“Mi vida con Carlos”.la búsqueda personal, por parte del hijo, de la memoria de su padre asesinado

“Mi vida con Carlos”.la búsqueda personal, por parte del hijo, de la memoria de su padre asesinado

SINOPSIS En 1973, el abogado y periodista Carlos Berger fue asesinado por el régimen de Pinochet. En tres días, 75 presos políticos fueron «secuestrados, torturados y ejecutados y, en muchos casos, sus cuerpos desaparecieron; como en el caso de mi padre». Germán Berger, el hijo, no ha sabido mucho de su padre, el cual murió antes de que él cumpliera un año de edad. La familia sólo hablaba de Carlos como un icono político, nunca como persona, como un hermano, un esposo o un humanista. “Mi vida con Carlos” es la búsqueda personal, por parte del hijo, de la memoria de su padre asesinado, revisando y revalorando la reciente historia y el presente de Chile a través de las vidas de una familia concreta. Es la historia de un drama familiar que refleja el drama de todo un país. El documental fue estrenado el 2010 en Festival Internacional de Documentales de Santiago, Fidocs.

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Carta a Manuel Guerrero con copia al asesino de su padre

Carta a Manuel Guerrero con copia al asesino de su padre

Carta a Manuel Guerrero con copia al asesino de su padre

Impunidad en Chile y la implacable memoria

Manuel, como sabes, hace apenas algunas noches Valparaíso se encendió de lluvia y viento con tanta fuerza que las olas nos resquebrajaron nuestras certezas. Como hace solamente  40 años cuando se nos anegó el corazón de golpe: un golpe artero al vientre que nos dejó sin respiración. Un golpe militar fue. Y todavía nos duele, como sin duda te desgarra el alma que al asesino de tu padre le otorguen la libertad, porque es  como matarle de nuevo. Es que la historia nunca empieza cuando dicen que empieza y nunca termina cuando dicen que  termina; da tantas vueltas por el monte que se nos pierde tras la luna y cuando reaparece no nos damos ni cuenta cuando  nos topamos con otro torturador en la calle, con otro asesino en la plaza del barrio. Porque esta transición pactada con los militares fue articulada para aturdir a los que se levantaron tarde cuando las cúpulas partidistas estrecharon las manos de los mismos que nos habían dejado sin aliento allá en el puerto y a punta de terror nos siguieron atizando la vida y la muerte. Como la de tu viejo, que luchó por la vida y encontró la muerte.

Porque Manuel, como sabes, aquí no sólo hubo víctimas –que las hubo y miles– sino que también millares de luchadores sociales que, ya fuera en el ámbito de los derechos humanos, estudiantil, poblacional, cultural, en la lucha armada o en muchos otros,  contribuyeron a la caída de la dictadura. Chilenos y chilenas comunes y corrientes, ejemplos de coraje y dignidad, a diferencia de criminales que actualmente, a pesar de que gozan de injustos privilegios, reclaman por derechos que ellos jamás respetaron a sus víctimas. Y plañen su supuesta desdicha, declaman y proclaman su inocencia alentados por 25 años de impunidad, porque  esta democracia nació abortada por un pacto de silencio, pero no sólo entre militares, sino que también entre civiles de derecha y de la Concertación, aquellos de la justicia en la medida de lo posible.

Es que sabes, Manuel, no hay justicia en la medida de lo posible: o es o no es. Así de simple. Lo otro es lírica, es poesía, un engranaje de palabras desplegadas al viento para continuar atafagando a aquellos que se levantaron tarde el día aquel en que las cúpulas partidistas negociaron con los militares.

