Soy madre de tres rugbistas chilenos y abuela de otros dos. He conocido desde décadas un montón de jugadores y he compartido con ellos en las graderías, en los tercer tiempo y en vacaciones. Sé que los rugbistas forman unos de esos extraños grupos en que se producen y entablan profundos lazos de afecto, compañerismo,fraternidad sin que por lo general los unan lazos de familia. Son un grupo de pertenencia que mantiene unidos a hombres desde la infancia hasta los últimos años, incluyendo en sus afectos a sus esposas e hijos. Es por ello que esta historia caló muy hondo en mí, porque puedo imaginar perfectamente cuan profundos eran los vínculos que este deporte y la militancia unió a estos deportistas.
Agradezco a Carola Ochoa, que una vez publicada la primera nota acerca de los rugbistas argentinos desaparecidos me hizo llegar a través de facebook esta que ahora  comparto y que lleva el horror a un grado difícil de aceptar.

Una lista que no para de crecer

La sanjuanina Carola Ochoa, con la colaboración de familiares, amigos y compañeros de esos rugbiers y su tarea de investigación exhaustiva, logró confeccionar una nómina que hoy alcanza el centenar de casos.

Hernán Rocca, uno de lo tantos rugbiers desaparecidos, va en busca de la pelota.

Una mujer, casi de la nada y solo con su compromiso militante armó un registro de jugadores de rugby desaparecidos que no tiene precedentes. Carola Ochoa vive en San Juan, habla pausado y menciona con orgullo su trabajo social en Villa Hipódromo. Quizá no tenga idea del valor de su tarea: su pesquisa constante, la búsqueda de un nombre, de un club, del dato que esclarece. Hizo crecer la lista con la colaboración de familiares, amigos y compañeros de esos rugbiers que hoy pueblan sus archivos. Una cifra todavía imprecisa que ya superó con holgura a los 52 que son homenajeados en un torneo nacional que ella misma creó. Hoy casi duplicó la cifra. Pero además de su paciencia tibetana para juntar historias –todas reunidas en su página de Facebook– Carola consiguió que nos hiciéramos de nuevo una pregunta: ¿cómo pudo ser que tantos jóvenes que abrazaron ideales revolucionarios en los años 70 eligieran al rugby como deporte?

La respuesta no la tiene ella ni tampoco nosotros. Podríamos hacer elucubraciones sobre la matriz solidaria del juego. La época convulsionada que los encontró en la lucha. Las coincidencias en el estudio, la pasión por el rugby y sobre todo, su identificación con diferentes proyectos políticos. Eran montoneros, comunistas, guevaristas, maoístas, trotskistas. Ochoa hilvanó sus perfiles con el hilo conductor del deporte. Hizo tanto en tan poco tiempo que hasta ella misma está sorprendida. Y confiesa que se sacó de encima los prejuicios con el ambiente del rugby cuando se entusiasmó al unir las historias de sus desaparecidos.

Ahora cuenta desde su provincia: “Esta iniciativa empezó cuando Fernando Sandoval, un profesor y militante de los Derechos Humanos en Chubut, me invitó a formar parte del grupo organizador en el país de La Carrera de Miguel para traerla a San Juan. Fue durante una capacitación de tres días en Puerto Madryn, con Elvira Sanchez, hermana de Miguel, y los referentes nacionales”.

Después –confiesa en su largo correo– leyó el libro Deporte, desaparecidos y dictadura publicado en 2006 y reeditado en 2010. Una pieza encaja en la otra hasta formar un mecano que Ochoa contribuyó a extender por todo el país. Dice que en San Juan no hay jugadores de rugby desaparecidos, pero buscó y chequeó las identidades de casi noventa casos confirmados. La nómina según ella ya supera los cien. En ese número hay quienes representaban a clubes que también desaparecieron como sus deportistas. Atahualpa Rugby Club o Central Buenos Aires, el club donde jugaban los alumnos y ex alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires.

