Sol, nieve y nostalgia.

Origen: Sol, nieve y nostalgia.

Sol, nieve y nostalgia
Rossana Cárcamo Serey
De madrugada me atacó la nostalgia y no pude sacarla de mi lecho. Me susurraba al oído canciones añejas y trasnochadas; me decía que las cosas han cambiado, que los amigos crecieron y se hicieron padres de familia y profesionales y que mis tías y tíos van acumulando arrugas y achaques, sin poder hacerles el quite.
Me contaba un poco avergonzada que no le gusta molestarme, pero se siente bien cuando la dejo abierta una rendija para acurrucarse en mi pecho.
Ella está convencida que su calor derrite la escarcha del jardín y que su respiración ahuyenta al viento gélido de Europa.
Me pedía que no la dejara morir, porque si lo hacía, nada tendría sentido.

Necesito el olor a tierra mojada, a vereda húmeda en tarde de primavera.
Me es urgente recorrer las calles que sólo he pisado en sueños estos últimos años.
Mi vista escudriña en cada recodo de la memoria algún detalle nuevo, alguna sorpresa para empezar el día.
Intento suplir las imágenes perdidas con fotos virtuales, pero el espejismo desaparece cuando toco la pantalla del ordenador
Por momentos, el sol que asoma y juega entre las nubes, me hace volver a la adolescencia y una sonrisa se dibuja entonces, frente al cristal de la ventana.

Entre la querencia y yo hemos firmado un pacto de no agresión, yo no le cierro el paso y ella me suministra esa cuota de valor, para no olvidar.

Diecisiete años duró la dictadura y dieciocho años lleva la Concertación sin hacer esfuerzo alguno, para que los chilenos obligados al destierro puedan volver.
Es cierto, yo no he sido nunca una exiliada, jamás me he considerado así, porque nadie me expulsó del país, pero no puedo condenar a mi hijo a vivir lejos de su padre.
El amor me trajo a tierras lejanas y aunque apagué la flama por voluntad propia, no puedo castigar al fruto de tal unión con un retorno anticipado.
A veces me sale la amargura de la derrota, la pena por esa alegría que creí llegaría para todos y que sólo ha tocado a unos cuantos que cambiaron vestiduras.

Cae el polvo de nieve y mis ideas tienden a congelarse.
El crepúsculo avanza y sé que debo comer, estudiar y estar con los míos, pero me aferro al teclado en un acto de rebeldía.
No hay caso, sigo siendo una niña en un cuerpo de cuarenta años.

Sol, Nieve y Nostalgia

Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990

Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990

Libres en prisión: Artesanía creada en dictadura

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Los objetos forjados por los presos políticos cruzaron las alambradas de los centros de represión de la dictadura y hoy día son ejemplo de resiliencia y de resistencia. Su historia es recogida en la obra de Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos, que sin duda es un gran aporte tanto para tener una visión global como para contribuir a nuevas y futuras investigaciones.

Cada objeto da cuenta de una historia, de una cultura, y su lectura será más pertinente si conocemos cómo se construyó y qué significaba para las personas que lo compartieron en su momento de creación. Especialmente significativos son los artefactos culturales hechos en prisión política bajo dictadura. Es el tema de investigación y testimonios de la obra Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990, de Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos, publicado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes bajo el sello de la Editorial de la Universidad de Santiago de Chile.

En la precariedad de la prisión política, cuando el hambre es parte de la vivencia, entre las personas puede surgir la disyuntiva entre comerse todo el escaso pan o dejar un poco de miga para hacer algo con las manos y convertir esa miga en un objeto bello, amable, cuya terminación proporcionará un poco de felicidad. Su creación, por primitiva que sea, eleva o refuerza la autoestima del productor –el artesano/a casual– que se reviste con la dignidad del trabajo y la constatación de una obra que connota una satisfacción vital. En algunos casos, los objetos perduran como recuerdos materiales que a la vez son fuentes de memoria. El desarrollo de la artesanía de prisioneros y prisioneras se expresó desde la ensoñación y la creación espontánea hasta el uso de técnicas sofisticadas.

Según las necesidades de los prisioneros y prisioneras, y las condiciones de la prisión, el trabajo artesanal y las manualidades evolucionaron desde la recurrencia a la apreciada comida -migas de pan y huesos- hasta la fabricación en serie de recuerdos para comercializar en el exterior. Evoluciona en calidad y complejidad, también en el sentido de que en un principio es una expresión individual, solitaria, que crecientemente se asocia con actividades cooperativas que potencian la sensación de autovalencia en la situación de indefensión.

En los diversos recintos y desde el primer momento, los lugares fueron vistos con una mirada nueva que buscaba en cada elemento una función adicional: cada “cosa” se podía resignificar como soporte de “algo” o herramienta para hacer “algo”. Se despertó la capacidad de (re) descubrir y, así, cada clavo era una herramienta en potencia; una gubia, por ejemplo; y cada madero o hueso, el material para tallar con esa gubia. Como en el origen, la piedra volvió a ser martillo; y cada semilla podía lucir en una joya. Los metales (tuercas, latitas, tarros, el alambre de púas), la madera (astillas, palitos de helados o de fósforos), las telas (retazos, hilos, un bolsillo guacho). Todo podía reinventarse al cambiar el aprecio por objetos que alcanzaron, con una nueva mirada, una nueva dignidad. Nada era desechable y cada ocurrencia llamaba naturalmente a la técnica que correspondía para su realización. Así, lo informa este libro, se practicó la carpintería, el tejido, la cestería, la forja, el repujado. Las autoras contabilizan aproximadamente 80 tipos de artefactos hechos en madera, hueso, tejido, semilla, metal, cuero, cobre, cromo-níquel, mimbre, papel, piedra, suela , alambre y cáñamo; trabajados en las más diversas técnicas, reciclando y renombrando pedazos de llantas de auto, papel de diario, semillas de los árboles, trozos de madera, clavos desclavados, pedazos de telas de su ropa, calcetines usados, cabellos, hilos de las frazadas, astillas de los muebles, palos de fósforos, baldosas, muebles desarmados, tornillos y fierros abandonados. Todo ello fue resignificado y adquirió otra vida. Este conocimiento Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos lo sistematizan, señalando lugares, técnicas, materiales y autores; ofreciendo una taxonomía y agregando amables cuadros de clasificación y síntesis. Un gran aporte tanto para tener una visión global como para contribuir a nuevas y futuras investigaciones.

¿Había permiso para esto? Dependía de una autoridad absolutamente discrecional, de un comandante que podía autorizar o prohibir las actividades. La “conquista” de la autorización para tener herramientas de trabajo, podía perderse sorpresivamente en un allanamiento y cada cambio de guardia dejaba las autorizaciones anteriores en suspenso. La suspicacia de los militares respecto del simbolismo de materiales, figuras y colores dependía de la mayor o menor astucia de los uniformados. Sin embargo, los objetos cruzaron las alambradas y hoy día son ejemplo de resiliencia y de resistencia: los objetos siguen resistiendo.

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Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Memoria EN_REDADA

Recibí en mi correo eléctrónico un mail de mi amiga Marta, con quien mantengo una amistad que ha enlazado nuestras memorias militantes y femeninas uniéndonos en una red de sororidad más allá del tiempo y el espacio.

Marta me envía una historia de otras mujeres, de mujeres militantes, y me escribe:

“Queridxs colegas, amigxs

avanzan el semestre y otras ocupacionesc  y con ello vuestra carga de trabajo, pero espero que pueden encontrar unos minutos para leelr estos conmovedores momentos de mujeres choras http://martazabaleta.blogspot.co.uk/2017/02/argentinalas-fotos-de-josefina-por.html
de Argentina.

Se puede aprender tanto de ellas.
Abrazos.

Abro el enlace que Marta,economista, académica y poeta exiliada argentina en el Reino Unido me ha compartido y me encuentro con esta imagen que abre mi memoria de mujer una vez joven y madre de una hija una vez viva…

Leo la nota en la fuente y me lanzo a buscar en la web a estas dos mujeres con la sensación de escarbar en una historia cuyas raíces se hunden en mi propia historia, en la de Marta y en la de tantas otras mujeres que militan y militaron en Latinoamérica trascendiendo su tiempo y su espacio.
y repito, como dice Marta, se puede aprender tanto de ellas.
RESISTENCIAS
Las fotos de Josefina

Voy a empezar por el final: de la mesa frente a la que estaba sentada tomó el collar de cuentas redondas, grandes, estriadas en rojo, y se lo sujetó al cuello. Después recogió las fotos que había mostrado, se paró y salió entre los aplausos de quienes la escuchamos del otro lado del vidrio. Cuando la abracé, sin saber quién contenía a quién, sentí las cuentas incrustándose en el pecho de las dos.

Ella se llama Josefina, el collar era de su mamá, lo rescató la mañana siguiente a su secuestro, cuando volvió a ese departamento con la puerta arrancada para cubrir la vergüenza de estar en bombacha con una remera roja, un jean y unas zapatillas. Tenía siete años, le faltaba un mes para cumplir los ocho, su hermano uno y medio y los dos habían dormido en la casa de una vecina a la que la patota le golpeó la puerta para dejarlos como un paquete.

