Creció soñando el día ver: La larga búsqueda de los hijos de detenidos desaparecidos en Chile*

Creció soñando el día ver:
La larga búsqueda de los hijos de detenidos desaparecidos en Chile*
Carla Peñaloza Palma**
Universidad de Chile
carlamilar@u.uchile.cl

Somos la mala hierba que volveremos a brotar perfil Carla Artes fcbk
Hasta el 11 de septiembre de 1973 gobernaba en Chile el presidente Salvador
Allende y los partidos de la Unidad Popular,un gobierno democráticamente electo,portavoz de una de las utopías más importantes del siglo XX, como fue la vía
pacífica al socialismo. El golpe de estado de las Fuerzas Armadas, significó el fin de todo
ello, pero además, inició un inédito proceso de represión que dejó más de cuatro mil
muertos, medio millar de prisioneros políticos, y una cifra indeterminada pero
largamente superior a las doscientas mil personas desterradas.
Si bien el país no había enfrentado nunca un episodio de violaciones masivas y
sistemáticas a los derechos humanos, la organización de las víctimas fue temprana y
decisiva.
La Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y la Agrupación de Familiares
de Ejecutados Políticos se constituyeron a pocos meses después del golpe de Estado, y en contra de sus deseos fue creciendo a medida transcurría el tiempo y la represión
continuaba, convirtiéndose así mismo en los principales referentes de movimientos de
defensa de los derechos humanos, en dictadura y luego en la larga transición a la
democracia chilena.
Ambas organizaciones están compuestas mayoritariamente por mujeres, pero no es
exclusivamente un agrupación de madres, ni viudas. Por el contrario, sus integrantes
tienen distintos vínculos de parentesco con los ausentes. Esposas, hijas, hermanas, y
por supuesto también madres. De esta forma ha sido siempre un espacio intergeneracional, cuyas dirigencias han estado fuertemente marcadas por esposas e
hijas. Fueron y continúan siendo, las únicas organizaciones que reúnen de manera exclusiva a familiares de las víctimas.
Los “detenidos-desparecidos” alcanzan un número de 1102 personas (1). La mayoría de
los “desaparecidos” militaba en un partido o movimiento político, y dentro de este grupo,
muchos de ellos habían ocupado un lugar en el gobierno de la Unidad Popular, por lo que sus actividades profesionales y políticas fueran de conocimiento público.
Del total de víctimas, 126 eran mujeres. Entre estas últimas, diez estaban embarazadas al
momento de sus detención, de esos niños también se perdió todo rastro, sin que exista
noticia de que alguno de ellos haya llegado a nacer.
Es probable, que el hijo o la hija de Michelle Peña (2), quien tenía ocho meses y medio de
embarazo al momento de ser detenida, haya llegado al mundo en un centro clandestino de tortura, probablemente Villa Grimaldi, sin embargo no hay constancia de ello (3). A
diferencia de Argentina y Uruguay no existen en Chile casos de bebes apropiados por los
militares, ni nacidos en cautiverio.
En Chile, el objetivo de la detención de estas mujeres no fue el de quedarse
con sus hijos, sino sólo castigarlas por su militancia política, a diferencia de la
política de sustracción y tráfico de niños como en Argentina, o España
durante el Franquismo, para reeducarlos o darlos en adopción (Peñaloza, 2015, p. 232).
La mayoría de los hijos creció con uno de sus padres, siendo unos pocos los que
padecieron la ausencia de ambos. No existen tampoco casos de niños chilenos
recuperados, pues no fueron nunca detenidos junto a sus padres.
La dramática excepción fue Pablo Athanasiu Laschan, hijo de Miguel Ángel y Frida,
militantes del MIR, detenidos en Buenos Aires el 15 de abril de 1974, en el marco de
la Operación Cóndor. La pareja se había exiliado en Argentina huyendo de la
represión desatada a partir del golpe de estado de 1973. Pablo tenía entonces 5
meses de edad. El año 2013 se convirtió en el nieto número 109 en ser recuperado por
Abuelas de Plaza de mayo, pero en abril de 2015 se quitó la vida (4).
En Chile, las agrupaciones de familiares se constituyeron en un espacio político, para
demandar verdad y justicia, pero también en una red para quienes padecieron la represión y la ausencia.
Los hijos más pequeños vivieron y crecieron en ese espacio, que físicamente estaba
ubicada en las dependencias de la Vicaria de la Solidaridad al costado de la Catedral de
Santiago. Muchos de ellos aprendieron en ese lugar a dar sus primeros pasos, a leer o
escribir, y también a reconocerse parte de un grupo particularmente afectados por la
represión, pero protegido por los afectos que da la solidaridad entre y hacia los
perseguidos.
De hecho se reproducían dinámicas de la familia perdida, la biológica y la política,
recreando las actividades que antes del golpe de Estado realizaban los partidos de la
izquierda chilena, como paseos a la playa, convivencias, en que los militantes incluían a
toda la familia, aunque muchas veces era toda la familia la que militaba en el partido,
todo ello era parte del mundo ausente que era necesario recrear.

En términos concretos, y en la idea de proteger a los niños, un grupo de mujeres,
también familiares de las víctimas creó el programa de Protección de la Infancia
Dañada por Estados de Emergencia (PIDEE), que otorgaba atención médica y
sicológica, reforzamiento escolar, pero sobre todo un lugar que reunía a los más
desprotegidos entre las víctimas, sus hijos.
Padres asesinados, desaparecidos o presos, hijos del exilio y el retorno, tuvieron un lugar
para re-conocerse y encontrar ayuda en un país que les era mayoritariamente hostil.
En ese proceso todos fueron creciendo e incorporándose a la vida política chilena, que
en verdad, nunca les fue ajena. Militaron en organismos de derechos humanos o en
partidos políticos, que en general coincidían con los de los padres que habían sido
víctimas de la dictadura, así como también en el movimiento estudiantil secundario o universitario.
Una vez acabada la dictadura, los chilenos en general y los familiares de las víctimas en
particular, tenían expectativas en materia de derechos humanos. El programa del nuevo
gobierno prometía derogar la Ley de amnistía y avanzar en el conocimiento de la verdad
sobre el destino de los desaparecidos.
La ley de amnistía había sido promulgada durante la dictadura, y cubría todos los delitos cometidos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1978. La complicidad de los tribunales de justicia hizo que la ley se interpretara no sólo como impedimento para juzgar sino incluso investigar los crímenes perpetrados en esas fechas.

Esta ley no se ha derogado hasta hoy, pero ha sido superada por la vía de los hechos, en
términos generales, a partir de la detención de Pinochet en Londres en 1998 (5). De
acuerdo a la legislación internacional, ha prevalecido la idea de que los crímenes de
lesa humanidad son imprescriptibles, que no se pueden amnistiar y, que la legislación
internacional está por sobre las leyes nacionales. Además se sienta precedente
sobre la figura de “secuestro permanente” a los casos de desaparición forzada, toda vez
que no aparezcan las víctimas, vivas o muertas.
Es decir, en términos prácticos durante casi toda la década, y salvo excepciones no
contempladas por la amnistía, los crímenes de la dictadura permanecieron impunes, no
obstante el Informe de Verdad y Reconciliación, emanado de la Comisión del
mismo nombre, creada por el primer gobierno de la democracia, más conocido como
Informe Rettig (1991).
El Informe dio a conocer el nombre de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados
Políticos entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990, la fecha de su
detención, su militancia política y una pequeña biografía de sus vidas. Toda esta información fue entregada por los familiares de las víctimas y por los organismos de
derechos humanos, por lo tanto era una verdad sabida para estos, pero sirvió para
que el resto del país pudiera estar en antecedentes y ser reconocida como una
verdad de Estado, faltaba lo más importante que era el destino de los desaparecidos.
Para ello era necesaria la información de las Fuerzas Armadas y los organismos represivos que se negaron a colaborar con el informe. Más tarde y junto a la derecha
política, vinculada con la dictadura, se negaron a reconocer sus resultados.

Si bien fue un avance en materia de verdad, hacía aún más evidente la sensación de
impunidad. Había reparaciones de carácter material para las familias, pero muy exiguas
muestras simbólicas.
Las expectativas eran disimiles, mientras los organismos de derechos humanos
esperaban que el informe trajera consigo la justicia, el gobierno, y otros sectores de la
sociedad chilena, y muy fuertemente la iglesia, hacían un llamado a la reconciliación, sin que nadie de los involucrados en las violaciones a los derechos humanos pidiera
perdón, y amparados judicialmente por la amnistía.

En ese contexto, los familiares de las víctimas, y muy lentamente sectores más
amplios de la sociedad fueron exigiendo cada vez con más fuerza, la necesaria justicia.
La respuesta no fue solo la denegación si no al menos dos “ejercicios” militares, para
evitar ser llamados a declarar a tribunales y un intento de ley de “punto final” en 1993,
que fue retirado del parlamento por el Poder Ejecutivo, ante la presión de cada vez más
chilenos que anhelaban justicia.
En ese escenario de impunidad, similar al de Argentina de los noventa, tras las leyes de
Punto Final y Obediencia Debida de Alfonsín, y los indultos a los militares de Menem, en la misma época, los hijos de detenidos desparecidos intentaron agruparse en una
orgánica que les fuera propia, como HIJOS. No obstante su relación previa, este intento
no dio fruto, básicamente por las diferencias políticas entre ellos, que pesaban más que
su identidad de hijos de víctimas a la hora de conformar un espacio propio.
De ese intento surge un grupo que utiliza el método argentino del escrache, pero que no
está compuesto exclusivamente por hijos, y que actúa hasta el día de hoy como Comisión Funa, pues es el término equivalente a escrache.

Antes, en la década de los ochenta, la propia agrupación había tenido una sección “juvenil” que reunía a los hijos que en esos años atravesaban la juventud y la adolescencia, dando forma a algunas iniciativas propias, pero dentro del ámbito de la organización general.
No quiere decir esto que los hijos no se hayan organizado en torno a la demandas
del movimiento de derechos humanos, sino que adquiere otras características.
Posteriormente, un grupo de hijos se reúnen para organizar una huelga de hambre(agosto-septiembre de 2003), en el contexto de discusión de una nueva propuesta sobre derechos humanos del gobierno de Ricardo Lagos, en el marco de la conmemoración de los treinta años del golpe de Estado. Las edades de los miembros del grupo iban entre los 23 y los 39 años y no continúa como movimiento tras la huelga.
El accionar de los hijos no tiene una expresión generacional, si no que han sido y continúan siendo parte de un movimiento mayor, que se expresa en la participación en
la Agrupación de Familiares, tomando roles dirigentes, asumiendo muchas veces el
relevo de los mayores, incluso bajo el rótulo de segunda o tercera generación según
fueran hijos o nietos de desaparecidos o en movimientos de defensa de derechos
humanos agrupados más bien por “lugares” o “casos”, como “Paine”, o “familiares de los
119”, donde nuevamente encontramos una convergencia generacional, y diferentes lazos familiares.
Porque si bien la mayoría de las víctimas de la dictadura fueron jóvenes, (71% tenía entre 16 y 35 años) el promedio de edad es más alto que el caso argentino, y está relacionado con el carácter de los partidos, los roles dentro de ellos o del gobierno, por lo mismo la generación de los hijos es de edades dispares, lo que ha hecho tal vez más difícil la formación de una identidad homogénea.
No obstante lo anterior, han estado presentes en distintos ámbitos de la lucha por la
defensa de los derechos humanos, en tanto profesionales, o activistas, y distintos escenarios, no sólo desde la militancia, sino incluso al revés. Puede decirse que desde su condición de hijos, han sabido proyectar los valores universales de estos derechos en
cada uno de sus quehaceres, como el arte, la docencia, la investigación, o la organización
comunitaria y muy especialmente hacia las nuevas generaciones, empezando por sus
propios hijos.
Notas
** Carla Peñaloza es Doctora en Historia por
la Universidad de Barcelona, docente del
Departamento de Historia de la Universidad
de Chile y Coordinadora del Diplomado
Educación, Memoria y Derechos Humanos
* Agradezco muy especialmente a María Paz
Concha, hija de Marcelo Concha, detenido y
desparecido desde 1976. Sus comentarios e
informaciones fueron muy importantes para
este trabajo.
(1) Informe de Verdad y Reconciliación,
Gobierno de Chile, 1991
(2) Militante socialista, estudiante, detenida
y desparecida desde el 20 de junio de 1975 a
los 27 años de edad.
(3) Rojas, Paz Todas íbamos a ser reinas,
LOM, Santiago

(4) http://www.perfil.com/sociedad/Sesuicidio-Pablo-Athanasiu-el-nietorecuperado-109-20150411-0102.html.

(5) La primera sentencia que omite la ley de
amnistía es de 1993, sin embargo no se extenderá sino hasta fines de la década de
los noventa, como hemos señalado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cine de (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena. Hij@s y memoria

Cine de (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena. Hij@s y memoria

Las imágenes que no me olvidan

Cine documental autobiográfico y (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena

Por Claudia Bossay

Autor: Claudia Barril Año: 2013 País: Chile Editorial: Cuarto Propio

Es un placer poder leer sobre cineastas jóvenes en una investigación que trata sus filmes como si ya fueran clásicos. En cierta manera Claudia Barril, la autora de Las imágenes que no me olvidan Cine documental autobiográfico y (pos)memorias de la Dictadura Militar chilena de la editorial Cuarto Propio (2013), efectivamente presenta las cintas de estos jóvenes cineastas sin tomar en cuenta la edad de los realizadores. Más bien destaca cómo la situación de pertenecer a una segunda generación -en relación a las experiencias presenciales de la dictadura- ha brindado una especial sensibilidad al reflexionar sobre este pasado y por ende en la creación de sus documentales.
Dicho esto, este libro está entre un ejercicio académico y una reflexión cinematográfica. El libro está dividido en cuatro partes. La primera teórica, una de descripción detallada y comparación de temas de los documentales, otra de reflexión más generalizada –la que significa un gran aporte a los estudios de cine en Chile- y la última de anexos (y bibliografía claro).

La primera parte, es una contextualización desde la memoria, el cine chileno y el cine de pos memoria. El primer capítulo de esta primera parte teoriza el “fervor conmemorativo” y evalúa también la re valorización del testimonio que proviene desde abajo, siendo privado y mínimo. Esta contextualización está realizada sobre todo con teoría extranjera, ya que hay que asumir que por muchos años los académicos locales evitaron este tema. Así, tratar teóricos y bibliografía extranjera es de suma importancia para el tema de la relación con el trauma de características históricas, ya que cómo presenta Barril, “la revaloración de la memoria debe entenderse como un fenómeno mundial” (p.17). De esta manera, la autora vincula la experiencia chilena a una mayor. Por lo tanto, esta parte teórica del libro deja de lado el aislamiento cordillerano, desértico y de témpano que nos sirve como justificación para no leer (ni ver) lo que está pasando allá afuera. Apoyada en grandes intelectuales como Pierre Nora, Maurice Halbwachs Peter Burke, Regine Robin, Stuart Hall, Fredric Jameson y Marianne Hirsch, entre otros, Barril sienta las bases para explorar esta generación de documental chileno.

