El testimonio de uno de los dos hombres que vio morir al general Bachelet

El testimonio de uno de los dos hombres que vio morir al general Bachelet

Por : Mónica González en Reportajes de investigación Publicado: 23.07.2012

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La semana pasada el juez Mario Carroza sometió a proceso a dos comandantes (r) de la FACh por la muerte del general Bachelet. CIPER entrega ahora el testimonio de un hombre que lo vio morir en la Cárcel Pública. El capitán (r) Jorge Silva era el único preso que estaba junto a Bachelet cuando sufrió el fatal infarto del 12 de marzo de 1974. El ex uniformado cuenta que fue detenido por los mismos oficiales (r) procesados ahora por el juez Carroza: Edgar Ceballos y Ramón Cáceres. Éste último, acusa Silva, también lo torturó. Su pecado: haber detectado una conspiración militar para asesinar a Allende en 1970.

Jorge Silva no fumaba, pero el día en que al fin se decidió a contar toda su historia encendió tres cigarrillos. En 1970 tenía 35 años cuando, por un hecho fortuito, quedó a cargo del Departamento de Contrainteligencia de la Fuerza Aérea. Entonces ostentaba el grado de capitán de la FACh. En esa destinación detectó y ayudó a desbaratar un plan, desconocido hasta ahora, para asesinar a Salvador Allende antes de que asumiera la Presidencia. La conspiración tenía como protagonistas a oficiales de la FACH, la Armada y el Ejército. Silva no era un hombre de izquierda, pero ese episodio marcaría su vida. Por ese hecho fue detenido en octubre de 1973, acusado de traición y torturado. Parte de los recuerdos que relata Silva, ya fueron publicados en el libro “Disparen a la bandada” de Fernando Villagrán.

En la Cárcel Pública, Silva conoció al general Alberto Bachelet. Dormían en camas contiguas en la celda y por eso escuchó, de boca del propio general, las razones que lo llevaron al colapso cardíaco. Silva fue el único preso que estaba con Bachelet cuando sobrevino el infarto y lo asistió, junto al doctor Álvaro Yáñez, al momento de su muerte.

El día en que Silva desclasificó su historia para CIPER, estaba acompañado de los comandantes (r) de la FACh Alamiro Castillo y Raúl Vergara. Flanqueado por ellos, Silva contó que otros dos comandantes (r) fueron los responsables de su detención en 1973: Edgar Ceballos y Ramón Cáceres. A este último lo conocía por razones familiares y lo acusa de haber sido uno de sus torturadores. La semana pasada el juez Mario Carroza, que investiga la muerte del general Bachelet, procesó y detuvo a Ceballos y Cáceres.


-Capitán, ¿cómo recuerda usted las últimas horas de vida del general Alberto Bachelet, con el que compartió estrechamente mientras ambos estuvieron detenidos en la Cárcel Pública varios meses? 
Recuerdo muy bien sus últimas horas de vida. Porque a mi general lo sacaron ese día lunes 11 de marzo de 1974 de la cárcel y se lo llevaron a la Academia de Guerra Aérea (AGA). Fue inesperado, como después de almuerzo, creo, y lo trajeron de regreso como a las 8 ó 9 de la noche. Yo dormía en una cama que llevó la esposa del general Alberto Bachelet, Ángela Jeria, a la cárcel. Ellos eran muy aficionados a salir de camping, y como nosotros estábamos hacinados en una celda en la que a veces había hasta 18 prisioneros, ella llevó dos camas. Armábamos la cama cuando todo el resto ya se había acostado porque no había espacio. Entonces, se acostaban todos y con el general Bachelet después armábamos la cama de él y la mía en el suelo, una junto a la otra. Estaban tan juntas que, a veces, el general se dormía y se le caía el brazo encima de mí. “Mi general, me está despertando”, le decía.


-¿Quiénes estaban en esa celda en la que compartía con el general Bachelet? 
La cantidad de presos que estábamos recluidos en la celda 12 de la Cárcel Pública variaba. A veces hasta civiles que llegaban los metían en nuestra celda. La celda, ubicada en una esquina, tenía dos áreas. Recuerdo que en una estaba Rolando Miranda, Patricio Carvacho, el coronel Carlos Ominami, Ernesto Galaz. Y en la otra estaba el general Sergio Poblete como con tres literas encima. Y en el suelo dormíamos el general Bachelet y yo.


-¿Cómo estaba antes de que se lo llevaran a interrogatorio a la AGA? 
Normal. Y volvió afectado, muy afectado. Hay una última conversación que no he dicho nunca públicamente. En la noche estábamos todos metidos en la cama…y me hizo un comentario: “Me quieren embarcar en un lío de faldas que ojalá no lo sepa la Ángela, porque tú sabes como es esta gente. Yo tuve un problema y lo están armando en este momento; y tal como lo están haciendo, será muy difícil para mí rebatirlo. Y lo más probable es que se lo van a decir a ella”. (En documentos judiciales hay testimonios que indican que el general Bachelet escucha en ese último interrogatorio los gritos de una mujer a la que quieren que confiese una vinculación con él). La verdad es que por pudor no quise preguntarle nada más. Así era el trato que teníamos los oficiales con un general… Le pedí que no se preocupara, que ellos habían demostrado no tener límites, que quizás qué otras cosas le van a inventar… “Ya”, me dijo, “mañana conversamos”. Pero lo vi tan afectado que incluso decidí tomarle el pulso. Eso fue lo último que conversamos esa noche…


-¿Era frecuente que los oficiales que estaban en esa celda con usted contaran lo que ocurrió en el interrogatorio cuando regresaban de la AGA? 
No, no era lo habitual. De hecho, fue la primera vez que el general Bachelet dijo algo. Nadie contaba nada porque, por razones obvias, nadie quería escuchar tampoco. Sobre las torturas no había forma de esconder lo que había pasado, porque llegaban con marcas, marcas rojas. Nosotros decíamos que volvían con “pulseras”, porque cuando nos aplicaban los choques eléctricos tú te estirabas y en tu piel se enterraban los alambres que te ponían en las muñecas. Eran tirantes de paracaídas que usaban para eso. Yo no creo que al general Bachelet lo torturaran físicamente, pero sí sicológicamente con las historias que le empezaron a inventar de platas y mujeres. Y eso lo tenía realmente muy afectado la noche antes de que falleciera.


-¿Qué pasó a la mañana siguiente? 
Esa mañana, el general Bachelet y yo estábamos de turno para el lavado de las cosas del desayuno. Y la gente se ha olvidado que precisamente esa mañana fueron a la cárcel el capellán Gilmoure y el capellán de la cárcel a hacer una misa. La hicieron en el patio donde nosotros estábamos. El general Bachelet no fue a la misa, era masón, y nos quedamos los dos en la celda mientras el resto se fue a la misa, porque yo estaba haciendo el desayuno y él estaba lavando la vajilla. Y en un momento él me dijo: “Flaco, me siento mal”. “Mi general, recuéstese en la cama de mi general Sergio Poblete”, le dije. Porque ésa era la primera litera de la celda. Se recostó y me dijo: “Pásame la trinitina”. Yo le pasé las tabletas. Se las echó a la boca y me di cuenta que estaba transpirando mucho. Le tomé el pulso y me di cuenta que estaba fuera de control. Recuerdo que grité y le pedí a no sé quien que trajera al doctor Yáñez (Álvaro Yáñez del Villar), otro de los prisioneros. Apenas entró el doctor Yáñez a la celda lo examinó y de inmediato dijo: “¡Está teniendo un infarto!, ¡ayúdame!”. Entre los dos lo bajamos de la cama y pusimos al general en el suelo. Y el doctor Yáñez se montó encima de él empezando a hacerle masajes cardíacos. Me acuerdo que incluso trató de sacarle la prótesis dental que tenía y no pudo. Entonces Yáñez me dijo: “¡sóplalo!, ¡sóplalo!, ¡hay que hacerle respiración boca a boca!”. Fue muy impresionante porque todo el resto estaba en la misa y la música de fondo eran los cántos de los presos en la misa: “El señor es mi pastor….”. Una cosa muy siniestra. Estábamos en eso cuando de repente entra el alcaide de la cárcel con el practicante:

-¡Qué está pasando aquí! -dice el alcaide haciendo a un lado al doctor Yáñez.
Cuando el practicante se aproxima, Yáñez lo interpela: “¡¿Qué le va a hacer!?”.
-Le voy a poner adrenalina en la boca –responde el practicante.
-¡No sea ignorante! ¡Cómo le va a poner adrenalina a un hombre que está inconsciente! –dice con urgencia Yáñez.
-¡Qué sabe usted! –lo increpó el practicante.
-Yo sí sé lo que le pasa, porque soy médico –dijo Yáñez y volvió a acercarse al general
El alcaide sacó al practicante de la celda y se lo lleva, cerrando la celda. Nos quedamos con Yáñez adentro y a los pocos minutos vuelve el practicante con una camilla, colocan al general Bachelet sobre la camilla y salen.

