Jaime Castillo Petruzzi, el retorno de un sobreviviente

Se ha dicho de él que es un terrorista, un combatiente, un asesino. Uno de tres líderes del MRTA. Un guerrillero. Un héroe. Se han dicho muchas cosas, pero hasta ahora Castillo Petruzzi no había tenido la oportunidad de contar su versión

Crónica|
Jaime Castillo Petruzzi,
el retorno de un sobreviviente

Yasna Mussa |Martes 15 de noviembre 2016 12:09 hrs.

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El acusado de traición a la patria en Perú cuenta su retorno después de 23 años de prisión. Amor, odio, pasión y lucha, el relato de una prisión.

 Claves: 

Hace justo un mes, a la media noche del 15 de octubre, Jaime Castillo Petruzzi pasó el control internacional del aeropuerto Arturo Merino Benítez. Decenas de personas lo esperaban entre aplausos y  banderas después de una controvertida expulsión del Perú.

Se ha dicho de él que es un terrorista, un combatiente, un asesino, uno de los tres líderes del MRTA. Un guerrillero. Un héroe. Se han dicho muchas cosas, pero hasta ahora Castillo Petruzzi no había tenido la oportunidad de contar su versión. Este es el resultado de tres encuentros en los primeros 30 días de libertad del último chileno del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) preso en una cárcel peruana.

Cuando faltaban 116 días para su liberación, el chileno Jaime Castillo Petruzzi, ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y sindicado como parte de la cúpula del MRTA de Perú, comenzó a anotar en una agenda roja la cuenta regresiva. Era la primera vez que ponía atención a cuánto faltaba para salir tras las rejas.  Lo hizo sin pensarlo. Abrió la libreta un día lunes y contó en el calendario cuánto faltaba para el 14 de octubre de 2016, fecha en que terminaba su sentencia.

Hace exactos 23 años, el 14 de octubre de 1993, Castillo Petruzzi apareció en la prensa y televisión peruana al ser capturado tras un intenso enfrentamiento con las fuerzas del régimen fujimorista. Lo que parecían escenas de una película era más bien la operación policial que puso fin al secuestro del empresario Raúl Hirakoa Torres  y a la que le sucederían una decena de hechos irregulares que terminaron con 6 chilenos pertenecientes al MRTA condenados a cadena perpetua por traición a una patria que no era la suya. Aunque la condena parecía absurda, las reglas del juego tenían la arbitrariedad que definen a las dictaduras.

Ese año comenzó un camino de más de dos décadas privado de libertad. En él temió por su vida más que ninguna otra vez, recorrió 5 cárceles peruanas, conoció el amor, rompió un corazón, se distanció de uno de sus hijos y tuvo otros dos. Vivió de manera intensa, como si los barrotes no fueran un límite ni el tiempo una resolución.

Ahora camina por las calles de su Santiago natal mirando asombrado los autos de último modelo, los nuevos edificios, los viajeros del metro pegados a sus teléfonos inteligentes, las librerías cargadas de publicaciones que tiene pendiente leer. Está de regreso, poniéndose al día con su familia, con manifestaciones de movimientos sociales que demandan No Más AFP o Ni Una Menos, con amigos entrañables con los que nunca perdió el contacto. con sobrinos que sólo conocía por fotos, con la actualidad social del país y  una crisis de legitimidad política que protagonizan muchos de los que antes fueron sus compañeros de militancia.

Primer encuentro: Alan nunca fue mi amigo

Jaime Castillo Petruzzi es alto y fornido, aunque su presencia imponente contrasta con una amplia sonrisa. De esa fisonomía proviene el sobrenombre “torito”, con que sus compañeros del MIR lo llamaban cariñosamente cuando apenas tenía 16 años y no dudaba en aplicar las técnicas de kárate que aprendió desde pequeño, cuando la ocasión así lo ameritaba.

Este viernes de primavera, Castillo Petruzzi elige el menú del almuerzo con el entusiasmo de quien había olvidado lo que era elegir una ensalada, un café y mirar por la ventana a los transeúntes. Cada 10 minutos toma una pausa para acariciar a su segunda hija, de 32 años, quien lo acompaña a la entrevista y lo observa sin creer lo que ve.

-“Tuve que salir de Chile el año 1974 porque a dos vecinos y compañeros de militancia los fueron a detener una noche. Ambos son ahora detenidos desaparecidos”, dice para explicar por qué tuvo que salir del país a los 17 años con permiso notarial rumbo a París, Francia.

Allí se instalaría, estudiaría en la Université Vincennes y conocería a personas clave en su vida, como a Víctor Polay, futuro máximo líder del MRTA, y  Alan García, quien después se convertiría en presidente del Perú, pero que por ese entonces compartía departamento con Polay y por esta relación más tarde se crearía el mito de una amistad que nunca existió.

“Se dijeron muchas cosas, como que éramos amigos, pero Alan García siempre fue un déspota que me decía con desprecio: Hola, chilenito”, dice esta tarde, aclarando el falso vínculo.

En  esos  años en París mantuvo la militancia rodeado de otros latinoamericanos provenientes de Brasil, Uruguay, Paraguay, Argentina, Bolivia y, por supuesto, Perú.

Como muchos otros de sus compañeros de partido, se preparó desde el exilio para volver a Chile en la llamada “Operación Retorno”.

En 1980 ingresó clandestino al país, luego de tres años de recibir instrucción militar en otros países y comenzó de inmediato el trabajo asignado por la orgánica partidista. La situación  era  muy  diferente a lo que recordaba: La ciudad silenciosa, los vecinos desconfiados. Superficialmente parecía que no se hablaba de política y el MIR, su organización, ya contaba con muchos desaparecidos y asesinados, entre ellos, el histórico líder Miguel Enríquez.

”Cuando leí la noticia en la cárcel, sobre algunos ex presos políticos de mi organización  y  de  organizaciones hermanas involucrados en estos escándalos de corrupción, de boletas falsas, me preguntaban: cómo es posible. ¡Incluso el hijo de Miguel! No hay palabras para explicar. Lo único que puedo decir, es que es muy triste”, diría después, al repasar los últimos acontecimientos políticos que involucran a ex militantes de izquierdas que fueron parte de la resistencia a la dictadura de Augusto Pinochet.

Con un nombre de chapa y sin que su familia supiera de su regreso, Castillo Petruzzi permaneció en Chile hasta mediados de 1982, cuando un periódico exhibió su fotografía con una leyenda que anunciaba su muerte.

“Tuve que llamar a mi casa y decir que no era yo el que estaba en la foto. Y mi papá me decía: ¡Hijo ¿estás en Mozambique?!. No papá, estoy acá, le dije. ¿Y las cartas que llegan de Mozambique? Ya te explicaré, pero he estado todos estos años acá”, decía por teléfono a su padre que escuchaba atónito.

Con el plan guerrillero desmantelado y las identidades reveladas, Jaime Castillo se asiló en la embajada  de  Francia.  Esta vez, realizaba el viaje junto a Beatriz, compañera de vida y militancia, quien tenía 4 meses y medio de embarazo.

Se instaló  por segunda vez en París, aunque el panorama era muy distinto a su primera estadía: Ahora hablaba francés, estaba próximo a ser padre y debía dedicar su tiempo y esfuerzo en juntar los recursos para esperar a la primogénita. La estadía duró poco. Al año siguiente partieron destinados a Nicaragua.

-“Ahí teníamos compañeros que colaboraban en la revolución, combatientes que habían estado en la lucha revolucionaria antes, durante y después del triunfo”, recuerda emocionado aquellos años en que el Frente Sandinista de Liberación Nacional le había doblado la mano a la dictadura de Anastasio Somoza.  Hoy ve con desilusión el rumbo que ha tomado el gobierno de Daniel Ortega, recientemente reelegido presidente en unas elecciones sin competencia.

En ese país nacería la segunda hija de la pareja en 1987. Luego, Beatriz decide volver con las niñas a Chile. Jaime se uniría un año después. Mientras, trabajaba con compañeros peruanos con la intención de unificar las luchas. Pero una vez más el plan falló y entre los detenidos cae el líder del MRTA, Víctor Polay Campos, junto a otros dirigentes del movimiento de izquierda. Castillo Petruzzi es convocado a trabajar en la elaboración del plan de rescate que incluía la construcción de un túnel de 300 metros de largo. Entonces, el “torito” arma maletas, se despide de sus hijas y pone fin a la relación amorosa que lo unía con Beatriz. Se incorpora en Lima al trabajo partidario. Para ese entonces, Castillo Petruzzi respondía más al MRTA que al MIR.

Segundo encuentro: 5 minutos al día

La segunda cita transcurre la tarde de un lunes. Jaime está a cargo del negocio donde ha comenzado a trabajar hace apenas una semana y frente a él todo parece novedad. Aunque intentó llevar una vida normal como interno, la cárcel siempre será un paréntesis cuando se trata de tecnología y avances médicos. En este mes de libertad recién aprende a manipular cheques y computadores.

Hoy tiene cita con la oftalmóloga, pues necesita saber en qué estado se encuentra su visión. En la cárcel, hasta lo más básico tiene un impuesto al encierro.  Los lentes ópticos no son la excepción. Por eso, hoy caminamos puntuales hacia la óptica donde más tarde descubrirá que es miope. El ex guerrillero internacionalista tiene una anomalía en los ojos que no le permite ver de forma clara, sino más bien borroso, los objetos lejanos.

“Lo contrario pasa en la política. Con los años vemos más claro los errores”, bromea al salir de la consulta. Y agrega en tono serio: “Objetivamente, nosotros cometimos errores y esos fueron los aciertos del enemigo”.

Uno de esos aciertos del enemigo fue cuando la policía peruana dio con la casa de seguridad donde pasó un mes, luego de detectar que lo estaban siguiendo. Ese mismo día, Castillo Petruzzi pensaba abandonar el Perú.

Aunque los medios lo acusaron de escudarse, con metralleta en mano, detrás de una anciana, Castillo Petruzzi desmiente esta versión. Dice que la policía los acorraló, pero que ellos jamás faltaron a su ética. No traficaban, ni colaboraron con el narcotráfico ni tuvieron blancos civiles. Asegura que vestían uniformes militares en el campo para ser identificados y no ser confundidos con los campesinos. Acepta, que hubo un número menor de víctimas que no pudieron evitar.

-”Nosotros  como  organización  hemos  pedido disculpas a los deudos de esas familias. A diferencia del terrorismo de Estado, que sí afectó directamente a la población civil con sus bombardeos masivos, con sus torturas sistemáticas, con las desapariciones absolutamente masivas”, dice Castillo Petruzzi.

Eran los primeros años gobernados por Alberto Fujimori, ex presidente del Perú que durante una década cometió ilícitos que iban desde lo financiero, con escándalos de corrupción, hasta el terror; con violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad que hoy lo tienen cumpliendo una condena de 25 años.

Pero ese 14 de octubre de 1993, Jaime Castillo pagó el precio de una seguidilla de errores que terminaron con su detención. A eso le continuó un juicio de apenas tres horas frente a un tribunal militar sin rostro. Allí comenzaron varias irregularidades, en donde la arbitrariedad era el denominador común. Los propios abogados no tuvieron acceso a los expedientes.

Hacinados, en las peores condiciones, los prisioneros permanecían aislados, en celdas mínimas sin baño ni luz. Apenas contaban con 5 minutos para salir agachados, en cuclillas y custodiados por dos policías con fusil en mano apuntando sus cabezas. En eso 5 minutos, una vez al día, los prisioneros debían elegir entre ir al baño, cepillar sus dientes o tomar una ducha.

Fue la primera vez que Castillo Petruzzi enfrentaba esas condiciones carcelarias y durante esos tres meses, en los que estuvo detenido en la base aérea Las Palmas de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), su cuerpo se acostumbró a permanecer doblado en un espacio que compartía con otros 10 compañeros del MRTA, entre los cuales habían 5 chilenos y 6 peruanos.

Entre la oscuridad y la tortura psicológica, hubo algunos arrepentidos que pedían una segunda oportunidad en medio de sollozos nocturnos. Él, en cambio, permanecía firme, y para no ceder a la locura o al miedo, cantaba Venceremos o el Himno de los trabajadores a viva voz, recitaba poesía o invitaba a sus compañeros a reflexionar sobre distintos momentos de su lucha.

Jaime Castillo está consciente de que su pasaporte chileno alejó la posibilidad de ser torturado físicamente. Aunque sí hubo condiciones que dañaron su estado físico y psicológico.

-”Ahí comprobamos que el hombre es un animal de costumbre. El cuerpo se acostumbró, entonces cuando salias en posición de rana, hacías tus necesidades en un minuto, y después te bañabas y volvías”, reconoce Castillo.

Luego de tres meses detenido entre la Dirección Nacional contra el Terrorismo (Dircote) y la FAP, de decenas de interrogatorios y presión psicológica, fue  trasladado a un penal civil. La condena fue una decisión política del Estado: cadena perpetua para todos por traición a la patria.

“Chileno, te voy a matar”, amenazaban a Jaime Castillo, quien luego de 23 años recluido en prisiones peruanas tiene un inconfundible acento peruano. Tres de sus hijos comparten esa nacionalidad y varias palabras recurrentes en su vocabulario reflejan la fusión cultural después de años de convivencia.

Castillo  compara  las  irregularidades  con  que fue juzgado con lo que sucede con la Ley Antiterrorista chilena, donde existen testigos protegidos. “Es lo mismo, no ha cambiado nada en todos  estos  años.  En  el  Perú  hasta  el  dia  de  hoy,    así  como  en  Chile,  tenemos  las constituciones dictatoriales. Eso es inconcebible, hermana”, señala incrédulo. Y agrega: “En Chile tenemos 26 años de democracia y seguimos con la misma constitución. En Perú tenemos desde el año 2000, y todo el que levante asamblea constituyente o nueva constitución ha sido estigmatizado”, dice con la certeza de quien sabe de estigmas.

Al MRTA se le acusó de todo. Sus años de acción coincidieron con los de la organización Sendero Luminoso (PCP-SL, en su sigla oficial), con la que siempre han mantenido distancia y han marcado sus profundas diferencias en cuanto a estrategia y procedimientos. Pero los medios de comunicación, en medio de la vorágine de enfrentamientos entre uno y otro bando, señaló al MRTA como responsable del asesinato a civiles y de sembrar el terror entre la población. También fueron acusados de homofóbicos y de perpetrar crímenes u ataques a homosexuales.

”Nunca fue política de la organización el asesinar a gente por su orientación sexual. Nunca lo fue ni en los documentos ni en la actitud de los dirigentes. Ha sido una metida de pata de mandos locales, enceguecidos, y esto lo han utilizado para decir que el MRTA es homofóbico”, aclara ante la pregunta y asegura que dentro del MRTA hubo varios compañeros y compañeras homosexuales  a  quienes jamás se les juzgó por esa razón y sólo se les evaluó por su desempeño y compromiso político.

