Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Memoria EN_REDADA

Recibí en mi correo eléctrónico un mail de mi amiga Marta, con quien mantengo una amistad que ha enlazado nuestras memorias militantes y femeninas uniéndonos en una red de sororidad más allá del tiempo y el espacio.

Marta me envía una historia de otras mujeres, de mujeres militantes, y me escribe:

“Queridxs colegas, amigxs

avanzan el semestre y otras ocupacionesc  y con ello vuestra carga de trabajo, pero espero que pueden encontrar unos minutos para leelr estos conmovedores momentos de mujeres choras http://martazabaleta.blogspot.co.uk/2017/02/argentinalas-fotos-de-josefina-por.html
de Argentina.

Se puede aprender tanto de ellas.
Abrazos.

Abro el enlace que Marta,economista, académica y poeta exiliada argentina en el Reino Unido me ha compartido y me encuentro con esta imagen que abre mi memoria de mujer una vez joven y madre de una hija una vez viva…

Leo la nota en la fuente y me lanzo a buscar en la web a estas dos mujeres con la sensación de escarbar en una historia cuyas raíces se hunden en mi propia historia, en la de Marta y en la de tantas otras mujeres que militan y militaron en Latinoamérica trascendiendo su tiempo y su espacio.
y repito, como dice Marta, se puede aprender tanto de ellas.
RESISTENCIAS
Las fotos de Josefina

Voy a empezar por el final: de la mesa frente a la que estaba sentada tomó el collar de cuentas redondas, grandes, estriadas en rojo, y se lo sujetó al cuello. Después recogió las fotos que había mostrado, se paró y salió entre los aplausos de quienes la escuchamos del otro lado del vidrio. Cuando la abracé, sin saber quién contenía a quién, sentí las cuentas incrustándose en el pecho de las dos.

Ella se llama Josefina, el collar era de su mamá, lo rescató la mañana siguiente a su secuestro, cuando volvió a ese departamento con la puerta arrancada para cubrir la vergüenza de estar en bombacha con una remera roja, un jean y unas zapatillas. Tenía siete años, le faltaba un mes para cumplir los ocho, su hermano uno y medio y los dos habían dormido en la casa de una vecina a la que la patota le golpeó la puerta para dejarlos como un paquete.

“¡Qué voy a hacer con estos chicos!”, se había desesperado la mujer y ella guardó esa frase y ese tono por décadas, hasta que encontró a la vecina que ahora tiene nombre y es Susana, hasta que pudieron poner en común aquella noche larga del 6 de diciembre de 1977. “La encontré y la traje para acá”, dijo Josefina y una risa sosegada, tal vez de alivio, tal vez de complicidad, como un aflojarse del lazo que nos unía a quienes la escuchábamos, anduvo de boca en boca.

Josefina declaró el miércoles, en el juicio de lesa humanidad que tiene entre las víctimas a su madre, Vibel -Virginia- Casalaz. Josefina es una de esas amigas entre las que nos salvamos la vida, aunque el devenir de las cosas nos mantengan a distancia más tiempo del que desearíamos. A lo largo de los más de 20 años que llevamos de amistad, junto con Raquel y con Alba, ese núcleo duro de complicidad femenina, nos sacamos muchas fotos juntas, antes de que se llamaran “selfies”, las cuatro con las sonrisas incandescentes. Esta vez también hubo foto, en el subsuelo de los tribunales federales, en ese sitio sin ningún ángel en la calle Comodoro Py; habíamos llorado todas, Jose en el lugar de los testigos, el resto sosteniendo a la distancia esa entereza, todas esas palabras que supo enhebrar, buscadas y encontradas en noches de insomnio, en los días de la militancia en H.I.J.O.S., extraídas de diálogos con sobrevivientes, con sus amores; escritas también, ella que sabe hacerlo como pocas. Las sonrisas, a pesar del llanto, volvieron a capturar la luz en la imagen.

El collar que tanto le gustaba a su madre no fue lo único que rescató Josefina del departamento violentado. También se llevó una bolsita con fotos que les sirvió a los policías que la fueron a buscar al día siguiente para preguntarle por todas y cada una de las personas amadas que ahí aparecían. Ella estaba prevenida, iba a segundo grado en la misma escuela a pesar de los cambios de casa a que obligaba la persecución con un nombre falso, María José Roldán. No identificó a nadie. Las fotos siguieron su camino con ella, el primer viaje lo hicieron en la valijita con la que iba al colegio y que la acompañó en los dos días que pasó en la casa de una mujer policía, separada de su hermano al que se llevó un hombre de la misma fuerza. ¿A qué se debió esa separación por género? ¿Por qué no los dejaron juntos? Josefina no se acuerda casi nada de esos dos días, estaba enferma de hepatitis y sin duda la memoria da respiro, espacios de olvido necesarios para seguir adelante con la sucesión de los días. La noche del secuestro, por ejemplo, termina para ella con la imagen de su madre yéndose en el ascensor con esos tipos jóvenes y con armas largas que recuerda. “Mi mamá me tendría que haber dicho algo en ese momento, eso es lo que yo sentía, me tendría que haber dado una última instrucción”, dijo frente al tribunal y cerró: “Pero según me contó la vecina, cuando yo salí de ahí estaba en el piso, boca abajo, encañonada”.

No tenía instrucciones pero rescató los bienes preciados de su madre, el collar, las fotos que eran un resguardo de la vida cotidiana: playas, sonrisas, besos que no podían perderse en la huida aun a riesgo de convertirse en delación involuntaria. ¿Cuánto sabía la niña de todo lo que iba a perder como para que antes que sus juguetes guardara la bolsita de las fotos?

–Polo no es un nombre -le dijo el comisario de la 35 a la niña de 7 que había dado apodo, apellido y ocupación de su abuelo, “un fabricante de soda de Tres Arroyos”.

–Usted búsquelo que lo va a encontrar -contestó ella y así fue, constatando una vez más la enorme maquinaria del plan sistemático para la desaparición de personas no sólo represiva, también burocrática. Una burocracia dócil que ahora pretende aplicarse al conteo de los cuerpos que nos faltan. Nombrar es una cuestión de poder, decir 30 mil  y que haya acuerdo es el poder que hemos ido acumulando a lo largo de cuatro décadas y es lo que está en disputa.

Mientras escucho a mi amiga, pegada al vidrio que nos separa con la ilusión de encontrar sus ojos como si hiciera falta para sostenerla cada vez que amenaza con quebrarse, pienso con deseo en el lugar que ocupa. Yo también quiero acusar, quiero que llegue la hora del juicio por lo que le hicieron a mi madre y a sus compañeros y compañeras de cautiverio. Cuando promediaba el año pasado y se supo que no sucedería en octubre como habían prometido, y después, cuando tampoco habría fecha designada para marzo, empezó a circular entre los querellantes la lista de testigos que tendrían que adelantarse en testimoniar porque la dentellada de la muerte ya les está mordiendo los talones. 85, 87, 90, 95 años se leía junto a algunos nombres. Alguien anotó en ese intercambio de correos que su madre ya no podría declarar porque el ejercicio de memoria había destrozado sus neuronas. Hace 13 años que presentamos la querella. En ese tiempo todos y todas nos convertimos en otros, en otras, guardando a la vez quienes fuimos para no perder detalle cuando nos den la palabra. La impotencia se come el fin de la impunidad que ya no podemos declamar.

Antes de escuchar a Josefina, en un cuarto intermedio que tensa nuestra paciencia, Raquel me dice con ojos húmedos: “Siento que nos están tomando el pelo, ya no le encuentro sentido”. Es una descarga de derrota que no va a acatar, aunque las dos sabemos de qué habla. La Justicia, con esos pies de plomo, ya no puede llamarse así. Y sin embargo.

“¿Pudiste reconstruir…?”, es la primera parte de la pregunta que se repite para que Josefina de cuenta de lo que sabe de su madre, de su destino después del secuestro. Ella contesta una y otra vez, sobre los testimonios leídos, los diálogos ansiosos que persiguen un dato más, por nimio que fuera. Todo el trabajo lo hicimos las víctimas y quienes se comprometieron con nuestro duelo, el inmenso duelo acuoso de un país entero que todavía sigue evaluando el tamaño de las heridas que dejó el terrorismo de Estado. ¿Dónde están los papeles, los organigramas, los números de ellos, los ejecutores? ¿Dónde ocultaron los cuerpos? ¿Por qué a ellos se les permite todavía ahora ocultarse?

Hubiera querido que estén aquí los acusados, para interpelarlos. Quiero decir que yo pienso todas las noches en el cuerpo torturado y violado de mi madre. Y los represores piensan que así le hicieron bien a la patria. -dijo Josefina y tomó el collar de su madre de la mesa frente a la que estaba sentada y se lo puso, recogió sus fotos y enjugó sus lágrimas. Para que se vea y que se sepa: aun cuando le arrebataron tanto no pudieron quitarle todo.

En otro espacio virtual leo acerca de esta hija militante de la memoria:

UN COLLAR DE CERÁMICA

La estridencia de los camiones que pasan por encima apenas le permiten hablar a Josefina Giglio. Pero no grita, no lo quiere hacer en este lugar.

Josefina Giglio señala el retrato de su madre dentro de un cartel en el lugar donde estaba ubicado el centro de tortura El Atlético.

Madre de dos niños e hija de desaparecidos, intenta hallar el retrato de su madre en el afiche que está colgado sobre las ruinas del Centro Clandestino de Detención y Tortura Club Atlético, que está -estaba- ubicado debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina.

Aquí está Coca, mirá- señala la foto de Virginia Isabel Cazalas, su madre, entre las centenares de imágenes de personas impresas sobre una sábana como recuerdo de quienes estuvieron presos aquí.

Josefina está acá porque este fue el último lugar donde, según testimonios de otros detenidos sobrevivientes, su madre fue vista por última vez.

A principios de 1978, cuando tenía 8 años, se la arrebataron de la casa en donde vivían clandestinos en Buenos Aires. Desapareció, lo mismo que había ocurrido con su padre un año antes.

Y desde entonces los anda buscando, a ella y a él, sin éxito.

Virginia Isabel Cazalas, más conocida como “Coca”, era la madre de Josefina.

Josefina es una de los muchos hijos que todavía no pudieron reunirse con los huesos.

Por eso tal vez sus peregrinaciones a las ruinas de Club Atlético, como un mecanismo para no olvidar ante la tierra abierta de las excavación arqueológica que se realiza ahora en este lugar antes utilizado para la tortura y que quedó sepultado cuando se construyó la autopista.

“En esto hay como dos partes: primero estás como esperando, como detenido en el tiempo esperando a que vuelvan, y después hay un momento en que comenzás a buscar”, dice Josefina.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, Josefina Giglio, hija de desaparecidos.

“Siempre estás buscando”.

“Había una época en que había una publicidad en la tele y el actor era igual a mi papá. Igual. Y mi papá había estudiado teatro, entonces yo decía ‘por ahí le dieron un golpe en la cabeza, se olvidó quién es y es ese actor’. Escribí al canal y todo. Nunca nadie me contestó, obviamente… Después, mi búsqueda en serio comenzó cuando de grande empecé la universidad”.

Su despertar universitario fue también el inicio de una misión colectiva: la agrupación Hijos e Hijas por la Identidad, la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S), algo así como una versión filial de lo que hacían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que fue fundada en 1994, cuando muchos de los hijos de los desaparecidos cumplieron la mayoría de edad.

El centro clandestino de detención Club Atlético funcionaba a pocas cuadras de la cancha del popular equipo de fútbol Boca Juniors.

Con ellos logró, dice, “democratizar el dolor”. Con ellos lloró, protestó en las calles.

Estudió a fondo la historia de sus padres para intentar encontrar pistas: las impresiones del sulfuro de plata en las fotografías, la tinta aplastada en las hojas de las cartas. Algo que le permitiera entender quiénes eran, por qué habían luchado, qué sentido había tenido su muerte casi segura.

Y ha visto, como un tren que pasa de largo en una estación, cómo a otros compañeros de militancia el EAAF les han restituido los restos de sus padres, mientras ella los sigue esperando.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, cuenta y se ríe. La carcajada le suelta la mirada que aguarda tras unos anteojos gruesos de carey. La idea le enciende una chispa.

“Tendría algo así como un amuleto, un deseo de hacerme un colgante con ellos”, continúa sonriente.

“La tierra contiene como un útero los huesos que esperan”, se lee en uno de los cuadros de las oficinas del EAAF.

Josefina ya tiene un collar.

Al día siguiente del secuestro en el verano del 78, cuando le dieron permiso para entrar al departamento de donde se habían llevado a Virginia para buscar algunas cosas, la única pertenencia de su madre que se llevó fue un collar de cerámica que habían comprado juntas en la feria de Plaza Francia.

“Pensaba dárselo cuando volviera”.

Durante estos años ha elaborado mil conjeturas, pero a pesar de su empeño hay cuentas que no puede obviar: el EAAF sólo tiene restos óseos de unas 600 personas y siguen hallándose algunos centenares más, pero el número queda muy lejos de los 30.000 desaparecidos que calculan las organizaciones de derechos humanos e incluso de los 10.000 que reconocen las fuentes más conservadoras.

Y a muchos de ellos, se sabe, los tiraron al Río de la Plata y al mar desde los llamados “vuelos de la muerte”.

“Durante mucho tiempo tenía la sensación de ser hija de un agujero negro y los huesos siento que me permiten esa continuidad: yo soy esos huesos, voy a ser esos huesos. Recuperar esa continuidad que se cortó. Uno cree que una tibia y un peroné son innecesarios, hasta que te das cuenta de que son una fuente de alivio y te darían un cierre”, reclama.

Una fila india de camiones interrumpe la charla hasta el punto de suspenderla. Pero antes de irse ella mira el abismo de las excavaciones: dice que siempre busca algún objeto, alguna presilla, un pedazo de herencia que le debe el destino.

Para tenerlo mientras llegan los huesos.

Y es así que en mi transito virtual encuentro una noticia de hace cuatro días, una fotografía de dos hijos – Josefina y Francisco – hijos de Virginia y Carlos, huérfanos por el terrorismo de Estado en la Argentina que una vez nos acogio a mis hijos y a mi, donde vivimos la segunda dictadura a las que hemos sobrevivido.

Carlos y Vibel –el padre y la madre de Josefina, Coco y Coca para sus compañeros de partido- militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Carlos era arquitecto, había caído el 19 de mayo de 1976 en una reunión del partido en Combate de los Pozos y Pavón, por un vecino que lo denunció. Cuando intentaba huir por la terraza, fue herido en una pierna y cayó al pozo de luz. Nunca más se supo de él. Desde entonces, Vibel –psicoanalista- peregrinaba entre una sombra y la otra mirándose las espaldas. Los militares la alcanzaron un año y medio después, en un departamento de Belgrano R. No estaba sola: Josefina tenía 7 años, Francisco uno y medio. Estaban además otros militantes del PCML. Los militares lo llamaron Operativo Escoba.

“Entre que se llevan a mi padre, el 19 de mayo de 1976, y caemos con mi madre el 5 de diciembre de 1977, hubo un dispositivo de pinzas para buscarla. La noche del 8 de junio se llevaron en La Plata a mi abuela paterna, Tecla, a mi tío que estaba con ella, en Tres Arroyos a Polo, y en Mones Casón, cerca de Carlos Casares, a mi tío Oscar Bossier, el cuñado de mi padre”.

http://memoria.telam.com.ar/noticia/-un-brigadier-dijo-que-mama-era-la-mujer-mas-buscada-_n3809

Necesitamos recuperar los restos. Josefina y Francisco Giglio

Josefina y Francisco Giglio declararon en el juicio por los crímenes cometidos en el llamado circuito ABO.

Los testimonios de Josefina y Francisco Giglio, hijos de los desaparecidos Virginia Isabel Cazalás y Carlos Giglio, inauguraron la audiencia que reactivó tras la feria el tercer tramo del juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención y exterminio Atlético, Banco y Olimpo. Fue la primera vez que ambos contaron en tribunales la historia de sus vidas desde la arista que representa el secuestro y la desaparición de su mamá, que fue vista en el Banco por sobrevivientes. “Vebel”, como la llamaban en su familia. “Coca”, como la habían bautizado sus compañeros de militancia del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), fue llevada del departamento en el que estaba escondida la noche del 5 de diciembre de 1977 por una patota del Ejército. Estaba en camisón. Josefina, de siete años, y Francisco, de año y medio, fueron dejados con una vecina. Crecieron con sus abuelos maternos en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Nunca más supieron de su mamá ni de su papá, que había desaparecido en mayo del ‘76. Con cuarenta, Francisco reconoció ante el Tribunal Oral Federal número 2 que todavía los espera. No obstante, reclamó por sus restos, al igual que su hermana, que se quejó de que los acusados no presencien el juicio. “No alcanza con los juicios. Sería bueno que los imputados estén sentados acá también. Todas las noches pienso en el cuerpo de mi madre violado y torturado. Y los señores que dieron las órdenes y las cumplieron piensan que hicieron un bien a la patria”, remató, sobreponiéndose al llanto, que logró contener durante todo su testimonio. El público que presenció la jornada la aplaudió un rato largo. Cuando el TOF le dio permiso para retirarse, ella tomó el collar de perlas grandotas que era de su mamá, y que había colocado en la mesa del estrado al comenzar a hablar, y se lo puso.

“Primero quisiera contar un poco sobre mi mamá, que era la más linda del mundo”, propuso Josefina como respuesta a la consulta que le realizó la fiscal Gabriela Sosti para introducirla en su testimonio. La hija de “Coca” completó la selección de fotografías entregadas al TOF que había iniciado su hermano, quien la precedió en el estrado. Josefina explicó que cuando un policía y una presunta asistente social la llevaron al departamento de Belgrano R donde la noche anterior habían secuestrado a su mamá para que agarrase ropa para ella y para su hermano, bebé entonces, ella también se llevó una bolsa con fotos que su mamá siempre llevaba de casa a casa y ese collar de perlas grandotas, que “a ella le gustaba mucho” y que encontró sobre su mesita de luz. Ayer, mientras declaraba, lo sacó de su cartera y lo puso sobre la mesa del estrado.

Pasaron más de 40 años, pero Josefina fue clara y precisa para contar lo ocurrido la noche del 5 de diciembre de 1977 y las que le siguieron. Ella, su mamá y su hermano vivían en un departamento de la calle Ramón Freyre con dos compañeros de militancia: Mariano Montequón y Patricia Villar. Esa noche acababan de cenar y hacía calor. “Mi mamá estaba en camisón, y así se la llevan, y yo estaba en bombacha”, contó.

Sientieron que rompían la puerta de entrada. “Yo me escondí porque no quería que me vieran, mi mamá pidió cambiarse pero no la dejaron. A nosotros nos dejaron con la vecina”, siguió. Aún hoy, le extraña que ella no le haya dado “alguna instrucción” antes de que se la llevaran.

Años después se reencontró con Susana Martínez, la vecina a la que “tres jóvenes de civil” le pidieron que cuidara a ella y a Francisco “hasta que llegara la Policía”. Susana también declaró ayer en el juicio. El otro testigo fue Daniel Merialdo, un sobreviviente del circuito ABO.

Cuando la encontró, Susana le dijo que la última vez que la vio su mamá estaba tirada en el suelo, apretada por una pistola larga. Con el tiempo, ella y su hermano supieron que su madre fue atrapada en un operativo al que el Ejército llamó “Escoba” y que barrió con casi todos los militantes del PCML.

Al otro día, la policía los llevó a buscar ropa al departamento reventado por el Ejército. “Cuando esta mujer que dijo ser asistente social pero que no aparece en ningún registro me vio con la bolsa de fotos, me sentó en la mesa y me hizo verlas una por una mientras me preguntaba ‘¿este quién es? ¿y éste quién es? Yo estaba entrenada y sabía que no tenía que decir nada”.

Tenía siete años Josefina, pero ya sabía que en la escuela y en todos lados era María José Roldán. La familia estaba clandestina desde 1975, cuando les allanaron la casa. Francisco nació en julio de 1976, pero su padre no llegó a conocerlo. Fue secuestrado en Constitución, un mes antes. “Nos quedamos solos. Pienso mucho en esa mujer sola, con dos hijos y escapando”, relató Josefina.

Tres días después del secuestro de su mamá, su abuelo de Polo, de Tres Arroyos, los fue a buscar. Cuando fueron creciendo, Polo les contó que para dar con Vibel los terroristas dieron un par de pasos antes de reventar el departamento de Freyre: lo secuestraron a él –permaneció un mes en Vesubio–; a su abuela paterna y a un tío paterno y a un cuñado de Carlos Giglio.

El relato de Francisco fue menos detallista. El tenía un año y medio cuando ocurrió todo. Coincidió con su hermana en el sentimiento de espera. “Llegó la democracia y todos pensábamos que los iban a liberar, porque creíamos que estaban detenidos en algún lugar. Yo creí que iban a aparecer para mi cumpleaños de quince. Y luego, para mi fiesta de egresados”, intentó explicar ella, que comparó al gobierno de Raúl Alfonsín con “la esperanza”; al indulto de Carlos Menem con “el abismo” y a las gestiones kirchneristas con el abandono de la clandestinidad. “Yo sentí que salía de la clandestinidad, que podía decir que mis viejos estaban desaparecidos y que no era mi culpa, y que había un Estado que en vez de discutir la cantidad de desaparecidos debería estar buscando los restos de mi padre y de otros”.

