“Soy un revolucionario y punto”. Luis Fernández Oña, el yerno cubano de Salvador Allende

2 de marzo de 2001

Luis Fernández Oña, el yerno cubano de Salvador Allende
“Soy un revolucionario y punto”

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2 de marzo de 2001

Luis Fernández Oña, el yerno cubano de Salvador Allende
“Soy un revolucionario y punto”

LUIS Fernández Oña junto al monumento al presidente Salvador Allende en la Plaza de la Constitución

Muy pocos se enteraron que el 6 de octubre del año pasado nació en la Clínica Santa María el primer bisnieto de Salvador Allende, Fernando Mauricio Rojas Fernández. El pequeño es hijo de Maya, primogénita de Beatriz (Tati) Allende y de Luis Fernández Oña, un cubano al que la prensa de derecha de los años 70 convirtió en un personaje de mitología. Su nombre figuró en muchas de las historias de terror que se tejían casi a diario durante el gobierno de la Unidad Popular.

Las vivencias de Luis Fernández Oña en Chile terminaron en la noche del 12 de septiembre de 1973, cuando salió rumbo a Cuba con Beatriz, su hija Maya, que entonces tenía poco más de un año, y una guagua que venía en camino, Alejandro, que nació en La Habana. Como se sabe, Tati se suicidó cuatro años después, abrumada por el dolor y la impotencia ante los sufrimientos que padecía el pueblo chileno bajo la bota militar. Los niños crecieron en Cuba y sólo regresaron a Santiago en 1992, convertidos en adultos jóvenes. Maya es licenciada en Biología, estudia medicina veterinaria en la Universidad de Chile y se casó con un chileno. Su hermano Alejandro es periodista.

Desde que sus hijos están aquí, Luis Fernández ha venido tres veces a Chile. La última para celebrar el nacimiento de su nieto junto a la familia Allende. Actualmente tiene 64 años, vive en Miramar, La Habana, y es miembro de la Asociación de ex Combatientes de la Revolución. Está jubilado, pero como militante del Partido Comunista de Cuba participa en su comunidad. “Estoy plenamente identificado con la revolución. He hecho y voy a hacer todo lo que sea beneficioso para ella”, afirma con fervor. Dedica el tiempo libre a trabajar en su jardín, leer buenos libros y a proyectar uno sobre su experiencia chilena. “Me gustaría escribir sobre las relaciones entre Chile y Cuba a comienzos de los años 70 -dice-. Se han dicho muchas mentiras y creo que hay que contar la verdad para que las futuras generaciones no tengan como referencia una sola versión”. Con ese ánimo conversó con PF sobre algunos aspectos de su vida, los febriles días de la Unidad Popular y el golpe militar. El resto habrá que leerlo en sus memorias.

JOVEN REBELDE

 


LA familia Allende, de izq. a der.: Beatriz (que esperaba a su hija Maya), Luis Fernández Oña, Salvador Allende, Carmen Paz, Hortensia Bussi de Allende, Héctor Sepúlveda (ex marido de Carmen Paz), Isabel Allende y su hijo, Gonzalo

De familia pobre, Luis Fernández Oña nació y se crió en el barrio Centro Habana, junto a sus padres de ascendencia catalana y una única hermana. Estudió en una escuela pública y luego obtuvo una beca para una escuela politécnica en la provincia de Matanzas. Tenía 15 ó 16 años cuando comenzó a preocuparse por la política de su país, a raíz del suicidio del dirigente del Partido Ortodoxo, Eduardo Chibás, que conmocionó al país. Se incorporó a la Acción Cívica Ortodoxa y participó en las manifestaciones contra la dictadura de Fulgencio Batista.

Durante la lucha clandestina adoptó la “chapa” de “Luis Fernández Oña” -no nació con ese nombre-, que posteriormente legalizó. Lo escogió cuando pasaba por el cementerio Colón de La Habana en la tumba de un combatiente venezolano. Tomó los apellidos y le antepuso “Luis”. “Fue para evitar la identificación por parte de la policía de Batista, pero después me enamoré de la historia de ese nombre y lo adopté -dice hoy-. Más tarde he pensado que hubiera sido mejor mantener mi nombre original, porque los padres de uno no entienden mucho de estas cosas”.

