Mi padre Ismael Chávez.

Mi padre Ismael Chávez.

El 11 de septiembre del año 2013, 40 años después del golpe militar, Juan Carlos Chávez interpuso la primera querella criminal contra Agustín Edwards como autor intelectual del delito de homicidio, en favor de los 119 muertos en la Operación Colombo, entre ellos su padre. Esta es la historia de su larga búsqueda y la sensación de liberación que tuvo después de sentar en el banquillo al magnate de la prensa chilena. “Me sentí más liberado y que en cierta forma hacía justicia por mi viejo y por todos aquellos que no se pudieron defender en su momento”, cuenta.

Poco antes de la medianoche, golpearon a la puerta de la casa. “¿A quién busca?”, preguntó Mónica Pilquil a un hombre alto y de voz amable que le pidió hablar con Juan Carlos. Pese a que no era el nombre original de su esposo, sino la chapa con la que lo identificaban en el MIR, accedió a buscarlo sin entrar en detalles.

Si bien era extraño que un desconocido se presentara a esa hora en la casa, pensó que podía tratarse de un compañero que desconocía la identidad original de Ismael. Una estrategia habitual en el trabajo clandestino de aquellos años que no le causó mayores sospechas. “Debe tratarse de algo importante”, pensó.

Esa misma tarde Ismael Chávez había presentado a su hijo recién nacido a sus alumnos de expresión corporal en el Duoc. Estaba tan orgulloso que pidió a Mónica que lo llevara y luego regresaron juntos a su hogar. Cuando descansaba con el niño en una habitación sintió el llamado de su esposa. Al llegar a la puerta escuchó un leve forcejeo.

Tres hombres habían ingresado a la fuerza al domicilio y se identificaron como agentes del Estado. Afuera los esperaba un vehículo con el motor encendido. Recién ahí entendieron que se trataba de una operación de la DINA para capturar a militantes de izquierda delatados por compañeros torturados, que en jerga de la época se conocía como “poroteo”.

Antes de marcharse, sin que se percataran los visitantes, Chávez le entregó a Mónica un puñado de boletos de micros donde se escribían los puntos de encuentro durante la resistencia para que se deshiciera de ellos. Los agentes le dijeron a la familia que se trataba de algo rutinario y que regresaría en un par de horas. Mónica se subió a una escalera y observó desde el techo como su marido era escoltado por tres personas. Llevaba un poncho negro y transmitía una extraña sensación de calma. Ismael Chávez Lobos tenía 22 años y un hijo de menos de un mes de vida. El 26 de julio del año 1974 fue el último día que su familia lo vio con vida.

FALSO ENFRENTAMIENTO

El 22 de julio de 1975, casi un año después de su desaparición, la familia de Ismael Chávez se enteró a través de la prensa que había muerto en un enfrentamiento entre extremistas ocurrido en Argentina, conocido como Operación Colombo. La lista de 119 fallecidos, publicada por la revista argentina LEA y el diario brasileño O’Día, fue replicada en Chile por El Mercurio, La Tercera y el vespertino La Segunda. Este último, en un alarde de impudicia, tituló en primera plana: “Exterminados como ratones”.

La noticia rápidamente fue desmentida por agencias internacionales y el montaje periodístico quedó en evidencia.  En el campamento de concentración de Melinka, en Puchuncaví, 95 presos iniciaron una huelga de hambre denunciando que algunos compañeros asesinados habían estado hacía pocos días en el lugar.A tanto llegó el revuelo internacional que Sergio Diez, entonces embajador de Chile ante la ONU, tuvo que acudir a la Asamblea General de Naciones Unidas a dar explicaciones. Allí, con el desparpajo de los cómplices, aseguró que los asesinados ni siquiera tenían existencia legal.

Mónica, con su hijo en brazos, recorrió todos los centros de detención donde estaban recluidos los presos políticos, especialmente Cuatro Álamos y el Estadio Nacional. En ninguno de esos lugares recibió alguna pista sobre el paradero de Ismael Chávez. Su marido, a quien conoció cuando tenía 18 años en una marcha en el centro de Santiago, pertenecía al frente de estudiantes universitarios que dependía del Movimiento de Izquierda Revolucionaria.

Chávez había estudiado teatro en la Universidad de Chile y el mismo año de su desaparición se matriculó en la escuela de Derecho de la misma casa de estudios. Soñaba con ser diplomático de carrera y estaba convencido de que la intervención militar no se prolongaría por mucho tiempo.

Mientras, se dedicaba a labores de propaganda, confeccionando en mimeógrafo El Rebelde, una revista clandestina elaborada por el MIR donde escribía artículos y Mónica le ayudaba con las ilustraciones. Ambos, además, trabajaban en distintas poblaciones del sector poniente de Santiago. Juan Carlos, como conocían a Ismael, se dedicaba a realizar teatro comunitario en cuanto centro cultural se levantó en aquellos años. Buscaba concientizar a los pobladores a través de su oficio. Siempre decía que hacer teatro, era hacer política.

Mónica quedó embarazada en su último año de secundaria. Pese a que la gente del MIR no era partidaria de que sus miembros se casaran, entendiendo la grave crisis política que atravesaba el país, la pareja decidió contraer matrimonio. Lo hicieron el 1 de febrero del año 1974. Cinco meses más tarde nació Juan Carlos, bautizado así en honor a la “chapa” política de su padre, desaparecido pocos días después de su nacimiento. En 1977, después de varios allanamientos a la casa de Mónica, esta decide exiliarse en Holanda junto a su pequeño hijo.

EXILIO

Juan Carlos Chávez tenía apenas tres años cuando llegó a Ámsterdam. En Holanda comenzaron a vivir con una tía. Mónica empezó a trabajar en un comité internacional de refugiados, ligado al partido radical, y luego en servicios de solidaridad a otros países latinoamericanos que estaban en guerra, como Nicaragua y El Salvador.

El constante activismo político de su madre, despertó tempranamente las inquietudes políticas de Juan Carlos. La casa siempre estaba rodeada de dirigentes de diversos países y escuchaba lo que pasaba en otras partes del mundo. “Yo era súper chico y hacía análisis políticos, sabía harto de historia, sobre la vida del Che Guevara y le conversaba a la gente que llegaba a la casa. Ellos quedaban impactados. Era algo inconsciente”, recuerda Juan Carlos.

Pese a que su entorno era eminentemente político, él nunca se sintió como un exiliado. Iba a una escuela normal, hablaba perfectamente el idioma y su madre acababa de recibir un subsidio de vivienda por parte del gobierno holandés. Como todo niño de su edad comenzó a preguntar por qué su padre no lo iba a buscar al colegio. “A los cinco años supe que estaba desaparecido. Mi madre nunca me inventó nada. Siempre trató de explicarlo y como estábamos metidos en el tema político se me hizo más fácil”.