“¡Qué voy a hacer con estos chicos!”, se había desesperado la mujer y ella guardó esa frase y ese tono por décadas, hasta que encontró a la vecina que ahora tiene nombre y es Susana, hasta que pudieron poner en común aquella noche larga del 6 de diciembre de 1977. “La encontré y la traje para acá”, dijo Josefina y una risa sosegada, tal vez de alivio, tal vez de complicidad, como un aflojarse del lazo que nos unía a quienes la escuchábamos, anduvo de boca en boca.

Josefina declaró el miércoles, en el juicio de lesa humanidad que tiene entre las víctimas a su madre, Vibel -Virginia- Casalaz. Josefina es una de esas amigas entre las que nos salvamos la vida, aunque el devenir de las cosas nos mantengan a distancia más tiempo del que desearíamos. A lo largo de los más de 20 años que llevamos de amistad, junto con Raquel y con Alba, ese núcleo duro de complicidad femenina, nos sacamos muchas fotos juntas, antes de que se llamaran “selfies”, las cuatro con las sonrisas incandescentes. Esta vez también hubo foto, en el subsuelo de los tribunales federales, en ese sitio sin ningún ángel en la calle Comodoro Py; habíamos llorado todas, Jose en el lugar de los testigos, el resto sosteniendo a la distancia esa entereza, todas esas palabras que supo enhebrar, buscadas y encontradas en noches de insomnio, en los días de la militancia en H.I.J.O.S., extraídas de diálogos con sobrevivientes, con sus amores; escritas también, ella que sabe hacerlo como pocas. Las sonrisas, a pesar del llanto, volvieron a capturar la luz en la imagen.

El collar que tanto le gustaba a su madre no fue lo único que rescató Josefina del departamento violentado. También se llevó una bolsita con fotos que les sirvió a los policías que la fueron a buscar al día siguiente para preguntarle por todas y cada una de las personas amadas que ahí aparecían. Ella estaba prevenida, iba a segundo grado en la misma escuela a pesar de los cambios de casa a que obligaba la persecución con un nombre falso, María José Roldán. No identificó a nadie. Las fotos siguieron su camino con ella, el primer viaje lo hicieron en la valijita con la que iba al colegio y que la acompañó en los dos días que pasó en la casa de una mujer policía, separada de su hermano al que se llevó un hombre de la misma fuerza. ¿A qué se debió esa separación por género? ¿Por qué no los dejaron juntos? Josefina no se acuerda casi nada de esos dos días, estaba enferma de hepatitis y sin duda la memoria da respiro, espacios de olvido necesarios para seguir adelante con la sucesión de los días. La noche del secuestro, por ejemplo, termina para ella con la imagen de su madre yéndose en el ascensor con esos tipos jóvenes y con armas largas que recuerda. “Mi mamá me tendría que haber dicho algo en ese momento, eso es lo que yo sentía, me tendría que haber dado una última instrucción”, dijo frente al tribunal y cerró: “Pero según me contó la vecina, cuando yo salí de ahí estaba en el piso, boca abajo, encañonada”.

No tenía instrucciones pero rescató los bienes preciados de su madre, el collar, las fotos que eran un resguardo de la vida cotidiana: playas, sonrisas, besos que no podían perderse en la huida aun a riesgo de convertirse en delación involuntaria. ¿Cuánto sabía la niña de todo lo que iba a perder como para que antes que sus juguetes guardara la bolsita de las fotos?

–Polo no es un nombre -le dijo el comisario de la 35 a la niña de 7 que había dado apodo, apellido y ocupación de su abuelo, “un fabricante de soda de Tres Arroyos”.

–Usted búsquelo que lo va a encontrar -contestó ella y así fue, constatando una vez más la enorme maquinaria del plan sistemático para la desaparición de personas no sólo represiva, también burocrática. Una burocracia dócil que ahora pretende aplicarse al conteo de los cuerpos que nos faltan. Nombrar es una cuestión de poder, decir 30 mil  y que haya acuerdo es el poder que hemos ido acumulando a lo largo de cuatro décadas y es lo que está en disputa.

Mientras escucho a mi amiga, pegada al vidrio que nos separa con la ilusión de encontrar sus ojos como si hiciera falta para sostenerla cada vez que amenaza con quebrarse, pienso con deseo en el lugar que ocupa. Yo también quiero acusar, quiero que llegue la hora del juicio por lo que le hicieron a mi madre y a sus compañeros y compañeras de cautiverio. Cuando promediaba el año pasado y se supo que no sucedería en octubre como habían prometido, y después, cuando tampoco habría fecha designada para marzo, empezó a circular entre los querellantes la lista de testigos que tendrían que adelantarse en testimoniar porque la dentellada de la muerte ya les está mordiendo los talones. 85, 87, 90, 95 años se leía junto a algunos nombres. Alguien anotó en ese intercambio de correos que su madre ya no podría declarar porque el ejercicio de memoria había destrozado sus neuronas. Hace 13 años que presentamos la querella. En ese tiempo todos y todas nos convertimos en otros, en otras, guardando a la vez quienes fuimos para no perder detalle cuando nos den la palabra. La impotencia se come el fin de la impunidad que ya no podemos declamar.

Antes de escuchar a Josefina, en un cuarto intermedio que tensa nuestra paciencia, Raquel me dice con ojos húmedos: “Siento que nos están tomando el pelo, ya no le encuentro sentido”. Es una descarga de derrota que no va a acatar, aunque las dos sabemos de qué habla. La Justicia, con esos pies de plomo, ya no puede llamarse así. Y sin embargo.

“¿Pudiste reconstruir…?”, es la primera parte de la pregunta que se repite para que Josefina de cuenta de lo que sabe de su madre, de su destino después del secuestro. Ella contesta una y otra vez, sobre los testimonios leídos, los diálogos ansiosos que persiguen un dato más, por nimio que fuera. Todo el trabajo lo hicimos las víctimas y quienes se comprometieron con nuestro duelo, el inmenso duelo acuoso de un país entero que todavía sigue evaluando el tamaño de las heridas que dejó el terrorismo de Estado. ¿Dónde están los papeles, los organigramas, los números de ellos, los ejecutores? ¿Dónde ocultaron los cuerpos? ¿Por qué a ellos se les permite todavía ahora ocultarse?

Hubiera querido que estén aquí los acusados, para interpelarlos. Quiero decir que yo pienso todas las noches en el cuerpo torturado y violado de mi madre. Y los represores piensan que así le hicieron bien a la patria. -dijo Josefina y tomó el collar de su madre de la mesa frente a la que estaba sentada y se lo puso, recogió sus fotos y enjugó sus lágrimas. Para que se vea y que se sepa: aun cuando le arrebataron tanto no pudieron quitarle todo.

En otro espacio virtual leo acerca de esta hija militante de la memoria:

UN COLLAR DE CERÁMICA

La estridencia de los camiones que pasan por encima apenas le permiten hablar a Josefina Giglio. Pero no grita, no lo quiere hacer en este lugar.

Josefina Giglio señala el retrato de su madre dentro de un cartel en el lugar donde estaba ubicado el centro de tortura El Atlético.

Madre de dos niños e hija de desaparecidos, intenta hallar el retrato de su madre en el afiche que está colgado sobre las ruinas del Centro Clandestino de Detención y Tortura Club Atlético, que está -estaba- ubicado debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina.

Aquí está Coca, mirá- señala la foto de Virginia Isabel Cazalas, su madre, entre las centenares de imágenes de personas impresas sobre una sábana como recuerdo de quienes estuvieron presos aquí.

Josefina está acá porque este fue el último lugar donde, según testimonios de otros detenidos sobrevivientes, su madre fue vista por última vez.

A principios de 1978, cuando tenía 8 años, se la arrebataron de la casa en donde vivían clandestinos en Buenos Aires. Desapareció, lo mismo que había ocurrido con su padre un año antes.

Y desde entonces los anda buscando, a ella y a él, sin éxito.

Virginia Isabel Cazalas, más conocida como “Coca”, era la madre de Josefina.

Josefina es una de los muchos hijos que todavía no pudieron reunirse con los huesos.

Por eso tal vez sus peregrinaciones a las ruinas de Club Atlético, como un mecanismo para no olvidar ante la tierra abierta de las excavación arqueológica que se realiza ahora en este lugar antes utilizado para la tortura y que quedó sepultado cuando se construyó la autopista.

“En esto hay como dos partes: primero estás como esperando, como detenido en el tiempo esperando a que vuelvan, y después hay un momento en que comenzás a buscar”, dice Josefina.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, Josefina Giglio, hija de desaparecidos.

“Siempre estás buscando”.

“Había una época en que había una publicidad en la tele y el actor era igual a mi papá. Igual. Y mi papá había estudiado teatro, entonces yo decía ‘por ahí le dieron un golpe en la cabeza, se olvidó quién es y es ese actor’. Escribí al canal y todo. Nunca nadie me contestó, obviamente… Después, mi búsqueda en serio comenzó cuando de grande empecé la universidad”.

Su despertar universitario fue también el inicio de una misión colectiva: la agrupación Hijos e Hijas por la Identidad, la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S), algo así como una versión filial de lo que hacían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que fue fundada en 1994, cuando muchos de los hijos de los desaparecidos cumplieron la mayoría de edad.

