LA MEMORIA, LA MEMORIA, LA MEMORIA, que se venga también LA JUSTICIA, LA JUSTICIA. LA JUSTICIA.

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Títulos póstumos en la U. de Chile: 101 cartones que vencieron la dictadura

Títulos póstumos en la U. de Chile: 101 cartones que vencieron la dictadura

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Familiares de 101 estudiantes de la casa de estudios desaparecidos y ejecutados recibieron este 11 de abril en la casa central de la institución las licenciaturas académicas y títulos profesionales simbólicos. Esta ceremonia dio inicio a un proceso de reparación y memoria anhelado por la comunidad universitaria que continuará con próximos reconocimientos a más estudiantes víctimas de la dictadura.

Por  / 11.04.2018

Dan los pasitos lentos. Los ojos vidriosos detrás de grandes anteojos dejan ver, antes que la emoción, el avance del tiempo. Era mi compañero de curso, íbamos en tercero, nos estábamos poniendo de acuerdo para decidir dónde haríamos la práctica, comentan algunos. Desde la universidad, desde Beauchef, nos íbamos juntos a tomar la micro para llegar a nuestro cordón industrial, recuerdan otros. Son cien. Ciento uno son los estudiantes asesinados por la dictadura que no pudieron hacer su práctica, que no alcanzaron a especializarse en sus pasiones. Ciento un títulos que jamás llegaron a decorar los livings sedientos de orgullo, cien pedazos de cartón cambiados por tortura y bala en una ciudad gris, sangrienta. Una centena de fotos de familias junto a un clavel de graduación que debieron esperar 45 años, fotos ahora sin protagonista en carne y hueso, sin verdad y sin justicia -en tantos casos-, sin madres y padres que dieron sus últimos suspiros deseando este momento. Hoy es la titulación póstuma de ciento un estudiantes de la Universidad de Chile avasallados por el poder. Y aquí, en el salón de honor de la Casa Central, están los que están, los que la maquinaria del tiempo y el amor por el prójimo ha permitido estar.

Está Juan. Juan Moya Cuevas. Juan viene a buscar el título de su hermano Carlos, dos años menor. Carlos estudiaba Ingeniería Civil, tenía todos sus ramos aprobados para pasar al cuarto año, en Beauchef, y ya tenía listo su futuro especializándose en Geología. Pero para el pesar de su destino se le ocurrió militar en las Juventudes Comunistas, cuando ser militante de una idea en esta tierra se podía castigar con lo que se le castigó a él. Un día su madre fue testigo de lo que más temía. Lo secuestraron, lo arrancaron de la casa, en San Miguel, en San Francisco con Carlos Valdovinos, y se lo llevaron a Londres 38. Pasaron dos dias de búsqueda frenética, desesperada, en shock constante. Dos días después, un sábado, Carlos junto a otros cuatro militantes de izquierda era presentado al país por el gobierno, por la prensa, como extremistas dinamitando una torre de alta tensión en Cerro Navia. Carlos y su madre pudieron enterrar a ese estudiante de Ingeniería, pero sin velarlo, esa condición les puso el instituto médico legal. Al vestirlo, la verdad fue irrefutable: marcas de tortura en las manos, en los pies. Lo mismo en sus compañeros de tortura: ojos menos, hoyos de pernos en la cabeza. Llegó 1991 y la madre de Carlos se fue. Murió. La misma que nunca dejó de pensar en su hijo que iba a ser geólogo, la misma que no pudo ser testigo de la condena que recibió Manuel Contreras por este montaje conocido como Plan Leopardo. La misma que hoy desde algún rincón donde vive la memoria observa a su otro hijo, a Juan, llevando a casa el cartón que ella merecía. Y lo lleva soberbio, mostrándolo a quien quiera mirarlo, firme como vino.

“Este es un reconocimiento de la universidad a sus estudiantes que fueron fisurados en su desarrollo y ayuda a mitigar en parte hacia la sociedad lo que fue el quiebre institucional del año ’73. Debe ser un camino al nunca más. Estas son señales de que lo que ocurrió en el periodo de la dictadura fue concreto y real, con consecuencias que permanecen hasta hoy. Ahora debemos buscar un lugar en la familia para poner este cartón, entendiendo que es un símbolo de lo que pudo haber sido, de los hijos que no tuvo, de los sueños que no cumplió, del proyecto que tenía mi hermano”, dice Juan, flor en mano, rostro en pecho. Dice Juan y se va con su diploma a seguir haciendo clases a sus alumnos, enterados de este hito en la vida de un profesor de matemáticas de Recoleta. Los hermanos, alguna madre, vecinos del barrio y profesores, se confunden con algunos niños. Jóvenes, adolescentes que visten diferente. Usan aros y no boinas revolucionarias. Llevan zapatillas y no lustrados zapatos de caballero. Chicas juegan con el celular mientras al lado dos sesentones conversan sobre cómo era su compañera de curso en la sala de clases, si era buena para la talla, si era estricta y seria, en los primeros meses del extraño e inolvidable ’73.

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Enrique era un estudiante apasionado, le gustaba de verdad la ingeniería, cuenta Rafael Kries. Enrique es Enrique Massa Carvajal, estudiaba Ingeniería Eléctrica y militaba en la Juventud Socialista. Enrique estaba metido fuerte en cordón Vicuña Mackenna y para allá se fue a defender a su gobierno el 11 de septiembre, el día del golpe de la derecha civil y militar. Enrique tenía rasgos afro, parecía cubano, todos lo conocíamos así, recuerda un amigo que vino desde Venezuela a esta ceremonia, un amigo que estudiaba Química y que militaba junto a él. Como parecía cubano, a él lo eligieron como víctima ese día en la fábrica Tisol, detrás de Luchetti, dice Rafael. “Este no sólo fue un crimen político, fue un crimen racista”.

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Cerca de doscientos trabajadores vieron cómo mataron al estudiante, a Enrique, quien estaba haciendo la práctica en una fábrica, quien no pudo recibir su nota, quien no pudo defender ninguna tesis, quien quedó inmortalizado en el recuerdo de las aulas que hoy le rinden el respeto que su ímpetu socialista aún aquí reclama. Enrique, el que estaba en cuarto año, ahora tiene título, hay felicidad en sus cercanos, pero aún no llega un fallo que le entregue la paz de la justicia. No está solo en eso.

El actor Alejandro Goic es el maestro de ceremonia. Su tono disgustado que despotrica contra los culpables de que esta ceremonia sea póstuma se detiene unos segundos. La emoción se torna amable cuando nombra a su amigo Carlos. “Carlos Lorca, joven valiente, ejemplar estudiante de medicina, detenido desaparecido”. Aplausos y miles de recuerdos invaden a los otros tantos que también lo conocieron. Carlos Lorca era el jefe de los jóvenes socialistas, muchos de los cuales hoy se titulan, y bien lo conoció también la señora Angela Jeria, madre de la ex presidenta Bachelet, aquí también presente. “Mientras me linchaba el alma evocada los hermosos espíritus de quienes homenajeamos hoy”, añade Goic, junto a Luz Croxatto. La emoción se desborda también en Faride Zerán, vicerrectora de Comunicaciones, quien habla de este acto como un acto de justicia. Habla sobre los antecedentes de esta entrega póstuma, sobre el retiro de las sanciones contra los estudiantes exonerados en 1991, sobre los títulos póstumos que también han entregado desde 2011 las universidades de la frontera, de Santiago y Católica. Sobre el trabajo de Alicia Lira y Lorena Pizarro, quienes atentas en el público asienten al escuchar nombres, historias, sus luchas, victorias y derrotas.En su ausencia está plasmado el ethos, el alma, lo mejor de esta universidad”, termina Faride.

“Nuestro agradecimiento a quienes no están va a ser eterno, porque los que no están aquí nos entregaron la posibilidad de estudiar sin el miedo a ser asesinados por nuestras ideas”, comenta el presidente de la Fech, Alfonso Mohor, quien da paso a Lorena Pizarro. “A quienes estuvieron dispuestos a dar la vida no les podemos olvidar, pero no es recordar por recordar, este es un acto de memoria y resistencia, porque no se puede borrar la resistencia. Hoy, 2018, los mismos rostros que justificaron estos crímenes, se han vuelto a ubicar a no más de dos cuadras de aquí, en el palacio de la moneda, son los mismos que anunciaron un proyecto de ley que busca perdonar a los asesinos de quienes aquí homenajeamos. Les quiero conminar a que resistamos la llegada de esta derecha que trae solo autoritarismo e impunidad”.

¡Presente. Presente. Presente! Pasan los familiares a recibir los cartones blancos, con engalanadas letras negras, y los gritos de garra y heroísmo, muchas veces de furia, se confunden con ternura, con la más ingenua ternura. En el escenario, el hermano de Alvaro Barrios, Germán, despliega un lienzo exigiendo verdad y justicia tras dar la mano a las mujeres que se van sumando.

Se conocen casi todos, se han visto en centenas de marchas, en los onces más solitarios afuera del estadio nacional, onces húmedos y acosados por guanacos, en las caminatas de los viernes contra punta peuco y su burlesca persistencia. En los desiertos atrapando esperanzas. Una mujer muy mayor recibe el título de Sergio Reyes Navarrete, ingeniero comercial, y los aplausos no dan abasto para honrar su coraje sujetado en un bastón. ¡Pueblo, conciencia, fusil, Mir, Mir! ¡Jota, Jota, Ce, ce! El salón se ha convertido en una marcha, en un espacio político cruzando humanidad. Profesora de Música, asistente social y magister en dirección teatral. Tres títulos recibe una familiar de Jacqueline. Antes, otro joven idealista se graduó con dos títulos en las manos de los herederos de su pasión. Por momentos, ellos están aquí. Esta Lumi Videla, en la gallardía de su hijo, activista y tantas veces denunciante de lo que hicieron a su msdre, estudiante de sociología lanzada muerta a la embajada de Italia. Lumi, desde hoy oficialmente socióloga. Las barreras del tiempo y espacio se han borrado ya. Los sueños están intactos, el honor no se mancilla en el salón de honor. En casa espera un almuerzo de celebración, seguramente, y a Mario Peña Solari, a Carlos Salcedo Morales, a Lumi Videla, no se les echará de menos; por qué hoy los titulados, 45 años después, en este cartón firmado en 2018, están vivos y aquí. No se han extinguido. Cómo tantas veces han vencido con la fortaleza del legado, con las rebeldes armas de la alegría. Aquí, hoy, perdió la dictadura. O por lo menos ha comenzado a perder.

Fernando Lavoz 

Hoy, a Alejandro Arturo Parada González, le fue conferido el tÍtulo de Médico Veterinario, en ausencia, esto como una forma de reparar la imposibilidad de haber terminado sus estudios, el 30 julio de 1974 fue detenido y hecho desaparecer, cursaba el tercer año. El Cano tenía 22 años, estaba casado y su esposa Alejandra estaba embarazada. Amanda, su madre debe estar contenta, es un signo de memoria.
LA MEMORIA, LA MEMORIA, LA MEMORIA, que se venga también LA JUSTICIA, LA JUSTICIA. LA JUSTICIA.

Ese encuentro entre Alejandro y Ariel, fue su última actividad Partidaria.
Aquella madrugada fría del 30 de julio fue allanado con violencia nuestro hogar, mis últimos momentos con él aún permanecen grabados en mi mente. Mi guagüita se agitaba fuertemente en mi vientre, teníamos miedo, mucho miedo…
Suplicamos para que te dejaran vestir. Entraste al dormitorio, pálido, tembloroso, sangrando. Nuestras miradas se encontraron.
Como podría olvidar tus penetrantes ojos azules que expresaban los que tus labios no podían. Esos momentos se hicieron eternos , las metralletas apuntando, el temor a contradecirnos. Lograste vestirte. Camisa celeste, pantalón negro, zapatos café, dos chalecos y una chaqueta azul marino. Te sacaron a la calle, apenas pude corrí detrás de ti y logré verte, manos engrilladas, vista vendada subiendo a esa camioneta, Esa es mi última imagen que tengo de ti, han pasado 43 años sin saber que pasó contigo amado mío” . 
NECESITO VERDAD Y JUSTICIA PLENA.
Nunca te olvidaré.
(Angélica Muñoz Catejo, esposa de Alejandro).

Su hija Alejandra Parada Muñoz (Jana)

 

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Eloísa González, la mujer que vive en pie.

Dinos, Elo, si aún estás en el retén. Si oyes los ecos de las voces de los presos del setenta y tres, si las huellas de las manos que nos enseñaron a levantar el puño siguen en las paredes, si un paco cómplice te ofreció un vaso de leche caliente, si te susurró aguante Elo, que vamos a ganar. Dime, Elo, si ya encabezas de nuevo las marchas, cubriendo los huecos de Diego y Ezequiel. Dime, Elo, cuando podré abrazarte, cuando podremos recitar a Huidobro, citar a Miguel Enríquez, reconocernos en la matriz Mirista, como este Enero en Asunción-.

ESCOMBRO TENAZ

elo

Debe usted mirar esta fotografía con más detenimiento: una primera visión puede hacerle pensar que esta mujer  es arrastrada por cuatro pacas, en posición horizontal: es imposible, Elo González vive de pie.  En pie de guerra en un país donde la dictadura convirtió la educación en lucro.  En pie de guerra en un país donde los estudiantes toman  los liceos, las facultades, las instituciones, dando. Dando lecciones de que la única pelea que se pierde es la que no se da. De que la única lucha que está condenada a la derrota es la que no se abre paso confrontando la injusticia. Ya lo sabíamos, desde los setenta, por Víctor Jara: Los estudiantes chilenos, y latinoamericanos, se tomaron de la mano, sin guanaco, ni pacos, ni bombas paralizantes capaces de impedir que dijeran basta por fin.

Y así estamos: viendo a esta niña que…

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Miguel Enríquez: en la esquiva de la derrota.

Lector, lectora, no te derrotes de antemano. No te asiles en la incómoda comodidad del sofá de tu salón. Sal a pisar las calles nuevamente. En el recuerdo a Miguel, al Bauchi, a Edgardo,…, Gladys, Carmen, Lumi; a todxs lxs miristas, vivos, heridos, desaparecidos, muertos, que marcaron el callejero por donde vale la pena el deambular de nuestras vidas.

ESCOMBRO TENAZ

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Mientras  La era estaba pariendo un corazón y en cada esquina del Mundo, en los sesenta, en los setenta,  las fuerzas de la Historia  avanzaban por las calles de París, por las selvas de Latinoamérica, por los arrozales de Indochina; la mejor juventud empuñaba las armas, hacía el amor libre por primera vez, leía a Kerouac o tarareaba acordes de Violeta Parra.

Si Gil de Biedma nos avisó de que no es la impaciencia del buscador de orgasmos el que nos tira del cuerpo hacia otros cuerpos, sino que también perseguimos el tierno amor, y que para aprenderle es necesario haber estado solo y son necesarias cuatrocientas noches y cuatrocientos cuerpos diferentes; también fue el amor el que empujó a los mejores, a las mejores, a un itinerario de combate y de utopía.  Como el que llevó a Miguel Enríquez a liderar adolescente el movimiento estudiantil, a fundar…

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Elmo Catalán, en las voces de su hijo,sus colegas y compañeros.

Digno de amar

Por Hugo Dimter

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Aún se le ve por la calle regalando elegancia con su andar pausado, la chaqueta de tweed, los anhelos de siempre.

Elmo no se ha ido. Ni a Bolivia, ni al sur, ni al norte, ni a ninguna parte. Su espíritu indomable y comprometido -al igual que sus ideas-permanece.

Elmo José Catalán Avilés.
El hombre pletórico de vida que se fue a la guerrilla. El periodista cabal e ideológicamente verdadero. Ese Elmo políticamente jugado por un guevarismo que consideraba indispensable.
Más que con una tendencia política a Elmo Catalán hay que asociarlo y definirlo como un revolucionario.
Elmo, uno de los periodistas más notables de Chile y sin embargo podría pensarse que ha sido relegado, transformándose sólo en el nombre de una brigada que pinta murales. No es así: Elmo, cual ejemplo, vive para las nuevas generaciones.

¿Dónde está?
Pero si está ahí.
Elmo nunca se ha ido.

Fue el primer profesional de su familia y pese a ello permaneció alejado de lujos e intrascendencias. Con esfuerzo y trabajo se convirtió en ejemplo de Hombre Nuevo.
Eso es lo que tiene que decirse de él. Pero hay mucho más.

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El norte

Cae la noche en Arica. En el descampado un niño driblea con la pelota a sus amigos. Casi llegando al arco -a punto de rematar sobre el distraído portero- se tropieza desplomándose al suelo. Los otros pequeños se ríen y él, empolvado, los mira con pena. Aun así se levanta y se echa a andar rumbo al centro de la cancha. Y vuelve a lanzar amagues y regates, hasta volver a hacer un gol.
– ¡Elmo, éntrate!- le grita Aída, su madre, moviendo las manos blancuzcas de tanto lavar ropa, propia y mayoritariamente ajena. Elmo se aleja.

No hay muchos datos sobre la infancia de Elmo Catalán. Sólo que era ariqueño de nacimiento, que vio la luz en 1932 y que provenía de una familia muy humilde. Elmo, una contracción de Erasmo que significa “digno de ser amado”, tuvo una niñez de esfuerzo junto a su tres hermanos. Su madre lavandera. De su padre apenas se sabe que era minero, un asalariado pobre cuya existencia estaba marcada por injusticias y precariedades. Sin embargo los padres de Elmo decidieron que él debía ser alguien en la vida y para ello solo el estudio podía ayudarlo. La madre decía que Elmo había sido un niño muy inteligente durante su enseñanza preparatoria (básica) en el Liceo Coeducacional de Arica. Destacado, y también muy brioso, muy sin reglas. Ya de pequeño se evidenciaba que Elmo tenía un carácter fuerte que se acrecentó luego de la separación de sus progenitores. En 1946 su padre se aleja definitamente. Atrás quedan los días de unión familiar que, pese a las vicisitudes de la vida, habían sido felices. Elmo recuerda su primer trabajo en el puerto junto a su padre. A la memoria le vienen esas jornadas agotadoras bajo el implacable sol nortino, pero es inútil quedarse en los recuerdos. Hay que mirar hacia adelante. El futuro es incierto pero Elmo le hace frente con coraje.
Un día toma su maleta y se va a un mejor liceo en Antofagasta. Continúa jugando fútbol en el club O’Higgins y Norte Unido del puerto. Eran mediados de los 40 y ese muchacho nunca más volvería a su casa, salvo de visita.

Posterior a su estadía en el Liceo de Hombres de Antofagasta Elmo viaja a la capital para estudiar Derecho en la Universidad de Chile. Al año siguiente se cambia a Periodismo. Para costear su carrera Elmo realiza labores en la construcción y se empapa de las injusticias que sufrían los trabajadores. En Periodismo sus compañeros de curso –mayoritariamente El Clan de los nortinos: Enrique Pizarro, Ibar Aibar, Atio Gálvez, Horacio Marull y Luis Ochoa, todos del Liceo de Hombres de Antofagasta- lo recuerdan como un muchacho seguro de sus ideas que inspiraba respeto. Un joven de izquierda. En ese entonces, 1951, vestía de forma casual y tenía el pelo chuzo. Pese a ello destacaba por su altura y el rigor en su trabajo: las cosas debían hacerse bien.

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Aprendizaje y enseñanzasEliana Cea, periodista y cercana, recuerda aquellos años:
“Conocí a Elmo Catalán cuando ingresé a la Escuela de Periodismo, en 1954. En esa época no fui amiga de él, pero llamaba mi atención su apasionada oratoria en las asambleas estudiantiles. La idea que me formé fue la de una persona vehemente, que trataba de convencer a su audiencia con discursos muy ideológicos. Tengo entendido que en esa época él era militante comunista. Personalmente, su verba me inhibía y diría que hasta me asustaba”, señala Eliana.

Elmo ya en 1955, sin aún recibirse, trabaja en El Siglo como editor deportivo. Se recibe en 1956 y al año siguiente, aun trabajando en el periódico comunista es detenido en la imprenta Horizonte del PC y relegado en abril a la pre cordillera de Belén, localidad cercana a Arica. Su detención se debe a manifestaciones, supuestamente incitadas por ese periódico, contra el gobierno del general Carlos Ibáñez del Campo. Sin embargo pasada una semana se le reenvía a Curepto, en la provincia de Talca. Tras pocos meses es dejado en libertad y vuelve a su ciudad natal donde pone todos sus esfuerzos en lograr el puerto libre de Arica.

Transcurrido un tiempo Elmo regresa a Santiago donde en 1957 se casa con la profesora Ana María Agüero -a quién conoce reporteando-, pero también para hacer clases en las mismas aulas universitarias donde estudió.
Gladys Díaz, periodista y fiel amiga, nos cuenta:
“Él era ayudante en la escuela con Eliana Cea en un ramo que impartía Juan Honorato. Ya se había recibido cuando yo entré. Elmo era mayor unos ocho años y era de la Primera Generación Universitaria. Yo me hago amiga de él cuando estoy recibida”, señala Gladys.

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Campo de estudio

Las investigaciones periodísticas de Elmo fueron pioneras. Con profética intuición trató temas como la concentración de los medios -estudiado posteriormente en miles de tesis-, el despilfarro de nuestra principal materia prima: el cobre, lo que influyó en su nacionalización por parte del Presidente Salvador Allende en 1971, y otros artículos de orden económico nunca antes estudiados con acucioso interés. Elmo no sólo reportea sino que iba al meollo del problema tratando de establecer causas y efectos.
Gustavo González, periodista egresado de las aulas de la Universidad de Chile y Secretario General del Centro de Estudiantes de Periodismo entre 1966 y 1968, quién lo conoció durante esos años -cuando Elmo solicita alumnos en práctica para el diario El Cobre- define sin ambivalencias que Catalán es uno de los grandes periodistas de Chile.

Su hijo, quién también se llama Elmo, recuerda que en las conclusiones del libro La Propaganda, instrumento de presión política, -su tesis de grado en la carrera- su padre señalaba que le había costado mucho ingresar al Servicio de Impuestos Internos porque la única manera de advertir esas cifras y acceder a esos datos puros era a través de la información del propio Estado, en este caso del SII.
“Si tú te metes a investigaciones actuales dicen exactamente lo mismo de la Superintendencia de Bancos, por ejemplo. Porque esa es una información que está resguardada por el propio Estado y por lo tanto es confidencial y tú no puedes tener acceso total a la información que señale cómo se están repartiendo las platas en los medios de comunicación. Entonces es súper actual lo que él señaló en su tiempo”, sentencia Elmo hijo. Y Gladys Díaz agrega datos a ese ápice del trabajo de Elmo:
Todo lo que él escribió estuvo dirigido a demostrar la influencia que los capitales -y el mundo de la política norteamericana- tenía en el mundo militar chileno. La influencia incluso en el periodismo. Fíjate que en esa época pasaba una cosa muy curiosa: Todos los periodistas éramos de izquierda ¿por qué? Porque no había periodistas de derecha. O sea los medios de comunicación de derecha tenían que contratarnos a nosotros y por eso Elmo trabaja en la radio Minería que era de la gran minería del cobre y yo trabajaba en la radio Agricultura de los terratenientes, y siempre supieron lo que éramos. No es que nosotros nos estuviéramos ocultando.
En ese tiempo habían dos tipos de censura, que siempre las hubo: los avisadores y los dueños. Tú no podías hablar contra los Consorcios. Por eso hablábamos fuera. Elmo escribía afuera y yo tampoco podía hablar contra los latifundistas, eso era obvio. Entonces cuando teníamos información de esas cosas se la pasábamos a los otros medios para que otros lo publiquen”, señala Gladys Díaz.

