Mi amigo Andrés Bianque, el de los escarabajos, las flores del mal y los largos exilios.

Mi amigo Andrés Bianque, el de los escarabajos, las flores del mal y los largos exilios.

 

En el día de ayer, 20 de diciembre de 2016 Andres Bianque presentó su libro A la Sombra de los escarabajos en la Biblioteca Nacional de Chile. Por una jugarreta de los calendarios que rigen mi día a día desde mi teléfono inteligente, quedé al margen de escucharlo y abrazarlo y aterrizar por fin nuestra amistad on line a un cara-a-cara emocionado.

Andrés, expío mi culpa en la forma que decretes!

Soy amiga virtual de Andrés desde hace años. El va y viene en el espacio y el tiempo, pero para mí es y ha sido una presencia permanente y en nuestras extensas conversaciones de pantalla a pantalla, se me ha revelado un hombre que , como él dice en algún espacio “…then and there I was, in the middle of the seeds with my pen of shadows”. Este hombre que salta del castellano al sueco como niños prodigio, ha escrito acerca del exilio la más hermosa de las reflexiones, y que será la médula del capítulo dedicado a ese tema en este interminable libro que escribo desde hace una década.

Exilio, las flores del mal y los ejes rotos.

Andrés Bianque 18 de Febrero de 2009

La cordillera está siempre nevada, así quedó petrificada en el recuerdo. Jamás se transforma en agua, barro y brazo de río que apunta hacia el mar. Infinita, amarga y dolorosa es la cicuta del destierro, exilio transtierro de macetas humanas.

Los que no van muriendo arrojándose a los trenes, colgándose en los bosques, ahogándose en los lagos, bares y mares, el destierro los va enloqueciendo en forma brutal, los va cambiando a tal punto que son simplemente otros.

Puntos apartes, puntos finales de renglones cortados.

Árboles secos, concluidos en simple leña para alimentar la hoguera de los fracasados, de las ambiciones, de los que no pudieron, de los que fueron y nunca más serán.

Una avalancha de tiempo cae sobre los hombros, y los principios flaquean, las ganas se desvanecen, los seres humanos se vuelven insignificantes y no pueden detener nada, balas de semanas, círculos de años, rodajas de minutos van tapando y cortando inexorablemente todo.

Las agujas del reloj, son dos brazos que van sofocando lentamente la respiración que se nota en el tono de las palabras, de las frases, de las oraciones y canciones, de los calendarios que son palimpsestos, papiros perdidos de antiguos reinos olvidados que no volverán jamás y del cual sólo quedará cierta memoria fracturada.

El pecho es una brújula rota que siempre apunta hacia nuestra casa, y un reloj de arena va sepultando y cubriendo los rostros.

Y uno se queda inquietamente inerte, absorto, mirando la ola gigante de arenas y almendras que lo va enterrando y uno grita callado, uno se va hundiendo hacia una nueva extraña superficie.

Y ya no somos los mismos de antes y los de antes ya no son los mismos. Todo quedó petrificado en la retina interna que trazó por última vez un último momento de pinturas oxidadas, de rostros deshojándose por el otoño del tiempo, de palabras disecadas, de miradas eternas. Tratando de abarcar con la vista lo que más se puede, tratando de pasar las manos por las barandas donde manos hermanas pasaron sus manos, por las caras.

Dando abrazos como si se abrazara a la misma vida, pensando y temiendo que puede ser la última vez. Memorizando y guardando frases y palabras, apertrechándose de recuerdos para el largo viaje que se avecina y qué largo y seco se hace el desierto del destierro, que profundos se hacen los mares, que pesado se hace el cielo cuando se es una mera cometa empujada por vientos más fuertes

Y cuando uno cree que se le acabaron las lágrimas, sin mediar pena terrible o gigante, se rompe el dique de los ojos y, uno va llorando así como de memoria. Sin sonidos, sin gemidos, sin gritos, sin odios, sin maldecir, sin menospreciar nada, las                                       lágrimas salen y corren y siguen saliendo y uno no se explica qué pasa, y se sienta impávido, yerto de adentros a observarse a si mismo como la frustración y el dolor son más grandes que las frases que dicen que todo va a estar bien.

Nada de eso sirve para aliviarse, las lágrimas no entienden de cuentos y sentimos pena, infinita pena, pero de tan cansados, sólo observamos, sólo eso…Miramos a la distancia procurando siempre no encontrar el reflejo de nuestros rostros vencidos… ¿Qué estarán haciendo justo ahora? ¿Qué hora es allá? ¿Podrán ver la misma luna que observo yo en estas horas?

Y todo es raro, todo es distinto, todo es al revés, ó es el atraso de tiempos o la penosa ventaja de horas. Y cuando nosotros dormimos, ellos dejan que la tarde camine sobre sus cuerpos, y cuando la mañana nos despierta, la noche los acuna. Y así, trasnochando los días, rebelándose contra el imperio del tiempo, nos quedamos hasta horas prohibidas e insensatas, única y exclusivamente para escuchar una voz lejana que se transforma en puente, solamente para leer líneas que suavizan los ojos, palabras que liman uno a uno los barrotes impuestos por el tiempo, y uno logra escapar esos momentos, y las voces, las postales, los correos, los mensajes son visitas dominicales prohibidas, que nos traen sonrisas envueltas.

A medida que pasan los días, éstos van construyendo un muro prácticamente infranqueable. Cada día es un ladrillo, las semanas adarajas. Al principio saltamos con facilidad hacia el otro lado, pero a medida que el tiempo pasa, más y más alta se vuelve la muralla. Lloramos, pateamos y gritamos y las paredes no hablan, sólo escuchan. Después quedan ciertas ventanas por donde mirar, ciertas puertas por donde contrabandearnos de sueños y proyectos. Pero poco a poco van desapareciendo las ventanas, las puertas y las hendiduras, todo se va sellando, los meses y los años van amamantando al imperio del tiempo y este va sellando las fisuras hasta encontrarnos frente a un frío paredón, donde el tiempo fusilará anticipadamente cualquier intento de arraigo de raíces y uñas que arañan las praderas y los cielos, pidiendo, rezando y protestando por pedirle al tiempo que se devuelva tres pasos, tres años, tres pasos, treinta años.

Y el tiempo no escucha, no habla, no dice media palabra, sólo enseña su ancha espalda y avanza y avanza y no hay ruego, ni sueño, ni pena de amor o de patria que detenga la carreta del tiempo, donde no somos más que polizontes colgando de las barandillas pintadas de lustros, que se descascaran como un pedazo de acero arrojado a una noria olvidada.

Un insignificante mes es capaz de ensanchar el mar y alargar las orillas. Cómo duele sentir el paso del tiempo, te aplasta, te ahoga, te empuja, te sofoca. Y no hay donde correr, donde esconderse, donde ocultarse. Cómo duele ese tiempo que pasa por entremedio de los dedos, por entre las manos, las canas, los huesos, los ligamentos que ya no atan con la misma tensión amorosa las cosas que ya no están, esas que se extrañan.

Cómo duele el tiempo de amigos y compañeros muertos, de hermanas lejanas que ya no son las mismas, de camaradas que no nos recuerdan y aquellos que sí, empero tienen un sabor más importante que nosotros en sus miradas o sueños o aspiraciones.

Exilio, luego existo.

El pan sabe distinto, quizás es la tierra que lo amasa. El agua sabe distinta, quizás las nubes son de rebaños desconocidos. Los tomates son duros y de un sabor dulce que reivindica a aquellos que lo llaman fruta. El maíz es blando y azucarado, es más agua que maíz.

El sol abre la puerta del día por cerraduras distintas. El norte se vuelve inalcanzable, el sur un imposible. Las mañanas, las tardes, las noches, los días y los meses saben a limbo, a cierto vacío de sensaciones que se estrellan contra claustros internos que no conducen a ningún lado. Los árboles, aunque sean iguales, sólo se parecen a aquellos que recordamos, las plantas son otras, los jardines son otros.

Acurrucados en una esquina del tiempo y de algún meridiano accidental, se unen por el idioma, por un pedazo de tierra, por la coincidencia de grados y mapas, por cierto paño llamado bandera, por ciertos sueños muertos, por ciertos anhelos en constante especulación y preparación, la disgregada diáspora sitiada por años que fueron y que ya no serán.

Encerrados y enjaulados en mazmorras, sótanos y celdas de tiempo que sólo dejan mirar el entorno, trazos pequeños de futuro y nada más. Y uno quisiera mostrar tantas cosas, tantas cosas lindas que no tiene con quien conversarlas o admirarlas. Que las estatuas son oasis de poesía galvanizada en ciertos parques, que son poemas bruñidos que suavizan los ojos. De ciertas construcciones que son tiernas radiografías del estado fetal de la humanidad. O las fontanas donde se piden deseos, el deseo de volver, de que le vaya bien a esos hombres y mujeres que pagan hasta por un vaso de agua, y que uno no conoce pero, que los sufre en la distancia.

Que largas se hacen las noches, pensando en qué habrá más allá de las ventanas, que sólo devuelven reflejos con imágenes como chispazos intermitentes que se desvanecen tan rápidamente que duele. Transformamos las casas en andenes, los departamentos en puertos, las habitaciones en muelles, donde esperamos con las maletas el día a día del partir, del ir. De salir volando, zarpar, correr, viajar al útero primario principal natural de nuestros orígenes.

A pesar de saber que nadie nos espera, que somos fantasmas envueltos en ropajes de recuerdos que penan de vez en cuando a los vivos, a los del otro mundo, pero nada más. Acaso meros fantasmas que habitan entre este mundo y el otro, arrastrando largas cadenas de eslabones rotos.

Y es que han tirado los cuerpos a las cuatro esquinas del círculo terrestre, pero vacíos, livianos, por allá quedaron anclados, empuñados, allá quedaron los sueños desangrándose en alguna esquina, oxidándose los corazones que se aferran a las cosas más comunes y también más sublimes. Una plaza, una calle, un parque, un hermano, una playa, un amigo, los tíos, los padres, los vecinos, los perros que ya no recuerdan nuestro olor, y de aquellos que nos recuerdan y no saben de nuestras canas, de nuestros kilos de más, de nuestras nuevas penas, de nuevos dolores, amores, sabores y colores.                                                                                                                                                                      Cierta flora y fauna desterrada a parajes ignotos, donde el canto de los pájaros no repite nuestros nombres, ni mucho menos el nombre de nuestros abuelos, nuestros antepasados. Y los árboles encumbran sus cejas verdes hacia el cielo a nuestro paso, preguntándole al viento, ¿Quiénes somos, de dónde hemos venido?

Es que quizás somos cierto tipo de arbustos, de flores buscando suelos amables donde echar raíces, cierto tipo de estacas óseas marcando el ras de nuevo suelo, pidiendo prestado jardines ajenos, intentando meternos por entre las arrugas del tiempo y del cemento. Aún a sabiendas que la tierra, el agua y el sol darán frutos bastante distintos a las raíces originales. Híbridos de segunda generación.

Extraña maraña de vísceras que abonan los mares y los suelos, extraño entre los extraños, extranjero entre los extranjeros.

El espasmo político, social, económico es el arco que expulsa flechas desobedientes que no se conforman con ser estacas enterradas a un destino determinado.

Como se va deshojando la rosa de los vientos, como cada año es un pétalo muerto, como va naciendo una flor extraña amorfa, de otra forma, de otros sinos y destinos. Como si fuésemos sobrevivientes de ciertas caravanas empujadas al destierro y por azar nos encontráramos en aristas simpáticas, pero ajenas a lo nuestro, donde no hemos puesto un ladrillo, no hemos sido más que suavizantes de adoquines prestados, ojos hundidos en cerámicas prestadas.

¿De qué sirve el mejor vino, el mejor Chardou sí se comparte con extraños?, con meros seres artificiales plantados a una mesa, porque no tenemos a nadie más, porque incluso, hasta hablan nuestro mismo idioma, o que las causas son parecidas, pero siempre se pierden en caminos o atajos distintos. ¿De qué sirve una mesa llena, si en mi pueblo se mueren de hambre? y que amargo sabe el pan cuando se sabe que falta todas las mañanas en tantas casas. ¿De qué sirve llenarse los bolsillos de esmeraldas, sí el pecho se transforma en cantera vacía por cada moneda tragada?

Para qué las fiestas si las ventanas devuelven el reflejo de miles de gentes en penitencias constantes. ¿Cómo darle un orden exacto y ordenado a la redacción de penas y tristezas que levantan sus manos como niños en llanto, exaltados, intentando denunciar tanto golpe, tanto azote?

