Zurdos no diestros: ROSA INDOMABLE, UNA ROSA Y SU ESPINA DOLOROSA

Zurdos no diestros:
ROSA INDOMABLE, UNA ROSA Y SU ESPINA DOLOROSA

La historia de Rosa Silva Álvarez, una incansable activista que ha hecho de su causa por la verdad y la justicia su sentido y razón de vida. Los militares de la dictadura de Pinochet asesinaron a su padre en 1973. Protestar en la calle es uno de sus hábitos. 

Por Myriam Carmen Pinto, serie Zurdos no diestros.

Rosa Silva Álvarez, ha hecho  de su  lucha por la verdad y la justicia su sentido, misión y razón de vida.

Protestando en las calles, le lanzaban  agua sucia al rostro, la empapaban, le quitaban y rompían carteles y lienzos, la golpeaban, la llevaban a los calabozos, pero ella seguía y seguía… lo mismo todos los días.

Su sangre hierve.  En Antofagasta, un día de mediados de octubre de 1973, los militares asesinaron a Héctor Mario Silva Iriarte, su padre, 38 años, abogado, dirigente regional del partido socialista y alto directivo de una empresa estatal.

En la oscuridad de la noche

El 11 de septiembre de 1973, día del golpe militar, a él, lo requieren publicamente para responder algunas preguntas.  Sin pensarlo dos veces, viaja desde Santiago, donde cumplía una comisión de servicios. Se presenta voluntariamente. Un salvoconducto le permite desplazarse en su propio vehículo, incluso en horas de toque de queda. Desecha así una propuesta de asilo en México. A su esposa, Graciela Álvarez, dijo no tenía nada que ocultar porque sus manos estaban limpias.

Lo encarcelaron en los cuarteles y luego lo metieron en la cárcel. Estuvo junto a dirigentes políticos, académicos y estudiantes; todos apresados, de un día a otro, solo por sus lazos con el derrocado gobierno de la Unidad Popular.

Graciela, madre de Rosa, acude a la cárcel todas las mañanas. Lleva alimentos y ropa limpia. Un día consigue una visita… estaba arrinconado en una celda, sentado en el suelo,  lleno de heridas y llagas ensangrentadas. No la reconoció.

Un mes y medio después, el vigilante de turno le recibe  el paquete de ropa como ya acostumbraba. Estaban en ello cuando un hombre, a quién no conocía y no había visto nunca, se le acercó. Era el fiscal militar, quién dijo:

– Señora ¿No se enteró de lo que pasó ayer? (18 de octubre,1973)

-No, respondió, ella.

-Los mataron a todos. Graciela se desmaya.

“Fusilan a tres extremistas”, informa la prensa regional a través de dos comunicados firmados por el departamento de Relaciones Públicas de la Jefatura de la Zona en Estado de Sitio. Daban cuenta de la ejecución de seis prisioneros políticos por órdenes de la Junta de Gobierno. Según, esta versión oficial, habían intentado huir. Después se supo no eran seis sino que 14, entre ellos un alcalde, un gobernador, dos gerentes de empresas públicas, dirigentes estudiantiles, sociales y trabajadores.

Los asesinaron en la oscuridad de la noche, cuarenta tiros de rifles y ametralladoras. Vendados sus ojos, amarrados, masacrados, muertos sin proceso, sin sentencia ni defensa alguna.

Sello firmado con sangre

El capellán y un soldado visitan a su esposa en su hogar. Desde la cárcel, traían – en una cajita- su billetera, su reloj, su documentación personal y un mensaje verbal: retirar su cuerpo, sepultarlo en silencio y lejos de la ciudad.

Lo llevaron a Vallenar,  en un ataúd sellado, escoltado por militares con tenidas de combate y armamentos como si fueran a una guerra.

No permitieron velatorio ni funerales, misa ni responso.  Su tumba quedó sin flores y sin nombre; quedó allí como un nadie, un NN.

Sus hijos, Libertad, Amanda, Patricia, Mario y Rosa, tienen entre 4 y 15 años.  Vivían felices con sus sorpresas, cada día. Su padre les dejaba chocolates, juguetes y libros de cuentos bajo sus almohadas. Los llevaba al cine, les contaba historias de la llegada de los españoles  a Chile y  los mapuche; él era ayudante de los personajes más importantes.

