La cara del Juanano (Luis Alberto Tamayo)

50 años, 50 historias: infancias y adolescencias en dictadura
Los ejercicios de memoria, diversos y siempre necesarios, han sido mayoritariamente cooptados por un adultocentrismo que omite conciencias y presencias. Desde ahí, el libro «50 años, 50 historias. L@s niñ@s y adolescentes de la dictadura» de Manuel Délano, Fabiana Rodríguez-Pastene y Karen Trajtemberg, trae a la memoria los recuerdos de niñeces que no sólo vivieron el golpe de Estado, también crecieron y conocieron el mundo bajo el sedazo de un régimen autoritario que persiguió, reprimió, torturó y asesinó a personas en nombre del «orden».
PorEditor
septiembre 10, 2024
Este relato de Luis Alberto Tamayo lo comparto en memoria del niño Carlos Patricio Fariña,del niño Víctor Iván Vidal Tejeda y de los 150 ejecutados y 40 desaparecidos niños ejecutados por las fuerzas de orden y seguridad del Estado
.Carlos Patricio Fariña Oyarce, estudiante de 13 años de edad, fue detenido el día 13 de octubre de 1973 en su domicilio de la Población La Pincoya durante el transcurso de un allanamiento practicado en dicha población por efectivos del Ejército, Carabineros e Investigaciones.https://memoriaviva.com/nuevaweb/detenidos-desaparecidos/desaparecidos-f/farina-oyarce-carlos-patricio/

La madre del menor, doña Josefina Oyarce vda. de Fariña, relata así los hechos en el recurso de amparo interpuesto en su favor: «…A las 09:30 horas mi modesto domicilio fue cercado por numerosos Militares y Carabineros. Dos carabineros, cuatro militares y dos personas vestidas de civil irrumpieron en mi casa y exigieron que les entregara a Carlos Patricio. Traté de darles explicaciones, pero no me escucharon. Dos carabineros sacaron al niño desde su cama y uno de ellos -de la dotación de la Comisaría de Conchalí- le dio un fuerte culatazo en el pecho, por lo que el niño cayó, lo llevaron casi arrastrándolo hasta la cancha de fútbol. En la cancha se habían agrupado a las personas sospechosas, los militares dejaban ir a algunos y mantenían detenidos a otros; me acerqué al Oficial que comandaba la tropa, suplicándole que me entregara el niño porque estaba enfermo y diciéndole que lo llevaría al juzgado apenas se mejorara. El Oficial me respondió que me alejara y que me entregaría al niño cuando estuviera grande.
En un jeep militar, encañonado por dos militares, se llevaron a mi hijo con destino desconocido. Desde entonces no lo he vuelto a ver». Cabe hacer presente que el personal militar que actuó en el operativo descrito pertenecía al Regimiento de Infantería N°3 de San Felipe, que a la sazón se encontraba acantonado en el recinto de Quinta Normal.
Del día de los hechos de acuerdo al relato de la madre de la víctima, fue informada por un chofer de microbús, amigo de la familia -a quien le fue momentáneamente requisado su vehículo y ordenado trasladar tropa al Regimiento acantonado en Quinta Normal- que en el interior de ese lugar se encontraba detenido el menor Carlos Patricio Fariña, con quien incluso logró intercambiar algunas palabras.
Cabe hacer presente que días antes, Carlos Patricio había sido conducido por su madre al Juzgado de Letras de Menores, luego que accidentalmente se le disparara una pistola que le había entregado un muchacho mayor, al parecer delincuente habitual, a consecuencia de lo cual quedó herido un niño de 6 años, hijo de una vecina, la que, según se señala en el mencionado recurso de amparo, habría denunciado al menor Fariña a las fuerzas militares que rodeaban el sector allanado.