Así Manuel, como sabes, poco a poco se van muriendo o suicidando los torturadores y los asesinos. Se van ocultos en medio de la noche, apresurados, en la más profunda de las soledades, con la vergüenza estampada a fuego en sus mustias frentes. Y ninguna lástima siento por ellos, porque en sus  últimos suspiros se me aparecen los desaparecidos y su brutal e increíble destino. Entonces, nada más rabia e impotencia por vivir en un país que castiga a sus ciudadanos por tomar fotografías en el metro de Santiago y deja en libertad a un policía que degolló a tu padre. Un país donde se reprime al pueblo mapuche y todavía existen agentes de la CNI trabajando en el ejército o civiles que trabajaron o apoyaron a la dictadura y hoy están en el parlamento o son empresarios. Donde el ex presidente Ricardo Lagos dice que mucha gente le pide que vuelva al poder para que ponga orden ¿Qué orden? ¿El orden del secreto y la impunidad? ¡Sí fue durante su mandato que se creó la Comisión Valech sobre Prisión Política y Tortura la cual  emitió un Informe que prohibió divulgar el nombre de los responsables de violaciones a los derechos humanos por un período de 50 años!

Manuel, como probablemente sabes, no creo en Dios, pero si creyera, los Pinochet, los Contreras, los Corbalán, los Sáez, los Zuñiga, los Sanhueza, los Herrera, los Mena, los Krassnoff, los Moren y tantos otros y otras, están o estarán en el infierno. Si es como dicen que es, se hundirán  como serpientes de plomo en el suelo incandescente y tendrán las cabezas al revés para   que jamás olviden que tras suyo galopan despidiendo llamaradas azules por sus ojos de azufre diez caballos atroces.

Y quizás, Manuel, aquellos jinetes de ojos claros lleven en sus pupilas grabada la señal de la memoria, que a lomo de corcel o a pie, o como sea y dónde sea, porta en sus alforjas   el antídoto para la peste del olvido. Así, por más que el olvido nos espolee la garganta para silenciar nuestras denuncias; por más que nos obnubile la mirada, la implacable memoria nos revolverá la melena con el beso del recuerdo. Porque es su esencia, su modo de ser, su manera de enunciar, su resistencia más feroz.

Es que la memoria no puede cambiar, aunque quisiera, porque nació para evocar el pasado y de esta manera preñar el futuro de crisálidas de luciérnagas que iluminen el sendero de la verdad y se termine la oprobiosa impunidad en este país. Ese día, Manuel, tal vez la sonrisa de tu viejo venga navegando en  la lluvia y viento de Valparaíso.

Dr. Tito Tricot
Sociólogo
Director Centro de Estudios de América Latina y el Caribe- CEALC
Valparaíso
16-8-2015

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La comodidad de la culpa de Cheyre para la derecha.La historia del Horror

La comodidad de la culpa de Cheyre para la derecha

CARLOS CORREA B.
elmostrador.cl / 23 de agosto 2013
 
Que Cheyre sea culpable ante la opinión pública, les viene como anillo al dedo. La dictadura y sus horrores no fueron un asunto de militares desquiciados que se concertaron para hacer una guerra contra connacionales, sino un asunto ideológico más profundo, donde un sector político sostuvo el peor régimen que conoce la historia de Chile. Muchos de ellos, cuando han viajado, han tenido que enfrentarse a lo que representa Pinochet para el resto del mundo.
 
Conozco a dos padres – que en la misma época, que los de Ernesto Lejderman murieron a manos de una patrulla – también buscaban escapar de Chile con un niño de 2 años. Son los míos y el niño soy yo.
 

A diferencia de Bernardo y María, lo lograron. No hubo un soplón que dijera dónde se escondían o una patrulla que los encontrara en su huída, y pudieron salir de Chile, a un largo exilio en tierras lejanas. Pero podría haber sido el mismo destino.

La historia del Horror, es por ello, algo que conozco de cerca y emocionalmente me cuesta enfrentarla. No sólo las pesadillas de niño y tener la misma edad de Ernesto me hace comprender y compartir sus preguntas. Y, por cierto, también aplaudir el “Nunca más” que dijo Cheyre en su momento. Pero tengo una pregunta más. ¿La derecha chilena, en especial, la que es heredera política de la dictadura, es capaz de repetir lo de Cheyre y hacer un “cara a cara” como les dijo la Ex Presidenta Bachelet?

