Cartas…

Archivos Audiovisuales CEDOC Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Videos en página facebook

El Comando de Vengadores de Mártires: secuestros, tortura y muerte

DestacadoEl Comando de Vengadores de Mártires: secuestros, tortura y muerte

Espero que esta vez sí se pueda hacer justicia con Eduardo Jara, con su hijo que creció sin padre, con sus familiares, con Cecilia Alzamora que sobrevivió duramente al secuestro, con aquellos que recién ingresábamos a Periodismo de la PUC y vimos la tragedia de cerca en una universidad que no pudo ni quiso ayudar…

Este mensaje leído en las redes sociales me condujo a investigar el caso poco conocido de las acciones de este grupo de militares que se tomaron la justicia- venganza en sus manos y han permanecido impunes hasta el año 2015.

Nuestra memoria alerta está en-redada, y somos muchos más que dos…

El COVEMA y la monja misteriosa

Alejandra Matus.

 

El tercer capítulo de Los archivos del cardenal se inspiró en los secuestros con que debutó, en 1980, el Comando de Vengadores de Mártires, formado por el entonces director de Investigaciones, Ernesto Baeza, para vengar la muerte del teniente coronel Roger Vergara, asesinado por el MIR ese año. Todos los secuestrados fueron liberados, pero uno de ellos, el estudiante Eduardo Jara, murió producto de las torturas. Hoy Cecilia Alzamora –quien fue apresada y liberada junto a Jara– habla sobre lo ocurrido y entrega antecedentes inéditos sobre el papel que habría tenido una monja como delatora de las víctimas.

El 23 de julio de 1980, Eduardo Jara, estudiante de periodismo de la Universidad Católica, llamó a su amiga y ex polola Cecilia Alzamora. Ella ya había egresado, pero seguían en contacto. Ambos habían realizado la práctica profesional en Radio Chilena ese verano. Jara estaba muy acongojado porque no tenía dinero suficiente para pagar la matrícula para el segundo semestre. Por eso le pidió a Alzamora que lo acompañara a la universidad. Se le vencía el plazo ese mismo día y necesitaba conseguir que alguien le prestara el dinero. Ella aceptó a regañadientes, como en tantas otras ocasiones en que él enfrentó apuros similares.

Entonces habían pasado ocho días desde que un comando del MIR asesinara al director de la Escuela de Inteligencia del Ejército, teniente coronel Roger Vergara Campos, cuando salía de su casa en Manuel Montt, cerca de Bilbao. Se trataba de una de las primeras acciones ejecutadas por la Fuerza Central del MIR, que en 1978 había dado curso a la «Operación Retorno» y a inicios de los años ochenta contaba ya con un contingente militar para realizar acciones selectivas y de cierta envergadura.

Roger Vergara pertenecía a la inteligencia institucional del Ejército. Su asesinato representó un golpe duro para los servicios de seguridad de la dictadura, y motivó la baja inmediata de Odlanier Mena, el flamante director de la CNI (el organismo que había reemplazado a la Dirección de Inteligencia Nacional, DINA) y enemigo declarado de Manuel Contreras. En su lugar asumió Humberto Gordon. Santiago se volvió un hervidero de agentes y policías que tenían como único objetivo capturar a los asesinos de Vergara. En ese contexto, el director de Investigaciones, general Ernesto Baeza, seleccionó a cincuenta de sus hombres para buscar a los culpables. Así nació el Comando de Vengadores de Mártires, COVEMA. Y partió la cacería.

Mientras viajaban desde el Paradero 25 de Gran Avenida rumbo al Campus Oriente, en micro, Alzamora y Jara repararon en la fuerte presencia de policías en la calle.

–No es un buen día para salir –dijo él.

–Menos para andar contigo –bromeó ella.

Amistad en el Campus Oriente
Cecilia Alzamora estudió periodismo en la Universidad Católica a mediados de los setenta. Tenía una hija, era soltera y, a pesar de ser de izquierda, había decidido mantenerse al margen de cualquier actividad política. Eran años en que la detención, la marginación, la pérdida del trabajo y aun la muerte le podían tocar a cualquiera que expresara oposición a la dictadura, y Cecilia quería proteger a su hija. Por eso mantenía la boca cerrada y en la universidad no hacía otra cosa que estudiar.

Nunca le preguntó a Eduardo Jara si él militaba. Ella sospechaba que sí, por su amistad con los hermanos Romero, quienes eran un poco más abiertos respecto de sus convicciones políticas. Mario Romero era un estudiante brillante que terminó la carrera de periodismo en tiempo récord, y el hermano de este, Gonzalo, estudiaba medicina y atendía gratuitamente a opositores sin recursos. «Esos eran los códigos. Había cosas que no se decían, ni se preguntaban», recuerda.

Había otra mujer que parecía una amiga cercana de Eduardo. Cecilia pensó que ellos tenían una sintonía más política, porque «había muchas conversaciones privadas y secretos entre ellos; o eso parecía». Lo curioso es que se trataba de una monja, quien había pedido el traslado a Periodismo desde la carrera de Teología. Algo similar había hecho el propio Jara, quien logró el traslado desde Pedagogía.

Cecilia compartió con ella algunos ramos optativos, como un taller de cine, junto a Jara, Cecilia Serrano, Samuel Silva, María Elena Correa, Pamela Jiles y Tati Penna. «La monja», como le decían todos (y cuyo nombre mantenemos en reserva, en resguardo de la investigación judicial), era una mujer simpática que se ruborizaba intensamente cada vez que se decía un chiste de doble sentido o un profesor le hacía una pregunta. A Jara le regalaba leche holandesa y ropa usada europea, que conseguía en la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía (aunque según otra versión se trataba de una monja paulina).

«Ellos estudiaban juntos. Se prestaban libros. Todavía tengo un texto de ella sobre el Concilio Vaticano II. Eduardo me pidió que se lo devolviera cuando la viera», dice Alzamora. Pero la ocasión nunca se dio.

Cecilia recuerda que, pocos días después del asesinato de Roger Vergara, Jara le confidenció que la monja había tenido una conducta extraña con él. «Me dijo que se habían juntado en el convento, porque ella le iba a dar algo, y que la monja se levantó el hábito hasta el nacimiento de las piernas, como acomodándose las medias, mirándolo en forma inquietante. Yo lo eché a la broma. Pero él estaba muy preocupado. No entendía por qué la monja había actuado así».

«¡Bájate, conchetumadre!»
Ese 23 de julio, en el Campus Oriente, el profesor Óscar González Clark salvó del apuro a Jara y le extendió un cheque por mil pesos. «Ándate corriendo», le dijo, porque el plazo para matricularse vencía y Jara tendría que ir hasta la Casa Central de la universidad, frente al cerro Santa Lucía.