El centro clandestino de detención Club Atlético funcionaba a pocas cuadras de la cancha del popular equipo de fútbol Boca Juniors.

Con ellos logró, dice, “democratizar el dolor”. Con ellos lloró, protestó en las calles.

Estudió a fondo la historia de sus padres para intentar encontrar pistas: las impresiones del sulfuro de plata en las fotografías, la tinta aplastada en las hojas de las cartas. Algo que le permitiera entender quiénes eran, por qué habían luchado, qué sentido había tenido su muerte casi segura.

Y ha visto, como un tren que pasa de largo en una estación, cómo a otros compañeros de militancia el EAAF les han restituido los restos de sus padres, mientras ella los sigue esperando.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, cuenta y se ríe. La carcajada le suelta la mirada que aguarda tras unos anteojos gruesos de carey. La idea le enciende una chispa.

“Tendría algo así como un amuleto, un deseo de hacerme un colgante con ellos”, continúa sonriente.

“La tierra contiene como un útero los huesos que esperan”, se lee en uno de los cuadros de las oficinas del EAAF.

Josefina ya tiene un collar.

Al día siguiente del secuestro en el verano del 78, cuando le dieron permiso para entrar al departamento de donde se habían llevado a Virginia para buscar algunas cosas, la única pertenencia de su madre que se llevó fue un collar de cerámica que habían comprado juntas en la feria de Plaza Francia.

“Pensaba dárselo cuando volviera”.

Durante estos años ha elaborado mil conjeturas, pero a pesar de su empeño hay cuentas que no puede obviar: el EAAF sólo tiene restos óseos de unas 600 personas y siguen hallándose algunos centenares más, pero el número queda muy lejos de los 30.000 desaparecidos que calculan las organizaciones de derechos humanos e incluso de los 10.000 que reconocen las fuentes más conservadoras.

Y a muchos de ellos, se sabe, los tiraron al Río de la Plata y al mar desde los llamados “vuelos de la muerte”.

“Durante mucho tiempo tenía la sensación de ser hija de un agujero negro y los huesos siento que me permiten esa continuidad: yo soy esos huesos, voy a ser esos huesos. Recuperar esa continuidad que se cortó. Uno cree que una tibia y un peroné son innecesarios, hasta que te das cuenta de que son una fuente de alivio y te darían un cierre”, reclama.

Una fila india de camiones interrumpe la charla hasta el punto de suspenderla. Pero antes de irse ella mira el abismo de las excavaciones: dice que siempre busca algún objeto, alguna presilla, un pedazo de herencia que le debe el destino.

Para tenerlo mientras llegan los huesos.

Y es así que en mi transito virtual encuentro una noticia de hace cuatro días, una fotografía de dos hijos – Josefina y Francisco – hijos de Virginia y Carlos, huérfanos por el terrorismo de Estado en la Argentina que una vez nos acogio a mis hijos y a mi, donde vivimos la segunda dictadura a las que hemos sobrevivido.

Carlos y Vibel –el padre y la madre de Josefina, Coco y Coca para sus compañeros de partido- militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Carlos era arquitecto, había caído el 19 de mayo de 1976 en una reunión del partido en Combate de los Pozos y Pavón, por un vecino que lo denunció. Cuando intentaba huir por la terraza, fue herido en una pierna y cayó al pozo de luz. Nunca más se supo de él. Desde entonces, Vibel –psicoanalista- peregrinaba entre una sombra y la otra mirándose las espaldas. Los militares la alcanzaron un año y medio después, en un departamento de Belgrano R. No estaba sola: Josefina tenía 7 años, Francisco uno y medio. Estaban además otros militantes del PCML. Los militares lo llamaron Operativo Escoba.

“Entre que se llevan a mi padre, el 19 de mayo de 1976, y caemos con mi madre el 5 de diciembre de 1977, hubo un dispositivo de pinzas para buscarla. La noche del 8 de junio se llevaron en La Plata a mi abuela paterna, Tecla, a mi tío que estaba con ella, en Tres Arroyos a Polo, y en Mones Casón, cerca de Carlos Casares, a mi tío Oscar Bossier, el cuñado de mi padre”.

http://memoria.telam.com.ar/noticia/-un-brigadier-dijo-que-mama-era-la-mujer-mas-buscada-_n3809

Necesitamos recuperar los restos. Josefina y Francisco Giglio

Josefina y Francisco Giglio declararon en el juicio por los crímenes cometidos en el llamado circuito ABO.

Los testimonios de Josefina y Francisco Giglio, hijos de los desaparecidos Virginia Isabel Cazalás y Carlos Giglio, inauguraron la audiencia que reactivó tras la feria el tercer tramo del juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención y exterminio Atlético, Banco y Olimpo. Fue la primera vez que ambos contaron en tribunales la historia de sus vidas desde la arista que representa el secuestro y la desaparición de su mamá, que fue vista en el Banco por sobrevivientes. “Vebel”, como la llamaban en su familia. “Coca”, como la habían bautizado sus compañeros de militancia del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), fue llevada del departamento en el que estaba escondida la noche del 5 de diciembre de 1977 por una patota del Ejército. Estaba en camisón. Josefina, de siete años, y Francisco, de año y medio, fueron dejados con una vecina. Crecieron con sus abuelos maternos en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Nunca más supieron de su mamá ni de su papá, que había desaparecido en mayo del ‘76. Con cuarenta, Francisco reconoció ante el Tribunal Oral Federal número 2 que todavía los espera. No obstante, reclamó por sus restos, al igual que su hermana, que se quejó de que los acusados no presencien el juicio. “No alcanza con los juicios. Sería bueno que los imputados estén sentados acá también. Todas las noches pienso en el cuerpo de mi madre violado y torturado. Y los señores que dieron las órdenes y las cumplieron piensan que hicieron un bien a la patria”, remató, sobreponiéndose al llanto, que logró contener durante todo su testimonio. El público que presenció la jornada la aplaudió un rato largo. Cuando el TOF le dio permiso para retirarse, ella tomó el collar de perlas grandotas que era de su mamá, y que había colocado en la mesa del estrado al comenzar a hablar, y se lo puso.

“Primero quisiera contar un poco sobre mi mamá, que era la más linda del mundo”, propuso Josefina como respuesta a la consulta que le realizó la fiscal Gabriela Sosti para introducirla en su testimonio. La hija de “Coca” completó la selección de fotografías entregadas al TOF que había iniciado su hermano, quien la precedió en el estrado. Josefina explicó que cuando un policía y una presunta asistente social la llevaron al departamento de Belgrano R donde la noche anterior habían secuestrado a su mamá para que agarrase ropa para ella y para su hermano, bebé entonces, ella también se llevó una bolsa con fotos que su mamá siempre llevaba de casa a casa y ese collar de perlas grandotas, que “a ella le gustaba mucho” y que encontró sobre su mesita de luz. Ayer, mientras declaraba, lo sacó de su cartera y lo puso sobre la mesa del estrado.

Pasaron más de 40 años, pero Josefina fue clara y precisa para contar lo ocurrido la noche del 5 de diciembre de 1977 y las que le siguieron. Ella, su mamá y su hermano vivían en un departamento de la calle Ramón Freyre con dos compañeros de militancia: Mariano Montequón y Patricia Villar. Esa noche acababan de cenar y hacía calor. “Mi mamá estaba en camisón, y así se la llevan, y yo estaba en bombacha”, contó.

Sientieron que rompían la puerta de entrada. “Yo me escondí porque no quería que me vieran, mi mamá pidió cambiarse pero no la dejaron. A nosotros nos dejaron con la vecina”, siguió. Aún hoy, le extraña que ella no le haya dado “alguna instrucción” antes de que se la llevaran.

Años después se reencontró con Susana Martínez, la vecina a la que “tres jóvenes de civil” le pidieron que cuidara a ella y a Francisco “hasta que llegara la Policía”. Susana también declaró ayer en el juicio. El otro testigo fue Daniel Merialdo, un sobreviviente del circuito ABO.

Cuando la encontró, Susana le dijo que la última vez que la vio su mamá estaba tirada en el suelo, apretada por una pistola larga. Con el tiempo, ella y su hermano supieron que su madre fue atrapada en un operativo al que el Ejército llamó “Escoba” y que barrió con casi todos los militantes del PCML.

Al otro día, la policía los llevó a buscar ropa al departamento reventado por el Ejército. “Cuando esta mujer que dijo ser asistente social pero que no aparece en ningún registro me vio con la bolsa de fotos, me sentó en la mesa y me hizo verlas una por una mientras me preguntaba ‘¿este quién es? ¿y éste quién es? Yo estaba entrenada y sabía que no tenía que decir nada”.

Tenía siete años Josefina, pero ya sabía que en la escuela y en todos lados era María José Roldán. La familia estaba clandestina desde 1975, cuando les allanaron la casa. Francisco nació en julio de 1976, pero su padre no llegó a conocerlo. Fue secuestrado en Constitución, un mes antes. “Nos quedamos solos. Pienso mucho en esa mujer sola, con dos hijos y escapando”, relató Josefina.