Eliana Cea rememora a Elmo Catalán en aquella década de finales de los 50:
“Con el correr de los años, supe de su trabajo como reportero en Radio Minería, y su calidad profesional me impactó tras un accidente aéreo que conmovió al país el 3 de abril de 1961 y donde murieron casi todos los jugadores del club Green Cross. Pasaron días y horas en que se no se lograba alcanzar las cumbres cordilleranas donde se había estrellado el avión. Con un esfuerzo y audacia increíbles, Elmo llegó al lugar (el cerro Lástimas, al interior de Linares) captando y describiendo todo el horror de la tragedia. Reflejando cansancio en su voz, como único testigo, relató a la enorme grabadora que portaba todos los antecedentes recogidos y que más tarde fue trasmitiendo al país, que escuchó emocionado su golpe periodístico. Después de ese episodio concluí que no sólo era un orador apasionado, sino también un profesional de extraordinaria capacidad”, manifiesta Eliana. Y continúa:
“En la década de los 60, Elmo y yo fuimos designados profesores ayudantes de la cátedra de Periodismo Informativo, que dictaba Juan Honorato. En esas labores nació una relación amistosa que se prolongó hasta 1967. Debo confesar que el Elmo de ese período era bastante distinto al que conocí en la escuela. Se veía siempre muy sereno, diría que vestía elegante y resultaba muy atrayente como hombre. Además, el apasionamiento que en otros años me asustaba, había dado paso a una enorme dulzura”, concluye Eliana Cea.

Pero Elmo no sólo era consecuente con sus ideas, sino además era un periodista cabal. Gladys Díaz lo ratifica:
“Era muy talentoso y muy seguro de sí mismo. Con una gran personalidad. Fue muy buen periodista radial. En ese tiempo, supuestamente, todos los que éramos buenos periodistas trabajábamos en radio porque la radio de entonces era la televisión de ahora. Era mucho más importante trabajar en radio que en revistas o en diarios, porque era todo rápido. No había horario y nos hacían levantarnos a las 3 de la mañana porque había un incendio, o una toma de terreno. Entonces tenía mucho que ver con la personalidad de mi generación que era una  generación, primero, muy idealista, muy activa, muy de principios.

En el libro Vendedores de sol, de Alejandro Cabrera, Eliana Cea hace un recuerdo del periodista chileno. Textualmente dice: “Elmo Catalán fue un periodista de una sensibilidad enorme, muy perfeccionista, con entusiasmo sin límites para buscar la noticia y por ser el mejor y el primero. Todas esas características personales las transmitió luego a sus alumnos, causando algún pánico, pero más que nada admiración”.
Eliana Cea recuerda que Elmo -en su calidad de maestro- era implacable en los trabajos que encargaba a sus alumnos, imponiendo exigencias casi insalvables. Como anécdota, recuerda que en una de sus clases provocó una explosión colectiva de llantos femeninos luego que les reprochara a algunas alumnas que hubiera poco celo periodístico en sus reportajes. “Estando en la sala, observé como conocidísimas periodistas de hoy lloraban sin consuelo. El hecho fue tan chocante para Elmo que ese mismo día decidió dejar las clases. Salió de la escuela muy molesto. Días después conversé con una de las alumnas, quien me dijo:
‘Creo que fue un estallido histérico de mujeres enamoradas de su maestro’”. Eliana entrega más datos sobre esta cualidad:
“La verdad es que Elmo producía un encantamiento especial, y las mujeres nos sentíamos cautivadas sin que él se diera cuenta. En esa época estaba muy enamorado de una niña de segundo año de periodismo, Ana María Maurer, quien, creo fue la última pareja que tuvo en Chile”.

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Elegancia y llegada

Con el paso del tiempo el Elmo Catalán estudiante sufre un cambio. Como periodista, ya consagrado, se comienza a vestir bien, muy elegante.
Los suplementeros y conserjes de los edificios de Agustinas y San Antonio siempre veían al hombre de terno -Elmo- comprar camisas en el local de aquella esquina. Una certera mirada al escaparate y luego el entrar sabiendo de antemano la prenda y el precio. No había tiempo que perder. Santiago era un hervidero de sensaciones. Bullían los ideales políticos, la esperanza de una sociedad distinta, el anhelo de un Hombre Nuevo. Y Elmo -pese a vestir con clase debido a sus múltiples actividades- lo tenía muy presente.
“Yo conocí a Elmo elegante”, manifiesta Gladys Díaz. “Yo no conocí otra faceta de él. Era muy preocupado de su facha. Yo me acuerdo que había una tienda chiquitita en Agustinas al llegar a San Antonio, de pura ropa fina. Él se compraba ahí sus camisas. Recuerdo haber salido con él de la Confederación del Cobre caminando y me dijo “permiso” y se metió. 
 A veces se cree que la persona de izquierda tiene que andar como bien apueblerada. Y, claro, él se distinguía por eso. No era la costumbre. Yo me acuerdo que los miristas andaban todos con una chaqueta montgomery y con bototos. Hombres y mujeres. Las mujeres tenían tres pantalones, cinco blusas, dos chalecos y con eso se daban vuelta años. Los periodistas del mundo político andaban un poco mejor vestidos. Algunos andaban encorbatados, pero no tan preocupados de la calidad de lo que usaban”.

A la buena pinta de Elmo había que sumar una suerte espantosa con las mujeres. Gladys Díaz  recuerda esa cualidad seductora: “Era un hombre que atraía por su manera, por su forma. Muy simpático. Tengo la imagen una vez en una huelga del sindicato de Laboratorio Chile. Iban a hacer una fiesta -no me acuerdo bien si era del Aniversario del Sindicato o el aniversario de la empresa-. Entonces Elmo me dijo: ‘Oye nos invitan a los tres: al Mario Vera, a ti, y a mí, a un almuerzo que van a tener’. En el Laboratorio Chile las mujeres eran mayoría. Llegamos y se armó igual que hubiese entrado un rockero o un actor de Hollywood. Todas la mujeres se paraban y lo abrazaban por aquí por allá. Mario Vera era bajito y era todo lo contrario de Elmo: Mario era mayor, él sí que era hosco, callado, súper serio. Era el matemático, el que siempre andaba sacando las cuentas y me acuerdo que Mario vino y me llevó para un lado, como diciendo ‘no te metas en este lío, déjalo a él’.
Y tengo esa imagen de las mujeres volviéndose un poquitas locas”, finaliza Gladys.

Elmo Catalán tuvo tres matrimonios. Su hijo Elmo analiza esta arista. “No es por justificar a mi padre pero, tanto por la actividad profesional como por la actividad política, la mayoría de las personas que yo conozco de esa época todos se separaron muy jóvenes o tenían muchos matrimonios. No es una buena justificación pero, al parecer, era un momento histórico donde quien militaba estaba totalmente dedicado al trabajo político. Yo participo mucho en encuentros con personas de más de 80 años que fueron amigos de mi papá y nunca he sabido quienes son las señoras. Nada. O sea la familia no es parte de eso núcleo. Es un mundo aparte”, finaliza.

El cobre

Durante el terremoto de Valdivia, en 1960, Elmo Catalán es enviado a la sureña ciudad donde desarrolla un trabajo admirable. Es así como en Santiago se conoce, mediante este puente radial, la trágica jornada en Valdivia durante el mayor terremoto de la historia.
Gladys Díaz, por su parte, confiesa cómo se conocieron: “Elmo había trabajado en varias partes y lo que nos va acercando es que yo soy nacida y criada en el Mineral El Teniente, entonces tengo una cercanía muy grande con el cobre. Cuando chica hacía las marchas con los obreros; a pesar que mi papá era médico y ni siquiera trabajaba en la compañía.
Yo me crie en medio de todo aquello y Elmo también estaba interesado y escribió mucho sobre eso.
En ese punto nos encontramos: en el que a él los obreros le manifestaban que siempre contaban conmigo, yo era su periodista. Los dirigentes le decían: ‘Nosotros, cuando vamos a hacer reuniones, llamamos a Gladys y le contamos lo que está pasando’. Elmo antes que estuviera trabajando en la Confederación del Cobre ya estaba escribiendo sobre estos temas. Entonces cuando se va a trabajar como encargado de comunicaciones de la Confederación y director del periódico El Cobre es una cosa natural porque era su tema”.

Más que PC o PS, revolucionario

– ¿Ahora él ya era un hombre definido políticamente en esa instancia?- le pregunto a Gladys Díaz.
Él militó en el Partido Comunista. Y después, posterior a su relegación en el norte, se acercó más a los socialistas. No es que fuera militante. El Partido Socialista lo destaca, pero yo creo que era cercano. Elmo estaba por encima de los partidos. Elmo era pro revolución cubana y eso lo definía. Casi todos los que se iban del Partido Comunista al Socialista era porque el PC era muy rígido y no aceptaba la disidencia. En ese tiempo había mucha discusión sobre la Primavera de Praga, por ejemplo. Y acuérdate que el Partido Comunista no estuvo para la revolución cubana. El PC estuvo después. El PC no creía en la guerrilla y en los levantamientos populares a través de la vía armada¨, señala Gladys.
“Elmo era un marxista leninista de todas maneras, pero que se adscribía a la Revolución Cubana, que tuvo gran mérito al captar todos los sectores: marxistas, troskistas, demócratas, los que eran católicos, cristianos. No olvides que Fidel Castro era cristiano. Fidel no era marxista, Fidel descubre el marxismo después del triunfo, él hace con el crucifijo la revolución. Eso le dio mucho aire a la revolución cubana: el ser capaz de incorporar a todos los sectores oprimidos y que buscaban de alguna manera la libertad para sus países”, cuenta Gladys. Y prosigue:
“Era muy fuerte el influyo del Che Guevara en Elmo porque el Che es el primero que define la concepción de un Hombre Nuevo, de un hombre con principios, con valores; no solamente un hombre luchador por sus ideas, sino además un hombre que tiene una vida coherente, valórica, y eso era muy atractivo para los que éramos jóvenes. La posibilidad de un mundo nuevo con Hombres Nuevos. Entonces ese es un concepto que levanta con mucha fuerza Ernesto Guevara, y no te olvides que Elmo trabajó en Prensa Latina. Entonces ahí conoce los detalles de cómo se va construyendo este nuevo país, este nuevo estado, y va acompañando toda esa experiencia. Yo diría que encasillar a Elmo en el Partido Comunista o Socialista es disminuirlo. Por supuesto que él fue muy cercano a Carlos Altamirano, por ejemplo. Yo no sé de dónde sacan eso de que fue secretario. Eran muy amigos. Yo me acuerdo que conocí a la secretaria que tenía Altamirano. Lo que pasa es que Elmo le hacía los discursos. Elmo escribía muy bien”, finaliza Gladys Díaz.

Manuel Jesús Aravena tenía 18 años y militaba en el MIR cuando conoció a Elmo Catalán en 1967 perteneciendo a Espartaco, una orgánica más bien universitaria.
Antes de 1970 el MIR, mi partido, buscaba consolidar su estrategia de la vía armada y conociendo la trayectoria de Elmo buscó un acercamiento a objeto de aglutinar fuerzas. Era un acercamiento no con el PS, sino con los elenos. En esas circunstancias lo conocí. Yo era prácticamente un observador ya que la discusión política la llevaban Miguel Enríquez, Luciano Cruz y Sergio Zorrilla”, señala Aravena.

En aquel tiempo estaba la euforia de la Teoría del Foco”, sentencia Manuel Aravena. “La euforia de la Revolución Cubana había abierto una serie de mechas: Venezuela, Brasil, Argentina, Colombia. Entonces un sector de la juventud del Partido Socialista estaba disconforme con la Orgánica Política del PS de aquella época. El Partido Comunista se había hecho muy reformista, estaba por la convivencia pacífica entre capitalismo y el materialismo y en ello había una inconsistencia porque se decían marxistas pero también eran partidarios de la vía pacífica. Había una contradicción básica. Además el Partido Comunista era un partido muy estructurado: ésta es la estrategia, ésta es la línea política del Partido Comunista y nadie se podía salir de eso. Ni siquiera existía la oportunidad de discrepar. Si discrepabas eras inmediatamente mirado con recelo. Al ser el PC muy estructurado, muy disciplinado, me dio la impresión que eso no le gustó a Elmo. Agregado que el Partido Socialista era abierto y daba más espacio a que hayan diferencias, donde gente pudiera contestar y decir no. Elmo Catalán siempre tuvo una postura más guevarista, más castrista, en lo que era concretar cosas. ¿En esa época quién no hablaba de las distintas organizaciones guerrilleras en Venezuela, Colombia, Brasil, Argentina? Guerrillas urbanas muy potentes, como el caso del Movimiento 26 de julio con Frank Pais, que fue el veinteañero seguidor de la guerrilla cubana”, finaliza Aravena.

“Los elenos era una formación absolutamente clandestina”, cuenta Manuel Cortes, ex eleno y ex GAP, quien próximamente lanzará un libro sobre sus vivencias de aquellos años a través de la editorial Ceibo.

“Yo ingresé a los elenos sin ninguna militancia. Y aunque a Elmo no lo conocí era muy renombrada su trayectoria en la formación que integraba. Uno en los comienzos, y por razones de seguridad, sólo conocía a su compañero de enlace”. “

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El periodista Ernesto Carmona -autor y editor de libros como Morir es la NoticiaChile Desclasificado, Los dueños de Chile, Los dueños de Venezuela y Yo Piñera, entre otros-  conoció en 1962 a Elmo mientras trabajaba en la Embajada de Cuba. Según Luis Fernández Oña, de la seguridad cubana, ya en ese año Elmo Catalán habría recibido los primeros entrenamientos en la isla. Durante aquella época Cuba apuesta al desarrollo de la lucha armada en Latinoamérica y da un paso importante, del que participa activamente el Che Guevara. Dependiente del Ministerio del Interior, las autoridades cubanas crean “Liberación”. La responsabilidad recae en Manuel Piñeiro, Barbarroja, quien se pondría a disposición de las necesidades dirigidas por el Che, cuyo fin sería apoyar con todos los medios a grupos revolucionarios en las fronteras de Argentina, Bolivia, Perú y Chile. Piñeiro, será actor principal en el trabajo que involucra a Elmo.

“Elmo frecuentaba mucho la Embajada de Cuba, ahí lo conocí, y después trabajé con él en la Campaña de Allende de 1964”, señala Carmona. “Él era jefe de la Unidad de Comunicaciones como le llamarían hoy -en ese tiempo Departamento de Prensa-. Ahí comencé en periodismo. Elmo me ofreció trabajo ahí y me mandó en el Tren de La Victoria, que era lo máximo que se podía hacer: recorren el país con Allende en su tercera postulación. Elmo era mayor que yo once años. A esa edad se nota… Y era un gran periodista, un tipo muy culto, muy inquieto por la lectura, por la información, por la formación. Leía, estaba interesado en los libros, sobre todo en los de política de la época, que yo conocí a través de él. Los grandes autores políticos internacionales: Charles Wright Mills, libros de economía, de sociología. Elmo era un gran lector y él publicó en esos años, con el economista Mario Vera, el libro El Cobre. A diferencia de otros periodistas de aquellos años -y sobre todo de los de hoy- era un hombre muy preparado y con mucha inquietud por el conocimiento y la información. Su libro La Propaganda fue impreso en Prensa Latinoamericana, que era la imprenta de los socialistas. En lo grueso había dos imprentas políticas en esos años: Horizonte, y ésta que era más chiquita, la Prensa Latinoamericana.
Lo recuerdo como un amigo muy generoso, muy solidario, muy divertido, con mucho sentido del humor. Él era muy bueno escribiendo. Manejaba muy bien la escritura. Elmo trabajó poco en radiofonía en la época que yo lo conocí. Antes fue muy famoso en la radio por llegar primero al accidente aéreo del equipo Green Cross. Pero cuando lo conocí ya no trabajaba en radio. Ya había pasado esa etapa. Yo lo conocí en otra dimensión: ya no era reportero, digamos. Trabajamos juntos también en la agencia Prensa Latina.
Teníamos mucha relación de amistad. Íbamos a comer con las respectivas mujeres, nos veíamos mucho. Él fue muy amigo de Carlos Altamirano, y en verdad él estuvo muy cerca del PS, pero no era un militante socialista así de fila, él era un militante de una organización boliviana: el ELN, de los elenos chilenos.
Elmo no era un hombre de discursos, él difundía sus ideas pero no era un hombre de oratoria; sino de escritura. Creo que lo más parecido a la oratoria eran sus clases como profesor. Nunca lo escuché decir un discurso. Él también era muy amigo de Arnoldo Camú, abogado de la de la Federación de Trabajadores del Cobre y la Confederación del Cobre junto con Arturo Long Alessandri.
Camú fue fundador de la corriente elena del PS. Elmo reclutó a muchos socialistas para llevárselos a Bolivia a su guerrilla. A muchísimos: 20, 30. Y para eso contó con la colaboración de Camú y de los elenos. Yo leí en la revista Punto Final una declaración donde el ELN de Bolivia aclaraba que no tenía relación con el ELN de Chile.
Yo no creo mucho en el socialismo de Elmo. Otra cosa es que los socialistas lo atrapen, pero Elmo nunca se destacó como un militante para nada, ni representó al PS. Lo más que yo recuerdo es que él era muy amigo del senador Carlos Altamirano.
Elmo Catalán era un revolucionario. Un revolucionario que obedecía a la doctrina de la Revolución Cubana y a la teoría guerrillera del Che Guevara, y en eso trabajaba a tiempo completo. En el fondo Elmo era un hombre de la infraestructura de esas cosas que lo hacían viajar mucho. De hecho él tuvo un gran papel en la instalación del Che en Bolivia. Elmo pasaba poco tiempo en Chile en esos años”, finaliza Ernesto Carmona.

El Director del quincenario Punto Final, Manuel Cabieses, da su testimonio sobre la amistad que compartió con Elmo.
“Elmo Catalán participa en la construcción -en el Partido Socialista chileno- de esa sección del ELN de Bolivia. Ahí está gente  como Beatriz “Tati” Allende, la hija de Salvador Allende y el abogado Arnoldo Camú que fue el principal dirigente de esa sección, además de otros chilenos que se prepararon para ayudar al Che en Bolivia. Finalmente los sorprendió la muerte de Ernesto Guevara y la caída de sus fuerzas. Pero entonces ellos emplearon esa disposición para ayudar a los compañeros que reemplazaron al Che en Bolivia.
Elmo Catalán tiene bastante que ver con la historia del rescate de los sobrevivientes de la guerrilla del Che. Eso revela la conexión que había entre nosotros. El mensaje -de los guerrilleros sobrevivientes que trataban de salir tras la muerte del Che Guevara en octubre del 67- me llega a mí y lo primero que se me ocurre es hablar con Elmo. Yo sabía que estaba “en esa”, no sabía exactamente qué hacía, pero sabía que estaba”.

– ¿Cómo le envían el mensaje?
– Un boliviano, Jesús Lara, llega a mi casa tocando el timbre. Entonces hablo con Elmo y él puso en marcha lo que se trató de hacer aquí, incluyendo la solidaridad de Salvador Allende. Aparte que Elmo conocía muy bien toda la zona norte, pues trabajaba en la Confederación del Cobre y tenía gente ahí”, finaliza Cabieses.

En el libro “Teoponte, La otra guerrilla guevarista en Bolivia” el historiador altiplánico -ahora embajador en Perú- Gustavo Rodríguez Ostria relata la huida de los sobrevivientes de Ñancaguazú :
“Como fuese, tras sortear estas peripecias, los contactos con Chile adquirieron continuidad y firmeza. Dos razones explican su elección como escenario para la huida de los sobrevivientes: su proximidad geográfica y la sospecha, pero no la seguridad, que tras Los Andes se contaba con colaboradores, aunque no se conocía su identidad ni su localización exacta. Se tuvo que operar al tanteo, jugándose un albur. Alrededor del 27 de enero, Loro (Jesús Lara) viajó al país trasandino para solicitar auxilio. Sin otra referencia que Manuel Cabieses, que dirigía Punto Final, conocida revista izquierdista pro cubana, lo buscó una noche en su casa santiaguina. No se conocían, de modo que tuvieron que confiar el uno del otro. Años más tarde, Cabieses recordaría que la persona que lo contactó trabajaba en la empresa petrolera boliviana (YPFB) y que mostraba señales visibles de una enfermedad pulmonar. Efectivamente la tuberculosis acosaba a Loro (Jesús Lara) por lo que la esposa de Cabieses tuvo que inyectarle un medicamento. El boliviano informó al periodista chileno de la existencia de los sobrevivientes en manos amigas. Cabieses retransmitió la buena nueva a su colega y militante socialista Elmo José Catalán Avilés, Ricardo de nombre de chapa que cooperaba con los isleños desde hacía tiempo, quien retransmitió la buena nueva hasta Cuba. ¿Sería Loro con quien Salvador Allende mandó a Bolivia un embutido con un mensaje clandestino en el cual señalaba dos lugares de contacto y adjuntaba la foto de Ricardo, responsable de la operación de salvamento?
Lo que es seguro es que el senador socialista (Allende) envió dinero chileno a los sobrevivientes.

Es muy probable que tras estos contactos iniciales, un joven chileno, comisionado por Ricardo (Elmo), se hiciera presente en Bolivia para definir los planes de la evasión. Félix Huerta de 22 años y por entonces estudiante de medicina en la Universidad de Chile ha referido que luego de pasar por el Perú llegó a La Paz donde “debía contactar con un ingeniero de Yacimientos Petrolíferos Fiscales”. Obviamente se trataba de Loro, aunque Huerta no mencione nombre alguno. Lo buscó en su oficina. El santo y seña fue un paquete de cigarros Viceroy y la consabida, aunque segura, mitad de un billete de banco. Tras concertar detalles para la evasión y memorizarlos, Huerta retornó a Chile.

Con los chilenos se acordó fechas y lugares de contacto en las cercanías de la frontera con Bolivia. El 2 de Febrero, con las precauciones debidas, los cubanos, salieron de La Paz en un Jeep Toyota rumbo a Oruro, punto intermedio antes de su ingreso a Chile. Raúl Ibarnegaray, un ingeniero con estudios en Alemania, donde pertenecía al grupo de estudiantes bolivianos de izquierda, fue uno de los responsables de darles cobertura.

