“En mi opinión, nada ocurrió” Negacionismo contemporáneo y libertad de expresión

“En mi opinión, nada ocurrió” Negacionismo contemporáneo y libertad de expresión

Comunicados y Declaraciones

Verónica ESTAY STANGE
Instituto de Estudios Políticos de París

  1. En mi opinión, nada ocurrió” Negacionismo contemporáneo y libertad de expresión
  2. ¡Chile despertó! Llamado urgente a la Desobediencia civil (Noviembre de 2019)
  3. Declaración pública en torno a la solicitud de libertad condicional de violadores de DDHH (Octubre de 2019)
  4. Venda Sexy: Saludo de Historias Desobedientes-Chile (Septiembre de 2019)
  5. Estadio Nacional: Saludo de Historias Desobedientes-Chile (Septiembre de 2019)

“En mi opinión, nada ocurrió”
Negacionismo contemporáneo y libertad de expresión

Verónica ESTAY STANGE
Instituto de Estudios Políticos de París

Frente a un Eichmann real, era necesario luchar con la fuerza de las armas y, de ser necesario, con las armas de la astucia. Frente a un Eichmann de papel, hay que responder con el papel. […] Al hacerlo, no nos situamos en el terreno en el que se ubica nuestro enemigo. No lo “discutimos”, sino que desmontamos los mecanismos de sus mentiras y sus falsedades, lo cual puede resultar metodológicamente útil para las nuevas generaciones.
Pierre Vidal-Naquet, Los asesinos de la memoria, 1987


En 2012, seis años después de la muerte Augusto Pinochet y cerca de veinte años después del regreso de la democracia a Chile, la “Asociación 11 de Septiembre”, fundada por partidarios del dictador, decidió organizar un homenaje en su honor que contemplaba la proyección de un documental apologético. Dado que el número de víctimas bajo su mandato se eleva más de 40.000 –entre desaparecidos, ejecutados, torturados y presos políticos, sin contar a los exiliados–, muchas voces se alzaron para impugnar dicha celebración. En este contexto, el teniente en retiro Juan González concedió una entrevista al canal de noticias CNN-Chile. Al ser interrogado por la periodista, González afirma que el objetivo de la película en cuestión es poner fin a las “mentiras” y a las “manipulaciones” a las que recurren los comunistas para difamar al “gobierno militar” (eufemismo con frecuencia utilizado con referencia a la dictadura). Asimismo, evoca los beneficios de ese “gobierno” frente a la situación “catastrófica” en la que el país se encontraba antes sumergido, cuestiona la elección democrática de Salvador Allende, y justifica la violencia posterior recurriendo a la “teoría de los dos demonios”, según la cual una supuesta guerra civil habría confrontado a dos bandos en
igualdad de condiciones. En el punto culminante de este intercambio, la periodista le pregunta sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. A lo cual González responde: “En mi opinión, no hubo violaciones a los derechos humanos”, argumentando que los desaparecidos y los ejecutados eran terroristas comandados por el comunismo internacional. Dicho de otro modo, “en mi opinión, nada ocurrió”.

Los Eichmann de papel

Después de ver esta entrevista en Youtube, y teniendo vínculos directos con sobrevivientes de la dictadura de Pinochet, recordé con amargura las palabras de Pierre Vidal-Naquet, quien, en el prefacio a su libro sobre el negacionismo del Holocausto, afirmaba que a la mentira “le queda todavía una larga vida” 1. Ya que, como él decía, siempre existirán “Eichmann de papel” que, prolongando en el plano simbólico la oscura tarea de los verdugos, se esforzarán por “asesinar la memoria” de tal o cual comunidad.

1 Pierre Vidal-Naquet, Les Assassins de la mémoire. « Une Eichmann de papier » et autres essais sur le révisionnisme (1987), París, La Découverte, prefacio a la edición de 2005.


Consciente de las diferencias existentes entre los genocidios del siglo XX y los sistemas
que en América Latina condujeron a la persecución de decenas de miles de personas, me pregunté entonces, como seguramente lo hicieron también muchos otros ciudadanos, si ante afirmaciones como la de González no sería acaso posible promulgar una ley sobre el “negacionismo” en Chile, comparable a las legislaciones europeas. Incluso llegué a escribir una carta en este sentido dirigida al juez español Baltasar Garzón; carta que, por supuesto, no obtuvo respuesta. De cualquier modo, desde principios de 2020, a pesar de la oposición de la derecha cercana a Sebastián Piñera, ha sido sometido a discusión el proyecto de ley conocido como “Ley Hermógenes”, que considera como delito específico la “negación de las violaciones de los derechos humanos”.

Volviendo sobre este debate, me propongo analizar, en primer lugar, las estrategias de los “Eichmann de papel” contemporáneos. ¿Podemos realizar una transposición temporal y temática de las consideraciones de Pierre Vidal-Naquet? Transposición temporal: en la era posverdad, y considerando la evolución de los medios de comunicación, ¿las estrategias negacionistas son las mismas que hace cuarenta años? Transposición temática: ¿puede el desmantelamiento de los discursos negacionistas en torno a los grandes genocidios generalizarse a la negación de otros crímenes colectivos, con motivaciones políticas (en este caso, en Chile)?

En segundo lugar, quisiera reflexionar sobre el trasfondo ético de la íntima indignación que produce en cada uno de nosotros la negación de acontecimientos históricos cuyas huellas llevamos dentro. ¿Por qué ante ese tipo de formulaciones los sobrevivientes –y sus descendientes– se sienten negados en su existencia misma? ¿Por qué este sentimiento es tan brutal, aun cuando el discurso toma la forma de una opinión banal: “en mi opinión, esto no ocurrió”? Y, sobre todo, ¿con qué derecho se puede prohibir la expresión de esas ideas, siendo que al mismo tiempo se defiende la libertad de pensamiento y de expresión inherente a la democracia?

Estas mismas preguntas se han planteado en Europa en el marco de los debates sobre el “revisionismo” y el negacionismo, y las respuestas distan mucho de ser unánimes. Basta con pensar en las controversias que suscitó en Francia el apoyo de Noam Chomsky (1980, 2010) al historiador negacionista Robert Faurisson, no porque estuviera de acuerdo con lo que este último decía, sino porque consideraba que, al impedirle expresarse, se estaría violando el derecho a la “libertad de expresión” de todo investigador. Argumento que Vidal-Naquet refuta de inmediato: “Ciertamente, se puede afirmar que todo el mundo tiene derecho a la mentira y a la falsedad, y que la libertad individual incluye ese derecho…. Pero el derecho que el “falsificador” reclama no se le debe conceder en nombre de la verdad” 2. Obviamente, Vidal-Naquet se refería a Faurisson en tanto “historiador” –supuesto garante de la verdad–. Si el mismo contra-argumento puede sostenerse a propósito de personas investidas de roles más o menos relacionados con “la verdad” –maestros, políticos, periodistas… –, ¿hasta qué punto sigue siendo válido frente al ciudadano común que niega públicamente grandes
acontecimientos históricos, sin pretender hablar en nombre de la verdad, sino simplemente expresar su propia verdad, dando “su opinión”?

Al respecto, podemos citar el caso de Hermógenes Pérez de Arce, en Chile. En noviembre de 2019, sus palabras actualizaron el debate y aceleraron el proceso legislativo, hasta el punto de que, recurriendo a una antífrasis irónica, la ley contra el negacionismo lleva su nombre. En el marco de una entrevista televisiva, Pérez de Arce niega los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura y afirma, refiriéndose a la revuelta social iniciada en 2019, que los derechos humanos son menos importantes que la reconstrucción del país. Indignada, la periodista le pide que se retire del programa. El entrevistado condena ese acto de “censura” no en nombre de “la verdad”, sino en nombre de “su verdad”: “cómo no me voy a retirar si soy censurado, no puedo exponer mi opinión y se descalifica en términos que son insolentes e injustos. Así que por eso me retiro”3. En este mismo sentido, podemos pensar en las declaraciones de Loreto Iturriaga –hija de Raúl Iturriaga Neumann, antiguo agente de la DINA actualmente preso en Punta Peuco–. En 2017, cuando una víctima de la dictadura le recuerda en Twiter las torturas sexuales infligidas a las presas políticas, Iturriaga responde:
“Deja de inventar cosas, mujer, que pasan solo por tu mente perturbada y sucia! Te mueres de ganas que un honorable te violara!!!! [sic]” 4. Ya que esta respuesta fue ampliamente mediatizada, Iturriaga es entrevistada al poco tiempo. Pide entonces disculpas por el tono empleado y, cuando el periodista evoca los centros clandestinos especializados en torturas sexuales, ella responde: “eso es falso. De testigos falsos. Déjame decirte que eso es mentira. Yo pienso que eso es mentira. Doy fe que eso es mentira”. Una vez más, “¡en mi opinión, nada ocurrió!”.

2 « Un Eichmann de papier » (Esprit, 1980), texto retomado en Les Assassins de la mémoire, ibid.
3 El Desconcierto, 29/11/2019.
4 The Clinic, 14/06/2019.


La verdad histórica: entre contingencia y necesidad

Para empezar, conviene recordar las razones por las cuales una verdad evenemencial o factual– esto es, el hecho de que un acontecimiento haya tenido lugar siguiendo una determinada lógica causal– puede ser objeto de interpretaciones diversas, mientras que verdades como las que postulan las matemáticas están fuera de toda discusión. Vidal-Naquet afirma al respecto: “un discurso histórico es una red de explicaciones que puede ceder el lugar a ‘otra explicación’ cuando se considera que esta última da cuenta de lo diverso de modo más eficaz”5. Este fenómeno, que se sitúa en el origen de la retórica, se explica por la oposición entre “verdades de hecho” y “verdades de razón”; oposición propuesta por Leibniz, desarrollada por Hannah Arendt y retomada por el filósofo Paul Rateau justamente a propósito del negacionismo6. Las verdades de razón, que dependen del razonamiento lógico y no de la observación, tienen la propiedad de ser no contradictorias y de poder ser demostradas. Esta demostración consiste en comprobar la inherencia del predicado al sujeto, hasta reconocer su identidad (A=B) –por ejemplo: “el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”–. Por lo tanto, las verdades de razón son necesarias: su contrario es falso, puesto que imposible. Es por ello que conllevan una certeza absoluta.


En cuanto a las verdades de hecho, ellas son también no contradictorias –lo cual determina su coherencia interna: en el ámbito jurídico, el “relato de los hechos” no debe tener contradicciones–. Pero, en sentido estricto, estas verdades no son demostrables: ellas se acercan a la equivalencia o la identidad entre los términos, pero la coincidencia nunca es total. Las verdades de hecho son pues contingentes; su contrario no es lo falso, sino lo posible. Frente a una serie de acontecimientos que se desarrollaron de cierta manera, siempre está claro que podrían haberse producido de otro modo: nada obliga el “curso de las cosas” a orientarse en tal o cual dirección ya que, en términos absolutos, todos los caminos son igualmente imaginables. De ahí una suerte de relativismo que podría hacernos creer en la “subjetividad radical” de las verdades de hecho. Ya que, como Paul Ricœur7 observaba, la aprehensión de todo acontecimiento supone la mediación del punto de vista y del relato: los hechos puros están inevitablemente filtrados por los testimonios de los diversos actores.