Tal vez el exilio es un estado de coma social. Un estadio repleto de gentes que observan callados la derrota, y que no se levantan a ninguna parte, porque no tienen donde ir. ¿Un estado severo de la pérdida de la conciencia? Los signos vitales funcionan casi a la perfección, más no así la percepción de la realidad. Se está en un limbo, tal vez en un purgatorio de imágenes que sabemos son sólo pasajeras, o nos aterra el imaginar que serán eternas o las últimas que nuestros ojos abrazarán antes de la siesta final, mortal de mortandad de muchedumbres que murieron raptados por ese pájaro-cigüeña inmenso y voraz que los abandonó en otras tierras como si fuesen hijos malditos, no deseados, porfiados o malformados.  

Y no sólo de situaciones políticas vive y se nutre el exilio. No sólo son exiliados aquellos que blanden alguna bandera opuesta a la de turno. También se es exiliado cuando no se tiene ni para un par de zapatos bajo cierto tipo de sistema, y uno tiene que salir a buscar el pan, cuando en casa se le niega hasta el agua. También se es exiliado, cuando ciertos imperios voraces muerden los límites de nuestra tierra y nos obligan a largarnos y mirarlos desde lejos como se acomodan y marchan en nuestros jardines. Exilio. ¿Narcosis política inyectada a la fuerza contra los músculos vencidos?

El pecho no se mueve, los ojos yertos son dos piedras muertas en el fondo de un río seco. Las manos a los costados son dos remos estáticos que no bogan hacia ninguna parte. El tiempo se mete dentro de nosotros y va tensando más y más el cordón que nos une a la matriz que nos vio partir. Va tensando tanto que termina por cortarse. Y castrados, amputados de raíces, quedamos a la deriva, sin saber qué hacer con tanta maleta preparada, porque el volver significaría volver a empezar desde cero nuevamente y es que ya hemos empezado de nuevo tantas veces…

El destierro, el desplazamiento, se asemeja al desmembramiento de los brazos, piernas y troncos. Sólo que los demás no lo notan, el afectado sí. Y uno vuelve a ser niño nuevamente. El reaprender todo desde cero. El invertir días para ser capaz de saludar y despedirse. Decir gracias o de nada. Se es un tipo de ciego que ve, que todo lo ve, pero en pasado, nada en presente, las imágenes son insulsas, lejanas, extrañas, difíciles, sin colores conocidos. Todo es nuevo, y sin lazarillos cuesta bastante encontrar los caminos, calles, y atajos.

Los países que reciben a los extranjeros podrían ser como esas tías buenas distantes, padrinos del otro lado del charco que velarán un tiempo por algún pariente lejano en desgracia. Pero al rato, los problemas. Comienzan los divorcios, los engaños, las deserciones, las injusticias, los malos tratos, los hijos extras con los dueños de casa, o las mujeres se transforman en esclavas asalariadas ó prostitutas, los hombres ó en esclavos del empresariado, traficantes, ladrones, alcohólicos o cesantes constantes.

Las traiciones, las delaciones, el aburguesamiento, el odio parido contra el partido o contra el lugar en que se ha nacido. Son pocas las excepciones positivas, muy, pero muy pocas Y transformados en extranjeros, somos el anillo al dedo, el rabillo al cepo para ciertos señores.

Nuestra presencia sirve para unir discursos nacionalistas que pretenden justificar la mediocridad de la economía, achacándosela a los inmigrantes o foráneos. Accidentales detalles de la geografía subterránea que pocos ven. Ballenas que si no dan carne, dan jabón o aceite para limpiar e iluminar las calles. El exilio parece ser una vivisección emocional brutal. Brutal machetazo sobre el tallo que nos sostiene, feroz zarpazo introspectivo, retrospectivo. La autoestima se                                                                                                                                                                   daña tanto que parece un niño severamente abusado, el cual se esconde debajo de las mesas, debajo de las camas, debajo del silencio de no decir mucho hacia fuera, pero sí hacia adentro. ¿Por qué estoy aquí, por qué a mí? ¿Valió la pena todo lo obrado, luchar por ciertas causas? ¿Sirve de algo tanto sacrificio? ¿Volver, reempezar? ¿Acertado, incorrecto? En esa carnicería emocional es cuando muchos sucumben, jamás serán los mismos seres queridos o de partidos o paridos, sí logran sobrevivir.

No es fácil estar lejos, no es fácil estar solo, no lo es. También se pasa mal por estos lados, no todo lo que brilla es oro, también los pisos fregados con sudor, también las copas con lágrimas plateadas. Aquí también se sabe cuánto pesan los grilletes, cuan filoso puede ser el látigo. Cuan humillado se puede llegar a estar, por no recordar la palabra exacta, el modismo o la frase precisa en algún idioma que no sea el maternal.

Parece imposible cuantificar el daño psicológico, la radiación sensorial a la que se ha sido expuesto. Cortes de sombra, cuchilladas de luz congelada sobre las sienes, palabrazos racistas que rompen los tímpanos, miradas como espinas en los ojos. Y el interior todo arañado como jaulas estrechas de animales irracionales que sólo desean escapar, volver y despertar de esta pesadilla extraña. Pero el dinero es cierta pasta con la cual muchos reparan sus jaulas laceradas, se van olvidando y reconstruyendo de otra nueva vieja manera.

Olvidan tanto que terminan odiando sus orígenes, aborígenes, ideales y ahora son cierto tipo de casta superior, a razón de su pasada o presente impuesta extraterritorialidad.

Olvidar y no mirar para atrás y si se hace, es una mirada mordida de rabia o endulzada con la miel de la idealización. Piedra angular de los humanos, el instinto de sobrevivencia, la sabia capacidad de adecuarse, acostumbrarse, incluso, llegar a amar a quien no se ama.

Andrés Bianque.

En el día de ayer, 20 de diciembre de 2016 Andres Bianque presentó su libro A la Sombra de los escarabajos en la Biblioteca Nacional de Chile. Por una jugarreta de los calendarios que rigen mi día a día desde mi teléfono inteligente, quedé al margen de escucharlo y abrazarlo y aterrizar por fin nuestra amistad on line a un cara-a-cara emocionado.

Andrés, expío mi culpa en la forma que decretes!

A la sombra de los escarabajos

Sinopsis

¿Y si de alguna manera pudieras ver los errores que vas a cometer y tuvieras la oportunidad de cambiar el rumbo de ellos? Si por arte o desastre de fragmento cuántico, contaras con algo que pudiera alterar el tiempo. ¿Qué harías?
Quizás entre estas líneas se encuentre la pócima o fórmula que modifique las piezas que se han movido y también aquellas que se moverán en un futuro cercano. 
El cuento que da título al libro, fue redactado pensando en todos los hijos de México. En todos aquellos que han sido y son víctimas de una época brutal y terrible.  
Estación Terminal o  Inferno, plagiándole adrede uno de sus títulos al gran August Strindberg, está ambientado en la ciudad de Estocolmo y relata las torturas diarias que ocurren en Suecia.

Hay relatos que son perturbadores. Aparecen preguntas incómodas de responder; vas llegando a tú casa, miras hacia tu ventana y te ves a ti mismo, ahí de pie, observándote. ¿Entrarías igual?

Este libro es críptico en su inicio, no busca encantar o que sea de un total agrado. Está escrito con bronca y arrogancia. Con mueca de aversión al zalamero de literatura sucedánea, con molestia contra aquel que entiende todo demasiado de prisa, en comparación con quien escribe.

Este es un libro maldito y malditas son sus hojas venenosas, aquí los sociópatas encontrarán el perdón que jamás les ha interesado y los santurrones encontrarán el castigo que bien saben, adeudan.

Quisiera arrancar estas hojas escritas, hervirlas y beberme toda la tinta que salga, morirme envenenado por mis propias palabras malditas. 

Andrés Bianque Squadracci.

El hombre del abrigo amarillento lleva nuestra memoria a Rusia

EL HOMBRE DEL ABRIGO  AMARILLENTO Y LA MUJER QUE LO AMABA

 “Los mujeriegos, esos grandes hombres que con sus pañuelos llenos de rouge van por los caminos”.

José Ángel Cuevas

“La monogamia, nacida de la concentración de riqueza por los hombres y del deseo de heredar esa riqueza a sus hijos, requiere la imposición monogámica de la mujer, pero ello no ha sido impedimento para la poligamia descarada u oculta del hombre”.

F. Engels, El origen de la familia, la propiedad y el estado.

Que las mujeres son personas de clase diferente es una condición que día tras día constato y me convenzo de lo cierto que ello es: otra manera de mirar, de sonreír, de expresar las cosas que piensan. Lo dice uno que no se cansa de observarlas y puede hacerlo a resguardo sabiendo que no lo verán y que si lo vieran no le darían ninguna importancia. Es así como voy tras ellas para disfrutar de ver cómo gozan, cómo ríen, cómo se cuentan secretos. En mi opinión nada hay más bello que los secretos que se comparten las mujeres. Esa comprensión que se brindan, esa complicidad que se demuestran: más que hermoso. La última que quise admirar caminaba junto a un tipo de abrigo amarillento. Ella con su lucecita en los ojos, él hablando de mil cosas, recuerdos. Cosas que, con seguridad, les pertenecían a ambos y que antaño habrían reído con ellas. Pequeñeces simpáticas que él le recordaba a la subida por esos escalones mientras la mujer eludía las caricias nada sutiles que el hombre intentaba sin darle descanso.

Bella manera de subir, pensé, aunque me perdía detalles. Es que la pareja había ingresado a una casona vieja, hotel de barrio, y yo, pájaro pardo que aleteaba desde afuera solo alcanzaba a escuchar sus palabras cuando pasaban junto a los vidrios quebrados, había tantos, nadie se ocupa de reponerlos en hoteles de a ratos así como no existe la mujer que no sonría al entrar en alguno de ellos: albergues transitorios de esperanza. Sonrisas de mujeres que serán amadas. Ninguna se resiste a sonreír en estas circunstancias. Ellas en eso son todas iguales, lo son también en la luminosidad que les surge cuando la fortuna las enfrenta con alguno con el que han sido amantes. Y ya ven cómo éste parecía ser el caso: ella se reía divertida con las historias que él le recordaba y le divertían también sus intentos de a toda costa propasarse. Aunque yo, testigo, afirmo que el hombre reía más, reía con todas sus ganas. Empezaba a reír antes de terminar lo que estaba contando y ella se contagiaba con su risa y se distraía, ocasión que él aprovechaba para no dar tregua a su deseo de rendirle tributo con las manos.

Todo esto ocurría mientras continuaban subiendo peldaños, y yo que no dejaba de envidiar al tipo, no dejaba de preguntarme tampoco cuánto tiempo hacía que ellos no se veían. Imposible saberlo, imposible incluso para mí, pájaro voyerista de profesión “observante”. Claro que si me arriesgo diría que haría acaso quince o veinte años, nunca menos. Es que eran demasiadas las historias que él tenía para recordarle haciendo notar que parecían todas verdaderas. La había pasado bien ese par, era algo obvio porque el hombre del abrigo amarillento continuaba con sus anécdotas incluso mientras buscaba dinero para pagar por el cuarto, aunque lógico, apenas desapareció la encargada volvió a sus ataques, a sus recurridos zarpazos. Suerte que para mi placer quedaron frente a uno de los vidrios rotos y a mi disposición para poder verlos bien y también para escucharlos.

Se buscaron las bocas y se reconocieron con las manos como verdaderos adolescentes. El hombre buscaba para ella recuerdos mientras murmuraba incoherencias alusivas a la primera vez que habían ido bajo los paltos. Lo decía todo en un murmullo que nada omitía. Resoplaba mencionando los botones que cortara del vestido de la muchacha, la negativa débil de ésta y la mancha roja a medida que la razón iban perdiendo. Resoplaba el hombre pero sin dejar de luchar por despojarla de su ropa, sobre todo de la última prenda que ella se empeñaba en conservar. Quizá ya no le resultaba fácil mostrarse desnuda ante uno al que no veía desde hacía tanto tiempo. En fin, eran perspectivas diferentes pues el hombre no demostraba un ápice de vergüenza, al contrario: de espaldas en la cama la observaba con la expresión gozosa del león que admira a la gacela y no dejaba de preguntarle cómo podía avergonzarse después de esto y de lo otro y de todo eso que en el pasado habían hecho juntos.