(…) Los tres cubanos, en cambio, decidieron correr el riesgo, sin preocuparse por lo que dejaban atrás. Tras permanecer bajo tensión casi una semana en la ciudad minera, el sábado 10 de Febrero se embarcaron al fin hacia la frontera con Chile. Se responsabilizó de guiarlos a dos militantes del PCB, Estanislao Wiilka, Tani y Quicanez, Nicolás.
El mismo día Saúl envió a Miky a Chile a ultimar detalles para la recepción del grupo. Seguramente esta determinación tuvo que adoptarse por el cambio de fecha de la huida, inicialmente prevista para el primer día de Febrero. Miky salió de La Paz en avión, como cualquier inocente viajero, blandiendo su nombre y su pasaporte legal. Apenas llegó a Santiago entró en el terreno del clandestinaje y vivió una rocambolesca aventura, digna de un folletín de espionaje. Me relató que para validarse frente a su contacto, que lo esperaba en un café céntrico:
Debía llevar visible una revista determinada (…), esta persona me debía pedir prestado para escribir un bolígrafo, el mismo que lo traía desde La Paz como consigna de identificación. (…) Tengo entendido que en su interior había una nota. El señor se alejó un momento, luego me devolvió el bolígrafo y me reconoció después de leer el contenido del mensaje.
Tras superar el chequeo, se reunió con Ricardo (Elmo) para coordinar acciones. Despistaba miradas indiscretas aparentando ser un turista adinerado. Se paseaba por lugares caros y bacanes, esperando el momento de servir de enlace entre los evadidos y los chilenos que los aguardaban.
Lo que no pudo prever es que el trío de cubanos y los dos bolivianos enfrentaría peripecias que alterarían el plan inicial. Las lluvias imposibilitaron que hicieran el recorrido en camión, como estaba previsto.
(…) Frente a nosotros teníamos el altiplano, un monstruo desconocido(…)
Un viaje estimado para tres días se transformó en una peligrosa caminata del doble. Tras seis jornadas, el quinteto cruzó sano y salvo la frontera y se introdujo en territorio chileno. Heroísmo y decisión, sin duda, pero también fortuna y condiciones favorables en una tierra de nadie, con escasa presencia estatal y pervivencia de fuertes lazos ciánicos. En el trajín valieron más las redes familiares de Tani —natural de la zona— que los apoyos orgánicos del indeciso PCB. Ilegal pero común y aceptada, la figura del contrabandista les proporcionó adecuada cobertura. Contaron, además, con la venalidad de las autoridades locales. En Sabaya, sobornaron -con la magnífica suma de cuatrocientos dólares- al único y necesitado policía para que los dejara continuar.  Contribuyó igualmente la incapacidad de las autoridades militares para reaccionar a tiempo y una gran dosis de buena suerte en forma de nuevas lluvias que esta vez entorpecieron las labores del rastrillaje castrense.

En Chile Ricardo (Elmo) comandaba la búsqueda desde el lado socialista.  Tati colaboraba en primera fila. Lo confiesa Benigno:
Beatriz viajó a la cordillera de los Andes, un lugar salvaje, en la frontera entre Chile y Bolivia. Una muchacha joven, bonita, estuvo allí una semana entera esperando para ver si nosotros aparecíamos… aunque no tan sola, pues iba armada de pistola, como solía hacer siempre. Incluso llevó armas para nosotros, por si llegábamos desarmados. También cargó colchas, abrigos, comida, cigarrillos y los medicamentos necesarios para la altura, así como distintos antibióticos.
Los comunistas chilenos concurrieron también con una pequeña misión de salvataje en una camioneta que les proporcionó la alcaldesa de Arica, Elena Díaz.  La integraban el aymara parlante y obrero del cemento Francisco Estay y el dirigente del sindicato de panificadores Epifanio Flores Carré. También merodean atentos y expectantes en otro vehículo Dinicle Chávez y Mario Díaz, dirigente de la Central Única de Trabajadores (CUT).  Por su parte, Miki recibió la instrucción de Ricardo (Elmo) de viajar hacia la frontera con el objetivo de identificar al grupo de fugados ya que era el único que los conocía cara a cara. No fue necesario. Las peripecias que enfrentaron éstos en su ingreso a Chile hizo inútil, afirma, su salida de Santiago acompañado de un grupo de militantes comunistas. El 16 de Febrero, el quinteto de evadidos ingresó a territorio chileno por el paso de Chinchillane, entre Isluga y Caraquiqma, a casi cinco mil asfixiantes metros sobre el nivel del mar. Mientras tanto, una amable cuarentona boliviana, Josefina Farjat Bustamante, de sobrenombre Panchita, arribaba a Santiago portando un bien custodiado cofre revestido de cuero y’ adornos de metal, que en La Fiabana adorna ahora el Museo de la Revolución. En la joya, se ocultaba un mensaje de Inti con la identificación de los cubanos. Llegó tarde. Panchita (en 1989) Para entonces la prensa local ya difundía el apresamiento del grupo. Panchita no realizó el periplo en vano. Al retornar a La Paz, en el doble fondo de una caja cubierta de deliciosos bombones, trajo un mensaje de Tati para Inti y Darío. Empezaban a tejerse las redes de una fructífera relación y colaboración.
La verdad es que la sincronización chilena falló por todas partes y no pudo localizar a los guerrilleros prófugos. Cada uno de los contactos en la frontera fracasó estrepitosamente. Conspiró la inexperiencia y el invierno boliviano que, con sus vientos helados, tormentas de nieve y lluvia, bloqueó rutas y quebradas con una muralla de agua y barro, impidiendo el acceso oportuno al punto de encuentro. De manera que tras su ingreso a Chile los cinco evadido deambularon casi una semana padeciendo hambre, sed y frío. El 21 a eso de las 10 de la noche buscaron refugio en la pequeña escuela de Chapiquilta (Comuna de Mamiña), una quebrada al frente de Iquique. No sabían que el joven socialista Huerta los esperaba allí disfrazado de antropólogo, provisto, como disfraz, de una batería de libros. Cada día se desplazaba a la cercana población aymara de Chapiquiña (cama de espinas), lugar previsto para el contacto. Retrospectivamente está seguro que vio a Willka, pero al no reconocerlo no buscó contacto.

Al no hallar los enlaces previstos, el quinteto decidió presentarse el jueves 22 de Febrero1015 a las autoridades y solicitar asilo por intermedio del periodista Luís Berengiiela del periódico Ultimas Noticias, a quien encontraron casualmente a la entrada de Chapiquiña. Al atardecer de aquel día Huerta observaría impotente cómo militares del Regimiento Carampangue detenían a quienes aguardaba. Por su parte, los comunistas Estay y Flores, que merodeaban muy cerca, vivieron una aventura de mal gusto. Cuando la Policía chilena los apresó en las cercanías, tuvieron que tragarse la foto de Tañí con su propia orina, dado el grueso del cartón. “Nos la manducamos con agua de pajarito” confesaron entre orgullosos y avergonzados a Luís Corvalán, jefe de los comunistas chilenos.

Pese al gafe, de ambos grupos izquierdistas, los evadidos-se salvaron, pero el desenlace pudo ser trágico. Los trasladaron primero a Huara y luego a Iquique, donde quedaron retenidos en la base aérea “Los Cóndores”, Alto Hospicio. Por entonces la zona contaba con escasa población y lo único relevante allí era la instalación militar. Apenas se difundió la noticia de su arribo, los fugitivos recibieron muestras de solidaridad popular. En la pequeña ciudad portuaria, el alcalde socialista Jorge Soria había impulsado la creación de un “Comité de Solidaridad”, que se constituyó el 20 de Febrero y que participó en la frustrada búsqueda de los guerrilleros y una vez hallados se encargó de velar por su seguridad Por los Zig Zag del cerro Esmeralda se las camionetas de autoridades y políticos subían raudas a Alto Hospicio a visitar a guerrilleros. Soria se entrevistó con ellos y aseguró que habría una huelga de hambre los tocaban. En las calles de Iquique los manifestantes que apoyaban a los cubanos se alborotaban liderados por un hombre de unos cincuenta años, Jorge Pavelic, comunista quien gritaba exigiendo la liberación de los guerrilleros enarbolando una bandera chilena de gran tamaño. Se lo llevaron detenido mientras la marcha se disolvía.

Las autoridades gubernamentales prefirieron no exponerse a las consecuencias del baño de multitudes y al atardecer del mismo 22, en un pequeño avión de la Fuerza Aérea Chilena (FACH), trasladaron a los cubanos y sus acompañantes bolivianos primero a Antofagasta, intervalo que la policía aprovechó para requisar sus pertenencias. Luego los trasladaron por vía aérea hasta Santiago donde llegaron al amanecer del sábado 24. En la pista de aterrizaje los esperaban altos dirigentes de los partidos comunista y socialista. En esta última delegación destacaban Tati, Salvador, su padre, y Carlos Altamirano. Tati, a modo de disculpa, les dijo: “Los estuve esperando toda una semana en la cordillera andina, no me fue posible hacer contacto con ustedes pese a todas las vueltas que di por el desierto”. Allende aprovechó la confusión y les pasó subrepticiamente una foto de Ricardo, señalándoles que les colaboraría en la conferencia de prensa que darían en horas. El periodista socialista cumpliría su labor y se encargaría de desviar preguntas embarazosas.

Tras una breve estadía en la capital chilena, cargada de entrevistas y declaraciones de prensa, la madrugada del 25 de Febrero el grupo salió rumbo a Cuba, vía la isla de Pascua. Ricardo (Elmo) habría pagado sus pasajes de avión con dinero proporcionado desde La Habana. Un protector Salvador Allende, por solicitud del gobierno caribeño, los acompañó hasta Tahití, en la bella polinesia francesa. Tras dar una vuelta al mundo, con escalas que incluyeron las exóticas Ceilán y Etiopía y las famosas París y Moscú, el 6 de Marzo en horas de la mañana llegaron a La Habana en un avión IL 62 M de la soviética Aeroflot. Fidel Castro y altos miembros del aparato de Estado los recibieron con gran pompa, “como héroes”. Por la radio se exaltó a todos los aires su ejemplo de “extraordinario valor revolucionario”….
El terceto cubano rindió informe al más alto nivel de lo acontecido con el Che. Se sacaron conclusiones para enmendar errores y se determinó que Bolivia no era un capítulo cerrado”, señala Rodríguez Ostria en su libro Teoponte.

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“Elmo era un hombre de los aparatos cubanos, eso yo lo sabía” confidencia Ernesto Carmona. “Entonces teníamos una relación -aparte de amistad- de mucha confianza política, y yo sabía por confidencia de Elmo su trabajo en la instalación del Che en Bolivia. Me llegó a contar, incluso, lo que yo no le creí mucho, que el Ministro Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, era un cuadro nuestro. Yo no le creí pero era cierto. Arguedas fue quien entrego el Diario del Che. Y la discusión mía con Elmo era de que la guerrilla del Che iba a ser un fracaso porque no habían formado un partido que apoyara esa guerrilla, pues en el Partido Comunista no se podía confiar. Y posteriormente lo que viniera iba a ser peor todavía. Se hicieron muchos esfuerzos mediante Elmo e Inti Peredo, pero mi postura era que no tenía futuro un foco guerrillero sin el apoyo de un partido, como en efecto ocurrió. O sea, un foco guerrillero por sí solo, sin un partido detrás que mueva el apoyo popular, con la prensa en contra, con la ignorancia de la gente sobre su objetivo, puede pasar por un grupo de bandidos. Elmo no me convenció nunca sobre eso. Pero al final, por supuesto, él estaba empecinado y me trataba de demostrar que aquello no era relevante. En cierto modo Elmo era ingenuo políticamente porque eso lo manejaba como un dogma: la teoría del foco. Ese concepto ha sido un desastre en América Latina. A los únicos que les resultó fue a los cubanos. Y tampoco era tan foco porque los cubanos tenían un gran movimiento político detrás que era el Movimiento 26 de Julio, y no solo ese movimiento sino también tenían el Directorio Revolucionario y una tercera, tres organizaciones nuevas y grupos políticos que eran capaces de organizar una huelga en Santa Clara, en las Lilas, en ciudades claves”, finaliza Carmona.

El periodista Gustavo González, de dilatada trayectoria, corresponsal de Inter Press Service, autor de diversos libros y profesor en la Universidad de Chile, también da su visión acerca de esta arista: “Bolivia era un hervidero con una situación política muy inestable. Teoponte es lo más ilustrativo del fracaso de la Teoría del Foco. Algo similar a lo que hizo el MIR en Neltume. Elmo tenía que haber sido el jefe de la guerrilla más que el Chato Peredo. Creo que hubo demasiada confianza en la radicalización del movimiento obrero, de la COB, los universitarios y cristianos, propagaron una condición subjetiva que nunca se concretó. Pensemos también en la el contexto internacional: la política de convivencia pacífica de la URSS con USA, y que los soviéticos no veían con buenos ojos a los revolucionarios cubanos y por ende el apoyo de Cuba al foco en Bolivia fue menor”.

Valiente, decidido y corto de genio 

Muchos coinciden en que Elmo era un tipo de “mecha corta”. Corto de genio. Bueno para los combos cuando se sentía atropellado y los argumentos no eran entendidos por los intolerantes.
“Era peleador. Se agarraba con facilidad. Bueno para los puñetes”, manifiesta Gladys Díaz.
Elmo hijo me cuenta una anécdota ocurrida en el Estadio Nacional porque su padre era del equipo de la Universidad de Chile. Esto habría ocurrido durante la época de oro del Ballet Azul. Padre e hijo fueron como se acostumbraba en aquellos años: con una manta y una cesta con sándwich, huevos duros y café. Elmo hijo estaba dichoso. Era un clásico universitario y ambas barras desplegaban coloridas performances en la cancha. El espectáculo era inolvidable. Hasta que alguien le tiró una talla (broma) a su padre, quién contestó de inmediato. La broma y los epítetos fueron subiendo de tono y no pasó un minuto cuando su padre se puso a pelear con un hincha cruzado.
“No, esas cosas a mí no me extrañan nada”, confiesa Gladys Díaz al escuchar la anécdota del estadio. “Elmo no toleraba burlas ni que pidiera una cosa y las personas hicieran lo contrario. Una vez estábamos en un restaurante y ordenó un plato con la carne bien cocida. Sin embargo cuando la trajeron estaba semicruda. Se puso colorado y llamó al garzón y al dueño para reclamarle. Yo no estaba de buen humor, menos para enfrascarnos en una discusión así que lo encaré al instante.
– Elmo- le dije-. Si vas a hacer problemas por la tontera de la carne me paro y me voy inmediatamente- le advertí-. En este lugar no.
Me quedó mirando sorprendido y bajó la vista. Luego pidió con mesura que le cocieran un poco más la carne”, finaliza Gladys.

No es descabellado pensar que eso después tuvo que ver con el desenlace final de sus días: los bolivianos tienen una tendencia muy grande a sentirse maltratados si se les habla muy fuerte, ello sumado a que Elmo estuvo un par de años, sino más, recibiendo instrucción militar en Cuba. Entonces, a ese carácter fuerte le agregó mucha disciplina, pues era un hombre con una disciplina poco común.

“Yo me acuerdo que a mí me decía juntemos en la tarde a las 18,00 a trabajar -porque el último libro que él escribió, el del Hierro yo se lo corregí, fui como la editora de él-.
Era un hombre muy de a tal hora vamos a hacer tal cosa y se hacía”, cuenta Gladys. “Era muy disciplinado. Podía trasnochar , y sin embargo al otro día estaba a las 7 de la mañana en pie. Había dormido una, dos horas, pero él estaba. Yo no recuerdo nunca que me haya dicho o avisado “no llego” a alguna reunión porque se había quedado dormido. Y era bien bohemio. Le gustaba la noche, la conversa. Le gustaba tomarse unos vinos en El Bosco o en esos restaurantes que eran muy de periodistas”, rememora Gladys.

Ni a misa con la Coca Cola

“Él tenía una actitud muy anti imperialista. Tenía muy claro el rol que habían jugado los norteamericanos aquí; no solamente en el cobre sino también con toda la influencia política. Todo esto de la Escuela de las Américas para los militares. Él siempre decía: ‘Nosotros nunca nos olvidemos que somos considerados el partido trasero y  por lo tanto no nos confundamos cuando lanzan estos proyectos de ayuda para América Latina’. Él decía: ‘A ver ¿qué están buscando? Esto es un proyecto de dominación de los norteamericanos’, eso es una cosa que él repetía permanentemente”, finaliza Gladys.

“Papá era bien come cura, no le gustaba la Iglesia Católica. En ese tiempo estaba absolutamente prohibida la Coca Cola porque cualquier cosa que viniera del imperialismo norteamericano estaba totalmente vedado. Parece broma pero era en serio. Mi papá en ese sentido era bien riguroso, y a lo mejor quizás hasta muy dogmático y también consecuente. Tenía una ética bien estricta en ese sentido.

Me acuerdo que a él le importaba mucho que yo estudiara, trabajara, que estuviera siempre muy centrado en las obligaciones que tenía. Entonces cuando lo acompañaba a su trabajo yo siempre estaba haciendo algo que tuviera relación con mis tareas. Él estaba siempre muy preocupado que yo respondiera, que hiciera cosas. En general estaba centrado siempre en la acción más que la reflexión. Recuerdo que me aconsejaba no pelear con mi hermana, cosas más domésticas. Pocas veces lo escuché una reflexión más  política; salvo una vez en 1967 que fuimos a dejar -con el senador Carlos Altamirano- al aeropuerto Lo Cerrillos a otra persona que partía a México. Después nos devolvíamos y mi padre empezó a hacer toda una reflexión política respecto de la izquierda chilena. Yo estaba chico pero algunas cosas recuerdo de su reflexión un poco enojada. Él, al parecer, había tenido una discusión con esta persona que fue a dejar y después empezó a hacer esta reflexión en voz alta conmigo al lado. Yo lo escuchaba, no metía la cuchara o le preguntaba. Pero me dio a entender la inconsecuencia de  algunas personas frente a los principios que sustentaban en ese momento”, confiesa Elmo hijo.

Teoponte, el fin de la aventura

“Yo estuve tratando a Elmo hasta que se fue a Cuba a preparar. Cuando él vuelve entra totalmente clandestino, me llama y vamos a un lugar, tomamos té, y me cuenta que va entrando a la guerrilla. Estuvimos una tarde conversando. Él tenía una convicción muy clara”, manifiesta Gladys.

Otra hecho relevante con Elmo ocurrió cuando Eliana Cea cubría Política para el vespertino “La Segunda”. Siempre lo encontraba en el gabinete del senador Carlos Altamirano. “Creo que él asesoraba al político. Teníamos largas conversaciones acerca de la actualidad nacional, a fines de los 60. Un día me llamó al diario y me invitó a almorzar al Palmeiras, un restaurante muy concurrido por políticos y periodistas (se ubicaba en Huérfanos, entre Bandera y Ahumada). Una vez allí, noté que me iba a confiar algo de mucha importancia. Lo vi emocionado y contento.

-Esta noche- me dijo- viajo a Bolivia, porque se reanuda la guerrilla que empezó el “Ché”. En la madrugada de mañana, por una radio clandestina, uno de los hermanos Peredo leerá este mensaje- finalizó.

Con enorme confianza, lo cual me hizo sentir muy honrada, me entregó copia del texto que leería Peredo.

-Quiero que en la edición de mañana del diario La Segunda aparezca este texto y te ruego que no cuentes a nadie tu fuente informativa- señaló Elmo.

“Nos despedimos muy cálidamente. Creo que él estaba extasiado pensando en lo que vendría y totalmente seguro que ese era el derrotero que siempre anheló. Me dijo que el camino de la liberación de América Latina era ir abriendo conciencia y uniendo a los pueblos para que defendieran sus derechos; que Bolivia era clave para continuar luego con otros países y lograr armar una revolución continental.
A la mañana siguiente, entregué la información y exigí que no se me preguntara la fuente. La noticia salió en primera página esa misma tarde, tal cual lo deseaba Elmo.
Nunca lo conté, hasta ahora.
Años más tarde, trascendió que Catalán fue asesinado por un compañero de guerrilla, celoso de la simpatía que Elmo despertaba en una joven a quien él pretendía”, finaliza Eliana Cea.

La guerrilla de Teoponte estuvo conformada por 53 bolivianos y 14 extranjeros, entre ellos ocho chilenos, dos argentinos, un brasileño, un colombiano, un peruano y un español-estadounidense, sólo sobrevivieron 9 personas, entre ellos el jefe. Pero en los preparativos y en la logística de apoyo intervinieron cientos de militantes bolivianos y de otras nacionalidades.

“Yo creo que le dispararon, que fue una lucha intestina para un sector de bolivianos que, inicialmente, aceptaron que se incorporara un chileno, porque en la guerrilla boliviana hubieron varios chilenos. De hecho Elmo reclutó gente. Se van varias personas, dos o tres, del mineral de Chuquicamata, de El Salvador, que mueren allá,  y se va alguien también del Laboratorio Chile. Gente con la cual nosotros trabajábamos”, confiesa Gladys Díaz.
“Él tenía mucho influencia en eso. Entonces -independientemente de todo lo que he leído- yo me he hecho el cuadro de que hubo un sector que no aceptó a Elmo. En Bolivia se manejaba la idea de que alguien lo habría mandado a matar. Ahora yo no descarté esa idea por lo siguiente: nunca nosotros hemos entendido por qué la guerrilla no mató al asesino de Elmo, siendo él el jefe. Cuando en la guerrilla te matan por menos que eso, porque te comes la comida de tu compañero estás condenado a muerte. Entonces no es posible que el boliviano Aníbal Crespo Ross haya podido salir del país, vivir todo el tiempo que vivió en Argentina sin que nadie lo hubiera buscado. Es evidente: lo protegieron, lo ayudaron a salir, y eso solamente puede haber ocurrido si había gente que tenía poder, que lo decidió así” finaliza Gladys.

“Hay muchas más condiciones revolucionarias en Chile que en Bolivia” decía Miguel Enríquez quién se preguntaba: “¿Por qué en Bolivia? El Che está equivocado en irse ahí y de que los únicos sectores politizados y que tienen conciencia de clases son los mineros  bolivianos. Son una minería absoluta pero el campesinado es tan analfabeto y tan abusado y tan empobrecido y tan sobrepasado en su derecho que no está en condiciones siquiera de ver una guerrilla como salvadora, le va a dar miedo”. Miguel dijo eso: “No hay condiciones pre revolucionarias”, confiesa un ex MIR hoy, pasados 45 años.

El legado

¿Por qué se habría que traer al presente a Elmo Catalán? Para que tal vez las generaciones jóvenes lo conozcan?
Ese fue mi mensaje- responde Gladys-. Cuando yo explico de que nosotros teníamos un sueldo y que trabajábamos y hacíamos toda una labor y que la hacíamos fuera de las horas de trabajo y no cobrábamos, nosotros estábamos mostrando un valor. Estábamos mostrando cosas  que no se hacen ahora. Estábamos mostrando que los sueldos de los mejores periodistas de la época no tenían nada  que ver con esos que hoy ganan 25 millones, que ganan 15 millones,  que ganan 45 millones en la televisión. Yo también trabajaba en un programa en el canal 11 de la Chile y lo hacía gratis. Es decir, ni se nos pasaba por la cabeza que me iban a pagar. Ni siquiera te pagaban el taxi para llegar. Tú ibas porque quería que ese canal, que era universitario, creciera y le fuera cada vez mejor, que tuviera buenos programas y si el programa era bueno tú querías  eso. Era una época en la cual tú tenías metas, principios, ideas. Tenían que ver con los cambios, con la creación de un mundo mejor. Entonces yo quise decir eso: es otra forma de ejercer la profesión, de darle un sentido a lo que haces. Y eso fue así.

– ¿Y ahora eso se ha perdido?
Totalmente- sentencia Gladys Díaz-. Fíjate tú el espíritu de servicio público. Dime tú lo que ganan los diputados, los Senadores, pero no solamente ganan eso sino que no se conforman y coimean, pasan boletas y el otro hace cuatro cosas escritas y le pagan 15 millones porque en el fondo se lo están comprando para cuando vote. Entonces, desde ese punto de vista, la figura de Elmo pasa a ser la recuperación de una forma de vida y del ejercicio de la profesión. Es un mensaje para los alumnos.

Vivíamos en distintos lugares: en Independencia, en la calle San Ignacio. Por lo general en el Centro”, rememora Elmo hijo.
“Bueno, por el trabajo de mis padres nos cambiábamos. Vivimos al lado de la casa de mi abuela, en el paradero 11 de Gran Avenida. Tengo recuerdos de chico, básicamente de jugar con él. Mi padre no era una persona muy afectuosa, pero era muy de acción, entonces recuerdo de hacer muchas cosas con él.
De hecho me acuerdo de haber ido muchas veces a la Confederación del Cobre junto con él, o a otros lugares y espacios laborales. Después, de más grande, tengo recuerdos más vivos en casa de amigos. Se juntaban mucho los días sábado hasta tarde y  muchas veces, entiendo que el día viernes, nos íbamos a la Peña de los Parra, íbamos, estábamos, escuchábamos y por lo menos su grupo  -especialmente los periodistas- eran de conversar hasta muy tarde, de hacer tertulias. Se juntaban en un par de bares y cafés en el Centro”, confiesa Elmo hijo.

