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El Refugio. Rosario, Argentina 1975-1976

El Refugio. Rosario, Argentina 1975-1976

  Héctor Maturana Bañados   3 de abril, 2026 ,  en Historia y memoria,Opinión


La música de fondo no era simplemente un sonido; era el latido mismo del tiempo que atravesaba mis primeros días en Rosario, esa ciudad argentina que parecía respirar la humedad y la calor como portaestandartes oficiales durante largos meses del año.

Ser chileno en esos años era llevar un sello invisible en la frente.

Cerca, muy cerca, canción de lejos en la voz de Mercedes Sosa se colaba entre las paredes. Su canción, una plegaria que removía los escombros de un pasado reciente, desnudaba un compromiso que no podía eludir, aunque yo todavía no supiera del todo a qué me enfrentaba en esos primeros días y semanas. Era una catarsis que parecía diseñada para un cuero duro, un alma templada, y sin embargo, ese cuero no era el mío en plenitud. Era muy joven, si bien me había enfrentado a ciertas posibilidades de peligro por el ambiente político, de la vida misma no tenía mucho que decir en términos de sobrevivencia extrema. Por primera vez sentí el lamento de ver triste a mi madre al momento de despedirme de ella. Me traspasó su miedo a no verme más.

Venía transitando por un camino cargado de reflexiones y dudas que aún me perseguían. No era solo la derrota del golpe de estado, que ya había aceptado con resignación amarga, sino los días que le siguieron, esos días en los que la detención, persecución y muerte de compañeros y compañeras dejó una herida cuya profundidad todavía no lográbamos dimensionar ni menos cicatrizar.

El viaje desde Antofagasta había sido una interminable sucesión de estaciones y fronteras. Había tomado el tren que partía de Antofagasta hacia Bolivia, un trayecto quebrado en Uyuni donde el frío cortaba la piel a las cuatro de la madrugada.

Desde allí, otro tren hacia La Quiaca, y luego el cruce de un puente raquítico y deshilachado me condujo al país que había elegido por cercanía geográfica. En el lado boliviano, la pobreza se hacía visible, cruda, y la diferencia con la Argentina parecía abismal a simple vista. La Quiaca me recibió con la promesa de un lento traslado: vendrían ocho largas horas hacia Jujuy, y después, otro tren hacia Rosario. Fueron casi 2 días de viaje en total… Llevaba muy poca plata. Una familia argentina que iba en dirección a Buenos Aires me fue proporcionando alimentación vital para sortear el hambre, fue mi primer contacto con una población solidaria, que se encuentra en cualquier parte de América, borrando de una plumada todos los estereotipos que la prensa y sectores interesados en levantar rivalidades provocan desuniones y prejuicios detrás de un escritorio o con un discurso político.

En mi mente danzaban preguntas sin respuestas, juramentos íntimos que me había hecho en el silencio de mis noches en Chile. Volver era una decisión que me repetía como un meditador hindú para no ceder ante la desesperanza. Esta era solo una parada transitoria, pensaba. Debía tomar otro camino de retorno al país muy pronto, aunque obedecer la orden de salida de mi ciudad, impuesta por la persecución que azotaba a la dirigencia del MIR, me había desarraigado y desorientado en lo profundo.

Éramos pocos los que resistíamos en la ciudad que se hacía larga y extenuante al caminarla a pie muchas veces, un puñado que sobrevivía rodeado de sombras y con agotadas redes de apoyo. En aquel tejido de voluntades que sostenía la resistencia, yo no era más que un eslabón en una cadena tan necesaria como frágil. Salir de la ciudad no fue un acto de voluntad propia, sino una orden política y un gesto de protección dictado por Oscar Leiva. Durante meses, bajo el asedio de la incertidumbre, habíamos mantenido un contacto clandestino que desafiaba al acecho. Oscar, que se movía entre las sombras para salvaguardar la organización, decidió mi partida como quien resguarda una pieza vulnerable del tablero. Sin embargo, el destino fue implacable: ese mismo año, en noviembre de 1975, la sombra lo alcanzó. Oscar Leiva fue asesinado alevosamente en la casa de su tío, el lugar que se había convertido en su último refugio. Su muerte le dio un sentido trágico a mi propia libertad: Era el testimonio vivo de su último gesto de cuidado, una vida preservada a cambio de una vida entregada en la casa de un tío, en una clandestinidad que ya no pudo ocultarlo más.                                