La segunda parte del libro consta de cuatro micro-capítulos que presentan, resumen y comparan dos (o tres en un solo caso) documentales. Astutamente, la autora devela patrones en estos nueve documentales que le permiten hacer una descripción de los argumentos de manera paralela, y así se comienza a revelar el espíritu creativo de esta generación, desde las distintas situaciones privadas y relaciones con el pasado. En mi opinión, esta sección del libro hace irrelevante la sección de anexos (que presenta ficha técnica, un pequeño resumen y el afiche de las películas) ya que aquí se presentan mejor las cintas. Sin embargo, de seguir mi caprichoso comentario, perderíamos las fichas técnicas de los documentales. Esto no deja de ser un punto interesante, ya que parte de los elementos que enfrentamos en el estudio del cine es -dependiendo de la teoría que se siga, claro- reconocer que la cinta está creada por más que el director. Claudia Barril, documentalista, productora, guionista e investigadora para documentales refleja esta preocupación.

La segunda parte del libro me hace reflexionar sobre otro punto. Si bien la sección teórica nos dejó sentados junto a los grandes teóricos mundiales, además de algunos latinoamericanos como Tomás Moulian, Nelly Richard, Ana Amado y Carlos Ossa, entre otros, esta sección nos separó de lo que se está viviendo a nivel cinematográfico en el continente. El cine de pos memoria no está ocurriendo solo en Chile. Mencionar las ya clásicas Los rubios, de Albertina Carri (2003) y Papá Ivánde María Inés Roqué (2004) que temprano en la década del 2000 comenzaron a mostrar las reflexiones de los “huérfanos de la violencia” (p.29) en Argentina. O D.F.Destino final, de Mateo Gutiérrez (2008) y Crónica de un sueño, de Mariana Viñoles y Stefano Tononi (2005) que muestran la historia de hijos de la generación que vivió la dictadura Uruguaya. O Alias Alejandro, de Alejandro Cardenas A. (2005) y Sibila, de Teresa Aredondo (2012) sobre las visiones de una generación de posmemoria y el conflicto armado interno en el Perú. Así, sería posible contextualizar el importante e interesante trabajo de Barril desde una lógica mundial: a través del fervor conmemorativo, el valor en el testimonio y el importante lugar que tienen el cine documental como agente de memoria privada, mínima y desde abajo, con un contexto latinoamericano donde la generación de hijos se ha tomado la palabra y le ha dado un giro de tuerca a la representación de la historia, la memoria y el trauma.

Los historiadores dicen que si no se puede investigar un tema nuevo, hay que investigar uno viejo con nuevos ojos. Como sostiene la autora en las primeras líneas de la introducción “Desde los inicios de este nuevo siglo han ido apareciendo en la cinematografía chilena un importante número de documentales que abordan, desde un punto de vista inédito uno de los capítulos más oscuros de la historia contemporánea chilena” (p.11). Así, la tercera parte de este libro, aquella que reflexiona en torno a los modos representativos, narrativos y estéticos de las cintas, analiza con nuevos ojos una generación que con nueva voz habla sobre aquel período de la historia que por tanto tiempo generó un “otra vez más de lo mismo” en aquellos que niegan el pasado y su trauma en nuestro país.

Eso sí, fuera de lo escrito, de la palabra y de la narrativa, este es un libro sobre cine. Como tal, no puedo dejar de mencionar las imágenes. Aquellas de la portada y del título, esas que no se nos olvidan. Están en todos los capítulos, en casi todas las páginas, como collages constantes que hacen alusión a la materialidad del pequeño corpus de películas estudiadas. Sin embargo, fuera de citar esta cualidad visual, las imágenes no tienen mayor aporte analítico. No se hace referencia a ellas en el texto, no se analizan, incluso los pie de imágenes no las describen, solo identifican su documental de origen. Fuera del innegable aporte de este libro al ámbito de los estudios de cine, de la historia y su vertiente visual, y de la postmemoria, creo que debemos cuestionarnos cómo trabajar las imágenes en los textos que realizamos. No siempre depende de los autores, y las editoriales no siempre pueden satisfacer los deseos de los autores, pero aun así, es un punto que aquellos que trabajamos con cine debemos mantener en cuenta. Otra historia es con las imágenes que están en la contra página de los comienzos de los distintos capítulos. Estas son grandes, casi de una plana completa. Algunas veces bajo epígrafes de pocas líneas o títulos de secciones, estas imágenes de gran formato se convierten en epígrafes visuales. Éstas por su tamaño y ubicación tienen el mismo peso que el texto de la página que se les enfrenta. Así, cada cierta cantidad de páginas volteadas, las imágenes y el texto (sobre imágenes) tienen el mismo peso y podemos leer y ver como los documentales autobiográficos se relacionan con el trauma.

La tercera parte de este libro, une la crítica cinematográfica con la teoría de memoria, trauma y representación del pasado. Aquí los teóricos de temas extra fílmicos apoyan el análisis de estas películas en torno a cómo se relacionan con el pasado (en términos de las materialidades de las cintas como son las fotografía y las cartas). De hecho, en esta sección las imágenes acompañan al texto, no solo en los epígrafes visuales, pero también en los collages que aparecen en las partes superiores de las páginas. Así, se exploran los usos de las fotografías y desde las bases de Paul Ricoeur y Roland Barthes, se valorizan sus roles en las familias y como testimonios. De igual manera, los silencios con respecto al trauma se verbalizan mediante los cruces de testimonios de las épocas del trauma, como son las comunicaciones epistolares. Se manifiestan también los límites de los personajes protagonistas, ficcionales y documentales, de la autoficción y la performatividad en las cintas, con las bases de Phillipe Lejeune, Paul de Man y Stella Bruzzi. Me parece, eso sí, reveladora la falta de referencias a escritos por chilenos sobre contextos generales y estas películas en particular. Hay reminiscencias a los trabajos de luz de Pablo Corro, hay alusiones a trabajos de cine e historia y una tardía referencia a Elizabeth Ramírez, sin embargo, hay un silenciamiento a la academia chilena (y latinoamericana) que lleva ya varios años trabajando este tema. Más apoyo en estudios locales, beneficiaría a este trabajo.

El libro sugiere que aquellos que “siendo niños o apenas adolescentes durante los años de violencia, no tienen un recuerdo directo –por lo menos nítido- de la misma” (p.24) son dueños de voces fundamentales para lidiar con el trauma histórico. De esta generación, este libro estudia aquellos que dejan la tercera persona de lado y se enfoca en sus experiencias privadas, familiares; son, como sugiere Barril, cineastas, pero sobre todo, hijos y nietos (p.25), y así revaloriza el cine de hijos como esencial para entender la relación del presente con el pasado traumático. Sus sensibilidades artísticas se basan en que tienen un vínculo emocional más que experiencial con la historia, y de esta manera son “creaciones de invenciones veraces” (p.30). Concluyo como concluye Barril; estos cineastas han cuestionado la historia oficial, y desde sus “duelos, ausencias, recuerdos infantiles, olvidos y urgencias por tomar una cámara, se preguntan por la identidad y los orígenes reformulando la historia y la memoria heredada” (p.78).


Como citar:
Bossay, C. (2014). Las imágenes que no me olvidan, laFuga, 16. [Fecha de consulta: 2018-07-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/las-imagenes-que-no-me-olvidan/678
Las imágenes que no me olvidan es el primer acercamiento a un cine documental inédito en Chile, el cine de la posmemoria que han realizado ya no los testigos y víctimas de la Dictadura de Pinochet, sino sus herederos.
En este libro son los hijos, nietos y cercanos quienes, desde una aproximación crítica en los planos político, social y ético, hacen una revisión completa de las “verdades” del pasado y establecen sospechas sobre las propias imágenes, los materiales de archivo y los testimonios.
El análisis se centra en 9 filmes que desde sus particularidades se han desmarcado de cualquier estrategia narrativa vista en el audiovisual chileno. Estos trabajos recopilados y estudiados por Claudia Barril hablan de duelos, ausencias, recuerdos infantiles, olvidos o simple urgencia por tomar una cámara; se preguntan por la identidad y los orígenes; reformulan la historia y la memoria heredada; y encauzan lo político en formas de representaciones originales, personales y reflexivas. Con esto crean un discurso que, pese a no sustentarse tanto en la rotundidad del lema político como en la afectividad del discurso familiar, proponen una perspectiva que martillea los consensos políticos sobre la Dictadura y los reafirma a ellos como herederos y guardianes de nuestra memoria histórica y política.
“Guerrero” de Sebastián Moreno
Por Antonella Estévez B.
12 de agosto de 2017

 

En un país en donde la memoria se resiste y se prefiere no hablar de los dolores – tanto personales como colectivos- la producción audiovisual, especialmente el documental, ha hecho un significativo aporte al proponer diversos acercamientos a una de nuestras heridas más profundas y complejas: lo que sucedió durante la dictadura y sus consecuencias sociales, culturales, políticas y económicas hasta la actualidad.

Desde los noventa hasta hoy, varias generaciones de documentalistas se han aproximado a este momento histórico desde distintos puntos de vista y propuestas narrativas. Existen aquellos documentales macro explicativos -como los de Patricio Guzmán, por ejemplo- que desde el discurso histórico van hilvanando conexiones con diversos elementos de nuestra realidad y están también aquellos documentales que escogen centrarse en una persona y desde esa experiencia única leer este momento tan determinante para toda nuestra nación.

Sebastián Moreno y Claudia Barril llevan varias películas trabajando la memoria histórica desde la sensibilidad de personas o grupos de personas específicas. En La ciudad de los fotógrafos (2006) y a partir del testimonio de Pepe Moreno -el padre del realizador- se introducían en la historia de esos fotógrafos que retrataron lo más crudo de la represión policial durante las protestas en dictadura, permitiendo al espectador conocer el contexto y circunstancias de algunas de las más famosas imágenes que pusieron en jaque al gobierno militar a nivel internacional. Luego en Habeas Corpus (2015) la pareja de realizadores decide levantar los testimonios de quienes fueron parte de la Vicaría de la Solidaridad, entidad clave para la resistencia y la memoria respecto a las violaciones de los derechos humanos durante el régimen. En este documental lo que conmueve es el valor y la solidaridad de ese grupo de profesionales que crearon luz en uno de los momentos más oscuros de nuestra historia.

Ahora, Moreno -como director y co guionista- y Barril -como co guionista y productora- regresan creando un diálogo entre el presente y el pasado de Chile, a través de la figura de Manuel Guerrero Antequera quien a los 14 años se transformó en una figura política y símbolo de la resistencia a la dictadura al convertirse en un líder estudiantil y vocero de la oposición, luego de la muerte de su padre, uno de los profesionales asesinados en el llamado “Caso Degollados”.  Mezclando material de archivo con imágenes actuales, el documental acompaña a Manuel Guerrero a visitar aquellos lugares en donde estuvo exiliado en su niñez con su familia, y más adelante en la adolescencia, para conocer su historia y sus reflexiones sobre lo que fue y lo que es, y todo aquello que fue definiendo el rumbo actual de su vida.

La película muestra entrevistas en donde Manuel Guerrero de 6 años explica en húngaro lo que significa ser exiliado y las persecuciones de las que fue testigo, y luego a los 15 cuenta el momento en que se enteró del asesinato de su padre y describe con detalle el estado en que se encontró su cuerpo. Estos momentos permiten entender por qué el joven Manuel Guerrero estaba listo para transformarse en un soldado que resistiera con violencia la violencia ejercida sobre él y su familia, lo potente del documental es que el Manuel Guerrero de la actualidad explica cómo fue que eso no sucedió, y cuál fue el camino para transformarse en un hombre que, sin hacerle el quite al dolor y consciente de su historia, ha logrado hacer vida desde el amor.

Guerrero es un documental conmovedor porque permite al espectador ir más allá de los titulares y los discursos, nos regala la intimidad de una víctima que se negó a que sus victimarios definieran quien es y nos ayuda a reflexionar sobre todo lo que como nación nos falta hacer para sanarnos. Lo primero es mirarnos a los ojos, reconocer las heridas y recién ahí comenzar a construir.

Dar la vida por los hijos. Sebastian Acevedo.

Dar la vida por los hijos. Sebastian Acevedo.

 

Sebastián Acevedo

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo

de su carne y ardió por Chile entero en las gradas

de la catedral frente a la tropa sin

pestañear, sin llorar, encendido y

estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo

veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo

por nosotros con decisión de varón, estricto

y justiciero, pino y

adobe, alumbrando el vuelo

de los desaparecidos a todo lo

aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa

arder hasta enrojecer las cuatro puntas

de la plaza, sólo a los tilos por

su ánima veo llorar un

nitrógeno áspero pidiendo a gritos al

cielo el rehallazgo de un toqui

que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar

al muerto: curandero

de nuestras heridas desde Arauco

a hoy, casi inmóvil en

su letargo ronco y

sagrado como el rehue, acarrear

las mutilaciones del remolino

de arena y sangre con cadáveres al

fondo, vaticinar

la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que

nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o

no con aguarrás o sosa

cáustica, escobíllenla

con puntas de acero, líjenla

con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla

por todas las pantallas de

la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.

Gonzalo Rojas.7

Un padre desesperado

Estaba angustiado. Pedía que la CNI le devolviera a sus dos hijos, detenidos ilegalmente. Fue al Arzobispado de Concepción, recorrió comisarías y salas de prensa, conversó con autoridades civiles y militares. Pero a Sebastián Acevedo nadie lo ayudó. El 11 de noviembre de 1983 se instaló afuera de la Catedral penquista, se roció con bencina y se prendió. Moriría horas después. Su deceso conmovió al país e inspiró el décimo capítulo de Los archivos del cardenal. Hoy sus hijos recuerdan a Sebastián Acevedo con orgullo, convencidos de que el sacrificio de su padre les salvó la vida.

No pudo seguir durmiendo. El miércoles 9 de noviembre de 1983, María Candelaria Acevedo se despertó con los gritos de su madre.

Eran pasadas las siete de la mañana cuando más de treinta hombres entraron en su casa en la Villa Mora de Coronel, en la Octava Región. Todos estaban armados. La estudiante de veintiséis años no opuso resistencia. Era militante de las Juventudes Comunistas y desde 1973 cumplía labores clandestinas.

A esa hora, Sebastián Acevedo, su padre, esperaba un bus para dirigirse a su trabajo en la constructora Lago Ranco de Concepción. Hacía unos días le habían advertido que dos de sus cuatro hijos eran seguidos por la CNI. Cuando vio pasar los furgones a toda velocidad, volvió corriendo a su domicilio. Después de un forcejeo, los hombres le dijeron: «Nos llevamos a su hija porque es terrorista». Dos agentes de la CNI subieron a María Candelaria a una camioneta blanca, le vendaron los ojos y comenzaron a dar vueltas por Coronel.

