Cine de (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena. Hij@s y memoria

Cine de (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena. Hij@s y memoria

Las imágenes que no me olvidan

Cine documental autobiográfico y (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena

Por Claudia Bossay

Autor: Claudia Barril Año: 2013 País: Chile Editorial: Cuarto Propio

Es un placer poder leer sobre cineastas jóvenes en una investigación que trata sus filmes como si ya fueran clásicos. En cierta manera Claudia Barril, la autora de Las imágenes que no me olvidan Cine documental autobiográfico y (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena de la editorial Cuarto Propio (2013), efectivamente presenta las cintas de estos jóvenes cineastas sin tomar en cuenta la edad de los realizadores. Más bien destaca cómo la situación de pertenecer a una segunda generación -en relación a las experiencias presenciales de la dictadura- ha brindado una especial sensibilidad al reflexionar sobre este pasado y por ende en la creación de sus documentales.
Dicho esto, este libro está entre un ejercicio académico y una reflexión cinematográfica. El libro está dividido en cuatro partes. La primera teórica, una de descripción detallada y comparación de temas de los documentales, otra de reflexión más generalizada –la que significa un gran aporte a los estudios de cine en Chile- y la última de anexos (y bibliografía claro).

La primera parte, es una contextualización desde la memoria, el cine chileno y el cine de pos memoria. El primer capítulo de esta primera parte teoriza el “fervor conmemorativo” y evalúa también la re valorización del testimonio que proviene desde abajo, siendo privado y mínimo. Esta contextualización está realizada sobre todo con teoría extranjera, ya que hay que asumir que por muchos años los académicos locales evitaron este tema. Así, tratar teóricos y bibliografía extranjera es de suma importancia para el tema de la relación con el trauma de características históricas, ya que cómo presenta Barril, “la revaloración de la memoria debe entenderse como un fenómeno mundial” (p.17). De esta manera, la autora vincula la experiencia chilena a una mayor. Por lo tanto, esta parte teórica del libro deja de lado el aislamiento cordillerano, desértico y de témpano que nos sirve como justificación para no leer (ni ver) lo que está pasando allá afuera. Apoyada en grandes intelectuales como Pierre Nora, Maurice Halbwachs Peter Burke, Regine Robin, Stuart Hall, Fredric Jameson y Marianne Hirsch, entre otros, Barril sienta las bases para explorar esta generación de documental chileno.

La segunda parte del libro consta de cuatro micro-capítulos que presentan, resumen y comparan dos (o tres en un solo caso) documentales. Astutamente, la autora devela patrones en estos nueve documentales que le permiten hacer una descripción de los argumentos de manera paralela, y así se comienza a revelar el espíritu creativo de esta generación, desde las distintas situaciones privadas y relaciones con el pasado. En mi opinión, esta sección del libro hace irrelevante la sección de anexos (que presenta ficha técnica, un pequeño resumen y el afiche de las películas) ya que aquí se presentan mejor las cintas. Sin embargo, de seguir mi caprichoso comentario, perderíamos las fichas técnicas de los documentales. Esto no deja de ser un punto interesante, ya que parte de los elementos que enfrentamos en el estudio del cine es -dependiendo de la teoría que se siga, claro- reconocer que la cinta está creada por más que el director. Claudia Barril, documentalista, productora, guionista e investigadora para documentales refleja esta preocupación.

La segunda parte del libro me hace reflexionar sobre otro punto. Si bien la sección teórica nos dejó sentados junto a los grandes teóricos mundiales, además de algunos latinoamericanos como Tomás Moulian, Nelly Richard, Ana Amado y Carlos Ossa, entre otros, esta sección nos separó de lo que se está viviendo a nivel cinematográfico en el continente. El cine de pos memoria no está ocurriendo solo en Chile. Mencionar las ya clásicas Los rubios, de Albertina Carri (2003) y Papá Ivánde María Inés Roqué (2004) que temprano en la década del 2000 comenzaron a mostrar las reflexiones de los “huérfanos de la violencia” (p.29) en Argentina. O D.F.Destino final, de Mateo Gutiérrez (2008) y Crónica de un sueño, de Mariana Viñoles y Stefano Tononi (2005) que muestran la historia de hijos de la generación que vivió la dictadura Uruguaya. O Alias Alejandro, de Alejandro Cardenas A. (2005) y Sibila, de Teresa Aredondo (2012) sobre las visiones de una generación de posmemoria y el conflicto armado interno en el Perú. Así, sería posible contextualizar el importante e interesante trabajo de Barril desde una lógica mundial: a través del fervor conmemorativo, el valor en el testimonio y el importante lugar que tienen el cine documental como agente de memoria privada, mínima y desde abajo, con un contexto latinoamericano donde la generación de hijos se ha tomado la palabra y le ha dado un giro de tuerca a la representación de la historia, la memoria y el trauma.

Los historiadores dicen que si no se puede investigar un tema nuevo, hay que investigar uno viejo con nuevos ojos. Como sostiene la autora en las primeras líneas de la introducción “Desde los inicios de este nuevo siglo han ido apareciendo en la cinematografía chilena un importante número de documentales que abordan, desde un punto de vista inédito uno de los capítulos más oscuros de la historia contemporánea chilena” (p.11). Así, la tercera parte de este libro, aquella que reflexiona en torno a los modos representativos, narrativos y estéticos de las cintas, analiza con nuevos ojos una generación que con nueva voz habla sobre aquel período de la historia que por tanto tiempo generó un “otra vez más de lo mismo” en aquellos que niegan el pasado y su trauma en nuestro país.

