un análisis desde la extrañeza. El feto entre política y comunicación

  • ¿Qué es un cuerpo seguro? el feto entre política y comunicación
  • What is a safe body? the foetus between politics and communication
Cristian Alexis Cabello Valenzuela

Resumen

En mayo de 2011 y durante solo tres días el gobierno de Chile suprimió el uso de químicos lacrimógenos para reprimir manifestaciones por sus posibles efectos abortivos. A partir de este “momento político” -que puso en duda a una política oficial- el presente ensayo realiza un análisis de los modos de enunciación comunicacional que representaron al feto en política, una figura que develó su fuerza como significado relacionado con la vida. La discusión del feto desde la comunicación -más allá de visiones a favor o en contra del aborto- revela la importancia de los discursos técnico-científicos para la política actual y la fragmentación tecnologizada y visual del cuerpo, reconfiguraciones de los modos de comprender el cuerpo en un contexto mediatizado.    

Abstract

In May of 2011 and for only three days the government of Chile eliminated the use of chemicals to suppress protests because of its possible abortifacient effects. From this “political moment” -questioned official policy- this essay is an analysis of modes of enunciation fetus representing communication in politics, a figure that revealed strength as related to life meaning. The discussion of the fetus from the communication -past visions in favor against abortion- reveals the importance of technical and scientific discourse to the current policy and technologized and visual fragmentation of the body, reconfiguration of the ways to understand the body in the mediated context.

Palabras clave

Comunicación, biopolítica, feto, ciencia, visualidad

keywords

Communication, biopolitics, fetus, science, visual

Texto completo: PDF

Revista NOMADÍAS Nº 15, 2012

El feto aparece de modo polémico en el escenario público mediático, una biología política que aparece como cualquier otra partícula ciudadana. Un no-sujeto1 que protagoniza sin voz propia tensiones y conflictos en “la política” y su sistema de poder oficial. Sorprendente es cómo un grupo de células indiferenciadas, el momento original de lo denominado vida, se hace parte y circulación de posiciones transcendentales para la política. Esta organicidad de células cubiertas y escondidas en úteros (e invisibles para la mirada humana) aparece constantemente en el territorio de la política, su presencia es siempre polémica ya que constituye de por sí un conflicto moral y político. ¿Pero cómo se hacen visibles este conjunto de células? El presente texto busca reconocer cómo vemos y de qué modo es la representación política del feto en el espacio comunicacional de la política, que desde ya señala –al incluir al feto en su campo– una barrida a delimitaciones binarias de la política oficial, haciendo suya las ficciones biológicas de un feto, otorgándole una presencia más que humana y con poder a estas células comprendidas como la “vida”. Se trata de un análisis desde la extrañeza que significa un feto en la política y desde la profundidad con que los discursos biológicos se entrelazan para descentrar la política. Fijar la mirada en el feto es un modo de desorientar la mirada de lo común, de posiciones ya definidas o discusiones consideradas ya acabadas. Por lo tanto el presente texto no busca reedificar una identidad o representación de la política, sino atreverse a pensar eso que el feminismo más ortodoxo no se ha atrevido a discutir por considerarlo “biológico” o “esencialista”. Las discusiones sobre el aborto insisten en legitimar solo la existencia de la mujer, negando la producción simbólica de una figura como el feto, ya que “la sociedad debe considerar, en primer término, la condición del sujeto mujer” (Casas, 2009). Más que buscar mejorar la representación de las mujeres en política o “corregir la subrepresentación de las mujeres en política” (Castillo, 2011, 87), más que confiar en otra naturaleza simbólica es primordial poner en disputa y conflicto conceptos ya naturalizados y hegemónicos en el espacio público y político de la comunicación2 .