Tres días después del secuestro de su mamá, su abuelo de Polo, de Tres Arroyos, los fue a buscar. Cuando fueron creciendo, Polo les contó que para dar con Vibel los terroristas dieron un par de pasos antes de reventar el departamento de Freyre: lo secuestraron a él –permaneció un mes en Vesubio–; a su abuela paterna y a un tío paterno y a un cuñado de Carlos Giglio.

El relato de Francisco fue menos detallista. El tenía un año y medio cuando ocurrió todo. Coincidió con su hermana en el sentimiento de espera. “Llegó la democracia y todos pensábamos que los iban a liberar, porque creíamos que estaban detenidos en algún lugar. Yo creí que iban a aparecer para mi cumpleaños de quince. Y luego, para mi fiesta de egresados”, intentó explicar ella, que comparó al gobierno de Raúl Alfonsín con “la esperanza”; al indulto de Carlos Menem con “el abismo” y a las gestiones kirchneristas con el abandono de la clandestinidad. “Yo sentí que salía de la clandestinidad, que podía decir que mis viejos estaban desaparecidos y que no era mi culpa, y que había un Estado que en vez de discutir la cantidad de desaparecidos debería estar buscando los restos de mi padre y de otros”.

Francisco lo analizó desde la figura del “desaparecido”, esa que “produce algo tremendo en la mente de un hijo, porque siempre lo estás esperando. Yo tengo 40 y sigo esperándolos en algún rincón de mí. La perversidad es tremenda”.

Ambos saben que no volverán, por eso ven una posibilidad de “cierre” en la recuperación de los restos. “Necesito recuperar los restos de mis padres – dijo Francisco– sería de alguna manera reencontrarme con ellos”.

Josefina también reclamó los restos: “Me gustaría que el Poder Judicial le exija al Ejecutivo que disponga de todos los medios para encontrar los huesos de mis padres y de todos los desaparecidos. Y que le dé prioridad a la búsqueda de todos los chicos que fueron robados. Yo no quiero que mis hijos crezcan buscando los huesos de su abuela. Ya pasaron 40 años, ya es tiempo”.

Mi amigo Andrés Bianque, el de los escarabajos, las flores del mal y los largos exilios.

Mi amigo Andrés Bianque, el de los escarabajos, las flores del mal y los largos exilios.

 

En el día de ayer, 20 de diciembre de 2016 Andres Bianque presentó su libro A la Sombra de los escarabajos en la Biblioteca Nacional de Chile. Por una jugarreta de los calendarios que rigen mi día a día desde mi teléfono inteligente, quedé al margen de escucharlo y abrazarlo y aterrizar por fin nuestra amistad on line a un cara-a-cara emocionado.

Andrés, expío mi culpa en la forma que decretes!

Soy amiga virtual de Andrés desde hace años. El va y viene en el espacio y el tiempo, pero para mí es y ha sido una presencia permanente y en nuestras extensas conversaciones de pantalla a pantalla, se me ha revelado un hombre que , como él dice en algún espacio “…then and there I was, in the middle of the seeds with my pen of shadows”. Este hombre que salta del castellano al sueco como niños prodigio, ha escrito acerca del exilio la más hermosa de las reflexiones, y que será la médula del capítulo dedicado a ese tema en este interminable libro que escribo desde hace una década.

Exilio, las flores del mal y los ejes rotos.

Andrés Bianque 18 de Febrero de 2009

La cordillera está siempre nevada, así quedó petrificada en el recuerdo. Jamás se transforma en agua, barro y brazo de río que apunta hacia el mar. Infinita, amarga y dolorosa es la cicuta del destierro, exilio transtierro de macetas humanas.

Los que no van muriendo arrojándose a los trenes, colgándose en los bosques, ahogándose en los lagos, bares y mares, el destierro los va enloqueciendo en forma brutal, los va cambiando a tal punto que son simplemente otros.

Puntos apartes, puntos finales de renglones cortados.

Árboles secos, concluidos en simple leña para alimentar la hoguera de los fracasados, de las ambiciones, de los que no pudieron, de los que fueron y nunca más serán.

Una avalancha de tiempo cae sobre los hombros, y los principios flaquean, las ganas se desvanecen, los seres humanos se vuelven insignificantes y no pueden detener nada, balas de semanas, círculos de años, rodajas de minutos van tapando y cortando inexorablemente todo.

Las agujas del reloj, son dos brazos que van sofocando lentamente la respiración que se nota en el tono de las palabras, de las frases, de las oraciones y canciones, de los calendarios que son palimpsestos, papiros perdidos de antiguos reinos olvidados que no volverán jamás y del cual sólo quedará cierta memoria fracturada.

El pecho es una brújula rota que siempre apunta hacia nuestra casa, y un reloj de arena va sepultando y cubriendo los rostros.

Y uno se queda inquietamente inerte, absorto, mirando la ola gigante de arenas y almendras que lo va enterrando y uno grita callado, uno se va hundiendo hacia una nueva extraña superficie.

Y ya no somos los mismos de antes y los de antes ya no son los mismos. Todo quedó petrificado en la retina interna que trazó por última vez un último momento de pinturas oxidadas, de rostros deshojándose por el otoño del tiempo, de palabras disecadas, de miradas eternas. Tratando de abarcar con la vista lo que más se puede, tratando de pasar las manos por las barandas donde manos hermanas pasaron sus manos, por las caras.

Dando abrazos como si se abrazara a la misma vida, pensando y temiendo que puede ser la última vez. Memorizando y guardando frases y palabras, apertrechándose de recuerdos para el largo viaje que se avecina y qué largo y seco se hace el desierto del destierro, que profundos se hacen los mares, que pesado se hace el cielo cuando se es una mera cometa empujada por vientos más fuertes

Y cuando uno cree que se le acabaron las lágrimas, sin mediar pena terrible o gigante, se rompe el dique de los ojos y, uno va llorando así como de memoria. Sin sonidos, sin gemidos, sin gritos, sin odios, sin maldecir, sin menospreciar nada, las                                       lágrimas salen y corren y siguen saliendo y uno no se explica qué pasa, y se sienta impávido, yerto de adentros a observarse a si mismo como la frustración y el dolor son más grandes que las frases que dicen que todo va a estar bien.

Nada de eso sirve para aliviarse, las lágrimas no entienden de cuentos y sentimos pena, infinita pena, pero de tan cansados, sólo observamos, sólo eso…Miramos a la distancia procurando siempre no encontrar el reflejo de nuestros rostros vencidos… ¿Qué estarán haciendo justo ahora? ¿Qué hora es allá? ¿Podrán ver la misma luna que observo yo en estas horas?

Y todo es raro, todo es distinto, todo es al revés, ó es el atraso de tiempos o la penosa ventaja de horas. Y cuando nosotros dormimos, ellos dejan que la tarde camine sobre sus cuerpos, y cuando la mañana nos despierta, la noche los acuna. Y así, trasnochando los días, rebelándose contra el imperio del tiempo, nos quedamos hasta horas prohibidas e insensatas, única y exclusivamente para escuchar una voz lejana que se transforma en puente, solamente para leer líneas que suavizan los ojos, palabras que liman uno a uno los barrotes impuestos por el tiempo, y uno logra escapar esos momentos, y las voces, las postales, los correos, los mensajes son visitas dominicales prohibidas, que nos traen sonrisas envueltas.

A medida que pasan los días, éstos van construyendo un muro prácticamente infranqueable. Cada día es un ladrillo, las semanas adarajas. Al principio saltamos con facilidad hacia el otro lado, pero a medida que el tiempo pasa, más y más alta se vuelve la muralla. Lloramos, pateamos y gritamos y las paredes no hablan, sólo escuchan. Después quedan ciertas ventanas por donde mirar, ciertas puertas por donde contrabandearnos de sueños y proyectos. Pero poco a poco van desapareciendo las ventanas, las puertas y las hendiduras, todo se va sellando, los meses y los años van amamantando al imperio del tiempo y este va sellando las fisuras hasta encontrarnos frente a un frío paredón, donde el tiempo fusilará anticipadamente cualquier intento de arraigo de raíces y uñas que arañan las praderas y los cielos, pidiendo, rezando y protestando por pedirle al tiempo que se devuelva tres pasos, tres años, tres pasos, treinta años.

Y el tiempo no escucha, no habla, no dice media palabra, sólo enseña su ancha espalda y avanza y avanza y no hay ruego, ni sueño, ni pena de amor o de patria que detenga la carreta del tiempo, donde no somos más que polizontes colgando de las barandillas pintadas de lustros, que se descascaran como un pedazo de acero arrojado a una noria olvidada.

Un insignificante mes es capaz de ensanchar el mar y alargar las orillas. Cómo duele sentir el paso del tiempo, te aplasta, te ahoga, te empuja, te sofoca. Y no hay donde correr, donde esconderse, donde ocultarse. Cómo duele ese tiempo que pasa por entremedio de los dedos, por entre las manos, las canas, los huesos, los ligamentos que ya no atan con la misma tensión amorosa las cosas que ya no están, esas que se extrañan.

Cómo duele el tiempo de amigos y compañeros muertos, de hermanas lejanas que ya no son las mismas, de camaradas que no nos recuerdan y aquellos que sí, empero tienen un sabor más importante que nosotros en sus miradas o sueños o aspiraciones.

Exilio, luego existo.