Francisco lo analizó desde la figura del “desaparecido”, esa que “produce algo tremendo en la mente de un hijo, porque siempre lo estás esperando. Yo tengo 40 y sigo esperándolos en algún rincón de mí. La perversidad es tremenda”.

Ambos saben que no volverán, por eso ven una posibilidad de “cierre” en la recuperación de los restos. “Necesito recuperar los restos de mis padres – dijo Francisco– sería de alguna manera reencontrarme con ellos”.

Josefina también reclamó los restos: “Me gustaría que el Poder Judicial le exija al Ejecutivo que disponga de todos los medios para encontrar los huesos de mis padres y de todos los desaparecidos. Y que le dé prioridad a la búsqueda de todos los chicos que fueron robados. Yo no quiero que mis hijos crezcan buscando los huesos de su abuela. Ya pasaron 40 años, ya es tiempo”.

El Comando de Vengadores de Mártires: secuestros, tortura y muerte

DestacadoEl Comando de Vengadores de Mártires: secuestros, tortura y muerte

Espero que esta vez sí se pueda hacer justicia con Eduardo Jara, con su hijo que creció sin padre, con sus familiares, con Cecilia Alzamora que sobrevivió duramente al secuestro, con aquellos que recién ingresábamos a Periodismo de la PUC y vimos la tragedia de cerca en una universidad que no pudo ni quiso ayudar…

Este mensaje leído en las redes sociales me condujo a investigar el caso poco conocido de las acciones de este grupo de militares que se tomaron la justicia- venganza en sus manos y han permanecido impunes hasta el año 2015.

Nuestra memoria alerta está en-redada, y somos muchos más que dos…

El COVEMA y la monja misteriosa

Alejandra Matus.

 

El tercer capítulo de Los archivos del cardenal se inspiró en los secuestros con que debutó, en 1980, el Comando de Vengadores de Mártires, formado por el entonces director de Investigaciones, Ernesto Baeza, para vengar la muerte del teniente coronel Roger Vergara, asesinado por el MIR ese año. Todos los secuestrados fueron liberados, pero uno de ellos, el estudiante Eduardo Jara, murió producto de las torturas. Hoy Cecilia Alzamora –quien fue apresada y liberada junto a Jara– habla sobre lo ocurrido y entrega antecedentes inéditos sobre el papel que habría tenido una monja como delatora de las víctimas.

El 23 de julio de 1980, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica, llamó a su amiga y ex polola Cecilia Alzamora. Ella ya había egresado, pero seguían en contacto. Ambos habían realizado la práctica profesional en Radio Chilena ese verano. Jara estaba muy acongojado porque no tenía dinero suficiente para pagar la matrícula para el segundo semestre. Por eso le pidió a Alzamora que lo acompañara a la universidad. Se le vencía el plazo ese mismo día y necesitaba conseguir que alguien le prestara el dinero. Ella aceptó a regañadientes, como en tantas otras ocasiones en que él enfrentó apuros similares.

Entonces habían pasado ocho días desde que un comando del MIR asesinara al director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, teniente coronel Roger Vergara Campos, cuando salía de su casa en Manuel Montt, cerca de Bilbao. Se trataba de una de las primeras acciones ejecutadas por la Fuerza Central del MIR, que en 1978 había dado curso a la «Operación Retorno» y a inicios de los años ochenta contaba ya con un contingente militar para realizar acciones selectivas y de cierta envergadura.

Roger Vergara pertenecía a la inteligencia institucional del Ejército. Su asesinato representó un golpe duro para los servicios de seguridad de la dictadura, y motivó la baja inmediata de Odlanier Mena, el flamante director de la CNI (el organismo que había reemplazado a la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA) y enemigo declarado de Manuel Contreras. En su lugar asumió Humberto Gordon. Santiago se volvió un hervidero de agentes y policías que tenían como único objetivo capturar a los asesinos de Vergara. En ese contexto, el director de Investigaciones, general Ernesto Baeza, seleccionó a cincuenta de sus hombres para buscar a los culpables. Así nació el Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA. Y partió la cacería.

Mientras viajaban desde el Paradero 25 de Gran Avenida rumbo al Campus Oriente, en micro, Alzamora y Jara repararon en la fuerte presencia de policías en la calle.

–No es un buen día para salir –dijo él.

–Menos para andar contigo –bromeó ella.

Amistad en el Campus Oriente
Cecilia Alzamora estudió periodismo en la Universidad Católica a mediados de los setenta. Tenía una hija, era soltera y, a pesar de ser de izquierda, había decidido mantenerse al margen de cualquier actividad política. Eran años en que la detención, la marginación, la pérdida del trabajo y aun la muerte le podían tocar a cualquiera que expresara oposición a la dictadura, y Cecilia quería proteger a su hija. Por eso mantenía la boca cerrada y en la universidad no hacía otra cosa que estudiar.

Nunca le preguntó a Eduardo Jara si él militaba. Ella sospechaba que sí, por su amistad con los hermanos Romero, quienes eran un poco más abiertos respecto de sus convicciones políticas. Mario Romero era un estudiante brillante que terminó la carrera de periodismo en tiempo récord, y el hermano de este, Gonzalo, estudiaba medicina y atendía gratuitamente a opositores sin recursos. «Esos eran los códigos. Había cosas que no se decían, ni se preguntaban», recuerda.

Había otra mujer que parecía una amiga cercana de Eduardo. Cecilia pensó que ellos tenían una sintonía más política, porque «había muchas conversaciones privadas y secretos entre ellos; o eso parecía». Lo curioso es que se trataba de una monja, quien había pedido el traslado a Periodismo desde la carrera de Teología. Algo similar había hecho el propio Jara, quien logró el traslado desde Pedagogía.

Cecilia compartió con ella algunos ramos optativos, como un taller de cine, junto a Jara, Cecilia Serrano, Samuel Silva, María Elena Correa, Pamela Jiles y Tati Penna. «La monja», como le decían todos (y cuyo nombre mantenemos en reserva, en resguardo de la investigación judicial), era una mujer simpática que se ruborizaba intensamente cada vez que se decía un chiste de doble sentido o un profesor le hacía una pregunta. A Jara le regalaba leche holandesa y ropa usada europea, que conseguía en la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía (aunque según otra versión se trataba de una monja paulina).

«Ellos estudiaban juntos. Se prestaban libros. Todavía tengo un texto de ella sobre el Concilio Vaticano II. Eduardo me pidió que se lo devolviera cuando la viera», dice Alzamora. Pero la ocasión nunca se dio.

Cecilia recuerda que, pocos días después del asesinato de Roger Vergara, Jara le confidenció que la monja había tenido una conducta extraña con él. «Me dijo que se habían juntado en el convento, porque ella le iba a dar algo, y que la monja se levantó el hábito hasta el nacimiento de las piernas, como acomodándose las medias, mirándolo en forma inquietante. Yo lo eché a la broma. Pero él estaba muy preocupado. No entendía por qué la monja había actuado así».

«¡Bájate, conchetumadre!»
Ese 23 de julio, en el Campus Oriente, el profesor Óscar González Clark salvó del apuro a Jara y le extendió un cheque por mil pesos. «Ándate corriendo», le dijo, porque el plazo para matricularse vencía y Jara tendría que ir hasta la Casa Central de la universidad, frente al cerro Santa Lucía.

«Justo antes de salir nos encontramos con la monja. Eduardo se acercó a decirle algo y yo la saludé cuando terminaron de hablar. Salimos corriendo a tomar un colectivo», relata. Cecilia y Jara se sentaron adelante, junto al chofer, porque los tres asientos traseros estaban ocupados. El vehículo se detuvo en un semáforo en calle Los Leones, antes de llegar a Lota. Desde una camioneta C-10 se bajaron varios sujetos armados: «¡Bájate conchetumadre!», gritaron.

«A mí me metieron una pistola en las costillas, pero yo gritaba: “¡No, no! ¡No me bajo!”. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensaba que nos querían bajar a todos y no tenía intenciones de obedecer, hasta que Eduardo me dice: “Cecilia, bájate. Nos quieren a nosotros”».

Los desconocidos los metieron en la parte trasera de la camioneta, les vendaron los ojos y los cubrieron con sus chaquetas. Les dieron numerosas vueltas, hasta llevarlos a un lugar que tiempo después Cecilia reconocería como la Brigada de Homicidios, ubicada en esa época en el subterráneo del Cuartel Central de Investigaciones, en la avenida General Mackenna.

En operativos separados y en días sucesivos, el hasta entonces desconocido COVEMA secuestró al menos a catorce personas. Entre las víctimas estaban Juan Capra, Nancy Ascueta y Haissam Chaghoury, quienes vivían en una pensión cercana al lugar donde fue asesinado el teniente coronel; los siquiatras Alejandro Navarrete y Eduardo Pérez Arza; una mujer a la que solo se conoció como «la abuela» y el estudiante de medicina Gonzalo Romero, el amigo de Eduardo Jara. Con los días se sumarían los secuestros de Mario Romero, hermano del anterior, y Guillermo Hormazábal, directores de dos emisoras pertenecientes a la Iglesia Católica y cuya prominencia probablemente haría cambiar los planes del COVEMA.

La silla giratoria
Alzamora y Jara, los primeros detenidos, fueron separados inmediatamente al llegar a su lugar de reclusión. Fueron desnudados y revisados. A ella le dieron un golpe en la cabeza que le dejó el cuello inmovilizado y a Jara se lo llevaron a otra dependencia. Ella ya no podía escucharlo.

Con los ojos vendados y sentada en una silla giratoria, Alzamora respondió preguntas sobre su supuesta vinculación con el MIR, el asesinato de Vergara y sus actividades políticas. Tras oír sus negativas, los agentes comenzaron a preguntarle por Jara y sus conexiones. Suponían que Alzamora era su polola y que, por lo tanto, sabría. Ella descartó que Jara pudiera estar involucrado en el asesinato de Vergara, porque aunque ya no estaban juntos recordaba que ese día él había estado ubicable y no había mostrdo especial preocupación por ese hecho. Los interrogadores de Jara iban y venían con listados de nombres que él había entregado en la tortura, para chequearlos con ella. Casi todos eran compañeros de universidad, de los cuales Cecilia desconocía que tuvieran vínculos con organizaciones políticas.

«En un momento, me tomaron y me llevaron a la celda donde tenían a Eduardo. Estaba sentado, desnudo y amarrado, en una silla bajo un foco de luz. Me levantaron la venda para que pudiera verlo y para que él me viera a mí. “Ya, poh, dile, cuéntale…”, y acto seguido Eduardo dijo que vivía hacía varios años con la madre de su hijo, Ana María. “Pero no estoy casado”, aclaró seguidamente. Me di cuenta de que esos tipos pensaban que nosotros éramos pareja y que de ese modo me iban a poner en su contra para delatarlo, pero yo sabía lo de Ana María. Eduardo les siguió el juego y me pidió perdón por las mentiras que supuestamente me había dicho. Después me llevaron de regreso y me decían: “¿Viste que te hicieron güeona?”. “Sí –decía yo, siguiendo el juego–. Tienen razón. Qué le vamos a hacer”».

Cecilia comenzó a sentir la presencia de otros prisioneros. Cuando podía, les preguntaba los nombres. Trataba de memorizarlos. Una anciana –«la abuela» o «señora Berta»– fue llevada hasta el cuartel para interrogarla por ser vecina de María Isabel Ortega, una militante del MIR. Como la mujer dijo no saber nada, trajeron a un niño, su nieto, para que la conminara a hablar.

Cecilia se daba cuenta de que comenzaba la noche porque se aquietaban los ruidos a su alrededor. A Eduardo Jara lo dejaron en una habitación cercana a la suya. Ella lo oía quejarse, pedir agua. Un día, Jara no regresó. Los agentes le hicieron creer que él había muerto.

«Me sentaron en la silla giratoria y me empujaban de lado a lado: “Ahora sí que vai a hablar. El Jara ya cagó. Quedai voh”. Yo les dije: “¿Saben qué más? Hagan lo que quieran conmigo, van a perder el tiempo”. Y era cierto, porque Eduardo jamás me confidenció nada de sus actividades, si las tenía, y yo solo lo conocía en el contexto de la universidad. Salvo la sospecha sobre la real naturaleza de su relación con la monja, que aún me guardaba».

Una alarma radial la salvó momentáneamente. Habían asaltado varias sedes bancarias y los agentes salieron en bandada a la calle. Los prisioneros quedaron prácticamente solos. Pero volvieron. Y uno de los agentes, que parecía más educado que los demás, pasó por su lado y le dijo: «Eres lista. No hai entregado ná».

«Yo imaginé que a Eduardo le habían sacado todo lo que podían hasta matarlo, y que ahora me tocaba a mí. “Tengo que entregarles algo que les sirva”, pensé, y me acordé de la monja. Me habían preguntado por todos los amigos de Eduardo, menos por ella. Sentía culpa, pero habían pasado varios días y suponía que ella habría tomado sus precauciones. Les di su nombre pensando que no podrían hacerle nada porque la Iglesia la iba a proteger. Para mi sorpresa, en vez de averiguar más dejaron de interrogarme. No me preguntaron nada nunca más».

Una semana después del secuestro de Jara y Alzamora, el 30 de julio, fueron arrestados Guillermo Hormazábal, director de opinión pública del Arzobispado y jefe de prensa de Radio Chilena, y Mario Romero, director de la Radio Presidente Ibáñez, de Punta Arenas, quien estaba en Santiago preocupado por la desaparición de su hermano Gonzalo. Hormazábal y Romero fueron capturados cuando caminaban rumbo al restaurante Carillón, donde almorzaba el personal de Radio Chilena. El directorio de la emisora comenzó de inmediato una campaña intensa por su liberación y, cosa inusual para la época, la noticia de sus secuestros apareció en la prensa.

En medio de la conmoción, los prisioneros fueron trasladados a la Octava Comisaría Judicial de Investigaciones, según pudo aclarar posteriormente la Vicaria. Jara ya no fue torturado, pero se quejaba constantemente de frío y de hambre. Decía que le dolían las muñecas. Imploraba que no lo dejaran morir.

Hormazábal fue liberado el mismo día de su detención: lo dejaron abandonado en un sitio eriazo, con los ojos vendados. Sus captores le dieron plata para la micro y le pusieron un papel en el bolsillo en el que se identificaban como Comando de Vengadores de Mártires. En la madrugada del 31 de julio fue liberado Gonzalo Romero y, un poco más tarde, su hermano Mario.

Ese día la Corte de Apelaciones designó al juez Alberto Echavarría para investigar los secuestros, en respuesta a un escrito del ministro del Interior, Sergio Fernández. En la misma jornada, dos de los liberados dieron una conferencia de prensa, pero Cecilia Alzamora, Eduardo Jara, Nancy Ascueta y otros seguían desaparecidos.

«Cállate, huevón»
La noche del 31 de julio, según pudo establecerse en los testimonios recogidos por la Vicaría, los guardias que custodiaban a los cautivos abrieron una botella de pisco de la que bebían mientras jugaban naipes. Jara, sentado en una banca, se quejaba. Pedía agua.

«Nos tenían a todos vendados y cerca. Se notaba que movían cuerpos, y yo ya podía escucharlo. Estaba en shock. Desvariaba. “¡Cállate, huevón!”, le decían los guardias. Él volvió a quejarse y de repente oí un golpe fuerte y seco. Eduardo quedó en silencio. Ahí sentí miedo. Pensé que estaba muerto o inconsciente, porque no lo escuché más por muchas horas. Hasta que despertó y comenzó a quejarse de nuevo. Estaba muy mal».

Tarde, el viernes 1 de agosto, los prisioneros remanentes fueron subidos en varios vehículos y abandonados en distintos sitios eriazos en la madrugada del sábado 2. A Alzamora y Jara los mantuvieron en un furgón por largas horas. Uno de los guardias se portó amable y le masajeó los pies al joven, porque los tenía helados y sin zapatos. Luego, en la noche, fueron metidos a un auto que al fin partió.

«Eduardo seguía quejándose de dolor y frío. Se le caía la cabeza para el lado. Le decían: “Del MIR y recostándose como huevón. Enderézate”, pero él simplemente no podía. Nos bajaron en Valenzuela Puelma [en La Reina alta] y nos hicieron acostarnos en el suelo, boca abajo. Me dijeron: “Cuenta de cien hacia atrás. Fuerte. Para que te escuchemos”. Ahí me despedí de la vida. Estaba segura de que nos iban a disparar».

Cecilia no dejó de contar hasta que llegó al número uno. Entonces se dio cuenta de que estaban solos y se quitó la venda.

«Hablé con él un poco. Le pregunté si había entregado a la monja. Me dijo que sí. “Yo también”, le dije. Lo ayudé a pararse. Casi no podía caminar. Yo le pasé mis zapatos y así pudo avanzar otro poco, pero no podía. Se iba para el lado. Lo dejé debajo de un poste y empecé a pedir ayuda. Me encontré con unos tipos que cuando supieron lo que nos había pasado salieron huyendo, despavoridos. Toqué el timbre en una casa y mentí. Dije que nos habían asaltado y así logré que llamaran a la ambulancia».

Cecilia y Eduardo fueron trasladados a la Posta 4 de Ñuñoa. En camillas separadas por una cortina, Cecilia oía cómo los médicos anotaban las lesiones de Eduardo y pedían exámenes. Una enfermera le hizo un gesto indicándole que los médicos eran militares y se negó a tomar las pastillas que le ofrecieron. Fue trasladada a una comisaría y Jara quedó en el recinto médico. Mientras esperaba que su familia fuera a buscarla, un carabinero se le acercó y le dijo: «Aquí hay unos periodistas que quieren conversar con usted. ¿Desea atenderlos?».

«Yo acepté pensando que serían colegas. Cuando me hizo pasar a la sala donde estaban, no podía creerlo. Los reconocí de inmediato. Eran los tipos que nos habían secuestrado. Uno que hablaba más que el otro me preguntó si yo creía que podría identificar a mis captores. Les dije: “Da la casualidad de que se parecen mucho a ustedes”, me di la media vuelta y salí».

Minutos después, un carabinero se acercó a contarle que Jara había muerto.

La monja
A la mañana siguiente, a primera hora, Cecilia se presentó en la Vicaría. Lo primero que pidió fue que alguien se preocupara de la situación de la monja. Ella había dado su nombre en los interrogatorios y quería asegurarse de que alguien le advirtiera que podía correr peligro.

«Los abogados me dijeron que no me preocupara, porque estaba bien, pero noté algo raro. Exigí hablar con el vicario Juan de Castro y él también insistió en que ella estaba bien. “No le ha pasado nada”, me dijo, pero no sonó convincente».

Unos días más tarde, el juez Echavarría ordenó la detención del jefe de la Brigada de Homicidios, José Opazo, y el subjefe, Domingo Pinto, junto a seis subalternos. La justicia aceptó la hipótesis de que el COVEMA se había organizado a espaldas del mando institucional, pero el escándalo obligó a la renuncia casi inmediata del director de Investigaciones, general (r) Ernesto Baeza.

Unas semanas más tarde, por una iniciativa de la revista Hoy, todos quienes habían sido secuestrados se reunieron. Entonces Cecilia se enteró de que Guillermo Hormazábal y Mario Romero habían visto a la monja minutos antes de ser detenidos. Contaron que ella les insistió en acompañarlos a almorzar, pero Guillermo se negó explicándole que Mario quería hablar un asunto delicado con él.

Cecilia volvió a la Vicaría. Exigía saber qué había pasado con la monja. Entonces se enteró de que su congregación la había sacado del país. Años más tarde descubrió un hecho aun más escalofriante. La monja volvió a Chile desprendida de sus hábitos y ya de civil se casó con José Opazo, el ex jefe de la Brigada de Homicidios, el hombre que dirigió el operativo del COVEMA, y que estuvo procesado y detenido por unas semanas. Más tarde Opazo moriría de cáncer, pero la monja, titulada de periodista, se encontró en un par de ocasiones con Cecilia en actividades profesionales.

«Ella me miraba desafiante. Como diciendo aquí estoy. A mí se me helaba la sangre. Durante los siguientes diez años, seguí recibiendo llamadas anónimas de amenaza. Principalmente de una mujer. A pesar de que me cambiaba constantemente de casa, siempre me ubicaban y amenazaban a mi hija o a mi padre. Una vez llamaron a unos vecinos para decirles: “¿Usted sabe que su vecina es una terrorista?”».

Sin temor
Álvaro Varela, uno de los abogados de la Vicaría que estuvo a cargo del caso, recuerda que el ministro Echavarría prácticamente no investigó. Era el mismo juez que en el caso de los diez dirigentes desaparecidos del PC en 1976 dio por ciertos los papeles que certificaban su salida al extranjero y cerró la causa. En cuanto a estos catorce secuestros del caso COVEMA, determinó que José Opazo y el detective Eduardo Rodríguez habían actuado motu proprio en la detención ilegal de Juan Capra y Nancy Ascueta, y en 1988 los condenó a una pena de 541 días que cumplieron en libertad. En cuanto a la muerte de Eduardo Jara, el juez no encontró pruebas de que los funcionarios hubiesen participado en su secuestro, ni que tuvieran responsabilidad en su muerte. El caso por su homicidio fue sobreseído sin culpables.