En el asalto al cuartel Moncada murieron muchos de sus compañeros de la Acción Cívica Ortodoxa. Cuando Fidel Castro salió de la cárcel y se creó el Movimiento 26 de Julio, se incorporó a la nueva organización. Después del triunfo de la revolución, el 1º de enero de 1959, integró durante unos meses la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que sustituyó la fuerza represiva de Batista. En septiembre de ese año formó las Patrullas Juveniles de la PNR. En 1960, cuando se constituyó la Asociación de Jóvenes Rebeldes que aglutinó a todo el movimiento juvenil cubano, integró la comisión nacional de pioneros. La AJR pasó a ser la actual Unión de Jóvenes Comunistas.

Dos años después, Fernández Oña comenzó a trabajar en el Ministerio del Interior bajo las órdenes del viceministro, comandante Manuel Piñeiro Losada (“Barbarroja”). Su misión fue atender los vínculos con Bolivia y Chile, países que no tenían relaciones diplomáticas con Cuba.

¿El área de Piñeiro era la inteligencia?

“Sí, tenía una característica muy sui generis, porque debíamos ocuparnos de las relaciones con los partidos y con quienes solidarizaban con Cuba en los países latinoamericanos con los cuales no teníamos relaciones diplomáticas. El Ministerio de Relaciones Exteriores no tenía equipo para atenderlos. A los pocos meses dejé de ocuparme de Bolivia y me concentré en Chile, del cual no sabía nada. A través de estudios, y de vínculos con dirigentes y organizaciones chilenas que nos ofrecían su solidaridad, me fui interiorizando”.

¿Qué organizaciones eran?

“Partidos y organizaciones con alguna identificación con la revolución cubana, como la CUT, federaciones estudiantiles y personas. Chilenos y cubanos nunca dejamos de tener vínculos, aunque para llegar a Cuba había que hacerlo vía Praga u otro país de Europa. Conocí a muchos dirigentes como Carlos Altamirano, Salvador Allende -en ese momento senador-, Volodia Teitelboim, la senadora María Elena Carrera y otros dirigentes socialistas y comunistas que participaron en eventos realizados en Cuba, como la Tricontinental y el encuentro de OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad). También estuvieron en Cuba Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Manuel Cabieses y otros. En definitiva, mi trabajo era tratar de lograr un mejor entendimiento y relación con las fuerzas políticas afines en Chile”.

LAZOS CON CHILE

 


BEATRIZ (Tati) Allende junto a su esposo cubano, Luis Fernández Oña

¿Cuándo conoció a Salvador Allende?

“Comenzamos una relación de trabajo en 1966. Al año siguiente, coincidiendo con el 50 aniversario de la revolución bolchevique, Salvador llegó a Cuba en tránsito hacia Moscú acompañado de su hija Beatriz. Al regreso, ella se quedó un tiempo, incentivada por las inquietudes que tenía desde el punto de vista revolucionario. Estaba casada con Renato Julio y ambos militaban en el Partido Socialista. También yo estaba casado con una cubana, y tenía dos hijos. Pero ahí comenzó entre nosotros un acercamiento afectivo”.

¿Un flirteo?

“Ajá… En el 68 vine a Chile a una reunión de la Cepal. Y coincidieron algunos hechos. El año 67 había caído el Che en Bolivia. Tres guerrilleros cubanos que estuvieron con el Che entraron a Chile por Iquique. Eran Pombo, Benigno y Urbano. Tratamos que el pueblo chileno solidarizara con ellos y les diera protección. El pueblo se movilizó y apoyó a los guerrilleros con mucha energía”.

¿Cuándo supo de esos sobrevivientes?

“La primera señal, en Chile, la dio un ingeniero boliviano, militante del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quien una noche llegó a golpear la puerta de la casa de Manuel Cabieses, entonces periodista del diario ?Ultima Hora? y director de ?Punto Final?. Aunque no se conocían, le habló de los sobrevivientes que debían salir de Bolivia, para los cuales solicitó ayuda. Cabieses conversó con el periodista socialista Elmo Catalán, quien había trabajado en ?Ultima Hora? y en ese momento era secretario de Carlos Altamirano. Elmo pertenecía a la rama chilena del ELN. Posiblemente él alertó a Cuba. Luego intervinieron miembros del Partido Comunista chileno que fueron a la frontera a esperar a los guerrilleros”.