Una hora y media después detuvieron a Galo Acevedo, otro hijo de Sebastián. Dos autos se estacionaron afuera de la constructora donde trabajaba, la misma de su padre. Lo subieron a un furgón y le pegaron con la culata de una pistola en los testículos. Después de esposarlo, lo tiraron al suelo. Al detenerse en una comisaría para buscar a otro detenido, Galo escuchó que lo mencionaban: «Tenemos el regalo».

Los hermanos Acevedo Sáez fueron llevados a un recinto militar ubicado frente al balneario de Playa Blanca, a tres kilómetros de Coronel. Al día siguiente, el jueves 10 de noviembre, el diario El Sur de Concepción informó en una escueta nota que varios miembros de una «red de militantes comunistas» habían sido detenidos en la zona, por efectivos policiales y de seguridad. Entre los nombres figuraban los hermanos Acevedo. No se informaba sobre cargos, tribunal responsable ni del lugar de detención al que habían sido trasladados.

Tres días frenéticos
Sebastián Acevedo siempre fue un padre protector. A María Candelaria la llamaba «Patita de Canario» y «Comandante Candelaria». Era militante del Partido Comunista y decía con orgullo que había pertenecido al Grupo de Amigos Personales de Salvador Allende (GAP). Tenía una colección de casi dos mil libros, que abarcaba desde medicina hasta el pensamiento de Marx. Le gustaba que sus hijos tuvieran una postura frente a la dictadura y sentía una especial aversión por la DC. «Creía que el centro no representaba nada», recuerda hoy Galo Acevedo.

A lo largo de la década de 1970, los cuatro hijos decidirían entrar a las Juventudes Comunistas, en distintos momentos. El jefe de familia siempre supo que militaban. «Nos decía que tuviéramos cuidado porque las dictaduras eran furiosas. Temía que en algún momento nos pasara algo. Sin embargo, siempre apoyó nuestras decisiones», afirma María Candelaria.

Cuando la CNI detuvo a sus dos hijos, Sebastián Acevedo hizo todo por encontrarlos. Visitó comisarías y mandó una carta al intendente regional, Eduardo Ibáñez. Durante tres días no comió ni durmió. Su alarma se acentuó al día siguiente de los arrestos, cuando El Sur de Concepción publicó que ambos hermanos habían sido detenidos por integrar una célula comunista que «habría participado en los actos terroristas efectuados en los últimos meses en la región».

Al día siguiente de esa noticia, cuarenta y ocho horas después de los arrestos, Sebastián Acevedo viajó con su esposa a Concepción. El matrimonio llegó hasta las oficinas del diario Crónica. «Soy el padre de dos jóvenes detenidos», se presentó ante un periodista. Enseguida preguntó: «Por qué le dan tan mal calificativo a mis hijos si ni siquiera está probado que sean comunistas, y menos aun están en un tribunal determinado…?».

Luego de pasar la mañana en la casa de unos parientes, se despidió de su mujer. Le dio un beso y se devolvió a abrazarla. Le dijo que la amaba.

Solo unos pocos podrían haber tenido nociones sobre su verdadero plan. «No puedo comprender por qué mantienen escondidos a mis hijos. Temo que los maten. Si no me los entregan (…) me crucificaré… Me quemaré vivo», confesó ese mismo día a un corresponsal del diario La Tercera y de la revista Hoy. El periodista, quien afirmaría después en una nota que en esos días tenía jornadas de «bastante tensión», no le creyó.

Torturas y vejaciones
Desde que comenzó la dictadura María Candelaria realizaba tareas de resistencia en Coronel. Al hablar para esta investigación, aclara que nunca tocó un arma y que se limitaba a realizar labores políticas. Su hermano Galo se unió a esas tareas en 1979. Formaba parte de la base Ricardo Fonseca y sus chapas eran Alberto, Nicolás y Ramón. «Nos juntábamos en las casas de seguridad, en mi casa o en las de otros compañeros. Como éramos católicos, también lo hacíamos en las iglesias», cuenta María Candelaria.

Días antes de la detención de ambos, varios militantes de la zona comenzaron a caer. Víctor Huerta, dirigente comunista de la Octava Región, fue uno de ellos. El 3 de noviembre de 1983 lo encontraron muerto, con más de diez impactos de bala. La versión oficial estableció que había caído en un «enfrentamiento» con agentes de seguridad. Los hermanos Acevedo lo conocían y sospechaban que podían estar siendo vigilados. «Un funcionario de la Intendencia de Concepción nos dijo que nos seguían. Durante cuatro días vi unos autos con vidrios polarizados estacionados en la esquina de mi casa», cuenta María Candelaria.

Galo está seguro de que su arresto se debió a una delación de gente conocida. Cree que un oficial del Ejército y vecino de su padre los delató.

En el centro de torturas Playa Blanca, en Coronel, los hermanos pudieron ver a varios militantes conocidos. A la hija de Sebastián Acevedo le pegaron en el estómago y en las caderas, y la obligaron a hacer un striptease. «Me pidieron que hiciera un show, similar al de un prostíbulo. Cuando me sacaba la ropa ellos cantaban. No quise bailar. Mientras iban pasando agentes de la CNI empezaban a tocar mis senos, genitales y nalgas. Uno por uno».

Desnuda, fue llevada a otra pieza donde le aplicaron corriente. Todas estas prácticas iban acompañadas por un interrogatorio. María siempre respondió lo mismo: «Soy militante de las Juventudes Comunistas y encargada de finanzas de mi base. Me conocen como Violeta, Fabiola y Ana». Nunca dijo que era la encargada orgánica del Comité Regional El Carbón, que abarcaba Lota y Coronel. Conocía toda la estructura de las bases regionales y de ella dependían alrededor de cincuenta personas.

Cuando Galo Acevedo llegó a Playa Blanca reconoció la tos de su hermana y entonces se dio cuenta de que María Candelaria también estaba detenida. Lo hicieron escuchar el llanto de una guagua y le advirtieron que tenían a su hijo de seis meses. Pero Galo no creyó en el engaño y siempre repitió lo mismo: «Soy de las Juventudes Comunistas y entré porque quería dejar la marihuana». Después de recibir golpes en sus oídos y rodillas, fue obligado a desnudarse. «Me amarraron un cordel en el pene y recibí cargas de corriente. Fueron dos sesiones de veinte minutos cada una».

Al segundo día siguieron las torturas. Le hundieron la cabeza en un tambor con agua durante dos minutos. «Mientras me hacían preguntas, me ahogaban. Perdí el conocimiento como dos veces. Creo que me hundieron en agua con excrementos porque tenía mal olor».

Sin que sus hijos pudieran saberlo, en esos momentos su padre realizaba desesperadas gestiones por dar con su paradero.

Durante los tres días que estuvieron detenidos en Playa Blanca, los hermanos Acevedo perdieron la noción del tiempo. María Candelaria recuerda que nunca pudo dormir. Las veinticuatro horas sonaba una radio mal sintonizada, se escuchaban los gritos de otros prisioneros y los agentes pasaban toda la noche jugando con un flipper. En las tardes los detenidos eran expuestos al sol; algunos quedaban insolados y con dolor de cabeza. «Ponían focos y manejaban el tiempo. También tiraban viento con unas máquinas. No nos dejaban ni agachar la cabeza», comenta Galo Acevedo.

Además de las torturas, eran obligados a ducharse. Todos debían secarse con la misma toalla y lavarse los dientes con el mismo cepillo. Les daban una comida diaria y a veces podían repetirse. «Me acuerdo de que nos dieron porotos y mi hermano pidió tres platos. Nos reímos y por eso nos pegaron», recuerda María Candelaria.

Mientras, en la prensa de la región se afirmaba que Galo preparaba un plan terrorista en Concepción y Coronel. Se le acusaba de usar bombas y armamentos. Según un comunicado de la Dirección Nacional de Comunicaciones Sociales (DINACOS) publicado por Crónica el 15 de noviembre, había participado en el robo de un camión que transportaba explosivos desde Calama a Lota. Hoy, ambos hermanos declaran que nunca formaron parte de grupos terroristas.

«Perdóname, señor»
Sebastián Acevedo estuvo tres días buscando a Galo y María Candelaria. El viernes 11 de noviembre, después de despedirse de su esposa, se dirigió al Arzobispado de Concepción. Sería su último intento. Cuando llegó a las oficinas estaban cerrando y le pidieron que volviera después de almuerzo. Desesperado, advirtió que se quemaría si no tenía noticias de sus hijos.

Luego, compró dos bidones con diez litros de bencina y parafina. También compró un encendedor. A las 15:30 volvió al Arzobispado y dejó un mensaje. Al salir, se volcó el primer bidón sobre el cuerpo. Mientras caminaba hacia la Plaza de Armas, gritaba exigiendo información sobre sus hijos. Lo siguió a distancia el sacerdote Juan Bautista Robles, secretario general del Arzobispado, pidiéndole que se tranquilizara. Pero Sebastián Acevedo estaba decidido. Sin parar de mencionar a sus hijos, se instaló en la entrada de la Catedral de Concepción. Ahí terminó de vaciarse el resto del combustible. Llamó la atención de los transeúntes y fueron varios los que trataron de impedir su acto. «Los alejó haciendo una raya con tiza blanca ante sí. Aseguró que solo podrían pasarla quienes tuvieran noticias de sus hijos. Con el encendedor apretado en su mano derecha, prometió quemarse si se acercaba cualquier otra persona», se narra en El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, del escritor Hernán Vidal.

Sin embargo, un carabinero intentó cruzar la línea y entonces Acevedo cumplió su palabra y accionó el encendedor. Completamente en llamas, bajó las escaleras de la Catedral y cruzó hacia la Plaza de Armas. Quería llegar hasta la Intendencia, pero cayó antes. Algunos transeúntes gritaban. Unos taxistas corrieron a ayudarlo con los extintores de sus autos y un joven le tiró su chaqueta. Había personas que lloraban, mientras otras estaban paralizadas. Alguien pidió una ambulancia pero esta nunca llegó. Cuando los taxistas lograron apagar las llamas, su cuerpo estaba negro. Nunca dejó de gritar por sus hijos.

Avisado por el personal de la arquidiócesis, el sacerdote y periodista Enrique Moreno fue a darle la extremaunción. Llevó su grabadora y capturó las palabras de Acevedo: «Quiero que la CNI devuelva a mis hijos… Señor, perdónalos a ellos y también perdóname por este sacrificio». Con un 95 % del cuerpo quemado, fue llevado de urgencia al Hospital Regional en un furgón de Carabineros.

«Un amor de padre»
Ese mismo 12 de noviembre, en la tarde, María Candelaria fue liberada por la CNI. En un auto la llevaron a su casa. «Estaba feliz, pero cuando llegué mis hermanas me dijeron que mi papá se había quemado». Sin pensarlo, corrió a tomar el primer bus hacia Concepción. Finalmente se fue en taxi con el cura de su parroquia.

Cuando llegó al Hospital Regional habló por citófono con su padre. En un principio, Sebastián Acevedo no creía que fuese ella. La joven tuvo que decirle que estaba hablando con la «Comandante Candelaria», con la «Patita de Canario». «Me dijo que criara derechito a mis hijos. Que lo perdonara, que no lo quería hacer, pero que debía cumplir su palabra de hombre. Me pidió que liberara a mi hermano. Siempre estuvo lúcido».

Siete horas después murió.

Galo no tuvo la misma suerte de su hermana. Ese día fue llevado a la Cárcel Pública de Concepción, donde estuvo dos años detenido. Lo culparon de formar grupos paramilitares, y de tenencia y porte de armas y explosivos. Al día siguiente en la Fiscalía, el sacerdote Enrique Moreno le informó de lo ocurrido con su papá. «Nunca pensé que fuese capaz de eso, y que un amor de padre llegara tan lejos. Si no fuera por él, yo estaría muerto», dice, convencido de que el revuelo mediático que produjo el sacrificio de su papá persuadió a la CNI de no matarlo.

A los funerales en Coronel llegaron quince mil personas. La cantidad de asistentes hizo que muchos no pudieran entrar en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús. Galo no pudo ir al entierro y se quedó para siempre con ese dolor, el más grande de su vida. «Me cuesta creer que mi papá murió», confiesa hoy.

A partir de ese momento, Sebastián Acevedo se convirtió en uno de los iconos de la lucha pacífica contra la dictadura. En la misa, Alejandro Goic, obispo auxiliar de Concepción, calificó su acto como un gesto heroico de amor.

María Candelaria volvió a ser detenida y estuvo un año en prisión, imputada por los mismos cargos que su hermano. Ella asevera que jamás pudo asimilar el impacto que causó en la opinión pública la muerte de su padre. Su caso trascendió y en su honor se creó el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, integrado por sacerdotes, religiosas y cristianos de base cercanos a la teología de la liberación, quienes protestaban con métodos no violentos contra la práctica sistemática de la tortura. Liderado por el religioso jesuita José Aldunate, el movimiento realizó manifestaciones públicas y asambleas en favor de la integridad de los detenidos por los aparatos represivos.

Cuando quedaron en libertad, ambos hermanos siguieron luchando contra la dictadura, tal como su papá les inculcó. Galo se trasladaría a Santiago para movilizarse con estudiantes de la USACH y María seguiría en labores clandestinas en Coronel. La esposa de Sebastián Acevedo, Elena Sáez, nunca pudo superar la pérdida. «Aprendió a vivir con la pena», confiesa Galo.


GALERÍA DE PRENSA

La transición de Salvador Allende

La transición de Salvador Allende

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Salvador Allende Silva | Foto: Mario Telles

Salvador Allende Silva (32) ha vivido tres décadas con un nombre que no deja indiferente a nadie. A 30 años del plebiscito, relata a partir de su propia experiencia cómo ha variado la percepción de su figura, y su nombre, con el paso del tiempo.


Desde lejos, Salvador Allende mira con atención a un grupo de hombres vestidos de uniforme que aguardan la orden para entrar a La Moneda. Se toma unos minutos para entender la situación ante los gritos de la gente que se encuentra a su alrededor. A través de sus lentes, observa que el perímetro está acordonado por lo que entiende, de inmediato, que estos hombres son los únicos que tienen autorización para ingresar. Nunca imaginó encontrarse con esta escena, pero ya no le queda más que esperar a que los uniformados terminen la tarea para la que fueron convocados.

La tarea: resguardar al Presidente Sebastián Piñera durante la presentación de los nuevos buses del Transantiago en la Plaza de la Constitución.

Es un día soleado de octubre y Salvador Allende Silva (32) opta por caminar rumbo a Morandé 80 -descartando su idea inicial de recorrer el Palacio- mientras carga una foto del ex Presidente socialista en la mano izquierda. Un cuadro que intenta colgar entre los enormes barrotes negro de un ventanal cerrado que está ubicado a un costado de la icónica puerta donde hace 45 años salió el cuerpo de un Mandatario que tenía su mismo nombre.

