¿Nunca más?: Ex-Centro de Detención, Tortura, Exterminio y Desaparición es hoy una Cárcel de Niños y Jóvenes. Parte I.

¿Nunca más?: Ex-Centro de Detención, Tortura, Exterminio y Desaparición es hoy una Cárcel de Niños y Jóvenes. Parte I.
Luego de enterarme en julio de este año, en un capítulo de nuestro programa de radio que el ex Centro de Detención, Tortura, Exterminio y Desaparición 3 y 4 Álamos era utilizado hoy como un Centro de Intervención Provisoria y Centro de Reclusión Cerrado (CIP-CRC) San Joaquín, me contacté con personas que me ayudasen a comprender cómo esto era posible. Así, al paso de los días, entré por primera vez a estas dependencias, al lado “recuperado” del recinto, que solo contempla la casona que actualmente guarece a los funcionarios administrativos de SENAME. Recorrí aquellos espacios fríos cargados de historias, cargados de olvido, escuchando relatos y sacando fotografías.

 

 

 

¿Nunca más?: Ex-Centro de Detención, Tortura, Exterminio y Desaparición es hoy una Cárcel de Niños y Jóvenes. Parte I.

DIAPOSESCRITOSINFANCIA Y NIÑEZ — BY  ON NOVIEMBRE 20, 2013 AT 14:22 

Por Claudia Hernández Del Solar*

Este texto forma parte de una serie de 4 relatos. Ve la segunda parte acá.

Luego de enterarme en julio de este año, en un capítulo de nuestro programa de radio  que el ex Centro de  Detención, Tortura, Exterminio y Desaparición 3 y 4 Álamos era utilizado hoy como un Centro de Intervención Provisoria y Centro de Reclusión Cerrado (CIP-CRC) San Joaquín, me contacté con personas que me ayudasen a comprender cómo esto era posible. Así, al paso de los días, entré por primera vez a estas dependencias, al lado “recuperado” del recinto, que solo contempla la casona que actualmente guarece a los funcionarios administrativos de SENAME. Recorrí aquellos espacios fríos cargados de historias, cargados de olvido, escuchando relatos y sacando fotografías.

Aún habían  cosas que me faltaba averiguar. Como por ejemplo si a esa puerta, tapada por un cuadro que simula un allá afuera, seguía una escalera oculta. Además, todavía ignoraba en qué manos había caído la posta de ese lugar, como en una carrera.

IMG_3623

Así que me reuní con don Ricardo Ventura, detenido en 3 y 4 Álamos durante la dictadura militar. En un bar, a eso de las 5 de la tarde de un día viernes, sin almuerzo y con un vino en la mesa, comenzó a responder mis preguntas y a repasar los relatos de su experiencia en aquellos tiempos. Partió diciéndome: “Es la tarea nuestra, somos los que sobrevivimos y tenemos la responsabilidad de jugar el papel de los que no están”. Excelente comienzo para mí, ya que desde mi lugar de “no haberlo vivido”, las preguntas me insisten aún más.

Al contarle de mi reciente ida a la parte de 3 Álamos le pregunto por las puertas clausuradas, le pregunto por el Chucho, lugar que actualmente funciona como bodega, guardando entre otras cosas un montón de medicamentos. Me dice que sí, que hay más puertas, que el subterráneo abarca toda la casona, y que era en ese entonces el lugar donde guardaban “el cargo”, aquello que se le entregaba al preso a su llegada, que consistía entre otras cosas, de un overol -el uniforme de preso que nadie se ponía-, una “chaqueta de mezclilla”, una taza, un vaso, y un jergón -colchón de paja-. Todo ello debía ser tomado como pudiese por el prisionero que “llegaba generalmente hecho mierda”. Aquel lugar que funcionaba como bodega, era el Chucho, la parte de tortura del subterráneo, Ricardo lo recuerda lleno de ratones, húmedo y frío. Sí, ese frío aún se siente allí. A partir de esto, dice que hay dos elementos que un prisionero no olvida nunca: el hambre y el frío; por algo las torturas eran hechas a cuerpos desnudos. Al Chucho se llegaba por ejemplo, como modo de castigo cuando alguien se negaba a cantar las canciones de la FFAA.

chucho

Ricardo tuvo la experiencia de estar en 3 y 4 Álamos por casi dos años, entre los años 1976 y 1977 -el recinto funcionó desde 1974 a 1978 aproximadamente- cuando los detenidos que allí llegaban eran los que trabajaban en clandestinidad luchando contra la dictadura. Considera que se trataba de personas diferentes, eran aquellas que “más allá del trauma de Golpe no dejaron de trabajar en la resistencia y estaban dando la pelea”, eran quienes ya detenidos habían logrado negociar no cantar las canciones de las FFAA, sino la canción nacional, “pero sin la última estrofa”, una concesión difícil de lograr.

Ricardo llegó desde Villa Grimaldi. Así como la mayoría, que provenía de otros centros de detención y tortura: la Venda Sexy, José Domingo Cañas, Santa Lucía. Se llegaba directamente a 4 Álamos, pabellón que quedaba alejado de las puertas y murallas, en el centro del lugar, custodiado por la DINA: “la gente que está ahí está en un proceso, porque al llegar ahí todavía no existe”. Dicho de otro modo, quienes llegaban a ese lugar se encontraban en calidad de desaparecidos para su gente. Muchos de ellos, lo terminaron estando hasta hoy. El grupo más grande que por allí pasó, fue el de los “119”. Otros esperaban largo tiempo hasta que se “recuperaban”, volviéndose “presentables”, para así poder hacer los registros y documentaciones necesarias que lo acreditasen en calidad de detenido. Allí, se pasaba a  3 Álamos, a cargo de Carabineros de Chile. Se “avanzaba” hacia la “libre plática”, recibiendo aquel “cargo” sin venda en los ojos por primera vez. Ahí llegaban visitas, tenían la atención de la Cruz Roja, gente de diversas Iglesias iban a visitarlos, incluyendo algunos, como un predicador puertorriqueño que fue a decirles que debían pedirle perdón a Dios por los pecados que habían cometido: “por supuesto, llevaban pan de pascua”. Sin embargo, la vida no estaba asegurada. Aún el temor a que los mataran existía.

escalera chucho

En 4 Álamos el promedio de permanencia era de un mes, un mes donde se recuperaban o bien se efectuaba una nueva ronda de interrogatorios, un mes donde se decidía si se los iba a desaparecer definitivamente o si pasaban a existir otra vez. Podían incluso llevar a los prisioneros a otro centro de tortura si consideraban que aún se les “podía sacar” algo de información. Era en Villa Grimaldi, la Venda Sexy, José Domingo Cañas“donde tienen la parrilla donde torturan…donde estaban los expertos”.