«Justo antes de salir nos encontramos con la monja. Eduardo se acercó a decirle algo y yo la saludé cuando terminaron de hablar. Salimos corriendo a tomar un colectivo», relata. Cecilia y Jara se sentaron adelante, junto al chofer, porque los tres asientos traseros estaban ocupados. El vehículo se detuvo en un semáforo en calle Los Leones, antes de llegar a Lota. Desde una camioneta C-10 se bajaron varios sujetos armados: «¡Bájate conchetumadre!», gritaron.

«A mí me metieron una pistola en las costillas, pero yo gritaba: “¡No, no! ¡No me bajo!”. Yo no entendía qué estaba pasando. Pensaba que nos querían bajar a todos y no tenía intenciones de obedecer, hasta que Eduardo me dice: “Cecilia, bájate. Nos quieren a nosotros”».

Los desconocidos los metieron en la parte trasera de la camioneta, les vendaron los ojos y los cubrieron con sus chaquetas. Les dieron numerosas vueltas, hasta llevarlos a un lugar que tiempo después Cecilia reconocería como la Brigada de Homicidios, ubicada en esa época en el subterráneo del Cuartel Central de Investigaciones, en la avenida General Mackenna.

En operativos separados y en días sucesivos, el hasta entonces desconocido COVEMA secuestró al menos a catorce personas. Entre las víctimas estaban Juan Capra, Nancy Ascueta y Haissam Chaghoury, quienes vivían en una pensión cercana al lugar donde fue asesinado el teniente coronel; los siquiatras Alejandro Navarrete y Eduardo Pérez Arza; una mujer a la que solo se conoció como «la abuela» y el estudiante de medicina Gonzalo Romero, el amigo de Eduardo Jara. Con los días se sumarían los secuestros de Mario Romero, hermano del anterior, y Guillermo Hormazábal, directores de dos emisoras pertenecientes a la Iglesia Católica y cuya prominencia probablemente haría cambiar los planes del COVEMA.

La silla giratoria
Alzamora y Jara, los primeros detenidos, fueron separados inmediatamente al llegar a su lugar de reclusión. Fueron desnudados y revisados. A ella le dieron un golpe en la cabeza que le dejó el cuello inmovilizado y a Jara se lo llevaron a otra dependencia. Ella ya no podía escucharlo.

Con los ojos vendados y sentada en una silla giratoria, Alzamora respondió preguntas sobre su supuesta vinculación con el MIR, el asesinato de Vergara y sus actividades políticas. Tras oír sus negativas, los agentes comenzaron a preguntarle por Jara y sus conexiones. Suponían que Alzamora era su polola y que, por lo tanto, sabría. Ella descartó que Jara pudiera estar involucrado en el asesinato de Vergara, porque aunque ya no estaban juntos recordaba que ese día él había estado ubicable y no había mostrdo especial preocupación por ese hecho. Los interrogadores de Jara iban y venían con listados de nombres que él había entregado en la tortura, para chequearlos con ella. Casi todos eran compañeros de universidad, de los cuales Cecilia desconocía que tuvieran vínculos con organizaciones políticas.

«En un momento, me tomaron y me llevaron a la celda donde tenían a Eduardo. Estaba sentado, desnudo y amarrado, en una silla bajo un foco de luz. Me levantaron la venda para que pudiera verlo y para que él me viera a mí. “Ya, poh, dile, cuéntale…”, y acto seguido Eduardo dijo que vivía hacía varios años con la madre de su hijo, Ana María. “Pero no estoy casado”, aclaró seguidamente. Me di cuenta de que esos tipos pensaban que nosotros éramos pareja y que de ese modo me iban a poner en su contra para delatarlo, pero yo sabía lo de Ana María. Eduardo les siguió el juego y me pidió perdón por las mentiras que supuestamente me había dicho. Después me llevaron de regreso y me decían: “¿Viste que te hicieron güeona?”. “Sí –decía yo, siguiendo el juego–. Tienen razón. Qué le vamos a hacer”».

Cecilia comenzó a sentir la presencia de otros prisioneros. Cuando podía, les preguntaba los nombres. Trataba de memorizarlos. Una anciana –«la abuela» o «señora Berta»– fue llevada hasta el cuartel para interrogarla por ser vecina de María Isabel Ortega, una militante del MIR. Como la mujer dijo no saber nada, trajeron a un niño, su nieto, para que la conminara a hablar.

Cecilia se daba cuenta de que comenzaba la noche porque se aquietaban los ruidos a su alrededor. A Eduardo Jara lo dejaron en una habitación cercana a la suya. Ella lo oía quejarse, pedir agua. Un día, Jara no regresó. Los agentes le hicieron creer que él había muerto.

«Me sentaron en la silla giratoria y me empujaban de lado a lado: “Ahora sí que vai a hablar. El Jara ya cagó. Quedai voh”. Yo les dije: “¿Saben qué más? Hagan lo que quieran conmigo, van a perder el tiempo”. Y era cierto, porque Eduardo jamás me confidenció nada de sus actividades, si las tenía, y yo solo lo conocía en el contexto de la universidad. Salvo la sospecha sobre la real naturaleza de su relación con la monja, que aún me guardaba».

Una alarma radial la salvó momentáneamente. Habían asaltado varias sedes bancarias y los agentes salieron en bandada a la calle. Los prisioneros quedaron prácticamente solos. Pero volvieron. Y uno de los agentes, que parecía más educado que los demás, pasó por su lado y le dijo: «Eres lista. No hai entregado ná».

«Yo imaginé que a Eduardo le habían sacado todo lo que podían hasta matarlo, y que ahora me tocaba a mí. “Tengo que entregarles algo que les sirva”, pensé, y me acordé de la monja. Me habían preguntado por todos los amigos de Eduardo, menos por ella. Sentía culpa, pero habían pasado varios días y suponía que ella habría tomado sus precauciones. Les di su nombre pensando que no podrían hacerle nada porque la Iglesia la iba a proteger. Para mi sorpresa, en vez de averiguar más dejaron de interrogarme. No me preguntaron nada nunca más».

Una semana después del secuestro de Jara y Alzamora, el 30 de julio, fueron arrestados Guillermo Hormazábal, director de opinión pública del Arzobispado y jefe de prensa de Radio Chilena, y Mario Romero, director de la Radio Presidente Ibáñez, de Punta Arenas, quien estaba en Santiago preocupado por la desaparición de su hermano Gonzalo. Hormazábal y Romero fueron capturados cuando caminaban rumbo al restaurante Carillón, donde almorzaba el personal de Radio Chilena. El directorio de la emisora comenzó de inmediato una campaña intensa por su liberación y, cosa inusual para la época, la noticia de sus secuestros apareció en la prensa.