Eso sí, fuera de lo escrito, de la palabra y de la narrativa, este es un libro sobre cine. Como tal, no puedo dejar de mencionar las imágenes. Aquellas de la portada y del título, esas que no se nos olvidan. Están en todos los capítulos, en casi todas las páginas, como collages constantes que hacen alusión a la materialidad del pequeño corpus de películas estudiadas. Sin embargo, fuera de citar esta cualidad visual, las imágenes no tienen mayor aporte analítico. No se hace referencia a ellas en el texto, no se analizan, incluso los pie de imágenes no las describen, solo identifican su documental de origen. Fuera del innegable aporte de este libro al ámbito de los estudios de cine, de la historia y su vertiente visual, y de la postmemoria, creo que debemos cuestionarnos cómo trabajar las imágenes en los textos que realizamos. No siempre depende de los autores, y las editoriales no siempre pueden satisfacer los deseos de los autores, pero aun así, es un punto que aquellos que trabajamos con cine debemos mantener en cuenta. Otra historia es con las imágenes que están en la contra página de los comienzos de los distintos capítulos. Estas son grandes, casi de una plana completa. Algunas veces bajo epígrafes de pocas líneas o títulos de secciones, estas imágenes de gran formato se convierten en epígrafes visuales. Éstas por su tamaño y ubicación tienen el mismo peso que el texto de la página que se les enfrenta. Así, cada cierta cantidad de páginas volteadas, las imágenes y el texto (sobre imágenes) tienen el mismo peso y podemos leer y ver como los documentales autobiográficos se relacionan con el trauma.

La tercera parte de este libro, une la crítica cinematográfica con la teoría de memoria, trauma y representación del pasado. Aquí los teóricos de temas extra fílmicos apoyan el análisis de estas películas en torno a cómo se relacionan con el pasado (en términos de las materialidades de las cintas como son las fotografía y las cartas). De hecho, en esta sección las imágenes acompañan al texto, no solo en los epígrafes visuales, pero también en los collages que aparecen en las partes superiores de las páginas. Así, se exploran los usos de las fotografías y desde las bases de Paul Ricoeur y Roland Barthes, se valorizan sus roles en las familias y como testimonios. De igual manera, los silencios con respecto al trauma se verbalizan mediante los cruces de testimonios de las épocas del trauma, como son las comunicaciones epistolares. Se manifiestan también los límites de los personajes protagonistas, ficcionales y documentales, de la autoficción y la performatividad en las cintas, con las bases de Phillipe Lejeune, Paul de Man y Stella Bruzzi. Me parece, eso sí, reveladora la falta de referencias a escritos por chilenos sobre contextos generales y estas películas en particular. Hay reminiscencias a los trabajos de luz de Pablo Corro, hay alusiones a trabajos de cine e historia y una tardía referencia a Elizabeth Ramírez, sin embargo, hay un silenciamiento a la academia chilena (y latinoamericana) que lleva ya varios años trabajando este tema. Más apoyo en estudios locales, beneficiaría a este trabajo.

El libro sugiere que aquellos que “siendo niños o apenas adolescentes durante los años de violencia, no tienen un recuerdo directo –por lo menos nítido- de la misma” (p.24) son dueños de voces fundamentales para lidiar con el trauma histórico. De esta generación, este libro estudia aquellos que dejan la tercera persona de lado y se enfoca en sus experiencias privadas, familiares; son, como sugiere Barril, cineastas, pero sobre todo, hijos y nietos (p.25), y así revaloriza el cine de hijos como esencial para entender la relación del presente con el pasado traumático. Sus sensibilidades artísticas se basan en que tienen un vínculo emocional más que experiencial con la historia, y de esta manera son “creaciones de invenciones veraces” (p.30). Concluyo como concluye Barril; estos cineastas han cuestionado la historia oficial, y desde sus “duelos, ausencias, recuerdos infantiles, olvidos y urgencias por tomar una cámara, se preguntan por la identidad y los orígenes reformulando la historia y la memoria heredada” (p.78).


Como citar:
Bossay, C. (2014). Las imágenes que no me olvidan, laFuga, 16. [Fecha de consulta: 2018-07-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/las-imagenes-que-no-me-olvidan/678
Las imágenes que no me olvidan es el primer acercamiento a un cine documental inédito en Chile, el cine de la posmemoria que han realizado ya no los testigos y víctimas de la Dictadura de Pinochet, sino sus herederos.
En este libro son los hijos, nietos y cercanos quienes, desde una aproximación crítica en los planos político, social y ético, hacen una revisión completa de las “verdades” del pasado y establecen sospechas sobre las propias imágenes, los materiales de archivo y los testimonios.
El análisis se centra en 9 filmes que desde sus particularidades se han desmarcado de cualquier estrategia narrativa vista en el audiovisual chileno. Estos trabajos recopilados y estudiados por Claudia Barril hablan de duelos, ausencias, recuerdos infantiles, olvidos o simple urgencia por tomar una cámara; se preguntan por la identidad y los orígenes; reformulan la historia y la memoria heredada; y encauzan lo político en formas de representaciones originales, personales y reflexivas. Con esto crean un discurso que, pese a no sustentarse tanto en la rotundidad del lema político como en la afectividad del discurso familiar, proponen una perspectiva que martillea los consensos políticos sobre la Dictadura y los reafirma a ellos como herederos y guardianes de nuestra memoria histórica y política.
“Guerrero” de Sebastián Moreno
Por Antonella Estévez B.
12 de agosto de 2017

