El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños

  • Antonia García C.
  • La muestra “Infancia en dictadura”, que estuvo hace unos meses en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, se repone en estos días, y se podrá ver hasta el 29 de octubre en la Biblioteca Nicanor Parra, Vergara 324 (Santiago / metro Los héroes). En paralelo, acompañando la muestra, una serie de actividades se están realizando desde el 8 de septiembre y continuarán hasta el 14, en la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales (Jornadas “Memoria, elaboración y resistencia. Imágenes y narrativas para reescribir el dolor social”).

Vivian Lavín enfatizó en este espacio, en más de una oportunidad, la importancia del trabajo realizado por la Dra. Patricia Castillo y su equipo. Todo indica que no hay forma de no verse tocado por lo que ahí se cuenta y el cómo se cuenta. “La importancia de lo ínfimo”, como suele recalcar Patricia Castillo, es lo que está en juego. Pero también una reflexión sobre el lugar de los niños en la historia.

Los niños de ayer. Y los niños de hoy. Porque eso es también lo que esta muestra permite: interrogarnos sobre el rol de los niños y lo que hacemos con ellos y lo que no hacemos. El rol que le damos y el rol que ellos asumen sin preguntar nada a nadie, porque los niños suelen ser “subversivos”: no solamente porque se toman los espacios y se toman la palabra, sino también porque, en distintas circunstancias de opresión, crean sus propios espacios de libertad*. El niño como sujeto creativo por excelencia, el niño sujeto de la historia y no mero acompañante, el niño-observador-narrador con su propia manera de oír y de restituir el mundo. Eso es también lo que esta muestra pone en escena a través de dibujos y escritos realizados por niños chilenos durante la dictadura.

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Este trabajo llega en un momento particular. Existe hoy otra sensibilidad frente al pasado reciente y una pluralidad de voces que revelan temas que hasta hace poco estaban “ahí”, como entre tinieblas, no atendidos todavía.

Pienso en la existencia de la Agrupación de Ex Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura en Chile. Pero, también, en la escritora María José Ferrada: en su gesto, su búsqueda y el hilo que tiende en sus poemas dedicados a niños y niñas ejecutados durante la dictadura (“Niños”).* Pienso en una obra como “El edificio de los chilenos” de Macarena Aguiló. Partiendo de una experiencia llevada a cabo por militantes del MIR –que decidieron poner a salvo a sus hijos dejándolos a cargo de padres sociales en Cuba, antes de retornar a Chile de manera clandestina para combatir–, este trabajo permite ampliar el espectro de las preguntas. ¿Qué hicieron los militantes de izquierda con sus hijos durante la dictadura? ¿Cómo se conjuga militancia y familia? ¿Combate y paternidad? ¿Combate y maternidad? ¿Cuándo ausentarse es proteger y cuándo es abandonar? Preguntas difíciles, preguntas dolorosas que Macarena Aguiló logra abordar con una generosidad asombrosa.

“Infancia en dictadura” llega en este momento en que cierta brecha en el muro de la propia casa está abierta y puede ser recorrida de frente. La muestra es lo suficientemente rica como para ser abordada desde muchos aspectos. Quisiera enfatizar dos.

El primero es el papel. En varios sentidos. Uno tiene que ver con la figura del niño y la posibilidad de jugar con los roles. Porque acá el que calla es el adulto. Es él quien debe abrir sus sentidos para atender lo que los niños dejaron registrado en distintos soportes (cartas, diarios íntimos, tarjetas postales, dibujos). El adulto aprende del niño y el niño es la voz autorizada para contar. No es la única inversión a la que procede la muestra. Hay otra que consiste en volcar al espacio público un tipo de relato y/o de producción originalmente concebido en un espacio íntimo (caso paradigmático del diario).

De alguna manera, esto equivale a contar la historia desde los huecos, desde las rendijas, desde las huellas que la historia (en mayúscula) fue dejando en los hogares y que los niños –de diversas condiciones sociales y con historias familiares diferentes– fueron inscribiendo con letra apretadita (en minúscula) en sus cuadernos, diarios, hojas sueltas. Así, también, la muestra opera como amplificador de voces que, en su momento, fueron cuchicheos.