En medio de la conmoción, los prisioneros fueron trasladados a la Octava Comisaría Judicial de Investigaciones, según pudo aclarar posteriormente la Vicaria. Jara ya no fue torturado, pero se quejaba constantemente de frío y de hambre. Decía que le dolían las muñecas. Imploraba que no lo dejaran morir.

Hormazábal fue liberado el mismo día de su detención: lo dejaron abandonado en un sitio eriazo, con los ojos vendados. Sus captores le dieron plata para la micro y le pusieron un papel en el bolsillo en el que se identificaban como Comando de Vengadores de Mártires. En la madrugada del 31 de julio fue liberado Gonzalo Romero y, un poco más tarde, su hermano Mario.

Ese día la Corte de Apelaciones designó al juez Alberto Echavarría para investigar los secuestros, en respuesta a un escrito del ministro del Interior, Sergio Fernández. En la misma jornada, dos de los liberados dieron una conferencia de prensa, pero Cecilia Alzamora, Eduardo Jara, Nancy Ascueta y otros seguían desaparecidos.

«Cállate, huevón»
La noche del 31 de julio, según pudo establecerse en los testimonios recogidos por la Vicaría, los guardias que custodiaban a los cautivos abrieron una botella de pisco de la que bebían mientras jugaban naipes. Jara, sentado en una banca, se quejaba. Pedía agua.

«Nos tenían a todos vendados y cerca. Se notaba que movían cuerpos, y yo ya podía escucharlo. Estaba en shock. Desvariaba. “¡Cállate, huevón!”, le decían los guardias. Él volvió a quejarse y de repente oí un golpe fuerte y seco. Eduardo quedó en silencio. Ahí sentí miedo. Pensé que estaba muerto o inconsciente, porque no lo escuché más por muchas horas. Hasta que despertó y comenzó a quejarse de nuevo. Estaba muy mal».

Tarde, el viernes 1 de agosto, los prisioneros remanentes fueron subidos en varios vehículos y abandonados en distintos sitios eriazos en la madrugada del sábado 2. A Alzamora y Jara los mantuvieron en un furgón por largas horas. Uno de los guardias se portó amable y le masajeó los pies al joven, porque los tenía helados y sin zapatos. Luego, en la noche, fueron metidos a un auto que al fin partió.

«Eduardo seguía quejándose de dolor y frío. Se le caía la cabeza para el lado. Le decían: “Del MIR y recostándose como huevón. Enderézate”, pero él simplemente no podía. Nos bajaron en Valenzuela Puelma [en La Reina alta] y nos hicieron acostarnos en el suelo, boca abajo. Me dijeron: “Cuenta de cien hacia atrás. Fuerte. Para que te escuchemos”. Ahí me despedí de la vida. Estaba segura de que nos iban a disparar».

Cecilia no dejó de contar hasta que llegó al número uno. Entonces se dio cuenta de que estaban solos y se quitó la venda.

«Hablé con él un poco. Le pregunté si había entregado a la monja. Me dijo que sí. “Yo también”, le dije. Lo ayudé a pararse. Casi no podía caminar. Yo le pasé mis zapatos y así pudo avanzar otro poco, pero no podía. Se iba para el lado. Lo dejé debajo de un poste y empecé a pedir ayuda. Me encontré con unos tipos que cuando supieron lo que nos había pasado salieron huyendo, despavoridos. Toqué el timbre en una casa y mentí. Dije que nos habían asaltado y así logré que llamaran a la ambulancia».

Cecilia y Eduardo fueron trasladados a la Posta 4 de Ñuñoa. En camillas separadas por una cortina, Cecilia oía cómo los médicos anotaban las lesiones de Eduardo y pedían exámenes. Una enfermera le hizo un gesto indicándole que los médicos eran militares y se negó a tomar las pastillas que le ofrecieron. Fue trasladada a una comisaría y Jara quedó en el recinto médico. Mientras esperaba que su familia fuera a buscarla, un carabinero se le acercó y le dijo: «Aquí hay unos periodistas que quieren conversar con usted. ¿Desea atenderlos?».

«Yo acepté pensando que serían colegas. Cuando me hizo pasar a la sala donde estaban, no podía creerlo. Los reconocí de inmediato. Eran los tipos que nos habían secuestrado. Uno que hablaba más que el otro me preguntó si yo creía que podría identificar a mis captores. Les dije: “Da la casualidad de que se parecen mucho a ustedes”, me di la media vuelta y salí».

Minutos después, un carabinero se acercó a contarle que Jara había muerto.

La monja
A la mañana siguiente, a primera hora, Cecilia se presentó en la Vicaría. Lo primero que pidió fue que alguien se preocupara de la situación de la monja. Ella había dado su nombre en los interrogatorios y quería asegurarse de que alguien le advirtiera que podía correr peligro.

«Los abogados me dijeron que no me preocupara, porque estaba bien, pero noté algo raro. Exigí hablar con el vicario Juan de Castro y él también insistió en que ella estaba bien. “No le ha pasado nada”, me dijo, pero no sonó convincente».

Unos días más tarde, el juez Echavarría ordenó la detención del jefe de la Brigada de Homicidios, José Opazo, y el subjefe, Domingo Pinto, junto a seis subalternos. La justicia aceptó la hipótesis de que el COVEMA se había organizado a espaldas del mando institucional, pero el escándalo obligó a la renuncia casi inmediata del director de Investigaciones, general (r) Ernesto Baeza.

Unas semanas más tarde, por una iniciativa de la revista Hoy, todos quienes habían sido secuestrados se reunieron. Entonces Cecilia se enteró de que Guillermo Hormazábal y Mario Romero habían visto a la monja minutos antes de ser detenidos. Contaron que ella les insistió en acompañarlos a almorzar, pero Guillermo se negó explicándole que Mario quería hablar un asunto delicado con él.

Cecilia volvió a la Vicaría. Exigía saber qué había pasado con la monja. Entonces se enteró de que su congregación la había sacado del país. Años más tarde descubrió un hecho aun más escalofriante. La monja volvió a Chile desprendida de sus hábitos y ya de civil se casó con José Opazo, el ex jefe de la Brigada de Homicidios, el hombre que dirigió el operativo del COVEMA, y que estuvo procesado y detenido por unas semanas. Más tarde Opazo moriría de cáncer, pero la monja, titulada de periodista, se encontró en un par de ocasiones con Cecilia en actividades profesionales.

«Ella me miraba desafiante. Como diciendo aquí estoy. A mí se me helaba la sangre. Durante los siguientes diez años, seguí recibiendo llamadas anónimas de amenaza. Principalmente de una mujer. A pesar de que me cambiaba constantemente de casa, siempre me ubicaban y amenazaban a mi hija o a mi padre. Una vez llamaron a unos vecinos para decirles: “¿Usted sabe que su vecina es una terrorista?”».