En 1985, la Vicaría obtuvo el testimonio de un funcionario que había participado en el operativo como chofer, el que permitió establecer que fue el COVEMA el que secuestró y torturó a Eduardo Jara, y que la creación del Comando fue una orden del general Baeza, quien escogió personalmente a cincuenta de sus mejores hombres para la operación. Para ello contó con la colaboración, usual en aquel tiempo, de otros organismos de seguridad, como la CNI y aun de personal de Carabineros. Pero la justicia ignoró los antecedentes.

Sobre el crimen de Jara, el abogado Varela señala: «Investigaciones creyó tener un hilo e intentó aclarar el crimen de Roger Vergara por esa vía. Pero sus pistas eran totalmente erradas. Jara era un militante marginal del MIR, sin participación en acciones militares, como creía Investigaciones. Lo que nunca tuvo una explicación muy clara fue la violencia de la acción y haber matado a Eduardo Jara, salvo que se les pasó la mano en la tortura».

Cecilia Alzamora, por su parte, cree que al menos las detenciones de Eduardo Jara, Guillermo Hormazábal, Mario y Gonzalo Romero y la suya se debieron a un «soplo» de la monja. «Recuerdo que lo discutimos entre nosotros en aquel tiempo, pero optamos por no insistir. Destapar este dato hubiera servido para desprestigiar a la Iglesia y el trabajo de la Vicaría».

Sin embargo, treinta y un años después del asesinato de Eduardo Jara, Cecilia Alzamora ya no siente ese temor y en abril pasado declaró lo que sabe ante el juez Mario Carroza.


GALERÍA DE PRENSA


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Resolución Juez Mario Carroza de mayo 2015

José Eduardo Jara fue secuestrado y torturado por integrantes de Covema.

Cecilia Alzamora también fue raptada junto al joven.

covema.cl

Jara falleció producto de los golpes que recibió.

Jara falleció producto de los golpes que recibió.

El juez Mario Carroza procesará a 10 militares en retiro y ex integrantes de la Policía de Investigaciones por el homicidio calificado de José Eduardo Jara y el secuestro de Cecilia Alzamora, ambos estudiantes de periodismo en la Universidad Católica, ocurrido en julio de 1980.

Alzamora y Jara fueron secuestrados el 23 de julio de 1980 tras ser interceptado el taxi en que se encontraban en la esquina de las calles Eliodoro Yáñez y Los Leones, menos de 10 días después de la muerte del director de la Escuela de Inteligencia del Ejército Roger Vergara.

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Los jóvenes fueron retenidos por miembros del Comando de Vengadores de Mártires (Covema), quienes los torturaron durante un día, causando la muerte de Jara.

Eduardo Jara, hijo del fallecido, explicó que “esto es una acción que se decide como familia, en este caso mi madre y yo, más que nada para cerrar un ciclo en nuestras vidas. Yo soy padre y no me gustaría decirle a mi hijo que su abuelo fue asesinado en dictadura y que los asesinos quedaron impunes”.

“Es parte del cierre que nosotros necesitamos como familia, dejar en claro que nosotros no queremos nada más que eso, no buscamos nada más que las personas, que sean identificadas y tengan una sanción como debe ser”, añadió.

El abogado Luciano Fouillioux comentó que “el ministro Carroza procesa a este mismo grupo como autores de homicidio calificado de Eduardo Jara y un día de tortura o de aplicación de tormento de Cecilia Alzamora, previo secuestro de ambos, y han sido procesados y están siendo citados para ser notificados la próxima semana”.

subirCaso emblemático

La presidenta del Colegio de Periodistas, Javiera Olivares, sostuvo que “para nosotros son casos absolutamente emblemáticos y dentro de los cuales Eduardo Jara es -junto con Cecilia-, como estudiante de periodismo, un caso muy recordado”.

“Por lo tanto, el hecho de vislumbrar posibilidades y caminos de justicia no solo nos parece lo justo, lo que tenía que haber sucedido hace mucho tiempo, sino que nos empuja a seguir pidiendo justicia para todo el resto de los otros casos”, agregó.

Por su parte, Alzamora manifestó que “ha sido un proceso gradual y lo importante son los resultados. Yo creo que estamos en una etapa importante en este minuto también, estas personas están siendo formalizadas y vamos a ver qué pasa”.

“Evidentemente que yo espero que esto llegue a término con condena porque esto fue muy grave y todos esperamos que haya castigo para los culpables y que no prime la impunidad, que ha sido la tónica en la mayoría de los casos de derechos humanos en Chile”, recalcó.

Eduardo Jara, hijo del fallecido, explicó que “esto es una acción que se decide como familia, en este caso mi madre y yo, más que nada para cerrar un ciclo en nuestras vidas. Yo soy padre y no me gustaría decirle a mi hijo que su abuelo fue asesinado en dictadura y que los asesinos quedaron impunes”.

“Es parte del cierre que nosotros necesitamos como familia, dejar en claro que nosotros no queremos nada más que eso, no buscamos nada más que las personas, que sean identificadas y tengan una sanción como debe ser”, añadió.

El abogado Luciano Fouillioux comentó que “el ministro Carroza procesa a este mismo grupo como autores de homicidio calificado de Eduardo Jara y un día de tortura o de aplicación de tormento de Cecilia Alzamora, previo secuestro de ambos, y han sido procesados y están siendo citados para ser notificados la próxima semana”.

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“Por lo tanto, el hecho de vislumbrar posibilidades y caminos de justicia no solo nos parece lo justo, lo que tenía que haber sucedido hace mucho tiempo, sino que nos empuja a seguir pidiendo justicia para todo el resto de los otros casos”, agregó.

Por su parte, Alzamora manifestó que “ha sido un proceso gradual y lo importante son los resultados. Yo creo que estamos en una etapa importante en este minuto también, estas personas están siendo formalizadas y vamos a ver qué pasa”.

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“Querida Noruega, arresta a Henry Kissinger, el hombre que planeó el golpe de Estado en el que mi abuelo fue asesinado”

Nieto de Allende pide arresto de Kissinger en Oslo por golpe militar en Chile.

Una familia que marcó la Historia reciente de Chile. Los Allende – Bussi y sus descendientes.

Pablo es hijo de Carmen Paz Allende, hija mayor del presidente Salvador Allende y de Héctor Sepúlveda; sobrino de Isabel Allende Bussi, presidenta del PSCH y ex presidenta del Senado. Pablo es primo hermano de Maya Fernández Allende, hija de Beatriz, la Tati, todos ellos figuras políticas.Su prima  Marcia Tambutti, hija de Isabel filmó la historia de la familia en su documental Mi abuelo Allende .

Es médico y vive en Venezuela .

(Noticia publicada en medios nacionales e internacionales)

 

por 11 diciembre 2016

Nieto de Allende pide arresto de Kissinger en Oslo por golpe militar en Chile
“A un gobierno que afirma defender la paz y los derechos humanos, como hace el noruego, ¿es mucho pedirle que un criminal de guerra con responsabilidad directa en genocidio, tortura y golpes de Estado sea declarado persona non grata o sea detenido y llevado ante la justicia según la ley internacional?”, consta en la carta.

Un nieto del expresidente Salvador Allende reclamó hoy a las autoridades noruegas que arresten al exsecretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger, presente en Oslo estos días, por su apoyo al golpe militar de 1973 en Chile.

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Kissinger viajó a Noruega por invitación del Instituto Nobel y la Universidad de Oslo, asistió ayer a la entrega del premio de la Paz al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos -con quien mantuvo una reunión privada-, y hoy pronunciará una conferencia con Zbigniew Brzezinski, antiguo consejero del expresidente Jimmy Carter.

El acto, que tiene el apoyo del Instituto Nobel, se celebrará en un aula de la universidad, y el hecho de que “ninguna de las víctimas de sus crímenes de guerra y políticas criminales” puedan intervenir, ni vayan a ser nombradas, es lo que ha convencido a Pablo Sepúlveda Allende de mandar una carta a esas instituciones.

En , carta que hoy reproduce el conservador  Aftenposten.no-el principal diario de ese país nórdico-, Sepúlveda Allende se muestra “conmocionado” por el “homenaje” a Kissinger, que considera una “ofensa”. (leer carta completa)

“A un gobierno que afirma defender la paz y los derechos humanos, como hace el noruego, ¿es mucho pedirle que un criminal de guerra con responsabilidad directa en genocidio, tortura y golpes de Estado sea declarado persona non grata o sea detenido y llevado ante la justicia según la ley internacional?”, consta en la carta.

Sepúlveda Allende pregunta también al Instituto Nobel si nadie en esta institución tiene “el valor y la moral suficientes” para retirarle a Kissinger el Nobel que se le otorgó en 1973 por el acuerdo de paz en Vietnam y reparar una “injusticia histórica” en vez de homenajearlo con un acto que es “una vergüenza histórica”.

El nieto del expresidente chileno resalta que está “bien documentada” la participación de Kissinger en el golpe de Pinochet y otros golpes y “campañas de terror político” en Sudamérica y en otras partes del mundo.

“Noruega les abrió las puertas a miles de chilenos que huían de un régimen de terror, por eso es incomprensible que Kissinger sea recibido y homenajeado en Noruega con motivo de la entrega del Nobel de la Paz”, escribe Sepúlveda Allende.

Para mayor información

 Amy Goodman

Kerry, Kissinger y el otro 11 de septiembre

El único motivo por el que se debería buscar a Henry Kissinger es para llevarlo ante la justicia, al igual que Pinochet.

Henry Kissinger and Augusto Pinochet

Mientras la intervención militar del Presidente Barack Obama en Siria parece haberse postergado por el momento, llama la atención que el Secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, se haya reunido el 11 de septiembre con uno de sus predecesores, Henry Kissinger, supuestamente para hablar de la estrategia de las próximas negociaciones sobre Siria con funcionarios rusos. La reunión entre Kerry y Kissinger y la oposición pública al ataque a Siria, que ambos apoyan, deberían mirarse a través del espejo de lo sucedido el 11 de septiembre, pero de 1973.

Aquel día, hace 40 años, el presidente democráticamente electo de Chile, Salvador Allende, fue derrocado violentamente mediante un golpe de Estado que contó con el apoyo de Estados Unidos. El General Augusto Pinochet asumió el control del país y dio inicio a diecisiete años de un régimen militar de terror, en el que más de 3.000 chilenos fueron asesinados y desaparecidos, alrededor del mismo número de personas que murieron el 11 de septiembre de 2001. Allende, que era socialista, contaba con mucho apoyo popular en su país, pero sus políticas eran el anatema de las élites de Chile y Estados Unidos, por lo que el entonces Presidente estadounidense, Richard Nixon, y su Secretario de Estado y asesor de seguridad nacional, Henry Kissinger, apoyaron el intento de derrocarlo.

El papel que desempeñó Kissinger en la planificación del golpe de Estado en Chile en 1973 queda más claro a medida que pasan los años y surgen nuevos documentos, que el propio Kissinger intentó mantener en secreto. Peter Kornbluh, de la organización sin fines de lucro National Security Archive (Archivo de Seguridad Nacional), ha revelado las pruebas durante años, y recientemente actualizó su libro “Pinochet: los archivos secretos”.

El archivo Pinochet

Kornbluh* me dijo que Kissinger “fue el principal responsable de idear la política para derrocar a Allende e incluso de apoyar a Pinochet y las violaciones de los derechos humanos que ocurrieron durante su régimen”. Afirmó que Kissinger “presionó a Nixon para que asumiera una política agresiva, pero encubierta, para lograr derrocar a Allende, desestabilizar su capacidad de gobernar y generar lo que Kissinger denominó ‘un clima golpista’”.

El régimen de Pinochet fue violento, represivo y un aliado cercano de Estados Unidos. Pinochet formó alianzas con otros regímenes militares de América del Sur, que crearon el “Plan Cóndor”, una campaña de terrorismo de Estado y asesinatos coordinados en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay. El Plan Cóndor incluso llegó a las calles de Washington D.C. cuando, el 21 de septiembre de 1976, el ex embajador chileno en Estados Unidos durante el gobierno de Allende, Orlando Letelier, fue asesinado junto a su asistente, un ciudadano estadounidense llamado Ronni Moffitt, en un atentado con coche bomba perpetrado por la policía secreta de Pinochet en la zona de las embajadas, a apenas unas cuadras de la Casa Blanca.

Finalmente, tras la creciente condena mundial y la resistencia no violenta dentro del país, el régimen de Pinochet se vio obligado a realizar un plebiscito en el que se decidiría si Pinochet debía continuar como dictador en Chile. La población rechazó al gobierno de Pinochet con un “NO” rotundo, y dio paso a la actual era democrática en Chile.

Al menos dos ciudadanos estadounidenses fueron asesinados durante el golpe de 1973. Charles Horman y Frank Teruggi viajaron a Chile para ser testigos de la experiencia democrática que se estaba desarrollando en el país. Trabajaban como escritores y periodistas. Su secuestro y asesinato por parte de las fuerzas de Pinochet, con la posible colaboración del Gobierno estadounidense, fueron representados en la película “Desaparecido” del director Costa Gavras, con Jack Lemmon y Sissy Spacek como protagonistas. En Chile, la película “Desaparecido” fue prohibida por el régimen de Pinochet. Con motivo del 40 aniversario del golpe de Estado, la viuda de Charles Horman, Joyce Horman, realizó una ceremonia conmemorativa en la ciudad de Nueva York. El evento fue organizado por la fundación Charles Horman Truth Foundation y atrajo a cientos de personas, muchas de las cuales formaron parte del Gobierno de Allende, perdieron familiares durante la dictadura, o se vieron obligadas a exiliarse de Chile durante aquellos terribles años.

Entre los asistentes estaba Juan Garcés, un ciudadano español que fue asesor personal del Presidente Allende. Garcés estaba con Allende en el Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973. Poco antes de que el palacio fuera bombardeado por la fuerza aérea, Allende acompañó a Garcés a la puerta y le dijo que saliera y le contara al mundo lo que había sucedido aquel día.

Allende murió durante el golpe, y Garcés apenas logró escapar de Chile con vida. Años después presentó una denuncia penal contra Pinochet, y finalmente logró que se lo arrestara en Gran Bretaña en 1998, donde Pinochet permaneció detenido durante 504 días. Si bien finalmente Pinochet pudo regresar a Chile, más tarde fue procesado allí y tuvo que afrontar un juicio y la prisión. Murió en 2006 bajo arresto domiciliario a los 91 años de edad.

Hoy en día, Juan Garcés considera que hay alarmantes similitudes entre la represión en Chile y las actuales políticas estadounidenses: “Realizan entregas extraordinarias, ejecuciones extrajudiciales. Tienen centros de detención secretos. El recurso de habeas corpus es ineficaz. Me preocupa mucho que los mismos métodos que se utilizaron en Chile durante la dictadura, con el conocimiento y el apoyo del Gobierno de Nixon y Kissinger, ahora se estén utilizando en muchos países, con otra excusa, con el apoyo de Estados Unidos. Considero que es algo muy peligroso para todos”.

En lugar de reunirse con Kissinger para buscar asesoramiento, John Kerry debería apoyar la paz y consultar a personas como Garcés, que han dedicado su vida a luchar por esa causa. El único motivo por el que se debería buscar a Henry Kissinger es para llevarlo ante la justicia, al igual que Pinochet.

The Pinochet File

*Peter Kornbluh

Peter Kornbluh dirige el Proyecto de Documentación de Cuba y Chile del Archivo de Seguridad Nacional. Él es el autor de la Bahía de Cochinos desclasificados: El informe secreto de la CIA en la invasión de Cuba y The Pinochet File: Un Dossier desclasificados en Atrocidad y rendición de cuentas y un co-autor (con Laurence Chang) de la Crisis de los Misiles de 1962: Un Nacional Archivo de seguridad Documentos lector y (con Malcolm Byrne) de El escándalo Irán-Contras: La Historia desclasificados , todos publicados por The New Press. Vive en Washington, DC

Familia Gallardo. Núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura.

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39 AÑOS DE ESPERA SIN JUSTICIA

La incansable lucha de la familia Gallardo Moreno

Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo-afirma Alberto Rodríguez Gallardo

Entre 1975 y 1976 cinco integrantes de la familia Gallardo Moreno fueron asesinados por agentes de la DINA. Tres fueron torturados hasta la muerte en Villa Grimaldi y dos acribillados a balazos. A pesar de que han pasado casi cuatro décadas de sus asesinatos todavía no tienen justicia. Esta es la historia de una familia que fue víctima de uno de los peores montajes mediáticos durante la dictadura: el emblemático caso de Rinconada de Maipú. Hoy, los sobrevivientes, cuentan la historia de los que ya no están.

Rinconada

Isabel Gallardo Moreno de 16 años salió rápido de su casa a comprar el diario a petición de su hermana Catalina. Pensó que no lo encontraría porque era tarde. Catalina estaba nerviosa, daba vueltas de un lado a otro con su hijo de seis meses en brazos y necesitaba ver las noticias. Cuando regresó su hermana con el diario leyeron juntas sobre un enfrentamiento en una escuela de Santiago que dejó dos muertos: un “extremista” y un soldado del Ejército. Poco rato después, llega Mónica Pacheco (25), la esposa de su hermano Roberto Gallardo Moreno, embarazada de tres meses a conversar con Catalina. Fue la noche del 18 de noviembre de 1975.

Estaban perseguidas y querían pasar la noche. Pero yo vivía en una casa muy pequeña en Almirante Barroso con San Pablo y no tenía espacio así que fui donde un vecino amigo para ver si podía recibirlas, pero su padre era militar. Ahí me quedé sin opciones así que me devolví a la casa- relata Isabel Gallardo.

El pequeño Alberto, en brazos de su madre, no paraba de llorar. Isabel prefirió sacarlo de la casa pero no alcanzó.

A unos cuantos metros suyos vio a cuatro tipos salir de un auto negro que pertenecían a la Brigada de Investigaciones. Su instinto actuó rápido: “Atiné a devolverme con el Beto en los brazos, pensé pasarlo y que me detuvieran a mí. Pero no alcancé a hacer nada cuando entran a mi casa, encuentran a mi hermana Catalina y mi cuñada Mónica. Pensé en pasarle al niño al primero que abriera y que me llevaran a mí. Pero aparece otro auto más y nos meten a todos adentro”, relata Isabel.

Pocas horas antes, Ofelia Aida Moreno, madre de Isabel y Catalina, estaba en una reunión del colegio de su nieta Viviana de 9 años. Su esposo, Alberto Gallardo (63) va a buscarla de emergencia: el director general de la PDI, Ernesto Baeza Michelsen, estaba con hombres en su casa buscando a su hijo Roberto. Sin obtener respuesta se llevan detenidos a Ofelia, Alberto, su hijo Guillermo (32) y su nieta Viviana, de 9 años.

La familia casi completa llega al cuartel de Investigaciones de General Mackenna, donde se reúnen por última vez en el pasillo subterráneo aledaño a las salas de interrogatorio. “Te encargo a mi mamá y cuando salgas de acá tienes que buscar a Rolando (su esposo) y dile que vamos al norte”, le dice Catalina a Isabel. También les encarga a su hijo Beto. Isabel, sin entender el mensaje, le dice que sí, sin cuestionarlo. Luego comenzaron los interrogatorios. Algunos con amenazas verbales, otros con metralleta y golpes.

Me preguntaban por las actividades políticas de mi familia, en qué trabajaban. Yo decía que Catalina era secretaria y mi hermano Roberto, vendedor ambulante. También me preguntaban si mi papá tenía militancia política y, como yo pensaba que la detención era un error, por eso les dije que cuando joven era comunista– recuerda Isabel.

Fue la última vez que la familia permaneció junta. Luego los separan para siempre. A Guillermo, su madre Ofelia, Viviana, Isabel y al bebé los mandaron a una caseta de seguridad. Alberto Gallardo, Mónica y Catalina quedaron en las salas de interrogatorio.

Temprano al día siguiente el director de la PDI, Baeza Michelsen, va a buscar al primer grupo a la caseta de seguridad y les dice: “Pueden irse a su casa, pero sepa usted, señora, que su hijo Roberto murió ayer y a Catalina, Mónica y Alberto los tiene que reclamar en la DINA”. Todos comienzan a llorar por Roberto sin entender qué estaba pasando. La familia Gallardo Moreno no tenía idea qué era la DINA.

Historia de persecución

Alberto Gallardo Pacheco llegó a Santiago a los 25 años, desde el pueblo de Gatico, cerca de Tocopilla. En el norte se había hecho militante del partido comunista y, por falta de trabajo como tornero mecánico, decidió arrendar una pieza en una pensión con unos compañeros. Ahí conoció a Ofelia de 17 años y nunca más se separaron. Familia grande y unida de cuatro hijos: Isabel, Roberto, Catalina y Guillermo. Llevaban una vida tranquila, hasta que en 1958 Alberto se ve obligado a emigrar a Argentina, porque nadie acá le daba trabajo por estar en la lista negra por ser comunista cuando el presidente González Videla decretó la ilegalidad del partido.