La carabinera que resguarda esta entrada lo observa con curiosidad y se acerca a hacerle unas preguntas.

-¡Recuerdo las primeras veces que los carabineros me pidieron el carné! ¡Las caritas que ponían!- dice mientras esboza una sonrisa.

Durante sus poco más de tres décadas, este periodista de profesión no ha tenido más alternativa que enfrentar a las distintas reacciones que provoca su nombre tanto en familiares, amigos, compañeros de colegio y universidad, y conocidos varios que se han cruzado con él en algún momento de su vida. Dice que esto le ha permitido ser un protagonista de la evolución que ha tenido la figura de Salvador Allende Gossens durante la transición.

-En los 90, recuerdo que el impacto de los adultos era más bien privado o serio, mientras en todo el mundo se inauguraban calles y plazas en su honor. Pero había gente que me felicitaba y me llamaban “Chicho” en modo de cariño- relata.

Bajo su ojo de espectador privilegiado asegura que los chilenos “pasaron del miedo al silencio, y luego vino un boom generalizado respecto a la figura de Allende y posteriormente un romanticismo mercantalizado de su imagen con el que se ha quedado pegada la gente, lamenta, porque asegura esperaría que fuera recordado “por su propuesta humana y política”.

Salvador explica, además, que no se llama así por casualidad. Esto le permitió entender desde pequeño por qué compartía el mismo nombre de un Presidente que sigue provocando reacciones y sentimientos tan distintos en las personas a 45 años de su muerte. Dice que su padre – que trabajó activamente durante la Unidad Popular- se la jugó poniéndole así en un año “bien duro”: 1986, que “coincide con la muerte de Rodrigo Rojas de Negri”, cuenta. “Un personaje histórico de esta envergadura tiene y tendrá siempre detractores, pero creo que es incuestionable la calidad humana que tenía el Presidente Allende y la nobleza de sus actos con los que se ganó un lugar en la historia y en el corazón del Pueblo de Chile”, reflexiona sobre la persona que inspiró su identidad.

Sin embargo, deja claro que si tuviera un hijo no lo llamaría Salvador: “No me gustan las dinastías en absoluto, sean de donde sean”, dice.

Y se detiene, para agregar una precisión:

-Pero, claramente, no le pondré ni Adolfo, ni Benito, ni Augusto, ni Toribio.

Carta a mi papá facho: En búsqueda de la memoria histórica

Carta a mi papá facho: En búsqueda de la memoria histórica

Carta a mi papá facho: En búsqueda de la memoria histórica

Por Loreto Montero.


Tenía once años la primera vez que discutí con alguien de política. Fue con una compañera de colegio: ella defendía a Ricardo Lagos y yo a Joaquín Lavín. Claramente, ninguna tenía argumentos decentes para sostener su posición. Yo, por lo menos, me limitaba a repetir el discurso que escuchaba en mi casa: Lavín era bueno y Lagos, malo. Pasaba lo mismo con las teleseries. En lugar de los recuerdos que buena parte de mi generación tiene de la Olguita Marina o Juan Burro, yo tengo puros referentes charchas, como el Luciano Cruz-Coke actuando de sí mismo en Amor a Domicilio. En mi casa se veía casi siempre el Canal 13 porque mi papá decía que TVN era comunista. Yo no tenía idea lo que eso significada, ni me importaba. Crecí teniéndole mala a la Gladys Marín porque sí o, más bien, porque apenas aparecía en la tele mi papá la cambiaba diciendo “esta vieja fea, ma lo que wevea”.

Llegué a la universidad pensando que Pinochet era solo un caballero importante, como esos que una escucha nombrar en la historia lejana, tipo Mateo de Toro- Zambrano. Antes de eso, nunca había escuchado el término “Golpe de Estado”, ni mucho menos “dictadura”. La realidad de los detenidos desaparecidos, los prisioneros políticos y sus familias, era totalmente invisible para mí. Incluso, cuando empecé a escuchar sobre el rol que jugaron los medios de comunicación en el periodo, seguía percibiéndolo como mera información: datos duros que había que memorizar para sacarse buena nota en la prueba. Eso, hasta que me tocó leer los informes Rettig y Valech y enfrentarme a una gama más amplia de libros de historia que los Santillana del colegio.

Gracias a unas hojas mal fotocopiadas me enteré que el viejito que tanto admiraba mi papá era odiado por gente no sólo en Chile, sino alrededor de todo el mundo; que él y otros seres nefastos habían detentado el poder del país por casi dos décadas, y que a pesar de contar con el apoyo de todas las fuerzas armadas y policiales del país, además del respaldo de una de las mayores potencias del mundo, Estados Unidos; habían torturado, aprisionado y ejecutado a más de 40 mil civiles por considerarlos una “amenaza contra la nación”.

Llegué a pelear ese día a la casa, y casi todos los que le siguieron. La rutina iba más o menos así: yo le gritaba a mi papá que en los cuarteles de tortura violaban a chicas como yo con perros, que introducían ratones por sus vaginas, y que eso había sido solo una pequeña parte de un gran sistema de violencia y deshumanización orquestado por su ídolo. Durante años su única respuesta fue decir que todo eso era mentira, que obviamente todos los informes y todos los libros de periodismo e historia que hablan sobre eso fueron escritos por gente de izquierda, y que los derechos humanos eran una invención de los comunistas. Después de años de incómodas sobremesas, sin embargo, he tenido un pequeño triunfo: he logrado que mi papá acepte, a lo menos en dos ocasiones, que su tatita mató gente y que “quizás, se le pasó un poco la mano”. Pero a la par de esa concesión viene siempre e inmediatamente la justificación: “es que eran ellos o nosotros; Rusia y Cuba tenían a los comunistas armados hasta los dientes; las filas en la UP eran gigantes, y gracias a Pinochet yo pude comprar la casa en donde viviste.”

He sentido rabia tantas veces hacia ti, papá. He sentido rabia porque ya no sé cómo explicarte que si la contienda no hubiera sido tan desigual habríamos tenido una guerra civil en vez de una dictadura; que tú tampoco fuiste libre durante ese tiempo porque los medios te ocultaron información y mucha de la que te mostraron era falsa; que sin saberlo apoyaste la transformación de tu país en el conejillo de indias de un experimento socioeconómico que nos tiene hasta hoy lamentando la privatización de todo lo que nos es más preciado: nuestra salud, nuestra educación, el agua que tomamos. He perdido la esperanza de hacerte entender la complejidad de factores que se ponen en juego al momento de analizar los efectos de la dictadura en nuestra realidad diaria. La he perdido principalmente porque yo solo he logrado comprenderlo vagamente tras años de estudio que tú nos has tenido ni vas a tener. Pero después de todas nuestras discusiones, papá, después de todas las veces que me fui a llorar a mi pieza de pura frustración por constatar que tú nunca ibas a ceder, debo decirte que siento menos rabia. Ese sentimiento ha ido en retirada y ha dejado espacio para una pena profunda, una pena que se vuelve cada vez más abismante, cuando te escucho decir en tono burlón que “ya salieron de nuevo con la weaita de la justicia, el perdón y el olvido”, que no entiendes “para qué le siguen dando con eso, si ya pasó” y que “por qué no se aburren de una vez”.

Últimamente he estado estudiando cómo opera la memoria colectiva, papá. Paradójicamente algo que te enorgullece tanto de mí que es mi trabajo, es lo que me impide dejar de cuestionarte. No sé si te has dado cuenta, pero recordar es algo fundamental en la vida de cualquier persona: no solo nos permite aprender cosas básicas que sería una paja aprender de nuevo todos los días, como sostener un tenedor o subir una escalera. También nos permite despertar cada mañana sabiendo quiénes somos, a quienes amamos y cómo llegamos a amarlos. La memoria individual es lo que nos permite conservar el sentido de continuidad en nuestra identidad, es decir, contarnos a nosotros mismos y al resto, el relato de quiénes somos. La memoria colectiva, por su parte, no es solo la suma de esas memorias individuales, sino el relato público que le da sentido a nuestra relación con esos otros que nos rodean, que existieron antes y existirán después que nosotros. O sea, que sin esa conexión estaríamos totalmente perdidos en el mundo y en nuestras propias mentes.

Por eso es que cuando te escucho hablar desde tu soberbia, desde esa parte de ti que simplemente no quiere aceptar que puede estar equivocada, me da tanta pena. Porque esa soberbia invalida las cosas buenas que, a pesar de todo, lograste transmitirme; esa soberbia te vuelve indiferente al sufrimiento humano, te hace negar el dolor de esos otros que son parte de nuestra memoria compartida y a los que se les ha prohibido el derecho al relato. ¿Te imaginas, papá, recorriendo desiertos junto a mi mami con la esperanza de encontrar un pedacito de hueso mío o de mis hermanos? ¿Te imaginas insistiendo año tras año, primero con rabia y después con nada más que pena y cansancio, para que algún militar se apiade de ti y te diga finalmente si vas a poder encontrar dos centímetros de mi fémur en algún lugar, o tendrás que resignarte a imaginar mis restos depositados en el fondo marino? ¿Te imaginas, papá, contando incansablemente todos los años que no has estado conmigo, los sueños que no me viste cumplir, los nietos que no pudiste abrazar?

Es cierto que yo no viví en dictadura, papá, que esto es un ejercicio de ficción; que tuve la suerte de no lamentar el asesinato y la desaparición forzada de ningún ser querido. Yo nací cuando la dictadura se estaba acabando, pero la memoria colectiva tiene, a la vez, esa gracia y desgracia de ir pasándote la posta, lo quieras o no, y yo necesito saber de las generaciones pasadas para entenderme y entender el mundo al que llegué. Necesito saber qué pasó antes de mí para entender el presente e imaginar futuros posibles. Yo necesito que tú dejes de negar el sufrimiento de todas esas vidas mutiladas, papá, porque sin ellas, yo y muchos otros no logramos entender bien al mundo al que nos trajeron. Porque sin esas vidas, una parte del relato que soy yo misma, queda en negro, papá, y yo ya no sé qué hacer con tanta oscuridad.


Loreto Montero

Salir del gueto.A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

DestacadoSalir del gueto.A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

Salir del gueto.

Adriana Goñi Godoy

22 de julio de 2018

 Ayer, en el homenaje a los 119 compañeros desaparecidos, Lucía Sepúlveda planteó lo siguiente: instalar en el presente de las luchas feministas a las 19 mujeres caídas en esta operación. Ellas fueron militantes sociales que son raíz de las muchas luchas históricas de las mujeres, continuando una lucha ininterrumpida de distintos sectores de mujeres que hoy confluyen en el movimiento feminista que ha remecido el país. No podemos suscribir esta lucha a los sectores universitarios sin ligarlo a la permanente lucha de otros sectores de mujeres- trabajadoras domésticas, temporeras, funcionarias, campesinas, originarias, diversidad sexual, pobladoras, defensoras de los derechos humanos, sindicalistas, artistas, mujeres exiliadas, militantes… .

La memoria nuestra está en un gueto formado por los familiares, sobrevivientes, compañeros. Nuestro deber es des encapsularla y traspasarla al conjunto de la sociedad, que fue afectada transversalmente por las violaciones a los derechos humanos. Las secuelas de la dictadura y la post dictadura afectan hasta el presente a los diversos sectores que componen el tejido social. El sistema implantado a partir del Golpe de Estado y mantenido en la transición es estructuralmente violador de los derechos sociales, culturales y económicos del conjunto de la sociedad. No es posible invisibilizar este hecho si defendemos los derechos humanos. Nuestros compañeros fueron luchadores sociales y dieron su vida por construir una sociedad más justa. En la Operación Colombo, asesinaron a 19 mujeres jóvenes que militaban en distintos sectores apoyando, construyendo, creando espacios de participación y lucha y 100 compañeros que abrazaron igualmente la causa de los pobres del campo y la ciudad. La sociedad del presente debe conocer sus luchas e integrarlas a las luchas del presente. —

Esta lucha es transversal y tenemos la capacidad de darla en todos los espacios, utilizando todas las armas que hoy tenemos. .

A 43 años del montaje: Las 19 mujeres víctimas de la Operación Colombo

“Exterminados como ratones”, tituló el 24 de julio de 1975 el diario La Segunda. Aquí la historia de las 19 mujeres detrás de ese montaje, las 19 desaparecidas de la Operación Colombo.

Por Lucía Sepúlveda Ruiz / 24.07.2018

Agentes del Estado ejercieron violencia sexual política extrema sobre diecinueve prisioneras políticas detenidas en la Operación Colombo. Resistieron hasta su ignoto final estas mujeres de los años 70, libres, solidarias, que vivían el amor y la militancia política a fondo. 

Colombo fue -lo sabemos ahora- un mensaje colonizador en clave de género, un espejo del terror, dirigido también a las mujeres de esos tiempos. Porque estas mujeres eran autónomas, comprometidas con su tiempo, insurrectas, valerosas, alegres y se sentían dueñas de su destino.

La más joven de ellas, María Isabel, tenía 19 años y las dos mayores, 34 a la fecha de su detención. Trece de ellas tenían menos de 25 años y el resto, no llegaba a los 30. Sus nombres, junto a los de otros 100 varones detenidos, figuraron en listas publicadas por La Segunda y por medios de Brasil y Argentina, afirmando que 119 chilenos y chilenas habían sido exterminados “como ratones” por sus propios compañeros de lucha (titular del vespertino La Segunda del 24 de julio de 1975).

La mayoría de las detenidas en este episodio represivo era de Santiago, pero algunas venían de Isla de Maipo, Chillán o Temuco, y eran estudiantes universitarias, obreras, o funcionarias públicas. Militaban en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) dieciocho de ellas, y una pertenecía a las Juventudes Comunistas. Había una compañera embarazada, y cuatro eran madres de niños muy pequeños.

Desaparecieron entre 1974 y 1975, en la Operación Colombo, un montaje mediático con que la DINA buscó paralizar a quienes luchaban contra la dictadura, teniendo como blanco preferente al MIR. Antes de arrojarlas al mar, a un volcán o a una fosa sin nombre, los agentes represivos ejercieron en todas ellas violencia sexual y tortura en las más atroces formas imaginables, incluyendo el uso de inyecciones de pentotal para quebrantarlas, de animales amaestrados para vejarlas, y violándolas frente a sus parejas y seres queridos. Las sobrevivientes, sus hermanas, han testimoniado en tribunales en detalle, la violencia sexual que presenciaron y vivieron. Ni a las desaparecidas ni a sus compañeras –organizadas como “Mujeres Sobrevivientes Siempre Resistentes” –  lograron someter los criminales. Las prisioneras, privadas de todo contacto con el exterior,  se apoyaban, cuidaban  sus heridas, lloraban, cantaban, tejían pulseras con astillas, se contaban historias,  recetas y poemas; intercambiaban ropas, ideaban códigos secretos para protegerse cuando las separaban, y seguían resistiendo.