Claro que cuando el rosa pálido de la mujer surgió al descubrirse deslumbrante, el hombre, atónito ante tamaña perfección, cogió su fino abrigo amarillento y la cubrió. La mujer aceptó aquel gesto en una actitud de sentirse protegida aunque satisfecha también con el forro de seda acariciando esa piel suya avergonzada. Sonrió entonces mientras el hombre, sin quitarle el abrigo, la empujó seguro junto a él, con la certeza de que ella volvería a amarlo como hacía quince o veinte años. Quizá por eso osó bajo las sábanas sin ninguna clase de preámbulos, buscó miel de ulmo y la encontró porque se mantuvo un rato largo disfrutando cabeza abajo. Después de eso se amaron de un modo que a veces era suave y otras violento, y en que el hombre hacía pausas y entonces, brioso, atacaba de nuevo mientras ella se las ingeniaba para hacerlo gozar de sus senos aunque aún tuviera el abrigo puesto. Todo era esfuerzo para el hombre del abrigo amarillento, pero buen esfuerzo. Se notaba:

“¿Te acuerdas de la primera vez que nos subimos al palto? ¿Te acuerdas cómo tu hermana trataba de encontrarnos?”. Cosas así le iba preguntando mientras toro maestro continuaba en un galope que ninguno de los dos esperaba terminarlo.

El palto para los amantes juveniles, me dije distrayéndome y volví a la realidad cuando la pareja descansaba, o el hombre al menos. Dormía mientras la mujer jugueteaba recorriendo con un dedo el pecho de su amigo que subía y bajaba a medida que emitía ronquidos acompasados. Y he aquí una enorme diferencia entre hombres y mujeres: el hombre era un gran león en sueños mientras la mujer velaba su dormir sin dejar de juguetear en su pecho. Deseaba, quizá, ser pequeña y tan frágil que pudiera correr por esa pradera que su amigo tenía cubierta de hierba enroscada o tal vez quería ser sirena y nadar sobre la piel de su amado mientras lo iba acariciando. Yo que aleteaba entre las ramas adiviné que ése era su deseo aunque pude darme cuenta de que la mujer se debatía también en la contradicción de acunarlo como madre pero conservando entre las piernas la rodilla de su hijo.

Extraña madre parecía la mujer que amaba al hombre del abrigo amarillento. Todas las mujeres tienen algo de madres y ésta que no lo era, al menos no de él, velaba su sueño como al de un hijo indefenso. Lo dejaba dormir mientras besaba su cuello, sus párpados. Lo amaba, estoy seguro. Lo amaba desde hacía quince o más años y sin duda iba a amarlo por veinte o treinta más. Así son las mujeres, me dije, mientras me extasiaba viéndola retirarse de la cama sigilosa para no despertarlo. Se quitó el abrigo del hombre y se acercó a la ventana unos instantes en que pude admirarla sin que nada se interpusiera. Fue por un momento apenas porque entonces se devolvió a la cama a su rutina de amar el cuerpo de su hombre-hijo-amado-dormido hasta que abrazada a él la sorprendió el cansancio. Se quedó dormida junto al hombre del abrigo amarillento al que ahora acompañaba en sueños y el sueño de él evocaba, tal vez, a esas tardes en el huerto de los paltos. Aunque advierto que puedo equivocarme: ése era seguro el sueño de ella, pero quizá no el del hombre. Quién me dice si en vez de a los paltos él no volvía en sueños a su oficina, al trabajo, a la manera de cómo se ganaba el sustento. En todo caso el dormir de ambos era plácido, en eso se parecen hombres y mujeres, también los que componían esta pareja que yo observaba: una mujer y un hombre que quizá no se amaban desde hacía veinte o más años pero ahora dormían compartiendo sueños de niños, sueños de paltos.

Dormían soñando y les correspondería despertar, vuelta él a sus quehaceres y ella a su recato. Las sábanas reemplazarían al abrigo para protegerla de las miradas del hombre que volvería seguramente a sus risas, desnudo sobre la cama, ni un ápice de vergüenza. Son distintos, me dije otra vez, mientras la veía recomenzar su juego de caricias y el hombre llegaba con sus historias a las historias del presente. “¿Eres feliz?” le preguntó, pero no pareció importarle la respuesta, él respondió por él sin que ella nada respondiera ni preguntara. Pero ella sí había respondido, dijo algo que el hombre no alcanzó a entender y yo tampoco: el hombre porque continuaba bromeando y yo porque soy imperfecto y tiendo a veces a desconcentrarme.

Y entre bromas el hombre le contó de su hijo a punto de egresar de la universidad y del segundo, nada menos, un artista. Le habló también de una chiquilla, “es una princesa” le dijo y sin que mediara nada, agregó “qué bueno que tú encontraste al tipo correcto”. Ella pareció asentir con la cabeza pero no logré darme cuenta de a qué asentía exactamente porque el hombre no se dejaba interrumpir con las respuestas que daba a sus propias preguntas y a las que suponía eran las respuestas que le daba la mujer. Por eso, por las acotaciones del hombre, supuse que ella vivía con un buen tipo, con uno que probablemente el hombre del abrigo amarillento conocía. Podía ser que hubiesen sido amigos, qué sé yo, excompañeros de la universidad o de algún trabajo.

Ella murmuró “feliz con mis hijos”, aunque lo dijo para sí, para escucharlo ella misma, y sin saberlo también para mí que detuve mi trinar para indagar en sus sentimientos. Mientras tanto el hombre retomó sus historias del pasado contando cómo había salido adelante sorteando aquellos años oscuros en que los perros habían abandonado madrigueras para intentar atraparlos. “Curioso que nunca nos encontráramos por allí si tú ni yo fuimos de los que salieron arrancando”, dijo entre anécdotas intrincadas de lugares y nombres que tenían marcado el olor a guerrillero: “a Federico Álvarez (2)del Liceo de La Serena lo mataron a patadas, ¿te acuerdas de ese domingo en que nos invitó a su casa de Vicuña…? ¿Te acuerdas del che compadre a quien acribillaron en (3)Janequeo el maldito día de Fuenteovejuna. (4)Y de Lucho Guajardo el que logró escapar en su famosa bicicleta pero nada más se supo de él después que lo recapturaron. Nada se supo tampoco del lugar dónde arrojaron a (5)Contreras Claudio llamado “Coco”, ni a (6) Boris” Agustín, ni a  (7) Horacio Carabantes, tampoco a (8) Joaquín, de apellido verdadero “Vásquez Sáez”, ni a (9) Nano de La Barra, mucho menos a (1) María Cristina López, ¿te acuerdas de la luminosidad de sus ojos acaramelados?”

María Cristina:  cómo querías a tus amigos, hombre del abrigo amarillento, a tus compañeros de lucha, pero cuando la mencionaste a ella tu mirada se ensombreció y yo adiviné que la razón era una muchacha hermosa, mujer de convicciones. Son cosas que no llegué a determinar o de las cuales no tuve certeza, pero sí aseguro que fue ése el único momento en que el hombre de la mujer que yo observaba perdió en parte su sonrisa, aunque la recuperó casi de inmediato a la vez que volvía a lo de sus hijos y su casa: un buen hogar. “Qué bueno que el tuyo también lo es” le dijo, y el actual hijo-amante, exguerrillero,  continuó contándole de su familia y de su mujer que era también una buena amante. “Hemos tenido suerte, tú y yo” declaró, pero ella nada había dicho de cómo era o cómo no era su marido, apenas un murmullo acerca de sus hijos. Bastante reservada la mujer que amaba a este hombre-hijo, exguerrillero, examante.

Así estaban las cosas como las veía este pájaro intruso: el hombre del abrigo amarillento era un buen amante y lo era también la mujer con que vivía. Por otra parte esa amiga de antaño con que ahora se encontraba era una amante extraordinaria, si bien yo no había experimentado placer brindado por ella, por mi oficio de fisgón le daba todo el crédito, no por nada, pajarillo errante, yo soy también capaz de ir por ahí de sexo en ristre.

Cómo sería su marido, era la pregunta, pero estoy seguro de que ella en su recato sería eso algo que no se atrevería a confesar. Era capaz de entregarse a su amigo por entera, dormida o despierta, pero solo le hablaría de sus hijos. “Soy feliz, con ellos” la escuché que repetía pero el hombre de nuevo no pudo escucharla porque la mujer lo dijo justo cuando él había retomado su discurso. “Házmelo como se lo haces a él” decía, y le empujó suave pero firme la cabeza hasta el miembro que se veía otra vez orgulloso y erecto. La mujer se dejó conducir sin decir palabra y yo pájaro pardo con el oído en sus pensamientos, sé que lo hizo en realidad como se lo hacía a él mismo, al amigo con que ahora compartía el camastro. Para eso era él quien se lo había enseñado a hacer arriba de los paltos y si en algún momento no estuve seguro de esto mi duda se disipó al ver que la mujer, sin interrumpir la caricia de sus labios, miraba a su amigo por el rabillo y en sus ojos estaban igual las chispas de los primeros acercamientos. Es cierto que se la notaba con algo de vergüenza pero no tanta como para que el hombre no gozara del contacto, además en los ojos de la mujer al sentir el goce final de su amigo apareció una sonrisa tenue de niña, con seguridad la misma que tenía cuando ensayaban el amor en la copa de los árboles. Así son las mujeres, me dije: evocaba placeres juveniles mientras él, loco de pasión, insistía en que ella emulara exactas las caricias supuestamente reservadas para quien la había desposado. Pero eso para ella no parecía importante, vuelta atrás por veinte años tras gozar con el sabor del hombre, olvidada de su vergüenza, galopó, amazona desnuda, para morir clavada y dormirse otra vez sobre ese curioso potro montado a la inversa, aunque ahora sí extenuado.

Era ya de noche plena. “Tu marido debe ser un buen amante” repitió el hombre mascullándolo como letanía desde un sueño y el dormir fue profundo algunos instantes para esa madre-mujer y para ese hombre-hijo. Fueron apenas unos cuantos segundos que terminaron abruptos. Entonces vi al hombre vestirse mientras la mujer permanecía observándolo sin inquietarse. Esta vez el pudor no parecía afectarla: cabeza en la almohada, desnuda y tan tranquila como si pudiera detener con la mirada al hombre para que ese momento se hiciese interminable.

Entonces él le preguntó “¿por qué no te vistes?” y ella sin quitarle la vista de encima le respondió que no se preocupara pues vivía apenas a tres cuadras. Claro que ya de nuevo el hombre no la escuchaba, en vez de eso, mientras anudaba su corbata había vuelto quizá a veinte o a treinta años y recomenzaba sus anécdotas. En una de ellas, aunque de seguro no lo pretendía, recordó la mujer un suceso turbio, un enredo con una tal Mónica, amiga de ambos. Ni él ni ella la mencionaron, pero de urraca, pájaro fisgón, navegué entre sus pensamientos y supe que el hombre y la mujer pensaban en esa amiga lejana: el hombre con una sonrisa que pretendía disimular y la mujer con un dejo de tristeza. Concentrado en el hombre me enteré que él había tenido que ver con aquella Mónica de apellido Alarcón, tal vez la llevó bajo el mismo palto mientras su amiga preparaba las tareas o realizaba quién sabe qué encargos. Llegué a saber eso y supe también que era un suceso que la mujer no lograba arrancárselo: el hombre del abrigo amarillento había ido al huerto con la tal Mónica por el mismo tiempo en que iba con ella, debió ser cuando tenían quince o catorce años, posiblemente en La Serena, atrás por los sesenta.

“Pero lo de la Alarcón no tuvo la importancia de lo nuestro” pensó la mujer, y yo, pájaro de oído fino logré una vez más escucharla. También la escuché que agregó para sí: “¿y qué puede importar una cuestión de infidelidad cuando han pasado más de veinte años?”. Un momento después mientras su amigo se anudaba los zapatos, musitó moviendo apenas los labios: “Estuve feliz de que me enseñara a amar y sobre todo a amarlo”. El hombre de vuelta al presente quiso insistir en lo del marido: “tiene suerte de tenerte” le dijo, mientras se miraba al espejo acomodándose las canas, sin embargo los ojos de la mujer se habían ensombrecido. A pesar de eso el hombre del abrigo amarillento se acercó a ella con la bragueta entreabierta y la mujer lo sintió crecer por última vez en la humedad de su boca. Se estaban despidiendo. El hombre se inclinó entonces sobre ella y la mujer alcanzó a robarle un beso antes de que su amigo se alejara.

Salió del cuarto el hombre con su abrigo puesto y una vez en los escalones noté que había robado la ropa interior a su amiga y bajaba por las escaleras acariciándola. Tal vez esperaba rescatar de ahí el aroma a deseo de su antigua camarada y tenerla presente mezclada al olor de los paltos. Pájaro pardo, lo comprendo, yo que soy por excelencia voyerista, he aprendido a gozar atrapando también aromas, es con ellas que me ayudo a recordar las sonrisas y las formas de las mujeres que gozo observando.