No sabía que se podía llegar a ser experto en torturar. Manifiesto mi sorpresa y Ricardo lo reafirma: los expertos en tortura estaban siempre acompañados de “mucho médico”[1]. Médicos que acompañaban al preso en sus torturas, evaluando su capacidad de soportar: “te ponían el estetoscopio y decían “está bien, está bien, dale más… otro poquito”, o bien, la tortura era jugar con la cercanía de la muerte: “no le des más porque se va a morir… entonces no es responsabilidad mía, es tuya”, le decía el médico al torturador.

Ricardo llegó a este lugar con siete costillas quebradas, una rótula fuera de lugar, la dentadura y la nariz rota. El problema era respirar. Toser era infinitamente doloroso. Dormir sentado era la única alternativa y pararse lo menos posible. Lo poco recuperado volvió a foja cero cuando un grupo de “Dinos” lo sacaron y le pegaron. Insistían en la idea de poder sacar aún más información.

Ricardo insiste en que todos los casos son diferentes, pero que a ese lugar se llegaba estando en dos lugares posibles: cuando se “cae dibujado”, que en jerga de los prisioneros significaba el haber sido descubierto como parte de una organización, teniendo una “chapa”,  por lo que “lo van a apretar hasta la muerte”, o aquéllos que eran delatados e indicados como posibles “enemigos internos”. Estos últimos, eran los que la DINA atrapaba, torturaba para interrogar su procedencia. A Ricardo lo acusaron de ser mirista y tener una radio clandestina. Ni lo uno ni lo otro. Sin embargo, existe una dinámica del torturador que supone “saber”algo del otro, y así justificar el afán de hallar algo más, insistiendo, ofreciendo información por expulsión, vida o muerte.

La estructura militar ¿permite la existencia de la perversión?¿genera condiciones para ello? Ricardo dice que después de haber vivido la experiencia de la tortura, del presidio, del exilio, sus ideales se radicalizaron. Ése fue el efecto que lo llevó a estudiar cómo era posible que un ser humano le hiciese esa calaña de acciones a otro ser humano. Él se lo explica a partir de la capacidad de rechazo: a modo de instrucción, las fuerzas militares utilizaban un documento llamado “Conflictos de baja intensidad” elaborado por el Pentágono, como herramienta de adoctrinamiento ideológico y técnico que buscaba eliminar esta capacidad de rechazo por parte de la tropa, lo que podía explicar cómo algunos hombres pasaban de ser jóvenes de 18 años incapaces de matar un conejo a terminar por convertirse en asesinos que degollan a personas, o matan civiles. Es un método técnico, donde “se selecciona al muchacho más activo, más violento, más dispuesto a…”. En Chile, era Tejas Verdes el lugar donde se instruía y adoctrinaba a estos “elegidos”, a quienes ya su “capacidad de rechazo” había sido prácticamente abolida. Ya podían matar a una persona “sin asco”. Ya habían pasado por la experiencia de hacerse cargo de cuidar un perro, el cual se transformaba en su compañero, para luego matarlo por orden de su jerarquía, abriéndole el vientre y metiendo la cabeza dentro de éste. Ahí pasó la prueba. Con esto, “ganaban un ejército o brigadas operativas incondicionales que están dispuestos a matar a su madre”. Así, era posible encontrarse con personajes como “El Troglo”, quien usaba un delantal de cuero, como un talabastro, para no ensuciarse con la sangre y los excrementos de los torturados; el mismo al que un día, mientras torturaba a un grupo de prisioneros -relata Ricardo- le suena el teléfono de la sala. Exigiendo silencio, contesta a su señora: “Ya mi amor….oiga, no voy a llegar a comer hoy día a la casa, tengo mucho trabajo, voy a llegar un poquito más tarde, así que no se preocupe… besitos a los niños! chao”, y cuelga. “El tipo es un padre de familia y ése es su trabajo” agrega.

A contracara se encuentran los opuestos, aquellos hombres y mujeres valientes, que a pesar del calvario en el que se encontraban insertos, se atrevían a enfrentar a sus verdugos del único modo allí posible, que es por medio de la palabra, del decir, del mostrar, del situar. Uno de ellos era don Alfredo Kurt Fonseca, quien luego de salir bajo la puerta en la que “los Dinos” habían puesto como tabla sobre su cuerpo para luego saltarle innumerables y dolorosamente encima, le dice a uno de ellos que permaneció en su custodia:

– “¿Cómo puede ser posible que usted haga esto?

– “Es mi trabajo“, responde el “Dino”.

– “No puede ser su trabajo. El trabajo es la expresión más alta de dignidad del hombre”

– “¡Ah! te lavaron el cerebro… yo hago esto por la patria”.

– “¿Qué es la patria?

– “La bandera, el escudo nacional.”

– “No, esa no es la patria. Ese es el símbolo de la patria; la patria somos nosotros, el pueblo”.

En la entrevista, luego de esto, un silencio. Una apretada en el brazo intentando mostrar en el contacto mi proximidad. Un trago de vino que me invita a seguir preguntando. Le pido que me ayude a pensar qué es lo que viven los jóvenes que se encuentran hoy ahí recluidos. Me dice que ellos “cachan todo ya”. Que se le acercan, que le han preguntado: “se me acerca así y me dice “¿oye tío? ¿a ti te metieron preso y te sacaron la chucha? aahhh…aquí siempre escuchamos voces, escuchamos cosas, gente así como que le pasa algo, como que se está quejando… aaahhh… lo pasaban mal acá”. Ricardo dice que ellos se sienten cargados, a pesar de que reconoce su escepticismo en relación a estas cosas.