En este segundo encuentro, Jaime Castillo, se acerca a la grabadora y aprovecha de despejar otro  aspecto que, según su versión, no es más que un mito: “Yo nunca fui uno de los tres líderes.   Fui un cuadro medio. Tenía responsabilidades, pero no era ninguno de los tres primeros”, dice para luego señalar a Víctor Polay Campos, Miguel Rincón Rincón y Néstor Cerpa Cartolini como los tres primeros en orden jerárquico del MRTA:

De su paso por la cárcel de Lima, penal Miguel Castro Castro, recuerda las condiciones en que encontraron el recinto con apenas 600 personas de su capacidad para 1200 presos.  Fue poco después del ataque por tierra y aire que terminó con la vida de más de 200 prisioneros políticos de Sendero Luminoso y del MRTA, en una matanza en la que se responsabiliza a Fujimori.

En esas condiciones de reapertura, recién comenzaba una batalla judicial que tuvo varios reveses durante los 23 años de reclusión.  Aunque sabían que la cadena perpetua no se concretaría,  los emerretistas   confiaban   sobre   todo   en  que  sus  compañeros  no  los abandonarían y más temprano que tarde iban a planificar un rescate.

Jaime Castillo, el hombre macizo y de sonrisa recurrente, se emociona al recordar el bullado episodio de la toma de la residencia del embajador japonés en Lima, el 17 de diciembre de 1996. Ese día, miembros del MRTA tomaron como rehenes a diplomáticos, militares y funcionarios de alto rango del gobierno de Fujimori. Luego de 125 días, la toma terminó con un rescate protagonizado por las Fuerzas Armadas de Perú en la que murieron todos los militantes del MRTA.

Derrotada la vía del rescate, la estrategia de liberación se enfocó en el derecho internacional. Con  la ayuda de un grupo de abogados, entre ellos los chilenos Verónica Reyna, de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas  (Fasic), y Nelson Caucoto, Corporación de Promoción y Defensa  de los Derechos del Pueblo (Codepu), presentaron el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, una vez que se agotaron todas las instancias nacionales. En mayo de 1999, el caso pasó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), donde se atestigua que no había ningún tipo de voluntad política ni jurídica de parte del Estado peruano.

Pidieron su libertad inmedia por todos los vicios procesales,  por la tipificación del delito y,  sobre  todo,, por considerarlos  traidores a la patria,  una cosa ilógica, considerando su nacionalidad chilena. Todo esto sin una defensa  adecuada, sin un proceso legal bajo los estándares internacionales y sometidos a fuertes presiones psicológicas, incluídos los abogados, quienes recibieron presión política y acoso.

El 2003 comenzaron los nuevos juicios, en un momento en que el país vivía una transición política post era fujimorista y tras un breve gobierno de Valentín Paniagua. Con Alejandro Toledo en la presidencia, se realizó un nuevo juicio que duró 4 meses. A uno de los compañeros lo condenaron a 15 años, a otro a 18, a uno a 20 y a Jaime Castillo Petruzzi, a 23 años. Gracias a un movimiento político importante, apoyado por organizaciones de izquierdas y progresistas, el Partido Comunista logra recolectar medio millón de firmas, gracias a una iniciativa ciudadana, con las que el Congreso aprueba beneficios penitenciarios para todos los presos políticos del Perú. Esa nueva condición, le otorga a Castillo Petruzzi la posibilidad de salir en libertad a los 17 años de pena, es decir, en 2010.

Todos los chilenos consiguieron la salida en menos años gracias a los beneficios, salvo Castillo Petruzzi. Ahí aparecería nuevamente en la historia Alan García Pérez, quien bajo su segundo mandato como presidente cortó todos los beneficios, el 14 de octubre de 2009. Con un decreto de ley, el mismo que según los medios era amigo de Castillo Petruzzi, postergó su posibilidad de recuperar la libertad.  No importó su buena conducta, las horas de estudios universitarios certificados dentro del penal, ni las horas de trabajo. Los días en la cárcel continuaron con la esperanza puesta en el 2016.

El arte y el amor

Aunque Jaime Castillo Petruzzi asegura que donde más temió por su vida fue en la cárcel, en su encierro también supo de amor y pasión. Allí conoció a su actual pareja, Maite, quien por esos días visitaba a su padre, Walter Palacios, periodista y también preso político. De esos encuentros nació una pasión incontrolable que los convenció de terminar con sus respectivas relaciones y enfrentar el futuro juntos.

Maite Palacios dejaba su vida en Italia, mientras intercambiaba mensajes de texto con su nuevo enamorado. Jaime Castillo, al otro lado del océano y tras las rejas, transcribió en una libreta cada una de las respuestas de Maite. Mientras el tiempo transcurría entre mensajes telefónicos y días de visita conyugal, nacieron sus dos hijos, Paula y Rocco, de 11 y 6 años respectivamente.

Esta tarde, en el café, Jaime Castillo Petruzzi, cambia el tono alegre y optimista con que se expresa. Su voz se quiebra al recordar el nacimiento de sus hijos, los que sólo pudo seguir por teléfono desde la cárcel, alentando a su compañera y escuchando el primer llanto de los más pequeños de sus 5 hijos. Dice que desde los 15 días de nacidos Maite los llevaba al penal para comenzar una rutina que jamás cesó. Dice, también, que los niños siempre han sabido por qué su padre estaba preso, a qué grupo pertenecía y por qué vivían esa situación.

Tercer encuentro: La lucha sigue

La  última  cita  se  produce  un  poco  más  alejada  del  centro de Santiago, en una de las dependencias de su nuevo trabajo. Jaime prepara café de grano, dispone dátiles y pistachos para desayunar. El ritual, es parte de los pequeños placeres que adquirió cuando se instaló solo y menor de edad en París, sin hablar ni una palabra de francés. Allí aprendió la lengua de Molière de la mano de argelinos, marroquíes y palestinos, con un marcado acento árabe,

Jaime  Castillo comenzó  a  dominar  un  idioma  que  años  más  tarde  se transformaría en su gran distracción, pues se dedicó por mucho tiempo a impartir talleres de francés a sus compañeros internos y funcionarios de la policía. También domina el italiano y dice orgulloso algunas frases en árabe que, pese a los años, jamás olvidó.

En la cárcel el tiempo es lo único que sobra. Con la disciplina de la militancia aprovechó las horas, los días y los años en aprender a trabajar la cerámica, creando obras que después serían las protagonistas de exposiciones en España, Francia, Italia y Chile. Una entrada de dinero que no venía mal.

Aprendió también a tejer en macramé. Una cura para el estrés que conlleva la espera. Un recuerdo que hoy luce en su muñeca derecha en una pulsera que combina hilos en rojo y negro, los colores oficiales del MIR y del MRTA.

Además, realizó talleres de kárate y mantuvo constantes encuentros con políticos, periodistas, miembros de la Cruz Roja y una larga fila de visitantes. En esas circunstancias fue que conoció a Víctor Hugo de la Fuente, director del periódico francés Le Monde Diplomatique-Chile, quien en un viaje a Lima se animó a visitarlo en la cárcel. Durante años de la Fuente le envió correspondencia y material literario, pero sólo en ese viaje comenzó una amistad que se afianzó en el tiempo. Por eso, cuando supo que se había confirmado la fecha de su liberación, no dudó en comprar un pasaje a Lima y acompañar a su amigo Jaime en el esperado retorno a su país.

-“Me parecía necesario que no viajara solo. Emocionalmente, creo que era mejor que estuviera acompañado y fue asi como nos encontramos minutos antes de abordar el avión”, relata un mes después Víctor Hugo de la Fuente.

El director de Le Monde Diplomatique fue testigo privilegiado de las últimas horas de Castillo Petruzzi en Perú, justo antes de su expulsión de por vida del vecino país. En el avión, la entusiasta conversación hizo que el viaje se hiciera corto y que pese a la importancia del acontecimiento, Castillo Petruzzi se mostró  “fuerte, entero, alegre y, por supuesto, emocionado”.

Aunque fue retenido por la Policía de Investigaciones apenas pisó el salón internacional del aeropuerto Arturo Merino Benítez, el interrogatorio que parece ser parte de la rutina habitual tras una deportación, fue en un tono amable y respetuoso.

Cuando  se  abrieron  las  puertas  automáticas  de  la salida de pasajeros de vuelos internacionales,  se  escuchó  una  ovación. Decenas de personas lo esperaban con cantos, banderas, guitarras y aplausos.

Quien había sido expulsado como terrorista por las autoridades peruanas, era recibido como héroe por sus compañeros de vida y de lucha. Eran las dos caras de una misma moneda que, en ambos casos, confirmaban una manifestación política  que no dejaba lugar a interpretaciones.

-“Hice lo que tenía que hacer,  que era acompañarlo. Ya  lo había ido a ver muchas veces desde hace como 15 años”, recuerda emocionado de la Fuente, quien dice que el resto no necesita descripción pues las imágenes hablan por sí solas.

-“Realmente emocionado a decir basta. Imposible describir este momento con palabras”, decía esa noche Castillo Petruzzi.

Un mes después Jaime Castillo describe con palabras lo que fue ese día, pero se quiebra al recordarlo.

-“Ha  sido  un  periodo  de  nuestra  vidas,   de todos, de prueba, de poner adelante nuestras convicciones. Nos consideramos sobrevivientes a la dictadura, al militarismo. Hemos mantenido la dignidad de los presos políticos revolucionarios del continente, de Chile, del Perú. Venimos con la más amplia voluntad de juntarnos a la construcción del mundo  nuevo,  para  seguir  empujando el carrito de la Historia, con humildad, con mucha humildad.   Ser uno más”, decía Castillo ante los medios que se congregaron ese 15 de octubre en el aeropuerto.

Hoy, como uno más, analiza el acontecer político y social mientras sorbe su café. Confiesa que no deja de sorprenderse cómo los medios de comunicación han manipulado tanto la información. Destaca la figura de Nelson Mandela, de quien dice admirar la convicción de sus actos, los sacrificios personales que tuvo que asumir y cómo la Historia terminó reconociendo su recorrido, cuya lucha armada fue tachada de terrorista, para ser merecedor finalmente del Premio Nobel de la Paz.

Es difícil no hacer la comparación con quien fuera considerado el preso político más famoso del mundo, luego de 27 años de prisión. Por eso, lo instala junto al Che, a Trotsky, Lenin, Ho Chi Minh y Fidel Castro, dentro de los revolucionarios que más admira.

Ha sido un mes de actividades intensas. Antes de eso, los últimos 15 días de sus 23 años en prisión fueron frenéticos. Aprovechó de participar en todas las actividades y homenajes en su honor. Hizo correr un cuadernos donde sus compañeros estamparon mensajes con buenos deseos, números y direcciones para no perder el contacto. En él se leen dedicatorias en francés e italiano de quienes por años fueron sus alumnos.

-¿Valió la pena?, le pregunto.

-”Por supuesto. Estoy vivo. Soy sobreviviente. Y tenemos mucho por hacer todavía. La lucha sigue compañera”, me responde con su sonrisa plena, mientras sigue repasando los mensajes que escribieron sus compañeros.

En la página del “día cero”, apuntado en su agenda roja donde llevaba la cuenta regresiva , aparece  escrito  en  mayúsculas  la  palabra  Nascere,  que  en italiano significa nacer. Está anotada justo debajo de donde se lee “14 de octubre”. Ese día, a los 60 años, Jaime Castillo Petruzzi dice que volvió a nacer.

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Florece Rosa indomable. Rosa Silva y su espina dolorosa

Rosa indomable. Rosa Silva y su espina dolorosa

En Antofagasta, a mediados de octubre de 1973, los militares asesinaron a su padre; Héctor Mario Silva Iriarte, un abogado de 38 años, Gerente de la Corporación de Fomento, Corfo y Secretario Regional del Partido Socialista. Antes, había sido regidor de Chañaral.

En la oscuridad de la noche

El 11 de septiembre de 1973, a pocas horas del golpe militar, los militares lo requieren públicamente, según dijeron para que respondiera algunas preguntas. Estaba en Santiago,  cumpliendo una comisión de servicios. Sinpensarlo dos veces,desechando una propuesta de asilo a México, viaja al norte, desplazándose en su propio vehículo, incluso en horas de toque de queda. Había solicitado un salvoconducto especial.

En Antofagasta,  a primera hora, se presenta voluntariamente. Antes de partir, a su esposa, Graciela Álvarez, le dijo que no tenía nada que ocultar porque sus  manos estaban limpias. Así es que partió confiado.

Creía que no tenía nada que ocultar.

Lo interrogaron, o encarcelaron en los cuarteles militares y después lo metieron en la cárcel pública. Allí, estuvo junto a dirigentes políticos, académicos y estudiantes; todos apresados de un día a otro por sus pertenencias a los partidos políticos declarados ilegales y haber sido parte del gobierno de la Unidad Popular, también declarado ilegal.

Entonces, Graciela, madre de Rosa, por esos días cada mañana acude a la cárcel. A su marido le lleva alimentos y ropa limpia. Un día consigue una visita para verlo… estaba arrinconado en una celda, sentado en el suelo, mirando hacia un punto fijo, lleno de heridas y llagas ensangrentadas.

No la reconoció, no supo que era ella.

La mañana del 19 de octubre, como siempre, llevando ropa limpia y alimentos, en la puerta de la cárcel, uno de los vigilantes de turno le recibe el paquete como ya acostumbraba cada día. Estaban en ello cuando un hombre, a quién no conocía y no había visto nunca, se le acercó, diciéndole:

– Señora ¿No se enteró de lo que pasó ayer? (18 de octubre 1973)

-No, respondió, ella.

-Los mataron a todos, los mataron a todos, repite. Graciela se desmaya en el acto. Era el Fiscal Militar quien le informaba lo sucedido.

Por esos días, la prensa regional , bajo el titulo“Fusilan a tres extremistas”,  da a conocer un comunicado firmado por el departamento de Relaciones Públicas de la Jefatura de la Zona en Estado de Sitio. Al día siguiente, otro comunicado decía lo mismo. Ambas informaciones oficiales daban cuenta de la ejecución de seis prisioneros políticos, argumentando eran órdenes de la Junta de Gobierno.

Según, estas versiones, ellos habían intentado huir.

Después, se supo que no eran seis, sino que 14, entre ellos un alcalde, un gobernador, dos gerentes de empresas públicas, dirigentes estudiantiles, sociales y trabajadores.

Los asesinaron en la oscuridad de la noche. Cuarenta tiros de rifles y ametralladoras, vendados sus ojos, amarrados, masacrados, muertos sin proceso, sin sentencia ni defensa alguna. El comienzo del fin.

