LA ULTIMA ORDEN DE BENJAMÍN(*) “Crónicas de Manolo”.José Miguel Carrera C.

LA ULTIMA ORDEN DE BENJAMÍN(*)

Los ojos de Manolo estaban más que acostumbrados a la oscuridad de la noche del sur de Chile. Le maravillaba el perfume de la tierra y la vegetación después de la lluvia, muy distinto al aroma que había conocido en los campos de Cuba y Nicaragua, o del mismo Santiago. Ese olor a humedad le provocaba respirar hinchando profundamente los pulmones. Eso siempre le daba fuerza. Por tener ese aire, envidiaba a los compas mapuche que había conocido durante su formación político militar en los años setenta. Al oficial Moisés Marilao, formado en Cuba y que murió intentando escapar de una comisaría de Temuco el año 1984, siendo combatiente clandestino del Frente, y a tantos otros mapuche. ¿Cómo no haber nacido en esta zona? –se decía siempre Manolo.

Era aún de madrugada y habían pasado ya algunas horas desde la emotiva despedida con los últimos compañeros mapuche de la columna. Ellos habían jugado un gran papel en la acción recién realizada, con un comportamiento muy valeroso. Sus arengas eran todas en su propia lengua. Lo que más gritaban era “Leftraru, Leftraru”, en medio de la lluvia que caía a cantaros sobre ellos. Ante la nula resistencia del cuartel decidieron retirarse, según el plan que tenían preparado. Manolo había aprendido que la diferencia entre retirarse y arrancar de una acción, consistía en la planificación de la misma. Mientras más preparada era, más segura era la retirada. Estaban calculados el tiempo, la ruta, la dirección y lo fundamental es que conocían las estrellas del cielo del sur, las mejores guías en una caminata nocturna, como la que ellos venían realizando.

Llevaban varias horas de camino, guiados únicamente por las estrellas. Caminaban a paso rápido hacia el punto de descanso y ocultamiento previsto, al que tenían que llegar antes que apareciera la luz del alba de ese mes de octubre. En la ruta de marcha evitaban los caminos principales y los lugares cercanos a pueblos y caseríos para no ser vistos y no llamar la atención de los perros, que representaban un gran peligro, pues huelen al forastero, saben olfatear incluso el miedo en las personas, algo que no podían negar que llevaban muy encima. La ventaja que tenían Manolo y sus compañeros, era que venían empapados de lluvia.

A esa hora, los que formaban la columna eran solo afuerinos no mapuche, lo que significaba que no tenían ninguna cobertura que justificara su presencia en esos lugares y que, de ser detectados, los obligaría a entrar en combate, asunto que querían evitar a toda costa. Las fuerzas enemigas eran numerosas, estaban compuestas por militares, carabineros y contaban con el apoyo de civiles armados, montados a caballo: los dueños de los fundos.

Una vez en el primer punto de control, se dedicaron a evaluar lo sucedido en las últimas veinticuatro horas. En el grupo había combatientes que en otras épocas estuvieron en las guerrillas de Nicaragua y El Salvador, por lo que tenían experiencia y habían pasado por situaciones difíciles. Todos se sentían bien y con ánimo. Lo primero que hicieron durante el descanso fue revisar los pies y las piernas de cada uno. A veces el combatiente oculta el verdadero estado de sus pies o niega que tenga ampollas, rasguños o heridas para no preocupar a los demás compañeros. Sabían que aquellas partes del cuerpo constituyen las principales armas del combatiente rural. Pero no se podían engañar entre ellos y fueron evaluando a cada uno, especialmente sus pies. Llevaban, como mínimo, unos treinta kilómetros de caminata, sin contar los recorridos antes del ataque y les quedaban todavía dos noches de marcha. Era preciso administrar bien la humedad del cuerpo para no enfermarse. Así lo habían hecho antes en las zonas tropicales donde estuvieron. Los mapuche les pidieron que se quedaran en los lugares aledaños a sus casas para descansar, pero Manolo y sus compañeros se negaron rotundamente. Era mucho riesgo para todos, en especial para las familias de estos hermanos.

