HIJXS . VOCES

Rescate y recopilación de memoria intergeneracional en la Web.


Versos libres en un campo de prisioneros. Jorge Montealegre Iturra

En el desierto de Atacama está ‘Chacabuco’, una antigua oficina salitrera convertida en 1973 y 1974 en un campo de prisioneros. Ahí me sorprendió la poesía e intenté la escritura de mis primeros versos.
En los años ’80 consideré que quienes comenzamos a escribir y publicar bajo y contra la dictadura –independientemente del año de nacimiento– pertenecíamos a una “Generación NN” (Montealegre, “Generación NN”) –anónima y destinada a desaparecer–, que incluía a quienes vivimos la experiencia de la prisión política; poetas jóvenes de los ’80, entre ellos: Roberto Bolaño, Aristóteles España, Elvira Hernández, Heddy Navarro, Alejandro Pérez, Mauricio Redolés, Paulina Richard, Clemente Riedemann, Fernando Rodríguez, Bruno Serrano, Raúl Zurita. La punta de un iceberg de muchos/as poetas sin nombre, clandestinos, exiliados. Me siento parte de esa pléyade, reconozco ese origen. (“Que yo sea un poeta del montón / habla muy bien de mi país: /
en Chile / hay un montón de poetas”).
La experiencia juvenil bajo dictadura, creo, ilumina la obra escrita posteriormente.
La política, la literatura y la historia se trenzan en el relato de los testigos y en aquel que surge de los mismos textos poéticos, en una perspectiva de lectura distinta a la habitual.
Comparto, entonces, mi testimonio sobre un hecho singular, prácticamente desconocido. Si no lo recordamos los sobrevivientes, nadie lo hará. A casi medio siglo vale la pena dejar testimonio. Sí: la pena.
Saggi/Ensayos/Essais/Essays
N. 30 – 11/2023

Hoy -25 de mayo del año 2026- falleció en Francia el poeta Rafael Eugenio Salas.

La triste noticia la comparte su compañera de siempre, Flor Chaparro. (Ambos, jovencitos, trabajaron en Textil Progreso). Duele la información y me vuelven los recuerdos que están llenos de gratitud hacia quien me estimuló para que me atreviera a escribir poesía. Fue mi modelo en Chacabuco. La primera vez que lo escuché recitando fue en la bodega del barco Andalién, en el que nos llevaron, presos, al norte. Copio de «Noticias de un pueblo fantasma» un par de recuerdos en homenaje a Rafael.

Poesía en alta mar

La poesía llegó como un duende. Y comenzó a escucharse en la voz segura de un compañero que se fue tomando el silencio y rompiendo la oscuridad al ubicarse bajo la débil luz de la ampolleta. El poeta recitaba, desplazándose con dominio escénico en el metro cuadrado. De baja estatura, con gorro de lana y barba, parecía un duende salido de El Peneca compartiendo sus versos: “Ayer fue tu cumpleaños, amor / y estoy lejos de ti / el dolor de no verte se incrusta en mi cerebro / y ahonda este vacío la ausencia de las hijas / ya son muchas las horas sin tu luz, compañera…”. Pienso que para todos ahí flotó una mujer sencilla, la misma que seguramente estaba en ascuas por nuestro viaje. Recordé a la Nené, mi hermana menor, quien justamente estaba de cumpleaños en esos días, el 12 de noviembre. Pensé también en mi hermano Oscar, de pantalón corto, recitando en una radio poemas escritos por nuestro padre. Y en mi padre, escribiendo y recitando. Es decir, la poesía tenía que ver conmigo. En esa circunstancia era la única resonancia familiar. Y no me había dado cuenta.

Por su lado, el poeta consiguió que un marino se comprometiera a hacer llegar el poema a su destinataria, con referencias a los compañeros de prisión: “…la fuerza de tu espíritu / está en sus manos fuertes y en su aliento fraterno / y compartir sus ansias, su anhelo de libertad / su espera/es como estar contigo / y hoy –junto a ellos- comprendo / que estoy de ti más cerca”. Los mismos presos titularon el poema «Sin tu luz». El nombre del autor: Rafael Eugenio Salas, quien hasta el golpe había sido el encargado del departamento de cultura de Textil Progreso. Pertenecía a un grupo de teatro y estaba por publicar un libro de poemas . Heroicamente siguió escribiendo en el Estadio Chile –hoy “Víctor Jara”- y en el Nacional. Los caprichos del destino lo embarcaron en el Andalién, que él ya conocía por las historias familiares: sus padres habían hecho el viaje de luna de miel en ese barco. Cuando llegó la caravana de buses a Valparaíso el padre del poeta la vio desde los cerros. También se enteró del embarque de los prisioneros en el mismo Andalién de sus nostalgias. Y ahí estaba su hijo. Después de esa visión y del poema, un mes más tarde, el padre de Rafael Salas murió en Valparaíso. Así conocí al poeta que fraternalmente me alentó a que escribiera mis primeros versos.

