Ignacio Valenzuela “Por la memoria de nuestros héroes… Ni un minuto de silencio, toda una vida de combate”

Ignacio Valenzuela   “Por la memoria de nuestros héroes…  Ni un minuto de silencio, toda una vida de combate”

SÁBADO, 5 DE JULIO DE 2008

Recaredo Ignacio Valenzuela Pohorecky

 

“Comandante Benito”
Ignacio Valenzuela

Nació el 02 de noviembre de 1956 en un barrio de Santiago, capital de Chile, Ignacio vivió apresuradamente, como sabiendo que no disponía de mucho tiempo.


Sus estudios los realizó en distintos planteles educacionales de la capital. El liceo 7 de Ñuñoa fue uno de ellos donde cursando el séptimo grado, y siendo casi un niño con apenas diez años de edad, se encontraba en el centro de la ciudad y vio cuando la policía apaleaba y tiraba bombas lacrimógenas, preguntó en aquel entonces por qué hacía eso la policía, le respondieron que para proteger el orden. Su comentario a tal respuesta fue que la gente no hacía nada, “marchaban y gritaban nada más…, el desorden lo hace la policía”.

A los 14 años se incorpora al Partido Comunista Chileno.

Luego vino el liceo 17 donde cursó la educación media y es donde destacan sus cualidades en defensa de sólidos principios adquiridos en el transcurso de su corta vida. Luego vino otro liceo donde la izquierda era una minoría, a pesar de esta dificultad persistió en su trabajo consolidando cada vez más sus convicciones enfrentado a complejos y apasionados debates en el ambiente extremadamente politizado y tenso que existía en el país luego del triunfo de la Unidad Popular en 1970.

Luego vino el golpe militar donde fue testigo del terrorismo de estado institucionalizado en Chile. La mirada de Ignacio se endurece y -a pesar de su juventud- le fue imposible no sentir profundo dolor ante lo que presenciaba. Lloró cuando supo de la muerte del presidente Salvador Allende, pronto vinieron los allanamientos, en octubre la detención de su padre, se movieron influencias y a los seis días estaba de vuelta. Dentro de este oscuro panorama siguió sus estudios, pudo concluir la enseñanza media para luego postular a la universidad.

En el año 1974 ingresa a la carrera de ingeniería comercial de la Universidad de Chile, empezó a realizar un trabajo cultural y social pero esto a él no le bastaba, sabía que había que dar un paso más adelante para llegar a la organización política. Por sus actividades en la Universidad fue arrestado en varias oportunidades.

La trayectoria política de Ignacio comenzó al incorporarse a la Juventudes Comunistas donde llegó a ser el encargado del Comité de Escuelas, responsable de dos bases; en 1979, miembro de la Dirección de Estudiantes Comunistas, que es en la práctica una Dirección Regional, luego miembro del Comité Central. Después militó en el Frente Cero, que salió a enfrentar a la dictadura, sin tener la mínima preparación física, psicológica ni técnica. Este movimiento fue liquidado, absolutamente destruido o infiltrado.

Los que sobrevivieron como Ignacio, enriquecidos con esa experiencia, participaron en la constitución del Frente Patriótico Manuel Rodríguez donde se lograría un nivel más elevado en la capacidad combativa. Allí se entregó por entero a la lucha contra la dictadura. Ignacio se inició en el FPMR siendo un cuadro de reconocida capacidad política. Su modestia, carencia de ambiciones personales, abnegación, mística, entrega, dedicación con sus subordinados y su carácter recio lo hicieron uno de los hombres más respetados de la organización llegando a ocupar diversas responsabilidades. Como instructor y encargado de escuelas tuvo a un gran número de combatientes bajo su mando. De él dependían recursos y vidas humanas que manejó siempre con exigencia y responsabilidad. Después de una breve pero intensa trayectoria llegó a ser jefe de zona en la capital y miembro de la dirección nacional de la organización.

Numerosas son las acciones que planificó y llevó a cabo. Dentro de ellas destacan acciones de hostigamiento a cuarteles de la siniestra y criminal CNI, asaltos a las armerías, el secuestro del militar del ejército Chileno Coronel Haverle que posteriormente fue entregado sano y salvo a sus familiares. Participó en el rescate de Fernando Larenas, combatiente recluido en una clínica por haber sido gravemente herido y capturado en una escaramuza. Ese fue el primer rescate de un combatiente del Frente. En todas ellas dejó un legado de respeto y admiración muy difíciles de olvidar. Ignacio era un hombre como cualquier otro, estudiaba, trabajaba, formó una familia. Tenía esperanza en un mundo mejor y eso lo impulsó a luchar.

A los treinta años, el día 15 de Junio de 1987, sus asesinos le dispararon a mansalva y a quemarropa, por la espalda, como sólo los traidores suelen hacerlo, sin darle oportunidad de defenderse, conocían de su arrojo, valentía y su decisión de morir combatiendo. La única forma de terminar con su vida era sin mirarle a la cara, cobardemente y a traición. Del cuerpo exánime de Ignacio los homicidas vieron escapar su sangre a torrentes, pero estos verdugos no pudieron ver el ejemplo de Ignacio que desde siempre otorgó a los rodriguistas. Su entrega, mística y decisión de luchar eran parte de los rasgos que definían a Ignacio como miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Sabemos que sus asesinos podrán morir de viejos, aunque temerosos de que les sean cobradas sus deudas y ajustadas sus cuentas. Saben que los están mirando los ojos ciegos de sus víctimas. Saben que los ojos de los vivos también los están mirando. Perdidos en un sombrío submundo no tienen, no podrán tener un lugar de verdadera paz. Ignacio -para los rodriguistas y para todos aquellos que lo conocieron – ocupará por siempre el mejor lugar en el monumento a la dignidad de los hombres.

¡Hasta siempre Hermano Ignacio!

Por la memoria de nuestros héroes…

Ni un minuto de silencio, toda una vida de combate

Relacionado

http://www.archivochile.com/Memorial/caidos_mov_popular/V/valenzuela_pohorecky_recaredo_ignacio.pdf

Ignacio Valenzuela Pohorecky, “que fue acribillado por la espalda e Inmediatamente se volvió eterno.”

Ex militante relata experiencia de la juventud rebelde durante la tiranía de Pinochet
 

Ex militante relata experiencia de la juventud rebelde durante la tiranía de Pinochet
 
Adital

“La grandeza de la lucha revolucionaria es que permite pasar por sobre las contradicciones, los egoísmos y los riesgos; de ahí el desprecio a la muerte por una causa noble”

Raúl Pellegrin

Entre las protestas de los profesores, estudiantes y trabajadores/as del sistema de transporte público de una de las líneas más importantes del Transantiago, y apenas separados por la mesa envejecida de una fuente de soda santiaguina, el ex militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR,http://www.rebelion.org/noticia.php?id=113276) , Eduardo Robles, relata que “a 28 años del asesinato por la espalda de Ignacio Valenzuela Pohorecky, su familia le pidió a los amigos de Ignacio la reposición de una placa de cerámica puesta en su tumba que representa un motivo infantil que le dibujó su hijo Luciano y que había sido robada. Y mientras colocábamos ese símbolo en su nicho, recordé y recordé (‘volví al corazón’) todo lo que ha pasado desde entonces”, y añade que “uno siempre evalúa el costo de la pérdida de este amigo, compañero y hermano. ¿Para que sirvió su caída? ¿Quiénes conocen hoy su historia? Y uno piensa en el sacrificio de una generación que combatió con las armas a la tiranía y qué cosas logramos.”

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Miembros del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) se separan del Partido Comunista y emprenden la lucha armada contra el régimen de Pinochet.

¿En qué contexto cae Ignacio?

