En el nombre del hijo.

En el nombre del hijo.

LOS QUE NO SE VAN JAMÁS…

En el nombre del hijo

Por Raúl Arcomano

rarcomano@miradasalsur.com

 

Después de 25 años volvió a reeditarse José, uno de los primeros libros sobre la militancia de los ’70. Lo escribió Matilde Herrera, a quien la dictadura le desapareció a sus tres hijos.

 

Una madre con sus tres hijos ilustra la foto de esta nota. En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada). ¿Había en ellos un sentimiento premonitorio? Se podría inferir por esos rostros graves, las miradas duras, las sonrisas que no aparecen, las ropas de un único color negro.

 

¿Presagiaban lo que vendría: la muerte, la aniquilación, la oscuridad? Esos tres chicos que inquieren desde esta página ya no están. Militantes del PRT-ERP, fueron desaparecidos en 1977, al igual que sus parejas. Matilde siempre los buscó. Exiliada en París, formó parte de la Comisión Argentina de Derechos Humanos (Cadhu). Desde allí denunció al terrorismo de Estado y pidió por la aparición de sus hijos y nietos. Volvió al país en democracia y fue una activa Abuela de Plaza de Mayo. Murió de cáncer en 1990, sin respuestas.

 

Tres años antes de morir dejó un legado histórico: el libro José, publicado por primera vez en 1987, después de dos décadas de ausencia. Agotado durante muchos años, ahora fue editado por Ediciones Punto Crítico, gracias a la decisión de los nietos de Matilde, Antonio y Tania. Matilde explica en las primeras páginas el motivo de José: “Resucitar la voz de un militante popular de los ’70”. También lo expone Osvaldo Soriano, desde el prólogo de la primera edición: “Ésta es la historia de una vida que se cuenta a sí misma. El personaje de este libro es un símbolo de aquella época: Matilde se hace intérprete de las pasiones, los anhelos y los errores de José, de sus hermanos y por extensión de todos los militantes que intentaron cambiar por la fuerza un orden de injusticia y engaño.”

 

El libro reúne en 400 páginas el relato de Matilde sobre la historia familiar, fotos, dibujos y poesías de José, el recuerdo de amigos, las entrevistas que Matilde hizo a las personas que lo conocieron. Y muchas cartas: de un niño a su madre, de un adolescente que viaja, de un joven que intenta tranquilizar a su madre desde la clandestinidad. Nada aquí es ficción. Todo pasó y estremece leerlo. A diez años de la desaparición de José, Matilde escribió: “Han quedado tus cartas, tus escritos. Ha quedado tu voz, y yo me permito darla a conocer. Quiero que permanezca tu palabra, la de tus hermanos, y a través de ustedes, la de todos aquellos que fueron secuestrados durante la dictadura. Los que están desaparecidos, pero que no han de aparecer jamás.”

 

Matilde trabajó en la Argentina en agencias de publicidad y también en las revistas Primera Plana y Crisis, entre otras. Fue amiga de Paco Urondo, Rodolfo Walsh, David Viñas y Julio Cortázar. Con Rafael Beláustegui tuvo a sus tres hijos. Se separaron y tuvo un segundo matrimonio con Roberto Bobby Aizenberg, un reconocido artista plástico. El libro es, primero, un hermoso relato sobre la cotidianidad de una madre y sus tres hijos. Sobre los problemas de la crianza, los pormenores de la convivencia. Y el despertar político y el compromiso de esos chicos en los convulsionados años del Mayo Francés, la muerte del Che, Vietnam, el Chile de Salvador Allende, Ezeiza. Matilde recuerda que en 1962, con ocho años, José le preguntó: “Mamá, ¿por qué los hombres no se quieren?”. “Lo abracé fuerte. Toda su vida siguió haciéndome esa pregunta. Él amó mucho y no podía soportar el odio. Cuando fue creciendo trató de revertir esa situación.”

 

El interés de José por la militancia empezó de muy joven. A los 13 años se acercó al Partido Comunista Revolucionario (PCR). Fue también dirigente del Frente de Lucha de Secundarios (FLS) y de la columna Inti Peredo de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL). Para esa época, Valeria había optado por el Movimiento de Liberación Nacional (MNL) que lideraba Ismael Viñas. Matilde recuerda una noche con José, cuando le informó sobre la muerte de un sobrinito de Aizenberg. Se puso a llorar y le decía: ¿Por qué, mamá? “De golpe tuve una imagen clarísima del hecho de morir. Fue como un latigazo. Lo miré y pensé que la ausencia definitiva era posible. Que nadie podía defenderse si la muerte atacaba. En ese momento presentí por primera vez que algún día no lo tendría a mi lado.”

 

Su intuición de madre se haría realidad. De la militancia estudiantil, los tres hermanos pasaron al PRT-ERP. Matilde recuerda cuando José se lo informó. “¡No quiero saber!”, le dijo y se tapó los oídos. “Mamá –le dijo apartando suavemente sus manos– no puedo vivir de espaldas a la injusticia.” “¡Te van a matar! ¡No quiero que te maten!”, le respondió y lo abrazó llorando. Durante los años ’74 y ’75 la militancia había acrecentado los riesgos de seguridad de los tres hermanos, con el acecho constante de las tres A y la policía. Todo se agravaría, claro, con la llegada al poder de las fuerzas armadas. José fue secuestrado el 30 de mayo del ’77, con su esposa Electra. Tenía 22 años. Una semana antes habían chupado a su hermana Valeria, de 24 años, con su esposo Ricardo Waisberg. Martín, de 19, fue apresado junto a su esposa, María Cristina López Guerra, dos meses después. Sólo se supo que José pasó por el centro clandestino de detención El Atlético. Y que Valeria y su esposo por El Campito. Valeria y María Cristina estaban embarazadas de tres meses al momento de su desaparición. No se sabe el destino de esos bebés. Quedaron dos pequeños hijos: Tania Waisberg, de quince meses, que fue devuelta a su familia. Y Antonio Beláustegui, de dos años, hijo de José.

 

“Señores, en menos de un año ha desaparecido toda una familia. Nadie me ha dicho de qué se los acusa. No sé dónde se encuentran. No sé si están enfermos. No sé si son sometidos a torturas, no sé si están vivos o muertos”, escribía en septiembre de 1977, desde el exilio. Se había ido a París con Aizenberg. Ni bien llegó, se puso en contacto con otras víctimas. Una de sus primeras cartas fue traducida al francés y al inglés y circuló por todo el mundo. Al poco tiempo, testimonió en la ONU. Matilde ya era parte de la Cadhu. Volvió, como muchos otros, en el ’83. La lucha la seguiría desde su trabajo en Abuelas. Su compromiso duró hasta el día de su muerte, en 1990. Una década después, en 2001, llegó el reconocimiento: la Legislatura porteña la eligió como una de las mujeres argentinas del siglo XX.

 

El prólogo actual de José lo escribió el secretario de Derechos Humanos de la Nación, Eduardo Luis Duhalde. “Matilde fue una entrañable amiga. Recorrió Europa denunciando a la dictadura terrorista, anteponiendo su fuerza espiritual por sobre su precariedad física y continuó su lucha durante la democracia. Con su palabra, su fuerza, su historia dio sentido al ejercicio de una ética irrenunciable reclamando una y otra vez no sólo por la aparición con vida de sus hijos, sino de todos los desaparecidos”, recuerda para Miradas al Sur. Y agrega: “Puso al servicio de esta lucha, sobreponiéndose a la brutal tragedia, su fino intelecto y la cultura que poseía. Nos queda el recuerdo de su extraordinaria personalidad y sus tres libros –del cual José es su obra mayor– cuya relectura nos calienta el alma.”

 

El texto termina con un poema de José, escrito en 1968, cuando tenía 13 años. Dice: “Sé que algún día dejaré de pertenecer al mundo/ y nunca más podré escribir/ ni hacer el amor/ ni disfrazar la naturaleza con un poema/ ni viajar en los libros/ ni exponer mis ideas./ Por eso es que en este poema dejo mar, cielo y luna/ mariposas, besos y sirenas/ y me dejo a mí/ porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos.”

 

15/01/12 Miradas al Sur

 

José

Por Osvaldo Soriano

 

Esta es la historia de una vida que se cuenta a sí misma. José, el hijo de la autora, es un joven que en los tumultuosos años setenta formó parte de una organización guerrillera -el Ejército Revolucionario del Pueblo-, y fue secuestrado, sin duda asesinado, por el aparato represivo de la dictadura. El personaje de este libro es un símbolo de aquella época: Matilde Herrera se hace intérprete en estas páginas de las pasiones, los anhelos y los errores de José, de sus hermanos y por extensión de todos los militantes que en la década pasada intentaron cambiar por la fuerza un orden de injusticia y de engaño. Este libro no es una obra de ficción, pero se lee como una novela terrible, estremecedora. Todos los textos -testimonios, documentos, cartas, poemas-, son ciertos y fueron reunidos por la madre que no se resigna al olvido. Juntos, son el arco de una existencia muy breve pero intensa. Algunos lo leerán como el testimonio de un error político colosal, otros como prueba de un acto de amor militante en favor de un pueblo maltratado. El libro, que jamás intenta el panegírico de la lucha armada, se abre con un nacimiento y se cierra con un poema premonitorio (“porque cuando muera seguiré viviendo en estos versos”). A través de las cuatrocientas páginas que he leído en el original, asoma una historia inédita en la bibliografía argentina: el revolucionario cachorro aparece entero, dogmático, sin complacencia; al menos tan íntegro -a veces ingenuo y tierno-, como lo ve Matilde Herrera, la madre narradora. Hay un fascinante juego de espejos tomado de Alicia y reflejado en todo el libro, que sirve para iluminar el proceso de formación de un adolescente de clase media acomodada que va a formarse una conciencia revolucionaria a imagen y semejanza del Che Guevara. El proceso de rebelión de José explica los de otros miles de jóvenes que formaron parte de las organizaciones guerrilleras urbanas; creo que este libro no pretende explicar la complejidad de un proceso social en un tiempo histórico determinado, sino la complejidad de una vida inmersa en ese proceso y arrastrada por él. José -y sus hermanos, también desaparecidos-, abandonó una vida confortable para ir a compartir la suerte de los trabajadores. Pero, ¿tenían conciencia los obreros argentinos, casi todos peronistas, de la necesidad de hacer una revolución socialista en este país? Es posible que no, pero si alguna vez estuvieron cerca de pensarse y asumirse como clase explotada, fue en esos años que vivió José, y que Matilde Herrera revive en este libro conmovedor.

 

En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada).En primer plano está la mamá, Matilde Herrera. Periodista, escritora, poeta. La rodean sus hijos, que tuvo con Rafael Beláustegui: Valeria, la mayor; José, el del medio (con bigote); Martín, el más chico (con cara aniñada).

Portada del libro.Portada del libro.

Hijos de los 70.

Hijos de los 70.

HIJOS DE LOS 70.

Carolina Arenes – Astrid Pikielny

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Fragmento

Prólogo

Cada uno hace lo que puede con lo que le dieron. Ése es el trabajo de toda vida humana: descubrir qué se hace con las marcas. De algún modo, este libro explora variaciones de esa idea en los hijos de una época crucial para el país, una época que dejó huellas imborrables en la subjetividad de varias generaciones.

Hijos e hijas de hombres y mujeres que estuvieron relacionados de algún modo con la violencia política de los años 70. Padres y madres asesinados, guerrilleros, militares, policías, empresarios, sindicalistas, intelectuales, desaparecidos, madres obligadas a parir en cautiverio, padres presos por causas de lesa humanidad. Hijos que defienden lo actuado por sus padres. Hijos que los cuestionan y toman distancia.

La pregunta sobre el vínculo de esos hijos con sus padres encierra una clave que es singular —una suerte de diario íntimo de padres e hijos— pero que remite también a la clave más amplia de la memoria social. Historias mínimas de una historia nacional que aún produce “un pasado que duele”, anclado en una época que dejó una herencia saturada de muerte y de sentidos. ¿Podrían los hijos de esa época, hijos de víctimas e hijos de victimarios, hijos de padres que estuvieron dispuestos a matar y morir, hijos que impulsan los juicios de lesa humanidad e hijos que denuncian arbitrariedad en esos procesos, hijos con heridas y trayectorias muy distintas, aceptar que sus memorias dialoguen en el espacio de un mismo libro sin exigir carátulas que separen a los unos de los otros? ¿Una memoria polifónica, no binaria?

Ése fue el desafío de Hijos de los 70: explorar la posibilidad de una reunión textual de experiencias y testimonios que invocan los años 70, sin colar de contrabando la teoría de los dos demonios, ni poner en discusión la legitimidad de la Justicia, ni homologar heridas (¿quién puede medir el dolor?) ni mucho menos responsabilidades ante la ley, cuando la naturaleza del crimen de Estado ha quedado inequívocamente establecida desde el Juicio a las Juntas, en 1985. Pero los que hablan en este libro son los hijos y a ninguno de ellos se le puede transferir la responsabilidad que puedan tener sus padres. Incluso aunque ellos necesiten justificarlos.

Que estas 23 historias puedan convivir en estas páginas permitiría suponer que a cuarenta años del golpe de Estado de 1976 la convivencia de memorias en plural, aunque siempre se trate de memorias en conflicto, es posible. ¿Acaso las memorias diferentes no son siempre memorias en pugna, incluso cuando hoy una suerte de memoria canonizada parezca fijar los límites de lo que se puede seguir preguntando y poner en discusión sobre la violencia de los años 70? Como esos recuerdos de infancia a los que volvemos una y otra vez porque en cada rodeo la imagen revela nuevos sentidos, aquello que no se puede olvidar de los 70 —los centros clandestinos de detención, la sistematización de la tortura, los desaparecidos, los niños apropiados, la constatación de que el Estado que se pretendía honorable había llegado a apilar cuerpos en un avión para tirarlos vivos al mar— tal vez podría dar lugar, después de tantos años, a la formulación de nuevas preguntas, aquellas que también se atrevieran a indagar sobre el dolor producido por la violencia revolucionaria.

De eso hablan y sobre eso discuten las voces de estos hijos.

¿Es posible tomar distancia de lo que hicieron los padres sin traicionarlos? ¿Es posible no hacerlo sin traicionarse a uno mismo? ¿Cuánta verdad es capaz de soportar un hijo, cualquier hijo, sobre sus padres? ¿Hasta dónde se puede incomodar con una pregunta cuando esos padres han sido víctimas de lo peor o, por el contrario, cuando han sido acusados de lo peor? ¿Cómo conviven el amor y los cuestionamientos cuando de por medio está la hondura del crimen? ¿Cómo convive la lealtad del amor filial con la vergüenza? ¿Qué hacer con la idealización cristalizada que no se deja interpelar ni por los documentos de la historia? ¿Existiría una pregunta capaz de tocar esa idealización cuando tal vez en torno de ella un hijo edificó la estructura que le permitió vivir su vida? ¿Hasta dónde se siente autorizado un hijo a poner en discusión la verdad familiar?

El trabajo de Hijos de los 70 empezó en 2010. Hubo hijos que brindaron su testimonio al comienzo y otros a los que entrevistamos casi al borde de entregar el libro a la editorial, a fines de 2015. Se trata de una reunión de voces que no es una conversación —porque los entrevistados no dialogan entre sí— pero que, sin embargo, también podría leerse, de algún modo, como una conversación. En el contrapunto de muchas de estas historias —cada una con sus argumentos y su propia subjetividad— se puede imaginar un diálogo posible, un diálogo abierto.

La historia de las hermanas Donda cifra como pocas la complejidad del trauma de los años 70. Hijas de un matrimonio de militantes montoneros desaparecidos —Eva, criada por un represor de la ESMA, el hermano de su padre; Victoria, nacida en cautiverio, apropiada y restituida— todavía hoy intentan revincularse. “Yo soy hija de desaparecidos y a mí me cagaron la vida”, dice Eva, pero también se siente la hija, la sobrina-hija, de su tío Adolfo Donda, condenado a cadena perpetua, a quien ella no puede dejar de ver como una víctima. “Mis papás también hicieron cosas violentas”, contrapesa. Desde esa doble condición de su tragedia, busca desesperadamente reconstruir una familia con esa hermana a la que encontró cuando ambas ya eran grandes, aunque a veces se sienta en el medio de un fuego cruzado de argumentos en los que todavía no encuentra su propia palabra.

“Tanto dañaron los hijos de puta de los militares que ni siquiera lo que la guerrilla me hizo a mí, a mi padre, a mi familia, puede encontrar un lugar”, dice Delia Lozano, la hija de un gerente de IKA Renault asesinado en 1976 en un ataque de la insurgencia. Ya ni siquiera reclama otro juicio, lo que la indigna, dice, es que en el discurso hoy consagrado sobre el pasado violento no haya palabras para el daño que causaron las organizaciones armadas.

La confesión de la hija de un militar de altísimo rango durante la dictadura fue tal vez el origen más remoto de este libro. Pero al principio ella no estaba dispuesta a hacer público ni siquiera un testimonio anónimo, tal era el temor de que se abrieran otra vez las heridas familiares. “Leí expedientes con causas que lo involucraban —nos escribió—, investigué hasta averiguar más de lo que hubiera querido. ¿Qué hacer con lo que sabía? ¿Cómo procesarlo? Sentía vergüenza y culpa. Vergüenza de la mirada de los otros. Culpa ante la sociedad.”

