Hijos y Madres del Silencio

Esto no es sólo un tema de derechos, es darle valor a otro ser humano que reclama saber la verdad. Nadie puede arrogarse la facultad de quedarse con una verdad que le pertenece a otro. Incluso los padres adoptivos tienen el deber de decir la verdad, no pueden darse la vuelta y seguir así no más, porque tienen responsabilidades con sus hijoshttps://ciperchile.cl/2014/05/08/adopciones-irregulares-iii-nuevos-testimonios-revelan-nombres-de-medicos-y-clinicas-que-violaron-la-ley/

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Niños robados

La Justicia chilena comenzó a abrir una de las páginas más oscuras de la dictadura de Augusto Pinochet (foto): la adopción irregular de miles de niños que fueron enviados al extranjero. Hoy, sus madres los buscan ayudadas por las redes sociales. El 9 de julio de 1977, durante los años más cruentos de la dictadura (1973-1990), Margarita Escobar llegó a tener a su hija al hospital Paula Jaraquemada de Santiago. Alcanzó a ver a su bebé unos instantes antes de que se la llevaran.

Cuatro décadas después relata que durante horas nadie le dio información sobre su hija y que cada tanto la inyectaban para mantenerla dormida. “Cada vez que despertaba volvía a preguntar por ella, hasta que una matrona me dijo: tu guagua (bebé) nació muerta”. Pidió verla para darle un beso pero no la dejaron. Después de eso “nadie me dio ningún papel, me mandaron para la casa. No sé cómo llegué; estaba totalmente dopada”, recuerda.

En el mismo hospital, en febrero de 1985, María Orellana dio a luz a un niño que llamó Cristián. “Alcancé a escuchar que era un varón; después me aplicaron una inyección y no supe más”, cuenta. Durante días pidió ver a su hijo pero nadie le dio respuesta hasta que le informaron que había muerto. Tampoco la dejaron verlo. “Quédate con el recuerdo de tu guagüita, va a ser muy cruel que la veas”, recuerda que le dijeron en el hospital.

reportaje T13.cl Adopciones Irregulares

Al igual que Margarita, a María tampoco le dieron ningún papel ni le entregaron el cuerpo. “No hay nada, es como si yo no hubiera pasado por ese hospital”, recuerda hoy, empeñada como otras miles de madres en encontrar a su hijo.

El juez especial de causas de derechos humanos Mario Carroza realiza desde enero una extensa investigación sobre sustracción de menores centrada en los años de la dictadura, aunque, ante nuevas denuncias, la amplió hasta 2000. Si bien se ha descartado el secuestro de niños como método represivo, como sucedió en Argentina, se cree que las condiciones de esa época facilitaron el actuar de grupos dedicados a “captar” niños para enviarlos al extranjero con fines económicos, explica el abogado del Instituto Nacional de Derechos Humanos Pablo Rivera, que ha presentado denuncias a nombre de las madres.

Un rol protagónico lo jugaron asistentes sociales, religiosos, médicos o funcionarios de municipios u hospitales, que detectaban a madres vulnerables y luego sustraían a los niños o lograban bajo engaños que fueran dados en adopción. “En general los casos tienen relación con madres de escasos recursos que dieron a luz a sus hijos o hijas y luego fueron engañadas por funcionarios de los hospitales respecto a que estaban muertos o enfermos o murieron con posterioridad y nunca más supieron de sus hijos”, explica el abogado del Instituto Nacional de Derechos Humanos Pablo Rivera, que ha presentado denuncias a nombre de las madres.

La vigencia hasta 1988 de una ley que permitía borrar los orígenes de las familias biológicas contribuyó a fomentar la práctica en un país sumido en esos años en el silencio y el temor, explica la historiadora de la Universidad Austral Karen Alfaro. Para Alfaro, la práctica se “inscribe también dentro de una lucha ideológica de la dictadura de Pinochet, un tipo de violencia social sobre los sectores más pobres”.

No hay registros de la cantidad de niños enviados al extranjero. Según datos oficiales, entre 1973 y 1987 se registraron 26.611 adopciones en Chile pero no se sabe cuántos fueron llevados al exterior.

El juez Carroza ha logrado determinar que al menos 2.021 fueron adoptados en Suecia entre 1971 y 1992. Otros miles llegaron a Alemania, Francia, Italia, España, Holanda, Suiza, Estados Unidos, Uruguay y Perú. El valor pagado por cada niño equivalía a entre 3000 y 5000 dólares de hoy.