 

Sello firmado con sangre

A la mañana siguiente, un capellán y un soldado visitan a Graciela en su hogar. Venían de la cárcel.Le traían – en una cajita- su billetera, su reloj, su documentación personal y un mensaje verbal: retirar su cuerpo, sepultarlo en silencio, y  lejos de la ciudad. Así lo hicieron.
Escoltado por militares con tenidas de combate y armamentos como si fueran a una guerra, lo llevaron en un ataúd sellado a Vallenar,  la ciudad de procedencia de Graciela y su familia

En Vallenar, no les permitieron velatorio, ni funerales, ni misa, ni responso.  Su tumba quedó sin nombre y sin flores. Allí quedó como un nadie, como un NN.

Sus hijos, Libertad, Amanda, Patricia, Mario y Rosa, tenían entre 4 y 15 años. Hasta entonces, vivían felices.

Eran una familia unida. Cada noche, les traía libros,  juguetes o chocolates.Cuando ya estaban dormidos, se las dejaba bajo sus almohadas…los despertares eran una fiesta.

Los fines de semana, los llevaba al cine, y por las noches les contaba historias de la llegada de los españoles a Chile y de cómo los mapuche los enfrentaban. Les relataba la historia de Chile, metiéndose él en los relatos… por lo general él era un ayudante de los personajes más importantes.

El final de la historia tenía ahora un punto final, o quizás comenzaba.

Residiendo en Vallenar, Graciela, procura mantenerse entera. Prepara día a día a sus hijos frente a la vida. Quiere que ellos sean dignos y con la frente en alto. Sentía que a ella la mataron con él, pero sobrevivía porque sus hijos la necesitaban ahora más que nunca.

“No tenemos derecho a llorar”, les decía siempre. Tenían derecho a querer a su padre, a amarle, a recordarle y gritarle, pero no a llorar.

La urgencia era levantarse del suelo, mantenerse unidos, ser una familia en pie. Graciela pensaba que llorar significaba rendirse al dolor. Y ello no podían permitirlo. Tenían que seguir enteros y en pie para denunciar lo ocurrido, esclarecer la verdad,  identificar las responsabilidades y que los culpables sean encarcelados.

Un día, reunidos todos, la familia sella un pacto, proponiéndose inmortalizar a su padre; sellan un pacto de luchar por siempre por la verdad, la justicia y por la lealtad a su memoria. Y lo hacen, asumiendo sus ideales, su utopía social, sus compromisos.

Así fue como se encauzan hacia caminos sociales y políticos. Mario, el único hijo hombre, milita en el partido socialista. Es dirigente nacional. Una de las hijas no quiso saber nunca más nada. Las otras tres, al igual que su hermano,  integran  la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP), dedicándose de manera incansable por la verdad y la justicia, la vida, la libertad y el retorno a la democracia.

Florece Rosa indomable

En los años 80, tras terminar sus estudios secundarios, Rosa, se radica en Santiago.  Aquí se une al  movimiento por la defensa y promoción de los derechos humanos y a la lucha por el fin del régimen militar.

Desde sus 17 años, cada mañana, Rosa se levanta, toma desayuno y sale a la calle a protestar. La protesta es su sentido de ser. En una ocasión, casi la mataron. En medio de una manifestación, un policía la apuntó, pasando las balas de su fusil. No ocurrió lo que pudo haber sido el fin de sus días. Estando a punto de disparar, uno de sus compañeros – al darse cuenta de la maniobra –  desvía el arma, dando un manotazo.

En este arduo caminar, es una convencida  de que la única batalla que se  pierde es la que se abandona. Quizás por ello nunca tuvo miedo a los fusiles, metralletas, tanques, botas, ni balas; quizás porque no ha podido llorar como Dios y el universo manda, menos aún vomitar la rabia que tiene hacia quienes mataron a su padre y a quienes buscan silenciar y echar todo al olvido.

Nunca ha bajado los brazos En plena dictadura militar, en los pasillos del palacio de los Tribunales de Justicia, enfrentó en la propia cara al generalSergio Arellano Stark. En una oportunidad le escupió el rostro y en otra, frente a frente, mirándole desafiante, y directo a los ojos,  lo increpa con estas palabras: “Soy hija de Mario Silva, un hombre que usted mandó a matar”. Quiero consultarle ¿cómo se siente ahora?… Mírelo, véalo en esta foto, criminal, asesino, criminal”.

En octubre de 1973, el general del ejército Sergio Arellano Stark, dirigió una comitiva de once altos oficiales, quienes desplazándose en un helicóptero, de norte a sur, sacaron, desde las cárceles, a un total de 116 prisioneros políticos. A todos, los acribillaron y a varios, los hicieron desaparecer, los enterraron clandestinamente o bien los lanzaron al mar.

En este caso, en los expedientes de los hechos en Antofagasta, un general declara que inicialmente él no quería entregar a los familiares los cuerpos para su sepultura. Dice que le daba “vergüenza” porque se descubriría la bárbara forma en que los mataron.

El historial reconstruido menciona que antes de fusilarlos, los masacraron, los despedazaron con cuchillos corvos y en la morgue del hospital, los médicos, tuvieron que dejarlos presentables y de nuevo bonitos, entregándolos en urnas selladas a sus familiares.

El caso se conoce como “Caravana de la muerte”.

Los familiares de las víctimas, consideran que esta fue una operación de exterminio, despliegue del terror y señal de guerra.

Las fuerzas armadas creían salvar al país del comunismo; hicieron lo que hicieron, según ellos, por honor a la patria. Rosa, recuerda que su padre no sabía disparar ni siquiera pistolas de agua.

Chile retorna la democracia

En los años 90, a Héctor Mario Silva Iriarte, le rinden homenajes y le organizan un funeral simbólico. No había muerto, ni féretro, pero era como si. Había banderas rojas, consignas partidarias, discursos, aplausos, claveles rojos, y gritos en una manifestación masiva: Camarada Héctor Mario Silva…presente. Compañero… ahora y siempre.

Fue el funeral que no fue.

Ahora, su nombre quedó escrito en su tumba y en los memoriales dedicados a las víctimas de la represión de Antofagasta y Vallenar. Instalados a un costado del cementerio, en uno de ellos se lee: “Frente a mi ausencia obligada, un legado invita a vivir”.

Proponiéndose dejarlo en una tumba bajo tierra para siempre, años más tarde, la familia, toda reunida, abrió su ataúd sellado para cambiarlo a otro.

Rosa, ve a su padre como si hubiese muerto ayer. Sus facciones, su pelo, su ropa… dice que estaba todo intacto como si el tiempo no hubiese pasado.  Ante a él, arrodillada, acaricia su rostro…

Ninguno lloraba, recordando las palabras que su madre les inculcó por años y años. Libertad, su hija, rompe el pacto con un llanto desgarrado. Había descubierto las amarras que ataban sus manos. Fue ella misma, Libertad, en nombre de la Libertad quien lo desamarra y lo deja libre.

En 1998, la familia Silva Álvarez, interpone la primera querella criminal contra el general Augusto Pinochet. Lo acusan de  homicida. No logran juzgarlo, pero logran someterlo a juicio. El no se declara inocente, pero los jueces no lo condenan ni encarcelan. Argumentan, no estaba en su sano juicio.

Lo mismo dicen del general Arellano Stark: demencia y locura temporal, reduciendo su condena y arresto domiciliario. Los mandos medios se defienden, acogiéndose a cláusulas de obediencia debida; ósea, hicieron lo que hicieron por órdenes de sus jefes.

Rosa, afirma que en Chile los asesinos caminan libres, dice que aún no se conoce toda la verdad, y que solo han habido limosnas de justicia, pero ha sido el pueblo chileno y el mundo entero los que han sentenciado y condenado: “Culpables”.

Las autoridades priorizan la verdad y la reconciliación. Relegan la justicia a la medida de lo posible, hablan de perdón nacional. Rosa, se siente traicionada. Los años pasan, sus  sienes se tornan nevadas, pero ella sigue en las calles, esta vez, su nueva demanda es: “Ni perdón, ni olvido”. “No a la impunidad”.

Tras el retorno a la democracia, decepcionada parte a Nicaragua, uniéndose a los sandinistas y su revolución. Al caer el poder popular, regresa a Chile, aislándose un par de meses. La puerta de su casa tiene cándados hasta que decide estudiar. Ser abogado.

Y lo logra. Entre libros, marchas y reuniones se une a los equipos que  llevan los casos de violaciones de derechos humanos. Recorre salas de juzgados y cortes, ingresa antecedentes y nuevas diligencias para que se reanuden, continúen y no prescriban en el tiempo.

Como abogada trabaja en un municipio y ejerce independiente. Tramita problemas de la gente pobre.No le dan ni una moneda, a cambio les pide reponer cañerías, llaves y remover planchas del techo para que no siga lloviéndose su cama.

La casa donde vive se la presta un amigo; es un espacio abierto, cálido, generoso. Es ella.  

 

 

Protestar es uno de sus hábitos

Viviendo ya casi más de la mitad de lo que podría ser toda una vida, Rosa, no tiene hijos, marido, ni casa. Su todo son su madre, hermanos, compañeros y su causa de lucha. Quiere cambiar este mundo de abusos e injusticias.

Denunciando su historia, y lo que le tocó vivir, sus pies dibujaron las calles.

Ahora está enferma. A veces, tiene que estar en silla de ruedas. A veces, sumirada es débil, y se muestra cansada, pero aún sigue con sus brazos en alto. Siempre va a las marchas y actos de denuncia.

No tiene miedo a morir, dice que no le debe nada a la vida. Ha hecho todo lo que quiso y creyó…  quiere que su funeral sea una fiesta, que corra vino, carne asada, cumbias salseras.

Uno de sus amigos tiene una lista de los que tienen prohibición de asistir.

Quiere que la incineren y arrojen sus cenizas a la calle Ahumada, corazón de Santiago de Chile. Y es que dice que ahí ha vivido sus días más felices… solo allí se daba permiso y se ha permitido soñar; ser una rosa sin ninguna espina dolorosa. Protestando,  la golpeaban, removían su dolor. Resistía solo con su puño cerrado al aire y su rezo diario: “aunque los pasos toquen mil años, no borrarán la sangre de los caídos”…

Entonces veía las grandes alamedas abiertas, el hombre libre, como dijo antes de morir el presidente Allende, Chile volcado a las calles, venciendo y naciendo país libre, solidario y justo. Soñaba hasta por quienes ya no están. Vive y ha vivido, habla y ha hablado por  su padre, y por todos los que ya no están.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie).

Fotografias color: José Durán; fotografía discusión con Carabineros y detenciones. Archivo Fortín Mapocho. DIBAM y álbum familiar (familia reunida días previos a la tragedia. Rosa es la pequeña junto a su madre, lado izquierdo (foto color).

Santiago, Chile, mayo 2012.

Mujeres y Memoria. Revertir la vergüenza y revelar el género de la memoria.

Español: Placa en marmol en homenaje al presid...
Español: Placa en marmol en homenaje al presidente de Chile Salvador Allende. (Photo credit: Wikipedia)

Mora (Buenos Aires)

versión On-line ISSN 1853-001X

Mora (B. Aires) v.13 n.1 Ciudad Autónoma de Buenos Aires ene./jul. 2007

TRADUCCIONES

Revertir la vergüenza y revelar el género de la memoria* 1

Temma Kaplan**
Traducción de Alejandra Vassallo

* Este artículo se publicó originalmente en Signs: Journal of Women in Culture and Society, vol. 28, otoño 2002, págs. 179-200.
** Temma Kaplan es Profesora Distinguida en Historia (Rutgers University).

Cuando conocí a Nieves Ayres me contó su historia, incorporándome así a una larga fila de testigos que se remontaba más de un cuarto de siglo en el pasado. Lúcida militante y feminista dedicada, sus compromisos actuales para con el cambio social y la justicia son una continuación de las batallas que ha librado desde sus épocas de juventud en Chile. Como presa política durante tres años bajo la dictadura de Augusto Pinochet, soportó torturas inenarrables que amenazaron con destruir su identidad política y sexual. Sin embargo, mientras estaba en prisión, logró recrear un sentido de comunidad y encontrar confidentes que aceptaron arriesgar sus propias vidas para difundir lo que le estaba ocurriendo. Armados con su declaración escrita, ellos se convirtieron en testigos de la tortura sexual que tanto ella como otras estaban padeciendo. Así, el relato de Ayress brindó una prueba concreta sobre cómo funcionaba el terrorismo de Estado en Chile y contribuyó a desacreditar a la Dictadura.
La primera vez que conversamos, Ayress me llevó en un recorrido por el centro comunitario que ella y su compañero, Víctor Toro, fundaron en 1984. Como lugar de encuentro especialmente para la población negra, latina y caribeña inmigrante,”Vamos a la peña del Bronx” -conocida simplemente como “La Peña”- es sede de eventos culturales, encuentros políticos y conmemoraciones, como la del Día Internacional de la Mujer, que reúne a mujeres de todas las razas y nacionalidades. La Peña cuenta con grupos de ayuda para gente con SIDA y para mujeres víctimas de la violencia doméstica. Alimenta y viste a cerca de cinco mil personas al año. Los residentes locales, con frecuencia dirigidos por mujeres, marchan desde La Peña para protestar contra los aumentos de alquileres, los incineradores de basura y la represión que sufre la población del barrio en su mayoría inmigrante. Los muros del centro -un enorme garaje reciclado justo detrás del Hospital Lincoln- están cubiertos de afiches, pinturas de la hermana de Ayress y de otros artistas, y copias impresas de las ediciones electrónicas de periódicos chilenos. Gran parte de los artículos tratan sobre miembros específicos de la policía secreta y de las fuerzas armadas responsables de la tortura de casi cien mil chilenos y el asesinato de innumerables otros. Con el propósito de reunir evidencia que pueda utilizarse en los juicios para abochornar y castigar a Pinochet y sus esbirros, Ayress mantiene vivo su extraordinario testimonio, un relato en primera persona de las atrocidades cometidas por los militares.
Desde el momento en que fue arrestada y torturada en las postrimerías del golpe militar chileno del 11 de septiembre de 1973, que derribó al gobierno socialista legalmente electo de Salvador Allende, Nieves Ayress ha testificado sobre su calvario como una forma de acción directa. Lo extraordinario de Ayress es que no sólo está dispuesta a hablar como una mujer sobre el dolor y la humillación sexual que sufrió a manos de los militares, sino que ella contó su historia por primera vez cuando aún estaba en prisión. Pero su propio valor no habría sido suficiente si no hubiera encontrado testigos que también se atrevieron a transmitir su denuncia. Inés Antúnez, una compañera de prisión que partía al exilio, escondió en su vagina el relato garabateado y luego se lo pasó a una organización en pro de los derechos de las mujeres, dando así a conocer el suplicio de Ayress al mismo tiempo que éste continuaba. La propia madre de Ayress también hizo público su testimonio. Así, estas dos mujeres valerosas probablemente salvaron su vida al publicar el testimonio directo de la víctima en los periódicos más importantes. Una vez liberada de prisión después de tres años, Ayress habló con vigor renovado, brindando detalles íntimos de su propio caso y el de otras mujeres de los que ella había sido testigo mientras estaba en la cárcel. Al utilizar su historia para desacreditar y, con suerte, ayudar a derribar la dictadura de Pinochet, Nieves Ayress y sus aliadas revirtieron la vergüenza que el gobierno intentó imponerles al sexualizarlas y al mismo tiempo privarlas de su feminidad, humanidad y capacidad de resistencia. Entrelazado en cada elemento de su historia, se descubre su feminismo, el compromiso revolucionario que le ha servido de armazón en todos los aspectos de su vida y su capacidad para modelar los contextos en los que se insertan sus propias historias.
Más allá de las descripciones horrorosas, lo que hace distinto el testimonio de Ayress es que se centra en lo que le sucedió en tanto mujer. En la mayoría de los lugares donde los torturadores han cometido atrocidades -países como la Argentina, Chile y Sudáfrica-, las mujeres muy pocas veces han relatado sus propias experiencias personales (Goldblatt y Meintjes, 1996: 4). La modestia malentendida, además del dolor, con frecuencia inhibe cualquier referencia a la violación grupal y otras formas de violencia sexual, incluso entre las propias prisioneras. Con la creencia de haber sido mancilladas por la tortura infligida, muchas veces no pueden o no quieren recordar lo que sufrieron. Su vergüenza de hecho las coloca en una conspiración de silencio junto a sus torturadores, como si las víctimas acarrearan alguna responsabilidad por lo sucedido. Por el contrario, Nieves Ayress, la mayor de seis hijos de una familia de larga tradición en su compromiso con la justicia social, tuvo la ventaja de tener una madre que había sido maestra, socialista y feminista. Con el apoyo de su madre, el testimonio de Ayress surgió entonces en el contexto de la lucha política, al que pertenecía por derecho propio. Tanto en la cárcel como ahora, Ayress sigue conservando la misma identidad que construyó cuando era una mujer joven. Aunque ferozmente castigada por sus ideales políticos, sin embargo se mantuvo fiel a ellos durante todo su calvario.
Al difundir su historia, Nieves Ayress eludió la deshumanización. En su testimonio personal llamado La situación de las mujeres, Ayress explicó su determinación de dar a conocer su mensaje: su mayor preocupación era que “todos supieran qué era el fascismo y qué es todavía” (Edelman, 1975). Su capacidad para revertir la vergüenza y luego poder hablar en público sobre cómo sus torturadores intentaron humillarla reveló la brutalidad de estos últimos y la ayudó a mantener su lugar en la comunidad política que la sostenía. Su historia, que sirvió y aún es utilizada como herramienta política para generar conciencia sobre las violaciones generalizadas a los derechos humanos, le permite utilizar su memoria de género como forma de resistencia política.