En septiembre de 2010, otra hija, también de manera anónima, hizo público su infierno privado en los comentarios on line de un diario de Mendoza: “Soy hija de un coronel muerto en 2001 y hace tiempo me vengo preguntando dónde están los que, como yo, somos hijos de militares que, si bien no participaron directamente en las situaciones de secuestro, tortura, apropiación de bienes y de bebés, han seguido apostando y trabajando para el Ejército en aquellos terribles años como si no pasara nada. Así crecimos sus hijos, creyendo que los malos estaban afuera y nos podían matar; así vivimos y así retornó a nuestras vidas lo traumático de aquellos años, teniendo que pagar una deuda paterna que cargamos sobre nuestros hombros sólo por ser hijos de militares. Yo particularmente creo que los fantasmas de los desaparecidos pueblan nuestras noches y me pregunto: ¿por qué ese hombre bueno e inteligente que era mi papá, que nunca tuvo plata, que me enseñó a ser honrada, que me dejó estudiar Psicología en la UBA, por qué no se fue del Ejército?”.

Esos testimonios orientaron las primeras búsquedas. Había un antecedente en el libro de los periodistas alemanes Norbert y Stephan Lebert que reunieron en Tú llevas mi nombre sus entrevistas con hijos de los jerarcas nazis. En la Argentina, la psicoanalista María José Ferré y Ferré fue la primera en volver reflexión académica el estudio de las huellas del horror, no en los hijos de las víctimas, sino en los hijos de los victimarios. Profesional de la salud que integraba la cartilla de una obra social de las Fuerzas Armadas, había conocido de primerísima mano esos padecimientos que fueron la materia central de su tesis de doctorado. Pesadillas, angustias, depresiones, problemas de ansiedad, culpa, identificaciones con el agresor y con las víctimas, y hasta síntomas físicos, eran algunos de los problemas que aparecían en su consultorio. También la imposibilidad para hablar de esa herencia.

Y mucho menos para hacerlo públicamente. La mayoría de los hijos de militares que quieren dar su testimonio no visualizan a sus padres como perpetradores. Hablan los que quieren denunciar lo que consideran una persecución de la Justicia. Crecieron escuchando hablar de las tomas de cuarteles y regimientos, de los compañeros caídos de sus padres, de las bombas y los atentados, de los muertos también civiles —hijos e hijas, esposas de los uniformados— que había provocado la guerrilla. Desde esa experiencia plantean que las Fuerzas Armadas, sus padres, respondían a un ataque previo en defensa de la patria.

Mientras tanto la discusión sobre cuándo empezó la violencia en la Argentina del siglo XX —¿con la Semana Trágica, con el golpe de Uriburu, con los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo, con el asesinato de Aramburu?— recorre los argumentos de muchos de estos hijos y se vuelve una trinchera donde se refugian y se defienden identidades políticas.

Muchos hijos —incluso algunos cuyos padres habían sido figuras emblemáticas del terrorismo de Estado— aceptaron tomar un café informal para escuchar la propuesta del libro y contaron en estricto off the record sus experiencias y sus reflexiones. Pero después cancelaban entrevistas y nunca más respondían siquiera correos ni llamados. La hija de un marino condenado por su participación en los vuelos de la muerte abrió la puerta de su hogar. Con un tono casual, ligero, mientras ofrecía más café y revolvía el azúcar en el coqueto living de su casa, dijo de pronto: “Boluda, mi viejo tiró a un nene de nueve años de un avión”. Quería que se entendiera el tamaño de la culpa que sentía su padre. Y admitió que, aunque le parecía injusta su detención —“Si se negaba a hacerlo, lo mataban”—, ella y sus hermanos habían recuperado a su padre desde que confesó: sacarse ese peso de encima lo había rescatado de días y días de tapar la culpa con pastillas y alcohol. Después de ese encuentro no pudimos volver a contactarla.

Dos de los cuatro hijos de un ex policía de la provincia de Buenos Aires que había fallecido en 2006, antes de ser detenido, pero a quien la Justicia ya había condenado por su participación en torturas, secuestros y asesinatos, nos recibieron en su casa. Hablaron del origen humilde de su padre, de su escasa formación y de por qué creían que había sido funcional a una batalla ajena, el “policía bruto” que hacía el trabajo sucio para “la casta de los militares”. Decían también que para ellos, como hijos, los juicios habían sido fundamentales. De otro modo, coincidían, ¿cómo haría un hijo, sin el respaldo de la ley, para pararse ante la palabra de su padre y pedirle explicaciones? Después de más de tres horas de anécdotas y reflexiones, fijamos fecha para una nueva entrevista. La suspendieron y nunca más respondieron mensajes.

Analía Kalinec, hija de un ex subcomisario condenado, fue una de las primeras que aceptó hablar públicamente. La periodista Jimena Rosli la había entrevistado en 2009 para el diario Miradas al Sur, el primer testimonio de una hija que repudiaba el pasado represor de su padre, a quien no puede perdonar. Hoy Analía cree que hay algo de sanación personal y social en hacerlo público: “Yo creía que éramos como la familia Ingalls, y no. Por eso todo esto tiene que ver también con mi identidad, con quién soy yo. Que toda esta verdad familiar haya estado vedada durante tanto tiempo es como un ocultamiento, es algo que queda ahí reprimido y que en algún momento puede aparecer”.

Muchas de estas historias no se conocen. Hay poco registro, por ejemplo, del modo en que se miran y se piensan mutuamente “los hijos de los 70”. Desde hace algunos años, se encuentran y se ven las caras en los recintos de la Justicia o en los pasillos de la política. Se ven celebrar un fallo o romper en llanto al escucharlo. Coinciden como padres de los grupos escolares de sus hijos, se hacen amigos. Se cruzan en la Cámara de Diputados. Se ven en la televisión. La hija de un militar condenado se pone de novia con el nieto de una Abuela de Plaza de Mayo. Un juego de espejos que los interpela a todos permanentemente.

“El padre es algo que debe ser tocado: como se toca un tema; como se toca un instrumento musical; como se toca al enemigo en el combate; como la instancia a la que se intenta apelar. No hay acto que no toque los orígenes”, escribió el psicoanalista Marcelo Barros.

Algunos padres de estos hijos, sin embargo, permanecen intocados (¿intocables?). Otros han sido cuestionados. Lo que estos hijos pudieron hacer con el legado que les tocó en suerte, el modo en que tramitaron sus experiencias, es parte de lo que aparece en sus testimonios. Por detrás de las coordenadas políticas e ideológicas que estas memorias actualizan, por detrás incluso de los detalles cotidianos de aprender a convivir con las pérdidas, con el dolor, el odio, la vergüenza o la resignación, algo de la transmisión entre las generaciones se pone en juego, el modo en que cada hijo, cada generación, toma la posta de las anteriores, en algunos casos para confirmarla o venerarla, en otros casos para rechazarla o ponerla en discusión.

Hijos de los 70 propone preguntas y obtiene respuestas que seguramente son provisorias y que podrían convertirse en el punto de partida de nuevas indagaciones. Deja que se expresen dolores invisibilizados y conflictos pendientes. Pero, para decirlo con palabras de Hugo Vezzetti, no pretende consagrar una verdad o una tesis, sino más bien mostrar un cierto estado de la memoria que se manifiesta en experiencias singulares que siguen reclamando su lugar, algún lugar, en el relato de la historia y en la construcción colectiva de la memoria.

A cuarenta años del golpe de 1976, hijos con heridas, trayectorias y posiciones políticas muy distintas, incluso antagónicas, aceptan la posibilidad de un encuentro textual, aceptan que sus memorias dialoguen en el espacio de un mismo libro. ¿Significa eso algo más? ¿Que hijos de militares y policías y guerrilleros e hijos de víctimas de militares y de policías y de guerrilleros acepten hablar en el mismo libro sin exigir saldar la discusión puede ser leído como una señal de eso que se ha dado en llamar “caminos de reconciliación”?

Con esa expectativa dijeron que querían participar algunos de estos hijos. José María Sacheri, el hijo de un profesor de filosofía asesinado por el ERP, viene trabajando en procesos de perdón y reconciliación desde hace varios años y ha sido acusado de impulsar una amnistía que beneficie a los militares. Él dice que el espíritu de su propuesta no ha sido comprendido. También habla de pacificación y reconciliación Ricardo Saint-Jean, hijo del ex gobernador bonaerense durante la dictadura, que defiende a procesados y condenados en los juicios de lesa humanidad y busca destrabar políticamente lo que cree son las razones que los mantienen en prisión.

Mario Javier Firmenich, hijo del ex líder montonero, dice que es una injusticia la condena social que pesa sobre su padre y le impide participar en la vida política del país. Habla de recomponer las grietas y trabajar por la unidad: “Creo que los hijos de nuestros padres tenemos que sanar las heridas de la sociedad, aunque no sean nuestras. Justamente porque no son nuestras y entonces es más fácil para nosotros que para ellos. Me gustaría discutir políticamente con Claudia Rucci y preguntarle por qué dice y piensa lo que dice, y que ella esté dispuesta a escuchar. Sería sano para mí y para la sociedad también. Creo que sólo los hijos pueden hacer eso, y si no, tendrán que ser los nietos, pero en algún momento la sociedad tiene que reconstruirse y ser viable”.

La revista católica Criterio —que viene revisando críticamente el rol de la Iglesia y de sus sectores tradicionalmente afines durante la dictadura— le encargó a la socióloga Claudia Hilb un artículo sobre la posibilidad de estos procesos de encuentro que se tituló “Una escena para la reconciliación”. La socióloga, autora de Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta, libro en el que plantea también la responsabilidad de las organizaciones armadas, explicitó en ese artículo, sin embargo, las dos condiciones indispensables para hablar de reconciliación: que se reconozca que el terrorismo de Estado supuso “un quiebre moral, civilizatorio, no homologable con los crímenes de la violencia insurgente”, y que se aporte información concreta sobre las víctimas.

Al tanto de estos debates, Aníbal Guevara, hijo de un ex militar preso en Marcos Paz, trabaja para conseguir que los detenidos hagan un pedido público de perdón. Sabe que sin ese paso y sin el compromiso de reponer la información retaceada hasta ahora —dónde están los cuerpos de los muertos, dónde están los niños apropiados— nadie va a querer escucharlos. Así les dijo en la cara un día en que casi le hacen perder la paciencia.

La necesidad de revisar y poner en discusión las razones del pasado y, acaso, enfrentar la dimensión de la propia responsabilidad, también tuvo lugar en el campo de la izquierda heredera de la experiencia revolucionaria.

Ya en 2005, el filósofo cordobés Oscar del Barco, conmovido por el testimonio del ex guerrillero Héctor Jouvet (fallecido a fines de 2015), que había relatado a la revista La intemperie el fusilamiento de dos compañeros por parte de sus camaradas del Ejército Guerrillero del Pueblo, en 1964, planteó que ya era hora de ajustar cuentas también con la violencia de la izquierda insurgente, la propia: “Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay ‘causas’ ni ‘ideales’ que sirvan para eximirnos de culpa”, escribió.

Diez años después, Luciana Ogando, la hija de un militante montonero ajusticiado por sus compañeros de armas, se atreve a preguntar por el destino de su padre y contrapone, al relato militante recibido, una relectura que no se siente deudora de la fidelidad de sus padres a los viejos ideales por los que estuvieron dispuestos a matar y morir. “No puede ser que porque ustedes fueron valientes y sufrieron mucho yo no pueda hacer lo que hace cualquier generación, que es cuestionar a la generación que la precedió”, dice, poniendo una nota crítica poco frecuente entre las memorias más bien idealizadas que se conocen.

Cuando Del Barco leyó las memorias del ex guerrillero Jouvet, él, que no había empuñado las armas pero sí había alentado intelectualmente aquellas aventuras, sintió que también tenía responsabilidad en la violencia. Y se atrevió a exigirles honestidad a muchos de los héroes intocables de la experiencia revolucionaria: “Corresponde hacer un acto de contrición y pedir perdón”, escribió, en un texto que convulsionó a la intelectualidad de izquierda y generó encendidas respuestas a favor y en contra que fueron reunidas en el libro No matarás. Sobre la responsabilidad.

Años después, Norma Morandini, hermana de dos militantes desaparecidos e hija de una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo en Córdoba, planteó en su libro De la culpa al perdón la necesidad, como sociedad, de reconciliarnos en el perdón, pero “no el que cancele el castigo de la Justicia sino el que nos perdone a nosotros mismos por haber permitido que se cometieran crímenes imperdonables contra nuestros hermanos”.

En 2013, el politólogo y ex montonero Héctor Leis, fallecido en 2014, volvió a sacudir el debate sobre la violencia con su libro Un testamento de los años 70, un planteo polémico que, aunque describió descarnadamente la naturaleza y la magnitud del crimen que había cometido el Estado, terminó llevando alivio a los militares: Leis no sólo pidió perdón a sus antiguos enemigos y propuso un memorial conjunto con el nombre de todas las víctimas, también equiparó responsabilidades entre la violencia insurgente y la violencia estatal. Graciela Fernández Meijide, su amiga y protagonista junto con él del documental El diálogo —realizado por Pablo Avelluto, Carolina Azzi y Pablo Racioppi—, valoró su preocupación por terminar con un problema que aún conflictúa al país, pero también marcó sus límites: no se pueden equiparar ambas violencias y ella, madre de un adolescente desaparecido, “ni siquiera puede pensar en perdonar”.

En la novela Papá, que Federico Jeanmaire escribió en memoria de su padre —un militar retirado que fue intendente de la dictadura en la ciudad de Baradero—, el escritor ensaya un amoroso ajuste de cuentas con su padre después de una vida de desencuentros afectivos y políticos. De regreso del cementerio donde ha dejado los restos de ese hombre tan querido, el narrador se da a sí mismo una respuesta: “No creo que el mero paso del tiempo ni la naturaleza por sí sola produzcan la comunión de nada. No lo creo. Y se me ocurre que casi lo mismo sucede con la patria”.

La naturaleza o el simple paso del tiempo, seguramente, nunca podrán sanar por sí solos lo que deba ser sanado. En todo caso, será la intervención de la palabra —de las palabras que faltan— lo que pueda ayudar a reponer sentidos, ofrecer alivio y una promesa —no siempre cumplida— de restañar las heridas. Aunque las cicatrices perduren y no todas las diferencias puedan ser saldadas.

FÉLIX BRUZZONE

“Si para que los verdaderos hijos de puta vayan a la cárcel, el precio a pagar es que tipos como tu viejo queden presos, yo lo pago”

Ahí estaba él flaquito como es, sus rulos, sus grandes ojos verdes, su sonrisa nerviosa. Uno más en la fila de las visitas para entrar al penal de Marcos Paz, al pabellón de lesa humanidad. Sólo que, a diferencia de los otros, Félix Bruzzone no estaba ahí para visitar a un familiar detenido sino para preguntarles a esos hombres, presos por violaciones a los derechos humanos, qué sabían sobre su madre y su padre. Aunque en realidad, ésa no era la pregunta inicial que lo había llevado hasta allí. No era eso lo que se dijo a sí mismo cuando empezó a hacer los trámites previos a la visita. Hasta ese momento estaba seguro de que la ida al penal no tenía que ver con su condición de hijo de desaparecidos, de huérfano, sino con un nuevo proyecto de escritura. Después de las novelas Los topos, Barrefondo, Las chanchas, los cuentos reunidos en su libro 76 y en diversas antologías, Félix se acercó al mundo del otro lado, al de los otros hijos de los años 70 cuando, en mayo de 2014, a pedido de la revista Anfibia escribió, junto con el antropólogo Máximo Badaró, una nota sobre los hijos de detenidos por violaciones a los derechos humanos que se tituló “Hijos de militares, 30.000 quilombos”. Uno de sus entrevistados fue Aníbal Guevara, vocero de la agrupación Hijos y Nietos de Presos Políticos e hijo del ex teniente coronel (RE) Aníbal Alberto Guevara, preso en Marcos Paz. De aquel encuentro para la revista Anfibia surgió en Félix esa idea de libro que lo terminaría dejando en el pabellón de lesa humanidad. Piensa en escribir un relato que reúna anécdotas de los juicios, polaroids de ese universo de hombres condenados.

La visita a Marcos Paz se concretó un lunes. Félix pasó el fin de semana previo como si no tuviera enfrente ese lunes extraño, fuera de cuadro. “Me estuve haciendo el boludo todo el fin de semana”, escribió en su perfil de Facebook. No leyó, no tomó notas, no preparó la entrevista. Fue desnudo a ver qué pasaba. Llegó a Marcos Paz en el auto de Aníbal Guevara. Después de la requisa, esperaron juntos el micro interno que los trasladaría al pabellón de lesa humanidad y fue Aníbal quien lo guió para hacer los trámites y quien lo iba presentando a los otros visitantes: “Él es Félix Bruzzone, sus papás están desaparecidos”. Un saludo respetuoso, un abrazo fuerte, una disculpa. Sí, un hombre le pide perdón. Es Carlos Enrique Alsina, ex teniente coronel del Ejército (RE), le dice Aníbal. Está allí para visitar a su hermano Gustavo Adolfo Alsina. Los ojos de Félix se ponen más redondos que de costumbre, la risita nerviosa otra vez. Gustavo Adolfo Alsina tuvo algo que ver con su padre, no sabe muy bien qué, pero de pronto se siente en estado de alerta. Conmovido y alerta.

