HIJXS . VOCES

Rescate y recopilación de memoria intergeneracional en la Web.


Rodrigo era un inventor de futuros…50 años desaparecido.

Malva Hernández Castillo

26 de mayo de 2020 ·

RODRIGO ALEJANDRO MEDINA HERNÁNDEZ
Detenido Desaparecido

FICHA:

Nacimiento: 11 de marzo de 1958, Santiago, Chile.
Distinción póstuma: Profesor de Estado en Filosofía. Facultad de Filosofía y Humanidades. 29/03/2018
Militancia: Movimiento de Izquierda Revolucionaria.
Detención: 27 de mayo de 1976, a la edad de 18 años.

PERFIL BIOGRÁFICO:

Rodrigo Alejandro Medina Hernández fue el segundo de cinco hijos de Malva Hernández, estudiante y posteriormente profesora de literatura en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, y Eduardo Medina, trabajador de una ferretería. Cuando Rodrigo tenía 5 años, su familia se trasladó desde San Miguel a la comuna de Ñuñoa. Durante su infancia y adolescencia pasó por distintos colegios: en 1964 entró a estudiar al Colegio Calasanz, y luego, tras el traslado de su familia a Las Condes, al Colegio Las Condes y al Liceo N° 11 de la misma comuna. Cuando tenía 9 años, su afición a coleccionar láminas de álbum le permitió conseguir el primer televisor para su familia.

Desde los 13 años, Rodrigo manifestó interés por la política y comenzó a participar en el Frente de Estudiantes Revolucionarios del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Luego, se incorporó a trabajos voluntarios de las federaciones estudiantiles secundarias y universitarias y desarrolló trabajo político en los campamentos Fidel Castro y Che Guevara de Las Condes, y en Lo Hermida.

El 11 de septiembre de 1973, se movilizó hasta el campamento Fidel Castro, donde permaneció hasta que el día 14, cuando la represión lo obligó a volver al hogar familiar. Tras el golpe, buscó consuelo en el dibujo y la poesía, al tiempo que siguió activo en la resistencia a la dictadura. En 1975, ingresó a un nuevo núcleo político del MIR y comenzó una relación con Marina Varas. Al año siguiente, ingresó a estudiar Filosofía en el Pedagógico de la Universidad de Chile. Fue ese año, el 27 de mayo, que agentes de la DINA lo detuvieron en la calle Los Jazmines con Suárez Mujica, en Ñuñoa, en presencia de Marina, su pareja. Fue trasladado hasta el cuartel Villa Grimaldi de la DINA, desde donde se perdió su rastro. La Comisión de Verdad y Reconciliación lo reconoce como víctima de desaparición forzada. Los oficiales de la DINA Miguel Krassnoff y Pedro Espinoza Bravo fueron condenados a penas de 10 años y un día de presidio, en calidad de autores de su asesinato y el de otros 2 miristas.

Fuente: Rodrigo Medina Hernández. www.rodrigomedinhernandez.cl

Rodrigo

(Una tarde nos juntamos con Rodrigo en la casa de mi mamá que ya había enviudado y vivía sola. Tenía una casa grande con árboles frutales en Ñuñoa. Recuerdo que era verano y estábamos comiendo damascos debajo de los árboles y yo le dije a Rodrigo que se cuidara. No quería meterme en sus cosas por no herir sus sentimientos, pero ya lo habían amenazado en clases en la universidad. Él me miró muy serio y me contestó con una voz apasionada: “Yo no odio a los milicos, vieja. Yo odio a los patrones”. Creo que fue la única vez que tocamos el tema, pero me quedó su convicción grabada con fuego en el alma.)

…………………………………………………

En 1976 éramos una familia rota, porque yo me había ido el año anterior de nuestra casa solamente con mi hija pequeña a vivir con mi mamá; mis tres hijos varones se habían quedado con su papá en la casa de Las Condes. Pero Rodrigo a fines de 1975 se fue de la casa paterna a vivir con su novia Marina en Lo Barnechea. Yo veía a Rodrigo a veces en la casa de mi mamá y más tarde en el Pedagógico donde yo trabajaba y él entró a estudiar ese año 1976 en abril a primer año de Pedagogía en Filosofía, que era lo que siempre quiso; acababa de salir del liceo y había cumplido 18 años el 11 de marzo. Como yo trabajaba en el Departamento de Lingüística y mi hijo mayor Eduardo de 19 años estaba en tercer año de Sociología en el mismo campus, de algún modo estábamos todos bajo el mismo techo.