(Vea el relato del doctor Yáñez a El Mercurio del 13 de agosto 2001“Me fueron a decir que estaba mal, ‘parece que se va a desmayar’. Hablé con el alcaide: ‘está grave el general Bachelet, hay que llevarlo a una unidad de cuidados intensivos’. Tenía un ataque de arritmia, se estaba colapsando. ‘Por favor, hay que llevarlo.
El Hospital J.J. Aguirre estaba a cinco minutos’. Me dijo que no podía hacerlo: ‘La FACh prohíbe sacar a nadie sin autorización’. ‘Pida la autorización telefónica’. ‘No puedo, tengo que mandar un oficio’. ‘Por favor, se va a morir. Yo lo acompaño. Encadéneme a la camilla’. Había que combatir el colapso.
“No se pudo. ‘Se está desmayando’. No tenía pulso y no respiraba. Comenzamos a hacerle boca a boca y masaje cardíaco. Lo llevamos corriendo a la enfermería. Seguimos en lo mismo. A los 20 minutos vi que no logramos crear pulso y dije está muerto dejémoslo tranquilo. ‘Descansa de toda esta porquería’”
).


-Usted y el doctor Yáñez lo vieron morir…
Yo tengo la impresión de que el general Bachelet salió muerto de la celda. Y le voy a decir por qué. Porque cuando lo subieron a la camilla, se le soltaron los esfínteres. Yo lo vi. Para no olvidar esos momentos… Y cuando lo hablé con mi mujer, que es enfermera, me dijo que eso pasa cuando una persona se muere. A mi general se lo llevaron a la enfermería y eso es lo que sé, porque nunca más lo vi. Han salido muchas versiones. Muchos han querido ser el último que tuvo a Bachelet en sus brazos, pero la verdad es que sólo estábamos el doctor Yáñez y yo. Nadie más. Excepto el momento en que entra el alcaide con el practicante. La otra mentira que se ha dicho es que el general Bachelet había estado jugando básquetbol en la mañana. ¡Mentira! Porque ese día, por la misa, no se jugó básquetbol. Y a ella concurrieron los uniformados que estábamos presos y también fueron civiles presos.


-¿Los interrogadores eran los mismos? 
Sí, Edgar Ceballos, Ramón Cáceres y Víctor Mattig, los principales. Creo que a Bachelet lo interrogaba también el fiscal Orlando Gutiérrez.


-¿Usted era amigo del general Bachelet antes de caer preso? 
No, yo lo conocí en la cárcel. Y tuvimos una muy buena relación. Era muy abierto, conversaba con todos y cumplía todas las funciones como cualquiera: lavaba platos, hacía el aseo… Era muy abierto y sencillo. Recuerdo justamente que un par de semanas antes de que se llevaran al general Bachelet a la AGA para interrogarlo de nuevo, habíamos estado acompañando y conversando con uno de los presos que estaba muy afectado por algo personal que le había ocurrido. Y en eso, llegó el general Bachelet y nos dijo: “Ya pues chiquillos, terminen con la historia de estarse preocupando de las mujeres. Yo quiero que diga aquí honestamente alguno de ustedes, ¿quién podría asegurar que si fuera al revés, que nuestras mujeres estuvieran presas y nosotros libres, al cabo de un buen tiempo íbamos a continuar siendo absolutamente fieles?”.


-¿Cuánto tiempo compartió usted con el general Bachelet en la cárcel? 
El general Bachelet no estuvo todo el tiempo con nosotros. Llegó a la cárcel en diciembre de 1973, como cuatro ó cinco días antes de Navidad. Y en todo ese tiempo, desde diciembre hasta marzo, cuando fallece, nunca lo vi afectado, tan afectado como la noche antes de que muriera. Tengo la impresión de que su gran pena era el daño que le iban a ocasionar a su mujer. Al día siguiente no hablamos del tema porque nos dedicamos a las tareas domésticas. Siempre he pensado que la tragedia que provocó la muerte o apuró la muerte del general Bachelet, se produjo cuando en la AGA lo quisieron embarcar en un lío sentimental. No fue con el único que lo hicieron. Después, conversando con otros prisioneros en la cárcel, supe que les hicieron lo mismo a otros. Pero eso tiene que contarlo cada uno… Les contaban a sus esposas historias de amantes, verdaderas o falsas. Era la técnica que usaban para intentar obtener otra información o para desmoronar a los más fuertes: creándole situaciones extremas a la gente que interrogaban.

(Vea el relato de Ángela Jeria en el proceso que sigue el juez Carroza, reseñado por La Segunda del 20 de junio de 2012En el expediente que lleva el juez Mario Carroza, figura la declaración de la esposa del general Bachelet, Ángela Jeria, quien testifica que su marido intentó advertirle que trataban de involucrarlo en falsedades y le pide “no creas nada de lo que te digan, no hables con nadie hasta que nos veamos nuevamente”. El mensaje estaba oculto en el cuello de una camisa que Ángela Jeria retiro desde la cárcel entre la ropa para lavar. Ella lo encontró el 8 de marzo de 1974. Pero no volvió a hablar con su esposo. Bachelet murió cuatro días después).

CONSPIRACIÓN PARA MATAR A ALLENDE

-¿Por qué fue detenido usted si no participó de ninguna reunión de opositores al grupo golpista y trabajaba en el Departamento de Inteligencia de la FACH? 
Alamiro Guzmán, Raúl Vergara y otros oficiales de la FACH, sabían que yo estaba en contra de un Golpe, pero lo que influyó fue una situación que me persiguió y que ocurrió apenas Salvador Allende fue elegido el 4 de septiembre de 1970 y antes de que fuera sancionada su elección en el Congreso. Se la voy a relatar.
Un día me llama el que era comandante en jefe de la FACH en ese momento, el general Carlos Guerraty y me dice que me vaya de inmediato a Quintero, que no llegue hasta la Base Aérea, que aterrice en Rodelillo. Y agregó: “Y váyase a conversar con el coronel José Berdichewsky para que le entregue una información que yo acabo de recibir en este momento y que él necesita conversar con alguien de Inteligencia”.

Qué había pasado. Cuando sale Allende elegido, se produce una situación absolutamente anormal en la Fuerza Aérea. Cuando a uno lo quieren mandar de agregado a alguna embajada u organismo internacional en el extranjero, es un proceso normalmente largo porque tiene que salir en el Boletín Oficial, asignarte en el presupuesto y una serie de trámites más. Y cuando sale elegido Salvador Allende, al coronel Mario Jahn lo sacan del Departamento de Contrainteligencia de la FACH en cinco días. Con inusitada velocidad. Se va Jahn a Panamá y yo, que era el segundo en Contrainteligencia, me quedo solo ahí con todo el lío que se armó y con muy poca experiencia. Era capitán y tenía 35 años. Me comí todo ese período entre la elección de Allende el 4 de septiembre de 1970, su corroboración por el Congreso el 24 de octubre y el inicio de su gobierno el 4 de noviembre, solo.
Entonces, ese día, muy poco después del 4 de septiembre, día de la elección de Allende, me voy a Quintero y hablo con el coronel Berdichewsky. Le digo que me ha mandado mi general Guerraty a hablar con él respecto a una información que me tiene que entregar. “Sí”, me dice, “tengo necesidad de hablar con usted porque he tenido conocimiento de que está operando dentro de la Base Aérea una célula comunista” y me da una serie de antecedentes.

