Categoría: FOTOS

 

In a time when technology was not very friendly and communications were kind of basic, Juan Carlos Cáceres and other photojournalists were always at the right place in the right moment defying the threats of the police. Their work is now a visual heritage that documents and remind us on the fight of Chilean people for democracy.

(via Archivolatino)

pinochet coup 40 years ago chile 911 photojournalist juan carlos caceres weapon camera 1 The Pinochet Coup 40 Years Ago    Of Chiles 9/11 and Photojournalist Juan Carlos Cáceres’ Only Weapon, His Camera

Chile — Imagenes de la Resistencia | Juan Carlos Cáceres / Archivolatino

pinochet coup 40 years ago chile 911 photojournalist juan carlos caceres weapon camera 5 The Pinochet Coup 40 Years Ago    Of Chiles 9/11 and Photojournalist Juan Carlos Cáceres’ Only Weapon, His Camera

Chile — Imagenes de la Resistencia | Juan Carlos Cáceres / Archivolatino

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Chile — Imagenes de la Resistencia | Juan Carlos Cáceres / Archivolatino

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Chile — Imagenes de la Resistencia | Juan Carlos Cáceres / Archivolatino

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Chile — Imagenes de la Resistencia | Juan Carlos Cáceres / Archivolatino

 

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  • Charles y otros chicos de la resistencia, las historias que deben contarse

    MEMORIA
    DOMINGO, 29 SEPTIEMBRE 2013 
    FECHA DE PUBLICACIÓN

    – ¡Para donde va señor Ramírez, vuelva a su asiento!

    Pero el aludido no hizo caso, apartó al profesor de un empujón y salió de la sala de clases perdiéndose con rumbo desconocido. Se trataba de Charles Ramírez Caldera, alumno de uno de los 4tos medio del Liceo Valentín Letelier, el único de aquel curso que se atrevió a levantarse, para, quizá, intentar alguna acción de resistencia la mañana del 11 de septiembre de 1973.

    Al tenor de lo que ocurriría en las horas y días posteriores algunos pensaron que no lo volverían a ver. Pero semanas después, cuando se restablecieron las clases, Charles apareció, se disculpó con el maestro y pudo terminar su año escolar. Para el y para muchos de sus camaradas se abría un largo y peligroso camino de lucha clandestina, que en su caso terminó abruptamente el 29 de junio de 1981. Ese día resultó abatido en la esquina de Apoquindo con Manquehue, en momentos que cubría la retirada de sus compañeros de la Fuerza Central del MIR, tras un asalto bancario destinado a conseguir fondos para la resistencia.

    Fue el último acto heroico entre varios que protagonizó. Un año antes había encabezado otra operación audaz, de alto impacto público, que consistió en sustraer del Museo Histórico Nacional la bandera que presidió la firma del acta de independencia de Chile, en febrero de 1818. Con esta acción el MIR inauguró las operaciones de las Milicias de la Resistencia.

    El gesto de Ramírez, aquel día 11, no fue un simple arrebato adolescente. Su trayectoria habla de un profundo compromiso y consecuencia, que lo llevó a efectuar tareas de alto riesgo, en la última de las cuales sacrificó su vida. Por eso su nombre fue incorporado, con mucha justicia, al memorial de valentinianos caídos en la lucha contra la dictadura y figura al lado del de Paulina Aguirre Tobar, la joven combatiente, el de Álvaro Barrios Duque, de Jorge D’orival Briceño, Miguel Nash Sáez, los hermanos Abelardo y Eduardo Quinteros Miranda y Robinson Gonzáles Farías.Todos estudiantes y docentes detenidos desaparecidos y ejecutados políticos.

    Nada de lo que vendría podían imaginar los adolescentes de aquel cuarto medio valentiniano. Menos el camino que recorrería Charles y muchos otros chicos como él, que ese día intentaron resistir a la feroz maquinaria de muerte que se abatía sobre Chile. ¿Adonde fue ese día el alumno Ramírez? ¿Quizá se juntó con otros valentinianos que pretendieron enfrentar al enemigo con un revolver de bajo calibre que ni siquiera tenía su carga completa de tiros. ¿O tal vez hizo como los del FER del Liceo de Aplicación que se reunieron con obreros del sector y esperaron armas que nunca llegaron? ¿Se habrá ido a concentrar en alguna industria del Cordón Vicuña Mackenna, como hicieron una niñas del Liceo Nº5, que concurrieron con sus flamantes bolsitos de primeros auxilios y organizaron una posta improvisada en la industria Luchetti y luego en Easton Chile?