 

En un país en donde la memoria se resiste y se prefiere no hablar de los dolores – tanto personales como colectivos- la producción audiovisual, especialmente el documental, ha hecho un significativo aporte al proponer diversos acercamientos a una de nuestras heridas más profundas y complejas: lo que sucedió durante la dictadura y sus consecuencias sociales, culturales, políticas y económicas hasta la actualidad.

Desde los noventa hasta hoy, varias generaciones de documentalistas se han aproximado a este momento histórico desde distintos puntos de vista y propuestas narrativas. Existen aquellos documentales macro explicativos -como los de Patricio Guzmán, por ejemplo- que desde el discurso histórico van hilvanando conexiones con diversos elementos de nuestra realidad y están también aquellos documentales que escogen centrarse en una persona y desde esa experiencia única leer este momento tan determinante para toda nuestra nación.

Sebastián Moreno y Claudia Barril llevan varias películas trabajando la memoria histórica desde la sensibilidad de personas o grupos de personas específicas. En La ciudad de los fotógrafos (2006) y a partir del testimonio de Pepe Moreno -el padre del realizador- se introducían en la historia de esos fotógrafos que retrataron lo más crudo de la represión policial durante las protestas en dictadura, permitiendo al espectador conocer el contexto y circunstancias de algunas de las más famosas imágenes que pusieron en jaque al gobierno militar a nivel internacional. Luego en Habeas Corpus (2015) la pareja de realizadores decide levantar los testimonios de quienes fueron parte de la Vicaría de la Solidaridad, entidad clave para la resistencia y la memoria respecto a las violaciones de los derechos humanos durante el régimen. En este documental lo que conmueve es el valor y la solidaridad de ese grupo de profesionales que crearon luz en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia.

Ahora, Moreno -como director y co guionista- y Barril -como co guionista y productora- regresan creando un diálogo entre el presente y el pasado de Chile, a través de la figura de Manuel Guerrero Antequera quien a los 14 años se transformó en una figura política y símbolo de la resistencia a la dictadura al convertirse en un líder estudiantil y vocero de la oposición, luego de la muerte de su padre, uno de los profesionales asesinados en el llamado “Caso Degollados”.  Mezclando material de archivo con imágenes actuales, el documental acompaña a Manuel Guerrero a visitar aquellos lugares en donde estuvo exiliado en su niñez con su familia, y más adelante en la adolescencia, para conocer su historia y sus reflexiones sobre lo que fue y lo que es, y todo aquello que fue definiendo el rumbo actual de su vida.

La película muestra entrevistas en donde Manuel Guerrero de 6 años explica en húngaro lo que significa ser exiliado y las persecuciones de las que fue testigo, y luego a los 15 cuenta el momento en que se enteró del asesinato de su padre y describe con detalle el estado en que se encontró su cuerpo. Estos momentos permiten entender por qué el joven Manuel Guerrero estaba listo para transformarse en un soldado que resistiera con violencia la violencia ejercida sobre él y su familia, lo potente del documental es que el Manuel Guerrero de la actualidad explica cómo fue que eso no sucedió, y cuál fue el camino para transformarse en un hombre que, sin hacerle el quite al dolor y consciente de su historia, ha logrado hacer vida desde el amor.

Guerrero es un documental conmovedor porque permite al espectador ir más allá de los titulares y los discursos, nos regala la intimidad de una víctima que se negó a que sus victimarios definieran quien es y nos ayuda a reflexionar sobre todo lo que como nación nos falta hacer para sanarnos. Lo primero es mirarnos a los ojos, reconocer las heridas y recién ahí comenzar a construir.

Destacado

Memoria de niños sin Historia. Alejandra Costamagna y Nona Fernández.

La infancia chilena

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Una lectura de Había una vez un pájaro, de Alejandra Costamagna, y de Space invaders, de Nona Fernández.

Por Diego Zuñiga.

nona 2 Lo primero es la desconfianza: me parece difícil creer en la idea de que existe el progreso en la literatura. Quiero decir: creer que un escritor empieza escribiendo un libro bueno y que luego tendrá que escribir uno mejor y después uno impresionante, hasta llegar a un peak.

Hay lectores que pueden creer en esa idea. Uno lo ha hecho más de una vez: lees una primera novela que resulta ser una sorpresa, y luego esperas más y más, pero en el fondo aquella esperanza no tiene ninguna justificación: el ejercicio literario es un trabajo impredecible y hay que aprender eso, aunque como lectores nos cueste. Por eso insistimos. Por eso leemos a los contemporáneos: porque esperamos que nos sorprendan, porque en ese gesto, como lectores, tomamos un riesgo real y, de pronto, recibimos una recompensa. A veces –pocas veces- tenemos la suerte de ver cómo un autor evoluciona, cómo descubre nuevas lecturas y experiencias y las incorpora a su escritura, cómo va buscando hasta encontrar nuevos tonos, nuevas formas.

