Amanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

DestacadoAmanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

Amanda no es la letra de una canciónHija Amanda Jara

Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan “Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.

Domingo 25 de mayo de 2008 | por Alejandra Carmona López

La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.

En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

Con suerte acepta dar esta entrevista.

Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

SIMPLEMENTE MARÍA

 
  Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

“Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.

UNA PROTESTA EN MATTA

Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

“Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

TE RECUERDO, AMANDA

Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”. LND

    Lelia Pérez, ex menor denuncia secuestro de menores, violación, abusos deshonestos, torturas y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes

    Presentan querella por violencia sexual política contra menores de edad en dictadura

    8 enero, 2015 12:48 am

    La interpuso Lelia Pérez, quien tenía 16 años, por hechos acaecidos en el ex Estadio Chile. Fue acompañada por representantes de varios sitios de memoria, entre ellos Villa Grimaldi, y de la Fundación Víctor Jara, la hija del artista, Amanda Jara, familiares y amigos.

    2015_01_07_querella_lelia_int1

    Una querella criminal por los delitos de secuestro de menores, violación,  abusos deshonestos, torturas y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes, además de asociación ilícita, interpuso en el Palacio de los Tribunales de Justicia, el abogado Hiram Villagra en representación de Lelia Pérez, por hechos acaecidos en el ex Estadio Chile en 1973.

    El libelo,  patrocinado por la Corporación de Derechos del Pueblo (Codepu), está dirigido en contra de Edwin Dimter Bianchi, Roberto  Souper Onfray, Raúl Jofré González, Hugo Sánchez Marmonti, Pedro Barrientos Núñez, Nelson Hasse Mazzei, Luis Bethke Wulf,  Jorge Smith Gumucio y todos aquellos que resulten responsables como autores, cómplices y encubridores.

    Villagra señaló que los hechos,  sancionados como crímenes contra la humanidad, están contemplados en el Protocolo (II) adicional a los Convenios de Ginebra relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados sin carácter internacional y por la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes de las Naciones Unidas.

    Agregó que lo relevante de la querella es que al momento de sufrir el ultraje y la tortura Lelia Pérez era una escolar de 16 años de edad, “aquí además de la agresión hay un tema de ataque a menores y se perpetra en un sitio como el Estadio Chile, donde además de ser uno de los recintos más importantes de detención de Santiago, asesinaron a Víctor Jara y Litré Quiroga”.

    2015_01_07_querella_lelia_int2

    Lelia Pérez, socia y ex directora de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, relató que fue detenida 12 de septiembre en la Escuela Abelardo Núñez. “Estábamos allí porque esperábamos que nos llamaran a hacer una marcha como había sido el 29 de junio de 1973”.

    Contó que el grupo fue detenido y llevado a la Universidad Técnica del Estado (UTE), donde se les hizo simulacros de fusilamiento y posteriormente fueron trasladados al Estadio Chile.

    Expresó que fue llevada a los camarines donde le colocaron una especie de manta y le realizaron un interrogatorio que calificó de “absurdo y ridículo”.

    “A mi, de 16 años, vestida de uniforme, con mi bolsón y mis cuadernos; me preguntan por los líderes de la Unidad Popular, entre ellos Carlos Altamirano,  Secretario General del Partido Socialista, y yo no tengo respuestas, son personas que conocía de la televisión y los diarios. Comienzan a aplicarme electricidad de forma muy violenta”. Manifestó que luego fue ultrajada.

    “Ellos hacen un llamado a los otros hombres prisioneros y les dicen: miren lo que hacemos con sus putas. Es decir, yo en ese momento no represento ni un peligro,  ni un riesgo, no están buscando ningún tipo de información. Lo que están haciendo es buscar mi condición de mujer en función de degradar a los enemigos que ellos consideran en ese momento”, expresó.

    Por su parte, Alberto Rodríguez, director de la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi, a nombre de los sitios de memoria Casa de Memoria José Domingo Cañas, Venda Sexy, Nido 20 y la Asociación de Memoria y DD.HH. Colonia Dignidad, indicó que es relevante “visibilizar los horrores de la dictadura”.

    2015_01_07_querella_lelia_int3

    “Nuestra sociedad es una sociedad silenciada y estas acciones valientes como la que está presentando Lelia muestran todo el horror, el desprecio por la humanidad, que fueron capaces de tener los asesinos y genocidas de este país”, dijo.

    “A muchas de nuestras estudiantes les ha tocado actualmente ser toqueteadas, desnudas, vejadas.  Este tipo de vejámenes no pueden volver a ocurrir en nuestro país. Es una práctica del pasado pero que tiene secuelas y repercusiones en el presente”, indicó Rodríguez.