Pero, a pesar de este componente subjetivo, debemos reconocer que existe un criterio de distinción entre la verdad factual y la mera opinión. En efecto, el predicado de verdad se sitúa fuera del ámbito de la opinión en la medida en que, como lo reconoce Arendt, el “contenido6 de la afirmación no es de naturaleza persuasiva sino coercitiva”8. En términos de Rateau, “la materia factual se resiste a todos los intentos de deformación y de falsificación a causa de ese carácter intransigente, obstinado, insistente de la verdad, que ‘exige imperativamente ser reconocida, rechazando la discusión’”9. Si la verdad de razón se apoya en las demostraciones, la verdad factual se basa en las pruebas: frente a ellas, no podemos negar los hechos. No podemos, no a causa de una “imposibilidad” absoluta (como en el caso de las verdades de razón), sino por un impedimento de orden ético: no podemos o no debemos permitirnos, a riesgo de traicionarnos a nosotros mismos en tanto sujetos del “saber verdadero”. Aunque las verdades de hecho no implican una certeza absoluta, ellas suponen lo que Rateau llama una certeza moral”: es lo que expresa el testigo de un acontecimiento cuando afirma que está seguro de que eso ocurrió, reconociendo al mismo tiempo que podría haber ocurrido de otro modo. Si la verdad de hecho es contingente, es al mismo tiempo coercitiva. En otros términos, la contingencia de la verdad de hecho está limitada por una necesidad epistémica. Necesidad, ya que, cuando un acontecimiento tiene lugar, es el único que podemos reconocer como verdadero frente al universo de posibilidades; epistémica, ya que el saber en cuestión se asume como certero. Es esta certeza la que, según Ricœur, permite distinguir la memoria de la imaginación.

5 « Thèses sur le révisionnisme », en Les assassins de la mémoire, op. cit.
6 « La vérité, le mensonge et la loi », Les Temps Modernes, vol. 645-646, n° 4, 2007.
7 La mémoire, l’histoire, l’oubli, París, Seuil, 2000. 
8 H. Arendt, op. cit., p. 305.
9 P. Rateau, op. cit., p. 37.



“Mi verdad”: entre libertad y responsabilidad

En virtud de su carácter certero a los ojos del sujeto del saber, la verdad de hecho posee una dimensión “coercitiva”, una fuerza que nos obliga a creer en ella. Se plantea entonces el problema de la libertad de pensamiento y de expresión, argumento comúnmente convocado por aquellos que se oponen a la sanción del negacionismo. Arendt reconoce que, “cuando se la considera desde el punto de vista político, la verdad posee un carácter despótico” 10 que la sustrae al debate y la sitúa fuera del campo político, aun cuando constituye el fundamento de la comunidad (de la polis). Mientras que la libertad de pensamiento abre la posibilidad del error, del malentendido, de la ilusión o incluso de la adhesión voluntaria a la mentira a título personal, la libertad de expresión, en nombre del bien común, termina ahí donde empieza la verdad de hecho. Una verdad que, siendo de orden epistémico, resulta de un largo trabajo de investigación y conocimiento: labor desarrollada por los historiadores con el objetivo de despejar la “materia factual”, poniéndola “fuera de debate”11.


Pero el negacionismo en tanto acto deliberado plantea el problema no sólo de la libertad, sino también de la intencionalidad, y por consiguiente de la “mala fe”. Ya que el error, por muy dañino que sea, no puede condenarse con la misma severidad que la mentira. A propósito de la “mala fe”, Jean-Paul Sartre afirma: “habiendo definido la situación del hombre como una elección libre, sin excusas ni concesiones […], todo hombre que invente un determinismo es un hombre de mala fe”. El filósofo llama “cobardes” a todos aquellos que, “recurriendo a excusas deterministas”, se ocultan a sí mismos “su libertad total”, y da el nombre de “cerdos” a los que tratan de “demostrar que su existencia era necesaria, siendo que es la contingencia misma”12. Así, la mala fe resultaría de la negación de la contingencia (contingencia de sí mismo o de las circunstancias) que es la condición de la libertad propia y la de los demás13.


Ahora bien, del mismo modo que existe una necesidad epistémica de la verdad de hecho que, limitando su contingencia, la distingue de lo posible (la ficción, el “hecho alternativo”, la mentira), la contingencia del individuo está circunscrita por una necesidad ética: se trata de la responsabilidad. Definida por Ricœur como “la persistencia de sí mismo” cuando se mantiene la palabra que se ha dado (“te doy mi palabra”), la responsabilidad introduce una suerte de principio de no contradicción en el interior del individuo: negar o justificar un hecho sabiendo que tuvo lugar o que es injustificable, implica contradecirse a sí mismo y traicionar sus propias convicciones, siendo irresponsable frente a los demás.


En suma, la verdad factual, así como el sujeto que ella presupone, resulta del equilibrio –o la tensión– entre contingencia y necesidad. Contingente, la verdad de hecho podría no ser; necesaria, ella se impone frente a la lógica, forzándola a través de las pruebas y de la “materia factual” consolidadas como un saber certero en el marco de una comunidad determinada. Como contraparte, la “contingencia existencial” del individuo, definitoria de su libertad, se opone a la necesidad ética que introduce la responsabilidad.

10 H. Arendt, op. cit., p. 308. 11 P. Rateau, op. cit., p. 56.
12 L’existentialisme est un humanisme, Paris, Nagel, 1946, pp. 80-81, 84-85.
13 Para un análisis semiótico de la mala fe, ver Jacques Fontanille, « La Mauvaise Foi », Actes Sémiotiques, 114,2011.



Estrategias discursivas del Negacionismo contemporáneo

A partir de la comparación de los discursos negacionistas en torno al genocidio armenio con los referidos al Holocausto, Richard Hovannisian14 identifica cuatro estrategias: la negación en cuanto tal, la relativización, la racionalización y la banalización. Sobre esta base, habiendo reconocido las exigencias de la verdad y los límites de la libertad, podemos ahora esbozar una tipología de los mecanismos negacionistas, explicando su lógica interna. En este marco, la principal característica del negacionismo contemporáneo –tal es mi hipótesis– es su tendencia a salir del ámbito político o académico (donde se situaba el “caso Faurisson”) para hacer de la “plaza pública” (los medios de comunicación, las redes sociales) su lugar de manifestación privilegiado, sacando provecho de los nuevos parámetros del ethos y de la “credibilidad” que la comunicación de masas ha instaurado.

Primero, la negación de la necesidad de los hechos y la negación de la contingencia del
individuo (todo es contingente, y soy yo quien decide) se traduce en la mentira propiamente dicha: como el “cerdo” de Sartre, el sujeto supone que el mundo es contingente, y que por lo tanto le corresponde a él en tanto instancia absolutamente necesaria escoger la “versión” que será considerada como verdadera. Rateau afirma: “el mentiroso insiste en la contingencia hasta cubrir de irrealidad todos los hechos, que retrotrae a un estado anterior a la existencia: el de la simple posibilidad”. Y concluye: “gracias a esta reducción modal […], el individuo tiene un sentimiento de plena libertad respecto a asuntos de todo orden” 15. Aquí se sitúan las declaraciones de Iturriaga: lo que yo digo –que los centros de tortura no existieron– es verdadero, porque yo lo pienso, extrayéndolo de lo posible. Una verdad basada, como ella misma lo afirma, en un acto de fe (“doy fe que eso es mentira”).


Segundo, la negación de la contingencia de los hechos y de la contingencia del individuo (todo es necesario, y yo mismo soy necesario) conduce a la reinterpretación de la Historia, falseando su lógica causal y forzándola según la voluntad del individuo, aunque ello implique reinventar un principio de no-contradicción. Encontramos un ejemplo típico en el complotismo: un acontecimiento, incluso banal o aleatorio, se asocia con una intención y una necesidad ocultas, reveladas por la racionalidad omnipotente del negacionista. Es aquí que se ubica la “teoría de los dos demonios”, así como la hipótesis según la cual la violencia dictatorial en Chile habría sido una respuesta legítima a la amenaza del comunismo internacional. Como sabemos, esta última hipótesis está basada en el rumor propagado por los golpistas a propósito del llamado Plan Zeta –cuya inexistencia fue más tarde demostrada–, que la izquierda habría concebido para instaurar una dictadura marxista a través de un auto-golpe de Estado que el golpe de Pinochet habría evitado: “revisión” de la historia que invierte los roles entre héroes y tiranos. La misma estrategia de reinterpretación fue utilizada por el gobierno de Piñera en el marco de la revuelta iniciada en octubre de 2019: frente a un “enemigo interno” comandado por el “vandalismo” y la “delincuencia organizada”, era preciso emitir una “declaración de guerra” y ejercer una represión que estuvieran a la altura de tal amenaza.

14 « L’Hydre à quatre têtes du négationnisme », in CDCA, Actualité du génocide des Arméniens, Edipol, 1999.
15 P. Rateau, op. cit., p. 47.



Tercero, la negación de la contingencia de las circunstancias y de la necesidad ética del
individuo (el mundo tal como es se impone a mí, y por no tanto no tengo elección) caracteriza la justificación. Mientras que el mecanismo anterior (la reinterpretación) implica una lógica justificativa de las decisiones tomadas, en este caso se trata más bien de de justificar las decisiones no tomadas. Como el “cobarde” de Sartre, el sujeto afirma que fueron las circunstancias las que obligaron los verdugos a actuar: “no tenían opción”. La responsabilidad desaparece entonces del horizonte ético. En este sentido, una gran cantidad de inculpados por crímenes de lesa humanidad recurren al “deber de obediencia”: en 2008, el general Gonzalo Santelices reconoció su participación en la Caravana de la Muerte, afirmando que, en esa época, “era impensable no cumplir la orden de un superior”16. En Argentina, este argumento tenía un valor jurídico, inscribiéndose en la “ley de obediencia debida” (1987-1998).


Cuarto, la negación del carácter necesario de los hechos, así como del individuo (todo es contingente, y yo mismo soy contingente) toma la forma de la banalización o de la eufemización: en medio de la contingencia generalizada, no sólo todos los acontecimientos y todas las versiones son equivalentes (el sujeto siendo pues incapaz de elegir), sino que su valor ético y veridictorio (su carácter de “verdadero” o “falso”) es indecidible. Al respecto, podemos evocar los eufemismos, que abundan en los regímenes totalitarios, pero también podemos pensar en la libertad de expresión defendida a ultranza y por sí misma: fuera de toda prueba u obligación de responsabilidad, todos los puntos de vista se vuelven legítimos. En el marco del Covid-19, un fenómeno de este tipo se manifestó en Chile. Mientras que las agrupaciones de derechos humanos exigían, por razones humanitarias y sanitarias, la liberación o el otorgamiento de la libertad condicional a los jóvenes mantenidos en prisión preventiva tras la revuelta social, los pocos responsables de crímenes de lesa humanidad actualmente encarcelados reclamaban la obtención de beneficios semejantes, recurriendo a los mismos argumentos. Considerando que las condiciones de detención de unos y otros son incomparables –los criminales de la dictadura se encuentran en prisiones de lujo– y que la gravedad de los crímenes que les han sido imputados no tienen común medida, esta estrategia correspondería al negacionismo por banalización. El procedimiento de fondo consiste en la disolución de las diferencias tanto entre los hechos como entre los individuos: ya que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, nada (ni sus condiciones de vida ni la naturaleza de sus faltas) podría distinguirlos, y todas sus exigencias son equivalentes.


Para concluir, recordaré que, en virtud de su carácter no ya anti-democrático sino más bien ante-democrático, la verdad de hecho se sitúa por definición fuera de todo debate. “La verdad se transforma en opinión desde el momento en que sirve de material para la discusión pública”17. Así, los relacionistas se esfuerzan constantemente por provocar la controversia, por demostrar su legitimidad, y por llevarla al escenario mediático o a las redes sociales. Es por ello que, como decía Vidal-Naquet, no se discute con los Eichmann de papel, a riesgo de reforzar su estrategia.