Pero también está el papel como materia. La superficie. La textura. ¿Qué haríamos sin papel? ¿Habrá una vida después del papel? Y uno se sorprende porque, de pronto, frente a una foto tomada en la inauguración, se advierte que hay ciertas cosas que sólo es posible atender porque quedaron registradas ahí. Sin papel, un trabajo como “Infancia en dictadura” no sería posible, ya que no recurre prioritariamente a la evocación, a la reconstrucción desde un momento presente, sino a la huella, al rastro que dejó la infancia. Al trazo.

Los niños que vivieron su infancia en dictadura –dice Patricia Castillo y lo dice con fuerza– no pueden ser considerados “segunda generación”. Es un punto de vista muy interesante. Hay que atenderlo. Como también hay que atender la diversidad que queda en evidencia. Y es que hay infancias en dictadura. Y lo que pudo resultar relevante para uno, no necesariamente lo fue para otro. Hay una pluralidad de vivencias. Más allá, lo que la muestra pone en relieve es el papel de los niños en su condición de testigos y actores. Ambas cosas a la vez.

La muestra invita a ampliar la mirada. A reflexionar no solamente sobre los casos más fácilmente identificables como violencia política. A considerar, por ejemplo, la situación de los niños en los barrios más humildes y la manera en que se vieron confrontados a una violencia –absolutamente política– que aqueja, sin tregua, a los pobres por ser pobres. Pero también, y ya por libre asociación, una cosa llevando a la otra, el caso de los niños que intervinieron para ayudar, para colaborar con los adultos en situación de peligro.

Otro aspecto tiene que ver con la posibilidad que otorga la muestra de articular tiempos y situaciones. No pocas veces, hoy, nos comportamos como si los niños tuvieran la extraña cualidad de no escuchar y de no verse afectados por lo que hacemos y decimos los adultos. La muestra tiene un segmento que da mucho qué pensar. Se trata de las “Palabras que nunca debimos aprender”.

Entonces, ya en un contexto actual, cabe también preguntarse sobre el mundo que hacemos y el mundo que nombramos en presencia de nuestros niños. Porque es un hecho. Ellos están. Viven. Y así viviendo también (nos) ven, (nos) miran, (nos) escuchan.

* Recomiendo la lectura de “Los ojos de los pájaros”, de Maren Ulriksen.* *En ese texto (que es parte del libro que firma con Marcelo Viñar: “Fracturas de la memoria”) se cuenta de qué manera algunos niños sortearon las normas de control de quienes habían aprisionado a sus padres. Para que nada, ni siquiera la cárcel, impidiera el gesto de amor y protección del hijo/a hacia el padre.

*Los niños mártires de María José Ferrada

  • Vivian Lavín
  • Viernes 22 de enero del 2016

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

María José Ferrada ha sido reconocida con importantes premios en nuestro país, como el que entrega el Consejo del Libro y la Lectura y la Academia Chilena de la Lengua, pero eso no la envanece. Mantiene la sencillez de la niña que nació en Temuco y cuya infancia revive con la sola palabra luciérnagas, esas luces-insectos que evocan esos momentos de la niñez cuando la realidad era difusa, a veces fantástica y otras, terriblemente real.

El oficio de su padre de vendedor viajero le permitió conocer a las personas más divertidas de su vida. La libertad y el desenfado de esos hombres y mujeres que maleta en mano seducían a sus clientes con la palabra. Vendedores de sueños y soluciones prácticas a partir de un producto que se materializaba fuera de ese misterioso equipaje que cargaban junto a sus propias esperanzas.

María José Ferrada es periodista, mejor poeta y más conocida como escritora de libros para niños, que ella escribe pensando que son para todos, para grandes y para chicos, pero que el estricto rótulo de la categorización educativa por edades la circunscribe a un público que le encanta. Por eso no se queja. Prefiere que todos crean que está en ese género que todavía pasa por menor, pero desde donde ha hecho uno de los gestos más silenciosos y revolucionarios de los últimos años en Chile.

Fue cuando se percató que uno de los informes de las violaciones a los Derechos Humanos de la dictadura no distinguía la edad de sus víctimas y que entre ellos, se contaban niños y niñas. Debió entonces, sumergirse en las miles de páginas del Informe Rettig y fue sacando, no sin dolor, lentamente los nombres de esos menores que quedaron en el fondo de una lista cruel. Eligió a 34 de ellos, los que cuando los mataron eran menores de 14 años y se encerró con sus nombres y sus edades para convocarlos en secreto.

