HIJOS DE LOS 70.

Carolina Arenes – Astrid Pikielny

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Fragmento

Prólogo

Cada uno hace lo que puede con lo que le dieron. Ése es el trabajo de toda vida humana: descubrir qué se hace con las marcas. De algún modo, este libro explora variaciones de esa idea en los hijos de una época crucial para el país, una época que dejó huellas imborrables en la subjetividad de varias generaciones.

Hijos e hijas de hombres y mujeres que estuvieron relacionados de algún modo con la violencia política de los años 70. Padres y madres asesinados, guerrilleros, militares, policías, empresarios, sindicalistas, intelectuales, desaparecidos, madres obligadas a parir en cautiverio, padres presos por causas de lesa humanidad. Hijos que defienden lo actuado por sus padres. Hijos que los cuestionan y toman distancia.

La pregunta sobre el vínculo de esos hijos con sus padres encierra una clave que es singular —una suerte de diario íntimo de padres e hijos— pero que remite también a la clave más amplia de la memoria social. Historias mínimas de una historia nacional que aún produce “un pasado que duele”, anclado en una época que dejó una herencia saturada de muerte y de sentidos. ¿Podrían los hijos de esa época, hijos de víctimas e hijos de victimarios, hijos de padres que estuvieron dispuestos a matar y morir, hijos que impulsan los juicios de lesa humanidad e hijos que denuncian arbitrariedad en esos procesos, hijos con heridas y trayectorias muy distintas, aceptar que sus memorias dialoguen en el espacio de un mismo libro sin exigir carátulas que separen a los unos de los otros? ¿Una memoria polifónica, no binaria?

Ése fue el desafío de Hijos de los 70: explorar la posibilidad de una reunión textual de experiencias y testimonios que invocan los años 70, sin colar de contrabando la teoría de los dos demonios, ni poner en discusión la legitimidad de la Justicia, ni homologar heridas (¿quién puede medir el dolor?) ni mucho menos responsabilidades ante la ley, cuando la naturaleza del crimen de Estado ha quedado inequívocamente establecida desde el Juicio a las Juntas, en 1985. Pero los que hablan en este libro son los hijos y a ninguno de ellos se le puede transferir la responsabilidad que puedan tener sus padres. Incluso aunque ellos necesiten justificarlos.

Que estas 23 historias puedan convivir en estas páginas permitiría suponer que a cuarenta años del golpe de Estado de 1976 la convivencia de memorias en plural, aunque siempre se trate de memorias en conflicto, es posible. ¿Acaso las memorias diferentes no son siempre memorias en pugna, incluso cuando hoy una suerte de memoria canonizada parezca fijar los límites de lo que se puede seguir preguntando y poner en discusión sobre la violencia de los años 70? Como esos recuerdos de infancia a los que volvemos una y otra vez porque en cada rodeo la imagen revela nuevos sentidos, aquello que no se puede olvidar de los 70 —los centros clandestinos de detención, la sistematización de la tortura, los desaparecidos, los niños apropiados, la constatación de que el Estado que se pretendía honorable había llegado a apilar cuerpos en un avión para tirarlos vivos al mar— tal vez podría dar lugar, después de tantos años, a la formulación de nuevas preguntas, aquellas que también se atrevieran a indagar sobre el dolor producido por la violencia revolucionaria.

De eso hablan y sobre eso discuten las voces de estos hijos.

¿Es posible tomar distancia de lo que hicieron los padres sin traicionarlos? ¿Es posible no hacerlo sin traicionarse a uno mismo? ¿Cuánta verdad es capaz de soportar un hijo, cualquier hijo, sobre sus padres? ¿Hasta dónde se puede incomodar con una pregunta cuando esos padres han sido víctimas de lo peor o, por el contrario, cuando han sido acusados de lo peor? ¿Cómo conviven el amor y los cuestionamientos cuando de por medio está la hondura del crimen? ¿Cómo convive la lealtad del amor filial con la vergüenza? ¿Qué hacer con la idealización cristalizada que no se deja interpelar ni por los documentos de la historia? ¿Existiría una pregunta capaz de tocar esa idealización cuando tal vez en torno de ella un hijo edificó la estructura que le permitió vivir su vida? ¿Hasta dónde se siente autorizado un hijo a poner en discusión la verdad familiar?

El trabajo de Hijos de los 70 empezó en 2010. Hubo hijos que brindaron su testimonio al comienzo y otros a los que entrevistamos casi al borde de entregar el libro a la editorial, a fines de 2015. Se trata de una reunión de voces que no es una conversación —porque los entrevistados no dialogan entre sí— pero que, sin embargo, también podría leerse, de algún modo, como una conversación. En el contrapunto de muchas de estas historias —cada una con sus argumentos y su propia subjetividad— se puede imaginar un diálogo posible, un diálogo abierto.

La historia de las hermanas Donda cifra como pocas la complejidad del trauma de los años 70. Hijas de un matrimonio de militantes montoneros desaparecidos —Eva, criada por un represor de la ESMA, el hermano de su padre; Victoria, nacida en cautiverio, apropiada y restituida— todavía hoy intentan revincularse. “Yo soy hija de desaparecidos y a mí me cagaron la vida”, dice Eva, pero también se siente la hija, la sobrina-hija, de su tío Adolfo Donda, condenado a cadena perpetua, a quien ella no puede dejar de ver como una víctima. “Mis papás también hicieron cosas violentas”, contrapesa. Desde esa doble condición de su tragedia, busca desesperadamente reconstruir una familia con esa hermana a la que encontró cuando ambas ya eran grandes, aunque a veces se sienta en el medio de un fuego cruzado de argumentos en los que todavía no encuentra su propia palabra.

“Tanto dañaron los hijos de puta de los militares que ni siquiera lo que la guerrilla me hizo a mí, a mi padre, a mi familia, puede encontrar un lugar”, dice Delia Lozano, la hija de un gerente de IKA Renault asesinado en 1976 en un ataque de la insurgencia. Ya ni siquiera reclama otro juicio, lo que la indigna, dice, es que en el discurso hoy consagrado sobre el pasado violento no haya palabras para el daño que causaron las organizaciones armadas.