En marzo de 1975, Rosario ardía por dentro. No solo por el calor espeso y húmedo que se pegaba a la piel y no se iba ni de noche, sino porque el aire estaba cargado de política del terror estatal, de miedo y de rumores. La ciudad vibraba como un cable pelado: cualquier roce podía desatar una chispa. El verano todavía no se despedía, pero ya se olía el otoño, un otoño que traería algo más frío que el viento del río: un nuevo golpe de Estado se gestaba y cocinaba en altas esferas norteamericanas. La prensa como había pasado en Chile magnificaba el accionar de los guerrilleros y llamaba abiertamente a las fuerzas armadas a restaurar el orden

A mi llegaba, el abrazo de mi prima que vivía con su hijo Rodrigo y Mario fue un bálsamo refrescante, un brillo potente y muy querido para apaciguar el clima tenso que se vivía. Llegué a esa ciudad con una ingenua dosis de optimismo justo en el epicentro de una crisis que Argentina venía arrastrando, como una herida que nunca terminaba de cerrar. En Chile, la intensa vida política que nos consumía opacaba el rumor que llegaba del otro lado de los Andes, pero la verdad era que en Argentina el aire estaba cortado por la misma navaja invisible. La habitación donde me refugiaba era pequeña, y la humedad se pegaba al aire como un huésped no invitado, opresiva e insistente. Bebía agua sin parar, intentando sofocar ese peso invisible que me agobiaba. Con Mercedes susurrando su canto, aferrado a la incertidumbre de un regreso que recién llegado no se vislumbraba para cuando sería.

El país vivía una lucha política feroz. La efervescencia y la lucha desplegada había generado la incursión de dos organizaciones guerrilleras que, con la fuerza de la ideología y la rabia, buscaban subvertir el aparato estatal. La rebelión en sectores de la sociedad argentina tenía que ver con que el país era muy rico materialmente, pero la riqueza se concentraba en pocas manos, con un alto nivel de corrupción y miseria en ciudades alejadas del centro político. Tucumán se había convertido en un foco guerrillero. Así mismo había una intensa guerrilla urbana en las principales ciudades.

Desde las mismas entrañas del Estado, se había gestado una fuerza oscura de ultraderecha, un organismo de la muerte que asesinaba a destajo a luchadores y luchadoras sociales, la llamada triple A (alianza anticomunista argentina operando en la penumbra. Con el tiempo, tras el golpe de Estado de 1976, serían precisamente esos comandos de civiles y militares, curtidos en la eliminación selectiva, quienes ejecutarían la desaparición masiva de guerrilleros , guerrilleras y disidentes .

Llegué a una nación que, bajo la superficie de su tango y sus pasiones futbolísticas, estaba desgarrándose silenciosamente, escribiendo en la sangre de sus hijos el preámbulo de una de sus tragedias más oscuras. A diferencia de lo que sucedido en Chile. Las fuerzas guerrilleras no tenían un fuerte arraigo en el pueblo. Buscaron resolver el conflicto a su favor en el corto plazo. Fueron aislados y aniquilados.

El gobierno de Estela Martínez de Perón parecía que tambaleaba como un buque viejo en medio de una tormenta. Cada sirena en la madrugada podía ser un allanamiento, una caída, un nombre que ya no volvería a escucharse. La violencia extrema había dejado de ser noticia: era paisaje.

En ese paisaje me movía como migrante chileno, llevando una vida atada a múltiples vaivenes. Algunos de ellos eran apenas incomodidades; otros, pruebas casi imposibles de sortear. El asedio constante de la policía y de las fuerzas armadas se colaba por las rendijas de mi rutina: en las calles, en el hotel donde vivía, incluso en mis pensamientos. Sentía que caminaba por una cuerda floja tendida sobre un abismo de sospechas. Cada día era un ejercicio de equilibrio entre la necesidad de ordenar mi mente y un ambiente de confrontación que rozaba, con dedos helados, mi propia seguridad.

El eje de la ciudad era el río Paraná. Desde el primer momento supe que Rosario no se entendía sin ese río ancho, profundo, engañosamente manso. El Paraná no era un simple curso de agua: era un animal enorme, un dios horizontal, una carretera líquida que conectaba la ciudad con el Atlántico y, más allá, con el resto del mundo. A veces, en ciertas tardes, el río parecía respirar. El oleaje leve golpeaba las barrancas que se formaban con la erosión del río. El río tenía un ritmo casi humano, como si se exhalara el cansancio de siglos de barcos y despojos.