Encuentro en Irarrázaval

Gladys Díaz me lo cuenta: “Una tarde Elmo me llamó para pedirme la casa para una reunión secreta. Tenía que juntarse con unas personas. Yo vivía a la altura del 1000 de Irarrázaval en un pequeño departamento interior. Le respondí que no había problema consultándole si era necesario que me ausentara. Elmo me respondió que no era necesario; al contrario: me pidió que preparara café y unos sándwiches porque entrada la noche les iba a dar hambre. La reunión iba a ser como a las 21,00 horas. Un poco antes herví agua y llené un termo. Luego me encerré en mi pieza y vi televisión. El sueño me venció. Como a la medianoche Elmo me despertó. Tenían hambre y desean comer unos bocadillos. Me levanté yendo a la cocina a preparar los sándwich. Una vez listos los llevé donde me esperaban. Elmo esperaba junto a dos hombres. Uno de mediana edad y otro pelado, joven, con un ojo medio caído. Los dos tipos comenzaron a preguntarme cosas sin importancia, nimiedades. Tenían un acento como venezolano, caribeño, bastante difícil de identificar. Tipos simpáticos, sencillos, bien agradables. El hombre calvo me pareció extraño. Luego de comer me retiré. No le di ninguna importancia al hecho.
Muchos años más tarde viajé a Cuba a un encuentro de periodistas revolucionarios y en medio del acto, muy importante por lo demás, me encuentro con el tipo que había estado aquella vez en mi departamento.
– Yo a ti te conozco- le dije-. Tú estuviste en mi casa.
Era Barbarroja, Manuel Piñeiro.
Y estoy segura que el otro tipo, el pelado con el ojo caído, era el Che”, finaliza Gladys.

No hay ninguna certeza de que ese calvo haya sido el Che; pero tampoco podría descartarse. En el Diario del Che se narra lo siguiente:
(…) El duodécimo día el Che Guevara parece reencontrarse con sí mismo, quizá con su fe, que había dejado olvidaba en algún lugar del Congo. El jefe guerrillero reportará:
“… Mi pelo está creciendo, aunque muy ralo, y las canas se vuelven rubias y comienzan a desaparecer; me nace la barba. Dentro de un par de meses volveré a ser yo”.

Gladys sigue contándome:
“Estaban yendo para Bolivia porque ya estaba caracterizado y después años después yo supe en Cuba que él era el Che, esa era la caracterización que él se había hecho: con un ojo caído y pelado. Eso después me lo dijeron a muy alto nivel.
Se veía como un hombre pelado de 40 años. Era un poco menor que eso, pero como la pelada te hace ver mayor. Era de noche además.
Nosotros debimos haber estado como una media hora porque después que terminaron de comer yo les serví café. Yo me retiré y ellos todavía siguieron hasta las dos de la mañana, incluso cuando Elmo me avisa que se van yo estaba durmiendo y le dije: “Ya, ya, sí, sí”, una cosa así.

En ese tiempo la verdad uno vivía unos protagonismos y no teníamos conciencia de esto”, finaliza Gladys.

La masacre de El Salvador

La masacre del Salvador, en 1966, para mí fue un antes y un después políticamente, sino creo que hasta el día de hoy no me hubiera metido nunca en algún partido porque yo abomino de  las reglas y de todas esas cosas”, confidencia Gladys Díaz. La periodista y amiga de Elmo Catalán Avilés, lo recuerda como un periodista revolucionario comprometido con el devenir histórico de su país y del continente.
“La Mayoría de quienes ingresamos a la Universidad a estudiar Periodismo en la década de los 60 lo hicimos con un compromiso social de propósito y de vida, en el que la Revolución Cubana nos invocaba a ser protagonistas de los cambios, a ser la voz de los olvidados, los rezagados, a ser las correas transmisoras de  los derechos y de sus exigencias”, explica Gladys. “Elmo fue un ejemplo, una síntesis de esos anhelos, tal como él lo dice en una carta póstuma: fue el primer profesional universitario de su familia, una familia de escasísimos recursos, y por lo tanto bien podía haber elegido ser el eslabón central de un ascenso para los suyos. Y no fue lo que decidió.
Era un Profesional lúcido, inteligente y brillante. Pudo haber elegido poner su talento al servicio de las grandes empresas, de las transnacionales. Y eso ni siquiera se le pasó por la cabeza.
Como periodista era un lector y un investigador constante. Como reportero de la Radio Minería -cuando la radio era el medio de comunicación más importante y masivo de nuestro país- siempre estaba en la vanguardia noticiosa”, manifiesta Gladys y continúa:
“La década de los 60 fue marcada por el rol protagónico de los sindicatos, las federaciones y confederaciones de trabajadores, urbanos y campesinos. Eran la avanzada de las clases, buscando, no solo el respeto a sus derechos y la mejor participación en las ganancias y en los destinos de las empresas, sino también exigiendo la restitución de la propiedad de nuestros recursos, entonces en manos de consorcios extranjeros.
Hoy día es impensable que un destacado periodista teniendo las más diversas opciones laborales elija ir a encabezar las comunicaciones de una organización obrera. Elmo vislumbró, con agudeza política y olfato periodístico, que ese poderoso conglomerado de decenas de miles de trabajadores, organizados de la gran minería del cobre, tenía en ese momento un rol muy importante que cumplir para toda la clase obrera del país. Y allí puso todas sus habilidades. Desde su pequeña oficina, desde las alturas del edificio de la calle Mac Iver, dirigió las comunicaciones de muchos eventos, decidió junto a los dirigentes nacionales de la Confederación del Cobre su pliego de peticiones, hasta poner en números el latrocinio que significaba el robo de nuestro cobre por las empresas norteamericanas. Y así cada trabajador del cobre, primero, y más tarde todo trabajador de este país, exigía una verdadera nacionalización del mineral. Escribió un libro sobre la rapiña extranjera de nuestros minerales. Yo trabajaba en otra radio y cubría también los asuntos sindicales. Un día me llamó para que ambos -junto a Mario Vera, economista que también asesoraba a la Confederación del Cobre- formáramos una alianza, una especie de asesoría que ofreciéramos a los sindicatos que no podían por número, o precariedad económica, contratar comunicadores ni economistas. La propuesta era que brindáramos nuestros servicios en forma gratuita. Fue un tiempo fértil en que no habían horas libres ni fines de semanas  para descansar. Este trío se movió ágilmente por los Sindicatos de Cemento Melón, de la Papelera de Puente Alto, de los trabajadores de la construcción, de Pizarreño, de Laboratorio Chile, de los Bancos, etcétera.
Cada uno de nosotros tenía un lugar de trabajo con horario y remuneración de la cual vivíamos. Yo trabajaba ocho horas en una radio y Elmo y Mario en la Confederación, nuestras asesorías eran gratis eran compromisos con los trabajadores  nos subíamos a los escenarios de los Sindicatos y hablábamos de las posibilidades de éxitos que tenían sus movimientos si nos desplazábamos en tal o cual sentido, organizábamos las conferencias de prensa, buscábamos que nuestros colegas en sus medios entrevistaran a sus dirigentes, ayudábamos en las ollas comunes, acompañábamos las marchas, pernoctábamos con ellos, el alimento cotidiano de nuestras conciencias como profesionales en ese tiempo era la realidad dispar de Chile de los 60, nada diferente al de hoy en que las desigualdades resultaban irritantes y comprobábamos a diario de la arrogancia y mezquindad del uno por ciento del país. Eran días de cansancio pero de gran realización personal y donde el ejercicio de nuestra profesión tenía tanto sentido. Y llegó el tiempo de la gran huelga nacional de la gran minería del cobre que se inició a fines del año  65 y duró varios meses El Teniente, Chuquicamata, Potrerillos, El Salvador, decena de miles de obreros paralizados y con ellos la economía del país, el punto central de ese petitorio era la nacionalización del cobre en El Salvador y en el mineral más combativo se les declaró el estado de sitio y el ejército les cortó toda forma  comunicación  con el exterior, estaban  aislados y resistían la huelga sin saber si eran los únicos que continuaban la CUT los apoyaba y habían ordenado un paro nacional en apoyo a los cupríferos,  pero los obreros de El Salvador no lo sabían, entonces Elmo me pidió que yo convenciera a la radio en la que yo trabajaba para viajar  al norte a reportear lo que allí pasaba, fui la portadora de miles de ejemplares del Periódico de la Confederación que Elmo dirigía y que daba cuenta del estado de las conversaciones de que todos seguían firme sosteniéndola que estaba toda la clase obrera apoyando.  En El Salvador un chofer de taxis Socialista me llevo por ingresos clandestinos al campamento rompiendo las normas de estado de sitio y me dejo en la puerta misma del local sindical, adentro todo bullía, las ollas comunes, las reuniones, las arengas los discursos, las banderas, los panfletos, todavía tengo en mi retina la imagen y en mi corazón la emoción del espectáculo de jolgorio  de aplausos, de abrazos y de bailes se desató en ese local cuando yo tomando el micrófono y diciéndoles el apoyo nacional que tenían les entregue el Periódico, su Periódico, el Periódico de Elmo, deben haber si las 21 horas las mujeres me abrazaron me dieron un caldo caliente y yo estuve hasta las 6 de la mañana con mi grabadora entrevistando, preguntando, escuchando, les habían cortado todas las provisiones  no permitían entrar ni salir del campamento a nadie les racionaban el agua, habían cortados los teléfonos suspendido el correo, era una ocupación militar me indicaron que a un par de cuadras de allí había un lugar para dormir que ya me esperaba,  alcance a ponerme la camisa de dormir y golpearon fuertemente la puerta me dieron unos minutos para vestirme y esos uniformados me llevaron ante  el Comandante del Ejército que me declaró subversiva  por haber ingresado clandestinamente y por haber llevado el periódico también subversivo a los huelguistas me metieron dentro de un calabozo en la  de carabineros y en la celda contigua estaba también Douglas Hübner, periodista de un canal de televisión a quien habían detenido horas antes. Tuve derecho a una llamada y me comunique con Elmo. Él dio aviso a mi radio de lo que estaba pasando y movilizó al Colegio de Periodista y hubo una marcha hacia la Moneda, en Santiago, exigiendo mi libertad. Casi al medio día nos sacaron en una camioneta rumbo al desierto, pasamos por el costado del  sindicato y la gente me saludó con rostros sombríos como presagiando que ese viaje los dejaba nuevamente solos, huérfanos, sin testigos, apenas alcanzamos a perderlos de vista y empezó la balacera. Una balacera interminable. En una moto nos alcanzó el corresponsal de la Radio Chilena que era un funcionario  del Banco del Estado. Contó que habían llenado de bombas lacrimógenas el Sindicato y a medida que los trabajadores iban saliendo les disparaban. Ocho muertos, decenas de heridos y mutilados, una mujer embarazada que se envolvió en la bandera chilena y con las manos en alto salió pidiendo que pararan las balas también fue acribillada.
El entonces joven Diputado Luis Maira me encontró en  el camino a Pueblo Hundido y alcanzamos a llegar antes que el avión partiera. Llegué a Santiago y advertí desde lejos -dentro en el aeropuerto- el movimiento policial. Me escabullí hacia las oficinas de LAN y desde allí llamé a la radio en que trabajaba. Me dijeron “sal al aire y di solamente que fuiste liberada y que después contaras de lo ocurrido, porque en unos minutos más hablará por cadena nacional el Presidente Eduardo Frei Montalva para dar cuenta de lo sucedido en el Salvador”.
En Santiago nadie sabía lo que allá había ocurrido. Yo alcancé a decir brevemente al aire: “Esta reportera fue detenida en la madrugada y liberada al medio día, minutos antes que se iniciara una masacre en El Salvador en que hay obreros y mujeres muertas. Yo les contaré después que hable el Presidente como se hace una masacre bajo este gobierno”. Y me cortaron. Y nunca más hablé después del Presidente. Luego llamé a Elmo y me dijo: ´¿Tienes material grabado?´ Le dije ‘sí’. Tenía mucho. Había grabado toda la noche y al ser detenida guardé los materiales entre mi ropa interior. Entonces Elmo me dijo que el aeropuerto estaba lleno de detectives, que había orden de detenerme, y me aconsejó salir por otro lado donde me estarían esperando algunos compañeros. Yo era una independiente de izquierda, sin militancia, y sin embargo ese 11 de Marzo de 1966 pasé a la clandestinidad, mientras mi casa y la de mis amigos eran allanadas. Elmo me metía en una casa y después me sacaba, me llevaba a otra y por primera vez supe lo que era tener un día un nombre y al siguiente otro. En esa cadena nacional Frei dijo que una turba había asaltado el retén policial y los carabineros se habían visto en la obligación de repeler el ataque y que había algunos heridos. Nosotros teníamos un material grabado que desmentía todo eso. Pero nadie se atrevió a publicarlo. Nadie. Ni siquiera El Siglo, que era el diario del Partido Comunista. Y  nosotros, Douglas Hübner, Mario, Elmo y yo lanzamos por única vez una publicación de decenas de miles de ejemplares que se llamó Los Periodistas Cuentan la Verdad de lo que pasó en El Salvador. Publicación que hoy día se puede obtener en la biblioteca. Esa publicación, antes que saliera en los quioscos, la distribuimos gratuitamente en los colegios, en las universidades, en los sindicatos, en las empresas, en las oficinas públicas. Así que cuando intentaron requisarlos en los quioscos ya no tenía sentido. La impresión de esa publicación se pagó con la venta de un auto no muy nuevo de  Mario  Vera, unos pocos ahorros míos, y el resto con una parte del sueldo de Elmo.
A las 48 horas de la matanza los partidos comunistas y socialista pusieron fin al conflicto sin lograr los puntos más sentidos del petitorio. Había ocho muertos, decenas de mutilados, jóvenes obreros sin brazos o con una pierna menos, y se puso fin al conflicto sin lograr los puntos por lo cual los obreros del cobre estuvieron casi 4 meses en huelgas.
Fue entonces que nosotros nos radicalizamos: yo pedí mi ingreso al MIR, Elmo y Mario se comprometieron con la preparación de las circunstancias para la guerrilla Boliviana. Elmo fue el chileno de mayor confianza para los cubanos, para que a través de nuestro país ingresara a Bolivia el Che Guevara cuando se inició esa gesta. Y más tarde, como todos saben, Elmo se adiestró militarmente y se fue a la guerrilla boliviana como un combatiente internacionalista. Llegó a ser el sucesor del Che, el sucesor de Inti. Murió en dolorosas circunstancias, pero nada pudo impedir que ingresara a la historia de nuestro gremio con letras doradas, como el hombre que, surgido de lo más abandonado de nuestro pueblo, llegó a ser un excelente profesional titulado en la Universidad de Chile, que eligió vivir la coherencia y la consecuencia de nunca abandonar sus intereses de clase, llegando a dar la vida por ello”, finaliza Gladys emocionada.

El comienzo del fin 

En El diario del Che se entrega un dato valioso acerca de la situación que viviría Elmo posteriormente:
(…) Una última jugada intentaría Monje ese día, Guevara relata: “Quedamos en que lo pensaría y hablaría con los compañeros bolivianos. Nos trasladamos al campamento nuevo y allí habló con todos planteándoles la disyuntiva de quedarse o apoyar al partido; todos se quedaron y parece que eso lo golpeó”. Monje se dirigió en estos términos a los bolivianos que se habían sumado a la guerrilla de Guevara y que hasta hacía poco pertenecían a las estructuras del Partido Comunista de Bolivia: “Cuando el pueblo sepa que esta guerrilla está dirigida por un extranjero, le volverá la espalda, le negará su apoyo. Estoy seguro de que fracasará porque no la dirigirá un boliviano sino un extranjero. Ustedes morirán muy heroicamente, pero no tienen perspectivas de triunfo”. El discurso de Monje sería premonitorio.

En la carta, posterior a su ida definitiva a Bolivia y de la cual no volvería nunca más, Elmo señala:
“… Pensarán que estoy equivocado al combatir en un lugar que —como alguna vez me dijeron en Chile— no es mi Patria. Discrepo profundamente con los que hacen tal planteamiento.
Patria tiene para mí un sentido real y profundo. Es ciertamente el territorio geográfico donde el individua nace. Pero Patria es también en toda su dimensión el suelo oprimido donde un revolucionario combate por la libertad de su pueblo o muere en defensa de sus ideales.
Patria es el cobre, el estaño, el fierro, el zinc, el petróleo, el oro, la plata, las materias primas que en poder de toda la comunidad crean la riqueza y la prosperidad de la nación que las posee.
Patria es el minero silicoso.
Patria es el campesino explotado.
Patria es la mujer humillada.
Patria es el niño desnutrido y analfabeto.
Patria es la revolución libertaria.
Patria es la Nueva Sociedad y el Hombre Nuevo que nosotros crearemos.
Para nosotros “la Patria es América”, como lo proclamara Bolívar en los campos de batalla.
No soy extranjero en Bolivia ni seré extranjero en ningún lugar de América latina. Extranjeros son los imperialistas y sus sirvientes nativos. Me siento tan patriota como el más patriota de los patriotas bolivianos. He aceptado todas las obligaciones y exigido un solo derecho: el de combatir”, escribía Elmo en la misiva.

Su muerte

El historiador boliviano Osvaldo Rodríguez Ostria narra en su libro Teoponte. La otra guerrilla guevarista en Bolivia, los últimos días de Elmo Catalán en Cochabamba.

“En las últimas semanas, la relación de Angelito (Roos) con Ricardo( Elmo) , exacerbada por la tensión de los preparativos y el largo encierro entre cuatro paredes, se deterioró al extremo. Ante la inminencia de ser padre, Angelito dudaba en marcharse al monte. Ricardo, conocido por su autoritarismo, lo acosaba constantemente recordándole su deber] de concurrir al llamado revolucionario, poniendo en duda su hombría y advirtiéndole de las graves consecuencias de eludir su compromiso de sangre. Angelito soportaba la carga denigratoria, hasta que la caldera estalló incontenible.
Ricardo y Victoria llegaron a su refugio a medio día del 8 de Junio. Almorzarían y luego prepararían las últimas provisiones para la partida de Ricardo. La compañera de Angelito y Jesús preparaban la merienda en la cocina, cuando retumbaron disparos. “Lo están matando” habría exclamado ella asustada, segura de que su esposo, había caído. Sus temores se disiparon cuando lo vio llegar corriendo. Imperativo demandó a Jesús la entrega de la llave del departamento, cerrado por seguridad desde dentro. Abrió la puerta y escaparon raudos. Jesús ingresó al cuarto y se encontró con el horror “Ricardo -me relató- estaba parado de espaldas a la puerta. Se dio la vuelta y me miró. Quizá creyó que fui yo quien le disparó. Luego se derrumbó. Victoria estaba acurrucada, herida junto a la máquina de coser”, finaliza el historiador en su texto. Y prosigue:

“Solamente existían tres llaves del departamento, que se cerraba por dentro. Una en manos de Ricardo y la otra en las de Jesús.
Asustado, suponiendo que los disparos alertaron al vecindario y sin comprobar si ambos estaban muertos o agonizando, huyó presuroso en busca de contactos. Llegó muy perturbado hasta una casa de seguridad cerca de la laguna de Coña Cofia. Luego de contar lo ocurrido lo enviaron a La Paz para informar al Estado Mayor.
Un comunicado del ELN, casi con seguridad redactado por el grupo de Cochabamba, ciudad donde fue publicado inicialmente, afirmó que Ricardo y Victoria cayeron en manos de la represión en una acción de guerra. La prensa boliviana y chilena, por su parte, hablaba de asesinatos políticos, torturas, graves mutilaciones c inenarrables vejaciones. Punto Final, la revista izquierdista donde Ricardo colaboró tituló: La CIA mató a Elmo Catalán. En su interior, Jaime Faivovich, periodista amigo de Ricardo, aseguró al público que los cadáveres, fueron hallados “desnudos, maniatados y brutalmente flagelados”. Nada era cierto, pero servía en un clima de sospechas. ¿Quién sino el enemigo podría ultimar a la pareja revolucionaria?
Apenas la mala nueva se supo, la llama de la protesta, agitada por informaciones sensacionalistas, se encendió en las universidades autónomas. En Cochabamba comenzó la violencia a mediodía del lunes 15, apenas concluido el sepelio de ambas víctimas. Al anochecer, quedaron tendidos 17 heridos de bala. La batalla callejera llegaba a su clímax en todo el país”, concluye el texto de Rodríguez Ostria.

El legado

“A Elmo el origen de clase no se le notaba para nada”, confidencia Gladys Díaz. “Era un hombre que se expresaba muy bien. No te olvides que él era hijo de una lavandera. Yo conocí a la madre de Elmo en la escuela. El año 71, en diciembre -porque me acuerdo que era verano-, instituyeron un premio al periodista más destacado del año en lo social, en lo comprometido con la lucha de los obreros, de los campesinos, de los estudiantes. Y ese premio por única vez me lo dieron a mí. Fueron todas las escuelas del país: Antofagasta, Concepción y Santiago, la Católica y la Chile. Y quién me entregó el premio fue la mamá de él, porque la señora vivía en Arica y los chiquillos la hicieron traer. Yo andaba en Buenos Aires. Un día antes me dijeron: “Oye, te dieron un premio, tienes que venir mañana a recibirlo”. Entonces me presenté ahí y fue muy emotivo. Yo recuerdo que estaban todas las aulas, habían representantes de todas las escuelas, fue en la escuela de la Chile donde me había educado y formado como periodista. Me emocioné mucho cuando salió una señora de primera fila y dijeron que ella me iba a entregar el premio. Ese día almorcé con ella y estuvimos conversando. Ella me contó detalles de la infancia de Elmo que yo no conocía, Elmo ya estaba muerto en el 70”, concluye Gladys Díaz.

“En la propia tesis de mi padre, que no es muy larga, él al final hace un par de conclusiones y un par de recomendaciones. Una de éstas dice que sería interesante que la Universidad de Chile a través de la Escuela de Periodismo tuviera un Centro de Investigación que hoy está cobijado bajo el Instituto de Comunicación e Imagen. O sea todos los Doctorados y Magister apuntan justamente a que sea un centro  de investigación justamente el que trate esos temas”, concluye Elmo hijo.