“A mediados de 1987 hacía pocos meses que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) se había separado del Partido Comunista chileno (PCCh). Ignacio formó parte de la promoción inicial que creó al FPMR. De esos militantes de la Juventud Comunista (JJCC) que alcanzaron la claridad histórica para asumir una política no sólo porque bajó partidistamente, sino porque fue parte de un proceso y convicción personal sintetizadas en que para derrotar a la dictadura era preciso usar todas las formas de lucha. Hasta ese momento, todas las demás resultaron insuficientes. La inmensa mayoría de los dirigentes/as de los partidos políticos tradicionales de izquierda había sido asesinada. En consecuencia, la creación de frentes antifascistas, movimientos sindicales, etc. en contra de la tiranía carecían de espacio, ahogados por la represión. En ese marco dramático, muchos/as militantes llegaron al convencimiento de que para mover al pueblo de Chile y confrontar mediante acciones directas a la opresión ya era necesario realizar sabotajes, lucha y propaganda armada, castigos selectivos, etc. El objetivo era confrontar el monopolio de la violencia estatal, ayudar a la toma de conciencia y a elevar la moral de nuestro pueblo.”

¿Cómo conociste a Ignacio?

“Antes del golpe de Estado de 1973. Militábamos juntos en la JJCC. Ignacio era un gordito militante y estudiante del Liceo 17 de la comuna de Las Condes de la ciudad de Santiago. Era conocido como “el guatón Valenzuela”, de mejillas rojas, muy buen estudiante y de excelente humor. Cuando se ejecutó el golpe de Estado contaba 16 años y ya era un connotado militante de la JJCC de su colegio. Como muchos/as, después del golpe, Ignacio vivió un camino de transformación y madurez fulminante. Ingresó a estudiar Economía a la Universidad de Chile. Yo me reencontré con él alrededor de 1977 cuando estaba por graduarse de su carrera universitaria y ya habían exterminado a las direcciones del PCCh y del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), entre otras fuerzas. En medio de un proceso de repliegue y exilio masivo, Ignacio me comentó que a la dictadura no se le podía encarar sólo enviando cartas a los regimientos, invocando el costado humano de los milicos o mediante las denuncias de las organizaciones de derechos humanos: era urgente asumir otro tipo de resistencia, siguiendo el ejemplo del MIR. Esta convicción caló en muchos jóvenes comunistas de la época.”

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¿A qué se refería explícitamente Valenzuela Pohorecky?

“A la necesidad de pasar a la clandestinidad y a desafiar a la dictadura militarmente. Ignacio hacía tiempo que confrontaba sus posiciones con los compañeros/as que realizaban un trabajo en la Asociación Cultural Universitaria (ACU, http://www.memoriachilena.cl/602/w3-article-3497.html). Recuerdo que Ignacio, amante de la poesía, discutía con un poeta de entonces a quien le planteaba que la poesía debía convertirse en lucha frontal y directa en contra de la tiranía. La poesía desarmada no provocaba ningún daño relevante a la opresión. Las peñas y los grupos folclóricos eran necesarios, pero definitivamente insuficientes.”

La juventud rebelde bajo la tiranía

¿Cómo se expresó la radicalización de los jóvenes de fines de los 70?

“Nos sumergimos y empezamos con los rayados (pintadas) en los muros llamando a la insubordinación, por ejemplo. Coincidimos con la victoria sandinista en Nicaragua en 1979, la de Vietnam en 1975, la guerra en El Salvador, y con discusiones fuera de Chile que se dieron en la cúpula del PCCh. De hecho, el secretario general de esa tienda, Luis Corvalán (que ejerció el cargo entre 1958 y 1990), comenzó a hablar de todas las formas de lucha, de la perspectiva insurreccional de masas (PIM), de la violencia aguda y, por primera vez, se mencionó el llamado “vacío histórico” del PCCh, el desprecio por la autodefensa y el trabajo militar. Los miembros del PCCh que se formaron en Cuba y combatieron en Nicaragua también incidieron en ese debate.”

¿Cuál fue la reacción de la totalidad de la dirección del PCCh?

“Al aparato sindical en el exilio, que era parte de la Federación Sindical Mundial, siempre le pareció una aventura el discurso insurreccional, debido, tanto a la política de la Unión Soviética, como a cierta mentalidad obrerista y economicista que lo dominaba. Esa cultura chocó con la juventud comunista al interior y al exterior del país.”

¿Y qué hicieron ustedes, entonces?

“Ignacio, yo y otros comenzamos a conversar con ex compañeros del colegio sobre la necesidad de iniciar sabotajes y acciones audaces.”

¿A qué se referían con ‘sabotajes’?

“Dañar las comunicaciones, desalentar en la práctica el discurso dictatorial del supuesto milagro económico chileno. Ya el MIR había efectuado sabotajes a agentes del gobierno y a símbolos de la burguesía en sus propios barrios de ricos. Por tanto, pensamos que esa era la línea a seguir. Comenzamos a boicotear con explosivos caseros los locales que administraba la esposa del dictador, Lucía Hiriart (http://es.wikipedia.org/wiki/CEMA_Chile), le incendiamos el auto a un guardaespaldas de Pinochet. En Santiago existíamos tres grupos de esta clase que no nos conocíamos entre nosotros. Algunos habían quemado los tendidos telefónicos, realizado ataques incendiarios a la revista Qué Pasa de ultraderecha Eso fue en 1980 y sin permiso del PCCh. Aprendimos de manera totalmente autodidacta.”

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Acto para pedir justicia por los militantes asesinados por la dictadura pinochetista en Chile.

¿Y qué hizo el PCCh?

“Paulatinamente empezó a contactar orgánicamente a pequeños grupos como el nuestro y que fueron formando el Frente 04, previo al FPMR y que se alimentó de algunas personas que fueron parte de la autodefensa que tuvo el PCCh en la Unidad Popular. En esa experiencia participó Cecilia Magni (http://es.wikipedia.org/wiki/Cecilia_Magni), antiguos militantes comunistas que años después murieron en el asalto a unas armerías, entre otros/as.”

¿Cómo respondió la tiranía?

“Nos signaba de terroristas mucho antes de que existiera el FPMR. Sincrónicamente fracasó de modo terrible la Guerrilla de Neltume del MIR (http://www.puntofinal.cl/550/neltume.htm).”

El FPMR y el PCCh: el conflicto permanente y la escisión

¿Y el origen del FPMR?

“El PCCh decidió crear un aparato militar, pero públicamente no como una política propia, con el fin de no perder el diálogo y la posibilidad de acuerdos con la oposición burguesa a la dictadura. El denominado “vacío histórico” nunca se tradujo en la transformación del PCCh en una organización político-militar. El FPMR fue una especie de ‘hijo bastardo’ del PCCh, un no reconocido. Eso, teóricamente, le ofrecería una forma de presionar al régimen y al mismo tiempo negociar en un mejor pie con la oposición liberal. Ya la creación del FPMR como una estructura aparte del PCCh, demostró que jamás existió un real reconocimiento de la ausencia de una política revolucionaria en su interior.”

Pero esa es una evaluación posterior…

“Por supuesto. Entonces, para quienes asistimos al parto del FPMR nos resultó un enorme avance su sola existencia. Nosotros nos convencimos de que un aparato de esa naturaleza no podía tener ninguna relación con el trabajo público del PCCh. Lo vimos como algo coherente en ese tiempo. Hoy podemos afirmar que la manera en que fue concebido el FPMR jamás tuvo que ver con un Partido Comunista que luchaba por el poder y que siempre primó y ha primado su condición reformista y legalista.”

¿Y la Política de Rebelión Popular de Masas (RPM) del PCCh?

“Fue proclamada en 1980, pero comenzó a realizarse en Chile alrededor de 1983, cuando se dio a conocer el FPMR. Galvarino Apablaza (Comandante Salvador,http://www.rebelion.org/noticia.php?id=114168) fue uno de los encargados de trabajo militar de masas (TMM) en el PCCh y luego fue uno de los dirigentes del FPMR. Así también se nombró a un enlace político entre el trabajo militar del PC con el FPMR.”

