El caso Pinochet. Recomposiciones y apropiaciones de la memoria . Fanny Jedlicki.

DestacadoEl caso Pinochet. Recomposiciones y apropiaciones de la memoria . Fanny Jedlicki.
Fanny Jedlicki nació en Francia, hija de exiliado. Su padre, Claudio Jedlicki, economista *Investigador en el Centre de Recherche et de Documentation de l’Amérique Latine (CREDAL) perteneciente al Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de Francia. Ambos residen en París.

En TVN de Chile se ha transmitido Los últimos años de Pinochet, y es relevante conocer este trabajo de Fanny.

El caso Pinochet

ILAS Índice Revista Virtu@l

 

Recomposiciones y apropiaciones de la memoria

Estudio sociológico sobre un grupo de exiliados chilenos en París, entre octubre de 1998 y marzo de 2000

 

Fanny Jedlicki, doctorante en sociología en la facultad Paris VII – URMIS

(Unidad de Investigacion Sobre Las Migraciones y la Sociedad).

Con la indispensable ayuda para la traducción de Natalia Lavalle.

El 16 de octubre de 1998 quedará grabado en la memoria de todos los chilenos, especialmente en la de aquellos que aún viven en los países donde se refugiaron después del golpe militar de 1973. Se trata justamente de la recuperación de esta memoria en el “caso Pinochet” y de la movilización activa realizada por los ex-refugiados y sus hijos. Y son éstos últimos, los que con su presencia y compromiso asumen la lucha contra la impunidad de Pinochet, quedando en evidencia la relación con la memoria familiar del exilio.

El problema de la memoria es el tema central en esta investigación[3]. Esta es tratada como un proceso dinámico en constante reelaboración. A pesar de que la memoria del exilio chileno se haya forjado en un contexto dramático, impregnado de sufrimientos y que se encuentre polarizada entre el peso traumático del pasado y la necesidad del olvido, es una memoria que no está capturada al pasado[4]. Al contrario, la memoria es definitivamente un acto del presente, porque está inscrita en el tiempo y el espacio. Es lo que manifiesta San Agustín y reivindicado por Maurice Halbwachs: “recordar no es revivir, sino reconstruir un pasado a partir de los marcos sociales del presente”[5].

La transmisión de la memoria familiar, en un país que no es el de los padres, se inscribe claramente en un proceso de recomposición. Los hijos de los refugiados, socializados en Francia y pertenecientes a una generación socio-histórica diferente a la de sus padres, no reciben directamente los contenidos de la memoria paterna. Por el contrario, ellos realizan un “bricolage”[6].

De esta manera, concurrimos, durante el “caso Pinochet”, a un verdadero regreso de la memoria para los ex-refugiados chilenos y a una redefinición de ésta en el caso de sus hijos,  quienes al participar en una movilización activa, buscan apropiarse de su herencia familiar.

·         La memoria en tensión

Los graves atropellos a los derechos humanos cometidos por el régimen militar chileno[7], tienden a ser ocultados en Chile, donde las leyes de impunidad y de silencio contribuyen a la “mala memoria” del país, según lo expresa el escritor chileno Marco Antonio de la Parra. La memoria colectiva es negada, especialmente la de las víctimas, lo que hace imposible la simbolización de la muerte y dificulta el trabajo de duelo. El dolor permanece omnipresente, una herida que el tiempo no puede cicatrizar, pues la memoria pareciere estar paralizada en un tiempo suspendido fuera de las leyes naturales, donde los ausentes están eterna y profundamente presentes[8].

Las víctimas del sistema represivo, son  negadas, olvidadas e ilegítimas. Por tanto, los refugiados chilenos, en la mayoría de los casos, llevan sobre sus espaldas el peso de la culpabilidad, e incluso en un comienzo se sienten responsables de la derrota.

Esta culpabilidad se exacerba por su misma condición de sobrevivientes. Los que lograron sobrevivir a las torturas, a los campos de concentración, en relación con los millares de compañeros que murieron en estos lugares, se sienten culpables de estar vivos entre los muertos[9], culpables además de haber hablado bajo la tortura.

También se sienten culpables de permanecer aún en Francia, a pesar de haber jurado, a si mismos, volver lo más pronto posible a Chile para reconstruir la democracia que, hoy en día, se construye sin ellos. Este sentimiento, durante los viajes que realizan los exiliados chilenos al país, se ve sustentado por reacciones de rechazo de parte de sus propios compatriotas, quienes los tratan de traidores, cobardes o privilegiados. De haber disfrutado un “exilio dorado” en los desarrollados países europeos.

Para mitigar estos sentimientos los refugiados chilenos tan pronto llegan a Francia, se arrojan a un militantismo frenético contra la dictadura, prefiriendo, de esta forma, “dejar a un lado” las duras experiencias que acaban de padecer[10]. Así es como el silencio envuelve los sufrimientos de cada cual, rechazando los recuerdos dolorosos, reprimiendo los traumas, sin por eso olvidarlos.

De hecho, ¿cómo olvidar lo inolvidable? La memoria de la violencia se desliza por los resquicios de la vida diaria, lista a reaparecer a raíz de una broma, o de un encuentro con las autoridades policiales francesas, enfrentando esa moda que visten sus propios hijos, de uniformes color kaki y botas negras. Y el recuerdo no es sólo evocación de hechos anteriores, sino, a su vez, es también  un retorno físico a violentas emociones. La memoria se inscribe en el cuerpo mismo, cuerpo que ha sido martirizado, manifestándose por dolores violentos de cabeza, intestinales, trastornos de sueño y otros. Todo ello, expresiones somáticas que traen el recuerdo de los sufrimientos pasados. Sin embargo, si “hablar es imposible”, “callarse está prohibido”[11] y un verdadero “deber de memoria”, como dice Primo Levi,* se impone a los exiliados.

La memoria del exilio chileno se debate entre varias tensiones opuestas…está “adormecida” dicen hoy día, estos hombres y mujeres que se quedaron en Francia, tironeados entre su país de origen y el de asilo, la existencia que allí reconstruyeron, la pertenencia de sus hijos a esta sociedad de la que no quieren separarse. Existe al mismo tiempo, un Chile lejano que ellos aman y odian a la vez, y que sublimado por el exilio sufrido, se les impone como su único y verdadero lugar de pertenencia: Amalia, 50 años, exiliada en Cuba en el año1974 y retornada a Chile en 1986, habla del exilio como “una división interna que ha dejado su corazón y su alma en Chile“.

Cuando el “caso Pinochet” comienza, los refugiados chilenos de Francia[12] se encuentran en una fase particular de su trayectoria: el post-exilio. Después de 20 o 25 años que han  vividos en este país, ellos han experimentado una cierta aculturación, o sea han “bricolado” las diferentes piezas de las dos estructuras socio-culturales, cuyo recorrido ha permitido tender un puente entre las dos sociedades, reinyectando sentido y coherencia a las trayectorias quebradas por el golpe de Estado en 1973.

Por una parte, sus elecciones profesionales y políticas lo reflejan. Por otra, sus viajes a Chile les permiten reanudar los lazos familiares, así como también poder medir la amplitud de los cambios negativos observados en el país, y valorar, entonces,  las garantías cívicas y sociales del Estado francés. Sin embargo, la nostalgia, doloroso corolario del exilio y el desgarro permanente se impone  por una situación disociada (“entre-deux”), caracterizada por un regreso deseado, pero postergado constantemente donde el presente, pasado y futuro se entrelazan al dolor de una memoria en carne viva, polarizada entre el sufrimiento privado de los recuerdos, la culpabilidad y la inhibición colectiva. Esta situación es lo que el “caso Pinochet” viene a conmover.

El caso Pinochet y el regreso de la memoria

  • La victoria de los vencidos : la inversión de los roles

Aquellos que, por mucho tiempo, fueron aplastados por la altanería insultante del ex-dictador, que todos creían intocable, vuelven a la escena internacional y aparecen como los protagonistas de una lucha ejemplar[13]. De vencidos, responsables de la derrota, los ex-refugiados se ven asimismo como los vencedores, los héroes de la historia contemporánea chilena. La justicia internacional, al designar oficialmente al responsable de la muerte de sus compañeros, reconoce su historia, mientras que sus viejos sufrimientos, por largos períodos,  ahogados por la negación del Estado chileno y por represión propia, se convierten en la herramienta de la caída de Pinochet. Es justamente su condición de víctima lo que, en Europa, le atribuye a los exiliados un poder jurídico activo, lo que permite que, hoy, sean ellos quienes hagan temblar al ex-dictador.

“Por primera vez sentimos que servía para algo. Que no sólo habíamos recibido golpes sino que podíamos hacer que lo vivido sirviera para algo! […] Nos dimos cuenta que habíamos vivido cosas de las que, a menudo, no habíamos hablado y, entonces, este pasado seguía siendo algo que no podía ser reivindicado, y en ese momento nos dimos cuenta que nuestros testimonios tenían una suerte de poder muy importante y que con todo esto podíamos hacer algo! Antes esto no servía para nada, bueno, ibas a Amnistía Internacional y contabas, presentabas tu testimonio que terminaba en un informe anual perdido por ahí… y entonces, tuvimos la sensación de tener un arma entre las manos, un arma con la cual podíamos golpear.“Claudia, 50 años, exiliada en Francia desde los años 70, ex-presa política.

De esta manera, la inversión de la correlación de fuerzas, la nueva distribución de responsabilidades, el vigor simbólico que toma la reivindicación del estatus de víctima, conllevan un cambio radical de la relación que los refugiados tenían con la memoria. Esta pasa del estado de memoria reprimida, al de rememoración consciente y reivindicada por la palabra tomada públicamente.     

Además, son los exiliados los que se quedaron en Francia, después del referéndum, quienes retoman la bandera de lo que les parece ser la verdadera batalla contra la dictadura,  en vez de participar en la reconstrucción de la democracia chilena, De hecho, la actitud del actual Gobierno chileno les parece más que ambigua, revelando la distancia teñida de desconfianza que tienen frente a la democracia chilena[14]. El entonces Ministro de Relaciones Exteriores chileno, Juan Miguel Insulza solicita el regreso de Pinochet a Chile, dónde asegura que será juzgado. Pero los exiliados desconfían del aparato legislativo chileno, que ha garantizado una impunidad (casi) perfecta a los represores y además, no depositan grandes expectativas en la Concertación. Para ellos, se trata de una “manipulación vergonzosa“, cuyo objetivo es  proteger al ex-dictador. Los exiliados creen que sólo su acción militante desde el exilio, junto a la acción jurídica de los Estados europeos, puede llegar a  encaminar un verdadero proceso judicial contra Pinochet.

Por tanto, los exiliados van a involucrarse honesta (entera? ) y frenéticamente en una larga movilización para exigir el juzgamiento del ex-dictador en Europa y para “luchar contra su impunidad“. Las formas que toma esta movilización, así como las prácticas que en ella se desarrollan, son realmente “exhumadas” desde el pasado.

·         El regreso estructural de la memoria

Las consignas, las pancartas, los discursos pronunciados durante las numerosas reuniones, incluso las divisiones que fortalecen las redes comunitarias que se han reformado, hasta la evolución de éstas ultimas, recuerdan de hecho las experiencias fundamentales que los refugiados han conocido: la Unidad Popular y los comienzos del exilio. El pasado reaparece, el grupo revive, a través del uso de los antiguos gestos, palabras y  prácticas, sus estructuras intrínsecas, ofreciendo a la memoria colectiva del exilio chileno una nueva etapa de elaboración[15].

Durante la movilización contra Pinochet, el acontecimiento fundador[16] que constituye la Unidad Popular está de regreso. En las manifestaciones surgen algunos cánticos (“Venceremos”, entre otros), como un eco del pasado y la figura de Allende, quién parece representar una verdadera divinidad tutelar, es invocada permanentemente: su rostro invade las pancartas y reina sobre los manifestantes, así como en el living de muchas casas de exiliados.

Los tres años de la experiencia socialista chilena han sido vividos por sus militantes y simpatizantes como un período eufórico, en el que, animados por un fuerte entusiasmo revolucionario y por la certeza de estar participando activamente en la elaboración de una Sociedad Nueva y de un Hombre Nuevo, sentían que estaban construyendo la historia, una historia en la que las trayectorias personales parecían abrazar las de la Nación. Se trata de un período de referencia y también de un período mítico, con el cual algunos siguen soñando[17]. Este mito[18] de un período que hoy no sabríamos comprender sin su fin trágico y sangriento, descarga, retrospectivamente, un gran peso sobre estos tres años. La gran mayoría de los exiliados percibe esta etapa histórica como una época feliz e ideal, intocable, cuya imagen ha sido sublimada por la distancia y la nostalgia propias del exilio.

El grupo va a encontrar, a través de las divisiones que lo alientan, sus viejas estructuras. Inherentes a la acción política o a las tensiones entre grupos ideológicamente divergentes, estos conflictos importantes que agitan la red y que afectan su capacidad movilizadora, recuerdan de manera pertinente las dificultades que la Unidad Popular tenía para federar las corrientes políticas que la componían, y las batallas ideológicas que dividían fuertemente a sus militantes. Estas divisiones continuaron en el exilio, viviendo tensiones exacerbadas por la derrota, por el inmovilismo político, tanto en Chile como en las redes sociales y políticas reconstituidas en el exilio. Estas harían estallar rápidamente la aparente unidad que la comunidad había encontrado al llegar al país de acogida. De la misma manera, las divisiones provocadas por el “caso Pinochet”, despiertan viejos rencores, provocan rabia, después de los felices reencuentros de las primeras semanas de movilización. Luego, las asociaciones de carácter cultural y social toman el relevo, consagrando la primacía de la afirmación del “entre-soi” sobre la acción política, lo que recuerda la evolución de las interacciones colectivas de los refugiados chilenos durante las diferentes etapas de sus exilios.