Género y cambio social

Nacida el 5 de octubre de 1948 en una familia socialista de clase media, Luz de las Nieves Ayress Moreno fue un clásico “bebé rojo”. Sus abuelos militaron en los primeros sindicatos y cooperativas en las salinas del norte de Chile. Sus padres, Virginia Moreno y Carlos Orlando Ayress, fueron activistas igualmente comprometidos con el arte y la política y simpatizantes de la Revolución Cubana y de su visión del cambio revolucionario en América Latina. La familia se mantenía con el producto de una pequeña metalúrgica que fabricaba instrumental médico para laboratorios y hospitales. Como muchos pequeños fabricantes, los Ayress Moreno vivían cerca de su taller, en el barrio de clase obrera de San Miguel, en la zona sur de Santiago.
 Nieves Ayress estudió psicología en la Universidad de Chile, especializándose en desarrollo infantil. Convencida de que lo que América Latina necesitaba a fines de los años sesenta era un cambio radical profundo, luchó con dedicación para conseguir vivienda digna, alimento, obra social y educación para todos, más allá de raza, clase o sexo. Ansiosa por ser parte del movimiento internacional, viajó a dedo por Chile, Perú y Bolivia, contactándose con jóvenes revolucionarios de todo el Continente. Se unió al Ejército de Liberación Nacional de Bolivia del Che Guevara después de la muerte de su líder, trabajando con la guerrilla, aunque criticó su trato para con las mujeres. Al regresar a Chile en 1970 apoyó al gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. En 1971 partió de Chile una vez más al ganar una beca para estudiar producción de cine y televisión en Cuba, pero regresó un año después para seguir sus estudios graduados en psicología infantil. Al mismo tiempo, comenzó a militar en La Legua, en la zona sur de Santiago. Este centro fabril prestó un apoyo tan sólido al gobierno de la Unidad Popular de Allende que los militantes hacían bromas acerca de que después de que el Ejército marchara sobre el palacio presidencial de La Moneda, se dirigirían a La Legua.
El 11 de septiembre de 1973, el día del Golpe de Estado, la broma se volvió trágicamente profética. En sus esfuerzos por liderar el derrocamiento de la democracia chilena, las fuerzas armadas y la policía, bajo las órdenes del General Augusto Pinochet, intentaron destruir toda posible oposición. Arrestaron a obreros, estudiantes, indígenas, militantes de base y a la mayoría de los funcionarios electos del Gobierno que habían derrocado. Golpearon a algunos hasta matarlos y se llevaron a otros a las afueras de las ciudades y pueblos, adonde los ejecutaron y los arrojaron a tumbas colectivas. Pero a pesar de la retórica militante en los meses que precedieron al golpe, la resistencia armada fue muy escasa excepto en muy pocos lugares, como La Legua. Cuando los militares atacaron el barrio, los obreros de la zona resistieron y el Ejército tuvo que replegarse después de sufrir pérdidas. Unos días más tarde rodearon el distrito, arrestaron a todos los activistas conocidos y a sus familias e intentaron averiguar si tenían armas almacenadas que pudieran utilizarse en el futuro. El golpe y el período que le siguió resultaron en la muerte de entre 5000 y 15.000 personas, la desaparición de casi 4000 y la detención y tortura de 50.000 a 150.000 habitantes, en una población que apenas superaba los 10 millones.2
Poco después del levantamiento armado, un vecino denunció a Ayress como militante de izquierda y los militares la interrogaron sobre un posible almacenamiento de armas y municiones. Le preguntaban acerca de los submarinos soviéticos en las costas chilenas y dónde planeaba la fuerza aérea rusa tirar las bombas “como si Moscú fuera a contarme sus planes”, comentó sarcástica Ayress más tarde (Res, 1977: 2). Afortunada sobreviviente, logró salir viva del Estadio Nacional, donde 25.000 personas fueron detenidas y en el que muchos -como Charles Horman, hijo, cuyo caso saltó a la fama por la película Missing– fueron asesinados (Costa-Gavras, 1982). Luego Ayress volvió a trabajar en el movimiento clandestino y junto a sus amigos de La Legua intentó descubrir la ubicación de las prisiones clandestinas del Ejército. Así, logró rastrear una en el área cercana a la iglesia de San Francisco, próxima a la Alameda, la avenida principal de Santiago.3
El comandante Alberto Esteban, un hombre que se presentaba como un revolucionario argentino, infiltró el grupo de Ayress y se ofreció entrenarlos para la guerra de guerrillas urbana y proveerlos de armas. A pesar de las objeciones de Ayress de que un levantamiento en ese momento estaba destinado al fracaso, once personas de su grupo lo siguieron. A fines de diciembre de 1973 aparecieron sus cuerpos, marcados por las cicatrices de la tortura. Ayress abandonó inmediatamente la Universidad y se ocultó con el nombre de “Valeria”. El 30 de enero de 1974, un mes después de que se descubrieran los cuerpos de sus compañeros, partió de la casa clandestina en la que se ocultaba y fue a visitar a su padre en la fábrica de la familia, cayendo en una emboscada. Se encontró al argentino Esteban y su tropa que tenían de rehén a su padre, su hermano de quince años y a varios empleados. Llevándose a los tres familiares, el grupo se dirigió al que luego se convertiría en el famoso centro de detención de Londres 38, a una cuadra de donde el grupo de Ayress había adivinado estaba la prisión clandestina. Y así comenzaron los 27 días de tortura intensiva.4
Ayress fue violada en grupo y mutilada mientras su padre y su hermano eran forzados a observar todo sin poder hacer nada. Luego, todos fueron torturados en forma simultánea y sus verdugos la amenazaron con que obligarían a su padre y a su hermano a violarla. Luego de simular que matarían a sus familiares, los soldados de hecho asesinaron a un joven de La Legua frente a ella, con la esperanza de hacerla hablar sobre posibles planes de resistencia. Luego los tres Ayress fueron trasladados junto a otras personas de La Legua a un campo de concentración cercano a una base militar. Allí fue torturada por más de un mes: la golpearon y le aplicaron la picana eléctrica en todo el cuerpo y le introdujeron roedores en su vagina a través de tubos. Fue colgada de sus propios brazos y piernas y obligada a comer excremento. La forzaron a realizar actos de sometimiento sexual con hombres y perros y yacía cubierta en su propia sangre, sin poder limpiarse mientras sus carceleros hacían comentarios groseros sobre su cuerpo (Edelman, 1975; Jacobson ,1976: 6; Ramos, 1992; Soria, 1998; Villalón, 1998; Weyland, 1999: B-2).
Lo que sucedió en los años siguientes se convirtió en parte de una historia de terrorismo de Estado que se diseminó por Chile, la Argentina y muchos otros países de América Latina, África, Europa y Medio Oriente en el último cuarto del siglo XX. Gobiernos autoritarios, con la esperanza de obtener información que les permitiría deshacerse de toda oposición, intentaron en forma sistemática deshumanizar a los prisioneros infligiéndoles tormentos insoportables. Incapaces de controlar sus funciones corporales, ridiculizadas por menstruar, infantilizados y dependientes de otros para sobrevivir, presos y presas apenas si eran capaces de pensar en otra cosa que en su propio sufrimiento, ya que la única facultad de pensamiento que quedaba se concentraba en su propia humillación. Demasiado avergonzados para admitir lo que les había ocurrido muchos hombres y mujeres guardaron silencio. La militante sudafricana Thenjiwe Mthintso recuerda: “tu sexualidad era utilizada para quitarte la dignidad, para socavar tu sentido del yo” (Krog, 1998: 179). Y la antropóloga y psicóloga danesa Inger Agger, que atiende a refugiados de campos de detención en Medio Oriente y América Latina, nos ha hecho tomar conciencia acerca de cómo, al cometer actos violentos que parecen sexuales, los torturadores intentan socavar el propio sentido de agencia y poder de sus prisioneros (Agger, 1994). Si, tal como sostiene Agnes Heller, es la vergüenza lo que hace que los niños se sometan a la dominación, aunque la fuerza no se ejerza directamente (Heller, 1985), es la fuerza en sí la que arranca a las personas de su contexto social, los desorienta y deshumaniza e inhibe su capacidad de aliarse con los demás. Para reorientar a las sobrevivientes traumatizadas, Agger las ayuda a recuperar las identidades políticas que alguna vez detentaron, relatando las historias de las que se enorgullecen, “historias que narran su intento por construir sociedades más equitativas y socialmente justas”. Nieves Ayress pudo hablar a pesar del dolor y los esfuerzos por humillarla, porque su subjetividad estaba enraizada en su sentido de comunidad y porque tuvo testigos que compartieron ese rasgo. Gracias al apoyo de su madre y de Inés Antúnez, Ayress asegura que jamás perdió contacto con el movimiento por la justicia social del que formaba parte.5