Uno de los más entusiastas colaboradores de la sanjuanina es el ex puma Eliseo Branca. Gran jugador del CASI de San Isidro y su entrenador campeón en 2005 después de veinte años sin títulos. También se sumó Martín Sharples, tercera línea del club Porteño y atleta. Dos condiciones que no lo definen totalmente porque además es un militante comprometido que perdió una pierna en un accidente de moto. Y juega al rugby con una prótesis. Martín –confiesa Carola– la convenció de que en determinado momento debía ponerle una cifra al torneo de rugby que imaginaba. De ahí surgió el 52. Pero se quedó demasiado corta porque seguiría topándose con más casos.

“En 2015, cuando vi por internet el video de Ensenada RC. Rugby Social, conocí a integrantes de la comisión directiva: Gabriel Merayo, Germán Fisser y Ana Garcia Munitis. Me invitaron a La Plata para explicarles mi proyecto” cuenta la sanjuanina. La capital bonaerense será escenario el domingo 13 de noviembre de una jornada que seguramente Carola jamás olvidará. En el Colegio Nacional Rafael Hernández que homenajeó a sus alumnos desaparecidos colocándoles sus nombres a las aulas –varios de ellos jugaban al rugby– se realizará una jornada con doce talleres sobre derechos humanos, memoria, literatura e inclusión en el deporte de la ovalada, entre otros temas.

El sábado 12 se disputará un partido de seven y otro de veteranos en homenaje a los jugadores desaparecidos. Veinte de ellos integraron distintos planteles de La Plata Rugby Club entre las décadas del 60 y 70. La institución los recuerda en una placa colocada en su sede de Gonnet hace unos años. Sobre la historia de esta tragedia, el periodista Claudio Gómez escribió un magnífico libro: Maten al rugbier. También se filmaron un par de documentales en Brasil e Italia. Y una miniserie sobre deportistas desaparecidos les dedicó un capítulo a los del club canario –se los conoce así por su camiseta amarilla– que se estrenó en Canal Encuentro en 2015.

Otra mujer, la periodista del diario La Capital de Rosario Laura Vilche también aportó en sus investigaciones las historias de los jugadores desaparecidos de aquella ciudad. Si Ochoa encontró solo en la capital bonaerense 41 casos repartidos entre La Plata Rugby, Universitario, Los Tilos y San Luis, desde la segunda ciudad del país le aportaron dieciocho historias más de sus clubes Old Resian, Jockey, Duendes, Universitario y Logaritmo.

La organizadora de esta movida que recorrió nuestra amplia geografía sueña con repetir la jornada del próximo fin de semana en San Juan, una provincia sin tradición rugbística. Ella no quiere olvidarse de todos sus colaboradores, de quienes la acompañan en la búsqueda de más datos, más fotos, más nombres que coincidan con esas fotos que, de no ser por ella, estarían guardadas en el cajón de alguna cómoda, dispersas, quién sabe dónde. El resultado es una contribución a la memoria de un deporte que sufrió como ninguno el terrorismo de Estado. Un registro que estimulará nuevas investigaciones porque en cada caso hay una historia que merece completarse.