He vivido en Chile los últimos 23 años. Me ha tocado conocer a muchos chilenos, de la misma edad que Ernesto y yo, cuyos padres debieron haber temido en su tiempo, que si los partidarios del gobierno de Allende llegaban a tener el poder total, iban a tener que escapar con sus hijos por la cordillera, como lo hicieron en su tiempo los boat people de Viet Nam, o los muchos que atravesaron el estrecho de la Florida. Suelen preguntarme mucho sobre la experiencia vivida en tierras extrañas, pero rara vez hablamos sobre El Horror.

Muchos de ellos son personas que aprecio mucho, que quieren lo mejor para Chile, y que – al igual que yo – piensan que podemos vivir en el mismo país aunque no pensemos igual. Es probable que muchos de ellos voten por la candidata de la Alianza. No son mis enemigos, ni me ven como tal. Pero nadie habla del Horror. Es un tabú mayúsculo. Puede ser la explicación de la fuerza que han tomado los programas de televisión que lo rompen en estos días.

Suelen contarse las historias de las violaciones a los derechos humanos como algo que ocurrió a personas lejanas. Pareciera que los muertos, los desaparecidos y los exiliados son situaciones que no les ocurrieron a los vecinos, compañeros de liceo o de universidad, amigos de la pichanga, suegros, yernos y nueras, fanáticos de la U. o de Colo Colo, chicas que admiraban a los ídolos de Música Libre o la Nueva Ola.

De la misma manera que a los alemanes, sus connacionales judíos les parecieron en los tiempos del Holocausto personas lejanas, y no vecinos o compañeros de trincheras con los que padecieron la Primera Guerra Mundial. Al igual que ellos, las víctimas del Horror dejaron de ser de la misma nacionalidad en cierto momento.

Si les preguntaran, a algunos de los tantos que siguen teniendo una vida política activa, podrán decir que fue un grupo de militares que cometieron excesos y no como una política de un régimen totalitario, que necesitó de ellos para sostenerse y que les dio el momentum inicial para que sobrevivieran en democracia, dándoles un sistema electoral que les garantiza el empate perpetuo.

Que Cheyre sea culpable ante la opinión pública, les viene como anillo al dedo.

La dictadura y sus horrores no fueron un asunto de militares desquiciados que se concertaron para hacer una guerra contra connacionales, sino un asunto ideológico más profundo, donde un sector político sostuvo el peor régimen que conoce la historia de Chile. Muchos de ellos, cuando han viajado, han tenido que enfrentarse a lo que representa Pinochet para el resto del mundo.

Y por cierto, en Punta Peuco, debe haber espíritu de fiesta por el difícil trance que pasa Cheyre. En su momento, lo vieron como un traidor y ahora pueden estar diciendo que éste es el pago que la izquierda ingrata tiene para ellos. Les parece mucho mejor la integridad siniestra del ex Coronel y ex alcalde Labbé.

¿Tenemos garantía que la derecha sea capaz de decir ‘nunca más’ —como lo hizo Cheyre—, si la candidata que los representa, no hace muchos años llamaba a boicotear, con la pasión de la que se enorgullece, los productos ingleses y españoles, por la sencilla razón que jueces de ambos países aplicaron el derecho internacional, deteniendo al ex dictador?

En la mitología actual, en que el Horror es sólo responsabilidad de sus ejecutores directos, esta pregunta no es siquiera necesaria para ellos. Muchos en los inicios de la democracia amenazaron al gobierno que entraba, apoyaron a violadores de derechos humanos, criticaron los acuerdos que buscaba la democracia naciente en aras de reconstruir la paz social.