Rodrigo era muy alegre y le gustaba hacer bromas siempre. Pero llevaba la procesión por dentro, puesto que militaba en el MIR. Yo lo veía en los patios e íbamos a la cafetería en los recreos donde también iba Marina, que estudiaba Pedagogía en francés. A mi hijo Eduardo lo veía menos, él siguió viviendo en Las Condes con su papá.

Me cambié de casa y me fui con mi hijo Patricio de 16 años (que estudiaba en el Liceo 7 de hombres de Ñuñoa en horario vespertino) y con mi hija menor Malva de tan solo 12 años (que estudiaba en el Liceo 11 de niñas de Providencia) a una casa casi en ruinas en la calle Caupolicán. Vivíamos en un lugar muy pobre en una antigua fábrica de zapatos, cuyo dueño era un tío que había abandonado ese taller. No teníamos muebles, excepto una cama que yo usaba; mis hijos dormían en colchones en el suelo. El piso era de adoquines y no había calefacción. El baño estaba afuera, pues los dormitorios estaban construidos en línea. Nos conseguimos un anafe a parafina y en ese cocinábamos en la noche. Los horarios eran disparatados porque no coincidíamos en nuestras actividades. Yo ganaba muy poco, porque tenía grado 15 y trabajaba como ayudante en el departamento de Lingüística de la Universidad de Chile donde tenía que permanecer 44 horas semanales encerrada en el Pedagógico sin poder salir. Era la época de la dictadura en que todo estaba normado. Allí iba mi hija a almorzar conmigo todos los días después de clases. No éramos felices, habíamos vivido otra vida y era difícil y triste acostumbrarse a esta nueva forma de sobrevivir. Y pasaban los días, duros, fuertes, separados, pero unidos en las tardes alrededor de un plato de comida. Mi hijo Patricio llegaba tarde y eso a mí me afligía, pero él me tocaba la ventana del dormitorio que daba a la calle y ahí recién me dormía. Eduardo nos iba a ver los fines de semana. Poco después de iniciada las clases, Rodrigo y Marina se fueron a vivir con nosotros. Solo estuvieron una semana, porque llegó el día de la catástrofe.

El pololo de una prima mía, que era abogado, me mandó decir que me cambiara de casa, porque al frente vivía un agente de la CNI que nos vigilaba. No alcanzamos a hacerlo. Recuerdo el último día que vi a Rodrigo porque me enojé con él y con Patricio. Patricio no había ido a clases y estaba durmiendo en mi cama, y Rodrigo, chistoso como siempre, me dijo que tenía fiebre alta. Yo fui y vi que no era verdad. Rodrigo se reía y Patricio se levantó sonámbulo. Yo estaba agotada. En eso llegó Marina muy seria y habló con Rodrigo aparte. Él también se puso muy serio y me dijo: Tengo que salir, Vieja. No quise abrazarlo para no armar drama y se fue con ella. Fue la última vez que lo vi.

Era fin de semana y no volvieron, lo que era habitual en ellos. Pero el lunes siguiente yo estaba en mi oficina en el Pedagógico y la secretaria me dijo que una alumna me buscaba. Salí a atenderla y ella se excusó bruscamente diciéndome que no tenía nada que ver con nada, pero que su familia era amiga de la familia de la polola de Rodrigo y que a él lo habían detenido. Ella para dar prueba de esto me entregó los cuadernos de mi hijo. Se fue rápidamente casi sin despedirse para que no la vieran conmigo. Es decir, todo era confuso y clandestino.

(Todavía veo los árboles moviéndose en el jardín con el viento de comienzos de otoño. En el mundo no pasaba nada, era un día como cualquier otro. Pero a mí me fallaron las piernas y sin querer transmitir el dolor que me desgarraba pensé que debía disimular).