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¿Cómo era Ignacio Valenzuela Pohorecky?

“Ignacio tenía un carácter audaz basado en una formación política sólida. Cuando el PC bajaba la línea de realizar acciones de sabotaje y propaganda armada, Ignacio ya lo estaba haciendo hacía tiempo. Él fue uno de los primeros dirigentes del destacamento especial del FPMR. Los destacamento especiales en Santiago fueron cuatro: uno dirigido por Roberto Nordenflycht (http://institutanosydictadura.blogspot.com/2007/12/roberto-nordenflycht.html); otro por Mauricio Arenas (http://www.memoriaviva.com/Ejecutados/Ejecutados_A/arenas_bejas_mauricio_fabio.htm) ; otro por Mauricio Hernández Norambuena (http://www.mauriciohernandeznorambuena.com/); y otro por Ignacio, quien realiza espectaculares acciones. Por ejemplo, el secuestro del cabo de carabineros Germán Obando, del militar encargado de relaciones públicas del ejército, la toma de la Radio Minería, el asalto a las armerías, sabotajes múltiples, etc. En esas acciones todavía no participaban oficiales del FPMR formados en el extranjero, sino que militantes locales, salvo Roberto Nordenflycht, Raúl Pellegrin y Galvarino Apablaza, y otros pocos que se ocuparon de los aspectos logísticos de la nueva organización. De hecho, Ignacio (junto con Mauricio Arenas) sólo viajó a Cuba a formarse militarmente por algunos meses recién en 1984. Para conocer el carácter de Ignacio, vale ejemplificar con su planificación de una operación de castigo contra una casa de tortura y exterminio de la Central Nacional de Informaciones (CNI,http://es.wikipedia.org/wiki/Central_Nacional_de_Informaciones) ubicada en la calle José DomingoCañas, en la comuna de Ñuñoa en Santiago (en la actualidad, es un lugar de memoria de las víctimas de la dictadura). Cuando ya se encontraban los grupos operativos preparados para la acción en la calle, con fusiles y lanzagranadas, el PC envió un instructivo para que se suspendiera la operación porque estaban entrando a Chile las compañeras Julieta Campusano y Mireya Baltra, ex parlamentarias de la Unidad Popular que se presentaban desde el exilio a una entidad de DDHH en la capital. Se supone que la acción militar planificada podía poner en peligro a las ex diputadas. Pues bien, Ignacio resolvió no arriesgar a los combatientes y realizó la acción de todos modos. Varios agentes de la tiranía, probadamente asesinos, fueron ajusticiados en la operación rodriguista. Por ello, Ignacio fue reprendido por el PCCh a través de la dirección del FPMR. A las ex diputadas no les ocurrió nada. Ese tipo de conflictos entre el PC y el FPMR se tornaron recurrentes. Todo ello ocurrió previo a la independización del FPMR del Partido Comunista, porque los combatientes llegaron a la conclusión de que sólo eran considerados un aparato de negociación y propaganda armada. El PC no tenía el objetivo de construir un militante integral político y militarmente.”

¿Cómo y cuándo se independizó el FPMR del PCCh?

“A comienzos de 1987, la dirección del FPMR decidió confrontar la voluntad del PCCh de desarmar el trabajo militar de masas después del ajusticiamiento fallido a Augusto Pinochet y del descubrimiento de la internación de los arsenales de Carrizal Bajo. El Partido Comunista, presionado por las fuerzas más reformistas en su interior, resolvió desandar la política de rebelión popular de masas como condición impuesta por la oposición liberal al régimen para ser parte de la salida pactada de la dictadura. Es importante decir que siempre las armas que utilizó el FPMR tuvieron el control político y orgánico del PCCh. Creo que el motivo estuvo asociado al temor y desconfianza de que el FPMR se convirtiera en una fuerza independiente. Pero estamos hablando que en la dirección del FPMR estaba Raúl Pellegrin (http://www.nodo50.org/pretextos/pellegrin.html) y otros que tenían un nivel político mucho más avanzado que la dirección del PC, una superior experiencia combativa y una tradición de militantes ejemplares. El propio Raúl Pellegrin fue condecorado en Nicaragua como el mejor militante comunista. Por eso, cuando ocurre la separación, el 90% de la dirección del FPMR se fue del PC. Había una opción política mucho mayor al mero hostigamiento en contra de la dictadura. Se trataba de realizar realmente la Política de Rebelión Popular de Masas, más allá de una transición a la democracia limitada, representativa y burguesa, transición que todavía hoy no ha ocurrido. En la actualidad todo se ve más claro, toda vez que el PCCh acabó incorporándose a un bloque político (Nueva Mayoría) que únicamente se ha dedicado a administrar uno de los capitalismos más liberales y antipopulares del mundo. Siento que hemos sido traicionados más de una vez.”

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¿De qué manera recuerdas a Ignacio Valenzuela?

“Ignacio cayó a los 30 años de edad. Reunía un alto nivel de cultura política. Fue un gran lector del marxismo, de la poesía contemporánea (le gustaban los ‘poetas malditos’ franceses); gustaba de la música de Georges Brassens y de todos los irreverentes franceses, era economista profesional. Si bien no tenía buena voz, tocaba la guitarra. Era muy enamoradizo, vivía intensamente y no bebía alcohol. Y contaba con la audacia y decisión necesarias para llevar adelante operaciones muy arriesgadas donde él siempre estuvo en primera línea. Conjuntó la teoría y la práctica coherente y armoniosamente. Entre tantas acciones, participó directamente en el asalto al Cuartel Borgoño de la CNI: dirigió el ataque a un cuartel del Batallón Antiexplosivos ubicado en la calle Alférez Real en la comuna de Providencia en Santiago; condujo la acción de castigo en contra de la Comisaría de Carabineros de Polobanda en la comuna de Las Condes. Ya a fines de 1986, Ignacio me comentó que el PC estaba obstruyendo el trabajo militar de masas y al FPMR, y que en esas condiciones, él no estaba dispuesto a continuar la política de ese partido y que prefería incluso ir a criar gallinas al campo y dedicarse a escribir poesía.”

¿Ignacio tenía una vocación militar?

“Para nada. Se formó en la experiencia y la voluntad. Fue amante de la vida. En una de las primeras acciones en las que participé con él, hicimos unas barricadas apoyando la huelga de una empresa textil en el centro de Santiago en 1980. Entonces una operación audaz consistía en hacer una barricada y lanzar algunos volantes. Ignacio se fue autoconstruyendo desde lo más simple. El ‘gordito Valenzuela’ se transformó con el tiempo en un líder operativo de primer nivel, y todas las acciones en las que participó resultaron exitosas. Él nunca fue detenido ni cayó en ninguna de ellas. La única forma de detenerlo fue acribillándolo por la espalda. Junto a Raúl Pellegrin, Roberto Nordenflycht, Mauricio Arenas y otros/as, Ignacio fue un militante complejo, alegre, capaz de reírse de sí mismo y de encarar, al mismo tiempo, los riesgos de un revolucionario. Ni Ignacio ni los demás hermanos/as fueron militaristas o se creyeron nunca ‘Rambo’. Lo menos que deseaba Ignacio era morir. Por eso yo lo recuerdo a él y a los demás compañeros que murieron en la masacre de la Operación Albania (http://www.archivochile.com/Derechos_humanos/html/dd_hh_albania.html) muy lejos de una mirada martiriológica. Por eso a los que cayeron en ese crimen perpetrado por la tiranía para desmoralizar al FPMR y al pueblo chileno, aprovechando el debilitamiento de la organización por su reciente independización del PCCh, los evoco vitales, enteros, ejemplares. Fuera de la ortodoxia y la burocracia del PC y como a verdaderos comunistas revolucionarios.”