¿Por eso lo enviaron a usted a Chile?

“No, mi viaje fue una coincidencia. Aquí me reuní con Luis Corvalán -secretario general del PC-, con Carlos Altamirano y Elmo Catalán. Este se movilizó al norte para tratar de que los guerrilleros entraran sin caer en manos de la policía. Finalmente entraron solos y llegaron a un retén de Carabineros. Era un momento de mucha efervescencia de la Izquierda en Chile. Por medio de un llamado telefónico desde La Habana le pedimos a Allende que ayudara a salir a estos compañeros. Salvador los acompañó en el avión de Lan-Chile que los llevó hasta Tahiti, donde los entregó al embajador cubano en Francia. Así, los guerrilleros llegaron a Cuba gracias al apoyo de las organizaciones políticas de Izquierda, al pueblo chileno y a la participación de Salvador Allende”.

¿También estaba en Chile cuando apareció el Diario del Che?

“Estaba aquí cuando se produjo un contacto con ?Punto Final? que permitió recibir las fotografías del diario, camufladas en unos long plays de música folclórica boliviana. Me acuerdo que nos reunimos Manuel Cabieses, Alejandro Pérez (gerente de PF) y yo en casa de Manuel en la calle Santos Dumont. Cuando comprobamos que los negativos parecían ser el Diario del Che, programamos un viaje de Mario Díaz a México y de ahí a Cuba con el diario. Así se hizo, y en Cuba se ratificó que el documento era auténtico.

El ELN de Bolivia creó una especie de retaguardia en Chile. En ella estuvieron Elmo Catalán, a quien le presenté a Beatriz, y luego fueron contactando a otros socialistas, como Arnoldo Camú, Carlos y Fernando Gómez, Rolando Calderón y otros compañeros. Posteriormente Inti Peredo encabezó esta fuerza revolucionaria en Bolivia para continuar con el proyecto del Che. El grupo chileno fue una fuerte base de apoyo. Eran compañeros de gran valor personal y entereza revolucionaria” (ver PF 488).

AMOR Y REVOLUCION

¿Qué pasaba entre usted y Tati en aquel tiempo?

“En el 68 surgió una relación más profunda y personal. Un factor muy importante fue la comunión de ideas, el compromiso revolucionario, independientemente del atractivo que existe en toda relación de pareja”.

¿Cómo la recuerda?

“Tenía una personalidad fuerte. Era una mujer de 25 años que se había graduado de médico. Vivía un proceso de maduración revolucionaria. Estábamos imbuidos de un gran espíritu idealista revolucionario. Ella comenzó a trabajar en un hospital. Estaba muy ligada a su padre y se identificaba con su pensamiento. Pero también se sentía motivada por la revolución cubana y las ideas y amistad que compartía con Miguel Enríquez, Bautista Van Shouwen, Luciano Cruz y su primo Andrés Pascal Allende. Todo esto alentó su participación como militante. Tenía mucho valor, era muy inteligente. Sobre todo estaba convencida que una revolución profunda podría salvar de la miseria a los países de América Latina, incluyendo a Chile. Ella se sentía muy ligada a los compañeros del ELN en Chile, que prácticamente desapareció cuando la Unidad Popular triunfó en las urnas”.

¿Cuándo se casaron ustedes?

“En 1970, en La Habana. Beatriz viajaba a la isla a perfeccionar sus conocimientos políticos pero no iba a Cuba como militante chilena, sino del ELN boliviano. A comienzos del 70 se creó el Departamento Liberación, también a cargo de Piñeiro. Realizamos el mismo trabajo de relaciones, pero más político, con mayor nivel de especialización”.