La primera conclusión a la que llegaron fue que la sorpresa estaba del lado de los combatientes. Ese es un principio de la guerrilla: nadie en el pueblo se había dado cuenta de la aproximación de la columna de guerrilleros al retén. Manolo no olvidaba la cara de espanto del policía que se percató de su presencia cuando lanzaron la carga al techo del cuartel. Era como si hubiese visto a Leftraro o a Quepolicán en persona atacando el cuartel en medio de la lluvia. La explosión de la carga era, al mismo tiempo, la señal del comienzo del ataque. Pero los rodriguistas sabían que atacar no era el problema, el verdadero desafío era salir de la zona sin bajas ni heridos. Esa era la parte importante de la misión que les habían encomendado y estaban en la etapa final de su cumplimiento ese día de octubre.

Enmascararon el punto de control y, luego, todos se protegieron con plásticos, cambiándose la ropa mojada que llevaban puesta. La nueva muda de ropa seca ya no era el uniforme verde olivo, sino ropa común y corriente. Sentían un gran agotamiento físico, que siempre se muestra en el cuerpo al detener una marcha rápida y, sobre todo, con la adrenalina en alto después del accionar realizado.

Manolo organizó la vigilancia con una guardia diurna. Dormir y vigilar es lo que harían por el día. Antes de dormir comieron unos “superocho”, el alimento preferido de Manolo, e intentaron de nuevo hacer funcionar la pequeña radio portátil. Necesitaban escuchar las noticias y estaban enojados con el compañero encargado de proteger la pilas de la humedad porque no había cumplido su tarea.

–Pero, ¿no cachaste la tremenda lluvia, cómo no se iban a mojar las pilas p’us compañeros?– decía el irresponsable, dando explicaciones, que, por supuesto, nadie del grupo aceptaba. Por suerte para él, después que le habían dicho de todo, la radio funcionó y pudieron escuchar que se habían producido ataques en varios lugares ese 21 de octubre, incluso en Santiago.

Todos estaban impresionados en medio del monte. Se anunciaba la acción que ellos habían realizado y se informaba que efectivos militares y de carabineros perseguían a los responsables.

–¿Adónde la vieron? Si estamos más solos que la cresta en esta montaña –dijo un combatiente.

Pero de lo que más se hablaba era del ataque a Los Queñes. Se destacaba lo distante de una acción de las otras, como tratando de evidenciar la gran capacidad de planificación que tenían los atacantes. Desde donde estaba el grupo, atento a lo que trasmitía la radio, hasta Los Queñes, había casi quinientos kilómetros. También se anunciaba a un gran contingente de fuerzas militares que los perseguía.

El grupo de Manolo se sentía lejos –en kilómetros– de los compañeros de los otros pueblos, pero muy cerca en la solidaridad como combatientes. Podían imaginarse lo que cada uno de esos grupos estaba viviendo en esos momentos de la madrugada. En el Sur se habían preparado con tiempo, caminaban mucho y llevaban meses en esa lógica de entrenamiento permanente, pero ninguno de ellos sabía que se realizarían más acciones ese mismo día. Esta era una de las características del Frente, la compartimentación, otro principio de la lucha revolucionaria. Cuando los jefes planteaban misiones, todos creían que su misión era la principal o la única y, cuando se ejecutaban, se daban cuenta que, las más de las veces, eran de carácter secundario o distractor de fuerzas enemigas y no la principal, como el combatiente siempre quería. Ese era otro principio militar, el de la Dirección Principal y Secundaria en la lucha contra la dictadura criminal.

¿Quiénes serían los compañeros que estaban en las acciones de los otros pueblos?, se preguntaban. ¿Estarán todos bien? ¿Tendrán heridos? ¿Cómo eran las características de esos territorios? ¿Serían difíciles de caminar?