Juan Carlos piensa que esa resiliencia, en el fondo fue una estrategia emocional para transformar el dolor en un tema político, ideológico, de lucha. Un proceso que con los años, admite, le provocó algunos trastornos psicológicos. “Uno puede disfrazar ciertas cosas como heroísmo, pero tarde o temprano las cosas comienzan a afectarte. Es un fenómeno inconsciente que uno utiliza como una barrera de protección”, analiza hoy.

Encontrar un espacio en el mundo, definir su identidad, fue un trabajo largo y también doloroso. Una búsqueda que comenzó cuando visitó por primera vez Chile cuando tenía 10 años. Su madre, que tenía una relación formal con un ciudadano holandés con los que tuvo dos hijos, terminó de estudiar trabajo social y pidió hacer su práctica en Chile en la Vicaría de la Solidaridad.

El reencuentro con Chile coincidió con las emblemáticas jornadas de protestas en contra de la dictadura. Era el año 1984 y Juan Carlos tenía 10 años. Recuerda haber estado en la Villa Francia con dos de sus tías, arrancando de los pacos por unos estrechos pasajes de la población, en una protesta luego de la muerte de los hermanos Vergara. “Comencé a correr en la misma dirección que lo hacía la gente, había una tremenda balacera, y de repente me meten a una casa. Lo más gracioso es que estaba tirado en el piso y unos metros más allá, en el antejardín, estaba una de mis tías. La solidaridad era increíble”, recuerda.

De vuelta en Holanda, cuando le preguntaban qué le había gustado de Chile, respondía que lo más llamativo habían sido las protestas. Cinco años más tarde regresaría definitivamente al país.

LA BÚSQUEDA

La familia había crecido durante el exilio. A Mónica y Juan Carlos, se sumaron Vincent, la pareja de su madre, y dos hermanos más. Todos arribaron al país en febrero del año 89. El regreso de Juan Carlos al país coincidió con el proceso de transición que recién comenzaba en Chile.

Ese mismo año ingresó a estudiar al Liceo Juan Bosco y comenzó a involucrarse en el movimiento estudiantil secundario. “Me tocaron las protestas por el pasaje del metro, empecé a vincularme con integrantes del centro de alumnos, algunos chicos del MIR, y con gente del Liceo de Aplicación, pero no milité en ningún partido”, recuerda.

Su llegada al país concidió con una búsqueda que tenía pendiente: saber por otras personas quién había sido su padre. Visitó a varios presos políticos en la cárcel pública. Uno de ellos le comentó que era un tipo extrovertido, de voz imponente, que siempre vestía de poncho y lo acompañaba una mujer baja de piel blanca (su madre). El rompecabezas comenzaba a armarse.

Juan Carlos reconoce que, pese a la ausencia de su progenitor, siempre tuvo una dialéctica particular con él. Cuando era pequeño lo veía como un héroe sin fallas. Lo sentía cercano pero a la vez muy distante. Cuando se portaba mal no faltaba quien le recordaba que en esas circunstancias su padre no se habría comportado así. “En un momento -reconoce- comencé a peinarme como mi papá, a vestirme como él. No sé cómo explicarlo, como que no tenía una identidad propia”.

Durante un encuentro en Villa Grimaldi, Juan Carlos escuchó el testimonio de un sobreviviente que había venido a declarar en una causa que llevaba el juez Juan Guzmán Tapia por la Operación Colombo. Ahí se percató que la fecha en que estuvo detenido el prisionero y su padre eran coincidentes. Se acercó, le mostró la foto de Ismael y le preguntó si lo conocía. También le comentó como andaba vestido su padre al momento de su desaparición.

Pocos días después el hombre lo llama por teléfono y le contó una historia ocurrida en Londres 38. Le aseguró que uno de los detenidos, en una salida a “porotear”, se arrancó con la venda puesta y fue atropellado por un vehículo. Los agentes lo devolvieron al centro de detención y lo dejaron tirado en el piso. Estaba perdiendo sangre y hacía mucho frío. De pronto escuchó una voz y observó entre la venda cuando un hombre se acercó al herido y le entregó una prenda a nombre de un tal Juan Carlos. La ropa era un poncho negro. El mismo que su padre usaba cuando fueron a buscarlo a su hogar. Por fin, después de años de búsqueda, la familia encontraba una pista a la cual aferrarse.

LA SANACIÓN

En el año 90 murió en un accidente automovilístico Vincent, la pareja de su madre, que trabajaba como fotógrafo para agencias extranjeras. La ausencia del verdadero padre le impidió asimilar que tenía otro a su lado, que había marcado su vida de manera importante. Su deceso desató una crisis en Juan Carlos. “Me dí cuenta que tuve alguien importante y que no lo valoricé. Él se portó muy bien conmigo y me entregó muchos valores de tolerancia que aún conservo”.

Huérfano por segunda vez, Juan Carlos cayó en una fuerte depresión. Estudió periodismo, teatro, cine y derecho. No pudo terminar ninguna carrera. “Empezaba con entusiasmo, pero después se me quitaban las ganas. Eso me empezó a afectar en las relaciones de pareja. Comenzó a darme todo lo mismo. Me lamentaba no poder llevar una vida normal como el resto”, recuerda.

Comenzó una terapia junto a su madre. Le descubrieron un trastorno obsesivo compulsivo. Se dio cuenta que había ciertos rituales que repetía: apretar las llaves del agua y cerrar reiteradamente la puerta de su casa. “Yo pensaba que eran mañas. La doctora que me empezó a tratar no sólo me recetaba medicamentos, sino que también me explicaba cómo funcionaba fisiológicamente. Poco a poco comencé a entender de qué se trataba, pero aún seguía confundido”.

En el año 2014 ya no aguantaba más y decidió abandonar el tratamiento. Lo cortó de raíz y comenzó a tomar yerbas medicinales. El repentino cambio le provocó mareos, dolores de cabeza y náuseas. “Sentía que estaba en un limbo -recuerda- no daba más, podía pasar cualquier cosa”.

En diciembre de ese año llegó a visitarlo un primo del sur que se había transformado en machi. En cuanto su familiar lo vio, comenzó a abrazarlo y hacerle cariño. “Vengo a ayudarte”, le dijo. Luego le comentó que desde hacía muchos años sentía que a él le pasaba algo y que si quería sanarse tenía que obedecerle.

Le recomendó un trabajo sicológico, físico y espiritual. “Me dijo que no me vistiera más de negro, que usara colores más vivos, que me preocupara de proporcionarme inyecciones diarias de humor y que abandonara el círculo político de los derechos humanos por un tiempo. Me dio a entender que mi madre y yo estábamos en una simbiosis que era un circulo vicioso”.

Antes de marcharse el machi le dijo “cuando tú te sanes, comenzarás a sanar a otras personas”. El mensaje le pareció un tanto críptico, pero con el tiempo lo comenzó a descifrar. Las recomendaciones comenzaron a tener efectos y lentamente se comenzó a sentir mejor. Incluso logró entender, sin angustia, lo que su doctora intentó desentrañar. “Cuando cerraba las llaves compulsivamente, intentaba controlar situaciones que jamás pude manejar cuando pequeño. Yo tenía 26 días de vida cuando murió mi padre. No tenía de qué culparme”, reflexiona.