-Bueno, mi general, ¿cómo usted obtuvo esta información?
-La recibí…
-Mi coronel, si usted quiere que yo investigue esto, usted comprenderá que debe decirme de quién obtuvo la información. La fuente. Porque de lo contrario no puedo hacer nada. Los antecedentes que me da, que se ha perdido una Tarjeta de Identificación Militar (TIFA) en el casino, que la encontraron abandonada dentro de un avión y otras informaciones sobre personas sobre las que usted tiene dudas o sospechas, ¿quién se las dio?
Y después que le insisto y le digo claramente que si no me da la fuente no podré hacer nada, él dice: “Esta información me la entregó el comandante Montero”. Un oficial de la FACH que se había retirado poco más un año antes.

-¿Dónde puedo hablar con el comandante Montero? -le preguntó.
-… No sé si deba decirle…, no sé –escucho como respuesta.

Y ahí le dije: “O me da la información completa, mi coronel, o me regreso a Santiago”. “Montero vive en Viña del Mar”. Y me da la dirección. Era una calle que desemboca en el Regimiento Coraceros. Partí inmediatamente. Había llegado como a las 10 de la noche a Quintero, por lo que debo haber llegado a la casa de este señor Montero como a las dos de la mañana. Y lo primero que me llamó la atención fue que la casa estaba con muchas luces. Él mismo me salió a abrir la puerta. Y me dijo: “Qué gusto, capitán, de tenerlo aquí, lo estaba esperando”. Y me hace entrar a una especie de biblioteca chica. Vuelve a decirme la alegría que le da que haya venido, que necesitaba urgente hablar conmigo. Y agrega: “Usted sabe que viene el marxista Salvador Allende a Valparaíso el sábado y cuando Mario Jahn se fue me dejó dicho que cualquier cosa que necesitara la hablara con usted, porque podía colaborarnos en los que necesitáramos. Y bueno, aquí en mi casa está el almirante Justiniano (Horacio Justiniano) y el comandante del Regimiento Coraceros porque vamos a asesinar al Presidente (Allende) cuando venga el sábado”.


-¿Montero le dijo que iban a asesinar a Salvador Allende? 
Claro: “Lo vamos a asesinar”. Tal cual. Y me agregó: “Necesito que me entregue armas automáticas y personal para cubrir la retirada de la gente que va a operar”. Me dijo también que estaban al tanto de lo que se iba a hacer el comandante en jefe, general Guerraty, y el comandante del Comando de Combate, el general Toro Mazote. Le respondí que no había venido a hablar con él de eso, sino de una célula comunista que operaba en la FACH y de la que él había tenido conocimiento y de la cual le había informado al coronel Berdichewsky.
-Pero capitán, yo necesitaba hablar con usted y por eso le dije a Berdichewsky lo de la célula comunista.
Bueno, le dije a Montero, yo no le puedo contestar en este momento lo que usted me está pidiendo. Es muy grave y debo meditarlo. Y me fui. Llegué a Santiago en la madrugada y me fui directo a mi oficina, al Departamento de Contrainteligencia que funcionaba en Bulnes con calle Cóndor y escribí un parte escrito de todo lo sucedido. Allí cuento exactamente todo lo que acabo de relatarle. Y lo hice con mucha tranquilidad porque se lo iba a entregar al general César Ruiz Danyau, quien estaba en contacto con Allende y de quien todos sabíamos que iba a ser el próximo comandante en jefe de la Fuerza Aérea.


-¿Qué hizo una vez que tuvo escrito el parte? 
Terminé el parte y me fui al Ministerio de Defensa. Ahí espero que llegue el general Ruiz Danyau. Apenas lo veo le digo: “Mi general, necesito hablar con usted con urgencia”. Me hizo entrar de inmediato y sin preámbulos le entrego el parte escrito. El general empieza a leerlo y recuerdo que en un momento debió acomodarse los anteojos y él dice: “se me llegan a caer los anteojos”. Termina de leer, se queda un rato pensando, luego toma el teléfono y dice: “Alo, mi general Guerraty, hay un informe aquí que creo debe ver de inmediato”. “Suba, capitán Silva, muéstrele el documento”, fue lo último que escuché al salir de la oficina del general Ruiz. Ahí supe que estaba metido en un lío, porque el general Ruiz no me apoyó. En el documento que estoy entregando aparecía el nombre del general Guerraty y ahora el general Ruiz me mandaba a hablar con él… Subo a la comandancia en jefe, entro a la oficina del general Guerraty. Él lee el parte y cuando finaliza me mira y me pregunta: “¿Qué piensa usted?”. “Mi general, este es un crimen político, vulnera y violenta a las Fuerzas Armadas y a la Fuerza Aérea. Imagínese el desprestigio para nosotros”, le digo. Ahí el general Guerraty se da cuenta que yo no estoy en esa historia. Y me ordena que me vista de civil y que vaya nuevamente a Viña del Mar, a la casa de Montero, y le diga que no siga haciendo esos comentarios. No estoy bien seguro de los días, pero creo que esto ocurría un día miércoles y al sábado siguiente Allende iba a Valparaíso. Lo que sí sé es que era en la misma semana.


-¿Y se fue de nuevo a Valparaíso? 
Debo reconocerle que no fui a Valparaíso. Estaba realmente aterrorizado. Conseguí a través de un conducto hablar con el secretario de Salvador Allende, don Miguel Labarca. Y fui con Alamiro Castillo, aquí presente (está escuchando su testimonio), porque pensé que necesitaba un testigo, ya que si pasaba algo yo sería cómplice. Cuando nos encontramos con Miguel Labarca, le conté la historia. Y él dijo que necesitaba que hablara con Allende de inmediato. Nos fuimos a la llamada “Moneda chica”, una casa que era de los profesores y donde funcionaba su comando. Andábamos de uniforme. Ya estaba oscuro al final de ese día interminable, el mismo día que hablé con Guerraty. Llegamos en el auto de don Miguel Labarca. Se baja, vemos movimiento y aparece Allende quien se encarama al auto. Y partimos en el auto camino a Valparaíso. Y le narro exactamente lo que le he contado a usted. Recuerdo que la única interrupción de Allende fue para decir: “¡Y por qué Ruiz Danyau no me informó!”. Y luego dijo: “Porque yo tengo conocimiento de esta información, me la pasó el general Daroch”. Después, nos preguntó qué pensábamos nosotros de Ruiz Danyau. Con Alamiro le dijimos que era un excelente profesional, un líder, que la Fuerza Aérea lo quiere mucho… Y Allende insistía: “¡por qué no me avisó!”. Después Allende me dice: “¿Le importaría que yo dé cuenta públicamente de esto?”. Le respondí que yo no quería ser cómplice de lo que pudiera pasar. Y decide que como él tenía una concentración en avenida Grecia, allí iba a informar. Y lo hizo. Dijo que había un oficial de una rama de las Fuerzas Armadas, de apellido Montero, “que dice que me quiere matar, pero advierto que tengo pleno conocimiento”…


-¿Ustedes detuvieron ese intento de asesinar a Salvador Allende? 
Así parece. Pero quiero ser bien claro, no fue que yo tuviera mucho coraje. Lo que me movió fue que no quería ser cómplice de un asesinato político. Y Alamiro Castillo fue mi testigo, porque me podían matar y yo quería que se supiera que yo no estaba metido en ese asesinato político. Además, como yo era de Contrainteligencia, era posible que se pensara que yo sí estaba metido. Y así se deshizo la historia. Eso creí yo… Más o menos diez días después, me llega una carta por vía diplomática que me envía el comandante Mario Jahn en la que me dice que vaya de civil a la casa del mismo comandante Montero a Viña del Mar, porque se sabe lo que pasó y que retire una munición de guerra que él le entregó a Montero. Obviamente no hice ninguna cosa. No fui. Jahn no era mi amigo, era mi jefe, y teníamos una buena relación porque habíamos estado trabajando años en el Departamento de Contrainteligencia. Y fue ahí que yo cometí un grave error. Porque luego me llama Jahn por teléfono. Y yo convencido de que me estaba llamando de la zona del Canal de Panamá, le digo que cómo está. Y Jahn me dice que me está llamando del Ministerio de Defensa, de la Subsecretaría de Aviación. “Venga de inmediato a hablar conmigo”, dice y corta.