El primer acercamiento que tuve con los casos de los rugbiers desaparecidos de La Plata fue por una nota que publiqué en el diario Perfil el 24 de marzo de 2006. Había leído sobre el tema (algún escrito de Gustavo Veiga en Página/ 12), pero esa tarde, cuando viajé por primera vez hasta el club en Gonnet, la historia me conmovió. Los anfitriones fueron Raúl Barandiarán, ex compañero de cinco jugadores-militantes, y dos hijas, Ana Balut y Verónica Sánchez Viamonte.
De aquella nota conservo un puñado de recuerdos; quiero rescatar dos. El primero es que después de desgrabar las entrevistas y reunir el material estuve un par de días dando vueltas sin poder arrancar. Escribía y borraba, una y otra vez; no aparecía un comienzo que me conformara. Tenía la mejor historia para contar —lo sabía—, pero el teclado se resistía. El compromiso y la exigencia que sentía eran desmedidos, algo que con otros temas no me ocurría. Al final la entregué, claro, forzado por los tiempos del cierre. El otro recuerdo que me quedó es que, cuando salió publicada, seguí insatisfecho: tenía la certeza de que el tema abarcaba una dimensión que excedía las dos páginas de un diario.
Tuvo que pasar un tiempo para que me decidiera a llevar esas historias a un libro. Una vez que arranqué fueron dos años intensos de búsquedas, viajes y escritura. Los rugbiers desaparecidos de La Plata se convirtieron en una obsesión. Y durante ese lapso pasaron cosas. Cuando empecé a fines de 2012, los casos eran diecisiete. Seis meses después, una investigación de Julián Axat —hijo de Rodolfo, uno de los rugbiers desaparecidos— reveló dos casos más. Al año, en una charla con un ex jugador del club, descubrí el vigésimo. La investigación influyó hasta en mis hábitos más cotidianos. Repetí hasta el hartazgo la canción que menos había escuchado de Virus. Conseguí un disco de Agapornis solo porque la banda está integrada por jugadores de LPRC.
No recuerdo en estos dos años haber leído un libro que no tuviera que ver con la militancia en los setenta. Y con las películas me ocurrió algo parecido.
Mientras yo buscaba a hijos, hermanos, amigos y compañeros, La Plata sufrió la peor inundación de su historia que —entre otros desastres— provocó ochenta y nueve muertos. Y seguí atento dos juicios por delitos de lesa humanidad. En la causa por el Circuito Camps condenaron a prisión perpetua a dieciséis militares y a un civil, el represor y ex ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Jaime Smart. Y por el centro clandestino de detención La Cacha recibieron perpetua quince genocidas, entre ellos, el ex policía Miguel Osvaldo Etchecolatz.
Una tarde estaba escribiendo mientras en la tele hablaba la presidenta Cristina Fernández. Yo trataba de resolver alguna historia mientras ella lanzaba el canal gratuito DeporTV en un acto en Tecnópolis. Su voz, apenas un rumor de fondo, entraba en segundo plano. Hasta que empezó a enumerar: “Santiago Sánchez Viamonte, Mariano Montequín, Moura, Rocca, Marcelo Bettini…”.Mis dedos se frenaron sobre el teclado. Sorprendido, giré la cabeza: era ella, la presidenta, recordando a esos muchachos que ya formaban parte de mi rutina. Horas después, YouTube completó la parte del discurso que me había perdido. Todavía vestida de negro, Cristina detalló: “Los deportistas desaparecidos después del golpe del 24 de marzo de 1976 me impactaron como ciudadana, como militante y como vecina de la ciudad de La Plata, porque de La Plata Rugby Club, que era uno de los mejores cuadros de rugby, no era el mío, pero era uno de los mejores cuadros de rugby de La Plata, si no el mejor, dicen algunos, desaparecieron dieciocho jugadores, muchos de los cuales eran muy amigos míos, conocidos”.
Una hija me confesó que se inventó recuerdos. Otra, que cuando piensa en sus padres los representa en una foto, que no puede imaginarlos en movimiento. Y otra, que está convencida de que suele tener conflictos con sus parejas porque es hija de desaparecidos. Una hermana me mostró un cinturón con manchas de sangre y marcas de balas. Un hermano me confió que su memoria borró todo lo que ocurrió aquellos años. Otro, que a su casa iba el delator que se había infiltrado en la agrupación. Una madre me detalló el encuentro que los represores le permitieron tener con su hijo para que se despidieran. Un padre, en el rol de juez, le tomó declaración a un genocida.
Un compañero del club me dijo que durante años fantaseaba con que sus amigos llegaban caminando por la playa de San Bernardo. Hay una habitación que sigue intacta. A un ex militante de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios), Independiente le salvó la vida. Y un ex dirigente del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) me reconoció que tuvo que aceptar, resignado, que la mayoría de las caídas se produjeron por delaciones. En LPRC hubo veinte casos, pero las historias los exceden.
La reconstrucción de fragmentos de las vidas de las víctimas me llevó a enfrentarme con episodios del presente tan complejos e intensos como aquellos que se vivieron en los años de militancia. El 29 de junio de 1978 murió el último rugbier. Pero el genocidio no se cerró.
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