Once fallos

En el caso de Jacqueline Binfa, el fallo a firme exculpó en 2009 a todos los agentes de la DINA, estableciendo la prescripción total del delito de secuestro. Este año 2018, la Corte Suprema sólo dictó dos fallos definitivos en el caso de las compañeras, con lo que se elevó a once la cifra de fallos emitidos por esa corte por las 19 desapariciones ya citadas de la lista de los 119, ocurridas hace 43 años.

Las tardías penas de los últimos años varían entre los 6 y los diez años para los perpetradores, casi siempre los miembros que quedan vivos de la plana mayor de la DINA encabezada por el ex generalManuel Contreras, en línea directa con Pinochet, y secundada por la brigada Halcón, cuya presa de caza eran los miembros del MIR. Al mando de Halcón estaba el ex brigadier de Ejército Miguel Krassnoff  Marchenko, uno de los que ahora espera cumplir sus múltiples condenas en la comodidad de su hogar. También han sido condenados el ex brigadier Pedro Espinoza (segundo al mando de la DINA y jefe en Villa Grimaldi); el ex general Raúl Iturriaga (subjefe de la DINA y responsable del departamento exterior que armó la Operación Colombo en Argentina, Brasil y otros países), el ex oficial de carabineros Ciro Torré (jefe del recinto Ollagüe de José Domingo Cañas); Francisco Ferrer (Comandante de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y miembro de la Brigada Caupolicán); Orlando Manzo, ex oficial de gendarmería (jefe de Cuatro Alamos). También hubo condenas para el ex general de Ejército César Manríquez (jefe de la Brigada de Inteligencia Metropolitana y luego de Villa Grimaldi), para Nelson Paz (suboficial de ejército  y agente DINA), Manuel Carevic, ex coronel de Ejército (miembro de la DINA), Risieri del Prado Altez, ex detective, (DINA) y Hugo Hernández, ex detective de la Venda Sexy, entre otros.

En algunos casos como el de María Angélica Andreoli, sólo fue condenada la cúpula de la DINA y los agentes ejecutores de las torturas y violaciones resultaron absueltos.

Siete de los 19 casos de las mujeres detenidas en la Operación Colom​b​o aún están en la Corte de Apelaciones o son de primera instancia. Y hay un caso, el de Violeta López en que ni siquiera hay procesados. En los once casos que la sentencia ha castigado en distinto grado a los criminales, lo ha hecho por secuestro. Sin embargo, la violencia sexual como forma específica de tortura, ha sido ignorada en los fallos. El Colectivo 119 de Familiares y Compañeros de los desaparecidos y desaparecidas en ese episodio represivo, junto a los abogados y otros colectivos de derechos humanos, ha luchado incesantemente por la justicia y la memoria. Por otra parte, una querella interpuesta en 2014 por mujeres sobrevivientes, se enfoca en el delito específico de violencia sexual política cometida en su contra, así como los efectos en las víctimas.

Ninguno de los condenados ha entregado  información que permitiera encontrar los restos de las detenidas. Todos los perpetradores conservan su grado militar, su pensión y granjerías como miembro de las Fuerzas Armadas, muy superior a las ínfimas jubilaciones que perciben los ciudadanos chilenos. El ejército pagó los gastos de su defensa legal, que por décadas logró prolongar los juicios y en varios casos ha significado la impunidad biológica, por muerte de los inculpados.

En total,  respecto de la lista de los 119 desaparecidos, la Corte Suprema ha dictado 56 sentencias a firme, de las cuales 45 fallos (cinco dictados en 2017/2018) corresponden a los varones desaparecidos en la Operación Colombo. Es decir, en menos de la mitad de los varones desaparecidos ha habido justicia. Uno de esos fallos (en 2016), en el proceso por el secuestro de Rodolfo Marchant, absolvió por muerte a Augusto Pinochet –que solo llegó a estar procesado por ese y otros casos- y también al ex mayor Marcelo Moren Brito (jefe de Grimaldi en un período) y a Manuel Contreras, el criminal director de la CNI, los tres únicos reos en la causa.

Para la ola feminista

Aquí presentamos finalmente, en orden alfabético, un breve fragmento de esas 19 vidas de mujeres chilenas –una de ellas de origen mapuche- que los torturadores segaron y quisieron borrar. Sus biografías están algo más desarrolladas en “119 de nosotros” (Lucía Sepúlveda, LOM, 2005), sin embargo es relevante traerlas ahora de vuelta al corazón y a la memoria, para entregarlas con amor a las nuevas generaciones de jóvenes luchadoras sociales y feministas.

1. María Inés Alvarado Borgel
Tenía 21 años cuando la detuvieron, el 17 de julio de 1974. Era secretaria y había estudiado en el Liceo Manuel de Salas. Militaba en el MIR. Antes del golpe, formaba parte de equipos que trabajaban con las pobladoras de la Nueva La Habana, una toma de terrenos, para tocar temas como violencia familiar, y hacer educación política. En dictadura, cumplió una de las tareas de mayor riesgo, invisibilidad y responsabilidad: ser enlace de su pareja, Martín Elgueta. Él era dirigente medio del MIR y se contactaba con Hernán Aguiló, otro dirigente. Martín fue detenido 2 días antes. María Inés fue torturada para que revelara el paradero de Aguiló. Los agentes la llevaron a casa de sus padres y montaron allí una ratonera esperando que llegaran otros resistentes. Su madre vio las huellas de la tortura y las marcas de las quemaduras y torturas sexuales en su hija. Sin la fortaleza y coraje de compañeras como María Inés, la resistencia no habría sido posible.

2. María Angélica Andreoli Bravo
Fue detenida en su casa de calle Bilbao, el 6 de agosto de 1974. Tenía 27 años y era del MIR. Antes del golpe estudiaba en la Universidad de Talca. Iba a ser nutricionista. Pero tras el golpe militar interrumpió sus estudios y entró a trabajar de secretaria en Sigdo Coppers. Trabajaba en el equipo de apoyo a la Comisión Política del MIR, y a Miguel Enríquez, su secretario general. Fue entregada por una delatora, Marcia Merino. Los agentes la llevaron al centro clandestino de detención ubicado en Londres 38, donde otras prisioneras escucharon su voz por varios días, resistiendo.

3. Jacqueline Binfa Contreras
Militante del MIR fue detenida el 27 de agosto de 1974, cuando tenía 28 años. En la calle la entregó Marcia Merino, la Flaca Alejandra. Había cursado la secundaria en el Colegio San Gabriel, donde era una adolescente rebelde, muy crítica de su medio social. Como era de ideas de avanzada, discutía con su mamá, que era viuda y trabajaba en el Hospital Militar. Estudió Trabajo Social en la Universidad de Chile. Sus compañeros de la U la recuerdan como una estudiante comprometida y totalmente entregada a sus actividades en el frente poblacional, en San Bernardo.  Fue torturada en los centros clandestinos de detención de Villa Grimaldi, José Domingo Cañas y Cuatro Álamos. Pero no hay un solo detenido por su secuestro, violencia sexual y desaparición. La Corte Suprema determinó en 2009 que todos los delitos estaban prescritos.

4. Carmen Bueno Cifuentes
Actriz de cine, tenía 24 años cuando la detuvieron el 29 de noviembre de 1974. Había estudiado en el Liceo 1 de Santiago, y vivió en el barrio República. Era la tercera de cinco hermanos. Su hermana la describe como una mujer que fue libre en el amor, y en sus relaciones, sin convencionalismos, tabúes sexuales ni dobleces. Una amiga cuenta que era “cabezona, medio existencialista y leía libros sobre la mujer”. Carmen había actuado en “La Tierra Prometida”, del director Miguel Littin. Ella y su pareja, el camarógrafo Jorge Müller fueron obligados a subir a una camioneta y llevados a Villa Grimaldi. Ambos militaban en el MIR y participaban del Frente de Trabajadores Revolucionarios de Cine. Se enamoraron locamente mientras se filmaba la película “A la Sombra del Sol”, de Silvio Caiozzi, donde Carmen fue la productora. La pareja fue torturada en Villa Grimaldi y en Cuatro Álamos. Se apoyaban gritándose su amor mientras permanecían detenidos.

5. María Teresa Bustillos Cereceda
Militante del MIR, tenía 24 años cuando la detuvieron el 9 de diciembre de 1974. Faltaban sólo unos días para la fecha en que debía rendir su último examen para recibirse en Trabajo Social en la Universidad de Chile. Durante el gobierno de Salvador Allende, participó del Tren de la Salud, organizando la atención de los pacientes de lugares apartados del país que requerían atención médica. Hasta hoy la recuerdan otros participantes de esa experiencia, porque “ su cabellera cobriza le confería un aura de luz” y por la impecable organización allí desplegada por ella. Era dirigenta, pero también enlace de Hernán González, quien detenido previamente, entregó el local donde ella revelaba fotos, copiaba microfilmes y estudiaba mapas de la ciudad para fijar los puntos de contacto que les permitirían comunicarse con miembros de la organización. Fue llevada a Villa Grimaldi, torturada y vejada para luego desaparecer definitivamente.

6. Sonia Bustos Reyes
Militante del MIR y cajera en el Servicio de Investigaciones (la actual PDI), tenía 30 años cuando fue detenida en su casa del barrio Brasil, el 5 de septiembre de 1974. Su padre, que falleció tempranamente, estuvo preso en Pisagua en tiempos de González Videla. Estudió en el Instituto Superior de Comercio. La familia recuerda que en sus trabajos anteriores en un hotel y una inmobiliaria, no aceptaba ningún abuso de los patrones, y siempre luchó por dignificar la vida del pueblo. Su hermana Rosa, detenida junto a ella al igual que su novio Carlos, sobrevivió, y cuenta que Sonia era coqueta desde chica, y le gustaba arreglarse y diseñar su propia ropa. También escribía poemas y pintaba. Por su trabajo, ella recibía información sobre gente que la DINA buscaba, y lo hacía  llegar a la Resistencia para que se protegieran. Sonia trabajaba políticamente junto a un detective, Teobaldo Tello y a una funcionaria, Mónica Llanca. Todos están desaparecidos.

7. Cecilia Castro Salvadores
Tenía 24 años, una hijita de dos, Valentina, y un marido, Juan Carlos Rodríguez, cuando a ambos los detuvieron en su departamento el 17 de noviembre de 1974. Ella estaba en cuarto año de Derecho de la U, había sido seleccionada chilena en voleibol  y campeona nacional  en el liceo 1, donde estudió. En su familia había un historial de mujeres luchadoras. Su abuela paterna fue una de la primeras  sufragistas  y la primera mujer que firmó las filas del partido Radical. Cecilia militaba en el MIR donde hizo activismo participando en las tomas de fundo en Linares con el Movimiento Campesino Revolucionario, y haciendo alfabetización a las mujeres campesinas del lugar. Su grupo, tras ser desalojada la toma, fue a parar  a la cárcel de Parral  y liberado gracias a gestiones del Presidente Allende. Cecilia se casó  muy poco después de ese episodio con Juan Carlos, también mirista, en febrero de1972. La pareja fue torturada en José Domingo Cañas y luego Cecilia fue llevada a VillaGrimaldi. Una sobreviviente relata acerca  de  su dignidad en ese lugar.

8. Muriel Dockendorff Navarrete
Tenía 23 años cuando la detuvieron, el 6 de agosto del 74. Era mirista, y al igual que su marido, había sido dirigente estudiantil en la escuela de Economía de la U de Concepción, aunque venía de Temuco. En los años previos había participado en trabajos voluntarios en comunidades mapuche, alfabetizando y conversando sobre el derecho a organizarse y recuperar la tierra usurpada. Sus amigas de la época de universidad la recuerdan como una militante rigurosa, pero también saben de sus poemas y su cercanía al arte. A Muriel le gustaba bordar y daba toques muy personales a la casa en que vivía en Laguna Redonda, en Concepción. En prisión, cantaba canciones de amor y quería saber de Juan su marido, preso como ella. La entregó Marcia Merino. Como María Angélica Andreoli, pertenecía al  equipo de apoyo a la Comisión Política del MIR y a su secretario general, Miguel Enríquez. Gloria Laso, sobreviviente, cuenta que Muriel soñaba con reencontrarse con Juan cuando la pesadilla acabara, e irse a vivir al sur, donde “viviría en una casita de madera en medio de un bosque de mañíos y araucarias, y le pondría a sus niños nombres de héroes y de quienes habían caído luchando en pos de sus sueños”.

9. Jacqueline Drouilly Yurich
Tenía 24 años y un embarazo de 4 meses, cuando fue detenida en Santiago el 30 de octubre de 1974. Pocas horas después, en otro  lugar cayó detenido su marido, Marcelo Salinas. Miguel Enríquez ya había caído en combate el 5 de octubre, y ahora la DINA seguía buscando a su sucesor en la dirección del MIR, Andrés Pascal Allende. La pareja de militantes del MIR se había casado en agosto y luego de la fiesta con la familia y amigos, Jacqueline bromeaba mostrando las sábanas color púrpura, “de obispo”, conguardas blancas que había cosido cuando comenzó a vivir con Marcelo.

Ellos formaban parte de los equipos que realizaban tareas al interior de la estructura de Informaciones, directamente ligada a la dirección del MIR. Jacqueline era la mayor de cuatro hermanas y vivió su niñez y adolescencia en Temuco.  Estudió Trabajo Social, en la U de Chile. Pero como también tenía inclinaciones artísticas estudió dos años de Teatro en Santiago, cuando se trasladaron allí. Después del golpe, sus padres le ofrecieron apoyarla para irse a Europa. Pero ella y Marcelo rehusaron, argumentando que los  pobladores y los trabajadores no podían irse, y “vamos a aguantar” como ellos. Sabían los riesgos, pero también sabían que su partido y el pueblo los necesitaban. En prisión, en Cuatro Alamos, Jacqueline  se las arreglaba para comunicarse con Marcelo usando un espejo, y alegraba a sus compañeras contando historias y chistes.

10. María Teresa Eltit Contreras
Tenía 22 años y estudiaba secretariado. Militaba en el MIR. Fue detenida el 12 de diciembre de 1974, pocos días después de la detención y muerte en tortura de José Bordaz, jefe militar del MIR, con quien trabajaba como su enlace. Su militancia venía desde los tiempos en que era estudiante secundaria  y pertenecía a la FESES, Federación de Estudiantes Secundarios. En prisión se reencontró con una compañera de esa época, sobreviviente, que la  describe como  “impulsiva, enamorada y muy comprometida”  con los objetivos de su partido. Otra amiga la recuerda haciendo trabajo político en los campamentos “Patria o Muerte “y “Venceremos” de la comuna de  La Granja, surgidos de tomas de terreno. María Teresa fue torturada en la parrilla muchas veces, sin embargo otras presas recuerdan que era quien recibía y consolaba a quienes pasaban luego por ese mismo trance. Ante las otras compañeras manifestaba también su dolor por el desamparo en que había quedado su madre que era viuda y trabajadora del área de la salud.

