Amanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

DestacadoAmanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

Amanda no es la letra de una canciónHija Amanda Jara

Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan “Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.

Domingo 25 de mayo de 2008 | por Alejandra Carmona López

La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.

En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

Con suerte acepta dar esta entrevista.

Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

SIMPLEMENTE MARÍA

 
  Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

“Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.

UNA PROTESTA EN MATTA

Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

“Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

TE RECUERDO, AMANDA

Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”. LND

    Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

    Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

    Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada

    por 8 septiembre 2016

    Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada
    Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela. Esta es una narración de lo que para muchos de esos chicos fue ese día, del que se cumplen 43 años este domingo.

    Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura muy enfermo, desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80.

    “El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la JS de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que, también, es un detenido desaparecido. Fue lo sucedido a su mascota, más que lo que atravesó su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política para enfrentar  a la dictadura. El ahora magallánico, sinceramente cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

    Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, que algunos vecinos destaparon botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron, que mis padres estaban muy angustiados y que mi cumpleaños fue muy triste: solo con galletas de agua. Septiembre fue un mes donde no sabíamos nada de mi hermano, llegaban rumores, historias de que gente aparecía en el río del Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

    La psicóloga  reitera que era una época  de  mucha angustia y que se “volvió pa’ dentro”: “De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defender posiciones, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”, al punto que en 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la PAA.

    Rosa Acevedo tenía, en 1973, 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La  Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’, nada más y eso me quedó grabado. Y de ahí se saltan mis recuerdos hasta que, cuando anochece, estábamos durmiendo y como 8 o 10 milicos nos empujan la puerta y nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron solo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

    A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a su primo Matías y que cuando los suben al camión mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana. Y ahí llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos empezaron a revisar y encontraron unas revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá le dice ‘está frente a Ud., es esta niñita’. Luego no volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento”.

    Vicente Peña Palominos, que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua y ya por entonces se consideraba un allendista, rememora así ese día: “Estaba en clases y, como de costumbre, estas se suspenderían prontamente pues era 11 de septiembre, día del maestro, y nos aguardaba un acto conmemorativo en el cual debía participar con una de mis poesías, que precisamente había  escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes  de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y  cantaban alegres. Tal acto  contrastaba con la pena de nuestros rostros cabizbajos. Ese día, pasamos pegados a la  única radio a pilas”. Para Vicente, durante años, recordar ese día fue un verdadero trauma.

    Claudio Contreras Labra, quien era el presidente del Centro de Alumnos del Industrial de San Fernando, no resiste la presión del Golpe y solitario frente a las estrellas se suicida el 11 por la noche en el fundo Huichunguala. Gloria Durán, por entonces alumna del Liceo de Niñas de San Fernando y novia de Claudio, 43 años después aún no supera aquel hecho dramático.

    Esteban Valenzuela, con 9 años y cursando el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, relata que ese día “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaron gritando que los militares estaban derrocando a Allende… En la casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban la radio, las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, y vieron en la televisión las imágenes del combate… la abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó con rostro serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia… fue un martes nublado, frío, triste–. La hoguera creció cuando papá, con los ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo de la casa con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”. El 11, también, marcó a fuego su vida futura.

    Néstor Ramírez, santacruzano, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relata así aquel día fatídico: “Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron a todos de clases y nos reunieron en el gimnasio y ahí nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país, que los estudiantes debían dedicarse a estudiar, que gobernaba una Junta de Gobierno y la Canción Nacional había que cantarla con ganas’. Y luego señaló que ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, después a otro Cucumides (Tatico) y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando había aparecido un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

    Titín, que tenía 14 años y se encontraba en aquella época internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11: “En la escuela, teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar y rumbo a la sala un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía lo que estaban atacando los milicos y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho de que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno y con casco y metralleta lo sacaron esposado, le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