Llego allá. “¿Recibió usted la carta que le envié pidiéndole que fuera a la casa de Montero?”. “Sí, mi coronel, la recibí”. “¿Dónde está esa carta?, dice. “En mi oficina”, respondo. Y no la tenía. Porque sucede que Miguel Labarca, a quien le conté de la carta, le informó al Presidente Allende. Y el Presidente le pidió que se la prestara porque él quería guardarla como un hecho histórico. Y se la entregué a Labarca. Por eso, cuando Mario Jahn me la pide, yo no la tengo. Y regresé a la Subsecretaría de Aviación y le dije al coronel Jahn que no la tenía, que me la habían sacado. Y ahí Jahn me dice que al día siguiente lo esperaba el Presidente de la República, porque él sí tenía la carta.


-Mario Jahn después del Golpe fue subdirector de la DINA y hombre clave en la Operación Cóndor. ¿Por qué se va tan repentinamente a Panamá cuando sale elegido Allende? 
Mario Jahn fue el primer oficial que partió con la cosa de la Contrainteligencia en la FACH. Pero la Contrainteligencia no fue enfocada desde un punto de vista profesional, del control del espionaje y seguridad nacional, sino que netamente político. Eso fue lo que aprendió Jahn en la Escuela de Las Américas en Estados Unidos. Entonces, se dedicó prácticamente todo el tiempo a la persecución de gente de izquierda, de suboficiales que tuvieran algún pariente o la mujer comunista y él intercedía para que los echaran. Ese era el terror que tenía cuando sale elegido Salvador Allende, porque piensa que van a ver todo el archivo que teníamos nosotros: sólo gente de izquierda. Jahn se aterroriza y se va a Panamá. Y desapareció del mapa ese tiempo. Yo siempre he pensado que Mario Jahn era de la CIA.


-¿Supo lo que pasó al día siguiente en el encuentro entre Salvador Allende y Mario Jahn? 
Lo vine a saber tres años después, cuando estuve preso con Osvaldo Puccio, secretario de Salvador Allende, quien me contó lo que ocurrió. Puccio me dijo que el Presidente hizo entrar a Mario Jahn a su despacho y le mostró la carta. El coronel le habría respondido que efectivamente había estado involucrado en los hechos, pero que estaba muy arrepentido. Y Allende lo perdonó, y se lo dijo ahí mismo. Lo perdonó y le ordenó que volviera a su destinación en Panamá. Y así debe haber sido, porque yo sí supe que Jahn volvió a Panamá y nadie pidió su retiro. En cambio yo, sólo tres meses más estuve en el Departamento de Contrainteligencia. Me sacaron. Por el tremendo pecado de haberle informado al Presidente electo de que intentaban asesinarlo. Por eso después del Golpe a mí casi me mataron, porque nunca entendieron que después de ese terrible episodio yo nunca más hablé con el Presidente Allende y tampoco con su secretario y con nadie de su entorno. No podían entender que no pedí ninguna prebenda y tampoco entregué nunca más información sobre la Fuerza Aérea. Y no tenían ninguna acusación en mi contra, porque nunca asistí a ninguna reunión de los contrarios al Golpe porque sabía que estaban infiltrados.

“CONSTITUCIONALISTAS” INFILTRADOS

-Torturaron a todos los oficiales de la FACH que tomaron prisioneros después del Golpe y ninguno de ellos dice que usted participaba en alguno de los grupos opositores al derrocamiento de Allende. Así se ve en el Consejo de Guerra. ¿Y lo seguían torturando? 
Quedé negro, en realidad. Mi cuerpo estaba entero negro de moretones. Me llevaron a recuperarme a la Academia Politécnica y ahí vi cuando se le escapó un disparo a un centinela que mató a un cabo que estaba detrás de mí. Pasaban cosas kafkianas allí. Se escapa un tiro de un fusil Mauser y mata al cabo Espinoza. Y al cabo Benavides, que también estaba allí, le da una especie de shock y se pone a gritar y a llorar. Lo trato de controlar, incluso le pego una cachetada para tranquilizarlo. Y llega el oficial que estaba a cargo de los prisioneros en la Academia Politécnica y se olvida que yo soy prisionero y me ordena: “capitán, saque a los prisioneros de aquí y ubíquelos en la sala de al lado”. Lo hice. Cierro la puerta, estando yo adentro, y no supe más qué pasó con el muerto. Después de un tiempo, ya en la cárcel, llevaba como diez o quince días allí cuando me llama el alcaide de la cárcel y me dice que tiene un oficio del general Orlando Gutiérrez en el que le dice que se deje inmediatamente en libertad a Jorge Silva por falta de méritos. Y el alcaide me pregunta si tengo algún reclamo contra personal de Gendarmería. “En absoluto”, le digo, “por el contrario”. “Bueno, firme aquí y tome sus cositas, porque se va libre”. Firmo, salgo de la oficina en dirección a la celda para buscar mis cosas cuando me caen dos oficiales encima. Violentamente me ponen una capucha en la cabeza y parto de nuevo en dirección a la AGA. Ahí pensé: “Ahora sí que me fusilan”. Si había firmado el documento en el que me concedían la libertad… Llegué a la AGA y me metieron en un closet. Y estuve encerrado en ese closet el resto del día y la noche. No me sacaron ni siquiera para ir al baño. Y de repente, se abre la puerta. No sabía si era de día o de noche. Me sacan, me tiran arriba de una camioneta y me llevan de regreso a la cárcel. No me interrogaron, no me pegaron, nada. Llego a la cárcel y poco después llegaron las condenas. Allí yo aparecí condenado a 20 años. Nunca supe qué pasó.


-¿Nunca supo qué fue lo que ocurrió con usted en esos momentos? 
Hasta que me convidan a un seminario que hubo sobre las Fuerzas Armadas en México. Y asistí. Y ahí estaban varios dirigentes políticos de la Unidad Popular. En la noche me convidó a comer a su casa la señora Hortensia Bussi viuda de Allende. Yo era un oficial sin ninguna experiencia política. Y esa noche, no sé por qué, les dije de la gran incógnita que no había podido resolver: qué pasó conmigo que me dejan libre por falta de méritos para luego sacarme de la cárcel, encerrarme en un closet de la AGA, para luego llevarme de nuevo a la cárcel y condenarme a 20 años. En la casa de la señora Tencha estaba Jorge Insunza, quien dijo que sabía la otra parte. Y contó que él se había quedado en Chile clandestino y que supo que un abogado habló con el cardenal Raúl Silva Henríquez por mi caso, que el cardenal habló con el general Gustavo Leigh, quien dijo que a mí me iban a fusilar por traición. Que entonces el cardenal había dicho que era pariente mío y que pedía hablar conmigo. Eso habría provocado el fin de mi historia de preso.


