Murió un hombre sin mucha importancia…

“Y si este fuera
mi último poema,
insumiso y triste,
raído,pero entero,
tan solo una palabra
escribiría:
                      compañero

 

Me avisan hace pocos minutos que falleció el Beto…Luis Alberto Muñoz Vera, 84 años, oriundo de Cauquenes…

 

Todo el mundo puede estar tranquilo; se trata de un hombre sin mucha importancia… Su muerte no impactará en ninguna Bolsa de Valores, no afectará ningún equilibrio político; en fin, no creará ninguna incertidumbre su ausencia;; sólo unos pocos le lloraremos y le acompañaremos a su último sitio.

 

El Beto nació a fines de los años 20 en los campos maulinos de Cauquenes; su padre don Juan trabajaba en aquellos años como inquilino en algún campo de mi bisabuelo, don Saturnino Márquez –don Saturio– y allí lo recordaba mi padre cuando Beto era aún un niño y corría a pata pelada, como se expresaba la pobreza concreta de aquellos años, junto a sus hermanos.

Pero al Beto, como a todos los niños hombres pobres del campo, no le estaba reservada la vida de niño para que jugara y estudiara; así, con sólo 8 años ya debe salir a trabajar, cuidando animales y cosechando las siembras; vida de trabajo que sólo detendrá a los 80 años, como veremos.

Don Juan, su padre, luego sigue trabajando para mi abuelo, don Francisco Márquez y el Beto sigue sus pasos; finalmente don Juan trabaja para mi padre, don Aliro, culminando su tarea para tres generaciones, allí le conocí siendo niño, cuando él ya era anciano.

El Beto, como muchos cree que la ciudad solucionará sus problemas, y busca en Santiago trabajo de obrero a fines de los cincuenta, radicándose en la Población La Legua, donde me contaba que aprendió rápidamente a defenderse y salía de madrugada con una pistola que se había conseguido por allí. Al parecer nunca tuvo que usarla. Vuelve a poco andar a su Cauquenes de siempre, y se emplea como trabajador de una Fundición, donde trabaja hasta su jubilación formal; no sin haber tenido más de un problema ya que era un hombre que tenía conciencia social y por ahí lo acusan de comunista por haber sido miembro fundador del sindicato obrero, formado a contrapelo del deseo de sus dueños.

El Beto, hombre ya cuarentón, se casa con Marta, una mujer apenas veinteañera por entonces, y tiene tres hijas que cría con dedicación de padre responsable.

Pero la vida nunca ha sido fácil para los pobres… En edad de jubilación ya, dos de sus hijas se convierten en madres solteras, y acoge a esos dos nietos como suyos. A los anteriores se le agrega una nueva hija; e inicia así a los sesenta años una nueva crianza de tres nuevos hijos, que le llevará a trabajar hasta octogenario.

 

Mi padre, ya jubilado en la parcela, le emplea como su asistente colaborador, su ayudante; pero la verdad es que se proyecta al final como el mejor amigo y compañero de mi anciano padre. El Beto, aún fuerte y sano, se convierte en el ejecutor material de todos los sueños y voladas de Aliro, y cobran así vida asientos hechos con piedras; refugios diversos, plazas de estadía; obras que aún permanecen en la parcela de Cauquenes. Ambos llevan a cabo una crianza de vacas que a la distancia desde Santiago observaba y apoyaba, más allá que veía en ello un proyecto objetivamente con cifras rojas; y llegaba así el invierno y mi padre iniciaba una gira a Santiago e iniciaba delicadas gestiones diplomáticas para que le apoyáramos en la compra de forraje invernal; hasta que un día, ya viejito Aliro, le convencí y fuimos juntos a la feria ganadera a vender todas sus vacas y terneros.

Hace unos quince años atrás el Beto enferma gravemente de un cáncer estomacal. Mi padre me informa alarmado que el Beto se niega terminantemente a operarse, y nadie de la familia ni mis padres le pueden convencer. Viajo por encargo de Aliro a Cauquenes y en una conversación íntima le hago apelación a esos nietos aún pequeños que debe terminar de criar; conversación que le gatilla el deseo de seguir viviendo y acepta así la operación que salió exitosa, aunque con obvias secuelas estomacales.

Unos años después, cuando mi padre yacía en su lecho, en el año 2005, consciente de que vivía sus últimos días, me acerqué a él y le pregunté:

– ¿Algún encargo, amigo, del que quiera que me preocupe después…?

– Si hijo. Preocúpate de tu madre, del campo… y preocúpate también del Beto

Ordenes son órdenes, y así entonces, desde que fallece mi padre el Beto me convirtió en su nuevo “Patrón…”, término éste tan propio del campo y que con seguridad será el último ser humano en esta tierra que me denomine de esa manera.

El Beto envejecía, su caminar era más lento, lo traje a Santiago a que le operaran de la vista ya que estaba quedando ciego; los encargos eran cada vez más livianos. Pero él se empeñaba en seguir cumpliendo el rol de cuidador de esa parcela solitaria tras la muerte de mis padres. Seguía también con sus mismas convicciones de siempre, y votaba así cada vez a los gobiernos democráticos surgidos después del noventa; era un hombre de carácter y nuestras tomadas de once después de su jornada eran de conversaciones firmes de cada lado; y soportaba mis bromas con el humor corrosivo y la respuesta aguda que le caracterizaban.

Sobreviene el terremoto del 2010. Se caen nuestras dos casas en el campo, ya no había nada que cuidar allí; y junto con evaluar los daños, nos damos cuenta que había llegado el momento en que nuestro Beto descansara por fin, luego de 72 años de trabajo. Contribuimos así a generar las condiciones materiales para que el Beto pasara una vejez tranquila los siguientes tres años, hasta hoy que sabemos que se ha ido.

Me nominabas Patrón, pero en estas últimas líneas quisiera que nos tratáramos de compañeros,querido amigo, me parece una denominación sin dudas más apropiada. Te lloro como a un hermano de mi vida y te agradezco por este mensaje todos tus leales servicios a cuatro generaciones de mi familia. Sé bien que corriste la suerte injusta de los pobres de este suelo, que como a muchos te fue negado el derecho a una niñez protegida¸ a una educación de calidad, a un trabajo bien remunerado y a un descanso jubilatorio que no le fue permitido a quien le tocó criar a dos camadas generacionales.

En tu nombre, y en el de miles de hombres y mujeres dignos y valerosos del mundo de la pobreza, te comprometo que dedicaré por siempre mis esfuerzos a seguir luchando para que llegue el día en que las nuevas generaciones de tus descendientes y todos los hijos de esta Patria dolorosa dispongan por fin de las mismas posibilidades y oportunidades, sin importar la cuna y el lugar donde hayan nacido. Lucharé también porque los míos hagan suyo este mismo legado para cuando a mí también me llegue la hora…

 

Un abrazo tierno y cariñoso, mi querido Beto, me marcho ahora a Cauquenes a despedirte como corresponde y como te lo mereces…

Francisco Márquez Pommiez

15 de diciembre de 2012

Recopilado en Red Virtual Charquican
*Mauricio Rosencof, 2005, Balada dela Cárcel de Alta Seguridad.

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