Era impresionante para ellos que en tantos lugares se estuviera golpeando a los criminales que se creían dueños absolutos de Chile. Estos militares golpistas pensaban –y quizás todavía piensen– que dar un golpe en Chile es llegar y llevar, como anuncia una conocida propaganda comercial. Los chilenos, meditaba Manolo años después, somos calladitos, tranquilos, incluso nos imaginan mansos y dóciles, pero no es así, somos personas racionales, quizás más que otros pueblos. Pero cuando nos convencemos de que algo anda mal, salimos con todo a la lucha. El mejor ejemplo de ello eran las protestas contra la dictadura: en varias casas de personas de lo más pacíficas, se iban guardado neumáticos y todo lo necesario para impedir la represión y, luego, les entregaban los materiales a los chiquillos que estaban dispuestos a usarlos en las barricadas.

Combatientes socialistas y miristas fueron los primeros en enfrentar a los golpistas en La Moneda, en el ministerio de Obras Públicas, en la población La Legua y otros lugares. Luego, siguieron combatiendo solo los miristas; tiempo después, militantes y “ayudistas” comunistas y del Frente. Después siguió el Frente solo y, finalmente, se sumaron combatientes del Lautaro. Ningún partido de izquierda revindica la aparición y las acciones de los luchadores y combatientes populares. ¿Por qué será?, se preguntaba Manolo, pues hasta el propio Partido Comunista negaba la paternidad del FPMR en esa época. Siempre habían y han preferido revindicar solamente a las víctimas de las violaciones a los DDHH, nunca a los combatientes que enfrentaron al tirano con todo tipo de medios. Rara –le parecía a Manolo–, la mentalidad de esos partidos al reconocer solo a las víctimas y no a los combatientes. Pero de lo que había que estar orgullosos como chilenos, se decía, es que cada vez que en Chile han aparecido los golpistas, surgen de inmediato los combatientes populares dispuestos a enfrentarlos en todos los planos. En verdad, en nuestro país, aparte de a los golpistas, también les va mal a los mentirosos, pensaba Manolo, a los que no cumplen con su palabra. Es lo que está pasando hoy con los políticos de la Concertación que gobernaron Chile por más de veinte años y que habían profundizado la desigualdad y la injusticia social. Hoy, cada vez que estos sujetos se paran a hacer sus discursos electoreros son “funados” por los jóvenes. La Funa es una forma de hacer un juicio público a la cobardía y a la traición de estos políticos.

A Manolo y sus compañeros, oír por la radio que también se habían producido ataques en otros pueblos, les levantó el ánimo.

–Somos muchos más en lo mismo –dijeron.

Pero estaban preocupados porque la parada en el punto de control, la baja temperatura de la mañana, y la inmovilidad en que ahora se encontraban, los estaba enfriando. Debido a ello decidieron quitarse la ropa y forrarse en plásticos para entrar en calor. La claridad de la mañana ya los empezaba a invadir casi por completo. Pero lo importante era que la zona que habían seleccionado era buena y segura para ocultarse durante el día.

Al grupo le quedaba una caminata de dos noches por lo menos y, una vez seguros, Manolo viajaría a Santiago para dar el reporte de lo realizado. Ya tenía los vínculos previstos con Benjamín y otros jefes. ¿Qué estarían haciendo ellos en esos momentos? –pensaba Manolo. Seguramente estarían analizando los efectos de las acciones realizadas. Recordó la última conversación con Benjamín, hacía no más de un mes, antes del 5 de octubre. Él mismo había visitado su zona y traído personalmente los materiales que usarían en la acción.

–La acción de la Toma de Pueblo es seria –decía Benjamín–, es una nueva modalidad de acción en el Frente. Es llevar la lucha a todos los territorios. Por eso los jefes deben participar directamente en todo, incluso en lo principal, el ataque mismo. Deben ser los jefes los primeros en el combate; los jefes del Frente no mandan a hacer las acciones y las miran desde lejos, las deben realizar ellos mismos.