Una parte medular del proceso de sanación ocurrió cuando un abogado lo invitó a participar en una acción judicial. Un acto que tuvo un fuerte componente simbólico. El 11 de septiembre del año 2013, 40 años después del golpe militar, Juan Carlos Chávez interpuso la primera querella criminal contra Agustín Edwards como autor intelectual del delito de homicidio, en favor de los 119 muertos en la Operación Colombo, entre ellos su padre. “Me sentí más liberado y que en cierta forma hacía justicia por mi viejo y por todos aquellos que no se pudieron defender en su momento”.

“Agustín Edwards representa el mal que dirige todo, pero que nadie ve. Me atrevo a decir que fue peor que Pinochet. Los milicos hicieron el trabajo sucio y los civiles que apoyaron la dictadura son los Pilatos que se lavaron las manos y que finalmente planificaron todo”.

Para el hijo de Ismael Chávez la querella cerró un ciclo en su vida. “Sentí que se cerró algo, pero que se abrió otra cosa mejor con una nueva perspectiva. Lo más importante es el tema espiritual, porque sin ese camino de sanación nada tiene sentido”.

La acción judicial en contra del magnate de la prensa finalmente no prosperó, aunque el quinto Agustín tuvo que declarar en tribunales. Juan Carlos Chávez comenzó a estudiar el año pasado medicina naturopática. Los designios de su primo se estaban cumpliendo.

Los hijos del Cóndor.Carla Rutila Artes.

Los hijos del Cóndor.Carla Rutila Artes.
Argentina|Descansa Carlita Rutila Artes, a quien de bebé la dictadura de Banzer quiso desaparecer.
 Hija de Graciela Rutila y Enrique López, de nacionalidad uruguaya, Carla Graciela López Rutila nació el 28 de junio de 1975 en Miraflores, Perú. Vivieron durante un tiempo en Bolivia donde Graciela fue detenida junto a su pequeña hija el 2 de abril de 1976 en la localidad de Oruro. Según consta en un radiograma oficial, el 29 de agosto de ese mismo año las autoridades bolivianas entregaron a Graciela y a Carla a las fuerzas de seguridad argentinas, en el marco del “Plan Cóndor”.
Por testimonios de sobrevivientes pudo saberse que ambas permanecieron detenidas en el CCD  “Automotores Orletti”. Enrique fue asesinado el 17 de septiembre de 1976 en la ciudad de Cochabamba, Bolivia.
En diciembre de 1983 Abuelas de Plaza de Mayo localizó a Carla en poder de Eduardo Alfredo Ruffo, integrante de la Triple A, y su esposa Armanda Cordero. El matrimonio se encontraba prófugo de la justicia hasta que en 1985, tras una intensa búsqueda, fueron localizados. La niña se realizó los análisis inmunogenéticos en el BNDG y en septiembre de 1985 los resultados confirmaron que se trataba de Carla, hija de Graciela y Enrique. Su madre permanece desaparecida.

La TV Pública presenta “Nietos, historias con Identidad”, una serie de micros con relato de Víctor Hugo Morales en los que a través de testimonios de los protagonistas, se cuenta la historia de búsqueda de familiares de desaparecidos y de hijos de desaparecidos que recuperaron su identidad y fueron restituidos a sus familias. Además, se invita a todos aquellos jóvenes que tienen dudas sobre su identidad a acercarse a Abuelas de Plaza de Mayo.

Emitido el 15-08-12 por la TV Pública.