16 El País, 8 février 2008. 17 P. Rateau, op. cit., p. 42.



La voluntad de someter a discusión lo que es propiamente indiscutible se manifiesta en la frase pronunciada por González (y reproducida, con formulaciones distintas, por Iturriaga y Pérez de Arce): “en mi opinión, no hubo violaciones a los derechos humanos”. En tanto soporte de la mentira (primer eje de nuestra tipología), ese “en mi opinión” no es un mecanismo nuevo. Sin embargo, potencializado por la masificación de los intercambios, me parece condensar el peligro principal del negacioniso contemporáneo.


Ello me conduce a sugerir como última hipótesis que la “democratización” de la información que los nuevos medios de comunicación han hecho posible apela a la libertad individual en detrimento de toda necesidad. La verdad de hecho se confunde con la opinión de manera no normada, anónima, y sobre la base de una validación a la vez subjetiva y cuantitativa: los likes construyen la verdad. En este marco, más que de verdad en cuanto tal o de mentira, podemos hablar de tensión y confusión entre regímenes de verdad diferentes. Si bien existe una verdad de la opinión (relacionada con la sinceridad), así como una verdad de los afectos y de las pasiones (que tiene que ver con la autenticidad), estos regímenes de verdad no se sitúan en el mismo plano de pertinencia que la verdad factual.


Por lo tanto, someter a discusión la realidad de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile durante la dictadura debería parecernos tan absurdo como someter una verdad matemática al debate público, reduciendo la verdad de razón a la “verdad de creencia” característica de la opinión. Si, desde el punto de vista ético, negar una verdad de razón puede considerarse como un insulto a la inteligencia en la medida en que esta negación ataca a un pensamiento basado en una lógica implacable, negar una verdad de hecho es un insulto a la humanidad en la medida en que esta negación se dirige a los testigos y a los sobrevivientes de acontecimientos históricos comprobados. Mientras que, en el plano colectivo, el Negacionismo daña a la comunidad construida en torno a estos acontecimientos fundadores, en el plano individual cuestiona la sobrevivencia misma de las personas implicadas. De ahí la violencia a la vez simbólica y casi somática (ya que se dirige a los rastros corporales de la sobrevivencia) de lo que a veces se presenta como una afirmación perfectamente inocente: “en mi opinión…”.


En definitiva, dentro de cada comunidad, el respeto del ámbito propio a la verdad factual, que es la verdad de la historia y de la memoria colectiva, es una garantía de justeza (equilibrio entre contingencia y necesidad) tanto como de justicia.


¡Chile despertó! Llamado urgente a la Desobediencia civil

Chile despertó: lo sabemos ahora y lo constatamos día a día en las calles, en el trabajo, en las redes sociales. Por primera vez desde hace tantos años, el pueblo chileno alza la voz para reivindicar los derechos más básicos de los que la dictadura y la post dictadura vestida de democracia lo fue poco a poco despojando. Chile se levanta, sí, pero con dificultad: lejos de atenuarse, la represión se mantiene, se intensifica, afina sus estrategias.

Así, a fines de octubre el Ministerio de la Defensa realizó un llamado de carácter obligatorio a los reservistas de las fuerzas armadas para sumarse al servicio activo, y luego a los jóvenes de dieciocho años para realizar el Servicio Militar. Todo ello con la finalidad de reforzar la labor sangrienta llevada a cabo por los militares y carabineros de Chile.

Frente a este llamado cuyo motor fundamental es la violencia, el Colectivo Historias Desobedientes-Chile responde ahora con un LLAMADO URGENTE A LA DESOBEDIENCIA CIVIL, en plena coherencia con nuestro llamado previo a la Desobediencia castrense y filial.

 Nos dirigimos a los jóvenes de Chile, tanto reservistas como no reservistas en edad de realizar el Servicio Militar: muchos de ustedes, si no la mayoría, han sufrido en carne propia la injusticia, la precariedad, las carencias en la salud y la educación que acarrea el mismo sistema que hoy los llama a su servicio. Pero ustedes saben, deben saber, que los que están hoy manifestando en las calles son personas como ustedes; son quizás sus propios familiares. Es su pueblo el que se levanta… y ustedes también son pueblo.

En estas circunstancias, ya que la represión ejercida actualmente se opone a demandas plenamente justificadas, y ya que, de la brutalidad ciega a la tortura, sus medios son contrarios a los derechos humanos, los invitamos a desobedecer. Mucho se ha hablado de la objeción de conciencia en nuestro país, poniéndola al servicio de las causas más diversas. En tanto hijas, hijos y familiares de criminales que, durante la dictadura, fueron incapaces de desobedecer, hoy queremos recordar que en este caso la objeción de conciencia aparece como la forma más legítima y más digna de Desobediencia civil.

Chile despertó, sí, pero ¿cuántos muertos, cuántos heridos, cuántos torturados implicará este despertar? La respuesta depende también de ustedes.

Por la Desobediencia castrense, filial y civil,

Historias Desobedientes-Chile

19 de noviembre de 2019.


Declaración pública en torno a la solicitud de libertad condicional de violadores de DDHH

Una vez más, como ha ocurrido desde hace muchos años, varios reos de Punta Peuco están solicitando a través de Gendarmería que se les conceda el beneficio de “libertad condicional”. Aunque a estas alturas la noticia no es novedosa, y aunque se han presentado reiteradamente argumentos jurídicos y éticos incuestionables en cuanto a la ilegitimidad de dicha demanda, esta ocasión es para nosotros la primera en la que, como Colectivo, podemos expresarnos al respecto, adoptando una posición firme y sin ambigüedades. Esperamos que por lo menos esta declaración constituya un aporte simbólico al trabajo de memoria, verdad y justicia, que, poco a poco y desde lo profundo, se ha venido desarrollando en nuestro país. 

Al igual que nuestra existencia misma en tanto actor político, la posición en la que nos encontramos en este asunto no deja de ser paradójica: los “reos” de los que se trata son –o podrían, y deberían, ser– nuestros propios padres o familiares. Asumiendo ese vínculo, y asumiendo sobre todo el íntimo desgarro que define nuestra condición, nos sumamos abiertamente al rechazo que las agrupaciones de Derechos Humanos han manifestado respecto a este tipo de solicitudes, y más aún respecto a su ejecución. 

No nos mueven el odio ni la rabia, sino el amor por el ser humano y el reconocimiento del carácter inalienable de sus derechos. Es por eso que, haciendo acto de “ponderación” –si no desde la ley, por lo menos desde la más mínima conciencia ética–, debemos reconocer que el perjuicio a las víctimas, a sus familiares, y a la sociedad en su conjunto, tiene una absoluta prevalencia cuando se trata de violaciones a los derechos humanos. 

Si bien el derecho internacional contempla la posibilidad de reducción de la pena “bajo ciertas condiciones”, no es necesario reflexionar mucho para concluir que, en la mayoría de los casos, esas condiciones no han sido cumplidas: confesión de los actos cometidos, colaboración efectiva con la justicia para el esclarecimiento de los casos… sin hablar del arrepentimiento. Requisitos todos indispensables para la prevención de los crímenes de lesa humanidad que los Estados están obligados a asumir.

 Ciertamente, lo que el “sentido común” percibe no siempre corresponde a lo que las instancias judiciales establecen. Pero ¿podemos acaso confiar en los análisis de un sistema judicial que tiene pendiente el fallo de numerosas causas en proceso, y que ha dejado en libertad –y con altos cargos, privados y públicos– a los más grandes responsables de la represión ejercida durante la dictadura? ¿Por qué no ocuparse del juicio de los criminales que viven en la impunidad, antes de conceder beneficios carcelarios a los pocos que están presos?

Por todo ello, reiteramos nuestros principios fundamentales: NO A LA IMPUNIDAD (entendida también como “la inefectividad de las sanciones”), NO AL NEGACIONISMO (en el cual están comprendidos los argumentos a los que los criminales siguen recurriendo para justificar sus actos), y NO A LA RECONCILIACIÓN (en tanto voluntad de ocultar la parte más dolorosa de nuestra historia bajo un manto de prescripción y olvido). 

Historias Desobedientes-Chile

10 de octubre de 2019.

«Rezábamos, para que mi papá se muriera»

«Rezábamos, para que mi papá se muriera»

«Rezábamos, para que mi papá se muriera» testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida Etchecolatz.


10 de enero de 2018

La Garganta Poderosa

El repudio a la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz en Mar del Plata suma más voces. Compartimos el testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida, publicado en La Garganta Poderosa.

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Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: “Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”. De hecho, mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje.

Sí, eso sentíamos, todos los días de nuestras vidas.

Crecí entre situaciones traumáticas, en plena soledad, porque vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible. Aun así, desde chiquita fui bastante rebelde, tanto que mi familia me apodó “estrellita roja”. Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: «Mirá lo que me hacés hacerte», decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera.

Siempre fue narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar. Nunca nos explicó nada. Hay asesinos que le han contado algo a su círculo íntimo, pero Etchecolatz no. Y es un contrapunto interesante: no habló con su familia ni frente a la Justicia, sosteniendo un doble silencio. O sea, corporizó lo más terrible en todo momento, sin importarle jamás el otro y convirtiéndose en el símbolo más cruento del aparato represivo.

Cuando el Juzgado de Familia autorizó a deshacerme del apellido teñido de sangre, en 2016, para suplantarlo por el de mi abuelo materno, creí que había terminado una etapa. Sin embargo, la intención de beneficiar a los genocidas con el 2×1 me angustió y me impulsó a marchar por primera vez. Sentí que la Justicia había dejado de ser justa en materia de crímenes de lesa humanidad y empezaba a desampararnos. Pero incluso podía ser peor… Días atrás, mientras visitaba a mi familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. “Es imposible que le den la domiciliaria”, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta que nos llamaron para avisarnos. Todo se convirtió en silencio. No pude pensar, ni hablar más. Así estuve la noche entera, tratando de salir de la oscuridad.

Ante semejante noticia, no puedo imaginarme lo que sentirán quienes lo sufrieron y menos todavía quienes deberán convivir con él, en el mismo barrio marplatense. Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus víctimas y sus hijos. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones, fiel e incondicional a las mentes que planificaron ideológicamente la masacre.

Justo y reparador sería que Miguel Osvaldo Etchecolatz estuviera para siempre en una cárcel común, hasta el final de sus días. Pues las marcas en el cuerpo, las marcas en la memoria, las marcas del espanto, las marcas del no saber, no se borran nunca, pero nunca más… Como sociedad, debemos luchar para que vuelvan atrás con esta decisión inadmisible y, aún en el sufrimiento, celebro que sigamos saliendo a la calle, aunque nos lo quieran prohibir. A mis 47 años, jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias tras las rejas.

No se tranza con el dolor, ni se silencia el horror.
No pudieron vernos retroceder. Y tampoco van a poder.

Ver Vecinos protestan frente a casa del genocida

 

Otrxs Hijxs. Los que no pueden acusar.

Otrxs Hijxs. Los que no pueden acusar.

¿Quienes somos?

QUIENES INTEGRAMOS HISTORIAS DESOBEDIENTES 

Siempre fuimos historias desobedientes y solitarias, pero hoy elegimos encontrarnos. Nos movilizaron muchas cosas, como el 2×1, como la voz de Mariana, la hija de Miguel Etchecolatz. Nos unimos por el dolor, pero cuando nos encontramos nos dimos cuenta de que compartíamos muchas cosas, muchos sentimientos e ideales, que nos podían ayudar a sanar.

Nos juntamos para repensarnos y posicionarnos, porque no nos sentíamos representados por las voces de los familiares de represores que se venían pronunciando hasta el momento. Porque sentimos la necesidad de alzar nuestra voz en este momento del país, con un gobierno que insiste en negar el genocidio y los 30 mil desaparecidos.Alzamos nuestra voz para romper el mandato de silencio y sumarnos a una lucha por la Verdad, de la que muchos de nosotros ya veníamos participando desde hace tiempo. Una voz que se multiplica desde abajo en oposición al discurso sin escrúpulos de los medios de comunicación que fueron cómplices de la dictadura y del terror.