Lo que quiero decir es esto: que este 2013, las escritoras chilenas Alejandra Costamagna y Nona Fernández han publicado dos libros pequeños, pero que muestran cómo su escritura ha alcanzado puntos absolutamente reconocibles: Había una vez un pájaro (Cuneta) y Space Invaders (Alquimia), respectivamente.

Lo que quiero decir es que Costamagna y Fernández vienen publicando libros desde hace ya varios años –más de una década– y que como lectores hemos tenido la suerte de ver sus búsquedas hasta llegar aquí, a los últimos libros en los que sus obsesiones han encontrado las formas precisas, las palabras, los tonos, el fraseo.

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Dicen que Onetti se refirió pocas veces a su infancia, pero hay una frase de él que encierra, creo yo, una imagen contundente sobre la imposibilidad de escribir esos años, esa época, esa vida: “Decir la infancia implica sin remedio un fracaso equivalente a contar los sueños”.

costamagna 2Hay autores que caen en la tentación de ese fracaso y se arriesgan: narrar la infancia y lo que rodea a esa infancia. Eso han hecho Costamagna y Fernández en sus últimos libros y también, en parte, en los libros anteriores, que llegaron, justamente, en 2013 a librerías argentinas: Animales domésticos (2011), de Costamagna, y Fuenzalida (2012), de Fernández. Un libro de cuentos y una novela, publicados por Penguin Random House y que hablaban, justamente, de la infancia, pero también de otras cosas: los años 70 y 80 en Chile, las relaciones de pareja, la dictadura vista desde historias filiales y ambiciosas que resuenan, sin duda, en sus últimos libros. Porque mientras Costamagna ha recopilado tres relatos en Había una vez un pájaro –un cuento, de hecho, es de su libro anterior-, Fernández en Space invaders ha vuelto a escribir sobre el Santiago de los 80 y cómo la violencia de la dictadura se colaba, inevitablemente, en todas las vidas, incluso en la de aquellos que sólo eran niños.

Si Onetti hablaba de la infancia como un sueño, Fernández ha elegido de epígrafe para su novela una frase de Georges Perec que está, sin duda, emparentada con aquella mirada del uruguayo y que nos sirve para entender la atmósfera no sólo de este relato, sino también de los de Costamagna: “Estoy sometido a este sueño: sé que no es más que un sueño, pero no puedo escapar de él”.

De eso hablan estos libros: de la imposibilidad de escapar de la infancia, de esos recuerdos que nos configuran aunque a veces nos queramos hacer los tontos.

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Había una vez un pájaro: tres cuentos –“Nadie nunca se acostumbra”, “Agujas de reloj”, “Había una vez un pájaro”– y tres niñas vinculadas estrechamente a sus padres –no así a sus madres-: un viaje en citroneta desde Santiago hasta Argentina, cruzando esa cordillera que separa no sólo dos países, sino que una historia familiar; una hija enamorada de su padre y una madre difusa; y otra hija que no entiende mucho, pero que se atreve a narrar la historia de su padre, detenido en dictadura.

De fondo, el relato político que se narra de soslayo: la cotidianeidad de una violencia que se expresa en pequeñas pero contundentes imágenes: “Mi madre me abraza fuerte, culposa, y yo pregunto qué pasa. Pero ella dice que no estamos en edad de entender, que paciencia, que algún día nos van a explicar todo”.

Hay algo terrible en esas palabras: Costamagna las escribió originalmente en 1996, cuando publicó En voz baja, su primera novela y que decidió reescribir ahora para este libro –un proceso de reescritura que terminó convirtiendo esa novela en un cuento de 40 páginas, que le da el título al libro–. Pero lo terrible es que aquella sentencia de la madre es, de alguna forma, la idea que prevaleció en la década de los 90 en Chile: no estamos preparados para entender ni para juzgar, es la época de los acuerdos en la medida de lo posible, la transición. Esa madre es la voz horrible de una época y Costamagna supo escucharla antes que todos, porque ése es otro de los méritos de su escritura: hoy, cuando algunos críticos y lectores “suspicaces” plantean que está de moda escribir sobre la infancia, es bueno recordarles que En voz baja es de 1996. Muchos años antes de todo esto. Pero que ahora, además, Costamagna le ha agregado un valor incuestionable: la capacidad de contener la voz de esa niña que narra la vida separada de su padre y las visitas que hace a la cárcel, pero sin entender bien qué pasa. En esta versión, Costamagna baja el tono realmente, lo que le agrega emotividad y contundencia.

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Space Invaders: una novela breve acerca de un grupo de escolares en plena década de los 80, una voz indefinida que nos advierte, desde el comienzo: “No hay manera de ponerse de acuerdo porque en los sueños, lo mismo que en los recuerdos, no puede ni debe haber consenso posible”.