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Carla Rutila Artes falleció este 22 de febrero de 2017, con 41 años en Buenos Aires-Argentina a causa de un cáncer que ni en los peores momentos le impidió reclamar memoria, verdad y justicia.
Su historia, es una prueba del terrorismo de Estado y la existencia del Plan Cóndor, una estrategia de coordinación entre las dictaduras latinoamericanas con el apoyo de la CÍA, en la década de los años 70.
Carlita nace el 28 de junio de 1975 en Miraflores-Perú, hija de la joven pareja de militantes internacionalistas Graciela Rutilo (argentina) y Enrique Lucas López (uruguayo). Por entusiasmo de Graciela, quien creció y estudió en La Paz, la pareja se traslada a Bolivia y milita en el Ejército de Liberación Nacional (ELN) con el fin de detener la dictadura banzerista que sume a Bolivia en un ambiente autoritario y represivo.
Enrique es asesinado en septiembre de 1976 por grupos paramilitares y sus restos permanecen desaparecidos hasta el año 1999. El 2 de abril del año 1976, Graciela apoya una huelga minera en Oruro y es secuestrada junto a Carlita, quien tiene 9 meses. Madre e hija son llevadas al Departamento de Orden Político (DOP) de Oruro y posteriormente a la ciudad de La Paz. En el nuevo destino Graciela es sometida a interrogatorios en un centro de tortura y la bebé queda en custodia de 4 miembros del Ministerio de Gobierno boliviano, que envían a la menor al hogar “Carlos Villegas” y posteriormente al orfanato “Virgen de Fátima” bajo el nombre falso de Nora Nemtala (N.N.). Por distintos testimonios y problemas de salud en Carla, se comprueba que los represores la sacaron del orfanato para llevarla a las sesiones de tortura de Graciela, donde golpeaban a la bebé para atormentar a su madre. Debido a esta acción, Carlita pierde parte de su audición y años más tarde debe utilizar audífonos.
El 29 de agosto de 1976, la dictadura de Banzer en Bolivia entrega de forma ilegal a Graciela y Carla a la dictadura de Videla en Argentina. El traslado y con ello, la responsabilidad y complicidad del estado boliviano en la desaparición de madre e hija, queda certificado en un radiograma emitido por el Ministerio de Gobierno boliviano en el que comunica que Graciela y Carla son expulsadas de Bolivia por el puente internacional con Argentina (Villazón-La Quiaca). En la frontera, los represores bolivianos obligan a Graciela a firmar un certificado donde reconoce que le entregan a su hija en buen estado de salud.
En Buenos Aires, ambas son trasladadas al centro clandestino de tortura Automotores Orletti, donde Graciela desaparece. En dicho lugar, Carla es robada por el torturador argentino Eduardo Alfredo Ruffo, miembro de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) quien inscribe a Carla como hija propia bajo el nombre de Ginna Amanda Ruffo. A su vez, el torturador se apropia de otro niño y le pone el nombre de Alejandro. Ambos niños crecen pensando que son hijos biológicos de la familia Ruffo.
Mientras los organismos de inteligencia latinoamericanos operan con el terror de forma sistemática. Matilde Artes (madre de Graciela) emprende una larga búsqueda de 9 años para encontrar a su hija y nieta con el apoyo de madres, abuelas de plaza de mayo y otros organismos internacionales. Carla recordaba que la primera vez que vio a su abuela materna fue por televisión en los inicios del proceso democrático argentino y que su primera reacción fue pensar y preguntar a su apropiador: “¿Qué hace esta señora con mi foto?”. A lo que Ruffo la golpea y le indica que es una vieja bruja que le quiere sacar la sangre.
En el año 1983, Abuelas de Plaza de mayo localiza a Carla, pero los apropiadores huyen. Dos años más tarde las abuelas relocalizan a la niña y mediante una prueba de ADN confirman su verdadera identidad. En una entrevista, Carla recuerda el reencuentro con su abuela de la siguiente manera: “El juez nos presenta y me dice Carla esta es tu abuela y mi abuela dice “sí carlita soy tu abuela y hace 9 años que te busco mi amor”. Entonces abre el poncho y no sé si fue instintivo el hecho de apoyar la cabeza y abrazarnos, estuvimos como 10 o 15 minutos. Y sentí que ese abrazo y momento, me restituyó todo el amor que me habían robado”. Por motivos de seguridad, Matilde decide irse a España con su nieta.
En España, Carla rehace su vida junto a su abuela y se convierte en madre de 3 hijos: Graciela, Anahí y Enrique a los que cría sola. Sin embargo, las circunstancias económicas y políticas la hacen regresar a Latinoamérica. En el año 1999, durante el segundo gobierno de Banzer, se encuentran los restos de su padre Enrique Lucas López en Bolivia. En ese contexto, Carla Rutila Artes, quien fuera una bebé ilegalmente sacada del país por la dictadura de Banzer, regresa de forma legal con 25 años para denunciar su caso y la impunidad de la represión dictatorial. Sin embargo, pocos fueron los medios que pudieron darle un espacio, e incluso la revista Informe R que le realiza un reportaje, sufre la incautación de sus ejemplares por parte del Ministerio de Gobierno, en una acción dictatorial ejecutada en tiempos democráticos. La corta estancia de Carla en Bolivia puso nervioso al gobierno banzerista. “Carlita, vives y vuelves a contar que es un asesino el General, pero él no quiere recordar, aunque te quiso matar” escribió Antonio Peredo, en un poema dedicado a Carla durante su valiente estancia en Bolivia.
En el año 2011 Carla se traslada a Argentina donde su memoria fotográfica ayuda a dar sentencia a distintos represores que tenían contacto con su apropiador Eduardo Ruffo. A su vez, pudo declarar y enfrentar desde cercana distancia al mismo, quien no pudo sostenerle la mirada mientras lo denunciaba por maltrato infantil, psicológico y sexual. En medio de distintas investigaciones, Carla conoce a Nicolás Biedma,* hijo de un desaparecido chileno en Automotores Orletti, ambos se enamoran, se convierten en compañeros de vida y el año 2012 se casan. Carla vivió dicha acción con emoción y la describía como “un acto en defensa de la vida”, de la misma forma, contaba con alegría y entusiasmo el nacimiento de su nieta Nina.
Quienes conocimos a Carla podemos hablar de una mujer fuerte, la más fuerte, como su nombre significa. Una persona con capacidad de luchar por la misma causa en todo lado, desde todo espacio. Una niña que le ganó al terror y la muerte, una mujer que se hizo cargo de su historia, de su verdadera identidad y de la lucha de sus padres. Creo que por ese motivo su última voluntad fue ser cremada y colocada en el centro de detenciones Orletti, que Carla consideraba un lugar que la acerca a su madre, porque es el lugar hasta donde llegó la investigación sobre el paradero de Graciela. Independientemente de esta acción simbólica, Carla ahora se convierte en parte de nuestra historia y se une a los muchos y muchas que debemos recordar.
La historia de Carlita demuestra la coordinación de las dictaduras de Bolivia, Argentina, Uruguay, e incluso Chile. Su testimonio incomodó a muchos, porque es la demostración de que las dictaduras impusieron su sistema desde una barbarie que ni siquiera tuvo piedad con los bebés. Me niego a decir que está muerta la bebé que le ganó al miedo, a la dictadura, al olvido y a la muerte. Me atrevo a soñar que por fin se reencontró con sus padres, me animo a decir que descansa, mas no en la paz que se merece, porque la cultura de la impunidad lamentablemente sigue vigente. La existencia de Carla me hace entender que el pasado no terminó y tiene consecuencias en el presente, nos invita como continente a hacernos cargo de nuestra historia para construir nuestra verdadera identidad. Carlita vive y vivirá siempre porque no pudieron vencerla, guardaremos su historia y valentía en nuestro recuerdo y estará con nosotros cada vez que enfrentemos a quienes pretenden hacernos olvidar lo que no tiene perdón. Carla quedará en nuestra utopía, en nuestros sueños de justicia y cada vez que gritemos con fuerza: NUNCA MÁS.

Para mayor información

EL PAIS › EL TESTIMONIO DE CARLA ARTES, APROPIADA POR EDUARDO RUFFO, EN EL JUICIO POR ROBO DE BEBES

“Me restituyeron el nombre y el amor”

Después de vivir veinticinco años en España junto a su abuela Sacha, Carla Artes volvió a la Argentina y reiteró ayer ante el tribunal que Ruffo abusaba de ella y se fugó cuando su abuela la encontró. El represor pidió no estar en la audiencia.

 Por Alejandra Dandan

Cuando Carla Rutila Artes vio por primera vez su foto en televisión y a una señora que decía que la estaba buscando, le preguntó a Eduardo Ruffo quién era esa mujer. El parapolicía, que integraba la banda de Aníbal Gordon, le respondió que era “una vieja bruja” que la buscaba para sacarle la sangre. Tiempo después, cuando finalmente Carla conoció su historia, un juez le presentó a su abuela biológica. “Entra mi abuela y creo que conocer a la vieja bruja fue lo mejor que me pasó en mi vida; el proceso con ella indudablemente fue complicado, pero hay dos cosas que se me restituyen en ese momento: el nombre y el amor, porque con Ruffo tenía todo lo material, pero carecí de todo eso”.

Carla Rutila Artes declaró en la audiencia del plan sistemático de robo de bebés como el año pasado lo hizo en el juicio por los crímenes de Automotores Orletti, base del Plan Cóndor en el país. Esa vez, Carla se sentó frente a su apropiador, que permaneció en la sala para escuchar, entre otras cosas, la primera denuncia que ella se animaba a hacer públicamente sobre la condición de abuso a la que él la sometió desde los tres a los nueve años. Esta vez Ruffo no estuvo presente en la sala. Antes de que empiece la audiencia pidió al Tribunal Oral Federal 6 una autorización para retirarse a la alcaidía. Ruffo se fue. Carla entró. Habló de su historia sin la obligación de esquivar la mirada que el año pasado la hundió durante varias semanas en sus más pesados fantasmas.