IMG_3641

Allí todo sigue igual. Es más, Ricardo hace poco tiempo atrás reconoció su celda. Estaba igual, solo el espejo había cambiado de tamaño. Recordó cuando volvió a ver su imagen en ese espejo luego de permanecer por dos meses y medio con los ojos vendados y sin bañarse. Cuando ya la ropa se había podrido y deshecho en la piel, cuando las infecciones abundaban y el hedor proliferaba. Recuerda que al ver su reflejo, se preguntó“¿quién es ese hueón que me está mirando así?”. El hambre, el frío, los golpes, las fracturas, habían cambiado completamente su cuerpo y su rostro. Impresionante para mí era que cada uno de estos relatos, cada uno de estos detalles de escenas de la vida tan profundamente dolorosas e indignantes, eran siempre acompañadas de la anécdota, de aquel recuerdo alegre, de ejemplos de compañerismo y de solidaridad en medio de todo el desastre circundante. Como el “Kuky”, un joven de aproximadamente 18 años, a quien consideró como loco cuando éste le ofrece artículos de aseo y calzoncillos que había resguardado ante viento y marea en el bolso que portaba desde que fue detenido en la frontera con Argentina.

Esa casa está igual, los baños están iguales… se siguen usando.

Esto me lleva a la pregunta por el lugar. ¿Cuáles son  los motivos que fundamentan el deseo de que ese lugar se transforme en un espacio de memoria?, ¿cuál es el sentido de la “recuperación” del espacio, donde la ideología del castigo se sigue escribiendo en una misma línea ahí, hasta hoy, pero con nuestros jóvenes?

En relación a lo primero, Ricardo me cuenta la historia de un centro de exterminio en Alemania al que relaciona con 3 y 4 Álamos porque su característica principal eran también los árboles. Centro que en la actualidad es responsabilidad del Estado sin importar el gobierno de turno. Por él la comunidad se pasea, incluyendo las FFAA, quienes dejan allí ofrendas florales con la finalidad de hacerse cargo de haber visto lo que allí pasó. Eso es lo que espera que ocurra con todos los lugares que funcionaron como centros de detención y tortura; que todos los chilenos y chilenas, sobretodo, las fuerzas militares, pasaran por ahí. En particular, en 3 y 4 Álamos, le gustaría poner una campana que sea tocada por todo asistente y se comprometa así con un nunca más: “yo quiero que vayan las FFAA, que vayan los jóvenes cadetes, porque si el ejército es de todos los chilenos deben ir; ahora, si el ejército es de la derecha y depende del ejército norteamericano que no vayan. Pero si es chileno de verdad tienen que ir ahí a rendir pleitesía y declarar que nunca más se va a torturar y asesinar a chilenos”.

IMG_3614

En relación a lo segundo, considera que la burocracia chilena es mediocre y, en ella, justifica su creencia en que no existió una intencionalidad siniestra o macabra al disponer de ese lugar como un centro de intervención con niños y jóvenes. A mí se me viene a la cabeza la frase de Pinochet “que economía más grande” cuando se le preguntó por lo que pensaba de las urnas que contenían más de un cuerpo. Que economía más grande hacer uso de este espacio que desde su arquitectura ha servido para el encierro, primero el claustro, luego la celda.

Ahí es cuando me cuenta del tiempo anterior a ser un centro de detención y tortura, “este campo era usado para retiro espiritual de unos monjes con un nombre bien raro, los oblatos se llamaban“. Según lo que he indagado, oblatos se le denomina a aquel creyente que sin profesar los votos de la iglesia católica, sin dejar de ser laico, se ofrece a Dios para el cumplimiento de algunos de los compromisos que los religiosos de alguna orden hacían. Interesante es que lo que aparece relacionado en Chile y Argentina a esta denominación en la actualidad se abocan a promover la justicia como “componente indispensable de la labor evangelizadora”. En fin, cada una de las celdas pensadas para un monje, durante la dictadura era usada por 7 personas, seis en dos camarotes triples y uno en el suelo.

La línea de la posta era entonces, de los monjes a los pacos, de los pacos con la DINA, devuelta a los pacos y luego a SENAME. Patrón común son los jóvenes, la justicia y la reclusión.

4 Álamos tenía cuatro pabellones, el 1 y el 2 para hombres, cada uno con aproximadamente 500 presos, el 3 era de mujeres. Era en Tres Álamos donde se encontraban los presos “VIP”, militantes de partidos políticos conocidos y parte del gobierno derrocado de Allende. En dicho lugar, Conrado Pacheco, carabinero de alto rango, estaba a cargo. Según los relatos, era misógino y se ensañaba especialmente con las mujeres. Ricardo no sabe si está aún vivo o no, sí sabe que actualmente su hijo, es actualmente parte del alto mando encargado de la “contrainsurgencia” que se cristaliza hoy ante  las manifestaciones sociales.

Sigue la entrevista. Detalles de su estadía y “anécdotas” varias van generando un discurso donde las experiencias de extremo dolor y, al mismo tiempo, de enormes muestras de compañerismo, dan pie a mi siguiente pregunta. ¿Qué es lo que más le dolía, más allá de lo físico? “La dignidad“, me responde. La relaciona con los momentos de tortura, aquéllos donde se les ponía electricidad, o sobre una parrilla ardiente, donde el cuerpo responde defecándose, orinándose y sangrando: “Uno no puede pararse, te tratabas de enderezar y ellos te humillaban, te pisaban las manos, los genitales… Es la dignidad lo que más duele… Que alguien te diga que es dueño de tu vida, que te digan que tu vida la mando yo, que yo te desaparezco cuando quiero, es lo que más duele”. Agrega que comprende a Allende cuando se quita la vida, precisamente para no vivir la humillación de que hagan con el cuerpo y la vida de otro lo que se les plazca, amenazando con represalias a familiares o relatando cómo es que su pareja se encontraba al otro lado colgada. A la compañera de esa época de  Ricardo las torturas con electricidad le provocaron una infertilidad definitiva. Exiliados en Europa se realizó seis intervenciones para lograr tener hijos, pero no fueron efectivas: “no resultó y se murió la pareja… Eso es lo terrible, ésa es una deuda muy alta”.