Sin papeles que respalden su historia, muchas madres guardaron su dolor por años. Pero a medida que los primeros casos fueron haciéndose públicos y se formaron grupos de búsqueda en redes sociales muchas se dieron cuenta de que miles compartían su experiencia. Uno de estos grupos es “Hijos y madres del silencio”, que reúne en Facebook a unas 3.000 personas: hijos que buscan su origen biológico y madres que quieren reencontrase con hijos arrebatados. “Lo que nosotros necesitamos es que se abran los archivos, las fichas de los hospitales, que se haga esto público para que la gente que está fuera de Chile se dé cuenta de que pudo ser una adopción ilegal”, clama Marisol Rodríguez, vocera de la agrupación. En tres años, el grupo ha logrado casi 90 reencuentros.

Las pruebas de ADN son hoy su mayor ayuda. Con dificultad, por los costos, muchas madres se están realizando los test rápidos para poder ingresar a bancos genéticos internacionales. “Lo que quiero es saber qué paso con mi hija y si mi hija me anda buscando”, dice Josefina Sandoval, tras someterse a una prueba. “La andamos buscando y con esto la vamos a encontrar”, agrega sobre la hija que dio a luz pero fue dada por muerta el 24 de junio de 1980.

Rocío Brizuela Chehade, de 27 años, escribió una carta titulada “Los niños del silencio”. Es que ella es uno de los menores que fueron entregados en adopción de manera irregular en los años ’70 y ’80 en complicidad con las familias, ginecólogos y religiosos, como fue el caso de Gerardo Joannon.

Fuente: soychile.cl – http://www.soychile.cl/Santiago/Sociedad/2014/05/03/246784/Victima-de-adopciones-irregulares-Se-puede-llegar-a-tolerar-que-te-cambien-la-familia-pero-que-te-maten-en-vida-supera-un-limite-extremo.aspx

http://www.t13.cl/noticia/nacional/adopciones-irregulares-identifican-29-captadoras-ninos