Nuestra oficina era una salita que había sido un dormitorio de estudiantes en épocas pasadas, donde los escritorios no cabían y teníamos que usarlos de a dos profesores en cada uno. Sabíamos que había una soplona en el grupo y, por supuesto, inmediatamente me preguntó que qué me pasaba. Debo haber estado blanca como un papel. Yo no podía ni hablar, pero me senté al lado de mi compañero de escritorio y salimos afuera. El mundo ya no existía. Todo se había derrumbado. El corazón me latía como que se me iba a salir por la boca. Parecía sonámbula.

Ya había huido de la casa del terror y vivía en un departamento en la calle Los Aromos, frente al Pedagógico. Tras una demanda por alimentos, había conseguido una pequeña pensión de mi marido por mis dos hijos menores. Pocos tenían teléfonos en aquella época, solo en un almacén frente al Pedagógico había algunos con monedas. Quise llamar a alguien y no se me ocurría a quién. Me acordé de una excompañera de curso de la universidad, excelente persona, quien tenía muchas relaciones sociales importantes. Ella fue mi salvación. Me dijo que fuera a la Vicaría de la Solidaridad y hablara con la jefa de las Asistentes Sociales y le dijera que iba de parte de ella. Así lo hice al día siguiente y le pedí a mi hija que fuera al Pedagógico a decir que yo tenía un ataque al hígado.

Fui a la Vicaría y llegué llorando. Aparecieron mis futuras amigas, las compañeras de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD) quienes me acogieron solidariamente. Pero fue terrible, porque una de ellas me preguntó cuánto tiempo hacía de esto y yo le dije tres días. Ella me dijo que su hijo estaba desaparecido hacía un mes. Yo la miré con ojos de loca y pensé “si yo paso un mes sin saber de Rodrigo, me muero”; tenía la certeza de que así sería. Además, me preguntaba cómo ella había podido seguir viviendo.

Y ahí comenzó el calvario. Yo no lloraba en la casa porque no quería que mis hijos me vieran llorar; nunca pensé lo que ellos sufrían por su hermano hasta muchos años después. Pedí permiso en el trabajo y me dieron las tardes, porque yo hacía clases solo en las mañanas, pero solo por un mes. No recuerdo las clases que hacía, pero indudablemente mi carácter cambió. Mi vida cambió. Todo cambió. Siempre fui muy subordinada, pero ahí me di cuenta de que podía ser fuerte.

Empecé a ir a la AFDD todos los martes al centro de Santiago. Teníamos una oficina en el segundo piso de La Catedral. Para entrar había que hacerlo por la Librería Manantial y seguir por una puerta interior a un pequeño jardín que colindaba con una escalera de mármol en forma de caracol. Allí se respiraba otro aire, nadie entraba sin credenciales. Era todo tan clandestino. Ahí surgieron mis fuerzas; salí a marchar, supe lo que era llevar pancartas y gritar por nuestros desaparecidos, pero me fui acabando de a poco. Tenía solo 39 años. Comía poco y adelgacé mucho. Pero recapacité y pensé: tengo dos hijos adolescentes conmigo, no puedo fallarles a ellos. Y me obligué a vivir. El dolor nunca se me pasó. El llanto era hacia adentro. Las Lágrimas me las tragaba. La vida era dura, no había consuelo y solo sentía un dolor muy espantoso cuando pensaba qué le estaría pasando a mi hijo.

Ese año 1976 fue nombrado por la Junta Militar el General Agustín Toro Dávila como Rector delegado de la Universidad de Chile. A inicios del año él fue a visitar el Campus Oriente de la Universidad donde entre otras Facultades estaba la de Filosofía y Letras donde yo me desempeñaba como ayudante del Departamento de Lingüística. Él se presentó ante todos los profesores en el Salón de Honor y luego realizó un paseo rodeado por las autoridades y académicos por los jardines del lugar. Yo en un momento pensé que era mi ocasión para preguntar por mi hijo. Me acerqué y me presenté y él poniendo un brazo sobre mi hombro siguió caminando y me preguntó qué quería. El corazón me latía terriblemente, porque yo veía que todos los profesores sabían a lo que yo iba. Le conté que tenía un hijo estudiando en la Facultad de Filosofía y al final le planteé abruptamente que hacía 10 días que no sabía nada de él. Inmediatamente se dio cuenta de la situación y parando en seco me soltó y sin mirarme ni detenerse me dijo: “Hable con mi edecán”, moviendo solo el brazo hacia atrás y siguió su camino, demostrando a todos que no le importaba lo que yo le había dicho. El edecán tomó nota y me citó para tres o cuatro días más tarde a la Casa Central para saber lo que había averiguado. Fui puntualmente a la cita y, por supuesto, nunca me recibió.