Aquello era un golpe moral muy grande para todos, que daba confianza y seguridad, sobre todo a los más novatos.

A Benjamín lo habíamos escuchado decir que, políticamente, un jefe es más responsable si asume directamente la dirección del accionar. Esto era un cambio de política. Muchas veces en el Frente los encargados debían pedir autorización para participar directamente y la razón de que a veces no se los autorizara era que se debían garantizar muchos aspectos para que la acción terminará exitosamente: la logística, la atención médica, la infraestructura y muchas cosas más dentro del plan general eran igual de importantes que la acción misma. Pero esta vez, se reforzaba que los jefes debían ser los primeros en la acción y eso llamaba la atención de Manolo.

Cuando se produjo la única causal que debía considerarse para no atacar el 5 de octubre de 1988, que fue el triunfo de la opción del No en el plebiscito, la discusión dentro de la organización reforzó la idea de que los jefes debían priorizar su participación, porque esta vez, al decidir la realización de la toma de pueblos para el 21 de octubre, a solo días de la consulta, era en sí una opción política de envergadura. Benjamín decía –o Manolo pensaba en medio de toda esa situación que él así lo creía–, que con el triunfo del No se había hipotecado nuestro futuro como pueblo. Que habíamos sido engañados. Que poco o nada cambiaría la situación en el país y que alguien, por dignidad, debería hacerle frente a ese engaño. El Frente debía asumir la responsabilidad histórica de oponerse a esa salida traicionera. Tenía organización, medios, voluntad y decisión propia. No podía evadir esa responsabilidad. Solo el pueblo chileno sería finalmente juez en esa decisión política de actuar el 21 de octubre de 1988.

Hoy es fácil decir que el triunfo del No en ese plebiscito fue verdaderamente la victoria del Sí. Muchos lo dicen, hasta políticos de la Concertación, pero es sencillo decirlo ahora, cuando ya está consumada la obra vergonzosa de los gobiernos de los últimos cuatro presidentes. No hay que tener mucha imaginación política para verlo hoy, sobre todo con los acuerdos entre la dictadura y la Concertación, que han salido y siguen saliendo a la luz pública. El triunfo del No, manejado por esa clase de políticos entreguistas y cobardes, con Aylwin a la cabeza, significó en lo principal la vergonzosa impunidad del criminal Augusto Pinochet y de toda su camarilla de militares traidores y ladrones, entre otros dolorosos efectos para la mayoría de los chilenos.

Raúl Pellegrín, “Benjamín”, en medio de las celebraciones de ese engaño y como jefe del Frente, tuvo la visión política de comprender que era una vil componenda. Que era falso eso de que vendría “la alegría” a Chile. Benjamín veía un peligro en que los dirigentes de la Concertación, comprometidos con el golpe de Estado a Salvador Allende, fueran los mismos interlocutores del pueblo chileno en lucha. Ellos no son de confiar –decía. Pero él no solo tuvo esa claridad política de líder revolucionario, sino que el valor de asumir personalmente el desafío de hacerle frente al engaño. Decidió encabezar los ataques a los pueblos y, lamentablemente, como muchos otros líderes consecuentes, encontró la muerte en ese intento.

Benjamín y los otros jefes que habían decidido el accionar del 21 de octubre habían actuado en esos momentos con la misma dignidad que tuvo el Secretario General del MIR, Miguel Enríquez –pensaba Manolo–, quienes en condiciones que quizás no se puedan comparar por ser momentos históricos distintos, planteó que los militantes de su organización no se asilaban, siendo el primero en cumplir esa política que elevaba la moral del pueblo y de su propio partido y que encontró la muerte en combate también en un mes de octubre, en los primeros años de la dictadura.