Hijos y Madres del Silencio

Hay en Chile un grupo de personas con una historia común y desconocida para la mayoría de nuestra sociedad. Somos aquellos niños y niñas protagonistas (algunos dicen víctimas) de lo que la prensa llama “adopciones irregulares” ocurridas en los años 70 y 80 en nuestro país. Hoy tenemos 30 ó 40 años, algunos hemos sido conscientes de nuestra historia, algunos hemos decidido enfrentarla, otros olvidarla, otros simplemente no escucharla, y muchos otros probablemente aún no han tenido la opción siquiera de conocerla. Todos nosotros somos los niños del silencio.
El silencio ha sido la columna vertebral de nuestras vidas. El silencio de nuestros padres biológicos al saber que habíamos sido concebidos, de su entorno cercano para ocultar la desgracia de un embarazo no deseado ante la sociedad, el silencio de las familias adoptivas por miedo a perdernos y también el propio silencio al temer enfrentar nuestra verdad. Todos estos silencios fueron creados y mantenidos por muchos años – en mi caso 27 – por personas que de alguna forma u otra han estado presente en nuestras vidas. Y en la mayoría de los casos sigo pensando que se trató de silencios bien intencionados, basados en el amor.
La gran mayoría de los niños del silencio tuvimos que lidiar –muchas veces inconscientemente – con situaciones infinitamente complicadas en términos emocionales. Lidiamos con el estrés que provoca en los bebés el ser fruto de un embarazo no deseado, con el desapego que significa no haber sido amamantados por nuestras madres, con haber sido niños “inexplicablemente enfermizos” e incluso desnutridos por ser alimentados artificialmente en una época donde los sustitutos de la leche materna no eran los ideales. Lidiamos con los miedos constantes de nuestros padres adoptivos de que la verdad aflorara sin control, con la imposibilidad de sentirnos seguros y protegidos sin saber por qué, con la duda que genera la falta de identidad, con la dificultad de poder formar nuestras propias familias, y mucho más.
Pero también los niños del silencio fuimos y somos tremendamente amados. Acogidos por familias que nos cuidaron con esmero, que nos quisieron incondicionalmente viniésemos desde donde viniésemos. Criados por padres, tíos, padrinos y abuelos que cometieron – como todos – muchos errores, pero que dieron lo mejor de sí para hacer de nosotros mejores personas. Esas, las familias que siempre conocimos, fueron las que enjugaron nuestras lágrimas, nos recogieron cuando caímos, curaron nuestras heridas, se desvelaron con nuestras fiebres, gozaron de nuestros logros y lloraron nuestros pesares. En mi caso no puedo estar más que agradecida y sentirme afortunada por ello. Muchas veces, también fuimos amados por nuestras madres y padres biológicos que, aunque aturdidos por las circunstancias, renunciaron a nosotros para que pudiésemos tener un futuro mejor. En muchas otras historias, las madres y padres biológicos no tuvieron opción.
Los niños del silencio somos extremadamente resilientes, y de alguna forma u otra podemos contener en nuestros cuerpos de adultos dos historias de infancia, las contadas y las silenciadas. Cuando nos enteramos de nuestras verdaderas historias hemos tenido que releer nuestras vidas, volver a mirar los álbumes de fotos, nos hemos preguntado quién eligió nuestros nombres, si debemos seguir celebrando nuestro cumpleaños en la misma fecha e incluso si tenemos que seguir celebrándolos. Nos preguntamos dónde nacimos, a quién nos parecemos, si tenemos hermanos, si estamos menos solos y si hay algo que nos pueda hacer sentir más seguros. Algunos hemos tenido la posibilidad de hablar del tema con al menos uno de nuestros padres biológicos y/o adoptivos. O no alcanzamos a hacerlo. 
Como niña del silencio he podido vivir con todo esto y he podido volver a usar mi nombre con la seguridad construida por vínculos de amor. Con ayuda de muchas personas he aceptado las decisiones tomadas por otros sobre mi vida, abriendo el corazón y la mente para entender el contexto en el que ocurrieron los acontecimientos. He tratado de llevar este proceso desde que conocí mi historia – hace ya casi 10 años – con la mayor franqueza posible conmigo misma, para avanzar y no quedarme empantanada en situaciones que no puedo, y que probablemente tampoco quiero, cambiar. Lo más duro ha sido imaginar los años de sacrificio, silencio y dolor de mis dos mamás y mis dos papás, y el aceptar que la verdad que conozco siempre será incompleta. Nunca el rompecabezas estará terminado.
Hoy he dado un paso más, el de reaccionar públicamente ante una frase escrita en un reportaje respecto de las adopciones irregulares en Chile que rezaba: “para que esa estrategia tuviera éxito, requería de un elemento clave: un compromiso de riguroso silencio de todos los que estaban al tanto de la verdad”.
Los últimos días han sido dolorosos. Enfrentarse a nuevos casos que abultan el conteo de probablemente cientos de niños y niñas del silencio es siempre desolador, pero esta vez el agravante es gigantesco… muchos niños fueron dados por muertos para que la adopción fuera “exitosa”. Y eso ya no es tolerable para mí. Desde mi perspectiva, creo que se puede llegar a tolerar que te cambien el apellido, la familia, los hermanos, incluso el nombre, pero que te maten en vida supera un límite demasiado extremo. Aunque no es mi caso, el dolor cala hondo en los huesos, porque sé lo que he vivido y aún así no puedo siquiera vislumbrar lo que sienten las personas que, en su propia búsqueda por la verdad, tal vez se encontraron con un certificado de defunción de ellos mismos.
Hoy la polémica está instalada en la iglesia católica y sus representantes, quienes lamentablemente fomentaron la creación de una sociedad castigadora, donde muchas personas tienen más miedo a “no pertenecer” que a vivir el resto de sus vidas con mentiras gigantescas sobre sus conciencias. Mañana, lamentablemente, esta problemática será tema en alguna otra de las tantas institucionalidades que seguramente fueron parte de esta red negra de abuso y degradación: hospitales, colegios, el propio Estado, las dictaduras… la lista podría ser interminable.
Escribí estas líneas porque quiero que Chile sepa que hay muchas personas viviendo, superando, renaciendo, reconstruyendo, reparando sus vidas en torno a todos los silencios que nos han tocado vivir. Escribí, para romper el silencio y decir con voz fuerte y clara que los niños y niñas del silencio no somos una historia del pasado, sino que existimos hoy, aunque nuestros documentos legales y la historia conocida de nuestras vidas estén lejos de reflejar lo que realmente somos.
Porque el resto de mi vida estoy dispuesta a muchas cosas, pero no a permanecer indiferente ante la existencia de niños dados por muertos para contribuir a la red de adopción ilegal en Chile. Porque esos niños y todos los niños del silencio deben saber que existen con sus verdaderas historias, que no están solos y que al menos hay una más que está dispuesta a hablar por y con ellos si lo necesitan. Y porque no quiero que nuestro país se engañe, esto no es solo la punta del iceberg de una historia pasada: esto va a seguir pasando hasta que dejemos de callarlo, hasta que el silencio se utilice por primera vez para escuchar a los que hay que escuchar.
Rocío Brizuela Chehade