11. María Elena González Inostroza
Tenía 22 años cuando fue detenida en Santiago, el 15 d agosto de 1974. Era mirista y hasta el golpe había sido Directora de la escuela N° 18 del fundo El Calabozo, de Chillán. Hija de campesinos, había sido la mejor  alumna de su carrera, titulada con distinción como profesora de educación básica en la U de Chile de Chillán. La persecución en esa región fue intensa. La casa de sus padres fue allanada 17 veces. Ella y su hermano Galo se trasladaron a Santiago y fueron detenidos en su departamento junto a otros tres compañeros y el hijo de 5 meses de una de ellas. Del extraordinario temple de María Elena en los campos de concentración testimonia una sobreviviente: “Sabía de cocina chilena y de empanadas. Todo lo medía en platos hondos. Me dijo impertérrita que la estuvieron torturando 36 horas en la parrilla”. Era capaz de reírse de todo, con un humor  negro a prueba de las circunstancias.

12. María Isabel Joui Petersen
Marisa, de 19 años, estudiaba economía en la Universidad de Chile. Fue detenida el 20 de diciembre de 1974. Era la única mujer de un hogar tradicional, en que sus dos hermanos y su padre eran uniformados. Ella llegó al compromiso político desde la vertiente cristiana, ya que fue miembro de la Juventud de Estudiantes Católicos JEC, donde entendió el cristianismo como lo explicaba  la teología de la liberación: compromiso con  la lucha por liberar a los oprimidos y construir un mundo mejor. Fue presidenta del Centro de Alumnos del Liceo 3, cuya directiva participaba en las reuniones de la FESES.Así fue como Marisa llegó al FER y más tarde comenzó a formar parte  de la Brigada Secundaria del MIR. Lecturas políticas del Ché y Bakunin, lucha callejera, tomas, huelgas, protestas frente a la embajada de Estados Unidos en el Parque Forestal así como la venta del periódico mirista El Rebelde a la entrada de las fábricas y antes de entrar a clase, eran parte de su vida. En esos tiempos surgió la inquebrantable amistad con María Teresa Eltit y con María Alicia (sobreviviente) quien recuerda que a Marisa le gustaba escuchar a Cat Stevens, a Creedence ClearWaterRevival y a Quilapayun. Con sus amigas celebró Marisa en la Alameda la noche del triunfo del Presidente Allende. Y en los trabajos voluntarios se enamoró de Renato Sepúlveda, estudiante de medicina, también del MIR.  Se casaron en diciembre del 73, cuando poco quedaba del mundo en que habían vivido. La dictadura había cerrado su escuela, pero ambos siguieron en la resistencia. El trío de amigas después compartió prisión y tortura. Con hilos de una frazada y astillas tejieron  pulseras que prometieron llevar siempre consigo.

13. Mónica Llanca Iturra
Tenía 23 años, un hijo de 2 años, Rodrigo, y un marido cuando la detuvieron el 6 de septiembre de 1974. Era funcionaria del Gabinete Central de investigaciones, y pertenecía a una red clandestina que proporcionó células de identidad a la resistencia. Trabajó junto a Antonio Tello y Sonia Bustos. A lo largo de 6 meses, logró traspasar cartolas de cédulas en blanco para la elaboración de nuevas células de identidad destinadas a los perseguidos dirigentes miristas que no podían pasar los controles callejeros. Mónica estudió en el Liceo 15 de calle Santo Domingo y vivía en el barrio Carrascal, donde conoció a Manuel. Se casaron en 1971 y compartieron el entusiasmo de los años de la Unidad Popular y los cambios que el país vivía. Mónica iba las concentraciones y las marchas, leía con Manuel la revista Punto Final y  El Rebelde, y en una carta a una amiga,  le preguntaba si encontraba que Allende era en verdad el Salvador de Chile. Manuel trabajaba en Cemento Polpaico, que había sido intervenida, y estudiaba de noche en la USACH, entonces Universidad Técnica del Estado. Eran una familia feliz y llena de esperanza, habían montado una casilla de madera en el patio de la casa de la hermana de Mónica. Manuel quedó cesante tras el golpe y vivieron días difíciles, sustentando ella sola el hogar. Una compañera de trabajo la describe como “alegre, vivaz, confiada y confiable. En el casino siempre nos hablaba con mucho amor de Manuel y de su hijito Rodrigo.”

14. Violeta López Díaz
Militante del MIR, viuda, desapareció, tenía 40 años, un hijo de 16, Ricardo, y una hija de 14, Rebeca. Militante y artista, madre y mujer bella, obrera y secretaria, rompía los cánones tradicionales. Antes del golpe, había fundado el grupo de teatro Acquarius. Participó en la Asociación de Teatro de los Ferrocarriles, y también fue secretaria de la Sociedad de Autores Teatrales de Chile. El 11 de septiembre trabajaba como obrera  en Cecinas Loewer y fue detenida junto a otros once trabajadores y hostigada por varios días. En una oportunidad los uniformados le hicieron tragar bencina, amenazándola con  prenderle fuego y hacer daño a sus hijos. Valiente, decidida, ella siguió adelante con su familia, su militancia y su vida pero tras su detención en su domicilio de San Miguel, el 29 de agosto de 1974, sus hijos la perdieron para siempre. La denuncia para el recurso de amparo la puso el niño en la Vicaría. Cuando la buscó en recintos policiales, los uniformados le respondían que se volviera a casa porque su madre lo había dejado botado. Siguió haciéndolo, desesperado y dejó los estudios.  Se fue preso una y otra vez porque durante las noches de toque de queda salía a las calles a exigir el paradero de Violeta y luego insultaba a los uniformados. Una demanda fue presentada en 2005 por CODEPU, y la última en 2015 como parte de una demanda colectiva de Londres 38. Finalmente la ministra Marianela Cifuentes tomó la causa, que aun no tiene procesados.

15.- María Cristina  López Stewart
21 años, militante del MIR, estudiante de historia en el Pedagógico de la U de Chile fue detenida el 22 de septiembre de 1974, en el marco de los operativos que la DINA realizaba para ubicar a Miguel Enríquez. La joven estudiante, de cabellos color miel y pequeña de estatura,  dirigía una parte de la estructura de informaciones, trabajando con Alejandro de la Barra, quien fue ejecutado por la DINA en diciembre de ese mismo año. Desde los ocho años, María Cristina, la menor de tres hermanas, llevó un diario de vida. A los 16 escribió allí : “Yo no tengo miedo a la muerte. Tengo miedo a dejar de vivir.” Estudió en el Liceo 7, donde pudo conocer niñas de sectores sociales diferentes a su familia, que vivía en La Reina e hizo allí amistades entrañables. Leía, estudiaba, escuchaba a Los Beatles, su grupo musical favorito, y jugaba con su perrita Jenny. Su rebeldía y su búsqueda de igualdad de derechos la llevaron a negarse a asistir a la graduación al fin de sus estudios secundarios,  porque había otras estudiantes que no lo harían por no poder costear el traje para la  ocasión. Comenzó su militancia universitaria en el frente estudiantil, participando incluso  domingos y festivos en el trabajo político y poblacional, lo que hacía decir a su mamá: “Parece ser que mi hija Mari siente que cada minuto de su existencia es más importante entregado a los demás que a sí misma y así va dejando su desbordante alegría y esperanza en hogares más humildes “. Luego Mari pasó a trabajar políticamente en la búsqueda, recolección y sistematización de información relacionada con los movimientos golpistas de determinados sectores.

16. Eugenia Martínez Hernández
Obrera, del MIR, colocolina, 25 años, fue detenida el 24 de octubre de 1974 en la industria Laban, donde trabajaba. Su madre explica que ella entró al MIR porque deseaba vivir en una sociedad libre y justa. Su compromiso social se despertó cuando trabajaba en una fábrica de papeles. Eugenia terminó su enseñanza  media asistiendo al Liceo Nocturno N=3  llegando muy tarde a su casa de La Legua Emergencia. La fábrica de Laban fue  tomada por sus trabajadores el 29 de junio del 73, día del “Tancazo” , una suerte de ensayo del golpe. Quena logró la intervención de la industria denunciando el boicot patronal a la producción y desde entonces se unieron al Cordón industrial Macul. Pero la experiencia sólo alcanzó a durar 2 meses. Tras el golpe, la industria volvió a manos de los patrones.

17. Marta Neira Muñoz
Comunista, 29 años, un hijo – Francisco- fue detenida el 9 de diciembre de 1974, a horas de que su pareja, César Arturo Negrete (MIR) de quien era enlace, también cayera preso. Tita, alegre y generosa, de grandes ojos azules, la tercera de cinco hermanos, creció en la localidad de Isla de Maipo. En la plaza todos le hacían rueda cuando bailaba rock and roll con su hermano Miguel Angel. Ella era el orgullo de las Juventudes Comunistas de la localidad, donde solía repartir El Siglo. Era bajita y le gustaba usar tacones muy altos. Su padre había conocido la persecución en tiempos que González Videla ilegalizó al Partido Comunista. Cuando la familia se trasladó a Santiago, estuvo un tiempo en el Liceo 5 de Portugal pero terminó sus estudios en un liceo nocturno. Su rostro hermoso, de tez tostada y sonrisa perfecta fue una vez portada de la revista juvenil Ramona que editaba Quimantu, donde trabajó hasta el 11 de septiembre.

18. Patricia Peña Solari
Estudiante de licenciatura en Biología, tenía 23 años cuando fue detenida el 10 de diciembre de 1974. Su hermano Fernando había caído el día anterior. Su madre, concertista en piano, hermana de la actriz Malucha Solari, había fallecido poco antes. Militaba en el MIR y se encargaba de reproducir el periódico del MIR, El Rebelde, en un complejo proceso que comenzaba con descifrar los textos que venían en microfilm. Había estudiado en el Liceo 1. Bella, de pelo largo liso y negro, ojos almendrados y piel morena, Patricia tocaba el piano y la guitarra y amaba la música. Pertenecía al coro del Liceo y luego al  coro de Cámara de Guido Minoletti. En las largas noches de tiempos de dictadura y resistencia, Patricia y su pareja trabajaban en los textos de El  Rebelde para hacer unos 200 ejemplares, tras lo cual, con las manos aun entintadas, se acariciaban…después Patricia tocaba el piano interpretando a Mozart y Chopin, en una sucesión que Claudio, su pareja, sobreviviente rememora: “Allí estabas nuevamente  dulce como siempre: el amor, la reunión, El Rebelde y  el regreso al pentagrama.”

19. Bárbara Uribe Tamblay
Detenida el 10 de julio de 1974, tenía 20 años. Egresó del liceo un año antes de  casarse con Edwin en diciembre del 73. Fue amor a primera vista, se conocieron en el local de la Federación de Estudiantes Nocturnos, como activos miembros del FER y ella tomó la iniciativa. Iván trabajaba en la estructura de Informaciones, y es probable que Bárbara tambiénlo hiciera. Estudió en los liceos 7 de Niñas y 9 de Macul y allí luchó por todas las causas justas. Eran cuatro hermanas,Su hermana Viviana cuenta que tenía fama de rebelde  y la echaban de todos lados. También se preocupaba de sus amigas y una de ellas recuerda que le enseñó a pintarse las pestañas. Emotiva, sensible, le gustaba  la música y el canto y le aburrían las lecturas pesadas. Muy bella, le aconsejaron ser  modelo pero ella optó por hacer un curso de secretariado. Ingresó al MIR tras participar en los trabajos voluntarios en apoyo al movimiento campesino y obrero en Talca: “Cuando conoció la pobreza  directamente,no dejó de verla más”, explica su hermana. Trabajó políticamente en los campamentos de Lo Hermida y Nueva Habana y conocía de cerca al agente Romo que en esa época era dirigente poblacional, y luego fue quien  la detuvo y vejó. Ella había continuado ligada a los pobladores y se esforzó por ayudar a los perseguidos. Bárbara y Edwin permanecen desaparecidos y unidos para siempre.

fragmentos de la “Otra” vida de Bachelet, en la RDA. El matrimonio de Alejandra Holzapfel.

fragmentos de la “Otra” vida de Bachelet, en la RDA. El matrimonio de Alejandra Holzapfel.
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    • El matrimonio de una pareja de exiliados chilenos en Potsdam quedó registrado en un documental que permaneció por casi cuatro décadas en el sótano de unos departamentos de la desaparecida Alemania Oriental. La película muestra las únicas imágenes audiovisuales conocidas de Michelle Bachelet en su exilio, entre 1975 y 1979. Invitada al festejo, de 26 años y embarazada de su primogénito Sebastián, el filme revela la desconocida cotidianidad de la Presidenta y de los refugiados en el lado oriental del Muro.

    Son apenas ocho minutos y, sin embargo, el documental es un extracto exquisito de la vida de los chilenos exiliados en la RDA en la segunda mitad de los setenta.

     El casamiento de una pareja de refugiados en Alemania Oriental. Solamente dos locaciones: el Registro Civil de Postdam y la fiesta en un pequeño departamento del barrio de Babelsberg. Entre los invitados, Michelle Bachelet, de 26 años, junto a Jorge Dávalos, de 31. Casi cuarenta años después de la filmación, la película llegó a Chile por dos caminos insólitos. Eine chilenische Hochzeit (Un matrimonio chileno, 1977), del alemán Rainer Ackermann y el búlgaro Valentin Milanow, comienza así:

    Ahora estoy dispuesta a recibir el sí de parte de ustedes. Antes, quisiera subrayar que con su aprobación y mi firma, su matrimonio adquiere validez legal. Les pido levantarse, señala una circunspecta oficial alemana del Registro Civil.

    Los novios se ponen de pie. Las imágenes son en blanco y negro.

    —Señor José Fuica, ¿desea usted contraer matrimonio con la señorita Alejandra Holzapfel? De ser así, conteste “sí”.

    —Ja, confirma en alemán Pepe Fuica, chileno, militante socialista, que había conocido a su mujer en la RDA.

    —Señorita Alejandra Holzapfel, ¿desea usted contraer matrimonio con el señor José Fuica? De ser así, conteste “sí”.

    —Ja–, asienta también Alejandra, conocida entre los chilenos exiliados como Coneja.

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    Hija de un diputado radical muerto en 1969, la novia se ve bonita y contenta. En Chile, sin embargo, había vivido una época de terror. Militante del MIR en la clandestinidad, la estudiante de Veterinaria a fines de 1974 había sido detenida por la Dina. Durante tres meses fue víctima de torturas atroces en Villa Grimaldi, la Venda Sexy y Tres y Cuatro Alamos. Su historia aparece en Ingrid Olderock. La mujer de los perros, de la periodista Nancy Guzmán, una investigación sobre la integrante de la Dina que utilizaba animales para violentar sexualmente a las víctimas.