Estos modos de reagrupamiento y diferenciación estructuran la escena política de los exiliados chilenos, y conforman el nexo entre pasado y presente, permitiendo la reactivación de la memoria colectiva del exilio.

·        El “entre-soi” y la figura del exiliado

A pesar del aspecto ejemplificador de este caso, cuyas acciones han sido valoradas tanto por los medios de comunicación y, pese a la solidaridad que la sociedad francesa ha tenido para con los refugiados chilenos, la movilización, sigue siendo esencialmente un hecho de éstos últimos. Los “franceses” están ausentes de este movimiento: si bien, a veces, se solicita su apoyo (firmas de adhesión, ayuda económica, etc.), su presencia efectiva en las manifestaciones es muy rara. Estas presentan un carácter marcadamente comunitario: las consignas, los volantes y las conversaciones que se establecen entre los miembros conocidos, son mayoritariamente en español, con exclusión de los no chilenos, aun cuando sean amigos de muchos años. En este contexto, el  proyecto, de formar una comisión latinoamericana integrada además por argentinos y haitianos, es abandonado al cabo de algunos meses.

Por tanto,  los desafíos de esta movilización se relacionan con el cuidado y la conservación de una identidad reencontrada, conducida por un colectivo encerrado en si mismo y que se reactiva constantemente, a partir de los reencuentros comunitarios, expresados en  manifestaciones y  fiestas. Son los momentos de vuelta a sus raíces, a su identidad. Los refugiados chilenos encuentran en la militancia, en el “être-ensemble”, (conjunto o colectivo?) una identidad valorizada que se había alterado progresivamente desde el golpe de Estado. El exiliado chileno encarnaba, de hecho, en la Francia de los años 70, heredera de las ideas del ‘68 y en el umbral de su crisis económica, al representante de un movimiento revolucionario con el cual los militantes franceses podían identificarse: el exiliado chileno era una verdadera figura heroica.

Los beneficios que en términos de identidad, ofrecía esta imagen de héroe, no eran menores para los refugiados chilenos; beneficios que reaparecen a partir del “caso Pinochet” Los refugiados recuerdan y, por fin, recuerdan en voz alta.[19]

·         La resolución de los conflictos memoriales

Al ser designado un culpable oficial, el “caso Pinochet” aminora la culpabilidad de la derrota. Al fin, el deber de memoria puede cumplirse e impulsa a tomar la palabra públicamente: efectivamente, la responsabilidad que se le impone a los sobrevivientes de atestiguar por aquellos que ya no están, les permite superar las dificultades que los llevaron a sumergirse en los recuerdos traumáticos. Se trata casi de una reparación, hablando y recordando no sólo por aquellos que ya no están, sino también  por ellos mismos.

La palabra del sufrimiento, finalmente liberada, puede circular entre las redes comunitarias y permitir la reconstrucción colectiva del sentido de estas trayectorias, vividas, esencialmente en sus aspectos más siniestros, de modo individual. El sistema  represivo y sobre todo el de la tortura, tenían como objetivo la destrucción del ser, aislándolo de todas sus redes y marcándolo para siempre cuando “hablaba” bajo el dolor despiadado, transformándolo, literalmente, en una “ bestia que grita” (“bête hurlante”), habiendo asesinado al ser social y moral antes de destrozar al ser físico[20]: el sistema ha abolido el sentido. El silencio y la inhibición, la culpabilidad exacerbada por la condena sin apelación de los partidos políticos clandestinos de aquel que “cantaba“. Todo ello dejaba, a cada uno de los refugiados, aplastado bajo una pesada carga individual. A través de los testimonios y las querellas, estos reencuentran asimismo la huella de algunos detenidos-desaparecidos que creían haber sido los últimos en ver, reconstruyendo la cadena de responsabilidades de su desaparición. Esto les permite deshacerse, parcialmente, de la culpabilidad. 

Cuando Pinochet  fue arrestado… entonces le encontré un sentido a mi historia. Antes se trataba de algo individual, completamente individual, que me tocaba a mi, y que yo guardaba porque era mi historia, mi problema individual y que no estaba ligado a algo que pudiera hacer avanzar las cosas y es justo cuando Pinochet fue detenido […] que yo hice la conexión entre mi historia y ésta… y en esta historia había todo un espacio para volver a lo que significaba pertenecer a un  movimiento (colectivo ?)  y no sólo individualmente como víctima.”  Marcela, 46 años, exiliada en Francia en 1973, ex-presa política.

De esta forma, el “caso Pinochet” permite a los exiliados   retomar en sus manos un destino sufrido desde 1973, cuando fueron empujados a la clandestinidad, a los campos de tortura, de concentración y detención, a las embajadas y consulados en países lejanos, con sus hogares para refugiados. En fin, cuando fueron forzados a una existencia no deseada, pero que han sido capaces de construir. Si durante años, su capacidad de acción a nivel político, laboral, etc., estuvo parcialmente anestesiada, ahora la reafirman y se la reapropian. El “caso Pinochet” tiene un valor reparador para los refugiados: la lucha del exilio en el exilio les devuelve sentido a su presencia en Francia.

Por ultimo, el duelo de las experiencias trágicas es posible. Los muertos y los nombres de los detenidos-desaparecidos son nombrados una y otra vez, sus fotos son publicadas en los diarios, afiches y carteles, que los manifestantes enarbolan, gritando que sus compañeros están “presentes ahora y siempre“. Estos actos son, también, el lugar de expresión de ritos de duelo, simbolizados por centenares de cruces plantadas en maceteros y puestas en la calle, por los minutos de silencio, por las velas protegidas del viento y por ese ataúd que queman de rabia cuando Pinochet regresa a Chile en marzo del 2000. Todos estos símbolos funerarios, representan “armas”,  de impacto sobre la opinión pública, así como formas de “enterrar a los muertos“. Asimismo, el “caso Pinochet” le permite a las víctimas de la dictadura realizar una catarsis.

Tuvimos la suerte de haber podido hacer una terapia colectiva con el “caso Pinochet” […] porque todos teníamos a nuestros muertos en los afiches, los muertos, los detenidos-desaparecidos, habíamos puesto un manto sobre nuestras cabezas, y decíamos, bueno esto hay que olvidarlo. Pero era una manera de poder seguir viviendo. Y entonces pasó algo que permitió abrir eso y todos estaban felices! […] Pudimos enterrar de una vez a todos los muertos […] Si no enterraste a tus muertos no puedes vivir, porque si no dejas a tus muertos en el pasado, el presente es inestable y el futuro también. […] Además, cuando viviste la derrota y sientes que no puedes cambiar nada de esto, con todos estos muertos y desaparecidos sobre el lomo, todo el tiempo…esto te apaga, vives con un peso.” Juan, 60 años, exiliado en Francia en 1974.

Las virtudes liberadoras del “caso Pinochet” sobre la memoria reprimida van a actuar también en el seno de las familias y van a trasformar el marco de la transmisión de la memoria.

El caso Pinochet y los hijos de los exiliados

  • Los fantasmas de la memoria

La memoria familiar, marcada por el sello de las terribles experiencias vividas, ha sido transmitida, durante mucho tiempo, de manera velada, a través de sus silencios aceptados y de sus “fantasmas” atormentando a los hijos. Los exiliados chilenos, enfrentados a sus recuerdos en tensión, no le cuentan a sus hijos, con facilidad, lo que les sucedió. El horror parece aún más difícil de verbalizar con ellos. De esta manera, la memoria se transmite generalmente por fragmentos, con sus omisiones, sus mentiras a veces, y  sus momentos de revelación en otros[21].

Los hijos respetan estos silencios y zonas oscuras de la memoria y, en ocasiones, hasta las apoyan, pues no quieren aumentar el dolor de los padres ni enfrentarse ellos mismos al horror. Los silencios, sin embargo, son pesados, dejando a la imaginación y a los fantasmas llenar los vacíos de una memoria que se vuelve, incluso, más terrible e inaccesible a toda obra de apaciguamiento y de elaboración[22].

No obstante, los hijos de los refugiados cuentan con trazos de memoria extra-familiares: se trata de los miembros de la comunidad chilena. Estos “tíos y tías” de la migración. Son personas referentes en la medida en que han recorrido los mismos periplos que sus padres. En Francia, también, existe toda una literatura y filmografía sobre la historia contemporánea de Chile que los hijos suelen consultar. Algunos de ellos elaboran parcialmente imágenes y representaciones de la biografía paterna. Por ultimo, sea cual fuere el grado de transmisión, todos los hijos expresan esta extraña impresión “de haber sabido siempre” sin que fueran necesarias las palabras.

Mas allá de los silencios, de las palabras, la transmisión de la memoria traumática se realiza clandestinamente y pareciera ocurrir (haber?), en los hijos de refugiados, un “hacerse cargo de los conflictos, de los traumas psíquicos que pertenecen a la realidad vivida por los padres”[23]. Escenas de violencia, llenas de tanques de combate, de fusiles y de llamas, en las cuales los padres o ellos son los actores, invaden las pesadillas de los hijos que construyen un teatro imaginario traumático[24]. Así, muchos de ellos se debaten entre estas imágenes de dolor y odio contra los represores chilenos, un odio mezclado con miedo que se amplía a todo organismo militar y de seguridad (sea este chileno, francés o de cualquier nacionalidad).

Algunos hijos desean protegerse del sufrimiento activado por la memoria e intentan distanciarse de ella, declarando que “son sus fantasmas y no los míos“. Gabriela, 22 años, llegó a Francia en 1980 con su madre después de haber sido las dos detenidas en Chile. Pero la memoria y el sufrimiento están presentes y, a veces, son asumidos y reivindicados por los hijos. Su relación con la memoria es entonces ambivalente.

  • De los sentimientos ambivalentes

Los hijos de los refugiados tienen una relación ambivalente con Chile, país de ensueño, cuya imagen se ve alterada por la nostalgia y las narraciones magnificadas de los padres, donde “las naranjas son del tamaño de los melones“: los hijos han elaborado la representación de una tierra originaria, “tierra de los colores del Edén”, un hipotético refugio. Pero este paraíso representa, también, un paisaje de sufrimiento graficado por las imágenes en blanco y negro de los bombardeos sobre la Moneda. Un lugar de injusticia en el que reina la impunidad y la negación oficial, situación que resulta más intolerable para estos jóvenes, que para sus mismos padres, ya que fueron   educados en los cursos de “educación cívica” de la escuela republicana francesa.

Durante los viajes que algunos de ellos realizan a Chile,  toman conciencia de los lazos contradictorios que los unen a este país, donde vive una familia desconocida e idealizada por la distancia, y con la cual las relaciones son generalmente una decepción :

Antes yo me hacia ideas, idealizaba, fantaseaba…allá he visto. [la familia] sigue siendo por mucho tiempo, algo lejano, imaginario, y de repente…ya era casi demasiado tarde cuando yo fui…mis tíos y mi familia son casi unos extraños, aunque los conozca.” Isabel, 28 años, llegó con sus padres a Francia en 1976.

El primer viaje que se realiza, a menudo, durante el verano austral y que corresponde al invierno europeo, es el viaje de la alegría, del descubrimiento. Los siguientes suelen ser los  viajes de la desilusión. Las imágenes elaboradas durante la niñez se encuentran con la realidad de las poblaciones, con una sociedad chilena dividida y, la mayor parte del tiempo, silenciosa sobre su historia contemporánea. 

Esta ambivalencia de sentimientos se relaciona también con la militancia de los padres. Algunos de sus hijos se sienten un poco aplastados por estos héroes míticos que sus padres creen ser. Ellos, que han participado en un gran movimiento social y político, en un momento que caracterizan, como de gran libertad y solidaridad social, que han recorrido y sobrevivido a tantas experiencias difíciles, “luchando por sus ideas”, representan para sus hijos, figuras ejemplares. Las narraciones heroicas de sus padres, así como la imagen positiva del refugiado latinoamericano que tienen las sociedades de acogida en Europa, permiten construir una cierta mistificación de la Unidad Popular y de los acontecimientos del golpe y post-golpe. Estos personajes, modelos a seguir, parecen ser aplastantes: los hijos piensan que jamás conocerán situaciones similares y que nunca podrán “pasar su prueba” como si las experiencias extremas de la generación anterior, obstruyeran  su realización personal.

Sin embargo, los hijos reivindican orgullosamente la herencia ideológica de estos ex-militantes, muchos de los cuales siguen estando activos. Esta transmisión se refiere más a los valores fundamentales de una sensibilidad de izquierda, que a los de ideologías más puras. Todo lo anterior, lleva a los hijos a comprometerse en diferentes luchas; por ejemplo, los sin-papeles, la defensa de la escuela pública, la ecología, entre otras. De hecho, hijos y padres pertenecen a dos generaciones socio-históricas socializadas en épocas y espacios muy distintos, y ambas tienen no sólo una visión política diferente, sino contrastada. Los padres son definidos por sus hijos como “idealistas y utópicos”, y no se reivindican como marxistas revolucionarios. Los hijos, a su vez, son llamados “cartesianos y racionalistas” por sus progenitores. En la trasmisión hay una reinterpretación, y una verdadera apropiación de una herencia política que, al mismo tiempo, es profundamente estructurante[25]. Esta reinterpretación de la memoria de la familia se expresará en las formas y en las significaciones del compromiso de los jóvenes durante la movilización contra Pinochet.