IMG_3631

Su relato me indigna, se lo manifiesto, por las consecuencias eternas que los daños van marcando para siempre tantas vidas. Ricardo me dice que bajo ninguna circunstancia quiere que piense que éste es un caso especial, que todas y cada una de las personas que se vieron en esas circunstancias, llevan consigo y, por ende, el resto de sus seres queridos y descendientes, la marca de lo vivido.

Recuerda entonces un momento que dice tener grabado, cuando es llevado desde 4 a 3 Álamos, cuando pasaba a existir nuevamente para el resto y para él significaba “estoy vivo”. Tan delgado que la ropa debía sujetársela, camina hacia una puerta, donde se encuentra a otra persona en las mismas circunstancias de espera: “yo llego por atrás caminando, afirmándome de las paredes, y él se da vuelta y me abraza… No me voy a olvidar nunca de su expresión, y me dice algo así como “hace siete meses que no veo a un ser humano”. Ese hombre llevaba meses aislado. Ricardo lo había estado durante 18 días en 4 Álamos.

Recuerda su estadía como preso, como existente, en “libre plática”, donde el tiempo de convivencia llevaba a formar lazos de afecto y a organizarse. Como las obras de teatro que se realizaron, ya que el lugar estaba lleno de artistas, que de diferentes formas mataban el tiempo expresándose desde el arte. Una de ellas se llamaba “Cómo se volvió loco Luculum”. Vestidos con sábanas y con una mata de apio en las cabezas, se hacían declamaciones, como por ejemplo “solo sé que nada sé, pero piola no pasé”, u otra que decía “estoy preso, luego existo”. Obras que se presentaban a un público cautivo de cerca de 500 personas. “Súper cautivo” agrega riéndose.

Me costaba imaginar cómo dentro del calvario, podían llegar a vivir este tipo de dinámicas, le pregunto por cómo era posible ese tránsito. Sin contestar mi pregunta me da otro ejemplo, su ejemplo. Ricardo era conocido como el “cambio y fuera”, ya que el motivo de su detención lo indicaba como parte de una radio clandestina del MIR. Se cuenta que en una de las torturas, mientras le preguntaban insistentemente por la radio, respondió: “mire, yo no tengo nada que ver con ninguna radio…. Cambio y fuera”. Mito que se mantuvo por años, generando que fuese reconocido como tal por los compañeros que dentro de “los cajones” eran testigos de las torturas. Fue dentro de 3 Álamos donde terminó encargado de la organización de los diversos cursos de capacitación que allí se crearon, siendo el encargado del pizarrón y de tocar la campana. Esa misma campana que ahora desea allí instalar como un simbolismo del “nunca más”.

IMG_3651

Me habla del exilio. Su experiencia en Suecia la define como extraordinariamente fraternal, de gran preocupación por el estado tanto físico como psíquico de todos los y las compatriotas que llegaron a ese destino. Era pasar de un extremo a otro, a un lugar tranquilo y bello donde diferentes instituciones estatales se ponían a su disposición y le entregaban todos los tratamientos requeridos: recuerda con humor, cómo es que uno de los tratamientos al que debió someterse por las fracturas de las costillas, implicaba permanecer un buen tiempo colgado: “¡¿cómo?! ¡¿De nuevo me cuelgan?!” Ricardo tenía entonces 28 años.

Le pregunto entonces cómo es que de 3 Álamos llegó a Suecia. Me cuenta cómo son las salidas de ese lugar, de cómo cuando un compañero se iba, el resto hacia fila para despedirse: uno a uno, dándole algún objeto o prenda de vestir que le pueda servir en el camino y, a la vez, quien se va le deja a los que se quedan parte de sus pertenencias, algo así como “la herencia que deja uno para todos”. Cotizadas eran las herramientas con las cuales hacían las artesanías. Recuerda que sale desde ese lugar en un auto con tres “civiles”, y emprende camino al aeropuerto donde Interpol se encargaría de ahí en adelante de su destino. En el auto, iba un chofer, un copiloto y atrás, otro sujeto que acompañaba a Ricardo, quien de chaqueta y corbata, llevaba esposadas sus manos. El riesgo de muerte aún existía, era posible que el auto se desviara y “los Dinos” hicieran de lo suyo; con eso en mente, Ricardo pide llamar a su casa. Es el chofer el único que accede a la demanda y acepta detenerse en algún momento del largo y lento camino hacia el aeropuerto donde “iban a la vuelta de la rueda por el camino de San Pablo”. Se detienen en un servicentro al lado de una carnicería que tenía un teléfono público: sin monedas en el bolsillo, el chofer le pasa un par; Ricardo le pregunta cómo llamará pues sus manos estaban esposadas. Incómoda situación tanto para él como para las personas que lo verían en esas circunstancias, como unos niños que pasan por ahí caminando, y dan un paso atrás al ver las esposas en Ricardo: “tranquilos, yo no soy delincuente, soy preso político”, les dice. El chofer saca un chaleco y lo pone sobre las esposas para esconderlas. Ricardo entra a la carnicería y le pregunta a la señora que atendía si podía llamar, ella se pone muy nerviosa al ver esta bizarra escena con un tipo esposado, de terno, acompañado por un par de hombres de temeraria postura. “Llame no más” le dice a Ricardo, quien toma el teléfono y llama a su madre, quien gritaba por el otro lado de la línea preguntándole donde estaba. Le cuenta que va en un auto camino al aeropuerto por tal ruta con tal patente y le pide que se encuentren allá, cuelga y agradece a sus acompañantes. Al llegar al aeropuerto se encuentra con su madre, quien llega tan alterada que ni lo reconoce: “¡¡quiero saber donde está mi hijo!!”, “acá estoy mamá“, le responde Ricardo, que se encontraba sentado a un metro de distancia. Ricardo no logró estar cuando murió su madre: fue deportado nuevamente años más tarde desde el aeropuerto de Santiago cuando venía a su funeral: “no la pude enterrar“.