Llegan al pabellón. Tenía la intención de reunirse con el papá de Aníbal para escuchar su versión sobre los hechos por los que fue condenado y para que le cuente sobre su vida en prisión. Pero a la mesa donde se sientan a conversar empiezan a acercarse otros detenidos. La intimidad no existe en el penal. Cuando llegan visitas, llegan para todos. De a poco se van arrimando, algunos se sientan, otros se congregan en torno a la mesa, un picnic de camaradería otra vez fuera de foco para Félix, muy raro. Cerca de ellos caminan Alfredo Astiz, Miguel Etchecolatz, el ex sacerdote Christian von Wernich. En la mesa, alguien le pregunta quiénes son, quiénes fueron sus padres. Eso intenta responderse Félix todos los días de su vida, quiénes fueron sus padres, cómo fueron sus padres, pero ahora se trata de otra cosa. Él lleva el apellido de su mamá, explica, Marcela Bruzzone, porque en tiempos de clandestinidad su padre no podía acercarse hasta el registro civil. Quién era tu padre. Félix Roque Giménez, dice él, y un silencio tenso desbarata el picnic. Gustavo Adolfo Alsina se levanta de golpe y se va. Cuando vuelva a la mesa, todavía tenso, casi una hora después, Félix ya se habrá enterado de que la historia de su padre, “el soldado Giménez”, es una leyenda negra para esos hombres de armas con los que se ha sentado a la mesa.

En 1973, Félix Roque Giménez era un soldado conscripto del Batallón 141 de Comunicaciones, en Córdoba, pero era también un cuadro del ERP y fue una pieza clave en el copamiento de ese batallón, en febrero de 1973, durante un operativo comando que le dio al ERP uno de sus triunfos más resonantes: sin víctimas fatales, consignó el órgano de difusión de los guerrilleros, Estrella Roja, se había logrado “recuperar para la causa del pueblo argentino” dos toneladas de armas y municiones, después de reducir a un teniente primero, un subteniente, cinco suboficiales y alrededor de cien conscriptos. Para los guerrilleros, Félix Roque Giménez se convirtió en un héroe revolucionario; para los militares fue desde entonces un traidor. Y ése fue el trato que le dieron tres años después, cuando al fin lograron atraparlo.

“Nos tocó hacer cosas terribles”, le dice Gustavo Adolfo Alsina, condenado a cadena perpetua en 2010, en el marco de la megacausa La Perla, por su participación en tormentos contra los presos políticos de la Unidad Penal 1, de Córdoba, y por el asesinato de José René Moukarzel, estaqueado hasta la muerte en el patio de esa dependencia. “¿Vos qué querés saber?”, le pregunta Alsina. Félix no sabe si el ex militar detenido que ahora espera su respuesta al otro lado de la mesa tuvo contacto con su padre en prisión. No sabe si acaso el combatiente del ERP, el ex conscripto Giménez, pudo haber sido su víctima. Sabe sí o cree saber o alguna vez escuchó —no está seguro, porque Félix pregunta y olvida, recuerda y olvida, sabe y olvida— que uno de los hermanos Alsina era el jefe a cargo de la unidad en la que revistaba el soldado Giménez antes del operativo del ERP contra el batallón 141 y fue uno de esos jefes militares reducido durante el copamiento. “¿Vos qué querés saber?”, está preguntándole Alsina. Todo sobre mi padre, podría haberle dicho Félix. Quiere saber qué pasó con Félix Roque Giménez, secuestrado el 15 de marzo de 1976, a los 24 años, en Córdoba, detenido en el centro clandestino Campo de La Ribera y desaparecido desde entonces. Aunque en el juicio por la megacausa La Perla, en Córdoba, diversos testigos hicieron referencia al modo en que murió su padre, nunca se supo qué pasó con su cuerpo. Félix quiere encontrarlo. Alsina no le da detalles. Le dice que va a tratar de averiguar lo que pueda. Y ocupa el tiempo que les queda de visita para explicar que la guerra es así, que en la guerra pasan cosas terribles. “Tu papá, igual que nosotros, era un soldado”, dice, y Félix siente un tirón de incomodidad en la espalda, un tirón que ya le crispa los músculos cuando uno de los dos Alsina, no recuerda si el condenado o su hermano el visitante, da un paso más y explica que para ellos, los militares, el soldado Giménez fue un traidor, un entregador, como Astiz lo fue para los otros, “para ustedes”, dice. “Me lo llegaron a comparar con Astiz —en la cara de Félix otra vez esa mueca-sonrisa—, como diciendo que mi viejo era un infiltrado, un Astiz. Como si fuera la misma cosa meterse con todo un batallón del Ejército que meterse con un grupo de madres que piden por sus hijos.”

Félix dice que no tiene prejuicios, que nunca tuvo la militancia por delante. Tal vez por eso, piensa, pudo llegar hasta allí, a Marcos Paz, “donde se supone que están todos los malos, todos juntos” y sentarse a conversar con ellos. Por curiosidad. Por el nuevo proyecto de libro. Por hablar con alguien que pueda decirle algo más sobre sus padres.

Marcela Bruzzone tenía 22 años y un hijo de tres meses cuando desapareció, en noviembre de 1976. Un operativo del Ejército arrasó con la casa en la que vivía con otro compañero del ERP y con Félix que, ese día, había quedado al cuidado de la abuela. La madre de Marcela había logrado que su hija se comprometiera a llevarle al pequeño todos los días, o por lo menos cuando su militancia la expusiera a situaciones de riesgo. “Se ve que mi vieja transó con eso y entonces muchas veces me traía para acá.” No tiene el dato exacto de dónde quedaba la última casa de su madre, donde vivió con ella. Sabe por relatos familiares que había un largo viaje en tren desde allí hasta Retiro y que el bebé que fue lloraba mucho en esos viajes. Su madre lo había comentado con la abuela. Tal vez era en Pacheco, dice. “Sé que mi abuelo la dejaba en un cruce de caminos en Zona Norte, cerca de donde vivo yo ahora, por la Ruta 202.”

El departamento donde Félix dormía a resguardo el día en que aquella casa fue arrasada es este departamento de Juncal y Guido, en Recoleta, donde nos encontramos para la entrevista. Acá creció, al abrigo de la familia materna. La abuela Leda Moretti era ama de casa y al igual que sus dos hermanas se había casado con un hombre de la Marina. El abuelo, Carlos Bruzzone, era un capitán retirado para la época en que su hija menor se integró al ERP. Aunque había tenido una participación destacada en el golpe contra Perón, en 1955, como capitán de navío al mando del crucero “17 de Octubre” —pieza clave en las maniobras militares del derrocamiento y rebautizado años después como crucero “General Belgrano”, el famoso barco hundido por los ingleses en la Guerra de Malvinas—, se había visto obligado a pedir la baja poco después del golpe porque había chocado un barco en circunstancias extrañas que despertaron muchas suspicacias (la familia especula con que tal vez sus enemigos políticos lo hicieron chocar a propósito porque sabían que, aunque había participado del golpe, sus simpatías políticas estaban con Lonardi, no con el ideario de la Libertadora). Hacia 1974, concretado el regreso de Perón, el abuelo Bruzzone ya reivindicaba el proyecto justicialista y estaba cerca de Guardia de Hierro, al igual que sus dos hijos mayores. Félix cree haber escuchado que alguna vez, tras el secuestro de su hija, el abuelo Bruzzone intentó reunirse con el jefe de la Armada Emilio Eduardo Massera, pero no lo logró. Aunque hay versiones contrapuestas en la familia. El hermano mayor de su madre se quejó en algún momento de que el padre no había movido suficientes influencias para rescatar a la hija. “Mi abuelo estaba armando algo político para Massera desde Guardia de Hierro, él era referente de Guardia, como mis tíos. Mi abuelo, según mi tío, no movió todo lo que hubiera podido para no perjudicar ese proyecto. Mi tía, en cambio, dice que mi abuelo hizo todo lo que pudo. No sé. A mí me parece que a mi abuelo la Marina le cortó los víveres desde el momento en que se hizo peronista, mucho antes de todo el quilombo de mi vieja. Son todas dudas. La versión oficial es que mis abuelos presentaron hábeas corpus, todo lo que se podía en ese momento, y que mi abuela le pidió a mi abuelo que fuera a hablar con Massera, con Suárez Mason, pero Massera le dijo que se iba a encargar y nunca hizo nada. Mi abuelo se murió en el 79, de cáncer, muy rápido.”

La abuela Leda, que ahora ya tiene 96 años y se pierde en su Alzheimer, venía de una familia adinerada y era una señora de Barrio Norte que conocía los buenos modales, que había mandado a sus hijas a buenos colegios y sabía manejarse dentro del protocolo de su ambiente. Casi todos los fines de semana, durante aquellos años en que la hija menor de la familia seguía desaparecida y Félix era un bebé al cuidado de su abuela, las hermanas Moretti y sus esposos marinos, todos procesistas, dice Félix, se encontraban en reuniones familiares. A menudo, la situación de su hija desaparecida tensaba el ambiente, pero Félix cree que nunca se llegó a una pelea. “Para mi abuela debe haber sido complicadísimo, pero por ahí se hacía la boluda, qué sé yo.” Tal vez por eso, conjetura, ella nunca se acercó a Madres de Plaza de Mayo ni buscó a su hija a través de los organismos de derechos humanos. Tal vez le daba vergüenza, tal vez chocaba con sus pretensiones sociales, tal vez no podía dejar de verlos como nido de comunistas, dice.

Lo cierto es que no hubo en aquellos años una búsqueda consistente que permitiera determinar con certeza qué había pasado con Marcela. Unas fotos que consiguió extraoficialmente una tía segunda de Félix, que era periodista —y que terminó siendo su suegra, porque Félix se casó con su prima segunda, hija de esa tía—, parecían confirmar que había muerto en un enfrentamiento. Pero el cuerpo nunca apareció. También se había hablado de Campo de Mayo. En esa indeterminación estaba cuando un día, recién mudados a la casa que construyeron en la zona de Don Torcuato, una llamada telefónica inesperada lo puso otra vez en la pista del máximo centro clandestino del Ejército, en la Zona Oeste del Gran Buenos Aires. Una tal Mónica, ex compañera de secundario de su madre en el Lenguas Vivas (la escuela a la que fue cuando la familia se mudó de Martínez a Recoleta y ella ya no quiso seguir en el colegio Northlands), había encontrado su nombre en la guía y lo llamaba porque estaban organizando una reunión de ex alumnas y ella era la encargada de averiguar qué se había podido confirmar sobre Marcela. Cuando mencionó Campo de Mayo, Félix lo puso en duda, pero ella insistió: “En el Nunca Más, Marcela Bruzzone figura en Campo de Mayo”.

La posibilidad de que hubiera sido llevada a ese centro clandestino ya se la habían mencionado en la sede del Equipo Argentino de Antropología Forense. No como algo confirmado sobre su madre sino como el destino común entre los militantes del ERP secuestrados. Félix había dejado una foto de Marcela en Antropólogos, como se refiere a la institución que desde 1984 ya logró identificar a más de 700 víctimas de la represión ilegal enterradas clandestinamente. “Una sobreviviente había dicho que entre las personas con las que se relacionó en cautiverio estaba una mujer que había tenido un hijo un 23 de agosto de ese año, 1976, que es la fecha de mi nacimiento. Entonces por esos datos que cruzaron pensaron que podría haber sido mi mamá. Me habían pedido que llevara unas fotos para que esta persona las viera y confirmara si se trataba de mi mamá. Llevé la foto y, como pasó bastante tiempo y nunca me volvieron a llamar ni me contestaron nada, yo asumí que no era ella.” La llamada de la ex compañera de Marcela reactivó la búsqueda. Félix volvió a Antropólogos a ver qué había pasado con las fotos. Le pidieron disculpas por no haberlo llamado. La sobreviviente que recordaba la fecha de su nacimiento había reconocido a su madre en la foto que él les había dejado. Félix la llamó. “Fue una conversación tremenda. Es uruguaya. Yo quería ir a verla allá, pero no me dio cabida. Me decía que se había olvidado de todo, que no sabía ni lo que le había pasado. Después se acordó de mi mamá, no del nombre, pero sí de que habían militado juntas, me contó que mi vieja era como la referente de ella en la zona, me contó cómo los habían secuestrado al marido, a los hijos, a ella, un desastre. Después logró recuperar a los hijos y se fue al Uruguay para siempre. Pero no quería hablar de todo eso, quería olvidarse.”

Félix empezó a atar cabos y de pronto se dio cuenta de que buena parte de la familia, con los años, se había establecido en torno a Campo de Mayo, el predio militar donde, durante los años de la dictadura, funcionaron cuatro centros clandestinos y una maternidad, y por donde se estima que pasaron más de cinco mil prisioneros políticos. Después, en un giro ya más obsesivo de esas elucubraciones, casi maniático, dice, constató que él y su mujer, que habían construido su casa por allí con la plata que él recibió como indemnización del Estado por la desaparición de sus padres, habían terminado de cerrar ese círculo. Un anillo en torno a Campo de Mayo. “La hermana de mi vieja, al poco tiempo del secuestro, se fue a vivir al Gran Buenos Aires, a cinco cuadras de Campo de Mayo. Empecé a darme cuenta de que había alguien de nuestra familia en cada uno de los partidos que rodean el predio, San Miguel, Hurlingham, Tres de Febrero, Tigre y, al final, nosotros, en Malvinas Argentinas, porque en realidad nuestra casa, por unas cuadras, no pertenece a Don Torcuato sino a Malvinas.” No se hace el distraído: por momentos se le cuela la fantasía de que vivir allí es vivir más cerca de su madre. De algún extraño modo, una proximidad tal vez inexplicable. Como la abuela Lela de su novela Los topos, que se muda a un departamento frente a la ESMA, con vista directa al centro clandestino, el último lugar en donde estuvo su hija desaparecida, para estar más cerca y para tratar de averiguar qué había pasado con ella.

En la familia de Félix siempre fue distinto. Buscar y no buscar. Saber y no saber. O en su caso, averiguar, saber y después olvidar. Y seguir buscando. Para algunas cosas tiene muy buena memoria. Pero le falla con los detalles que va sumando sobre la vida y la muerte de sus padres. Una ecología del olvido sin explicación. Buscar y olvidar. O buscar pero no querer encontrar. Siempre fue difícil, desde que era chico. Percibía la incomodidad de sus abuelos y sus tíos cada vez que preguntaba. De chiquito, la abuela Leda le decía que cuando fuera más grande le contaría todo. A los ocho años, la edad en que empezó a hacer terapia por recomendación de sus maestros del Colegio San Agustín, tuvo una primera explicación de cómo habían sido las cosas. Félix dice que después de ese día en que la abuela Leda le contó en qué andaban sus padres, se pasaba horas imaginando al soldado Giménez con un revólver en la mano. Pensaba en ese revólver, en dónde estaría, tal vez debajo de alguna cama, escondido en algún rincón de la casa. Cuando tenía 11 años se compró el Nunca Más. Sabía que ese libro tenía que ver con lo que les había pasado a sus padres. “Mi abuela me dejó comprarlo, pero me dijo que mejor no lo leyera porque me iba a hacer mal. ‘Yo misma no lo leo’, me dijo. Igual lo leí sólo un poquito, porque era bastante estremecedor.” Buscar con miedo. Buscar, encontrar y olvidar. “Yo nací en Capital, no me acuerdo en qué clínica; sabía pero me olvidé. Ustedes me preguntaban cuántos años tenían mis viejos…

16/03/2016 LIBRO

“Hijos de los 70”, testimonios de los herederos de una época trágica

Como un mosaico de historias que piden la palabra y exigen su lugar en la complejidad de la trama trágica de la última dictadura, el libro de las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny acerca testimonios de herederos de esa época y se torna urgente para vislumbrar un contrapunto de biografí­­as aparentemente antagónicas pero enlazadas en un pasado que siempre regresa con dolor.

Por Milena Heinrich

Hernán Vaca Narvaja, hijo de Miguel Hugo, asesinado en 1976, se pregunta cómo conviven con los hechos de la historia los hijos de los torturadores, y como un diálogo que nunca fue real pero sí­ ensayado en las páginas de este libro, la hija de un represor, Analí­­a Kalinec, conmueve al preguntarse: “¿Por qué una persona entra a trabajar en la policía a ejecutar esa función? No cualquiera lo puede hacer, ¿por qué mi padre sí?”.

O la empatí­­a que sintió Mariano Tripiana cuando presenció el desgarro de los hijos de Aníbal Alberto Guevara acusado de la desaparición de su padre. También la reconstrucción de identidad de Luciana Ogando, cuyo padre militante de Montoneros fue fusilado por sus propios compañeros después de haber dado información bajo tortura, son algunas de las historias que echan luz sobre heridas abiertas.

Hijos de militantes, represores, sindicalistas, empresarios, intelectuales, “todos son portadores de marcas que tienen que ver con una época que sustituyó la polí­­tica por la violencia”, dice a Télam Astrid Pikielny sobre los testimonios reunidos en el libro. “Un denominador común para todos, cada uno con su particular caracterí­stica , es qué hacen con la herencia que les tocó”, agrega la coautora, Carolina Arenes.

“Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina”, publicado por Sudamericana, despliega así­ 23 historias de varones y mujeres que recuperan, acompañan, rechazan, se desprenden y también reivindican a la generación que los parió. Son hijos atravesados por el dolor, por la ausencia y por el silencio o las omisiones, son hijos que cuestionan y que amasan el vínculo con sus padres no como quieren, sino como pueden.

Y son también voces que parecen estar en las antí­­podas pero que sin embargo se unen bajo el signo de ser “herederos de una época”, como condensa Pikielny, y tal vez por eso cada una reclamaba ser escuchada, tener su lugar en la bibliografí­a sobre esa época oscura. “Hay muchas voces que sienten que no están en la historia”, indica Arenes, licenciada en Letras y periodista editora del diario La Nación.

Lejos de pararse en el banquillo acusador, más bien el libro arroja como un balde de agua frí­a y urgente el dolor de una generación. Y aunque cada hijo ve los hechos del pasado y el accionar de sus padres desde paradigmas a veces opuestos , en general “hay un consenso de época que hoy en dí­­a impide que alguien defienda la dictadura”, piensa Pikielny, periodista y politóloga.

A un lado quedan entonces los prejuicios que los condenan, los celebran o los apartan del camino por ser ‘hijos de’ porque en definitiva, advierte Arenes, se trata de “gente que tiene muchas heridas y con planteos de muy distinta í­­ndole. Lo que es interesante es ver qué decidieron o pudieron hacer con la herencia; las preguntas que se hacen y no se hacen sobre sus padres”.

Y con esa intención el libro se abre como un abanico y por sus páginas salpican cruzadas voces singulares, disí­­miles, poco orgánicas, como el testimonio de Eva Donda, el de los hijos de Marcelo Dupont (Valeria, Marcelo, Máximo y Miguel, los cuatros reunidos por primera vez), el de Delia Lozano, Luciana Ogando, Luis Alberto Quijano, Mario Javier Firmenich, Claudia Rucci, Diego Molina Pico, Mariano Pujadas, Alejandro Rozitchner y Félix Bruzzone.

“Es interesante ver cómo estos hijos se cruzan en los pasillos de la justicia, en la calle, en los trabajos”, dice Pikielny. Las escenas se enlazan entre padres y descendientes, como Félix Bruzzone, hijo desaparecidos (su padre, un soldado conscripto de Córdoba y militante del ERP), que atravesó el paredón del penal de Marcos Paz, de la mano de otro hijo, Aní­bal Guevara, sin saber demasiado por qué pero allí­ estuvo rodeado de represores.

O Ricardo Saint-Jean que se hizo responsable de la causa de su padre, Ibérico Manuel Saint-Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, transitando tribunales para defender lo que él consideró una detención en “contra de todo lo que habí­a estudiado”, aún reconociendo las prácticas ilegales en el marco de “una guerra”. También Diego Molina Pico y el relato siniestro de Jorge “Tigre” Acosta cuando al entregarse, una madrugada de diciembre de 1998, le contó al fiscal las razones del secuestro de su tía, una monja misionera.

Las autoras empezaron a reunir testimonios en 2009 y desde entonces tuvieron encuentros con muchos hijos -unos se negaron desde el comienzo, otros cedieron un par de citas y finalmente desistieron-, y fue recién cuando publicaron el libro que vivieron algo inesperado: algunos de los entrevistados pidieron contactarse con otros. “Hay un montón de experiencias de los 70 que por lo menos no están en la superficie, muchas conversaciones y miradas que no se encuentran pero sí­­ se entienden”, reflexiona Arenes.

“Es curioso – repasa sobre el motor que dio inicio a este recorrido de biografí­­as – porque partimos de una pregunta sobre la posibilidad de hacerlo y no sobre una propuesta de complejizar la época. Lo que puso en marcha este libro fue el testimonio de la hija de un general: qué pasa cuando crecés sabiendo todo lo que fue la dictadura y después te enterás de que tu papá fue una pieza de todo ese engranaje”.

Y de ahí­­, como una catarata, se sumaron otros interrogantes: “Cómo viven hoy los hijos de padres vinculados con la violencia de los 70, qué hicieron con el dolor, con su trauma y cómo lo procesaron, cómo es la relación con los padres, en qué medida pudieron preguntar”, menciona Pikielny. “Quizá -dice Arenes- en esas respuestas estén los lí­­mites del amor filial para pensar hasta dónde podemos cuestionar algo que tenga que ver con nuestros padres”.

Claro sucede que “todos tenemos la herencia de nuestros padres pero estos hijos son herederos de una época, de historias con muertes y situaciones radicales, de dolor, desgarro familiar”, señala Pikielny y su compañera trae como ejemplo a Firmenich hijo que reconoce que “las herencias pueden discutirse o rechazarse pero él elige defender a su padre porque siente que defiende su propia historia” o el testimonio anónimo de esa hija de un general “que siente vergüenza y culpa con la sociedad”.

A groso modo -identifica Pikielny sobre las vertientes de esta generación sacudida por la tragedia argentina, a 40 años del golpe de Estado- hay dos caminos: la idealización de los padres y la del monstruo. Y también aparecen algunos en un punto intermedio, aquellos que han podido distanciarse de cuestiones polí­ticas o ideológicas y se hicieron un lugar propio y al mismo tiempo preservaron o construyeron el camino con ese padre”.

Es que la llave que convierte este libro en un eslabón para comprender heridas entrelazadas, y en esto las dos autoras son rotundas, “es que estamos hablando de hijos, no de padres. Los hijos no son responsables de nada, no heredan culpas. -dice Arenes y Pikielny sintetiza : No rinden cuentas a la justicia, no tienen responsabilidades políticas y para nosotras no están bajo sospecha por origen o filiación, aunque haya posturas con las que no estemos de acuerdo”.

Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Las fotos de Josefina. Memoria EN_REDADA

Memoria EN_REDADA

Recibí en mi correo eléctrónico un mail de mi amiga Marta, con quien mantengo una amistad que ha enlazado nuestras memorias militantes y femeninas uniéndonos en una red de sororidad más allá del tiempo y el espacio.

Marta me envía una historia de otras mujeres, de mujeres militantes, y me escribe:

“Queridxs colegas, amigxs

avanzan el semestre y otras ocupacionesc  y con ello vuestra carga de trabajo, pero espero que pueden encontrar unos minutos para leelr estos conmovedores momentos de mujeres choras http://martazabaleta.blogspot.co.uk/2017/02/argentinalas-fotos-de-josefina-por.html
de Argentina.

Se puede aprender tanto de ellas.
Abrazos.

Abro el enlace que Marta,economista, académica y poeta exiliada argentina en el Reino Unido me ha compartido y me encuentro con esta imagen que abre mi memoria de mujer una vez joven y madre de una hija una vez viva…

Leo la nota en la fuente y me lanzo a buscar en la web a estas dos mujeres con la sensación de escarbar en una historia cuyas raíces se hunden en mi propia historia, en la de Marta y en la de tantas otras mujeres que militan y militaron en Latinoamérica trascendiendo su tiempo y su espacio.
y repito, como dice Marta, se puede aprender tanto de ellas.
RESISTENCIAS
Las fotos de Josefina

Voy a empezar por el final: de la mesa frente a la que estaba sentada tomó el collar de cuentas redondas, grandes, estriadas en rojo, y se lo sujetó al cuello. Después recogió las fotos que había mostrado, se paró y salió entre los aplausos de quienes la escuchamos del otro lado del vidrio. Cuando la abracé, sin saber quién contenía a quién, sentí las cuentas incrustándose en el pecho de las dos.

Ella se llama Josefina, el collar era de su mamá, lo rescató la mañana siguiente a su secuestro, cuando volvió a ese departamento con la puerta arrancada para cubrir la vergüenza de estar en bombacha con una remera roja, un jean y unas zapatillas. Tenía siete años, le faltaba un mes para cumplir los ocho, su hermano uno y medio y los dos habían dormido en la casa de una vecina a la que la patota le golpeó la puerta para dejarlos como un paquete.

“¡Qué voy a hacer con estos chicos!”, se había desesperado la mujer y ella guardó esa frase y ese tono por décadas, hasta que encontró a la vecina que ahora tiene nombre y es Susana, hasta que pudieron poner en común aquella noche larga del 6 de diciembre de 1977. “La encontré y la traje para acá”, dijo Josefina y una risa sosegada, tal vez de alivio, tal vez de complicidad, como un aflojarse del lazo que nos unía a quienes la escuchábamos, anduvo de boca en boca.

Josefina declaró el miércoles, en el juicio de lesa humanidad que tiene entre las víctimas a su madre, Vibel -Virginia- Casalaz. Josefina es una de esas amigas entre las que nos salvamos la vida, aunque el devenir de las cosas nos mantengan a distancia más tiempo del que desearíamos. A lo largo de los más de 20 años que llevamos de amistad, junto con Raquel y con Alba, ese núcleo duro de complicidad femenina, nos sacamos muchas fotos juntas, antes de que se llamaran “selfies”, las cuatro con las sonrisas incandescentes. Esta vez también hubo foto, en el subsuelo de los tribunales federales, en ese sitio sin ningún ángel en la calle Comodoro Py; habíamos llorado todas, Jose en el lugar de los testigos, el resto sosteniendo a la distancia esa entereza, todas esas palabras que supo enhebrar, buscadas y encontradas en noches de insomnio, en los días de la militancia en H.I.J.O.S., extraídas de diálogos con sobrevivientes, con sus amores; escritas también, ella que sabe hacerlo como pocas. Las sonrisas, a pesar del llanto, volvieron a capturar la luz en la imagen.

El collar que tanto le gustaba a su madre no fue lo único que rescató Josefina del departamento violentado. También se llevó una bolsita con fotos que les sirvió a los policías que la fueron a buscar al día siguiente para preguntarle por todas y cada una de las personas amadas que ahí aparecían. Ella estaba prevenida, iba a segundo grado en la misma escuela a pesar de los cambios de casa a que obligaba la persecución con un nombre falso, María José Roldán. No identificó a nadie. Las fotos siguieron su camino con ella, el primer viaje lo hicieron en la valijita con la que iba al colegio y que la acompañó en los dos días que pasó en la casa de una mujer policía, separada de su hermano al que se llevó un hombre de la misma fuerza. ¿A qué se debió esa separación por género? ¿Por qué no los dejaron juntos? Josefina no se acuerda casi nada de esos dos días, estaba enferma de hepatitis y sin duda la memoria da respiro, espacios de olvido necesarios para seguir adelante con la sucesión de los días. La noche del secuestro, por ejemplo, termina para ella con la imagen de su madre yéndose en el ascensor con esos tipos jóvenes y con armas largas que recuerda. “Mi mamá me tendría que haber dicho algo en ese momento, eso es lo que yo sentía, me tendría que haber dado una última instrucción”, dijo frente al tribunal y cerró: “Pero según me contó la vecina, cuando yo salí de ahí estaba en el piso, boca abajo, encañonada”.

No tenía instrucciones pero rescató los bienes preciados de su madre, el collar, las fotos que eran un resguardo de la vida cotidiana: playas, sonrisas, besos que no podían perderse en la huida aun a riesgo de convertirse en delación involuntaria. ¿Cuánto sabía la niña de todo lo que iba a perder como para que antes que sus juguetes guardara la bolsita de las fotos?

–Polo no es un nombre -le dijo el comisario de la 35 a la niña de 7 que había dado apodo, apellido y ocupación de su abuelo, “un fabricante de soda de Tres Arroyos”.

–Usted búsquelo que lo va a encontrar -contestó ella y así fue, constatando una vez más la enorme maquinaria del plan sistemático para la desaparición de personas no sólo represiva, también burocrática. Una burocracia dócil que ahora pretende aplicarse al conteo de los cuerpos que nos faltan. Nombrar es una cuestión de poder, decir 30 mil  y que haya acuerdo es el poder que hemos ido acumulando a lo largo de cuatro décadas y es lo que está en disputa.

Mientras escucho a mi amiga, pegada al vidrio que nos separa con la ilusión de encontrar sus ojos como si hiciera falta para sostenerla cada vez que amenaza con quebrarse, pienso con deseo en el lugar que ocupa. Yo también quiero acusar, quiero que llegue la hora del juicio por lo que le hicieron a mi madre y a sus compañeros y compañeras de cautiverio. Cuando promediaba el año pasado y se supo que no sucedería en octubre como habían prometido, y después, cuando tampoco habría fecha designada para marzo, empezó a circular entre los querellantes la lista de testigos que tendrían que adelantarse en testimoniar porque la dentellada de la muerte ya les está mordiendo los talones. 85, 87, 90, 95 años se leía junto a algunos nombres. Alguien anotó en ese intercambio de correos que su madre ya no podría declarar porque el ejercicio de memoria había destrozado sus neuronas. Hace 13 años que presentamos la querella. En ese tiempo todos y todas nos convertimos en otros, en otras, guardando a la vez quienes fuimos para no perder detalle cuando nos den la palabra. La impotencia se come el fin de la impunidad que ya no podemos declamar.

Antes de escuchar a Josefina, en un cuarto intermedio que tensa nuestra paciencia, Raquel me dice con ojos húmedos: “Siento que nos están tomando el pelo, ya no le encuentro sentido”. Es una descarga de derrota que no va a acatar, aunque las dos sabemos de qué habla. La Justicia, con esos pies de plomo, ya no puede llamarse así. Y sin embargo.

“¿Pudiste reconstruir…?”, es la primera parte de la pregunta que se repite para que Josefina de cuenta de lo que sabe de su madre, de su destino después del secuestro. Ella contesta una y otra vez, sobre los testimonios leídos, los diálogos ansiosos que persiguen un dato más, por nimio que fuera. Todo el trabajo lo hicimos las víctimas y quienes se comprometieron con nuestro duelo, el inmenso duelo acuoso de un país entero que todavía sigue evaluando el tamaño de las heridas que dejó el terrorismo de Estado. ¿Dónde están los papeles, los organigramas, los números de ellos, los ejecutores? ¿Dónde ocultaron los cuerpos? ¿Por qué a ellos se les permite todavía ahora ocultarse?

Hubiera querido que estén aquí los acusados, para interpelarlos. Quiero decir que yo pienso todas las noches en el cuerpo torturado y violado de mi madre. Y los represores piensan que así le hicieron bien a la patria. -dijo Josefina y tomó el collar de su madre de la mesa frente a la que estaba sentada y se lo puso, recogió sus fotos y enjugó sus lágrimas. Para que se vea y que se sepa: aun cuando le arrebataron tanto no pudieron quitarle todo.

En otro espacio virtual leo acerca de esta hija militante de la memoria:

UN COLLAR DE CERÁMICA

La estridencia de los camiones que pasan por encima apenas le permiten hablar a Josefina Giglio. Pero no grita, no lo quiere hacer en este lugar.

Josefina Giglio señala el retrato de su madre dentro de un cartel en el lugar donde estaba ubicado el centro de tortura El Atlético.

Madre de dos niños e hija de desaparecidos, intenta hallar el retrato de su madre en el afiche que está colgado sobre las ruinas del Centro Clandestino de Detención y Tortura Club Atlético, que está -estaba- ubicado debajo de la autopista 25 de mayo de la capital argentina.

Aquí está Coca, mirá- señala la foto de Virginia Isabel Cazalas, su madre, entre las centenares de imágenes de personas impresas sobre una sábana como recuerdo de quienes estuvieron presos aquí.

Josefina está acá porque este fue el último lugar donde, según testimonios de otros detenidos sobrevivientes, su madre fue vista por última vez.

A principios de 1978, cuando tenía 8 años, se la arrebataron de la casa en donde vivían clandestinos en Buenos Aires. Desapareció, lo mismo que había ocurrido con su padre un año antes.

Y desde entonces los anda buscando, a ella y a él, sin éxito.

Virginia Isabel Cazalas, más conocida como “Coca”, era la madre de Josefina.

Josefina es una de los muchos hijos que todavía no pudieron reunirse con los huesos.

Por eso tal vez sus peregrinaciones a las ruinas de Club Atlético, como un mecanismo para no olvidar ante la tierra abierta de las excavación arqueológica que se realiza ahora en este lugar antes utilizado para la tortura y que quedó sepultado cuando se construyó la autopista.

“En esto hay como dos partes: primero estás como esperando, como detenido en el tiempo esperando a que vuelvan, y después hay un momento en que comenzás a buscar”, dice Josefina.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, Josefina Giglio, hija de desaparecidos.

“Siempre estás buscando”.

“Había una época en que había una publicidad en la tele y el actor era igual a mi papá. Igual. Y mi papá había estudiado teatro, entonces yo decía ‘por ahí le dieron un golpe en la cabeza, se olvidó quién es y es ese actor’. Escribí al canal y todo. Nunca nadie me contestó, obviamente… Después, mi búsqueda en serio comenzó cuando de grande empecé la universidad”.

Su despertar universitario fue también el inicio de una misión colectiva: la agrupación Hijos e Hijas por la Identidad, la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S), algo así como una versión filial de lo que hacían las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo, que fue fundada en 1994, cuando muchos de los hijos de los desaparecidos cumplieron la mayoría de edad.

El centro clandestino de detención Club Atlético funcionaba a pocas cuadras de la cancha del popular equipo de fútbol Boca Juniors.

Con ellos logró, dice, “democratizar el dolor”. Con ellos lloró, protestó en las calles.

