Dar la vida por los hijos. Sebastian Acevedo.

Dar la vida por los hijos. Sebastian Acevedo.

 

Sebastián Acevedo

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo

de su carne y ardió por Chile entero en las gradas

de la catedral frente a la tropa sin

pestañear, sin llorar, encendido y

estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo

veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo

por nosotros con decisión de varón, estricto

y justiciero, pino y

adobe, alumbrando el vuelo

de los desaparecidos a todo lo

aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa

arder hasta enrojecer las cuatro puntas

de la plaza, sólo a los tilos por

su ánima veo llorar un

nitrógeno áspero pidiendo a gritos al

cielo el rehallazgo de un toqui

que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar

al muerto: curandero

de nuestras heridas desde Arauco

a hoy, casi inmóvil en

su letargo ronco y

sagrado como el rehue, acarrear

las mutilaciones del remolino

de arena y sangre con cadáveres al

fondo, vaticinar

la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que

nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o

no con aguarrás o sosa

cáustica, escobíllenla

con puntas de acero, líjenla

con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla

por todas las pantallas de

la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.

Gonzalo Rojas.7

Un padre desesperado

Estaba angustiado. Pedía que la CNI le devolviera a sus dos hijos, detenidos ilegalmente. Fue al Arzobispado de Concepción, recorrió comisarías y salas de prensa, conversó con autoridades civiles y militares. Pero a Sebastián Acevedo nadie lo ayudó. El 11 de noviembre de 1983 se instaló afuera de la Catedral penquista, se roció con bencina y se prendió. Moriría horas después. Su deceso conmovió al país e inspiró el décimo capítulo de Los archivos del cardenal. Hoy sus hijos recuerdan a Sebastián Acevedo con orgullo, convencidos de que el sacrificio de su padre les salvó la vida.

No pudo seguir durmiendo. El miércoles 9 de noviembre de 1983, María Candelaria Acevedo se despertó con los gritos de su madre.

Eran pasadas las siete de la mañana cuando más de treinta hombres entraron en su casa en la Villa Mora de Coronel, en la Octava Región. Todos estaban armados. La estudiante de veintiséis años no opuso resistencia. Era militante de las Juventudes Comunistas y desde 1973 cumplía labores clandestinas.

A esa hora, Sebastián Acevedo, su padre, esperaba un bus para dirigirse a su trabajo en la constructora Lago Ranco de Concepción. Hacía unos días le habían advertido que dos de sus cuatro hijos eran seguidos por la CNI. Cuando vio pasar los furgones a toda velocidad, volvió corriendo a su domicilio. Después de un forcejeo, los hombres le dijeron: «Nos llevamos a su hija porque es terrorista». Dos agentes de la CNI subieron a María Candelaria a una camioneta blanca, le vendaron los ojos y comenzaron a dar vueltas por Coronel.

Una hora y media después detuvieron a Galo Acevedo, otro hijo de Sebastián. Dos autos se estacionaron afuera de la constructora donde trabajaba, la misma de su padre. Lo subieron a un furgón y le pegaron con la culata de una pistola en los testículos. Después de esposarlo, lo tiraron al suelo. Al detenerse en una comisaría para buscar a otro detenido, Galo escuchó que lo mencionaban: «Tenemos el regalo».

Los hermanos Acevedo Sáez fueron llevados a un recinto militar ubicado frente al balneario de Playa Blanca, a tres kilómetros de Coronel. Al día siguiente, el jueves 10 de noviembre, el diario El Sur de Concepción informó en una escueta nota que varios miembros de una «red de militantes comunistas» habían sido detenidos en la zona, por efectivos policiales y de seguridad. Entre los nombres figuraban los hermanos Acevedo. No se informaba sobre cargos, tribunal responsable ni del lugar de detención al que habían sido trasladados.

Tres días frenéticos
Sebastián Acevedo siempre fue un padre protector. A María Candelaria la llamaba «Patita de Canario» y «Comandante Candelaria». Era militante del Partido Comunista y decía con orgullo que había pertenecido al Grupo de Amigos Personales de Salvador Allende (GAP). Tenía una colección de casi dos mil libros, que abarcaba desde medicina hasta el pensamiento de Marx. Le gustaba que sus hijos tuvieran una postura frente a la dictadura y sentía una especial aversión por la DC. «Creía que el centro no representaba nada», recuerda hoy Galo Acevedo.

A lo largo de la década de 1970, los cuatro hijos decidirían entrar a las Juventudes Comunistas, en distintos momentos. El jefe de familia siempre supo que militaban. «Nos decía que tuviéramos cuidado porque las dictaduras eran furiosas. Temía que en algún momento nos pasara algo. Sin embargo, siempre apoyó nuestras decisiones», afirma María Candelaria.

Cuando la CNI detuvo a sus dos hijos, Sebastián Acevedo hizo todo por encontrarlos. Visitó comisarías y mandó una carta al intendente regional, Eduardo Ibáñez. Durante tres días no comió ni durmió. Su alarma se acentuó al día siguiente de los arrestos, cuando El Sur de Concepción publicó que ambos hermanos habían sido detenidos por integrar una célula comunista que «habría participado en los actos terroristas efectuados en los últimos meses en la región».

Al día siguiente de esa noticia, cuarenta y ocho horas después de los arrestos, Sebastián Acevedo viajó con su esposa a Concepción. El matrimonio llegó hasta las oficinas del diario Crónica. «Soy el padre de dos jóvenes detenidos», se presentó ante un periodista. Enseguida preguntó: «Por qué le dan tan mal calificativo a mis hijos si ni siquiera está probado que sean comunistas, y menos aun están en un tribunal determinado…?».

Luego de pasar la mañana en la casa de unos parientes, se despidió de su mujer. Le dio un beso y se devolvió a abrazarla. Le dijo que la amaba.

Solo unos pocos podrían haber tenido nociones sobre su verdadero plan. «No puedo comprender por qué mantienen escondidos a mis hijos. Temo que los maten. Si no me los entregan (…) me crucificaré… Me quemaré vivo», confesó ese mismo día a un corresponsal del diario La Tercera y de la revista Hoy. El periodista, quien afirmaría después en una nota que en esos días tenía jornadas de «bastante tensión», no le creyó.

Torturas y vejaciones
Desde que comenzó la dictadura María Candelaria realizaba tareas de resistencia en Coronel. Al hablar para esta investigación, aclara que nunca tocó un arma y que se limitaba a realizar labores políticas. Su hermano Galo se unió a esas tareas en 1979. Formaba parte de la base Ricardo Fonseca y sus chapas eran Alberto, Nicolás y Ramón. «Nos juntábamos en las casas de seguridad, en mi casa o en las de otros compañeros. Como éramos católicos, también lo hacíamos en las iglesias», cuenta María Candelaria.

Días antes de la detención de ambos, varios militantes de la zona comenzaron a caer. Víctor Huerta, dirigente comunista de la Octava Región, fue uno de ellos. El 3 de noviembre de 1983 lo encontraron muerto, con más de diez impactos de bala. La versión oficial estableció que había caído en un «enfrentamiento» con agentes de seguridad. Los hermanos Acevedo lo conocían y sospechaban que podían estar siendo vigilados. «Un funcionario de la Intendencia de Concepción nos dijo que nos seguían. Durante cuatro días vi unos autos con vidrios polarizados estacionados en la esquina de mi casa», cuenta María Candelaria.

Galo está seguro de que su arresto se debió a una delación de gente conocida. Cree que un oficial del Ejército y vecino de su padre los delató.

En el centro de torturas Playa Blanca, en Coronel, los hermanos pudieron ver a varios militantes conocidos. A la hija de Sebastián Acevedo le pegaron en el estómago y en las caderas, y la obligaron a hacer un striptease. «Me pidieron que hiciera un show, similar al de un prostíbulo. Cuando me sacaba la ropa ellos cantaban. No quise bailar. Mientras iban pasando agentes de la CNI empezaban a tocar mis senos, genitales y nalgas. Uno por uno».

Desnuda, fue llevada a otra pieza donde le aplicaron corriente. Todas estas prácticas iban acompañadas por un interrogatorio. María siempre respondió lo mismo: «Soy militante de las Juventudes Comunistas y encargada de finanzas de mi base. Me conocen como Violeta, Fabiola y Ana». Nunca dijo que era la encargada orgánica del Comité Regional El Carbón, que abarcaba Lota y Coronel. Conocía toda la estructura de las bases regionales y de ella dependían alrededor de cincuenta personas.

Cuando Galo Acevedo llegó a Playa Blanca reconoció la tos de su hermana y entonces se dio cuenta de que María Candelaria también estaba detenida. Lo hicieron escuchar el llanto de una guagua y le advirtieron que tenían a su hijo de seis meses. Pero Galo no creyó en el engaño y siempre repitió lo mismo: «Soy de las Juventudes Comunistas y entré porque quería dejar la marihuana». Después de recibir golpes en sus oídos y rodillas, fue obligado a desnudarse. «Me amarraron un cordel en el pene y recibí cargas de corriente. Fueron dos sesiones de veinte minutos cada una».

Al segundo día siguieron las torturas. Le hundieron la cabeza en un tambor con agua durante dos minutos. «Mientras me hacían preguntas, me ahogaban. Perdí el conocimiento como dos veces. Creo que me hundieron en agua con excrementos porque tenía mal olor».

Sin que sus hijos pudieran saberlo, en esos momentos su padre realizaba desesperadas gestiones por dar con su paradero.

Durante los tres días que estuvieron detenidos en Playa Blanca, los hermanos Acevedo perdieron la noción del tiempo. María Candelaria recuerda que nunca pudo dormir. Las veinticuatro horas sonaba una radio mal sintonizada, se escuchaban los gritos de otros prisioneros y los agentes pasaban toda la noche jugando con un flipper. En las tardes los detenidos eran expuestos al sol; algunos quedaban insolados y con dolor de cabeza. «Ponían focos y manejaban el tiempo. También tiraban viento con unas máquinas. No nos dejaban ni agachar la cabeza», comenta Galo Acevedo.

Además de las torturas, eran obligados a ducharse. Todos debían secarse con la misma toalla y lavarse los dientes con el mismo cepillo. Les daban una comida diaria y a veces podían repetirse. «Me acuerdo de que nos dieron porotos y mi hermano pidió tres platos. Nos reímos y por eso nos pegaron», recuerda María Candelaria.

Mientras, en la prensa de la región se afirmaba que Galo preparaba un plan terrorista en Concepción y Coronel. Se le acusaba de usar bombas y armamentos. Según un comunicado de la Dirección Nacional de Comunicaciones Sociales (DINACOS) publicado por Crónica el 15 de noviembre, había participado en el robo de un camión que transportaba explosivos desde Calama a Lota. Hoy, ambos hermanos declaran que nunca formaron parte de grupos terroristas.

«Perdóname, señor»
Sebastián Acevedo estuvo tres días buscando a Galo y María Candelaria. El viernes 11 de noviembre, después de despedirse de su esposa, se dirigió al Arzobispado de Concepción. Sería su último intento. Cuando llegó a las oficinas estaban cerrando y le pidieron que volviera después de almuerzo. Desesperado, advirtió que se quemaría si no tenía noticias de sus hijos.

Luego, compró dos bidones con diez litros de bencina y parafina. También compró un encendedor. A las 15:30 volvió al Arzobispado y dejó un mensaje. Al salir, se volcó el primer bidón sobre el cuerpo. Mientras caminaba hacia la Plaza de Armas, gritaba exigiendo información sobre sus hijos. Lo siguió a distancia el sacerdote Juan Bautista Robles, secretario general del Arzobispado, pidiéndole que se tranquilizara. Pero Sebastián Acevedo estaba decidido. Sin parar de mencionar a sus hijos, se instaló en la entrada de la Catedral de Concepción. Ahí terminó de vaciarse el resto del combustible. Llamó la atención de los transeúntes y fueron varios los que trataron de impedir su acto. «Los alejó haciendo una raya con tiza blanca ante sí. Aseguró que solo podrían pasarla quienes tuvieran noticias de sus hijos. Con el encendedor apretado en su mano derecha, prometió quemarse si se acercaba cualquier otra persona», se narra en El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, del escritor Hernán Vidal.

Sin embargo, un carabinero intentó cruzar la línea y entonces Acevedo cumplió su palabra y accionó el encendedor. Completamente en llamas, bajó las escaleras de la Catedral y cruzó hacia la Plaza de Armas. Quería llegar hasta la Intendencia, pero cayó antes. Algunos transeúntes gritaban. Unos taxistas corrieron a ayudarlo con los extintores de sus autos y un joven le tiró su chaqueta. Había personas que lloraban, mientras otras estaban paralizadas. Alguien pidió una ambulancia pero esta nunca llegó. Cuando los taxistas lograron apagar las llamas, su cuerpo estaba negro. Nunca dejó de gritar por sus hijos.

Avisado por el personal de la arquidiócesis, el sacerdote y periodista Enrique Moreno fue a darle la extremaunción. Llevó su grabadora y capturó las palabras de Acevedo: «Quiero que la CNI devuelva a mis hijos… Señor, perdónalos a ellos y también perdóname por este sacrificio». Con un 95 % del cuerpo quemado, fue llevado de urgencia al Hospital Regional en un furgón de Carabineros.

«Un amor de padre»
Ese mismo 12 de noviembre, en la tarde, María Candelaria fue liberada por la CNI. En un auto la llevaron a su casa. «Estaba feliz, pero cuando llegué mis hermanas me dijeron que mi papá se había quemado». Sin pensarlo, corrió a tomar el primer bus hacia Concepción. Finalmente se fue en taxi con el cura de su parroquia.

Cuando llegó al Hospital Regional habló por citófono con su padre. En un principio, Sebastián Acevedo no creía que fuese ella. La joven tuvo que decirle que estaba hablando con la «Comandante Candelaria», con la «Patita de Canario». «Me dijo que criara derechito a mis hijos. Que lo perdonara, que no lo quería hacer, pero que debía cumplir su palabra de hombre. Me pidió que liberara a mi hermano. Siempre estuvo lúcido».

Siete horas después murió.

Galo no tuvo la misma suerte de su hermana. Ese día fue llevado a la Cárcel Pública de Concepción, donde estuvo dos años detenido. Lo culparon de formar grupos paramilitares, y de tenencia y porte de armas y explosivos. Al día siguiente en la Fiscalía, el sacerdote Enrique Moreno le informó de lo ocurrido con su papá. «Nunca pensé que fuese capaz de eso, y que un amor de padre llegara tan lejos. Si no fuera por él, yo estaría muerto», dice, convencido de que el revuelo mediático que produjo el sacrificio de su papá persuadió a la CNI de no matarlo.

A los funerales en Coronel llegaron quince mil personas. La cantidad de asistentes hizo que muchos no pudieran entrar en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús. Galo no pudo ir al entierro y se quedó para siempre con ese dolor, el más grande de su vida. «Me cuesta creer que mi papá murió», confiesa hoy.

A partir de ese momento, Sebastián Acevedo se convirtió en uno de los iconos de la lucha pacífica contra la dictadura. En la misa, Alejandro Goic, obispo auxiliar de Concepción, calificó su acto como un gesto heroico de amor.

María Candelaria volvió a ser detenida y estuvo un año en prisión, imputada por los mismos cargos que su hermano. Ella asevera que jamás pudo asimilar el impacto que causó en la opinión pública la muerte de su padre. Su caso trascendió y en su honor se creó el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, integrado por sacerdotes, religiosas y cristianos de base cercanos a la teología de la liberación, quienes protestaban con métodos no violentos contra la práctica sistemática de la tortura. Liderado por el religioso jesuita José Aldunate, el movimiento realizó manifestaciones públicas y asambleas en favor de la integridad de los detenidos por los aparatos represivos.

Cuando quedaron en libertad, ambos hermanos siguieron luchando contra la dictadura, tal como su papá les inculcó. Galo se trasladaría a Santiago para movilizarse con estudiantes de la USACH y María seguiría en labores clandestinas en Coronel. La esposa de Sebastián Acevedo, Elena Sáez, nunca pudo superar la pérdida. «Aprendió a vivir con la pena», confiesa Galo.


GALERÍA DE PRENSA

Salir del gueto.A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

DestacadoSalir del gueto.A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

Salir del gueto.

Adriana Goñi Godoy

22 de julio de 2018

 Ayer, en el homenaje a los 119 compañeros desaparecidos, Lucía Sepúlveda planteó lo siguiente: instalar en el presente de las luchas feministas a las 19 mujeres caídas en esta operación. Ellas fueron militantes sociales que son raíz de las muchas luchas históricas de las mujeres, continuando una lucha ininterrumpida de distintos sectores de mujeres que hoy confluyen en el movimiento feminista que ha remecido el país. No podemos suscribir esta lucha a los sectores universitarios sin ligarlo a la permanente lucha de otros sectores de mujeres- trabajadoras domésticas, temporeras, funcionarias, campesinas, originarias, diversidad sexual, pobladoras, defensoras de los derechos humanos, sindicalistas, artistas, mujeres exiliadas, militantes… .

La memoria nuestra está en un gueto formado por los familiares, sobrevivientes, compañeros. Nuestro deber es des encapsularla y traspasarla al conjunto de la sociedad, que fue afectada transversalmente por las violaciones a los derechos humanos. Las secuelas de la dictadura y la post dictadura afectan hasta el presente a los diversos sectores que componen el tejido social. El sistema implantado a partir del Golpe de Estado y mantenido en la transición es estructuralmente violador de los derechos sociales, culturales y económicos del conjunto de la sociedad. No es posible invisibilizar este hecho si defendemos los derechos humanos. Nuestros compañeros fueron luchadores sociales y dieron su vida por construir una sociedad más justa. En la Operación Colombo, asesinaron a 19 mujeres jóvenes que militaban en distintos sectores apoyando, construyendo, creando espacios de participación y lucha y 100 compañeros que abrazaron igualmente la causa de los pobres del campo y la ciudad. La sociedad del presente debe conocer sus luchas e integrarlas a las luchas del presente. —

Esta lucha es transversal y tenemos la capacidad de darla en todos los espacios, utilizando todas las armas que hoy tenemos. .

A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

“Exterminados como ratones”, tituló el 24 de julio de 1975 el diario La Segunda. Aquí la historia de las 19 mujeres detrás de ese montaje, las 19 desaparecidas de la Operación Colombo.

Por Lucía Sepúlveda Ruiz / 24.07.2018

Agentes del Estado ejercieron violencia sexual política extrema sobre diecinueve prisioneras políticas detenidas en la Operación Colombo. Resistieron hasta su ignoto final estas mujeres de los años 70, libres, solidarias, que vivían el amor y la militancia política a fondo. 

Colombo fue -lo sabemos ahora- un mensaje colonizador en clave de género, un espejo del terror, dirigido también a las mujeres de esos tiempos. Porque estas mujeres eran autónomas, comprometidas con su tiempo, insurrectas, valerosas, alegres y se sentían dueñas de su destino.

La más joven de ellas, María Isabel, tenía 19 años y las dos mayores, 34 a la fecha de su detención. Trece de ellas tenían menos de 25 años y el resto, no llegaba a los 30. Sus nombres, junto a los de otros 100 varones detenidos, figuraron en listas publicadas por La Segunda y por medios de Brasil y Argentina, afirmando que 119 chilenos y chilenas habían sido exterminados “como ratones” por sus propios compañeros de lucha (titular del vespertino La Segunda del 24 de julio de 1975).

La mayoría de las detenidas en este episodio represivo era de Santiago, pero algunas venían de Isla de Maipo, Chillán o Temuco, y eran estudiantes universitarias, obreras, o funcionarias públicas. Militaban en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) dieciocho de ellas, y una pertenecía a las Juventudes Comunistas. Había una compañera embarazada, y cuatro eran madres de niños muy pequeños.

Desaparecieron entre 1974 y 1975, en la Operación Colombo, un montaje mediático con que la DINA buscó paralizar a quienes luchaban contra la dictadura, teniendo como blanco preferente al MIR. Antes de arrojarlas al mar, a un volcán o a una fosa sin nombre, los agentes represivos ejercieron en todas ellas violencia sexual y tortura en las más atroces formas imaginables, incluyendo el uso de inyecciones de pentotal para quebrantarlas, de animales amaestrados para vejarlas, y violándolas frente a sus parejas y seres queridos. Las sobrevivientes, sus hermanas, han testimoniado en tribunales en detalle, la violencia sexual que presenciaron y vivieron. Ni a las desaparecidas ni a sus compañeras –organizadas como “Mujeres Sobrevivientes Siempre Resistentes” –  lograron someter los criminales. Las prisioneras, privadas de todo contacto con el exterior,  se apoyaban, cuidaban  sus heridas, lloraban, cantaban, tejían pulseras con astillas, se contaban historias,  recetas y poemas; intercambiaban ropas, ideaban códigos secretos para protegerse cuando las separaban, y seguían resistiendo.

Once fallos

En el caso de Jacqueline Binfa, el fallo a firme exculpó en 2009 a todos los agentes de la DINA, estableciendo la prescripción total del delito de secuestro. Este año 2018, la Corte Suprema sólo dictó dos fallos definitivos en el caso de las compañeras, con lo que se elevó a once la cifra de fallos emitidos por esa corte por las 19 desapariciones ya citadas de la lista de los 119, ocurridas hace 43 años.

Las tardías penas de los últimos años varían entre los 6 y los diez años para los perpetradores, casi siempre los miembros que quedan vivos de la plana mayor de la DINA encabezada por el ex generalManuel Contreras, en línea directa con Pinochet, y secundada por la brigada Halcón, cuya presa de caza eran los miembros del MIR. Al mando de Halcón estaba el ex brigadier de Ejército Miguel Krassnoff  Marchenko, uno de los que ahora espera cumplir sus múltiples condenas en la comodidad de su hogar. También han sido condenados el ex brigadier Pedro Espinoza (segundo al mando de la DINA y jefe en Villa Grimaldi); el ex general Raúl Iturriaga (subjefe de la DINA y responsable del departamento exterior que armó la Operación Colombo en Argentina, Brasil y otros países), el ex oficial de carabineros Ciro Torré (jefe del recinto Ollagüe de José Domingo Cañas); Francisco Ferrer (Comandante de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y miembro de la Brigada Caupolicán); Orlando Manzo, ex oficial de gendarmería (jefe de Cuatro Alamos). También hubo condenas para el ex general de Ejército César Manríquez (jefe de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y luego de Villa Grimaldi), para Nelson Paz (suboficial de ejército  y agente DINA), Manuel Carevic, ex coronel de Ejército (miembro de la DINA), Risieri del Prado Altez, ex detective, (DINA) y Hugo Hernández, ex detective de la Venda Sexy, entre otros.

En algunos casos como el de María Angélica Andreoli, sólo fue condenada la cúpula de la DINA y los agentes ejecutores de las torturas y violaciones resultaron absueltos.

Siete de los 19 casos de las mujeres detenidas en la Operación Colom​b​o aún están en la Corte de Apelaciones o son de primera instancia. Y hay un caso, el de Violeta López en que ni siquiera hay procesados. En los once casos que la sentencia ha castigado en distinto grado a los criminales, lo ha hecho por secuestro. Sin embargo, la violencia sexual como forma específica de tortura, ha sido ignorada en los fallos. El Colectivo 119 de Familiares y Compañeros de los desaparecidos y desaparecidas en ese episodio represivo, junto a los abogados y otros colectivos de derechos humanos, ha luchado incesantemente por la justicia y la memoria. Por otra parte, una querella interpuesta en 2014 por mujeres sobrevivientes, se enfoca en el delito específico de violencia sexual política cometida en su contra, así como los efectos en las víctimas.

Ninguno de los condenados ha entregado  información que permitiera encontrar los restos de las detenidas. Todos los perpetradores conservan su grado militar, su pensión y granjerías como miembro de las Fuerzas Armadas, muy superior a las ínfimas jubilaciones que perciben los ciudadanos chilenos. El ejército pagó los gastos de su defensa legal, que por décadas logró prolongar los juicios y en varios casos ha significado la impunidad biológica, por muerte de los inculpados.

En total,  respecto de la lista de los 119 desaparecidos, la Corte Suprema ha dictado 56 sentencias a firme, de las cuales 45 fallos (cinco dictados en 2017/2018) corresponden a los varones desaparecidos en la Operación Colombo. Es decir, en menos de la mitad de los varones desaparecidos ha habido justicia. Uno de esos fallos (en 2016), en el proceso por el secuestro de Rodolfo Marchant, absolvió por muerte a Augusto Pinochet –que solo llegó a estar procesado por ese y otros casos- y también al ex mayor Marcelo Moren Brito (jefe de Grimaldi en un período) y a Manuel Contreras, el criminal director de la CNI, los tres únicos reos en la causa.

Para la ola feminista

Aquí presentamos finalmente, en orden alfabético, un breve fragmento de esas 19 vidas de mujeres chilenas –una de ellas de origen mapuche- que los torturadores segaron y quisieron borrar. Sus biografías están algo más desarrolladas en “119 de nosotros” (Lucía Sepúlveda, LOM, 2005), sin embargo es relevante traerlas ahora de vuelta al corazón y a la memoria, para entregarlas con amor a las nuevas generaciones de jóvenes luchadoras sociales y feministas.

1. María Inés Alvarado Borgel
Tenía 21 años cuando la detuvieron, el 17 de julio de 1974. Era secretaria y había estudiado en el Liceo Manuel de Salas. Militaba en el MIR. Antes del golpe, formaba parte de equipos que trabajaban con las pobladoras de la Nueva La Habana, una toma de terrenos, para tocar temas como violencia familiar, y hacer educación política. En dictadura, cumplió una de las tareas de mayor riesgo, invisibilidad y responsabilidad: ser enlace de su pareja, Martín Elgueta. Él era dirigente medio del MIR y se contactaba con Hernán Aguiló, otro dirigente. Martín fue detenido 2 días antes. María Inés fue torturada para que revelara el paradero de Aguiló. Los agentes la llevaron a casa de sus padres y montaron allí una ratonera esperando que llegaran otros resistentes. Su madre vio las huellas de la tortura y las marcas de las quemaduras y torturas sexuales en su hija. Sin la fortaleza y coraje de compañeras como María Inés, la resistencia no habría sido posible.

2. María Angélica Andreoli Bravo
Fue detenida en su casa de calle Bilbao, el 6 de agosto de 1974. Tenía 27 años y era del MIR. Antes del golpe estudiaba en la Universidad de Talca. Iba a ser nutricionista. Pero tras el golpe militar interrumpió sus estudios y entró a trabajar de secretaria en Sigdo Coppers. Trabajaba en el equipo de apoyo a la Comisión Política del MIR, y a Miguel Enríquez, su secretario general. Fue entregada por una delatora, Marcia Merino. Los agentes la llevaron al centro clandestino de detención ubicado en Londres 38, donde otras prisioneras escucharon su voz por varios días, resistiendo.

3. Jacqueline Binfa Contreras
Militante del MIR fue detenida el 27 de agosto de 1974, cuando tenía 28 años. En la calle la entregó Marcia Merino, la Flaca Alejandra. Había cursado la secundaria en el Colegio San Gabriel, donde era una adolescente rebelde, muy crítica de su medio social. Como era de ideas de avanzada, discutía con su mamá, que era viuda y trabajaba en el Hospital Militar. Estudió Trabajo Social en la Universidad de Chile. Sus compañeros de la U la recuerdan como una estudiante comprometida y totalmente entregada a sus actividades en el frente poblacional, en San Bernardo.  Fue torturada en los centros clandestinos de detención de Villa Grimaldi, José Domingo Cañas y Cuatro Álamos. Pero no hay un solo detenido por su secuestro, violencia sexual y desaparición. La Corte Suprema determinó en 2009 que todos los delitos estaban prescritos.