    Pero en el Registro Civil de Postdam se vive una jornada de felicidad y la funcionaria alemana finalmente sella el acuerdo nupcial: “Como símbolo visible de su unión, tienen ustedes ahora la oportunidad de intercambiar argollas”. El silencio estricto de la ceremonia se rompe de repente con el sonido de una pieza solemne interpretada en la misma sala por un pianista, un violinista y un chelista vestidos elegantemente.

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    El ambiente del departamento es otra cosa: la argentina Liliana Althube, funcionaria de la embajada de Argentina en Berlín y emparejada con chileno, anima el festejo con guitarra y canciones latinoamericanas. Interpreta Mire mi amigo del uruguayo Alfredo Zitarrosa: “Mire mi amigo no venga con esas cosas de las cuestiones. Yo no le entiendo mucho…”.

    La vivienda decorada con afiches de Salvador Allende pertenece a la novia. De acuerdo a algunos chilenos que compartieron el exilio con Alejandra, estaba ubicado en el mismo block de departamentos de Postdam donde vivieron Bachelet y su madre, Angela Jeria, cuando llegaron a la RDA desde Australia en la primera mitad de 1975. Las tres mujeres eran vecinas y en estas residencias proporcionadas por el gobierno alemán compartieron los dolores de esta primera etapa del destierro. Un pequeño living-comedor, una cocina angosta y un baño que, como se estila en Alemania, tenía el W.C. en un espacio diferente a la ducha. En el caso de las personas solas, un dormitorio.

    La torta del matrimonio está adornada con una rosa. Algunas botellas y canapés distribuidos en platitos. La novia lanza su ramo a un grupo de apenas seis solteras en un espacio estrecho. En el documental del matrimonio Fuica- Holzapfel se advierte un ambiente festivo y familiar, aunque la veintena de invitados son solamente amigos del exilio: los parientes de los novios se encuentran en Chile, bastante lejos. Entre los asistentes se hallaban militantes de las Juventudes Comunistas (uno conocido como El estuche), de la Juventud Socialista (como la propia Bachelet), del MAPU (como uno al que llamaban El merluza) y un solo representante radical (el único de la fiesta que lleva corbata). Algunos niños chilenos y un puñado de alemanes, que parecen disfrutar como nadie la celebración.

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    Comienza el baile y suena Pobre caminante de un tocadiscos. Entre los invitados que se animan a salir a la pequeña pista se encuentra Carlos Puccio, hermano del ex ministro socialista Osvaldo Puccio, jovencísimo junto a su señora Marisol Guerra. Sentados en el living, el economista del PS Sergio Arancibia y Margarita Luque, esposa de Exequiel Ponce. Miembro de la Comisión Política del Partido Socialista, había sido detenido en Chile el 25 de junio de 1975 y no se conocía su paradero. La mujer está acompañada de una niña, aparentemente de su hija Tania. En una escena entrañable, los documentalistas entrevistan a la señora Ponce y la pequeña le ayuda con el alemán. La mayoría de las ocasiones, los menores aprendían el idioma antes que sus padres.

    Este era el mundo en la RDA de 1977 en el que se desenvolvía socialmente Michelle Bachelet, que observa la escena del baile desde una esquina junto a dos amigos: estaba embarazada de su primer hijo, Sebastián, que iba a nacer en Leipzig el 1 de junio de 1978. En la época en que mejoraba su alemán y retomaba sus estudios de Medicina suspendidos en Chile, lleva el pelo largo, gafas grandes y usa un vestido de seda hindú. La actual Presidenta utilizó un atuendo similar para su matrimonio con Dávalos, en diciembre de 1977, según se observa en las fotografías familiares. De acuerdo al libro Michelle, de Elizabeth Subercaseaux y Malú Sierra, lo había comprado durante un reciente paso por Fiji.

    El tocadiscos queda en silencio. Se acaba Pobre caminante y empieza el discurso.

    —Como el vino es poco, el que no baila no toma, dice en medio de la pista un socialista dicharachero. Los invitados y los novios comienzan a darle un sorbito a la única botella que pasa de mano en mano. Abrazados y dando pasitos de un lado a otro, cantan todos juntos: “Tómese esa copa, esa copa de vino. Tómese esa copa, esa copa de vino. Ya se la tomó, ya se la tomó. Y ahora le toca al vecino”.

    Milanow, el realizador búlgaro, entrevista a los recién casados. Alejandra, en perfecto alemán que había aprendido en el colegio en Chile, dice que quiere continuar con sus estudios de Veterinaria y que Pepe, su flamante esposo, pretende ser profesor de marxismo leninismo. Sueñan con radicarse en Mozambique, Angola o Cuba.

    Bachelet aparece en dos escenas de Un matrimonio chileno. En una segunda ocasión se le ve sentada junto a Dávalos y al resto de invitados, cuando aparentemente la fiesta se ha detenido y los chilenos exiliados cantan canciones como Gracias a la vida de Violeta Parra. En la fecha de este matrimonio, Bachelet realiza reservadas labores políticas desde la RDA y todavía no sabe que faltaría cerca de un año para poder regresar a Chile en febrero de 1979.

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    Pasaron algunas décadas antes de que el documental aterrizara en Chile. Isabel Mardones tiene a su cargo la cinemateca del Goethe Institut y es coautora de una magnífica investigación sobre las relaciones de las dos Alemania con el cine chileno: Señales contra el olvido. Cine chileno recobrado (Cuarto Propio 2012). Gracias a sus gestiones, en 2013 llegó a Chile la historiadora de cine y realizadora de la Universidad de Southampton, Claudia Sandberg. La investigadora alemana visitó Santiago y dictó un seminario para los alumnos de la Escuela de Periodismo de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), con largos y cortos sobre el exilio chileno en la RDA producidos por Compañía Cinematográfica Estatal de Alemania Oriental (DEFA). Entre las cintas que mostró a un grupo de estudiantes y algunos profesores se hallaba Eine chilenische Hochzeit. Recién entonces y gracias a la confirmación de las profesoras Bárbara Fuentes y Paz Montenegro se pudieron percatar de la presencia de la Presidenta Bachelet entre los invitados.

    Pero el documental siguió una ruta paralela. La novia, Alejandra Holzapfel, por mucho tiempo intentó recuperar la cinta de su casamiento. El búlgaro Milanow, un joven pasante en los estudios de la DEFA, a fines de los setenta le había regalado una copia. Eine chilenische Hochzeit, sin embargo, quedó guardado por años en el sótano de un departamento en Leipzig, la ciudad a donde la chilena se trasladó junto a su marido Pepe. Retornada a Chile en 1987, donde se dedicó a la gestión cultural, recién hace unos meses logró tener el filme nuevamente en sus manos: una persona que vivía en la vivienda de la antigua Alemania Oriental se lo trajo de regalo. Holzapfel nunca se enteró de que en 2013 un grupo de estudiantes y profesores de la UAI habían visto la proyección de su casamiento.

    Los asistentes a la boda consultados no recordaban la existencia del filme. Unos se excusaron de ayudar en la reconstrucción del festejo, por tratarse de un período doloroso que prefieren no rememorar, y algunos observaron el corto con la nostalgia de reconocerse a ellos mismos y a los amigos en una época que ahora parece tan lejana. Holzapfel pretende, en algún momento, juntarlos a todos para proyectarlo.

    Pero las vidas de unos y otros, reunidas en los ocho minutos de Eine chilenische Hochzeit, siguieron rutas distintas e inesperadas.

    Alejandra y Pepe tuvieron hijos y se separaron en 1979. Holzapfel lo abandonó y se radicó con los niños en Frankfurt: nunca le pudo perdonar que, cuando ella pretendía regresar a Chile para luchar contra la dictadura, Fuica la denunciara ante el consulado para impedir el viaje, de acuerdo a una entrevista que la gestora cultural concedió a The Clinic en 2013. El finalmente logró estudiar marxismo leninismo como deseaba, pero murió en Alemania en un accidente de tránsito.

    Carlos Puccio, que bailaba animado junto a Marisol, se transformó en director de cine. En 1994 estrenó Aquí, donde yo vivo, un documental que relata el drama de los hijos de los exiliados que volvieron a Chile en los años noventa. Falleció hace menos de un año, luego de una larga enfermedad.

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    Margarita Luque, que también retornó, murió en junio de 2008. Nunca pudo encontrar los restos de su marido, Exequiel Ponce, que hasta la actualidad conforma la lista de detenidos desaparecidos. Su hija Tania se transformó en traductora.

    Y Michelle Bachelet.

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    La invitada que usaba gafas grandes y vestido hindú, en 2006 llegó a ser la primera mujer Presidenta de Chile. A punto de cumplir 64 años y abuela de dos nietos, hijos de Sebastián, al que esperaba en ese casamiento olvidado, hace diecisiete meses está nuevamente en La Moneda en su segunda administración.

    “El tema Chile era algo que preocupaba al Estado de Alemania Oriental”, explica Isabel Mardones, encargada de la Cinemateca del Goethe-Institut Chile.
    De acuerdo al crítico de cine Ascanio Cavallo, “a pesar de la distancia idiomática, geográfica y cultural, no existió ningún ambiente fílmico que dedicara tanta atención al exilio chileno como el de la RDA”. “Le permitía confirmar su superioridad moral sobre Alemania Federal y la necesidad de establecer barreras como el Muro contra las agresiones”, señala el periodista.
    La académica alemana Claudia Sandberg, que trabaja en un largometraje documental sobre las películas chilenas de la DEFA, dice que en el corto Eine chilenische Hochzeit (1977), “se muestran los anhelos, las incertidumbres, la desesperación y la esperanza”.
    El cineasta Rainer Ackermann, uno de los guionistas, ratifica el interés de la DEFA por retratar la vida cotidiana de este grupo de refugiados: “El exilio chileno tenía toda nuestra simpatía”. Desde Alemania se declara sorprendido: hasta ahora no sabía que Michelle Bachelet estaba entre las invitadas a ese matrimonio.

    http://www.caras.cl/sociedad/fragmentos-de-la-vida-de-bachelet-en-la-rda-un-casamiento-olvidado/

  2. AntronioElAntro.cl

“La casa de los conejos”, una historia autobiográfica

Laura Alcoba explica en “La casa de los conejos” su infancia y clandestinidad

Barcelona, 10 dic (EFE).- La escritora argentina Laura Alcoba* narra en su primera novela, “La casa de los conejos”, una historia autobiográfica, la de una niña

Barcelona, 10 dic (EFE).- La escritora argentina Laura Alcoba narra en su primera novela, “La casa de los conejos”, una historia autobiográfica, la de una niña que, a los siete años y tras el golpe de estado en Argentina, se vio obligada a vivir en la clandestinidad mientras su padre montonero estaba preso.

La novela, un fenómeno editorial en Francia, Inglaterra y Argentina, se ha presentado hoy en Barcelona, una vez traducida al español desde el francés original.

Laura Alcoba (La Plata, Argentina, 1968) huyó a los diez años con su madre a París, donde estudió y se licenció en Letras especializándose en literatura española del Siglo de Oro.

Unos pocos meses antes del inicio del régimen dictatorial y con el padre, militante en la guerrilla montonera, en prisión, la pequeña y su madre se mudaron a una casa en La Plata donde supuestamente se criaban conejos, y que en realidad encubría la imprenta del periódico de la oposición “Evita Montonera”.

La niña descubrió entonces la violencia, el conflicto político y la situación de clandestinidad sin acabar de entender lo que pasaba, viviendo en circunstancias extremas que no era capaz de interpretar más allá de la experiencia infantil.

Aquí radica la condición especial de esta novela, que, lejos de buscar explicaciones y juzgar los hechos, se limita a plantearlos desde la inocente mirada de una niña, y deja en manos del lector la interpretación, reflexión y valoración de lo sucedido.

Una visita a “La casa de los conejos” en 2003 conmovió a la autora con imágenes de su niñez, y la empujó a escribir para poner orden en las ideas inconexas que afluían a su memoria.

“Mi idea original era escribir un libro más documentado para volver sobre mi experiencia infantil”, ha confesado Laura Alcoba, “pero, al empezar a redactarla, la voz de la niña se iba apoderando de mi relato”, ha asegurado.

El convertirlo en un texto novelístico ha ayudado, según la escritora, a hacer llegar al público la historia y a conectar los flashes memorísticos revividos de forma muy visual pero desordenada.

“La casa de los conejos” ha sido bien recibida en Argentina, como apunta la propia autora, gracias al hecho de ahorrarse los habituales juicios de valor y disputas políticas y a que plantea un recuerdo desde la sencilla mirada limpia de la niña.

“Eso sorprendió mucho en Argentina”, admite Alcoba. “Si hubiera conservado la voz adulta podía haber caído en las trampas de la idealización o el planteamiento político”, ha afirmado.

Según la escritora, gracias a mantener el punto de vista infantil la novela “ha llegado a gente que habitualmente no lee esos temas y que tenía la seguridad de que no se encontraría con un panfleto político”.

En el prólogo del libro, Laura Alcoba advierte de que no es un relato para recordar, “sino para olvidar un poco”, y ha querido insistir en ese “un poco”, porque en su opinión se trata de “olvidar para seguir adelante”, algo a lo que el libro, reconoce, la ayudó.

De hecho, la idea que atraviesa toda la novela es una pregunta que se plantea en las primera páginas: “¿Por qué algunos han muerto y yo no?”. Y la respuesta que alcanza la niña es: “el azar”.-EFE asp/rq/is (foto)

*

2015_04_01_PH_VITO_RIVELLI_58602 LAURA ALCOBALaura Alcoba es escritora, traductora y editora franco-argentina. Su lengua de escritura es el francés si bien Argentina está muy presente en su escritura.En 2007, la editorial francesa Gallimard publicó su primera novela, Manèges, petite histoire argentine, inspirada en un episodio de su infancia durante la dictadura argentina. El año siguiente, se publicó en Argentina con el título La casa de los conejos (Edhasa), en una traducción del escritor Leopoldo Brizuela. Luego vinieron las traducciones al inglés (Portobello Books), al alemán (Suhrkamp/Insel), al italiano (Piemme), al serbio (Arhipelag). Próximamente se publicará en árabe.

En 2009 salió su segunda novela, Jardin blanc (Gallimard 2009) publicada pocos meses después en Argentina en una traducción del poeta Jorge Fondebrider (Edhasa).

En 2012, publicó Les Passagers de l’Anna C. (Gallimard). En esta novela, la autora reconstruye el viaje que hicieron un grupo de jóvenes a finales de los años ’60, saliendo clandestinamente de Argentina con el proyecto de ir a Cuba y de reunirse con el Che Guevara. Entre ellos se encontraban sus padres. Resultado de un trabajo de investigación, el libro no deja de ser una novela. Las contradicciones, las dudas, los olvidos fortuitos o voluntarios, las lagunas de la memoria desempeñan un papel central.