Y que, por cierto, nunca han dicho “nunca más participaremos en una conspiración para terminar con la democracia” o “nunca más estaremos en un gobierno que tortura, asesina y exilia a compatriotas”. Más que mal, todos fueron funcionarios civiles, con cargos administrativos de escritorio, como decía Adolf Eichmann en su defensa en Jerusalén, en el año 1960.

Creer que el autoritarismo existe sin el Horror, es una ficción que no resiste análisis alguno. La imposición a la sociedad de un cierto canon de país, como lo hizo el gobierno militar sin pasar por la validación democrática, no habría sido posible sin el puño de hierro con que la DINA torturó, eliminó y exilió a los opositores al régimen. Esto es reconocido en las palabras del propio Jaime Guzmán, que en un memorando dirigiéndose a la Junta de Gobierno, en los primeros días, escribió que “el éxito de la Junta está directamente ligado a su dureza y energía, que el país espera y aplaude. Todo complejo o vacilación a este propósito será nefasto”.

Personalmente podré decirles que nunca apoyaré a ningún gobierno que piense que los chilenos que no los apoyan, son enemigos o traidores a la patria, o que busque solucionar los dilemas de estos tiempos por vías que no sean democráticas o que no respeten la institucionalidad. Y por lo que vi en el programa El Informante, Ernesto Lejderman piensa exactamente lo mismo.

¿Podrá decir eso mismo Evelyn Matthei, o dirá también que sus declaraciones de 1998, apoyando al dictador preso en Londres, es un pecado de juventud?

La vocera de Gobierno, la ministra Cecilia Pérez, planteó que quiere una reconciliación real que permita avanzar —con verdad y justicia— aclarando eso sí que “los perdones y reflexiones son individuales” y que ambos bandos políticos debieran hacer gestos al respecto.

Aunque aplaudo que Pérez llame las cosas por su nombre: dictadura, Golpe Militar y violaciones a los Derechos Humanos, no va al fondo del asunto, en especial en su sector político. No va a haber reconciliación ministra, y cuando celebremos los 50 años del Golpe Militar tendremos la misma discusión, si su sector político no hace de una vez por todas el “Nunca Más” y reniega de su pasado autoritario, de la misma manera que el otro bando, al que usted se refiere, renegó para siempre de la vía violenta como el camino para lograr los cambios. Y por cierto, ministra, respete la historia: los arrebatos mesiánicos que tuvo la izquierda en su momento, no son comparables en modo alguno: al Horror.

La derecha necesita hacer el “cara a cara” por su propia supervivencia política. Si algo le permitió a Piñera ganar las elecciones y tener una autoridad moral al respecto, es que votó que NO en el plebiscito. Y en los años 90, su voluntad de crear una derecha alejada del gorilismo le costó caro, pues fue víctima de conspiraciones no aclaradas del todo, amenazas y todo tipo de operaciones oscuras.

Si no lo hace, no sabremos si el día de mañana, cuando tengamos otra crisis política, llamarán nuevamente a los militares, como lo insinuó el ex alcalde Zalaquett, en el momento más álgido de las manifestaciones estudiantiles del 2011, en vez de elegir los caminos de diálogo y entendimiento que ofrece la democracia.

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CARTA AL GENERAL (R) CHEYRE Y AL GENERAL FUENTE-ALBA

CAROLINA RIVERO
elmostrador.cl / 23 de agosto 2013
 

SEÑORES:

Juan Emilio Cheyre, ex Comandante en jefe del Ejército

Juan Miguel Fuente-Alba, Comandante en jefe del Ejército
Presentes

Con motivo del impacto público, por los detalles del conocimiento del caso de Ernesto Ledjerman Avalos, ciudadano argentino, que a la edad de  2 años fue testigo del asesinato de sus padres a manos de militares, en la quebrada del Valle del Elqui, cerca de la frontera con Argentina; y entregado posteriormente a un convento de monjas en 1973, por el entonces Teniente Juan Emilio Cheyre, para su custodia; es que requeririmos la entrega de información veraz y/o iniciativas institucionales que colaboren en la dirección de casos de igual dramatismo que el señalado, y que aún, luego de 40 años, siguen sin ser esclarecidos, prolongando una perversa agonía a sus familiares y a nuestro país.