4. Carmen Bueno Cifuentes
Actriz de cine, tenía 24 años cuando la detuvieron el 29 de noviembre de 1974. Había estudiado en el Liceo 1 de Santiago, y vivió en el barrio República. Era la tercera de cinco hermanos. Su hermana la describe como una mujer que fue libre en el amor, y en sus relaciones, sin convencionalismos, tabúes sexuales ni dobleces. Una amiga cuenta que era “cabezona, medio existencialista y leía libros sobre la mujer”. Carmen había actuado en “La Tierra Prometida”, del director Miguel Littin. Ella y su pareja, el camarógrafo Jorge Müller fueron obligados a subir a una camioneta y llevados a Villa Grimaldi. Ambos militaban en el MIR y participaban del Frente de Trabajadores Revolucionarios de Cine. Se enamoraron locamente mientras se filmaba la película “A la Sombra del Sol”, de Silvio Caiozzi, donde Carmen fue la productora. La pareja fue torturada en Villa Grimaldi y en Cuatro Álamos. Se apoyaban gritándose su amor mientras permanecían detenidos.

5. María Teresa Bustillos Cereceda
Militante del MIR, tenía 24 años cuando la detuvieron el 9 de diciembre de 1974. Faltaban sólo unos días para la fecha en que debía rendir su último examen para recibirse en Trabajo Social en la Universidad de Chile. Durante el gobierno de Salvador Allende, participó del Tren de la Salud, organizando la atención de los pacientes de lugares apartados del país que requerían atención médica. Hasta hoy la recuerdan otros participantes de esa experiencia, porque “ su cabellera cobriza le confería un aura de luz” y por la impecable organización allí desplegada por ella. Era dirigenta, pero también enlace de Hernán González, quien detenido previamente, entregó el local donde ella revelaba fotos, copiaba microfilmes y estudiaba mapas de la ciudad para fijar los puntos de contacto que les permitirían comunicarse con miembros de la organización. Fue llevada a Villa Grimaldi, torturada y vejada para luego desaparecer definitivamente.

6. Sonia Bustos Reyes
Militante del MIR y cajera en el Servicio de Investigaciones (la actual PDI), tenía 30 años cuando fue detenida en su casa del barrio Brasil, el 5 de septiembre de 1974. Su padre, que falleció tempranamente, estuvo preso en Pisagua en tiempos de González Videla. Estudió en el Instituto Superior de Comercio. La familia recuerda que en sus trabajos anteriores en un hotel y una inmobiliaria, no aceptaba ningún abuso de los patrones, y siempre luchó por dignificar la vida del pueblo. Su hermana Rosa, detenida junto a ella al igual que su novio Carlos, sobrevivió, y cuenta que Sonia era coqueta desde chica, y le gustaba arreglarse y diseñar su propia ropa. También escribía poemas y pintaba. Por su trabajo, ella recibía información sobre gente que la DINA buscaba, y lo hacía  llegar a la Resistencia para que se protegieran. Sonia trabajaba políticamente junto a un detective, Teobaldo Tello y a una funcionaria, Mónica Llanca. Todos están desaparecidos.

7. Cecilia Castro Salvadores
Tenía 24 años, una hijita de dos, Valentina, y un marido, Juan Carlos Rodríguez, cuando a ambos los detuvieron en su departamento el 17 de noviembre de 1974. Ella estaba en cuarto año de Derecho de la U, había sido seleccionada chilena en voleibol  y campeona nacional  en el liceo 1, donde estudió. En su familia había un historial de mujeres luchadoras. Su abuela paterna fue una de la primeras  sufragistas  y la primera mujer que firmó las filas del partido Radical. Cecilia militaba en el MIR donde hizo activismo participando en las tomas de fundo en Linares con el Movimiento Campesino Revolucionario, y haciendo alfabetización a las mujeres campesinas del lugar. Su grupo, tras ser desalojada la toma, fue a parar  a la cárcel de Parral  y liberado gracias a gestiones del Presidente Allende. Cecilia se casó  muy poco después de ese episodio con Juan Carlos, también mirista, en febrero de1972. La pareja fue torturada en José Domingo Cañas y luego Cecilia fue llevada a VillaGrimaldi. Una sobreviviente relata acerca  de  su dignidad en ese lugar.

8. Muriel Dockendorff Navarrete
Tenía 23 años cuando la detuvieron, el 6 de agosto del 74. Era mirista, y al igual que su marido, había sido dirigente estudiantil en la escuela de Economía de la U de Concepción, aunque venía de Temuco. En los años previos había participado en trabajos voluntarios en comunidades mapuche, alfabetizando y conversando sobre el derecho a organizarse y recuperar la tierra usurpada. Sus amigas de la época de universidad la recuerdan como una militante rigurosa, pero también saben de sus poemas y su cercanía al arte. A Muriel le gustaba bordar y daba toques muy personales a la casa en que vivía en Laguna Redonda, en Concepción. En prisión, cantaba canciones de amor y quería saber de Juan su marido, preso como ella. La entregó Marcia Merino. Como María Angélica Andreoli, pertenecía al  equipo de apoyo a la Comisión Política del MIR y a su secretario general, Miguel Enríquez. Gloria Laso, sobreviviente, cuenta que Muriel soñaba con reencontrarse con Juan cuando la pesadilla acabara, e irse a vivir al sur, donde “viviría en una casita de madera en medio de un bosque de mañíos y araucarias, y le pondría a sus niños nombres de héroes y de quienes habían caído luchando en pos de sus sueños”.

9. Jacqueline Drouilly Yurich
Tenía 24 años y un embarazo de 4 meses, cuando fue detenida en Santiago el 30 de octubre de 1974. Pocas horas después, en otro  lugar cayó detenido su marido, Marcelo Salinas. Miguel Enríquez ya había caído en combate el 5 de octubre, y ahora la DINA seguía buscando a su sucesor en la dirección del MIR, Andrés Pascal Allende. La pareja de militantes del MIR se había casado en agosto y luego de la fiesta con la familia y amigos, Jacqueline bromeaba mostrando las sábanas color púrpura, “de obispo”, conguardas blancas que había cosido cuando comenzó a vivir con Marcelo.

Ellos formaban parte de los equipos que realizaban tareas al interior de la estructura de Informaciones, directamente ligada a la dirección del MIR. Jacqueline era la mayor de cuatro hermanas y vivió su niñez y adolescencia en Temuco.  Estudió Trabajo Social, en la U de Chile. Pero como también tenía inclinaciones artísticas estudió dos años de Teatro en Santiago, cuando se trasladaron allí. Después del golpe, sus padres le ofrecieron apoyarla para irse a Europa. Pero ella y Marcelo rehusaron, argumentando que los  pobladores y los trabajadores no podían irse, y “vamos a aguantar” como ellos. Sabían los riesgos, pero también sabían que su partido y el pueblo los necesitaban. En prisión, en Cuatro Alamos, Jacqueline  se las arreglaba para comunicarse con Marcelo usando un espejo, y alegraba a sus compañeras contando historias y chistes.

10. María Teresa Eltit Contreras
Tenía 22 años y estudiaba secretariado. Militaba en el MIR. Fue detenida el 12 de diciembre de 1974, pocos días después de la detención y muerte en tortura de José Bordaz, jefe militar del MIR, con quien trabajaba como su enlace. Su militancia venía desde los tiempos en que era estudiante secundaria  y pertenecía a la FESES, Federación de Estudiantes Secundarios. En prisión se reencontró con una compañera de esa época, sobreviviente, que la  describe como  “impulsiva, enamorada y muy comprometida”  con los objetivos de su partido. Otra amiga la recuerda haciendo trabajo político en los campamentos “Patria o Muerte “y “Venceremos” de la comuna de  La Granja, surgidos de tomas de terreno. María Teresa fue torturada en la parrilla muchas veces, sin embargo otras presas recuerdan que era quien recibía y consolaba a quienes pasaban luego por ese mismo trance. Ante las otras compañeras manifestaba también su dolor por el desamparo en que había quedado su madre que era viuda y trabajadora del área de la salud.

11. María Elena González Inostroza
Tenía 22 años cuando fue detenida en Santiago, el 15 d agosto de 1974. Era mirista y hasta el golpe había sido Directora de la escuela N° 18 del fundo El Calabozo, de Chillán. Hija de campesinos, había sido la mejor  alumna de su carrera, titulada con distinción como profesora de educación básica en la U de Chile de Chillán. La persecución en esa región fue intensa. La casa de sus padres fue allanada 17 veces. Ella y su hermano Galo se trasladaron a Santiago y fueron detenidos en su departamento junto a otros tres compañeros y el hijo de 5 meses de una de ellas. Del extraordinario temple de María Elena en los campos de concentración testimonia una sobreviviente: “Sabía de cocina chilena y de empanadas. Todo lo medía en platos hondos. Me dijo impertérrita que la estuvieron torturando 36 horas en la parrilla”. Era capaz de reírse de todo, con un humor  negro a prueba de las circunstancias.

12. María Isabel Joui Petersen
Marisa, de 19 años, estudiaba economía en la Universidad de Chile. Fue detenida el 20 de diciembre de 1974. Era la única mujer de un hogar tradicional, en que sus dos hermanos y su padre eran uniformados. Ella llegó al compromiso político desde la vertiente cristiana, ya que fue miembro de la Juventud de Estudiantes Católicos JEC, donde entendió el cristianismo como lo explicaba  la teología de la liberación: compromiso con  la lucha por liberar a los oprimidos y construir un mundo mejor. Fue presidenta del Centro de Alumnos del Liceo 3, cuya directiva participaba en las reuniones de la FESES.Así fue como Marisa llegó al FER y más tarde comenzó a formar parte  de la Brigada Secundaria del MIR. Lecturas políticas del Ché y Bakunin, lucha callejera, tomas, huelgas, protestas frente a la embajada de Estados Unidos en el Parque Forestal así como la venta del periódico mirista El Rebelde a la entrada de las fábricas y antes de entrar a clase, eran parte de su vida. En esos tiempos surgió la inquebrantable amistad con María Teresa Eltit y con María Alicia (sobreviviente) quien recuerda que a Marisa le gustaba escuchar a Cat Stevens, a Creedence ClearWaterRevival y a Quilapayun. Con sus amigas celebró Marisa en la Alameda la noche del triunfo del Presidente Allende. Y en los trabajos voluntarios se enamoró de Renato Sepúlveda, estudiante de medicina, también del MIR.  Se casaron en diciembre del 73, cuando poco quedaba del mundo en que habían vivido. La dictadura había cerrado su escuela, pero ambos siguieron en la resistencia. El trío de amigas después compartió prisión y tortura. Con hilos de una frazada y astillas tejieron  pulseras que prometieron llevar siempre consigo.

13. Mónica Llanca Iturra
Tenía 23 años, un hijo de 2 años, Rodrigo, y un marido cuando la detuvieron el 6 de septiembre de 1974. Era funcionaria del Gabinete Central de investigaciones, y pertenecía a una red clandestina que proporcionó células de identidad a la resistencia. Trabajó junto a Antonio Tello y Sonia Bustos. A lo largo de 6 meses, logró traspasar cartolas de cédulas en blanco para la elaboración de nuevas células de identidad destinadas a los perseguidos dirigentes miristas que no podían pasar los controles callejeros. Mónica estudió en el Liceo 15 de calle Santo Domingo y vivía en el barrio Carrascal, donde conoció a Manuel. Se casaron en 1971 y compartieron el entusiasmo de los años de la Unidad Popular y los cambios que el país vivía. Mónica iba las concentraciones y las marchas, leía con Manuel la revista Punto Final y  El Rebelde, y en una carta a una amiga,  le preguntaba si encontraba que Allende era en verdad el Salvador de Chile. Manuel trabajaba en Cemento Polpaico, que había sido intervenida, y estudiaba de noche en la USACH, entonces Universidad Técnica del Estado. Eran una familia feliz y llena de esperanza, habían montado una casilla de madera en el patio de la casa de la hermana de Mónica. Manuel quedó cesante tras el golpe y vivieron días difíciles, sustentando ella sola el hogar. Una compañera de trabajo la describe como “alegre, vivaz, confiada y confiable. En el casino siempre nos hablaba con mucho amor de Manuel y de su hijito Rodrigo.”

14. Violeta López Díaz
Militante del MIR, viuda, desapareció, tenía 40 años, un hijo de 16, Ricardo, y una hija de 14, Rebeca. Militante y artista, madre y mujer bella, obrera y secretaria, rompía los cánones tradicionales. Antes del golpe, había fundado el grupo de teatro Acquarius. Participó en la Asociación de Teatro de los Ferrocarriles, y también fue secretaria de la Sociedad de Autores Teatrales de Chile. El 11 de septiembre trabajaba como obrera  en Cecinas Loewer y fue detenida junto a otros once trabajadores y hostigada por varios días. En una oportunidad los uniformados le hicieron tragar bencina, amenazándola con  prenderle fuego y hacer daño a sus hijos. Valiente, decidida, ella siguió adelante con su familia, su militancia y su vida pero tras su detención en su domicilio de San Miguel, el 29 de agosto de 1974, sus hijos la perdieron para siempre. La denuncia para el recurso de amparo la puso el niño en la Vicaría. Cuando la buscó en recintos policiales, los uniformados le respondían que se volviera a casa porque su madre lo había dejado botado. Siguió haciéndolo, desesperado y dejó los estudios.  Se fue preso una y otra vez porque durante las noches de toque de queda salía a las calles a exigir el paradero de Violeta y luego insultaba a los uniformados. Una demanda fue presentada en 2005 por CODEPU, y la última en 2015 como parte de una demanda colectiva de Londres 38. Finalmente la ministra Marianela Cifuentes tomó la causa, que aun no tiene procesados.

15.- María Cristina  López Stewart
21 años, militante del MIR, estudiante de historia en el Pedagógico de la U de Chile fue detenida el 22 de septiembre de 1974, en el marco de los operativos que la DINA realizaba para ubicar a Miguel Enríquez. La joven estudiante, de cabellos color miel y pequeña de estatura,  dirigía una parte de la estructura de informaciones, trabajando con Alejandro de la Barra, quien fue ejecutado por la DINA en diciembre de ese mismo año. Desde los ocho años, María Cristina, la menor de tres hermanas, llevó un diario de vida. A los 16 escribió allí : “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a dejar de vivir.” Estudió en el Liceo 7, donde pudo conocer niñas de sectores sociales diferentes a su familia, que vivía en La Reina e hizo allí amistades entrañables. Leía, estudiaba, escuchaba a Los Beatles, su grupo musical favorito, y jugaba con su perrita Jenny. Su rebeldía y su búsqueda de igualdad de derechos la llevaron a negarse a asistir a la graduación al fin de sus estudios secundarios,  porque había otras estudiantes que no lo harían por no poder costear el traje para la  ocasión. Comenzó su militancia universitaria en el frente estudiantil, participando incluso  domingos y festivos en el trabajo político y poblacional, lo que hacía decir a su mamá: “Parece ser que mi hija Mari siente que cada minuto de su existencia es más importante entregado a los demás que a sí misma y así va dejando su desbordante alegría y esperanza en hogares más humildes “. Luego Mari pasó a trabajar políticamente en la búsqueda, recolección y sistematización de información relacionada con los movimientos golpistas de determinados sectores.

16. Eugenia Martínez Hernández
Obrera, del MIR, colocolina, 25 años, fue detenida el 24 de octubre de 1974 en la industria Laban, donde trabajaba. Su madre explica que ella entró al MIR porque deseaba vivir en una sociedad libre y justa. Su compromiso social se despertó cuando trabajaba en una fábrica de papeles. Eugenia terminó su enseñanza  media asistiendo al Liceo Nocturno N=3  llegando muy tarde a su casa de La Legua Emergencia. La fábrica de Laban fue  tomada por sus trabajadores el 29 de junio del 73, día del “Tancazo” , una suerte de ensayo del golpe. Quena logró la intervención de la industria denunciando el boicot patronal a la producción y desde entonces se unieron al Cordón industrial Macul. Pero la experiencia sólo alcanzó a durar 2 meses. Tras el golpe, la industria volvió a manos de los patrones.

17. Marta Neira Muñoz
Comunista, 29 años, un hijo – Francisco- fue detenida el 9 de diciembre de 1974, a horas de que su pareja, César Arturo Negrete (MIR) de quien era enlace, también cayera preso. Tita, alegre y generosa, de grandes ojos azules, la tercera de cinco hermanos, creció en la localidad de Isla de Maipo. En la plaza todos le hacían rueda cuando bailaba rock and roll con su hermano Miguel Angel. Ella era el orgullo de las Juventudes Comunistas de la localidad, donde solía repartir El Siglo. Era bajita y le gustaba usar tacones muy altos. Su padre había conocido la persecución en tiempos que González Videla ilegalizó al Partido Comunista. Cuando la familia se trasladó a Santiago, estuvo un tiempo en el Liceo 5 de Portugal pero terminó sus estudios en un liceo nocturno. Su rostro hermoso, de tez tostada y sonrisa perfecta fue una vez portada de la revista juvenil Ramona que editaba Quimantu, donde trabajó hasta el 11 de septiembre.

18. Patricia Peña Solari
Estudiante de licenciatura en Biología, tenía 23 años cuando fue detenida el 10 de diciembre de 1974. Su hermano Fernando había caído el día anterior. Su madre, concertista en piano, hermana de la actriz Malucha Solari, había fallecido poco antes. Militaba en el MIR y se encargaba de reproducir el periódico del MIR, El Rebelde, en un complejo proceso que comenzaba con descifrar los textos que venían en microfilm. Había estudiado en el Liceo 1. Bella, de pelo largo liso y negro, ojos almendrados y piel morena, Patricia tocaba el piano y la guitarra y amaba la música. Pertenecía al coro del Liceo y luego al  coro de Cámara de Guido Minoletti. En las largas noches de tiempos de dictadura y resistencia, Patricia y su pareja trabajaban en los textos de El  Rebelde para hacer unos 200 ejemplares, tras lo cual, con las manos aun entintadas, se acariciaban…después Patricia tocaba el piano interpretando a Mozart y Chopin, en una sucesión que Claudio, su pareja, sobreviviente rememora: “Allí estabas nuevamente  dulce como siempre: el amor, la reunión, El Rebelde y  el regreso al pentagrama.”

19. Bárbara Uribe Tamblay
Detenida el 10 de julio de 1974, tenía 20 años. Egresó del liceo un año antes de  casarse con Edwin en diciembre del 73. Fue amor a primera vista, se conocieron en el local de la Federación de Estudiantes Nocturnos, como activos miembros del FER y ella tomó la iniciativa. Iván trabajaba en la estructura de Informaciones, y es probable que Bárbara tambiénlo hiciera. Estudió en los liceos 7 de Niñas y 9 de Macul y allí luchó por todas las causas justas. Eran cuatro hermanas,Su hermana Viviana cuenta que tenía fama de rebelde  y la echaban de todos lados. También se preocupaba de sus amigas y una de ellas recuerda que le enseñó a pintarse las pestañas. Emotiva, sensible, le gustaba  la música y el canto y le aburrían las lecturas pesadas. Muy bella, le aconsejaron ser  modelo pero ella optó por hacer un curso de secretariado. Ingresó al MIR tras participar en los trabajos voluntarios en apoyo al movimiento campesino y obrero en Talca: “Cuando conoció la pobreza  directamente,no dejó de verla más”, explica su hermana. Trabajó políticamente en los campamentos de Lo Hermida y Nueva Habana y conocía de cerca al agente Romo que en esa época era dirigente poblacional, y luego fue quien  la detuvo y vejó. Ella había continuado ligada a los pobladores y se esforzó por ayudar a los perseguidos. Bárbara y Edwin permanecen desaparecidos y unidos para siempre.

Sesenta Mujeres presas en Pisagua

Después de 43 años, ex presas políticas en Pisagua se querellarán contra carceleros que las vejaron

 

 

Anyelina Rojas V/ Periodista Edición Cero.-

En sí y año tras año, el acto de conmemoración en honor a las víctimas de DDHH, tras el golpe de Estado, es un acto de extrema emocionalidad, de sentimientos encontrados, de recuerdos que no se quieren recordar. Sin embargo, en éste, el Nº 43, fue de una explosión emocional, cuando las mujeres presas en Pisagua, todas que muy jóvenes en aquella época, incluso, algunas adolescentes y que hoy desde la madurez y la sabiduría de los años, anuncian que se querellarán contra quienes las vejaron sexualmente durante sus detenciones. No fue algo generalizado, pero son muchos los casos… que se han callado por años, pero hoy es la hora de la verdad… Y la justicia.

Fue impactante cuando la activista de Derechos Humanos y dirigente de la Corporación Pisagua, Juana Torres, de militancia comunista desde su juventud, hizo el anuncio a viva voz, en pleno acto conmemorativo. Y lo hizo mientras las mujeres, como tradicionalmente lo hacen, se presentaban en un coro para sumarse al homenaje, de cada 11 de septiembre.

Nadie lo esperaba. Tampoco lo contaron antes, por lo que la concurrencia quedó sorprendida… Se produjo un gran silencio, seguido de un gran aplauso por la valentía de todas ellas. Cada una con una historia particular, que ahora enfrentarán de manera completa, porque “la sociedad no merece nuestro silencio”, señala Juana Torres.

“Es hora que el mundo entienda que esas mujeres fueron capaces de superar el dolor… Y aquí estamos compañeros, presentes y con la frente en alto”, dijo con voz entrecortada, recordando a muchas de otras mujeres que ya murieron.

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Juana Torres recordó que en los años 70 eran muchachas jóvenes, entusiastas. Sesenta llegaron a Pisagua. Dijo que ya ahora, mujeres adultas y con sus vidas realizadas, se reúnen todas las semanas para ensayar sus coros, y a través de sus canciones, entregar su mensaje. Así, entre ensayos y encuentros surgen las inevitables conversaciones de lo ocurrido en Pisagua, los recuerdos. Pero también la alegría y el valor por seguir luchando.

Entonces entre reunión y reunión, comienzan a analizar el tema, con una mirada más allá de lo que habitualmente lo hacían. “Pensamos que aún no estamos totalmente sanas, porque esta fecha todavía nos asusta… No tenemos ese miedo y ese dolor de llanto, tenemos ese dolor revolucionario, ese dolor que fortalece…”

Se deciden entonces, a exponer el tema “porque creemos que no tenemos derecho de negar a la sociedad; no decir lo que pasamos. No estamos de acurdo con los 50 años de silencio y estábamos cayendo en eso”.

Tomada la decisión de denunciar los abusos sexuales, que se suman a la brutalidad de la detención, la tortura y el cautiverio, el paso ahora es trabajar en la querella. Este fue el tema que marcó el acto conmemorativo, a 43 años del golpe de estado.

ACTO CONMEMORATIVO

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Los homenajes partieron en la Plaza que recuerda al presidente Allende, para luego enfilar, hacia el Cementerio Nº 3, donde se levanta el Mausoleo “Para Que Nunca Más”, donde yacen ex prisioneros poíticos, aparecidos en la fosa clandestina de Pisagua.

El acto fue dirigido por los dirigentes de la AFEPI, Héctor Marín y Lisabeth Millar, hermano e hija de Jorge Marín y Williams Millar, ejecutados en el Regimiento Telecomunicaciones, luego trasladados al mismo cementerio, donde se urdió una falsa historia de fuga y enfrentamiento.

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En la ocasión, asistió el alcalde Jorge Soria, en tal calidad, pero también por su condición de ex prisionero político. Dijo que su lucha y su gestión histórica, está inspirada en las ideas del Presidente Allende, quien pretendía mayor igualdad, mejor educación y salud. También recordó que el creador de la Zona Franca de Iquique, no fue Pinochet, sino que Salvador Allende.

También intervinieron Etna Venegas, del partido Humanista y Juan Carlos Zavala, del Partido Socialista, en línea disidente a la de la colectividad.

De: edicióncero.cl

Hijos de desaparecidos y el fin de la impunidad en Argentina, Chile y Uruguay,Le Monnier, 2015

 Hijos de desaparecidos y el fin de la impunidad en Argentina, Chile y Uruguay, Le Monnier, 2015 cambia Todo,

Todo-cambios

È in libreria la mia terza monografia: Todo cambia. Figli di desaparecidos e fine dell’impunità in Argentina, Cile e Uruguay, Le Monnier 2015. Todo cambia, è un titolo che non ricorda solo la negra Mercedes Sosa, ma ancora di più, per chi avrà l’amabilità di leggere, testimonia che non ci sia un destino segnato né nel bene né nel male e come la Storia ci insegni che dalle più angosciose tragedie, la vita, la verità e la giustizia, possano tornare a fiorire facendo del passato e della memoria il seme del futuro.

Voglio lasciarvi alle righe della Scheda editoriale e poi alla mia Introduzione come invito alla lettura. Dovrei fare una lunga lista di ringraziamenti, li tengo nel cuore, di qua e di là dell’Oceano e mi limito a quelli istituzionali, non meno sentiti, Fulvio Cammarano, curatore della Collana e l’editor, Alessandro Mongatti.

Il libro può essere acquistato in libreria e online, per esempio quiqui o qui. In programma ci sono già presentazioni a Modena (5/3), Napoli (15/4), Bolzano (21/4), Bergamo (23/4), Roma (15/5) e in via di definizione Bologna, Torino, Cremona.

grazie,  #TodoCambia

Gennaro Carotenuto

Todo cambia. Figli di desaparecidos e fine dell’impunità in Argentina, Cile e Uruguay, Le Monnier, 2015

Cosa hanno in comune Sofia Prats, figlia di un alto ufficiale dell’Esercito cileno, e Jessica Tapia, figlia di un minatore comunista? Entrambi i loro padri furono assassinati da Augusto Pinochet e dal Terrorismo di Stato delle dittature latinoamericane. Attraverso la storia orale, la metodologia che aiuta a capire come le persone comuni abbiano affrontato i grandi passaggi delle loro epoche, leggiamo le testimonianze originali, a volte drammatiche, a volte serene, su come i figli dei desaparecidos in Argentina, Cile e Uruguay abbiano preso in mano le loro vite. La storiografia serve così a sciogliere stereotipi consolidati sul Continente. “Todo cambia”, come canta Mercedes Sosa. Decenni di lotte per la verità e la giustizia fanno sì che oggi molti dei torturatori e assassini che negli anni Settanta aprirono le vene dell’America latina, dopo processi esemplari, qui studiati attraverso fonti giudiziarie inedite, stiano pagando per i loro crimini suturando le ferite di una società intera.
“Quella che con questa ricerca voglio contribuire a raccontare – scrive l’autore nella sua introduzione – è una storia successiva, un postumo, una conseguenza di quella lotta al calor bianco dell’epoca delle dittature. È una storia figlia delle dittature, che ha a che vedere con i sopravvissuti, con i percorsi dell’impunità e della giustizia, e con l’esperienza di vita dei figli dei desaparecidos, segnata sovente dalla ricerca, prima di genitori scomparsi, quindi dall’impegno per coronare una trentennale ricerca di verità e giustizia che è sia individuale sia collettiva e che nell’ultimo decennio ha permesso a una parte rilevante della regione di uscire dal cono d’ombra dell’impunità e dell’oblio nel quale era stata relegata nei vent’anni precedenti”.

Introduzione

«Rispetto al desaparecido, finché sta come sta, è un’incognita il desaparecido. Se apparisse avrebbe un trattamento ‘X’. Se l’apparizione si convertisse in certezza del suo decesso, avrebbe un trattamento ‘Z’. Però finché è desaparecido, non può avere un trattamento speciale. È un desaparecido, non ha entità. Non è né morto né vivo, è desaparecido. Di fronte a ciò non possiamo fare nulla».