    Hay una historia no contada sobre Charles  y los demás chicos y chicas rebeldes de aquel 11 de septiembre. Relatos que hablan del nivel de compromiso y de la valentía de una generación, sin la cual no es posible explicar la resistencia y recomposición del movimiento popular bajo una dictadura tan brutal.

    Los 40 años transcurridos desde aquel martes fatídico comienzan a develar algo de esas historias, pero faltan muchas más y en parte es responsabilidad de los propios protagonistas escribirlas o contarlas para que ese patrimonio de experiencias no se pierda en el olvido.

    lfa 28/09/2013

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  • Tengo pesadillas con ese horno.

    HORNOS DE LONQUÉN
    IVÁN NAVARRO
    PERIODISMO UDP

    Todo partió con un señor mayor, que llegó a la Vicaría de la Solidaridad, pidiendo hablar con el vicario Cristián Precht y con el secretario ejecutivo, Javier Luis Egaña. Yo llevaba dos años como fotógrafo de la Vicaría y el señor me pareció muy extraño. Usaba un cucalón en la cabeza, como esos exploradores de África. Le quise tomar fotos, pero se negó.
    El señor dijo que había encontrado restos humanos en unos hornos de Lonquén. Posteriormente se diría que la versión nos llegó a través de un sacerdote, que recibió el dato mediante confesión. Pero esa versión se armó para proteger la identidad de ese señor, cuyo nombre nunca supe ni quise saber.
    Se armó inmediatamente una comisión para visitar los hornos al día siguiente. El grupo incluía al entonces director de la revista Qué Pasa, Jaime Martínez, y al subdirector de Hoy, Abraham Santibáñez. Los acompañó Helen Hughes, una fotógrafa norteamericana que trabajaba conmigo en la Vicaría, porque ese día yo no estaba. Helen volvió con fotos de fémures. Se decidió que por ningún motivo ella iría de nuevo: como era norteamericana la podían expulsar del país.
    Al día siguiente partió la segunda comisión, cuando ya la denuncia estaba en la Corte Suprema. La integraban dos abogados, el sacerdote Gonzalo Aguirre y yo. Partimos muy temprano, en una citroneta. Nos presentamos ante la jueza del Crimen de Talagante, Juana Godoy, a quien le habían asignado el caso. Era una mujer joven y estaba nerviosa. Pero actuó con determinación. Al ver mi cámara me pidió que fuera su perito fotográfico.
    Cuando llegamos al lugar empezamos a quitar los ladrillos de la boca inferior de uno de los hornos. Desde adentro salió un hedor insoportable. No llevábamos máscara, ni siquiera una pala. La jueza me dijo que tendría que meterme adentro. El problema es que la abertura, a medida que uno avanzaba, se convertía en un socavón estrechísimo, de no más de 60 centímetros de altura. Tendría que reptar, aguantando la respiración. Respirar era imposible.
    Me tiré de espaldas, primero sin cámara. Los demás me empujaban de los pies. Adentro había una oscuridad absoluta. Levanté la mano a tientas y toqué un paño del que sonaban cosas. Después me di cuenta que era un calcetín con falanges humanas. Tanteando noté que el calcetín colgaba de una parrilla de metal, ubicada sobre mi cara, y que había más huesos y ropa filtrándose entre los espacios. Los demás me sacaron cuando les avisé moviendo los pies que ya no tenía aire. Volví a entrar con la cámara y el flash unas cinco veces. Hice un paneo completo de fotos, aguantando la respiración, tiro a tiro.
    Estuvimos desde la mañana hasta las cinco de la tarde. Ya a mediodía había llegado la Brigada de Homicidios, Carabineros y gente de la CNI que se paseaba y nos amedrentaba.
    Volvimos a Santiago en la citroneta. Nos siguieron cinco vehículos de la CNI. Cuando llegamos a la Vicaría estaban todos expectantes, incluido el cardenal Raúl Silva Henríquez. A pesar de que venía terriblemente sucio, Javier Luis Egaña me pidió revelar inmediatamente las fotos. Cuando estaba secando el material lo revisé con una lupa y me di cuenta que de la parrilla colgaba parte de una camisa con un estampado. Inmediatamente me acordé. Porque yo había hecho copias de imágenes de cientos de desaparecidos, con fotos facilitadas por las familias. Y la camisa que llevaba uno de los desaparecidos de Lonquén tenía un estampado igual, un diseño muy hippie, como el de una ameba. Fui al archivo y saqué esa foto. E