Ella volvió al país hace unos meses después de 25 años de vida en España. En el cuerpo lleva la marca de una disminución de la escucha, producto de los golpes de quien la situó durante años como su hija. Se sentó con la cabeza de costado, para escuchar las preguntas. Les pidió a los jueces la compañía cercana de la coordinadora del centro Ulloa de asistencia a las víctimas, para poder sostenerse.

Cuando lo bueno desaparece

A Carla la secuestraron en Bolivia el 2 de abril de 1976 con su madre, Graciela Rutila Artes, dirigente estudiantil en Oruro. “A mí me llevaron a un orfanato, me condenaron a desaparecer desde ese momento, sé que a mi madre la llevaron al Ministerio del Interior de La Paz. El 24 de agosto nos reúnen nuevamente, me sacan del orfanato en medio de un operativo bastante impresionante, a ella la llevan a la cárcel de mujeres y sé que gracias a la denuncia que empezaba a hacer mi abuela hicieron que la Cruz Roja boliviana presenciara la situación. La obligaron a firmar un papel como que estábamos en perfecto estado de salud y el 29 de agosto de 1976 nos trasladaron de Villazón a la Argentina.”

Participaron la Policía Federal argentina y el Servicio de Inteligencia, pese a que hacía tiempo que ninguna de las dos estaban en el país. En Orletti, Carla tenía un año y tres meses. “Yo sé que debo haber estado tres semanas, como mucho un mes. Me acuerdo del suelo, la altura de una canilla, los pitidos del tren: eso no se me olvidó nunca, porque al día de hoy sigo teniendo los pitidos frecuentes adentro del oído.”

Un sobreviviente situó a su madre en ese espacio, pero después nadie supo más nada de ella porque, como su militancia estuvo en Bolivia, en el país nadie la reconoció. “A mí me sacan en esos días y me llevan a Magister, que era una empresa regenteada por Otto Paladino, un lugar encubierto donde trabajaba la Triple A con Eduardo Alfredo Ruffo, Aníbal Gordon. A días de estar ahí, fui apropiada por Ruffo. Me inscribieron como Gina Amanda Ruffo, nacida el 26 de junio de 1976, figuro haber nacido en el seno de esa familia, como hija de él y de Amanda Cordero de Ruffo.”

Los Ruffo tuvieron un hijo un año más tarde. “Nunca me dijeron nada: es decir que yo viví desde el ’76 hasta el ’83 con relativamente alguna normalidad de ir al colegio, de vida normal entre comillas, dentro de lo que se puede considerar una vida normal hasta que este señor Ruffo empieza a ser investigado por la Justicia y en enero de 1984, cuando era inminente el arribo de mi abuela al país porque había nueve denuncias por mi caso, él tuvo cierta urgencia de ponerse prófugo.”

En la sala, el fiscal Martín Niklison hizo la primera parte de las preguntas. “Cuando uno lo ha pasado tan mal y ha tenido una infancia tan infeliz lo poco de bueno desaparece: los únicos recuerdos de la infancia son junto a mi hermano, mi infancia fue una infancia llena de violencia psicológica y física y de abusos sexuales de los 3 años a los 10 años.”

La búsqueda

Con Ruffo prófugo, ellos cambiaron de casa cada tres meses. Carla quedó desescolarizada dos años. “No podíamos salir a la calle, con lo cual yo era el origen de todos sus males: me teñían el pelo todo el tiempo, buscaban la forma de esconder esta carita que era tan parecida a cuando era chica.”

En los vaivenes hubo comilonas y asados con los agentes de la Triple A y de seguridad, rondas de veinte personas con hijos y mujeres. Estaba Gordon, su hijo, el yerno de Otto Paladino. En la sala le preguntaron por las armas. Carla habló de Cariló, una casa con una puerta hacia abajo donde había armas y un arsenal “bastante grande”. “Nunca me olvidaré de una de ellas porque todavía me da pánico –dijo–: era un arma tipo alemana, me di cuenta de que la usaban los nazis.”

El 11 julio de 1984 Carla se vio en televisión. Matilde Artes estaba en la pantalla con fotos de su hija Graciela y de la nieta Carla de año y medio: “Cuando la veo a ella en televisión me reconozco”, dijo. “Las fotos eran de un bebé de un año y medio con el mismo pelito rosado que tenía yo en las fotos que ellos me habían sacado. Y la respuesta de él, aparte de la tremebunda paliza para que no volviera a preguntar nada, es que ella era una vieja bruja que te está buscando para sacarte la sangre.” Después vino un afiche en la calle, Carla mirando en el afiche la imagen de Ruffo y la palabra buscado. La idea de que algo no estaba bien. El operativo en la casa. La detención y un juez que le explica su historia.

“Me dice que no me llamaba como me llamaba sino que me llamaba Carla y que mis padres estaban desaparecidos; y que mi abuela hacía 9 años que me estaba buscando: creo que uno de los actos más importante de mi vida fue cuando me restituyeron mi nombre y no me he dejado de llamar Carla.”

Mi amigo Andrés Bianque, el de los escarabajos, las flores del mal y los largos exilios.

Mi amigo Andrés Bianque, el de los escarabajos, las flores del mal y los largos exilios.

 

En el día de ayer, 20 de diciembre de 2016 Andres Bianque presentó su libro A la Sombra de los escarabajos en la Biblioteca Nacional de Chile. Por una jugarreta de los calendarios que rigen mi día a día desde mi teléfono inteligente, quedé al margen de escucharlo y abrazarlo y aterrizar por fin nuestra amistad on line a un cara-a-cara emocionado.

Andrés, expío mi culpa en la forma que decretes!

Soy amiga virtual de Andrés desde hace años. El va y viene en el espacio y el tiempo, pero para mí es y ha sido una presencia permanente y en nuestras extensas conversaciones de pantalla a pantalla, se me ha revelado un hombre que , como él dice en algún espacio “…then and there I was, in the middle of the seeds with my pen of shadows”. Este hombre que salta del castellano al sueco como niños prodigio, ha escrito acerca del exilio la más hermosa de las reflexiones, y que será la médula del capítulo dedicado a ese tema en este interminable libro que escribo desde hace una década.

Exilio, las flores del mal y los ejes rotos.

Andrés Bianque 18 de Febrero de 2009

La cordillera está siempre nevada, así quedó petrificada en el recuerdo. Jamás se transforma en agua, barro y brazo de río que apunta hacia el mar. Infinita, amarga y dolorosa es la cicuta del destierro, exilio transtierro de macetas humanas.

Los que no van muriendo arrojándose a los trenes, colgándose en los bosques, ahogándose en los lagos, bares y mares, el destierro los va enloqueciendo en forma brutal, los va cambiando a tal punto que son simplemente otros.

Puntos apartes, puntos finales de renglones cortados.

Árboles secos, concluidos en simple leña para alimentar la hoguera de los fracasados, de las ambiciones, de los que no pudieron, de los que fueron y nunca más serán.