Esa arbitrariedad de la memoria es la que prevalece en esta novela y también en los relatos de Costamagna: ninguna quiere ser la voz oficial del pasado, pues entienden que eso no tiene sentido. Lo que importa es esa imposibilidad del consenso, la voluntad por reconstruir esa infancia –esos sueños– a partir de lo que está ahí, simplemente. En este caso, una memoria escolar que está fundada en una historia real: un carabinero que degolló, junto a otros compañeros, a tres militantes comunistas en 1985. Pero Fernández decide no narrar esta crónica, no, esquiva el relato de no ficción, creo que por dos motivos: primero, porque ya contó esa historia en un texto publicado en Volver a los 17 (Planeta, 2013), una antología de no ficción en la que se reunió a 14 escritores chilenos que vivieron su infancia en dictadura y se les pidió que contaran esa experiencia. El texto de Nona Fernández es, sin duda, uno de los mejores: un relato vertiginoso e intenso en el que cuenta la historia de Estrella González, hija de uno de los carabineros culpables en el “Caso degollados”. Fernández fue compañera de colegio de ella y narra ese tiempo, la infancia compartida, la adolescencia, el día en que se supo del caso y cómo nunca volvió a ver a Estrella.

Sin embargo, creo que el motivo más importante por el que Fernández evita esta crónica en Space Invaders es porque, justamente, es alguien que cree, por sobre todo, en la ficción, en cómo el lenguaje puede cambiarlo todo y ser, quizá, la única herramienta para transmitir una realidad que a veces se difumina con demasiada rapidez. Aquí, en la novela, Fernández se da el lujo de confundirlo todo, de armar una voz generacional que va relatando la historia de esta niña, pero sin narrar la crónica policial. Lo que importa es la atmósfera enrarecida de la memoria: cómo un grupo de niños va perdiendo la inocencia –uno de los mejores capítulos es ése en el que todos se encierran en una sala, a oscuras, y se tocan y se descubren, haciendo una alusión al poema “La pieza oscura”, de Enrique Lihn-, mientras un país se despierta de la dictadura: las protestas, los secretos, los atentados, la violencia doméstica y, por sobre todo, la certeza de que la memoria es algo casi siempre inesperado: “No sabemos si esto es un sueño o un recuerdo. A ratos creemos que es un recuerdo que se nos mete en los sueños, una escena que se escapa de la memoria de alguno y se esconde entre las sábanas sucias de todos”.

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Lo último: si Fernández elegía un epígrafe de Perec que denota, creo, un giro en sus lecturas y en su escritura –hay una prosa más vertiginosa pero menos experimental, mucho más centrada en las acciones e imágenes–, Costamagna hace lo propio con el epígrafe que elige para el relato que le da título al libro, una frase de Clarice Lispector que dice: “Había una vez un pájaro, Dios mío”.

En esa pequeña frase que Lispector anotó en una crónica hay encerrada toda una poética: la imposibilidad de contar una historia como todo el mundo espera, la desconfianza en ese comienzo tan común y simple, la sospecha sobre aquellos que piensan que la literatura sólo se trata de contar una historia.

Hay, en los libros de Costamagna y Fernández, una desconfianza en el lenguaje que se traduce en una escritura que se cuestiona y que ensaya, por sobre todas las cosas: la búsqueda de tonos distintos, la certeza de que hay que escribir en contra de la comodidad.

Salazar en Villa Grimaldi.“la historia se enseña, la memoria se comparte…”.

Villa Grimaldi, el martirio silencioso de las vendas

por 24, OCTUBRE, 2013

En el texto que presentamos el profesor Salazar asumió las funciones de supervisor general de un proyecto de investigación de un equipo de trabajo y fue redactor del texto final.

El libro sintetiza, en sus últimos capítulos, la experiencia colectiva vivida en “Villa Grimaldi”, entre 1974 y 1978, lo que implica penosos recuerdos, pero lo más importante es su reflexión; mantiene un destacado nivel de objetividad por tratarse de un proyecto académico, centralizado en el material testimonial, tanto de los detenidos como de los militares victimarios. También advertimos en la redacción su estilo propio, en que surge la vena literaria del redactor, concediendo a la armonía del texto un matiz muy especial. Se destaca la enjundia de su verbo en todos los episodios comentados y el recuerdo amistoso de los personajes más débiles que nos describe.

Me permito transcribir frases muy impactantes, en el párrafo relativo a la venda colocada sobre los ojos de los prisioneros en los recintos clandestinos de reclusión y tortura:” La venda que te enceguecía de frente y hacia arriba. Que te ocultaba a ratos los rostros de los victimarios. Pero que, en cambio, te volcaba hacia adentro. Hacia atrás. Hacia las más profundas fibras de ti mismo. Hasta la sensación temblorosa pero viva de tu ser… Detrás de la venda, rotunda y definitivamente, estábamos nosotros…”

Me  conmovió de tal manera el tono y la profundidad de la idea expuesta que no pude menos que recordar aquellos párrafos de antología, escritos sobre las heridas con que Manuel Rojas refiere en Hijo de ladrón.

Sin el propósito de exponer el contenido de cada sección de este trascendental trabajo, a título ejemplar debo mencionar sí el Capítulo I, destinado a plantear un juicio teórico histórico sobre las tiranías que imponen los regímenes oligárquicos y  en que nos recuerda que Chile nunca he tenido ni un verdadero régimen aristocrático, ni un verdadero régimen democrático, sino un persistente régimen oligárquico, instalado por tiranías francas o encubiertas y agrega en otro momento, como corolario: “Los militares terminaron siendo instrumentos de la oligarquía”.