Jorge Rafael Videla

Coloro che non sarebbero stati né morti né vivi, evaporati fino a non avere più uno stato giuridico, li ritrovo in un appartamento del centro di Buenos Aires. È una comune civile abitazione di un condominio dell’Avenida Rivadavia. Vi tocco con mano il fior di conio più cruento che la lingua spagnola abbia consegnato al mondo nel Novecento: desaparecido. In una stanza che potrebbe essere un soggiorno familiare mi accoglie una sequenza di scaffalature di metallo, che copre per intero le quattro pareti. Lungo i ripiani, dove regna un ordine pulcro, sono allineate 340 scatole di cartone: «Mele del Rio Negro, Produzione Argentina». Ognuna di esse contiene i resti di un essere umano.

Eccoli i desaparecidos, o almeno una centesima parte di questi; aspettano in quelle scatole di mele che sia loro restituita un’identità.

Molti di questi resti provengono da una grande fossa comune di un cimitero alle porte della capitale. È stato risparmiato loro «il volo della morte» descritto nel saggio omonimo di Horacio Verbitsky, che a metà anni Novanta illuminò il mondo sulle pratiche del Terrorismo di Stato in America Latina. Classificati come NN, il silenzio dei seppellitori all’inumazione era stato comprato con la moneta della paura. Al momento dell’incontro con il direttore dell’EAAF (l’équipe argentina di antropologi forensi), da quell’appartamento era uscita, per essere sepolta degnamente, appena una dozzina di desaparecidos ai quali era stata restituita l’identità e sono poche centinaia il totale degli identificati a oggi. Dario Olmo, il direttore, è un uomo dalla sensibilità rara che, partendo dall’Argentina, ha dedicato la vita a dare un nome alle vittime senza nome, dal Guatemala al Ruanda, dal Kurdistan all’ex Jugoslavia. L’esperienza degli antropologi forensi argentini, che hanno operato in 45 Paesi di tutti i continenti, coniuga metodologie di ricerca che vanno ben oltre il lascito di James Watson e Francis Crick, i due scienziati che rivoluzionarono anche gli studi penalistici, mettendo a disposizione l’elemento dell’analisi del DNA. Fin dal 1987, un’epoca precocissima per tali idee, in Argentina fu creata una banca dati genetica. Serviva per identificare i morti, ma soprattutto per cercare i vivi, quelle centinaia di bambini ai quali la dittatura aveva tolto l’identità, appropriandosene e affidandoli a terzi, in genere complici del regime, dopo averne ucciso i genitori.

A partire da quell’istanza si dimostrò anche come la genetica e la tecnologia da sole, senza il supporto delle scienze umane, non bastassero. Perché quei dati potessero servire, fu necessario affinare metodologie proprie dell’analisi storiografica, combinando, ove possibile, fonti giudiziarie, di polizia e d’archivio, testi a stampa, testimonianze orali, registri cimiteriali. Erano saperi indispensabili per poter avanzare nell’incrociare i singoli resti e associarli a uno delle centinaia di campi di concentramento argentini, dove la maggior parte degli assassinii furono commessi, e arrivare infine a dare ai resti un nome e una storia personale, interrotta da quel modello repressivo che chiamiamo Terrorismo di Stato.

Quella che con questa ricerca voglio contribuire a raccontare è dunque una storia successiva, un postumo, una conseguenza di quella lotta al calor bianco dell’epoca delle dittature. È una storia figlia delle dittature, che ha a che vedere con i sopravvissuti, con i percorsi dell’impunità e della giustizia, e con l’esperienza di vita dei figli dei desaparecidos, segnata sovente dalla ricerca, prima di genitori scomparsi, quindi dall’impegno per coronare una trentennale ricerca di verità e giustizia che è sia individuale sia collettiva e che nell’ultimo decennio ha permesso a una parte rilevante della regione di uscire dal cono d’ombra dell’impunità e dell’oblio nel quale era stata relegata nei vent’anni precedenti.

Oggetto centrale di questo saggio, che è parte di uno studio più ampio sulle opposizioni alle dittature civico-militari in Argentina, Cile e Uruguay, non è dunque lo studio delle dittature stesse al momento del loro potere assoluto sull’intera regione, soprattutto tra gli anni Settanta e Ottanta, ma di alcuni aspetti delle conseguenze di esse. In particolare si affronta lo studio di come verità processuali sulle violazioni dei diritti umani commesse dalle dittature stesse siano emerse nel corso del tempo, quindi occultate in un contesto d’impunità e poi di nuovo emerse. La ricerca avviene tentando di capire come questa alternanza risponda a percorsi egemonici all’interno delle società stesse. Tali percorsi finiscono per essere sottesi anche all’alternanza tra giustizia e impunità. Tutto ciò viene messo in filigrana attraverso lo studio dell’esperienza storica di essere figli di oppositori politici sottoposti a distinte forme di repressione da parte dei regimi militari in questione. Tale esperienza è trattata attraverso l’uso di fonti orali.

Sulle peculiarità della metodologia d’uso di queste fonti, nel contesto delle violazioni di diritti umani, torno nel primo capitolo. La scelta complessiva è giustificata con il tentativo di rispondere a una delle domande tipiche che la storiografia può e deve porsi rispetto a un problema storiografico dato: che cosa resta delle dittature, quali sono le conseguenze sulla società e come la memoria delle violazioni dei diritti umani si è mantenuta viva a ormai quarant’anni da quell’esperienza. Ciò in un momento storico nel quale, con i genitori decimati, le madri (e nonne) dei desaparecidos, a lungo testimoni della ricerca di verità e giustizia, si avviano alla fine del loro ciclo biologico. Sono così i figli (nipoti), che hanno raggiunto nel pieno la loro età adulta, e hanno raccolto il testimone delle generazioni precedenti. In qualche caso, da forze percepite come antisistema, esse hanno finito per istituzionalizzarsi. È accaduto con la più conosciuta associazione in difesa dei diritti umani, le madri di Plaza de Mayo argentine, per decenni represse violentemente o fatte passare per pazze anche in democrazia e giunte all’appoggio amplissimo alla politica dei diritti umani dei governi di Néstor Kirchner e di Cristina Fernández, un paradosso che pone ulteriori questioni all’attenzione degli studiosi. Ciò ha contribuito anche a modificare o superare questioni che nel corso dei decenni erano state poste in maniera diversa proprio rispetto agli slittamenti egemonici accennati.

Tra le vittime delle dittature civico-militari troviamo una gran maggioranza di persone comuni e militanti sociali. Vi è inoltre una minoranza – quantitativamente insignificante in Cile – di guerriglieri caduti in combattimento o assassinati a mansalva. I corpi della maggior parte dell’una e l’altra categoria furono fatti sparire. L’assenza del corpo, nell’impedire il lutto, ha conseguenze morali e materiali drammatiche sulla vita di chi resta e sull’intorno sociale, che finiscono per essere ben maggiori di quelle provocate dal ‘semplice’ omicidio. Tale differenza, sfumata dalle distanze geografiche e interpretative, si fa vita quotidiana, e come tale oggetto di attenzione storiografica. Le stesse storie delle forme repressive dei tre Paesi si intersecano e allo stesso tempo vivono di peculiarità che sopravvivono al corso del tempo. In Cile, il governo di fatto, incarnato da Augusto Pinochet, ha mantenuto le maggiori quote di consenso e di legittimità per spezzoni importanti della società, non limitati strettamente alle classi dirigenti. Ciò, insieme alla tetragona capacità del regime di difendersi anche a posteriori, e alla non particolare valentia della classe politica che ha governato dal 1989 in avanti, si è risolto in scarse – ma non nulle – possibilità di fare giustizia.

Ancora nel settembre 2014, nel rituale discorso per commemorare le vittime del golpe, la presidente Michelle Bachelet ha espresso il (mero) desiderio di abrogare l’amnistia del 1978 per le violazioni di diritti umani. Ciò non significa che non si sia avanzato su altri piani: nel corso del tempo molte famiglie hanno ottenuto alcune informazioni sulla sorte dei loro cari, in genere anche solo la conferma della morte. Questi erano quasi tutti militanti di partiti politici strutturati e legali, sovente di una generazione anteriore a quella repressa altrove.

Il colpo di stato dell’11 settembre 1973, infatti, abbatteva un legittimo e radicato governo popolare con partiti, sindacati e organizzazioni sociali che passavano da un giorno all’altro dalla piena legalità all’essere oggetto della repressione più feroce. In Argentina, un Paese dove la difesa del regime da parte di protagonisti e complici si è in più fasi rivelata meno efficace rispetto al Cile, i corpi delle vittime che non sono stati fatti sparire con i voli della morte o distrutti in altra forma, sono oggi oggetto di un difficile percorso di identificazione, un lavoro defatigante che sta richiedendo ulteriori anni di indagini. Sull’altra sponda del Río de la Plata, in Uruguay, i desaparecidos bisogna invece cercarli come un ago nel pagliaio di sterminate servitù militari. I numeri inferiori fanno sì che, una volta trovati i resti, l’identificazione degli stessi risulti meno problematica che altrove. Purtroppo, nell’assoluta mancanza di rimorso se non di collaborazione – anche in democrazia – da parte delle forze armate, che continuano ad addestrarsi a una guerra immaginaria marciando su cimiteri clandestini, la professionalità per tale ricerca potevano offrirla solo gli archeologi dell’Università della Repubblica coordinati da José María López Mazz. Hanno utilizzato per anni metodologie e tecniche della loro disciplina per recuperare evidenze che, senza un’omertà pervasiva, sarebbero state ottenute in pochi giorni. Continuamente beffati da informazioni false, filtrate ad arte per far perdere loro mesi di lavoro, dopo dieci anni di scavi, nei quali è stato possibile avanzare solo per piccoli frammenti di verità, il professor López Mazz si è dimesso nell’agosto del 2014. In dieci anni solo quattro sono stati i ritrovamenti di resti ai quali è stato possibile dare un nome: Ubagesner Chávez Sosa, Fernando Miranda, Ricardo Blanco Valiente e Julio Castro. Nell’ultimo caso, si è dimostrato che quell’anziano maestro era stato assassinato con un colpo di pistola alla nuca. Era falso dunque affermare che ai militari se le pasó la mano en la tortura («avevano esagerato con la tortura» è l’assurda eppure comune giustificazione di tante morti), come filtrato – in assenza del corpo – dalla Commissione per la Pace creata nel 2000 dalla presidenza di Jorge Batlle.

Una cassa come le altre reclama la mia attenzione. L’etichetta, scritta a pennarello, recita: «bambino 1, bambino 2, bambino 3».

Sono lì conservati tutti insieme e, chissà, furono uccisi insieme allo scopo di salvare la «civiltà Occidentale e Cristiana». La battaglia anticomunista esigeva non solo le vite di quei bambini, ma anche la cancellazione della loro esistenza, della loro identità e il loro oblio. Dove necessario i militari nascosero la stessa nascita, come per il figlio di Laura Carlotto, alla quale distrussero il ventre per occultare ogni segno del parto in cattività. Fu ritrovato solo nell’agosto del 2014 con il nome di Horacio Hurban. Forse da qualche parte qualche abuela sta ancora cercando quei bimbi ‘uno’, ‘due’ e ‘tre’.

Magari un’altra nonna non ha mai saputo della loro esistenza, e forse neanche della gravidanza di una figlia desaparecida: nel maggio del 2014 è stata confermata una realtà che a tutti, per ragioni differenti, costava troppo ammettere. Con l’identificazione in contesti diversi di tre desaparecidas argentine, Mónica Edith De Olaso, Alicia Beatriz Tierra e Laura Gladys Romero, sequestrate e assassinate in avanzato stato di gravidanza, c’è stata la prova che non tutti i 500 figli che le nonne di Plaza de Mayo cercano sono necessariamente nati.

Suona il telefono in un’altra stanza e resto solo in quella catacomba in un grande condominio di una strada centralissima di Buenos Aires. Mi lascio andare al flusso della mia coscienza in queste Fosse Ardeatine senza nome. La frequentazione dei vivi e la raccolta delle testimonianze dei vivi sono il cuore del lavoro che mi sono proposto. Non avevo preso in considerazione l’idea di incontrarmi un giorno con loro, i morti, se non nella memoria di chi è sopravvissuto. L’assenza, in quel luogo ignoto ai più, si trasforma in presenza, e rende degno il mio lavoro. Ma tale dignità è un macigno, forse insopportabile.

Nella camera accanto mi attende un’antropologa forense. È una donna magra, sui cinquant’anni, la coda di cavallo, il camice bianco, l’aspetto quanto mai austero. Sta lavorando su uno scheletro ricomposto su una barella metallica. Mi dà molte spiegazioni tecniche. «È un giovane uomo tra i ventisette e i quarant’anni, alto circa un metro e settantacinque […]». Potrei essere io, mi ritrovo a pensare. «Frattura alla tibia destra […]». Accolgo il dettaglio che non mi riguarda con insensato sollievo. Mi sforzo di mostrarmi distaccato.

«La morte è stata causata da un colpo di pistola alla nuca». Improvvisamente, l’antropologa ha quasi uno scatto. Non so neanche bene come, mi fa ritrovare tra le mani quel cranio. Prende le dita della mia mano sinistra. Fa scorrere il mio indice nel foro d’entrata della pallottola che uccise l’uomo. È la stessa, rimasta nella testa e ritrovata nel teschio, che ora è tra le mie dita. Sono impreparato all’irruenza della donna, alla veemenza dell’imposizione tattile di quei resti. Avverto la mia riluttanza, e forse l’avverte anche lei. È più sorpresa che raccapriccio. È stata una mia scelta essere lì e basarmi per i miei studi su fonti storiche non tradizionali.

Avrei potuto lavorare nell’archivio del terrore di Asunción, in Paraguay, dove Martín Almada e Stella Calloni , un giurista e una giornalista prestati alla Storia, hanno portato alla luce le prove del Piano Cóndor, la joint venture del Terrorismo di Stato che, con la copertura di Washington, non diede quartiere ai democratici della regione e che, come segnala tra gli altri Martorell, divenne politica di stato dal 1973 alla metà degli anni Ottanta in almeno sei Paesi della regione (Argentina, Cile, Uruguay, Brasile, Paraguay, Bolivia e in parte il Perù), avendo come ideologi Henry Kissinger e Augusto Pinochet.

Avrei anche potuto lavorare nell’archivio della polizia di La Plata dove, con una metodica degna di un regime totalitario, dagli anni Trenta agli anni Ottanta, attraverso governi di diversi colori, sono stati schedati tutti i movimenti di decine di migliaia di cittadini, come nella Repubblica Democratica Tedesca raccontata da Florian Henckel von Donnersmarck in Le vite degli altri, oppure in altri archivi del terrore, che in questi anni si stanno aprendo in tutta la regione. Ho invece scelto le fonti orali per lavorare sulla tradizionale capacità di queste di illuminare su voci non egemoni come le opposizioni alle dittature in Argentina, Cile e Uruguay e all’interno di queste. Il «racconto di vita» permette alla storiografia di allargare il proprio campo di osservazione verso un contesto esperienziale che rappresenta aspetti non coperti dalle fonti tradizionali. Il dato, positivo e positivista, sul numero dei morti, o sull’involuzione dei diritti sindacali durante le dittature civico-militari, o sulla variazione di potere d’acquisto dei quintili della popolazione cilena o argentina, è importante ma non esaustivo. In un contesto come quello del Terrorismo di Stato, che ha scelto di eliminare una parte della società, come afferma la sentenza della giudice Roqueta, applicando un «piano sistematico» con caratteristiche genocidiarie contro una parte della società, e ne ha cancellato non solo la vita ma finanche i corpi, la ricostruzione del vissuto delle vittime e le conseguenze del genocidio (termine sulla legittimità del quale mi estenderò più avanti nel testo) permettono, forse più di altre metodologie storiografiche, di fare emergere quello che i repressori volevano annientare.

Anche se la battaglia per la verità e la giustizia non si è mai fermata dagli anni Settanta a noi, né in Argentina né nel resto della regione, i regimi neoliberali ereditati dalle dittature si caratterizzarono per la difesa dell’impunità per le violazioni dei diritti umani commesse. Nel merito, alla caduta del governo De la Rúa, determinata dal default economico del 2001, l’epoca caratterizzata dalla figura di Néstor Kirchner si configura come svolta, con la cancellazione delle leggi di impunità e la celebrazione di centinaia di processi, ai quali è dedicata parte del primo capitolo.

Il caso argentino si impone per radicalità tra quelli che si possono includere nel dibattito sulla giustizia di transizione, sia rispetto ai casi di Cile e Uruguay qui trattati, sia rispetto al resto del mondo e al dibattito delle scienze giuridiche. La stessa Corte Suprema sostiene che la giustizia per i crimini di lesa umanità è ormai consolidata parte del «patto sociale» degli argentini e il direttore del CELS, Horacio Verbitsky può affermare che:

il processo di memoria, verità e giustizia per i crimini di lesa umanità è una delle basi sulle quali si è consolidato lo Stato democratico e i processi ai repressori ne sono una componente fondamentale, insieme alla ricostruzione della verità, la promozione della memoria, la ricerca dei bambini appropriati e le politiche di riparazione alle vittime.

La retorica pubblica, soprattutto in Occidente, considera – in modo compiuto a partire dalla fine della guerra fredda – la cosiddetta ‘giustizia universale’ come un punto irrinunciabile verso un mondo di rispetto dei diritti umani, salvo poi declinare ripetute eccezioni da alcuni denunciate come espressioni di una sorta di colonialismo giudiziario. Il caso argentino – attraverso molteplici passaggi storici – rappresenta oggi un’anomalia forse a livello mondiale per il fatto che una forma assertiva se non radicale di giustizia endogena, dunque non imposta dall’esterno, si sia affermata in una società in grado di emendarsi senza pressione internazionale se non spesso con lo scetticismo di parte della comunità internazionale.

Pur nella coscienza della diacronicità e della diversità degli esempi di seguito appena citati, ma cosciente che siano già state tentate classificazioni dall’antica Atene a Soweto, come quelle di Elster, altrove, da Norimberga alla ex Jugoslavia, è stata quasi sempre la forma esogena dei Tribunali penali internazionali a prevalere.

Quando sono gli Stati nazionali a farsi carico della giustizia di transizione per violazioni di massa dei diritti umani da parte di deposti regimi più o meno autoritari, da Palmiro Togliatti al Sud Africa, questa è stata in genere esercitata attraverso forme diverse di compromesso, con indulti, amnistie, soluzioni originali o più spesso cadendo nel nulla dell’impunità come nel caso della transizione spagnola. Per quello che ci concerne in questa sede introduttiva, è chiarificatore il confronto tra il caso argentino e la coeva dittatura brasiliana, alleata e con caratteristiche simili. Solo nel 2014, a trenta anni dalla pubblicazione del Nunca más, il primo rapporto argentino che chiariva i termini del Terrorismo di Stato, si arriva in Brasile a un rapporto completo sulle violazioni dei diritti umani commesse durante quel regime civico-militare. Il rapporto viene però rappresentato come una sorta di punto d’arrivo. Resta tuttora vigente la legge di autoamnistia dei militari del 1979; la Corte Suprema di Brasilia non ha mai preso atto delle molteplici sentenze della Corte Interamericana dei diritti umani che condannano il Brasile per non averla abrogata e la presidente Dilma Rousseff assicura (piangendo, lei vittima in gioventù di tortura e carcere politico) che non ci saranno processi penali per i crimini descritti nel rapporto. È una posizione simile a quella di Barack Obama per il rapporto, diffuso anch’esso a fine 2014, sulle torture autorizzate dal suo predecessore George Bush figlio e commesse dalla CIA.

Il caso argentino dunque, con la sua capacità, sia pur tardiva, di non lasciare impuni neanche i pesci piccoli tra i repressori, oscura le titubanze dei nostri ‘armadi della vergogna’, o il fatto che per i franchisti che nel 1936 assassinarono a Granada Federico García Lorca, desaparecido ante litteram, giustizia non fu mai fatta, neanche in democrazia. Così per alcuni è un paradosso, se non una provocazione, che oggi sia la giudice di Buenos Aires María Servini de Cubría a investigare sui crimini del franchismo. Il caso argentino interroga dunque noi storici, i giuristi, il mondo dei diritti umani: si può? Si deve? Non sfuggono i rischi di una giustizia penale a posteriori, ma sono anche chiari i guasti causati dall’impero dell’impunità, sia sulle vittime e sulla loro necessità di suturare le ferite, sia sulla società tutta, che continua a vedere i suoi processi democratici messi a rischio dalla pervasività del potere, politico ed economico di chi ha ucciso, stuprato, torturato. L’estremo biopolitico di cancellare il corpo del nemico ucciso da parte del Terrorismo di Stato, se complica il panorama per la giustizia, legittima ancor di più, anche per la storiografia, il valore della testimonianza come fonte storica a partire da almeno due peculiarità regionali. Una prima caratteristica originale è quella dell’immediata e costante presenza di voci e testimonianze, tanto in contesti pubblicistici, quanto giudiziari e terapeutici intorno a forti nuclei associativi, in particolare di familiari delle vittime, che rivendicano e ottengono una forte anche se contrastata legittimità. È un protagonismo delle vittime che fa venire in mente, come opposto, il lungo silenzio, studiato tra gli altri da Annette Wieviorka, che caratterizzò per molti anni la Shoah, e che impediva ai sopravvissuti di dire la propria, fino a entrare a far parte della ben più complessa riflessione sull’indicibilità della stessa. In quell’ambito il punto d’inflessione, dopo il quale inizia la produzione di una messe importantissima di testimonianze, sarebbe il processo Eichmann, tenutosi a Gerusalemme nel 1961.

Da Norimberga, dove a nessun testimone fu permesso di narrare la propria esperienza, erano già passati quindici anni. In America Latina, per quanto di difficile comparabilità, l’esperienza della violazione di massa dei diritti umani trova nella parola tanto la testimonianza quanto un modello di sanazione, privata e collettiva. Infatti, la seconda peculiarità è il molteplice interesse per la testimonianza che accomuna la storiografia ad altre discipline che usano con proprie specificità metodologiche l’intervista. La psicologia vi arriva per prima, alla ricerca della sanazione del danno. Con essa vi giunge la sfera sociologica, con le diverse commissioni di verità e riparazione – ma raramente giustizia – che sono, fin dagli anni Ottanta, i primi collettori ufficiali di testimonianze orali di vittime e familiari.

Infine vi è l’ambito giuridico-processuale, a lungo ostacolato dal sistema d’impunità che ha caratterizzato molti degli anni trascorsi. Vi è poi un campo sterminato, quello pubblicistico, giornalistico e memorialistico, con la produzione e l’autoproduzione di migliaia di libri, articoli e documenti, che hanno utilizzato nel corso del tempo memorie, testimonianze, interviste. Ognuna delle tipologie citate arriva dunque alla testimonianza/narrazione dal proprio punto di vista, con i propri interrogativi, per testimoniare o censire l’orrore, renderlo notizia, oppure, nel caso dell’attenzione psicologica, di iniziare a curarlo. In un contesto nel quale familiari e vittime hanno vissuto per anni nel terrore e nella negazione, la convocazione in sé è spesso un inizio di cura.

La mente corre su questi ragionamenti. Continuerò a sentire sul polpastrello del mio dito indice l’orlo del foro d’entrata che ha ucciso quel giovane uomo. Il fardello di quello scheletro mi accompagnerà, mi peserà, ma non potrò evitare di portarlo, magari lungo un percorso tortuoso. Nella mia ricerca, quella sensazione tattile si è fatta discrimine tra un necessario interesse intellettuale, con il quale nel mestiere di storico ci si misura con il passato, e la ricerca come impellenza sociale e collettiva, scrupolosa, regolata, verificabile, ma che parte da un imperativo etico. Se le domande e le risposte della Storia vanno e vengono dal nostro presente, è dal presente che interroghiamo il passato, qualunque fonte del passato, e queste continuano a mutare per il mutare della nostra prospettiva. Così, anche le inquietudini che da quei resti umani provengono rispondono ai miei interrogativi da e per un presente che è il nostro, ma in qualche modo continua a essere il loro. Come ben afferma per la realtà cilena Elizabeth Lira, non è un caso l’insistenza di vittime e familiari su un concetto altrimenti sfuggente quale la ‘verità’. Dopo anni e a volte decenni di tergiversazioni e menzogne, i familiari considerano «che si sappia la verità» altrettanto risarcitorio quanto la giustizia – la fine dell’impunità – e le riparazioni materiali.

Alejandra López è la figlia di un militante comunista cileno, tuttora desaparecido, e una delle fonti di questa ricerca. Nel 1990, al momento della compilazione dell’Informe Rettig, il primo rapporto sulle violazioni di diritti umani in Cile, accompagna la madre a testimoniare.

«C’era un gruppo di professionisti, psicologi, avvocati, e c’era la bandiera cilena. E per me era la prima volta che mi trovavo in un luogo dove c’era la bandiera cilena. Sto parlando del 1990. Era la mia prima esperienza con le istituzioni. […] E io ricordo che non chiesi di trovare mio papà. Io risposi che l’unica cosa che m’interessava era che [quello che era successo] lo sapessero tutti i cileni».

es un título que no sólo recuerda el Negro a aquellos que tendrán la amabilidad de leer Mercedes Sosa, pero aún más, testifica que no hay una fatalidad, ya sea para bien o para mal, y como la historia nos enseña que la tragedia más grave, la vida, la verdad y la justicia, que puede volver a florecer al hacer el pasado y la memoria del futuro semilla.

Me quiero ir a las filas de la junta editorial y luego a mi introducción como invitación a leer. ¿Debo hacer una larga lista de agradecimiento, los guardo en mi corazón, aquí y en todo el océano y lo haré únicos institucionales, no menos sentir, Fulvio Cammarano, curador de la Colección y el editor, Alessandro Mongatti.

El libro se puede comprar en las librerías y en línea, por ejemplo, aquí , aquí  o aquí . El programa incluye presentaciones ya en Módena (5/3), Nápoles (15/4), Bolzano (21/4), Bergamo (23/4), Roma (15/5) y en el proceso de definición de Bologna, Torino, Cremona.

gracias, #TodoCambia

Gennaro Carotenuto

Sobre Gennaro Carotenuto

historiador contemporáneo de la Universidad de Macerata, periodista. PhD Universidad de Valencia, España. El ex investigador Paris3-Sorbonne Universidad IHEAL – Instituto de Altos Estudios l’Amérique latine de la enseñanza y su compañero en la Universidad Bocconi de Milán. El blog, en línea desde 1995 se trata de América Latina, medios de comunicación, italiano y la política internacional.

