta Arenas, quien estaba en Santiago preocupado por la desaparición de su hermano Gonzalo. Hormazábal y Romero fueron capturados cuando caminaban rumbo al restaurante Carillón, donde almorzaba el personal de Radio Chilena. El directorio de la emisora comenzó de inmediato una campaña intensa por su liberación y, cosa inusual para la época, la noticia de sus secuestros apareció en la prensa.

    En medio de la conmoción, los prisioneros fueron trasladados a la Octava Comisaría Judicial de Investigaciones, según pudo aclarar posteriormente la Vicaria. Jara ya no fue torturado, pero se quejaba constantemente de frío y de hambre. Decía que le dolían las muñecas. Imploraba que no lo dejaran morir.

    Hormazábal fue liberado el mismo día de su detención: lo dejaron abandonado en un sitio eriazo, con los ojos vendados. Sus captores le dieron plata para la micro y le pusieron un papel en el bolsillo en el que se identificaban como Comando de Vengadores de Mártires. En la madrugada del 31 de julio fue liberado Gonzalo Romero y, un poco más tarde, su hermano Mario.

    Ese día la Corte de Apelaciones designó al juez Alberto Echavarría para investigar los secuestros, en respuesta a un escrito del ministro del Interior, Sergio Fernández. En la misma jornada, dos de los liberados dieron una conferencia de prensa, pero Cecilia Alzamora, Eduardo Jara, Nancy Ascueta y otros seguían desaparecidos.

    «Cállate, huevón»
    La noche del 31 de julio, según pudo establecerse en los testimonios recogidos por la Vicaría, los guardias que custodiaban a los cautivos abrieron una botella de pisco de la que bebían mientras jugaban naipes. Jara, sentado en una banca, se quejaba. Pedía agua.

    «Nos tenían a todos vendados y cerca. Se notaba que movían cuerpos, y yo ya podía escucharlo. Estaba en shock. Desvariaba. “¡Cállate, huevón!”, le decían los guardias. Él volvió a quejarse y de repente oí un golpe fuerte y seco. Eduardo quedó en silencio. Ahí sentí miedo. Pensé que estaba muerto o inconsciente, porque no lo escuché más por muchas horas. Hasta que despertó y comenzó a quejarse de nuevo. Estaba muy mal».

    Tarde, el viernes 1 de agosto, los prisioneros remanentes fueron subidos en varios vehículos y abandonados en distintos sitios eriazos en la madrugada del sábado 2. A Alzamora y Jara los mantuvieron en un furgón por largas horas. Uno de los guardias se portó amable y le masajeó los pies al joven, porque los tenía helados y sin zapatos. Luego, en la noche, fueron metidos a un auto que al fin partió.

    «Eduardo seguía quejándose de dolor y frío. Se le caía la cabeza para el lado. Le decían: “Del MIR y recostándose como huevón. Enderézate”, pero él simplemente no podía. Nos bajaron en Valenzuela Puelma [en La Reina alta] y nos hicieron acostarnos en el suelo, boca abajo. Me dijeron: “Cuenta de cien hacia atrás. Fuerte. Para que te escuchemos”. Ahí me despedí de la vida. Estaba segura de que nos iban a disparar».

    Cecilia no dejó de contar hasta que llegó al número uno. Entonces se dio cuenta de que estaban solos y se quitó la venda.

    «Hablé con él un poco. Le pregunté si había entregado a la monja. Me dijo que sí. “Yo también”, le dije. Lo ayudé a pararse. Casi no podía caminar. Yo le pasé mis zapatos y así pudo avanzar otro poco, pero no podía. Se iba para el lado. Lo dejé debajo de un poste y empecé a pedir ayuda. Me encontré con unos tipos que cuando supieron lo que nos había pasado salieron huyendo, despavoridos. Toqué el timbre en una casa y mentí. Dije que nos habían asaltado y así logré que llamaran a la ambulancia».

    Cecilia y Eduardo fueron trasladados a la Posta 4 de Ñuñoa. En camillas separadas por una cortina, Cecilia oía cómo los médicos anotaban las lesiones de Eduardo y pedían exámenes. Una enfermera le hizo un gesto indicándole que los médicos eran militares y se negó a tomar las pastillas que le ofrecieron. Fue trasladada a una comisaría y Jara quedó en el recinto médico. Mientras esperaba que su familia fuera a buscarla, un carabinero se le acercó y le dijo: «Aquí hay unos periodistas que quieren conversar con usted. ¿Desea atenderlos?».

    «Yo acepté pensando que serían colegas. Cuando me hizo pasar a la sala donde estaban, no podía creerlo. Los reconocí de inmediato. Eran los tipos que nos habían secuestrado. Uno que hablaba más que el otro me preguntó si yo creía que podría identificar a mis captores. Les dije: “Da la casualidad de que se parecen mucho a ustedes”, me di la media vuelta y salí».

    Minutos después, un carabinero se acercó a contarle que Jara había muerto.

    La monja
    A la mañana siguiente, a primera hora, Cecilia se presentó en la Vicaría. Lo primero que pidió fue que alguien se preocupara de la situación de la monja. Ella había dado su nombre en los interrogatorios y quería asegurarse de que alguien le advirtiera que podía correr peligro.

    «Los abogados me dijeron que no me preocupara, porque estaba bien, pero noté algo raro. Exigí hablar con el vicario Juan de Castro y él también insistió en que ella estaba bien. “No le ha pasado nada”, me dijo, pero no sonó convincente».

    Unos días más tarde, el juez Echavarría ordenó la detención del jefe de la Brigada de Homicidios, José Opazo, y el subjefe, Domingo Pinto, junto a seis subalternos. La justicia aceptó la hipótesis de que el COVEMA se había organizado a espaldas del mando institucional, pero el escándalo obligó a la renuncia casi inmediata del director de Investigaciones, general (r) Ernesto Baeza.

    Unas semanas más tarde, por una iniciativa de la revista Hoy, todos quienes habían sido secuestrados se reunieron. Entonces Cecilia se enteró de que Guillermo Hormazábal y Mario Romero habían visto a la monja minutos antes de ser detenidos. Contaron que ella les insistió en acompañarlos a almorzar, pero Guillermo se negó explicándole que Mario quería hablar un asunto delicado con él.

    Cecilia volvió a la Vicaría. Exigía saber qué había pasado con la monja. Entonces se enteró de que su congregación la había sacado del país. Años más tarde descubrió un hecho aun más escalofriante. La monja volvió a Chile desprendida de sus hábitos y ya de civil se casó con José Opazo, el ex jefe de la Brigada de Homicidios, el hombre que dirigió el operativo del COVEMA, y que estuvo procesado y detenido por unas semanas. Más tarde Opazo moriría de cáncer, pero la monja, titulada de periodista, se encontró en un par de ocasiones con Cecilia en actividades profesionales.

    «Ella me miraba desafiante. Como diciendo aquí estoy. A mí se me helaba la sangre. Durante los siguientes diez años, seguí recibiendo llamadas anónimas de amenaza. Principalmente de una mujer. A pesar de que me cambiaba constantemente de casa, siempre me ubicaban y amenazaban a mi hija o a mi padre. Una vez llamaron a unos vecinos para decirles: “¿Usted sabe que su vecina es una terrorista?”».

    Sin temor
    Álvaro Varela, uno de los abogados de la Vicaría que estuvo a cargo del caso, recuerda que el ministro Echavarría prácticamente no investigó. Era el mismo juez que en el caso de los diez dirigentes desaparecidos del PC en 1976 dio por ciertos los papeles que certificaban su salida al extranjero y cerró la causa. En cuanto a estos catorce secuestros del caso COVEMA, determinó que José Opazo y el detective Eduardo Rodríguez habían actuado motu proprio en la detención ilegal de Juan Capra y Nancy Ascueta, y en 1988 los condenó a una pena de 541 días que cumplieron en libertad. En cuanto a la muerte de Eduardo Jara, el juez no encontró pruebas de que los funcionarios hubiesen participado en su secuestro, ni que tuvieran responsabilidad en su muerte. El caso por su homicidio fue sobreseído sin culpables.

    En 1985, la Vicaría obtuvo el testimonio de un funcionario que había participado en el operativo como chofer, el que permitió establecer que fue el COVEMA el que secuestró y torturó a Eduardo Jara, y que la creación del Comando fue una orden del general Baeza, quien escogió personalmente a cincuenta de sus mejores hombres para la operación. Para ello contó con la colaboración, usual en aquel tiempo, de otros organismos de seguridad, como la CNI y aun de personal de Carabineros. Pero la justicia ignoró los antecedentes.

    Sobre el crimen de Jara, el abogado Varela señala: «Investigaciones creyó tener un hilo e intentó aclarar el crimen de Roger Vergara por esa vía. Pero sus pistas eran totalmente erradas. Jara era un militante marginal del MIR, sin participación en acciones militares, como creía Investigaciones. Lo que nunca tuvo una explicación muy clara fue la violencia de la acción y haber matado a Eduardo Jara, salvo que se les pasó la mano en la tortura».

    Cecilia Alzamora, por su parte, cree que al menos las detenciones de Eduardo Jara, Guillermo Hormazábal, Mario y Gonzalo Romero y la suya se debieron a un «soplo» de la monja. «Recuerdo que lo discutimos entre nosotros en aquel tiempo, pero optamos por no insistir. Destapar este dato hubiera servido para desprestigiar a la Iglesia y el trabajo de la Vicaría».

    Sin embargo, treinta y un años después del asesinato de Eduardo Jara, Cecilia Alzamora ya no siente ese temor y en abril pasado declaró lo que sabe ante el juez Mario Carroza.


    GALERÍA DE PRENSA


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    Juez Carroza procesará a 10 personas por muerte de estudiante de Periodismo en 1980

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    Resolución Juez Mario Carroza de mayo 2015

    José Eduardo Jara fue secuestrado y torturado por integrantes de Covema.

    Cecilia Alzamora también fue raptada junto al joven.

    covema.cl

    Jara falleció producto de los golpes que recibió.

    Jara falleció producto de los golpes que recibió.

    El juez Mario Carroza procesará a 10 militares en retiro y ex integrantes de la Policía de Investigaciones por el homicidio calificado de José Eduardo Jara y el secuestro de Cecilia Alzamora, ambos estudiantes de periodismo en la Universidad Católica, ocurrido en julio de 1980.

    Alzamora y Jara fueron secuestrados el 23 de julio de 1980 tras ser interceptado el taxi en que se encontraban en la esquina de las calles Eliodoro Yáñez y Los Leones, menos de 10 días después de la muerte del director de la Escuela de Inteligencia del Ejército Roger Vergara.

    Resultado de imagen para Cecilia Alzamora

    Los jóvenes fueron retenidos por miembros del Comando de Vengadores de Mártires (Covema), quienes los torturaron durante un día, causando la muerte de Jara.

    Eduardo Jara, hijo del fallecido, explicó que “esto es una acción que se decide como familia, en este caso mi madre y yo, más que nada para cerrar un ciclo en nuestras vidas. Yo soy padre y no me gustaría decirle a mi hijo que su abuelo fue asesinado en dictadura y que los asesinos quedaron impunes”.

    “Es parte del cierre que nosotros necesitamos como familia, dejar en claro que nosotros no queremos nada más que eso, no buscamos nada más que las personas, que sean identificadas y tengan una sanción como debe ser”, añadió.

    El abogado Luciano Fouillioux comentó que “el ministro Carroza procesa a este mismo grupo como autores de homicidio calificado de Eduardo Jara y un día de tortura o de aplicación de tormento de Cecilia Alzamora, previo secuestro de ambos, y han sido procesados y están siendo citados para ser notificados la próxima semana”.

    subirCaso emblemático

    La presidenta del Colegio de Periodistas, Javiera Olivares, sostuvo que “para nosotros son casos absolutamente emblemáticos y dentro de los cuales Eduardo Jara es -junto con Cecilia-, como estudiante de periodismo, un caso muy recordado”.

    “Por lo tanto, el hecho de vislumbrar posibilidades y caminos de justicia no solo nos parece lo justo, lo que tenía que haber sucedido hace mucho tiempo, sino que nos empuja a seguir pidiendo justicia para todo el resto de los otros casos”, agregó.

    Por su parte, Alzamora manifestó que “ha sido un proceso gradual y lo importante son los resultados. Yo creo que estamos en una etapa importante en este minuto también, estas personas están siendo formalizadas y vamos a ver qué pasa”.

    “Evidentemente que yo espero que esto llegue a término con condena porque esto fue muy grave y todos esperamos que haya castigo para los culpables y que no prime la impunidad, que ha sido la tónica en la mayoría de los casos de derechos humanos en Chile”, recalcó.

    Eduardo Jara, hijo del fallecido, explicó que “esto es una acción que se decide como familia, en este caso mi madre y yo, más que nada para cerrar un ciclo en nuestras vidas. Yo soy padre y no me gustaría decirle a mi hijo que su abuelo fue asesinado en dictadura y que los asesinos quedaron impunes”.

    “Es parte del cierre que nosotros necesitamos como familia, dejar en claro que nosotros no queremos nada más que eso, no buscamos nada más que las personas, que sean identificadas y tengan una sanción como debe ser”, añadió.

    El abogado Luciano Fouillioux comentó que “el ministro Carroza procesa a este mismo grupo como autores de homicidio calificado de Eduardo Jara y un día de tortura o de aplicación de tormento de Cecilia Alzamora, previo secuestro de ambos, y han sido procesados y están siendo citados para ser notificados la próxima semana”.

    La presidenta del Colegio de Periodistas, Javiera Olivares, sostuvo que “para nosotros son casos absolutamente emblemáticos y dentro de los cuales Eduardo Jara es -junto con Cecilia-, como estudiante de periodismo, un caso muy recordado”.

    “Por lo tanto, el hecho de vislumbrar posibilidades y caminos de justicia no solo nos parece lo justo, lo que tenía que haber sucedido hace mucho tiempo, sino que nos empuja a seguir pidiendo justicia para todo el resto de los otros casos”, agregó.

    Por su parte, Alzamora manifestó que “ha sido un proceso gradual y lo importante son los resultados. Yo creo que estamos en una etapa importante en este minuto también, estas personas están siendo formalizadas y vamos a ver qué pasa”.

    “Evidentemente que yo espero que esto llegue a término con condena porque esto fue muy grave y todos esperamos que haya castigo para los culpables y que no prime la impunidad, que ha sido la tónica en la mayoría de los casos de derechos humanos en Chile”, recalcó.

    2054 .El secreto está, el secreto es visible…Ley 19.992

    2054 .El secreto está, el secreto es visible…Ley 19.992

    Quince víctimas de la dictadura militar consiguieron que se desclasificaran los documentos de la “Comisión Valech” que contienen testimonios y archivos relacionados con las torturas que sufrieron, rompiendo por primera vez el carácter de “secreto” de 50 años que rige sobre el informe.

    • La tortura seguirá siendo un pendiente de la democracia, parcial e inclusa, que hemos construido a más de un cuarto de siglo del fin fáctico de la dictadura si no avanzamos en derogar el secreto, crear los mecanismos de prevención e instituir reparaciones que verdaderamente se correspondan con el daño causado. De no ocurrir nada de lo anterior, la tipificación del delito de tortura será meramente una justiciabilidad de hechos. Una ventana que se abre, pero que no da paso a cerrar definitivamente las puertas a la tolerancia de estos actos vejatorios de la dignidad humana. Una medida que simbólicamente se entronca con el arrojo de *Sebastián Acevedo y el movimiento que propició su acto desesperado, pero que no honra su muerte con un nunca más.

      http://www.elmostrador.cl/noticias/opinión/2016/11/20/sebastian-acevedo-y-la-tortura-en-chile

     

     

    Víctimas de la dictadura consiguieron levantar secreto del informe de la Comisión Valech.

    Leer artículo completo

    Gracias a un resquicio en el artículo 15 de la Ley Valech, lograron romper el “secreto” de 50 años que rige sobre el informe.

    “Recuperar estos archivos es parte de la reparación moral que nos debe el Estado”, expresó una de las víctimas.

    EFE. Archivo.

    Los archivos contienen fotografías, recortes de prensa y fichas de las victimas, y la transcripción de sus testimonios.

    Los archivos contienen fotografías, recortes de prensa y fichas de las victimas, y la transcripción de sus testimonios.

    Quince víctimas de la dictadura militar consiguieron que se desclasificaran los documentos de la “Comisión Valech” que contienen testimonios y archivos relacionados con las torturas que sufrieron, rompiendo por primera vez el carácter de “secreto” de 50 años que rige sobre el informe.

    Gracias al descubrimiento de un resquicio que permite abrir los documentos solo con la propia voluntad de las víctimas, lograron quebrar el silencio de medio siglo impuesto por el Gobierno, que decretó que los archivos debían mantenerse en secreto hasta 2054.

    Las quince carpetas poseen fotografías, recortes de prensa y fichas de las victimas, además de la transcripción de sus testimonios, con los nombres y las descripciones de sus captores y torturadores durante el régimen de Augusto Pinochet.

    Forman parte de la información recabada por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, conocida como “Comisión Valech”, organismo creado en 2003 con el objetivo de esclarecer la identidad de las 40.000 personas que fueron detenidas y torturadas.

    Según el presidente Ricardo Lagos, quien promulgó la ley, el objetivo del secreto de 50 años fue “proteger la dignidad de las víctimas” que no querían que sus familias supieran de las torturas que sufrieron durante la dictadura.

    “Poder cruzar la información y armar un mapa completo de la represión”

    Scarlett Mathieu, una de las ex presas políticas de la dictadura que el pasado jueves recuperó la carpeta vinculada con su caso, señaló a la Agencia Efe que “recuperar estos archivos es parte de la reparación moral que nos debe el Estado. Nosotros tenemos que ser los dueños de esa información y poco a poco debemos entregársela a la sociedad. Ahora está en nuestras manos un pedazo de la verdad”.

