“Para que nadie se olvide”.
“Para ti, papá, que perdiste tu juventud (en Chacabuco). Pero no olvides que ese fue el precio de la libertad del individuo”.

Chacabuco. Angel Parra

 

Campamento de Prisioneros “Chacabuco”

Antofagasta; II Región

Cerca de 110 kms de distancia de Antofagasta, en medio del desierto de Atacama  fue instalado el Campo de Prisioneros Chacabuco, ubicado en la Oficina Salitrera Chacabuco, al costado este de la Ruta CH-5. En la antigüedad era un pequeño pueblo minero donde funcionaba la compañía minera de nitrato, Sociedad Química y Minera de Chile (Soquimich). El pueblo se encontraba abandonado desde 1938 y se usaba para prácticas militares del ejército. El Campo de Prisioneros Chacabuco fue utilizado desde principios de noviembre de 1973, hasta abril de 1975, con  más de 1.000 presos políticos. Este Campamento era sólo de hombres. El sector de prisioneros fue delimitado con alambradas de púas, minas antipersonales y torres de vigilancia con personal armado de metralletas. El Campo de Prisioneros Chacabuco fue uno de los más grandes campamentos de prisioneros no sólo de la región, sino del país. Los presos políticos concentrados en este campo venían de diferentes recintos militares especialmente de la Primera y Segunda Región, así como de Santiago y Valparaíso. Los detenidos no sólo habían sido torturados en los diversos lugares donde anteriormente habían permanecido recluidos sino también durante el trayecto a Chacabuco. En especial todos aquellos que fueron trasladados en trenes de carga desde Iquique, en barcos desde Valparaíso (el Andalién), y en camiones militares desde Pisagua.

El Campo de Prisioneros Chacabuco estaba a cargo de la Primera División del Ejército de Antofagasta, pero la guardia rotaba entre el ejército, la Fuerza Aérea y personal de Carabineros. Muchos presos fueron dejados en libertad a principios de 1974, período en el cual nuevos prisioneros fueron traídos a Chacabuco. El campo empezó a vaciarse gradualmente en julio de 1974, en la medida que los internos eran trasladados a diferentes campos de Santiago y Valparaíso (Tres Alamos, Ritoque y Melinka). De acuerdo a los testimonios recibidos, la guardia rotaba entre personal del Ejército, Fuerza Aérea y Carabineros. Vigilando el campo, había un tanque militar que transitaba continuamente alrededor de éste. Los testimonios señalan, además, que era frecuente que los sobrevolaran aviones en vuelos rasantes. El Comité para la Paz informó a fines de 1974: Los presos vivían en corredores de adobe que contenían diez casas pequeñas. Cada una era de dos o tres pisos y mantenía a seis presos. Había un comedor de uso común y no contaba con luz eléctrica hasta julio de 1974.

Hay testimonios que coinciden en señalar que, al ingresar al campamento, los prisioneros eran obligados a tenderse desnudos por horas sobre la cancha de fútbol; normalmente eran recibidos con maltratos, amenazas y golpizas de pies, puños, objetos contundentes, como las culatas de los fusiles.

Los detenidos vivían en corredores de adobe que estaban formados por diez casas pequeñas como pabellones. Cada una era de dos o tres pisos y mantenía a seis presos. Había un comedor de uso común y no contaba con luz eléctrica.

El maltrato fue constante. Las condiciones de vida, a juicio de los declarantes, eran amenazadoras e inciertas en alto grado. Según las denuncias presentadas ante la Comisión Valech, las malas condiciones de vida incluían una denigrante situación alimenticia y el hostigamiento permanente. Bajo cualquier pretexto, los detenidos eran sacados por las noches a la intemperie, dejándolos hasta la madrugada bajo el intenso frío del desierto; y en otros momentos, durante el día, eran forzados a permanecer bajo el sol.

Es importante notar que la arbitrariedad del castigo que denuncian los ex presos fue una fuente de constante amenaza y tortura psicológica. Los efectivos inventaban motivos para interrogarlos, supuestas planificaciones de fugas o sabotajes por parte de los presos. Consta por los testimonios que también se practicaron de manera permanente las amenazas de acciones contra las familias de los prisioneros.

Los ex prisioneros experimentaban una presión adicional al ser sometidos a intensas jornadas de ejercicio de tipo militar y tener un régimen de trabajos forzados, en especial, trabajos, sin utilidad ni sentido. Asimismo consta de algunas declaraciones que hubo prisioneros que eran mantenidos por algún tiempo separados del resto, en un régimen carcelario con maltratos más severos. Otros eran mantenidos en continuos interrogatorios, con aplicación de torturas. Los testimonios indican que muchos de los prisioneros recibieron golpizas de pies, puños y con objetos contundentes, como las culatas de los fusiles, además de simulacros de fusilamiento.

Algunos de los ex presos políticos denunciaron haber sido llevados desde este recinto hacia Antofagasta para ser interrogados, en medio de torturas y golpes, por el fiscal militar de la zona. Otros fueron interrogados en medio de golpes en el campamento, por agentes de civil y agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).

Testimonios:

“…el desierto, lo veíamos más grande y extenso, el calor seguía aumentando, la velocidad era lenta. No podíamos conversar. La caravana recorrió más de una hora cuando empezamos a ver una chimenea alta que indicaba la presencia de la antigua oficina salitrera Chacabuco de la Anglo Latauro (Compañia Inglesa). Llegamos a unos murallones y entramos por una abertura grande. Se pusieron al lado de los buses, unos tanques que nos apuntaban amenazadoramente con sus cañones. El nerviosismo aumentaba más y más, casi tiritábamos de miedo. Los buses pararon frente a unas rejas. Los carabineros nos entregaron contados al Ejército.”  (Sadi Renato Joui Joui, en su libro “Chacabuco y Otros Centros de Detención”, 1994)

“..en el campo de concentración de Chacabuco a cargo del Ejército, fuimos nuevamente víctimas de trato inhumano, degradante y humillante además de constantes amenazas y amedrentamiento psicológico y físico. Inmediatamente que nos recluyeron dentro del cercado de alambre-púa, electrificado y con altas torres de vigilancia, el comandante a cargo del campo, capitán Carlos Minoletti Arriagada, nos hizo formar en un lugar abierto, ordenó desnudarnos, esparcir las pertenencias personales en el suelo y esperar así inmóviles su inspección que iba a efectuar a cada uno. El capitán Minoletti demostrando su brutal prepotencia e impunidad por cualquier delito, realizó dicha inspección agrediendo a cada ciudadano detenido con insultos, trato ofensivo y afirmaciones calumniosas, agrediéndolo con golpes y comentarios humillantes. Terminada su inspección, que tomó horas bajo el ardiente sol y aire de la pampa, nos hizo agrupar para vejarnos otra vez con falsas acusaciones, calumnias y amenazas de todo tipo. Con ínfula de juez divino nos notificó que estábamos allí “por las huevadas que han hecho y las que pensaban hacer”(sic). Personal del Ejército y Fuerza Aérea se turnaban en la vigilancia del campo y en imponer el arbitrario régimen de cautiverio a los ciudadanos allí detenidos. Otros oficiales que cometieron trato inhumano fueron los capitanes Santander y Alexander o Alejandro Ananias. El capitán Santander, quien se vanagloriaba de ser campeón panamericano de tiro al blanco y amenazar a los prisioneros con eso de donde ponía el ojo ponía la bala, en más de una ocasión nos hizo comer bajo un enorme despliegue de soldados fuertemente armados y apuntando directamente a las cabezas de las personas. En otra, interrumpía abruptamente la hora de comida para hacernos formar sin razón específica. En otra oportunidad nos agrupó para reprendernos humillantemente y acusarnos falsamente de rayar las murallas con consignas políticas. Por otra parte, pilotos de la Fuerza Aérea, en aviones de combate, hacían vuelos rasantes sobre el campo de concentración cotidianamente, provocando inquietud y temor en la población reclusa.