De este modo, durante el “caso Pinochet”, los hijos van a descubrir, a veces, a través de la prensa o de la televisión, los testimonios de sus padres. Así, muchas discusiones surgidas en las familias, a raíz del evento, despiertan su interés por esta historia: ya no dudan en interrogar a los padres y en consultar los múltiples documentos escritos y audiovisuales que abundan en los medios, para llenar los espacios vacíos de la memoria. Durante las manifestaciones, los hijos aprenden también a “conocer y reconocer” a sus progenitores en los rostros de los manifestantes, cuyas expresiones les parecían, hasta ese momento, exclusivamente paternas.

De hecho, los hijos de refugiados se unen a las manifestaciones organizadas por las redes comunitarias. Para sus padres, la participación masiva en ellas, representa “un maravilloso regalo”. Esos padres, desde muchos años, temían que uno de los corolarios coercitivos del exilio significara que sus hijos se convirtieran en “francesitos que han olvidado y que no se interesan por Chile”. Al tomar conciencia que, pese a los silencios, se han transmitido sentimientos de pertenencia y un fuerte nexo con su historia. En un principio, la presencia de estos “cabros”[26]era más bien una manera de apoyar solidariamente a sus padres, considerados entonces los verdaderos actores del asunto; pero se produce una transformación, gracias a un núcleo de hijos de refugiados entre 15 y  40 personas que, durante todo el conflicto al no poder siempre entenderse con “sus mayores”, se organizan  convirtiéndose en una fuerza autónoma de potenciación del movimiento. Rechazando así el “entre-soi” protector de sus padres, hartos de las incesantes discordias que, según ellos, debilitaban la movilización y no pudiendo concebir, en Paris, al final del siglo XX, la presencia de esas reliquias de la Unidad Popular (“tienen 25 años y 40.000 kilómetros de atraso” !), los hijos de refugiados intentan ampliar la movilización a la sociedad en la que viven. Estos franco-chilenos desarrollan, de esta manera, una lucha más ejemplar que la de los “viejos”, es decir, extraterritorial, creando una asociación[27] junto a  jóvenes de otras nacionalidades. Dirigen sus acciones de protesta, reflexión e información a la población francesa, en sus universidades, colegios, lugares de trabajo, etc. Su solidaridad concreta con otros movimientos, tales como los sin-papeles, confirma el carácter ejemplar de su lucha. Sin embargo, los jóvenes no dejan de construir,  también, un espacio de “entre-soi” en el que las trayectorias, los cuestionamientos de identidad, los vacíos de la memoria individual  encuentran, por fin, un eco colectivo. Además, desarrollan un proyecto de investigación histórica sobre la represión militar chilena, iniciativas socio-culturales (conciertos, fiestas, presentaciones de documentales, apadrinamiento de un hogar de menores en Chile, y otros.), redefiniendo prácticas y valores portadoras de identidad.

De tal manera, el idioma que usan, el “frañol” (una mezcla de francés y de castellano), es tanto un marcador de identidad, así como la huella de una acción transformadora de la doble herencia cultural. De hecho, el idioma está impregnado de la relación que los hijos de exiliados tejen con la historia paterna y la tierra originaria. “El individuo que habla es “actuado por las palabras” (Jean-Paul Sartre) que enuncia, en el sentido que con las palabras establece relaciones con las cosas, los eventos y las situaciones.”[28] Y el lenguaje reinventado que usan los hijos de refugiados, pasando con facilidad de una lengua a la otra, creando nuevas palabras (afrancesadas o chilenizadas), nuevas expresiones, los distingue de los dos grupos de referencia: ni franceses ni chilenos, proclamándose herederos de una doble cultura.

Sin embargo, todos ellos afirman que el “caso Pinochet” les permitió “reanudar la identidad chilena“, las manifestaciones, fiestas y reuniones en  las cuales participan. Son un espacio de recreación de una atmósfera socio-cultural propia del exilio chileno. El español que se habla, la música latina que se escucha, la salsa que se baila y el vino que se toma, el olor del pan amasado que se disfruta, son, efectivamente, varios de los soportes de la identidad. “Me sentí chilena ante todo, no me sentía francesa pa’nada“, dice Valeria, 21 años, hija de exiliados, llegados a Francia en 1974, quien evoca, al mismo tiempo, su “desgarradora doble identidad“:

En Chile soy francesa, pero en Francia soy chilena. […] Está claro, tengo una cultura francesa, pero no puedo ser francesa. No puedo ser chilena tampoco, pero me siento más chilena que francesa.” 

  • De las estrategias de identidad (identitarias) a la apropiación

La identidad, como la memoria, es un concepto dinámico, y la cuestión revela menos de la noción de herencia que de la noción de uso. Los hijos de refugiados elaboran  verdaderas estrategias de identidad[29], “bricolando” las dos culturas y los sentimientos ambivalentes que tienen hacia la historia paterna.

Así, si algunos jóvenes se identifican con sus padres y con la generación del exilio, se autodenominan “exiliados” aunque hayan nacido en Francia, otros, se vinculan más con el   espacio nacional y deciden, por ejemplo, “volver” a Chile aunque sus padres se queden en Francia. Finalmente, son varios los que afirman y resaltan una identidad que califican como chilena, aunque nunca hayan pisado Chile. Hay que precisar que la figura del exiliado, sobre valorizado, brilla sobre los jóvenes: hijos de héroes, hijos de un mundo exótico realzado por la moda latina en Europa, por los estereotipos de la “picante salsera” y del “latin-lover”. Esta etiqueta de identidad les aporta beneficios secundarios. Alfonso, 21 años, hijo de exiliados chilenos llegados a Francia en 1976, vive en una localidad de la periferia parisina y es constantemente sometido a controles de identidad por la policía, a raíz de su “look de joven de banlieue”, sospechoso de ser “árabe o chino”. Alfonso revierte esta estigmatización[30], auto- proclamándose chileno y apoyando esta identidad con prácticas lingüísticas, festivas y deportivas para que ésta sea significativa tanto para él como para los demás.

Otros jóvenes le confieren a esta situación socio-cultural mixta, un carácter positivo: se dicen dotados de una cultura francesa, pública, que   requiere de la razón, de la ciencia y de los valores democráticos, pero también de una herencia chilena. Este último pertenece a la esfera familiar y se inclinaría mas bien hacia los sentimientos, los sentidos y las relaciones humanas percibidas como ricas y cálidas: estos jóvenes estarían constituidos por “lo mejor del espíritu francés y de la naturaleza chilena“. Estas dos herencias adquiridas, complementarias, se mezclan entonces, y algunos de los hijos de la migración evitan todo conflicto de identidad,  declarando ser, simplemente, “ciudadanos del mundo“.

El “caso Pinochet” revaloriza la figura del exiliado chileno. Durante el caso, los hijos se sienten y se definen chilenos, aunque al interior del grupo comunitario se diferencien de sus mayores: renegociada, la identidad problemática es, entonces, resuelta en el grupo de pares. Juntos, los hijos de refugiados se sienten y se definen como hijos del exilio, como el “fruto de todo eso“, pequeños chileno-franceses o franco-chilenos, nacidos de lo político, a caballo de la migración.

De esta forma,  toman sentido las historias familiares que los han conformado en lo que son hoy día. La memoria, despersonalizada, puede inscribirse en un movimiento colectivo de redefinición de los sentimientos de pertenencia y de los lazos que con ella existen, volviéndose historia, una historia en la que ellos tienen el sentimiento de participar. Su fuerte compromiso en la movilización es una afirmación de esto, una reafirmación, vista por los padres y por el entorno como una afiliación voluntaria a esta historia y de la que se apropian según sus dobles referentes socio-culturales. 

A lo largo del “caso Pinochet”, el teatro imaginario se vuelve real. La transmisión efectiva de la memoria familiar que entra en juego y la acción colectiva permiten que los hijos habiten este teatro. Actores a cien por ciento de la movilización y progresivamente reconocidos y respetados por sus mayores, los hijos “crecen” y retoman la bandera de la militancia familiar, viviendo a su turno, un formidable movimiento social. Es justamente la apropiación de la memoria colectiva y familiar lo que puede constituir al sujeto, un sujeto libre, actuando sobre el presente[31] y no invadido o aplastado por su pasado ni por su herencia.

Así, como las imágenes de un calidoscopio se hacen y deshacen indefinidamente, dibujando nuevas formas y figuras, conservando siempre los mismos materiales, podemos representarnos el objeto memoria. Fluida, en constante cambio pese a su carga traumática, la memoria del exilio chileno evoluciona en el tiempo, marcada por los distintos acontecimientos que tiene lugar tanto en la comunidad como en las familias y en los corazones, unida por los lazos comunitarios, también cambiantes. De esta manera, el “caso Pinochet” ha venido a efectuar un giro de 180 grados sobre la situación del “entre-deux” vivida por los refugiados chilenos en su fase de post-exilio, y a cuestionar profundamente las relaciones atormentadas que estos mantenían con la memoria colectiva y familiar del exilio y de la violencia. El “caso Pinochet” actúa en esto como una crisis reveladora, disparadora y cristalizadora[32], revelando hasta que punto la memoria es un proceso dinámico en constante movimiento de composición, descomposición y recomposición. z

[1] Expresión  que se relaciona con el « affaire Dreyfus » (que pasó en Francia al principio del siglo XX), es decir como un evento tanto jurídico, que mediático, que social, que político y que dividió la sociedad chilena como lo hizo l’affaire Dreyfus con la francesa…

[2] En este período, fueron realizadas dos investigaciones acerca de la construcción social de la memoria y de su transmisión en el seno familiar. Las personas entrevistadas pertenecen a 20 familias de refugiados en París y las ubico socialmente en la clase media, por su capital cultural, económico y social. Estas personas, que eran mayoritariamente estudiantes universitarios y militantes de la izquierda revolucionaria chilena, dejaron su país en la década del 70. Los integrantes de las parejas, de origen chileno, fueron entrevistadas individualmente, así como sus hijos que en ese momento tenían entre 17 y 30 años y que cursaban sus estudios superiores o ejercían un trabajo en puestos de responsabilidad.

[3] Fanny Jedlicki, Mémoires d’exil : quels héritages ? Trajectoires familiales de réfugiés chiliens, de l’Unité Populaire à l’affaire Pinochet, tesis de “maîtrise” de Etnologia, Universidad Paris V-la Sorbonne, 1999 ; Les mosaïques de la mémoire. Mémoires et violences de l’exil chilien. Tesis de DEA (pre-doctorado) de Sociologia, Universidad Paris VII-URMIS, 2000.

[4] Marie-Claire Lavabre, Le fil rouge. Sociologie de la mémoire communiste. Presse de la FNSP, Paris, 1994.

[5] Maurice Halbwachs, Les cadres sociaux de la mémoire, Albin Michel, Paris (primera edición 1925), 1994, p. 329.

[6] Concepto desarrollado por Levi-Strauss y Roger Bastide que aluden a la acción, intelectual y simbólica, de los actores sociales, para articular los distintos elementos (por ejemplo, de dos culturas). El término francés “bricolage” tiene una buena traducción en la metáfora del patchwork.

[7] Al final de la dictadura, se cuentan aproximadamente 4 000 asesinatos políticos, cerca de 2 000 detenidos-desaparecidos y entre 300 000 y 400 000 detenciones y casos de tortura.

[8] Antonia Garcia Castro, La mémoire des survivants et la révolte des ombres. Présences du phénomène de disparition dans la société chilienne (1973-1995), tesis de “maîtrise” IEP-Paris, 1995.

[9] Este sentimiento es uno de los objetivos de la represión : el sistema de la tortura necesita sobrevivientes, que puedan atestiguar el horror frente a los miembros de la sociedad, para que ellos adivinen, sin realmente saberlo, qué le pasa a los opositores. Es uno de los medios con los que se construye un verdadero Estado de terror.

[10] Ana Vásquez ; Ana-Maria Araujo, Exils latino-americains : la malédiction d’Ulysse, CIEMI-L’Harmattan, 1988.

[11] Jorge Semprún ; Elie Wiesel, Se taire est impossible, Ed. Mille et Une Nuits, 1995, p. 17.

[12] Pese a la dificultad de contabilizar el número exacto de exiliados se estima que, entre 1973 y 1989, unos 500.000 a un millón de chilenos, aproximadamente, han abandonado voluntariamente su país. Según la embajada de Chile en Paris, entre 10. 000 y 15. 000 chilenos habrían residido en Francia en este período. Estos refugiados provienen, en su mayoría, de la clase media chilena, con un alto nivel de educación. Sin embargo, pese a la heterogeneidad social existente en esta comunidad, de acuerdo a los datos conocidos por esta embajada, entre el 30 y el 40% de esta población habría vuelto a Chile.

* Citar a primo Levi

[13] La orden de detención internacional librada por el juez Garzón habla en términos de “crímenes de lesa humanidad”; estas palabras, si bien son abandonadas por los jueces, son ampliamente retomadas por los medios de comunicación masiva durante todo el caso.

