La Elo.Pelirroja de mentira, peligrosa de verdad

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romeria cementerio general 9 de sept a 39 años del golpe militar (Photo credit: todosnuestrosmuertos)

6 de noviembre de 2012

Eloísa González habla desde su pieza

Pelirroja de mentira, peligrosa de verdad

Molestó a más de alguno con su opción de no prestar el voto el pasado 28 de octubre. Pero no ha sido la primera ni la última vez que alguien se enronche con ella. Una de las más reconocidas voceras de la ACES puede parecer —la mayoría de las veces— políticamente incorrecta, insolente e inmanejable. Sin embargo, Eloísa es la voz y la cara de un iceberg enterrado en el corazón de Chile que representa a una generación que se organiza y plantea un guión político diametralmente opuesto a todo lo conocido. Estos son sus argumentos, sus referentes y su historia.

–En este libro, Flora Tristán habla de lo colectivo, la comunidad. Me gustan esos temas –dice antes de meter las 187 páginas en su mochila azul–. El sol entibia un mediodía de octubre.

“Utopía y Feminismo: unión obrera”, de Flora Tristán, no es el único texto que relee constantemente. Sobre su cama queda uno de sus preferidos: “Un libro rojo para Lenin”, del poeta salvadoreño Roque Dalton.

En su pieza, en una casa de un piso de la calle Eliecer Parada, en la comuna de Ñuñoa, cabe el mundo de Eloísa González: sus libros; una antigua máquina de escribir marca Corona con la que tipea poemas; frases entrecomilladas en la pared en las que se lee, entre otras letras armadas con plumón, la estrofa de una canción de Joaquín Sabina. De fondo, Javiera Mena desangra una versión de “Amiga mía” de Los Prisioneros. Un afiche en blanco y negro de Miguel Enríquez, que dice “Con Miguel forjemos futuro”, quedó instalado hace años sobre el equipo de música, que ahora está conectado a su iPhone blanco —regalo de su papá— en el que se suceden The Smiths, Chavela Vargas, Serrat y Edith Piaf.

—Este es Luchín —dice presentando a un gran perro que entra a su pieza, un quiltro que se sumó a la toma del Liceo Amunátegui y que después terminó de regalo, en su casa.

Las imágenes, las fotografías, los puños en alto, la danza al compás del guanaco y los napoleones, hacen que cualquiera la vea fuerte e inmanejable. Pero ella, sin nada de eso enfrente, sentada sobre su plumón rojo, con un cigarrillo Pall Mall Light en la mano, tomando café con leche; con sus 60 kilos y un 1,67 metros. Ella y su rebeldía, son más imponentes de lo que se ve en la tele.

Sacar la voz

Eloísa González, estudiante de tercero medio del Liceo Manuel de Salas, con 18 años recién cumplidos —el 28 de octubre, el mismo día de las elecciones—, falsa colorina, una de las voceras de la Asamblea de Estudiantes Secundarios (ACES), con una familia que mezcla desde derechistas hasta ex integrantes del MIR, comenzó en la dirigencia estudiantil en Sexto Básico.

Antes de entrar a Primero Básico se fue del país: entre los 4 y 10 años estudió en una escuela en Quebec, Canadá. Era un colegio para hijos de inmigrantes. Su mamá, María Eugenia Domínguez —Phd en Comunicación, periodista y docente de la Universidad de Chile— se fue una temporada a trabajar a ese país, con ella de la mano.

Es pasado el mediodía, Luchín entra y sale del dormitorio y Eloísa enciende un segundo cigarrillo. Suena la canción “Dónde empieza” del rapero chileno Portavoz. Habla suave, tiene una claridad que no necesita expresar a gritos, cree en cada una de las cosas que dice —algo que podría parecer obvio, pero no lo es—. Le gusta observar y leer sobre los movimientos latinoamericanos. “Me gusta la concepción de mandar obedeciendo de los zapatistas, donde lo principal es lo que dice la comunidad, las bases. Yo soy la cara, una de las voces del movimiento, pero represento a mis compañeros”, dice y es imposible soslayar la vez en que el presidente de la Juventud Demócrata Cristiana le pidió la renuncia, una de las críticas que se suman a quienes consideran que la organización a la que pertenece es “intransigente”. Los reproches que ha recibido la ACES han venido incluso desde el propio Gobierno.