Así surgió Niños, el título de un libro de Grafito Ediciones que exhibe en su portada la palabra quebrada: Ni – ños, un concepto breve que aquí está cortado en dos y flotando sobre un gran fondo azul, como un océano desde donde emergen estas personitas.

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

 

 

Y así, en cada página, ir abriéndose a momentos diminutos pero fundamentales junto a estos niños inmortales para terminar, de la misma manera como le sucede a la infancia, de forma brusca e incomprensible, con la lista donde aparecen sus nombres y apellidos, y junto a ellos la categoría de detenida o detenido desaparecido, de ejecutada o ejecutado a la edad de 5 meses de vida, de 3, 9 u 11 años…

Niños de María José Ferrada aparece entonces, como una manera de liberarlos de las amarras de la muerte en que quedaron sus nombres como parte del Informe Rettig, para dejarlos para siempre en esa república maravillosa llamada infancia de la que nadie jamás debió sacarlos.

**LOS OJOS DE LOS PÁJAROS
a. D.V.
Siempre está allí, ante mi, ese montón de papeles. Nunca encuentro
un momento para echar un vistazo a esas hojas amarillentas, gastadas por
el tiempo. Tendría que tomar la decisión de tirarlas a la papelera, al olvido.
Sin embargo, un libro que se encuentra entre esos viejos manuscritos
retiene mi atención. Es el informe de un congreso. Era en Punta del Este,
en 1970, justo antes de Navidad; el verano uruguayo comenzaba,
esplendoroso, y las playas se llenaban de veraneantes. Nos encontrábamos
en el Hotel Casino San Rafael imitación caricatural de un castillo
renacentista.
Recorro varios artículos; veo el nombre de nuestro equipo en
hermosos caracteres. Trabajábamos bien… Leo: “Angustia de alienación…
en un grupo de niños se ha creado progresivamente un clima de terror…
uno de los niños se ha convertido en el jefe asesino… Rafael, con las manos
llenas de pintura roja, juega a ser el torturador. Ataca sádicamente al más
pequeño del grupo”. Me pregunto de dónde provenía la violencia de esas
palabras para nombrar el comportamiento de Rafael. Sin duda, comenzábamos
a presentir, sin saberlo, lo que íbamos a vivir en los años venideros.
Vuelvo como en un ensueño a las primeras páginas del libro: “Nuestro
destino, el del continente latinoamericano… depende de la ciencia. La
cultura en ciencias humanas constituye el fundamento de la valorización
de los recursos humanos… Y en ese sentido, la psiquiatría… cumple un
papel de capital importancia en la posibilidad del hombre de participar
plenamente en el proceso de desarrollo de la civilización humana”. Esas
palabras de inauguración del Congreso fueron pronunciadas por el rector
de la Universidad de la República, ingeniero Oscar Maggiolo. Hace pocos
meses, nos enteramos de su muerte en exilio, en Caracas.
Intento cerrar el libro con un gesto brusco, pero este permanece
abierto en la última página. Automáticamente, mi mirada se detiene en la
inscripción: “Impreso en los talleres de la Comunidad del Sur, Montevideo,
agosto de 1971”. Había atendido a algunos niños de esa comunidad:
Alejandro… y otros. Alguien me dijo que Alejandro vivía en Barcelona; los
otros en Suecia o en Australia todos expulsados por el régimen.