En la Vicaría me aconsejaron que interpusiera un Recurso de Amparo (Habeas Corpus) por Rodrigo y así lo hice. Iba todos los días cuando podía a preguntar si había alguna noticia a una ventanilla en el primer piso frente a los Tribunales de Justicia cuya placa decía SENDE (Servicio Nacional de Detenidos) y siempre repetían lo mismo “No ha sido detenido por esta institución”. Era perder el tiempo, pero la esperanza nunca se iba, deseando una respuesta. Dos años esperé saber de Rodrigo y ahí pensé con el corazón desgarrado que era mejor que estuviera muerto y no sufriendo lo indecible o, peor aún, loco.

Y la vida seguía monótona y fría. Pero las autoridades de la Universidad supieron de estas mis diligencias y quisieron despedirme, sin embargo, no encontraron nada de qué acusarme. Y me enfermé. Estuve en cama una semana con una fuerte gripe y con fiebre alta. En ese momento fue a verme mi jefa directa y me dijo muy dulcemente que renunciara a mi trabajo. Me llevaba la muestra de un documento para que yo firmara. Le pregunté cuál era la razón y me dijo que era porque yo pertenecía a “esa Agrupación”. Como yo me negué, me dijo que si no lo hacía iban a despedir a mis dos mejores amigos con los que trabajaba. Pero como el trabajo es uno de los principales derechos humanos, no lo hice.

Cuando volví a trabajar, la secretaria del departamento me dijo que el Decano le había dicho que apenas yo volviera fuera a su oficina. Llegué al decanato y el Señor Joaquín Barceló me saludó y me entregó un mandato enviado por el Rector delegado donde se me despedía por “supresión de cargo”, con fecha 1 de julio de ese año. El semestre terminaba a fines de julio.

Nos cambiamos de casa y me fui a vivir con mis dos hijos a la casa de mi mamá nuevamente. Recuerdo que ese invierno fue muy frío y fui a comprarle camisetas, slips y calzoncillos largos a Rodrigo para cuando volviera. Él era muy friolento. Ahí estuvo el paquete sin abrir durante meses en un sillón al costado de mi cama. Yo lo miraba y pensaba cuánto frío estaría pasando mi hijo. Cuando en las noches ladraban los perros, pensaba que venían los de la CNI que traían a mi hijo o venían a buscar a Patricio. Eran noches de terror y de esperanza mezclados. Pero no pasó nada.

Postulé en el Ministerio de Educación para trabajar en algún liceo, pero nunca me recibieron. Estuve cesante todo un año, sin dinero y viviendo con mi hija a expensas de mi mamá.

En julio de 1977, fui llamada del Ministerio de Educación y tuve una cita con un señor que era el encargado de los nombramientos, quien dijo conocerme por terceras personas (toda mi expulsión de la Universidad había salido en los diarios y revistas de la época) y me contó que habitualmente recibía informes de profesores que no podían ejercer en la administración pública. Sin embargo, me mostró un documento secreto donde aparecía mi nombre junto a otros cinco profesores a los que ahora se les levantaba tal prohibición.

Atendiendo a ello esta vez me daban trabajo en La Ciudad del Niño, lo que fue más un castigo que un premio, porque era un cargo en enseñanza básica, cuyos métodos yo desconocía. Me entregaron cursos de niños con problemas de todo tipo que vivían internos en casas en el mismo centro y a quienes cuando los castigaban les pegaban. Recuerdo a un profesor de matemática que iba a clases con un palo. Sufrí lo indecible, pensando en esos pobres niños abandonados. Además, desconocieron mi currículum; me pagaban como profesora recién titulada y en un ambiente hostil. Esto se sumaba a mi desesperación por no saber nada de mi hijo Rodrigo.

Ese verano decidí renunciar. Siempre amé mi profesión y pensaba qué iba a ser de mí de ahí en adelante. Nuevamente esa buena amiga me consiguió unas clases en La Maisonette y me dieron una beca para mi hija. Mi esperanza duró poco. No alcancé a enseñar tres meses, porque allí también tendió su mano la dictadura.