En Pío Nono la gente se había vuelto un mar horrendo. Era difícil desplazarse incluso para mí, voyerista alado. El hombre debió abrirse paso con los hombros y tan pronto como pudo subió a un taxi sin dejar de acariciar esa prenda de vestir que llevaba ahora en el bolsillo de su abrigo amarillento. Bien por ti exguerrillero, exescalador de paltos, examante de la tal Mónica Alarcón que nada te exigía, disponías de ella a tu antojo, jamás te pidió que lo supieran sus amigas, nada. Apenas esperaba una caricia, una cerrada de ojo, a cambio estaba para ti siempre que no estaba tu amiga “la importante”, como seguramente la llamabas, ésta que no veías desde hacía tantos años y que se la jugó también en contra de los perros, y tal como tú dijiste, no fue de las que salieron arrancando. Pero ambas te amaban, cómo te amaban, e imagino que la otra sentía también por ti un gran afecto, me refiero a la más comprometida, quizá exguerrillera: María Cristina, la conociste mucho después, habías olvidado a la tal Alarcón y también a la amiga con que acabas de gozarlo, ya vivías en Santiago. Pero ella sí era exigente, hombre del abrigo amarillento, no me cabe duda. La equidad era requisito y requisito también un comportamiento ético. Ética revolucionaria en medio de las balas: si la hubieras querido habrías tenido que merecerla. Qué tarea difícil amigo mío: hacerte tú merecedor de una mujer tan valerosa, de ahí tu rostro de sombras cuando por desventura la recuerdas. Pero qué importa, si el encuentro con tu amiga serenense de esta tarde prueba que de nada te olvidas, y yo que no te juzgo grito con el pensamiento que si las olvidaras serías un infame, es la opinión humilde de este pájaro pardo, jilguero cantor que no debieras tomar en cuenta porque yerra. Observa, siempre observa y casi no pierde detalles, aún así a veces se equivoca, y mi equivocación de esa vez fue distraerme haciendo conjeturas en vez de aprovechar la visión de la mujer que suponía aún sobre la cama, espléndida y desnuda, recién amada, recién gozada. Cuando me devolví para hacerlo nadie había en el camastro, nadie. Loco de ansias entré por los vidrios destrozados con un presentimiento amargo. La busqué por los pasillos, por debajo de la cama. Al no encontrarla aleteé dentro de la habitación mientras un viejo nudo que tengo me iba apretando la garganta. Fue entonces que la vi, nunca lo hubiera esperado: estaba tendida sobre los azulejos en el baño. Por aquel suelo congelado un río rojo se venía arrastrando. Quise gritar socorro, lo quería con el alma, “¡Socorro!” triné, pero quién le hace caso a un pájaro pardo.

Desgracia, son distintas las mujeres de los hombres. “¿Por qué lo hiciste, insensata?” le grité con el pensamiento, y ella, que parecía arrepentida, respondió “lo busqué por veinte años”. Después, con un gesto de desesperación agregó: “sálveme que mis hijos me están esperando”. Aleteé como un loco dando vueltas por el cuarto, quería detener ese torrente maligno, llevarla entre mis brazos. Pájaro Pardo, convertido en zorzal noble pleno del vigor que brota a los desesperados, hice un esfuerzo supremo hasta que logré alzarla. Podrán no creerlo pero la mujer parecía apenas pluma liviana y con ella a cuestas salí aleteando. Esperaba llevarla a la posta a un hospital, o qué sé yo, a mi propio nido de pájaro pardo, sin embargo afuera, por encima de los árboles, sentí que esa alma suya se escapaba, sonreía y se escapaba. La pluma de ave del paraíso en que la mujer se había convertido avanzaba más rápido que yo por los espacios.

Subía arriba, muy arriba. Subía y se alargaba. Aún la tenía tomada de la mano, pese a eso continuaba alargándose y cambiaba su palidez por miles de colores mientras parecía irse desenrollando. Un segundo después, la figura delgada y sinuosa de la mujer que amaba al hombre del abrigo amarillento terminaba su ascenso y descendía en parábola, serpentina de colores que yo quise reenrollar  y dejarla para mí, sin embargo continuó en su caída, frágil, suave, convertida en pedacitos de papeles salpicando las cabezas de las personas que los recibían sonriendo. Pensaban quizá que eran por el cielo celebrados.

 

MARTÍN FAUNES AMIGO

(1) http://www.archivochile.com/Memorial/caidos_mir/119/067lopez_maria.pdf

(2) http://www.memoriaviva.com/Ejecutados/Ejecutados_A/alvarez_santibanez_federico.htm

(3) http://www.puntofinal.cl/576/cuchilloslargos.htm Hugo Ratier, argentino

(4) http://www.atinachile.cl/content/view/101240/Lucho-Guajardo.html

(5) http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/coco.htm

(6) http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/angel.htm

(7) http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/cocacola.htm

(8) http://www.archivochile.com/Memorial/caidos_mir/119/067lopez_maria.pdf

(9) http://www.archivochile.com/Chile_actual/16_hue_dict/chact_huedict0021.pdf Nano de la Barra y Ana Maria Puga

(10) http://www.lashistoriasquepodemoscontar.cl/genteute.htm “Boris” Agustin

 

“El hombre del abrigo amarillendo y la mujer que lo amaba”, fue publicado en UN LAPIZ DE PASTA MARCA BIC Y OTRAS AVENTURAS SUBTERRANEAS, Martín Faunes Amigo, Editorial Cuarto Propio, 2013.

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Ayudista de todas las horas__ Sonia Edwards __por Lucía Sepúlveda

El Miguel, ellos, nosotros y la Carolita__ _Miguel Enríquez __por Adriana Goni

Le juro que fue por amistad__ _Jacqueline Drouilly / Marcelo Salinas __por Guido Eytel

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Con todo el tiempo del mundo _J.J.Boncompte, J.Carrasco-__por Pablo Varas

Hombre niño casi alado _Claudio Venegas Lazzaro-__por Margarita Román

El guitarrista que se atrevía a cantar _Horacio Carabantes-__por Martín Faunes Amigo

Martes once en la Universidad _Goyo Mimica- __por Manuel Mardones

El niño invisible _Miguel, Bautista, Ricardo y Ambrosio- __por Manuel Holzapfel Gottschalk

El beso tembloroso _Mónica Llanca Iturra- __por Lucía Sepúlveda Ruiz

Aquí…, Radio Liberación _Fernando Vergara Vargas-__por Lucía Sepúlveda Ruiz

La foto de mi casa -Julio Guerra-__por Luis Alberto Tamayo

Bachilleres en fútbol -Rafael Madrid-__por Jaime Castro Santoro

La imaginación herida -Eugenio Ruiz Tagle-__por Josefa Ruiz-Tagle

Memorias fragmentadas -Padre Llido-__por Claudia Iturrieta

Pepe Amigo, el malo -José Amigo Latorre-__por Narda Salgado

Maletín james bond -Juan Maino Canales-__por María Angélica Illanes Oliva

Revolucionarios profesionales -Matías-__por Juan Schilling Quezada

Detective ángel de las microtabletas fotográficas -Teobaldo Tello Garrido-__por Martín Faunes Amigo

Una mano en el bolsillo trasero -Mauricio Jorquera-__por Manuel Arriagada

Hermosa niña judía -Diana Aron-__por María Paz García-Huidobro

Paine: algo más que sandías-__por Martín Faunes Amigo

Pasajeros en el tren Elquino -Federico Alvarez S.-__por Martín Faunes Amigo

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Encuentro el antiguo profesor con el borracho -Jorge Peña Hen-__por Martín Faunes Amigo

El clarin mayor -Jorge Peña Hen-__por Martín Faunes Amigo

Sinfonías en carcajadas -Jorge Peña Hen-__por Lucrecia Brito

Treinta y uno de Julio de 1975 __Poema para los 119__por Juparo

Nilda Patricia __Nilda Patricia Peña Solari__por Juparo

Memorias Fragmentadas __Padre Antonio Llidó Mengual__por Claudia Iturrieta

Si el poeta eres tú __Máximo Gedda, Yactong Juantok Guzmán, Carlos Gajardo Wolf, Mario Calderón Tapia, Ricardo Solar Miranda, Rabito, Cesar, Amador Del Fierro__por Liliana

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Alfredo, vas a ser abuelo __Alfredo García Vega__por Silvia Vera

La niña junto al piano __Patricia Peña Solari__por Claudio

Fue en septiembre__ José René Barrientos Warner __Germán F. Westphal

Kellina__ Jacqueline Binfa Contreras __María Paz García-Huidobro

Al Che y a Miguel en el 2001 __ Miguel Enríquez, Ernesto Che Guevara __Víctor Toro Ramírez

Carta de Bautista a su madre __ Bautista Van Schouwen Vasey __

Página de diario de 1963 __ María Cristina López Stewart __

Otro más del Manuel de Salas __ Luis Guajardo Zamorano __Anónimo

Miguel vivía en una casa con vista a la esperanza __ Miguel Enríquez Espinoza __por José María Memet

Amanece __ Máximo Gedda Ortiz __

Cuando en el sur florecían los cerezos __Marcelo Salinas Eytel__por Guido Eytel

Hermana niña __ Carmen Bueno Cifuentes __por Olimpia Bueno

Historia de un asesinato por fusilamiento__ A la memoria de Pedro Purísimo Barría__por Germán Westphal

El hombre del abrigo amarillento y la mujer que lo amaba__María Cristina López Stewart, Federico Alvarez Santibáñez, Horacio Caravantes Olivares, Jaime Vásquez Sáez, Luis Guajardo Zamorano, Claudio Contreras y Agustín Martínez __por Martín Faunes Amigo

Arrayán__Paulina Aguirre__por Viviana Sepúlveda

Cartas mutiladas__Carmen Bueno__por María Elena Blanco

Bajo el bosque__Héctor Garay Hermosilla__por Diego Muñoz Valenzuela

Triunfador en innumerables aventuras __Sergio Alejandro Riffo Ramos__por Pablo Leiva

Confidenciado entre café y café __Sergio Alejandro Riffo Ramos__por Marisa

Una persona de la raza humana __José Modesto Amigo Latorre__por Hippie

Encuentro del héroe con la traidora __Padre Antonio Llidó Mengual__por Archivero

Mac Leod había sido cadete __Juan Rodrigo Mac Leod Treuer y María Julieta Ramírez Gallegos__por Pablo Leiva

Con Mario somos amigos __Mario Edrulfo Carrasco Díaz __por Lucía Sepúlveda

Recuerda, tu hermano desapareció __Manuel Jesús Villalobos Díaz__por Lucía Sepúlveda

Un asesino anda suelto por Ñuñoa __Eduardo y Rafael Vergara Toledo__Desde Comisión FUNA

Biografía de Miguel Enríquez __Miguel Enríquez Espinoza__por Pedro Naranjo Sandoval

La opción de Augusto Carmona__Augusto Carmona Acevedo __por Lucía Sepúlveda

Un gato de siete vidas__Renato Alejandro Sepúlveda Guajardo __por Queni y Queltec

Confieso que he luchado y alcé los puños iracundo__Ricardo Ruz Zañartu __por P. Ruz

El preso ochocientos quince__Gilberto Urbina Chamorro __por Sonia Cano

La casita de La Faena__Jaime Orellana __por Kenya

Los ojos olvidados del camarógrafo de la “Batalla de Chile”__Carmen Bueno y Jorge Müller Silva __por Gustavo del Campo

En las garras de la Operación Cóndor__Sergio Reyes Navarrete __por Sonia Cano

Ayer cuando me enteré__José Francisco Bordás Paz, “el Coño Molina” __por Rucia

“Sigamos luchando no más…”__Hernán Santos Pérez Alvarez__por Queltec

Ubica a mi compañera cuando salgas en libertad__Pedro Poblete Córdova__por Lucía Sepúlveda

Matemáticas y ajedrez__Vicente Palomino Benítez__por Lucía Sepúlveda

Juez especial después de 27 años__Leopoldo Muñoz Andrade__por Lucía Sepúlveda

¿Dónde estará la Violeta del Grupo de Teatro Acuarium?__Violeta López Díaz__por Lucía Sepúlveda

Morén Brito versus María Teresa Eltit “et ale” __María Teresa Eltit__por Lucía Sepúlveda

El año nuevo ’75 de Marisa: Infierno en La Torre__María Isabel Joui __por Lucía Sepúlveda

Aquí no tengo nada que decir__Martín Elgueta Pino__por Lucía Sepúlveda

La mirista hija de una enfermera del Hospital Militar__Jacqueline Binfa Contreras__por Lucía Sepúlveda

Alfredo, vas a ser abuelo__Alfredo García Vega__por Silvia Vera

Cacería de dos hermanos__Jorge D’orival Briceño__por Sonia Cano

El Pelao Krauss__ Víctor Fernando Krauss Iturra __por P. Ruz

Padre, compañero Joan Alsina__ Joan Alsina Hurtos __por María Paz García Huidobro

Volveré, volveré, donde está mi madre esperándome__ César Arturo Negrete Peña __por sus hermanas