    José Luis Almonacid tenía para el 11 apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre de 1973, cuando una patrulla militar encañonó a su madre, quien estaba embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día subsiguiente: el día 16 a las once de la mañana, el maestro volvió a casa a verla, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las once y media de la mañana llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevó Carabineros. Lo empujaban y él iba nervioso, con las manos en alto. Almonacid usaba lentes y al llegar a la esquina el dirigente gremial trastabilló e intentaba sujetar sus lentes que se le caían cuando sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

     

    En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis debido a la compleja relación que tenía por ese tiempo con mi padre o por el recuerdo de su hermana –la tía Gladys– fallecida en enero de 1973, en el balneario de Quinteros. Ese fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. No recuerdo si fue por eso o por el estallido del Golpe que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que iban a bombardear La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo pero adelante, a la habitación en que estaba la tele y donde habitualmente veíamos los dibujos animados o Música Libre. Allí colgaba un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi mamá decía que conversaba con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del Presidente.

    Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo en el barrio y a los niños nos encerraron en la misma pieza donde estuvimos el 11, mientras el militar que comandaba la acción decía a los grandes, en la cocina, “no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas”. No tengo ningún recuerdo de si tuve o no fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

    Rosa Riquelme vivía en Curicó y sus remembranzas son las de una niña que, para la fatídica fecha, cuenta con apenas seis años y cuyo abuelo era de izquierda y que el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de aquel día.

    Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. y estaba viendo Plaza Sésamo en Canal 13 cuando de repente cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. Cree que no tuvo clases y que luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino que vivía a metros de su casa. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

    José Miguel Arriagada residía por entonces en una comuna metropolitana y tenía seis años. Ese día su padre debió trabajar y de regreso debía tomar micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que estaba haciendo el servicio militar, que se lo llevaron a La Moneda y le ordenaron disparar a quien se moviera y eso le daba un tremendo susto, pues sabía que su tío debía estar por esos lados. Más tarde les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era dispararle a su padre. El Chino vivió la angustia de su madre por la tensa espera de su padre.

    Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

    Max Coloma, contaba también con seis años y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día intentando hacer algo. Max, le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que quiere contarle algo: “Supongo que tú ya sabes que murió Allende y sé que ese es el motivo por el cual tú no estás. Quiero decirte que yo vi cuando murió Allende, pues me subí al techo y pude mirar cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

    En general, los niños del 11 lo pasamos bastante mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos de ellos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como la René Schneider de Rancagua–, y con las puertas crujiendo producto de las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° o 2° básicos, porque decía “población Unidad Popular”, y el llamado de atención a nuestros padres; con el hambre de fines de los 70 o la militarización de la sociedad en los 80.

    Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia.

    Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, sea en la Universidad Católica, como les sucedió a Teo y Alejandra; en Concepción, como les ocurrió a Rosita y Alejandro Navarro; o en Talca, como nos pasó a varios,  colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88, pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Entendimos  que la juventud es una condición que se pasa con el tiempo.

    Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

    La Primavera de Chile. Documental completo

    La Primavera de Chile. Documental completo
    Publicado el 13 jul. 2013

    Título Original: La primavera de Chile
    Título en Inglés: Chilean spring
    Duración: 102 minutos
    Soporte: Digital

    Producción: Cristián del Campo — Gastón Muñoz

    Dirección y Guión: Cristián del Campo Cárcamo

    Producción Ejecutiva y Distribución: Elena Varela

    Producción en terreno: Marcelo Dauros, Mauricio Castro, Mario Venegas, Cristián del Campo
    Investigación periodística: Julio Candia
    Colaboración Guión: Marcia Pozzo, Julio Candia, Hugo Fuentes
    Cámara: Mauricio Castro, Juan Pablo Araneda, Alex Ramírez, Cristián del Campo
    Edición y Montaje: Hugo Fuentes, Cristián del Campo
    Arte y Diseño: Marcelo Dauros Pantoja
    Postproducción: Marcelo Arriagada

    Agradecimientos:

    Radio Universidad de Chile
    Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, ACES
    Confederación Nacional de Estudiantes Secundarios, CONES
    Confederación de Estudiantes de Chile, CONFECH
    Federación Nacional de Pobladores, FENAPO
    Confederación de Trabajadores del Cobre, CTC
    Colegio de Profesores de Chile A.G.
    Fundación Progresa

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      La Primavera de Chile o el bloqueo cognitivo
      Por Colectivo Miope

      La Primavera de Praga fue un momento crucial en la liberación política y social donde Checoslovaquia le hizo frente al avasallador totalitarismo comunista que le pretendía imponer la ex-URSS.  Ahora, ésta alusión floral, respecto a Chile, estaría básicamente en consonancia con la misma idea de resistencia social pero en función a otro sistema económico –basado en el libre mercado– impuesto, mantenido y defendido por todo el espectro político -con intereses en juego- a lo largo de los últimos 30 años.

      La Primavera de Chile despliega a lo largo de casi dos horas un desfile de rostros queribles, como lo son los voceros estudiantiles. También otros más rabiosos, aquellos portadores de cierta misión con causas puntuales, más que con la trinidad de conceptos que defiende el estudiantado.

      Y, aunque el movimiento aludido como tal efectivamente posea todas las características de la analogía desenfundada en torno al replanteamiento duro del paradigma económico en ejecución, el largometraje logra escasamente aportar algo más a la reflexión profunda del asunto, confiando escuetamente en el abanico de argumentos cercados y por lo tanto, mucho menos aún, plantear -o al menos insinuar- rutas para los desafíos futuros del estancado embrollo. Es más bien una constatación sintética y cadenciosa, y pulcra eso sí. Una tibia cronología de sucesos con la expositiva intervención del dirigente, vocero, intelectual o experto afín.

      Evidentemente las autoridades oficiales son retratadas mediante un menesteroso material de prensa como -lo que supuestamente son- figuras rígidas, ultraconservadoras, opacas, poco dispuestas a escuchar, con discursos y planteamientos mecánicamente enarbolados. Sujetos poco empáticos, sin alma. Ontológicamente despreciables. Todo legítimo, pero claro, sin permitirse acceder a su voz en ninguna distendida conversación frontal que si gozan el resto de los participantes. Es decir, se hace imposible siquiera osar cuestionar lo fríamente dispuestos o al menos a darle una vuelta, darle un respiro y acceder a ideas que los discursos oficiales por su misma lógica eficiente y sobria no lo permiten. En definitiva, en La Primavera de Chile se asume que la repetición -a modo de mantra- fortalece esa hipótesis de trabajo que jamás se pone a prueba, ni menos aún, obvio, con el latente riesgo que involucra un debate.

      Aquí los razonamientos son unilaterales, su fuerza –como en la acción popular– al final del día se basa en la presión física, la ocupación y la soberbia convicción de que “lo que hacemos es lo correcto” y por tanto requiere radicalizaciones múltiples, eventuales atropellos, aceptación per se. Todo la disposición de elementos en este simulacro narrativo hace suponer –paradójicamente- que La Primavera de Chile no cree en su pueblo, no cree que éste pueda ejercer el pensamiento crítico, no cree que sea conveniente entregarle las elementos que -a través de un medio popular como lo es el cine- el individuo pueda sacar sus propias conclusiones, oxigenar su juicio, ser ciudadanos y no un par de piernas y gargantas útiles en determinado momento.

      Sin duda que el metraje apunta certeramente los aspectos fundamentales del movimiento acaecidos durante el 2011 a modo de reporte “objetivo” y además toca tangencialmente aspectos incluso más interesantes y particularmente idiosincrásicos que le dan personalidad al problema, como lo fueron las performances creativamente pop en público, las marchas carnavaleras, los eventos pachangueros masivos, el majadero uso retórico del rock pesado en la represión policial, y bueno, no mucho más.