El pan sabe distinto, quizás es la tierra que lo amasa. El agua sabe distinta, quizás las nubes son de rebaños desconocidos. Los tomates son duros y de un sabor dulce que reivindica a aquellos que lo llaman fruta. El maíz es blando y azucarado, es más agua que maíz.

El sol abre la puerta del día por cerraduras distintas. El norte se vuelve inalcanzable, el sur un imposible. Las mañanas, las tardes, las noches, los días y los meses saben a limbo, a cierto vacío de sensaciones que se estrellan contra claustros internos que no conducen a ningún lado. Los árboles, aunque sean iguales, sólo se parecen a aquellos que recordamos, las plantas son otras, los jardines son otros.

Acurrucados en una esquina del tiempo y de algún meridiano accidental, se unen por el idioma, por un pedazo de tierra, por la coincidencia de grados y mapas, por cierto paño llamado bandera, por ciertos sueños muertos, por ciertos anhelos en constante especulación y preparación, la disgregada diáspora sitiada por años que fueron y que ya no serán.

Encerrados y enjaulados en mazmorras, sótanos y celdas de tiempo que sólo dejan mirar el entorno, trazos pequeños de futuro y nada más. Y uno quisiera mostrar tantas cosas, tantas cosas lindas que no tiene con quien conversarlas o admirarlas. Que las estatuas son oasis de poesía galvanizada en ciertos parques, que son poemas bruñidos que suavizan los ojos. De ciertas construcciones que son tiernas radiografías del estado fetal de la humanidad. O las fontanas donde se piden deseos, el deseo de volver, de que le vaya bien a esos hombres y mujeres que pagan hasta por un vaso de agua, y que uno no conoce pero, que los sufre en la distancia.

Que largas se hacen las noches, pensando en qué habrá más allá de las ventanas, que sólo devuelven reflejos con imágenes como chispazos intermitentes que se desvanecen tan rápidamente que duele. Transformamos las casas en andenes, los departamentos en puertos, las habitaciones en muelles, donde esperamos con las maletas el día a día del partir, del ir. De salir volando, zarpar, correr, viajar al útero primario principal natural de nuestros orígenes.

A pesar de saber que nadie nos espera, que somos fantasmas envueltos en ropajes de recuerdos que penan de vez en cuando a los vivos, a los del otro mundo, pero nada más. Acaso meros fantasmas que habitan entre este mundo y el otro, arrastrando largas cadenas de eslabones rotos.

Y es que han tirado los cuerpos a las cuatro esquinas del círculo terrestre, pero vacíos, livianos, por allá quedaron anclados, empuñados, allá quedaron los sueños desangrándose en alguna esquina, oxidándose los corazones que se aferran a las cosas más comunes y también más sublimes. Una plaza, una calle, un parque, un hermano, una playa, un amigo, los tíos, los padres, los vecinos, los perros que ya no recuerdan nuestro olor, y de aquellos que nos recuerdan y no saben de nuestras canas, de nuestros kilos de más, de nuestras nuevas penas, de nuevos dolores, amores, sabores y colores.                                                                                                                                                                      Cierta flora y fauna desterrada a parajes ignotos, donde el canto de los pájaros no repite nuestros nombres, ni mucho menos el nombre de nuestros abuelos, nuestros antepasados. Y los árboles encumbran sus cejas verdes hacia el cielo a nuestro paso, preguntándole al viento, ¿Quiénes somos, de dónde hemos venido?

Es que quizás somos cierto tipo de arbustos, de flores buscando suelos amables donde echar raíces, cierto tipo de estacas óseas marcando el ras de nuevo suelo, pidiendo prestado jardines ajenos, intentando meternos por entre las arrugas del tiempo y del cemento. Aún a sabiendas que la tierra, el agua y el sol darán frutos bastante distintos a las raíces originales. Híbridos de segunda generación.

Extraña maraña de vísceras que abonan los mares y los suelos, extraño entre los extraños, extranjero entre los extranjeros.

El espasmo político, social, económico es el arco que expulsa flechas desobedientes que no se conforman con ser estacas enterradas a un destino determinado.

Como se va deshojando la rosa de los vientos, como cada año es un pétalo muerto, como va naciendo una flor extraña amorfa, de otra forma, de otros sinos y destinos. Como si fuésemos sobrevivientes de ciertas caravanas empujadas al destierro y por azar nos encontráramos en aristas simpáticas, pero ajenas a lo nuestro, donde no hemos puesto un ladrillo, no hemos sido más que suavizantes de adoquines prestados, ojos hundidos en cerámicas prestadas.

¿De qué sirve el mejor vino, el mejor Chardou sí se comparte con extraños?, con meros seres artificiales plantados a una mesa, porque no tenemos a nadie más, porque incluso, hasta hablan nuestro mismo idioma, o que las causas son parecidas, pero siempre se pierden en caminos o atajos distintos. ¿De qué sirve una mesa llena, si en mi pueblo se mueren de hambre? y que amargo sabe el pan cuando se sabe que falta todas las mañanas en tantas casas. ¿De qué sirve llenarse los bolsillos de esmeraldas, sí el pecho se transforma en cantera vacía por cada moneda tragada?

Para qué las fiestas si las ventanas devuelven el reflejo de miles de gentes en penitencias constantes. ¿Cómo darle un orden exacto y ordenado a la redacción de penas y tristezas que levantan sus manos como niños en llanto, exaltados, intentando denunciar tanto golpe, tanto azote?

Tal vez el exilio es un estado de coma social. Un estadio repleto de gentes que observan callados la derrota, y que no se levantan a ninguna parte, porque no tienen donde ir. ¿Un estado severo de la pérdida de la conciencia? Los signos vitales funcionan casi a la perfección, más no así la percepción de la realidad. Se está en un limbo, tal vez en un purgatorio de imágenes que sabemos son sólo pasajeras, o nos aterra el imaginar que serán eternas o las últimas que nuestros ojos abrazarán antes de la siesta final, mortal de mortandad de muchedumbres que murieron raptados por ese pájaro-cigüeña inmenso y voraz que los abandonó en otras tierras como si fuesen hijos malditos, no deseados, porfiados o malformados.  

Y no sólo de situaciones políticas vive y se nutre el exilio. No sólo son exiliados aquellos que blanden alguna bandera opuesta a la de turno. También se es exiliado cuando no se tiene ni para un par de zapatos bajo cierto tipo de sistema, y uno tiene que salir a buscar el pan, cuando en casa se le niega hasta el agua. También se es exiliado, cuando ciertos imperios voraces muerden los límites de nuestra tierra y nos obligan a largarnos y mirarlos desde lejos como se acomodan y marchan en nuestros jardines. Exilio. ¿Narcosis política inyectada a la fuerza contra los músculos vencidos?

El pecho no se mueve, los ojos yertos son dos piedras muertas en el fondo de un río seco. Las manos a los costados son dos remos estáticos que no bogan hacia ninguna parte. El tiempo se mete dentro de nosotros y va tensando más y más el cordón que nos une a la matriz que nos vio partir. Va tensando tanto que termina por cortarse. Y castrados, amputados de raíces, quedamos a la deriva, sin saber qué hacer con tanta maleta preparada, porque el volver significaría volver a empezar desde cero nuevamente y es que ya hemos empezado de nuevo tantas veces…

El destierro, el desplazamiento, se asemeja al desmembramiento de los brazos, piernas y troncos. Sólo que los demás no lo notan, el afectado sí. Y uno vuelve a ser niño nuevamente. El reaprender todo desde cero. El invertir días para ser capaz de saludar y despedirse. Decir gracias o de nada. Se es un tipo de ciego que ve, que todo lo ve, pero en pasado, nada en presente, las imágenes son insulsas, lejanas, extrañas, difíciles, sin colores conocidos. Todo es nuevo, y sin lazarillos cuesta bastante encontrar los caminos, calles, y atajos.

Los países que reciben a los extranjeros podrían ser como esas tías buenas distantes, padrinos del otro lado del charco que velarán un tiempo por algún pariente lejano en desgracia. Pero al rato, los problemas. Comienzan los divorcios, los engaños, las deserciones, las injusticias, los malos tratos, los hijos extras con los dueños de casa, o las mujeres se transforman en esclavas asalariadas ó prostitutas, los hombres ó en esclavos del empresariado, traficantes, ladrones, alcohólicos o cesantes constantes.

Las traiciones, las delaciones, el aburguesamiento, el odio parido contra el partido o contra el lugar en que se ha nacido. Son pocas las excepciones positivas, muy, pero muy pocas Y transformados en extranjeros, somos el anillo al dedo, el rabillo al cepo para ciertos señores.

Nuestra presencia sirve para unir discursos nacionalistas que pretenden justificar la mediocridad de la economía, achacándosela a los inmigrantes o foráneos. Accidentales detalles de la geografía subterránea que pocos ven. Ballenas que si no dan carne, dan jabón o aceite para limpiar e iluminar las calles. El exilio parece ser una vivisección emocional brutal. Brutal machetazo sobre el tallo que nos sostiene, feroz zarpazo introspectivo, retrospectivo. La autoestima se                                                                                                                                                                   daña tanto que parece un niño severamente abusado, el cual se esconde debajo de las mesas, debajo de las camas, debajo del silencio de no decir mucho hacia fuera, pero sí hacia adentro. ¿Por qué estoy aquí, por qué a mí? ¿Valió la pena todo lo obrado, luchar por ciertas causas? ¿Sirve de algo tanto sacrificio? ¿Volver, reempezar? ¿Acertado, incorrecto? En esa carnicería emocional es cuando muchos sucumben, jamás serán los mismos seres queridos o de partidos o paridos, sí logran sobrevivir.