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En Argentina todo fue más llevadero. Una parroquia del barrio empezó a llamar la atención de los hijos y de Ofelia. La más entusiasta era Catalina, que entró a Acción Católica Argentina y al poco tiempo Roberto siguió sus pasos, logrando que toda la familia se acercara a la Iglesia. En 1969 Isabel vuelve a Chile junto a sus padres y en 1970 Catalina y Roberto se les unen.

Empezaron a militar en la juventud Obrera Cristiana (JOC), con quienes todos los veranos organizaban un paseo en una casa donada por el cardenal José María Caro en El Quisco, destinada exclusivamente para ser la “casa de vacaciones de obreros”. Esa enorme casa de 50 camarotes por cada lado, la preparaban todos los veranos los hermanos Gallardo Moreno como voluntarios.

En esa época se conversaba mucho no solo de religión si no también de cómo bajar la religión a la realidad. Ahí formamos nuestra conciencia de clase, en el proceso de la Unidad Popular. Porque todos éramos hijos de trabajadores- recuerda Isabel con nostalgia.

En verano de 1970, Juana Ramírez, una religiosa de la Congregación Hijas del Corazón de María y amiga cercana del padre José Aldunate, conoce por primera vez en El Quisco a Roberto Gallardo.

Juana aún no olvida las primeras palabras que cruzaron:
Hermana, ¿por qué murió Jesús en la cruz? – preguntaba Roberto.
Porque esa era la voluntad de Dios – le decía Juana.
No, hermana, Jesús murió en la cruz porque era un rebelde que le hizo frente al imperio romano y quería justicia para el pueblo israelí.

“También me decía que Jesús no estaba en el cielo si no entre nosotros. Y esas palabras llevaron la revolución a mi vida. Yo siempre digo, él me evangelizó a mí”, recuerda con cariño Juana Ramírez. Dos años después Rolando fue a visitarla al El Quisco con su polola Mónica. “Ella era una dulzura, de una ternura increíble. Me invitaron a comer un poco de arrocito con leche, conversamos y regaloneamos. Andaban vendiendo unos avioncitos de plumavit en la playa. Esa fue la última vez que los vi vivos”, cuenta Juana. Solo tres años después Juana, con el padre José Aldunate y la hermana de Ofelia Moreno, serían los encargados de reconocer sus cuerpos torturados.

La revolución latente que Roberto llevaba la compartía con Mónica, Catalina y su novio Rolando Rodríguez, quien era dirigente nacional de la JOC y militante del MIR. “Tomamos conciencia y nos hicimos comprometidos con el proceso de la UP. Yo participaba en la Juventud Socialista y en las marchas, que eran casi todos los días, veía a Rolando. Él iba con la gente del MIR. Muchos amigos cercanos estaban ahí, el estallido social era impresionante”, recuerda Isabel.

Tan lejos llegó esa complicidad entre ellos, que Catalina y Rolando, con Roberto y Mónica se decidieron casar exactamente una semana antes del golpe de Estado. Fue una gran fiesta familiar. Pero la alegría no duraría mucho.

El 11 de septiembre del 73 los hermanos Gallardo Moreno salieron juntos en un taxi, dejando a sus padres, Ofelia y Alberto en la casa. Tenían una reunión en una fábrica cerca de Cumming con la Alameda, ahí un grupo intentó organizarse reuniendo implementos de primeros auxilios y enseñando a usar armas.

Isabel tenía un kit de emergencia con medicamentos para la ocasión. “Todos pensábamos que iba a ser un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. De momios contra nosotros. Nunca pensé lo que realmente sería, fui muy ilusa”, recuerda Isabel. Pero eso fue solo el comienzo. Su hermano Roberto Gallardo, que siempre había perseguido sus ideales, ingresó obligatoriamente al Servicio Militar, teniendo que vivir como conscripto aquel año.

Mi abuela siempre nos cuenta que mi tío Roberto era extrovertido. De risa fácil, un hombre que le gustaba divertirse todo el tiempo. Pero cuando entró al ejército su sonrisa se borró – cuenta Alberto Rodríguez.

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Luego de largas jornadas diarias, Roberto llegaba a su casa atribulado. Le contaba a su madre que había sido obligado a participar en allanamientos en poblaciones donde tenía que fingir que golpeaba a la gente. A veces pasaban días sin saber de él, a ratos lo acuartelaban y no tenían ninguna noticia suya en varios días. “Finalmente por una complicación del primer embarazo de su esposa Mónica pudo salirse, porque estaba desesperado. Apeló a la salud de Mónica y la pobreza de la familia. Logró salir, pero algo en él había cambiado por lo que le había tocado vivir. Roberto se volvió reservado”, cuenta Isabel.

Noche de horrores

Después de ser liberados por la Brigada de Investigaciones la mañana del 19 de noviembre de 1976 y que les anunciaran la muerte de su hermano Roberto Gallardo, Isabel y Guillermo empezaron a hacer los trámites para encontrar su cuerpo. Su madre Ofelia estaba pasmada. Fueron a la morgue pero nadie con su nombre estaba ahí. Isabel recuerda que alguien les dijo que debían ir a poner una denuncia al Comité Pro Paz -organismo de la Iglesia católica que buscaba resguardar los derechos humanos- y que ahí expusieran su caso. Sin saber qué hacía el Comité, llegó allá y le contó su historia a Juana Ramírez que trabajaba ahí desde 1974. Juana sabía exactamente quien era Roberto. Entre llantos y desesperación en el Comité les propusieron interponer un recurso de amparo por Catalina, Roberto, Mónica y Alberto Gallardo.

Todas las luces de esperanzas, sin embargo, se derrumbaron cuando vecinos le avisan a la señora Ofelia que nombraban a su esposo, su hija y nuera en la televisión mientras sus otros hijos hacían los trámites. En una entrevista con la revista Pastoral Popular en marzo de 1991, ella recordó ese momento:

Isabel y Guillermo andaban en el Comité Pro Paz cuando recibo un llamado telefónico de una hermana que me dice que vea las noticias. Se trataba de un extra informativo donde se hablaba de un enfrentamiento con organismos de seguridad en la Rinconada de Maipú. Señalaban que habían sido exterminados “los extremistas” y daban los nombres de mi esposo, mi hija Catalina y mi nuera Mónica. Me negué a todo. Pero a las 9 de la noche sale un reportaje de Julio López Blanco sobre el enfrentamiento y seguí negando. Pensé que era una mentira para que mi hijo Roberto se presentara a las autoridades– comenta la señora Ofelia en esa entrevista.

Fue una noche terrible. En la televisión los periodistas Claudio Sánchez y Julio López Blanco daban detalles de un enfrentamiento que a nadie en la familia le hacía sentido.

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-Empieza a nombrar nuestros familiares como los caídos y nosotros no entendíamos nada. No sabíamos que decir, fue la noche más horrorosa, fue terrible. Todos nos acostamos en una sola cama pero no pudimos pegar ni una sola pestaña, por las dudas y por la angustia, fue un sentimiento indescriptible- recuerda Isabel acongojada.

Hasta ese momento parte de la familia Gallardo Moreno todavía no entendía la noche de horror que habían vivido sus seres queridos. Noche que estuvo muy lejos de ser un enfrentamiento armado en los cerros de la Rinconada de Maipú. Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo fueron trasladados desde el cuartel de la Brigada de Investigaciones al cuartel militar Terranova (denominado más tarde Villa Grimaldi). Las justificaciones para su detención estaban claras para la DINA: El día anterior se había producido un operativo armado de miembros del MIR en la Escuela Bío-Bío en Santiago. A consecuencia del cual falleció el soldado Hernán Salinas y el militante del MIR Roberto Gallardo Moreno (25), hermano de Catalina, esposo de Mónica e hijo de Alberto.

Como constan los testigos presentes en el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, la noche del 18 de noviembre fue la peor noche de Villa Grimaldi. Testigos aseguran que hubo un gran movimiento de vehículos, donde dos detenidas fueron llevadas a las piezas de tortura aledañas a las celdas de mujeres. También recuerdan que un anciano estuvo largo rato en el jardín del cuartel, donde se escuchaban gritos y mucho movimiento. Luego se les sumaron varios detenidos más y las dos mujeres (Mónica y Catalina) fueron llevadas al jardín, donde se escuchaban los gritos de Marcelo Moren Brito pidiendo agua caliente y aceite hirviendo.
Los gritos quedaron marcados en los recuerdos de los detenidos.

Leila Pérez, detenida en octubre de 1975, recuerda los gritos en el patio y el vozarrón inconfundible de Marcelo Moren Brito, en ese momento a cargo de Villa Grimaldi. Otro testimonio clave fue el del historiador Gabriel Salazar quien también declaró que fue la peor noche de todas: golpes, gritos de los detenidos, caos e instrucciones de los agentes de la DINA que corrían para todas partes.

– Me ha tocado conversar con detenidos que estuvieron ese día como Gabriel Salazar, Patricio Bustos del Servicio Médico legal, Leila Pérez y otros. Todos convergen en que fue una noche de horror. Tanto así que gente hizo juramentos de no volver a hablar de lo que habían visto esa noche. Pero la verdad es tan liberadora que también se habla de la intachable integridad, porque a pesar de todo lo que les hicieron ellos no hablaron. Tuvieron convicción y dignidad hasta su muerte- cuenta Alberto, hijo de Catalina y Rolando Rodríguez.

Al día siguiente, como relata la señora Ofelia en su Familia Gallardo Presente: Necesito La Verdad“>Entrevista aparecida en la revista Pastoral Popular Nº 206 – Marzo de 1991, sus hijos Isabel y Guillermo volvieron a la morgue en búsqueda de respuestas. “Por la tarde, casi al cerrar la morgue, mi hijo Guillermo pudo conversar con el portero y le cuenta su tragedia. Este hombre se ablandó y lo deja entrar escondido. Ahí encuentra a mi hijo Roberto, recién llegado. Estaba desfigurado, para asegurarse de su identidad le abrió la boca y ubicó un diente característico de nuestra familia”, relata Ofelia. Roberto había muerto el 17 de noviembre en un asalto que el MIR hace a la Escuela Bío-Bío, recinto que funcionaba como fachada para esconder armamento militar que ellos pretendían recuperar para poder combatir la dictadura.
Pero nada se sabía de Catalina, Mónica y Alberto. Casi a mediados de diciembre y gracias a la gestión de la abogada de derechos humanos Fabiola Letelier -hermana de Orlando Letelier, asesinado en Washington- les entregaron los cuerpos. A reconocerlos llegaron el padre José Aldunate, Juana Ramírez y la hermana de la señora Ofelia. Juana recuerda ese momento como si fuera ayer.

Solo nos dejaron ver rápidamente los cuerpos. Catalina no tenía ojos en sus cuencas. Yo casi perdí el conocimiento, estaba profundamente conmocionada pero tenía que controlarme. Todos estaban visiblemente torturados, caras enrojecidas, quemadas con cigarros, hinchados, desfigurados, con tierra, ensangrentados. Mónica estaba embarazada de tres meses, ni te explico. Esa imagen no se me olvidará nunca– recuerda Juana.

El padre José Aldunate, a pesar de que conocía muy bien a Roberto y Catalina de la JOC, donde se relacionaban también con Mariano Puga y Roberto Bolton, se quedó en silencio. Los tres llevaron los ataúdes sellados al Cementerio General donde Ofelia esperaba a su familia.

39-años-de_portada-de-“La-Tercera-de-la-hora”,-del-20-de-noviembre-de-1975

Fue todo muy emotivo. Los sepultureros empezaron a sacar flores de otras tumbas para ponerles, porque nadie pudo llevar flores. Desde ese momento yo nunca me pude separar de esa familia. Eran una familia pura, preciosa. Hoy soy madrina de Alberto y nunca más me separé de Ofelia – recuerda Juana Ramírez que hoy vive en el mismo terreno familiar que toda la familia en Renca.

El ensañamiento que Manuel Contreras, Marcelo Moren Brito, Víctor Laurence Mirens, Francisco Ferrer Lima, Miguel Krassnoff, entre otros, infringieron a la familia Gallardo Moreno ese día, no tuvo límites. Y esa pregunta fue la que llevó a Alberto Rodríguez a dedicarse los últimos nueve años de su vida a indagar más sobre la historia política de su familia, que hoy le llena de orgullo. Si bien aún no tiene clara las fechas, Rolando, Catalina, Mónica y Roberto entran al MIR vinculado a un grupo del Colegio Andacollo, en el barrio que vivían.

Mi familia eran muy creyentes y en esa convicción de fe se dieron cuenta que con el accionar de la Iglesia no bastaba para hacer una transformación social y ahí deciden entrar al MIR, con el fin de actuar, tomar el compromiso de lucha y luego de resistencia a la dictadura. De hecho mis papás Catalina y Rolando tenían un compromiso que si uno caía, el otro seguía. Y así fue. Cuando mataron a mi madre, mi papá pasó a la clandestinidad para seguir luchando, hasta que lo acribillan a plena luz del día- cuenta Alberto Rodríguez.

Su padre fue acribillado casi un año después el 20 de octubre de 1976 en plena calle. Su familia intentó que se asilara, pero no hubo caso. Le decía que pensara en Alberto, que crecería sin sus padres si no se iba. Pero Rolando estaba decidido a quedarse y seguir la lucha ante la dictadura que le había arrebatado a su esposa: “justamente por el Beto es que hago esto”, respondía su padre.

Lucha sin descanso

La familia Gallardo Moreno como otros núcleos familiares que fueron desmembrados durante la dictadura –como la familia Recabarren González y Vergara Toledo, entre otras- todavía están atrapadas en la impunidad. Han pasado 39 años desde los hechos y todavía los autores intelectuales y materiales de los asesinatos de Roberto Gallardo, Catalina Gallardo, Mónica Pacheco y Alberto Gallardo no reciben condena por parte de los Tribunales de Justicia, debido a que la causa judicial quedó estancada en la orden de procesamiento del juez Alejandro Solís el año 2006. Las muertes de Roberto Gallardo y Rolando Rodríguez pasan por el mismo escenario.

Hoy la abuela Ofelia Moreno tiene 89 años, Isabel Gallardo 57, Guillermo Gallardo falleció justo el 11 de septiembre de 1997 y Alberto, el niño que fue detenido junto a su madre cuando tenía seis meses, tiene 39. A pesar de ser el primer caso de la Comisión Rettig reconocido como una grave violación a los derechos humanos, aún esperan justicia.

Todo este tiempo llevamos esperando sentencia. Pero las condenas que se manejan son entre 10 y 15 años para los responsables. Ya el tiempo que llevamos esperando es mayor a la condena, es inaudito. Hoy nos damos cuenta que los montajes en Chile no han cesado y que desconfiemos de los medios es un derecho, porque han aportado a desinformar – relata frustrado Alberto.

Además de la justicia que les debe el Estado chileno, la Familia Gallardo Moreno desea que TVN y Canal 13 reconozcan públicamente su responsabilidad en uno de los montajes más sórdidos de la historia de Chile. “No es posible que hoy a casi 40 años ellos no hayan dicho que el montaje Rinconada de Maipú fue una mentira que le expusieron al país y al mundo, exigimos que den la cara ante el país y el mundo”, dice Alberto.

Solo el Colegio de Periodistas estableció sanciones por parte del Comité de Ética Metropolitano. “Al único que echaron y está sometido a proceso es Roberto Araya porque se comprobó que era agente de la DINA. Claudio Sánchez y López Blanco solo recibieron sanciones éticas”, comenta Isabel Gallardo.

En enero del 2012, la investigación del juez Alejandro Solís estableció que Roberto Araya y Julio López Blanco fueron efectivamente convocados por la DINA para emitir en televisión notas que presentaran como enfrentamiento los asesinatos de la familia Gallardo Moreno.

La “mami Ofelia” como le llaman en Renca se sumó a la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos poco tiempo después de la tragedia, siendo una de las primeras cinco integrantes. A pesar de ser nuevamente secuestrada por la DINA un año después para ser interrogada, nunca ha tenido miedo en gritar su verdad. “Si me van a matar por decir mi verdad, que me maten. Pero nadie me quitará el derecho de decir lo que me pasó”, siempre le dice a su familia. Y su lucha, hoy, está enfocada a limpiar el nombre de su familia y en hacer entender a la gente que lo que salió en televisión fue una gran mentira.

Entre los periodistas responsables no están solo los que aparecieron en pantalla. Está también Vicente Pérez Zurita, jefe de prensa de TVN en ese tiempo y también el director general del canal, Manfredo Mayol, padre del sociólogo Alfredo Mayol – comenta Isabel.

Las acusaciones de la familia están respaldadas por la investigación del juez Solís pero tampoco se ha hecho justicia respecto a los medios de comunicación que respaldaron la versión entregada por canal 13 y TVN: El Mercurio, La Segunda, Las últimas Noticias, La Tercera, la revista Qué Pasa, entre otros.

Para mí, la historia de mi familia es una historia de amor profundo, de amor por el pueblo chileno, por la familia. Un amor que habla de sueños de transformación. A pesar de la masacre de mi familia y de la falta de justicia, mi historia e identidad me llena de orgullo- afirma Alberto Rodríguez.

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https://imagenesparamemoriar.com/2015/08/05/soy-ofelia-moreno-viuda-de-gallardo-justicia-y-verdad-27-anos-despues/

http://memoriaspreniadastestimonios-web.blogspot.cl/2014/04/alberto-rodriguez-gallardo-la-verdad-yo.html

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« Ni olvidados ni muertos, viven hoy más que nunca ». El chico Feliciano, de Renca.

CORNEJO CAMPOS, Raúl Guillermo (Dossier 8 Pág. – 4 artículos)

NOMBRE COMPLETO: Raúl Guillermo Cornejo Campos

EDAD al momento de la detención o muerte: 17-10-47, 28 años de edad a la fecha de detención

PROFESION U OCUPACION: Estudiante sociología U. de Chile y artesano

FECHA de la detención o muerte: 16 de junio de 1976

LUGAR de la detención o muerte: Detenido en San Diego con Avenida Matta, Santiago ORGANISMO RESPONSABLE de la detención o muerte: Dirección de Inteligencia Nacional (DINA)

TIPO CASO de violación de derechos humanos: Detenido Desaparecido

HISTORIA PERSONAL Y POLITICA: Casado, Militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR-Chile)

SITUACION REPRESIVA Raúl Guillermo Cornejo Campos, casado, un hijo, ex estudiante universitario, militante del MIR fue detenido el 16 de junio de 1976 en San Diego con Avenida Matta, Santiago, a las 17:50 horas, por agentes de la DINA, los que pocos minutos antes habían procedido a liberarlo en las inmediaciones del Parque O’Higgins ante una gran cantidad de periodistas, después de un intento frustrado de asilo en la Embajada de Bulgaria.

El joven Cornejo Campos era intensamente buscado y varios miembros de su familia habían sido detenidos y torturados para que dieran información sobre su paradero. El 15 de junio, Raúl Cornejo y otras 25 a 30 personas intentaron asilarse en la ex-Embajada de Bulgaria, sede diplomática que a esa fecha estaba a cargo de la Embajada de Austria. En dicho lugar, un funcionario de nacionalidad búlgara les ordenó irse, como estos no lo hicieron llamó a las fuerzas de seguridad para desalojar el recinto. Al lugar concurrieron Carabineros y civiles que procedieron a detener a los asilados. Todos los detenidos fueron primero trasladados a la Comisaría Las Tranqueras y luego al recinto de la DINA de “Cuatro Alamos”.

La información oficial, aparecida en el diario EL CRONISTA del 17 de junio de 1976 señala: “Lo sucedido y lo concreto es: un grupo de personas trató de asilarse para provocar malestar al Gobierno mientras se desarrollan las reuniones de la Sexta Asamblea de la OEA…”. “Este grupo de personas fue interferido en sus pretensiones de asilarse, sin motivo alguno y se encuentran detenidas en Tres Alamos”. Este mismo periódico informa además que “el Encargado de Negocios de Austria, Manfredo Kiepach mantuvo largas conversaciones con personeros del Ministerio de Relaciones Exteriores… se presume que todo fue en torno a la tentativa de asilo en la ex-Embajada de Bulgaria bajo tuición de Austria.                                                                                                                                                                 .” Al día siguiente, fueron advertidos que serían dejados en libertad, aunque algunos de ellos, como Sergio Raúl Pardo Pedemonte, fueron amenazados por un interrogador apodado “Kun Fu” por los prisioneros. El gobierno militar decidió poner en libertad a estos detenidos el 16 de junio a las 17:30 en las inmediaciones del Parque O’Higgins, con gran cobertura de prensa y televisión. En el sector se apreciaba un considerable número de civiles, algunos escondidos tras matorrales, por esto los detenidos intentaron alejarse del lugar lo más rápido posible, varios de ellos se fueron en taxi y otros subieron a un microbus, cuando éste llegó a Avenida Matta con San Diego, varios de los recién liberados se bajaron para librarse de los vehículos de la DINA que los seguían. Dos de estas personas Raúl Guillermo Cornejo Campos y Sergio Raúl Pardo Pedemonte, fueron detenidas cuando transitaban por Avda. Matta con San Diego y desde esa fecha se encuentran desaparecidas.