-¿Nada sabía el alto mando de las reuniones que hacían al interior de la FACH oficiales que no estaban con el Golpe o que claramente apoyaban al gobierno de la Unidad Popular? 
Tengo una serie de dudas. Yo estaba en el Departamento de Contrainteligencia. Y el general César Ruiz Danyau, entonces comandante en jefe de la FACH, sabía de las reuniones que tenía el grupo de los aviadores institucionales, al que pertenecía el capitán Raúl Vergara y Alamiro Castillo; y también del grupo que pertenecía al MIR. Y lo sé porque había un oficial que habiendo asistido a algunas reuniones del grupo de Vergara, el entonces comandante de escuadrilla y después general Patricio Araya -que era muy regalón del general Ruiz-, le pasaba la información al general Ruiz y el comandante en jefe le pasaba la información al jefe del Departamento de Contrainteligencia, el general Mario Jahn. Por eso yo lo sabía y me pregunto hasta hoy por qué si el general Ruiz sabía lo que estaba desarrollándose al interior de la FACH, no intentó atajarlo en ese momento, antes del Golpe.
Incluso, una vez le dije a Raúl Vergara que tuviera cuidado porque se estaba sabiendo de las reuniones que estaba haciendo. Le dije que se cuidara de Araya ya que su padre era el relacionador público de la embajada de Estados Unidos en Chile en ese entonces. No le podía decir más. Esa fue la razón, entre otras, por la que nunca fui a ninguna reunión de ese grupo. Yo estaba en el servicio de Inteligencia y no iba a asistir a reuniones de un grupo que ya estaba detectado. Entonces, a veces, yo me pregunto: ¿no habrá sido una confabulación?, ¿no habrá sido que querían a este grupo de oficiales “infiltrados” en la Fuerza Aérea para después tener una razón válida a utilizar como un elemento para neutralizar a los que podían oponerse al Golpe o a la represión que se hizo más tarde dentro de la misma FACH? ¿No habrá sido algo que manejó la CIA?


-¿Conoció supongo al coronel Carlos Ominami en la FACH y en la cárcel? ¿Qué opinión tenía de él? 
Tengo que decir que el coronel Carlos Ominami no era un hombre de izquierda. Ominami nunca entregó opiniones respecto del gobierno de la Unidad Popular. Recuerdo que me reía mucho de él porque compraba El Mercurio y se sentaba siempre a leerlo en la esquina del patio donde jugaban fútbol. Y lo leía entero. Y nos reíamos porque decíamos que se leía hasta los avisos económicos. ¡Lo trataron muy mal! Lo torturaron mucho. Llegó con marcas en las piernas… Y nos contaba algo de lo que nos reíamos mucho. Lo llevaron a un dormitorio allá en el AGA y llegó un tipo que parece que era hipnotizador. Y lo empezó a hipnotizar. Cuando ya había transcurrido un tiempo, el hipnotizador le dice: “Vamos a traer a tu hijo”. Y contaba Ominami que escucha una voz que dice: “Papá, ¿te recuerdas del plan de defensa que me pasaste?”. Y Ominami dice que replica: “Hijo, no te reconozco, tu voz está muy rara”. Y entonces a punta de patadas lo bajaron de la cama y lo siguieron golpeando mientras gritaban: “¡Éste no está durmiendo, no está hipnotizado!”. Lo que siguió fue duro.


-¿Recuerda algún hecho concreto por el cual lo hayan interrogado con insistencia? 
Me interrogaban y me insistían mucho por el dirigente del MIR Jorge Fuentes (el “Trosko” Fuentes, quien fue detenido en Paraguay por operativo de la Operación Cóndor y asesinado en Chile). Yo lo conocía porque era muy amigo de mi hermano menor. Y un día en la tarde voy llegando a mi departamento en Mac Iver con Agustinas y abajo, en las afueras del edificio, me encuentro con Choche, así le decíamos en mi casa. “Hola Jorge, te hemos andado buscando hace mucho tiempo, menos mal que te encontré”, me dice a modo de saludo. “Subamos”, le dije, “a mi departamento”. Y cuando nos sentamos, me empezó a hablar del reformista de Allende y siguió criticándolo, y luego dijo: “Nosotros queríamos saber si tú nos pudieras facilitar el acceso a la Base de El Bosque (donde yo estaba en servicio entonces), para sacar armamento”. Mi respuesta fue inmediata: “Mira Choche, quiero que te quede muy claro que no estoy en contra del gobierno. Que hay instrumentos constitucionales para acusar al gobierno de lo que ustedes piensan, pero la forma en que tú planteas tu descontento no la comparto en absoluto. Ni pienses que te voy a facilitar el paso para sacar armamento. Es más, si yo estoy a cargo el día en que lo intenten, voy a ordenar disparar si pillamos gente intentando sacar armamento. Olvídate. Eso no lo vas a lograr conmigo”. Nunca más supe de él.

Una de las cosas que me mostraron cuando me interrogaban fue un documento que encontraron en las Torres de San Borja en el que decía que se tomó contacto con el coronel Jorge Silva. Y allí dice exactamente lo que le dije en esa oportunidad: que no estaba de acuerdo con el MIR. Cuando me interrogaban, me pegaban y me volvían a golpear preguntándome si después de esa conversación yo había cambiado de opinión y había colaborado con el MIR. No me creían, lo mismo que nunca más hablé con Allende.

Mi impresión es que mucho después se dieron cuenta en el Consejo de Guerra que no tenían nada para acusarme, aparte de inventarme que yo estuve con el grupo de los “constitucionalistas” (el grupo de Raúl Vergara y Alamiro Guzmán), y me rebajan los 20 años a cinco años por “incumplimiento de deberes militares”. Da la casualidad que estaba de presidente del Consejo de Guerra el general Juan Soler Manfredini. Yo tenía muy buena relación con el general Soler, ya que estuve en la Escuela de Especialidades cuando él era director y el general Soler había sido edecán del Presidente Frei. Y cuando yo llegué a la Escuela de Especialidades conversábamos de política con él. Y él estaba bastante claro respecto de una posición constitucionalista. Pero empezó a cambiar, al punto que se puso golpista. Y recuerdo haber estado en su casa conversando y él tratando de convencerme porque sabía que estaba en contra del Golpe. “¡Imagínese el mando de la Fuerza Aérea a cargo de este país! ¡Con todo lo que lo hemos criticado por cómo ha administrado y dirigido a las Fuerzas Armadas y todos los problemas que hay en la Fuerza Aérea!”, le decía yo.

Soler sabía cuál era la posición mía y como teníamos buena relación el día del Golpe me llama. Él escuchaba los bandos militares y estaba furioso porque nadie le había informado nada de lo que iba a ocurrir. “Bueno, Flaco, ¿Y qué piensas tú?”, me dijo. “Soy un profesional, mi coronel, no piense que voy a hacer una estupidez porque no la voy a hacer, pero le quiero pedir un favor, no quiero salir a la calle a reprimir a la gente, porque no voy a poder cumplir bien esa orden. “Ya, no te preocupes, va a salir el subdirector a cargo de toda la fuerza y tú te quedas aquí a cargo de la logística porque va a venir toda la guarnición de Colina y de Cerrillos que se va a instalar aquí y a esta gente hay que alimentarla y hacerla dormir. Tú te quedas a cargo”, fue su respuesta.

Así lo hice. Vi como iban llegando los camiones cargados de presos a los que dejaban en un hangar rojo en la Escuela de Especialidades (la primera unidad de la Base El Bosque, ubicada en el paradero 32 de la Gran Avenida). El hangar estaba repleto. Ahí fue cuando vi a dos jóvenes, muy jovencitos (los entonces estudiantes universitarios Fernando Villagrán y Felipe Agüero), uno estaba todo mojado con una de esas frazadas grises de la FACH, a cargo de un suboficial. Yo ni siquiera estaba vestido de combate. Me acerco al suboficial y le pregunto: “¿Qué pasa con estos dos muchachos?”. Y el suboficial me dice que los han sorprendido en un auto con un documento en el que se preparaban para enfrentarse a la Junta Militar, por lo que los van a fusilar en la noche.
-Mira, hay un vehículo que va a salir dentro de dos horas al Estadio Nacional. Échalos en ese vehículo -le dije al suboficial
Y el suboficial los mandó al Estadio Nacional. Los sacó esa misma noche con el resto de los prisioneros de La Legua. Y no los fusilaron. Se salvaron.