No es fácil estar lejos, no es fácil estar solo, no lo es. También se pasa mal por estos lados, no todo lo que brilla es oro, también los pisos fregados con sudor, también las copas con lágrimas plateadas. Aquí también se sabe cuánto pesan los grilletes, cuan filoso puede ser el látigo. Cuan humillado se puede llegar a estar, por no recordar la palabra exacta, el modismo o la frase precisa en algún idioma que no sea el maternal.

Parece imposible cuantificar el daño psicológico, la radiación sensorial a la que se ha sido expuesto. Cortes de sombra, cuchilladas de luz congelada sobre las sienes, palabrazos racistas que rompen los tímpanos, miradas como espinas en los ojos. Y el interior todo arañado como jaulas estrechas de animales irracionales que sólo desean escapar, volver y despertar de esta pesadilla extraña. Pero el dinero es cierta pasta con la cual muchos reparan sus jaulas laceradas, se van olvidando y reconstruyendo de otra nueva vieja manera.

Olvidan tanto que terminan odiando sus orígenes, aborígenes, ideales y ahora son cierto tipo de casta superior, a razón de su pasada o presente impuesta extraterritorialidad.

Olvidar y no mirar para atrás y si se hace, es una mirada mordida de rabia o endulzada con la miel de la idealización. Piedra angular de los humanos, el instinto de sobrevivencia, la sabia capacidad de adecuarse, acostumbrarse, incluso, llegar a amar a quien no se ama.

Andrés Bianque.

En el día de ayer, 20 de diciembre de 2016 Andres Bianque presentó su libro A la Sombra de los escarabajos en la Biblioteca Nacional de Chile. Por una jugarreta de los calendarios que rigen mi día a día desde mi teléfono inteligente, quedé al margen de escucharlo y abrazarlo y aterrizar por fin nuestra amistad on line a un cara-a-cara emocionado.

Andrés, expío mi culpa en la forma que decretes!

A la sombra de los escarabajos

Sinopsis

¿Y si de alguna manera pudieras ver los errores que vas a cometer y tuvieras la oportunidad de cambiar el rumbo de ellos? Si por arte o desastre de fragmento cuántico, contaras con algo que pudiera alterar el tiempo. ¿Qué harías?
Quizás entre estas líneas se encuentre la pócima o fórmula que modifique las piezas que se han movido y también aquellas que se moverán en un futuro cercano. 
El cuento que da título al libro, fue redactado pensando en todos los hijos de México. En todos aquellos que han sido y son víctimas de una época brutal y terrible.  
Estación Terminal o  Inferno, plagiándole adrede uno de sus títulos al gran August Strindberg, está ambientado en la ciudad de Estocolmo y relata las torturas diarias que ocurren en Suecia.

Hay relatos que son perturbadores. Aparecen preguntas incómodas de responder; vas llegando a tú casa, miras hacia tu ventana y te ves a ti mismo, ahí de pie, observándote. ¿Entrarías igual?

Este libro es críptico en su inicio, no busca encantar o que sea de un total agrado. Está escrito con bronca y arrogancia. Con mueca de aversión al zalamero de literatura sucedánea, con molestia contra aquel que entiende todo demasiado de prisa, en comparación con quien escribe.

Este es un libro maldito y malditas son sus hojas venenosas, aquí los sociópatas encontrarán el perdón que jamás les ha interesado y los santurrones encontrarán el castigo que bien saben, adeudan.

Quisiera arrancar estas hojas escritas, hervirlas y beberme toda la tinta que salga, morirme envenenado por mis propias palabras malditas. 

Andrés Bianque Squadracci.

Destacado

La literatura de posmemoria. Los Hijos

Cultura - El Mostrador

Los niños de la represión chilena llenan los silencios con literatura

por 7 julio 2015

Los niños de la represión chilena llenan los silencios con literatura
Los jóvenes criados durante la dictadura de Pinochet ya son una destacada generación literaria. Comparten una reconstrucción de la memoria entre lo íntimo y lo político.
  • Ricardo de Querol Alcaraz, Redactor jefe de El País

Dos niñas fuman sus primeros cigarrillos y toman restos de bebidas alcohólicas a escondidas aprovechando la escasa atención de los adultos durante la fiesta en casa de una de ellas. No entienden la excitación con que se festeja el triunfo del ‘no’ en el plebiscito que acabó con la dictadura de Pinochet en 1988. Entre los mayores saltan, en medio del júbilo, viejos rencores -“hocicóndemierda, cagón, tú no brindas por nadie, hijodeputa”-, así que las niñas prefieren concentrarse en su iniciación en los vicios.

Es el punto de partida de La Resta, de Alia Trabucco (Santiago, 1983), una de las sorpresas de la temporada literaria en Chile. Los nacidos en los años setenta y ochenta, que eran niños durante la represión, a los que sus padres protegían callando antes que compartiendo, son hoy una destacada generación de narradores. Su mirada tiene puntos en común: el primero es un intento de rellenar los huecos que dejaron esos silencios. Lo autobiográfico tiene así un fuerte peso en sus obras, en las que la memoria pasa de lo íntimo a lo político. Tienen una visión crítica de la transición a la democracia en su país. Coinciden en el gusto por el cuento o la novela breve. Y abundan algunos rasgos estilísticos: muchos ejercen una prosa directa, casi cinematográfica, de frases cortas. Pero también se ven influencias de la poesía y del vanguardismo, formatos arriesgados. En algún caso, el minimalismo se lleva al extremo.

Sergio Parra, veterano y muy respetado librero y editor que dirige Metales Pesados, sostiene que desde el boom no aparecía en América Latina una generación de narradores tan reconocible como esta. “Comparten lo mismo: escuchan igual música, ven películas, hacen guiones, programas de humor. Tienen influencia de lo multimedia, de la performance. No tienen miedo a escribir. Y no necesitan ser autores de una gran novela”. Su obra, repartida a menudo en libros de pocas páginas, se lee cómo un puzle. Están lejos de la grandilocuencia.

Las referencias más claras son Roberto Bolaño, el autor maldito que alcanzó la gloria después de muerto con su novela 2666, y el poeta Nicanor Parra. Alberto Fuguet, uno de los que se rebeló contra el realismo mágico en McOndo (Mondadori, 1996), o el argentino César Aira son otras de las influencias destacadas. Babelia dialogó con diez de estos autores en Santiago de Chile, Valparaíso, Londres y (vía electrónica) Nueva York. Estas son sus reflexiones.

Literatura de hijos

La expresión Literatura de hijos la utilizó Alejandro Zambra (Santiago, 1975) para titular un capítulo de Formas de volver a casa (Anagrama, 2011), una exploración de su propio pasado. “Los de mi generación vivimos la democracia y la adolescencia al mismo tiempo. Nos dimos cuenta de que solo la segunda era totalmente cierta”, explica este autor entre clase y clase de las que imparte en la Universidad Diego Portales. “En los 90 tuvimos una sensación de orfandad muy grande. Se daban los problemas por archivados, pero advertimos que no lo estaban”. Y añade: “Para explicar cualquier cosa en Chile tienes que ir a la dictadura. Es muy difícil no hablar de ella”.

Para la crítica Lorena Amaro, la de los hijos es “una literatura cargada de culpas: la dictadura fue tan larga que dio tiempo a que los niños crecieran y entendieran lo que estaba ocurriendo, pero no duró tanto como para que pudieran combatirla realmente”. Así que, lejos de la épica, estos escritores denuncian “el mutismo de la clase media, su servilismo ante las élites y su complicidad con los atavismos del poder en Chile”.

Lina Meruane (Santiago, 1970) manifiesta su “espanto” ante la expresión “hijos de la dictadura”. “Qué castigo, pienso, que ese sea el nombre que se dio a esa generación como si hubiéramos sido parte”. Esta autora identifica la literatura de “posmemoria” como “relatos de segunda mano donde los narradores se hacen cargo como pueden de lo que vieron a medias o intuyeron”, explica por correo electrónico desde Nueva York. En el 2000, Meruane publicó Cercada (reeditada por Cuneta), sobre la relación entre hijos de un torturador y de sus víctimas. “Mi generación abordó este tema muy pronto”, dice. Pero ahora están surgiendo distintos puntos de vista, entre los que destaca el de Trabucco, porque en su libro “la memoria es una cosa cenicienta: irrespirable y difícil de sacudirse”.

En un pub de Londres, donde reside, Alia Trabucco analiza la marca de los de su edad: “La diferencia de la literatura de hijos tiene que ver con rescatar otros afectos: esta generación no aborda el pasado solo desde el homenaje, sino también cuestionando, interpelando. Surge algo más afilado. Una aproximación más incómoda que en otras narrativas”. En La resta (Demipage, 2015), tres de aquellos niños se reencontrarán como jóvenes para un viaje (casi una fuga) en el que les perseguirán los fantasmas de sus infancias. Un pasado no tan inocente según su relato. “Hay algo terrible en la infancia, que siempre es narrada a posteriori para construir una identidad”.