    Añadió que ayudarán a impulsar que el Estadio Víctor Jara “sea declarado un sitio de memoria, porque nuestro país, la memoria de Víctor, la memoria cultural así lo requiere”

    A la rueda de prensa asistió la hija de Víctor Jara, Amanda Jara, y el miembro del directorio de la fundación, el cineasta Cristián Galaz, quien señaló la importancia de acompañar a Lelia, “en la persecución de la verdad y la justicia. Digámoslo claramente justicia a 41 años es imposible que exista. Hay muchas más víctimas de la tortura, de la violencia que se ejerció en el Estadio Chile en ese momento. Hay incluso asesinatos y desapariciones que nunca han sido esclarecidos”.

    FOTO GALERÍA

    Publicar un Comentario

    Amanda Jara…“Yo soy la hija de Víctor Jara”

    Hija de Víctor Jara: “Amanda no es la letra de una canción”.

    SEPTIEMBRE 15, 2013 
    La hija de Víctor Jara habla de sus fantasmas y sus deseos de justicia. Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan“Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice:“Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.
     
    La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.
     

    En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

    Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

    Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

    Con suerte acepta dar esta entrevista.

    Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

    SIMPLEMENTE MARÍA

    Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara
    Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

    Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

    “Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

    Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.


    UNA PROTESTA EN MATTA

    Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

    Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

    “Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

    Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

    TE RECUERDO, AMANDA

     

    Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

    Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

    Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”.

    Por Alejandra Carmona, publicado en Nuestro Canto


    Nota:.Este artículo ha sido leído  
     16493 veces…Por algo será…

    LA MASACRE DEL ESTADIO CHILE o EL ASESINATO DE VÍCTOR JARA. De XIMENA GAUTIER GREVE*

    LA MASACRE DEL ESTADIO CHILE o EL ASESINATO DE VÍCTOR JARA. De XIMENA GAUTIER GREVE*

    PRÓLOGO: No muere a balas el amor, simplemente porque es vida. Por Luis Arias Manzo**

    CHILE-Santiago: Estamos al alba de un nuevo decenio de aquel brutal acontecimiento que enlutó a Chile y al mundo; cuarenta años de aquel sangriento horror de humanos contra otros humanos, de chilenos contra otros chilenos. Y por mucho que se diga de mirar al futuro, el pasado golpea como martillazos las conciencias de las viejas y nuevas generaciones. Si tuviera un martillo, nos cantaba el poeta, golpearía por la mañana, golpearía por la noche, por todo el país; él quería ponernos en máxima alerta del espanto que se anunciaba, y a horas de ser asesinado nos cantaría: Canto, que mal me sales cuando tengo que cantar espanto.

    Ximena Gautier Greve nos envía desde Francia, en palabras, las notas del guitarrista, los versos del poeta, los ejemplos del hombre, el coraje del guerrero y la sensibilidad del artista, haciéndonos revivir al mártir asesinado hace cuatro décadas, renacimiento necesario para seguir las luchas de nunca acabar.


    Desde la noche de los tiempos el hombre se ha dividido en explotados y explotadores, en víctimas y victimarios, y a menudo han surgido grandes hombres, probando diversos métodos para alcanzar la liberación. El “arma” más eficaz que se ha usado, ha sido la palabra; hace algún tiempo, algo así como dos mil años, un hombre joven entraba a Jerusalén, su única arma era la palabra, su mensaje era de amor y de paz, todos sabemos su trágico final.

    Tus ojos quedan abiertos y van treinta y ocho,
    ¿qué es lo que tu asesino no consigue destruir?

    Víctor Jara tomó la palabra y la hizo verso y el verso lo hizo canto, se nutrió del dolor de los que sufren; fue a las poblaciones, bajó a las minas, subió por los andamios y caminó por los campos, los bosques y las montañas, y amó, amó su gente, amó su pueblo, amó profundamente la vida. Fue eso lo que su verdugo no podía destruir: su amor, su amor en aura clara y pura como el reflejo de un ventisquero, la luminosidad de su espíritu, los destellos de su alma.

    Treinta y nueve, cuarenta balas, cuarenta y una.
    ¿Por qué tanto odio en este crimen? Cuarenta y dos.

    Me temblaron las manos, crujieron los engranajes que mueven la vida y los círculos regulares del universo perdieron su lógica cuando avanzaba en la lectura de estos poemas, pero el amor siempre es mayor, cura cualquier herida, y la poesía nos recuerda que no estamos solitarios en esto; porque ahora no estoy solo, porque ahora somos tantos, como nos decía el poeta. Siempre hemos sido muchos los de este lado de la vida.