Los hechos en que resultó herido el niño vecino habrían ocurrido a finales de septiembre. El menor Fariña junto a sus dos hermanos de 14 y 3 años de edad, desde hacía algún tiempo quedaban solos en su casa. Su padre había fallecido repentinamente el año anterior, la madre en esa misma época enfermó de cáncer y además debió salir del hogar por razones de trabajo. Los niños sufrieron el impacto de esta situación y, en estas circunstancias, la persona señalada le pidió a Carlos Patricio que le guardara el arma; al parecer el delincuente temía que su casa fuera allanada situación habitual en esos días. El menor por curiosidad salió a mostrar el arma a otros niños vecinos y se hirió accidentalmente al niño de 6 años; éste quedó con una herida sin compromiso de órganos vitales. El menor, al ver al niño herido, salió corriendo y se alejó de su hogar. Al llegar su madre a la casa, y enterándose de los hechos y de que la vecina había hecho la denuncia en Carabineros, salió a buscarlo. Junto al niño y por recomendación de los Carabineros se presentó al Juzgado de Menores, este Tribunal dio orden de ingreso a la Casa de Menores. En dicho recinto el menor fue víctima de abuso sexual, por lo que hizo abandono de él regresando a su casa. Llegó con altas temperaturas. Su madre esperaba que se recuperara para ir a poner en conocimiento de estos graves hechos a la Juez de Menores. La vecina, que al parecer desconocía las razones del por qué el niño había regresado, dio cuenta de su presencia a los uniformados que allanaban el sector.
Otro menor detenido en similares circunstancias en la Población La Pincoya, Víctor Iván Tejeda Vidal, apareció ejecutado en el Instituto Médico Legal.
Cabe mencionar que la madre realizó innumerables gestiones, en los dos primeros años de la desaparición de su hijo. Todos los días recurrió a algún lugar para ubicar su paradero o saber de la suerte corrida en manos de sus captores, lamentablemente todos resultaron inútiles. La Sra. Josefina Oyarce, vda. de Fariña falleció, víctima de cáncer, el 22 de noviembre de 1977, sin saber del paradero o suerte de su hijo. Su hermano menor retomó la búsqueda cuando fue mayor.

Foto:ladiscusion.cl
El allanamiento comenzó cuando todavía estaba oscuro. Yo creo que el
Juanano como que adivinaba el peligro, porque vino en la tarde anterior,
hablo con mi mamá y sacó algo de un paquete que tenía escondido en el
entretecho. Siempre que viene el Juanano habla despacio con mi mamá y
yo hago como que no me doy cuenta, pero sé que son cosas en contra de
los milicos.
Mi mamá no sabe, pero a veces escondo en el entretecho paquetes que
me pasa el Juanano y él me dice: —Déjalo donde tu sabes, y me cierra un
ojo.
El Juanano es bueno con todos, hasta con el Mico que aspira neopren y
anda todo el día pidiendo monedas. Ahora se llevaron a todos los grandes
y yo me quedé solo. Se llevaron a la cancha de fútbol a los hombres, y al
costado de la línea del tren a las mujeres y a los cabros chicos y a las guaguas.
Después los milicos vienen registrando las casas. Rompen todo, tiran toandan como locos. El baño es la única parte de la casa que tiene muros de ladrillo acostado y por eso es más difícil que a uno le llegue una bala loca.

Desde Fotos Históricas de Chile (Facebook).
Apenas empieza una balacera mi mamá y mi papá me meten al baño.
El allanamiento empezó como a las cinco de la mañana y mi mamá me
metió aquí envuelto en una frazada para que siguiera durmiendo. El baño
está en el centro de la casa, rodeado de los tres dormitorios. Adelante esta el living comedor y la cocina es de madera y está en el patio. El Camilo es mi hermano chico, va a cumplir dos años. Despertó con el ruido de los helicópteros. Mi mamá lo mudó y los dos lloraban. Sentíamos balas y vidrios que se rompían.
Venían avanzando rompiéndolo todo. La primera en gritar fue doña Margarita, que tiene como ochenta años y que no le tiene miedo a los milicos. Mi mamá se enojó y miraba por la cortina. —Les van a pegar a los cabros por culpa de esa vieja loca —dijo mi mamá. Luego mi mamá se vino al baño conmigo, me hizo vestirme. En eso llegaron a echar abajo nuestra puerta.
—Ya van —grito mi mamá.
—Salgan todos, grito un milico.