[14] Evidentemente no es mi intención juzgar la (re)construcción de la democracia chilena, que puede ser comprendida históricamente. Seguramente Francia tiene una historia diferente y ahora es justamente desde este país, en el que los refugiados han cambiado y adquirido, durante el exilio, otros códigos de análisis y otras expectativas (sociales, económicas, culturales y políticas), que éstos evalúan la situación chilena.   

[15] Roger Bastide, “Mémoire collective et sociologie du bricolage”, L’Année sociologique, vol. 21, 1970.

[16] Paul Ricoeur, Evènement et sens, en L’Espace et le temps. Actes du XXIIeme Congrès de l’Association des sociétés de philosophies de langue française (Dijon, 29-31 août 1988), Vrin, 1990, p.19. 

[17] Un grupo de exiliados chilenos participa en las elecciones presidenciales chilenas de 1999, pensando contar con el apoyo de la población (este apoyo se demostraría prácticamente inexistente). Gracias al rol que habían jugado durante el “caso Pinochet”. Hasta continúan soñando con una sociedad chilena inspirada en la Unidad Popular.

[18] De hecho, frente a la ausencia de una Historia científica, oficial y reconocida como tal, es el mito, con acentos siempre legendarios, que toma su lugar. 

[19] Las identidades etnicas, de hecho, se construyen siempre en la interacción : Fredrik Barth, “Les groupes ethniques et leurs frontières” (trad. al francés, 1ª edición en ingles 1969), en Poutignat Ph. Y Streiff-Fenart J., Théories de l’ethnicité, Paris, 1995, pp.203-249.

[20] Véronique Nahoum-Grappe, “L’usage politique de la cruauté : l’épuration ethnique (ex-Yougoslavie, 1991-1995)”, pp. 275-323, en Françoise Héritier (dir.), De la violence, Odile Jacob, Paris, 1996, p.282.

[21] Esto no es una ley general; durante la investigación he encontrado casos extremos, en los que pudo haber un casi total ocultamiento de la historia paterna o, al contrario, una intensa participación de los hijos en la historia de sus padres.

[22] Vincent de Gaulejac, L’histoire en héritage. Roman familial et trajectoire sociale, Desclée de Brouwer, 1999.

[23] Martine Ulriksen-Vignar, “La transmission de l’horreur » en Jeanine Puget (dir.), Violence d’état et psychanalyse, Bordas, Paris, 1989, p. 124.

[24] Las experiencias traumáticas son reales en los hijos de los sobrevivientes, a pesar de que no hayan vivido realmente las causas de dicho traumatismo en Nathalie Zadje, Souffle sur tous ces morts et qu’ils vivent ! La transmission du traumatisme chez les enfants de survivants de l’extermination nazie, Ed. La Pensée Sauvage, 1993, pp. 87-88.

[25] Anne Muxel-Douaire, “Chronique familiale de deux héritages politiques et religieux”, en Cahiers internationaux de sociologie, vol. 82, PUF, 1986.

[26]Cabros y viejos” son las denominaciones con las que las dos principales generaciones que han protagonizado esta lucha, se llamaban una a otra.

[27] L’A MICRO, el nombre de la asociación, hace referencia a lo micro como a algo chico, en contraste con los adultos ; hace referencia también al MICRO-fono como símbolo de la palabra tomada públicamente por este grupo y a las micros de Santiago, lo que le confiere, por un lado, un carácter mas chileno en relación a los dos primeros términos existentes en francés y significando lo mismo, y por otro simbolizando la “subida al camino del compromiso”.

[28] Augustin Barbara, Les couples mixtes, Bayard, 1993, p.207.

[29] Camille Camilleri ; Joseph Kastersztein el all., Stratégies identitaires, PUF, Paris, 1997.

[30] Isabel Taboada-Leonetti, “Stratégies identitaires et minorités : le point de vue du sociologue”, en C ; Camilleri et all., idem, pp.68-69. Hay que decir que los jóvenes franceses de origen magrebi que habitan los barrios populares de Francia son victimas de un fuerte racismo institucional y social, siendo identificados como delincuentes.

[31] Jacques Hassoun, Les contrebandiers de la mémoire, Syros, Paris, 1994.

[32] Edgar Morin, “Principes d’une sociologie du présent”, en La rumeur d’Orléans, Seuil, 1969.

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“Operación Cóndor”: juicio histórico sobre el plan de represión coordinada de las dictaduras latinoamericanas en los años 70

“Operación Cóndor”: juicio histórico sobre el plan de represión coordinada de las dictaduras latinoamericanas en los años 70

07 DE MARZO DE 2013
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JUAN GONZÁLEZ:

El martes pasado comenzó un histórico juicio en Argentina, que podría revelar nuevos detalles sobre la estrategia coordinada de seis países latinoamericanos, en las décadas de 1970 y 1980, para eliminar disidentes políticos. Este plan, conocido como Operación Cóndor, involucró a las dictaduras militares de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay, Perú y Uruguay. Estos gobiernos colaboraron entre sí para rastrear, secuestrar y asesinar personas que ellos calificaban de terroristas: activistas de izquierda, sindicalistas, estudiantes, sacerdotes, periodistas, guerrilleros, y también sus familias.

El plan fue impulsado por el dictador chileno Augusto Pinochet y existe evidencia de que la CIA y el ex secretario de Estado Henry Kissinger fueron cómplices del mismo desde sus inicios. Al menos 25 generales del ejército están imputados en la causa, y se espera contar con el testimonio de más de 500 personas. En agosto, un juez federal argentino solicitó formalmente al Departamento de Justicia del Gobierno de Obama que permita que propio Kissinger sea interrogado. El Gobierno de Obama no respondió.

AMY GOODMAN: Este juicio se está llevando a cabo en Buenos Aires, donde un antiguo taller mecánico fue convertido en un centro de tortura. Argentina es el país donde más personas extranjeras fueron asesinadas en el marco de la Operación Cóndor. Esto está sucediendo apenas semanas después de que la Corte Suprema de Uruguay derogara una ley que hubiera permitido juicios similares en ese país.

Para ampliar esta información, nos acompaña John Dinges, autor del libro “Operación Cóndor: una década de terrorismo internacional en el Cono Sur”, que recopila entrevistas e informes de inteligencia desclasificados para reconstruir acontecimientos mantenidos en secreto. Antes de eso, Dinges trabajó para la National Public Rario, y como periodista independiente en Latinoamérica. Actualmente es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

John Dinges, bienvenido a Democracy Now!

JOHN DINGES: Encantado de estar aquí. Gracias.

AMY GOODMAN: Háblanos de la importancia de este juicio que está teniendo lugar en Argentina.
JOHN DINGES: Bueno, ya se han hecho varios juicios, y éste se remonta a la detención de Pinochet en Londres, en 1998. Eso desató una avalancha de pruebas, que atravesaron Europa y dieron lugar a juicios en muchos lugares, como Roma, París, Argentina y Chile, pero todos más pequeños que éste. Aquí hay 25 personas acusadas. Por desgracia —o por suerte, quizás— muchas de las personas implicadas en esto ya han muerto, o están muy viejos; muchos de los jefes máximos. Pero aquí hay 25 argentinos y un uruguayo, todos con cargos militares, quienes participaron directamente en las acciones de la Operación Cóndor.

Se trata de algo histórico, ya que vamos a escuchar las declaraciones de 500 testigos. Y no es algo habitual en el sistema jurídico latinoamericano. Esto se está haciendo realmente público ahora que escuchamos los testimonios. Antes sólo declaraban ante los jueces a puertas cerradas, y luego, alguna gente podía llegar a leer esos testimonios, pero no llegaba a ser realmente público. Esta vez es realmente público. Y al parecer, gran parte del juicio está siendo grabado. Así que es la primera vez que toda la población va a poder va a escuchar los detalles de esta serie tan terrible de atrocidades, que tanta gente ha matado.

JUAN GONZÁLEZ: John, para quienes nunca han oído hablar de la Operación Cóndor o saben poco sobre ella, ¿podrías hablarnos sobre sus orígenes? ¿Cómo comenzó, que países o gobiernos la encabezaron?

JOHN DINGES: Bueno, fue una iniciativa chilena. Augusto Pinochet tenía dominada a la oposición. El golpe de Estado fue en 1973, y para 1974 ya no había casi oposición interna. Pero mucha gente que había formado parte del anterior Gobierno, que él había derrocado, se había marchado al extranjero. Un general importante vivía en Argentina. Dirigentes políticos, como por ejemplo Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores y ex embajador en EE. UU. –que era alguien que solía comer con Henry Kissinger- vivía en Washington. Había gente desparramada por diferentes lugares, en Europa y en toda Latinoamérica, y Pinochet quería ir tras ellos. Así que organizó la Operación Cóndor.

Y convenció a los otros países —Brasil, Uruguay, Argentina, Bolivia y Paraguay— para que se sumaran, con el argumento de que existían acciones guerrilleras que los amenazaban a todos conjuntamente. Y de hecho, hubo una organización guerrillera llamada Junta de Coordinación Revolucionaria, formada por diferentes grupos armados que luchaban contra esos gobiernos. Entonces, la idea de Pinochet era colaborar para perseguir a esta gente. Y así lo hicieron.

La mayor parte de los exiliados chilenos estaban en Argentina, que fue el último país en ver derrocado su gobierno civil. Allí la dictadura militar se inició en marzo de 1976, y el Plan Cóndor se creó a finales de 1975. Así que ya estaban preparados. Y cuando se produjo el golpe de Estado en Argentina, comenzaron a matar a cientos de personas, a estas personas extranjeras. Es interesante que hayas mencionado a Automotores Orletti. Este es el taller mecánico que fue utilizado como centro de tortura, y ahí es donde retenían a los presos de otros países.

AMY GOODMAN: Con Democracy Now! hemos visitado ese taller. Quiero leer parte de un documento desclasificado, un informe de la CIA que muestra que funcionarios estadounidenses sabían que los servicios de inteligencia latinoamericanos estaban ampliando sus redes de acción con la Operación Cóndor. Cito: “Están uniendo fuerzas para erradicar la ‘subversión’ … una palabra que, cada vez más, se refiere a la disidencia no violenta, de parte de la izquierda y centro-izquierda”.

Esto se relaciona con otro documento que tú conseguiste, John Dinges, de la agencia de inteligencia chilena, conocida como DINA. En él se detalla el número de muertos y desaparecidos registrado por la inteligencia argentina. Es un cable enviado por el representante de la DINA en Buenos Aires que dice, cito, que “está enviando una lista de todos los muertos,” que incluía el conteo oficial y extraoficial de muertos. Entre 1975 y mediados de 1978, según él, cito: “suman 22.000 entre muertos y desaparecidos”. Háblanos sobre el número de muertos y qué es lo que sabía EE.UU.

JOHN DINGES: Bueno, vamos primero con Estados Unidos. En este período, los años setenta, Estados Unidos fue un patrocinador importante de las dictaduras militares que derrocaron, en algunos casos a gobiernos democráticos y en otros a gobiernos civiles tambaleantes. Como fuera, el resultado fueron gobiernos como el de Videla, el de Pinochet o el de Banzer en Bolivia, que mataban a sus ciudadanos impunemente. El gobierno de EE. UU. sabía de estos asesinatos masivos. Y mantuvo una actitud esquizofrénica y maquiavélica hacia esta situación. Realmente no querían a los comunistas en el gobierno, y la democracia parecía estar dando lugar a gobiernos comunistas. De hecho, el presidente de izquierda Salvador Allende fue elegido democráticamente, e instaló en Chile un gobierno civil y revolucionario. Y por eso, Pinochet lo derrocó. Estados Unidos tenía pánico ante la posibilidad de que esto se extendiera en Latinoamérica, por lo que apoyó la llegada de las dictaduras.

Cuando comenzaron los asesinatos masivos, EE. UU. sabía que eso estaba sucediendo. Se enteraron de la Operación Cóndor poco después de su creación. No hay pruebas de que supieran de su existencia en el momento en que se creó. Sí hay pruebas de que lo sabían un par de meses después de iniciadas sus operaciones. Pero sin duda tenían conocimiento de que estas cosas estaban sucediendo. Y si nos fijamos en las transcripciones de las reuniones entre Henry Kissinger y estos jefes militares de Argentina y de Chile, de las que tenemos registro, ¿qué es lo que dicen en privado? Algo así como: “Apoyamos lo que están haciendo. Entendemos que tienen que hacer valer su autoridad. Hagan lo posible por liberar algunos presos, porque el Congreso me está presionando mucho, los demócratas están queriendo hacer que yo defienda los derechos humanos. Así que les pido un esfuerzo, pero entiendo lo que están haciendo”.

Y en una ocasión, dos semanas después de que Kissinger visitase Santiago, se realizó la segunda reunión más importante entre todos los países del Cóndor para hablar sobre el plan. Y en esa reunión, en junio de 1976, se aprobaron operaciones de asesinatos fuera de Latinoamérica. Y el primero de estos asesinatos tuvo lugar en Washington DC. Orlando Letelier, ex ministro de relaciones exteriores chileno, fue asesinado en las calles de Washington.

AMY GOODMAN: Es una historia asombrosa. De hecho, tú has escrito un libro sobre el tema.

JOHN DINGES: En realidad he escrito dos libros. Uno es sobre el asesinato, en el que, por primera vez, incluí un capítulo sobre el descubrimiento de la Operación Cóndor. No tenía muchos detalles. Incluso, en cierta medida, fui mal informado por el Departamento de Estado.