La confesión de la hija de un militar de altísimo rango durante la dictadura fue tal vez el origen más remoto de este libro. Pero al principio ella no estaba dispuesta a hacer público ni siquiera un testimonio anónimo, tal era el temor de que se abrieran otra vez las heridas familiares. “Leí expedientes con causas que lo involucraban —nos escribió—, investigué hasta averiguar más de lo que hubiera querido. ¿Qué hacer con lo que sabía? ¿Cómo procesarlo? Sentía vergüenza y culpa. Vergüenza de la mirada de los otros. Culpa ante la sociedad.”

En septiembre de 2010, otra hija, también de manera anónima, hizo público su infierno privado en los comentarios on line de un diario de Mendoza: “Soy hija de un coronel muerto en 2001 y hace tiempo me vengo preguntando dónde están los que, como yo, somos hijos de militares que, si bien no participaron directamente en las situaciones de secuestro, tortura, apropiación de bienes y de bebés, han seguido apostando y trabajando para el Ejército en aquellos terribles años como si no pasara nada. Así crecimos sus hijos, creyendo que los malos estaban afuera y nos podían matar; así vivimos y así retornó a nuestras vidas lo traumático de aquellos años, teniendo que pagar una deuda paterna que cargamos sobre nuestros hombros sólo por ser hijos de militares. Yo particularmente creo que los fantasmas de los desaparecidos pueblan nuestras noches y me pregunto: ¿por qué ese hombre bueno e inteligente que era mi papá, que nunca tuvo plata, que me enseñó a ser honrada, que me dejó estudiar Psicología en la UBA, por qué no se fue del Ejército?”.

Esos testimonios orientaron las primeras búsquedas. Había un antecedente en el libro de los periodistas alemanes Norbert y Stephan Lebert que reunieron en Tú llevas mi nombre sus entrevistas con hijos de los jerarcas nazis. En la Argentina, la psicoanalista María José Ferré y Ferré fue la primera en volver reflexión académica el estudio de las huellas del horror, no en los hijos de las víctimas, sino en los hijos de los victimarios. Profesional de la salud que integraba la cartilla de una obra social de las Fuerzas Armadas, había conocido de primerísima mano esos padecimientos que fueron la materia central de su tesis de doctorado. Pesadillas, angustias, depresiones, problemas de ansiedad, culpa, identificaciones con el agresor y con las víctimas, y hasta síntomas físicos, eran algunos de los problemas que aparecían en su consultorio. También la imposibilidad para hablar de esa herencia.

Y mucho menos para hacerlo públicamente. La mayoría de los hijos de militares que quieren dar su testimonio no visualizan a sus padres como perpetradores. Hablan los que quieren denunciar lo que consideran una persecución de la Justicia. Crecieron escuchando hablar de las tomas de cuarteles y regimientos, de los compañeros caídos de sus padres, de las bombas y los atentados, de los muertos también civiles —hijos e hijas, esposas de los uniformados— que había provocado la guerrilla. Desde esa experiencia plantean que las Fuerzas Armadas, sus padres, respondían a un ataque previo en defensa de la patria.

Mientras tanto la discusión sobre cuándo empezó la violencia en la Argentina del siglo XX —¿con la Semana Trágica, con el golpe de Uriburu, con los aviones que bombardearon la Plaza de Mayo, con el asesinato de Aramburu?— recorre los argumentos de muchos de estos hijos y se vuelve una trinchera donde se refugian y se defienden identidades políticas.

Muchos hijos —incluso algunos cuyos padres habían sido figuras emblemáticas del terrorismo de Estado— aceptaron tomar un café informal para escuchar la propuesta del libro y contaron en estricto off the record sus experiencias y sus reflexiones. Pero después cancelaban entrevistas y nunca más respondían siquiera correos ni llamados. La hija de un marino condenado por su participación en los vuelos de la muerte abrió la puerta de su hogar. Con un tono casual, ligero, mientras ofrecía más café y revolvía el azúcar en el coqueto living de su casa, dijo de pronto: “Boluda, mi viejo tiró a un nene de nueve años de un avión”. Quería que se entendiera el tamaño de la culpa que sentía su padre. Y admitió que, aunque le parecía injusta su detención —“Si se negaba a hacerlo, lo mataban”—, ella y sus hermanos habían recuperado a su padre desde que confesó: sacarse ese peso de encima lo había rescatado de días y días de tapar la culpa con pastillas y alcohol. Después de ese encuentro no pudimos volver a contactarla.

Dos de los cuatro hijos de un ex policía de la provincia de Buenos Aires que había fallecido en 2006, antes de ser detenido, pero a quien la Justicia ya había condenado por su participación en torturas, secuestros y asesinatos, nos recibieron en su casa. Hablaron del origen humilde de su padre, de su escasa formación y de por qué creían que había sido funcional a una batalla ajena, el “policía bruto” que hacía el trabajo sucio para “la casta de los militares”. Decían también que para ellos, como hijos, los juicios habían sido fundamentales. De otro modo, coincidían, ¿cómo haría un hijo, sin el respaldo de la ley, para pararse ante la palabra de su padre y pedirle explicaciones? Después de más de tres horas de anécdotas y reflexiones, fijamos fecha para una nueva entrevista. La suspendieron y nunca más respondieron mensajes.

Analía Kalinec, hija de un ex subcomisario condenado, fue una de las primeras que aceptó hablar públicamente. La periodista Jimena Rosli la había entrevistado en 2009 para el diario Miradas al Sur, el primer testimonio de una hija que repudiaba el pasado represor de su padre, a quien no puede perdonar. Hoy Analía cree que hay algo de sanación personal y social en hacerlo público: “Yo creía que éramos como la familia Ingalls, y no. Por eso todo esto tiene que ver también con mi identidad, con quién soy yo. Que toda esta verdad familiar haya estado vedada durante tanto tiempo es como un ocultamiento, es algo que queda ahí reprimido y que en algún momento puede aparecer”.