  • Las fotos de la UP que sobrevivieron ocultas bajo tierra

    Para no exponer  a la cárcel,  torturas y muerte a quienes aparecían en  sus fotos y salvaguardarlas de la sangrienta represión, el periodista Fernando Velo, tras cubrir  las primeras horas del golpe militar en las afueras del palacio presidencial,por la noche, el 11 de septiembre de 1973, sin decir nada a nadie, ni siquiera a su familia, escondió todos sus  archivos fotográficos dentro de unos tambores de aceite, enterrándolos en unos hoyos que cavó con sus propias manos en el patio de su casa. Después de varios años,  a punta de sudor y lágrimas, las rescata y las hace viajar a Estados Unidos, donde reside desde 1976.

    Era una colección de alrededor de 23 mil negativos,mayoritariamente inéditos, que empieza a recuperar poco a poco, tras revelar el secreto de los tambores clandestinos a su hermano menor, pero desafortunadamente sus esfuerzos no prosperan según lo planificado. Los archivos que habían logrado sobrevivir, venciendo al paso de los años, la humedad y las lluvias no superan las barreras policiales que se suceden en los aeropuertos. En México, le requisan cerca de 20 mil negativos a una persona de su máxima confianza que se los llevaba a Los Angeles, Estados Unidos, donde llega en 1976 como  refugiado político, después de permanecer un año y medio exiliado en Perú. En vano hizo lo posible e imposible para encontrarlos. Nunca supo dónde fueron a parar.

    Las fotos registraban los mil días del gobierno de la Unidad Popular, lo que sucedió en Chile entre 1970 y 1973, el pueblo movilizado a su sueño por un país sin explotadores, ni explotados; la temperatura psicológica de una utopía; un registro lograda desde el corazón mismo de la revolución puesta en marcha fruto de su trabajo como integrante del pool del equipo gráfico de la editorial Quimantú,  fotógrafo oficial de las brigadas muralistas Ramona Parra, de la Organización Nacional del Servicio Voluntario (ONSEV) de la Secretaría Nacional de la Juventud y colaborador de la revista, «Claridad» de la Federación de Estudiantesde Chile, FECH.

    Recuperando una decima parte, algunas universidades norteamericanas le han ofrecido comprar este valioso material. No obstante, él no ha querido embarcarse en ninguna propuesta porque considera que sus fotos constituyen un patrimonio que pertenece al pueblo chileno y a las nuevas generaciones para que puedan conocer la obra y vigencia del compañero presidente Salvador Allende, y  no se dejen llevar  por los discursos de los gestores e ideólogos del golpe militar, y sus propósitos de silenciar la verdad.

    En la primera fila de la noticia

    La mañana del 11 de septiembre de 1973, Fernando Velo, se levantó temprano, pero no fue como lo hacía de costumbre a la universidad, donde estudiaba Historia y Geografía y realizaba su tesis de grado en Periodismo, dos carrerassimultáneas ya que un año antes había dejado de cursar Derecho por falta de tiempo. Por entonces la educación era pública y gratuita.

    A primera hora, escuchando la radioemisora Corporación en un equipo portátil que tenía bajo su almohada,  oyó decir que algo sucedía en La Moneda, y que Carabineros había establecido un cerco en torno a ella. Presintiendo, pues recuerda había una cierta clave que sería propalada al aire en caso de un levantamiento militar, se puso su terno y camisa blanca, que por lo general no solía vestir, prepara su credencial de periodista, sus dos cámaras; una vieja Nikon de visión directa y una Zenith rusa réflex, y se dirige al palacio presidencial.

    Ese día, el tránsito estaba disminuido, pero logra subirse a una liebre,  encontrándose allí con un amigo, quién le informa el alzamiento de la Armada, la sublevación de un sector de la marinería, y que algunos barcos de la Operación Unitas, habían regresado a Valparaíso. Esta alerta no fue impedimento para que siguiera hacia donde pensaba y creía tenía que estar.