El viernes 18 de abril, Matías Troncoso recibió una invitación para sumarse a un grupo de facebook que armó una joven conocida suya. Lo que parecía un simple ejercicio cotidiano, terminó provocando un fuerte remezón en su vida. En ese grupo estaba el link al recién publicado reportaje de CIPER que hablaba de niños dados por muertos y entregados en adopción por el padre Gerardo Joannon (ver reportaje). Así relata Matías lo que le sucedió:

-Cuando terminé de leer me temblaban las piernas. Ahí parecía estar la pieza que me faltaba para el puzzle que llevo años tratando de reconstruir, gota a gota. Por primera vez alguien me confirmaba que lo que yo buscaba era posible de encontrar. Antes, yo contaba esta historia a mis amigos y pasaba por loco, pero yo siempre supe que había algo más detrás de mi adopción, que mi historia no estaba completa. Sentí una alegría tremenda, porque me di cuenta que ya no estaba solo en esto, que había otros en mi situación, y que entonces, se abría una posibilidad para descubrir finalmente la identidad de mi mamá biológica. Había esperanzas de que asomara toda la verdad.

Matías llamó inmediatamente a su mamá para preguntarle si conocía al padre Gerardo Joannon, sin mencionar el reportaje. Ella le respondió con toda naturalidad: “Sí, claro, ese cura es muy amigo de tu tía”. El dato encajaba en el rompecabezas que durante años había ido armando:

-Mi madre se refería a su hermana, casada con un abogado quien fue el que supuestamente hizo todos los trámites con el doctor Gustavo Monckeberg para regularizar mis papeles. Esa información tan importante sólo me la entregaron cuando mi tío murió hace exactamente seis años. Todo calzaba: Joannon era el nombre que me faltaba.

Llegaba a sus manos una nueva pista, quizás decisiva, en una búsqueda que ha cruzado física y emocionalmente sus 33 años de vida. Un esfuerzo solitario que no ha hecho más que tropezar con obstáculos, silencios, puertas cerradas e información conseguida a cuentagotas, “como sacando pequeñas capas de una cebolla sin poder llegar al centro”, grafica.

Hoy Matías tiene una gran certeza: “Comprobé que mi adopción fue ilegal y que si las personas que tienen información la entregaran, quizás yo podría saber quiénes son mis padres biológicos”.

Matías Troncoso siempre supo que fue adoptado al nacer. “En ese aspecto me siento bendecido, porque siempre me dijeron la verdad y fue un tema tratado con naturalidad, todo el mundo sabía, nunca fue un tema encubierto. Tengo el recuerdo de imágenes muy bellas, todo rodeado de un inmenso amor”.

Hasta los nueve o diez años fue para él fue una verdad absoluta, sin bordes ni dudas. Pero llegó el momento de hacer preguntas más directas. Y ese día lo recuerda con nitidez.

-¿Qué les preguntaste exactamente a tus papás?
Estábamos los tres y les pregunté directamente de quién soy hijo. Yo quiero saber quiénes son mis padres biológicos, por qué no me dan esa información, les dije. Ellos me respondieron que no sabían, que nunca supieron. Hasta el día de hoy es lo que me responden, con algunas variaciones. Insistí en distintas oportunidades y siempre me respondieron lo mismo. Yo siempre les he dicho que para mí ellos son mis papás y me siento parte de mi familia, pero tengo derecho a saber la verdad sobre mi historia y mis orígenes.

A medida que Matías fue creciendo, sus preguntas se fueron haciendo más inquisitivas: “Bueno, aceptando que ustedes no saben quienes son mis padres, quiero saber en qué condiciones ocurrió que yo llegara a esta familia, cómo fue que me adoptaron, quiero detalles. La respuesta de ellos fue: ‘te elegimos a ti’. Nada más”.

-¿Qué te contaron del momento previo a la llegada a tu casa, del proceso mismo de tu adopción?
Todos los antecedentes desde el día que llegué a mi casa están. Me dijeron que me fueron a buscar una noche y que llegué de madrugada, pero nadie me sabe decir si venía directo de la clínica o de otro lugar. Tengo fotos de ese  día, mi mamá me tiene en brazos, era un recién nacido y mi papá me contó que ellos mismos me cortaron el cordón umbilical, así es que no debieron pasar más de quince días del parto. Los antecedentes que no existen es todo lo que pasó antes.