 “..en Chacabuco fui obligado a recoger los excrementos con las manos […]. Además fui golpeado en las plantas de los pies descalzos con un palo solamente porque mi segundo nombre es Augusto” (Comisión Valech)

[…] de pie todo el día a pleno sol (40°C) y de noche los hacían correr para sentir el frío del desierto” (Comisión Valech)

Criminales y Cómplices

Capitán Alejandro Ananías (Ejercito); Capitán Carlos Minoletti Arriagada (Ejército); Capitán Victor Santander Veliz (Ejercito); Capellán Varela; Capellán Jorquera; Capellan Zenteno;

Capitán Zabala; Teniente Canals

 

Fuentes de Información: Informe Rettigg; Informe Valech; Coordinadora de Ex-presos Políticos de Santiago: “Nosotros los Sobrevivientes acusamos”; Libro: “La Represión Política en Chile: Los Hechos”; Diarios: “Punto Final”; “Fortín Mapocho”; “La Nación”; “El Siglo”; Chipnews.com; Libros:Chacabuco y Otros Centros de Detención“, “La Represión Política en Chile”; Archivo memoriaviva.com.

La Nacion

9 de Noviembre 2003

Monumento nacional: ¿Cómo era Chacabuco?

El sector alambrado, que fue donde vivimos y penamos, tenía más o menos seis cuadras de largo y tres de ancho. Había pabellones para obreros y para los empleados. Todas eran casas pareadas, de adobes y techos de calamina. Durante el día, cada casa era un horno y de noche, una nevera. Cuando llegamos ninguna casa tenía puertas ni ventanas. Les habían clavado arpilleras, que el viento las sacudía a su antojo. Se improvisaron dos grandes letrinas, con duchas y lavatorios. Los servicios higiénicos eran dos o tres grandes acequias con tablones encima para solo poner los pies.
Jorge Montealegre es poeta, escritor y sobre todo, un hombre hecho y derecho, yo diría intachable. Estuvo preso junto conmigo en Chacabuco, cuando la dictadura de Pinochet empezó a cargar su mano cruel y no paró más. Jorge tenía entonces 19 años.
Escribió poemas en su carácter de preso político y después, cuando recuperó la libertad y salió al exilio, siguió escribiendo como condenado. Recién publicó el libro “Frazadas del Estadio Nacional”.
Voy a reproducir algunas líneas donde describe lo ocurrido el 9 de noviembre de 1973, hoy hace 30 años, cuando se avisó a los presos del estadio que serian trasladados a la salitrera de Chacabuco:
“Nos metieron en buses, nos amenazaron por enésima vez y designaron a tres soldados, con fusiles ametralladoras para custodiarnos en el vehículo. También estaban los jardineros del estadio que miraban estupefactos, impotentes, con los ojos brillantes. Salimos en caravana hacia Valparaíso. Al cruzar la ciudad vimos cientos de pañuelos que apenas asomaban por las ventanas. Los carabineros cortaban los caminos. Muchos jeeps y camiones militares eran parte del convoy. Ya en la carretera, aparecieron los helicópteros.
Nos llevamos el Estadio en el recuerdo. Íbamos a Chacabuco. No es fácil deshacerse del Estadio. Sigue aquí adentro”.

HAZAÑAS DE FILISTOQUE:
Mario Benavente, profesor, filósofo, master en ciencias políticas, dictó clases durante 40 años en la Universidad de Concepción, también cayó preso. De notable educador, la dictadura lo convirtió en peligroso extremista.

Estuvo detenido en Investigaciones, en la cárcel pública y el estadio Regional en Concepción. Después pasó a Chacabuco, campo Melinka de Puchuncaví y campo de Tres Alamos. Más de 20 meses sin libertad y luego exiliado a Suecia.
Escribió un libro notable: “Contar para saber”. De Chacabuco, describe este simpático episodio en la página 53: ” Todas las actividades programadas por los detenidos, llevaban el sello de la rebeldía. El poema, el canto, el show semanal, la escuela, el deporte, el circo, eran algunas de sus manifestaciones. Filistoque fue un ser peculiar. Rubicundo, grandullón y fornido. Su sonrisa permanente lo acompañaba a todos los rincones. Cuando reía, mostraba sus cuatro poderosos dientes, dos arriba y dos abajo.

Todos los demás fueron volados a culatazos por los torturadores. Era generoso y siempre dispuesto a ayudar. Se ganó el aprecio de todos. Sabía de sus limitaciones. Hombre de pueblo, de población, le gustaba conversar con los más cultos. Nadie conocía su nombre real. Le hacia gracia que así fuera, le daba otra personalidad, se sentía importante.

Fue duramente torturado, porque había integrado el grupo de seguridad del PS y Altamirano. Por eso afirmaba que vivía de yapa. No sabemos cómo ni cuándo, fue nombrado jefe para formar con los presos una banda de guerra. Lo hizo tras largas sesiones y cumplió. Salió a desfilar un día con su banda fuera del campamento dejando la sensación de que era fuga. Un camión con soldados armados hasta los dientes, los fue a buscar a todos.
La banda fue disuelta y los castigaron en forma ignominiosa. Filistoque estuvo en tela de juicio hasta el final, salió de Chacabuco, fue trasladado a otros lugares de prisión y finalmente expulsado del país. Se radicó en Inglaterra”.
En 1984, cuando la dictadura estaba en su apogeo, nadie se atrevía a levantar la voz. Por eso resultó casi desafiante que la revista Hoy, dirigida por Emilio Filippi, se atreviera publicar un libro que abriera de par en par las puertas del oprobioso campo de prisioneros de Chacabuco.
En esa aventura, lo acompañé sin titubeos, arriesgando la libertad y ¿por qué no?, hasta la vida. Se editó el libro “Un viaje por el infierno” que relató descarnadamente como vivieron casi diez mil presos que pasaron por la salitrera.

¿Cómo era Chacabuco?

Resultado de imagen para campo de prisioneros de chacabuco

El sector alambrado, que fue donde vivimos y penamos, tenía más o menos seis cuadras de largo y tres de ancho. Había pabellones para obreros y para los empleados. Todas eran casas pareadas, de adobes y techos de calamina.
Durante el día, cada casa era un horno y de noche, una nevera. Cuando llegamos ninguna casa tenía puertas ni ventanas. Les habían clavado arpilleras, que el viento las sacudía a su antojo. Se improvisaron hasta el final, dos grandes letrinas, con duchas y lavatorios. Los servicios higiénicos eran dos o tres grandes acequias con tablones encima para solo poner los pies.

Allí vivieron los presos chacabucanos, pero todo se hizo más llevadero porque el Consejo de Ancianos, nombrado por los propios detenidos, creó servicios médicos, asistencia judicial y social, bibliotecas, pulpería, salas para los conjuntos artísticos y un diario mural. Fuimos gente de buena ley”.
¿A qué vienen estos recuerdos que asaltan y enternecen? El viernes pasado, a las 19 horas, en el salón de honor del viejo Congreso Nacional, llegaron de todos los rincones de Chile los presos que pasaron por Chacabuco. Pronunciaron discursos, lloraron a mares, repartieron abrazos y pidieron que la vieja salitrera, el fatídico campo de concentración, sea por angas o por mangas, un Monumento Nacional.
Creo que se lo merece…

El Siglo
Ex Presos Políticos de Concepción: “Derrotados … No vencidos”