¿Cómo cayó Ignacio en el contexto de la llamada Operación Albania de mitad de junio de 1987?

“Ignacio fue el primero en caer en esa operación de la dictadura. Él se había quedado a dormir en una casa en la calle Alhué de Santiago, donde vivía su madre. Ese lugar estaba con seguimiento y vigilancia. Los agentes de la CNI fueron tras sus pasos y le dieron la voz de ‘alto’ para detenerlo. Ignacio portaba una granada de guerra y alcanzó a desenfundar su arma, una pistola Browning de 9 mm que siempre llevaba encima porque jamás estuvo dispuesto a entregarse, y en ese lapso fue acribillado por la espalda. Inmediatamente se volvió eterno.”

Memoria del FPMR. Una deuda de la transición.

Memoria del FPMR. Una deuda de la transición.

Aniversario del FPMR: A la dictadura no se la derrotó solo con un lápiz

Su rol en el fin de la dictadura ha sido silenciado por la historia oficial, tal como el de miles que enfrentaron con piedras a los militares en las poblaciones. Sin esos sujetos sociales, se ha construido una versión funcional a la política cupular que ha gobernado el país durante los últimos 25 años.

PATRICIO LÓPEZ·
CHILE, HISTORIA

FPMR

“Con un lápiz y un papel derrotamos a Pinochet”. Esta afirmación de Ricardo Lagos resume la forma en que la transición construyó la versión histórica sobre cómo se combatió a la dictadura. Al hacerlo, se ha desvinculado al evento puntual del plebiscito de 1988 del proceso de luchas de los 15 años anteriores y, más funcional aún, ha contribuido a que un grupo de dirigentes –los del plebiscito- gobernaran sin la participación activa de los millones de chilenos que los pusieron ahí.

Si se tiene en cuenta que la reflexión histórica siempre tiene como propósito ayudarnos a comprender el presente y el futuro, es preciso decir, respecto a ese periodo, que la salida de Pinochet de La Moneda fue obra de acciones multitudinarias y diversas, complementarias aun cuando discreparan sobre el país de después, realizadas en su enorme mayoría por personas que no pensaban en cuotas de poder para sí, sino en la conquista de la libertad y en la construcción de una nueva sociedad.

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Entre ellos, los luchadores populares que el 14 de diciembre de 1983 iniciaron acciones contra el régimen bajo el nombre Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Esta organización, formada por jóvenes comunistas y que tenía como objetivo apurar la caída de la dictadura, se había fraguado desde bastante tiempo atrás con la Política de Rebelión Popular de Masas del PC, pero al presentarse públicamente en ese año de enormes movilizaciones sociales pretendía sumar golpes, en lo militar, a los que las protestas ya habían dado a la tiranía.

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Su hipótesis era que Pinochet nunca entregaría el poder por su propia voluntad. A juzgar por la ya acreditada tentativa de autogolpe de la noche del 5 de octubre de 1988, el diagnóstico era correcto.

El año pasado, el presidente de la Democracia Cristiana, senador Ignacio Walker, afirmó respecto a ese periodo que “esa política militar y paramilitar que fue proclamada oficialmente por el PC no hizo más que servir de pretexto a la dictadura de Pinochet para ejecutar mayores acciones represivas”. La evidencia dice lo contrario: los años donde las violaciones a los derechos humanos alcanzaron su punto más alto fueron, precisamente, aquellos donde no hubo ningún atisbo de resistencia. Por lo tanto la aparición del Frente fue una consecuencia, no un antecedente, de la represión desatada. Menos aún cabe aceptar la deleznable justificación que dio la dictadura para el asesinato de chilenos inocentes, como represalia a las acciones del Frente.

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Pero hay otras cosas que tampoco se dicen. Por ejemplo, que el diálogo político abierto por la dictadura al nombrar a Sergio Onofre Jarpa ministro del Interior en 1983, y que tuvo a la Democracia Cristiana como principal contraparte, jamás se hubiera producido sin el multitudinario ánimo de desobediencia civil en el país. En aquellas jornadas había en los hechos una complicidad entre las acciones del Frente y las protestas poblacionales, puesto que los apagones protegían más de la represión a los manifestantes. Tampoco se hace suficiente mención a que el atentado a Pinochet –diferencias políticas aparte- derrumbó en los hechos la idea de la invulnerabilidad del régimen, y por lo tanto despejó las condiciones para una salida política a través del plebiscito, aun cuando esa acción terminó por romper la relación entre el Frente y el Partido Comunista.

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En el análisis de los posibles escenarios posteriores a la dictadura, el Frente Patriótico Manuel Rodríguez planteaba que si ésta no era derrotada en el ámbito de la política y en el ámbito de la fuerza, la negociación con sus autoridades perpetuaría el modelo de sociedad injusto construido por el régimen. El paso del tiempo permite reconocer que ésa tampoco fue una idea peregrina.

Por cierto, no es posible proponerse una sola mirada histórica que abarque lo que fue el Frente en los ‘80, puesto que, además de sus quiebres políticos y la caída de muchos de sus militantes, hasta el día de hoy persisten entre quienes lo integraron diferentes apreciaciones. Pero sí debe decirse que sin su acción de resistencia, tal como la de millones de jóvenes y pobladores, Pinochet se hubiera perpetuado en el gobierno.

En ese sentido, la transición tiene una deuda con ellos. El periodista Juan Cristóbal Peña nos recordaba, a propósito de su libro “Los Fusileros” sobre el atentado a Pinochet, que todos los militantes pagaron un alto costo por su compromiso. Ninguno de ellos logró una sólida posición personal, económica o social en el Chile de la post-dictadura. Al revés, fueron considerados un lastre por las nuevas autoridades y hasta el día de hoy viven en una suerte de nebulosa social.

Imagen que encabeza el libro "Los Fusileros"

Este nuevo aniversario del Frente Patriótico Manuel Rodríguez nos da una nueva oportunidad de mirar con honestidad nuestro pasado, lo cual pasa, en primer lugar, por reconocer que el lápiz y el papel fueron un paso más de un proceso de lucha diversa, donde los combatientes también hicieron un aporte. Y, en un plano más general, aprender de la historia que solo la movilización social produce transformaciones, mientras que la política cupular tiende a perpetuar el statu quo.

Ver Original

Patricio LópezVía Radio UChile

Mujeres en la Memoria. Cecilia Magni

Cecilia Magni

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=Kak2ATHf-t4

Cecilia Magni junto a Raúl Pellegrín en la portada de «El Rodriguista» en noviembre de 1988

Cecilia Magni Camino (* 24 de febrero de 1956 – † 28 de octubre de 1988), más conocida como la “comandante Tamara” fue una revolucionaria chilena integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).

Biografía

Nació en Chile en un hogar de clase media alta y realizó su educación básica y media en exclusivos colegios de Santiago, entre ellos el Grange School.

Ya graduada, a comienzos de los años 1980, y cuando estudiaba sociología en la Universidad de Chile, comenzó a identificarse con la lucha de los opositores al régimen militar de Augusto Pinochet, formando parte de numerosas manifestaciones estudiantiles. En esa etapa de su vida decidió integrarse a las filas de las Juventudes Comunistas de Chile (JJ.CC.) y luego ser parte del FPMR con la convicción de que “La lucha es la única forma realista y válida de cambiar el rumbo del país”. A poco de integrarse, un compañero frentista decidió bautizarla como “Tamara”, en recuerdo a la revolucionaria argentina Tamara Bunke.

Desde entonces su vida comenzó a transcurrir entre la legalidad y la clandestinidad. Con el correr del tiempo y pese a su juventud, “Tamara” logró un vertiginoso ascenso al interior de la estructura frentista, destacando como la única mujer que llegó a ocupar puestos de mando en la cerrada cúpula del FPMR y más aún, a ostentar el grado de “comandante”.