Existen, acreditados por organismo pertinentes, 9 casos de mujeres detenidas-desaparecidas, que al momento de su detención se encontraban en estado de embarazo.

Se desconoce con exactitud hasta el día de hoy, que sucedió con aquellas criaturas en gestación, básicamente si lograron sobrevivir o no, al cautiverio y torturas de sus madres.

Los nombres de ellas, y el año de su secuestro, son los siguientes:

•    Jacqueline Drouilly Yanick. 1974
•    Cecilia Bojanic Abad. 1974
•    María Labrín Laso. 1974
•    Gloria Lagos Nilsson. 1974
•    Michelle Peña Herreros. 1975
•    Elizabeth Rekas Urra. 1976
•    Nalvia Mena Alvarado. 1976
•    Reinalda Pereira Plaza. 1976
•    Gloria Delard Cabezas. 1977

Existe la esperanza de que al menos algunos de ellos lo hayan podido lograr, y que al igual que con Ernesto Ledjerman Avalos, hayan sido entregados a la custodia de terceros, tal como ya está acreditado largamente en el caso de la dictadura argentina

Por todo lo anterior, es que a solicitamos lo siguiente:

Que el ex Comandante en Jefe, Sr. Juan Emilio Cheyre, pueda informar si conoce y tiene más antecedentes de otros casos, como el de Ernesto Ledjerman Avalos, es decir de niños, niñas o bebés, entregados en custodia a terceros naturales o institucionales.

La consideración de una actitud de humanidad no se condice solamente con la entrega de inocentes, en este caso niños o bebes, al resguardo y custodia de terceros. Más aún si esto implica, cubrir la verdad, encubrir a los responsables y desterrar a niños de la propia familia.

Al actual, Comandante en Jefe, Sr. Juan Emilio Fuente-Alba,  que pueda abrir un periodo de investigación, acerca de la eventual entrega de niños o recién nacidos, en adopción o, cualquier forma de custodia.

De esta forma, dar algo de paz, a los familiares y su incansable lucha y también tranquilidad a las instituciones para que el pasado no emerja, cada cierto tiempo a borbotones. Los pasos que no damos suelen ser los que más nos cansan, volviendo sorprendidos sobre nuestros pasos olvidados.

Necesitamos como país conocer las verdades que aún se esconden, sobre hechos y situaciones materiales que ninguna interpretación podrá resarcir. La memoria no guarda películas sino fotografías.

A 40 años del quiebre de nuestra democracia, es el único camino para ir cerrando heridas. Si no, tendremos que convivir por muchas generaciones, con el eterno retorno de lo reprimido, que volverá una y otra vez a emerger, preguntándonos incesantemente: ¿Dónde está tu hermano?

LA ACUSACIÓN QUE INVOLUCRA A (Gral) CHEYRE EN LA ENTREGA DE UN NIÑO EN DICTADURA

La acusación que involucra a Cheyre en la entrega de un niño en dictadura

“reelaborar la memoria colectiva, la memoria de todos, que es la tarea que sigue pendiente en el espacio público de Chile”.

El actual director del Servel intenta hacer frente a los cuestionamientos de Agrupaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos.

Publicado: Domingo 18 de agosto de 2013 | Autor: Cooperativa.cl

 
 
 
 
UPI

Juan Emilio Cheyre es actualmente el director del Servel.

Juan Emilio Cheyre es actualmente el director del Servel.

 

El actual director del Servicio Electoral (Servel) y ex comandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, vuelve a enfrentar críticas por su rol durante la dictadura de Augusto Pinochet, duramente cuestionada por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD).

Las denuncias volvieron a la palestra tras la columna del abogado y doctor en filosofía Carlos Peña en El Mercurio, en donde cuestiona la postura de Cheyre ante los cuestionamientos.

