Los hijos de la Contraofensiva. La Guardería de La Habana

Los hijos de la Contraofensiva

Año 6. Edición número 268. Domingo 7 de julio de 2013
Por 

 Gabriela Esquivada

Amor Perdía. con su uniforme de pionera, el del primario en Cuba./ Abril de 1979. Fiesta de cumpleaños colectiva, con Firmenich y los Vaca Narvaja./ Chachi y Rosana. El niño fue uno de los que manifestaron síntomas: dejó de hablar.

OTRAS NOTAS

  • Roberto Perdía fue uno de los dirigentes más importantes de la conducción nacional de Montoneros y uno de quienes más responsabilidad tuvieron al momento de organizar La Guardería.
    –¿Hubo alguna discusión a nivel conducción acerca de las guarderías? 
    –Apareció como una lógica dentro del proceso que se fue dando. Hablamos con los cubanos y les pareció bien. Llevamos a los chicos, inclusive arreglé el traslado de varios desde España. En situaciones distintas se los fue llevando a La Habana. No me acuerdo la cantidad exacta, pero eran alrededor de veintipico de chicos.

  • La Guardería de La Habana fue una experiencia inédita, probablemente irrepetible, generada en el marco de una situación de excepcionalidad. Éramos conscientes de la brutalidad genocida de la dictadura, capaz de torturar a un niño para intentar obtener información de los militantes. Surgió así la propuesta de La Guardería.

  • Año 1979, la conducción nacional de Montoneros lanza la Contraofensiva y cientos de militantes que están en el exterior se preparan para volver al país.

  • Susana Brardinelli no sólo es la mamá de Virginia y de Diego Croatto. Es, nada más y nada menos que la famosa “tía” de muchos hijos de militantes que pasaron por La Guardería. Ella fue la responsable organizativa de ese lugar y asumió todas las tareas de atención y cuidado de los chicos.
    –En aquellos tiempos me preocupaba mucho acerca de cómo nos iban a recordar los chicos, ya que era una situación difícil. Por suerte, en los últimos años, me he cruzado casualmente con algunos de ellos y guardan un recuerdo muy lindo de aquella guardería.
    –¿Cómo llegaste a La Guardería?

  • La película está en etapa de preproducción. Por ahora se llama La Guardería, pero su nombre puede cambiar si durante la investigación y el rodaje los realizadores encuentran alguna palabra que resuma la idea. Como proyecto en elaboración, será presentado en el Doc Buenos Aires/Latin Side of the Doc, que comienza pasado mañana en la Ciudad, y se extiende hasta el 3 de diciembre, en el marco de Ventana Sur, el mercado organizado por el INCAA en alianza con el Marché Du Film del Festival de Cannes.

  • Virginia volvió a la Argentina a fines del ’83. Con su madre y su historia a cuestas. Se instalaron en Quilmes y en marzo del 84 ya estaba en la escuela, con su guardapolvo blanco y su mochila, al lado de otros chicos que habían nacido, como ella, en el ’76. Sin embargo, esos chicos criados en plena dictadura, no podían tener ni idea de que, esa nena de rubios rulos y profundos ojos celestes había vivido una historia increíble. Una historia que hoy cuenta con una memoria y una crudeza que conmueve hasta las tripas.

La autora de De vuelta a casa cuenta en La guardería montonera la historia de unos 50 chicos que quedaban en Cuba mientras sus padres montoneros regresaban a la Argentina para la controversial operación.