Porque desde siempre, en la intimidad o en colectivo, acompañamos con el corazón la lucha de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, y nos alegramos con cada nieto y cada nieta restituidos que recuperaban su identidad arrebatada.

Porque la recomposición de la sociedad no puede surgir nunca de la llamada “pacificación” o “conciliación”, sino de la Justicia y la Verdad. Porque aquel mandato de silencio y complicidad que se enquistó al interior de nuestras familias, solo pudo sobrevivir a costa de la impunidad, con leyes de indulto y obediencia debida. Colaborando con la memoria colectiva.

Hoy somos un colectivo de historias y voces desobedientes. Somos hijas e hijos de genocidas, pero no somos solamente eso, también somos artistas, docentes, profesionales, y muchas otras cosas más. Recibimos el apoyo y el mensaje de otras y otros que sienten la misma necesidad de contar su historia y tal vez así aportar un granito de arena para suturar las heridas profundas que generó el terror de Estado en nuestra sociedad. A ellas y ellos les agradecemos profundamente y les pedimos paciencia, porque esto recién empieza, y porque preferimos avanzar de a poco, reflexionando sobre nuestro lugar en la sociedad y en la historia, pero sobre todo, siendo respetuosos de cada una de las historias que vamos conociendo. En este camino, vamos buscando el marco adecuado para canalizar todas las necesidades que surgen.

Porque solo así, con mucho amor y respeto de las voces y las historias, podremos dar el paso del silencio a la acción y del dolor a la esperanza.

2017-11-01

COMUNICADO DE PRENSA

Para que las hijas, hijos y familiares de genocidas podamos denunciarlos penalmente y declarar en los juicios, presentamos este proyecto de ley. 
Desde Historias Desobedientes, Hijas, Hijos y familiares de genocidas, por memoria verdad y justicia, presentaremos el martes 7 de noviembre a las 14 horas, por mesa de entrada del congreso, Rivadavia 1864, el
PROYECTO DE REFORMA AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO I – CAPÍTULO I, Y AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO III – CAPÍTULO IV DEL CÓDIGO PROCESAL PENAL DE LA NACIÓN
La redacción actual de los artículos es la siguiente:
178: Nadie podrá denunciar a su cónyuge, ascendiente, descendiente o hermano, a menos que el delito aparezca ejecutado en perjuicio del denunciante o de un pariente suyo de grado igual o más próximo que el que lo liga con el denunciado.
Art. 242: No podrán testificar en contra del imputado, bajo pena de nulidad, su cónyuge, ascendientes, descendientes o hermanos, a menos que el delito aparezca ejecutado en perjuicio del testigo o de un pariente suyo de grado igual o más próximo que el que lo liga con el imputado.
El proyecto de reforma es para que estas prohibiciones sean removidas cuando se trate de delitos de lesa humanidad, habilitando de esta manera a las hijas, hijos o familiares de genocidas, que en forma voluntaria quieran dar su testimonio, y de esa manera puedan aportar a la causa.
La necesidad de esta reforma se plantea al momento que una hija, hijo o familiar de genocida, tomamos conciencia de la información que tenemos y que puede aportar al esclarecimiento de una causa, teniendo muy en cuenta la obligación ética que sentimos, por tratarse de crímenes de lesa humanidad.
La urgencia de esta presentación se justifica en los límites de tiempo para esclarecer estas causas, que si bien no prescriben, los protagonistas de los hechos están en edades muy avanzadas, y es necesario que sean esclarecidos, para lograr justicia.
Desde el colectivo Historias Desobedientes, nos vemos interpelados por esta realidad, por lo tanto hacemos la presentación de este proyecto de ley de modificación de los artículos citados.
Pedimos a la prensa que nos acompañe en esta instancia para que se difunda el pedido y que la sociedad tome conocimiento de nuestro padecer frente a la imposibilidad de hablar y nos pueda acompañar en este justo y necesario pedido.
Lo que no se puede decir tampoco se puede callar.

PROYECTO DE REFORMA AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO I – CAPÍTULO I, Y AL LIBRO SEGUNDO – TÍTULO III – CAPÍTULO IV DEL CÓDIGO PROCESAL PENAL DE LA NACIÓN

QUEBRÓ EL PACTO DE SILENCIO

Hijo de genocida denunció la participación de su padre en vuelos de la muerte

Julio Verna fue médico de Campo de Mayo durante la dictadura y aplicaba sedantes a detenidos que iban a ser arrojados al mar. “Las personas quedaban despiertas pero paralizadas por la anestesia”, relató Pablo, su hijo y denunciante.

08|11|17

 

Pablo Verna pide testificar junto a otros hijos de padres represores o cómplices de la dictadura militar.
Pablo Verna pide testificar junto a otros hijos de padres represores o cómplices de la dictadura militar.Foto:El País

Pablo Verna, es el hijo mayor de Julio Alejandro Verna, médico con grado de Capitán Retirado del Ejército Argentino. Durante la dictadura militar, Verna trabajó como médico anestesista y traumatólogo en el hospital que funcionaba dentro del centro clandestino de detención y exterminio de Campo de Mayo.

Verna hijo se animó a través de un informe en Telefé Noticias, a describir las aberrantes funciones que realizó su padre, ya que el sistema penal no le permite denunciarlo si no se trata de un delito cometido contra él mismo u otro familiar. «Mi mamá hablaba con otros familiares de lo que hacía mi viejo, no conmigo. Un día, después de tantas contradicciones que fui recopilando, lo interpelé y lo descubrí», relató.

En el informe Pablo denunció que su padre era el encargado de aplicar sedantes a los detenidos que iban a ser arrojados al mar en los vuelos de la muerte, e incluso subía a los aviones por si despertaban antes de tiempo, para reforzar la dosis: “Las personas quedaban despiertas pero paralizadas por anestesias”, describió visiblemente conmovido. 

Asimismo, aseguró que su padre participaba de allanamientos y secuestros por si resultaba herido alguno de los integrantes del grupo, y también cumplía tareas atendiendo a los prisioneros en el centro de detención, para que pudieran soportar nuevas sesiones de tortura.

Pablo recordó, además, que dentro de su casa su padre se jactaba sobre su accionar en los escuadrones de Campo de Mayo, el Centro Clandestino que secuestró y mató a casi 5 mil personas y no dejó sobrevivientes, lo que complica a la justicia para condenar a los responsables de los delitos de lesa humanidad.  

Denuncia. Cuando comenzaron los juicios de lesa humanidad, Pablo interpeló a su padre y obtuvo un registro de audio con la confesión de los hechos. El 23 de diciembre del 2013 Pablo se presentó en la Secretaría de Derechos Humanos y lo denunció. La Secretaría presentó la denuncia al juzgado que lleva la causa de Campo de Mayo – “vuelos de la muerte”, TOF 1 DE SAN MARTÍN. La Jueza Alicia Vence aún no avanzó con la causa.

“La duda tan tremenda que tenía ya era una certeza y confirmaba lo que mi mamá me había dicho. Fue un alivio. Y ahí empezó el sufrimiento, el duelo, el dolor de que haya participado de estos crímenes”, relató Verna hijo.

Julio Verna transita sus días en un departamento de la calle Simbron al 3000, en Villa del Parque. Entra y sale de su vivienda como si nada hubiera sucedido. Al ser consultado para el informe de Telefe Noticias, se negó a dar declaraciones y dijo que “hablen con el juzgado”. Pablo, desde entonces dejó de ver a su padre. “Hacé una investigación, yo no voy a dar ningún nombre ni datos”, le advirtió.

Este año el joven, abogado de 44 años, se unió al grupo “Historias desobedientes” que integran hijos de represores que repudian los actos de sus padres. La iniciativa surgió por la exposición pública de Mariana Dopaso, la hija de Etchecolátz.

“Es una forma de aportar nuestro grano de arena a la lucha por Memoria, Verdad y Justicia que los organismos de derechos humanos libran desde hace años. Venimos de distintas historias, y tras asumirlas queremos dar testimonio en los Tribunales”, sostuvo.

Con el apoyo de esa agrupación Pablo escribió un proyecto de ley donde propone modificar el código penal donde los hijos de las personas sospechadas de Delitos de Lesa Humanidad puedan declarar/denunciar a sus padres. “La otra alternativa era quedarme en silencio, es una complicidad mucho más que jurídica, lo hice por mí y por la humanidad”, concluyó.

Temas:

Hijos de represores argentinos piden testificar contra sus padres

Familiares de acusados por crímenes de lesa humanidad quieren cambiar la ley que les impide declarar contra sus progenitores

Pablo Verna muestra el proyecto de ley presentado en el Congreso. EFE

Meses atrás, hijos de represores argentinos se rebelaron contra sus padres y se unieron para exigir que no salgan de la cárcel. Ahora piden al Congreso cambiar la legislación que les impide declarar contra ellos en juicios por crímenes de lesa humanidad. Los familiares agrupados en el colectivo «Historias desobedientes» denuncian que una vez decididos a romper el pacto de silencio familiar ahora son las leyes argentinas las que les impiden testificar sobre las atrocidades cometidas durante la última dictadura (1976-1983).

“Historias desobedientes”: La lucha de hijos e hijas de genocidas argentinos para declarar contra sus padres

Un grupo de hijos e hijas de agentes represivos de la dictadura argentina comenzaron a organizarse para romper con los pactos de silencio. La ley no les permite denunciar o declarar contra un familiar directo, a menos que se trate de la víctima directa del delito.

Por  / 08.11.2017 

Primero se rebelaron contra sus padres, miembros activos de la represión y desaparición de cientos de personas en la dictadura argentina. Se organizaron para evitar que salgan en libertad y hoy piden al Congreso que les permita declarar contra ellos en crímenes de lesa humanidad. Los familiares del colectivo “Historias desobedientes” están decididos a romper con los pactos de silencio y las leyes argentinas que impiden hacer justicia.

Uno de ellos es Pablo Verna, quien está dispuesto a declarar contra el ex capitán Julio Alejandro Verna, su padre y médico militar: “Le pregunté muchas veces y él siempre me negó su participación”, contó a El País. Luego, en 2013, él lo admitió por primera vez.

Entrevista Pablo Verna

Entrevista Analía, Vivi ,Pablo hijos de genocidas

“Admitió que participó en los vuelos de la muerte, inyectando a personas que viajaban en los vuelos con anestesia que los dejaba prácticamente inmóviles”, relató. Desde entonces no volvieron a tener contacto.

Hoy, el Código Procesal Penal de Argentina prohíbe que una persona pueda denunciar o declarar contra un familiar directo, a menos que se trate de la víctima directa del delito. Por ello, es necesario modificar los artículos 178 y 242 que lo impiden.

El proyecto publicado en la web de Historias Desobedientes explica que “esta reforma es para que estas prohibiciones sean removidas cuando se trate de delitos de lesa humanidad, habilitando a las hijas, hijos o familiares de genocidas, que en forma voluntaria quieran dar su testimonio, y de esa manera puedan aportar a la causa”.

Hoy, el país trasandino tiene 16 juicios abiertos por crímenes cometidos en dictadura. Desde la anulación de la Ley de Amnistía en 2003, han sido condenadas 818 personas. Los casos de hijos que han apuntado a sus padres y exigido justicia no son pocos: de hecho, el colectivo nació después de la movilización social contra la sentencia que pretendía reducir el tiempo de condena de los represores.

En esa marcha estuvo Mariana, hija de Miguel Etchecolatz, uno de los peores agentes represivos de la dictadura. Ella lo definió como “un monstruo” y recalcó que no debía salir en libertad. También alzó la voz Analía Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, un conocido represor que cumple cadena perpetua y Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, médico obstetra que ayudó a parir a varios hijos de desaparecidas y quien se suicidó en 2012, al saber que sería condenado.