“Elmo Catalán no despertó -simplemente- un día, revolucionario.
Conquistó la difícil condición de revolucionario en la ardua tarea del vivir cotidiano. En la imperiosa necesidad de darle un sentido trascendente a su existencia. En el estudio acucioso de nuestra brutal realidad de pueblos sumergidos en la miseria física, en la degradación moral y en la angustiosa opresión. Jamás buscó refugio en la soledad propia del intelectual o del artista ensimismado en un saber puro o suspendido en el vacío de su única e intransferible verdad. Todo lo contrario. Se sumergió anhelante en el inagotable manantial de la vida. Nada le fue extraño. No estuvo libre de errores, miserias, locuras, odios y amores. Como tampoco estuvo ausente en las grandes batallas sociales de nuestro tiempo. Participó en ellas hasta la entraña de su ser.  Sin propósito subalterno. Sin cálculo mezquino. Esta fue – tal vez- su característica más valiosa. El compromiso contraído, sin barcos de regreso, con su propia conciencia y con lo que él estimaba su superior deber de revolucionario”, escribió Carlos Altamirano en Punto Final del 7 de julio de 1970, a pocos días de su deceso.
“Como estudiante, en la inmensa ciudad -extraña y hostil- cercada por la sórdida miseria de pobladores innúmeros; como periodista, en un medio alienado por valores inherentes a una sociedad cada día más escindida por agudas y dramáticas tensiones de clase, raciales, sicológicas y generacionales; como dirigente de gremios, la mayor de las veces dominados por urgencias inmediatistas, y ajenos en consecuencia al verdadero carácter de la lucha violenta y revolucionaria, signo insoslayable en la guerra liberadora de los pueblos, en esta hora estelar de la humanidad; como combatiente guerrillero en las ciudades de Bolivia; en todos los lugares y en todas las variadas fases de su multifacética existencia, Elmo Catalán fue siempre fiel a sí mismo. Guardó inexorable consecuencia con su pensamiento político. Mantuvo terca e irreductiblemente sus posiciones ideológicas. Hizo de la palabra y del verbo acción y realidad.
Fue más que un idealista. Fue un realista. Un auténtico realista armado de una concepción muy clara acerca de la estrategia. Y tácticas de lucha a seguir para liquidar las seculares estructuras de dominio y lograr así construir una nueva sociedad y un Hombre Nuevo”, finalizaba Altamirano en su escrito.

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El periodista Gustavo González describe a Elmo como muy decidido y directo al grano. Muy culto, pero que no intentaba ser simpático de buenas a primeras. “Pese a ser de origen humilde asumió con mucha conciencia sus orígenes y no cayó en el arribismo. Elmo refleja el proceso de radicalización y que frente al gobierno de Frei Montalva concluye que en Chile no hay futuro respecto a la participación electoral, salvo tomar el ejemplo de la revolución cubana y del Che. Sin lugar a dudas hoy la figura del Elmo, para algunos, en el Partido Socialista es incomoda”, sentencia Gustavo González.
González cataloga profesionalmente a Elmo como un periodista serio y pionero en establecer un método de investigación poco común en la época. “Las memorias de título habitualmente eran sobre la historia de El Mercurio o de la propia Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. Algunas sobre la incipiente televisión chilena. Pero Elmo se distingue por un tratamiento ideológicamente complejo, con un densidad científica frente a los problemas de actualidad como el de la propaganda”, advierte González.
“Uno podría tomar la lista de los Premios Nacionales de Periodismo y hay muchos grandes periodistas que nunca tuvieron el Premio Nacional. Mario Planet por ejemplo. Elmo es de los principales periodistas de la segunda mitad del siglo XX en Chile. Su estudio sobre la concentración de los medios, su compromiso con el periodismo sindical, sus hazañas como reportero, y su incursión en la docencia así lo ratifican. Elmo fue un tipo excepcional”, finaliza convencido Gustavo González.

El 8 de junio de este año se efectuó un acto en el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile para celebrar  la figura de Elmo Catalán. Sus compañeros y amigos, el mundo universitario y las nuevas generaciones, se congregaron para brindarle un emotivo homenaje. Hubo discursos y sentidas loas. Su hijo, Elmo, al hacer uso de la palabra se quebró emocionado. Muy certero finalizó con un poema de César Vallejo, el vate peruano, que bien hizo sentido en todos los que se reunieron esa memorable noche. El poema dice así:

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

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“Sufrimos cortinas de silencio tremendas, desde mi propia madre hasta mucha gente de la familia y en realidad yo era un niño que vivió el funeral simbólico de mi padre a su modo. Es un largo y duro proceso”, apuntó.

periodista-elmo-catalan-en-documental-sobre-teoponte.html

Renzo fue mi compañero

Por José Miguel Carrera La conocí hace más de un año, me dijo: -Quiero escribir algo que tengo guardado desde hace mucho tiempo. ¿Me puedes ayudar? No sé cómo relatarlo y quiero que se conozca. Por fin, después de muchos intentos, nos juntamos. Como todos los años ella estaba preparando un nuevo homenaje […]

a través de RENZO FUE MI COMPAÑERO — URBESALVAJE

El día en que la muerte llegó a la Vicaría

El día en que la muerte llegó a la Vicaría

EL DÍA EN QUE LA MUERTE LLEGÓ A LA VICARÍA

Por Andrea Insunza y Javier Ortega

El día en que la muerte llegó a la Vicaría

En marzo de 1985, tres profesionales comunistas fueron secuestrados en la calle, a plena luz del día. Aparecerían salvajemente degollados. Uno de ellos era el funcionario de la Vicaría de la Solidaridad José Manuel Parada, cuya muerte golpeó inusitadamente al organismo. El objetivo del crimen –que se fraguó en el alto mando de Carabineros y terminaría con la caída del general César Mendoza– era resguardar los secretos del Comando Conjunto, que dos de las víctimas habían comenzado a descifrar. La historia sirvió de base para el estremecedor capítulo de cierre de Los archivos del cardenal.

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La campana ya había sonado en el Colegio Latinoamericano de Integración, una vieja casona de la avenida Los Leones, en Providencia. Eran las 8.50 de la mañana y en la puerta del establecimiento conversaban el profesor Manuel Guerrero y el apoderado José Manuel Parada, quien había ido a dejar a su hija Javiera, de once años. Amigos y militantes comunistas desde su juventud, ambos estaban preocupados ese viernes 29 de marzo de 1985. La noche anterior, con el país en estado de sitio, civiles no identificados habían asaltado la sede de la Asociación Gremial de Educadores de Chile (AGECH), la entidad opositora de la que Guerrero era dirigente. Con el rostro cubierto y pistola en mano, los desconocidos secuestraron a cuatro profesores, cuyo paradero desde entonces se ignoraba.

Antes de irse, preguntaron por Guerrero.

Era obvio que el golpe venía de los aparatos represivos del régimen. Pero, a pesar del riesgo que corría, esa mañana Guerrero le recalcó a Parada que no iba a esconderse, que este era su país y que no estaba dispuesto a salir al exilio otra vez. Lo mismo le había dicho momentos antes a su hijo Manuel, de catorce años, que iba a clases en el mismo colegio donde su papá era inspector. «Ya veremos cómo salimos de esta», le aseguró.

Parada y Guerrero apenas pudieron reaccionar cuando un station wagon Opala sin patente frenó bruscamente frente a ellos. Tres sujetos se bajaron, los encañonaron y los subieron al auto a punta de garabatos y forcejeos. El profesor Leopoldo Muñoz salió a defenderlos, pero uno de los tipos lo derribó y le disparó a quemarropa en el abdomen. El station arrancó a toda velocidad.

En los instantes en que el vehículo se acercaba, un helicóptero hizo un vuelo rasante sobre el colegio. Un par de cuadras más allá, el tránsito había sido desviado por una patrulla de Carabineros.

La operación aterrorizó a niños, profesores y transeúntes. Apenas escuchó los gritos y el disparo desde su sala, Manuel Guerrero hijo supo que se trataba de su papá. Guerrero padre, de treinta y seis años, casado y con tres hijos, era uno de los pocos sobrevivientes del Comando Conjunto, el aparato represivo que entre 1975 y principios de 1977 llegó a rivalizar en ferocidad con la DINA. Había sido detenido y torturado en 1976, y se salvó porque en su captura recibió un balazo, lo que obligó a sus torturadores a trasladarlo al Hospital de Carabineros y luego a entregarlo a la DINA. Cuando en 1982 volvió del exilio, Guerrero no dudó en reintegrarse a la lucha política contra la dictadura.

Con treinta y cuatro años, Parada era sociólogo, estaba casado y tenía cuatro hijos. Era jefe del Departamento de Análisis de la Vicaría de la Solidaridad, un puesto de máxima confianza. Lideraba un equipo a cargo de reunir y procesar la información sobre violaciones a los derechos humanos. La tarea era delicada, pues incluía desentrañar estructuras, nombres y responsabilidades en los aparatos represivos, para cuando llegara la hora de la justicia. «José era una persona pública. Los dos sabíamos que corríamos riesgos, pero pensábamos que trabajar para la Iglesia lo hacía a él menos vulnerable», recuerda su viuda, Estela Ortiz, por entonces también militante comunista.

En su tarea de desentrañar los secretos de la represión, hacía cinco meses que Parada y los funcionarios de la Vicaría se habían topado con una increíble ayuda: el testimonio del desertor de los servicios de inteligencia de la Fuerza Aérea Andrés Valenzuela, alias «Papudo». Luego de contactar a la periodista opositora Mónica González, a quien le dio una extensa entrevista, «Papudo» entregó su testimonio notarial a la Vicaría y fue sacado clandestinamente del país en algún momento antes de diciembre de 1984.

Mónica González había pedido ayuda a Parada para chequear los datos aportados por «Papudo», quien hasta 1977 había sido agente del Comando Conjunto, un organismo represor que a mediados de los ochenta era aún desconocido para la Vicaría. El sociólogo decidió sumar a Manuel Guerrero cuando captó que ese aparato de seguridad podía ser el mismo que había detenido y torturado a su amigo en 1976. No se equivocaba.

Después de su colaboración con la periodista, Parada y Guerrero siguieron reconstruyendo la estructura del Comando Conjunto. «La declaración de “Papudo” fue como descorrer una cortina. José Manuel y otros compañeros de la Vicaría estábamos trabajando en eso y a distintos niveles», señala la entonces abogada del organismo Rosemarie Bornand.

Ninguno sabía que los nombres de Parada y Guerrero, escritos en una agenda robada semanas antes, se transformarían en las primeras piezas de una silenciosa máquina que se echaría a andar en su contra.

«No se van a atrever»
El secuestro de Parada y Guerrero dejó en shock a la comunidad del colegio. Minutos después de que se llevaran a su padre, Manuel Guerrero hijo llamó desde la inspectoría a Radio Cooperativa. El periodista Sergio Campos lo puso al aire de inmediato.

El profesor Muñoz, muy malherido, fue trasladado a la Clínica Indisa, donde fue operado de urgencia. Mientras, ese mismo viernes 29 de marzo, en el patio del colegio, se realizó una asamblea urgente en la que participaron profesores, apoderados y alumnos. Manuel Guerrero hijo resumió así los escenarios más probables: «En el mejor de los casos, que los echen del país (…) Y si es que no, los van a matar, simplemente. Si esperamos hasta el miércoles, perfectamente hoy día mismo puede aparecer en el río Mapocho sin cabeza mi papá».

En esos momentos, el país llevaba dos años de protestas callejeras que tenían por primera vez a la dictadura a la defensiva. Si bien en noviembre de 1984 Pinochet había decretado el estado de sitio, la operación en Providencia rompía todos los moldes: había sido en pleno día, frente a la puerta de un colegio y apoyada por cortes de tránsito y un helicóptero.

La misma consternación se apoderó de la Vicaría. Desde el colegio alertaron inmediatamente a la central telefónica de organismo. La mayoría de los funcionarios todavía no llegaba al trabajo. Varios se enteraron en el trayecto desde sus casas al centro de Santiago, al escuchar el extra noticioso de Cooperativa. Así ocurrió con la asistente social Victoria Baeza y con el siquiatra Mario Insunza, que iban a la Vicaría en un mismo automóvil.

–A José Manuel lo van a matar –dijo él en tono sombrío, tras oír los detalles del secuestro.

–No, no se van a atrever con alguien de la Vicaría –retrucó ella.

–Si los agarraron con un operativo así –respondió Insunza– es porque ya tomaron la decisión: los van a matar.

Menos ostentoso había sido el despliegue, un día antes, para detener al también militante comunista Santiago Nattino, un publicista de sesenta años, enfermo del corazón, casado y con cuatro hijos. Lo habían apresado al mediodía del jueves en Apoquindo, cuando un individuo lo encañonó, lo esposó y lo obligó a subirse a un vehículo.

A pesar de la crispación general, esa mañana todos en la Vicaría trataron de seguir con sus labores, aunque sin despegarse de las noticias radiales, que seguían entregando antecedentes. «Estábamos bastante nerviosos, pero tratamos de mantener la calma porque teníamos que tranquilizar a las víctimas de otros casos de violaciones que nos siguieron llegando», cuenta Victoria Baeza.

En algún momento llegó Estela Ortiz, acompañada de su hija mayor, Javiera. Se veían deshechas. Una ex funcionaria recuerda que la escena que más la marcó de esa jornada fue ver a la menor llorando y pidiendo ver a su papá.

Los funcionarios católicos eran los más reacios a creer que la inmunidad de facto de que gozaba la Vicaría estaba a punto de esfumarse. Pero entre algunos militantes de partidos de izquierda, varios de ellos sobrevivientes de la tortura, los presagios eran menos auspiciosos. Todos, sin embargo, tenían una misma convicción: había que actuar rápido, desplegando todos los recursos a la mano.

Los abogados Álvaro Varela y Roberto Garretón redactaron a la carrera un recurso de amparo que se presentó esa misma mañana ante la Corte de Apelaciones de Santiago. En paralelo, Rosemarie Bornand estampó una denuncia por secuestro ante uno de los juzgados del crimen ubicados en avenida España. En vez de ingresar la denuncia a través del mesón, logró una audiencia con el juez del crimen, cuyo nombre no recuerda: «No hizo ni un gesto ni dijo una palabra que demostrara que estaba sopesando la gravedad del delito denunciado: fue un pusilánime y tenía miedo», detalla.

Al mediodía, el vicario Santiago Tapia leyó una declaración pública. «La Iglesia no cesará en clamar que cese la violencia, venga de donde venga», aseveró. En horas de la tarde, el vicario reunió a todos los funcionarios en el salón principal del recinto, para rezar. «Nos pidió que tuviéramos fe, que nos diéramos fuerza y ánimo», cuenta la asistente social Victoria Baeza.

Ese mismo día el ministro del Interior, Ricardo García, calificó los hechos como de «características propias de un caso policial». Horas después, sin embargo, ante la creciente alarma pública, el mismo García pidió a los tribunales que designaran un ministro en visita.

Los cuatro dirigentes de la AGECH secuestrados el jueves fueron liberados entre la noche de ese viernes y la mañana del sábado. En una rueda de prensa, Alejandro Traverso, Eduardo Osorio, José Toloza y Mónica Araya condicionaron una cita con el ministro del Interior «a la aparición con vida y sin maltrato» de José Manuel Parada y Manuel Guerrero.

Tampoco había rastros de Nattino.

De máxima confianza
Hijo de los actores Roberto Parada y María Maluenda, José Manuel Parada llegó al Comité Pro Paz –organismo antecesor de la Vicaría– a principios de 1974, con veintitrés años. Partió como chofer. «Solo él y Ricardo Tirado cumplían esa función, que era muy delicada, porque a uno lo acompañaban a misiones complejas», recuerda el abogado Álvaro Varela, quien se sumó poco después al organismo. Pronto, Parada se hizo muy cercano del vicario, Cristián Precht, y del secretario ejecutivo, Javier Luis Egaña.

Cuando en enero de 1976 el Arzobispado de Santiago creó oficialmente la Vicaría, Parada se integró al Departamento de Regiones, junto al abogado Gustavo Villalobos y al entonces sacerdote Juan Cerón. Tiempo después, encabezó esa unidad.

A fines de ese año la DINA detuvo a su suegro, Fernando Ortiz, quien encabezaba la dirección clandestina del Partido Comunista y sigue desaparecido hasta hoy. Estela Ortiz, de quien Parada se había enamorado cuando ambos eran militantes de las Juventudes del partido, afirma que ese hecho los marcó: «Era un desafío pendiente saber quiénes detuvieron a mi papá».

María Luisa Sepúlveda, que tiempo después llegó a ser secretaria ejecutiva de la Vicaría, dice que el tema de reunir y organizar la información siempre le interesó al sociólogo del PC. «Pegábamos papeles cuadriculados, largos, donde iba el nombre de la víctima o el desaparecido, el carné, la edad, dónde lo habían detenido, el último lugar en que había sido visto, la función que cumplía en su partido, etc. Era casi como una planilla Excel, pero hecha a mano», cuenta la asistente social.

El fotógrafo de la Vicaría Luis Navarro –también militante comunista en ese entonces– sostiene que él y Parada tenían claro que su filiación política aumentaba los riesgos para su integridad. Cierto día, dice Navarro, Parada le propuso una estrategia. «Me dijo: “Mira, Negrito, si a ti o a mí nos agarran hay que decir que no nos hablamos, que nos tenemos mala”». Navarro aceptó la idea. En adelante, evitaron socializar en lugares públicos. Si ambos coincidían en algún sitio, se ignoraban ostentosamente. «En 1981 estuve cinco días detenido en el cuartel Borgoño de la CNI –afirma el fotógrafo–. Y cuando me torturaban me preguntaron mucho por lo que hacía José Manuel en la Vicaría. Yo les decía que me caía mal, que ni siquiera nos hablábamos. Y parece que se habían dado cuenta de eso en sus seguimientos, porque me creyeron».

Aunque su militancia comunista provocaba cierta inquietud en la Vicaría, en 1983 Parada asumió como jefe del Departamento de Análisis. Entonces se abrió la línea informática, primero con computadores prestados, que solo podían ocupar en la noche. Poco después, ya con equipos propios, se organizaron los archivos y se comenzó a generar un informe interno semanal. Esta minuta era presentada cada lunes por Parada en el Comité Directivo, que reunía al vicario, al secretario ejecutivo y a los jefes de cada departamento. «Era información que servía para la toma de decisiones internas», explica Sepúlveda.

Además, Parada recababa información con personas ajenas a la Vicaría. Una de ellas era Manuel Guerrero, especialmente en el tema que lo obsesionaba en los primeros meses de 1985: el Comando Conjunto, el organismo integrado principalmente por agentes de la Fuerza Aérea y Carabineros que a mediados de los setenta segó a la cúpula del PC que integraba su suegro.

Parada también tenía contacto con la dirección interior del PC, encabezada desde la clandestinidad por Gladys Marín. En comparación con él, el tercer secuestrado, Santiago Nattino, era un militante de nivel medio que colaboraba con la AGECH, de la que Guerrero era dirigente. ¿Qué explicaba entonces que Nattino estuviese entre los secuestrados?

La respuesta está en una agenda de teléfonos.

El 30 de octubre de 1984, dos meses después de la deserción del ex agente del Comando Conjunto Andrés Valenzuela, la sede del Movimiento Democrático Popular (MDP), en la céntrica calle San Antonio, fue asaltada por los servicios de seguridad. Los agentes encañonaron a los ocupantes, registraron cajones y se marcharon con varios documentos. Uno de ellos era una libreta con apuntes y teléfonos, del arquitecto Ramón Arriagada Escalante.

Arriagada era un militante de base del PC al que apodaban «Vincenzo». Trabajaba como dibujante en la oficina del actual diputado del PPD Patricio Hales, entonces parte del grupo de dirigentes públicos del partido. Era un hombre algo frágil, al que las cosas no le habían resultado fáciles. Por eso, quizás, despertaba la simpatía del resto. Hales, de quien era muy amigo, explica: «Estaba en todas partes». Y sabía demasiado.

En esa agenda, y pasando por sobre mínimas normas de seguridad, «Vincenzo» llevaba un recuento de las reuniones con distintos militantes y dirigentes, entre ellos los tres secuestrados. El arquitecto colaboraba en ese momento con Parada. También tenía vínculos con Nattino. Aunque este último no manejaba información sensible, por alguna desconocida razón los agentes que asaltaron la sede del MDP se fijaron en su nombre, anotado en la agenda de «Vincenzo».

El 25 de febrero de 1985, cerca de la Plaza Italia, «Vincenzo» fue apresado por dos civiles, quienes lo vendaron y lo llevaron a un recinto secreto. Lo tuvieron semicolgado de un poste. Después lo suspendieron de un trípode y le pusieron corriente. Según consigna el Informe Rettig, «se lo interrogó precisamente sobre las actividades de Manuel Guerrero y José Parada».

«¡Lo saben todo!»
El 3 de marzo, cuando un terremoto sacudió el centro del país, «Vincenzo» fue trasladado a un recinto en la costa central. Después, sus captores lo regresaron a la capital y el 7 de marzo le ordenaron, bajo amenaza de muerte, viajar a Cobquecura, donde vivía su familia, y quedarse ahí quince días, sin tomar contacto con nadie. Seis días después –según señalaría Arriagada en una denuncia ante los tribunales– llegó a su casa el teniente de Carabineros de la localidad, para chequear que permanecía allí.

Pero en el intertanto «Vincenzo» logró enviar un mensaje de advertencia a Santiago, el que fue recibido por Patricio Hales: «Llegó una información, en que me dicen que estaría en el sur, en la casa de sus padres, en Cobquecura. Le avisé a mi padre y le dije que iba a viajar a buscarlo. Él me advirtió que podía ser una trampa y me sugirió que pidiera a un par de democratacristianos que me acompañaran. Así lo hice».

Hales llegó cerca de las cuatro de la madrugada, con las luces del auto apagadas. Estaba todo oscuro. «Teníamos temor de que ahí estuviesen los agentes, pero abrió la puerta la hermana de Arriagada. “¡Señor, señor, él no ha hecho nada!”, nos decía. Ramón estaba durmiendo. Lo despertamos y partimos de vuelta a Santiago». Según recuerda Hales, su amigo aún tenía evidencia de torturas. «Tenía unas vendas en la nariz y en la frente. Era como tela adhesiva y estaba sanguinolenta». En el trayecto, a Hales le quedó claro que a Arriagada lo habían «quebrado», pues su amigo insistió en que sus captores tenían información precisa sobre el PC y la Vicaría.

«Pato, Pato, ¡saben todo!»

En Santiago, Hales lo llevó a la Vicaría. Un funcionario del organismo, que era militante del PC, le dijo que debía interrogar a Arriagada para saber cuánto había hablado. Para eso, Hales trasladó a «Vincenzo» a un convento en la calle Eduardo Castillo Velasco, en Ñuñoa. «Una religiosa nos hizo pasar, acompañé a Ramón a una pieza y empecé la conversación». Arriagada le señaló que sus captores tenían información sobre estructuras sensibles del PC, como el equipo civil a cargo del aparato militar. Además, confesó que le habían preguntado sobre el trabajo de Parada y Guerrero.

«Eres como el agente de la KGB»
Al día siguiente, Hales se reunió con José Manuel Parada: «Le expliqué que los agentes habían preguntado por él y que “Vincenzo” respondió que José Manuel no estaba en nada especial, que trabajaba en la Vicaría, encerrado en una cuestión de computación, armando un organigrama del Comando Conjunto». Ambos concordaron en que la situación era muy grave. Y Parada pidió hablar con «Vincenzo». En ese encuentro, con Hales presente, Parada inquirió más detalles. Después, alertó a Manuel Guerrero, quien solo un mes antes había dejado la clandestinidad. Enseguida, Parada le contó a su esposa lo sucedido.

«Te tienes que ir. Tú eres como el agente de la KGB para la CNI», le advirtió Estela Ortiz. Sin embargo, su marido la tranquilizó: creía que los servicios de seguridad estaban tras la dirección interior del PC, pues desde 1976 los aparatos represivos no habían logrado cazar a ningún dirigente de la primera línea. Por lo mismo, informó a la cúpula del partido. «Tres o cuatro días antes del secuestro –dice Estela Ortiz–, él se dio cuenta de que lo venían siguiendo en el metro. Pero me convenció de que iban tras la dirección del partido y que a él lo seguían para detectar sus contactos».

Por entonces, todo militante del PC con altas responsabilidades debía obtener la venia del partido para salir del país, entre otras cosas porque la colectividad tenía los medios para hacerlo de forma segura. Respecto de Parada, las versiones se dividen. Unos consideran que el PC no calibró el peligro que corría y fue negligente al no sacarlo del país. Un ex militante comunista que trabajaba en la Vicaría y tenía contacto con la dirección afirma, sin embargo, que personalmente le aconsejó al sociólogo salir de Chile «por un tiempo», pero Parada se negó.