Muchas de estas historias no se conocen. Hay poco registro, por ejemplo, del modo en que se miran y se piensan mutuamente “los hijos de los 70”. Desde hace algunos años, se encuentran y se ven las caras en los recintos de la Justicia o en los pasillos de la política. Se ven celebrar un fallo o romper en llanto al escucharlo. Coinciden como padres de los grupos escolares de sus hijos, se hacen amigos. Se cruzan en la Cámara de Diputados. Se ven en la televisión. La hija de un militar condenado se pone de novia con el nieto de una Abuela de Plaza de Mayo. Un juego de espejos que los interpela a todos permanentemente.

“El padre es algo que debe ser tocado: como se toca un tema; como se toca un instrumento musical; como se toca al enemigo en el combate; como la instancia a la que se intenta apelar. No hay acto que no toque los orígenes”, escribió el psicoanalista Marcelo Barros.

Algunos padres de estos hijos, sin embargo, permanecen intocados (¿intocables?). Otros han sido cuestionados. Lo que estos hijos pudieron hacer con el legado que les tocó en suerte, el modo en que tramitaron sus experiencias, es parte de lo que aparece en sus testimonios. Por detrás de las coordenadas políticas e ideológicas que estas memorias actualizan, por detrás incluso de los detalles cotidianos de aprender a convivir con las pérdidas, con el dolor, el odio, la vergüenza o la resignación, algo de la transmisión entre las generaciones se pone en juego, el modo en que cada hijo, cada generación, toma la posta de las anteriores, en algunos casos para confirmarla o venerarla, en otros casos para rechazarla o ponerla en discusión.

Hijos de los 70 propone preguntas y obtiene respuestas que seguramente son provisorias y que podrían convertirse en el punto de partida de nuevas indagaciones. Deja que se expresen dolores invisibilizados y conflictos pendientes. Pero, para decirlo con palabras de Hugo Vezzetti, no pretende consagrar una verdad o una tesis, sino más bien mostrar un cierto estado de la memoria que se manifiesta en experiencias singulares que siguen reclamando su lugar, algún lugar, en el relato de la historia y en la construcción colectiva de la memoria.

A cuarenta años del golpe de 1976, hijos con heridas, trayectorias y posiciones políticas muy distintas, incluso antagónicas, aceptan la posibilidad de un encuentro textual, aceptan que sus memorias dialoguen en el espacio de un mismo libro. ¿Significa eso algo más? ¿Que hijos de militares y policías y guerrilleros e hijos de víctimas de militares y de policías y de guerrilleros acepten hablar en el mismo libro sin exigir saldar la discusión puede ser leído como una señal de eso que se ha dado en llamar “caminos de reconciliación”?

Con esa expectativa dijeron que querían participar algunos de estos hijos. José María Sacheri, el hijo de un profesor de filosofía asesinado por el ERP, viene trabajando en procesos de perdón y reconciliación desde hace varios años y ha sido acusado de impulsar una amnistía que beneficie a los militares. Él dice que el espíritu de su propuesta no ha sido comprendido. También habla de pacificación y reconciliación Ricardo Saint-Jean, hijo del ex gobernador bonaerense durante la dictadura, que defiende a procesados y condenados en los juicios de lesa humanidad y busca destrabar políticamente lo que cree son las razones que los mantienen en prisión.

Mario Javier Firmenich, hijo del ex líder montonero, dice que es una injusticia la condena social que pesa sobre su padre y le impide participar en la vida política del país. Habla de recomponer las grietas y trabajar por la unidad: “Creo que los hijos de nuestros padres tenemos que sanar las heridas de la sociedad, aunque no sean nuestras. Justamente porque no son nuestras y entonces es más fácil para nosotros que para ellos. Me gustaría discutir políticamente con Claudia Rucci y preguntarle por qué dice y piensa lo que dice, y que ella esté dispuesta a escuchar. Sería sano para mí y para la sociedad también. Creo que sólo los hijos pueden hacer eso, y si no, tendrán que ser los nietos, pero en algún momento la sociedad tiene que reconstruirse y ser viable”.

La revista católica Criterio —que viene revisando críticamente el rol de la Iglesia y de sus sectores tradicionalmente afines durante la dictadura— le encargó a la socióloga Claudia Hilb un artículo sobre la posibilidad de estos procesos de encuentro que se tituló “Una escena para la reconciliación”. La socióloga, autora de Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta, libro en el que plantea también la responsabilidad de las organizaciones armadas, explicitó en ese artículo, sin embargo, las dos condiciones indispensables para hablar de reconciliación: que se reconozca que el terrorismo de Estado supuso “un quiebre moral, civilizatorio, no homologable con los crímenes de la violencia insurgente”, y que se aporte información concreta sobre las víctimas.

Al tanto de estos debates, Aníbal Guevara, hijo de un ex militar preso en Marcos Paz, trabaja para conseguir que los detenidos hagan un pedido público de perdón. Sabe que sin ese paso y sin el compromiso de reponer la información retaceada hasta ahora —dónde están los cuerpos de los muertos, dónde están los niños apropiados— nadie va a querer escucharlos. Así les dijo en la cara un día en que casi le hacen perder la paciencia.

La necesidad de revisar y poner en discusión las razones del pasado y, acaso, enfrentar la dimensión de la propia responsabilidad, también tuvo lugar en el campo de la izquierda heredera de la experiencia revolucionaria.

Ya en 2005, el filósofo cordobés Oscar del Barco, conmovido por el testimonio del ex guerrillero Héctor Jouvet (fallecido a fines de 2015), que había relatado a la revista La intemperie el fusilamiento de dos compañeros por parte de sus camaradas del Ejército Guerrillero del Pueblo, en 1964, planteó que ya era hora de ajustar cuentas también con la violencia de la izquierda insurgente, la propia: “Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay ‘causas’ ni ‘ideales’ que sirvan para eximirnos de culpa”, escribió.