“Hay gente que no entiende y las autoridades son súper cerradas en el sentido de necesitar siempre que haya un representante con quien hablar. No entienden un diálogo con una comunidad que no tiene un líder así como la mayoría habla de líderes, casi ungidos por Dios. Entonces no entienden que hay toda una asamblea decidiendo; eso les choca, es un problema profundo de concebir, es un choque de paradigmas, un problema ideológico”.

Eloísa no solamente devora noticias y sigue con lupa lo que se dice de los estudiantes en Chile. También afuera. Habla perfectamente francés e inglés, porque durante el tiempo en que vivió en Canadá, también viajaba constantemente a Madison, Estados Unidos, donde por esos años vivía su papá, profesor de Historia. Sus padres se separaron cuando ella tenía 1 año.

En ese tiempo, no sabía que marcharía por las calles de Santiago despertando simpatías y ácidas críticas. Pero sí comenzaba su cercanía con los movimientos sociales. De hecho, ya de regreso en Chile y en su colegio de Ñuñoa, como dirigente de su curso, se dio cuenta que se podían tomar decisiones sin necesidad de hacer burocrático el camino, pero no podía entrar a la ACES antes de Séptimo Básico. “Yo igual iba a las marchas. Una de las primeras fue el 2006. Quedó la escoba, así que nos quedamos encerradas en la escuela de Derecho de la Universidad de Chile, pero los de Cuarto Medio que iban con nosotros nos cuidaban”, cuenta.

Uno de sus cercanos dice que una de las cosas que más valoran de Eloísa sus compañeros, es que está siempre “en la misma” que ellos, una de las características más importantes de la Asamblea. Y eso es en todo nivel. Por ejemplo, “si están en unas marchas y los apalean a todos, a ella también. La organización es horizontal hasta para eso”.

No voto

Una de las ofensivas más polémicas encendidas por la ACES fue la campaña “Yo no presto el voto”. Y los dardos cayeron en la cara de Eloísa antes, durante y después del 28. Los trolleos le llovieron. Patricio Fernández, por ejemplo, le escribió en Twitter: “Los viejos políticos te lo agradecen y ya verán el modo de compensarte”, mientras otros ciudadanos le recordaron cuánto había costado recuperar la posibilidad de votar.

Giorgio Jackson también intercambió un par de tuiteos con ella, donde el ex presidente de la FEUC argumentaba que la “ausencia, por no estar documentada, no es atribuible a ninguna explicación. El voto nulo organizado, sí”.

“Hayamos hecho o no a la campaña, en Chile ya había un fenómeno alto de abstención en las elecciones, porque la gente no se siente representada por la institucionalidad política chilena, y nosotros lo único que hicimos fue darle voz a este descontento, a esta crítica profunda a nuestra institucionalidad”, diría dos días después de esta entrevista, al finalizar la jornada del 28, marcada por la derrota de la derecha, pero también por el impacto causado por la alta abstención.

Sin embargo, dos días antes de la elección, sentada en su pieza, cargando un libro de Roque Dalton en la mano, ella lo tiene claro: “Después del 28 Chile ya no va a ser el mismo. Y yo creo que se va a instalar otra lógica en cuanto a construir, entonces los próximos años veremos cambios más importantes”, dice, al mismo tiempo que recibe un café caliente de las manos de su mamá.

Hasta ahora, María Eugenia Domínguez (48) —una de las personas que más escucha la dirigente secundaria, según cercanos— no había querido hablar con los medios, pese a que lo primero que siente cuando ve a su hija tan pública no es miedo, sino que orgullo.

“Cualquiera quisiera un universo donde los hijos van al colegio tranquilos, estudian, hacen las tareas, pero su papá y yo lo entendemos. Hay una generación joven que pone temas que otros no se atrevieron y por supuesto que provoca tensión ver que ella es la cara, que se personaliza, pero no es algo que se le ocurrió a ella. Esto no tiene que ver sólo con Eloísa”, dice María Eugenia, de pie, afirmada sobre un escritorio lleno de lápices y papeles que su hija usa para pintar.

–Pero llaman a no votar, tú saliste a las calles a marchar por la recuperación de la democracia también –le digo.