      No adherir cabalmente a estas alturas a esta amalgama de fuerzas sociales que abogan por una educación de calidad, gratuita y sin lucro es prácticamente considerado una herejía, es decir, atreverse a ponderar la información, las circunstancias, los argumentos… básicamente pensar por sí mismo. Al parecer lo que se necesita hoy es el vitoreo instintivo, el apoyo irrestricto y acrítico a cualquier slogan que apele a la olvidada familia linchada por los pagarés de una institución que no le garantiza nada al educando, que lo ve como un número y mano de obra barata estratégicamente funcional a la nación en supuesto desarrollo.

      Más allá de que sea el “primer” documental sobre el movimiento –un término que en sí induce a desconfiar de la fuerza interna del despliegue de los contenidos–, sería saludable que esto sirviera para profundizar en base a lo que se supone que el cine puede lograr y que lo diferencia de otras manifestaciones audiovisuales, es decir, lograr acompañar un proceso determinado en base a una cierta intimidad, a un acceso único, nunca antes visto, en la profundización de los anhelos y desafíos más particulares. En las revelaciones que puede otorgar enfrentar una oposición específica, en encontrar aquella pulsión y valor en personajes en los que nadie confía ni conoce. La Primavera de Chile no roza en más de un par de escenas algo de esto. No construye personajes (pues los personajes están construidos ya), no revela nada que no sepamos ni se propone poner a prueba la tesis con la que parte y nunca se atreve a problematizar.

      De esta manera la propuesta aquí planteada tal vez sirva para expandir el “espíritu” reformista que reacciona efectivamente ante el abuso ejercido contra los más desprotegidos y, con ello, decirle al mundo que Chile se moviliza, que se une en torno a una serie de prácticas y que no tolera la prepotencia del capital. Pero, internamente, cinemáticamente, narrativamente, es apenas un primer y tibio paso respecto este gran tema. Luego, entonces, y por eso mismo, solo puede ser una formidable oportunidad para no anquilosarse en el irrelevante acopio de los hechos e imágenes que hoy por hoy abundan, redundan, cansan y sobran.

      Algunas interrogantes que quedan:

      ¿Qué pasa con los carabineros encapuchados? ¿De donde surge esa infame estrategia de boicot, si es que existe? ¿Cómo enfrenta un carabinero su función para con los estudiantes sabiendo que su profesión nace -por lo general- de la carencia de medios para un futuro que realmente desarrolle sus aptitudes? ¿Cómo se entrena un carabinero para abordar la represión? ¿Cree en su rol, puede optar? ¿Cómo aborda el dilema un estudiante con la necesidad de manifestarse si carga una tradición uniformada? ¿A qué le teme tanto la elite dominante? ¿Sólo a perder su poder, su influencia y sus negocios? ¿Por qué ésta cree con –supuesta– reflexiva convicción que su modelo ofrece más oportunidades de desarrollo integral a los ciudadanos? ¿Se niegan al cambio por que creen que una población educada, reflexiva, crítica abusará de su nuevo estatus a modo de venganza clasista?

    Consenso y Disenso en la Memoria Histórica y en las Actitudes Hacia la Reparación en Tres Generaciones de Chilenos.

    Resumen

    CARVACHO, Héctor et al.

    Consenso y Disenso en la Memoria Histórica y en las Actitudes Hacia la Reparación en Tres Generaciones de Chilenos. Psykhe[online]. 2013, vol.22, n.2, pp. 33-47. ISSN 0718-2228.  http://dx.doi.org/10.7764/psykhe.22.2.601.

    El análisis de una pregunta abierta muestra consenso intergeneracional y entre grupos políticos en que el golpe de Estado de 1973 y la transición a la democracia son los elementos centrales de la historia política chilena. Usando un modelo de ecuaciones estructurales, se encontró que los grupos políticos disienten en su valoración de las políticas de reparación (la izquierda tiene actitudes más positivas), en función de las actitudes ideológicas que subyacen a la orientación política.

    Palabras clave : generaciones; memoria histórica; socialización política; orientación política; actitudes ideológicas.