    Resultado de imagen para Scarlett Mathieu

    Testimonio Scarlett Mathieu Loguercio

    SCARLETT MATHIEU LOGERCIO: En Londres estuve aproximadamente diez días, ahí sufrí torturas de todo tipo, violencia política sexual específicamente, tortura psicológica de amenazas con detener a mis hijos, tortura psicológica de escuchar torturas a otras personas, que es una parte muy difícil de sobrellevar, psicológicamente queda uno muy marcada, porque las torturas propias uno está todo el rato resistiendo, de alguna manera, pero estar escuchando cómo torturan a otras persona, y lo hemos conversado con varias personas, es una de las experiencias más difíciles de asimilar.

    Mathieu, que después del golpe de Estado perteneció al MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), fue detenida en 1974 y torturada durante ocho meses. En 2003 nombró ante la Comisión Valech a los agentes que la torturaron durante su cautiverio.

    “Me gustaría que mi testimonio saliera a la luz y que los nombres de quienes me torturaron pudieran ser conocidos por la ciudadanía. Yo solo pude reconocer a cinco agentes, pero había más. Es importante que muchas más víctimas hagan lo mismo, para que se pueda cruzar la información y armar un mapa completo de la represión”, explicó.

    Cómo se permitió la desclasificación

    Distintas asociaciones de DD.HH. llevan años pidiendo levantar el secreto. La Presidenta Michelle Bachelet prometió durante la campaña electoral que estudiaría este asunto.

    Pero fue la iniciativa de un artista visual lo que ha permitido quebrar el secreto.

    FRANCISCO PAPAS FRITAS: Al crear un secreto de 50 años, lo que tu esperas es que tanto las personas víctimas, como los victimarios, mueran, fallezcan y exista una impunidad, una impunidad de muerte, una impunidad biológica. Básicamente.

    El grupo “Desclasificación Popular” es un colectivo del artista Francisco “Papas Fritas”, que junto a un equipo de periodistas y abogados encontraron la forma legal de forzar al Estado chileno a entregar a las víctimas la transcripción de sus declaraciones, además de otros documentos relacionados con sus casos.

    Como señalan en su página web, “a partir de una nueva lectura a la ley 19.992 identificamos y reivindicamos el derecho de quienes prestaron estos testimonios a tener las declaraciones en su poder, mediante la exigencia del derecho que otorga el artículo 15″.

    El art. 15 de la Ley Valech dicta que mientras rija el secreto de 50 años, nadie tendrá acceso a los documentos, sin perjuicio del derecho personal que asiste a los titulares de los documentos, informes, declaraciones y testimonios incluidos en ellos, para darlos a conocer o proporcionarlos a terceros por voluntad propia”.

    Y es en este extracto en donde se apoyaron para pedir la desclasificación: la voluntad de cada víctima para sacarlos a la luz.

    “Nos hemos encontrado con todas las trabas, pero lo hemos conseguido. Es posible desclasificar los documentos. Estamos emocionados”, dijo el impulsor del grupo, Francisco “Papas Fritas”.

    Actualmente, hay otras 50 víctimas que están siendo asesoradas por el equipo y que han solicitado la entrega de sus declaraciones.

    Dicha información será publicada en la página web de la iniciativa, www.desclasificacionpopular.cl, donde, a partir del próximo 15 de diciembre se podrán consultar las declaraciones de las víctimas que de forma anónima deseen dar a conocer la identidad de sus torturadores.

    Este será el inicio de la desclasificación popular“, concluye el artista.

    Artista Francisco “Papas Fritas” tatúa en su cuerpo testimonio de tortura del Informe Valech

    por 19 diciembre 2016

    Artista Francisco
    ¿Dónde empieza el arte, dónde acaba la política? En un video perforance, “Un cuerpo violentado” —el de la tortura y el del artista— el del autor de la obra, simula ser parte de una escena de tortura. Esta escena se entrecruza con una sesión de tatuaje que va escribiendo letra a letra un testimonio del Informe Valech sobre su espalda del artista. Este cuerpo pese a su fragilidad resiste al silencio impuesto por la lógica del secreto inscribiendo en sí un testimonio del horror.

    En la exposición 2054, el artista visual y agitador cultural Francisco “Papas Fritas” hace lo que no ha hecho el Estado.

    Después de dos años de trabajo en colaboración con el colectivo Desclasificación popular, en la muestra -que evoca el año en que el Estado chileno se comprometió a terminar con el secreto que encubre la responsabilidad de militares y civiles en los miles de casos de tortura durante la dictadura- se expondrán por primera vez  al público archivos de la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura durante la dictadura cívico-militar en Chile – conocidos como Valech I – que siguen estando en secreto por 50 años.

    Segunda fase del proyecto (sep 2015)

    Este proyecto comenzó el 2014 con Desclasificación Popular donde se construyó un sistema de desclasificación, cuya segunda etapa, iniciada a partir del año 2015, ha consistido en la difusión y sistematización del proyecto por parte de un equipo multidisciplinario. Este último ha sido el encargado de la generación de accesos de ex presos y ex presas políticas a sus archivos mediante recursos de protección contra el Instituto de Derechos Humanos, custodio legal de los archivos Valech.

    Bajo este mecanismo se han logrado desclasificar las primeras carpetas, poniendo en entredicho el secreto e impunidad que pesa sobre dicha Comisión. Estos archivos serán dados a conocer por primera vez en la exposición 2054, y de forma posterior en el sitio web de desclasificación popular.

    Con ello se dará inicio a la tercera etapa del proyecto que consiste en la triangulación de la información, tanto para la apertura de causas judiciales como para distintos tipos de investigación que contribuyan tanto a la verdad, justicia como a la memoria histórica.

    Artista simula tortura

    Frente a aquellas imágenes se exhibe un video-performance cuyo foco de atención no es otro que un cuerpo. Un cuerpo violentado; el del autor de la obra, Papas Fritas quien simula ser parte de una escena de tortura. Esta escena se entrecruza con una sesión de tatuaje que va escribiendo letra a letra un testimonio del Informe Valech sobre la espalda del artista.

    Abrir la herida 2016 Fotografía color 19,4x30 a proceso de cicatrización de tatuaje sin tinta de un archivo Valech

    Este cuerpo —el de la tortura y el del artista— pese a su fragilidad resiste al silencio impuesto por la lógica del secreto inscribiendo en sí un testimonio del horror. Más aún, es un cuerpo que trae de vuelta al presente historias, memorias y heridas.

    ¿Dónde empieza el arte, dónde acaba la política? El propio dispositivo visual se resiste a operar en la distinción y la clasificación, su proceder es más cercano a la infiltración y al contagio. 2054 más que ser sólo el año propuesto por el Estado chileno para la desclasificación de los archivos del Informe Valech se vuelve una clave de acceso al presente.

    Un presente que se describe en dos planos: uno, el del secreto; el otro, el de la resistencia política de la desclasificación popular. Para la resistencia política estética, 2054 es entonces la cifra que inicia el movimiento del dispositivo político visual de la desclasificación popular. Su tiempo es ahora el del presente-pasado.

    Imagen de reflejo

    De acuerdo con la descripción realizada por la académica y teórica feminista Alejandra Castillo, la instalación 2054 – año del supuesto fin del secreto – consiste en un conjunto de cuadros que en su mayoría no tienen más imagen que la del reflejo, otros, los menos, contienen piezas de los archivos de los testimonios de aquellas y aquellos que sufrieron de prisión política y tortura durante la dictadura militar iniciada el año 1973.

    papas-fritas-desclasificacion-12

    Cerca de aquellos cuadros, se instala otra serie de imágenes con las fotografías oficiales de quienes han gobernado Chile desde la 1990 hasta hoy; más los afiches del SI y del No de la campaña electoral de 1989 en forma invertida, volviendo visible la siguiente leyenda: is on. Más claramente se deja leer: The Secret is on. El secreto está, el secreto es visible, el secreto es ahora instalado a plena luz.

    Una mujer embarazada en los cuarteles de la DINA. Reinalda

    Una mujer embarazada  en los cuarteles de la DINA. Reinalda

    Jueves 15 de Diciembre 2016
    UNA MUJER EMBARAZADA EN LOS CUARTELES DE LA DINA
    Por Andrés Scherman

    Durante 1976 el puño de la DINA golpeó con fuerza al Partido Comunista. En siete meses dos direcciones completas fueron aniquiladas. No solo cayeron los principales dirigentes. Militantes jóvenes, que habían decidido pasar a la clandestinidad pese a los riesgos, también fueron detenidos y hechos desaparecer. Uno de ellos fue Reinalda del Carmen Pereira, quien tenía 29 años y un embarazo de cinco meses al momento de su detención.

    Su marido, su madre y sus amigos la buscaron por décadas. Recién a mediados de 2007, cuando el esposo y la madre ya habían muerto, la justicia desentrañó los detalles del crimen. Su cuerpo hasta hoy sigue sin ser encontrado. Junto a Reinalda, otros once militantes comunistas y dos miembros del MIR cayeron en un operativo que se extendió por tres semanas y que se conoce como “el caso de los Trece”.

    En esta historia se inspira parte del sexto capítulo de la serie Los archivos del cardenal.
    Por Andrés Scherman

    Llévame, voy justo hacia tu casa. Era la tarde del 15 de diciembre de 1976 y Reinalda del Carmen Pereira terminaba su jornada de trabajo en el laboratorio clínico que había fundado hacía unos pocos meses junto a su amiga Cristina Arancibia en el pasaje Matías Cousiño, en el centro de Santiago. Como tenía que ir cerca del Estadio Nacional, en Ñuñoa, le pidió a Cristina que la llevara en auto.

    Ambas mujeres se conocían desde 1969 y eran militantes del Partido Comunista (PC), aunque solo Reinalda seguía vinculada a la colectividad. Hasta el Golpe de Estado de 1973, habían hecho una vida política juntas, llegando a encabezar –Cristina como presidenta y Reinalda como secretaria general– el Colegio de Tecnólogos Médicos de Chile. Pero después del 11 de septiembre, y ante la fuerte represión que vivían los partidarios del gobierno de la Unidad Popular, Cristina optó por concentrase en el trabajo y la crianza de sus hijos. Reinalda, en cambio, eligió una ruta distinta y se involucró de lleno en las actividades que por esos días llevaba adelante un golpeado y clandestino Partido Comunista.

    Reinalda había arriesgado la vida varias veces en esos años. Ya en diciembre de 1976 estaba decidida a “descolgarse” de la actividad clandestina: tenía cinco meses de embarazo. Le faltaba apenas un poco de tiempo para cumplir sus últimas tareas.

    Esa tarde del 15 de diciembre de 1976, tras dejar el laboratorio clínico en el centro de Santiago, las dos mujeres se dirigieron hacia Ñuñoa en la citroneta roja de Cristina. Al llegar a la esquina de calles Maratón y Rodrigo de Araya, Reinalda descendió del vehículo. Cristina recuerda que puso su auto delante del bus que tomaría su amiga para que ésta alcanzara a subir. No miró hacia atrás y supuso que Reinalda ya estaba sobre la micro. Le había dicho que iría a la consulta de un ginecólogo para controlar su embarazo.

    Nunca más volvieron a verse.
    No hay certeza, pero probablemente Reinalda caminó las ocho cuadras que separan el lugar donde descendió de la esquina de Rodrigo de Araya y Exequiel Fernández. De acuerdo al relato de testigos que declararon en el proceso, en esa esquina dos hombres descendieron de un automóvil marca Peugeot, patente HLN-55, y la tomaron fuertemente por la espalda. La mujer se aferró al poste de un semáforo y gritó pidiendo auxilio, pero fue doblegada e introducida a la fuerza en el auto, que inmediatamente salió por Rodrigo Araya.

    Al día siguiente, su marido, su madre y sus amigos comenzaron a buscarla. Reinalda tenía 29 años. Y, vale la pena reiterarlo, cinco meses de embarazo.

    La detención de Reinalda fue parte de la fuerte ofensiva que los servicios de seguridad de la dictadura lanzaron contra el PC en 1976. Si durante 1974 y 1975 la Dirección Nacional de Informaciones (DINA) concentró su labor en la aniquilación del Grupo de Amigos del Presidente (GAP), el Partido Socialista y el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), en 1976 su principal objetivo fueron los comunistas.

    En ese momento, el PC era el único partido de izquierda que mantenía sus estructuras funcionando. A cargo de su directiva estaba el dirigente Víctor Díaz, quien asumió esa tarea pocas semanas después del Golpe. Sin embargo, todo cambió en 1976. En solo cosa de meses, dos directivas completas cayeron en manos de la DINA, arrastrando también a jóvenes militantes, como Reinalda del Carmen Pereira Plaza.

    Crecer en otra casa
    Reinalda del Carmen Pereira nació el 5 de mayo de 1947. Su madre, Luzmira Plaza, trabajaba como empleada doméstica en una casa ubicada en la calle Jorge Matte Gormaz, en la comuna de Providencia.

    Luzmira, a quienes todos llamaban Lula, era una mujer campesina, proveniente de Lonquén, y sin ningún interés por la política. Tras quedar embarazada decidió permanecer en la casa en que trabajaba como asesora del hogar y dedicar todas sus energías a criar sola a su hija. Reinalda creció en ese lugar, donde se hizo amiga de los hijos del matrimonio dueño de casa y se fue integrando a algunas actividades familiares. Fue así como aprendió a tocar guitarra con el profesor que iba a enseñarles a los hijos de los “patrones” o partió de vacaciones a El Tabo, donde, a los 16 años, fue elegida reina del balneario.

    Luego de terminar la secundaria, Reinalda entró a estudiar Tecnología Médica a la Universidad de Chile. Fue la primera de su familia en acceder a la educación superior, motivo de gran orgullo para su madre.

    En la universidad, Reinalda se encontró con la efervescencia política de los 60 y comenzó a militar en las Juventudes Comunistas. Quienes la conocieron recuerdan especialmente dos aspectos de ella: su fuerte determinación y su belleza.

    “Era preciosa. Blanca, delgada, tenía unos ojos verdes penetrantes, pelo negro, una nariz un poco aguileña, labios finos, cejas muy bien delineadas. Estoy mirando a la Carmen –que es como la llamaban sus cercanos- en este minuto”, recuerda Cristina Arancibia, quien por primera vez habla con un periodista sobre la desaparición de su amiga.

    La belleza de Reinalda iba acompañada de un fuerte carácter, lo que varias veces la enemistó con otras personas. “Tenía sus ideas políticas clarísimas. Te discutía todo y te tiraba granadas con las que tú no hallabas qué hacer, lo que despertaba en ese tiempo muchas odiosidades. Era muy vehemente, pero también estudiosa”, relata su amiga, quien fue la última persona en verla con vida.

    Tras titularse de tecnóloga médica en 1969, Reinalda comenzó a trabajar en el Hospital doctor Sotero del Río. Además de su trabajo profesional, las actividades políticas y gremiales empezaron a ocupar cada vez más parte de su tiempo. Se involucró primero en la Federación de Tecnólogos Médicos y, después, participó en la fundación y dirección del Colegio que reunía a estos profesionales. También en esa época conoció a Max Santelices, un kinesiólogo que pertenecía al Partido Comunista, y que también participaba en los gremios de la salud.

    Reinalda y Max comenzaron a salir en 1971. Formaron una pareja que, de acuerdo a quienes los conocieron, reunía dos personalidades bastante distintas. Mientras Reinalda se caracterizaba por ser estructurada y tener una gran capacidad de organización, Max era más disperso. “En esa pareja, Carmen ponía el orden y el flaco ponía la risa y la talla”, asegura Cristina Arancibia.

    Fueron años intensos. Tras la elección de Salvador Allende el trabajo político y gremial se multiplicó. También las relaciones con los colegas que defendían otras posiciones políticas se hicieron más ásperas. De hecho, en 1973, Reinalda y Cristina perdieron la dirección del Colegio de Tecnólogos en una asamblea que se extendió por horas y donde debieron enfrentar a un juicio de destitución promovido por los opositores al gobierno de la Unidad Popular.
    En julio de 1973, Reinalda y Max se casaron y se fueron a vivir juntos. Los acompañó la señora Lula, que apenas unos pocos años antes había dejado la casa de sus patrones. En el país la tensión era máxima: unas pocas semanas antes del casamiento un grupo de militares, encabezados por el coronel Roberto Souper, había intentado derrocar al Gobierno. La sublevación pasó a ser conocida como el “Tanquetazo”.

    Viene el Golpe
    Las primeras consecuencias del Golpe de Estado se sintieron rápido en la vida del matrimonio. Pocos días después del 11 de septiembre, ambos fueron detenidos en el Sótero del Río. Reinalda fue llevada al Regimiento de Ferrocarriles del Ejército de Chile, donde permaneció por cerca de 10 horas. Después de esta detención fue obligada a firmar semanalmente, durante un año, un registro llamado “control de personas con comprometimiento político”. Max, en tanto, fue trasladado al Estadio Nacional, desde donde logró salir veinte días después.

    En las semanas siguientes, los problemas continuaron. Reinalda y Max fueron despedidos del hospital. Quedaron sin trabajo y con muy pocas posibilidades de ejercer su profesión en un sistema de salud que en aquella época era casi íntegramente estatal.
    Sin un empleo estable, ambos se sumergieron en tareas políticas y ocasionalmente realizaban algunos trabajos esporádicos para juntar dinero. La señora Lula siguió viviendo con ellos, pero sin nunca sospechar las tareas políticas clandestinas que realizaban su hija y su yerno. La dictadura, la clandestinidad y la persecución eran temas completamente lejanos para esta mujer.