Su trabajo se centró entre Santiago de Chile y Rancagua, ciudades donde la “comandante Tamara” se dedicó a reclutar nuevos militantes para la organización y a su vez, brindar apoyo logístico a los incipientes grupos de combate creados en esas zonas.

Con toda esta experiencia la “comandante Tamara” recibió a mediados de 1986 la responsabilidad de comandar una de las acciones más arriesgadas que hasta entonces emprendía el FPMR; el atentado contra Augusto Pinochet, también conocida como la “Operación Siglo XX”. En esta misión “Tamara” actuó como brazo derecho de José Joaquín Valenzuela Levi, el “comandante Ernesto”, máximo jefe del atentado. Su trabajo fue proporcionar la base operativa y los vehículos que se ocuparían en la acción. Junto a otro frentista, César Bunster, arrendó una casa y tres vehículos, además de coordinar el traslado del armamento que se utilizaría en la emboscada. Su parte en la operación fue cumplida con cero falta.

Pese a ello el FPMR determinó a última hora que no participaría directamente como fusilera en la operación, ante la alta probabilidad de que los combatientes no salieran de allí con vida, su experiencia en las tareas logísticas posteriores era indispensable.

Tras el ataque solo se volvió a saber de ella en 1988, en el inicio de la Guerra Patriótica Nacional. En octubre de ese año la “comandante Tamara” encabezó junto a su pareja y principal comandante del FPMR, Raúl Pellegrin Friedmann, la toma del poblado de Los Queñes en la VII Región del Maule. Durante la toma asaltaron el retén de Carabineros de Los Queñes, asesinando al Cabo 2° Juvenal Vargas Sepúlveda .

En días posteriores a la operación, parte importante del grupo fue capturado por Carabineros que peinaban la zona. El 28 de octubre de 1988 el cuerpo de Cecilia Magni fue encontrado flotando sin vida en las aguas del río Tinguiririca, con inequívocas señales de tortura. Según los informes de autopsia su cadáver presentaba lesiones contusas y huellas de aplicación de electricidad. La investigación judicial sobre su muerte se ha prolongado sin éxito hasta la actualidad.

Enlaces externos

Mujeres en la Memoria: CECILIA MAGNI CAMINO Madre,jefe político-militar, Comandante

Comandante Tamara ejemplo de lucha

26 de octubre de 2013 a la(s) 11:20

Cecilia Magni Camino nace en el seno de una familia de clase media alta que le permite en su infancia y adolescencia privilegios que no muchos niños de su edad podían detentar, como realizar su educación en exclusivos colegios de la capital, entre ellos el Grange School. 

 
Luego, estudiando Sociología en la Universidad de Chile a mediados de los 70’, madura en conciencia y comienza a distanciarse de las prerrogativas que le brindaba su extracción social y a identificarse con la lucha de los sectores populares en contra el régimen pinochetista. En esta etapa se integra a las JJCC con la convicción de que “La lucha es la única forma realista y valida de cambiar el rumbo del país”, mismo periodo que contrae matrimonio con Rafael Walker, de cuya relación nace su única hija, Camila Walker Magni.

Cecilia por aquel entonces con un mimeógrafo que tenía en casa y llevando aún en su vientre a Camila, pasaba las noches imprimiendo revistas, folletos o volantes, estudiando a Marx y Lenin, e informándose de los avatares de la lucha en el mundo y la contingencia nacional, proceso en el cual fue creciendo políticamente, haciéndose cada vez más fuerte, hasta alcanzar una gran disciplina y convicción.

Separada en 1982 de su primera pareja, aunque manteniendo una cercana relación, Cecilia ingresa al FPMR. El padre de su hija la apoyó en esta opción asumiendo la crianza de Camila cuando tenía tan solo dos años, lo mismo que su familia materna, aunque estos últimos nunca coincidieron con ella en lo ideológico y político (eran seguidores del régimen militar).

Su primer contacto con el naciente FPMR es a través de la colaboración en infra’, hasta participar en sus filas como una combatiente más. Un compañero la bautiza como “Tamara”, en recuerdo de la revolucionaria Tamara Bunke. Desde entonces su vida transcurre entre la legalidad y la clandestinidad. Con el correr del tiempo y pese a su juventud, “Tamara” logró un vertiginoso ascenso al interior de la estructura del Frente, destacando como la única mujer que llegó a ocupar un puesto en la Dirección Nacional por aquel entonces.

Tamara era capaz de enfrentarse a cualquiera. Tenía un carácter fuerte como jefe político-militar, pero a su vez era muy cariñosa con sus subalternos, se preocupaba de las inquietudes y problemas personales con mucha ternura. Más de una vez ayudó a resolver una necesidad familiar o aconsejó a algún compañero ante una dificultad propia de la vida clandestina, como sucede con el distanciamiento de los seres queridos; algo que ella sufría en carne propia, pues no podía estar siempre con su hija o verla a ratos, por los riesgos de seguridad que la lucha en ese contexto demandaba. Ella decía: “Yo soy jefe y se me subordinan hombres. He estado a cargo de tropas, masculinas por supuesto. Nunca he tenido problemas. Te aseguro que mis subordinados difícilmente ven en mí a una mujer. Una vez me vieron con las armas encima. Me vieron con granadas, con revolver. Y ésa fue la única vez que me han dicho qué linda estás”.
Entre las acciones con las que se inició puedo  enumerar el atentado que hizo explotar un puente ferroviario en Talca y el asalto a una caja de cambio en Providencia, lugar donde escapo a tiros y montada en una motocicleta. Como comandante se centró entre Santiago y Rancagua, ciudades donde “Tamara” se dedicó a reclutar nuevos militantes para la organización y a su vez, brindar apoyo logístico a los incipientes grupos de combate creados en esas zonas. 

Con esta experiencia a cuestas Tamara recibió a mediados de 1986, la responsabilidad de apoyar una de las acciones más riesgosas que hasta entonces emprendía el FPMR, el atentado contra  el dictador Augusto Pinochet, la “Operación Siglo XX”. En esta misión actuó al lado de José Joaquín Valenzuela Levi, el “comandante Ernesto”, máximo jefe del atentado. Su rol fue proporcionar la base operativa y los vehículos que se ocuparían en la acción. Para ello, Cecilia cumplía con características excepcionales, era alta, atractiva, tenía “estirpe”, así consiguió el arriendo de la casa donde se acuartelaron los 21 fusileros y los tres vehículos que operaron, además de coordinar el traslado del armamento que se utilizaría en la emboscada. Sin embargo, la Dirección determinó a última hora que no participaría directamente como fusilera, pues ante la alta probabilidad de que los combatientes no salieran de allí con vida, su experiencia en las tareas logísticas posteriores sería indispensable.

Luego hasta 1988, estuvo preocupada de diferentes tareas de aseguramiento político y militar al interior del Frente, en los preparativos de la estrategia de Guerra Patriótica y Nacional. En octubre de ese año, “Tamara” encabezó junto a su pareja y principal comandante del FPMR, Raul Pellegrin Friedmann, la toma del poblado de Los Queñes en la VII Región del Maule. Posterior a esta operación, parte importante del grupo fue capturado por Carabineros que peinó la zona. El 28 de octubre de 1988 el cuerpo de Cecilia Magni fue encontrado flotando sin vida en las aguas del Río Tinguiririca, con inequívocas señales de tortura. Según los informes de autopsia su cadáver presentaba lesiones contusas y huellas de aplicación de electricidad.

El día de su muerte Cecilia Magni tenía 31 años, llevaba en su cuello un cordón de cuero con la insignia del FPMR y pasaba a la historia como una valiosa mujer combatiente que dio su vida por la causa revolucionaria en Chile, desde un rol conductor y en la primera línea de combate contra el sistema de injusticias sociales que tanto aborreció.