El balneario La Florida se extendía como una media luna clara abrazando la ribera. Era una playa distinta a todo lo poco que yo conocía del Pacífico chileno. Allí no había olas que se estrellaran furiosas contra las rocas, ni espumas que arañaran la costa. En Rosario, el agua del río era otra cosa: una superficie tranquila bajo la cual corrían corrientes oscuras y silenciosas. Sobre esa piel marrón-verdosa, los barcos de gran tonelaje deslizaban su enorme peso, casi sin ruido, cargados con mercancías que iban y venían: hierro, combustibles, granos… y, sobre todo, soya.

La soya era el oro pálido de la región. Grano pequeño, suave, casi inocente a la vista, pero dueño de un precio que movía trenes y barcos. Vivía en un hotel modesto frente al puerto principal, desde donde podía ver parte de ese movimiento incesante. De día y de noche, el muelle era una coreografía de sirenas, motores, gritos de estibadores y sombras gigantescas de buques que se recortaban contra el cielo.

Uno de mis primeros trabajos fue de esos que marcan el cuerpo y, sin que uno lo sepa al comienzo, también el destino. Había que estar allí, en la boca del puerto, antes de que el sol rompiera la línea del horizonte. A Las seis de la mañana no era fácil llegar a los rosarinos a esa hora. Para mí vivir frente al puerto, era una ventaja táctica; un privilegio de unos cuantos metros que permitiría ganar la carrera silenciosa contra la multitud. Bastaba cruzar la calle, sintiendo el aire espeso y salado en el rostro, para sumarme a la fila que se formaba bajo la luz mortecina. Se contrataba a la gente a medida que fueran llegando. Esa era la regla principal.

Era el ritual diario del músculo y la urgencia: cada hombre, una silueta tensa, esperando que el engranaje de la fortuna girara y entregara, por un día más, el permiso de la subsistencia. El puerto era el amo, y nosotros, sus madrugadores súbditos.

Me contrataron para vaciar las bodegas de un buque cargado con toneladas de soya. El método era brutalmente sencillo: pala en mano, tres horas consecutivas sin parar, y luego tres horas de descanso. Tres horas más de pala, tres de descanso, y así hasta que las bodegas quedaran desnudas, listas para volver a llenarse en otra parte del mundo. El barco tenía urgencia de zarpar: el tiempo, en el puerto, costaba dinero.

La soya se nos metía por todos lados. El polvo amarillo se pegaba en la ropa, se metía en la boca, en la nariz, en los ojos. Después de un rato, ya no sabía si sudaba o si me deshacía en harina. La pala levantaba, como una extensión de mi brazo. Al principio, cada movimiento era una batalla. Luego, entraba en una especie de trance: el ruido del hierro contra el piso de la bodega se mezclaba con el latido de mi corazón, y el mundo se reducía a ese círculo pequeño donde la punta de la pala perforaba la montaña de grano.

En esos tiempos, ver demasiado o sentir demasiado podía ser tan peligroso como decir lo que no se debía. Pero desde aquel día, el trabajo en el buque dejó de ser únicamente un esfuerzo brutal de músculo y cansancio. Empezó a ser también una especie de ritual extraño, un pacto silencioso entre mis manos y esa montaña de granos que, al final, me daría algo más que dinero. Mis manos se volvieron callosas muy pronto. La piel dura se levantó como una armadura en las palmas, en la base de los dedos, en los nudillos. Los hombres del puerto solían decir que uno no trabajaba de verdad hasta que las manos dejaran de pertenecerle a uno y se volvieran herramientas. Aquellas manos, curtidas a fuerza de pala, serían mi salvoconducto más inesperado.

El hotel donde vivía era un edificio viejo, de pasillos angostos y olor a humedad. Las paredes guardaban historias que nadie se atrevía a contar en voz alta: huéspedes que habían desaparecido de un día para el otro, valijas que nunca fueron reclamadas, visitas nocturnas de hombres con zapatos pesados. Cada tanto, la policía irrumpía como un viento malo: golpes en las puertas, gritos, documentos al aire. Ser chileno en esos años era llevar un sello invisible en la frente.

Éramos sospechosos por definición, piezas potenciales de un tablero que yo apenas alcanzaba a comprender. En más de una ocasión, tuve que enfrentarme al ritual de la sospecha. Los agentes me miraban con una mezcla de desconfianza y rutina. Pedían papeles, preguntaban cosas que ya me habían preguntado antes, buscaban contradicciones en mi acento. Y, finalmente, como si estuvieran culminando una ceremonia, me exigían: —Muéstrame las manos. Entonces yo extendía las palmas hacia ellos. En el breve silencio que seguía, las líneas de mi vida, del corazón y de la cabeza quedaban eclipsadas por algo más simple y contundente: la dureza de la piel, los callos, las grietas blancas. Las manos suaves, decían en voz baja, eran las de los rateros internacionales, los que vivían del engaño y del hurto fino. Las manos ásperas, en cambio, hablaban por sí mismas: eran la firma de un hombre que trabajaba.