IMG_3655

Ricardo me recalca el importante rol que jugaban los profesionales de la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en aquella época; al llegar al aeropuerto quienes lo trasladaban le pasan sus documentos a una mujer alta, corpulenta y rubia que le doblaba la edad quien le dice “Sr. Ventura usted está en mis manos, desde ahora usted no se separa de mí”. Estando en carácter de expulsado del país, son estas personas quienes se encargan de todos los trámites previos al despegue del avión, y le explica lo que viene: “tú vas a pasar por Brasil, tú vas a hacer esto ahí, luego esto… No te preocupes que está recomendado al capitán del avión y allá te van a estar esperando”. De nervio, a Ricardo le dan ganas de ir al baño. Ella le dice que lo acompaña, que no se preocupe que no es al primero que ve. Nunca se separó de Ricardo, ya que a ella en otras ocasiones le habían “robado” gente que luego desapareció. Ese día Ricardo no era el único en esa condición, un periodista con quien se sube al mismo avión iba rezando, le temía tanto a la circunstancia como al volar. El capitán del vuelo al entrar le regaló personalmente una canasta con botellitas de alcohol y cholocolates -cuanto tiempo sin estos sabores- acompañado de un discurso en un intento de español de donde recuerda le daba la bienvenida adelantada a Suecia diciendo: “Mi país es libre“. A pesar de esto, el miedo aún existía, la incertidumbre de lo que vendría, viajando a un país desconocido, con otro idioma, con lo puesto.

Le comento sobre el miedo, le pregunto por si queda algo a lo que le teme después de todo esto. Me afirma que sin duda los miedos existen y existirán siempre, pero “que maten a alguien por tu culpa es mayor al miedo a que te maten, el miedo a que le hagan algo a tu familia (…) una de las peores torturas es cuando te preguntan por tu hija; no es lo mismo que te masacren a ti a que masacren a tu hija… no es lo mismo”. Cree que la cuestión ideológica es fundamental, en la medida en que por más injusta que sea la situación a la que los expusieron, había una convicción a la base, y era precisamente esa convicción, lo que sostenía la resistencia.

“¿Estamos?” Me pregunta. Solo una pregunta más. Yo quería insistir en lograr una línea histórica clara de la posta del lugar: “de los curas a la Dina, de la Dina a los pacos, de los pacos al Ministerio de Justicia y SENAME”. Para terminar Ricardo dice: “yo me sé todas las canciones de los pacos de cuando estábamos incomunicados ahí…Yo siempre molesto y me pongo a cantar: “duerme tranquila, niña inocente…Vamos sin miedo tras el bandido, somos del pobre el protector” Yo la escuchaba 20 veces al día…¿No la conoces tú?”.

Este texto forma parte de una serie de 4 relatos. Ve la segunda parte acá.

[1]   Listado de Médicos Torturadores: http://terrorismodeestadoenchile.blogspot.com/2013/07/listado-de-los-medicos-que-torturaron.html

* Claudia es psicóloga y candidata a Magíster en Clínica psicoanalítica con niños y jóvenes. Colaboradora del Centro de Estudios Abierto LaPala, y coordinadora de la línea de investigación sobre Infancia & Política.

Menores desaparecidos y asesinados por la Dictadura chilena. A los 40 Años del Golpe de Estado denuncian.

Menores desaparecidos: “La dictadura no tuvo límites a la hora de los crímenes”

 

A propósito de los cuarenta años que se cumplen del Golpe de Estado, las voces que exigen verdad y justicia mantienen su deseo por ver en juicio a los responsables. En ello, una de las áreas menos abordadas en violaciones a los derechos humanos refiere a la desaparición de menores. Desde las organizaciones que han indagado el tema, destacan que las autoridades, en democracia, no han respondido a la investigación que requieren estos hechos.

Michelle Peña Herreros fue estudiante de la Universidad de Santiago, militante socialista detenida en 1975 por efectivos de la DINA, quienes la buscaron durante todo su embarazo, lo que obligó distintos esfuerzos para cumplir sus controles médicos sin ser secuestrada. Una vez trasladada a Villa Grimaldi, se pierde todo rastro de ella, y del eventual nacimiento de su hijo.

La incertidumbre sobre el hijo de Michelle Peña se suma a otros ocho casos de mujeres embarazadas que fueron detenidas en dictadura. Más aún, el Informe Rettig certifica 307 casos de menores de 20 años ejecutados, niños de seis meses hasta la adolescencia, de los cuales se desprenden 75 casos de infantes detenidos desaparecidos. Por su parte, el Informe Valech sumó un anexo con 102 casos titulado “Menores de edad detenidos junto a sus padres o nacidos en prisión”.

Rodrigo Anfruns

Algunos casos han salido a la luz pública, como el menor Rodrigo Anfruns, cuyo cuerpo apareció a pocos metros del lugar de su desaparición en junio de 1979, bajo circunstancias que aún no son esclarecidas. O el caso de Carlos Fariña Oyarce, menor de 13 años detenido en la población La Pincoya, y su cuerpo encontrado en 2000, quemado y con múltiples heridas a bala.

Para Mireya García, vicepresidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, esta situación revela la actitud de los militares hacia civiles sin militancia política: “La dictadura no tuvo límites. Para los represores, la condición de mujer, anciano o niño, no tuvo importancia al momento de cometer crímenes. Es una herida de la que poco se ha hablado todavía”.

La dirigente recalca que son apenas 60 los uniformados involucrados en juicios por violaciones a los derechos humanos, pese a ser miles los casos de detenidos, ejecutados y desaparecidos por el régimen militar.

En esta línea, destaca que aún es necesario sumar investigaciones, ya que “falta justicia, investigación y procesamiento, encontrar a los culpables, y hacerlo ahora. En cinco años más ya no quedarán violadores a los DDHH con vida. O se hace ahora, y la justicia se dedica a investigar, o terminaremos con 60 condenados de un universo de más de tres mil víctimas”.

Gonzalo Taborga, presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, destaca que la violencia contra menores es un tema pendiente, en contraste a la dictadura en Argentina, con organizaciones dedicadas a buscar la verdad sobre menores detenidos, o nacidos de militantes en cautiverio.

 

Rodrigo Palma

“Ha tenido un desarrollo muy diferente a Argentina. Acá las organizaciones no han tenido de parte de las autoridades, el respaldo que hubiesen querido, y que ameritaba que recibieran. Terminado el gobierno militar, esta situación no tuvo relevancia, porque no se conocían casos, pese a existir las listas, las situaciones de menores que hasta el día de hoy no se han investigado y que están pendientes”.