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Infancias siniestras

Es una seña de identidad de esta generación: entienden la memoria de la infancia como algo reconstruido, por uno mismo y por la familia, a lo largo de la vida. Poco fiable. Space Invaders (Alquimia, 2013), de Nona Fernández (Santiago, 1971), es una novela breve entre nostálgica y terrorífica en que los recuerdos de alumnos de los colegios de los ochenta se enredan con los sueños de los adultos que los reviven. La misma autora escribió Fuenzalida (Random House Mondadori, 2012), el intento de una mujer de reconstruir la vida de un padre ausente, un maestro de artes marciales implicado sin quererlo en el horror. En ambas la frontera entre lo autobiográfico y la ficción es muy difusa.
“La conducción de la memoria es muy subjetiva”, admite Nona Fernández. “De los escolares de un mismo curso, nadie recuerda lo mismo. No creo en la memoria oficializada. Había muchos agujeros negros, cosas que se inventaron. Fuimos una generación rara que tuvo lucidez y conciencia de lo que ocurría pero no llegaba a entenderlo. Nos quedamos sin respuestas: algunas siguen sin llegar. En unos casos porque el dolor fue demasiado grande; en otros porque eran de los que no querían saber”. En estos libros abundan los saltos en el tiempo, las tramas paralelas en el presente y en un pasado de miedo, sangre y plomo. Y se indaga, con esa perspectiva, en el destino de tantos desaparecidos: los miles que liquidó el régimen y también los que se escondieron tras identidades falsas.

También son frecuentes las miradas al espacio íntimo, a lo doméstico y familiar, que señalan debilidades de la condición humana. Un ejemplo es Alejandra Costamagna (Santiago, 1970), quien escribe cuentos tan inquietantes como los reunidos en Animales domésticos (Mondadori, 2011), donde utiliza como pretexto la presencia de las mascotas para presentarnos a una galería de personas presas de la incomunicación. Costamagna pone el foco en el detalle, en “las mierditas del día a día, los conflictos que están tapados por una superficie de aparente calma”.

Minimalismo

De la tendencia a la concisión es un ejemplo la propia Costamagna. La autora ha reescrito su primera novela, En voz baja (LOM, 1996), comprimiéndola tanto que la ha convertido en un cuento de 35 páginas, incluido en Había una vez un pájaro (Cuneta, 2013). En voz baja fue una obra emblemática de la literatura de hijos porque se publicó a mediados de los 90, “cuando la dictadura había dejado de ser tema (ah, eso querían)”. Pero, al revisar aquella obra de una veinteañera (una “mocosa” en lo literario, admite), Costamagna entendió que había “ruido, sobreexplicaciones, personajes-maquetas y un lenguaje altisonante”, se justifica en el epílogo. Ahora ha reducido la historia enfocándola al conflicto entre una hija y su padre en los años setenta “y punto”.

Alejandro Zambra ha escrito novelas cortas como Bonsái (Anagrama, 2006), el relato sobre una pareja que comparte el erotismo y las lecturas, y que empieza contando el final. Sus obras no suelen alcanzar el centenar de páginas. Tampoco su último libro, Facsímil (Sexto Piso, 2015), que da un nuevo salto formal: el texto se estructura como un examen de acceso a la universidad (la Prueba de Aptitud Verbal), en el cual el alumno se sitúa ante fragmentos de textos que debe ordenar, o descartar en parte. Con ese esquema se presentan pequeñas historias o reflexiones del autor sobre los temas que le importan, algunos muy cotidianos (¿por qué ya no se saluda en los ascensores?) y que adquieren nuevos sentidos, o más a menudo mantienen el mismo, según decida el lector. Con este formato “se volvió muy relevante la posibilidad de desordenar todo, de eliminar los detalles y las redundancias. Empezó como una parodia y acabó en autoparodia. Una parodia amarga”, explica su autor.

Lo íntimo, lo personal

Muchos escritores chilenos participan de la tendencia (global) de que el escritor se ponga a sí mismo como personaje. Aunque, subrayan, la autoficción también tiene algo de mentirosa. “La honestidad de un escritor es con su tiempo, no con su vida”, opina Zambra. “Y la ficción no es lo opuesto a la verdad, ¡como si la vida no incluyera los sueños!”. Nona Fernández lo explica de otra manera: “Estamos en un momento en que la gente se disfraza menos. Y por tanto puede ponerse a sí mismo como personaje”.

Rafael Gumucio (Santiago, 1970) se ha puesto de personaje una y otra vez. Es el autor de Memorias prematuras (Debate, 2000), un libro rompedor por dos motivos: el primero, que escribir unas memorias antes de cumplir los 30 no es lo más habitual; el segundo, que aportaba el punto de vista del exiliado. El autor -también periodista y humorista, presentador de espacios en radio y televisión- pasó su infancia en Francia, donde se había refugiado su familia, y regresó a Chile a los 14 años. “Fue un shock. Ese país al que volvía no era mi país, porque no tenía ningún recuerdo de él. Así que era un descubrimiento que tenía que hacer en voz baja”. Gumudio reflexionaba sobre el sentimiento del desarraigo en una obra que vincula lo personal, y por tanto emocional, y lo político. “Era una confesión de fragilidad, escrita más desde la duda que de la certeza”.

Gumucio no solo ha sido personaje él mismo, sino que hizo protagonista a su abuela, una gran influencia en su vida, en Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones UDP, 2013). El autor considera a esa mujer de vida intensa, exiliada dos veces, “el hombre de la familia”, un modelo de virilidad. “Vengo de un mundo donde no somos del todo chilenos, franceses ni españoles”, dice Gumucio, quien también ha residido en España y en Estados Unidos. Y sigue explorando su pasado de nómada. Su nueva novela, Milagro en Haití (Literatura Random House, 2015), se basa en otra experiencia familiar. En ese país caribeño residió su madre, un tiempo en que vivió un golpe de Estado y una severa infección tras una operación estética, los puntos de partida de la novela. Pero él asegura que las coincidencias acaban ahí y todo lo demás es ficción.

Lina Meruane también sale de su país pero no de sus raíces familiares en Volverse palestina (Literatura Random House, 2015), la crónica de su viaje al pueblo de sus abuelos, en Cisjordania. Una estancia que despertó en ella una “conciencia más política de lo palestino”, y que le hizo fijarse más en el violento presente que en la nostalgia del origen.

Otros episodios negros

Y es que no solo de la dictadura y de la transición escriben los jóvenes autores chilenos. A sus 28 años, Diego Zúñiga (Iquique, 1987) ha tenido éxito con su segunda novela, Racimo (Literatura Random House, 2015), un relato en torno a la desaparición de más de una decena de chicas adolescentes que estudiaban en un colegio en Alto Hospicio, en el desértico norte de Chile. Aquel episodio aún duele: los familiares de las víctimas se toparon con la incomprensión, desidia e incompetencia de las autoridades (un miembro del Gobierno llegó a sugerir que las chicas se habían fugado y lo relacionó con su “promiscuidad”) hasta que se descubrió que era un psicópata el que estaba detrás de 14 muertes en la zona. Sin pretenderlo, a Zúñiga le salió una novela negra -él dice que no es autor de género-, ambientada en un lugar desolador e inquietante, donde además se ubicaba una fábrica de armas de racimo, hoy prohibidas. “El cementerio perfecto”, explica Zúñiga. “No me interesaba el asesino en serie, hablo de la herida del país, que está lleno de casos así”.

Si Zúñiga nos lleva al lejano norte de Chile, donde nació, la poeta Gloria Dünkler (Pucón, 1977) es del extremo sur. Y sus historias se sitúan en esa tierra fría y remota pero se remontan un siglo atrás. Tras la independencia, miles de colonos alemanes fueron asentados en el sur para garantizar la consolidación de ese territorio; los indígenas mapuches, a su vez, fueron desplazados a los cerros, porque no se les consideraba aptos para el trabajo agrario. En ese contexto se sitúan sus dos poemarios: Füsche von Llafenko (Ediciones Tácitas, 2009) y Spandau (2012). El primero se centra en el desencuentro entre alemanes y mapuches. En el segundo, se habla de los criminales de guerra nazis refugiados allí, como Walter Rauff, reclamado por Alemania y a quien Allende no fue capaz de extraditar. La tercera entrega, que se llamará Yatagan, aborda un asunto polémico: la matanza, el 5 de septiembre de 1938, de unos 60 jóvenes nacistas (con c, variante autóctona de la ideología hitleriana) al aplastarse un conato de revolución pretendidamente nacional-socialista.

“Es un tema tabú, incómodo”, confiesa la autora. “Fue una masacre pero, como las víctimas eran de tendencia nazi, no fue recordada. No está en el canon de lo políticamente correcto”. La poeta, descendiente de alemanes y españoles, quiere combatir ese olvido. Pero asegura que inició esta serie sin otro objetivo que “una búsqueda personal, una indagación en la sombra del yo”.