El Auditorio de la Universidad de Concepción repleto por un público conmovido, fue el escenario en que Mario Benavente Paulsen y su esposa Nimia Jaque Peña presentaron la semana pasada sus relatos testimoniales “Contar para saber” y “El árbol que florecía hijos”, de uno y otra, respectivamente, en sendas ediciones costeadas por ellos mimos como ejemplar contribución a la “memoria histórica” de la brutal represión fascista en Chile y la dignidad y fortaleza con que la afrontaron sus “prisioneros políticos”, entre ellos los narradores.
Son decenas de breves testimonios de sus propias vivencias y de las de otras y otros ex presos políticos de los “campos” de reclusión y torturas de Chacabuco, Puchuncaví, Los Alamos precedidos del paso inicial por cuarteles Isla Quiriquina y Estadio Regional de Concepción. Incluso, la narración de la niña, hija de una madre presa; la visión de Nimia desde el patio de la cárcel penquista de su hijo encaramado en un árbol del parque vecino para verla por sobre los muros. Ocho de las ex prisioneras “reportadas” por ella se hicieron presente en el acto.
El abogado de Derechos Humanos Nelson Caucoto, ex alumno de la U. de Concepción, inició el acto con una esperanzada exposición de avances en cuanto al aumento de los procesamiento de coautores, cómplices y encubridores de crímenes contra la humanidad en Chile.
En el acto, auspiciado por el Colegio de Profesores de Concepción, presentó a los autores la dirigenta nacional Olimpia Riveros, que compartió con ellos desde antes de los sucesos del 73 en la actividad y lucha gremial y política de izquierda. La acompañaron en la misión Patricia García y Alberto Carrasco, maestros colegiados.
Benavente y Nimia cerraron el acto. El señaló que los ex presos políticos “fuimos derrotados… pero no vencidos”, reafirmando sus decisiones pese a la exoneración de sus cátedras, los maltratos y torturas y el largo exilio. Destacó los cursos de variados estudios y certámenes literarios en el campo Chacabuco como expresión de la dignidad con que se afrontó la represión en ellos.

CHACABUCO, MEMORIA DEL SILENCIO

Por Dr. Luis Cifuentes S.

La película “Chacabuco, memoria del silencio”, de Gastón Ancelovici, refleja una realidad distinta, y en consecuencia adopta un enfoque diferente, al film “Estadio Nacional” al punto que es difícil y acaso injusto intentar compararlas. Mientras el Estadio Nacional, junto al Estadio Chile, Villa Grimaldi, Tejas Verdes y varios otros lugares fueron centros de tortura y exterminio, Chacabuco fue, en sentido estricto, un campo de concentración. Fuimos enviados allí prisioneros políticos que ya habíamos sido interrogados en espera de que el aparato administrativo dictatorial decidiera qué hacer con cada uno de nosotros. La tortura y el asesinato, entonces, no fueron fenómenos de ocurrencia diaria ni frecuente en la antigua oficina salitrera. Este hecho, sin excluir la tragedia (hubo un suicidio en el tiempo que yo permanecí en el campo, al que me refiero más abajo), por si solo generó un distinto tipo de convivencia y de comunicación, con un fuerte contenido comunitario.

La película refleja esta situación: no se trata de testimonios en forma de monólogos, como en “Estadio Nacional”, sino de conversaciones colectivas, filmadas tanto en Santiago como en el campo mismo. El poeta Jorge Montealegre, quien, siendo un adolescente escribiera su primer poema en Chacabuco, hace de ancla del documental y habría sido muy difícil, sino imposible, encontrar una persona con mejores aptitudes para la tarea. Su poema “Así es el choquero”, recitado por el autor en su vivienda chacabucana, despertará viejas y nuevas emociones.

El film comienza con impresionantes vistas aéreas del desierto y de Chacabuco. La belleza de los cerros, cielos y crepúsculos constituyó el trasfondo majestuoso de todo lo sucedido. Las conversaciones entre Montealegre, el poeta Rafael Salas y Angel Parra abren los fuegos, en un primer reconocimiento del campo. Allí estaba la pulpería… ¿o era acá ? Allá la bella iglesia de madera, destruida por el fuego en 1982; acá el templo evangélico; más allá, el “barrio cívico”, donde los abogados, médicos y artistas presos tenían sus locales de atención y creación. Yendo más al hueso, aquí fue donde nos recibieron con insultos, golpes y amenazas cuando “inauguramos” el campo, donde nos dijeron que “NO requisarían las hojas de afeitar, por si queríamos suicidarnos”.

La película esta cargada de emotividad e ilustrada por trozos de una filmación realizada por un equipo de la RDA que llegó a Chacabuco engañando a los militares con el recurso de hacerse pasar por holandeses. De fondo, aparte de la música compuesta para el film por Angel Parra hijo, hay extractos del concierto de despedida de Angel Parra padre, grabado en cassette por Alberto Corvalán Castillo, hijo del entonces secretario general del Partido Comunista. Alberto murió en el exilio antes de cumplir los 30, producto de las torturas sufridas en el velódromo del estadio nacional. Es su voz la que se escucha narrando aquella grabación, que apareció en forma de disco en Italia en los 70. En una escena llena de ternura, Angel canta la canción que compuso en el campo a su pequeña hija Javiera, ahora en presencia de la adulta homenajeada.

Las muchas anécdotas de Chacabuco están bien representadas. En especial, la protagonizada por el popular Filistoque, un preso que, dada su experiencia, fue encargado por el comandante para entrenar a la banda de los militares. Filistoque aprovechó la ocasión de uno de sus tantos ensayos para dirigirse a la puerta del campo a la cabeza de sus hombres, dio orden de abrirla y luego salió marchando por la carretera en dirección a Calama seguido de los disciplinados militares. Por cierto, no llegó lejos, pero esta debe ser la anécdota más sabrosa en la historia de los campos de concentración, no sólo de Chile.

Me impactó ver el teatro restaurado, aunque eché de menos los maltrechos pero elegantes asientos de fierro y tapiz y las imponentes aunque añosas cortinas del escenario, que colgaban ahí desde los años 20. El teatro era el lugar donde en ocasiones se nos autorizó a recibir visitas.

Una serie de otros ex-prisioneros agregan sus recuerdos. De especial valor son los de Mariano Requena, primer presidente del Consejo de Ancianos, que cuenta de las difíciles, y a veces hilarantes, relaciones con los militares. Otros mencionan los cursos de nivel primario, secundario y universitario impartidos entonces por los mismos prisioneros en la “universidad del desierto”. Yo dicté uno de Termodinámica Química, aprovechando como texto el libro de Fisicoquímica de Castellan, que en forma casi milagrosa alguien había llevado al campo. También contribuyen al testimonio colectivo un ex-oficial destacado en Chacabuco y un ex-capellán.

La película me dejó un buen sabor, de fraternidad y esperanza. A la salida, entre las pocas personas presentes en la sala, me encontré con un viejo amigo, ex-chacabucano. Nos fuimos a tomar una cerveza, tratando de hacer durar la fraternidad recién revivida.

¿Qué podría yo agregar a este sólido testimonio fílmico ? Tan sólo una anécdota: cuando llegó al campo el primer grupo de presos provenientes del estadio (luego llegarían de todo Chile) nos formaron en la calle principal y el capitán a cargo salió del perímetro enrejado hacia su oficina. A los pocos segundos se escuchó, de lo alto de una torre de vigilancia, el grito: “¡Alberto Corvalán Castillo !”. El interpelado, que estaba en el grupo, en un acto de valor inolvidable, corrió hacia la torre sin saber si lo ametrallarían. Al llegar al pie, le dejaron caer un saco con pan, reunido por los conscriptos para los presos. “¡De la base de la Jota!”, le gritaron.

Lo asombroso de esta historia, de la que fui testigo presencial, no consiste tanto en que hubiera una organización de izquierda entre los militares que nos custodiaban como en el hecho – que hasta hoy me cuesta explicarme – de que ellos actuaran a vista y paciencia del resto de los conscriptos sin ser denunciados; esto, sin que me quepa ni la más remota sombra de una duda, les habría valido la muerte por despedazamiento. Los panes fueron rápidamente distribuidos (ignoro si también fueron multiplicados) y el saco lanzado dentro de una casa; los oficiales nunca se enteraron. Esta anécdota refleja un aspecto de la realidad de aquellos días que es bueno no desechar.

Expreso mi gratitud a Gaston Angelovici y a todos los que contribuyeron a hacer realidad esta película. Junto a los films de Guzmán y Parot, ella contribuye a rescatar memoria en un país amnésico que mira para otro lado.