 

Traducción on line

Todo cambia. Hijos de desaparecidos y el fin de la impunidad en Argentina, Chile y Uruguay, Le Monnier, 2015

Lo que tienen en común Sofia Prats, hija de un oficial del ejército chileno superior, y Jessica Tapia, hija de un minero comunista? Ambos de sus padres fueron asesinados por Augusto Pinochet y el Terrorismo de Estado de las dictaduras de América Latina. A través de la historia oral, el método que ayuda a entender cómo la gente común han abordado los principales pasos de su edad, que lee los testimonios originales, a veces dramáticas, a veces sereno, como los hijos de los desaparecidos en Argentina, Chile y Uruguay tienen recogido sus vidas. por lo tanto la historiografía sirve para disolver los estereotipos consolidadas en el continente. “Todo cambia”, cantada por Mercedes Sosa. Décadas de lucha por la verdad y la justicia significa que muchos de los torturadores y asesinos que en los años setenta abrieron las venas de América Latina, después de juicios, aquí estudiados a través de nuevas fuentes judiciales hoy en día, están pagando por sus crímenes sutura de heridas de toda una sociedad.
“Lo que esta investigación Quiero ayudar a contar – escribe el autor en su introducción – es una historia más tarde, después de su muerte, a consecuencia de la lucha contra al rojo vivo era de las dictaduras. Es una historia de dictaduras hija, que tiene que ver con los sobrevivientes, con impunidad y caminos de la justicia, y la experiencia de vida de los hijos de los desaparecidos, a menudo marcados por la investigación, antes que los padres muertos, a continuación, a partir el compromiso para coronar una búsqueda por treinta años para la verdad y la justicia que es a la vez individual y colectiva, y la última década ha permitido que una parte significativa de la región a salir de la sombra de la impunidad y el olvido en que había sido relegado en las dos décadas anteriores “.

introducción

“En comparación con los desaparecidos hasta que siendo como es, es lo desconocido desapareció. Si él aparecería un tratamiento ‘X’. Si el aspecto sería convertir en certeza de su muerte, que tendría un tratamiento ‘Z’. Pero hasta que desapareció, no puede tener un tratamiento especial. Es una persona desaparecida, no entidades. No es ni muerto ni vivo, ha desaparecido. A la vista de lo que no podemos hacer nada “.

Jorge Rafael Videla

Los que no eran ni muerto ni vivo, se evaporó a ya no tener un estatus legal, encuentran a mí mismo en un apartamento en el centro de Buenos Aires. Es una casa de parroquia civil de un condominio de ‘ Avenida Rivadavia . Me siento con la mano fuera de circulación más sangriento que el idioma español ha dado al mundo en el siglo XX: desapareció. En una habitación que podría ser una estancia de la familia me saluda una secuencia de estanterías metálicas, que cubre en su totalidad las cuatro paredes. A lo largo de los estantes, donde reina un orden pulcro, están alineados 340 cartones: ‘Manzanas del Río Negro, Argentina Producción”. Cada uno de ellos contiene los restos de un ser humano.

Aquí están los desaparecidos, o al menos la centésima parte de éstos; esperar en esas cajas de manzanas que se devuelva a ellos una identidad.

Muchos de estos restos son de una fosa común en un cementerio en las afueras de la capital. Se guardó su “vuelo de la muerte” que se describe en el ensayo homónimo de Horacio Verbitsky, que a mediados de los años noventa se iluminó el mundo en las prácticas del Terrorismo de Estado en América Latina. Clasificado como NN, el silencio del enterramiento enterradores había sido comprado con la moneda del miedo. En el momento de la directora dell’EAAF (el equipo argentino de antropólogos forenses), la salida de ese apartamento iba a ser enterrado con dignidad, sólo una docena de los desaparecidos que fueron devueltos a su identidad y son unos pocos cientos del total identificado hasta la fecha. Dario Olmo, el gerente, es un hombre de rara sensibilidad que, a partir de Argentina, ha dedicado su vida a dar un nombre a las víctimas sin nombre, de Guatemala a Ruanda, la antigua Yugoslavia Kurdistán. La experiencia de los antropólogos forenses argentinos, que han operado en 45 países de todos los continentes, combina métodos de investigación que van más allá del legado de James Watson y Francis Crick, los dos científicos que revolucionó los estudios de derecho penal, proporcionando la ‘análisis de elementos de ADN. Desde 1987, la edad muy temprana para tales ideas, en la Argentina se creó una base de datos genéticos. Sirvió para identificar a los muertos, sino también para encontrar a los vivos, esos cientos de niños a los que la dictadura había tomado la identidad, apropiándose de él y confiar en ellos a terceros, por lo general cómplices del régimen, después de haber matado a sus padres.

A partir de esa instancia también mostró cómo la genética y la tecnología por sí sola, sin el apoyo de las humanidades, no fueron suficientes. Debido a que los datos se podría utilizar, era necesario refinar sus metodologías de análisis historiográficos, combinando, en lo posible, las fuentes judiciales, la policía y de archivo, textos impresos, historias orales, registros de los cementerios. Habían conocimientos necesarios para avanzar en el mejoramiento de los restos individuales y asociarlos con uno de los cientos de campos de concentración argentinos, donde se cometieron la mayoría de los homicidios, y, finalmente, llegar a dar a los restos de un nombre y una historia personal, interrumpido por el modelo represivo que llamamos el Terrorismo de Estado.

Lo que esta investigación Quiero ayudar a contar una historia es, pues, más tarde, después de su muerte, a consecuencia de la lucha contra al rojo vivo era de las dictaduras. Es una historia de dictaduras hija, que tiene que ver con los sobrevivientes, con impunidad y caminos de la justicia, y la experiencia de vida de los hijos de los desaparecidos, a menudo marcados por la investigación, antes que los padres muertos, a continuación, a partir el compromiso para coronar una búsqueda por treinta años para la verdad y la justicia que es a la vez individual y colectiva, y la última década ha permitido que una parte significativa de la región a salir de la sombra de la impunidad y el olvido en que había sido relegado en las dos décadas anteriores.

objeto central de este ensayo, que es parte de un estudio más amplio sobre las objeciones a las dictaduras cívico-militares en Argentina, Chile y Uruguay, por lo tanto, es el estudio de estas dictaduras en el momento de su poder absoluto sobre toda la región, especialmente entre los años setenta y ochenta, pero algunos aspectos de las consecuencias de los mismos. En particular, se ocupa del estudio de la verdad de procedimientos acerca de cómo las dictaduras de los mismos violaciónes de derechos humanos cometidas han surgido con el tiempo, a continuación, ocultos en un contexto de impunidad y de nuevo surgido. La búsqueda está tratando de entender cómo responder a esta alternancia caminos hegemónicas dentro de las propias empresas. Estas rutas finalmente también ser sustenta la alternancia entre la justicia y la impunidad. Todo se pone en filigrana a través del estudio de la experiencia histórica de ser hijos de disidentes políticos sometidos a diferentes formas de represión por parte de los regímenes militares en cuestión. Tal experiencia es tratada mediante el uso de fuentes orales.

En peculiaridades del método de uso de estas fuentes, en el contexto de violaciónes de derechos humanos, de vuelta en el primer capítulo. La elección general se justifica con el intento de responder a una de las típicas preguntas que los historiadores pueden y deben pararse frente a un problema historiográfico desde: lo que queda de la dictadura, ¿cuáles son las consecuencias para la sociedad y como la memoria de violaciónes de derechos humanos se mantuvo con vida en los últimos cuarenta años a partir de esa experiencia. Este es un momento histórico en el que, con los padres, madres diezmadas (y abuelas) de los testigos de investigación desaparecidas, largas de la verdad y la justicia, están llegando al final de su ciclo de vida. Estoy tan a sus hijos (nietos), que llegaron a la altura de su vida adulta, y se recogió el testigo de las generaciones anteriores. En algunos casos, ser percibido como fuerzas anti-sistema, han terminado institucionalizada. Ocurrió con la conocida asociación en defensa de los derechos humanos, las madres de Plaza de Mayo de Argentina, desde hace décadas violentamente reprimidos o empujados por una locura incluso en la democracia y se unió al apoyo a la política muy amplia de los derechos humanos de los gobiernos Néstor Kirchner y Cristina Fernández, una paradoja que plantea problemas adicionales para la atención de los estudiosos. Esto también ha ayudado a cambiar o superar los problemas en las décadas habían sido colocados en una manera diferente que sólo se desliza hegemónico mencionado.

Entre las víctimas de las dictaduras cívico-militares hay una gran mayoría de personas comunes y activistas sociales. También hay una minoría – cuantitativamente insignificante en Chile – los guerrilleros muertos en combate o asesinados mansalva. Se hicieron los cuerpos de más de la una y la otra categoría a desaparecer. La ausencia del cuerpo, evitando el duelo, tiene consecuencias morales y material dramático en la vida de aquellos que permanecen y sull’intorno social, que terminan siendo mucho mayores que las causadas por el asesinato ‘fácil’. Esta diferencia, desapareció del mapa y distancias de interpretación, que la vida diaria, y como tal, el tema de la historiografía atención. Las mismas historias de formas represivas de los tres países se cruzan, y al mismo tiempo viven las peculiaridades que sobreviven a lo largo del tiempo. En Chile, el gobierno de facto, encarnado por Augusto Pinochet, ha mantenido las mayores acciones de consenso y legitimidad para los segmentos importantes de la sociedad, no es estrictamente limitados a las clases dominantes. Esto, junto con la capacidad tetragonal del régimen de defenderse incluso en retrospectiva, y no particularmente destreza de la clase política que ha gobernado desde 1989 en adelante, se ha convertido en algo – pero no cero – la oportunidad de hacer justicia.

Todavía en septiembre de 2014, en el discurso ritual para recordar a las víctimas del golpe, la Presidenta Michelle Bachelet ha expresado un (mero) deseo de derogar la amnistía de 1978 por violaciónes de los derechos humanos. Esto no quiere decir que no hemos avanzado en otros planos: con el tiempo muchas familias han conseguido alguna información sobre el destino de sus seres queridos, por lo general sólo la confirmación de la muerte. Estos eran en su mayoría militantes de los partidos políticos estructurados y legales, a menudo de una generación anterior a la represión en otros lugares.

El golpe fue, de hecho, 11 septiembre de 1973, derribando a un gobierno popular legítimo y arraigada con los partidos políticos, sindicatos y organizaciones sociales que pasaron de la noche a la legalidad plena a ser objeto de la represión más feroz. En Argentina, un país donde la defensa del régimen por parte de los protagonistas y cómplices fue más resultó medidas menos eficaces con respecto a Chile, no se han hecho los cuerpos de las víctimas a desaparecer con los vuelos de la muerte o destrucción de alguna otra forma, son ahora objeto de un difícil proceso de identificación, un trabajo agotador que exige más años de investigación. En el otro lado del Río de la Plata, Uruguay, los desaparecidos debe en lugar de mirar por ellos como una aguja en un pajar de la servidumbre militar sin fin. Los números más bajos significan que, una vez encontrado los restos, su identificación es menos problemática que en otros lugares. Por desgracia, en la absoluta falta de remordimiento si no colaboración – incluso en una democracia – por las fuerzas armadas, que siguen a entrenar en una marcha guerra imaginaria en cementerios clandestinos, profesionalismo para dicha investigación podría ofrecer sólo para los arqueólogos de la Universidad de República coordinado por José María López Mazz. Se han utilizado durante años metodologías y técnicas de su disciplina para recuperar evidencia de que sin un’omertà generalizada, supuestamente obtuvo en unos pocos días. Continuamente engañado por información falsa, consejos sobre la finalidad hacerles perder meses de trabajo, después de diez años de excavaciones, en las cuales es posible avanzar únicamente pequeños fragmentos de verdad, el profesor López Mazz renunció en agosto de 2014. En sólo cuatro de diez años han sido el descubrimiento de los restos que era posible dar un nombre: Ubagesner Chávez Sosa, Fernando Miranda, Ricardo Blanco Valiente y Julio Castro. En este último caso, se demuestra que ese maestro de edad avanzada había sido asesinada con un disparo en el cuello. Por consiguiente, era falso decir que los militares si la mano Paso en la tortura ( “había exagerado por la tortura” es la excusa absurda pero común de tantas muertes), filtrada – en ausencia del cuerpo – la Comisión para la Paz creada en 2000 por la presidencia de Jorge Batlle.

Un cajón como otra demanda mi atención. La etiqueta, escrito en marcador lee: “Child 1, Niño 2, Niño 3”.

Ellos están allí todo mantuvieron juntos y, quién sabe, fueron asesinados junto con el fin de salvar a la “civilización occidental y cristiana”. La batalla contra exigió no sólo la vida de los niños, sino también a la cancelación de su existencia, de su identidad y de su olvido. Cuando sea necesario, los militares se ocultó el nacimiento, como el hijo de Laura Carlotto, que destruyó el vientre para ocultar cualquier signo de dar a luz en cautiverio. Sólo fue descubierto en agosto de 2014 con el nombre de Horacio Hurban. Tal vez en algún lugar alguna abuela todavía está buscando a los niños ‘uno’, ‘dos’ y ‘tres’.

Tal vez otro abuela nunca supo de su existencia, y tal vez incluso el embarazo de una hija desaparecida en Mayo de 2014 se confirmó una realidad que a todos, por diferentes razones, era demasiado caro para admitir. Con la identificación de diferentes contextos de tres desaparecidas Argentina, Mónica Edith de Olaso, Alicia Beatriz y Laura Tierra Gladys Romero, secuestrado y asesinado en un avanzado estado de embarazo, no había pruebas de que no todos los 500 niños que abuelas Plaza de Mayo se buscan necesariamente nacido.

El teléfono suena en otra habitación y se apoyan sólo en las catacumbas en un gran edificio de apartamentos en una céntrica calle de Buenos Aires. Me entrego al flujo de mi conciencia en estos Fosse Ardeatine sin nombre. La asistencia de los vivos y la recogida de los testimonios vivos son el corazón de la obra que he propuesto. No había considerado la idea de reunirse con ellos un día, muerto, excepto en los recuerdos de los que sobrevivieron. La ausencia, en ese lugar desconocido para la mayoría de la gente, se transforma en presencia, y hace que valga la pena mi trabajo. Pero esta dignidad es un Boulder, tal vez insoportable.

En la habitación de al lado me espera antropólogo forense. Es una mujer delgada, de unos cincuenta años, la cola de caballo, camisas blancas, el aspecto aún más austera. Él está trabajando en un esqueleto reconstruido de una camilla de metal. Me da una gran cantidad de explicaciones técnicas. “Él es un joven entre veinte y cuarenta años, de aproximadamente un metro de altura y setenta y cinco […].” Podría ser, me encuentro pensando. “La fractura de la tibia derecha […].” Doy la bienvenida al detalle que no me afecta con alivio tonta. Me esfuerzo para mostrar que me envió.

“La muerte fue causada por un disparo en el cuello.” De repente, el antropólogo tiene prácticamente un solo clic. No sé cómo, puedo encontrar en mis manos ese cráneo. Toma los dedos de la mano izquierda. Deslice mi índice en el orificio de entrada de la bala que mató al hombre. Es lo mismo, se mantuvo en la cabeza y que se encuentra en el cráneo, que ahora está entre los dedos. Son ímpetu sin preparación de la mujer, la vehemencia imposición táctil de esos restos. Tengo la sensación de mi resistencia, y quizás también le advierte. No es de extrañar que el horror. Fue mi decisión de estar allí y baso para mis estudios sobre las fuentes históricas no tradicionales.

Podría trabajar en los archivos del terror Asunción, Paraguay, donde Martín Almada y Stella Calloni, un abogado y un periodista proporcionado a la historia, han descubierto evidencias del Plan Cóndor, la empresa conjunta de Terrorismo de Estado que, con la cobertura de Washington, dio cuartel a los demócratas en la región y que, como se ha señalado, entre otras Martorell, se convirtió en el estado desde 1973 la política a mediados de los años ochenta en al menos seis países de la región (Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia y Perú en parte), teniendo como ideólogos Henry Kissinger y Augusto Pinochet.

También hubiera sido capaz de trabajar en el archivo de la policía de La Plata, donde, con un método digno de un régimen totalitario, desde los años treinta a los años ochenta, a través de los gobiernos de diferentes colores, se han presentado todos los movimientos de decenas de miles de ciudadanos, la República Democrática alemana dicho por Florian Henckel von Donnersmarck para la vida de otros , o en otros archivos del terror, que en los últimos años se están abriendo en toda la región. En lugar de ello, he elegido las fuentes orales para trabajar en la capacidad tradicional para amenizar estos artículos no hacen hegemónica como la oposición a las dictaduras de Argentina, Chile y Uruguay, y dentro de éstos. La “historia de vida” permite a los historiadores para ampliar su campo de observación a un contexto experimental que representa aspectos no cubiertos por las fuentes tradicionales. Los datos, positivo y positivista, el número de derechos sindicales muertos o sull’involuzione durante la dictadura cívico-militar, o el cambio en el poder adquisitivo de los quintiles de la población chilena o argentina, es importante, pero no es exhaustiva. En un contexto como el terrorismo de Estado, que ha optado por eliminar una parte de la sociedad, como el juicio del juez Roqueta, la aplicación de un “plan sistemático” con características genocidas contra un sector de la sociedad, y ha borrado no sólo la vida, pero incluso los cuerpos, la reconstrucción de la experiencia de las víctimas y las consecuencias del genocidio (que la legalidad de las cuales voy a extender más adelante en el texto) permiten, quizás más que otros métodos históricos, para llevar a cabo lo que querían aniquilar a los represores.

Aunque la batalla por la verdad y la justicia nunca ha parado desde los años setenta a nosotros, ni en Argentina ni en el resto de la región, los regímenes neoliberales heredadas de la dictadura se caracterizaron por la defensa de la impunidad de violaciónes de derechos humanos cometido. En cuanto al fondo, la caída del gobierno de De la Rúa, determinado por el valor por defecto económica de 2001, la época que se caracteriza por la figura de Néstor Kirchner se configura como un punto de inflexión, con la cancelación de las leyes de impunidad y la celebración de cientos de procesos, la cual es dedicado parte del primer capítulo.

El caso argentino se impone por el radicalismo entre los que se pueden incluir en el debate sobre la justicia de transición, tanto con respecto a los casos de Chile y Uruguay tratados aquí, tanto en comparación con el resto del mundo y para la discusión de las ciencias jurídicas. El propio Tribunal Supremo dice que la justicia para los crímenes contra la humanidad es una parte establecida del “contrato social” de los argentinos y el director del CELS, Horacio Verbitsky puede afirmar que:

el proceso de la memoria, la verdad y la justicia para los crímenes contra la humanidad es una de las bases sobre las que se ha consolidado el estado democrático y los juicios de represores son un componente clave, junto con la reconstrucción de la verdad, la promoción de la memoria, la búsqueda de los niños apropiados y las políticas de reparación para las víctimas.

La retórica pública, sobre todo en Occidente, considera – de una manera completa desde el final de la guerra fría – la llamada ‘justicia universal’ como un paso esencial hacia un mundo de respeto de los derechos humanos, sólo para declinar repetición de las excepciones por algunos denunciados como expresiones una especie de colonialismo judicial. El caso argentino – a través de múltiples pasajes históricos – hoy es quizás una anomalía en el mundo por el hecho de que una forma firme, si no radical endógena Justicia, por lo tanto, no se impone desde el exterior, se ha consolidado en una empresa que no puede reparar si la presión internacional a menudo con el escepticismo de la comunidad internacional.

Mientras que en la conciencia de diacronicidad y la diversidad de los siguientes ejemplos que acabamos de mencionar, pero consciente de que ya se han tratado las clasificaciones de la antigua Atenas, en Soweto, tales como los de Elster, en otro lugar, de Nuremberg a la antigua Yugoslavia, era casi siempre la forma exógena los tribunales penales internacionales que prevalecen.

Cuando los estados nacionales para hacerse cargo de la justicia de transición para violaciónes masivas de los derechos humanos por parte de regímenes más o menos autoritarios depuestos, por Palmiro Togliatti a Sudáfrica, este fue generalmente ejerce a través de diferentes formas de compromiso con los indultos , amnistías, soluciones originales, o más a menudo por una caída al vacío de impunidad como en el caso de la transición española. Por lo que nos ocupa en este asiento de presentación, clarificador es la comparación entre el caso argentino y la dictadura brasileña contemporánea, aliado y con características similares. Sólo en 2014, treinta años después de la publicación del Nunca más , el primer informe argentina que aclaró los términos del Terrorismo de Estado, se llega a Brasil con un informe completo sobre violaciónes de derechos humanos cometidas durante el régimen cívico-militar. La relación, sin embargo, se representa como una especie de punto de llegada. Todavía está en vigor la ley de autoamnistía de 1979 militares; el Tribunal Supremo Brasilia nunca ha tomado nota de los muchos fallos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos condena a Brasil por no haber derogado y asegura la presidenta Dilma Rousseff (llanto, su víctima en la juventud tortura y prisión política) que no será procesos por los delitos descritos en el informe. Es una posición similar a la de Barack Obama con el informe, que también se libera al final de 2014, la tortura autorizada por su predecesor George Bush hijo y cometidos por la CIA.

El caso argentino a continuación, con su capacidad, aunque con retraso, a no dejar impunes incluso peces pequeños entre los represores, vacilaciones oscuras de nuestros armarios ‘vergüenza’, o el hecho de que los nacionalistas que en 1936 asesinado en Granada Federico García Lorca, desapareció antes de tiempo, la justicia nunca se hizo, ni siquiera en una democracia. Así que para algunos es una paradoja, si no es una provocación, que hoy es el juez de Buenos Aires María Servini de Cubría para investigar los crímenes del franquismo. El caso argentino pide por lo tanto, nosotros, los historiadores, abogados, el mundo de los derechos humanos: se puede? Lo que debería? No escapar de los riesgos de una retrospectiva de justicia criminal, pero el daño causado por el imperio de la impunidad, tanto en las víctimas y su necesidad de suturar las heridas también son claras, tanto en el conjunto de la sociedad, que sigue viendo sus procesos democráticos poner en riesgo la capacidad de penetración de poder, político y económico de quien matado, violado, torturado. biopolítica extremas para limpiar el cuerpo del enemigo muerto por el terrorismo de Estado, si se complica la escena por la justicia, aún más legítima, incluso para la historiografía, el valor del testimonio como fuente histórica de al menos dos peculiaridades regionales . Una primera característica novedosa es que la presencia inmediata y constante de voces y testimonios, tanto en contextos publicística, como alrededor de fuertes núcleos asociativos judiciales y terapéuticos, en particular a las familias de las víctimas, reclamar y obtener una fuerte legitimidad aunque contrarrestado. Es una proeza de víctimas que vienen a la mente, en comparación con el largo silencio, estudió entre otros por Annette Wieviorka, que caracterizó durante muchos años el Holocausto, y que impidió a los sobrevivientes de expresar su opinión, a unirse la reflexión mucho más complejo sull’indicibilità de los mismos. En esa zona del punto de inflexión, después de lo cual se inicia la producción de una gran cantidad de evidencia importante, sería el juicio de Eichmann, celebrada en Jerusalén en 1961.

Desde Nuremberg, donde se permitió a ningún testigo para contar su propia experiencia, que ya habían sido quince años. En América Latina, como la dificultad en la comparación de la experiencia de la violación masiva de los derechos humanos que se encuentra en la palabra tanto el testimonio como un modelo de validación retroactiva, privado y colectivo. De hecho, la segunda característica es el interés múltiple para el testimonio compartido por la historiografía a otras disciplinas que utilizan con su entrevista especificidad metodológica. La psicología vendrá primero, buscando la validación retroactiva de los daños. Con ella vendrá el ámbito sociológico, con las diferentes comisiones de la verdad y la reparación – pero raramente Justicia – que son, desde los años ochenta, los primeros colectores oficiales de testimonios orales de las víctimas y sus familiares.

Por último, existe el marco jurídico y de procedimiento, siempre obstaculizado por el sistema de impunidad que ha caracterizado a muchos de los años intermedios. Entonces hay un campo infinito, la ley pública, periodismo y memorias, con la producción y las auto miles de libros, artículos y documentos, que han utilizado durante tiempo memorias, testimonios, entrevistas. Cada uno de los tipos citados, por lo tanto, llega a los testimonios / narrativa desde su propio punto de vista, con sus preguntas, para dar testimonio o censo del horror, que sea de noticias, o, en el caso de la atención psicológica, para comenzar a curarlo. En un contexto en el que los familiares y las víctimas han vivido durante años en el miedo y la negación, la propia convocatoria es a menudo una sanación comience.

La mente se ejecuta en estos argumentos. Voy a seguir a sentir en la punta de mi dedo índice el borde de la herida de entrada que mató a ese joven. La carga de ese esqueleto me acompañará, me va a pesar, pero no puede dejar de tomarlo, tal vez a lo largo de un camino tortuoso. En mi investigación, la sensación táctil ha hecho distinción entre un interés necesario intelectual, con el que la profesión de historiador encajaría con el pasado, y la investigación como una urgencia social y colectiva, escrupulosa, ajustado, verificado, pero que va desde un imperativo ético. Si las preguntas y respuestas de la historia van y vienen de nuestra mente, es por esto que nos preguntamos el pasado, cualquiera que sea la fuente del pasado, y continúan a cambiar para cambiar nuestra perspectiva. Por lo que incluso las preocupaciones de que los restos humanos procedentes de responder a mis preguntas y por una mente que es nuestro, pero de alguna manera sigue siendo su. Como bien conocido para la realidad chilena Elizabeth Lira, no es casual la insistencia de las víctimas y los familiares de un concepto difícil de alcanzar de otro modo, que la ‘verdad’. Después de años ya veces décadas de evasivas y mentiras, miembros de la familia consideran “que sabes la verdad, una” compensación justa como la justicia – el fin de la impunidad – y reparaciones materiales.

Alejandra López es la hija de un militante comunista chileno, continúa desaparecido, y una de las fuentes de esta investigación. En 1990, en el momento de la compilación del ” Informe Rettig , el primer informe sobre violaciones de los derechos humanos en Chile, acompañado de la madre a declarar.

 “Había un grupo de profesionales, psicólogos, abogados, y allí estaba la bandera chilena. Y para mí fue la primera vez que estaba en un lugar donde no era la bandera chilena. Estoy hablando de 1990. Fue mi primera experiencia con las instituciones. […] Y recuerdo que le pregunté a encontrar mi papá. Me contestó que lo único que me interesaba era que [lo que había sucedido] sabían todos los chilenos “.

 

Koen Wessing. testigo Golpe de Estado Chile 1973.

Koen Wessing. testigo Golpe de Estado Chile 1973.
Koen Wessing (Amsterdam, 1924-2011) es uno de los más destacados foto-periodistas contemporáneos. Desde que empezó a trabajar en los años 60, la fotografía fue para el la forma de llevar una vida libre y comprometida a la vez, intensa e itinerante. Documentó las protestas de mayo de 1968 en París, y viajo a Chile para registrar el golpe de Estado de 1973.
A fines de los 70 fotografió la represión a la revolución sandinista en Nicaragua y la masacre que siguió al asesinato de monseñor Romero en el Salvador, fue amenazado de muerte y se salvo de las balas varias veces, pero no lograron amedrentarlo. Recorrió el mundo sin miedo y con la convicción de que mostrar la opresión y el abuso de poder es una vía para el cambio social. Fuera en China, Guinea o Kosovo, le interesaba captar la mirada de la gente común y corriente, no la grandilocuencia de la historia oficial. La honestidad y despojo de sus fotos, que expresan al mismo tiempo horror y dignidad, ofrecen un impacto de verdad “en pleno rostro”, como escribió a propósito de su trabajo el critico francés Roland Barthes.
Uno de sus colegas holandeses, Johan van der Keuken, celebró la capacidad de su pensamiento visual para cuestionar la violencia:”Incluso en las situaciones mas extremas, en que tomar una fotografía requiere de una valentía física impresionante, Wessing sigue formulando sus preguntas con extrema claridad. Con él la fotografía es el arte de la pregunta que se torna visible”.
Estas fotos se exhiben por primera vez en Chile. Son imágenes indelebles de la memoria colectiva.
The World of Koen Wessing see for more : http://bintphotobooks.blogspot.com/20…

El legado histórico del fotógrafo holandés Koen Wessing a Chile

Koen Wessing FWessing Fotografía. El arte de visibilizar la pregunta

Koen Wessing (Ámsterdam, 26 de enero de 1942 – 2 de febrero de 2011) es reconocido como uno de los más importantes fotoperiodistas de los conflictos sociales y políticos de nuestro tiempo. Tanto sus imágenes de los días posteriores al golpe de Estado en Chile como las que realizó en Nicaragua y en El Salvador lo han convertido en un referente. Hombre de pocas palabras y muchas imágenes, la fotografía le parecía una vía para llevar una existencia libre y comprometida a la vez.