-¿Por qué comenzaste a sospechar que había información que no calzaba en tu historia de adopción?
Es que a medida que fui creciendo, las versiones iban cambiando, no había una sola respuesta frente a mis preguntas, muchas veces eran opuestas las versiones que me daban por separado mi papá y mi mamá. Entonces estaba claro que algo no me estaban diciendo. Cuando estás solo en esta búsqueda, no le puedes creer a nadie. Esto ha sido difícil, porque cada miga de pan que vas recibiendo te sirve para ir componiendo tu propia historia. Pero estos datos están llenos de contradicciones.

-¿Y qué te imaginabas sobre esa información que presentías te estaban ocultando?
Nada específico, la verdad. Por una razón que no me explico, yo tuve consciencia desde muy chico de que no podía formarme ninguna expectativa ni esperanza sobre el tema de mis padres biológicos. Tenía asumido que esta era mi realidad y que yo vivía feliz con mis padres. Sentía que era inútil tratar de imaginar esa realidad paralela, aunque en el fondo quisiera saberlo.

“TÚ TIENES QUE HABLAR CON EL DOCTOR MONCKEBERG”

Las fechas exactas se vuelven algo difusas para Matías en su reconstrucción cronológica de estos años de búsqueda. Sin embargo, recuerda con nitidez dos conversaciones fundamentales con sus papás durante su adolescencia:

-Recuerdo que a los quince años tuvimos una conversación más en profundidad, donde yo los presioné mucho. Les dije: necesito que me digan exactamente cómo fueron las condiciones, porque yo estoy emocionalmente preparado para saber. Yo estoy totalmente seguro que ustedes son mis padres y no tengan miedo porque nada va a pasar, pero por favor, les pido que me digan la verdad. Allí, por primera vez, me aparece el nombre de Monckeberg. Mi mamá me dijo: “tú tienes que hablar con el doctor Gustavo Monckeberg”, y me dio su número de teléfono.

-¿Te explicó por qué ese médico era importante en tu historia?
Me dijo que él se había hecho cargo de mi adopción. Y que ese doctor además, atendió en el parto a mi madre biológica. Hasta ahí yo pensaba que estaba bien que un doctor ayudara a una mamá que quiere dar en adopción a su hijo. Me parecía entendible. Lo que me hizo ruido es que ese médico había atendido otros partos en mi familia y era una persona conocida en mi núcleo familiar.

-Y decidiste entonces contactar al doctor Monckeberg…
Sí, no recuerdo si fue en ese momento o unos días después. Lo llamé por teléfono, le dije quien era y que necesitaba que me dijera quién era mi madre biológica. Monckeberg no se puso nervioso ni nada parecido. Me dijo: ¿en qué año fue esto? En 1981, le respondí. ¿Y ahora en qué año estamos?, le escuché decir. Fue una sensación extraña, como de alguien que no está totalmente cuerdo. El doctor Monckeberg no me dijo nada. Mis papás estaban al lado mío en ese momento y me dijeron que no tenían más información para ayudarme.

Matías no se dio por vencido. Meses después, logró ubicar la dirección de una oficina privada del doctor Gustavo Monckeberg, en el sector de Apoquindo. El médico se había jubilado de la medicina diez años antes:

-No era una consulta, era un departamento y había una secretaria. Me presenté ante ella y pedí hablar con el doctor. Ella me preguntó mucho de dónde venía y para qué quería verlo. Le expliqué que era adoptado, que atendió a mi mamá biológica y que necesitaba ver el registro de partos del médico. La mujer me dijo que tenía que pedírselo a él, pero que no estaba disponible y además, que él ya no se acordaba de nada. Es tremendo toparse con un portazo así, cuando sabes que esa persona sí tiene la información y podría ayudarte. Me fui con la espina clavada. Él no me iba a ayudar y ya no me quedaba más que hacer con la información que tenía hasta ese momento. Nadie me iba a entregar esos registros. De eso estaba seguro.

