LA MALA MEMORIA

La Mala Memoria

Por Lucio Carbonera

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Salió de la estación Lo Ovalle y vio, al otro lado de la calle, el bar restorán Montevideo. Cruzó la Gran Avenida esquivando un par de autos y se paró bajo el toldo de la entrada. Las puertas estaban abiertas de par en par y desde ahí inspeccionó el interior del local. Repasó las mismas caras sin nombre que había espiado y memorizado durante un mes entero. Entró y todos lo miraron como el elemento extraño que era en ese ambiente. Vestido con una chaqueta de cuero negra y blue jeans y zapatillas, se sentó al mostrador, sobre un taburete de madera. Ordenó una cerveza y una porción de papas fritas. El gordo canoso, de rostro rojizo y sudado que lo atendió no demoró más de cinco minutos en traer el pedido. La camisa blanca apenas le cerraba por abajo y las manos grasosas mancharon el vaso cuando lo agarró para ponerlo sobre la barra. La cerveza estaba aguada y las papas saladas. No reclamó. Miró por sobre su hombro y en la mesa de más al fondo, pegado a una muralla, entre el humo de los cigarros y los vasos que subían y bajaban, divisó su objetivo: un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris peinado hacia atrás con gomina que todavía brillaba, bebiendo una piscola.

Las horas pasaron y los comensales fueron abandonando el Montevideo. El extraño, al notar que sólo permanecían él y el hombre que andaba buscando al interior del local, vació la tercera cerveza de medio litro y se paró. Caminó y pasó junto al hombre  y entró al baño. Temió encontrar la mesa vacía al salir. Sin embargo, al abrir la puerta, todavía estaba ahí, comenzando a bajar un nuevo vaso.n una chaqueta de cuero negra y blue jeans y zapatillas, se sentó al mostrador, sobre un taburete de madera. Ordenó una cerveza y una porción de papas fritas. El gordo canoso, de rostro rojizo y sudado que lo atendió no demoró más de cinco minutos en traer el pedido. La camisa blanca apenas le cerraba por abajo y las manos grasosas mancharon el vaso cuando lo agarró para ponerlo sobre la barra. La cerveza estaba aguada y las papas saladas. No reclamó. Miró por sobre su hombro y en la mesa de más al fondo, pegado a una muralla, entre el humo de los cigarros y los vasos que subían y bajaban, divisó su objetivo: un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris peinado hacia atrás con gomina que todavía brillaba, bebiendo una piscola.

¿Te conozco?, preguntó el hombre cuando vio al extraño sentarse frente a él.

No.

¿Entonces?

El extraño lo examinó y vio sus manos grandes y gruesas rodeando el vaso y no pudo ocultar sus nervios.

Ya pues, habla, ¿te conozco? ¿Te debo plata? Di algo o déjame tranquilo.

Soy Francisco González y quiero hablar con usted, dijo y se abrió levemente el cierre de la chaqueta. Tenía las manos temblorosas y sudadas.

No me suena tu nombre.

El hombre tomó un trago de piscola y, como si Francisco hubiera desaparecido, volvió a la actitud melancólica que había mostrado toda la noche. El silencio de la madrugada copó el local. El gordo secaba vasos con un ojo puesto en los dos sujetos.

Durante años había pensado en este instante. El encuentro con aquel hombre se había transformado en una obsesión. Había ensayado infinitas posibilidades de diálogo para enfrentarlo. Parado frente al Montevideo, minutos antes de entrar, la rabia le parecía suficiente para acometer contra él y concretar su venganza. Pero al verlo a poco más de un metro, suficiente para oler el alcohol saliendo de su boca, no pudo evitar sentir nervios combinados con miedo.

No me conoce, pero yo sí a usted, dijo Francisco y le produjo asco tratarlo con un respeto que no sentía.

¿Sí? ¿Y de dónde me conoces?, dijo el hombre, amenazante.

Mi papá, Juan González, lo conoció.

No me suena el nombre. Debes estar equivocado. Ándate, dijo el hombre y de un trago dejó el vaso casi vacío.

No todavía, coronel Óscar Garrido. Yo sí sé quién es usted y eso es lo único que importa, dijo Francisco y creyó que la conversación tomaba el rumbo que había planeado.

No me amenaces, dijo el coronel y estiró el brazo hasta agarrarlo por la chaqueta. Francisco trató de soltarse, pero Garrido lo tiró contra la mesa y le presionó la cabeza contra la superficie grasosa.