Qué es un cuerpo?… Un dolor sin cuerpo Así sucedió con la paradójica “acción política” donde el gobierno de Sebastián Piñera decidió paralizar el uso de bombas lacrimógenas (utilizadas como violencia estatal o represión del Estado contra cuerpos de manifestantes para retornar al orden) durante las manifestaciones ciudadanas de carácter ecológico realizadas durante mayo de 2011 en la ciudad de Santiago. La tensión entre ciencia y política –o la intromisión explícita del discurso científico como política– se hizo visible unos días antes cuando Andrei Tchernitchin, experto en Toxicología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, afirmó “el potencial efecto abortivo de las bombas lacrimógenas que son usadas por Carabineros para disuadir manifestaciones”3 . Las armas del gobierno, que se asoman públicamente no como armas sino como posibilidad de orden y seguridad, paradoja que ya reconoce Esposito al presentar la fuerza y violencia propia de cada ley, donde el derecho convocado para la producción del orden y la seguridad pública no es más que “una violencia a la violencia por el control de la violencia”, “un pasaje interno de la violencia: su racionalización” (Esposito, 2005, 46-48). Estas tecnologías de castigo, ya no dañan todo un cuerpo, ya no se da un combate entre dos equipos de modo explícito, se deja de lado la lucha física. Así lo afirmaba el toxicólogo respecto a los efectos del gas CS usado en las lacrimógenas: “[es] un agente irritante, cuyo efecto dura 30 minutos y produce lagrimeo, visión borrosa, irritación bucal, cefalea, salivación intensa y dificultad para respirar, también puede producir sangramiento de las narices y edema pulmonar (…) [nosotros] propusimos que uno de los efectos que podría producir sería inducir abortos o partos prematuros e Israel confirmó que este componente es abortivo y también puede generar problemas respiratorios graves en la tercera edad y los niños”4 . Un daño momentáneo, que parecía no importar, ya que era justamente temporal, sin efectos profundos en el cuerpo. Sin embargo, la posibilidad de aborto que presentaría señala un hito que marcaría más allá de lo anecdótico al cuerpo. La política oficial, gubernamental, ya no hace sangrar al enemigo, sino que el daño es químico, menos visible: vía oral, nasal, respiratoria y ocular, el clorobenzilideno malononitrilo que contienen estas “armas de la seguridad” asfixia los sentidos, impide ver el horror de la violencia, desorienta los sentidos al frenar la posibilidad de ser el espectador del daño5 , dificulta respirar con normalidad, convulsiona el cuerpo, pero solo por más de 20 minutos, es decir llegamos a un momento extremo donde la violencia –adueñada por presentismos– se vuelve “temporal”. El daño parecía ser focalizado y temporal, sin huellas, su efecto no está dirigido a un sujeto en particular, sino a los órganos y la sistematicidad del cuerpo, no al cuerpo en sí. Este giro desubjetivizante es radical para comprender los modos de acción de la política actual donde “el cuerpo no está [en la política] o, por lo menos, no es uno. Ni siquiera la guerra moderna toma hoy el cuerpo seriamente (…) [porque] no se trata ya de matar sino de permitir que algunos continúen viviendo” (Braidotti, 2000, 99). Esto lo afirma la teórica feminista Rosi Braidotti en su ensayo Órganos sin cuerpos donde muestra cómo el cuerpo es representado fragmentariamente en el escenario público-político, siendo ahora lo comunicacional biopolítico la producción de imágenes de órganos más deslocalizados, órganos de cualquiera, órganos que son fetiche absoluto y atento del Estado y que permiten restar la traumática y compleja experiencia que significa ejercer la política con individuos. Presenciamos entonces “el ocultamiento del cuerpo físico” (Braidotti, 2000, 99) reemplazada por una circulación de los fragmentos, unos zooms que desorientan pero que otorgan la impresión de conocer con más profundidad o una exhibición científica que permite exhibir de modo más real (“3D”, “digital”) incluso el “interior” del cuerpo. Esta es una transformación radical de una escópica del cuerpo, ya que el daño sería focalizado, más controlado y por lo tanto menos relevante para los sujetos. Son estos istmos corporales los que ya no constituyen simplemente mera superficialidad de la vida cotidiana, sino que esta semiotización es política en tanto neutraliza y controla su relación con una violencia oficial. Se trata de una tecnología incluida en el cuerpo, una tecnología que no es inocencia, sino que está producida y produce ciertos saberes y sentidos sobre la vida. Figuras tan particulares se convierten fundamentales en el “mundo práctico”: “chip, gen, semilla, feto, base de datos, bomba, raza, cerebro, ecosistema. (…) Estamos habitados y deshabitadas por estas 15 CRISTIAN CABELLO V. • Qué es un cuerpo?