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    En 2 estudios correlacionales, con muestras basadas en cuotas de nivel socioeconómico, edad y género (N1 = 996 y N2 = 841), en Santiago de Chile se evaluaron 2 hipótesis: (a) chilenos que se socializaron políticamente en diferentes épocas (previa, durante y posterior a la dictadura) y que tienen diferente orientación política (izquierda, centro o derecha) manifiestan consenso en su memoria histórica, pero disenso en su valoración de las políticas de reparación hacia víctimas de la dictadura y (b) las actitudes ideológicas (autoritarismo, apoyo a la democracia y orientación a la dominancia social) explican las diferencias en la valoración de las políticas de reparación. El análisis de una pregunta abierta muestra consenso intergeneracional y entre grupos políticos en que el golpe de Estado de 1973 y la transición a la democracia son los elementos centrales de la historia política chilena. Usando un modelo de ecuacionesestructurales, se encontró que los grupos políticos disienten en su valoración de las políticas de reparación (la izquierda tiene actitudes más positivas), en función de las actitudes ideológicas que subyacen a la orientación política.

    Palabras clave: generaciones, memoria histórica, socialización política, orientación política, actitudes ideológicas


    In 2 correlational studies conducted in Santiago de Chile (N1= 996 and N2= 841) —with samples based on quotas of socioeconomic status, age, and gender— 2 hypotheses were tested: (a) that Chileans socialized in different political context (before, during or after the dictatorship) and who have different political orientations (left, center or right) exhibit consensus in their historical memory, but differ concerning the evaluation of reparation policies toward victims of the dictatorship, and (b) that ideological attitudes (authoritarianism, support for democracy, and orientation towards social dominance) explain differences in the evaluation of the reparation policies. Analysis of an open question showed consensus between generations and between political groups about considering the coup d’état in 1973 and the transition to democracy as the central elements of Chilean political history. Results of structural equation modeling showed that political groups differ in their evaluation of reparation policies (with the left being more supportive). Dissent was explained by the ideological attitudes underlying the left-right distinction.

    Keywords: generations, historical memory, political socialization, political orientation, ideological attitudes


    ¿Qué tan profundo es el impacto de los eventos políticos más importantes de la historia en la cultura política de un país? ¿Es posible hablar de generaciones que son definidas por su experiencia compartida en torno a uno de estos eventos? Durante los últimos 100 años no hubo un evento más relevante para la historia política chilena que el golpe de Estado de 1973 y la subsecuente dictadura que duró 17 años. A través de dos estudios, buscamos, en primer lugar, explorar el impacto que tuvo la dictadura en la cultura política chilena y, en particular, si la memoria es afectada por el contexto político en el que las personas han sido socializadas: antes, durante o después de la dictadura. En segundo lugar, examinamos la relación entre las actitudes sociales que subyacen la orientación política y las actitudes sobre las políticas de reparación hacia las víctimas de violaciones de los derechos humanos.

    La relevancia del golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1973 y la dictadura encabezada por Pinochet hasta Marzo de 1990 se refleja en el estudio de la memoria histórica en Chile. Esta línea de investigación se ha concentrado en identificar cómo la memoria histórica se construye usando el golpe de Estado y la dictadura como sus referentes más importantes (e.g., Arnoso, Cárdenas & Páez, 2012; Escobar & Fernández, 2008; Haye, 2003; Manzi, Helsper, Ruiz, Krause & Kronmüller, 2003; Piper, 2005; Prado & Krause, 2004; Tocornal, 2008; Waldman, 2009). Se han descrito, por un lado, los patrones discursivos de los distintos grupos ideológicos involucrados en el conflicto (e.g., Manzi et al., 2004; Ruiz & Krause, 2003) y, por otro, las diferencias entre generaciones que fueron socializadas en distintos contextos políticos (Arnoso et al., 2012; Concha, Guichard & Henríquez, 2009; Guichard & Henríquez, 2011; Manzi et al., 2003).