(…)

El sucucho. Con Rafael Salas ocupamos una de las casas pequeñas –un «buque» diría Hernán Rivera Letelier–, en una esquina que está en la calle principal de Chacabuco. La convertimos, reciclando un camarote, en un escritorio y el lugar en una especie de taller literario. Le llamamos «el sucucho» y se convirtió en un lugar visitado por los amigos que escribían y cantaban. (También, veo entre mis papeles, garabateábamos caricaturas de los asistentes). Se leía poesía. «Trilce» de Vallejo estaba entre los libros memorables que ahí se leyeron. Yo no sabía que César Vallejo había estado preso. También leímos a Miguel Hernández, que sufrió la prisión franquista. Yo, escuchaba y sentía las ganas de escribir. De aprender a hacerlo. Y en ese juego todo debía tener sentido. En el dorso de una antigua planilla de pago de la oficina salitrera, Rafael Salas escribió su poema «Canto Nuestro». En él se unían las dos historias de Chacabuco:

«…Nos hermana esta tierra salitrosa omnipresente / hecha cerro y meseta, / viento, arena, / muros derruidos de tiempo / viejas casas de proletario adobe y fibrosas maderas / santificadas / por un hálito tutelar y obrero / tierra hecha presencia / en los fantasmales fogones revividos / por nosotros, / en los techos, / y bajo nuestros pasos cuadrados torpemente / al llamado de bronce…».

Salas colgó el poema en la pared. En otro momento, caminando cerca de la alambrada encontramos tirado en el suelo un pedazo de la misma valla de alambre que decían estaba electrificada. Lo llevamos al sucucho y sobre el manuscrito pusimos el trozo de alambrada que, obviamente, dejaba al poema al otro lado de esa reja. Sin mayores pretensiones plásticas ni conceptuales, esa «instalación» estaba cargada de significados…. Como el cristo chacabucano que tiré a la basura.

No sólo el canto enrejado gritaba desde las paredes; Diego Dublé Urrutia -olvidado por muchos, pero recordado por Rafael Salas- también estaba ahí con su verso: «Pobre es mi celda, pero a veces canta o se lamenta en ella el universo entero». En otro muro, en traducción libre -y de memoria- se citaba a Goethe: «la teoría es gris, amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde» (yo había leído que era una de las frases favoritas de Lenin). En fin… para algunos era «la casa de la poesía». La puerta era una arpillera larga, un saco de café brasileño.

La poesía estuvo siempre presente en las fraternales reuniones alrededor de los tiznados y fieles choqueros. En las veladas organizadas por los prisioneros siempre había un poema nuevo: a la compañera ausente, al hijo lejano o versos llenos de rebeldía sutil y necesaria… “sutilezas” que varias veces los oficiales amonestaron y silenciaron. Se hicieron letras de canciones y también nacieron cuentos, en ellos la motivación principal fueron los niños… aunque no eran simples “cuentos infantiles”. En general había interés por crear cosas, por intercambiar ideas para luego, quizás, formar una especie de “taller literario”. Se deseaba mostrar lo hecho y conocer lo del resto de los prisioneros.

Tenía lápiz, un block fiscal; el estímulo de un poeta y un espacio en el sucucho. Sin saber de técnicas literarias, escribía «hormonemas»; un neologismo de Rafael Salas para decir que se trataba de cuestiones hormonales. En mi caso, los entendía como escritos espontáneos, que respetaban el impulso, el sentimiento; la emoción del momento sin corregirla ni manipularla: la verdad ética más que la verdad estética. Esa racionalización servía como coartada de mi ignorancia (porque tampoco lo podría haber hecho mejor). Los hormonemas se conectaban con mi privacidad, con los temas que me proponía la melancolía adolescente (la soledad, la tristeza, el silencio, los deseos de estar enamorado). Duró poco. También estaba mi compromiso político (entonces militante de la IC) y las ganas, quizás irresponsables, de que «se notara». Entonces escribí de lo que observaba en mi entorno, de aquellas cosas que todos compartíamos. Elementos comunes que ya estaban en algunas tarjetas navideñas (las puertas, las casas) y el choquero. Símbolos de la colectividad. Y ya me daba permiso para corregir, como había visto que lo hiciera Rafael Salas con su «Canto Nuestro» aplicando, por ejemplo, algún sinónimo para evitar una repetición o una cacofonía. Saber de la existencia del llamado «verso libre» me eximió de métricas y rimas. La paradoja era una buena noticia: podía haber versos libres en un campo de prisioneros. Había un oficio por aprender.

La comisión de cultura, la dirigía el periodista Manuel Cabieses.

Le decíamos «el hipopótamo», quizás por lo grande y su paso lento. De buen humor, firmó algún escrito con ese apodo. A Manuel le gustaba conversar con los poetas. Un día asomó su cabeza: «¡Poetas… haremos un concurso de poesía… no dejen de participar!». Y siguió de largo. Se trataba del Festival de la Poesía y la Canción.

Yo apenas había hecho unos tres o cuatro escritos que no me atrevía a llamarles poemas. Aunque el verdadero poeta del sucucho era Rafael, también me di por aludido con la invitación: algo tenía para concursar

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