Años más tarde, después de que Pinochet fuese detenido en Londres, hubo una avalancha de documentos, que incluían 60.000 páginas de material, que se hicieron públicos por orden del presidente Clinton. Entonces pude investigar realmente y entender lo sucedido desde el punto de vista de EE. UU. Pero también en Latinoamérica se revelaron muchos documentos. Y creo que eso es aún más importante, porque si sólo tuviéramos documentos estadounidenses, siempre alguien podía decir “bueno, ese es el punto de vista de EE.UU. sobre estos asuntos.” Pero lo que pasaba realmente en esos gobiernos latinoamericanos…

AMY GOODMAN: Explícanos cómo fue que Orlando Letelier y su asistente, Ronni Moffitt, fueron asesinados en las calles de Washington DC, en Estados Unidos, en 1976.

JOHN DINGES: Pinochet inició esta operación poco después de aquella reunión con Kissinger. Menos de un mes después, dio la orden para esto. Enviaron a un agente que hacía varios años trabajaba para la DINA, Michael Townley, que era estadounidense. No creo que fuera casualidad que le encargaran esto a un agente estadounidense, ya que, obviamente, cuando se comenzó a sospechar de ellos, dijeron: “Ah, este tipo trabaja para la CIA“. Y mucha gente está dispuesta a creer que siempre es la CIA quien está detrás de estas cosas. De hecho, tanto la extrema derecha como la extrema izquierda decían “fue la CIA.” No hay pruebas de que Townley trabajara para la CIA, pero es seguro que trabajaba para los chilenos.

Se juntó con algunos cubanos en Nueva Jersey, cubanos anticastristas, y fueron a Washington. Townley se metió debajo del auto y puso una bomba que él mismo había construido, que se activaba con uno de esos antiguos beepers. Siguieron el auto por la Avenida Massachusetts y en Sheridan Circle, bien cerca de la embajada de Chile, pulsaron el botón y lo mataron. Ronni Moffitt era la esposa de Michael Moffitt, que era asistente de Orlando. Ella iba en el asiento delantero del auto y por eso murió. Michael sobrevivió y Orlando, por supuesto, murió inmediatamente.

AMY GOODMAN: Townley estuvo algunos años en la cárcel. Y entonces…

JOHN DINGES: A Townley lo entregaron los chilenos. La historia de cómo se resolvió este caso es increíble. En general se asumía que en EE. UU. no se iba a investigar el caso muy a fondo. Pero quienes pensaron eso estaban equivocados. El FBI realizó una extensa investigación, resolvió el caso, obtuvo fotos de los implicados. Esa larga historia yo la cuento en el libro. Cuando identificaron a las personas que habían ido a EE. UU. para llevar esto a cabo, fueron a Chile y pidieron la cooperación del Gobierno de Pinochet. Y Pinochet tenía dos opciones: matar a Townley —y hay pruebas de que ese era uno de los planes— o entregarlo. Y finalmente lo entregaron. Lo llevaron a Estados Unidos, y comenzó a declarar. Y ahí hubo otra avalancha de información, que provino de Michael Townley. Él todavía vive en Estados Unidos. Estuvo sólo cinco años en prisión.

AMY GOODMAN: Y ahí entró en el programa de protección de testigos.

JOHN DINGES: Estuvo en protección de testigos por un tiempo. Por lo que sé, ya no lo está. Actualmente vive en la zona centro-oeste de EE.UU. Y bueno, él ha cooperado. No sé si tiene algún remordimiento sobre su pasado, pero ha colaborado con muchas investigaciones desde su encarcelamiento.

JUAN GONZÁLEZ: John, me gustaría preguntarte sobre un personaje fuera de lo común del que hablas en el libro, y sus esfuerzos para poner fin a la Operación Cóndor: Ed Koch, el recientemente fallecido alcalde de Nueva York, que en esa época era un joven congresista demócrata, y empezó a hacer muchas preguntas sobre lo que estaba pasando, haciendo enojar a nuestro propio gobierno. ¿Podrías hablarnos de eso?

JOHN DINGES: Ed Koch, una figura muy querida en esta ciudad. Realmente, todo el mundo que ha tratado con él ha tenido la misma experiencia. Cuando estaba investigando esta historia, él cooperó gustosamente conmigo. Y vino a la fiesta de lanzamiento de mi libro. Así que también lo quiero. Ed Koch era congresista y fue impulsor de una enmienda a una ley, que permitiera suspender la ayuda militar a Uruguay. Los uruguayos eran parte de la Operación Cóndor. Esto fue en 1976. Y laCIA descubrió eso, creo que lo descubrieron porque los uruguayos lo comentaron frente a ellos, dijeron que iban a convencer a los chilenos para que fueran a Washington a matar a Koch. No sabemos si eso se llegó a poner en marcha. Pero George Bush, que era el jefe de la CIA en aquel momento, llamó a Ed Koch y le dijo —es maravilloso escuchar a Ed Koch contar esta historia— le dijo: “Tengo que contarte algo: Hay un complot para asesinarte”. Ed Koch preguntó si le iban a ofrecer protección. Y ellos dijeron: “No, no. Ese no es nuestro trabajo. Somos la CIA. Sólo te estamos avisando, te toca a ti ocuparte de tu propia seguridad”. Ed Koch no sabía que esto era parte de la Operación Cóndor. Pensaba que era cosa de algún exaltado de la dictadura.

Tiempo después, durante mi investigación pude hablar con una de las personas que participó en esto, uno de los uruguayos. Y sí, fue una típica movida del Plan Cóndor, aunque no llegaron a matar a nadie, por suerte. Pero fue el típico modus operandi. Con el fin de cubrir sus huellas, un país usaba los agentes de otro país para hacer el trabajo sucio, en las operaciones planeadas para fuera de América Latina. Dentro de América Latina, tenían una manera mucho más sistemática y eficaz de funcionamiento. Se perseguía a los disidentes de cada lugar, en cualquier país donde estuvieran, Perú, Brasil, Uruguay y principalmente Argentina. Y ahí la metodología era simple: capturarlos, secuestrarlos, torturarlos, matarlos y hacer desaparecer sus cuerpos. Muy pocas personas han sobrevivido a la Operación Cóndor, casi nadie. Es muy difícil encontrar un sobreviviente.

JUAN GONZÁLEZ: Y aún así, muchos de los líderes de los nuevos gobiernos populistas que hay ahora en América Latina surgieron de algunas de las organizaciones perseguidas por el Cóndor. Especialmente en Uruguay, donde el presidente es un ex Tupamaro. Y en toda la región, esos disidentes son ahora parte del aparato de gobierno de sus países.

JOHN DINGES: Hace dos semanas, estuve en Bolivia y entrevisté a una persona del Ministerio de Comunicaciones, una de las tantísimas personas de pueblos indígenas que forman parte del gobierno de Morales. Y él contó que su padre había estado preso. Había estado exiliado en Chile, y cuando llegó el golpe de Estado fue encarcelado, estuvo siete meses preso, y fue torturado. Y en esa misma oficina hablé con otra persona, que también había participado en la resistencia boliviana en la década de 1980, y antes, su padre había estado involucrado con el grupo que luchaba junto al Che Guevara en 1960.

Estos son revolucionarios, pero son un tipo diferente de revolucionarios. Están igual de comprometidos, creo, pero sin tomar las armas. Creo que se dan cuenta de que esa forma de lucha no se ha llevado a revoluciones triunfantes, entonces me siento muy optimista sobre lo que está pasando con este grupo de gobiernos ahora.

AMY GOODMAN: Por último, hay un cable del Departamento de Estado, de 1978 que, según la cubierta de tu libro, dice: “Kissinger explicó que en su opinión el gobierno argentino había hecho un excelente trabajo en la erradicación de las fuerzas terroristas”. ¿Qué significa que los jueces hayan pedido el testimonio de Kissinger y que el gobierno de Obama no haya respondido?

JOHN DINGES: A Kissinger lo han llamado a declarar muchas veces. En mi libro hablo de una vez en la que sí respondió, creo que era un pedido de Francia. Y básicamente, negó todo. Es algo muy frustrante. Para mí era claro que todo lo que dijo eran mentiras, no hay otra palabra para ello, estaba mintiendo. O sea, los documentos dicen una cosa y Kissinger dijo otra cosa. Y él sabía lo que decían los documentos. En Estados Unidos nunca se ha permitido que un funcionario público sea juzgado en otros países. No somos miembros de la ICC.

AMY GOODMAN: La Corte Penal Internacional (por sus siglas en inglés).

JOHN DINGES: Sí, la Corte Penal Internacional. No ha habido ningún juicio en el exterior que haya puesto a un estadounidense en el banquillo de los acusados. Hubo un intento en Italia, pero por supuesto, ningún imputado apareció. En Estados Unidos, por uno u otro motivo, tanto los demócratas como los republicanos proteger a nuestros violadores de derechos humanos, cuando se trata de violaciones de derechos humanos fuera de Estados Unidos. Simplemente así se manejan.

AMY GOODMAN: ¿Describirías a Henry Kissinger como un violador de los derechos humanos?

JOHN DINGES: Sí, absolutamente.

JUAN GONZÁLEZ: ¿Y cuál es importancia de esta historia de externalizar la lucha contra el terrorismo, de modo de no dejar huellas de la propia participación, en relación con la guerra actual contra el terrorismo en los Estados Unidos?

JOHN DINGES: Bueno, yo estaba escribiendo mi primer capítulo cuando pasó lo del 9/11, en mi casa en Washington. Y en el final del libro, que termina con una referencia al 9/11, digo que esto no es algo que estemos condenados a repetir. Y lo digo haciendo la comparación entre la guerra contra el terrorismo de la década de 1970 y la guerra actual contra el terrorismo, lanzada por el presidente Bush. Pensaba que habíamos aprendido la lección de no copiar los métodos de los enemigos, o de aquellos que han demostrado ser violadores de los derechos humanos. Pero desafortunadamente, creo que hemos hecho eso muchas veces.

La discusión actual sobre el uso de aviones no tripulados me parece aterradora; porque me cuesta distinguir entre lo que fue la Operación Cóndor, con menos tecnología, y lo que es el uso de aviones no tripulados, que básicamente lo que hacen es entrar en otro país, incluso con el permiso de ese país —así era en general también en la Operación Cóndor— perseguir a la gente, y matarla. Ahora bien, la justificación es: “Pero eran criminales. Estaban en combate”. Eso puede o no ser cierto, pero al final quien lo determina es la misma persona que aprieta el gatillo.

Creo que es importante poner esto en discusión. Y tal vez en un juicio como éste, que se remonta a los años 70, la gente dice: “Bueno, así fueron las dictaduras en la década de 1970”. Pero la tendencia del Estado a creer que es válido actuar contra sus enemigos de la manera más eficaz posible se mantiene vigente, y claramente no se limita a las dictaduras.

AMY GOODMAN: Queremos darte las gracias, John Dinges, por haber estado con nosotros. John Dinges es autor del libro “Operación Cóndor: una década de terrorismo internacional en el Cono Sur.” Antes de eso, trabajó en la National Public Radio, NPR, y como periodista independiente en América Latina. Actualmente es profesor en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

Traducido por Javier Pérez. Edición: Verónica Gelman y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org.


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La Primavera de Chile. Documental completo

La Primavera de Chile. Documental completo
Publicado el 13 jul. 2013

Título Original: La primavera de Chile
Título en Inglés: Chilean spring
Duración: 102 minutos
Soporte: Digital

Producción: Cristián del Campo — Gastón Muñoz

Dirección y Guión: Cristián del Campo Cárcamo

Producción Ejecutiva y Distribución: Elena Varela

Producción en terreno: Marcelo Dauros, Mauricio Castro, Mario Venegas, Cristián del Campo
Investigación periodística: Julio Candia
Colaboración Guión: Marcia Pozzo, Julio Candia, Hugo Fuentes
Cámara: Mauricio Castro, Juan Pablo Araneda, Alex Ramírez, Cristián del Campo
Edición y Montaje: Hugo Fuentes, Cristián del Campo
Arte y Diseño: Marcelo Dauros Pantoja
Postproducción: Marcelo Arriagada

Agradecimientos:

Radio Universidad de Chile
Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios, ACES
Confederación Nacional de Estudiantes Secundarios, CONES
Confederación de Estudiantes de Chile, CONFECH
Federación Nacional de Pobladores, FENAPO
Confederación de Trabajadores del Cobre, CTC
Colegio de Profesores de Chile A.G.
Fundación Progresa

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    La Primavera de Chile o el bloqueo cognitivo
    Por Colectivo Miope

    La Primavera de Praga fue un momento crucial en la liberación política y social donde Checoslovaquia le hizo frente al avasallador totalitarismo comunista que le pretendía imponer la ex-URSS.  Ahora, ésta alusión floral, respecto a Chile, estaría básicamente en consonancia con la misma idea de resistencia social pero en función a otro sistema económico –basado en el libre mercado– impuesto, mantenido y defendido por todo el espectro político -con intereses en juego- a lo largo de los últimos 30 años.

    La Primavera de Chile despliega a lo largo de casi dos horas un desfile de rostros queribles, como lo son los voceros estudiantiles. También otros más rabiosos, aquellos portadores de cierta misión con causas puntuales, más que con la trinidad de conceptos que defiende el estudiantado.