Un minero__ Antonio Lagos Rodríguez __por Susana

Nuestro Aníbal__ Agustín Reyes González __por Maria Stella Dabancens Gandara

El estudiante que Alejandra envió “a Puerto Montt”__ Mauricio Jorquera Encina __por Lucía Sepúlveda

Joven profesor detenido cuando iba a ver partido del Mundial__ Agustín Fioraso Chau __por Lucía Sepúlveda

Miguel Angel desaparecido versus Miguel Angel, su “doble” del sur__ Miguel Acuña Castillo y Héctor Garay Hermosilla __por Lucía Sepúlveda

Cacería nocturna__ Ofelio Lazo Lazo __por Lucía Sepúlveda

Desapareció de la U y de Maipú a los 21 años__ Juan Ernesto Ibarra Toledo __por Lucía Sepúlveda

Vietnam y Londres en la vida de un poblador__ Carlos Cubillos Gálvez __por Lucía Sepúlveda

El mirista de Quinta Normal que desapareció un 26 de julio__ Ismael Chávez Lobos __por Lucía Sepúlveda

La Pity Vergara__ Lucía Vergara Valenzuela __por Paty

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El chico Sebastián, un artesano militante__ Rubén Arroyo Padilla __por Sonia Cano

Pepito milagroso__ José Carrasco Tapia “Pepone” __por Cheña

Verano del 72__ Sergio Peña Díaz __por Raúl de Calama

Váyanse de Santiago__ Lucía Vergara Valenzuela “la Pity” y Arturo Villavela Araujo __por Marisa

El veterinario del MCR__ Sergio Peña Díaz __por Queltec

Secretos de familia__ Alan Bruce Catalán __por Lucía Sepúlveda

Un beso para las tres__ Sergio Peña Díaz __por Ricardo-Eugenio

El Coño Villavela__ Arturo Villavela Araujo __por “M”

Del José Joaquín Aguirre al Hospital de Cunco__ Eduardo González Galeno __por Margarita Romero

El último de los buenos que alcanzó a verlo__ Sergio Pardo Pedemonte __por Aminta Traverso

La DINA contra dos del cordón Vicuña Mackenna__ Cecilia Castro Salvadores y Juan Carlos Rodríguez Araya __por Sonia Cano

Francia exige a justicia chilena aclarar desaparición de Alfonso Chanfreau__ Alfonso Chanfreau Oyarce __por Lucía Sepúlveda

Juan Chacón dijo adiós a su padre en Cuatro Alamos antes de desaparecer__ Juan Rosendo Chacón Olivares __por Lucía Sepúlveda

El arte de ser mirista y trabajar en Investigaciones__ Sonia Bustos Reyes __por Lucía Sepúlveda

La voz de María Angélica__ María Angélica Andreoli Bravo __por Lucía Sepúlveda

Marcados a fuego en la frente, María Inés y Martín__ María Inés Alvarado Borgel y Martín Elgueta Pinto __por Lucía Sepúlveda

Secuestro del albañil de la Población Kennedy__ Eduardo Alarcón Jara __por Lucía Sepúlveda

Kellina, la mirista hija de una enfermera del Hospital Militar__ Jacqueline Binfa Contreras __por Lucía Sepúlveda

Homenaje a la caída en combate de Miguel Enríquez __Miguel Enríquez Espinoza__por Hernán Aguiló

Sitio en homenaje a Jecar Nehgme __Jecar Antonio Nehgme Cristi__por Lucho

Profesionales a fines y contrapuestos __María Cristina López Stewart__por Martín Faunes Amigo

El último día de Miguel __Miguel Enríquez Espinoza__por Manuel Cavieses Donoso

Thamesis __Marcelo Salinas Eytel__por Nicole Drouilly

Muriel, dulces, kuchen y tortas __Muriel Dockendorff Navarrete__por Patricia Ochoa

El que tuvo siempre tiempo para escribir poesía __ Máximo Gedda Ortiz__por Ignacio Puelma

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Carta para mi amigo el ciclista __ Sergio Tormen Méndez __por Carlos Moukarzel Numair

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El detective-ángel de las micro tabletas fotográficas __ Teobaldo Antonio Tello Garrido __por Martín Faunes Amigo

Ramón Núñez, ¡no existe! __Ramón Núñez Espinoza __por Lucía Sepúlveda

Abundio, el carpintero del G1 __Abundio Contreras González __por Lucía Sepúlveda

A la esquina sin abrigo en el invierno del 74__Jorge Olivares Graindorge, Zacarías Machuca Muñoz __por Lucía Sepúlveda

De la Bolsa de Comercio a un recinto de tortura__Guillermo Beausire Alonso __por Lucía Sepúlveda

Estoy en poder de la DINA!__Germán Moreno Fuenzalida __por Lucía Sepúlveda

Collar de flor al cuello__Cecilia Labrín __por Lorena Sandoval

Unos veranos después__Lumi Videla y Sergio Pérez __por Martín Faunes Amigo

El chaleco rosado de jacqueline__Jacqueline Drouilly __por Nicole Drouilly

Un ex dirigente de la salud__Marcos Esteban Quiñones Lembach __por Lucía Sepúlveda

Brazos que parecían abrazar sueños__Elízabeth Cabrera Balarritz __por Carmen Gallero Urízar

El delito de ser amigos y ex alumnos del Manuel de Salas__Jaime Mauricio Buzio Lorca __por Lucía Sepúlveda

Una imagen de cartón levantada sobre mi cabeza__Jenny Barra__por Lucrecia Brito Vásquez

La desaparición del peluquero mirista__Daniel Abraham Reyes Piña__por Lucía Sepúlveda

Sopa de rocas__Juan José Boncompte Andreu__por María Norambuena/Martín Faunes Amigo

Tren nocturno a la esperanza__Carlos Rioseco Espinoza__por Hilda E. Espinoza Figueroa

Entre dos mundos__Jorge D’orival Briceño__por Anita

María Isabel y María Teresa__María Isabel Joui Petersen y María Teresa Eltit Contreras__por Lucrecia Brito Vásquez

Una casa al fondo por Joaquín Godoy__Ida Vera Almarza, María Cristina López Stewart, Carlos Carrasco Matus, Miguel Angel Pizarro Meniconi __por Tomás Pizarro Meniconi

Coca-Cola__Jaime Vásquez Sáez__por Martín Faunes Amigo

El negro era un valiente__Hernán Pérez Alvarez__por Lucrecia Brito Vásquez

Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos__Muriel Dockendorff Navarrete__por Gloria Laso Lezaeta

A María Mardones__Hermanos Velásquez Mardones__por Hilda Espinoza

María Isabel tenía diecinueve años y una vida por delante__María Isabel Joui Petersen__por María Eugenia Letelier

_ > ¿QUIÉNES SOMOS? Un grupo interdisciplinario de personas interesadas en preservar la memoria histórica que bajo el nombre “Las historias que podemos contar”, hemos creado este espacio web para dar a conocer nuestros avances en estos ya catorce años en que nos hemos dedicado al trabajo de rescatar la memoria en pro de la dignidad valórica e histórica de los compañeros que cayeron enfrentando a la dictadura. Hacemos notar que son pocos aquellos que cuentan con una historia, un homenaje literario, o una foto o pintura que los rescate no sólo en lo que eran como militantes, sino también en como los seres humanos que eran, con alegrías y sueños. Así, este avance se muestra esperando incentive en la colaboración de todos ustedes para esta labor que no reconoce dimensiones ni partidos y el único plazo que establece es el más corto posible.El material que presentamos está, por lo tanto, en constante actualización, ello, gracias a aportes que se reciben desde todo el mundo, siendo factible que en él existan inexactitudes y errores que rogamos disculpar, sólo no se cometen errores cuando no se avanza. Adviértanos si detecta algún error y, ayúdenos, tenemos por delante una tarea inmensa: dar a conocer lo que pasó con los nuestros, pero por sobre todo, mostrar cómo eran ellos y cuáles eran sus sueños.Nadie que sepa algo se puede restar a esta tarea que para cumplirla somos todos necesarios. La idea es que escribamos sobre quienes conocimos y generemos con este material uno o más libros. Hemos publicado tres volúmenes de la saga “Las historias que podemos contar”, con una cuarta en preparación, el apoyo a cinco libros sobre memoria histórica ya publicados y más 500 historias escritas en homenaje a toda una generación que se la jugó contra la dictadura.Nos llamamos “Las historias que podemos contar”, porque si fuimos testigos y participantes podemos y tenemos todo el derecho a contarla, es más, lo debemos hacer para preservar esta historia reciente que a pesar de los esfuerzos que han hecho por borrarla ésta porfiadamente resurge para que la tengamos siempre presente. ¡Hasta la victoria siempre…!

Margarita Román Dobson, Hilda Espinoza Figueroa, Shenda Román, Xaviera Ovalle, Violeta Bagnara, Lorena Sandoval, Monique Hermosilla Jordens, María Angélica Illanes, Grecia Gálvez, Draco Maturana, Valeria Barraza, Edgardo Carabantes, Facundo Leylaf Ona, Juan Carlos Díaz, Manolo Arriagada, Pancho Lussich, Fernando Lizana, Manuel Paiva y Lucrecia Brito, nuestra Secretaria General, más Martín Faunes Amigo, nuestro Director.


LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR: — directorhistorias@gmail.com

Ella. La de camisa amaranto. Norton Robledo

 

Ella lleva la camisa amaranto en la piel

La lleva eternamente más allá de estatutos

y reglamentos

Ella es fogosa, y en ella habita la pasión

de volcanes que yacen despiertos

Yo vengo hacía ella con los pasos triste de la tarde

Cuando llegó al umbral y veo su presencia

mis pasos se alegran como días de fiestas

Entro a su morada a buscar el reposo

después de tanto andar por los caminos

Traigo en mis pasos las huellas de la vida

y en mi alma el cansancio de tanto batallar

Es tan largo el camino

y tan corto el destino

Es un soplo del viento

Un suspiro  de nada

Pero cuando la tengo entre mis brazos,

percibo que en ella me esperaba el destino

En su cuerpo de fuego

En su alma amaranto, en su boca y en sus besos

En sus pechos y sus muslos, que mis manos

recorren con pasión y ternura

Ella lleva la camisa amaranto en la piel

Ella es fogosa y en ella habita la pasión

De volcanes que yacen despiertos

Nota:  El color Amaranto es el de las Juventudes Comunistas de Chile

Valparaíso, Chile, 2014-03-25

Quiero hablar de luciérnagas. De marcianos y luciérnagas.

annileddi di picuraru/ Space Invaders

21 de noviembre de 2013

Con todo mi agradecimiento, a los que nos acompañaron en el aterrizaje.

 

 

Cannileddi di picuraru

-Space Invaders-

Quiero hablar de luciérnagas. De marcianos y luciérnagas. En los años setenta el inquieto Pier Paolo Pasolini, cineasta italiano, poeta comprometido, novelista certero, ensayista lúcido, comunista incómodo, marxista y homosexual, publicó en un artículo para el Corriere de la Sera su conocido escrito sobrelas luciérnagas. En él, a rasgos generales, hablaba del momento en el que desaparecieron las luciérnagas en Italia. Cannileddi di picuraru, velitas de ovejero, como las llamaban los campesinos. Tan difícil era la vida del pastor cuidando sus rebaños en la noche, que la naturaleza le regalaba luciérnagas como vestigios de luz en la temible oscuridad. Temible porque los que solían quedar al cuidado de las ovejas por la noche siempre eran los niños. Pero según Pasolini, en los años sesenta, como resultado de la sociedad de consumo, producto de la contaminación, las luciérnagas, que él jugaba a cazar cuando niño, desaparecieron. La noche italiana nunca más tuvo luciérnagas, a partir de ese momento fueron sólo un recuerdo de la infancia. Luego, Pasolini hace una división de la vida política italiana usando esa imagen, dividiéndola en dos fases temporales, una desde el fin de la segunda guerra hasta la desaparición de las luciérnagas y otra desde la desaparición de las luciérnagas hasta el momento en el que escribe el artículo.

Yo nunca he visto una luciérnaga. Ni siquiera sé si en Chile existen o si al igual que en Italia son parte de un pasado imposible de resucitar. Se me antoja pensar en los marcianitos del Space como esas luciérnagas fosforescentes que iluminaban las noches o más bien los largos y pegajosos días de esos extraños tiempos en quenos tocó ser niños. Marcianitos que intentaban bajar a tierra, pero que eran eliminados una y otra vez por las fuerzas terrícolas. Marcianitos que llegaban apatotados, en bloque, que con decisión intentaban hacerse un lugar entre las balas, pero que finalmente siempre terminaban derribados. A partir de un momento dejamos de jugar con ellos. Las consolas fueron cambiadas por otrasplataformas de juego y los marcianitos verde fosforescente, siempre dispuestos a morir, terminaron olvidados, rezagados, quizá escondidos en algún cajón oscuro como suele ocurrir con los juguetes viejos.