Otra vez cesante y ya sin ninguna esperanza de encontrar a mi hijo. Luché tanto y nunca lo hallé ni encontraron nada que pudiera identificarlo.

Algunas veces lloro, pero sin lágrimas. Veo la última foto de Rodrigo, la que se sacó para entrar a la universidad, y hablo con él. A veces lo veo contento, a veces lo veo triste. Son cosas de mi imaginación, pero es mi manera de enfrentar la vida sin él.

Hubo testimonios de otros presos, pero siempre cosas en el aire, como que lo vieron en Villa Grimaldi, que lo habían paseado por la Población Dávila… pero sobre sus restos mortales, sobre sus huesos que fueron parte de mis huesos, de su cuerpo, nunca nada.

Y ya han pasado 44 años.

27 de mayo de 2020

Despedida a Rodriguito de su madre

Hijo, mío:

                 Hoy te evoco, como tantas veces, jugando con tus hermanos. Fuiste un niño dulce y peleador, esa mezcla te acompañó siempre. Recuerdo tu pequeña figura, junta desde siempre a la de tu hermano mayor, casi de tu misma edad. Siempre juntos inventando la vida. Tu admiración ante las cosas, tu descubrir el día y creer que el mundo iba naciendo contigo. Tus inventos, tus juegos y también tu tristeza por otros al entrar al Colegio: «Ese niño no vive con su mamá» y tus ojos abiertos al borde de las lágrimas. «El Eduardo se hace el grande de 10 años y me reta cuando pasamos y está la cabra del lado»… Esos niños del pasado lejano tal vez no te recuerden, pero existieron como tú.

            Más tarde, tu acercamiento a tu hermano menor. Tus juegos, tus peleas y, posteriormente, tus enseñanzas, el contarle tus ideas que, niño todavía, ya habían calado en ti. Tu bla bla permanente, que podía ser tan serio a veces, tu forma de hablar salpicada de garabatos.

            También el cuidado con tu pequeña hermana. A ella le enseñabas a defenderse: «Si te pegan, haz esto», y te mordías la lengua en la lección. O «Mira el cielo, esas son las constelaciones». Tus lecciones de vida y también de sueños.

            Cristián y tus conversaciones profundas en la plaza. Carlos y tu transformación del mundo. Y Marina, tu amada, que te hizo pensar en un futuro que no llegó.

            Todo eso quedó en el recuerdo… Hace 25 años mi ojos te vieron por última vez. Te reté porque decías leseras, porque no tomabas la vida en serio. Pero la vida sí fue seria contigo. Se llevaron tu porte, tus ojos dulces y, sobre todo, tu risa, esa risa que te acompañó siempre.

            Hoy estamos aquí, tu familia, tus amigos y los amigos que no te conocieron, despidiéndote. Es una despedida llena de ausencias. No están todos tus hermanos, falta Eduardo. No están todos tus sobrinos, faltan los de Suecia, y tampoco estás tú… nos quitaron todo.

            Este árbol te recordará. Será la vida que te arrebataron. Extenderá sus brazos pidiendo justicia, pero también cobijará bajo sus ramas a otros niños que buscarán lo que tú buscaste.

            Adiós, hijo mío, estés donde estés, descansa en paz. Aquí, en este lugar que te vio por última vez, yo también te dejo mi corazón.

                                                                                                            Mamá

Fuente :Villa Grimaldi, 27 de mayo de 2001.

SOBRE MI HERMANO RODRIGO Y SU POSTERIOR DESAPARICIÓN

La primera vez que noté la estatura intelectual de Rodrigo fue como a los cinco o seis años, cuando me dijo que el viejo pascuero no existía. ¿Cómo se dió cuenta él primero, siendo un año menor? La tranquilidad con que me lo dijo insinuaba que yo había sido un ingenuo. En todo caso el desengaño sufrido colaboró seguramente para que desde ahí en adelante no creyéramos ni en dioses ni en fantasmas. Al no creer en cosas que no existen pudimos tomar la vida con toda seriedad y abocarnos a problemas terrenales.