Fenómeno independiente

Dünkler, quien se expresa sorprendida por la repercusión de su obra, es un ejemplo de la pujanza de las editoriales independientes, una de las claves del momento literario chileno. Otro caso llamativo es el de Natalia Berbelagua. La joven escritora de Valparaíso (nacida en Santiago en 1985) alcanzó notoriedad con Valporno (Emergencia Narrativa, 2012) una colección de cuentos de sexo descarnado, que aborda lo más oscuro y sucio que ocurre puertas adentro en contraste con una sociedad en apariencia muy formal. Para su redacción se sirvió de ideas que dejaban internautas anónimos en su blog sobre erotismo. Valporno fue un grito punk, una provocación que salió del circuito de lo underground tras ser elogiada por Nicanor Parra (cuentos tan pornográficos como buenos, dijo el poeta). La autora creó allí a dos personajes llamativos, Elías y Alicia, una pareja que se trata sin ternura alguna y que revela que “la felicidad es una mentira”.

Si Valporno trataba de la perversión hasta lo repulsivo, La bella muerte (2013) continuaba esa línea fijándose en la crueldad extrema. Sin embargo, su tercer libro, Domingo (2015), da un giro y aborda sus recuerdos de infancia, adolescencia y juventud en forma de diario íntimo y en un tono de gran melancolía. Berbelagua explica en una terraza de Valparaíso, ciudad portuaria y por tanto canalla, que lo suyo ha sido el “humor negro”, inhabitual en la literatura chilena. “En Valporno quise golpear; era más joven y tiene la rebeldía de aquellos años. Domingo está hecha de microficciones que forman una historia completa”. Y ahí destaca, de nuevo, una mirada nada inocente sobre la niñez: “Yo trato el horror cotidiano”, dice. “La infancia como terreno feliz no es tal”.
Como no todo lo alternativo se entiende bien, a Natalia Berbelagua le preguntan a menudo si es sadomasoquista, como a Gloria Dünkler algunos la miran mal por si es nazi. No todo el mundo supo leer sus obras.

Una mirada escéptica

Carlos Franz (Ginebra, 1959) no pertenece a esa oleada de veinte, treinta y cuarentañeros, sino a la generación que era madura durante la transición. Al pedirle opinión sobre los que van detrás, discute el concepto: “Hay gente muy diversa”. Sí observa un cierto gusto por tendencias minimalistas, por una estructura muy tenue y delgada, pero eso, señala, ya se hacía en EE UU en los años sesenta. “No hay tendencias dominantes sino una ausencia de líderes. Como en la política”, señala. Con esa reserva, elogia a Zambra por su “oído poético”. Y lo enmarca en una tradición chilena de autores apegados al realismo y al intimismo. Porque el realismo mágico, remarca, “nunca prendió en Chile”, con la única excepción de Isabel Allende, a quien considera casi caribeña “aunque ella no lo sepa”.

Franz, que ha residido en Berlín (y en Madrid), sostiene que en Chile nunca se ha hecho una revisión del pasado como en Alemania, donde se interrogaron sobre su pasado “de forma compleja y no simplista”. En Almuerzo de vampiros (Alfaguara, 2007), el autor sitúa a un estudiante en un submundo nocturno de pícaros que se ocultaba del toque de queda, donde topará con el fantasma de uno de sus mejores profesores, transformado en un buscavidas que habla una grosera jerga. El lenguaje como disfraz. Pero Franz nunca pretendió hacer una historia de la dictadura, sino que busca valores universales. En este caso: “Las bellas palabras e ideas no valen nada ante la mierda que es este mundo”.

Y Franz advierte contra las lecturas críticas de la transición iniciada en 1988 que abundan hoy. “La transición chilena fue algo extraordinario. Sin un tiro, sin una gota de sangre. Fue inclusiva y con éxito económico”, sostiene. Pero admite que “la fórmula se ha vuelto insuficiente”. Y observa, en un país agitado socialmente, “peligrosas tendencias populistas”.

La crisis chilena actual

Muchos de los autores jóvenes chilenos expresan cierta sintonía con el movimiento de protesta, encabezado por los estudiantes, que sacude el país desde 2011, el año en que el activismo se destapó a escala global. A las demandas sociales se ha sumado la denuncia de la corrupción tras un escándalo que ha implicado al hijo de la presidenta Bachelet, cuya valoración popular ha caído en picado.

Es rotunda en su visión Alia Trabucco: “La crisis en Chile ha sido una bendición. Se ha destapado cómo se ha hecho política. Chile es una gran fractura social, en la que todos compiten con todos”. La autora cree que la sociedad se ha levantado contra el “ultracapitalismo”, herencia de la dictadura nunca cuestionada. Desde las aulas, Zambra pone el foco en el drama de los estudiantes obligados a endeudarse de por vida para pagarse la universidad, lo que ve “aberrante”. Las protestas, afirma, “tienen algo que ver con un cambio generacional y cierta autonomía de pensamiento”. Pese a todo, dice mantener esperanzas en la reforma de la Constitución -aún rige la que dejó Pinochet, aunque enmendada- que prometió Bachelet.

Gumucio admite que vio con esperanza el inicio de las movilizaciones, pero teme “su deriva y la reacción de la derecha sociológica, que es temible”. En un pulso cada vez más crispado, “todo el mundo está siendo desenmascarado, y al que no le importe ser un monstruo ganará”. Zúñiga sostiene la idea de que en 2011 se despertó dormido. “La transición pareció muy ordenada y que dejaba un país próspero, pero no estábamos tan bien”. Aunque se muestra humilde: “Es cómodo hablar mal de la transición cuando uno no la vivió realmente”.

El librero Sergio Parra analiza a estos autores en función de su momento político: “Es una generación muy honesta. Han hecho la transición a la adultez en una sociedad sin transparencia y sin autoridad. Es curioso: sus padres venían de lo autoritario, ahora no hay autoridad”.

¿Reproche a los padres?

En la construcción de un nuevo discurso sobre la dictadura por parte de los que eran niños está implícito un cierto reproche a la versión anterior, la de sus padres. Pero los autores que han pasado los cuarenta años, muchos padres a su vez, quieren ese choque. “Me siento en paz con ellos. Logro entenderlos”, afirma Nona Fernández. Para Alejandra Costamagna, en los libros de los autores de su edad se escucha “la voz del hijo como la de un detective. Pero no ya haciendo un ajuste de cuentas con sus padres, sino poniéndonos en su lugar”.

Gumucio es más directo: “Yo ya pasé la etapa de reproche y ahora estoy en la etapa de ser padre y culpable yo”. Este autor cree que en vez de mirar a otros, lo nuevo es una literatura de “qué hicimos nosotros”, en la que cada uno se responsabilice por haber sido parte “de un falso paraíso, de ese país en crecimiento pero muy desigual”.

Para Lina Meruane, los autores de su generación “portan cierta culpa de sobrevivencia o incluso de privilegio cuando los padres y madres estuvieron a favor del régimen. Por mucho tiempo parecía que todos las novelas o los testimonios eran escritos por los mártires, o por los hijos de esos héroes de la izquierda, pero esa escena empieza a trizarse, se ha vuelto más compleja y en cierta medida, no siempre, más interesante”. Como Alejandro Zambra, que no ha dudado en narrar sus desencuentros con sus padres derechistas.

En Formas de volver a casa Zambra lo explica con belleza: “No quiero hablar de inocencia ni de culpa; quiero nada más que iluminar algunos rincones, los rincones donde estábamos. Pero no estoy seguro de poder hacerlo bien. Me siento demasiado cerca de lo que cuento. He abusado de algunos recuerdos, he saqueado la memoria y, también, en cierto modo, he inventado demasiado”.

Clases de letras chilenas para el verano español

Los literatos de Chile son protagonistas de dos eventos en el verano cultural español, al protagonizar dos ciclos de conferencias en Santander y Cartagena. Estos son los programas:

Encuentro ‘Nueva literatura chilena’. Universidad Internacional Menénez Pelayo, Santander. Del 15 al 17 de julio. Miércoles 15: Jorge Edwards, Juana Martínez Gómez y Alejandra Costamagna. Jueves 16: Niall Binns, María Ángeles Pérez López y Gloria Künkler. Viernes 17: Pablo Simonetti, Carlos A. Franz y mesa redonda con estos dos autores más Edwards, Dünkler y Costamagna, moderado por Daniella González Maldini. Dirigido por Dámaso López García. Patrocinado por la Fundación Chile-España. Más información: http://www.uimp.es

La Mar de Letras. Chile es el país invitado este año al festival La Mar de Músicas, que organiza el Ayuntamiento de Cartagena del 17 al 26 de julio, y que incluye este apartado literario. Miércoles 15 y jueves 16 de julio: curso ‘Itinerarios de la literatura chilena’. El lunes 20 de julio, encuentro con Alia Trabucco, Alejandra Costamagna y Lara López; Antonio Arco presenta a Carlos Franz. El martes 21, recital de relatos con Costamagna, Trabucco y Franz; encuentro con Gloria Dünkler y recital poético. Miércoles 22 y jueves 23: curso de narrativa por Pablo Simonetti. Miércoles 22: Fernando Delgado presenta a Jorge Edwards. Jueves 23: Eduardo Mendicutti presenta a Pablo Simonetti. Más información: http://www.lamardemusicas.com

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