En 2005 se constituyó una Agrupación de ex Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura, algunos años más tarde la AFDD abrió una línea telefónica para recibir antecedentes de menores, entre otras intenciones para sumar información.

Otro aspecto relacionado a la desaparición de menores, fue develado por el periodista Mauricio Weibel, de la agencia alemana DPA, quien, luego de tener acceso a más de 30 mil documentos reservados de la CNI, descubrió que existió un seguimiento en colegios, coordinado desde el ministerio de Educación, que espió a estudiantes, académicos y apoderados, durante los años de la dictadura.

“Chile: Las víctimas infantiles”*

Ese es el nombre de un informe divulgado por Amnistía Internacional, a propósito de la detención de Augusto Pinochet en Londres. Un documento que reconoce 26 casos de niños muertos por militares durante la dictadura en Chile. La falta de documentación en menores sin cédula de identidad es un punto en contra a la hora de sumar indagatorias por su paradero. En este período se consideraba menor de 21 años para definir un menor de edad, incluyendo en este grupo a muchos jóvenes perseguidos por sus ideales políticos.

La historia de Carlos Fariña Oyarce explica la muerte de una de las víctimas más jóvenes de la dictadura, quien falleció a los 13 años, luego de ser abatido por dos tiros por la espalda, y luego su cuerpo quemado.

Carlos fue derivado a un centro de menores, donde sufrió abusos sexuales, por lo que fue devuelto a su casa. Al ser visto por una vecina, ésta denunció su presencia a los militares, quienes lo arrestaron y no se supo de su paradero hasta el año 2000. Su madre murió en 1977, con la angustia de golpear puertas todos los días, sin recibir noticias del menor. Sus osamentas fueron encontradas en la avenida San Pablo. Vestía la misma ropa que al momento de su detención, permitiendo su rápida identificación. Según militares testigos, su ejecutor, el oficial Erasmo Enrique Sandoval Arancibia (ex funcionario del municipio de Providencia), no mostró compasión a los ruegos del niño, disparándole por la espalda y ordenando su incineración.

En Coquimbo, Jim Christie Bossy tenía 7 años cuando esperaba la navidad de 1973. La tarde del 24 de diciembre jugaba en la calle junto a Rodrigo Javier Palma Moraga, de 8 años. Ambos menores fueron ultimados por miembros del Ejército que custodiaban gasoductos en el sector de La Herradura. La madre de Jim, Maria Josefina Bossy Berruyer, incluso fue arrestada en el regimiento Arica, acusada del secuestro de su hijo y sometida a vejaciones por los militares. Cuatro años más tarde, los cuerpos de los menores aparecieron en el mismo lugar donde se les perdió huella, el mismo sector tantas veces rastreado y sin resultados. En 2002, el juez Juan Guzmán Tapia ordenó la exhumación de los cuerpos, certificando los impactos de bala que provocaron la muerte. Hoy, en la zona de su desaparición existe un memorial que los recuerda.

Otros casos grafican la acusación por “uso indebido de la fuerza” en uniformados. El 18 de septiembre de 1973, oficiales del Ejército irrumpen en la Plaza Panamá, en Santiago, disparando a su alrededor. La menor Alicia Aguilar Carvajal, de sólo seis años, recibió un impacto de bala en el tórax con salida de proyectil, quien falleció en el acto víctima del actuar de militares que no han sido identificados.

Un caso similar es el de Samuel Castro, de 13 años, estudiante que falleció el 24 de septiembre de ese mismo año, a pocas cuadras del Estadio Víctor Jara (ex Estadio Chile), quien fue herido a bala por un militar que custodiaba este recinto, convertido en centro de detención y tortura.

La muerte de Ángel Moya rememora un gesto conocido de los militares. Interceptado a las 16 horas mientras caminaba, en Santiago, el estudiante fue ordenado a correr, arrancar, hasta que fue alcanzado por impactos de bala propiciados por los militares, que lo mataron por la espalda.

Así también pasó con Elizabeth Leonidas Díaz, de 14 años. La joven estaba embarazada, y detenida junto a otras siete personas la madrugada del 14 de octubre de 1973. En el río Mapocho, a la altura del puente Bulnes, fueron bajados de vehículo policial, obligados a correr por la ribera, donde fueron ultimados. Esa noche fueron acribillados catorce jóvenes, ocho de ellos menores de 20 años.

Como se lee, menores de edad que no mueren consecuencia de la militancia política de sus padres, o por estar junto a ellos al momento de su detención. El simple derroche de violencia, el rostro más oscuro de la muerte, la condición humana a su nivel más bajo, a la hora de apuntar con un arma de fuego al alma de un ser humano, de un menor de edad. Y disparar.

http://radio.uchile.cl/2013/08/29/menores-desaparecidos-la-dictadura-no-tuvo-limites-a-la-hora-de-los-crimenes

Menores desaparecidos: “La dictadura no tuvo límites a la hora de los crímenes”

 

A propósito de los cuarenta años que se cumplen del Golpe de Estado, las voces que exigen verdad y justicia mantienen su deseo por ver en juicio a los responsables. En ello, una de las áreas menos abordadas en violaciones a los derechos humanos refiere a la desaparición de menores. Desde las organizaciones que han indagado el tema, destacan que las autoridades, en democracia, no han respondido a la investigación que requieren estos hechos.

Michelle Peña Herreros fue estudiante de la Universidad de Santiago, militante socialista detenida en 1975 por efectivos de la DINA, quienes la buscaron durante todo su embarazo, lo que obligó distintos esfuerzos para cumplir sus controles médicos sin ser secuestrada. Una vez trasladada a Villa Grimaldi, se pierde todo rastro de ella, y del eventual nacimiento de su hijo.

La incertidumbre sobre el hijo de Michelle Peña se suma a otros ocho casos de mujeres embarazadas que fueron detenidas en dictadura. Más aún, el Informe Rettig certifica 307 casos de menores de 20 años ejecutados, niños de seis meses hasta la adolescencia, de los cuales se desprenden 75 casos de infantes detenidos desaparecidos. Por su parte, el Informe Valech sumó un anexo con 102 casos titulado “Menores de edad detenidos junto a sus padres o nacidos en prisión”.