En 2013, la editorial Gallimard publicó su cuarta novela, Le Bleu des abeilles centrada en la experiencia infantil del exilio. Saludada por la crítica y el público inmediatamente después de su publicación, fue seleccionada en Francia para numerosos premios entre los cuales el premio Médicis y el Femina, y galardonada con le Prix de Soutien de la Fondation del Duca.

En 2014, salió en Edhasa con el título El azul de las abejas – en una traducción, una vez más, de Leopoldo Brizuela.

 

EL AZUL DE LAS ABEJAS

Sinopsis

“Para pintar El azul de las abejas, himno de amor a la literatura, Laura Alcoba, buscó inspiración en su propia historia -y en las cartas de su padre. Magnífico.” Le Monde

Es el año 1978, en La Plata. Una niña espera encontrarse con su madre, exiliada en París. Estudia sin pausa el francés, su futuro idioma, un aprendizaje donde conviven sueños y un velo de incertidumbre. Mientras, cada quince días, visita a su padre en la cárcel; un preso político en tiempos de la dictadura. Él también la prepara para el viaje, y le recuerda que mantendrán la relación a través de cartas. Cuando a principios de 1979 llega a Francia, la realidad corrige tantas fantasías. No es París propiamente dicho donde irá a vivir sino un suburbio; no es la postal del Sena, la torre Eiffel y las callejuelas, sino el edificio algo extravagante donde está el departamento de su madre. Es, comprende de golpe, una niña refugiada. No obstante, está en las puertas de un nuevo comienzo. El descubrimiento de una lengua que será suya; de un colegio que poco se parece al argentino; de los amigos exiliados que visitan a su madre y hacen el recuento de los compañeros asesinados o desaparecidos. En medio, las cartas a su padre y el tibio descubrimiento de la literatura, de la escritura como lugar inocente, lugar de encuentro y emoción. Maravillosamente escrita, El azul de las abejas es el relato en primera persona de una niña que, de manera vertiginosa, adquiere una nueva realidad. Un país y un idioma, la lejanía con su tierra original y con su padre, las sorpresas que cada día la deslumbran y atemorizan. Con esa candidez y esa precisión que sólo se dan en la niñez, y que serán parte de su vida, porque son huellas imborrables. Comienza donde terminaba la primera novela de Laura Alcoba, La casa de los conejos, y es un libro conmovedor sobre una infancia luminosa y renacida entre la memoria viva del dolor y el exilio.

Como traductora tradujo al francés cuentos, poemas, obras de teatro y ante todo novelas, como Un lugar llamado Oreja de Perro del peruano Iván Thays, Trabajos del reino y Señales que precederán al fin del mundo, del mexicano Yuri Herrera. Últimamente tradujo al francés la primera novela de la escritora argentina Selva Almada, El viento que arrasa.Desde octubre del 2013, es directora de colección en las ediciones du Seuil, responsable de la literatura de lengua española, catalana y portuguesa.

Sesenta Mujeres presas en Pisagua

Después de 43 años, ex presas políticas en Pisagua se querellarán contra carceleros que las vejaron

 

 

Anyelina Rojas V/ Periodista Edición Cero.-

En sí y año tras año, el acto de conmemoración en honor a las víctimas de DDHH, tras el golpe de Estado, es un acto de extrema emocionalidad, de sentimientos encontrados, de recuerdos que no se quieren recordar. Sin embargo, en éste, el Nº 43, fue de una explosión emocional, cuando las mujeres presas en Pisagua, todas que muy jóvenes en aquella época, incluso, algunas adolescentes y que hoy desde la madurez y la sabiduría de los años, anuncian que se querellarán contra quienes las vejaron sexualmente durante sus detenciones. No fue algo generalizado, pero son muchos los casos… que se han callado por años, pero hoy es la hora de la verdad… Y la justicia.

Fue impactante cuando la activista de Derechos Humanos y dirigente de la Corporación Pisagua, Juana Torres, de militancia comunista desde su juventud, hizo el anuncio a viva voz, en pleno acto conmemorativo. Y lo hizo mientras las mujeres, como tradicionalmente lo hacen, se presentaban en un coro para sumarse al homenaje, de cada 11 de septiembre.

Nadie lo esperaba. Tampoco lo contaron antes, por lo que la concurrencia quedó sorprendida… Se produjo un gran silencio, seguido de un gran aplauso por la valentía de todas ellas. Cada una con una historia particular, que ahora enfrentarán de manera completa, porque “la sociedad no merece nuestro silencio”, señala Juana Torres.

“Es hora que el mundo entienda que esas mujeres fueron capaces de superar el dolor… Y aquí estamos compañeros, presentes y con la frente en alto”, dijo con voz entrecortada, recordando a muchas de otras mujeres que ya murieron.

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Juana Torres recordó que en los años 70 eran muchachas jóvenes, entusiastas. Sesenta llegaron a Pisagua. Dijo que ya ahora, mujeres adultas y con sus vidas realizadas, se reúnen todas las semanas para ensayar sus coros, y a través de sus canciones, entregar su mensaje. Así, entre ensayos y encuentros surgen las inevitables conversaciones de lo ocurrido en Pisagua, los recuerdos. Pero también la alegría y el valor por seguir luchando.

Entonces entre reunión y reunión, comienzan a analizar el tema, con una mirada más allá de lo que habitualmente lo hacían. “Pensamos que aún no estamos totalmente sanas, porque esta fecha todavía nos asusta… No tenemos ese miedo y ese dolor de llanto, tenemos ese dolor revolucionario, ese dolor que fortalece…”

Se deciden entonces, a exponer el tema “porque creemos que no tenemos derecho de negar a la sociedad; no decir lo que pasamos. No estamos de acurdo con los 50 años de silencio y estábamos cayendo en eso”.

Tomada la decisión de denunciar los abusos sexuales, que se suman a la brutalidad de la detención, la tortura y el cautiverio, el paso ahora es trabajar en la querella. Este fue el tema que marcó el acto conmemorativo, a 43 años del golpe de estado.

ACTO CONMEMORATIVO

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Los homenajes partieron en la Plaza que recuerda al presidente Allende, para luego enfilar, hacia el Cementerio Nº 3, donde se levanta el Mausoleo “Para Que Nunca Más”, donde yacen ex prisioneros poíticos, aparecidos en la fosa clandestina de Pisagua.

El acto fue dirigido por los dirigentes de la AFEPI, Héctor Marín y Lisabeth Millar, hermano e hija de Jorge Marín y Williams Millar, ejecutados en el Regimiento Telecomunicaciones, luego trasladados al mismo cementerio, donde se urdió una falsa historia de fuga y enfrentamiento.

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En la ocasión, asistió el alcalde Jorge Soria, en tal calidad, pero también por su condición de ex prisionero político. Dijo que su lucha y su gestión histórica, está inspirada en las ideas del Presidente Allende, quien pretendía mayor igualdad, mejor educación y salud. También recordó que el creador de la Zona Franca de Iquique, no fue Pinochet, sino que Salvador Allende.

También intervinieron Etna Venegas, del partido Humanista y Juan Carlos Zavala, del Partido Socialista, en línea disidente a la de la colectividad.

De: edicióncero.cl

Exiliados chilenos en Francia: enfoque sociológico

Exiliados chilenos en Francia: enfoque sociológico

A partir del 11 de septiembre de 1973, Francia alberga a unos 15,000 ciudadanos chilenos, con quienes tiene una capacidad extraordinaria. El entusiasmo de la generación posterior a la sexta octava por la experiencia de la Unidad y los mitos revolucionarios, la recomposición de una izquierda francesa lanzada a la conquista del poder o la gran cobertura mediática de los eventos en Chile son factores que determinará las políticas establecidas para recibir esta población. Además, esta diáspora tiene particularidades que la diferencian de la mayoría de las otras migraciones políticas.

Cartel del Partido Comunista Francés para Chile, con, a la izquierda, el retrato del presidente de la República de Chile Salvador Allende Gossens (1908-1973), 1973. © Roger-Viollet

Cartel del Partido Comunista Francés para Chile, con, a la izquierda, el retrato del Presidente de la República de Chile Salvador Allende (1908-1973), 1973 © Roger-Viollet

Estatutos, perfiles, implementación y estrategias familiares

Certificado emitido por OFPRA al Sr. Victor-Hugo Iturra Andaur, refugiado chileno © Colección privada Victor-Hugo Iturra Andaur, Taller del ruido

Certificado emitido por OFPRA al Sr. Victor-Hugo Iturra Andaur, refugiado chileno © Colección privada Victor-Hugo Iturra Andaur, Taller del ruido

Con respecto a la administración francesa, los exiliados chilenos optaron por tres estados especiales: refugiado, trabajador inmigrante o estudiante. ¿Por qué no todos tienen el estado de refugiado, incluso si pudieran obtenerlo fácilmente? La razón principal es que algunas personas prefieren mantener su nacionalidad, especialmente si han logrado conservar sus documentos de identidad chilenos.

Sobre la duración del exilio y según los períodos, considere que los perfiles evolucionaron. A su llegada a Francia, los exiliados constituyen una población de 20 a 50 años comprometida políticamente como simpatizantes de la Unidad Popular. Este personaje dominante dura todo el exilio. La diáspora chilena está compuesta en gran parte por mandos medios, cuadros políticos y / o sindicales, mientras que la proporción de trabajadores y campesinos sigue siendo baja. A diferencia de muchos migrantes, los chilenos tienen una proporción casi igual de hombres y mujeres, lo que en este caso significa que el exilio fue familiar. Su ubicación es urbana. Otra particularidad de esta diáspora es su baja movilidad espacial. Puede vincularse a una buena integración local y a una satisfacción relativa de las condiciones de vida ofrecidas.

Muchas familias experimentan un período de crisis debido a la conjunción de varios elementos como una fragilidad preexistente de las parejas, una delicada inserción profesional, la desaparición de la efervescencia política, la evolución de las mentalidades en contacto con las nuevas corrientes de pensamiento y los movimientos feministas, la existencia en Francia de estructuras sociales que empoderan a las mujeres y su acceso a la condición de cabeza de familia (guarderías, instalaciones comunitarias, subsidios). Además, los pródromos del exilio son vividos por la segunda generación de una manera intensa y enfrentan las dificultades de la instalación sin ser entregados por los padres una explicación coherente. A esto se agrega el hecho de que están inmersos en un sistema escolar extranjero que descubren privado porque sus padres tienen que resolver problemas materiales y psicológicos. Con el tiempo, estos jóvenes están experimentando un proceso de transculturación.

Recepción, solidaridad, dificultades de instalación y luego integración

Después del golpe militar del general Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, el ejército realizó arrestos en masa.  Octubre de 1973 Santiago en Chile © Eyedea / Keystone France

Después del golpe militar del general Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, el ejército realizó arrestos en masa. Octubre de 1973 Santiago en Chile © Eyedea / Keystone France

El fracaso de la Unidad Popular  tiene una resonancia excepcional. Toda la opinión pública francesa está conmocionada por la violencia del golpe. Los militantes y simpatizantes de la izquierda se movilizan desde el 12 de septiembre de 1973, al llamado de las formaciones políticas y los sindicatos asociados dentro del “Comité de los 18”, mientras se organizan grupos de solidaridad en todas partes. En noviembre de 1973, se creó un Comité de Coordinación para la Recepción de Refugiados que reúne organismos públicos y asociaciones por un lado. Por su parte, desde el 28 de septiembre de 1973, el gobierno francés da su acuerdo para la recepción de refugiados de Chile.

Se establece un plan de emergencia para recibir atención en los refugios, asistencia médica gratuita y aprendizaje de francés. En los refugios, los exiliados reciben apoyo administrativo para regularizar su situación con respecto a OFPRA. Las universidades ofrecen cursos especializados y el Ministerio de Trabajo asigna horas de cursos introductorios a la formación profesional.

En este doloroso contexto, el primer contacto con Francia ocurre a través de instituciones que los exiliados tienden a asimilar al aparato represivo chileno. Los primeros años son los más sensibles y conservan recuerdos bastante negativos. Deben modificar ciertos comportamientos al ubicar su temporalidad en la agenda social del país de acogida. Además de esto, hay patologías inherentes a situaciones de violencia experimentadas, dado que algunos de los exiliados fueron víctimas de la represión. Los chilenos ven así que sus posibilidades de integración disminuyen claramente.

Eloïse, educador especializado en París, de la serie Hijos exilio / Fils de l'exil de Eric Facon © Eric Facon, Museo Nacional de Historia y Culturas de la Inmigración

Eloïse, educador especializado en París, de la serie Hijos exilio / Fils de l’exil por Eric Facon © Eric Facon / el bar Floréal, Museo Nacional de Historia y Culturas de la Inmigración

De hecho, el trauma de dejarlos sobrevivir con sus sentimientos e intereses relacionados con el país de origen. Su tiempo está estructurado según una atemporalidad diaria y esta actitud de “pasajero en tránsito” “con las maletas debajo de la cama” limita las oportunidades de entrenamiento y aprendizaje. A medida que pasa el tiempo, los exiliados comienzan a integrarse y comienzan un proceso de transculturación. En general, logran algo de estabilidad. La segunda generación también está empezando a pesar sobre la percepción del exilio: los niños que se han convertido en adolescentes han completado la educación secundaria y desean cursar estudios superiores en Francia.

A pesar de todas estas instalaciones de recepción y las dificultades de instalación, la cuestión delicada sigue siendo el empleo, porque la legislación no permite que un extranjero que ha firmado un contrato trabaje de inmediato. A nivel de integración profesional, no experimentaron los mismos problemas que los inmigrantes tradicionales, aún no han logrado escapar de una fuerte descalificación. Cambiaron sus trayectorias profesionales con la perpetuación del exilio. Aquellos que hasta ahora se habían contentado con profesiones “auxiliares”, se embarcaron en cursos de capacitación relacionados con sus habilidades pasadas. Junto a este camino de integración, los chilenos también tuvieron que resolver rápidamente el problema de la vivienda.

Los exiliados chilenos, cualquiera que sea el estado elegido, fueron bienvenidos en condiciones muy favorables, beneficiándose de una solidaridad excepcional. Estas personas, por sus características históricas y culturales, han marcado la imaginación de la historia de la inmigración en Francia. Tuvieron que reconstruir sus vínculos sociales, adaptarse a una nueva forma de socialización y resignarse a una descalificación profesional. Tomados en esta agitación de la historia, los Chiliennes aprovecharon, de ser necesario, su llegada a Francia para abrirse a conceptos previamente ignorados. El prolongado período de exilio ha empujado a estos inmigrantes a integrarse en la sociedad francesa. Del mismo modo, los niños, traumatizados por las implicaciones familiares del exilio más que por su posición como migrantes,

Nicolas Prognon, profesor, investigador y miembro asociado de GRHI-UTM

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