Ante esa muralla que se le instaló al frente, Matías decidió volver a la carga con sus papás. Entonces, un nuevo antecedente salió a la luz:

Mi papá me contó que un tiempo antes de mi nacimiento, fue con mi tío abogado a una casa en Vitacura. Ese tío estaba casado con la hermana de mi mamá, la misma tía que hoy sé era muy amiga del padre Gerardo Joannon. Ante mi insistencia por conocer el nombre de mi mamá biológica, mi papá entonces me confesó que le hicieron firmar un documento en el que se comprometió a renunciar a cualquier acción para saber quién era mi madre biológica. Me insistió en que esas fueron las condiciones bajo las cuales pudieron adoptarme. Y me dijo que en función de ese compromiso, los papeles se habían destruido y que no había forma de rastrear esa pista legalmente porque yo soy hijo biológico de mis padres.

En la ardua reconstrucción de su adopción. Matías tiene hoy algunas cosas claras. Y una de ellas es el contradictorio rol del doctor Gustavo Monckeberg en el proceso. En algún momento su papá le contó que se entrevistaron con Monckeberg un par de años antes de la adopción, para ver la factibilidad de acceder a un hijo. En otra ocasión le relató que fue justo antes de que se los entregaran en adopción. Hoy, no tiene cómo verificar esa información porque el doctor Gustavo Monckeberg murió en 2008.

-¿El doctor Monckeberg sería a tu juicio el protagonista central en este sistema de adopciones?
A mí me queda claro que Monckeberg es la figura central de toda esta operación. Mis papás me dijeron que él era la cara visible de todo esto. Aun así yo no me tragaba toda la versión, porque a ratos dudaba de todo.

“MI MAMÁ BIOLÓGICA ME ESTUVO BUSCANDO”

Tras la confesión que le hicieran sus padres sobre el rol del doctor Gustavo Monckeberg en su adopción, Matías recibió un nuevo antecedente, esta vez de boca de su madre. Una información que recién hoy es capaz de aquilatar en toda su dimensión y que explicaría por qué la fecha de nacimiento que figura en su cédula de identidad (5 de marzo de 1981) no coincide con la fecha de inscripción en el Registro Civil: 1986.

-Debo haber tenido como 16 años, cuando un día a mi mamá se le escapó una frase. Fue como un desliz… Me contó que durante los primeros cinco años de mi vida, mi mamá biológica me estuvo buscando. Y que por esa razón, mi carné figura con una inscripción cinco años más tarde de mi nacimiento. Me quedé helado. ¿Qué podía hacer yo con esa nueva información? Cada antecedente  nuevo me  desconcertaba aún más. Ella hoy desmiente que me lo haya dicho, pero yo no tengo de dónde haber inventado una historia así. Mi papá también hoy dice que eso no es cierto.

-¿Qué significó para ti, en ese momento, saber que tu mamá biológica te había estado buscando durante cinco años?
… (guarda silencio un rato) No te puedo mentir, no me surgió ese llamado fuerte, como venido del interior, como para salir corriendo a buscarla. La verdad, es que mirado con ojos de hoy, creo que lo que me pasó fue que no asimilé realmente el valor de la información que estaba recibiendo.

Matías había reparado antes ya en ese detalle. Que su cédula de identidad registra una diferencia de cinco años entre su nacimiento y la inscripción en el Registro Civil. Pero había otro antecedente que le hacía ruido. Su número de RUT era muy diferente al de sus compañeros de generación. Si su número de registro es 17 millones, sus amigos tenían 13 ó 14 millones. “Hasta cierta edad yo me había convencido de que esa diferencia se debía a que yo era un niño adoptado. La verdad es que nunca me cuestioné que hubiera algo más detrás”.

-¿Le preguntaste a tu papá la razón para esa inscripción tan tardía?
Me dijo que mi tío, el abogado que participó en el proceso de adopción, le había explicado que en estos casos debían pasar cinco años antes de inscribirme, para ver si yo era compatible con mi familia adoptiva. La verdad es que a mí me pareció en ese momento una explicación bastante razonable y creíble. Pero con lo que yo he logrado averiguar en todos estos años de búsqueda con personas que han adoptado, ese periodo no es superior a un año y medio. ¡No se tarda cinco años!

Lo que Matías se demoró en entender es que en esos cinco años que mediaron entre su nacimiento y su inscripción había varios secretos involucrados. Uno de ellos podría ser el que efectivamente sus padres demoraron su inscripción para no dar rastros de su paradero a su madre biológica que lo buscaba. Pero había otro secreto que avalaba el silencio de sus padres. Años después, Matías se encontraría de frente con una verdad aplastante e indesmentible.