DETENIDO Y TORTURADO

-¿Cuándo y cómo fue detenido usted?
Yo sabía que iba a caer. Lo presentía. Era todo kafkiano en ese período. Sabía que mi gran amigo Alamiro Castillo estaba asilado en la embajada argentina. Y pasaba en mi auto frente a la embajada para ver si lo veía, para saber lo que pasaba con él. Nunca lo vi. Pero también sabía que Raúl Vergara estaba preso junto a otros oficiales que no eran golpistas. Y pensaba que yo también iba a caer detenido, sobretodo por el problema de la carta de Mario Jahn que nunca me lo tocaron, pero que estaba presente. Yo lo sabía. Ellos lo sabían.

Finalmente caí preso el 9 de octubre de 1973. Y como sabía que se robaban los autos de la gente que caía presa, yo le decía a Nelsa, mi esposa, que me fuera a dejar en el auto temprano y como ella era enfermera de la posta del J.J. Aguirre, se fuera con él. Así, si me detenían, ella se quedaba con el auto. Cada mañana nos íbamos por la Panamericana y veíamos en la esquina del Cementerio Metropolitano los cuerpos de los muertos. Yo sabía que era gente que mataban en la Escuela de Especialidades y luego la iban a tirar allí. Pero a mí no me pasaba nada. Hasta que un día, voy llegando a mi casa como a las 10 de la noche y encuentro a un vehículo de la FACH que me está esperando. Se baja un chofer de mi grupo y me dice: “Mi capitán, me mandó mi coronel Soler a buscarlo. Pero dijo que antes que se fuera lo llamara por teléfono”. Llamé al coronel Soler a su casa. “Oiga capitán, ¿dónde está en este momento?, ¿en la casa de su mamá o en la suya en el centro?”. “Estoy en el centro, mi coronel”. “Ya mi capitán, porque le quiero pedir un favor, ¿pero no tiene un problema para venir hasta acá?”. “No, mi coronel, voy inmediatamente”. “¿Pero está seguro?, porque si no puede lo hablamos mañana”. “No, mi coronel si usted me necesita voy inmediatamente”.

Partí en el mismo vehículo hacia la casa de mi coronel Soler, que estaba al frente de la Escuela de Especialidades. Me llamó la atención que se demoraban en abrir. Y me salió a abrir el chofer. Entré, pasé por el antejardín, y cuando voy llegando a la puerta de la casa, me caen encima dos oficiales. Uno me puso una capucha en la cabeza, otro me saca el arma. Y yo siento que está ahí el coronel Soler. Y lo escucho decir: “Yo sé que va a volver. Yo sé que esto no es verdad. Yo me voy a quedar con la pistola”. Me amarraron, me tiraron adentro de un vehículo y me llevaron directo a la Academia de Guerra Aérea. Y en ese momento dejé de ser capitán de la Fuerza Aérea.


-Es decir, Soler lo entregó. 
Me entregó, pero me dio la posibilidad de no ir a su casa. Pero él no podía decirme más pues estaban allí en su casa Edgar Ceballos y Ramón Cáceres. Ellos so lo oficiales que me caen encima y me apresan. Cáceres es un caso muy especial. Yo no lo conocí en la Fuerza Aérea. Una vez voy llegando a la casa de mis padres, ya era suboficial, y me encuentro con un oficial en la casa. Qué raro, me dije, habrá un problema que me mandaron a buscar. Y nada de eso, Cáceres estaba allí porque su novia había sido compañera de colegio de mi hermana. Ahí lo conocí. Después, él estuvo en la Escuela de Especialidades, fuimos oficiales juntos allí, incluso estuvimos mas de una vez en su casa. Pasó por Balmaceda y yo estaba allá. Teníamos una relación amistosa, aunque él no tenía una personalidad que me atrajera. Tal vez él se consideraba amigo mío. Bueno, cuando me torturaban, al final -y me va a perdonar que le cuente esto- yo botaba sangre por todos lados, orinaba sangre, por atrás, por la boca…; y cuando yo estaba muy mal, Ferrada, que también estaba preso ahí, se me acercaba y me decía: “Cuenta todo lo que sabes, estas botando sangre y te estás muriendo, cuenta todo, no te van a mandar al hospital, cuenta todo”. Bueno, una mañana me sacan para el interrogatorio y me mandan un golpe fuerte de corriente. Y no sé por qué razón esa noche se me había acumulado sangre en el estómago y bote mucha sangre ahí mismo. “¡Lo reventamos!”, dijo uno de los que me aplicaba electricidad. Me sacan la capucha y me encuentro con Cáceres que está con un lápiz en la boca y es uno de los que me está torturando. Y le digo: “¡Tú haciendo esto!”. Cáceres se agachó y me dijo: “Es que ustedes querían matar a mi familia”. “Te cabe en la cabeza que íbamos a matar a tu mujer, a tu hijo”. Y él repetía: “¡Querían matar a mi familia!”. Entonces recuerdo que me pasan a un baño que había allí y yo me miré al espejo -porque llevaba ya no sé cuanto tiempo bajo una capucha-, y me asusté. “Dios mío, en lo que me han transformado!”. Tenía manchones amarillos y de todos los colores, barba, el pelo asqueroso con sangre. Y esa fue la última vez que me torturaron. Nunca más lo hicieron. Y fue también la última vez que vi a Cáceres.


-¿Cuándo salió de Chile? 
Salí de Chile en 1977. Estuve en la cárcel tres años y medio. Aunque a los dos años y medio, cuando cumplí la mitad de mi condena, se presentó un documento para que me dieran la libertad. Pero el general Gustavo Leigh personalmente dijo que no, que yo no podía salir en libertad. Tuve la posibilidad de irme a Estados Unidos, Alemania o Inglaterra. Y me fui a Inglaterra, porque me daban la posibilidad de ir a la universidad. Conseguí una beca y terminé con un master en Relaciones Internacionales que al final no me sirvió de nada, porque después me puse a trabajar cuando nació mi hija allá… Todos partimos pensando que esto se acababa en Chile al año siguiente. Y no fue así. Duró 17 años.


-¿Por qué cuenta cada episodio duro de su vida como si se tratara de otra persona, con una tranquilidad y claridad que asombra? 
De qué tranquilidad me habla si me he fumado como tres cigarrillos mientras hemos hablado… ¡Y yo no fumo! Creo que es importante reconstituir la historia tal como pasó. Pero es que siento que a mí no me pasó nada si lo comparo con lo que le pasó a tanta gente que sufrió mucho más. Mucha gente perdió la vida. Hay mucha gente mucho más importante que yo que merece más atención por lo que ocurrió. Hace cuestión de un mes atrás, como mi mujer era muy amiga de una doctora del Hospital J.J. Aguirre, María Elena Prieto, casualmente fuimos a ver la película El regalo y ahí aparece que le dedican la película a la doctora María Elena Prieto. Mi mujer la quería mucho, eran muy amigas, y por e-mail ella preguntó si era la misma doctora. Y una mujer le contestó: “Qué suerte, parece que mi mamita me está ayudando porque nosotros estábamos pensando en hacer una película de los presos de Pisagua, falló, y ahora a lo mejor tu marido quisiera ayudarnos a hacer una película sobre su historia”. Le respondí que no, porque hay mucha gente más importante. Yo sigo muy de cerca lo que está pasando acá, porque creo que hay mucha gente que merece que se la recuerde y que la historia no se pierda.