Sin temor
Álvaro Varela, uno de los abogados de la Vicaría que estuvo a cargo del caso, recuerda que el ministro Echavarría prácticamente no investigó. Era el mismo juez que en el caso de los diez dirigentes desaparecidos del PC en 1976 dio por ciertos los papeles que certificaban su salida al extranjero y cerró la causa. En cuanto a estos catorce secuestros del caso COVEMA, determinó que José Opazo y el detective Eduardo Rodríguez habían actuado motu proprio en la detención ilegal de Juan Capra y Nancy Ascueta, y en 1988 los condenó a una pena de 541 días que cumplieron en libertad. En cuanto a la muerte de Eduardo Jara, el juez no encontró pruebas de que los funcionarios hubiesen participado en su secuestro, ni que tuvieran responsabilidad en su muerte. El caso por su homicidio fue sobreseído sin culpables.

En 1985, la Vicaría obtuvo el testimonio de un funcionario que había participado en el operativo como chofer, el que permitió establecer que fue el COVEMA el que secuestró y torturó a Eduardo Jara, y que la creación del Comando fue una orden del general Baeza, quien escogió personalmente a cincuenta de sus mejores hombres para la operación. Para ello contó con la colaboración, usual en aquel tiempo, de otros organismos de seguridad, como la CNI y aun de personal de Carabineros. Pero la justicia ignoró los antecedentes.

Sobre el crimen de Jara, el abogado Varela señala: «Investigaciones creyó tener un hilo e intentó aclarar el crimen de Roger Vergara por esa vía. Pero sus pistas eran totalmente erradas. Jara era un militante marginal del MIR, sin participación en acciones militares, como creía Investigaciones. Lo que nunca tuvo una explicación muy clara fue la violencia de la acción y haber matado a Eduardo Jara, salvo que se les pasó la mano en la tortura».

Cecilia Alzamora, por su parte, cree que al menos las detenciones de Eduardo Jara, Guillermo Hormazábal, Mario y Gonzalo Romero y la suya se debieron a un «soplo» de la monja. «Recuerdo que lo discutimos entre nosotros en aquel tiempo, pero optamos por no insistir. Destapar este dato hubiera servido para desprestigiar a la Iglesia y el trabajo de la Vicaría».

Sin embargo, treinta y un años después del asesinato de Eduardo Jara, Cecilia Alzamora ya no siente ese temor y en abril pasado declaró lo que sabe ante el juez Mario Carroza.


GALERÍA DE PRENSA


Relacionado

Juez Carroza procesará a 10 personas por muerte de estudiante de Periodismo en 1980

juez-carroza-procesara-a-10-personas-por-muerte-de-estudiante-de/2015-08-31/090427.htmljuez-carroza-procesara-a-10-personas-por-muerte-de-estudiante-de/2015-08-31/090427.html

Resolución Juez Mario Carroza de mayo 2015

José Eduardo Jara fue secuestrado y torturado por integrantes de Covema.

Cecilia Alzamora también fue raptada junto al joven.

covema.cl

Jara falleció producto de los golpes que recibió.

Jara falleció producto de los golpes que recibió.

El juez Mario Carroza procesará a 10 militares en retiro y ex integrantes de la Policía de Investigaciones por el homicidio calificado de José Eduardo Jara y el secuestro de Cecilia Alzamora, ambos estudiantes de periodismo en la Universidad Católica, ocurrido en julio de 1980.

Alzamora y Jara fueron secuestrados el 23 de julio de 1980 tras ser interceptado el taxi en que se encontraban en la esquina de las calles Eliodoro Yáñez y Los Leones, menos de 10 días después de la muerte del director de la Escuela de Inteligencia del Ejército Roger Vergara.

Resultado de imagen para Cecilia Alzamora

Los jóvenes fueron retenidos por miembros del Comando de Vengadores de Mártires (Covema), quienes los torturaron durante un día, causando la muerte de Jara.

Eduardo Jara, hijo del fallecido, explicó que “esto es una acción que se decide como familia, en este caso mi madre y yo, más que nada para cerrar un ciclo en nuestras vidas. Yo soy padre y no me gustaría decirle a mi hijo que su abuelo fue asesinado en dictadura y que los asesinos quedaron impunes”.

“Es parte del cierre que nosotros necesitamos como familia, dejar en claro que nosotros no queremos nada más que eso, no buscamos nada más que las personas, que sean identificadas y tengan una sanción como debe ser”, añadió.

El abogado Luciano Fouillioux comentó que “el ministro Carroza procesa a este mismo grupo como autores de homicidio calificado de Eduardo Jara y un día de tortura o de aplicación de tormento de Cecilia Alzamora, previo secuestro de ambos, y han sido procesados y están siendo citados para ser notificados la próxima semana”.

subirCaso emblemático

La presidenta del Colegio de Periodistas, Javiera Olivares, sostuvo que “para nosotros son casos absolutamente emblemáticos y dentro de los cuales Eduardo Jara es -junto con Cecilia-, como estudiante de periodismo, un caso muy recordado”.

“Por lo tanto, el hecho de vislumbrar posibilidades y caminos de justicia no solo nos parece lo justo, lo que tenía que haber sucedido hace mucho tiempo, sino que nos empuja a seguir pidiendo justicia para todo el resto de los otros casos”, agregó.

Por su parte, Alzamora manifestó que “ha sido un proceso gradual y lo importante son los resultados. Yo creo que estamos en una etapa importante en este minuto también, estas personas están siendo formalizadas y vamos a ver qué pasa”.

“Evidentemente que yo espero que esto llegue a término con condena porque esto fue muy grave y todos esperamos que haya castigo para los culpables y que no prime la impunidad, que ha sido la tónica en la mayoría de los casos de derechos humanos en Chile”, recalcó.

Eduardo Jara, hijo del fallecido, explicó que “esto es una acción que se decide como familia, en este caso mi madre y yo, más que nada para cerrar un ciclo en nuestras vidas. Yo soy padre y no me gustaría decirle a mi hijo que su abuelo fue asesinado en dictadura y que los asesinos quedaron impunes”.

“Es parte del cierre que nosotros necesitamos como familia, dejar en claro que nosotros no queremos nada más que eso, no buscamos nada más que las personas, que sean identificadas y tengan una sanción como debe ser”, añadió.

El abogado Luciano Fouillioux comentó que “el ministro Carroza procesa a este mismo grupo como autores de homicidio calificado de Eduardo Jara y un día de tortura o de aplicación de tormento de Cecilia Alzamora, previo secuestro de ambos, y han sido procesados y están siendo citados para ser notificados la próxima semana”.

