Una luz sobre la sombra – Detenidos desaparecidos y asesinados de la Universidad

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tra denuncia tuvimos que recurrir a los Organismos Internacionales pú-blicos y privados, embajadas y al Alto Comisionado de la ONU (mayo1976), Honorable Comisión de los Derechos Humanos, New York,USA (noviembre de 1976) Ref. Caso N° 2047 de la OEA, miembros dela Honorable Comisión de Juristas con sede en Ginebra (diciembre1976), Secretario General de la Organización de Estados Americanos, asu Santidad Pablo Sexto (Roma, noviembre 1975), a su eminencia Nun-cio Apostólico de Chile (enero 1977) a Cruz Roja Internacional, al gru-po ad-hoc de los Derechos Humanos que visitara Chile en julio de 1978.Posteriormente a toda comisión u Organismo que se preocupara de laviolación de los derechos humanos en el país. Todo esto fue gracias a laVicaría de la Solidaridad, donde pudimos crear la Agrupación de Fami-liares de Detenidos Desaparecidos, unidos en una causa común y undestino en la búsqueda de nuestros seres queridos. A once años de ladetención y desaparecimiento de nuestra querida y recordada hija Car-men Cecilia y Jorge Müller Silva, seguiremos como siempre luchandopor conseguir la verdad de lo ocurrido a nuestros seres queridos. La ver-dad tendrá que imponerse por mucho que hayan tratado de acallarlacon la mentira, la cobardía, el fusil, la represión. Algún día sabremosdonde dejaron su último suspiro y cual fue la mano asesina que cegó susvidas. Como madre de Carmen Cecilia, quisiera en su recuerdo rendirun homenaje a todas las mujeres, hijas, esposas y compañeras de nuestrodolor y todas aquellas mujeres anónimas de nuestra patria y de otras la-titudes que nos han brindado su solidaridad. A la sufrida y abnegadamujer de nuestro pueblo la insto a permanecer unida, combativamente,en la defensa del derecho a la vida, a la libertad y a la justicia, para quenunca más en nuestra patria vuelvan a repetirse hechos tan deleznablescomo los que hemos tenido que sufrir, que el testimonio de vida que noshan entregado ellas, nuestras detenidas desaparecidas, especialmenteaquellas que llevaban vida en su vientre, sea la luz que ilumine nuestrocamino.¡Hasta encontrarlas!
Su madre
Testimonios
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Para el historiador Gabriel Salazar, Jaime Ossa era simplemente “elNacho”–acostumbraba a usar su segundo nombre, Ignacio–. Los doscoincidieron a fines de 1971: hacían clases en la Universidad Católica ymilitaban en el MIR en una unidad de profesores universitarios. “A pe-sar que estuvimos poco tiempo juntos, nos unió una amistad profunda.Él, como literato, estaba muy volcado a la poesía y, sobre todo, al teatro,y a mi me interesaban ambas cosas, aunque yo estaba en el campo dela historia, de la teoría, la filosofía y sociología. Trabamos una amistadmuy linda, incluso al margen de la actividad militante, y confiábamosmucho el uno en el otro. El consideraba que yo podía aportar más a larevolución desde el punto de vista teórico, mientras él se ocuparía de laparte artística y literaria de la revolución. ¡ Nos repartíamos las tareas deacuerdo con las especializaciones profesionales!”. Lo recuerda como “untipo muy agradable, honesto, extrovertido y simpático”.Después del golpe perdieron contacto, entre otras cosas porqueGabriel Salazar fue exonerado y cada cual quedó militando en distintossectores. Sin embargo, volvieron a encontrarse en un inolvidable cum-pleaños de Gabriel, el 31 de enero de 1975, cuando se juntaron en sucasa a compartir un pato asado.Había varios miristas que después cayeron detenidos, entre ellosJaime y el mismo dueño de casa. “En rigor, fue un encuentro absoluta-mente antiorgánico, porque todos estábamos en distintas tareas, perofue más fuerte la amistad”.Luego del enfrentamiento en Malloco entre agentes de la DINAy los miembros de la comisión política del MIR, en octubre de ese año–donde murió combatiendo Dagoberto Pérez–, fueron detenidos Ga-briel Salazar, Jaime Ignacio Ossa y otros miristas, con sólo algunos díasde diferencia. “Los ‘dinos’ trataron de hacer hablar a Ignacio lo que no
Era más un literato que un activista
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sabía, porque creyeron que tenía mayores responsabilidades. Yo lo vien Villa Grimaldi un momento breve, intercambiamos unas pocas pa-labras, lo habían tenido en la parrilla eléctrica y se veía muy sofocado,respiraba con dificultad. Mucho después supe de su muerte y me causóuna impresión terrible. Luego del golpe habíamos conversado muy lar-gamente. Su novia se había ido a Europa y tenía todo listo para que élpartiera a reunirse con ella. Pero “Nacho” estaba dudoso y me preguntóque haría yo. Le dije: ‘pase lo que pase yo me quedo’. Y él dijo que tam-bién lo haría, por decisión política. Cuando supe de su muerte, recordéeso y me dejó muy complicado. El era mucho más un literato que un ac-tivista, sin embargo sentía un compromiso tan profundo que optó porquedarse a riesgo de su vida. Pienso que es una de las figuras que debeser rescatada”.Para Gabriel Salazar, el compromiso que adquirieron con “Nacho”sigue vigente. Por eso, cada vez que ha publicado trabajos en una líneapolítica y revolucionaria se los ha dedicado.
Gabriel Salazar V

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