Ahondando en la estrategia militar norteamericana, en el Capítulo II, nos expone que, con la revisión de documentos desclasificados bajo el gobierno del Presidente  Clinton, se constata que la intervención norteamericana en Chile, que incluyó el golpe militar de 1973, estuvo explícitamente dirigida, no contra el Partido Comunista, el MIR o el Partido Socialista, sino contra el Gobierno de Salvador Allende, en tanto constituía un modelo fácilmente replicable no solo en América Latina, sino también en Europa Occidental. Por ello, era indispensable eliminar el allendismo y desarticular por completo la economía desarrollista, haciéndola “chillar”. Ejecutado el golpe fue preciso crear una fuerza de tarea militar, operativa y secreta, taskforce, para hacer efectiva la operación de tierra arrasada, o sea, la destrucción de las instalaciones constitucionales del Estado y todo el enquistamiento socio cultural en los ciudadanos que las sostenían y eso se podía lograr en tiempo record con la exoneración, la prisión, el exilio, la tortura y la muerte.

Esta tierra arrasada se manifestó dramáticamente, en la denominada “Caravana de la muerte”, días después que Pinochet había asegurado al Embajador de Estados Unidos que la Junta estaba haciendo todo lo posible para evitar la violación de derechos humanos y la pérdida de vidas. Se ordenó al  General Sergio Arellano acelerar el curso de la justicia en el país, lo que se cumplió con un reguero de muerte de 72 víctimas, en ciudades del sur y norte. Además se  afirma que, sin la  denominada “fuerza de tarea”, no habría podido ser eliminado ningún obstáculo ciudadano. A la DINA se le traspasó el poder absoluto para torturar, matar y hacer desaparecer personas. Se expandió de modo epidémico con el apoyo decisivo de la CIA, con su asistencia y adiestramiento.

En las páginas se describe las Brigadas de esa asociación ilícita, sus miembros, sus respectivos grupos operativos que confeccionaban el organigrama de la sección de izquierda que se proponían destruir. Contaban con cuarteles clandestinos para sus tareas de detención y tortura. El más importante de ellos, desde noviembre de 1974, fue “Villa Grimaldi”, denominado “Terranova”, en José Arrieta 8.200. Se precisa que fue un recinto emblemático por su extensión, ubicación y cantidad de unidades, por haber albergado a los Oficiales de la Brigada de Inteligencia Metropolitana, máxima autoridad ejecutiva, por haber sido el cuartel con el mayor número de detenidos, de torturados y el mayor número de asesinados y desaparecidos. Se estima que es entretenido y elocuente el análisis realizado sobre sus funciones por los Oficiales de la DINA ante los jueces, pues  las declaraciones muestran patentemente el pobre nivel de análisis histórico, político e incluso operacional demostrado por ellos; todos niegan u ocultan las torturas y los asesinatos de detenidos en los cuarteles de operación y, sarcásticamente, exponen que los detenidos estaban en tránsito y no se les interrogaba sino que se dialogaba con ellos.

El libro describe las estrechas y malolientes dependencias en que se mantenía a los prisioneros y señala un recorrido por el interior del parque culminando al extremo de un sendero con la Torre, “el santuario mismo del horror”. Era el final del camino para muchos, el lugar de las torturas extremas.

El relato continúa con la confección de un retrato hablado de los  analistas que comandaron los trabajos de la Dirección de Inteligencia en “Villa Grimaldi”: Espinoza, Moren, Raúl Iturriaga, Ferrer, Laureani, Lawrence, Romo, Krassnoff y  Wenderoth.

En el Capítulo destinado a describir los métodos empleados por la organización se explicita que “la sensación de tortura se inicia antes de la tortura física, directa y puntual y continúa después, como secuela por un tiempo considerable que puede ser una vida o incluso un impacto transgeneracional”. A esas torturas físicas, que se describen, se agregan otras, las ético-políticas, derivadas de la represión orgánica por “delación”.Se plantea  del angustioso dilema de hablar o no hablar, entregar o no entregar  o bien, cuánto entregar y no era un dilema menor: o tu vida o el organigrama.

Al analizar la labor de la DINA se  la describe como el ariete victorioso del primer shock, el de los arrasamientos contra los derechos civiles y humanos, que dejó el camino libre para la instalación del modelo económico neoliberal (segundo shock) y del modelo neoliberal de Estado (tercer shock). Y se formulan las preguntas ¿la lógica operativa del triple shock incluye necesariamente los excesos perpetrados por la DINA? ¿Cuáles fueron los factores que impulsaron a las Fuerzas Armadas chilenas a actuar  de esa manera excesiva?

Se explica que Manuel Contreras fue el principal creador, gestor y conductor del organismo y quien, entre 1973 y 1977, afianzó la primacía dictatorial de Pinochet en la Junta Militar y expandió la DINA más allá de las fronteras nacionales hasta convertirla, como la definieron  agentes de la CIA ”en una organización terrorista de alcance mundial”. Se recuerda el “Plan Cóndor”, en cuanto estrechó las relaciones con las policías secretas del Cono Sur, forjó alianzas  con organizaciones terroristas de Estados Unidos y Europa  y preparó las operaciones en Buenos Aires contra el General Carlos Prats y su señora, en Roma, contra Bernardo Leigthon y su esposa y en Washington, contra Orlando Letelier y Ronni Moffitt.