    En los estudios que reportamos en este artículo buscamos extender esta línea de investigación, abordando, en primer lugar, los aspectos consensuales de la memoria intergeneracional y, en segundo lugar, los elementos ideológicos que subyacen al disenso entre grupos ideológicos.

    Memoria y Generaciones Políticas

    El concepto de generación política viene de la tradición de la sociología del conocimiento y fue usado inicialmente por Karl Mannheim (1952), quien postuló que las condiciones socio-históricas en que las personas viven definen sus posibilidades de conocimiento. De este modo, un grupo de personas que comparten un cierto tiempo o época deberá estar marcado por las condiciones socio-históricas específicas de ese tiempo. Este grupo corresponde a una generación.

    El desarrollo posterior del concepto fue influido por la psicología del desarrollo. La discusión se centró en vincular el desarrollo psicológico individual con los procesos socio-históricos desde dos perspectivas dominantes. La primera, más prominente en la sociología, se centra en el concepto de trayectorias individuales de vida (Mayer, 2009), observando el impacto en ellas de las estructuras macrosociales y de las instituciones. La segunda ha predominado en la psicología y se basa en el concepto de ciclo vital (Baltes, 1987; Baltes, Staudinger & Lindenberger, 1999), reconociendo una multiplicidad de elementos que convergen para explicar los procesos de cambio: factores del desarrollo; dinámicas de crecimiento y ganancia, por un lado, y deterioro y pérdida, por otro; factores históricos y otros elementos de la estructura sociocultural; plasticidad en el desarrollo y procesos de adaptación.

    Desde la perspectiva psicológica, se ha derivado la hipótesis de los años impresionables, que subyace a la idea de generaciones políticas (Alwin & Krosnick, 1991; Osborne, Sears & Valentino, 2011; Sears & Valentino, 1997; Valentino & Sears, 1998). Esta hipótesis plantea que el final de la adolescencia y el comienzo de la adultez joven constituyen etapas en que las personas son especialmente susceptibles de ser impactadas por su entorno socio-histórico. Como resultado, las experiencias políticas que son vividas en estas etapas del ciclo vital juegan un rol central en la consolidación de las configuraciones ideológicas, incluida la memoria, y permanecerán estables por el resto de la vida. El estudio de las generaciones políticas ha sido de central importancia para la investi gación sobre memoria histórica. La proximidad de eventos históricos relevantes a los años impresionables deja una marca importante en la forma en que las personas construyen su memoria, siendo estos eventos recordados y catalogados como los más importantes para la sociedad (Schuman & Corning, 2006; Schuman & Rodgers, 2004; Schuman & Scott, 1989).

    En el caso chileno, las investigaciones en el tema han mostrado resultados mixtos. Por un lado, cuando se ha preguntado por los eventos más importantes de la historia, los resultados muestran un consenso en torno a la centralidad del golpe de Estado entre generaciones socializadas antes, durante y después de la dictadura (Manzi et al., 2003). Estos resultados llevaron a Manzi et al. (2003) a concluir que, a pesar de la existencia de un componente generacional, la prominencia del golpe para la memoria histórica chilena es tal que sobrepasa las diferencias generacionales. Por otro lado, en un estudio más reciente, en el que los participantes debían mencionar un evento que hubiese ocurrido durante el transcurso de sus vidas, los resultados mostraron que el golpe de Estado es central para quienes lo vivieron en sus años impresionables o después, pero para quienes lo vivieron a muy temprana edad la vuelta a la democracia cobra mayor relevancia (Concha et al., 2009; Guichard & Henríquez, 2011). Esta idea es concordante con la de la existencia de una nueva generación posterior al plebiscito que puso fin a la dictadura (Toro, 2008). Tanto el estudio de Manzi et al. (2003) como el de Guichard y Henríquez (2001 presentan limitaciones que deben ser abordadas. Una de las limitaciones del estudio de Manzi et al. (2003) es que se llevó a cabo en un periodo en que la figura de Pinochet estaba en el centro de la discusión pública, pues en esa época había sido detenido en Londres por el juicio que se llevaba en su contra por crímenes contra la humanidad. Esto pudo haber hecho saliente los eventos conectados con la dictadura, causando que el nivel de consenso encontrado fuera mayor (ver Jelin, 2001). Se vuelve relevante, entonces, replicar el estudio en un momento en que no haya una contingencia noticiosa que influya directamente en los resultados. El estudio de Guichard y Henríquez (2011), por su parte, solo permitió identificar hechos que ocurrieron durante la vida de los entrevistados, por lo que la valoración del golpe de Estado por parte de las generaciones jóvenes no se exploró. A pesar de que el golpe de Estado es un evento que los jóvenes no vivieron personalmente, la transmisión intergeneracional podría haberlo convertido en el evento más relevante pare ellos.