Revertir la vergüenza

De hecho, fue gracias a su capacidad para crear comunidades a las que podía pertenecer (incluso cuando estuvo incomunicada por tres meses), que Nieves Ayress logró combatir la vergüenza. Al igual que Alicia Partnoy, que fue torturada bajo las órdenes de la Junta Militar argentina (1976-1983), Ayress utilizó el lenguaje como una forma de conexión con la sociedad. Mientras estuvo en prisión, Partnoy recordaba las rimas infantiles que recitaba junto a su pequeña hija. Según Jean Franco, al repetir esos versos sin sentido también se dio “[a sí misma] el modelo que le permitió tanto sobrevivir como mantener el sentido de su propia humanidad y la de los demás, incluso al experimentar sufrimiento” (Franco, 1992: 112). Entre sesiones de tortura, Ayress cantaba para sí o le hablaba a objetos inanimados. Para ridiculizarla, los guardias se burlaban, preguntándole a quién se dirigía y ella solía responder: “La puerta, los barrotes, la ventana”. Como quien trata de permanecer alerta aunque esté borracha, ella se aferraba a su subjetividad fabricando relaciones sociales, aunque fuera con objetos inanimados. Elaine Scarry asegura que el dolor destruye el lenguaje de la víctima y Jean Améry -sobreviviente de la tortura nazidecía: “el aullido de dolor va en contra de la comunicación a través del lenguaje”; sin embargo, esta visión no representa a todas las víctimas (Scarry, 1985; Améry, 1998). Es evidente que para sobrevivir, Ayress necesitó comunicarse y dar testimonio. Todavía hoy lo hace, ahora en condiciones menos violentas.
A fines de febrero de 1974, después del primer mes de tortura, Ayress fue transferida por un breve período al Correccional de Mujeres de Santiago. Alguien, tal vez un miembro de la institución, hizo una llamada anónima a la madre de Ayress, Virginia Moreno, que había escrito decenas de cartas por día con la esperanza de encontrar a su esposo y a sus hijos. Después del secuestro, Moreno había enviado a sus otros cuatro hijos a vivir a casa de amigos en la Argentina, Cuba e Italia, mientras pasaba los días yendo de un lado a otro de la ciudad buscando información sobre el resto de su familia. Otros padres en Chile también buscaban a sus familiares desaparecidos, como la Agrupación de Familiares de Detenidos/Desaparecidos lo hacía en Chile, como lo harían más tarde las Madres de Plaza de Mayo y las Co-Madres en la Argentina y El Salvador. Esa llamada y el hecho de que Ayress hubiera sido trasladada momentáneamente a una prisión oficial en lugar de un centro clandestino le dio a Moreno la oportunidad que toda familia anhelaba: el poder interceder a favor de su hija, de dar testimonio por ella.
Ayress aprovechó el contacto limitado con otras prisioneras que le permitían en el Correccional de Mujeres y fiel a su consumada experiencia de organizadora política, relató el calvario que había sufrido durante un mes a Inés Antúnez, con quien ya había trabajado en diversos movimientos políticos. Aunque Ayress estaba débil y sufría de infecciones en todo su cuerpo, las dos mujeres decidieron que debía escribir su testimonio y que Antúnez -a punto de salir al exilio- se lo llevaría secretamente con ella. Antúnez viajó a Cuba vía la Argentina, donde contactó a Fanny Edelman, quien como Secretaria General de la Federación Democrática Internacional de Mujeres (WIDF), fundada originalmente por mujeres francesas sobrevivientes de campos de concentración nazi y de la Resistencia, encontró la forma de difundir el testimonio de Ayress. Inés Antúnez y Fanny Edelman dieron testimonio del sufrimiento de Nieves Ayress y atrajeron la atención internacional sobre su caso.
Cuando Ayress vio a su madre por primera vez el 8 de marzo de 1974, le contó lo que le había sucedido. Su madre se dirigió entonces al tribunal local de justicia criminal y presentó un recurso de hábeas corpus en nombre de su hija, a quien nunca habían arrestado o acusado formalmente. En ese escrito Virginia Moreno describió la tortura y la violación de su hija y aunque esta acción directa convirtió a Moreno en una formidable enemiga del régimen, su mayor logro fue el de difundir la historia del calvario de su hija en los periódicos extranjeros. Revirtiendo el orden generacional por el cual es costumbre que sean los padres quienes dejen sus recuerdos a los hijos, Moreno dejó registrado los relatos de tortura y prisión de su hija, dando testimonio público por ella. Las llamadas telefónicas anónimas de amenaza nunca la detuvieron y fue en gran parte gracias a sus esfuerzos que liberaron a su marido y a su hijo en mayo de 1976 y a su hija en diciembre de 1976.
 Al transformar la tragedia familiar en una épica nacional, Nieves Ayress y su madre revelaron las características de género de la represión política. El recurso de hábeas corpus presentado por Moreno brindó un relato detallado de la dimensión sexual de la tortura de su hija.6 El corresponsal del Washington Post en Chile, Joseph Novitski encontró el recurso -que aunque rechazado aún seguía archivado- y publicó el testimonio de Ayress en un artículo principal publicado en el Washington Post del 27 de mayo de 1974, donde describió algunos de los horrores de los que era responsable el gobierno chileno. Novitski recordó a sus lectores que “los cargos por tortura son difíciles de probar y las negativas de la junta militar son difíciles de evaluar ya que las víctimas han permanecido en su mayoría anónimas” (Novitski, 1974: A- 16). Por lo tanto, el testimonio de Ayress podía tener efectos devastadores para el régimen, pues suministraba una evidencia detallada de la brutalidad de los dictadores militares.
En un intento por controlar el daño a la imagen pública del régimen pinochetista, Rafael Otero, un columnista chileno destacado en Washington, respondió acusando a Ayress de haber ido a Cuba a estudiar ciencia ficción en lugar de cine. Bajo el seudónimo de Paz Alegría, Otero cuestionó las conclusiones y la evidencia presentadas por Novitski y luego simpatizó con las víctimas de violación quienes, según él, mantenían un silencio modesto en lugar de difundir las formas en que hombres perversos las habían humillado (Alegria, 1974; Otero, 1974). Ignorante de los artículos que salían en el periódico e interrogada por sus torturadores acerca de ellos, Ayress debió soportar una represión aún mayor como resultado de la misma difusión que probablemente le salvó la vida. Sin embargo, nunca dudó de la estrategia de su madre. Juntas, tanto Moreno como Ayress y Antúnez se negaron a permanecer calladas sobre lo que las Fuerzas Armadas chilenas habían hecho. Al detallar las atrocidades cometidas contra ella, estas mujeres revirtieron la vergüenza, devolviéndosela a la dictadura chilena a la que realmente pertenecía.
Las militantes como Nieves Ayress representaban un desafío único al orden que Pinochet pretendía establecer. A pesar de la represión generalizada, el gobierno pinochetista se sentía amenazado por cualquiera que representara una alternativa al régimen autoritario, por lo que arrestar a los miles de simpatizantes del antiguo gobierno jamás sería suficiente. Más que nada, Pinochet necesitaba neutralizar el poder de sus adversarios con la esperanza de convertirlos o de aniquilarlos. Ayress era líder de un grupo en La Legua y su negativa a seguir al Comandante Esteban, el agente provocador, la convertía en un adversario pensante y por lo tanto, de mucho cuidado. Dejarla libre significaba que podría convertirse en líder de un movimiento de oposición que era lo que el gobierno más temía. La tortura fue entonces una forma de marcarla como mujer vulnerable y dejarla fuera de la competencia por el liderazgo.
 La tortura sexual fue también una forma de quitarles a los hombres su capacidad de resistencia. Forzarlos a ser testigos pasivos -como sucedió con el padre y el hermano de Ayress mientras un miembro de su familia era torturado, en especial, una mujer o un niño-, debilitaba los sentimientos de autoridad que ayudaban a estructurar la identidad masculina en Chile en aquel período (Agger, 1989: 313; Goldblatt y Meintjes, 1996: 33). Asimismo, muchos de los propios prisioneros varones fueron obligados a asumir una condición sexualmente subordinada, similar a la de las mujeres golpeadas. El coito forzado, la violación anal y las constantes golpizas hacían que los varones sólo pudieran pensar en su propio cuerpo, mientras los comentarios de los torturadores sobre sus cuerpos incrementaban todavía más su vergüenza y el dolor físico bloqueaba su sentido del yo, interfiriendo así con su capacidad mental para resistir. Aislados de los demás, algunos llegaron a someterse a la autoridad dominante de los militares.
Aunque los objetivos de destruir a la persona y eliminar la oposición potencial pueden aplicarse por igual a varones y mujeres, la tortura sexual los afectó de forma diferencial (Franco, 1992: 104). Las mujeres en los campos de detención de América Latina experimentaron una forma de distorsión de género que exageraba la sexualidad que su socialización les había enseñado a ocultar. De acuerdo a Agger, se crea en las mujeres un sentimiento de culpa, porque la tortura que se les inflige “es la activación de su sexualidad para provocar vergüenza y culpa” (Agger, 1989: 313; Goldblatt y Meintjes, 1996: 33). Una mujer delgada recordaba cómo sus torturadores se burlaban de su cuerpo, porque no tenía grandes pechos y curvas generosas. Otra hablaba de cómo sus verdugos le decían que una mujer gorda como ella sólo se metía en política para conseguir un hombre (Agger, 1994: 72; Krog, 1998: 179). Casi todos los sobrevivientes recuerdan cómo los torturadores se mostraban asqueados por sus cuerpos sucios, olorosos y cubiertos de sangre (Agger, 1994: 71). Al reducir a las mujeres a meros cuerpos, considerando el cuerpo femenino como despreciable y sexualizando la violencia contra ellas, la inteligencia militar intentaba transformar la identidad de una mujer de militante política a víctima patética. Luego de sufrir esa vergüenza, las mujeres con frecuencia se sentían cómplices, como si hubieran aceptado la autoridad de sus captores en lugar de sólo sucumbir ante su poder. El restablecimiento de los lazos solidarios con sus aliadas políticas en la prisión y fuera de ella se convirtió así en un elemento esencial para preservar sus recuerdos de antiguas aspiraciones y reconectarse con identidades personales de las que se sentían orgullosas.
Incapaces de preservar su sentido del yo, tal como pudo hacerlo Ayress con el apoyo de su madre y de Antúnez, las refugiadas políticas que Inger Agger atendió en Dinamarca tuvieron que reconstruir sus aniquiladas identidades sexuales y políticas. Pero en lugar de intervenir para imponer sus propias interpretaciones de los recuerdos de quienes recurrieron a su ayuda, Agger intentó dar testimonio activo, tal como lo hicieron Moreno y Antúnez en el caso de Ayress. Como Agger tenía una sensibilidad especial en cuanto a la pérdida que experimentaban las mujeres activistas cuando se rompían los lazos con sus comunidades políticas, lo que hizo fue ayudarlas a despertar nuevamente los recuerdos positivos de solidaridad y sentido social de sus pasados militantes.
Según Agger, la recuperación requería que las sobrevivientes hablaran sobre los hechos que les provocaban vergüenza (Agger, 1994: 115). Sin negar los traumas que habían sufrido, se rehusó a reducirlas meramente a su dolor y ayudó a las mujeres exiladas a reconectarse consigo mismas como militantes políticas, acompañándolas para que recapturaran el orgullo que tenían de esa identidad. Para aquellas que habían sufrido, porque fueron compañeras o familiares de militantes políticos, las ayudó a crear una memoria histórica que las insertaba en una comunidad política. Promovió el relato de sus vidas con la esperanza de asistirlas en la reapropiación de un sentido de conexión con los demás. Combinando técnicas testimoniales con técnicas de concienciación, desarrolló las prácticas que algunas de las mujeres -a las que se les permitía hablar entre sí en los campos de prisioneras- adoptaron cuando pudieron describir lo que les había sucedido. A través de contar historias y dar testimonio, algunas mujeres -aunque no todas- pudieron limpiarse del sentimiento de vergüenza asociado con la mancha sobre su identidad femenina, vulnerada por las humillaciones sexuales de los torturadores (Agger, 1994: 122-23). En forma intuitiva, Nieves Ayress desarrolló algunos de los mismos métodos por sí sola. En su último año en prisión, organizó a las compañeras de prisión para hacer artesanías y establecer redes de apoyo para quienes agonizaban por las heridas y enfermedades contraídas en la prisión. En las conversaciones sobres sus vidas antes y después de ser capturadas, las mujeres que fueron parte de la última comunidad de Ayress en prisión lograron servir de testigos una de la otra. Algunas, como Ayress y la sobreviviente del centro clandestino Pilar Calveiro, pudieron afirmar: “alguien [sobrevivió] para dar testimonio y contar la historia; alguien… preservó la memoria de los campos de detención” (Calveiro, 1995: 114).
Como militantes políticas consumadas, Virginia Moreno y Nieves Ayress se rehusaron a permanecer calladas: difundieron los crímenes del gobierno pinochetista, haciendo hincapié en la naturaleza sexual de la violencia a la que Nieves se vio sometida, aunque ella y su madre se arriesgaran al oprobio público por hablar tan abiertamente sobre la tortura sexual. Al sexualizar a las prisioneras, las fuerzas armadas esperaban reducir a mujeres como Nieves Ayress a sus cuerpos maltratados y arrancarlas del cuerpo político, quitándoles su subjetividad e impidiéndoles resistirse activamente. Según un cálculo perverso, la violencia contra mujeres “inocentes” y modestas con frecuencia parece peor que la violencia contra mujeres “culpables”, como se define a aquellas con una vida sexual activa o comprometidas con la lucha política de izquierdas. Sin embargo, tal como increpó Moreno en una carta que escribió luego de visitar a su hija en marzo de 1974, “incluso si fuera culpable de los peores crímenes, no deberían haberla tratado como lo hicieron”.7 Negándose a que las autoridades privaran a su hija de su dignidad, Moreno en cambio sostuvo que habían sido los propios torturadores quienes se habían manchado al intentar humillar a su hija. Con un marido y dos hijos en manos del Ejército, Virginia Moreno igual se atrevió a revelar la brutalidad de la Junta que encabezaba Augusto Pinochet. Nieves Ayress y su madre se rehusaron a dejar que la Dictadura tuviera el poder de definir los estándares de comportamiento de género. Estaban decididas a demostrar que los militares no eran hombres de principios, sino monstruos que intentaban avergonzar y destruir a todos los que temían.