Un día cualquiera iba camino a casa, tomé el metro y al esperar que la masa de gente subiera las escaleras para la realizar la combinación, me quedé observando la variedad de libros que ofrece la vitrina de  Bibliometro, entre ellos llamó la atención  una edición de LOM, sobre el trabajo del fotógrafo holandés Koen Wessing titulado “Fotografía: El arte de visibilizar la pregunta”, libro que contiene el trabajo en terreno en plena dictadura de Chile (1973), y en guerras de Nicaragua (1978)  y El Salvador (1980).

Fotografía-El-arte-de-visibilizar-la-pregunta--0000011620741Fue ahí cuando retrocedí al año 2011, cuando pude visitar la exposición de este fotógrafo en el GAM: “Imágenes indelebles”, donde se podía apreciar las capturas históricas y conmovedoras que realizó a dos semanas de iniciado el Golpe Militaren Chile, en septiembre de 1973.  Un material de calidad, considerando el contexto político social que se comenzaba a vivir en aquella época.

Wessing apenas se habría enterado del derrocamiento del Gobierno de Salvador Allende, viajó a Santiago, donde no tuvo temor de involucrarse en las calles de la ciudad y congelar a personas con miedo, militares empoderados, a detenidos, quema de libros, y episodios en el Estadio Nacional, convertido en un campo de prisioneros políticos.  Fue así que uno de sus último anhelos fue traer este registro a Latinoamérica.

Cabe señalar que el fotógrafo falleció ese mismo año 2011, y no es casualidad que meses después se logró abrir la muestra al público en el ex edificio Diego Portales (actual GAM), centro de operaciones del Gobierno del Augusto Pinochet y posterior Ministerio de Defensa.

Chili, Santiago, september 1973. In het stadion van Santiago worden tegenstanders van dictator Pinochet geinterneerd. At the footbal stadion of Santiago people are being imprisoned. Foto: Koen Wessing/HH

Las imágenes representan parte de la historia y memoria de Chile, visualizadas a través de un extranjero, las cuales tienen el valor de ser un relato por sí solas. Es cosa de verlas y entender emociones y entender el contexto del episodio. Podemos percibir, temor, odio, dolor, resistencia y represión, entre otros conceptos.

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Este legado fotográfico que nos dejó Koen, permite de cierta forma reconocer parte de la historia de Chile, más allá de haber estado presentes o no en aquellos años, nos vincula al simbolismo y nos empatiza con la memoria colectiva.

Quizás este material podemos considerarlo como un tipo de recuerdo, donde la mirada del fotógrafo se posiciona desde una perspectiva no neutral, aún así al ver dichas imágenes nos hacen revivir dichos momentos de carácter potente, como el caso del militar que le recoge un cigarro a uno de los prisioneros. Nos cuentan una historia que nos provoca emociones.

Chili, Santiago september 1973. Vrouw wordt tijdens de coup van september 1973 gefoullieerd door een soldaat. A woman is being searched on the street during the military coup. Foto: Koen Wessing/HH

Estas son algunas de las imágenes, pero te invito a indagar más en el libro anteriormente nombrado, el cual fue elaborado en los últimos días de su vida, junto a la muestra fotográfica y un documental, donde cuenta la realización de su trabajo, esto último hecho posible gracias a la ayuda de su amigo cinematógrafo Jeroen de Vries.

Según mi opinión, la importancia de una buena imagen, más allá de su técnica, es que tenga la capacidad de significar en sí misma, provocarnos reacción, impactarnos, conmovernos y hacernos viajar en el tiempo, como es en este caso, que exista un relato y que a pesar de que trascurran cientos de años no pierda su valor, sino que nos permita reconstruir historia.

 

 

 

 

Estadio Nacional, septiembre, 1973 Fotografía de David Burnett, reportero gráfico de France Press para esa época. Actualmente uno de los dueños de Contact Press Images. El hombre que mira fijamente a la cámara no tiene nombre ni apellido para la gran mayo

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

ASÍ NOS HICIMOS INVISIBLES

Yo no fui un gran orador en el gobierno del Presidente Salvador Allende. Traté, eso sí, de marcar el espacio de mis amigos y compañeros de revuelta. Sí, nos tomamos el liceo, muchas veces nos tomamos el liceo, también dijimos que el socialismo era una forma de vida. Fidel Castro y sus extensos discursos nos llenaron la cabeza de frases y discursos que no dejaban dormir. Pinté con ayuda de mi hermano una muralla con el rostro del Ché en nuestra pieza, cuestión que a nuestros padres no le gustó mucho pero finalmente reconocieron nuestro derecho a pensar, en esa casa doña Silvia era demócrata cristiana y don Pablo masón y radical. Así crecimos pintando nuevamente el rostro del Ché, pero esta vez estaba acompañado de Fidel.

Habiendo pasado los años me pregunté, ¿por qué salíamos a marchar, por qué nos tomábamos el liceo? La única respuesta era saber que luchábamos por “un mundo mejor”. Como estudiantes no teníamos reivindicaciones propias, entonces nos tomábamos las reivindicaciones de los obreros, de los pobladores, de los campesinos, de los pueblos originarios. Salíamos de parranda a pocas cuadras de la casa y la mayoría estudiábamos a Carlos Marx y unos pocos a León Trotski o Mao.

Yo pertenezco a ese tropel de estudiantes que buscábamos apurar el proceso que encabezaba el Presidente Salvador Allende. Teníamos extensas reuniones de base. Éramos comunistas, éramos socialistas, éramos miristas, éramos también radicales. Cada uno defendía su bandera y su partido mientras la vida se definía como un futuro inacabable. Éramos felices. Sospecho que Allamand y sus huestes derechistas también eran felices. Él incluso se cambió de liceo para hacernos la collera, un niñito de liceo particular no se estilaba en la política estudiantil secundaria.

Eran tiempos de filas para comprar el pan, de debates en la micro, de risas en la fila, de expropiaciones, de Reforma Agraria. Detrás de aquella señora de chaqueta verde, esa que mira desconcertada, ahí, justo al lado del señor con gorro, ¡esa es mi tía Juana! Salió a comprar pan y no ha vuelto, si alguien reconoce a esa señora le solicito que le indique como salir de ese atolladero. Me llamó hace poco para preguntar si puedo ir a buscarla, pero yo estoy en Chile y no hay locomoción desde aquí, ahora está conversando con un policía para que le indique la salida… Me volvió a llamar para decirme que ya llega con el pan… Hay una cola muy larga, mijo, mejor espérame con pan amasado. Ella estaba exiliada, pero nosotros no supimos el drama que aquello significaba, la doña era antigua en este barrio pero un día se esfumó, se fue mientras nosotros tratábamos de terminar los estudios, mientras nos pasábamos papelitos con las tareas del periodo, mientras aun llorábamos y nos cambiábamos de nombre.
A los pocos meses o años se nos olvidó doña Juana, le preguntamos a la vecina Laura y al viejito del negocio, le preguntamos a los que eran de derecha en la población, le preguntamos a la hermana de un primo medio derechista, él nos habló nuevamente del exilio y nuevamente no entendimos. Mi hermano dijo que eran los que se iban al extranjero. Yo no le creí, me fui a la casa, revisé todos los cajones buscando alguna señal. Aquellos que continuamos en la tarea de hacer una revolución debimos protegernos las espaldas. Todos debimos cuidarnos, unos y otros nos sentamos en la misma mesa, en la misma calle donde acosaba el feroz persecutor. Por lo que sé, fueron muy pocos los que delataron alguna casa, alguna guarida, alguna información, pero me enamoré de una muchacha que tenía siempre la palabra correcta a la hora de bajar las manos.

Era martes, despertamos en una toma en Puente Alto. A lo lejos se escuchaban disparos. Todos estábamos rondando los veinte años. No había teléfono celular, por lo que optamos por cruzar el Río Maipo a pie, mojados hasta la cintura reímos de la salvada y nos tiramos al sol para secarnos. Nos abrazamos y decidimos enfilar cada uno a su casa.

Así comienza la guerra. Estudios interrumpidos, novias que bajaban la cara al vernos, las noticias llegaban de boca en boca. El General Prat nunca pensó en preparar una ofensiva contra nuestra resistencia, tampoco el Presidente Allende se suicidio. Era la clandestinidad, el caminar esperando una cara conocida, caminando con el temor de que desde un automóvil bajaran con metrallas. Fue larga la guerra. Aún recuerdo algunos de los nombres que usaba para sobrevivir. En una cajita de fósforos me llegó la noticia de que Esteban no aparecía, también que Roberto estaba prisionero en Cuatro Álamos, en Tres Álamos, en Ritoque, en Puchuncaví, en el Estadio Nacional, en los regimientos y cuarteles de Carabinero.

Estuvimos atentos a mensajes que se leían con un libro, descifrando línea por línea, palabra por palabras, letra por letra. A los pocos meses o años recordamos a doña Juana, estaba moribunda en Bélgica. No sabemos si la sepultamos en Chillán o en Madrid, ella siempre dijo que le gustaba viajar hasta Cartagena. Éramos fantasmas, éramos invisibles, éramos sujetos sospechosos, éramos de la Resistencia, éramos comunistas, éramos miristas y socialistas, éramos un puñado de cabezas duras. Nos reuníamos en las iglesias mientras las beatas rezaban y nos deseaban una parte del Espíritu Santo.

Donde estaba el muro con la imagen del Ché y Fidel hoy es una estación de Tren Metropolitano. A esta fecha no aparecen nuestros amigos que cayeron en manos del enemigo. Escribo esto porque mis hijos no me creen tanto riesgo. Escribo para sanarme de esa enfermedad que era el miedo, el terror y la esperanza. Me ilusiono con que alguna vez podamos encontrar a miles de amigos detenidos desaparecidos. Me ilusiono con poder traer los restos de doña Juana a Cartagena. Me ilusiono con una marcha multitudinaria de obreros en La Alameda.

Hace mucho tiempo que nadie me conoce como Alejandro. Me llamo Cristian. No soy rubio, estoy canoso, pero aún estoy atento del hombre ese que camina tras mis pasos. Esta vez no caigo en la encerrona. Lo que vino después de esta historia es para largo. Por lo pronto, debo reencontrarme con las palabras que nos robaron. Debo hacer el ejercicio de abrazar a mi vecino comunista, a mi pariente socialista y a un puñado de miristas que caminan observando de reojo al que viene tras sus pasos.

Aún nos queda mucho por hacer.

Tomado de: dilemas.cl

Por *Cristian Cottet

*

Cristian Cottet Villalobos

Cristian Cottet Villalobos (Santiago, 1955), Antropólogo de la Universidad Bolivariana. Posee estudios en Ingeniería Mecánica y Pedagogía Básica.

 Últimas actividades

2012 – 2013.  Investigación: “¡Baila Chinita, baila! Religiosidad y construcción social en

Andacollo

Resumen: Trabajo de campo en la ciudad de Andacollo (IV Región), referida a las ceremonias religiosas.

2012. Profesor de cátedras: “Derechos Humanos” “Metodología de la Investigación” (Universidad Bolivariana) y “Taller de observación” , “Taller de metodología de la investigación” (Universidad ARCIS).

2012. Investigación, revisión de textos y prólogo del libro “El hablar minero en Andacollo”.

2010. Investigación: “Identificación, localización y catastro de complejos religiosos y ceremoniales mapuche. Regiones del Bío-Bío, La Araucanía, Los Ríos y Los Lagos”, del Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI) y el Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC-UHC).

Resumen: Trabajo de campo en las regiones indicadas, direccionado a catastrar espacios y/o territorios donde se desarrollan actividades religiosas o de actualización cultural, por las comunidades mapuches de la zona. Informe Final con prólogo “Complejos ceremoniales en la cultura mapuche”.

2010-2011. Asesor en el Ámbito Social en el Proyecto FONDART Región Metropolitana “Murales para mi barrio”.

Resumen: Capacitación a los jóvenes integrantes del Taller “Murales para mi barrio”

1988 – 2012. Fundador, Director y Editor de Mosquito Editores.

 

Libros publicados

–Amor y rebeldía; Ediciones Minga; Santiago de Chile, 1981 (poesía)

–Urbanidades; Ediciones Resurgence (Laussane, Suiza) / Taller el Sol (Santiago de Chile); 1983 (poesía)

–Chiloé, noventa días; Publicado por los Talleres Culturales de Castro; 1983 (poesía)

–Épica inconclusa; Ediciones FUNDECHI; Ancud, Chile; 1985 (poesía)

–La comunicación; Centro de Investigación Social; Santiago de Chile; 1985 (manual de medios de reproducción y comunicación)

–Proclama para anunciar un manifiesto de la épica; autoeditado; Santiago de Chile; 1985; poesía; complemento de intervención poética en Centro Cultural Mapocho

–Manifiesto un terrible descontento con ayer; autoeditado; Santiago de Chile; 1986 (poesía)

–Has recuperada nada; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 1990 (poesía)

–Libro de hechos inevitables; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 1996 (poesía)

–Interpretaciones y testimonios; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 2002 (poesía)

–Carlos Sánchez: La razón de estar gay; Mosquito Comunicaciones; Santiago de Chile; 2005 (testimonio).

–¿Se atreve usted don Jano?; Mosquito Editores / Colección Crímenes Criollos; octubre 2009 (novela). Se terminó con la Beca de Creación del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1999).

Correo electrónico: cristiancottet@gmail.com 

cristina guerra,

15 feb. 2013 9:35

Augusto, “el Pelao Carmona”, mi compadre. Justicia al fin.

Augusto, “el Pelao Carmona”, mi compadre. Justicia al fin.

Justicia, 40 años después

Publicado el 29 Mayo 2017

ESCRITO POR LUCÍA SEPÚLVEDA

Por el asesinato del periodista y dirigente del MIR, Augusto Carmona Acevedo,  cometido por la CNI el 7 de diciembre de 1977 cuando él tenía 38 años,  fueron condenados, 40 años después, algunos de los responsables. Augusto, “el Pelao Carmona”, padre de mi hija Eva María, fue mi compañero en los inolvidables años de la Unidad Popular y luego en la lucha antidictatorial. Eva María y Alejandra, su otra hija, crecieron sin él. Sus seis nietos  irán conociendo la verdad histórica, aun cuando ello no borrará el dolor de la ausencia.  

 

 

Alto dirigente del MIR en la clandestinidad, Augusto  había sido ex jefe de Prensa de Canal 9 de TV de la U de Chile y redactor de la revista Punto Final. El crimen fue presentado por la dictadura y los medios como un enfrentamiento.

La querella interpuesta en 2003  para impugnar la amnistía impuesta en 1993, era contra Augusto Pinochet y todos los que fueran responsables. Como familia, habíamos vivido con júbilo la detención de Pinochet en Londres.  Era  lo más cercano a la justicia y a la reparación. El hecho había remecido a la justicia chilena. Pero la impunidad persistió, con trucos judiciales para dilatar los procesos, entre otras movidas que permitían el avance de la “impunidad biológica”:  El año 2006 muere  Pinochet sin pagar por este ni ningun otro crimen. Fue en el Día Internacional de los Derechos Humanos, que coincide con mi cumpleaños…No hubo regalos de la justicia para nosotros en estos años.  

Iban muriendo los criminales mientras los padres de los ejecutados detenidos desaparecidos partían sin conocer verdad ni justicia, tal como ocurrió con don Augusto y la señora María Acevedo, los padres del “Pelao”.  Sin embargo viva está la constitución pinochetista, al igual que el modelo económico implantado entonces y perfeccionado por la Concertación/Nueva Mayoría. Sólo a través de la lucha social de los de abajo, y los terremotos irrumpe  el verdadero rostro del país por el que se jugaron y entregaron su vida “Oslo” y miles de compañeros y compañeras.  La corrupción y el envilecimiento de la política, la corrupción y el saqueo de los bienes comunes se nutren de la impunidad y de la tolerancia a las prácticas de tortura instaladas en distintos ámbitos de la acción del Estado, sea con los menores, sea en las comunidades mapuche allanadas y militarizadas o en las cárceles.

 

Privilegios de criminales  

En este marco llega finalmente la sentencia de la Corte Suprema: a10 años y 1 día  a los ex brigadieres de ejército Miguel Krassnoff y Manuel Provis Carrasco; al mayor (r) de ejército Enrique Sandoval Arancibia y al coronel (r) Luis Torres Méndez, así como los ex suboficiales del ejército José Fuentes Torres y Basclay Zapata. Menciono sus grados porque en Chile ningún criminal ha sido degradado,  pero la sentencia judicial sólo los individualiza por sus nombres. Los criminales reciben legalmente las generosas pensiones que se autoasignaron las Fuerzas Armadas mientras condenaban al resto de los chilenos a jubilar con las miserables pensiones del sistema de las AFPs. Mientras escribo, me pregunto además si este año Krassnoff podrá gozar en libertad de su pensión de  $ 2.489.658, ya que otros criminales con condenas por delitos de lesa humanidad ya han obtenido la libertad condicional. El monto de la pensión se conoció por la lista entregada por el Consejo para la Transparencia al diario La Tercera recientemente.

En el procesamiento inicial del ministro en visita Leopoldo Llanos (2005) la lista de criminales era encabezada por Odlanier Mena, director de la CNI, que estaba con condicional por otro homicidio y se suicidó (2013) eludiendo su responsabilidad.  Los agentes que declararon en el proceso por el asesinato de Augusto Carmona aseguraron que desde el reemplazo de la Dina por la CNI, a mediados de 1977, con Odlanier Mena como director, todos los operativos de exterminio debían contar con su autorización previa. La Brigada Roja (sucesora de la Halcón) fue la encargada de llevar a cabo la ejecución de Augusto Carmona, operación supervisada por Krassnoff – quien dirigió todos los operativos contra el MIR –   bajo el probable mando operativo de Manuel Provis. Mena llegó al lugar de los hechos pocas horas después.

 

Periodista de trinchera

Carmona tuvo una destacada carrera en el periodismo nacional, donde fue jefe de prensa de Canal 9 de TV –entonces de la Universidad de Chile- elegido por los trabajadores que ocuparon la estación en agosto de 1972 intentando detener el avance del golpismo. Tras el golpe militar,  él escogió los riesgos de la lucha de resistencia, aunque su salud era precaria por haber sufrido una compleja operación al corazón. En esos primeros años en que sólo existía la prensa adicta a la dictadura, el “Pelao Carmona”, ahora “Oslo”,  comenzó a organizar la red  de  periodistas que recolectaba noticias sobre los crímenes de la DINA, y  testimonios sobre la existencia de detenidos desaparecidos, enviándolas al “Correo de la Resistencia”, en México. Carmona era miembro del comité central del MIR en la clandestinidad. Como encargado  de las relaciones políticas, se reunía con dirigentes de la izquierda y un sector de la Democracia Cristiana para impulsar acuerdos tendientes a formar un movimiento amplio de resistencia popular.  

Las exigencias de la vida clandestina eran contradictorias con el carácter del Pelao, que  era comunicativo, amistoso, seductor, dado a las  conversas de café y a escuchar y bailar tangos y boleros. Ese amor por la vida lo transmitió a sus tareas políticas, que arremetía con vehemencia, pasión  y creatividad, cambiando su aspecto físico  y reduciendo sus salidas para eludir la persecución.  La forzosa quietud le permitió asumir el rol de cuidar a Eva María, nacida poco después del golpe, a quien prodigaba su ternura y atención, superando el machismo característico de esa época. Eva tenía 3 años cuando lo asesinaron y no podía ni siquiera llevar su apellido, pues vivíamos en la clandestinidad.

El Pelao había estudiado periodismo y bibliotecología tras egresar del Instituto Nacional. Fue presidente del centro de alumnos de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y más tarde, presidente del sindicato de trabajadores del Canal 9, donde fue redactor político del Noticiero “Nueve Diario”.  Como redactor de la revista Punto Final viajó a Cuba junto a un grupo de periodistas que entrevistaron a Fidel Castro en La Habana. En agosto de 1967, había reporteado el juicio militar en Camiri, Bolivia, a Régis Debray y otras personas vinculadas a la guerrilla del Che.

En 1973 fue, además, jefe de prensa de Radio Nacional, emisora del MIR. Perteneció a una generación de notables periodistas comprometidos con el pueblo, como Augusto Olivares, Máximo Gedda y José Carrasco Tapia, grandes amigos suyos. De la promoción 1957 del Instituto Nacional arranca su estrecha amistad con el poeta Manuel Silva Acevedo,  así como con el pintor Raúl Sotomayor y el académico Grinor Rojo. 

Delito de lesa humanidad
La sentencia de la Suprema calificó el asesinato del periodista como un delito de lesa humanidad dado que fue “un ataque sistemático o generalizado en contra de bienes jurídicos como la vida de una parte de la población civil con determinada opción ideológica, con la participación del poder político y la intervención de agentes del Estado” y concedió también, a contrapelo del Consejo de Defensa del Estado, y cumpliendo las obligaciones internacionales de Chile, la reparación civil solicitada para las hijas.

 La acuciosa investigación iniciada por el ministro Alejandro Solís, hoy jubilado, fue retomada por el juez Llanos.  Los ministros Haroldo Brito,   Milton Juica y Jorge Dahm,  respaldaron lo obrado por Llanos, en tanto los  ministros Carlos Künsemüller y Lamberto Cisternas, sostuvieron en un voto de minoría que los criminales debían cumplir sólo la mitad de la pena impuesta.  Siguieron así  la teoría de la “media prescripción” respaldada por el Presidente de la Corte Suprema Hugo Dolmetsch,  similar al “2 x 1” aplicada en Chile en varias oportunidades y rechazado en Argentina recientemente en masivas movilizaciones.

La trampa mortal

El crimen ocurrió el 7 de diciembre de 1977, bajo estado de sitio pero los testimonios de los vecinos hicieron resplandecer la verdad. Ante el  tribunal los testigos –entre los que se cuenta  el escritor Reinaldo Marchant que acudió motu proprio a la Comisión Rettig a contar lo que vivió ese día – declararon lo mismo que Marchant expuso ante la Rettig , refutando la mentira del enfrentamiento. También lo había denunciado yo ante la Comisión Allana de Naciones Unidas, que visitó Chile un año después. Me protegió para comparecer el querido Padre José Aldunate.  

La tortura fue la clave para detectar al Pelao. No nos enteramos a tiempo de la detención de un colega y su equipo de apoyo. Paradojalmente el Pelao había  intentado protegerlo y asilarlo para salvar la red clandestina de periodistas que éste contactaba. Pero era demasiado tarde y ellos ya habían caído en manos de la CNI. Ese día, una veintena de vehículos rodearon desde temprano la manzana en que vivía el Pelao, en la calle Barcelona, de la comuna de San Miguel. Los agentes allanaron su domicilio y ocuparon además la casa contigua. Luego ordenaron a los vecinos recogerse en sus casas y permanecieron horas esperándolo en el interior del inmueble. Cerca de medianoche,  cuando él sacaba sus llaves para ingresar a la casa, dispararon una ráfaga de subametralladora acribillándolo por la espalda. Los agentes arrastraron el cuerpo al interior. Un fiscal militar ordenó más tarde un informe a los peritos de la Brigada de Homicidios de Investigaciones. El informe estableció que el cuerpo fue arrastrado y que la pistola que portaba Carmona estaba con seguro, por lo que no pudo hacer uso de ella para defenderse. Al lugar llegó más tarde el director de la CNI, Odlanier Mena en su vehículo marca Volvo, según declaró Juan Arancibia López, su chofer.

Este fue el inicio de la política de la CNI de aniquilamiento de dirigentes, remplazando el secuestro por la ejecución in situ, enmascarada como un enfrentamiento. Un mes después, Germán Cortés, también alto dirigente del MIR fue asesinado en similares circunstancias.

El cartel de la DINA/CNI

Odlanier Mena Salinas, sobreseído por muerte de su responsabilidad en este crimen,  había sido condenado en 2008 a seis años por los secuestros de Oscar Ripoll Codoceo, Manuel Donoso y Julio Valenzuela (Caravana de la Muerte), pero ya estaba en libertad condicional cuando el ministro Llanos lo procesó, y se suicidó en su propia casa al saberlo. Ello coincidió con el traslado de los criminales desde el penal de Cordillera hacia Punta Peuco.

 

El condenado Miguel Krassnoff Martchenko tiene la segunda más alta pensión de los 81 criminales actualmente condenados en Punta Peuco (sólo inferior a la del ex fiscal Torres). El  se especializó en el exterminio del MIR.  Según información  del Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior, está condenado a firme por los secuestros  de 20 resistentes en la llamada Operación Colombo   (María Teresa Bustillos, Manuel Cortez Joo, Julio Flores, María Elena y Galo González Inostroza, Sergio Lagos, Ofelio Lazo, M. Cristina López, Mónica Llanca, Sergio Montecinos, Jorge D’Orival, Jorge Ortiz,  Eugenia Martínez, Anselmo Radrigán, Marcelo Salinas, Fernando y Claudio Silva, Gerardo Silva,  Muriel Dockendorff, Manuel Villalobos), incluidos en la Lista de los 119. Krassnoff también cumple condena por los secuestros y desapariciones de  Diana Aaron, Luis Arias,  Alvaro Barrios, Cecilia Bojanic, Amelia Bruhn, José Calderón, Carmen Díaz, Mamerto Espinoza, Iván Monti, Antonio Llidó, Luis Muñoz Rodríguez, Flavio Oyarzún,  Sergio Pérez, José Ramírez, Sergio Riffo, Herbit Ríos, Jaime Robotham, Luis San Martín, Renato Sepúlveda, Claudio Thauby y  Lumi Videla, casi todos militantes del MIR. Además, fue condenado por el montaje en Rinconada de Maipú en que la DINA ejecutó a Alberto Gallardo, Catalina Gallardo, Mónica Pacheco, Luis Ganga, Manuel Reyes y Pedro Cortés. A ello se agregan las condenas por torturar en Villa Grimaldi a prisioneros y prisioneras que sobrevivieron. En ausencia, fue condenado en Francia por la desaparición de los ciudadanos franceses Alfonso Chanfreau, Jean Yves Claudet, George Klein y Etienne Pesle. En Chile aun está procesado por muchos otros secuestros.

Krassnoff no  ha entregado información alguna que permita encontrar a los desaparecidos y esclarecer casos, por el contrario reivindica sus crímenes. Sin embargo, su abogado reivindica ante la Corte el actuar de su defendido contra el “terrorismo”.  La Corte de Apelaciones acogió parcialmente, el 8 de septiembre de 2016, un recurso de protección interpuesto por Krassnoff para salir en libertad, abriendo la puerta a la reconsideración de su solicitud por parte de la Comisión de Libertad Vigilada. El 5 de octubre del año pasado, esta misma corte concedió la libertad condicional a Raúl Iturriaga Neumann, revocando así la repetida negativa de la Comisión de Libertad Condicional respectiva.