Ambos líderes, Miguel y Benjamín, emularon la valentía, arrojo y dignidad de Salvador Allende, nuestro Presidente histórico, en septiembre de 1973. Él no quiso rendirse a los generales antipatriotas de las Fuerzas Armadas chilenas. En verdad se debería decir Fuerzas Armadas de la derecha chilena, por la forma criminal con que actuaron contra su propio pueblo.

Manolo siguió recordando. Con sus compañeros de la columna lograron sortear exitosamente las caminatas de las noches siguientes y se retiraron seguros de la zona, dejando “embuzonados” los medios y vestimentas usados en la acción.

Días después, Manolo se enteró –en reuniones y por la prensa– que Benjamín había comandado la acción del pueblo de Los Queñes. Había obrado de acuerdo a sus principios. El ejemplo personal siempre estaba presente en él –recordó. Luego de la toma del pueblo y ya en la retirada, Benjamín fue capturado y asesinado por carabineros junto a otra gran dirigenta del Frente, la compañera Tamara.

Grande fue el dolor de Manolo, ya que no le pudo dar el parte de guerra que habían preparado entre todos los de la zona sur. Su muerte fue un golpe estratégico al Frente. Manolo regresó al sur con las malas nuevas para sus compañeros y, como correspondía, volvió de nuevo a la zona para retirar los materiales “embuzonados” que habían dejado después de la acción de Pichipellahuen. Los sacó de ese territorio. Recordaba que cuando llegó al lugar, le impresionó la tremenda cara de espanto que tenía el dueño del predio. La señora, en cambio, le dijo que no podía creer que lo volviera a encontrar después de todo lo pasado.

–Haga lo que tenga que hacer y váyase rápido mijito. ¡¿Cómo se le ocurrió volver?! ¿Acaso está loco?, los andan buscando por todos lados.

La mujer le dio una taza de té muy caliente y un pan amasado con merkén, ese picante mapuche tan sabroso, para que Manolo calentara el cuerpo.

–Quédese tranquila, compañera, gracias por el tecito, –le dijo– No podíamos dejarles este paquete de cosas a ustedes. Algún día nos volveremos a ver, cuando cambien las cosas y… muchas gracias por todo compañera –agregó, al despedirse.

Ella, muy emocionada, lo acompañó hasta un bajo pantanoso que limitaba con su predio, con el marido exigiendo a Manolo que se fuera rápido. La mujer lo hizo callar y abrazó a Manolo diciéndole: Yo le doy mi bendición; que Dios también me lo bendiga y me lo proteja, para que se pierda rápido del lugar y no lo pillen. Cuídese mucho, que andan a caballo buscándolos en toda la zona.

Manolo tomó el pesado saco, se lo echó al hombro y salió en dirección al camino. Debía esperar varias horas hasta que cayera la noche y mantenerse atento a las señales para no confundirse. Lo recogerían en un vehículo. Había cumplido la última orden que había recibido de Benjamín: No debe quedar ningún rastro de la acción en la zona, ustedes responden por eso.

(*) Fragmento del libro “Crónicas de Manolo”, título provisorio, del autor José Miguel Carrera, que saldrá a la luz en marzo 2013 por Ceibo Ediciones.

Construyamos un Chile Digno

Santiago, Octubre 2012

 

 

Un comentario en “LA ULTIMA ORDEN DE BENJAMÍN(*) “Crónicas de Manolo”.José Miguel Carrera C.

  1. Reblogueó esto en Comunicaciones y Reseñas memoriay comentado:

    A esa hora, los que formaban la columna eran solo afuerinos no mapuche, lo que significaba que no tenían ninguna cobertura que justificara su presencia en esos lugares y que, de ser detectados, los obligaría a entrar en combate, asunto que querían evitar a toda costa. Las fuerzas enemigas eran numerosas, estaban compuestas por militares, carabineros y contaban con el apoyo de civiles armados, montados a caballo: los dueños de los fundos.

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