Diez años después, Luciana Ogando, la hija de un militante montonero ajusticiado por sus compañeros de armas, se atreve a preguntar por el destino de su padre y contrapone, al relato militante recibido, una relectura que no se siente deudora de la fidelidad de sus padres a los viejos ideales por los que estuvieron dispuestos a matar y morir. “No puede ser que porque ustedes fueron valientes y sufrieron mucho yo no pueda hacer lo que hace cualquier generación, que es cuestionar a la generación que la precedió”, dice, poniendo una nota crítica poco frecuente entre las memorias más bien idealizadas que se conocen.

Cuando Del Barco leyó las memorias del ex guerrillero Jouvet, él, que no había empuñado las armas pero sí había alentado intelectualmente aquellas aventuras, sintió que también tenía responsabilidad en la violencia. Y se atrevió a exigirles honestidad a muchos de los héroes intocables de la experiencia revolucionaria: “Corresponde hacer un acto de contrición y pedir perdón”, escribió, en un texto que convulsionó a la intelectualidad de izquierda y generó encendidas respuestas a favor y en contra que fueron reunidas en el libro No matarás. Sobre la responsabilidad.

Años después, Norma Morandini, hermana de dos militantes desaparecidos e hija de una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo en Córdoba, planteó en su libro De la culpa al perdón la necesidad, como sociedad, de reconciliarnos en el perdón, pero “no el que cancele el castigo de la Justicia sino el que nos perdone a nosotros mismos por haber permitido que se cometieran crímenes imperdonables contra nuestros hermanos”.

En 2013, el politólogo y ex montonero Héctor Leis, fallecido en 2014, volvió a sacudir el debate sobre la violencia con su libro Un testamento de los años 70, un planteo polémico que, aunque describió descarnadamente la naturaleza y la magnitud del crimen que había cometido el Estado, terminó llevando alivio a los militares: Leis no sólo pidió perdón a sus antiguos enemigos y propuso un memorial conjunto con el nombre de todas las víctimas, también equiparó responsabilidades entre la violencia insurgente y la violencia estatal. Graciela Fernández Meijide, su amiga y protagonista junto con él del documental El diálogo —realizado por Pablo Avelluto, Carolina Azzi y Pablo Racioppi—, valoró su preocupación por terminar con un problema que aún conflictúa al país, pero también marcó sus límites: no se pueden equiparar ambas violencias y ella, madre de un adolescente desaparecido, “ni siquiera puede pensar en perdonar”.

En la novela Papá, que Federico Jeanmaire escribió en memoria de su padre —un militar retirado que fue intendente de la dictadura en la ciudad de Baradero—, el escritor ensaya un amoroso ajuste de cuentas con su padre después de una vida de desencuentros afectivos y políticos. De regreso del cementerio donde ha dejado los restos de ese hombre tan querido, el narrador se da a sí mismo una respuesta: “No creo que el mero paso del tiempo ni la naturaleza por sí sola produzcan la comunión de nada. No lo creo. Y se me ocurre que casi lo mismo sucede con la patria”.

La naturaleza o el simple paso del tiempo, seguramente, nunca podrán sanar por sí solos lo que deba ser sanado. En todo caso, será la intervención de la palabra —de las palabras que faltan— lo que pueda ayudar a reponer sentidos, ofrecer alivio y una promesa —no siempre cumplida— de restañar las heridas. Aunque las cicatrices perduren y no todas las diferencias puedan ser saldadas.

FÉLIX BRUZZONE

“Si para que los verdaderos hijos de puta vayan a la cárcel, el precio a pagar es que tipos como tu viejo queden presos, yo lo pago”

Ahí estaba él flaquito como es, sus rulos, sus grandes ojos verdes, su sonrisa nerviosa. Uno más en la fila de las visitas para entrar al penal de Marcos Paz, al pabellón de lesa humanidad. Sólo que, a diferencia de los otros, Félix Bruzzone no estaba ahí para visitar a un familiar detenido sino para preguntarles a esos hombres, presos por violaciones a los derechos humanos, qué sabían sobre su madre y su padre. Aunque en realidad, ésa no era la pregunta inicial que lo había llevado hasta allí. No era eso lo que se dijo a sí mismo cuando empezó a hacer los trámites previos a la visita. Hasta ese momento estaba seguro de que la ida al penal no tenía que ver con su condición de hijo de desaparecidos, de huérfano, sino con un nuevo proyecto de escritura. Después de las novelas Los topos, Barrefondo, Las chanchas, los cuentos reunidos en su libro 76 y en diversas antologías, Félix se acercó al mundo del otro lado, al de los otros hijos de los años 70 cuando, en mayo de 2014, a pedido de la revista Anfibia escribió, junto con el antropólogo Máximo Badaró, una nota sobre los hijos de detenidos por violaciones a los derechos humanos que se tituló “Hijos de militares, 30.000 quilombos”. Uno de sus entrevistados fue Aníbal Guevara, vocero de la agrupación Hijos y Nietos de Presos Políticos e hijo del ex teniente coronel (RE) Aníbal Alberto Guevara, preso en Marcos Paz. De aquel encuentro para la revista Anfibia surgió en Félix esa idea de libro que lo terminaría dejando en el pabellón de lesa humanidad. Piensa en escribir un relato que reúna anécdotas de los juicios, polaroids de ese universo de hombres condenados.

La visita a Marcos Paz se concretó un lunes. Félix pasó el fin de semana previo como si no tuviera enfrente ese lunes extraño, fuera de cuadro. “Me estuve haciendo el boludo todo el fin de semana”, escribió en su perfil de Facebook. No leyó, no tomó notas, no preparó la entrevista. Fue desnudo a ver qué pasaba. Llegó a Marcos Paz en el auto de Aníbal Guevara. Después de la requisa, esperaron juntos el micro interno que los trasladaría al pabellón de lesa humanidad y fue Aníbal quien lo guió para hacer los trámites y quien lo iba presentando a los otros visitantes: “Él es Félix Bruzzone, sus papás están desaparecidos”. Un saludo respetuoso, un abrazo fuerte, una disculpa. Sí, un hombre le pide perdón. Es Carlos Enrique Alsina, ex teniente coronel del Ejército (RE), le dice Aníbal. Está allí para visitar a su hermano Gustavo Adolfo Alsina. Los ojos de Félix se ponen más redondos que de costumbre, la risita nerviosa otra vez. Gustavo Adolfo Alsina tuvo algo que ver con su padre, no sabe muy bien qué, pero de pronto se siente en estado de alerta. Conmovido y alerta.