Dar testimonio

Difundir la historia de Ayress no sólo ayudó a salvar su vida al convertirla en una figura pública, sino que creó un lazo inquebrantable entre aquellos unidos por su testimonio. El relato pasó de su madre a Novitski y de Antúnez a Fanny Edelman y la WIDF. Edelman, una argentina con una larga trayectoria en los movimientos por los derechos humanos y la paz, sobre todo referidos a mujeres y los niños, asumió la causa de la resistencia chilena y se convirtió en una de las principales defensoras de Ayress. De hecho, muchas organizaciones de mujeres en Europa, Sudamérica y los Estados Unidos se enteraron por primera vez sobre la familia Ayress en un comunicado fechado entre el 18 y el 21 de febrero de 1975, leído ante la Tercera Sesión de la Comisión Internacional para la Investigación de Crímenes Cometidos por la Junta Militar de Chile. Edelman y la WIDF dieron a conocer su historia en un comunicado de prensa que incluía el testimonio completo de Ayress, titulado “La situación de las mujeres”.8 Para corroborar las pruebas proporcionadas por Ayress sobre las atrocidades del gobierno chileno, el informe de Edelman incluía evidencia adicional de un médico que trabajaba con la Asociación Internacional de Mujeres. Luego de examinar a algunas presas recluidas en el Buen Pastor en Santiago, notó que tenían marcas de quemaduras y heridas abiertas, claro indicio de que también habían sido torturadas (Edelman, 1975: 4). Junto con un grupo especial de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y otras asociaciones de derechos humanos a los que había escrito uno de los hermanos exilados de Ayress, el comunicado de prensa de Edelman brindaba una prueba detallada sobre el terrorismo de estado en Chile. Al dar testimonio, Edelman y la WIDF ayudaron a mantener viva la historia de Ayress como un relato histórico de género de la dictadura de Pinochet y como un llamado a la acción contra esta última.
Tanto en Moreno como en Inés Antúnez, Ayress encontró quien la apoyara tanto en lo personal como en lo político, en una relación totalmente desinteresada. Cualquiera de estas dos mujeres podría haber negado la verdad de lo que ella afirmaba. Cualquier de las dos podría haber compartido su destino si el gobierno hubiera sabido el verdadero alcance de su apoyo. La solidaridad y el amor que ambas le demostraron deben haberla ayudado a mantener la sensación de que aún formaba parte de una comunidad. En aquel tiempo, cuando los únicos hombres que Ayress veía eran los torturadores, los guardias y los médicos que apoyaban al régimen, es posible que ella haya asociado a Antúnez y a su madre con una comunidad de mujeres. Sin embargo, es importante recordar que no todas las mujeres le habrían mostrado su apoyo: mientras Ayress permaneció en el Correccional de Mujeres de Santiago, estuvo bajo la estricta vigilancia de monjas chilenas, mujeres que jamás desafiaron la autoridad del gobierno ni a los torturadores.
La narración del coraje y el heroísmo de Ayress corroboran la fuerza de voluntad que le demandó recordar para dar testimonio como lo hace aún hoy, cuando muchos prisioneros borran por completo su memoria. Pilar Calveiro explica: “cuando un militante es capturado, no sólo pretende no saber, realmente olvida: se olvida de la información que podría poner a otra gente en peligro; olvida nombres, casas e incluso rostros. Pierde su capacidad de recordar información precisa, sobre todo la que tiene que ver con nombres y direcciones. Éste es un patrón recurrente entre los sobrevivientes” (Calveiro, 1995: 106). Sin embargo, es evidente que Ayress necesitó recordar para mantener la conexión y que tuvo la confianza suficiente en su capacidad para soportar la tortura sin traicionar a sus amigos y atreverse a mantener un registro histórico, no sólo de hechos específicos, sino de sus significados.
Ayress logró sobrevivir en la prisión hasta diciembre de 1976, cuando partió de Chile rumbo al exilio y una vez liberada reivindicó para sí su propia historia (Ramos, 1999). Por un tiempo viajó a Alemania, Italia, Cuba y México junto a sus padres, donde se presentaba a hablar en público cuestionando la declaración del gobierno chileno de que con ella y los otros 303 prisioneros que habían sido liberados de los campos de concentración chilenos el 8 de diciembre de 1976, todos los que habían estado detenidos quedaban libres (Jacobson, 1976: 6). Como sobreviviente, sus palabras tenían una autoridad especial, un hecho del que Pinochet debe haber sido consciente cuando ordenó a un vocero describirla como una “pobre criatura demente a la que no podía darse ningún crédito” (Jacobson, 1976: 6). Sin embargo, Ayress habló y demostró que no sólo no estaba loca, sino que tenía una excelente memoria y una voz potente.
 Dori Laub, sobreviviente y testigo de los traumas de otros, es un psicoanalista que ha dedicado su carrera a ayudar a los sobrevivientes del Holocausto a contar las historias detalladas del trauma que con frecuencia han ocultado a sus cónyuges e hijos. Laub cree que el trauma es un proceso continuo sin ninguna forma precisa y que éste sigue repitiéndose hasta que se lo externaliza y cobra forma en relatos o historias (Felman y Laub, 1992: 69).
Nieves Ayress, que se considera una militante víctima de la brutalidad de sus enemigos políticos, ha intentado dar significado a sus experiencias traumáticas insertándolas en historias específicas. Puntualiza sus relatos sobre los campos de la muerte refiriéndose a personas particulares, como el médico de la prisión que experimentaba sobre las embarazadas para ver cuánto dolor podían soportar o el médico de la Universidad Católica que la felicitaba por darle un hijo a la patria antes de que ella abortara espontáneamente el feto concebido como resultado de una violación grupal. Más que revivir el trauma, Ayress intenta documentar lo que ella y otros sufrieron para preservar las pruebas que un día podrían utilizarse contra Pinochet y sus secuaces en un tribunal.
Afirmar que Ayress fue capaz de preservar su voz no es lo mismo que decir que ella habla de la tortura y la degradación en un tono de voz normal. Aquellos que la hemos escuchado hablar sobre sus experiencias en persona o a través de vídeos, somos conscientes de las diferencias entre la forma en que se refiere a su vida como revolucionaria antes y después de estar presa y la forma en que habla sobre la tortura (Universidad del Estado de Nueva York, 1999). Resulta claro que disfruta al discutir las fortalezas y debilidades de los movimientos radicales de fines de los años sesenta y principios de los setenta y es rápida para cuestionar tanto la homofobia como el sexismo de la izquierda, mientras reflexiona sobre cómo algunos ideales culturalmente más radicales podrían haber ayudado a la izquierda internacional.9 Por el contrario, Ayress habla de la tortura como en un estado de trance, o como si estuviese leyéndolo de un libro. Las palabras se suceden sin ninguna inflexión, como es común en los testimonios de las mujeres golpeadas, los sobrevivientes del Holocausto o cualquier otra víctima de la tortura. No le resulta difícil recordar los crímenes por los que Pinochet es responsable. Narrar lo que sucedió en Chile durante los diecisiete años que duró la dictadura de Pinochet es para ella una forma de acción directa, inherente a su trabajo como militante de base y como feminista. Por lo tanto, se la ve ansiosa de contar su historia y hacer que otros cuenten la suya. En ese caso, su voz cobra un timbre más alto y habla rápido, sonríe y utiliza su cuerpo y sus manos para puntualizar lo que le parece más importante.
Resulta evidente que Ayress le ha impuesto una forma, una secuencia y un cierre al trauma que sufrió a manos de las fuerzas armadas chilenas. Pero ¿cómo pudo hacerlo cuando su suerte aún estaba en manos de los torturadores que podrían haberla ejecutado en cualquier momento, y si no tenía ninguna razón especial para creer que saldría con vida de prisión? Esto puede explicarse en parte volviendo sobre otro de los conceptos de Laub. Al hablar del Holocausto, asegura que muchos sobrevivientes se sienten culpables, como si ellos “y no los perpetradores fuesen responsables de las atrocidades de las que [fueron] testigos” (Felman y Laub, 1992: 80). A veces, ellos piensan que sobrevivieron a costa de otros y se odian a sí mismos por no haber sido capaces de salvar a sus amigos y familiares.
Gracias a sus fuertes convicciones políticas -derivadas de su familia y de sus propios compromisos para con el cambio social radical- Ayress parece no haber dudado jamás al considerarse una presa política. Consideraba que sus adversarios eran despreciables y, paradójicamente, no le sorprendía su salvajismo. Aunque el trato que le dieron fue inenarrable, ella fue capaz de narrarlo. La tortura en sí – pensada tanto para exagerar su sexualidad como para hacerla sentir antifemenina podría haberla hecho sentirse avergonzada, pero ella pudo revertir la vergüenza. Aún hoy habla de sus torturadores como monstruos y de sí misma como una militante revolucionaria que lucha por la justicia social. Ayress puede comprender el caso de otros, como una amiga de La Legua no pudo soportar el dolor y el abuso sexual y la identificó en una fotografía que la policía ya tenía de “Valeria”. Sin embargo, busca que los colaboradores, que cooperaron con las autoridades luego de quebrarse en la tortura, sean acusados, arrestados, juzgados y encarcelados por sus crímenes contra aquellos que murieron a manos de la dictadura de Pinochet debido a su complicidad.
Ayress, quien durante la conversación puede sonar desconcertada o furiosa cuando habla de los torturadores, deja entrever en cambio una furia ciega contra aquellos hombres que rechazaron a sus compañeras por haber sido violadas en prisión (Soria, 1998: 5). Lo que impulsa a Ayress es una indignación justiciera, que muchas veces va acompañada de un sentido irónico, no de vergüenza.
El segundo aspecto a resaltar de la historia de Ayress es su capacidad para crear testigos que den testimonio: Inés Antúnez y su madre, que transmitieron su historia desde la prisión; Novitski, Edelman y la Federación Democrática Internacional de Mujeres, que dieron a conocer lo que le había sucedido; los periodistas que la entrevistaron apenas salió en libertad y fue al exilio; los grupos de apoyo en toda Europa, América Latina y los Estados Unidos, con quienes habló después de su liberación; antropólogos como Ximena Bunster, quien en la década de 1980 dio a conocer su caso junto con otros que “sobrevivieron más allá del miedo” (Bunster, 1993); los periodistas del New York TimesEl Diario y Las Noticias ante quienes repitió su testimonio cuando Pinochet fue detenido en Londres para ser extraditado posiblemente a España. También estuvieron los estudiantes graduados y los historiadores como yo, a quienes les ha contado su historia. Y están quienes la escuchan cuando habla en público, o que leen sobre ella en trabajos como éste.
Quienes han trabajado principalmente con los testimonios de los sobrevivientes del Holocausto, hacen hincapié en hasta qué punto los sobrevivientes que pasaron por el trauma guardan silencio, sin voluntad y sin poder contarle a nadie lo que les sucedió con exactitud. Sin embargo, a pesar del costo personal, Ayress ha insistido en relatar su historia. Inés Antúnez podría haberse rehusado a creerle; podría haberla reconfortado y haber esperado antes de hacer algo y estar ella misma a salvo en Cuba. De hecho, tanto ella como Ayress se arriesgaron a sufrir tormentos inimaginables si alguien hubiese encontrado el testimonio escrito que Antúnez sacó secretamente de la prisión. Pero es evidente que ambas mujeres creían que transmitir el testimonio directo de Ayress era una acción política necesaria en la lucha contra Pinochet y los militares.
La madre de Nieves, Virginia Moreno, arriesgó la vida de toda su familia para brindar pruebas concretas contra Pinochet. La descripción de la tortura sexual que soportó su hija era parte del llamado de atención sobre el régimen. Ni ella ni su hija sabían al principio dónde tenían a su padre y a su hermano, ni siquiera si aún estaban con vida cuando Moreno presentó el recurso de hábeas corpus. Laub asegura que a veces los testigos se sientes impotentes y descargan su enojo contra aquellos a los que no pueden ayudar. Sin embargo, al parecer Moreno jamás dudó, tal vez porque a su vez tenía su propio testigo, su hermana menor, Amalia Moreno. Amalia, modista y sindicalista que luego también habría de caer presa, estuvo allí para dar testimonio de los horrores que su hermana relataba todos los días. Aunque Virginia a veces lloraba de rabia al regresar a casa después de visitar a funcionarios que no la ayudaban a liberar a su esposo y a sus dos hijos, ella reprimía su furia cuando estaba frente a las autoridades. Pero la primera vez que Moreno vio a su hija en prisión y supo que estaba embarazada como resultado de la violación grupal a la que la habían sometido, Moreno se lamentó: “¿De qué sirve esta vida de mierda si no puedes ayudar a los que amas?” (Ramos, 1999: 16). Luego se preparó para luchar, se sobrepuso rápidamente a su impotencia y tuvo la audacia de ir a los tribunales con la historia de su hija. A pesar de enfrentarse a la humillación, al ridículo y a la muerte, se convirtió en la principal defensora pública de su hija, aunque jamás mencionó el embarazo que terminó en un aborto espontáneo al mes siguiente.
 La tercera razón por la que el testimonio de Nieves Ayress se ha mantenido vivo es porque ella lo vuelve a insertar una y otra vez en campañas políticas contemporáneas. Una parte esencial de sus opiniones actuales sobre la justicia social está basada en su feminismo, aunque éste no formaba parte de la conciencia política de los movimientos radicales latinoamericanos de los años 60 y 70. Sin embargo, Chile había tenido un movimiento feminista importante que es posible haya continuado resonando en la cultura chilena. Ante todo, el Movimiento de Mujeres de Chile (MEMCh) tuvo tanta influencia sobre la izquierda en los años treinta y principios de los cuarenta que incluso el Partido Comunista chileno trató de convertirlo en una comisión auxiliar. Pero el MEMCh desapareció a principios de la década de 1950, víctima de la misma represión que sufrió la izquierda chilena después de 1948, cuando Chile experimentó su propia versión del macartismo (Rosemblatt, 2000: 111-15). Es posible que Virginia Moreno y su hermana Amalia hayan estado cercanas al MEMCh en algún momento, aunque se habrían proclamado socialistas más que feministas. Sin embargo, Ayress afirma que en Bolivia ella se indignó, porque sólo las esposas y las novias de los guerrilleros alcanzaban puestos importantes dentro de la organización y se suponía que las mujeres debían reconfortar a los varones revolucionarios a través de la comida y el sexo. Ayress recuerda que algunos guerrilleros incluso la acusaron de querer destruir intencionalmente al movimiento con sus constantes demandas de igualdad de género. Al preguntársele por los orígenes de su feminismo, afirma que lo aprendió de su madre, que trataba a todos sus hijos por igual.10
No tengo dudas de que Virginia Moreno era una militante de la igualdad. También creo que Ayress, como la primogénita de seis, ocupaba un lugar especial en el corazón de su madre y lo siguió haciendo mientras estuvo en prisión. Incluso si Ayress no tuvo un contacto directo con la Federación de Mujeres Cubanas cuando asistió a la universidad en La Habana en 1971, es probable que hubiera estado al tanto del creciente compromiso de ese movimiento con el control de la natalidad, el aborto y las leyes de divorcio progresistas que se cristalizaron en el Código de Familia de 1975. También es probable que luego de su liberación en 1976, el contacto con un mundo más amplio de feministas en Europa, América Latina y los Estados Unidos intensificara su conciencia del carácter específico de género de la tortura sexual que había sufrido. Creo que la conciencia feminista le brindó a Ayress un contexto en el cual pudo insertar su sufrimiento y la ayudó a encontrar otro sentido a lo que le había sucedido.
El modo en que Nieves Ayress da testimonio complacería a la poeta sudafricana y comentadora de radio Antjie Krog. Al hablar de sus esperanzas para la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en su propio país, Krog reflexionó sobre lo que ésta podría lograr si se preocupara por “la compilación más amplia posible de las percepciones, historias, mitos y experiencias de la gente, [que podría haber] escogido restaurar la memoria y promover una nueva humanidad”. Ella creía que de esa forma la comisión lograría hacer “justicia en su sentido más profundo” (Krog, 1998: 16). Al dar testimonio -tanto en el sentido de testimoniar como en el de ser un testigo moral-, Ayress ha construido una historia de identidad política y sexual, manteniendo una memoria del pasado que reconoce lo que ella y otros soportaron a través de la solidaridad. En un esfuerzo por preservar un relato histórico en el que no sólo ofrece una crónica de las atrocidades, sino que explica el significado de los hechos, Ayress ha contado en repetidas ocasiones su historia, en especial haciendo hincapié en las continuidades, incluyendo su propio trabajo como una militante feminista de base.
Quisiera agregar una acotación final. Si testificar sobre el propio sufrimiento puede convertirse en una acción de resistencia política, ¿qué podemos decir de la necesidad, del deseo o la voluntad de los historiadores de registrar dichos testimonios y analizarlos? Debo confesar que en este punto me siento algo incómoda. Ayress emplea un tono de voz monótono al hablar de la tortura y yo escribo sobre ella en voz pasiva. El espantoso sufrimiento que debió soportar fue parte de la razón por la cual los periodistas se interesaron en ella y muchas de las entrevistas que concedió después de su liberación pueden haber provocado respuestas voyeuristas y pornográficas. Mientras Ayress estaba en prisión, Virginia Moreno tuvo que correr ese riesgo para atraer la atención pública necesaria para salvar la vida de su hija. Todos los testigos e historiadores de los abusos contra los derechos humanos deben decidir cuántos detalles son necesarios. Los relatos detallados transforman las acusaciones generales contra gobiernos autoritarios en censuras específicas. Así, la lista de crímenes -con frecuencia sexuales- brinda las pruebas que podrían utilizarse en una corte si los quinientos miembros de la policía secreta que administraban los campos de detención y todavía permanecen en servicio activo en Chile fuesen llevados a juicio por sus crímenes. En la medida en que la justicia implica la exposición pública de los criminales, aquellos que han sufrido graves abusos contra sus derechos humanos deben documentar esos abusos, si está a su alcance.
Hablar del sufrimiento, en particular referido a la violencia sexual, es particularmente difícil, tal como lo demuestra muy bien la historia de silencio en torno a la violación. Y no queda claro aún cuánto debe saber el público. Es posible que los profesionales que se dedican a asistir a las víctimas precisen los detalles para poder ayudarlas a externalizar los sentimientos que subyacen a sus traumas, pero ellos ofrecen algo inmediato a cambio. El psicoanalista Dori Laub sostiene que es necesario contar con un testigo que simpatice emocionalmente para avanzar en el proceso de dar testimonio sobre el trauma. Pero el crítico Dominick LaCapra nos previene que como académicos y escritores, sólo somos testigos secundarios (Felman y Laub 1992: 10; LaCapra, 2001: 97). Ver o escuchar las entrevistas a los sobrevivientes, o leer artículos como éste nos da información sobre el pasado, pero la mayoría de nosotros simpatiza desde lejos. ¿Es preciso un detalle pormenorizado de los hechos que subyacen al trauma? LaCapra piensa que los académicos funcionan, en el mejor de los casos, como testigos expertos que ofrecen un contexto para un conjunto de ideas e interpretaciones variadas. La crítica Kalí Tal va aún más allá en su preocupación por comprender el trauma y a sus sobrevivientes en un contexto político. Más importante aún, su interés se centra en explicar cómo la forma de otorgar sentido a los hechos traumáticos forma parte de un proceso político mayor en el que todos nosotros estamos muy implicados (Tal, 1996: 49-59).
Cuando Pinochet fue arrestado en Londres el 16 de octubre de 1998, Ayress de inmediato contactó a la prensa de habla hispana en Nueva York y encontró un nuevo público para su historia de tortura y supervivencia. “Mucha gente, en especial los jóvenes y los políticos chilenos no sabían [acerca de los abusos contra los derechos humanos] o no querían recordar. Pero cuento esto para que no vuelva a suceder nunca más en ningún lado y para que la gente comprenda lo que es una dictadura militar” (Ramos, 1998: 16). A pesar del dolor evidente que vuelve a sentir al hablar de la tortura, Ayress busca esa difusión porque la suya es una historia de solidaridad y resistencia femenina y porque los detalles de su caso constituyen pruebas contra Pinochet. Sin el impacto y el dolor que provocan estos detalles, su testimonio se confunde con tantas otras historias de violencia sexual y actos abominables cometidos a lo largo del siglo, que resultan muy duros incluso para que lo soporten quienes son simpatizantes de estas causas.
Los periodistas probablemente ocupan un lugar en el proceso de documentar lo que los regímenes autoritarios han estado haciendo en los últimos treinta años, pero ¿cuál es el papel de los estudiosos? Sin tener delirios de grandeza, algunos escritores y académicos desean contribuir con las luchas por los derechos humanos y la igualdad de género recolectando historias orales y testimonios de aquellos que han logrado sobreponerse al dolor, la vergüenza y el miedo a la muerte para luchar contra la represión política y sexual. Y es aquí donde la interrelación entre quienes hablan y sus públicos se torna tan importante. Como la mayoría de los historiadores que trabajan con la oralidad, me preocupa tomar los testimonios de las personas sin darles algo a cambio. Sin embargo, para Ayress eso no es un problema. Ella me cuenta sus historias tal como lo ha hecho con otros testigos, para transmitirlas como una forma de crear comunidades de personas comprometidas con la lucha por la justicia social.
Ese proceso nunca fue tan visible como en el período posterior al 11 de septiembre de 2001. Cuando Nieves Ayress y yo finalmente pudimos comunicarnos por teléfono esa noche después de que dos aviones impactaran sobre el World Trade Center en Nueva York, compartimos nuestras experiencias. Ella se había despertado esa mañana sintiéndose deprimida por el aniversario del golpe de estado de 1973 en Chile. Al día siguiente nos encontramos mientras algunas de sus vecinas inmigrantes intentaban encontrar a sus maridos y amigos que seguían desaparecidos, porque trabajaban en el World Trade Center. Al horror de las desapariciones se sumaba la ausencia de registro de que efectivamente trabajaban allí, ya que eran trabajadores indocumentados. En las semanas siguientes, compartimos la preocupación por las leyes antiterroristas y el predicamento de quienes vivían en el barrio y no tenían los documentos de inmigración legales. El creciente poderío de la policía y la reducción de los derechos civiles para los inmigrantes nos retrotraían a otros períodos represivos que Ayress ya había experimentado en carne propia. No acostumbrada a permanecer inactiva, Ayress organiza a su comunidad e intenta dar a conocer lo que sucede a su alrededor. Me convence para que asista con ella a las reuniones y porque somos muy amigas y cree que soy alguien que tiene acceso a personas como ustedes, me cuenta las historias que desea que yo transmita. Nieves Ayress siempre ha considerado el dar testimonio sobre su vida y sus percepciones como una forma de acción directa. Ahora me considera a mí como una más en una larga lista de testigos que dan testimonio de sus luchas.