El texto aporta una visión muy especial, la del historiador, además prisionero, afortunadamente,  sobreviviente; testigo presencial de lo que relata, analiza y proyecta en el tiempo, en ese recinto de reclusión y tortura. La dramaticidad de su discurso se realza con el tono de su poesía. Escuchemos: “…tú no perdías la sensibilidad…Y a pesar de que día a día el fragor de las camionetas, el crujido del cascajo, los gritos de los jefes, los alaridos de los torturados…a pesar de todo eso, tú podías distinguir los sonidos leves y sutiles del equilibrio humano o cósmico: un canto de pájaro, el aroma de las rosas, el sonido del viento en el follaje, la campana lejana de una escuela primaria…”

Y concluye­ Cierto: el tiempo que tú vivías y sentías en la Villa era un tiempo espeso, pesado, lento, a ratos sofocante. Podría decirse incluso, angustioso. Es que así es el tiempo del futuro”.

La obra no solo nos trae la memoria de la terrible época descrita sino que, lo más importante, nos insta a pensar en el futuro para, en mi apreciación, plasmar en nuestra sociedad el nunca más que las futuras generaciones nos exigen.

Como se ha dicho la historia se enseña, la memoria se comparte…ésta no hace revivir el pasado, lo re-construye” para enseñar, digo yo, el respeto al valor de la vida, de la dignidad, de la justicia y de la libertad.

Alejandro Solís Muñoz

                                                                       6 de septiembre de 2013.

afepchile. “Con verdad, justicia y memoria otro mundo es posible”

afepchile.cl/documentos/discurso_alicia_lira_11012013.pdf.