La presidenta del Colegio de Periodistas, Javiera Olivares, sostuvo que “para nosotros son casos absolutamente emblemáticos y dentro de los cuales Eduardo Jara es -junto con Cecilia-, como estudiante de periodismo, un caso muy recordado”.

“Por lo tanto, el hecho de vislumbrar posibilidades y caminos de justicia no solo nos parece lo justo, lo que tenía que haber sucedido hace mucho tiempo, sino que nos empuja a seguir pidiendo justicia para todo el resto de los otros casos”, agregó.

Por su parte, Alzamora manifestó que “ha sido un proceso gradual y lo importante son los resultados. Yo creo que estamos en una etapa importante en este minuto también, estas personas están siendo formalizadas y vamos a ver qué pasa”.

“Evidentemente que yo espero que esto llegue a término con condena porque esto fue muy grave y todos esperamos que haya castigo para los culpables y que no prime la impunidad, que ha sido la tónica en la mayoría de los casos de derechos humanos en Chile”, recalcó.

La Esquizofrenia de mi Generación

La Esquizofrenia de mi Generación

La Esquizofrenia de mi Generación

 de Fesal Chaín

 

La Esquizofrenia de mi Generación

 

Vera Schiller, psicóloga judía, tan importante en Ecuador como lo fue Lola Hoffmann en Chile, define la esquizofrenia, entre una de sus tantas explicaciones, como un esquisma, donde la totalidad del ser está dividida, el todo no está conectado con el fluir. Por otra parte afirma que, lo que supera el esquisma es lo tercero, el hijo, el retoño precisamente lo inefable que nace de la fe.

Cuando tenía doce años, comencé a leer Hojas de Hierba de Walt Whitman: “Yo me celebro y yo me canto, y todo cuanto es mío también es tuyo, porque no hay un átomo de mi cuerpo que no te pertenezca”.

Lo paradójico de esta lectura que hacía en el ante jardín de mi casa, que no tenía rejas sino una pequeña y larga muralla de ladrillos de unos 50 cms. de alto, es que la realizaba frente la casa de Miguel Krassnoff Marchenko, sí, el mismo, el torturador, el que mató a Miguel Enríquez, aquel que se ensañó con fría racionalidad en Villa Grimaldi con nuestros hermanos y hermanas.

También me acuerdo cuando yo tenía apenas unos 9 años que salí a correr en bicicleta y me caí fuerte, me hice una típica peladura en las rodillas y de repente sentí unas manos extrañas y grandes alzándome del suelo, era el vecino, era Krassnoff, quien trataba de ayudarme. Yo sentí temor, de verdad, un escalofrío, una distancia, que nacía de lo más íntimo de mi ser. Tomé mi bicicleta y salí rápido de sus manos. Mi madre que estaba en el pasaje me recibió con una sonrisa forzada.

No es fácil para mí hablar de esto. No soy culpable de nada, evidentemente. A veces cuando era adolescente culpé a mis padres de haber vivido en ese lugar, a los mismos a los que les hago un homenaje en “La izquierda que queremos hacer”, por sus valores y enseñanzas. Por una cuestión inexplicable, al menos en el campo de lo racional, terminamos después de nuestra huida del sur, viviendo en una Villa Militar, en donde, Krassnoff fue nuestro primer vecino tristemente ilustre.

“Indolente y ocioso convido a mi alma, me dejo estar y miro un tallo de hierba de verano”. Así escribía mi padre, en Hojas de Hierba, mi padre en la poesía amada. Yo miraba el pasto cuando leía. A veces miraba hacia el frente, la casa de Krassnoff era oscura, tenía humedad en sus paredes exteriores.

Al lado de él vivía una pareja, más vieja, con un hijo universitario, de pelo largo. Eran para el resto de los vecinos, me refiero a los niños con los que yo jugaba a la pelota, extraños. Claro, su casa no estaba arreglada ni hermoseada con piedras laja. Era una especie de selva, de enredaderas y flores enmarañadas. Ellos si bien no habían sido víctimas directas de la tortura, eran disidentes, exonerados. Se habían quedado allí por orgullo, no iban a dejar su casa, aunque al padre lo hubieran echado del Ejército y los vecinos lo apartaran como si fuera un leproso. El hijo salía temprano por las mañanas como escondidas, y no se juntaba con nadie, jamás lo hizo.

La casa donde yo vivía, era arrendada a un oficial que se había ido al exilio, un auto exilio claro está, un día por intermedio de una amiga de mis padres, ellos supieron que este hombre arrendaba su casa muy barata, y que se iba a Venezuela junto a su mujer e hijas. Así llegamos allí.

En ese barrio, que lo había construido Salvador Allende para la oficialidad joven, pasé parte de mi infancia y mi adolescencia. En el pueblito de Los Dominicos, que era en ese entonces el espacio de artesanos pobres y de personajes marginales, conocí a Pedro Mardones, hoy Pedro Lemebel. Con él conversábamos tardes enteras, sobre literatura, poesía y en la plaza, leí sus primeros textos impresos. También hablábamos de lo que sucedía en Chile, sobre nuestros pesares y amores. Nos hicimos amigos y más de alguna vez, o al menos una vez, fue a almorzar a mi casa, en la Villa Militar, imagínense un joven un tanto jipi, entrando al pasaje marcial con un hombre como él, que por ese entonces era menos llamativo en su vestir y gestos, pero seguía siendo Lemebel, sólo que con 30 años menos.

En esa Villa militar, conocí a muchos hijos de torturadores o de jefes operativos de la DINA, de la CNI y SIM. A los Schmied, a los Derpich, a los Morales, a las hijas de Krassnoff. También conocí, al otro lado de la plaza, a los militares que pertenecían a la Escuela Politécnica, hombres más preparados y que por ningún motivo se juntaban con los Ceneí. Los llamaban locos, enfermos, nunca asesinos, pero si los adjetivaban muy mal. Me acuerdo mucho del hijo de Manuel Concha quien fuera Ministro de Economía de la dictadura, era un joven extremadamente inteligente y sagaz y que tenía un primo Sociólogo con el que discutíamos ambos, ya más sueltos de cuerpo, en las postrimerías de la dictadura.

Abajo de la plaza vivían las familias de la FACH. En 1978 cuando Leigh fue defenestrado, todos los niños que yo conocí se fueron. Ellos y ellas eran lo más parecido a la normalidad, a la cultura democrática del barrio, si así se puede decir. Las mayores, unos 5 años o quizás diez más que yo, se acordaban de Angela Jeria, de su hija Michelle y del General Bachelet y los nombraban en silencio. Raramente, Michelle Bachelet era una especie de fantasma que, sin ánimo de idealizarla, ciertamente inundaba las conversaciones secretas, por las calles y veredas.