Llegan al pabellón. Tenía la intención de reunirse con el papá de Aníbal para escuchar su versión sobre los hechos por los que fue condenado y para que le cuente sobre su vida en prisión. Pero a la mesa donde se sientan a conversar empiezan a acercarse otros detenidos. La intimidad no existe en el penal. Cuando llegan visitas, llegan para todos. De a poco se van arrimando, algunos se sientan, otros se congregan en torno a la mesa, un picnic de camaradería otra vez fuera de foco para Félix, muy raro. Cerca de ellos caminan Alfredo Astiz, Miguel Etchecolatz, el ex sacerdote Christian von Wernich. En la mesa, alguien le pregunta quiénes son, quiénes fueron sus padres. Eso intenta responderse Félix todos los días de su vida, quiénes fueron sus padres, cómo fueron sus padres, pero ahora se trata de otra cosa. Él lleva el apellido de su mamá, explica, Marcela Bruzzone, porque en tiempos de clandestinidad su padre no podía acercarse hasta el registro civil. Quién era tu padre. Félix Roque Giménez, dice él, y un silencio tenso desbarata el picnic. Gustavo Adolfo Alsina se levanta de golpe y se va. Cuando vuelva a la mesa, todavía tenso, casi una hora después, Félix ya se habrá enterado de que la historia de su padre, “el soldado Giménez”, es una leyenda negra para esos hombres de armas con los que se ha sentado a la mesa.

En 1973, Félix Roque Giménez era un soldado conscripto del Batallón 141 de Comunicaciones, en Córdoba, pero era también un cuadro del ERP y fue una pieza clave en el copamiento de ese batallón, en febrero de 1973, durante un operativo comando que le dio al ERP uno de sus triunfos más resonantes: sin víctimas fatales, consignó el órgano de difusión de los guerrilleros, Estrella Roja, se había logrado “recuperar para la causa del pueblo argentino” dos toneladas de armas y municiones, después de reducir a un teniente primero, un subteniente, cinco suboficiales y alrededor de cien conscriptos. Para los guerrilleros, Félix Roque Giménez se convirtió en un héroe revolucionario; para los militares fue desde entonces un traidor. Y ése fue el trato que le dieron tres años después, cuando al fin lograron atraparlo.

“Nos tocó hacer cosas terribles”, le dice Gustavo Adolfo Alsina, condenado a cadena perpetua en 2010, en el marco de la megacausa La Perla, por su participación en tormentos contra los presos políticos de la Unidad Penal 1, de Córdoba, y por el asesinato de José René Moukarzel, estaqueado hasta la muerte en el patio de esa dependencia. “¿Vos qué querés saber?”, le pregunta Alsina. Félix no sabe si el ex militar detenido que ahora espera su respuesta al otro lado de la mesa tuvo contacto con su padre en prisión. No sabe si acaso el combatiente del ERP, el ex conscripto Giménez, pudo haber sido su víctima. Sabe sí o cree saber o alguna vez escuchó —no está seguro, porque Félix pregunta y olvida, recuerda y olvida, sabe y olvida— que uno de los hermanos Alsina era el jefe a cargo de la unidad en la que revistaba el soldado Giménez antes del operativo del ERP contra el batallón 141 y fue uno de esos jefes militares reducido durante el copamiento. “¿Vos qué querés saber?”, está preguntándole Alsina. Todo sobre mi padre, podría haberle dicho Félix. Quiere saber qué pasó con Félix Roque Giménez, secuestrado el 15 de marzo de 1976, a los 24 años, en Córdoba, detenido en el centro clandestino Campo de La Ribera y desaparecido desde entonces. Aunque en el juicio por la megacausa La Perla, en Córdoba, diversos testigos hicieron referencia al modo en que murió su padre, nunca se supo qué pasó con su cuerpo. Félix quiere encontrarlo. Alsina no le da detalles. Le dice que va a tratar de averiguar lo que pueda. Y ocupa el tiempo que les queda de visita para explicar que la guerra es así, que en la guerra pasan cosas terribles. “Tu papá, igual que nosotros, era un soldado”, dice, y Félix siente un tirón de incomodidad en la espalda, un tirón que ya le crispa los músculos cuando uno de los dos Alsina, no recuerda si el condenado o su hermano el visitante, da un paso más y explica que para ellos, los militares, el soldado Giménez fue un traidor, un entregador, como Astiz lo fue para los otros, “para ustedes”, dice. “Me lo llegaron a comparar con Astiz —en la cara de Félix otra vez esa mueca-sonrisa—, como diciendo que mi viejo era un infiltrado, un Astiz. Como si fuera la misma cosa meterse con todo un batallón del Ejército que meterse con un grupo de madres que piden por sus hijos.”

Félix dice que no tiene prejuicios, que nunca tuvo la militancia por delante. Tal vez por eso, piensa, pudo llegar hasta allí, a Marcos Paz, “donde se supone que están todos los malos, todos juntos” y sentarse a conversar con ellos. Por curiosidad. Por el nuevo proyecto de libro. Por hablar con alguien que pueda decirle algo más sobre sus padres.