 Honor y Gloria a una mujer con fuertes convicciones que era tener un país mas justo, como lo soñó ella un día, nosotros lo seguimos soñando con fuerza en la lucha por un Chile justo y honesto ¡

 

 

Asalto al reten de Los Queñes…Una Memoria Invisible.

Asalto al reten de Los Queñes

De Carlos Ilich

19 de octubre de 2013
Este próximo Lunes  se cumple un año mas del ataque  al reten de los Queñes , como revolucionario, justifico las acciones del 21 de octubre. Se demostró que podíamos llevar la lucha contra la dictadura en diferentes territorios del país. Pinochet fue obligado a respetar la agenda ideada para nuestro país por Estados Unidos en conjunto con las clases dominantes en Chile. Gran parte de nuestro pueblo no entendió el accionar ese 21 de octubre de 1988, y creo que hicimos poco para dar a conocer nuestros objetivos, o no pudimos hacerlo. La muerte de Raúl Pellegrín fue un gran golpe, pero hoy en día el pueblo es el único que puede juzgarnos .“No me canso de repetirlo, se pretende escamotear lo vivido, ignorar y excluir a todos aquellos que cumplieron un rol frontal y directo contra la dictadura, con no menos de mil patriotas condenados a la clandestinidad. No se ha dado la menor posibilidad o vía de inserción, se cerraron todas las puertas, todas las posibilidades. Y todos aquellos que lucharon contra la dictadura quedaron condenados a seguir viviendo en la clandestinidad, disuelta la red solidaria orgánica, a lo más con apoyo de algunos familiares o amigos. Con el quiebre de los años noventa, distintos grupos hicieron intentos por organizarse como forma de preservar los ideales, la mística. Nada ha resurgido como una nueva organización capaz de nuclear a los dispersos, a los que en situaciones similares lucharon contra la dictadura. El gran legado de los combatientes de esa época debiera ser buscar la forma de impregnar a la juventud actual en sus más ardientes aspiraciones”. 

“Todo esto nos ha dejado una gran enseñanza: el pueblo chileno no es un pueblo cobarde. Cualquier tirano que se digne a golpear al pueblo sin duda se enfrentará a la resistencia de otros jóvenes. No serán los mismos, pero siempre habrá hombres y mujeres dispuestos a tomar las armas y combatir la injusticia. Esta historia debiera ser conocida por todos los chilenos en los colegios, universidades y organizaciones sociales. Entre otras tareas, la izquierda chilena debe aprovechar esta experiencia para que los caídos en estos años, no hayan entregado sus vidas en vano”.

 
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El asalto

Al anochecer del 21 de octubre los frentistas se dividieron en cuatro grupos, cada uno con misiones específicas. El primero debía tomar por asalto el retén de Carabineros y confiscar el armamento, el segundo debía apropiarse del radiotrasmisor que había en la posta. El tercero debía llegar hasta el radio de la hostería y cortar la única línea telefónica del poblado. En tanto el último grupo se apostaría en la ruta de acceso para impedir una posible llegada de refuerzos desde Curicó. La operación se desarrolló tal como los frentistas lo habían planificado, hasta que el cabo Juvenal Vargas intentó oponer resistencia a la toma del retén lo que le costó la vida.

Luego de incendiar el retén, los atacantes procedieron a rayar los muros con consignas del FPMR, y emitieron proclamas revolucionarias por medio de un megáfono.

La huida se realizo según lo planificado. El contingente se dividió en tres grupos para dificultar los seguimientos de la policía. “José Miguel” y “Tamara” encabezaron uno de los grupos con rumbo a La Rufina. Tras un par de días de descanso, el panorama comenzó a complicarse cuando los frentistas fueron detectados por carabineros que peinaban la zona, lo que provocó la huida del grupo hacia los sectores que bordean el río Tinguiririca.

Captura y muerte de los frentistas

El 25 de octubre, la policía pudo dar su primera señal de triunfo exhibiendo a la opinión publica a seis integrantes del comando que había actuado en el ataque, quienes fueron identificados como Carlos Ríos Bassi, Richard Ledezma Plaza, Miguel Angel Colina, Manuel Araneda González, José Luis Donoso Cáceres y José Ugarte González, los cuales habían sido capturados el día anterior[3].

El 30 de octubre de 1988, se encontraron los cuerpos sin vida de ambos frentistas flotando en las aguas del río Tinguiririca. Según los informes de autopsia su cadáver presentaba lesiones contusas y huellas de aplicación de electricidad. Los informes médicos señalaron además que la causa de la muerte fue asfixia por sumersión en agua y contusiones torácicas dorsales, las que se aplican por acción de instrumentos romos contundentes dada su profundidad y la ausencia de lesiones externas.[4].

Referencias

  1.  Guerra Patriótica Nacional, Wikipedia.
  2.  Raúl Pelegrín, Wikipedia.
  3.  Historia no oficial del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.
  4.  Raúl Pelegrín, Wikipedia.

 

LA ULTIMA ORDEN DE BENJAMÍN(*) “Crónicas de Manolo”.José Miguel Carrera C.

LA ULTIMA ORDEN DE BENJAMÍN(*)

Los ojos de Manolo estaban más que acostumbrados a la oscuridad de la noche del sur de Chile. Le maravillaba el perfume de la tierra y la vegetación después de la lluvia, muy distinto al aroma que había conocido en los campos de Cuba y Nicaragua, o del mismo Santiago. Ese olor a humedad le provocaba respirar hinchando profundamente los pulmones. Eso siempre le daba fuerza. Por tener ese aire, envidiaba a los compas mapuche que había conocido durante su formación político militar en los años setenta. Al oficial Moisés Marilao, formado en Cuba y que murió intentando escapar de una comisaría de Temuco el año 1984, siendo combatiente clandestino del Frente, y a tantos otros mapuche. ¿Cómo no haber nacido en esta zona? –se decía siempre Manolo.

Era aún de madrugada y habían pasado ya algunas horas desde la emotiva despedida con los últimos compañeros mapuche de la columna. Ellos habían jugado un gran papel en la acción recién realizada, con un comportamiento muy valeroso. Sus arengas eran todas en su propia lengua. Lo que más gritaban era “Leftraru, Leftraru”, en medio de la lluvia que caía a cantaros sobre ellos. Ante la nula resistencia del cuartel decidieron retirarse, según el plan que tenían preparado. Manolo había aprendido que la diferencia entre retirarse y arrancar de una acción, consistía en la planificación de la misma. Mientras más preparada era, más segura era la retirada. Estaban calculados el tiempo, la ruta, la dirección y lo fundamental es que conocían las estrellas del cielo del sur, las mejores guías en una caminata nocturna, como la que ellos venían realizando.

Llevaban varias horas de camino, guiados únicamente por las estrellas. Caminaban a paso rápido hacia el punto de descanso y ocultamiento previsto, al que tenían que llegar antes que apareciera la luz del alba de ese mes de octubre. En la ruta de marcha evitaban los caminos principales y los lugares cercanos a pueblos y caseríos para no ser vistos y no llamar la atención de los perros, que representaban un gran peligro, pues huelen al forastero, saben olfatear incluso el miedo en las personas, algo que no podían negar que llevaban muy encima. La ventaja que tenían Manolo y sus compañeros, era que venían empapados de lluvia.

A esa hora, los que formaban la columna eran solo afuerinos no mapuche, lo que significaba que no tenían ninguna cobertura que justificara su presencia en esos lugares y que, de ser detectados, los obligaría a entrar en combate, asunto que querían evitar a toda costa. Las fuerzas enemigas eran numerosas, estaban compuestas por militares, carabineros y contaban con el apoyo de civiles armados, montados a caballo: los dueños de los fundos.