    Y, aunque el movimiento aludido como tal efectivamente posea todas las características de la analogía desenfundada en torno al replanteamiento duro del paradigma económico en ejecución, el largometraje logra escasamente aportar algo más a la reflexión profunda del asunto, confiando escuetamente en el abanico de argumentos cercados y por lo tanto, mucho menos aún, plantear -o al menos insinuar- rutas para los desafíos futuros del estancado embrollo. Es más bien una constatación sintética y cadenciosa, y pulcra eso sí. Una tibia cronología de sucesos con la expositiva intervención del dirigente, vocero, intelectual o experto afín.

    Evidentemente las autoridades oficiales son retratadas mediante un menesteroso material de prensa como -lo que supuestamente son- figuras rígidas, ultraconservadoras, opacas, poco dispuestas a escuchar, con discursos y planteamientos mecánicamente enarbolados. Sujetos poco empáticos, sin alma. Ontológicamente despreciables. Todo legítimo, pero claro, sin permitirse acceder a su voz en ninguna distendida conversación frontal que si gozan el resto de los participantes. Es decir, se hace imposible siquiera osar cuestionar lo fríamente dispuestos o al menos a darle una vuelta, darle un respiro y acceder a ideas que los discursos oficiales por su misma lógica eficiente y sobria no lo permiten. En definitiva, en La Primavera de Chile se asume que la repetición -a modo de mantra- fortalece esa hipótesis de trabajo que jamás se pone a prueba, ni menos aún, obvio, con el latente riesgo que involucra un debate.

    Aquí los razonamientos son unilaterales, su fuerza –como en la acción popular– al final del día se basa en la presión física, la ocupación y la soberbia convicción de que “lo que hacemos es lo correcto” y por tanto requiere radicalizaciones múltiples, eventuales atropellos, aceptación per se. Todo la disposición de elementos en este simulacro narrativo hace suponer –paradójicamente- que La Primavera de Chile no cree en su pueblo, no cree que éste pueda ejercer el pensamiento crítico, no cree que sea conveniente entregarle las elementos que -a través de un medio popular como lo es el cine- el individuo pueda sacar sus propias conclusiones, oxigenar su juicio, ser ciudadanos y no un par de piernas y gargantas útiles en determinado momento.

    Sin duda que el metraje apunta certeramente los aspectos fundamentales del movimiento acaecidos durante el 2011 a modo de reporte “objetivo” y además toca tangencialmente aspectos incluso más interesantes y particularmente idiosincrásicos que le dan personalidad al problema, como lo fueron las performances creativamente pop en público, las marchas carnavaleras, los eventos pachangueros masivos, el majadero uso retórico del rock pesado en la represión policial, y bueno, no mucho más.

    No adherir cabalmente a estas alturas a esta amalgama de fuerzas sociales que abogan por una educación de calidad, gratuita y sin lucro es prácticamente considerado una herejía, es decir, atreverse a ponderar la información, las circunstancias, los argumentos… básicamente pensar por sí mismo. Al parecer lo que se necesita hoy es el vitoreo instintivo, el apoyo irrestricto y acrítico a cualquier slogan que apele a la olvidada familia linchada por los pagarés de una institución que no le garantiza nada al educando, que lo ve como un número y mano de obra barata estratégicamente funcional a la nación en supuesto desarrollo.

    Más allá de que sea el “primer” documental sobre el movimiento –un término que en sí induce a desconfiar de la fuerza interna del despliegue de los contenidos–, sería saludable que esto sirviera para profundizar en base a lo que se supone que el cine puede lograr y que lo diferencia de otras manifestaciones audiovisuales, es decir, lograr acompañar un proceso determinado en base a una cierta intimidad, a un acceso único, nunca antes visto, en la profundización de los anhelos y desafíos más particulares. En las revelaciones que puede otorgar enfrentar una oposición específica, en encontrar aquella pulsión y valor en personajes en los que nadie confía ni conoce. La Primavera de Chile no roza en más de un par de escenas algo de esto. No construye personajes (pues los personajes están construidos ya), no revela nada que no sepamos ni se propone poner a prueba la tesis con la que parte y nunca se atreve a problematizar.

    De esta manera la propuesta aquí planteada tal vez sirva para expandir el “espíritu” reformista que reacciona efectivamente ante el abuso ejercido contra los más desprotegidos y, con ello, decirle al mundo que Chile se moviliza, que se une en torno a una serie de prácticas y que no tolera la prepotencia del capital. Pero, internamente, cinemáticamente, narrativamente, es apenas un primer y tibio paso respecto este gran tema. Luego, entonces, y por eso mismo, solo puede ser una formidable oportunidad para no anquilosarse en el irrelevante acopio de los hechos e imágenes que hoy por hoy abundan, redundan, cansan y sobran.

    Algunas interrogantes que quedan:

    ¿Qué pasa con los carabineros encapuchados? ¿De donde surge esa infame estrategia de boicot, si es que existe? ¿Cómo enfrenta un carabinero su función para con los estudiantes sabiendo que su profesión nace -por lo general- de la carencia de medios para un futuro que realmente desarrolle sus aptitudes? ¿Cómo se entrena un carabinero para abordar la represión? ¿Cree en su rol, puede optar? ¿Cómo aborda el dilema un estudiante con la necesidad de manifestarse si carga una tradición uniformada? ¿A qué le teme tanto la elite dominante? ¿Sólo a perder su poder, su influencia y sus negocios? ¿Por qué ésta cree con –supuesta– reflexiva convicción que su modelo ofrece más oportunidades de desarrollo integral a los ciudadanos? ¿Se niegan al cambio por que creen que una población educada, reflexiva, crítica abusará de su nuevo estatus a modo de venganza clasista?

Training Torturers: The School of the Americas

Training Torturers: The School of the AmericasMarjorie CohnIn the most developed countries (France, the United States), some terrible schools have trained soldiers for years to the subtleties of the cruellest torture techniques. Marjorie Cohn is studying the School of the Americas history from where have come out some terrible war criminals. To limit the spread of Communism in the 60s and the 70s, the United States has supported the biggest Latin American dictatorships by training their leaders to counteract the enemies of the regime. Almost 60 000 soldiers, officers and civilians had become torturers experts when they went out of the School of Americas. Today, the school activities remain unclear. No investigation has been opened to highlight the managers responsibilities.Importing torture techniques it had used in the Phoenix program in Vietnam – including waterboarding, electric shock, assassination, kidnapping, and summary execution – the United States trained Latin American strongmen how to maintain control. Manuals that explained how to use torture to neutralize enemies were brought to the School from the U.S. Army intelligence training center at Fort Huachuca, Arizona. “The U.S. Army School of the Americas … is a school that has run more dictators than any other school in the history of the world.” – Representative Joseph Kennedy [1]A few years ago, during a visit to Buenos Aires, I visited the Plaza de Mayo. Old women carrying large photographs of their dead children marched around the square as they have done every Thursday since April 1977. One woman told me how her 18-year-old daughter, clad in a nightgown, was abducted in the middle of the night. She had criticized government policies at the university. Her body was found near a creek. Other women related stories of how their children were “disappeared” and tortured. These mothers continue to demand that the military tell them what happened to their loved ones. During the time they were kidnapped, the United States supported the Argentine dictatorship in its “dirty war.” In the late 1970s and early 1980s, Leopoldo Galtieri led the military junta in Argentina, when some 30,000 people were disappeared and killed. Galtieri was a graduate of the School of the Americas.A School for CounterinsurgencyThe School was established in 1946 in the Panama Canal Zone; it was called the Latin American Training Center-Ground Division. In 1963, it became the U.S. Army School of the Americas. It suspended operations in September 1984 pursuant to the 1977 Panama Canal Treaty. The School of the Americas (SOA) reopened three months later at Fort Benning, Georgia, where a U.S. military base is located. Due to negative publicity about the School, SOA was cosmetically renamed Western Hemisphere Institute for Security Cooperation (WHINSEC) in 2001.Since it opened, more than 59,000 military, police, and civilians from 23 Latin American and Caribbean countries have been trained at the School. Many went on to disappear, torture, and murder their people. “In fact,” according to a 1995 Los Angeles Times editorial, “it is hard to think of a coup or human rights outrage that has occurred in [Latin America] in the past 40 years in which alumni of the School of the Americas were not involved” [2].During the Cold War, the United States used Latin American dictatorships as proxies to counter revolutions and keep the region “safe” from communism. The 1959 Cuban revolution, the 1970 election of Salvador Allende in Chile, and the 1979 Nicaraguan revolution were pivotal moments for the anti-communist U.S. foreign policy in Latin America.Another significant development that influenced U.S. policy was Vatican II in the early 1960s, which led to reform in the Catholic Church and liberation theology. In a break from past practice, the church began to align itself with the poor, focusing on inequality that led to hunger and misery. This is the role the church played in Guatemala in the mid-1980s, which led to the kidnapping and torture of Sister Dianna Ortíz, described below.The United States armed military governments, provided them with money and loans, and used diplomatic pressure and threats to ensure loyalty to U.S. interests. Training military tyrants to repress their own populations was cheaper and easier than sending in U.S. troops. The primary goal of the United States in Latin America during this period was to maintain stability for U.S. investment.Importing torture techniques it had used in the Phoenix program in Vietnam – including waterboarding*, electric shock, assassination, kidnapping, and summary execution – the United States trained Latin American strongmen how to maintain control. Manuals that explained how to use torture to neutralize enemies were brought to the School from the U.S. Army intelligence training center at Fort Huachuca, Arizona.As the United States supported these dictatorships and trained them to use vicious tactics against their people, both sides enga

Origen: Training Torturers: The School of the Americas

Pactos de silencio y esa larga impunidad

Pactos de silencio y esa larga impunidad

La muerte de los generales Manuel Contreras Sepúlveda, ex jefe de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina), y Hernán Ramírez Rurange, ex jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine), además de la condena final para otros trece oficiales de inteligencia y de la justicia militar por el secuestro y asesinato del químico Eugenio Berríos, ocurrido en Uruguay en 1992, reabrieron la vieja llaga de la impunidad.
El “Mamo” Contreras, otrora poderoso director de la primera policía secreta de Augusto Pinochet que operó entre 1973 y 1977, responsable de los más atroces crímenes en la historia del país, falleció a los 86 años en el Hospital Militar. Estaba condenado a más de 500 años de cárcel y esperaba sentencia por otros cientos de procesos que aún se investigan en los tribunales. Fue cremado pocas horas después en el Cementerio Católico, vestido con su uniforme de gala de general. Ramírez Rurange, en tanto, de 76 años, se pegó un tiro en la sien en su domicilio para evitar ir a prisión por más de 20 años, sentencia emitida por la Corte Suprema a comienzos de agosto.
Contreras, autodicta en los secretos de la inteligencia militar, recibió una orden directa de Pinochet para crear la Dina a fines de septiembre de 1973, después que el entonces director de la Escuela Militar, el coronel Nilo Floody, elegido por el dictador para esa tarea, lo convenciera de que él no era el más indicado para la misión.
La Dina inició sus actividades en la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, a 120 kilómetros al oeste de Santiago, cerca del exclusivo balneario de Santo Domingo. Hasta allí llevaron a decenas de prisioneros que fueron sometidos a bárbaras torturas.
Contreras eligió personalmente a los oficiales que integraron los diferentes departamentos y cuarteles de la Dina, que empezaron a operar en paralelo a los servicios de inteligencia de las fuerzas armadas. También reclutó a civiles que habían participado en agrupaciones políticas de ultraderecha durante el gobierno del presidente Salvador Allende.
Muchos oficiales seleccionados para servir en la Dina recurrieron a los más rebuscados argumentos para evitar ese destino. Otros, los menos, marcharon gustosos a la cruzada en contra del comunismo que pregonaba el “Mamo”. Hoy, estos últimos cumplen o ya cumplieron penas por crímenes de lesa humanidad y son los que conformaron el núcleo duro de la represión entre 1973 y 1978. A partir de ese último año, cuando la Dina ya había sido reemplazada por la Central Nacional de Informaciones (CNI), y Contreras trataba de evitar las investigaciones judiciales por los asesinatos del general Carlos Prats, en Buenos Aires, en septiembre de 1974; del ex canciller Orlando Letelier, en Washington, en septiembre de 1976; y por el atentado en contra del dirigente democratacristiano Bernardo Leighton, en Roma, en octubre de 1975, el general Pinochet optó por involucrar en las tareas represivas a la Dine y a las estructuras más secretas del ejército, hasta ese momento sólo preocupadas de la seguridad externa.