También recuerdo que Rodrigo andaba siempre inventando cosas. Puedo decir con seguridad que era un inventor. No sólo inventos prácticos, sino que también inventaba abstracciones. Rodrigo habría sido sin duda un gran filósofo si lo hubieran dejado vivir. Sus conversaciones de adolescente tenían todas un carácter filosófico, histórico, ético y heurístico. Puedo afirmar que Rodrigo era un inventor de futuros.

Además Rodrigo era muy sensible y desinteresado por cosas materiales. Era profundamente solidario y capaz de gozar y de sufrir con la dicha y la desdicha ajena.

Después de su detención, el 27 de mayo de 1976, comenzó la búsqueda. Nuestra madre estaba mal emocionalmente, así es que yo decidí tomar la parte más amarga de la búsqueda en mis manos: ir al Instituto Médico Legal (“la morgue”) y a los campos de detención a preguntar si él había llegado. En ese entonces yo tenía 19 años, pero me sentía lo suficientemente maduro para esa tarea, pues la desaparición de Rodrigo tenía para mí un sentido político en primer lugar y no meramente familiar.

Durante casi tres años fui a la morgue cada tres semanas a ver si lo encontraba. Tenía que ir rigurosamente cada tres semanas, pues a los “NN” los mantenían congelados como máximo un mes. Para que me informaran si había llegado algún cadáver con características similares a Rodrigo tenía que responder a un verdadero interrogatorio y dar todos sus datos cada vez que iba. Me obligaban a recordarlo para hacer una descripción: su edad, estatura, color de pelo y ojos, cicatrices y otras señas personales. Si había algún cadáver que coincidiera con la descripción me permitían pasar a mirarlo. La verdad es que en cada cadáver que me tocó ver sentía que lo encontraba, pues a todos les encontraba algo parecido a Rodrigo. La verdad es que yo quería encontrarlo, aunque fuera muerto, para que la herida familiar empezara a cicatrizar. Luego de salir de la morgue me tomaba horas recuperar mi normalidad. El olor de los pasillos de la morgue, que es una mezcla entre formalina y putrefacción, se me impregnaba en la nariz. Nunca pude confirmar si realmente el olor se impregnaba por varias horas o sólo era una sensación producto del estado sicológico que todo ello producía.

Si las idas a la morgue eran amargas las idas a la Secretaría Ejecutiva Nacional de Detenidos (SENDET) eran denigrantes. Ahí eran milicos que ponían en tela de juicio que Rodrigo estuviera detenido. Lo mismo en Dos Álamos y Villa Grimaldi, lugares adonde iba con cierta frecuencia. A veces contestaban burlescamente, pero la respuesta era siempre la misma: no está detenido.

En la Vicaría era la única parte donde sentía solidaridad. Ahí había personas que estaban en la misma situación que uno y se podía recibir consejos y apoyo moral. A la Vicaría se entraba por una puerta pequeña, situada en un pasaje lateral de la Catedral. Luego se subía y se encontraban unos locales inmensos y amplios. Era como entrar a otro mundo. Era una realidad que me recordaba alguna película sobre la situación vivida por la resistencia en Europa durante la ocupación nazi.

Tres años después de su desaparición sentí por primera vez la ausencia de Rodrigo. Fue un día cualquiera, iba en un bus y pensé en él de otra forma. Hasta ese momento nunca había sentido emocionalmente el caso, pues su desaparación para mí, hasta ese entonces, siempre había tenido un carácter político. A partir de ese día ya no era el camarada desaparecido sino mi hermano desaparecido. ¡Qué dolor! A partir de ese día he sentido la amargura de su ausencia y cada vez que lo recuerdo, como ahora al escribir estas líneas, lloro y se me hace un nudo en la garganta…

Fuente :Eduardo Medina (hermano)


Vivo, sueño, río y no encuentro (Poema)

                        Vivo… En el paraíso

                        de las amarguras,

                        tratando de amar.

                        Sueño… Con revoluciones,

                        con cambios violentos,

                        buscando ganar.

                        Río… Frente a los rencores

                        y a las represiones,

                        queriendo llorar.

                        Busco… Con mis pensamientos

                        y en el firmamento,

                        una gran verdad.

                        Muero… Con mis pensamientos

                                        En el Paraíso

                                        En Revoluciones

                                        Frente a los rencores

                        tratando de amar.                                 

Fuente :        Rodrigo Medina Hernández –  4 de septiembre de 1974  (16 años de edad)



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