“¿Sabía usted que Juan Emilio Cheyre, ex comandante en jefe del Ejército y actual director del Servel, entregó un niño de dos años, testigo del asesinato de sus padres a manos de militares, a un convento de monjas?”, escribió Peña, reprochando la actitud del ex uniformado.

Enfrentar este tipo de cuestionamientos, según Peña, permitiría “reelaborar la memoria colectiva, la memoria de todos, que es la tarea que sigue pendiente en el espacio público de Chile”.

Así, el abogado toma como ejemplos lo casos del ex secretario general de Naciones Unidas Kurt Waldheim y del papa Benedicto I, ambas figuras de importancia internacional con un pasado relacionado al nazismo, que -escribe Peña- lo reconocieron “abiertamente”.

“El problema de Juan Emilio Cheyre (y de los medios que lo consienten) no es solo su actuación de hace cuarenta años (él podría alegar que no era más que un capitán que cumplía órdenes y repetía mentiras sin saberlo), sino su actitud de hoy ante su propia memoria”, señala Peña.

El historial de acusaciones

Tras ser nombrado como director del Servel, en febrero pasado, Cheyre volvió a enfrentar las acusaciones de víctimas de violaciones de derechos humanos, que lo sindican como cómplice de crímenes cometidos durante la dictadura

El abogado e integrante de la Comisión de DD.HH. de la Cámara de Diputados, Hugo Gutiérrez (PC), acusó que “Cheyre tiene muchas actuaciones oscuras cuando permaneció en servicio activo”, agregando que “hay testigos en el proceso que indican que Cheyre fue uno de los oficiales que dieron el tiro de gracia en la cabeza a los 15 asesinados por el escuadrón del general Sergio Arellano”, hecho ocurrido el año 1973.

Sin embargo, el pasado 2 de julio, la ministra en visita Patricia González rechazó procesar a Cheyre por este caso. Esta decisión se sumó así al que hace una década dictó, en el mismo sentido, el juez Juan Guzmán, ante una decisión de otros abogados.

También en febrero, la presidenta de la AFDD, Lorena Pizarro, indicó que mientras estaba en el regimiento Arica, Cheyre fue “cómplice en el secuestro” de un niño de dos años que luego fue entregado a unas monjas, la acusación aludida por Peña.

De acuerdo a Pizarro, “Cheyre mintió diciendo que era huérfano porque sus padres, el argentino Bernardo Ledjerman y la mexicana María Ávalos, eran terroristas que se autodinamitaron al fracasar su huida a Argentina”. Luego, el proceso estableció que fueron integrantes del regimiento Arica quienes acribillaron a la pareja cerca de la frontera con Argentina.

Degollados! ó La Historia pasó por nuestros cuerpos.

1985
 
 
relacionado   http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=N80y3hWOEUo
 
 

LA MALA MEMORIA

La Mala Memoria

Por Lucio Carbonera

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Salió de la estación Lo Ovalle y vio, al otro lado de la calle, el bar restorán Montevideo. Cruzó la Gran Avenida esquivando un par de autos y se paró bajo el toldo de la entrada. Las puertas estaban abiertas de par en par y desde ahí inspeccionó el interior del local. Repasó las mismas caras sin nombre que había espiado y memorizado durante un mes entero. Entró y todos lo miraron como el elemento extraño que era en ese ambiente. Vestido con una chaqueta de cuero negra y blue jeans y zapatillas, se sentó al mostrador, sobre un taburete de madera. Ordenó una cerveza y una porción de papas fritas. El gordo canoso, de rostro rojizo y sudado que lo atendió no demoró más de cinco minutos en traer el pedido. La camisa blanca apenas le cerraba por abajo y las manos grasosas mancharon el vaso cuando lo agarró para ponerlo sobre la barra. La cerveza estaba aguada y las papas saladas. No reclamó. Miró por sobre su hombro y en la mesa de más al fondo, pegado a una muralla, entre el humo de los cigarros y los vasos que subían y bajaban, divisó su objetivo: un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris peinado hacia atrás con gomina que todavía brillaba, bebiendo una piscola.