Súbitamente, la curiosidad me empuja hacia el paquete abandonado.
Encuentro mi viejo cuaderno azul de notas. Allí donde estuvo guardado,
las polillas tuvieron todo el tiempo necesario para hacer su lento trabajo
de borramiento, sin ser molestadas. Logro reconocer, en esa escritura
deslavada, el nombre de los niños que conocí hace algunos años.
La primavera desplazaba rápidamente al invierno. Aquella mañana, los
primeros rayos del sol penetraban por la ventana entibiando el ambiente.
Afuera, en el jardín, las gotas de rocío me dirigían brillantes guiñadas.
Hacía poco que nos habíamos instalado en esa vieja y confortable casa;
aún olía a pintura fresca. Al fin tenía mi rincón donde podía trabajar
tranquila, aislada de los ruidos del exterior.
Ese día, esperaba a la señora A. Venía “por un simple papel”. Su marido
estaba detenido por motivos políticos. Las autoridades de la cárcel exigían
que un médico especialista explicara las razones psicológicas que
justificaban una autorización de visita para su hijita. En la cola de la visita
de la cárcel, la señora A. conoció a otra madre a quien yo había hecho un
certificado de ese tipo, y fue ella quien le dio mi dirección. Sentí cierta
inquietud al preguntarme cuántos certificados habría hecho ya. Sería
necesario –me dije– encontrar otros colegas con quienes compartir esa
tarea. Estaba segura que debían controlar los nombres de los médicos que
hacían tales certificados. “Me dijeron que era sólo una cuestión de
rutina…”, me explicó la madre al darse cuenta de mis dudas. Verdaderamente
estoy exagerando, pensé. ¡Sentirme perseguida por tan poco luego
de tantos años de análisis!
Vuelvo a encontrar mi cuaderno azul sobre el escritorio. Matilde… Veo
todavía sus cabellos y sus ojos de azabache. Tenía siete años cuando su
padre fue detenido, pero era “demasiado grande” para compartir la visita
con los más pequeños en el patio de la prisión. Desde hacía varios meses
no podía besar a su padre, ¡ella, la única niña, la mayor de sus hermanos!
Estaba obligada a la interminable espera junto a su madre y solo podía
hablar con su padre a través de un vidrio, utilizando un teléfono que
alcanzaba a duras penas. Se dice a sí misma, en forma decidida: “Voy a
obligarme a llorar”. Algunas semanas después, me cuenta en secreto que
logró entrar con sus hermanos pequeños. “No me costó nada, lloraba de
verdad y bien fuerte… Me tire al piso… Ios soldados tuvieron miedo al
verme así y me dejaron entrar con los chiquitos… Le preguntaron a mamá
si me había hecho ver por un psiquiatra.”
Durante tres días seguidos, el barrio es allanado. Había por lo menos
seis soldados, metralleta en mano, en el fondo del jardín. Mi hijo y sus
amigos jugaban en la arena. Estaba preocupada por ellos y no pude
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contenerme: “¡Pero no ven que solo hay niños!”. No lograba disimular mi
rabia, pese a las precauciones que uno cree que debe tomar en esas
circunstancias.
Por cierto las cosas habían cambiado. Ya no se podía pasear
tranquilamente por la ciudad; era peligroso salir sin documentos.
Mirábamos con recelo a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, incluso
a quienes nos consultaban La sospecha, el miedo, el temor a la denuncia
nos invadían poco a poco. Pero nada de eso se traslucía en las reuniones
de trabajo ni en la producción escrita.
María José era una paciente que me daba mucho trabajo en las
sesiones. Me hostigaba sin tregua. Cuando se ausentó durante dos
semanas, sentí cierto alivio. Su madre me dejó un lacónico mensaje:
“Problemas familiares” . Cuando volvió, María José me contó que una
tarde los militares ocuparon la casa buscando a su padre. Al otro día, no
había nada para el desayuno. La madre quiso ir de compras, pero ni ella
ni los dos hermanos mayores fueron autorizados a salir. Fue María José,
de apenas seis años, quien pudo salir a hacer los mandados. Escondió
en su zapato un pedazo de papel en el que la madre le anotó un número
de teléfono. Desde el almacén del barrio, previno a su padre de que no
viniese a la casa. Luego, volvió con el pan y la leche. Los militares
esperaron en vano varios días y por fin decidieron irse.
Estábamos en invierno. Irrumpieron en plena noche. Registraron por
todos lados, tiraron todos los papeles al piso en desorden, dieron vuelta
los cajones, desperdigaron los objetos. Todo ello no tenía importancia, si
no fuera que estaba sola, sin siquiera poder encontrar la vieja estilográfica
que no nos abandonaba nunca. Pablo dormía y no se despertó. Mañana,
deberé explicarle lo que sucedió. No sé si encontraré las palabras para
decirle que su padre ya no está.
Pablo sabe que, por primera vez, podrá visitar a su padre en la cárcel.
Prepara con dedicación un regalo: un cenicero en cerámica, fabricado por
él mismo. Lo pinta de rayas multicolores. Preocupado, me pregunta:
¿Crees que papá se dará cuenta que entre las rayas pinte nuestra bandera?
En efecto disimulado entre las rayas, había pintado el símbolo del frente
político al cuál pertenecía su padre.