Estudió a fondo la historia de sus padres para intentar encontrar pistas: las impresiones del sulfuro de plata en las fotografías, la tinta aplastada en las hojas de las cartas. Algo que le permitiera entender quiénes eran, por qué habían luchado, qué sentido había tenido su muerte casi segura.

Y ha visto, como un tren que pasa de largo en una estación, cómo a otros compañeros de militancia el EAAF les han restituido los restos de sus padres, mientras ella los sigue esperando.

“Tengo la fantasía que me iría a dormir la siesta con los huesos”, cuenta y se ríe. La carcajada le suelta la mirada que aguarda tras unos anteojos gruesos de carey. La idea le enciende una chispa.

“Tendría algo así como un amuleto, un deseo de hacerme un colgante con ellos”, continúa sonriente.

“La tierra contiene como un útero los huesos que esperan”, se lee en uno de los cuadros de las oficinas del EAAF.

Josefina ya tiene un collar.

Al día siguiente del secuestro en el verano del 78, cuando le dieron permiso para entrar al departamento de donde se habían llevado a Virginia para buscar algunas cosas, la única pertenencia de su madre que se llevó fue un collar de cerámica que habían comprado juntas en la feria de Plaza Francia.

“Pensaba dárselo cuando volviera”.

Durante estos años ha elaborado mil conjeturas, pero a pesar de su empeño hay cuentas que no puede obviar: el EAAF sólo tiene restos óseos de unas 600 personas y siguen hallándose algunos centenares más, pero el número queda muy lejos de los 30.000 desaparecidos que calculan las organizaciones de derechos humanos e incluso de los 10.000 que reconocen las fuentes más conservadoras.

Y a muchos de ellos, se sabe, los tiraron al Río de la Plata y al mar desde los llamados “vuelos de la muerte”.

“Durante mucho tiempo tenía la sensación de ser hija de un agujero negro y los huesos siento que me permiten esa continuidad: yo soy esos huesos, voy a ser esos huesos. Recuperar esa continuidad que se cortó. Uno cree que una tibia y un peroné son innecesarios, hasta que te das cuenta de que son una fuente de alivio y te darían un cierre”, reclama.

Una fila india de camiones interrumpe la charla hasta el punto de suspenderla. Pero antes de irse ella mira el abismo de las excavaciones: dice que siempre busca algún objeto, alguna presilla, un pedazo de herencia que le debe el destino.

Para tenerlo mientras llegan los huesos.

Y es así que en mi transito virtual encuentro una noticia de hace cuatro días, una fotografía de dos hijos – Josefina y Francisco – hijos de Virginia y Carlos, huérfanos por el terrorismo de Estado en la Argentina que una vez nos acogio a mis hijos y a mi, donde vivimos la segunda dictadura a las que hemos sobrevivido.

Carlos y Vibel –el padre y la madre de Josefina, Coco y Coca para sus compañeros de partido- militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Carlos era arquitecto, había caído el 19 de mayo de 1976 en una reunión del partido en Combate de los Pozos y Pavón, por un vecino que lo denunció. Cuando intentaba huir por la terraza, fue herido en una pierna y cayó al pozo de luz. Nunca más se supo de él. Desde entonces, Vibel –psicoanalista- peregrinaba entre una sombra y la otra mirándose las espaldas. Los militares la alcanzaron un año y medio después, en un departamento de Belgrano R. No estaba sola: Josefina tenía 7 años, Francisco uno y medio. Estaban además otros militantes del PCML. Los militares lo llamaron Operativo Escoba.

“Entre que se llevan a mi padre, el 19 de mayo de 1976, y caemos con mi madre el 5 de diciembre de 1977, hubo un dispositivo de pinzas para buscarla. La noche del 8 de junio se llevaron en La Plata a mi abuela paterna, Tecla, a mi tío que estaba con ella, en Tres Arroyos a Polo, y en Mones Casón, cerca de Carlos Casares, a mi tío Oscar Bossier, el cuñado de mi padre”.

http://memoria.telam.com.ar/noticia/-un-brigadier-dijo-que-mama-era-la-mujer-mas-buscada-_n3809

Necesitamos recuperar los restos. Josefina y Francisco Giglio

Josefina y Francisco Giglio declararon en el juicio por los crímenes cometidos en el llamado circuito ABO.

Los testimonios de Josefina y Francisco Giglio, hijos de los desaparecidos Virginia Isabel Cazalás y Carlos Giglio, inauguraron la audiencia que reactivó tras la feria el tercer tramo del juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención y exterminio Atlético, Banco y Olimpo. Fue la primera vez que ambos contaron en tribunales la historia de sus vidas desde la arista que representa el secuestro y la desaparición de su mamá, que fue vista en el Banco por sobrevivientes. “Vebel”, como la llamaban en su familia. “Coca”, como la habían bautizado sus compañeros de militancia del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML), fue llevada del departamento en el que estaba escondida la noche del 5 de diciembre de 1977 por una patota del Ejército. Estaba en camisón. Josefina, de siete años, y Francisco, de año y medio, fueron dejados con una vecina. Crecieron con sus abuelos maternos en Tres Arroyos, provincia de Buenos Aires. Nunca más supieron de su mamá ni de su papá, que había desaparecido en mayo del ‘76. Con cuarenta, Francisco reconoció ante el Tribunal Oral Federal número 2 que todavía los espera. No obstante, reclamó por sus restos, al igual que su hermana, que se quejó de que los acusados no presencien el juicio. “No alcanza con los juicios. Sería bueno que los imputados estén sentados acá también. Todas las noches pienso en el cuerpo de mi madre violado y torturado. Y los señores que dieron las órdenes y las cumplieron piensan que hicieron un bien a la patria”, remató, sobreponiéndose al llanto, que logró contener durante todo su testimonio. El público que presenció la jornada la aplaudió un rato largo. Cuando el TOF le dio permiso para retirarse, ella tomó el collar de perlas grandotas que era de su mamá, y que había colocado en la mesa del estrado al comenzar a hablar, y se lo puso.

“Primero quisiera contar un poco sobre mi mamá, que era la más linda del mundo”, propuso Josefina como respuesta a la consulta que le realizó la fiscal Gabriela Sosti para introducirla en su testimonio. La hija de “Coca” completó la selección de fotografías entregadas al TOF que había iniciado su hermano, quien la precedió en el estrado. Josefina explicó que cuando un policía y una presunta asistente social la llevaron al departamento de Belgrano R donde la noche anterior habían secuestrado a su mamá para que agarrase ropa para ella y para su hermano, bebé entonces, ella también se llevó una bolsa con fotos que su mamá siempre llevaba de casa a casa y ese collar de perlas grandotas, que “a ella le gustaba mucho” y que encontró sobre su mesita de luz. Ayer, mientras declaraba, lo sacó de su cartera y lo puso sobre la mesa del estrado.

Pasaron más de 40 años, pero Josefina fue clara y precisa para contar lo ocurrido la noche del 5 de diciembre de 1977 y las que le siguieron. Ella, su mamá y su hermano vivían en un departamento de la calle Ramón Freyre con dos compañeros de militancia: Mariano Montequón y Patricia Villar. Esa noche acababan de cenar y hacía calor. “Mi mamá estaba en camisón, y así se la llevan, y yo estaba en bombacha”, contó.

Sientieron que rompían la puerta de entrada. “Yo me escondí porque no quería que me vieran, mi mamá pidió cambiarse pero no la dejaron. A nosotros nos dejaron con la vecina”, siguió. Aún hoy, le extraña que ella no le haya dado “alguna instrucción” antes de que se la llevaran.

Años después se reencontró con Susana Martínez, la vecina a la que “tres jóvenes de civil” le pidieron que cuidara a ella y a Francisco “hasta que llegara la Policía”. Susana también declaró ayer en el juicio. El otro testigo fue Daniel Merialdo, un sobreviviente del circuito ABO.

Cuando la encontró, Susana le dijo que la última vez que la vio su mamá estaba tirada en el suelo, apretada por una pistola larga. Con el tiempo, ella y su hermano supieron que su madre fue atrapada en un operativo al que el Ejército llamó “Escoba” y que barrió con casi todos los militantes del PCML.

Al otro día, la policía los llevó a buscar ropa al departamento reventado por el Ejército. “Cuando esta mujer que dijo ser asistente social pero que no aparece en ningún registro me vio con la bolsa de fotos, me sentó en la mesa y me hizo verlas una por una mientras me preguntaba ‘¿este quién es? ¿y éste quién es? Yo estaba entrenada y sabía que no tenía que decir nada”.

Tenía siete años Josefina, pero ya sabía que en la escuela y en todos lados era María José Roldán. La familia estaba clandestina desde 1975, cuando les allanaron la casa. Francisco nació en julio de 1976, pero su padre no llegó a conocerlo. Fue secuestrado en Constitución, un mes antes. “Nos quedamos solos. Pienso mucho en esa mujer sola, con dos hijos y escapando”, relató Josefina.

Tres días después del secuestro de su mamá, su abuelo de Polo, de Tres Arroyos, los fue a buscar. Cuando fueron creciendo, Polo les contó que para dar con Vibel los terroristas dieron un par de pasos antes de reventar el departamento de Freyre: lo secuestraron a él –permaneció un mes en Vesubio–; a su abuela paterna y a un tío paterno y a un cuñado de Carlos Giglio.

El relato de Francisco fue menos detallista. El tenía un año y medio cuando ocurrió todo. Coincidió con su hermana en el sentimiento de espera. “Llegó la democracia y todos pensábamos que los iban a liberar, porque creíamos que estaban detenidos en algún lugar. Yo creí que iban a aparecer para mi cumpleaños de quince. Y luego, para mi fiesta de egresados”, intentó explicar ella, que comparó al gobierno de Raúl Alfonsín con “la esperanza”; al indulto de Carlos Menem con “el abismo” y a las gestiones kirchneristas con el abandono de la clandestinidad. “Yo sentí que salía de la clandestinidad, que podía decir que mis viejos estaban desaparecidos y que no era mi culpa, y que había un Estado que en vez de discutir la cantidad de desaparecidos debería estar buscando los restos de mi padre y de otros”.

Francisco lo analizó desde la figura del “desaparecido”, esa que “produce algo tremendo en la mente de un hijo, porque siempre lo estás esperando. Yo tengo 40 y sigo esperándolos en algún rincón de mí. La perversidad es tremenda”.

Ambos saben que no volverán, por eso ven una posibilidad de “cierre” en la recuperación de los restos. “Necesito recuperar los restos de mis padres – dijo Francisco– sería de alguna manera reencontrarme con ellos”.

Josefina también reclamó los restos: “Me gustaría que el Poder Judicial le exija al Ejecutivo que disponga de todos los medios para encontrar los huesos de mis padres y de todos los desaparecidos. Y que le dé prioridad a la búsqueda de todos los chicos que fueron robados. Yo no quiero que mis hijos crezcan buscando los huesos de su abuela. Ya pasaron 40 años, ya es tiempo”.

No-natos

No-natos

No-natos

 
Somos los hijos y los nietos
De los hoy recordados
Somos las hijas y las nietas
Que nunca existieron
Pero que tanto quisieron
Nacer, vivir, jugar y luchar
Somos la descendencia
De quienes hoy resuenan
Eternos en nuestras voces
En un ahora y siempre
En un siempre ahora
 
Somos esa sangre que no sangró
De quienes tanta sangre dejaron
Somos los sueños arrancados
De quienes tanta justicia soñaron
Somos los hijas e hijos que no nacieron
Para poder decir
Madre o Padre
 
Pero hoy renacemos
Pero hoy gritamos, luchamos y recordamos
Porque las heridas se han vuelto a abrir

Quieren liberar sombras

Quieren volver a matar a los padres que no tuvimos
Matarlos en dignidad
Matarlos en memoria
Y hoy los que no nacimos
Perpetua justicia a gritos pedimos

(Miguel Echeverria M)

 

Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

Escribir el dolor para ser resiliente. Leandra Guzman

Los padres, lxs hijxs y el tiempo milico.

Los padres, lxs hijxs y el tiempo milico.

Los padres, lxs hijxs y el tiempo milico

Estos particulares días de septiembre -a veces con sol radiante y otras con lluvias y frío- nos recuerdan que este es un mes matizado, excéntrico, casi burlesco. Que nos lleva y nos trae; que nos muestra a niñxs embaladxs elevando volantines, pero que también nos traslada al inicio del irrespeto, el dolor, la muerte, la tortura, el exilio y desaparición. Un mes que nos enfrenta con los claroscuros de una historia tan reciente como presente.

En estas volás me encontraba cuando quise reflexionar sobre la relación entre la dictadura cívico militar en Chile, y la experiencia de las paternidades vividas en esa época; las crianzas y vivencias de hijos e hijas en ese tiempo milico que no olvidamos.

No planteo una reflexión teórica ni daré nombres de autorxs o experiencia comparada. En estas digresiones eso no me interesa -y me aventuro al desacuerdo y a visiones que no compartan la hipótesis que deslizo-. Por sobre ello, me importa sumergirme en la vivencia personal y observada, para sostener que la dictadura cívico militar instaló en las generaciones que le fueron contemporáneas, un modelo monolítico de masculinidad, de ser hombre y padre -y en consecuencia- de ser hijx.

Siendo el menor de cuatro varones, con un padre que vestía uniforme en aquellos años y aun cuando mis recuerdos no van más allá de fines de los 80, es patente el recuerdo de quienes me anteceden como hermanos: el concepto de orden, los zapatos lustrados a fuego, el habla golpeada… la distancia y la obediencia… “porque así te protejo, hijx”, “porque así te protejo del cáncer marxista, Chile”. Dos escenarios, un mismo discurso.

Y cómo no, si el golpe de Estado marca el inicio de un proceso sistemático, institucional y masivo de destrucción de las formas de ser/estar de hombres y mujeres, usando la violencia como herramienta, el miedo como estrategia de quebrantamiento de la voluntad y la anulación del/la otro/a como objetivo político. Todo ello desde la figura del militar –el milico-, ese que ocupó por 17 años el espacio público; la mentira del valiente soldado, el libertador, el segundo padre de la patria, cuyo botón de muestra es hoy reconocido universalmente como uno de los más cruentos dictadores, genocidas y corruptos que registra la historia contemporánea latinoamericana.

A partir de la figura del tirano es posible sostener que cuando el actor social se torna único, homogéneo, omnipresente y todopoderoso, cuando se nos bombardeó y se nos convenció (con la merecida salvedad de muchos y muchas que dieron su vida por demostrar que no era así) de que había “una forma de ser”, de estar y relacionarse; cuando el principio del orden es monolítico -el cabello corto y sin barba, el habla golpeada y sin matices, el rostro seco y las nulas muestras de afecto; la fortaleza expresada en la capacidad de aniquilar y vencer, de gritar más alto… se nos dice sin decirlo que ese es el modelo de masculinidad, de paternidad… el cuidado expresado en la violencia “porque así te protejo, Chile…” “porque así te crío y formo, hijx”.

Además del período de muerte y violación a los derechos humanos, aún sin una satisfactoria respuesta en materia de verdad, justicia y reparación, la dictadura cívico militar fue para las generaciones contemporáneas y para las siguientes, no sólo el reforzamiento indesmentible del patriarcado ya existente, sino que la imposición de formas unidireccionales de vivir la masculinidad, modelos aparentemente inquebrantables de ser hombre y padre: héroe, rudo, defensivo, destructivo.El milico y su lógica como alternativa visible a la que acceder, como actor que surgía cuales callampas en el espacio público, que invadía hogares, televisión, radio, quehacer social… que era ÉL personaje, en desmedro de tanto que los varones podemos entregar para construir relaciones sociales y humanas -del tipo que sea- basadas en el respeto, el afecto, la justicia, la libertad y la solidaridad. El tiempo milico que está más presente de lo que pensamos y sentimos.

Esto es sólo parte de lo que el período milico nos dejó. Resta pensar sobre el modelo de sociedad, las injusticias y la violencia económica, social y cultural de nuestros días. Todo esto sin dejar de lado que así como hubo víctimas, hubo también mujeres y hombres que no cedieron ante el grito pelao y el lumazo, que resistieron la corriente en los testículos y las ratas en la vagina. Sujetos que es necesario recordar para continuar.

Dedicado a todos aquellos varones quebrantados por la dictadura;

en memoria de las mujeres y hombres víctimas, y de sus familias;

con la exigencia de verdad justicia y reparación más viva que nunca;

con la convicción de que es posible construir otros vínculos.      

Miguel Ángel González Campos

integrante del Kolectivo Poroto. 

http://kolectivoporoto.blogspot.cl/

Santiago, 10 de septiembre de 2015

Nunca más nadie deba volver a tomar la decisión de defender la libertad y justicia con su propia vida.