La detención fue presenciada por Patricio Cornejo Campos, hermano del afectado, quien también viajaba en el microbus mencionado. En declaración jurada del 8 de julio de 1976, manifiesta: “Mi hermano fue detenido casi inmediatamente al bajar del microbus, es decir, más o menos a las 17:50 horas”. “Yo pude ver cuando mi hermano atravesaba corriendo Avenida Matta en sentido norte (en dirección a Alameda). Inmediatamente tras de él apareció un automóvil de tamaño mediano que dobló en la esquina de San Diego hacia la izquierda para cortarle el paso. De este auto bajaron 4 personas armadas, vestidas de civil, quienes detuvieron a mi hermano y lo obligaron a subir al auto.” Otro testigo de la detención es Luis Armando Elgueta Plana quien, en declaración jurada en abril de 1992, relata que él integró el grupo que intentó asilarse en la Embajada de Bulgaria, que le tocó permanecer con Cornejo Campos en la pieza Nro. 13 de Cuatro Alamos y luego subieron al mismo bus para intentar evadir el acoso de los agentes de la DINA. Los servicios de seguridad habían buscado intensamente a Raúl Cornejo. Varios miembros de su familia fueron detenidos, siendo interrogados casi exclusivamente respecto del paradero del afectado. Sus padres, Raúl Cornejo Díaz y Elisa Campos Díaz, permanecieron detenidos desde el 11 de diciembre de 1974 hasta el 20 de septiembre de 1975. Su cónyuge, Viviana Altamirano Fuentes estuvo detenida desde el primero de diciembre de 1975 hasta septiembre de 1976. El 17 de diciembre de 1974 detuvieron a la suegra de Cornejo, doña Aminta Fuentes Quezada y sus tres hijas de 19, 16 y 15 años, las que fueron recluidas en el centro de torturas de “Villa Grimaldi” durante 5 días, mientras que Aminta Fuentes permaneció privada de libertad durante 5 meses. Posteriormente, continuó siendo amedrentada para que no siguiera haciendo trámites en favor de su yerno, según lo denunció en declaración notarial del 30 de mayo de 1977. Recibió permanentes llamadas telefónicas con amenazas y debió retirar a sus hijas del colegio por temor a que se consumaran las amenazas en contra de ellas.                                                                                                                                                                           Ofelia Nistal Nistal, quien estuvo detenida desde el 6 al 24 de diciembre de 1974 en el centro de torturas de Villa Grimaldi y en el campo de prisioneros de Cuatro Alamos, en declaración notarial informa que fue interrogada sobre “el Chico Feliciano”, que era el apodo de Guillermo Cornejo y también la llevaron a la casa de los padres de Cornejo. Otro detenido, Oscar Patricio Orellana Figueroa, en declaración notarial señala que durante las torturas a que fue sometido se le interrogaba sobre “el Chico Feliciano”. Héctor Hernán Rojas Pizarro, declaró el 14 de septiembre de 1976, que estuvo detenido en Villa Grimaldi durante 22 días, en diciembre de 1975 fue torturado con electricidad y colgamientos y sometidos a interrogatorios sobre Guillermo Cornejo Campos. Otro detenido, Edwin Patricio Bustos Streeter en declaración jurada de enero de 1991, expresa que, estando detenido en Tres Alamos en junio de 1976, vio cuando era ingresado al recinto de la DINA de Cuatro Alamos a Guillermo Cornejo Campos, a quien él conocía con el apodo de “Chico Feliciano”, describe que iba vestido con jeans y que le cubrían el rostro con su propia parka que era de color azul. Raúl Guillermo Cornejo Campos continúa como detenido desaparecido hasta la fecha.

GESTIONES JUDICIALES Y/O ADMINISTRATIVAS El 18 de junio de 1976 se presentó recurso de amparo en favor de Raúl Guillermo Cornejo Campos ante la Corte de Apelaciones de Santiago que ingresó con el número rol 541-76. En él se solicitó que se oficie al Ministro del Interior y al Ministro de Justicia y que se comisione a uno de los Ministros para que se traslade al lugar de detención (probablemente Cuatro Alamos). Posteriormente se informó a la Corte de los graves problemas que había sido víctima la familia, en directa relación con la búsqueda de Guillermo Cornejo. El Ministro del Interior informó con fecha 8 de julio de 1976 que Raúl Guillermo Cornejo Campos había sido detenido por Decreto Exento N°2113 del 15 de junio de 1976 y puesto en libertad por D.E. N°2115 del 16 de junio de 1976. Sin embargo el informe respectivo no tiene fecha y, en consecuencia, se solicitó a la Corte que se requiriese un informe fechado, pues podían haber cambios después del 16 de junio. El 30 de junio de 1976 el amparo fue rechazado en virtud de los antecedentes proporcionados por el Ministerio del Interior. El 14 de julio de 1976 se presentó una denuncia por el delito de secuestro en la persona del afectado, ante el Quinto Juzgado del Crimen de Santiago, solicitando que se oficie a las autoridades e instituciones que puedan tener relación con este hecho. El Ministro del Interior, General Raúl Benavides, reiteró la información entregada a la Corte de Apelaciones en el sentido de que el afectado fue detenido el 15 de junio y puesto en libertad el 16 de junio de 1976. El Instituto Médico Legal, informó el 20 de agosto de 1976, que “Revisados los registros de este servicio, no figura ningún cadáver identificado como Raúl Guillermo Cornejo Campos”. Investigaciones remitió el parte 2352 en el cual señala que se hicieron consultas en el Instituto Médico Legal, Posta de Asistencia Pública y en SENDET (Secretaría Ejecutiva                                                                                                                                                                            En todas estas instituciones las respuestas fueron negativas, indicando que no estaba registrado en ellas el afectado. El Subsecretario de Guerra informó que no aparecía ingresado proceso judicial en contra de la persona señalada. El 23 de septiembre la Jueza encargada reiteró los Oficios a la DINA y al Campamento de Detenidos Políticos de Cuatro Alamos. El 24 de septiembre, el Teniente Coronel Antonio Barrueto Mena, de la Prefectura de Carabineros, informa que “La persona anteriormente indicada no se encuentra detenida en este Campamento…”. Esta información es reiterada el 7 de octubre de 1976. El 30 de noviembre de 1976, la Jueza ordenó el cierre del sumario y con la misma fecha lo sobreseyó en consideración “que de los antecedentes acumulados no se encuentra suficientemente acreditado el delito que es denunciado”. Se apeló al dictamen, pero en segunda instancia se estableció el sobreseimiento temporal el 14 de diciembre de 1976. Se realizaron numerosas otras gestiones para conseguir la libertad de Guillermo Cornejo a diversos niveles. El Embajador de Austria solicitó su libertad y ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) hizo consultas sobre el destino del afectado y de las otras personas que habían intentado refugiarse en la Embajada de Bulgaria. Todas estas gestiones fueron inútiles y Raúl Guillermo Cornejo Campos sigue como detenido desaparecido. Fuente: Vicaria de la Solidaridad —————–0—————-

El Chico Feliciano y el acorazado Potemkin (Jecho)

Gracias infinitamente y felicitaciones al Flaco Lucho por esas líneas (salidas de lo más hondo del corazón) para recordar a nuestro querido chico Feliciano. Es un relato que me parece tremendamente humanizante. Quisiera poder emplear la frase con que se recordó en cierta ocasión en Cuba a los héroes del Moncada : « Ni olvidados ni muertos, viven hoy más que nunca ». Personalmente no recuerdo muchas ocasiones en las que haya compartido algunos momentos con el chico, fuera del ámbito puramente partidario. Sin embargo entre los recuerdos que conservo de él, uno está estrechamente ligado a la historia del acorazado Potemkin por habernos encontrado casualmente a la salida del cine España en 1972 en Santiago. Este cine presentaba en ese entonces un festival de cine soviético y esta célebre película (« El acorazado Potemkin ») era una de las principales atracciones de ese festival. Feliciano estaba con su compañera aquella tarde y recuerdo que nos alejamos del cine caminando por calle Huérfanos aunque por respeto al sacrosanto principio de no extremar las relaciones puramente personales entre los  militantes, no prolongamos mucho más la tertulia.                                                                                                                                                                . Esta continuó sin embargo días más tarde durante una pausa en una reunión, en que hicimos el necesario paralelo entre aquellos sucesos heroicos de la Rusia zarista de 1905 y la sublevación de la marinería chilena en 1931. Leyendo esas acertadas palabras del Flaco mis propios recuerdos de este gran compañero (desaparecido en 1976) me hicieron caer en la cuenta de que pronto se cumplirá el primer centenario de aquellos sucesos acaecidos en el puerto de Odessa (27 de junio de 1905) que son uno de los hitos principales de la revolución de 1905, aplastada a sangre y fuego por las tropas zaristas. El pelao Lenin diría, muchos años después, que aquellos sucesos fueron el « ensayo general » de la revolución de 1917. Pero quiero dejar la palabra a quienes hayan estudiado realmente esa y otras revoluciones (entre los que no me incluyo) para terminar pidiéndole al Flaco (y que se lo pidamos todos) que siga escribiendo y deleitándonos -¿por qué no ?- con trozos de nuestra historia. Saludos. Jecho. ———————0—————-

Hablando con el Mateo el otro dia, recordando viejos tiempos y recordando viejos amigos, me dijo {+

Me quedó bailando en la cabeza esa frase. Y quizas por eso, entre muchas otras cosas, decidi escribir estas lineas. No es el unico. También estuvo olvidado por mucho tiempo Pablito o el guaton Pablo como le deciamos en el barrio en aquellos lindos tiempos. La diferencia es que Pablito volvio a la “primera plana” a raiz del fallo de la Corte de Apelaciones que no considero aplicable la Ley de Anmistia en el caso de su desaparicion fisica. Digo fisica porque Pablito (Miguel Angel Sandoval) junto a chico Feliciano (Guillermo Cornejos Campos) y muchos otros amigos y compañeros seguiran siempre presentes en nuestros recuerdos. En particular para todos aquellos que fuimos sus amigos en el barrio San Genaro de Renca. En realidad lo quieran o no, ellos hacen parte de la historia que tiene que ver con la Comuna de Renca y en particular con el MIR. A pesar de haber estado declarado “desaparecido” por mucho tiempo y ha pesar de que los responsables del régimen militar jamas admitieron su existencia en la Villa Grimaldi, Pablito se ha cobrado una buena mano en las ultimas semanas con el fallo de la Corte de Apelaciones que ha dejado sin aplicacion la tristemente famosa Ley de Anmistia de la Dictadura de Pinochet. Y por consecuencia de ello la detencion del responsable de muchas asesinatos , torturas y desapariciones de cientos de cros y amigos. Siempre lo molestabamos con su profesion de sastre. “nosotros, la clase obrera, tenemos por derecho propio estar en la revolucion” decia yo para molestarlo. “nosotros , los estudiantes-decia el Feliciano- siempre hemos estado en la vanguardia de la lucha junto a los trabajadores”. “pero vos como sastre, que chuchas estai haciendo aqui” le deciamos y nos cagabamos de la risa haciendolo rabiar. Pablito tenia un caracter super jovial. Humilde y muy respetuoso. Mucho menos “palomillas” que nosotros. Ademas muy interesado en leer y aprender. Poco nos duro ese tipo de mofas, que por lo demàs no tenian ningun caracter ofensivo ni despreciativo. Por el contrario era una muestra de nuestra confianza como amigos. Eramos del mismo barrio y nos conociamos muy bien.                                                                                                                                                                           CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez – Archivo Chile Sida 7 Feliciano, con su caracter serio y de lider innato, era como nuestro hermano mayor. A él llegabamos cuando teniamos problemas personales o cuando nos asaltaban dudas politicas. Un dia Pablito, muy serio, nos corto en seco nuestras bromas habituales postreuniones. “Saben que mas huevoncitos- nos dijo- … desde los anarquistas de la primera época de las luchas obreras….. ….Como media hora duro la “cháchara” del Pablito. Nos paseo por la historia del movimiento obrero chileno y sus origenes. Desde las Mancomunales hasta la constitucion de la CUT. Citando a Recabarren, Vitale y otros. Al final solemnemente nos dijo ” Y bueno, tengo o no tengo derecho a estar con ustedes huevoncitos ?” -Pero claro compadre -respondimos – No te lo tomis tan serio p’o huevon . – Si solo eran bromas p’alegrar el almanaque – y nos volvimos a cagar de la risa . Con él siempre habia buen humor. Aun en los peores momentos. Hicimos muchas cosas juntos. Desde las mas simples de la vida cotidiana hasta las mas serias como querer cambiar el mundo. Pero nunca dejamos de ser los “cabros del barrio”. De nuestro querido barrio que nos vio crecer. De los bailes, las pichangas, los amores y los desamores, de nuestra pobreza material, de la fidelidad de las amistades y de todo lo que la vida nos enseña en un barrio popular. Junto a ellos pasamos nuestra adolescencia y casi sin darnos cuentas nos metimos ” en cosas de adultos”. ———————0—————- Al Chico Feliciano lo conocia desde la infancia. Nos criamos juntos en el mismo barrio renquino de San Genaro . De barrio en realidad no tenia nada todavia ya que en esos entoces Renca era “puros potreros”. El era el mayor de cuatro hermanos. Su padre, don Raul era un excelente mécanico de la ETC. Su madre , la Sra Alicia cuidaba de los hijos y de la abuela que también vivia con ellos . Vivian en una casa de madera construida por ellos mismos en la entrada de lo que fue la antigua Chacra San Genaro. Un inmenso terreno que posteriormente fue comprado por la ETC y en la cual vivian algunos de sus trabajadores. Con el tiempo se formo una cooperativa de construccion y se levanto la poblacion San Genaro con casas de buena construccion destinadas a los trabajadores de la ETC. La casa que les toco estaba ubicada en la calle 2 , frente a la de mis primos y mas cerca aun de mi casa. De los cuatro hermanos, él que mas se juntaba con nosotros era el Teco, el segundo. Bueno p’a la pelota , los carretes y la guitarra era el mas fiestero de los Cornejos. En plena adolescencia tuvo la mala suerte de agarrarse una terrible infeccion en la rodilla por la cual tuvieron que amputarle una pierna. Cayo en una gran depresion que solo con el amor y el cariño de su familia y amigos pudo superar. Obviamente no pudo jugar nunca mas a la pelota pero sus caracter siguio siempre igual. El tercero, el Pato siempre andaba “en otra onda” , fanatico por la musica, excelente guitarrista, adorador de Jimmi Hendrix. El mas chico Queno, nos observaba desde sus cortos años. El mas serio siempre fué el chico Willy(Feliciano). Le deciamos asi por la costumbre de andar siempre con gafas oscuras. Se acostumbro tanto que se transformo en una casi obligada caracteristica personal que solo abandono después del golpe y producto de la represion.                                                                                                                                                                           CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez – Archivo Chile Sida 8 Un dia cuando tomaba el bus que me conducia a la fabrica Hirmas 2 (Texicron) donde yo trabajaba, subio conmigo el chico Willy, nunca hubieramos podido imaginar que ese fugaz encuentro cambiaria nuestras vidas. -hola Flaco p’a donde vai, – P’a la pega pos chico , y tu ? – Voy a la Fac me respondio el chico. Tengo una prueba y no se como me va salir – Qué estai estudiando chico? – Psicologia – me respondio. Y tu donde estais trabajando ? – Ahi en la Hirmas. En la fabrica nueva. – Oye y cuantos trabajadores hay ? – Somos como 700, y la mayoria somos todos jovenes, aparte de los jefes que vienen de la Planta N°1 – Y el sidicato compadre , como anda ? – Ahi no mas , no nos inflan mucho; Dicen que solo somos cabros y que no tenemos idea de las cosas sociales ! – Sabis Flaco, podriamos hacer algo en conjunto. Quizas si nos juntaramos a discutir un poco podriamos ver la forma de hacer algo. – Bueno si tenis tiempo , uno de estos dias paso p’a tu casa y conversamos Y ahi comenzo nuestra segunda historia con el chico Willy. Mejor dicho con el chico Willy y su familia ya que siempre tuvimos en ellos un apoyo sin limites. Nos juntamos en su casa y empezamos a ver que podiamos hacer a nivel de la Fabrica y después se nos ocurrio que podiamos tomar contacto con alguién del MIR para tener una vision mas amplia de las cosas que pasaban en nuestro Pais; El chico se las ingenio para hacer una cita con A. Pascal. En esa época Andres Pascal era un fugitivo de la justicia que junto con otros compañeros del MIR eran buscados por toda la policia chilena a causa de los asaltos de bancos de los ultimos tiempos. Un dia A. Pascal llego a nuestra poblacion, a la casa del chico mas exactamente. Ahi estabamos el Chico feliciano, Pablito y yo. Nos explico que los asaltos a bancos no eran asuntos delictuales sino ” expropaciones al capitalismo” o “recuperar para el pueblo” lo que los capitalistas nos robaban diariamente. Confieso que al pricipio no “caché” mucho sus ideas. – Pero no hay problemas Flaco, me dijo. Yo los voy a dejar conectado con alguién para que les explique por que y como los capitalistas les roban a uds; diariamente su fuerza de trabajo.Y lo que nosotros hacemos no es nada mas que “recuperar” lo que a Uds les roban diariamente. Ese alguién fué el rucio James (Patricio Munita) con el que compartimos tantos y lindos dias de nuestra juventud. Nos gusto el discurso de Andrés; Y mas aun su imagen de joven bien educado, honesto de “buena cuna” que se preocupaba de los mas pobres.. Era la primera vez que veiamos alguién dedicado a la politica que tenia un discuso de esa naturaleza hacia con nosotros, cabros pobres, de origen humilde que solo habiamos visto “politiqueros de turno” venir a darnos charlas para juntar votos y después “chao pescao”. Una vez pasadas las elecciones ni siquiera se acordaban de nosotros. Como decian nuestros viejos.                                                                                                                                                                           CEME – Centro de Estudios Miguel Enríquez – Archivo Chile Sida 9 Esa sencilla reunion que podria aparecer como algo anecdotico paso a ser el acto fundador del MIR en Renca. Los viejos miristas se acordaran de la importancia que tuvo Renca en el desarrollo del MIR en Santiago. Largo seria de enumerar y nombrar a todos aquellos que compartieron nuestras casas, nuestros humildes hogares en aquellos tiempos de honestos sueños e ideales. De aquellos que nos ayudaron, que nos protegieron, que nos mostraron su entereza, su lealtad y coraje como la Sra Alicia y don Raul. Esa es parte de otra historia que aun no esta escrita. Por ahora estas lineas solo tienen el impulso de la emotividad. Del recuerdo que surge al ver el nombre del Guaton Pablo en todos los titulares de los diarios. De la revancha que se cobra despues de treinta años y que nos hace grandes en el recuerdo de toda esa juventud que un dia nos hizo crecer y créer que un mundo distinto es posible. Flaco Lucho desde Bélgica marzo 2005 ———————————————— Información disponible en el sitio ARCHIVO CHILE, Web del Centro Estudios “Miguel Enríquez”, CEME: http://www.archivochile.com Si tienes documentación o información relacionada con este tema u otros del sitio, agradecemos la envíes para publicarla. (Documentos, testimonios, discursos, declaraciones, tesis, relatos caídos, información prensa, actividades de organizaciones sociales, fotos, afiches, grabaciones, etc.) Envía a: archivochileceme@yahoo.com NOTA: El portal del CEME es un archivo histórico, social y político básicamente de Chile y secundariamente de América Latina. No persigue ningún fin de lucro. La versión electrónica de documentos se provee únicamente con fines de información y preferentemente educativo culturales. Cualquier reproducción destinada a otros fines deberá obtener los permisos que correspondan, porque los documentos incluidos en el portal son de propiedad intelectual de sus autores o editores. Los contenidos de cada fuente, son de responsabilidad de sus respectivos autores, a quiénes agradecemos poder publicar su trabajo. Deseamos que los contenidos y datos de documentos o autores, se presenten de la manera más correcta posible. 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Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

La Primavera de Chile. Documental completo

La Primavera de Chile. Documental completo
Publicado el 13 jul. 2013

Título Original: La primavera de Chile
Título en Inglés: Chilean spring
Duración: 102 minutos
Soporte: Digital

Producción: Cristián del Campo — Gastón Muñoz

Dirección y Guión: Cristián del Campo Cárcamo

Producción Ejecutiva y Distribución: Elena Varela

Producción en terreno: Marcelo Dauros, Mauricio Castro, Mario Venegas, Cristián del Campo
Investigación periodística: Julio Candia
Colaboración Guión: Marcia Pozzo, Julio Candia, Hugo Fuentes
Cámara: Mauricio Castro, Juan Pablo Araneda, Alex Ramírez, Cristián del Campo
Edición y Montaje: Hugo Fuentes, Cristián del Campo
Arte y Diseño: Marcelo Dauros Pantoja
Postproducción: Marcelo Arriagada

Agradecimientos:

Radio Universidad de Chile
Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, ACES
Confederación Nacional de Estudiantes Secundarios, CONES
Confederación de Estudiantes de Chile, CONFECH
Federación Nacional de Pobladores, FENAPO
Confederación de Trabajadores del Cobre, CTC
Colegio de Profesores de Chile A.G.
Fundación Progresa

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    La Primavera de Chile o el bloqueo cognitivo
    Por Colectivo Miope

    La Primavera de Praga fue un momento crucial en la liberación política y social donde Checoslovaquia le hizo frente al avasallador totalitarismo comunista que le pretendía imponer la ex-URSS.  Ahora, ésta alusión floral, respecto a Chile, estaría básicamente en consonancia con la misma idea de resistencia social pero en función a otro sistema económico –basado en el libre mercado– impuesto, mantenido y defendido por todo el espectro político -con intereses en juego- a lo largo de los últimos 30 años.

