“YO TUVE UN HIJO EN LA MONTAÑA.”

 

YO TUVE UN HIJO

EN LA MONTAÑA.

Yo Tuve Un Hijo En La Montaña”. Por madre cro Gastón, caído en

”Yo tuve un Hijo en la montaña”. Madre del cro Gastón caído en Neltume. 23 de marzo del 2006. “Voy a contar la historia de mi hijo que está sepultado en Tres 
http://www.archivochile.com/Chile_actual/06_ddhh/chact_ddhh0036.pdf

“Voy a contar la historia de mi hijo que está sepultado en Tres Lagunas. Pero

partiré por la historia del abuelo”.

“Mi abuelo había trabajado toda su vida haciendo caminos. Pala y picota. El nos

decía que quería con los años,  con su trabajo, que algún hijo, hija o nieto pueda

estudiar, tener un trabajo estable, una vida y una casa decentes. Ojalá una casita

propia”.

“Mi padre trabajó 26 años en la fábrica. Mi marido en la montaña. Trabajos duros.

Partían de amanecida. Una vez dijo: “Vamos a embarrar esta camisita, socio, pa

que algún día alguno de éstos tenga una vida mejor que la mía”.

“Mi hijo quiso lo mismo. Una vida mejor, más justa. Pero él era distinto: el Gastón l

quería eso mismo, pero no sólo para él o para los suyos. El quería eso para

todos”. Siempre recordaba las últimas palabras del finao presidente Allende, con

eso de las anchas alamedas para todos”.

“Por eso sería que se lo llevaron pal golpe. Bien apaleado, torturado y

encarcelado. A los dos años de cárcel lo echaron pa fuera. En Holanda estudió,

hizo cursos. Terminó con un buen trabajo. Nos mandaba fotos de una bonita

casa”.

“No estaba con nosotros, claro, pero estaba bien, y yo me conformaba porque se

había cumplido el sueño del abuelo y el de mi viejo en el sindicato”.

“Por eso, yo no entendí nada cuando en 1981 bajaron no sé cuantos soldados de

un camión, hicieron pedazos la puerta y nos atrincaron durante días,

preguntándonos por el exiliado, por el Gastón. Era invierno, me acuerdo porque

había harta nieve en esos días”.

“Ustedes sabrán de él, -les dije yo. ¡¿Qué andan preguntando, si ustedes lo

echaron pa fuera!? Miren, aquí tengo una carta suya que me llegó anteayer no

más”. “¡Díganos en qué cerro anda metido su hijo con los otros ésos!”, que me

decían. “Ustedes me andan bromeando para puro molestar, asustar o sonsacar

quizás qué cosas que una les invente. ¡Qué va andar tonteando acá el Gastón! Mi

hijo no es tonto, si allá está bien y tiene de todo. No como nosotros que seguimos

con la pobreza pegada al cuerpo”. Yo nunca pensé que mi hijo estaría arrancando

de 2000 milicos en ese mismo momento, a un par de horas de mi casa. Yo lo

hacía en Europa tan tranquilo”.

“Desde ese día anduvieron como lobos en el pueblo. Durante dos meses. En

Septiembre nos vinieron a buscar a varias señoras. Nos llevaron a Valdivia. A la

morgue. Ahí estaba mi Gastón:  flaaco, flaco. Y sucio y barbón, con 4 balazos en

el cuerpo y uno en el muslo. Allí estaba el hijo de la vecina: lleno de machucones y

con los dientes quebrados. No tenía ni un balazo. Había varios más, que la

mayoría eran de acá, que habían sido obreros del Complejo Maderero. Había

varios otros que no yo los conocía. En total unos ocho cuerpos, sin contar al

Ojeda, que ése lo mataron en diciembre en Quebrada Honda. Después supe que

son once los muertos en total”.

“Se veían tan pobres, tan flacos. Tanta miseria y padecimiento. Pero tan

tranquilos sus rostros. Parecían hermanos. Hermanitos en esa muerte que

todavía retumba en las altas rocas”.

“En ese tiempo, no entendí porqué había vuelto. A guerrillar. A buscar la muerte

sería… Mi Gastón. Mi chiquillo. Si allá tenía de todo. Y estaba tan bien”.

“Fíjese si estas cordilleras serán mágicas, que al año después de muerto ¡Todavía

me llegaban cartas del finaol”.

“Recién este año fui al lugar donde los pillaron en la montaña. Allá por Remeco,

lago Chanchán. Se veía el lugar de la fogata, la cocina donde comían, el lugar

donde dormían en sus carpas, unos palos parados como para hacer una rancha.

También vi unos restos de plástico, de ropas, tarros viejos, tapas de ollas como

con balazos. Todo allí, como si fueran a volver esa misma tarde.”.

“Y el monte está igualito. Tremendos abuelos coihues, así de grandes. Pensar que

ésos habrán escuchado las tallas y risas de mi chiquillo. Ahí estaba ese coihue

desde donde les dispararon. Algunos trabajadores que han ido dicen que en las

noches se oyen risas y tallas. Y a veces cantar. De esas canciones que se

cantaban antes. Y ningún obrero ha querido nunca voltear ni un palo en ese lugar.

Como que los dejan pa que cuiden el sueño de los cabros. Y los sueños del

abuelo, de los viejos del 45, de los del 73…”.

“Yo siempre he pensado: “Cómo no podremos siquiera construir una animita en

recuerdo de ellos. Ir a poner unas flores y unas velas de vez en cuando. ¿Cómo

irán a descansar tranquilos esos muchachos? Si no hay donde prenderles una

velita siquiera. Será por eso que en las noches suelo despertar suspirando”.

“Construir una animita. Y que los árboles sigan ahí. Acompañándolos. Hasta que

se caigan de viejos y crezcan otros nuevos”.

Neltume, 23 de marzo de 2006

 

 

Neltume, 23 de marzo de 2006

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