-¿Qué días son importantes para usted o conmemora en forma especial? 
Creo que cuando salí libre uno se va con un poco de pena. Porque el período en que pasé en la cárcel me sirvió mucho para conocer líderes obreros. Me acuerdo que había un viejo dirigente del salitre que no se había perdido ninguna represión. Conversaba mucho con él y hablábamos de filosofía. A diferencia de los comunistas que siempre eran muy tristones y serios, éste hombre era muy vital. Y un día le pregunté por qué sabía tanto de filosofía y de política y de tantas cosas. Y fue la primera vez que como que se quebró un poco y me dice: “Mire capitán, mi madre era cocinera de una oficina salitrera. Mi madre era prostituta también. Yo nunca fui a la escuela. A mí me enseñaron a leer los líderes que había allí y todo lo que sé lo he sabido por los libros que me han prestado”. Cosas como esa me impresionaban mucho. Me hice muy amigo de Patricio Cariola, un cura jesuita que estuvo preso. Incluso me regaló su Biblia. Se fueron los curas y, al final, había un preso en la misma celda en que estaba yo, un tal Patricio Uribe que había caído preso por un problema de cheques, porque era el encargado de exportaciones de David del Curto. Nos fabricamos una muy buena relación y recuerdo que un día, cuando nos estábamos levantando en la mañana, me estaba mirando fijamente y le digo: “¿Qué te pasa?”. Y me dice: “Yo a ti te veo como Jesucristo, porque tú dejaste tu profesión, tu familia, todo abandonado, preocupado por la gente pobre. Si a esa gente no hay que mirarla, porque no lo vas a cambiar, no vas a arreglar el mundo. Haz como hago yo: no los mires”.


-¿Cuándo salió de Chile? 
Me fui a fines de septiembre de 1977. Salí de la cárcel con pena. Era doloroso, los presos te felicitaban, te aplaudían y eso te daba una carga emocional muy fuerte. Y llegué al aeropuerto y estaba mi padre y mi madre. Me dolía mucho que cuando mi padre me iba a ver lo revisaran entero, lo humillaran. Él nunca se imaginó que su hijo iba a caer en la cárcel. Y debo confesar que yo tampoco tenía dentro de mis posibilidades caer en la cárcel. Yo recibí gran apoyo de mi familia.


-¿Lo ayudó el coronel Juan Soler a salir en libertad? 
Me bajó la condena de 20 a 5 años. Y cuando tú cumples la mitad de la pena puedes irte. El abogado mío, Luis Ortiz Quiroga, se portó muy mal, porque nunca me fue a ver a la cárcel y yo nunca vi mi defensa y sólo la escuché cuando me llevaron, pero me cobró. Me costó el auto que teníamos en la época. Cuando llegamos a Inglaterra, pensé que teníamos la plata de la venta del auto. Y le pregunté a Nelsa. Y ella me dijo “no, no tenemos nada, toda esa plata se la pagamos al abogado”. Y le encontré toda la razón: había que hacer cualquier cosa para salvar la vida del que estaba preso. Pero a Ortiz Quiroga nunca le vi. Ni siquiera he leído mi defensa. Le agradecería si usted la tiene que me facilite una copia.

Esa es mi historia. El que le puede contar mucho más de lo que pasó antes es Alamiro Castillo, que fue el único que tuvo la visión, o fue su mujer, de asilarse. Él sabe cómo y por qué se organizaron los “institucionalistas”.

OFICIALES Y SUBOFICIALES CONDENADOS POR LA FACH PIDEN
PROCESAR AL GENERAL MATTHEI

No ha dejado de causarnos sorpresa la premura de familiares y amigos en adoptar la defensa del ex Miembro de la Junta Militar, ex Comandante en Jefe y ex Director de la Academia de Guerra Aérea de la Fuerza Aérea de Chile, General Fernando Matthei Aubel.
No parece prudente que mientras la justicia juzga su comportamiento como Director de la Academia de Guerra Aérea se promueva una novelesca campaña comunicacional exculpándole a priori. Este no es problema de amistad y cariño. Este es un problema judicial y de moralidad publica.

Quienes ahora lo defienden, parecen tener una grandeza de alma, de la que nosotros carecemos tal vez porque no tenemos ambiciones políticas. Nos sentimos por tanto, liberados para manifestar sin ambages que el General Matthei ha actuado en el pasado y en el presente con una escasa calidad moral. Distorsiona mañosamente lo que hizo y lo que ocultó en su función de Miembro de la Junta Militar, en su función de Comandante en Jefe de la FACH y muy especialmente como Director de la Academia de Guerra Aérea. Pretende enfatizar su inocencia escudándose en emocionales declaraciones de amistad o las ocasionales expresiones sociales de un personaje de la política.

Nuestros planteamientos están basados en sólidos argumentos y esperamos que el Ministro Sr. Mario Carroza, no solo se limite a investigar de la muerte del General Bachelet, sino que también del asesinato del Cabo Espinoza ocurrido en la Academia Politécnica Aeronáutica. Pudiendo también agregar en su investigación, el asesinato del Sargento Samuel Reyes, perpetrado en los mismos subterráneos de la AGA, sitio al cual naturalmente según manifiesta el general Fernando Matthei, jamás bajó.

Las victimas de los hechos de la AGA lo constituyen, entre otros, Oficiales, Suboficiales y Empleados Civiles de la FACh, los que fueron juzgados en el Proceso caratulado “Aviación Contra Bachelet y Otros 1973”. Este centenar de miembros de la “familia aérea” fue sometido a vejámenes y torturas inenarrables, en los subterráneos de la Academia de Guerra Aérea (AGA) convertida en cárcel en 1973-74. El objetivo de tan sádica conducta institucional no era otra que obtener declaraciones que dieran satisfacción a la preconcebida “verdad” que sostenían el Fiscal y sus torturadores. Pues bien, por largo tiempo, oficialmente “el regente” de esa unidad de la FACH era el entonces Coronel Matthei. Es falso eso de que no podía entrar. Es falso que nunca ejerciera como Director. Indudablemente en algún archivo estarán las inmutables Actas de Recepción y Actas de Entrega de tan importante Centro de Instrucción Aérea y también la reglamentación que le ordena sus obligaciones como su Comandante y Director.

LA ACADEMIA DE GUERRA AEREA.-

1.- El Art. 180 del Código de Justicia Militar establece:” Inmediatamente que la autoridad militar superior correspondiente tuviere noticia por cualquier medio de que se ha cometido un delito de la jurisdicción militar, ordenará instruir el proceso correspondiente al respectivo Fiscal.” Proceso que no podrá extenderse por más de 48 horas.

En el caso que nos ocupa el Fiscal nombrado por la FACH para investigar los supuestos delitos, fue el General Orlando Gutiérrez Bravo, quien se instaló en la AGA, con fecha aproximada del 20 de Setiembre de 1973. Este Fiscal no tiene ninguna facultad administrativa ni de mando en dicha unidad aérea. Las funciones administrativas, logísticas, de personal, de finanzas son de exclusiva competencia del Director/Comandante de la Academia de Guerra Aérea. Es su Comandante/Director quien responde de lo “que se hace o no se hace” en la unidad de su responsabilidad.

2.- El Fiscal Gutiérrez requiere la presencia de los primeros inculpados. Estos (los primeros) están detenidos en la Base Aérea de Colina y los otros son acorralados y secuestrados desde sus unidades de trabajo

3.- El 20 de Septiembre son llevados a la AGA, que es habilitada como lugar de detención. Quien debe cuidar de los reos, es el Comandante de esa Unidad, (la AGA). Además tiene las mismas obligaciones para con los guardias adicionales que se le hayan asignado y para con los funcionarios que habrán de interrogar previamente a los inculpados.