Mi mamá con una toalla tomo la ampolleta del baño y la desatornillo.
Quédate callado y no te muevas, me dijo. Solo escucho el parlante y pasos
de gente que marcha. Los deben haber llevado en fila y sin camisa como
la otra vez. Los tuvieron en la cancha de fútbol y después se los llevaron
en camiones. El Renato Grande no volvió más y tampoco don Ramón del
almacén, que se agarró con un milico que le estaba robando plata.
Un milico entró gritando que salieran todos. Disparó y dejó un hoyo en
el techo justo sobre la mesa. Otro entró y gritó que salieran todos con las
manos en alto.
—¿Cuántos viven aquí? —preguntó el milico.
—Somos dos no más, dijo mi mamá, mi marido anda trabajando en el
sur.
Empezaron a revolver la pieza. Yo sentía caer las cosas, rompían todo a
patadas. Igual que la otra vez. Destriparon los colchones y buscaron en los
cajones. Yo no me movía quieto detrás de la puerta del baño, entonces entró un milico y apretó el interruptor y como la ampolleta no prendió se fue.
Empezaron a golpear el techo y lo rompieron, pero por el lado del dormitorio de mis papás, no por el lado del lavadero donde el Juanano escondió el paquete café. Yo no respire cuando el milico entró y trató de prender la luz.
Es raro que en las noches no se sientan balas. Al principio sonaban todas
iguales, pero después no, después se sabe si son lejos o cerca o si son de
cañones. Hay balas que dejan un camino rojo cuando cruzan el cielo.
Mi mama sospechaba desde hace días que podían dejarse caer. Incluso
me quería mandar a dormir donde mi tía Isabel. —«Tu ya eres un peligro
para ellos» —me dijo. Después me pregunto si sabía donde estaba mi papá.
Yo le contesté que estaba trabajando en el sur. Entonces me habló de lo que
el Juanano escondía en el entretecho. Lo que escondemos es un poco
de futuro me dijo, ellos no tienen que encontrarlo. Nosotros queremos una
vida mejor, días sin muertos y sin miedo.
Yo sentí el primer camión. Se vino callado, con las luces apagadas y entro
por el lado de la cancha de fútbol. Los otros camiones cruzaron por arriba
de la línea del tren. Ruido. Mucho ruido. Helicópteros.
—¡A levantarse mierda! —gritó un militar por un parlante. Y empezaron
a dar golpes a los portones de lata y a disparar. Las balas eran ordenadas,
tres, cuatro, una ráfaga corta. Yo tengo una bolsa llena de vainillas del último allanamiento. Esa vez se llevaron a los puros hombres adultos y mi
mamá y yo nos quedamos aquí todo el día.
Mi mamá me miró dudando, y luego me hizo un gesto de que me quedara
quieto. Tenía miedo de que me hicieran ir a la cancha con los grandes.
—Quédate quieto y no salgas por nada del mundo. Eso me dijo, y tomó
al Camilo y salió a la calle. Afuera estaba el Mico mirando con sus ojos de
medio muerto, como siempre.
Las balas atraviesan las tablas y los pizarreños. Las balas vienen de cualquier parte y dejan un agujero. A lo lejos se escucha el parlante y a veces gritos roncos de los milicos y gritos de mujer. Los milicos pegan culatazos y arrastran del pelo. Yo creo que soy el único que se quedó en toda la población, hasta a don Beca se lo llevaron en su silla de ruedas. Ni al Mico lo dejaron libre como la otra vez porque él tiene los cables pelados y se desespera con los allanamientos y grita y le da el ataque de epilepsia. Al Mico lo pusieron al último en la fila con las manos en la nuca y el dele con bajar las manos y ahí le pegaron y quedo en el suelo. Eso fue la otra vez.