Marcela Bruzzone tenía 22 años y un hijo de tres meses cuando desapareció, en noviembre de 1976. Un operativo del Ejército arrasó con la casa en la que vivía con otro compañero del ERP y con Félix que, ese día, había quedado al cuidado de la abuela. La madre de Marcela había logrado que su hija se comprometiera a llevarle al pequeño todos los días, o por lo menos cuando su militancia la expusiera a situaciones de riesgo. “Se ve que mi vieja transó con eso y entonces muchas veces me traía para acá.” No tiene el dato exacto de dónde quedaba la última casa de su madre, donde vivió con ella. Sabe por relatos familiares que había un largo viaje en tren desde allí hasta Retiro y que el bebé que fue lloraba mucho en esos viajes. Su madre lo había comentado con la abuela. Tal vez era en Pacheco, dice. “Sé que mi abuelo la dejaba en un cruce de caminos en Zona Norte, cerca de donde vivo yo ahora, por la Ruta 202.”

El departamento donde Félix dormía a resguardo el día en que aquella casa fue arrasada es este departamento de Juncal y Guido, en Recoleta, donde nos encontramos para la entrevista. Acá creció, al abrigo de la familia materna. La abuela Leda Moretti era ama de casa y al igual que sus dos hermanas se había casado con un hombre de la Marina. El abuelo, Carlos Bruzzone, era un capitán retirado para la época en que su hija menor se integró al ERP. Aunque había tenido una participación destacada en el golpe contra Perón, en 1955, como capitán de navío al mando del crucero “17 de Octubre” —pieza clave en las maniobras militares del derrocamiento y rebautizado años después como crucero “General Belgrano”, el famoso barco hundido por los ingleses en la Guerra de Malvinas—, se había visto obligado a pedir la baja poco después del golpe porque había chocado un barco en circunstancias extrañas que despertaron muchas suspicacias (la familia especula con que tal vez sus enemigos políticos lo hicieron chocar a propósito porque sabían que, aunque había participado del golpe, sus simpatías políticas estaban con Lonardi, no con el ideario de la Libertadora). Hacia 1974, concretado el regreso de Perón, el abuelo Bruzzone ya reivindicaba el proyecto justicialista y estaba cerca de Guardia de Hierro, al igual que sus dos hijos mayores. Félix cree haber escuchado que alguna vez, tras el secuestro de su hija, el abuelo Bruzzone intentó reunirse con el jefe de la Armada Emilio Eduardo Massera, pero no lo logró. Aunque hay versiones contrapuestas en la familia. El hermano mayor de su madre se quejó en algún momento de que el padre no había movido suficientes influencias para rescatar a la hija. “Mi abuelo estaba armando algo político para Massera desde Guardia de Hierro, él era referente de Guardia, como mis tíos. Mi abuelo, según mi tío, no movió todo lo que hubiera podido para no perjudicar ese proyecto. Mi tía, en cambio, dice que mi abuelo hizo todo lo que pudo. No sé. A mí me parece que a mi abuelo la Marina le cortó los víveres desde el momento en que se hizo peronista, mucho antes de todo el quilombo de mi vieja. Son todas dudas. La versión oficial es que mis abuelos presentaron hábeas corpus, todo lo que se podía en ese momento, y que mi abuela le pidió a mi abuelo que fuera a hablar con Massera, con Suárez Mason, pero Massera le dijo que se iba a encargar y nunca hizo nada. Mi abuelo se murió en el 79, de cáncer, muy rápido.”

La abuela Leda, que ahora ya tiene 96 años y se pierde en su Alzheimer, venía de una familia adinerada y era una señora de Barrio Norte que conocía los buenos modales, que había mandado a sus hijas a buenos colegios y sabía manejarse dentro del protocolo de su ambiente. Casi todos los fines de semana, durante aquellos años en que la hija menor de la familia seguía desaparecida y Félix era un bebé al cuidado de su abuela, las hermanas Moretti y sus esposos marinos, todos procesistas, dice Félix, se encontraban en reuniones familiares. A menudo, la situación de su hija desaparecida tensaba el ambiente, pero Félix cree que nunca se llegó a una pelea. “Para mi abuela debe haber sido complicadísimo, pero por ahí se hacía la boluda, qué sé yo.” Tal vez por eso, conjetura, ella nunca se acercó a Madres de Plaza de Mayo ni buscó a su hija a través de los organismos de derechos humanos. Tal vez le daba vergüenza, tal vez chocaba con sus pretensiones sociales, tal vez no podía dejar de verlos como nido de comunistas, dice.

Lo cierto es que no hubo en aquellos años una búsqueda consistente que permitiera determinar con certeza qué había pasado con Marcela. Unas fotos que consiguió extraoficialmente una tía segunda de Félix, que era periodista —y que terminó siendo su suegra, porque Félix se casó con su prima segunda, hija de esa tía—, parecían confirmar que había muerto en un enfrentamiento. Pero el cuerpo nunca apareció. También se había hablado de Campo de Mayo. En esa indeterminación estaba cuando un día, recién mudados a la casa que construyeron en la zona de Don Torcuato, una llamada telefónica inesperada lo puso otra vez en la pista del máximo centro clandestino del Ejército, en la Zona Oeste del Gran Buenos Aires. Una tal Mónica, ex compañera de secundario de su madre en el Lenguas Vivas (la escuela a la que fue cuando la familia se mudó de Martínez a Recoleta y ella ya no quiso seguir en el colegio Northlands), había encontrado su nombre en la guía y lo llamaba porque estaban organizando una reunión de ex alumnas y ella era la encargada de averiguar qué se había podido confirmar sobre Marcela. Cuando mencionó Campo de Mayo, Félix lo puso en duda, pero ella insistió: “En el Nunca Más, Marcela Bruzzone figura en Campo de Mayo”.

