Transmisión del trauma Político.

Transmisión del trauma Político.

http://m.elmostrador.cl/noticias/opinion/2018/01/04/transmision-del-trauma-politico/

 

Transmisión del trauma político

por FELIPE MATAMALA

4 de enero de 2018

Las investigaciones en torno a la transmisión del trauma, surgen después de la Segunda guerra mundial, analizan el impacto de la población judía a raíz del holocausto y llegan a la conclusión que el trauma se transmite a las generaciones fundamentalmente por el lenguaje. La transmisión, tiene múltiples efectos a nivel individual y familiar, implican, que se desarrollen a nivel psicopatológico neurosis traumáticas, síntomas psicosomáticos, tendencias suicidas, entre otras. El silencio y el secreto en la familia de las víctimas implican que la generación siguiente, lo exprese bajo miedos inexplicables, angustias e inclusive bajo una patología psíquica o somática, incidiendo en la relación entre padres e hijos/jas.

En Latinoamérica, los países del Cono sur y Chile. Han abordado la problemática de la violación a los derechos humanos a través de Programas de Reparación y la instalación de leyes asociadas a garantizar la salud mental de las víctimas. Sin embargo, los efectos psicológicos en los hijos y nietos, aún se mantienen en desarrollo llevando a nuevas formas de manifestación de síntomas psicológicos que requieren de nuevas perspectivas investigativas y de reparación Estatal.

Por ejemplo, el trabajo en las terapias hacia las personas que vivieron directamente los crímenes de lesa humanidad como la tortura y las detenciones, se han centrado en una reducción de la sintomatología del estrés post traumático, en la conocida resiliencia que eventualmente debiesen tener las personas y en leyes de reparación ante comisiones de Prisión Política y tortura como son las comisiones Valech. Sin embargo, un gran número de personas ha quedado fuera por falta de documentos que certifiquen la tortura y/o detención por parte de agentes del Estado en la Dictadura de Pinochet. Siendo el punto más conflictivo ya que al quedar fuera una gran cantidad de las personas que se presentó, dejó en evidencia la falencia para creer en las personas y en su testimonio. Lo anterior, abre cuestionamientos metodológicos para la veracidad del testimonio, pero también, para poder comprender el impacto que tiene el no validar un testimonio al cual las personas confiaron nuevamente a un Estado que de alguna manera los excluyó de la “legalidad”.

Es necesario pensar en el trabajo que se realiza tanto para las víctimas como para sus familias, las cuales llevan en silencio la violencia ejercida por el Estado, quien, si bien reconoce las situaciones ocurridas, no genera a nivel legal instancias aún más claras de reparación y apertura al diálogo de secretos de la dictadura que deben ser abiertos de manera pública.

Podríamos pensar entonces, en el impacto que tuvo esta secuencia en el trauma, pero también a las familias de quienes sufrieron violencia política. Inclusive, los efectos también aparecen en familias cuyo miembro es ejecutado político y detenido desaparecido. Viéndose en muchos casos la situación de sintomatología, por ejemplo: de una depresión grave, angustia y sueños traumáticos entre otros. Esto, lleva a que los hijos y nietos, sientan que no pueden preguntar a sus familiares por la situación ocurrida, dando cuenta del impacto familiar en los modos de maternidad o paternidad ante este tipo de situaciones. Es decir, en que el trauma afecta también los modos de crianza en el cual las familias crían y conciben el desarrollo de sus hijos y nietos, sus miedos, temores, vergüenzas e inclusive la idea de que, si se habla de la vivencia traumática, la familia caerá en un dolor del cual no podrá salir y los llevará a la destrucción familiar.

Es necesario pensar en el trabajo que se realiza tanto para las víctimas como para sus familias, las cuales llevan en silencio la violencia ejercida por el Estado, quien, si bien reconoce las situaciones ocurridas, no genera a nivel legal instancias aún más claras de reparación y apertura al diálogo de secretos de la dictadura que deben ser abiertos de manera pública. Por ende, si se dejan de lado nuevas políticas de salud mental relacionados con la transmisión del trauma y no son acompañadas de líneas de reparación legal como, por ejemplo: el cierre del Penal Punta de Peuco que mantiene la idea de ciertos privilegios a los torturadores y asesinos. Si no abrimos nuevamente la discusión en la sociedad Chilena, seguiremos pensando en silencio una situación que sabemos que no debe ocurrir más en Chile, propiciando el dolor y nuevas sintomatologías psicológicas en las futuras generaciones.

Cuando la dictadura empezó, yo tenía 17 años.

Diego Muñoz Valenzuela

La resurrección de la conciencia

http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/2015/07/la-resurreccion-de-la-conciencia.html

La reapertura del caso de los jóvenes quemados, Rodrigo Rojas Denegri y Carmen Gloria Quintana, trae de regreso, una vez más, la eterna pesadilla de la dictadura militar. Así ocurrirá mientras se mantenga pendiente el ejercicio de una justicia eficaz con las miles de víctimas de la represión que las fuerzas armadas ejercieron contra los opositores durante 17 largos y terribles años. Aquellos que pretenden imponer el silencio y el olvido lo hacen amparados por su complicidad en estos horribles crímenes, o bien –y quizás sea peor- por conveniencia política y económica.