Hasta ese momento, trabajar en la Vicaría incluía hostigamientos y amenazas, pero era también un seguro de vida. Nadie imaginaba que un funcionario de una institución oficial de la Iglesia Católica podía ser asesinado. «Había un peligro que José Manuel sabía. Pero jamás se pensó que iba a ser para él», explica María Luisa Sepúlveda, quien recuerda que la tarde antes del secuestro trató el tema con Parada.

De nuevo «El Fanta»
La entonces abogada de la Vicaría Rosemarie Bornand no recuerda si fue la tarde del viernes o la mañana del sábado cuando ella y un puñado de funcionarios iniciaron un desesperado recorrido en automóvil, para tratar de dar por su cuenta con el paradero de los secuestrados. Mientras algunos compañeros se dirigieron al cuartel general de la CNI de calle República, ella y otros se trasladaron hasta el cuartel Borgoño del mismo organismo. Aunque parezca extraño, en ambos sitios se atendía público: había un lugar dispuesto para responder dudas de familiares sobre detenidos, y los funcionarios de la Vicaría acudían allí regularmente.

La CNI negó tener en su poder a los detenidos.

Sin nada que perder, Bornand y su grupo partieron hasta el antiguo cuartel La Firma de calle Dieciocho, en el centro de Santiago, donde hasta 1977 había operado el Comando Conjunto. Tenían la vaga sospecha de que el desaparecido organismo podía tener que ver con las detenciones. «Había un portón de fierro grande, que tocamos con fuerza. Gritamos, pero nadie salió», cuenta la profesional. En la vereda de enfrente, un poco más al sur, se ubicaba el cuartel de la Sección de Investigación de Accidentes de Tránsito (SIAT) de Carabineros, donde un efectivo vigilaba la entrada. Bornand cruzó, se identificó ante el centinela como abogada de la Vicaría y pidió hablar con el comisario, quien la recibió en su oficina.

–Tenemos la sospecha de que nuestros compañeros están en el cuartel de enfrente. Por favor, haga algo, llame, porque los van a matar.

–Imposible, en ese lugar no hay nada.

–Por favor, haga algo, ¡llame!

–Señora, entienda, por favor; en ese lugar no hay nada –reiteró el oficial.

Absolutamente frustrada, la abogada dejó la oficina, cruzó la calle y junto a sus acompañantes volvió a pararse frente al portón. Luego se acostó sobre la vereda e intentó mirar por la rendija inferior. Pudo ver un patio con baldosas, vacío. Nada más. El grupo se retiró luego de volver a gritar y golpear el portón en vano.

Casi diez años después, la justicia establecería que la noche del jueves 28, antes del secuestro de Parada y Guerrero, Santiago Nattino fue trasladado por sus captores a ese inmueble de la calle Dieciocho, donde fue amarrado a un parrón y duramente golpeado. Al mismo recinto llegaron al día siguiente Parada y Guerrero. A los tres detenidos los esposaron, les vendaron los ojos y los torturaron.

Ningún familiar ni funcionario de la Vicaría sabía en ese momento que los autores del triple secuestro eran del mismo aparato de inteligencia que había capturado a «Vincenzo» en febrero e irrumpido en la AGECH dos noches antes. Se trataba de la Dirección de Comunicación de Carabineros (DICOMCAR), un organismo que respondía a las órdenes del comandante en jefe de la institución y miembro de la junta militar, César Mendoza, y que en sus filas había incorporado a varios ex agentes del ya disuelto Comando Conjunto. Uno de ellos era Miguel Estay Reyno, «el Fanta», un ex militante comunista devenido en torturador.

«El Fanta» había sido conocido de Guerrero en el PC. Al ser detenido y torturado por el Comando Conjunto en 1976, el profesor lo reconoció como uno de sus interrogadores y, ya en libertad, lo denunció como un traidor.

La noche del viernes 29 de marzo, con Parada, Guerrero y Nattino desaparecidos, la comunidad del Colegio Latinoamericano realizó una velatón. En esos momentos de angustia, el único que podía ayudar en algo era «Vincenzo», quien se encontraba refugiado en la Vicaría. El arquitecto había estado detenido en el mismo cuartel donde se encontraban en esos instantes los tres profesionales comunistas. Estela Ortiz –una de las pocas personas que sabía de su quiebre bajo tortura– pidió hablar con él. «Trató de ayudar», recuerda.

Tres cuerpos en Quilicura
El expediente judicial del caso establecería posteriormente que entre la noche del viernes 29 y la madrugada del sábado 30 los tres secuestrados fueron subidos a un Chevrolet Opala, dos recostados en la maleta y uno en el asiento trasero. Al volante iba el cabo Claudio Salazar, como copiloto el cabo primero Alejandro Sáez y atrás el sargento segundo José Fuentes. Un segundo auto, un Chevy Chevette, lo conducía el coronel Guillermo González Betancourt. De copiloto iba «el Fanta», mientras que uno de los asientos traseros era ocupado por el capitán Patricio Zamora. Todos eran miembros de Carabineros y agentes de la DICOMCAR.

Los autos se trasladaron hasta una zona de Quilicura cercana al aeropuerto. Se estacionaron en la berma, en las cercanías del fundo El Retiro. «El Fanta», Zamora y González Betancourt se quedaron en su vehículo.

A Guerrero lo bajaron primero. Esposado, vendado y de rodillas en una especie de hondonada junto al camino, el sargento Fuentes le tomó la cabeza por atrás y le cortó el cuello con un corvo. El vehículo se movió unos treinta metros al norte. Bajaron a Nattino, también esposado y con la vista vendada. Usando la misma arma, el cabo Sáez repitió la ejecución. El auto volvió a avanzar algunos metros y entonces hicieron descender a Parada. Tendido de espaldas, esposado y vendado, el cabo Salazar tomó el corvo y le hizo un profundo corte en el abdomen. La víctima se resistió y gritó de dolor, lo que aterró a su verdugo. Un tercer agente bajó del coche y lo degolló.

A los tres cuerpos les retiraron las vendas y esposas. Consumados los crímenes, el grupo se trasladó hasta su cuartel, donde algunos se lavaron para limpiarse la sangre.

Pasado el mediodía del sábado 30 de marzo, dos hermanos campesinos encontraron los tres cadáveres. La noticia no tardó en difundirse a través de las radios Cooperativa y Chilena, que enviaron móviles a la Vicaría de la Solidaridad. Así informó Radio Chilena en uno de sus despachos desde el organismo eclesiástico: «La noticia de la aparición de tres cadáveres, al poniente de Santiago, está provocando escenas de profundo dramatismo, ya que aún no se determina fehacientemente la identidad de las personas asesinadas. Tenemos la esperanza, manifestó un funcionario de la Iglesia, de que pronto se informe con certeza y con veracidad, ya que se trata de la vida de las personas y el sufrimiento lo estamos compartiendo con familiares que buscan información».

La abogada Rosemarie Bornand estaba en su oficina cuando escuchó la noticia del hallazgo en Quilicura. «Decía que uno de los cuerpos tenía una prenda café de cachemira, una chaqueta, la misma que usaba José Manuel. Entonces todos pensamos: son ellos».

Los cuerpos llegaron en un furgón al Instituto Médico Legal, cuando ya había oscurecido. Ahí aguardaba un gran número de personas, entre familiares, amigos y compañeros de trabajo de los tres secuestrados, además de periodistas. La asistente social Victoria Baeza, quien se encontraba allí acompañando a familiares de los hermanos Vergara Toledo, pudo ver a la distancia a Estela Ortiz, rodeada por cercanos y funcionarios de la Vicaría.

Cerca de las 20:00, un funcionario apareció en la puerta con un papel. Rosemarie Bornand, quien estaba junto a Estela Ortiz, lo reconoció. Se trataba de un auxiliar del servicio a quien había visto varias veces, pues era uno de los encargados de trasladar los cuerpos a los frigoríficos. «Estaba nerviosísimo; me quedó claro que nadie de mayor rango quiso cumplir esa tarea», acota la abogada. Con voz trémula, el auxiliar informó que dos de las víctimas eran Guerrero y Parada, y agregó que el tercer cadáver correspondía a un NN de sexo masculino. Estallaron gritos destemplados, abrazos y sollozos, transmitidos en directo por Radio Cooperativa y otras emisoras.

Estela Ortiz improvisó, reprimiendo el llanto, un testimonio desgarrador: «Hace ocho años detuvieron a mi padre, que está desaparecido. Hoy día me mataron mi marido. Me dejan con cuatro niños. Con Javiera, con Camilo que tiene ocho años, Juan José que tiene seis años, y Antonio que tiene un año ocho meses. Se llevaron a mi padre y han matado a mi marido. Sepan bien cada uno de ellos que van a pagar cada uno estos crímenes, no les quepa duda… Hasta que me quede la última gota de sangre los voy a vengar. No quiero que más gente sufra lo que yo he sufrido. Esto es demasiado terrible. ¡Tenemos que cambiar este país de una vez por todas! ¡Hasta cuándo siguen dialogando con los asesinos! ¡Hasta cuándo siguen matando a nuestro pueblo! ¡Hasta cuándo permitimos tanta, tanta matanza, tanto crimen, tanta tortura en este país! ¡Hasta cuándo! ¡Chileno, compañero, compatriota, por favor, levántate, no aguantes que nos sigan matando a nuestra gente! ¡Por favor, por favor, exijamos justicia de una vez por todas!».

Luego, la mujer se desmayó.

Poco después, DINACOS, la Dirección de Comunicaciones del régimen, precisó que el tercer cuerpo correspondía a Santiago Nattino.

A la mañana siguiente, Rosemarie Bornand debió asistir al reconocimiento de los cuerpos, como representante de la Vicaría. Desde una sala aledaña escuchó el llanto y los gritos de la madre de Parada, la actriz María Maluenda, «lo que no se me olvida hasta hoy». También recuerda la reacción de un hermano mayor de Manuel Guerrero al reconocer su cadáver: «Gritó con todas sus fuerzas: “¡Asesinos!”. En ningún momento lloró y eso me dio ánimo, porque lo encontré firme y valiente».

Guerrero fue velado en la sede de la AGECH, mientras que el cuerpo de Parada fue trasladado hasta la Vicaría. Ahí fue recibido por todos los funcionarios, desde los encargados del aseo hasta el vicario. Entonando el «Himno de la alegría», escoltaron su llegada con una cadena de manos que partía en el ingreso, subía por las escaleras hasta el segundo piso y terminaba en el salón principal.
Los funerales de Guerrero y Parada se efectuaron en conjunto el lunes 1º de abril, en el Cementerio General. Santiago Nattino fue sepultado al día siguiente.

Cánovas entra en escena
El mismo día del masivo funeral de Parada y Guerrero, la Corte de Apelaciones de Santiago designó como ministro en visita al juez José Cánovas Robles, quien a poco andar centró su investigación en Carabineros y, de hecho, marginó a la institución de las investigaciones.

El general director de la policía uniformada y miembro de la Junta Militar, César Mendoza, insistió durante el proceso en que Carabineros no tenía relación alguna con los hechos. Más aun, echó mano de la ya clásica tesis de una purga entre comunistas. Tras una reunión con el general Pinochet y consultado sobre el caso, afirmó: «Hay que pensar en varias cosas. Primero, ¿a quién le interesa que se produzca un problema como este? Otra pregunta: ¿quiénes propician el crimen, el terrorismo, el explosivo como medio de conseguir sus propósitos? Bueno, y con eso, ¿para qué discutimos más? Ustedes saben que estos eran dirigentes de alto nivel y el fracaso de los paros, de las protestas y todo aquello, esto no lo perdona el comunismo internacional. No lo perdonará jamás. Entonces tienen un doble objetivo: uno, castigar a quienes consideran culpables, y otro, dejárselo caer al Gobierno».

Muy pocos apostaban a que la investigación del juez Cánovas llegaría lejos. Pero ocurrió lo contrario. A la determinación del juez se sumó la guerra desatada entre la DICOMCAR y la CNI, la que redundó en que este último servicio represivo incriminara a Carabineros en un informe entregado al magistrado.

El 1º de agosto, cuatro meses después del crimen, Cánovas encargó reos y sometió a proceso a los pilotos del helicóptero de Carabineros que sobrevoló la zona cuando Parada y Guerrero fueron secuestrados. Además, dictó arraigo nacional para otros doce funcionarios policiales, entre ellos el coronel Luis Fontaine Manríquez, jefe de la DICOMCAR.

La resolución del juez provocó un remezón en el régimen y en Carabineros. Según La historia oculta del régimen militar, Pinochet citó de urgencia en La Moneda a los ministros Ricardo García (Interior), Francisco Javier Cuadra (Gobierno) y Hugo Rosende (Justicia), además de los generales César Mendoza y Rodolfo Stange, subdirector del cuerpo policial. Según el libro, Pinochet se dirigió a Mendoza y le dijo: «Bueno, César, dime qué hago ahora –había un dejo de reproche en sus palabras–. Antes dije que Carabineros no tenía nada que ver. Y mira cómo estamos».

Más tarde hubo una reunión de la Junta, en la que quedó claro el mensaje para Mendoza: si no podía demostrar la inocencia de Carabineros, debía renunciar.

El general director de la policía uniformada presentó su renuncia a Pinochet la noche del 2 de agosto, cinco meses después de los asesinatos. Ambos coincidieron en que el sucesor sería Stange. En su oficina, Mendoza dio esa noche una conferencia de prensa. Era la segunda vez, desde 1973, que un miembro de la Junta renunciaba (en 1978 Leigh se vio forzado a hacerlo). Cuando le preguntaron por sus razones, dijo: «Porque se me antojó, no más». Y luego agregó: «Se está desgranando el choclo». A pesar de que reprodujeron la entrevista, ni El Mercurio ni La Tercera incluyeron esta decidora última frase.

La agitada jornada finalizó con manifestaciones en las cercanías de La Moneda. Setenta y nueve personas fueron detenidas.

A la caza de los autores materiales
A fines de marzo de 1994, ya en democracia, y bajo el mandato de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el magistrado Milton Juica –quien había reemplazado a Cánovas en la causa– entregó su fallo en primera instancia. Sentenciados por secuestro, homicidios y asociación ilícita terrorista resultaron todos los miembros del comando asesino. En el fallo definitivo, la Corte Suprema mantendría al año siguiente cinco de las seis cadenas perpetuas establecidas en segunda instancia por la Corte de Apelaciones, rebajando la pena para el capitán (r) Patricio Zamora, de presidio perpetuo a quince años y un día por el triple degollamiento.
La investigación apuntó a que fue Luis Fontaine quien dio la orden, en su calidad de jefe de la DICOMCAR. El retirado coronel había muerto en mayo de 1990, asesinado por un comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

En noviembre de 2011, salvo Zamora, todos los miembros del grupo que asesinó a los profesionales comunistas cumplía su condena en el penal de Punta Peuco.

En la sentencia en primera instancia, el juez Milton Juica además propuso pasar a la justicia militar a cinco generales, por incumplimiento de deberes militares (por entorpecer la investigación). El único en funciones era Stange, cuya situación se volvió aun más incómoda cuando, días después, se reveló una grabación en la que el general director instaba a los entonces procesados a no colaborar con la justicia. El Gobierno, que no tenía facultades para removerlo, le declaró una soterrada guerra para obligarlo a renunciar. Pero Stange se negó.

A comienzos de junio de ese mismo año, la justicia militar declaró no ha lugar el procesamiento de Stange, quien pasó voluntariamente a retiro en octubre de 1995. En diciembre de 1997 fue elegido senador por la Décima Región Sur, en un cupo de la UDI.

La viuda de Parada afirma que optaron por perseguir solo la responsabilidad de los autores directos. «Podríamos haber buscado a los autores intelectuales, pero hasta hoy el proceso estaría abierto. Lo que está claro, en todo caso, es que un crimen de este tipo no lo resuelve un grupo operativo. Acá la decisión de matarlos estaba tomada desde un inicio. Y en esto también nos equivocamos: en la Vicaría pensábamos que podríamos salvarlos».

En 1993, varios meses antes de que el juez Juica entregara su sentencia, Estela Ortiz se reunió, en algún lugar de Francia, con el desertor de la Fuerza Aérea y ex agente del Comando Conjunto Andrés Valenzuela, quien se había instalado en ese país después de salir ilegalmente de Chile.

El encuentro fue emotivo. Ortiz señala que Valenzuela se sentía muy culpable por el crimen de su esposo. «Me dijo que si él hubiese sabido que su deserción le iba a costar a José Manuel y a Manuel la vida, él no hubiese hablado, porque no estaba dispuesto a exponer a otra gente». La mujer le respondió que ni ella ni su marido habían pensado que Parada estaba en riesgo por su culpa. «Los hechos posteriores muestran que la deserción de Valenzuela fue un punto más de la cadena, pero que no fue eso lo que decidió [el crimen]», señala Ortiz.

En 1997, uno de los agentes de la DICOMCAR que apuñaló a Parada, el ex cabo de Carabineros Claudio Salazar, alias «el Pegaso», quiso reunirse con ella y con la madre del sociólogo comunista, la actriz y ex diputada del PPD María Maluenda.

Las dos mujeres se negaron. «Era para pedirnos perdón. Yo no quise ir».

“Los doblados”. Un tema maldito: la infiltración en la guerrilla de los años 70

Los doblados”, el libro que narra las traiciones en la guerrilla de los años 70.
.Libro Los doblados
En un nuevo trabajo, Ricardo Ragendorfer explora la temática de la infiltración por parte de los militares en Montoneros y ERP

Rafael de Jesús Ranier, alias “El Oso”. Ese nombre es el paradigma de la infiltración militar en los grupos guerrilleros que asolaron el país en los años 70. Desde una posición de escaso relieve -estaba asignado al área de logística del Ejército Revolucionario del Pueblo- Ranier le permitió a las Fuerzas Armadas, entre otras cosas, detectar casas operativas y detener a un nutrido grupo de integrantes de la guerrilla que conducía Roberto Santucho.

El “Oso” también tuvo un papel clave para que el intento más ambicioso del ERP -el ataque al Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno de Monte Chingolo- terminase en un verdadero desastre para la guerrilla en diciembre de 1975. Luego de este trágico episodio, la traición de Ranier fue descubierta por la cúpula del ERP y le fue aplicada la “justicia revolucionaria” el 13 de enero de 1976. Este acto fue informado por “Estrella Roja”, el órgano de difusión de la guerrilla marxista.

En su reciente trabajo titulado Los Doblados (Editorial Sudamericana) el experimentado investigador Ricardo Ragendorfer llegó a la conclusión de que el “soplón” Ranier facilitó la caída de más de un centenar de militantes del ERP. El caso de Ranier trabajando para el Batallón 601, unidad especial del Servicio de Inteligencia del Ejército, es uno de los tantos que Ragendorfer utiliza para tratar de modo integral la figura de la traición en la guerrilla de los años 70.

A continuación, la entrevista con Ragendorfer:

¿Cómo surgió la idea de escribir sobre los “doblados” en las organizaciones armadas?

-Fue una constelación de factores, por un lado el puntapié inicial de este trabajo fue una serie de entrevistas que le había hecho a un oficial del Batallón 601, el mayor Carlos Antonio Españadero, que las hice en su momento para la revista Caras y Caretas. Me interesaba de este hombre su condición de responsable operativo del “Oso” Ranier. Incluso lo ubiqué por la guía telefónica. Le dije que me interesaba particularmente este personaje, y su respuesta fue: “Ah, un héroe de guerra”. Y después nos encontramos, fue un encuentro cómico. Pero, repito, el puntapié inicial fue la exploración de ese personaje y las derivaciones que nos llevaron a él. En resumidas cuentas, este inicio me lanzó a uno de los temas “malditos” y nunca abordados de una época de por sí ominosa, que es el tema de la traición. Lógicamente que el tema de la traición en ese ámbito me llevó también a explorar otras cosas que me interesaban mucho y no estaban debidamente abordados por la profusa bibliografía que existe sobre la época de la dictadura, que es la estructura, el funcionamiento y los personajes que estaban en el batallón 601.

Más allá del caso del “Oso” Ranier, ¿cuál fue la incidencia real o cuantitativa de los “filtros” en la guerrilla?

-No se sabe exactamente, tampoco cuántos había. Pero la infiltración de las organizaciones revolucionarias era un recurso que se da previo a la ejecución absoluta del terrorismo de Estado. Todo indica que todas las organizaciones armadas y las organizaciones políticas que planteaban otra forma de estrategia revolucionaria estaban infiltradas. Prueba de ello es por ejemplo el caso Tarifeño. Un dirigente del trotskismo en el sur del país que quedó a la intemperie a raíz de la publicación de los listados del Batallón 601. Es un caso impresionante. También está el caso de Gerardo Martínez, que corresponde a una etapa posterior. Fue reclutado en el 80 u 81, épocas de las huelgas de Ubaldini. Da la impresión de que había filtros en todos lados. Había también en las redacciones de revistas.

Ricardo Ragendorfer

Ricardo Ragendorfer

Usted cuenta que Montoneros le avisa al ERP sobre que tenían un infiltrado apodado “Oso”, pero en principio no lo logran detectar. ¿Montoneros tenía mejor seguridad interna que el ERP?

-Los servicios de inteligencia y de contrainteligencia de las organizaciones armadas eran muy artesanales. En el caso del ERP, el lema era ‘la menor cantidad de personas en los puestos más claves’, o sea que tenían un criterio de calidad, eran muy imaginativos, pero no dejaban de ser aficionados. En en caso de Montoneros también tenían un gran servicio de inteligencia artesanal, con personajes como Rodolfo Walsh, entre otros, pero también los infiltraron, también perdieron en esa puja, que tenía que ver justamente con la inteligencia.
Mientras que el Ejército planteaba que era una guerra de inteligencia, ojo, yo no estoy de acuerdo con el término de ‘guerra’, esto para mí no fue una guerra. Decía que el Ejército se abocó a la inteligencia, pero para las organizaciones armadas, la inteligencia era un hecho más que colateral. Ellos cifraban su desarrollo político en otras áreas de la militancia.

En el libro explica la sorpresa que tuvo Santucho cuando se enteró que Ranier no era un “cuadro político” o un militar infiltrado, sino un “lumpen” de menor jerarquía

Eso es una paradoja. Por empezar, la posición que tenía Santucho ante la posibilidad de que el ERP fuese infiltrado poseía un infantilismo notable, puesto que decía que un filtro puede ingresar a determinada estructura del ERP, pero la discordancia entre su accionar y determinadas pautas de su conducta burguesa lo iban a poner al descubierto. Por otro lado, efectivamente, el Oso no era un cuadro de inteligencia. No era un cuadro político ni militar. No tenía jerarquía en el ERP, pero era un tipo que había sido amaestrado en el arte de ver y oír. Debía contar todo lo que veía y oía. Él traía datos sueltos. Luego todos esos pedazos de información se iban analizando entre sí.

El ERP informó el “ajusticiamiento” del “Oso” Ranier

El ERP informó el “ajusticiamiento” del “Oso” Ranier

A diferencia de otros autores, usted sostiene que el capitán Juan Carlos Leonetti tenía como objetivo encontrar a Santucho y que no fue tan casual el desenlace del 19 de julio de 1976.