Cuenta Analía Argento (foto) en La guardería montonera, un libro documentado y conmovedor sobre los hijos de los militantes de la izquierda peronista que quedaban resguardados en Cuba mientras sus padres volvían a la Argentina –en demasiados casos, para desaparecer o morir– en la llamada Contraofensiva, que un pediatra le dijo a Mónica Pinus mientras revisaba a la bebé Ana:
–¿Para qué tuviste una hija?
“Ella no dudó”, escribe Argento. “Eran familias involucradas en la política. Incluso en las acciones armadas. Y Mónica era una de ellos, con su marido. Le contestó al pediatra en primera persona del plural:
–Porque queremos vivir.”
Pinus está desaparecida. Sus hijos Ana y Miguel Binstock vivieron en la guardería, por la que pasaron unos 50 niños, que sabían –aunque algunos eran demasiado chicos para ponerle palabras a la muerte, o para entender el verbo desaparecer– qué podía suceder cuando sus padres se iban. El sobreviviente de la pareja, o un abuelo, o el familiar más cercano les daba la noticia; su mera presencia señalaba la pérdida.
María de las Victorias Ruiz Dameri estuvo con su hermano en la guardería –dos casas sucesivas, en el Oeste de La Habana– y volvió al país con su padre, su madre embarazada y el pequeño Marcelo. Los cazaron en la frontera. Algunos sobrevivientes de la ESMA recuerdan haber visto a los niños jugando en el subsuelo. Su padre vivió poco; a su madre la dejaron parir. María de las Victorias y Marcelo fueron separados y sólo se reunieron en 1989; hubo que esperar hasta 2008 para que la menor, Laura Ruiz Dameri, recuperase su identidad. Para María de las Victorias –observa Argento– hay días que “las heridas están ahí, intactas, sin cicatrizar”. Le dijo sobre sus padres y la guardería: “Me dejaron en un lugar con gente que jamás vi en mi vida y con tan solo meses… Se metieron en un ejército revolucionario, me cambiaron por un arma”.
Entre esos extremos trágicos, y con respetuosa consideración de ambos y sus grises intermedios, Argento cuenta esta historia, que surgió precisamente de esa pieza de información sobre los hermanos Ruiz Dameri para su libro anterior, De vuelta a casa: hubo una vez, entre 1979 y 1982, una guardería en Cuba donde vivían los niños cuyos padres iban a la Contraofensiva, para muchas veces no regresar.
De vuelta a casa cuenta la recuperación de la identidad de muchos hijos de desaparecidos, y cada una de esas historias abre la puerta a otras. ¿Qué la llevó hacia la guardería y no a otro tema?
–Si bien cada historia contiene un libro potencial –de hecho, Victoria Donda escribió el suyo–, todas tenían como denominador común los centros clandestinos de detención, mientras que ésta tenía la Contraofensiva, que unió a estos chicos en una guardería, sin sus padres. La guardería se salía del eje de la recuperación de la identidad, la búsqueda de los bebés robados. Al comenzar a investigar supe por qué el tema casi no se había tocado en tantos años: es de gran intimidad para quienes lo vivieron, casi secreto.
–¿Cómo fue la investigación: encontrar a aquellos niños, ver si querían o no hablar hoy?
–A algunos todavía los encuentro ahora. “¡Cómo no lo encontré antes!”, me digo cada vez. Algunos hablaron pero no quisieron aparecer para preservar su intimidad; muchas veces temen al tratamiento que uno puede dar a su historia, o a lo que otros pueden hacer o decir sobre el libro. Otros hablaron de a poquito, en encuentros sucesivos en los que me decían algo más cada vez. Otros tenían una enorme necesidad de contar. Y otros, de saber: me pedían que avanzara porque no tenían recuerdos.
–¿Qué le resultó más inesperado de los testimonios?
–Primero, que tres de las personas con los apellidos más fuertes –Firmenich, Perdía, Vaca Narvaja– me contaron cosas que me parecían de un riesgo personal para ellos, por lo que podían provocar en la opinión pública. Si bien ellos no son sus padres, desde muy pequeños tienen conciencia del peso de sus apellidos. Hablaron con naturalidad, no me dijeron lo que tenía que escribir (“esto no lo pongas”, esa clase de recortes),expusieron cosas muy íntimas sin tener seguridad de cómo iba a tratarlas yo. Luego me impactó la enorme necesidad de otros de saber y de reencontrarse. También el modo en que muchos siguen en contacto: un vínculo que trasciende el tiempo y el espacio, muy fuerte, como de hermanos o primos.
–Uno de ellos no quería que su testimonio apareciera si la foto de Mario Firmenich con los niños (der. arr.) iba a la tapa del libro. ¿Por qué cree que puso esa condición?
–Por las diferencias políticas entre los integrantes de Montoneros después de esa época, incluso en democracia. Y porque muchos de los que perdieron a los padres, o sienten que perdieron parte de su infancia, responsabilizan a Firmenich por la Contraofensiva y su derrota.Otros responsabilizan a la cúpula. Otros siguen en contacto y valoran y respetan a Firmenich y a [Roberto] Perdía y a [Fernando] Vaca Narvaja. En el libro trato de mostrar sus distintas miradas.