Les parecerá extraño que yo sienta cierto orgullo de haber vivido en aquel lugar. No crean que no lo pasé muy mal, me fue tremendamente difícil y se que a mis padres también. El mandato en la casa era nunca decir lo que pensábamos, así aprendí desde los 8 años, el rigor de la clandestinidad. Nunca en los 8 años que estuve allí dije nada, nada que delatara mi manera de pensar o la de mi familia.Probablemente una vez algo dije y de cierta manera pasó como el viento.

Pero a la vez conocí la tremenda variedad humana, conocí a los militares de mi país, a sus familias, a los torturadores y a los que no lo eran y que sólo eran militares profesionales,y también conocí a los disidentes de la familia militar en sus distintos grados, día a día, en sus emociones y alegrías, en sus miserias y cotidianidades. Conocí a la izquierda más valiente en ese barrio, la misma que después atentara heroicamente contra Pinochet, conocí a los escoltas antes que murieran, porque eran los mismos que “cuidaban” al General Valenzuela, Subsecretario general de Presidencia bajo la dictadura y que era el vecino a la mano derecha de Krassnoff, el mismo que lloraba como Magdalena cuando triunfó el NO.

Y a mi casa entraron y salieron algunas personas que justamente gracias a que vivíamos allí, salvaron sus vidas, se escondieron en la boca del lobo y gracias al dios de los perseguidos y humillados, hoy son mujeres y hombres que siguen luchando y defendiendo las injusticias y creando obras de bien. Ellas ni siquiera saben quiénes éramos los de esa extraña casa de luz, flotando en medio del infierno y la muerte de los suyos, de los nuestros.

Quizás por todo esto y lo digo con sinceridad y sin ningún ápice de soberbia, es que al igual que mi padre poético, Whitman, al que leí junto a Pablo Neruda, en los 8 años de la Villa militar, es que a veces me considero que “…soy el poeta del cuerpo y soy el poeta del alma, (que) los goces del cielo están conmigo y los tormentos del infierno están conmigo (que) los primeros los injerto y los multiplico en mi ser (y que ) los últimos los traduzco a un nuevo idioma”.

Bastante antes del triunfo del NO, nos fuimos de aquel barrio, del que tengo malos y buenos recuerdos, como los tengo de mi país. Nunca dejamos ninguno de la familia, de ser de izquierda (y no es una defensa) sino todo lo contrario, creo que potenciamos dicha postura, dicha fe y modo de vida al conocer la pobreza y la tristeza de aquellos que fustigaron a la patria, durante décadas.

También aprendí en ese periplo por el cielo y el infierno, que la vida esta llena de paradojas y grados entre el blanco y el negro y que los que nos dominaron a sangre y fuego y con crueldad, no eran más que seres humanos, algunos imperdonables por los siglos de los siglos, otros solo tristes esbirros, otros como cualquier chileno, indiferentes al dolor y cómplices en su profesionalismo, apegados al “trabajo”. Y entre ellos, algunos, los minoritarios como yo y mi familia, disidentes y opositores a la barbarie, presos de conciencia, como ese vecino triste, con sus dos padres encerrados en la casa de las enredaderas y las flores, militares de honor en la tristeza del exilio interior.

El esquisma que yo viví en los años más importantes de la formación de un ser humano, donde la totalidad del mi ser estuvo dividida, donde el todo humanista, no estuvo conectado con el fluir de la vida, lo superé con el nacimiento del retoño de mi poesía, que me permitió unificar el cielo y el infierno como parte de la vida misma como un todo y gracias a mi fe en que ganaríamos, en que la oscuridad y la maldad retrocederían y sucumbirían, en que los hombres y mujeres de buena voluntad, los mayoritarios, amantes de la justicia, de la igualdad y del amor, triunfaríamos sobre el horror. En gran medida así fue.

 

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada

por 8 septiembre 2016

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada
Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela. Esta es una narración de lo que para muchos de esos chicos fue ese día, del que se cumplen 43 años este domingo.

Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura muy enfermo, desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80.

“El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la JS de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que, también, es un detenido desaparecido. Fue lo sucedido a su mascota, más que lo que atravesó su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política para enfrentar  a la dictadura. El ahora magallánico, sinceramente cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, que algunos vecinos destaparon botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron, que mis padres estaban muy angustiados y que mi cumpleaños fue muy triste: solo con galletas de agua. Septiembre fue un mes donde no sabíamos nada de mi hermano, llegaban rumores, historias de que gente aparecía en el río del Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

La psicóloga  reitera que era una época  de  mucha angustia y que se “volvió pa’ dentro”: “De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defender posiciones, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”, al punto que en 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la PAA.

Rosa Acevedo tenía, en 1973, 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La  Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’, nada más y eso me quedó grabado. Y de ahí se saltan mis recuerdos hasta que, cuando anochece, estábamos durmiendo y como 8 o 10 milicos nos empujan la puerta y nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron solo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a su primo Matías y que cuando los suben al camión mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana. Y ahí llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos empezaron a revisar y encontraron unas revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá le dice ‘está frente a Ud., es esta niñita’. Luego no volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento”.

Vicente Peña Palominos, que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua y ya por entonces se consideraba un allendista, rememora así ese día: “Estaba en clases y, como de costumbre, estas se suspenderían prontamente pues era 11 de septiembre, día del maestro, y nos aguardaba un acto conmemorativo en el cual debía participar con una de mis poesías, que precisamente había  escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes  de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y  cantaban alegres. Tal acto  contrastaba con la pena de nuestros rostros cabizbajos. Ese día, pasamos pegados a la  única radio a pilas”. Para Vicente, durante años, recordar ese día fue un verdadero trauma.

Claudio Contreras Labra, quien era el presidente del Centro de Alumnos del Industrial de San Fernando, no resiste la presión del Golpe y solitario frente a las estrellas se suicida el 11 por la noche en el fundo Huichunguala. Gloria Durán, por entonces alumna del Liceo de Niñas de San Fernando y novia de Claudio, 43 años después aún no supera aquel hecho dramático.

Esteban Valenzuela, con 9 años y cursando el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, relata que ese día “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaron gritando que los militares estaban derrocando a Allende… En la casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban la radio, las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, y vieron en la televisión las imágenes del combate… la abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó con rostro serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia… fue un martes nublado, frío, triste–. La hoguera creció cuando papá, con los ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo de la casa con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”. El 11, también, marcó a fuego su vida futura.