Estaba agotada, cuando en ese momento me hacía falta una sobredosis
de lucidez para evitar cualquier paso en falso. No podía dejar de trabajar;
la vida debía seguir normalmente. Esa misma mañana una madre me había
llamado por teléfono, pidiéndome una consulta urgente. Su nombre me
decía algo; debía ser la esposa de ese antiguo diputado cuyo nombre y
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foto habían aparecido en el comunicado de las Fuerzas Conjuntas de la
noche anterior.
En la tarde, recibí a Rodrigo, un hermoso niño de seis años, vestido
como todos los escolares con túnica blanca y una gran moña azul. Su
madre estaba deprimida y sin trabajo. Su padre había dejado la casa para
pasar a la clandestinidad. Desde entonces, Rodrigo retrocedía en su trabajo
escolar, presentaba una incontinencia urinaria y le había robado dinero a
su abuela. Durante la sesión, Rodrigo no logra hablar. Esta allí, tenso,
inmóvil, sentado en la silla, las manos en los bolsillos. Lentamente, saca una
mano y me muestra un paquete de caramelos. Se pone uno en la boca y
lo chupa. De pronto, su rostro se transforma, algo se le atraganta, queda
bloqueado. Permanece así, su mirada fija en la mía, paralizado de terror,
mientras las lágrimas caen de sus ojos.
Doy vuelta la página de mi cuaderno azul. Veo el nombre de Sofía.
Insistente, el recuerdo de aquella lejana mañana ocupa cada vez más mi
pensamiento. Había decidido llevar a los niños al parque. Aquel domingo
de mañana la ciudad, aún vacía, despertaba tranquilamente. Tome el
camino habitual. Más allá del Palacio Legislativo, distinguí el viejo edificio
de la Facultad de Medicina, puertas y ventanas cerradas, vacío desde hacía
meses. Un poco más adelante, aceleré al pasar frente a la clínica en la que
había trabajado tantos años, y donde ya no había lugar para mí. Un poco
más lejos, se levantaba un largo muro blanco, la puerta barroca de hierro
forjado custodiada por dos ametralladoras y, en el fondo del parque,
rodeada de palmeras y magnolias, la silueta de la gran residencia, sede del
Comando del aparato represivo. Tres veces por semana, centenares de
hombres, mujeres, niños y viejos esperaban, haciendo fila en la vereda,
alguna noticia, una carta o un paquete de ropa sucia de sus familiares
desaparecidos o detenidos. Todo parecía tranquilo esa mañana. Más allá de
las residencias, después del puente, se extendían los barrios populares. A
mi derecha, dos topadoras limpiaban el terreno. Sólo quedaban escombros
del monumento construido colectivamente en memoria de los ocho
obreros asesinados en aquel local.
Sofía permanece asociada a esos recuerdos. Tenía cinco años. Aún la
veo. Su padre está preso. En cada visita, Sofía le lleva los dibujos que
contienen lo esencial de lo que quería decirle. Sus dibujos son censurados
sistemáticamente en la entrada. Un día, la mujer de la guardia tacha con tinta
negra las golondrinas que anuncian la llegada de la primavera. “Está
prohibido dibujar palomas”, le dice en tono severo. Desde entonces, Sofía
no dibuja más pájaros, pero dibuja numerosos pares de pequeños círculos
entre las ramas de los árboles.
Son los ojos de los pájaros que están escondidos.
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Afuera, la bruma que asciende atenúa la luz de este atardecer parisino.
Guardo mi cuaderno en la biblioteca y hago pasar a Laura. Tiene cuatro
años. Hablamos de la posibilidad de un viaje para visitar a su padre que está
preso desde antes de su nacimiento. Me dice: “Quiero ir a ver a papá… voy
a llevar un regalo sorpresa para los malos” y dibuja un paquete atado con
una cinta. “Sabés. este regalo, tiene una trampa. Lo van a abrir y ¡boommmm!
las estrellas”. Con orgullo, levanta su puño cerrado.
Casi sin pensarlo permanezco adherida a ese sueño que, sin ser mío,
no es diferente del mío. Somos llevados por miles de globos de colores,
a través del océano en un largo viaje. Ayer, volví a ver a Ana. Nos
conocimos hace tiempo Cuando solo tenía tres años, la pequeña fue
testigo desde la puerta de su cuarto de la destrucción de libros y muebles,
de los insultos a su madre embarazada, de los gritos, patadas y culatazos
propinados a su padre para hacerlo salir de la casa y llevarlo por la fuerza
a un lugar desconocido. Ana tiene ahora seis años. Dibuja una niña con
globos en la mano. Me dice con aire audaz: “Voy a ir con mi maestra, a
soltar estos globos sobre el mar… creo que van a llegar a otros países
porque son globos que no revientan. Sobre el globo está el nombre del
niño y de la escuela. Estoy segura que el que lo encuentre responderá…
Quisiera que llegaran a lo de Alicia, mi amiga; vive justo enfrente a mi casa,
allá. Recibí tres cartas de Uruguay… Agarro tres globos y los mando a la
casa de mis abuelos… Creo que los globos todavía no pueden llegar hasta
donde está mi papá… todavía no, pero algún día”.
M.U. de V., París, 1980
Traducido del francés por María Urruzola del
libro Exil et torture (Denoël 1989, París).
Esta versión ha sido corregida
y ampliada por la autora.