    En 1976 el Partido Comunista enfrentó su año más difícil desde el inicio de la dictadura. El primer golpe fue la detención del subsecretario de las Juventudes Comunistas, José Weibel, quien cayó el 29 de marzo a manos del Comando Conjunto, un organismo represivo que competía con la DINA y cuya existencia era desconocida. Weibel se unía a otros dirigentes juveniles apresados y desparecidos el año anterior.

    Posteriormente, a principios de mayo 1976, la DINA logró identificar una casa de seguridad en la calle Conferencia donde se reunirían miembros de la cúpula para tratar temas sindicales. Los agentes de seguridad ingresaron a la casa a esperar la llegada de los dirigentes. Uno a uno los asistentes a la reunión fueron apresados mientras ingresaban a un lugar que creían seguro y que se había transformado en una ratonera. En Calle Conferencia cayeron Jorge Muñoz (esposo de Gladys Marín), Mario Zamorano, Uldarico Donaire y Jaime Donato.

    La aniquilación de la directiva se completó unos días después con la captura de Víctor Díaz, quien encabezaba el trabajo clandestino del partido desde los días posteriores al Golpe Militar, que prohibió el funcionamiento de los partidos políticos, dejándolos al margen de la legalidad.

    Tras ese golpe contra la primera dirección clandestina, el PC trató de reorganizarse formando una segunda directiva, encabezada por el profesor universitario Fernando Ortiz. Tras la conformación de la nueva cúpula, Reinalda dejó de ser solo una militante que trabajaba en la clandestinidad y pasó a cumplir una labor de alta relevancia en la estructura del Partido Comunista: se convirtió en “enlace” de los miembros de la dirección que funcionaba en la clandestinidad. Ser “enlace” era una tarea riesgosa y que solo se le encargaba a militantes probadamente comprometidos con el partido. Entre las tareas de quienes cumplían este rol estaba trasmitir los mensajes de los distintos miembros de la directiva que se encontraban escondidos en casas de seguridad, y generar las condiciones necesarias para reunir cada cierto tiempo a los principales dirigentes, de modo que pudiesen debatir las líneas de acción de la colectividad sin correr riesgos. Reinalda formaba parte del anillo de confianza de los máximos dirigentes.

    En este escenario de alto riesgo, Reinalda dividía su tiempo entre el ejercicio profesional y su rol de enlace en el PC.

    ¿No encuentras que es un poco peligroso que andes en esto?-, le preguntó su amiga Cristina Arancibia unos días antes de su desaparición.

    Si se va a acabar. No te preocupes-, le respondió Reinalda, consciente de que su embarazo de cinco meses le impedía seguir asumiendo esa tarea partidarias.

    El tema de la maternidad fue recurrente en las conversaciones que tuvieron las dos amigas durante esos días. “Conversamos mucho lo que era el embarazo, lo que era la maternidad, cómo era tener los chiquillos, después criarlos. Hablábamos mucho de eso”, cuenta Cristina.

    A fines 1976 se produjo la caída de la dirección de Fernando Ortiz, que había sido detectada rápidamente por los servicios de seguridad. Entre el 29 de noviembre y el 20 de diciembre de 1976 trece personas fueron detenidas y desaparecidas por los servicios de seguridad de la dictadura. Once de ellos eran militantes del partido comunista –incluyendo a varios miembros de su dirección- y otros dos pertenecían al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR).

    Reinalda del Carmen Pereira fue una las víctimas de esta operación, que pasó a ser conocida como el “El caso de los trece”. * Junto a ella, los otros doce detenidos, de los que se perdió todo rastro, fueron Santiago Araya, Armando Portilla, Fernando Navarro, Lincoyán Berríos, Horacio Cepeda, Luis Lazo, Fernando Ortiz, Waldo Pizarro, Héctor Véliz, Lizandro Cruz, Carlos Durán y Edras Pinto.

    En un plazo de solo siete meses, dos directivas del PC fueron completamente aniquiladas.

    Los militantes comunistas pagaron caro su falta de experiencia en el trabajo político clandestino. En el pasado, habían tenido que enfrentar la Ley Maldita, que en 1948, bajo el gobierno de Gabriel González Videla, declaró ilegal a la colectividad. Pero se trataba de dos situaciones muy diferentes. A fines de la década de los ‘40 hubo persecución, pero no un aparato represivo que buscara el exterminio de sus oponentes. Entonces bastaba con cambiarse de nombre y no realizar actividades políticas públicas. Algo que resultó insuficiente tras el golpe militar de 1973, lo que redundó en la caída de las dos primeras direcciones clandestinas. En el futuro en el PC aprenderían que los dirigentes clandestinos debían cortar todo contacto con sus familias, no realizar reuniones en un mismo lugar, compartimentar la información, y poner en marcha técnicas de chequeo y contra chequeo para descubrir si eran seguidos por los aparatos represivos.
    El “caso de los Trece” causó tal revuelo, que en enero de 1977 la Corte Suprema designó como ministro en visita a Aldo Guastavino. Un mes después este cerraba el caso, luego de que el ministerio del Interior le entregara certificados –que resultaron ser falsos- indicando que los desaparecidos habían viajado hacia Argentina. Haciéndose eco de esta versión oficial, el diario La Segunda tituló el 9 de febrero de 1977: “No hay tales desaparecidos”

    Seis años después, en 1983, el caso llegó azarosamente a manos del juez Carlos Cerda, quien estableció que los documentos de viaje fueron falsificados y constató que se trataba de un caso de desaparición forzada de personas.

    Detención y muerte
    Tras darse cuenta de que su mujer no había llegado a la casa, Max Santelices se puso inmediatamente en alerta. A primera hora del 16 de diciembre partió al laboratorio clínico de Matías Cousiño para preguntarle a Cristina Arancibia si tenía alguna noticia o si Reinalda había dormido en su casa.

    A partir de ese momento se inició una frenética búsqueda, que topó con un complejo obstáculo: Max también era parte de la estructura clandestina del PC, lo que le impedía asumir las primeras acciones sin generar nuevas situaciones de riesgo. “Max estaba submarineando, como se llamaba en ese tiempo. Estamos hablando de los primeros días después de la detención”, explica Cristina. Unos meses después, tras descolgarse de sus tareas partidarias, Max Santelices se dedicó de lleno, y por el resto de su vida, a encontrar a su mujer. En el intertando, la madre de Reinalda, doña Lula, fue quien realizó las primeras gestiones para encontrar a su hija.

    Primero acudió al Colegio de Tecnólogos Médicos y unos días después a la Vicaría de la Solidaridad, que había sido creada ese mismo año por la Iglesia Católica, tras el cierre del Comité Pro Paz.

    La madre de Reinalda, que provenía del campo y tenía un bajo nivel de instrucción, debió aprender cuáles eran las instancias judiciales y las puertas que se podían golpear. Con la ayuda de los abogados de la Vicaría presentó un recurso de amparo el 20 de diciembre de 1976 ante la Corte de Apelaciones, el que como era habitual en la época, fue rechazado. Por otra parte, ante la demanda de información, la respuesta permanente de las autoridades fue que Reinalda, como los otros de los doce desaparecidos, había cruzado la Cordillera de los Andes hacia Argentina.

    La tesis de un cruce por un paso fronterizo, de la que no había ninguna evidencia, también guió las primeras diligencias judiciales. Cuando Cristina fue llamada a declarar por el juez Guastavino, como la última persona que había estado con la víctima, hizo un relato de los hechos ocurridos el día de la detención, tras lo cual le entregaron un papel para firmar su declaración. La mujer la leyó y vio que el contenido era muy distinto de su relato y apoyaba la idea de que Reinalda Pereira había cruzado la cordillera. Cristina se retiró sin firmar nada.

    Investigaciones judiciales posteriores han establecido que luego de ser secuestrada en la esquina de Rodrigo de Araya con Exequiel Fernández, Reinalda fue conducida al cuartel Simón Bolívar, un secreto cuartel de la DINA, ubicado en la comuna de La Reina. A ese mismo lugar llegaron también varios de los otros detenidos en el “caso de los 13”, además de Víctor Díaz, quien encabezó la directiva del PC desbaratada en mayo de 1976.

    El abogado Nelson Caucoto, querellante en la causa de Reinalda del Carmen Pereira, explica que el cuartel Simón Bolívar fue “un centro del exterminio, del que nadie salió vivo”. Justamente por eso su existencia permaneció desconocida durante años para los jueces y los organismos de derechos humanos. En ese lugar operaba la Brigada Lautaro, encabezada por el entonces capitán de Ejército Juan Morales Salgado. Posteriormente se sumó el grupo Delfín, encabezado por el entonces capitán de Ejército Jorge Barriga y el teniente de Carabineros Ricardo Lawrence, que también eran parte de la DINA y que provenían de Villa Grimaldi, otro de los más cruentos centros de detención del organismo comandando por Manuel Contreras.

    Lo ocurrido con Reinalda se ha podido conocer debido a las declaraciones de agentes de seguridad procesados en la investigación que realizó el juez Víctor Montiglio a partir de 2007. A esto se suma el testimonio de Jorgelino Vergara, quien tenía 16 años al momento de los hechos y que llegó a Simón Bolívar tras trabajar como mozo en la casa de Manuel Contreras. Vergara, quien era conocido como el “mocito”, combinaba labores domésticas, como servir los cafés durante las sesiones de tortura, con tareas de centinela, las que realizaba provisto de armamento.
    El testimonio de Vergara, recogido en extenso en la investigación periodística La danza de los Cuervos de Javier Rebolledo, explica en detalle el tránsito de la militante del PC por Simón Bolívar.

    De acuerdo a este relato, cuando Reinalda ingresó al cuartel, Vergara vio a una mujer embarazada (desconocía su nombre) que era torturada en la parrilla –una cama, generalmente metálica, en que los detenidos eran maniatados y sometidos a vejámenes. El “mocito” también fue testigo de cómo Barriga y Lawrence golpeaban a Reinalda con distintos objetos.

    “A esa mujer la torturaron brutalmente, y ella clamaba para que pararan porque decía que estaba embarazada. La teniente Calderón chequeó que eso era efectivo, pero igual el capitán Barriga siguió con las torturas y la corriente. Estaba en muy mal estado y empezó a pedir que la mataran. Lawrence fue a buscar una sartén y la golpeó. Al mismo tiempo, Barriga efectuaba simulacros de ejecución con una pistola vacía sobre la sien de la mujer. Murió unas tres horas después, en el gimnasio del cuartel. La teniente Calderón le inyectó cianuro en la vena para asegurar su muerte”, declaró el mismo Vergara antes el juez Montiglio.
    Tras su deceso, tal como ocurrió con otros prisioneros asesinados en Simón Bolívar, las huellas digitales de Reinalda fueron quemadas con un soplete para dificultar su identificación.

    Una posibilidad es que los restos de Reinalda Pereira hayan sido enterrados clandestinamente en la Cuesta Barriga, donde se han encontrado pequeñas osamentas que permitieron la identificación de otros militantes del PC que fueron detenidos en las mismas fechas y que estuvieron en Simón Bolívar, como Fernando Ortiz y Horacio Cepeda. Sin embargo, las múltiples búsquedas que se han realizado en ese lugar no han permitido encontrar sus restos.
    Las indagaciones en Cuesta Barriga son extremadamente difíciles: a principios de 1979 los cuerpos de las víctimas fueron removidos en el marco de la operación “retiro de televisores”, un masivo traslado de restos ordenado por Pinochet, luego del hallazgo de 13 desaparecidos en unos hornos de Lonquén. Los cuerpos que estaban en la cuesta Barriga fueron llevados a otros lugares o arrojados al mar. De hecho, el abogado Caucoto explica que en otros procesos judiciales el agente de la DINA y la Central Nacional de Informaciones (CNI) Enrique Sandoval –quien hasta hace algunos años trabajada en la municipalidad de Providencia con el coronel (R) Cristián Labbé- ha relatado que por orden del director de la CNI Odlanier Mena removió cuerpos en el lugar.
    Muerto en vida
    La desaparición de Reinalda del Carmen Pereira dejó otras dos víctimas en el camino: su marido Max Santelices y su madre, la señora Lula.

    Tras dejar sus tareas partidarias, Santelices se dedicó a la búsqueda de su mujer. Se reunió con abogados, participó en la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) y realizó indagaciones por su cuenta. Incluso se encadenó frente al Palacio de Tribunales para exigir la liberación de su esposa.

    Más tarde, durante la década de 1980, buscó a niños que pudieran ser su hijo. Pensaba que en Chile podría haber ocurrido lo mismo que en Argentina, donde los bebés de las mujeres embarazadas que pasaron por los centros de exterminio fueron dados en adopción a esposas de militares o familias partidarias del régimen militar.
    “Max nunca superó la desaparición de Reinalda”, asegura Ana Gamboa, una de las mejores amigas de Santelices. Lo mismo piensan el abogado Nelson Caucoto y Cristina Arancibia.

    “Había épocas en que ni siquiera se le podía hablar cuando uno iba a su oficina por alguna razón. Él no decía que estaba mal, pero uno que lo conocía se daba cuenta”, cuenta Ana, quien desde 1991 trabajó junto a Max en una consulta de kinesiología ubicada cerca del metro Manuel Montt.

    Una muestra clara de cómo la desaparición forzada de su mujer marcó el resto de la vida de Max Santelices, es que nunca logró reconstruir su vida afectiva. “Pareja que encontraba Max, tenía metida a la Carmen al medio. Era imposible pensar que iba a encontrar otro amor porque es diferente a que tú pelees con tu pareja a que desaparezca por sus ideas. Y que desaparezca en el mejor momento de una pareja, que es cuando están enamorados y cuando están esperando un hijo. Entonces, mataron a dos personas. Siempre he dicho eso yo: mataron a Max y a la Carmen”, reflexiona Cristina.

    Tras la recuperación de la democracia, Santelices siguió buscando pistas y antecedentes, los que compartía con el abogado Caucoto, quien presentó en 2002 una querella contra la cúpula de la DINA por la desaparición de Reinalda. Uno de los mayores dolores de Santelices fue provocado por el informe emanado de la Mesa de Diálogo, instancia creada en 1999, para que los militares entregaran información respecto al paradero de los detenidos desparecidos. El documento, que se hizo público en enero de 2001, indicaba la posible presencia de cuerpos en Cuesta Barriga y daba información sobre otras dos mujeres embarazadas que fueron apresadas en esos años. Sin embargo, no había una sola línea sobre su mujer. Su molestia la hizo pública a través de una carta abierta que envió al entonces Presidente Ricardo Lagos.

    En 2005, a Max Santelices –un fumador implacable– le diagnosticaron un cáncer que ni las hospitalizaciones ni las quimioterapias pudieron detener. Murió en 2007.
    Durante los últimos meses de su vida se dedicó a recopilar todo el material que tenía sobre Reinalda. Fotografías, documentos y grabaciones caseras de su esposa cantando cueca que fueron confiados a Ana Gamboa, algunas de las cuales se reproducen aquí.

    La tercera víctima de esta historia fue la señora Lula. Su hija había sido el mayor proyecto de su vida. Renunció a tener pareja para concentrarse en la educación de Reinalda, y con mucho esfuerzo había logrado que su única hija llegara a ser una profesional. Lo que sucedía le parecía inexplicable.

    La ex diputada Fanny Pollarolo prestó apoyo psicológico a Lula durante 1977. Las sesiones se realizaban en una casa ubicada cerca de la esquina de Irarrázabal con Santa Julia, donde funciona el “Programa de Atención Médico-Psiquiátrico para Personas Víctimas de la Represión”. Pollarolo recuerda con claridad el orgullo que la mujer sentía por su hija. También que “se encontraba en una situación emocionalmente insostenible”. Por una parte, quería que su hija estuviera viva, pero al mismo tiempo sabía que si permanecía con vida estaría siendo sometida a torturas insoportables.
    Desde un inicio, Lula participó activamente en la búsqueda de su hija y fue una asistente habitual a las actividades y manifestaciones de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Al igual que Max, siguió indagando y preguntando por Reinalda durante años. Murió el año 2003.

    Max y Lula fallecieron sin tener noticia alguna sobre lo sucedido con Reinalda. No alcanzaron a ver los avances que el juez Montiglio empezó a conseguir desde que tomó la causa en 2007 y que hoy se han traducido en una acusación que el ministro Miguel Vásquez formuló, el 31 de enero de 2014, contra 53 ex agentes de la DINA por el llamado “Caso de los Trece”.

    Junto a los avances judiciales, la historia de Reinalda Pereira sigue viva en otros ámbitos. Una vez al año se le rinde un homenaje en el Hospital Sótero del Río, donde trabajo como tecnóloga médica y fue dirigente gremial. Frente a un monolito que fue instalado en 1991, los funcionarios del centro médico y los amigos de toda la vida recuerdan su memoria.
    No es el único esfuerzo que se hace por que esta historia no quede en el olvido. Los amigos de Max organizaron tras su muerte el “Grupo de Amigos y Amigas de Reinalda del Carmen Pereira”, encabezado por Ana Gamboa. También a modo de homenaje, en 2009 instalaron en el mismo Sótero del Río, un banco donde están inscritos los nombres de Max y Reinalda.

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    Familia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

    DestacadoFamilia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

    39 AÑOS DE ESPERA SIN JUSTICIA

    La incansable lucha de la familia Gallardo Moreno

    Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo-afirma Alberto Rodríguez Gallardo

    Entre 1975 y 1976 cinco integrantes de la familia Gallardo Moreno fueron asesinados por agentes de la DINA. Tres fueron torturados hasta la muerte en Villa Grimaldi y dos acribillados a balazos. A pesar de que han pasado casi cuatro décadas de sus asesinatos todavía no tienen justicia. Esta es la historia de una familia que fue víctima de uno de los peores montajes mediáticos durante la dictadura: el emblemático caso de Rinconada de Maipú. Hoy, los sobrevivientes, cuentan la historia de los que ya no están.