Una avalancha de tiempo cae sobre los hombros, y los principios flaquean, las ganas se desvanecen, los seres humanos se vuelven insignificantes y no pueden detener nada, balas de semanas, círculos de años, rodajas de minutos van tapando y cortando inexorablemente todo.

Las agujas del reloj, son dos brazos que van sofocando lentamente la respiración que se nota en el tono de las palabras, de las frases, de las oraciones y canciones, de los calendarios que son palimpsestos, papiros perdidos de antiguos reinos olvidados que no volverán jamás y del cual sólo quedará cierta memoria fracturada.

El pecho es una brújula rota que siempre apunta hacia nuestra casa, y un reloj de arena va sepultando y cubriendo los rostros.

Y uno se queda inquietamente inerte, absorto, mirando la ola gigante de arenas y almendras que lo va enterrando y uno grita callado, uno se va hundiendo hacia una nueva extraña superficie.

Y ya no somos los mismos de antes y los de antes ya no son los mismos. Todo quedó petrificado en la retina interna que trazó por última vez un último momento de pinturas oxidadas, de rostros deshojándose por el otoño del tiempo, de palabras disecadas, de miradas eternas. Tratando de abarcar con la vista lo que más se puede, tratando de pasar las manos por las barandas donde manos hermanas pasaron sus manos, por las caras.

Dando abrazos como si se abrazara a la misma vida, pensando y temiendo que puede ser la última vez. Memorizando y guardando frases y palabras, apertrechándose de recuerdos para el largo viaje que se avecina y qué largo y seco se hace el desierto del destierro, que profundos se hacen los mares, que pesado se hace el cielo cuando se es una mera cometa empujada por vientos más fuertes

Y cuando uno cree que se le acabaron las lágrimas, sin mediar pena terrible o gigante, se rompe el dique de los ojos y, uno va llorando así como de memoria. Sin sonidos, sin gemidos, sin gritos, sin odios, sin maldecir, sin menospreciar nada, las                                       lágrimas salen y corren y siguen saliendo y uno no se explica qué pasa, y se sienta impávido, yerto de adentros a observarse a si mismo como la frustración y el dolor son más grandes que las frases que dicen que todo va a estar bien.

Nada de eso sirve para aliviarse, las lágrimas no entienden de cuentos y sentimos pena, infinita pena, pero de tan cansados, sólo observamos, sólo eso…Miramos a la distancia procurando siempre no encontrar el reflejo de nuestros rostros vencidos… ¿Qué estarán haciendo justo ahora? ¿Qué hora es allá? ¿Podrán ver la misma luna que observo yo en estas horas?

Y todo es raro, todo es distinto, todo es al revés, ó es el atraso de tiempos o la penosa ventaja de horas. Y cuando nosotros dormimos, ellos dejan que la tarde camine sobre sus cuerpos, y cuando la mañana nos despierta, la noche los acuna. Y así, trasnochando los días, rebelándose contra el imperio del tiempo, nos quedamos hasta horas prohibidas e insensatas, única y exclusivamente para escuchar una voz lejana que se transforma en puente, solamente para leer líneas que suavizan los ojos, palabras que liman uno a uno los barrotes impuestos por el tiempo, y uno logra escapar esos momentos, y las voces, las postales, los correos, los mensajes son visitas dominicales prohibidas, que nos traen sonrisas envueltas.

A medida que pasan los días, éstos van construyendo un muro prácticamente infranqueable. Cada día es un ladrillo, las semanas adarajas. Al principio saltamos con facilidad hacia el otro lado, pero a medida que el tiempo pasa, más y más alta se vuelve la muralla. Lloramos, pateamos y gritamos y las paredes no hablan, sólo escuchan. Después quedan ciertas ventanas por donde mirar, ciertas puertas por donde contrabandearnos de sueños y proyectos. Pero poco a poco van desapareciendo las ventanas, las puertas y las hendiduras, todo se va sellando, los meses y los años van amamantando al imperio del tiempo y este va sellando las fisuras hasta encontrarnos frente a un frío paredón, donde el tiempo fusilará anticipadamente cualquier intento de arraigo de raíces y uñas que arañan las praderas y los cielos, pidiendo, rezando y protestando por pedirle al tiempo que se devuelva tres pasos, tres años, tres pasos, treinta años.

Y el tiempo no escucha, no habla, no dice media palabra, sólo enseña su ancha espalda y avanza y avanza y no hay ruego, ni sueño, ni pena de amor o de patria que detenga la carreta del tiempo, donde no somos más que polizontes colgando de las barandillas pintadas de lustros, que se descascaran como un pedazo de acero arrojado a una noria olvidada.

Un insignificante mes es capaz de ensanchar el mar y alargar las orillas. Cómo duele sentir el paso del tiempo, te aplasta, te ahoga, te empuja, te sofoca. Y no hay donde correr, donde esconderse, donde ocultarse. Cómo duele ese tiempo que pasa por entremedio de los dedos, por entre las manos, las canas, los huesos, los ligamentos que ya no atan con la misma tensión amorosa las cosas que ya no están, esas que se extrañan.

Cómo duele el tiempo de amigos y compañeros muertos, de hermanas lejanas que ya no son las mismas, de camaradas que no nos recuerdan y aquellos que sí, empero tienen un sabor más importante que nosotros en sus miradas o sueños o aspiraciones.

Exilio, luego existo.

El pan sabe distinto, quizás es la tierra que lo amasa. El agua sabe distinta, quizás las nubes son de rebaños desconocidos. Los tomates son duros y de un sabor dulce que reivindica a aquellos que lo llaman fruta. El maíz es blando y azucarado, es más agua que maíz.

El sol abre la puerta del día por cerraduras distintas. El norte se vuelve inalcanzable, el sur un imposible. Las mañanas, las tardes, las noches, los días y los meses saben a limbo, a cierto vacío de sensaciones que se estrellan contra claustros internos que no conducen a ningún lado. Los árboles, aunque sean iguales, sólo se parecen a aquellos que recordamos, las plantas son otras, los jardines son otros.

Acurrucados en una esquina del tiempo y de algún meridiano accidental, se unen por el idioma, por un pedazo de tierra, por la coincidencia de grados y mapas, por cierto paño llamado bandera, por ciertos sueños muertos, por ciertos anhelos en constante especulación y preparación, la disgregada diáspora sitiada por años que fueron y que ya no serán.

Encerrados y enjaulados en mazmorras, sótanos y celdas de tiempo que sólo dejan mirar el entorno, trazos pequeños de futuro y nada más. Y uno quisiera mostrar tantas cosas, tantas cosas lindas que no tiene con quien conversarlas o admirarlas. Que las estatuas son oasis de poesía galvanizada en ciertos parques, que son poemas bruñidos que suavizan los ojos. De ciertas construcciones que son tiernas radiografías del estado fetal de la humanidad. O las fontanas donde se piden deseos, el deseo de volver, de que le vaya bien a esos hombres y mujeres que pagan hasta por un vaso de agua, y que uno no conoce pero, que los sufre en la distancia.