Vayan mis recuerdos hacia mi amigo Marcelo Concha, hacia el profesor Francisco Aedo y otros, que luego de salir de Chacabuco fueron nuevamente aprisionados y hasta la fecha están desaparecidos. Rindo homenaje al obrero Oscar Vega, que había vivido y trabajado en Chacabuco en su juventud. Anciano, solo y destruido, por haber sido asesinada toda su familia, buscó su vieja casa y se colgó de una viga. Los que no nos colgamos tenemos, en consecuencia, ciertos deberes de humanidad de los que, tarde o temprano, tendremos que rendir cuentas.

Piensa Chile

29 noviembre, 2013

Mensaje de lucha desenterrado 39 años después en Chacabuco

En el encuentro de los ex prisioneros del Campo de Concentración de Chacabuco, la antigua oficina salitrera en la pampa de Antofagasta -el 23 y 24 de noviembre de 2013- un grupo de antiguos reclusos se dio a la tarea de encontrar una botella enterrada, con un mensaje escrito en octubre de 1974, cuando se cerró el campo.

Carta en botella 1974Tras un debate acerca de la locación exacta, y con gran emoción, excavaron en el pequeño patio de la vivienda y encontraron una botella intacta. En la parte exterior, uno de los presos -un químico- escribió “VENENO”, y una fórmula terrorífica, para espantar intrusos.

La carta aun legible en el papel amarillento, está firmada por cuatro partidos de izquierda, y es un testimonio de moral revolucionaria y compromiso de lucha que la asamblea de los ex prisioneros adoptó el mismo día como “Declaración de Chacabuco” en el teatro de la antigua oficina salitrera.

El mensaje conserva plena vigencia. A continuación el texto completo y el registro audiovisual de su lectura a viva voz, por uno de sus redactores, minutos después de la excavación, realizado por el equipo de HispanTV-Chile:

    ………………A la caída del Gobierno Popular encabezado por Salvador Allende, se instaura en Chile una feroz dictadura que estremeció al mundo por su crueldad y terror. Miles fueron los muertos a lo largo del país; otros tantos los desaparecidos.

Asimismo llenaron las cárceles y los campos de concentración más de diez mil presos políticos. Sólo por este campo pasaron 1.284 escogidos dirigentes de izquierda, incluyendo jóvenes menores de edad y ancianos en extremo. Vivieron y sufrieron aquí hombres de diferentes regiones del país. De Copiapó, Antofagasta, Valparaíso, Santiago, Colchagua, O’Higgins, Linares, Chillán, Biobío, Concepción, Arauco, Osorno llegaron a este desolado lugar, símbolo de la explotación de los obreros del salitre. Obreros, campesinos, empleados, intelectuales, profesionales y estudiantes que se distinguieron por su alta moral, y solidez en sus principios.

La soledad de la pampa cobró vida con la activa creatividad de los artesanos y artistas que nacían al amparo de la soledad de los días de cautiverio. Memorables fueron los shows que alegraron domingo a domingo los días de cautiverio. Nadie olvidará la chingana, la fogata, las obras teatrales, el circo, la fecunda actividad de los talleres artesanales, sus variadas exposiciones de cobre, madera, telar, onyx, como tampoco nadie olvidará las torres, con sus uniformados y fusiles apuntando a la alambrada, las odiosas formaciones a pleno sol o al frío de la noche, los allanamientos, el pillaje, la canción nacional y su agregado irónico, nuestros nobles… Como tampoco nadie podrá olvidar el escuálido rancho, las migajas de pan, la rosca y sus derivados, las úlceras y neurosis.

Pero todo se superaba con dignidad y moral. Se organizaron por casa, pabellón y campo, en todo unidos. El Consejo de Ancianos, que era la máxima organización, creó servicios públicos para los detenidos, tales como el bienestar, el policlínico, la escuela, la biblioteca, la asociación deportiva, departamento de aseo, administración, cooperativa artesanal, etcétera.

Son acontecimientos memorables para cada uno: en homenaje a la memoria de los compañeros mártires, el digno minuto de silencio el día 11 de septiembre de 1974; la lealtad y nobleza de los compañeros que viajaron miles de kilómetros; el fusilamiento de los perros llegados al campo; las misteriosas explosiones de las minas que rodeaban el campo; los días sin agua.

Aunque permanecieron sólo en este lugar más de un año, nadie se consideró más o menos libre que el resto de sus hermanos de la calle, pues era la patria una inmensa cárcel. El compromiso con la libertad tampoco fue un anhelo individual, sino un compromiso de combate junto al pueblo.

Hasta ellos llega el aliento constante, creciente, de la solidaridad de los trabajadores del mundo y sus vanguardias políticas, y de los países y pueblos democráticos y organizaciones internacionales, por medio de la voz amiga y hermana de Radio Moscú, Habana, Progreso, Berlín, etc.

Hoy, al ser …….(ilegible)…… y otros campos de concentración, se marchan con la convicción inevitable del triunfo de la revolución socialista para días no lejanos. Compañeros, en sus mentes está presente la necesidad de la victoria inevitable. Necesitamos sólo una victoria: la final.

Partido Comunista de Chile
Partido Socialista de Chile
Movimiento de Izquierda Revolucionaria
Movimiento de Acción Popular Unitaria

Chacabuco, Octubre de 1974

 

Palabras de Guillermo Torres Gaona
Presidente Nacional del Colegio de Periodistas de Chile

Santiago, 7 de noviembre de 2003 Sala de la ex Cámara de Diputados

Estimadas amigas, amigos, compañeros:

Impregnados de la solemnidad de este recinto que representó, por tantos años, la tradición republicana de nuestra nación y que fue escenario de tantas decisiones trascendentes para el pueblo chileno, nos reunimos esta noche con el impacto vigente de todo aquello que nos involucró, exactamente, hace 30 años. Lo hacemos con una mixtura de emociones, entre el dolor y la esperanza, entre el recuerdo del pasado y la mirada hacia el porvenir, y entre los sueños interrumpidos y las certezas de nuestras convicciones. Nos acompañan nuestras familias, esposas, hijos, nietos; en fin, muchas y muchos seres queridos que compartieron con nosotros las consecuencias del cautiverio de entonces, o que se han integrado años después en el transcurrir inevitable del tiempo como nuevas familias.

Pero todo, hoy, inmerso en una común gratitud:

Nuestro agradecimiento a quienes hicieron de la solidaridad internacional un gigantesco movimiento que comprometió a millones de personas en los cinco continentes y que permitió salvar tantas vidas y, a la vez, aislar de la comunidad de naciones al régimen terrorista encabezado por Augusto Pinochet. Movimiento que incluyó a estados, naciones y a organizaciones de todo tipo, a gobiernos de países amigos que dispusieron para la comunidad de chilenos exiliados, hasta de radioemisoras, como fueron los casos de la URSS, Alemania Democrática, Cuba, Checoslovaquia, Hungría, Argelia, y tantas otras para informar de la situación y estimular el apoyo a la causa democrática de los chilenos. Gobiernos que, como los de Suecia, tuvieron embajadores de la más noble lealtad y fiereza para defender a loa asilados, y que rompieron relaciones con la dictadura. A todos ellos, eterna gratitud.

Esta noche, nos rodea el ejemplo de coherencia de nuestro presidente mártir, el compañero Salvador Allende, y en su legado buscamos el recto camino hacia una sociedad más justa, más democrática, más pluralista; en definitiva, más humana y al servicio de las causas justas y libertarias que ennoblecen a la persona.

Siempre con la esperanza de construir un país en que prevalezca la justicia, esa primera virtud de todo sistema social; solidario, en que se instale la verdad, que satisfaga las aspiraciones legítimas y tan postergadas del pueblo, en que haya respeto irrestricto a los derechos humanos para impedir cualquier aventura antidemocrática en contra de nuestras naciones. Y que las víctimas del régimen militar alcancemos una justa reparación

Hace 30 años justos, desde diversos lugares del país, los militares que asaltaron a sangre y fuego el sistema democrático preparaban las caravanas de la muerte y, a la vez, finiquitaban sus operativos para trasladar a numerosos prisioneros políticos, que permanecían como rehenes en estadios y diversos centros de reclusión, a campos de concentración que instalaron en apartadas regiones del país. Desde la gélida isla Dawnson en la zona más austral del planeta hasta el desierto de Atacama.