    Rinconada

    Isabel Gallardo Moreno de 16 años salió rápido de su casa a comprar el diario a petición de su hermana Catalina. Pensó que no lo encontraría porque era tarde. Catalina estaba nerviosa, daba vueltas de un lado a otro con su hijo de seis meses en brazos y necesitaba ver las noticias. Cuando regresó su hermana con el diario leyeron juntas sobre un enfrentamiento en una escuela de Santiago que dejó dos muertos: un “extremista” y un soldado del Ejército. Poco rato después, llega Mónica Pacheco (25), la esposa de su hermano Roberto Gallardo Moreno, embarazada de tres meses a conversar con Catalina. Fue la noche del 18 de noviembre de 1975.

    Estaban perseguidas y querían pasar la noche. Pero yo vivía en una casa muy pequeña en Almirante Barroso con San Pablo y no tenía espacio así que fui donde un vecino amigo para ver si podía recibirlas, pero su padre era militar. Ahí me quedé sin opciones así que me devolví a la casa- relata Isabel Gallardo.

    El pequeño Alberto, en brazos de su madre, no paraba de llorar. Isabel prefirió sacarlo de la casa pero no alcanzó.

    A unos cuantos metros suyos vio a cuatro tipos salir de un auto negro que pertenecían a la Brigada de Investigaciones. Su instinto actuó rápido: “Atiné a devolverme con el Beto en los brazos, pensé pasarlo y que me detuvieran a mí. Pero no alcancé a hacer nada cuando entran a mi casa, encuentran a mi hermana Catalina y mi cuñada Mónica. Pensé en pasarle al niño al primero que abriera y que me llevaran a mí. Pero aparece otro auto más y nos meten a todos adentro”, relata Isabel.

    Pocas horas antes, Ofelia Aida Moreno, madre de Isabel y Catalina, estaba en una reunión del colegio de su nieta Viviana de 9 años. Su esposo, Alberto Gallardo (63) va a buscarla de emergencia: el director general de la PDI, Ernesto Baeza Michelsen, estaba con hombres en su casa buscando a su hijo Roberto. Sin obtener respuesta se llevan detenidos a Ofelia, Alberto, su hijo Guillermo (32) y su nieta Viviana, de 9 años.

    La familia casi completa llega al cuartel de Investigaciones de General Mackenna, donde se reúnen por última vez en el pasillo subterráneo aledaño a las salas de interrogatorio. “Te encargo a mi mamá y cuando salgas de acá tienes que buscar a Rolando (su esposo) y dile que vamos al norte”, le dice Catalina a Isabel. También les encarga a su hijo Beto. Isabel, sin entender el mensaje, le dice que sí, sin cuestionarlo. Luego comenzaron los interrogatorios. Algunos con amenazas verbales, otros con metralleta y golpes.

    Me preguntaban por las actividades políticas de mi familia, en qué trabajaban. Yo decía que Catalina era secretaria y mi hermano Roberto, vendedor ambulante. También me preguntaban si mi papá tenía militancia política y, como yo pensaba que la detención era un error, por eso les dije que cuando joven era comunista– recuerda Isabel.

    Fue la última vez que la familia permaneció junta. Luego los separan para siempre. A Guillermo, su madre Ofelia, Viviana, Isabel y al bebé los mandaron a una caseta de seguridad. Alberto Gallardo, Mónica y Catalina quedaron en las salas de interrogatorio.

    Temprano al día siguiente el director de la PDI, Baeza Michelsen, va a buscar al primer grupo a la caseta de seguridad y les dice: “Pueden irse a su casa, pero sepa usted, señora, que su hijo Roberto murió ayer y a Catalina, Mónica y Alberto los tiene que reclamar en la DINA”. Todos comienzan a llorar por Roberto sin entender qué estaba pasando. La familia Gallardo Moreno no tenía idea qué era la DINA.

    Historia de persecución

    Alberto Gallardo Pacheco llegó a Santiago a los 25 años, desde el pueblo de Gatico, cerca de Tocopilla. En el norte se había hecho militante del partido comunista y, por falta de trabajo como tornero mecánico, decidió arrendar una pieza en una pensión con unos compañeros. Ahí conoció a Ofelia de 17 años y nunca más se separaron. Familia grande y unida de cuatro hijos: Isabel, Roberto, Catalina y Guillermo. Llevaban una vida tranquila, hasta que en 1958 Alberto se ve obligado a emigrar a Argentina, porque nadie acá le daba trabajo por estar en la lista negra por ser comunista cuando el presidente González Videla decretó la ilegalidad del partido.

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    En Argentina todo fue más llevadero. Una parroquia del barrio empezó a llamar la atención de los hijos y de Ofelia. La más entusiasta era Catalina, que entró a Acción Católica Argentina y al poco tiempo Roberto siguió sus pasos, logrando que toda la familia se acercara a la Iglesia. En 1969 Isabel vuelve a Chile junto a sus padres y en 1970 Catalina y Roberto se les unen.

    Empezaron a militar en la juventud Obrera Cristiana (JOC), con quienes todos los veranos organizaban un paseo en una casa donada por el cardenal José María Caro en El Quisco, destinada exclusivamente para ser la “casa de vacaciones de obreros”. Esa enorme casa de 50 camarotes por cada lado, la preparaban todos los veranos los hermanos Gallardo Moreno como voluntarios.

    En esa época se conversaba mucho no solo de religión si no también de cómo bajar la religión a la realidad. Ahí formamos nuestra conciencia de clase, en el proceso de la Unidad Popular. Porque todos éramos hijos de trabajadores- recuerda Isabel con nostalgia.

    En verano de 1970, Juana Ramírez, una religiosa de la Congregación Hijas del Corazón de María y amiga cercana del padre José Aldunate, conoce por primera vez en El Quisco a Roberto Gallardo.

    Juana aún no olvida las primeras palabras que cruzaron:
    Hermana, ¿por qué murió Jesús en la cruz? – preguntaba Roberto.
    Porque esa era la voluntad de Dios – le decía Juana.
    No, hermana, Jesús murió en la cruz porque era un rebelde que le hizo frente al imperio romano y quería justicia para el pueblo israelí.

    “También me decía que Jesús no estaba en el cielo si no entre nosotros. Y esas palabras llevaron la revolución a mi vida. Yo siempre digo, él me evangelizó a mí”, recuerda con cariño Juana Ramírez. Dos años después Rolando fue a visitarla al El Quisco con su polola Mónica. “Ella era una dulzura, de una ternura increíble. Me invitaron a comer un poco de arrocito con leche, conversamos y regaloneamos. Andaban vendiendo unos avioncitos de plumavit en la playa. Esa fue la última vez que los vi vivos”, cuenta Juana. Solo tres años después Juana, con el padre José Aldunate y la hermana de Ofelia Moreno, serían los encargados de reconocer sus cuerpos torturados.

    La revolución latente que Roberto llevaba la compartía con Mónica, Catalina y su novio Rolando Rodríguez, quien era dirigente nacional de la JOC y militante del MIR. “Tomamos conciencia y nos hicimos comprometidos con el proceso de la UP. Yo participaba en la Juventud Socialista y en las marchas, que eran casi todos los días, veía a Rolando. Él iba con la gente del MIR. Muchos amigos cercanos estaban ahí, el estallido social era impresionante”, recuerda Isabel.

    Tan lejos llegó esa complicidad entre ellos, que Catalina y Rolando, con Roberto y Mónica se decidieron casar exactamente una semana antes del golpe de Estado. Fue una gran fiesta familiar. Pero la alegría no duraría mucho.

    El 11 de septiembre del 73 los hermanos Gallardo Moreno salieron juntos en un taxi, dejando a sus padres, Ofelia y Alberto en la casa. Tenían una reunión en una fábrica cerca de Cumming con la Alameda, ahí un grupo intentó organizarse reuniendo implementos de primeros auxilios y enseñando a usar armas.

    Isabel tenía un kit de emergencia con medicamentos para la ocasión. “Todos pensábamos que iba a ser un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. De momios contra nosotros. Nunca pensé lo que realmente sería, fui muy ilusa”, recuerda Isabel. Pero eso fue solo el comienzo. Su hermano Roberto Gallardo, que siempre había perseguido sus ideales, ingresó obligatoriamente al Servicio Militar, teniendo que vivir como conscripto aquel año.

    Mi abuela siempre nos cuenta que mi tío Roberto era extrovertido. De risa fácil, un hombre que le gustaba divertirse todo el tiempo. Pero cuando entró al ejército su sonrisa se borró – cuenta Alberto Rodríguez.

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    Luego de largas jornadas diarias, Roberto llegaba a su casa atribulado. Le contaba a su madre que había sido obligado a participar en allanamientos en poblaciones donde tenía que fingir que golpeaba a la gente. A veces pasaban días sin saber de él, a ratos lo acuartelaban y no tenían ninguna noticia suya en varios días. “Finalmente por una complicación del primer embarazo de su esposa Mónica pudo salirse, porque estaba desesperado. Apeló a la salud de Mónica y la pobreza de la familia. Logró salir, pero algo en él había cambiado por lo que le había tocado vivir. Roberto se volvió reservado”, cuenta Isabel.

    Noche de horrores

    Después de ser liberados por la Brigada de Investigaciones la mañana del 19 de noviembre de 1976 y que les anunciaran la muerte de su hermano Roberto Gallardo, Isabel y Guillermo empezaron a hacer los trámites para encontrar su cuerpo. Su madre Ofelia estaba pasmada. Fueron a la morgue pero nadie con su nombre estaba ahí. Isabel recuerda que alguien les dijo que debían ir a poner una denuncia al Comité Pro Paz -organismo de la Iglesia católica que buscaba resguardar los derechos humanos- y que ahí expusieran su caso. Sin saber qué hacía el Comité, llegó allá y le contó su historia a Juana Ramírez que trabajaba ahí desde 1974. Juana sabía exactamente quien era Roberto. Entre llantos y desesperación en el Comité les propusieron interponer un recurso de amparo por Catalina, Roberto, Mónica y Alberto Gallardo.

    Todas las luces de esperanzas, sin embargo, se derrumbaron cuando vecinos le avisan a la señora Ofelia que nombraban a su esposo, su hija y nuera en la televisión mientras sus otros hijos hacían los trámites. En una entrevista con la revista Pastoral Popular en marzo de 1991, ella recordó ese momento:

    Isabel y Guillermo andaban en el Comité Pro Paz cuando recibo un llamado telefónico de una hermana que me dice que vea las noticias. Se trataba de un extra informativo donde se hablaba de un enfrentamiento con organismos de seguridad en la Rinconada de Maipú. Señalaban que habían sido exterminados “los extremistas” y daban los nombres de mi esposo, mi hija Catalina y mi nuera Mónica. Me negué a todo. Pero a las 9 de la noche sale un reportaje de Julio López Blanco sobre el enfrentamiento y seguí negando. Pensé que era una mentira para que mi hijo Roberto se presentara a las autoridades– comenta la señora Ofelia en esa entrevista.

    Fue una noche terrible. En la televisión los periodistas Claudio Sánchez y Julio López Blanco daban detalles de un enfrentamiento que a nadie en la familia le hacía sentido.

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    -Empieza a nombrar nuestros familiares como los caídos y nosotros no entendíamos nada. No sabíamos que decir, fue la noche más horrorosa, fue terrible. Todos nos acostamos en una sola cama pero no pudimos pegar ni una sola pestaña, por las dudas y por la angustia, fue un sentimiento indescriptible- recuerda Isabel acongojada.

    Hasta ese momento parte de la familia Gallardo Moreno todavía no entendía la noche de horror que habían vivido sus seres queridos. Noche que estuvo muy lejos de ser un enfrentamiento armado en los cerros de la Rinconada de Maipú. Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo fueron trasladados desde el cuartel de la Brigada de Investigaciones al cuartel militar Terranova (denominado más tarde Villa Grimaldi). Las justificaciones para su detención estaban claras para la DINA: El día anterior se había producido un operativo armado de miembros del MIR en la Escuela Bío-Bío en Santiago. A consecuencia del cual falleció el soldado Hernán Salinas y el militante del MIR Roberto Gallardo Moreno (25), hermano de Catalina, esposo de Mónica e hijo de Alberto.

    Como constan los testigos presentes en el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, la noche del 18 de noviembre fue la peor noche de Villa Grimaldi. Testigos aseguran que hubo un gran movimiento de vehículos, donde dos detenidas fueron llevadas a las piezas de tortura aledañas a las celdas de mujeres. También recuerdan que un anciano estuvo largo rato en el jardín del cuartel, donde se escuchaban gritos y mucho movimiento. Luego se les sumaron varios detenidos más y las dos mujeres (Mónica y Catalina) fueron llevadas al jardín, donde se escuchaban los gritos de Marcelo Moren Brito pidiendo agua caliente y aceite hirviendo.
    Los gritos quedaron marcados en los recuerdos de los detenidos.

    Leila Pérez, detenida en octubre de 1975, recuerda los gritos en el patio y el vozarrón inconfundible de Marcelo Moren Brito, en ese momento a cargo de Villa Grimaldi. Otro testimonio clave fue el del historiador Gabriel Salazar quien también declaró que fue la peor noche de todas: golpes, gritos de los detenidos, caos e instrucciones de los agentes de la DINA que corrían para todas partes.

    – Me ha tocado conversar con detenidos que estuvieron ese día como Gabriel Salazar, Patricio Bustos del Servicio Médico legal, Leila Pérez y otros. Todos convergen en que fue una noche de horror. Tanto así que gente hizo juramentos de no volver a hablar de lo que habían visto esa noche. Pero la verdad es tan liberadora que también se habla de la intachable integridad, porque a pesar de todo lo que les hicieron ellos no hablaron. Tuvieron convicción y dignidad hasta su muerte- cuenta Alberto, hijo de Catalina y Rolando Rodríguez.

    Al día siguiente, como relata la señora Ofelia en su Familia Gallardo Presente: Necesito La Verdad“>Entrevista aparecida en la revista Pastoral Popular Nº 206 – Marzo de 1991, sus hijos Isabel y Guillermo volvieron a la morgue en búsqueda de respuestas. “Por la tarde, casi al cerrar la morgue, mi hijo Guillermo pudo conversar con el portero y le cuenta su tragedia. Este hombre se ablandó y lo deja entrar escondido. Ahí encuentra a mi hijo Roberto, recién llegado. Estaba desfigurado, para asegurarse de su identidad le abrió la boca y ubicó un diente característico de nuestra familia”, relata Ofelia. Roberto había muerto el 17 de noviembre en un asalto que el MIR hace a la Escuela Bío-Bío, recinto que funcionaba como fachada para esconder armamento militar que ellos pretendían recuperar para poder combatir la dictadura.
    Pero nada se sabía de Catalina, Mónica y Alberto. Casi a mediados de diciembre y gracias a la gestión de la abogada de derechos humanos Fabiola Letelier -hermana de Orlando Letelier, asesinado en Washington- les entregaron los cuerpos. A reconocerlos llegaron el padre José Aldunate, Juana Ramírez y la hermana de la señora Ofelia. Juana recuerda ese momento como si fuera ayer.

    Solo nos dejaron ver rápidamente los cuerpos. Catalina no tenía ojos en sus cuencas. Yo casi perdí el conocimiento, estaba profundamente conmocionada pero tenía que controlarme. Todos estaban visiblemente torturados, caras enrojecidas, quemadas con cigarros, hinchados, desfigurados, con tierra, ensangrentados. Mónica estaba embarazada de tres meses, ni te explico. Esa imagen no se me olvidará nunca– recuerda Juana.

    El padre José Aldunate, a pesar de que conocía muy bien a Roberto y Catalina de la JOC, donde se relacionaban también con Mariano Puga y Roberto Bolton, se quedó en silencio. Los tres llevaron los ataúdes sellados al Cementerio General donde Ofelia esperaba a su familia.

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    Fue todo muy emotivo. Los sepultureros empezaron a sacar flores de otras tumbas para ponerles, porque nadie pudo llevar flores. Desde ese momento yo nunca me pude separar de esa familia. Eran una familia pura, preciosa. Hoy soy madrina de Alberto y nunca más me separé de Ofelia – recuerda Juana Ramírez que hoy vive en el mismo terreno familiar que toda la familia en Renca.

    El ensañamiento que Manuel Contreras, Marcelo Moren Brito, Víctor Laurence Mirens, Francisco Ferrer Lima, Miguel Krassnoff, entre otros, infringieron a la familia Gallardo Moreno ese día, no tuvo límites. Y esa pregunta fue la que llevó a Alberto Rodríguez a dedicarse los últimos nueve años de su vida a indagar más sobre la historia política de su familia, que hoy le llena de orgullo. Si bien aún no tiene clara las fechas, Rolando, Catalina, Mónica y Roberto entran al MIR vinculado a un grupo del Colegio Andacollo, en el barrio que vivían.

    Mi familia eran muy creyentes y en esa convicción de fe se dieron cuenta que con el accionar de la Iglesia no bastaba para hacer una transformación social y ahí deciden entrar al MIR, con el fin de actuar, tomar el compromiso de lucha y luego de resistencia a la dictadura. De hecho mis papás Catalina y Rolando tenían un compromiso que si uno caía, el otro seguía. Y así fue. Cuando mataron a mi madre, mi papá pasó a la clandestinidad para seguir luchando, hasta que lo acribillan a plena luz del día- cuenta Alberto Rodríguez.

    Su padre fue acribillado casi un año después el 20 de octubre de 1976 en plena calle. Su familia intentó que se asilara, pero no hubo caso. Le decía que pensara en Alberto, que crecería sin sus padres si no se iba. Pero Rolando estaba decidido a quedarse y seguir la lucha ante la dictadura que le había arrebatado a su esposa: “justamente por el Beto es que hago esto”, respondía su padre.