Creo venir de una generación de marcianos. Recuerdo a un ejército completo marchando en la Alameda el año 1985. Recuerdo las pancartas, los gritos, las consignas. Recuerdo a los que fueron los líderes de toda esa legión extraterrestre, marcianitos de quince años, con uniforme escolar, enarbolando estrategias serias y discursos claros con sus voces recién cambiadas, con sus bigotes estrenándose bajo la nariz, dispuestos a todo por la invasión alienígena. Recuerdo el ánimo y el arrojo de las bases marcianas que avanzaban con fuerza entusiasmadas por la energía colectiva, por la posibilidad del cambio, y me pregunto, así cómo se pregunta Pasolini por las luciérnagas, dónde fue a dar toda esa descarga de luz. De un momento a otro, una vez llegada la democracia, todos esos marcianos, que pensaban cambiar el escenario, desaparecieron, y ahora no son más que un recuerdo de la infancia.

Pienso en los hermanos Rafael y Eduardo Vergara Toledo, de dieciocho y veinte años respectivamente, que murieron baleados por agentes de carabineros en la Villa Francia donde vivían. Pienso en Marco Ariel Antonioletti, ex dirigente de la Federación de Estudiantes Secundarios, asesinado a los veintidos años de un tiro en la frente en la casa un personero concertacionista, Juan Carvajal, en plena democracia, a manos de una brigada de la PDI. Pienso en la Pili Peña, mi compañera de curso, detenida a los veinte años por ser Lautarista. Pienso en todo el tiempo que pasó encerrada, pienso en que crió un hijo y terminó sus estudios en la cárcel. Pienso en todos los que con lucidez adivinatoria pronosticaron a sus dieciocho años que lo que se venía en democracia era la consolidación de un sistema que no les daría espacio, que agudizaría las diferencias, y que los dejaría afuera. Pienso en su decisión de seguir dando la pelea en la clandestinidad, invisibles, dispuestos a romper el mundo que conocían y que no les daba ni les daría un espacio. Pienso también en los más obedientes, en esos jóvenes dirigentes que pensaron que el Control de Mando iba a darles un lugar en el escenario político, y esperando esa oportunidad se les fue la juventud porque la repartija fue para otros. Pienso en los que no quisieron molestar el proceso, pienso en los que le concedieron a la democracia la oportunidad de ser, pienso en los que no quisimos molestar para que las cosas funcionaran, pienso en los que se refugiaron en lo íntimo, pienso el los que se sintieron fracasados, huérfanos, desolados, y se reventaron hasta morir tomando, drogándose, asaltando bancos. Pienso en los que se insertaron en el modelo, pienso en los que se volvieron apáticos y descreídos y tristes y cambiaron de color, dejando el verde fosforescente por el gris. Pienso que vengo de una generación de marcianos secuestrada. Un ejército de adolescentes, punta de lanza barata con apellidos de mierda, proveniente de liceos de mierda, sin tradición ni vista a la cordillera, sin idiomas extranjeros con los que defenderse, cabecitas negras tirándose a la piscina a poto pelado, actores secundarios, o más bien tramoyas, preparando el escenario para los otros, siempre para los otros. Una generación que por distintas razones, o quizás sólo por una, terminó fuera del paisaje histórico, escondida, guardada en un cajón donde van a dar las luciérnagas y los juguetes usados.

Termino este escrito y me entero que Gabriel Boric, 27 años, ha sido electo diputado por la Región de Magallanes. Su rostro encendido y feliz junto al de Giorgio Jackson, 26 años, al de Camila Vallejos, 25 años, y al de Karol Cariola, 26 años, desfilan por la pantalla televisiva mientras el locutor de turno dice que algunas figuras del movimiento estudiantil han sido electas para entrar al Congreso. Al verlos pienso en otros nombres como el de Francisco Figueroa o el de Daniela López. Complicidades más o complicidades menos, cuando pienso en todos ellos se me antoja cerrar hablando otra vez de luciérnagas. De marcianos y luciérnagas. De cajones abiertos y de juguetes que nunca deben perder vigencia. Lucecitas fosforescentes que comienzan a bajar del espacio y a iluminar la temible oscuridad. Cannileddi di picuraru, velitas de ovejero. Vestigios delicados de luz que tenemos el deber de cuidar para que los niños que protegen el rebaño no sean otra vez aplastados por las fuerzas terrícolas. Mantener las luces encendidas para que ellos sepan que no están solos.

Nona Fernández S.

Santiago de Chile, 20 de Nov de 2013

-Lanzamiento Space Invaders, Editorial Alquimia-

Re-Volver El Libro

Publicado el 15/10/2013
Promoción del libro “Revolver, Relatos de una Dictadura” con imágenes tomadas en protestas, marchas por derechos humanos, funerales de compañeros y el tema La Partida de Víctor Jara, interpretado por Inti-Illimani
30 de Octubre en Feria Del Libro 2013

Un Gato irreverente. Alberto Gamboa

LitoralPress Media de Informacion
Fecha 01/12/2013
Fuente EL MERCURIO DE (ANTOFAGASTA-CHILE)
Pag. 6
Art. 2
Titulo “ALLENDE TENIA ARRASTRE CON LAS MUJERES Y DIVERSAS SUCURSALES”
Tamaño 27,89×38,95

LitoralPress Media de Informacion
Fecha 01/12/2013
Fuente EL MERCURIO DE (ANTOFAGASTA-CHILE)
Pag. 7
Art. 2
Titulo “ALLENDE TENIA ARRASTRE CON LAS MUJERES Y DIVERSAS SUCURSALES”
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LitoralPress Media de Informacion
Fecha 01/12/2013
Fuente EL MERCURIO DE (ANTOFAGASTA-CHILE)
Pag. 7
Art. 3
Titulo “ALLENDE TENIA ARRASTRE CON LAS MUJERES Y DIVERSAS SUCURSALES”
Tamaño 14,50×25,59

LitoralPress Media de Informacion
Fecha 01/12/2013
Fuente EL MERCURIO DE (ANTOFAGASTA-CHILE)
Pag. 7
Art. 4
Titulo “ALLENDE TENIA ARRASTRE CON LAS MUJERES Y DIVERSAS SUCURSALES”
Tamaño 14,53×25,19

Un Viaje Por El Infierno. Alberto Gamboa. Tomo 1

Descripción

 

 

Titulo: Un Viaje Por El Infierno

Tomo 1

Autor: Alberto Gamboa

Editorial: Araucaria / Chile

Año: 1984

Paginas: 96

Medidas: 12 x 18 cms.

Nota: Se encuentra en buenas condiciones.

 

Precio $  3.000.-

 

Nik151013

 

 

Fotos Grandes

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¿Por qué el “Gato” Gamboa? PDF Imprimir E-Mail
Testimonio
escrito por Gabriel Reyes A
lunes, 20 de mayo de 2013
Este jueves 23 de mayo, en el salón de Honor de la Municipalidad deActive ImageConcepción, se realizará la presentación del libro “Un Viaje por el Infierno”, del periodista Alberto Gamboa, y que fue publicado originalmente en 1984. Esta  actividad forma parte del programa elaborado por la Corporación Memoria Presos Políticos de Chacabuco en conmemoración de los 40 años del golpe militar en Chile. La presentación es organizada en conjunto con el municipio penquista y el Consejo Regional Bío Bío del Colegio de Periodistas. La siguiente es una reflexión sobre el “Gato” Gamboa, escrita por Gabriel Reyes.

 

En 1973, la lucha política se daba en todos los frentes. En cada fábrica, en cada población, en cada empresa, en cada oficina pública y… también –desgraciadamente- en cada familia.

La elección, en 1970, de Salvador Allende politizó y polarizó, incluso desde mucho antes, a los chilenos. Nadie quedaba indiferente ante los cambios que el gobierno popular comenzó a implementar en el país.

Sin duda, en el “frente comunicacional” se libró una de las “batallas” de mayor trascendencia. Mientras la derecha y el fascismo emergente contaban con el respaldo del influyente diario “El Mercurio”, la Segunda, la Tercera y otras publicaciones de segundo orden, tenían además una impresionante cadena de radios, por su lado el gobierno de Allende contaba con diarios como “El Siglo”, “Puro Chile” y “Clarín”.

Este último diario, seguramente el de mayor circulación y cercanía con el pueblo, se distinguía por su férrea defensa del proceso iniciado por la Unidad Popular. Los medios de comunicación no tenían medias tintas y ser alineaban con el fascismo, apoyados por el gobierno norteamericano y la CIA y los que como “Clarín” respaldaban el proceso de cambios truncado abruptamente el 11 de septiembre de 1973.

El Diario “Clarín” tenía como Director al “cincuentón” periodista Alberto Gamboa, muy conocido por su apodo de “El Gato”. Seguramente los jóvenes de aquella época no olvidarán el famoso “Consultorio Sentimental” y los irónicos y humorísticos titulares del “diario popular”, y su histórico lema de “siempre junto al pueblo” en los que todo el mundo asumía la mano de su director “el Gato Gamboa”.

¡Cómo olvidar aquel titular de “Clarín” a raíz de los allanamientos en búsqueda de armas!: “¡Momias piden a los milicos que las pasen por armas” y su consiguiente subtítulo “¡Que nos allanen, tenemos muy buenos cañones!”. O en Fortín Mapocho después del plebiscito “Corrió solo y llegó segundo”.

Como cada batalla tiene su costo, el brutal golpe de estado terminó con “Clarín” confiscado, sus trabajadores sin fuente de trabajo y con su Director Alberto “Gato” Gamboa Soto detenido y torturado como miles de chilenos, o sea “siempre junto al pueblo”

Hace un par de meses cumplió 93 años, poco antes, participó del tradicional almuerzo con que los ex presos políticos de Chacabuco conmemoran en Santiago la apertura del mayor campo de concentración de nuestra historia nacional. Se veía contento, le dije que en Concepción, sus ex compañeros de prisión le recordábamos con afecto y cariño y que nos gustaría tenerlo por estos lados. De inmediato respondió que si y que arregláramos los detalles con su esposa María Estela.

Su historia y compromiso desde la trinchera del periodismo merece un justo reconocimiento y así lo hemos entendido los ex prisioneros políticos de Chacabuco de la Región del Bío Bío, quiénes con el respaldo de la Municipalidad y el Colegio de Periodistas de Concepción, presentaremos la reedición, en un solo libro, de las los 4 capítulos publicados en 1984, en plena dictadura militar por la Revista “Hoy”, de “Un viaje por el Infierno”.

Por Gabriel Reyes Arriagada

20 de mayo de 2013.-

Carta abierta de un ex preso político: “Pido disculpas”

domingo, 29 de septiembre de 2013

Carta abierta de un expreso político: “Pido disculpas”00000000//

Pido mis disculpas por no haber ni siquiera intentado comprender, una típica actitud de soberbia personal, la necesidad del golpe militar para poner orden al caos imperante entonces.

Patricio Salinas A, ex preso político, sept 73-sept 75

Pido mil disculpas por el tiempo que estuve encarcelado y haber utilizado recursos del Estado chileno.

Pido mis disculpas por no haber entregado información útil a mis carceleros, que permitieran apresar a otros individuos de mi calaña y así terminar más rápido con la lacra que nos apestaba.

Pido mis disculpas por todos mis textos en que denuncio el atropello de los derechos humanos en contra de ciudadanos anónimos, en contra de las minorías étnicas, minorías sexuales.

Pido mis disculpas por no haber ni siquiera intentado comprender, una típica actitud de soberbia personal, la necesidad del golpe militar para poner orden al caos imperante entonces.

Entrego mis disculpas, por no haber entendido el rol constructivo y democrático de la DC en los años de Allende y en ayudar a crear las condiciones que justificaran el pronunciamiento militar.

Pido mis disculpas y de pecar de ingenuo e ignorante, al abigarrarme en una fábrica textil en septiembre de 73 para defender el gobierno de Allende frente a las fuerzas del orden.

Pido mis disculpas por no entender a los que me golpearon, torturaron, aislaron en celdas diminutas, amenazaron, humillaron, realizaron ejecuciones falsas, escopetearon mi cara y finalmente me expulsaron del país sin juicio, sin papeles válidos. Un timbre decía bienvenido a todos los países menos Chile. Y tres decretos de expulsión.

Pido mis disculpas por haber perdido toda sensibilidad, los primeros días después del pronunciamiento y haber pasado sobre los cuerpos de encarcelados fallecidos o heridos.

Pido mis disculpas por haber vivido los años del exilio dorado en Suecia, donde limpié pisos, trabajé en correos, cambié pañales a ancianos, mientras estudiaba el idioma.