-Leonetti estaba con esa única tarea. Incluso él se jactaba de eso. La primera vez que lo escuché fue en boca del capitán Andrea Mohr. Después, hay documentos en su legajo, que si bien no especifican taxativamente esa función, coinciden con su ida al Batallón 601. Antes se desempeñaba en la jefatura 2 de inteligencia en el Edificio Libertador y el coronel Carlos Alberto Martínez lo manda en comisión al 601 en octubre del 75. Desde entonces, hasta la muerte de ambos (Leonetti y Santucho), este militar aparece siempre detrás de los pasos de Santucho. Incluso casi lo agarra en la quinta de Moreno (NdR: en marzo del 76 fue detectada una reunión de la cúpula del ERP en esa localidad bonaerense y Santucho logró escapar por muy poco).

¿Cree que la infiltración fue un factor fundamental para la derrota de la guerrilla?

-Pienso que no, fue un recurso que se puso en práctica al principio, pero creo que no, y no por razones técnicas. Además, las organizaciones armadas ya estaban en crisis en ese momento. Este libro va a generar cierta polémica acerca de si la aplicación del terrorismo de Estado fue una ‘guerra sucia’ o terrorismo de Estado. Para mí fue esto último, pese a que hablamos de organizaciones armadas no hablamos de ‘estado de guerra’. El Ejército en ese momento no hablaba de un ‘estado de guerra’ para no darle status de fuerza beligerante al rival; hablaban de ‘lucha contra la subversión’, no de ‘guerra contra la subversión’. Los enfrentamientos y la cacería que el Ejército emprendió sobre estas organizaciones fueron episodios policiales con ribetes bélicos, pero no una guerra, fue una cacería contra la sociedad civil en su conjunto y no un enfrentamiento entre dos aparatos.

Iquique: Papa Francisco recibirá carta sobre Detenidos Desaparecidos

No podía ser más emblemático el lugar donde el Papa Francisco recibirá en sus manos, una carta sobre la defensa y lucha por los derechos humanos, que le entregará la AFEPI, Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos de Iquique y Pisagua, hecho que ocurrirá en el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes de la Península de Cavancha, conocida como Gruta de Cavancha. En efecto en los primeros años de la dictadura, un pequeño grupo, que liderara la profesora de Historia y Geografía, Ayleen Campo, ya fallecida, se sumó a la comunidad cristiana, a la cual pertenecían sacerdotes, entre otros, Argimiro Aláez y Ángel Fernández (éste último también fallecido).

Eran los años 74´ y 75´ cuando a instancias de una invitación de la maestra de historia, la entonces liceana adolescente, Ximena Brain, dueña de una privilegiada voz, conformaron un grupo de teatro, que recorría las escuelas;  y luego, un grupo de canto, para acompañar las tradicionales misas. Sus tíos, de la conocida familia Alvarez, también destacados músicos y cantores, se incorporaron al grupo; y así se fueron sumando voluntades, hasta fortalecerse como comunidad. A todos les unía una visión contraria a la dictadura, un tema que tímidamente se abordaba.

Pero a poco andar, fueron constituyendo una comunidad de confianza, donde se hablaba de actualidad y sobre los atropellos a los derechos humanos. Se reunían sagradamente los sábados en la tarde, para leer y analizar colectivamente la Revista Mensaje, de la Iglesia Católica, acto que, en aquella época, era considerado casi subversivo. Las jornadas sabatinas también servían para preparar la eucaristía dominical, las que, además de contar con el apoyo de un coro privilegiado, empezó a incorporar hitos especiales.  Por ejemplo, con motivo de Semana Santa, produjeron la obra “Jesucristo Superestrella” y se hicieron misas por Violeta Parra, por el sacerdote Camilo Torres, por el obispo de El salvador Arnulfo Romero.

El siguiente paso, siempre al alero de la comunidad cristiana, fue el conformar la agrupación, ya con un sello político, de Cristianos por el Socialismo, que empezó a tener eco en la comunidad iquiqueña, más allá del recinto eclesial. Así se empiezan a crear o replicar distintas agrupaciones como el MDP, Movimiento Democrático Popular; Codepu, Consejo de Defensa de los Pueblos. Más tarde, por los años 80´ se suman otras personas, e incluso no creyentes, que conformaron, ya fuera de la iglesia, el CPS, Comité Permanente de Solidaridad, una entidad laica, que lideró el proceso de defensa de los DDHH y resistencia a la dictadura.

TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

Era la época del auge de la Teología de la Liberación, que nace en Latinoamérica, a partir de las comunidades de base y que tiene como eje central del Evangelio, una opción preferencial por los pobres, pero superando la categoría conservadora, de entender a los pobres, como los pobres de espíritu. Esta corriente surge desde las comunidades y se contrapone a las injusticias sociales. La dimensión de “liberación” a la que apela esta teología, apunta a la necesidad de tomar conciencia sobre la realidad social y económica de América Latina, que sume al Continente en la pobreza, la explotación a los más pobres y las injusticias. Las dictaduras y gobiernos autoritarios son parte de ese diagnóstico.  De este modo, la liberación real de los más pobres, era ser parte de este proceso.

Todo lo anterior, era parte de la reflexión profunda que surgía en la Gruta de Lourdes de Cavancha, en Iquique y donde la adolescente Ximena Brain, fortalece su formación cristiana e ideológica. Así, el debate frente a la contingencia, que se daba en esta comunidad cristiana, era en torno a los postulados de los teólogos de la liberación, como el brasileño Leonardo Boff o el peruano Gustavo Gutiérrez, principalmente de este último sacerdote, por ser originario del país vecino, donde desarrollaba su apostolado. Boff fue de la orden franciscana y se doctoró en Teología, pero su diferencia con la iglesia lo llevó a renunciar al sacerdocio.

Fue tal el impacto de la Teología de la Liberación, porque además de los aspectos relativos a la fe, en sus análisis incorpora elementos de las ciencias humanas, que la iglesia oficial, decide contrarrestarla y recrea en 1988 una vieja institución de la Curia Romana, llamada ahora Congregación para la Doctrina de la Fe, pretendiendo anular todo atisbo social de esta teología. Juan Pablo II nombra al cardenal Joseph Ratzinger como Prefecto de esa congregación, el mismo que en julio de 2012, fuera nombrado Papa, bajo el nombre de Benedicto XVI, el antecesor de Francisco; a diferencia del anterior, el actual Papa es un hombre que rompe las reglas del protocolo y que lleva una vida religiosa, bastante más austera y coloquial.

El Papa Francisco, que, con antelación a que se incluyera en el programa oficial que familiares de detenidos desaparecidos le entregaran una misiva, ya contaba con su paso por la Gruta de Cavancha, donde se reunirá con un grupo de enfermos. La renovada residencia, cuyas obras apenas concluyen alberga a los curas oblatos, que llegaron a esta tierra nortina, en la época de la explotación del salitre, para acompañar pastoralmente a los obreros de la pampa, iniciando una gran laboral social. Conformaron movimientos diversos, tuvieron escuelas, e incluso, una radioemisora que llevaba el nombre de Radio León XIII y cuyo eslogan era “Al servicio de Dios y la Comunidad”.

Tras el cierre de las salitreras, los curas oblatos refuerzan su presencia en Iquique y establecen un estudio de grabación radial, donde se preparan los programas que se transmiten por Radio León XIII, con asiento en la comuna de Pozo Almonte y cuyas ondas en amplitud modulada, llegaban a todos los poblados rurales.  Paradojalmente, la Gruta de Lourdes se yergue en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, sector que originalmente fue una caleta de pescadores, pero que fue evolucionando y albergando hermosas y amplias viviendas, cuyos terrenos, tienen el valor más alto por metro cuadrado en toda la región.

Y es allí, donde la profesora Ayleen Campo, llega tras los primeros años de la dictadura para escuchar la palabra de Dios, pero, por su formación y tal como los teólogos de la liberación, entendía que ciencias humanas y religión, tienen zonas achuradas, que se comparten. Sus alumnas la recuerdan como una gran maestra, que contaba la historia y hacía pensar a sus alumnas. Así conoció a Ximena Brain, que la cautivó por su canto y cierta capacidad histriónica; por eso la invitó a ser parte del grupo de teatro y recorrer colegios y poblaciones. El teatro es, claro está, una expresión social.

Luego la invitó a la iglesia y surge toda la historia ya relatada en líneas anteriores, que hace de la Gruta de Cavancha, ser el primer bastión donde se articuló la resistencia y lucha contra la dictadura en Iquique. Por eso, es tan simbólico que el Papa Francisco que pasará por este lugar donde se reunirá con los enfermos, sea también la locación donde recibirá de manos de Héctor Marín Rossel, la misiva que los familiares de los detenidos desaparecidos le entregarán, con la esperanza que pueda interceder para saber sobre el destino de sus seres queridos, a los que buscan hace 44 años.

Leer también “Familiares de Detenidos Desaparecidos entregarán misiva a Francisco

LA MISIVA

La carta que el activista de Derechos Humanos, Héctor Marín, depositará en las manos de Francisco, desarrollará tres temas. Primero, agradecer el acompañamiento y el rol de la iglesia católica en tiempos de dictadura. Contarle sobre la lucha inclaudicable que han dado como familiares de detenidos desaparecidos. Finalmente, pedir su intervención ante su alta investidura como jefe del Estado Vaticano y como líder de la Iglesia Católica, para que las Fuerzas Armadas chilenas, rompan el pacto de silencio, y digan dónde están los detenidos desaparecidos; y que además, le pida al Estado chileno, que interceda en esta tarea.

Héctor Marín, dijo que el primer punto contempla también un gran reconocimiento al cardenal Raúl Silva Henríquez, fundador de la Vicaría de la Solidaridad, quien fue un inclaudicable luchador en pro de la defensa de los DDHH y que hizo que la iglesia acogiera a todos quienes padecían los rigores de la dictadura. “Nosotros estamos conscientes y mu agradecidos de lo que hizo el cardenal Silva Henríquez, por eso queremos remarcar este hecho en la carta que entregaremos al Papa. Nosotros hacemos un homenaje al cardenal, porque fue un verdadero pastor que estuvo con nosotros, junto a nuestra lucha”, remarcó.

Tanto así fue el compromiso del cardenal, que enterado que en la Gruta de Cavancha de Iquique había una comunidad cristiana activa y con un gran sentido social; que asumía compromisos y riesgos, visitó la diócesis en los inicios de los 80´y se reunió con estos jóvenes y adultos, que daban sus primeros pasos en la resistencia.

Muchos de ellos fueron detenidos y enviados a Pisagua, en una “segunda lanchada”, mientras que otros debieron pasar a la clandestinidad o irse de la ciudad. Hay fotografías que registran el momento en que Silva Henríquez está en la Gruta de Cavancha y posa con los integrantes de la comunidad.

 

 

EL PADRE ÁNGEL

Los efectos de la represión no sólo lo padecieron los laicos; también los sacerdotes que asesoraban pastoralmente a la comunidad. Quizás el caso más emblemático sea el del padre Ángel Fernández, el oblato a quienes todos llamaban cariñosamente “angelito”, es que era considerado verdaderamente un ángel.

En el diario local, fue fuertemente difamado como proselitista de izquierda, de utilizar a la iglesia; además, en la crónica se inmiscuyeron en su vida privada, enlodando su imagen sacerdotal y personal. Fue una dura persecución, pero el cura Ángel dio la lucha presentando una denuncia judicial que le dio la razón. La justicia obligó al matutino a desmentir la información, en las mismas grandes dimensiones en que acusó al sacerdote.

Sin embargo, como consecuencia, Ángel Fernández, debió abandonar Iquique, ya que fue trasladado a otra ciudad, por sus superiores de Congregación. Cuando partió, se llevó el recuerdo del apoyo incondicional recibido por la comunidad, que, como un acto de máxima osadía y luego que el diario publicara las acusaciones en su contra, laicos y fieles se reunieron en el frontis de la Gruta de Lourdes de Cavancha, para quemar decenas de ejemplares del diario.

Así, en los ochenta, el grupo se empieza a desperdigar. Algunos emigran o retoman ya, directamente una actividad política en otras organizaciones o se suman a la comunidad de la parroquia Inmaculada Concepción, en la Catedral de Iquique, donde también se realiza desde la iglesia, actividades de resistencia a la dictadura.

El estudio de grabación de Radio León XIII, que funcionaba en las instalaciones de la Gruta de Lourdes, es un lugar donde, además de grabar los programas habituales de la emisora, empieza a grabar programas radiales sobre derechos humanos, derechos laborales, educación cívica, reforzando su compromiso con la lucha social. Eran los años 80 a 90, cuyo director de la Radio León XIII y su estudio de grabación en Iquique, era el padre oblato, José María Tramblay, con quien, la autora de este relato, trabajó durante muchos años, bajo un enfoque de comunicación popular y participativo. Surgen corresponsales populares en todos los pueblos y comunidades rurales, la mayoría vinculados a comunidades cristianas, quienes difunden lo que acontece en sus poblados.

La encargada del estudio era Isabel Fúster, que hacía un trabajo de lujo en la grabación de los programas, buscando los temas musicales adecuados, para acompañar los textos. Los programas, grabado en cassette, eran enviados a la Radio león XIII en Pozo Almonte. También se producían los programas de la Comisión de Derechos Humanos, que dirigía el abogado Germán Valenzuela y que eran emitidos por Radio Iquique; y la producción Tribuna Laboral y Primera Línea, producidos por la ONG Cepaat, que dirigía Luis Caucoto.

Fueron muchas las personas que colaboraron con esta producción, donde tenían difusión todos aquellos temas de derechos humanos, que no eran difundidos por la prensa local. Por ejemplo, se informó acerca del caso de los detenidos desaparecidos, incluyendo el de Jorge Marín Rossel, apresado a los 19 años, hermano de Héctor Marín, quien depositará en manos de Francisco, la misiva de la AFEPI.

El rol que cumplió la Gruta de Cavancha, a través de su estudio de grabación, constituyó un claro compromiso con los postulados de la doctrina social de la Iglesia, dando voz a los que no la tenían a través de los canales oficiales. Muchas personas pasaron por estos estudios. Sólo por nombrar a algunos, Consuelo Quinteros, Manuel Rojas, Hugo Reyes, Luis Ponce, Daniel Kiblisky, Francisco Pinto, Rosa Tassara. Muchos fueron los entrevistados, desde dirigentes comunitarios y políticos, hasta artistas locales y nacionales; Gervasio estuvo en esos estudios, apoyando el proceso de recuperación democrática.

REACCIONES

Las organizaciones de derechos humanos son autónomas entre sí, es decir, cada cual realiza sus actividades de acuerdo a lo que sus respectivas asambleas deciden. Y si bien, la misiva que entregará la AFEPI al Papa Francisco, se basa en un tema común a todas; no todas están de acuerdo.

Dice Marín: “Somos muy respetuosos y entendemos a quienes no están de acuerdo. Pero nuestra agrupación y muchas otras, creemos que ésta es una oportunidad, por lo que significa el Papa y nuestra demanda se pueda visibilizar. Esperamos que acoja nuestra solicitud e interceda por nuestra justa demanda de verdad, justicia y memoria”.

Ximena Brain, hoy trabajadora social y con residencia en Santiago, dice que es un poco incrédula ante los resultados de la gestión; teme que el Papa finalmente no haga, o no logre nada respecto a que se abra la posibilidad de saber el paradero de los detenidos desaparecidos. Sin embargo, valora que la AFEPI entregue la misiva y que lo haga en la emblemática Gruta de Cavancha. “Me parece que es un hecho simbólico, más allá de los resultados; como simbólico es, que esto se produzca donde se inició la resistencia. Es loable lo que hace lo que hace la AFEPI; como es loable lo que hizo tanta gente que se sumó a la lucha que se dio desde la Gruta y la postura que tuvo el Cardenal Raúl Silva Henríquez, frente a hechos cruentos que vivimos los chilenos”, señala.

Ximena Brain, guarda como máximo tesoro, las fotos que se sacaron con el Cardenal en la Gruta de Cavancha. Y la que le evoca los mejores recuerdos, es una en la que luce con el pastor, tomándolo del brazo.

JORGE MARIN ROSSEL

Conoce en e link siguiente, la historia de Jorge Marín Rossel, últimado y hecho desaparecer cuando sólo tenía 19 años, hecho que motivo la lucha por décadas que ha dado su hermano Héctor  Marín, que estos días se prepara para estar junto al Papa Francisco y entregar la postura de los familiares por los DDDD.

Lo que sigue es un reportaje producido el 2013, para los 40 años del golpe,  por RTC Televisión, canal municipal de Iquique y este Portal EdicionCero.

-La autora, Anyelina Rojas Valdés, es Periodista  y editora de Edición Cero

Artículo enviado a piensaChile y publicado también en Edición Cero

“Rezábamos, para que mi papá se muriera”

“Rezábamos, para que mi papá se muriera”

“Rezábamos, para que mi papá se muriera” testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida Etchecolatz.


10 de enero de 2018

La Garganta Poderosa

El repudio a la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz en Mar del Plata suma más voces. Compartimos el testimonio de Mariana Dopazo, ex hija del genocida, publicado en La Garganta Poderosa.

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Crear una vida propia, a las sombras de mi progenitor, uno de los genocidas más siniestros de nuestra historia, fue muy difícil. Siempre rodeados de armas, acompañados de custodia policial y metidos en una burbuja. Mi vieja hacía lo que podía, amenazada recurrentemente por él: “Si te vas, te pego un tiro a vos y a los chicos”. De hecho, mi recuerdo más crudo de la infancia da cuenta del sufrimiento permanente: cada vez que él volvía de la Jefatura de Policía de La Plata, nos encerrábamos a rezar en el armario con mi hermano Juan, para pedir que se muriera en el viaje.

Sí, eso sentíamos, todos los días de nuestras vidas.

Crecí entre situaciones traumáticas, en plena soledad, porque vivir con Etchecolatz significaba no tener paz, hacer lo que decía y acostumbrarse al miedo de abrir la boca, porque podría venirse la respuesta más terrible. Aun así, desde chiquita fui bastante rebelde, tanto que mi familia me apodó “estrellita roja”. Lo desobedecía, sí, tanto como era posible. Y a ese ritmo, se repetían sus golpes. Era cruel, castigaba muy fuerte y después se preocupaba: “Mirá lo que me hacés hacerte”, decía. Cuando oía sus pasos, sentía el perfume del terror. Y sí, haber convivido con un genocida me permitió conocer su esencia, su faz más verdadera.

Siempre fue narcisista, una persona sin bondad, impenetrable, que nunca dio lugar para que sus hijos pudieran preguntar. Nunca nos explicó nada. Hay asesinos que le han contado algo a su círculo íntimo, pero Etchecolatz no. Y es un contrapunto interesante: no habló con su familia ni frente a la Justicia, sosteniendo un doble silencio. O sea, corporizó lo más terrible en todo momento, sin importarle jamás el otro y convirtiéndose en el símbolo más cruento del aparato represivo.

Cuando el Juzgado de Familia autorizó a deshacerme del apellido teñido de sangre, en 2016, para suplantarlo por el de mi abuelo materno, creí que había terminado una etapa. Sin embargo, la intención de beneficiar a los genocidas con el 2×1 me angustió y me impulsó a marchar por primera vez. Sentí que la Justicia había dejado de ser justa en materia de crímenes de lesa humanidad y empezaba a desampararnos. Pero incluso podía ser peor… Días atrás, mientras visitaba a mi familia me enteré que ahora tendrá el privilegio de irse a su casa. “Es imposible que le den la domiciliaria”, me aseguraba mi mamá, para tranquilizarme. Hasta que nos llamaron para avisarnos. Todo se convirtió en silencio. No pude pensar, ni hablar más. Así estuve la noche entera, tratando de salir de la oscuridad.

Ante semejante noticia, no puedo imaginarme lo que sentirán quienes lo sufrieron y menos todavía quienes deberán convivir con él, en el mismo barrio marplatense. Sólo dos tipos de personas conocen verdaderamente a un sujeto como él: sus víctimas y sus hijos. Por eso, a mí que no me lo vengan a contar. Nadie puede venderme el discurso de la reconciliación, ni el cuento del viejito enfermo que merece irse a su casa. Quienes conocemos su mirada, sabemos de qué se trata. Hay centenares de genocidas con prisión domiciliaria, pero él nos hierve la sangre porque representa lo peor de esa época, tras haber sido la cabeza de 21 centros clandestinos y no haberse arrepentido ni un centímetro de sus acciones, fiel e incondicional a las mentes que planificaron ideológicamente la masacre.

Justo y reparador sería que Miguel Osvaldo Etchecolatz estuviera para siempre en una cárcel común, hasta el final de sus días. Pues las marcas en el cuerpo, las marcas en la memoria, las marcas del espanto, las marcas del no saber, no se borran nunca, pero nunca más… Como sociedad, debemos luchar para que vuelvan atrás con esta decisión inadmisible y, aún en el sufrimiento, celebro que sigamos saliendo a la calle, aunque nos lo quieran prohibir. A mis 47 años, jamás creí que sufriríamos tal retroceso en Derechos Humanos, pero la fortaleza popular es enorme y debe seguir creciendo hasta meter a cada una de las bestias tras las rejas.

No se tranza con el dolor, ni se silencia el horror.
No pudieron vernos retroceder. Y tampoco van a poder.

Ver Vecinos protestan frente a casa del genocida

 

Jaime Castillo Petruzzi, el retorno de un sobreviviente

Se ha dicho de él que es un terrorista, un combatiente, un asesino. Uno de tres líderes del MRTA. Un guerrillero. Un héroe. Se han dicho muchas cosas, pero hasta ahora Castillo Petruzzi no había tenido la oportunidad de contar su versión

Crónica|
Jaime Castillo Petruzzi,
el retorno de un sobreviviente

Yasna Mussa |Martes 15 de noviembre 2016 12:09 hrs.

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El acusado de traición a la patria en Perú cuenta su retorno después de 23 años de prisión. Amor, odio, pasión y lucha, el relato de una prisión.

 Claves: 

Hace justo un mes, a la media noche del 15 de octubre, Jaime Castillo Petruzzi pasó el control internacional del aeropuerto Arturo Merino Benítez. Decenas de personas lo esperaban entre aplausos y  banderas después de una controvertida expulsión del Perú.

Se ha dicho de él que es un terrorista, un combatiente, un asesino, uno de los tres líderes del MRTA. Un guerrillero. Un héroe. Se han dicho muchas cosas, pero hasta ahora Castillo Petruzzi no había tenido la oportunidad de contar su versión. Este es el resultado de tres encuentros en los primeros 30 días de libertad del último chileno del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) preso en una cárcel peruana.

Cuando faltaban 116 días para su liberación, el chileno Jaime Castillo Petruzzi, ex militante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) y sindicado como parte de la cúpula del MRTA de Perú, comenzó a anotar en una agenda roja la cuenta regresiva. Era la primera vez que ponía atención a cuánto faltaba para salir tras las rejas.  Lo hizo sin pensarlo. Abrió la libreta un día lunes y contó en el calendario cuánto faltaba para el 14 de octubre de 2016, fecha en que terminaba su sentencia.

Hace exactos 23 años, el 14 de octubre de 1993, Castillo Petruzzi apareció en la prensa y televisión peruana al ser capturado tras un intenso enfrentamiento con las fuerzas del régimen fujimorista. Lo que parecían escenas de una película era más bien la operación policial que puso fin al secuestro del empresario Raúl Hirakoa Torres  y a la que le sucederían una decena de hechos irregulares que terminaron con 6 chilenos pertenecientes al MRTA condenados a cadena perpetua por traición a una patria que no era la suya. Aunque la condena parecía absurda, las reglas del juego tenían la arbitrariedad que definen a las dictaduras.