Néstor Ramírez, santacruzano, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relata así aquel día fatídico: “Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron a todos de clases y nos reunieron en el gimnasio y ahí nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país, que los estudiantes debían dedicarse a estudiar, que gobernaba una Junta de Gobierno y la Canción Nacional había que cantarla con ganas’. Y luego señaló que ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, después a otro Cucumides (Tatico) y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando había aparecido un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

Titín, que tenía 14 años y se encontraba en aquella época internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11: “En la escuela, teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar y rumbo a la sala un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía lo que estaban atacando los milicos y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho de que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno y con casco y metralleta lo sacaron esposado, le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

José Luis Almonacid tenía para el 11 apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre de 1973, cuando una patrulla militar encañonó a su madre, quien estaba embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día subsiguiente: el día 16 a las once de la mañana, el maestro volvió a casa a verla, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las once y media de la mañana llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevó Carabineros. Lo empujaban y él iba nervioso, con las manos en alto. Almonacid usaba lentes y al llegar a la esquina el dirigente gremial trastabilló e intentaba sujetar sus lentes que se le caían cuando sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

 

En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis debido a la compleja relación que tenía por ese tiempo con mi padre o por el recuerdo de su hermana –la tía Gladys– fallecida en enero de 1973, en el balneario de Quinteros. Ese fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. No recuerdo si fue por eso o por el estallido del Golpe que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que iban a bombardear La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo pero adelante, a la habitación en que estaba la tele y donde habitualmente veíamos los dibujos animados o Música Libre. Allí colgaba un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi mamá decía que conversaba con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del Presidente.

Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo en el barrio y a los niños nos encerraron en la misma pieza donde estuvimos el 11, mientras el militar que comandaba la acción decía a los grandes, en la cocina, “no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas”. No tengo ningún recuerdo de si tuve o no fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

Rosa Riquelme vivía en Curicó y sus remembranzas son las de una niña que, para la fatídica fecha, cuenta con apenas seis años y cuyo abuelo era de izquierda y que el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de aquel día.

Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. y estaba viendo Plaza Sésamo en Canal 13 cuando de repente cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. Cree que no tuvo clases y que luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino que vivía a metros de su casa. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

José Miguel Arriagada residía por entonces en una comuna metropolitana y tenía seis años. Ese día su padre debió trabajar y de regreso debía tomar micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que estaba haciendo el servicio militar, que se lo llevaron a La Moneda y le ordenaron disparar a quien se moviera y eso le daba un tremendo susto, pues sabía que su tío debía estar por esos lados. Más tarde les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era dispararle a su padre. El Chino vivió la angustia de su madre por la tensa espera de su padre.

Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

Max Coloma, contaba también con seis años y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día intentando hacer algo. Max, le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que quiere contarle algo: “Supongo que tú ya sabes que murió Allende y sé que ese es el motivo por el cual tú no estás. Quiero decirte que yo vi cuando murió Allende, pues me subí al techo y pude mirar cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

En general, los niños del 11 lo pasamos bastante mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos de ellos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como la René Schneider de Rancagua–, y con las puertas crujiendo producto de las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° o 2° básicos, porque decía “población Unidad Popular”, y el llamado de atención a nuestros padres; con el hambre de fines de los 70 o la militarización de la sociedad en los 80.

Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia.

Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, sea en la Universidad Católica, como les sucedió a Teo y Alejandra; en Concepción, como les ocurrió a Rosita y Alejandro Navarro; o en Talca, como nos pasó a varios,  colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88, pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Entendimos  que la juventud es una condición que se pasa con el tiempo.

Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

La violencia política sexual práctica regular de tortura contra las mujeres. Sitio de Memoria a la Venda Sexy.

Declaración PúblicaEl día ayer, en los salones de la Biblioteca Nacional se declaró a la Venda Sexy, la casa de tortura, en donde los agentes de la DINA realizaron, en el período 1974 1975, las más inhumanas prácticas de tortura y sevicias sexuales en contra de las prisioneras políticas que allí fueron recluidas. La violencia política sexual se transformó en práctica regular de tortura contra las mujeres, y dio a la Venda Sexy un lugar particular en el articulación del aparato represivo de la dictadura cívico-militar.Hoy, 41 años más tarde y luego de una larga y ardua lucha, fundamentalmente de las mujeres que allí fueron torturadas, después de años de movilización por visualizar esta particular y recurrente forma de represión, como fue la violencia política sexual, el estado de Chile reconoce como La memoria y el reconociemiento de los/as sobrevivientes hacen parte intergrante del proceso de reparación para quienes sufrieron las violación de sus derechos fundamentalres durante la dictadura cívico-militar. La movilización de las mujeres ha significado que en la declaración realizada el miércoles 11 de Mayo, se haya hecho especial mención a que en este sitio de memoria se pondrá especial interés a los temas de género.Guardar para las generaciones actuales y futuras los lugares en donde el escarnio, la tortura y las violaciones sexuales de hombres y mujeres, la desaparición y las ejecusiones pasaron a ser un trato sistemático de los aparatos represivos y de los agentes del estado, permiten dar una señal clara y definitiva para que el Nunca más, el fin a la Impunidad y el castigo a los culpables de los delitos de lésa humanidad, sean armas fundamental en la reconstrucción de una cierta convivencia nacional de respeto a los derechos humanos.¡¡¡ JUICIO Y CASTIGO A LOS CULPABLES AHORA !!!¡¡¡HONOR Y GLORIA ETERNA A NUESTRAS COMPAÑERAS DETENIDAS DESAPARECIDAS, EJECUTADAS Y EXPLOSIONADAS!!!¡¡¡ QUE VIVAN LAS MUJERES QUE LUCHAN !!!¡¡¡ POR LA VERDAD, CON LA VERDAD, HASTA VENCER !!!ASOCIACIÓN MUTUAL DE EX PRESOS Y PRESAS POLITICAS DEL MIR Y DE LA RESISTENCIA POPULARSantiago 12 de Mayo de 1016

Origen: (78) Beatriz Bataszew

 

Mutual Mujeres MIR

Fuimos niños en Dictadura. Somos parte de la Historia. Las voces de los Hijxs.

Fuimos niños en Dictadura. Somos parte de la Historia. Las voces de los Hijxs.

http://infanciaendictadura.cl/

El Proyecto Infancia en Dictadura


Infancia en Dictadura

INFANCIA EN DICTADURA

Nombre
Correo Electrónico
Teléfono
Descripción e Historia

Ejemplo: “Tarjeta de Navidad, lo hizo mi hijo Leonardo el año que dejamos la casa y nos fuimos al sur. Santiago. Diciembre de 1978.”

 El material está en mi domicilio, por favor contactarme para préstamo o donación.

Subir archivo digital ahora

Enviando...

Al enviar un adjunto, acepto y autorizo su uso para exposición, publicación y uso con fines académicos.