Lo que nos habría parecido como una pavorosa imagen sobre el nazismo alemán, y que formó parte de un pasado acercado por el cine, la literatura y el análisis político, se convertía en una violenta y cruel realidad para tantos miles de chilenos. Así, nos hicieron trasladar para continuar como prisioneros de una guerra inexistente, sólo justificatoria del asalto al poder, en el campo de concentración situado en el desierto más árido del mundo, con temperatura sobre 30 grados en el día y de cinco grados bajo cero en la noche.

La oficina salitrera de Chacabuco, declarada monumento nacional durante el Gobierno del Presidente Allende para resguardar la historia épica de los obreros de las salitreras a comienzos del siglo 20, se convertía en un lugar elegido, montado y equipado para negar la vida y todas las libertades humanas.

Por Chacabuco, en su año de existencia, pasamos más de tres mil prisioneros, procedentes de distintas zonas del país. El primer grupo lo constituímos, básicamente, 736 prisioneros que procedíamos del Estadio Nacional, y posteriormente fueron llegando compañeros de Valparaíso, Concepción, Linares, Colchagua, Copiapó, y de diferentes provincias y ciudades de la zona norte, hasta Arica. Todos sobrevivientes de experiencias muy duras por la represión.

A treinta años de hechos imborrables en nuestras vidas y de tantas consecuencias personales, pero que deben pertenecer a la memoria colectiva de nuestro país, a la memoria histórica de la nación, nos hemos esforzado por convertir estas historias personales en testimonios que trascienden, que revelan verdades que todavía permanecen ocultas y que corren el riesgo de quedar sepultadas.

Así, hay decenas de obras de compañeros chacabucanos que ilustran y detallan la tragedia, pero que también dan cuenta testimonial de ese enorme amor a la vida de todos, el sentido de supervivencia y de ganarle a la muerte, como prisioneros políticos que no pierden el sentido más profundo de nuestras existencias.

Mario Benavente, Rolando Carrasco Moya, Santiago Cavieres, Luis Alberto Corvalán, Adolfo Cozzi, Virgilio Figueroa, Alberto Gamboa, Sadi Joui, Jorge Montealegre, Alejandro Wittker, entre otros, han narrado los avatares como prisioneros de la dictadura, han publicado antologías poéticas y han dejado testimonios imborrables de sus historias personales y también colectivas como Chacabucanos.

Todos ellos, y muchos otros más, han contribuid al fortalecimiento de una cultura reconocida de la verdad histórica.

Porque, básicamente, se trata no sólo de no olvidar, porque el olvido es la cesación de la memoria que se tenía, el descuido de lo que se debía tener presente.

De lo que se trata es, primariamente, como testigos y víctimas, de revelar, informar, narrar, escribir, aportar a la sociedad chilena que sepa que hubo campos de concentración, que hubo miles de detenidos a lo largo de todo el territorio nacional. Que el golpe de estado puso en práctica una política de aniquilamiento de todo un pueblo, que se operó con la lógica –actualizada a la época– de la política nazi de exterminio y de la devastadora doctrina de la Seguridad Nacional propugnada por los Estados Unidos.

Fue una política de Estado, con todo lo que ello implica, para echar abajo al Gobierno del Presidente Allende, destruir la institucionalidad democrática, para eliminar a todos quienes profesaban o eran partidarios de la Unidad Popular y para instaurar una dictadura con la violencia de las armas.

Por eso que hoy, a 30 años del golpe militar y del día exacto en que fue abierto el campo de Chacabuco, es justo hablar de sobrevivientes. Y no por un afán de martirizarnos, de flagelarnos con la memoria, de ser autorreferentes o de agudizar la condición de víctimas.

Sí, es cierto. Los que pasamos por los campos de concentración y estamos vivos, somos sobrevivientes.

Lo que primero nos hermanó en los centros de torturas y campos de prisioneros fue el sobrevivir en las durísimas condiciones a que fuimos sometidos. Ganarle a quienes, con la tortura, el maltrato y las humillaciones querían aniquilarnos; a ellos, ganarles con la vida. Seguir viviendo.

En Chacabuco, organizados con nuestras propias capacidades y competencias para soportar el cautiverio, formando el Consejo de Ancianos y su estructura grupal por pabellones, debimos soportar las privaciones; buscar y ser dignos en nuestra condición de prisioneros políticos aislados en el desierto más árido del mundo, sometidos a un régimen en que se buscaba el abatimiento psicológico y la destrucción ideológica. Y mantener en alto la honra y el orgullo, esos dos valores de la verdadera patria que nos habla el Premio Nobel de Literatura, José Saramago. Honra y orgullo que se manifestaron en la vida que se logró desarrollar en Chacabuco

Básicamente, nos esforzamos por entregar a los demás, lo que sabíamos hacer. Así como los médicos se organizaron en la policlínica y constituyeron un valiosísimo grupo humano y profesional que resguardó nuestra salud, también los 18 periodistas que estuvimos allí partimos con un noticiero oral, que se leía a la hora del rancho en los comedores, con noticias de lo que ocurría en el campo y con recomendaciones. Cuando ya estaba afianzada la organización del Consejo de Ancianos, comenzamos con la edición semanal de Chacabuco-73, diario mural con noticias, crónicas y entrevistas. Todo, obviamente, pasaba por la censura estricta de la oficialidad. Pero siempre logramos pasar “goles”, tanto que el editorial de la edición del 18 de septiembre fue el Cuándo de Chile, de Pablo Neruda, sin que los censores se percataran de qué estaban autorizando para su publicación.

Los profesores, hicieron una enorme contribución educativa y pedagógica con la escuela con más de 400 alumnos, y tantos otros profesionales, artistas, técnicos, trabajadores que entregaron sus conocimientos y experticias. Hubo alumnos que aprendieron a leer hasta quienes desarrollaron sus capacidades para hablar otros idiomas.

Los shows dominicales, aunque censurados previamente, nos daban un hálito más de vida, empujando la necesaria creatividad para convertirlos en verdaderas comedias musicales y la animación de conductores que nos transmitían ánimo y exacerbaban nuestras esperanzas. Y la astucia para no vernos privados de poner allí, también, contenidos ligados con nuestra identidad valórica. Los concursos literarios y musicales pusieron a prueba el torrente de creatividad que es posible redescubrir en tan difíciles condiciones. El choquero es así, de Jorge Montealegre, Nuestro canto, Sin tu luz, ambas de Rafael Eugenio Salas, las canciones de los cuatro elefantes y otras han permanecido en el tiempo y han atravesado tantas fronteras.

Los tallados y la artesanía desplegada en cuero, ónix y otras pequeñas producciones permiten transmitir a las generaciones presentes y futuras los mensajes de nuestros sueños.

Es la cultura que se aloja en el alma de una nación y que también provino de un campo de concentración.

El conjunto Chacabuco, con Ángel Parra, la peña folclórica La Chingana, el grupo de teatro, cantantes y solistas en instrumentos musicales, expresaron notablemente nuestra vital ansia por recuperar la libertad.

Las competencias de fútbol y las olimpíadas, con diferentes pruebas atléticas, incluyendo torneos de vóleibol y tenis, también fueron expresiones de una vitalidad arrancada desde la esperanza

La organización del correo, cuyas piezas postales también eran censuradas por la oficialidad del campo, nos permitían una brizna de comunicación y de inmenso amor con nuestros familiares.

La recolección y préstamo de libros era parte de nuestras necesidades y su satisfacción, así como también la discusión y el debate político sobre la historia vivida y la proyección de un futuro tan difuso, que podía ser tan lejano como tan cercano. Incierto, para ser más precisos.

No nos derrumbaron. Aunque siempre lo quisieron y cuántas veces destruyeron todo lo que habíamos logrado con tenacidad y astucia. Pero se encontraron con una barrera cuyo sostén fue el apego a la vida y a los valores implícitos en nuestra condición de prisioneros políticos.