Otro condenado, Manuel Provis, ex jefe del Batallón de Inteligencia tiene dos condenas más por matar a sus pares: a 10 años y un día por la muerte del ex químico de la DINA Eugenio Berríos en Uruguay, y  a  4 años por asesinato del coronel Huber.  Su pensión es de $2.442.188. Provis está en Punta Peuco desde agosto de 2015, tras el suicidio del el ex general director del DINE Hernán Ramírez, al ser notificado de la sentencia en el caso Berríos.

Enrique Sandoval Arancibia (“Pete el Negro”) ya fue  condenado por el asesinato del dirigente del MIR Germán Cortés,  y por el montaje (caso Las Vizcachas) en que se asesinó a Juan Soto Cerda, Luis Araneda, Luis Pincheira y Jaime Cuevas (1981). Por desaparecer al menor Carlos Fariña, no cumplió pena alguna de cárcel. Sigue gozando de una  pensión de $1.653.952.

Basclay  Zapata (“El Troglo”) está en Punta Peuco, condenado a 10 años por desaparición de Manuel Cortes Joo, Julio Flores, los hermanos Galo y María Elena González Inostroza; Sergio Lagos,  M. Cristina López, Mónica Llanca, Jorge D’Orival, Anselmo Radrigán, Fernando y Claudio Silva Peralta, Manuel Villalobos (todos del caso Operación Colombo). Además condenado por  los secuestros y desapariciones de Alvaro Barrios,  Carmen Díaz, Elsa Leuthner,  Antonio Llidó, Iván Monti,  José Ramírez, Herbit Ríos, Ricardo Troncoso, Lumi Videla.

Luis Torres Méndez  (“Negro Mario”) estaba en libertad condicional, al emitirse la sentencia de la corte Suprema, con una  sentencia de primera instancia por el secuestro de Miguel Angel Acuña Castillo, (Operación Colombo). También está procesado por casos de la Operación Cóndor y por secuestros  de militantes comunistas en calle Conferencia.
José Fuentes Torres, (“Cara de Santo”) también libre al momento de dictarse la sentencia por el homicidio de Augusto Carmona,  está procesado por su participación en la Operación Colombo y cumplió  en libertad una “condena” por el  secuestro y muerte de Mireya Pérez Vargas.

 

La historia de periodistas revolucionarios como Augusto Carmona Acevedo y tantos otros compañeros y compañeras de su generación, requiere ser incorporada a la memoria pero también y sobre todo,  a la práctica social y política de los comunicadores de hoy en este Chile donde quieren reinar para siempre el duopolio y la farándula.  ¡Hagámoslo ya!

MEMORIA NO EDITADA de jóvenes de los 80 s…“Raúl pintaba esperanzas y lo mataron”.

MEMORIA NO EDITADA de jóvenes de los 80 s…“Raúl pintaba esperanzas y lo mataron”.

1000 Historias

Estos relatos son testimonios de niños, jóvenes, hombres y mujeres que desde distintos espacios, lugares y momentos han sido protagonistas de los 80 años de la fundación del Partido Socialista de Chile. (los textos no han sido editados)

domingo, 7 de julio de 2013

Raúl pintaba esperanzas y lo mataron

Raúl Valdés Stolze nació en Santiago el 30 de abril de 1951, en el seno de una familia de clase media acomodada. Hijo de Carlos y Silvia, cursó  sus estudios básicos y medios  en el Colegio de la Salle y en el San José de Calazans.

Tras egresar de la enseñanza secundaria, ingresó a la carrera de Construcción Civil en la Universidad Técnica del Estado, UTE,  desarrollando actividad académica entre los años 1969 y 1973.

En esa escuela, conoció a varios militantes de la Juventud Socialista, entre los que se estaban Ariel Mancilla, José Quintana y Luis.

Pronto es electo como dirigente del Centro de Alumnos de Construcción Civil, al tiempo que pasa a formar parte del equipo de coordinación de la Juventud Socialista en la UTE.

Con sus nuevos compañeros de ideas y militancia, Raúl participa de un activo contingente juvenil que no sólo realiza trabajo político en la universidad, sino que amplía su influencia política y social hacia un vasto y sector de las actuales comunas de Quinta Normal y Santiago, especialmente entre los estudiantes secundarios de los liceos de Aplicación y Amunátegui  –donde conoce a jóvenes militantes como Juan Fierro, Jorge Aravena y Juan Carvajal- y entre los alumnos-trabajadores del Liceo Nocturno Integral Nº1, dirigido por el recordado profesor Alberto Galleguillos.

Raúl participó en el equipo que fundó la Seccional Tercera Comuna de la JS, la misma que acuñó la consigna “Firme junto a la clase obrera”. Para él y sus compañeros, no se trató únicamente de un eslogan, pues desde ese nuevo seccional se vincularon estrechamente a los núcleos del PS y a los  sindicatos de trabajadores del Hospital San Juan de Dios, de la Fundición Yungay y de la Fundición Libertad (edificio donde hoy funciona la Universidad ARCIS), y de las empresas Indus Lever y Barbara Lee.

El 12 de septiembre de 1973, Raúl fue detenido en la Casa Central de la UTE junto a otros dirigentes y autoridades universitarias, siendo encarcelado en el Estadio Chile y posteriormente llevado al Estadio   Nacional. Desde éste último recinto es trasladado, en noviembre de 1973, al Campo de Prisioneros de Chacabuco, lugar en el que permanece hasta septiembre de 1974.

Ese año es trasladado a Santiago, donde es recluido en la Cárcel Pública, pasando después a la Penitenciaría y a los campos de la DINA de 3 y 4 Álamos, para luego ser llevado a la Quinta Región, al Campo de Prisioneros de Ritoque, desde donde finalmente es puesto en libertad en febrero de 1975, “por falta de méritos”.

De la cárcel a la lucha

Su decisión de incorporarse a la lucha nunca flaqueó. Antes incluso de salir en libertad, a fines de 1974 y estando detenido en la Penitenciaria, Raúl fue visitado por dos compañeras con las cuales retoma su vínculo político para integrarse a las tareas de la reconstrucción partidaria.  Así, al momento de su liberación en 1975, se integra al Regional Santiago Centro, asumiendo la responsabilidad de editar el boletín “El Pueblo”,  órgano oficial  del regional durante esos difíciles años, cuando la impresión de toda la prensa clandestina se realizaba en condiciones muy precarias, con mimeógrafos manuales y plantillas “picadas” en esténcil y también en serigrafía, procedimiento con el que se daba color a las portadas.

Pese a que había sido exonerado de la universidad, logró titularse en octubre de 1977, gracias a una iniciativa personal del ex director de la carrera de Construcción Civil, que consiguió que las autoridades militares interventoras de la ex UTE permitieran la titulación de los estudiantes que fueron expulsados por  motivaciones políticas.

Profesional exitoso, ya desde el año 75 se incorpora a trabajar en importantes obras y construcciones, al tiempo que conoce a otra joven militante socialista, Cecilia González, “La Negra”, con quien se casa, en mayo de 1976, tras dos meses de pololeo. De esa familia nacerán sus dos hijas: Carolina y Claudia.

Durante el año 75, bajo el permanente acecho de la DINA, el trabajo de comunicaciones siguió con mayor énfasis en la educación política y en la reorganización del movimiento sindical. Es por eso que el PS adecua su estructura a las exigencias políticas del momento y los regionales se organizan por “frentes”, pasando el Regional Santiago Centro a ser el “Regional Sindical Carlos Cortés”. Raúl forma parte de esa dirección y su responsabilidad específica es, precisamente, la rearticulación  del trabajo sindical.

En el frente de masas y en la propaganda clandestina

Este trabajo en el ámbito sindical, con Raúl como uno de sus principales protagonistas, poco a poco va dando sus frutos. En 1976  se comienza a estructurar la Subsecretaria de Frentes de Masas, que reitera como su prioridad en ese período la reconstrucción del movimiento sindical, a través de la articulación de un organismo central que represente a los trabajadores.

Raúl forma parte de este equipo de trabajo, que crea un Boletín de Frente de Masas-Sindical, que alcanza un importante nivel de distribución e influencia. Junto a este se planteó la necesidad de contribuir a la reimpresión de los boletines de las organizaciones sindicales, llegándose a apoyar la elaboración de alrededor de 14 de estos boletines: de la Coordinadora Nacional Sindical, de la Federación de Panificadores, de la Confederación Ranquil, de la Federación de Trabajadores del Vidrio, de la Federación Gráfica, de los Ferroviarios y de la Federación del Cuero y del Calzado, entre otros.

A partir de ese año, Raúl participa también en la diagramación e impresión de los primeros ejemplares de “Unidad y Lucha”, el periódico del PS en la clandestinidad.

Hacia 1980, producto de su disciplina y compromiso, y de sus evidentes habilidades para el trabajo gráfico, Raúl es designado como encargado nacional de la Secretaría de Prensa y Propaganda del aun proscrito PS.

Entre 1981 y 1983, además, desempeña el rol de enlace con la estructura partidaria que funciona en Iquique, ciudad en la que se encuentra momentáneamente por razones de trabajo, y contribuye al reforzamiento de la dirección del PS en Arica, luego de la desvinculación de esta con el Comité Central, tras la caída de la red norte del PS. En Arica, aporta a la capacitación político-ideológica de los socialistas de esa ciudad, al tiempo que entrega su conocimiento en temas de propaganda, contribuyendo también al renacimiento y a la pérdida del miedo de las organizaciones sindicales de la zona.

Durante la segunda mitad de los años 80, Raúl asume múltiples tareas partidarias: en 1984 le corresponde instalar la instancia preparatoria del V Pleno Nacional y del XXIV Congreso del PS (sector Almeyda) y es designado Encargado Nacional de Propaganda, cargo que ocupará hasta 1988 y desde el cual propicia la publicación de periódicos como “La Firme”, “Acción Socialista” y “Pueblo Unido”.

Un año antes, en 1987, Raúl se integra a un equipo especial del PS, desarrollando actividades comunicacionales y emisiones de la clandestina Radio Unidad.

 

Ese mismo año, y en el marco de la efervescencia social ocasionada por la visita del Papa Juan Pablo II a Chile, Raúl aporta a la lucha del pueblo chileno con el que probablemente fue uno de sus diseños más recordados: la imitación de los billetes de 500, 1000 y 5000 mil pesos, con un mensaje anti dictatorial al reverso, que fueron uno de los mayores impactos comunicacionales en la época, ya que casi nadie resistía guardarse uno o varios en el bolsillo, amplificando la transmisión de las consignas anti Pinochet escritas en esos billetes falsos.

Resultado de imagen para la imitación de los billetes de 500, 1000 y 5000 mil pesos, con un mensaje anti dictatorial al reverso,

Reactivando el muralismo socialista

En 1988 en la Conferencia Seccional del PS es elegido miembro de la Dirección Seccional 19 de Abril, asumiendo como Secretario Político de ella.  Desarrolla cartillas y cursos de propaganda, como una forma de ayudar a la masificación de los métodos de reproducción manual de boletines, panfletos y afiches anti dictatoriales.  Es instructor, monitor y creativo de las recién creadas Brigadas Salvador Allende (BRISA) y de las reactivadas Brigadas Elmo Catalán (BEC). La mayoría de los murales que estas brigadas pintaron en ese período (en el Parque La Bandera, en la Panamericana, en General Velázquez, en la Población Herminda de la Victoria y en la Villa Portales, por ejemplo) corresponden a diseños realizados y dirigidos por Raúl.

En 1989, en un Pleno del Regional Santiago Centro, es elegido miembro de dicha dirección, cargo que ejercía al momento de su asesinato  el sábado 8 de julio de 1989.

Esa mañana, cuando un tibio sol iluminaba las calles del centro de Santiago, Raúl fue herido mortalmente por un guardia de seguridad sin que mediara provocación alguna.

El hecho se produjo cuando Raúl y otros tres militantes del PS –entre los cuales se encontraba su esposa- realizaba unos rayados murales, insertos en la campaña por la recuperación de los derechos civiles y políticos del entonces Secretario General del PS, Clodomiro Almeyda, quien en razón de los aún vigentes artículo 8º y 24º de la Constitución de 1980, permanecía inhabilitado de su derecho a presentarse como candidato a algún cargo de elección popular por un período de diez años.

Precisamente por ello es que la consigna que pintaba junto a sus compañeros era “No más exclusión: Almeyda senador!”, la misma que escribieron en una de las murallas de los estudios de televisión KV, en calle Catedral Nº 1850. Desde el interior de las instalaciones apareció, intempestivamente, el guardia José René Poblete Vega, funcionario de la empresa Centinel S.A. -conformada en su totalidad por ex miembros del Ejército- quien a escasos metros de distancia y por la espalda disparó en contra de Raúl, quien ante el estupor de su esposa y compañeros, fue trasladado minutos después hasta un centro asistencial, al que llegó ya fallecido.

 

Carabineros que se apersonaron en el lugar detuvieron al hechor, constatando que el arma que utilizó no era de su propiedad ni tampoco contaba con un permiso vigente para portarla.

Sin embargo, uno de los policía sermoneó a Cecilia González, diciendo que “eso les pasa por andar rayando” y amenazándola con tomarla detenida. Después de un áspero intercambio de palabras, “La Negra” logró que el policía la autorizara a llamar por teléfono.

Cecilia González, “la negra”, declaró que el guardia cometió “un crimen a sangre fría y por la espalda, ya que de nuestra parte no hubo ni siquiera una agresión verbal que justificara su reacción”, versión que fue refrendada por numerosos vecinos del sector, que señalaron que el guardia era conocido como “El Rambo”, por su afición a las artes marciales, su prepotencia y su trato violento e intimidatorio incluso con las personas que asistían como público a los programas televisivos que se grababan en esos estudios.

Tras permanecer incomunicado por espacio de diez días, Poblete confesó su crimen y se declaró culpable, aportando antecedentes respecto de la empresa de seguridad a la que prestaba servicios. Así se conoció que “Centinel S.A.” tenía entre sus directivos y jefes operacionales a ex miembros del Ejército, lo que motivó al PS a solicitar una investigación judicial sobre esos vínculos.

Luego de recuperado el cuerpo de Raúl, sus restos fueron velados en el local del Comando Socialista por el NO (COSONO), que en los hechos funcionaba como el local central del PS Almeyda. Tras ser homenajeado por decenas de militantes que hicieron guardias de honor rotativas en torno a su féretro, sus funerales fueron acompañados por cientos de militantes del Partido, de la Juventud Socialista y de diversas organizaciones de derechos humanos, que corearon la consigna “Raúl pintaba esperanzas y lo mataron”.

Memorial del Detenido Desaparecido y Ejecutado Político 

A la fecha de su muerte, Raúl tenía 38 años.

El padre y esposo 

Cecilia “La negra”
Carolina y Claudia 

El artista preso

El Ceramista 

 

El Muralista

Y coreamos “Raúl pintaba esperanzas y lo mataron”.

Archivo de Prensa

 

Publicado por Cecilia Suárez en 17:08

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Etiquetas: Ariel Mancilla, BEC, Campo Prisioneros de Ritoque, Cecilia González “la negra”, Chacabuco, Clodomiro Almeyda, COSONO, José René Poblete Vega, Juventud Socialista de Chile, Raúl Valdés Stolze

1 comentario:

  1. CecyMore7 de julio de 2013, 23:13
  2. RAUL VALDES, PRESENTE AHORA Y SIEMPRE,… en la memoria colectiva socialista, en la memoria viva de su familia, en el ejemplo revolucionario de quién lo entrega todo por sus ideales.
    Negra

Memorias de PRIGUE de Chacabuco. Épica de los Campos de Concentración.

Memorias de  PRIGUE de Chacabuco. Épica de los Campos de Concentración.

                   

 
“Para que nadie se olvide”.
“Para ti, papá, que perdiste tu juventud (en Chacabuco). Pero no olvides que ese fue el precio de la libertad del individuo”.

Chacabuco. Angel Parra

 

Campamento de Prisioneros “Chacabuco”

Antofagasta; II Región

Cerca de 110 kms de distancia de Antofagasta, en medio del desierto de Atacama  fue instalado el Campo de Prisioneros Chacabuco, ubicado en la Oficina Salitrera Chacabuco, al costado este de la Ruta CH-5. En la antigüedad era un pequeño pueblo minero donde funcionaba la compañía minera de nitrato, Sociedad Química y Minera de Chile (Soquimich). El pueblo se encontraba abandonado desde 1938 y se usaba para prácticas militares del ejército. El Campo de Prisioneros Chacabuco fue utilizado desde principios de noviembre de 1973, hasta abril de 1975, con  más de 1.000 presos políticos. Este Campamento era sólo de hombres. El sector de prisioneros fue delimitado con alambradas de púas, minas antipersonales y torres de vigilancia con personal armado de metralletas. El Campo de Prisioneros Chacabuco fue uno de los más grandes campamentos de prisioneros no sólo de la región, sino del país. Los presos políticos concentrados en este campo venían de diferentes recintos militares especialmente de la Primera y Segunda Región, así como de Santiago y Valparaíso. Los detenidos no sólo habían sido torturados en los diversos lugares donde anteriormente habían permanecido recluidos sino también durante el trayecto a Chacabuco. En especial todos aquellos que fueron trasladados en trenes de carga desde Iquique, en barcos desde Valparaíso (el Andalién), y en camiones militares desde Pisagua.

El Campo de Prisioneros Chacabuco estaba a cargo de la Primera División del Ejército de Antofagasta, pero la guardia rotaba entre el ejército, la Fuerza Aérea y personal de Carabineros. Muchos presos fueron dejados en libertad a principios de 1974, período en el cual nuevos prisioneros fueron traídos a Chacabuco. El campo empezó a vaciarse gradualmente en julio de 1974, en la medida que los internos eran trasladados a diferentes campos de Santiago y Valparaíso (Tres Alamos, Ritoque y Melinka). De acuerdo a los testimonios recibidos, la guardia rotaba entre personal del Ejército, Fuerza Aérea y Carabineros. Vigilando el campo, había un tanque militar que transitaba continuamente alrededor de éste. Los testimonios señalan, además, que era frecuente que los sobrevolaran aviones en vuelos rasantes. El Comité para la Paz informó a fines de 1974: Los presos vivían en corredores de adobe que contenían diez casas pequeñas. Cada una era de dos o tres pisos y mantenía a seis presos. Había un comedor de uso común y no contaba con luz eléctrica hasta julio de 1974.

Hay testimonios que coinciden en señalar que, al ingresar al campamento, los prisioneros eran obligados a tenderse desnudos por horas sobre la cancha de fútbol; normalmente eran recibidos con maltratos, amenazas y golpizas de pies, puños, objetos contundentes, como las culatas de los fusiles.

Los detenidos vivían en corredores de adobe que estaban formados por diez casas pequeñas como pabellones. Cada una era de dos o tres pisos y mantenía a seis presos. Había un comedor de uso común y no contaba con luz eléctrica.

El maltrato fue constante. Las condiciones de vida, a juicio de los declarantes, eran amenazadoras e inciertas en alto grado. Según las denuncias presentadas ante la Comisión Valech, las malas condiciones de vida incluían una denigrante situación alimenticia y el hostigamiento permanente. Bajo cualquier pretexto, los detenidos eran sacados por las noches a la intemperie, dejándolos hasta la madrugada bajo el intenso frío del desierto; y en otros momentos, durante el día, eran forzados a permanecer bajo el sol.

Es importante notar que la arbitrariedad del castigo que denuncian los ex presos fue una fuente de constante amenaza y tortura psicológica. Los efectivos inventaban motivos para interrogarlos, supuestas planificaciones de fugas o sabotajes por parte de los presos. Consta por los testimonios que también se practicaron de manera permanente las amenazas de acciones contra las familias de los prisioneros.

Los ex prisioneros experimentaban una presión adicional al ser sometidos a intensas jornadas de ejercicio de tipo militar y tener un régimen de trabajos forzados, en especial, trabajos, sin utilidad ni sentido. Asimismo consta de algunas declaraciones que hubo prisioneros que eran mantenidos por algún tiempo separados del resto, en un régimen carcelario con maltratos más severos. Otros eran mantenidos en continuos interrogatorios, con aplicación de torturas. Los testimonios indican que muchos de los prisioneros recibieron golpizas de pies, puños y con objetos contundentes, como las culatas de los fusiles, además de simulacros de fusilamiento.

Algunos de los ex presos políticos denunciaron haber sido llevados desde este recinto hacia Antofagasta para ser interrogados, en medio de torturas y golpes, por el fiscal militar de la zona. Otros fueron interrogados en medio de golpes en el campamento, por agentes de civil y agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).

Testimonios:

“…el desierto, lo veíamos más grande y extenso, el calor seguía aumentando, la velocidad era lenta. No podíamos conversar. La caravana recorrió más de una hora cuando empezamos a ver una chimenea alta que indicaba la presencia de la antigua oficina salitrera Chacabuco de la Anglo Latauro (Compañia Inglesa). Llegamos a unos murallones y entramos por una abertura grande. Se pusieron al lado de los buses, unos tanques que nos apuntaban amenazadoramente con sus cañones. El nerviosismo aumentaba más y más, casi tiritábamos de miedo. Los buses pararon frente a unas rejas. Los carabineros nos entregaron contados al Ejército.”  (Sadi Renato Joui Joui, en su libro “Chacabuco y Otros Centros de Detención”, 1994)

“..en el campo de concentración de Chacabuco a cargo del Ejército, fuimos nuevamente víctimas de trato inhumano, degradante y humillante además de constantes amenazas y amedrentamiento psicológico y físico. Inmediatamente que nos recluyeron dentro del cercado de alambre-púa, electrificado y con altas torres de vigilancia, el comandante a cargo del campo, capitán Carlos Minoletti Arriagada, nos hizo formar en un lugar abierto, ordenó desnudarnos, esparcir las pertenencias personales en el suelo y esperar así inmóviles su inspección que iba a efectuar a cada uno. El capitán Minoletti demostrando su brutal prepotencia e impunidad por cualquier delito, realizó dicha inspección agrediendo a cada ciudadano detenido con insultos, trato ofensivo y afirmaciones calumniosas, agrediéndolo con golpes y comentarios humillantes. Terminada su inspección, que tomó horas bajo el ardiente sol y aire de la pampa, nos hizo agrupar para vejarnos otra vez con falsas acusaciones, calumnias y amenazas de todo tipo. Con ínfula de juez divino nos notificó que estábamos allí “por las huevadas que han hecho y las que pensaban hacer”(sic). Personal del Ejército y Fuerza Aérea se turnaban en la vigilancia del campo y en imponer el arbitrario régimen de cautiverio a los ciudadanos allí detenidos. Otros oficiales que cometieron trato inhumano fueron los capitanes Santander y Alexander o Alejandro Ananias. El capitán Santander, quien se vanagloriaba de ser campeón panamericano de tiro al blanco y amenazar a los prisioneros con eso de donde ponía el ojo ponía la bala, en más de una ocasión nos hizo comer bajo un enorme despliegue de soldados fuertemente armados y apuntando directamente a las cabezas de las personas. En otra, interrumpía abruptamente la hora de comida para hacernos formar sin razón específica. En otra oportunidad nos agrupó para reprendernos humillantemente y acusarnos falsamente de rayar las murallas con consignas políticas. Por otra parte, pilotos de la Fuerza Aérea, en aviones de combate, hacían vuelos rasantes sobre el campo de concentración cotidianamente, provocando inquietud y temor en la población reclusa.

 “..en Chacabuco fui obligado a recoger los excrementos con las manos […]. Además fui golpeado en las plantas de los pies descalzos con un palo solamente porque mi segundo nombre es Augusto” (Comisión Valech)

[…] de pie todo el día a pleno sol (40°C) y de noche los hacían correr para sentir el frío del desierto” (Comisión Valech)

Criminales y Cómplices

Capitán Alejandro Ananías (Ejercito); Capitán Carlos Minoletti Arriagada (Ejército); Capitán Victor Santander Veliz (Ejercito); Capellán Varela; Capellán Jorquera; Capellan Zenteno;

Capitán Zabala; Teniente Canals

 

Fuentes de Información: Informe Rettigg; Informe Valech; Coordinadora de Ex-presos Políticos de Santiago: “Nosotros los Sobrevivientes acusamos”; Libro: “La Represión Política en Chile: Los Hechos”; Diarios: “Punto Final”; “Fortín Mapocho”; “La Nación”; “El Siglo”; Chipnews.com; Libros:Chacabuco y Otros Centros de Detención“, “La Represión Política en Chile”; Archivo memoriaviva.com.

La Nacion

9 de Noviembre 2003

Monumento nacional: ¿Cómo era Chacabuco?

El sector alambrado, que fue donde vivimos y penamos, tenía más o menos seis cuadras de largo y tres de ancho. Había pabellones para obreros y para los empleados. Todas eran casas pareadas, de adobes y techos de calamina. Durante el día, cada casa era un horno y de noche, una nevera. Cuando llegamos ninguna casa tenía puertas ni ventanas. Les habían clavado arpilleras, que el viento las sacudía a su antojo. Se improvisaron dos grandes letrinas, con duchas y lavatorios. Los servicios higiénicos eran dos o tres grandes acequias con tablones encima para solo poner los pies.
Jorge Montealegre es poeta, escritor y sobre todo, un hombre hecho y derecho, yo diría intachable. Estuvo preso junto conmigo en Chacabuco, cuando la dictadura de Pinochet empezó a cargar su mano cruel y no paró más. Jorge tenía entonces 19 años.
Escribió poemas en su carácter de preso político y después, cuando recuperó la libertad y salió al exilio, siguió escribiendo como condenado. Recién publicó el libro “Frazadas del Estadio Nacional”.
Voy a reproducir algunas líneas donde describe lo ocurrido el 9 de noviembre de 1973, hoy hace 30 años, cuando se avisó a los presos del estadio que serian trasladados a la salitrera de Chacabuco:
“Nos metieron en buses, nos amenazaron por enésima vez y designaron a tres soldados, con fusiles ametralladoras para custodiarnos en el vehículo. También estaban los jardineros del estadio que miraban estupefactos, impotentes, con los ojos brillantes. Salimos en caravana hacia Valparaíso. Al cruzar la ciudad vimos cientos de pañuelos que apenas asomaban por las ventanas. Los carabineros cortaban los caminos. Muchos jeeps y camiones militares eran parte del convoy. Ya en la carretera, aparecieron los helicópteros.
Nos llevamos el Estadio en el recuerdo. Íbamos a Chacabuco. No es fácil deshacerse del Estadio. Sigue aquí adentro”.

HAZAÑAS DE FILISTOQUE:
Mario Benavente, profesor, filósofo, master en ciencias políticas, dictó clases durante 40 años en la Universidad de Concepción, también cayó preso. De notable educador, la dictadura lo convirtió en peligroso extremista.

Estuvo detenido en Investigaciones, en la cárcel pública y el estadio Regional en Concepción. Después pasó a Chacabuco, campo Melinka de Puchuncaví y campo de Tres Alamos. Más de 20 meses sin libertad y luego exiliado a Suecia.
Escribió un libro notable: “Contar para saber”. De Chacabuco, describe este simpático episodio en la página 53: ” Todas las actividades programadas por los detenidos, llevaban el sello de la rebeldía. El poema, el canto, el show semanal, la escuela, el deporte, el circo, eran algunas de sus manifestaciones. Filistoque fue un ser peculiar. Rubicundo, grandullón y fornido. Su sonrisa permanente lo acompañaba a todos los rincones. Cuando reía, mostraba sus cuatro poderosos dientes, dos arriba y dos abajo.

Todos los demás fueron volados a culatazos por los torturadores. Era generoso y siempre dispuesto a ayudar. Se ganó el aprecio de todos. Sabía de sus limitaciones. Hombre de pueblo, de población, le gustaba conversar con los más cultos. Nadie conocía su nombre real. Le hacia gracia que así fuera, le daba otra personalidad, se sentía importante.