Ese año comenzó un camino de más de dos décadas privado de libertad. En él temió por su vida más que ninguna otra vez, recorrió 5 cárceles peruanas, conoció el amor, rompió un corazón, se distanció de uno de sus hijos y tuvo otros dos. Vivió de manera intensa, como si los barrotes no fueran un límite ni el tiempo una resolución.

Ahora camina por las calles de su Santiago natal mirando asombrado los autos de último modelo, los nuevos edificios, los viajeros del metro pegados a sus teléfonos inteligentes, las librerías cargadas de publicaciones que tiene pendiente leer. Está de regreso, poniéndose al día con su familia, con manifestaciones de movimientos sociales que demandan No Más AFP o Ni Una Menos, con amigos entrañables con los que nunca perdió el contacto. con sobrinos que sólo conocía por fotos, con la actualidad social del país y  una crisis de legitimidad política que protagonizan muchos de los que antes fueron sus compañeros de militancia.

Primer encuentro: Alan nunca fue mi amigo

Jaime Castillo Petruzzi es alto y fornido, aunque su presencia imponente contrasta con una amplia sonrisa. De esa fisonomía proviene el sobrenombre “torito”, con que sus compañeros del MIR lo llamaban cariñosamente cuando apenas tenía 16 años y no dudaba en aplicar las técnicas de kárate que aprendió desde pequeño, cuando la ocasión así lo ameritaba.

Este viernes de primavera, Castillo Petruzzi elige el menú del almuerzo con el entusiasmo de quien había olvidado lo que era elegir una ensalada, un café y mirar por la ventana a los transeúntes. Cada 10 minutos toma una pausa para acariciar a su segunda hija, de 32 años, quien lo acompaña a la entrevista y lo observa sin creer lo que ve.

-“Tuve que salir de Chile el año 1974 porque a dos vecinos y compañeros de militancia los fueron a detener una noche. Ambos son ahora detenidos desaparecidos”, dice para explicar por qué tuvo que salir del país a los 17 años con permiso notarial rumbo a París, Francia.

Allí se instalaría, estudiaría en la Université Vincennes y conocería a personas clave en su vida, como a Víctor Polay, futuro máximo líder del MRTA, y  Alan García, quien después se convertiría en presidente del Perú, pero que por ese entonces compartía departamento con Polay y por esta relación más tarde se crearía el mito de una amistad que nunca existió.

“Se dijeron muchas cosas, como que éramos amigos, pero Alan García siempre fue un déspota que me decía con desprecio: Hola, chilenito”, dice esta tarde, aclarando el falso vínculo.

En  esos  años en París mantuvo la militancia rodeado de otros latinoamericanos provenientes de Brasil, Uruguay, Paraguay, Argentina, Bolivia y, por supuesto, Perú.

Como muchos otros de sus compañeros de partido, se preparó desde el exilio para volver a Chile en la llamada “Operación Retorno”.

En 1980 ingresó clandestino al país, luego de tres años de recibir instrucción militar en otros países y comenzó de inmediato el trabajo asignado por la orgánica partidista. La situación  era  muy  diferente a lo que recordaba: La ciudad silenciosa, los vecinos desconfiados. Superficialmente parecía que no se hablaba de política y el MIR, su organización, ya contaba con muchos desaparecidos y asesinados, entre ellos, el histórico líder Miguel Enríquez.

”Cuando leí la noticia en la cárcel, sobre algunos ex presos políticos de mi organización  y  de  organizaciones hermanas involucrados en estos escándalos de corrupción, de boletas falsas, me preguntaban: cómo es posible. ¡Incluso el hijo de Miguel! No hay palabras para explicar. Lo único que puedo decir, es que es muy triste”, diría después, al repasar los últimos acontecimientos políticos que involucran a ex militantes de izquierdas que fueron parte de la resistencia a la dictadura de Augusto Pinochet.

Con un nombre de chapa y sin que su familia supiera de su regreso, Castillo Petruzzi permaneció en Chile hasta mediados de 1982, cuando un periódico exhibió su fotografía con una leyenda que anunciaba su muerte.

“Tuve que llamar a mi casa y decir que no era yo el que estaba en la foto. Y mi papá me decía: ¡Hijo ¿estás en Mozambique?!. No papá, estoy acá, le dije. ¿Y las cartas que llegan de Mozambique? Ya te explicaré, pero he estado todos estos años acá”, decía por teléfono a su padre que escuchaba atónito.

Con el plan guerrillero desmantelado y las identidades reveladas, Jaime Castillo se asiló en la embajada  de  Francia.  Esta vez, realizaba el viaje junto a Beatriz, compañera de vida y militancia, quien tenía 4 meses y medio de embarazo.

Se instaló  por segunda vez en París, aunque el panorama era muy distinto a su primera estadía: Ahora hablaba francés, estaba próximo a ser padre y debía dedicar su tiempo y esfuerzo en juntar los recursos para esperar a la primogénita. La estadía duró poco. Al año siguiente partieron destinados a Nicaragua.

-“Ahí teníamos compañeros que colaboraban en la revolución, combatientes que habían estado en la lucha revolucionaria antes, durante y después del triunfo”, recuerda emocionado aquellos años en que el Frente Sandinista de Liberación Nacional le había doblado la mano a la dictadura de Anastasio Somoza.  Hoy ve con desilusión el rumbo que ha tomado el gobierno de Daniel Ortega, recientemente reelegido presidente en unas elecciones sin competencia.

En ese país nacería la segunda hija de la pareja en 1987. Luego, Beatriz decide volver con las niñas a Chile. Jaime se uniría un año después. Mientras, trabajaba con compañeros peruanos con la intención de unificar las luchas. Pero una vez más el plan falló y entre los detenidos cae el líder del MRTA, Víctor Polay Campos, junto a otros dirigentes del movimiento de izquierda. Castillo Petruzzi es convocado a trabajar en la elaboración del plan de rescate que incluía la construcción de un túnel de 300 metros de largo. Entonces, el “torito” arma maletas, se despide de sus hijas y pone fin a la relación amorosa que lo unía con Beatriz. Se incorpora en Lima al trabajo partidario. Para ese entonces, Castillo Petruzzi respondía más al MRTA que al MIR.

Segundo encuentro: 5 minutos al día

La segunda cita transcurre la tarde de un lunes. Jaime está a cargo del negocio donde ha comenzado a trabajar hace apenas una semana y frente a él todo parece novedad. Aunque intentó llevar una vida normal como interno, la cárcel siempre será un paréntesis cuando se trata de tecnología y avances médicos. En este mes de libertad recién aprende a manipular cheques y computadores.

Hoy tiene cita con la oftalmóloga, pues necesita saber en qué estado se encuentra su visión. En la cárcel, hasta lo más básico tiene un impuesto al encierro.  Los lentes ópticos no son la excepción. Por eso, hoy caminamos puntuales hacia la óptica donde más tarde descubrirá que es miope. El ex guerrillero internacionalista tiene una anomalía en los ojos que no le permite ver de forma clara, sino más bien borroso, los objetos lejanos.

“Lo contrario pasa en la política. Con los años vemos más claro los errores”, bromea al salir de la consulta. Y agrega en tono serio: “Objetivamente, nosotros cometimos errores y esos fueron los aciertos del enemigo”.

Uno de esos aciertos del enemigo fue cuando la policía peruana dio con la casa de seguridad donde pasó un mes, luego de detectar que lo estaban siguiendo. Ese mismo día, Castillo Petruzzi pensaba abandonar el Perú.

Aunque los medios lo acusaron de escudarse, con metralleta en mano, detrás de una anciana, Castillo Petruzzi desmiente esta versión. Dice que la policía los acorraló, pero que ellos jamás faltaron a su ética. No traficaban, ni colaboraron con el narcotráfico ni tuvieron blancos civiles. Asegura que vestían uniformes militares en el campo para ser identificados y no ser confundidos con los campesinos. Acepta, que hubo un número menor de víctimas que no pudieron evitar.

-”Nosotros  como  organización  hemos  pedido disculpas a los deudos de esas familias. A diferencia del terrorismo de Estado, que sí afectó directamente a la población civil con sus bombardeos masivos, con sus torturas sistemáticas, con las desapariciones absolutamente masivas”, dice Castillo Petruzzi.

Eran los primeros años gobernados por Alberto Fujimori, ex presidente del Perú que durante una década cometió ilícitos que iban desde lo financiero, con escándalos de corrupción, hasta el terror; con violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad que hoy lo tienen cumpliendo una condena de 25 años.

Pero ese 14 de octubre de 1993, Jaime Castillo pagó el precio de una seguidilla de errores que terminaron con su detención. A eso le continuó un juicio de apenas tres horas frente a un tribunal militar sin rostro. Allí comenzaron varias irregularidades, en donde la arbitrariedad era el denominador común. Los propios abogados no tuvieron acceso a los expedientes.

Hacinados, en las peores condiciones, los prisioneros permanecían aislados, en celdas mínimas sin baño ni luz. Apenas contaban con 5 minutos para salir agachados, en cuclillas y custodiados por dos policías con fusil en mano apuntando sus cabezas. En eso 5 minutos, una vez al día, los prisioneros debían elegir entre ir al baño, cepillar sus dientes o tomar una ducha.

Fue la primera vez que Castillo Petruzzi enfrentaba esas condiciones carcelarias y durante esos tres meses, en los que estuvo detenido en la base aérea Las Palmas de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), su cuerpo se acostumbró a permanecer doblado en un espacio que compartía con otros 10 compañeros del MRTA, entre los cuales habían 5 chilenos y 6 peruanos.

Entre la oscuridad y la tortura psicológica, hubo algunos arrepentidos que pedían una segunda oportunidad en medio de sollozos nocturnos. Él, en cambio, permanecía firme, y para no ceder a la locura o al miedo, cantaba Venceremos o el Himno de los trabajadores a viva voz, recitaba poesía o invitaba a sus compañeros a reflexionar sobre distintos momentos de su lucha.

Jaime Castillo está consciente de que su pasaporte chileno alejó la posibilidad de ser torturado físicamente. Aunque sí hubo condiciones que dañaron su estado físico y psicológico.

-”Ahí comprobamos que el hombre es un animal de costumbre. El cuerpo se acostumbró, entonces cuando salias en posición de rana, hacías tus necesidades en un minuto, y después te bañabas y volvías”, reconoce Castillo.

Luego de tres meses detenido entre la Dirección Nacional contra el Terrorismo (Dircote) y la FAP, de decenas de interrogatorios y presión psicológica, fue  trasladado a un penal civil. La condena fue una decisión política del Estado: cadena perpetua para todos por traición a la patria.

“Chileno, te voy a matar”, amenazaban a Jaime Castillo, quien luego de 23 años recluido en prisiones peruanas tiene un inconfundible acento peruano. Tres de sus hijos comparten esa nacionalidad y varias palabras recurrentes en su vocabulario reflejan la fusión cultural después de años de convivencia.

Castillo  compara  las  irregularidades  con  que fue juzgado con lo que sucede con la Ley Antiterrorista chilena, donde existen testigos protegidos. “Es lo mismo, no ha cambiado nada en todos  estos  años.  En  el  Perú  hasta  el  dia  de  hoy,    así  como  en  Chile,  tenemos  las constituciones dictatoriales. Eso es inconcebible, hermana”, señala incrédulo. Y agrega: “En Chile tenemos 26 años de democracia y seguimos con la misma constitución. En Perú tenemos desde el año 2000, y todo el que levante asamblea constituyente o nueva constitución ha sido estigmatizado”, dice con la certeza de quien sabe de estigmas.

Al MRTA se le acusó de todo. Sus años de acción coincidieron con los de la organización Sendero Luminoso (PCP-SL, en su sigla oficial), con la que siempre han mantenido distancia y han marcado sus profundas diferencias en cuanto a estrategia y procedimientos. Pero los medios de comunicación, en medio de la vorágine de enfrentamientos entre uno y otro bando, señaló al MRTA como responsable del asesinato a civiles y de sembrar el terror entre la población. También fueron acusados de homofóbicos y de perpetrar crímenes u ataques a homosexuales.

”Nunca fue política de la organización el asesinar a gente por su orientación sexual. Nunca lo fue ni en los documentos ni en la actitud de los dirigentes. Ha sido una metida de pata de mandos locales, enceguecidos, y esto lo han utilizado para decir que el MRTA es homofóbico”, aclara ante la pregunta y asegura que dentro del MRTA hubo varios compañeros y compañeras homosexuales  a  quienes jamás se les juzgó por esa razón y sólo se les evaluó por su desempeño y compromiso político.

En este segundo encuentro, Jaime Castillo, se acerca a la grabadora y aprovecha de despejar otro  aspecto que, según su versión, no es más que un mito: “Yo nunca fui uno de los tres líderes.   Fui un cuadro medio. Tenía responsabilidades, pero no era ninguno de los tres primeros”, dice para luego señalar a Víctor Polay Campos, Miguel Rincón Rincón y Néstor Cerpa Cartolini como los tres primeros en orden jerárquico del MRTA:

De su paso por la cárcel de Lima, penal Miguel Castro Castro, recuerda las condiciones en que encontraron el recinto con apenas 600 personas de su capacidad para 1200 presos.  Fue poco después del ataque por tierra y aire que terminó con la vida de más de 200 prisioneros políticos de Sendero Luminoso y del MRTA, en una matanza en la que se responsabiliza a Fujimori.

En esas condiciones de reapertura, recién comenzaba una batalla judicial que tuvo varios reveses durante los 23 años de reclusión.  Aunque sabían que la cadena perpetua no se concretaría,  los emerretistas   confiaban   sobre   todo   en  que  sus  compañeros  no  los abandonarían y más temprano que tarde iban a planificar un rescate.

Jaime Castillo, el hombre macizo y de sonrisa recurrente, se emociona al recordar el bullado episodio de la toma de la residencia del embajador japonés en Lima, el 17 de diciembre de 1996. Ese día, miembros del MRTA tomaron como rehenes a diplomáticos, militares y funcionarios de alto rango del gobierno de Fujimori. Luego de 125 días, la toma terminó con un rescate protagonizado por las Fuerzas Armadas de Perú en la que murieron todos los militantes del MRTA.

Derrotada la vía del rescate, la estrategia de liberación se enfocó en el derecho internacional. Con  la ayuda de un grupo de abogados, entre ellos los chilenos Verónica Reyna, de la Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas  (Fasic), y Nelson Caucoto, Corporación de Promoción y Defensa  de los Derechos del Pueblo (Codepu), presentaron el caso ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, una vez que se agotaron todas las instancias nacionales. En mayo de 1999, el caso pasó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), donde se atestigua que no había ningún tipo de voluntad política ni jurídica de parte del Estado peruano.

Pidieron su libertad inmedia por todos los vicios procesales,  por la tipificación del delito y,  sobre  todo,, por considerarlos  traidores a la patria,  una cosa ilógica, considerando su nacionalidad chilena. Todo esto sin una defensa  adecuada, sin un proceso legal bajo los estándares internacionales y sometidos a fuertes presiones psicológicas, incluídos los abogados, quienes recibieron presión política y acoso.

El 2003 comenzaron los nuevos juicios, en un momento en que el país vivía una transición política post era fujimorista y tras un breve gobierno de Valentín Paniagua. Con Alejandro Toledo en la presidencia, se realizó un nuevo juicio que duró 4 meses. A uno de los compañeros lo condenaron a 15 años, a otro a 18, a uno a 20 y a Jaime Castillo Petruzzi, a 23 años. Gracias a un movimiento político importante, apoyado por organizaciones de izquierdas y progresistas, el Partido Comunista logra recolectar medio millón de firmas, gracias a una iniciativa ciudadana, con las que el Congreso aprueba beneficios penitenciarios para todos los presos políticos del Perú. Esa nueva condición, le otorga a Castillo Petruzzi la posibilidad de salir en libertad a los 17 años de pena, es decir, en 2010.

Todos los chilenos consiguieron la salida en menos años gracias a los beneficios, salvo Castillo Petruzzi. Ahí aparecería nuevamente en la historia Alan García Pérez, quien bajo su segundo mandato como presidente cortó todos los beneficios, el 14 de octubre de 2009. Con un decreto de ley, el mismo que según los medios era amigo de Castillo Petruzzi, postergó su posibilidad de recuperar la libertad.  No importó su buena conducta, las horas de estudios universitarios certificados dentro del penal, ni las horas de trabajo. Los días en la cárcel continuaron con la esperanza puesta en el 2016.

El arte y el amor

Aunque Jaime Castillo Petruzzi asegura que donde más temió por su vida fue en la cárcel, en su encierro también supo de amor y pasión. Allí conoció a su actual pareja, Maite, quien por esos días visitaba a su padre, Walter Palacios, periodista y también preso político. De esos encuentros nació una pasión incontrolable que los convenció de terminar con sus respectivas relaciones y enfrentar el futuro juntos.

Maite Palacios dejaba su vida en Italia, mientras intercambiaba mensajes de texto con su nuevo enamorado. Jaime Castillo, al otro lado del océano y tras las rejas, transcribió en una libreta cada una de las respuestas de Maite. Mientras el tiempo transcurría entre mensajes telefónicos y días de visita conyugal, nacieron sus dos hijos, Paula y Rocco, de 11 y 6 años respectivamente.

Esta tarde, en el café, Jaime Castillo Petruzzi, cambia el tono alegre y optimista con que se expresa. Su voz se quiebra al recordar el nacimiento de sus hijos, los que sólo pudo seguir por teléfono desde la cárcel, alentando a su compañera y escuchando el primer llanto de los más pequeños de sus 5 hijos. Dice que desde los 15 días de nacidos Maite los llevaba al penal para comenzar una rutina que jamás cesó. Dice, también, que los niños siempre han sabido por qué su padre estaba preso, a qué grupo pertenecía y por qué vivían esa situación.

Tercer encuentro: La lucha sigue

La  última  cita  se  produce  un  poco  más  alejada  del  centro de Santiago, en una de las dependencias de su nuevo trabajo. Jaime prepara café de grano, dispone dátiles y pistachos para desayunar. El ritual, es parte de los pequeños placeres que adquirió cuando se instaló solo y menor de edad en París, sin hablar ni una palabra de francés. Allí aprendió la lengua de Molière de la mano de argelinos, marroquíes y palestinos, con un marcado acento árabe,

Jaime  Castillo comenzó  a  dominar  un  idioma  que  años  más  tarde  se transformaría en su gran distracción, pues se dedicó por mucho tiempo a impartir talleres de francés a sus compañeros internos y funcionarios de la policía. También domina el italiano y dice orgulloso algunas frases en árabe que, pese a los años, jamás olvidó.

En la cárcel el tiempo es lo único que sobra. Con la disciplina de la militancia aprovechó las horas, los días y los años en aprender a trabajar la cerámica, creando obras que después serían las protagonistas de exposiciones en España, Francia, Italia y Chile. Una entrada de dinero que no venía mal.

Aprendió también a tejer en macramé. Una cura para el estrés que conlleva la espera. Un recuerdo que hoy luce en su muñeca derecha en una pulsera que combina hilos en rojo y negro, los colores oficiales del MIR y del MRTA.

Además, realizó talleres de kárate y mantuvo constantes encuentros con políticos, periodistas, miembros de la Cruz Roja y una larga fila de visitantes. En esas circunstancias fue que conoció a Víctor Hugo de la Fuente, director del periódico francés Le Monde Diplomatique-Chile, quien en un viaje a Lima se animó a visitarlo en la cárcel. Durante años de la Fuente le envió correspondencia y material literario, pero sólo en ese viaje comenzó una amistad que se afianzó en el tiempo. Por eso, cuando supo que se había confirmado la fecha de su liberación, no dudó en comprar un pasaje a Lima y acompañar a su amigo Jaime en el esperado retorno a su país.

-“Me parecía necesario que no viajara solo. Emocionalmente, creo que era mejor que estuviera acompañado y fue asi como nos encontramos minutos antes de abordar el avión”, relata un mes después Víctor Hugo de la Fuente.

El director de Le Monde Diplomatique fue testigo privilegiado de las últimas horas de Castillo Petruzzi en Perú, justo antes de su expulsión de por vida del vecino país. En el avión, la entusiasta conversación hizo que el viaje se hiciera corto y que pese a la importancia del acontecimiento, Castillo Petruzzi se mostró  “fuerte, entero, alegre y, por supuesto, emocionado”.

Aunque fue retenido por la Policía de Investigaciones apenas pisó el salón internacional del aeropuerto Arturo Merino Benítez, el interrogatorio que parece ser parte de la rutina habitual tras una deportación, fue en un tono amable y respetuoso.

Cuando  se  abrieron  las  puertas  automáticas  de  la salida de pasajeros de vuelos internacionales,  se  escuchó  una  ovación. Decenas de personas lo esperaban con cantos, banderas, guitarras y aplausos.

Quien había sido expulsado como terrorista por las autoridades peruanas, era recibido como héroe por sus compañeros de vida y de lucha. Eran las dos caras de una misma moneda que, en ambos casos, confirmaban una manifestación política  que no dejaba lugar a interpretaciones.

-“Hice lo que tenía que hacer,  que era acompañarlo. Ya  lo había ido a ver muchas veces desde hace como 15 años”, recuerda emocionado de la Fuente, quien dice que el resto no necesita descripción pues las imágenes hablan por sí solas.

-“Realmente emocionado a decir basta. Imposible describir este momento con palabras”, decía esa noche Castillo Petruzzi.

Un mes después Jaime Castillo describe con palabras lo que fue ese día, pero se quiebra al recordarlo.

-“Ha  sido  un  periodo  de  nuestra  vidas,   de todos, de prueba, de poner adelante nuestras convicciones. Nos consideramos sobrevivientes a la dictadura, al militarismo. Hemos mantenido la dignidad de los presos políticos revolucionarios del continente, de Chile, del Perú. Venimos con la más amplia voluntad de juntarnos a la construcción del mundo  nuevo,  para  seguir  empujando el carrito de la Historia, con humildad, con mucha humildad.   Ser uno más”, decía Castillo ante los medios que se congregaron ese 15 de octubre en el aeropuerto.

Hoy, como uno más, analiza el acontecer político y social mientras sorbe su café. Confiesa que no deja de sorprenderse cómo los medios de comunicación han manipulado tanto la información. Destaca la figura de Nelson Mandela, de quien dice admirar la convicción de sus actos, los sacrificios personales que tuvo que asumir y cómo la Historia terminó reconociendo su recorrido, cuya lucha armada fue tachada de terrorista, para ser merecedor finalmente del Premio Nobel de la Paz.

Es difícil no hacer la comparación con quien fuera considerado el preso político más famoso del mundo, luego de 27 años de prisión. Por eso, lo instala junto al Che, a Trotsky, Lenin, Ho Chi Minh y Fidel Castro, dentro de los revolucionarios que más admira.

Ha sido un mes de actividades intensas. Antes de eso, los últimos 15 días de sus 23 años en prisión fueron frenéticos. Aprovechó de participar en todas las actividades y homenajes en su honor. Hizo correr un cuadernos donde sus compañeros estamparon mensajes con buenos deseos, números y direcciones para no perder el contacto. En él se leen dedicatorias en francés e italiano de quienes por años fueron sus alumnos.

-¿Valió la pena?, le pregunto.

-”Por supuesto. Estoy vivo. Soy sobreviviente. Y tenemos mucho por hacer todavía. La lucha sigue compañera”, me responde con su sonrisa plena, mientras sigue repasando los mensajes que escribieron sus compañeros.

En la página del “día cero”, apuntado en su agenda roja donde llevaba la cuenta regresiva , aparece  escrito  en  mayúsculas  la  palabra  Nascere,  que  en italiano significa nacer. Está anotada justo debajo de donde se lee “14 de octubre”. Ese día, a los 60 años, Jaime Castillo Petruzzi dice que volvió a nacer.

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