EL BRAZO ARMADO
En 1981, Pinochet eligió a la Dine para que asesinara a Tucapel Jiménez, dirigente sindical socialdemócrata que amenazaba agrupar a las organizaciones laborales opositoras. También ordenó a la Dine que eliminara al ex presidente de la República Eduardo Frei Montalva, quien fue inoculado con una sustancia tóxica cuando se recuperaba de una operación gástrica en la Clínica Santa María. El dictador involucró luego a oficiales de la Dine y de los altos mandos del ejército en sus propios negocios turbios: adquisición de propiedades, coimas, depósitos ilegales en el extranjero e incluso narcotráfico, según revelaciones del propio Manuel Contreras en los últimos años.
A mediados de la década de los 80, cuando los tribunales de justicia empezaron tímidamente a investigar algunos crímenes de la dictadura, en instancias hasta ahora no bien precisadas se diseñaron estructuras de protección para los agentes más buscados. Algunos magistrados y detectives de la policía de Investigaciones sostienen que para crear “nidos” en el exterior que cobijaran a los prófugos se recurrió a agentes de espionaje y vínculos establecidos en el denominado Plan Cóndor, una instancia de colaboración entre policías secretas de las dictaduras del Cono Sur en cuya formación tuvo un papel protagónico el “Mamo” Contreras.
Así, por ejemplo, se recurrió a contactos en Brasil para refugiar a Raúl Osvaldo Romo Mena, agente civil de la Dina que trabajó en la represión del MIR. También se apeló a los paraguayos para esconder en ese país a Miguel Estay Reyno, “El Fanta”, desertor del Partido Comunista que colaboró con el Comando Conjunto de la Fuerza Aérea en la captura y asesinato de militantes de las Juventudes Comunistas en los años 1975 y 1976. En el caso de oficiales aún en servicio activo se optó por ubicarlos como agregados militares en embajadas de Chile.
Paralelamente, desde el Ministerio de Justicia se ejerció un férreo control sobre el nombramiento de los jueces y en la Fiscalía Militar, bajo la conducción del coronel (J) Fernando Torres Silva, se diseñaron estrategias de defensa para los uniformados que se vieran obligados a declarar en los tribunales.
Tras el retorno de la democracia, Pinochet -al frente de la comandancia en jefe del ejército- ordenó al director de la Dine, el hoy suicidado general Hernán Ramírez, que sacara del país al químico Eugenio Berríos, fabricante de gas sarín en tiempos de la Dina y más tarde vinculado a la producción de estupefacientes. Ramírez formó un grupo de tarea con oficiales y suboficiales de la Brigada de Inteligencia del Ejército (BIE) y de las unidades de espionaje y contrainteligencia, y sacó a Berríos hacia Argentina con destino final en Uruguay, donde finalmente fue asesinado con cinco balazos en la nuca y sepultado en una playa, boca abajo y con las manos atadas a la espalda con alambre, replicando una amenazante ejecución mafiosa.
Las maniobras para esconder ese crimen se extendieron por casi veinte años. Pero al final tanto los autores como los encubridores terminaron sentenciados a largas condenas, incluido otro de los ex directores de la Dine, el general Eugenio Covarrubias Valenzuela, quien la comandó entre 1991 y 1996, que fue condenado a 15 años de cárcel, y el propio ex auditor militar, Fernando Torres, condenado a diez años.
Entre los autores también figuran tres oficiales uruguayos -Tomás Casella Santos, Eduardo Radaelli Copolla y Wellington Sarli Pose-; el brigadier (r) Manuel Provis Carrasco alias “Francisco Valenzuela”, ex miembro de la Dina, de la CNI y del BIE; y, el mayor (r) Arturo Silva Valdés, autor material del asesinato de Berríos, ex miembro del Servicio Secreto de la Dine. Este último oficial, miembro del arma de Caballería, jugador de polo, de refinados gustos, considerado por algunos de sus ex camaradas como “el James Bond chileno”, fue enviado junto a otros agentes de inteligencia a formar parte del equipo de seguridad de Agustín Edwards, propietario del diario El Mercurio, luego de que su hijo Cristián fuera secuestrado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez en 1992. Por esos mismos días la revista Qué Pasa publicó un reportaje donde se entregaron antecedentes que revelaban la participación de Silva Valdés en el secuestro y asesinato de Berríos. El propio oficial acudió a hablar con el director de ese medio, Cristián Bofill, hoy director de Canal 13, para desmentir la información, petición que fue acogida por el medio.
La Dine también participó en la protección de los oficiales involucrados en una financiera ilegal, conocida como “La Cutufa”, que funcionó al interior del ejército desde mediados de los 80 hasta bien avanzados los años 90. Algunos jueces y detectives también creen que la Dine tuvo injerencia en los asesinatos del periodista inglés Jonathan Moyle, cuyo cadáver fue encontrado en su habitación del Hotel Carrera en marzo de 1990, y del coronel Gerardo Huber Olivares, en enero de 1992.

EL CORONEL HUBER
En 1974 Huber se incorporó a la Dina y fue enviado a Argentina para infiltrar grupos que apoyaban al MIR chileno. De regreso en el país, trabajó con el norteamericano Michael Townley en la creación de armas químicas para la “guerra antisubversiva”. Al promediar los 80, Huber fue destinado al complejo químico del ejército en Talagante y en marzo de 1991, fue trasladado a la Dirección de Logística donde se hizo cargo de la compra y venta de armamentos en el exterior.
La causa por la muerte de Huber durmió en los tribunales durante trece años caratulada como “suicidio”, hasta que el juez Claudio Pavez asumió el caso en septiembre de 2005 y decidió caracterizarla como homicidio calificado. Pavez reunió antecedentes de otros procesos donde se describían las formas de operar de los servicios de inteligencia a fines de los 80 y comienzos de los 90.
En marzo de 2006 el juez Pavez sometió a proceso a cinco altos oficiales en retiro como autores de asociación ilícita para ocultar el asesinato del coronel Huber. Ellos son el general (r) Eugenio Covarrubias, jefe de la Dirección de Inteligencia del Ejército (Dine) en 1992; el general (r) Víctor Lizárraga Arias, subdirector de la Dine en la misma época; el general (r) Carlos Krumm, ex director de Logística; el brigadier (r) Manuel Provis Carrasco, ex jefe del Batallón de Inteligencia del Ejército (BIE); y el capitán Julio Muñoz, amigo de Huber y ex miembro del BIE.
María Inés Horvitz, abogada del Consejo de Defensa del Estado (CDE), declaró poco después que “todo apunta a la intervención bastante directa de Víctor Lizárraga y Manuel Provis”, como autores materiales de la muerte del coronel Huber.
Según antecedentes reunidos en aquel proceso, medio centenar de oficiales y suboficiales de la Dine y el BIE juraron incondicional lealtad a Pinochet en 1996. Algunos de ellos se confabularon para evitar que el coronel Huber revelara lo que sabía acerca del comercio ilícito de armas y sustancias químicas, emprendido desde diversas instancias castrenses en búsqueda de lucro para un pequeño número de oficiales del Alto Mando.
El juez Pavez tuvo a la vista, por ejemplo, una declaración del 30 de noviembre de 2003 tomada en Holanda por dos detectives al ex suboficial Rodrigo Peña González, integrante en 1989 del Batallón de Mantenimiento de Material Blindado y Artillería. Este afirmó que el coronel Huber le entregó documentos sobre tráfico de armas y una droga mortal elaborada por el ex químico de la Dina Eugenio Berríos. Según Peña, el coronel Huber pensaba entregar esos documentos al periodista británico Jonathan Moyle, iniciativa que se vio frustrada cuando el reportero apareció muerto en su habitación del Hotel Carrera. Peña, quien pidió asilo político en Holanda en 2001, relató que Huber le entregó otros documentos con antecedentes sobre compra de armas a Israel y ventas a países árabes.
Según las presunciones del juez Pavez, el coronel Huber habría sido secuestrado por agentes del BIE y conducido a un recinto secreto de la Escuela de Inteligencia del Ejército (EIE) en Nos, donde también funcionaba el Laboratorio de Guerra Bacteriológica del Ejército, que en 1992 dependía del director de la Dine, general Eugenio Covarrubias.
Manuel Provis, ahora preso en Punta Peuco, trabajó codo a codo con el mayor (r) Alvaro Corbalán en el cuartel Borgoño de la CNI, y fue uno de los principales operadores de la inteligencia militar tras el retorno de la democracia en 1990. Provis estaba al mando del BIE -con base en la calle García Reyes de Santiago-, en estrecho contacto con la Central de Información y Coordinación, unidad que tenía a cargo las escuchas telefónicas y la recolección de datos provenientes de las comunicaciones policiales internas.

“CONTROL DE BAJAS”: VIAJES SEGUROS
El BIE mantenía en Viña del Mar, en la calle Alvarez, un cuartel de escucha del Congreso Nacional que funcionó en 1990 y 1991. Cerca de allí otro grupo de agentes, encubiertos en un local que aparentaba ser una compraventa de automóviles, desarrollaban tareas de apoyo. La vigilancia electrónica de diputados y senadores era apoyada por camionetas que se estacionaban en sectores cercanos al edificio. Una camioneta Volks-wagen cerrada, de color crema, perteneciente también al Departamento de Inteligencia de Comunicaciones, se estacionaba en la Plaza O’Higgins, vecina al Congreso Nacional. En ella, un equipo de escucha no dejaba de funcionar. Este trabajo era apoyado por agentes encubiertos que frecuentaban la sede del Legislativo. Uno de ellos, un hombre alto y de bigotes, asistía a la sesiones y recogía fotocopias de documentos considerados importantes que le entregaba un anónimo contacto en el corazón del Parlamento.
Toda esa información era procesada y clasificada por un equipo de a lo menos ocho hombres, varios de ellos civiles, que actuaban como analistas de inteligencia. Uno de ellos era sobrino del general (r) Hugo Salas Wenzel, ex director de la CNI.
En un ámbito del BIE conocido por algunos como G-4, dirigido por un capitán, existía una unidad confidencial que realizaba operaciones especiales. Una de ellas, denominada “Sistema de Control de Bajas”, era la estructura destinada a sacar del país a los agentes en peligro de quedar expuestos ante la justicia o que mostraban debilitamiento en su lealtad a Pinochet. Esa unidad se vinculaba con el Departamento de Servicio Secreto de la Dine y con algunas instancias de la justicia militar, dirigidas por el auditor Fernando Torres, ahora preso en Punta Peuco.
Entre los agentes que fueron sacados al exterior para protegerlos de la justicia estuvieron Carlos Herrera Jiménez, “El Mauro”, ejecutor de Tucapel Jiménez, y Arturo Sanhueza Ross, “El Huiro”, quien se inició, siendo teniente, como agente de seguridad persiguiendo a guerrilleros del MIR en Neltume, a comienzos de los 80. Más tarde hizo “méritos” para ser trasladado a la Dine y fue destinado al equipo de ejecutores que efectuó asesinatos como los del 7 de septiembre de 1983 en las calles Fuenteovejuna 1330, de Las Condes, y Janequeo 5707, de Quinta Normal, que costaron la vida a cinco dirigentes y militantes del MIR. El 4 de septiembre de 1989, Sanhueza Ross participó en el asesinato del dirigente mirista Jécar Nehg-me Cristi. Hoy se conoce que ese equipo de ejecución de la Dine tenía un objetivo alternativo a Nehgme: el periodista Manuel Cabieses Donoso, director de Punto Final.

Manuel Salazar Salvo

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 835, 21 de agosto, 2015)

un análisis desde la extrañeza. El feto entre política y comunicación

  • ¿Qué es un cuerpo seguro? el feto entre política y comunicación
  • What is a safe body? the foetus between politics and communication
Cristian Alexis Cabello Valenzuela

Resumen

En mayo de 2011 y durante solo tres días el gobierno de Chile suprimió el uso de químicos lacrimógenos para reprimir manifestaciones por sus posibles efectos abortivos. A partir de este “momento político” -que puso en duda a una política oficial- el presente ensayo realiza un análisis de los modos de enunciación comunicacional que representaron al feto en política, una figura que develó su fuerza como significado relacionado con la vida. La discusión del feto desde la comunicación -más allá de visiones a favor o en contra del aborto- revela la importancia de los discursos técnico-científicos para la política actual y la fragmentación tecnologizada y visual del cuerpo, reconfiguraciones de los modos de comprender el cuerpo en un contexto mediatizado.    

Abstract

In May of 2011 and for only three days the government of Chile eliminated the use of chemicals to suppress protests because of its possible abortifacient effects. From this “political moment” -questioned official policy- this essay is an analysis of modes of enunciation fetus representing communication in politics, a figure that revealed strength as related to life meaning. The discussion of the fetus from the communication -past visions in favor against abortion- reveals the importance of technical and scientific discourse to the current policy and technologized and visual fragmentation of the body, reconfiguration of the ways to understand the body in the mediated context.

Palabras clave

Comunicación, biopolítica, feto, ciencia, visualidad

keywords

Communication, biopolitics, fetus, science, visual

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Revista NOMADÍAS Nº 15, 2012

El feto aparece de modo polémico en el escenario público mediático, una biología política que aparece como cualquier otra partícula ciudadana. Un no-sujeto1 que protagoniza sin voz propia tensiones y conflictos en “la política” y su sistema de poder oficial. Sorprendente es cómo un grupo de células indiferenciadas, el momento original de lo denominado vida, se hace parte y circulación de posiciones transcendentales para la política. Esta organicidad de células cubiertas y escondidas en úteros (e invisibles para la mirada humana) aparece constantemente en el territorio de la política, su presencia es siempre polémica ya que constituye de por sí un conflicto moral y político. ¿Pero cómo se hacen visibles este conjunto de células? El presente texto busca reconocer cómo vemos y de qué modo es la representación política del feto en el espacio comunicacional de la política, que desde ya señala –al incluir al feto en su campo– una barrida a delimitaciones binarias de la política oficial, haciendo suya las ficciones biológicas de un feto, otorgándole una presencia más que humana y con poder a estas células comprendidas como la “vida”. Se trata de un análisis desde la extrañeza que significa un feto en la política y desde la profundidad con que los discursos biológicos se entrelazan para descentrar la política. Fijar la mirada en el feto es un modo de desorientar la mirada de lo común, de posiciones ya definidas o discusiones consideradas ya acabadas. Por lo tanto el presente texto no busca reedificar una identidad o representación de la política, sino atreverse a pensar eso que el feminismo más ortodoxo no se ha atrevido a discutir por considerarlo “biológico” o “esencialista”. Las discusiones sobre el aborto insisten en legitimar solo la existencia de la mujer, negando la producción simbólica de una figura como el feto, ya que “la sociedad debe considerar, en primer término, la condición del sujeto mujer” (Casas, 2009). Más que buscar mejorar la representación de las mujeres en política o “corregir la subrepresentación de las mujeres en política” (Castillo, 2011, 87), más que confiar en otra naturaleza simbólica es primordial poner en disputa y conflicto conceptos ya naturalizados y hegemónicos en el espacio público y político de la comunicación2 .