Padres

http://www.memoria-historica-chile.blogspot.cl/2009/06/por-christian-martinez-santos.html

“Los hijos no somos victimas, somos testimonio

 

6/6/09

Por Christian Martínez Santos.*

Christian Martínez

Periodista orgulloso, humorista frustrado, fotógrafo ocasional y web master amateur. A veces de director y otras de asistente, siempre en streaming. chmedia.cl

@cris1606_

El 11 de septiembre del 73 fue el día que cambio la vida de muchos, entre esas vidas estaban las de muchos cercanos a mí, que con grandes anhelos de justicia y libertad lucharon con consecuencia y coherencia, pensando en dar la vida si es que fuera necesario.
Miles fueron los perseguidos, los torturados, los desaparecidos y los asesinados, miles son y serán los que carguen con el peso de llevar la historia de vida de estos personajes, y miles deberíamos ser los que rescaten, cuenten y reconstruyan esas historias olvidadas, con el fin y la convicción de que nunca más nadie deba volver a tomar la decisión de defender la libertad y justicia con su propia vida.
Yo nací en el 90, soy parte de la generación que por poco tiempo no nació en dictadura, de haber nacido antes, tampoco habría nacido en un país en dictadura. Mis padres habían llegado a Bélgica a principios del 89, en un autoexilio para preservar, durante el poco tiempo que le quedaba a la dictadura de Augusto Pinochet, intacto el pequeño núcleo familiar que habían formado. Era el segundo exilio de mi padre.
La madurez, la valentía, la consecuencia y la coherencia de la vida de mis padres, es, a mi parecer, lo que ha producido que mis hermanos mayores y yo veamos la vida de estos no como algo terrible, sino más bien, como algo que hay que ver con orgullo y honor.
Durante mi corta vida, nunca me han contado cosas que no quiera escuchar, y nunca han negado respuesta a mis dudas. Una de las pocas cosas que jamás he preguntado y que por el momento no espero preguntar, es cómo fueron las torturas que a mi padre realizaron, por cuánto tiempo y quiénes fueron, si es que él tuviera conocimiento.
Mi padre era militante, activo y combativo, del MIR, mi madre, en cambio, fue una gran luchadora social en organizaciones como el CODEPU, AFPP, AFEP, AFDD y los CAP, de este último mi madre fue la creadora en la zona norte. En mi padre la militancia despertó en los 70 y en mi madre despertó su espíritu de luchadora social en los años 80, cuando empezó una relación con mi padre, la que dura hasta hoy en día. La relación de estos dos luchadores ha dado como fruto a tres hijos varones, agradecidos y orgullosos de la vida que nos han dado, y honrados de poder transmitir a la gente la opción de vida que mis padres tomaron durante la dictadura militar.
Nunca les vimos llorar, nunca les hemos escuchado victimizarse, nunca les hemos visto sufrir por la opción de luchar contra la dictadura que tomaron, y jamás, jamás, nos sentimos vulnerados por nadie ni nada, aun en un país extranjero, aun en las visitas a la cárcel que hacían mis hermanos, aun cuando la muerte rondaba a mis padres.
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Justicia a 39 años…Los asesinos de nuestro padre han sido identificados y condenados.

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Pacita, hija de Marcelo Concha, escribió

Recordando a mi padre

El 10 de mayo cuando se conmemora su desaparición, siempre hago algo, el año pasado pesqué unas imágenes y le puse música arriba en uno de estos programas que hay, música para nada combativa, le puse música de Los Beatles. Siempre están estos ritos permanentes que son además individuales, súper íntimos. A veces mi hermana, la Lilia, hace homenajes, pero mi hermana tiene otra vivencia a la nuestra. No nos criamos en la misma casa, ella fue dirigente política en los 80, tiene una madre que viene de una familia política. Marcelo se conecta con mi papá a través de la música, y yo a través de las letras, entonces cada uno tiene su ritual. Yo escribo, hago videos o a veces publico las cartas. Yo estudié Periodismo. Siempre han sido mis formas de poder canalizar un poco… restaurar fotos, encontrar algo y mandárselo a mis hermanos, y bueno, el año pasado, hay una organización en Estados Unidos, Nuevo México, que se llama Missing Friends, y esa organización la dirige Luis Soto. Luis Soto fue un compañero de mi papá en la Lumumba, que además después del Golpe estuvo detenido. Cayó detenido en el Estadio Chile con Víctor Jara, y él se casó con una norteamericana-mexicana. Él fue compañero de Mariano Turiel, de Lenin y de mi papá, entonces él es maratonista y viene todos los años a la maratón de Santiago y corre con las pancartas de los tres y corren todos. Es muy linda esa campaña de poder correr. Es importante entender que los desaparecidos fueron un símbolo y que la dictadura tiene una ideología que nos puede afectar a unos, a otros e incluso independientes del pasado que podamos haber tenido, o de cómo pueden haber pensado nuestras familias, o de si militamos o no en la época de la Unidad Popular. Ahora tenemos más capacidad para poder gritar, para poder exigir, para poder cuestionar.

Relatado por María Paz Concha, hija de Marcelo Concha Bascuñán.*

arqueologiadelaausencia.cl/archivos/marcelo-bascunan-concha/testimonios/los-ritos/

Mi padre Marcelo Concha un hombre bueno. Justicia para él y todas las víctimas de los horrendos crímenes de la DINA. “Habrán cortado mil flores,pero no lograrán detener la primavera”…

Marcelo Concha Traverso

“Siempre en septiembre me deprimo. Me deprimo porque es mi cumpleaños, por el 11, porque el 19 de septiembre murió mi vieja, de pena buscando a su marido…me deprimo porque quedo en evidencia cuando todo el mundo está en onda de celebración y me cuesta más ocultar mi semblante de tristeza. Hoy salió el fallo de primera instancia que condena a la cúpula de la DINA a 10 años de cárcel efectiva, por el secuestro calificado de mi padre Marcelo Renán Concha Bascuñan. Sé que es una mierda de condena, que merece muchos más años, pero hoy sentí algo que nunca había sentido…alguien que tiene nombramiento de juez ha escuchado nuestra historia y ha declarado justa nuestra demanda…recién, a punto de cumplir 39 años (los mismos que Marcelo lleva desaparecido), siento que Marcelo ha tenido un mínimo de justicia. Aunque los héroes pueden prescindir de la justicia. Marcelo, después de 10 meses de tortura, fue sacado de Villa Grimaldi junto a otros prisioneros vendados…le sacaron la venda “Les sacamos la venda para que vean quienes los fusilarán por no hablar” dijeron…dispararon. Marcelo murió. Solo dos sobrevivieron para contarlo…Como dice la canción del Nano Stern, la vida es un gran regalo…y a caballo regalado… gracias viejo por enseñarme eso, sin habernos conocido…aunque te conozco…sin habernos hablado…aunque te he escuchado… ahora sé que compartimos el mundo por un ratito…aunque el nuestro lo compartiremos siempre…Prometo deprimirme menos en septiembre… http://www.pjud.cl/…/ministro-leopoldo-llanos-condena-a-5-a…

https://www.facebook.com/marcelo.c.traverso/posts/10205766758060925?pnref=story

 
La resolución es en contra de Pedro Espinoza Bravo, Carlos López Tapia, Rolf Wenderoth Pozo, Ricardo Lawrence Mires y Juan Morales Salgado,…
LANACION.CL|DE DIARIO LA NACIÓN – COMUNICACIONES LANET S.A.

*CONCHA BASCUÑAN, MARCELO RENÁN
30 años
4945518 Santiago
10 de mayo de 1976
ingeniero agrónomo. Jefe zonal de SAG

Presos Políticos desaparecidos en Chile

Marcelo Concha Preso foto diario

Marcelo Renán Concha Bascuñan, casado, dos hijos, ingeniero agrónomo, militante del Partido Comunista, fue detenido por agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional DINA el día 10 de mayo de 1976, alrededor de las 15:00 horas, en la vía pública, en el trayecto entre su casa, ubicada en calle Juan Díaz Nº41 y el Instituto de Fomento Pesquero, ubicado en las proximidades de la intersección de las calles Irarrázabal con Pedro de Valdivia, en la Comuna de Ñuñoa en la ciudad de Santiago. Ese día por la mañana, Marcelo, había concurrido en forma habitual a su centro de trabajo, la “Compañía de Exportaciones Chilespaña” “CHILESPA” domiciliada en Estado 337, oficina 608, desde donde se dirigió a las oficinas del Instituto de Fomento Pesquero, oportunidad que aprovechó para almorzar en su casa, distante a escasas cuatro cuadras del lugar. A las 15:00 horas salió de su hogar con destino, nuevamente, al mencionado Instituto, indicando expresamente que a las 18:00 horas estaría de regreso en su residencia, puesto que debía viajar a la ciudad de Los Angeles. Sin embargo, no llegó al Instituto (donde aparecía registrada su estadía de la mañana, pero no así por la tarde), no viajó a Los Angeles y tampoco volvió a su domicilio.
El mismo día de su detención, en horas de la mañana, en circunstancias que Marcelo Renán se encontraba fuera de su lugar de trabajo, se recibieron reiterados llamados telefónicos en su oficina, en los que insistentemente preguntaban por él. Incluso, dos individuos se hicieron presentes en las dependencias de la Compañía exportadora, donde se entrevistaron con el director de la empresa, José López, inquiriendo información respecto de Marcelo y su horario de llegada, argumentando para ello un posible negocio de exportación, cuestión que llamó la atención de sus compañeros de trabajo, debido a que ésa no era la especialidad de él dentro de la Compañía, sino las del área de producción, de la cual era jefe.
Así lo confirman las declaraciones ante el Tribunal de Ernesto León Gómez, quien afirma “recuerdo que el día 10 de mayo de 1976, estaba trabajando en mi oficina ubicada en el Edificio España, y como a las 10:30 horas en la mañana llegaron dos señores a preguntar por Marcelo Concha, quien ese momento no se encontraba en la oficina… Los dos hombres que fueron a preguntar por Marcelo al rato después; al ir yo a la calle, al Banco, pude darme cuenta que estaban en el pasillo del edificio, en el primer piso esperando y mirando para todos lados como buscando a alguien”.
El padre de Marcelo Concha, don Carlos Concha Huidobro, ese mismo día, alrededor de las 13:30 horas, recibió un llamado telefónico de un hombre que se identificó como Jaime Zamora, quien le preguntó por Marcelo, la dirección de su oficina y dijo querer conversar con él por un negocio de exportaciones. Todos estos antecedentes ponen de manifiesto que Marcelo Renán era intensamente buscado ese día 10 de mayo de 1976, en que finalmente se le detuvo. Su amigo Lenín Díaz fue detenido el día 9 de mayo de 1976, el día anterior de la detención de Marcelo Concha, por agentes de la DINA y trasladado a Villa Grimaldi, donde fue visto por testigos. Desde ese lugar se le pierde el rastro posteriormente, permaneciendo hasta la fecha en calidad de detenido desaparecido. Además, la detención de Marcelo Concha está asociada a una serie de otras detenciones de militantes del Partido Comunista.
Importantes antecedentes se desprenden de las declaraciones de organismos de Gobierno y una revista de opinión vinculada a él. Es así como en el mes de junio de 1976 la Dirección Nacional de Comunicación Social del Gobierno emitió una declaración oficial en la que expresa: “En conocimiento de los Servicios de Inteligencia de que el Partido Comunista clandestino en Chile, ordenó el día 11 de mayo de 1976 efectuar asilos masivos en diferentes embajadas, como también realizar acciones terroristas aisladas, resolvieron actuar contra las casas?buzón (32 en total en Santiago), que este mencionado proscrito Partido mantiene para el enlace entre la Comisión Política y los diferentes regionales del ex Partido Comunista”… “En las casas?buzón fueron detenidos aquellos miembros del Partido Comunista clandestino que se dedican a este tipo de enlaces”.
En una segunda declaración agrega: “En conocimiento de un plan subversivo y terrorista del comunismo clandestino, que debía ser ejecutado en la víspera de la reciente Asamblea General de la OEA en Chile, la autoridad allanó en la noche del 11 al 12 de mayo un total de las 32 de las referidas casas?buzón… fue detenido un grupo importante de otros dirigentes comunistas clandestinos”.
Termina diciendo “que el gobierno estimó adecuado entregar sólo una parte de los abundantes antecedentes, debiendo reservarse, por razones obvias, todos aquellos que afecten la investigación en curso, referida a la acción subversiva clandestina del Partido Comunista”.
Por su parte, en la Revista “Qué Pasa”, en un artículo titulado “Del MIR al PC” y publicada en el mes de agosto de 1976 se agrega: “En efecto, llama la atención a la ciudadanía que el énfasis de la lucha antimarxista parecía hasta entonces concentrado en el MIR, pero ya comenzaba a estrecharse el cerco contra el PC. Sin embargo, fue a partir de marzo y abril de este año y fuertemente desde mayo que la nueva etapa tomó impulso”… “alrededor del 1° de mayo, hubo a lo menos dos redadas en que cayeron al parecer dos o tres miembros importantes del PC…”.
Y por último en una entrevista otorgada a la Revista “Qué Pasa”, el Almirante José Toribio Merino alude a la represión ya iniciada en contra del Partido Comunista y que alcanzó su punto máximo durante el año 1976. En ella afirma: el Partido Comunista “aquí está subterráneo. Se le está buscando en todas partes y tratando de eliminar…”.
La autoridad administrativa y los servicios de Seguridad nunca reconocieron la detención del afectado, como tampoco de las otras víctimas del período.
Con posterioridad a la detención de Marcelo Concha, diversos familiares de éste recibieron visitas de funcionarios de seguridad. Así, el 10 de marzo de 1977, alrededor de las 18:00 horas, fue visitada la casa de sus suegros, su cónyuge y su cuñado. El visitante se identificó, primero, como funcionario del Ministerio de Defensa, para luego confirmar que en realidad era agente de la DINA, enseñando una credencial. En esa oportunidad consultó sobre una presentación que los familiares de los detenidos desaparecidos habían realizado ante la Corte Suprema, en donde responsabilizaban a la DINA de tales desapariciones.
El día 7 de julio de 1977, la señora María recibió una nueva visita de otros dos sujetos los que, sin importarles que ella estuviese enferma en cama, ingresaron a su dormitorio y, después de identificarse como miembros de la DINA, la interrogaron acerca de las circunstancias de la detención de su hijo y las gestiones hechas en su favor.
En igual sentido interrogaron a la suegra de Marcelo, doña Aminta Bernaschina Bergh, el 21 de julio de 1977, oportunidad en que la visitaron en su domicilio. Una segunda visita de este tipo recibió la señora Aminta, el día 24 de agosto de 1977, ocasión en que ella pudo leer el nombre de “A. Cea” en una de las credenciales, que portaban los agentes.
Marcelo Renán había sido detenido previamente el 12 de septiembre de 1973 y conducido al Estadio Nacional, desde donde fue trasladado al Campamento Chacabuco, lugar en que permaneció recluido hasta el 25 de abril de 1974, fecha en la que fue puesto en libertad sin cargos en su contra.

(Poster suministrado por su hija,  Paz Concha)

Destacado

La literatura de posmemoria. Los Hijos

Cultura - El Mostrador

Los niños de la represión chilena llenan los silencios con literatura

por 7 julio 2015

Los niños de la represión chilena llenan los silencios con literatura
Los jóvenes criados durante la dictadura de Pinochet ya son una destacada generación literaria. Comparten una reconstrucción de la memoria entre lo íntimo y lo político.
  • Ricardo de Querol Alcaraz, Redactor jefe de El País

Dos niñas fuman sus primeros cigarrillos y toman restos de bebidas alcohólicas a escondidas aprovechando la escasa atención de los adultos durante la fiesta en casa de una de ellas. No entienden la excitación con que se festeja el triunfo del ‘no’ en el plebiscito que acabó con la dictadura de Pinochet en 1988. Entre los mayores saltan, en medio del júbilo, viejos rencores -“hocicóndemierda, cagón, tú no brindas por nadie, hijodeputa”-, así que las niñas prefieren concentrarse en su iniciación en los vicios.

Es el punto de partida de La Resta, de Alia Trabucco (Santiago, 1983), una de las sorpresas de la temporada literaria en Chile. Los nacidos en los años setenta y ochenta, que eran niños durante la represión, a los que sus padres protegían callando antes que compartiendo, son hoy una destacada generación de narradores. Su mirada tiene puntos en común: el primero es un intento de rellenar los huecos que dejaron esos silencios. Lo autobiográfico tiene así un fuerte peso en sus obras, en las que la memoria pasa de lo íntimo a lo político. Tienen una visión crítica de la transición a la democracia en su país. Coinciden en el gusto por el cuento o la novela breve. Y abundan algunos rasgos estilísticos: muchos ejercen una prosa directa, casi cinematográfica, de frases cortas. Pero también se ven influencias de la poesía y del vanguardismo, formatos arriesgados. En algún caso, el minimalismo se lleva al extremo.

Sergio Parra, veterano y muy respetado librero y editor que dirige Metales Pesados, sostiene que desde el boom no aparecía en América Latina una generación de narradores tan reconocible como esta. “Comparten lo mismo: escuchan igual música, ven películas, hacen guiones, programas de humor. Tienen influencia de lo multimedia, de la performance. No tienen miedo a escribir. Y no necesitan ser autores de una gran novela”. Su obra, repartida a menudo en libros de pocas páginas, se lee cómo un puzle. Están lejos de la grandilocuencia.

Las referencias más claras son Roberto Bolaño, el autor maldito que alcanzó la gloria después de muerto con su novela 2666, y el poeta Nicanor Parra. Alberto Fuguet, uno de los que se rebeló contra el realismo mágico en McOndo (Mondadori, 1996), o el argentino César Aira son otras de las influencias destacadas. Babelia dialogó con diez de estos autores en Santiago de Chile, Valparaíso, Londres y (vía electrónica) Nueva York. Estas son sus reflexiones.