Nunca supe quién había inventado esa teoría, ni cuánto de superstición y cuánto de método policial tenía. Pero lo cierto es que esas manos, forjadas a pala en la oscuridad de las bodegas, me salvaron de varias arremetidas. La policía se retiraba, no sin advertencias, no sin miradas que dejaban un surco de inquietud. El peligro no desaparecía, solo se alejaba un poco, como una ola que retrocede para volver con más fuerza. Sin embargo, cada vez que me dejaban ir, sentía que algo se había torcido a mi favor, como si el río hubiera decidido, por un día más, no arrastrarme.

Rosario, en medio de todo ese torbellino, me regaló algo que no esperaba encontrar: amistades. En el poco tiempo que llevaba allí, había logrado acercarme al pueblo argentino en su versión más auténtica, la del barrio, la del mate compartido, la de las palabras que salían del alma sin adornos. No eran amistades superficiales: en un clima así, nadie se tomaba el trabajo de fingir afecto. El tiempo era demasiado incierto como para desperdiciarlo en máscaras.

La esencia de lo que hallé en ese contacto cotidiano fue una forma de amistad que lindaba entre lo sincero y lo heroico. En cada gesto de camaradería había una pequeña apuesta: confiar en el otro cuando el mundo entero te decía que cuidaras la espalda. Había algo casi mágico en ese reconocimiento mutuo entre desconocidos: bastaban un par de frases, un ademán, una mirada, para saber si tenías delante a alguien con quien podías compartir un vino barato y una historia verdadera.

Con algunos de ellos trabajé descargando y cargando camiones, con otros en changas improvisadas que surgían de la nada y se desvanecían al día siguiente. Cada trabajo era una puerta a un universo distinto: el mercado, el taller mecánico, la obra en construcción, el bar de mala muerte donde se mezclaban los olores a fritura, tabaco y conspiraciones. A través de esos oficios provisionales, me conecté directamente con el pulso de la ciudad, con la respiración diaria de un pueblo que, aun bajo la sombra creciente del miedo, seguía siendo capaz de reír, de discutir de fútbol, de cantar milongas y chacareras desafinadas al final de la noche.

Había noches en que, después de una jornada larga, me sentaba a la orilla del Paraná, mirando las luces de los barcos que se alejaban lentamente. A veces pensaba que tal vez uno de esos barcos llevaba en sus bodegas un puñado de grano que yo mismo había cargado o descargado. Imaginaba la soya viajando por el río, luego por el mar, cruzando fronteras invisibles, llegando a puertos que yo no conocía. Y en ese pequeño ejercicio de imaginación había una certeza: algo de mí, aunque fuera un esfuerzo anónimo y sudoroso, se iba también con ese cargamento hacia otros mundos.

En esos momentos el río dejaba de ser solo un escenario y se volvía un personaje más de mi historia. Un personaje silencioso, pero atento, como si estuviera tomando nota de cada decisión, de cada miedo, de cada amistad que iba tejiendo día a día. Yo no lo sabía todavía, pero el Paraná, con su agua oscura y sus corrientes caprichosas, empezaba a ser el espejo donde mi vida, en esa ciudad ajena y a la vez tan mía, iba a reflejar sus primeras grandes aventuras. Y también sus primeros verdaderos peligros.

Mis primeros verdaderos peligros no vinieron de la pala ni de las alturas de la bodega, sino de la ciudad misma, que se volvió cada día más hostil. El Paraná seguía fluyendo, pero a comienzos de 1976, ya no se podía ignorar el olor a pólvora y traición. El golpe se olía en el aire, y yo, un chileno con alguna experiencia en golpe de estado el roce que había tenido con la policía sabía que mi tiempo en la cuerda floja se acortaba.

El allanamiento no tardó en llegar. Sucedió tras la consolidación de la dictadura en Argentina, en un clima de terror sistemático. Era una noche cerrada, de esas en que la humedad de Rosario parece volverse sólida. El ruido no vino de la calle, sino desde adentro, un trueno de botas militares que retumbaban en los pasillos angostos del hotel. Era el viento malo que venía a visitarnos. Los gritos en el piso de abajo, los golpes secos en las puertas, me pusieron en alerta total. A esas alturas pasado más de un año, solo vivía con Mario. Mi prima Silvia y el Rorro se habían devuelto a Chile.