Una vez en el primer punto de control, se dedicaron a evaluar lo sucedido en las últimas veinticuatro horas. En el grupo había combatientes que en otras épocas estuvieron en las guerrillas de Nicaragua y El Salvador, por lo que tenían experiencia y habían pasado por situaciones difíciles. Todos se sentían bien y con ánimo. Lo primero que hicieron durante el descanso fue revisar los pies y las piernas de cada uno. A veces el combatiente oculta el verdadero estado de sus pies o niega que tenga ampollas, rasguños o heridas para no preocupar a los demás compañeros. Sabían que aquellas partes del cuerpo constituyen las principales armas del combatiente rural. Pero no se podían engañar entre ellos y fueron evaluando a cada uno, especialmente sus pies. Llevaban, como mínimo, unos treinta kilómetros de caminata, sin contar los recorridos antes del ataque y les quedaban todavía dos noches de marcha. Era preciso administrar bien la humedad del cuerpo para no enfermarse. Así lo habían hecho antes en las zonas tropicales donde estuvieron. Los mapuche les pidieron que se quedaran en los lugares aledaños a sus casas para descansar, pero Manolo y sus compañeros se negaron rotundamente. Era mucho riesgo para todos, en especial para las familias de estos hermanos.

La primera conclusión a la que llegaron fue que la sorpresa estaba del lado de los combatientes. Ese es un principio de la guerrilla: nadie en el pueblo se había dado cuenta de la aproximación de la columna de guerrilleros al retén. Manolo no olvidaba la cara de espanto del policía que se percató de su presencia cuando lanzaron la carga al techo del cuartel. Era como si hubiese visto a Leftraro o a Quepolicán en persona atacando el cuartel en medio de la lluvia. La explosión de la carga era, al mismo tiempo, la señal del comienzo del ataque. Pero los rodriguistas sabían que atacar no era el problema, el verdadero desafío era salir de la zona sin bajas ni heridos. Esa era la parte importante de la misión que les habían encomendado y estaban en la etapa final de su cumplimiento ese día de octubre.

Enmascararon el punto de control y, luego, todos se protegieron con plásticos, cambiándose la ropa mojada que llevaban puesta. La nueva muda de ropa seca ya no era el uniforme verde olivo, sino ropa común y corriente. Sentían un gran agotamiento físico, que siempre se muestra en el cuerpo al detener una marcha rápida y, sobre todo, con la adrenalina en alto después del accionar realizado.

Manolo organizó la vigilancia con una guardia diurna. Dormir y vigilar es lo que harían por el día. Antes de dormir comieron unos “superocho”, el alimento preferido de Manolo, e intentaron de nuevo hacer funcionar la pequeña radio portátil. Necesitaban escuchar las noticias y estaban enojados con el compañero encargado de proteger la pilas de la humedad porque no había cumplido su tarea.

–Pero, ¿no cachaste la tremenda lluvia, cómo no se iban a mojar las pilas p’us compañeros?– decía el irresponsable, dando explicaciones, que, por supuesto, nadie del grupo aceptaba. Por suerte para él, después que le habían dicho de todo, la radio funcionó y pudieron escuchar que se habían producido ataques en varios lugares ese 21 de octubre, incluso en Santiago.

Todos estaban impresionados en medio del monte. Se anunciaba la acción que ellos habían realizado y se informaba que efectivos militares y de carabineros perseguían a los responsables.

–¿Adónde la vieron? Si estamos más solos que la cresta en esta montaña –dijo un combatiente.

Pero de lo que más se hablaba era del ataque a Los Queñes. Se destacaba lo distante de una acción de las otras, como tratando de evidenciar la gran capacidad de planificación que tenían los atacantes. Desde donde estaba el grupo, atento a lo que trasmitía la radio, hasta Los Queñes, había casi quinientos kilómetros. También se anunciaba a un gran contingente de fuerzas militares que los perseguía.

El grupo de Manolo se sentía lejos –en kilómetros– de los compañeros de los otros pueblos, pero muy cerca en la solidaridad como combatientes. Podían imaginarse lo que cada uno de esos grupos estaba viviendo en esos momentos de la madrugada. En el Sur se habían preparado con tiempo, caminaban mucho y llevaban meses en esa lógica de entrenamiento permanente, pero ninguno de ellos sabía que se realizarían más acciones ese mismo día. Esta era una de las características del Frente, la compartimentación, otro principio de la lucha revolucionaria. Cuando los jefes planteaban misiones, todos creían que su misión era la principal o la única y, cuando se ejecutaban, se daban cuenta que, las más de las veces, eran de carácter secundario o distractor de fuerzas enemigas y no la principal, como el combatiente siempre quería. Ese era otro principio militar, el de la Dirección Principal y Secundaria en la lucha contra la dictadura criminal.

¿Quiénes serían los compañeros que estaban en las acciones de los otros pueblos?, se preguntaban. ¿Estarán todos bien? ¿Tendrán heridos? ¿Cómo eran las características de esos territorios? ¿Serían difíciles de caminar?

Era impresionante para ellos que en tantos lugares se estuviera golpeando a los criminales que se creían dueños absolutos de Chile. Estos militares golpistas pensaban –y quizás todavía piensen– que dar un golpe en Chile es llegar y llevar, como anuncia una conocida propaganda comercial. Los chilenos, meditaba Manolo años después, somos calladitos, tranquilos, incluso nos imaginan mansos y dóciles, pero no es así, somos personas racionales, quizás más que otros pueblos. Pero cuando nos convencemos de que algo anda mal, salimos con todo a la lucha. El mejor ejemplo de ello eran las protestas contra la dictadura: en varias casas de personas de lo más pacíficas, se iban guardado neumáticos y todo lo necesario para impedir la represión y, luego, les entregaban los materiales a los chiquillos que estaban dispuestos a usarlos en las barricadas.

Combatientes socialistas y miristas fueron los primeros en enfrentar a los golpistas en La Moneda, en el ministerio de Obras Públicas, en la población La Legua y otros lugares. Luego, siguieron combatiendo solo los miristas; tiempo después, militantes y “ayudistas” comunistas y del Frente. Después siguió el Frente solo y, finalmente, se sumaron combatientes del Lautaro. Ningún partido de izquierda revindica la aparición y las acciones de los luchadores y combatientes populares. ¿Por qué será?, se preguntaba Manolo, pues hasta el propio Partido Comunista negaba la paternidad del FPMR en esa época. Siempre habían y han preferido revindicar solamente a las víctimas de las violaciones a los DDHH, nunca a los combatientes que enfrentaron al tirano con todo tipo de medios. Rara –le parecía a Manolo–, la mentalidad de esos partidos al reconocer solo a las víctimas y no a los combatientes. Pero de lo que había que estar orgullosos como chilenos, se decía, es que cada vez que en Chile han aparecido los golpistas, surgen de inmediato los combatientes populares dispuestos a enfrentarlos en todos los planos. En verdad, en nuestro país, aparte de a los golpistas, también les va mal a los mentirosos, pensaba Manolo, a los que no cumplen con su palabra. Es lo que está pasando hoy con los políticos de la Concertación que gobernaron Chile por más de veinte años y que habían profundizado la desigualdad y la injusticia social. Hoy, cada vez que estos sujetos se paran a hacer sus discursos electoreros son “funados” por los jóvenes. La Funa es una forma de hacer un juicio público a la cobardía y a la traición de estos políticos.

A Manolo y sus compañeros, oír por la radio que también se habían producido ataques en otros pueblos, les levantó el ánimo.

–Somos muchos más en lo mismo –dijeron.

Pero estaban preocupados porque la parada en el punto de control, la baja temperatura de la mañana, y la inmovilidad en que ahora se encontraban, los estaba enfriando. Debido a ello decidieron quitarse la ropa y forrarse en plásticos para entrar en calor. La claridad de la mañana ya los empezaba a invadir casi por completo. Pero lo importante era que la zona que habían seleccionado era buena y segura para ocultarse durante el día.