En Vallenar, Graciela, los  prepara dignos. A ella, la mataron con él; sobrevivía solo para sus hijos. No tenemos derecho a llorar, decía siempre. Tenían derecho a quererle, amarle, recordarle y gritarle, pero no a llorarle.

La urgencia era levantarse del suelo, mantenerse unidos, ser una familia en pie. Era necesario denunciar, esclarecer la verdad y arrestar a los culpables. Reunidos todos sellan un pacto. Se proponen inmortalizarlo, continuar sus ideales y su utopía social; asumen compromisos por la verdad, la justicia y lealtad a su memoria.

Los años los encauzan hacia caminos sociales y políticos. Mario, el único hijo hombre, milita en el partido socialista, es dirigente nacional. Una de las hijas no quiso saber nunca más nada, las otras tres, al igual que su hermano,  integran  la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos (AFEP) y su quehacer incansable por la justicia, la vida, la libertad y el retorno a la democracia. Es la organización que reúne a las esposas y esposos, las compañeras y compañeros, las hijas e hijos, las madres y padres, los familiares y amigos de aquellos que fueron asesinados por los militares, entre 1973 y 1990.

Florece Rosa indomable

En los años 80, tras terminar sus estudios secundarios, Rosa, se radica en Santiago. Viene a unirse al  movimiento por la defensa y promoción de los derechos humanos y a la lucha por el fin del régimen militar, está c onvencida  de que la única batalla que se  pierde es la que se abandona. Quizás por ello nunca tuvo miedo a los fusiles, metralletas, tanques, botas, ni balas, quizás porque no ha podido llorar como Dios y el universo manda, menos aún vomitar la rabia que tiene hacia quienes mataron a su padre y quienes buscan silenciar y echar todo al olvido.

“Soy hija de Mario Silva, un hombre que usted mandó a matar”. Quiero consultarle ¿cómo se siente ahora?… mírelo, véalo en esta foto, criminal, asesino, criminal”. Mirándole desafiante, frente a frente y a los ojos, increpó al general Sergio Arellano Stark. Sucedió en los pasillos del palacio de los Tribunales de Justicia. En otra ocasión, le escupió el rostro.

Este general del ejército dirigió una comitiva de once altos oficiales. Desplazándose en un helicóptero, de norte a sur, sacaron, desde las cárceles, a 116 prisioneros políticos; los acribillaron y a varios los hicieron desaparecer o los enterraron clandestinamente.

En los expedientes, un general declara que inicialmente no quería entregar a los familiares los cuerpos para su entierro por “vergüenza”. Se descubriría la bárbara forma en que los mataron. Antes de fusilarlos, los masacran, los despedazan con cuchillos corvos y en la morgue del hospital, los médicos los dejan presentables y de nuevo bonitos, entregándolos en urnas selladas. El caso se conoce como “Caravana de la muerte”.

Fue una operación de exterminio, despliegue del terror y señal de guerra, dicen los familiares de las víctimas. Las fuerzas armadas creían salvar al país del comunismo; hicieron lo que hicieron, según ellos, por honor a la patria. Rosa, recuerda que su padre no sabía disparar ni siquiera pistolas de agua.

Una vez, en una manifestación, un policía la apuntó, pasando las balas de su fusil. No ocurrió lo que pudo haber sido el fin de sus días. Estando a punto de disparar, uno de sus compañeros – al darse cuenta de dicha maniobra – desvía el arma, dando un manotazo.

Chile retorna la democracia

A Héctor Mario Silva Iriarte, en los años 90, le rinden homenajes en un funeral simbólico. No había muerto ni féretro, pero era como si. Había banderas rojas, consignas partidarias, discursos, aplausos, claveles rojos; grito del grito… compañero presente, compañero… ahora y siempre.

Fue el funeral que no fue. Su nombre quedó escrito en su tumba y en los memoriales dedicados a las víctimas de la represión de Antofagasta y Vallenar. Instalados a un costado del cementerio, en uno de ellos se lee: “Frente a mi ausencia obligada, un legado invita a vivir”.