“LA INFORMACIÓN ESTABA EN LA PIEZA CONTIGUA”

Matías Troncoso cuenta que, en su solitario peregrinar tras la búsqueda de sus orígenes, el siguiente dato concreto lo encontró en una inscripción de nacimiento donde aparece que nació en la Clínica Santa María. Cuando Matías obtuvo esa nueva información sí siguió el impulso que le surgió: decidió ir a la misma clínica a preguntar. Tenía 18 años, lo sabe bien porque recién estrenaba su licencia de conducir:

-Me presenté en el mesón de informaciones de la clínica y fui  directo al grano. Hola sé que soy adoptado, sé que nací acá y me gustaría saber si existe un registro o algo que me permita saber quiénes son mis padres biológicos. La niña que atendía quedó muy sorprendida. Al punto que llamó al jefe de servicio al cliente para que me atendiera. El funcionario hizo un par de llamadas y me respondió que a este registro sólo se podía acceder con una orden judicial. La respuesta me abrumó: una vez más tenía la sensación de que la información estaba en la pieza contigua y yo no podía acceder a ella.

-¿Se te cruzó por la cabeza ir donde un juez para que ayudara en esta búsqueda?
Yo tenía 18 años y entonces no me imaginaba que un juez pudiera dedicarse a buscar este tipo de información. Además, no estaba dispuesto a abrir un juicio que podía demorar 35 años en resolverse. Decidí que no quería desgastar mi energía para un proceso en el que no tenía ya ninguna esperanza. De todos modos, les comenté a mis padres lo ocurrido. Pero no pasó de ahí…

“ESTOY PREPARADO PARA ACEPTAR QUE ELLA NO QUIERA CONOCERME”

Cuando Matías salió del colegio y sus padres lo mandaron a estudiar a Europa por dos años, su inagotable búsqueda quedó en una especie de congelador. A su regreso, se fue a vivir solo. A los 21 años, tuvo su primer hijo con su pareja de entonces y dos años después sería padre por segunda vez. Fueron años de crianza y dedicación exclusiva a sus hijos.

En esos intensos años, Matías Troncoso no sólo se dedicó a ser padre, también construyó una exitosa carrera profesional. Aún así, confiesa que hubo  momentos en que la figura de su madre biológica irrumpía en su vida sin control. Hasta que se cruzó en su camino con una persona que, por su trabajo, tenía conocimiento de cómo se indaga en los orígenes genealógicos. Y fue esa persona quien lo condujo nuevamente a la Clínica Santa María, esta vez con una recomendación precisa: debía solicitar la información sobre todas las defunciones de recién nacidos registradas en torno a la fecha de nacimiento que figura en su carnet de identidad: 5 de marzo de 1981. Esta vez, a través de un abogado, hizo la solicitud oficial. La respuesta de la clínica fue un contundente no.

-Los antecedentes recogidos por CIPER, dan cuenta de adopciones que se hicieron engañando a la madre y dando por muerto al hijo. Pese a la negativa de la clínica, ¿pudiste averiguar si pudo ser ese tu caso?
No, porque eso es imposible sin poder ver los registros de defunción. Y en eso, la clínica ha sido totalmente hermética. Hace pocos días me entregaron otra información. Supe que mi tío, el abogado que además es mi padrino, fue a buscarme cuando me entregaron. No fueron mis papás. Sé que llegué a la casa de madrugada, pero nadie me sabe decir si venía directo de la clínica o de otro lugar.

-Matías, ¿para ti sería diferente saber que tu adopción fue consentida por tu madre biológica o que ella fue engañada y su hijo dado por muerto?
¡Uf!, ¡qué difícil! (guarda silencio)… No sé cuál sería mi reacción si supiera que ella fue obligada o engañada… Rabia, tristeza…, no me imagino cómo sería ese momento y menos cómo sería ese reencuentro. No tengo la respuesta. Me tocaría enfrentar un proceso muy delicado, no sólo con ella sino con mis propios padres. Si fue un acto voluntario o si me entregó por las razones que sean, creo que estoy preparado para aceptar la verdad, sea cual sea. También respetaría el que ella no quisiera conocerme. Sería capaz de aceptarlo. Está en su derecho y así es la vida. En todo caso, cualquiera sea la verdad, para mí sería igualmente importante encontrarla. Me permitiría cerrar el círculo. Tendría la tranquilidad de que hice todo cuanto estuvo a mi alcance para encontrarla y saber la verdad de lo que pasó. No soporto seguir con verdades a medias.