Rodrigo Anfruns

Algunos casos han salido a la luz pública, como el menor Rodrigo Anfruns, cuyo cuerpo apareció a pocos metros del lugar de su desaparición en junio de 1979, bajo circunstancias que aún no son esclarecidas. O el caso de Carlos Fariña Oyarce, menor de 13 años detenido en la población La Pincoya, y su cuerpo encontrado en 2000, quemado y con múltiples heridas a bala.

Para Mireya García, vicepresidenta de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, esta situación revela la actitud de los militares hacia civiles sin militancia política: “La dictadura no tuvo límites. Para los represores, la condición de mujer, anciano o niño, no tuvo importancia al momento de cometer crímenes. Es una herida de la que poco se ha hablado todavía”.

La dirigente recalca que son apenas 60 los uniformados involucrados en juicios por violaciones a los derechos humanos, pese a ser miles los casos de detenidos, ejecutados y desaparecidos por el régimen militar.

En esta línea, destaca que aún es necesario sumar investigaciones, ya que “falta justicia, investigación y procesamiento, encontrar a los culpables, y hacerlo ahora. En cinco años más ya no quedarán violadores a los DDHH con vida. O se hace ahora, y la justicia se dedica a investigar, o terminaremos con 60 condenados de un universo de más de tres mil víctimas”.

Gonzalo Taborga, presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, destaca que la violencia contra menores es un tema pendiente, en contraste a la dictadura en Argentina, con organizaciones dedicadas a buscar la verdad sobre menores detenidos, o nacidos de militantes en cautiverio.

Rodrigo Palma

“Ha tenido un desarrollo muy diferente a Argentina. Acá las organizaciones no han tenido de parte de las autoridades, el respaldo que hubiesen querido, y que ameritaba que recibieran. Terminado el gobierno militar, esta situación no tuvo relevancia, porque no se conocían casos, pese a existir las listas, las situaciones de menores que hasta el día de hoy no se han investigado y que están pendientes”.

En 2005 se constituyó una Agrupación de ex Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura, algunos años más tarde la AFDD abrió una línea telefónica para recibir antecedentes de menores, entre otras intenciones para sumar información.

Otro aspecto relacionado a la desaparición de menores, fue develado por el periodista Mauricio Weibel, de la agencia alemana DPA, quien, luego de tener acceso a más de 30 mil documentos reservados de la CNI, descubrió que existió un seguimiento en colegios, coordinado desde el ministerio de Educación, que espió a estudiantes, académicos y apoderados, durante los años de la dictadura.

“Chile: Las víctimas infantiles”

Ese es el nombre de un informe divulgado por Amnistía Internacional, a propósito de la detención de Augusto Pinochet en Londres. Un documento que reconoce 26 casos de niños muertos por militares durante la dictadura en Chile. La falta de documentación en menores sin cédula de identidad es un punto en contra a la hora de sumar indagatorias por su paradero. En este período se consideraba menor de 21 años para definir un menor de edad, incluyendo en este grupo a muchos jóvenes perseguidos por sus ideales políticos.

La historia de Carlos Fariña Oyarce explica la muerte de una de las víctimas más jóvenes de la dictadura, quien falleció a los 13 años, luego de ser abatido por dos tiros por la espalda, y luego su cuerpo quemado.

Carlos fue derivado a un centro de menores, donde sufrió abusos sexuales, por lo que fue devuelto a su casa. Al ser visto por una vecina, ésta denunció su presencia a los militares, quienes lo arrestaron y no se supo de su paradero hasta el año 2000. Su madre murió en 1977, con la angustia de golpear puertas todos los días, sin recibir noticias del menor. Sus osamentas fueron encontradas en la avenida San Pablo. Vestía la misma ropa que al momento de su detención, permitiendo su rápida identificación. Según militares testigos, su ejecutor, el oficial Erasmo Enrique Sandoval Arancibia (ex funcionario del municipio de Providencia), no mostró compasión a los ruegos del niño, disparándole por la espalda y ordenando su incineración.

En Coquimbo, Jim Christie Bossy tenía 7 años cuando esperaba la navidad de 1973. La tarde del 24 de diciembre jugaba en la calle junto a Rodrigo Javier Palma Moraga, de 8 años. Ambos menores fueron ultimados por miembros del Ejército que custodiaban gasoductos en el sector de La Herradura. La madre de Jim, Maria Josefina Bossy Berruyer, incluso fue arrestada en el regimiento Arica, acusada del secuestro de su hijo y sometida a vejaciones por los militares. Cuatro años más tarde, los cuerpos de los menores aparecieron en el mismo lugar donde se les perdió huella, el mismo sector tantas veces rastreado y sin resultados. En 2002, el juez Juan Guzmán Tapia ordenó la exhumación de los cuerpos, certificando los impactos de bala que provocaron la muerte. Hoy, en la zona de su desaparición existe un memorial que los recuerda.

Otros casos grafican la acusación por “uso indebido de la fuerza” en uniformados. El 18 de septiembre de 1973, oficiales del Ejército irrumpen en la Plaza Panamá, en Santiago, disparando a su alrededor. La menor Alicia Aguilar Carvajal, de sólo seis años, recibió un impacto de bala en el tórax con salida de proyectil, quien falleció en el acto víctima del actuar de militares que no han sido identificados.

Un caso similar es el de Samuel Castro, de 13 años, estudiante que falleció el 24 de septiembre de ese mismo año, a pocas cuadras del Estadio Víctor Jara (ex Estadio Chile), quien fue herido a bala por un militar que custodiaba este recinto, convertido en centro de detención y tortura.

La muerte de Ángel Moya rememora un gesto conocido de los militares. Interceptado a las 16 horas mientras caminaba, en Santiago, el estudiante fue ordenado a correr, arrancar, hasta que fue alcanzado por impactos de bala propiciados por los militares, que lo mataron por la espalda.

