El Comité DD HH La Legua

El Comité.

vía El Comité.

El Comité

El Comité de Defensa y Promoción de Derechos Humanos de La Legua nace en octubre de 2010 en el corazón de la misma población. El grupo humano que la constituye está integrado por hombres y mujeres, pobladores, estudiantes, trabajadores y profesionales que se desempeñan en diferentes oficios y que se han reunido con el fin de estar al servicio de la comunidad poblacional y de las dimensiones y objetivos trazados.

El Comité es un espacio de apoyo al poblador, de carácter horizontal y plural que tiene como centro luchar por la vida desde la vida. Este objetivo intenta contrarrestar los signos de muerte que han marcado parte de la historia presente de la población lo que, además, ha generado el poderoso y aciago efecto de hipotecar los sentidos de vida y la esperanza de futuro de las muchas y muchos que la constituyen.

El origen del Comité está motivado, entre otras cosas, por la molestia que genera en los pobladores el despliegue mediático y la falta de transparencia de las prácticas estatales en la población, la aplicación arbitraria de la ley y la falta permanente al estado de derecho y respeto de los Derechos Humanos por parte de las policías y el Ministerio Público (desde controles de identidad abusivos y vejatorios hasta privación de libertad a personas inocentes, con tortura y graves atentados a la integridad personal) contra los pobladores en general y contra los más indefensos en particular, vulnerabilizando aún más su vida.

Desde aquí, el Comité ha trazado su trabajo en las líneas de defensa y promoción de los derechos humanos en la población, realizando actos de denuncia, recibiendo denuncias de pobladores y pobladoras víctimas de violencia policial, recurriendo a los tribunales de justicia y autoridades competentes y llevando a cabo diversas actividades en el espacio local con miras a la creación de una cultura de derechos humanos. Para la judicialización de casos el Comité firmó, en junio del año 2011, un Convenio con la Clínica de Interés Público y Derechos Humanos de la Universidad Diego Portales.

Memorias Desplazadas . Una rabia constructiva.

22 de enero de 2014 

¿Qué hacer cuando la historia se escribe borrando con el codo? ¿Cómo reaccionamos frente a la instalación de “hitos fundacionales” que hacen caso omiso de la densidad temporal que se acumula antes de ellos? Sale en las noticias una nota sobre la inauguración del “Memorial por la diversidad” en homenaje a Daniel Zamudio, y me pregunto si acaso es tan necesario que repitamos esos malos gestos de momentos anteriores: recordar sin asumir que, con ello, se fuerza un olvido. 

 

Tal vez se trate de ese hábito constitutivo de las personas no-heterosexuales -más marcado todavía en las organizaciones que hoy hegemonizan un tenue movimiento social- de vivir con la memoria lo más corta posible. Toda nuestra existencia, parece, se juega en la fugacidad de lo que no puede ni debe permanecer: la disco, el espectáculo, la música, los gestos. Entonces, cuando hay acciones que de forma deliberada instalan el olvido no puedo hacer más que enojarme. ¿Por qué insistir en la desmemoria cuando ya estamos tan asediados por ella?

 

Escudriño las pantallas y doy con el discurso de Rolando Jiménez, las declaraciones de la ministra Pérez e imágenes de claveles frente a un bloque de concreto. “Daniel aceleró la aprobación de la Ley Antidiscriminatoria, al tiempo que fue la primera víctima de la homofobia mencionada con nombre y apellido por la máxima autoridad del país, el presidente de la República”. Desconcierto frente a esta frase. Y más rabia también, porque resulta que ahora lo importante es que una muerte aceleró el trámite de un mal proyecto, y eso es lo que merece ser recordado. Lo que vale inscribir en el relato colectivo que tenemos sobre nuestro pasado es que una figura, un “angelito” le dio a un puñado de organizaciones del gremialismo sexual la posibilidad de figurar como paladines de un mártir. Son las políticas públicas el espacio en el que tendríamos que reconocernos, no la lucha o la organización o la militancia.

 

Con su relato estatista, leguleyo y lastimero, Jiménez violenta la memoria que, de a poco y con persistencia furiosa, se ha intentado construir desde una orilla disidente. Me impacta que, en su discurso, no haya mención alguna de las víctimas del incendio en la Divine. No diría que me sorprende, porque sé bien qué esperar de un sujeto misógino y voraz por el poder, capaz de las alianzas más sucias y de los gestos más mezquinos. Pero no puedo no sentirme afectado por el hecho de que frente a una tragedia que debiésemos sentir como propia por la forma en que se hicieron presentes todos los mecanismos opresivos de la dictadura: hostigamiento policial, investigaciones negligentes, cierres del caso sin resultado alguno. 

 

No logro comprender cómo es que dejamos de lado esta memoria. Con toda honestidad, me cuesta imaginar una forma humana y ética de recordar que implique mandar al tarro de la basura una historia dolorosa sólo por privilegiar un hecho mediático reciente que ha dado rentables dividendos a dirigentes anquilosados y autocráticos. Parece que es más importante quedar en la buena con las autoridades de turno (los inconspicuos generentes del Estado) en vez de luchar por una conciencia colectiva que asuma la herida de una justicia negada y que permita, al mismo tiempo, la construcción de una lucha emancipadora. Y, sin embargo, los ejemplos de memorias desplazadas son tantos que me asombro de mi indignación, para, inmediatamente, desautorizar este asombro y reponer la rabia constructiva. 

 

Quienes nos reconocemos hoy en el campo de la disidencia sexual tenemos que asumir esta asimetría: no contamos con medios para lograr imponer desde arriba un recuerdo, y por eso mismo la tarea -persistente y furiosa, como las locas que somos- es la construcción solidaria de un relato que dignifique la lucha. Que no deje bajo la alfombra a lesbianas, trans e intersexuales. Que no asuma, en definitiva, que la fragilidad a la estamos expuestxs es parte de una sociedad opresiva que nos violenta de forma simultánea y múltiple. Recordar el dolor, pero no a costa de la negación de otros dolores que son tanto o más propios y urgentes de memoria.