Pido mis disculpas por haber participado en todas esas cientos de demostraciones denunciando, lo que yo creía, los atropellos de la dictadura en Chile

Pido disculpas por haber participado en todas esas demostraciones de repudio a la violencia en países tan lejanos como Afganistán, El Salvador, Nicaragua, Argentina.

Pido disculpas por haber acogido en mi casa gente de mala calaña, perseguidos por sus regímenes de turno.

Entrego mis disculpas por haber dedicado años a la lectura de textos de personajes críticos, en vez de intentar de entender a los forjadores de nuestra nación.

Pido mil disculpas por no entender el modelo neoliberal implantado en Chile en los años 80 y continuado durante los años de la democracia.

Pido disculpas por todos esos artículos escritos poniendo en duda las excelentes cifras de la macroeconomía y poniendo en duda los logros de actual modelo económico en Chile.

Pido disculpas por dudar de la honestidad de la cúspide de la Iglesia en los años de régimen militar.

Pido disculpas en dudar de la honestidad de nuestras fuerzas armadas, en cuestionar sus franquicias y sus negocios.

Pido mil disculpas por dudar de la honorabilidad e independencia del poder judicial en Chile.

Pido disculpas por negarme a realizar el servicio militar a finales de los años 60.

Pido mis disculpas por apoyar a los campesinos en exigir reforma agraria profunda y real en los años 70.

Pido mis disculpas por apoyar los movimientos sociales a constituir una asamblea popular en los años 70.

Pido mis disculpas por haber apoyado siempre a movimientos u organizaciones críticas, muchas veces marginales, sin perspectiva histórica y sin capacidad real de jugar un rol.

Pido mis disculpas por desdeñar el poder y las personas que pretenden asumir un rol de imprescindibles.

Entrego mis disculpas a muchos de mis amigos defraudados conmigo, por mi propia existencia, por mi vida gris, anónima, sin pretensiones de liderazgo durante estos 40 años.

Por último, pido disculpas por el tiempo robado en la lectura de esta carta abierta.

Publicado por Prensa Callejera

via Prensa Gráfica Callejera: Carta abierta de un expreso político: “Pido disculpas”.

El 11 de septiembre Chileno: 40 años después del golpe militar.Memorias de Una Generación que creció en Dictadura

El 11 de septiembre Chileno: 40 años después del golpe militar
Óscar Contardo  

Yo he seleccionado el extracto siguiente de mi ensayo “Me Acuerdo,” que abre la colección Volver a los 17, para los lectores del Los Angeles Review of Books.

 

Chile’s September 11: Marking the 40th Anniversary of Pinochet

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Volver A Los 17

Chile’s September 11: Marking the 40th Anniversary of Pinochet by Óscar Contardo

 

September 11th, 2013

This article was translated from Spanish by LARB Contributing Editor Magdalena Edwards. The original Spanish edition is included 

 

WE THE PEOPLE OF CHILE have also had our history marked by September 11. On that date 40 years ago, a military junta brought Salvador Allende’s socialist government to an end and with it broke a democratic tradition that was part of my small country’s cultural identity. The image of La Moneda Palace, the seat of our government, in flames after being bombed by the Chilean Air Force served as the opening credits to a new history under the shadow of a military regime that would gain worldwide fame for the ruthless persecution of its opponents.

Tuesday, September 11, 1973, was the beginning of 17 years of dictatorship under General Augusto Pinochet. A generation of Chileans came of age during his rule while listening to their elders tell stories about the democracy that had been lost and was now so difficult to recover. This is my generation, which in contrast to our parents’ and grandparents’, was raised in a country in the midst of dictatorship.

I am the editor of an essay collection that both marks the 40th anniversary of our September 11 and invites us to remember. 17 Again is a book that brings together personal stories and private memories of a handful of Chilean writers who offer their intimate testimony of the many things the coup d’état suddenly unleashed. The title is a subtle, perhaps ironic, reference to a song of the same name written by the composer, singer, and folklorist Violeta Parra, an icon of Chilean culture known around the world for “Gracias a la vida,” popularized by Mercedes Sosa and later by Joan Baez. Parra’s song “17 Again” describes the feeling of nostalgia provoked by remembering the years of our youth. In the essays I have collected on this anniversary, the exercise in nostalgia takes on a tone of strange melancholy tinged with fear, at times diffuse and barely perceptible and, on occasion, brutally violent. 

We who grew up during the Pinochet years were children and adolescents who only knew democracy by name, like a distant memory told almost always with a bittersweet yearning that was difficult to swallow; like an old piece of candy with a poisonous center called coup d’état, which creates an overpowering aftertaste of fear that will never go away entirely. 17 Again is a record of those years, the memories of a generation shaped by dictatorship.

The authors represent a varied landscape, diverse in style and arc: writers of fiction and nonfiction, distinct narrators and screenwriters and playwrights, journalists exercising their vocation, one translator of Ginsberg and one film director. Some of them come from families persecuted by the dictatorship — such as the novelist Rafael Gumucio, or Andrea Insunza, nonfiction writer and author of President Michelle Bachelet’s biography — and others went about uncovering our political reality as social tensions became unsustainable, such as the internationally acclaimed Alejandro Zambra, author of Formas de volver a casa (translated into English as Ways of Going Home and published by FSG in 2013). 17 Again should also have the texture reflective of a semi-feudal society, where class standing is fundamental: the essays bear witness, from the elegant districts of Santiago to the working class neighborhoods, from the farmers’ grandson to the provincial policeman’s son.

The history of this book and my idea of bringing together some of the best Chilean writers born between 1969 and 1979 came from my own connection to my memories from that time — a connection that, once I read all the essays, I confirmed was not only mine. My invitation was straightforward: an email to each of the writers where I explained the project in three lines. The responses were immediate and the outcome, honest and generous. 17 Again is the literature of a generation that looks at Roberto Bolaño’s work the way the prior generation read Donoso or Neruda: seeking itself in his reflection as a universal kind of Chilean. This is a generation that, at the same time, carries in its blood a shared past dominated by the memory of dictatorship, by a childhood with Pinochet as its lullaby.

I’ve selected the following excerpt of my essay “Me Acuerdo,” or “I Remember,” which opens 17 Again, for the readers of the Los Angeles Review of Books.

¤

Some time ago a friend gave me a book. That book was neither a novel, nor an essay, but rather a biography that at first glance was something like a list of prayers. As I read the pages a mantra emerged with varied endings for each repeated beginning. Every phrase described small, subtle, and stark scenes from the childhood and adolescence of Joe Brainard, the North American visual artist who gained celebrity with that book, which would soon be imitated by the writer Georges Perec.

Brainard had decided to write — with fragments glimmering like broken glass under the sun — a strange autobiography that used language like a collage of memories. Brainard’s book is called I Remember and every sentence begins in the same way:
 

I remember the chicken noodle soup when I was sick.
I remember wondering why, if Jesus could cure sick people, why He didn’t cure all sick people.
I remember trying to realize how big the world really is.
 

The friend who gave me that book probably did it because I like memories. I use them like talismans, like a stock of provisions, like my own museum that I try to visit in the way one visits a sanctuary or a church. I use memories much more than imagination. I enjoy them the way I enjoyed Brainard’s I Remember: contemplating them carefully, lingering over the details, connecting them, polishing their edges, tying them together in strands that could be pearls.

The Uruguayan writer Mario Levrero once said, “People think, almost unanimously, that what interests me is writing. What interests me is remembering.” This phrase explains me in full measure.

My first memories are in Talca, a city 250 kilometers south of Santiago, in 1978. I was four years old. My memories are connected to a dim image of an Argentine military man on the television, surely it was Videla, and a thought went through my head: the military are in charge of governing countries. This is how things are. Then, no more images, only sounds, loose words that mix together soccer and the murmurs of another possible war with Argentina over a land dispute in Magallanes, where the continent ends. The Argentines, the adults said, were going to bomb a dam along the Andes mountain range, which would flood the city, which, according to my father, would make things easier for enemy combat.

“Talca is a hole,” my father said, daring to give over as a fact a geographical detail that I never confirmed. That phrase stayed in my head, and I tried to find the horizon in the edges of the hole where we lived. And those edges were the contours of the hills and mountains that surrounded the city, the outline of the headless volcanoes in the western horizon and the curved wall of brown and parched coastal hills in the east.

There was no sense in trying to escape the eventual Argentine invasion because there was nowhere to go: they would arrive from the south and through the mountains and so to flee to the coast was useless because there in the sea was the navy, which, though Chilean was not completely trustworthy, for reasons that my father summarized by snorting in a manner that meant something between slight annoyance and the rictus of bitterness that frequently crossed his face.

In the essay by Álvaro Bisama, author of an unsettling account of the Virgin Mary’s miraculous appearances as told in his novel Ruido, my father’s unease with the Chilean Navy takes on an intimate and sadly familiar feeling. Bisama’s father, a university professor, was expelled from teaching and detained on the navy’s infamous ship Esmeralda, which served as a political jail. Some of the people detained there were never freed and their bodies were never recovered. Bisama’s father was freed, but he was not able to return to teaching for years.

Without the navy at our side, all signs pointed to the obvious — from the bombing of the dam, to the massive flooding, to the trans-Andean tanks and troops — we would all become Argentine, which did not seem to be the worst idea when I looked at the world map: Argentina looked big and was a rosy pink, while Chile was a greenish sliver that lacked the surface area to carry its own name, which dragged out into the middle of the Pacific Ocean like a buoy marking a shipwreck.

Our neighborhood in Talca housed the city’s public employees. This set off my mother’s alarm bells; she saw an agent from the CNI (Centro National de Información), the regime’s secret police, behind every pair of dark sunglasses. We had to speak in low voices. All the parents of my little neighbor friends were potential snitches in her mind, though she lowered her guard in a few cases.  

I don’t remember exactly how old I was when I learned how to read, but I do recall the anxiety I felt about the possibility of confusing the letter “E” with the number “3.” Nor do I remember the first book I read. Those milestones were diluted in my memory and were colonized by other epiphanic moments related to reading: the deep sadness brought on when reading more and more of Miguel Strogoff’s adventures (yes, in my translation of Verne’s classic the protagonist is Miguel) and knowing that inevitably the book would end and I would have to abandon that world of permanent travel; and the intoxicating process of falling in love with one of the characters in Jane Eyre. No doubt I learned to read with an installment from a collectible encyclopedia. My father would buy me a pair every week:Fauna, MonitorOnce Upon A Time There Was Man. Many years later I would see a piece by the Argentine visual artist Óscar Bony. It is the photographic archive of a performance where a worker couple shares reading time with their young son. I thought of my father and his books and the idea of education he had planned for my brothers and me.

I was 10 years old when my father gave me Earth and Its Resources, an illustrated volume with all kinds of statistics and lots of maps. Inside it said that a military junta governed Chile, which took power after a coup d’état. The same information was in the Visual de Salvat. The Sopena dictionary, on the other hand, had been published in the 1960s and highlighted the civility and democracy that marked the Chilean people. Years later I secretly looked up the definition of the word “degollar” (to slit someone’s throat) in the Sopena dictionary — that was right after the assassination of José Manuel Parada, Santiago Nattino, and Manuel Guerrero in 1985. The three leftist militants were kidnapped and had their throats slit by the Chilean police. I did not dare ask my parents the meaning of that verb, “degollar,” because I wanted to protect them from telling me something that I intuited as far too violent for a child to hear.

What I read sent me into a deep and dark gloom that I felt again years later when I saw a piece in a magazine about the kidnapping of the student Carmen Gloria Quintana and the Chilean-North American photographer Rodrigo Rojas DeNegri. The article was illustrated with drawings of the two young people tied up and at the mercy of the military officers. The officers insulted them, mocked them, and beat them until they were lifeless and then doused them in gasoline. Rodrigo Rojas died four days later and his case marked a change in Ronald Reagan’s Chile policy. Carmen Gloria survived. I felt like I was living in a wasteland strewn with bodies with their throats slit, burned bodies, bodies like bloody rag dolls tossed to death.

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My father’s brother lived in New York and each time he visited us he made my father take note of the backwardness of the city, the people, the highways, and life in general in Chile. My father listened to him with resignation. What could he say? Living in backwardness is not something one can solve with willpower. My father was not too aware of technological advances and conceded greater value to older things: he could not imagine that a Japanese car might be better than a German one or that a Sanyo radio could compete with one by RCA. He believed the vacuum tube television set had greater nobility than a Trinitron ever would.