Así también pasó con Elizabeth Leonidas Díaz, de 14 años. La joven estaba embarazada, y detenida junto a otras siete personas la madrugada del 14 de octubre de 1973. En el río Mapocho, a la altura del puente Bulnes, fueron bajados de vehículo policial, obligados a correr por la ribera, donde fueron ultimados. Esa noche fueron acribillados catorce jóvenes, ocho de ellos menores de 20 años.

Como se lee, menores de edad que no mueren consecuencia de la militancia política de sus padres, o por estar junto a ellos al momento de su detención. El simple derroche de violencia, el rostro más oscuro de la muerte, la condición humana a su nivel más bajo, a la hora de apuntar con un arma de fuego al alma de un ser humano, de un menor de edad. Y disparar.

http://radio.uchile.cl/2013/08/29/menores-desaparecidos-la-dictadura-no-tuvo-limites-a-la-hora-de-los-crimenes

Relacionado

LEONARDO PATRICIO PARGA ORTEGA

Fotos suministradas por su hermana.
PARGA ORTEGA, LEONARDO PATRICIO: 17 años, estudiante, soltero, muerto el 14 de septiembre de 1973 en Santiago.

Leonardo Patricio Parga Ortega murió ese día a las 20:00 horas, en el Hospital José Joaquín Aguirre, por una herida de bala torácica cervical, según el Certificado Médico de Defunción del Instituto Médico Legal.

De acuerdo con lo señalado por vecinos, alrededor de las 16:00 horas de ese día, Leonardo Parga y su amigo Angel Gabriel Moya Rojas se encontraban en la intersección de las calles Escanilla y Borgoño, cuando fueron interceptados por una patrulla militar. Los retuvieron, allanaron sus ropas y luego les ordenaron retirarse. En ese momento, uno de los militares escuchó un insulto y disparó a ambos menores por la espalda. Angel Gabriel Moya Rojas falleció en el acto y Leonardo Parga, algunas horas después.

El caso de Angel Gabriel Moya Rojas fue conocido por la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación y se le declaró víctima de violación de derechos humanos por agentes del Estado.

Considerando los antecedentes obtenidos en la investigación realizada por esta Corporación, el Consejo Superior declaró a Leonardo Patricio Parga Ortega víctima de violación de derechos humanos por agentes del Estado que hicieron uso irracional de la fuerza.
(Corporacion)

www.memoriaviva.com

* EL PROCESO CONTRA EL EX DICTADOR EN LONDRES
Pinochet: publican 26 casos de niños víctimas de la dictadura

Lo hizo Amnistía Internacional a través de un informe difundido en Londres

  • Son menores asesinados o desaparecidos durante el régimen militar
  • La organización dice que Pinochet debe ser enjuiciado


    MARIA LAURA AVIGNOLO Londres. Corresponsal
    Sergio Alberto Gajardo Hidalgo, un adolescente chileno de 15 años, caminaba por una población de Santiago rumbo a la casa de sus tíos el 15 de setiembre de 1973 cuando fue baleado por una patrulla militar en la cabeza, cuatro días después del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende. Sus familiares buscaron desesperadamente su cuerpo hasta 1991, cuando lo encontraron en una tumba NN del cementerio de Santiago.Una suerte similar corrieron Nadia Fuentes, que recién había cumplido 13 años, y la jovencita embarazada Elizabeth Contreras, ejecutada por la policía chilena tras hacerla correr, dispararle y arrojar su cuerpo al río Mapocho en octubre de 1973.Estos son algunos casos de los niños víctimas del régimen militar del general Augusto Pinochet, que han sido ignorados en el largo proceso que se lleva adelante en Londres para decidir si el ex dictador tiene o no inmunidad de jefe de Estado para evitar el pedido de extradición solicitado por el juez español Baltasar Garzón, que lo quiere procesar por genocidio.La organización defensora de los derechos humanos Amnistía Internacional publicó ayer un informe detallando algunos de los 80 casos conocidos de niños muertos o desaparecidos durante el régimen militar chileno, entre 1973 y 1990.Para Amnistía Internacional, en el juicio a Pinochet en Londres se están olvidando de sus víctimas y perdiendo sus argumentaciones en legalismos que ignoran a las 3.197 personas asesinadas o desaparecidas durante la dictadura. Pero especialmente, no cuenta la suerte de los 80 chicos menores de 16 años fusilados por las fuerzas de seguridad o secuestrados por militares chilenos.En el informe titulado Chile: las víctimas infantiles, Amnistía Internacional describe 26 casos de asesinatos y desapariciones de niños y adolescentes por patrullas militares en Chile con similar metodología. Un estilo que incluye palizas previas y ejecución sumaria, arrestos y posteriores desapariciones, asesinatos de familias completas después de un allanamiento policial.Amnistía ha hecho campaña para que Pinochet sea llevado a la Justicia por la comunidad internacional no sólo por las miles de víctimas en Chile, sino también para enviar un mensaje claro a los torturadores del mundo y a los escuadrones de la muerte de que no pueden cometer sus crímenes con impunidad, dice el comunicado de la organización humanitaria, que actúa como testigo en el proceso que se lleva a cabo en Londres al ex dictador en la Cámara de los Lores.A los 13 años, Carlos Patricio Fariña Oyarce fue arrestado en la villa miseria de La Pincoya por una patrulla del ejército, la policía y la policía de investigaciones. Hasta ahora permanece desaparecido por las fuerzas de seguridad, según un documento de la Comisión de Paz y Reconciliación chilena.

  • Samuel Castro fue asesinado por una patrulla militar a balazos en su espina dorsal cuando jugaba al fútbol con otros chicos en la calle frente a su casa, el 24 de setiembre de 1973. Había cumplido 13 años. Una suerte similar a la de Alicia Aguilar Carvajal, que jugaba con sus hermanas frente a su domicilio cuando una patrulla abrió fuego indiscriminadamente el 18 de setiembre de 1973. Tenía apenas 6 años.El gobierno chileno argumenta que Pinochet sólo puede ser juzgado en Chile, pero ese juicio no podrá hacerse por la inmunidad legal y constitucional que tiene. Las 3.197 personas asesinadas por las fuerzas de seguridad de Pinochet, entre ellas 80 niños, representan 3.197 razones por las que Pinochet debe ser enjuiciado, sostiene Amnistía.