    Memoria e Ideología

    Desde Halbwachs (1925) y Bartlett (1932), la memoria histórica se concibe como una dimensión social y una construcción colectiva. Más aún, en los últimos años se ha mostrado cómo los procesos de categorización e identificación grupal tienen un impacto directo en la memoria (Haye, 2003; Sahdra & Ross, 2007). Haye (2003) mostró experimentalmente que la identidad grupal afecta el juicio de verdad respecto de un recuerdo y los recuerdos, a su vez, afectan los procesos de categorización grupal. El estudio se centró en el caso chileno y mostró cómo las identidades políticas de izquierda y derecha (a nivel grupal) son centrales para la formación de memoria específica que se construye en relación con estas identidades.

    Los hallazgos de dicho estudio son concordantes con otros que, usando diferentes metodologías, han mostrado también que el relato histórico depende de la identidad política de los sujetos (Manzi et al., 2003, 2004; Piper, 2005; Ruiz & Krause, 2003; Tocornal, 2008; Waldman, 2009). De estos estudios se concluye que, a pesar del consenso respecto de cuáles son los eventos más importantes, existe un notable disenso respecto de la interpretación de las causas y consecuencias del golpe y la dictadura, que depende de las orientaciones políticas.

    El estudio de las consecuencias de la dictadura ha abordado múltiples elementos. Entre ellos destaca la transmisión, no solo de la memoria a las nuevas generaciones, sino también de la experiencia de traumatización, tanto de víctimas directamente afectadas por la represión como de sus familiares y cercanos y de personas que han estado en contacto con la experiencia traumática represiva (Becker & Díaz, 1998; Cornejo, Brackelaire & Mendoza, 2009; Cornejo, Morales, Kovalskys & Sharim, 2013; Faúndez & Cornejo, 2010; Kovalskys & Morales, 2001; Lira, Becker & Castillo, 1991; Lira & Castillo, 1991; Morales & Cornejo, 2013; Sharim, Kovalskys, Morales & Cornejo, 2011). Sin embargo, el ámbito en el que el disenso basado en identidad política ha sido más evidente es el de las políticas de reparación (Cornejo et al., 2007; Lira & Morales, 2005; Montenegro & Piper, 2009; Reyes, 2007; Ruiz & Krause, 2003). Se ha mostrado que las políticas que buscan la reconciliación son percibidas controversialmente. Las instancias más importantes sobre verdad y reconciliación que ha llevado a cabo el Estado chileno han sido la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación en 1990, la Comisión Nacional Sobre Prisión Política y Tortura en 2003, la Mesa de Diálogo en 2001 y la Comisión Asesora Presidencial Para la Calificación de Detenidos Desaparecidos, Ejecutados Políticos y Víctimas de Prisión Política y Tortura en 2009 (Cárdenas, Páez & Rimé, 2013; Cornejo et al., 2007; Cornejo, Rojas & Mendoza, 2009; Lira & Morales, 2005). Mientras las personas de izquierda consideran que el enjuiciamiento de los responsables por las violaciones de los derechos humanos, el reconocimiento público del daño causado y la reparación hacia las víctimas son condiciones necesarias para la reconciliación, las personas de derecha consideran que la unidad nacional conseguida a través del perdón de las víctimas es lo más importante pare la reconciliación (Ruiz & Krause, 2003). Estudios con jóvenes universitarios, muy distantes biográficamente con los hechos del golpe de Estado, muestran también importantes diferencias entre quienes se identifican con la derecha y la izquierda en la propensión a reparar y a perdonar a la otra parte (ver González, Manzi & Noor, en este número).