    La Primavera de Chile despliega a lo largo de casi dos horas un desfile de rostros queribles, como lo son los voceros estudiantiles. También otros más rabiosos, aquellos portadores de cierta misión con causas puntuales, más que con la trinidad de conceptos que defiende el estudiantado.

    Y, aunque el movimiento aludido como tal efectivamente posea todas las características de la analogía desenfundada en torno al replanteamiento duro del paradigma económico en ejecución, el largometraje logra escasamente aportar algo más a la reflexión profunda del asunto, confiando escuetamente en el abanico de argumentos cercados y por lo tanto, mucho menos aún, plantear -o al menos insinuar- rutas para los desafíos futuros del estancado embrollo. Es más bien una constatación sintética y cadenciosa, y pulcra eso sí. Una tibia cronología de sucesos con la expositiva intervención del dirigente, vocero, intelectual o experto afín.

    Evidentemente las autoridades oficiales son retratadas mediante un menesteroso material de prensa como -lo que supuestamente son- figuras rígidas, ultraconservadoras, opacas, poco dispuestas a escuchar, con discursos y planteamientos mecánicamente enarbolados. Sujetos poco empáticos, sin alma. Ontológicamente despreciables. Todo legítimo, pero claro, sin permitirse acceder a su voz en ninguna distendida conversación frontal que si gozan el resto de los participantes. Es decir, se hace imposible siquiera osar cuestionar lo fríamente dispuestos o al menos a darle una vuelta, darle un respiro y acceder a ideas que los discursos oficiales por su misma lógica eficiente y sobria no lo permiten. En definitiva, en La Primavera de Chile se asume que la repetición -a modo de mantra- fortalece esa hipótesis de trabajo que jamás se pone a prueba, ni menos aún, obvio, con el latente riesgo que involucra un debate.

    Aquí los razonamientos son unilaterales, su fuerza –como en la acción popular– al final del día se basa en la presión física, la ocupación y la soberbia convicción de que “lo que hacemos es lo correcto” y por tanto requiere radicalizaciones múltiples, eventuales atropellos, aceptación per se. Todo la disposición de elementos en este simulacro narrativo hace suponer –paradójicamente- que La Primavera de Chile no cree en su pueblo, no cree que éste pueda ejercer el pensamiento crítico, no cree que sea conveniente entregarle las elementos que -a través de un medio popular como lo es el cine- el individuo pueda sacar sus propias conclusiones, oxigenar su juicio, ser ciudadanos y no un par de piernas y gargantas útiles en determinado momento.

    Sin duda que el metraje apunta certeramente los aspectos fundamentales del movimiento acaecidos durante el 2011 a modo de reporte “objetivo” y además toca tangencialmente aspectos incluso más interesantes y particularmente idiosincrásicos que le dan personalidad al problema, como lo fueron las performances creativamente pop en público, las marchas carnavaleras, los eventos pachangueros masivos, el majadero uso retórico del rock pesado en la represión policial, y bueno, no mucho más.

    No adherir cabalmente a estas alturas a esta amalgama de fuerzas sociales que abogan por una educación de calidad, gratuita y sin lucro es prácticamente considerado una herejía, es decir, atreverse a ponderar la información, las circunstancias, los argumentos… básicamente pensar por sí mismo. Al parecer lo que se necesita hoy es el vitoreo instintivo, el apoyo irrestricto y acrítico a cualquier slogan que apele a la olvidada familia linchada por los pagarés de una institución que no le garantiza nada al educando, que lo ve como un número y mano de obra barata estratégicamente funcional a la nación en supuesto desarrollo.

    Más allá de que sea el “primer” documental sobre el movimiento –un término que en sí induce a desconfiar de la fuerza interna del despliegue de los contenidos–, sería saludable que esto sirviera para profundizar en base a lo que se supone que el cine puede lograr y que lo diferencia de otras manifestaciones audiovisuales, es decir, lograr acompañar un proceso determinado en base a una cierta intimidad, a un acceso único, nunca antes visto, en la profundización de los anhelos y desafíos más particulares. En las revelaciones que puede otorgar enfrentar una oposición específica, en encontrar aquella pulsión y valor en personajes en los que nadie confía ni conoce. La Primavera de Chile no roza en más de un par de escenas algo de esto. No construye personajes (pues los personajes están construidos ya), no revela nada que no sepamos ni se propone poner a prueba la tesis con la que parte y nunca se atreve a problematizar.

    De esta manera la propuesta aquí planteada tal vez sirva para expandir el “espíritu” reformista que reacciona efectivamente ante el abuso ejercido contra los más desprotegidos y, con ello, decirle al mundo que Chile se moviliza, que se une en torno a una serie de prácticas y que no tolera la prepotencia del capital. Pero, internamente, cinemáticamente, narrativamente, es apenas un primer y tibio paso respecto este gran tema. Luego, entonces, y por eso mismo, solo puede ser una formidable oportunidad para no anquilosarse en el irrelevante acopio de los hechos e imágenes que hoy por hoy abundan, redundan, cansan y sobran.

    Algunas interrogantes que quedan:

    ¿Qué pasa con los carabineros encapuchados? ¿De donde surge esa infame estrategia de boicot, si es que existe? ¿Cómo enfrenta un carabinero su función para con los estudiantes sabiendo que su profesión nace -por lo general- de la carencia de medios para un futuro que realmente desarrolle sus aptitudes? ¿Cómo se entrena un carabinero para abordar la represión? ¿Cree en su rol, puede optar? ¿Cómo aborda el dilema un estudiante con la necesidad de manifestarse si carga una tradición uniformada? ¿A qué le teme tanto la elite dominante? ¿Sólo a perder su poder, su influencia y sus negocios? ¿Por qué ésta cree con –supuesta– reflexiva convicción que su modelo ofrece más oportunidades de desarrollo integral a los ciudadanos? ¿Se niegan al cambio por que creen que una población educada, reflexiva, crítica abusará de su nuevo estatus a modo de venganza clasista?

Valentina, hija del exilio…había momentos de racismo, aislamiento y terribles soledades.

Valentina Montoya, exiliada niña, hoy respetada cantante de folklore y tango en Escocia


Sergio Reyes. Entrevista a Valentina Montoya


Mi padre era empleado público, trabajaba para el servicio de seguro social en un edificio que estaba perpendicular, me parece, al palacio La Moneda (creo que ya no existe ese edificio). De hecho, el día del golpe, mi padre había ido a trabajar. Mi mamá lo llamo por teléfono y le dijeron que estaban todos tirados en el suelo porque estaban bombardeando La Moneda. De alguna forma alguien le paso el teléfono y así desde el suelo él hablo con ella. Lo detuvieron el 1 de octubre de 1973.

Mi padre fue llevado al Estadio Nacional y posteriormente a Chacabuco, donde permaneció encarcelado durante el 73 y 74. Al igual que todos sus compañeros, mi padre sufrió mucho encarcelado. Al ser puesto en libertad decidió permanecer en su país. Le contó a mi madre la gravedad de las torturas en esos campos de concentración y dijo que más daño no le podían hacer dentro de Chile pero que iba evitar el destierro, que quería morir en su país. No obstante, insistió que saliera su familia ya que él temía mucho que nos hicieran algo a nosotros.

Entonces mi madre, después de haber estado en la clandestinidad, nos sacó de Chile. Yo era una menor de edad, pero a pesar de mis escasos años, tenía conciencia de lo que estaba ocurriendo en mi país. Para mí fue doloroso dejar a mi padre, mi abuela, mi mejor amiga y mi escuela. Recuerdo esa mañana, de la partida, sentía una especie de vértigo, un vacío, un temblor en la guatita, que me persiguió casi toda la vida. Pero recuerdo que me consolaba con la idea de que iba a ser un corto tiempo. Que luego volveríamos. Los adultos decían tres años.

Salimos con dos pequeñas maletas, casi nada de equipaje. Esto era la prueba que no íbamos a quedarnos. La entrada a Inglaterra no fue nada de fácil, como lo comento en una canción que escribí titulada La Partida. Y claro, como íbamos a ‘volver’, no comprábamos muebles, solo lo más necesario. La idea jamás fue de salir fuera del país para siempre. Nos considerábamos seres pasajeros, pájaros transitorios.

 

Mi madre estaba muy delgada, como lo demuestran la foto de su pasaporte y otros documentos de viaje. Tenía la pena escrita en todo su rostro. Por mucho tiempo se negó a comer porciones adecuadas de comida. Decía que no podía comer mientras en su país la gente no tenía que comer. El exilio dorado es un mito. Vivíamos en lugares muy marginales, en una casa del estado y antes de eso en un departamento que simplemente no era habitable. Cuando llegamos estaba muy sucio y con jeringas usadas en los armarios. Olía muy mal. Ese concepto del exiliado dándose la gran vida no tiene relación alguna a la realidad nuestra.

Duele estar lejos de los que se aman, amigos queridos, lejos de las cosas más simples pero que más significado llegan a tener. Ahora las cosas son distintas, la tecnología permite mantener un vínculo inmediato, en ese entonces esperábamos hasta dos o tres semanas por una carta. El tiempo parecía pasar más lento y noticias de Chile, buenas o malas, nos mantenían con una añorada conexión. El activismo político nos unía.

Recuerdo que no fueron tiempos fáciles, pero que a pesar de todo, nos ocupábamos en hacer muchas cosas por Chile. Organizábamos entrevistas, charlas, reuniones, actos culturales, proyección de películas, talleres de artesanía o de música – una enorme gama de actividad y de creatividad – así se juntaba dinero para mandar a Chile. Todavía tengo listas, escritas a máquina, de los objetos que creábamos en cuero o madera y los precios en que se vendían. Juntábamos así y se mandaba plata para la Vicaría de la Solidaridad, el Partido, etc.

Recuerdo huelgas de hambre en distintos recintos y marchas enormes por las calles de Londres. Venían a cantar artistas como Quilapayún, Ángel e Isabel Parra, Capri, etc. Lo veíamos como nuestra responsabilidad eso de decirle al mundo lo que pasaba en Chile. Se creaban vínculos con distintos partidos de izquierda y sindicatos y se trabajaba en conjunto con ellos también. Las iglesias nos facilitaban sus salas para hacer mercados de pulgas o actividades culturales. A pesar de los conflictos internos entre nuestra comunidad, había un enorme sentimiento de solidaridad, una sensación de hermandad entre nosotros.

La música

Mi madre me compró mi primera guitarra. Para ella era algo completamente natural que yo aprenda la guitarra y ella hacía grandes esfuerzos para conseguirme cuerdas y repuestos etc. Ella tenía una voz muy hermosa y aunque nunca aspiro ser cantante, amaba una enorme variedad de música. Yo recuerdo que en Chile la casa estaba llena de discos de Víctor Jara (quien fue amigo de ella antes de su fama), Inti-Illimani, Quilapayún. Recuerdo que había música rusa y folklore argentino, Mercedes Sosa entre otros.

Las primeras canciones que aprendí en guitarra me las enseñó un compañero de Osorno que vivía con su familia en Birmingham. Yo tenía 11 años. Mi primer grupo musical se llamaba ‘Chacabuco’ y fue formado por compañeros de nuestra base. Aquellos guitarreros y cantores (uno muy parecido a Víctor Jara) me enseñaron muchas canciones. Mi madre y otros compañeros me pasaban cancioneros que producía la Jota. Todavía los tengo! Y yo independientemente sacaba libros de acordes de la biblioteca y entonaba canciones con mi hermana, quien tiene una voz muy linda. Esos años fueron memorables y lográbamos sacar alegría del activismo, a pesar de las dificultades, puesto que había momentos de racismo, aislamiento y terribles soledades. Vivíamos muy modestamente y con la mente en Chile, esperando cada diario de allá, cada carta, cada noticia. Escuchábamos la radio, el programa que era fundamental en nuestras vidas – Escucha Chile! con la cálida voz de Katia. Una vez les mandé una carta y la leyeron, recuerdo la alegría que sentí al oír mi carta en la radio! Creo que tengo una grabación de eso por ahí… se grabaron muchas en mi casa…

La adolescencia fue más dura, porque después muchos chilenos se fueron y la comunidad se fragmentó. Ahí me sentí aislada a pesar de que tenía amigas de acá – en gran parte mis amistades de la escuela fueron de origen Asiático o de Irlanda. Me gustaban porque teníamos cosas en común y me interesaba por sus historias. Una amiga me prestaba sus saris. Ellas me enseñaban palabras en urdu y gujarati y yo les enseñaba español.

Pero fuera de la escuela, músicos ingleses me instaban a cantar rock y claro, ese ambiente era muy machista y las canciones folklóricas que yo escribía siempre terminaban siendo transformadas a baladas de rock! Creo que desarrollé una aversión al rock por eso. Tenía muchas inquietudes, muchas preguntas, cuales ni el rock ni el punk podían responder. Para mi rebelarse era cantar canciones chilenas, cantar folklore porque esa era yo. Era mi forma de dejar de ser invisible. Por ese canto yo tuve que luchar y lo sigo haciendo!

Teatro, universidad, música

Siempre me interesé por el teatro, en particular el trabajo de Augusto Boal y participé en grupos de teatro juveniles. Trabajé en tiendas, pizzerías, restaurantes, estudié teatro comunitario y eventualmente partí a la universidad de Warwick a estudiar historia, pienso que allí logré satisfacer muchas inquietudes y me sentí realmente feliz. De ahí nació la oportunidad de ir a dar clases de teatro en México, lugar que quise mucho – llena de gente maravillosa – fértil de arte, música e historia. Al regresar decidí ir al Festival de Edimburgo, allí me enamoré de un guitarrista escocés David Russell y con él formé mi grupo de folklore Valentina y Voces del Sur. Fue muy lindo, nos fuimos a una casita de campo donde él vivía y allí en un cerro, donde no había nada más que árboles y la casita de piedra, hicimos nuestras primeras grabaciones. Considero que esas fueron las primeras grabaciones donde mi voz era genuinamente mía.

El tango

A mi madre le gustaban muchos géneros musicales, dentro de ellos estaba el tango. Y por eso el tango abundó en mi vida. Aunque eso de querer cantar tango llegó como un relámpago. Mi mamá estaba en su pieza haciendo sus costuras y yo en la mía, estudiando. Ella escuchaba sus cassettes y tres temas me llamaron la atención. Yo fui a su pieza y le dije súper fascinada ‘Mamá, quién canta esos tangos?’ Me miró, con cara de sorpresa por mi repentino interés en el tango y dijo, ‘Mercedes Simone, por qué?’ Yo le dije, ‘Algún día voy a cantar esos tangos!’

Paré la cola y me fui a mis libros otra vez. Claro, ese día llegó 6 años después en Escocia, algo que jamás hubiese imaginado! David, el joven guitarrista escocés me llevó al Bongo Club a un concierto de un grupo de cámara nuevo y súper avant guard, se llamaba Mr McFall’s Chamber. Al entrar lo primero que vi fue ese grupo de cámara tocando tango y ese tango se llamaba ‘Soledad’ de Astor Piazzolla’! Quedé cautivada! Partí a hablar con ellos y así fue como llegaron a estar esos tres tangos que mi madre escuchaba (Noche de ronda, En cuanto silba el viento, Calla corazón) en el álbum ‘Revolucionario’.

Es una cosa muy especial cantar con Mr McFall’s Chamber. Son un grupo de enorme calidad musical y cabe decirlo, son muy respetados acá. He colaborado con McFall’s Chamber desde el primer o segundo año del grupo entonces cantar con ellos hoy en día llega a ser algo muy emotivo aparte de ser un privilegio.

Para mí el tango tiene una historia muy interesante, raíces humildes marcadas por emigración, dolor pena, enajenamiento, renacimiento. El tango canción con toda su pasión y melancolía ha sido mi compañero en momentos de soledad.

Pero no todo el tango trata de amor o de la madre, el tango tiene una temática amplia, si uno la busca! Yo quise escribir unas canciones con alma de tango en nuestro CD La Pasionaria. El tema Sola es un homenaje a Sola Sierra, activista chilena que yo admiro muchísimo. ‘Años de lucha, ojos serenos dibujan nuestra gente’… es una alusión a la forma en que su mirada reflejaba la historia, el sufrimiento y el espíritu de lucha de nuestra gente. Mujeres como Sola han dejado un legado moral imprescindible para las futuras generaciones y es importante que se sepa más de ella, que las jóvenes que buscan un referente tengan a Sola Sierra como modelo a seguir, porque con conciencia, memoria colectiva y activismo se puede verdaderamente levantar un país y crear una cultura realmente nuestra.

Ahora, si el tango ha sido el que acompaña mi alma en las noches oscuras de soledad, el folklore de Nuestra América ha sido mi conciencia. Necesito el tango y el folklore como el día y la noche! Mi trabajo siempre tendrá elementos de ambos.

Proyectos

Ahora tengo planes de grabar un CD de folklore acerca de Chacabuco y la experiencia de mi padre en ese campo de concentración. Para este proyecto tengo una página Facebook donde archivo enlaces relacionados al tema (y que está abierta al público). Estoy también elaborando canciones para un CD que recuente mis memorias más tempranas del exilio.

Aparte de la música, he escrito un guión. Titulado “Doña Soledad”, es un film de tango con una robusta conciencia social, ambientado en Edimburgo. El film explora las secuelas de las dictaduras Latinoamericanas de los ‘70 en dos hijos del exilio. Espero usar música de nuestro álbum La Pasionaria al igual que composiciones nuevas en conjunto con tangos de Piazzolla y Pugliese. En estos momentos ando en búsqueda de un productor para hacer realidad este film.

Justicia y reparación para los torturados, asesinados…

Nuestro pueblo ha sido un pueblo valiente que a pesar de tanta opresión, ha salido a las calles en plena dictadura a protestar con dignidad. Un pueblo que a través de los años ha luchado y contribuido diariamente con enorme corazón y convicción para crear un país donde realmente exista justicia y democracia. Este esfuerzo ha sido tremendo pero los distintos gobiernos post-dictadura han demorado mucho en crear justicia, incluso han sido un obstáculo, yo diría. Muchos activistas, madres, padres han fallecido sin saber el paradero de sus queridos. Alguien sabe y aunque el pacto de silencio entre los militares (y civiles) se ha fragmentado de cierta forma (los casos de Calama y Víctor Jara por ejemplo) y la verdad surge poco a poco, queda mucho más por hacer. El Museo de la Memoria es algo muy grande para Chile y me enorgullece enormemente que exista un sitio que sea un amplio testimonio de las atrocidades que ocurrieron durante la dictadura. Pero claro, no hay olvido ni perdón hasta que haya justicia, hasta que sepamos que pasó con nuestra gente, donde llegaron a parar y hasta que los responsables a los niveles más altos sean juzgados por sus crímenes.

Pagina Facebook de Valentina

Para escuchar su música en YouTube

Entrevista © 2016 Valentina Montoya Martínez

Ver http://www.vocesdelsur.co.uk/uploads/8/1/5/0/8150717/entrevista.pdf

a nuestros hijos no los buscó nadie, porque ellos eran cómplices de los militares.

10-8-2013|12:15|DERECHOS HEBE DE BONAFINI
…a nuestros hijos no los buscó nadie, porque ellos eran cómplices de los militares. Ellos sabían todo, incluso donde estaban. Yo fui a denunciar que mi hijo estaba en la Comisaría 5ta y les pedí que por favor fueran a buscarlo. Y un juez me dijo: “No, señora, yo no voy, porque si entro y los matan a todos, la culpa de la muerte de su hijo va a ser mía”. Eso me contestó el juez [Héctor Carlos] Adamo de La Plata. Increíble. Una iba a contarles a los jueces lo que se iba enterando y estos desgraciados no hacían nada. Entonces yo fui a la Comisaría y entré a los gritos porque me dijeron que mi hijo estaba ahí. Me dieron una paliza terrible y me sacaron a la calle. No es lo mismo que vaya un juez a que hubiera ido yo. No sé si los íbamos a salvar, no lo sé, pero esa es la justicia que tuvimos. Más que Justicia, era Injusticia.

¿Las cosas podrían haber sido diferentes con otro tipo de jueces?

La complicidad cívico-militar las Madres siempre la denunciamos, tiene que ver con eso. Los militares no se mandaron solos. Si no hubieran tenido jueces tan corruptos, que todavía están hoy algunos en actividad, los 30.000 desaparecidos estarían vivos. O al menos, si no hubieran sido tan corruptos, muchos se hubieran salvado.