Al grupo le quedaba una caminata de dos noches por lo menos y, una vez seguros, Manolo viajaría a Santiago para dar el reporte de lo realizado. Ya tenía los vínculos previstos con Benjamín y otros jefes. ¿Qué estarían haciendo ellos en esos momentos? –pensaba Manolo. Seguramente estarían analizando los efectos de las acciones realizadas. Recordó la última conversación con Benjamín, hacía no más de un mes, antes del 5 de octubre. Él mismo había visitado su zona y traído personalmente los materiales que usarían en la acción.

–La acción de la Toma de Pueblo es seria –decía Benjamín–, es una nueva modalidad de acción en el Frente. Es llevar la lucha a todos los territorios. Por eso los jefes deben participar directamente en todo, incluso en lo principal, el ataque mismo. Deben ser los jefes los primeros en el combate; los jefes del Frente no mandan a hacer las acciones y las miran desde lejos, las deben realizar ellos mismos.

Aquello era un golpe moral muy grande para todos, que daba confianza y seguridad, sobre todo a los más novatos.

A Benjamín lo habíamos escuchado decir que, políticamente, un jefe es más responsable si asume directamente la dirección del accionar. Esto era un cambio de política. Muchas veces en el Frente los encargados debían pedir autorización para participar directamente y la razón de que a veces no se los autorizara era que se debían garantizar muchos aspectos para que la acción terminará exitosamente: la logística, la atención médica, la infraestructura y muchas cosas más dentro del plan general eran igual de importantes que la acción misma. Pero esta vez, se reforzaba que los jefes debían ser los primeros en la acción y eso llamaba la atención de Manolo.

Cuando se produjo la única causal que debía considerarse para no atacar el 5 de octubre de 1988, que fue el triunfo de la opción del No en el plebiscito, la discusión dentro de la organización reforzó la idea de que los jefes debían priorizar su participación, porque esta vez, al decidir la realización de la toma de pueblos para el 21 de octubre, a solo días de la consulta, era en sí una opción política de envergadura. Benjamín decía –o Manolo pensaba en medio de toda esa situación que él así lo creía–, que con el triunfo del No se había hipotecado nuestro futuro como pueblo. Que habíamos sido engañados. Que poco o nada cambiaría la situación en el país y que alguien, por dignidad, debería hacerle frente a ese engaño. El Frente debía asumir la responsabilidad histórica de oponerse a esa salida traicionera. Tenía organización, medios, voluntad y decisión propia. No podía evadir esa responsabilidad. Solo el pueblo chileno sería finalmente juez en esa decisión política de actuar el 21 de octubre de 1988.

Hoy es fácil decir que el triunfo del No en ese plebiscito fue verdaderamente la victoria del Sí. Muchos lo dicen, hasta políticos de la Concertación, pero es sencillo decirlo ahora, cuando ya está consumada la obra vergonzosa de los gobiernos de los últimos cuatro presidentes. No hay que tener mucha imaginación política para verlo hoy, sobre todo con los acuerdos entre la dictadura y la Concertación, que han salido y siguen saliendo a la luz pública. El triunfo del No, manejado por esa clase de políticos entreguistas y cobardes, con Aylwin a la cabeza, significó en lo principal la vergonzosa impunidad del criminal Augusto Pinochet y de toda su camarilla de militares traidores y ladrones, entre otros dolorosos efectos para la mayoría de los chilenos.

Raúl Pellegrín, “Benjamín”, en medio de las celebraciones de ese engaño y como jefe del Frente, tuvo la visión política de comprender que era una vil componenda. Que era falso eso de que vendría “la alegría” a Chile. Benjamín veía un peligro en que los dirigentes de la Concertación, comprometidos con el golpe de Estado a Salvador Allende, fueran los mismos interlocutores del pueblo chileno en lucha. Ellos no son de confiar –decía. Pero él no solo tuvo esa claridad política de líder revolucionario, sino que el valor de asumir personalmente el desafío de hacerle frente al engaño. Decidió encabezar los ataques a los pueblos y, lamentablemente, como muchos otros líderes consecuentes, encontró la muerte en ese intento.

Benjamín y los otros jefes que habían decidido el accionar del 21 de octubre habían actuado en esos momentos con la misma dignidad que tuvo el Secretario General del MIR, Miguel Enríquez –pensaba Manolo–, quienes en condiciones que quizás no se puedan comparar por ser momentos históricos distintos, planteó que los militantes de su organización no se asilaban, siendo el primero en cumplir esa política que elevaba la moral del pueblo y de su propio partido y que encontró la muerte en combate también en un mes de octubre, en los primeros años de la dictadura.

Ambos líderes, Miguel y Benjamín, emularon la valentía, arrojo y dignidad de Salvador Allende, nuestro Presidente histórico, en septiembre de 1973. Él no quiso rendirse a los generales antipatriotas de las Fuerzas Armadas chilenas. En verdad se debería decir Fuerzas Armadas de la derecha chilena, por la forma criminal con que actuaron contra su propio pueblo.

Manolo siguió recordando. Con sus compañeros de la columna lograron sortear exitosamente las caminatas de las noches siguientes y se retiraron seguros de la zona, dejando “embuzonados” los medios y vestimentas usados en la acción.

Días después, Manolo se enteró –en reuniones y por la prensa– que Benjamín había comandado la acción del pueblo de Los Queñes. Había obrado de acuerdo a sus principios. El ejemplo personal siempre estaba presente en él –recordó. Luego de la toma del pueblo y ya en la retirada, Benjamín fue capturado y asesinado por carabineros junto a otra gran dirigenta del Frente, la compañera Tamara.

Grande fue el dolor de Manolo, ya que no le pudo dar el parte de guerra que habían preparado entre todos los de la zona sur. Su muerte fue un golpe estratégico al Frente. Manolo regresó al sur con las malas nuevas para sus compañeros y, como correspondía, volvió de nuevo a la zona para retirar los materiales “embuzonados” que habían dejado después de la acción de Pichipellahuen. Los sacó de ese territorio. Recordaba que cuando llegó al lugar, le impresionó la tremenda cara de espanto que tenía el dueño del predio. La señora, en cambio, le dijo que no podía creer que lo volviera a encontrar después de todo lo pasado.

–Haga lo que tenga que hacer y váyase rápido mijito. ¡¿Cómo se le ocurrió volver?! ¿Acaso está loco?, los andan buscando por todos lados.

La mujer le dio una taza de té muy caliente y un pan amasado con merkén, ese picante mapuche tan sabroso, para que Manolo calentara el cuerpo.

–Quédese tranquila, compañera, gracias por el tecito, –le dijo– No podíamos dejarles este paquete de cosas a ustedes. Algún día nos volveremos a ver, cuando cambien las cosas y… muchas gracias por todo compañera –agregó, al despedirse.

Ella, muy emocionada, lo acompañó hasta un bajo pantanoso que limitaba con su predio, con el marido exigiendo a Manolo que se fuera rápido. La mujer lo hizo callar y abrazó a Manolo diciéndole: Yo le doy mi bendición; que Dios también me lo bendiga y me lo proteja, para que se pierda rápido del lugar y no lo pillen. Cuídese mucho, que andan a caballo buscándolos en toda la zona.

Manolo tomó el pesado saco, se lo echó al hombro y salió en dirección al camino. Debía esperar varias horas hasta que cayera la noche y mantenerse atento a las señales para no confundirse. Lo recogerían en un vehículo. Había cumplido la última orden que había recibido de Benjamín: No debe quedar ningún rastro de la acción en la zona, ustedes responden por eso.

(*) Fragmento del libro “Crónicas de Manolo”, título provisorio, del autor José Miguel Carrera, que saldrá a la luz en marzo 2013 por Ceibo Ediciones.

Construyamos un Chile Digno

Santiago, Octubre 2012