Esa era una época de auge de las luchas revolucionarias en América Latina, con una extensión de la lucha armada y en la que muchos cubanos participaron directamente, como ocurrió en Venezuela…

“Además, se requería especialización. Dejamos de ser revolucionarios ?de impulso?: estudiamos más la teoría. Comenzamos a ser más revolucionarios de corazón y de pensamiento. También ganamos nivel cultural, porque cuando triunfó la revolución muchos no teníamos la formación cultural ni política necesarias. Cuando el Departamento Liberación estaba en sus inicios, triunfó Allende. Como presidente electo, envió a Tati a Cuba para expresar su solidaridad a la revolución cubana. Por supuesto, él conocía mi relación con su hija. Viajé a Chile el 25 de septiembre del 70 en una delegación que participó en un congreso de veterinaria”.

¿Apoyaron la formación del equipo de seguridad de Allende?

“En Cuba, todos reciben entrenamiento militar. Estamos preparados para un eventual ataque del imperialismo. Los compañeros que vinimos en esa oportunidad ayudamos en alguna medida a que el presidente electo, el amigo y revolucionario Salvador Allende, fuera bien protegido. Había amenazas, estallidos de bombas y se comenzaba a desplegar una agresividad tremenda. La mejor muestra fue el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del ejército. A la toma de posesión del mando, el 4 de noviembre del 70, se invitó a una delegación cubana que encabezó Carlos Rafael Rodríguez. Se inició así el restablecimiento de relaciones diplomáticas. El gobierno cubano me nombró encargado de negocios hasta la llegada del embajador, Mario García Incháustegui. Cuando él asumió, pasé a ser ministro consejero de la embajada”.

HISTORIA Y LEYENDA

¿Fue en esa época que comenzó a recibir ataques de la prensa de derecha?

“Decían cualquier cosa de mí. En una oportunidad aparecí en la revista ?Sepa? como instructor de asesinos políticos. Me achacaban la muerte de Schneider y de Edmundo Pérez Zujovic, más tarde el asesinato del edecán naval Arturo Araya. No me agredían a mí, sino que me utilizaban para atacar al gobierno de Allende y a la revolución cubana. Hace poco leí las memorias de Henry Kissinger, donde dice ?Fernández Oña, yerno de Allende, tenía su oficina en La Moneda?. Es absurdo, habría sido estúpido meter a un diplomático cubano en la casa de gobierno. También dicen que fui organizador o jefe del GAP, lo que habría sido igualmente estúpido. Me han inventado ?altos cargos? en la dirección cubana. Pero yo sólo soy un revolucionario, y punto”.

¿Cómo reaccionaba Allende?

“En una ocasión, un periódico hizo una acusación, mencionando particularmente la relación familiar. En ese caso, el presidente Allende respondió con una carta donde pedía un poco más de ética. En definitiva, se trataba de mi relación personal con Tati, que no le incumbía a nadie más”.

¿Cómo recuerda esos tres años de gobierno de la UP?

“Teníamos enorme actividad. Por la relación familiar, conversábamos con Salvador sobre la situación que se vivía. El también se interesaba mucho por Cuba y por Fidel. Había un intercambio amistoso entre ambos. Tenían una relación muy estrecha, de mutuo respeto”.

¿Cuándo se empezó a percibir la posibilidad de un golpe de Estado?

“La prensa y grupos de derecha y ultraderecha, como Patria y Libertad, empezaron a preparar las condiciones desde el 70, e incluso antes. Pero creo que el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic fue un hito muy importante, polarizó la situación y creó condiciones adversas para la Unidad Popular. Este país no tuvo un momento de tranquilidad desde 1972”.

¿Cuál era el estado de ánimo que prevalecía en Allende durante su breve gobierno?

“Salvador nunca perdió la confianza de lograr sus objetivos. Siempre lo vi optimista, aún en la época cercana al golpe militar. Tenía claro que se vivían momentos muy difíciles y había decidido convocar a un plebiscito. El 4 de septiembre de 1973, siete días antes del golpe, hubo marchas y concentraciones en todo el país. En Santiago asistieron unas 800 mil personas. Era una fuerza muy importante pero todos sentían que la situación se complicaba”.

¿Cuándo vio por última vez a Allende?