Literatura de hijos

La expresión Literatura de hijos la utilizó Alejandro Zambra (Santiago, 1975) para titular un capítulo de Formas de volver a casa (Anagrama, 2011), una exploración de su propio pasado. “Los de mi generación vivimos la democracia y la adolescencia al mismo tiempo. Nos dimos cuenta de que solo la segunda era totalmente cierta”, explica este autor entre clase y clase de las que imparte en la Universidad Diego Portales. “En los 90 tuvimos una sensación de orfandad muy grande. Se daban los problemas por archivados, pero advertimos que no lo estaban”. Y añade: “Para explicar cualquier cosa en Chile tienes que ir a la dictadura. Es muy difícil no hablar de ella”.

Para la crítica Lorena Amaro, la de los hijos es “una literatura cargada de culpas: la dictadura fue tan larga que dio tiempo a que los niños crecieran y entendieran lo que estaba ocurriendo, pero no duró tanto como para que pudieran combatirla realmente”. Así que, lejos de la épica, estos escritores denuncian “el mutismo de la clase media, su servilismo ante las élites y su complicidad con los atavismos del poder en Chile”.

Lina Meruane (Santiago, 1970) manifiesta su “espanto” ante la expresión “hijos de la dictadura”. “Qué castigo, pienso, que ese sea el nombre que se dio a esa generación como si hubiéramos sido parte”. Esta autora identifica la literatura de “posmemoria” como “relatos de segunda mano donde los narradores se hacen cargo como pueden de lo que vieron a medias o intuyeron”, explica por correo electrónico desde Nueva York. En el 2000, Meruane publicó Cercada (reeditada por Cuneta), sobre la relación entre hijos de un torturador y de sus víctimas. “Mi generación abordó este tema muy pronto”, dice. Pero ahora están surgiendo distintos puntos de vista, entre los que destaca el de Trabucco, porque en su libro “la memoria es una cosa cenicienta: irrespirable y difícil de sacudirse”.

En un pub de Londres, donde reside, Alia Trabucco analiza la marca de los de su edad: “La diferencia de la literatura de hijos tiene que ver con rescatar otros afectos: esta generación no aborda el pasado solo desde el homenaje, sino también cuestionando, interpelando. Surge algo más afilado. Una aproximación más incómoda que en otras narrativas”. En La resta (Demipage, 2015), tres de aquellos niños se reencontrarán como jóvenes para un viaje (casi una fuga) en el que les perseguirán los fantasmas de sus infancias. Un pasado no tan inocente según su relato. “Hay algo terrible en la infancia, que siempre es narrada a posteriori para construir una identidad”.

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Infancias siniestras

Es una seña de identidad de esta generación: entienden la memoria de la infancia como algo reconstruido, por uno mismo y por la familia, a lo largo de la vida. Poco fiable. Space Invaders (Alquimia, 2013), de Nona Fernández (Santiago, 1971), es una novela breve entre nostálgica y terrorífica en que los recuerdos de alumnos de los colegios de los ochenta se enredan con los sueños de los adultos que los reviven. La misma autora escribió Fuenzalida (Random House Mondadori, 2012), el intento de una mujer de reconstruir la vida de un padre ausente, un maestro de artes marciales implicado sin quererlo en el horror. En ambas la frontera entre lo autobiográfico y la ficción es muy difusa.
“La conducción de la memoria es muy subjetiva”, admite Nona Fernández. “De los escolares de un mismo curso, nadie recuerda lo mismo. No creo en la memoria oficializada. Había muchos agujeros negros, cosas que se inventaron. Fuimos una generación rara que tuvo lucidez y conciencia de lo que ocurría pero no llegaba a entenderlo. Nos quedamos sin respuestas: algunas siguen sin llegar. En unos casos porque el dolor fue demasiado grande; en otros porque eran de los que no querían saber”. En estos libros abundan los saltos en el tiempo, las tramas paralelas en el presente y en un pasado de miedo, sangre y plomo. Y se indaga, con esa perspectiva, en el destino de tantos desaparecidos: los miles que liquidó el régimen y también los que se escondieron tras identidades falsas.

También son frecuentes las miradas al espacio íntimo, a lo doméstico y familiar, que señalan debilidades de la condición humana. Un ejemplo es Alejandra Costamagna (Santiago, 1970), quien escribe cuentos tan inquietantes como los reunidos en Animales domésticos (Mondadori, 2011), donde utiliza como pretexto la presencia de las mascotas para presentarnos a una galería de personas presas de la incomunicación. Costamagna pone el foco en el detalle, en “las mierditas del día a día, los conflictos que están tapados por una superficie de aparente calma”.

Minimalismo

De la tendencia a la concisión es un ejemplo la propia Costamagna. La autora ha reescrito su primera novela, En voz baja (LOM, 1996), comprimiéndola tanto que la ha convertido en un cuento de 35 páginas, incluido en Había una vez un pájaro (Cuneta, 2013). En voz baja fue una obra emblemática de la literatura de hijos porque se publicó a mediados de los 90, “cuando la dictadura había dejado de ser tema (ah, eso querían)”. Pero, al revisar aquella obra de una veinteañera (una “mocosa” en lo literario, admite), Costamagna entendió que había “ruido, sobreexplicaciones, personajes-maquetas y un lenguaje altisonante”, se justifica en el epílogo. Ahora ha reducido la historia enfocándola al conflicto entre una hija y su padre en los años setenta “y punto”.

Alejandro Zambra ha escrito novelas cortas como Bonsái (Anagrama, 2006), el relato sobre una pareja que comparte el erotismo y las lecturas, y que empieza contando el final. Sus obras no suelen alcanzar el centenar de páginas. Tampoco su último libro, Facsímil (Sexto Piso, 2015), que da un nuevo salto formal: el texto se estructura como un examen de acceso a la universidad (la Prueba de Aptitud Verbal), en el cual el alumno se sitúa ante fragmentos de textos que debe ordenar, o descartar en parte. Con ese esquema se presentan pequeñas historias o reflexiones del autor sobre los temas que le importan, algunos muy cotidianos (¿por qué ya no se saluda en los ascensores?) y que adquieren nuevos sentidos, o más a menudo mantienen el mismo, según decida el lector. Con este formato “se volvió muy relevante la posibilidad de desordenar todo, de eliminar los detalles y las redundancias. Empezó como una parodia y acabó en autoparodia. Una parodia amarga”, explica su autor.

Lo íntimo, lo personal

Muchos escritores chilenos participan de la tendencia (global) de que el escritor se ponga a sí mismo como personaje. Aunque, subrayan, la autoficción también tiene algo de mentirosa. “La honestidad de un escritor es con su tiempo, no con su vida”, opina Zambra. “Y la ficción no es lo opuesto a la verdad, ¡como si la vida no incluyera los sueños!”. Nona Fernández lo explica de otra manera: “Estamos en un momento en que la gente se disfraza menos. Y por tanto puede ponerse a sí mismo como personaje”.

Rafael Gumucio (Santiago, 1970) se ha puesto de personaje una y otra vez. Es el autor de Memorias prematuras (Debate, 2000), un libro rompedor por dos motivos: el primero, que escribir unas memorias antes de cumplir los 30 no es lo más habitual; el segundo, que aportaba el punto de vista del exiliado. El autor -también periodista y humorista, presentador de espacios en radio y televisión- pasó su infancia en Francia, donde se había refugiado su familia, y regresó a Chile a los 14 años. “Fue un shock. Ese país al que volvía no era mi país, porque no tenía ningún recuerdo de él. Así que era un descubrimiento que tenía que hacer en voz baja”. Gumudio reflexionaba sobre el sentimiento del desarraigo en una obra que vincula lo personal, y por tanto emocional, y lo político. “Era una confesión de fragilidad, escrita más desde la duda que de la certeza”.

Gumucio no solo ha sido personaje él mismo, sino que hizo protagonista a su abuela, una gran influencia en su vida, en Mi abuela, Marta Rivas González (Ediciones UDP, 2013). El autor considera a esa mujer de vida intensa, exiliada dos veces, “el hombre de la familia”, un modelo de virilidad. “Vengo de un mundo donde no somos del todo chilenos, franceses ni españoles”, dice Gumucio, quien también ha residido en España y en Estados Unidos. Y sigue explorando su pasado de nómada. Su nueva novela, Milagro en Haití (Literatura Random House, 2015), se basa en otra experiencia familiar. En ese país caribeño residió su madre, un tiempo en que vivió un golpe de Estado y una severa infección tras una operación estética, los puntos de partida de la novela. Pero él asegura que las coincidencias acaban ahí y todo lo demás es ficción.

Lina Meruane también sale de su país pero no de sus raíces familiares en Volverse palestina (Literatura Random House, 2015), la crónica de su viaje al pueblo de sus abuelos, en Cisjordania. Una estancia que despertó en ella una “conciencia más política de lo palestino”, y que le hizo fijarse más en el violento presente que en la nostalgia del origen.

Otros episodios negros

Y es que no solo de la dictadura y de la transición escriben los jóvenes autores chilenos. A sus 28 años, Diego Zúñiga (Iquique, 1987) ha tenido éxito con su segunda novela, Racimo (Literatura Random House, 2015), un relato en torno a la desaparición de más de una decena de chicas adolescentes que estudiaban en un colegio en Alto Hospicio, en el desértico norte de Chile. Aquel episodio aún duele: los familiares de las víctimas se toparon con la incomprensión, desidia e incompetencia de las autoridades (un miembro del Gobierno llegó a sugerir que las chicas se habían fugado y lo relacionó con su “promiscuidad”) hasta que se descubrió que era un psicópata el que estaba detrás de 14 muertes en la zona. Sin pretenderlo, a Zúñiga le salió una novela negra -él dice que no es autor de género-, ambientada en un lugar desolador e inquietante, donde además se ubicaba una fábrica de armas de racimo, hoy prohibidas. “El cementerio perfecto”, explica Zúñiga. “No me interesaba el asesino en serie, hablo de la herida del país, que está lleno de casos así”.

Si Zúñiga nos lleva al lejano norte de Chile, donde nació, la poeta Gloria Dünkler (Pucón, 1977) es del extremo sur. Y sus historias se sitúan en esa tierra fría y remota pero se remontan un siglo atrás. Tras la independencia, miles de colonos alemanes fueron asentados en el sur para garantizar la consolidación de ese territorio; los indígenas mapuches, a su vez, fueron desplazados a los cerros, porque no se les consideraba aptos para el trabajo agrario. En ese contexto se sitúan sus dos poemarios: Füsche von Llafenko (Ediciones Tácitas, 2009) y Spandau (2012). El primero se centra en el desencuentro entre alemanes y mapuches. En el segundo, se habla de los criminales de guerra nazis refugiados allí, como Walter Rauff, reclamado por Alemania y a quien Allende no fue capaz de extraditar. La tercera entrega, que se llamará Yatagan, aborda un asunto polémico: la matanza, el 5 de septiembre de 1938, de unos 60 jóvenes nacistas (con c, variante autóctona de la ideología hitleriana) al aplastarse un conato de revolución pretendidamente nacional-socialista.

“Es un tema tabú, incómodo”, confiesa la autora. “Fue una masacre pero, como las víctimas eran de tendencia nazi, no fue recordada. No está en el canon de lo políticamente correcto”. La poeta, descendiente de alemanes y españoles, quiere combatir ese olvido. Pero asegura que inició esta serie sin otro objetivo que “una búsqueda personal, una indagación en la sombra del yo”.

Fenómeno independiente

Dünkler, quien se expresa sorprendida por la repercusión de su obra, es un ejemplo de la pujanza de las editoriales independientes, una de las claves del momento literario chileno. Otro caso llamativo es el de Natalia Berbelagua. La joven escritora de Valparaíso (nacida en Santiago en 1985) alcanzó notoriedad con Valporno (Emergencia Narrativa, 2012) una colección de cuentos de sexo descarnado, que aborda lo más oscuro y sucio que ocurre puertas adentro en contraste con una sociedad en apariencia muy formal. Para su redacción se sirvió de ideas que dejaban internautas anónimos en su blog sobre erotismo. Valporno fue un grito punk, una provocación que salió del circuito de lo underground tras ser elogiada por Nicanor Parra (cuentos tan pornográficos como buenos, dijo el poeta). La autora creó allí a dos personajes llamativos, Elías y Alicia, una pareja que se trata sin ternura alguna y que revela que “la felicidad es una mentira”.

Si Valporno trataba de la perversión hasta lo repulsivo, La bella muerte (2013) continuaba esa línea fijándose en la crueldad extrema. Sin embargo, su tercer libro, Domingo (2015), da un giro y aborda sus recuerdos de infancia, adolescencia y juventud en forma de diario íntimo y en un tono de gran melancolía. Berbelagua explica en una terraza de Valparaíso, ciudad portuaria y por tanto canalla, que lo suyo ha sido el “humor negro”, inhabitual en la literatura chilena. “En Valporno quise golpear; era más joven y tiene la rebeldía de aquellos años. Domingo está hecha de microficciones que forman una historia completa”. Y ahí destaca, de nuevo, una mirada nada inocente sobre la niñez: “Yo trato el horror cotidiano”, dice. “La infancia como terreno feliz no es tal”.
Como no todo lo alternativo se entiende bien, a Natalia Berbelagua le preguntan a menudo si es sadomasoquista, como a Gloria Dünkler algunos la miran mal por si es nazi. No todo el mundo supo leer sus obras.

Una mirada escéptica

Carlos Franz (Ginebra, 1959) no pertenece a esa oleada de veinte, treinta y cuarentañeros, sino a la generación que era madura durante la transición. Al pedirle opinión sobre los que van detrás, discute el concepto: “Hay gente muy diversa”. Sí observa un cierto gusto por tendencias minimalistas, por una estructura muy tenue y delgada, pero eso, señala, ya se hacía en EE UU en los años sesenta. “No hay tendencias dominantes sino una ausencia de líderes. Como en la política”, señala. Con esa reserva, elogia a Zambra por su “oído poético”. Y lo enmarca en una tradición chilena de autores apegados al realismo y al intimismo. Porque el realismo mágico, remarca, “nunca prendió en Chile”, con la única excepción de Isabel Allende, a quien considera casi caribeña “aunque ella no lo sepa”.

Franz, que ha residido en Berlín (y en Madrid), sostiene que en Chile nunca se ha hecho una revisión del pasado como en Alemania, donde se interrogaron sobre su pasado “de forma compleja y no simplista”. En Almuerzo de vampiros (Alfaguara, 2007), el autor sitúa a un estudiante en un submundo nocturno de pícaros que se ocultaba del toque de queda, donde topará con el fantasma de uno de sus mejores profesores, transformado en un buscavidas que habla una grosera jerga. El lenguaje como disfraz. Pero Franz nunca pretendió hacer una historia de la dictadura, sino que busca valores universales. En este caso: “Las bellas palabras e ideas no valen nada ante la mierda que es este mundo”.

Y Franz advierte contra las lecturas críticas de la transición iniciada en 1988 que abundan hoy. “La transición chilena fue algo extraordinario. Sin un tiro, sin una gota de sangre. Fue inclusiva y con éxito económico”, sostiene. Pero admite que “la fórmula se ha vuelto insuficiente”. Y observa, en un país agitado socialmente, “peligrosas tendencias populistas”.

La crisis chilena actual

Muchos de los autores jóvenes chilenos expresan cierta sintonía con el movimiento de protesta, encabezado por los estudiantes, que sacude el país desde 2011, el año en que el activismo se destapó a escala global. A las demandas sociales se ha sumado la denuncia de la corrupción tras un escándalo que ha implicado al hijo de la presidenta Bachelet, cuya valoración popular ha caído en picado.

Es rotunda en su visión Alia Trabucco: “La crisis en Chile ha sido una bendición. Se ha destapado cómo se ha hecho política. Chile es una gran fractura social, en la que todos compiten con todos”. La autora cree que la sociedad se ha levantado contra el “ultracapitalismo”, herencia de la dictadura nunca cuestionada. Desde las aulas, Zambra pone el foco en el drama de los estudiantes obligados a endeudarse de por vida para pagarse la universidad, lo que ve “aberrante”. Las protestas, afirma, “tienen algo que ver con un cambio generacional y cierta autonomía de pensamiento”. Pese a todo, dice mantener esperanzas en la reforma de la Constitución -aún rige la que dejó Pinochet, aunque enmendada- que prometió Bachelet.

Gumucio admite que vio con esperanza el inicio de las movilizaciones, pero teme “su deriva y la reacción de la derecha sociológica, que es temible”. En un pulso cada vez más crispado, “todo el mundo está siendo desenmascarado, y al que no le importe ser un monstruo ganará”. Zúñiga sostiene la idea de que en 2011 se despertó dormido. “La transición pareció muy ordenada y que dejaba un país próspero, pero no estábamos tan bien”. Aunque se muestra humilde: “Es cómodo hablar mal de la transición cuando uno no la vivió realmente”.

El librero Sergio Parra analiza a estos autores en función de su momento político: “Es una generación muy honesta. Han hecho la transición a la adultez en una sociedad sin transparencia y sin autoridad. Es curioso: sus padres venían de lo autoritario, ahora no hay autoridad”.

¿Reproche a los padres?