Yo me quedé escondido en el baño. Siempre, apenas empieza una
balacera a mi me meten al baño porque queda en el centro de la casa y es
el único lugar que tiene murallas de ladrillo acostado, entonces una bala que viene de lejos atravesando latas y maderas debe venir cansada y no va a poder cruzar el muro. Aquí me quedé y sin hacer ruido, sin respirar mientras mi mamá le decía a los milicos que por favor no rompieran sus cosas, que ella era sola, que su marido estaba trabajando en el sur. Entró un milico y se puso a registrar la cocina. Otro le habló y se pusieron a mirar unas fotos que hay pegadas detrás de la puerta. Mi mamá siempre recorta fotos y las pega en la muralla. Tiene una foto del Papa, otra de Travolta y una grande de Rambo. Esto es para que crean que somos huevones, dice. Y parece quele resultó porque los milicos hablaron de las fotos. Después se pusieron a fumar porque sentí prender el fósforo y sentí el olor a humo. Ya estaba el sol cuando salieron de la casa. Lentamente, sin hacer ruido caminé agachado hasta la ventana. Miré hacia la calle por el lado de la cortina. Ahí los vi.
Eran casi cien. Unos sentados en el suelo, otros formados esperando algo.
Otros venían desde las casas y traían cosas. Eran muchos. Gritaban, hacían sonar los tacos. Entonces vi que estaban sacando latas del techo de la casa del Renato. Rompían el techo. Llego un jeep y freno seco. Tenía una
ametralladora montada arriba. Entonces vi al Juanano sin camisa y con la
cara con sangre. Lo traían amarrado y también venía el Quique y el papá de la Marcela. Un grupo entró a la casa de la señora Rosa y sacaron una estufa a la vereda y también la cocina y la empezaron a desarmar con un diablito.
Yo me fui de nuevo al baño. Sabía que podían entrar de nuevo a mi casa
y encontrarme. Entonces no les iba a parecer bien que yo no haya salido
cuando dijeron por el parlante. Había pasado un rato largo de que se había
ido mi mamá cuando dijeron: —Todas las personas deben salir de sus casas llevando su carnet en la mano. Todos, los niños, las mujeres también. Si hay alguna persona enferma deben ayudarla a salir. Salieron todos. Todos, menos yo, que me quede sin respirar, quieto, como muerto. Un milico entro a la pieza, dio vuelta los colchones y miró hacia el baño. Yo lo miraba a el por la rendija de detrás de la puerta. El me miro, pero no me vió. Quizá me vio transparente por el frío o el miedo, o las ganas de ser transparente.
Ganas de no hacer bulto, de no existir o de existir como fantasma, no tener
peso ni cuerpo. Si no tengo cuerpo no me podrá llegar una bala. Como a
Jonás que ladraba y les gruñía a los milicos hasta que le dieron una ráfaga y quedo partido en dos en el patio de la vecina. La idea era quedarse quieto, como muerto, llenar el tiempo con algo, esperar, esperar a que como las veces anteriores anotaran los nombres de todos, les devolvieran los carnet, se llevaran a unos ochenta en sus camiones y dejaran ir libres a las mujeres y a los niños como a las tres de la tarde. Pero no estaba siendo así.
Ahora los milicos venían con palas y chuzos y se dedicaban a picar el suelo y a botar murallas. Me enrolle en la frazada y trate de dormir. Encogido en ese hueco estrecho tras la puerta del baño. Aguanté poco rato. El parlante afuera daba órdenes. De pronto una ráfaga muy cerca y gritos de alegría y risas. Salí agachado hasta la cama de mi mamá y traje otra frazada. Me hice una cama chica en el resumidero de la ducha. Puse abajo las toallas, arriba una frazada y me tapé con otras dos. Me acosté y traté de dormir. Con los ojos cerrados seguía viendo a los hombres sin camisa en la cancha de futbol. Veía la cara del Juanano aún con sangre. Los militares interrogaban a los hombres y se los llevaban a una carpa que armaron a un costado de la sede parroquial.
Ahí les preguntaban y les pegaban, como la otra vez. Esa vez estaba mi
papá y le pegaron y le hicieron un corte en la cabeza, se lo iban a llevar
en el camión y justo al Mico le dio el ataque de epilepsia y los milicos se
asustaron y se preocuparon de él. Le dieron bebida y al final lo tenían de
amigo. Esa vez no se llevaron a mi papá. Ahora no está porque se fue al sur, pero en realidad mi mamá no sabe donde esta, ni siquiera sabe si esta vivo o preso. No sabe nada, pero se hace la que sabe para que yo este tranquilo.