MÁS INFORMACIÓN

Es el caso de Pablo Verna, dispuesto a declarar contra su padre, el excapitán Julio Alejandro Verna, médico militar. Frente al Congreso, Verna, impulsor de la ley, recuerda que comenzó a sospechar cuando tenía 11 o 12 años, aún sin un punto de vista crítico. Fue «un camino muy largo» llegar a escuchar la verdad, cuenta a EL PAÌS. «Le pregunté muchas veces y él siempre me negó su participación», dice. Tuvo que esperar hasta 2013. «Yo tenía conocimiento de los hechos por mi madre y él lo admitió. Admitió que participó en los vuelos de la muerte, inyectando a personas que viajaban en los vuelos con anestesia que los dejaba prácticamente inmóviles», asegura. Desde ese dìa no ha vuelto a tener contacto con él. Detalla que su padre está acusado por la querella, pero no ha sido imputado por el fiscal.

El Código Procesal Penal argentino prohibe que una persona denuncie o declare contra un familiar directo a menos que éste sea la víctima directa del delito. El colectivo quiere modificar los artículos 178 y 242 que lo impiden. «Esta reforma es para que estas prohibiciones sean removidas cuando se trate de delitos de lesa humanidad, habilitando a las hijas, hijos o familiares de genocidas, que en forma voluntaria quieran dar su testimonio, y de esa manera puedan aportar a la causa», sostiene el proyecto legislativo publicado en la página web de Historias Desobedientes.

«Nosotros sufrimos un mandato de silencio familiar, para que lo que se hablaba no saliera de la puerta de casa. Pero la ley es también una mordaza que nos impide hablar», asegura Laura Delgadillo, cuyo padre, comisario de policía, murió sin condena. «Quizás (poder declarar) no sea de gran ayuda en los juicios, pero queremos colaborar en la reconstrucción de la memoria colectiva», agrega Delgadillo.

Analía Kalinec (izq), Pablo Verna y Lorna Milena, este martes en Buenos Aires.
Analía Kalinec (izq), Pablo Verna y Lorna Milena, este martes en Buenos Aires. EFE

Argentina tiene abiertos en la actualidad 16 juicios por crímenes cometidos durante la última dictadura. Según datos de la Procuraduría de Crímenes contra la Humanidad, han sido condenadas 818 personas en 193 sentencias desde la anulación en 2003 de las leyes de amnistía.

El colectivo nació poco después de la gran movilización social contra una sentencia que permitía reducir el tiempo de condena de los represores, el pasado mayo. En esa marcha participó Mariana, la hija de Miguel Etchecolatz, uno de los peores torturadores de la dictadura. En una entrevista posterior, definió como «un monstruo» a su padre y mostró su inquietud por que fuese excarcelado.

Pocos días después, comenzaron a levantarse voces similares, como la de Analía Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, alias doctor K, un conocido represor que cumple cadena perpetua. O la de Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, el obstetra que ayudó a parir a varios hijos de desaparecidas y se suicidó en 2012 al ver que le iban a condenar. Algunos decidieron unirse. De la media docena inicial, con el paso de los meses cerca de 50 se han acercado a preguntar y a hablar.

No en mi nombre: hijos de torturadores argentinos repudian a sus padres

Un grupo de familiares de represores se unen para rechazar sus crímenes y exigir que cumplan sus condenas

Sus reuniones son duras. Una especie de terapia colectiva. La mayoría lleva años sin compartir su secreto, y tienen muchas ganas de hablar. Necesitan sacarlo. “Al principio fue una catarsis. Acabamos llorando casi todos. Arrastramos una cultura muy arraigada que nos dice honrarás a tu padre. Es muy difícil romper con eso”, cuenta María Laura Delgadillo, (AUDIO) una de las fundadoras de «Historias desobedientes», el grupo que ha conmocionado a una Argentina acostumbrada a los relatos terribles de la dictadura. Pero este es diferente, porque se hace desde dentro. Son los hijos de los represores, que se rebelan contra sus padres y se unen para exigir que no salgan de la cárcel, que cumplan sus condenas de cadena perpetua.

María Laura Delgadillo y Walter Docters durante la entrevista con EL PAÍS.
María Laura Delgadillo y Walter Docters durante la entrevista con EL PAÍS. MARIANA ELIANO

Durante años, el mundo de la represión de una de las peores dictaduras del planeta se dividía en dos, como los espacios dentro de los juicios de lesa humanidad: por un lado, los represores y sus familias, por otro, las víctimas y las suyas. Pero eso se acabó el día que este pequeño grupo en el que hay sobre todo mujeres, que empezaron media docena y ahora ya son más de 50, fue a una manifestación con una pancarta: “Hijos e hijas de genocidas por la memoria, verdad y justicia”.

Allí estaba Analia Kalinec, hija de Eduardo Kalinec, alias doctor K, un conocido represor que cumple cadena perpetua. O Erika Lederer, hija de Ricardo Lederer, el obstetra que ayudó a parir a buena parte de los hijos de desaparecidas, que se suicidó en 2012 al ver que le iban a condenar. Erika no solo ha tenido valor para crear este grupo. También lo tuvo para encontrarse con el nieto 106 de Abuelas de Plaza de Mayo, al que su padre había ayudado a entregar a una familia fiel a la dictadura. La firma de Lederer en el falso certificado de nacimiento era su condena. Erika, también víctima de su padre, que la maltrataba, quería saber cómo podía ayudar a Pablo, el nieto al que el Lederer le había arruinado la vida.

Todos arrastran historias así, por eso sus reuniones son difíciles. “Algunos solo hemos recibido caricias de una mano contaminada por la tortura”, contó uno de ellos en la última cita. Muchos sufren consecuencias físicas de tanta tensión, se enferman. Tiene apoyo de psicólogos para que les ayuden a contar. Todos superan los 40 años, algunos llegan a 60, y sus padres se están muriendo. Lo que más les angustia es que lo hacen sin contar nada, sin decir dónde están los desaparecidos.

Porque el gran sueño de muchos de estos hijos es convencer a sus padres de que se arrepientan y ayuden a encontrar los cuerpos de los desaparecidos o los nietos aún sin recuperar. “Queremos romper el pacto de silencio que hay entre ellos. En las familias a veces hay datos que pueden reconstruir la historia. Si conseguimos unirlos podemos ayudar a otras víctimas”, explica María Eugenia Vergera, otra miembro del grupo, que tiene doble condición: es sobrina de un represor y a la vez esposa de un desaparecido.

El grupo de hijos de represores en su primera aparición pública en Buenos Aires, el 3 de junio pasado.
El grupo de hijos de represores en su primera aparición pública en Buenos Aires, el 3 de junio pasado.AFP

El sueño sería que los hijos lograran convencer a los padres. Pero no se engañan, ahora mismo parece imposible. El pacto de silencio de los represores ha resistido. Nadie se ha arrepentido ni ha dado un solo dato de una fosa común. Ni siquiera ante sus hijos. Liliana Furió, hija de un conocido represor de Mendoza, condenado a perpetua en 2013, lo intentó muchas veces. Hasta que él le gritó “No se hablé más, si tuviera que volverme a poner la capucha lo volvería a hacer”. Ahora él está senil, y ella lo visita en su arresto domiciliario. Algunos tienen relación con sus padres, otros no. Muchos han fallecido.

“Mi padre se murió discutiendo conmigo”, cuenta Walter Docters. Su padre era represor y él luchaba contra la dictadura, pasó varios años en la cárcel. Pero no lo mataron precisamente por su apellido, porque Echecolatz, que dirigía la represión en la provincia de Buenos Aires, le prometió a su padre que lo salvaría. “Era de ideología nazi, era arquitecto y trabajó con Echecolatz en el diseño de los lugares donde tenían a los detenidos. Yo militaba en el ERP pero él logró que no me mataran”. También le pidió muchas veces que confesara, sin éxito. “Me decía tú tienes tus compañeros, yo los míos. Ellos te mantuvieron con vida, cumplieron, yo no voy a ir contra los muchachos”.

Precisamente el conmovedor testimonio de la hija de Echecolatz, que apareció en la revista Anfibia, impulsó a muchos de estos hijos a unirse. Algunos ya habían aparecido con sus historias en el libro Hijos de los 70 (Sudamericana) de Carolina Arenes y Astrid Pikielny, un texto sobrecogedor. Pero Mariana, que ya no se apellida Echecolatz porque se lo cambió, removió muchas cosas al contar el horror de ser hija de ese monstruo que también lo era en casa, como muchos de ellos. Aunque no todos, algunos se comportaban como padres muy cariñosos.

Quieren justicia. Exigen que a sus familiares no se les apliquen un beneficio, el llamado dos por uno (dos días por cada uno pasado en prisión preventiva) que sacaría a muchos a la calle. Algunos tienen terror ante la idea de que sus padres salgan libres.

A otros, como Delgadillo, cuyo padre murió sin condena, les mueve una necesidad de hacer algo para reparar un daño que ni siquiera conocen del todo. “Mi papá era comisario de policía. Un día encontré una capucha entre sus cosas. Alguna vez trajo ropa, zapatos, un reloj, un microscopio, de sus operativos. Mi madre siempre nos prohibió tocar esas cosas. Lo quemó todo salvo el microscopio. Era muy violento, nos pegaba con una caña. Mi mamá se intentó suicidar metiéndose en un cuartel de noche, para que mi viejo viera cómo eran sus compañeros, pero no le dispararon”.

Otros sí conocen con detalle los crímenes de sus padres, los han leído en sentencias judiciales, han escuchado los testimonios de las víctimas. Y les cuesta vivir con ese peso. Por eso se unen. Están recibiendo mensajes de todo el mundo, y en Chile algunos hijos de represores quieren organizar algo parecido. Todos quieren gritar lo mismo: no en mi nombre.

Los hijos de los represores argentinos rompen su silencio

CÉSAR G. CALERO Buenos Aires / 2 jul. 2017

Unen sus voces en el grupo Historias Desobedientes para denunciar los crímenes cometidos por sus progenitores durante la última dictadura.

Los hijos de los represores argentinos rompen su silencio
Ciudadanos con el pañuelo blanco que simboliza a las Madres de Plaza de Mayo, durante una protesta contra la reducción de la pena de un represor, en Buenos Aires. MARTÍN ACOSTAREUTERS

Cuando llegaba a casa después del trabajo, el oficial de la policía federal Eduardo Kalinec se transformaba en un padre de familia afectuoso con su mujer y sus hijas. Al día siguiente, volvía a lo suyo: la tortura sistemática de personas detenidas en varios centros clandestinos por su oposición a la dictadura argentina que dejó 30.000 desaparecidos entre 1976 y 1983. Kalinec, conocido como el ‘Doctor K’, fue condenado a cadena perpetua en 2010. Ahora, una de sus hijas, Analía Kalinec, y otros hijos de represores han decidido romper su silencio y compartir sus historias con la sociedad con un propósito común que se resume en las tres palabras que simbolizan la lucha de los derechos humanos en Argentina: memoria, verdad y justicia.

Nacida en 1979, Analía Kalinec fue una de las primeras en contar su historia en 2009. Pero fue hace tan sólo unas semanas cuando varios hijos de represores decidieron que era hora de agrupar sus voces y exponer públicamente su contundente rechazo a la barbarie en la que participaron sus progenitores. Nacía así ‘Historias Desobedientes y con Faltas de Ortografía’, una página de Facebook donde varios hijos de ex militares y ex policías van relatando sus experiencias. Al grupo inicial, formado por Analía Kalinec, Erika Lederer, Laura Delgadillo, Liliana Furio, Rita Vagliati y Martín Azcurra se han sumado en los últimos días más de 30 hijos (la gran mayoría, mujeres) que también quieren alzar su voz.