Óscar, acá no, por favor, dijo el hombre detrás de la barra y el coronel soltó a Francisco.

Ya, dime qué quieres, dijo Garrido, hastiado de la situación.

Usted conoció a mi padre hace mucho tiempo.

¿Cuándo? ¿Dónde?

Francisco todavía sentía la grasa de la mesa pegada al rostro y la mano del coronel presionando con fuerza su cabeza.

Usted lo mató, dijo sin mirarlo.

¿Yo maté a tu papá?, preguntó el coronel, casi burlándose. Ándate, estás perdiendo el tiempo.

No me voy a ir, respondió Francisco, desafiante y molesto por la actitud del coronel. Lo miró directo a los ojos.

¿Y qué quieres? ¿Qué te pida perdón? Mira, te voy a decir una cosa: no eres el primero que viene, interrumpe mis piscolas y me pregunta por un familiar muerto. Y antes de que empieces decirme cosas para hacer que recuerde algo, te ahorraré todo ese tiempo: no me acuerdo. Cientos pasaron por mis manos y cuando los vi morir, los olvidé…ahora, si viniste a hacer algo, saca la pistola rápido.

Francisco González lloró en ese momento. Las lágrimas cayeron por sus mejillas y toda la seguridad ganada en el breve intercambio de palabras se desvaneció. Con un movimiento brusco, bajó el cierre de la chaqueta hasta el final, y desde el interior sacó un revólver y le apuntó directo a la cara.

¿Me vas a matar?

Francisco no respondió. Tenía los ojos hinchados y rojos de furia.

Ey, qué haces, dijo el gordo cuando vio el arma. Un disparo pasó sobre su cabeza y reventó un par de botellas detrás de él. Los vidrios cayeron sobre su espalda y el alcohol escurrió entre las otras botellas hasta el piso.

¡Qué te pasa, conchetumadre!, gritó y, pese a su físico, saltó el mostrador con agilidad. Francisco cayó sobre la silla y se apoyó contra la pared. Levantó las piernas para protegerse y dejó caer el arma al suelo.

Calma, Marco, calma, dijo el  coronel y se paró entre él y Francisco. Yo me encargo.

Sácalo de acá ahora o lo voy a matar y a ti no te dejaré entrar más.

Ya se va, dijo el coronel, dirigiéndose a Francisco.

Francisco, temblando, se acomodó en la silla y estiró el brazo para recoger el revólver.

Déjalo ahí, ordenó el coronel.

Francisco obedeció y se sentó con el cuerpo inclinado hacia adelante, con los codos sobre la mesa y la cabeza oculta detrás de las manos.

Te dije que se fuera, reclamó Marco.

Y yo te dije que yo me encargaba, respondió el coronel.

Voy a la cocina y cuando vuelva no lo quiero ver, dijo Marco. Regresó detrás del mostrador y se perdió a través de una puerta. El coronel se sentó otra vez en el lugar donde había estado toda la noche.

¿Pensabas matarme?, preguntó.

Sí, respondió Francisco, frustrado.

¿Para qué? ¿Venganza?

Francisco, sollozando, asintió con la cabeza.

Mira, escúchame.

No quiero. Quiero irme, dijo Francisco, ya sobrepasado por los acontecimientos.

Te quedas. Escúchame: olvida cualquier cosa que haya pasado. Te hará bien. Yo quisiera hacerlo, pero no puedo.

¿Recuerda a mi padre?

Te dije que no.

Francisco se abalanzó sobre el coronel y le pegó un combó. Garrido se tambaleó y casi cayó de la silla. Francisco se paró y salió corriendo a la calle. Ahí se perdió en la noche.

El cantinero volvió de la cocina y vio al coronel con un hilo de sangre en su labio inferior.

¿Hielo?, preguntó.

Un poco.

Marco fue a la cocina y volvió con unos cubos de hielo envueltos en una bolsa plástica.

Gracias, dijo el coronel y se puso la bolsa en la boca.

De todas las personas que se han sentado frente a ti en esa mesa, ninguna había tratado de matarte. Quizás qué le hiciste al hombre ese.

No me importa. Quiero olvidar, pero siguen viniendo una y otra vez para recordarme todo. Ese debe ser mi castigo.

Perdona la franqueza, pero te lo mereces. No podías sacarla gratis.

Puede ser. Capaz que tenga que matarme para poder estar tranquilo.

Te harías un favor.

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