En la construcción de un nuevo discurso sobre la dictadura por parte de los que eran niños está implícito un cierto reproche a la versión anterior, la de sus padres. Pero los autores que han pasado los cuarenta años, muchos padres a su vez, quieren ese choque. “Me siento en paz con ellos. Logro entenderlos”, afirma Nona Fernández. Para Alejandra Costamagna, en los libros de los autores de su edad se escucha “la voz del hijo como la de un detective. Pero no ya haciendo un ajuste de cuentas con sus padres, sino poniéndonos en su lugar”.

Gumucio es más directo: “Yo ya pasé la etapa de reproche y ahora estoy en la etapa de ser padre y culpable yo”. Este autor cree que en vez de mirar a otros, lo nuevo es una literatura de “qué hicimos nosotros”, en la que cada uno se responsabilice por haber sido parte “de un falso paraíso, de ese país en crecimiento pero muy desigual”.

Para Lina Meruane, los autores de su generación “portan cierta culpa de sobrevivencia o incluso de privilegio cuando los padres y madres estuvieron a favor del régimen. Por mucho tiempo parecía que todos las novelas o los testimonios eran escritos por los mártires, o por los hijos de esos héroes de la izquierda, pero esa escena empieza a trizarse, se ha vuelto más compleja y en cierta medida, no siempre, más interesante”. Como Alejandro Zambra, que no ha dudado en narrar sus desencuentros con sus padres derechistas.

En Formas de volver a casa Zambra lo explica con belleza: “No quiero hablar de inocencia ni de culpa; quiero nada más que iluminar algunos rincones, los rincones donde estábamos. Pero no estoy seguro de poder hacerlo bien. Me siento demasiado cerca de lo que cuento. He abusado de algunos recuerdos, he saqueado la memoria y, también, en cierto modo, he inventado demasiado”.

Clases de letras chilenas para el verano español

Los literatos de Chile son protagonistas de dos eventos en el verano cultural español, al protagonizar dos ciclos de conferencias en Santander y Cartagena. Estos son los programas:

Encuentro ‘Nueva literatura chilena’. Universidad Internacional Menénez Pelayo, Santander. Del 15 al 17 de julio. Miércoles 15: Jorge Edwards, Juana Martínez Gómez y Alejandra Costamagna. Jueves 16: Niall Binns, María Ángeles Pérez López y Gloria Künkler. Viernes 17: Pablo Simonetti, Carlos A. Franz y mesa redonda con estos dos autores más Edwards, Dünkler y Costamagna, moderado por Daniella González Maldini. Dirigido por Dámaso López García. Patrocinado por la Fundación Chile-España. Más información: http://www.uimp.es

La Mar de Letras. Chile es el país invitado este año al festival La Mar de Músicas, que organiza el Ayuntamiento de Cartagena del 17 al 26 de julio, y que incluye este apartado literario. Miércoles 15 y jueves 16 de julio: curso ‘Itinerarios de la literatura chilena’. El lunes 20 de julio, encuentro con Alia Trabucco, Alejandra Costamagna y Lara López; Antonio Arco presenta a Carlos Franz. El martes 21, recital de relatos con Costamagna, Trabucco y Franz; encuentro con Gloria Dünkler y recital poético. Miércoles 22 y jueves 23: curso de narrativa por Pablo Simonetti. Miércoles 22: Fernando Delgado presenta a Jorge Edwards. Jueves 23: Eduardo Mendicutti presenta a Pablo Simonetti. Más información: http://www.lamardemusicas.com

Comisión de Verdad Chile y Menores afectados por Represión de Estado Dictadura Pinochet.

Comisión de Verdad Chile y Menores afectados por Represión de Estado Dictadura Pinochet.
DECLARACIÓN DE LA AGRUPACIÓN DE EX MENORES DE EDAD, VÍCTIMAS DE PRISIÓN POLÍTICA Y TORTURA

*A LA OPINIÓN PÚBLICA*La *Agrupación de Ex – Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura* viene a declarar que:

Como es de público conocimiento, nuestra organización presentó entre el 31 de enero y el 31 de marzo de este año 164 casos de menores de edad víctimas de prisión política y tortura ante la Comisión Valech para su reconsideración dentro de los plazos legalmente establecidos.

De estos casos presentados, el número de casos aprobados por la Comisión es de sólo 34 casos, y no de 70 como le ha señalado a la prensa la misma comisión Valech.

En un análisis preliminar, podemos afirmar que el perfil de los casos rechazados por la Comisión Valech *que se encuentran dentro de su mandato son:*

1. *Caso de menor en gestación:* ambos padres se encuentran reconocidos como presos políticos víctimas de prisión política y tortura por la Comisión Valech en su informe entregado en noviembre del 2004. La madre fue torturada con un mes de embarazo, con golpes y aplicación de corriente. Al nacer, esta persona presentó claras secuelas de la tortura que sufrió en el vientre materno, como una sordera que la acompaña de por vida. Denunciamos que se le presentaron todos los antecedentes del caso a la Comisión para que este caso fuera aprobado *COMO LO ORDENA SU MANDATO. *

2. *Caso de gestación producto de la violación de su madre, seguido de tortura durante la gestación y posterior nacimiento en prisión:* madre se encuentra reconocida como presa política víctima de prisión política y tortura por la Comisión Valech en su informe entregado en noviembre del 2004. La madre permaneció en un centro de tortura por espacio de un año y medio, donde fue violada, torturada estando embarazada y donde también dio a luz. Denunciamos que se le presentaron todos los antecedentes del caso a la Comisión para que este caso fuera aprobado *COMO LO ORDENA SU MANDATO. *

Ambos casos son un botón de muestra de lo que la *Agrupación de Ex – Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura *viene planteando desde diciembre del año pasado: *que la Comisión Valech careció de una línea de investigación clara que identificara y reconociera a quienes fuimos víctimas de prisión política y tortura siendo niños y niñas con criterios ecuánimes. Constatamos con estupor que en este período de reconsideración nuevamente la calificación quedó a criterio del funcionario que recibió el caso. *

Así mismo, denunciamos que la Comisión Valech rechazó un sinnúmero de casos que se encuentran dentro de su mandato, por razones que desconocemos ya que ni siquiera se dignó a entregarnos una respuesta. Entre esos casos rechazados, tenemos casos de:

3. Nacimiento en prisión
4. Secuestro y detención de menores en cárceles de menores, hogar de menores de Carabineros de Chile y comisarías.
5. Secuestro de menores en ratoneras, donde fueron brutalmente interrogados y maltratados.
6. Caso de arresto domiciliario por espacio de un mes. Casos rechazados por la Comisión Valech *que se encuentran fuera de su restringido mandato:*

1. Casos de tortura e interrogatorios a niños y niñas durante el allanamiento SELECTIVO de su domicilio.
2. Secuestro de menores y sometimiento a simulacros de fusilamiento de connotación pública en su época.
3. Adolescentes detenidos durante protestas, golpeados y torturados.

En segundo lugar, denunciamos que, a pesar de que nuestra organización le viene planteando a la Comisión Valech desde el mes de diciembre del año pasado, que ha marginado de su reconocimiento a personas que fueron víctimas de prisión política y tortura siendo niños y niñas debido a su propia falta de directrices claras hacia este grupo, *no ha existido la voluntad política necesaria por parte del ejecutivo para remediar esta importante omisión. *

En tercer lugar, sostenemos que frente al cierre y disolución de esta comisión no nos queda más que recurrir a la justicia para garantizar un mínimo de igualdad ante la ley, y denunciar esta marginación de la que hemos sido objeto ante organismos internacionales de Derechos Humanos.

Sin otro particular,

Se despide atentamente

*AGRUPACIÓN DE EX – MENORES DE EDAD
VÍCTIMAS DE PRISIÓN POLÍTICA Y TORTURA
*exmenores@gmail.com


Santiago, 21 de abril de 2005

Señor
Ricardo Lagos Escobar
Presidente de la República
Presente

Junto con saludarle, nuestra organización viene a señalar lo siguiente:

La Agrupación de Ex – Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura reconoce el valor ético que tuvo el Informe emitido por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura para la sociedad chilena, ya que estableció que la tortura constituyó una política de Estado destinada a someter y aterrorizar a la población durante la dictadura militar.

Sin embargo, hemos hecho pública nuestra preocupación por la ausencia de una línea de investigación en la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura que permitiera identificar y otorgar el debido reconocimiento a quienes fuimos víctimas de esta política de Estado siendo niños y niñas.

Sin lugar a dudas la publicación de un anexo con 102 personas en el Informe Valech titulado “Menores de edad detenidos junto a sus padres o nacidos en prisión”, constituyó un primer paso para visibilizar este tema en la sociedad chilena. No obstante, desde la publicación del informe ha quedado al descubierto que los niños y niñas torturados fuimos muchos más que 102. Pese a carecer de mayores recursos, nuestra agrupación localizó y presentó durante el período de reconsideración de la Comisión (diciembre 2004 – marzo 2005) 163 casos de niños, niñas y adolescentes torturados y prisioneros políticos que no se encuentran en el Informe Valech. Además, Fundaciones como el Programa de Infancia Dañada por los Estados de Emergencia (P.I.D.E.E.) o la Vicaría de la Solidaridad, que cuentan con archivos que han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por Naciones Unidas, contienen numerosos antecedentes sobre este tema.

Por esto reiteramos hoy nuestra petición de reabrir la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura para todas las víctimas de prisión política y tortura, y en lo que se refiere a los menores, modificar su mandato para que todos los que fuimos víctimas de esta política de Estado siendo niños y niñas, seamos reconocidos como tales. Además, se hace indispensable que la Comisión defina el concepto de tortura en niños y niñas de acuerdo a los estándares internacionales, y aborde este tema en su real dimensión.

En segundo lugar, queremos reiterar nuestro profundo desacuerdo con la distinción que hizo la Ley de Reparaciones nº19992 promulgada el 24 de diciembre de 2004, al hacer una diferencia entre las reparaciones entregadas a quienes tenían participación política o social al momento de su detención (listado de víctimas) y quienes, por ser niños y niñas, no la teníamos (anexo de menores de edad). Reconocemos que la Comisión hizo un gesto para enmendar esta situación, traspasando a una gran cantidad de personas que estaban en el anexo al listado de víctimas. Sin embargo, aún quedan 13 personas en el anexo que no tienen ese reconocimiento, y que por lo tanto, no tienen derecho a las mismas reparaciones que los demás. Según se nos ha informado, se trataría fundamentalmente de personas que estaban en gestación cuando sus madres fueron detenidas, y que por lo tanto, fueron víctimas de tortura intrauterina.

No es posible medir el grado de sufrimiento experimentado. No es posible establecer una escala que mida el impacto que la tortura puede tener en una persona. No se puede establecer si el sufrimiento de un niño afectado por su uso en calidad de rehén es mayor o menor al sufrimiento experimentado por otro niño debido a la tortura que sufrió cuando se encontraba en gestación.

Por esto solicitamos a usted que todas las personas que fueron víctimas de prisión y tortura tengan el pleno reconocimiento de su calidad de víctimas, y que por lo tanto, se beneficien de las mismas reparaciones que establece la ley.

En tercer lugar, la misma Ley de reparaciones nº19992 en su artículo nº15 cubrió con un manto de silencio de 50 años los antecedentes recopilados por la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, no permitiendo si quiera su acceso a magistrados del Poder Judicial que investigan causas de Derechos Humanos. Los tratados internacionales establecen que la tortura de niños y niñas es un crimen de lesa humanidad imprescriptible que no puede quedar en la impunidad. La Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas adoptó recientemente una resolución en la que afirma que “los Estados tienen la obligación de investigar y si hay pruebas suficientes, llevar ante la Justicia a los responsables y castigar a los culpables de esas violaciones”. Chile merece avanzar hacia el futuro por el camino de la verdad y la justicia, y por eso exigimos que este manto de impunidad se levante.

Por último, queremos reiterar nuestra solicitud de audiencia, hecha el 12 de enero del presente año, para abordar estos temas.

Sin otro particular,

Se despide atentamente,
Agrupación de Ex – Menores de Edad
Víctimas de Prisión Política y Tortura

exmenores@gmail.com


LLAMADO DE LOS EX PRESOS MENORES DE EDAD DE LA DICTADURA

Santiago, 21 de enero de 2005

Estimados amigos y amigas,

Junto con saludar la labor que ustedes realizan por la protección de los Derechos Humanos en Chile, queremos señalar lo siguiente:

Somos una organización de personas que siendo menores de edad fuimos víctimas de prisión y tortura en Chile durante la dictadura militar. Hoy es de público conocimiento que el Estado de Chile implementó durante esos años una política de Estado destinada a desarticular los movimientos sociales y políticos de la época, sometiendo a sus opositores a vejámenes y torturas ampliamente descritas en el Informe Valech.

Esta política de Estado no dejó fuera a los menores de edad, siendo hoy sorprendente a los ojos de la opinión pública que niños, niñas y adolescentes hayan permanecido secuestrados, interrogados y torturados durante días, e incluso semanas, en recintos como Villa Grimaldi, Cuartel Borgoño, Tres Álamos, y en algunos casos en sus propios hogares. Hoy nos enfrentamos a la constatación de que nuestro uso como niños y niñas, tanto en calidad de rehenes, como en prácticas de tortura física y psicológica hacia nuestros padres, e incluso hacia nosotros mismos, constituyó un hecho generalizado y fue una práctica frecuente de los organismos de represión en época de dictadura.

Si bien reconocemos el valor ético que ha tenido el Informe Valech para la sociedad chilena, en tanto estableció la existencia de una política de Estado que usó la tortura como método, consideramos que la experiencia de quienes fuimos menores de edad debe ser abordada con mayor profundidad. Por esto nos hemos agrupado por primera vez para reconstruir la memoria desde nuestra propia experiencia.

En este contexto, como organización nuestro primer objetivo es recopilar los testimonios de todas las personas que siendo menores de edad sufrieron prisión política y tortura, hayan calificado o no ante la Comisión Valech, y por lo tanto, incluyendo en esta categoría a quienes estaban en gestación cuando sus madres fueron detenidas aunque no hayan nacido en prisión. La recopilación de estos testimonios es vital para la reconstrucción de la memoria histórica de nuestro país, y es importante que podamos hacerlo desde nuestra propia experiencia.

Asimismo, hemos constatado que la gran mayoría de las personas que siendo menores fueron víctimas de tortura no se encuentra en el Informe Valech. Esto se debe fundamentalmente a que la situación de prisión y tortura fue una situación extremadamente difícil y dolorosa para las familias, y debido a esto mantuvieron esta situación en silencio. Sólo a partir de la publicación del informe, y del reconocimiento de la existencia de menores de edad propiamente tal afectados por prácticas de tortura física y psicológica, muchas familias abrieron este tema en su seno por primera vez, cuando la Comisión ya había cerrado las inscripciones. Por otra parte, algunos padres mencionaron esto sólo en sus propias declaraciones, ya que no se les dijo que sus hijos e hijas debían presentarse personalmente. Por esto hemos iniciado las gestiones necesarias para buscar alguna solución a estos casos.

Un segundo objetivo importante es la presentación de un juicio colectivo de personas que siendo menores de edad fueron víctimas de prisión política y tortura. Un pilar fundamental de la reparación es sin lugar a dudas la justicia, más aún si se trata de crímenes de lesa humanidad cometidos en perjuicio de menores. Les invitamos a formar parte de esta querella que queremos presentar colectivamente en marzo. A la fecha hemos ubicado a cuarenta personas dispuestas a formar parte de esta iniciativa legal; esperamos en marzo ser unas cien personas para colocar con fuerza este tema en el debate público.

Nuestro tercer objetivo tiene que ver con la Ley de reparaciones actualmente vigente. Esta ley no nos consideró como víctimas propiamente tal al dejarnos fuera de la mayoría de sus beneficios. Actualmente nos encontramos solicitándole al gobierno un reconocimiento formal de nuestra calidad de víctimas, y de beneficios concretos en materia de educación, salud y vivienda.

Nos dirigimos a ustedes con el convencimiento de que nos pueden ayudar en este camino. Les solicitamos a todos los organismos de Derechos Humanos, y las personas en general que nos ayuden a localizar a los hijos e hijas de militantes de todos los partidos políticos para que formen parte de esta iniciativa por la memoria y la justicia. Es para nosotros de suma importancia localizar a la mayor parte de quienes vivimos tortura y prisión siendo menores de edad, estén en Chile o en el extranjero. Sabemos que podemos contar con el apoyo y la comprensión de ustedes, en el entendimiento de que esta iniciativa apunta a que nos podamos hacer cargo hoy de una situación para la cual no teníamos herramientas en el pasado, y que éste constituye quizás el acto de reparación más importante que está a nuestro alcance.

Para mayor información pueden dirigirse a:

  • Ana Cortez Salas, 56-2-734-9682 o 09-771-4805
  • Vilma Blamey: 56-2-695-2580
  • Macarena Aguiló Marchi, 56-2-341-3150 o 09-998-3357
  • Correo de contacto: exmenores@gmail.comAgrupación de Ex- Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura


      


Si hay algo que pueda aporar sobre cualquier hecho importante ocurrido en la historia reciente, compártalo con nosotros enviándonos un e-mailpara que así podamos darlo a conocer. Si posee algún antecedente sobre cualquier compañero desaparecido o asesinado por la dictadura, compártalo también con nosotros, eso contribuirá a que jamás los olvidemos.

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