    A pesar de los intentos por describir la distinción izquierda-derecha como menos relevante en los últimos años, se ha mostrado que esta sigue siendo una categoría fundamental en la que la mayoría de las personas se puede auto-clasificar (Jost, 2006), lo cual también aplica para el contexto latinoamericano y Chile en particular (Colomer & Escatel, 2005). A la distinción izquierda-derecha subyace una serie de actitudes ideológicas que se configuran de forma consistente en diversos contextos (Carvacho & Haye, 2008; Haye, Carvacho, González, Manzi & Segovia, 2009). Dos parecen ser las actitudes más importantes para entender la diferencia: preferencia por cambio versus statu quo y apoyo a la igualdad (Jost, Glaser, Kruglanski & Sulloway, 2003). Específicamente, las personas de izquierda tienden a preferir el cambio social, propiciando una organización más igualitaria de la sociedad, a rechazar actitudes nacionalistas y autoritarias y a mostrar apoyo al régimen democrático. Por el contrario, las personas de derecha muestran preferencia por las tradiciones, la preservación del orden actual de las cosas y las jerarquías sociales. Estas personas tienden a identificarse más con su grupo nacional, muestran más actitudes patrióticas y nacionalistas y cuidan más la cohesión grupal a través de actitudes autoritarias.

    En el presente estudio nos enfocamos en tres actitudes ideológicas: autoritarismo de derecha, orientación a la dominancia social y apoyo a la democracia. El autoritarismo de derecha incluye tres dimensiones: (a) agresión autoritaria, que se define como el apoyo a autoridades fuertes y punitivas; (b) sumisión autoritaria, definida como la obediencia irreflexiva a las autoridades y (c) convencionalismo, que es una preferencia por lo previamente existente y un apego estricto a las normas grupales (Altemeyer, 1981). La orientación a la dominancia social es una disposición individual a apoyar y naturalizar las jerarquías sociales basadas en grupos arbitrarios (Pratto, Sidanius, Stallworth & Malle, 1994; Sidanius & Pratto, 1999, 2012). Por último, el apoyo a la democracia se define como la preferencia de regímenes democráticos por sobre regímenes autoritarios o la indiferencia respecto del tema (Carvacho & Haye, 2008). Las tres actitudes subyacen a la distinción entre izquierda y derecha, tanto en Chile como internacionalmente (Haye et al., 2009; Jost et al., 2003; Jost, Federico & Napier, 2009). Es más, se ha propuesto el concepto de configuración ideológica para entender el modo en que estas actitudes se organizan (Carvacho, 2010; Carvacho & Haye, 2008). Esta noción supone que estas actitudes son relativamente estables y son relevantes para entender cómo un sujeto toma posición frente a objetos del mundo político. En culturas en las que el mundo político se organiza en torno a un eje, como izquierda y derecha, estas actitudes pueden ser entendidas como una unidad que se ordena en torno a un núcleo que implica intolerancia y derogación de otros (Carvacho, 2010), donde niveles más altos de estas actitudes (y más bajos para el caso de apoyo a lademocracia) significa más derechismo (Haye et al., 2009).

    Las actitudes ideológicas usadas en nuestro estudio son antecedentes de una multiplicidad de actitudes sociales, tales como prejuicio, etnocentrismo y religiosidad (Ho et al., 2012; Mavor, Louis & Laythe, 2011; McFarland, 2010a; Sidanius & Pratto, 2012). Sin embargo, para nuestra investigación fueron de especial interés los resultados de un estudio que mostró que estas actitudes predicen el apoyo a los derechos humanos y su implementación (McFarland, 2010b).

    La Presente Investigación