    Lucha sin descanso

    La familia Gallardo Moreno como otros núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura –como la familia Recabarren González y Vergara Toledo, entre otras- todavía están atrapadas en la impunidad. Han pasado 39 años desde los hechos y todavía los autores intelectuales y materiales de los asesinatos de Roberto Gallardo, Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo no reciben condena por parte de los Tribunales de Justicia, debido a que la causa judicial quedó estancada en la orden de procesamiento del juez Alejandro Solís el año 2006. Las muertes de Roberto Gallardo y Rolando Rodríguez pasan por el mismo escenario.

    Hoy la abuela Ofelia Moreno tiene 89 años, Isabel Gallardo 57, Guillermo Gallardo falleció justo el 11 de septiembre de 1997 y Alberto, el niño que fue detenido junto a su madre cuando tenía seis meses, tiene 39. A pesar de ser el primer caso de la Comisión Rettig reconocido como una grave violación a los derechos humanos, aún esperan justicia.

    Todo este tiempo llevamos esperando sentencia. Pero las condenas que se manejan son entre 10 y 15 años para los responsables. Ya el tiempo que llevamos esperando es mayor a la condena, es inaudito. Hoy nos damos cuenta que los montajes en Chile no han cesado y que desconfiemos de los medios es un derecho, porque han aportado a desinformar – relata frustrado Alberto.

    Además de la justicia que les debe el Estado chileno, la Familia Gallardo Moreno desea que TVN y Canal 13 reconozcan públicamente su responsabilidad en uno de los montajes más sórdidos de la historia de Chile. “No es posible que hoy a casi 40 años ellos no hayan dicho que el montaje Rinconada de Maipú fue una mentira que le expusieron al país y al mundo, exigimos que den la cara ante el país y el mundo”, dice Alberto.

    Solo el Colegio de Periodistas estableció sanciones por parte del Comité de Ética Metropolitano. “Al único que echaron y está sometido a proceso es Roberto Araya porque se comprobó que era agente de la DINA. Claudio Sánchez y López Blanco solo recibieron sanciones éticas”, comenta Isabel Gallardo.

    En enero del 2012, la investigación del juez Alejandro Solís estableció que Roberto Araya y Julio López Blanco fueron efectivamente convocados por la DINA para emitir en televisión notas que presentaran como enfrentamiento los asesinatos de la familia Gallardo Moreno.

    La “mami Ofelia” como le llaman en Renca se sumó a la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos poco tiempo después de la tragedia, siendo una de las primeras cinco integrantes. A pesar de ser nuevamente secuestrada por la DINA un año después para ser interrogada, nunca ha tenido miedo en gritar su verdad. “Si me van a matar por decir mi verdad, que me maten. Pero nadie me quitará el derecho de decir lo que me pasó”, siempre le dice a su familia. Y su lucha, hoy, está enfocada a limpiar el nombre de su familia y en hacer entender a la gente que lo que salió en televisión fue una gran mentira.

    Entre los periodistas responsables no están solo los que aparecieron en pantalla. Está también Vicente Pérez Zurita, jefe de prensa de TVN en ese tiempo y también el director general del canal, Manfredo Mayol, padre del sociólogo Alfredo Mayol – comenta Isabel.

    Las acusaciones de la familia están respaldadas por la investigación del juez Solís pero tampoco se ha hecho justicia respecto a los medios de comunicación que respaldaron la versión entregada por canal 13 y TVN: El Mercurio, La Segunda, Las últimas Noticias, La Tercera, la revista Qué Pasa, entre otros.

    Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo- afirma Alberto Rodríguez.

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    La Esquizofrenia de mi Generación

    La Esquizofrenia de mi Generación

    La Esquizofrenia de mi Generación

     de Fesal Chaín

     

    La Esquizofrenia de mi Generación

     

    Vera Schiller, psicóloga judía, tan importante en Ecuador como lo fue Lola Hoffmann en Chile, define la esquizofrenia, entre una de sus tantas explicaciones, como un esquisma, donde la totalidad del ser está dividida, el todo no está conectado con el fluir. Por otra parte afirma que, lo que supera el esquisma es lo tercero, el hijo, el retoño precisamente lo inefable que nace de la fe.

    Cuando tenía doce años, comencé a leer Hojas de Hierba de Walt Whitman: “Yo me celebro y yo me canto, y todo cuanto es mío también es tuyo, porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

    Lo paradójico de esta lectura que hacía en el ante jardín de mi casa, que no tenía rejas sino una pequeña y larga muralla de ladrillos de unos 50 cms. de alto, es que la realizaba frente la casa de Miguel Krassnoff Marchenko, sí, el mismo, el torturador, el que mató a Miguel Enríquez, aquel que se ensañó con fría racionalidad en Villa Grimaldi con nuestros hermanos y hermanas.

    También me acuerdo cuando yo tenía apenas unos 9 años que salí a correr en bicicleta y me caí fuerte, me hice una típica peladura en las rodillas y de repente sentí unas manos extrañas y grandes alzándome del suelo, era el vecino, era Krassnoff, quien trataba de ayudarme. Yo sentí temor, de verdad, un escalofrío, una distancia, que nacía de lo más íntimo de mi ser. Tomé mi bicicleta y salí rápido de sus manos. Mi madre que estaba en el pasaje me recibió con una sonrisa forzada.

    No es fácil para mí hablar de esto. No soy culpable de nada, evidentemente. A veces cuando era adolescente culpé a mis padres de haber vivido en ese lugar, a los mismos a los que les hago un homenaje en “La izquierda que queremos hacer”, por sus valores y enseñanzas. Por una cuestión inexplicable, al menos en el campo de lo racional, terminamos después de nuestra huida del sur, viviendo en una Villa Militar, en donde, Krassnoff fue nuestro primer vecino tristemente ilustre.

    “Indolente y ocioso convido a mi alma, me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano”. Así escribía mi padre, en Hojas de Hierba, mi padre en la poesía amada. Yo miraba el pasto cuando leía. A veces miraba hacia el frente, la casa de Krassnoff era oscura, tenía humedad en sus paredes exteriores.

    Al lado de él vivía una pareja, más vieja, con un hijo universitario, de pelo largo. Eran para el resto de los vecinos, me refiero a los niños con los que yo jugaba a la pelota, extraños. Claro, su casa no estaba arreglada ni hermoseada con piedras laja. Era una especie de selva, de enredaderas y flores enmarañadas. Ellos si bien no habían sido víctimas directas de la tortura, eran disidentes, exonerados. Se habían quedado allí por orgullo, no iban a dejar su casa, aunque al padre lo hubieran echado del Ejército y los vecinos lo apartaran como si fuera un leproso. El hijo salía temprano por las mañanas como escondidas, y no se juntaba con nadie, jamás lo hizo.

    La casa donde yo vivía, era arrendada a un oficial que se había ido al exilio, un auto exilio claro está, un día por intermedio de una amiga de mis padres, ellos supieron que este hombre arrendaba su casa muy barata, y que se iba a Venezuela junto a su mujer e hijas. Así llegamos allí.

    En ese barrio, que lo había construido Salvador Allende para la oficialidad joven, pasé parte de mi infancia y mi adolescencia. En el pueblito de Los Dominicos, que era en ese entonces el espacio de artesanos pobres y de personajes marginales, conocí a Pedro Mardones, hoy Pedro Lemebel. Con él conversábamos tardes enteras, sobre literatura, poesía y en la plaza, leí sus primeros textos impresos. También hablábamos de lo que sucedía en Chile, sobre nuestros pesares y amores. Nos hicimos amigos y más de alguna vez, o al menos una vez, fue a almorzar a mi casa, en la Villa Militar, imagínense un joven un tanto jipi, entrando al pasaje marcial con un hombre como él, que por ese entonces era menos llamativo en su vestir y gestos, pero seguía siendo Lemebel, sólo que con 30 años menos.

    En esa Villa militar, conocí a muchos hijos de torturadores o de jefes operativos de la DINA, de la CNI y SIM. A los Schmied, a los Derpich, a los Morales, a las hijas de Krassnoff. También conocí, al otro lado de la plaza, a los militares que pertenecían a la Escuela Politécnica, hombres más preparados y que por ningún motivo se juntaban con los Ceneí. Los llamaban locos, enfermos, nunca asesinos, pero si los adjetivaban muy mal. Me acuerdo mucho del hijo de Manuel Concha quien fuera Ministro de Economía de la dictadura, era un joven extremadamente inteligente y sagaz y que tenía un primo Sociólogo con el que discutíamos ambos, ya más sueltos de cuerpo, en las postrimerías de la dictadura.

    Abajo de la plaza vivían las familias de la FACH. En 1978 cuando Leigh fue defenestrado, todos los niños que yo conocí se fueron. Ellos y ellas eran lo más parecido a la normalidad, a la cultura democrática del barrio, si así se puede decir. Las mayores, unos 5 años o quizás diez más que yo, se acordaban de Angela Jeria, de su hija Michelle y del General Bachelet y los nombraban en silencio. Raramente, Michelle Bachelet era una especie de fantasma que, sin ánimo de idealizarla, ciertamente inundaba las conversaciones secretas, por las calles y veredas.

    Les parecerá extraño que yo sienta cierto orgullo de haber vivido en aquel lugar. No crean que no lo pasé muy mal, me fue tremendamente difícil y se que a mis padres también. El mandato en la casa era nunca decir lo que pensábamos, así aprendí desde los 8 años, el rigor de la clandestinidad. Nunca en los 8 años que estuve allí dije nada, nada que delatara mi manera de pensar o la de mi familia.Probablemente una vez algo dije y de cierta manera pasó como el viento.

    Pero a la vez conocí la tremenda variedad humana, conocí a los militares de mi país, a sus familias, a los torturadores y a los que no lo eran y que sólo eran militares profesionales,y también conocí a los disidentes de la familia militar en sus distintos grados, día a día, en sus emociones y alegrías, en sus miserias y cotidianidades. Conocí a la izquierda más valiente en ese barrio, la misma que después atentara heroicamente contra Pinochet, conocí a los escoltas antes que murieran, porque eran los mismos que “cuidaban” al General Valenzuela, Subsecretario general de Presidencia bajo la dictadura y que era el vecino a la mano derecha de Krassnoff, el mismo que lloraba como Magdalena cuando triunfó el NO.

    Y a mi casa entraron y salieron algunas personas que justamente gracias a que vivíamos allí, salvaron sus vidas, se escondieron en la boca del lobo y gracias al dios de los perseguidos y humillados, hoy son mujeres y hombres que siguen luchando y defendiendo las injusticias y creando obras de bien. Ellas ni siquiera saben quiénes éramos los de esa extraña casa de luz, flotando en medio del infierno y la muerte de los suyos, de los nuestros.

    Quizás por todo esto y lo digo con sinceridad y sin ningún ápice de soberbia, es que al igual que mi padre poético, Whitman, al que leí junto a Pablo Neruda, en los 8 años de la Villa militar, es que a veces me considero que “…soy el poeta del cuerpo y soy el poeta del alma, (que) los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo (que) los primeros los injerto y los multiplico en mi ser (y que ) los últimos los traduzco a un nuevo idioma”.

    Bastante antes del triunfo del NO, nos fuimos de aquel barrio, del que tengo malos y buenos recuerdos, como los tengo de mi país. Nunca dejamos ninguno de la familia, de ser de izquierda (y no es una defensa) sino todo lo contrario, creo que potenciamos dicha postura, dicha fe y modo de vida al conocer la pobreza y la tristeza de aquellos que fustigaron a la patria, durante décadas.

    También aprendí en ese periplo por el cielo y el infierno, que la vida esta llena de paradojas y grados entre el blanco y el negro y que los que nos dominaron a sangre y fuego y con crueldad, no eran más que seres humanos, algunos imperdonables por los siglos de los siglos, otros solo tristes esbirros, otros como cualquier chileno, indiferentes al dolor y cómplices en su profesionalismo, apegados al “trabajo”. Y entre ellos, algunos, los minoritarios como yo y mi familia, disidentes y opositores a la barbarie, presos de conciencia, como ese vecino triste, con sus dos padres encerrados en la casa de las enredaderas y las flores, militares de honor en la tristeza del exilio interior.

    El esquisma que yo viví en los años más importantes de la formación de un ser humano, donde la totalidad del mi ser estuvo dividida, donde el todo humanista, no estuvo conectado con el fluir de la vida, lo superé con el nacimiento del retoño de mi poesía, que me permitió unificar el cielo y el infierno como parte de la vida misma como un todo y gracias a mi fe en que ganaríamos, en que la oscuridad y la maldad retrocederían y sucumbirían, en que los hombres y mujeres de buena voluntad, los mayoritarios, amantes de la justicia, de la igualdad y del amor, triunfaríamos sobre el horror. En gran medida así fue.

     

    “Soy Carlos Lorca.

    Estos son días de memoria. Una memoria compuesta, una memoria donde habita mi juventud veinteañera de camisa verdeolivo ,blue jean y bototos, de marsellesa socialista y de mi hija cantando con su puño de 4 años en alto. Una memoria rojinegra que no olvida…

    Hoy 18 de octubre de 2016 , cuando tantos de los que fueron parte de mi vida ya no están, o están perdidos en otros rincones que yo no habito, con sus camisas verdeolivo en los armarios del olvido, brindo mi homenaje a mis antiguos camaradas de la JS…

    Soy una de las ancianas de la tribu, con la tarea de transmitir – como testigo de mi tiempo histórico – lo vivido,y sabiendo que soy parte de una generación que va desapareciendo, con su memoria a cuestas, asumo lo que los hijos de la memoria expresan al decir ” No somos víctimas, somos testimonio”.

    Fuimos militantes y constructores de un mundo mejor, y si nos declaramos víctimas, negamos nuestra calidad de combatientes, y así lo dijo Carlos Lorca al ser detenido:

    “Soy Carlos Lorca, miembro de la comisión política del Partido Socialista de Chile y exijo ser tratado como prisionero de guerra”.

    Hoy, como combatientes en esta nuestra Batalla de la Memoria, recordamos y homenajeamos a esas mujeres y esos hombres que asumieron con sus vidas su compromiso.

    Desde la distancia impuesta por mi cuerpo que ya no viaja me hago presente en el homenaje que hoy rinden a la Dirección clandestina del Partido Socialista de Chile sus camaradas en Antofagasta.

    Adriana Goñi Godoy, Secretaria de Organización,Seccional Montaña, Regional Cordillera,1971-1972

    Ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria

    Estos son los nombres de los Detenidos Desaparecidos del PS:
    1. Exequiel Ponce Vicencio
    2. Carlos Lorca Tobar
    3. Ricardo Lagos Salinas
    4. Carolina Wiff
    5. Michelle Peña
    6. Mireya Rodríguez
    7. Sara Donoso
    8. Rosa Solís.
    9. Arnoldo Camú
    10.Víctor Zerega
    11.Ariel Mancilla
    12.Alejandro Parada
    13.Octavio Boettiger.

    PORQUE FUIMOS MÉDICOS DEL PUEBLO

     

    CARLOS ENRIQUE LORCA TOBAR
    Fecha de Nacimiento: 19 de noviembre de 1944
    Médico Cirujano. Medicina General
    Registro Colegio Médico: 7.810
    DETENIDO DESAPARECIDO.

     

    Carlos Lorca en trabajo político

     

     

    El 25 de junio de 1975, a eso de las cuatro de la tarde, los habitantes de la calle Maule, ubicada en el sector centro sur de Santiago, observaron un gran despliegue policial. Se trataba de un operativo, en donde cerca de 40 hombres portando metralletas y pistolas descendieron de diez automóviles, llevándose a dos personas: Carolina Wiff, asistente social y Carlos Lorca, médico y alto dirigente del Partido Socialista.


    ACTIVA HISTORIA

    Carlos nació en Santiago, el 19 de noviembre de 1944, en la Maternidad del Hospital Salvador. Sus estudios secundarios los terminó en el Instituto Nacional y como médico se recibió en la Universidad de Chile.

    Fue un alumno muy aplicado, muy serio, de resultados escolares excelentes. Era el mayor de los hermanos, cuatro hombres y una mujer, la menor, que falleció víctima de un encefalitis cuando Carlos cursaba el Segundo año de Medicina.

    Uno de sus hermanos lo recuerda como muy vehemente en sus ideas. Siempre tenían acaloradas discusiones. Carlos sabía fundamentar muy bien sus ideas y propuestas. Desde su adolescencia, dio mucha importancia a dos grandes valores: deber y orgullo; ésto lo hacía a veces muy exigente. Una vez, por ejemplo, perdió sus útiles médicos y un señor se los fue a devolver a la casa. El no proporcionó propina en señal de agradecimiento. Al preguntarle por qué no lo había hecho, respondió: ése es su deber.

    Su infancia fue feliz, en medio de muchos niños, juegos en la calle, pichangas; tenía una gran influencia entre sus amigos. Poseía dones de liderazgo natural.

    Su interés por los problemas sociales empezó a manifestarse siendo adolescente. Comentaba con su familia primero, las injusticias que le indignaban.

    En 1965 mientras participaba como censor en un barrio popular, durante sus primeros años de medicina, un hecho lo impresionó profundamente. Entró en uno de esos conventillos o callejones en donde existen decenas de puertas, una junto a la otra. Buscaba la información golpeando una y otra puerta, cuando un compañero de la facultad abrió una de éstas. Su compañero vivía allí, en un par de piezas, en donde los muebles y las ollas se mantienen suspendidos al cielo raso para lograr un espacio. Más tarde, ayudaría a este compañero facilitándole libros y apuntes.