María Eugenia se queda un rato en silencio, mientras Eloísa la mira atenta sentada en el borde de la cama. Es una de las críticas frecuentes de quienes marcharon, protestaron, capearon palos, guanacos, lacrimógenas, la perversión de la dictadura y que no entienden que existan argumentos políticos para llamar a no votar. María Eugenia quiebra el silencio con su voz: “Nosotros no peleamos sólo por votar. Peleamos por una sociedad distinta, donde el mundo no iba a ser a espaldas nuestras. Yo entiendo el llamado que hace la ACES. Tampoco es válido el argumento de que si no votas gana la derecha, porque en efecto la derecha ha gobernado y nuestras vidas son un desastre”.

María Eugenia se tiene que ir a trabajar. Antes de cerrar la puerta se despide de su hija y le recuerda que tiene compromisos familiares. Eloísa asiente sin objeciones. Del iPhone blanco, vuelve a sonar Javiera Mena.

El futuro

Eloísa es uno de los rostros de la ACES, que se creó como la organización continuadora de la Federación de Estudiantes Secundarios de Santiago (Feses). En 2001 la Asamblea salió a la calle a pelear por el pase escolar, en 2003 por la tarifa del pasaje, en el 2003 por la recién estrenada PSU; el 2006 vinieron la revolución pingüina y su gran segundo tiempo en 2011. Es considerada una organización más dura que la Coordinadora Nacional Estudiantes Secundarios (Cones). Sin embargo, a la izquierda de la ACES, hay más vida: los estudiantes que se denominan “autónomos”, que no tienen relación con el movimiento de la Universidad de Chile y que no se articula en coordinadoras.

“Utopía y Feminismo: unión obrera”, de Flora Tristán, no es el único texto que relee constantemente. Uno de sus preferidos es “Un libro rojo para Lenin”, del poeta salvadoreño Roque Dalton. (Foto: El Mostrador)

“Su vocería ha sido más difícil que la mía”, afirma Alfredo Vielma, ex vocero de la ACES, “principalmente porque ella es mujer. La prensa ha sido más invasiva con ella, parece que los medios tienen esa imagen de la mujer sometida y ver a una que se rebele les sorprende”, dice Alfredo, quien destaca que una de las cualidades de Eloisa es que tiene toda su vida en orden: aunque repitió tercero medio el año pasado (por una decisión familiar), nunca ha tenido malas notas.

Daniela López, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad Central, votó –y anuló– y en cierto sentido cree que la campaña lanzada por la ACES es “absolutista”. Aún así entiende la crítica de fondo a la que apunta y su cuestionamiento al sistema. También destaca la figura de la dirigente secundaria: “A su edad tiene las cosas súper claras, una vocación de luchadora social muy potente, y una visión critica al Chile actual que se ha forjado con la política tradicional y el duopolio. En ella y los secundarios se encarna una verdadera alternativa y una propuesta para construir otro país”.

Eloísa también está pensando en su propio futuro. Cuando salga del colegio quiere estudiar Economía Política (un problema más que una solución porque la carrera no existe en el país). Es como si Chile no le calzara. No sólo porque está buscando qué poder estudiar. Su incomodidad con Chile cruza otros ámbitos. ¿Por qué decir, cuando nadie se lo estaba preguntando, que es lesbiana? “Yo he sido lesbiana desde chica, pero mi decisión de asumirlo y salir del clóset fue una decisión política. Independiente que yo represento una asamblea también represento una generación y cuesta mucho avanzar por todas las imposiciones que tiene este modelo. Cuesta ser travesti, lesbiana, homosexual, transexual. Igual hubo familiares míos que no sabían y se sorprendieron. Mi papá y mi mamá, en cambio, lo han sabido de toda la vida”.

A pesar de que a veces pudiera parecerse más a un bicho raro en una sociedad que trata de entenderla, Eloísa no está mirando para afuera. Muy por el contrario, mira el futuro en Chile, seguir participando en política, en ser parte de las demandas estudiantiles y quién sabe si en ese Confech que ella considera un organismo medio muerto. “Es que hay una participación más activa de las bases universitarias y el Confech no puede acaparar esas bases porque tiene un modelo federativo… entonces ahí uno empieza a cuestionarse las lógicas de construcción según los momentos históricos”, dice.

-¿Y los más chicos piensan igual?

-Tienen una apertura de mente incluso mayor y esa apertura se ve no sólo en lo sexual o lo moral; también en el ámbito político. Por ejemplo, a los chiquillos ya les parece insuficiente el nivel de organizaciones que tenemos y quieren conformar mas colectivos, más asambleas. Eso es lo que viene. Y tampoco lo están viendo las autoridades. Las nuevas generaciones ya nos sobrepasan a nosotros mismos.


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