… figuras que diseñan universos de conocimiento, práctica y poder” (Haraway, 2004, 28). Existen múltiples discursos –y divergentes– que desde distintas ciencias y saberes se apropian de fragmentos materiales de los cuerpos: psicología, higiene, ecología, seguridad, moda, tecnologías, política y comunicación son algunas de las “disciplinas” desde donde el cuerpo es retomado como el centro de sus funciones disciplinarias, funciones que por su multiplicidad producen desorientaciones y confusiones en el orden del sujeto. Lo fundamental entonces es que estos fragmentos-órganos-con-vida logran una escenificación pública sobresaliente y protagónica, tanto que ya no luchamos en política por una integración de sujetos políticos, sino que enfrentamos una política que nos hace mirar como su esencia unos “órganos políticos”. La política ya no requiere de la generalidad de un cuerpo, sino que lucha políticamente por un corazón sano, en contra del cáncer, en apoyo a la reconstrucción de la sonrisa de las mujeres6 , luchas fragmentarias donde lo central es una parte desubjetivizada de los ciudadanos. Este control hiperdiseccionado en torno a la vida de los sujetos ya lo visualizó Foucault cuando se refería a que la política estaba en el cuerpo o “anatomía política” referente a una microfísica del poder que disciplina las conductas de los cuerpos y que “tiene su intensidad máxima no en la persona del rey, sino en los cuerpos que esas relaciones, precisamente, permiten individualizar” (Foucault, 2002, 211). Pero es momento de radicalizar y exacerbar la tesis de la disciplina frente a un poder que se olvidó del cuerpo para pasar a sus fragmentos como foco de (des)atención pública. Es así como el feto7 se asoma como un organismo más presentado y presente por una política dedicada e interesada en hacer representaciones públicas de lo biológico como eje moral y ético de su plataforma mediática. De este modo, y frente al temor de producir abortos a partir de las tecnologías de orden público, el Ministerio del Interior y Seguridad Pública del Gobierno de Chile, Ministro Rodrigo Hinzpeter, decidió suspender el uso de bombas lacrimógenas en contra de los manifestantes que recorrieron de modo masivo y excepcional las avenidas del centro de Santiago: “Siendo la protección de nuestros compatriotas el principal objetivo de nuestro Gobierno, nos parece que es razonable suspender el 16 Revista NOMADÍAS Nº 15, 2012 uso de esos gases lacrimógenos hasta que nuevos informes médicos nos permitan disipar más allá de cualquier duda la procedencia del empleo de estos gases para enfrentar situaciones de desorden público”8 . Con esta acción ocurrió una fisura, una puesta en duda desde lo biológico que afectó la rigurosidad de la seguridad del Estado, a través de una extraña decisión política de carácter pacífica que se extendió como medida solo por 3 días, es decir como una excepción, una duda del Estado. Una naturaleza que podía morir estaba en tensión tanto en los terrenos geográficos como corporales, ambos territorios en disputa donde lo natural buscaba permanecer intacto9 . Mientras se posicionaban a favor de la naturaleza, en contra de unas tecnologías transnacionales que podrían “inundar lo natural” del sur de Chile, las tecnologías químicas de represión intoxicaban el deseo de la protesta. La bioviolencia de los químicos se introducía en los organismos y ahí, en la posibilidad médica, aparece el feto como otro tipo de política de lo natural. El feto que fue posicionado como una “vidavíctima”, como una biología vulnerada, un modo de defensa de la vida natural, pero por sobre todo como el modo principal en que el Estado protege a sus ciudadanos. Si bien no se menciona de parte de la oficialidad la cuestión del feto de modo explícito, se asume como una negación afirmativa que produce un actuar en torno a la protección y precaución de la política. Es el feto la única vida, la vida más pura, que interesa a la política mantener viva. Paradojalmente, sin ni siquiera ser lema de los manifestantes, esta politización biológica esencialista del feto se vuelve el principal (e inesperado) gesto pací- fico y no-violento de una “política fetal” que justamente hace (in) visible su violencia gracias a las sobredosis simbólico-mediáticas de la protección ciudadana: quien producía la seguridad y protegía a sus ciudadanos, ahora puede que realice un daño. Sin embargo, es también paradojal que, si bien sabemos que las herramientas de control y orden público como las lacrimógenas producen un daño –invisible en tanto no se hace público– o ejercen violencia sobre los cuerpos que se manifiestan, contrariamente es el daño que afectaría al feto el que logra mayor realce y protagonismo en la escena política, es esa vida, eso que no se nombra pero que 17 CRISTIAN CABELLO V. • Qué es un cuerpo?