El 23 de septiembre de 2010 la Asociación Madres de Plaza de Mayo hizo un juicio ético y político a los jueces cómplices de la dictadura.

Sí, lo hemos hecho varias veces. Al no haber juicios, mucho antes del 2010 empezamos a desenmascarar a los cómplices. Hicimos el primero en la época de Alfonsín, le hicimos un Juicio a las Juntas en la Plaza. Después uno en Quilmes a los médicos, donde estaba [Jorge Antonio] Bergés, un médico de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Más adelante hicimos otro en La Plata justamente para hablarle a Adamo. Y ahora les hicimos uno a los cómplices de la Justicia[1], la Iglesia y el periodismo. Siempre hacemos juicios éticos porque sentimos que ya que no conseguíamos que caminara la justicia había que visibilizarlo, para que la gente supiera que cuando decís que era una dictadura “cívico-militar”, quiénes eran los “civiles”.

En diciembre se cumplen 30 años de la creación de la CONADEP. ¿Cuál fue la posición de la Asociación en aquel momento?

Nosotras no estuvimos de acuerdo, porque primero ante los tribunales ya había de todo. ¿Qué necesidad había de investigar todo otra vez por un camino no judicial? Pero claro, Alfonsín pensaba inventar todo un aparato para demostrar que estaba haciendo algo. La CONADEP tuvo cosas muy jodidas. A mí me llamaron para preguntarme en qué agrupación estaban mis hijos, no para buscarlos, y yo les dije que no les iba a decir, porque encima se los llevaron por revolucionarios.

¿Qué significó la llegada de Néstor Kirchner al gobierno de la Nación?

Bueno, como que llegó El Salvador, “el salvador de la Patria”. En realidad, en un primero momento no nos dimos cuenta. Yo creo que todavía no nos dimos cuenta de todo lo que hizo. Todavía no nos dimos cuenta de todos sus discursos. Yo cada vez que los leo digo “¡Ésto no lo escuchamos! ¿Cuándo lo dijo?”. Me cuesta recordarlo. Por eso ahora a Cristina la escucho con tanta atención, porque a Néstor no lo escuchamos con mucha atención y dijo cosas importantísimas. Era como natural todo lo que hacía. Y no, porque las cosas que dijo fueron de muchísima profundidad. Él me quería mucho, siempre me acariciaba y me decía: “Seguí siendo así tan… -¿cómo me decía?- políticamente incorrecta”.

Las Madres se involucraron activamente en la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual…

Los medios siempre estuvieron en contra de las Madres, no sé a favor de quién pero en contra de las Madres siempre. Nos dilapidaron, nos ensuciaron. Para nosotras nunca existieron los grandes medios de comunicación. Por eso tenemos una radio, por eso tenemos una revista, tuvimos un diario, tuvimos que inventar todo eso para que nos visibilizara la gente. Sino, éramos invisibles. Si hubiese sido por los medios éramos invisibles. A las Madres nos dieron cualquier cantidad de honoris causa en Europa, aquí, en todas partes. ¿Alguna vez salió publicado? No. Nunca sale nada, tampoco yo hago lo que hago para salir en el diario.

¿Qué opina sobre el proceso de integración regional que ha vivido en la última década Sudamérica?

Es impresionante. Yo soy muy amiga de todos los presidentes de la región. A Correa Néstor lo conoció porque yo lo traje, Correa siempre me iba a escuchar cuando yo iba a hablar a Ecuador. Fui una gran amiga de Chávez. Lo mató el laburo, el trabajo, toda la corrupción que tenía siempre encima, los problemas que tenía que solucionar. Los quiero mucho a ellos. A Evo ni te cuento, lo conozco de cuando caminaba desde las minas. Así que me parece importantísima la unidad de la región, el surgimiento de la UNASUR. Porque al final se está logrando lo que buscaban nuestros hijos, ¿no?, la unidad latinoamericana.

¿Cuál es su opinión sobre el reciente proceso de democratización de la justicia?

Me parece maravilloso y necesario, es una experiencia que va a ir mucho más allá de nuestros juicios éticos y políticos. Está basado en principios democráticos impresionantes, que nunca imaginábamos que llegarían a la Justicia argentina. Toda esta democratización de la justicia y el avance que se pueda lograr en los diferentes ámbitos es en beneficio de todos. De los pibes, de las víctimas del gatillo fácil, de tantos grupos. La verdad es que yo ni soñaba con ver ésto que estoy viendo. El otro día cuando estuve con Cristina le dije “Mirá, Cristina, aunque a vos te parezca mentira las Madres estamos siendo felices. No soñábamos con ser felices y uno tiene felicidad porque peleamos tantos años por esto y ahora ver que la Justicia se va a reformar, que los juicios por violaciones a los derechos humanos se están haciendo, que los genocidas son condenados”. Más allá de todo lo que pasa, que te ensucian, que te agreden, te dicen de todo. Yo contra eso no peleo, porque yo ni les discuto, no respondo jamás a ninguna agresión.

¿Por qué?

Porque me parece que si nosotros pensamos que ellos instalan la noticia, porque quieren hablar de eso y nosotros lo repetimos, estamos haciendo lo que ellos quieren. Instando lo que ellos quieren instalar. Me parece equivocado cuando algunos programas de televisión que no pertenecen a los grandes medios económicos hacen eso. Si no queremos que una mentira se instale, no la tenemos que repetir nosotros.

¿Cómo explica la sentencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación que declaró inconstitucional la Ley que democratizaba el Consejo de la Magistratura?

La Corte es cómplice. Con excepción de Zaffaroni. Son cómplices de lo que pasó antes y de lo que está pasando ahora. Ellos apoyan a la derecha, no sé si apoyan a Clarín y a Magnetto, pero al Pueblo seguro que no. Ellos nunca estuvieron para el Pueblo. Siempre están con los poderosos. Por eso se llama “Suprema Corte de Justicia”, pero no es ni Suprema ni hace Justicia.

Previo al dictado de la sentencia, las Madres enviaron una carta al Tribunal pidiendo que fallara a favor del pueblo.

Sí, les pedimos que por primera vez fallaran defendiendo los intereses del Pueblo. Ya en el 2010 cuando hicimos el primer acto en Tribunales por la Ley de Medios, dije que los jueces de la Corte Suprema eran unos turros. Y como hice un discurso muy fuerte muchos se enojaron. Pero la verdad es que me quedé corta, muy corta diciéndoles turros.

¿Le parece que a partir del fallo de la Corte Suprema está clausurada la posibilidad de la participación del Pueblo en la elección de los jueces o quedan caminos para explorar?

Yo pienso que siempre hay que seguir luchando. Porque si nosotras no hubiéramos creído en la lucha y en la calle estaríamos muertas. Nosotras seguimos creyendo que los pueblos solucionan los problemas en la calle, no en los tribunales. De eso estoy convencida. En los tribunales se puede lograr algo pero solo si el pueblo ayuda en la calle. Por lo menos, así lo vemos nosotras.

 

Para leer una versión ampliada de esta entrevista: www.infojus.gov.ar

 


[1]Entre los “imputados” se encontraban los magistrados Eduardo Rafael Riggi, Luis Francisco Miret, Otilio Romano, Wagner Gustavo Mitchell, Juan Martín Romero Victorica, Liliana Elena Catucci, Víctor Hermes Brusa, Pedro Cornelio Federico Hooft, Norberto Giletta, Guillermo Rivarola, Luis María Fernández, Luis María Vera Candiotti, Juan Carlos Marchetti, Julio Demetrio Petra, Carlos Pereyra González, Alicia María Di Donato, Nicasio Dibur, Abel Bonorino Peró, Horacio Enrique Prack, Néstor Luis Montezanti, Justo Rovira, Alfredo Bisordi, Adolfo Gabrielli, Horacio Heredia, Abelardo Rossi, Alejandro Caride, Federico Videla Escalada, Emilio Miguel Daireaux, Elías Guatavino, Jorge Gabriel García Collins, Eduardo Vocos Conesa, Guillermo Federico Madueño, Mario Héctor Pena, Leopoldo José Russo, Héctor Carlos Adamo, Eduardo Marquardt, Miguel Ángel Almeyra Nazar, Martín Anzoátegui, Amelia Lidia Berraz de Vidal, Oscar Hermelo, Norberto Quantín, Luisa Martha Riva Aramayo, Juan Carlos Rodríguez Basavilbaso, Rafael Sarmiento, Ricardo Gregorio Rongo y Luis Rueda.

Carta a mi hermano Ricardo faunes

TRES RASSSS POR RICARDO FAUNES

Para mi hermano de mares. ¿Cómo entender qué circunstancias desgraciadas lo llevaron por donde sus embarcaciones naufragaron?

“Náufragos del mundo que han perdido el corazón”
E. Cadícamo.

http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/rasss.htm

 

 

ESCRIBO ESTAS LÍNEAS sobre hojas amarillentas sin saber si alguien alguna vez se interesará por leerlas. Ya sé que no al menos mi madre. Para qué si hoy divaga entre un presente ambiguo y La Serena de épocas confusas y, en su mundo de destellos, te imagina debajo de la higuera o a punto de volver de la Escuela de Derecho, aunque ésta no esté siquiera en La Serena, sino lejos, al otro lado del Mapocho. No dejaste tampoco descendencia, muchachos que habrían tenido como tú, el cabello rizado y los ojos sonrientes. Nadie quedó para que yo les pudiera pedir que recorrieran estos renglones, o que hicieran un amago por entender todo lo que siento e intento plasmar en ellos. Pese a eso insisto en escribir esta carta sin dirección y lo hago en estas hojas que ya parecen envejecidas, quizá como un adelanto de lo que inevitablemente les espera: cubrirse de polvo y amarillarse aún más por ahí en un cajón como esos papeles que a nadie le preocupan y a nadie le importan. Quién las leería si incluso esas familias adoptivas que eran nuestros amigos y los amigos de nuestros amigos, eran personas que no tenían posibilidades de encontrarse. Mundos separados cuyas distancias ya viste cómo se fueron acrecentando.

 

Ricardo, hablo de convicciones. Hoy me pesa decir cuán distintas parecían las de ustedes con las nuestras. Y por causa de esas diferencias nuestros amigos y nuestros compañeros se habían alejado también entre ellos, tal como yo y como tú nos alejamos, a pesar de haber sido los que fuimos: hermanos amigos, hermanos corsarios, no piratas, un escalafón más arriba y más noble en la hermandad de los océanos.

 

Hablo de juegos a los que ningún niño de hoy jugaría. Juegos amarillentos por los años como estas hojas que he elegido para escribirte quizá para que parezca que ha pasado tiempo desde que las escribí ahorrándome la vergüenza de no haberlo hecho antes. Pese a eso persisto, aunque reconozco que si algo hoy me impulsa es la suerte de haber encontrado por ahí a una muchacha de padres perdidos -como te perdiste tú-, cuyo padre adoptado, o cuyo padre verdadero, pudiste ser tú también o pude ser yo mismo.

 

Nada es sencillo, como ves, y me voy dando vueltas mientras digo en mi favor que hacía mucho que deseaba escribir todo esto que quería que supieras, y si bien es cierto que esa huérfana maravillosa es la que me impulsa, reconozco que mis motivos son confusos, siendo mi única certeza el que escribo como una vieja deuda que hoy por fin tengo claridad para saldar. Tal vez sea por eso Ricardo, que lo primero que digo es que la vida es un puñado de mentiras, de errores garrafales, Es necesario que lo reconozca antes de que continúe diciendo tonterías, aunque ya no importe quién tenía la razón, si tú, con tu postura de la sensatez, del análisis de las condiciones objetivas, si yo con mi voluntarismo, con mi rebeldía, ésa que tú condenaste tantas veces. Es que tú aprendiste a amar los cambios a la manera ordenada de como sugerían tus patriarcas, y yo pasé por Marx y me fui directo de Lenin al Che y a su diario libertario.

 

Desde aquí, esto ya no es cierto, Ricardo, piénsalo bien: es mentira que el señor Délano con su famoso libro “La base”, y lo del Diario de Guevara no es verdad tampoco. El padre de nuestra madre fue quien nos contagió su solidaridad, y lo hizo con los cuentos maravillosos que hincados a la orilla de su cama solía relatarnos, ¿te acuerdas?: la zorra pícara y la historia del buey “tengo”, Pedro Urdemales. Espero que todavía los puedas recordar y que te acuerdes también de cómo nos maravillaban y de cómo nos maravillaban también aquellos rebeldes, héroes y antihéroes que entre las historias de navegantes vengadores que él mismo inventaba, nos iba contagiando espíritu de bien, espíritu solidario.

 

“El tonto de la puerta, no era nada de leso, chiquillos. Fíjense que hubo un terremoto tremendo. ¿Irá haber otros terremotos como ése, tatita?

Chiito… ya no hay terremotos como ésos. Pero entonces sí los había, y éste tocó justo donde vivía el tonto de la puerta. Pucha, tatita.

Sí, pucha. No quedó nada en pie en el pueblo, y la gente tuvo que irse buscando lugares como éste donde ya no terremotea. Ah… ¿y el tonto, tatita?

Bueno, el tonto se tenía que ir también, no había remedio, pero como les dije, no era nada de leso, así que dijo, “bueno, me voy, pero me llevo la puerta de mi casa que quedó sola ahí paradita”. Y partió, fíjense, por los caminos, con la mole de roble al hombro junto con todos los otros. ¿Y para qué quería la puerta el tonto, tatita, si ya no tenía casa que cerrar?

Chiito, ¿no les dije que el tonto no era nada de leso? Es que esa puerta era maravillosa con ensambles cola de milano y si venía un forajido a molestarlos, ¡zape! que el tonto le atracaba un portonazo. Y si se mandaba a llover, ponía la puerta en las ramas de algún árbol bajo y se cubría con ella y cubría también a sus amigos que iban con él. Pero eso no es nada, si venía el rico del pueblo a echarlos, él los defendía con su puerta como escudo de madera, porque los ricos son abusadores por naturaleza y no reconocen justicia ni reglamentos, por eso, ¡zape!, hay que darles con todo, con piedras y con palos.

 

Los cuentos del tata fueron nuestra base, Ricardo, ni Luis Enrique Délano ni Ernesto Che Guevara, eso no es algo que pueda negarse, aunque ya no importe, aunque a nadie le importe. Para mí, tu libro “La base”, no era más que basura, un folletín amanerado, y así mismo, tu planteamiento del ejército respetuoso de las leyes, una patraña imposible de creer. Ése era yo, y no estaba dispuesto a perder las discusiones. Pero para ti tu visión de mis asuntos no era mejor tampoco: “intelectuales de salón, puñado de aventureros”. Puntos de vista diferentes, hermano. Y en todo: para mí la mujer era un animal bello de piernas hermosas, para ti, no sé qué era, pero era más, mucho más. Para ti el amor tenía que ser completo, único, indivisible. La mujer se acercaba al concepto de diosa.

 

Yo te admiraba por eso y hoy reconozco que me habría gustado haber sido como tú, sólo que para mí habían demasiadas diosas, diosas mundanas, y a todas las amaba, cómo las amaba. La admiración que sentía por ti era porque tú sólo amabas a la tuya, aunque no fuera más que un anhelo o un propósito que difícilmente cumplirías. Aún así, tu propósito era admirable, quién no dice por lo demás que quizá eso sea lo que verdaderamente cuente: las buenas intenciones.

 

Distintos, bastante distintos. Tú tras una diosa, yo tras varias, aunque eso quizá fuera porque yo no había encontrado a mi diosa verdadera. Pero tú tampoco. Tú, cada vez que creías haberla encontrado, acababas dándote cuenta de que ésa al menos no era. Pero no te importaba, y en tu obstinación empezabas de nuevo. Amores y desamores, amores perfectos, también leyes y reglamentos perfectos. El amor perfecto no sé si lo encontraste, pero gracias a esa segunda convicción tuya te convertiste en abogado, “licenciado en derecho”, y como tal, empezaste a repetir que el ejército era respetuoso de las leyes y de la constitución. Yo te golpeaba la mesa insistiendo en que no, pero tú contra atacabas y yo insistía diciendo que el ejército era el brazo armado de la burguesía, pero entonces tú insistías otra vez, y eso terminó por alejarnos.

 

“La gente como tú nos perjudica, no podremos defendernos con banderas ni pancartas”, eso argumentabas, y yo: “por eso se necesitan fierros, posiciones como las de ustedes sólo nos llevarán al fracaso”. Qué importa ahora quién estaba equivocado, a quién puede importarle. Pero entonces sí era importante, y para mí que ante la certeza de que ese tiempo de la Unidad Popular no era sino un paraíso transitorio que se derrumbaría, encontré entre los que se preparaban para esa contingencia a la verdadera diosa, y era quizá la que tú soñabas y no alcanzaste a encontrar. Cómo lo lamento por ti querido hermano.

 

Ha pasado tanto tiempo, Ricardo, y la hecatombe en que no creías fue incluso más grande de lo que nosotros que sí la esperábamos la pudimos imaginar. Una ola de fuego que nos pasó por encima y ya nada volvió a ser como antes. Para entonces ya no pudo importar menos quién tuviera la razón. La ola de fuego nos cogió a todos y produjo dramas como el de la muchachita de quien te hablo, cuyo padre adoptivo, ése que tuvo la suerte de casarse con su madre, fue un antiguo amigo tuyo, abogado también, gente de tu familia partidaria. Familia alejada de la mía Ricardo, porque para entonces nosotros, mala cosa, ya nos habíamos alejado.

 

Místicas diferentes, convicciones diferentes. Son los errores a los que intento referirme. Si es para no creerlo, nos habíamos alejado nosotros que nos fuimos a La Serena con nuestra madre hermosa para transformarnos en corsarios, y allá llevamos a echar nuestras embarcaciones por ese torrente que era el Canal de La Pampa, nuestro riachuelo, ¿te acuerdas? Alejados nosotros, Ricardo, que fuimos testigos de cómo nuestra madre se ganaba el amor del cantante principal en el carnaval de Rivadavia, Valle del Elqui. Maravillosa nuestra madre, para eso le bastaba una sonrisa. No puede creerse Ricardo, alejados nosotros que en una tarde de acierto, pudimos ver desde arriba de un palto, cómo la muchacha del lado, cuatro años mayor que nosotros, mocosos de once o doce, desnuda ante un espejo sufría y se contemplaba con la mano entre las piernas.

 

Esos éramos nosotros que nos habíamos distanciado por cuestiones que ahora a nadie le importan. Yo seguí en lo mío junto a mi diosa y junto a mi dios pequeño nacido un poco antes de las llamaradas. Tú partiste a defender a tus camaradas en desgracia para quienes los dictadores levantaban juicios que no tenías cómo defender. En esa tarea te ayudaban otros abogados de tu partido, entre ellos el padre adoptivo de la muchacha que de alguna manera me motiva a escribirte. Te voy a contar que ella conoció no hace mucho la voz de su padre verdadero por una cinta vieja grabada por amigos suyos y olvidada por años en un cajón de su abuela paterna. Buena cosa para ella y también para mí, pues su experiencia me anima a continuar en esta carta, ya que si el destino de esa cinta olvidada fuera el que le pudiera esperar a estas hojas, qué aliciente el pensar que tal vez años más tarde a alguien le sirvieran.

 

Abogados defensores de causas perdidas. Pero cómo pensaban ustedes que iban a defender a sus camaradas con sus leyes, si los propios militares eran los jueces. Tú mismo, en alguna de las pocas oportunidades que se dieron, me contaste desesperado que te atacaban siempre con nuevos reglamentos y decretos que ellos mismos se sacaban de las mangas.

 

Vino entonces la segunda ola de sangre, y la tercera y la cuarta, y después muchas otras que, a diferencia de la primera, eran ahora selectivas. Esas terribles olas selectivas empezaron a alcanzar a mis compañeros de familia. “Compadres” nos llamábamos, algunos habían sido amigos tuyos antes de que nos alejáramos. Hablo de Federico Álvarez Santibáñez, de Claudio Contreras, del propio Horacio Carabantes. ¿Te acuerdas de él?, ¿de las canciones que inventaba? ¿Y de Federico, el que amaba muchachas en el tren a Rivadavia? Esos, mis amigos, que podrían haber seguido siendo amigos tuyos, fueron cayendo en diversas casas de tortura desde donde los convertían en desaparecidos.

 

Triste Ricardo, yo en mis cosas, tú en las tuyas. Yo en las mías escapando con mi diosa y mi dios pequeño que se portaba como un valiente, tú en cambio en esos juicios sin destino que te agujereaban el espíritu y no te dejaban encontrar a la diosa que buscabas. Pese a eso viniste a ayudarnos, será algo que jamás te agradeceré lo suficiente. La ola de llamaradas se acercaba a nosotros, ya habían caído Bauchi y Miguel y a María Cristina López, jefa de mi unidad, la habían atrapado, así es que con mi diosa-compañera tuvimos que pasar a la clandestinidad, ya no podíamos ir por ahí juntos. “Asílense”, nos rogabas, y nosotros, que no, que la lucha a toda costa había que continuarla. “De qué lucha me hablas si los están destrozando, de ustedes van a quedar apenas rastros”. Pero nosotros, que no, cegados por el voluntarismo.