La posibilidad de que hubiera sido llevada a ese centro clandestino ya se la habían mencionado en la sede del Equipo Argentino de Antropología Forense. No como algo confirmado sobre su madre sino como el destino común entre los militantes del ERP secuestrados. Félix había dejado una foto de Marcela en Antropólogos, como se refiere a la institución que desde 1984 ya logró identificar a más de 700 víctimas de la represión ilegal enterradas clandestinamente. “Una sobreviviente había dicho que entre las personas con las que se relacionó en cautiverio estaba una mujer que había tenido un hijo un 23 de agosto de ese año, 1976, que es la fecha de mi nacimiento. Entonces por esos datos que cruzaron pensaron que podría haber sido mi mamá. Me habían pedido que llevara unas fotos para que esta persona las viera y confirmara si se trataba de mi mamá. Llevé la foto y, como pasó bastante tiempo y nunca me volvieron a llamar ni me contestaron nada, yo asumí que no era ella.” La llamada de la ex compañera de Marcela reactivó la búsqueda. Félix volvió a Antropólogos a ver qué había pasado con las fotos. Le pidieron disculpas por no haberlo llamado. La sobreviviente que recordaba la fecha de su nacimiento había reconocido a su madre en la foto que él les había dejado. Félix la llamó. “Fue una conversación tremenda. Es uruguaya. Yo quería ir a verla allá, pero no me dio cabida. Me decía que se había olvidado de todo, que no sabía ni lo que le había pasado. Después se acordó de mi mamá, no del nombre, pero sí de que habían militado juntas, me contó que mi vieja era como la referente de ella en la zona, me contó cómo los habían secuestrado al marido, a los hijos, a ella, un desastre. Después logró recuperar a los hijos y se fue al Uruguay para siempre. Pero no quería hablar de todo eso, quería olvidarse.”

Félix empezó a atar cabos y de pronto se dio cuenta de que buena parte de la familia, con los años, se había establecido en torno a Campo de Mayo, el predio militar donde, durante los años de la dictadura, funcionaron cuatro centros clandestinos y una maternidad, y por donde se estima que pasaron más de cinco mil prisioneros políticos. Después, en un giro ya más obsesivo de esas elucubraciones, casi maniático, dice, constató que él y su mujer, que habían construido su casa por allí con la plata que él recibió como indemnización del Estado por la desaparición de sus padres, habían terminado de cerrar ese círculo. Un anillo en torno a Campo de Mayo. “La hermana de mi vieja, al poco tiempo del secuestro, se fue a vivir al Gran Buenos Aires, a cinco cuadras de Campo de Mayo. Empecé a darme cuenta de que había alguien de nuestra familia en cada uno de los partidos que rodean el predio, San Miguel, Hurlingham, Tres de Febrero, Tigre y, al final, nosotros, en Malvinas Argentinas, porque en realidad nuestra casa, por unas cuadras, no pertenece a Don Torcuato sino a Malvinas.” No se hace el distraído: por momentos se le cuela la fantasía de que vivir allí es vivir más cerca de su madre. De algún extraño modo, una proximidad tal vez inexplicable. Como la abuela Lela de su novela Los topos, que se muda a un departamento frente a la ESMA, con vista directa al centro clandestino, el último lugar en donde estuvo su hija desaparecida, para estar más cerca y para tratar de averiguar qué había pasado con ella.

En la familia de Félix siempre fue distinto. Buscar y no buscar. Saber y no saber. O en su caso, averiguar, saber y después olvidar. Y seguir buscando. Para algunas cosas tiene muy buena memoria. Pero le falla con los detalles que va sumando sobre la vida y la muerte de sus padres. Una ecología del olvido sin explicación. Buscar y olvidar. O buscar pero no querer encontrar. Siempre fue difícil, desde que era chico. Percibía la incomodidad de sus abuelos y sus tíos cada vez que preguntaba. De chiquito, la abuela Leda le decía que cuando fuera más grande le contaría todo. A los ocho años, la edad en que empezó a hacer terapia por recomendación de sus maestros del Colegio San Agustín, tuvo una primera explicación de cómo habían sido las cosas. Félix dice que después de ese día en que la abuela Leda le contó en qué andaban sus padres, se pasaba horas imaginando al soldado Giménez con un revólver en la mano. Pensaba en ese revólver, en dónde estaría, tal vez debajo de alguna cama, escondido en algún rincón de la casa. Cuando tenía 11 años se compró el Nunca Más. Sabía que ese libro tenía que ver con lo que les había pasado a sus padres. “Mi abuela me dejó comprarlo, pero me dijo que mejor no lo leyera porque me iba a hacer mal. ‘Yo misma no lo leo’, me dijo. Igual lo leí sólo un poquito, porque era bastante estremecedor.” Buscar con miedo. Buscar, encontrar y olvidar. “Yo nací en Capital, no me acuerdo en qué clínica; sabía pero me olvidé. Ustedes me preguntaban cuántos años tenían mis viejos…

16/03/2016 LIBRO

“Hijos de los 70”, testimonios de los herederos de una época trágica

Como un mosaico de historias que piden la palabra y exigen su lugar en la complejidad de la trama trágica de la última dictadura, el libro de las periodistas Carolina Arenes y Astrid Pikielny acerca testimonios de herederos de esa época y se torna urgente para vislumbrar un contrapunto de biografí­­as aparentemente antagónicas pero enlazadas en un pasado que siempre regresa con dolor.

Por Milena Heinrich

Hernán Vaca Narvaja, hijo de Miguel Hugo, asesinado en 1976, se pregunta cómo conviven con los hechos de la historia los hijos de los torturadores, y como un diálogo que nunca fue real pero sí­ ensayado en las páginas de este libro, la hija de un represor, Analí­­a Kalinec, conmueve al preguntarse: “¿Por qué una persona entra a trabajar en la policía a ejecutar esa función? No cualquiera lo puede hacer, ¿por qué mi padre sí?”.

O la empatí­­a que sintió Mariano Tripiana cuando presenció el desgarro de los hijos de Aníbal Alberto Guevara acusado de la desaparición de su padre. También la reconstrucción de identidad de Luciana Ogando, cuyo padre militante de Montoneros fue fusilado por sus propios compañeros después de haber dado información bajo tortura, son algunas de las historias que echan luz sobre heridas abiertas.

Hijos de militantes, represores, sindicalistas, empresarios, intelectuales, “todos son portadores de marcas que tienen que ver con una época que sustituyó la polí­­tica por la violencia”, dice a Télam Astrid Pikielny sobre los testimonios reunidos en el libro. “Un denominador común para todos, cada uno con su particular caracterí­stica , es qué hacen con la herencia que les tocó”, agrega la coautora, Carolina Arenes.

“Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina”, publicado por Sudamericana, despliega así­ 23 historias de varones y mujeres que recuperan, acompañan, rechazan, se desprenden y también reivindican a la generación que los parió. Son hijos atravesados por el dolor, por la ausencia y por el silencio o las omisiones, son hijos que cuestionan y que amasan el vínculo con sus padres no como quieren, sino como pueden.

Y son también voces que parecen estar en las antí­­podas pero que sin embargo se unen bajo el signo de ser “herederos de una época”, como condensa Pikielny, y tal vez por eso cada una reclamaba ser escuchada, tener su lugar en la bibliografí­a sobre esa época oscura. “Hay muchas voces que sienten que no están en la historia”, indica Arenes, licenciada en Letras y periodista editora del diario La Nación.

Lejos de pararse en el banquillo acusador, más bien el libro arroja como un balde de agua frí­a y urgente el dolor de una generación. Y aunque cada hijo ve los hechos del pasado y el accionar de sus padres desde paradigmas a veces opuestos , en general “hay un consenso de época que hoy en dí­­a impide que alguien defienda la dictadura”, piensa Pikielny, periodista y politóloga.

A un lado quedan entonces los prejuicios que los condenan, los celebran o los apartan del camino por ser ‘hijos de’ porque en definitiva, advierte Arenes, se trata de “gente que tiene muchas heridas y con planteos de muy distinta í­­ndole. Lo que es interesante es ver qué decidieron o pudieron hacer con la herencia; las preguntas que se hacen y no se hacen sobre sus padres”.

Y con esa intención el libro se abre como un abanico y por sus páginas salpican cruzadas voces singulares, disí­­miles, poco orgánicas, como el testimonio de Eva Donda, el de los hijos de Marcelo Dupont (Valeria, Marcelo, Máximo y Miguel, los cuatros reunidos por primera vez), el de Delia Lozano, Luciana Ogando, Luis Alberto Quijano, Mario Javier Firmenich, Claudia Rucci, Diego Molina Pico, Mariano Pujadas, Alejandro Rozitchner y Félix Bruzzone.

“Es interesante ver cómo estos hijos se cruzan en los pasillos de la justicia, en la calle, en los trabajos”, dice Pikielny. Las escenas se enlazan entre padres y descendientes, como Félix Bruzzone, hijo desaparecidos (su padre, un soldado conscripto de Córdoba y militante del ERP), que atravesó el paredón del penal de Marcos Paz, de la mano de otro hijo, Aní­bal Guevara, sin saber demasiado por qué pero allí­ estuvo rodeado de represores.

O Ricardo Saint-Jean que se hizo responsable de la causa de su padre, Ibérico Manuel Saint-Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires, transitando tribunales para defender lo que él consideró una detención en “contra de todo lo que habí­a estudiado”, aún reconociendo las prácticas ilegales en el marco de “una guerra”. También Diego Molina Pico y el relato siniestro de Jorge “Tigre” Acosta cuando al entregarse, una madrugada de diciembre de 1998, le contó al fiscal las razones del secuestro de su tía, una monja misionera.

Las autoras empezaron a reunir testimonios en 2009 y desde entonces tuvieron encuentros con muchos hijos -unos se negaron desde el comienzo, otros cedieron un par de citas y finalmente desistieron-, y fue recién cuando publicaron el libro que vivieron algo inesperado: algunos de los entrevistados pidieron contactarse con otros. “Hay un montón de experiencias de los 70 que por lo menos no están en la superficie, muchas conversaciones y miradas que no se encuentran pero sí­­ se entienden”, reflexiona Arenes.

“Es curioso – repasa sobre el motor que dio inicio a este recorrido de biografí­­as – porque partimos de una pregunta sobre la posibilidad de hacerlo y no sobre una propuesta de complejizar la época. Lo que puso en marcha este libro fue el testimonio de la hija de un general: qué pasa cuando crecés sabiendo todo lo que fue la dictadura y después te enterás de que tu papá fue una pieza de todo ese engranaje”.

Y de ahí­­, como una catarata, se sumaron otros interrogantes: “Cómo viven hoy los hijos de padres vinculados con la violencia de los 70, qué hicieron con el dolor, con su trauma y cómo lo procesaron, cómo es la relación con los padres, en qué medida pudieron preguntar”, menciona Pikielny. “Quizá -dice Arenes- en esas respuestas estén los lí­­mites del amor filial para pensar hasta dónde podemos cuestionar algo que tenga que ver con nuestros padres”.

Claro sucede que “todos tenemos la herencia de nuestros padres pero estos hijos son herederos de una época, de historias con muertes y situaciones radicales, de dolor, desgarro familiar”, señala Pikielny y su compañera trae como ejemplo a Firmenich hijo que reconoce que “las herencias pueden discutirse o rechazarse pero él elige defender a su padre porque siente que defiende su propia historia” o el testimonio anónimo de esa hija de un general “que siente vergüenza y culpa con la sociedad”.

A groso modo -identifica Pikielny sobre las vertientes de esta generación sacudida por la tragedia argentina, a 40 años del golpe de Estado- hay dos caminos: la idealización de los padres y la del monstruo. Y también aparecen algunos en un punto intermedio, aquellos que han podido distanciarse de cuestiones polí­ticas o ideológicas y se hicieron un lugar propio y al mismo tiempo preservaron o construyeron el camino con ese padre”.

Es que la llave que convierte este libro en un eslabón para comprender heridas entrelazadas, y en esto las dos autoras son rotundas, “es que estamos hablando de hijos, no de padres. Los hijos no son responsables de nada, no heredan culpas. -dice Arenes y Pikielny sintetiza : No rinden cuentas a la justicia, no tienen responsabilidades políticas y para nosotras no están bajo sospecha por origen o filiación, aunque haya posturas con las que no estemos de acuerdo”.

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