INFANCIA EN DICTADURA

jaivas

Donación de Cristián Vergara “Concierto de Los Jaivas”, 1980

exilio1975 (1)

Página diario de vida 1975. Donación de C. González

plebiscito-88

Donación de Catalina Rojas

congreso1975

Donación de Cristian Cantillana Contreras

Donacion Ewa Ebers Oberreuter

Afiche realizado por los alumnos del grupo de teatro del colegio Latinoamericano de Integración.

dia-del-carabinero-pamela-jara (1)

Tarea de Kinder del año 1987, sobre “El día del carabinero”

20150830_152134

Trabajo realizado para el liceo por Natalia Aspe, 1986

img-exilio-full

Luis Alberto Vasquez Escribar (8 años)

Ignacio Valenzuela “Por la memoria de nuestros héroes… Ni un minuto de silencio, toda una vida de combate”

Ignacio Valenzuela   “Por la memoria de nuestros héroes…  Ni un minuto de silencio, toda una vida de combate”

SÁBADO, 5 DE JULIO DE 2008

Recaredo Ignacio Valenzuela Pohorecky

 

“Comandante Benito”
Ignacio Valenzuela

Nació el 02 de noviembre de 1956 en un barrio de Santiago, capital de Chile, Ignacio vivió apresuradamente, como sabiendo que no disponía de mucho tiempo.


Sus estudios los realizó en distintos planteles educacionales de la capital. El liceo 7 de Ñuñoa fue uno de ellos donde cursando el séptimo grado, y siendo casi un niño con apenas diez años de edad, se encontraba en el centro de la ciudad y vio cuando la policía apaleaba y tiraba bombas lacrimógenas, preguntó en aquel entonces por qué hacía eso la policía, le respondieron que para proteger el orden. Su comentario a tal respuesta fue que la gente no hacía nada, “marchaban y gritaban nada más…, el desorden lo hace la policía”.

A los 14 años se incorpora al Partido Comunista Chileno.

Luego vino el liceo 17 donde cursó la educación media y es donde destacan sus cualidades en defensa de sólidos principios adquiridos en el transcurso de su corta vida. Luego vino otro liceo donde la izquierda era una minoría, a pesar de esta dificultad persistió en su trabajo consolidando cada vez más sus convicciones enfrentado a complejos y apasionados debates en el ambiente extremadamente politizado y tenso que existía en el país luego del triunfo de la Unidad Popular en 1970.

Luego vino el golpe militar donde fue testigo del terrorismo de estado institucionalizado en Chile. La mirada de Ignacio se endurece y -a pesar de su juventud- le fue imposible no sentir profundo dolor ante lo que presenciaba. Lloró cuando supo de la muerte del presidente Salvador Allende, pronto vinieron los allanamientos, en octubre la detención de su padre, se movieron influencias y a los seis días estaba de vuelta. Dentro de este oscuro panorama siguió sus estudios, pudo concluir la enseñanza media para luego postular a la universidad.

En el año 1974 ingresa a la carrera de ingeniería comercial de la Universidad de Chile, empezó a realizar un trabajo cultural y social pero esto a él no le bastaba, sabía que había que dar un paso más adelante para llegar a la organización política. Por sus actividades en la Universidad fue arrestado en varias oportunidades.

La trayectoria política de Ignacio comenzó al incorporarse a la Juventudes Comunistas donde llegó a ser el encargado del Comité de Escuelas, responsable de dos bases; en 1979, miembro de la Dirección de Estudiantes Comunistas, que es en la práctica una Dirección Regional, luego miembro del Comité Central. Después militó en el Frente Cero, que salió a enfrentar a la dictadura, sin tener la mínima preparación física, psicológica ni técnica. Este movimiento fue liquidado, absolutamente destruido o infiltrado.

Los que sobrevivieron como Ignacio, enriquecidos con esa experiencia, participaron en la constitución del Frente Patriótico Manuel Rodríguez donde se lograría un nivel más elevado en la capacidad combativa. Allí se entregó por entero a la lucha contra la dictadura. Ignacio se inició en el FPMR siendo un cuadro de reconocida capacidad política. Su modestia, carencia de ambiciones personales, abnegación, mística, entrega, dedicación con sus subordinados y su carácter recio lo hicieron uno de los hombres más respetados de la organización llegando a ocupar diversas responsabilidades. Como instructor y encargado de escuelas tuvo a un gran número de combatientes bajo su mando. De él dependían recursos y vidas humanas que manejó siempre con exigencia y responsabilidad. Después de una breve pero intensa trayectoria llegó a ser jefe de zona en la capital y miembro de la dirección nacional de la organización.

Numerosas son las acciones que planificó y llevó a cabo. Dentro de ellas destacan acciones de hostigamiento a cuarteles de la siniestra y criminal CNI, asaltos a las armerías, el secuestro del militar del ejército Chileno Coronel Haverle que posteriormente fue entregado sano y salvo a sus familiares. Participó en el rescate de Fernando Larenas, combatiente recluido en una clínica por haber sido gravemente herido y capturado en una escaramuza. Ese fue el primer rescate de un combatiente del Frente. En todas ellas dejó un legado de respeto y admiración muy difíciles de olvidar. Ignacio era un hombre como cualquier otro, estudiaba, trabajaba, formó una familia. Tenía esperanza en un mundo mejor y eso lo impulsó a luchar.

A los treinta años, el día 15 de Junio de 1987, sus asesinos le dispararon a mansalva y a quemarropa, por la espalda, como sólo los traidores suelen hacerlo, sin darle oportunidad de defenderse, conocían de su arrojo, valentía y su decisión de morir combatiendo. La única forma de terminar con su vida era sin mirarle a la cara, cobardemente y a traición. Del cuerpo exánime de Ignacio los homicidas vieron escapar su sangre a torrentes, pero estos verdugos no pudieron ver el ejemplo de Ignacio que desde siempre otorgó a los rodriguistas. Su entrega, mística y decisión de luchar eran parte de los rasgos que definían a Ignacio como miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Sabemos que sus asesinos podrán morir de viejos, aunque temerosos de que les sean cobradas sus deudas y ajustadas sus cuentas. Saben que los están mirando los ojos ciegos de sus víctimas. Saben que los ojos de los vivos también los están mirando. Perdidos en un sombrío submundo no tienen, no podrán tener un lugar de verdadera paz. Ignacio -para los rodriguistas y para todos aquellos que lo conocieron – ocupará por siempre el mejor lugar en el monumento a la dignidad de los hombres.

¡Hasta siempre Hermano Ignacio!

Por la memoria de nuestros héroes…

Ni un minuto de silencio, toda una vida de combate

Relacionado

http://www.archivochile.com/Memorial/caidos_mov_popular/V/valenzuela_pohorecky_recaredo_ignacio.pdf