Los perros de la población del frente ladran. Escucho pasar el tren. Es el
que pasa a las una y luego tiene que venir el de carga de las tres. A veces yo
jugaba con los cabros a tenderme boca abajo y aguantar pegado a los durmientes que el tren pasara sobre uno. Al que levante la cabeza yo creo que el tren se la corta. Contamos hasta tres y ya nadie puede arrepentirse de quedarse ahí. El que aguantaba que el tren le pasara por arriba sacaba cartel de valiente. El Juanano lo hizo varias veces delante mio. Y yo sabía que podía hacerlo, pero como era muy chico no me dejaban, pero yo sabia que podía.
Entonces como a los siete años me tiré solo cuando vi venir el tren. Me
habían mandado a comprar huevos al otro lado de la línea. No había nadie
para desafiar. Yo puedo pensé y me tire de guata con la cara de lado pegada al palo. Sentí el pitazo del maquinista que de seguro ya me había visto y cerré los ojos y esperé. De pronto el ruido taca-taca, y un olor a quemado y el vibrar de los rieles y todos los sonidos se funden y el pelo se mueve y uno aguantando con los pelos parados y la guata vacía y respirando apenas y el tren no pasa, no acaba y uno ahí pensando en el pasto de los lados y esta oscuro por entre los ojos semicerrados y quieto, quieto y aguantando y el rumor sigue y sigue y nada.
El infierno ahí. Las orejas heladas y de pronto guauuaaa, pasó, no hay
nada, viento helado, luz, luz, el tren se fue y el vibrar de los rieles se hace
suave y cosquillea el estómago y no me atrevía a abrir los ojos y ahí estaba
el sol y la luz y el zumbido ahora lejano. Y yo ya era grande, mayor y nadie
me había visto aguantarme el tren encima y lo veo irse y era el largo, el tren al que hasta los más grandes le tienen miedo. Y yo lo pase.
Sentí el ruido de latas y golpes y voces y escucho la voz de la vecina que
dice que ella recoge papeles, tiene un carretón y en el carretón le encontraron papeles de propaganda contra los milicos. Y se la llevan. Y sigo ahí y tengo hambre. Me paro lento, está oscuro como si el tren estuviera sobre mí. Salgo del baño y voy a la cocina, lento, con las piernas duras. El perro del lado me siente y gruñe. No sé si esta vivo o lo mataron. Silencio. Todo es silencio. El parlante no habla. Hay ruido de camiones. Pienso que como la otra vez se están llevando a los hombres y entonces luego volverá mi mamá. Me subo a una silla y pongo un piso arriba y miro por una rendija entre el cielo y la muralla.
Miro hacia la cancha y están todos ahí todavía. Gritos afuera otra vez
y vuelvo al baño justo cuando los milicos entran. Siento la voz del Juanano
que dice que él no sabe nada, que no entiende que le preguntan. Y escucho
los golpes y estoy quieto y sin respirar como si el tren estuviera pasando
sobre mi. El Mico esta allí y dice clarito: —Tu siempre escondes cosas aquí,
yo te he visto. Entonces rompen el entretecho completo de arriba del
lavadero y no encuentran nada. El Juanano no lo puede creer. Me imagino
la cara del Juanano llena de sangre, pero contento porque hace rato que yo
saque el paquete café como pescado comprado en la feria y lo metí en otra
parte donde es difícil que lo encuentren, porque esta casa la han allanado
cuatro veces y nunca han buscado donde hay una foto de mi papa dándole
la mano al presidente Allende.
Recién como a las ocho se empezaron a ir los milicos. Mi mamá vuelve
y me abraza y yo le digo que no pasó nada, que estoy bien y que tengo lista
la mamadera del Camilo. No sé si después le cuento que me puede pasar un tren por arriba y que yo no me muevo.
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Revista Pluma y Pincel. 2006.
El autor:
Luis Alberto Tamayo (San Fernando), es escritor chileno conocido principalmente por sus obras para niños.

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