Un par de años más tarde, abrieron su ataúd sellado. Rosa, ve a su padre como si hubiese muerto ayer. Sus facciones, su pelo, su ropa… todo intacto. Arrodillada ante a él, acaricia su rostro.

Una despedida que interrumpe un llanto desgarrado. Libertad, descubría las amarras que ataban sus manos.

Libertad, su hija, lo desamarra, lo deja libre; entre todos lo cambian de ataúd y lo dejan bajo tierra para siempre.

En 1998, la familia Silva Álvarez, interpone la primera querella criminal contra el general Augusto Pinochet. Lo acusan de  homicida. No logran juzgarlo, pero logran someterlo a juicio. El no se declara inocente, pero los jueces no lo condenan ni encarcelan. Argumentan, no estaba en su sano juicio.

Lo mismo dicen del general Arellano Stark: demencia y locura temporal, reduciendo su condena y arresto domiciliario. Los mandos medios se defienden, acogiéndose a cláusulas de obediencia debida; ósea, hicieron lo que hicieron por órdenes de sus jefes.

Rosa, afirma que en Chile los asesinos caminan libres, que aún no se conoce toda la verdad y que hay limosnas de justicia. Reconoce que el pueblo chileno y el mundo entero, sentenciaron: “Culpables”.

Las autoridades priorizan la verdad y la reconciliación. Relegan la justicia a la medida de lo posible, hablan de perdón nacional. Rosa, se siente traicionada. Entonces sale a las calles, su nueva demanda es: “Ni perdón, ni olvido”. “No a la impunidad”.

Decepcionada parte a Nicaragua, uniéndose a los sandinistas y su revolución. Al caer el poder popular, regresa a Chile, aislándose un par de meses. La puerta de su casa tiene cándados hasta que decide estudiar. Ser abogado.

Y lo logra. Entre libros, marchas y reuniones se une a los equipos que  llevan los casos de violaciones de derechos humanos. Recorre salas de juzgados y cortes, ingresa antecedentes y nuevas diligencias para que se reanuden, continúen y no prescriban en el tiempo.

Como abogada trabaja en un municipio y ejerce independiente. Tramita problemas de la gente pobre.No le dan ni una moneda, a cambio les pide reponer cañerías, llaves y remover planchas del techo para que no siga lloviéndose su cama.

La casa donde vive se la presta un amigo; es un espacio abierto, cálido, generoso. Es ella.

Protestar es uno de sus hábitos

Viviendo casi más de la mitad de su vida, Rosa, no tiene hijos, marido, ni casa. Su todo son su madre, hermanos, compañeros y su causa de lucha. Quiere cambiar este mundo de abusos e injusticias. Denunciando su historia y lo que le tocó vivir, sus pies dibujan las calles.

En silla de ruedas, mirada débil, cansada, aún no baja sus brazos. A todas las marchas y actos de denuncia, va.

No tiene miedo a morir, no le debe nada a la vida. Ha hecho todo lo que quiso y creyó…  quiere que su funeral sea una fiesta, que corra vino, carne asada, cumbias salseras.

Uno de sus amigos tiene una lista de los que tienen prohibición de asistir.

Quiere que la incineren y arrojen sus cenizas a la calle Ahumada, corazón de Santiago de Chile.

Allí vive sus días más felices… solo allí se da permiso y se permite soñar, ser una rosa sin espinas dolorosas. Protestando,  la golpeaban, removían su dolor. Resistía solo con su puño cerrado al aire y su rezo diario: “aunque los pasos toquen mil años, no borrarán la sangre de los caídos”…

Entonces veía las grandes alamedas abiertas, el hombre libre, como dijo antes de morir el presidente Allende, Chile volcado a las calles, venciendo y naciendo, país libre, solidario y justo. Soñaba hasta por quienes ya no estaban. Vive y habla por ellos.

Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie).
www.gritografiasenred.org 
Santiago, Chile, mayo 2012.

Fotografías: álbum de la familia: Rosa Silva, primera lado derecho (foto 1); Héctor Mario Silva, segundo de izquierda derecha (foto 2); la familia reunida días previos a la tragedia. Rosa es la pequeña junto a su madre, lado izquierdo (foto 3).

Serie Zurdos no diestros

* KULTURAALTERNATIVA ES SU PROPUESTA

Myriam Carmen Pinto

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