El sabr de la guayaba. Hoy la visión hegemónica de la Contraofensiva critica esa medida que causó dos fracturas internas en Montoneros –la partida de Juan Gelman y Rodolfo Galimberti; la “rebelión de los tenientes” con Miguel Bonasso, Jaime Dri y René Chávez entre otros– y, sobre todo, una importante cantidad de muertes inútiles. Aunque durante los dos primeros años del terrorismo de Estado la organización armada peronista había perdido ya 4.500 militantes, ese mismo 1978 –cuando cayeron dirigentes como Julio Iván Roqué, Norberto Habegger o Tulio Valenzuela, quien por salvar a Firmenich fue degradado bajo sospecha infundada de traición– la dirigencia dijo que “la ofensiva militar de la dictadura había llegado a un cierto tope” y que “una concentración política, propagandística y militar de la resistencia” podía profundizar las diferencias internas entre los militares y “llevarlos a un quiebre o callejón sin salida”.
Es fácil criticar tal dislate con el diario del día siguiente. Pero aun así es difícil abordar el tema con rigor, dar cuenta de los hechos sin un inútil derramamiento de doxa, con la confianza en que cada lector podrá pensar por sí mismo. Eso logra Argento en La guardería montonera.
–¿Cómo trabajó su punto de vista sobre la Contraofensiva?
–Tengo sentimientos encontrados. Había muchas cosas cuestionables. Contaban con información fallida: mal podían volver decenas de personas para realizar acciones contra el Estado terrorista; había mucho miedo tanto a Montoneros como a los militares. Pero tampoco la conducción estaba a salvo cuando salía de Cuba; en más de una ocasión Vaca Narvaja salvó su vida por poco. Y aún en Cuba la guardería requería seguridad: La Habana no había roto relaciones con Buenos Aires, por los acuerdos cerealeros entre la Unión Soviética y la Argentina, y el Batallón 601 tenía mucha información. Hubo dirigentes de alto rango asesinados al ingresar a la Argentina, como Horacio Mendizábal o Raúl Yäger… Los dos hijos de Yäger quedaban en la guardería cuando los padres salían en misiones, y él mismo hacía juguetes para todos los chicos. Si pensamos que llevaron a sus hijos a Cuba para preservarlos, vemos que en un punto había una evaluación correcta: los chicos se salvaron y muchos de sus papás, no.
–¿Cómo ven hoy aquellos chicos los hechos que vivieron?
–Muchos tienen miradas contradictorias. La mayoría comprendió el contexto de alguna manera; conversó con compañeros y amigos de sus padres y asumió que eso es parte de su vida; cree que sus padres lucharon por causas justas aunque quizá cuestionan sus métodos; tiene algún compromiso social. Personas que sufrieron tanto podrían decir: “No me comprometo porque la política me sacó a mis padres”, pero continúan en sintonía: militan o trabajan con temas sociales, políticos o artísticos. Como una manera de sanar.
–Usted dice que pensó en escribir el libro para poder restituirles algo a sus protagonistas.
–Uno tiene esas cosas de creer que puede cambiar el mundo… Pero no más traje unos caracoles, un poco de la arena de la playa a la que iban, una foto de la primera casa donde estuvo la guardería.
–Eso y el relato de los hechos, ¿no es una restitución?
–A muchos les sirvieron los caracoles, la arena y la foto. Chicos que habían olvidado y recuperaron recuerdos al leer la historia de los otros; compañeros de los muertos que sintieron que se reconocían a sus caídos, que se los aparecía de algún modo. Y la mayoría de los protagonistas de la guardería tenía pedacitos de información, pero de algún modo el libro armó un rompecabezas.
Cuando era niña, Argento se culpaba porque sus rezos no alcanzaban para recuperar a dos familiares desaparecidos. Eso, cree, hace que estos temas la busquen. “Al final, yo también tengo la necesidad de encontrar. Cuando alguien encuentra los restos de un desaparecido siento que fui escuchada. Contar sus historias es una forma de aparecerlos, la que puede, por caso, un periodista: poner nombres y contar lo que hicieron, con sus contradicciones y sus dicotomías”.
Al comienzo de La guardería montonera, Argento le cuenta a Miguel Binstock que viajará a Cuba para buscar el edificio de la guardería. Él le advierte: “La guardería no es un espacio físico”. Y define: “Es lo que para cada uno significó”. Pero cuando volvió y se vieron, él le dijo que, aunque sostenía lo mismo, también había viajado en busca de ese frente de ladrillos rojos.
Nadie lo había hallado antes que ella. La casa está en una zona demasiado cercana al domicilio de Fidel Castro para que se pueda husmear a gusto. Muchos le pidieron la foto de ese lugar que no era un lugar y era más que un lugar. “En algún momento de la vida se vuelve a la infancia, ese tiempo tan importante. Como el crítico severo de Ratatouille, que cuando le sirven el plato por el paladar vuelve a su infancia en el campo donde su mamá le cocinaba ratatouille”. Para muchos de esos niños, esos caracoles y esa arena y esa foto y el libro de Argento fue un regreso al sabor de la guayaba, y todas sus metonimias.