Somos individuos que teníamos enormes sueños, proyectos de vida, de futuro con nuestras familias, de un país más justo, solidario, con el pueblo como protagonista de su propio porvenir y nuestras vidas se vieron tan radicalmente cambiadas. Como sobrevivientes, nos compromete también la memoria de nuestros compañeros que ya no están. Y cuántos ya no están con nosotros.

Cuantas vivencias compartidas con el profesor Francisco Aedo, con el ingeniero agrónomo Marcelo Concha Bascuñán, detenidos desaparecidos tras ser liberados de Chacabuco; o quienes murieron al poco tiempo después producto de lo que padecieron en las torturas, como Luis Alberto Corvalán: o aquellos como el ex subsecretario de Educación Waldo Suárez, el jefe de la Oficina de Emergencia del Ministerio del Interior, Atilio Gaete, el periodista Virgilio Figueroa, el ex vicepresidente de la Corfo, Kurt Drekman, o tantos otros como el “tata” Luis Font, que murieron sin jamás recuperar los sitiales que tan merecidamente ocuparon con su idoneidad y capacidad profesional: o algunos como el “Negro” Eduardo Rojo que puso trágico fin a sus días al no superar los traumas de la prisión.

Cuántos debieron partir al exilio, a tierras solidarias; pero extrañas, al fin al cabo, a rehacer sus vidas; a recomponer aquello que los carceleros y sus mandantes destruyeron.

Cuántas familias se quebrantaron, cuántos se vieron obligados a la clandestinidad para poder darle continuidad a sus convicciones políticas, y fueron muertos -tras Chacabuco- al ser coherentes con su posición, como el caso de Raúl Valdés, ya a fines de 1988. Cuántos perdieron su trabajo tras ser liberados y sufrieron la persecución, la discriminación, o el olvido.

Los daños son enormes. Quizás no hay cuantificación posible. Sólo la labor interdisciplinaria de muchos profesionales comprometidos podrá acercarse cada vez más a un análisis al que muchos debemos contribuir. Pero que es necesario acometer en profundidad, como parte de la verdad histórica, de la justicia, de la reparación y de la sanación social que algún día Chile alcanzará.

Cuando el presidente Lagos planteó que la reparación para los presos políticos debía ser “simbólica y austera”, la doctora Paz Rojas comentó algo tan verídico y profundo como que “la tortura no fue ni simbólica ni austera”. La lucha por el conocimiento de la verdad, la difusión del verdadero Chile tras el golpe militar y la justicia y la reparación, nos compromete.

Hoy, aún con todo el avance que hemos observado en reportajes, crónicas, entrevistas y materiales inéditos con la conmemoración de los 30 años, queda mucho por alcanzar para ser éticamente justos con esos principios del periodista que debe estar siempre al servicio de la verdad, de los principios democráticos y de los derechos humanos.

La épica de los campos de concentración, y de tantas batallas en torno a los derechos humanos que no se conocen, tiene un amplio margen para ser abordado en creaciones que deberán dar a la luz y sumarse a todos los esfuerzos que ya se han hecho. La declaratoria del estadio nacional como monumento histórico, el bautizo del estadio Chile como estadio Víctor Jara, las placas instaladas en el mismo estadio nacional y en la puerta de ingreso en Chacabuco en homenaje a los prisioneros políticos, la denominación de sala Waldo Suárez a la sala principal de la subsecretaría de Educación, el documental de Chacabuco realizado por Gastón Ancelovici, constituyen también signos muy positivos de reencuentro con la historia y marcan también hechos destacables que permiten seguir instalando la necesidad de un reencuentro con la verdad histórica y con la difusión de la memoria histórica.

Amigos, amigos, compañeros todos:

Recordar es tener presente, y tener presente es mirar al futuro.

Muchos de nosotros entramos a una etapa de nuestras vidas en que es necesario apurar la entrega de aquello que debemos testimoniar. Entregar a las generaciones futuras, las experiencias de hechos que, para curar las heridas, deben ser conocidas y
convertidas en parte de la memoria histórica. Es por ello que esta noche de recuerdos, de dolor, pero de mucha esperanza, nos comprometemos a seguir trabajando para que Chacabuco persista como testimonio, reforzar las entidades que como la Agrupación de Ex Presos Políticos de Chacabuco y la Corporación Histórica y Cultural Memoria, puedan echar raíces en la sociedad civil y proyectarse para poner en el centro dos ideas esenciales y comunes:

Promover la memoria histórica para que nunca más en Chile tengamos que vivir experiencias tan horrendas con el paso por los centros de torturas y campos de concentración, y que haya justicia y reparación.

Esa debe ser parte de nuestra contribución al legado del recto camino que nos dejó el presidente Salvador Allende.

Crónica de un ex prisionero político

Regreso a Chacabuco

LECTURA DE FOTO: El arquitecto Francisco Aedo es el autor de esta escena de la vida en Chacabuco. El profesor Aedo al salir en libertad fue nuevamente detenido por la Dina. La última vez se le vio en Cuatro Alamos. Hasta hoy es un detenido desaparecido.