El murmullo de la historia.” obligados a murmurar”

El murmullo de la historia

Antonia Garcia Castro

 
 

Esta columna nace de otro escrito en el que me encuentro trabajando en estos días y que aborda aspectos bastante precisos de lo que fue la dictadura en Chile. Las ideas suelen ser así, revoltosas, se le escapan a uno y, a veces, hay urgencia en anotarlas, para poder volver a ellas más tarde, con más calma. Eso es lo que quisiera hacer hoy, compartir brevemente esta idea con los lectores y muy especialmente con aquellos que han abordado la experiencia de la dictadura a partir del arte. Desde el teatro, desde la danza, desde la música, por ejemplo. Reflexionando sobre algunas características de lo que fue el diálogo y la ausencia de diálogo, en ciertos ámbitos, durante la dictadura recordé de pronto la sensación de haber vivido durante años en un murmullo permanente. Una suerte de cuchicheo. De ruido de fondo en el que transcurrían los días en el seno de una familia de izquierda muy parecida a otra familia de izquierda.

En esa casa en Santiago –digo casa pero no hubo una sola y tampoco fue siempre una casa– algunas cosas podían decirse en voz alta (“qué lindo día”, “llueve”, “vamos a la feria”). Y otras no. Esas otras, las que se murmuraban, siempre las murmuraban los adultos y si uno era niño, lo que era mi caso, se quedaba medio colgado o hacía como que jugaba con sus amiguitos reales o imaginarios, mientras trataba de cachar algo, así no más, de puro intruso. Es algo notable, si se piensa bien, que de un día para el otro, después de los estruendos del 11 de septiembre de 1973, en ciertas casas, se haya bajado el volumen de todo aquello que podía tener relevancia. Porque de eso se trataba, de pronto, en esas casas –y también más puntualmente en otros lugares– lo más importante, lo más fundamental hubo que decirlo bajito (“no me pienso ir de mi país”, “nadie sabe donde está”, “dicen que entregó gente”, “si lo ves, dile que lo quiero”).

Imagino una historia, una suerte de sinfonía teatral, un relato sonoro sobre lo que fue nuestra manera de hablar durante los diecisiete años de dictadura. ¿Quiénes tenían el poder de hablar fuerte en Chile? ¿Cómo y dónde? ¿Para decir qué? ¿Quiénes bajaron la voz? ¿En qué lugares? Y esos que bajaron la voz, ¿sólo bajaron la voz? ¿No se les apagaron, junto con la voz, algunas palabras? O sea, ¿de qué dejaron de hablar en esos años en que se vieron obligados a murmurar? ¿Cuáles fueron los temas que dejaron de ser temas en ese tiempo? ¿De qué manera ese hablar bajito determinó lo que fueron también los relatos posteriores a diciembre de 1989? La dificultad, por ejemplo, en nombrar el pasado anterior, ese pasado anterior a la dictadura que sigue siendo problemático como si nunca fuera el momento de abordarlo de veras.