LA GUARDERÍA MONTONERA. LA PELÍCULA

Una película en construcción

Año 3. Edición número 132. Domingo 28 de noviembre de 2010
Por

Miradas al Sur

La película está en etapa de preproducción. Por ahora se llama La Guardería, pero su nombre puede cambiar si durante la investigación y el rodaje los realizadores encuentran alguna palabra que resuma la idea. Como proyecto en elaboración, será presentado en el Doc Buenos Aires/Latin Side of the Doc, que comienza pasado mañana en la Ciudad, y se extiende hasta el 3 de diciembre, en el marco de Ventana Sur, el mercado organizado por el INCAA en alianza con el Marché Du Film del Festival de Cannes.
“Es una idea que está atravesada por diversas líneas de pregunta. Estamos en 2010 y, después del gobierno de Kirchner, creo que hay un espacio para mostrar esto sin que quede esa idea de ‘qué malos los Montoneros que dejaron a sus hijos’. La idea es complejizar esa mirada, ver cuáles son sus contradicciones, desde la reivindicación de la militancia, ya sea que estés a favor o en contra”, señala Virginia.
El relato narrativo de la película se sustenta en varios testimonios de los chicos que estuvieron en La Guardería, al fin y al cabo, son los protagonistas principales de esta historia. La intención es que no sólo un personaje tenga el peso de la tensión de la trama, sino que sea una historia que se vaya construyendo durante el transcurso de la película. “Para algunos es mejor que sea la voz de una niña que va recorriendo la infancia. Otros sugieren que haya una voz adulta que racionalice el pasado”, afirma la autora y directora del fim.
“Me gustaría que la vea gente que no es del palo, o por lo menos, que no sean sólo nuestros amigos. Ese es uno de los desafíos, porque quizás hay gente que cree que esta temática ya la vio. Todos tuvimos una infancia y nos podemos encontrar, por lo menos, en ese punto. Voy a intentar que lo político no sea lo central, aunque está claro que lo político atraviesa la película y el momento histórico que nos tocó vivir durante nuestra niñez, no hay manera de desconocerlo. Pero no quiero dirimir batallas que no son mías”, concluye Virginia.

OTRAS NOTAS

  • Virginia volvió a la Argentina a fines del ’83. Con su madre y su historia a cuestas. Se instalaron en Quilmes y en marzo del 84 ya estaba en la escuela, con su guardapolvo blanco y su mochila, al lado de otros chicos que habían nacido, como ella, en el ’76. Sin embargo, esos chicos criados en plena dictadura, no podían tener ni idea de que, esa nena de rubios rulos y profundos ojos celestes había vivido una historia increíble. Una historia que hoy cuenta con una memoria y una crudeza que conmueve hasta las tripas.

  • La semana próxima, Miradas al Sur ofrecerá como compra opcional el documental Unidad 25, de Alejo Hoijman. El film relata el trasladado de Simón Pedro, un joven de 18 años, a la Unidad 25. Con más de 250 presos, es la única cárcel-iglesia en Latinoamérica, donde el fervor religioso evangelista une tanto a presos como a guardias.

  • Miradas al Sur asistió al rodaje de la serie de docu-ficción para TV “Unidad 9”. Una serie de trece capítulos que narra lo sucedido en “los pabellones de la muerte” durante la última dictadura militar. El guión y la dirección está a cargo de Carlos Martínez, Héctor Vilche compuso la música, y Alberto Elizalde Leal está trabajando en la producción: los tres son ex militantes del PRT-ERP y estuvieron detenidos juntos en dicha unidad como presos políticos. Por muchas razones, se trata de un rodaje especial.

  • Año 1979, la conducción nacional de Montoneros lanza la Contraofensiva y cientos de militantes que están en el exterior se preparan para volver al país.