Cabe señalar que, reglamentariamente, en estos interrogatorios los reos NO pueden ser objeto de apremios ilegítimos, como tormentos físicos o psicológicos. En el recinto AGA, el Fiscal y los funcionarios que interrogan, no tienen ninguna atribución de mando, ni administrativa. Esta función siempre será ejercida por el comandante de la unidad (la AGA)

4.- A fines del año 1973, Fernando Matthei es nombrado Director de la AGA. Por aquella fecha los procesados por el Fiscal Gutiérrez alcanzaban a un centenar de Empleados Civiles, Suboficiales, y Oficiales de la FACH, los cuales son enviados posteriormente a la Academia Politécnica Aeronáutica (Base Aérea El Bosque) principalmente, con la intención de que se recuperen de las lesiones sufridas en la AGA y para enviarlos posteriormente sin esas evidencias a la Cárcel Publica a convivir con la población penal por delitos comunes. El General Alberto Bachelet ya no está detenido con el resto de los procesados, sino que bajo arresto domiciliario por razones de salud.

5.- Luego del traslado de los presos a recuperación física en la Base Aérea El Bosque, la Academia de Guerra Aérea continua siendo un lugar de reclusión de los reos que deberán interrogar los Fiscales de turno y se continua con la tortura y aplicando las peores aberraciones físicas a los interrogados.

6.- Durante el año 1974 el Director de la AGA era el entonces Coronel Fernando Matthei. Ejercía, para graficarlo de alguna manera, de “Alcaide de la Cárcel” que era la AGA, donde también funcionaba la Fiscalía de Aviación. Ese año como consta en varios procesos, hubo torturas y muertes en los sótanos de la AGA.

7.- Queremos resaltar que no solo se trata del General Bachelet y el resto de sus camaradas Oficiales y Sub-Oficiales, los que fueron torturados en los sótanos de la “cárcel” que administraba el Coronel Fernando Matthei Aubel, sino que también los centenares hombres, mujeres y niños que pasaron por “su” unidad.

8.- Los miembros de la FACH procesados por el Fiscal Gutiérrez a fines del año 1973 son llevados a la Cárcel Publica, aun sujetos a interrogatorios, a tal punto que muchos son sacados temporalmente de la Cárcel para ser llevados a la AGA para ser sometidos a nuevos interrogatorios bajo tortura (eso era lo habitual).

9.- A mediados de Diciembre de 1973, el General Alberto Bachelet es ingresado a la Cárcel Publica, donde comparte celda con varios compañeros de la FACH, entre ellos se destacan el General Poblete, el Coronel Ominami, el Coronel Miranda, el Comandante Galaz etc. donde están recluidos mas de un centenar de oficiales y suboficiales de la FACH.

10.- Un día de Marzo de 1974 el General Bachelet es sacado de la Cárcel Publica por Orden del General Gutiérrez (FISCAL) y llevado por ultima vez a la AGA para ser interrogado. Después de este interrogatorio el General muere en las circunstancias ya conocidas.

LA JUNTA MILITAR.-

En cuanto a la declaración del senador Letelier habría que aclararle que cuando el General Bachelet murió, el Coronel Matthei no era el Comandante en Jefe de la FACH, sino que era el Director de la Academia de Guerra Aérea en donde el General Bachelet fue interrogado el día anterior a su muerte. Quisiéramos que este senador fuese tan riguroso en averiguar la muerte del General Bachelet, como lo fue en la investigación de la muerte de su padre.

Por otra parte señalemos que el General Matthei en la Junta Militar, era una importante autoridad (según sus propias palabras), y declara públicamente que sabía de la violación de los derechos humanos, pero que nada podía hacer. Enfatiza al respecto, que se le mentía y que él sabía que se le mentía. Elemental: Si sabía que se le mentía, es porque sabía la verdad. Muy livianamente Matthei dice en su entrevista: Pero qué podía hacer yo? Renunciar pues mi general. ¡RENUNCIAR Y DENUNCIAR! Eso es lo que correspondía a un Sr. Oficial y más encima con el grado Jerárquico de General y Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea.

 

Finalmente aclaremos: la AGA siempre existió. Solo cambió su función. En vez de centro de instrucción para la formación del Alto Mando Institucional, se transformó en “Centro de Detención y Tortura”, y asiento de Fiscalías en el ejercicio de la Justicia Militar en Tiempos de Guerra. Estos fiscales solo ocupaban algunas oficinas del amplio recinto de la AGA. Los torturadores de los autoproclamados servicios de inteligencia ocupaban los subterráneos y la capilla.

El jefe administrativo de la AGA era el General Fernando Matthei Aubel, en razón de su nombramiento como Director de esa organización militar. El respondía institucionalmente del funcionamiento de esa organización. Tampoco debemos olvidar la existencia de delitos por omisión, y más aun, si no actuamos siendo testigos de la existencia de delitos como apremios ilegítimos, torturas o asesinatos, nos hacemos cómplices de aquellos hechos deleznables. Esto NO es solo dentro del ámbito militar se extiende igualmente a todo el ámbito civil.

Firmado:

Comandante de Grupo (R) = Ernesto Galaz Guzmán

Capitán de Bandada (R) = Jaime Donoso Parra

Capitán de Bandada (R) = Jorge Silva Ortiz

Capitán de Bandada (R) = Daniel Aycinena

Sargento Segundo (R) = Juan Ramirez

Cabo Primero (R) = Osvaldo Cortez

Cabo Segundo (R) = José Ayala

 

Red Charquican red@charquican.cl
2 ago

memoria y DD HH en listas grupos en Internet
Querido IgnacioTremendo trabajo!!! gracias una vez por mantener esta red de valor intangible. No hace mucho en conversaciones con mi entorno directo en el hogar y mi hijo que emprende rumbos en nuevos ciclos aparacen muchas situaciones que tienen una respuesta en todo este relato. Enviaré el relato a la red personal que debe tenerlo en esta memoria activa de nuestra sociedad. Es relato en que la ética está en la epidermis de esa memoria.

Leopoldo

Red Charquican red@charquican.cl
14 ago (hace 2 días)

Que triste lo de Angela Jeria.Cuando Michelle lo llamó tío – voluntariosamente, al menos desde mi – se pudo interpretar como un téngase presente que no tenemos odio, pero no dudemos que está lejos de NI OLVIDO NI PERDÓN.

Fernando Matthei no llegó a la Junta por impecabilidad con respecto a los DD.HH., sabemos como fue la estructura de la época y que se requería para ser miembro de la Junta Militar (o ser expulsado de esta (Gustavo Leigh, Mendoza…).

Sin duda que la declaración de Angela Jeria está en directa relación con los poderes fácticos de la sociedad chilena en que incluso se puede renegar de las causas y responsabilidades de un ser querido. Valiente la actitud de Eduardo Conterras en decenas y decenas bregando por el esclarecimiento del atropellamiento de los DD.HH. desaparecidos y hoy debe enfrentar el veto de 2 personas (Jeria y Letelier) cuyos intereses personales ponen un velo al esclarecimiento d elas atrocidades de una dictadura…. Townley puede seguir viviendo tranquilo en el anonimato en este contexto.

Fernando Matthei llegó a ser miembro d ela Junta por su fidelidad al obscurantismo y ocultamiento a la represión, tortura, asesinato y desaparecidos…. o llegó a la Junta por desconocimiento. Paradojalmente la declaración de este personaje a la CNN es mucho más transparente que la declaración de Angela Jeria… bueno no es tan distinta su declaración con respecto a los atropellos en la DRA.

Me embarga una sensación de hasta cuando seré ingenuo ante liderazgos que también son parte del poder fáctico de nuestra sociedad.

Triste muy triste!!!!!!!!!!!!!!

Leopoldo.

From: red@charquican.cl
Subject: Ángela Jeria desvinculó a Fernando Matthei de muerte de general Bachelet
Date: Mon, 13 Aug 2012 22:33:04 -0400
 

Me parece el colmo, Señora Angela Jeria y Señor Juan Pablo Letelier,
Ustedes no pueden decidir sobre lo que es verdad, ni menos tratar de influenciar a los Tribunales
Es la justicia es la Justicia la que debe decidir
Carmen Gloria


 
 


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