“Yo me enteré de que mi papá participó en la dictadura cuando me llama mi mamá y me dice que él está preso. Antes nunca lo había conectado con la dictadura. Es ahí (en 2005) cuando hago mi quiebre existencial”, comenta Analía Kalinec a EL MUNDO en una larga charla en la que también participan Laura Delgadillo y Liliana Furio. Tras un periodo de “negación” de esa realidad, Analía fue asimilando poco a poco que el mismo padre con el que había vivido una infancia dorada (“éramos como la familia Ingalls, cuatro hijas obedientes, una madre ama de casa…”), había sido un torturador. En 2008, ya con el juicio en marcha, se produce la ruptura definitiva: “Es un camino de ida sin retorno. Nosotros no suscribimos que aquello fue una guerra. Nosotros decimos que somos hijos de genocidas y que lo que hubo fue terrorismo de Estado“.

El detonante de la formación de Historias Desobedientes fue la participación de la hija de un célebre genocida en la multitudinaria marcha celebrada en Buenos Aires el pasado 10 de mayo contra una sentencia de la Corte Suprema que redujo la pena a un represor. Esa movilización de la ciudadanía impulsó una ley para frenar los beneficios a los condenados por delitos de lesa humanidad. Mariana D., hija del ex policía Miguel Etchecolatz, reveló en la revista digital ‘Anfibia’ por qué se manifestó contra su padre ese día y cómo fue el proceso de repulsa que le animó a cambiarse el apellido hace unos años.

Otra hija de un represor, Erika Lederer, tomó el testigo de Mariana y publicó en el mismo medio un estremecedor relato sobre esa ‘piedra de Sísifo’ con la que, a su juicio, cargan los descendientes de los genocidas. El padre de Erika, Ricardo Lederer, se suicidó en 2012 cuando la justicia lo tenía cercado. Durante la dictadura había trabajado como obstetra de la maternidad clandestina del centro de detención Campo de Mayo. “Tenemos el deber cívico y humano de dar presencia y memoria”, escribió Erika, para quien la razón de juntarse con otros hijos de genocidas debe ser “aportar datos a los familiares que aún hoy buscan justicia, nietos, y poder llorar sus muertos”.

“La gente se acercaba y lloraba al vernos”

Las integrantes de Historias Desobedientes hicieron su primera aparición pública como colectivo el pasado 3 de junio durante la marcha convocada por el movimiento Ni Una Menos contra la violencia de género. “Éramos seis personas con la bandera. La gente se acercaba y lloraba al vernos”, cuenta Laura Delgadillo, hija de un represor de La Plata ya fallecido que nunca fue juzgado. Para Liliana Furio, veterana militante feminista y cuyo padre cumple cadena perpetua domiciliaria, la elección de ese día no fue casual: “Tiene una conexión directa. Los gobiernos genocidas representan el machismo criminal“.

Con la llegada al poder de Néstor Kirchner en 2003 se enterraron las leyes de impunidad aprobadas en el pasado y se dio alas a la justicia para que se retomaran los juicios contra los miembros de la dictadura. Cristina Fernández de Kirchner dio continuidad a esa política durante sus dos mandatos presidenciales (2007-2015). “Si no hubiera sido por esas políticas, nunca me hubiera enterado de lo que hizo mi papá; era un secreto familiar”, apunta Analía.

Durante esos años se reforzó también el papel de organizaciones como Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Las integrantes de Historias Desobedientes ya han comenzado a tender puentes con esos grupos de derechos humanos y han recibido mensajes de apoyo de supervivientes de la dictadura y de hijos de desaparecidos.

El desafío de estas hijas e hijos con historias tremebundas a sus espaldas es ahora dotarse de una identidad como colectivo. Cada una de sus experiencias es diferente a las otras. Y los sentimientos que albergan hacia sus progenitores también difieren. Analía y Liliana ven sus casos como una “tragedia familiar” que les ha dejado ante todo una “profunda tristeza”, un sentimiento que -aseguran- está por encima del odio. Analía, maestra psicóloga de profesión, le escribió varias cartas a su padre tras el juicio. “Mi posicionamiento -subraya- también es un acto de amor hacia él. Le estoy ofreciendo que se arrepienta”. Nunca obtuvo respuesta. Ni el ex oficial Kalinec ni ningún otro represor se han arrepentido jamás. Por eso, algunos de sus hijos rompen hoy su silencio en Argentina.

La voces de las Hijas de los Genocidas. Liliana Furio.

La voces de las Hijas de los Genocidas. Liliana Furio.

Liliana Furio es hija de un represor de la última dictadura cívico-militar y eclesiástica. En este tiempo, fue tejiendo con otras hijas un espacio para el encuentro y los abrazos.

La palabra de una historia desobediente

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Lilliana Furio es hija de un represor de la última dictadura cívico-militar y eclesiástica en Argentina. En este tiempo, se organizaron con otras hijas en un espacio común para el encuentro y los abrazos necesarios.

Testimonio valioso y valiente. Y una vez más, son ellas -las mujeres- quienes se animan y lo arriesgan todo por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Para conocer un poco más de estas historias y sumar aportes, se puede visitar el sitio https://www.facebook.com/historiasdesobedientes/

El Puente conversó con Liliana y aquí está su palabra.
https://www.podomatic.com/podcasts/elpuente/episodes/2017-05-29T04_41_56-07_00

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Mi padre fue el obstetra de la maternidad clandestina de Campo de Mayo . La mierda que me tocó vivir.

Mi padre fue el obstetra de la maternidad clandestina de Campo de Mayo . La mierda que me tocó vivir.

 

24/05/2017 ERIKA LEDERER

«Mi padre fue el obstetra de la maternidad clandestina de Campo de Mayo y no lo perdono»

Desde un grupo de Facebook convoca a los hijos de represores a juntarse: «La consigna es reunirnos para aportar datos, contar historias que a otros les sirvan. Reunirnos para sanar porque no hay noción de los daños que aún se siguen produciendo».

Por Guillermo Lipis

Erika Lederer, la hija del segundo jefe de la maternidad clandestina de Campo de Mayo, nunca se reconcilió con su padre y luego de la marcha del 2×1 contra la acordada de la Corte Suprema de Justicia, se propuso «reunir a los hijos de los genocidas que jamás avalamos sus delitos, a los que gritamos en sus caras la palabra asesino y Memoria, Verdad y Justicia».

El nombre de Ricardo Lederer surgió en los casos de apropiación de bebés en la maternidad clandestina de Campo de Mayo, juzgados bajo la caratula «Riveros, Santiago Omar y otros por privación ilegal de la libertad, tormentos, homicidio, etc.», en la que se determinó que «en ese centro clandestino también fueron detenidas-desaparecidas decenas de mujeres embarazadas».

En el contexto de esta causa, la enfermera Lorena Josefa Tasca informó que le tocó «intervenir en tres casos de mujeres no registradas: uno en epidemiología, otro en la cárcel de Campo de Mayo, y otro fue un parto» y señaló al doctor (capitán) Ricardo Lederer como «el segundo jefe militar de Obstetricia». Pero Erika recordó que «también estuvo involucrado en los vuelos de la muerte» cuando tiraban detenidos-desaparecidos al Río de la Plata, y se sumó a los ‘carapintadas’.

A pesar de estos hechos, el capitán Lederer vivió en libertad hasta que el pasado le cobró la factura: Se suicidó de un tiro en la boca a pocas horas de haberse difundido la restitución de identidad del nieto recuperado 106, Pablo Javier Gaona Miranda -en agosto de 2012- cuando se supo que con su firma avaló la identidad falsa con la que fue entregado a sus apropiadores, con un mes de vida, luego de un operativo en el que secuestraron a sus padres biológicos, María Rosa Miranda y Ricardo Gaona Paiva.

-T (Télam): ¿Odia a su padre?
-EL (Erika Lederer):
No lo perdono, no sé si lo odio. También me preguntaron si lo quería, pero no me hago esa pregunta… No tuve odio, tuve tristeza porque quise que cambiara…

Dos días después de la marcha contra la decisión de la Corte, en la convocatoria contra el 2×1, Erika escribió en su Facebook: «Pienso en voz alta: Los hijos de genocidas que no avalamos jamás sus delitos, esos que gritamos en sus caras la palabra asesino y Memoria, Verdad y Justicia, por pocos que seamos, podríamos juntarnos, para aportar datos que hagan a la construcción de la memoria colectiva».

«Aún con la panza revuelta por los recuerdos y los ojos con ganas de seguir llorando, se me cruzó esa idea por la cabeza y el corazón. Juntarnos para hilvanar la historia, para producir dato, dejar testimonio y ayudar a que se sepa. Me ofrecí a gestarlo y a darle forma casi como una necesidad».

-T: ¿Qué eco está teniendo su propuesta?
-EL:
La expectativa es que se vaya sumando gente para generar relatos de estas historias que dejaron huella. Y para eso hay una página de Facebook en la que vamos encontrándonos. Se llama Historias Desobedientes y con Faltas de Ortografía ).
Nos va a servir para reconstruir nuestros relatos, rellenar algunas lagunas y lograr historias habitables. Nos vamos juntando de a poco. Es muy loco no haber tenido conexión antes. Lo primero que dije es que no voy a perder un minuto en discusiones que ya no doy porque la queja no sirve de nada. La consigna es reunirnos para aportar datos, contar historias que a otros les sirvan. Reunirnos para sanar porque no hay noción de los daños que aún se siguen produciendo.
También destaco que no nos ponemos en pie de igualdad con los hijos de desaparecidos. En todo caso estamos al servicio, pero no nos sentimos con voz.

«Por pocos que seamos, podemos juntarnos para aportar datos que hagan a la construcción de la memoria colectiva», afirmó Erika a Télam -en esta entrevista exclusiva- y ratificó su propuesta que comenzó a tomar forma luego de la marcha del 10 de mayo y la publicación de la entrevista que la revista Anfibia le hiciera a la hija del genocida Miguel Etchecolatz.

-T: ¿Reconoce algún punto de inflexión en el que perdió la esperanza de entenderte con él?
-EL:
¿Cuándo perdí la esperanza de que se arrepienta…? Puedo indicar tres momentos diferentes. El primero fue cuando me di cuenta que los militares eran impiadosos a la hora de generar violencia sobre los cuerpos: En una oportunidad mi viejo le puso una pistola en la cabeza a mi mamá delante mío cuando yo tenía 15 años. Ahí entendí que era capaz de hacer cualquier cosa. El segundo fue a mis 24 años, cuando realizó una requisa de mi habitación. Yo no estaba en casa y entró a revisar mi pieza y tiró todo. Revolvió hasta encontrar unos periódicos que había dejado escondidos en la biblioteca. A los pocos días decidí irme de mi casa. Y otro, por ejemplo, fue cuando vino a ver a mis hijos antes de suicidarse. Poco antes le había mandado un mensaje de texto y le escribí ‘Memoria, Verdad y Justicia’. Cuando llegó le pregunté si pensaba arrepentirse y me dijo que no. Creo que cuando visitó a los chicos ya le rondaba la idea del suicidio porque luego me llamó para decirme que me quería, no hablábamos muy seguido.

Le había mandado un mensaje de texto y le escribí ‘Memoria, Verdad y Justicia’. Cuando llegó le pregunté si pensaba arrepentirse y me dijo que no

-T: ¿Qué recuerdos tiene del vínculo con tu padre?
-EL:
Uff… que estaba loco, de hecho le decían ‘El loco’. Mi viejo era bipolar y muy violento, sobre todo conmigo porque siempre lo interpelé, era la oveja negra de la familia. Su violencia dependía del día a día y yo lo detectaba mirándolo a los ojos. Podía ser extremadamente feroz y de golpe muy cariñoso. Vivíamos en un campo minado todo el tiempo.