    La poeta nos trae la palabra lejana haciéndonos ver un espectáculo de gracia como si fuera vapor que surge de la tierra, esa exhalación que germina del suelo luego de una lluvia seguida por un cálido sol que se extiende por la calle mojada. Nos hace revivir la historia para aquellos que tuvimos el privilegio de marchar en aquellos años, al ritmo del canto popular que llegaba a estremecer la planta de los pies, y con melodías de palas y arados que enternecían hasta las palmas de las manos causando sensaciones de profunda felicidad, sin saber que pronto se convertirían en vértigos de dolor y en tenebrosas y sombrías realidades que sólo el cielo sabe por qué ocurren.

    La crueldad con que actúan aquellos que crecen al abrigo de las armas, del dinero y del poder, no tiene calificativos, porque no existe manera alguna de describir con exactitud la bestialidad y la cobardía de sus actos. La poesía tiene ese rol, y el poeta tiene el don para hacerlo; Ximena tiene ese mérito, porque logra describir con mucha precisión las escenas de lo ocurrido en el estadio Chile, que para muchos eran hasta ahora inimaginables, incluso para mí. No creo haber leído antes algo sobre esta masacre y el vil asesinato de Víctor Jara del tenor con que lo hace la autora de este ejemplar libro; ella tiene con creces el don y el talento para narrar en versos esa parte trágica de nuestra historia.

    Mucho se habla por estos días de la bendita reconciliación, cada año para estas fechas se repite lo mismo, y cada vez pienso igual: yo no tengo que reconciliarme con nadie, no he cometido faltas graves contra nadie, quienes cometieron los crímenes, traicionaron su patria y se ensañaron con su pueblo, que se reconcilien ellos con su propia conciencia primero, que partan por reconocer con valentía y honor sus asesinatos, pero no lo lograrán, se irán a la tumba como se fue el gran jefe de todo esto, porque no tienen agallas, porque son simplemente cobardes; tendrán que morir y volver a nacer, a ver si regresan a la vida con otras cualidades, quizás para entonces tengamos la tan manoseada reconciliación y una nación unida.

     

    Luis Arias Manzo
    Santiago de Chile, septiembre 2013

     

    *Ximena Guatier Greve, Poeta del Mundo – Francia:

    Ximena Gautier Greve – Francia

     

    LA MASACRE DEL ESTADIO CHILE o EL ASESINATO DE VICTOR JARA

    Poema de la escritora chilena exiliada en Francia Ximena Gautier Greve.

    LA MASACRE DEL ESTADIO CHILE o EL ASESINATO DE VICTOR JARA.  http://www.calameo.com/read/000617708efface201c89

     

     

     

     

    Relacionado. Víctor el el Mundo.

    The Last Song of Victor Jara – Estadio Chile September 1973

    Victor’s wife joan jara reports that people in the stadium learnt by heart the words of the last song of Victor and when they were released they wrote it down and smuggled the words out of the country and someone brought it to her.

    here it is   https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=hY84jqSyspI
    There are five thousand of us here
    in this small part of the city.
    We are five thousand.
    I wonder how many we are in all
    in the cities and in the whole country?
    Here alone
    are ten thousand hands which plant seeds
    and make the factories run.
    How much humanity
    exposed to hunger, cold, panic, pain,
    moral pressure, terror and insanity?
    Six of us were lost
    as if into starry space.
    One dead, another beaten as I could never have believed
    a human being could be beaten.
    The other four wanted to end their terror
    one jumping into nothingness,
    another beating his head against a wall,
    but all with the fixed stare of death.
    What horror the face of fascism creates!
    They carry out their plans with knife-like precision.
    Nothing matters to them.
    To them, blood equals medals,
    slaughter is an act of heroism.
    Oh God, is this the world that you created,
    for this your seven days of wonder and work?
    Within these four walls only a number exists
    which does not progress,
    which slowly will wish more and more for death.
    But suddenly my conscience awakes
    and I see that this tide has no heartbeat,
    only the pulse of machines
    and the military showing their midwives’ faces
    full of sweetness.
    Let Mexico, Cuba and the world
    cry out against this atrocity!
    We are ten thousand hands
    which can produce nothing.
    How many of us in the whole country?
    The blood of our President, our compañero,
    will strike with more strength than bombs and machine guns!
    So will our fist strike again!

    How hard it is to sing
    when I must sing of horror.
    Horror which I am living,
    horror which I am dying.
    To see myself among so much
    and so many moments of infinity
    in which silence and screams
    are the end of my song.
    What I see, I have never seen
    What I have felt and what I feel
    Will give birth to the moment…

    Victor Jara
    Estadio Chile

    September 1973

    [from Victor Jara Manifesto (September 1973)]