Luego de un descanso reponedor, tras el maratónico viaje a Chacabuco, intento ordenar mis pensamientos y aplacar mis emociones. Cuesta resumir todo lo que viví durante esos dos días -23 y 24 de noviembre de 2013- junto con decenas de ex prisioneros políticos que regresamos, pero esta vez de visita y acompañados de familiares, al antiguo campo de concentración en el desierto de Atacama. El propósito era conmemorar el 40º aniversario de la apertura de esta enorme ciudadela-prisión en que cerca de mil hombres escribieron un apasionante testimonio de valor y dignidad.
A comienzos del siglo pasado, Chacabuco fue una oficina salitrera. El 26 de julio de 1971 el gobierno del presidente Salvador Allende la declaró Monumento Nacional. Pero en noviembre de 1973 se convirtió en un campo de concentración para casi mil chilenos que, en los hechos, eran rehenes de la dictadura militar. Muchos fueron trasladados desde el Estadio Nacional a Valparaíso para embarcarlos en las bodegas del barco salitrero Andalién. Un viaje de incierto destino en el oscuro vientre de la nave. Fueron casi tres días hasta Antofagasta. Desde allí los llevaron en un tren de trocha angosta hasta Baquedano y en ese lugar, apuntados por fusiles, los hicieron abordar camiones militares que los llevaron a Chacabuco. En una cancha de fútbol y desnudos -bajo observación de ametralladoras pesadas-, fueron revisadas las pocas pertenencias que traían. Les notificaron que los conatos de fuga serían castigados con fusilamiento, lo mismo cualquier intento de suicidio. Esas y otras sanciones estaban pautadas en un reglamento de “prisioneros de guerra” de 1879, que un oficial leyó con voz de trueno. Terminada esta elocuente recepción, se permitió a los prisioneros que tomaran posesión de las casas acondicionadas para recibirlos. Sacos vacíos de café brasileño servían de puertas y ventanas. En los dormitorios los esperaban camarotes de madera de dos y tres pisos con colchoneta y una frazada. Así comenzó nuestra nueva vida.
Como muchos que estuvimos en calidad de “prisioneros de guerra” en este campo de concentración a unos 100 kms. de Antofagasta, no había regresado a Chacabuco en 40 años. Luego de aterrizar en el aeropuerto de Cerro Moreno, y gracias a la buena voluntad de Hernán Contreras, también chacabucano, nos internamos por el desierto rumbo al antiguo campamento.
Reingresé al campo tratando de reconstruir el camino efectuado hace años en un camión militar… con las manos en la nuca, la mirada baja y el corazón apretado por el incierto destino que nos esperaba. Ahora crucé la primera alambrada -ya inexistente-, esta vez en libertad y dueño de mis actos. Giré a la derecha, tratando de encontrar un punto de referencia importante: la plaza de los pimientos que el profesor Mario Céspedes regaba a diario con el esmero de un jardinero de vocación. Un duelo con el árido paisaje para mantener viva esa mancha de opaco verdor en el polvoriento lugar.
La plaza apareció ante mí con toda su humilde majestuosidad. Allí recibí las dos visitas de mi fiel compañera, Gilda, mientras estuve preso en Chacabuco. La plaza de los pimientos está frente al antiguo teatro de la oficina salitrera donde en alguna época -dicen- se interpretaban óperas con célebres cantantes europeos. Esta vez encontré la plaza llena de abrazos, risas y la emoción desbordante de los ex prisioneros, sus familias y amigos que llegaron a Chacabuco procedentes de todo Chile y del extranjero.
Seguí mi camino para reconstruir en la memoria los sitios que recorría hace cuatro décadas. Me habían dicho que el campo se encontraba tan destruido que sería muy difícil orientarse en los escombros. Pero luego de avanzar unos metros, dí con el emplazamiento de la reja que entonces cercaba el campo. Antes de traspasar, imaginariamente, el portón de ingreso con sus torres de vigilancia servidas por soldados con ametralladoras, ubiqué el lugar donde nos inyectaban la vacuna que nos mantuvo semiatontados durante una semana. Ahora sí, ya estaba en el interior de lo que fue el campo de concentración de Chacabuco, entonces rodeado por una reja electrificada y un campo minado que de vez en cuando hacía volar, hechos pedazos, a los perros vagabundos del desierto que se aventuraban por esos terrenos.
En Chacabuco, conducidos por el Consejo de Ancianos, nuestra máxima autoridad -elegida entre los jefes de pabellones que a su vez eran elegidos por los jefes de casas-, transformamos la prisión en una trinchera de resistencia y dignidad que se regía por nuestros propios códigos, basados en la solidaridad y hermandad de los seres humanos(1).
Ante los ojos de mi memoria apareció la primera pulpería con que contamos en el campo -a cargo de Dante Sirandoni- que nos abastecía de cigarrillos y papas que el compañero pesaba en una antigua romana huesera. Doblando hacia la calle principal estaba el llamado “barrio cívico”. Al frente la segunda pulpería creada con aportes de los prisioneros. Eso permitió que un camión nos trajera víveres desde el vecino pueblo de Baquedano. Nos abastecía de alimentos como azúcar, tallarines, café, té, chancho chino y -a veces- algunas frutas, así como barniz y pinceles para la artesanía en madera. Esa pulpería la atendían, por encargo del Consejo de Ancianos, Mario Agliatti Fernández, Domingo Chávez Navarro y Guillermo Orrego Valdebenito.
En la casa contigua vivían Hugo Salvatierra, encargado de la biblioteca, un dibujante técnico de apellido Muñoz que elaboraba los diplomas de reconocimiento que se entregaban a compañeros destacados en diversas labores, y otros compañeros.
Como Chacabuco era una verdadera ciudadela, contábamos con una gama de servicios creados por los prisioneros. Por ejemplo, una oficina de correos, cuyo encargado era el compañero Zañartu; un policlínico con numerosos médicos dirigido por el doctor Rolando Álvarez; una oficina de registro de los forzados habitantes de Chacabuco, a cargo del “Tata” Víctor Calvo, un coronel de ejército en retiro, tan prisionero como el resto; un departamento de bienestar social, a cargo de Atilio Gaete; la universidad popular con su rector, Patricio Corbalán Carrera; una suerte de peña folclórica, La Chingana, donde al calor de papas fritas, sopaipillas y té, canturreábamos para distendernos. Pero lo más significativo era el show dominical, para el cual trabajaban decenas de compañeros durante la semana: cantantes, actores, directores, iluminadores, tramoyistas, etc., que ensayaban durante la semana para presentar un espectáculo que alcanzó alto nivel de calidad. La actividad cultural fue intensa en Chacabuco. Concursos de poesía y cuentos, con decenas de participantes. Exposiciones de artesanía en madera, fierro, huesos, alambre, etc. Un diario mural atendido por un grupo de periodistas profesionales.
Mi propósito mayor en el recorrido por Chacabuco era llegar a la casa en que habité: la Nº 26 del Pabellón 5. Ninguna casa tenía agua potable ni alcantarillado. Nuestras necesidades las hacíamos colectivamente en unas letrinas abiertas, donde la fetidez competía con el mosquerío. Al principio las letrinas estaban separadas una de otra por una plancha de madera terciada. Pero con el auge que tomaron los trabajos artesanales, esas planchas desaparecieron para convertirse en diversas expresiones del arte cautivo. Los baños entonces quedaron abiertos, sin ninguna privacidad y desafiando todo pudor.
Las piezas de mi antigua casa en Chacabuco me parecieron ahora tan pequeñas, que me impactaron. Recordaba que además de los tres camarotes por pieza, el “Tata” Sánchez, nuestro jefe de casa, había construido un clóset. Pese a la estrechez fui capaz de recordar nítidamente la distribución de los camarotes de tres pisos y sus ocupantes.
El periodista Alejandro Kirk, de HipanTV, canal iraní en español, me acompañó en este recorrido que iniciamos en la escotilla 7 del Estadio Nacional y que culminó en Chacabuco.

En la antigua casa dejamos una ofrenda de rosas rojas a nombre de los sobrevivientes de la casa 26 del pabellón 5: Manuel Cabieses Donoso, Julio Vega Pais, Milton Lee Guerrero, Roberto Soto Pérez, José Urzúa Prieto, Domingo Chávez Navarro, el “Puntúo” Riquelme y quien escribe este relato. La ofrenda fue en honor de los compañeros que ya murieron, como el “Tata” Jorge Sánchez, obrero de la construcción; Luis Alberto Corvalán Castillo, el inolvidable Coné; Marcelo Concha Bascuñán, asesinado por la Dina. Y también en recuerdo de nuestros vecinos de entonces: el arquitecto Francisco Aedo, y Rabito, el técnico en radio, ambos asesinados después de salir en libertad de Chacabuco. También recordamos al compañero Oscar Vega, que no pudo soportar la prisión en el mismo lugar donde había trabajado como obrero del salitre, y se colgó de la viga en la que había sido su casa familiar.

En la cancha de fútbol, donde diariamente nos hacían formar para contarnos y nos hacían cantar la Canción Nacional, se realizó un homenaje a todos los compañero que ya partieron de esta tierra. Especial mención se hizo a Marcelo Concha, Francisco Aedo y Elías Martínez.
Un momento de particular emoción lo protagonizaron los compañeros Esnaldo Sanhueza, Iván Salazar y Eduardo Godoy, que en el patio de la casa Nº 7 del pabellón 23, desenterraron una botella que allí ocultaron en octubre de 1974 con un mensaje firmado por los partidos Comunista, Socialista, Mapu y MIR. Las palabras finales de ese mensaje, en hojas amarillentas, dice: “Compañeros, en sus mentes está presente la necesidad de la victoria inevitable. Necesitamos solo una victoria: la final”.
Yo encaminé de nuevo mis pasos hacia la casa 26 del Pabellón 5, esta vez a petición de María Victoria Corvalán y Mario Urzúa. Llevaban un ramo de flores para depositarlo en la casa en que habitó Luis Alberto Corvalán. Fue un momento muy emotivo cuando María Victoria depositó las rosas rojas en el lugar en que estuvo el camarote donde dormía su hermano, que más tarde murió en Bulgaria a consecuencia de las torturas con electricidad que le aplicaron en el Estadio Nacional. Después de ese momento de recogimiento y recuerdo nos dirigimos a la antigua puerta del campo, donde nos esperaban los buses que nos llevarían de regreso a Antofagasta. Respiramos hondo el aire de la libertad pensando en tantos compañeros admirables que conocimos en Chacabuco.