El viernes 11 de enero se lanzo el libro “Con verdad, justicia y memoria otro mundo es
posible” de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos en el circulo de
periodistas de Chile.
En la tarde del viernes 11 de enero se lanzó el libro de la AFEP, donde llegaron el Director
del Instituto Medico Legal don Patricio Bustos, el director del diario Le Monde Diplomatic,
el ex Ministro Alejandro Solís y el dirigente Cristian Cuevas.
Por: Marcos Rodríguez González AFDD.
DISCURSO DE LA SEÑORA PRESIDENTA DE LA AGRUPACION DE FAMILIARES DE
EJECUTADOS POLITICOS ALICIA LIRA MATUS, EN EL LANZAMIENTO DEL LIBRO
“CON VERDAD, JUSTICIA Y MEMORIA OTRO MUNDO ES POSIBLE”.
Bueno yo primero que todo quiero rendir un sentido homenaje tengo un sentimiento de
impotencia de angustia y dolor sobre lo que esta pasando hoy en la Araucanía es
éticamente inmoral que los hijos de Pinochet como Andrés Chadwick , como Longueira
como cualquiera de estos gobiernos y los cómplices del terrorismo de estado como
Alberto Cardemil, Jovino Novoa que hoy toman parco, hablan de terrorismo nacional
como internacional, buscan como militarizar más la zona mapuche, es cierto yo creo que
cada uno de nosotros lamentamos profundamente la muerte de cualquier persona, sea
quien sea la lamentamos, pero nadie mientras una persona no sea juzgada y tenga la
constancia quienes fueron los culpables no pueden ante mano decir y culpar y no
solamente al mapuche, sino para nosotros hoy es preocupante y terrible escuchar a estos
hijos de Pinochet a los cómplices preocupados del terrorismo de estado llevando
vehículos blindados a la Araucanía, helicópteros blindados, amenazando a los
camioneros tomándose las carreteras en un símbolo de sedición, pero una sedición hacia
los ministros celebrando esta sedición, no contra un gobierno establecido, sino que
defendiendo sus intereses, por lo tanto, tenemos el compromiso de movilizarnos de
denunciar o hacerse parte de las actividades que se hagan y por eso no podía dejar pasar
esto y ahora planteo lo que tiene que ver con el lanzamiento de este libro de nuestra
Agrupación de Ejecutados Políticos, primero que todo queremos demostrar el orgullo que
sentimos hoy como agrupación de tener el lanzamiento de este libro, con tanto contenido,
siendo muy bello en la portada, pero lo más bello son las exposiciones los contenidos, los
compromisos es gracias a lo que ha significado el aporte de la comunidad europea;
porque como saben ustedes nuestras agrupaciones no tienen recursos económicos,
jamás hubiéramos tenido el orgullo de presentar este libro, solo tenemos recursos para
mantener nuestra Agrupación, los gastos comunes, porque el estado no se hizo cargo
nunca de mantener las casas de memoria que recuperaron los sobrevivientes como los
Familiares o las Agrupaciones de Familiares Victimas, que es una obligación moral del
estado de mantenerlas, así como el estado recurrió a todos los recursos para aplicar el
terrorismo de estado, debiera aplicar los mismos recursos para darle a las agrupaciones
el estatus que se merecen, no en privilegios sino que en mantener las casas de memoria,
porque es parte de la historia, es la memoria de lo que pasó en este país. Para nosotros
podemos decir que nuestra Agrupación hemos tenido el orgullo y aquí tenemos al máximo
representante de la responsabilidad de lo que ha sido que Eduardo Contreras Mella, el
grupo grande de las 1.093 querellas que hemos presentado por 1.200 víctimas de
hombres y mujeres y niños que nunca tuvieron, no supieron, no tuvieron los recursos y
ningún organismo presentó querellas en el informe de verdad y reconciliación, existían
1.164 hombres, mujeres y niños, cuatro nonatos que estaban en el anónimo y por lo tanto,
felizmente con algunos jueces honorables como el señor Sergio Muñoz, que en ese
tiempo era el coordinador de derechos humanos de la corte Suprema y jueces tan
comprometidos, honorables, éticamente y moralmente como aquí tenemos el orgullo de
tener presente al ex ministro Alejandro Solís, pudimos romper esta impunidad como dice
la consigna impunidad jamás para nosotros, es un gran desafío de estas querellas
llevarlas adelante, hay un grupo precioso de estudiantes de la Facultad de Derecho de la
Universidad de Chile, U.D.P., Universidad Arcis, que en forma totalmente solidaria y
comprometidas hacen un trabajo para que estas querellas avancen en su investigación,
en todo, como así también el aporte que hemos tenido en forma incondicional del equipo
jurídico, de lo que ha sido el programa de derechos humanos del Ministerio del Interior, que muchos desconocen pero tienen un compromiso de trabajo, una solidaridad que se
ha construido por 2 años de confianza y de aporte, porque todos ellos están trabajando
con la concepción de los crímenes de lesa humanidad, por lo cual, no son amnistiables ni
prescriptibles; para nosotras este libro ha sido como el broche de esta larga lucha que
hemos tenido esta directiva por cuatro años, de lograr salir de las paredes, lo que dice el
ex ministro Solís, todos tenemos la obligación cuando salgamos de aquí difundir que el
libro no sea para la biblioteca, ni un libro muerto, sino que conversémoslo, veámoslo,
porque hacemos distintas personas con una convicción, con una visión de compromiso
por la verdad, la justicia y la memoria si esto existiera, no existirían dos jóvenes mapuches
asesinados, incluso por la espalda, no existirían amenazas de estado, de acepción no
existirían estas fuerzas militarizadas que sitian toda la Araucanía, eso es impunidad y
cuando nosotras hablamos del nunca más es eso como lo decía el Doctor Patricio Bustos,
nosotros no somos solamente las víctimas somos personas, mujeres, familiares, padres,
que llevamos un dolor irreparable, pero luchamos con una dignidad, con un compromiso,
con un amor que sobrepasa a nuestros familiares, que pensamos en las siete mujeres
asesinadas jóvenes, tres hermanos de comerciantes ambulantes, seguidos por años los
campesinos de Chihuahua, el hijo que ayudó a empujar el camión que podría haberse
salvado, porque no lo llevaban, lo echaron arriba del camión, eso es amor nunca los
fascistas que nos trataron de amargados, resentidos, no saben el sentimiento que somos
nosotros, porque hemos dicho y lo hemos aplicado el problema de las violaciones de los
derechos humanos, no es un problema solamente de los Familiares de las víctimas, es un
problema de la sociedad, porque aquí existe informe Valech y Rettig, pero hay miles de
personas que sufrieron los allanamientos que fueron torturados, ellos no salen en ningún
informe, eso no lo queremos para nadie, queremos una sociedad igualitaria, en donde
existan los valores, no seamos una tarjeta, ni un número, ni consumistas, seamos la
persona que nos interesa, que queremos una educación gratuita, de calidad que
volvamos a los valores esenciales del ser humano, es la vida, el respeto, el amor a la
vida; y cuando eso existe logramos sentir esa sociedad de que somos personas que no
importa la embestidura, que tengamos plata, sino que somos valiosos del ser pensante de
vivir en un país y querer un país mejor, por lo tanto, a mi solamente me queda entregarle
un reconocimiento a cada uno de los que están aquí, pero en forma muy especial se lo
quiero entregar a la persona del ex ministro Alejandro Solís, porque hay una cosa que le
decía el día que nos fuimos a despedir, el día que jubiló, lamentablemente el podría haber
sido un Ministro de Corte Suprema, pero porque nunca llegó a la Suprema, el fue
castigado, porque el como Carlos Cerda, como otros jueces que investigaron la verdad
plena y condenaron a los criminales con las condenas que merecían, que se hubieran
extorsionado por el camino y que hoy criminales 177 condenados con la media
prescripción, hoy duermen tranquilamente en sus casas, eso no es justicia, no tienen la
pena que se condice el delito grave que cometieron, por lo cual, creo que es el
compromiso de cada uno de nosotros ser parte y lo más hermoso es trabajar este mundo
de los derechos humanos, que es tan cansador, pero también sale lo más bello de lo que
somos las personas, el hecho de respetarnos, querernos o saludarnos con alegría, porque
también somos agradecidos de la vida, yo creo que la vida es dura, pero que también esta
llena de cosas bellas y depende de nosotros el objetivo que lo hagamos y es por eso lo
que dice Cristian, jamás seremos vencidos, una derrota no significa que bajemos la
cabeza, que me aburrí, me enferme, me voy para la casa, no el orgullo que sentimos
vamos a la toma de un recinto, encadenamiento a la calle a gritar en forma solidaria por
los mapuches y los estudiantes, pero vamos llenos de orgullo, moral, de ética y de futuro y
yo creo que eso jamás van encontrar en nosotros, sino que todo lo contrario. Muchas
gracias