Fue duramente torturado, porque había integrado el grupo de seguridad del PS y Altamirano. Por eso afirmaba que vivía de yapa. No sabemos cómo ni cuándo, fue nombrado jefe para formar con los presos una banda de guerra. Lo hizo tras largas sesiones y cumplió. Salió a desfilar un día con su banda fuera del campamento dejando la sensación de que era fuga. Un camión con soldados armados hasta los dientes, los fue a buscar a todos.
La banda fue disuelta y los castigaron en forma ignominiosa. Filistoque estuvo en tela de juicio hasta el final, salió de Chacabuco, fue trasladado a otros lugares de prisión y finalmente expulsado del país. Se radicó en Inglaterra”.
En 1984, cuando la dictadura estaba en su apogeo, nadie se atrevía a levantar la voz. Por eso resultó casi desafiante que la revista Hoy, dirigida por Emilio Filippi, se atreviera publicar un libro que abriera de par en par las puertas del oprobioso campo de prisioneros de Chacabuco.
En esa aventura, lo acompañé sin titubeos, arriesgando la libertad y ¿por qué no?, hasta la vida. Se editó el libro “Un viaje por el infierno” que relató descarnadamente como vivieron casi diez mil presos que pasaron por la salitrera.

¿Cómo era Chacabuco?

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El sector alambrado, que fue donde vivimos y penamos, tenía más o menos seis cuadras de largo y tres de ancho. Había pabellones para obreros y para los empleados. Todas eran casas pareadas, de adobes y techos de calamina.
Durante el día, cada casa era un horno y de noche, una nevera. Cuando llegamos ninguna casa tenía puertas ni ventanas. Les habían clavado arpilleras, que el viento las sacudía a su antojo. Se improvisaron hasta el final, dos grandes letrinas, con duchas y lavatorios. Los servicios higiénicos eran dos o tres grandes acequias con tablones encima para solo poner los pies.

Allí vivieron los presos chacabucanos, pero todo se hizo más llevadero porque el Consejo de Ancianos, nombrado por los propios detenidos, creó servicios médicos, asistencia judicial y social, bibliotecas, pulpería, salas para los conjuntos artísticos y un diario mural. Fuimos gente de buena ley”.
¿A qué vienen estos recuerdos que asaltan y enternecen? El viernes pasado, a las 19 horas, en el salón de honor del viejo Congreso Nacional, llegaron de todos los rincones de Chile los presos que pasaron por Chacabuco. Pronunciaron discursos, lloraron a mares, repartieron abrazos y pidieron que la vieja salitrera, el fatídico campo de concentración, sea por angas o por mangas, un Monumento Nacional.
Creo que se lo merece…

El Siglo
Ex Presos Políticos de Concepción: “Derrotados … No vencidos”

El Auditorio de la Universidad de Concepción repleto por un público conmovido, fue el escenario en que Mario Benavente Paulsen y su esposa Nimia Jaque Peña presentaron la semana pasada sus relatos testimoniales “Contar para saber” y “El árbol que florecía hijos”, de uno y otra, respectivamente, en sendas ediciones costeadas por ellos mimos como ejemplar contribución a la “memoria histórica” de la brutal represión fascista en Chile y la dignidad y fortaleza con que la afrontaron sus “prisioneros políticos”, entre ellos los narradores.
Son decenas de breves testimonios de sus propias vivencias y de las de otras y otros ex presos políticos de los “campos” de reclusión y torturas de Chacabuco, Puchuncaví, Los Alamos precedidos del paso inicial por cuarteles Isla Quiriquina y Estadio Regional de Concepción. Incluso, la narración de la niña, hija de una madre presa; la visión de Nimia desde el patio de la cárcel penquista de su hijo encaramado en un árbol del parque vecino para verla por sobre los muros. Ocho de las ex prisioneras “reportadas” por ella se hicieron presente en el acto.
El abogado de Derechos Humanos Nelson Caucoto, ex alumno de la U. de Concepción, inició el acto con una esperanzada exposición de avances en cuanto al aumento de los procesamiento de coautores, cómplices y encubridores de crímenes contra la humanidad en Chile.
En el acto, auspiciado por el Colegio de Profesores de Concepción, presentó a los autores la dirigenta nacional Olimpia Riveros, que compartió con ellos desde antes de los sucesos del 73 en la actividad y lucha gremial y política de izquierda. La acompañaron en la misión Patricia García y Alberto Carrasco, maestros colegiados.
Benavente y Nimia cerraron el acto. El señaló que los ex presos políticos “fuimos derrotados… pero no vencidos”, reafirmando sus decisiones pese a la exoneración de sus cátedras, los maltratos y torturas y el largo exilio. Destacó los cursos de variados estudios y certámenes literarios en el campo Chacabuco como expresión de la dignidad con que se afrontó la represión en ellos.

CHACABUCO, MEMORIA DEL SILENCIO

Por Dr. Luis Cifuentes S.

La película “Chacabuco, memoria del silencio”, de Gastón Ancelovici, refleja una realidad distinta, y en consecuencia adopta un enfoque diferente, al film “Estadio Nacional” al punto que es difícil y acaso injusto intentar compararlas. Mientras el Estadio Nacional, junto al Estadio Chile, Villa Grimaldi, Tejas Verdes y varios otros lugares fueron centros de tortura y exterminio, Chacabuco fue, en sentido estricto, un campo de concentración. Fuimos enviados allí prisioneros políticos que ya habíamos sido interrogados en espera de que el aparato administrativo dictatorial decidiera qué hacer con cada uno de nosotros. La tortura y el asesinato, entonces, no fueron fenómenos de ocurrencia diaria ni frecuente en la antigua oficina salitrera. Este hecho, sin excluir la tragedia (hubo un suicidio en el tiempo que yo permanecí en el campo, al que me refiero más abajo), por si solo generó un distinto tipo de convivencia y de comunicación, con un fuerte contenido comunitario.

La película refleja esta situación: no se trata de testimonios en forma de monólogos, como en “Estadio Nacional”, sino de conversaciones colectivas, filmadas tanto en Santiago como en el campo mismo. El poeta Jorge Montealegre, quien, siendo un adolescente escribiera su primer poema en Chacabuco, hace de ancla del documental y habría sido muy difícil, sino imposible, encontrar una persona con mejores aptitudes para la tarea. Su poema “Así es el choquero”, recitado por el autor en su vivienda chacabucana, despertará viejas y nuevas emociones.

El film comienza con impresionantes vistas aéreas del desierto y de Chacabuco. La belleza de los cerros, cielos y crepúsculos constituyó el trasfondo majestuoso de todo lo sucedido. Las conversaciones entre Montealegre, el poeta Rafael Salas y Angel Parra abren los fuegos, en un primer reconocimiento del campo. Allí estaba la pulpería… ¿o era acá ? Allá la bella iglesia de madera, destruida por el fuego en 1982; acá el templo evangélico; más allá, el “barrio cívico”, donde los abogados, médicos y artistas presos tenían sus locales de atención y creación. Yendo más al hueso, aquí fue donde nos recibieron con insultos, golpes y amenazas cuando “inauguramos” el campo, donde nos dijeron que “NO requisarían las hojas de afeitar, por si queríamos suicidarnos”.

La película esta cargada de emotividad e ilustrada por trozos de una filmación realizada por un equipo de la RDA que llegó a Chacabuco engañando a los militares con el recurso de hacerse pasar por holandeses. De fondo, aparte de la música compuesta para el film por Angel Parra hijo, hay extractos del concierto de despedida de Angel Parra padre, grabado en cassette por Alberto Corvalán Castillo, hijo del entonces secretario general del Partido Comunista. Alberto murió en el exilio antes de cumplir los 30, producto de las torturas sufridas en el velódromo del estadio nacional. Es su voz la que se escucha narrando aquella grabación, que apareció en forma de disco en Italia en los 70. En una escena llena de ternura, Angel canta la canción que compuso en el campo a su pequeña hija Javiera, ahora en presencia de la adulta homenajeada.

Las muchas anécdotas de Chacabuco están bien representadas. En especial, la protagonizada por el popular Filistoque, un preso que, dada su experiencia, fue encargado por el comandante para entrenar a la banda de los militares. Filistoque aprovechó la ocasión de uno de sus tantos ensayos para dirigirse a la puerta del campo a la cabeza de sus hombres, dio orden de abrirla y luego salió marchando por la carretera en dirección a Calama seguido de los disciplinados militares. Por cierto, no llegó lejos, pero esta debe ser la anécdota más sabrosa en la historia de los campos de concentración, no sólo de Chile.

Me impactó ver el teatro restaurado, aunque eché de menos los maltrechos pero elegantes asientos de fierro y tapiz y las imponentes aunque añosas cortinas del escenario, que colgaban ahí desde los años 20. El teatro era el lugar donde en ocasiones se nos autorizó a recibir visitas.

Una serie de otros ex-prisioneros agregan sus recuerdos. De especial valor son los de Mariano Requena, primer presidente del Consejo de Ancianos, que cuenta de las difíciles, y a veces hilarantes, relaciones con los militares. Otros mencionan los cursos de nivel primario, secundario y universitario impartidos entonces por los mismos prisioneros en la “universidad del desierto”. Yo dicté uno de Termodinámica Química, aprovechando como texto el libro de Fisicoquímica de Castellan, que en forma casi milagrosa alguien había llevado al campo. También contribuyen al testimonio colectivo un ex-oficial destacado en Chacabuco y un ex-capellán.

La película me dejó un buen sabor, de fraternidad y esperanza. A la salida, entre las pocas personas presentes en la sala, me encontré con un viejo amigo, ex-chacabucano. Nos fuimos a tomar una cerveza, tratando de hacer durar la fraternidad recién revivida.

¿Qué podría yo agregar a este sólido testimonio fílmico ? Tan sólo una anécdota: cuando llegó al campo el primer grupo de presos provenientes del estadio (luego llegarían de todo Chile) nos formaron en la calle principal y el capitán a cargo salió del perímetro enrejado hacia su oficina. A los pocos segundos se escuchó, de lo alto de una torre de vigilancia, el grito: “¡Alberto Corvalán Castillo !”. El interpelado, que estaba en el grupo, en un acto de valor inolvidable, corrió hacia la torre sin saber si lo ametrallarían. Al llegar al pie, le dejaron caer un saco con pan, reunido por los conscriptos para los presos. “¡De la base de la Jota!”, le gritaron.

Lo asombroso de esta historia, de la que fui testigo presencial, no consiste tanto en que hubiera una organización de izquierda entre los militares que nos custodiaban como en el hecho – que hasta hoy me cuesta explicarme – de que ellos actuaran a vista y paciencia del resto de los conscriptos sin ser denunciados; esto, sin que me quepa ni la más remota sombra de una duda, les habría valido la muerte por despedazamiento. Los panes fueron rápidamente distribuidos (ignoro si también fueron multiplicados) y el saco lanzado dentro de una casa; los oficiales nunca se enteraron. Esta anécdota refleja un aspecto de la realidad de aquellos días que es bueno no desechar.

Expreso mi gratitud a Gaston Angelovici y a todos los que contribuyeron a hacer realidad esta película. Junto a los films de Guzmán y Parot, ella contribuye a rescatar memoria en un país amnésico que mira para otro lado.

Vayan mis recuerdos hacia mi amigo Marcelo Concha, hacia el profesor Francisco Aedo y otros, que luego de salir de Chacabuco fueron nuevamente aprisionados y hasta la fecha están desaparecidos. Rindo homenaje al obrero Oscar Vega, que había vivido y trabajado en Chacabuco en su juventud. Anciano, solo y destruido, por haber sido asesinada toda su familia, buscó su vieja casa y se colgó de una viga. Los que no nos colgamos tenemos, en consecuencia, ciertos deberes de humanidad de los que, tarde o temprano, tendremos que rendir cuentas.

Piensa Chile

29 noviembre, 2013

Mensaje de lucha desenterrado 39 años después en Chacabuco

En el encuentro de los ex prisioneros del Campo de Concentración de Chacabuco, la antigua oficina salitrera en la pampa de Antofagasta -el 23 y 24 de noviembre de 2013- un grupo de antiguos reclusos se dio a la tarea de encontrar una botella enterrada, con un mensaje escrito en octubre de 1974, cuando se cerró el campo.

Carta en botella 1974Tras un debate acerca de la locación exacta, y con gran emoción, excavaron en el pequeño patio de la vivienda y encontraron una botella intacta. En la parte exterior, uno de los presos -un químico- escribió “VENENO”, y una fórmula terrorífica, para espantar intrusos.

La carta aun legible en el papel amarillento, está firmada por cuatro partidos de izquierda, y es un testimonio de moral revolucionaria y compromiso de lucha que la asamblea de los ex prisioneros adoptó el mismo día como “Declaración de Chacabuco” en el teatro de la antigua oficina salitrera.

El mensaje conserva plena vigencia. A continuación el texto completo y el registro audiovisual de su lectura a viva voz, por uno de sus redactores, minutos después de la excavación, realizado por el equipo de HispanTV-Chile:

    ………………A la caída del Gobierno Popular encabezado por Salvador Allende, se instaura en Chile una feroz dictadura que estremeció al mundo por su crueldad y terror. Miles fueron los muertos a lo largo del país; otros tantos los desaparecidos.

Asimismo llenaron las cárceles y los campos de concentración más de diez mil presos políticos. Sólo por este campo pasaron 1.284 escogidos dirigentes de izquierda, incluyendo jóvenes menores de edad y ancianos en extremo. Vivieron y sufrieron aquí hombres de diferentes regiones del país. De Copiapó, Antofagasta, Valparaíso, Santiago, Colchagua, O’Higgins, Linares, Chillán, Biobío, Concepción, Arauco, Osorno llegaron a este desolado lugar, símbolo de la explotación de los obreros del salitre. Obreros, campesinos, empleados, intelectuales, profesionales y estudiantes que se distinguieron por su alta moral, y solidez en sus principios.

La soledad de la pampa cobró vida con la activa creatividad de los artesanos y artistas que nacían al amparo de la soledad de los días de cautiverio. Memorables fueron los shows que alegraron domingo a domingo los días de cautiverio. Nadie olvidará la chingana, la fogata, las obras teatrales, el circo, la fecunda actividad de los talleres artesanales, sus variadas exposiciones de cobre, madera, telar, onyx, como tampoco nadie olvidará las torres, con sus uniformados y fusiles apuntando a la alambrada, las odiosas formaciones a pleno sol o al frío de la noche, los allanamientos, el pillaje, la canción nacional y su agregado irónico, nuestros nobles… Como tampoco nadie podrá olvidar el escuálido rancho, las migajas de pan, la rosca y sus derivados, las úlceras y neurosis.

Pero todo se superaba con dignidad y moral. Se organizaron por casa, pabellón y campo, en todo unidos. El Consejo de Ancianos, que era la máxima organización, creó servicios públicos para los detenidos, tales como el bienestar, el policlínico, la escuela, la biblioteca, la asociación deportiva, departamento de aseo, administración, cooperativa artesanal, etcétera.

Son acontecimientos memorables para cada uno: en homenaje a la memoria de los compañeros mártires, el digno minuto de silencio el día 11 de septiembre de 1974; la lealtad y nobleza de los compañeros que viajaron miles de kilómetros; el fusilamiento de los perros llegados al campo; las misteriosas explosiones de las minas que rodeaban el campo; los días sin agua.

Aunque permanecieron sólo en este lugar más de un año, nadie se consideró más o menos libre que el resto de sus hermanos de la calle, pues era la patria una inmensa cárcel. El compromiso con la libertad tampoco fue un anhelo individual, sino un compromiso de combate junto al pueblo.

Hasta ellos llega el aliento constante, creciente, de la solidaridad de los trabajadores del mundo y sus vanguardias políticas, y de los países y pueblos democráticos y organizaciones internacionales, por medio de la voz amiga y hermana de Radio Moscú, Habana, Progreso, Berlín, etc.

Hoy, al ser …….(ilegible)…… y otros campos de concentración, se marchan con la convicción inevitable del triunfo de la revolución socialista para días no lejanos. Compañeros, en sus mentes está presente la necesidad de la victoria inevitable. Necesitamos sólo una victoria: la final.

Partido Comunista de Chile
Partido Socialista de Chile
Movimiento de Izquierda Revolucionaria
Movimiento de Acción Popular Unitaria

Chacabuco, Octubre de 1974

 

Palabras de Guillermo Torres Gaona
Presidente Nacional del Colegio de Periodistas de Chile

Santiago, 7 de noviembre de 2003 Sala de la ex Cámara de Diputados

Estimadas amigas, amigos, compañeros:

Impregnados de la solemnidad de este recinto que representó, por tantos años, la tradición republicana de nuestra nación y que fue escenario de tantas decisiones trascendentes para el pueblo chileno, nos reunimos esta noche con el impacto vigente de todo aquello que nos involucró, exactamente, hace 30 años. Lo hacemos con una mixtura de emociones, entre el dolor y la esperanza, entre el recuerdo del pasado y la mirada hacia el porvenir, y entre los sueños interrumpidos y las certezas de nuestras convicciones. Nos acompañan nuestras familias, esposas, hijos, nietos; en fin, muchas y muchos seres queridos que compartieron con nosotros las consecuencias del cautiverio de entonces, o que se han integrado años después en el transcurrir inevitable del tiempo como nuevas familias.

Pero todo, hoy, inmerso en una común gratitud:

Nuestro agradecimiento a quienes hicieron de la solidaridad internacional un gigantesco movimiento que comprometió a millones de personas en los cinco continentes y que permitió salvar tantas vidas y, a la vez, aislar de la comunidad de naciones al régimen terrorista encabezado por Augusto Pinochet. Movimiento que incluyó a estados, naciones y a organizaciones de todo tipo, a gobiernos de países amigos que dispusieron para la comunidad de chilenos exiliados, hasta de radioemisoras, como fueron los casos de la URSS, Alemania Democrática, Cuba, Checoslovaquia, Hungría, Argelia, y tantas otras para informar de la situación y estimular el apoyo a la causa democrática de los chilenos. Gobiernos que, como los de Suecia, tuvieron embajadores de la más noble lealtad y fiereza para defender a loa asilados, y que rompieron relaciones con la dictadura. A todos ellos, eterna gratitud.

Esta noche, nos rodea el ejemplo de coherencia de nuestro presidente mártir, el compañero Salvador Allende, y en su legado buscamos el recto camino hacia una sociedad más justa, más democrática, más pluralista; en definitiva, más humana y al servicio de las causas justas y libertarias que ennoblecen a la persona.

Siempre con la esperanza de construir un país en que prevalezca la justicia, esa primera virtud de todo sistema social; solidario, en que se instale la verdad, que satisfaga las aspiraciones legítimas y tan postergadas del pueblo, en que haya respeto irrestricto a los derechos humanos para impedir cualquier aventura antidemocrática en contra de nuestras naciones. Y que las víctimas del régimen militar alcancemos una justa reparación

Hace 30 años justos, desde diversos lugares del país, los militares que asaltaron a sangre y fuego el sistema democrático preparaban las caravanas de la muerte y, a la vez, finiquitaban sus operativos para trasladar a numerosos prisioneros políticos, que permanecían como rehenes en estadios y diversos centros de reclusión, a campos de concentración que instalaron en apartadas regiones del país. Desde la gélida isla Dawnson en la zona más austral del planeta hasta el desierto de Atacama.

Lo que nos habría parecido como una pavorosa imagen sobre el nazismo alemán, y que formó parte de un pasado acercado por el cine, la literatura y el análisis político, se convertía en una violenta y cruel realidad para tantos miles de chilenos. Así, nos hicieron trasladar para continuar como prisioneros de una guerra inexistente, sólo justificatoria del asalto al poder, en el campo de concentración situado en el desierto más árido del mundo, con temperatura sobre 30 grados en el día y de cinco grados bajo cero en la noche.

La oficina salitrera de Chacabuco, declarada monumento nacional durante el Gobierno del Presidente Allende para resguardar la historia épica de los obreros de las salitreras a comienzos del siglo 20, se convertía en un lugar elegido, montado y equipado para negar la vida y todas las libertades humanas.

Por Chacabuco, en su año de existencia, pasamos más de tres mil prisioneros, procedentes de distintas zonas del país. El primer grupo lo constituímos, básicamente, 736 prisioneros que procedíamos del Estadio Nacional, y posteriormente fueron llegando compañeros de Valparaíso, Concepción, Linares, Colchagua, Copiapó, y de diferentes provincias y ciudades de la zona norte, hasta Arica. Todos sobrevivientes de experiencias muy duras por la represión.

A treinta años de hechos imborrables en nuestras vidas y de tantas consecuencias personales, pero que deben pertenecer a la memoria colectiva de nuestro país, a la memoria histórica de la nación, nos hemos esforzado por convertir estas historias personales en testimonios que trascienden, que revelan verdades que todavía permanecen ocultas y que corren el riesgo de quedar sepultadas.

Así, hay decenas de obras de compañeros chacabucanos que ilustran y detallan la tragedia, pero que también dan cuenta testimonial de ese enorme amor a la vida de todos, el sentido de supervivencia y de ganarle a la muerte, como prisioneros políticos que no pierden el sentido más profundo de nuestras existencias.

Mario Benavente, Rolando Carrasco Moya, Santiago Cavieres, Luis Alberto Corvalán, Adolfo Cozzi, Virgilio Figueroa, Alberto Gamboa, Sadi Joui, Jorge Montealegre, Alejandro Wittker, entre otros, han narrado los avatares como prisioneros de la dictadura, han publicado antologías poéticas y han dejado testimonios imborrables de sus historias personales y también colectivas como Chacabucanos.

Todos ellos, y muchos otros más, han contribuid al fortalecimiento de una cultura reconocida de la verdad histórica.

Porque, básicamente, se trata no sólo de no olvidar, porque el olvido es la cesación de la memoria que se tenía, el descuido de lo que se debía tener presente.

De lo que se trata es, primariamente, como testigos y víctimas, de revelar, informar, narrar, escribir, aportar a la sociedad chilena que sepa que hubo campos de concentración, que hubo miles de detenidos a lo largo de todo el territorio nacional. Que el golpe de estado puso en práctica una política de aniquilamiento de todo un pueblo, que se operó con la lógica –actualizada a la época– de la política nazi de exterminio y de la devastadora doctrina de la Seguridad Nacional propugnada por los Estados Unidos.

Fue una política de Estado, con todo lo que ello implica, para echar abajo al Gobierno del Presidente Allende, destruir la institucionalidad democrática, para eliminar a todos quienes profesaban o eran partidarios de la Unidad Popular y para instaurar una dictadura con la violencia de las armas.

Por eso que hoy, a 30 años del golpe militar y del día exacto en que fue abierto el campo de Chacabuco, es justo hablar de sobrevivientes. Y no por un afán de martirizarnos, de flagelarnos con la memoria, de ser autorreferentes o de agudizar la condición de víctimas.

Sí, es cierto. Los que pasamos por los campos de concentración y estamos vivos, somos sobrevivientes.

Lo que primero nos hermanó en los centros de torturas y campos de prisioneros fue el sobrevivir en las durísimas condiciones a que fuimos sometidos. Ganarle a quienes, con la tortura, el maltrato y las humillaciones querían aniquilarnos; a ellos, ganarles con la vida. Seguir viviendo.

En Chacabuco, organizados con nuestras propias capacidades y competencias para soportar el cautiverio, formando el Consejo de Ancianos y su estructura grupal por pabellones, debimos soportar las privaciones; buscar y ser dignos en nuestra condición de prisioneros políticos aislados en el desierto más árido del mundo, sometidos a un régimen en que se buscaba el abatimiento psicológico y la destrucción ideológica. Y mantener en alto la honra y el orgullo, esos dos valores de la verdadera patria que nos habla el Premio Nobel de Literatura, José Saramago. Honra y orgullo que se manifestaron en la vida que se logró desarrollar en Chacabuco

Básicamente, nos esforzamos por entregar a los demás, lo que sabíamos hacer. Así como los médicos se organizaron en la policlínica y constituyeron un valiosísimo grupo humano y profesional que resguardó nuestra salud, también los 18 periodistas que estuvimos allí partimos con un noticiero oral, que se leía a la hora del rancho en los comedores, con noticias de lo que ocurría en el campo y con recomendaciones. Cuando ya estaba afianzada la organización del Consejo de Ancianos, comenzamos con la edición semanal de Chacabuco-73, diario mural con noticias, crónicas y entrevistas. Todo, obviamente, pasaba por la censura estricta de la oficialidad. Pero siempre logramos pasar “goles”, tanto que el editorial de la edición del 18 de septiembre fue el Cuándo de Chile, de Pablo Neruda, sin que los censores se percataran de qué estaban autorizando para su publicación.

Los profesores, hicieron una enorme contribución educativa y pedagógica con la escuela con más de 400 alumnos, y tantos otros profesionales, artistas, técnicos, trabajadores que entregaron sus conocimientos y experticias. Hubo alumnos que aprendieron a leer hasta quienes desarrollaron sus capacidades para hablar otros idiomas.

Los shows dominicales, aunque censurados previamente, nos daban un hálito más de vida, empujando la necesaria creatividad para convertirlos en verdaderas comedias musicales y la animación de conductores que nos transmitían ánimo y exacerbaban nuestras esperanzas. Y la astucia para no vernos privados de poner allí, también, contenidos ligados con nuestra identidad valórica. Los concursos literarios y musicales pusieron a prueba el torrente de creatividad que es posible redescubrir en tan difíciles condiciones. El choquero es así, de Jorge Montealegre, Nuestro canto, Sin tu luz, ambas de Rafael Eugenio Salas, las canciones de los cuatro elefantes y otras han permanecido en el tiempo y han atravesado tantas fronteras.

Los tallados y la artesanía desplegada en cuero, ónix y otras pequeñas producciones permiten transmitir a las generaciones presentes y futuras los mensajes de nuestros sueños.

Es la cultura que se aloja en el alma de una nación y que también provino de un campo de concentración.

El conjunto Chacabuco, con Ángel Parra, la peña folclórica La Chingana, el grupo de teatro, cantantes y solistas en instrumentos musicales, expresaron notablemente nuestra vital ansia por recuperar la libertad.

Las competencias de fútbol y las olimpíadas, con diferentes pruebas atléticas, incluyendo torneos de vóleibol y tenis, también fueron expresiones de una vitalidad arrancada desde la esperanza

La organización del correo, cuyas piezas postales también eran censuradas por la oficialidad del campo, nos permitían una brizna de comunicación y de inmenso amor con nuestros familiares.

La recolección y préstamo de libros era parte de nuestras necesidades y su satisfacción, así como también la discusión y el debate político sobre la historia vivida y la proyección de un futuro tan difuso, que podía ser tan lejano como tan cercano. Incierto, para ser más precisos.

No nos derrumbaron. Aunque siempre lo quisieron y cuántas veces destruyeron todo lo que habíamos logrado con tenacidad y astucia. Pero se encontraron con una barrera cuyo sostén fue el apego a la vida y a los valores implícitos en nuestra condición de prisioneros políticos.

Somos individuos que teníamos enormes sueños, proyectos de vida, de futuro con nuestras familias, de un país más justo, solidario, con el pueblo como protagonista de su propio porvenir y nuestras vidas se vieron tan radicalmente cambiadas. Como sobrevivientes, nos compromete también la memoria de nuestros compañeros que ya no están. Y cuántos ya no están con nosotros.