    El mismo año, entró a la Juventud Socialista. Sus actividades políticas fueron progresivamente intensificándose: llegó a ser Presidente del Centro de Alumnos de la Facultad de Medicina y posteriormente vocal de la FECH.

    Durante sus años de estudiante universitario se volcó casi exclusivamente a las tareas del frente estudiantil. Su labor sistemática en el Grupo Gramma, en el que militaba, lo llevó a ser elegido representante de los estudiantes ante el Consejo de la Facultad de Medicina. Eran los inicios de la lucha por la reforma universitaria. En aquellos años fue adquiriendo el perfil de líder con singulares virtudes: brillante, trabajador, claro, directo, con fluidez de pensamiento y sencillez de vida.

    En 1968 fue elegido Presidente del Centro de Alumnos de la Facultad de Medicina, de la Universidad de Chile. Era el representante de todas las fuerzas de izquierda. Al año siguiente, asume como delegado estudiantil ante el Consejo Superior de la misma universidad. En 1969 es elegido vocal de la Federación de estudiantes de la Universidad de Chile y en tal carácter asume la Secretaría General de ese organismo estudiantil.

    Por esa época viaja a Buenos Aires, respondiendo a una invitación de la Federación Universitaria Americana, FUA. Posteriormente, en esa misma calidad de dirigente, es invitado a muchos países.

    Su madre recuerda:

    «Reconocían en él cualidades humanas e intelectuales, incluso aquellos que no compartían sus ideas políticas, entre quienes contaba con buenos amigos. Jesús Val, que luego partió a Estados Unidos, fue uno de ellos. Con él jugaba por teléfono al ajedrez, tardes enteras.»

    Carlos reconocía a cada cual el derecho a tener sus opiniones, aunque fueran contrarias a las suyas. No obstante, era un buen polemista y defendía sus ideas con eficacia.

    Tuvo una relación particular con algunos grupos religiosos. Con sacerdotes y religiosas elaboraba proyectos y planes para los consultorios populares.

    Cada vez se fue haciendo más crítico de la medicina oficial y tradicional, interesándose por la medicina social. Junto con este proceso, cada vez profundizaba más en la necesidad de transformar la sociedad.

    En varias ocasiones se planteó la posibilidad de abandonar la carrera de medicina y volcarse a la sociología. «La sociedad tiene más necesidad de medicina que los hombres aislados y los hombres se enferman sobre todo por las condiciones sociales en que viven», afirmaba.

    Su capacidad de dirigente y organizador le fue haciendo cada vez más popular. Aunque tímido, poseía una gran fuerza de voluntad. Se mezclaban en él la seriedad y el estudio con la ternura y la sensibilidad.

    Era un gran lector. Poseía una gran biblioteca. Se interesaba preferentemente por la filosofía, el arte y la literatura política. «Su fascinación era la lectura y los postres de leche», dice su madre.

    Tras recibirse el 15 de abril de 1971, trabaja en el Hospital Trudeau. Paralelamente, inició su formación en psiquiatría la que no alcanzó a completar debido a su intensa e incesante actividad política.

    En agosto de 1971 fue designado por unanimidad. Secretario General de la Juventud Socialista. Entonces trabó amistad con el Presidente Salvador Allende.

    En las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, Carlos Lorca fue elegido Diputado por la provincia de Valdivia.


    LORCA PERSEGUIDO

    Después del golpe militar, fue llamado a prcsentarse ante el Ministerio de Defensa. Conociendo los métodos represivos utilizados perla junta militar, decidió no presentarse y pasar a la clandestinidad constituyéndose en uno de los miembros de la dirección clandestina del Partido Socialista.

    Esto significó que la represión se desalara contra su familia. Su esposa, Gabriela Bravo,pese a sus siete meses de embarazo, fue sometida en varias oportunidades a interrogatorios. Uno de sus hermanos fue detenido y abandonado en un calabozo sin comer ni beber durante cinco días. Otro hermano fue herido en una pierna y obligado a partir al exilio, al igual que el resto de la familia.

    Su hijo Ricardo, nació en noviembre de 1973. Logró verlo muy pocas veces, antes de su detención y desaparecimiento.

    Carlos Lorca trabajó intensamente en pro de la constitución del frente antifascista. Continuó al mismo tiempo trabajando como médico, visitando enfermos e integrando grupos de salud en los barrios populares de Santiago. Cambiaba constantemente de domicilio porque era intensamente buscado por la policía.

    Siempre rehusó los ofrecimientos de asilo. Argumentaba que «no podría vivir con ese cargo de conciencia».


    DETENCIÓN NO RECONOCIDA

    El 25 de junio de 1975, fecha de la detención, fue violentamente introducido junto a Carolina Wiff. en un automóvil Fiat modelo 125 de color rojo que partió y aceleró rápidamente. Fueron testigos de los hechos la señora Yolanda Abarca, don Luis Oliva, don Juan Casanga, la señora Lidia González y don Manuel Aguilera.

    Doña Yolanda y don Luis. ambos residentes en el domicilio en que se produjo la detención, señalaron en parte de sus declaraciones notariales: «El día de la captura del doctor Lorca, yo me encontraba en mi casa. Hasta allí llegaron miembros de seguridad, que violentamente se instalaron a esperarlo. Cerca del mediodía llegó el doctor Carlos Lorca junto a su acompañante, siendo inmediatamente detenidos. Los mantuvieron ahí hasta las 4 de la tarde, hora en que se realizó el operativo para sacarlos».

    El 1 de julio de 1975 se interpuso un recurso de amparo en su favor, en la Corte de Apelaciones de Santiago, rol 80675. Se solicitaba oficiar al Ministro del Interior y al Director de la DINA averiguando sobre la detención de Carlos Lorca.

    El 9 de julio de 1975 el Ministro del Interior informó que Carlos Lorca no se encontraba prisionero.

    El 15 de julio de 1975 se presentó un nuevo escrito solicitando que se oficiara a la Presidencia de la República, a fin de que informara si se había ordenado a la DINA la detención del afectado.

    El 14 de septiembre de 1975 el recurrente acompañó la declaración jurada de un testigo, reiterando que se oficiara a la DINA, organismo que no respondió jamás.

    El 25 de septiembre del mismo año la Corte rechazó el recurso de amparo.

    El 11 de junio de 1976 un grupo de juristas franceses presentaron un nuevo recurso de amparo en favor de Carlos Lorca y otros detenidos políticos.

    La Corte de Apelaciones contestó: «no ha lugar».

    En ese mismo mes, un grupo de abogados españoles interpuso un recurso de amparo en favor del afectado y otras personas. La justicia respondió con otro «no ha lugar».

    El padre de Carlos efectuó numerosas gestiones en Estados Unidos; incluso sus peticiones llegaron al Departamento de Estado y al Parlamento de ese país.

    El 5 de julio de 1978 el Arzobispo de Santiago, monseñor Raúl Silva Henríquez, hizo entrega al Ministro Sergio Fernández, de una nómina de 54 personas detenidas desaparecidas, entre las que se incluía al doctor Lorca. Se solicitaba la adopción de las medidas necesarias para esclarecer estos hechos, que con angustia y dolor requerían sus familiares.

    No obstante, ni las gestiones administrativas, ni las judiciales ni las realizadas ante organismos internacionales como la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, entre otros, dieron resultado alguno.


    EN VILLA GRIMALDI

    El ex prisionero político. Héctor Riffo Zamorano, declaró ante el grupo ad-hoc para Chile de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas: «Cerca de las 14 horas, pude escuchara un gran número de vehículos que entró en un recinto en donde nos encontrábamos detenidos. Estos autos hacían sonar sus bocinas a la vez que se escuchaban gritos eufóricos que señalaban «¡Lorca! ¡Lorca!».

    El mismo testimonio agrega: «el 3 de julio de 1975 mientras barría el patio como me habían ordenado, pude acercarme a una puerta metálica de un calabozo y por un orificio que dejaba el paso de la cadena que cerraba dicha puerta, pude ver que en su interior, amarrado a una litera, se encontraba Carlos Lorca Tobar.»

    Lautaro Videla Moya, ex preso político, afirma en una declaración jurada haber visto a Lorca sometido a tortura, en Villa Grimaldi, en julio de 1975. También Luis Gómez González, detenido en esos mismos días, declaró haberlo visto cojeando visiblemente de su pierna derecha.

    Sergio Gajardo Gómez, detenido el 9 de julio de 1975 por la DINA y llevado a Villa Grimaldi, expresa que vio ese día a un hombre que no era capaz de hablar y con evidentes signos de haber sido torturado salvajemente. El 12 de julio, aproximadamente a las cinco de la mañana, ese mismo hombre le habló a Sergio Gajardo y le dijo: « No bebas agua, yo soy Carlos Lorca, si sales vivo de aquí, di que me encuentro detenido». Aproximadamente a las 12 de ese mismo día, vio que le acercaron una máquina de escribir y un cuestionario sobre materialismo histórico, preguntándole si necesitaba los lentes, a lo que Lorca dijo que sí.

    Pero no solamente ex detenidos confirmaron su detención, sino también colaboradores de la DINA.

    El 3 de septiembre de 1975 dos ex agentes de organismos de seguridad identificados como Marta Angélica Aguilera y el otro sólo como Julio, enviaron una carta al general Pinochet quejándose de medidas tomadas injustamente contra ellos. Entre otras cosas, en esta carta revelaban que bajo órdenes del general Manuel Contreras, cumplieron estrictamente las instrucciones de torturar al prisionero Carlos Lorca. Esta carta fue reproducida en la revista peruana MARKA, el 4 de marzo de 1976.

    Existe, además, el testimonio de Juan Muñoz Alarcón, el encapuchado del Estadio Nacional, ex militante socialista, que se transformó en colaborador de los servicios de seguridad después del golpe de estado, y quien acudió en tres oportunidades a la Vicaría de la Solidaridad para entregar su testimonio, antes de que fuera asesinado, el 23 de octubre de 1977. Juan Muñoz aseguró que 112 dirigentes políticos de la Unidad Popular estaban en Colonia Dignidad y que algunos dirigentes estaban vivos, en malas condiciones físicas, «muchos de ellos al borde de la locura, porque el tratamiento por el cual han pasado, ha sido muy duro. Me refiero en especial a Carlos Lorca y a Exequiel Ponce. Están en Colonia Dignidad, en pabellón dos».

    Antes de ser asesinado, este colaborador de la DINA entregó importantes informaciones acerca del funcionamiento de los servicios de seguridad y lugares de centros de tortura. Señaló que a los detenidos se les hace desaparecer todo signo de su identidad verdadera, asignándoles una nueva. Cuando las instancias jurídicas o los familiares piden información, los organismos de seguridad responden que las personas cuyas identidades se mencionan, no han sido nunca detenidas.

    Hasta la fecha, las acciones judiciales y administrativas efectuadas, no han arrojado resultado alguno sobre lo ocurrido al doctor Carlos Lorca.

    Múltiples e infructuosas fueron todas las diligencias realizadas para localizarlo y todas las esperanzas que pusieron sus familiares en sus gestiones se vieron sucesivamente frustradas.

    En noviembre de 1975, una clínica universitaria de Alemania, ofreció un puesto al profesor Carlos Lorca. Esta institución hizo llegar la oferta a la madre del doctor y copias al general Augusto Pinochet y a la Embajada de Alemania en Chile.

    No hubo respuesta. Sólo el silencio brota desde los recintos y cárceles de tortura. A pesar de este silencio manifiesto de dolor, las efervescentes consignas, llamados y gritos juveniles, no sólo al interior del Partido Socialista, sino también en las universidades y poblaciones, son la conciencia viva de que Carlos Lorca está presente.


    (Informe Comisión Verdad y Reconciliación)

    con un grupo de compañeros Dr. Carlos Lorca T. pronunciando un discurso
    Carlos Lorca en trabajo político marchando por la Alameda


    Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02

    Carta escrita por Dr. Luis Lorca Tobar, hermano de Carlos

    https://www.facebook.com/kiko.lopez.566/posts/10209766230613644

    CARLOS LORCA TOBAR

    Carta escrita por Dr. Luis Lorca Tobar, hermano de Carlos

    Un hombre de todos los tiempos

    Chileno, hombre de 31 años de edad al momento de su desaparición. Por entonces era Sebastián, su nombre político, uno de los máximos dirigentes del Partido Socialista de Chile en la clandestinidad. Médico humanista, vocación de psiquiatra, estudios avanzados en filosofía.

    Hijo de Carlos y María; hermano de Luis, Raúl y Jaime. Sufriste y lloraste la pérdida de María Isabel Chabelita quien nos dejara a sus tiernos 11 años. Casado con Gabriela Bravo, un hijo Ricardo Lorca Bravo. Ellos te sobreviven.

    María nuestra madre falleció sin haberte visto desde que te fuiste. De ninguno de tus familiares alcanzaste a despedirte, privilegio que se respeta, aun a los condenados a muerte, en países bárbaros.

    Al momento de tu detención exigiste a tus captores: “Soy Carlos Lorca, miembro de la comisión política del Partido Socialista de Chile y exijo ser tratado como prisionero de guerra.

    Vano intento por exigir derechos con las mentiras de una supuesta guerra civil con que la tiranía pretendía justificar sus crímenes.

    Fuiste líder estudiantil en los estudios secundarios. Alumno del Instituto Nacional, Primer Foco de Luz de la Nación. Estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Fuiste presidente del Centro de alumnos de la Escuela de Medicina. Posteriormente fuiste vocal de la Federación de estudiantes de Chile. Lideraste el proceso de Reforma en la casa de Andrés Bello. Llegaste a ser integrante del Consejo Superior de la Universidad de Chile. Fuiste elegido en forma unánime como Secretario General de la Juventud Socialista de Chile. En tal calidad te integraste al Comité Central y a su comisión política del Partido Socialista de Chile.

    Fuiste presidente de la Unidad Popular Juvenil.Fuiste elegido Diputado por Valdivia. Elegiste el Sur y el Sur te eligió. Representaste a las ciudades de Valdivia, Panguipulli, La Unión y Río Bueno.

    Te hiciste carne en hombres y mujeres bajo las lluvias y entre los verdes. Tuviste amistad estrecha con Salvador Allende Presidente Mártir. Tuviste grandes simpatías con Carlos Prats y Alberto Bachelet generales de la República. Te unió camaradería profunda con Clodomiro Almeyda y Orlando Letelier; con Luis Corvalan y Gladys Marín; con Rodrigo Ambrosio y Luis Maira. Fuertes lazos te unían al Cardenal Silva Henrríquez. Tenías gran cercanía con dirigentes Demócrata Cristianos como Bernardo Leyton y Ricardo Hormazabal.

    Tejiste redes comunicándote con líderes políticos, militares, religiosos, gremiales, profesionales y estudiantiles. Tu presencia, trasuntando extraordinario fortaleza interior, coraje, inteligencia y rigor, estuvo en diversos confines de la tierra. Por doquiera te recuerdan.

    Quienes te reconocieron vieron tu naturaleza inolvidable. ¿Cómo eras Carlos? Eras la versión del Quijote social en lucha sabia contra los molinos de la injusticia. Eras el renacentista pensante en todo lo humano. Eras el hombre nuevo de todos los tiempos. Eras el amor por tus semejantes. Eras la encarnación criolla de los ideales de Lincon, Gandhi y Allende. Valentía y Voluntad de Hierro Llegó el golpe.

    Infundiste coraje. Enseñaste a perder el miedo. A soñar la libertad, A organizarse y a luchar por la Democracia. A liberar la patria encarcelada. A hacer brillar de nuevo la esperanza.No te diste tregua ni descanso desde que éramos adolescentes.

    Veo a tantos amigos y amigas hoy con tu fortaleza de carácter heredada.Un hombre de conocimiento y razón. Cuantas centenas de libros devoraste ávido? Los mismos que en tu humilde morada de la Calle Ramadas capturaron tus perseguidores. Perplejos y euforizados encontraban tus textos de ajedrez: “La Defensa India” “Jaque al Rey” y tantos otros que les llevaban a urdir en su ignorancia la falsedad de supuestos planes militares.Los quemaron para evitar ser devorados por ellos. Textos de grandes pensadores, filósofos, políticos y revolucionarios parecían decir ¡léeme! desde tus estanterías.Te fuiste haciendo sabio en la lucha, en las ideas, en el debate… y en tus queridos libros.

    Un hombre educador y ejemplar: Te recuerdo extendiendo las ideas de futuro. Con cuanto orgullo mirabas a los jóvenes crecer y desarrollarse: a la Michelle Bachelet, a Camilo Escalona, al Ennio Vivaldi a Marcelo Unda, a Gladys Cuevas y a tantos otros. Con cuanta pasión compartiste tus ansias de saber con Ricardo Pincheira y Jorge Klein, con Pancho Rivas y Niels Biedermann compañeros de tus generaciones.

    Pero sobre todo tu amor por enseñar te llevó a los jóvenes del país, a hacerlos buscar su destino, a tocar el cielo con las manos.Tu querido Chile cayo en Dictadura Mercenaria. Fue botín de la banda que dejaba a su paso crímenes, desapariciones y detenciones arbitrarias. Sabias que no había mas destino que la muerte. La encaraste con alegría y dignidad.Diste ejemplo en tu calvario.

    Diste en ofrenda tu vida para que renaciera la democracia. Para que tu pueblo y tu patria fueran libres. Te diste entero por un Chile mejor.Un hombre médico y humanista. Tu amor por la vida, tu rebeldía ante los males que aquejaban a los desposeídos y a los enfermos, te hizo estudiar la mente y el cuerpo para entenderlos, acogerlos y ayudarlos.Nunca dejaste de ser médico, ni en las mayores exigencias de la vida y de la política.Tenías precaria salud.