-T: ¿Cuándo se dio cuenta a qué se dedicaba en verdad?
-EL:
Alrededor de tercer grado, 8 años, recuerdo que apareció una nota en Página/12 en la que mi papá defendió a Camps, de quien era íntimo amigo e iba a visitar a la cárcel hasta que se murió. En ese momento empezaron a decirme que no hablara de esas cosas en el colegio y no entendía por qué. Esto me sembró una duda de las buenas y me dio mucha vergüenza. Recuerdo que al mismo tiempo dejé de creer en Papá Noel. Pero mi viejo, que tenía un sadismo especial, ya había trabajado como forense de la Policía Bonaerense. Recuerdo que comíamos con fotos de muertos sobre la mesa.

-T: ¿Reconoce algún aspecto suyo en su propia forma de actuar o su personalidad?
-EL:
Me considero temeraria, no tengo miedo (como él), y eso me ayudó a enfrentarlo. Fui educada con valores de mierda, pero uno de ellos me fue muy útil: la gallardía. Lo peor que se puede hacer para defender una idea es no tener coraje.

-T: ¿Pensó en cambiarse el apellido como la hija de Etchecolatz?
-EL:
No. Mi apellido no es tan conocido, pero además decidí hacerme cargo de la mierda que me tocó. En una época me daba vergüenza decirlo, nos constituimos a partir de la subjetividad; y desde ahí podemos construir otra cosa. Por eso es que me consideran una traidora, un hecho que hasta hoy tiene efectos en mi vida. Familias como la mía tuvieron que vivir disociadas entre los afectos y la razón porque había que seguir conviviendo y mirarse a los ojos. Pero cuando se rompió el pacto de silencio se destrozaron los vínculos y las sanciones del clan fueron encarnizadas. En mi caso, por ejemplo, mi hermano no me da pelota, y con mi madre me llevo muy mal porque creo que tuvo una ignorancia dolosa; sabía lo que pasaba pero se hizo la boluda.

Mi padre genocida. Soy la hija de Etchecolatz.

Mi padre genocida. Soy la hija de Etchecolatz.
El duro testimonio de la hija de Miguel Etchecolatz: "Al monstruo lo conocimos desde chicos"

Mariana D. se cambió el apellido hace un año. Es la hija del represor Miguel Etchecolatz. El 10 de mayo marchó a Plaza de Mayo. Como las 500 mil personas que se movilizaron en Buenos Aires contra el 2×1, como millones de argentinos, quiere que su padre cumpla la condena en la cárcel. “Es un ser infame, no un loco. Un narcisista malvado sin escrúpulos”, dice ella, que padeció la violencia de Etchecolatz en su propia casa.

 

La hija de Miguel Etchecolatz camina por Avenida de Mayo y Perú buscando a sus dos amigas. No agita el pañuelo blanco ni salta con los cánticos. Podría ser cualquier mujer de las miles que asisten a la marcha contra el 2×1. Salvo sus amigas, ninguna de las 500 mil personas que se amontonan en la Plaza de Mayo y alrededores y gritan “como a los nazis les va a pasar, adonde vayan los iremos a buscar” saben que esa mujer anónima es hija de uno de los hombres más conocidos de la represión. Se llama Mariana D. Hace un año se cambió el apellido. 

 

Mariana lloró cuando se conoció el fallo de la Corte que otorgó el 2×1 al represor Luis Muiña. Horas después del fallo de la Corte, Etchecolatz, condenado seis veces por delitos de lesa humanidad, pidió el beneficio del 2×1. Como los que marcharon el 10 de mayo, como millones de argentinos, quiere que los genocidas condenados mueran en la cárcel. Que su padre, el excomisario Miguel Osvaldo Etchecolatz, muera en la cárcel. Mariana D. fue por primera vez a una marcha por los derechos humanos. Nunca se había animado a ir a Plaza de Mayo los 24 de marzo. Por miedo a ser rechazada. Por miedo a no poder soportar el dolor en vivo y en directo. Pero ahora está allí por primera vez para decir que ella, también, desea verlos morir en la cárcel. 

hijade_caja_01 Etchecolatz era una presencia fantasmagórica en su casa de Avellaneda. Mariana y sus hermanos varones J .M. y F. M. solo lo veían los fines de semana. De lunes a viernes, el padre conducía el aparato represivo de la ciudad de La Plata y alrededores. Daba órdenes para secuestrar personas, torturarlas, asesinarlas. Los sábados y domingos Etchecolatz casi no hablaba. Se la pasaba echado en una cama mirando televisión. Cada tanto emitía un silbido: había que llevarle rápido un vaso de agua mineral fresca con gas. Si algo no le gustaba, Etchecolatz les pegaba unos bifes con la palma abierta a sus hijos.

 

Mariana supo de grande que su madre intentó varias veces escaparse con ella y sus dos hermanos. Lo planeó varias veces. Etchecolatz se dio cuenta y la amenazó: “Si te vas te pego un tiro a vos y a los chicos”.

 

A las siete de la tarde del 10 de mayo, a unas cuadras de la Plaza de Mayo, Mariana D.,  rubia, de estatura media, se mueve con la misma soltura con la que da clases en una universidad privada. Viste zapatillas y campera negra. Y cada vez que pide permiso para avanzar entre la multitud, sonríe. Alguien grita “un médico, por favor, un médico”. Los cuerpos se aprietan unos con otros. Es imposible llegar a la Plaza. Mariana se marea por la oleada de gente, se toma de los brazos de sus amigas, hasta que logra sacarse las zapatillas y treparse a la baranda de una parada de subte. Desde ahí, mira: las banderas de CTERA por la defensa de la educación pública, las del Partido Obrero, la de La Cámpora, los carteles con las caras de los desaparecidos.

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***

“Debiendo verme confrontada en mi historia casi constantemente y no por propia elección al linde y al deslinde que  diferentes personas, con ideas contrarias o no a su accionar horroroso y siniestro pudieran hacer sobre mi persona, como si fuese yo un apéndice de mi padre, y no un sujeto único, autónomo e irrepetible, descentrándome de mi verdadera posición, que es palmariamente contraria a la de ese progenitor y sus acciones (…) Permanentemente cuestionada y habiendo sufrido innumerables dificultades a causa de acarrear el apellido que solicito sea suprimido, resulta su historia repugnante a la suscripta, sinónimo de horror, vergüenza y dolor. No hay ni ha habido nada que nos una, y he decidido con esta solicitud ponerle punto final al gran peso que para mí significa arrastrar un apellido teñido de sangre y horror, ajeno a la constitución de mi persona. Pero además de lo expuesto, mi ideología y mis conductas fueron y son absoluta y decididamente opuestas a las suyas, no existiendo el más mínimo grado de coincidencia con el susodicho. Porque nada emparenta mi ser a este genocida”.

 

Argumentos personales en la solicitud del cambio de apellido de Mariana Etchecolatz a Mariana D, mujer nacida el 12 de agosto de 1970 en Avellaneda. Texto presentado en noviembre de 2014 en un juzgado de Familia de Capital Federal.

***

—¿Cuándo escuchaste por primera vez lo que había hecho tu padre?

—De joven. Fue muy difícil, porque vivíamos en una burbuja, sometidos y desinformados. Aparentábamos lo que no éramos. Las personas que nos rodeaban decían “qué capo es tu viejo”. No había quienes nos dijeran “mirá este hijo de puta lo que hizo”. Una vez que escuché un testimonio en un juicio ya no me hizo falta nada más. Hasta hoy me da aberración.

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Mariana es psicoanalista y en el consultorio a veces escucha a pacientes con problemas de sueño. Es ella, esta vez, la que no puede dormir después de la marcha. En su departamento, donde vive con su pareja Nicolás y tres perros que encontró en la calle, hace zapping y pone una película del Rey Lear. Dice que por el cambio de apellido siente una “reparación”, pero que sigue preocupada por “este gobierno de derecha que avanza contra los derechos del pueblo”.

 

El día que el correo le envió el nuevo documento y abrió el sobre, se desesperó. Seguía teniendo el apellido Etchecolatz. “Fue un error administrativo, así que lo tuve que hacer de vuelta. Mirá lo que me costó borrarme ese estigma”.

 

—¿Qué sentís con tu nueva identidad?

—Siento calma, perdí el miedo y adquirí la madurez necesaria. Lo de la marcha fue conmovedor. Hay que tener la memoria despierta. Me siento acompañada porque somos millones.

 

—¿Y cómo lo viven tus otros hermanos y tu mamá?

Todos nos liberamos de Etchecolatz después de que cayó preso por primera vez, allá por 1984. Vivíamos en Brasil porque era jefe de seguridad de los Bunge y Born, y regresó pensando que su imputación era un trámite, como si la Justicia no le llegara a los talones. Al principio lo visitábamos, pero después mi madre, María Cristina, pudo decirle en la cara que íbamos a dejar de verlo. Ella siempre nos protegió de ese monstruo, si no hubiera sido por su amor, no podríamos haber hecho una vida. Y mis hermanos J.M. y F.M. se fueron a vivir lejos de Buenos Aires, cada uno hizo su familia, ahora somos muy unidos. Mi mamá se casó con un hombre que ama, y está en el exterior. Nadie llegó a lo que yo llegué, pero me apoyan.

 

—¿Para vos tu padre era un monstruo? ¿Lo viviste así?

Su sola presencia infundía terror. Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas. Ser la hija de este genocida me puso muchas trabas.

hijade_caja_04—¿Cómo cuáles?

Portar un apellido así es como que te obliga a sostener lo que hizo, y eso no se lo permito más. Aparte, nunca existió un vínculo real con él. Me produjo inconmensurables angustias, huellas de traumas infantiles, a eso se le suma lo que todos nos fuimos enterando sobre su rol criminal en el terrorismo de Estado. Fue la encarnación del mal en todos los ámbitos.

 

—¿Nunca fue afectuoso con ustedes?

No. Etchecolatz hizo todo lo que un padre no hace. Era un ser invisible, que usaba la violencia y no se le podía decir nada. Aparentaba tener una familia, pero nos tenía asco y era encantador con los de afuera. Vivíamos arrastrados por él, mudanzas todo el tiempo, sin lazos, sin amigos, sin pertenencias. Una realidad cercenada. Nos cagó la vida. Pero nos pudimos reconstruir.

***

Hay algo que Mariana no se explicará jamás: cómo un hombre criado en el campo, en la pampa húmeda bonaerense, de familia honesta y humilde, llegó a convertirse, con una instrucción básica y rudimentaria, en uno de los ejecutores más fríos y eficientes de la maquinaria del terror. A los 13 años entró a la Escuela Vucetich y, tiempo después, se ganó la confianza de Ramón Camps, jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires.

 

La charla transcurre en el living de su casa. A pocos metros, en una biblioteca hay libros de Zygmunt Bauman, Julio Cortázar, Noam Chomsky, Juan José Hernández Arregui y Edgar Allan Poe.

 

A Mariana le interesa destacar la figura de su madre, a la que considera una víctima de violencia de género. Etchecolatz le llevaba veinte años. Se conocieron cuando ella fue a hacer una denuncia a la comisaría de Avellaneda. “Se enamoró de una imagen. Luego él la empezó a golpear, ascendió rápidamente en la policía y mi mamá hizo lo que pudo. Se resistió pero era como luchar sola contra toda una fuerza policial. Y cuando cortamos relación con él, empezamos de cero, mi mamá nunca había trabajado y vivimos con lo justo, pero con un alivio descomunal”, dice. Y llora.

hijade_der_05***

La primera infancia fue feliz. Mariana D. vivió en la casa de los abuelos maternos, en Avellaneda. Les decían “El Perón y la Perona”, por su simpatía con el movimiento peronista. La abuela hacía asados en el patio. Su madre era hija única y disfrutaban de la visita de amigos músicos, se ponían a cantar tangos, a escuchar ópera. Unos tíos abuelos los alzaban y les compraban facturas.