“El 8 de septiembre, un día sábado. Era el cumpleaños de Beatriz y nos reunimos con un grupo de amigos en casa de Miria Contreras (?Payita?), en El Cañaveral. Estuvieron Augusto Olivares, Fernando Flores, un grupo musical -creo que los Parra- y Salvador. Había mucha tensión. La situación estaba controlada por las fuerzas militares, que intervenían los cordones industriales, allanaban y acordonaban poblaciones haciendo uso de la ley de control de armas. Hacía varios días que Beatriz y yo, junto con el doctor Danilo Bartulín, el ?Perro? Olivares, Joan Garcés, y varios más pasábamos las noches en la casa de Tomás Moro. Jugábamos ajedrez y nos manteníamos alertas por lo que pudiera suceder”.

¿Es efectivo que Allende confiaba en la lealtad de Pinochet?

“No supe de eso. Siempre fuimos respetuosos como para no preguntar nada sobre las Fuerzas Armadas, y Salvador fue muy cuidadoso para no hacer ningún comentario. Nunca me encontré con Pinochet. Sí conocí, antes, al general Carlos Prats, como también al almirante Raúl Montero y a César Ruiz, los comandantes en jefe del ejército, la Marina y la Fach. El 26 de julio del 73 mataron al edecán naval, el comandante Araya, y la revista ?Sepa? me achacó el crimen. Su versión era que yo había huido de Chile esa misma noche. Además, ?alguien? había escuchado a través de un muro que Beatriz decía a otra persona: ?Tienes que contarle al papá que fuiste tú?. Entonces, Allende me convocó a Tomás Moro, donde se encontraban los comandantes de las Fuerzas Armadas, para que vieran que no me había ido del país. A ese nivel llegaban las cosas”.

EL DIA MAS NEGRO

¿Cómo vivió el Once?

“En el último tiempo manteníamos por seguridad a nuestra hija, Mayita, en casa de unos amigos. El sábado 8 de septiembre la trajimos con nosotros hasta el lunes, porque estaba resfriada y pensábamos llevarla al médico. Por eso, en vez de quedarnos en Tomás Moro alojamos en nuestra casa, en la calle Martín Alonso Pinzón. Como a las siete de la mañana del martes 11 supimos lo que estaba pasando. De inmediato mandamos a Maya a la casa donde la cuidaban. Un compañero cubano salió en mi auto a dejarla y, con el apuro, se llevó la llave del carro de Tati, así que tuvimos que esperar su regreso para movernos. Serían las ocho y media cuando Tati se fue a La Moneda y yo a la embajada. Allí tomamos todas las medidas para defender la sede diplomática. Junto a la embajada había unos terrenos baldíos y de repente aparecieron dos soldados que gritaron: ¡Ríndanse! Fue tan ingenua su actitud que, evidentemente, actuaban por propia iniciativa. Los compañeros dispararon y los soldados se fueron. Ese fue el primer llamado de alerta para ambas partes. Los militares tomaron posiciones en los edificios cercanos. La calle Los Estanques no tenía salida y a media mañana estábamos cercados. Había mucha tensión. Mientras pude, me mantuve en contacto telefónico con Tati”.

¿Cuánta gente había en la embajada?

“Alrededor de cien personas, entre médicos, deportistas, gente de la cultura, personal de la oficina comercial y funcionarios con sus esposas. Nos mantuvimos a la espera, escuchando noticias por radio. Para sorpresa nuestra, siempre tuvimos comunicación telefónica. Beatriz me informaba de la situación en La Moneda. Ella estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Nos decía que su padre estaba bien y pedía que nos mantuviéramos tranquilos en la embajada, porque estábamos en territorio cubano. Mientras, los militares habían evacuado a los vecinos y nosotros estábamos preparados para resistir cualquier agresión. Cuando comenzó el bombardeo a La Moneda nos llamaron supuestos militares que no se identificaban, diciendo que Allende se había rendido y que nos pedía asilo. Por lo que siempre había expresado Allende estábamos convencidos que él no saldría rendido de La Moneda. Después que las mujeres abandonaron el palacio, minutos antes del bombardeo aéreo, pude hablar con Beatriz. Estaba en un lugar con su hermana Isabel, la periodista Frida Modak, Nancy Julien, una cubana casada con Jaime Barrios (N. de PF: gerente del Banco Central, uno de los fundadores de PF, detenido desaparecido). Tati se había sentido muy mal debido a la tensión y a su embarazo, pero estaba mejor. A todas les preocupaba el destino de Salvador. La señora Tencha estaba en casa de Felipe Herrera”.