Notas

1 Agradecimientos: Amigos y colegas muy cercanos me han ayudado a pensar sobre las ramificaciones políticas de la memoria histórica. Le debo mucho a Laura Kopp por su ayuda en la investigación y a Mary Marshall Clark, Marianne Hirsch, Brooke Larson, Robert G. Moeller, Amalia Moreno, Margot Olvarria, Grey Osterud, Margaret Power, Margarita Romano, Bennett Sims, Valerie Smith, Heidi Tinsman, Barbara Weinstein y a un lector anónimo. Principalmente le estoy agradecida a Nieves Ayress.

2 Estas cifras están aún en debate, ya que los distintos grupos cuantifican el terrorismo de Estado de diferente forma y porque muchas desapariciones y muertes todavía no han sido informados. La Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación nombrada en 1990 fue autorizada a incluir sólo aquellos que habían muerto en forma violenta entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990. La Comisión ubicó la cifra de los asesinados en 2279. Pero el conteo oficial es de 3236, que incluye a 957 personas cuya muerte no se atribuyó a causas políticas, o para quienes la Comisión no encontró información suficiente (Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, 2 vols., Santiago, Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, 1991, vol. 2, págs. 883-885. También existe una versión en inglés, Report of the Chilean National Commission on Truth and Reconciliation, 2 vols., traducción de Phillip E. Berryman, introducción de José Zalaquett, Notre Dame, University of Notre Dame Press, 1993; para las estadísticas, véase vol. 2, págs. 899-904). Las cifras sobre cantidad de muertos proporcionadas por los defensores de los derechos humanos y la Agrupación de Familiares de Detenidos/Desaparecidos son más altas y también incluyen al gran número de detenidos y torturados (Conferencia de Pedro Alejandro Matta, sobreviviente de la tortura, al Council for International Exchange Seminar, Santiago, junio 19, 2000).

3 Entrevista personal con Nieves Ayress, Washington, D.C., enero 20, 2001.

4 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, diciembre 16, 2000.

5 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, enero 9, 1999.

6 Archivos de la Fundación Vicaría de Solidaridad, PA 12-03-74. Virginia Moreno, “Copia exacta del original manuscrito entregado el 11 de marzo de 1974”.

7 Archivos de la Fundación Vicaría de Solidaridad, PA 06-03-74. Carta de Virginia Moreno Ayress para Raquel Lois, Visitadora Social Nacional, Secretaría de Detenidos, Ministerio de Defensa Nacional, con fecha del 14 de marzo de 1974.

8 El comunicado de prensa de cuatro páginas, cuya copia fue distribuida por la propia Nieves Ayres a fines de octubre de 1998 luego de la detención de Pinochet en Londres, apareció primero bajo el nombre de Fanny Edelman, Secretaria General de la Federación Democrática Internacional de Mujeres.

9 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, 10 de agosto, 2001.

10 Entrevista personal con Nieves Ayress, Nueva York, 9 de enero, 1999.

Referencias

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BIOGRAFÍAS

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Atletas x dictadura. A geração perdida

ATLETAS Y DICTADURA.

a generación perdida

ATLETAS Y DICTADURA. L

Brasil / 2007 / 32 min / Documental / Color

A partir del recuerdo de quienes los conocieron, este documental recorre las vidas del atleta Miguel Sánchez, la jugadora de hockey Adriana Acosta, el tenista Ricardo Schapira y diecisiete rugbiers del club La Plata; todos desaparecidos por la dictadura.

DEPORTISTADETENIDO DESAPARECIDOTESTIMONIOHISTORIA DE VIDA

DIRECCIÓN: Marco Villalobos, Marcelo Outeiral

FOTOGRAFÍA: Milton Cougo

MONTAJE: Gilson Crippa

SONIDO: Camilo Mercio

PRODUCCIÓN: Marco Villalobos, Marcelo Outeiral

 

En homenaje a los 48 años del MIR, un relato, de esas historias que podemos ( DEBEMOS) contar

17 de agosto

En homenaje a los 48 años del MIR, un relato, de esas historias que podemos contar.SAN EUGENIO RECOLETA 35 (Angelica Pizarro)No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros.(J. P. Sartre)

Avanzando por San Joaquín hacia el Puente Las Flores, la micro San Eugenio Recoleta se detuvo mientras la vieja y destartalada camioneta Ford, tomada en la urgencia para salir del cerco, avanzaba en dirección opuesta. Mariano intentaba disminuir para que Ramón, el Negro, alcanzara a subir. No fue posible, concentrándose en mantener la dirección para que Diego, desde la pisadera de la vieja “burrita” tuviera la posibilidad de contener. De un vistazo, observó que la San Eugenio se detenía y creyó ver una chaqueta beige apresuradamente. Mariano aceleró para romper el seguimiento, en sentido opuesto.

Ramón se paralizó por una fracción de segundo: se iban sin él y se dio cuenta, con pánico, quedaba a merced de los vehículos que con el ulular creciente de sus sirenas, avisaban que ya estaban a escasos metros del lugar. Sin pensarlo mucho, subió al microbús cuando este comenzaba a ponerse en marcha. No quiso mirar hacia atrás, aunque intuía que una voz o una bala podían perfectamente detener su escape. Respiro hondo y estiró el billete. El chofer le alcanzó el vuelto mirándolo fijo. Ramón estaba semi doblado, quizás ocultando su verdadera estatura, con la mano conteniendo su estómago y simulaba un gesto de dolor. Se sentó en el segundo asiento, el frio del tevenil verde le vino bien a la espalda húmeda. A las 10.24 am habían ocho pasajeros y la población Chile se alejaba por el vidrio de la ventana. En el gran espejo de la 35 la mirada de Manuel, el chofer, parecía encarar desafiante a Ramón. Apretó con rabia la palanca de cambio, encomendándose a San…..

Ramón sin dejar de sentir la mirada, percibió que un hilillo de sudor bajaba a la altura de su calzoncillo. La humedad del miedo se confundía con la temperatura que su nuca guardaba sin posibilidad de esquivar la pupila de Manuel.

Sonó el timbre y al detenerse el vehículo, bajó la señora de la malla azul, donde asomaban unas flores mustias, que evocaron en el Negro el gobelino desteñido de la casa de tía Nora en Placeres. Sintió su propio olor a adrenalina por sobre el aroma a lavanda que dejaba a su paso la señora.

Pensó en bajar, titubeando no alcanzó a despegarse del asiento que ya estaba mojado con su transpiración. Cruzó nuevamente la mirada con el conductor, acariciando su estómago pero esta vez, ya no había gesto de dolor. Se miraban fijo. Manuel pasó cambio y aceleró parar partir, mientras Ramón respiró contando los minutos, al tiempo que tomaba noticia del frio de esa mañana de abril y observaba el lento caminar de la señora que atravesando la avenida intentaba esquivar la carrera de dos autos Opalas que raudos pasan bajo su mirada. Los vidrios oscuros no permiten ver cuantos van dentro del vehículo.

El peligro no acaba. Y Ramón, instintivamente, vuelve su mano hacia el estómago. Revisa los pasajeros y re-encuentra la dura mirada de Manuel en el espejo, quien acelera apretando los dientes. Empero, el Negro ya no finge. El olor de la bencina siempre ha sido su enemigo durante las mañanas, que esta vez, sumado a la vorágine de los hechos, le regalan un severo dolor de cabeza.

Manuel, intenta mantener su recorrido. Toma velocidad, esquiva un carretón y sus caballos, mientras escucha que uno de los pasajeros tararea una antigua de Yaco Monti. Que tienen tus ojos, que yo no te olvido, que tiene el recuerdo….

– De otra manera, bajo a todos los restantes y me voy contigo- pensó Ramón, el ex marino.

Se afirmó en la convicción que los otros podrían eludir los cercos y que José no sería atacado por otra crisis de asma. Con palitos, pensó, esa la yerba que prefiere el jefe– y se reiteró: mezclada con palitos y con el agua sin hervir. Volviendo a vernos, le pediré que me prepare un mate de esos, se prometió. La ambigua inseguridad de Ramón hacia que el deseo de un nuevo encuentro, funcionara como conjuro para que José y los muchachos estuviera a salvo.

Examinó una vez más su respiración, su ritmo cardiaco y el entorno. La rigidez de sus piernas denotaba el estado de alerta, al tiempo que un Hilton asomaba en el bolsillo de la camisa gris de trevira. No podía, todo su organismo lo anhelaba y muy a pesar de los vanos intentos de entrenamiento en la Armada, al tabaco era fiel. Repasó la cara de Mariano cruzando el puente y de pronto recordó la chaqueta cruzada de Diego olvidada en la camioneta acondicionada que originalmente era el transporte del grupo. La militancia en la resistencia le alerta sobre el error; error que podría generar pistas a los perseguidores, dejándoles sin tiempo, atrasando el sur, el monte.

Bruscamente se encontró impulsado hacia delante por una intempestiva frenada en luz roja. Desconcertado casi saca su arma pero en el mismo momento vio que dos escolares y demás pasajeros hicieron ver lo abrupto de la detención. Hasta unos garabatos le fueron lanzados a Manuel.

Otra roja y el sólo quiere que la odisea termine. No puede dejar de observar a Ramón, quien busca a través del vidrio algún movimiento extraño y asegura su pie derecho en dirección a la bajada, mirando fijamente situación tal cual se ha ido desarrollando. Observa a un escolar y piensa en su hermano, en Natalia su pequeñita y en todo el tiempo que ha pasado sin verlos. Manuel le mira, ahora claramente embroncado por el espejo. La gueá…la malacue, cuando le cuente a los viejos en la garita no me la creen, chucha menos mal que justo apague la radio…lo que son las cosas, están dando la noticia y justo sube éste gallo ¿Por qué a mí?… ¿por qué ?….menos mal que la apague a tiempo sino este gueon nos caga…

Por fin, al doblar al llegar a Santa Rosa, se asoma la feria y al detenerse la micro Ramón lee el cartel “‘silantro a 0.50”. Con la ventana abierta alcanza a sentir el aroma que llega lejos. Tan lejos como esa vez que viajo desde su Curicó natal hasta Okinawa, al otro lado del mundo y por error se mando un solo de pito que arrancó aplausos de la multitud que veía desfilar la banda de guerra del buque en el que servía.

¿Cuándo bajará el gueón?- Manuel ya no podía más.

Distrayéndose de la feria de media mañana, Ramón mira el reloj 10, 51. Antes de pararse de su asiento nuevamente acaricia su estómago, desafiando la mirada de Manuel a través del espejo. Ya en pie no hay nada más que medie entre ambos. Descenderá por delante, es evidente.

En sentido contrario a la San Eugenio Recoleta un carro policial, con sus luces rojas encendidas, busca hacerse paso. Ve a Manuel nuevamente, esta vez de lado. El chofer, previendo algo cierra la puerta que ya había abierto.