Que largas se hacen las noches, pensando en qué habrá más allá de las ventanas, que sólo devuelven reflejos con imágenes como chispazos intermitentes que se desvanecen tan rápidamente que duele. Transformamos las casas en andenes, los departamentos en puertos, las habitaciones en muelles, donde esperamos con las maletas el día a día del partir, del ir. De salir volando, zarpar, correr, viajar al útero primario principal natural de nuestros orígenes.

A pesar de saber que nadie nos espera, que somos fantasmas envueltos en ropajes de recuerdos que penan de vez en cuando a los vivos, a los del otro mundo, pero nada más. Acaso meros fantasmas que habitan entre este mundo y el otro, arrastrando largas cadenas de eslabones rotos.

Y es que han tirado los cuerpos a las cuatro esquinas del círculo terrestre, pero vacíos, livianos, por allá quedaron anclados, empuñados, allá quedaron los sueños desangrándose en alguna esquina, oxidándose los corazones que se aferran a las cosas más comunes y también más sublimes. Una plaza, una calle, un parque, un hermano, una playa, un amigo, los tíos, los padres, los vecinos, los perros que ya no recuerdan nuestro olor, y de aquellos que nos recuerdan y no saben de nuestras canas, de nuestros kilos de más, de nuestras nuevas penas, de nuevos dolores, amores, sabores y colores.                                                                                                                                                                      Cierta flora y fauna desterrada a parajes ignotos, donde el canto de los pájaros no repite nuestros nombres, ni mucho menos el nombre de nuestros abuelos, nuestros antepasados. Y los árboles encumbran sus cejas verdes hacia el cielo a nuestro paso, preguntándole al viento, ¿Quiénes somos, de dónde hemos venido?

Es que quizás somos cierto tipo de arbustos, de flores buscando suelos amables donde echar raíces, cierto tipo de estacas óseas marcando el ras de nuevo suelo, pidiendo prestado jardines ajenos, intentando meternos por entre las arrugas del tiempo y del cemento. Aún a sabiendas que la tierra, el agua y el sol darán frutos bastante distintos a las raíces originales. Híbridos de segunda generación.

Extraña maraña de vísceras que abonan los mares y los suelos, extraño entre los extraños, extranjero entre los extranjeros.

El espasmo político, social, económico es el arco que expulsa flechas desobedientes que no se conforman con ser estacas enterradas a un destino determinado.

Como se va deshojando la rosa de los vientos, como cada año es un pétalo muerto, como va naciendo una flor extraña amorfa, de otra forma, de otros sinos y destinos. Como si fuésemos sobrevivientes de ciertas caravanas empujadas al destierro y por azar nos encontráramos en aristas simpáticas, pero ajenas a lo nuestro, donde no hemos puesto un ladrillo, no hemos sido más que suavizantes de adoquines prestados, ojos hundidos en cerámicas prestadas.

¿De qué sirve el mejor vino, el mejor Chardou sí se comparte con extraños?, con meros seres artificiales plantados a una mesa, porque no tenemos a nadie más, porque incluso, hasta hablan nuestro mismo idioma, o que las causas son parecidas, pero siempre se pierden en caminos o atajos distintos. ¿De qué sirve una mesa llena, si en mi pueblo se mueren de hambre? y que amargo sabe el pan cuando se sabe que falta todas las mañanas en tantas casas. ¿De qué sirve llenarse los bolsillos de esmeraldas, sí el pecho se transforma en cantera vacía por cada moneda tragada?

Para qué las fiestas si las ventanas devuelven el reflejo de miles de gentes en penitencias constantes. ¿Cómo darle un orden exacto y ordenado a la redacción de penas y tristezas que levantan sus manos como niños en llanto, exaltados, intentando denunciar tanto golpe, tanto azote?

Tal vez el exilio es un estado de coma social. Un estadio repleto de gentes que observan callados la derrota, y que no se levantan a ninguna parte, porque no tienen donde ir. ¿Un estado severo de la pérdida de la conciencia? Los signos vitales funcionan casi a la perfección, más no así la percepción de la realidad. Se está en un limbo, tal vez en un purgatorio de imágenes que sabemos son sólo pasajeras, o nos aterra el imaginar que serán eternas o las últimas que nuestros ojos abrazarán antes de la siesta final, mortal de mortandad de muchedumbres que murieron raptados por ese pájaro-cigüeña inmenso y voraz que los abandonó en otras tierras como si fuesen hijos malditos, no deseados, porfiados o malformados.  

Y no sólo de situaciones políticas vive y se nutre el exilio. No sólo son exiliados aquellos que blanden alguna bandera opuesta a la de turno. También se es exiliado cuando no se tiene ni para un par de zapatos bajo cierto tipo de sistema, y uno tiene que salir a buscar el pan, cuando en casa se le niega hasta el agua. También se es exiliado, cuando ciertos imperios voraces muerden los límites de nuestra tierra y nos obligan a largarnos y mirarlos desde lejos como se acomodan y marchan en nuestros jardines. Exilio. ¿Narcosis política inyectada a la fuerza contra los músculos vencidos?

El pecho no se mueve, los ojos yertos son dos piedras muertas en el fondo de un río seco. Las manos a los costados son dos remos estáticos que no bogan hacia ninguna parte. El tiempo se mete dentro de nosotros y va tensando más y más el cordón que nos une a la matriz que nos vio partir. Va tensando tanto que termina por cortarse. Y castrados, amputados de raíces, quedamos a la deriva, sin saber qué hacer con tanta maleta preparada, porque el volver significaría volver a empezar desde cero nuevamente y es que ya hemos empezado de nuevo tantas veces…

El destierro, el desplazamiento, se asemeja al desmembramiento de los brazos, piernas y troncos. Sólo que los demás no lo notan, el afectado sí. Y uno vuelve a ser niño nuevamente. El reaprender todo desde cero. El invertir días para ser capaz de saludar y despedirse. Decir gracias o de nada. Se es un tipo de ciego que ve, que todo lo ve, pero en pasado, nada en presente, las imágenes son insulsas, lejanas, extrañas, difíciles, sin colores conocidos. Todo es nuevo, y sin lazarillos cuesta bastante encontrar los caminos, calles, y atajos.

Los países que reciben a los extranjeros podrían ser como esas tías buenas distantes, padrinos del otro lado del charco que velarán un tiempo por algún pariente lejano en desgracia. Pero al rato, los problemas. Comienzan los divorcios, los engaños, las deserciones, las injusticias, los malos tratos, los hijos extras con los dueños de casa, o las mujeres se transforman en esclavas asalariadas ó prostitutas, los hombres ó en esclavos del empresariado, traficantes, ladrones, alcohólicos o cesantes constantes.