¿Qué pasó después en la embajada?

“Cerca de las ocho de la noche me llamaron por teléfono para decirme que los restos de Salvador Allende los iban a sepultar en el cementerio de Viña del Mar y que si yo podía localizar y acompañar a la familia. Ellos facilitarían un avión y luego ?las tres mujeres? -así se expresaba mi interlocutor- podrían asilarse en la embajada cubana. Tengo casi la certeza que era el almirante Patricio Carvajal, quien estaba a cargo de la coordinación golpista. Me comuniqué con Tati para que consultara a su madre. Antes de las nueve me llamó un ?capitán Garín?, o Garay. Me dijo: ?estoy en Pedro de Valdivia con Los Estanques. Si usted puede salir…?. ?¿Y usted, por qué no viene??, le pregunté. ?No, porque van a disparar?. ?No, yo le garantizo que no le disparará nadie?. ?Estoy con un jeep, voy hacia allá?, me respondió. Le dije al embajador que venían a buscarme y decidió acompañarme hasta la salida: ?Quiero ver a quién te entrego?, me dijo. Caminamos hacia la garita de entrada, a unos 10 ó 15 metros de la casa, porque pensamos que el jeep estaría allí. Pero cuando abrí la puerta, nos llegó una ráfaga desde el frente, a no más de 25 metros. Ese día no estaba para morirme, sentí los ?abejorros? pasándome por el lado y después vi la pared llena de impactos. Mario (García Incháustegui) y yo, saltamos hacia atrás y nos tiramos al suelo. Ahí empezó el tiroteo de lado y lado, porque la gente de la embajada pensó que nos habían matado. En el suelo, detrás del muro, veíamos cómo cruzaban las balas trazadoras. Pudo haber sido dos minutos, pero parecieron dos años. Cuando paró el tiroteo llegaron los compañeros, pensando que estábamos liquidados. Entramos a la casa ¡y me volvió a llamar el mismo ?patudo?! Dijo que perdonara, que hubo una confusión. ?¿Pero qué clase de confusión? ¡Por poco me matan!?. ?¿Podemos ir…??. ?No, no, se acabó el acuerdo, ni yo voy ni van ellas?. Llamé a Beatriz y le conté. Luego, Carvajal telefoneó al embajador para decirle que les habían disparado desde la embajada y que ellos subirían su nivel de fuego. Mario les respondió que la agresión vino de su parte y que nosotros nos defenderíamos si volvía a ocurrir. La nuestra era una posición heroica, pero insostenible. Sin embargo, estábamos dispuestos a dejar hasta el último hombre para impedir que tomaran la embajada. Esa noche fue muy tensa. Al otro día llamó Uros Domic, un oficial de ejército que había ido a Cuba en una delegación y que actuó como mediador. Poco después llegó Domic a parlamentar personalmente. Cuando hubo acuerdo, salí de la embajada con un mayor uniformado, un chofer y un joven armado de una metralleta, ambos de civil. Al llegar a Pocuro con Pedro de Valdivia dispararon una ráfaga contra el auto, desde un techo. Todos se lanzaron fuera del auto y me dijeron ?¡quédese usted!?. Si me quedaba, me jodía, así que salí y me tiré al piso. En este momento prefiero pensar que fue un francotirador que disparó contra los militares. Pero ya eran dos coincidencias: me hicieron salir de la embajada y dispararon, luego salgo con ellos, y tiran. Fuimos a buscar a Mayita, a la señora que la cuidaba y a Beatriz, con gran pena porque ni Frida, ni Nancy, ni Isabel quisieron salir para asilarse. Ya en la embajada, embalamos papeles y archivos, siempre con Uros Domic en la sede diplomática. Salimos de la embajada en micros y autos custodiados por militares, en compañía de los embajadores de Perú, Suecia, Unión Soviética y México. Nos dirigimos hacia el aeropuerto, donde se encontraba un avión de Aeroflot. Esa noche del 12 de septiembre vimos un Santiago a oscuras y controlado por patrullas militares. Cuando despegamos, el piloto apagó la radio y siguió una ruta distinta a la establecida. Hicimos escala en Perú, y de ahí directo a La Habana”.