    Bajándose del vehículo, una cuadra antes de llegar, caminando, desde el paradero más cercano,Carabineros impedía el paso de los transeúntes hacia las calles aledañas al barrio cívico. A él lo dejan pasar, luego que constatan su maletín lleno de rollos fotográficos y sus dos cámaras de fotos. Eran las ocho de la mañana con apenas un par de minutos.

    Al llegar a la Plaza de la Constitución, se suma de inmediato a los casi 20 periodistas, reporteros gráficos, entre ellos camarógrafos de canal 13,  Televisión Nacional, y un grupo de corresponsales extranjeros. Poco antes, el Presidente Allende, había salido a uno de los balcones a ver el ambiente exterior.

    Cerca de las nueve de la mañana,  fotografía la llegada de un microbús de Carabineros que se estaciona frente a la puerta del edificio de la Intendencia mientras sacan con las manos en alto a unas quince personas. A lo lejos, reconoce que era un equipo del GAP (Grupo de Amigos Personales) que había intentado llegar a La Moneda para reforzar a la guardia personal del presidente. A todos, los llevan presos.

    La confusión de lo que acontecía era tan   algunos periodistas decían maliciosamente que los detenían por intentar robar en las tiendas del comercio. Hasta este momento nadie dimensionaba la tragedia.

    A continuación se produce una balacera, cuyos primeros disparos procedían de una ametralladora de uno de los tanques militares que abría fuego situado en la calle Morandé. Entonces, en medio del fuego cruzado, los equipos de prensa buscan resguardo, parapetándose entre los árboles y arbustos, donde permanecen hasta cerca de las diez de la mañana cuando carabineros en un intento de resguardarles su seguridad física los invita a guarecerse en el sótano de la plaza, donde funcionaba el Servicio de Investigaciones de Accidentes de Tránsito (SIAT).

    Estando allí, uno de los camarógrafos filma a un tanque  que se detuvo frente a la entrada del SIAT para informar un incendio en uno de los pisos superiores del Hotel Carrera. Fue el detonante para que el oficial les impidiera seguir laborando, decomisándoles sus cámaras, grabadoras y filmadoras. Fernando dice, que a raíz de esto, le aconsejó no destruir el material gráfico porque “pasara lo que pasara, todo eso era parte de la historia de Chile”.

    También recuerda que antes de entrar a los sótanos de la plaza divisa en el perímetro a los tres tanques Sherman que disparaban sus ametralladoras contra el palacio de Gobierno. Dice que eran unos armatostes de la Segunda Guerra Mundial que Estados Unidos había donado al ejército chileno como parte de la renovación de material bélico, y a los aviones Hawker Hunter, sobrevolando.

    Más o menos, a las 10:45 horas, alrededor de cuarenta carabineros ingresan al subterráneo. Era el contingente de la guardia presidencial a cargo de la seguridad y defensa del palacio. Medía hora después, como a las 11:15, una vez que se sabía con certeza que el bombardeo aéreo se iniciaría al mediodía, un oficial les comunica a viva voz a los periodistas que pueden irse, aprovechando una tregua previa a los ataques por aire y tierra.

    Al salir les devuelven los equipos, y escoltados por los uniformados armados con fusiles, SIC, los llevan  a las puertas del edificio  del Congreso, donde los dejan libres, y a su propia suerte.

    Ahora convencido de que había que marcharse porque ya nada más podía hacer, Fernando Velo, poco antes de despedirse de los corresponsales extranjeros, con quienes reporteó las primeras horas del golpe militar, entrega sus rollos fotográficos a un periodista de la revista mexicana “Siempre”, y a unos argentinos que trabajaban para la televisión sueca. Nunca conoció el destino de aquellas gráficas.

    Pasado el mediodía, el palacio de La Moneda en llamas, con un sentimiento de total frustración por el desigual combate que tenía lugar, con su cámara en mano, camina solo, bordeando el Mapocho. Fotografía los murales que habían pintado las Brigadas Ramona Parra en los murallones del río, las paredes con rayados de la Unidad Popular; el arte gráfico que encontró al costado del lecho, y en las cercanías del Parque Forestal.