Las horas pasaron y los comensales fueron abandonando el Montevideo. El extraño, al notar que sólo permanecían él y el hombre que andaba buscando al interior del local, vació la tercera cerveza de medio litro y se paró. Caminó y pasó junto al hombre  y entró al baño. Temió encontrar la mesa vacía al salir. Sin embargo, al abrir la puerta, todavía estaba ahí, comenzando a bajar un nuevo vaso.n una chaqueta de cuero negra y blue jeans y zapatillas, se sentó al mostrador, sobre un taburete de madera. Ordenó una cerveza y una porción de papas fritas. El gordo canoso, de rostro rojizo y sudado que lo atendió no demoró más de cinco minutos en traer el pedido. La camisa blanca apenas le cerraba por abajo y las manos grasosas mancharon el vaso cuando lo agarró para ponerlo sobre la barra. La cerveza estaba aguada y las papas saladas. No reclamó. Miró por sobre su hombro y en la mesa de más al fondo, pegado a una muralla, entre el humo de los cigarros y los vasos que subían y bajaban, divisó su objetivo: un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris peinado hacia atrás con gomina que todavía brillaba, bebiendo una piscola.

¿Te conozco?, preguntó el hombre cuando vio al extraño sentarse frente a él.

No.

¿Entonces?

El extraño lo examinó y vio sus manos grandes y gruesas rodeando el vaso y no pudo ocultar sus nervios.

Ya pues, habla, ¿te conozco? ¿Te debo plata? Di algo o déjame tranquilo.

Soy Francisco González y quiero hablar con usted, dijo y se abrió levemente el cierre de la chaqueta. Tenía las manos temblorosas y sudadas.

No me suena tu nombre.

El hombre tomó un trago de piscola y, como si Francisco hubiera desaparecido, volvió a la actitud melancólica que había mostrado toda la noche. El silencio de la madrugada copó el local. El gordo secaba vasos con un ojo puesto en los dos sujetos.

Durante años había pensado en este instante. El encuentro con aquel hombre se había transformado en una obsesión. Había ensayado infinitas posibilidades de diálogo para enfrentarlo. Parado frente al Montevideo, minutos antes de entrar, la rabia le parecía suficiente para acometer contra él y concretar su venganza. Pero al verlo a poco más de un metro, suficiente para oler el alcohol saliendo de su boca, no pudo evitar sentir nervios combinados con miedo.

No me conoce, pero yo sí a usted, dijo Francisco y le produjo asco tratarlo con un respeto que no sentía.

¿Sí? ¿Y de dónde me conoces?, dijo el hombre, amenazante.

Mi papá, Juan González, lo conoció.

No me suena el nombre. Debes estar equivocado. Ándate, dijo el hombre y de un trago dejó el vaso casi vacío.

No todavía, coronel Óscar Garrido. Yo sí sé quién es usted y eso es lo único que importa, dijo Francisco y creyó que la conversación tomaba el rumbo que había planeado.

No me amenaces, dijo el coronel y estiró el brazo hasta agarrarlo por la chaqueta. Francisco trató de soltarse, pero Garrido lo tiró contra la mesa y le presionó la cabeza contra la superficie grasosa.

Óscar, acá no, por favor, dijo el hombre detrás de la barra y el coronel soltó a Francisco.

Ya, dime qué quieres, dijo Garrido, hastiado de la situación.

Usted conoció a mi padre hace mucho tiempo.

¿Cuándo? ¿Dónde?

Francisco todavía sentía la grasa de la mesa pegada al rostro y la mano del coronel presionando con fuerza su cabeza.

Usted lo mató, dijo sin mirarlo.