  • Simón Radowitzky es una figura que toda la vida me deslumbró por el compromiso con sus ideas. Era un tipo totalmente despojado de cuestiones personales, siempre al servicio de la causa libertaria. Nació en Rusia y a los dieciocho años llegó a la Argentina. Ya ese viaje solo es una historia en sí misma. Después terminaría en el fin del mundo: veinte años preso en el penal de Ushuaia por ser quien tomó en sus manos la responsabilidad de hacer justicia cuando el Estado se desentendió de una feroz represión que hubo el 1º de mayo de 1909, encabezada por Ramón Falcón.

  • La Guardería de La Habana fue una experiencia inédita, probablemente irrepetible, generada en el marco de una situación de excepcionalidad. Éramos conscientes de la brutalidad genocida de la dictadura, capaz de torturar a un niño para intentar obtener información de los militantes. Surgió así la propuesta de La Guardería.

    Relacionado  http://eledificiodeloschilenos.blogspot.com/

Virginia, hija de la lucha y la verdad

Virginia, hija de la lucha y la verdad

Año 3. Edición número 132. Domingo 28 de noviembre de 2010
Por 

 Eduardo Anguita

En Cuba, cincuenta pibes se salvaron de tener el mismo destino que otros 500 hijos de militantes secuestrados para cambiarles la identidad.

OTRAS NOTAS

  • La película está en etapa de preproducción. Por ahora se llama La Guardería, pero su nombre puede cambiar si durante la investigación y el rodaje los realizadores encuentran alguna palabra que resuma la idea. Como proyecto en elaboración, será presentado en el Doc Buenos Aires/Latin Side of the Doc, que comienza pasado mañana en la Ciudad, y se extiende hasta el 3 de diciembre, en el marco de Ventana Sur, el mercado organizado por el INCAA en alianza con el Marché Du Film del Festival de Cannes.

  • La Guardería de La Habana fue una experiencia inédita, probablemente irrepetible, generada en el marco de una situación de excepcionalidad. Éramos conscientes de la brutalidad genocida de la dictadura, capaz de torturar a un niño para intentar obtener información de los militantes. Surgió así la propuesta de La Guardería.

  • Año 1979, la conducción nacional de Montoneros lanza la Contraofensiva y cientos de militantes que están en el exterior se preparan para volver al país.

  • Roberto Perdía fue uno de los dirigentes más importantes de la conducción nacional de Montoneros y uno de quienes más responsabilidad tuvieron al momento de organizar La Guardería.
    –¿Hubo alguna discusión a nivel conducción acerca de las guarderías? 
    –Apareció como una lógica dentro del proceso que se fue dando. Hablamos con los cubanos y les pareció bien. Llevamos a los chicos, inclusive arreglé el traslado de varios desde España. En situaciones distintas se los fue llevando a La Habana. No me acuerdo la cantidad exacta, pero eran alrededor de veintipico de chicos.

  • Susana Brardinelli no sólo es la mamá de Virginia y de Diego Croatto. Es, nada más y nada menos que la famosa “tía” de muchos hijos de militantes que pasaron por La Guardería. Ella fue la responsable organizativa de ese lugar y asumió todas las tareas de atención y cuidado de los chicos.
    –En aquellos tiempos me preocupaba mucho acerca de cómo nos iban a recordar los chicos, ya que era una situación difícil. Por suerte, en los últimos años, me he cruzado casualmente con algunos de ellos y guardan un recuerdo muy lindo de aquella guardería.
    –¿Cómo llegaste a La Guardería?

  • Albert Camus, en El mito de Sísifo, planteó a mitad del siglo XX una discusión controvertida dentro del movimiento existencialista: que el sentido de la vida debería ser la pregunta más apremiante del ser humano. “Hay un solo problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”, escribió el ensayista franco-argelino. Virginia Ogando respondió esa pregunta con su vida: esta semana se mató en la ciudad de Mar del Plata. Tenía 38 años y dos hijos.