    Este último registro se lo requisa un capitán delbatallón que había cercado la Plaza Italia. Indagando su bolso fotográfico encuentra que había guardado  varios cartuchos vacíos puntocincuenta que recogió como recuerdo en la calle Agustinas y Morandé, tras los disparos de los tanques militares. Tenía 24 años.

    Cada momento, una historia

    Fernando Velo llega al periodismo atraído por el mundo de las fotografías y las circunstancias fortuitas que le permitieron situarse propiamente en la primera fila de la noticia. En 1971, en la universidad, su profesor de fotografía, Domingo Ulloa, fotógrafo y docente que había sido asistente de Antonio Quintana, y en más de una ocasión trabajó junto a Sergio Larraín, lo expulsó de la sala de clases, argumentando que “un profesor no podía enseñar a otro profesor”. “O se va usted o me voy yo”, le dijo.

    Puestas así las cosas, sin nada más que hacer, abandonó la sala  con sus ojos llenos de lágrimas, sellando la promesa de meterse de lleno al arte de la fotografía, sus técnicas de iluminación, encuadres, y procesos de revelados.

    Había finalizado el primer curso con muy buenas notas y a modo de premio,  un profesor de ingles, que recuerda como el famoso «Pito» y otro de Historia, lo contactaron para que dictara clases gratuitas de fotografía en el Instituto Chileno Checoslovaco de Cultura. Pese a que sentía que aún  no contaba con las “credenciales propias» acepta el desafío porque le explicaron era un trabajo de índole político.

    Constatando su tesón, Mario Planet, decano de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad de Chile, lo envía a realizar su práctica profesional en la Editorial Quimantú,  (Sol de sabiduría, en lengua mapuche), recién nacionalizada por el presidente Allende, en el marco de sus lineamientos programáticos que consideraban a la cultura y la información como una herramienta de cambio social y concientización de sujetos sociales libres, críticos y autónomos.

    Integrándose al equipo de doce reporteros gráficos que trabaja en Quimantú bajo la dirección del fotógrafo argentino, Juan Domingo Politi, Fernando  parte cubriendo noticias del quehacer deportivo y en el curso de pocas semanas lo integran a trabajar codo a codo en tareas informativas de índole política, cultural y de carácter comunitario. Al finalizar 1971, el profesor Ulloa le otorgó una nota cinco sin que él hubiese terminado el curso que  impartía.

    Quimantú fue una editorial que edita en menos de dos años cerca de quince millones de libros y publicaciones especiales que vendían a muy bajo precio. Fernando conserva como tesoro su colección. Forman parte de su preciada biblioteca que sigue viva e intacta en Estados Unidos. Y es que también los escondió dentro de los tambores bajo tierra, salvándolos de la hoguera y la editorial clausurada.

    Tras el golpe militar, se quedó en Chile.  Trabajaba como profesor de Historia y Geografía en el Liceo 18 de Niñas, en el Liceo Nocturno “Federico Hansen”, y en el Colegio Compañía de María. Entre octubre de 1973 y mediados de 1974, los militares lo apresaron en tres oportunidades. La primera vez fue delatado por una alumna y  después por un grupo de padres y apoderados que anónimamente lo acusaron de hacer proselitismo político y pronunciarse públicamente en contra de la Junta Militar.

    Emprendiendo por la memoria histórica

    Desde 1980 trabaja como editor en el diario Azteca News”, que se publica en California dirigido a la comunidad latinoamericana. Su gran sueño y proyecto personal es montar una muestra fotográfica a nivel masivo a lo largo de Chile. Mientras tanto, digitaliza sus archivos, y sumándose a los innumerables esfuerzos por recuperar la memoria colectiva, ha decidido sacarlas a la luz, y ponerlas paulatinamente a disposición de quienes quieran verlas en Youtube, en las redes sociales, e invitaciones que realiza de manera más selectiva.

    Las fotografías de la Unidad Popular no mueren ni morirán. El escrutinio ya es público. Las fotografías que la noche del 11 de septiembre de 1973 fueron ocultas bajo tierra, a 40 años de la tragedia resignifican un testimonio viviente de una hazaña revolucionaria reconocida internacionalmente. En Chile, esperamos con los brazos abiertos el arribo de esta colección, y con ella dos nuevos ojos observadores.

    Por Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros. Historias humanas de humanos demasiados humanos.

    Fotografías Fernando Velo en Los Angeles, Estados Unidos.

    5 de septiembre de 2013.

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