Las traiciones, las delaciones, el aburguesamiento, el odio parido contra el partido o contra el lugar en que se ha nacido. Son pocas las excepciones positivas, muy, pero muy pocas Y transformados en extranjeros, somos el anillo al dedo, el rabillo al cepo para ciertos señores.

Nuestra presencia sirve para unir discursos nacionalistas que pretenden justificar la mediocridad de la economía, achacándosela a los inmigrantes o foráneos. Accidentales detalles de la geografía subterránea que pocos ven. Ballenas que si no dan carne, dan jabón o aceite para limpiar e iluminar las calles. El exilio parece ser una vivisección emocional brutal. Brutal machetazo sobre el tallo que nos sostiene, feroz zarpazo introspectivo, retrospectivo. La autoestima se                                                                                                                                                                   daña tanto que parece un niño severamente abusado, el cual se esconde debajo de las mesas, debajo de las camas, debajo del silencio de no decir mucho hacia fuera, pero sí hacia adentro. ¿Por qué estoy aquí, por qué a mí? ¿Valió la pena todo lo obrado, luchar por ciertas causas? ¿Sirve de algo tanto sacrificio? ¿Volver, reempezar? ¿Acertado, incorrecto? En esa carnicería emocional es cuando muchos sucumben, jamás serán los mismos seres queridos o de partidos o paridos, sí logran sobrevivir.

No es fácil estar lejos, no es fácil estar solo, no lo es. También se pasa mal por estos lados, no todo lo que brilla es oro, también los pisos fregados con sudor, también las copas con lágrimas plateadas. Aquí también se sabe cuánto pesan los grilletes, cuan filoso puede ser el látigo. Cuan humillado se puede llegar a estar, por no recordar la palabra exacta, el modismo o la frase precisa en algún idioma que no sea el maternal.

Parece imposible cuantificar el daño psicológico, la radiación sensorial a la que se ha sido expuesto. Cortes de sombra, cuchilladas de luz congelada sobre las sienes, palabrazos racistas que rompen los tímpanos, miradas como espinas en los ojos. Y el interior todo arañado como jaulas estrechas de animales irracionales que sólo desean escapar, volver y despertar de esta pesadilla extraña. Pero el dinero es cierta pasta con la cual muchos reparan sus jaulas laceradas, se van olvidando y reconstruyendo de otra nueva vieja manera.

Olvidan tanto que terminan odiando sus orígenes, aborígenes, ideales y ahora son cierto tipo de casta superior, a razón de su pasada o presente impuesta extraterritorialidad.

Olvidar y no mirar para atrás y si se hace, es una mirada mordida de rabia o endulzada con la miel de la idealización. Piedra angular de los humanos, el instinto de sobrevivencia, la sabia capacidad de adecuarse, acostumbrarse, incluso, llegar a amar a quien no se ama.

Andrés Bianque.

En el día de ayer, 20 de diciembre de 2016 Andres Bianque presentó su libro A la Sombra de los escarabajos en la Biblioteca Nacional de Chile. Por una jugarreta de los calendarios que rigen mi día a día desde mi teléfono inteligente, quedé al margen de escucharlo y abrazarlo y aterrizar por fin nuestra amistad on line a un cara-a-cara emocionado.

Andrés, expío mi culpa en la forma que decretes!

A la sombra de los escarabajos

Sinopsis

¿Y si de alguna manera pudieras ver los errores que vas a cometer y tuvieras la oportunidad de cambiar el rumbo de ellos? Si por arte o desastre de fragmento cuántico, contaras con algo que pudiera alterar el tiempo. ¿Qué harías?
Quizás entre estas líneas se encuentre la pócima o fórmula que modifique las piezas que se han movido y también aquellas que se moverán en un futuro cercano. 
El cuento que da título al libro, fue redactado pensando en todos los hijos de México. En todos aquellos que han sido y son víctimas de una época brutal y terrible.  
Estación Terminal o  Inferno, plagiándole adrede uno de sus títulos al gran August Strindberg, está ambientado en la ciudad de Estocolmo y relata las torturas diarias que ocurren en Suecia.

Hay relatos que son perturbadores. Aparecen preguntas incómodas de responder; vas llegando a tú casa, miras hacia tu ventana y te ves a ti mismo, ahí de pie, observándote. ¿Entrarías igual?

Este libro es críptico en su inicio, no busca encantar o que sea de un total agrado. Está escrito con bronca y arrogancia. Con mueca de aversión al zalamero de literatura sucedánea, con molestia contra aquel que entiende todo demasiado de prisa, en comparación con quien escribe.

Este es un libro maldito y malditas son sus hojas venenosas, aquí los sociópatas encontrarán el perdón que jamás les ha interesado y los santurrones encontrarán el castigo que bien saben, adeudan.

Quisiera arrancar estas hojas escritas, hervirlas y beberme toda la tinta que salga, morirme envenenado por mis propias palabras malditas. 

Andrés Bianque Squadracci.

La Generación de los HIJOS. Cine y Dictadura

La Generación de los HIJOS. Cine y Dictadura

A mediados de los 90, los hijos aparecen en la escena cinematográfica con sus propias demandas e interpretaciones sobre lo acontecido a sus padres en los 70, asumiendo el protagonismo, y en muchos casos también la dirección, de documentales y ficciones.

En este sitio Web es posible conocer más de 50 films que bajo la etiqueta La Generación de los Hijos muestra producciones audiovisuales que relatan distintos aspectos de la dictadura argentina.

Das Lied in Mir
El día que no nací
Alemania, Argentina / 2010 / 92 min / Ficción / Color
Es la historia con eje en María, una joven cantante alemana que, al hacer escala en Buenos Aires, camino a Chile, y a pesar de no hablar español, decide quedarse en el país. Antón, su padre viajará muy pronto a Buenos Aires para reunirse con la joven y hacerle una confesión que tiene que ver con el oscuro pasado argentino durante la última dictadura militar y los niños desaparecidos apropiados de aquel entonces. Padre e hija saldrán en busca de la verdad. [Sinopsis extraída del Catálogo web del 7° Encuentro Cinematográfico Argentino-Europeo Pantalla Pinamar 2011: http://www.incaa.gov.ar/pantallapinamar/2011%5D
Palabras clave:IDENTIDADNIÑO APROPIADODERECHO A LA IDENTIDADCONTROL SOCIAL
Trailer: http://www.dasliedinmir.de/

cuadernos de memoria

ejercicios de recuerdo personal para la memoria colectiva

È Vero!

Lo vi, lo escuché, me pasó.

Gritografias en Red

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La Estaca

Revista

Antígona Feminista

Debatir y dialogar con la escena política chilena actual desde una perspectiva feminista

La memoria y el sol

LIJ - Ilustración

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La Historia Derecha de Chile

La verdadera historia, como nunca te la han contado

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Desahogo social

Escritos literarios y opiniones de cualquier índole para un desahogo social que me nazca de las entrañas.

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