El film sobre La Guardería de La Habana será la mejor interpelación para que nos miremos al espejo y veamos cuántas verdades llevamos puestas

Virginia volvió a la Argentina a fines del ’83. Con su madre y su historia a cuestas. Se instalaron en Quilmes y en marzo del 84 ya estaba en la escuela, con su guardapolvo blanco y su mochila, al lado de otros chicos que habían nacido, como ella, en el ’76. Sin embargo, esos chicos criados en plena dictadura, no podían tener ni idea de que, esa nena de rubios rulos y profundos ojos celestes había vivido una historia increíble. Una historia que hoy cuenta con una memoria y una crudeza que conmueve hasta las tripas. Que interpela cada verdad que hayamos construido en estos años de democracia respecto de lo que fueron los años de revolución y calvario. Porque no sólo hubo héroes y villanos, no sólo hubo víctimas y victimarios. Lo que cuenta Virginia nos lleva a la esencia misma de la condición humana.
Esa guardería fue un hecho real y concreto por el cual pasaron los hijos de una cantidad de cuadros montoneros. Fue una medida defensiva. Porque esa guardería era un refugio para evitar que ese medio centenar de pibes tuviera el mismo destino que el medio millar de hijos de militantes que eran secuestrados para cambiarles la identidad y fabricarles una nueva intoxicándolos de mentiras.
Virginia lo cuenta sin vueltas. La lectura de su entrevista permite disparar críticas, seguramente. Pero hay algo clave: “A los chicos no nos decían mentiras”. Estamos hablando de cómo les contaban, por ejemplo, a un nene de tres años, algo así como: “No vas a ver más a tu papá porque murió combatiendo o lo secuestraron y ahora es un desaparecido”.
Hay que pensar y discutir La Guardería. Porque en el álbum de familia, quienes participamos de aquel intento revolucionario de los setenta no podemos obviar todos los costados filosos, los dilemas, aquellas cosas que requieren valentía para entender el pasado y defender una ética militante. Pero para que esa historia pueda ser dimensionada, no alcanza para nada con la voz de quienes tuvieron injerencia directa o indirecta en la ingeniería de esa guardería. Es preciso, es absolutamente imprescindible, poner en valor voces como la de Virginia. Porque, en definitiva, buena o mala, el objetivo era proteger la vida de aquel medio centenar de pibes que hoy son adultos y son testimonio vivo de cuánto quedó de aquel espíritu revolucionario. O, mejor dicho, de cuánto sirvió esa herramienta pedagógica construida en una circunstancia tan especial.
No sé si será posible ir a esa escuela de Quilmes, donde Virginia llegó a cursar su segundo grado en marzo del ’84. Me imagino ir, pedirle a la directora la lista de pibes que cursaron con ella ese año y que ahora son hombres y mujeres de 33-34 años. “Fulano, fulana, vamos a proyectar una película contando la vida de unos pibes que se criaron en una guardería montonera. La directora de la película es Virginia… y ella fue compañerita tuya en segundo grado, ¿te gustaría venir a verla junto a los otros chicos del grado?”.
No tengo idea de qué puede pasar. Quizá para muchos sea lo mismo que ir a ver el cocodrilo blanco que llegó de Australia al zoo o para algunos sea la invitación al infierno con el que tantas veces lo asustaron cuando no tomaba la sopa. Pero apuesto, con ese optimismo ingobernable que nos dejó haber sido parte de aquellos años revolucionarios, que muchos lo van a agradecer.
Virginia es una persona adulta. Vive con Nacho, su marido-compañero, desde hace siete años. Tienen una rubiecita de rubios rulos que se llama Paloma y un Felipe de ojos pícaros que se llama Felipe. Virginia estudió Cine en la mítica Escuela de Avellaneda, el mismo pueblo donde Armando, el Gordo, su padre, vivió y fue referente para muchísimos militantes y trabajadores. Armando fue diputado nacional en 1973 y siguió militando tras renunciar a la banca, junto a otros diputados de la Juventud Peronista. El Gordo, cuando todo parecía perdido, como tantos otros, tuvo lo que hay que tener para volver a la Argentina a pelear como David contra Goliat. Y así murió. En su ley, que era la de muchos que queríamos un país distinto.
Virginia no se largó a hacer esta película –que es su piel hecha cine– sólo por conocer ese arte magnífico. Trabaja en educación hace años y estudia Psicología. Seguramente para entender mejor las conductas de otros y, como suele suceder con los psicólogos, para entenderse un poco más ellos mismos. ¿Tendremos hoy, en este país que reclama verdades a gritos y que convoca a jóvenes de a millares a causas justas, lo que hay que tener para entender la historia de Virginia y de los otros pibes de La Guardería?
Creo, conmovido por la valentía de esta chica rubia de rulos rubios y corazón inmenso, que su película es la mejor interpelación para que nos miremos al espejo a ver cuántas verdades llevamos puestas.