La adrenalina me desarrolló la disciplina de los años en el MIR. En segundos, la habitación se convirtió en un refugio de emergencia. Ocultamos la poca documentación sensible que teníamos y nos dispusimos a esperar el inevitable ingreso. Sentados en la cama, intentando que la respiración no delatara el torrente que corría por las venas.

El golpe en la puerta fue un estallido. Soldados armados irrumpieron en la habitación. Rostros jóvenes, duros, con esa mezcla de miedo e impunidad que solo otorga un fusil. Revisaron cada rincón: los colchones, bajo la cama, el pequeño armario donde la humedad se pegaba a la ropa. La atmósfera era eléctrica; De nuevo éramos, los sospechosos por definición, la pieza extranjera en un tablero que solo entendía de eliminación.

Y entonces, en el medio del trajín de nuestras pertenencias uno de ellos dio con ella. Estaba oculta, pero no lo suficiente. Una revista editada con noticias de Chile bajo dictadura. Era un testimonio gráfico de la represión de Pinochet, una prueba de nuestra conexión con la realidad que no intentábamos dejar atrás, y de nuestra identidad política. El soldado la sostuvo con dos dedos, como si fuera un objeto contaminado. Su rostro se cerró, y aunque no entendía de todo el contenido de la revista, sabía que era algo sospechoso, algo peligroso. El resto del grupo se tensó.

El silencio se hizo pesado, solo roto por nuestras respiraciones superficiales El peligro se había materializado en ese papel impreso. Los soldados, siguiendo el protocolo de terror, nos obligaron a permanecer inmóvil con las manos en la nuca. Esperaron un largo rato, ese tiempo se estiró hasta volverse una agonía, hasta que llegara el oficial a cargo del operativo para verificar el hallazgo.

Cuando el comandante, un hombre con la arrogancia propia del poder absoluto, finalmente apareció en el umbral, noté que algo estaba mal. Su vista y su actitud no eran las habituales. No portaba la concentración fría y metódica del verdugo. Estaba descompuesto, desconcentrado, como si acabara de terminar una tarea sórdida y estaría lidiando con su propia náusea. Apenas si miró la revista. Hizo un gesto vago de desprecio y se limitó a revisar mi documentación básica sin la habitual ferocidad. En ese minuto crucial, la revista pasó a ser una molestia burocrática en lugar de un crimen político. El comandante no estaba allí. No estaba realmente allí. Firmó un papel, dio la orden de terminar y se marchó con una prisa torpe que desentonaba con su uniforme.  zafamos. Habíamos evadido la detención por un error, una distracción del sistema.

Más tarde, supimos el motivo de esa desconcentración. Una mujer que vivía en el tercer piso del hotel relató el hecho: el oficial la había violado. La brutalidad del régimen, la impunidad con la que se movían, había invadido su propia línea de defensa. El horror no había estado en el papel impreso de la revista chilena, sino en la violencia cotidiana y personal que ese hombre había dejado atrás en el pasillo, un acto que había desestabilizado su propia mente justo a tiempo para salvar la nuestra.

El peligro no se había alejado, solo había cambiado de forma. Entendí que mi supervivencia no dependía solo de mi habilidad para sobrevivir en condiciones extremas, sino de las grietas del mal, de las fallas humanas que a veces lograban torcer el destino. Mis manos curtidas en la soja me habían salvado del prejuicio; La atrocidad cometida en el tercer piso me había salvado de la celda.