¿Cómo iba Beatriz?

“Abatida. Ya sabía de la muerte de su padre y el hecho de estar embarazada no la dejó actuar con la serenidad que hubiera querido. Se volvió a reunir con su familia el 28 de septiembre en La Habana, donde se efectuó un acto de masas en el que habló Fidel, y también Beatriz”.

¿De dónde salió la versión que dio Fidel de la muerte de Allende en esa oportunidad? Porque no habló de suicidio…

“Cuando fui a México a buscar a Tencha, Isabel y Carmen Paz Allende, uno de los ex miembros del GAP que estuvo en La Moneda y que había viajado con ellas, quiso hablar conmigo. Me contó la versión que dio Fidel. Yo la mandé a Cuba. Fidel la escuchó y después relató la misma versión. Eso sí, hizo la salvedad de que si Allende se hubiera disparado él mismo para no quedar en manos del enemigo, sería igualmente heroico. Un hombre que está bajo un bombardeo y, por dignidad, no se deja agarrar vivo, es una persona ante la cual hay que sacarse el sombrero”.

En Cuba, mientras Luis Fernández Oña se dedicó a terminar la carrera de Ciencias Políticas y se integró a trabajar en el Departamento América del PCC, Beatriz Allende comenzó a ejercer su profesión de médico. Vivían en un departamento y pronto nació su segundo hijo, Alejandro. Ella se entregó por entero a apoyar a quienes resistían la dictadura militar en Chile. Estuvieron un tiempo juntos, pero luego se fueron distanciando afectivamente hasta que optaron por separarse. Beatriz viajaba permanentemente para participar en actividades de solidaridad con el pueblo chileno en distintas partes del mundo y presidía en Cuba una entidad en que participaban los exiliados chilenos de diferentes partidos. Pero sentía que no era eso todo lo que podía y debía hacer. Además, iba pasando el tiempo y seguían cayendo compañeros en Chile. Algo se quebró en ella. Tenía 33 años cuando se suicidó, en octubre de 1977.

¿Cuál es su interpretación de por qué se quitó la vida?

“Le afectaba profundamente el hecho que ya hubieran transcurrido cuatro años y no se vislumbraba ni un rayo de luz. También le angustiaban las divisiones de la Izquierda chilena en el exilio. En cada país había por lo menos dos comités de exiliados. Quizás, si hubiera tenido la oportunidad de volver a Chile habría sido distinto. Quizás”.

¿Ella continuaba militando en el Partido Socialista?

“Más que en un partido, estaba militando con Chile. Fue militante socialista, pero también respetaba mucho las opiniones de los comunistas, del MIR, de los radicales, de la Izquierda Cristiana. Fueron años difíciles para todos, de desajuste. La existencia de los niños me ayudó mucho a superar la situación que se creó con la muerte de Tati”.

¿Cómo se han adaptado sus hijos en Chile?

“Bien, viven con su abuela Tencha, que está muy contenta con su primer bisnieto, y su tía Isabel. Hacen mucha vida familiar”.

A menudo se critica en Chile la ingratitud de muchos chilenos que fueron acogidos solidariamente en su país y que se olvidaron de devolver la mano cuando Cuba atraviesa por graves dificutades.

“En la Concertación está la mayor parte de la gente que tuvo relación con la revolución cubana. Algunos fueron muy amigos, pero ahora no quieren ni saber de nosotros. Tampoco les interesa la memoria histórica. Pero también hay gente muy buena, que nos está apoyando. Y otros están muy ocupados en sobrevivir, no tienen tiempo para meterse en otras cosas. Pienso que en Chile hay mucha desinformación sobre Cuba. Todos los sectores sociales engullen la propaganda adversa que pinta a Cuba como un infierno. Pero quienes visitan mi país se dan cuenta que no es así, tampoco somos un paraíso pero estamos lejos de ser un infierno”

PATRICIA BRAVO

 

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