I, on the other hand, folded at the possibility of a personal computer and still remember the first time I heard “Victims” by Culture Club on headphones. The day I first saw an electronic scale at the Caltil supermarket on Calle 1 Sur was a Saturday and it was cloudy. An intoxicating smell of freshly baked bread infused the place, which helped to consecrate the moment as I watched the little green numbers appear automatically when a bag of bread fell on the tray. That scene was, for me, a gesture of sophistication and modernity similar to the inauguration of the downtown Caracol building (literally a shopping mall with a spiral ramp inside, called “caracol” as in “snail”) with its cramped little stores selling beige clothes. I think those were the first indications of the eruption of the market in my life, a spectrum that widened with time: Japanese cars, Lois jeans, Diadora sneakers, videocassette recorders. The merchandise was a colorful and dazzling consolation prize that was not enough to go around.

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Today the past comes back to us in unexpected ways. We have two women vying for the presidency: Evelyn Matthei and Michelle Bachelet, the first woman elected as Chile’s president from 2006 to 2010. Matthei and Bachelet are both daughters of men deeply involved in our country’s history. Bachelet’s father served in Salvador Allende’s government, then was held and tortured by Pinochet’s secret police, only to die in military custody in 1974. Matthei’s father is a retired air force general and was a member of the military junta. They were friends until the coup d’état separated their destinies and their families. These events seem strange, a fictional tale composed by an astute screenwriter who reminds us at several turns that our past can make itself present in infinite ways.

Chile’s presidential elections will be held on November 17, 2013.

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Óscar Contardo is a journalist and a writer. His books include: Pretension: Class Ambition, Snobbery and Society in Chile,(Ed Español Siútico) Weird: A Chilean Gay Story, andSantiago Capital.

SIÚTICO

Óscar Contardo

NO FICCIÓN. VERGARA, 2008. 311 PÁGINAS

En 2008 Oscar Contardo publicó Siútico: arribismo, abajismo y vida social en Chile (Vergara) que se mantuvo un año entre los más vendidos del país y fue considerado por la crítica local entre los más importantes del año. El libro Siúticoes una biografía de una palabra -sinónimo de cursi, nuevo rico- muy chilena, usada por Contardo como hilo conductor para relatar la historia del clasismo y el racismo en la sociedad chilena actual.

PUBLISHED BY: Spanish worldwide VERGARA |

Otros libros de Óscar Contardo:

Siútico

La Poesía de Mis compañeros II.- “BALADA DE LA CÁRCEL DE ALTA SEGURIDAD”

EXITOSA PRESENTACIÓN DEL LIBRO
BALADA DE LA CÁRCEL DE ALTA SEGURIDAD”
 
    Cuando se cumplían 27 días de huelga de hambre protagonizada por cuatro presos políticos, ante una concurrencia de casi 500 personas que repletaron el auditorio y el patio de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), se llevó a cabo al atardecer del jueves 9 de junio la presentación del libro de poesías Balada de la Cárcel de Alta Seguridad, escrito por los prisioneros políticos Claudio Melgarejo, Julio Peña, Hardy Peña, René Salfate y Pablo Vargas. Esta obra fue el producto de una iniciativa surgida en el Colectivo por la Libertad de los Presos Políticos, del esforzado trabajo de sus autores y de la colaboración de muchas personas anónimas en Chile y el extranjero.
    Abrió el acto el grupo de percusión Dinbayalú, que interpretó música africana de la cultura mandingue. Luego hicieron uso de la palabra el ex preso político Pedro Rosas Aravena, quien condujo el evento, Renard Betancourt (compilador y editor del libro junto a Patricia Guillén) en representación del Colectivo por la Libertad de los Presos Políticos, la abogada de Derechos Humanos Carmen Hertz, Monseñor Alfonso Baeza, Vicario de la Pastoral Social de la Iglesia Católica y Tomás Hirsh, dirigente del Partido Humanista y candidato presidencial del pacto Juntos Podemos.
    Renard Betancourt pronunció un hermoso discurso utilizando la metáfora del “viento blanco” neoliberal para referirse a un sistema que oprime y que mata a jóvenes conscriptos de la clase popular y a los luchadores sociales de ese mismo sector social (ver texto adjunto).
    Carmen Hertz centró su intervención en los pactos de gobernabilidad entre la Derecha y la Concertación, ante lo cual jóvenes luchadores sociales -como los que han pasado por estos años por las prisiones de Alta Seguridad- continuaron el combate que habían iniciado durante la dictadura. La abogada trazó una línea de continuidad entre su acción en los años 80, los 90 y la actualidad, recalcando el carácter de luchadores sociales de los actuales presos políticos y su pertenencia al movimiento popular.
    Monseñor Baeza recordó sus experiencias junto a los presos políticos y destacó la positiva impresión que la entereza moral de estos hombres causó al Cardenal Errázuriz cuando los visitó hace algún tiempo en la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago.
    Tomás Hirsh se interrogó acerca del carácter de la “democracia” existente actualmente en Chile, que mantiene encarcelados a los autores de un libro poético por haber luchado contra el sistema que sume en la pobreza y la marginación a la mayoría de los habitantes del país. Y se comprometió a utilizar su candidatura presidencial como una tribuna para exigir su libertad.
    Además de estas intervenciones, se escucharon mensajes grabados por los presos políticos de la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago, se leyó un texto enviado por Fedor Sánchez, preso político recluido en el Penal de Colina II quien también se encuentra en huelga de hambre, y se dieron a conocer los saludos de apoyo de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos y del Comité Memoria y Justicia integrado por chilenos residentes en Ginebra, Suiza (ver texto adjunto). Y espontáneamente una pobladora arengó al público para instarlo a participar en las movilizaciones callejeras que continuarán realizándose hasta lograr la libertad de todos los prisioneros políticos.
    El grupo Amuleto musicalizó algunos de los poemas del libro, como primer paso para la producción de un disco que incluirá otros textos del mismo volumen.
    Es digno de destacar que esta iniciativa ha concitado -de manera más clara que en otras ocasiones- la convergencia del movimiento de Derechos Humanos bajo la dictadura y el movimiento por los Derechos Humanos en las condiciones del actual régimen político, convergencia expresada en las personas y organizaciones mencionadas, lo que constituye un notable hecho político del cual nuestro Colectivo se congratula por el aporte que ha hecho para que esto se produjera.
    El acto fue cerrado por un vibrante llamamiento de Pedro Rosas a continuar el combate por la libertad de los presos políticos incluyendo a los presos mapuches.
    Los asistentes disfrutaron de un buen vino navegado ofrecido por el Kolectivo de Reflexión y Acción Ciudadana (Kryac) y compraron numerosos ejemplares del libro.
    Esta masiva reunión de ciudadanos dignos y críticos reafirma nuestra convicción de continuar la acción por poner término a la prisión política en Chile.
 
 
COLECTIVO POR LA LIBERTAD DE LOS PRESOS POLÍTICOS
 
Santiago, 10 de junio de 2005


INTERVENCIÓN DE RENARD BETANCOURT A NOMBRE DEL COLECTIVO POR LA LIBERTAD DE LOS PRESOS POLÍTICOS

 

POESÍA, LENGUAJE DE FUTURO; UN LENGUAJE LIBERTARIO.

                      Los convocantes a este acto hemos sido temerarios al levantar como lema el de:Poesía, Lenguaje de Futuro; un Lenguaje Libertario.

             Pero no es casual que estemos aquí para echar al mar de la vida una nave cargada de poesía, y poesía, además, escrita por compañeros prisioneros políticos.

             Lo que ocurre es que la poesía no transige; lo que ocurre es que la poesía es lo más contrario a la cobardía en un mundo donde el poder y la ambición de poseer parecieran dictar la norma.

             Lo que ocurre compañeras y compañeros es que la poesía no se resigna ante la tormenta de viento blanco soplada por el neoliberalismo. Viento blanco que no sólo se levanta en la cordillera y en el extremo austral del territorio, sino también aquí en el llano del mundo. 

            Y no es casual que, de pronto, no podamos vernos las manos, los ojos ni el corazón en medio de la borrasca. 

             Esta tormenta de viento blanco que no sólo hunde en la nieve a un pelotón de soldados conscriptos dejando al desnudo el carácter ferozmente clasista de la sociedad en la cual hacemos nuestras vidas, sino también viento blanco neoliberal que no permite a la mayoría de los ciudadanos del país ver el drama que significa la persistencia de la prisión política.

             Entonces, hoy estamos aquí, primero, para exigir la libertad de quienes durante 14 años han sufrido prisión y castigo y cuando en este preciso momento 4 de ellos llevan ya 26 días en huelga de hambre para colocar en el ojo del país esta situación medieval.

             En segundo término, estamos aquí para reivindicar la poesía como un lenguaje libertario en la historia de la humanidad; lenguaje donde se aúnan la belleza de la existencia y, a la vez, su drama cuando mujeres y hombres son empujados a situaciones límite por el imperio de un sistema de vida que conlleva injusticias sociales flagrantes, marginación, miseria y represión. 

            Y, en tercer lugar, estamos aquí por una razón de esperanza.

 Es decir, porque estamos seguros que es posible conquistar para el futuro una sociedad mejor, una sociedad donde el hombre deje de ser el lobo del hombre, y donde podamos construir libre y democráticamente una sociedad justa que dé igualdad de derechos a todos y a cada uno de sus miembros.

             En síntesis, estamos aquí, compañeras y compañeros, por razones urgentes e impostergables y, además, para probar materialmente que es posible mancomunar esfuerzos y voluntades más acá del afán de lucro y poder.

             Este libro (Balada de la Cárcel de Alta Seguridad) es el resultado no sólo de la energía y talento de los compañeros presos políticos en la CAS, sino también del esfuerzo y del talento de muchas personas “más de las que sabemos”, colectivos, organizaciones sociales, editorial LOM, y muchos más, y en este libro está también el esfuerzo libertario y mancomunado de muchas y muchos compañeros y compañeras internacionalistas; compañeras y compañeros de Uruguay, de Suiza, de Canadá, de Francia, y de otros puntos del globo.

             Y este libro es ahora la prueba viva de que cuando se trata de una causa justa, digna, limpia y clara, no hay viento blanco ni tormenta de nieve neoliberal que pueda hundirla en el olvido y en el silencio.

             Compañeras y compañeros, este libro es un mensaje poético de libertad, y el destino de este mensaje está ahora en vuestras manos.

 Este mensaje debe correr de boca en boca y de mano en mano hasta conseguir el aporte para el que fue concebido: contribuir como un grano de arena al arenal de las voces que en este país y en el mundo exigen poner fin a la prisión política en Chile.

             Muchas gracias.

             Colectivo por la Libertad de los Presos Políticos en Chile

 

Santiago, 9 de junio de 2005

 


Saludo del Comité Memoria y Justicia

 Queridos Compañeros :

Hay un poema-canción de un poeta español muerto en exilio que dice  ”… ahora que la justicia vale menos que el orín de los perros ” …

 

¿ Y… como no pensar que esto, no es algo que se decía hace muchos años allá en España, sino lo que sucede hoy en nuestro país, en esto que algunos todavía llaman patria ?

 

Hoy, mientras nuestros compañeros entregan su salud y sus fuerzas por luchar por una justicia que merezca la dignidad de llamarse así, hoy, cuando somos el escarnio y la vergüenza del mundo, por lo que deciden y por lo que no deciden algunos jueces, hoy, desde las lejanas tierras del exilio, queremos estar con ustedes, estamos con ustedes, estamos del brazo de los que en la cárcel luchan por ellos, por nosotros, por los que vendrán.

 

Con diferencia de algunas horas solamente, aquí en Ginebra, Suiza, se llevará a cabo una ceremonia por el lanzamiento del libro escrito en la Cárcel. Es decir que estaremos en otra cara del mundo, mirando, como ustedes, con ustedes, hacia un futuro menos infame, un futuro en que nuestros compañeros puedan tener en sus brazos a sus seres queridos, y caminar con esa serenidad que les dará por siempre en sus vidas , la tranquilidad de saber que lucharon por la libertad. Por la razón, y contra la fuerza. La fuerza bruta y absurda.

 

Porque creemos que los vamos a liberar, que las fuerzas de ”la bestia inmunda” no pueden nada contra la solidaridad y el coraje de aquellos hombres que son ”indispensables en la historia ”. Por eso esta tarde estamos con ustedes.

 

Y mañana estaremos acá, en Suiza, con otros amigos del pueblo chileno que vendrán a entregar su presencia y su compromiso con ustedes y con los que hoy están aun en las cárceles de esta extraña democracia chilena…

 

Les deseamos grandes éxitos, y la satisfacción de saber que luchan por algo digno, respetable, hermoso : la libertad, esa locura por la que han caído tantos y tan valiosos hermanos, y por la que vale aun la pena vivir.

 

Reciban compañeros, un abrazo y el calor de nuestra amistad .

 

 

Comité Memoria y Justicia

 

Ginebra, Suiza.  9 de Junio 2005