Cuantas vivencias compartidas con el profesor Francisco Aedo, con el ingeniero agrónomo Marcelo Concha Bascuñán, detenidos desaparecidos tras ser liberados de Chacabuco; o quienes murieron al poco tiempo después producto de lo que padecieron en las torturas, como Luis Alberto Corvalán: o aquellos como el ex subsecretario de Educación Waldo Suárez, el jefe de la Oficina de Emergencia del Ministerio del Interior, Atilio Gaete, el periodista Virgilio Figueroa, el ex vicepresidente de la Corfo, Kurt Drekman, o tantos otros como el “tata” Luis Font, que murieron sin jamás recuperar los sitiales que tan merecidamente ocuparon con su idoneidad y capacidad profesional: o algunos como el “Negro” Eduardo Rojo que puso trágico fin a sus días al no superar los traumas de la prisión.

Cuántos debieron partir al exilio, a tierras solidarias; pero extrañas, al fin al cabo, a rehacer sus vidas; a recomponer aquello que los carceleros y sus mandantes destruyeron.

Cuántas familias se quebrantaron, cuántos se vieron obligados a la clandestinidad para poder darle continuidad a sus convicciones políticas, y fueron muertos -tras Chacabuco- al ser coherentes con su posición, como el caso de Raúl Valdés, ya a fines de 1988. Cuántos perdieron su trabajo tras ser liberados y sufrieron la persecución, la discriminación, o el olvido.

Los daños son enormes. Quizás no hay cuantificación posible. Sólo la labor interdisciplinaria de muchos profesionales comprometidos podrá acercarse cada vez más a un análisis al que muchos debemos contribuir. Pero que es necesario acometer en profundidad, como parte de la verdad histórica, de la justicia, de la reparación y de la sanación social que algún día Chile alcanzará.

Cuando el presidente Lagos planteó que la reparación para los presos políticos debía ser “simbólica y austera”, la doctora Paz Rojas comentó algo tan verídico y profundo como que “la tortura no fue ni simbólica ni austera”. La lucha por el conocimiento de la verdad, la difusión del verdadero Chile tras el golpe militar y la justicia y la reparación, nos compromete.

Hoy, aún con todo el avance que hemos observado en reportajes, crónicas, entrevistas y materiales inéditos con la conmemoración de los 30 años, queda mucho por alcanzar para ser éticamente justos con esos principios del periodista que debe estar siempre al servicio de la verdad, de los principios democráticos y de los derechos humanos.

La épica de los campos de concentración, y de tantas batallas en torno a los derechos humanos que no se conocen, tiene un amplio margen para ser abordado en creaciones que deberán dar a la luz y sumarse a todos los esfuerzos que ya se han hecho. La declaratoria del estadio nacional como monumento histórico, el bautizo del estadio Chile como estadio Víctor Jara, las placas instaladas en el mismo estadio nacional y en la puerta de ingreso en Chacabuco en homenaje a los prisioneros políticos, la denominación de sala Waldo Suárez a la sala principal de la subsecretaría de Educación, el documental de Chacabuco realizado por Gastón Ancelovici, constituyen también signos muy positivos de reencuentro con la historia y marcan también hechos destacables que permiten seguir instalando la necesidad de un reencuentro con la verdad histórica y con la difusión de la memoria histórica.

Amigos, amigos, compañeros todos:

Recordar es tener presente, y tener presente es mirar al futuro.

Muchos de nosotros entramos a una etapa de nuestras vidas en que es necesario apurar la entrega de aquello que debemos testimoniar. Entregar a las generaciones futuras, las experiencias de hechos que, para curar las heridas, deben ser conocidas y
convertidas en parte de la memoria histórica. Es por ello que esta noche de recuerdos, de dolor, pero de mucha esperanza, nos comprometemos a seguir trabajando para que Chacabuco persista como testimonio, reforzar las entidades que como la Agrupación de Ex Presos Políticos de Chacabuco y la Corporación Histórica y Cultural Memoria, puedan echar raíces en la sociedad civil y proyectarse para poner en el centro dos ideas esenciales y comunes:

Promover la memoria histórica para que nunca más en Chile tengamos que vivir experiencias tan horrendas con el paso por los centros de torturas y campos de concentración, y que haya justicia y reparación.

Esa debe ser parte de nuestra contribución al legado del recto camino que nos dejó el presidente Salvador Allende.

Crónica de un ex prisionero político

Regreso a Chacabuco

LECTURA DE FOTO: El arquitecto Francisco Aedo es el autor de esta escena de la vida en Chacabuco. El profesor Aedo al salir en libertad fue nuevamente detenido por la Dina. La última vez se le vio en Cuatro Alamos. Hasta hoy es un detenido desaparecido.

Luego de un descanso reponedor, tras el maratónico viaje a Chacabuco, intento ordenar mis pensamientos y aplacar mis emociones. Cuesta resumir todo lo que viví durante esos dos días -23 y 24 de noviembre de 2013- junto con decenas de ex prisioneros políticos que regresamos, pero esta vez de visita y acompañados de familiares, al antiguo campo de concentración en el desierto de Atacama. El propósito era conmemorar el 40º aniversario de la apertura de esta enorme ciudadela-prisión en que cerca de mil hombres escribieron un apasionante testimonio de valor y dignidad.
A comienzos del siglo pasado, Chacabuco fue una oficina salitrera. El 26 de julio de 1971 el gobierno del presidente Salvador Allende la declaró Monumento Nacional. Pero en noviembre de 1973 se convirtió en un campo de concentración para casi mil chilenos que, en los hechos, eran rehenes de la dictadura militar. Muchos fueron trasladados desde el Estadio Nacional a Valparaíso para embarcarlos en las bodegas del barco salitrero Andalién. Un viaje de incierto destino en el oscuro vientre de la nave. Fueron casi tres días hasta Antofagasta. Desde allí los llevaron en un tren de trocha angosta hasta Baquedano y en ese lugar, apuntados por fusiles, los hicieron abordar camiones militares que los llevaron a Chacabuco. En una cancha de fútbol y desnudos -bajo observación de ametralladoras pesadas-, fueron revisadas las pocas pertenencias que traían. Les notificaron que los conatos de fuga serían castigados con fusilamiento, lo mismo cualquier intento de suicidio. Esas y otras sanciones estaban pautadas en un reglamento de “prisioneros de guerra” de 1879, que un oficial leyó con voz de trueno. Terminada esta elocuente recepción, se permitió a los prisioneros que tomaran posesión de las casas acondicionadas para recibirlos. Sacos vacíos de café brasileño servían de puertas y ventanas. En los dormitorios los esperaban camarotes de madera de dos y tres pisos con colchoneta y una frazada. Así comenzó nuestra nueva vida.
Como muchos que estuvimos en calidad de “prisioneros de guerra” en este campo de concentración a unos 100 kms. de Antofagasta, no había regresado a Chacabuco en 40 años. Luego de aterrizar en el aeropuerto de Cerro Moreno, y gracias a la buena voluntad de Hernán Contreras, también chacabucano, nos internamos por el desierto rumbo al antiguo campamento.
Reingresé al campo tratando de reconstruir el camino efectuado hace años en un camión militar… con las manos en la nuca, la mirada baja y el corazón apretado por el incierto destino que nos esperaba. Ahora crucé la primera alambrada -ya inexistente-, esta vez en libertad y dueño de mis actos. Giré a la derecha, tratando de encontrar un punto de referencia importante: la plaza de los pimientos que el profesor Mario Céspedes regaba a diario con el esmero de un jardinero de vocación. Un duelo con el árido paisaje para mantener viva esa mancha de opaco verdor en el polvoriento lugar.
La plaza apareció ante mí con toda su humilde majestuosidad. Allí recibí las dos visitas de mi fiel compañera, Gilda, mientras estuve preso en Chacabuco. La plaza de los pimientos está frente al antiguo teatro de la oficina salitrera donde en alguna época -dicen- se interpretaban óperas con célebres cantantes europeos. Esta vez encontré la plaza llena de abrazos, risas y la emoción desbordante de los ex prisioneros, sus familias y amigos que llegaron a Chacabuco procedentes de todo Chile y del extranjero.
Seguí mi camino para reconstruir en la memoria los sitios que recorría hace cuatro décadas. Me habían dicho que el campo se encontraba tan destruido que sería muy difícil orientarse en los escombros. Pero luego de avanzar unos metros, dí con el emplazamiento de la reja que entonces cercaba el campo. Antes de traspasar, imaginariamente, el portón de ingreso con sus torres de vigilancia servidas por soldados con ametralladoras, ubiqué el lugar donde nos inyectaban la vacuna que nos mantuvo semiatontados durante una semana. Ahora sí, ya estaba en el interior de lo que fue el campo de concentración de Chacabuco, entonces rodeado por una reja electrificada y un campo minado que de vez en cuando hacía volar, hechos pedazos, a los perros vagabundos del desierto que se aventuraban por esos terrenos.
En Chacabuco, conducidos por el Consejo de Ancianos, nuestra máxima autoridad -elegida entre los jefes de pabellones que a su vez eran elegidos por los jefes de casas-, transformamos la prisión en una trinchera de resistencia y dignidad que se regía por nuestros propios códigos, basados en la solidaridad y hermandad de los seres humanos(1).
Ante los ojos de mi memoria apareció la primera pulpería con que contamos en el campo -a cargo de Dante Sirandoni- que nos abastecía de cigarrillos y papas que el compañero pesaba en una antigua romana huesera. Doblando hacia la calle principal estaba el llamado “barrio cívico”. Al frente la segunda pulpería creada con aportes de los prisioneros. Eso permitió que un camión nos trajera víveres desde el vecino pueblo de Baquedano. Nos abastecía de alimentos como azúcar, tallarines, café, té, chancho chino y -a veces- algunas frutas, así como barniz y pinceles para la artesanía en madera. Esa pulpería la atendían, por encargo del Consejo de Ancianos, Mario Agliatti Fernández, Domingo Chávez Navarro y Guillermo Orrego Valdebenito.
En la casa contigua vivían Hugo Salvatierra, encargado de la biblioteca, un dibujante técnico de apellido Muñoz que elaboraba los diplomas de reconocimiento que se entregaban a compañeros destacados en diversas labores, y otros compañeros.
Como Chacabuco era una verdadera ciudadela, contábamos con una gama de servicios creados por los prisioneros. Por ejemplo, una oficina de correos, cuyo encargado era el compañero Zañartu; un policlínico con numerosos médicos dirigido por el doctor Rolando Álvarez; una oficina de registro de los forzados habitantes de Chacabuco, a cargo del “Tata” Víctor Calvo, un coronel de ejército en retiro, tan prisionero como el resto; un departamento de bienestar social, a cargo de Atilio Gaete; la universidad popular con su rector, Patricio Corbalán Carrera; una suerte de peña folclórica, La Chingana, donde al calor de papas fritas, sopaipillas y té, canturreábamos para distendernos. Pero lo más significativo era el show dominical, para el cual trabajaban decenas de compañeros durante la semana: cantantes, actores, directores, iluminadores, tramoyistas, etc., que ensayaban durante la semana para presentar un espectáculo que alcanzó alto nivel de calidad. La actividad cultural fue intensa en Chacabuco. Concursos de poesía y cuentos, con decenas de participantes. Exposiciones de artesanía en madera, fierro, huesos, alambre, etc. Un diario mural atendido por un grupo de periodistas profesionales.
Mi propósito mayor en el recorrido por Chacabuco era llegar a la casa en que habité: la Nº 26 del Pabellón 5. Ninguna casa tenía agua potable ni alcantarillado. Nuestras necesidades las hacíamos colectivamente en unas letrinas abiertas, donde la fetidez competía con el mosquerío. Al principio las letrinas estaban separadas una de otra por una plancha de madera terciada. Pero con el auge que tomaron los trabajos artesanales, esas planchas desaparecieron para convertirse en diversas expresiones del arte cautivo. Los baños entonces quedaron abiertos, sin ninguna privacidad y desafiando todo pudor.
Las piezas de mi antigua casa en Chacabuco me parecieron ahora tan pequeñas, que me impactaron. Recordaba que además de los tres camarotes por pieza, el “Tata” Sánchez, nuestro jefe de casa, había construido un clóset. Pese a la estrechez fui capaz de recordar nítidamente la distribución de los camarotes de tres pisos y sus ocupantes.
El periodista Alejandro Kirk, de HipanTV, canal iraní en español, me acompañó en este recorrido que iniciamos en la escotilla 7 del Estadio Nacional y que culminó en Chacabuco.

En la antigua casa dejamos una ofrenda de rosas rojas a nombre de los sobrevivientes de la casa 26 del pabellón 5: Manuel Cabieses Donoso, Julio Vega Pais, Milton Lee Guerrero, Roberto Soto Pérez, José Urzúa Prieto, Domingo Chávez Navarro, el “Puntúo” Riquelme y quien escribe este relato. La ofrenda fue en honor de los compañeros que ya murieron, como el “Tata” Jorge Sánchez, obrero de la construcción; Luis Alberto Corvalán Castillo, el inolvidable Coné; Marcelo Concha Bascuñán, asesinado por la Dina. Y también en recuerdo de nuestros vecinos de entonces: el arquitecto Francisco Aedo, y Rabito, el técnico en radio, ambos asesinados después de salir en libertad de Chacabuco. También recordamos al compañero Oscar Vega, que no pudo soportar la prisión en el mismo lugar donde había trabajado como obrero del salitre, y se colgó de la viga en la que había sido su casa familiar.

En la cancha de fútbol, donde diariamente nos hacían formar para contarnos y nos hacían cantar la Canción Nacional, se realizó un homenaje a todos los compañero que ya partieron de esta tierra. Especial mención se hizo a Marcelo Concha, Francisco Aedo y Elías Martínez.
Un momento de particular emoción lo protagonizaron los compañeros Esnaldo Sanhueza, Iván Salazar y Eduardo Godoy, que en el patio de la casa Nº 7 del pabellón 23, desenterraron una botella que allí ocultaron en octubre de 1974 con un mensaje firmado por los partidos Comunista, Socialista, Mapu y MIR. Las palabras finales de ese mensaje, en hojas amarillentas, dice: “Compañeros, en sus mentes está presente la necesidad de la victoria inevitable. Necesitamos solo una victoria: la final”.
Yo encaminé de nuevo mis pasos hacia la casa 26 del Pabellón 5, esta vez a petición de María Victoria Corvalán y Mario Urzúa. Llevaban un ramo de flores para depositarlo en la casa en que habitó Luis Alberto Corvalán. Fue un momento muy emotivo cuando María Victoria depositó las rosas rojas en el lugar en que estuvo el camarote donde dormía su hermano, que más tarde murió en Bulgaria a consecuencia de las torturas con electricidad que le aplicaron en el Estadio Nacional. Después de ese momento de recogimiento y recuerdo nos dirigimos a la antigua puerta del campo, donde nos esperaban los buses que nos llevarían de regreso a Antofagasta. Respiramos hondo el aire de la libertad pensando en tantos compañeros admirables que conocimos en Chacabuco.

GUILLERMO ORREGO VALDEBENITO(2)

Notas:
(1) El primer presidente del Consejo de Ancianos de Chacabuco fue el médico Mariano Requena. También presidieron el Consejo de Ancianos el periodista Manuel Cabieses, los ex diputados Patricio Hurtado y Vicente Sota; Sergio Astudillo, Patricio Castro, Hernán Miranda, Héctor Benavides, Francisco Díaz, Vicente Poblete, Dagoberto Reyes y Héctor Mellado.
(2) El autor tenía 25 años cuando estuvo prisionero en el Campamento de Chacabuco. Militante de las Juventudes Comunistas, Orrego trabajaba como dibujante técnico en la compañía Standard Electric, filial de la ITT. Fue activo participante en los shows dominicales de Chacabuco. Su nombre artístico: Memo Bronson. Participó en la fundación de la Corporación Memoria Campo de Prisioneros Políticos de Chacabuco |1(chacabuco@gmail.com) y fue su primer presidente. El actual presidente es Gabriel Reyes Arriagada.

corporacion.memoria.chacabuco@gmail.com

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 796, 20 de diciembre, 2013)

1 Ver El propósito de la Corporación es contribuir a la construcción de la memoria de nuestro país a través de la recuperación de lo vivido por los presos políticos de Chacabuco y sus familiares, visibilizando y compartiendo nuestra historia. Por ello, intenta ser una organización solidaria, que una y acoja a los ex prisioneros de Chacabuco y que rescate y proyecte la experiencia vivida como un aporte a la reflexión del Chile del presente y del futuro.

 

Ángel Parra y el disco grabado en un campo de concentración

Así recuerda a Parra el poeta Jorge Montealegre, quien fue prisionero político junto al cantor en 1973 y, muchos años después, compartió con él un retorno al mismo lugar: un reencuentro con Ángel Parra hombre y niño al mismo tiempo.

Sábado 11 de marzo de 2017

Ángel Parra estuvo con las manos en la nuca después del golpe y se lo llevaron los milicos al Estadio Nacional. Así –Manos en la nuca– se llama la novela con claves autobiográficas en que cuenta esa experiencia. Su literatura fue recogiendo la memoria de prisión. Sin embargo, en el mismo cautiverio, especialmente en el campo de prisioneros Chacabuco, en el desierto de Atacama, se registraron vestigios del paso de Ángel Parra por la prisión política que reflejan una vivencia colectiva.

Estos rastros fueron plasmados en soportes materiales de un inmenso valor documental. El primer documento que recordamos es una entrevista para el diario mural “Chacabuco ‘73”. La nota, manuscrita, pegada con alfileres sobre una arpillera, se titulaba “Ángel en la pampa”. Leyéndola, el lector ajeno a la vivencia de entonces se enteraba de las misas cantadas y oratorios para el pueblo que Ángel ya había hecho antes “en la catedral, en la UC y en algunas parroquias”.  El periodista le pregunta por “Alma de Chacabuco”, su composición para guitarra creada en ese campo de prisioneros: “Nació de la observación, de la musicalidad cósmica de este desierto impresionante, sus noches estrelladas, sus infinitos horizontes, de la gigantesca presencia del sol, de sus tierras áridas y de los arpegios del viento, todo eso para mí es musicalidad. El variado color de los cerros distantes, tiene su tono musical. ‘Alma de Chacabuco’ es sencillamente un paisaje con música…”. El testimonio fue rescatado por Gerardo García y Sadi Joui, quienes transcribieron y publicaron después en un libro el material de ese precario y valioso diario.

En prisión Ángel organizó el conjunto Los de Chacabuco, junto a Ernesto Parra y Ricardo Yocelevzky, con quienes ya había trabajado en la Peña de los Parra, y otros compañeros entre quienes estaban Marcelo Concha, Víctor Canto, Manuel Castro, Luis Cifuentes, Luis Corvalán Márquez, Antonio González, Manuel Ipinza y Julio Vega. El grupo, con su repertorio de folclor latinoamericano y con la Misa criolla, del compositor argentino Ariel Ramírez, contribuyó a elevar la moral de los prisioneros y se ganó la gratitud y la admiración del, literalmente, público cautivo. Ángel, por su parte, compuso un Oratorio de Navidad y la obra La pasión según San Juan. Lo hizo Biblia en mano. Al capellán de Carabineros, contó Ángel, “le pedí una Biblia y le dije que le iba a mostrar, a través de la lectura del Evangelio, que lo que nosotros habíamos sufrido no estaba lejos de la vida, pasión, persecución y sufrimiento de Cristo”. La acogida que tuvo La pasión fue con el público aplaudiendo de pie. Además de la ovacionada interpretación, el mensaje entregaba una protesta evidente, permitida gracias al resquicio que ofrecía el hecho de que las palabras eran del Evangelio; en el pasaje de tortura y crucifixión de Cristo hay reiteradas menciones a los soldados y se escucha –a  modo de intertextualidad o cita musical– la melodía de “Alma de Chacabuco”.

Con méritos propios el hijo de Violeta Parra gozaba del cariño de sus compañeros y fue una alegría cuando se anunció que podría salir en libertad. Esto fue  en enero de 1974. Sus compañeros de grupo lo agasajaron con un recital de despedida. En la oportunidad por primera vez Ángel cantó solo para todos los prisioneros: “Canción de amor” y dos canciones dedicadas a sus hijos Angélico y Javiera. Por su parte los prisioneros le brindaron el aplauso más grande que –según él– había recibido en toda su trayectoria. Aplaudían al artista, pero también al compañero y amigo. Con una grabadora facilitada por un sacerdote, Luis Alberto Corvalán –acompañado de Domingo Chávez y Guillermo Orrego– registró el acto escondido bajo el escenario. Con la cinta, Ángel publica un disco en el exilio (Chacabuco, en 1974) preservando así el valioso documento sonoro. No fue fácil lograr la edición, pero se hizo y debe ser el único o uno de los pocos documentos sonoros grabados en una prisión, que den cuenta de la resistencia cultural en esas condiciones y también de una acción de testimonio y solidaridad en el exilio.

Recuperada la democracia, Ángel vuelve a Chacabuco; a un pueblo abandonado. En la plaza desierta, atrae la mirada un pimiento cuyas ramas, abiertas al sol, semejan un pobre cristo torturado. Tiene la cabeza inclinada, desfalleciente, como el que pintara su madre en el óleo “El gavilán”. Lo talló un prisionero político –Orlando Valdés, en 1974– cuando la antigua salitrera fue un campo de concentración. En segundo plano está la glorieta, el quiosco donde la banda del pueblo tocaba los domingos para la familia pampina. Es el año 2000. Ya no hay obreros del salitre ni presos políticos. Estamos grabando el documental “Chacabuco, memoria del silencio”, de Gastón Ancelovici. Ángel se aparta discretamente del grupo y de las cámaras. Desde lejos, lo sigo con la mirada. Sube al quiosco y camina en círculos pensando no sé qué cosa. De a poco, el viento trae lo que canta. Estamos en un pueblo fantasma, en medio del desierto. Y arriba quemando el sol. Cada vez más fuerte: Paso por un pueblo muerto / se me nubla el corazón / aunque donde habita gente / la muerte es mucho mayor. / Enterraron la justicia / enterraron la razón. / Y arriba quemando el sol. Repetía el último verso, a contraluz. ¿Una canción de la célebre Violeta Parra? No, pensé para mí, este hombre está cantando una canción de su mamá. O ella le está cantando a él. Era una escena muy íntima, al aire libre. Había que dejarlo solo. Al viejo y al niño. Pocas veces he visto, escuchando una canción y mirando a un amigo, cómo los distintos pliegues de las historias de una persona y de un lugar se entretejen con tanta densidad. Y con tanta emoción.

Hoy, sábado 11 de marzo de 2017, me cuentan que Ángel Parra falleció. Y llegaron los recuerdos, estos y otros. Y encontré algunos que ya había escrito, porque Ángel -además de su obra y amistad- nos dejó su memoria. No podremos olvidarlo.

*Jorge Montealegre Iturra es poeta y periodista, autor de libros como Bien común (1995) y, junto a Antonio Larrea, Rastros y rostros de un canto (1997). En 1973 fue detenido en el Estadio Nacional y el campo de concentración de Chacabuco, donde compartió la prisión política con Ángel Parra.

http://www.diarioantofagasta.cl/el-pais/14756/el-campo-de-prisioneros-politicos-mas-grande-de-chile-durante-la-dictadura-militar/Relacionado

Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990

Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990

Libres en prisión: Artesanía creada en dictadura

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Los objetos forjados por los presos políticos cruzaron las alambradas de los centros de represión de la dictadura y hoy día son ejemplo de resiliencia y de resistencia. Su historia es recogida en la obra de Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos, que sin duda es un gran aporte tanto para tener una visión global como para contribuir a nuevas y futuras investigaciones.

Cada objeto da cuenta de una historia, de una cultura, y su lectura será más pertinente si conocemos cómo se construyó y qué significaba para las personas que lo compartieron en su momento de creación. Especialmente significativos son los artefactos culturales hechos en prisión política bajo dictadura. Es el tema de investigación y testimonios de la obra Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990, de Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos, publicado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes bajo el sello de la Editorial de la Universidad de Santiago de Chile.

En la precariedad de la prisión política, cuando el hambre es parte de la vivencia, entre las personas puede surgir la disyuntiva entre comerse todo el escaso pan o dejar un poco de miga para hacer algo con las manos y convertir esa miga en un objeto bello, amable, cuya terminación proporcionará un poco de felicidad. Su creación, por primitiva que sea, eleva o refuerza la autoestima del productor –el artesano/a casual– que se reviste con la dignidad del trabajo y la constatación de una obra que connota una satisfacción vital. En algunos casos, los objetos perduran como recuerdos materiales que a la vez son fuentes de memoria. El desarrollo de la artesanía de prisioneros y prisioneras se expresó desde la ensoñación y la creación espontánea hasta el uso de técnicas sofisticadas.

Según las necesidades de los prisioneros y prisioneras, y las condiciones de la prisión, el trabajo artesanal y las manualidades evolucionaron desde la recurrencia a la apreciada comida -migas de pan y huesos- hasta la fabricación en serie de recuerdos para comercializar en el exterior. Evoluciona en calidad y complejidad, también en el sentido de que en un principio es una expresión individual, solitaria, que crecientemente se asocia con actividades cooperativas que potencian la sensación de autovalencia en la situación de indefensión.

En los diversos recintos y desde el primer momento, los lugares fueron vistos con una mirada nueva que buscaba en cada elemento una función adicional: cada “cosa” se podía resignificar como soporte de “algo” o herramienta para hacer “algo”. Se despertó la capacidad de (re) descubrir y, así, cada clavo era una herramienta en potencia; una gubia, por ejemplo; y cada madero o hueso, el material para tallar con esa gubia. Como en el origen, la piedra volvió a ser martillo; y cada semilla podía lucir en una joya. Los metales (tuercas, latitas, tarros, el alambre de púas), la madera (astillas, palitos de helados o de fósforos), las telas (retazos, hilos, un bolsillo guacho). Todo podía reinventarse al cambiar el aprecio por objetos que alcanzaron, con una nueva mirada, una nueva dignidad. Nada era desechable y cada ocurrencia llamaba naturalmente a la técnica que correspondía para su realización. Así, lo informa este libro, se practicó la carpintería, el tejido, la cestería, la forja, el repujado. Las autoras contabilizan aproximadamente 80 tipos de artefactos hechos en madera, hueso, tejido, semilla, metal, cuero, cobre, cromo-níquel, mimbre, papel, piedra, suela , alambre y cáñamo; trabajados en las más diversas técnicas, reciclando y renombrando pedazos de llantas de auto, papel de diario, semillas de los árboles, trozos de madera, clavos desclavados, pedazos de telas de su ropa, calcetines usados, cabellos, hilos de las frazadas, astillas de los muebles, palos de fósforos, baldosas, muebles desarmados, tornillos y fierros abandonados. Todo ello fue resignificado y adquirió otra vida. Este conocimiento Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos lo sistematizan, señalando lugares, técnicas, materiales y autores; ofreciendo una taxonomía y agregando amables cuadros de clasificación y síntesis. Un gran aporte tanto para tener una visión global como para contribuir a nuevas y futuras investigaciones.

¿Había permiso para esto? Dependía de una autoridad absolutamente discrecional, de un comandante que podía autorizar o prohibir las actividades. La “conquista” de la autorización para tener herramientas de trabajo, podía perderse sorpresivamente en un allanamiento y cada cambio de guardia dejaba las autorizaciones anteriores en suspenso. La suspicacia de los militares respecto del simbolismo de materiales, figuras y colores dependía de la mayor o menor astucia de los uniformados. Sin embargo, los objetos cruzaron las alambradas y hoy día son ejemplo de resiliencia y de resistencia: los objetos siguen resistiendo.

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