¿Yo maté a tu papá?, preguntó el coronel, casi burlándose. Ándate, estás perdiendo el tiempo.

No me voy a ir, respondió Francisco, desafiante y molesto por la actitud del coronel. Lo miró directo a los ojos.

¿Y qué quieres? ¿Qué te pida perdón? Mira, te voy a decir una cosa: no eres el primero que viene, interrumpe mis piscolas y me pregunta por un familiar muerto. Y antes de que empieces decirme cosas para hacer que recuerde algo, te ahorraré todo ese tiempo: no me acuerdo. Cientos pasaron por mis manos y cuando los vi morir, los olvidé…ahora, si viniste a hacer algo, saca la pistola rápido.

Francisco González lloró en ese momento. Las lágrimas cayeron por sus mejillas y toda la seguridad ganada en el breve intercambio de palabras se desvaneció. Con un movimiento brusco, bajó el cierre de la chaqueta hasta el final, y desde el interior sacó un revólver y le apuntó directo a la cara.

¿Me vas a matar?

Francisco no respondió. Tenía los ojos hinchados y rojos de furia.

Ey, qué haces, dijo el gordo cuando vio el arma. Un disparo pasó sobre su cabeza y reventó un par de botellas detrás de él. Los vidrios cayeron sobre su espalda y el alcohol escurrió entre las otras botellas hasta el piso.

¡Qué te pasa, conchetumadre!, gritó y, pese a su físico, saltó el mostrador con agilidad. Francisco cayó sobre la silla y se apoyó contra la pared. Levantó las piernas para protegerse y dejó caer el arma al suelo.

Calma, Marco, calma, dijo el  coronel y se paró entre él y Francisco. Yo me encargo.

Sácalo de acá ahora o lo voy a matar y a ti no te dejaré entrar más.

Ya se va, dijo el coronel, dirigiéndose a Francisco.

Francisco, temblando, se acomodó en la silla y estiró el brazo para recoger el revólver.

Déjalo ahí, ordenó el coronel.

Francisco obedeció y se sentó con el cuerpo inclinado hacia adelante, con los codos sobre la mesa y la cabeza oculta detrás de las manos.

Te dije que se fuera, reclamó Marco.

Y yo te dije que yo me encargaba, respondió el coronel.

Voy a la cocina y cuando vuelva no lo quiero ver, dijo Marco. Regresó detrás del mostrador y se perdió a través de una puerta. El coronel se sentó otra vez en el lugar donde había estado toda la noche.

¿Pensabas matarme?, preguntó.

Sí, respondió Francisco, frustrado.

¿Para qué? ¿Venganza?

Francisco, sollozando, asintió con la cabeza.

Mira, escúchame.

No quiero. Quiero irme, dijo Francisco, ya sobrepasado por los acontecimientos.

Te quedas. Escúchame: olvida cualquier cosa que haya pasado. Te hará bien. Yo quisiera hacerlo, pero no puedo.

¿Recuerda a mi padre?

Te dije que no.

Francisco se abalanzó sobre el coronel y le pegó un combó. Garrido se tambaleó y casi cayó de la silla. Francisco se paró y salió corriendo a la calle. Ahí se perdió en la noche.

El cantinero volvió de la cocina y vio al coronel con un hilo de sangre en su labio inferior.

¿Hielo?, preguntó.

Un poco.

Marco fue a la cocina y volvió con unos cubos de hielo envueltos en una bolsa plástica.

Gracias, dijo el coronel y se puso la bolsa en la boca.

De todas las personas que se han sentado frente a ti en esa mesa, ninguna había tratado de matarte. Quizás qué le hiciste al hombre ese.

No me importa. Quiero olvidar, pero siguen viniendo una y otra vez para recordarme todo. Ese debe ser mi castigo.

Perdona la franqueza, pero te lo mereces. No podías sacarla gratis.

Puede ser. Capaz que tenga que matarme para poder estar tranquilo.

Te harías un favor.