Ahora bien, esa suerte de reparto de roles al que procedió la Junta Militar, que condujo a algunos al murmullo, tuvo sus exabruptos. Los tuvo desde distintos ámbitos. A través de ciertas personalidades que siendo opositoras a la Junta siempre se reservaron el derecho de hablar fuerte. Hace poco mencionamos a Mariano Puga: ¿quién no recuerda alguna imagen de Mariano encarando –con voz clara y fuerte– a los carabineros para interponerse entre ellos y su gente? Se podría dar varios ejemplos, algunos más famosos o que implican a gente más famosa. También se podría resaltar el rol de cierta prensa que con grandes esfuerzos y al igual que el ave Fénix, siempre renaciendo de sus cenizas, jugó el rol de la voz alta en el silencio de la palabra escrita. Caso de la revista Apsi, de la revista Análisis, de la revista Hoy, entre otros. Luego la gente. Las personas que tuvieron el coraje de levantar la voz en dictadura. Concretamente en las calles de Santiago durante la dictadura.

Respecto a este tema existe un libro que me parece sumamente valioso. Un libro corajudo y totalmente esclarecedor respecto a lo que fue una experiencia de gran relevancia tanto para la política como para el pensamiento de la política en Chile. La experiencia de los familiares de detenidos desaparecidos (AFDD). En ese libro de Hernán Vidal, realizado a inicios de los 80 y publicado en Chile muchos años después, se analiza con precisión lo que fue el despliegue de algunas acciones callejeras por parte la Agrupación. Y en especial la impresionante inventiva que sus miembros desarrollaron para sortear los obstáculos que el régimen militar imponía a cualquier intento de acción colectiva.

Hace unas semanas comentaba el caso de Gaspar, personaje de la literatura argentina que plantea la posibilidad y la necesidad de otra racionalidad en los asuntos políticos. Ese fue el rol – o uno de los roles – que tuvo en nuestra sociedad la Agrupación. Y este es un tema que, también, debe ser desarrollado y al que volveré porque tratándose de saber de “quién podríamos aprender”, ahí tenemos un claro ejemplo. El ejemplo de un grupo político –yo sostengo que la Agrupación es prioritariamente un grupo político porque es un grupo que de manera medular cuestiona e increpa a quienes tienen responsabilidades políticas– que es uno de los primeros que plantea, concientemente o no, una racionalidad diferente: tanto respecto a las normas impuestas por la dictadura como a la manera de concebir la acción colectiva en medio de la hecatombe. Sobre éstas y otras cuestiones, el estudio de Hernán Vidal aporta un enfoque novedoso junto con importantes testimonios de algunos familiares. Y en uno de esos testimonios, se habla precisamente de la voz.

El testimonio se inserta en una parte del libro en el que se analiza lo que fueron los “encadenamientos” durante la dictadura. En este caso, el encadenamiento del miércoles 18 de abril de 1979. Día en que, según nos cuenta Vidal, “59 personas, tres de ellas hombres, marcharon desde todos los puntos cardinales de Santiago para encadenarse exactamente a las once de la mañana (…) a lo largo del costado oriente del Congreso”. El testimonio es el siguiente:

“Fue algo sobrecogedor oírnos nosotras mismas gritar, decir lo que sentíamos. Me sorprendió ver a una compañerita, tan pequeña, que de común tiene una voz suave y dulce, que sacaba fuerzas de no sé dónde para gritar: ‘¡Díganme dónde está mi esposo!’ Las que estaban a mi lado gritaban: ‘¡Dónde está mi padre!’. Una se emocionaba terriblemente, porque nosotras, que hemos vivido el dolor y hemos sufrido tanto, no estamos acostumbradas todavía, que el dolor de otros todavía nos afecta” (p. 170)

El lector que pueda estar interesado en este libro lo encontrará fácilmente en Internet: Está en acceso libre en: www.ideologiesandliterature.org Se trata de: Hernán Vidal, “Dar la vida por la vida. Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (ensayo de antropología simbólica)”, Santiago Mosquito Editores, 1996.

Me tomo la libertad de indicarlo con precisión porque creo en la necesidad de seguir interrogando todos nuestros pasados, no sólo la dictadura, todas nuestras experiencias, incluyendo las más extremas, en pos de un mejor futuro. E insisto: no se trata de inventar. Se trata de atar cabos, de tomar conciencia de que más de una vez en nuestra historia hemos concebido novedosas maneras de encarar los asuntos políticos. Hemos sido creadores de política. El “hemos” acá está de más. “Ellos” y “ellas” han sido.