 

Eran laburantes, del interior de Buenos Aires. Por su cargo de jefe, Etchecolatz ya vivía poco con nosotros. Mis abuelos no lo querían. Lo llamaban el “mal bicho”.

 

Mariana nunca reconocerá a Miguel Etchecolatz con la palabra padre o papá. Lo llamará siempre por el apellido.

 

A los ocho años se fueron a vivir a La Plata. Y empezó el infierno. Jamás pudo completar más de un año en un mismo colegio. A ella y a sus hermanos los cambiaban “por seguridad”. No pudo hacer amigos. Se relacionaban con los hijos de otros represores conocidos, como el ex médico Jorge Antonio Bergés y el mismo Camps, que fue padrino de F.M., el hijo más chico de Etchecolatz.

 

El bautismo de F.M. lo hicieron en la residencia oficial del máximo jefe de la fuerza, una mansión en La Plata. La familia Etchecolatz viajó en cinco autos “por seguridad”. Había custodia de refuerzo. Se desató tormenta fuerte. Miguel Etchecolatz estaba atento a un handy. Le llamaban “Dorotea Inés”, apodo que combinaba las letras de su cargo como director de la Dirección de Investigaciones.

 

Dorotea Inés, Dorotea Inés, hubo un accidente gritó entonces un custodio policial. Otro custodio se había disparado un arma automática, tras pasar un badén. Etchecolatz bajó de su auto, constató la muerte de su subordinado y continuó como si nada hubiera ocurrido. El bautismo siguió con total normalidad.

hijade_caja_06Nunca lo vi sufrir. Ni siquiera cuando una vez le pusieron una bomba en la jefatura de policía y le habían roto el oído. En el hospital seguía dando órdenes como un autómata. Los hijos de Bergés o de Camps al menos recibieron algo de amor, nosotros, nada dice Mariana.

 

—¿Nada lo conmovía?

Lo religioso. Se persignaba dándoles besos a las estampitas. Él se consideraba por debajo de Dios pero por encima de los mortales. Con mi hermano J.M. decíamos que cuando rezaba se estaba comiendo los santos.

***

La segunda infancia fue la de vivir con custodios que hacían de niñeras cama adentro en un edificio blindado de tres pisos de calle 62 y 11, en La Plata. No podían dormir en paz. Ciertas madrugadas estallaban disparos y su madre les tapaba los oídos con mantas y colchones. De día los llevaban de paseo por la Escuela Vucetich y por el Tiro Federal. Etchecolatz pernoctaba en el destacamento policial.

 

Lo veíamos en fiestas oficiales, en desfiles. Con nosotros infundió el mismo miedo y respeto que con sus subordinados.

 

Los sábados y domingos, cuando Etchecolatz se aparecía por el edificio de 62 y 11, Mariana y J.M. se escondían en un placard. Apenas escuchaban la voz metálica, los niños temblaban esperando un arranque de furia contra ellos o su madre. Nunca miró sus cuadernos de colegio, nunca jugó con ellos, nunca una caricia.

 

Cuando dejaba el edificio, Mariana y sus hermanos se ponían a rezar. Para que nunca jamás volviera. “Que por favor se muera”, pensaba ella, entonces.

***

Una vez, recuerda Mariana, la llevó a ver una película. Fue una de las pocas salidas juntos. Mariana era la hija contestataria. “Mirá lo que me hacés hacerte”, le decía su padre cuando la castigaba. Movía la mandíbula y las manos, preparaba la escena con frases como “Mmm…vida” o “Marianita, Marianita”, como advirtiendo una futura paliza. Luego de golpear con la palma abierta, pedía perdón. Era flaco, alto, de espalda pequeña y tenía tanta fuerza que un día partió un jarrón al medio con las manos, sin arrojarlo al piso. Mariana tenía 15 años cuando Etchecolatz la invitó al cine. No hablaron nunca: ni antes, ni durante ni después de la película. Era “La Historia Oficial”. Mariana cerró los ojos cuando el personaje de Héctor Alterio le apretó a Norma Aleandro los dedos contra una puerta. La escena la reconoció como familiar. Y no la olvidará jamás. “No tengo dudas que fue un goce silencioso. El del perverso, que es el que más duele”, dice ahora, con la precisión de una pericia psicológica.

 

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Dice que empezó a salir a la calle con “Néstor y Cristina”. Que sintió los escraches de H.I.J.O.S. como si hubieran sido propios. Que nunca olvidará el velorio de Néstor Kirchner y el cierre de mandato de Cristina Fernández de Kirchner. “Fue hermoso sentir lo politizado que estábamos, ir de marcha en marcha, este pueblo no va a sucumbir ante los poderosos”.

 

Cuando cumplió veinte años se alejó de su familia. Viajó a España, volvió, vivió sola. Trabajó de secretaria. Se puso a estudiar en la Facultad de Psicología, aunque no en la Universidad Nacional de Buenos Aires como hubiera querido. Su hermano F.M. abandonó la universidad. “Su examen está desaparecido”, le dijo un profesor.

 

Lo terrible es que con mis hermanos nos refugiamos en el anonimato por la sombra de ese hijo de puta. Ellos no lo soportaron y se fueron de la ciudad, yo decidí quedarme. Vivir así es duro, humillante. A mí me bochaban los exámenes por el apellido y volvía a casa con un ataque de angustia.

 

A Mariana había gente que le retiraba el saludo por el sólo hecho de portar ese apellido. Cuando en una librería entregaba la tarjeta de crédito para pagar, del otro lado del mostrador escuchaba: “Qué apellido, eh”. Ella se quedaba muda. No sabía, no podía responder palabra o hacer algún gesto.

 

La última vez que escuchó la voz de su padre fue en la cárcel de Magdalena, en 1985. Dijo: “Qué vergüenza estos zurdos, lo que me hicieron”. Y nada más.

 

—¿Cómo te sentías cuando escuchabas su apellido en los medios?

Me invadía el terror. Me angustié desesperadamente con lo de Julio López. Me temo que aún sigue sosteniendo poder desde la cárcel, no es un ningún viejito enfermo, lo simula todo. Todavía hay gente que piensa que fue alguien íntegro porque “nunca robó nada”. Como si eso lo exculpara de los crímenes aberrantes que cometió.

 

—¿Y quién es verdaderamente Etchecolatz?

Es un ser infame, no un loco, alguien que le importan más sus convicciones que los otros, alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos. Antes me hacía daño escuchar su nombre, pero ahora estoy entera, liberada.

 

—¿Qué deseas de acá en adelante?

Que no salga nunca más. Nunca me había animado a contar mi historia. Y lo único que quiero expresar ante la sociedad es el repudio a un padre genocida, repudio que estuvo siempre en mí. Mejor dicho: el repudio de una hija a un padre genocida.

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Mariana D. se cambió el apellido y fue el miércoles pasado a la marcha contra el «dos por uno»; desea que su padre «no salga nunca más» de la cárcel

SÁBADO 13 DE MAYO DE 2017
Habló la hija de Miguel Etchecolatz
Habló la hija de Miguel Etchecolatz. Foto: Archivo

Conoce al represor Miguel Etchecolatz por su extrema violencia, pero no sólo aquella que fue parte del capítulo más oscuro de la historia argentina reciente y la que lo dejó condenado por seis causas de lesa humanidad . También por la violencia doméstica que ella tuvo que vivir junto a su madre y sus dos hermanos, en su casa, con un padre que los ignoraba y, cuando no, los maltrataba, golpeaba y amenazaba.

Mariana ya no es Etchecolatz. Decidió cambiarse el apellido para borrar parte de esa cicatriz que le dejó su padre, a quien considera un «monstruo» y desea «que no salga nunca más» de la cárcel. Por eso, Mariana fue a la marcha del pasado miércoles para manifestarse en contra de la aplicación del «dos por uno» a condenados por delitos de lesa humanidad, como su padre, a quien ya le fue denegado un pedido esta semana.

«Al monstruo lo conocimos desde chicos, no es que fue un papá dulce y luego se convirtió. Vivimos muchos años conociendo el horror. Y ya en la adolescencia duplicado, el de adentro y el de afuera. Por eso es que nosotros también fuimos víctimas», dijo Mariana D. en una entrevista con la revista digital Anfibia.

«Nunca existió un vínculo real con él. Me produjo inconmensurables angustias, huellas de traumas infantiles, a eso se le suma lo que todos nos fuimos enterando sobre su rol criminal en el terrorismo de Estado. Fue la encarnación del mal en todos los ámbitos», agregó.

La mujer de 46 años, psicoanalista y profesora universitaria, denuncia a su padre, quien fue director de Investigaciones de la policía bonaerense durante la última dictadura militar, también por violencia doméstica. Contó que a su padre sólo lo veían los fines de semana, que les pegaba a su madre, a sus hermanos y a ella cuando las cosas no se hacían como él quería.

«Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos», le decía Etchecolatz a su mujer, cuando ella quería escapar con sus tres hijos.

«Etchecolatz hizo todo lo que un padre no hace. Era un ser invisible, que usaba la violencia y no se le podía decir nada. Aparentaba tener una familia, pero nos tenía asco y era encantador con los de afuera. Vivíamos arrastrados por él, mudanzas todo el tiempo, sin lazos, sin amigos, sin pertenencias. Una realidad cercenada. Nos cagó la vida. Pero nos pudimos re,construir» señaló Mariana, quien se refiere a su padre por el apellido.

«Todos nos liberamos de Etchecolatz después de que cayó preso por primera vez, allá por 1984. Vivíamos en Brasil porque era jefe de seguridad de los Bunge y Born, y regresó pensando que era un trámite, como si la Justicia no le llegara a los talones. Al principio lo visitábamos, pero después mi madre, María Cristina, pudo decirle en la cara que íbamos a dejar de verlo. Ella siempre nos protegió de ese monstruo, si no hubiera sido por su amor, no podríamos haber hecho una vida. Y mis hermanos J.M. y F.M. se fueron a vivir lejos de Buenos Aires, cada uno hizo su familia, ahora somos muy unidos. Mi mamá se casó con un hombre que ama, y está en el exterior. Nadie llegó a lo que yo llegué, pero me apoyan», contó Mariana.

A la hora de calificar a su padre, lo considera «un ser infame, no un loco, alguien a quien le importan más sus convicciones que los otros, alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos».

«¿Qué deseas de acá en adelante?», le preguntó el periodista Juan Manuel Mannarino al cierre de la entrevista. «Que no salga nunca más. Nunca me había animado a contar mi historia. Y lo único que quiero expresar ante la sociedad es el repudio a un padre genocida, repudio que estuvo siempre en mí. Mejor dicho: el repudio de una hija a un padre genocida», contestó Mariana.

Pedido rechazado

Ayer, la Unidad Fiscal de Derechos Humanos de La Plata se opuso a las excarcelaciones del comisario retirado Miguel Etchecolatz, el ex capellán policial Christian Von Wernich y otros siete represores condenados por delitos de lesa humanidad, cuyas defensas pidieron aplicar el cuestionado fallo del 2×1 de la Corte Suprema.

Los fiscales Marcelo Molina y Hernán Schapiro dictaminaron que el beneficio del 2×1 es «incompatible con las obligaciones internacionales del Estado en materia de persecución y sanción de graves violaciones de los derechos humanos y de crímenes de lesa humanidad», entre otros argumentos.

 

http://www.eldestapeweb.com/la-comision-interamericana-derechos-humanos-cuestiono-duramente-la-corte-n28865

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