La culpa hizo su trabajo golpeando tres décadas en la conciencia de un exconscripto, hasta que rompió ese siniestro pacto de silencio establecido y amparado por oficiales del Ejército. Bendita sea esta acción de arrepentimiento y confesión, pero faltan muchas más.

El daño provocado, la muerte, la tortura, la persecución sistemática que ejerció un estado fascista en contra de los ciudadanos que se atrevieron a enfrentar la injusticia, son inconmensurables, en verdad irreparables. Lo menos que se puede hacer es justicia y castigar a los culpables. Esto porque hay otros daños que considero tanto o más terribles, catastróficos, que mencionaré más adelante.

Cuando la dictadura empezó, yo tenía 17 años; cuando acabó, 34. Esto es lo que vivió mi generación en su juventud: un horror sistemático. Apenas alcanzamos a disfrutar del sueño utópico de los 70, no fuimos actores decisivos de ese periodo, pero tuvimos que asumir las consecuencias. La mayor consecuencia fue la convivencia con el terror ejercido como sistema por un estado criminal. Aclaro que no pretendo que nadie me indemnice ni pida mi perdón por ello; tampoco existe la manera de repararlo. Como miles de compatriotas, me las he arreglado solo, y puedo seguir haciéndolo.

Quizás por qué sobreviví al horror cotidiano: suerte, ingenio, instinto, solidaridad, piedad. Muchos amigos quedaron en el camino desde los primeros días. Vivo y revivo cada día el dolor de su desaparición, tortura y muerte. He escrito sobre ello y sigo escribiendo, porque no puedo evitarlo. No puedo olvidar lo que viví. Y tengo que hablar por quienes no pueden hacerlo. Creo que ese es el sentido de haber sobrevivido.

Experimenté en carne propia los peligros y los rigores de la clandestinidad, los compartí con miles de compañeros y compañeras anónimas –los que sobrevivieron por ahí están, esperando algo impreciso, como yo- y me siento orgulloso de haberlo hecho. Puedo mirar de frente a mis hijos y contárselos: no eludí luchar con todas mis fuerzas y posibilidades contra un régimen cruel y oprobioso. Creo que es lo mejor que hice en mi vida. Y no esperé ni espero recompensas, honores ni reconocimientos por ello.

La verdad es que es muy modesto lo que espero. Un poco de justicia real, algo más que lo “posible”. Dije antes que el daño fue muy grande. Una auténtica hecatombe. Lo explico en lo que sigue.

El socialismo a la chilena, con empanadas y vino tinto, en democracia; la fórmula acuñada por Salvador Allende, representó un peligro atroz para los detentores del poder económico, político y militar. Un peligro mucho mayor que el “socialismo real”, burocrático, estaliniano, que terminaría por derrumbarse en unas décadas, tal como ocurrió.

Este era un peligro mucho mayor para los gigantescos y concentrados intereses de los amos, los visibles y los invisibles. Así se desató la intriga que culminó con el golpe militar que dio por tierra con el gobierno de Allende. Ahí comenzó a actuar la aplanadora fascista: exterminar a las organizaciones políticas de izquierda y a las organizaciones sindicales, eliminar a los mejores cuadros dirigentes: los más lúcidos, generosos, flexibles, innovadores y visionarios, partiendo por el propio presidente. Fue un trabajo sistemático de exterminio llevado a cabo en esos 17 años. Muy fructífero, si se juzga por los resultados.

También aprovecharon –esa era la finalidad al fin y al cabo- de destruir el sistema educacional, previsional, la salud. Jibarizar al estado, poblarlo de tecnócratas, introducir la venalidad en los sistemas de gobierno, instaurar las bases para el desarrollo de un experimento ultra neoliberal.

En ese mundo horrible vivimos, sin muchas esperanzas de cambio real. Con los partidos políticos al servicio de los intereses económicos, con las elites dominadas por aventureros, ignorantes y corruptos, con los intelectuales y artistas arrinconados, cooptados o domesticados. Con los medios de comunicación totalmente instrumentalizados y dirigidos.

Esta es una visión muy desalentadora, es verdad. Pero siempre es posible hacer algo. Partir por decirlo y reconocerlo. Luego, hecha la catarsis, vendrán los actos de ejercicio de la responsabilidad individual, como ha hecho el conscripto que rompió el pacto de silencio. O su propia reflexión: me dirijo a quien lee este texto. ¿Qué puede hacer usted? Yo he escrito estas palabras, tal vez impulsado por una difusa esperanza. Deben producirse muchos más de esta clase de actos, millones de ellos.

Eso podrá impulsar, quizás, otros actos mayores, comunitarios, ojalá multitudinarios que quiebren la presunta estabilidad del silencio, la neutralidad y el conformismo. Siempre es posible hacer algo, más allá de los meros límites de los intereses individuales.

Conocí a Carmen Gloria Quintana. Fuimos compañeros de esperanzas. Admiro sin reservas su valor, su consistencia, su ejemplo moral. Conocí a muchas otras buenas personas, valientes, generosas, luchadoras. Me pregunto dónde estarán ahora mismo aquellas que sobrevivieron. Quisiera que den noticias de su existencia: que hablen, escriban, aplaudan, que hagan lo que les sea posible.

Como tantas veces ha ocurrido en la historia, la humanidad tiene el derecho irrenunciable a soñar un mundo mejor y el deber de ponerse en movimiento para cambiarlo.

Diego Muñoz Valenzuela
escritor

Bio Diego Muñoz Valenzuela