Ramón recibe en su rostro moreno una ráfaga de viento frio y polvoriento de la población mientras los gritos de los feriantes comienzan a apagarse en sus oídos. La humedad del océano pacifico le parece una elección por hoy imposible pero a cuenta de la nostalgia y la armada. “Dios es mi copiloto”, “Córrase por el pasillo” rezan las frases escritas para los pasajeros y que lee tratando de demostrar tranquilidad mientras en su cabeza pasan las ráfagas de recuerdos. La detención de él y sus compañeros detenidos por sedición precisamente por los sediciosos, su estadía en prisión, su larga cesantía posterior, el Comité levantado con los viejos cesantes igual que él en el callejón Ovalle, los días en que subía a las micros a escribir también. Una sola letra, la R encerrada en un círculo….

Manuel acelera, partiendo bruscamente, casi ahogando al motor. Aprieta el manubrio y es un bloque cerrado con él. Tranquilo, no pasa nada le dice en voz baja Ramón afirmado en la brusquedad del movimiento de una sola mano, la otra en su estómago. Siente cuando el pesado metal sobre su estomago busca bajar más allá del ombligo. El zapato rosado y plástico de guagua que completa el santuario popular de la 35, continúa oscilando como un péndulo.

-Tranquilo, no hagai tonteras, ¡Dos más allá y esto se acaba ¡- reitera con voz grave.

El tiempo parece eterno y al fin Manuel se detiene lo más apegado a la vereda de la calle. Se miran por última vez escrutando el miedo o la guerra.

– Parte rápido gueon- , la mano de Ramóne ya no está en su estomago, sino en la espalda de Manuel que parece de cemento.

– Ubique urgente un baño amigo y pa la otra hágala bien, no en micro-

Acelerando el paso Ramón se internó por la plaza. Lázaro esta como siempre en esa esquina buscando en el suelo lo que nunca encuentra. Lo ve moviendo su cola y le brinda un gesto amistoso. Va a la fuente soda, pide una papaya y escucha en el radio de cooperativa, que son intensamente buscados los extremistas quienes esa mañana han realizado un triple asalto bancario en la ciudad. Bebe de un sorbo su papaya, pasa al baño y pensando en José y los otros, sale de allí con premura. El sol ya calienta la ciudad. Lázaro lo espera echado en la vereda, Ramón acariciando la cabeza del perro esboza una sonrisa y piensa con razón el Mando bautizo la acción como “Nunca Más”.

A Carlos García (Ramón) y sus compañeros/as. por la decisión de encontrar camino durante la noche, contra la derrota.

A José, Arcadia, Mariano, Yamil, Jaime, que ya partieron.
A Celilia Radrigan.

En Homenaje a los 48 años.

Zurdos no diestros: ROSA INDOMABLE, UNA ROSA Y SU ESPINA DOLOROSA

Zurdos no diestros:
ROSA INDOMABLE, UNA ROSA Y SU ESPINA DOLOROSA

La historia de Rosa Silva Álvarez, una incansable activista que ha hecho de su causa por la verdad y la justicia su sentido y razón de vida. Los militares de la dictadura de Pinochet asesinaron a su padre en 1973. Protestar en la calle es uno de sus hábitos. 

Por Myriam Carmen Pinto, serie Zurdos no diestros.

Rosa Silva Álvarez, ha hecho  de su  lucha por la verdad y la justicia su sentido, misión y razón de vida.

Protestando en las calles, le lanzaban  agua sucia al rostro, la empapaban, le quitaban y rompían carteles y lienzos, la golpeaban, la llevaban a los calabozos, pero ella seguía y seguía… lo mismo todos los días.

Su sangre hierve.  En Antofagasta, un día de mediados de octubre de 1973, los militares asesinaron a Héctor Mario Silva Iriarte, su padre, 38 años, abogado, dirigente regional del partido socialista y alto directivo de una empresa estatal.

En la oscuridad de la noche

El 11 de septiembre de 1973, día del golpe militar, a él, lo requieren publicamente para responder algunas preguntas.  Sin pensarlo dos veces, viaja desde Santiago, donde cumplía una comisión de servicios. Se presenta voluntariamente. Un salvoconducto le permite desplazarse en su propio vehículo, incluso en horas de toque de queda. Desecha así una propuesta de asilo en México. A su esposa, Graciela Álvarez, dijo no tenía nada que ocultar porque sus manos estaban limpias.

Lo encarcelaron en los cuarteles y luego lo metieron en la cárcel. Estuvo junto a dirigentes políticos, académicos y estudiantes; todos apresados, de un día a otro, solo por sus lazos con el derrocado gobierno de la Unidad Popular.

Graciela, madre de Rosa, acude a la cárcel todas las mañanas. Lleva alimentos y ropa limpia. Un día consigue una visita… estaba arrinconado en una celda, sentado en el suelo,  lleno de heridas y llagas ensangrentadas. No la reconoció.

Un mes y medio después, el vigilante de turno le recibe  el paquete de ropa como ya acostumbraba. Estaban en ello cuando un hombre, a quién no conocía y no había visto nunca, se le acercó. Era el fiscal militar, quién dijo:

– Señora ¿No se enteró de lo que pasó ayer? (18 de octubre,1973)

-No, respondió, ella.

-Los mataron a todos. Graciela se desmaya.

“Fusilan a tres extremistas”, informa la prensa regional a través de dos comunicados firmados por el departamento de Relaciones Públicas de la Jefatura de la Zona en Estado de Sitio. Daban cuenta de la ejecución de seis prisioneros políticos por órdenes de la Junta de Gobierno. Según, esta versión oficial, habían intentado huir. Después se supo no eran seis sino que 14, entre ellos un alcalde, un gobernador, dos gerentes de empresas públicas, dirigentes estudiantiles, sociales y trabajadores.

Los asesinaron en la oscuridad de la noche, cuarenta tiros de rifles y ametralladoras. Vendados sus ojos, amarrados, masacrados, muertos sin proceso, sin sentencia ni defensa alguna.

Sello firmado con sangre

El capellán y un soldado visitan a su esposa en su hogar. Desde la cárcel, traían – en una cajita- su billetera, su reloj, su documentación personal y un mensaje verbal: retirar su cuerpo, sepultarlo en silencio y lejos de la ciudad.

Lo llevaron a Vallenar,  en un ataúd sellado, escoltado por militares con tenidas de combate y armamentos como si fueran a una guerra.

No permitieron velatorio ni funerales, misa ni responso.  Su tumba quedó sin flores y sin nombre; quedó allí como un nadie, un NN.

Sus hijos, Libertad, Amanda, Patricia, Mario y Rosa, tienen entre 4 y 15 años.  Vivían felices con sus sorpresas, cada día. Su padre les dejaba chocolates, juguetes y libros de cuentos bajo sus almohadas. Los llevaba al cine, les contaba historias de la llegada de los españoles  a Chile y  los mapuche; él era ayudante de los personajes más importantes.

En Vallenar, Graciela, los  prepara dignos. A ella, la mataron con él; sobrevivía solo para sus hijos. No tenemos derecho a llorar, decía siempre. Tenían derecho a quererle, amarle, recordarle y gritarle, pero no a llorarle.

La urgencia era levantarse del suelo, mantenerse unidos, ser una familia en pie. Era necesario denunciar, esclarecer la verdad y arrestar a los culpables. Reunidos todos sellan un pacto. Se proponen inmortalizarlo, continuar sus ideales y su utopía social; asumen compromisos por la verdad, la justicia y lealtad a su memoria.

Los años los encauzan hacia caminos sociales y políticos. Mario, el único hijo hombre, milita en el partido socialista, es dirigente nacional. Una de las hijas no quiso saber nunca más nada, las otras tres, al igual que su hermano,  integran  la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP) y su quehacer incansable por la justicia, la vida, la libertad y el retorno a la democracia. Es la organización que reúne a las esposas y esposos, las compañeras y compañeros, las hijas e hijos, las madres y padres, los familiares y amigos de aquellos que fueron asesinados por los militares, entre 1973 y 1990.

Florece Rosa indomable

En los años 80, tras terminar sus estudios secundarios, Rosa, se radica en Santiago. Viene a unirse al  movimiento por la defensa y promoción de los derechos humanos y a la lucha por el fin del régimen militar, está c onvencida  de que la única batalla que se  pierde es la que se abandona. Quizás por ello nunca tuvo miedo a los fusiles, metralletas, tanques, botas, ni balas, quizás porque no ha podido llorar como Dios y el universo manda, menos aún vomitar la rabia que tiene hacia quienes mataron a su padre y quienes buscan silenciar y echar todo al olvido.

“Soy hija de Mario Silva, un hombre que usted mandó a matar”. Quiero consultarle ¿cómo se siente ahora?… mírelo, véalo en esta foto, criminal, asesino, criminal”. Mirándole desafiante, frente a frente y a los ojos, increpó al general Sergio Arellano Stark. Sucedió en los pasillos del palacio de los Tribunales de Justicia. En otra ocasión, le escupió el rostro.

Este general del ejército dirigió una comitiva de once altos oficiales. Desplazándose en un helicóptero, de norte a sur, sacaron, desde las cárceles, a 116 prisioneros políticos; los acribillaron y a varios los hicieron desaparecer o los enterraron clandestinamente.

En los expedientes, un general declara que inicialmente no quería entregar a los familiares los cuerpos para su entierro por “vergüenza”. Se descubriría la bárbara forma en que los mataron. Antes de fusilarlos, los masacran, los despedazan con cuchillos corvos y en la morgue del hospital, los médicos los dejan presentables y de nuevo bonitos, entregándolos en urnas selladas. El caso se conoce como “Caravana de la muerte”.

Fue una operación de exterminio, despliegue del terror y señal de guerra, dicen los familiares de las víctimas. Las fuerzas armadas creían salvar al país del comunismo; hicieron lo que hicieron, según ellos, por honor a la patria. Rosa, recuerda que su padre no sabía disparar ni siquiera pistolas de agua.

Una vez, en una manifestación, un policía la apuntó, pasando las balas de su fusil. No ocurrió lo que pudo haber sido el fin de sus días. Estando a punto de disparar, uno de sus compañeros – al darse cuenta de dicha maniobra – desvía el arma, dando un manotazo.

Chile retorna la democracia

A Héctor Mario Silva Iriarte, en los años 90, le rinden homenajes en un funeral simbólico. No había muerto ni féretro, pero era como si. Había banderas rojas, consignas partidarias, discursos, aplausos, claveles rojos; grito del grito… compañero presente, compañero… ahora y siempre.

Fue el funeral que no fue. Su nombre quedó escrito en su tumba y en los memoriales dedicados a las víctimas de la represión de Antofagasta y Vallenar. Instalados a un costado del cementerio, en uno de ellos se lee: “Frente a mi ausencia obligada, un legado invita a vivir”.

Un par de años más tarde, abrieron su ataúd sellado. Rosa, ve a su padre como si hubiese muerto ayer. Sus facciones, su pelo, su ropa… todo intacto. Arrodillada ante a él, acaricia su rostro.

Una despedida que interrumpe un llanto desgarrado. Libertad, descubría las amarras que ataban sus manos.

Libertad, su hija, lo desamarra, lo deja libre; entre todos lo cambian de ataúd y lo dejan bajo tierra para siempre.

En 1998, la familia Silva Álvarez, interpone la primera querella criminal contra el general Augusto Pinochet. Lo acusan de  homicida. No logran juzgarlo, pero logran someterlo a juicio. El no se declara inocente, pero los jueces no lo condenan ni encarcelan. Argumentan, no estaba en su sano juicio.

Lo mismo dicen del general Arellano Stark: demencia y locura temporal, reduciendo su condena y arresto domiciliario. Los mandos medios se defienden, acogiéndose a cláusulas de obediencia debida; ósea, hicieron lo que hicieron por órdenes de sus jefes.

Rosa, afirma que en Chile los asesinos caminan libres, que aún no se conoce toda la verdad y que hay limosnas de justicia. Reconoce que el pueblo chileno y el mundo entero, sentenciaron: “Culpables”.

Las autoridades priorizan la verdad y la reconciliación. Relegan la justicia a la medida de lo posible, hablan de perdón nacional. Rosa, se siente traicionada. Entonces sale a las calles, su nueva demanda es: “Ni perdón, ni olvido”. “No a la impunidad”.

Decepcionada parte a Nicaragua, uniéndose a los sandinistas y su revolución. Al caer el poder popular, regresa a Chile, aislándose un par de meses. La puerta de su casa tiene cándados hasta que decide estudiar. Ser abogado.

Y lo logra. Entre libros, marchas y reuniones se une a los equipos que  llevan los casos de violaciones de derechos humanos. Recorre salas de juzgados y cortes, ingresa antecedentes y nuevas diligencias para que se reanuden, continúen y no prescriban en el tiempo.

Como abogada trabaja en un municipio y ejerce independiente. Tramita problemas de la gente pobre.No le dan ni una moneda, a cambio les pide reponer cañerías, llaves y remover planchas del techo para que no siga lloviéndose su cama.

La casa donde vive se la presta un amigo; es un espacio abierto, cálido, generoso. Es ella.

Protestar es uno de sus hábitos

Viviendo casi más de la mitad de su vida, Rosa, no tiene hijos, marido, ni casa. Su todo son su madre, hermanos, compañeros y su causa de lucha. Quiere cambiar este mundo de abusos e injusticias. Denunciando su historia y lo que le tocó vivir, sus pies dibujan las calles.

En silla de ruedas, mirada débil, cansada, aún no baja sus brazos. A todas las marchas y actos de denuncia, va.

No tiene miedo a morir, no le debe nada a la vida. Ha hecho todo lo que quiso y creyó…  quiere que su funeral sea una fiesta, que corra vino, carne asada, cumbias salseras.

Uno de sus amigos tiene una lista de los que tienen prohibición de asistir.

Quiere que la incineren y arrojen sus cenizas a la calle Ahumada, corazón de Santiago de Chile.

Allí vive sus días más felices… solo allí se da permiso y se permite soñar, ser una rosa sin espinas dolorosas. Protestando,  la golpeaban, removían su dolor. Resistía solo con su puño cerrado al aire y su rezo diario: “aunque los pasos toquen mil años, no borrarán la sangre de los caídos”…

Entonces veía las grandes alamedas abiertas, el hombre libre, como dijo antes de morir el presidente Allende, Chile volcado a las calles, venciendo y naciendo, país libre, solidario y justo. Soñaba hasta por quienes ya no estaban. Vive y habla por ellos.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie).
www.gritografiasenred.org 
Santiago, Chile, mayo 2012.

Fotografías: álbum de la familia: Rosa Silva, primera lado derecho (foto 1); Héctor Mario Silva, segundo de izquierda derecha (foto 2); la familia reunida días previos a la tragedia. Rosa es la pequeña junto a su madre, lado izquierdo (foto 3).

Serie Zurdos no diestros

* KULTURAALTERNATIVA ES SU PROPUESTA

Myriam Carmen Pinto