GUILLERMO ORREGO VALDEBENITO(2)

Notas:
(1) El primer presidente del Consejo de Ancianos de Chacabuco fue el médico Mariano Requena. También presidieron el Consejo de Ancianos el periodista Manuel Cabieses, los ex diputados Patricio Hurtado y Vicente Sota; Sergio Astudillo, Patricio Castro, Hernán Miranda, Héctor Benavides, Francisco Díaz, Vicente Poblete, Dagoberto Reyes y Héctor Mellado.
(2) El autor tenía 25 años cuando estuvo prisionero en el Campamento de Chacabuco. Militante de las Juventudes Comunistas, Orrego trabajaba como dibujante técnico en la compañía Standard Electric, filial de la ITT. Fue activo participante en los shows dominicales de Chacabuco. Su nombre artístico: Memo Bronson. Participó en la fundación de la Corporación Memoria Campo de Prisioneros Políticos de Chacabuco |1(chacabuco@gmail.com) y fue su primer presidente. El actual presidente es Gabriel Reyes Arriagada.

corporacion.memoria.chacabuco@gmail.com

 

(Publicado en “Punto Final”, edición Nº 796, 20 de diciembre, 2013)

1 Ver El propósito de la Corporación es contribuir a la construcción de la memoria de nuestro país a través de la recuperación de lo vivido por los presos políticos de Chacabuco y sus familiares, visibilizando y compartiendo nuestra historia. Por ello, intenta ser una organización solidaria, que una y acoja a los ex prisioneros de Chacabuco y que rescate y proyecte la experiencia vivida como un aporte a la reflexión del Chile del presente y del futuro.

 

Ángel Parra y el disco grabado en un campo de concentración

Así recuerda a Parra el poeta Jorge Montealegre, quien fue prisionero político junto al cantor en 1973 y, muchos años después, compartió con él un retorno al mismo lugar: un reencuentro con Ángel Parra hombre y niño al mismo tiempo.

Sábado 11 de marzo de 2017

Ángel Parra estuvo con las manos en la nuca después del golpe y se lo llevaron los milicos al Estadio Nacional. Así –Manos en la nuca– se llama la novela con claves autobiográficas en que cuenta esa experiencia. Su literatura fue recogiendo la memoria de prisión. Sin embargo, en el mismo cautiverio, especialmente en el campo de prisioneros Chacabuco, en el desierto de Atacama, se registraron vestigios del paso de Ángel Parra por la prisión política que reflejan una vivencia colectiva.

Estos rastros fueron plasmados en soportes materiales de un inmenso valor documental. El primer documento que recordamos es una entrevista para el diario mural “Chacabuco ‘73”. La nota, manuscrita, pegada con alfileres sobre una arpillera, se titulaba “Ángel en la pampa”. Leyéndola, el lector ajeno a la vivencia de entonces se enteraba de las misas cantadas y oratorios para el pueblo que Ángel ya había hecho antes “en la catedral, en la UC y en algunas parroquias”.  El periodista le pregunta por “Alma de Chacabuco”, su composición para guitarra creada en ese campo de prisioneros: “Nació de la observación, de la musicalidad cósmica de este desierto impresionante, sus noches estrelladas, sus infinitos horizontes, de la gigantesca presencia del sol, de sus tierras áridas y de los arpegios del viento, todo eso para mí es musicalidad. El variado color de los cerros distantes, tiene su tono musical. ‘Alma de Chacabuco’ es sencillamente un paisaje con música…”. El testimonio fue rescatado por Gerardo García y Sadi Joui, quienes transcribieron y publicaron después en un libro el material de ese precario y valioso diario.

En prisión Ángel organizó el conjunto Los de Chacabuco, junto a Ernesto Parra y Ricardo Yocelevzky, con quienes ya había trabajado en la Peña de los Parra, y otros compañeros entre quienes estaban Marcelo Concha, Víctor Canto, Manuel Castro, Luis Cifuentes, Luis Corvalán Márquez, Antonio González, Manuel Ipinza y Julio Vega. El grupo, con su repertorio de folclor latinoamericano y con la Misa criolla, del compositor argentino Ariel Ramírez, contribuyó a elevar la moral de los prisioneros y se ganó la gratitud y la admiración del, literalmente, público cautivo. Ángel, por su parte, compuso un Oratorio de Navidad y la obra La pasión según San Juan. Lo hizo Biblia en mano. Al capellán de Carabineros, contó Ángel, “le pedí una Biblia y le dije que le iba a mostrar, a través de la lectura del Evangelio, que lo que nosotros habíamos sufrido no estaba lejos de la vida, pasión, persecución y sufrimiento de Cristo”. La acogida que tuvo La pasión fue con el público aplaudiendo de pie. Además de la ovacionada interpretación, el mensaje entregaba una protesta evidente, permitida gracias al resquicio que ofrecía el hecho de que las palabras eran del Evangelio; en el pasaje de tortura y crucifixión de Cristo hay reiteradas menciones a los soldados y se escucha –a  modo de intertextualidad o cita musical– la melodía de “Alma de Chacabuco”.

Con méritos propios el hijo de Violeta Parra gozaba del cariño de sus compañeros y fue una alegría cuando se anunció que podría salir en libertad. Esto fue  en enero de 1974. Sus compañeros de grupo lo agasajaron con un recital de despedida. En la oportunidad por primera vez Ángel cantó solo para todos los prisioneros: “Canción de amor” y dos canciones dedicadas a sus hijos Angélico y Javiera. Por su parte los prisioneros le brindaron el aplauso más grande que –según él– había recibido en toda su trayectoria. Aplaudían al artista, pero también al compañero y amigo. Con una grabadora facilitada por un sacerdote, Luis Alberto Corvalán –acompañado de Domingo Chávez y Guillermo Orrego– registró el acto escondido bajo el escenario. Con la cinta, Ángel publica un disco en el exilio (Chacabuco, en 1974) preservando así el valioso documento sonoro. No fue fácil lograr la edición, pero se hizo y debe ser el único o uno de los pocos documentos sonoros grabados en una prisión, que den cuenta de la resistencia cultural en esas condiciones y también de una acción de testimonio y solidaridad en el exilio.

Recuperada la democracia, Ángel vuelve a Chacabuco; a un pueblo abandonado. En la plaza desierta, atrae la mirada un pimiento cuyas ramas, abiertas al sol, semejan un pobre cristo torturado. Tiene la cabeza inclinada, desfalleciente, como el que pintara su madre en el óleo “El gavilán”. Lo talló un prisionero político –Orlando Valdés, en 1974– cuando la antigua salitrera fue un campo de concentración. En segundo plano está la glorieta, el quiosco donde la banda del pueblo tocaba los domingos para la familia pampina. Es el año 2000. Ya no hay obreros del salitre ni presos políticos. Estamos grabando el documental “Chacabuco, memoria del silencio”, de Gastón Ancelovici. Ángel se aparta discretamente del grupo y de las cámaras. Desde lejos, lo sigo con la mirada. Sube al quiosco y camina en círculos pensando no sé qué cosa. De a poco, el viento trae lo que canta. Estamos en un pueblo fantasma, en medio del desierto. Y arriba quemando el sol. Cada vez más fuerte: Paso por un pueblo muerto / se me nubla el corazón / aunque donde habita gente / la muerte es mucho mayor. / Enterraron la justicia / enterraron la razón. / Y arriba quemando el sol. Repetía el último verso, a contraluz. ¿Una canción de la célebre Violeta Parra? No, pensé para mí, este hombre está cantando una canción de su mamá. O ella le está cantando a él. Era una escena muy íntima, al aire libre. Había que dejarlo solo. Al viejo y al niño. Pocas veces he visto, escuchando una canción y mirando a un amigo, cómo los distintos pliegues de las historias de una persona y de un lugar se entretejen con tanta densidad. Y con tanta emoción.

Hoy, sábado 11 de marzo de 2017, me cuentan que Ángel Parra falleció. Y llegaron los recuerdos, estos y otros. Y encontré algunos que ya había escrito, porque Ángel -además de su obra y amistad- nos dejó su memoria. No podremos olvidarlo.

*Jorge Montealegre Iturra es poeta y periodista, autor de libros como Bien común (1995) y, junto a Antonio Larrea, Rastros y rostros de un canto (1997). En 1973 fue detenido en el Estadio Nacional y el campo de concentración de Chacabuco, donde compartió la prisión política con Ángel Parra.

http://www.diarioantofagasta.cl/el-pais/14756/el-campo-de-prisioneros-politicos-mas-grande-de-chile-durante-la-dictadura-militar/Relacionado

Tu comentario es parte de nuestro artículo.Gracias.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s