    Te aquejaba Hemofilia y ulcera gástrica. Apenas las cuidaste, como siempre con lo tuyo. Postergado por el prójimo.Un hombre sencillo y generoso En la noche oscura de la tiranía recorriste el país de norte a sur con tu prédica de futuro. Aún en los fines de la democracia en crisis caminaste por las calles de Santiago asediado y perseguido por los que ultimaron a Rene Schneider.

    Nunca tuviste ni un vehículo. Nunca tuviste más propiedad que un humilde departamento que te regalaron nuestros padres María y Carlos.

    Tus sueldos de diputado los entregabas casi íntegros a la juventud y al Partido. En pobreza franciscana te enriqueciste en la solidaridad y el cariño del otro. Con más atención escuchaste al desposeído que a los poderosos. En tu liderazgo nacional e internacional no hubo más protagonísmo que el que te requirió la causa superior. Un hombre bueno y pacífico No mataste ni a moscas ni arañas. Las primeras por el cariño que te producía el cantar de Joan Manuel Serrat. Otras quizás por miedo, quizás el único de tus miedos en mi recuerdo. Te dedicaste a sembrar vida y a rechazar la muerte. Disfrutaste la vida. Elegías como Gracias a la Vida de nuestra Violeta o escuchando a los Beatles cantando “Imagine” de Lenon y Mcarthney te llegaban al alma. Fumabas tabaco holandés en la pipa que guardo para tenerte en sus aromas siempre presente. Sufrías por los desamparados. Te alegrabas con los jóvenes y ricos de corazón. Te reías con Jesús Val en partidos que jugabas por teléfono a miles de kilómetros. Tus vínculos con ese español, de corazón monárquico así como con Alex Chadud los cultivabas con amistad en mayúsculas. Eras un hombre de paz.

    Un hombre responsable y consecuente Tus ideas de futuro las defendías en el diálogo y en el debate. Las cultivabas y las aprendías de la vida y de los textos y las sometías a los desafíos de la realidad.¡ Nunca conocí una persona con mayor rigor y responsabilidad en su decir y pensar!¡Nunca en busca del aplauso fácil ni con la demagogia oportunista! En momentos aciagos defendiste con tu vida tus ideales. Asumiste las consecuencias por un Chile mejor.
    Seguiste los pasos de Salvador. Las grabaciones de las órdenes malditas mostraban al hampón principal recordando a los fascios romanos “ofrézcanle un avión al guevón para que se vaya y allí lo matamos…..total muerta la perra se acaba la leva.Como si a Salvador se le pudiese matar.Como si a ti Carlos te pudiesen hacer desaparecer.

    Fuiste detenido el 25 de Junio de 1975, hace ya 30 largos años junto a Carolina Wiff en la calle Maule 130 de Santiago, vivienda de Yolanda Abarca, en un operativo comandado por ManuelContreras y Pedro Espinoza. Mintió Pinochet y todos sus secuaces para ocultarlo. Para completar el manto del silencio los jueces supremos aportaron su complicidad. Los que te detuvieron, esbirros de la brigada Puren, ingresaron celebrando tu captura. Las hienas gritaban tu nombre “Lorca, Lorca” y hacían sonar las bocinas de su caravana de vehículos. No menos de 40 agentes te detuvieron junto a Carolina. Te aniquilaron asumiendo los costos que te convertirías en un mártir.

    Carlos: ¡Por la alegría has vivido, por la alegría desapareciste! Fuiste un canto a la vida, encendiste nuestras mentes y nuestros corazones. Te inmolaste por la vida y por tu pueblo.

    Carlos querido, vives y te acompañan los parroquianos del “guata” amarilla. Tus amigos Uldaricio Figueroa, Manuel Carpintero y Néstor Figueroa. Los pescadores de Niebla y de las orillas del Calle-Calle, los obreros madereros de Panguipulli y los campesinos de Chihuio. Los empleados, profesionales y estudiantes; las mujeres y hombres nobles Valdivianos Carlos estas en nosotros.

    En nuestras mentes y en nuestros corazones.
    En cada paso que damos.
    En nuestros días y nuestras noches.
    En nuestros amores y en nuestro trabajo.
    En nuestro sueño por un Chile mejor y en paz, sin odio y sin violencia.
    ¡Nada ni nadie te podrá hacer desaparecer!

    Carlos querido; ¡Hasta siempre!

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    HOMENAJE EN MEMORIA DE EX DIPUTADO DON CARLOS LORCA TOBAR Contribuido por Cámara de Diputados de Chile

    El señor ESCALONA (de pie).-

    Señor Presidente, queridos familiares de Carlos Lorca, diputadas y diputados, las bancadas del Partido Socialista y del Partido Radical Social Demócrata me honran al entregarme la confianza de decir estas palabras en homenaje a nuestro diputado Carlos Lorca Tobar.

    Carlos Lorca fue diputado sólo por poco tiempo, no alcanzó a ejercer cuatro meses, ya que el golpe de Estado y la clausura del Congreso Nacional le impidieron representar por el período por el cual fue elegido a la gente de Valdivia, a sus pescadores, a los productores campesinos, a los trabajadores del complejo maderero de Panguipulli, a los empleados públicos y del comercio, a la muchedumbre sencilla, pero sedienta de justicia social, que lo había elegido diputado. Carlos Lorca se había hecho parte de ellos tal como era: un estudioso, un intelectual, un pensador, un hombre pacífico que sufrió las consecuencias de una guerra declarada por algunos que tenían el control del poder en contra gente como él, que tenía sus manos vacías y cuya única trinchera era el sueño de un país sin dictadura. Fue un político responsable. Soy testigo de que hizo todo lo que pudo para que en Chile no hubiera golpe de Estado y se salvara el régimen democrático, pero fuerzas fuera de control precipitaron la tragedia y el horror.

    Fue campeón de ajedrez de la Universidad de Chile, mateo, casi ascético, fumador empedernido, lector inagotable, vocal de la Federación de Estudiantes de Chile y líder de la Juventud Socialista, en la que ocupó el cargo de secretario general entre 1971 y 1973. Carlos Lorca, dotado de una voluntad de hierro, prefirió resistir a exiliarse y afrontar la más dura de las exigencias para lograr que su partido, el Socialista, y que la izquierda chilena, en su conjunto, se reorganizaran en la clandestinidad en la que se hallaban en forma obligada en ese tiempo, a fin de que, junto con todas las fuerzas antidictatoriales, fueran capaces de reinstalar la democracia en Chile.

    Entre septiembre de 1973 y junio de 1975 eludió dramáticamente la represión; lo hizo sin recursos, sólo con la ayuda de un puñado de luchadores, como él.

    Tal vez el siguiente relato, que leeré con su venia, señor Presidente, sirva para captar qué ocurría durante esos meses: “Máximo colaboraba con la resistencia antipinochetista en el momento más duro de la represión. Era muy joven se empinaba recién sobre los 20 años y ante la magnitud de la tragedia nacional que lo desbordaba muy, pero muy ampliamente, se entregaba valientemente al esfuerzo de ayudar a reunir y juntar las diezmadas estructuras directivas de los partidos de izquierda. Hablamos de los años 74, 75 y 76. La Dina el año 1974 había destruido al MIR, el año 75 demolido al Partido Socialista y el año 76 le iba a tocar el turno al Partido Comunista. En los ajetreos en que estaba inmerso le correspondió organizar una reunión muy riesgosa y delicada a la que debía concurrir Carlos Lorca, médico y diputado que permanecía dentro de Chile en la resistencia de la dictadura. Por su condición de ex parlamentario y líder de la Juventud Socialista  era figura emblemática de la acosada oposición de izquierda. Las personas que se arriesgaban eran muy pocas. Nadie prestaba su casa o eran muy escasos aquellos que se atrevían a hacerlo, de modo que a Máximo no le quedó otra alternativa que organizar tan importante reunión en su propia casa, un hogar de clase media, de familia democratacristiana. Decirlo o pensarlo era fácil, pero hacerlo, muy difícil. Su casa era su hogar, pero no en el sentido de propiedad. La misma era de sus padres, con quienes vivía, junto a una numerosa familia que se enorgullecía de tener en su seno a un numeroso grupo de hermanos y hermanas, de modo que el día indicado, para la reunión, alerta al timbre de entrada, Máximo esperaba, tenso y nervioso, a sus singulares invitados. Había inventado, como “leyenda”, que ese encuentro era una cita de estudio, pero no concordaban las edades de los invitados, ni sus vestimentas, ni su lenguaje, más aún cuando los congregaba en su propio dormitorio y, luego, debía salir del mismo, dadas las estrictas normas de reserva que eran fundamentales para la sobrevivencia de aquellos arriesgados luchadores. Máximo abrió la puerta a uno de los asistentes a la reunión; se dio cuenta de inmediato de que era Carlos Lorca, al que distinguía por haber sido dirigente estudiantil, pero instantáneamente grabó en su mente su aspecto físico: flaco, frágil, vestido con un viejo abrigo que remarcaba una situación de empobrecimiento y debilidad como consecuencia directa de la cacería humana que se descargaba en contra de su persona. Sintió un sacudón en el alma. Lorca es de la personificación de una lucha sin retorno dada al límite de sus fuerzas por aquellos chilenos temerarios. Se fundían en él la convicción definitiva de una decisión irrevocable y la certeza del hombre que sabe que enfrenta un destino inesquivable. Era Chile, en 1975. Mientras algunos amasaban las enormes fortunas de futuros conglomerados económicos y otros guardaban silencio ante el drama de los derechos humanos, mientras algunos se desentendían o simulaban no saber, mientras el cinismo y una cobarde hipocresía ocultaban una situación terrible, Carlos Lorca se preparaba para llegar al final. Sabía que resistir significaba que era imposible escapar. Máximo, el joven que narra este relato, aún observaba a aquel ser humano agotado, pero indomable, cuando escuchó la voz de su madre que lo distraía de su preciosa tarea de resistencia para solicitarle: “Por favor, pide a tus amigos que nos ayuden a subir la estufa al segundo piso”. Fue así como, con Carlos Lorca incluido, aquellos jóvenes resistentes ayudaron a resolver esa tarea hogareña tan simple, pero tan profunda. Obligado, por la violencia implacable de quienes lo perseguían sin tregua, a vivir sin hogar, Carlos Lorca pudo al menos, por unos cuantos minutos, disfrutar del ambiente familiar que en esas terribles circunstancias le estaba prohibido. Pocas semanas después, hace ya treinta años, llegó la hora en que fue capturado, torturado y hecho desaparecer para siempre con su viejo abrigo y una llama libertaria inagotable en su corazón.

    He dicho. -Aplausos en la Sala y en las tribunas.

     

    Carlos LORCA

     

    Valentía y Voluntad de Hierro: Llegó el Golpe.

    http://retazosdememoriachilena.blogspot.cl/2016/06/carlos-lorca-tobar-la-traicion-del.html
    Carlos Lorca Tobar, fue detenido el 25 de Junio de 1975, hace ya 41 largos años junto a Carolina Wiff en la calle Maule 130 de Santiago, vivienda de Yolanda Abarca, en un operativo comandado por Manuel Contreras y Pedro Espinoza. Mintió Pinochet y todos sus secuaces para ocultarlo. Para completar el manto del silencio que los jueces supremos aportaron con su complicidad hasta el día de hoy. Los que lo detuvieron, esbirros de la Brigada Purén, ingresaron celebrando su captura. Las hienas gritaban su nombre “Lorca, Lorca” y hacían sonar las bocinas de su caravana de vehículos. No menos de 40 agentes lo detuvieron junto a Carolina Wiff.

    Al momento de su detención, exigió a sus captores: “Soy Carlos Lorca, miembro de la comisión política del Partido Socialista de Chile y exijo ser tratado como prisionero de guerra”. Vano intento por exigir derechos con las mentiras de una supuesta guerra civil con que la tiranía pretendía justificar sus crímenes. Lo aniquilaron asumiendo los costos, con los que hoy, ya se han convertido en nuestros mártires.

    Su Trayectoria.

    Carlos Lorca fue líder estudiantil en los estudios secundarios. Alumno del Instituto Nacional, primer Foco de Luz de la Nación. Estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Fue presidente del Centro de alumnos de la Escuela de Medicina. Posteriormente fue vocal de la Federación de Estudiantes de Chile. Lideró el proceso de Reforma en la Casa de Andrés Bello. Llegó a ser integrante del Consejo Superior de la Universidad de Chile. Además, fue elegido en forma unánime como Secretario General de la Juventud Socialista de Chile. En tal calidad se integró al Comité Central y a su comisión política del Partido Socialista de Chile.

    Fue presidente de la Unidad Popular Juvenil. Fue elegido Diputado por Valdivia. Eligió el Sur y el Sur lo eligió a él. Representó a las ciudades de Valdivia, Panguipulli, La Unión y Río Bueno. Carlos Lorca se hizo carne en hombres y mujeres bajo las lluvias y entre los verdes.

    Tuvo una amistad estrecha con el Presidente Constitucional Salvador Allende. Tuvo grandes simpatías con Carlos Prats y Alberto Bachelet, generales de la República. Lo unió una camaradería profunda con Clodomiro Almeyda y Orlando Letelier; con Luis Corvalán y Gladys Marín; con Rodrigo Ambrosio y Luis Maira. Fuertes lazos lo unían al Cardenal Raúl Silva Henríquez. Tenía gran cercanía con dirigentes Demócrata Cristianos como Bernardo Leyton y Ricardo Hormazábal.

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    Carlos Lorca con Gladys Marín y Jaime Suárez
    Carlos tejió las redes del Partido Socialista, comunicándose con líderes políticos, militares, religiosos, gremiales, profesionales y estudiantiles. Su presencia, y extraordinaria fortaleza interior, coraje, inteligencia y rigor, estuvo en diversos confines de la tierra.

    Quienes lo reconocieron vieron su naturaleza inolvidable. ¿Cómo eras Carlos? ¿Eras la versión del Quijote social en lucha sabia contra los molinos de la injusticia? ¿Eras el renacentista pensante en todo lo humano? ¿Eras el hombre nuevo de todos los tiempos? ¿Eras el amor por tus semejantes? ¿Eras la encarnación criolla de los ideales de Lincoln, Gandhi y Allende?

    Carlos infundió coraje. Enseñó a perder el miedo. A soñar la libertad. A organizarse y a luchar por la Democracia. A liberar la patria encarcelada. A hacer brillar de nuevo la esperanza. No le dio tregua ni descanso desde que fue un adolescente. Se fue haciendo sabio en la lucha, en las ideas, en el debate… y en sus queridos libros.

    Un hombre educador y ejemplar: extendiendo las ideas de futuro. Con cuánto orgullo miraba a los jóvenes crecer y desarrollarse: a la Michelle Bachelet, a Camilo Escalona, al Ennio Vivaldi a Marcelo Unda, a Gladys Cuevas y a tantos otros. Con cuánta pasión compartió sus ansias de saber con Ricardo Pincheira y Jorge Klein, con Pancho Rivas y Niels Biedermann, compañeros de su generación.


    Pero sobre todo su amor por enseñar lo llevó a los jóvenes del país, a hacerlos buscar su destino, a tocar el cielo con las manos. Su querido Chile cayó en una Dictadura Mercenaria. Fue botín de la banda que dejaba a su paso crímenes, desapariciones y detenciones arbitrarias y traiciones a la patria. Sabía que no había más destino que la muerte. La encaró con alegría y dignidad. Dio ejemplo en su calvario.

    Dio en ofrenda su vida para que renaciera la democracia. Para que su pueblo y su patria fueran libres. Se dio entero por un Chile mejor. Un hombre médico y humanista. Su amor por la vida, su rebeldía ante los males que aquejaban a los desposeídos y a los enfermos lo hizo estudiar la mente y el cuerpo para entenderlos, acogerlos y ayudarlos. Nunca dejó de ser médico, ni en las mayores exigencias de la vida y de la política.

    Tenía una precaria salud. Lo aquejaba una hemofilia y una úlcera gástrica. Apenas las cuidó, como siempre con lo suyo, postergado sus prioridades por los demás, por el prójimo. Un hombre sencillo y generoso. En la noche oscura de la tiranía recorrió el país de norte a sur con su prédica de futuro. Aún en los fines de la democracia en crisis caminó por las calles de Santiago asediado y perseguido por los que ultimaron a René Schneider.

    Nunca tuvo un vehículo. Nunca tuvo más propiedad que un humilde departamento que le regalaron sus padres, María y Carlos. Sus sueldos de diputado los entregabas casi íntegros a la juventud y al Partido. En pobreza franciscana solo se enriqueció en el cariño y la solidaridad de los que los que lo rodearon. Con más atención escuchó al desposeído que a los poderosos. En su liderazgo nacional e internacional, no hubo más protagonismo que el que lo requirió la causa superior. Un hombre bueno y pacífico. No mató ni a moscas ni arañas.

    El cariño que le producía el cantar de Joan Manuel Serrat. Otras quizás por miedo, quizás el único de sus miedos, se dedicó a sembrar vida y a rechazar la muerte. Disfrutó de su existencia. Escuchó “Gracias a la Vida” de nuestra Violeta o a los Beatles cantando “Imagine” de Lennon y Mccartney que le llegaban al alma. Fue un hombre de paz.

    Carlos Lorca: La traición del Partido Socialista.

    Hace unos días, el PS pidió perdón por abandonar la querella por el ex diputado Carlos Lorca, detenido desaparecido del partido. Un hecho que trae a la memoria un complejo capítulo en la biografía política del Partido Socialista.

    El mediodía del pasado viernes. En la Plaza de la Constitución, a los pies del monumento a Salvador Allende, un grupo de socialistas -militantes activos, pasivos y otros “de toda la vida”- desplegaron un lienzo con la imagen de un joven barbudo, con una mirada protegida por unos lentes de gruesos marcos de carey. Abajo del rostro, su identidad: Carlos Lorca. Así, se iniciaba un discreto homenaje al ex diputado del Partido Socialista que un 25 de junio de 1975 fuera detenido y desaparecido por la DINA, órgano represor de la dictadura.