Durante los últimos seis años, Matías Troncoso ha ido obteniendo nuevos detalles que le han permitido dar un nuevo impulso a su búsqueda. Por ejemplo, su mamá le dio el nombre de dos enfermeras matronas que trabajaban junto al doctor Gustavo Monckeberg en esos años. A una de ellas la buscó intensamente hasta lograr ubicarla. Y fue a su encuentro, pero no tuvo suerte. No logró conversar con ella.

La esposa del abogado que participó en su proceso de adopción, su tía materna, le aseguró que antes de morir su marido le había entregado una carta a su papá con todos los antecedentes que rodearon su adopción. Su papá le asegura que jamás la recibió. Hasta hoy Matías no ha logrado que ninguno de sus familiares se decida a entregarle esa carta.

Hace seis años Matías Troncoso logró al fin abrir una puerta que lo condujo a una verdad dolorosa y que no estaba sujeta a ningún desmentido. Fue el último eslabón en una cadena de secretos de familia que le han provocado mucho daño. A través de una persona que conoció su historia y entendió su angustia, pudo acceder al fin a los archivos del Registro Civil. Precisamente a aquellas carpetas altamente reservadas que contienen el historial de quienes han sido adoptados.

-¿Y cuál fue la información sobre tu adopción que allí obtuviste?
Fue un golpe muy duro, tremendo. Porque yo no existo en esa base de datos. No hay historia anterior ni registro alguno sobre algún proceso de adopción que me afecte. Ante la ley, soy hijo biológico de mis padres y punto. No hay historia previa. En ese momento, supe que mi adopción había sido ilegal.

Ahí estaba el gran secreto que ocultaban sus padres sobre su adopción. Al haberlo inscrito como hijo biológico, de manera ilegal, toda la historia de su nacimiento real quedaba sepultada. Sin rastro.

“LE HE MANDADO MUCHOS RECADOS AL PADRE JOANNON”

Todo cambió nuevamente el viernes 18 de abril. El reportaje de CIPER le proporcionó el eslabón clave que le faltaba. Matías Troncoso sabe hoy que existe una posibilidad de que su historia esté vinculada a los otros casos que dio a conocer CIPER sobre adopciones irregulares. Allí donde el propio sacerdote de los Sagrados Corazones, Gerardo Joannon, reconoce que él fue quien ayudó a algunas familias a entregar en adopción a hijos de madres adolescentes. Y que lo hizo en colaboración con el doctor Gustavo Monckeberg y otros nueve médicos.

-¿Le asignas alguna responsabilidad al padre Joannon en este secreto guardado por años en tu familia?
En mi caso no tengo la certeza que haya sido el cura Joannon el enlace con mi adopción. Lo que me hace mucho sentido es la estrecha relación y amistad que ese sacerdote tenía y tiene con mi familia materna y con el abogado que se hizo cargo de todo el papeleo para validar mi inscripción. A mí nunca me apareció su nombre en mi búsqueda.

-¿Qué esperas ahora del sacerdote Gerardo Joannon?
Que él entregara de una vez  toda la información que tiene. Si está relacionado con mi caso, que me diga la verdad y también lo haga sobre todas las otras personas que como yo han pasado años buscando a sus madres biológicas. A mí no me interesa si sigue siendo cura, si lo sancionan o no. Sólo me tranquilizaría que entregue la información ya y que a todos nosotros nos dejen tranquilos de una vez. Le he mandado mensajes con muchas personas que lo conocen. Hasta ahora no se ha manifestado. Y es urgente que entregue una respuesta.

Quiero ser bien claro. A mí no me interesa juzgar ni condenar a ninguno de los involucrados. A ninguno. Tampoco me interesa levantar polvo, abrir causas judiciales o gastar energías en algo que no conduce a nada. Lo que sí me produce rechazo es la mentira para defender una forma de pensar, para protegerse del qué dirán. Y sostenerla durante tantos años. También quiero ser claro: ¡a mis padres nunca los voy a juzgar! Ellos me han dado todo su amor y yo he sido muy feliz a su lado.

Más de un mes antes de haber leído el reportaje de CIPER, Matías despertó una noche de madrugada con un sueño que todavía recuerda muy nítido: “Estaba con una persona que me decía que había encontrado a mi mamá biológica. Estaba a punto de decirme su nombre cuando desperté. Fue una sensación muy potente. Espero que esta entrevista sirva para que, si alguien sabe algo más sobre mi historia, pueda decirlo. Es lo único que me motiva a exponer públicamente mi historia.

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