… puede estar ahí en los cuerpos de quienes protestan. Es esta “vida” la que sobrepasa y se realza por sobre miles de cuerpos que son reprimidos en el espacio público. ¿Esta sobreexposición espectacular del feto (o su posibilidad) se deberá justamente a que no hay precisión científica sobre su existencia y por tanto es este dolor sin cuerpo el que se considera más positivo y protagónico para hacerse mostrar en la política, en detrimento de ese otro daño que afecta como un ya sabemos a los manifestantes de las calles? El poder de lo innombrable La característica de la aparición del feto en el espacio públicocomunicacional es justamente la dificultad de nombrarlo. Se crean y reproducen estrategias de la discursividad política precisamente para no nombrar lo innombrable que lo constituye: la posibilidad del feto. El feto nunca aparece en política sino solo a través de sus contornos, sus merodeos que no demuestran sino el miedo de la política frente a la dificultad y el cuidado de nombrar a una “política fetal”. Una dificultad significa abordar la discursividad política del feto a través de sus representaciones. Analizando la imagen del feto el biólogo Jorge Díaz se pregunta “¿cómo mirar estas ecografías de fetos reproducidas por una tecnología audiovisual en cuyas imágenes se conectan debates tan polémicos y necesarios como el derecho al aborto y el estatuto de lo “humano”?” (Díaz, 2011). Ante la polemicidad del feto como política no podemos reducir su significado a un valor naturalizado ni menos a lo estático de una cosificación representacional. La significación política no se comporta solo como información, espectáculo, referencia, “pura exhibición, alusión o tratamiento, sino que ella estaría alojada en su propia producción y circulación discursiva (…) constituyendo a la propia televisión como un agente discursivo y un dispositivo de enunciación política” (Arancibia, 2006, 89). Es el cómo se producen las articulaciones del feto –y no qué es el feto– el cuestionamiento que dirige la presente investigación, comprendiendo esa anatomía de la comunicación, sus articulaciones, ese “cuerpo de las imágenes” entendido como “una problemática sobre las condiciones enunciativas no lingüísticas de la mediatización” (Verón, 2001, 110). Esta mirada crítica sobre la comunicación  política impide caer en los pantanos de la ética y la moral respecto al cruce entre política y feto, pero además coopera como metodología para comprender esa desaparición de la representación como contenido en la mediatización del feto en el caso analizado en Chile. Así, por ejemplo, los discursos del Ministro del Interior manifestaron –entre la seriedad política y el manto de desconocimiento sobre el mismo tema– lo innombrable del feto como definición de su misma política fetal: “con el objeto de dar espacio para que esta legítima polémica se disipe [¿se refiere a la polémica por la posibilidad de abortar eso que llamamos vida, embrión, feto?] y todos los chilenos podamos tener la tranquilidad de que estamos frente a elementos que pueden usarse en situaciones de desorden público o eventualmente nueva información científica nos allegue a conclusiones distintas [¿distintas respecto a la posibilidad de que las lacrimógenas da- ñen al feto?], hemos resuelto que estos gases lacrimógenos no sean utilizados por Carabineros de Chile”10. ¿No serán utilizados estos gases justamente para cuidar la vida de posibles embriones de padres revolucionarios? ¿Qué es lo que la política no desea nombrar, sino solo merodear y aplicar bajo conceptos técnicos como lo demuestra el discurso del ministro (donde a pesar de lo técnico-científico no hay nada exacto)? El feto nunca aparecerá en política sino como fragmento, o también como lo no-dicho, lo liminal del discurso. Sin embargo el feto aparece, está presente, es una presencia sin cuerpo mediatizado que genera y produce la activación de una política discursiva de la precaución y el cuidado, promueve la revisión y examinación atenta y permanente. La paradoja es: ¿cómo representamos lo que se mantiene desaparecido para el mirar? Al parecer la política ya no requiere de lo visible sino de lo visual:

DOI: 10.5354/0719-0905.2012.21141

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