    Entre la decena de personas que participan en el acto se encuentran dos de los hermanos del ex legislador, Jaime y Raúl. Es este último quien leyó una declaración pública donde critica en duros términos al Partido Socialista, colectividad que Carlos Lorca dirigiera en la clandestinidad luego del Golpe de Estado de 1973. Un reproche que se sustenta en un embarazoso hecho para la militancia socialista, luego que el PS abandonara la querella con que el partido aspiraba a decretar las circunstancias de su muerte y establecer justicia para los responsables.

    Con lo anterior, se cerraba un homenaje que duró tanto como la lectura de un texto de tres carillas. Una muestra de congoja luego que el abogado de la colectividad encargado de tramitar las causas de derechos humanos del partido, Juan de Dios Parra, no se sumara a la acusación fiscal que lleva adelante el ministro en visita extraordinario de la Corte de Apelaciones de Santiago, Miguel Vásquez, ni tampoco presentara una acusación independiente. El tema llegó a que la actual directiva del PS, presidida por la senadora Isabel Allende, pidiera perdón a la familia Lorca el pasado lunes y que el vicepresidente del partido, Camilo Escalona, sugiriera que Parra deje sus funciones.

    Las disculpas, en todo caso, fueron dobles, puesto que, en su momento, Parra incluyó en la causa en calidad de víctima del partido a Jaime López Arellano -ex pareja de Bachelet- integrante de la dirección clandestina del PS, pero también identificado como colaborador de la DINA.
    Un doloroso capítulo que, tras el abandono judicial del PS, vuelve a la memoria. “Es doloroso saber que el PS ni siquiera honra a sus muertos y es más doloroso que Bachelet, con todo lo compartido con mi hermano y que asegurara que ningún detenido desaparecido sería olvidado cuando asumió en su primer gobierno, tampoco haya influido en nada para la justicia de mi hermano Carlos”, remata Raúl Lorca.

    ——————–

    Carta escrita por Dr. Luis Lorca Tobar, hermano de Carlos

    https://www.facebook.com/kiko.lopez.566/posts/10209766230613644

    CARLOS LORCA TOBAR
    Un hombre de todos los tiempos

    Chileno, hombre de 31 años de edad al momento de su desaparición. Por entonces era Sebastián, su nombre político, uno de los máximos dirigentes del Partido Socialista de Chile en la clandestinidad. Médico humanista, vocación de psiquiatra, estudios avanzados en filosofía.

    Hijo de Carlos y María; hermano de Luis, Raúl y Jaime. Sufriste y lloraste la pérdida de María Isabel Chabelita quien nos dejara a sus tiernos 11 años. Casado con Gabriela Bravo, un hijo Ricardo Lorca Bravo. Ellos te sobreviven.

    María nuestra madre falleció sin haberte visto desde que te fuiste. De ninguno de tus familiares alcanzaste a despedirte, privilegio que se respeta, aun a los condenados a muerte, en países bárbaros.

    Al momento de tu detención exigiste a tus captores: “Soy Carlos Lorca, miembro de la comisión política del Partido Socialista de Chile y exijo ser tratado como prisionero de guerra.

    Vano intento por exigir derechos con las mentiras de una supuesta guerra civil con que la tiranía pretendía justificar sus crímenes.

    Fuiste líder estudiantil en los estudios secundarios. Alumno del Instituto Nacional, Primer Foco de Luz de la Nación. Estudiante de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Fuiste presidente del Centro de alumnos de la Escuela de Medicina. Posteriormente fuiste vocal de la Federación de estudiantes de Chile. Lideraste el proceso de Reforma en la casa de Andrés Bello. Llegaste a ser integrante del Consejo Superior de la Universidad de Chile. Fuiste elegido en forma unánime como Secretario General de la Juventud Socialista de Chile. En tal calidad te integraste al Comité Central y a su comisión política del Partido Socialista de Chile.

    Fuiste presidente de la Unidad Popular Juvenil.Fuiste elegido Diputado por Valdivia. Elegiste el Sur y el Sur te eligió. Representaste a las ciudades de Valdivia, Panguipulli, La Unión y Río Bueno.

    Te hiciste carne en hombres y mujeres bajo las lluvias y entre los verdes. Tuviste amistad estrecha con Salvador Allende Presidente Mártir. Tuviste grandes simpatías con Carlos Prats y Alberto Bachelet generales de la República. Te unió camaradería profunda con Clodomiro Almeyda y Orlando Letelier; con Luis Corvalan y Gladys Marín; con Rodrigo Ambrosio y Luis Maira. Fuertes lazos te unían al Cardenal Silva Henrríquez. Tenías gran cercanía con dirigentes Demócrata Cristianos como Bernardo Leyton y Ricardo Hormazabal.

    Tejiste redes comunicándote con líderes políticos, militares, religiosos, gremiales, profesionales y estudiantiles. Tu presencia, trasuntando extraordinario fortaleza interior, coraje, inteligencia y rigor, estuvo en diversos confines de la tierra. Por doquiera te recuerdan.

    Quienes te reconocieron vieron tu naturaleza inolvidable. ¿Cómo eras Carlos? Eras la versión del Quijote social en lucha sabia contra los molinos de la injusticia. Eras el renacentista pensante en todo lo humano. Eras el hombre nuevo de todos los tiempos. Eras el amor por tus semejantes. Eras la encarnación criolla de los ideales de Lincon, Gandhi y Allende. Valentía y Voluntad de Hierro Llegó el golpe.

    Infundiste coraje. Enseñaste a perder el miedo. A soñar la libertad, A organizarse y a luchar por la Democracia. A liberar la patria encarcelada. A hacer brillar de nuevo la esperanza.No te diste tregua ni descanso desde que éramos adolescentes.

    Veo a tantos amigos y amigas hoy con tu fortaleza de carácter heredada.Un hombre de conocimiento y razón. Cuantas centenas de libros devoraste ávido? Los mismos que en tu humilde morada de la Calle Ramadas capturaron tus perseguidores. Perplejos y euforizados encontraban tus textos de ajedrez: “La Defensa India” “Jaque al Rey” y tantos otros que les llevaban a urdir en su ignorancia la falsedad de supuestos planes militares.Los quemaron para evitar ser devorados por ellos. Textos de grandes pensadores, filósofos, políticos y revolucionarios parecían decir ¡léeme! desde tus estanterías.Te fuiste haciendo sabio en la lucha, en las ideas, en el debate… y en tus queridos libros.

    Un hombre educador y ejemplar: Te recuerdo extendiendo las ideas de futuro. Con cuanto orgullo mirabas a los jóvenes crecer y desarrollarse: a la Michelle Bachelet, a Camilo Escalona, al Ennio Vivaldi a Marcelo Unda, a Gladys Cuevas y a tantos otros. Con cuanta pasión compartiste tus ansias de saber con Ricardo Pincheira y Jorge Klein, con Pancho Rivas y Niels Biedermann compañeros de tus generaciones.

    Pero sobre todo tu amor por enseñar te llevó a los jóvenes del país, a hacerlos buscar su destino, a tocar el cielo con las manos.Tu querido Chile cayo en Dictadura Mercenaria. Fue botín de la banda que dejaba a su paso crímenes, desapariciones y detenciones arbitrarias. Sabias que no había mas destino que la muerte. La encaraste con alegría y dignidad.Diste ejemplo en tu calvario.

    Diste en ofrenda tu vida para que renaciera la democracia. Para que tu pueblo y tu patria fueran libres. Te diste entero por un Chile mejor.Un hombre médico y humanista. Tu amor por la vida, tu rebeldía ante los males que aquejaban a los desposeídos y a los enfermos, te hizo estudiar la mente y el cuerpo para entenderlos, acogerlos y ayudarlos.Nunca dejaste de ser médico, ni en las mayores exigencias de la vida y de la política.Tenías precaria salud.

    Te aquejaba Hemofilia y ulcera gástrica. Apenas las cuidaste, como siempre con lo tuyo. Postergado por el prójimo.Un hombre sencillo y generoso En la noche oscura de la tiranía recorriste el país de norte a sur con tu prédica de futuro. Aún en los fines de la democracia en crisis caminaste por las calles de Santiago asediado y perseguido por los que ultimaron a Rene Schneider.

    Nunca tuviste ni un vehículo. Nunca tuviste más propiedad que un humilde departamento que te regalaron nuestros padres María y Carlos.

    Tus sueldos de diputado los entregabas casi íntegros a la juventud y al Partido. En pobreza franciscana te enriqueciste en la solidaridad y el cariño del otro. Con más atención escuchaste al desposeído que a los poderosos. En tu liderazgo nacional e internacional no hubo más protagonísmo que el que te requirió la causa superior. Un hombre bueno y pacífico No mataste ni a moscas ni arañas. Las primeras por el cariño que te producía el cantar de Joan Manuel Serrat. Otras quizás por miedo, quizás el único de tus miedos en mi recuerdo. Te dedicaste a sembrar vida y a rechazar la muerte. Disfrutaste la vida. Elegías como Gracias a la Vida de nuestra Violeta o escuchando a los Beatles cantando “Imagine” de Lenon y Mcarthney te llegaban al alma. Fumabas tabaco holandés en la pipa que guardo para tenerte en sus aromas siempre presente. Sufrías por los desamparados. Te alegrabas con los jóvenes y ricos de corazón. Te reías con Jesús Val en partidos que jugabas por teléfono a miles de kilómetros. Tus vínculos con ese español, de corazón monárquico así como con Alex Chadud los cultivabas con amistad en mayúsculas. Eras un hombre de paz.

    Un hombre responsable y consecuente Tus ideas de futuro las defendías en el diálogo y en el debate. Las cultivabas y las aprendías de la vida y de los textos y las sometías a los desafíos de la realidad.¡ Nunca conocí una persona con mayor rigor y responsabilidad en su decir y pensar!¡Nunca en busca del aplauso fácil ni con la demagogia oportunista! En momentos aciagos defendiste con tu vida tus ideales. Asumiste las consecuencias por un Chile mejor.
    Seguiste los pasos de Salvador. Las grabaciones de las órdenes malditas mostraban al hampón principal recordando a los fascios romanos “ofrézcanle un avión al guevón para que se vaya y allí lo matamos…..total muerta la perra se acaba la leva.Como si a Salvador se le pudiese matar.Como si a ti Carlos te pudiesen hacer desaparecer.

    Fuiste detenido el 25 de Junio de 1975, hace ya 30 largos años junto a Carolina Wiff en la calle Maule 130 de Santiago, vivienda de Yolanda Abarca, en un operativo comandado por Manuel Contreras y Pedro Espinoza. Mintió Pinochet y todos sus secuaces para ocultarlo. Para completar el manto del silencio los jueces supremos aportaron su complicidad. Los que te detuvieron, esbirros de la brigada Puren, ingresaron celebrando tu captura. Las hienas gritaban tu nombre “Lorca, Lorca” y hacían sonar las bocinas de su caravana de vehículos. No menos de 40 agentes te detuvieron junto a Carolina. Te aniquilaron asumiendo los costos que te convertirías en un mártir.

    Carlos: ¡Por la alegría has vivido, por la alegría desapareciste! Fuiste un canto a la vida, encendiste nuestras mentes y nuestros corazones. Te inmolaste por la vida y por tu pueblo.

    Carlos querido, vives y te acompañan los parroquianos del “guata” amarilla. Tus amigos Uldaricio Figueroa, Manuel Carpintero y Néstor Figueroa. Los pescadores de Niebla y de las orillas del Calle-Calle, los obreros madereros de Panguipulli y los campesinos de Chihuio. Los empleados, profesionales y estudiantes; las mujeres y hombres nobles Valdivianos Carlos estas en nosotros.

    En nuestras mentes y en nuestros corazones.
    En cada paso que damos.
    En nuestros días y nuestras noches.
    En nuestros amores y en nuestro trabajo.
    En nuestro sueño por un Chile mejor y en paz, sin odio y sin violencia.
    ¡Nada ni nadie te podrá hacer desaparecer!

    Carlos querido; ¡Hasta siempre!

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    El “Pelao” Carmona, periodista asesinado e impunidad en delitos de lesa humanidad.

    El “Pelao” Carmona, periodista asesinado e impunidad en delitos de lesa humanidad.

    A juzgar por la injusticia latente, la pinche “reconciliación” no fue sino una forma de garantizar mucha impunidad. El caso del asesinato del periodista Augusto Carmona es la prueba flagrante…

    acarmona

    Augusto Carmona

    Augusto Carmona y la justicia ¿sólo por hoy?


    Por Lucía Sepúlveda Ruiz


    En los mismos días aciagos de junio en que con la venia de la Corte Suprema volvían a las calles cinco criminales de lesa humanidad, la Corte de Apelaciones confirmó seis de las siete condenas impuestas por el ministro Leopoldo Llanos a los responsables del asesinato por la espalda de Augusto Carmona Acevedo, ocurrido el 7 de diciembre de 1977.

    El padre de mi hija Eva María, mi compañero en los inolvidables años de la Unidad Popular y luego en la lucha antidictatorial, era un alto dirigente del MIR, periodista, ex jefe de Prensa de Canal 9 de TV de la U de Chile y redactor de Punto Final. El crimen fue presentado en los medios como un enfrentamiento.

    Mi hija Eva María Carmona y yo, recibimos la sentencia con sentimientos contradictorios, valorando sobre todo que la Corte no rebajó las condenas de 10 años y un día a los principales inculpados: Miguel Krassnoff, Manuel Provis, Enrique Sandoval, José Fuentes, Luis Torres y Basclay Zapata, aunque exculpó a la agente Teresa Osorio, también agente de la CNI.

    No nos sentimos con ánimo de celebrar nada, pero atesoramos las expresiones de aprecio y cariño recibidas tras el fallo judicial. Habíamos esperado un año y medio desde el fallo de primera instancia en la demanda contra Augusto Pinochet y quienes resultaren responsables. El genocida general no pagó por ningún crimen. Y el más importante procesado, Odlanier Mena, jefe de la CNI, eludió una segura condena por este asesinato, suicidándose.

    En la historia sin fin de espera por justicia, la Corte Suprema puede tomarse quizás otro año y medio. Pero, ojo: hay genocidas que ya abandonaron Punta Peuco, premiados por no colaborar jamás con la justicia. Estas decisiones impresentables no se conocen, en medio de una agenda social copada por la incesante represión con que el Estado encara el movimiento social estudiantil y la lucha mapuche; por los escándalos de la corrupción, los desastres ambientales y el clamor de territorios devastados por el extractivismo.

    Cuando conozcamos el fallo definitivo, Krassnoff y sus secuaces estarán más viejos y podrían acogerse a los llamados “beneficios carcelarios”. ¿Cómo celebrar ahora, cuando el poder corrompe al extremo de generar alianzas espurias entre la UDI y senadores de la Nueva Mayoría?

    Es el nuevo truco con el que la Corte Suprema (con Dolmetsch a la cabeza), coludida con Bachelet, parlamentarios (por la Nueva Mayoría Guillier, Quintana, Zaldívar, Matta, Tuma), un sector de la jerarquía eclesiástica (el jesuita Montes y el obispo Goic), y las fuerzas armadas están imponiendo con sigilo la impunidad en delitos de lesa humanidad, olvidándose del mentado Nunca Más y del respeto a los compromisos derivados del derecho internacional en derechos humanos.

    El 15 de junio, el abogado de Krassnoff reivindicó ante la Corte su actuar como CNI contra el “terrorismo”. Los genocidas no se arrepienten ni han sido degradados. No les bastó tener atención médica en el Hospital Militar, ni cárcel especial ni pensión millonaria y costosos abogados. Quienes aplicaron el terrorismo de Estado son hoy reos privilegiados en el sistema carcelario.

    Sin embargo el libreto oficial invierte el razonamiento lógico y los victimiza, en un novedoso montaje que incluye enmascarar el “perdón” como si este se extendiera a una inexistente lista de reos comunes de avanzada edad y condiciones similares.

    ¿Cómo celebrar esta sentencia esperada durante 39 años, durante los cuales fallecieron los padres de Augusto? Sus dos hijas, Eva y Alejandra, han debido reconstruirse emocionalmente frente a la ausencia paterna y la indiferencia del Estado. Hoy la impunidad se cuela mostrando la falsedad del perdón farfullado una vez por algún juez. El movimiento de derechos humanos atajó los más diversos proyectos de ley orientados a exculpar a los criminales, y sigue bregando por justicia.

    Según cifras oficiales, sólo 344 criminales han sido condenados con sentencia ejecutoriada. Más de la mitad de ellos, (181) tuvo penas alternativas como ir a firmar a una comisaría. A diciembre de 2015, permanecían en Punta Peuco sólo 110 agentes de un total de 117 que cumplían prisión. Es paradojal que en Estados Unidos un fallo responsabilice a Pedro Barrientos por el homicidio de Víctor Jara, mientras en Chile no hay siquiera gotas de justicia para centenares de casos de ejecutados y desaparecidos.

    Exigimos justicia, por “el Pelao Carmona” y por todos los caídos, pero también por las nuevas generaciones que luchan por un Chile diferente, junto a las organizaciones de derechos humanos y movimientos sociales conscientes. El cierre de Punta Peuco y el traslado de los criminales de lesa humanidad a cárceles comunes es una tarea urgente. La degradación de los criminales de lesa humanidad, y el fin del grotesco chorreo de impunidad que salpica nuestra ya cuestionada democracia, son imperativos éticos que de no ser realizados envilecerán aun más a la clase política y la institucionalidad.


    (columna publicada originalmente en Punto Final Nº 855, el 8 de julio, con el título “Augusto Carmona demanda justicia”).

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