Qué es un cuerpo?… Un dolor sin cuerpo Así sucedió con la paradójica “acción política” donde el gobierno de Sebastián Piñera decidió paralizar el uso de bombas lacrimógenas (utilizadas como violencia estatal o represión del Estado contra cuerpos de manifestantes para retornar al orden) durante las manifestaciones ciudadanas de carácter ecológico realizadas durante mayo de 2011 en la ciudad de Santiago. La tensión entre ciencia y política –o la intromisión explícita del discurso científico como política– se hizo visible unos días antes cuando Andrei Tchernitchin, experto en Toxicología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, afirmó “el potencial efecto abortivo de las bombas lacrimógenas que son usadas por Carabineros para disuadir manifestaciones”3 . Las armas del gobierno, que se asoman públicamente no como armas sino como posibilidad de orden y seguridad, paradoja que ya reconoce Esposito al presentar la fuerza y violencia propia de cada ley, donde el derecho convocado para la producción del orden y la seguridad pública no es más que “una violencia a la violencia por el control de la violencia”, “un pasaje interno de la violencia: su racionalización” (Esposito, 2005, 46-48). Estas tecnologías de castigo, ya no dañan todo un cuerpo, ya no se da un combate entre dos equipos de modo explícito, se deja de lado la lucha física. Así lo afirmaba el toxicólogo respecto a los efectos del gas CS usado en las lacrimógenas: “[es] un agente irritante, cuyo efecto dura 30 minutos y produce lagrimeo, visión borrosa, irritación bucal, cefalea, salivación intensa y dificultad para respirar, también puede producir sangramiento de las narices y edema pulmonar (…) [nosotros] propusimos que uno de los efectos que podría producir sería inducir abortos o partos prematuros e Israel confirmó que este componente es abortivo y también puede generar problemas respiratorios graves en la tercera edad y los niños”4 . Un daño momentáneo, que parecía no importar, ya que era justamente temporal, sin efectos profundos en el cuerpo. Sin embargo, la posibilidad de aborto que presentaría señala un hito que marcaría más allá de lo anecdótico al cuerpo. La política oficial, gubernamental, ya no hace sangrar al enemigo, sino que el daño es químico, menos visible: vía oral, nasal, respiratoria y ocular, el clorobenzilideno malononitrilo que contienen estas “armas de la seguridad” asfixia los sentidos, impide ver el horror de la violencia, desorienta los sentidos al frenar la posibilidad de ser el espectador del daño5 , dificulta respirar con normalidad, convulsiona el cuerpo, pero solo por más de 20 minutos, es decir llegamos a un momento extremo donde la violencia –adueñada por presentismos– se vuelve “temporal”. El daño parecía ser focalizado y temporal, sin huellas, su efecto no está dirigido a un sujeto en particular, sino a los órganos y la sistematicidad del cuerpo, no al cuerpo en sí. Este giro desubjetivizante es radical para comprender los modos de acción de la política actual donde “el cuerpo no está [en la política] o, por lo menos, no es uno. Ni siquiera la guerra moderna toma hoy el cuerpo seriamente (…) [porque] no se trata ya de matar sino de permitir que algunos continúen viviendo” (Braidotti, 2000, 99). Esto lo afirma la teórica feminista Rosi Braidotti en su ensayo Órganos sin cuerpos donde muestra cómo el cuerpo es representado fragmentariamente en el escenario público-político, siendo ahora lo comunicacional biopolítico la producción de imágenes de órganos más deslocalizados, órganos de cualquiera, órganos que son fetiche absoluto y atento del Estado y que permiten restar la traumática y compleja experiencia que significa ejercer la política con individuos. Presenciamos entonces “el ocultamiento del cuerpo físico” (Braidotti, 2000, 99) reemplazada por una circulación de los fragmentos, unos zooms que desorientan pero que otorgan la impresión de conocer con más profundidad o una exhibición científica que permite exhibir de modo más real (“3D”, “digital”) incluso el “interior” del cuerpo. Esta es una transformación radical de una escópica del cuerpo, ya que el daño sería focalizado, más controlado y por lo tanto menos relevante para los sujetos. Son estos istmos corporales los que ya no constituyen simplemente mera superficialidad de la vida cotidiana, sino que esta semiotización es política en tanto neutraliza y controla su relación con una violencia oficial. Se trata de una tecnología incluida en el cuerpo, una tecnología que no es inocencia, sino que está producida y produce ciertos saberes y sentidos sobre la vida. Figuras tan particulares se convierten fundamentales en el “mundo práctico”: “chip, gen, semilla, feto, base de datos, bomba, raza, cerebro, ecosistema. (…) Estamos habitados y deshabitadas por estas 15 CRISTIAN CABELLO V. • Qué es un cuerpo?… figuras que diseñan universos de conocimiento, práctica y poder” (Haraway, 2004, 28). Existen múltiples discursos –y divergentes– que desde distintas ciencias y saberes se apropian de fragmentos materiales de los cuerpos: psicología, higiene, ecología, seguridad, moda, tecnologías, política y comunicación son algunas de las “disciplinas” desde donde el cuerpo es retomado como el centro de sus funciones disciplinarias, funciones que por su multiplicidad producen desorientaciones y confusiones en el orden del sujeto. Lo fundamental entonces es que estos fragmentos-órganos-con-vida logran una escenificación pública sobresaliente y protagónica, tanto que ya no luchamos en política por una integración de sujetos políticos, sino que enfrentamos una política que nos hace mirar como su esencia unos “órganos políticos”. La política ya no requiere de la generalidad de un cuerpo, sino que lucha políticamente por un corazón sano, en contra del cáncer, en apoyo a la reconstrucción de la sonrisa de las mujeres6 , luchas fragmentarias donde lo central es una parte desubjetivizada de los ciudadanos. Este control hiperdiseccionado en torno a la vida de los sujetos ya lo visualizó Foucault cuando se refería a que la política estaba en el cuerpo o “anatomía política” referente a una microfísica del poder que disciplina las conductas de los cuerpos y que “tiene su intensidad máxima no en la persona del rey, sino en los cuerpos que esas relaciones, precisamente, permiten individualizar” (Foucault, 2002, 211). Pero es momento de radicalizar y exacerbar la tesis de la disciplina frente a un poder que se olvidó del cuerpo para pasar a sus fragmentos como foco de (des)atención pública. Es así como el feto7 se asoma como un organismo más presentado y presente por una política dedicada e interesada en hacer representaciones públicas de lo biológico como eje moral y ético de su plataforma mediática. De este modo, y frente al temor de producir abortos a partir de las tecnologías de orden público, el Ministerio del Interior y Seguridad Pública del Gobierno de Chile, Ministro Rodrigo Hinzpeter, decidió suspender el uso de bombas lacrimógenas en contra de los manifestantes que recorrieron de modo masivo y excepcional las avenidas del centro de Santiago: “Siendo la protección de nuestros compatriotas el principal objetivo de nuestro Gobierno, nos parece que es razonable suspender el 16 Revista NOMADÍAS Nº 15, 2012 uso de esos gases lacrimógenos hasta que nuevos informes médicos nos permitan disipar más allá de cualquier duda la procedencia del empleo de estos gases para enfrentar situaciones de desorden público”8 . Con esta acción ocurrió una fisura, una puesta en duda desde lo biológico que afectó la rigurosidad de la seguridad del Estado, a través de una extraña decisión política de carácter pacífica que se extendió como medida solo por 3 días, es decir como una excepción, una duda del Estado. Una naturaleza que podía morir estaba en tensión tanto en los terrenos geográficos como corporales, ambos territorios en disputa donde lo natural buscaba permanecer intacto9 . Mientras se posicionaban a favor de la naturaleza, en contra de unas tecnologías transnacionales que podrían “inundar lo natural” del sur de Chile, las tecnologías químicas de represión intoxicaban el deseo de la protesta. La bioviolencia de los químicos se introducía en los organismos y ahí, en la posibilidad médica, aparece el feto como otro tipo de política de lo natural. El feto que fue posicionado como una “vidavíctima”, como una biología vulnerada, un modo de defensa de la vida natural, pero por sobre todo como el modo principal en que el Estado protege a sus ciudadanos. Si bien no se menciona de parte de la oficialidad la cuestión del feto de modo explícito, se asume como una negación afirmativa que produce un actuar en torno a la protección y precaución de la política. Es el feto la única vida, la vida más pura, que interesa a la política mantener viva. Paradojalmente, sin ni siquiera ser lema de los manifestantes, esta politización biológica esencialista del feto se vuelve el principal (e inesperado) gesto pací- fico y no-violento de una “política fetal” que justamente hace (in) visible su violencia gracias a las sobredosis simbólico-mediáticas de la protección ciudadana: quien producía la seguridad y protegía a sus ciudadanos, ahora puede que realice un daño. Sin embargo, es también paradojal que, si bien sabemos que las herramientas de control y orden público como las lacrimógenas producen un daño –invisible en tanto no se hace público– o ejercen violencia sobre los cuerpos que se manifiestan, contrariamente es el daño que afectaría al feto el que logra mayor realce y protagonismo en la escena política, es esa vida, eso que no se nombra pero que 17 CRISTIAN CABELLO V. • Qué es un cuerpo?… puede estar ahí en los cuerpos de quienes protestan. Es esta “vida” la que sobrepasa y se realza por sobre miles de cuerpos que son reprimidos en el espacio público. ¿Esta sobreexposición espectacular del feto (o su posibilidad) se deberá justamente a que no hay precisión científica sobre su existencia y por tanto es este dolor sin cuerpo el que se considera más positivo y protagónico para hacerse mostrar en la política, en detrimento de ese otro daño que afecta como un ya sabemos a los manifestantes de las calles? El poder de lo innombrable La característica de la aparición del feto en el espacio públicocomunicacional es justamente la dificultad de nombrarlo. Se crean y reproducen estrategias de la discursividad política precisamente para no nombrar lo innombrable que lo constituye: la posibilidad del feto. El feto nunca aparece en política sino solo a través de sus contornos, sus merodeos que no demuestran sino el miedo de la política frente a la dificultad y el cuidado de nombrar a una “política fetal”. Una dificultad significa abordar la discursividad política del feto a través de sus representaciones. Analizando la imagen del feto el biólogo Jorge Díaz se pregunta “¿cómo mirar estas ecografías de fetos reproducidas por una tecnología audiovisual en cuyas imágenes se conectan debates tan polémicos y necesarios como el derecho al aborto y el estatuto de lo “humano”?” (Díaz, 2011). Ante la polemicidad del feto como política no podemos reducir su significado a un valor naturalizado ni menos a lo estático de una cosificación representacional. La significación política no se comporta solo como información, espectáculo, referencia, “pura exhibición, alusión o tratamiento, sino que ella estaría alojada en su propia producción y circulación discursiva (…) constituyendo a la propia televisión como un agente discursivo y un dispositivo de enunciación política” (Arancibia, 2006, 89). Es el cómo se producen las articulaciones del feto –y no qué es el feto– el cuestionamiento que dirige la presente investigación, comprendiendo esa anatomía de la comunicación, sus articulaciones, ese “cuerpo de las imágenes” entendido como “una problemática sobre las condiciones enunciativas no lingüísticas de la mediatización” (Verón, 2001, 110). Esta mirada crítica sobre la comunicación  política impide caer en los pantanos de la ética y la moral respecto al cruce entre política y feto, pero además coopera como metodología para comprender esa desaparición de la representación como contenido en la mediatización del feto en el caso analizado en Chile. Así, por ejemplo, los discursos del Ministro del Interior manifestaron –entre la seriedad política y el manto de desconocimiento sobre el mismo tema– lo innombrable del feto como definición de su misma política fetal: “con el objeto de dar espacio para que esta legítima polémica se disipe [¿se refiere a la polémica por la posibilidad de abortar eso que llamamos vida, embrión, feto?] y todos los chilenos podamos tener la tranquilidad de que estamos frente a elementos que pueden usarse en situaciones de desorden público o eventualmente nueva información científica nos allegue a conclusiones distintas [¿distintas respecto a la posibilidad de que las lacrimógenas da- ñen al feto?], hemos resuelto que estos gases lacrimógenos no sean utilizados por Carabineros de Chile”10. ¿No serán utilizados estos gases justamente para cuidar la vida de posibles embriones de padres revolucionarios? ¿Qué es lo que la política no desea nombrar, sino solo merodear y aplicar bajo conceptos técnicos como lo demuestra el discurso del ministro (donde a pesar de lo técnico-científico no hay nada exacto)? El feto nunca aparecerá en política sino como fragmento, o también como lo no-dicho, lo liminal del discurso. Sin embargo el feto aparece, está presente, es una presencia sin cuerpo mediatizado que genera y produce la activación de una política discursiva de la precaución y el cuidado, promueve la revisión y examinación atenta y permanente. La paradoja es: ¿cómo representamos lo que se mantiene desaparecido para el mirar? Al parecer la política ya no requiere de lo visible sino de lo visual:

DOI: 10.5354/0719-0905.2012.21141