Así las cosas, el cerco de nuestros movimientos se iban cerrando en el lugar en que te encontraras se olía el peligro de una detención bajo cualquier pretexto. Nuestro quehacer principal durante el año 76 tenía que ver con el levantamiento de un taller artesanal de fabricación carteras de cueros para nuestra sobrevivencia. El trabajo tenía aceptación y cada cierto tiempo se entregaban en concesión a los lugares céntrico de la ciudad. Cada cierto tiempo salíamos a recaudar las ventas que se producían con cierta rapidez. En Rosario los días miércoles había actuaciones gratuitas en el Teatro El Circulo. Teníamos por costumbre asistir cuando disponíamos de tiempo. El Golpe de Marzo de 1976 se había consolidado y como suele suceder en estos casos, los militares buscaban legitimarse sobre todo en ceremonias que la sociedad construye a su favor. El caso es que un 25 de mayo se conmemora el inicio del proceso histórico de su independencia. Al momento de cruzar el umbral de la entrada del Teatro dos policías nos detienen y nos piden la documentación. Ambos nos encontrábamos con los permisos de turistas vencido, pero habíamos iniciados los trámites para regularizar nuestra permanencia. No estábamos cien por ciento legales ni tampoco ilegales. Nos acusan de estar ilegales. Llegamos a una comisaría. Entregamos nuestras pertenencias en la sala de guardia. Ese día habíamos recaudado dinero de nuestras ventas. Al poco rato nos llevan a una celda. Nos comienzan a instar abiertamente a entregar el dinero a cambio de nuestra libertad. A nuestra negativa aumentaron la presión con insultos y amenazas de expulsión del país. Alrededor de las 20 horas hay cambio de guardia. Los policías que ingresan mantienen el hostigamiento usando métodos agresivos y amenazas. Al día siguiente nos trasladan a otro centro de detención bastante surrealista. En el lugar había presos que llevaban detenidos varios años sin estar condenados. Nos dimos cuenta de aquello porque al poco rato sale en libertad un detenido con aplauso cerrado de los que se encontraban ahí. Luego de estar casi todo el día detenido y prestos a permanecer la noche en el lugar ¡Surge un grito inesperado! ¡¡Los chilenos se van en libertad!! dos mujeres funcionarias de migración se presentan personalmente en el recinto policial con nuestras carpetas. Habían sido alertadas por un policía que antes de terminar el turno nos preguntó si podía hacer algo por nosotros. Fue un gesto inusual que nos permitió salir en libertad.

Con Mario decidimos vivir en lugares separados ,el punto de encuentro era una pieza que ocupábamos para nuestro taller de cuero. Un día de invierno Mario no llegó. A las pocas horas me entero de que fue detenido y secuestrado por una denuncia injustificada en su contra. Avisé rápidamente a su familia que vivía en Chile. Junto a su padre comenzó un periplo frenético para encontrarlo en un marco de mucha desconfianza y desprotección. En aquel momento desconocíamos el tema de la desaparición de personas, pero este hecho se estaba dando en ese contexto. Por ninguna ´parte se reconocía su detención. Fueron casi dos meses de grandes tensiones y nerviosismo. Me veo junto a su familia enfrentados a un problema mayúsculo. Las puertas e indagaciones que habíamos realizado no daban resultado. Un día alguien nos recomendó ubicar a un chileno que vivía muchos años en Rosario , él podía ayudarnos. Tras indagar entre conocidos del aparato policial, el personaje logró finalmente quebrar el silencio: Mario estaba detenido en el Servicio de Información de la Policía Federal de Rosario. El lugar, ubicado en pleno corazón de la ciudad, sería recordado años después bajo el siniestro nombre de “El Pozo”, un enclave destinado a la detención política, el suplicio y la desaparición de personas. Se estima que transitaron por ahí más de 2000 personas.

Cuando Mario finalmente emergió de las sombras de aquella mazmorra, se encontró de pronto recorriendo sus últimos días las calles de Rosario con la desorientación absoluta de quien ha extraviado el pulso de la luz. Avanzaba maltrecho, con la mente nublada y el paso incierto, cargando el peso de un aislamiento y un encierro prolongado que le habían arrebatado, por demasiado tiempo, la noción del mundo exterior.

Durante los casi dos años que convivimos, su risa —siempre contagiosa y optimista— terminó siendo mi brújula. Su empuje lograba que el rigor de lo cotidiano se volviera más liviano. Siempre lo recuerdo con un ejemplar de la revista Crisis bajo el brazo, esa publicación que fue mi puerta de entrada a la espesura del campo cultural y político argentino. Fue él quien me dio las claves para descifrar ese nuevo mundo, mucho antes de que el destino lo empujara a abandonar definitivamente el país                                    

A fines de 1976, resolví retornar al país. El cruce por Mendoza marcó el fin de una etapa intensa en la que Argentina funcionó como un paréntesis de formación y supervivencia. Volví a Chile con la convicción fortalecida y una vitalidad que desafiaba la realidad del momento. Aquel periodo de casi dos años en el país trasandino fue el preámbulo necesario para encarar el retorno. Regresaba a un Chile que, en su resistencia, adquiría dimensiones míticas; un país que me esperaba con sus propias sombras, pero también con la urgencia de quienes no se daban por vencidos.

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