 

Siempre he dicho que por esos días me escondía en un altillo de pintores. Y decía eso, porque como tú bien sabes, yo también soy un romántico. Pero no es cierto, nada de eso es cierto. Hoy, aunque ya no importe, cuento que de verdad no había tales pintores, ni talleres de tales. Era en tu humilde oficina de abogado defensor de causas perdidas donde en realidad acudía a esconderme. Todo el día en las tareas del partido y por las noches llegaba a tu oficina antes de que te fueras, fingía para eso ser tu cliente. Tú te ibas entonces y yo me quedaba a dormir en tu sillón. Así había que hacerlo porque en realidad tu oficina no era más que un cuarto en una casona donde la dueña no permitía que sus inquilinos alojaran, por eso no debía entonces darse cuenta de mi presencia. Al día siguiente llegabas con comida para mí, el que había aborrecido tu libro “La base” y al que sólo le interesaba el de Lenin “Qué hacer”.

 

Qué hacer… así la pasaba por mi lado, lejos de mi diosa y de mi dios pequeño, el que tú soñaste que nacía aún antes de que naciera realidad, ése que en tu sueño lo adivinaste hombrecito y que lo bautizábamos como el guerrillero-redentor anti yanki, el valiente Ho-Chi-Min. Ellos vivían en casas de seguridad que yo les conseguía o me conseguían mis queridos compañeros, pero ya casi nadie se arriesgaba a ayudarnos, el cerco se estrechaba y la solidaridad se convierte en estos casos en telas de cebolla, sobre todo después de la caída del Nano De La Barra que nos traía la remesa, unos pocos billetes para sobrevivir y las notas con el qué hacer revolucionario. Lo asesinaron a cinco cuadras antes de encontrarse con mi diosa que hacía de mi enlace. Pasó con su compañera a buscar a su hijo al jardín, pero los sicarios los estaban esperando. Sus fragmentos quedaron esparcidos por ahí, cerca de Bilbao.

 

Descolgados de las estructuras partidarias entonces, mi diosa con mi dios serían presa fácil y, sin nadie a quien recurrir, una pariente suya que decía que más que quererla la amaba, muerta de miedo porque la pudieran acusar de colaboradora, le dio asilo pero tres días después la arrojó a la calle con nuestro Ho-Chi-Min, chiquito que tú adorabas. Y si algún Dios verdadero existe, esa noche, unas pocas horas antes de que el toque de queda comenzara, a pesar de que estaba prohibido por la seguridad, ese Dios que nunca creí que existiera, me empujó a telefonearle y a enterarme así de lo que en ese mismo momento ocurría y la pude entonces rescatar. La encontré con mi dios chiquito para llevarla a tu oficina-covacha. Nos quedamos agazapados esa noche con ella y cuando el chiquillo se durmió, hicimos el amor calladamente para no despertarlo y para que no nos descubrieran. Es que sólo así podríamos continuar escondiéndonos y amándonos ahí en tu oficina, en un amor que hacíamos con la absoluta conciencia de que eran minutos precarios, amor que robábamos a los perros, pero que de igual manera disfrutábamos aunque no nos pudiéramos abstraer de pensar en si no sería acaso ésa la última vez en que pudiéramos.

 

Sin embargo la ola de crueldad no pudo alcanzarnos. Yo me cuidaba muy bien. Me ayudó el haber caído por unos pocos días al comienzo cuando la represión no era selectiva y no tenían oficio ni buenos registros. Sabía entonces a qué atenerme, tú no, quizá por eso podías ser presa más fácil, paradoja de nuestras controversias: yo que parecía condenado a que me asesinaran me salvaba y tú con tu escuela de la constitucionalidad y del derecho, aparecías muerto allá en el norte. Injusto Ricardo, terriblemente injusto. Tú no tenías por qué morir, eso a mí me correspondía, y si pasó como pasó es una prueba más de que ninguna ley es valedera, ningún reglamento. Un injusticia como ésta sólo prueba que Dios no existe.

 

Se ahorcó le dijeron a nuestro padre cuando te fue a buscar. Yo no pude acompañarlo porque los perros andaban tras mi caza. Mi padre volvió contigo en urna sellada contando una historia oficial cuyo consuelo era que al menos teníamos tu cuerpo para enterrarlo y hacer nuestro duelo, un consuelo estúpido que muchos no tenían, tenía razón en eso. Consuelo estúpido y estúpida situación que no se puede creer ni creeré. Digo en su favor que su actitud fue pragmática, ésa quizá sea la palabra: pragmática. Para él tú ya estabas muerto y nada se podía hacer que te recuperara, para la muerte no hay remedio. Aunque no niego que debió sentir también un miedo tremendo. ¿Te has preguntado alguna vez a qué martirios lo habrán sometido cuando se lo llevaron de la universidad a ese estadio que hoy llaman Víctor Jara? De cualquier manera mi madre no lo creyó, no creyó ni una palabra, yo mucho menos. Por qué ibas a ahorcarte tú, presidente de centros de alumnos, dirigente político importante, joven abogado triunfador. Es que no son cosas que puedan entenderse. Me doy por eso vueltas y más vueltas y me digo que si así ocurrió, pudo ser, tal vez, porque no encontrabas a la diosa que anhelabas, o porque asesinaban a la gente que defendías, o qué sé yo. Igual no lo creo, pero indago atrás en el tiempo pensando en que si pudo ocurrir un disparate como ése debió haber sido por un conjunto de razones mezcladas con la decepción de darte cuenta de que la gente rica y sus servidores militares jamás entregarían sus riquezas sólo porque los miserables les ganaran en unas porquerías de elecciones. Qué es una elección para la gente poderosa, Ricardo, qué puede importarles a ellos una elección, qué les puede, de verdad, importar la opinión que tengan los humildes, qué les puede importar que tengan o no tengan razón. El tata era tremendamente visionario después de todo. Me pregunto si no tenía toda la razón: había que darles de a portonazos, con piedras y con palos. Aunque quizá él quizá también se equivocaba y de nada hubiera servido una puerta por muy de roble que hubiera sido. Qué puede un portón así trancado contra balas de cañones.

 

Te comparo tanto con el tata, Ricardo. A veces me pregunto si te acuerdas de él, de su jaula para hacer charqui, de su lija y sus formones, de su cola carpintera calentada al baño maría, de la uva que nos ponía en la boca, de los gajos de naranja, de sus treinta mil historias. El tata murió maravillado, Ricardo, ¿te acuerdas? Ya venía enfermo el pobre viejo y Salvador Allende se venía fuerte, tremendamente fuerte. El tata nos dijo que por fin surgían posibilidades para que el pueblo llegara al gobierno y, como prueba de ello Naranjo ganó unas elecciones complementarias en Curicó. “Hoy Naranjo, mañana Allende”, gritaba la muchedumbre al compás de un bombo. Sin embargo faltaba un año todavía para el triunfo de Allende. Durante ese año se unió la derecha e hizo retirar su candidatura a Julio Durán para asegurar el triunfo de Eduardo Frei, “el mal menor”. Pero de eso el tata nada supo, se murió un par de días después del triunfo de Naranjo, murió por eso maravillado. De muerte y maravillas, cómo le habría gustado al tata la poesía de Teillier,

 

Ricardo: “morir maravillado”, qué diferencia de tus circunstancias, cuánto lo lamento hermano. Por suerte el tata no pudo ver lo que pasó después cuando la derecha no pudo unirse y para aniquilar a Allende debió recurrir al holocausto. Si fue por una mujer Ricardo, me parece imposible, insisto. Imagínense, por una mujer matarte tú que tuviste a Lina, la reina de la FESES. Tú que en la playa de Peñuelas apoyaste la cabeza sobre la cintura de la hermana de Sixto de bikini como si fuera una almohada, tú de catorce, ella de diecisiete. Por una mujer tú, pero si hace muy poco me encontré con una muchacha que supo que éramos hermanos y me preguntó por ti, no sabía de tu muerte. No sé si ella te amaba, pero claramente percibí el deseo en el verdor de sus ojos cuando te nombró. Así también percibí la tremenda pena que tuvo cuando le conté de tu naufragio: “mi hermano corsario navega por mares oscuros que nadie conoce y su muerte nada tuvo que ver con maravillas”. Pero ella era una mujer de verdad maravillosa que te amaba o deseaba, Ricardo. Muchas mujeres te deseaban hermano. Es probable que no te amaran como tú esperabas que te amaran, o no sé, o sí sé, ¿si te amaban o deseaban esas muchachas que eran tus alumnas del colegio donde hacías clases, para qué ibas a matarte por una apenas?, ¿por lo del amor?, ¿por el deseo?, ¿qué diferencia al amor con el deseo?, ¿acaso el deseo no se puede separar del amor?, ¿eso es lo que crees todavía? Capaz tengas razón y yo esté aquí hablando tonterías. Pero no, no tienes razón. O sí, ¿qué habrá mejor que acostarse con una mujer que desee realmente acostarse con uno?, ¿qué importa si no te ama o tú no la amas? Siempre que se hace el amor surge cariño y ternura y aparece además una complicidad que de otro modo no se daría. Es distinto decir “amigo” que “amiga”, de un amigo se espera un apretón de manos, un abrazo cariñoso, bromas simpáticas. De una amiga se espera lo mismo, pero a veces también un momento grato que esa amiga te puede brindar pero no un amigo. Es probable que esa complicidad y esos momentos gratos linden en el amor. O tal vez no, quién se atrevería a adelantar una palabra.

 

Carisma Ricardo. Las amigas se enamoran del carisma, o eso me parece. Uno se enamora de ellas por su sonrisa, por sus movimientos, por su forma de mostrar los ojos, por lo que se insinúa mientras van de allá para acá. Somos más salvajes los hombres, Ricardo, más corporales, animales casi elementales. Ellas sin embargo se enamoran de nuestro carisma. Y tú lo tenías hermano, la mujer que te recuerda, de quien tengo la impresión de que pertenecía a tu familia partidaria, me lo trae a la memoria con sus ojos brillando y por la amargura que percibo en ellos cuando le digo que estás muerto. Tenías carisma Ricardo, no me olvido y hoy te lo confieso: cuando volviste de Rusia y de Cuba y todas nuestras primas se sentaban en tus rodillas para que les contaras de esto y de lo otro y tú empezabas con aquello de Camagüey y la Isla de la juventud, y con lo de la zafra y los pioneros, créeme que a pesar de que yo ya estaba con mi diosa, por los celos que sentía, tenía que contenerme para no pescarte a garrotazos. Así somos los hombres de salvajes Ricardo. Lo que no daría por verte con ellas de nuevo, joven abogado con primas y amigas de las primas en las rodillas, y yo por ahí en algún rincón ignorado.

 

Si fue por tus convicciones rotas Ricardo, si fue por eso que te ahorcaste, sería algo que tampoco aceptaría. Para qué ibas a hacer algo como eso, o por qué tú si mis convicciones también estaban por el suelo. Es más, los sueños de nuestra generación entera se habían ido por desagües y parecían condenados a perderse. Entonces por qué tú, por qué no me cuentas la verdad porque esta basura no me la creo. Además qué hacías allá por el norte, el único norte nuestro era La Serena, Antofagasta es demasiado lejos. Te asesinaron, ¿no es así? Te fuiste al norte a buscar antecedentes para tus defensas, a Cerro Moreno, quizás. A eso fuiste a Antofagasta hermano, ¿o los malditos te llevaron?. ¿Te confundieron conmigo? Esa es otra posibilidad que ni pienses que no me ha estado atormentando. Sin embargo, aunque parezca que la descarto de manera engañosa, afirmo que me parece poco probable. Nosotros usábamos “nombres supuestos” y a mí me buscaban por ese nombre supuesto que parecía real. Fíjate que ni siquiera mi jefa conocía el verdadero. En su homenaje te cuento que ella en todo caso no reveló ni el uno ni el otro y eso quizá le costó la vida, mujer valiente. Es por eso que te digo que la posibilidad de un alcance de nombre es muy poco probable, nula diría, la descarto.

 

Me devano los sesos y me resisto a aceptar que lo que de verdad pasó contigo jamás podremos saberlo. Por eso cuando vuelvo por las noches, a veces me tiendo junto a nuestra madre y después de besarla intento buscar al fondo de sus ojos, entre sus restos de recuerdos, quisiera encontrar ahí tal vez indicios, un rastro. Capaz el papá le haya contado algo más después de todo. Pero nada me dice, no podría decirme, y descubro ahí apenas sus maravillas de hermosa, de buena maestra. Detrás de sus ojos claros aparece sólo la casa de Anima de Diego de La Serena y el cantante del conjunto “Los Mayares”. Nada más, aunque miento, a veces la encuentro en esas rondas de delantales flameantes que hacía con sus alumnas, esos puñados de niñas locas que terminaban inevitablemente enamoradas de nosotros Ricardo, cuestiones que se daban sin que nadie supiera por qué. Surge también a veces en sus ojos el silabario “Lea” y sus pinturas de caballos errantes. Errantes como tú y como yo por esos años. Errante como nuestro padre a quien jamás pudo anclar. La he visto también en sus ojos a ella misma, en esa vez cuando iban a nombrarla reina de la primavera de La Serena y se negó porque ser casada, ¿te acuerdas?, ¿te acuerdas de que nos llevaba de la mano a cada uno disfrazados de conejos? La gente que vive de destellos sólo recuerda los destellos deslumbrantes hermano, no los que les trajeron angustia. Será por eso que veo también al fondo en sus pupilas algunas de esas noches de cuando veraneamos en Rivadavia, ¿te acuerdas? Nos alojamos en un carro-dormitorio que le prestaron estacionado en uno de los desvíos que ya no ocupaban del mítico Tren Elquino, última estación de ese valle generoso. Fue esa noche al final del carnaval cuando los dos nos enamoramos de la hija del jefe de estación y a la mamá le cantó públicamente ése del conjunto Los Mayares. Una buena noche Ricardo, aún tengo en la garganta la fiebre y el nudo del primer amor, el mismo que tú sentías. Aún tengo también en mis ojos el brillo de los ojos de nuestra madre. Todo el amor y el claro de la luna elquina en sus pupilas, así fue esa noche. Destellos demasiado brillantes hermano, y ésos opacan sus amarguras, todas sus tristezas. Opacan todo lo tuyo, lo que pasó contigo. Sólo quedan en sus ojos sus noches maravillosas, esa noche maravillosa, pero nada de lo tuyo. A mí en cambio me quedó tanto de lo que tú diste como ya puedes ver.

 

Te cuento que una de esas noches en que nos amamos con mi diosa sin hacer ruido en tu oficinilla de la casona de la calle Catedral, ella me dio su segundo milagro, un muchacho que ahora es músico, catedrático de su universidad. Tiene el cabello crespo como tú y una sonrisa como la tuya. Se diferencia contigo en que es de pocas palabras y se expresa principalmente con música. A veces fantaseo pensando que es así tan silencioso porque lo creamos en tu oficinilla, ya te dije, muy en silencio. Te habrías sentido orgulloso de él tal como te sentiste de Ho-Chi-Min. Este segundo Dios chiquito nuestro nació cuando tú ya te habías perdido, y yo, a pesar de que a veces ocupaba tu oficina de escondrijo y me reía de tus leyes y recibí tantas veces tu apoyo incondicional, no supe entender que ese chiquillo que nos llegaba venía en tu reemplazo. Mucho me pesa por eso no haberle puesto tu nombre. No obstante le hemos contado de ti, le hemos dicho que se parecen, aunque él nada entienda de leyes y se llame Nicolás. Y quisiera contarte también que tenemos con mi diosa una diosa pequeña que te la menciono aunque no quería, porque ella nació mucho después, por los ochenta, y justamente por eso me delata. Qué saco con escribir en estas hojas amarillentas que parecen tan atntiguas y que deseo que parezcan así antiguas y escritas hace tiempo, si te hablo en ellas de cosas que ocurrieron mucho después.

 

Cuántas cosas Ricardo, así alejados como estábamos te la jugaste con nosotros aunque yo bien poco haya hecho por ti y tenga que acabar estas líneas reconociendo que yo que ahora soy un pájaro pardo y vuelo por ahí juntando fragmentos de nuestras utopías e intentando saber también qué pasó con nuestros compañeros para que se les recuerde cómo eran de militantes y cómo más allá de militantes, siento que debí hacer más por ti, mucho más, y si no lo hice fue porque me cercaban pero también por una tremenda ceguera relativa a nuestras diferencias que no me dejó comunicarme con los de tu partido. Ni siquiera pude acercarme a ellos cuando te hicieron esa guardia de honor en que se irgieron donde te velaban. Una guardia de honor con tu bandera partidaria que había sido también la del tata, una bandera roja con la hoz y el martillo puesta por tus camaradas a quienes no pude encontrar después en la vorágine de acontecimientos que se desencadenaron. Digo en mi defensa que aún ahora no sé qué más pude hacer y de haberlo hecho, no sé si hubiera servido para algo.

 

Tranvías equivocados: si esa maldita historia oficial hubiera sido cierta me faltó estar contigo cuando los senderos de la depresión empezaron a acecharte, pero siento también que si no, igual debí estar contigo como cuando éramos corsarios, así habríamos enfrentado juntos a los perros. De haber ocurrido así quizá habría podido caer yo también, como era el curso lógico de nuestro holocausto, que tú te salvaras, porque tú no creías que fuera necesaria la violenciaa pesar de todas las enseñanzas del tata Ricardo, las mismas que tú en vez de aceptar te empeñabas en hacerlas aparecer como metáforas.

 

Metáforas… “El tata no habría levantado un arma jamás” decías, pero capaz no lo supieras. De hecho no ibas con nosotros la vez que pasamos con él por La Moneda sólo para insultar a Ibáñez llamándolo “abusador con los profesores jubilados”. Pero a lo mejor tenias razón, quizá él lo hubiera insultado así como lo hizo pero no le habría dado un balazo. Se me ocurre que no a Ibáñez, pero si a Pinochet, a Pinochet sí, el dictador se merecía cien balazos. O no, a nadie, o ya no sé. Mejor borra todo esto que digo, no lo tomes en cuenta. Lo cierto es que no sé si debí hacer más ni qué más, pero sí estoy seguro de que me faltaron cosas que pude hacer y no hice.

 

Los hombres estamos llenos de debilidades hermano, espero que lo entiendas y puedas entender también y me perdones por no haber escrito antes todo esto que necesitaba que supieras y que en definitiva no importa si nadie se interese por leer. Quedará como un diálogo entre nosotros, hermanos corsarios, que se lea bien: corsarios, un escalafón más noble en la hermandad de las banderas, qué importa si éstas sean rojas, o rojo y negras.

 

Cuántas cosas hermano querido, ha pasado tanto tiempo. Ojalá pudieras entender también que termine estas líneas amarillentas que no tienen dirección ni remitente con un grito de alegría como el que lanzaba la gente de tu base. Ese grito que yo critiqué tantas veces por poco político, por descomprometido. Lo que no daría por escucharlo una vez más de tu propia garganta. ¡Tres raasss por Ricardo Faunes…!

 

Martín Faunes Amigo

 

PARTE DE LA REAL HISTORIA

 

María Cristina López Stewart, llamada también “Carolina”, “Patricia Castellanos”, o “la Rucia”, estudiaba Historia en la Universidad de Chile y militaba en el MIR, organización revolucionaria donde dirigía una estructura de informaciones.

María Cristina fue raptada desde una casa de Las Condes para ser llevada a José Domingo Cañas donde fue torturada salvajemente y hecha desaparecer. Tenía entonces 21 años.

En su homenaje se ha escrito el cuento “Urracas y zorzales”, escrito por Martín Faunes Amigo, que aparece en “Las historias que podemos contar, volumen uno” y en múltiples antologías, y la novela “Viajera de los nombres supuestos”, escrita por el mismo autor, EDEBÉ 2002.

 

Alejandro De La Barra Villarroel, “Nano”, y Ana María Puga Rojas, cientista político y profesora y actriz, respectivamente, ambos militantes del MIR y él dirigente de dicha colectividad, fueron emboscados el 3 de diciembre de 1974 cuando se dirigían a buscar a su hijo a la salida de su jardín infantil en calle Pedro de Valdivia con Andacollo.

A Alejandro y Ana María se les disparó sin que hubiese habido orden de detención ni resistencia de su parte, por lo cual se tiene la convicción de que fueron ejecutados. El jardín en cuestión, había sido visitado con anterioridad por agentes de la DINA que por esa vía habrían podido dar con sus víctimas.

 

Claudio Ricardo Faunes Amigo, abogado, era dirigente del Partido Comunista en la Universidad de Chile y la Provincia de Santiago. Es encontrado muerto en Antofagasta, en circunstancias en que trabajaba en la defensa de los soldados constitucionalistas de la FACH.

 

Primer plano a la izquierda, mi hermano Ricardo, a su lado nuestra madre, segundo plano atrás, este pájaro pardo.Primer plano a la izquierda, mi hermano Ricardo, a su lado nuestra madre, segundo plano atrás, este pájaro pardo.

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